DON JUAN TENORIO JOSÉ ZORRILLA








DON JUAN TENORIO


JOSÉ ZORRILLA



PERSONAS

DON JUAN TENORIO
DON LUIS MEJÍA
DON GONZALO DE ULLOA, comendador de Calatrava
DON DIEGO TENORIO
DOÑA INÉS DE ULLOA
DOÑA ANA DE PANTOJA
CRISÓFANO BUTTARELLI
MARCOS CIUTTI


BRÍGIDA
PASCUAL
EL CAPITÁN CENTELLAS
DON RAFAEL DE AVELLANEDA
LUCÍA
LA ABADESA DE LAS CALATRAVAS DE SEVILLA
LA TORNERA DE ÍDEM
GASTÓN
MIGUEL
UN ESCULTOR
DOS ALGUACILES
UN PAJE (que no habla)
LA ESTATUA DE DON GONZALO (él mismo)
LA SOMBRA DE DOÑA INÉS (ella misma)

CABALLEROS SEVILLANOS, ENCUBIERTOS, CURIOSOS, ESQUE­LETOS, ESTATUAS, ÁNGELES, SOMBRAS, JUSTICIA y PUEBLO

La acción en Sevilla por los años 1545, últimos del Empera­dor Carlos V. Los cuatro primeros actos pasan en una sola noche. Los tres restantes, cinco años después, y en otra noche.


PARTE PRIMERA

ACTO PRIMERO

Libertinaje y escándalo

PERSONAS

Don Juan, don Luis, don Diego, don Gonzalo, Buttarelli, Ciutti, Centellas, Avellaneda, Gastón, Miguel, Caballeros, curiosos, en­mascarados, rondas

Hostería de CRISTÓFANO BUTTARELLI. Puerta en el fondo que da a la calle: mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar

ESCENA PRIMERA

DON JUAN, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo; BUTTARELLI y CIUTTI, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo MÁSCARAS, ES­TUDIANTES y PUEBLO con hachones , músicas, etc.

JUAN.
¡Cuán gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caros sus gritos!
(Sigue escribiendo.)
BUTTA. (A CIUTTI.)
Buen Carnaval.
CIUTTI. (A BUTTARELLI.)
Buen agosto
para rellenar la arquilla.
BUTTA. ¡Quia! Corre ahora por Sevilla
poco gusto y mucho mosto.
Ni caen aquí buenos peces,
que son casas mal miradas
por gentes acomodadas
y atropelladas a veces.
CIUTTI. Pero hoy...
BUTTA. Hoy no entra en la cuenta,
Ciutti: se ha hecho buen trabajo.
CIUTTI. ¡Chist! Habla un poco más bajo,
que mi señor se impacienta
pronto.
BUTTA. ¿A su servicio estás?
CIUTTI. Ya ha un año.
BUTTA. ¿Y qué tal te sale?
CIUTTI. No hay prior que se me iguale;
tengo cuanto quiero, y más.
Tiempo libre, bolsa llena,
buenas mozas y buen vino.
BUTTA. ¡Cuerpo de tal, qué destino!
CIUTTI. (Señalando a DON JUAN.)
Y todo ello a costa ajena.
BUTTA. ¿Rico, eh?
CIUTTI Varea la plata.
BUTTA. ¿Franco?
CIUTTI. Como un estudiante.
BUTTA. ¿Y noble?
CIUTTI. Como un infante.
BUTTA. ¿Y bravo?
CIUTTI. Como un pirata.
BUTTA. ¿Español?
CIUTTI. Creo que sí.
BUTTA. ¿Su nombre?
CIUTTI. Lo ignoro en suma.
BUTTA. ¡Bribón! ¿Y dónde va?
CIUTTI. Aquí.
BUTTA. Largo plumea.
CIUTTI. Es gran pluma.
BUTTA. ¿Y a quién mil diablos escribe
tan cuidadoso y prolijo?
CIUTTI. A su padre.
BUTTA. ¡Vaya un hijo!
CIUTTI. Para el tiempo en que se vive,
es un hombre extraordinario.
Mas silencio.
JUAN. (Cerrando la carta.)
Firmo y plego.
¿Ciutti?
CIUTTI. ¿Señor?
JUAN. Este pliego
irá dentro del horario
en que reza doña Inés
a sus manos a parar.
CIUTTI. ¿Hay respuesta que aguardar?
JUAN. Del diablo con guardapiés
que la asiste, de su dueña,
que mis instrucciones sabe,
recogerás una llave,
una hora y una seña:
y más ligero que el viento
aquí otra vez.
CIUTTI. Está bien. (Vase.)


ESCENA II

DON JUAN, BUTTARELLI

JUAN. Cristófano, vieni quà.
BUTTA. Eccellenza!
JUAN. Senti.
BUTTA.
Sento.
Ma ho imparato il castigliano,
se è più facile al signor
la sua lingua...
JUAN. Sí, es mejor;
lascia dunque il tuo toscano,
y dime: ¿don Luis Mejía
ha venido hoy?
BUTTA, Excelencia,
no está en Sevilla.
JUAN. ¿Su ausencia
dura en verdad todavía?
BUTTA. Tal creo.
JUAN. ¿Y noticia alguna
no tienes de él?
BUTTA. ¡Ah! Una historia
me viene ahora a la memoria que os podrá dar...
JUAN. ¿Oportuna
luz sobre el caso?
BUTTA, Tal vez.
JUAN. Habla, pues.
BUTTA. (Hablando consigo mismo.)
No, no me engaño:
esta noche cumple el año,
lo había olvidado.
JUAN. ¡Pardiez!
¿Acabarás con tu cuento?
BUTTA. Perdonad, señor: estaba
recordando el hecho.
JUAN. ¡Acaba,
vive Dios!, que me impaciento.
BUTTA. Pues es el caso, señor,
que el caballero Mejía
por quien preguntáis, dio un día
en la ocurrencia peor
que ocurírsele podía.
JUAN. Suprime lo al hecho extraño;
que apostaron me es notorio
a quien haría en un año,
con más fortuna, más daño,
Luis Mejía y Juan Tenorio.
BUTTA. ¿La historia sabéis?
JUAN. Entera;
por eso te he preguntado
por Mejía.
BUTTA. ¡Oh! Me pluguiera
que la apuesta se cumpliera,
que pagan bien y al contado.
JUAN. ¿Y no tienes confianza
en que don Luis a esta cita
acuda?
BUTTA. ¡Quia! Ni esperanza:
el fin del plazo se avanza,
y estoy cierto que maldita
la memoria que ninguno
guarda de ello.
JUAN. Basta ya.
Toma.
BUTTA. ¡Excelencia! (Saluda profundamente.)
¿Y de alguno
de ellos sabéis vos?
JUAN. Quizá.
BUTTA. ¿Vendrán, pues?
JUAN. Al menos uno;
mas por su acaso los dos
dirigen aquí sus huellas
el uno del otro en pos,
tus dos mejores botellas
prevénles
BUTTA. Mas...
JUAN. ¡Chito!... Adiós.

ESCENA III

BUTTARELLI
¡Santa Madonna! De vuelta
Mejía y Tenorio están
sin duda... y recogerán
los dos la palabra suelta.
¡Oh!, sí; ese hombre tiene traza
de saberlo a fondo. (Ruido dentro.) ¿Pero
qué es esto? (Se asoma a la puerta.)
¡Anda! ¡El forastero
está riñendo en la plaza!
¡Válgame Dios! ¡Qué bullicio!
¡Cómo se le arremolina
chusma...! ¡Y cómo la acoquina
él solo...! ¡Puf! ¡Qué estropicio!
¡Cuál corren delante de él!
No hay duda, están en Castilla
los dos, y anda ya Sevilla
toda revuelta. ¡Miguel!

ESCENA IV

BUTTARELLI, MIGUEL

MIGUEL. Che comanda?
BUTTA. Presto qui
servi una tavola, amico:
e del Lacryma più antico
porta due bottiglie.
MIGUEL. Sí,
signor padron.
BUTTA. Micheletto,
apparecchia in carità
lo più rico que si fa:
affrettati!
MIGUEL. Già mi affretto,
signor padrone. (Vase.)


ESCENA V

BUTTARELLI, DON GONZALO

GONZA. Aquí es.
¿Patrón?
BUTTA, ¿Qué se ofrece?
GONZA. Quiero
hablar con el hostelero.
BUTTA. Con él habláis; decid, pues
GONZA. ¿Sois vos?
BUTTA. Sí; mas despachad,
que estoy de priesa.
GONZA. En tal caso,
ved si es cabal y de paso
esa dobla, y contestad.
BUTTA. ¡Oh, excelencia!
GONZA. ¿Conocéis
a don Juan Tenorio?
BUTTA. Sí.
GONZA. ¿Y es cierto que tiene aquí
hoy una cita?
BUTTA. Oh! ¿Seréis
vos el otro?
GONZA. ¿Quién?
BUTTA. Don Luis.
GONZA. No; pero estar me interesa
en su entrevista.
BUTTA. Esta mesa
les preparo; si os servís
en esotra colocaros,
podréis presenciar la cena
que les daré... ¡Oh! Será escena
que espero que ha de admiraros.
GONZA. Lo creo.
BUTTA. Son, sin disputa,
los dos mozos más gentiles
de España.
GONZA. Sí, y los más viles
también.
BUTTA. ¡Bah! Se les imputa
cuanto malo se hace hoy día;
mas la malicia lo inventa,
pues nadie paga su cuenta
como Tenorio y Mejía.
GONZA. ¡Ya!
BUTTA. Es afán de murmurar
porque conmigo, señor,
ninguno lo hace mejor,
y bien lo puedo jurar.
GONZA. No es necesario: mas...
BUTTA. Qué?
GONZA. Quisiera yo ocultamente
verlos, y sin que la gente
me reconociera.
BUTTA. A fe
que eso es muy fácil, señor.
Las fiestas de carnaval,
al hombre más principal
permiten, sin deshonor
de su linaje, servirse
de un antifaz, y bajo él,
¿quién sabe, hasta descubrirse,
de qué carne es el pastel?
GONZA. Mejor fuera en aposento
contiguo...
BUTTA. Ninguno cae aquí.
GONZA. Pues entonces, trae
el antifaz.
BUTTA. Al momento.

ESCENA VI

DON GONZALO

No cabe en mi corazón
que tal hombre pueda haber,
y no quiero cometer
con él una sinrazón.
Yo mismo indagar prefiero
la verdad..., mas, a ser cierta
la apuesta, primero muerta
que esposa suya la quiero.
No hay en la tierra interés
que, si la daña, me cuadre;
primero seré buen padre,
buen caballero después.
Enlace es de gran ventaja,
mas no quiero que Tenorio
del velo del desposorio
la recorte una mortaja.


ESCENA VII

DON GONZALO; BUTTARELLI, que trae un antifaz

BUTTA. Ya está aquí.
GONZA. Gracias, patrón:
¿Tardarán mucho en llegar?
BUTTA. Si vienen no han de tardar:
cerca de las ocho son.
GONZA. ¿Esa es hora señalada?
BUTTA. Cierra el plazo, y es asunto
de perder, quien no esté a punto
de la primera campanada.
GONZA. Quiera Dios que sea una chanza,
y no lo que se murmura.
BUTTA. No tengo aún por muy segura
de que cumplan, la esperanza;
pero si tanto os importa
lo que en ello sea saber,
pues la hora está al caer,
la dilación es ya corta.
GONZA. Cúbrome, pues, y me siento. (Se sienta en una mesa a la derecha y se pone el antifaz.)
BUTTA. (Curioso el viejo me tiene
del misterio con que viene...
Y no me quedo contento
hasta saber quién es él.) (Limpia y trajina, mi­rándole de reojo.)
GONZA. (¡Qué un hombre como yo tenga
que esperar aquí, y se avenga
con semejante papel!
En fin, me importa el sosiego
de mi casa, y la ventura
de una hija sencilla y pura,
y no es para echarlo a juego.)


ESCENA VIII

DON GONZALO, BUTTARELLI; DON DIEGO,
a la puerta del fondo

DIEGO. La seña está terminante,
aquí es: bien me han informado;
llego, pues.
BUTTA. ¿Otro embozado?
DIEGO. ¡Ah de esta casa!
BUTTA. Adelante.
DIEGO. ¿La hostería del laurel?
BUTTA. En ella estáis, caballero.
DIEGO. ¿Está en casa el hostelero?
BUTTA. Estáis hablando con él.
DIEGO. ¿Sois vos Buttarelli?
BUTTA. Yo.
DIEGO. ¿Es verdad que hoy tiene aquí
Tenorio una cita?
BUTTA.
DIEGO. ¿Y ha acudido a ella?
BUTTA. No.
DIEGO. ¿Pero acudirá?
BUTTA. No sé.
DIEGO. ¿Le esperáis vos?
BUTTA. Por si acaso
venir le place.
DIEGO. En tal caso,
yo también le esperaré. (Se sienta en el lado opuesto a DON GONZALO.)
BUTTA. ¿Que os sirva vianda alguna
queréis mientras?
DIEGO. No: tomad. (Dale dinero.)
BUTTA. ¡Excelencia!
DIEGO. Y excusad
conversación importuna.
BUTTA. Perdonad.
DIEGO. Vais perdonado:
dejadme, pues.
BUTTA. (¡Jesucristo!
En toda mi vida he visto
hombre más mal humorado.)
DIEGO. (¡Qué un hombre de mi linaje
descienda a tan ruin mansión!
Pero no hay humillación
a que un padre no se baje
por un hijo. Quiero ver
por mis ojos la verdad
y el monstruo de liviandad
a quien pude dar el ser.)
(BUTTARELLI, que anda arreglando sus trastos, contempla desde el fondo a DON GONZALO y a DON DIEGO, que permanecerán embozados y en silencio.)
BUTTA. ¡Vaya un par de hombres de piedra!
Para éstos sobra mi abasto:
mas, ¡pardiez!, pagan el gasto
que no hacen, y así se medra.


ESCENA IX

BUTTARELLI, DON GONZALO, DON DIEGO, EL CAPITÁN CEN­TELLAS, DOS CABALLEROS, AVELLANEDA

AVELLA. Vinieron, y os aseguro
que se efectuará la apuesta.
CELATE. Entremos, pues. ¡Buttarelli!
BUTTA. Señor capitán Centellas,
¿vos por aquí?
CELATE. Sí, Cristófano.
¿Cuándo aquí sin mi presencia
tuvieron lugar las orgías
que han hecho raya en la época?
BUTTA. Como ha tanto tiempo ya
que no os he visto...
CELATE. Las guerras
del emperador, a Túnez
me llevaron; mas mi hacienda
me vuelve a traer a Sevilla;
y, según lo que me cuentan,
llego lo más a propósito
para renovar añejas
amistades. Conque apróntanos
luego unas cuantas botellas,
y en tanto que humedecemos
la garganta, verdadera
relación haznos de un lance
sobre el cual hay controversia.
BUTTA. Todo se andará, mas antes
dejadme ir a la bodega.
VARIOS. Sí, sí.


ESCENA X

DICHOS, menos BUTTARELLI

CENTE. Sentarse, señores,
y que siga Avellaneda
con la historia de don Luis.
AVELLA. No hay ya más que decir de ella,
sino que creo imposible
que la de Tenorio sea
más endiablada, y que apuesto
por don Luis.
CENTE. Acaso pierdas.
Don Juan Tenorio se sabe
que es la más mala cabeza
del ore, y no hubo hombre alguno
que aventajarle pudiera
con sólo su inclinación;
¿conque qué hará si se empeña?
AVELLA. Pues yo sé bien que Mejía
las ha hecho tales, que a ciegas
se puede apostar por él.
CENTE. Pues el capitán Centellas
pone por don Juan Tenorio
cuanto tiene.
AVELLA. Pues se acepta
por don Luis, que es muy mi amigo.
CENTE. Pues todo en contra se arriesga;
porque no hay como Tenorio
otro hombre sobre la tierra,
y es proverbial su fortuna
y extremadas sus empresas.


ESCENA XI

DICHOS, BUTTARELLI, con botellas

BUTTA. Aquí hay Falerno, Borgoña,
Sorrento.
CENTE. De lo que quieras
sirve, Cristófano, y dinos:
¿qué hay de cierto en una apuesta
por don Juan Tenorio ha un año
y don Luis Mejía hecha?
BUTTA. Señor capitán, no sé
tan a fondo la materia
que os pueda sacar de dudas,
pero diré lo que sepa.
VARIOS. Habla, habla.
BUTTA. Yo, la verdad,
aunque fue en mi casa mesma
la cuestión entre ambos, como
pusieron tan larga fecha
a su plazo, creí siempre
que nunca a efecto viniera;
así es, que ni aun me acordaba
de tal cosa a la hora de ésta.
Mas esta tarde, sería
el anochecer apenas,
entróse aquí un caballero
pidiéndome que le diera
recado con que escribir
una carta: y a sus letras
atento no más, me dio
tiempo a que charla metiera
con un paje que traía,
paisano mío, de Génova.
No saqué nada del paje,
que es, por Dios, muy brava pesca;
mas cuando su amo acababa
su carta, le envió con ella
a quien iba dirigida:
el caballero, en mi lengua
me habló, y me pidió noticias
de don Luis. Dijo que entera
sabía de ambos la historia,
y que tenía certeza
de que al menos uno de ellos
acudiría a la apuesta.
Yo quise saber más de él,
mas púsome dos monedas
de oro en la mano, diciéndome
así, como a la deshecha:
«Y por si acaso los dos
al tiempo aplazado llegan,
ten prevenidas para ambos
tus dos mejores botellas».
Largóse sin decir más,
y yo, atento a sus monedas,
les puse en el mismo sitio
donde apostaron, la mesa.
Y vedla allí con dos sillas,
dos copas y dos botellas.
AVELLA. Pues, señor, no hay que dudar;
era don Luis.
LENTE. Don Juan era.
AVELLA. ¿Tú no le viste la cara?
BUTTA. ¡Si la traía cubierta
con un antifaz!
LENTE. Pero, hombre,
¿tú a los dos no les recuerdas?
¿o no sabes distinguir
a las gentes por sus señas
lo mismo que por sus caras?
BUTTA. Pues confieso mi torpeza;
no le supe conocer,
y lo procuré de veras.
Pero silencio.
AVELLA. ¿Qué pasa?
BUTTA. A dar el reló comienza
los cuartos para las ocho. (Dan.)
LENTE. Ved, ved la gente que se entra.
AVELLA. Como que está de este lance
curiosa Sevilla entera.
(Se oyen dar las ocho; varias personas entran y se reparten en silencio por la escena; al dar la última campanada, DON JUAN, con antifaz, se llega a la mesa que ha preparado BUTTARELLI en el centro del escenario, y se dispone a ocupar una de las dos sillas que están delante de ella. Inmediatamente después de él, entra DON LUIS, también con antifaz, y se dirige a la otra. Todos los miran.)


ESCENA XII

DON DIEGO, DON GONZALO, DON JUAN, DON LUIS, BUTTA­RELLI, CENTELLAS, AVELLANEDA, CABALLEROS, CURIOSOS, ENMASCARADOS

AVELLA. (A CENTELLA, por DON JUAN.)
Verás aquél, si ellos vienen,
qué buen chasco que se lleva.
CENTE. (A AVELLANEDA, por DON LUIS.)
Pues allí va otro a ocupar
la otra silla: ¡uf!, aquí es ella.
JUAN. (A DON LUIS.)
Esa silla está comprada, hidalgo.
LUIS. (A DON JUAN.)
Lo mismo digo,
hidalgo; para un amigo
tengo yo esotra pagada.
JUAN. Que ésta es mía haré notorio.
LUIS. Y yo también que ésta es mía.
JUAN. Luego, sois don Luis Mejía.
LUIS. Seréis, pues, don Juan Tenorio.
JUAN. Puede ser.
LUIS. Vos lo decís.
JUAN. ¿No os fiáis?
Luis. No.
JUAN. Yo tampoco.
LUIS. Pues no hagamos más el coco.
JUAN. Yo soy don Juan.
(Quitándose la máscara.)
LUIS. Yo don Luis. (Íd.)
(Se descubren y se sientan. El capitán CENTE­LLA, AVELLANEDA, BUTTARELLI y algunos otros se van a ellos y les saludan, abrazan y dan la mano, y hacen otros semejantes muestras de ca­riño y amistad. DON JUAN y DON LUIS las acep­tan cortésmente.)
CENTE. ¡Don Juan!
AVELLA. ¡Don Luis!
JUAN. ¡Caballeros!
LUIS. ¡Oh, amigos! ¿Qué dicha es ésta?
AVELLA. Sabíamos vuestra apuesta,
y hemos acudido a veros.
LUIS. Don Juan y yo tal bondad
en mucho os agradecemos.
JUAN. El tiempo no malgastemos,
don Luis. (A los otros.) Sillas arrimad.
(A los que están lejos.)
Caballeros, yo supongo
que a ucedes también aquí
les trae la apuesta, y por mí
a antojo tal no me opongo.
LUIS. Ni yo; que aunque nada más
fue el empeño entre los dos,
no ha de decirse, por Dios,
que me avergonzó jamás.
JUAN. Ni a mí, que el orbe es testigo
de que hipócrita no soy,
pues por doquiera que voy
va el escándalo conmigo.
LUIS. ¡Eh! ¿Y esos dos no se llegan
a escuchar? Vos.
(Por DON DIEGO y DON GONZALO.)
DIEGO. Yo estoy bien.
LUIS. ¿Y vos?
GONZA. De aquí oigo también.
LUIS. Razón tendrán si se niegan.
(Se sientan todos alrededor de la mesa en que están DON Luis MEJÍA y DON JUAN TENORIO.)
JUAN. ¿Estamos listos?
LUIS. Estamos.
JUAN. Como quien somos cumplimos.
LUIS. Veamos, pues, lo que hicimos.
JUAN. Bebamos antes.
LUIS. Bebamos. (Lo hacen.)
JUAN. La apuesta fue...
LUIS. Porque un día dije
que en España entera
no habría nadie que hiciera
lo que hiciera Luis Mejía.
JUAN. Y siendo contradictorio
al vuestro mi parecer,
yo os dije: Nadie ha de hacer
lo que hará don Juan Tenorio.
¿No es así?
LUIS. Sin duda alguna:
y vinimos a apostar
quién de ambos sabría obrar
peor, con mejor fortuna,
en el término de un año;
juntándonos aquí hoy
a probarlo.
JUAN. Y aquí estoy.
LUIS. Y yo.
CELATE. ¡Empeño bien extraño,
por vida mía!
JUAN. Hablad, pues.
LUIS. No, vos debéis empezar.
JUAN. Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé, entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
«Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él».
De aquellos días la historia
a relataros renuncio:
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo, gallardo y calavera:
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma, por fin,
como os podéis figurar:
con un disfraz harto ruin,
y a lomos de un mal rocín,
pues me querían ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña,
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
«Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba;
y a cualquier empresa abarca,
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores».
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hay escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas baje,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
No reconocí sagrado,
ni hubo ocasión ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
LUIS. Leed, pues.
JUAN. No; oigamos antes
vuestros bizarros extremos,
y si traéis terminantes
vuestras notas comprobantes,
lo escrito cotejaremos.
LUIS. Decís bien; cosa es que está,
don Juan, muy puesta en razón;
aunque, a mi ver, poco irá
de una a otra relación.
JUAN. Empezad, pues.
LUIS. Allá va.
Buscando yo, como vos,
a mi aliento empresas grandes,
dije: «¿Dó iré, ¡vive Dios!,
de amor y lides en pos,
que vaya mejor que a Flandes?
Allí, puesto que empeñadas
guerras hay, a mis deseos
habrá al par centuplicadas
ocasiones extremadas
de riñas y galanteos».
Y en Flandes conmigo di,
mas con tan negra fortuna,
que al mes de encontrarme allí
todo mi caudal perdí,
dobla a dobla, una por una.
En tan total carestía
mirándome de dineros,
de mí todo el mundo huía;
mas yo busqué compañía
y me uní a unos bandoleros.
Lo hicimos bien, ¡voto a tal!,
y fuimos tan adelante,
con suerte tan colosal,
que entramos a saco en Gante
el palacio episcopal.
¡Qué noche! Por el decoro
de la Pascua, el buen Obispo
bajó a presidir el coro,
y aún de alegría me crispo
al recordar su tesoro.
Todo cayó en poder nuestro:
mas mi capitán, avaro,
puso mi parte en secuestro:
reñimos, fui yo más diestro,
y le crucé sin reparo.
Juróme al punto la gente
capitán, por más valiente:
juréles yo amistad franca:
pero a la noche siguiente
huí, y les dejé sin blanca.
Yo me acordé del refrán
de que quien roba al ladrón
ha cien años de perdón,
y me arrojé a tal desmán
mirando a mi salvación.
Pasé a Alemania opulento:
mas un provincial jerónimo,
hombre de mucho talento,
me conoció, y al momento
me delató en un anónimo.
Compré a fuerza de dinero
la libertad y el papel;
y topando en un sendero
al fraile, le envié certero
una bala envuelta en él.
Salté a Francia. ¡Buen país!,
y como en Nápoles vos,
puse un cartel en París
diciendo: «Aquí hay un don Luis
que vale lo menos dos.
Parará aquí algunos meses,
y no trae más intereses
ni se aviene a más empresas,
que a adorar a las francesas
y a reñir con los franceses».
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
París, no hubo lance extraño,
ni hubo escándalo ni daño
donde no me hallara yo.
Mas, como don Juan, mi historia
también a alargar renuncio;
que basta para mi gloria
la magnífica memoria
que allí dejé con mi anuncio.
Y cual vos, por donde fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Mi hacienda llevo perdida
tres veces: mas se me antoja
reponerla, y me convida
mi boda comprometida
con doña Ana de Pantoja.
Mujer muy rica me dan,
y mañana hay que cumplir
los tratos que hechos están;
lo que os advierto, don Juan,
por si queréis asistir.
A esto don Luis se arrojó,
y escrito en este papel
está lo que consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
JUAN. La historia es tan semejante
que está en el fiel la balanza;
mas vamos a lo importante,
que es el guarismo a que alcanza
el papel: conque adelante.
LUIS. Razón tenéis, en verdad.
Aquí está el mío: mirad,
por una línea apartados
traigo los nombres sentados,
para mayor claridad.
JUAN. Del mismo modo arregladas
mis cuentas traigo en el mío:
en dos líneas separadas,
los muertos en desafío,
y las mujeres burladas.
Contad.
LUIS. Contad.
JUAN. Veinte y tres.
LUIS. Son los muertos. A ver vos.
¡Por la cruz de San Andrés!
Aquí sumo treinta y dos.
JUAN. Son los muertos.
LUIS. Matar es.
JUAN. Nueve os llevo.
LUIS. Me vencéis.
Pasemos a las conquistas.
JUAN. Sumo aquí cincuenta y seis.
LUIS. Y yo sumo en vuestras listas
setenta y dos.
JUAN. Pues perdéis.
LUIS. ¡Es increíble, don Juan!
JUAN. Si lo dudáis, apuntados
los testigos ahí están,
que si fueren preguntados
os lo testificarán.
LUIS. ¡Oh! Y vuestra lista es cabal.
JUAN. Desde una princesa real
a la hija de un pescador,
¡oh!, ha recorrido mi amor
toda la escala social.
¿Tenéis algo que tachar?
LUIS. Sólo una os falta en justicia.
JUAN. ¿Me la podéis señalar?
LUIS. Sí, por cierto: una novicia
que esté para profesar.
JUAN. ¡Bah! Pues yo os complaceré
doblemente, porque os digo
que a la novicia uniré
la dama de algún amigo
que para casarse esté.
LUIS. ¡Pardiez, que sois atrevido!
JUAN. Yo os lo apuesto si queréis.
LUIS. Digo que acepto el partido.
¿Para darlo por perdido,
queréis veinte días?
JUAN. Seis.
LUIS. ¡Por Dios, que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?
JUAN. Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
Pero, la verdad a hablaros,
pedir más no se me antoja,
porque, pues vais a casaros,
mañana pienso quitaros
a doña Ana de Pantoja.
LUIS. Don Juan, ¿qué es lo que decís?
JUAN. Don Luis, lo que oído habéis.
LUIS. Ved don Juan, lo que emprendéis.
JUAN. Lo que he de lograr, don Luis.
LUIS. ¿Gastón? (Llamando.)
GASTÓN. ¿Señor?
LUIS. Ven acá.
(Habla DON LUIS en secreto con GASTÓN y éste se va precipitadamente.)
JUAN. ¿Ciutti?
ClUTTI. ¿Señor?
JUAN. Ven aquí.
(DON JUAN habla en secreto con CIUTTI, y éste se va precipitadamente.)
LUIS. ¿Estáis en lo dicho?
JUAN. Sí.
LUIS. Pues va la vida.
JUAN. Pues va.
(DON GONZALO, levantándose de la mesa en que ha permanecido inmóvil durante la escena anterior, se afronta con DON JUAN y DON LUIS.)
GONZA. ¡Insensatos! ¡Vive Dios
que a no temblarme las manos,
a palos, como a villanos,
os diera muerte a los dos!

JUAN. Veamos
LUIS.
GONZA. Excusado es,
que he vivido lo bastante
para no estar arrogante
donde no puedo.
JUAN. Idos, pues.
GONZA. Antes, don Juan, de salir
de donde oírme podáis,
es necesario que oigáis
lo que os tengo que decir.
Vuestro buen padre don Diego,
porque pleitos acomoda,
os apalabró una boda
que iba a celebrarse luego;
pero por mi mismo yo,
lo que erais queriendo ver,
vine aquí al anochecer,
y el veros me avergonzó.
JUAN. ¡Por Satanás, viejo insano,
que no sé cómo he tenido
calma para haberte oído
sin asentarte la mano!
Pero di pronto quién eres,
porque me siento capaz
de arrancarte el antifaz
con el alma que tuvieres.
GONZA. ¡Don Juan!
JUAN. ¡Pronto!
GONZA. Mira, pues.
JUAN. ¡Don Gonzalo!
GONZA. El mismo soy.
Y adiós, don Juan: mas desde hoy
no penséis en doña Inés.
Porque antes que consentir
en que se case con vos,
el sepulcro, ¡juro a Dios!
por mi mano la he de abrir.
JUAN. Me hacéis reír, don Gonzalo;
pues venirme a provocar,
es como ir a amenazar
a un león con un mal palo.
Y pues hay tiempo, advertir
os quiero a mi vez a vos,
que o me la dais, o por Dios,
que a quitárosla he de ir.
GONZA. ¡Miserable!
JUAN. Dicho está:
sólo una mujer como ésta
me falta para mi apuesta;
ved, pues, que apostada va.
(DON DIEGO, levantándose de la mesa en que ha permanecido encubierto mientras la escena anterior, baja al centro de la escena, encarán­dose con DON JUAN.)
DIEGO. No puedo más escucharte,
vil don Juan, porque recelo
que hay algún rayo en el cielo
preparado a aniquilarte.
¡Ah ...! No pudiendo creer
lo que de ti me decían,
confiando en que mentían,
te vine esta noche a ver.
Pero te juro, malvado,
que me pesa haber venido
para salir convencido
de lo que es para ignorado.
Sigue, pues, con ciego afán
en tu torpe frenesí,
mas nunca vuelvas a mí;
no te conozco, don Juan.
JUAN. ¿Quién nunca a ti se volvió,
ni quién osa hablarme así,
ni qué se me importa a mí
que me conozca o no?
DIEGO. Adiós, pues: mas no te olvides
de que hay un Dios justiciero.
JUAN. Ten. (Deteniéndole.)
DIEGO. ¿Qué quieres?
JUAN. Verte quiero.
DIEGO. Nunca, en vano me lo pides.
JUAN. ¿Nunca?
DIEGO. No.
JUAN. Cuando me cuadre.
DIEGO. ¿Cómo?
JUAN. Así. (Le arranca el antifaz.)
TODOS. ¡Don Juan!
DIEGO. ¡Villano!
¡Me has puesto en la faz la mano!
JUAN, ¡Válgame Cristo, mi padre!
DIEGO. Mientes, no lo fui jamás.
JUAN. ¡Reportaos, por Belcebú!
DIEGO. No, los hijos como tú
son hijos de Satanás.
Comendador, nulo sea
lo hablado.
GONZA. Ya lo es por mí;
Vamos.
DIEGO. Sí, vamos de aquí
donde tal monstruo no vea.
Don Juan, en brazos del vicio
desolado te abandono:
me matas..., mas te perdono
de Dios en el santo juicio.
(Vanse poco a poco DON DIEGO y DON GON­ZALO.)
JUAN. Largo el plazo me ponéis:
mas ved que os quiero advertir
que yo no os he ido a pedir
jamás que me perdonéis.
Conque no paséis afán
de aquí en adelante por mí,
que como vivió hasta aquí,
\vivirá siempre don Juan.


ESCENA XIII

DON JUAN, DON LUIS, CENTELLAS, AVELLANEDA, BUTTARE­LLI, CURIOSOS, MÁSCARAS

JUAN. ¡Eh! Ya salimos del paso:
y no hay que extrañar la homilia,
son pláticas de familia,
de las que nunca hice caso.
Conque lo dicho, don Luis,
van doña Ana y doña Inés
en apuesta.
LUIS. Y el precio es
la vida.
JUAN. Vos lo decís:
vamos.
LUIS. Vamos.
(Al salir se presenta una ronda, que les detiene.)


ESCENA XIV

DICHOS, UNA RONDA DE ALGUACILES

ALGUACIL. Alto allá.
¿Don Juan Tenorio?
JUAN. Yo soy.
ALGUACIL. Sed preso.
JUAN. ¿Soñando estoy?
¿Por qué?
ALGUACIL. Después lo verá.
LUIS. (Acercándose a DON JUAN y riéndose.)
Tenorio, no lo extrañéis,
pues mirando a lo apostado,
mi paje os ha delatado,
para que vos no ganéis.
JUAN. ¡Hola! ¡Pues no os suponía
con tal despejo, pardiez!
LUIS. Id, pues, que por esta vez,
don Juan, la partida es mía.
JUAN. Vamos, pues.
(Al salir, les detiene OTRA RONDA que entra en la escena.)


ESCENA XV

DICHOS, UNA RONDA

ALGUACIL. (Que entra.)
Ténganse allá
¿Don Luis Mejía?
LUIS. Yo soy.
ALGUACIL. Sed preso.
LUIS. ¿Soñando estoy?
¡Yo preso!
JUAN. (Soltando la carcajada.)
¡Ja,ja,ja,ja!
Mejía, no lo extrañéis,
pues mirando a lo apostado,
mi paje os ha delatado
para que no me estorbéis.
LUIS. Satisfecho quedaré.
aunque ambos muramos.
JUAN. Vamos.
Conque señores, quedamos
en que la apuesta está en pie.
(Las rondas se llevan a DON JUAN y a DON LUIS; muchos los siguen. El CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA y sus amigos, quedan en la escena mirándose unos a otros.)


ESCENA XVI

EL CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA, CURIOSOS

AVELLA. ¡Parece un juego ilusorio!
CELATE. ¡Sin verlo no lo creería!
AVELLA. Pues yo apuesto por Mejía.
CELATE. Y yo pongo por Tenorio.


ACTOSEGUNDO

Destreza

PERSONAS

DON JUAN, DON LUIS, DOÑA ANA, CIUITI, PASCUAL, LUCÍA,
BRÍGIDA

Exterior de la casa de DOÑA ANA vista por una esquina. Las dos paredes que forman el ángulo se prolongan igualmente por ambos lados, dejando ver en la de la derecha una reja, y en la izquierda, una reja y una puerta

ESCENA PRIMERA

DON LUIS MEJÍA, embozado

LUIS. Ya estoy frente de la casa
de doña Ana, y es preciso
que esta noche tenga aviso
de lo que en Sevilla pasa.
No di con persona alguna,
por dicha mía... ¡Oh, qué afán!
Pero ahora, señor don Juan,
cada cual con su fortuna.
Si honor y vida se juega,
mi destreza y mi valor
por mi vida y por mi honor
jugarán... mas alguien llega.


ESCENA II

DON LUIS, PASCUAL
PASCUAL. ¡Quién creyera lance tal!
¡Jesús, qué escándalo! ¡Presos!
LUIS. ¡Qué veo! ¿Es Pascual?
PASCUAL. Los sesos
me estrellaría.
LUIS. ¿Pascual?
PASCUAL. ¿Quién me llama tan apriesa?
LUIS. Yo. Don Luis.
PASCUAL. ¡Válame Dios!
LUIS. ¿Qué te asombra?
PASCUAL. Que seáis vos.
LUIS. Mi suerte, Pascual, es ésa.
Que a no ser yo quien me soy,
y a no dar contigo ahora,
el honor de mi señora
doña Ana moría hoy.
PASCUAL. ¿Qué es lo que decís?
LUIS. ¿Conoces
a don Juan Tenorio?
PASCUAL. Sí.
¿Quién no le conoce aquí?
Mas, según públicas veces,
estabais presos los dos.
Vamos, ¡lo que el vulgo miente!
LUIS. Ahora acertadamente
habló el vulgo: y ¡juro a Dios
que, a no ser porque mi primo,
el tesorero real,
quiso fiarme, Pascual,
pierdo cuanto más estimo!
PASCUAL. ¿Pues cómo?
LUIS. ¿En servirme estás?
PASCUAL. Hasta morir.
LUIS. Pues escucha.
Don Juan y yo en una lucha
arriesgada por demás
empeñados nos hallamos;
pero a querer tú ayudarme,
más que la vida salvarme
puedes.
PASCUAL. ¿Qué hay que hacer? Sepamos.
LUIS. En una insigne locura
dimos tiempo ha: en apostar
cuál de ambos sabría obrar
peor, con mejor ventura.
Ambos nos hemos portado
bizarramente a cual más;
pero él es un Satanás,
y por fin me ha aventajado.
Púsele no sé qué pero,
dijímonos no sé qué
sobre ello, y el hecho fue
que él, mofándome altanero,
me dijo: «Y si esto no os llena,
pues que os casáis con doña Ana,
os apuesto a que mañana
os la quito yo».
PASCUAL. ¡Ésa es buena!
¿Tal se ha atrevido a decir?
LUIS. No es lo malo que lo diga,
Pascual, sino que consiga
lo que intenta.
PASCUAL. ¿Conseguir?
En tanto que yo esté aquí,
descuidad, don Luis.
LUIS. Te juro
que si el lance no aseguro,
no sé qué va a ser de mí.
PASCUAL. ¡Por la Virgen del Pilar!
¿Le teméis?
LUIS. No, Dios testigo.
Mas lleva ese hombre consigo
algún diablo familiar.
PASCUAL. Dadlo por asegurado.
LUIS. ¡Oh! Tal es el afán mío,
que ni en mí propio me fío
con un hombre tan osado.
PASCUAL. Yo os juro, por San Ginés,
que con toda tu osadía,
le ha de hacer, por vida mía,
mal tercio un aragonés:
nos veremos.
LUIS. ¡Ay, Pascual,
que en qué te metes no sabes!
PASCUAL. En apreturas más graves
me he visto, y no salí mal.
LUIS. Estriba en lo perentorio
del plazo, y en ser quién es.
PASCUAL. Más que un buen aragonés
no ha de valer un Tenorio.
Todos esos lenguaraces,
espadachines de oficio,
no son más que frontispicio
y de poca alma capaces.
Para infamar a mujeres
tienen lengua, y tienen manos
para osar a los ancianos
o apalear a mercaderes.
Mas cuando una buena espada,
por un buen brazo esgrimida,
con la muerte les convida,
todo su valor es nada.
Y sus empresas y bullas
se reducen todas ellas,
a hablar mal de las doncellas
y a huir ante las patrullas.
LUIS. ¡Pascual!
PASCUAL. No lo hablo por vos,
que aunque sois un calavera,
tenéis la alma bien entera
y reñís bien ¡voto a brios!
LUIS. Pues si es en mí tan notorio
el valor, mira, Pascual,
que el valor es proverbial
en la raza de Tenorio.
Y porque conozco bien
de su valor el extremo,
de sus ardides me temo
que en tierra con mi honra den.
PASCUAL. Pues suelto estáis ya, don Luis,
y pues que tanto os acucia
el mal de celos, su astucia
con la astucia prevenís.
¿Qué teméis de él?
LUIS. No lo sé:
mas esta noche sospecho
que ha de procurar el hecho
consumar.
PASCUAL. Soñáis.
LUIS. ¿Por qué?
PASCUAL. ¿No está preso?
LUIS. Sí que está;
mas también lo estaba yo,
y un hidalgo me fió.
PASCUAL. Mas, ¿quién a él le fiará?
LUIS. En fin, sólo un medio encuentro
de satisfacerme.
PASCUAL. ¿Cuál?
LUIS. Que de esta casa, Pascual,
quede yo esta noche dentro.
PASCUAL. Mirad que así de doña Ana
tenéis el honor vendido.
LUIS. ¡Qué mil rayos! ¿Su marido
no voy a ser yo mañana?
PASCUAL. Mas, señor, ¿no os digo yo
que os fío con la existencia...?
LUIS. Sí: salir de una pendencia,
mas de un ardid diestro, no.
Y, en fin, o paso en la casa
la noche, o tomo la calle,
aunque la justicia me halle.
PASCUAL. Señor don Luis, eso pasa
de terquedad, y es capricho
que dejar os aconsejo,
y os irá bien.
LUIS. No lo dejo,
Pascual.
PASCUAL. ¡Don Luis!
LUIS. Está dicho.
PASCUAL. ¡Vive Dios! ¿Hay tal afán?
LUIS. Tú dirás lo que quisieres,
mas yo fío en las mujeres
mucho menos que en don Juan;
y pues lance es extremado
por dos locos emprendido,
bien será un loco atrevido
para un loco desalmado.
PASCUAL. Mirad bien lo que decís,
porque yo sirvo a doña Ana
desde que nació, y mañana
seréis su esposo, don Luis.
LUIS. Pascual, esa hora llegada
y ese derecho adquirido,
yo sabré ser su marido
y la haré ser bien casada.
Mas en tanto...
PASCUAL. No habléis más.
Yo os conozco desde niños,
y sé lo que son cariños,
por vida de Barrabás.
Oíd: mi cuarto es sobrado
para los dos; dentro de él
quedad; mas palabra fiel
dadme de estaros callado.
LUIS. Te la doy.
PASCUAL. Y hasta mañana
juntos con doble cautela,
nos quedaremos en vela.
LUIS. Y se salvará doña Ana.
PASCUAL. Sea.
LUIS. Pues vamos.
PASCUAL. Teneos.
¿Qué vais a hacer?
LUIS. A entrar.
PASCUAL. ¿Ya?
LUIS. ¿Quién sabe lo que él hará?
PASCUAL. Vuestros celosos deseos
reprimid: que ser no puede
mientras que no se recoja
mi amo, don Gil de Pantoja,
y todo en silencio quede.
LUIS. ¡Voto a...!
PASCUAL. ¡Eh! Dad una vez
breves treguas al amor.
LUIS. ¿Y a qué hora ese buen señor
suele acostarse?
PASCUAL. A las diez;
y en esa calleja estrecha
hay una reja; llamad
a las diez, y descuidad
mientras en mí.
LUIS. Es cosa hecha.
PASCUAL. Don Luis, hasta luego, pues.
LUIS. Adiós, Pascual, hasta luego.


ESCENA III

DON LUIS

LUIS. Jamás tal desasosiego
tuve. Paréceme que es
esta noche hora menguada
para mí... y no sé qué vago
presentimiento, qué estrago
teme mi alma acongojada
¡Por Dios que nunca pensé
que a doña Ana amara así,
ni por ninguna sentí
lo que por ella...! ¡Oh! Y a fe
que de don Juan me amedrenta,
no el valor, mas la ventura.
Parece que le asegura
Satanás en cuanto intenta.
No, no: es un hombre infernal,
y téngome para mí
que si me aparto de aquí,
me burla, pese a Pascual.
Y aunque me tenga por necio,
quiero entrar: que con don Juan
las preocupaciones no están
para vistas con desprecio. (Llama a la ventana.)


ESCENA IV

DON LUIS, DOÑA ANA

ANA. ¿Quién va?
LUIS. ¿No es Pascual?
ANA. ¡Don Luis!
LUIS. Doña Ana.
ANA. ¿Por la ventana
llamas ahora?
LUIS. ¡Ay, doña Ana,
cuán a buen tiempo salís!
ANA. ¿Pues qué hay, Mejía?
LUIS. Un empeño
por tu beldad, con un hombre
que temo.
ANA. ¿Y qué hay que te asombre
en él, cuando eres tú el dueño
de mi corazón?
LUIS. Doña Ana,
no lo puedes comprender,
de ese hombre sin conocer
nombre y suerte.
ANA. Será vana
su buena suerte conmigo.
Ya ves, sólo horas nos faltan
para la boda, y te asaltan
vanos temores.
LUIS. Testigo
me es Dios que nada por mí
me da pavor mientras tenga
espada, y ese hombre venga
cara a cara contra ti.
Mas, como el león audaz,
y cauteloso y prudente,
como la astuta serpiente...
ANA. ¡Bah! Duerme, don Luis, en paz,
que su audacia y su prudencia
nada lograrán de mí,
que tengo cifrada en ti
la gloria de mi existencia.
LUIS. Pues bien, Ana, de ese amor
que me aseguras en nombre,
para no temer a ese hombre
voy a pedirte un favor.
ANA. Di; mas bajo, por si escucha
tal vez alguno.
LUIS. Oye, pues.


ESCENA V

DOÑA ANA y DON LUIS, a la reja derecha; DON JUAN y CIUTTI, en la calle izquierda

CIUTTI. Señor, por mi vida, que es
vuestra suerte buena y mucha.
JUAN. Ciutti, nadie como yo:
ya viste cuán fácilmente
el buen alcaide prudente
se avino y suelta me dio.
Mas no hay ya en ello que hablar:
¿mis encargos has cumplido?
CIUTTI. Todos los he concluido
mejor que pude esperar.
JUAN. ¿La beata...?
CIUTTI. Ésta es la llave
de la puerta del jardín,
que habrá que escalar al fin,
pues como usarced ya sabe,
las tapias de ese convento
no tienen entrada alguna.
JUAN. ¿Y te dio carta?
CIUTTI. Ninguna;
me dijo que aquí al momento
iba a salir de camino;
que al convento se volvía,
y que con vos hablaría.
JUAN. Mejor es.
CIUTTI. Lo mismo opino.
JUAN. ¿Y los caballos?
CIUTTI. Con silla
y freno los tengo ya.
JUAN. ¿Y la gente?
CIUTTI. Cerca está.
JUAN. Bien, Ciutti; mientras Sevilla
tranquila en sueño reposa
creyéndome encarcelado,
otros dos nombres añado
a mi lista numerosa.
¡Ja!, ¡Ja!
CIUTTI. Señor...
JUAN. ¿Qué?
CIUTTI. Callad
JUAN. ¿Qué hay, Ciutti?
CIUTTI. Al doblar la esquina,
en esa reja vecina
he visto a un hombre.
JUAN. Es verdad:
pues ahora sí que es mejor
el lance: ¿y si es ése?
CIUTTI. ¿Quién?
JUAN. Don Luis.
CIUTTI. Imposible.
JUAN. ¡Toma!
¿no estoy yo aquí?
CIUTTI. Diferencia
va de él a vos.
JUAN. Evidencia
lo creo, Ciutti; allí asoma
tras de la reja una dama.
CIUTTI. Una criada tal vez.
JUAN. Preciso es verlo, ¡pardiez!,
no perdamos lance y faja.
Mira, Ciutti: a fuer de ronda
tú con varios de los míos
por esa calle escurríos,
dando vuelta a la redonda
a la casa.
CIUTTI. Y en tal caso
cerrará en ella.
JUAN. Pues con eso,
ella ignorante y él preso,
nos dejarán franco el paso.
CIUTTI. Decís bien.
JUAN. Corre y atájale,
que en ello el vencer consiste.
CIUTTI. ¿Mas si el truhán se resiste?
JUAN. Entonces, de un tajo, rájale.


ESCENA VI

DON JUAN, DOÑA ANA, DON LUIS

LUIS. ¿Me das, pues, tu asentimiento?
ANA. Consiento.
LUIS. ¿Complácesme de ese modo?
ANA. En todo.
LUIS. Pues te velaré hasta el día.
ANA. Sí, Mejía.
LUIS. Páguete el cielo, Ana mía,
satisfacción tan entera.
ANA. Porque me juzgues sincera,
consiento en todo, Mejía.
LUIS. Volveré, pues, otra vez.
ANA. Sí, a las diez.
LUIS. ¿Me aguardarás, Ana?
ANA. Sí.
LUIS. Aquí.
ANA. ¿Y tú estarás puntual, eh?
LUIS. Estaré.
ANA. La llave, pues, te daré.
LUIS. Y dentro yo de tu casa,
venga Tenorio.
ANA. Alguien pasa;
a las diez.
LUIS. Aquí estaré.


ESCENA VII

DON JUAN, DON LUIS

LUIS. Mas se acercan. ¿Quién va allá?
JUAN. Quien va.
LUIS. De quien va así, ¿qué se infiere?
JUAN. Que quiere.
LUIS. ¿Ver si la lengua le arranco?
JUAN. El paso franco.
LUIS. Guardado está.
JUAN. ¿Y soy yo manco?
LUIS. Pidiéraislo en cortesía.
JUAN. ¿Y a quién?
LUIS. A don Luis Mejía.
JUAN. Quien va, quiere el paso franco.
LUIS. ¿Conocéisme?
JUAN. Sí.
LUIS. ¿Y yo a vos?
JUAN. Los dos.
LUIS. ¿Y en qué estriba el estorballe?
JUAN. En la calle.
LUIS. ¿De ella los dos por ser amos?
JUAN. Estamos.
LUIS. Dos hay no más que podamos
necesitarle a la vez.
JUAN. Lo sé.
LUIS. ¡Sois don Juan!
JUAN. ¡Pardiez!,
los dos ya en la calle estamos.
LUIS. ¿No os prendieron?
JUAN. Como a vos.
LUIS. ¡Vive Dios!
¿Y huisteis?
JUAN. Os imité.
¿Y qué?
LUIS. Que perderéis.
JUAN. No sabemos.
LUIS. Lo veremos.
JUAN. La dama entrambos tenemos
sitiada, y estáis cogido.
LUIS. Tiempo hay.
JUAN. Para vos perdido.
LUIS. ¡Vive Dios que lo veremos!
(DON LUIS desenvaina su espada; mas CIUTTI, que ha bajado con los suyos cautelosamente hasta colocarse tras él, le sujeta.)
JUAN. Señor don Luis, vedlo, pues.
LUIS. Traición es.
JUAN. La boca... (A los suyos, que se la tapan a DON Luis.)
LUIS. ¡Oh!
JUAN. (Le sujetan los brazos.)
Sujeto atrás:
más.
La empresa es, señor Mejía,
como mía.
Encerrádmele hasta el día. (A los suyos.)
La apuesta está ya en mi mano.
(A DON Luis.) Adiós, don Luis: si os la gano,
traición es; mas como mía.


ESCENA VIII

DON JUAN

Buen lance, ¡viven los cielos!
Éstos son los que dan fama:
mientras le soplo la dama
él se arrancará los pelos
encerrado en mi bodega.
¿Y ella? Cuando crea hallarse
con él..., ¡ja!, ¡ja! ¡Oh!, y quejarse
no puede; limpio se juega.
A la cárcel le llevé
y salió: llevóme a mí,
y salí: hallarnos aquí
era fuerza..., ya se ve:
su parte en la grave apuesta
defendía cada cual.
Mas con la suerte está mal
Mejía, y también pierde ésta.
Sin embargo, y por si acaso,
no es demás asegurarse
de Lucía, a desgraciarse
no vaya por poco el paso.
Mas por allí un bulto negro
se aproxima... y a mi ver
es el bulto una mujer.
¿Otra aventura? Me alegro.


ESCENA IX

DON JUAN, BRÍGIDA

BRÍGIDA. ¿Caballero?
JUAN. ¿Quién va allá?
BRÍGIDA. ¿Sois don Juan?
JUAN. ¡Por vida de...!
¡Si es la beata! ¡Y a fe
que la había olvidado ya!
Llegaos, don Juan soy yo.
BRÍGIDA. ¿Estáis solo?
JUAN. Con el diablo.
BRÍGIDA. ¡Jesucristo!
JUAN. Por vos lo hablo.
BRÍGIDA. ¿Soy yo el diablo?
JUAN. Creoló.
BRÍGIDA. ¡Vaya! ¡Qué cosas tenéis!
Vos sí que sois un diablillo...
JUAN. Que te llenará el bolsillo si le sirves.
BRÍGIDA. Lo veréis.
JUAN. Descarga, pues, ese pecho.
¿Qué hiciste?
BRÍGIDA. ¡Cuanto me ha dicho
vuestro paje...! ¡Y qué mal bicho
es ese Ciutti!
JUAN. ¿Qué ha hecho?
BRÍGIDA. ¡Gran Bribón!
JUAN. ¿No os ha entregado
un bolsillo y un papel?
BRÍGIDA. Leyendo estará ahora en él
doña Inés.
JUAN. ¿La has preparado?
BRÍGIDA. Vaya; y os la he convencido
con tal maña y de manera,
que irá como una cordera
tras vos.
JUAN. ¡Tan fácil te ha sido!
BRÍGIDA. ¡Bah! Pobre garza enjaulada,
dentro la jaula nacida,
¿qué sabe ella si hay más vida
ni más aire en que volar?
Si no vio nunca sus plumas
del sol a los resplandores,
¿qué sabe de los colores
de que se puede ufanar?
No cuenta la pobrecilla
diez y siete primaveras,
y aún virgen a las primeras
impresiones del amor,
nunca concibió la dicha
fuera de su pobre estancia,
tratada desde su infancia
con cauteloso rigor.
Y tantos años monótonos
de soledad y convento
tenían su pensamiento
ceñido a punto tan ruin,
a tan reducido espacio,
y a círculo tan mezquino,
que era el claustro su destino
y el altar era su fin.
«Aquí está Dios», la dijeron;
y ella dijo: «Aquí le adoro».
«Aquí está el claustro y el coro.»
Y pensó: «No hay más allá».
Y sin otras ilusiones
que sus sueños infantiles,
pasó diez y siete abriles
sin conocerlo quizá.
JUAN. ¿Y está hermosa?
BRÍGIDA. ¡Oh! Como un ángel.
JUAN. ¿Y la has dicho...?
BRÍGIDA. Figuraos
si habré metido mal caos
en su cabeza, don Juan.
La hablé del amor, del mundo,
de la corte y los placeres,
de cuánto con las mujeres
erais pródigo y galán.
La dije que erais el hombre
por su padre destinado
para suyo: os he pintado
muerto por ella de amor,
desesperado por ella
y por ella perseguido,
y por ella decidido
a perder vida y honor.
En fin, mis dulces palabras,
al posarse en sus oídos,
sus deseos mal dormidos
arrastraron de sí en pos;
y allá dentro de su pecho
han inflamado una llama
de tal fuerza, que ya os ama
y no piensa más que en vos.
JUAN. Tan incentiva pintura
los sentidos me enajena,
y el alma ardiente me llena
de su insensata pasión.
Empezó por una apuesta,
siguió por un devaneo,
engendró luego un deseo,
y hoy me quema el corazón.
Poco es el centro de un claustro;
¡al mismo infierno bajara,
y a estocadas la arrancara
de los brazos de Satán!
¡Oh! Hermosa flor, cuyo cáliz
al rocío aún no se ha abierto,
a trasplantarte va al huerto
de sus amores don Juan.
¿Brígida?
BRÍGIDA. Os estoy oyendo,
y me hacéis perder el tino:
yo os creía un libertino
sin alma y sin corazón.
JUAN. ¿Eso extrañas? ¿No está claro
que en un objeto tan noble
hay que interesarse doble
que en otros?
BRÍGIDA. Tenéis razón.
JUAN. ¿Conque a qué hora se recogen
las madres?
BRíGIDA. Ya recogidas
estarán. ¿Vos prevenidas
todas las cosas tenéis?
JUAN. Todas.
BRÍGIDA. Pues luego que doblen
a las ánimas, con tiento
saltando al huerto, al convento
fácilmente entrar podéis
con la llave que os he enviado:
de un claustro oscuro y estrecho
es; seguidle bien derecho,
y daréis con poco afán
en nuestra celda.
JUAN. Y si acierto
a robar tan gran tesoro,
te he de hacer pesar en oro.
BRíGIDA. Por mí no queda, don Juan.
JUAN. Ve y aguárdame.
BRÍGIDA. Voy, pues,
a entrar por la portería,
y a cegar a sor María
la tornera. Hasta después.
(Vase BRÍGIDA, y un poco antes de concluir esta escena sale CIUTTI, que se para en el fondo es­perando.)




ESCENA X

DON JUAN, CIUTTI

JUAN. Pues, señor, ¡soberbio envite!
Muchas hice hasta esta hora,
mas, ¡por Dios que la de ahora,
será tal, que me acredite!
Mas ya veo que me espera
Ciutti. ¿Lebrel? (Llamándole.)
CIUTTI. Aquí estoy.
JUAN. ¿Y don Luis?
CIUTTI. Libre por hoy
estáis de él.
JUAN. Ahora quisiera
ver a Lucía.
CIUTTI. Llegar
podéis aquí. (A la reja derecha.) Yo la llamo,
y al salir a mi reclamo
la podéis vos abordar.
JUAN. Llama, pues.
CIUTTI. La seña mía
sabe bien para que dude
en acudir.
JUAN. Pues si acude
lo demás es cuenta mía.
(CIUTTI llama a la reja con una seña que pa­rezca convenida. LUCÍA se asoma a ella, y al ver a DON JUAN se detiene un momento.)


ESCENA XI

DON JUAN, LUCÍA, CIUTTI

LUCÍA. ¿Qué queréis, buen caballero?
JUAN. Quiero.
LUCÍA. ¿Qué queréis? Vamos a ver.
JUAN. Ver.
LUCÍA. ¿Ver? ¿Qué veréis a esta hora?
JUAN. A tu señora.
LUCÍA. Idos, hidalgo, en mal hora;
¿quién pensáis que vive aquí?
JUAN. Doña Ana de Pantoja, y
quiero ver a tu señora.
LUCÍA. ¿Sabéis que casa doña Ana?
JUAN. Sí, mañana.
LUCÍA. ¿Y ha de ser tan infiel ya?
JUAN. Sí será.
LUCÍA. ¿Pues no es de don Luis Mejía?
JUAN. ¡Ca! Otro día.
Hoy no es mañana, Lucía:
yo he de estar hoy con doña Ana,
y si se casa mañana,
mañana será otro día.
LUCÍA. ¡Ah! ¿En recibiros está?
JUAN. Podrá.
LUCÍA. ¿Qué haré si os he de servir?
JUAN. Abrir.
LUCÍA. ¡Bah! ¿Y quién abre este castillo?
JUAN. Ese bolsillo.
LUCÍA. ¿Oro?
JUAN. Pronto te dio el brillo.
LUCÍA. ¡Cuánto!
JUAN. De cien doblas pasa.
LUCÍA. ¡Jesús!
JUAN. Cuenta y di: ¿esta casa
podrá abrir este bolsillo?
LUCÍA. ¡Oh! Si es quien me dora el pico...
JUAN. Muy rico. (Interrumpiéndola.)
LUCÍA. ¿Sí? ¿Qué nombre usa el galán?
JUAN. Don Juan.
LUCÍA. ¿Sin apellido notorio?
JUAN. Tenorio.
LUCÍA. ¡Ánimas del purgatorio!
¿Vos don Juan?
JUAN. ¿Qué te amedrenta,
si a tus ojos se presenta
muy rico don Juan Tenorio?
LUCÍA. Rechina la cerradura.
JUAN. Se asegura.
LUCÍA. ¿Y a mí, quién? ¡Por Belcebú!
JUAN. Tú.
LUCÍA. ¿Y qué me abrirá el camino?
JUAN. Buen tino.
LUCÍA. ¡Bah! Ir en brazos del destino...
JUAN. Dobla el oro.
LUCÍA. Me acomodo.
JUAN. Pues mira cómo de todo
se asegura tu buen tino.
LUCÍA. Dadme algún tiempo, ¡pardiez!
JUAN. A las diez.
LUCÍA. ¿Dónde os busco, o vos a mí?
JUAN. Aquí.
LUCÍA. ¿Conque estaréis puntual, eh?
JUAN. Estaré.
LUCÍA. Pues yo una llave os traeré.
JUAN. Y yo otra igual cantidad.
LUCÍA. No me faltéis.
JUAN. No en verdad;
a las diez aquí estaré.
Adiós, pues, y en mí te fía.
LUCÍA. Y en mí el garboso galán.
JUAN. Adiós, pues, franca Lucía.
LUCÍA. Adiós, pues, rico don Juan.
(LUCÍA cierra la ventana. CIUTTI se acerca a DON JUAN a una señal de éste.)


ESCENA XII

DON JUAN, CIUTTI

JUAN. (Riéndose.)
Con oro nada hay que falle:
Ciutti, ya sabes mi intento:
a las nueve en el convento;
a las diez, en esta calle.  (Vanse. )


ACTO TERCERO

Profanación

PERSONAS

DON JUAN, DOÑA INÉS, DON GONZALO, BRÍGIDA, LA ABADESA, LA TORNERA

Celda de DOÑA INÉS. Puerta en el fondo y a la izquierda



ESCENA PRIMERA

DOÑA INÉS, LA ABADESA

ABADESA. ¿Conque me habéis entendido?
INÉS. Sí, señora.
ABADESA. Está muy bien;
la voluntad decisiva
de vuestro padre tal es.
Sois joven, cándida y buena;
vivido en el claustro habéis
casi desde que nacisteis;
y para quedar en él
atada con santos votos
para siempre, ni aún tenéis,
como otras, pruebas difíciles
ni penitencias que hacer.
¡Dichosa mil veces vos!
Dichosa, sí, doña Inés,
que no conociendo el mundo,
no le debéis de temer.
¡Dichosa vos, que del claustro
al pisar en el dintel,
no os volveréis a mirar
lo que tras vos dejaréis!
Y los mundanos recuerdos
del bullicio y del placer
no os turbarán tentadores
del ara santa a los pies;
pues ignorando lo que hay
tras esa santa pared,
lo que tras ella se queda
jamás apeteceréis.
Mansa paloma enseñada
en las palmas a comer
del dueño que la ha criado
en doméstico vergel,
no habiendo salido nunca
de la protectora red,
no ansiaréis nunca las alas
por el espacio tender.
Lirio gentil, cuyo tallo
mecieron sólo tal vez
las embalsamadas brisas
del más florecido mes,
aquí los besos del aura
vuestro cáliz abriréis,
y aquí vendrán vuestras hojas
tranquilamente a caer.
Y en el pedazo de tierra
que abarca nuestra estrechez,
y en el pedazo de cielo
que por las rejas se ve,
vos no veréis más que un lecho
do en dulce sueño yacer,
y un velo azul suspendido
a las puertas del Edén.
¡Ay! En verdad que os envidio,
venturosa doña Inés,
con vuestra inocente vida,
la virtud del no saber.
¿Mas por qué estáis cabizbaja?
¿Por qué no me respondéis
como otras veces, alegre,
cuando en lo mismo os hablé?
¿Suspiráis?... ¡Oh!, ya comprendo:
de vuelta aquí hasta no ver
a vuestra aya, estáis inquieta;
pero nada receléis.
A casa de vuestro padre
fue casi al anochecer,
y abajo en la portería
estará: yo os la enviaré,
que estoy de vela esta noche.
Conque, vamos, doña Inés,
recogeos, que ya es hora:
mal ejemplo no me deis
a las novicias, que ha tiempo
que duermen ya: hasta después.
INÉS. Id con Dios, madre abadesa.
ABADESA. Adiós, hija.


ESCENA II

DOÑA INÉS

Ya se fue.
No sé qué tengo, ¡ay de mí!,
que en tumultuoso tropel
mil encontradas ideas
me combaten a la vez.
Otras noches complacida
sus palabras escuché;
y de esos cuadros tranquilos
que sabe pintar tan bien,
de esos placeres domésticos
la dichosa sencillez
y la calma venturosa,
me hicieron apetecer
la soledad de los claustros
y su santa rigidez.
Mas hoy la oí distraída,
y en sus pláticas hallé,
si no enojosos discursos
a lo menos aridez.
Y no sé por qué al decirme
que podría acontecer
que se acelerase el día
de mi profesión, temblé;
y sentí del corazón
acelerarse el vaivén,
y teñírseme el semblante
de amarilla palidez.
¡Ay de mí ...! ¡Pero mi dueña,
dónde estará...! Esa mujer
con sus pláticas al cabo
me entretiene alguna vez.
Y hoy la echo menos... acaso
porque la voy a perder,
que en profesando es preciso
renunciar a cuanto amé.
Mas pasos siento en el claustro;
¡oh!, reconozco muy bien
sus pisadas... Ya está aquí.

ESCENA III

DOÑA INÉS, BRÍGIDA

BRÍGIDA. Buenas noches, doña Inés.
INÉS. ¿Cómo habéis tardado tanto?
BRÍGIDA. Voy a cerrar esta puerta.
INÉS. Hay orden de que esté abierta.
BRÍGIDA. Eso es muy bueno y muy santo
para las otras novicias
que han de consagrarse a Dios,
no, doña Inés, para vos.
INÉS. Brígida, ¿no ves que vicias
las reglas del monasterio
BRÍGIDA. que no permiten...?
¡Bah!, ¡bah!
Más seguro así se está,
y así se habla sin misterio
ni estorbos: ¿habéis mirado
el libro que os he traído?
INÉS. ¡Ay!, se me había olvidado.
BRÍGIDA. ¡Pues me hace gracia el olvido!
INÉS. ¡Como la madre abadesa
se entró aquí inmediatamente!
BRÍGIDA. ¡Vieja más impertinente!
INÉS. ¿Pues tanto el libro interesa?
BRÍGIDA. ¡Vaya si interesa! Mucho.
¡Pues quedó con poco afán
el infeliz!
INÉS. ¿Quién?
BRÍGIDA. Don Juan.
INÉS. ¡Válgame el cielo! ¡Qué escucho!
¿Es don Juan quien me le envía?
BRÍGIDA. Por supuesto.
INÉS. ¡Oh! Yo no debo
tomarle.
BRÍGIDA. ¡Pobre mancebo!
Desairarle así, sería
matarle.
INÉS. ¿Qué estás diciendo?
BRÍGIDA. Si ese horario no tomáis,
tal pesadumbre le dais
que va a enfermar; lo estoy viendo.
INÉS. ¡Ah! No, no: de esa manera,
le tomaré.
BRÍGIDA. Bien haréis.
INÉS. ¡Y qué bonito que es!
BRÍGIDA. Ya veis;
quien quiere agradar, se esmera.
INÉS. Con sus manecillas de oro.
¡Y cuidado que está prieto!
A ver, a ver si completo
contiene el rezo del coro. (Le abre, y cae una carta de entre sus hojas.)
Mas, ¿qué cayó?
BRÍGIDA. Un papelito.
INÉS. ¡Una carta!
BRÍGIDA. Claro está;
en esa carta os vendrá
ofreciendo el regalito.
INÉS. ¡Qué! ¿Será suyo el papel?
BRÍGIDA. ¡Vaya, que sois inocente!
Pues que os feria, es consiguiente
que la carta será de él.
INÉS. ¡Ay, Jesús!
BRÍGIDA. ¿Qué es lo que os da?
INÉS. Nada, Brígida, no es nada.
BRÍGIDA. No, no; si estáis inmutada.
(Ya presa en la red está.)
¿Se os pasa?
INÉS. Sí.
BRÍGIDA. Eso habrá sido.
cualquier mareíllo vano.
INÉS. ¡Ay! Se me abrasa la mano
con que el papel he cogido.
BRÍGIDA. Doña Inés, ¡válgame Dios!
Jamás os he visto así:
estáis trémula.
INÉS. ¡Ay de mí!
BRÍGIDA. ¿Qué es lo que pasa por vos?
INÉS. No sé... El campo de mi mente
siento que cruzan perdidas
mil sombras desconocidas
que me inquietan vagamente;
y ha tiempo al alma me dan
con su agitación tortura.
BRÍGIDA. ¿Tiene alguna, por ventura,
el semblante de don Juan?
INÉS. No sé: desde que le vi,
Brígida mía, y su nombre
me dijiste, tengo a ese hombre
siempre delante de mí.
Por doquiera me distraigo.
con su agradable recuerdo,
y si un instante le pierdo,
en su recuerdo recaigo.
No sé qué fascinación
en mis sentidos ejerce,
que siempre hacia él se me tuerce
la mente y el corazón:
y aquí y en el oratorio,
y en todas partes, advierto
que el pensamiento divierto
con la imagen de Tenorio.
BRÍGIDA. ¡Válgame Dios! Doña Inés,
según lo vais explicando,
tentaciones me van dando
de creer que eso amor es.
INÉS. ¡Amor has dicho!
BRÍGIDA. Sí, amor.
INÉS. No, de ninguna manera.
BRÍGIDA. Pues por amor lo entendiera
el menos entendedor;
mas vamos la carta a ver:
¿en qué os paráis? ¿Un suspiro?
INÉS. ¡Ay!, que cuanto más la miro,
menos me atrevo a leer. (Lee.)
«Doña Inés del alma mía.»
¡Virgen Santa, qué principio!
BRÍGIDA. Vendrá en verso, y será un ripio
que traerá la poesía.
Vamos, seguid adelante.
INÉS. (Lee.)
«Luz de donde el sol la toma,
hermosísima paloma
privada de libertad,
si os dignáis por estas letras
pasar vuestros lindos ojos,
no los tornéis con enojos
sin concluir, acabad.»
BRÍGIDA. ¡Qué humildad! ¡Y qué finura!
¿Dónde hay mayor rendimiento?
INÉS. Brígida, no sé qué siento.
BRÍGIDA. Seguid, seguid la lectura.
(Lee.)
INÉS. «Nuestros padres de consuno
nuestras bodas acordaron,
porque los cielos juntaron
los destinos de los dos.
Y halagado desde entonces
con tan risueña esperanza,
mi alma, doña Inés, no alcanza
otro porvenir que vos.
De amor con ella en mi pecho
brotó una chispa ligera,
que han convertido en hoguera
tiempo y afición tenaz:
y esta llama que en mí mismo
se alimenta inextinguible,
cada día más terrible
va creciendo y más voraz.»
BRÍGIDA. Es claro; esperar le hicieron
en vuestro amor algún día,
y hondas raíces tenía
cuando a arrancársele fueron.
Seguid.
INÉS. (Lee.)
«En vano a apagarla
concurren tiempo y ausencia,
que doblando su violencia,
no hoguera ya, volcán es.
Y yo, que en medio del cráter
desamparado batallo,
suspendido en él me hallo
entre mi tumba y mi Inés.»
BRÍGIDA. ¿Lo veis, Inés? Si ese horario
lo despreciáis, al instante
le preparan el sudario.
INÉS. Yo desfallezco.
BRÍGIDA. Adelante.
INÉS. (Lee.)
«Inés, alma de mi alma,
perpetuo imán de mi vida,
perla sin concha escondida
entre las algas del mar;
garza que nunca del nido
tender osastes el vuelo,
el diáfano azul del cielo
para aprender a cruzar:
si es que a través de esos muros
el mundo apenada miras,
y por el mundo suspiras
de libertad con afán,
acuérdate que al pie mismo
de esos muros que te guardan,
para salvarte te aguardan
los brazos de tu don Juan.»
(Representa.)
¿Qué es lo queme pasa, ¡cielo!,
que me estoy viendo morir?
BRÍGIDA. (Ya tragó todo el anzuelo.)
Vamos, que está al concluir.
INÉS. (Lee.)
«Acuérdate de quien llora
al pie de tu celosía
y allí le sorprende el día
y le halla la noche allí;
acuérdate de quien vive
sólo por ti, ¡vida mía!,
y que a tus pies volaría
si le llamaras a ti.»
BRÍGIDA. ¿Lo veis? Vendría.
INÉS. ¡Vendría!
BRÍGIDA. A postrarse a vuestros pies.
INÉS. ¿Puede?
BRÍGIDA. ¡Oh!, sí.
INÉS. ¡Virgen María!
BRÍGIDA. Pero acabad, doña Inés.
INÉS. (Lee.)
«Adiós, ¡oh luz de mis ojos!
Adiós, Inés de mi alma:
medita, por Dios, en calma
las palabras que aquí van:
y si odias esa clausura,
que ser tu sepulcro debe,
manda, que a todo se atreve
por tu hermosura don Juan.»
(Representa DOÑA INÉS.)
¡Ay! ¿Qué filtro envenenado
me dan en este papel,
que el corazón desgarrado
me estoy sintiendo con él?
¿Qué sentimientos dormidos
son los que revela en mí?
¿Qué impulsos jamás sentidos?
¿Qué luz, que hasta hoy nunca vi?
¿Qué es lo que engendra en mi alma
tan nuevo y profundo afán?
¿Quién roba la dulce calma
de mi corazón?
BRÍGIDA. Don Juan.
INÉS. ¡Don Juan dices...! ¿Conque ese hombre
me ha de seguir por doquier?
¿Sólo he de escuchar su nombre?
¿Sólo su sombra he de ver?
¡Ah! Bien dice: juntó el cielo
los destinos de los dos,
y en mi alma engendró este anhelo
fatal.
BRÍGIDA. ¡Silencio, por Dios!
(Se oyen dar las ánimas.)
INÉS. ¿Qué?
BRÍGIDA. ¡Silencio!
INÉS. Me estremeces.
BRÍGIDA. ¿Oís, doña Inés, tocar?
INÉS. Sí, lo mismo que otras veces
las ánimas oigo dar.
BRÍGIDA. Pues no habléis de él.
INÉS. ¡Cielo santo!
¿De quién?
BRÍGIDA. ¿De quién ha de ser?
De ese don Juan que amáis tanto,
porque puede aparecer.
INÉS. ¡Me amedrentas! ¿Puede ese hombre
llegar hasta aquí?
BRÍGIDA. Quizá.
Porque el eco de su nombre
tal vez llega adonde está.
INÉS. ¡Cielos! ¿Y podrá?...
BRÍGIDA. ¿Quién sabe?
INÉS. ¿Es un espíritu, pues?
BRÍGIDA. No, mas si tiene una llave...
INÉS. ¡Dios!
BRÍGIDA. Silencio, doña Inés:
¿no oís pasos?
INÉS. ¡Ay! Ahora
nada oigo.
BRÍGIDA. Las nueve dan.
Suben..., se acercan... Señora...
Ya está aquí.
INÉS. ¿Quién?
BRÍGIDA. El.
INÉS. ¡Don Juan!


ESCENA IV

DOÑA INÉS, DON JUAN, BRÍGIDA

INÉS. ¿Qué es esto? Sueño..., deliro.
JUAN. ¡Inés de mi corazón!
INÉS. ¿Es realidad lo que miro,
o es una fascinación...?
Tenedme..., apenas respiro...
Sombra..., huye por compasión.
Ay de mí...!
(Desmáyase DOÑA INÉS y DON JUAN la sostiene. La carta de DON JUAN queda en el suelo aban­donada por DOÑA INÉS al desmayarse.)
BRÍGIDA. La ha fascinado
vuestra repentina entrada,
y el pavor la ha trastornado.
JUAN. Mejor: así nos ha ahorrado
la mitad de la jornada.
¡Ea! No desperdiciemos
el tiempo aquí en contemplarla,
si perdemos no queremos.
En los brazos a tomarla
voy, y cuanto antes, ganemos
ese claustro solitario.
BRÍGIDA. ¡Oh, vais a sacarla así!
JUAN. Necia, ¿piensas que rompí
la clausura, temerario,
para dejármela aquí?
Mi gente abajo me espera:
sígueme.
BRÍGIDA. ¡Sin alma estoy!
¡Ay! Este hombre es una fiera;
nada le ataja ni altera...
Sí, sí; a su sombra me voy.


ESCENA V

LA ABADESA

Jurara que había oído
por estos claustros andar:
hoy a doña Inés velar
algo más la he permitido.
Y me temo... Mas no están
aquí. ¡Qué pudo ocurrir
a las dos, para salir
de la celda? ¿Dónde irán?
¡Hola! Yo las ataré
corto para que no vuelvan
a enredar, y me revuelvan
a las novicias..., sí a fe.
Mas siento por allá fuera
pasos. ¿Quién es?


ESCENA VI

LA ABADESA, LA TORNERA

TORNERA. Yo, señora.
ABADESA. ¡Vos en el claustro a esta hora!
¿Qué es esto, hermana tornera?
TORNERA. Madre abadesa, os buscaba.
ABADESA. ¿Qué hay? Decid.
TORNERA. Un noble anciano
quiere hablaros.
ABADESA. Es en vano.
TORNERA. Dice que es de Calatrava
caballero; que sus fueros
le autorizan a este paso,
y que la urgencia del caso
le obliga al instante a veros.
ABADESA. ¿Dijo su nombre?
TORNERA. El señor
don Gonzalo de Ulloa.
ABADESA. ¿Qué
puede querer...? Abralé,
hermana: es comendador
de la Orden, y derecho
tiene en el claustro de entrada.


ESCENA VII

LA ABADESA

ABADESA. ¿A una hora tan avanzada
venir así...? No sospecho
qué pueda ser..., mas me place,
pues no hallando a su hija aquí,
la reprenderá, y así
mirará otra vez lo que hace.


ESCENA VIII

LA ABADESA, DON GONZALO, LA TORNERA, a la puerta

GONZA. Perdonad, madre abadesa,
que en hora tal os moleste;
mas para mí, asunto es éste
que honra y vida me interesa.
ABADESA. ¡Jesús!
GONZA. Oíd.
ABADESA. Hablad, pues.
GONZA. Yo guardé hasta hoy un tesoro
de más quilates que el oro,
y ese tesoro es mi Inés.
ABADESA. A propósito.
GONZA. Escuchad.
Se me acaba de decir
que han visto a su dueña ir
ha poco por la ciudad
hablando con un criado
que un don Juan, de tal renombre,
que no hay en la tierra otro hombre
tan audaz y tan malvado.
En tiempo atrás se pensó
con él a mi hija casar,
y hoy, que se la fui a negar,
robármela me juró.
Que por el torpe doncel
ganada la dueña está,
no puedo dudarlo ya:
debo, pues, guardarme de él.
Y un día, una hora quizás
de imprevisión, le bastara
para que mi honor manchara
a ese hijo de Satanás.
He aquí mi inquietud cuál es:
por la dueña, en conclusión,
vengo: vos la profesión
abreviad de doña Inés.
ABADESA. Sois padre, y es vuestro afán
muy justo, comendador;
mas ved que ofende a mi honor.
GONZA. No sabéis quién es don Juan.
ABADESA. Aunque le pintáis tan malo,
yo os puedo decir de mí,
que mientra Inés esté aquí,
segura está, don Gonzalo.
GONZA. Lo creo; mas las razones
abreviemos: entregadme
a esa dueña, y perdonadme
mis mundanas opiniones.
Si vos de vuestra virtud
me respondéis, yo me fundo
en que conozco del mundo
la insensata juventud.
ABADESA. Se hará como lo exigís.
Hermana tornera, id, pues,
a buscar a doña Inés
y a su dueña. (Vase LA TORNERA.)
GONZA. ¿Qué decís,
señora? O traición me ha hecho
mi memoria, o yo sé bien
que ésta es hora de que estén
ambas a dos en su lecho.
ABADESA. Ha un punto sentí a las dos
salir de aquí, no sé a qué.
GONZA. ¡Ay! Por qué tiemblo no sé.
¡Mas qué veo, santo Dios!
Un papel..., me lo decía
a voces mi mismo afán. (Leyendo.)
«Doña Inés del alma mía...»
Y la firma de don Juan.
Ved..., ved..., esa prueba escrita.
Leed ahí... ¡Oh! Mientras que vos
por ella rogáis a Dios
viene el diablo y os la quita.


ESCENA IX

LA ABADESA, DON GONZALO, LA TORNERA

TORNERA. Señora...
ABADESA. ¿Qué es?
TORNERA. Vengo muerta.
GONZA. Concluid.
TORNERA. No acierto a hablar...
He visto a un hombre saltar
por las tapias de la huerta.
GONZA. ¿Veis? Corramos: ¡ay de mí!
ABADESA. ¿Dónde vais, comendador?
GONZA. ¡Imbécil!, tras de mi honor,
que os roban a vos de aquí.


ACTO CUARTO

El Diablo a las puertas del Cielo

PERSONAS

DON JUAN, DOÑA INÉS, DON GONZALO, DON LUIS, CIUTTI, BRÍGIDA, ALGUACILES .° y .°

Quinta de DON JUAN TENORIO cerca de Sevilla y sobre el Guadalquivir. Balcón en el fondo. Dos puertas a cada lado


ESCENA PRIMERA

BRÍGIDA, CIUTTI

BRÍGIDA. ¡Qué noche, válgame Dios!
A poderlo calcular
no me meto yo a servir a tan fogoso galán.
¡Ay, Ciutti! Molida estoy;
no me puedo menear.
CIUTTI. ¿Pues qué os duele?
BRíGIDA. Todo el cuerpo
y toda el alma además.
CIUTTI. ¡Ya! No estáis acostumbrada
al caballo, es natural.
BRÍGIDA. Mil veces pensé caer:
¡uf!, ¡qué mareo!, ¡qué afán!
Veía yo unos tras otros
ante mis ojos pasar
los árboles, como en alas
llevados de un huracán,
tan apriesa y produciéndome
ilusión tan infernal,
que perdiera los sentidos
si tardamos en parar.
CIUTTI. Pues de estas cosas veréis,
si en esta casa os quedáis,
lo menos seis por semana.
BRÍGIDA. ¡Jesús!
CIUTTI. ¿Y esa niña está
reposando todavía?
BRÍGIDA. ¿Y a qué se ha de despertar?
CIUTTI. Sí, es mejor que abra los ojos
en los brazos de don Juan.
BRÍGIDA. Preciso es que tu amo tenga
algún diablo familiar.
CIUTTI. Yo creo que sea él mismo
un diablo en carne mortal
porque a lo que él, solamente
se arrojara Satanás.
BRÍGIDA. ¡Oh! ¡El lance ha sido extremado!
CIUTTI. Pero al fin logrado está.
BRíGIDA. ¡Salir así de un convento
en medio de una ciudad
como Sevilla!
CIUTTI. Es empresa
tan sólo para hombre tal.
Mas, ¡qué diablo!, si a su lado
la fortuna siempre va,
y encadenado a sus pies
duerme sumiso el azar.
BRÍGIDA. Sí, decís bien.
CIUTTI. No he visto hombre
de corazón más audaz;
ni halla riesgo que le espante,
ni encuentra dificultad
que al empeñarse en vencer
le haga un punto vacilar.
A todo osado se arroja,
de todo se ve capaz,
ni mira dónde se mete,
ni lo pregunta jamás.
«Allí hay un lance», le dicen;
y él dice: «Allá va don Juan».
¡Mas ya tarda, vive Dios!
BRÍGIDA. Las doce en la catedral
han dado ha tiempo.
CIUTTI. Y de vuelta
debía a las doce estar.
BRÍGIDA. ¿Pero por qué no se vino
con nosotros?
CIUTTI. Tiene allá
en la ciudad todavía
cuatro cosas que arreglar.
BRÍGIDA. ¿Para el viaje?
CIUTTI. Por supuesto;
aunque muy fácil será
que esta noche a los infiernos
le hagan a él mismo viajar.
BRÍGIDA. ¡Jesús, qué ideas!
CIUTTI. Pues digo:
¿son obras de caridad
en las que nos empleamos,
para mejor esperar?
Aunque seguros estamos
cuando vuelva por acá.
BRÍGIDA. ¿De veras, Ciutti?
CIUTTI. Venid
a este balcón, y mirad.
¿Qué veis?
BRÍGIDA. Veo un bergantín
que anclado en el río está.
CIUTTI. Pues su patrón sólo aguarda
las órdenes de don Juan,
y salvos, en todo caso,
a Italia nos llevará.
BRÍGIDA. ¿Cierto?
CIUTTI. Y nada receléis
por vuestra seguridad;
que es el barco más velero
que boga sobre la mar.
BRÍGIDA. ¡Chist! Ya siento a doña Inés.
CIUTTI. Pues yo me voy, que don Juan
encargó que sola vos
debíais con ella hablar.
BRÍGIDA. Y encargó bien, que yo entiendo
de esto.
CIUTTI. Adiós, pues.
BRÍGIDA. Vete en paz.


ESCENA II

DOÑA INÉS, BRÍGIDA

INÉS. Dios mío, ¡cuánto he soñado!
Loca estoy: ¿qué hora será?
¿Pero qué es esto, ay de mí?
No recuerdo que jamás
haya visto este aposento.
¿Quién me trajo aquí?
BRÍGIDA. Don Juan.
INÉS. Siempre don Juan..., ¿mas conmigo
aquí tú también estás,
Brígida?
BRÍGIDA. Sí, doña Inés.
INÉS. Pero dime, en caridad,
¿dónde estamos? ¿Este cuarto
es del convento?
BRÍGIDA. No tal:
aquello era un cuchitril
en donde no había más
que miseria.
INÉS. Pero, en fin,
¿en dónde estamos?
BRÍGIDA. Mirad,
mirad por este balcón,
y alcanzaréis lo que va
desde un convento de monjas
a una quinta de don Juan.
INÉS. ¿Es de don Juan esta quinta?
BRÍGIDA. Y creo que vuestra ya.
INÉS. Pero no comprendo, Brígida,
lo que me hablas.
BRÍGIDA. Escuchad.
Estabais en el convento
leyendo con mucho afán
una carta de don Juan,
cuando estalló en un momento
un incendio formidable.
INÉS. ¡Jesús!
BRÍGIDA. Espantoso, inmenso;
el humo era ya tan denso,
que el aire se hizo palpable.
INÉS. Pues no recuerdo...
BRÍGIDA. Las dos
con la carta entretenidas,
olvidamos nuestras vidas,
yo oyendo, y leyendo vos.
Y estaba, en verdad, tan tierna,
que entrambas a su lectura
achacamos la tortura
que sentíamos interna.
Apenas ya respirar
podíamos, y las llamas
prendían ya en nuestras camas:
nos íbamos a asfixiar,
cuando don Juan, que os adora,
y que rondaba el convento,
al ver crecer con el viento
la llama devastadora,
con inaudito valor,
viendo que ibais a abrasaros,
se metió para salvaros,
por donde pudo mejor.
Vos, al verle así asaltar
la celda tan de improviso,
os desmayasteis..., preciso;
la cosa era de esperar.
Y él, cuando os vio caer así,
en sus brazos os tomó
y echó a huir; yo le seguí,
y del fuego nos sacó.
¿Dónde íbamos a esta hora?
Vos seguíais desmayada,
yo estaba ya casi ahogada.
Dijo, pues: «Hasta la aurora
en mi casa las tendré».
Y henos, doña Inés, aquí.
INÉS. ¿Conque ésta es su casa?
BRÍGIDA. Sí.
INÉS. Pues nada recuerdo, a fe.
Pero..., ¡en su casa...! ¡Oh! Al punto
salgamos de ella..., yo tengo
la de mi padre.
BRÍGIDA. Convengo
con vos; pero es el asunto...
INÉS. ¿Qué?
BRÍGIDA. Que no podemos ir.
INÉS. Oír tal me maravilla.
BRÍGIDA. Nos aparta de Sevilla...
INÉS. ¿Quién?
BRÍGIDA. Vedlo, el Guadalquivir.
INÉS. ¿No estamos en la ciudad?
BRÍGIDA. A una legua nos hallamos
de sus murallas.
INÉS. ¡Oh! Estamos
perdidas!
BRÍGIDA. ¡No sé, en verdad,
por qué!
INÉS. Me estás confundiendo,
Brígida..., y no sé qué redes
son las que entre estas paredes
temo que me estás tendiendo.
Nunca el claustro abandoné,
ni sé del mundo exterior
los usos: mas tengo honor.
Noble soy, Brígida, y sé
que la casa de don Juan
no es buen sitio para mí:
me lo está diciendo aquí
no sé qué escondido afán.
Ven, huyamos.
BRÍGIDA. Doña Inés,
la existencia os ha salvado.
INÉS. Sí, pero me ha envenenado
el corazón.
BRÍGIDA. ¿Le amáis, pues?
INÉS. No sé..., mas, por compasión,
huyamos pronto de ese hombre,
tras de cuyo solo nombre
se me escapa el corazón.
¡Ah! Tú me diste un papel
de mano de ese hombre escrito,
y algún encanto maldito
me diste encerrado en él.
Una sola vez le vi
por entre unas celosías,
y que estaba, me decías,
en aquel sitio por mí.
Tú, Brígida, a todas horas
me venías de él a hablar,
haciéndome recordar
sus gracias fascinadoras.
Tú me dijiste que estaba
para mío destinado
por mi padre..., y me has jurado
en su nombre que me amaba.
¿Que le amo, dices?... Pues bien,
si esto es amar, sí, le amo;
pero yo sé que me infamo
con esa pasión también.
Y si el débil corazón
se me va tras de don Juan,
tirándome de él están
mi honor y mi obligación.
Vamos, pues; vamos de aquí
primero que ese hombre venga;
pues fuerza acaso no tenga
si le veo junto a mí.
Vamos, Brígida.
BRÍGIDA. Esperad.
¿No oís?
INÉS. ¿Qué?
BRÍGIDA. Ruido de remos.
INÉS. Sí, dices bien; volveremos
en un bote a la ciudad.
BRÍGIDA. Mirad, mirad, doña Inés.
INÉS. Acaba..., por Dios, partamos.
BRÍGIDA. Ya imposible que salgamos.
INÉS. ¿Por qué razón?
BRÍGIDA. Porque él es
quien en ese barquichuelo
se adelanta por el río.
INÉS. ¡Ay! ¡Dadme fuerzas, Dios mío!
BRÍGIDA. Ya llegó, ya está en el suelo.
Sus gentes nos volverán
a casa: mas antes de irnos,
es preciso despedirnos
a lo menos de don Juan.
INÉS. Sea, y vamos al instante.
No quiero volverle a ver.
BRÍGIDA. (Los ojos te hará volver
el encontrarle delante.)
Vamos.
INÉS. Vamos.
CIUTTI. Aquí están.
JUAN. (ídem.)
Alumbra.
BRÍGIDA. ¡Nos busca!
INÉS. Él es.


ESCENA III

DICHOS, DON JUAN

JUAN. ¿Adónde vais, doña Inés?
INÉS. Dejadme salir, don Juan.
JUAN. ¿Que os deje salir?
BRÍGIDA. Señor,
sabiendo ya el accidente
del fuego, estará impaciente
por su hija el comendador.
JUAN. ¡El fuego! ¡Ah! No os dé cuidado
por don Gonzalo, que ya
dormir tranquilo le hará
el mensaje que le he enviado.
INÉS. ¿Le habéis dicho...?
JUAN. Que os hallabais
bajo mi amparo segura,
y el aura del campo pura,
libre, por fin, respirabais.
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí; y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador,
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés,
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando, vida mía,
la esclavitud de tu amor.
INÉS. Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!
que no podré resistir
mucho tiempo, sin morir,
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad, por compasión,
que oyéndoos, me parece
que mi cerebro enloquece,
y se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!,
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti, como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.
JUAN. ¡Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí:
es Dios, que quiere por ti
ganarme para él quizás.
No; el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal,
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso, voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí; iré mi orgullo a postrar
ante el buen comendador,
y, o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar.
INÉS. ¡Don Juan de mi corazón!
JUAN. ¡Silencio! ¿Habéis escuchado?
INÉS. ¿Qué?
JUAN. Sí, una barca ha atracado
(Mira por el balcón.)
debajo de ese balcón.
Un hombre embozado de ella
salta... Brígida, al momento
pasad a ese otro aposento,
y perdonad, Inés bella,
si solo me importa estar.
INÉS. ¿Tardarás?
JUAN. Poco ha de ser.
INÉS. A mi padre hemos de ver.
JUAN. Sí, en cuanto empiece a clarear.
Adiós.


ESCENA IV

DON JUAN, CIUTTI

CIUTTI. ¿Señor?
JUAN. ¿Qué sucede,
Ciutti?
CIUTTI. Ahí está un embozado
en veros muy empeñado.
JUAN. ¿Quién es?
CIUTTI. Dice que no puede
descubrirse más que a vos,
y que es cosa de tal priesa,
que en ella se os interesa
la vida a entrambos a dos.
JUAN. ¿Y en él no has reconocido
marca ni señal alguna
que nos oriente?
CIUTTI. Ninguna;
mas a veros decidido viene.
JUAN. ¿Trae gente?
CiuTTi. No más
que los remeros del bote.
JUAN. Que entre.


ESCENA V

DON JUAN; luego CIUTTI y DON LUIS embozado

JUAN. ¡Jugamos a escote
la vida...! Mas ¿si es quizás
un traidor que hasta mi quinta
me viene siguiendo el paso?
Hálleme, pues, por si acaso
con las armas en la cinta.
(Se ciñe la espada y suspende al cinto un par de pistolas que habrá colocado sobre la mesa a su salida en la escena tercera. Al momento sale CIUTTI conduciendo a DON LUIS, que, embozado hasta los ojos, espera a que se queden solos. DON JUAN hace a CIUTTI una seña para que se retire. Lo hace.)


ESCENA VI

DON JUAN, DON LUIS

JUAN. (Buen talante.) Bien venido,
caballero.
LUIS. Bien hallado,
señor mío.
JUAN. Sin cuidado
hablad.
LUIS. Jamás lo he tenido.
JUAN. Decid, pues: ¿a qué venís
a esta hora y con tal afán?
LUIS. Vengo a mataros, don Juan.
JUAN. Según eso, sois don Luis.
LUIS. No os engañó el corazón,
y el tiempo no malgastemos,
don Juan: los dos no cabemos
ya en la tierra.
JUAN. En conclusión,
señor Mejía, ¿es decir,
que porque os gané la apuesta
queréis que acabe la fiesta
con salirnos a batir?
LUIS. Estáis puesto en la razón:
la vida apostado habemos,
y es fuerza que nos paguemos.
JUAN. Soy de la misma opinión.
Mas ved que os debo advertir
que sois vos quien la ha perdido.
LUIS. Pues por eso os la he traído;
mas no creo que morir
deba nunca un caballero
que lleva en el cinto espada,
como una res destinada
por su dueño al matadero.
JUAN. Ni yo creo que resquicio
habréis jamás encontrado
por donde me hayáis tomado
por un cortador de oficio.
LUIS. De ningún modo; y ya veis
que, pues os vengo a buscar,
mucho en vos debo fiar.
JUAN. No más de lo que podéis.
Y por mostraros mejor
mi generosa hidalguía,
decid si aún puedo, Mejía,
satisfacer vuestro honor.
Leal la apuesta os gané;
mas si tanto os ha escocido,
mirad si halláis conocido
remedio, y le aplicaré.
LUIS. No hay más que el que os he propuesto,
don Juan. Me habéis maniatado,
y habéis la casa asaltado
usurpándome mi puesto;
y pues el mío tomasteis
para triunfar de doña Ana,
no sois vos, don Juan, quien gana,
porque por otro jugasteis.
JUAN. Ardides del juego son.
LUIS. Pues no os los quiero pasar,
y por ellos a jugar
vamos ahora el corazón.
JUAN. ¿Le arriesgáis, pues, en revancha
de doña Ana de Pantoja?
LUIS. Sí; y lo que tardo me enoja
en lavar tan fea mancha.
Don Juan, yo la , sí;
mas con lo que habéis osado,
imposible la hais dejado
para vos y para mí.
JUAN. ¿Por qué la apostasteis, pues?
LUIS. Porque no pude pensar
que la pudierais lograr.
Y.. vamos, por San Andrés,
a reñir, que me impaciento.
JUAN. Bajemos a la ribera.
LUIS. Aquí mismo.
JUAN. Necio fuera:
¿no veis que en este aposento
prendieran al vencedor?
Vos traéis una barquilla.
LUIS. Sí.
JUAN. Pues que lleve a Sevilla
al que quede.
LUIS. Eso es mejor;
salgamos, pues.
JUAN. Esperad.
LUIS. ¿Qué sucede?
JUAN. Ruido siento.
LUIS. Pues no perdamos momento.


ESCENA VII

DON JUAN, DON LUIS, CIUTTI

CIUTTI. Señor, la vida salvad.
JUAN. ¿Qué hay, pues?
CIUTTI. El comendador
que llega con gente armada.
JUAN. Déjale franca la entrada, pero a él solo.
CIUTTL Más, señor...
JUAN. Obedéceme.
(Vase CIUTTI.)


ESCENA VIII

DON JUAN, DON LUIS

JUAN. Don Luis,
pues de mí os habéis fiado
cuanto dejáis demostrado
cuando a mi casa venís,
no dudaré en suplicaros,
pues mi valor conocéis,
que un instante me aguardéis.
LUIS. Yo nunca puse reparos
en valor que es tan notorio,
mas no me fío de vos.
JUAN. Ved que las partes son dos
de la apuesta con Tenorio,
y que ganadas están.
LUIS. ¿Lograsteis a un tiempo...?
JUAN. Sí:
la del convento está aquí:
y pues viene de don Juan
a reclamarla quien puede,
cuando me podéis matar
no debo asunto dejar
tras mí que pendiente quede.
LUIS. Pero mirad que meter
quien puede el lance impedir
entre los dos, puede ser...
JUAN. ¿Qué?
LUIS. Excusaros de reñir.
JUAN. ¡Miserable...! De don Juan
podéis dudar sólo vos:
mas aquí entrad, ¡vive Dios!
y no tengáis tanto afán
por vengaros, que este asunto
arreglado con ese hombre,
don Luis, yo os juro en mi nombre
que nos batimos al punto.
LUIS. Pero...
JUAN. ¡Con una legión
de diablos! Entrad aquí;
que harta nobleza es en mí
aún daros satisfacción.
Desde ahí ved y escuchad;
franca tenéis esa puerta.
Si veis mi conducta incierta,
como os acomode obrad.
LUIS. Me avengo, si muy reacio
no andáis.
JUAN. Calculadlo vos
a placer: mas, ¡vive Dios!,
que para todo hay espacio.
(Entra DON LUIS en el cuarto que DON JUAN le señala.)
Ya suben. (DON JUAN escucha.)
GONZA. (Dentro.)
¿Dónde está?
JUAN. El es.


ESCENA IX

DON JUAN, DON GONZALO

GONZA. ¿Adónde está ese traidor?
JUAN. Aquí está, comendador.
GONZA. ¿De rodillas?
JUAN. Y a tus pies.
GONZA. Vil eres hasta en tus crímenes.
JUAN. Anciano, la lengua ten,
y escúchame un solo instante.
GONZA. ¿Qué puede en tu lengua haber
que borre lo que tu mano
escribió en este papel?
¡Ir a sorprender, ¡infame!,
la cándida sencillez
de quien no pudo el veneno
de esas letras precaver!
¡Derramar en su alma virgen
traidoramente la hiel
en que rebosa la tuya,
seca de virtud y fe!
¡Proponerse así enlodar
de mis timbres la alta prez,
como si fuera un harapo
que desecha un mercader!
¿Ése es el valor, Tenorio,
de que blasonas? ¿Ésa es
la proverbial osadía
que te da al vulgo a temer?
¿Con viejos y con doncellas
la muestras...? Y ¿para qué?
¡Vive Dios!, para venir
sus plantas así a lamer
mostrándote a un tiempo ajeno
de valor y de honradez.
JUAN. ¡Comendador!
GONZA. Miserable,
tú has robado a mi hija Inés
de su convento, y yo vengo
por tu vida, o por mi bien.
JUAN. Jamás delante de un hombre
mi alta cerviz incliné,
ni he suplicado jamás,
ni a mi padre, ni a mi rey.
Y pues conservo a tus plantas
la postura en que me ves,
considera, don Gonzalo,
que razón debo tener.
GONZA. Lo que tienes es pavor
de mi justicia.
JUAN. ¡Pardiez!
Óyeme, comendador,
o tenerme no sabré,
y seré quien siempre he sido,
no queriéndolo ahora ser.
GONZA. ¡Vive Dios!
JUAN. Comendador,
yo idolatro a doña Inés,
persuadido de que el cielo
nos la quiso conceder
para enderezar mis pasos
por el sendero del bien.
No amé la hermosura en ella,
ni sus gracias adoré;
lo que adoro es la virtud,
don Gonzalo, en doña Inés.
Lo que justicias ni obispos
no pudieron de mí hacer
con cárceles y sermones,
lo pudo su candidez.
Su amor me torna en otro hombre,
regenerando mi ser,
y ella puede hacer un ángel
de quien un demonio fue.
Escucha, pues, don Gonzalo,
lo que te puede ofrecer
el audaz don Juan Tenorio
de rodillas a tus pies.
Yo seré esclavo de tu hija,
en tu casa viviré,
tú gobernarás mi hacienda,
diciéndome: esto ha de ser.
El tiempo que señalares,
en reclusión estaré;
cuantas pruebas exigieres
de mi audacia o mi altivez,
del modo que me ordenares
con sumisión te daré:
y cuando estime tu juicio
que la puedo merecer,
yo la daré un buen esposo
y ella me dará el Edén.
GONZA. Basta, don Juan; no sé cómo
me he podido contener,
oyendo tan torpes pruebas
de tu infame avilantez.
Don Juan, tú eres un cobarde
cuando en la ocasión te ves,
y no hay bajeza a que no oses
como te saque con bien.
JUAN. ¡Don Gonzalo!
GONZA. Y me avergüenzo
de mirarte así a mis pies,
lo que apostabas por fuerza
suplicando por merced.
JUAN. Todo así se satisface,
don Gonzalo, de una vez.
GONZA. ¡Nunca, nunca! ¿Tú su esposo?
Primero la mataré.
¡Ea! Entrégamela al punto,
o sin poderme valer,
en esa postura vil
el pecho te cruzaré.
JUAN. Míralo bien, don Gonzalo;
que vas a hacerme perder
con ella hasta la esperanza
de mi salvación tal vez.
GONZA. ¿Y qué tengo yo, don Juan,
con tu salvación que ver?
JUAN. ¡Comendador, que me pierdes!
GONZA. Mi hija.
JUAN. Considera bien
que por cuantos medios pude
te quise satisfacer;
y que con armas al cinto
tus denuestos toleré,
proponiéndote la paz
de rodillas a tus pies.


ESCENA X

DICHOS; DON LUIS, soltando una carcajada de burla

LUIS. Muy bien, don Juan.
JUAN. ¡Vive Dios!
GONZA. ¿Quién es ese hombre?
LUIS. Un testigo
de su miedo, y un amigo,
comendador, para vos.
JUAN. ¡Don Luis!
LUIS. Ya he visto bastante,
don Juan, para conocer
cuál uso puedes hacer
de tu valor arrogante;
y quien hiere por detrás
y se humilla en la ocasión,
es tan vil como el ladrón
que roba y huye.
JUAN. ¿Esto más?
LUIS. Y pues la ira soberana
de Dios junta, como ves,
al padre de doña Inés
y al vengador de doña Ana,
mira el fin que aquí te espera
cuando a igual tiempo te alcanza,
aquí dentro su venganza
y la justicia allá fuera.
GONZA. ¡Oh! Ahora comprendo... ¿Sois vos
el que...?
LUIS. Soy don Luis Mejía,
a quien a tiempo os envía
por vuestra venganza Dios.
JUAN. ¡Basta, pues, de tal suplicio!
Si con hacienda y honor
ni os muestro ni doy valor
a mi franco sacrificio,
y la leal solicitud
con que ofrezco cuanto puedo
tomáis, ¡vive Dios!, por miedo
y os mofáis de mi virtud,
os acepto el que me dais
plazo breve y perentorio,
para mostrarme el Tenorio
de cuyo valor dudáis.
LUIS. Sea; y cae a nuestros pies,
digno al menos de esa fama
que por tan bravo te aclama.
JUAN. Y venza el infierno, pues.
Ulloa, pues mi alma así
vuelves a hundir en el vicio,
cuando Dios me llame a juicio,
tú responderás por mí. (Le da un pistoletazo.)
GONZA. ¡Asesino! (Cae.)
JUAN. Y tú, insensato,
que me llamas vil ladrón,
di en prueba de tu razón
que cara a cara te mato.
(Riñen, y le da una estocada.)
LUIS. ¡Jesús! (Cae.)
JUAN. Tarde tu fe ciega
acude al cielo, Mejía,
y no fue por culpa mía;
pero la justicia llega,
y a fe que ha de ver quién soy.
CIUTTI. (Dentro.)
¿Don Juan?
JUAN. (Asomado al balcón.)
¿Quién es?
CIUTTI. (Dentro.) Por aquí;
salvaos.
JUAN. ¿Hay paso?
CIUTTI. Sí;
arrojaos.
JUAN. Allá voy.
Llamé al cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, y no yo.
(Se arroja por el balcón, y se le oye caer en el agua del río, al mismo tiempo que el ruido de los remos muestra la rapidez del barco en que parte; se oyen golpes en las puertas de la ha­bitación; poco después entra la justicia, sol­dados, etc.)


ESCENA XI

ALGUACILES, SOLDADOS; luego DOÑA INÉS y BRÍGIDA

ALGUACIL .° El tiro ha sonado aquí.
ALGUACIL .° Aún hay humo.
ALGUACIL .° ¡Santo Dios!
Aquí hay un cadáver.
ALGUACIL .° Dos.
ALGUACIL .° ¿Y el matador?
ALGUACIL .° Por allí.
(Abre el cuarto en que están DOÑA INÉS y BRÍ­GIDA, y las sacan a la escena; DOÑA INÉS re­conoce el cadáver de su padre.)
ALGUACLL .° ¡Dos mujeres!
INÉS. ¡Ah, qué horror, padre mío!
ALGUACIL .° ¡Es su hija!
BRÍGIDA. Sí.
INÉS. ¡Ay! ¿Dó estás, don Juan, que aquí
Te olvidas en tal dolor?
ALGUACIL .° El le asesinó.
INÉS. ¡Dios mío!
¿Me guardabas esto más?
ALGUACIL.° Por aquí ese Satanás
se arrojó, sin duda, al río.
ALGUACIL .° Miradlos..., a bordo están
del bergantín calabrés.
TODOS. ¡Justicia por doña Inés!
INÉS. Pero no contra don Juan.  (Cayendo de ro­dillas.)






PARTE SEGUNDA


ACTO PRIMERO

La sombra de doña Inés

PERSONAS

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA, UN ESCULTOR, LA SOMBRA DE DOÑA INÉS

Panteón de la familia Tenorio. El teatro representa un magní­fico cementerio, hermoseado a manera de jardín. En primer término, aislados y de bulto, los sepulcros de DON GONZALO ULLOA, de DOÑA INÉS y de DON Luis MEJÍA, sobre los cuales se ven sus estatuas de piedra. El sepulcro de DON GONZALO a la derecha, y su estatua de rodillas; el de DON LUIS a la iz­quierda, y su estatua también de rodillas; el de DOÑA INÉS en el centro, y su estatua de pie. En segundo término otros dos sepulcros en la forma que convenga; y en el tercer término y en puesto elevado, el sepulcro y estatua del fundador don Diego Tenorio, en cuya figura remata la perspectiva de los sepulcros. Una pared llena de nichos y lápidas circuye el cua­dro hasta el horizonte. Dos llorones  a cada lado de la tumba de DOÑA INÉS, dispuestos a servir de la manera que a su tiempo exige el juego escénico. Cipreses y flores de todas cla­ses embellecen la decoración, que no debe tener nada de ho­rrible. La acción se supone en una tranquila noche de ve­rano, y alumbrada por una clarísima luna


ESCENA PRIMERA

EL ESCULTOR, disponiéndose a marchar

ESCULTOR. Pues, señor, es cosa hecha:
el alma del buen don Diego
puede, a mi ver, con sosiego
reposar muy satisfecha.
La obra está rematada
con cuanta suntuosidad
su postrera voluntad
dejó al mundo encomendada.
Y ya quisieran, ¡pardiez!,
todos los ricos que mueren
que su voluntad cumplieren
los vivos, como esta vez.
Mas ya de marcharme es hora:
todo corriente lo dejo,
y de Sevilla me alejo
al despuntar de la aurora.
¡Ah! Mármoles que mis manos
pulieron con tanto afán,
mañana os contemplarán
los absortos sevillanos;
y al mirar de este panteón
las gigantes proporciones,
tendrán las generaciones
la nuestra en veneración.
Mas yendo y viniendo días,
se hundirán unas tras otras,
mientras en pie estaréis vosotras,
póstumas memorias mías.
¡Oh! frutos de mis desvelos,
peñas a quien yo animé
y por quienes arrostré
la intemperie de los cielos;
el que forma y ser os dio,
va ya a perderos de vista;
¡velad mi gloria de artista,
pues viviréis más que yo!
Mas ¿quién llega?


ESCENA II

EL ESCULTOR; DON JUAN, que entra embozado

ESCULTOR. Caballero...
JUAN. Dios le guarde.
ESCULTOR. Perdonad,
mas ya es tarde, y...
JUAN. Aguardad
un instante, porque quiero
que me expliquéis...
ESCULTOR. ¿Por acaso
sois forastero?
JUAN. Años ha
que falto de España ya,
y me chocó el ver al paso,
cuando a estas verjas llegué,
que encontraba este recinto
enteramente distinto
de cuando yo le dejé.
ESCULTOR. Yo lo creo; como que esto
era entonces un palacio
y hoy es panteón el espacio
donde aquél estuvo puesto.
JUAN. ¡El palacio hecho panteón!
ESCULTOR. Tal fue de su antiguo dueño
la voluntad, y fue empeño
que dio al mundo admiración.
JUAN. ¡Y, por Dios, que es de admirar!
ESCULTOR. Es una famosa historia,
a la cual debo mi gloria.
JUAN. ¿Me la podréis relatar?
ESCULTOR. Sí; aunque muy sucintamente,
pues me aguardan.
JUAN. Sea.
ESCULTOR. Oíd
la pura verdad.
JUAN. Decid,
que me tenéis impaciente.
ESCULTOR. Pues habitó esta ciudad
y este palacio heredado,
un varón muy estimado
por su noble calidad.
JUAN. Don Diego Tenorio.
ESCULTOR. El mismo.
Tuvo un hijo este don Diego
peor mil veces que el fuego,
un aborto del abismo.
Un mozo sangriento y cruel,
que con tierra y cielo en guerra,
dicen que nada en la tierra
fue respetado por él.
Quimerista, seductor
y jugador con ventura,
no hubo para él segura
vida, ni hacienda, ni honor.
Así le pinta la historia,
y si tal era, por cierto
que obró cuerdamente el muerto
para ganarse la gloria.
JUAN. Pues ¿cómo obró?
ESCULTOR. Dejó entera
su hacienda al que la empleara
en un panteón que asombrara
a la gente venidera.
Mas con condición, que dijo
que se enterraran en él
los que a la mano cruel
sucumbieron de su hijo.
Y mirad en derredor
los sepulcros de los más
de ellos.
JUAN. ¿Y vos sois quizás,
el conserje?
ESCULTOR. El escultor
de estas obras encargado.
JUAN. ¡Ah! ¿Y las habéis concluido?
ESCULTOR. Ha un mes; mas me he detenido
hasta ver ese enverjado
colocado en su lugar;
pues he querido impedir
que pueda el vulgo venir
este sitio a profanar.
JUAN. (Mirando.)
¡Bien empleó sus riquezas
el difunto!
ESCULTOR. ¡Ya lo creo!
Miradle allí.
JUAN. Ya le veo.
ESCULTOR. ¿Le conocisteis?
JUAN. Sí.
ESCULTOR. Piezas
son todas muy parecidas
y a conciencia trabajadas.
JUAN. ¡Cierto que son extremadas!
ESCULTOR. ¿Os han sido conocidas
las personas?
JUAN. Todas ellas.
ESCULTOR. ¿Y os parecen bien?
JUAN. Sin duda,
según lo que a ver me ayuda
el fulgor de las estrellas.
ESCULTOR. ¡Oh! Se ven como de día
con esta luna tan clara.
Ésta es mármol de Carrara. (Señalando a la de DON LUIS.)
JUAN. ¡Buen busto es el de Mejía! (Contempla las es­tatuas unas tras otras.)
¡Hola! Aquí el comendador
se representa muy bien.
ESCULTOR. Yo quise poner también
la estatua del matador
entre sus víctimas, pero
no pude a manos haber
su retrato... Un Lucifer
dicen que era el caballero
don Juan Tenorio.
JUAN. ¡Muy malo!
Mas como pudiera hablar,
le había algo de abonar
la estatua de don Gonzalo.
ESCULTOR. ¿También habéis conocido
a don Juan?
JUAN. Mucho.
ESCULTOR. Don Diego
le abandonó desde luego
desheredándole.
JUAN. Ha sido
para don Juan poco daño
ése, porque la fortuna
va tras él desde la cuna.
ESCULTOR. Dicen que ha muerto.
JUAN. Es engaño:
vive.
ESCULTOR. ¿Y dónde?
JUAN. Aquí, en Sevilla
ESCULTOR. ¿Y no teme que el furor
popular...?
JUAN. En su valor
no ha echado el miedo semilla.
ESCULTOR. Mas cuando vea el lugar
en que está ya convertido
el solar que suyo ha sido,
no osará en Sevilla estar.
JUAN. Antes ver tendrá a fortuna
en su casa reunidas
personas de él conocidas,
puesto que no odia a ninguna.
ESCULTOR. ¿Creéis que ose aquí venir?
JUAN. ¿Por qué no? Pienso, a mi ver,
que donde vino a nacer
justo es que venga a morir.
Y pues le quitan su herencia
para enterrar a éstos bien,
a él es muy justo también
que le entierren con decencia.
ESCULTOR. Sólo a él le está prohibida
en este panteón la entrada.
JUAN. Trae don Juan muy buena espada,
y no sé quién se lo impida.
ESCULTOR. ¡Jesús! ¡Tal profanación!
JUAN. Hombre es don Juan que, a querer,
volverá el palacio a hacer
encima del panteón.
ESCULTOR. ¿Tan audaz ese hombre es
que aun a los muertos se atreve?
JUAN. ¿Qué respetos gastar debe
con los que tendió a sus pies?
ESCULTOR. ¿Pero no tiene conciencia
ni alma ese hombre?
JUAN. Tal vez no,
que al cielo una vez llamó
con voces de penitencia,
y el cielo, en trance tan fuerte,
allí mismo le metió,
que a dos inocentes dio,
para salvarse, la muerte.
ESCULTOR. ¡Qué monstruo, supremo Dios!
JUAN. Podéis estar convencido
de que Dios no le ha querido.
ESCULTOR. Tal será.
JUAN. Mejor que vos.
ESCULTOR. (¿Y quién será el que a don Juan
abona con tanto brío? )
Caballero, a pesar mío,
como aguardándome están...
JUAN. Idos, pues, enhorabuena.
ESCULTOR. He de cerrar.
JUAN. No cerréis
y marchaos.
ESCULTOR. ¿Mas no veis...?
JUAN. Veo una noche serena
y un lugar que me acomoda
para gozar su frescura,
y aquí he de estar a mi holgura,
si pesa a Sevilla toda.
ESCULTOR. (¿Si acaso padecerá
de locura desvaríos?)
JUAN. (Dirigiéndose a las estatuas.)
Ya estoy aquí, amigos míos.
ESCULTOR. ¿No lo dije? Loco está.
JUAN. Mas, ¡cielos, qué es lo que veo!
O es ilusión de mi vista,
o a doña Inés el artista
aquí representa, creo.
ESCULTOR. Sin duda.
JUAN. ¿También murió?
ESCULTOR. Dicen que de sentimiento
cuando de nuevo al convento
abandonada volvió
por don Juan.
JUAN. ¿Y yace aquí?
ESCULTOR. Sí.
JUAN. ¿La visteis muerta vos?
ESCULTOR. Sí.
JUAN. ¿Cómo estaba?
ESCULTOR. ¡Por Dios,
que dormida la creí!
La muerte fue tan piadosa
con su cándida hermosura
que la envió con la frescura
y las tintas de la rosa.
JUAN. ¡Ah! Mal la muerte podría
deshacer con torpe mano
el semblante soberano
que un ángel envidiaría.
¡Cuán bella y cuán parecida
su efigie en el mármol es!
¡Quién pudiera, doña Inés,
volver a darte la vida!
¿Es obra del cincel vuestro?
ESCULTOR. Como todas las demás.
JUAN. Pues bien merece algo más
un retrato tan maestro. Tomad.
ESCULTOR. ¿Qué me dais aquí?
JUAN. ¿No lo veis?
ESCULTOR. Mas..., caballero,
¿por qué razón...?
JUAN. Porque quiero
yo que os acordéis de mí.
ESCULTOR. Mirad que están bien pagadas.
JUAN. Así lo estarán mejor.
ESCULTOR. Mas vamos de aquí, señor,
que aún las llaves entregadas
no están, y al salir la aurora
tengo que partir de aquí.
JUAN. Entregádmelas a mí,
y marchaos desde ahora.
ESCULTOR. ¿A vos?
JUAN. A mí: ¿Qué dudáis?
ESCULTOR. Como no tengo el honor...
JUAN. Ea, acabad, escultor.
ESCULTOR. Si el nombre al menos que usáis
supiera...
JUAN. ¡Viven los cielos!
Dejad a don Juan Tenorio
velar el lecho mortuorio
en que duermen sus abuelos.
ESCULTOR. ¡Don Juan Tenorio!
JUAN. Yo soy.
Y si no me satisfaces,
compañía juro que haces
a tus estatuas desde hoy.
ESCULTOR. (Alargándole las llaves.)
Tomad. (No quiero la piel
dejar aquí entre sus manos.
Ahora, que los sevillanos
se las compongan con él.) (Vase.)


ESCENA III

DON JUAN

Mi buen padre empleó en esto
entera la hacienda mía:
hizo bien: yo al otro día
la hubiera a una carta puesto.
No os podéis quejar de mí,
vosotros a quien maté;
si buena vida os quité,
buena sepultura os di.
¡Magnífica es, en verdad,
la idea de tal panteón!
Y.. siento que el corazón
me halaga esta soledad.
¡Hermosa noche...! ¡Ay de mí!
¡Cuántas como ésta tan puras,
en infames aventuras
desatinado perdí!
¡Cuántas, al mismo fulgor
de esa luna transparente,
arranqué a algún inocente
la existencia o el honor!
Sí, después de tantos años
cuyos recuerdos me espantan,
siento que en mí se levantan
pensamientos en mí extraños.
¡Oh! Acaso me los inspira
desde el cielo, en donde mora,
esa sombra protectora
que por mi mal no respira.
(Se dirige a la estatua de DOÑA INÉS, hablán­dola con respeto.)
Mármol en quien doña Inés
en cuerpo sin alma existe,
deja que el alma de un triste
llore un momento a tus pies.
De azares mil a través
conservé tu imagen pura,
y pues la mala ventura
te asesinó de don Juan,
contempla con cuánto afán
vendrá hoy a tu sepultura.
En ti nada más pensó
desde que se fue de ti;
y desde que huyó de aquí,
sólo en volver meditó.
Don Juan tan sólo esperó
de doña Inés su ventura,
y hoy, que en pos de su hermosura
vuelve el infeliz don Juan,
mira cuál será su afán
al dar con tu sepultura.
Inocente doña Inés,
cuya hermosa juventud
encerró en el ataúd
quien llorando está a tus pies;
si de esa piedra a través
puedes mirar la amargura
del alma que tu hermosura
adoró con tanto afán,
prepara un lado a don Juan
en tu misma sepultura.
Dios te crió por mi bien,
por ti pensé en la virtud,
adoré su excelsitud,
y anhelé su santo Edén.
Sí; aún hoy mismo en ti también
mi esperanza se asegura,
que oigo una voz que murmura
en derredor de don Juan
palabras con que su afán
se calma en tu sepultura.
¡Oh, doña Inés de mi vida!
Si esa voz con quien deliro
es el postrimer suspiro
de tu eterna despedida;
si es que de ti desprendida
llega esa voz a la altura,
y hay un Dios tras esa anchura
por donde los astros van,
dile que mire a don Juan
llorando en tu sepultura.
(Se apoya en el sepulcro, ocultando el rostro; y mientras se conserva en esta postura, un vapor que se levanta del sepulcro oculta la estatua de DOÑA INÉS. Cuando el vapor se desvanece, la estatua ha desaparecido. DON JUAN sale de su enajenamiento. )
Este mármol sepulcral
adormece mi vigor,
y sentir creo en redor
un ser sobrenatural.
Mas... ¡cielos! ¡El pedestal
no mantiene su escultura!
¿Qué es esto? ¿Aquella figura
 fue creación de mi afán?


ESCENA IV

(El llorón y las flores de la izquierda del sepul­cro de DOÑA INÉS se cambian en una aparien­cia, dejando ver dentro de ella, y en medio de resplandores, LA SOMBRA de DOÑA INÉS.)

DON JUAN, LA SOMBRA DE DOÑA INÉS

SOMBRA. No; mi espíritu, don Juan,
te aguardó en mi sepultura.
JUAN. (De rodillas.)
¡Doña Inés! Sombra querida,
alma de mi corazón,
¡no me quites la razón
si me has de dejar la vida!
Si eres imagen fingida,
sólo hija de mi locura,
no aumentes mi desventura
burlando mi loco afán.
SOMBRA. Yo soy doña Inés, don Juan,
que te oyó en su sepultura.
JUAN. ¿Conque vives?
SOMBRA. Para ti;
mas tengo mi purgatorio
en ese mármol mortuorio
que labraron para mí.
Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura,
y Dios, al ver la ternura
con que te amaba mi afán,
me dijo: «Espera a don Juan
en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
a un amor de Satanás,
con don Juan te salvarás,
o te perderás con él.
Por él vela: mas si cruel
te desprecia tu ternura,
y en su torpeza y locura
sigue con bárbaro afán,
llévese tu alma don Juan
de tu misma sepultura».
JUAN. (Fascinado.)
¡Yo estoy soñando quizás
con las sombras de un Edén!
SOMBRA. No: y ve que si piensas bien,
a tu lado me tendrás;
mas si obras mal, causarás
nuestra eterna desventura.
Y medita con cordura
que es esta noche, don Juan,
el espacio que nos dan
para buscar sepultura.
Adiós, pues; y en la ardua lucha
en que va a entrar tu existencia,
de tu dormida conciencia
la voz que va alzarse escucha;
porque es de importancia mucha
meditar con sumo tiento
la elección de aquel momento
que, sin poder evadirnos,
al mal o al bien ha de abrirnos
la losa del monumento.
(Ciérrase la apariencia; desaparece DOÑA INÉS, y todo queda como al principio del acto, menos la estatua de DOÑA INÉS que no vuelve a su lu­gar. DON JUAN queda atónito.)


ESCENA V

DON JUAN

JUAN. ¡Cielos! ¿Qué es lo que escuché?
¡Hasta los muertos así
dejan sus tumbas por mí!
Mas sombra, delirio fue.
Yo en mi mente la forjé;
la imaginación le dio
la forma en que se mostró,
y ciego vine a creer
en la realidad de un ser
que mi mente fabricó.
Mas nunca de modo tal
fanatizó mi razón
mi loca imaginación
con su poder ideal.
Sí, algo sobrenatural
vi en aquella doña Inés
tan vaporosa, a través
aun de esa enramada espesa;
mas... ¡bah!, circunstancia es ésa
que propia de sombras es.
¿Qué más diáfano y sutil
que la quimera de un sueño?
¿Dónde hay nada más risueño,
más flexible y más gentil?
¿Y no pasa veces mil
que, en febril exaltación,
ve nuestra imaginación
como ser y realidad
la vacía vanidad
de una anhelada ilusión?
¡Sí, por Dios, delirio fue!
Mas su estatua estaba aquí.
Sí, yo la vi y la toqué,
y aun en albricias le di
al escultor no sé qué.
¡Y ahora sólo el pedestal
veo en la urna funeral!
¡Cielos! Lamente me falta,
o de improviso me asalta
algún vértigo infernal.
¿Qué dijo aquella visión?
¡Oh! Yo lo oí claramente,
y su voz triste y doliente
resonó en mi corazón.
¡Ah! ¡Y breves las horas son
del plazo que nos augura!
No, no: ¡de mi calentura
delirio insensato es!
Mi fiebre fue a doña Inés
quien abrió la sepultura.
¡Pasad y desvaneceos;
pasad, siniestros vapores
de mis perdidos amores
y mis fallidos deseos!
¡Pasad, vamos devaneos
de un amor muerto al nacer;
no me volváis a traer
entre vuestro torbellino,
ese fantasma divino
que recuerda una mujer!
¡Ah! ¡Estos sueños me aniquilan,
mi cerebro se enloquece...
y esos mármoles parece
que estremecidos vacilan!
(Las estatuas se mueven lentamente y vuelven la cabeza hacia él.)
Sí, sí; ¡sus bustos oscilan,
su vago contorno medra... !
Pero don Juan no se arredra:
¡alzaos, fantasmas vanos,
y os volveré con mis manos
a vuestros lechos de piedra!
No, no me causan pavor
vuestros semblantes esquivos;
jamás, ni muertos ni vivos,
humillaréis mi valor.
Yo soy vuestro matador
como al mundo es bien notorio;
si en vuestro alcázar mortuorio
me aprestáis venganza fiera,
daos prisa; aquí os espera
otra vez don Juan Tenorio.


ESCENA VI

DON JUAN, EL CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA

CENTE. (Dentro.)
¿Don Juan Tenorio?
JUAN. (Volviendo en sí.)
¿Qué es eso?
¿Quién me repite mi nombre?
AVELLA. (Saliendo.)
¿Veis a alguien? (A CENTELLA.)
CENTE. (ídem.)
Sí, allí hay un hombre.
JUAN. ¿Quién va?
AVELLA. Él es.
CENTE. (Yéndose a DON JUAN.)
Yo pierdo el seso
con la alegría. ¡Don Juan!
AVELLA. ¡Señor Tenorio!
JUAN. ¡Apartaos,
vanas sombras!
CENTE. Reportaos,
señor don Juan... Los que están
en vuestra presencia ahora,
no son sombras, hombres son,
y hombres cuyo corazón
vuestra amistad atesora.
A la luz de las estrellas
os hemos reconocido,
y un abrazo hemos venido a daros.
JUAN. Gracias, Centellas.
CELATE. Mas ¿qué tenéis? ¡Por mi vida
que os tiembla el brazo, y está
vuestra faz descolorida!
JUAN. (Recobrando su aplomo.)
La luna tal vez lo hará.
AVELLA. Mas, don Juan, ¿qué hacéis aquí?
¿Este sitio conocéis?
JUAN. ¿No es un panteón?
CELATE. ¿Y sabéis
a quién pertenece?
JUAN. A mí:
mirad a mi alrededor,
y no veréis más que amigos
de mi niñez, o testigos
de mi audacia y mi valor.
CELATE. Pero os oímos hablar:
¿con quién estabais?
JUAN. Con ellos.
CELATE. ¿Venís aún a escamecellos?
JUAN. No, los vengo a visitar.
Mas un vértigo insensato
la mente me asaltó,
un momento me turbó;
y a fe que me dio mal rato.
Esos fantasmas de piedra
me amenazaban tan fieros,
que a mí acercado a no haberos
pronto...
CELATE. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! ¿Os arredra,
don Juan, como a los villanos
el temor de los difuntos?
JUAN. No a fe; contra todos juntos
tengo aliento y tengo manos.
Si volvieran a salir
de las tumbas en que están,
a las manos de don Juan
volverían a morir.
Y desde aquí en adelante
sabed, señor capitán,
que yo soy siempre don Juan,
y no hay cosa que me espante.
Un vapor calenturiento
un punto me fascinó,
Centellas, mas ya pasó:
cualquiera duda un momento.
AVELLA.
CELATE. Es verdad.

JUAN. Vamos de aquí.
CELATE. Vamos, y nos contaréis
cómo a Sevilla volvéis
tercera vez.
JUAN. Lo haré así,
si mi historia os interesa:
y a fe que oírse merece,
aunque mejor me parece
que la oigáis de sobremesa.
¿No opináis...?
AVELLA.
CENTE. Como gustéis.

JUAN. Pues bien: cenaréis conmigo
y en mi casa.
CENTE. Pero digo,
¿es cosa de que dejéis
algún huésped por nosotros?
¿No tenéis gato encerrado?
JUAN. ¡Bah! Si apenas he llegado:
no habrá allí más que vosotros
esta noche.
CENTE. ¿Y no hay tapada
a quien algún plantón demos?
JUAN. Los tres solos cenaremos.
Digo, si de esta jornada
no quiere igualmente ser
alguno de éstos. (Señalando a las estatuas de los sepulcros.)
CENTE. Don Juan,
dejad tranquilos yacer
a los que con Dios están.
JUAN. ¡Hola! ¿Parece que vos
sois ahora el que teméis,
y mala cara ponéis
a los muertos? Mas, ¡por Dios
que ya que de mí os burlasteis
cuando me visteis así,
en lo que penda de mí
os mostraré cuánto errasteis!
Por mí, pues, no ha de quedar:
y a poder ser, estad ciertos
que cenaréis con los muertos,
y os los voy a convidar.
AVELLA. Dejaos de esas quimeras.
JUAN. ¿Duda en mi valor ponerme,
cuando hombre soy para hacerme
platos de sus calaveras?
Yo, a nada tengo pavor. (Dirigiéndose a LA ES­TATUA de DON GONZALO, que es la que tiene más cerca.)
Tú eres el más ofendido;
mas si quieres, te convido
a cenar, comendador.
Que no lo puedas hacer
creo, y es lo que me pesa;
mas, por mi parte, en la mesa
te haré un cubierto poner.
Y a fe que favor me harás,
pues podré saber de ti
si hay más mundo que el de aquí,
y otra vida, en que jamás,
a decir verdad, creí.
CENTE. Don Juan, eso no es valor;
locura, delirio es.
JUAN. Como lo juzguéis mejor:
yo cumplo así. Vamos, pues.
Lo dicho, comendador.


ACTOSEGUNDO

La estatua de don Gonzalo

PERSONAS

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA, LA SOMBRA DE DOÑA INÉS, LA ESTATUA DE DON GONZALO, UN PAJE

Aposento de DON JUAN TENORIO. Dos puertas en el fondo a derecha e izquierda, preparadas para el juego escénico del acto. Otra puerta en el bastidor que cierra la decoración por la izquierda. Ventana en el de la derecha. Al alzarse el telón están sentados a la mesa DON JUAN, CENTELLAS y AVELLA­NEDA. La mesa ricamente servida: el mantel cogido con guirnaldas de flores, etc. En frente del espectador, DON JUAN, y a su izquierda AVELLANEDA, en el lado izquierdo de la mesa, CENTELLAS, y en el de enfrente de éste, una silla y un cubierto desocupados


ESCENA PRIMERA

DON JUAN, EL CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA, CIUTTI, UN PAJE

JUAN. Tal es mi historia, señores:
pagado de mi valor,
quiso el mismo emperador
dispensarme sus favores.
Y aunque oyó mi historia entera,
dijo: «Hombre de tanto brío
merece el amparo mío;
vuelva a España cuando quiera».
Y heme aquí en Sevilla ya.
CELATE. ¡Y con qué lujo y riqueza!
JUAN. Siempre vive con grandeza
quien hecho a grandeza está.
CELATE. A vuestra vuelta.
JUAN. Bebamos.
CELATE. Lo que no acierto a creer
es cómo, llegando ayer,
ya establecido os hallamos.
JUAN. Fue el adquirirme, señores,
tal casa con tal boato
porque se vendió a barato
para pago de acreedores.
Y como al llegar aquí
desheredado me hallé,
tal como está la compré.
CELATE. ¿Amueblada y todo?
JUAN. Sí.
Un necio que se arruinó
por una mujer, vendióla.
CELATE. ¿Y vendió la hacienda sola?
JUAN. Y el alma al diablo.
CELATE. ¿Murió?
JUAN. De repente: y la justicia,
que iba a hacer de cualquier modo
pronto despacho de todo,
viendo que yo su codicia
saciaba, pues los dineros
ofrecía dar al punto,
cedióme el caudal por junto
y estafó a los usureros.
CENTE. Y la mujer, ¿qué fue de ella?
JUAN. Un escribano la pista
la siguió, pero fue lista
y escapó.
CENTE. ¿Moza?
JUAN. Y muy bella.
CENTE. Entrar hubiera debido
en los muebles de la casa.
JUAN. Don Juan Tenorio no pasa
moneda que se ha perdido.
Casa y bodega he comprado,
dos cosas que, no os asombre,
pueden bien hacer a un hombre
vivir siempre acompañado;
como lo puede mostrar
vuestra agradable presencia,
que espero que con frecuencia
me hagáis ambos disfrutar.
CENTE. Y nos haréis honra inmensa.
JUAN. Y a mí vos. ¡Ciutti!
CIUTTI. ¿Señor?
JUAN. Pon vino al comendador. (Señalando el vaso del puesto vacío.)
AVELLA. Don Juan, ¿aún en eso piensa
vuestra locura?
JUAN. ¡Sí, a fe!
Que si él no puede venir,
de mí no podréis decir
que en ausencia no le honré.
GENTE. ¡Ja, ja, ja! Señor Tenorio,
creo que vuestra cabeza
va menguando en fortaleza.
JUAN. Fuera en mí contradictorio,
y ajeno de mi hidalguía,
a un amigo convidar
y no guardarle el lugar
mientras que llegar podría.
Tal ha sido mi costumbre
siempre, y siempre ha de ser ésa;
y el mirar sin él la mesa
me da, en verdad, pesadumbre.
Porque si el comendador
es, difunto, tan tenaz
como vivo, es muy capaz
de seguirnos el humor.
CENTE. Brindemos a su memoria,
y más en él no pensemos.
JUAN. Sea.
CENTE. Brindemos.
AVELLA.
JUAN. Brindemos.

CENTE. A que Dios le dé su gloria.
JUAN. Mas yo, que no creo que haya
más gloria que esta mortal,
no hago mucho en brindis tal;
mas por complaceros, ¡vaya!
Y brindo a Dios que te dé
la gloria, comendador.
(Mientras beben se oye lejos un aldabonazo, que se supone dado en la puerta de la calle.)
Mas ¿llamaron?
CIUTTI. Sí, señor.
JUAN. Ve quién.
CIUTTI. (Asomando por la ventana.)
A nadie se ve.
¿Quién va allá? Nadie responde.
CENTE. Algún chusco.
AVELLA. Algún menguado
que al pasar habrá llamado
sin mirar siquiera dónde.
JUAN. (A CIUTTI.)
Pues cierra y sirve licor.
(Llaman otra vez más recio.)
Mas ¿llamaron otra vez?
CIUTTL. Sí.
JUAN. Vuelve a mirar.
CIUTTI. ¡Pardiez! A nadie veo, señor.
JUAN. ¡Pues, por Dios, que del bromazo
quien es no se ha de alabar!
Ciutti, si vuelve a llamar
suéltale un pistoletazo.
(Llaman otra vez, y se oye un poco más cerca.)
¿Otra vez?
CIUTTI. ¡Cielos!
AVELLA.
¿Qué pasa?
CENTE.

CIUTTI. Que esa aldabada postrera
ha sonado en la escalera,
no en la puerta de la casa.
CENTE. ¿Qué dices? (Levantándose asombrados.)
AVELLA.

CIUTTI. Digo lo cierto
nada más: dentro han llamado
de la casa.
JUAN. ¿Qué os ha dado?
¿Pensáis ya que sea el muerto?
Mis armas cargué con bala:
Ciutti, sal a ver quién es.
(Vuelven a llamar más cerca.)
AVELLA. ¿Oísteis?
CIUTTL. ¡Por San Ginés,
que eso ha sido en la antesala!
JUAN. ¡Ah! Ya lo entiendo; me habéis
vosotros mismos dispuesto
esta comedia, supuesto
que lo del muerto sabéis.
AVELLA. Yo os juro, don Juan...
CENTE. Y yo.
JUAN. ¡Bah! Diera en ello el más topo,
y apuesto a que ese galopo
los medios para ello dio.
AVELLA. Señor don Juan, escondido
algún misterio hay aquí.
(Vuelven a llamar más cerca.)
CENTE. ¡Llamaron otra vez!
CIUTTI. Sí;
y ya en el salón ha sido.
JUAN. ¡Ya! Mis llaves en manojo
habréis dado a la fantasma,
y que entre así no me pasma;
mas no saldrá a vuestro antojo,
ni me han de impedir cenar
vuestras farsas desdichadas. (Se levanta, y corre los cerrojos de las puertas del fondo, volviendo a su lugar.)
Ya están las puertas cerradas:
ahora el coco, para entrar,
tendrá que echarlas al suelo,
y en el punto que lo intente,
que con los muertos se cuente,
y apele después al cielo.
CELATE. ¡Qué diablos! Tenéis razón.
JUAN. ¿Pues no temblabais?
CELATE. Confieso
que en tanto que no di en eso,
tuve un poco de aprensión.
JUAN. ¿Declaráis, pues, vuestro enredo?
AVELLA. Por mi parte, nada sé.
CELATE. Ni yo.
JUAN. Pues yo volveré
contra el inventor el miedo.
Mas sigamos con la cena;
vuelva cada uno a su puesto,
que luego sabremos de esto.
AVELLA. Tenéis razón.
JUAN. (Sirviendo a CENTELLAS.)
Cariñena:
sé que os gusta, capitán.
CELATE. Como que somos paisanos.
JUAN. (A AVELLANEDA, sirviéndole de otra botella.)
Jerez a los sevillanos,
don Rafael.
AVELLA. Habéis, don Juan,
dado a entrambos por el gusto;
¿mas con cuál brindaréis vos?
JUAN. Yo haré justicia a los dos.
CELATE. Vos siempre estáis en lo justo.
JUAN. Sí, a fe; bebamos.
AVELLA.
Bebamos.
CELATE.

(Llaman a la misma puerta de la escena, fondo derecha.)
JUAN. Pesada me es ya la broma,
mas veremos quién asoma
mientras en la mesa estamos.
(A CIUTTI, que se manifiesta asombrado.)
¿Y qué haces tú ahí, bergante?
¡Listo! Trae otro manjar:
(Vase CIUTTI.)
mas me ocurre en este instante
que nos podemos mofar
de los de afuera, invitándoles
a probar su sutileza,
entrándose hasta esta pieza
y sus puertas no franqueándoles.
AVELLA. Bien dicho.
CELATE. Idea brillante.
(Llaman fuerte, fondo derecha.)
JUAN. ¡Señores! ¿A qué llamar?
Los muertos se han de filtrar
por la pared; adelante.
(La ESTATUA DE DON GONZALO pasa por la puerta sin abrirla, y sin hacer ruido.)


ESCENA II

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA, LA ESTATUA DE DON GONZALO

CELATE. ¡Jesús!
AVELLA. ¡Dios mío!
JUAN. ¡Qué es esto!
AVELLA. Yo desfallezco. (Cae desvanecido.)
CELATE. Yo expiro. (Cae lo mismo.)
JUAN. ¡Es realidad, o delirio!
Es su figura..., su gesto.
ESTATUA. ¿Por qué te causa pavor
quien convidado a tu mesa
viene por ti?
JUAN. ¡Dios! ¿No es ésa
la voz del comendador?
ESTATUA. Siempre supuse que aquí
no me habías de esperar.
JUAN. Mientes, porque hice arrimar
esa silla para ti.
Llega, pues, para que veas
que aunque dudé en un extremo
de sorpresa, no te temo,
aunque el mismo Ulloa seas.
ESTATUA. ¿Aún lo dudas?
JUAN. No lo sé.
ESTATUA. Pon, si quieres, hombre impío,
tu mano en el mármol frío
de mi estatua.
JUAN. ¿Para qué?
Me basta oírlo de ti:
cenemos, pues; mas te advierto...
ESTATUA. ¿Qué?
JUAN. Que si no eres el muerto,
no vas a salir de aquí.
¡Eh! Alzad. (A CENTELLAS y AVELLANEDA.)
ESTATUA. No pienses, no
que se levanten, don Juan;
porque en sí no volverán
hasta que me ausente yo.
Que la divina clemencia
del Señor para contigo,
no requiere más testigo
que tu juicio y tu conciencia.
Al sacrílego convite
que me has hecho en el panteón,
para alumbrar tu razón
Dios asistir me permite.
Y heme que vengo en su nombre
a enseñarte la verdad;
y es: que hay una eternidad
tras de la vida del hombre.
Que numerados están
los días que has de vivir,
y que tienes que morir
mañana mismo, don Juan.
Mas como esto que a tus ojos
está pasando, supones
ser del alma aberraciones
y de la aprensión antojos,
Dios, en su santa clemencia,
te concede todavía,
don Juan, hasta el nuevo día
para ordenar tu conciencia.
Y su justicia infinita
porque conozcas mejor,
espero de tu valor
que me pagues la visita.
¿Irás, don Juan?
JUAN. Iré, sí;
mas me quiero convencer
de lo vago de tu ser
antes que salgas de aquí. (Coge una pistola.)
ESTATUA. Tu necio orgullo delira,
don Juan: los hierros más gruesos
y los muros más espesos
se abren a mi paso: mira.
(Desaparece LA ESTA­TUA sumiéndose por la pared.)


ESCENA III

DON JUAN, AVELLANEDA, CENTELLAS

JUAN. ¡Cielos! ¡Su esencia se trueca,
el muro hasta penetrar,
cual mancha de agua que seca
el ardor canicular!
¿No me dijo: «El mármol toca
de mi estatua»? ¿Cómo, pues,
se desvanece una roca?
¡Imposible! Ilusión es.
Acaso su antiguo dueño
mis cubas envenenó,
y el licor tan vano ensueño
en mi mente levantó.
¡Mas si éstas que sombras creo
espíritus reales son,
que por celestial empleo
llaman a mi corazón!,
entonces, para que iguale
su penitencia don Juan
con sus delitos, ¿qué vale
el plazo ruin que le dan?
¡Dios me da tan sólo un día...!
Si fuese Dios en verdad,
a más distancia pondría
su aviso y mi eternidad.
«Piensa bien que al lado tuyo
me tendrás...», dijo de Inés
la sombra, y si bien arguyo,
pues no la veo, sueño es.
(Transparéntase en la pared LA SOMBRA DE DOÑA INÉS.)


ESCENA IV

DON JUAN, LA SOMBRA DE DOÑA INÉS; CENTELLAS y AVELLANEDA, dormidos

SOMBRA. Aquí estoy.
JUAN. ¡Cielos!
SOMBRA. Medita
lo que al buen Comendador
has oído, y ten valor
para acudir a su cita.
Un punto se necesita
para morir con ventura;
elígele con cordura,
porque mañana, don Juan,
nuestros cuerpos dormirán
en la misma sepultura.
(Desaparece LA SOMBRA.)


ESCENA V

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA

JUAN. Tente, doña Inés, espera;
y si me amas en verdad,
hazme al fin la realidad
distinguir de la quimera.
Alguna más duradera
señal dame, que segura
me pruebe que no es locura
lo que imagina mi afán,
para que baje don Juan
tranquilo a la sepultura.
Mas ya me irrita, por Dios,
el verme siempre burlado,
corriendo desatentado
siempre de sobras en pos.
¡Oh! Tal vez todo esto ha sido
por estos dos preparado,
y mientras se ha ejecutado,
su privación han fingido.
Mas, por Dios, que si es así,
se han de acordar de don Juan.
¡Eh!, don Rafael, capitán.
Ya basta: alzaos de ahí. (DON JUAN mueve a CENTELLAS y a AVELLANEDA, que se levantan como quien vuelve de un profundo sueño.)
CELATE. ¿Quién va?
JUAN. Levantad.
AVELLA. ¿Qué pasa?
¡Hola, sois vos!
CELATE. ¿Dónde estamos?
JUAN. Caballeros, claros vamos.
Yo os he traído a mi casa,
y temo que a ella al venir,
con artificio apostado
habéis, sin duda, pensado,
a costa mía reír:
mas basta ya de ficción,
y concluid de una vez.
CELATE. Yo no os entiendo.
AVELLA. ¡Pardiez!
Tampoco yo.
JUAN. En conclusión,
¿nada habéis visto ni oído?
CELATE.
¿De qué?

AVELLA.
JUAN. No forjáis ya más.
CELATE. Yo no he fingido jamás,
señor don Juan.
JUAN. ¡Habrá sido
realidad! ¿Contra Tenorio
las piedras se han animado,
y su vida han acotado
con plazo tan perentorio?
Hablad, pues, por compasión.
CELATE. ¡Voto va Dios! ¡Ya comprendo
lo que pretendéis!
JUAN. Pretendo
que me deis una razón
de lo que ha pasado aquí,
señores, o juro a Dios
que os haré ver a los dos
que no hay quien me burle a mí.
CENTE. Pues ya que os formalizáis,
don Juan, sabed que sospecho
que vos la burla habéis hecho
de nosotros.
JUAN. ¡Me insultáis!
CENTE. No, por Dios; mas si cerrado
seguís en que aquí han venido
fantasmas, lo sucedido
oíd cómo me he explicado.
Yo he perdido aquí del todo
los sentidos, sin exceso
de ninguna especie, y eso
lo entiendo yo de este modo.
JUAN. A ver, decídmelo, pues.
CENTE. Vos habéis compuesto el vino,
semejante desatino
para encajarnos después.
JUAN. ¡Centellas!
CENTE. Vuestro valor
al extremo por mostrar,
convidasteis a cenar
con vos al Comendador.
Y para poder decir
que a vuestro convite exótico
asistió, con un narcótico
nos habéis hecho dormir.
Si es broma, puede pasar;
mas a ese extremo llevada,
ni puede probaros nada,
ni os la hemos de tolerar.
AVELLA. Soy de la misma opinión.
JUAN. ¡Mentís!
CENTE. Vos.
JUAN. Vos, capitán.
CENTE. Esa palabra, don Juan...
JUAN. La he dicho de corazón.
Mentís; no son a mis bríos
menester falsos portentos,
porque tienen mis alientos
su mejor prueba en ser míos.
AVELLA.
Veamos. (Ponen mano a las espadas.)

CENTE.
JUAN. Poned a tasa
vuestra furia, y vamos fuera,
no piense después cualquiera
que os asesiné en mi casa.
AVELLA. Decís bien..., mas somos dos.
CENTE. Reñiremos, si os fiáis,
el uno del otro en pos.
JUAN. O los dos, como queráis.
CENTE. ¡Villano fuera, por Dios!
Elegid uno, don Juan,
por primero.
JUAN. Sedlo vos.
CENTE. Vamos.
JUAN. Vamos, capitán.


ACTO TERCERO

Misericordia de Dios, y apoteosis del Amor

PERSONAS

DON JUAN, DOÑA INÉS, LA ESTATUA DE DON GONZALO, SOMBRAS, ESTATUAS, ESPECTROS, ÁNGELES

Panteón de la familia Tenorio. Como estaba en el acto pri­mero de la Segunda Parte, menos las estatuas de DOÑA INÉS y de DON GONZALO, que no están en su lugar

ESCENA PRIMERA

DON JUAN, embozado y distraído, entra en la escena lentamente

JUAN. Culpa mía no fue; delirio insano
me enajenó la mente acalorada.
Necesitaba víctimas mi mano
que inmolar a mi fe desesperada,
y al verlos en mitad de mi camino,
presa les hice allí de mi locura.
¡No fui yo, vive Dios!, ¡fue su destino!
Sabían mi destreza y mi ventura.
¡Oh! Arrebatado el corazón me siento
por vértigo infernal..., mi alma perdida
va cruzando el desierto de la vida
cual hoja seca que arrebata el viento.
Dudo..., temo..., vacilo..., en mi cabeza
siento arder un volcán..., muevo la planta
sin voluntad, y humilla mi grandeza
un no sé qué de grande que me espanta.
(Un momento de pausa.)
¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere
nada más que el valor...! Que se aniquila
el alma con el cuerpo cuando muere
creí..., mas hoy mi corazón vacila.
¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos!
Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento,
los pies de piedra caminando siento,
por doquiera que voy, tras de los míos.
¡Oh! Y me trae a este sitio irresistible,
misterioso poder...
(Levanta la cabeza y ve que no está en su pedes­tal LA ESTATUA DE DON GONZALO.)
¡Pero qué veo!
¡Falta de allí su estatua...! Sueño horrible,
déjame de una vez... No, no te creo.
Sal, huye de mi mente fascinada,
fatídica ilusión..., estás en vano
con pueriles asombros empeñada
en agotar mi aliento sobrehumano.
Si todo es ilusión, mentido sueño,
nadie me ha de aterrar con trampantojos;
si es realidad, querer es necio empeño
aplacar de los cielos los enojos.
No: sueño o realidad, del todo anhelo
vencerle o que me venza; y si piadoso
busca tal vez mi corazón el cielo,
que le busque más franco y generoso.
La efigie de esa tumba me ha invitado
a venir a buscar prueba más cierta
de la verdad en que dudé obstinado...
Heme aquí, pues: Comendador, despierta.
(Llama al sepulcro del Comendador. Este se­pulcro se cambia en una mesa que parodia ho­rriblemente la mesa en que cenaron en el acto anterior DON JUAN, CENTELLAS y AVELLA­NEDA. En vez de las guirnaldas que cogían en pabellones sus manteles, de sus flores y lujoso servicio, culebras, huesos y fuego, etcétera. [A gusto del pintor.] Encima de esta mesa apa­rece un plato de ceniza, una copa de fuego y un reló de arena. Al cambiarse este sepulcro, todos los demás se abren y dejan paso a las osamentas de las personas que se suponen en­terradas en ellos, envueltas en sus sudarios. Sombras, espectros y espíritus pueblan el fondo de la escena. La tumba de DOÑA INÉS permanece.)


ESCENA II

DON JUAN, LA ESTATUA DE DON GONZALO, LAS SOMBRAS

ESTATUA. Aquí me tienes, don Juan,
y he aquí que vienen conmigo
los que tu eterno castigo
de Dios reclamando están.
JUAN. ¡Jesús!
ESTATUA. ¿Y de qué te alteras,
si nada hay que a ti te asombre,
y para hacerte eres hombre
platos con sus calaveras?
JUAN. ¡Ay de mí!
ESTATUA. Qué, ¿el corazón
te desmaya?
JUAN. No lo sé;
concibo que me engañé;
no son sueños..., ¡ellos son! (Mirando a los es­pectros.)
Pavor jamás conocido
el alma fiera me asalta,
y aunque el valor no me falta,
me va faltando el sentido.
ESTATUA. Eso es, don Juan, que se va
concluyendo tu existencia,
y el plazo de tu sentencia
está cumpliéndose ya.
JUAN. ¡Qué dices!
ESTATUA. Lo que hace poco
que doña Inés te avisó,
lo que te he avisado yo,
y lo que olvidaste loco.
Mas el festín que me has dado
debo volverte, y así
llega, don Juan, que yo aquí
cubierto te he preparado.
JUAN. ¿Y qué es lo que ahí me das?
ESTATUA. Aquí fuego, allí ceniza.
JUAN. El cabello se me eriza.
ESTATUA. Te doy lo que tú serás.
JUAN. ¡Fuego y ceniza he de ser!
ESTATUA. Cual los que ves en redor:
en eso para el valor,
la juventud y el poder.
JUAN. Ceniza, bien; ¡pero fuego!
ESTATUA. El de la ira omnipotente,
do arderás eternamente
por tu desenfreno ciego.
JUAN. ¿Conque hay otra vida más
y otro mundo que el de aquí?
¿Conque es verdad, ¡ay de mí!,
lo que no creí jamás?
¡Fatal verdad que me hiela
la sangre en el corazón!
Verdad que mi perdición
solamente me revela.
¿Y ese reló?
ESTATUA. Es la medida
de tu tiempo.
JUAN. ¡Expira ya!
ESTATUA. Sí; en cada grano se va
un instante de tu vida.
JUAN. ¿Y ésos me quedan no más?
ESTATUA. Sí.
JUAN. ¡Injusto Dios! Tu poder
me haces ahora conocer,
cuando tiempo no me das
de arrepentirme.
ESTATUA. Don Juan,
un punto de contrición
da a un alma la salvación,
y ese punto aún te le dan.
JUAN. ¡Imposible! ¡En un momento
borrar treinta años malditos
de crímenes y delitos!
ESTATUA. Aprovéchate con tiento,
(Tocan a muerto.)
porque el plazo va a expirar,
y las campanas doblando
por ti están, y están cavando
la fosa en que te han de echar.
(Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.)
JUAN. ¿Conque por mí doblan?
ESTATUA. Sí.
JUAN. ¿Y esos cantos funerales?
ESTATUA. Los salmos penitenciales,
que están cantando por ti.
(Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)
JUAN. ¿Y aquel entierro que pasa?
ESTATUA. Es el tuyo.
JUAN. ¡Muerto yo!
ESTATUA. El capitán te mató
a la puerta de tu casa.
JUAN. Tarde la luz de la fe
penetra en mi corazón,
pues crímenes mi razón
a su luz tan sólo ve.
Los ve... y con horrible afán:
porque al ver su multitud,
ve a Dios en la plenitud
de su ira contra don Juan.
¡Ah! Por doquiera que fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí
y a la justicia burle,
y empozoñé cuanto vi.
Yo a las cabañas bajé
y a los palacios subí,
y los claustros escalé;
y pues tal mi vida fue,
no, no hay perdón para mí.
¡Mas ahí estáis todavía (A los fantasmas.)
con quietud tan pertinaz!
Dejadme morir en paz
a solas con mi agonía.
Mas con esta horrenda calma,
¿qué me auguráis, sombras fieras?
¿Qué esperan de mí? (A LA ESTATUA DE DON GONZALO.)

ESTATUA. Que mueras
para llevarse tu alma.
Y adiós, don Juan; ya tu vida
toca a su fin, y pues vano
todo fue, dame la mano
en señal de despedida.
JUAN. ¿Muéstrasme ahora amistad?
ESTATUA. Sí: que injusto fui contigo,
y Dios me manda tu amigo
volver a la eternidad.
JUAN. Toma, pues.
ESTATUA. Ahora, don Juan,
pues desperdicias también
el momento que te dan,
conmigo al infierno ven.
JUAN. ¡Aparta, piedra fingida!
Suelta, suéltame esa mano,
que aún queda el último grano
en el reló de mi vida.
Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita...
¡Señor, ten piedad de mí!
ESTATUA. Ya es tarde.
(DON JUAN se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse so­bre él, en cuyo momento se abre la tumba de DOÑA INÉS y aparece ésta. DOÑA INÉS toma la mano que DON JUAN tiende al cielo.)


ESCENA III

DON JUAN, LA ESTATUA DE DON GONZALO, DOÑA INÉS, SOMBRAS, etc.

INÉS. ¡No! Heme ya aquí,
don Juan: mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios perdona a don Juan
al pie de mi sepultura.
JUAN. ¡Dios clemente! ¡Doña Inés!
INÉS. Fantasmas, desvaneceos:
su fe nos salva..., volveos
a vuestros sepulcros, pues.
La voluntad de Dios es:
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.
JUAN. ¡Inés de mi corazón!
INÉS. Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
Misterio es que en comprensión
no cabe de criatura:
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan
al pie de la sepultura.
Cesad, cantos funerales:
(Cesa la música y salmodia.)
callad, mortuorias campanas:
(Dejan de tocar a muerto.)
ocupad, sombras livianas,
vuestras urnas sepulcrales:
(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cie­rran. )
volved a los pedestales,
animadas esculturas;
(Vuelven las estatuas a sus lugares.)
y las celestes venturas
en que los justos están,
empiecen para don Juan
en las mismas sepulturas.
(Las flores se abren y dan paso a varios angeli­tos que rodean a DOÑA INÉS y a DON JUAN, de­rramando sobre ellos flores y perfumes, y al son de una música dulce y lejana se ilumina el tea­tro con luz de aurora. DOÑA INÉS cae sobre un lecho de flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que desaparece.)


ESCENA ÚLTIMA

DOÑA INÉS, DON JUAN, LOS ÁNGELES

JUAN. ¡Clemente Dios, gloria a Ti!
Mañana a los sevillanos
aterrará el creer que a manos
de mis víctimas caí.
Mas es justo: quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio.
(Cae DON JUAN a los pies de DOÑA INÉS, y mue­ren ambos. De sus bocas salen sus almas repre­sentadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón.)

Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

LAS ACEITUNAS Lope de Rueda