La Última Diana. Sergio Magaña.








La Última Diana


Sergio Magaña









Personajes




Reo

Soldado (Federico)
Venerable
Madre
Wickman
Rosita
Cura
Soldado
General
Ayudante

LA ÚLTIMA DIANA 
Farsa en un acto de Sergio Magaña


Ámbito de celda de cárcel. La reja no se ve, aunque se supone a la derecha. Cuelga de arriba un foco de luz eléctrica que emite suficiente claridad para ver un jergón de pajas en el suelo, una pequeña mesa de madera y uno o dos bancos. El reo viste un tosco saco de costal, sin mangas ni cuello. Pantalón de militar (es teniente coronel y anda descalzo).

Un gran tazón de barro sirve de cagadero y meadero, el reo es un joven de 20 años, delgado, de ademán flexible y reflejos rápidos. Tiene el carácter del déspota acostumbrado a mandar.


Reo: A esto hemos llegado, éstas son mis murallas, éste es mi castillo y yo soy el señor, pero yo no puedo defenderlos a ellos; está claro. Cuando uno los defiende le llaman ex­tranjero; o que tiene la cabeza llena de ideas exóticas. Son ellos los exóticos. Exóti­co es verme aquí, en esta playa serena llena de sirenas y leche condensada... Robinson Crusoe, y ni siquiera me puedo masturbar... masturbarse es venirse y yo me quiero vengar. (Se oye una nota marcial. El reo se entiesa dispuesto a levantarse.) Me levanto, es el himno... Pendejo... ¿es que un sentenciado a muerte tiene que le­vantarse a saludar un estúpido ruido, porque mató a su madre? Yo no la maté, la mataron los himnos. Tengo la absoluta conciencia de que mi aristocrática madre murió por tantos himnos. (Se oyen campanadas lejanas.) Están llamando a misa pero ¿dónde están las mujeres? Tenía razón el Marqués de Sade: “cuando un hom­bre muere, tres mujeres agonizan en sus verijas. ¡No! ¡No! Dramatizo mi angustia”. Eso es todo. Mejor canto:

Su tuviera una llave de tuercas 
esta reja podría yo abrir...
(El reo solloza.) ¡Un trago, quisiera un trago! (Haciendo foco sobre el wáter.) ...Con que me echaron a empujones a esta alberca donde uno nada en caca, me echaron sin kepi, sin chaquetín, sin botas... Tengo mojadas las nalgas... Los hombres no sa­bemos hacer nada con las nalgas. (Señalando.) Ése es mi trono, para eso son las nalgas, para sentarse en el trono... (Mira en torno.) ¡Asco! Todo esto que me pasa es asco. Este calor de cárcel, las pulgas, este saco que no se parece a mi valiente chaquetín: soy un militar de clase, no soy chusma. Todo aquí huele a orines. El jer­gón de zacate, el banco, las paredes; me paseo desde entonces con estos pies des­nudos que al caminar pisan mis propios excrementos húmedos. ¡Qué asco! Un mo­mento. No es cierto. Mientras uno tiene asco es que espera salir. Para los que tenemos clase, una pocilga debe ser transitoria. Luego el asco es precioso. Es la esperanza. Sin reloj, claro. Un condenado a muerte, a quien se van a despachar en el paredón, nunca sabe la hora que el tiempo marca antes de que sea la hora. (Se da un manazo a la cara aplastando mosquitos.) Estoy mal, estoy esquizofrénico; anciano y joven, hambriento y desganado.


Entra Federico, un soldado raso. Trae una charola con un plato con bisteck, papas y una fruta: una sonrosada granada.



Federico: Coma usted, coma, mi teniente.

Reo: (Rectificando, altivo.) ¡Teniente coronel!
Federico: (Sin cuadrarse.) Mi teniente coronel.
Reo: (Ansioso.) ¿Qué dicen? ¿Qué deciden?
Federico: Tengo prohibido hablarle.
Reo: (Dando orden.) Hazlo, Federico. Tú eres raso y yo tu superior. Raso Federico, acuér­date, siempre te traté bien.
Federico: Tengo prohibido hablarle.


El reo inclina levemente la cabeza, resignado.



Reo: Voy a comer una papa. (Se come una papa.) ¡Están empanizadas!

Federico: Bueno, es su última comida. La última comida siempre es buena. La carne es filete. Lo tratan bien. ¿No hay hambre? (El reo niega con la cabeza.) ¿Me llevo el plato?
Reo: Tienes prohibido hablarme.
Federico: No le hablo a usted. Estoy reflexionando. El reo no tiene hambre. Yo sí. Lo van a fusilar. A mí no. Me acuerdo de mi tía Paula, que me hacía silbar cuando me ponía a rayar el queso en la cocina. El que silba, no come queso. ¿Me llevo el plato o sigo silbando? (Federico va a llevarse el plato; el reo da una patada al suelo. Federico se yergue.) A silbar. (En postura de firmes el soldado de cara al público.)
Reo: ¿Cómo andan las cosas afuera?
Federico: (Inmóvil, sin ver al reo.) Microondas.
Reo: ¿Qué dice mi señor comandante?
Federico: Pi 3-1416.
Reo: Estúpido.
Federico: Tiempo despejado. Cambio.


(Luz sobre el venerable intelectual en conferencia. Viste de blanco.)



Venerable: (Al público.) Invitado por el gobierno del Estado... (El reo, aunque en penum­bra, se pone firme, en señal de respeto / Federico se come otra papa.)... Y entusias­mado in vitro por el comandante Wickman continuamos con la conferencia interrum­pida ayer. Os decía que la juventud es un estado de euforia irrefrenable; el minucioso equilibrio de la ecología, tomando en cuenta el hábitat regional, debe canalizar la dinamita incuestionable de la juventud. Por eso es útil y necesaria la guerra. ¡No os alarméis! ¡Hay en el mundo demasiado esperma juvenil mal encauzado, que por lo mismo se convierte en peligro de la propia especie humana. Los jóvenes por ge­ne son guerreros, belicosos; si no hallan un patrón correcto de conducta, se vuel­ven golfos, bandidos, delincuentes guerrilleros. Sin otra alternativa, la guerra es un aliciente. Para que me entendáis, es un alivio. La guerra nos quita angustias demo­gráficas. Elimina a los infames y nos deja niños, ¡seres en crecimiento, encantado­res! nos deja también ancianos tranquilos, sabios... La guerra obedece a leyes natu­rales. Es un intercambio de culturas, es una eliminación del salvajismo. La cultura Oriental vino al Occidente por las cruzadas, Marco Polo civilizó el Asia proclaman­do sus viajes. Y, sin los conquistadores españoles, estas tierras latinas de la América Nuestra, hubieran continuado salvajes, ignorantes, ausentes de toda comunicación en el mundo civilizado.



Se apaga luz del intelectual. Sube luz sobre el reo y el soldado Federico.



Federico: Coma carajo, mi teniente coronel, coma; no siempre se come filete.

Reo: Estaba recordando, Federico.
Federico: Eso me han dicho, que los que van a la pared, se acuerdan de muchas cosas.
Reo: También me acuerdo de mi madre. ¿Conoces a mi madre?
Federico: ¿Esa vieja haraposa, ladrona y come mierda?
Reo: Ésa, precisamente.
Federico: No. No la conozco.


Junto al reo aparece la madre.



Madre: ¡Claro está que me conoce! ¿Quién no se conoce en este pueblo de catorce casas? Pero está resentido porque no le di pierna.

Reo: No me hables de eso, vieja rana de charco.


El soldado Federico sale como ofendido. La madre le avienta una trompetilla.



Madre: Es un lameculos...

Reo: Tú ladrona, una asquerosa y descarada rata.
Madre: Tenme respeto. Soy tu madre.
Reo: ¿Sabes por qué estoy aquí?
Madre: Porque tienen que matarte.
Reo: Eso quién sabe. Soy teniente coronel. A un militar de clase, lo condena un Consejo de Guerra. 
Madre: Depende de qué guerra. Hay muchas. En cada pueblo hay guerra.
Reo: (Paseándose.) ¡Estoy aquí! ¡Pudriéndome!
Madre: ¡Ay hijo! Entre afuera y aquí dentro no hay tanta diferencia. (Señala el plato.)¿Es tu­yo? ¡Ah la puta, qué bien comes! Ha de ser por tus galones.
Reo: No lo toques.
Madre: Ni lo he visto. (Se retira del plato.) Un recuerdito nadie lo desprecia.


El reo rebusca entre el jergón de paja; saca algo que entrega a la madre.



Madre: (Dichosa.) ¡Ay, tus galones de teniente coronel! (Besa los galones.) Tierno tú que eres. (Cambio a la codicia. Examina, su tono es suspicaz.) ¿Son de oro?

Reo: Maldita vieja avara. (Hace una pausa.) ¿Y mi dinero? Hablo de los catorce mil dólares que te envié de Panamá.
Madre: (Extrañada.) ¿Dólares? (Desdeñosa.) Eran balboas, pesos panameños que no son de plata ni valen lo que un dólar.
Reo: Valen lo mismo que el dólar. Te los mandé con Williams.
Madre: Hijo de mi corazón, dentro de un rato te van a matar y tú me hablas de dinero. ¿De qué le sirve el dinero a un muerto? (El reo hace ademán de golpear a la madre.) ¡Anda! ¡Anda! La maldición de una madre sobrepasa la tumba. (El reo se aparta.) No te arrepientas, mi hijo. Me hubieras pegado y ya. Total, las maldiciones no son más que palabras, aire.
Reo: ¡Chusma! Toda tu familia es chusma.
Madre: Tú eres de mi familia.
Reo: No, yo tengo clase, grado.
Madre: Aunque fueras un general. Aquí los militares... ¡Puf! A cada rato cambian.
Reo: Pero tú sobrevives. Los rateros, lo bajo sobrevive. Tú ladrona...
Madre: ¡Cállate ya el hocico, hijo de mis entrañas!
Reo: Te callas tú hija de puta. Te robas una pierna de jamón y a mí me degradan.
Madre: Me hubieras delatado.
Reo: Me dio vergüenza, y entonces negué que tú lo habías hecho.
Madre: (Desdeñosa.) ¡Una pierna de jamón!
Reo: (Exaltado.) Era del comandante.
Madre: El gordo ése al que le hueles la cola.
Reo: Fue un abyecto robo. Era una pierna de jamón especialmente enviada por avión, para mi señor comandante. Y cuando estaba el brindis, te la metiste abajo de las enaguas y escapaste.
Madre: El pueblo es hambre. Claro, tú no eres pueblo. Mira cómo te alimentas.
Reo: ¡Degradado, encerrado!
Madre: Y condenado a muerte. No creas que no lo siento. Eres mi hijo. Desde niño ya eras mi­litar; leíste muchos libros y te aplicaste, eres muy erudo. (Pausa) Lo que carajos pasa es que no tengo alma de soldadera.
Reo: De lavaplatos sí. De lavandera.
Madre: Pero quien te iba a lavar los calzones gratis, sino la madre que te parió.
Soldado: (Voz fuera.) ¡Te matan a las seis! (El reo agacha la cabeza y aprieta los puños.) 
Reo: Mira cómo ando: vestido de costal y degradado.
Madre: Pobre de ti. Si yo pudiera matar, mataría a todos los miliares.
Reo: Yo soy militar.
Madre: (Encogiéndose de hombros.) Ya lo dije. Uno no odia a los militares por militares. Eso no. Lo que uno odia es el abuso que representan.
Reo: No es abuso. Es poder. Ustedes odian al poder porque no lo tienen.
Madre: Pues está claro entonces.


Pausa. La madre se acerca mañosamente al plato de comida y lo contempla... El reo la observa.



Reo: ¿Tienes hambre?



La madre calla esperanzada. El reo se come el filete y las papas.



Madre: Son cabrones. Apuesto a que todos son unos cabrones.



Luz sobre el comandante Wickman. Toma champaña y manosea con deleite a Rosita. Ella ríe alegre.



Wickman: Un besito chulita.

Rosita: ¡Ay qué pistolota!
Wickman: (Quitándole la escuadra.) Déjala, mata. ¡Pum! (Los dos ríen.) Rosita llévale esto a tu madre. (Le da unas monedas.) Ahorita la gozamos Rosita, gozamos la rosita. 
Rosita: Pues la gozamos.


Se apaga la luz sobre ellos. El reo asombrado, palpa el vacío donde estuvo Wickman.



Reo: ¿Qué fue eso madre? Y si ha sido, ¿porqué mi hermana Rosa?

Madre: Lo hice por salvarte.
Reo: Es inútil, no tengo salvación.
Madre: No quiero que te maten. A nadie le gusta que le maten un hijo.
Reo: Alcahueta, embustera.
Madre: Soy justa. Te comiste todo. No me dejaste una sola papa, una sola. Cabrón.


La madre escupe el plato y se retira unos pasos y su luz se apaga. El reo se pasa una mano por la frente como borrando recuerdos. Resopla. Sacude la cabeza.



Reo: No sé cómo lo hizo, pero de aquí se salió y le pegó fuego a la cárcel. No. No fue aquí. Yo miraba las llamas, y todo empezó a oler a carne asada, cuando salí a la calle la gente me gritaba: ¡Matricida! Yo no lo hice. Ella lo hizo y se quemó entre las llamas, gritándome hijo de perra, ella era la perra (pausa), fue aquel incendio en don­de murieron trece, me ascendieron el galón a teniente, me dieron la categoría, la clase. El uniforme, el poder.

Para qué carajos le regalé a ella mis galones. Seguro que los vendió. Eran de oro. Yo mismo los mandé bordar con hilo de oro. No te espantes de mi, espectador, esta­mos platicando. Se me murió mi madre en barbacoa, pero logré el ascenso y conde­coración de matricida. Después todo me fue más fácil. Cuando tiroteamos la chusma campesina, (Reflexiona.) no eran seres humanos eran qué, analfabetas, ignorantes y como tales, bestias. Es hermoso matar, sólo el que mata descubre el placer del cazador. Y en plena reunión las bestias ignorantes me sacaron a golpes, me arras­traron, alzaron los machetes y... No, no voy a decirlo. No quiero acordarme. Sólo me acuerdo cuando voy al wáter. Así trepé a teniente coronel, más clase, más poder. Me abrazó el comandante y le lloré en sus brazos. Hubo desfile, fiesta, caricias de mujer, de mil mujeres. (Pausa.) A las mujeres les gustan los galones, el uniforme, el traje militar. Se enervan como gatas y se mean en chisguetes. Vaya si las conozco. (Transe.) Y en eso mismo, en mitad de la fiesta, precisamente a la hora de mi ascenso la vi a ella. Vestía con harapos, cascabelera como serpiente. Luego me habían mentido, pensé, no murió en el incendio. Estaba allí vivita, mirándolos a todos en la fiesta y ellos no la veían. Yo sí, le grité al comandante, pero nadie me oía. Algo que estaba encima de la mesa se cayó al suelo... y ella escapó corriendo por los breñales. De pronto, el alboroto. Gritos y más gritos, que estremecían las mesas, se estrellaban los vasos, las botellas... ¡La pierna, gritaban, la pierna! ¡Se han robado la pierna de jamón del comandante! ¡Fue mi madre, siempre ella! ¡Marrullera, maldita! Yo no di­je nada. Apreté bien los dientes para no decir nada.


Luz sobre el venerable intelectual. El reo lo mira con respeto.



Venerable: (Voz apacible.) Pero tú la habías visto.

Reo: No, es decir, le grité al comandante. No me oyó.
Venerable: Pero tú la conoces, diles quién es.
Reo: ¡Que voy a conocer! Alguna vieja de la plebe. Hay tantas.
Venerable: (Suavemente al reo.) ¿No la conoces? ¿Eh? ¿No la conoces?
Reo: Usted es el venerable consejero del Escuadrón Selecto de Kabiles. A usted sí lo conozco.
Venerable: A ella, es ella la que importa. Tú la viste.
Reo: Desde luego que no.
Venerable: Acércate. (El reo se acerca al Venerable.) ¿No?
Reo: No señor. (El Venerable golpea al reo en la cara.) Me está usted humillando.
Venerable: La viste. La conoces.
Reo: Tal vez la vi. No sé. Usted me hace dudar.
Venerable: Eres joven y tienes mucho porvenir.
Reo: Lo agradezco, señor.
Venerable: ¿Y si la viste, porqué no disparaste contra ella?
Reo: Es que yo no vi nada.
Venerable: Dime lo que firmaste en juramento. (Reo hace memoria. Parece no entender.)
Reo: ¿Cuál juramento? ¿Cuál firma?
Venerable: Sobre de tus obligaciones. Lo firmaste en mi oficina al ingresar al Escuadrón selecto.
Reo: Era muy niño. ¿Cómo voy a acordarme? (El Venerable levanta la mano golpe adora.) No me humille más, le ruego.
Venerable: (Voz suave.) Repite el juramento que firmaste.
Reo: (Aún a la defensiva.) ¿En qué papel? (El Venerable se toca la frente con un dedo.)
Venerable: Aquí.
Reo: ¿Es necesario?
Venerable: Dilo.
Reo: Me da pena de mí, acabo de cumplir 20 años.
Venerable: ¡Dilo! A un militar se le juzga por sus actos, no por su edad.
Reo: ¡Uno! Yo debo defender al gobierno reconocido.
¡Dos! Suprimir toda manifestación hostil a la quietud y al orden.
¡Tres! Matar a quien perturba las instituciones del orden establecido y de la paz. 
¡Cuatro! Yo debo matar a quien asalta bancos.
¡Quinto! Yo debo matar al que roba...
Venerable: Es suficiente. ¿Por qué no le disparaste? ¿No robaba alimentos?
Reo: Sí.
Venerable: ¿Lo robaba acaso para nosotros?
Reo: No. Para ellos.
Venerable: ¿Quiénes son ellos?
Reo: El populacho, su familia.
Venerable: Era chusma, dices, ¿y no disparaste?
Reo: ¿Para qué? Son tantos... Nunca se acaban.
Venerable: Me importa mucho saber quien fue la uña de esas filosas garras agrícolas... ¿Quién es ella? (El reo agacha la cabeza.) Está bien, no lo digas. Nosotros lo sabemos. No dis­paraste porque la mujer es tu madre.
Reo: ¡No, no! Mi madre murió cuando le quemé su barraca. Murió quemada en aquel incendio. 
Venerable: Lo sabemos. Por eso lograste un ascenso. Pero ella... ¿Murió? (El reo se encoge de hombros.)
Reo: Me dijeron que sí. Me gritaron matricida.
Venerable: ¿Tu madre qué es? ¿Campesina?
Reo: No sé explicarlo. Ella se come los animales del campo.
Venerable: ¿Eres salvadoreño? ¿De Honduras? ¿Costa Rica? ¿Nicaragua?
Reo: Debe suponerse que eso no tiene importancia. Lo importante es prolongar la guerra hasta... Venerable: No te comprometas con palabras. Me harías creer que piensas. Pensar por cuenta propia es un error del individualismo. El cuerpo militar está hecho de miembros que obedecen. La mente somos nosotros.
Reo: Lo admito.
Venerable: Así es la disciplina. Volvamos al asunto. ¿Por qué robó tu madre? ¿Por hambre? (El reo calla.) Los pueblos son hambrientos. Su hambre, debemos admitirlo, es re­sultado de la injusticia. Pero la única hambre justa es la de quien precisamente cas­tiga el robo de los haraganes... ¿Conoces bien a tu madre?
Reo: La gente cambia. Hace mucho no la veo.
Venerable: La viste ayer robando. ¡Robando!
Reo: No fue mucho ese robo.
Venerable: Un robo a la mesa de la clase dirigente, un robo a la mesa de quien defiende el orden, la paz, es un delito monstruoso.
Reo: Era sólo una pierna de jamón.
Venerable: Del comandante. Su transporte en avión le costó a todos los ejércitos del mundo.
No podemos sentar una precedente así.
Reo: He sufrido el castigo. Me arrancaron los galones en público. No me dejaron nada. 
Venerable: Sí. Te dejamos la vida.
Reo: Eso no vale nada. No me importa.
Venerable: Bien. Te importa el poder.
Reo: Sí.
Venerable: ¿Qué es para ti el poder?
Reo: Los galones, la gorra militar, el mando. Mi señor comandante es un gran militar. En este momento él prepara un vistoso desfile.
Venerable: Esa respuesta es buena.
Reo: ¿Me devolverán mi grado, mi uniforme?
Venerable; ¿Admites entonces que fue tu madre? (El reo asiente.)
Reo: Fue ella.
Venerable: ¿Por qué no le disparaste?
Reo: Porque tengo vergüenza de mi origen, pretendí evitar que me identificaran con ella. 
Venerable: ¿La matarías ahora?
Reo: Sí.
Venerable: Muy bien. Quédate en paz.
Reo: ¿Me devolverán mi grado?
Venerable: Lo estamos discutiendo con algunos especialistas. El comandante a poya, tu causa y tu reingreso.
Reo: ¿Volverán a ponerme los galones?
Venerable: Lo estamos discutiendo.
Reo: (Sonríe esperanzado.) ¿Es cierto eso?
Venerable: Lo estamos discutiendo.


Venerable desaparece, el reo cae de rodillas con la cara oculta entre las manos.



Luz sobre Rosita, que se muestra con mínima ropa. El reo la mira, ella sonríe.



Reo: ¡Ah! (El reo se levanta.) Me hacen todavía la concesión del placer, es que están discutiendo las posibilidades, hay esperanza entonces. (A Rosita.) ¿Me devolverán el uniforme? 

Rosita: (Ingenua.) No sé. No vine a eso. (El reo la besa en la mejilla.) (Sonriente.) ¿Te gusto? ¿Me conoces?
Reo: Sí. Dispénsame, Rosita.


La luz de Rosita se apaga. (El reo camina esperando.)



Reo: (Con casi alegre euforia.) ¡Lo están discutiendo! ¡Lo están discutiendo!



Luz sobre la madre.



Madre: ¿Tú crees? Te matan a las seis.

Reo: ¡Conque no te moriste en el incendio! ¡Ladrona! Si salgo te haré cisco.
Madre: No seas pendejo. Lo más difícil de la vida es morir.


El reo arroja la granada a la madre. Se apaga la luz de la madre.



Reo: (Recoge del suelo la granada.) ¡Qué rara esta granada! No ha explotado, ah, si de ver­dad es nada más un fruto. (Se oye música marcial. Se cuadra.) ¡Firmes! Es el Himno del Escuadrón Selecto. ¿Para qué me cuadro si me van a matar a las seis? ¡Uno es quien es hasta la muerte! (El reo remira la granada.) Se explica. Esta esfera rosada es en verdad un fruto. Hay que reposar, pensar... (Sonido de campanillas, el reo las oye.) No, no es la hora, todavía no. (Pausa.) Y si me llaman a consejo de guerra. ¿Cómo voy a presentarme así, descalzo, sin uniforme?

Me siento sucio. Estoy sucio. Sin botas, sin chaquetín.
Mierda. Estoy hecho una mierda. (Estornuda.)
Me estoy resfriando. ¡Qué coñazo! (Grita.) Federico, no quiero visitas.


Entra el cura con campanillas.



Cura: Recemos hijo.

Reo: No quiero. No pequé.
Cura: Naciste de madre y padre. Eso es pecado,
Reo: Medio.
Cura: ¿Cómo es eso de medio? Naciste de hombre y mujer.
Reo: No recuerda a mi padre.
Cura: Se humilde. Tu padre es Juan García.
Reo: No se le olvide cura, ese hombre era un gran santo. Cada cuaresma lo vestían de blan­co. Le ponían la corona y él cargaba la cruz.
Cura: (Pensativo.) Es cierto, hacía de Cristo. Se moría en el cerro.
Reo: ¡Cada año! Ningún hombre se muere cada año. Quisiera verlo, ¿dónde está?
Cura: Hace dos meses le pusieron un clavo en la cabeza y se lo hundieron ¡pas! Un mar­tillazo. Se murió sentado. Por su muerte, a tu madre le dieron tres colones de plata. 
Reo: Ella nunca me dijo nada.
Cura: Por tu hermano el menor le dieron cinco.
Reo: Eso es mucho. Mi hermano menor es un muy grande y estúpido canalla. Pudo haberse enrolado como yo, y se fue a Panamá. Se enroló en los burdeles.


Pausa



Cura: Vamos a rezar juntos.

Reo: Mejor canto.
“Si tuviera una llave de tuercas.
Esta reja podría yo abrir.
Y con la misma llave de tuercas, 
yo pondría al carcelero a dormir.”


Cura: Esa canción es gringa.

Reo: Mi abuela la cantaba arrullando mi cuna.
Cura: ¿En español?
Reo: No. En gringo.
Cura: Luego, sabes inglés. ¿Por eso te enrolaste en la tropa?
Reo: Había que practicarlo.
“I am teacher, I am Teaching children”.


El cura se arrodilla.



Cura: ¡Entonces eres culto! Dios te salve.

Reo: No meta a Dios en estas porquerías.
Cura: Es Él quien nos mete. Reza conmigo. Es la hora.


El reo se arrodilla.



Reo: Dígamelo en serio cura. Ese don Jesucristo de la aldea, ¿para qué nos salvó?

Cura: Para morir. Le gustaba salvar a la gente para la redención de todos los pecados. Y lo hizo en serio.
Reo: Demasiado serio. ¿Nunca se rio Él?
Cura: No, nunca. Él era serio. (El cura saca una botellita de aguardiente, toma un poco.) 
Reo: Cura borracho; “Bolo”.
Cura: No blasfemes, soldado. El vino alegra al hombre, le hace mirar la muerte como si ella fuera una dama sonriente, toma anda, bebe un trago.
Reo: Él también tomó vino, dicen, en unas bodas cananeas 
Cura: ¿De cananas?
Reo: No. De un pueblo. Usted es cura y ¿no ha leído la Biblia?
Cura: ¡Oh, sí...! ¡Sí!
Reo: (Dudando.) ¿La ha leído?
Cura: (Como avergonzado.) Es... ¿cómo explicarlo? Es que ya no hay Biblias. La gente que­ma los libros para encender la lumbre en donde hierve el maíz... para comer. 
Reo: ¿En serio?
Cura: Es más importante comer que leer libros...
Reo: (Asombrado.) ¿¡La Biblia!?
Cura: Es más importante comer.
Reo: ¡Pero usted es cura!
Cura: Si soy. Yo los confieso. Ellos comulgan. Tú eres soldado. Yo soy cura.
Reo: Es un engaño abyecto.
Cura: (Golpeándose el pecho.) Mea culpa. Mea culpa.
Reo: (Reflexionando.) Puede que sí. Sí, debe ser cura. También hay militares ignorantes... (Al cura.) ¿De dónde se robó esa casulla?
Cura: (Humilde.) Eso no importa. Soy cura... creo en Dios y lo respeto... Anda. Toma un tra­go... (El reo toma.) Entonces era un borrachín como su seguro y humilde servidor. Eso nunca lo dicen las santas escrituras. Tomo por Él (Bebe de nuevo.) Pero Él mu­rió por el pueblo. También pudo enrolarse. No lo hizo. No le gustaba ser soldado, ni aun romano.
Reo: (Irritado.) ¿Me lo está echando en cara? (El cura asiente.)
Cura: Tú matas a tu pueblo. ¿Qué? ¿Cuánto te pagan? ¿Treinta monedas de plata? ¡Bah! De todos modos mueres.
Reo: Usted es un estúpido. Cura descreído. Está actuando en contra de nosotros.
Cura: Tú eres pocos. Ellos muchos. Tú te vas a morir; ellos quedan. Si lucharas por ellos... (Voz al fondo.)
Voz: ¡No le hagas caso! Es un cura maldito. ¡Lo fusilan por traidor...!
Reo: (Alejándose del cura con asco.) Lo estoy creyendo. Usted viene a cambiarme los za­patos de la cabeza, las ideas. Vaya clase de cura. Aconseje a sus pobres, no a mí.
Cura: ¿Tú eres rico? (Ruido de cerrojo.) (Entra la madre.) (Es llevada por soldados.)
Madre: ¡La puta madre que los parió!


El reo, el cura y la madre se miran. Pausa.



Madre: (Al reo con irónica frialdad.) Hijo de mi corazón.

Cura: Abrázala. Una madre es una madre. (El reo no abraza a la madre.) ¡Abrázala!
Madre: Que no lo haga. Los muertos no se abrazan. (Afligida.) Me van a fusilar. Saben hacerlo.
Cura: A mí también. (El reo se ríe.) No hay que ser descortés. No te rías. La muerte es la muerte.
Madre: Es un buen hijo.
Cura: Pero mal soldado.
Reo: Creí que te habías vuelto carboncillo en el incendio. Los míos me dijeron que olías a barbacoa.
Madre: (Con ironía.) ¡Y tú les creíste! Yo nunca he olido a catre.
Reo: No hablo de catres. Barbacoa es una carne que se cuece en un hoyo abajo de la tierra.
Madre: (Con sutil ironía al cura.) Mi hijo es un marinero. Después de aquel incendio viajó en buque hasta Panamá. Una ciudad muy grande, con calles, con personas; ¡Ah! y está llena de casas. No es una aldea.
Reo: Pero nadie te renta ni tan siquiera una pocilga. Si tocas a una puerta se asoman veinte negros con el hocico lleno de dientes.


Pausa



Madre: (Al cura.) ¿Sabe a qué hora nos matan?

Reo: En Panamá los vivos la hacen. Me gané mil balboas en un negocio. Claro, sucio. Luego, catorce mil. (A su madre.) Te los mandé con Williams.
Madre: Se los di a los coroneles.
Reo: ¿Por qué?
Madre: Por salvar a tu padre. De todos modos lo mataron. Le cortaron las manos hasta aquí; pero sus dedos se quedaron aferrando la puerta. Después fue lo del clavo.
Reo: No es que yo no me acuerde. Es que quiero olvidar. Tú sí olvidas. Entonces tenía yo diecisiete años.
Madre: (Al cura.) Volvió porque había guerra. Vino a vernos muy preocupado.
Reo: No me adornes. (Con amarga mofa.) Todas las madres adornan a sus hijos, les inven­tan virtudes. Les quitan el polvo como a los retratos de la sala.
Madre: (Al cura.) No le haga caso. Es joven. A estos muchachos les encanta la guerra, el uni­forme, los galones... Éramos pobres y él se enroló, se hizo soldado.
Cura: Tengo hambre. Hace casi cien horas que no he comido más que saliva.


La mujer le da dos tacos que traía escondidos.



Madre: Son tacos de carne, coma.

Cura: (Comiendo.) ¡Qué delicia! Bendito sea el Señor que nos da el hambre. ¡Es portentosa el hambre, nos da tantas ideas! (Da la botella a la madre. La madre toma un buen trago. Oferta la botella al hijo, éste no toma.) Tu hijo es letrado. Es culto.
Madre: Así es. Mucha cabeza. Pero esta maldita guerra. ¿Dónde va uno a ejercer la cabeza en la guerra?
Cura: Él enseñaba al pueblo, ¿verdad?
Madre: (La madre asiente.) Al principio.
Reo: Pero el pueblo no paga.
Madre: (Agresiva.) ¿Cómo demonios no? Cobrabas en gallinas, hijito, en cerdos. (Al cura.) Por eso se enroló. Ellos sí le pagaron. Le pusieron galones, fileteados de oro, de sar­gento... Fue una fiesta. El comandante que mató a tu padre te los puso, sí, el coman­dante gordo al que tú saludas con reverencia. (Se oye fuera una descarga.) (Asustada.) ¿Dónde fue eso?
Cura: En cualquier parte. Todos los días se matan, y nos matan.
Madre: (Al reo.) Tú podrías defenderte. Eres de ellos. Total, ¿qué es una pierna de jamón para los ricos?
Cura: ¿No trajo más comida? Estaba deliciosa. ¡Qué carne más sabrosa! ¿De cerdo?
Madre: Casi. Yo misma la guisé y alcanzó para todos. Los vecinos dijeron chistes, comían y aplau­dían. Invité a Rosita. Es mi hija. Estudiaba primaria cuando esto comenzó.
Reo: Ahora estudia anatomía... es prostituta.
Cura: Santa prostituta.
Madre: Por supuesto que sí, santa.
Reo: (A la madre.) Tú la enviaste al comandante para que él, después de quitarle el estorbo de ser niña la entregara a los soldados.
Madre: ¿Te consta?
Cura: (Ávido.) ¿La conozco yo?
Reo: (Al cura.) Es mi hermana. (A la madre.) ¿Por qué lo hiciste?
Madre: Por lo mismo que tú te hiciste soldadito.
Cura: Por hambre. Eso es. La guerra es el hambre. ¿Trajo más comida? (La madre niega.) Estaba deliciosa.
Madre: (Acongojada.) Me duele el alma. Quisiera confesarme antes de que los hijos de perra me hagan escupir el bofe.
Cura: Hazlo. Vamos a ese rincón.


Cura y madre van al rincón del wáter.



Reo: ¿Qué le puede decir? ¿Qué carajos va a confesar? ¿La confusión de su cerebro de vieja grulla? Confesarse precisamente ahora que no sabemos lo que somos ni lo que hacemos.

Madre: (Desde el rincón.) Tú puedes defenderte. Después de todo una pierna de jamón es mierda. (Ve el wáter.) Fuchi, esto huele a caca de milite.
Reo: Cuando una pierna de jamón pertenece a un comandante, se convierte en delito de muy alta cultura, delito de traición.
Madre: (Al cura. Confesando.) Cuando uno nace... bueno, un bebé no piensa. Siente. Cuan­do uno crece es cuando va dejando de sentir. Y cuando ya no siente, piensa.
Cura: Es la única razón de la existencia de los intelectuales.
Reo: No los ignore, cura, los dirigentes piensan, hacen la guerra, la planifican.
Cura: Pero aquí (Se toca el corazón.) ya no sienten, son la computadora del más siniestro ruido, del servicio de limpia... Empujan a ustedes los jóvenes a cualquier bando con tal de que se vayan y se maten. Hay demasiados jóvenes, dicen. En todos los poblados sólo ves niños y mujeres atónitas, histéricas.
Reo: (Grita.) ¿A qué horas, Federico?
Voz: (Fuera.) ¡Espérate, carajo, hay muchas broncas!
Reo: Pues que despachen esto.
Voz: No te oigo bien, creo que me están matando.
Cura: Ahora un credo. Estás absuelta.
Reo: ¿Por usted, don borracho?
Cura: Así es, señor.
Reo: Si esa vieja va al cielo, pervertiría a los ángeles.
Madre: ¡Pedazo de cagada! Creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tie­rra. (Pausa.) En los hijos no creo... Entregan a su madre por una pierna de jamón.
Cura: Reza, reza... rezar no cuesta nada.
Reo: ¿Cómo que no? Rezar cuesta el esfuerzo de volver a creer.
Cura: ¿No eres creyente entonces?
Reo: En los míos, sí. Tienen todos sus dedos aferrando el poder. Siempre he creído en aque­llos que tienen el poder.
Madre: (Al cura.) ¡Le dije que era un sabio! No llega a los veinte años, y ya es un teniente coronel.
Reo: Pobre madre, tan vieja. Se supone que debería quererte aunque seas de ese bando de los muertos de hambre.
Madre: (Sonándose la nariz con las enaguas. Llorando.) Soy patriota, ¿No es cierto?
Reo: No sabes lo que es patria.
Madre: ¿Cómo demonios no? La patria es la bandera.
Cura: ¿Cuál patria? ¿Cuál bandera?
Reo: Óigala, cura.
Cura: No la oigo a ella. Te oigo a ti. La bandera es un trapo desgarrado, harapiento, lleno de sangre.
Reo: ¿Su bandera?
Cura: La mía o la tuya. Uno llega a detestar a todas las banderas; trapos sucios, sangrientos. Deberían de pudrirse en los museos.
Reo: ¿Qué dijo? ¿Cómo se atreve? ¡Apátrida!
Cura: (Se quita la cadena y la cruz del pecho. Triste, a la cruz.) Ya no sirves de mucho.
Madre: ¡No se la quite! Le va a traer mala suerte.
Cura: ¡No lo hago por eso! Es que no quiero que le den un balazo. Estos pobres muchachos de ahora no tienen suficiente puntería. No están bien entrenados. Siga, joven.
Reo: Cómase esta granada. Está llena de granos apretados, apretados apret... ¿Ha visto algu­na vez los autobuses donde viajan los muchachitos maricas de la Universidad?
Cura: ¿No quiere un granito de granada? (Pone un granito de granada en la boca de la ma­dre.) Está muy bien de postre.
Madre: A ver, otro. (El cura le da otro grano.) Es suficiente. (Pausa.) (La madre se levanta y mira en torno.) ¿Por qué lo matan, cura?
Cura: Me negué a decir misa, digo, a los soldados. Es por antipatía personal. No me gusta el color de las sardinas verdes.
Reo: Es símbolo señor. Tenemos nuestra causa.
Cura: No es causa. Es hambre, es ilusión. Es nada.
Reo: (Grita.) ¡Federico, que me cambien de celda! (Al cura.) Usted se calla. No hable de su causa o de la mía. No son iguales.
Cura: Te pregunté si eras rico.
Reo: (A la madre.) ¿No trajiste pistola?
Madre: (Negando.) No me dieron tiempo sino de esconder los pedazos de carne. Sabía que te iba a ver y traje tacos de carne para ti. Creí que a lo mejor en el último instante tendrías hambre. Era un modo mío de darte las gracias.
Reo: Te las doy. Gracias.
Madre: ¿De qué?
Reo: Por haberme parido.
Madre: No me dolió, yo era joven, era fuerte. Eran aquellos tiempos en que una persona fuerte mantenía las esperanzas, escondidas en risas.
Reo: ¡Pues ríete!
Madre: No, todavía no. Hasta que aquél cabrón muera. (Al cura.) Le hablo de ese coronel culo de perro que empezó de pastor. (Pausa.) Por decidir salvar al padre de mis hijos le entregué trece mil balboas, y mil al recadero. Fueron los catorce mil que este soldadito de plomo me mandó con Williams, el panameño.


(Entra Rosita por la puerta. Entra con vestido.)



Reo: ¡Rosita, hermana! (Rosita canta alegremente.)

Rosita: El día en que yo nací 
se le acabó lo triste 
A todo el mundo.
El día que yo nací 
mis hermanos y padre 
se alegraron,
Rosita sólo hay una, 
dijeron todos, 
y escupieron sus penas 
sobre mi cuna.


Madre: (Aplaude.) Bonita que eres, muchacha. (Al cura.) Es mi hija Rosita, la hermana de éste.

Reo: Sí, y hace rato me la echaron aquí mismo en cueros ¡infelices!
Madre: ¿Qué? Rosita nunca se ha encuerado.
Reo: (Burlón.) ¿No?
Madre: (A Rosita.) Saluda al señor cura, Rosita. (Al reo.) Voy a repetírtelo para que te laves la honra. Rosita nunca se ha encuerado... ¡no me interrumpas! (El cura es besado tímidamente por Rosita.)
Cura: Gracias, hija.
Madre: Rosita, nunca se ha encuerado. La han encuerado que es distinto.
Reo: Es puta.
Madre: ¿Y qué tiene de malo? Es también tu hermana y eso a ella no le da vergüenza. Es la guerra.
Reo: La regalaste al comandante. A Rosita, tú se la regalaste al comandante.
Madre: Es la guerra.
Reo: La emputeciste.
Madre: Es la guerra. Si tú fueras un hombre virgen lo entenderías.
Rosita: Ay, qué bonita cruz. ¿Me la deja poner?
Cura: No, señorita no. Está bendita.
Rosita: Entiendo. Aquí la dejo. Me haría daño.
Reo: ¿Daño, por qué? de todos modos nos van a fusilar
Rosita: ¿A usted también? (El cura asiente.)
Reo: Ese hombre es un imbécil.
Madre: No le faltes a Dios, hijo soldado. Dios es un ojo alerta. Nos está viendo a todos. Nos escucha.
Reo: Pues que me escuche bien. Yo no soy como ustedes... y me mete entre ustedes.
Madre: Sin pistola eres igual a nosotros.
Rosita: No me ha ido mal, hermano. Por entregar el cuerpo hemos comido, mis hermanos, mamá y dos o tres vecinos.
Reo: Yo te hubiera casado, bien casada.
Madre: ¿Con otro militar? Ustedes nunca se casan bien. Se casan con el poder, con la muerte. 
Reo: ¡Mamá!
Madre: ¡Oh! al fin me reconoces.
Reo: ¡Me avergüenzo de ti! Deje de rezar, cura, y escúcheme esto. El uniforme altera la con­ciencia de un hombre. El hábito hace al monje. Le doy dinero a un pobre campe­sino y se vuelve cacique. Obedece al uniforme de su clase. Mi clase es el poder. El uniforme es poder. Ustedes tienen mentes de peatones, yo de volante.
Cura: ¿Tienes automóvil?
Reo: Yo de volante.
Madre: (A Rosita.) ¡Hija de mis entrañas!... (Se abrazan madre e hija.)
Reo: ¡Vieja alcahueta! Tú traficas con todo.
Madre: Es la guerra.
Reo: ¿Sabes por qué estoy preso?
Madre: (Asiente.) Por una pierna de jamón.
Reo: ¡Que tú te robaste!
Madre: No es un crimen robar una pierna de jamón.
Reo: Pero las consecuencias...
Madre: ¡Ay hijito! Las consecuencias son impremeditadas. Una mira los hechos. El hambre es un hecho. ¿Le gustaron los tacos, señor cura?
Cura: Deliciosos.
Madre: Las consecuencias son como los bancos: son pago de intereses.
Cura: Dios no cobra intereses.
Rosita: ¿Por qué habría de cobrarlos? Tampoco nos da nada.
Madre: Eres lista mi hijita. Lástima que en la guerra los hombres no aprecian la inteligencia, (señala frente) el estro.
Reo: ¡Federico! ¡Que me cambien de celda! Me están perjudicando las palabras de esta gente. 
Rosita: Federico está muerto. Lo vi muerto al entrar.
Reo: ¿Quién lo mató?
Rosita: No sé. Tal vez nosotros o ellos.
Cura: Lástima. Era un buen hombre.
Rosita: Yo digo lo siguiente: tenía muy buena cama.
Cura: ¡Lascivia! ¡Lascivia!
Madre: (Intrigada.) ¿Es el nombre de su amante?
Reo: No, lascivia es en lo que tú comercias entre tu hija y la soldadesca.
Madre: (Apenada.) Está bien, ya lo entiendo. Me arrepiento, señor cura.
Cura: ¿Hasta el fondo?
Rosita: Señor cura, no le haga a mi mamá proposiciones facinerosas. Mi mamá es virgen. 
Reo: ¿Virgen?
Rosita: Como los jotos. Vírgenes por delante y mártires de atrás.
Madre: (Al público.) ¿Por qué se ríen, señores? Si estuvieran condenados a muerte, como nosotros, verían la diferencia entre un espectador y un condenado a muerte. Un condenado a muerte nunca piensa en ustedes. No piensa en los escrúpulos.
Reo: ¡Miente! ¡Hay escrúpulos!
Madre: No miento. Tú tienes la esperanza de salvarte. Eres de ellos. Tú, miserable ombligo de mi ombligo, eres galán de cine sin película. Los galanes besan con pasión. 
Cura: ¡Lascivia!
Madre: Deje de sermonear. Usted también. ¿No se trincó a la hija del Notario?
Cura: ¡Nunca!
Madre: ¿Deveras nunca?
Cura: Fue ella quien me violó.
Rosita: (Ingenua.) ¿Violar es coger?
Reo: ¡Federico!
Rosita: Está muerto. Te lo dije.
Reo: No lo creo. No es posible que maten al que cuida una cárcel.
Madre: Mataron tu conciencia, soldadito.


Entra un guardia.



Guardia: Señora, usted primero.

Madre: ¿Por qué yo? Éstos llegaron antes.
Guardia: Es la orden.
Madre: Acérqueme el pomo, cura, para que esto parezca que es un sueño que yo soñé. (Al guardia.) Yo no era campesina. Pero al mirarte a ti sin tierra, sin trabajo, soy capaz de aferrar el arado y escarbar la madre tierra para cavar tu tumba en la calzada. (An­gustiada.) ¡Me van a fusilar!
Guardia: Eso dijeron. No sé. Mas lo dijeron. (Mientras sale el guardia luz más intensa en la cara del reo, que habla al público. A media luz los demás.)
Reo: Ustedes no conocen a mi madre. Ella nunca se muere. La han fusilado como trescientas veces y ella permanece.


(Entrando a la luz intensa.)



Cura: Como la chusma, es pueblo y el pueblo permanece.

Reo: Odio a mi madre pueblo. Es una traficante del dolor y la mierda... Las acciones no cuen­tan más que para la historia.
Cura: Y tu madre es acción, es vida, y la vida no muere. (Sale de la luz. Entra Rosita.)
Rosita: ¿Te acostarías conmigo?
Reo: Cuando uno va a morir, lo que sea. (Se besan.) Eso es, cualquier cosa es la vida.
Rosita: ¿Hasta tu hermana?
Reo: Cualquier cosa es la vida.
Rosita: (Cachondeándolo.) Somos Adán y Eva sin testigos.
Reo: Si hay testigos, no importa. Aquí no hay televisión, te lo advierto. (Se abrazan.)
Rosita: Te vi despacio cuando volviste de Panamá. Eres guapo. Me excitas.
Reo: Lástima. Tengo el complejo del que ya no sirve. Me raparon. (Se baja el pantalón, en­seña el vacío a Rosita.)
Rosita: ¡Ay, qué salvajes fueron! ¿Cómo te las arreglas para orinar?
Reo: Igual que tú, sentándome en la taza.
Rosita: Ni modo. No hay incesto. (La madre lanza una media carcajada. Luz a todos.)
Madre: Te quitaron la pistola.
Reo: No la que mata. Habrá consejo de guerra. Y cuando explique, la pistola que mata, me será de­vuelta. Ríete ahora, me la devolverán, vieja traficante. ¿Te callas, eh? Te matarán primero.
Madre: Estamos en la cola, teniente coronel. También tú. Sólo un idiota se fía del uniforme. En los pueblos en guerra suben y bajan muertos, generales, comandantes... A un general lo matan otros generales. También pueden matar a todo tu cuartel.
Reo: Mi comandante es fuerte, está apoyado de mucho muy arriba.
Madre: Arriba es aire.
Cura: No blasfemes. Hay cielo.
Madre: También es aire y contaminación. Está lleno de aviones y de bombas. ¡Ah! (Se saca algo de debajo de la enagua.) Te aviento tus galones. Son de plomo dorado.
Reo: (Cacha los galones, iracundo.) ¡Me engañaron entonces! Los pagué como de oro.
Madre: Oro es lo que uno caga. Al menos fertiliza la tierra. ¡Ah! (Se busca otra vez bajo la enagua, saca un par de protege pies.) Te traje también estos caites o guaraches o tapacallos. No te resfríes descalzo. Imagínense un fusilado que estornuda.
Rosita: Es difícil entender todo esto. ¿Quién, cómo eres tú mamá?
Madre: ¡Ay, yo soy como el aire, nunca lo notas hasta que te falta! (Al reo.) ¡Póngaselos, ca­brón! (La madre avienta los zapatos al reo.)
Reo: Acepto. Nada más porque te matarán primero. (Baja luz del reo. Luz sobre la madre en pie y el cura y Rosita.)
Cura: (A Rosita.) Ella va primero. Híncate. La oración ayuda o tal vez consuela. (Cura y Rosi­ta se arrodillan junto a la madre que sigue de pie sin un gesto, sin agachar la ca­ra.) Padre nuestro... (Murmullos de rezo durante un momento. La madre se in­clina. Observa la cabeza de Rosita.)
Madre: Te estás quedando calva. Una mujer sin pelo, es una puta con peluca. (Luz a todos.) 
Cura: (A la madre.) No interrumpas. Rezamos por ti.
Madre: No me gustan los rezos. No hablan de guerra. ¿Qué haríamos sin la guerra?
Reo: ¿No cambias, eh?
Madre: Tampoco tú. ¿Qué harías tú sin la guerra? ¿Qué serías? Un piojo. Un piojo chupando canas. (Se oyen pasos que llegan.)
Cura: (A la madre.) Vienen por ti.
Reo: (Burlón.) Adiós, madre.
Madre: Todavía no, cabrón. Cuando yo muera se oirán las trompetas del juicio final.


(Ruido de cerrojos. Todos miran la puerta. Entra el soldado raso Federico, sin fusil. Trae un bulto enrollado.)



Reo: ¡Federico!

Federico: El mismo, mi teniente coronel.
Reo: (Señala a la madre.) Es ésa. Llévatela.
Madre: (Da un paso.) Sí, soy una madre que parió un perro.
Rosita: (A Federico.) Estabas muerto. Te vi tirado al entrar.
Federico: Era el otro, mi relevo. Yo vengo a esconder esto. (Pone el envoltorio sobre la paja.)Usted dispense, teniente coronel. Aquí es el único sitio seguro.
Reo: ¿Qué traes, qué es eso?
Federico: El uniforme del señor comandante.
Cura: ¿Ha muerto?
Federico: No. Vivo sí está. Panza abajo.
Madre: (Ríe.) Ja, ja. Ese cerdo no volverá a sentarse nunca.
Reo: ¿Qué pasa? ¿Qué le pasó a mi señor comandante?
Federico: En pleno desfile, lleno de aplausos, la calle adornada...
Reo: ¿Pero qué carajos pasó?
Federico: El comandante acariciaba a un niño, un patojito. Lo aplaudían todos, mi mujer lo vio. 
Reo: ¡Carajo, dilo ya!
Federico: Lo digo. Fue cuando una vieja se le acercó con tamaño ramote de flores, amari­llas, dicen, grandotas. El comandante miró el ramo de flores entre los aplausos y allí fue.
Reo: ¿Qué fue?
Federico: Pues que la vieja le dio el ramo de flores, dizque, pero no, de entre las flores la vieja sacó el hacha, dicen y cuando el comandante se daba la vuelta, sin ver el ha­cha ¡zas! La vieja levantó el filo de brillos y le dio dos tajarrazos directos...
Reo: ¿Lo mató?
Federico: No. Le cortó las nalgas.
Rosita: (Riendo.) ¡Las nalgas!
Cura: (Preocupado.) Bendito sea Dios.
Reo: ¡Acaba, imbécil!
Federico: Y las echó en un bote y a pata de liebre se perdió en los campos.
Reo: ¿La apresaron?
Federico: Creo que sí. Fue hace cinco horas.
Reo: ¿Y después?
Federico: Fueron tras ella, hasta su barraca. La encontraron... Tenía fiesta, parientes y ve­cinos... las cocinaron y se las comieron.
Cura: ¿Las nalgas?
Federico: Sí, las del comandante.
Reo: ¿Y cómo era esa vieja?
Federico: No sé, yo no vi. Pero le llovieron los cintarazos.
Reo: Yo sé quién era. La apresaron, dices. (El reo se vuelve y mira a la madre.) ¡Las nalgas de mi señor comandante! ¡Te las comiste!
Madre: ¿De qué te quejas? Te traje a ti dos tacos.
Cura: ¡Me he comido las nalgas de un cristiano! (Sale Federico.)
Madre: Yo las guisé con arte, mejorana y tomillo. (Al cura.) ¿No le gustaron? (Sonriente.)
Cura: ¡Estaban deliciosas!
Reo: ¡Chacal, antropófago de mierda! ¡Me las traías a mí! ¡Las nalgas de mi comandante!
Madre: Me dio piedad el cura. Él no había comido. (Rosita sale por la puerta.)
Reo: (A la madre.) El plan tuyo era yo, que yo me las comiera.
Madre: Aquello que tú lames, mejor te lo comes.
Reo: (Con odio.) Tú lo vas a pagar... Lo tienes que pagar.
Madre: Es una vieja deuda que está pagada. Hace mucho, pagada... (La madre se acerca a la puerta. Grita.) ¡Vengan por mí!... Ya es hora de acabar esta fiesta, hijos de puta madre. (Al reo.) Y tú después. Ya deben ser las seis de la mañana.
Rosita: (Entra contenta.) Salí a la calle, está amaneciendo.
Reo: ¿Saliste a la calle?
Rosita: Ajá, la puerta está abierta. No hay ninguno de guardia. Es más, no hay nadie.
Cura: Debe de ser cierto. Hace mucho rato que no se oye ningún disparo.
Madre: (Yendo a la puerta.) Ven conmigo Rosita. Déjame ver si es cierto. (Salen la madre y Rosita.)
Reo: No se haga ilusiones cura, ya no discuten. Nos van a fusilar.
Cura: (Saca su reloj de bolsillo.) Faltan cinco minutos para las seis.
Reo: ¿Cómo? ¡Tiene usted un reloj! ¿Por qué no me lo había dicho?
Cura: No me lo preguntaste. (El reo le arrebata el reloj. Lo mira. Lo sacude.)
Reo: ¡Está parado!
Cura: Es un reloj antiguo. Marca otro tiempo. (Entra la madre y Rosita.)
Madre: Es el tiempo de vivir. No hay nadie. Estamos libres. Vámonos señor cura.
Cura: Déjame dar las gracias. (El cura se pone la cruz al cuello, antes besa la cruz.)
Rosita: (Al reo.) ¡Alégrate, hermano! Vamos juntos a respirar el aire libre. Afuera hay mucho sol.
Reo: Yo no me iré. Soy militar de clase.
Madre: Anda, hijo, la alegría de vivir es lo primero. Después nos odiaremos. Mientras canta.


(Los cuatro enlazan sus brazos en pulsera. El reo obligado. En coro festivo.)



Si tuviera una llave de tuercas esta reja podría yo abrir 

y con la misma llave de tuercas yo pondría al carcelero a dormir.
Dentro de once meses 
y quince días saldré 
de este calabozo, 
dentro de once meses 
y quince días me van a sacar piojoso.
Con el hacha por delante 
le di golpes por detrás 
me comí del comandante 
lo que le colgaba atrás 
lo que le colgaba atrás


(Salen la madre, el cura y Rosita. El reo se desprende de ellos y se queda. La música de la canción se prolonga en armónica de boca.)



Reo: No se trata de salir. La gentuza regresa a sus cloacas. Mi deber es ser y permanecer. Se tiene clase o no se tiene. Vendrán a reivindicarme. (Se revisa el saco que viste. Reacciona a una idea.) ¡El uniforme! (Va en donde está el bulto que dejó el sol­dado. Lo desata. Rueda el kepí del comandante y las botas. El reo sacude el chaquetín. Cae algo al piso. Con sonido metálico. El reo coge el objeto y lo contempla.) ¡Ah, su anillo del gran brillante! (Besa el anillo con respeto. Se lo pone al dedo.)



Mientras el reo se pone la ropa del comandante, luz a Venerable.



Venerable: Honorables miembros del Escuadrón Selecto. Lo discutido hasta aquí puede in­clinarnos peligrosamente a un sentimentalismo por cierto, inútil; mi opinión es que si él no mató a su madre cuando ésta robaba la pierna de jamón, es que todavía el reo es afín a su clase. Yo voto en contra. (Fuera luz.)

Reo: (El reo mientras se quitó el burdo saco y se puso el chaquetín. Se calza las botas. Toma el kepí y lo contempla en alto. Destellean los entorchados) ¡El poder! Perdona mi señor comandante. (Se pone el kepí. Se abotona el chaquetín. Se yergue.) Me han dado el otro ascenso. Gracias, Venerable. (La música de la armónica cesa.) Vamos de nuevo al servicio. Estoy apto.


Se oyen fuertes pisadas que llegan. Entran dos militares: un general con su ayudante. El general se asombra. Se para en seco.



General: (Despótico al reo.) ¿Y usted, quién es?

Reo: (Saludando militarmente.) Señor general, soy el comandante.
General: ¿Comandante de qué, de quiénes? ¡Cállese, no se mueva! ¡Se le acabó el cuartel! ¡Ahora somos otros!
Reo: Señor general.
General: ¡No de usted! (El general hace una seña al ayudante. Éste levanta la pistola. En­tra la madre)
Madre: (Seca.) ¡No lo mate, señor general, no lo mate!
General: (Al ayudante.) ¡Dale!


El ayudante dispara un sonoro balazo. El reo, herido cae de rodillas. Otro balazo. El reo se derrumba, rueda el kepí, otro balazo y brinca aún el cuerpo muerto.



General: Vámonos, que toquen la diana.



General y ayudante salen. La madre inmóvil, desde su sitio contempla al muerto. Entra Rosita y mira el cuerpo.



Rosita: ¡Lo mataron!



La madre y Rosita se acercan al muerto. Al fondo suena la diana.



Madre: Tenías que acabar así. Hoy te mataron, pero ya estabas muerto.



Rosita cubre con un trapo la cara del muerto y sale rápidamente. La madre contempla al cuerpo inánime.



Madre: Tenías que acabar así. Es justo, pero lo siento. (Buscando, reza.) Ya no me acuerdo cómo se reza. Lo siento, lo siento.



La madre sigue viendo el cuerpo del caído, de pronto se inclina hacia el caído, le revisa las bolsas. Le toma la mano. Entra Rosita.



Rosita: Mamá, está llegando nueva tropa. (Rosita ve que la madre ve la sortija. La extrae del dedo y la contempla.) ¿Qué haces, madre? ¿La robas?

Madre: No. Total, un brillante.
(Se pone el anillo de oro al dedo, contempla el fulgor de la joya.)
De qué le sirven los brillantes a un muerto.
(La madre empuja suavemente a Rosita. Le da una nalgada.)
Camina, vamos a ver cómo anda eso de la nueva tropa.


(Sale Rosita contoneándose. Sale la madre rascándose las nalgas.)



Fin

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