Un guapo del 900. Eichelbaum, Samuel.





Un guapo del 900

Eichelbaum, Samuel

UN GUAPO DEL NOVECIENTOS
Pieza en tres actos divididos en seis cuadros
Personajes: D. Pedro Lalanne – Un cliente – Luciana – Maruja – Puentes Vila – Gualberto-
Natividad López – Palmero – El Quebrao – Un chico – Pancho López – Ecuménico López – Ladislao
López – Edelmira Carranza de Garay – Dr. Clemente Ordóñez – Testa – Lauro – Bataraz –
Bravatto – Ventarrón – El Yiyo – D. Alejo Garay – Casimiro – Organillero – Chinita
ACTO PRIMERO
PRIMER CUADRO
Almacén de ramos generales en los suburbios de Buenos Aires, allá por el 1900. Al fondo, dos
puertas bajas que miran a las dos calles que forman la esquina en que está ubicada la casa y
que se juntan en las dos caras de un grueso tirante que llega basta el suelo. En el lateral
izquierdo, el mostrador, viejo y deteriorado, que empieza a la entrada del negocio y que tuerce
hacia la derecha basta llegar al primer término, mostrando su vientre al espectador. La pared del
lateral izquierdo tiene, en su centro, una abertura por la cual se va a las dependencias
particulares del dueño del almacén, don Pedro Lalanne, un francés de unos cincuenta años, que
atiende el negocio auxiliado por su hija Luciana, muchacha de unos dieciocho a veinte años, de
aspecto muy suave. Al levantarse el telón estdn en escena varios parroquianos. A la entrada, don
Pedro atiende a un cliente. Al promediar el negocio y junto al mostrador, dos parroquianos,
Puentes Vila y Gualberto, conversan. Por su parte, Luciana atiende a una amiga. Son
aproximadamente las siete de una tarde de verano. En el negocio, la atmósfera parece ser
apenas soportable: afuera la luz tiene una pesadez de plomo.
PEDRO._ (Después de mostrar detalladamente la cincha de cueto que tiene en la mano.) Es
cincha para toda la vida.
CLIENTE._ Es verdad; pero ha de ser un castigo pa
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cualquier animal. Debe cortar el cuero vivo en pocas horas. ¿En cuánto la vende, don?
PEDRO._ (Tras de buscar en la cincha los signos misteriosos de su verdadero precio). Vale
tanto... como...
CLIENTE._ No me diga lo que vale, patrón, porque no soy tan curioso. Dígame en cuanto la
vende. PEDRO._ Llévesela por cuatro pesos,
MARUJA._ (Observando un retrato alargado que tiene en la mano). ¡Estás donosísima! Son seis
retratos diferentes. En todos estás linda.
LUCIANA._ No me lisonjiés tanto, Maruja.
MARUJA.– De verídico que estás donosísima... ¿Me obsequiás con uno?
LUCIANA._ Me he quedado con este solo. En cuanto me haga hacer más con mucho gusto te lo
regalaré. MARUJA._ Quisieca mostrárselo a mi tía. ¿Me lo prestás por una rato?
LUCIANA._ Sí, pero tené cuidado de no ajármelo.
MARUJA._ ¡No faltaba más! Lo voy a cuidar mucho.
PUENTES.–_ A los abstencionistas se los ha tragao la tierra.
GUALBERTO._ Eso creen ustedes. Si ahora no votan nada más que los candidatos, los amigos de
los candidalos y los amigos de los amigos.
PUENTES._ ¿Y pa qué más? ¿Y quiénes más quiere usté que voten?
GUALBERTO._ ¡El pueblo, mi amigo, el pueblo!
PUENTES._ Entre los amigos de los candidatos y los amigos de los amigos, sigún dijo usté, está
todo el pueblo. Y si quedan algunos afuera, serán gringos a quienes las eleciones los tienen sin
cuidao. Gringos que van con su canasta entre los brazos, pregonando su único interés en la vida:
la transación con sus mercaderías.
GUALBERTO.– A ustedes, como a los cabayos de tiro, les han puesto anteojeras pa que no vean
lo que ocurre a los costaos. Algún día se les caerá esa porquería
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de los ojos y entonces no saldrán de su asombro.
El cliente de don Pedro se hace envolver la cincha, paga y se va. Por la puerta del frente y casi
embistiendo a aquél, aparecen Natividad, Palmmero yElQuebrao. Entran en el orden en que se
nombran. Natividad avanza sin detenerse hasta el trozo de mostrador que muestra su vientre.
NATIVIDAD._ (A Luciana.). Vos, buena moza, servíles con tus manos de puntiya a estos amigos.
LUCIANA._ (A su amiga.) Esperáte un momento (Acercándose a Palmero y El Quebrao.) ¿Qué se
van a servir los señores?
PALMERO._ Un suisé.
EL QUEBRAO._ Una caña con limonada.
PALMERO._ Tomá suisé, que refresca más.
EL QUEBRAO._ Eso es; sírvame un suisé, sin goma.
NATIVIDAD._ A mí, un vino. Yo no cambeo nunca. Ni aunque yamen a degüello.
Hace alusión a Puentes Vila y lo observa con impertinencia. Éste, por su parte, sonríe y luego le
habla al oído a su compañero. Luciana sirve. Por la puerta del lateral entra un chico.
UN CHICO._ Un atado de cigarrillos “Capricho”.
DON PEDRO._ Uh... la la. ¿Fuman de vainte ahora en tu casa? No hay “Capricho”. Este es un
negocio de pobres. No vendemos de vainte.
UN CHICO._ Bueno. Entonces, déme un kilo de yerba, un kilo de azúcar, veinte de salame, veinte
de queso de rayar y un litro de vino.
DON PEDRO._ (Se acerca al chico y le habla en voz baja). Decíle a tu mama que digo yo que
tiene muy mala memoria. Que se acuerde de lo que le he dicho esta mañana. No le puedo fiar
más.
UN CHICO._ Y si yo le voy a pagar. ¿No ve la plata? (Se la muestra.) Está en casa el novio de mi
hermana. Son para él los cigarrillos “Capricho”. Es telegrafista. ¡Qué se cree!
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DON PEDRO._ (Alza la voz.). Esto es otra cosa, mi amigo. Así podemos hacer negocio
(Despacba al chico.)
PALMERO._Me voy a tener que ir.
NATIVIDAD._ Ecuménico ha de estar al cair.
PALMERO_ Mañana me toparé con él en cualquier lao.
NATIVIDAD._ Tené un poco de paciencia. En un rato más estará aquí.
PALMERO._ Si no lo veo, usté me hará el favor, doña Natividad, de decirle que yo he venido pa
hacerme presente antes de las eleciones, como un soldao que conoce la disciplina y el deber. No
al ñudo ha estao uno diecisiete años en el cuartel, le voy a confiar la urgencia que tengo de ver a
Ecuménico. Quisiera que me lo hable a don Alejo pa que me gestione la reincorporación al
ejército. Ecuménico está advertido del asunto. Hace cosa de seis años me vi envuelto en un feo
que le hicieron a un teniente, de mala índole, ¿sabe, doña?, en el que yo no intervine ni siquiera
de ojito y la pagué nada menos que con la baja. Ahura, pasados los seis años, pienso que tal vez
haigan olvidao el asunto y pueda recuperar mi grado de sargento y la mesada. ¿No le parece,
doña Natividad, que Ecuménico puede interesarlo a don Alejo? Somos correligionarios y amigos.
¿Qué decís vos, Quebrao?
NATIVIDAD._ (Después de un silencio). Yo no sé, mi hijo. Vos contá con la amistá de Ecuménico.
Eso no te faltará nunca, porque mis muchachos son más derechos que la ley. No en balde don
Alejo los tiene a su lao dende que aprendieron a usar cuchiyo. Sabe que ande están Ecuménico y
Ladislao nunca faltarán dos hombres pa jugarse el peyejo.
PALMERO._ Es verdá.
EL QUEBRAO._ Son guapos y liales.
NATIVIDAD._ ¿Que si son guapos? Cuando las cosas se ponen feas, don Alejo los hace trair, y en
cayendo ellos ni las moscas zumban. No le hacen asco ni a la muerte. ¡Es de ver como baila el
cuchiyo en sus manos!
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Ecuménico, pa unas eleciones que hicieron ayá en los tiempos de don Alsina, tomó él solito y su
alma, a punta de cuchiyo, una comisería. El comisario, el sargento y los agentes tuvieron que
albergarse en lo de Tobías, un boliche que sabía haber en los confines de la Calle Ancha, la
frontera de la ciudá. (Después de una pausa.) El Pancho, sí, parece de otra entraña. Medio
cobardón. A ocasiones me da miedo. Ni cuchiyo sabe usar el pobre. Anda de un lao pa otro, meta
charla y charla, sin un cobre en el bolsiyo. Así me dicen. Porque lo que es conmigo no conversa ni
cinco. La policía no le pierde pisada. Vaya a saber en qué andará para que la policía lo tenga
entre ojos.
2PUENTES._ (Violento.) ¡Ese fue otro hombre, mi amigo! ¡Qué va a comparar! Ese fue un
ciudadano como la gente. En vida de Alén la concencia ciudadana tenía su amparo. ¡Qué va a
comparar con estos otros de ahura!
GUALBERTO._ ¿Si acaso don Hipólito Yrigoyen no sigue las güeyas de don Leandro?
PUENTES._ ¡Qué va a seguir, mi amigo! Además, no se trata de seguir güeyas, sino de otra cosa.
Hay que tener caráter, meoyo, y, sobre todo, saber cómo se ha de mover la lengua, pa ser como
aquel viejo. Y usté me sale con don l1ipólilo._ ¡Linda comparación! Yo me volqué pal otro lao cn
cuanto murió el gran viejo.
GUALBERTO._ Usté no lo conoce a don Hipólito.
PUENTES._ Ta claro que no lo conozco. Ni falta quc me hace.
Por el foro entra Pancho y se acerca lentamente a Luciana.
PANCHO._ (En broma.) ¿Cuándo nos casamos, Luciana?
LUCIANA._ Apenitas nos queramos.
PANCHO._ Apúreme a ese corazón. Mire que ando sin conchabo y este boliche está bueno.
LUCIANA._ ¿Cuándo llegó?
PANCHO.– Esta mañana.
LUCIANA._ Y se va pronto, es claro. Como siempre.
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PANCHO._ Quién sabe.
LUCIANA._ No para más que unos días en su casa.
PANCHO._ ¿Para qué más?
LUCIANA._ (Después de una pausa). ¿Y su mamá no es capaz de impedirle que ande toda la vida
quién sabe por dónde?
PANCHO._ Ya ve que no lo impide.
LUCIANA._ Si no hay nadie que lo retenga, hace bien.
PANCHO._ La vieja no tiene apego por mí. Si le faltara Ecuménico o Ladislao, lo pasaría mal. Pero
tratándose de mí, la tiene sin cuidado.
LUCIANA._ No lo comprendo. Aunque sean nada más que medio hermanos como son, para ella
son hijos iguales los tres.
PALMERO._ Será hasta otro momento, doña Natividad.
NATIVIDAD._ Tomá otra cosa.
PALMERO._ Es que tengo que hacer.
NATIVIDAD._ Lo que tenés que hacer lo dejás pa otro día. Tomá otra copa, mi hijo. (A Luciana,
que está otra vez con su amiga.) Luciana, vení a servirle a estos amigos.
DON PEDRO._ Un poquito de paciencia. En seguida voy a despacharles. (Un instante después don
Pedro ua a seruirles.) ¿Qué han pedido ustedes?
NATIVIDAD._ Un suisé pa el señor, un vino pa mí
EL QUEBRAO._ Otro suisé pa mí, pero sin goma. (Don Pedro les sirve.)
LUCIANA._ No creo que papá me dé permiso. Como hubo bochinche las últimas veces que
hicieron baile. Y ahora, con las elecciones...
MARUJA.– Pedíle que te deje. Si se niega, te mando a mi mamita para que le ruegue.
Gualberto paga a don Pedro en el momento en que Puentes Vila se ha quedado observando un
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muestrario de cuchillos.
LUCIANA._ Bueno. Ya veremos. Después te cuento.
MARUJA._ Hasta mañana.
LUCIANA._ No vayás a estropearme el retrato.
MARUJA.– No faltaba otra cosa. Luciana. Luego o mañana te lo traigo.
LUCIANA._ Dame, que te lo envuelvo. (La amiga le da el retrato, ella lo envuelve y luego lo
entrega de nueuo.)
VOZ DE VENDEDOR._ (Cantando.) Vendo sandia colorada, /sandia. / Pa la niña enamorada, /
sandia.
MARUJA._ Hasta mañana.
LUCIANA._ Hasta mañana.
PUENTES._ (Que vuelve a su comparo.) Otra vuelta, patrón.
GUALBERTO._ No, yo no tomo más.
PUENTES._ ¡Ah, ya caigo! Usté es de los que no toman en vísperas de eleciones porque suponen
que los atos electorales son duelos cívicos, en los que los ciudadanos de conciencia honrada
deben andar melancólicos, como en la muerte de uno de la familia. ¡No jeringue, mi amigo! Las
3eleciones se han hecho pa que los hombres tengan un día de espansión y nada más.
GUALBERTO._ ¿Y en la vida de Leandro Alén, qué eran pa usté los atos eletorales?
PUENTES.– Eran lo mismo, pero él quería que fuesen otra cosa y tuvo que suicidarse. ¿Es verdá o
no es verdá?
GUABERTO._ Es verdá.
PUENTES._ ¿Y entonces, mi amigo? Tómese otra copa y déjese de pamplinas.
GUALBERTO._ No, ¡qué esperanza! He dicho que no lomo más.
PUENTES._ Vea, mi amigo: ustedes no encontrarán nunca quien los acompañe, porque le hacen
creer a la gente que la honradez cívica es como un voto de astinencia y castidad. Y los hombres,
mi amigo, no han nacido pa santos. ¿Me comprende? Ustedes, los predica-
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dores de la honradez cívica y de la probidad política, deberían convidar con asao con cuero y con
vino, como los otros, más que los otros, y verían cuánta gente estaría con los astencionistas.
Pero, así... ¿quién quiere usté que los acompañe? ¿Yo? No podría.
GUALBERTO._ Me está pareciendo que con usté no vamos a hacer patria.
PUENTES._ ¡Ta daro que no! Yo usufrutúo la patria que han hecho otros. Unos hacen patria y
otros se la comen. Es la ley del sonso y del vivo.
GUALBERTO._ (Fastidiado.) Hasta cualquier momento.
PUENTES._ No se vaya.
GUALBERTO._ Y lo chupao, ¿quién lo paga?
PUENTES._ Está muy borracho usté. Ya está pago. Lo ha pagao el sonso. ¿No es verdá, patrón?
DON PEDRO._ Sí, es cierto. Está todo pagado.
Gualberto se va por la puerta lateral. Puentes Vila se acerca a Natívidad, previo un examen de los
personajes que están con ella.
PUENTES._ Perdone la curiosidá, doña. (Se quita el sombrero y le hace un saludo versallesco.)
¿Es madre de los hermanos López, usté?
NATIVIDAD._ (Con energía.) Sí, señor. ¿Qué se le frunce?
PUENTES._ Permítale a un crioyo humilde que la felicite por la guapeza de sus hijos. He conocido
en mi vida muchos hombres al servicio de políticos de todo pelaje, grandes y chicos, buenos y
malos. Malos, no. La verdá hay que decirla. ¡No hay políticos malos! Y buenos, tampoco, ¡qué
caray! Los políticos no son ni buenos ni malos. Son hombres de oficio. Como los carpinteros y los
albañiles. ¿Es verdá o no es verdá, doña?
NATIVIDAD._ Yo no sé. O pa ser más clara, no me da la gana de contestarle. ¿Qué es lo que usté
quería decir de mis muchachos?
PUENTES._ Se me había olvidado. Perdone. A eso
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iba. He visto muchos hombres, como venía diciendo, entregaos a caudiyos de arrastre. Yo mismo,
si me perdonan la jactancia, he estao y estoy todavía cerca de un hombre que vale un Potosí: el
doctor Clemente Ordóñez. Hombre de ley, me comprenden. Joven, ilustrao, tal vez un poco
nuevo en estas lides, pero todo un caudiyo. Con decirles que está en la gracia del hombre de la
Casa Rosada, queda dicho todo. ¡Y no ha de ser porque le falten virtudes! ¿No les parece?
NATIVIDAD._ (Fastidiada.) Pero, qué es lo que tiene usté que decir de los hermanos López?
PUENTES._ A eso iba. Digo que hombres... Porque hay muchas clases de hombres. Ahí acaba de
aban- donarme un amigo que se dejaría fusilar por la espalda convencido de que es un hombre
como la gente, y no ostante, señora, a mí me parece que... puesto a jujar bien las cosas, es un
angelito el pobre... Hay muchas clases de hombres: vivos y sonsos, pero también entre los vivos
y entre los sonsos hay categorías... Yo, por ejemplo...
NATIVIDAD.–_A mí me parece que entre los vivos también hay muchos sonsos.
EL QUEBRAO._ ¿Lo han perforado, diga don...?
PUENTES._ ¡A eso iba! ¿Ve? Yo soy un vivo sin categoría, pero el señor...
PALMERO._ (Previendo una ofensa para el compañero, se apresura a evitarla.) ¿Qué pasa con el
señor?
PUENTES._ (Que en su ligera borrachera sospecha que algo perjudicial le puede ocurrir.) ¡A eso
iba! Así como soy un colao entre los vivos_¿no es eso, señora?_, el señor, su amigo, es un colao
entre los sonsos. ¿Qué le parece? No es pa ofenderse. Digo, a mi juicio. (Se oye a lo lejos la voz
del cuerno del tranvía a caballo.)
NATIVIDAD._ Sea prudente y déjenos hablar tranquilos. Lo que iba a decir de mis muchachos me
lo dice en otra oportunidad.
PUENTES._ Ta bien. (Se queda reflexionando.) Bien pensao, tiene razón.
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Por la puerta que da a la calle aparecen Ecuménico y Ladislao. El primero avanza directamente
hacia donde están Natividad, Palmero y El Quebrao. Ladislao se detiene en mitad del negocio y
enciende parsimoniosamente un pucho de toscano que traerá en la boca.
ECUMÉNICO._ (Al reconocer a Palmero y El Quebrao.) ¿Qué tal, hermanos? (Se abraza con los
dos.)
PALMERO._ ¡El tiempo que hace que no nos veíamos!
LADISLAO._ (Más concentrado que Ecuménico, sa luda a sus amigos con menor efusividad. Un
apretón de manos le basta para exteriorizar la alegría que le proporciona.). Y... ¿cómo les va
yendo?_
EL QUEBRAO._ Pobreando siempre.
ECUMÉNICO._ ¿Y en qué andan por este boliche del franchute?
NATIVIDAD._ Venían a verte a vos, y yo los entretuve.
PALMERO._ Sí, tenía que hablarte. (Observa a su alrededor y ve que, aunque un poco
distanciado, Puentes Vila permanece allí como un testigo que molesta,más que por el carácter
confidencfal de lo que va a decir, por su pegajasidad de borracho. Dirigiéndose a él.) Diga, don,
¿tiene mucha gana de peliar usté? (Ecuménico y Ladislao observan la escena con displicencai.)
PUENTES._ Yo no digo nada.
PALMERO._ ¡Entonces se me manda cambiar al trote! ¿Me ha óido? (Puentes Vila se aleja. Va
lentamente hasta la puerta, luego se vuelve, con igual lentitud, cuidándose de no volver la cara a
los del grupo de Natividad. Ue segundo mds tarde sale definitivamente.)
ECUMÉMCO._ ¿En qué andás, hermano?
PALMERO._ Vamos a tomar las copas antes de hablar. Pa facilitar la cosa, ¿sabés? (A donPedro,
que estará ocupado e arreglat runos estantes d esu negocio, mientras Luciana hace igual cosa en
otro sector de mercaderías
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más apropiado para su condición de mujer.) Patrón, ¿quiere despachar aquí?
DON PEDRO._ Un momentito, señor.
ECUMÉNICO._ Hablá mientras. ¿O te creés que soy gobierno?
PALMERO._ Quería verte pa ponerme a las órdenes, como hice otras veces. En cuanti empezaron
a hablar de eleciones, pensé: lo voy a ver a Ecuménico pa hacerme presente, como un buen
soldado. Preguntále a éste. Decí vos, Quebrao.
ECUMÉNICO._ No me traigás testigos, hermano. Si yo te apreceo mucho.
PALMERO._ Disculpá, entonces.
DON PEDRO._ ¿La misma vuelta, señores?
PALMERO._ ¿Y vos, Ecuménico?
ECUMÉNICO._ Un vino. El franchute ya sabe de cuál. (Don Pedm sirve y vuelve a sus cosas.)
PALMERO._ Como te decía, le dije a éste: lo voy a dir a ver a Ecuménico pa recordarle que soy de
los suyos. Y le dije a más: si querés, si no tenés compromiso, veníte vos también, y así votamos
cuatro. ECUMÉNICO._ ¿Cuatro?
PALMERO._ Ta claro: éste y yo, y mis dos primos finaos, somo cuatro iscritos.
ECUMÉNICO._ No me acordaba. Tenés razón.
PALMERO._ El Quebrao me dijo que sí, y aquí estoy. (Una pausa.)
ECUMÉNICO._ Algo turbio andarás queriendo cuando te cuesta largar.
PALMERO._ No sé si te acordarás que estás hablando con un hombre que lleva por dentro un
uniforme de soldao con jinetas de sargento y todo. Hace tiempo te hablé de un asunto.
ECUMÉNICO._ ¿Querés volver al ejército?
PALMERO._ ¡Eso mismo!
ECUMÉNICO._ Mirá, hermano: no te voy a poder servir.
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PALMERO._ ¡Pucha que hablás pronto y claro! ¿Y por qué, si puede saberse?
ECUMEMCO._ Toy distanciao de don Alejo. Es decir, se me ha distanciao, que no es lo mismo,
aunque pal caso resulte así.
PALMERO._ ¿Así que andás con el doctor Clemente Ordóñez, ahura?
ECUMÉNICO._ ¿Qué ha dicho, mi sargento? ¿Cómo ha dicho? (Antes de que Palmero consiga
explicar, Ecuménico, con la rapidez y la destreza de un tigre, le pega con el dedo índice debajo de
la nariz, como quién da un guantazo, y cambia de expresión y de tono ante lo que considera una
ofensa imperdonable.) ¡Ecuménico López no tiene vueltas! A ver si te lo aprendés pal resto de tu
vida. (Palmero queda como petrificado. El Quebrao, que se había sentado sobre el mostrador, se
5ha puesto de pie lentamente. Por su parle, Ladislao, en cuanto lo ha visto pararse, lo marca como
a un jugador de fútbol, poniéndose frente a él, pero sin hacer ostentación de su guardia.
Ecuménico, después de una extensa pausa, como si nada hubiera ocurrido.) A mí no me precisás
pa nada. Podría servirte de cochero llevándote a lo de don Alejo, nada más. Pero si vos le hacés
presente que tenés cuatro boletas de iscrición que ofrecerle, te va a atender igual que a mí. Es
muy gaucho y no te va a mezquinar muñeca.
PALMERO._ ¿Y vos crés que querría servirme?
ECUMÉNICO._ Andá, enfrentálo. Puede que te lo arregle. Es el momento a pedir. Siento mucho
no poder acompañarte.
PALMERO._ (Luego de una breve pausa.) ¿A estas horas estará en el comité?
ECUMÉNICO._ El comité debe estar en estos momentos yeno de pechadores.
PALMERO._ No será oportuno, entonces
ECUMÉNICO._ ¡Justo! En estos días lo hayás ayí nada más que pa servir.
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PALMERO._ Vamos, Quebrao._(Empieza a caer la tarde.)
ECUMÉMCO._ ¿No querés que tomemos otra copa juntos?
PALMERO._ ¿Por qué no? Soy tu amigo.
ECUMÉNICO._ Parecía que no, por lo mal pensao.
PALMERO._ La política es así, Ecuménico. Hoy se sirve a uno y mañana a otro.
ECUMÉNICO._ Todas las cosas son sigún los hombres que están en eyas. He sido y soy amigo de
don Alejo, y lo he servido siempre como se sirve a un amigo, en la buena y en la mala.
PALMERO._ Vos sabés más que yo de estas cosas, pero a mí_ ¡qué querés, hermano!_ no me
parece que un caudiyo rejuntador de boletas sea un amigo.
ECUMÉNICO._ Cuando el caudiyo es de una sola pieza, bien concluído y bien templao, no lo hay
mejor. Pal caso, don Alejo. Se ha jugao muchas veces por mí.
PALMERO._ Después que vos has espuesto tu vida por él.
ECUMÉNICO._ Yo nunca me jugué el peyejo por él. He peliau muchas veces por política, es
verdad, porque me ha gustao la partida. Como he peliau a ocasiones con los hombres que se han
cruzao en el camino, por poyeras. Siempre me ha gustao. Como el vino. ¿Voy a culpar por eso a
la parra? PALMERO._ Así será, si vos lo decís. (Tras una breve pausa.) Hace un rato dijiste que
se te ha distanciau. Y un amigo de ley no lo hace.
ECUMÉNICO._ ¿Querés que te diga que soy yo el que se ha distanciau? ¿Pa que luego, en los
boliches y en los peringundines, se rían a gusto pensando que don Alejo me ha dao el esquinazo?
No, Palmero. Las averías que tengo me las he hecho entre ustedes. De mí no se ríe nadie, ni en
mi ausencia. (Después de una pausa.) No, si yo también sé achicarme. Pero no de miedo, sino de
juicioso.
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NATIVIDAD._ (Que ya se ha tomado el vino que le ban setvido.) Otro vino, don Pedro.
ECUMÉNICO._ No tome más, vieja.
NATIVIDAD._ No le haga caso, don Pedro, y sírvame otro vino. (Un silencio.)
PALMERO._ (Después de tomar un trago de su copa). ¡Lindo varón don Alejo pa serle adito!
ECUMÉNICO._ ¡Y no! Si sabré yo los puntos que calza. A fuerza de coraje ha yegao a los años
que tiene.
PALMERO._ ¡Coraje pa aguantar tendrá!
ECUMÉNICO._ Pa aguantar también. El macho tiene que ser de aguante siempre.
PALMERO._ Sigún de lo que se trate. Porque eso de aguantarse que le disfruten la mujer...
Instantáneamente, una mano férrea de Ecuménico lo toma del cuello, en el preciso momento en
que Palmero se lleva el vaso a la boca. El vaso rueda. El Qurebrao intenta precipitarse sobre el
agresor, cucbillo en mano, pero éste le hace una zancadilla y cae ruidosamente al suelo. Ladislao
se corre inmediatamente hacia donde está el caído, sin mostrar agitación. Natividad asiste a la
escena con gran confianza en las agallas de sus “mucbachos” . El Quebrao se incorpora, y
cuando ya está de pie, Ladislao, con toda naturalidad, le da un golpe en la muñeca y el arma cae.
Ladislao la recoge y la retiene.
ECUMENICO._ (que todavía tiene acogotado a Palmero.) ¡Sos un milico chismoso y pulguiento!
¡Desdichao! ¡Disfrutarle la mujer a don Alejo! ¡Precisa ser infeliz pa creerlo! No hay nadie que se
atreva a jugarle sucio, de guapo que es, de miedo que le tienen. ¡Don Alejo es mucho hombre pa
consentir que nadie le disfrute la mujer! ¡Marica! (Lo deja.) Y ahura andáte, ¡roña! (A El
Quebrao.) Y vos también, ¡asistente e milico! Tras de un silencio, Palmero y El Quebrao salen
lentamente, apabullados, sin que ninguno de los que quedan en escena los mire. Ecuménico
vuelve a su quicio, lo mismo que Natividad. Por su parte, Ladislao
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enciende un toscano.
NATIVIDAD._ (Notando que don Pedro no está visisible.) Che, Lucianita, servíme otro vaso de
vino. ECUMÉNICO._ No tome más, vieja. Ya se lo he dicho. Le hace mal.
NATIVIDAD._ (Sin responderle a Ecuménfco.) Servíme, mi hija, ¿querés?
ECUMÉNICO._ No le sirva nada! (Natividad, con el rostro demudado, se acerca a Ecuménico y le
da un “sopapo” con todas las ganas.)
NATIVIDAD._ ¡Volvé a decir que no me sirvan! ¡Te voy a enseñar quién es el guapo aquí! ¿Te has
creido que soy uno de tus iguales? A mí me vas a respetar, ¡mal hijo! (A Luciana, que ya se
aproximó.) Cuando yo digo una cosa, nadie es quién pa decir lo contrario. ¡Servíme vino!
(Luciana le sirve, y ella se toma el contenido sin respirar.) No me vayan a hacer esperar con el
asao. (Inicia el mutis. Antes de llegar a la puerta, desanda unos pasos.) Todo lo que yo he hecho
servir va a la cuenta de don Alejo. (Sale. De afuera llega el pregón de un vendedor de ricota.)
VOZ DEL VENDEDOR._ ¡Ricota fresca!
ECUMÉNICO._ ¿Cuánto es todo lo que se debe? Yo lo voy a pagar. No hay que anotar nada a la
cuenta de don Alejo. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. (Nuevamente se oye la voz de cuerno del
tranvía a caballo, y cae lentamenle el telón.)
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TELÓN
ACTO PRIMERO
SEGUNDO CUADRO
Una habitación de Hotel. Al foro, balcón. En el lateral irquierdo, puerta que da a la calle; en el
lateral derecho, otra que comunica con el interior de la casa. Sentados, el doctor Clemente
Ordóñez y la señora Edelmira Carranza de Garay. Él es un caudillo político joven, de muy buena
familia, y ella una mujer de “medio pelo” , también joven y buena moza, con uagas inclinaciones
a figurar en sociedad,
EDELMIRA._ (Sensitiva.) Repítelo.
CLEMENTE._ “Tus manos cincopétalas, de marfil y de rosa...” (Tras una pausa, dice el otro
verso.) “Desflorarán mis ojos, sonámbulos de muerte” , dice el poeta en el segundo verso, pero
yo lo corrijo y digo “sonámbulos de amor” , porque junto a ti está la vida y no la muerte.
EDELMIRA._ (Después de un silencio, con los ojos entor nados.) ¡Es tan distinto esto de todo lo
que me deparó el destino!
CLEMENTE._ Pero esto también está en tu destino.
EDELMIRA._ (Como si no oyera las palabras del galán.) ¡Es tan dulce sentirse acariciada por las
palabras de los poetas, dichas por ti! Háblame.
CLEMENTE._ Te noto pesarosa, Edelmira. No tienes el ánimo de otras veces.
EDELMIRA._ No, mi querido. Te amo y no me perteneces, ni te pertenezco enteramente. Esto es
todo.
CLEMENTE ._ Tienes hoy un aroma melancólico, como de heliotropo.
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EDELMIRA._ Tal vez.
CLEMENTE._ (La besa y la abraza.) Vence todos los pesares, mi dulce Edelmira. Es un crimen
turbar el amor.
EDELMIRA._ Tienes razón.
CLEMENTE._ Arriba ese ánimo, entonces. (Se levantan simultáneamente y se toman las manos
como colegiales, hacen una o dos vueltas, entregados a la embriaguez del amor que
experimentan, y luego se besan otra vez.) Unirnos y fundirnos en un beso.
EDELMIRA._ Así me dijiste la primera vez que estuvimos solos.
CLEMENTE._ ¿Te acuerdas?
EDELMIRA._ ¿Que si me acuerdo? De todo, de todo. Como si cada palabra fuese un gigante o un
ángel. CLEMENTE._ ¿De veras?
EDELMIRA.– ¿Lo dudas? Me dijiste: “Estamos unidos el uno al otro como la voz al llanto y a la
risa.”
CLEMENTE._ Es verdad.
EDELMIRA._ “Le ofrezco mi vida.” ¿Te acuerdas? Y parecías ofrecer una preciosa joya antigua, tú
que eres tan joven.
7CLElVIENTE._ Esa noche me deslumbraste. Esa noche sentí humillado todo mi orgullo, porque
desespe- raba de poder llegar hasta ti.
EDELMIRA._ No tanto, mi querido, porque en la primera conversación que tuvimos tú pusiste
mucho orgullo. Hablaste como si estuvieras oyendo todo lo bueno que se dice siempre de ti, de tu
talento, de tu porvenir político...
CLEMENTE._ Todo eso no era más que un pobre consuelo que buscaba mi amor en derrota.
Íntimamente me sentía un desdichado.
EDELMIRA._ Pero después, cuando viste que mi simpatía te esperaba como una mano tendida
espera a otra mano...
CLEMENTE._ ¡Ah, entonces todo mi orgullo desapareció quemado por una ráfaga de fuego!
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EDELMIRA _ Y, sin embargo, venciste tú. Tu humildad fue tu fuerza.
CLEMENTE._ Entre nosotros no hay vencedor. La lucha continúa como en el primer encuentro. Por
eso nos amamos cada vez más.
EDELMIRA._ (Regresando a su melancolía de hace un instante). No, Clemente, no. Venciste tú.
Si yo no me engaño. La prueba está en que yo, casada y todo, me rendí. Venciste con humildad,
pero despiadadamente.
CLEMENTE._ (Un poco sorprendido.) ¿Qué significa esto, mi paloma? ¿Arrepentimiento?
EDELMIRA._ (Se echa a llorar en el homro de Clemente.) No sé. Algo es, pero no sé qué.
CLEMENTE._ ¿No habíamos quedado en que es un crimen turbar el amor?
EDELMIRA._ No lo puedo remediar.
CLEMENTE._ (Después de un silencio respetuoso del llanto de Edelmira.) Una hermosa mujer
como tú no debe llorar nunca. El llanto es la venganza de las feas. Ven, siéntate. (La conduce al
mismo sitio en que estaban antes y se sientan los dos.) ¿Qué ocurre? Cuéntame, explícame.
EDELMIRA._ Te quiero mucho. (Se echa a llorar nuevamente. Luego se repone, como si bubiera
vencido al fin su melancólico estado de ánimo.) Te quiero mucho y estoy arrepentida.
CLEMEMTE._ En ese caso quedas en libertad de hacer lo que te parezca necesario para tu
tranquilidad. Si el no vernos más te puede dar la tranquilidad que necesitas, puedes, desde este
instante, regresar a tu casa para no vernos nunca más.
EDELMIRA._ ¿No ves? ¡Te has enojado! (Lo abraza apasionadamente.) Perdóname. No me hagas
caso. Estoy trastornada. Debes comprender y perdonarme. Dame un beso y todo se pasará en
seguida. (Clemente permanece impasible.) ¿No quieres besarme? Te beso yo, entonces. (Lo
besa, en efecto.) Ahora sí. Ya está. Mírame. Ya soy otra. Ahora me iré tranquila. Llegaré a mi
casa, y... ¿a qué no
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sabes lo que haré? Adivina.
CLEMENTE._ No sé, querida.
EDELMIRA._ ¿No sabes? ¡Qué vergüenza! ¿No sabes lo que voy a hacer en mi casa?
CLEMENTE._ (La mira y sonríe.) No, no sé.
EDELMIRA._ Tonto. Iré a mi casa y pensaré en ti. Soñaré con este par de horas felices que hemos
pasado juntos. Y veré tu rostro de este momento y el de hace un instante, y me parecerá
imposible que yo lo haya tenido junto a mis labios y que lo haya abandonado... Y tú, ¿qué harás
entretanto? Harás política. ¡Qué horror! ¡Tú también haces política! (Lánguidamente se acerca a
un espejo y empieza a componerse la cara y el peinado, con la simplicidad que se hacía lo
primero, por aquellos años, y las grotescas dificultades de lo segundo. Clemente se le aproxima y
la besa en el cuello. Ella arquea su busto, levanta sus brazos y toma, a su espalda, forzadamente
la cara del galán y la besa. Luego se separan. Él la obseeva a través del espejo, y cuando sus ojo
sse encuentran con los ojos de ella, sonríen ambos, felices en su jueg opueril de enamorados.)
CLEMENTE._ (Desde el balcón.) En este momento no hay nadie en la calle. Y parece que el farol
del zaguán está apagado. No ha habido necesidad de pedir que lo hicieran. ( Vuelve a acercarse a
ella. En voz baja, como la frase anterior.) Podemos salir tranquilos. Es decir, siempre que
aceptes mi compañía. EDELMIRA._ (Blandamente.) No, querido. Es mejor que yo salga sola. He
tenido hasta la precaución de vestir en forma distinta a la que acostumbro, para que no se me
reconozca fácilmente.
CLEMENTE._ Como tú prefieras.
EDELMIRA._ No te molesta, ¿verdad? (Se pone el sombrero.)
CLEMENTE._ No faltaba más. (Y le da un beso. Unos golpecitos en la puerta los interrurnpen
bruscamente. Clemente se sorprende, y Edelmira pone de inmediato cara de miedo. En seguida,
se repiten los golpes. Clemente,
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desde el sitio en que está.) ¿Quién llama?
UNA VOZ._ Lo buscan, señor.
Clemente, luego de una ligera vacilación, abre la puerta y se enfrenta con Ecuménico.
CLEMENTE._ (Tarda un segundo en dar la sensación de que ha reconocido a Ecuménico). ¿Qué
se le ofrece?
ECUMÉNICO._ (Sobrando a la situación y a su interlocutor.) Como soy un poco mal pensao, se
me puso que usté estaba aquí... con... (Observa a Edelmira y continúa la frase sin sacarle las
ojos de encima.) con la señora... y me precisaba saber si es verdá.
CLEMEMTE._ ¡Retírese de aquí inmediatamente!
ECUMÉNICO._ Dispénseme, dotor, pero no puedo.
CLEMENTE._ Retírese, le digo, si no quiere pagar cara su bravuconada. ¡Cobarde!
ECUMÉNICO._ ¿No ve que soy un atrevido?
CLEMENTE._ ¡Ralea de hombre! ¡Si demora un momento más lo voy a matar de un balazo! (Y
queriendo unir la acción a la palabra, lleva una mano al bolsillo de atrás del pantalón, para sacar
el revólver. Ecuménico le pega un manotón a la muñeca, pero Ordóñez logra zafarse,
retrocediendo hasta desaparecer por la puerta del lateral derecbo en el preciso instante en que
Ecuménico saca de la cintura su cuchillo y, mediante un corto movimiento de brazo, lo apuñala
mortalmente. El espectador sólo ve el movimiento homicida, pem no el cucbillo perforando la
ropa y las carnes, Un quejido del doctor Ordóñez, de entre cajas, dramatiza el crimen. E delmira
se siente electrizada ante eI grito. Confusa y lentamente se acerca a la puerta, observa con una
mirada de estupor el cuerpo, que se supone tendido, de su amante. De pronto, lanza un grito de
espanto..)
ECUMÉNICO.– No le conviene gritar, señora.
EDELMIRA._ ¡Asesino! ¡Asesino! (Se corre hacia su amante y se echa a llorar desesperadamente.
A continuación, como obedeciendo a una idea luminosa, quiere salir corriendo en busca de
auxilio, y Ecuménico se interpone.)
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¿Por qué no me da paso? ¡Asesino! ¿Se ha puesto de acuerdo con mi marido? ¿Espera a mi
marido? ¿Es mi marido el que lo ha mandado matar? Es claro. Como siempre. ¡Asesino
mercenario!
ECUMÉNICO._ A mí nadie me manda matar. Nadie me ha mandao nunca. No soy cobarde como
este dotorcito traidor. (Señala el cuerpo del doctor Clemente Ordóñez.) ¿No tiene vergüenza de
tirar la honra de su marido entre los perros...?
EDELMIRA._ (Interrumpiendo.) Como usted.
ECUMÉNICO._ De mi laya, iba a decir. Yo soy así señora. (Muestra la palma de la mano). Soy
hombre de don Alejo desde hace muchos años. Usté lo sabe. Y como le cuido la espalda, tengo
que ver las traiciones que se le hacen y castigarlas a mi modo. No voy nada en el asunto. Yo
jamás voy nada en las paradas en que me juego el peyejo. No me obliga más que la lealtá. Usted
no sabe lo que es eso, señora. (Mostrando esta vez el fondo irreductible de su adHesión.) Tiene
un marido machazo, y lo que no le ha podido hacer ningún hombre: ensuciarlo, hacerlo hocicar,
lo ha hecho usté. ¡Si es pa retorcerle el pescuezo como a gayina! ¡Justo! ¡Como a gayina! ¿De
qué le sirve a don Alejo haber corajeau toda su vida, si ahura su propia mujer, doña Edelmira
Carranza de Garay, lo basurea sin asco? ¡Si es como pa matarla y morirse de estrilo! (Después de
una pequeña pausa.) Una vez vi su retrato en el “Cari Careta” , y pensé que con una mujer que
se le pareciese tan siquiera como un aniyo de turco se parece a otro de oro, uno podría sosegarse
y... (Un silencio.) ¡Si habré sido sonso! (Edelmira pasa, insensiblemente, de la impresión brutal
de haber presenciado el asesinato de su amante, sin haberlo podido impedir, al desgarramiento
moral que le produce la idea de haber traicionado a su marido. Y se echa a llorar, ahora en
silencio. Ecuménico, luego de una pausa, durante la cual permanece inmóvil y mira llorar a
Edelmira, se asoma al balcón, después sale y reaparece en seguida.) Puede irse.
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No hay nadie en la caye. Pero, ¡guay de usté, si dice una sola palabra de lo que ha pasao! Nadie
lo sabe. Usté y yo, y nadie más. ¿Me comprende? Y si don Alejo se enterase, despídase del
respiro. (Tras una leve pausa.) Puede irse. (Viendo que Edelmira no se mueue.) Si no se va por
su voluntá, la tendré que yevar a la rastra.
EDELMIRA._ (Se echa nuevamente a llorar.) ¿Usted ha estado hablando de lealtad y quiere
obligarme a abandornar el cadáver de un hombre al que he besado como se besa al único
9hombre de toda la vida? No sabe lo que ha hecho, pero sabe mucho menos lo que dice. Tengo el
deber de estar junto a él, que ha encontrado la muerte en mi amor.
ECUMÉNICO._ (Que intuye más que comprende el sentido de las palabras de Edelmira.) El
asesino soy yo.
EDELMIRA._ Y quiere que yo sea su cómplice, abandonándolo en sus manos siniestras?
(Deprimida y desorlentada.) ¡Váyase! Déjeme cuidar a mi muerto. ¡Asesino! ¡Asesino!
ECUMÉNICO._ (Casi con suavidad.). Si usté se queda aquí se va a enterar todo el mundo.
Vendrá la policía y al verla lo van a comprender todo.
EDELMIRA._ A mí ya no me importa nada.
ECUMÉNICO._ ¡Es que yo no quiero que lo sepa don Alejo!
EDELMIRA._ Máteme a mí también, si quiere. ¡Le cuesta tan poco! (En una crisis de
desesperación.) ¡Máteme! ¡Máteme! Poco puedo sacrificar ya. De todos modos no me queda más
que la muerte. (Nuevo llanto.)
ECUMÉNICO._ (Sin saber qué hacer) Usté tiene aflición porque está con miedo. ¡Todas las
poyeras son igualitas! Hacen el barro y después yoran. ¡Por qué no le pondrán pecho a lo hecho!
(Un silencio.) Vea, señora. Yo ya le he dicho que soy así. (Vuelve a mostrar la palma de la
mano.) Váyase a su casa, a rejuntarse con su marido. Usté es todo pa él. La policía tiene que
creer que lo han rnatao por política. Estamos en vísperas de elecciones y
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todo el mundo tendrá que creer lo mismo. Usté puede odiarme a mí, pero no puede tener malos
sentimientos pa un hombre como don Alejo, que es un marido que sabe amparar y querer a su
mujer. Váyase y aprenda a respetarlo. Todo esto que ha pasao es cosa de maliantes. (Edelmira,
tras un largo silencio, inicia desmayadamente un mutis. Ecuménico, deteniéndola con un ademán
.)
Aguárdese un momento, señora. (Vuelve a asomarse al balcón) Váyase. (Edelmira, sale, a paso
lento. Ecuménico la mira alejarse desde la puerta. Se vuelve a la habitación, observa el cuerpo
del doctor Ordóñez. Luego se guarda su cuchillo y bace mutis.) De esta hecha te has quedao
güérfano, Ecuménico.
TELÓN
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ACTO SEGUNDO
PRIMER CUADRO
El despacbo de don Alejo Garay, en el comité del partido a que pertenece. Única puerta
practicable, alta y ancha, al foro, que comunica con un anrplio salón, en el que la clientela política
se reúne. En efecto, a través de la puerta abierta se ve a numemsos correligionarios
entreteniendo sus ocios. Algunos en intencionada cháchara y los más en un modesto “ monte”
que les volatiliza los “nikles” . Al levantarse el telón, está en escena el viejo Lauro, canoso y
rengo. Está en el despacho del caudillo ausente, terminando de hacer la limpieza. No puede ser
más modesto el despacbo de don Alejo: una mesa grande, de respetable edad, y un tintero que
no condice con lo macizo de la mesa; un armario, no menos viejo, y un par de sillones, más o
menos muelles, pero del más diverso origen. En la pared, un cartel impreso, de considerables
dimensiones, con varios retratos, distribuídos en óvalo. Arriba, en letras grandes, dice: “Unión
Nacional” ; abajo, en caracteres un poco más modestos, esta petulancia: “ La patria los reclama.”
TESTA._ (Asomando.) Ché Lauro, ¿estás siguro que va a venir don Alejo?
LAURO._ (Sin interrumpir su tarea y sin mirarlo). ¿Siguro? Siguro no hay más que la rnuerte.
TESTA._ Dejáte de gracias, y contestáme. ¿Vendrá o no?
LAURO._ Yo creo que sí. ¿O te cres que voy a estar
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trabajando pa que ustedes se asomen y vean limpio su despacho?
TESTA._ (Entra y se acerca a Lauro.) Decíme...
LAURO._ (Interrumpiéndolo.) ¡No, no, no! Eso sí que no. Aquí no se puede entrar. Ya sabés que
a don Alejo no le gusta que se estén aquí.
TESTA._ Pero oírne. Si es para hacerte una pregunta no más.
LAURO._ Bueno, preguntá y andáte.
TESTA._ ¿No sabés si anoche alcanzó a echarle la firmita esa a la recomendación?
LAURO._ ¡Qué esperanza! Si ha venido más gente anoche, dispués que te fuiste. Parecía un
10hormiguero esto.
TESTA._ Entonces hacéme el favor de ponérsela bien a la vista, en cuanto yegue.
LAURO._ Bueno, vamos a ver si cuadra la cosa.
TESTA.__ ¡Qué no va a cuadrar cuando el viejo Lauro quiere una cosa! Si vos podés más que
nadie aquí. LAURO._ (Íntimamente complacido.) Sí, vení a hacerme cosquiyas vos.
TESTA._ Es la verdá.
LAURO._ Tá bien. Si puedo, vos sabés que soy hombre de hacerlo. Pero largáte de aquí.
TESTA._ ¿Las llaves del armario las tenés vos?
LAURO._ ¡Oh! ¿Y quién si no?
TESTA._ No te me vayás a olvidar entonces.
LAURO._ Andá tranquilo, que si cuadra yo la hago. Pero, largate. (En el momento en que Testa
inicia el mutfs, asoma Bataraz. Lauro vuelve a escandalizarse.) ¡No quiero que entren aquí! Todo
el santo día tengo que estar peliándolos. Lárguense, los dos. (Testa sale riéndose.)
BATARAZ._ (Mientras avanza tranquilamente.) No grités, viejito piyo. Te voy a dar unas chirolas
pa que se te vaya el mal genio. (Acariciándole la cabeza.) Por un casual: ¿no sabés si ha venido
por aquí el dotor Lucero? (Le da unas cobres..)
LAURO._ (Recibiéndolos.) El dotor estuvo muy
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temprano, preguntó por don Alejo, le informé que no sabía, como tengo orden de informar a todo
el mundo, y se fue.
BATARAZ._ ¿No dijo si va a volver?
LAURO._ ¿Pa qué me va a decir nada a mí? ¿Si acaso yo soy su secretario?
BATARAZ.– Atendéme. Yo me voy, porque tengo mucho que hacer...
LAURO._ (Con buen humor.) ¡La pucha! Parecés ordenanza del Parlamento por lo rumboso.
¡Tengo mucho que hacer! (Haciendo una risa caricaluresca.) ¿Por qué no te hacés instalar un
comité? BATARAZ._ ¡Qué viejo diablo éste! Bueno, escuchá, si cai el dotor Lucero, me hacés la
gauchada de decirle que yo he venido por él y que más luego vuelvo. ¿Entendiste? Que no se te
pase. Ya sabés que yo soy más agradecido que viuda gustadora...
LAURO._ Sí, hombre, sí. Ya he oído. (SaleBataraz. Del salón g rande, durante todo el tíempo
llegan los ecos de la “ timba” y de las conversaciones. E1 viejo Lauro termina de hacer la
limpieza, cierra la puerta, y en un rincón del despacbo, que resulta el menos visible para
cualquier curioso que abriese la puerta, empieza a contar las monedas que le fueron dadas en el
día. Estando en esa delicada tarea, abre pausadamente la puerta Bravatto, un italiano viejo, con
aspecto de verdulero.) ¿Qué se le ofrece?
BRAVATTO._ (Entrando.) ¿Dun Aleco?
LAURO._ (Empieza a revisarse cómicamente los bolsillos.) No lo tengo.
BRAVATTO._ (Poniéndose a tono.) E yo tampoco.
LAURO._ (Ya en serio.) No ha yegao.
BRAVATTO._ Me precisa vederlo.
LAURO._ Espereló ahi, en el salón.
BRAVATTO._ ¿Osté non sabe nada de las papeletas de mes hicos?
LAURO._ Sé que las ha mandao buscar con un mozo
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que está ahi, timbeando. ¿No lo conoce a Casimiro?
BRAVATTO._ Non lo canuzco.
LAURO._ Tenga paciencia y espere1ó a don Alejo. Él le va a informar.
BRAVATTO._ Ma dica: ¿e una obligazione de cogar allá?
LAURO._ Aquí no hay más obligación que trair la boleta de iscrición.
BRAVATTO._ Eh... La boleta yo la tengo. Mes hicos non la tienen, ma peró, yo sí. ¡E voto sempre!
Li entrego la boleta a dun Aleco, e ya está.
LAURO._ Hace bien, amigo.
BRAVATTO._ Ma dica: ¿yo puedo ir a veder a cogar allá?
LAURO._ ¡Cómo no! Si aguanta. Entreténgase, entonces. Don Alejo no ha de tardar.
BRAVATTO._ E lindo da veder a lo mochacho que cuégano. Parece que toviérano propio in gatito
in la mano. (Remedando al tallador que tira.) Acaríciano la baraca propio come in gatito.
Después, sale el pero e le muerde la prata.
Con una risa chiquita, celebra sus gracias y sale. Detrás de Bravatto sale Lauro y cierra la
puerta. El despacho de don Alejo queda un momento desierto. L.uego, aparecen dos
muchachotes, Ventarrón y El Yiyo, que son los fijadores de carteles del comité. Visten lo más
pobremente posible y se ve que van a terminar, fatalmente, en “guapos de comité. Al entrar,
11buscan con la vista algo que no encuentran.
VENTARRÓN._ No están ni los carteles ni Lauro.
EL YIYO._ ¿Los carteles no estarán en el armario? (Intenta
VENTARRÓN._ Abrílo con cualquier cosa. ¿No tenés cuchiyo?
EL YIYO._ No, dejemoló así.
VENTARRÓN._ Pero, ¿no se puede abrir en deveras?
Y hace él mismo la prueba para convencerse. En esa
abrir el armario.) Está con yave.
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operación lo sorprende Lauro, que vuelve hecho una furia.
LAURO._ ¿Con el permiso de quién se permiten entrar al despacho de don Alejo, primero, y
dispués forzar la cerradura del armario? ¿Quieren decirme?
VENTARRÓN y EL YIYO._ (A coro, como si se hubieran puesto de acuerdo.) ¡Eh, eh, eh!
LAURO._ Aquí no puede entrar nadie.
VENTARRÓN._ Venimo a buscar los carteles nosotro.
EL YIYO._ Tenemo orden de buscar más carteles cuando se acaban lo que se yevamo.
LAURO._ Se piden. Yo soy el intendente del comité y tengo que cuidar que nadie saque nada y
que no entren al despacho de don Alejo, que es el patrón de todo esto.
EL YIYO._ ¡Vas a ser intendente!
LAURO._ Bueno, afuera. En seguida.
EL YIYO._ Cuando venga don Alejo le decimo que el “intendente” no quiso que fuéramo a pegar
más carteles.
VENTARRÓN._ Claro.
Se abre violentamente la puerta y aparece don Alejo, seguido de Bravatto, enmudeciendo a los
circunstantes. Don Alejo se sienta al escritorio.
ALEJO._ (A Lauro.) ¿Qué novedades hay?
LAURO._ Estuvo el dotor Lucero. Preguntó por usté y se fue.
ALEJO._ ¿Qué más?
LAURO._ Ninguna otra novedad, don Alejo.
ALEJO._ ¿No ha venido Ecuménico?
LAURO._ ¡Hace mucho tiempo que no aporta por aquí!
ALEJO._ ¿Y qué hay de lo suyo, amigo?
BRAVATTO._ E... se non lo sabe osté, dun Aleco.
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ALEJO_ (A Lauro.) Llamáme a Casimiro. Supongo que está ahí, ¿no?
LAURO._ Sí, ahí está, jugando.
Sale y vuelve de inmediato con Casimiro.
ALEJO._ (Así que se presenta Casimiro).–¿Lo has visto a Ecuménico?
CASIMIRO._ No, don Alejo. No di con él . Pero la vi a la vieja y le dejé dicho que usté lo precisaba
de urgencia. Estuve también en los dos boliches que frecuenta y encargué que lo mandaran en
cuanto yegara. ALEJO._ ¿No fue esa la comisión que le di, mi amigo! Le dije que lo buscara y que
lo trajera. (Un silencio.) ¿Qué hay de la fe de nacimiento de los hijos del amigo? (Señala a
Bravatto.)
CASIMIRO._ No han encontrado a ningún Juan Bravatto nacido en el mes de otubre.
ALEJO._ ¿Está seguro que su hijo nació en el mes de octubre?
BRAVATTO._ (Vacilando.) ¡Eh!... ¡Ai está la cosa! Nun mi ricuerdo bien. Yo sé, ma peró, de fico,
dun Aleco, que el muchacho, Giovanni – nun si yama Joan, si yama Giovanni –, nació por il tempo
dil tumate. E il tumate viene sempre in otubre. Cuando, per un achidente, viene un po de frío di
verano, tenemo il tumate in noviembre. Peró sempre viene in otubre.
ALEJO._ Lo que interesa saber es la fecha de nacimiento de su hijo.
BRAVATTO._ E, a buen intendedor... basta cun la cosecha dil tumate, dun Aleco.
ALEJO._ ¿Y el otro? ¿EI que le sigue?
BRAVATTO._ ¿Carlucho! ¡De ése mi recuerdo bien! Yo venía de la quinta con la premera canastra
de higus, cuando soy sentidu el grito de la madre. Corí, e cuando yego no era la madre que
gredaba: era il ragán de Carlucho.
ALEJO._ ¿Pero usté los inscribió en la iglesia a los muchachos?
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BRAVATTO._ ¡Eh!... De eso nun mi recoerdo, dun Aleco. Le digo la verdá.
ALEJO._ (Escandalizado.) ¿No recuerda haber inscripto a ninguno de sus hijos?
BRAVATTO._ Nun dico que no: dico que nun mi ricoerdo.
12ALEJO_ ¿Tiene buena memoria para recordar lo de los higos y lo de los tomates, y le falla la
memoria para saber si los inscribió? ¿Cómo se explica eso?
BRAVATTO._ También mi ricoerdo di otra cosa: Mingucho vino al mundo, custo, custo, a lo noeve
mese de Carlucho. Non retrasó ne meno un día. A lo noeve mese, se presentó diciendo: “Sono
cuí. Per si un caso duérmeno mes hermanitus, vengo yo per hacer el baruyo.” E complió con la
palabra. Hizo má baruyo él solo que todos los muchacho cuntos.
ALEJO._ Bueno, mi amigo, sus recuerdos son muy graciosos, pero tengo mucho que hacer. Es
necesario que se busque varios testigos para inscribir a los tres muchachos. Son tres votos, y
vale la pena. Véngase con algunos amigos, viejos conocidos suyos, quc puedan atest.iguar que
los muchachos son sus hijos, y la fecha aproximada en que nacieron. ¿Entendió?
BRAVATTO._ ¡Sí! Lo mochachos tienen amigos a patadas. Ma vale que non lo toviesen, per que li
garanto, dun Aleco, que son ma raganes que mes hicos.
ALEJO._ No me ha entendido. Los amigos de sus hijos no sirven. Tienen que ser amigos suyos, de
su edad, más o menos. Tienen que atestiguar que reconocen a sus hijos como hijos suyos.
¿Comprende ahora? ¿Tiene parientes?
BRAVATTO._ ¡Sí que los tengo!
ALEJO._ Tráigalos pronto. Y ahora, déjeme trabajar.
BRAVATTO._ Que le vaya bien, dun Aleco.
ALEJO._ Adiós, amigo. Ya sabe que lo espero con los parientes. (Bravatto sale. Don Alejo saca
una lista de un cajón y lee. A Casimiro.) ¿A vos te encargué que me lo
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vieras a Bevilaqua?
CASIMIRO._ A mí no, don Alejo.
ALEJO._ ¿Qué te encargué a vos que hicieras?
CASIMIRO._ Que viera a Ecuménico y que fuera por la fe de nacimientos de los muchachos ésos.
ALEJO._ ¡Nada más! ¿Y a pesar de haberte encargado nada más que eso no has sido capaz de
dar con Ecuménico? ¡Te prendés al naipe como a mamadera vos!
En la puerta, silenciosamente, se recorta la figura de Ecuménico, quien oye las últimas frases y
luego saluda.
ECUMÉNICO._ Buenas.
ALEJO._ En este momento acababa de preguntar por vos. Pasá. ¿Qué te quedás haciendo ahí en
la puerta? (Después que Ecuménico ha entrado.) Sentáte.
ECUMÉNICO._ Toy bien, don Alejo.
ALEJO._ Te estoy tratando como a visita. Sentáte. (Ecuménico se sienta.) ¿Qué te pasa que me
estás abandonando?
ECUMÉNICO._ Nada.
ALEJO._ Está bueno. (Luego de un silencio.) ¿Con que nada? ¡Y te quedás tan campante! (Otro
silencio, después del cual habla con cierta dureza.) ¡Ya debieron haberse ido ustedes! (Los demás
circunstantes salen. Lauro, que es el último en hacer mutis, cierra tras sí la puerta. Después de
una breve pausa.) ¿Qué te pasa conmigo? ¿Qué entripado tenés?
ECUMÉNICO._ Ninguno.
ALEJO._ (Fastidiado.) Te he mandado llamar para que hablemos y no para que te vayás de aquí
con el entripado repitiéndote como una mala comida. Hablá.
ECUMÉNICO._ No quiero andar más en política.
ALEJO._ ¡Aja! ¿Te han birlao alguna candidatura que andás tan decepcionado de la política?
ECUMÉNICO._ (Con violencia contenida.) ¡No me azuce, don Alejo!
ALEJO._ ¡Epa!_ (Lo mira fijamente.) Te has venido con los nueve. Así no juego. Me das mucho
miedo, che.
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(Una pausa) ¿Qué te ha hecho de malo la política? Digo, ¿qué te he hecho de malo yo? Porque
vos no conocés más política que la mía.
ECUMÉNICO._ Toy relajao de tanto andar en macanas.
ALEJO._ Es malo andar relajao. (Otra pausa) ¿Alguna pelea brava?
ECUMÉNICO._ (Con un gran dominio sobre sí mismo.) Ya ni eso hay. Una pelea brava puede
lavarlo a uno de tanta porquería que yeva adentro.
ALEJO._¡La pucha que traés humo! (Se levanta, se acerca a Ecuménico e inmediatamente se
vuelve hasta el escritorio, saca del bolsillo un revólver y lo deja sobre el mueble. Medio en
broma, medio en serio.) A ver si de tan cansado que estás de hacer macanas, salís haciendo una
bien gorda.
13Con una gran autoridad, se acerca de nuevo a Ecuménico y lo palpa de armas.
ECUMÉNICO._ (Resistiéndose tímidamente). El arma, dejelá, don Alejo. No manosée cl arma,
que no me gusta.
ALEJO._ Yo acabo de dejar la mía. ( Le saca el cuchillo y lo deja sobre la mesa. Luego toma el
revólver y el cucbillo y los guarda en un cajón del escritorio. Vuelve a sentarse.) Y... ¿Cómo es la
cosa, che? ¿Por qué andás relajao? ¿En qué has andado en todos estos días que no nos vimos?
ECUMÉNICO._ (Ahora es él quien mira fijamente a su interlocutor, encontrando un extraño
cambio de tono en la voz de don Alejo, después de haber guardado las armas). En cosas de
maulas no más.
ALEJO._ (Luego de otra pausa.) ¿No querés emplearte?
ECUMÉNICO._ ¿Emplearme? (Sonríe con una sonrisa melancólica.) ¡Estaría bueno! ¿Y en qué?
ALEJO._ (Con intención). En los mataderos, por ejemplo. Manejás tan lindo el cuchillo.
(Lentamente.)
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Estarías en tu puesto degollando... animales.
ECUMÉNICO._ (Perpicaz.) Tá claro. Como me he adiestrao tanto degollando cristianos.
ALEJO._ (Enérgico.) ¡Eso mismo quería decir!
ECUMÉNICO._ (Sacudiéndose la ropa, como si conservara toda su sangre fría.) Pero hace rato
que no hay entreveros. ¿Quién le dice que no se me haiga endurecido la mano?
ALEJO._ (Se acerca violentamente a Ecuménico.) ¡Acabás de matar al doctor Ordóñez vos!
¡Bárbaro! ¿Te has creído que a mí me ibas a engañar? ¿No te acordás que yo te conozco como si
te hubiera parido? ECUMÉNICO._ ¿Qué voy a matar al dotorcito ése! ¿Pa qué? ¿Por qué?
ALEJO._ ¡Eso mismo es lo que yo pregunto! ¿Por qué lo has matado? Que lo hayas matado, no
tengo ninguna duda. Lo que me falta saber es el porqué. ¿Qué te había hecho ese muchacho
lleno de méritos? Adversario leal, amigo de la lucha franca, generoso, servicial. ¡Decí! ¿Qué tenías
contra él?
ECUMÉNICO._ ¿Yo? ¿Qué podía tener contra él, si casi no lo conocía? No andaba en los boliches,
no se metía con hembras... Es cierto que era adversario político suyo, pero usté nunca le hizo
mucho caso. ¿Por qué lo iba a matar?
ALEJO._ Pues, lo has matado. ¡Lo has asesinado! Y ahora todo el mundo creerá que lo has hecho
instigado por mí. Dirán que te he mandado matarlo.
ECUMÉNICO._ Usté nunca me ha mandao matar. Yo no he matao nunca por orden de nadie.
Siempre he hecho las cosas por mi cuenta. Me he jugao siempre solo. A usté no le he pedido
órdenes, ni consejos, ni amparo. Lo que haiga hecho por mí, pa achicarme condenas o pa
hacerme largar, lo ha hecho por su voluntá.
ALEJO._ Para todo el mundo no es así. El mundo cree que vos hacés lo que yo te mando.
ECUMÉNICO._ Pero usté sabe que no es así.
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ALEJO._ En este momento siento la responsabilidad de las atrocidades que vos hacés.
ECUMÉNICO._ ¡Usté nunca me ha reprochao nada!
ALEJO._ ¿Y ahora qué estoy haciendo?
ECUMÉNICO._ ¡Ta queriendo empalmar todo lo que he hecho en mi perra vida, con el caso este
del dotor Ordóñez!
ALEJO.– Porque este crimen tiene un responsable moral, que soy yo, y un responsable material,
que sos vos. A nadie conseguiría convencer, ni a mis amigos más probados, que yo no tengo
nada que ver con el asesinato del doctor Ordóñez. Pero si tengo y siento la responsabilidad,
quiero saber el porqué de su muerte. Quiero saber por qué lo has matado. Por política no puede
ser. Yo jamás te he hablao de él sino reconociendo sus prendas personales. Te he hablado de él
como de un ejemplo de adversario franco y caballeresco. ¿No es así?
ECUMÉNICO._ ¡ Phá!
ALEJO._ ¿Por qué lo has hecho entonces?
ECUMÉNICO._ (Con una mirada un tanto amenazadora.) ¡Avise si se ha propuesto hacerme
escupir! ALEJO._ Pues, te advierto que no vas a salir de aquí hasta que yo no sepa toda la verdad
de este asunto. Si no querés escupir, vas a hacer algo peor: vas a vomitar.
ECUMÉNICO._ Así, sí. Como siempre se vomita sin ganas, puede ser.
ALEJO._ (Gritándole). Conmigo no te hagás el pícaro. ¿Me has entendido? Ya sabés que soy la
horma de tu zapato.
ECUMÉNICO._ (Luego de una pausa, poniéndose de pie. Con una sonrisa.) De mi alpargata; en
todo caso. (Pausa.) Me voy a ir.
14ALEJO._ No te apurés. Sentáte.
ECUMÉNICO._ De todas maneras no tengo nada que decir...
ALEJO.– Si no estás dispuesto a hablar, te voy a denunciar yo mismo a la policía. Lo sentiré
mucho, pero
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tendré que hacerlo.
ECUMÉNICO._ No hay por qué. ¡Hace bien! Si me denuncia, nadie podrá pensar que usté me ha
mandao. Tá bien pensao. Y como a mí no me perjudica... digo, por si usté pudiese creerlo y
arrepentirse luego. (Alejo lo mira otra vez fijamente, como inquiriendo el verdadero sentido de
las palabras de Ecuménico. Éste, después de un breue silencio.)
Entonces, quedamos
entendidos, don Alejo. Usté me denuncia, a mí me cita el juez pa la declaración indagatoria, y
luego, nada... Otra vez como antes. Y usté, libre de las habladurías. Buenas.
ALEJO._ (Desconcertado.)Pero, decíme, ¿qué clase de hombre sos vos? ¿No te he dado pruebas
de ser tu amigo? ¿No te he respondido cada vez que has necesitado de mí? ¿No te he tratado
siempre como a un amigo de toda la vida? ¿Por qué no te confiás, entonces? ¿Por qué no decís lo
que llevás adentro? ¿Por qué sos escondido?
ECUMÉNICO._ (Con una risa apenas desatada.) Pero, don Alejo, lo estoy desconociendo. Tá
receloso, desconfiao. ¡Las eleciones son suyas! No hay quién pueda con usté. ¡Si está a la vista!
ALEJO._ ¡Mandáte mudar de aquí!
ECUMÉNICO._ Déme el arma, ¿quiere?
ALEJO._ (Saca el cuchillo y el revólver del cajón en que los ha guardado. Le e ntrega aquél a
Ecuménico y se lleva el revólver al bolsillo). ¡No quiero verte más aquí por mucho tiempo!
ECUMÉNICO._ ¡Pucha que está raro, don Alejo! Pero voy a venir después de las eleciones, pa
festejar el triunfo. Digo, si me convida.
ALEJO._ (Inmóvil en la puera, esperando que Ecuménico termine de acomodarse el arma.)
¡Estoy esperando que te vayás! (Cuando Ecuménico, saliendo, deja ver la mitad de la espalda.)
¡No sé cómo me mantengo y no te quemo de un balazo!
ECUMÉNICO._ ¡Volviéndose.) Como arma, me gusta más el cuchiyo. Es más de hombre. Obliga a
pelear de
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cerca. Las armas de fuego, matan de lejos. No son pa usté, don Alejo. ¿No le parece? (Tras una
breue pausa) Hasta el asao del triunfo.
TELÓN
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ACTO SEGUNDO
SEGUNDO CUADRO
Una esquina de suburbio. Por el lateral derecho viene prolongándose la cuadra que muere un
poco más allá del centro de la escena. Casas de un piso, pintadas con colores vivos y revestidas
de tiempo. Un metro antes de la esquina propiamente dihba, un farol a gas, con brazo de Hierro
fundido y pintado de verde, incrustado en la pared. Es de nocbe, serena noche de verano.
Al levantarse el telón, aparecen sentados en el peldaño de una puerta simulada que habrá en la
última casa de la cuadra, y en la proximidad del farol, Camilito, Ventarrón y El Yiyo. Son tres
jovencitos, de inconfundible historial en el barrio. Entre ellos ya han probado su baquía y sus
fuerzas, sin superioridad neta para ninguno, lo cual ha dado cierta tranquilidad a Camilito, el
menos peleador, que ha satisfecho su dignidad con una equivalen cia que no esperaba. En
cambio, los otros parecen estar siempre prontos para dirimir la jefatura de guapo, que es el
fantasma y el ángel que pueblan sus sueños. Junto a ellos, de pie, apoyados contra la pared,
Bataraz y Testa. Hombres hechos a todo evento de la calle. En la vecindad de la delincuencia,
aunque sin caer jamás en ella, han conseguido hacerse temibles a los del barrio, con individuos
de índole extraña, que son, sin embargo, capaces de las más nobles corazonadas. Un ingenuo
amor a la riña, sin saña, los une y confunde. Cualquiera de ellos es capaz de saltarsobre los otros
de su clase y desfigurarles el rostro, y es capaz, asimismo, de poner el pecho o la cara para
recibir la “ trompada” que provenga de cualquier otro
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15punto que tenga otro nombre en la ciudad. Todos visten según la moda. Todos llevan, pues,
pañuelo al cuello y saco corto al brazo.
BATARAZ._ Perdí mis chirolas. Aposté al Títere.
TESTA._ ¿Con quién cinchó?
BATARAZ._ Con el Chacho.
TESTA._ Muy pesao el Chacho pal Títere.
BATARAZ.– Yo no lo conocía.
TESTA._ Basta verlo.
BATARAZ._ Es verdá.
VENTARRÓN._ (Que ha estado escuchando la conversación de Bataraz y Testa, se pone de pie)
¡Frisón lindo el Chacho! Yo nunca había visto cinchada como ésta.
BATARAZ._ El pobre Títere reculaba como si lo tiraran de la cola.
TESTA._ ¿Y cómo Gómez le hizo cinchada con un animal tan pesao?
HATARAZ._ Dice que le ha ganao a frisones cinchadores de fama.
TESTA._ DificuIto.
VENTARRÓN._ ¡Qué va a ganar! ¡El títere no le puede aguantar al Chacho ni el arranque!
BATARAZ._ No es pa tanto. En un principio lo aguantó bien. Yo creí que le ganaba.
VENTARRÓN._ ¿Qué iba a ganar el Titere? ¡Nunca! Al principio el Chacho estaba como perezoso.
No arrancaba. El cuartiador Correa meta azuzarlo: “ Chacho, Chacho”, le gritaba. Y el frisón
seguía sin voluntá. Los chasquidos del látigo lo ponían brioso al contrario, y el grandote seguía
amodorrao. Por fin, Correa le acomodó, con rabia, un latigazo en las manos. El animal lo sintió,
porque medio se quiso parar en dos patas. Entonces el cuartiador lo ventajió castigándolo otra
vez con más ganas. El Chacho pegó un tirón que arrastró al cabayo de G6mez como a una
osamenta.
BATARAZ._ Después que lo arrastró un dos tres
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metros, el Títere pareció que se afirmaba.
VENTARRÓN._ ¡Ahí se puso linda la cinchada! El Chacho recién empezaba a tomarle el gusto a la
cosa. Se ensanchó de ancas, porque se le hundían los vasos en un trecho de tierra húmeda que
había en el patio, y empezó a tironar. ¡Mamita! Tiraba más que las hembras. Los tiros parecían de
goma. BATARAZ._ Se le vio al Chacho la voluntad de vencer, ¿sabés?, y como el otro se
agrandaba a puro coraje, los animales se sacaron espuma de todas partes.
TESTA._ No venció fácil entonces.
BATARAZ._ ¡Qué iba a ganar fácil! Su buena fuerza le costó, frisón grandote y todo como es el
Chacho. Titere perdió, pero es guapísimo.
GUALBERTO._ (Aparece por lateral derecho.) Salú, turros de Balvanera.
TESTA._ ¿Qué te pasa que venís tan provocador y tan jailaif? ¿La víspera de año nuevo te pone
así? GUALBERTO._ (Extrae del saco que trae al brazo algunas peras que tira a cada uno de los
amigos y que éstos reciben,hbabilidosamente, en las manos.) Fuimos a San Fernando.
BATARAZ._ Con razón me extrañó el no verte en el corralón.
GUALBERTO._ Cosechamos dos canastas de peras cada uno. Pancho llevó una jaula de mistos.
¡Qué mistos! ¡Y qué peras! ¡Pruébenlas! Peras de agua, que no yegan a la ciudá. Peras robadas,
muchachos. Tienen gusto a monte.
BATARAZ._ ¿Fueron en tren?
GUALBERTO._ En una jardinera que se agenció Pancho.
TESTA._ ¿A qué hora yegaron?
GUALBERTO._ Salimos a las cinco de la madrugada y yegamos a las once. Churrasquiamos,
tomamos mate, siestamos bajo los árboles y luego hicimos música. Al compás de un tango tocao
en el acordión de Pancho, cayeron algunas purretas almidonadas.
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BATARAZ._ Y como vinieron se fueron.
GUALBERTO._ Una de ellas tenía en la boca un olor a choclo tierno, que se me ha quedao en la
nariz como una colonia. ¡Qué hembra, hermanos!
TESTA._ ¿Es de ayá?
GUALBERTO._ De ayá es. Tendré que volver ni aunque más no sea de a pie.
BATARAZ._ ¿Empalmaste?
GUALBERTO._ ¡Es tan macanuda que no me atrevo a ilusionarme!
16TESTA._ Si has yegao a la boca...
GUALBERTO.– Me dio calce. Yo estaba subido a un peral cuando la divisé. Eya venía en dirección
al árbol, de la mano de una amiga. “ ¿No quieren unas peras?” , les pregunté, de contento que
estaba, sin intención de filo. “Y cómo no. En tratándose de cosas ricas, está de más la pregunta” ,
respondió la más pintona. Ahí no más les tiré las mejores frutas. ¡Empezaron a morderlas con
unas ganas? La del cuento mostraba unos dientes de azúcar. Le tuve envidia a las peras. “¡Quién
fuera fruta!” , le dije a la que le había echao el ojo. “Muerdo fuerte” , me contestó la respondona.
“Más fuerte la mordería yo.” “Quién sabe” , volvió a responder, ahogándose entre la pera y la
risa. Y no aguanté más. Bajé como por un palo jabonao, de miedo a que se me hiciera humo. Y
pa qué les voy a alargar el cuento. Me estoy queriendo con este olor a eya que me ha dejao.
YIYO._ Y nosotros? ¡A ver cinchar unos mancarrones viejos!
Empieza a oírse ae un tango de organito. Gualberto se va basta la esquina y chista al organillero.
El tango se interrumpe bruscamente.
GUALBERTO._ Tengo unos nicles que me están bailando en el bolsiyo.
TESTA._ Estás como pa yamar a los voluntarios de la Boca.
BATARAZ._ Endeveras, che. Tenés más fiesta aden-
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tro que un almanaque.
Por la esquina aparece un viejo arrastrando su máquina de música.
GUALBERTO._ (Al organillero.) Métale, viejo. No le mezquine al manubrio.
El viefo hace funcionar su organillo, del que sale la cadencia de un tango flor. Los muchachos y
los hombres forman parejas y bailan ritualmente.
BATARAZ._ (A su compañero.) ¡No te apurés! El tango se baila con toda la vida por delante.
Obedecé al compás más que a la vieja.
TESTA._ (A su compañero.) ¡No puedo bailar con vos! Te venís encima y me maneás.
YIYO._ Aprendan. Así se baila esto. Y después dicen que nadie nació sabiendo. A mí no me
enseñaron y... ya ven. ¡Soy como el patrón del tango!
GUALBERTO._ Che, vos, estirao, cayáte. Dejá bailar. ¡Qué hombrecito éste! ¿Todavía no sabés
que el tango se baila escuchándolo como una pitada de ausilio?
Una pausa larga, durante la cual no se oye más que la música y se percibe la entrega total de los
bailarines a la emoción del baile.
GUALBERTO._ (Así que termina la música.) Otro.
BATARAZ._ Sí, pero no me apure, amigo. ¿No ve que se me resiente mi compadre?
GUALBERTO._ ¿Tu compadre?
BATARAZ._ Sí, hombre. El que yevo adentro. ¿Si acaso no es mío? (Otro tango del organito.)
GUALBERTO._ (A Yiyo.) Vení, vamos a bailarlo los dos.
De una de las casas sale una mucbacha y se encamina hacia la esquina.
GUALBERTO._ (Al pasar la muchacha frente a ellos.) Por culpa de ustedes, las poyeras, tengo
que bailar con este zanguango. ¿No quiere acompañarme, trigueña?
MUCHACHA._ Lo siento. (Con una sonrisa abierta.) Tengo compañero para todo el baile.
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GUALBERTO._ ¿Tan joven y ya comprometida?
MUCHACHA._ ¡Por eso, pues!
La muchacha sigue su camino. Tuerce hacia la derecha y desaparece. Gualberto y el Yiyo
empiezan a bailar. Otros forman pareja y hacen lo mismo.
GUALBERTO._ Así, ¿ves? ¡Sabrás vos lo que es tango!
Por la esquina, derecha, aparece doña Natividad. Tiene su rostro una singular expresión de
energía. Viste un vestido lirnpio, que ha mudado de color a fuerza de lavados.
BATARAZ._ (Sin dejar de bailar, le habla con el natural buen humor que parecen tener todos.)
¿No se atreve a acompañarnos, doña Natividá?
GUALBERTO._ ¿Adónde va tan apurada?
NATIVIDAD._ (Que se babrá acercado ya a los mucbacbos.) ¿No me lo han visto a Ladislao?
BATARAZ._ No lo he visto en todo el día.
Dejan de bailar. Segundos después deja de sonar el organito.
TESTA._ Por el corralón no anduvo.
GUALBERTO._ ¿Le pasa algo, doña Natividá? Si precisa de nosotros, ya sabe: pa servirla
estamos. Todos hacen rueda en torno a Natividad, adivinando lo que ocurre. Un silencio
prolongado. NATIVIDAD._ Sigan no más, muchachos. No se incomoden por mí. Diviértanse, que
17pa eso tienen alegría. También yo pensaba estar alegre. Me habían prometido la libertá de
Ecuménico y han vuelto a engañarme.
BATARAZ._ (Después de una pausa pequeña.) Me estraña, doña Natividá. Jamás hubiera creido
verla yorar.
NATIVIDAD._ (Recobrándose rápidamente.) ¿Quién? ¿Yo? ¡Tu tata, che! Tendrán que yorar otros
antes que yo. Muchos hombres. Yo no yoro, che.
BATARAZ._ Dispense, doña Natividá. No quise ofenderla.
TESTA._ Total, yorar no es vergüenza.
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NATIVIDAD._ Y tener hambre tampoco, pero a nadie le gusta andar con hambre. (Otra breve
pausa.) La desgracia me ha golpeao muchas veces, pero siempre he preferido enfrentarla a cara
e perro. GUALBERTO._ ¿De perro? Habrá sido de perra, doña Natividá.
NATIVIDAD._ Tenés razón. De perro es la tuya. (El organiller cesa de hacer tocar su cajón de
música y emprende la marcha. Doña Natividad es la primera en advertino.) Se les va la música,
muchachos. Sigan bailando. (Al organlillero, gritdndole.) ¡Eh, musicante! No se vaya. Aquí lo
están precisando. (A los muchachos, mientras el oganillero se vuelve.) Yo voy a ver si hago algo
por mi Ecuménico. Dios quiera que no encuentre a la gente con demasiadas mañas pa zafarse de
las obligaciones que tienen de libertarlo, porque tengo ya el pecho yeno de rabia y podría
descargarla de mala manera.
BATARAZ._ ¿Quién le dice que no lo larguen mañana?
NATIVIDAD._ Mañana es primero de año. Ya no podrá ser. Si no lo han hecho hoy día.
GUALBERTO._ ¿Quién le dice que no se haiga entretenido por ahí?
NATIVIDAD._ ¡Hum! Soy dura pa yorar, pero también lo soy pal consuelo.
GUALBERTO._ No, si no lo decía pa consolarla. Bien puede haberse quedao en algún boliche,
festejando su libertá. Ecuménico tiene tantos amigos.
NATMDAD._ Los tiene, sí. También ustedes son sus amigos, sigún lo cree la gente. Pero no se
han dinao visitarlo tan siquiera. Bueno está el mundo pa creer en los amigos. Todos son como
ustedes: prontos pa preguntar cuando se topan con alguno e la familia... demasiao señores pa
incomodarse por el amigo en desgracia. Si los amigos fuesen como el ser crioyo manda, mi
Ecuménico no estaría encerrao y ustedes lo tendrían esta noche aquí, bailando como el mejor, y
yo andaría con alguna vieja,
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feliz de no saber que lo era.
BATARAZ._ ¿Ve? Ta yorando usté. No hay vuelta, doña Natividá. No tiene lágrimas y yora así...
con palabras. Se le ha caido el naipe y se le vio la trampa.
NATIVIDAD._ (Indignada.) No te desarmo y te pego unos planazos con tu mismo cuchiyo, pa no
dar que hablar a tus amigos, pa que no se rían de vos. Yo no preciso desahugarme, ¿me
entendés? El que yora pide perdón a sus penas, y cuando se pide perdón es porque hay de qué
arrepentirse. Yo no me arrepiento, ni por mí ni por mis muchachos, que han sido siempre como
yo he querido que fuesen . Su coraje no lo han robao. En estos pechos resecos se han
amamantao, ¿sabés vos?
GUALBERTO._ No se enoje, doña Natividá. No he querido ofenderla.
NATIVIDAD._ ¡Tiene una lengua de mujer abandonada este hombrecito! Pero conmigo tenés que
cuidarte, porque la desgracia de ser poco hombre se te puede doblar cuando te convenzás,
además, de que yo soy poco mujer. (Inicia el mutis. Al pasar junto a Bataraz, se enfrenta con
él.) Vos te cres un hombre, ¿verdá? Si algún día a Dios se le da la gana de matarte un hijo – yo
no lo desearía nunca . ¡Por ésta! (Hace la cruz.) Pero si se le da la gana y se lo yeva, vos
yorarías. A mí me yevó seis, y no he yorao. ¡Aprendé a ser fuerte de esta vieja!
A pedido de Gualberto, que se habrá acercado al organillero a ese objeto,, vuelve a sonar el
organito.
BATARAZ._ ¡Pucha que tiene malas pulgas usté! Si yo lo que he querido es hacerla rair, doña
Natividá. Venga, baile conmigo este tango.
NATIVIDAD._ ¡Tas loco vos! Si yo no sé.
BATARAZ._ ¡Qué no va a saber! (La fuerza a dar unos pasos con él.)
NATIVIDAD._ Si fuera una polca, todavía. (Después que se zafa.) Si no sé. ¿Has visto que no sé?
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TELÓN
18ACTO TERCERO
PRIMER CUADRO
Sala de la casa de don Alejo, convertida en escritorio del caudillo. Dos armarios bibliotecas, en
cuyos estantes se alinean gruesos volúmenes del “ Diario de Sesiones” , alg unos de los cuales
están encuadernados. Un escritorio pesado, sobre el que habrá un tintero de mármol ónix, un
secante del juego y una carpeta grande. Junto al escritorio, un sillón, el que corresponde, y a
cada lado, otro, de distinto estilo. En la pared, un retrato de Carlos Pelleg rini, en el que el gran
político financista aparece con un levitón que hace más imponente aún su imponente figura. Una
puerta en el lateral derecho, que da al zagudn, y otra en el lateral izquierdo, que comunica con
las demás habitaciones. Dos amplias ventanas, con persianas, que dan a la calle. Es de noche. Al
levantarse el telón, Natividad aparece sentada. Viste de la misma manera que en el acto anterior.
Se supone que al dejar a los mucbacbos se ha encaminado directamente hacia la casa de don
Alejo.
CHINITA._ Dice la señora que en un ratito viene.
NATIVIDAD._ Gracias, mi hija.
La chinita se va por donde apareció: lateral izquierdo. Natividad se alisa nerviosamente su
escaso pelo blanco y amarillento. Un largo silencio, hasta que aparece, por lateral fzquierdo
también, Edelmira. Su “toilette” , con ser de entrecasa, revela la coquetería de una buena moza.
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EDELMIRA._ Buenas noches, Natividad.
NATIVIDAD._ Para mí muy malas, señora Edelmira. Dos veces he venido hoy a verlo a don Alejo.
Tendrá que disimular su enojo si esta segunda vuelta no quise irme. Le aseguro que tenía yena la
boca de cosas feas, y las hubiera ido perdiendo por el camino.
EDELMIRA._ Ha salido esta tarde, como a las cuatro, poco rato antes de venir usted, y aseguró
que venía a cenar: como a las ocho llamó por teléfono y volvió a decir que vendría, que lo
esperáramos con la cena. Al fin, tuvimos que comer sin él.
NATIVIDAD._ ¡Hum! No quedrá atenderme.
EDELMIRA._ ¿A usted?
NATIVIDAD._ ¿Y por qué no? No he hecho más que trair hijos al mundo pa que le sirvan, es
cierto, pero se habrá hastiao de tanta lialtá.
EDELMIRA._ No se apresure en juzgar mal a nadie, y menos a Alejo, que la estima bien.
NATIVIDAD._ Antes era así. Desde que mi Ecuménico se vio envuelto en la muerte del dotor
Ordóñez, todo ha cambiao. Van pa cuatro meses que me lo tienen encerrao, y don Alejo como si
le hubiesen dao en el gusto. No está bien, señora Edelmira.
EDELMIRA._ Tal vez no esté en sus manos favorecerla.
NATIVIDAD._ Es que no es favor lo que pido, sino justicia. Es justicia lo que pido. Mi Ecuménico
no ha matado al dotor Ordóñez. Si don Alejo no ha querido que lo mataran, ¿por qué había de
matarlo? Cuando Ecuménico dice que no, hay que creerle. Yo lo he parido y yo lo he hecho
hombre y guapo. Lo conozco de derecho y de revés. Cuando él no dice nada, ahi, tal vez, puede
ser el caso de echarle culpas; pero cuando dice que no, cuando a mí me dice que no, me hago
quemar como una mecha y digo que no, como él.
EDELMIRA._ Y... ¿le ha dicho a usted que no?
NATIVIDAD._ Tá claro.
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EDELMIRA._ (Después de una pausa.) Usted es la madre y hace muy bien en creerle.
NATIVIDAD._ Yo hago bien en creerle porque es inocente.
EDELMIRA._ Todos los hijos son inocentes para la madre.
NATIVIDAD._ Es que yo soy una madre acostumbrada a que la adversidá le arrebate sus hijos, y
me hubiera resinao a la desgracia de Ecuménico pensando que ha matao por lial y por hombre.
EDELMIRA._ Piense eso, entonces, y admita que ha sido él.
NATIVIDAD._ ¿Por qué va a cargar con culpas ajenas? ¡Cómo se ve que a usté le hacen creer lo
que quieren!
EDELMIRA._ ¿Quiénes me hacen creer?
NATIVIDAD._ Su marido y los amigos de su marido.
EDELMIRA._ Hablo muy poco de estas cosas con Alejo, y con los demás, ni palabra.
NATIVIDAD._ (Después de una pausa.) Don Alejo se me escurre y mi hijo padece. ¡Ahí está la
19cosa! EDELM IRA._ Le repito que mi marido la estima y que no dejará de hacer por usté lo que
pueda. Al menos, siempre ha sido así.
NATIVIDAD._ ¡Qué voy a creer en la estima de quien se niega a arrimar su influencia pa que le
hagan justicia a Ecuménico!
EDELMIRA. _ Hable con él. Quizá se haya preocupado y usted no lo sabe.
NATIVIDAD._ Me cuesta creerlo, aunque bien lo quisiera.
EDELMIRA._ No se olvide que mi marido los ha servido en cuanta ocasión se ha presentado.
NATIVIDAD._ Lo que yo no puedo olvidar es que mis muchachos – Ecuménico el primero – le han
servido con riesgo del propio peyejo siempre.
EDELMIRA._ No se aficione a los malos pensamien-
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tos. Espérelo a Alejo y así sabrá la verdad.
NATIVIDAD._ Lo esperaría aunque me echara. He venido pa saber, al fin, qué agua tengo en el
pozo. ALEJO._ (Entra por la puerta del zagudn. Al uer a Natividad.). ¡Oh! ¿En qué anda,
Natividad? NATIVIDAD._ En busca de su hombría.
ALEJO._ (Cambiando, de pronto, de expresión y de tono.) ¿Ya está borracha?
NATIVIDAD._ Casualidá que no estoy.
ALEJO._ (A Edelmira.) Hacéme cebar unos mates. (Edelmira sale por la puerta que da a las
habitaciones interiores. A Natividad.) Hable sin tapujos. ¿Qué quiere?
NATIVIDAD._ Van pa cuatro meses que Ecuménico cstá preso, y usté lo ha abandonao como a un
perro muerto.
ALEJO._ Está en manos de la justicia. No puedo hacer nada.
NATIVIDAD._ Otras veces ha estao en esas mismas manos y su voluntá pudo lo que le ha dao la
gana. ALEJO._ Esta vez no puedo.
NATIVIDAD._ Aura que es inocente, ¿no puede?
ALEJO._ ¿Inocente?
NATIVIDAD.– ¡Inocente, digo! Como usté, al menos.
ALEJO._ Que no se le olvide a quién tiene por delante.
NATIVIDAD._ No me olvido, don Alejo. Son palabras nada más que pa usté.
ALEJO._ Todas las sospechas recaen sobre Ecuménico. Y las mías también. Todo el mundo lo
señala con el dedo. Aunque quisiera ayudarlo, no podría, porque el matador del doctor Ordóñez
tiene que sufrir su merecido.
NATIVIDAD.– Mi hijo no ha matao. Lo dice él y lo digo yo. Pero, si él mintiera y yo mintiera,
habría que buscar el porqué de esa muerte. En el caso, Ecuménico habría matao por política. Pa
que haiga un alversario
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menos, como tantos otros quitaos del medio. Un ostáculo más salvao pa asegurar el triunfo de los
suyos. ¿Y qué hay con eso? ¿Me lo van a tener encerrao como si hubiese matao pa robar, como si
hubiese matao pa darse el gusto.
Por la izquierda aparece la chinita con el mate y se lo sirve a don Alejo.
ALEJO._ El doctor Ordóñez ha sido un hombre como pocos.
NATIVIDAD._Ha sido su alversario. Pa Ecuménico y pa Ladislao, como pa usté y pa mí, no hay
más que dos clases de hombres: los correligionarios y los alversarios. Así les han enseñao y así lo
aprendieron. Se lo hemos enseñao usté y yo. ¿Es verdá o no es verdá?
Don Alejo le eetrega el mate a la chinita, y ésta sale por la izquierda.
ALEJO._ Es verdad. Pero, ¿hay que matar por eso a todos los adversarios? Yo no le he enseñao a
matar gente.
NATIVIDAD.– Mis hijos no odean a nadie. Sus amigos los quieren y la gente los respeta.
ALEJO._ Los teme.
NATIVIDAD._ ¡Cómo a usté, como a todos los hombres que se saben hacer respetar, pues!
Vuelve la chinita con el mate, que entrega a don Alejo.
ALEJO._ Terminemos, Natividad.
NATIVIDAD._ Yo no me voy si no me asegura que va a gestionar la libertá de Ecuménico.
ALEJO.– Todo lo que pude hacer por él lo he hecho ya al no denunciarlo yo mismo como matador
del doctor Ordóñez, según se lo prometí a Ecuménico.
NATIVIDAD._ ¿Denunciarlo usté, don Alejo? Como diciendo “esta vez no fuí yo quien lo mandó”.
ALEJO._ ¡Para que supiera la gente que ni esta vez ni nunca lo he mandao yo que matara! (Le
entrega el mate a la chinita.)
20NATIVIDAD._ ¿Y pa qué había de matar mi
franchute?
Ecuménico? ¿Pa comprarse alpargatas en lo del
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¿Pa comprarme a mí estos vestidos, regalaos por sirvientas? ¿Pa pagar el vino avinagrao que
tomamos? ALEJO._ No sólo por la plata baila el mono.
NATIVIDAD._ Pero se mata siempre por algún interés. Ecuménico no ha tenido ni tiene otro
interés que el servirlo. Si ha matao, lo ha hecho pa servirlo.
ALEJO._ Me ha servido mal, entonces.
NATIVIDAD._ Veinte años hace que le sirven. No tenían todavía su papeleta de ciudadanos
cuando ya gritaban en los atrios: “Viva don Alejo”. Yo fui quien los guió, y ahora podrían pedirme
cuentas por mi mal consejo. Y usté, don Alejo, en tantos años, ¿no les vio el pelaje de bandidos?
Vuelve la chinita con el mate.
ALEJO._ Hágame el bien de retirarse, Natividad.
NATIVIDAD._ Mal me conoce, don Alejo. Yo no me puedo ir sin obligarlo a que me le consiga la
libertá. Lo menos que puedo hacer por mi hijo es lo que él ha hecho siempre por usté: esponer el
peyejo. No tengo más que eso ¡Puro peyejo! ¿No ve? (Se pellizca la muñeca)
ALEJO._ (Después de un largo silencio, durante el cual permanece pensativo.) Bueno. Voy a ver
qué puedo hacer. Trataré de hablar con el juez.
NATIVIDAD._ Si usté se empeña en que le hagan justicia, se lo pueden entregar en seguida.
ALEJO._ Lo intentaré, por lo menos. No le puede asegurar nada. Ya sabe que las cosas de la
justicia son muy delicadas. (Alejo entrega el mate.)
NATIVIDAD._ Serán. No digo que no. Pero más delicada es la inocencia, y la han ensuciao con
cuatro meses de cárcel.
ALEJO._ En fin, veremos.
NATIVIDAD._ Me voy con la confianza de saberlo demasiado listo pa engañarme. No soy más que
una vieja, es verdá, pero usté sabe que no me faltaría coraje pa enfrentarlo. A más, ¿pa qué
hubiéramos reñido, si era su voluntad engañarme? ¿No le parece?
pág. 59
ALEJO._ Ya sabe que no ando con tapujos para decir que no.
NATIVIDAD._ Por eso... Y... ¿cuándo quiere que lo vea pa saber algo?
La cbinita vuelve y le entrega el mate a don Alejo. Éste se queda pensativo mientras ternina el
mate sin sacar la bombflla de la boca.
ALEJO._ (Al entregarle el mate a la chinita.) No quiero más. (La chinita se va. A Natividad.) Yo
no sé, Natividad. Son gestiones que hay que hacer con mucho tacto y muy lentamente. Más vale
que demoren un poco más y salgan bien. El apresuramiento podría echarlo todo a perder.
NATIVIDAD._ Otras veces lo ha hecho sin tantos melindres, don Alejo.
ALEJO._ No se trataba de una vida como la del doctor Clemente Ordoñez. Persona de muchos
méritos, emparentao con lo mejor, de lo mejor él mismo.
NATIVIDAD._ Los alversarios son alversarios y nada más. No hay ni mejores ni piores. Los
correligionarios sí, pueden ser buenos y malos, y mi Ecuménico es de los buenos. Usté lo sabe. A
más, él es inocente, él no ha sido. Usté lo puede gritar bien fuerte.
ALEJO._ ¡Le parece que yo pueda gritar! Yo sólo puedo gritar contra Ecuménico.
NATIVIDAD._Más vale que no lo haga, don Alejo. Porque yo también puedo gritar contra usté, y
si es preciso puedo hacer más. Me sobra coraje pa cualquier cosa.
ALEJO._ ¿Qué está diciendo usté?
NATIVIDAD._ Lo que ha oído. Y si quiere, lo repito: he dicho que tengo coraje pa cualquier cosa.
Y le hago un añadido: tengo coraje pa castigar a cualquier felón que traiciona a su más lial
servidor.
ALEJO._ ¡Retírese de aquí!
NATIVIDAD._ Es mejor que amaine, don Alejo, porque mi coraje no precisa armas. Me bastaría
con las uñas y con los dientes.
pág. 60
Un largo silencio. Don Alejo se aproima a ella y le habla en voz baja.
ALEJO._ ¿No comprende que sospechan que yo he intervenido en el asesinato?
NATIVIDAD._ ¿Y qué? Si no es cierto.
ALEJO._ Creen que fui yo quien lo ha mandao a Ecuménico a que matara.
NATIVIDAD._ ¿Y por qué no lo han prendido a usté entonces? ¿No ve? Siempre cortando la piola
por donde puede romperse. Si lo hubieran prendido a usté, usté no estaba encerrao ni una hora.
21Sobre que no es cierto, usté tiene pa darles el contramoquillo con la fuerza de los que mandan.
Pero mi pobre Ecuménico ha venido a perder su amistá cuando más segura debi6 tenerla.
ALEJO.– Le repito que haré todo lo que pueda.
NATIVIDAD.– El resultao me dirá de su empeño. Hasta mañana, don Alejo.
ALEJO._ Deje pasar unos días.
NATIVIDAD._ Ni aunque no haiga nada nuevo, yo vendré. ¿En qué mejor cosa puedo andar?
pág. 61
TELON
ACTO TERCERO
SEGUNDO CUADRO
En casa de Ecuménico. Habitación de Natividad. Una cama de hierro, pintada de negro y en
parte despintada ya por el uso. Algunas sillas, tan viejas como las demás cosas. Una estampa de
la virgen María en el respaldar de la cama. Puertas practicables a foro y en ambos laterales. La
primera, que está entrecerrada, comunica con el patio; la del lateral izquierdo comunica con la
cocina, y la del lateral derecho, con el dormitorio de los “ muchachos”. Es de nocbe. Al leuantarse
el telón, sólo la luz de la luna, que se filtra por la puerta entreabierta, disipa las sombras. Alguien
abre las dos bojas de la puerta de foro y se ensancha la luz lunar. En seguida enciende un
fósforo y da luz a una ordinarísima lámpara a kerosene que cuelga de un clavo en la pared de
frente al espectador, del lado de la cama de Natividad. Se ve entonces que el que lo ha hecho es
Ecuménico. En la puerta han quedado Bataraz, Testa, Gualbert y Ventarrón. Todos, en distintos
grados, están borracbos.
ECUMÉNICO._ Entren, muchachos.
GUALBERTO._ No estando Natividad, sigamos la curda.
BATARAZ._ ¡Eso es de hombre, amigo!
TESTA._ ¡Meta! Yo tengo el garguero encabritao como un flete.
ECUMÉNICO._ (A Ventarrón, sin bacer caso de lo que han dicho las demás.) Me hacen mucha
gracia los blandos
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de boca que se creen los reis del coraje porque han entrao a la lionera acomodándose el pañuelo
al pescuezo. Hasta un purrete entra con coraje. Aguantar cuando se está adentro, esquivando las
cáscaras que ponen pa que uno pise una tan siquiera, ahi los quiero ver. ¿Me comprendés?
GUALBERTO._ Se ha dicho que sigamos la curda. Che, Ecuménico, a vos te hablo. (Lo toma de un
brazo, obligándolo a que lo escuche.) Vamos hasta lo del franchute.
ECUMÉNICO._ Yo tengo que esperar a la vieja. (Se dirige otra vez a Ventarrón.) He conocido
guapos de hacha y tiza, guapos de verdá, y se les ha subido a la garganta todo lo que tenían los
hombres, frente al juez: guapos...
TESTA._ (Mientras se sienta). Si el dueño de casa no es comedido, la visita busca su comodidá.
GUALBERTO._ Esu es: como en tu casa, che.
BATARAZ._ ¿Pero no íbamos hasta el boliche?
GUALBERTO._ Es lo que decía. Pero está visto que uno propone y el libertao dispone.
BATARAZ._ Che, Ecuménico, ¿vamos a acampar aquí? Mirá que Natividá nos va a sacar cortitos.
TESTA._ Endeveras.
ECUMÉNICO._ Mi vieja sabe querer a mis amigos.
GUALBERTO._ Sí, pero hace un rato que nos maltrató feo.
ECUMÉNICO._ ¡Ah!, si es así, es porque les ha olfatiao algo malo. Mi vieja – por mala
comparación – es como perro de raza pa olfatiarle la índole a los hombres.
GUALBERTO._ ¡Avisá si nos has arrastrao hasta tu casa pa basuriarnos!
ECUMÉNICO._ (Sonríe.) Yo no sé. Toy hablando de mi madre. ¡Tiene un olfato!
TESTA._ ¿Sabés por qué nos maltrató? Porque no fuimos a visitarte a la lionera.
ECUMÉNICO._ La vieja es muy celosa de la amistad. Yo no. A los amigos les esijo que no me
traicionen. Nada
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más. La falta de comedimientos me tiene sin cuidao.
VENTARRÓN.– Doña Natividá tiene razón. Los amigos de verdá tienen que aliviarlo a uno cuando
22está en la mala. Y si no, ¿pa qué sirven los amigos?
ECUMÉNICO._ ¿Cómo pa qué sirven? Pa acompañarlo a uno en la hora de la libertá. ¿No lo estás
viendo?
BATARAZ._ Che, Ventarrón, decí: ¿cuántas veces fuiste a visitarlo a Ecuménico?
VENTARR6N._ Ni una vez. Pero yo no sabía que era su amigo. No sabía siquiera que se acordaba
de mí. Si hubiere creido lo que visto esta noche, hubiera ido quizá cuántas veces. Por ésta,
Ecuménico. (Hace el signo de la cruz y se besa los dedos cruzados.)
ECUMÉMCO._ (A Testa, después de una pausa.) ¿Y la Ñata, che?
TESTA._ (Con fastidio.) Buena, gracias.
ECUMRNCO._ ¿Siempre tan cariñosa?
Gualberto y Bataraz sonríen obseruando a Ecurnénico, que les bace guiñadas.
TESTA._ ¿También vos sos de los que creen que las hembras dulzonas, pegajosas, son las
mejores? Gualberto y Bataraz largan el cuajo.
ECUMÉNICO._ ¿De qué se ríen?
TESTA._ Sí, hacéte el otario. A ver si al final te queda justo.
ECUMÉNICO._ No, señor. Pregunto, mi amigo. ¿Ha pasao algo? Mirá que yo vengo como de
afuera. TESTA._ Esos dos desdichados saben bien.
ECUMÉNICO._ ¿Qué es lo que saben bien? Desembuchá. Desahogáte.
TESTA._ (Después de una pausa.) Saben que la Ñata se fue.
ECUMÉNICO._ (Asombrado.) ¿Se fue? ¿Y a dónde, che? ¿A San Miguel, a visitar a los viejos?
Gualberto y Bataraz vuelven a largar el cuajo.
TESTA._ (Enfurecido.) ¿Por qué no se ríen de quien los echó al mundo, mal paridos?
pág. 64
GUALBERTO._ (Marcando una transición violentísima va a lanzarse sobre Testa. Bataraz se
interpone. Ecuménico, muy dueño de sí y acaso de los demás, da unos pasos como para
enfrentar a Gualberto.) Agradecéle a este tata que te ha salido, que no empecés el año nuevo
con algo deshecho.
ECUMÉNICO.– Yo no comprendo dblquote nintedblquote . ¿Qué ha paso con la Nata?
TESTA._ ¿No te he dicho ya que se ha ido?
ECUMÉNICO._ (Sin poder contener la risa.) Pero hay muchas maneras de irse, che. Uno se
puede ir como yo me fui hace cuatro meses: obligao. Otro se puede ir, pongo por un caso, como
se va una purreta con un gavilán. Hay muchas maneras, como te digo.
TESTA._ ¡Se me fue! ¡Me dio el esquinazo! ¿Entendés ahora?
ECUMÉNICO._ ¡A...cabáramos!...,Tabas matando penas entonces? No te allijás, hombre. (Se
acerca y le golpea cordialmente la espalda.) A las hembras sólo hay que yorarlas cuando se
mueren.
TESTA._ ¿Si acaso yo la yoro?
ECUMÉNICO._ Te digo no más. (Pausa.) Ahora sí que la vamos a correr linda. Andá a trair dos o
tres boteyas de vino de lo del Franchute. ¿Querés, che, Ventarrón?
VENTARRÓN._ ¡Y como no!
Ecuménico le da la plata y Ventarrón se va por el foro.
ECUMÉNICO._ (Después de un largo silencio de todos.) ¡La pucha que son bochincheros! ¡Lindos
juerguistas me ha arrimao la suerte! Me están enlutando las primeras horas de la libertá. Vos,
Testa, a ver si comprendés que hay una sola mujer que merece la pena de tenerla presente...
BATARAZ._ (Interrumpiendo.) Claro, hombre: la que nos echó al mundo.
ECUMÉNICO._ (sonriendo). Esa no es nunca una mujer: es madre. Yo iba a decir la que está de
cuerpo presente en la catrera. Las otras, toditas, no valen ni los
pág. 65
requechos de un hombre.
TESTA._ Siempre te has hecho lenguas de la bondá de la Ñata.
ECUMÉNICO._ Claro. Mientras estuvo a tu lao, y aguantó tus estrilos y tus macanas, fue buena.
Ahora no es más que una hembra sucia y mal peinada, ladradora y deslial. (Vuelve a sonreír.) Así
será pa mí... hasta que se vuelvan a rejuntar.
TESTA._ ¿Rejuntar?
ECUMÉNICO._ Digo yo. No me hagás caso, Testa. Se me había ocurrido acordándome de lo
manánimo que habías sido la vez pasada.
TESTA._ La vez pasada era otra cosa.
ECUMÉNICO.– A mí, que no sé nada de esto, me parece que era la misma cosa. Pero, no me
hagás caso porque no tengo esperencia.
23Por foro, aparecen Ladislao y, detrás de él, Ventarrón, con una damajuana. Ladislao, que llega
advertido de la presencia de Ecuménico, se dirige resuel tamente a abrazarlo. Ecuménico,
sorprendido gratamente, le abre los brazos y lo estrecha efusivamente. La escena, pese a la
sobriedad de los pmtagonistas, tiene una emoción a la cual no consiguen sustraerse los
circunstantes.
LADISLAO._ Esta mañana estuve en la cárcel y me hicieron decir que no había novedá pa vos.
ECUMÉNICO._ Si no muñequeo el asunto, me quedo hasta pasao mañana. Pedí que hablaran a la
casa del juez en cuanto supe que la orden de libertá había sido despachada. Y vos, ¿de dónde
venís ahora? VENTARRÓN._ Estaba en el boliche. Le avisé yo. ¿No ve que en vez de tres boteyas
de vino me traje una damajuana? Ladislao dijo que tres boteyas no alcanzaban pa él solo.
Trajimos un pan dulce también. Mientras Ventarrón explica, Ladislao saluda a Gualberto, Bataraz
y Testa.
ECUMÉMCO._ Es un esajerao, pero no miente.
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BATARAZ._ Doña Natividá te buscaba por la barriada.
LADISLAO._ ¿Esta tarde?
BATARAZ._ Esta noche. Taba toda revuelta lo que tu hermano no recuperaba la libertá.
LADISLAO._ (A Ecuménico.) ¿Mama no sabe que andás suelto?
ECUMÉNICO._ ¡Quién sabe dónde andará la pobre!
Ladislao sale por lateral izquierdo y vuelve de inmediato con algunos vasos, que llena de vino y
va sirviendo a todos.
LADISLAO._ (Después que ha llenado el vaso para él.) Salú, Ecuménico; salú, muchachos. Feliz
año. ECUMÉMICO._ (A Testa.) Por la Ñata, si vuelve hecha una Magdalena y todavía te queda
coraje pa aguantarla.
TESTA._ Brindemos por nosotros, que valemos más. Salú para todos.
ECUMÉNICO._ (A Gualberto y Bataraz.) Ha brindao por todos. No sean ingratos.
Se acerca a Gualberto y lo empuja hacia Testa. En seguida hace lo mismo con Bataraz.
GUALBERTO._ (Chocando su vaso con el de Testa.) Salú.
TESTA._ Salú.
Por la puerta de foro aparece N atividad. Llega sorprendida y ansiosa, y al ver a Ecuménico se le
ilumina la cara.
NATIVIDAD._ ¡Hijo! ¡Mi hijo!
ECUMÉNICO._ (Al oír, primero la voz de la madre, y al verla, después, casi en un solo
movimiento llega hasta ella. No se besan, pero el abrazo es tan cálido, las manos de la una y del
otro acarician tan delícada y vivamente la espalda, la cabeza y el rostro, que el sentimiento de
madre e hijo brota de los movimientos como una fragancia. Ninguno de los presentes podrí a
evadirse de la emoción del momento y esto explica que queden inmóviles en el sitio en
pág. 67
que los sorprende el encuentro de Natividad y Ecuménico.) Mi vieja. ¿Siempre guapa? ¿Qué? ¿Ya
no me esperaba pa este año?
NATIVIDAD._ Es verdá.
ECUMÉNICO._ Ya sé que anduvo aflojando.
NATIVIDAD._ ¿Aflojando? ¡Qué saben los que te han contao! Taba dispuesta a todo. (Ladislao le
sirve un vaso de vino. Ella lo recibe.) Les iba a enseñar lo que es una vieja de temple, jugándose
por un hijo inocente. (Ladislao sirve vino a todos los presentes.) Por tu libertá, hijo. Por la libertá
y la suerte de todos los amigos.
Todos beben. Ladislao hace mutis bacia la cocina y vuelve en seguida con un plato y varios trozos
de pan dulce que distribuye entre todos, empezando por Natividad.
ECUMÉNICO._ (Cuando le llega el turno de servirse pan dulce.) No. A mí, si querés convidarme
bien, dame más vino.
Ladislao le sirue, en efecto.
GUALBERTO._ ¿Ha visto, doña Natividá, que yo también soy un poco brujo, como las viejas?
NATIVIDAD._ Como tu vieja abuela, será, porque lo que es yo no soy bruja.
GUALBERTO._ Esta noche le decía que Ecuménico podía andar por ahí.
NATIVIDAD._ Pero no me dijiste que andaría con vos.
BATARAZ._ De veras que es como brujo éste.
Ecuménico va hasta la damajuana y se sirve otro vaso de vino.
VENTARRÓN._ ¿Y Pancho, doña Natividad?
NATIVIDAD._ Raro es que no haiga aparecido en un día como éste.
24LADISLAO._ Luciana me pregunt6 por él. Le vi la intención de hacer creer que no sabía nada.
Seguramente ha de cair todavía.
GUALBERTO._ Ah, ¿pero siguen acaramelaos?
BATARAZ._ Le hace el novio en forma.
pág. 68
GUALBERTO._ Pa mí que le tiene miedo al Franchute. Porque es bravo el Franchute en tratándose
de la hija. La cuida como al cajón de chirolas.
NATIVIDAD._ Hace bien. Es buena moza y puede encandilar a cualquiera. Los hombres del barrio
andan detrás de la muchacha como pichichos. Ya vendrá quien se case con eya y la haga una
mujer de su casa.
BATARAZ._ O le haga el cuento en una noche de luna. A lo mejor ha de ser el mismo Pancho el
aprovechao.
GUALBERTO._ (Suelta una carcajada.) Estaría bueno que el más mosca muerta, el más turro,
fuera el agraciao.
BATARAZ._ ¿Y por qué no? Si a ella le gusta así, poco varón como es él. Un hombre, como quien
dice, con enaguas.
GUALBERTO._ Si se ayuntaran serían como dos mujercitas güerfanas, sin amparo de hombre.
ECUMÉNICO._ Ta bueno ya. Ya lo han despeyejao bastante. (Se sirve vino.) Che, Ladislao, ¿por
qué no te vas con eyos hasta el boliche? Yo me quedo un rato con mamá y después los alcanzo.
LADISLAO._ Si gustan...
GUALBERTO._ Por mí..
BATARAZ._ Un rato más, y después me voy porque tengo una obligación.
Gualberto y Bataraz se ponen de pie.
VENTARRÓN._ (A Testa, que está cabeceando). Eh, Testa. Nos vamos al boliche.
TESTA._ Si oigo todo, amigo. (Se levanta.) Hasta mañana, doña Natividá.
NATIVIDAD._ Hasta mañana, mi hijo.
VENTARRÓN._ Feliz año, doña Natividá.
NATIVIDAD._ Buena suerte, muchacho. Dale mis cumplidos a tu gente.
VENTARRON._ Serán dados.
GUALBERTO._ (Desde la puerta del foro.) Hasta luego, Natividá.
pág. 69
BATARAZ._ Que el año nuevo la encuentre buena y la trate bien. ¡Ah!, y otra vez no malquiera a
los buenos amigos.
NATIVIDAD._ Que Dios te ayude.
LADISLAO._ Hasta luego, vieja.
NATIVIDAD.– Hasta luego, mi hijo.
El último en hacer mutis es Ladislao. Natividad y Ecuménico quedan solos. La madre se sirve un
vaso de vino, se sienta, observa al hijo, que se ha quedado ensimismado, y luego se bebe el
vino, en dos sorbos, para volver a obsenarlo.
ECUMÉNICO._ (Como si continuara una conversación y con una sonrisa que parece definirlo.) La
policía es como las comadres, como las viejas chismosas del barrio: no sabe nada más que lo que
los charlatanes dicen. La policía no sabe nada. Y los jueces saben la mitá de lo que sabe la
policía.
NATIVIDAD._ (Sin hacer caso de lo que dice Ecuménico.) Estuve en casa de don Alejo, ¿sabés?
Vengo de ahí.
ECUMÉNICO._ ¡Meta indagaciones! Total, ha tenido que darme la libertá por falta de pruebas. Y la
falta de pruebas es prueba de inocencia. ¿No es verdad, vieja?
NATIVIDAD._ Sí, mi hijo.
ECUMÉNICO._ A los hombres de una sola pieza no se los reduce con dispertarlos del sueño. Si les
dieran pa chupar, todavía... ¿no es verdad, vieja?
NATIVIDAD.–_ Ahá.
ECUMÉNICO._ Lo que es yo, ni con vino... (Una larga pausa, después de la cual se acerca a
Natividad y no obstante lo que le va a decir, acentúa la sonrisa.) Vieja: los eché a todos porque
estaba tentao de hacer una macana... Quiero decírselo a usté sola. (Toma una silla y se sienta
junto a la madre, dando la cara al público, al revés de ella, que da el perfil. Luego de otra pausa,
en voz baja.) Lo maté yo.
NATIVIDAD._ (Con estupor.) ¿Qué decís?
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ECUMÉNICO._ Yo tenía que lavarlo a don Alejo.
25NATIVIDAD._ ¿Lavarlo? ¿Vos? ¿Y de qué tenías que lavarlo?
ECUMÉNICO._ El dotor, el dotorcito ése le disfrutaba la mujer a don Alejo.
NATIVIDAD._ ¡Algún cuento!
ECUMÉNICO._ Yo lo vi.
NATIVIDAD._ ¿Lo vistes?
ECUMÉNICO._ Como si lo hubiera visto. ¡Vi toda la mugre!
NATIVIDAD._ ¿Y qué tenías que hacer vos en todo eso?
ECUMÉNICO._ Era don Alejo, se trataba de don Alejo. ¿Iba a dejar yo, que lo sabía, que su
nombre se revolcara en la inmundicia? ¿Podía permitir yo que a un hombre de su temple, con
quien sabe cuántos años de coraje encima, un alversario torcido y una hembra vacía lo hicieran
hocicar? ¿Le parece, mama? Ya había algún que otro correligionario que hablaba bajo y
chismeaba al retorcerse el bigote. Usté sabe, vieja, que yo me le había distanciado a don Alejo.
Se me revolvían las tripas al pensar que estaba trabajando con un... Yo era su hombre de
confianza y no podía traicionarlo. Un día campanié al dotorcito y lo sorprendí con esa pobre
infeliz. Y me jugué entero. Total, vieja, yo pensé que esa es mi ley, y lo mismo me daba jugarme
en esa ocasión que en cualquiera otra por asuntos de comité. No soy hombre pa aguantar una
beyaquería como ésa. (Un largo silencio, Ecuménico espera una palabra de aprobación de su
madre. Viendo que no llega, se da vuelta para buscarle el parecer en los ojos.) ¿Hice mal, vieja?
NATIVIDAD._ Yo no te puedo jujar, mi hijo.
ECUMÉNICO._ Sí puede, vieja. Usté sabe que pa mí la vida es una pelea: tengo que matar o dejar
que me maten.
NATIVIDAD._ Eso es verdá.
ECUMÉNICO._ ¿Y entonces, vieja, por qué dice que
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no puede jujarme? He querido lavar a un hombre como don Alejo, por quien he peliau siempre.
¿Ta mal? Lo estaban traicionando en lo más sagrao que le queda: su mujer, esa mujer a la que
quiere como a un ángel. Yo no podía saberlo y dejarme estar como un maula y un deslial. He
matao pa que no matara él y se le destrozara el corazón sabiendo que su mujer lo engañaba...
con ese botarate. Dígame, vieja: ¿hice mal? Dígamelo sin tapujos.
NATIVIDAD._ Si yo fuera hombre, hubiera hecho lo mismo.
ECUMÉNICO._ (Conmovido, acaricia, sin mirarla, la cabeza desu madre.) Gracias, mama. ¡Qué
suerte, vieja, tener una madre como usté! Porque usté me comprende, vieja, como un hombre
comprende a otro hombre. La vida hay que jugarla así.
Esconde la cabeza en el seno de la madre y cae en su primer derrame de lág rimas. Luego de una
extensa pausa, Ecuménico parece recobrarse de su extraña emoción, se incorpora, se pasa la
mano por la cara, después por el pelo, en seguida se arregla el pañuelo que lleva anudado al
cuello, sacude su pantalón y va a servirse vino. Al comprobar que no queda ya en la damajuana,
se bebe las gotas que hay en el fondo de su vaso, se acerca a la madre y le da una palmada en la
cara, como una expresión de ternura a un amigo entrañable.
ECUMÉNICO._ ¡Vieja linda!
ATIVIDAD._ Tás muy lisonjero.
ECUMÉNICO._ Usté sí que comprende la vida como un varón. Usté es mi madre, pero la siento
como si fuera mi padre también.
NATIVIDAD._ Tal vez no más tengas razón. Vos sabés que quiero a tu hermano Pancho como si
fuera una hija, la hija que no he podido tener.
ECUMÉNICO._ (Después de una nueva pausa.) Ahora que usté ya sabe todo lo ocurrido, no quiero
que inore lo que va a ocurrir. Mañana... Bueno, mañana no, porque es primero de año y quiero
que lo pasemos juntos,
pág. 72
pero pasao mañana me presentaré a la policía pa darme preso. “Aquí estoy. Yo he matao al dotor
Ordóñez. Hagan lo que quieran.”
NATIVIDAD._ (Asustada y asombrada). ¿Tás loco?
ECUMÉNICO._ ¡Qué voy a estar loco, vieja! ¡Si sabré yo lo que tengo que hacer!
NATIVIDAD._ Eso que decís es una locura. ¿Me entendés?
ECUMÉNICO._ Tengo que hacerlo.
NATIVIDAD._ La justicia tiene castigada a tanta gente inocente. ¿Qué puede importarle que vos
andés libre?
ECUMÉNICO._ ¿Ve? Ahora ya no me comprende.
NATIVIDAD._ “He visto toda la mugre”, has dicho. Si es así, lo has matao porque era un canaya.
26ECUMÉNICO._ ¿Y de ahí? ¿Qué tenía que ver yo que fuese un canaya? Yo no soy don Alejo. Que
lo matara él, hubiera estao bien, pero no yo, vieja.
NATIVIDAD._ ¿Sabés que es verdá que no comprendo? Reciencito querías que te jujara. Te alivié
la concencia diciéndote que si yo fuera hombre hubiera castigao, lo mismo que vos, la felonía del
dotor Ordóñez. ¡Y ahora salís con que no tenés nada que ver con la mala ación de ese mala
entraña! Y si no tenés nada que ver, ¿por qué lo has matao? Esplicáme, ¿querés?
ECUMÉNICO._ No sé si podré, vieja, porque tengo como un tambor en la cabeza. Yo sé que tenía
que castigar al badulaque ése, que humiyaba a traición a un hombre entero como don Alejo,
porque no era bastante hombre pa hacerlo de frente. Esa mujer no es nada mío, para cuando
supe que engañaba a su marido, me distancié don Alejo. No podía servirlo ya como lo había
servdo siempre. Me pareció que un hombre no podía servir a otro emporcao por una mujer. ¿Me
comprende, vieja? Miraba a don Alejo y le veía monos en la cara. Y no sé quién, que estaba
siempre a mis espaldas, me decía: “No ves que es un castrao?” Seguir cerca de él, sabiendo lo
que
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le pasaba, hubiera sido una traición. El dotorcito ése – ¡mal parido! – me puso en el trance de
traicionar a don Alejo. ¡Traicionarlo yo, vieja! Usté sabe que no soy una taba, que puede caer de
un lao o de otro. Yo caigo en lo que caen los hombres, ni aunque me espere el degüeyo a la
vuelta de una esquina. Tenía que darle su merecido. No pensaba matarlo. Digo la verdá. Quería
darle un escarmiento no más. Pero uno propone y las cosas disponen. Me maltrató, quiso
manosiarme... Me yamó cobarde, justamente cuando yo taba maniándome por contener mi arma.
¿Qué iba a hacer? (Pausa.) Total, que ando ahora con una muerte que tengo que pagar.
Empieza a pasearse.
NATIVIDAD._ (Observa a Ecuménico y luego se le acerca, resuelta.) Mirá, Ecuménico: vos sabés
que soy una mujer templada a todos los fuegos. He enterrao a muchos hijos, hermanos tuyos;
los he acompañao al cementerio y antes de que les dieran sepultura les he mirao la cara muerta,
como se mira un retrato. Si alguna vez he rogao a Dios, no ha sido pa pedirle que tuviese piedá
de mí, sino de los demás. Pero ya no soy la de antes. Ahora empiezo a verlo. Toy vieja y me
tengo lástima de verme afligida por tu suerte. No me resino a verte privao de tu libertá. No
quiero morirme sin tenerte a mi lao. Y no me atrevo a pedírselo a Dios, de miedo a que quiera
castigarme por lo dura y soberbia que he sido toda la vida con el dolor. Prefiero pedirte a vos la
mercé de que te quedés junto a mí, pa que seas vos quien me cruce las manos, cuando los ojos
se me haigan cerrao pa siempre. Tenés bien ganada tu libertá, Ecuménico. ¿Me lo prometés? No,
no mirés pa otro lao. Mírame a mí, derecho a los ojos. Si tenés coraje pa decir que no, no andés
con vueltas.
ECUMÉNICO._ Pero, ¡si yo he matao, vieja! No quiero una libertá que me esté quemando los pies
dondequiera que ande.
NATIVIDAD._ ¡Esas son pamplinas!
ECUMÉNICO._ ¿Pamplinas? Usté no comprende. Es
pág. 74
inútil. Usté no comprende. ¿No ve que me achica la vida? Encerrao, aunque fuera pa siempre, no
hay hombre qui se me iguale, en coraje, en lialtá, en honradez. Detrás de las rejas, hasta la
osamenta de Ordóñez se levantaría para darme la mano.
NATIVIDAD._ Pero me moriría yo sin dártela. Me iría de este mundo pensando que en algún otro
pecho de mujer has hayao esas cosas que te apartan de mí como de una vaca abichada. No lo
harás, ¿verdad? (Transición.) ¡A ver, che! Vení pa acá. (Se sienta y lo obliga a Ecuménico a hacer
lo mismo, en el suelo. Éste la obedece como una persona mayor, no precisamente como un
niño.) Tenés un montón de pelo blanco escondido. Parece un pedazo de piola. ¡Mirá! ¡Tenés no
más la cicatriz! ¡Y bien grande! Cuando vos eras muy mocoso, tu padre, que había subido al
techo del rancho, pa arreglarlo porque tenía unas goteras grandotas, dejó caer una teja que fue a
herirte en la cabeza. La sangre te salía a chorros. Te puse un trago de agua con sal y a duras
penas conseguí que dejara de sangrar la herida. Luego, cuando tu padre bajó, lo desafié a peliar.
Como no me hizo caso y se reía, le tajié la cara, con la misma teja con que te había herido.
Desde ese día me tuvo como miedo, ¿sabés? (Pausa.) ¿Me oís Ecuménico?
ECUMÉNICO._ Sí, vieja, la oigo, y me parece otra
NATIVIDAD._ Yo misma me parezco otra. (Continúa examinándole el pelo.) Y vos parecés otro
también. Como un cabayo brioso, pero cansao. Te miro las crines y el pescuezo y las orejas y el
hocico, y me parece que es la primera vez que te veo. Necesito verte parao pa reconocerte,
mirarte la estampa pa saber que saber que mi hijo. De a pedazos, sos como de otra leche.

TELÓN FINAL

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