SONATA DE OTOÑO De Ingmar Bergman














SONATA DE OTOÑO
De Ingmar Bergman
                                                                         
Charlotte  
Eva  
Viktor


ViKTOR:
A veces me quedo mirando a mi mujer, sin que ella se dé cuenta. En este momento está escribiendo una carta a su madre. Hacía pocos días que nos conocíamos; ella representaba a una revista religiosa en una conferencia episcopal en Trondheim. Nos presentaron durante un almuerzo y le hablé de mi parroquia. Parecía tan interesada que me atreví a proponer que viniera una mañana, cuando la conferencia hubiese terminado. Por el camino le pregunté si quería casarse conmigo. No me contestó, pero cuando entramos a esta habitación me miró y me dijo: “Es hermosa, aquí voy a estar muy bien.” Desde entonces llevamos aquí una vida tranquila y agradable. Como es natural, Eva me habló de su vida anterior. Antes de entrar a la Universidad, se casó con un médico. Vivió con él varios años, escribió dos libros, se enfermó de tuberculosis, deshizo su compromiso y dejó Oslo para vivir en una ciudad del sur de Noruega, donde empezó a trabajar como periodista. (Busca un libro.) El primero de sus libros; me gusta mucho. Dice: “Hay que aprender a vivir, yo me ejercito todos los días. El mayor obstáculo es que no sé quién soy, voy avanzando a tientas. Si alguien llega a amarme tal como soy, tal vez me decida a contemplarme a mí misma.” (Deja de leer.) Yo debería decirle alguna vez que la amo, pero no sé decirlo de pero no encuentro las palabras para que ella me crea.


EVA:
¡Le escribí una carta a mamá! ¿Te la leo?

VIKTOR:
Vení , sentate. Espera que apague la radio y encienda las luces.

EVA:
Si querés escuchar el concierto...

VIKTOR:
Prefiero que me leas la carta.

EVA:
(Lee.) Ayer fui a la ciudad y me encontré por casualidad con Agnes. Me contó del fallecimiento de Leonardo. ¡Querida mamita! Comprendo lo terrible que debió ser para vos. Agnes me contó también que te estabas de vacaciones improvisadas entre dos giras de conciertos. Llamé a Paul y le pedí tu dirección actual. (Pausa.) ¿Te gustaría venir a Bindal a pasar con nosotros unos días? El tiempo que quieras y puedas. Para que no te asustes y digas en seguida que no, te aclaro que la rectoría es muy espaciosa. Podes tener tu propia habitación, muy independiente y con todas las comodidades. ¿No sería bueno por unas semanas dejar el hotel? Aquí ya es otoño, los abedules están amarillos y rojizos y estamos recogiendo las últimas fresas. Quedan muchos días claros y templados…

VIKTOR:
Tenemos un muy buen piano …

EVA.
Sí, Va a poder tocar todo cuanto tengas ganas, sí. Querida mamá, decime que vas a venir. Te vamos a mimar de todas las formas que te puedas imaginar. Hace tanto tiempo que no nos vemos. En octubre van a hacer siete años. Cariños de Viktor y de tu hija Eva.

(Charlotte en la puerta. Eva se da vuelta y la ve. Un momento de inmovilidad. Va hacia ella y la abraza)

EVA.
Mamita, bienvenida. Es maravilloso que estés aquí, casi no puedo creer que sea cierto. Vas a quedarte un tiempo, ¿no? Parece que pesan estas valijas. ¿Trajiste tus partituras?

CHARLOTTE:
Todas.
Qué hermosa casa.

EVA.
Cuánto me alegro; me vas a tener que dar algunas lecciones entonces. (Ríen las dos. Vuelve a abrazarla) Mamá querida, pareces cansada.

CHARLOTTE:
Sí, el viaje fue muy largo. Y los últimos días había estado cuidando a Leonardo. Tenía muchos dolores, a pesar que le ponían una inyección cada dos horas.

EVA.
Es lógico, aquí vas a descansar.

CHARLOTTE:
Frente al hospital había un edificio en construcción y constantemente se oían golpes, martillazos, taladros.

EVA.
¿Por qué no pediste que lo cambiaran de habitación?

CHARLOTTE:
Tratamos de conseguir otra habitación, pero no hubo caso. Al atardecer paraban los ruidos de la obra y podía abrir la ventana -el pobre Leonardo estaba muy nervioso porque despedía mal olor- pero afuera el calor era como una pared, no soplaba nada de viento. El último día vino un profesor, un viejo amigo de Leonardo. Le comentó que iba a un concierto de Brahms, pero que volvería cuando el concierto terminara. Después acarició la mejilla de Leonardo y se fue. La enfermera vino. Le puso una inyección a Leonardo para que pudiera dormir sin dolores. Me sugirió a mí que comiera algo -pero yo no tenía hambre, el mal olor me daba nauceas. Leonardo dormitó solo unos momentos, se despertó, me pidió que llamara a la enfermera y que saliera de la habitación. Ella volvió a entrar con otra jeringa. Salió a los pocos momentos, vino hacia mí y me dijo que Leonardo había muerto.

EVA.
(En un susurro) Dios… muchos años de amistad, mamá.

CHARLOTTE:
Dieciocho años, Eva, y vivimos juntos trece sin decirnos una palabra más alta que la otra. Él ya sabía desde hacía dos años que iba a morirse, que no tenía ninguna esperanza. Yo iba a verlo a su casa de las afueras de Nápoles siempre que podía. Charlábamos mucho, bromeábamos y tocábamos un poco de música de cámara, pero casi nunca mencionaba su enfermedad y yo no le preguntaba, no le habría gustado. Un día me miró largamente, y dijo: “El año que viene por estas fechas no voy a estar por aquí, pero siempre voy a estar a tu lado, siempre voy a pensar en vos.” (Eva le toma la mano cariñosamente) Me resultó extraño viniendo de Leonardo, aunque era un poco aficionado a los gestos teatrales. (Soltándose dulcemente)

EVA.
Es una pena enorme.

CHARLOTTE:
No voy a pretender estar muy apenada. Su muerte era tan esperada como deseada.

EVA.
Es natural que sientas como un vacío.

CHARLOTTE:
Sí, pero tampoco es cuestión de enterrarse uno mismo, ¿no? (Sonríe tristemente.) ¿Cambié mucho en estos siete años?

EVA.
No. (Mirándole el cabello) Quizás…

CHARLOTTE:
Me lo tiño porque Leonardo no quería vérmelo canoso. Pero en lo demás estoy igual, ¿o no? Este traje me lo compré en Zurich para ir cómoda mientras manejo. Lo vi en una vidriera de la Bahnhofstrasse, entré, me lo probé y me quedaba perfecto, además increíblemente barato. ¿No me queda muy bien?

EVA:
Claro, mamita, te favorece mucho. (A Viktor) ¿Porqué no subís las valijas?

CHARLOTTE:
Tendría que vaciar las valijas. ¿Me ayudas después? El viaje me produjo un terrible dolor de espalda. ¿Eva, podríamos encontrar una madera para poner algo debajo de mi colchón? Tengo que dormir sobre algo duro.

Viktor
La madera ya esta en su lugar.

EVA:
La madera ya está bajo el colchón. La pusimos anoche.

CHARLOTTE:
Maravilloso. (Se detiene.) ¿Qué ocurre, mi pequeña? Estás llorando.

EVA:
Sólo lloro porque estoy muy contenta de verte.

CHARLOTTE:
Vení, te quiero abrazar bien fuerte, como cuando eras chiquita. Dejame que te vea. ¿No adelgazaste mucho?

EVA.
Un poco en estos…

CHARLOTTE:
Pero no estás contenta. Vení, sentate acá. ¿Cómo te va todo, mi pequeña Eva?

EVA:
Me va todo bien. Muy bien.

CHARLOTTE:
¿No viven un poco aislados? ¿Qué hacen acá…?

EVA:
Tanto Viktor, como yo, trabajamos en la parroquia.

CHARLOTTE:
Ah, mirá, claro.

EVA:
Yo a veces toco en la iglesia. El mes pasado toqué toda la tarde, y le explicaba a la gente después lo que había tocado.

CHARLOTTE:
Que bien.

EVA.
Sí, estuvo muy bien.

CHARLOTTE:
Tenes que tocar para mí. Si tenés ganas, claro.

EVA:
Después lo voy a hacer con mucho gusto. (La abraza)

CHARLOTTE:
Yo di cinco conciertos en el Music Hall de Los Ángeles para colegiales. Tres mil niños cada vez. No podes imaginarte el éxito, pero terriblemente cansador.

EVA:
(Pausa) Mamá, recordás que Helena está aquí con nosotros.

CHARLOTTE:
(Pausa.) Deberías haberme escrito que estaba aquí. No está bien ponerme ante esa situación sin que yo pueda...

EVA:
Te lo escribí. No te lo recordé en la última carta porque no habrías venido.

CHARLOTTE:
Estoy segura de que habría venido de todos modos. ¿No es suficiente la muerte de Leonardo? ¿Era necesario traer hasta aquí a la pobre Lena?

EVA:
Es que Lena vive aquí desde hace dos años. Viktor y yo le preguntamos si quería vivir con nosotros. Te lo había escrito en una carta.

CHARLOTTE:
No, no me escribiste eso.

EVA.
Te lo escribí.

CHARLOTTE:
Bueno, no recibí esa carta.

EVA:
Quizás la recibiste y no la leiste.

CHARLOTTE:
(Tranquila de improviso.) Creo que esa es una acusación injusta.

EVA:
Sí, perdoname. ¡Mamita! Lena es un ser humano maravilloso, sólo que le cuesta mucho hablar, pero ya aprendí a entender lo que dice. Yo te traduzco sus palabras. Tiene tantas ganas de verte.

CHARLOTTE:
Es que no me encuentro con ánimos de verla… Al menos hoy, no.

EVA:
Cuando quieras o puedas vamos.

CHARLOTTE:
¡Dios mío! Estaba tan bien en aquel sanatorio para incurables.

EVA:
Pero yo la extrañaba.

CHARLOTTE:
¿Estás segura de que esta mejor aquí en tu casa?

EVA:
SÍ. Y yo tengo alguien a quien cuidar.

CHARLOTTE.
¿Empeoró? Quiero decir, si ha... Si está peor.

EVA:
Naturalmente, empeoró. Es propio de la enfermedad.

CHARLOTTE:
En fin, vamos a saludarla.


EVA:
¿Seguro que podés hacerlo ahora?

CHARLOTTE:
(Sonríe.) Creo que es algo muy violento, pero no puedo elegir.

EVA:
¡Mamá!

CHARLOTTE:
Siempre me costó tratar con personas que no reconocen mis motivos.

EVA:
¿Te referís a mí?

CHARLOTTE:
Tómalo como quieras. Vamos.

EVA.
No, esperá, ella quiere venir a verte.

(Sale. Charlotte estuvo marcando un número telefónico.

CHARLOTTE:
¿Paul? ¿Puede dejarle un mensaje? Charlotte, que me llame, sabe donde estoy, tiene el número, sí.
(Cuelga. Prende un cigarrillo. Eva vuelve con una silla de ruedas con Helena. Charlotte apaga su cigarrillo)


CHARLOTTE:
Lena, pequeña. Pensé mucho en vos, todos los días. Voy a darte un abrazo y un beso. Te tomo los brazos así y los pongo sobre mis hombros.

HELENA:
(Dice algo, visiblemente emocionada.)

EVA:
Helena dice que le duele la garganta y no querría contagiarte.

CHARLOTTE:
Ah, pero si a mí nunca me dieron miedo las bacterias. Hace veinte años que no me resfrío.

HELENA:
(Dice algo.)

EVA:
Dice que te quites los anteojos para que puedas verla bien.

CHARLOTTE:
Pero te veo muy bien así. (A Eva) La veo muy bien.

HELENA:
(Dice algo.)

EVA:
Quiere que le tomes la cabeza con las manos y la mires a los ojos.

CHARLOTTE:
¿Así? (Helena asiente) ¿Sabés? Estoy muy contenta de que Eva te cuide. Creía que seguías en aquel sanatorio. Pero aquí estás mucho mejor, ¿verdad?

HELENA:
Sí.

CHARLOTTE:
Ahora vamos a poder estar juntas todos estos días.

HELENA:
(Feliz.) Sí.

CHARLOTTE:
¿Te duele algo?

HELENA:
No.

CHARLOTTE:
Que hermosa blusa que tenés. Y qué hermoso tenés el pelo.

HELENA:
(Dice algo.)

EVA:
Es gracias a vos, mamá.

HELENA:
(Dice algo.)

EVA:
Pregunta por Leonardo.

CHARLOTTE:
Ah, Leonardo no pudo venir. Pero mirá lo que pensé, estoy leyendo un libro sobre la revolución francesa. Si queres, te lo puedo leer. ¿Te gustaría? Nos vamos a sentar en el porche por la tarde para leer.

HELENA:
Sí.

CHARLOTTE:
(A Eva) Eva… me entiende todo.

EVA:
Claro que puede entender, mamá.

(Helena dice algo y ríe.)

CHARLOTTE:
(Advierte que no tiene reloj) ¿Pero cómo…?

EVA:
Dice que debes estar muy cansada, que hoy no deberías hacer más esfuerzos…

CHARLOTTE:
¿No tiene un reloj?

EVA:
¡Claro que tiene! Lo tiene en su mesita de luz.

CHARLOTTE:
Toma, te regalo el mío.

HELENA:
(Dice algo.)

EVA.
Lena dice que…

CHARLOTTE:
(Se separa) Espera, entendí lo que dijo. Entendí… (Mira hacia la ventana) ¿Una mariposa en la ventana?  ¿Qué hay una mariposa en la ventana, es eso?

EVA.
(Entra Viktor. Mira a Eva) Mejor anda a descansar un rato. Helena también tiene que descansar. Mejor la llevo. (Eva sale con su hermana)

CHARLOTTE:
Sí, mejor hacer eso…

VIKTOR:
Muchas emociones para un día.

CHARLOTTE:
(Sonríe a Viktor. De pronto hacia donde se fue Eva) ¿Vamos a poder cenar todos juntos, no Eva?

VIKTOR:
No, pasa que Helena está haciendo régimen. Ya tuvo su comida principal al mediodía.
En el hospital comía demasiado.

CHARLOTTE:
Creía que seguía en el sanatorio, no sabía que estaba acá. Yo pensaba visitarla antes de irme de viaje.

ViKTOR:
Pero Eva es una excelente compañía para Helena.

CHARLOTTE:
(A Eva que vuelve) Sí, estoy contenta de que la cuides vos.
¿Cómo es eso de que no vamos a comer todos juntos?

Eva
Es que ya comió mucho al mediodía.

CHARLOTTE:
El pelo. Le comenté lo hermoso que tenía el pelo. (A Viktor)

EVA:
Si, dijo que era en honor a mamá.

CHARLOTTE:
Dijo que era para mí! Le dije también que estaba leyendo un libro. Me entendía todo.

EVA:
Es que puede entender, mamá.

CHARLOTTE:
Me gustaría mucho llevarla a pasear en el coche. Puedo, ¿no? Yo nunca estuve en esta región. (La mariposa...)

ViKTOR:
Se la ve muy contenta, Charlotte. Me alegro.

EVA:
Mamá le dio su reloj pulsera.

CHARLOTTE:
Una pavada. Un regalo de un admirador que me encontraba muy poco puntual.

CHARLOTTE:
Y en un momento señaló la ventana y dijo: una mariposa en la ventana. ¿Era eso, no? Ay. Siento como si tuviese fiebre. ¿Por qué quiero llorar? Qué estupidez. Me siento avergonzada.

EVA:
No te sientas avergonzada, mamá. ¿No querés mejor ducharte? ¿O dormir un rato?
O por lo menos echarte un rato en la cama.

CHARLOTTE:
Sí, sí.

VICTOR:
Tendrás hambre, ¿no?

EVA:
Voy a prepararte algo rico. (Sale)


CHARLOTTE:
(Sola) Tanto apuro por venir. ¿Qué esperaba? ¿Qué estaba esperando con tanta desesperación que no podía reconocerme a mi misma.? Lena estaba allí, mirándome con sus grandes ojazos. Cuando le sostuve su cabeza entre las manos pude ver cómo la enfermedad le encogía los músculos del cuello. ¿No debería ir, levantar en brazos ese cuerpo suave, desbastado y llevarlo hasta mi cama? ¿Consolarla como cuando tenía tres años, mi chiquita?

VIKTOR:
No llores.

CHARLOTTE:
No, no quiero llorar ahora.

VIKTOR:
Porqué no te vas a dar esa ducha? Así estas despejada para la cena.

CHARLOTTE:
Si, Me voy a duchar y voy a pensar en otras cosas. (Sale Viktor)
Eso sí, me voy a quedar menos días, cuatro. Los voy a soportar. Pero duele. Sí, duele mucho. Duele del mismo modo que la segunda frase de la sonata de Bartok. (Silba y canturrea.) Ah, no, demasiado rápido. Despacio, pero sin lágrimas, porque ahí no quedan lágrimas o nunca las hubo. Me voy a poner el vestido rojo, por maldad. Eva seguro piensa que debería llevar algo más discreto estando tan próxima la muerte de Leonardo. (De pronto.) ¿Por qué soy tan mala y estoy siempre de mal humor? Eva y Viktor son buenos conmigo, están contentos de tenerme aquí. Y Viktor es desde luego un buen muchacho. La llorona de Eva ha tenido suerte con él. Ahora vamos a ver si funciona la ducha. Me extrañaría.


EVA:
Tendrías que haber visto su sonrisa cuando le dije que Lena vivía con nosotros.

VIKTOR:
Eva…

EVA.
No. Imagínate, logró sonreír, a pesar a la sorpresa y el miedo. Esta madre extraña e incomprensible.

VIKTOR:
Bueno…

EVA.
¿Y cuando la vio?: una actriz antes de hacer su entrada, despavorida, pero con dominio de sí misma. La representación fue soberbia. Mi madre es completamente fría, créeme. ¿Por qué vino realmente?

VIKTOR:
La invitaste.

EVA.
Sí, pero, ¿qué esperaba encontrar después de siete años? No sé qué esperaba.

VIKTOR:
¿Y vos sabés que esperabas? Tampoco, ¿no?

EVA.
Es cierto. Yo tampoco se que esperaba. Pero por lo visto nunca dejamos de esperar algo. ¿Se deja algún día de ser madre e hija? Es como…

VIKTOR:
Algunas lo consiguen.

EVA:
Como… si se te cayera encima un pesado fantasma al abrir la puerta de la habitación de los niños. Y habías olvidado como era la habitación de los niños. ¿Crees que soy adulta?

VIKTOR:
Ignoro el verdadero significado que se da a la palabra adulto.

EVA:
Tenes razón. Yo tampoco lo sé.

VIKTOR:
¿Será estar en paz con los propios sueños y esperanzas? ¿Sin anhelarlos?

EVA:
¿Crees eso?

VIKTOR:
Quizá sea dejar de asombrarse.

EVA:
Qué juicioso pareces ahí sentado con tu vieja pipa. Vos sí que sos completamente adulto.

VIKTOR:
No, me asombro cada día.

EVA:
¿De qué?

VIKTOR:
De vos, por ejemplo. Además, tengo toda clase de esperanzas y sueños insensatos. Y también cierta clase de anhelo.

EVA:
¿Anhelo? Es una manera muy extraña de describir lo que sentís.

VIKTOR:
Sin embargo te anhelo a vos.

EVA:
Hay palabras muy hermosas, ¿no? Yo fui educada con palabras bonitas. La palabra «dolor», por ejemplo. Mamá no se “asombra” ni se “desconcierta”, no es “desgraciada”, sólo conoce «el dolor». Vos también sabes un montón de estas palabras.

VIKTOR:
Va unido a mi profesión.

EVA.
Pero cuando decís que me anhelas -teniéndome tan cerca-, siento desconfianza. Tengo que ir a la cocina y vigilar la carne.

VIKTOR:
Sabes muy bien a qué me refiero.

EVA:
No, sabés que no sé a que te referís. Si lo supiera, no se te ocurriría nunca decírmelo.

VIKTOR:
(Sonríe.) Eso es verdad. Pero saber eso demuestra que sos por lo menos tan inteligente como yo, tal vez más. Aunque eso no quiera decir gran cosa.

EVA:
Mamá siempre pensó que no sé cocinar. Ella es una auténtica apasionada de la comida; la oí hablar toda una noche con un empresario americano sobre el modo de hacer salsas. Ambos exaltados.

VIKTOR:
Yo creo que vos...

EVA:
Cocino muy bien. Gracias, amigo mío. (Lo besa en la frente) Tengo que hacer café descafeinado para mi querida mamá. Me pregunté varias veces por qué padece insomnio. Creo que conozco la causa. Si esta mujer durmiera con normalidad, aplastaría el mundo que la rodea; su insomnio es la argucia de la naturaleza para reducirla a proporciones soportables. (Sale y vuelve a entrar.) Ahora vas a ver lo elegante que va a estar para comer. En su perfecta indumentaria vamos a ver un modo discreto de recordarnos que a pesar de todo es una viuda triste y solitaria. (Entra Charlotte)


CHARLOTTE:
Un día mi viejo amigo Samuel Parkenhurst, me dijo…

EVA.
¡Mamá, qué hermoso ese vestido!

CHARLOTTE:
“Charlotte, en de la exhibición de otoño de Dior vi un vestido rojo hecho para vos.” Le pedí que me lo hiciera enviar y... (Se muestra) ¿Qué? ¿Me queda bien, Viktor? Queridos, tengo un hambre de lobos!

VIKTOR:
Le queda muy bien. Brindemos por el reencuentro.

EVA:
Hice carne asada. Espero que te guste. (Suena el teléfono. Eva va a atender)

CHARLOTTE:
Maravilloso. Por fin un poco de comida casera, después de tantas cenas de hotel.

VIKTOR.
Bien venida a la rectoría, querida Charlotte. Bien venida de corazón; que te encuentres a gusto y te quedes mucho tiempo.

EVA.
Mamá, para vos.


CHARLOTTE:
¡Aló! ¿Paul? Sí, la verdad es que molestás un poco. Estamos por cenar. Sí, en este país se come a cualquier hora. Habla más fuerte; oigo un ruido terrible. ¿Dónde estás? ¿Niza? ¿Qué haces ahí? Tené cuidado, no vayas a gastarte mi plata en el casino. ¿Qué decís? (Escucha con seriedad.) A ver, estoy de acuerdo en cobrar lo mismo, deducimos los gastos de viaje y tu porcentaje, pero esta vez tienen que hacerse cargo de todos los gastos… (Escucha) Me arruiné, Paul. Espera, necesito los anteojos. Eva, me alcanzas mi cartera, está en mi habitación. (al teléfono) Y que, por favor, no olviden ensayar. Voy desde Munich, que ensayen el sábado y el domingo si Varviso se obstina solo en dos ensayos. (Escucha) No, yo no pienso llegar con la lengua fuera, las combinaciones son pésimas, me voy a pasar el día en aeropuertos. (Le alcanza los anteojos) ¡Gracias, querida! (Mira su calendario.) Ahora, la vieja ya tiene anteojos sobre la nariz. (Escucha) No, no puede ser. Entonces voy a estar libre cuatro días. (Escucha) Si. Aquí tengo escrito libre, libre, libre… ¿Cuánto? (Escucha) Son terriblemente avaros... (Escucha) Si pueden fijar su bendito concierto para el miércoles, puede ser que me convenga hacerlo. Pero deciles  que instalen un baño como Dios manda detrás del podio, para que no tenga que hacer pipí en un florero, sí, sí, por muy castillo barroco que sea. (Escucha) ¿Treinta y tres grados? Tratá de no cansarte. Ya no somos jóvenes. Dios te bendiga, Paul. Si te amo, lo sabes. (Cuelga y va hacia el piano) Mi representante, un encanto, el único amigo que me queda en el mundo. ¡Qué hermoso y viejo instrumento!

VIKTOR:
¿Un cognac?

CHARLOTTE:
Café. Descafeinado, por favor.  (Prueba el piano) y qué bien suena.

EVA:
Está recién afinado.

CHARLOTTE:
¿Puedo ayudarlos con algo?

EVA.
Te dijimos que queríamos mimarte un poco.

CHARLOTTE:
Gracias. Ahora estoy de muy buen humor. Me había puesto nerviosa sin necesidad.

EVA:
¿Por qué, mamá?

CHARLOTTE:
(Con lágrimas en los ojos.) Bueno, escuchala, Viktor. ¿Qué te parece mi pequeña Eva, no crees que era inquietante para mi verte después de siete años? Tenía un miedo tremendo. Ayer por la mañana estuve a punto de llamar para decir que no venía.

EVA:
¡Qué cosas decís, mamá!

CHARLOTTE:
¿Crees que estoy hecha de hierro? (Viktor le trae el café) Gracias, dos terrones. No tiene ningún aliciente tomar café descafeinado, pero qué voy a hacer si no duermo. Veo que continúas con los preludios de Chopin. ¿Vas a ser buena y tocarme algo? Me darías una gran alegría si tocaras algo para mí.

EVA:
¿Ahora, mamá?

VIKTOR:
¡Eva! No seas chiquilina. Me dijiste anteayer que deseabas tocar para tu mamá. Que te daría mucha alegría que ella quisiera escucharte. ¿Lo olvidaste?

EVA.
Es que no practiqué el tempo que tiene esta versión.

VIKTOR:
Mi amor, basta de excusas.

CHARLOTTE:
Sentate y empezá. Por favor. Para mí.

EVA:
(Toca el Preludio n.° 2 en la menor de Chopin. Finaliza. Silencio)

CHARLOTTE:
Mi pequeña y querida Eva. ¿Me servirías otro café, Viktor, por favor?

EVA:
¿Es esto todo lo que tenes para decirme?

CHARLOTTE:
¡No, no, es que estoy tan emocionada!

EVA:
(Contenta.) ¿Te gustó?

CHARLOTTE:
Me gustaste vos.

EVA:
No te entiendo.

CHARLOTTE:
¿Queres tocar otro? Ahora que estamos tan bien.

EVA:
Quiero saber en qué me equivoqué.

CHARLOTTE:
No te equivocaste en nada.

EVA:
Pero no te gustó mi interpretación.

CHARLOTTE:
Cada persona lo interpreta a su modo. Yo no soy quién…

EVA:
Veo que no pensas molestarte en decirme tu opinión.

CHARLOTTE:
Te enojas.

EVA:
Quiero conocer tu modo de interpretarlo.

CHARLOTTE:
¿Por qué? ¿De qué va a servir?

EVA:
(Intentando no verse hostil.) Porque yo te lo pido.

CHARLOTTE:
(A Victor) Está bien, si queres eso.. (Al piano con Eva) Dejemos de lado lo puramente técnico, que no estuvo mal- aunque podrías haberte guiado un poco más por las indicaciones de Cortot, que representan cierta ayuda en la interpretación- Pero no nos ocuparemos de esta problemática, sino solamente de la interpretación en sí.

EVA:
¿Y?

CHARLOTTE:
¡Chopin no es sentimental, Eva! Es emotivo, pero no sentimental. Existe un abismo entre la emoción y el sentimiento. El preludio que tocaste habla del dolor contenido, no de fantasías. Tenes que ser clara y contundente. La temperatura es fiebre alta, pero la expresión está virilmente contenida. (Empieza a tocar.) Fíjate sólo en las primeras notas. Duele, pero no lo demuestro. (Escuchan) Hay un corto alivio. Pero se desvanece casi en seguida y el dolor vuelve a ser el mismo, no menor ni mayor. (Para de tocar) Chopin era orgulloso, sarcástico, ardiente, atormentado, furioso y muy varonil. No era, por lo tanto, un simple sensiblero. Este segundo preludio debe tocarse casi mal, sin adornarlo jamás. De este modo, escucha. (Toca toda la pieza.)

EVA:
Comprendo.

CHARLOTTE:
(Casi humilde.) No lo tomes mal, Eva.

EVA:
Por qué tomarlo a mal. Al contrario.

CHARLOTTE:
Durante mis años de profesional me preocupé por estos incómodos preludios. Siguen guardando un montón de secretos que todavía no comprendo. Pero no pienso rendirme, Viktor.

EVA:
Cuando era niña te admiraba locamente. Después me cansé de vos y de tu piano durante una larga temporada. Ahora vuelvo a sentir cierta admiración por vos, pero de otra índole.

CHARLOTTE:
Al menos hay esperanzas.

EVA:
(Seria.) Sí, claro.

VIKTOR:
Creo que el análisis de Charlotte es seductor, pero la interpretación de Eva es vehemente.

EVA.
Viktor, por favor.

CHARLOTTE:
(Riendo, feliz.) No, no… Por esta declaración ¿Viktor no merece un beso?

VIKTOR:
(Avergonzado.) Dije sólo lo que pensaba.

(Charlotte en el piano arranca una melodía furiosa)

EVA:
Voy a visitar la tumba todos los sábados. Si hace buen tiempo como esta noche, me siento un rato y dejo vagar mis pensamientos. (Pausa.) Erik se ahogó la víspera de su cuarto cumpleaños. Teníamos en el jardín un viejo pozo con una tapa clavada, pero de alguna manera levantó la tapa y se cayó dentro. Le encontramos casi en seguida, pero ya estaba muerto. Viktor no podía sobreponerse, había algo especial entre Erik y su papá. Pero yo lo lloré de una manera exterior. Dentro de mí estuve segura desde el principio de que iba a seguir viviendo, de que íbamos a vivir los dos uno dentro del otro. Sólo necesito concentrarme un poco para encontrarlo. A veces, cuando estoy a punto de quedarme dormida, siento que respira contra mi cara y me toca con la mano. ¿Pensas que es una idea exaltada? Te comprendo si pensas eso. Pero para mí es algo completamente natural. Erik está viviendo otra vida, y de vez en cuando podemos reunimos. No hay frontera, no hay muro infranqueable. A veces, claro está, me pregunto cómo debe ser la realidad en que mi hijito se mueve y respira. Pero al mismo tiempo comprendo que es imposible describirla, ya que es en un mundo de sentimientos liberados. Para Viktor es mucho más difícil.

VIKTOR:
Yo ya no puedo creer en Dios, si es capaz de permitir que los niños mueran o...

EVA.
Viktor, no existe diferencia entre niños y adultos, los adultos siguen siendo niños que fingen ser mayores. Para mí, el ser humano es una creación inaudita, una idea incomprensible; en el ser humano se encuentra todo, desde lo más alto a lo más bajo, exactamente igual que en la vida; es la imagen de Dios, y en Dios está todo; es como una tremenda fuerza, con la cual se crearon demonios y santos, magos y profetas, artistas y destructores. Todo está junto, muy apretado lo uno contra lo otro. Es como un monstruo gigantesco que cambia constantemente. ¿Comprendes lo que quiero decir? Por esta misma razón tiene que haber una ilimitada cantidad de realidades que dan vueltas unas en torno a las otras, por dentro y por fuera. Solamente el temor y la vanidad nos inducen a creer en las fronteras. No existen fronteras. No para las ideas y los sentimientos. Son los temores los que erigen fronteras. ¿No pensás eso cuando tocas los lentos acordes de la Hammerklavier de Beethoven? Yo ahí me veo obligada a comprender que nos movemos en un mundo sin confines, en el interior de un poderoso movimiento que no podemos penetrar ni explorar. ¿No ocurre como con Jesús? Quebrantó leyes y fronteras con un sentimiento totalmente nuevo, del que nadie había oído hablar jamás, y que era el amor. (Grito de Helena) Ya voy. No es sorprendente que los hombres sintieran miedo y cólera, se corrompieran e intentaran corromper a los demás, esto siempre ocurre cuando los abruma un gran sentimiento. (Segundo grito de Helena) Voy a ver que necesita.


VIKTOR:
¿Te sentís bien?

CHARLOTTE:
Me siento tan cautivada cuando la oigo razonar de esa manera. Dice cosas tan contrarias al sentido común. ¡Al mismo tiempo con esa seguridad en sí misma!
Vive con su niño, ha resuelto los enigmas del mundo, tiene respuesta para todas las preguntas. Pero creo que en realidad es profundamente desgraciada. No deberías permitir que continúe así.
Un día se va a dar cuenta de lo que realmente le pasa y va a hacer una locura.

VIKTOR.
¿De verdad crees eso?
Charlotte, voy a intentar explicarte cómo veo a mi mujer.
Cuando le pedí a Eva que se casara conmigo, me dijo en seguida que no me amaba. Le pregunté si amaba a otro y me contestó que jamás había amado a nadie, que era incapaz de amar. (Pausa.) Así vivimos aquí varios años, unidos por el afecto, el trabajo, viajábamos al extranjero durante mis vacaciones, y entonces nació Erik. Ya habíamos perdido la esperanza de tener un hijo propio y hablábamos de adoptar uno... (Pausa.) Durante el embarazo Eva sufrió un cambio total. Se convirtió en una mujer alegre, tierna, comunicativa. Se volvió perezosa. Abandonó el trabajo de la parroquia y sus prácticas de piano. Se sentaba a descansar las piernas, a contemplar el paso de la luz toda la tarde. De pronto éramos muy felices, muy felices incluso en la cama -perdoname que diga esto-. Tengo varios años más que Eva, ya creía que se había posado una membrana gris sobre mi vida, ¿entendes lo que quiero decir, no? Pensaba que ya tendría que mirar a mi alrededor y decir: “Bueno, así que esto fue la vida, qué se le va a hacer.” Pero de pronto todo cambió. Fueron unos increíbles… (Pausa.) Fueron unos increíbles... (Pausa.) Perdoname, pero sigue siendo un poco difícil. (Pausa.) Fueron unos años muy hermosos.

CHARLOTTE:
Viktor, recuerdo el año en que nació Erik.

VIKTOR:
Sí, pero tendrías que haber visto a Eva. Tendrías que haberla visto.

CHARLOTTE:
Es que en ese entonces yo tocaba las sonatas de Mozart y daba conciertos de piano. No tenía ni un solo día libre.

VIKTOR:
Sí, es cierto. Te invitamos una y otra vez, pero nunca tenías tiempo.

CHARLOTTE:
No.

VIKTOR:
Cuando Erik se ahogó, la membrana gris se ensombreció más que antes. El carácter de Eva sufrió un gran desequilibrio. Tiene terribles arrebatos de furia que antes no tenía. Pero yo no creo que sea exaltada o haya perdido la sensatez. Y si piensa que su hijo vive cerca de ella, es que debe ser así. No habla casi nunca de eso, tiene miedo de hacerme sufrir, y está muy bien. Pero lo que dice debe ser verdad. Yo le creo.

CHARLOTTE:
Claro. Sos sacerdote.

VIKTOR:
La poca fe que tengo permanece viva gracias a ella. (Entra Eva)

CHARLOTTE:
Perdoname si te herí.

VIKTOR:
No importa, Charlotte. A diferencia de vos y de Eva, yo soy una persona vaga e insegura. La culpa es mía. (Sale)

EVA:
¿Tenes todo en tu cuarto, entonces?

CHARLOTTE:
Sí. Mis galletas preferidas, el agua mineral, mi música, mi novela policial, tapones para los oídos, antifaz, almohada extra, mi pequeña manta de viaje. Mis dos Valium suelen ser la dosis justa, pero no pienses esta noche que voy a necesitarlos, claro que no. Voy a quedarme un rato leyendo aquí.

EVA.
Hay tanta paz y tanto silencio. Buenas noches, mamita.

CHARLOTTE:
Buenas noches, mi pequeña Eva, y gracias por esta noche. ¿Sabes una cosa? Viktor es una persona encantadora. Tenés que cuidarlo mucho.

EVA:
Lo hago.

CHARLOTTE:
¿Son felices juntos? ¿Lo pasan bien?

EVA:
Viktor es mi mejor amigo. No podría vivir si él no estuviera.


CHARLOTTE:
Pero dice que no lo amás.

EVA:
¿Te dijo eso?

CHARLOTTE:
Sí, ¿por qué? Estas asombrada. ¿Era un secreto? (Eva niega en silencio) Pero no te gusta que lo haya dicho.

EVA:
Viktor no suele hacer confidencias.

CHARLOTTE:
Hablamos de vos con mucho cariño y salió el tema, no le des más importancia de la que tiene. ¿Te parece extraño que sienta curiosidad por conocer la vida de mi hija?

EVA:
Otra vez si queres saber algo de mí, preguntámelo directamente. Prometo ser sincera.

CHARLOTTE:
Ya se, debería dejar a la gente en paz, ¿no? (Sonriendo) Pero creo que a vos te dejé en paz demasiado tiempo.

EVA:
(Sonríe.) En eso es posible que tengas razón.

CHARLOTTE:
No hablemos de esas cosas. A este paso no voy dormirme ni con somníferos. Dame un abrazo y prometeme que no vas a estar enojada conmigo por hablar con tu marido.

EVA:
Lo prometo.

CHARLOTTE.
Ustedes dos me dan envidia. No es muy divertido estar sola, comprendeme. Desde que Leonardo murió me siento muy sola.

EVA:
Sí. Lo puedo entender. ¿Qué estabas leyendo? ¿Adam Kretzinsky?

CHARLOTTE:
¿Oiste hablar de él?


EVA:
No.

CHARLOTTE:
Yo lo conocí en Madrid. Estaba loco por mí. Me admiraba muchísimo. Decía que yo era la mujer más hermosa que había conocido. ¿Qué hacer en una situación así? Me defendí hasta donde pude.

EVA:
¿A qué hora queres desayunar?

CHARLOTTE:
No, no te molestes por mí.

EVA:
Quiero mimarte. Café negro, leche caliente…

CHARLOTTE:
Bueno, si insistis...

EVA:
… Dos rebanadas de pan de centeno con queso de Jarlsberg y una rebanada de pan blanco tostado con miel. ¿No era eso?

CHARLOTTE:
Y no te olvides del vaso de jugo de naranja. Pero desayunamos todos juntos, no?
Eva! Mañana tendría que empezar con Ravel… (Se oye un sonido prolongado y quejumbroso. Charlotte mira aterrada a su hija.) Dios, Eva…

EVA.
Tranquila, es Helena, se despertó. Voy a ver si necesita algo. (Se va rápido)

CHARLOTTE:
(Lee) “Ella le entregó la roja flor de su inocencia con muda dignidad…?”¿Qué es esto? (Lee.) “Él la aceptó sin entusiasmo, pese a haber mirado fijamente toda la mañana sus pequeños y firmes senos y los claros… (Sonríe) ¿…y abundantes pelos de su pubis, que sobresalían del borde del bikini?” (Entra Eva.) Adam Kretzinsky habrás estado a punto de matarte por mí pero esto es una verdadera bazofia. Eva, te decía, mañana tengo que empezar en serio con Ravel, es imperdonable lo poco que trabajé estas últimas semanas, ¿qué había pasado?

EVA.
Lena tuvo una pesadilla.

CHARLOTTE:
Me desvelé.

EVA.
Te hago compañía un rato, si queres hablar.

CHARLOTTE:
No, gracias. Mejor andá a acostarte.

EVA:
Bueno, hasta mañana. (Se va)

CHARLOTTE:
Eva… (Eva la mira) ¿Me queres?

EVA:
Claro. Sos mi madre.

CHARLOTTE:
Eso no es una contestación.

EVA:
Entonces te respondo con otra pregunta. ¿Vos me queres a mí?

CHARLOTTE:
Te adoro.

EVA:
(Sonríe.) ¿Eso es cierto?

CHARLOTTE:
Me acusas de falta de amor y eso es un poco cruel.

EVA:
No fue una acusación.

CHARLOTTE:
¿Te acusas a vos misma de tu falta de amor a Viktor?

EVA:
No, yo le dije a Viktor que no lo amaba. Vos fingís amor. Hay una diferencia.



CHARLOTTE:
¿Por qué decís que finjo? ¿Y si creyera intimamente  que las amo a vos y a Helena? ¿No te acordas de cuando interrumpí mi carrera y decidí quedarme en casa?

EVA:
Mamá, no sé qué fue peor: si el tiempo que pasaste en casa jugando a ser esposa y madre o el tiempo que pasabas de tournée. No fue fácil para mí y para papá.

CHARLOTTE:
Para empezar, no sabes nada de las relaciones entre tu padre y yo. Papá y yo éramos felices. Josef era el hombre más bueno y cariñoso del mundo. Me amaba, y yo habría hecho cualquier cosa por él.

EVA:
Lo engañaste.

CHARLOTTE:
No lo engañé. Me enamoré de Martín y se lo dije enseguida. Pero seguro, en tu imaginación, para mí todo ese tiempo fue un lecho de rosas.

EVA:
Pasaste ocho meses de viaje con él.

CHARLOTTE:
¿Y?

EVA.
Que yo tenía que consolar a papá por las noches, diciéndole que vos lo amabas y que volverías a casa. Y leerle tus cartas. Tus cartas largas, cariñosas, alegres y humorísticas en las que contabas tus viajes tan interesantes. Leíamos dos y hasta tres veces tus cartas, como idiotas, sumisos, pensando que no había en el mundo otra persona más maravillosa que vos.

CHARLOTTE:
(Serena, sorprendida.) Hablas y… Parece que me odiaras. No voy a poder dormir.

EVA.
Mamita Perdoname. De pronto venís aquí después de siete años… Y yo me alegro de que hayas venido, claro. No sé qué me imaginaba. ¿Quizá me creía que estabas sola y triste? ¿Quizá pensaba que era adulta del todo y que vería todo con claridad: a vos, a mí misma, a la enfermedad de Helena, a nuestra infancia? Pero todo eso en mi cabeza sigue siendo un gran caos. (Pausa.) No es buena idea hablar del pasado. Buenas noches, mamá.


CHARLOTTE:
Me tirás un montón de acusaciones y después te vas.

EVA.
Es demasiado doloroso, no tiene sentido y además ya es demasiado tarde. Vení, sentate, hablemos.

CHARLOTTE:
No, no y no. No quiero pensar que sea demasiado tarde.

EVA:
No nos engañemos mamá, ya no se puede cambiar nada. Si para vos yo era una muñeca con la que jugabas cuando tenías tiempo. Si estaba enferma o lloraba me entregabas a la niñera. O a papá. Te ibas a trabajar a tu habitación con tu piano, donde nadie te molestaba. Yo me quedaba detrás de la puerta y solo cuando hacías una pausa, me atrevía a entrar para ver si de verdad existías.

CHARLOTTE:
Bueno, si estaba trabajando ¿que podía hacer? También me esforcé por ser muy amable con todos en los momentos…

EVA.
Sí que eras amable conmigo pero yo te sentía ausente. Si te preguntaba algo, apenas me contestabas. A veces me llevabas a la bahía; llevabas un vestido de verano largo y lleno de pliegues que permitía entrever tus pechos, que eran tan hermosos; ibas descalza, con el cabello recogido en una gruesa trenza. Y a tu lado yo me veía fea, con grandes ojos saltones, sin cejas ni pestañas, brazos demasiado largos, pies demasiado grandes... bueno, casi repugnante. Me movía siempre temerosa de que no te gustara mi aspecto. Pero casi nunca demostraste interés por mí. Sólo una vez dijiste: “Tendrías que haber nacido niño”, y te reíste para que yo no me entristeciera. Y lloré toda una semana. En secreto, porque vos odiabas las lágrimas... las lágrimas ajenas.

CHARLOTTE:
No todo fue así…

EVA.
Y un día, de la nada, encontraba al pie de la escalera tus valijas preparadas. Vos hablando por teléfono en un idioma extranjero, las puertas abiertas, todos hablando a la vez… Y yo corriendo a mi pieza pidiéndole a Dios que ocurriera algo, no sé, algo que te impidiera viajar, la muerte de la abuela, o un terremoto, o una falla en todos los aviones… pero siempre terminabas yéndote. Antes de irte, sí, me abrazabas y besabas varias veces, me mirabas y sonreías pero no me veías, mamá… Y ya estabas en camino. Yo pensaba “ahora se me para el corazón, ahora me muero de tanto daño que me hace, nunca más voy a estar alegre, sólo pasaron cinco minutos, cómo voy a resistir este dolor durante dos meses”, y lloraba contra las rodillas de papá, y él inmóvil, con su mano pequeña sobre mi cabeza. De vez en cuando me decía algo: “Esta tarde podemos ir al cine”, o… o “Creo que hoy nos gustaría un helado de postre”. Pero a mí no me interesaban ni el helado ni el cine; porque sentía que iba a morirme.

CHARLOTTE:
Querida…

EVA.
¿Y los días antes de tu llegada…? El nerviosismo me daba fiebre, y me aterraba pensar que podía enfermarme de verdad –porque a vos no te gustaba la gente enferma, ¿no?...

CHARLOTTE:
Dios mío, Eva. ¿qué decís? Basta por favor.

EVA:
Y cuando por fin llegabas, no podía soportar mi felicidad y me costaba hablar, mamá, y por eso a veces te impacientabas conmigo y decías en voz alta para que todos oigan: “Eva no está muy contenta de que su mamá vuelva a casa.” Entonces yo enrojecía y sudaba pero no podía pronunciar palabra, porque en nuestra casa vos tenías todas las palabras. Palabras de las que no me podía fiar. A veces no comprendía tus palabras, ¿sabías? No las comprendía porque no estaban de acuerdo con la expresión de tus ojos o el tono de tu voz. Cuando peleabas con papá, lo llamabas “mi querido amigo”, cuando te cansabas de mí, me decías “mi niña queridísima”. Nada coincidía. Instintivamente me daba cuenta que casi nunca sentías lo que decías.

CHARLOTTE:
Bueno, suficiente…

EVA.
No, espera, mamá, tengo que hablar hasta el fin, sé que estoy un poco ebria, pero si no hubiera bebido, jamás habría sido capaz de decir todo esto. Después, cuando pierda el valor y no me atreva a hablar y me calle, avergonzada de lo que haya dicho, vas a poder hablar vos. Yo te vos a escuchar y comprender… (Entra Viktor)

Viktor
Eva.

Eva
Dejanos, ándate por favor. (sale Viktor)

CHARLOTTE:
Pero pese a todo… eramos una familia, no?

EVA.
 Sí, sí, pese a todo era hermoso ser tu niña pequeña, te amaba, y vos me tolerabas bastante bien porque tenías tus viajes. Eso fue así. Pero hay algo que nunca comprendí: tu relación con papá. Esa vida en común sigue siendo un misterio. Lo mimabas, hablabas de él como si fuera de una materia especial, ¿me equivoco?

CHARLOTTE:
No, no te equivocas.

EVA.
Ah. Y, sin embargo, papá era una persona mediocre. Era mediocre. (Pausa) ¿Y sus aventuras?

CHARLOTTE:
(Va hacia la mesa chica a buscar su vaso) Eva… Por favor.

EVA:
Recuerdo por lo menos a tres mujeres desconocidas que vinieron a casa cuando vos estabas de viaje. ¿María van Eyck no era alumna tuya?

CHARLOTTE:
Papá tuvo con María relaciones breves y superficiales.

EVA:
¿No te importaban estas historias?

CHARLOTTE:
No podía enojarme con papá por sus pequeñas aventuras. Además, tenía buen gusto. Pero decís que papá era una persona mediocre. Yo creo que era muy amable…

EVA.
Sí, amable, sí, pero inofensivo.

CHARLOTTE:
Esa es una opinión tan cruel como injusta y demuestra que no conocías a tu padre. Josef podría haber sido uno de los mejores arquitectos de Europa, pero era demasiado considerado y decente. Por ejemplo: Tuvo que ayudar a su hermano mayor, mucho menos inteligente que él. Heredaron juntos la empresa de tu abuelo, y Joséf no quiso nunca ponerse por encima de su hermano. Pero tuvo ideas maravillosas. Dibujó…

EVA.
¿No entendés lo que te quiero decir…?

CHARLOTTE:
(Alzando la voz) Estoy hablando yo ahora. Dibujó… decía, una sala de conciertos para Copenhague. ¿O fue para Oslo…?

EVA.
Lyon.

CHARLOTTE:
Eso, Lyon. ¿Y sabés que dijo todo el mundo, querida? Coincidieron en que era uno de los edificios…

EVA:
Sí, ya me lo contaste.

CHARLOTTE:
… Más hermosos de la década de los treinta. Pero estalló la guerra, y obviamente el proyecto no se pudo realizar…

EVA.
¿Qué importa eso ahora?

CHARLOTTE:
Que el pobre Josef tuvo mala suerte con todo lo que emprendió. En realidad fue un gran hombre y no una persona mediocre. (Termina su whisky)

EVA.
Tus palabras son válidas para tu realidad…

CHARLOTTE:
Pareces escéptica. No me crees. Antes dijiste que yo me engañaba a mí misma. No creo que tengas razón. Jamás me mentí a mí misma.

EVA:
Te comportabas siempre como una víctima.

CHARLOTTE:
Me dolía la espalda, no podía ensayar como era debido, mis conciertos empeoraban, perdí importantes contratos. ¿Qué podía hacer? Empecé a pensar que mi vida no tenía sentido, que era una estupidez ir de ciudad en ciudad, ya desacreditada, cuando podía estar en casa con mi familia. Sí, sonreís irónicamente, pero estoy intentando ser fiel a la verdad.

EVA:
Yo estoy tratando de escucharte y comprender. (Se sienta a la mesa)

CHARLOTTE:
(Lleva la botella de whisky a la mesa y sirve en los dos vasos. Luego se sienta frente a Eva.) Voy a hablar de lo que yo sentía, y no voy a preocuparme de que me creas. Te lo voy a decir por lo menos una vez; después no voy a volver a hablar de esto. Estaba en Hamburgo, tocando la primera de Beethoven -que no es demasiado difícil- y todo iba bien. Después del concierto fuimos a un restaurante con el viejo Schmiess -sabes de quién hablo, el director…

EVA:
Sí, sí…

CHARLOTTE:
…que ahora está muerto. Bueno comimos muy bien, como siempre, y después de tomar bastante, cuando me sentía satisfecha y relajada -apenas sentía el dolor de espalda- Schmiess me dijo: “¿Por qué no te quedas en casa con tu marido y tus hijas y llevas una vida respetable en lugar de exponerte a continuas humillaciones?” Lo miré y me reí. “¿Tan mal toqué esta noche, Arthur?” “No, no es eso -me respondió-, pero no puedo olvidar cuando tenías veinte años y tocamos juntos el primero de Beethoven en Linz. ¿Te acordas de aquella tarde?” Claro que me acordaba. La sala estaba colmada. “Tocamos como dioses, Charlotte, la orquesta se superó a sí misma, después del concierto la gente se levantó y gritó y pataleó. Vos llevabas un vestido de verano azul, muy sencillo, y los cabellos largos hasta la cintura. “¿Cómo podes acordarte de todo eso?”, le pregunté, haciendo que no recordaba. “Lo escribí en mi partitura -me confesó Schmiess-. Ahí suelo dejar constancia de las principales experiencias de mi vida.” Cuando llegué al hotel, no podía dormirme. A las tres de la madrugada llamé a Josef y le dije que lo había decidido: no viajaría más, me quedaría en casa, seríamos una verdadera familia. Josef se alegró tanto… tanto. Lloramos de emoción. Hablamos casi dos horas.

EVA.
Sí. Recuerdo esa noche.

CHARLOTTE:
Bueno. Así es cómo pasó. No engañé a nadie. Solo una torpe ilusión infantil de que la vida, incluso a la gran Charlotte Andergast, le podía mostrar caminos misericordiosos.

EVA:
Pero no fue fácil…

CHARLOTTE:
No, fue una estupidez, claro…

EVA.
… nada fácil, mamá.

CHARLOTTE:
…Al mes entendí que era una terrible carga para vos y para papá. Pero me dije: tenés que tranquilizarte, Charlotte. Ahí empecé a dar lecciones, me ocupé de vos y de tu educación, ¿o no? Y pasamos el verano en una isla del archipiélago… De todo esto también tenés que acordarte. (Eva asiente, sonríe a medias.) Éramos muy felices, creo yo. ¿O no, Eva? ¿O tampoco eras feliz ahí? (Eva sacude la cabeza. Pausa) Pero me decías que nunca lo habías pasado mejor.

EVA.-
No quería decepcionarte, mamá.

CHARLOTTE:
Vivir para ver lo que…

EVA.-
Es que eras perfecta pero yo tenía catorce años y vos empleabas todas tus energías conmigo.
¿Te acordás lo que hacías? Varias veces al día te acercabas con tu sonrisa, tu tono de voz ligeramente despreocupado. Pero para mí, eras temible. Diste por descontado que teníamos que hacer gimnasia las dos juntas, ejercicios recomendados para tu propia espalda dolorida.¿Pensaste que el pelo largo me daba demasiado trabajo? me los cortaste; fue horrible, me veía grotesca. Dijiste que tenía los dientes mal colocados y me pusieron una ortodoncia, que no mejoraba precisamente mi aspecto. Como era muy alta se te ocurrió que tenía que usar vestidos que me hacías coser a mí. O los cosías vos misma, sin preguntarme si me gustaban.

CHARLOTTE:
Me hacía feliz coser esos vestidos para vos…

EVA.
Claro, entonces yo no podía rechazarlos porque no quería entristecerte. Y, lo peor de todo, me diste a leer libros que no me interesaban, demasiado avanzados para mi comprensión. Todavía tiemblo cuando pienso en aquellos años. Fue espantoso, mamá. No llegaba a comprender que te odiaba porque estaba convencida de que las dos nos amábamos. Y así, como no podía odiarte, el odio se transformó en un tremendo malestar. Trataba de llorar pero no podía,  trataba de gritar y no emitía ningún sonido. Un día, llorisqueaste un poco, porque te preocupaba mi desarrollo, me llevaste a un psiquiatra, que empezó preguntándome sobre mi vida sexual, pero como yo no sabía de qué me hablaba -ni había tenido mi primera menstruación-, me vi obligada a improvisar. Creo que le causó mucho asombro mi gusto atrevido, mis fantasías pervertidas. O tal vez adivinó la verdad y no quiso herirme. Pero fue amable y simpático. Me dijo que tenía que pensar en lo mucho, mucho que me amaba mi madre…

CHARLOTTE:
Mi chiquita…

EVA.
… Que sólo deseaba mi bien... Eso dijo. Y ahí te fuiste de viaje con Martín…

CHARLOTTE:
Otra vez. Nunca lo comprendiste. O nunca lo intentaste. Pero sí pensaste, sin ningún problema, que yo los abandonaba. (Se para) ¿Sentiste, aunque sea una vez en tu vida, que el amor te lleva y no podes dejar...? (Se interrumpe; pausa.)

EVA.
¿Qué ibas a decir? (Pausa) Mirame mamá...
Te acordaste de Stefan.

CHARLOTTE:
Claro que me acordé de Stefan. Eva, querida, no iban a poder con un niño. A esa edad…

EVA.
¡Mamá! Yo tenía dieciocho años. Stefan era dos años mayor que yo, nos queríamos, si que nos hubiésemos arreglado...

CHARLOTTE.
Estoy segura de lo contrario.

EVA.-
(De pronto con violencia) Nos hubiéramos arreglado porque lo queríamos tener, pero vos tuviste que meterte en el medio.

CHARLOTTE:
Eva, por favor, Stefan era un idiota, un adolescente apático, medio criminal, que solo quería engañarte.

EVA:
(Con odio.) Lo odiaste desde el primer momento porque entendiste que yo lo amaba, que iba a sacarme de tu lado, ¿no? Hiciste todo cuanto estuvo a tu alcance para destruir nuestra relación. Y al mismo tiempo fingías comprensión. ¿Te crees que lo sabes todo de él? Stefan cambió totalmente cuando supo que yo estaba embarazada.

CHARLOTTE:
Tu Stefan se emborrachó, se lleva “prestado” mi coche, y lo metió en una zanja. Y fue arrestado por conducir ebrio. Esa fue su reacción cuando se enteró de tu embarazo.

EVA.
¿Estabas presente en nuestras conversaciones? ¿Te escondías debajo de mi cama cuando estábamos juntos? ¿Sabes de lo qué estás hablando?
Stefan no era como los otros, era mucho mejor, mucho más honesto...


CHARLOTTE:
Claro, por eso debe ser que robó aquel pequeño dibujo de Rembrandt y lo empeñó. Ah, y por eso te mintió sobre su infancia, su adolescencia y las trágicas circunstancias de su familia. Y por eso debe haber asaltado nuestra casa de verano con sus elegantes amigos…

EVA:
Todo esto sucedió después. ¿Te olvidaste?

CHARLOTTE:
…Y se tomaron todo el alcohol y lo ensuciaron todo.

EVA.
¿Te olvidaste que me metiste en una clínica psiquiátrica después del aborto? ¿Y que a él lo denunciaste porque entró a casa para hablar con vos, para pedirte explicaciones?

CHARLOTTE:
Basta, paremos…

EVA.
¿Te preocupaste alguna vez por los pensamientos y emociones de otro ser humano?

CHARLOTTE:
Ya oí muchas veces estas acusaciones.

EVA.
¿Te preocupaste por otro ser viviente que no seas vos misma?

CHARLOTTE:
Eva, si hubieras deseado de verdad tener un hijo, yo no hubiera podido obligarte a abortar. ¿No entendés eso?

EVA:
¿Pero cómo podía defenderme, mamá? Me habías lavado el cerebro desde la infancia, siempre había obedecido tu voluntad, estaba asustada e insegura y hubiera necesitado tu ayuda. Tu apoyo.

CHARLOTTE:
(Angustiada.) Yo creía que te estaba ayudando. Estaba convencida de que el aborto era la única solución.

EVA:
Porque nunca escuchas. Porque siempre estás de viaje. Porque tus sentimientos están bloqueados. Porque nos odias a mí y a Helena. Porque estás encerrada sin remedio en vos misma. Porque me llevaste en tu vientre frío y me pariste con repugnancia. …

(Entra Viktor)

CHARLOTTE:
Por favor te pido…

EVA.
… Porque yo te amaba pero vos pensabas que yo era asquerosa, tonta. Y porque conseguiste dañarme para toda la vida precisamente donde vos misma estás dañada. Destruiste todo lo sensible y delicado que tenías, aplastaste todo lo vivo que se te puso al alcance.
La hija heredará las heridas de la madre, sufrirá los fracasos de la madre. Es así mamá? Es mi dolor tu placer secreto?

CHARLOTTE:
Me odias de una manera…

EVA.
¿Te preocupa mi odio? El tuyo no fue menor. El tuyo no es menor. ¿No lo entendes? Yo era pequeña, maleable, afectuosa. Un niño siempre se entrega, no comprende, está indefenso, no puede entender, no sabe, nadie le dice nada; es la dependencia, la humillación, la distancia; el niño grita, nadie contesta, nadie viene.

CHARLOTTE:
Eva, yo te amaba

EVA.
Y todo ocurre en nombre del amor. Porque todo es posible y todo sucede si hablamos en nombre del amor. Las personas como vos... las personas como vos son peligrosas.

VIKTOR:
EVA…

EVA.
(Mira a Viktor) Una madre y una hija, una terrible combinación de sentimientos… Y de confusiones y de destrucción.

VIKTOR:
Sentí que Lena llamaba. ¿Voy yo? (Nadie le contesta, él va)

CHARLOTTE:
¿Pero crees en serio que ésa es toda la verdad? (Esconde la cara entre las manos y menea la cabeza.)


CHARLOTTE:
No puedo recordar que mis padres nos hayan tocado alguna vez, a mí o a mis hermanos, ni para acariciar ni para castigar. Dos prestigiosos matemáticos, distraídos y bondadosos que vivían entregados a su ciencia y al amor que se profesaban. Pero a sus hijos los miraban con asombrada benevolencia, sin calor ni verdadero interés. Entonces yo obviamente ignoraba que era el amor, la ternura, el contacto, la intimidad. Sólo a través de la música pude expresar mis sentimientos. Entonces…

EVA.
Y entonces creeíste que eso era todo. Puede ser.

CHARLOTTE:
(Pausa) ¿Sabés que hace tres años estuve muy enferma? Pasé dos meses en un hospital de París. Estuve a punto de morirme.

EVA:
No, mamá, no lo sabía.

CHARLOTTE:
Tuve una intoxicación en la sangre. Me recuperé muy lentamente; sufrí una especie de depresión. Bueno, el caso es que Leonardo canceló sus conciertos y se quedó a mi lado todo ese tiempo. Y ahí pudimos hablar mucho ya que por primera vez teníamos tiempo de sobra. Y de esas charlas por fin pude tener una especie de imagen de mí misma: Nunca fui adulta, mi rostro y mi cuerpo envejecen, colecciono  recuerdos y experiencias, pero frente a los hechos es como si no hubiera nacido. No recuerdo ningún rostro, Eva, ni siquiera el mío. A veces intento recordar el rostro de mi madre, pero no lo logro. Se que era alta, morena, que tenía los ojos azules, etc, etc, pero no puedo juntar los diferentes rasgos, no puedo armar su rostro. Tampoco puedo recordar tu rostro o el de Helena o el de Leonardo. Me acuerdo de que te tuve y tuve a tu hermana, pero de los partos sólo recuerdo que sufrí, pero el dolor, cómo era, no lo recuerdo.
Es verdaderamente curioso. Siempre te tuve miedo. (Con sereno asombro.) Yo sentía que vos me amabas. Y yo también quería amarte, pero no podía; tenía miedo de tus exigencias.

EVA:
Yo era una niña. No tenía muchas exigencias.

CHARLOTTE:
Pero yo creía que me ibas a plantear exigencias que no iba a poder satisfacer. Quería que supieras que era tan indefensa, torpe y débil como vos, pero más pobre y más asustada. No quería ser una madre. Solo quería ser cuidada, que me abrazaras y me consolaras.

EVA:
¿Eso es verdad?

CHARLOTTE:
Me estoy oyendo decir cosas que no había dicho nunca. No sé si miento, o hago teatro, o digo la verdad, Eva. No lo sé. Me siento trastornada y confusa. Tal vez se deba a la muerte de Leonardo. Tal vez a la presencia de Helena. Tal vez a tu terrible odio. Eva, ¡sé, buena conmigo! ¡Duele tanto! Por qué me miras así. Decime lo que pensas.

EVA.
Pienso en Helena y Leonardo, cuando pasamos juntos la Pascua en Bornholm. ¿Te acordás? tocamos, bebimos vino. Helena estaba alegre, cariñosa, feliz. Todavía no estaba tan enferma. Leonardo bromeó mucho con ella y se quedaron hablando hasta bien entrada la noche.

CHARLOTTE:
Se a donde vas. Supongo que tengo que avergonzarme de algo, ¿no?...

EVA:
A la mañana siguiente me confesó que él la había besado.

CHARLOTTE:
Dios…

EVA.
Antes de almorzar Leonardo y Helena se fueron de excursión en el coche. Cuando volvieron estaban muy alegres. Entonces vos dijiste: “Lena, agradecé a Leonardo por haber sido tan amable con vos”

CHARLOTTE:
¿Eso dije…?

CHARLOTTE:
¿No lo recordás? Helena se rió y dijo: “¿No es graciosa mi madre?” Y los dos rieron. Mas tarde viniste a la cocina para preparar el té. Y me dijiste. “¿Viste a Helena? ¿No es enternecedor?”

CHARLOTTE:
Es que creo que… lo era.

EVA.
Durante la cena Leonardo tomó más de la cuenta. Se sentó al piano y tocó todas las suits de Bach; tocó mal pero con hermosa expresión. Helena resplandecía, nunca la había visto así, mamá. Estaba enamorada. Vos y yo, luego, dimos un paseo nocturno. Me hablabas sin parar, pero yo no hacia más que pensar en ellos dos. Cuando volvimos vi que Leonardo había llorado. Helena nos habló en tono sereno, completamente tranquila, sin rastro de su enfermedad en el semblante. Vos te fuiste a la cama y yo tuve que ayudar a Leonardo a subir las escaleras. Nos detuvimos frente al dormitorio que ustedes compartían y ahí él me miró y me dijo: “Imaginate, allí hay una mariposa chocando contra la ventana.”

CHARLOTTE:
Una mariposa…

EVA.
Al día siguiente te fuiste a Ginebra, cuatro días antes de lo previsto. Antes de irte me dijiste como de pasada: “Le pedí a Leonardo que se quede un poco más, porque veo que su presencia es buena para Helena.” Pero Leonardo en esos días estuvo raro, se encerró a trabajar, bebió mucho. En un momento llamó a Ginebra y habló con vos durante una hora. Después de eso le dijo a Helena que debía irse, pero que volverían a verse. Y se fue en el último avión. A medianoche me despertó un ruido espantoso. Era Helena que lloraba. Entré en su habitación. Se quejaba de un terrible dolor en la cadera y la pierna derecha...

CHARLOTTE:
Ah, muy bien, ¿era eso?

CHARLOTTE:
Le di todos los analgésicos que pude encontrar, pero no le hizo nada. A las cinco de la mañana tuve que llamar a una ambulancia y...

CHARLOTTE:
De manera que fue culpa mía que se agravara su enfermedad.

EVA:
Yo creo que sí.

CHARLOTTE:
No pensas eso en serio.

EVA:
Cuando tenía un año, la abandonaste. Después nos fuiste abandonando a las dos continuamente. Cuando Helena enfermó de gravedad, la mandaste a un hospital de incurables.

CHARLOTTE:
No puede ser cierto que vos...


EVA:
(Tranquila.) ¿Qué es lo que no puede ser cierto? Si tenes una prueba en contra, decímela. Mírame, mamá. Mira a Helena. No es posible desmentirlo con evasivas, mamá. Sólo hay una verdad y una mentira.

CHARLOTTE:
Conscientemente, yo nunca...

EVA:
Yo no dije eso.

CHARLOTTE:
Entonces tampoco podes acusarme.

EVA:
Siempre pretendes que se haga una excepción en tu favor. Estableces una especie de sistema de rebajas con la vida, pero algún día tendrás que darte cuenta que vos también tenes culpa, como todos los demás.

CHARLOTTE:
¿Qué clase de culpa?

EVA:
No lo sé. Una culpa.

CHARLOTTE.-
¿Irrevocable? (Pausa.) ¿No podes acercarte a mí, abrazarme? Tengo un miedo tan espantoso. Querida, ¿no podes perdonar todos mis errores? Voy a intentar cambiar. Vos me vas a enseñar, vamos a hablar mucho, mucho tiempo. Pero ayudame. Ya no puedo más, tu odio es tan horrible. No comprendí, fui egoísta, infantil. Tocame, al menos. Querida, ¡ayudame!

(Ahora se oye un grito en la casa silenciosa. Es Helena que llama a su madre.)


(Charlotte al teléfono. Eva escucha la conversación sin ser advertida.)

CHARLOTTE:
Perdoname, querido Paul, que te llame tan temprano por la mañana. Tengo que hablar bajo para que nadie me oiga. ¿Queres ser bueno y ayudarme? Cuando llegues a tu oficina, mandame un telegrama diciendo que me necesitas con urgencia en París, o en cualquier otro lugar. No resisto un día más aquí, pero tampoco puedo irme porque sí, necesito tener un motivo. Inventa lo que sea… (Pausa.) Creo que tuve un pequeño shock. Estaba mi hija Helena, sí, una completa sorpresa, y más enferma que nunca. Sabes que no soy avara con mi arte, ni conmigo misma. Nunca falté a mi deber, nunca dejé de dar un concierto. Se puede confiar en mí, ¿no es cierto? Los críticos dicen siempre que soy una intérprete generosa. Que nadie toca el concierto para piano de Schumann con un tono más cálido. O la gran sonata de Brahms. Mi vida es agradable en su conjunto, la paso bien; tengo momentos melancólicos, claro, no voy a negarlo, pero en general la paso bien. Pero ¿Lena? ¿Cómo puede vivir con ese sufrimiento? Sabes, tiene la mirada clara y diáfana; los mismos ojos de Josef, y cuando se le sostiene la cabeza entre las manos, es capaz de fijar la mirada. (Pausa.) ¿Por qué no se morirá? ¿Soy cruel por hablar así? (Sonríe.) Paul, no sé qué haría sin vos. Ni vos sin mí. Se lo triste que te ponen tus violinistas cuando desafinan en los ensayos. Me despido, además la llamada es muy cara. Adiós, amigo mío, y gracias por tu ayuda.

EVA:
Vi luz en la habitación de Helena. Estabas con ella. ¿Le estuviste diciendo…?

ViKTOR:
Sí. Le dije que tenía que decirle que Charlotte se había ido muy temprano. Que no quisimos despertarla ya que dormía profundamente por el somnífero. Pero que su madre le dejaba besos.

EVA.
Está muy bien. La noche fue un poco agitada.

VIKTOR:
Lena me preguntó por vos. Le dije que estabas paseando por la penumbra del crepúsculo. Que estabas muy serena, casi alegre. También le dije que creía que te gustaba que Charlotte se haya ido.

EVA:
Esta muy bien.

VIKTOR:
Me preguntó si sufrías. (Eva lo mira) Le respondí que no sabía. Le dije, querida Helena… (Le toma las manos a Eva) Eva estaba muy excitada antes del reencuentro con su madre. Esperaba demasiado, y yo no tuve valor para prevenirla. Y todo salió mal.

EVA.
¿Y ahí fue que empezó a temblar? (Asiente) ¿Espasmos muy fuertes?

VIKTOR:
Sí. Intentaba hablar, pero se ponía cada vez más nerviosa. Esos gritos inhumanos. La espuma blanca de su boca. Encogió tanto el cuerpo en la silla que se cayó al suelo. Con esfuerzo le abrí los dientes apretados y le di medicamento. Y te llamé. Ahora duerme.

EVA:
Pobre mamá, se fue con su aspecto asustado, vieja, cansada, con la cara como encogida y la nariz roja de tanto llorar. No se si la volveré a ver otra vez, la asusté de veras. Pero es necesario poder consolarse uno mismo, no se puede tener siempre a mano a otras personas cuando uno está triste. Es preferible llorar en secreto, de modo que nadie lo oiga. (Lo mira) ¿Ibas a salir?

VIKTOR.-
Iba al correo a buscar un paquete con libros.

EVA:
¿Me haces el favor de paso de mandar esta carta?

ViKTOR:
Claro. ¿Es para Charlotte, no?

EVA:
Podes leerla, si queres.

VIKTOR:
(Lee.) Comprendí que me porté mal con vos. Te recibí con exigencias en lugar de ternura. Te atormenté con un odio viejo que ya dejó de ser real. Te ruego que me perdones. La actitud de Helena es mucho mejor que la mía. Ella dio, estuvo cerca de vos, mientras que yo exigía, me alejaba. De repente entendí que debo cuidar de vos, que el pasado no importa, que nunca más te voy a dejar sola. No se si esta carta te va a llegar, ni si la vas a leer, quizá ya sea demasiado tarde para todo. Pero, a pesar de todo, espero que exista todavía la extraña posibilidad de poder cuidarnos, de ayudarnos mutuamente, de mostrar ternura. No quiero que desaparezcas de mi vida. No me voy a dar por vencida incluso aunque sea muy tarde. Pero no creo que sea muy tarde. No puede ser muy tarde. (Deja de leer) Las últimas noches fueron terribles. Tratá de dormir. (Sale)

EVA:
(Sola) No puedo morirme ahora. Tal vez Dios me necesite algún día, y me libere de mi prisión. Debo estar preparada. (Se detiene.) ¿Me rozas la mejilla? ¿Susurras en mi oído? Estás conmigo ahora. Jamás vamos a renunciar el uno al otro, vos y yo.


FIN



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