Trabajos de amor perdidos. W. Shakespeare.








Trabajos de amor perdidos

Shakespeare




Personajes


FERNANDO, rey de Navarra.
BEROWNE
LONGAVILLE
jóvenes señores del séquito del rey
DUMAINE
BOYET, caballero, de más edad, del séquito de la
Princesa de Francia.
MERCADE, mensajero.
DON ADRIANO, español imaginado por Shakes-
peare.
HOLOFERNES, maestro de escuela.
SIR NATHANIEL, cura.
DULL, guarda rural.
COSTARD, campesino.
MOTH, paje de Armando.
Un guarda de caza.
LA PRINCESA DE FRANCIA.
ROSALINA
CATALINA
damas del séquito de la Princesa.
MARIA
SANTIAGUITA, campesina.
3Oficiales y otras personas del séquito del Rey y del
de la Princesa.
La acción ocurre en el reino de Navarra.
4ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
En el parque del rey de Navarra
(Entran FERNANDO, rey de Navarra, BEROWNE,
LONGAVILLE y DUMAINE.)
EL REY.- Pueda la fama, gloria que todos los hom-
bres persiguen mientras están vivos, perdurar para
siempre, grabada en el bronce de nuestras tumbas,
proclamando nuestra victoria contra la desgracia de
la muerte. Y gracias a ella, y pese al tiempo, ese
cuervo voraz, pueda el esfuerzo de este momento
actual procurarnos un honor que embote el agudo
corte de su guadaña y nos haga herederos de la
eternidad. Con ello, mis bravos conquistadores
5-pues sois verdaderos conquistadores, ya que com-
batís contra vuestras pasiones y contra el inmenso
ejército que son los deseos de este, mundo-, nuestro
reciente edicto, puesto en práctica con todo rigor y
en toda su amplitud, hará de Navarra la maravilla
del mundo, y de nuestra Corte una pequeña acade-
mia apacible, contemplativa del arte de vivir. Los
tres, Berowne, Dumaine y Longaville, me habéis ju-
rado vivir conmigo durante tres años como mis
compañeros de estudios, observando los estatutos
de la cédula que veis aquí. El juramento ya está
prestado, ahora es preciso que firméis con objeto de
que viole el menor artículo de este pacto, vea su ho-
nor herido por su propia mano. Si os sentís arma-
dos del valor necesario para cumplir lo que habéis
jurado hacer, confirmad, mediante una firma, lo ju-
rado, y cumplidlo.
LONGAVILLE.- En cuanto a mí, resuelto estoy. Al
fin y al cabo, no se trata sino de un ayuno de tres
años. El alma banqueteará si el cuerpo languidece. A
mucha panza, poco cerebro. Si los buenos bocados
ponen al cuerpo lustroso, también al espíritu en
franca bancarrota.
DUMAINE.- Amable señor, Dumaine a la mortifi-
cación se entrega también. Abandono los groseros
6placeres del mundo a los viles esclavos de lo mate-
rial. Renuncio y muerto soy para el amor, la riqueza,
el fasto; todo por vivir como los que se entregan a la
filosofía.
BEROWNE.- Yo no puedo, querido soberano, sino
sumarme a sus afirmaciones, puesto que he jurado
vivir y estudiar aquí durante tres años. Pero hay
otras obligaciones demasiado rigurosas, que espero
no estén inscritas en la cédula: por ejemplo, no tener
contacto con mujer durante todo este tiempo; ni la
de abstenerse de alimento un día a la semana y los
demás no hacer sino una sola comida; sin contar
eso de no dormir sino tres horas cada noche y no
poder dar una cabezada en todo el día, ¡yo, habitua-
do como estoy a no conceder nada, ni un mal pen-
samiento, a la noche, sino a dormirla toda entera, e
incluso a considerar la mitad del día como noche
cerrada! Espero, pues, que esto tampoco figurará en
la cédula. Serían votos tan inútiles como penosos de
soportar el no tener contacto con mujeres, ayunar y
no dormir, ¡bah!
EL REY.- Juramento has prestado de pasarte de to-
do ello.
BEROWNE.- Permitidme, si os place, mi querido
señor, que responda que no. Cuanto he jurado ha
7sido estudiar junto a Tu Gracia, y permanecer aquí,
en tu Corte, durante tres años.
EL REY.- Has jurado esto, Berowne, y lo demás
también.
BEROWNE.- Sí y no, Majestad. Si he jurado, por
pura broma ha sido... Porque, ¿cuál es el objeto del
estudio? Os ruego me lo digáis.
EL REY.- ¡Evidente es!, conocer lo que sin él no
conoceríamos.
BEROWNE.- ¿Queréis decir, sin duda, las cosas
ocultas y fuera del alcance del sentido común?
EL REY.- En efecto, tal es la divina recompensa del
estudio.
BEROWNE.- ¡Sea!, recompensémonos, pues.
Aceptado y jurado darme al estudio con objeto de
aprender aquello que me está vedado conocer: por
ejemplo, dónde hacer una buena comida cuando me
esté expresamente prohibido. Estudiaré también
dónde hallar una hermosa querida, cuando el simple
sentido común no me la ofrezca. Y cuando haya he-
cho juramento demasiado duro de cumplir, estudia-
ré el modo de romperle sin faltar a mi palabra. Si
éste es el beneficio del estudio y si en ello ha de
consistir el nuestro, es decir, en conocer lo que aún
8no conocemos, entonces hacedme jurar y jamás res-
ponderé no.
EL REY.- Cuanto dices, obstáculos son, precisa-
mente, que se oponen al estudio, por acostumbrar
nuestra inteligencia a los vano placeres.
BEROWNE.- ¡Por supuesto, que todos los placeres
son vanos! Pero ninguno tanto como el que adqui-
rido con pena, tan sólo penas nos procuraría. ¿Para
qué permanecer con los ojos penosamente pegados
a un libro, tratando de encontrar en él la luz de la
verdad, si esta misma verdad nos ciega traidora-
mente con su brillo? Luz en busca de luz no es sino
luz cogida en los lazos de la luz. Antes de descubrir
la luz en el seno de las tinieblas, perdemos los ojos,
y a causa de ello, la luz misma se nos torna tinieblas.
Aprended, pues, más bien, a encantar vuestros ojos
fijándolos sobre otros más hermosos que, con su
brillo, os sirvan, de guía y os devuelva la luz tras
haberos deslumbrado. El estudio, es como el res-
plandeciente sol del cielo, que no quiere ser escruta-
do por miradas insolentes. Los tragalibros asiduos,
apenas han ganado jamás otra cosa en los libros es-
critos por otros que una autoridad canija. Estos pa-
drinos terrestres de las luces celestes que llaman por
su nombre a cada estrella fija no gozan de más no-
9ches luminosas que los que se pasean ignorantes del
nombre de tales estrellas. Conocer demasiado es co-
nocer de segunda mano. Ser padrino no es sino dar
nombre a otro.
EL REY.- ¡Qué saber demuestra razonando contra
el saber!
DUMAINE.- Como principio no sería malo, si no
impidiese toda consecuencia.
LONGAVILLE.- La primavera se acerca cuando
los pájaros incuban.
EL REY.- ¿Es decir?
BEROWNE.- Que cada cosa tiene su tiempo y su
lugar.
DUMAINE.- Eso, razonablemente, no dice nada.
EL REY.- Berowne es como esas heladas envidio-
sas y malignas que muerden a lo que nace primero
en primavera.
BEROWNE.- Si se quiere, ¡sea! Mas, ¿por qué el
orgulloso verano se pavonearía antes de que los
pájaros hayan tenido ocasión de cantar? ¿Por qué
me alegraría yo de un nacimiento abortado? Ni en
Navidad pido rosas ni deseo nieves cuando florecen
en mayo. Deseo cada cosa en su tiempo. Es decir,
que para darnos al estudio es ya demasiado tarde.
10Es como subir al tejado para abrir la puertecilla de
entrada.
EL REY.- Pues entonces abandona la partida y
vuélvete a tu casa, Berowne; ¡adiós!
BEROWNE.- No, bondadoso señor, he jurado
permanecer con vos, y aunque he abogado por la
ignorancia más que vos podéis hacerlo en favor de
vuestro angélico saber, guardaré lealmente el ju-
ramento que he prestado y soportaré, día tras día, la
penitencia de estos tres años. Dadme la cédula, la
leeré de punta a cabo, y estamparé mi firma bajo las
más rigurosas cláusulas.
EL REY.- He aquí una sumisión que te salva de la
vergüenza.
BEROWNE.-(Leyendo.) “Item, que ninguna mujer se
acerque a menos de una milla de mi Corte” ¿Ha si-
do proclamado este artículo?
LONGAVILLE.- Hace ya cuatro días.
BEROWNE.- Veamos la penalidad. (Leyendo.) “So
pena de perder la lengua.” ¿Quién ha imaginado
esta penalidad?
LONGAVILLE.- Yo, ¡pardiez!
BEROWNE.-¿Y por qué, mi querido amigo?
LONGAVILLE.- Porque tan temible castigo las
alejará de aquí.
11BEROWNE.- ¡Ley peligrosa para la galantería! (Le-
yendo.) “Item, si durante este espacio de tiempo, de
tres años, un hombre es sorprendido hablando con
una mujer, sufrirá la humillación pública que el resto
de la Corte juzgue bueno imponerle.” Este artículo,
Alteza, vos mismo tendréis que violarle, pues sabéis
muy bien que la hija del rey de Francia, doncella de
una gracia y de una majestad totales, viene como
embajadora para tratar con vos de la cesión de
Aquitania a su padre, decrépito, enfermo y en el le-
cho. Por consiguiente, o este artículo ha sido redac-
tado en vano, o en vano viene la admirable princesa
aquí.
EL REY.- ¿Qué decís a esto, señores? En verdad
que habíamos olvidado tal cosa.
BEROWNE.- Luego bien veis que el estudio jamás
alcanza lo que se propone. Mientras anda a la busca
de lo que quisiera conseguir, olvida hacer lo que de-
bería. Y cuando tiene lo que perseguía, su conquista
es como la de esas ciudades que se toman tras ha-
berlas incendiado: es decir, tan pronto perdidas co-
mo tomadas.
EL REY.- Es preciso abolir este artículo. Es abso-
lutamente necesario que la Princesa se aloje aquí.
12BEROWNE.- La necesidad nos hará tres mil veces
perjuros en estos tres años. Pues cada hombre nace
con pasiones que tan sólo una gracia especial puede
dominar, no la voluntad. Si yo quebranto mi jura-
mento, esta palabra, "necesidad", me servirá de ex-
cusa. Estampo, pues, mi firma en el decreto, sin
hacer excepción alguna. (Lo hace.) Y que el que in-
frinja el menor detalle sufra la pena de una vergüen-
za eterna. Las tentaciones, idénticas son para mí que
para vosotros; pues bien, aunque parezca que firmo
en contra de mi voluntad, creo que el último que
honrará su juramento seré yo. Pero, ¿se nos conce-
derá al menos algún alegre entretenimiento?
EL REY.- Esto sí. Nuestra Corte, como sabéis, es
visitada frecuentemente por un viajero de España;
hombre refinado, experto en todas las modas nue-
vas y cuyo cerebro es una fábrica de lindas frases.
Un hombre a quien la música de su vano lenguaje
parece seducir cual armonía encantadora; criatura al
corriente de todos los usos y al que se escoge como
árbitro cuando hay querella entre lo que conviene o
no conviene. Este prodigio de la fantasía, que se
llama Armando, nos contará, en el intervalo de
nuestros estudios, y en términos sublimes, las proe-
zas de muchos caballeros de la leonada España, pe-
13recidos en las querellas de este mundo. Hasta qué
punto os distrae, esto ya no lo se; mas sí que yo ado-
ro oírle inventar sus mentiras y que he de hacer de
él mi trovador.
BEROWNE.- Armando es un personaje entera-
mente ilustre; arca de palabras recientemente acuña-
das; verdadero caballero a la moda.
LONGAVILLE.-Costard, el joven campesino, y él
serán nuestro entretenimiento. Y tras ello, estudie-
mos. Tres años pasarán pronto. (Entran Dull, el guar-
da campestre, y Costard.)
DULL.-¿Quién de vosotros es el Duque en perso-
na?
BEROWNE,-Hele aquí, muchacho. ¿Qué quieres
de él?
DULL.-Yo represento, yo mismo, su persona, pues
yo soy guarda campestre de Su Gracia. Pero quisiera
ver su propia persona en carne y hueso.
BEROWNE.-Pues él es.
DULL.-El señor Arm... Arm... os envía su saludo.
(Entrega al Rey una carta.) Ocurren allí cosas poco
limpias. Esta carta os dirá más de lo que yo digo.
COSTARD.-Mi señor, los. informes que contiene a
mí se refieren.
EL REY.- ¡Carta del magnífico Armando!
14BEROWNE.-Por ínfimo que sea el asunto, espero
en Dios que las palabras serán sublimes.
LONGAVILLE.-¡Esperanza infinita y resultado
mediocre! ¡El Señor nos dé paciencia!
BEROWNE.-¿Para escuchar o para no escuchar?
LONGAVILLE.-Para escuchar con resignación,
caballero amigo, y para reír con moderación. O para
abstenernos de ambas cosas.
BEROWNE.-Todo dependerá, ¡pardiez!, de lo que
el motivo o el estilo empuje a nuestra alegría.
COSTARD.-La cosa se refiere a mí, señor. Cuestión
de Santiaguilla. Ocurre que he sido sorprendido en
lo ocurrido.
EL REY.-¿Y que ha ocurrido?
COSTARD.-He aquí lo ocurrido y la manera como
ha ocurrido lo ocurrido, en tres partes: he sido visto
con ella en la casa grande, sentado con ella en un
banco, y sorprendido, siguiéndola, en el parque. Lo
que uno con otro hace la ocurrencia de lo ocurrido.
Ahora bien, señor, en cuanto a lo ocurrido, es la
forma como suele ocurrir que un hombre hable a la
mujer; y en cuanto a cómo ha ocurrido lo ocurrido,
es ese cómo especial...
BEROWNE.-¿Y tras ello señor mío?
15COSTARD.-Y tras ello, a ver, qué sé yo, mi castigo.
¡Qué Dios defienda el buen derecho!
EL REY.-¿Queréis oír esta carta con atención?
BEROWNE.-Como escucharíamos un oráculo.
COSTARD.-¡Tal es la tontería de hombre cuando
escucha lo que se refiere a la carne!
EL REY.-(Leyendo) “Gran disputado, vicegerente de
la bóveda celeste, dominador único de Navarra,
Dios terrestre de mi alma y patrón nutrido de mi
cuerpo.”
COSTARD.-Todavía ni palabra de Costard.
EL REY.-(Leyendo siempre) “He aquí los hechos”
COSTARD.-Es posible que cuente los hechos; pero
como diga lo que han sido los hechos, en verdad de
verdades que me deja deshecho.
EL REY.-¡Paz a la lengua!
COSTARD.-¡Y paz a mí y a todo hombre que tenga
miedo si combate!
EL REY.-¡He dicho que silencio!
COSTARD.-Respecto a los secretos de otro, os lo
prometo.
EL REY.-(Leyendo de nuevo.) “He aquí los hechos: si-
tiado por negra melancolía, había confiado este hu-
mor sombrío y opresor a la saludable medicina del
aire libre, y tan verdad como que soy un hidalgo que
16se me metió en la cabeza el dar un paseo. ¿A qué
hora? Hacia la hora sexta; hora en que el animal pa-
ce más a su gusto, en que el pájaro picotea con más
apetito y en que el hombre se sienta a la mesa para
hacer esa colación que se llama cena. Ahora, ¿en
qué sitio? Entiendo por sitio el lugar por el que me
paseaba. En el denominado tu parque. Ahora, lugar
en el qué. Entiendo por lugar en el qué, aquel en el
cual se ha ofrecido a mis ojos el acontecimiento
obsceno y enteramente incongruente, que saca de mi
pluma, blanca como la nieve, la tinta color de ébano
que ves, contemplas, miras, examinas u observas.
En cuanto al lugar en el que, el situado al Nor-
te-Noroeste y al Este del ángulo Oeste de su jardín
el de las curiosas revueltas. He aquí donde he visto a
ese patán de bajo espíritu, a ese vil desperdicio que
te causa alegría...”
COSTARD.-¡Yo!
EL REY.-“Ese alma iletrada y de ínfimo saber. . .
COSTARD.-¡Yo!
EL REY.-“Ese vulgar vasallo...
COSTARD.-¡Yo aún!
EL REY.-“Que si mal no recuerdo se denomina
Costard. ..”
COSTARD.-No hay duda que yo, ¡ay!
17EL REY.-“Asociarse y unirse a despecho de tu
edicto establecido y proclamado y de los cánones
contenidos en él, con... con... ¡Oh cómo me cuesta
decirte con quién!. ..”
COSTARD.-Con una chica.
EL REY.-“Con una hija de nuestra abuela Eva. Con
una hembra. Y para hablar mejor a tu exquisito en-
tendimiento, con una mujer. Este hombre, yo (em-
pujado por un inalterable sentido del deber), te lo
envío para que reciba la recompensa del castigo que
merece por mano de un oficial de Tu Suave Majes-
tad, el denominado Antonio Dull, hombre de buena
reputación y de buena conducta, de buenas costum-
bres y bien estimado.”
DULL.-Yo mismo, si os place, soy Antonio Dull.
EL REY.-“En cuanto a Santiaguilla -así se llama la
frágil barquichuela a la que he sorprendido con el
antedicho patán-, la retengo aquí como nave desti-
nada a sufrir la cólera de tu ley, dispuesto a hacerla
comparecer al menor signo de tu suave voluntad.
Todo de ti, con la plenitud de un corazón consagra-
do al devorante ardor del deber.” Don Adriano de
Armando.
BEROWNE.-No está tan bien como esperaba; no
obstante, es de lo mejor que he oído.
18EL REY.-Sí, es de lo mejor en lo malo. En cuanto a
ti, ¡bribón!, ¿qué respondes a esto?
COSTARD.-Mi señor, lo de la chica lo confieso.
EL REY.-¿No habías oído la proclama?
COSTARD.-Confieso haberla oído mucho, pero
escuchado, poco.
EL REY.-No obstante, ha sido proclamado un año
de prisión para todo aquel que fuese sorprendido
con una muchacha.
COSTARD.-Yo no he sido sorprendido con una
muchacha, señor, sino con una damisela.
COSTARD.-Es que tampoco era una damisela.
COSTARD.-Es que tampoco era una damisela, se-
ñor, sino una virgen.
EL REY.-Esta variante estaba también en la pro-
clama; decía; asimismo, una virgen.
COSTARD.-De ser así me vuelvo atrás sobre lo, de
la virginidad; tratábase de una doncella.
EL REY.-Esta doncella no arreglará tu asunto, ca-
ballerete.
COSTARD.-Por tanto, esta doncella arregla bien
cuanto necesito, señor.
EL REY.-Pues bien, voy a pronunciar tu sentencia:
durante una semana ayunaras a pan y agua.
19COSTARD.-Preferiría orar un mes a sopa y carne-
ro.
EL REY.-Y don Armando será tu carcelero. Señor
Berowne, cuidad de que el prisionero le sea entre-
gado. En cuanto a nosotros, amigos míos, vamos a
poner en ejecución lo que tan firmemente hemos
jurado. (Salen el Rey, Longaville y Dumaine.)
BEROWNE.-Apostaría mi cabeza contra el som-
brero de cualquier buen hombre a que esos jura-
mentos y esos edictos acaban en pura irrisión.
¡Andando, bribón!
COSTARD.-Sufro por la verdad, señor, pues nada
más verdad que he sido sorprendido con Santia-
guita, y que Santiaguita es una verdadera muchacha.
Sé, pues, bien venida, copa amarga de la prosperi-
dad. Un día u otro la aflicción puede empezar a
sonreírme de nuevo; hasta entonces, ¡ten calma,
dolor! (Salen.)
20ESCENA II
(Entran ARMANDO y MOTH)
ARMANDO.-Muchacho, cuando un hombre de
gran espíritu se torna melancólico, ¿de qué es ello
señal?
MOTH.-Gran señal, es, señor, de que está triste.
ARMANDO.-Pero tristeza y melancolía son una y
misma cosa, mi querido muchachito.
MOTH.-No, no, seguramente, no, señor.
ARMANDO.-¿Cómo te las arreglarías tú para dis-
tinguir la tristeza de la melancolía, mi tierno mozal-
bete?
MOTH.-Mediante una demostración familiar de sus
efectos, mi coriáceo señor.
21ARMANDO.-¿Por qué coriáceo señor?, ¿por qué
coriáceo señor?
MOTH.-¿Por qué tierno mozalbete?, ¿por qué tier-
no mozalbete?
ARMANDO.-He dicho “tierno mozalbete” porque
tal es el epíteto congruente que cuadra y conviene a
tus años tan jóvenes, que bien se pueden denominar
tiernos.
MOTH.-Y yo digo “coriáceo señor” porque tal es el
epíteto que conviene a vuestra mucha edad, que
bien puede ser calificada de coriácea.
ARMANDO.-¡Lindo y pertinente!
MOTH.-¿Qué queréis decir con esto, señor? ¿Qué
yo soy lindo y mi palabra oportuna, o que yo estoy
lleno de oportunidad y que mi palabra es linda?
ARMANDO.-Tú eres lindo porque eres pequeño.
MOTH.-Pequeñamente lindo, puesto que soy pe-
queño. ¿Y por qué oportuno?
ARMANDO.-Oportuno porque eres vivo.
MOTH.-¿Lo decís en alabanza mía, mi amo?
ARMANDO.-En merecida alabanza.
MOTH.-Con parecida alabanza podría yo alabar a
una anguila.
ARMANDO.-¡Cómo! ¿Serías capaz de decir de una
anguila que es ingeniosa?
22MOTH.-Diría que es viva.
ARMANDO.-Yo he querido decir que tú eres vivo
en la réplica. Me calientas la sangre.
MOTH.-Por respondido me doy, señor.
ARMANDO.-No me gusta que se sea doble conmi-
go.
MOTH.-(A parte.) Dice todo lo contrario de lo que
es: son los doblones los que no gustan de él.
ARMANDO.-He prometido estudiar tres años con
el Duque.
MOTH.-Podéis bien hacerlo en una hora, señor.
ARMANDO.-Imposible.
MOTH.-¿Cuánto hace tres veces uno?
ARMANDO.-Yo cuento mal. Ello es útil para la
inteligencia de un mozo de taberna.
MOTH.-Vos sois hidalgo y jugador, señor.
ARMANDO.-Confieso tener ambas cualidades; son
el barniz de un hombre cumplido.
MOTH.-Pues entonces, seguro estoy que sabéis a la
importante suma a que llegan dos más as.
ARMANDO.-A la suma de uno más dos.
MOTH.-Lo que el bajo vulgo llama tres.
ARMANDO.-Exacto.
MOTH.-Y bien, señor, ¿es esto un estudio muy di-
fícil? He aquí que hemos podido estudiar ya tres an-
23tes de que hayáis tenido tiempo de guiñar un ojo
tres veces. En qué modo es fácil añadir la palabra
años a la palabra tres y estudiar con ello tres años en
dos palabras, el caballo que baila os lo diría.
ARMANDO.-¡Admirable demostración.!
MOTH.-(A Parte.) Que prueba que tú eres cero.
ARMANDO.-Tras lo cual, te confesaré que estoy
enamorado. Y como es cosa baja que un soldado
ame, yo estoy enamorado de una muchacha de baja
condición. De poder sacar la espada contra esta in-
clinación amorosa y librarme de estos reprobables
pensamientos, haría a Deseo prisionero y se lo
cambiaría a cualquier cortesano francés contra una
reverencia a la moda nueva. Pues encuentro humi-
llante suspirar. Creo que debería renegar de Cupido.
Consuélame, muchacho. ¿Qué grandes hombres
estuvieron enamorados?
MOTH.-Hércules, mi amo.
ARMANDO.- ¡Suavísimo Hércules! Cítame aún
otros de marca, querido niño. Y sobre todo, mi dul-
ce criatura, que sean hombres de buena conducta y
sólida reputación.
MOTH.-Sansón, amo. Era hombre de sólida, de
formidable reputación a causa de haberse echado las
24puertas de una ciudad a la espalda, como un mozo
de cuerda. No obstante, estuvo enamorado.
ARMANDO.-¡Oh robustísimo Sansón! ¡Sansón
musculoso! Yo soy superior a ti con la tizona, tanto
como tú lo eres respecto a mí arrancando puertas.
Pero yo también estoy enamorado. ¿Y de quién es-
taba enamorado Sansón, mi querido Moth?
MOTH.-De una mujer, mi amo.
ARMANDO.-¿De qué color era su tez?
MOTH.-De los cuatro colores, o de tres, o de dos, o
de uno sólo de los cuatro.
ARMANDO.-Pero dime con precisión de qué tinte.
MOTH.-Verde agua de mar, mi amo.
ARMANDO.-¿Es éste uno de los cuatro tintes?
MOTH.-Sí, mi amo, según lo que yo he leído. E in-
cluso el más bonito.
ARMANDO.-En efecto, el verde es el color de los
amantes. No obstante, paréceme que Sansón no te-
nía mucha razón para hacer tal cosa. Seguro es que
la amaba a causa de su espíritu.
MOTH.-Precisamente, señor, puesto que tenía un
espíritu de los más verdes.
ARMANDO.-Mi amada es de un blanco y de un
rojo inmaculados.
25MOTH.-Los más inmaculados pensamientos, amo,
se ocultan bajo tales colores.
ARMANDO.-Explica, explica, bien cultivado.
MOTH.-Espíritu de mi padre y lengua de mi madre,
¡asistidme!
ARMANDO.-¡Tierna convocación en un hijo! ¡En
qué modo encantadora y patética!
MOTH.-
Si en verdad hecha está de blanco y rojo,
jamás sus faltas han de ser sabidas.
Pues es precisamente en el sonrojo
como las faltas, sí, son conocidas.
En pecado que esté, o de miedo llena,
palidez no será en su cara espejo;
roja, parecerá inocente y buena;
blanca, cándida y llena de gracejo.
He aquí, amo, unos versos que os pondrán sobre
aviso contra los peligros de lo blanco y de lo rojo.
ARMANDO.-¿No hay una balada, muchacho, lla-
mada del Rey y de la Mendiga?
MOTH.-Hace tres generaciones que el mundo es
culpable de esta balada; pero creo que ahora no ha-
bría medio de encontrarla. E incluso, de encontrar-
la, ya no valdría nada ni como letra ni como música.
26ARMANDO.-Voy a volver a escribir esta balada
con objeto de justificar mi extravío mediante algún
precedente ilustre... Porque, hijo mío, amo a esa jo-
ven campesina a la que he sorprendido en el parque
con ese patán racional llamado Costard. Es una mu-
chacha digna.
MOTH.-(Aparte.) Digna de ser azotada; y en todo
caso de tener un amante mejor que mi amo.
ARMANDO.-Canta, muchacho. El amor llena de
peso mi corazón.
MOTH.-Mucho me extraña tal cosa, puesto que
amáis a una muchacha ligera.
ARMANDO.-Canta, te digo.
MOTH.-Espera a que los que llegan se alejen. (En-
tran Dull, Costard y Santiaguita.)
DULL.-Señor, la voluntad del Duque es que guar-
déis como es debido a Costard. No deberéis per-
mitirle placer ni infligirle pena, pero habrá de ayunar
tres días por semana. En cuanto a esta joven, yo
tengo que guardarla en el parque, donde servirá co-
mo lechera. Adiós. (Se aleja.)
ARMANDO.-Mi propio rubor me traiciona. ¡Joven!
SANTIAGUITA.-¡Hombre!
ARMANDO.-Iré a visitarte a tu cobijo.
SANTIAGUITA.-Por ahí está.
27ARMANDO.-Yo sé dónde.
SANTIAGUITA.-¡Dios, qué sabio sois!
ARMANDO -Te contaré maravillas.
SANTIAGUITA.-¡Cara tenéis de ello!
ARMANDO.-¡Te amo!
SANTIAGUITA.-Al menos os lo oigo decir.
ARMANDO.-Por consiguiente, hasta más ver.
SANTIAGUITA.-Que el buen tiempo llegue con
vos.
DULL.-(Llamándola.) Ven, Santiaguita, y vamos. (Se
disponen a marcharse.)
ARMANDO.-Mientras no seas perdonado, bribón,
ayunarás a causa de tus maldades.
COSTARD.-Sea, señor. Ayudaré animosamente con
el estómago lleno, cual espero.
ARMANDO.-Serás pesadamente castigado.
COSTARD.-Entonces os quedaré más obligado que
vuestros servidores que tan ligeramente son remu-
nerados.
ARMANDO.-Llevad a este patán y hacedle callar.
MOTH.-Esclavo delincuente, ¡vamos!
COSTARD.-No me hagáis encerrar, señor; ayunar,
bien puedo hacerlo en libertad.
MOTH.-No, caballero; jugarás al escondite. A pri-
sión irás.
28COSTARD.-Pues bien, si alguna vez vuelvo a ver
los hermosos días de desolación que ya he visto,
otros habrá que verán entonces...
MOTH.-¿Y qué es lo que verán?
COSTARD.-Nada. ¡pardiez!, señor Moth, sino
aquello que miren. Y como conviene a los prisione-
ros ser avaros de sus palabras, nada más diré. Gra-
cias a Dios tengo tan poca paciencia como cualquier
otro; por consiguiente, sabré estar tranquilo. (Salen
Moth y Costard.)
ARMANDO.-Adoro hasta el polvo (bien bajo, por
tanto), que pisa su zapato (más bajo aún), guiado
por su pie (¡todavía más bajo!) Pero amando, me
perjuro, lo que es gran prueba de deslealtad. Mas,
¿cómo puede ser leal el amor alcanzado mediante la
perfidia? Amor es un duende; Amor es un diablo;
no hay otro ángel malo que Amor. No obstante,
Sansón tentado fue como yo, pese a tener una fuer-
za extraordinaria. Y Salomón, asimismo, fue seduci-
do, no obstante toda su sabiduría. Si la maza de
Hércules nada pudo contra la acerada flecha de Cu-
pido, ¿que podría contra ella la tizona de un espa-
ñol? Tercera y cuarta parada de nada me servirían.
Ni Amor respeta los ataques ni se preocupa de las
leyes del duelo. Su humillación está en ser llamado
29niño; su gloria en someter a los hombres. ¡Adiós,
valor! ¡Enmohece, tizona!; tambor, ¡silencio! Vues-
tro amo está enamorado. Sí, ¡ama! Que algún dios
de la rima improvisada me asista, pues seguro que
voy a fabricar sonetos. Medita, espíritu; escribe
pluma; siento que voy a producir volúmenes in fo-
lio. (Sale.) .. ..
30ACTO II
ESCENA UNICA
El parque del rey de Navarra
(Entran la PRINCESA DE FRANCIA,
ROSALINA, MARÍA, CATALINA, BOYET y
otros señores de la comitiva)
BOYET.-Y ahora, Señora, invocad a vuestras mejo-
res cualidades. Considerad que el rey, vuestro padre,
os envía en embajada; a quien os envía, y cual es el
objeto de vuestra misión. Sois vos, tan superior-
mente situada en la opinión del mundo, quien vais a
negociar con el incomparable navarro, heredero
único de todas las perfecciones que un hombre
puede poseer. Y el objeto en litigio es nada menos
31que Aquitania, bien viudal digno de una reina. Sed,
pues, tan pródiga en gracias exquisitas como lo fue
la naturaleza cuando hizo las gracias tan raras al
despojar de ellas al mundo entero para colmaros a
vos tan generosamente.
PRINCESA-Mi buen caballero Boyet, mi belleza,
bien endeble, no tiene necesidad de la florida pin-
tura de vuestros elogios. Es el juicio del que mira lo
que da precio a la hermosura y no las bajas pujas
lanzadas por los mercaderes. Me siento menos or-
gullosa oyéndoos alabar mis méritos, que vos estáis
deseoso de que os tenga por espiritual, gastando
vuestro espíritu en alabar el mío. Y ahora el asignar
su misión al profesor que enseña la suya a los de-
más. No ignoráis, mi buen Boyet, puesto que el ru-
mor público ha llevado su eco hasta el extranjero,
que el navarro ha hecho voto de no dejar cercarse a
ninguna mujer a su Corte antes de haber consumido
tres años en penosos estudios. Parécenos, pues, ne-
cesario, antes de franquear sus prohibidas puertas,
conocer lo que bien le plazca. A este efecto, y llena
de confianza en vuestros méritos, os hemos esco-
gido como nuestro abogado más persuasivo y elo-
cuente. Decidle, pues, que la hija del rey de Francia,
implora el honor de una conferencia personal con
32Su Gracia, para tratar de un asunto importante, y
que necesita ser prestamente resuelto. Apresuraos a
significarle nuestro deseo; cual modestos visitantes,
esperamos aquí su decisión.
BOYET.-Orgulloso de mi misión, parto gustoso a
cumplirla.
PRINCESA.-Todo orgulloso de algo es solícito en
realizarlo; tal os ocurre a vos. (Boyet sale.) ¿Y quiénes
son, mis amados caballeros, los que se han asociado
al voto del virtuoso Duque?
UN SEÑOR.-El señor de Longaville es uno de
ellos.
PRINCESA.-¿Le conocéis?
MARÍA.-Yo le conozco, Señora. He visto a este
Longaville en Normandía con motivo del matrimo-
nio entre el señor Perigord y la linda heredera de
Santiago de Falcobridge. Tiene fama de hombre
dotado de méritos excepcionales; muy versado en
artes y glorioso en las armas. Dícese que triunfa en
cuanto emprende. La única mancha en el brillo de
sus raras virtudes -si el brillo de la virtud puede su-
frir mancha- es tener un espíritu acerado unido a
una voluntad en exceso obstinada. El que tiene un
espíritu hiriente y una voluntad inmutables no per-
dona a nadie que caiga en su poder.
33PRINCESA.-Un alegre burlón, sin duda, ¿no es
esto?
MARIA .-Eso dicen los que conocen bien su carác-
ter.
PRINCESA.-Tales espíritus son de corta duración;
se ajan al crecer. ¿Quiénes son los otros?
CATALINA.-El señor Dumaine, joven caballero en
todo cumplido; estimado a causa de su virtud por
todos aquellos para quienes la virtud es estimable;
todopoderoso para hacer el mal, bien que sin la
maldad; con suficiente espíritu para transformar la
fealdad en hermosura y suficiente hermosura para
agradar, aunque careciese de espíritu. Le he visto
una vez en casa de] duque Alanson, y cuanto bien
digo de él queda muy por bajo de su gran mérito.
ROSALINA.-Y estaba con él, si no me equivoco,
otro de estos compañeros de estudios llamado Be-
rowne. Jamás he conversado, durante una hora, con
un hombre más alegre, sin sobrepasar los límites de
la alegría decente. Su mirada no deja de ofrecer a su
espíritu ocasiones para brillar. Cada objeto que
aquélla capta, éste le torna en regocijante broma; y
su lengua, intérprete sutil de su pensamiento, expre-
sa éste en términos tan justos y tan graciosos, que
escuchándole, los viejos diríase que recobran el al-
34ma retozona de su juventud al tiempo que los jóve-
nes quedan maravillados, de tal modo su conversa-
ción está llena de vivacidad y de encanto.
PRINCESA.-¡Dios os bendiga, mis damas! ¿Estáis,
sin duda, todas enamoradas, cuando de este modo
cada una de vosotras adorna a su preferido con las
más brillantes guirnaldas de elogios?
UN SEÑOR.- He aquí a Boyet, que vuelve. (Entra
Boyet.)
PRINCESA.-Veamos, mi señor Boyet, ¿qué acogida
podemos esperar?
BOYET.-El navarro había tenido noticia de vuestra
graciosa llegada, y estaba dispuesto, en unión de los
caballeros que han prestado con él juramento, a salir
a vuestro encuentro noble señora, cuando yo he lle-
gado. Desgraciadamente, según he creído compren-
der, su intención es más bien alojaros en pleno
campo, cual enemigo que viniese a sitiar su Corte,
que tratar de eludir su juramento acogiéndoos en su
palacio solitario. Pero aquí tenéis al navarro. (Entran
el Rey, Longaville, Dumaine, Berowne y el séquito del rey.)
EL REY.-Amable Princesa, sed la bien venida a la
Corte de Navarra.
PRINCESA.-Amable, os devuelvo el cumplido. En
cuanto a bien venida, aún no lo soy, pues el tejado
35de la Corte en que estamos es demasiado alto para
ser el de la vuestra, y vuestra bienvenida, en pleno
campo, demasiado humilde para mí.
EL REY.-Seréis, Señora, la bien venida en mi Corte.
PRINCESA.-Consiento en ser allí la bien venida.
Conducidme, pues, hasta ella.
EL REY.-Escuchadme, querida señora; he hecho un
juramento.
PRINCESA.-¡Nuestra Señora asista a Vuestra Ma-
jestad! Vais a perjuraros.
EL REY.-Por nada del mundo, hermosa señora. Al
menos voluntariamente.
PRINCESA.-Sí, sí, vuestra voluntad quebrantará
este juramento; vuestra sola voluntad.
EL REY.-Vuestra Gracia ignora en qué consiste tal
juramento.
PRINCESA.-Si Vuestra Alteza fuese ignorante co-
mo yo, vuestra ignorancia sería sabiduría; mientras
que ahora, vuestro saber es prueba de ignorancia.
He sabido que Vuestra Gracia ha hecho juramento
de desterrar toda hospitalidad. Tal juramento, Se-
ñor, pecado mortal es el sostenerle. Mas perdonad-
me, soy demasiado atrevida; mal está dar una
lección a mi maestro. Dignaos saber el objeto de mi
36venida y responded inmediatamente a mi peti-
ción.(Le da un papel.)
EL REY.-Inmediatamente lo haré, Señora, si ello
me es posible.
PRINCESA.-Lo podréis, tanto más cuanto que con
ello os desembarazaréis de mí más pronto; haciendo
que me quedase os tornaríais perjuro. (El Rey lee
atentamente el mensaje.)
BEROWNE.-(A Rosalina.) ¿No he bailado con vos
una vez en Brabant?
ROSALINA.-¿No he bailado con vos una vez en
Brabant?
BEROWNE.-Seguro estoy que sí.
ROSALINA.-Entonces, ¿para qué preguntármelo?
BEROWNE.-No seáis tan viva.
ROSALINA.-¿De quién es la culpa? No me espo-
leéis con preguntas semejantes.
BEROWNE.-Fogoso es vuestro espíritu. Corre tan
de prisa que se fatigará.
ROSALINA.-No sin haber tirado a su caballero en
pleno bache.
BEROWNE.-¿Qué hora es?
ROSALINA.-La hora en que los tontos la pregun-
tan.
BEROWNE.-¡Buena suerte a vuestra máscara!
37ROSALINA.-¡La buena suerte a la cara que cubre!
BEROWNE.-Y que tengáis muchos amantes.
ROSALINA.-Amén, con tal de que vos no estéis
entre ellos.
BEROWNE.-Comprendido. Dejo el campo libre.
EL REY.-Señora, vuestro padre habla aquí del pago
de cien mil coronas, que no hacen sino la mitad de
la suma que el mío ha desembolsado por él en sus
guerras. Admitiendo, bien que no haya ocurrido,
que mi padre o yo hayamos admitido esta suma,
quedarían aún por pagar otras cien mil coronas en
garantía de las cuales retenemos una parte de la
Aquitania, prenda muy inferior al valor de esta can-
tidad. Por consiguiente, si el Rey, vuestro padre,
quiere rembolsar siquiera la mitad que nos es aún
debida, renunciaremos a nuestros derechos sobre
Aquitania y seguiremos manteniendo amistad leal
con Su Majestad. Mas no parece que tal sea su in-
tención, puesto que, como veis, nos pide reembol-
sarle a él cien mil coronas, con objeto de mantener
sus derechos sobre Aquitania, provincia de la que
nos desembarazaríamos con gusto, pues preferiría-
mos recibir el dinero prestado por nuestro padre,
que conservar Aquitania mutilada tal cual está. Que-
rida Princesa, si la petición de vuestro padre no es-
38tuviese tan lejos de todo arreglo razonable, vuestra
hermosura obtendría, que mi corazón concediese
incluso lo que fuese contra razón, con lo que po-
dríais volveros a Francia plenamente satisfecha.
PRINCESA.-Hacéis una gran ofensa al rey, mi pa-
dre, e incluso perjudicáis el honor y fama que rodea
vuestro nombre, fingiendo ignorar haber recibido lo
que tan lealmente os fue pagado.
EL REY.-Os aseguro que jamás oí hablar de tal pa-
go. Si os queréis tomar la pena de probármelo, dis-
puesto estoy, ora a devolver esta suma, ora a ceder
Aquitania.
PRINCESA.-Os cogemos la palabra. Boyet, podéis
mostrar los recibos entregados contra tal cantidad
por los oficiales especiales de Carlos, su padre.
EL REY.-Con ellos me daría por satisfecho.
BOYET.-Que ello no contraríe a Vuestra Gracia,
pero el paquete que contiene estos recibos y otros
documentos relativos al asunto, no ha llegado aún.
Pero mañana los tendréis ante vuestros ojos.
EL REY.-Ello me bastará. Tendremos una nueva
entrevista y aceptaré todo arreglo razonable. En-
tretanto, recibid de mi parte la bienvenida que el
honor puede conceder, sin faltar al honor, a vuestro
positivo mérito. Hermosa princesa, no podéis cru-
39zar mi puerta, pero aquí, fuera, seréis acogida de tal
modo que podréis figuraros que estáis alojada en mi
corazón, bien que la hospitalidad en mi palacio os
sea rehusada. Que vuestra mucha indulgencia me
excuse. Adiós, Señora. Mañana volveré a visitaros
de nuevo.
PRINCESA.-Que una salud perfecta y satisfechos
cuantos deseos tengáis acompañen a Vuestra Gra-
cia.
EL REY.-Yo hago por vos, Señora, los mismos
votos, estéis allí donde estéis. (Sale seguido de su sé-
quito.)
BEROWNE.-(A Rosalina.) Señora, os recomendaré
a mi corazón.
ROSALINA.-Recomendadme, sí, os lo ruego; mi
contento sería grande viéndole.
BEROWNE.-¡Qué no daría porque le oyeseis ge-
mir!
ROSALINA.-¿Está enfermo el pobre loco?
BEROWNE.-Enfermo del corazón.
ROSALINA.-¡Oh!, que le hagan una buena sangría.
BEROWNE.-¿Creéis que le sentaría bien?
ROSALINA.-Mi medicina dice que sí.
BEROWNE.-¿Queréis entonces atravesarle con
vuestras miradas?
40ROSALINA.-No, con mi cuchillo.
BEROWNE.- ¡Dios preserve entonces vuestra vida!
ROSALINA.-Y la vuestra aún más.
BEROWNE.-Imposible permanecer más tiempo
para daros las gracias. (Se retira.)
DUMAINE.-(Boyet.) Una palabra, caballero, os lo
ruego: ¿Quién es esa dama?
BOYET.-La heredera de Alansón. Su nombre es
Catalina.
DUMAINE.-Encantadora criatura. Caballero, hasta
la vista. (Sale.)
LONGAVILLE.-(A Boyet.) Una palabra, por favor.
¿Quién es la que va de blanco?
BOYET.-Vista a la ligera podríasela tomar por una
mujer.
LONGAVILLE.-Vista a la ligera podría parecer li-
gera, señor mío. Desearía su nombre.
BOYET.-No teniendo sino uno para ella, sería ver-
gonzoso desearlo.
LONGAVILLE.-Decidme, os lo ruego, ¿de quién
es hija?
BOYET.-Según he oído, de su madre.
LONGAVILLE.-Grandes deseos siento de daros
un tironcito de la barba.
41BOYET.-Mi buen caballero, no os enfadéis; es la
heredera de Falconbridge.
LONGAVILLE.-Acabó mi cólera. Es una deliciosa
criatura.
BOYET.-Bien pudiera serlo, en efecto. (Longaville
sale y Berowne vuelve.)
BEROWNE.-(Señalando a Rosalina.) ¿Cómo se llama
la dama de la caperuza?
BOYET.-Rosalina, por venturosa casualidad.
BEROWNE.-¿Está casada o no?
BOYET-No tiene otro marido que su capricho, ca-
ballero, o cosa así.
BEROWNE.-Sois el bien venido, señor, adiós.
BOYET.-Guardo el adiós, para vos la bienvenida,
(Berowne sale.)
MARIA.-Este último es Berowne, el tan alegre y
bromista señor. No hay palabra en él que no sea una
chanza.
BOYET.-Y todas sus chanzas no son sino palabras.
PRINCESA-Bien habéis hecho respondiéndole en
su mismo tono.
BOYET.-Tan deseoso estaba de enzarzarme con él
como él de abordarme.
CATALINA.-Como dos borregos que se topan, ¡a
fe mía!
42BOYET.-¿Y por qué no dos veleros? Yo no quisie-
ra ser borrego, mi dulce cordera, a menos de poder
pastar en vuestros labios.
CATALINA.-Sea; vos borrego y yo pasto, si ello
termina la broma.
BOYET.-(Tratando de abrazarla.) Acaba en cuanto me
concedáis el dulce pasto.
CATALINA.-No, cariñoso borrego; mis labios son
propiedad privada, no prado comunal.
BOYET.-¿A quién perteneces?
CATALINA.-A mi suerte y a mí.
PRINCESA.-Los espíritus hirientes buscan la dis-
cordia, los buenos hallan la armonía. Esta guerra ci-
vil en la que aguzáis el ingenio, sería mucho más
provechosa contra el rey de Navarra y sus biblió-
manos. Ahora está fuera de lugar.
BOYET.-Si mi observación, que rara vez se equivo-
ca, no me engaña ahora, leo en su mirada el secreto
lenguaje de su corazón, y por él veo, que el rey de
Navarra está herido.
PRINCESA.-¿Por quién?
BOYET.-Por lo que los amantes llamamos pasión
profunda.
PRINCESA.-¿Razón para decir tal cosa?
43BOYET.-¡Pardiez!, todos sus sentimientos habíanse
refugiado en el bastión de sus ojos que centelleaban
de deseo. Su corazón, semejante a un ágata en que
estuviese grabada vuestra imagen, orgulloso de tan
preciosa huella, manifestaba este orgullo en sus mi-
radas. Todos sus sentidos recogíanse en el de la
vista, ajeno a contemplar otra cosa que la más her-
mosa entre las hermosas. Hubiérase dicho, sí, que
todos sus sentidos estaban encerrados en sus ojos,
como en una caja de cristal las joyas que se quieren
hacer comprar a un príncipe, y que, dejando ver su
esplendor a través de lo que contiene, tienta el bol-
sillo de cuantos pasan. Se leía en su cara tal sorpre-
sa, que todos los ojos veían que los suyos estaban
maravillados de lo que contemplaban. Para vos
Aquitania y cuanto contiene, os lo aseguro, si con-
sintieseis en darle un solo beso de amor.
PRINCESA.-Vamos a nuestro pabellón. Boyet está
dispuesto a...
BOYET.-Dispuesto tan sólo a expresar con pala-
bras lo que las miradas del rey han revelado. Me
contento con ser la boca de sus ojos y con añadir a
ella una lengua que bien sé que no miento.
ROSALINA.-Lo que sois es un viejo galanteador,
hábil en hablar de estas cosas.
44MARIA.-Es el abuelo de Cupido y por él sabe lo
que sabe.
ROSALINA.-En este caso, Venus se parecería a su
madre, pues su padre es horrible.
BOYET.-¿Oís bien, mis locas doncellas?
MARIA.-No.
BOYET.-¿Veis bien, en todo caso?
ROSALINA.-Sí, nuestro camino para irnos.
BOYET.-Sois demasiado astutas para mí. (Salen.)
45ACTO III
ESCENA UNICA
Otra parte del parque
(ARMANDO y MOTH están sentados bajo los árboles)
ARMANDO.-Gorjea, pequeñuelo, y encanta mi
sentido del oído. (Moth canta la canción “Concolinel”.)
¡Dulce música! Toma, pimpollo de juventud, esta
llave, da espacio libre al patán y tráemele aquí al
instante. Quiero hacerle llevar una carta a mi amada.
MOTH.-¿Queréis, mi amo, ganar a vuestra amada?
Enseñadla el “meneo” francés.
ARMANDO.-¿El meneo francés? ¿Qué quieres de-
cir?
46MOTH.-He aquí, mi noble señor; tarareáis una jiga
apenas con la punta de la lengua al tiempo que bai-
láis una canaria con los pies, sazonando todo ello
con un intencionado rodar de ojos. Una nota la
cantáis, otra la suspiráis, unas veces con la garganta
cual si tragaseis el amor al cantarle, bien con la nariz
cual si le sorbieseis con sólo olfatearle. Vuestro
sombrero hacia adelante como alero sobre la barra-
ca de vuestros ojos; los brazos, cruzados sobre el
justillo que cubre vuestra menguada panza, cual co-
nejo en asador, o bien en el bolsillo como los per-
sonajes de las estampas antiguas. Teniendo cuidado
de no insistir mucho en la misma canción; apenas
un punto y a otra. He aquí las delicadezas, he aquí
las finuras que seducen a las chicas guapas que sin
ello, por supuesto, serían igualmente seducidas, y
que hacen de quienes las poseen -¡notadlo bien, se-
ñor!- hombres notables.
ARMANDO.-¿Cómo has adquirido esta experien-
cia?
MOTH-Mediante un penique de observación.
ARMANDO-¡Ay!, ¡ay!
MOTH.-(Cantando.) “¡Gire, gire el caballo de made-
ra!”
47ARMANDO.-¿Tomas a mi amada por un caballo
de madera?
MOTH.-No, mi amo. El caballo de madera no es
sino otro (aparte), y vuestra amada es quizá una ha-
canea de alquiler. Pero, ¿habéis olvidado ya a vues-
tra amada?
ARMANDO.-Sí, casi.
MOTH.-¡Escolar negligente! Es preciso conocerla
de memoria.
ARMANDO.-De memoria y de corazón, hijo mío.
MOTH.-Y fuera del corazón, mi amo; os voy a pro-
bar las tres cosas.
ARMANDO.-¿Qué vas a probar?.
MOTH.-Que soy un hombre, si vivo bastante para
ello. Pero os voy a demostrar al punto que debéis
conocer a vuestra bella de memoria, con el corazón
y fuera del corazón. Amáis a vuestra bella de memo-
ria, porque no la tenéis sobre vuestro corazón; la
amáis de todo corazón, porque todo él está lleno de
ella, y la amáis fuera de vuestro corazón puesto que
éste no tiene esperanza de conseguirla.
ARMANDO.-En efecto, triplemente enamorado
estoy.
48MOTH.-Sí, de estas tres maneras y de muchas otras
más... (Aparte.) Sin que dejes por ello de ser una nu-
lidad.
ARMANDO.-Ve a buscarme al patán; es preciso
que me lleve una carta.
MOTH.-He aquí un mensaje en regia: un rocín sir-
viendo de embajador a un asno.
ARMANDO.-¿Eh?, ¿eh?, ¿qué estás diciendo ahí?
MOTH.-Que deberíais, mi amo, hacer que el asno
cumpliese el recado a lomos de rocín, pues anda
muy despacio. Pero me voy.
ARMANDO.-El camino no es largo. Corre.
MOTH.-Rápido como el plomo, mi amo.
ARMANDO.-¿Qué quieres decir, ingenioso niño?
¿No es, acaso, el plomo un metal pesado, macizo,
lento?
MOTH.- “Minime”, mi honorable amo; dicho de
otro modo, de ninguna manera, mi amo.
ARMANDO.-Yo digo que el plomo es lento.
MOTH.-Habláis demasiado de prisa, mi amo, di-
ciendo tal cosa. El plomo que sale de un fusil, ¿es
lento?
ARMANDO.-¡Lindo vaporcillo de retórica! Me
toma por un fusil y es él quien es la bala. Pues bien,
te descargo contra el patán.
49MOTH.-¡Apunten! ¡Fuego! ¡Salgo! (Lo hace.)
ARMANDO.-¡Qué jovenzuelo lleno de vivacidad,
¡qué gracia!, ¡qué agilidad de espíritu! Perdóname,
dulce cielo, que suspire en tu propia cara. ¡Oh tristí-
sima melancolía ante la cual hasta el valor cede su
puesto! ... Pero he aquí a mi heraldo de vuelta. (Moth
entra en unión de Costard.)
MOTH.-¡Un milagro, amo! He aquí una calabaza
que se ha roto una espinilla.
ARMANDO.-¡Aun un enigma!, ¡una charada!, vea-
mos la “dedicatoria”. ¡Empieza!
COSTARD.-Nada de enigma, de charada ni de de-
dicatoria señor, ni de otros ungüentos. Bastará un
poco de llantén, creedme, señor; de llantén puro y
simple. Dedicatoria, no, dedicatoria, no, ni un-
güentos; ¡llantén!, ¡llantén!
ARMANDO.-¡Voto a tal!, me obligas a reír. Tu es-
tupidez me dilata el bazo y, al hinchar mis pulmo-
nes, provoca en mí una hilaridad ridícula. ¡Oh es-
trellas mías, perdonadme! ¡El inconsciente toma la
dedicatoria por un ungüento!
MOTH.-¿No hace, acaso, el sabio lo mismo?, ¿no
es la dedicatoria un bálsamo?
ARMANDO.-No, pajecillo. La dedicatoria es un
epílogo; un discurso destinado a esclarecer algún
50pensamiento oscuro dicho precedentemente. Voy a
dar un ejemplo:
El Zorro, el Mono y el Abejorro
estando tres, un número impar eran.
He aquí el apólogo. Ahora la dedicatoria.
MOTH.-Yo añadiré la dedicatoria; repetid el apólo-
go.
ARMANDO.-El Zorro, el Mono, el Abejorro,
estando tres, un número impar eran.
MOTH.-Cuando el ganso, saliendo del hangar,
juntóse a ellos y los hizo par.
Ahora yo repetiré vuestro apólogo y vos continua-
réis con mi dedicatoria:
El Zorro, el Mono, el Abejorro,
estando tres, un número impar eran.
ARMANDO.-Cuando el ganso, saliendo del hangar,
juntóse a ellos y los hizo par.
MOTH.-Y me parece que como dedicatoria es de
primera, puesto que dedicáis un ganso. ¿Qué más
podríais pedir?
COSTARD.-El muchacho se la ha dado y mejor que
con queso. Sobre que si el ganso está bien cebado,
señor, habéis hecho negocio. Para hacer un buen
negocio, es preciso, como en el juego, si se quiere
51ganar, hacer trampa. Pero un ganso cebado, a fe mía
que es una dedicatoria sustanciosa.
ARMANDO.-Veamos,¿cómo ha empezado esta
discusión?
MOTH.-Diciendo que una calabaza se había roto
una espinilla. Entonces, vos me habéis pedido la
dedicatoria.
COSTARD.-Es. verdad. Y yo he pedido llantén.
Con lo que ha llegado vuestra demostración. Luego
ha sido la dedicatoria sustanciosa del paje. Vos que
habéis caído en la trampa, y con ello, el asunto ter-
minado.
ARMANDO.-Pero dime, ¿cómo una calabaza ha
podido romperse una pierna?
MOTH.-Os voy a explicar la cosa de una manera
sensible.
COSTARD.-Como tú no puedes sentirla tanto co-
mo yo, Moth, esta vez seré yo quien diga la dedica-
toria:
Al salir, yo Costard, de la prisión por la puertecilla
me caí;
¡qué costalada, dioses! y rompíme la espinilla.
ARMANDO.-Bien, dejemos aquí la cosa.
COSTARD.-Hasta que mi tibia tenga una nueva
historia.
52ARMANDO.-Costard, mi excelente patán, te voy a
libertar.
COSTARD.-¿Libertar? ¿Queréis decir que vais a
casarme con una muchacha demasiado libre?
¡ Umh!, huelo trampa aquí. Como quien dice, el gan-
so de la dedicatoria.
ARMANDO.-Quiero decir, ¡por mi alma exquisita!,
que voy a dejarte en libertad; a hacer libre tu perso-
na. ¿No estabas enmurallado, encerrado, aprisiona-
do, confinado?
COSTARD.-Es verdad, es verdad. Y ahora vos que-
réis ser mi purga, pues me vais a dejar bien suelto.
ARMANDO.-Te doy la libertad, te extraigo de la
prisión y la única condición que a cambio de ello te
impongo es la siguiente: (le da una carta.) Lleva esta
significación a Santiaguita, la campesina. (Le da una
moneda.) He aquí tu remuneración. Pues el mejor atri-
buto de mi honor es remunerar a mis servidores.
Moth, sígueme. (Sale.)
MOTH.-Yo soy todo su séquito. Signior Costard,
adiós. (Moth sale.)
COSTARD. -¡Adiós, dulce onza de carne humana!,
¡mi linda joya! Y ahora veamos la remuneración. Sin
duda, es la palabra latina para decir tres cuartos de
penique; tres cuartos de penique, ¡una remune-
53ración! ¿Cuánto esta cinta? -Un penique-. No, os
daré una remuneración, ¡y cinta comprada! Pues es
una palabra más bonita, ¡pardiez!, que el escudo
francés. No volveré a comprar, ni a vender, sino
empleando esta palabra. (Entra Berowne.)
BEROWNE.- ¡Hombre!, este excelente bribón de
Costard, ¡feliz hallazgo!
COSTARD.-Un ruego, señor, ¿cuánta cinta de color
rosa se puede comprar por una remuneración?
BEROWNE.-¿Y qué es una remuneración?
COSTARD.-Caray, señor, tres cuartos de penique.
BEROWNE.-Pues bien, puedes comprar tres cuar-
tos de penique de seda.
COSTARD.-Doy las gracias a Vuestro Honor. El
señor os acompañe. (Se dispone a salir.)
BEROWNE.-Espera, pícaro, que tengo necesidad
de ti. Si quieres ganar mi protección, mi buen Cos-
tard, haz por mí una cosa que voy a pedirte.
COSTARD.-¿Cuándo queréis que sea hecha, señor?
BEROWNE.-Esta tarde.
COSTARD.-Pues hecha será, señor; ¡adiós!
BEROWNE.-Pero si no sabes de qué se trata.
COSTARD.-Una vez que la haya hecho lo sabré.
BEROWNE.-Pero, necio, es preciso que la sepas
antes.
54COSTARD.-Ya iré a ver a Vuestro Honor mañana
por la mañana.
BEROWNE.-Es preciso que sea hecho esta tarde.
Escúchame, mendrugo, se trata simplemente de lo
siguiente: la Princesa vendrá a cazar aquí al parque;
y entre su séquito hay cierta dama cuyo nombre
basta pronunciar para tener ya la voz dulce y embal-
samada: ¡Rosalina! Pues bien, pregunta por ella y
deja en su blanca mano este billete lacrado. (Le da
una carta y un chelín.) Y esto para ti, como gratifica-
ción. Vete.
COSTARD.-¡Gratificación!, ¡querida gratificación!
¡Qué diferencia con una remuneración! ¡Once peni-
ques más! ¡Oh gratificación infinitamente dulce! Yo
haré exactamente lo que queréis. ¡Gratificación!...
¡Remuneración... (Sale.)
BEROWNE.-Y yo, ¡pardiez!, heme aquí enamora-
do. ¡Yo, que fustigaba el amor! ¡Yo, severo como
dómine contra los suspiros de los enamorados! ¡Yo
creo, crítica viva, sargento de la policía nocturna del
amor, pedante que tiranizaba con más arrogancia
que mortal alguno a ese niño de los ojos vendados,
lloriqueón, ciego y caprichoso! ¡A ese joven milord!
¡A ese enano gigante, el todopoderoso don Cupido,
soberano consagrado con suspiros y lamentos! ¡Ma-
55jestad de todos los desocupados y de todos los des-
contentos! ¡Terrible príncipe de faldas, rey de bra-
guetas, emperador absoluto y general en jefe de to-
dos los recaderos ambulantes! ¡Pobre corazón mío!
¡Verme reducido ahora a simple oficial de campo de
su ejército y a llevar sus colores como el aro rodea-
do de cintas de un saltimbanqui! ¡Pero cómo!,
¿amar yo?, ¿yo hacer la corte?, ¿buscar yo una mu-
jer, una esposa, semejante a un reloj alemán, a la que
haya que arreglar siempre por estar siempre des-
compuesta y que no vaya bien sino a costa de vigi-
larla sin cesar de querer que dé la hora? Y lo que es
peor de todo, ¡perjurarme! Y por si todo ello fuese
poco, amar, de tres mujeres, ¡la peor! ¡Una coqueta
paliducha con cejas de terciopelo y dos bolas de pez
clavadas en la cara a guisa de ojos! Sí, ¡por el cielo!
una moza que hará lo que le plazca, ¡aunque le pon-
gan a Argos como eunuco y guardián' ¡Y que yo
suspire por ella! ¡que por ella pierda el sueño!, ¡que
hasta por ella llegue a rogar! No hay duda que es un
calamitoso castigo que Cupido me impone por ha-
ber desconocido su todo poder y terrible pequeña
fuerza... Pues bien, ¡sea!, amaré, escribiré, suspiraré,
rogaré, suplicaré y gemiré. En definitiva, todos
aman: unos a las damas, otros, a las fregonas. (Sale.)
56ACTO IV
ESCENA PRIMERA
El parque del rey de Navarra
(Entran la PRINCESA, ROSALINA, MARIA,
CATALINA, BOYET, el séquito y un guardacaza)
PRINCESA.-¿Era el Rey el que espoleaba tan viva-
mente a su caballo para hacerle escalar esa colina
tan escarpada?
BOYET.-No lo sé; pero creo que no era el Rey.
PRINCESA.-Sea quien fuere el tal caballero, de-
mostraba tener un temple fogoso. Ea, señores, hoy
despacharemos nuestros asuntos, y el sábado nos
volveremos a Francia. Y ahora vamos a ver, tú, ami-
go, el guardacaza, dinos, ¿dónde está el matorral
58donde debemos apostarnos para hacer de asesinos
desde él?
GUARDACAZA.-Muy cerca de aquí. En la linde de
ese tallar que hay allí. Puesto es desde el que podréis
hacer blancos, ¿hermosos!
PRINCESA.-Si los blancos son hermosos y soy yo
quien los hago, habré de dar gracias más que a mi
habilidad de buena cazadora, a mi hermosura, por
lo que, sin duda, tú dices lo de hermosos.
GUARDACAZA.-Perdonad, Señora, no es así co-
mo yo entendía la cosa.
PRINCESA.-¿Cómo?, ¿cómo?, ¿empiezas por ala-
barme y luego te desdices? ¡Efímera vanidad! ¿No
soy hermosa entonces? ¡Ay de mí, qué desgracia!
GUARDACAZA.-Cierto que sí, Señora, que sois
hermosa.
PRINCESA.- ¡Bah!, no trates ahora de rehacer mi
retrato. Donde no hay belleza, en vano la adulación
trataría de enmendar la cara. Toma, mi buen espejo,
esto para ti, por haberme dicho la verdad. (Le da di-
nero.) Buena recompensa por malas palabras es dar
más de lo debido.
GUARDACAZA.-Nada hay que no sea hermoso en
todo cuanto poseéis.
59PRINCESA.-Vedlo, vedlo, mi hermosura va a ser
salvada por mi liberalidad. ¡Oh herejía contra la be-
lleza digna de nuestro tiempo! La mano que da, por
fea que sea, obtendrá lindas alabanzas. Pero, ea,
dadme el arco. Cuando la piedad se dispone a ma-
tar, cuanto mejores sean los golpes, peores serán.
En todo caso, segura estoy de salir airosamente de
esta cacería: si no atino a las piezas, se dirá que la
piedad me lo ha impedido; de alcanzarlas, entonces
que lo he hecho para mostrar mi destreza; es decir,
más por ser alabada que por el propósito de matar.
Y, en verdad, que cosa semejante sucede con fre-
cuencia: la gloria se hace culpable de crímenes odio-
sos cuando, por obtener alabanzas o renombre, va-
nidades puramente exteriores, inclinamos hacia ellas
los impulsos de nuestro corazón. Así yo ahora, tan
sólo por conseguir alabanzas, trataré de derramar la
sangre de un pobre gamo, al que mi corazón no de-
sea mal ninguno.
BOYET.-¿No es también por amor, simplemente, a
ser alabadas, por lo que las mujeres de carácter agrio
se esfuerzan por establecer su soberanía, tratando
de hacerse las dueñas de sus dueños?
PRINCESA.-En efecto, y alabanzas debemos a toda
dama que subyuga a su señor. (Entra Costard.)
60BOYET.-Pues aquí llega un miembro de la cofradía.
COSTARD.- ¡Buenas tardes, a todos! Con perdón,
¿quién es aquí la dama de cabeza?
PRINCESA.-Para reconocerla, muchacho, no tienes
sino mirar a aquellas a las que les falte.
COSTARD.-Quiero decir la dama más grande, la
más elevada.
PRINCESA.-Pues entonces la más fuerte y la más
alta.
COSTARD.-La más fuerte y la más alta, esto es. La
verdad es la verdad. Si vuestro talle, mi señora, fue-
se tan delgado como mi espíritu, el cinturón de una
de esas damiselas os iría bien. ¿Sois, pues, la que
manda aquí? Porque entre todas sois la más fuerte.
PRINCESA.-¿Y qué queréis, señor mío?, ¿qué que-
réis?
COSTARD.-Tengo una carta de mi señor Berowne
para una tal dama Rosalina.
PRINCESA.-¡Ah! Dame, dame tu carta al punto; es
una de mis buenas amigas (coge la carta). Aguarda un
poco, mi buen mensajero. Boyet, vos que sabéis
trinchar, abridme este pollo.
BOYET.-Siempre a vuestro servicio... (Viendo la di-
rección.) Pero hay error. Esta carta no es para nadie
de aquí. Ha sido escrita para Santiaguita.
61PRINCESA.-La leeremos, no obstante, lo juro. Tor-
ced el cuello a ese sello y que cada uno aguce el oí-
do.
BOYET.-(Leyendo.) “Que eres hermosa, ¡por el cie-
lo!, cosa es absolutamente infalible; que eres linda,
mucha verdad; que adorable, ¡la verdad misma !
¡Oh tú, más graciosa que la gracia, más hermosa que
la hermosura, más verdadera que la verdad, ten
compasión de tu heroico vasallo! En otro tiempo, el
magnánimo y muy ilustre rey Cophetua dejó caer
sus ojos sobre la perniciosa y evidente mendiga Ze-
nelophon; y él es quien hubiera tenido el derecho de
decir: “veni, vidi, vici”, palabras que, anatomizadas en
lenguaje vulgar (¡oh vil, bajo y oscuro vulgar!), quie-
ren decir “videlicet”: que llegó, que vio y que venció.
Vino, uno; vio, dos; venció, tres. ¿Quién vino?, el
Rey. ¿Para qué vino? Para ver. ¿Para qué vio?, Para
vencer. ¿Por quién vino? Por la mendiga. ¿Qué vio?,
la mendiga. ¿A quién venció?, a la mendiga. Conclu-
sión: una victoria. ¿De qué lado?, de lado del Rey.
La prisionera fue enriquecida. ¿Quién era esta pri-
sionera?, la mendiga. La catástrofe: un matrimonio.
¿Para quién? ¿Para el Rey? No, para los dos a la vez,
o a la vez para los dos. Yo soy el Rey, pues así se
explica la comparación; tú, tú eres la mendiga, pues
62tal atestigua tu baja condición. ¿Mandaré en tu
amor?, puedo hacerlo. ¿Forzaré tu amor?, podría.
¿Imploraré tu amor?, consiento en ello. ¿Contra qué
cambiarás tus andrajos?, contra trajes. ¿Tú indigni-
dad?, contra dignidades. ¿Tú misma?, contra mí.
Esperando tu respuesta prófano mis labios en tus
pies, mis ojos en tu imagen y mi corazón en cada
parcela de tu persona. De ti, con la más tierna inten-
ción de servirte.
Don Adriano de Armando.
¿No oyes, querida oveja,
cómo junto a ti ruge el león de Nemea?
¡ Guárdate de su empuje!
Si te inclinas sumisa bajo su garra real,
tal vez, harto, se digne
jugar el animal.
Pero si le resistes,
pobre alma dolorida,
serás pasto a su rabia,
carnaza en su guarida.”
PRINCESA.-¿Qué pluma de pavo real ha redactado
esta carta? ¿Qué fanfarrón?, ¿qué gallo de veleta?
¿Habéis oído jamás algo más chusco?
63BOYET.-O mucho me engaño o reconozco el esti-
lo.
PRINCESA.-Mala memoria tendríais de haberle ol-
vidado tan pronto.
BOYET.-Este Armando es un español que reside
aquí en la corte. Un Monarcho. Un hombre que sir-
ve de entretenimiento al príncipe y a sus compañe-
ros de estudio.
PRINCESA.-Una palabra, muchacho. ¿Quién te ha
dado esta carta?
COSTARD.-Ya os lo he dicho, mi señor.
PRINCESA.-¿Y a quién tenías que entregarla?
COSTARD.-A mi señora, de parte de mi señor.
PRINCESA.-¿Y de qué señor y a qué dama?
COSTARD.-De mi señor Berowne, a una dama de
Francia llamada Rosalina.
PRINCESA.-Te has equivocado de carta... (volviéndo-
se hacia su séquito). Ea, señores, vamos. (A Rosalina.)
De todos los modos, toma esta carta, querida; la tu-
ya ya llegará otro día. (Salen todos excepto Boyet Rosalina,
María y Costard.)
BOYET.-¿Quién está de caza?, ¿quién está de caza?
ROSALINA.-¿Tengo que enseñároslo?
BOYET.-Sí, continente de hermosura.
64ROSALINA.-Pues bien, la que tiene el, arco. ¡To-
ma!, ¡para que aprendas!
BOYET.-La princesa mi señora corre a matar ani-
males con cuernos; pero cuando tú te cases, ¡que me
ahorquen si los cuernos faltan aquel año! ¡Ésta para
ti!
ROSALINA.-Entonces yo seré quien cace.
BOYET.-¿Y quién será tu ciervo?
ROSALINA.-Si se le escoge por los cuernos, no os
pongáis a mi alcance. ¡Buen dardo o mucho me en-
gaño.!
MARIA.-Siempre estáis buscándola querella, Boyet,
por tanto, os da en plena frente.
BOYET.-Ella recibe los golpes más abajo. ¿La he
dado yo bien esta vez?
ROSALINA.-Puesto que, estamos a golpes, ¿deberé
asestaros una vieja pulla, adulta ya como un hom-
bre, cuando Pepino, el rey de Francia, no era aún
sino un niño?
BOYET.-Y yo, ¿Podré responderte con un también
viejo dicho, adulto ya como una mujer, cuando Ge-
noveva, la reina de Bretaña, no era aún sino una ni-
ñita?
ROSALINA.-Ya no puedes, ya no puedes, ¡hom-
brecito! Para ti ya el blanco es negro, ¡pobrecito!
65BOYET.-Yo no puedo, yo no puedo, ¡bien lo sé!
,pero en pleno de tu blanco habrá quien dé.
(Rosalina sale corriendo seguida de Catalina.)
COSTARD.-¡Muy entretenido, a fe mía!, ¡cómo han
arreglado la cosa entre los dos!
MARÍA.-Ha sido, sí, un blanco bien apuntado,
puesto que los dos han dado en él.
BOYET.-¿Blanco dices, mi damita? ¡Cuidado con
el blanco siempre! Nada mejor para ajustar un blan-
co que una buena clavija.
MARIA.-Vos falláis siempre. Dais al lado. Apuntáis
demasiado alto.
COSTARD.-Cierto, debería apuntar desde más cer-
ca, si no, jamás dará en el sitio.
BOYET.-Si yo apunto demasiado alto, tú en cam-
bio, parece ser que aciertas siempre donde quieres.
COSTARD.-El buen golpe está en rajar en dos la
clavija.
MARIA.-¡Largo, largo!, habláis de un modo tan
grosero que torna morros vuestros labios.
COSTARD.-Puesto que tirando no podéis con ella,
señor, desafiadla a echar una partida de bolos.
BOYET.-Temo que me echaría también a rodar
muy pronto. (Saludando.) Buenas noches, excelente
mochuelo. (Salen Boyet y María.)
66COSTARD.-¡Por mi alma, qué rústico, qué patán!
¡Señor, Señor, cómo le hemos manteado las dos
damas y yo! ¡Deliciosa broma, a fe mía! ¡Qué sutil-
mente vulgar es todo lo que brota a propósito deli-
ciosa y obscenamente! ¡Qué diferencia con
Armando! ¡Este sí que es un hombre refinado! ¡Hay
que verle pasearse con una dama llevándola el aba-
nico! ¡Hay que verle besarle la mano y hacerle pro-
mesas dulces! Sin contar que está, además, ahí su
paje, ese puñadito de chispa. Ese, ¡el cielo me valga!,
piojito patético. (Se oye un grito.) ¿Eh? ¿Qué pasa?
(Corre y se esconde.)
67ESCENA II
En el parque
(Entran HOLOFERNES, NATANIEL y DULL ha-
blando animadamente)
NATANIEL.-He aquí una caza enteramente respe-
table, y hecha de modo que da testimonio de una
buena conciencia.
HOLOFERNES.-El gamo estaba, como lo sabéis,
sanguis y en el punto justo para ser muerto; es decir,
maduro como una manzana reineta que pende, co-
mo una joya, de la oreja del coelum, el ciclo, la bóveda
celeste, el firmamento; y he aquí que de pronto cae
como manzana silvestre sobre la faz de la terra, el
suelo, el terruño, la tierra.
68NATANIEL.-Es verdad, maestro Holofernes, que
variáis deliciosamente los epítetos como podría ha-
cerlo un sabio, por lo menos. Pero lo que os asegu-
ro es que se trataba dc un corzo de un año.
HOLOFERNES.-Haud credo, mosén Nataniel.
DULL.-No era un haut credo, sino un cervato.
HOLOFERNES.-¡Bárbara interpretación! Es, no
obstante, una especie de insinuación, como si dijé-
ramos in via, a guisa de explicación; con objeto de
facere, una especie de réplica, o más bien, a fin de os-
tentare, de manifestar su sentimiento, según su mane-
ra ineducada, no cortés, grosera, inculta; carente de
experiencia o más bien, iletrada, o mejor aún, no co-
rroborada, que le hace tomar mi haud credo por un
cervatillo.
DULL.-Yo lo que he dicho es que el cervato no era
un haut credo, sino un corzo.
HOLOFERNES.-¡Simpleza doblemente enraizada!
¡ Bis coctus! ¡Oh ignorancia, olí monstruo, cuán de-
forme eres!
NATANIEL.-Es, señor, que jamás se ha nutrido de
las sutilidades que se hallan en los libros. Jamás ha
comido como si dijéramos, papel, ni es tampoco un
bebedor de tinta. Su intelecto no ha sido amue-
blado. Es un animal sensible, tan sólo en las partes
69groseras. Una de esas plantas estériles que son
puestas ante nosotros con objeto de que nosotros,
hombres de gusto y de sentimientos, estemos agra-
decidos a las facultades que fructifican mejor en no-
sotros que en él. Pues del mismo modo que a mí me
iría mal hacerme el tonto, el indiscreto o el imbécil,
asimismo, sería poner a estudiar a un zafio, el en-
viarle a él a la escuela. Pero omne bene, digo yo, a mi
vez, y con ello soy de la opinión de un antiguo
monje: “Muchos que no aman las tempestades pue-
den soportar el mal tiempo.”
DULL.-Vos, que sois ambos hombres de libros,
¿podríais adivinar, con todo vuestro sabor, lo que,
teniendo un mes cuando Caín nació, aún no alcanza
hoy las cinco semanas?
HOLOFERNES.-Dictynna, mi excelente Dull,
Dictynna.
DULL.-¿Y qué es Dictynna?
NATANIEL.-Uno de los nombres que se da a Febé,
Luna, la luna.
HOLOFERNES.-La luna tenía un mes cuando
Adán no tenía más, y no tenía aún cinco semanas
cuando él era ya centenario. Dígase Adán o Caín, es
lo mismo.
70DULL.-En efecto, póngase uno u otro, la cosa viene
a ser igual.
HOLOFERNES.-¡Dios viene en ayuda de tus capa-
cidades! Por mi parte, digo que la adivinanza hace
alusión a las fases de la luna.
DULL.-Yo por la mía, que a las fases de la luna hace
alusión. Que la luna nunca tiene más de un mes. Y,
además, afirmo que es un cervato lo que la Princesa
ha matado.
HOLOFERNES.-Mosén Nataniel, ¿queréis escu-
char un epitafio improvisado a propósito de la
muerte del corzo? Por complacer a este ignorante,
llamo cervato al corzo que la Princesa ha matado.
NATANIEL.-Perge, mi buen maestro Holofernes,
perge, si queréis abrogar con gusto toda vulgaridad.
HOLOFERNES.-Insistiré un poco en la alteración,
para demostrar facilidad.
Sin piedad, la princesa cazadora, atraviesa,
de un gamo saltarín, el lustroso costado.
(Gamo era, no cervato, la codiciada presa,
bien que alguno lo diga; cierto, mal enterado.)
Entre los matorrales, de canes los ladridos
mezclábanse a los gritos de muchos cazadores;
tras la testa de un gamo unos ramos perdidos
71hacían de él un ciervo de diversos colores.
¡Oh capricho curioso de la naturaleza!
Unas ramas transforman de un gamo la cabeza,
como cinco de entre ellos, si lleváis
bien la cuenta,
basta añadir un cero para hacerlos... ¡cincuenta!
NATANIEL.-¡Oh qué talento peregrino!
DULL.-Si el talento es una garra, ved cómo agarra
él como con una garra el suyo.
HOLOFERNES.-Es un don que poseo, nada más,
nada más. Tengo un espíritu fantástico y extrava-
gante, lleno de imágenes, de figuras, de formas, de
objetos, de ideas, de concepciones, de movimientos,
de revoluciones. Todo ello concebido en el ventrí-
culo de la memoria, nutrido en el seno de pia mater, y
que viene a nacer cuando la ocasión se ofrece ma-
dura. Este don es precioso cuando es vivo, y en
cuanto a esto no tengo sino dar gracias.
NATANIEL.-Yo, mi señor Holofernes, gracias doy
a Dios por haberos creado, y lo mismo pueden ha-
cer mis feligreses, la que sus hijos están bien educa-
dos, gracias a vos, y sus hijas, gracias a vos, también
hacen grandes progresos; sois, en verdad, un buen
ciudadano de la comunidad.
72HOLOFERNES.-¡ Mehercle!, si sus hijos son inteli-
gentes, no será la instrucción la que les falte; de te-
ner sus hijas alguna capacidad, ciertamente no
quedará sin empleo. Pero vir sapit qui pauca loquitur.
He aquí, un alma femenina que nos saluda. (Entran
Santiaguita y Costard.)
SANTIAGUITA.-Dios os dé un buen día, señor
cura.
HOLOFERNES.-¡Señor cura!, ¡quesi una cura!
¿Quién, pues de nosotros, tiene necesidad de so-
meterse a cura?
COSTARD.-¡Pardiez!, señor maestro de escuela, el
que más se parezca a un barril.
HOLOFERNES.-¡Justo, puesto que curar equivale
a limpiar y es preciso que un barril lo esté! He aquí
un pensamiento deslumbrador para un terrón de
tierra, una linda chispa para una piedra, una hermo-
sa perla para un puerco; encantador, excelente.
SANTIAGUITA.-(Entregándole una carta.) Mi buen
señor cura, tened, la bondad de leerme esta carta.
Me la envía don Armando, y Costard me la ha dado
de su parte. Por favor, leédmela.
HOLOFERNES.-“Fauste, precor, gelida quanlo pecus
omne sub umbra ruminat” etc. ¡Ah!, ¡excelente mantua-
73no, yo puedo decir de ti lo que los viajeros dicen de
Venecia:
“Venetia, Venetia,
Chi non ti vede, non ti pretia”
¡Viejo mantuano!, ¡viejo mantuano! Quien no te
comprende, no puede amarte. (Canturreando.) ¡Do,
re, sol, la, mi, fa! (Mirando por encima del hombro de mo-
sén Nataniel.) Con vuestro permiso, señor y amigo,
¿cuál es su contenido? O más bien, como dice Ho-
racio en su obra... ¡Pero, por mi alma!, ¡si son ver-
sos!
NATANIEL.-Sí, caballero. Y en modo alguno mal
compuestos.
HOLOFERNES.-Hacedme oír una estrofa, una es-
tancia, un verso. Lege, domine.
NATANIEL.-(Leyendo.)
Perjuro soy, señora, por amaros.
Mas, ¿qué puede obligar sino hermosura?
A vos sólo leal, grande locura
sería el no rendirse y adoraros.
¿A qué los libros, si para cantaros no ha de servir su
ciencia? ¿A qué pintura?
¿Puede haber otra ciencia más segura
que conoceros? ¿Arte que pintaros?
¡Alma infeliz, si viéndoos no muere!
74Yo, sólo de admiraros, me sé sabio.
¡Ojos de luz!, voz, si se enfada, trueno!
Pero armonía, si acaricia y quiere.
Permitid, ¡oh divina!, a un pobre labio
que cante al cielo (¡tú!), de tierra lleno.
HOLOFERNES.-No marcáis bien los apóstrofes, y
a causa de ello, no se siente bien el ritmo. (Coge la
carta.) Dejadme releer la cancionilla. Sólo la medida
ha sido respetada, pero en lo que afecta a la elegan-
cia, a la facilidad, al ritmo dorado de la poesía, caret.
Ovidius Naso era el gran hombre para esto. ¿Y por
qué, en verdad, era llamado Naso? Pues porque sa-
bía olfatear las odoriferantes flores de la fantasía; los
borbotones de la inspiración. Imitar no es nada:
esto lo hace el perro con su amo, el mono con su
guardián, el caballo, bien adiestrado, con su caballe-
ro. Pero, ¿es a ti, virginal damisela, a quien esto va
dirigido?
SANTIAGUITA.-Sí, mi señor. Y de parte del caba-
llero Berowne, uno de los señores de la princesa ex-
tranjera.
HOLOFERNES.-Echemos una mirada sobre la di-
rección (lee). “A la mano, blanca como la nieve, de la
muy hermosa dama Rosalina” Examinemos aún la
firma de la carta con objeto de conocer la denomi-
75nación de quien escribe a la persona antedicha: “De
Vuestra Gracia, su enteramente rendido servidor
Berowne." Mosén Nataniel, este Berowne es uno de
los compañeros del Rey, y ha redactado esta carta
por una de las damas de la comitiva de la reina ex-
tranjera; carta que, accidentalmente, cuando iba en
vía de progresión hacia su destino, se ha extraviado.
Vuela con paso ligero, monina, y deja este escrito en
la noble mano del Rey; puede ser importante. Y no
te detengas en dar las gracias. Te dispenso de toda
cortesía. ¡Adiós!
SANTIAGUITA.-Querido Costard, ven conmigo.
Dios os guarde, señores.
COSTARD.-Todo tuyo, queridita. (Salen juntos.)
NATANIEL.-Caballero, habéis obrado esta vez
muy devotamente y de acuerdo con el temor de
Dios; y como dice cierto santo padre...
HOLOFERNES.-Mosén, no me habléis de los Pa-
dres. Los colores colorantes me dan miedo. Pero,
volviendo a los versos, ¿os han agradado, mosén
Nataniel?
NATANIEL.-En lo que afecta a la letra, admirables.
HOLOFERNES.-Yo ceno esta noche con el padre
de uno de mis discípulos. Si os place venir antes de
la comida a gratificar la mesa con un benedicite, yo me
76aplicaré, en virtud de los privilegios que gozo con
los padres del dicho niño o alumno mencionado, a
declararos ben venuto. Y entonces os probaré que los
tales versos son poco sabios y que carecen de todo
sabor poético, de espíritu y de invención. Imploro,
pues, vuestra compañía.
NATANIEL.-Acepto con mucho gusto, y os doy las
gracias. Pues, como dicen los libros santos, la socie-
dad hace la felicidad de la vida.
HOLOFERNES.-Y no hay duda que los libros
santos emiten con ello una conclusión infalible. (A
Dull.) Amigo, os invito también. No me digáis que
no: pauca verba. Partamos. Los gentileshombres están
de caza; vayamos nosotros también a lo que nos
agrada. (Salen.)
77ESCENA III
En el parque
(Entra BEROWNE con un papel en la mano)
BEROWNE.-El Rey caza el ciervo; yo me cazo a mí
mismo. Los cazadores tienden un lazo al animal; yo,
me enligo en mi propio lazo. ¿Enligado? ¡No!, ¡su-
cia palabra!. ¡Ten calma, dolor! Un bobo ha dicho
esto, yo lo digo también, luego yo soy un bobo.
¡Bien razonado, espíritu mío! ¡Pardiez!, este amor es
tan insensato como el furor de Aiax; mata carnero,
Y como yo soy un carnero, me mata. He aquí aún un
buen razonamiento, a fe mía. No, yo no quiero
amar; ahorcado sea si amo, Seguro que no quiero
enamorarme. ¡Ah, pero sus miradas! Por la luz que
me alumbra, que sin estas miradas, sin sus ojos, no
78la amaría. Bien; no hago sino mentir y desmentirme.
Cierto, cielo, que sí que estoy enamorado. Y ello es
lo que me ha enseñado a rimar y a estar melancóli-
co. He aquí una muestra de rimas y melancolía...
(suspira.) Pero ella tiene ya uno de mis sonetos, el
rústico se lo ha llevado: el bobo lo ha enviado, la
dama lo ha recibido. Amable patán, bobo aún más
amable, dama, ¡infinitamente amable! ¡Por el uni-
verso, que todo me tendría tan sin cuidado como un
alfiler, de estar los otros tres cogidos como yo! Pero
he aquí a uno de ellos que llega con un papel. ¡Dios
le conceda la gracia de gemir! (Berowne se sube a un ár-
bol y al instante entra el Rey.)
EL REY.-(Gimiendo.) ¡ Ay!
BEROWNE.-(A parte.) ¡ Cielos! ¡Está herido! Conti-
núa, Cupido. ¡Le has herido con tu flecha de pájaro,
bajo la tetilla izquierda! ¿Y secretitos también?
EL REY.-(Leyendo.)
A la rosa mojada por el blando rocío
no da un beso tan dulce el sol de la mañana
como el sol de tus ojos, ¡oh sin par soberana!
al fuego que a mi rostro sube del pecho mío.
Ni la luna de plata es tan resplandeciente
cuando del mar las olas ilumina y colora,
79como tu rostro puro, que tanto me enamora.
resplandece en las gotas de mi lágrima ardiente.
Mi llanto, ¡pobre llanto!, de tu hermosura es carro
que te transporta, erguida, sobre mi triste pena;
contempla tan siquiera de mi llanto la vena
y al gozar, con tu gloria triunfarás de mi barro.
Tú, si de amar te libras, podrás eternamente
mirar altiva el fardo que hoy inclina mi frente.
¡Oh reina de las reinas!, tu perfección es tanta
que alabar no podría boca alguna que canta.
¿Cómo hacerla conocer mi pena? Voy a dejar caer
este papel. Hojas amables, prestad vuestra sombra a
mi locura... ¿Quién viene? (Se oculta tras un matorral.
Al punto entra Longaville leyendo un papel; lleva aún un se-
gundo papel en su sombrero y aún otro en su cinturón.) ¡ Lon-
gaville! ¡Y leyendo! ¡Escuchad, oídos!
BEROWNE.-(A parte.) ¡Aún un bobo a tu imagen y
semejanza!
LONGAVILLE.-¡Ay! ¡Perjuro soy!
BEROWNE.-En efecto, llega con un perjuro, con el
cartel por delante.
EL REY.-(Aparte.) Espero que estará también ena-
morado. Si es así ¡dulce camaradería en la misma
vergüenza!
80BEROWNE.-(A parte.) Nada más grato para un bo-
rracho que encontrar a otro borracho.
LONGAVILLE.-¿Seré yo el primer ser de este mo-
do perjuro?
BEROWNE.-(A parte.) Yo podría tranquilizarte, que
conozco otros dos en el mismo caso. Tú completas
el triunvirato; el tricornio de nuestra sociedad; el
triángulo de la horca de amor del que cuelga nuestra
simpleza.
LONGAVILLE.-Temo que estos versos inhábiles
no sean capaces de conmoverla. (Leyendo.) “¡Oh dul-
císima María, emperatriz de mi amor!” No, voy a
romper estas estrofas y a escribirla en prosa. (Rompe
el papel.)
BEROWNE.-(A parte.) Los versos son los flecos de
los calzones de ese atolondrado de Cupido. No
desluzcas sus bragas, hombre.
LONGAVILLE.-(Sacando otro papel de su cinturón.)
Este poema hará lo necesario. (Lee su soneto.)
¿No ha sido de tus ojos la celeste elocuencia,
contra la cual se estrella toda humana razón,
la que ha vuelto perjuro mi pobre corazón?
Luego, si fui traidor, bien merezco clemencia.
A amores terrenales renunció mi conciencia,
81pero no de una diosa a la ardiente pasión;
juré, cierto, apartarme de la humana ocasión,
mas siendo tú una diosa, gano toda indulgencia.
Aire son juramentos y el aire soplo leve.
pero tú, ¡sol radiante!, que sobre mí gravitas,
secaste mi promesa. ¿Quién dudarlo se atreve?
Que nadie, pues, me culpe. Si falto, caiga un velo.
Calle toda censura. Hable sólo el que pruebe
que es error ser perjuro, si por precio está el cielo.
BEROWNE.-¡He aquí de lo que es capaz, por pura
idolatría la vena amorosa! ¡De transformar a una
simple gansilla blanca en una diosa! ¡Dios nos en-
miende! ¡Dios nos enmiende! Estamos, sí, muy lejos
del camino recto.
LONGAVILLE.-¿Mediante quién la enviaría esto?
(Llega Dumaine, con un papel.) ¡Alguien llega! ¡Escapo!
(Se oculta.)
BEROWNE.-Todos jugamos al escondite, ¡viejo
juego de niños! En cuanto a mí, aquí estoy, encara-
mado en el cielo, como un semidiós, escrutando
desde arriba los secretos de los pobres bobos de
abajo. ¡Otro aún que viene a traer su trigo al moli-
no! ¡Oh cielo, has colmado mis votos! ¡Dumaine
82también transformado! ¡Cuatro pavos en la misma
fuente!
DUMAINE.-¡Oh archidivino arcángel! ¡Catalina!
BEROWNE.-¡Oh archiprofano papanatas!
DUMAINE.-¡El cielo es testigo de que jamás ojos
humanos vieron maravilla semejante a ti!
BEROWNE.-¡Testigo es la tierra de cómo mientes,
amiguito!
DUMAINE.-¿Qué es el ámbar, el ámbar mismo
junto a sus cabellos?
BEROWNE.-¡Bah!, se dice que hasta hay cuervos
de color de ámbar.
DUMAINE.-¡Derecha como un cedro!
BEROWNE.-(Siempre aparte.) ¡Quita un poco, hom-
bre, que a lo mejor es un poco cargada de espaldas!
DUMAINE.-¡Hermosa como el día!
BEROWNE.-Sí, como ciertos días en que el sol no
brilla.
DUMAINE.-¡Qué no daría porque mis deseos se
viesen cumplidos!
LONGAVILLE.-(Aparte.) ¡Y yo los míos!
EL REY.-¡Y los míos también, santo Dios!
BEROWNE.-¡Amén, con tal de que a los míos les
ocurra otro tanto! ¿No es esto una buena plegaria?
83DUMAINE.-¡Ay!, quisiera olvidarla; pero es como
una fiebre que reina en mi sangre y que me obliga a
recordarla.
BEROWNE.-¿Una fiebre que reina en tu sangre?
¡Pues entonces una buena sangría, y que corra hasta
llenar una aljofaina! ¡Error delicioso!
DUMAINE.-Voy a releer una vez más lo que he es-
crito.
BEROWNE.-Veamos una vez más cómo el amor
sabe variar de inspiración.
DUMAINE.-(Leyendo sus versos.)
Un día, Amor -¡Oh día infortunado!
era de Mayo el tiempo delicado-;
vio una rosa, de primavera boca,
jugando alegre con la brisa loca.
De su corola, el raso delicioso
Céfiro acariciaba presuroso,
mientras el loco Amor, ardiendo en celo
enviaba sus súplicas, al cielo:
Brisa feliz, que robas su caricia,
¡cómo envidio que gustes tal delicia!
Ella, ¡oh, rosa!, te envuelve y te embelesa,
pues libre, no es esclava de promesa.
¡Promesa dura a un corazón amante,
84joven, rendido Por pasión triunfante!
Y, Pues, víctima es de tal apuro
de perjurar, ¿sería tal perjuro?
Júpiter mismo, por tu amor, ¡oh rosa!,
negaría que Juno fuese hermosa.
Y sólo por poder besar tu mano...
¡Su destino divino, haría humano!
Voy a enviarla estos versos, y aún algo de prosa,
limpia y clara, que la exprese de un modo total el
duro sufrimiento que me causa este amor tan ham-
briento y tan sincero. ¡Ah, si el Rey, Berowne y
Longaville estuviesen enamorados como yo, su fal-
ta, sirviendo de ejemplo a la mía, borraría de mi
frente toda huella de perjurio! Pues nadie cae en
falta donde todos son víctimas de la misma debili-
dad.
LONGAVILLE.-(Avanzando.)Poco caritativo es tu
amar, Dumaine, puesto que buscas compañeros que
compartan tu pena. Sí, sí, puedes palidecer; pero yo
enrojecería más bien de haber sido oído y sorpren-
dido como tú lo eres.
EL REY.-(Mostrándose.) Pues puedes empezar ya a
ponerte como una amapola, porque tu caso y el suyo
son gemelos. Es decir, que amonestándole, redoblas
85tus culpas. Seguro que tú no amas a María, ¿verdad?
¡Oh no! Longaville jamás ha compuesto sonetos en
su honor. Ni apretó jamás los brazos contra su pe-
cho para contener al enamorado corazón. Escondi-
do tras este zarzal, a los dos os he espiado y hasta
he enrojecido por vosotros. He oído, sí, vuestros
versos culpables, he observado vuestros gestos, os
he oído lanzar suspiros, he sido testigo de vuestros
transportes amorosos. ¡Ay, suspirabais uno. Oh Jú-
piter!, lloraba el otro. Uno alababais los cabellos de
oro de la amada; el otro, los ojos de cristal de la su-
ya. (A Longaville.) Tú, dispuesto estabas, por tu bel-
dad celeste a romper votos y promesas. (A Dumaine.)
Tú afirmabas que, por tu bella, Júpiter rompería to-
da clase de juramento. ¿Qué dirá Berowne cuando
sepa el ardor con que habéis denegado de lo pro-
metido con tanto celo? ¡Cómo se burlará de voso-
tros! ¡Qué ingenio va a derrochar en despreciaros!
¡Qué triunfo para él! ¡Qué salios de alegría! ¡Qué
risa de vuestra debilidad! ¡Por cuanto hay en el
mundo no querría yo que supiese otro tanto de mí!
BEROWNE.-Pues a mí, el descender ahora para
flagelar la hipocresía..- (Baja del árbol.) Mi amado se-
ñor y soberano, os ruego me perdonéis. En verdad,
que no carecéis de gracia censurando a estos gusa-
86nillos amorosos, vos... ¡el más enamorado de todos!
¿Acaso las lágrimas no ruedan desde vuestros ojos?
¿No son acaso espejos para que en ellos se contem-
ple cierta princesa? ¿Ser perjuro vos, señor? ¡Oh
no!, ¡sería cosa abominable! En cuanto a versos
empresa es de trovadores, el rimar, no vuestra. Pero,
¿no sentís vergüenza; los tres, en verdad no os da
vergüenza el veros descubiertos de este modo? Tú
visto la paja en el ojo de Dumaine, el Rey la ha visto
con el tuyo, yo, ¡una viga en la pupila de cada uno!
¡De veras que he sido testigo de un lindo espectá-
culo loco ¡Qué de lamentos! ¡Qué de súplicas!
¡ Cuánto suspiro! ¡Con qué heroica paciencia, Dios
es testigo he permanecido oculto contemplando a
todo un rey transformado en mosquito, al poderoso
Hércules haciendo bailar un peón, a Salomón sa-
pientísimo canturreado una jiga; Néstor jugando al
aro con los niños. Y Timón, el Censor, entretenién-
dose con juguetillos! ¿Dónde tienes el mal, mi buen
Dumaine? ¿Y tú el tuyo querido Longaville? ¿Y mi
señor, el soberano? Los tres sufren del pecho... ¡A
ver, pronto, un cordial!
EL REY.-Tu burla es demasiado amarga. ¿De veras
tus ojos nos han traicionado de tal modo?
87BEROWNE.-No sois vosotros los traicionados por
mí, sino yo el traicionado por vosotros. Yo, que
honrado lo prometido, yo, que tenía come pecado el
romper el juramento que me ataba: yo, el defrauda-
do por haberme asociado a hombres tan incapaces
de constancia. ¿Es que me veréis a mí jamás escribir
versos, suspirar por una Maritornes, o perder un
minuto en emperifollarme? ¿Cuándo me oiréis ala-
bar, me entendéis bien, una mano, un pie, un rostro,
unos ojos, esta o aquella manera de andar, el porte,
la garganta, el talle, una pierna o cualquier parte del
cuerpo?
EL REY.-¡Despacio! ¿A qué ese galope? ¿Es un
hombre honrado o un ladrón el que de tal modo
corre?
BEROWNE.-Si de tal modo corro es por escapar al
amor. Bello enamorado, dejadme partir. (Entran San-
tiaguita y Costard. Santiaguita trae uña carta en la mano.)
SANTIAGUITA.- ¡Dios bendiga al Rey!
EL REY.-¿Qué noticias traes ahí?
COSTARD.-Seguramente una traición.
EL REY.-¿Qué viene a hacer aquí la traición ahora?
COSTARD.-Como hacer, nada viene a hacer, señor.
EL REY.-Si nada tiene que hacer o deshacer aquí, ni
vosotros tampoco, podéis iros en paz.
88SANTIAGUITA.-Yo suplico a Vuestra Gracia que
haga leer esta carta, (Se la ofrece.) Nuestro cura la ha
encontrado sospechosa. Es él quien ha dicho que
era una traición.
EL REY.-Berowne, léelo. (Berowne la coge.) ¿A ti
quién te la ha dado?
SANTIAGUITA.-Costard.
EL REY.-¿Y a ti?
COSTARD.-Don Adriano, don Adriano. (Berowne
rompe la carta.)
EL REY.-¿Qué haces? ¿Por qué la rompes?
BEROWNE.-¡Bah!, señor! es una tontería. Una pu-
ra tontería. Que Vuestra Gracia no se inquiete por
ello.
LONGAVILLE.-Esa carta, señor, la ha emociona-
do profundamente Debemos, pues, saber lo que di-
ce..
DUMAINE.-(Recogiendo los trocitos de papel.) ¡La letra
es de Berowne ¡Y aquí está su nombre!
BEROWNE.-(A Costard.) ¡Hijo de zorra!, ¡mula de
collera!, ¡has nacido para avergonzarme! (Al Rey.)
Soy culpable, señor, .culpable; lo confieso.
EL REY.-¿Y qué confiesas?
BEROWNE.-Que a los tres locos que sois, señor,
faltaba el cuarto para hacer tute. Este, ése y vos, se-
89ñor, más yo, somos salteadores de amor y merece-
mos la muerte. Despachad al auditorio y aún diré
más cosas.
DUMAINE.-Henos, pues, ya, en número par.
BEROWNE.-Sí, sí, cuatro somos. Pero esos tórto-
los, ¿se van o no?
EL REY.-(Santiaguita y a Costard.) Vosotros, fuera de
aquí. ¡Largo!
COSTARD.-Vámonos, los honrados y dejemos
solos a los perjuros. (Salen enlazados como dos enamora-
dos.)
BEROWNE.-Queridos señores, tiernos amantes,
¡abracémonos! Lo mismo que el mar tiene su flujo y
reflujo, que el cielo muestra su faz, así nuestra carne
y nuestra sangre habla en nosotros. Sangre joven no
obedece a viejo decreto. Imposible nos es cambiar
nuestro modo de ser. He aquí por qué forzosamente
teníamos que ser perjuros.
EL REY.-¡Hola! Esta carta, entonces, revelaba que
tú también estás enamorado, ¿no?
BEROWNE.-¿Enamorado decís? ¿Pero quién po-
dría ver a la celeste Rosalina sin quedar deslumbra-
do, como el indio rudo y salvaje cuando despierta la
luz espléndida por Oriente? ¿Quién no doblaría la
cabeza, cual rendido vasallo, y cegado, no inclinaría
90el corazón, sumiso, hacia la tierra vil? ¿Quién ten-
dría una mirada de águila tan arrogante como para
atreverse a contemplar el cielo cara a cara sin quedar
anonadado ante su majestad?
EL REY.-¿Qué celo, qué furia te inspira ahora? Mi
bienamada, señora de la tuya, es la luna en toda su
hermosura. La tuya, pues, un pálido satélite, apenas
visible.
BEROWNE.-¿Es que mis ojos entonces ya no son
ojos, ni yo Berowne? ¡Oh no, sin mi amor, noche
sería el día!
Los más hermosos tonos, los más puros colores,
en su suaves mejillas, rivalizan dichosos,
vueltos, gracias a ella, ¡aún mucho más hermosos!
y tornándolas lazos, prisión de mis amores.
Los más ávidos pechos de cariño y dulzores
serían a su lado, más que nunca dichosos.
Lleguen del bien decir mil bardos presurosos
a proclamar sus gracias, ¡envidia de las flores!
Pero no, escapen, ¡huyan!, las retóricas vanas.
Llega, tú, ¡oh verdad pura!, a confesar sincera
que un ermitaño al verla lloraría sus canas.
Que ella, ¡juventud viva!, bastaría, certera,
a hacer joven al viejo, nuevo lo que se arrumba,
91¡a sacar fresco y sano a un muerto de su tumba!
EL REY.-Pero, ¡el cielo me valga!, si tu bienamada
es negra como el ébano.
BEROWNE.-¿El ébano es como ella? ¡Madera di-
vina entonces! ¿Qué felicidad comparable a una es-
posa de esta madera? ¡Que yo sepa quien puede
aquí recibir un juramento! ¿Dónde está el libro
santo para que yo pueda jurar por él que carece de
hermosura la hermosura, si no toma luz de los ojos
de Rosalina? Así como que no hay rostro bello de
no estar tan ricamente adornado de negro como el
suyo.
EL REY.-¡Extraña paradoja!, lo negro, emblema es
del infierno, color de los calabozos, caperuza de la
noche. La cimera de la hermosura, con su claridad,
adorna el cielo.
BEROWNE.-Como mejor y más pronto seduce el
diablo es disfrazándose de espíritu de luz. Si la
frente de mi bella se adorna con trenzas negras, es
por llevar duelo a causa de esos rostros pintados, y
de esos cabellos engañadores, que encantan a los
enamorados con sus artificios. Ella ha nacido para
hacer centellear lo negro. Su tinte está cambiando la
moda del día. Como artificial se empieza ya a consi-
92derar el rojo sangre de la naturaleza, y las mejillas
sonrosadas, temerosas de no agradar, pronto se
pintarán de negro para imitar su tono moreno.
DUMAINE.-Por supuesto; por imitarla, negros son
ya los deshollinadores.
LONGAVILLE.-Y desde que ella está en el mundo,
los carboneros pasan por mozos guapos.
EL REY.-Como los etiópicos se alaban de su her-
moso color.
DUMAINE.-¿Para qué las candelas, puesto que las
tinieblas son luz?
BEROWNE.-En todo caso, vuestras amadas no se
atreven a salir cuando llueve, temerosas de que sus
colores se disuelvan.
EL REY.-Bien haría, en cambio, la tuya, aguantando
el aguacero. Porque, hablando con franqueza, fácil
sería encontrar una cara más clara que la suya en
cualquiera de las que no se han lavado nunca.
BEROWNE.-Yo probaría que es la claridad misma,
aunque para ello tuviese que estar perorando hasta
el día del Juicio Final.
EL REY.-Este día no habrá diablo que te asuste
tanto como ella.
DUMAINE.-Yo no vi jamás a hombre alguno con-
ceder tanto precio a tan mala mercancía.
93LONGAVILLE.-(Quitándose un zapato) Toma, aquí
tienes a tu bella; mira mi zapato y verás su cara.
BEROWNE.-Habrían de estar las calles empedra-
das con tus ojos, y aún sus pies serían demasiado
delicados para dejar en ellos su huella.
DUMAINE.-¡Quita allá! De pasearse así, la calle ve-
ría lo situado más arriba, como si ella estuviese en el
aire.
EL REY.-¿A qué disputar?, ¿no estamos todos
enamorados?
BEROWNE.-Nada más cierto. Y a causa de ello,
perjuros.
EL REY.-Cese, pues, esta vana charla, y tú mi que-
rido Berowne, aplícate a probar que nuestro amor es
el legítimo y que no hemos violado nuestro jura-
mentos.
DUMAINE.-Eso, eso, ¡diantre!, es lo que hace falta.
Apresúrate a excusar nuestra falta.
LONGAVILLE.-Sí, un argumento que nos autorice
a continuar; un artificio, un subterfugio que nos en-
señe cómo engañar al diablo.
BEROWNE.-¡Oh!, más razones tenemos de las que
necesitamos.
¡Atención, pues, combatientes, por amor! Conside-
rad, ante todo, los juramentos que habéis prestado:
94ayunar, estudiar no ver ninguna mujer. Es decir,
traición, pura y simple, contra los derechos sobe-
ranos de la juventud. Porque, decidme, ¿podríais
ayunar? Vuestros estómagos son demasiado jóvenes
y la abstinencia engendra enfermedades. También,
señores; habéis jurado estudiar, sin daros cuenta que
al hacerlo, cada uno renegabais del más sagrado de
vuestros libros. Pues, ¿podríais sin cesar meditar,
reflexionar y examinar? Además, ¿cómo vos, señor,
y tú, y tú lo mismo, hubierais podido hallar lo que
constituye la base del estudio sin la ayuda de la her-
mosura de un rostro de mujer? De los ojos precisa-
mente de las mujeres saco yo la doctrina siguiente:
que ellas son el fundamento de todo saber, los li-
bros, las academias de donde brota la verdadera
llama de Prometeo. Sí, el estudio, llevado al exceso,
ahoga en las arterias los ágiles espíritus, del mismo
modo que el movimiento y la acción prolongados,
agotan la energía nerviosa de un viajero. Así como
que, prometiendo no mirar un rostro de mujer, re-
negabais del uso de vuestros ojos, y al mismo tiem-
po, la promesa de estudiar, base y principio de
vuestro juramento. Porque, decidme, ¿qué autor en
el mundo sería capaz de enseñarnos tanto sobre la
belleza como los ojos de una mujer? La ciencia, en
95realidad, no es para nosotros sino un accesorio, y
allí donde estamos, ella con nosotros está. Luego,
cuando nos miramos en los ojos de una mujer, ¿es
que no vemos nuestra ciencia al mismo tiempo que
nuestra imagen? Claro, que diréis que hemos jurado
estudiar; pero, señores míos, al prestar juramento,
¿no renegábamos, en realidad, de nuestros libros?
Porque vos, señor, y tú, y lo mismo tú, ¿cómo ha-
bríais podido encontrar en la fría meditación caden-
cias tan ardientes como esas con las que os han
enriquecido los inspiradores ojos de las que os han
enseñado, como verdaderas maestras que son en la
ciencia de la belleza? Las otras ciencias, más inertes,
permanecen confinadas en el cerebro, y no en-
contrando a causa de ello sino adeptos estériles,
apenas consiguen mostrar el fruto de un pesado tra-
bajo. Mientras que el amor, aprendido, ante todo, en
los ojos de una mujer, no permanece solitario y
claustrado en el cerebro, sino que, poniendo en
agitación a todos los elementos, corre rápido como
el pensamiento a través, sin dejar una, de las poten-
cias de nuestro ser; y doblándolas y mag-
nificándolas, las hace muy superiores y las eleva por
sobre su misión y se oficio. Sin contar que añade a
los ojos una vista preciosa. Los ojos de un enamo-
96rado cegarían a un águila con su brillo; los oídos de
un amante capaces son de advertir el más pequeño
ruido, allí donde la oreja alerta de un ladrón no oye
nada. El tacto del amor es más sensible, más delica-
do que los tiernos cuernos de un caracol. Tan refi-
nado es el gusto del amor, que, junto a él, el goloso
Baco es grosero. En cuanto a su valor, ¿no es el
amor siempre un Hércules, dispuesto a trepar al ár-
bol de las Hespérides? Sutil como la Esfinge, suave
y melodioso como el laúd del brillante Apolo, cuyas
cuerdas fuesen sus propios cabellos. Y cuando ha-
bla el amor, las voces de todos los dioses embriagan
el cielo con su armonía. Jamás poeta alguno osó
tomar la pluma sin que su tinta estuviese impregna-
da con los suspiros del amor. Pero entonces sus
versos encantaban los oídos más groseros y lleva-
ban al corazón de los tiranos la dulzura de la mo-
destia. En cuanto a los ojos de las mujeres, de ellos
saco la siguiente doctrina: que arden siempre con la
verdadera llama de Prometeo; que son los libros, las
artes, las academias que enseñan, contienen y nutren
a todo el universo, y que sin ellos, nadie puede so-
bresalir en algo. Locos estabais pues, renegando,
como lo hicisteis, de las mujeres; y de mantener
vuestro juramento, locos seguiríais aún. En nombre,
97pues, de la sabiduría, tan apreciada de los hombres;
en nombre del amor, honor de los mortales; en
nombre de los hombres, autores de las mujeres, y en
nombre de las mujeres, que procrean a los hombres,
reneguemos para siempre de nuestros juramentos,
con objeto de volver a ser nosotros mismos; de no
hacerlo y de mantener nuestra promesa, nos perde-
ríamos para siempre, Perjurar de este modo es reli-
gión pura. La caridad, que ello representa, es la ley
suprema, y, ¿quién podría separar la caridad del
amor?
EL REY.-Invoquemos, pues, a San Cupido, y voso-
tros, soldados. ¡adelante!
BEROWNE.-Desplegad vuestros estandartes, seño-
res, ¡y al enemigo! Entablemos combate, ¡y al suelo
con ellas! Pero tened cuidado al cargar, de que el sol
no os dé en plenos ojos.
LONGAVILLE.-Vengamos a lo que interesa de-
jándonos de metáforas. ¿Estamos resueltos a corte-
jar a esas hijas de Francia?
EL REY.-E incluso a conquistarlas. Pensemos,
pues, qué fiestas y diversiones daremos en sus pro-
pias tiendas.
BEROWNE.-Por lo pronto, vayamos al parque,
traigámoslas aquí, y de camino, coja cada uno la
98mano de su amada. Después de comer nos diverti-
remos con entretenimientos improvisados. Porque
diversiones, bailes, mascaradas, en una palabra, las
horas alegres deben preceder al grato amor, sem-
brando su camino de flores.
EL REY.-En marcha entonces. No perdamos un
minuto que podamos aprovechar.
BEROWNE.-Vamos, vamos, sí. Semilla de cizaña
no permite cosechar trigo. La justicia retribuye
nuestros actos según su mérito. Jóvenes ligeras pue-
den estar reservadas, como castigo, a los perjuros,
De ocurrirnos así, no habríamos recibido como pa-
go sino lo que merecemos (Salen.)
99ACTO V
ESCENA PRIMERA
(Entran HOLOFERNES, mosén NATANIEL y
DULL)
HOLOFERNES.-Satis quod sufficit.
NATANIEL.-Doy gracias a Dios por haberos traí-
do al mundo, caballero. Vuestros dichos, en la mesa,
han sido agudos y sentenciosos; agradables, sin in-
decencia, espirituales, sin afectación; atrevidos, sin
imprudencia; eruditos, sin pedantería; originales, sin
herejía... He conversado en este quondam día con un
compañero del Rey, que se intitula, se denomina o
se llama, don Adriano de Armando.
100HOLOFERNES.-Novi homineni tanquam te. Es un
hombre de humor orgulloso, de verbo perentorio,
lengua acerada, mirada arrogante, ademán impo-
nente; aspecto, en general vanidoso, ridículo, pre-
tencioso. Emperifollado en exceso, rozagante en
demasía, afectado hasta la exageración, demasiado
original, en cierto modo; añadiría, con gusto, exóti-
co en exceso.
NATANIEL.-He aquí un epíteto singular y bien es-
cogido. (Saca un cuaderno de notas.)
HOLOFERNES.-La hebra de su verbosidad es más
finamente alargada que la trama de sus razona-
mientos. Yo aborrezco a estos fanáticos del refina-
miento, a estos compañeros con los que no hay me-
dio de entenderse por estar siempre sacando punta
a las cosas. A estos verdugos de la ortografía, que
pronuncian "constipado" en vez de "costipado" o
"transladar" en vez de "trasladar". ¡Abominable! Tal
modo de obrar me insinúa la insania: Anne intelligis,
domine? Es como para volverse frenético, lunático.
NATANIEL.-Laus Deo, bone intelligo.
HOLOFERNES.-¿Bone?, ¡bueno por bien! Priscia-
no sale un poco arañado. Pero, ¡bah!, no tiene im-
portancia. (Entran Moth, Armando y Costard.)
NATANIEL-Videsme quis venit?
101HOLOFERNES.-Video, et gaudeo.
ARMANDO.- (A Moth.) ¡Tritón!
HOLOFERNES.-¿Quare tritón y no bribón?
ARMANDO-Gentes de paz, feliz de encontraros.
HOLOFERNES.-Militarísimo señor, nuestros salu-
dos. (Se saludan ceremoniosamente. Holofernes guarda su
sombrero en la mano.)
MOTH.-(Aparte a Costard.) Han ido a un festín de
lenguas y han recogido las migas.
COSTARD.-(A Moth.) ¡Bah!, hace tiempo que viven
de las palabras que se echan al cesto. Lo que me ex-
traña es que tu amo, tomándote por una palabra, no
te haya tragado ya, pues eres menos largo de una
cabeza que un honorificabilitudinitatibus. De modo que
podría tragarte con más facilidad que a un terrón de
azúcar mojado en aguardiente.
MOTH.- ¡Silencio, que empieza el fuego!
ARMANDO.-(A Holofernes.) Caballero, ¿no sois le-
trado?
MOTH.-Por supuesto; enseña a los niños el alfa-
beto de cuerno. ¿Qué hacen la be y la e, ésta con un
cuernecillo encima?
HOLOFERNES.-iBê, pueritia! con acento circun-
flejo.
102MOTH.-¡Bah!, un acento circunflejo son dos cuer-
nos. ¡Topa, carnero!
HOLOFERNES.-Quis, quis, ¿Con qué letra rimas?
MOTH.-Con la última de las cinco vocales si vos las
repetís, o con la quinta si lo hago yo.
MOTH.-¡U!, ¡el carnero eres tú!
ARMANDO.-¡Por las olas saladas del Mediterrá-
neo, qué botonazo más certero!, ¡lindo envite espi-
ritual! Pin, paun y ¡pan!, ¡derecho al corazón! Esto
regocija mi intelecto. ¡He aquí un magnífico dardo
certero!
MOTH.-Lanzado por un niño a un viejo chocho.
HOLOFERNES.-¿Cuál es la figura retórica?, ¿cuál
es la figura retórica?
MOTH.-¡Dos cuernos!
HOLOFERNES.-Razonas como un niño. Anda,
vete a jugar al peón.
MOTH.-Prestadme vuestros cuernos para hacerme
uno y haré bailar con gusto vuestra tontería circum
circa. ¡Qué magníficos zuecos se harían con los
cuernos de un cornudo!
COSTARD.-Habría de no tener sino un penique y
te lo daría para que comprases pan de higos ... (busca
en su bolsillo.) Toma, aquí tienes, precisamente la re-
muneración que he recibido de tu amo. Para ti, bol-
103sita llena de ingenio, huevo de paloma lleno de agu-
deza. Si el cielo hubiese querido que fueras siquiera
mi bastardo, ¡qué feliz papaíto hubieras hecho de
mí! Anda, monín, que tienes espíritu ad unculem,
hasta en las uñas, como suele decirse.
HOLOFERNES.-¡Ah!, olfateo un mal latín: unculen
por unguem.
ARMANDO.-(A Holofernes.) Doctor en artes, pream-
bulate. Distingámonos de los bárbaros. ¿No sois vos
quien educáis a la juventud en la escuela gratuita que
hay en la cima de la montaña?
HOLOFERNES.-¿Queréis decir, sin duda, de la
mons, de la colina?
ARMANDO.-De la montaña, con vuestra graciosa
complacencia.
HOLOFERNES.-Pues bien, sí, yo, no hay duda.
ARMANDO.-Entonces, caballero, sabed que el in-
finitamente gracioso placer y deseo del Rey es con-
gratular a la Princesa, en su pabellón, allá en la parte
posterior del día, que la grosera multitud llama tar-
de.
HOLOFERNES-La parte posterior del día, nobilí-
simo señor, es una expresión adecuada, congruente
y conmensurada para decir tarde. Es una apelación
104bien vista, bien escogida, graciosa y enteramente
apropiada, os lo aseguro, noble señor, asegúroslo.
ARMANDO.-Y yo a mi vez os aseguro, mi señor y
amigo, que el Rey, mi íntimo, es un cumplido hidal-
go. Pero dejemos a un lado esto de la gran intimidad
que nos une. “Nada de ceremonias entre nosotros,
te lo ruego, cúbrete, te lo suplico” (Holofernes, agradeci-
do se inclina y se cubre), he aquí lo que suele decirme en
medio de las más absorbentes conversaciones, de
los propósitos más serios y de las cosas de mayor
consecuencia-. Pero no hablemos, más de esto. Pre-
ciso es también que os diga que place, con frecuen-
cia, a Su Majestad- ¡qué le hemos de hacer!, así es-,
apoyarse sobre mi pobre hombro, y con su dedo
real, acariciar y distraerse con mi excrecencia pilosa:
queda citado mi bigote. Pero dejemos también esto
aparte, mi muy entrañable amigo. Y, ¡por el triple
diantre!, que no es una fábula esto que os cuento.
Ha placido a Su Majestad, así es, conferir ciertos
honores especiales a Armando, soldado y viajero
que ha recorrido el mundo. Pero pasemos también.
Y lo mejor de todo ello -pero secreto total. ¿eh?, ca-
rísimo amigo-, es que el Rey quisiera que ofreciese a
la Princesa (¡paloma dulcísima!), algún espectáculo
divertido; pantomima, mascarada, baile o fuegos ar-
105tificiales. . . Ahora bien, habiendo sabido que el cura
y vuestra encantadora persona sois insuperables en
este género de erupciones, en estas súbitas explo-
siones de alegría, si así puedo decirlo, he venido a
daros cuenta de ello, con objeto de implorar vuestro
concurso.
HOLOFERNES.-Mi señor, representaréis delante
de la Princesa Los Nueve Valientes (Nataniel se junta a
ellos a una seña de su amigo.) Mosén Nataniel, trátase de
un pasatiempo, de una exhibición que hay que cele-
brar ante la Princesa, cuando la parte posterior del
día, por orden del Rey, y tras su demanda a este ga-
lantísimo, ilustre y sabio gentilhombre. Y yo digo,
que no hay otro tan adecuado y conveniente como
Los Nueve Valientes.
NATANIEL.-Pero, ¿dónde encontraréis hombres
de valor y mérito suficiente como para represen-
tarle?
HOLOFERNES.-Vos mismo haréis de Josué. Yo...,
y este galante gentilhombre, Judas Macabeo. Ese
patán, a causa de sus piernas enormes, representará
el papel del gran Pompeyo. Y el paje será Hércules.
ARMANDO.-Perdón, caballero, cometéis error. No
tiene ni el volumen para representar el pulgar de
106Hércules. Todo él no llega a ser ni como el extremo
de su maza.
HOLOFERNES.-¿Queréis dignaros escucharme?
Hará el papel de Hércules en su infancia. Cuanto
tendrá que hacer será estrangular a la serpiente. Yo
compondré un apólogo explicando la cosa.
MOTH.-¡Excelente idea! Así, si algún espectador
me silba, podréis gritar: ¡Bravo, Hércules! ¡Ahora,
ahora es cuando ahogas a la serpiente! He aquí la
manera de volver graciosa una estupidez; claro que
pocos saben hacerlo.
ARMANDO.-¿Y los demás valientes?
HOLOFERNES.-Yo mismo haré el papel de tres.
MOTH.-¡Oh valiente tres veces valeroso!
ARMANDO.-¿Os diría yo algo?
HOLOFERNES.-Escuchamos.
ARMANDO.-Caso de que esto no resultase, echa-
ríamos mano de una pantomima. (Le coge por el brazo
y dice a los otros:) Seguidme, os lo ruego.
HOLOFERNES.-Via, marchemos. Pero, excelente
Dull, tú no has dicho aún en todo este tiempo ni
una sola palabra.
DULL.-Es que, mi señor, tampoco he entendido ni
una sola palabra de cuanto habéis dicho.
107HOLOFERNES.-Entonces te emplearemos a ti
también.
DULL.-Yo puedo figurar en un baile o en cosa se-
mejante. Puedo también tocar el tambor para los
valientes y hacerles bailar algo movido.
HOLOFERNES.-¡Bravo, Dull!, ¡Honradísimo
Dull! Pronto, vayamos a ocuparnos de nuestro es-
pectáculo. (Salen.)
108ESCENA II
En el parque ante el pabellón de la princesa
(La PRINCESA, ROSALINA, CATALINA y
MARIA, salen del pabellón)
LA PRINCESA.-Corazones míos, antes de marchar
seremos ricas si los regalos continúan lloviendo. Yo
voy a ser una dama almenada de diamantes. Y ved
lo que he recibido de mi real enamorado.
ROSALINA.-Y con ello, ¿no había algo más, Seño-
ra?
LA PRINCESA.-¿Algo más? ¡Ya lo creo! Tanto
amor rimado como puede contener una hoja de pa-
pel escrita por los dos lados, márgenes y todo. Más
un sello con el nombre de Cupido.
109ROSALINA.-Medio el mejor para dar importancia
al pequeño dios, que desde hace cinco mil años era
tratado como un niño.
CATALINA.-Y como niño perverso digno de ser
ahorcado.
ROSALINA.-Tú y él no seréis nunca buenos ami-
gos, puesto que ha matado a tu hermana.
CATALINA.-La. volvió melancólica, triste, tacitur-
na... y la pobre murió. Si hubiese sido como tú, lige-
ra, de genio alegre, cambiante y loca, hubiera podido
llegar a abuela antes de morir. Que es lo que a ti te
sucederá; corazón ligero, vida larga.
ROSALINA.-¿Qué sentido tenebroso, ratoncito
querido, das a la palabra ligero?
CATALINA.-Quiero decir, simplemente, que no
obstante tu tinte sombrío tu humor es claro.
ROSALINA.-Necesitamos más luz para saber lo
que quieres decir.
CATALINA.-¿Es que quieres que te tenga la vela?
Prefiero dejar mi pensamiento en la sombra.
ROSALINA.-Cierto que cuanto haces lo haces
siempre en la oscuridad.
CATALINA.-No como tú, en todo caso, que siem-
pre se te ve obrar con diáfana ligereza.
110ROSALINA.-Por supuesto, no siendo, tan pesada
como tú, ligera es forzoso que te parezca.
CATALINA.-No hay duda que menos pesada que
yo; como que en ti no hay nada de peso.
ROSALINA.-Bueno. Cuando quiera pesar más ya
me prestarás un poco de tu sobrada tontería.
PRINCESA.-¡Bien lanzada la pelota, por una y otra
parte! Torneo de agudezas bien llevado. Pero dime,
Rosalina, ¿no tienes tú también un regalo? ¿Quién
te lo ha enviado y qué es?
ROSALINA.-Vais a saberlo. De haber sido mi cara
tan hermosa como la vuestra, no por ello hubiera
sido mejor tratada. He aquí la prueba. (Muestra su re-
galo.) Y ni que decir tiene, que también he recibido
versos, por los que doy las gracias a Berowne. La
medida es perfecta, justa. De serlo tanto las alaban-
zas que en ellos me dirige, sería yo la diosa más be-
lla de la tierra. Soy igualada en ellos a veinte mil
mujeres hermosas, ¡Oh!, ¡me hace un verdadero re-
trato!
PRINCESA.-Pero, ¿tiene parecido?
ROSALINA.-En las palabras, sí; en las alabanzas,
no.
PRINCESA.-Si te dice que eres hermosa como la
tinta, nada más justo.
111CATALINA.-Hermosa como esa C mayúscula im-
presa en negro al principio de la palabra cuaderno.
ROSALINA.-¡Bah!, no te preocupes de los colores.
Pero devolviéndote la galantería, te diré que en ti
nada de letras negras, mi reja dominical, mi letrita de
oro. ¡Lástima que tengas la cara tan impresa por las
oes enormes de los lindos granitos que la llenan!
CATALINA-¡Que la viruela te devuelva la broma!
PRINCESA.-¡Embrujadas sean las brujas! Pero va-
mos, a ver, ¿qué te ha enviado a ti el hermoso Du-
maine?
CATALINA.-Este guante, Señora.
PRINCESA.-¿No te ha, enviado el otro?
CATALINA.-Por supuesto, Señora. Y con ellos un
millar de versos como pudiera escribirlos un amante
fiel; interminable compilación de hipócritas falseda-
des y de tonto candor afectado.
MARÍA.-Yo he recibido esta carta y este collar de
perlas de Longaville. En cuanto a la carta, media
milla más tiene, por lo menos, de lo que debería te-
ner.
PRINCESA.-Pienso como tú. ¿Verdad que hubieses
deseado con todo tu corazón que el collar fuese más
largo y la carta más corta?
112MARIA.-Sí; aunque tuviese que tener las manos
juntas siempre.
PRINCESA.-¡Qué muchachas tan avisadas somos,
burlándonos de este modo de nuestros enamorados!
ROSALINA.-En cuanto a ellos, ¡tontos son com-
prando a tan elevado precio nuestras burlas! Por su-
puesto, a Berowne le torturaré bien antes de partir.
De estar segura que le tenía en mis redes, ¡cómo le
haría que me mimase, que suplicase, que mendigase!
Que esperase el momento oportuno, que contase los
minutos, que se gastase en rimas inútiles rebosantes
de sutilezas. ¡Cómo le pondría, en fin, al servicio de
mis fantasías!, ¡cómo le haría sentirse orgulloso de
inclinarse ante mis desdenes y de soportar mis bur-
las! Me gustaría, sí, dominarle de tal modo que no
fuese en mis manos sino un juguete y yo para él ¡su
destino!
PRINCESA.-Nadie, son mejor cogidos, una vez co-
gidos, que los que se creen espirituales y sabios,
cuando han sido enloquecidos. La locura que brota
entre la sabiduría, tiene toda la autoridad de ésta,
todos los recursos de la instrucción e incluso la gra-
cia de lo espiritual, para embellecer con todo ello su
desvarío sabio.
113ROSALINA.-La sangre de la juventud arde con
menos fuerza que la gravedad, cuando ésta se de-
sencadena extravagante y se echa a retozar.
MARIA.-La locura de los verdaderos locos es me-
nos estrepitosa que la tontería de los sabios cuando
su espíritu sobrepuja la medida. Porque entonces,
este espíritu se esfuerza por todos los medios en
demostrar que es capaz de las mayores necedades.
(Entra Boyet.)
PRINCESA.-Aquí llega Boyet. Leo la alegría en su
cara.
BOYET.-¡Me ahoga la risa! ¿Dónde está Su Gracia?
PRINCESA.-¿Qué noticias traes, Boyet?
BOYET.-¡Preparaos, Señora, preparaos! En cuanto
a vosotras, hijas mías, ¡listas para el combate! Ha
sido organizada una expedición contra vuestra tran-
quilidad. Amor se acerca disfrazado y enalbardado
de argumentos. ¡Ojo con dejarse sorprender! Haced
llamada a todo vuestro ingenio, teneos sobre la de-
fensiva; o bien, volved la cara, como los cobardes, y
escapad de aquí.
PRINCESA.-¡San Dionisio contra San Cupido!
¡Quiénes son los que vienen contra nosotras dis-
puestos a asaltarnos con sus palabras? Habla, gasta-
dor. Habla.
114BOYET.-Disponíame a cerrar los ojos durante me-
dia hora a la fresca sombra de un sicomoro, cuando
de pronto y en el preciso momento para frustrar el
descanso que proyectaba, veo venir al Rey y a sus
compañeros. Desliceme entonces sigilosamente en
una espesura próxima, y oí lo que vais a escuchar, es
decir, que dentro de poco llegarán aquí disfrazados.
Su heraldo será un gracioso mozalbete, paje avisa-
do, al que han hecho aprender de memoria el men-
saje de que debe ser portador. Gestos, palabras,
todo se lo han enseñado: “He aquí cómo hablarás”,
“he aquí cómo te presentarás”. A veces les inquieta-
ba el recelo de que vuestra majestuosa presencia le
hiciera hacerse un taco. El Rey le decía: “Te en-
contrarás ante un ángel; pero no te acobardes y ha-
bla sin miedo.” -“Un ángel no es malo -respondía el
paje-, tendría miedo si en vez de un ángel fuese un
diablo.” Oyendo esto, todo fueron carcajadas y gol-
pearle amistosamente la espalda, escuchando los
elogios, al ya avispado muchacho. Uno se frotaba el
codo, de esta manera, desternillándose, y jurando
que jamás había oído respuesta más oportuna. Otro
hacía castañear su índice contra el pulgar, excla-
mando: “¡Magnífico!, haremos la que nos propon-
gamos, ocurra lo que ocurra.” El tercero, saltando
115como un corzo, gritaba: “¡De primera!”. El cuarto,
al tratar de hacer una pirueta sobre la punta de los
pies, rodó por el suelo. ¡Y al suelo fueron todos, tan
llenos de risa, que las lágrimas, mensajeras solemnes
del dolor, acabaron por llenar sus ojos, calmando
con ello su ridícula alegría!
PRINCESA.-Pero veamos, ¿es que van a venir a ha-
cernos una visita?
BOYET.-Por supuesto, que vienen. Y disfrazados,
si no me equivoco, de moscovitas o de rusos. Y su
intención es charlar, galantear y bailar. Cada uno,
además, hará su declaración de amor a su escogida;
a la que reconocerá, decían, por los regalos que la
han hecho.
PRINCESA.-¿De veras? ¡Pues vamos a poner a
prueba a esos galanteadores! ¿Me oís? Es preciso
que también nos enmascaremos nosotras y que nin-
guno de ellos, aunque se deshaga en ruegos, obtenga
la gracia de vernos la cara. Toma, Rosalina, tú lleva-
rás esta joya, con lo que el Rey te hará la corte cre-
yéndose tu bienamada. Tómala y dame la tuya, con
objeto de que Berowne me tome a mí por Rosalina.
(A Catalina y a María.) Y vosotras lo mismo: cambia-
réis vuestros regalos para que vuestros enamorados,
116engañados por el trueque, hagan el amor entera-
mente de través también.
ROSALINA.-Sí, sí, y pongamos sus regalos bien a
la vista.
CATALINA.-Pero, ¿por qué estos cambios?, ¿qué
pretendéis con ello?
PRINCESA.-Mi propósito no es sino estropear el
suyo. Como buscan divertirse a costa nuestra,
cuanto me propongo es devolverles burla por burla.
Cada uno descubrirá el secreto de su corazón a la
que creerá su bienamada, y con ello nosotras sere-
mos quienes podremos burlarnos de ellos al volver-
nos a encontrar a cara descubierta.
ROSALINA.-Y si nos invitan a bailar, ¿lo haremos?
PRINCESA.-¡No!, antes morir que mover un pie.
Ni les daremos las gracias, luego que nos hayan sol-
tado sus preparados discursos. Es más, mientras
hablen volvámosles la espalda.
BOYET.-Pues entonces, el orador quedará descon-
certado y hasta la memoria de lo que tenga que decir
perderá.
PRINCESA.-Que es precisamente lo que quiero.
Segura estoy, naturalmente, que una vez perdido el
hilo, imposible le será acabar. Nada más divertido
que confundir una broma mediante otra broma. Sus
117risas de antes serán entonces nuestras y las nuestras
para nosotras solas; con lo que deshecha la farsa
que proyectaban, quedaremos dueñas de la plaza,
mientras que ellos, burlados como se merecen, es-
caparán llevándose su vergüenza. (Se oye ruido de
trompetas.)
BOYET.-¡La trompeta suena! ¡Enmascaraos! He
aquí los antifaces. (Las damas se ponen los antifaces. En-
tran varios negros tocando instrumentos de música, el paje, con
su discurso y los señores disfrazados de rusos y enmascarados.)
MOTH.-“A las más resplandecientes hermosuras de
la tierra, ¡salud!”
BOYET.-Hermosuras menos resplandecientes que
los tafetanes de sus antifaces.
MOTH.-“¡Divino ramillete de hermosísimas damas
(las damas le vuelven la espalda), que volvió la espalda
hacia los mortales!”
BEROWNE.-“¡Los ojos, idiota, los ojos!”
MOTH.-“Que volvió jamás los ojos hacia los mor-
tales. Hacednos la gracia...”
BOYET.-La gracia, sí; ¿qué más?
MOTH.-“...hacednos la gracia, celestes espíritus, de
dejar de contemplar...
MOTH.-“De dejarnos contemplar en vuestros ojos,
en vuestros ojos radiantes...”
118BOYET.-Como ves, no aprecian mucho el epíteto.
Yo que tú, diría “despeluznantes”, a ver qué pasaba.
MOTH.-Es que no me escuchan y pierdo el hilo.
BEROWNE.-¿Era esta tu seguridad? ¡Largo de
aquí, bribón! (Moth desaparece.)
ROSALINA. (Volviéndose.). -¿Qué quieren estos ex-
tranjeros? Trata de conocer sus intenciones, Boyet.
Es nuestra voluntad que uno de ellos nos exponga
claramente lo que desean, si en todo caso hablan
nuestra lengua. Pregúntales qué quieren.
BOYET.-¿Qué queréis de la princesa?
BEROWNE.-Nada, a no ser paz y una cordial en-
trevista.
ROSALINA.-¿Qué dicen que quieren?
BOYET.-Nada sino paz y una cordial entrevista.
ROSALINA.-Pues bien, tengan lo que desean. Tras
ello diles que se vayan.
BOYET.-Dice que ya tenéis lo que deseáis y que
podéis marcharos.
EL REY.-Dilas que hemos hecho muchas leguas tan
sólo por poder bailar con ellas sobre este césped.
BOYET.-Dicen que han hecho muchas leguas tan
sólo para bailar con vosotras, señoras, sobre este
césped.
119ROSALINA.-¡No es cierto! Pregúntales cuantas
pulgadas tiene una legua. De haber recorrido miles
de ellas, con facilidad podrán decir la medida de
una.
BOYET.-Si por venir hasta aquí habéis recorrido
leguas, miles de leguas, la princesa pregunta y os or-
dena decir cuántas pulgadas tiene una legua.
BEROWNE.-Di a la princesa que lo que ha medido
las leguas ha sido la fatiga de nuestros pasos. (Las
damas se acercan.)
BOYET.-La princesa os escucha.
ROSALINA.-Puesto que habéis sufrido la fatiga de
recorrer millares de leguas, decidnos cuántos pasos
tiene cada una.
BEROWNE.-Jamás se nos ocurrió tener en cuenta
nada de cuanto por vosotras, señoras, nos costó lle-
gar hasta aquí. Nuestra deuda hacia vos en tan
cuantiosa, tan infinita, que podemos siempre obrar
sin contar. Dignaos mostrarnos el sol de vuestras
caras, para que, cual si fuésemos salvajes, podamos
adorarle.
ROSALINA.-Mi cara no es sino una luna. Es, inclu-
so, una luna llena de celajes.
EL REY-¡Dichosos celajes que tal suerte alcanzan!
Dignaos, resplandeciente luna, y lo mismo vosotras,
120estrellas, quitar celajes y nubes y lucir con todo es-
plendor ante nuestros ojos humedecidos.
ROSALINA.- -¡Vana petición! Implorad algo que
valga la pena, pues poco es solicitar, cual solicitáis,
el reflejo de la luna en el agua.
EL REY.-Entonces, concedednos al menos unos
pasos de baile. Puesto que me decís que pida, no
creo pedir, pidiendo esto, nada extraño.
ROSALINA.-¿Oís, músicos? ¡Tocad! (La música em-
pieza a sonar mientras afinan los instrumentos.) ¡Pero daos
prisa! ¡Cómo! ¿Aún no estáis listos? ¡Se acabó en-
tonces el baile! Ya lo veis: luna soy y como ella
cambio.
EL REY.-¿Que no queréis bailar? ¿Por qué ahora
este capricho?
ROSALINA.-Hace un instante la luna estaba llena;
ahora ha habido cambio. (Los músicos empiezan a tocar
al fin.)
EL REY.-No por ello dejáis de ser luna, ni yo el ca-
ballero de la luna. Y puesto que la música suena,
dignaos seguirla.
ROSALINA.-Nuestros oídos lo hacen.
EL REY.-Pero son vuestras piernas las que deben
hacerlo.
121ROSALINA.-Puesto que sois extranjeros venidos
aquí de casualidad, no nos haremos rogar. Dadnos
la mano... Vamos... a no bailar.
EL REY.-¿Para qué entonces darnos la mano?
ROSALINA.-Para despedirnos como buenos ami-
gos. (Dirigiéndose a las damas.) Ahora, una reverencia,
queridas mías, y el paso acabado. (Las cuatro se incli-
nan.)
EL REY.-Medid con más largueza el paso; no os
hagáis rogar tanto.
ROSALINA.-No podemos conceder más por el
precio.
EL REY.-Tenéis sino decir en cuanto os estimáis.
¿A qué precio se compra vuestra compañía?
ROSALINA.-No caro: al de vuestra ausencia.
EL REY.-Eso no es posible.
ROSALINA.-Entonces no podemos ser compra-
das. Esto dicho, adiós. Dos veces adiós: dos veces
adiós a vuestra máscara y la mitad de una a vuestra
persona.
EL REY.-Si os negáis a bailar, conversemos siquiera
unos instantes.
ROSALINA.-¿A solas tal vez queréis decir?
EL REY. -Mucho más encantado entonces. (Se ale-
jan.)
122BEROWNE.(A la princesa.)-Señora de las blancas
manos, cuanto pido de ti es un poco de dulzura.
PRINCESA.-Miel, leche y azúcar ofrezco tres.
BEROWNE.-Puesto que os volvéis tan amable, do-
blemos la trilogía: hidromiel, hipocrás y malvasía.
Seis, hasta en los dados sería un punto magnífico.
He aquí, pues, media docena de dulzuras.
PRINCESA.-Adiós, a vos la séptima. Puesto que
hasta con los dados seríais capaz de hacer trampa,
no seré yo quien juegue más con Vos.
BEROWNE.-¿Y una palabrita en secreto?
PRINCESA.-Bien, con tal de que no sea también
dulce.
BEROWNE.-Has dado donde duele.
PRINCESA.-¿Dolor? Amargo, entonces.
BEROWNE.-Entonces de acuerdo (Se alejan.)
DUMAINE (A María.)-¿Os dignaríais cambiar al-
gunas palabras conmigo?
MARIA.-Ya escucho.
DUMAINE.-Hermosa señora...
MARIA.-¿Son estas vuestras palabras? Pues las de
la hermosa señora son: Hermoso señor...
DUMAINE.-Por favor, una sola palabra, pero a
solas. Luego, os diré adiós. (Se alejan asimismo.)
123CATALINA.(A Longaville.)-¿Es que vuestra careta
no tiene lengua?
LONGAVILLE.-Conozco la razón, señora, que os
mueve a hacer esta pregunta.
CATALINA.-Pues decidla pronto, porque estoy en
ascuas.
LONGAVILLE.-Que tenéis una lengua doble bajo
vuestro antifaz y que querríais dar la mitad a mi po-
bre disfraz nudo.
CATALINA.- ¡Excelente, a fe mía! Yo, en vuestro
apellido doble, Longaville, veo una lengua de ter-
nero.
LONGAVILLE.-¿De ternero, hermosa señora?
CATALINA.-Sí, una vulgar lengua de ternero.
LONGAVILLE.-Partamos entonces la palabra en
dos.
CATALINA.-No, yo no quiero ser vuestra mitad;
guardad el ternero enterito para vos y destetadle; tal
vez pudiera, sólo por burlaros, llegar a hacerse un
buey.
LONGAVILLE.-Os desgarráis vos misma con
vuestra hiriente burla. ¿Es que queréis ponerme
cuernos, casta señora? No hagáis tal cosa.
CATALINA.-No tenéis sino hacer morir a vuestro
ternero antes de que le apunten las astas.
124LONGAVILLE.-Concededme en particular una
palabra antes de que muera.
CATALINA.-Berread bajito entonces, no sea que el
carnicero os oiga. (Se alejan.)
BOYET.-La lengua de las mujeres burlonas es tan
afilada como el corte invisible de una navaja de
afeitar, capaz de cortar cabellos no menos invisibles.
Tan ágil es su charla, que escapa a la percepción de
los sentidos. Los dardos de su espíritu tienen alas
más rápidas que flechas, que alas de fusil, que el
viento, que el pensamiento y que las cosas más rá-
pidas.
ROSALINA. (Bruscamente.).-Ni una palabra más, hi-
jas mías. Rompamos la charla, rompamos la charla.
(Todas las damas se separan de sus caballeros y entran en su
pabellón.)
BEROWNE.-Henos aquí, ¡por el cielo!, bien zaran-
deados y aún mejor burlados.
EL REY.-Adiós, locas doncellas. Estrecho tenéis el
espíritu. (El Rey, sus amigos y los músicos se van. Las da-
mas vuelven.)
PRINCESA.-Mil veces adiós, moscovitas helados.
¿Era ésta la pléyade de espíritus tan admirados?
BOYET.-¡Magníficas antorchas! Ha bastado soplar
un poco para apagarlas.
125ROSALINA.-¡Oh espíritus hinchados! ¡Gordos!
¡ Cebados!
PRINCESA.-¡Oh miseria de espíritu!, digo yo. ¡Oh
broma real aún más mísera! ¿No os parece que esta
noche van a ahorcarse? El tal insolente Berowne
estaba completamente desconcertado.
ROSALINA.-¿El sólo? Todos estaban en un estado
lamentable. Por una palabra amable hubiera llorado
el Rey.
PRINCESA.-Berowne, falto ya de súplicas, desha-
cíase en juramentos.
MARIA.-Dumaine poníase a mi servicio espada y
todo. “¡Envainda!” le he dicho, y ello ha bastado
para que quedase mudo.
CATALINA.-Mi señor, Longaville, me ha asegura-
do que le oprimía el corazón. ¿Y sabéis cómo me ha
llamado?
PRINCESA.-Síncope, sin duda.
CATALINA.-¡ Exactamente!
PRINCESA.-¡Bien ido!, enfermedad fatal.
ROSALINA.-De veras que se hallarían espíritus
mejores bajo simples gorros de aprendices por ahí.
Claro que he de decir que el Rey es mi amor más
rendido.
126PRINCESA.-El ardiente Berowne por su fe me ha
jurado su pasión.
CATALINA.-A creer a Longaville, ha nacido para
servirme.
MARIA.-Dumaine es más mío que corteza a árbol.
BOYET.-Señora, y vosotras; lindas criaturas, escu-
chadme. Dentro de poco estarán aquí tal como son,
pues imposible que digieran tan cruel humillación.
PRINCESA.-¿Qué van a volver?
BOYET.-Volverán, ¡no han de volver! Y aun sal-
tando de gozo, bien que cojos a causa de los golpes
recibidos. Por consiguiente, quitaos los antifaces,
cambiad los regalos y descogeos como dulces rosas
al soplo del verano.
PRINCESA.-¿Qué quieres decir con esto de que
nos descojamos? Habla claro.
BOYET.-Damas hermosas enmascaradas son rosas
en capullo; desenmascaradas y sus suaves colores a
la luz del día, tórnanse ángeles despojados de sus
velos, rosas ya abiertas.
PRINCESA.- ¡Al diablo tanto circunloquio! ¿Qué
debemos hacer si vuelven a hacernos la corte en su
aspecto natural?
ROSALINA.-Excelente señora, si queréis escuchar
mi consejo, burlémonos de ellos con la cara des-
127cubierta, cual lo hemos hecho con ella tapada. Que-
jémonos de unos locos disfrazados de moscovitas
con trajes extraños que han venido; digámosles que
nos preguntamos quiénes pueden ser y con qué mo-
tivo nos han ofrecido aquí, junto a nuestra tienda su
tonto espectáculo, su prólogo tan mal pergeñado y
sus maneras ridículas y grotescas.
BOYET.-Retiraos, señoras, que los galanes se acer-
can.
PRINCESA.-Corramos a nuestra tienda como cier-
vas que huyen a través del campo. (Salen por un lado,
mientras por el otro entran el Rey, Berowne, Longaville y Du-
maine vestidos como de costumbre.)
EL REY.-Amable caballero, Dios os guarde: ¿dón-
de está la Princesa?
BOYET.-Ha ido a su tienda. ¿Le place a vuestra
majestad confiarme algún mensaje para ella?
EL REY.-Sí, decidla que se digne concederme una
breve audiencia.
BOYET.-Nada puede serme más grato, señor. Co-
mo sé también que su alteza consentirá feliz. (Sale.)
BEROWNE.-Este individuo picotea el espíritu co-
mo un pichón los granos y desembucha cuando
Dios quiere. Vendedor ambulante de ingenio, deta-
lla su mercancía en las veladas, en las francachelas,
128en las reuniones, en los mercados y en las ferias.
Mientras que nosotros, que vendemos al por mayor,
incapaces somos, ¡Dios es testigo!, de hacernos va-
ler con el arte que él. Es un galán experto en seducir
doncellas. De haber sido Adán, él hubiera sido
quien hubiese tentado a Eva. Sabe ofrecer el brazo,
hablar apenas con los labios, besar su propia mano
en señal de cortesía. Es el mono del protocolo, el
señor delicado, el precioso que si juega al trictrac se
enfada con los dados sin descomponerse. Sin contar
que tiene una deliciosa voz de tenor y que como
maestro de ceremonias da ciento y raya al más pin-
tado. Las damas le llaman querido, los escalones le
besan los pies cuando los pisa. Es una flor que son-
ríe a todo el mundo para mostrar sus dientes blan-
cos como huesos de ballena. Hasta las conciencias
que no quieren morir dejando deudas le pagan lo
que le deben, llamándole Boyet el de la meliflua len-
gua.
EL REY.-Lástima, ¡por Cristo!, de una ampolla en
esta dulce lengua que ha hecho un taco al paje de
Armando. (Sale la Princesa, precedida de Boyet, y luego las
otras damas, sin antifaz y llevando sus regalos respectivos.)
129BEROWNE.-¡Vedle cómo llega! Buenas formas,
¿qué erais antes de que este hombre os diese valor y
qué sois ahora?
EL REY. (A la Princesa.)-Hermosa señora, que el ci-
clo haga llover sobre vos toda suerte de bendiciones
y os conceda un buen día.
PRINCESA.-Buen día, y la lluvia, difícil me parece.
EL REY.-Interpretad mis palabras como es debido,
os lo ruego.
PRINCESA.-Enunciad mejor vuestros deseos, os lo
autorizo.
EL REY.-Hemos venido a visitaros con objeto de
conduciros a nuestra corte; dignaos consentir en
ello.
PRINCESA.-Estos campos me guardarán. En
cuanto a vos, guardad asimismo vuestra promesa.
Ni Dios ni yo gustamos de los hombres perjuros.
EL REY.-No me reprochéis lo que vos misma ha-
béis causado. La virtud de vuestros ojos ha sido la
que ha roto mis juramentos.
PRINCESA.-Invocáis en falso la virtud; de vicio es
de lo que deberíais hablar. El oficio de la virtud ja-
más consiste en empujar a los hombres a romper su
fe. Y ahora, por mi honor de doncella, que es aún
tan puro como la inmaculada azucena, afirmo, aun-
130que por hacerlo tuviese que sufrir todos los tor-
mentos del mundo, que no consentiré en ser hués-
ped en vuestro palacio, de tal modo me repugna
hacer romper votos pronunciados de buena fe y con
entera libertad.
EL REY.-Señora, habéis vivido aquí, en la soledad,
sin que nadie viniese a visitaros, y esto es lo que nos
avergüenza.
PRINCESA.-No, majestad, en modo alguno; os lo
aseguro. Hemos tenido pasatiempos y distracciones
divertidísimas. Precisamente, hace apenas un ins-
tante, cuatro rusos, por ejemplo, acaban de dejar-
nos.
EL REY-¿Rusos decís, señora?
PRINCESA.-Rusos digo, majestad. Por cierto, que
llenos de amable galantería. Sumamente bien vesti-
dos y de buen ver.
ROSALINA.-Mejor decir la verdad, señora. La cosa
no ha sido así, majestad... Mi señora, siguiendo la
moda del día, les concede por pura cortesía alaban-
zas que no merecen. La verdad es que las cuatro
hemos sido acometidas por cuatro personajes vesti-
dos de rusos. Una hora han estado aquí diciendo
cuanto les venía a la boca, y durante todo este tiem-
po ni una sola palabra agradable hemos oído de
131ellos. No me atrevo a calificarles de tontos, pero sí
sé que cuando tienen sed, tontos hay que querrían a
todo trance beber.
BEROWNE.-A mí esta broma, amabilísima criatu-
ra, me deja la garganta seca. Paréceme que es vues-
tro propio espíritu el que hace de los sabios, tontos.
Cuando con los ojos más penetrantes del mundo
miramos de frente al inflamado ojo del cielo, el ex-
ceso de luz, precisamente, nos hace perder la luz.
Así, vuestra capacidad es de tal naturaleza, que, ante
tan inmenso tesoro, la sabiduría parece tontería y la
riqueza, pobreza.
ROSALINA.-Lo que prueba que sois rico y sabio;
pues, a mis ojos...
BEROWNE.-Yo no soy sino un tonto, un pobre
tonto.
ROSALINA.-De no ser para tomar lo que me per-
tenece, diría que no está bien quitarme de este modo
la palabra de la boca.
BEROWNE.-¡Oh, vuestro soy así como cuanto po-
seo!
ROSALINA.-¿Mío el tonto por entero?
BEROWNE.-No puedo daros menos.
ROSALINA.-¿Cuál era el disfraz que llevabais?
132BEROWNE.-¿Dónde?, ¿cuándo?, ¿qué disfraz?
¿Por qué esta pregunta?
ROSALINA.- Aquí, hace un instante. El disfraz en-
gañador que ocultaba la cara peor para mostrar la
mejor.
EL REY.- Nos han reconocido. Se van a burlar de
nosotros a más y mejor.
DUMAINE.- Confesemos y echemos la cosa a
broma.
PRINCESA.- Diríase que estáis todo sofocado, Se-
ñor. ¿Por qué tiene Vuestra Majestad este aspecto
tan turbado?
ROSALINA.- ¡Socorro! ¡Sostenedle, pronto, que va
a desfallecer! ¿Qué os pone tan pálido? Sin duda, es
cosa del mareo. ¡Claro que cuando se viene de Mos-
covia. ..!
BEROWNE.-He aquí cómo los astros vuelcan las
calamidades sobre los perjuros. ¿Habrá una frente
de bronce capaz de resistir más tiempo? Aquí estoy
ante vos, señora. Aplastadme con vuestro desdén.
Anonadadme a fuerza de sarcasmos. Perforad mi
ignorancia con vuestro cortante espíritu. Desmenu-
zadme con vuestros hachazos más certeros. Por na-
da del mundo, ¡no!, volvería a rogaros que bailaseis,
ni a rendiros homenaje disfrazado de ruso. Nunca
133más volveré, a firmar en versos escritos de antema-
no, ni en palabras dignas tan sólo de un escolar. Ni
volveré, bajo un disfraz, a ver a mi señora, ni la ce-
lebraré más en rimas semejantes a la canción de un
menestral ciego. Frases de tafetán, palabras de refi-
nada seda, hipérboles de raído terciopelo, afectación
rebuscada, retórica pedante; todas estas moscas de
verano me han llenado hasta ponerme como un
globo, tontamente hinchado de aire. Las repudio y
hago promesa formal por ese guante blanco -¡en
qué modo es blanca la mano Dios sólo lo sabe!-, de
expresar, en adelante, mis sentimientos amorosos
mediante sencillos sies o noes, modestos como tela
de sayal, simples como la sencilla y modesta sarga. Y
como prueba y para empezar, criatura -¡y Dios me
asista!-, te diré que te amo con amor fuerte y sólido,
sine resquebrajadura ni trampa.
ROSALINA.- Nada de sine, os lo ruego.
BEROWNE.- Sin duda, tengo aún restos de mi an-
tiguo delirio. Excusadme; estoy enfermo; curaré po-
co a poco. Ya digo que paciencia, ¡ea! Poned sobre
esos tres hombres que ves ahí el cartel: “¡El Señor
tenga piedad de nosotros!” Están infestados hasta el
fondo del corazón. Tienen la peste, y en vuestros
ojos la han cogido. Pero si estos caballeros han sido
134visitados por la cólera celeste, vosotras tampoco
estáis indemnes señoras mías, pues también veo en
vosotras ciertas huellas de nuestro mal.
PRINCESA.- No, no, libres son los que nos hicie-
ron estos regalos.
BEROWNE.- Nuestros bienes embargados están;
ved de no arruinarnos.
ROSALINA.- Protesto. ¿Cómo podéis estar embar-
gados siendo vos los que perseguís?
BEROWNE.- Concededme la paz. Con vos no
quiero cuestión alguna.
ROSALINA.- No la tendréis, al menos, si de mí de-
pende.
BEROWNE.-A vosotros el hablar, señores. Yo ya
no puedo más.
EL REY.- Enseñadnos alguna excusa, hermosa Se-
ñora, digna de purgar nuestra grosera ofensa.
PRINCESA.- La mejor excusa es la confesión.
¿Estabais o no disfrazados, aquí, hace unos instan-
tes?
EL REY.- Sí, Alteza.
PRINCESA.-¿Y sabíais lo que hacíais?
EL REY.- Sí, hermosísima Señora.
PRINCESA.-Y cuando estabais aquí, qué decías en
voz baja al oído de vuestra elegida?
135EL REY.- Que la respetaría más que a toda otra co-
sa en el mundo.
PRINCESA.-Y cuando os intime a cumplir vuestra
palabra, ¿rechazareis mi intimación?
EL REY.- No, por mi honor.
PRINCESA.- Callad, callad, nada de honor. Ya ha-
béis violado un juramento: de modo que poco os
costará volver a ser perjuro.
EL REY.- Despreciadme si violo lo que ahora pro-
meto.
PRINCESA.- Así lo haré seguramente; no lo olvi-
déis. Rosalina, ¿qué es lo que el ruso te ha murmu-
rado al oído?
ROSALINA.- Me ha jurado, Señora, que me amaba
como a las niñas de sus ojos y que era para él más
que todo en el mundo. Más aún: ha añadido que o
me desposaba o moriría de amor por mí.
PRINCESA.- ¡Pues Dios te conceda ser muy feliz
con él! Mas, ¿de veras que el noble señor está dis-
puesto a cumplir honrosamente su promesa.
EL REY.- ¿Qué queréis decir, Señora? Por mi vida
y por mi fe que yo jamás hice a esta dama tal jura-
mento.
ROSALINA.- ¡Por el Cielo!, digo yo, que me lo ha-
béis hecho. Y como prenda del cumplimiento de lo
136que me prometíais, me habéis dado esto. (Muestra
una sortija.) Pero volved a tomarla, Señor.
EL REY.- Es a la Princesa a quien se la he dado en
prenda de mi fe. La he reconocido en la joya que
llevaba en la manga.
PRINCESA.- Perdón, Señor, quien llevaba esta joya
era ella; y el caballero Berowne -y por ello le doy las
gracias-, quien está enamorado de mí. (A Berowne.)
Conque vamos a ver, ¿es que queréis tenerme, como
decíais, o queréis volver a recuperar vuestra perla?
BEROWNE.- Ni una rosa ni otra; abandono las
dos. Y bien veo ahora lo que ha ocurrido. Estabais
de acuerdo, señoras, conociendo de antemano
nuestra broma, para hacerla abortar como se hace
con las comedias de Navidad. Algún vendedor am-
bulante de noticias, algún bromista, un payaso cual-
quiera de esos tráeme lleva historias, un parásito
oficioso, un aguanta todo de los que, a fuerza de
sonreír, por adular, tienen patas de gallo desde jó-
venes, y que sabe cómo divertir a Su Alteza, sin ig-
norar que, a veces, puede ser bajeza lo que lleva a
cabo, os ha revelado nuestro proyecto. Y una vez
descubierto el plan, estas damas han cambiado los
regalos y nosotros, guiados por ellos, hemos corte-
jado a los regalos de nuestras bienamadas. Con ello,
137creciendo el error de nuestro perjurio, hemos roto
dos veces nuestro juramento: una, voluntariamente;
la otra, por error. Y esto es poco más o menos, lo
que ha ocurrido. (A Boyet.) ¿Y no seréis vos, quizá,
quien habrá revelado nuestro proyecto para hacer
que nos mintiésemos a nosotros mismos? ¿No se-
réis vos, digo, gran husmeador de los caprichos de
vuestra señora? ¿Vos, que sabéis leer como nadie,
en el menor movimiento de sus ojos, cuándo debéis
reír? ¿Vos, siempre alerta, entro su espalda y el fue-
go, plato en mano, dispuesto a servirla de bufón?
¿Vos, que habéis confundido también a nuestro
paje? ¡Largo, largo! De cualquier cosa sois capaz.
Podéis morir cuando os plazca; vuestra mortaja será
una camisa de mujer. ¿Me miráis de reojo? ¡He aquí
una mirada hiriente como sable de plomo!
BOYET.- ¡Con qué alegría ha dado una vez más él
solito su vuelta a la pista!
BEROWNE.- Vedle aún dispuesto a romper una
lanza. ¡Bah! Tengamos paz. Por mi parte, he acaba-
do. (Entra Costard.) ¡Salud a ti, noble espíritu! A
tiempo llegas para dar punto a una querella.
COSTARD.-A lo que vengo, señor, es porque ellos
quieren saber si los tres Valientes pueden llegar ya o
no.
138BEROWNE.- ¡Cómo!, ¿no son sino tres?
COSTARD.- No, señor, pero la cosa será de lo
bueno lo mejor, pues cada uno de ellos hace por
tres.
BEROWNE.-Y tres veces tres hacen nueve.
COSTARD.- Tampoco, señor -salvo error, señor-;
espero bien que tampoco será así. Porque no hay
que tomarnos por idiotas, señor; os lo puede asegu-
rar, señor. Nosotros sabemos lo que sabemos. Yo
espero, señor, que tres veces tres, señor...
BEROWNE.- No hacen nueve.
COSTARD.- Salvo error, señor, nosotros sabemos
las que son.
BEROWNE.- Pues yo, ¡por Júpiter!, siempre había
creído que tres veces tres eran nueve.
COSTARD.-A fe mía, señor, que sería una lástima
que tuvieseis que ganaros la vida contando.
BEROWNE.- Entonces, ¿cuántas son?
COSTARD.- Verdad, señor, la compañía misma, los
actores, os mostrarán, señor, cuántas son. Por mi
parte, como ellos dicen, yo debo "aparentar" un
hombre; más aún: un pobre hombre: el gran Pom-
pión, señor.
BEROWNE.- ¿Eres entonces uno de los Valientes?
139COSTARD.- Han tenido a bien juzgarme digno de
hacer el gran Pompión. Por mi parte, la verdad, no
conozco el grado de este Valiente. pero yo soy
quien debo ser él.
BEROWNE -Pues ve a decirles que se preparen.
COSTARD.- Haremos la cosa de un modo muy en
su punto justo, señor. Pondremos en ello toda nues-
tra conciencia. (Sale.)
EL REY.-Nos van a llenar una vez más de vergüen-
za, Berowne; no les dejes acercarse.
BEROWNE. -Un poco más o un poco ménos ya,
Señor... Además, es de buena política ofrecer a estas
damas un espectáculo inferior a los de la compañía
del Rey.
EL REY. –Te digo que no quiero que vengan.
PRINCESA -Ea, amable Señor, dejadme que os go-
bierne en esto. El entretenimiento que más divierte
es aquel que lo consigue a pesar nuestro. Cuando se
pone gran empeño en satisfacernos, y se ve expirar
tal empeño a pesar del ardor de los que tratan de
llevar a buen puerto su propósito, sus apuros mis-
mos causan el más vivo regocijo. Pues ciertamente
mueve a risa el ver que muchos grandes proyectos,
pese a luchar mucho por llegar a ser algo, abortan
en su nacimiento.
140BEROWNE.- Exacta descripción de nuestro entre-
tenimiento, Señor. (Entra Armando.)
ARMANDO.- Ungido del Señor, yo imploro de tu
dulce aliento real el gesto necesario para proferir
una pareja de palabras. (Habla con el Rey aparte y le da
un papel.)
PRINCESA.- ¿Es que este hombre sirve a Dios?
BEROWNE.- ¿Por qué lo preguntáis Señora?
PRINCESA.- Porque no habla como los demás
hombres a los que Dios ha hecho.
ARMANDO. –Qué importa, mi hermoso, dulce y
melifluo monarca. Aseguro a Vuestra Majestad que
el maestro de escuela tiene tanta fantasía, que si qui-
siera, podría vender. Y como vanidad, ¡mucha! Mu-
cha vanidad. Pero nos entregamos, como suele
decirse, a la fortuna de la guerra. Os deseo, ¡oh realí-
sima pareja!, paz espiritual. (Sale inclinándose ceremonio-
samente.)
EL REY.---(Leyendo atentamente el papel que le ha dado
Armando.) No hay duda que vamos a ver una linda
exhibición de los valientes... El representará a Héc-
tor, de Troya; el rústico, a Pompeyo el Grande; el
cura de la parroquia, a Alejandro; el paje de Arman-
do, a Hércules; el pedante, a Judas Macabeo... (lee).
141Y si los cuatro Valientes aciertan en estos papeles,
cambiarán de trajes e interpretarán los otros cinco.
BEROWNE.- Pero ya hay cinco, Señor, en esta
primera parte.
EL REY- No, hombre, te equivocas.
BEROWNE.- Como queráis: el pedante, el fanfa-
rrón, el cura rural, el palurdo y el paje. Aunque con-
siguieseis el mejor golpe de dados, no habría medio
en el mundo de reunir cinco puntos semejantes. Ca-
da uno en su género es único.
EL REY.- El barco ha desplegado velas, y viento en
popa llega.
(Traen sillones para el Rey y la Princesa. Entra Costard,
armado, representado a Pompeyo. Tropieza con su propia es-
pada y cae.)
COSTARD.- (Desde el suelo.) Pompeyo soy... "
BEROWNE.- Mientes, no lo
COSTARD.--(Levantándose.) “ Yo, Pompeyo
soy..."
BOYET.- Con una cabeza de leopardo en la rodilla.
BEROWNE. -Bien dicho, viejo burlón! Va a ser
preciso que, seamos amigos.
COSTARD.- "Pompeyo soy, Pompeyo llamado el
Gordo.”
DUMAINE.- El Grande.
142COSTARD.- Bueno, claro, señor, el Grande; el
Gran Pompeyo
que muchas veces, en los campos de batalla,
hice con mi escudo, mi armadura y mi talla
sudar a mis enemigos. Hoy errando por estos luga-
res,
tras haber recorrido largas tierras y mares,
llego aquí, donde ya sin arrogancia armas rindo a la
dulce hija de Francia.
(Tira a los pies de la Princesa espada y escudo.) Si Vues-
tra Alteza quisiera decirme: "Gracias, Pompeyo he-
cho estaba lo mío.
PRINCESA.- Gracias, mil, Gran Pompeyo-
COSTARD.- Claro, que casi no vale la pena, pero
me parece que he estado de primera. No me he
equivocado sino una vez: en lo de “gordo" en vez
de "grande".
BEROWNE.- Mi sombrero contra medio penique a
que Pompeyo será el mejor de los Valientes. (Entra
Nataniel armado representando a Alejandro.)
NATANIEL—Cuando yo en el mundo vivía, el
mundo todo me pertenecía.
Al Norte, al Sur, al Este y al Oeste extendíase mi
potencia terrestre.
143Que Alisandro soy, yo no lo dudo; dice, evidencia y
pruébalo mi escudo.
BOYET.-PUCS tu nariz dice lo contrario. La tienes
demasiado derecha.
BEROWNE.- ¡Bien olida la negación! Eso es tener
fino el olfato.
PRINCESA.- He aquí al pobre conquistador hecho
un taco. Sigue, excelente Alejandro.
NATANIEL.- Cuando yo en el mundo vivía, el
mundo todo me pertenecía
BOYET- Cierto, exactísimo, te pertenecía, Alisan-
dro.
BEROWNE.- ¡Gran Pompeyo!
COSTARD.- Aquí, Costard, para serviros.
BEROWNE.- Llévate al conquistador, llévate a Ali-
sandro.
COSTARD.- (A Nataniel.) ¡Pero, Mosón!... ¡Habéis
humillado a Alisandro el conquistador! Ahora os
quitarán de las telas pintadas. Vuestro león, que
sostiene su hacha sentado en el taburete, será dado a
Aiax; y hará el noveno valiente. ¡Tener miedo de
hablar un conquistador! ¡Corre a esconder tu ver-
güenza, Alisandro! (Nataniel se retira todo confuso.) Y,
por tanto, salvo vuestra mejor opinión, es un ama-
ble tonto. Un hombre, por supuesto, el mejor del
144mundo. Pero, claro, ya se ha visto que se ha hecho
un ovillo por menos de nada. Por lo demás exce-
lente vecino. Por supuesto, a los bolos no hay quien
le meta mano. Ahora que como Alisandro, ya lo ha-
béis visto, no ha estado, ¡qué lástima!, a la altura de
su oficio. Pero aquí vienen otros Valientes que dirán
lo que llevan dentro de modo bien distinto. (Entra
Holofernes, armado, representando a Judas Macabeo,
yMoth, armado admismo, en su de Hércues.)
HOLOFERNES.- Este arrapiezo Hércules repre-
senta,
cuya maza mató al cruel Cerbero.
El tricéfalo canis, fiel portero del Infierno,
por él halló su cuenta.
Hércules,. el que aún niño, en la lactancia
ahogaba serpientes con sus manos. Quoniam, sus
hechos nunca fueron vanos;
ahora le veis aquí en plena infancia, (A Moth.)
¡ Exit!, vete de aquí como una bala; sin perder digni-
dad, ahueca el ala.
(Moth se va.)
En cuanto a mí, soy Judas y bien veo...
DUMAINE.- ¿Judas nos llega ahora de rebote?
HOLOFERNES.- Pero atención, no Judas Iscario-
te; soy Judas el nombrado Macabeo.
145DUMAINE.- Si Macabeo pierdes, quedas Judas.
BEROWNE.- Judas, que traicionó mediante un be-
so.
No obstante, prueba, pues que dices eso, eres tal.
HOLOFERNES.- Que lo soy, fuera es de dudas.
DUMAINE.-¿Y no sientes vergüenza de tal cosa?
HOLOFERNES.- Más que vergüenza, orgullo y
embeleso.
BOYET.- ¿Orgullo? ¡Anda a ahorcarte, vil raposa,
pues, que vendiste a Cristo por un beso!
HOLOFERNES.-¿Y si vos me enseñaseis el cami-
no y quérais a esperarme junto al olmo?
BEROWNE.- ¡Bien respondido, oh Judas peregri-
no!
Ahorcarse por besar sería el colmo.
Si alguien te inquieta, que Hércules te ayude.
DUMAINE.- Ya ha debido de darle ayuda Baco.
HOLOFERNES.- ¿Es que creéis que soy -como
Alejandro?
Error el pretender hacerme un taco.
BEROWNE.- ¡Alejandro sin casco ni armadura!
Sin rostro casi; aunque de cara dura.
HOLOFERNES.- No tendré rostro hermoso como
el vuestro, pero rostro... Decid, si no, qué es esto.
DUMAINE.- El fondo, ya picado, de una jarra.
146BOYET.-O el parche más ramplón de una guitarra.
BEROWNE.- La cabeza de un muerto en un anillo.
LONGAVILLE.- Y si cara, la de una vil moneda;
no de oro, bien que estés todo amarillo.
BOYET.- El pomo de una espada de madera.
DUMAINE.- El adorno, en metal, de una polvera.
BEROWNE.- El perfil de un San Jorge narigudo.
DUMAINE.- Más bien, la abolladura de un escudo.
BEROWNE.- Mejor la insignia, en trapo y lente-
juelas, de un bufón ambulante, o sacamuelas.
Y puedes ya marcharte sin cuidado, pues, como ves,
ya te hemos encarado.
HOLOFERNES.- Más bien, como vos todos, ¡des-
carado!
BEROWNE .-¡Falso!, más de cien caras te hemos
dado.
HOLOFERNES.- ¿Llamáis cien caras al hacerme
cara?
¡Metáfora sutifi, linda avis rara.
BEROWNE.-Y si eres un león. ¿no es una gloria
hacerte cara por dejar memoria?
BOYET.- Pero como es un asno solamente, váyase.
Y si es posible, de repente.
Pero qué, ¿no te vas?, ¿qué esperas, hombre?
DUMAINE.- La sílaba postrera de su nombre.
147BEROWNE.- ¿Un "as" y lárgaste tras hacer baza?
Pues bien, Judas, ¡gran calabaza!
HOLOFERN -¡Es Mezquino todo, ruin, ineduca-
do!... (Sale.)BOYET.- ¡Qué se desmanda! ¡Pronto,
un buen bocado!
PRINCESA.- ¡Macabeo, infeliz! Cuán desdichadose
marcha bien contrito y manteado. (Entra Armando
disfrazado de Hékror.)
BEROWNE.- Guarda, tu cabeza, ardiente Aquiles,
que aquí llega Héctor armado de punta en blanco.
DUMMNE.- Aunque las burlas hubiesen de rebotar
contra mí, quiero divertirme.
EL REY.- El valeroso Héktor no era sino una cu-
chufleta comparado con éste.
BOYET.- Pero, ¿éste es Héktor?
EL REY- Yo creo que jamás Héktor fue tan sólido
como el que Vemos.
LONGAVILLE.- Tiene las piernas demasiado gor-
das para ser Héktor.
DUMAINE.- Que le sobran pantorrillas, es cierto.
BOYET- No, por donde está mejor provisto es por
sobre las pantorrillas.
BEROWNE.- Este no puede ser Héktor.
DUMAINE.- A juzgar por su habilidad en hacer
caras o es un dios o - un pintor.
148ARMANDO.- Marte el omnipotente, el de invenci-
ble espada,
hizo un regalo a Héktor...
DUMAINE.-Diole una nuez moscada.
BEROWNEe-¡No!, fue un limón, mi bravo.
LONGAVILLE.-Todo lleno, por cierto de puntitas
de clavo.
DUMAINE - Y, además, de propina, en dos trozos
cortado.
ARMANDo -¡Silencio!
Marte el omnipotente, el de invencible espada,
hizo un regalo a Héktor, de Ilión, la alegría:
tan duro con las armas, que luchando podía
bregar días enteros sin fatigarse nada.
Pues esta flor soy yo...
BEROWNE.-Esta menta bravía.
LONGAVILLE.-Esta flor admirable del rudo esca-
ramujo.
ARMANDO.-Señor de Longaville, detened el em-
brujo.
de vuestra digna lengua, tan comedida un día.
LONGAVILLE.-¿Detenerla? Al contrario,
pues tras Héktor galopa.
Héktor que, cual liebre,
sin tino se desboca.
149ARMANDO.-Nada de correr Héktor, pues muerto
y enterrado,
no corre. Para siempre, creedme, ya
ha acabado.
Mis amados corderos, respetad, pues sus huesos;
no seáis con sus restos ni burlones ni aviesos.
Mientras alientos tuvo, combatió como un bravo;
mi papel continuo, por él, de punta
a cabo. (A la
Princesa.)
Atención concededme, Alteza esplen dorosa. (Be-
rowne habla bajo con Costard.)
PRINCESA.-Seguid, seguid hablando:
os escucho dichosa.
ARMANDO.-Vuestra, chinela adoro, de tela rica y
rara.
BEROWNE.-Ved: por el pie la adora.
COSTARD.-No puede por la vara.
ARMANDO.-Aníbal no es a Héktor en nada com-
parable
COSTARD.-Tu cómplice está en ruta, mi camarada
amable.
En ruta hace dos meses,
hállase ya viniendo.
ARMANDO.-¿Qué dices, gran Pompeyo?
Te escucho y no te entiendo.
COSTARD.-Pues que obres como
honrado
150troyano, ¡por mi vida!,
o la pobre muchacha
para siempre es perdida,
Que en su vientre se agita,
pues está embarazada,
un hijo que la hiciste,
lo juro... ¡por mi espada!
ARMANDO.-¿A difamarme vienes
ante un rey potentado?
¡Morirás por mi mano,
Pompeyo desalmado!
COSTARD.- ¡Cuidado!, no te ¡metas,
Héktor, en un apuro,
que para socorrerte
no encontrarás, ayuda:
por preñar a Santiaga,
que te azotan, seguro;
por matar a Pompeyo,
que te cuelgan, no hay duda.
DUMAINE.-¡Magnífico, gran Pompeyo!
BOYET.-¡Pompeyo, famosísimo!
BEROWNE.-¡Más grande que el Grande! ¡Grande,
grandísimo Pompeyo!
DUMAINE.-Héktor tiembla.
151BEROWNE.-En cambio, Pompeyo enfurece.
¡Adelante, Furias!, ¡adelante!, ¡excitadle aún!
DUMAINE.-Héktor va a desafiarle.
BEROWNE.-Tal es preciso que haga aunque no le
quede más sangre en las venas que la necesaria para
hacer almorzar a una pulga.
ARMANDO. (A Costard.)-¡Por el Polo Norte, te
desafío!
COSTARD.-Yo no quiero batirme a estacazo lim-
pio como las gentes del Norte. No, no me batiré
con garrote como un cobarde. A mí me hace falta
sangre. Yo quiero batirme con sable. (A la Princesa.)
Permitidme que coja otra vez mis armas, os lo rue-
go. (Coge su espada y su escudo).
DUMAINE.-¡Campo a los valientes furiosos!
COSTARD.-Me batiré en mangas de camisa. (Se
quita el justillo.)
DUMAINE.-¡Intrépido Pompeyo!
MOTH. (A Armando) -Señor, dejadme que os de-
sabroche un poco. ¿No veis cómo Pompeyo se ali-
gera para combatir? ¿Qué queréis hacer vos? ¿Vais
a perder vuestra reputación?
ARMANDO.-Caballeros y soldados, excusadme; yo
no quiero batirme en mangas de camisa.
152DUMAINE.-No podéis negaros. Pompeyo os ha
provocado.
ARMANDO.-Corazones queridos, puedo y quiero
negarme a tal cosa.
BEROWNE.-¿Por qué razón?
ARMANDO.-La verdad desnuda a negarme a ba-
tirme en mangas de camisa es, que ¡no tengo camisa!
Llevo lana como penitencia.
MOTH.-En efecto, la orden la recibió de Roma. Y
falto de ropa, desde entonces no ha llevado, os lo
juro, sino una rodilla de Santiaguita; que, por cierto,
ajusta contra su corazón a modo de recuerdo. (En-
tra el caballero Mercade, mensajero.)
MERCADE. (Inclinándose ante la Princesa.)-Dios
os guarde, señora.
PRINCESA.-Se bien venido, Mercade; bien que in-
terrumpas nuestro entretenimiento.
MERCADE.-Bien lo siento, señora. Tanto más
cuanto que la noticia de que soy portador no sea
grata en modo alguno. El Rey, vuestro padre...
PRINCESA.-¡Ay de mí! ¿Ha muerto?
MERCADE.-Así es, señora. He aquí lo que venía a
anunciaros.
BEROWNE.-Valientes, partid. La escena empieza a
ensombrecer.
153ARMANDO.-En lo que a mí afecta, empiezo a res-
pirar libremente. Tras haber sabido contemplar la
luz del ultraje por la rendija de la discreción, a repa-
rarle voy como buen soldado. (Salen los valientes.)
EL REY. (A la Princesa.)- ¿Cómo se siente vuestra
majestad?
PRINCESA.-Boyet, preparadlo todo; esta misma
tarde partiremos.
EL REY.-No, señora; quedaos, os lo suplico.
PRINCESA.-Preparadlo todo, digo. Os doy mil
gracias, amables señores, por todas vuestras amabi-
lidades, y desde lo más profundo de mi alma, tan
súbitamente hundida en el dolor, os suplico, par-
ticularmente a vos, que tan rico sois en sabiduría,
que excuséis e incluso olvidéis nuestras burlas. Si
hemos ido más allá de los límites justos a lo largo de
nuestras conversaciones, culpa es de vuestra propia
cortesía. Adiós, noble señor. Corazón afligido no
gusta de larga charla. Excusadme, pues, si apenas os
doy las gracias por los favores que tan amablemente
me habéis concedido.
EL REY.-El batir del tiempo, en los instantes su-
premos, empuja todo hacia el fin de su propia ca-
rrera, y con frecuencia es precisamente en el Mo-
mento mismo en que huye, cuando decide lo que
154largos debates no habían conseguido arbitrar. Aun-
que el rostro contristado de una criatura en pleno
duelo prohiba a la sonriente cortesía del amor plei-
tear como es debido la causa sagrada que quisiera
ganar, no obstante, puesto que poco ha el amor pre-
sentaba su demanda, no permitáis que la nube de
dolor le aparte del. fin que perseguía. Llorar a ami-
gos perdidos es menos provechoso y menos salu-
dable que alegrarse de haber encontrado nuevos
amigos.
PRINCESA.-No os entiendo y esta incomprensión
redobla mi pena.
BEROWNE.-Las palabras sencillas y honradas son
las que llegan mejor a los oídos afligidos. He aquí
las explicaciones que os harán comprender el pen-
samiento de su majestad. Es por amor hacia vos-
otras, hermosas señoras, por lo que hemos gastado
nuestro tiempo y violado nuestros juramentos.
Vuestra hermosura nos ha desfigurado, haciéndo-
nos representar un papel enteramente opuesto a
nuestras intenciones. Si hemos podido parecer ridí-
culos, es porque el amor lleno está de caprichos ex-
travagantes, porque es veleidoso como un niño, y
como un niño, juguetón, cambiante y frívolo. En-
gendrado por los ojos, como ellos está lleno de
155imágenes, de apariencias y de formas cambiantes,
por lo que pasa de una cosa a otra cual los ojos pa-
sean sus miradas por todos los objetos que están a
su alcance. Estos exteriores abigarrados con que el
fantástico amor nos ha revestido, si han parecido a
vuestros ojos celestiales no convenir a nuestros ju-
ramentos y a nuestra seriedad, no olvidéis que la
culpa ha sido de estos mismos ojos que ahora nos
condenan faltas que ellos nos han sugerido. A causa
de lo cual, hermosas señoras, al ser obra vuestra
nuestro amor, las faltas cometidas por este amor,
obra vuestra son también. Hemos sido perjuros a
nosotros mismos una vez, con objeto de ya para
siempre poder ser fieles a las que a la vez nos han
hecho perjuros e infieles. Es decir a vosotras, her-
mosísimas señoras. De modo que este perjurio, pe-
cado en sí mismo, purificado por nuestra intención,
cámbiase en gracia y virtud.
PRINCESA.-Hemos recibido vuestras cartas llenas
de amor; vuestros regalos, de amor embajadores, y
en nuestro consejo de jóvenes solteras no hemos
hallado en ello sino galantería, entretenimiento
amable, cortesía, adornos y pretextos para pasar el
tiempo. Por nuestra parte, sí; no hemos podido to-
marlo de otro modo, y he aquí por qué hemos aco-
156gido vuestro amor tal cual nos parecía ser: como un
puro pasatiempo.
DuMAINE.-Nuestras cartas, señora, mostraban al-
go enteramente distinto de una broma.
LONGAVILLE.-Y nuestras miradas lo mismo.
EL REY.-Por consiguiente, en este último minuto,
concedednos vuestro amor.
PRINCESA.-Es un plazo de tiempo demasiado
breve, al menos tal me parece, para concluir un
asunto que tanto había de durar. No, no, Majestad;
Vuestra Gracia ha perjurado y a causa de ello es gra-
vemente culpable. Por consiguiente, si por amor a
mí (amor en el que no creo, por supuesto) queréis
hacer algo, he aquí lo que haréis: no creyendo, como
no creo, en vuestros juramentos, os retiraréis lo más
pronto posible a una ermita solitaria y desnuda, le-
jos de todos los placeres mundanos. En ella perma-
neceréis hasta que los doce signos del zodíaco
hayan cumplido su viaje anual. Si esta vida austera y
retirada no cambia en nada el ofrecimiento que ha-
céis ahora en pleno ardor de la sangre; si el frío y los
ayunos, el áspero alojamiento y los vestidos mo-
destos no consiguen ajar la desbordante flor de
vuestro amor, entonces, al terminar el año venid.
Venid, sí, a reclamar en nombre de vuestros nuevos
157méritos esta mano virginal que en este momento
está entre la vuestra, y vuestra seré. Hasta aquel
momento encerraré mi tristeza en una cámara de
duelo, llorando sin interrupción lágrimas amargas
en recuerdo de la muerte de mi padre. Si no aceptáis
lo que os propongo, que nuestras manos se desunan
y nuestros corazones pierdan todo derecho el uno
sobre el otro.
EL REY.-De negarme a aceptar tales condiciones y
otras más duras si fuesen aún necesarias, con objeto
de volver mi alma al verdadero reposo, ¡que la ma-
no de la muerte llegue de improviso a cerrar mis
ojos! En adelante, eremita, mi corazón no tendrá
otra morada que tu pecho. (Quedan hablando bajita.)
BEROWNE. (A Rosalina.)-Y a mi; ¡amor mío!, ¿qué
vas a decirme?
ROSALINA.-Es preciso también que os purifiquéis,
pues vuestros pecados son muy graves: os habéis
manchado con faltas y perjurios. Por consiguiente,
si queréis obtener mi favor, preciso os será pasar un
año sin descanso visitando el lecho de dolor de los
enfermos.
DUMAINE. (A Catalina) -Y a mí. dulce amada ¿me
daréis mujer?
158CATALINA -Una buena barba, no menos buena
salud y sentimientos honrados: he aquí las tres cosas
que os deseo, más triple ternura.
DUMAINE -¿Debo daros las gracias, mi adorable
mujer?
CATALINA-No, caballero. Un año y un día quiero
permanecer sin escuchar palabras amables de un
galán imberbe como vos. Volved cuando el Rey
vendrá a reunirse con la Princesa. Si entonces soy
rica en amor, os daré un poco. ,
DUMAINE.-Hasta entonces seré vuestro leal y fiel
servidor.
CATALINA.-No hagáis juramentos por miedo a ser
aún perjuro.
(Quedan también hablando solos.)
LONGAVILLE.-Y María, ¿qué dice?
MARÍA.-Que dentro de doce meses cambiaré mi
traje de duelo contra un amigo fiel.
LONGAVILLE.-Esperaré con paciencia. Pero el
plazo, ¡qué largo!
MARIA .-Exactamente el que os conviene, pues sois
aún muy joven para vuestra talla. (Quedan hablando
bajito.)I
BEROWNE. -.(A Rosalina.)-¿Eu qué piensa mi se-
ñora? Dueña mía, mira, en mis ojos, ventanas de mi
159corazón, qué humilde súplica espera tu respuesta.
Impónme algún servicio para que pueda probarte
irá amor.
ROSALINA.-He oído hablar con frecuencia de vos,
mi señor Berowne antes de conoceros, y mil lenguas
en el mundo os proclamaban hombre fecundo en
burlas, pródigo en comparaciones cómicas y en pu-
llas agresivas, con las cuales acribillabais a cuantos
se ponían al alcance de vuestra chispa. Pues bien,
con objeto de desarraigar esta verdadera cizaña de
vuestro fértil cerebro, y con ello ganar, si ello no cr,
disgusta, mi corazón, que tan sólo alcanzaréis a este
precio, un año entero pasaréis, día tras día, visitando
a los sordomudos y sin conversar sino con los que
giman en el dolor. Y vuestra labor será y en ella ha-
bréis de poner todo vuestro esfuerzo, en hacer son-
reír, pese a todos sus dolores, a los enfermos incu-
rables.
BEROWNE. -¡Hacer brotar la sonrisa en la gar-
ganta de la muerte! Esto no se puede conseguir. Es
imposible. Toda la alegría sería impotente para rea-
nimar a un alma agonizante.
ROSALINA.-¿Qué estáis diciendo? Es, por el con-
trario, el verdadero medio de corregir a un espíritu
burlón cuya fuerza proviene de la complaciente in-
160dulgencia que los necios, que tanto gustan de reír,
conceden a los tontos. El éxito de un dicho agudo
depende enteramente del oído de aquel que lo escu-
cha, no de la lengua que le pronuncia. Por consi-
guiente, si oídos enfermos, ensordecidos por el
propio rumor de sus tristes lamentos, consienten en
escuchar burlas, continuad sembrándolas y os
aceptaré pese a tal defecto. Caso contrario, despedid
a tal mal espíritu, y una vez desembarazado de tal
inconveniente, me veréis infinitamente satisfecha de
que os hayáis corregido.
BEROWNE.-¡Un año! Pues bien, ocurra, un año
pasaré bromeando en un hospital. (El Rey y la Prin-
cesa avanzan.)PRINCESA. (Al Rey.)-Así ha de ser,
bondadoso señor. Y tras ello, me despido.
EL REY.-No, señora; queremos acompañaros hasta
el momento de partir.
BEROWNE.-Nuestro amor no acaba como en las
comedias antiguas. Bartolo no tiene a su Bartola. La
cortesía de estas damas hubiera debido terminar en
comedia nuestro entretenimiento.
EL REY.-Ea, caballeros, se trata de un año y un día,
y el desenlace llegará.
BEROWNE .-Es demasiado largo para una pieza
teatral. (Entra Armando vestido como de costumbre.)
161ARMANDo.-Dulce majestad, concédeme...
EL REY.-¿No es éste nuestro Héktor?
DUMAINE.-El esforzado caballero de Troya.
ARMANDO.-Vengo a depositar un beso sobre tu
dedo real antes de despedirme. Estoy atado por un
voto: he jurado a Santiaguita manejar el arado du-
rante tres años por amor a sus bellos ojos. Pero, ¡oh
estimadísima majestad!, ¿os agradaría escuchar el
diálogo que los dos letrados han compilado en ho-
nor del mochuelo y del cuclillo? Debía de haber si-
do dicho al final de nuestra presentación.
EL REY.-Bien, hazles venir inmediatamente y les
escucharemos.
ARMANDO -¡Eh!, ¡acercaos! (Las máscaras avanzan.
De un lado un grupo de personas en representación del invier-
no, encarnado en un personaje vestido como un mochuelo; de
otro, otro grupo representando a la primavera, dirigido por un
personaje disfrazado de cuclillo.) A este lado está Hiems, el
Invierno; a este otro, Ver, la Primavera. Por uno ha-
bla el Búho; por el otro, el Cuclillo. Ver, empieza:
El Cuclillo canta.
Cuando las pintadas, albas, margaritas
162con las violetas suaves, pequeñitas, más las anémo-
nas de color de oro y las cardaminas, ¡tan blancas!, a
coro
esmaltan tornando tapices los prados verdes, blan-
cos, rojos, azules, dorados...
El cuclillo, loco, va de rama en rama(burlándose,
astuto, del marido que ama),
lanzando su agudo ¡cu, cu! socarrón.
Canto vivo que inquieta y escama al casado ausente,
que por dentro brama,
temiendo que el niño alado y burlón de a su frente
cuernos en cada ocasión.
Cuando caramillos hacen los pastores; cuando las
alondras, de pardos colores,
relojes tempranos del buen labrador; cuando las
cornejas, con celo y amor, y la tortolilla preparan su
nido,
trabajando raudas con afán no vano; cuando las
muchachas trajes de verano
sacan, y al alféizar la ropa de cama.
El cuclillo, loco, va de rama en rama (burlándose,
astuto, del marido que ama),
lanzando su agudo ¡cu, cu! socarrón.
Canto vivo que inquieta y escama al casado ausente,
que por dentro brama,
163temiendo que el niño alado y burlón de a su frente
cuernos en cada ocasión.
El Mochuelo canta:
Cuando los carámbanos adornan ya todo,
y los pastorcillos, yertos, ateridos, soplan su deditos,
todo entumecidos, marchando tristones sobre el du-
ro lodo.
Cuando, diligente, Tom corta la leña, la leche crepi-
ta, helada, en el cazo, formando compactos, duros,
cuajarones,
y en ser larga y fría la noche se empeña.
En ella su canto como mal agüero el mochuelo lan-
za, mientras, dentro, al fuego,
junto al que dormita el gato, ya ciego, moza Mari-
tornes despuma el puchero.
Cuando el duro viento todo bambolea
y la tos perturba del cura el sermón.
Cuando de hambre y frío perece el gorrión, y la na-
riz roja de Mary gotea.
Cuando las asadas patatas, en plato, tienen a distan-
cia la pata del gato,
164En la noche, el canto todo plañidero el mochuelo
lanza, mientras dentro, al fuego,
junto al que dormita el gato, ya ciego,
moza Maritornes despuma el puchero.
ARMANDO.-Las palabras de Mercurio no pueden
sino desentonar tras los cantos de Apolo. He aquí
vuestro camino. Y he aquí el nuestro. (Todos salen.)
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