Ricardo III. Shakespeare.
























































RICARDO III

 William Shakespeare




Acto primero
Escena I (Londres. Una calle)

Entra Gloucester
Gloucester: Ahora el invierno de nuestro descontento  se vuelve verano con este sol de York; y todas las nubes que se encapotaban  sobre nuestra casa están sepultadas en el hondo seno  del  océano. Ahora  nuestras frentes  están  ceñidas  por guirnaldas victoriosas; nuestras melladas armas, colgadas e trofeos; nuestras amenazadoras llamadas  al  arma  se  han  cambiado  en  alegres  reuniones,  nuestras  temibles músicas de marcha, en danzas deliciosas. La guerra de hosco ceño ha alisado su arrugada frente; y ahora, en vez de cabalgar corceles armados para amedrentar las almas de los miedosos adversarios, hace ágiles cabriolas en el cuarto de una dama  a la  lasciva  invitación  de  un laúd.  Pero  yo, que  no estoy formado  de bromas juguetonas, ni hecho para cortejar a un amoroso espejo; yo, que estoy toscamente acuñado, y carezco de la majestad del amor para pavonearme ante una lasciva ninfa contoneante; yo, que estoy privado de la hermosa proporción, despojado con trampas de la buena presencia por la Naturaleza alevosa; deforme inacabado,  enviado  antes  de  tiempo  a  este  mundo que  alienta;  escasamente hecho  a medias, y aun eso, tan tullido y desfigurado que los perros me ladran cuando  me  paro  ante  ellos;  yo, entonces,  en  este  tiempo  de  paz,  débil  y aflautado, no tengo placer con que matar el tiempo, si no es observar  mi sombra al sol y entonar variaciones sobre mi propia deformidad. Y por tanto, puesto que no puedo  mostrarme  amador,  para entretenerme  en estos días bien  hablados, estoy decidido a mostrarme  un canalla, y a odiar los ociosos placeres de estos días. He tendido conspiraciones, insinuaciones peligrosas, con ebrias profecías, libelos y sueños, para hacer que mi hermano Clarence y el Rey se tengan un odio mortal el uno al otro: y si el rey Eduardo es tan leal y justo como yo soy sutil, falso  y traidor,  a estas  horas  Clarence  está estrechamente  enjaulado  por una profecía  que  dice  que  G.  será  el  asesino  de  los  herederos   de  Eduardo.
¡Sumergíos, pensamientos, en mi alma! Ahí viene Clarence. (Entra Clarence, entre guardias, con Brakenbury)  Buenos días, hermano, ¿qué quiere decir esta guardia armada que acompaña a Vuestra Alteza?
Clarence:     Su Majestad, cuidadoso de la seguridad de mi persona, ha dispuesto esta escolta para llevarme a la Torre.
Gloucester:¿Por qué motivo?
Clarence:Porque me llamo George.
Gloucester:  Ay,  señor,  eso  no es  culpa  vuestra;  debería  aprisionar  por ello  a  vuestros padrinos. Oh, quizá su Majestad tiene intención de que se os vuelva a bautizar en la Torre. Pero ¿qué pasa, Clarence; puedo saberlo?
Clarence:     Sí, Ricardo, cuando lo sepa yo; pues aseguro que todavía no lo sé; sino que, por lo que he podido saber, él atiende a profecías y sueños, y arranca del abecedario la letra G, y dice que un hechicero le ha dicho que su progenie será desheredada por G; y como mi nombre, George, empieza por G, a su juicio se sigue que yo soy ése. Tales cosas, según he sabido, y otras niñerías como ésas, han movido a su Majestad a aprisionarme ahora.
Gloucester:  Ah, esto pasa cuando los hombres  se gobiernan por mujeres; no es el Rey quien os envía  a la torre, Clarence: su esposa, lady Grey,  es quien le dispone a ese desafuero. ¿No fue ella, y aquel hombre respetable, su hermano Anthony Woodville, quien le hizo enviar a la torre a lord Hastings, que hoy sale libre de ella? No estamos seguros, Clarence, no estamos seguros.
Clarence:     Por los cielos, creo que nadie está seguro sino los parientes de la Reina, y los mensajeros nocturnos que caminan entre el Rey y mistress Shore. ¿No has oído decir qué humilde suplicante fue lord Hatings ante ella para quedar libre?
Gloucester: Lamentándose  humildemente  ante  su  divinidad  obtuvo su  libertad  el  lord Chambelán. Os diré: creo que nuestra salida, si queremos conservar el favor del Rey, es ser siervos de ella, y llevar su librea. Ella, y la consumida y celosa viuda, desde que nuestro hermano las hizo nobles, son comadres de gran poder en este reino.
Brakenbury:  Ruego  a Vuestras  Altezas  que  me  perdonen:  Su Majestad  me  ha  ordenado estrictamente  que nadie  tenga  conversación  secreta  con su  hermano,   sea del rango que sea.
Gloucester:  ¡Ah, muy bien! Si vuestra Señoría lo desea, Brakenbury,  podéis tomar parte en todo lo que decimos. No hay traición en lo que decimos, hombre: decimos que el Rey  es sabio y virtuoso;  y su noble Reina, bien dotada en edad, bella y nada celosa; decimos que la mujer de Shore tiene bonitos pies, labios de cereza, ojos pícaros, y lengua más que agradable; y que los parientes de la Reina han sido ennoblecidos: ¿Qué os parece, señor, podéis negar todo esto?
Brakenbury: En esto, señor, yo no quiero tener nada que ver.
Gloucester:  ¡No tener nada que ver con mistress Shore! Te digo, amigo, que quien tenga algo que ver con ella, excepto uno solo, será mejor que tenga que ver en secreto y a solas.
Brakenbury: ¿Quién es ese uno, señor?
Gloucester: Su marido, villano: ¿quieres traicionarme?
Brakenbury:  Ruego a Vuestra Alteza que me perdone, y, a la vez, que deje su conversación con el noble Duque.
Clarence: Sabemos tu misión, Brakenbury, y obedeceremos.
Gloucester: Somos súbditos de la Reina, y hemos de obedecer. Hermano,  adiós: iré a ver al Rey; y, cualquier cosa que quieras que haga, aunque sea llamar hermana  a esa viuda casada con el rey Eduardo, lo cumpliré para liberarte. Mientras tanto, esta profunda ofensa a la fraternidad me toca más profundamente de lo que puedas imaginar.
Clarence: Ya sé que no nos complace mucho a ninguno de los dos.
Gloucester:Bueno, vuestra prisión no será larga: yo te libraré, o si no, te daré el cambio.
Mientras tanto, ten paciencia.
Clarence:Debo tenerla, a la fuerza: adiós. (Se van Clarence, Brakenbury y guardias) Gloucester:¡Ve, recorre el camino por donde jamás volveras, sencillo y tonto Clarence! Te quiero tanto, que pronto enviaré al cielo tu alma, si el cielo recibe el regalo de mis manos. Pero ¿quién viene aquí? ¿El recién liberado Hastings? (Entra Hastings)
Hastings:¡Buen día tenga mi ilustre señor!
Gloucester: ¡Igualmente, mi buen lord Chambelán! Bienvenido al aire libre. ¿Cómo ha soportado la prisión Vuestra Señoría?
Hastings:     Con paciencia, noble señor, como deben hacer los prisioneros: pero yo viviré, señor, para darles las gracias a los que fueron la causa de mi prisión.
Gloucester:  No lo  dudo, no lo  dudo; y lo  mismo  hará  Clarence,  pues  los  que  fueron enemigos vuestros también lo son suyos, y han triunfado sobre él tanto como sobre vos.
Hastings:     ¿Lástima que el águila quede encerrada, mientras los milanos y gallinazos cazan en libertad!
Gloucester:¿Qué noticias hay por ahí?
Hastings:     Por ahí no son tan malas las noticias como por aquí: el Rey está enfermizo, débil y melancólico, y los médicos temen mucho por él.
Gloucester:  Vaya, por San Juan, que estas noticias sí que son malas, Ah, mucho tiempo ha seguido un mal  régimen, y ha consumido demasiado su real persona:  es muy doloroso pensarlo. ¿Qué, está en cama?
Hastings:Está.
Gloucester:  Id por delante, y yo os seguiré. (Se va Hastings) No puede vivir, espero; y no debe morir antes que George Clarence esté enviado por la posta al cielo. Entraré, para azuzar más su odio a Clarence, con mentiras bien aceradas por argumentos de peso; y, si no fracaso en mi profundo intento, Clarence no tiene un día más de vida; hecho lo cual, ¡Dios reciba al rey Eduardo en su misericordia, dejando el mundo para que arme bulla en él! Pues entonces  e casaré con la hija menor de Warwick. ¿Qué importa que yo matara a su marido y a su padre? El modo más rápido de enmendarlo con la moza,  es convertirme en su marido y su padre: lo cual haré, no tanto por amor, cuanto por otra intención secreta y reservada, que conseguiré casándome con ella. Pero ahora corro al mercado por delante de mi caballo: Clarence todavía respira; Eduardo  aún vive y reina: cuando  se hayan ido, entonces deberé contar mis ganancias. (Se va)

Escena II
(Londres. Otra calle)
Entra el  cadáver del  Rey Enrique  VI, llevado  en un ataúd abierto,  caballeros  con alabardas, escoltándolo, y Lady Ana, en lamentaciones.
Ana:Dejadlo, dejad vuestra honrosa carga (si es que  el honor puede envolverse en sudario en un ataúd), mientras yo hago las exequias lamentando algún tiempo la prematura caída del virtuoso Lancaster. ¡Pobre figura de un sagrado rey, tan fría como una llave! ¡Pálidas cenizas de la casa de Lancaster! ¡Oh, tú, resto exangüe de esa sangre real! Séame lícito invocar a tu espíritu para que oiga los lamentos de la  pobre  Ana,  esposa de tu Eduardo, tu hijo  asesinado,  apuñalado  por la misma mano que hizo estas heridas! Mira, en estas ventanas que dejan escapar tu vida, vierto el bálsamo inerme de mis pobres ojos. ¡Ah, maldita sea la mano que
hizo  estos  agujeros!  ¡Maldiro  el  corazón  que  tuvo corazón  para  hacerlo!
¡Maldita la sangre que dejó escapar aquí esta sangre! ¡Más triste suerte tenga ese odiado miserable que nos hace miserables con tu muerte, de la que puedo desear a víboras,  arañas, sapos, o cualquier otro ser envenenado que viva! Si alguna vez tiene  hijo,  ¡que  sea un aborto,  monstruoso  y salido  a  luz  a  destiempo,  con aspecto feo y raro que horrorice a la esperanzada madre al verlo; y que sea heredero  de su infelicidad! Si tiene esposa alguna vez, ¡que sufra más con su muerte  que yo con la  de mi  joven  señor y la  tuya!  Id ahora  a Chertsey  con vuestra sagrada carga, traída de San Pablo para enterrarla allí; pero siempre que os canséis del peso, descansad, mientras yo me lamento sobre el cadáver del rey Enrique. (Los portadores levantan el ataúd y se ponen en marcha. Entra Ricardo, Duque de Gloucester)
Gloucester:Deteneos, los que lleváis el cadáver, y dejadlo abajo.
Ana:¿Qué  negro  hechicero  conjura  este  demonio  para  que  interrumpa  devotas acciones de caridad?
Gloucester:  Villanos, ¡dejad el cadáver, o, por San Pablo, que dejaré cadáver al primero que desobedezca!
Caballero °:Señor, echaos a un lado, y dejad pasar el ataúd.
Gloucester:  ¡Perro grosero! ¡Detente cuando yo mando! Levanta la alabarda más alta que mi pecho, o, por San Pablo,  te derribaré  de un golpe  a mis  pies,  y te pisotearé, mendigo, por tu audacia. (Los portadores dejan el ataúd)
Ana:¿Qué tembláis? ¿Tenéis miedo todos? Ay, no os censuro, pues sois mortales, y los  ojos  mortales  no pueden soportar  al  diablo. ¡Fuera, horrendo ministro  del infierno! Tú sólo tienes poder sobre su cuerpo mortal, pero no puedes tener su alma: así que, ¡fuera!
Gloucester:Dulce santa, por caridad, no seas tan maldiciente.
Ana:¡Sucio demonio, oir Dios, vete de aquí y no nos molestes! Pues tú has hecho tu infierno de la tierra feliz, llenándola con gritos de maldición y hondos clamores. Si te complace observar tus horrendas acciones, observa este modelo de tus carnicerías. ¡Ah, caballeros, ved, ved! ¡Las heridas de Enrique muerto abren sus bocas cuajadas y vuelven a sangrar! Enrojece, enrojece, bulto de sucia deformidad; pues  es tu presencia la que hace salir esa sangre de venas frías y vacías, donde  no queda  sangre.  Tu acción,  inhumana  y contra la  naturaleza, provoca  este desbordamiento  contra la naturaleza. ¡Oh, Dios,  que hiciste esta sangre, venga su muerte! ¡Oh tierra, que bebes esta sangre, venga  su muerto!
¡Oh cielo deje muerte con un rayo al asesino, o la tierra abra su boca y se lo trague  vivo,  como tú te  tragas  la  sangre  de  este  buen  rey,  que  su  brazo, gobernado por el infierno, ha asesinado!
Gloucester: Señora, desconoces las reglas de la caridad, que devuelve bien por mal, bendiciones por maldiciones.
Ana:Villano, tú no conoces ley de Dios ni de hombre: no hay animal tan feroz que no conozca algún toque de piedad.
Gloucester:Pues yo no lo conozco, así que no soy animal. Ana: ¡Qué prodigio que los demonios digan la verdad!
Gloucester:  Más prodigio que los ángeles sean tan iracundos. Dignaos, divina perfección de mujer, darme permiso para que yo me disculpe  con detalle de  esas supuestas maldades.
Ana:Dignaos, deforme contagio de hombre, darme permiso para que yo os maldiga en vuestro maldito ser por esas conocidas maldades.
Gloucester:  Tú, más bella que lo que la lengua puede decirte, déjame un rato de paciencia para excusarme.
Ana:Tú, más vil que lo  que el  corazón  puede pensarte, no puede dar otra excusa válida sino ahorcarte.
Gloucester:Con tal desesperación, me acusaría a mí mismo.
Ana:Y, deseperando, quedarías excusado por hacer digna venganza en ti mismo, tú que diste indigna muerte violenta a otros.
Gloucester:¿Y si yo no les hubiera matado?
Ana: Bueno,  entonces no estarían  muertos,  pero  muertos  están, y por ti, esclavo diabólico.
Gloucester:Yo no maté a tu marido. Ana: Entonces está vivo.
Gloucester:No, está muerto, y muerto por mano de Eduardo.
Ana:Mientes  con toda tu sucia  boca: la  reina  Margarita  vio  tu criminal  cimitarra humeando  de su sangre, que tú le dirigiste a ella contra  su pecho, aunque tus hermanos desviaron la punta.
Gloucester:Me  provocó su  lengua  calumniosa,  que  echaba  la  culpa  en  mis  hombros
inocentes.
Ana: Te provocó tu ánimo sanguinario, que nunca soñó otra cosa que matanzas: ¿no mataste tú a este Rey?
Gloucester:Os lo concedo.
Ana:¿Me  lo  concedes,  erizo?  Entonces, ¡que Dios  me  conceda  también  que  seas condenado por esa maldad! ¡Ah, él era amable, bondadoso y virtuoso!
Gloucester:Más apropiado para el Rey del Cielo, que le tiene. Ana: Está en el Cielo, adonde tú nunca irás.
Gloucester:  Que él me dé gracias, puesto que le ayudé  a llegar allá; porque él servía más para ese sitio que para la tierra.
Ana: Y tú no sirves para otro sitio sino para el infierno. Gloucester:Sí, para otro sitio, si me dejas nombrarlo.
Ana: Algún calabozo. Gloucester:Tu alcoba.
Ana: ¡Mal descanso haya en el cuarto en el que te acuestes!
Gloucester:Así será, señora, hasta que te acuestes conmigo. Ana: Así lo espero.
Gloucester:  Lo  sé.  Pero,  ilustre  lady  Ana,  para  dejar  este  agudo  combate  de  nuestros ingenios, y bajar un poco, a un método más lento: el causante de las prematuras muertes  de esos Plantagenet, Enrique y Eduardo,  ¿no es tan culpable como el ejecutor?
Ana: Tú fuiste la causa y el más maldito ejecutor.
Gloucester:  Tu belleza fue la causa de ese efecto: tu belleza, que me acosaba en mi sueño a que acometiera la muerte del mundo entero, con tal de poder vivir una hora en tu dulce seno.
Ana:Si eso pensabas, te diré, homicida, que estas uñas desgarrarán  esa belleza de mis mejillas.
Gloucester:  Mis ojos no podrán soportar la ruina de esa belleza; no la injuriaréis, si estoy yo presente: todo el mundo  se alegra con ver el sol, como yo con ella: es mi día, mi vida.
Ana: ¡Negra noche dé sombra a tu día, y muerte a tu vida! Gloucester:No te maldigas, hermosa criatura: tú eres ambas cosas. Ana: Querría serlo para vengarme de ti.
Gloucester:Es una querella contra la naturaleza: vengarse contra el que te ama. Ana:Es una querella justa y razonable, vengarse del que mató a mi marido. Gloucester:El que te privó de tu marido, señora, lo hizo para ayudarte a tener mejor marido.
Ana: Mejor que él, no respira otro sobre la tierra. Gloucester:Vive alguien que te quiere mejor de lo que él sabría. Ana: Nómbrale.
Gloucester:Plantagenet. Ana: Ah, ése era él.
Gloucester:Otro del mismo nombre, pero de mejor naturaleza. Ana: ¿Dónde está? Gloucester:Aquí. (Ella lo escupe) ¿Por qué me escupes?
Ana: ¡Ojalá fuera veneno mortal para ti! Gloucester:Nunca salió veneno de tan dulce hogar.
Ana:  Jamás cubrió veneno a un sapo más sucio. ¡Quítate de mis vistas! Me enfermas los ojos.
Gloucester:Tus ojos, dulce señora, han enfermado a los míos.
Ana: ¡Ojalá fueran basiliscos, para dejarte muertos!
Gloucester:  Ojalá  lo  fueran,  para que  yo muriera  en  seguida,  pues ahora  me  matan  con muerte en vida. Esos ojos tuyos han sacado a los míos lágrimas saladas, avergonzando su aspecto con abundancia de gotas pueriles: estos ojos, que jamás vertieron lágrimas de remordimiento, ni aun cuando mi padre York y Eduardo lloraron al  oír el  triste gemido que lanzó Rutland cuando Clifford, el de cara negra, le clavó la espada, ni cuando tu belicoso padre, como un niño, contaba la triste historia de la muerte de mi padre, deteniéndose veinte veces a sollozar y llorar, de tal modo que todos los presentes se mojaban las mejillas, como árboles salpicados de lluvia; en ese triste tiempo, mis viriles ojos despreciaron cualquier humilde lágrima; y lo que esas tristezas no pudieron sacar de ellos, tu belleza ha podido, cegándolos de llanto. Nunca solicité, ni a amigo ni a enemigo; mi lengua jamás pudo aprender dulces palabras ablandadores; pero, ahora que se presenta tu belleza como mi paga, mi orgulloso corazón solicita, y apunta  a mi lengua para que hable.  (Ella  lo  mira  con desprecio)  No enseñes  tal  desprecio  a  tus labios, pues se hicieron para besar, señora, no para tal desprecio. Si tu vengativo corazón no puede perdonar, mira, aquí te presto esta aguda espada, y si e place ocultarla en este pecho  fiel, dejando escapar el  alma que te adora, lo ofrezco desnudo al golpe mortal, mendigando humildemente la muerte de rodillas. (Presenta el  pecho abierto:  ella se dispone a herirle con la espada) No, no te detengas: pues yo maté al rey Enrique, pero fue tu belleza la que me provocó. Sí, acaba ya: fui yo quien apuñaló al joven Eduardo, pero tu rostro celestial quien me llevó a ello. (Ella deja caer la espada) Toma la espada otra vez, o tómame  a mí.
Ana: Levántate, simulador: aunque deseo tu muerte, no quiero ser tu verdugo. Gloucester:Entonces, pídeme que me mate, y lo haré.
Ana: Ya lo he dicho.
Gloucester:  Fue en tu furia: vuelve a decirlo, y, sólo con la palabra, esta mano que, por tu amor, mató a tu amor, matará por tu amor a un más fiel amor: serás cómplice de sus dos muertes.
Ana: Querría conocer tu corazón. Gloucester:Está trazado en mi lengua. Ana: Temo que los dos son falsos.
Gloucester:Entonces jamás hubo hombre veraz. Ana: Bien, bien, vuelve a tomar tu espada. Gloucester:Di entonces que mi paz está hecha.
Ana: Eso ya lo sabrás después. Gloucester:Pero, ¿viviré con esperanza?
Ana: Mi esperanza es que todos los hombres vivan así. Gloucester:Dígnate llevar este anillo.
Ana: Tomar no es dar.
Gloucester:  Mira, igual que este anillo ciñe mi dedo, así tu pecho encierra mi pobre corazón; llévalos uno y otro, pues ambos son tuyos. Y si tu pobre servidor devoto puede pedir un solo favor de tu graciosa mano, confirma sí su felicidad para siempre.
Ana: ¿Qué es?
Gloucester: Que te plazca dejar esos tristes pensamientos al que tiene más motivo para enlutarse, y vayas en seguida a Crosby  Place, donde, después de que yo entierre solemnemente en el monasterio de Chertsey  a este ilustre Rey y moje su tumba con mis  lágrimas  de  arrepentimiento,  iré  a  verte  con todas  las  ceremonias convenientes. Por diversas razones desconocidas, concédeme este don.
Ana: Con todo mi corazón, y mucho me alegra también verte tan arrepentido. Tressel y Berkeley, venid conmigo.
Gloucester:Dime adiós.
Ana:  Es más de lo que mereces; pero, puesto que me enseñas a adularte, imagina que ya te he dicho adiós. (Se van Lady Ana, Tressel y Berkeley)
Gloucester:Señores, llevaos el cadáver. Caballero:¿A Chertsey, noble señor?
Gloucester:No, a White-Friars: esperad allí a mi llegada. (Se van todos menos Gloucester)
¿Se ha cortejado jamás a una mujer en tal humor?  ¿Se ha conquistado jamás a una mujer en tal humor? Yo la he conquistado, pero no la conservaré mucho tiempo. ¡Qué!, yo, que maté a su marido y a su padre, ¡apoderarme  de ella en el mayor odio de su corazón, con maldiciones en la boca, y lágrimas en los ojos, al lado de ensangrentado testigo de su odio; teniendo contra mí a Dios, a su conciencia y estos obstáculos, y sin amigos que respaldaran mi pretensión al mismo  tiempo,  sino  el  mismo  demonio  y la  cara simuladora,  y sin  embargo, ganarla a ella: el mundo entero contra  nada. ¡Ja, ja! ¿Ha olvidado  ya a aquel valiente Príncipe, Eduardo,  su señor, a quien yo, hará unos tres meses, apuñalé en mi furia en Tewksbury?  El espacioso mundo no puede volver a ofrecer un caballero  más  dulce  y amable,  formado  en  la  prodigalidad  de  la  naturaleza, joven, valiente y sabio, sin duda egregio de veras; y, con todo, ¿ella baja los ojos hasta mí, que segué la dorada primavera de ese dulce Príncipe, y la dejé viuda en lecho de gemidos; hasta mí, que no igualo entero  a la mitad de Eduardo;  a mí, que soy tan renqueante y deforme?  Apuesto mi  ducado contra un ochavo de mendigo, que me había engañado hasta ahora sobre mi persona: por vida mía, aunque yo no pueda, ella encuentra que soy un hombre maravillosamente grato. Me gastaré algo en un espejo y ocuparé una veintena o dos de sastres en que estudien   modas   con  que   adornar   mi   cuerpo:   puesto   que   he   llegado   a introducirme en mi propio favor, lo mantendré en la tumba, y luego volveré con lamentos a mi amor. Brilla, hermoso sol, hasta que me compre un espejo, para que pueda ver mi sombra al caminar. (Se va)

Escena III
(Londres. Un salón de Palacio)
Entran la Reina Isabel, Rivers y Grey

Rivers:  Tened paciencia, señora: no hay duda de que Su Majestad recuperará pronto su acostumbrada salud.
Grey:     El que lo llevéis mal, le pone peor: así que, por Dios, mantened el buen ánimo y animad a su majestad con palabras vivas y alegres.
Isabel:Si el muriera, ¿qué sería de mí?
Grey: No habría otro daño sino la pérdida de tal señor. Isabel:La pérdida de tal señor incluye todos los daños.
Grey:     Los cielos os han bendecido con un excelente hijo que será vuestro  consuelo cuando él se haya ido.
Isabel:   Ah, es pequeño;  y su minoría de edad está puesta a cargo de Ricardo Gloucester, un hombre que no me quiere a mí ni a ninguno de vosotros.
Rivers:¿Está hecho que él será el Protector?
Isabel:Está decidido, no hecho todavía; pero así ha de ser, si el Rey acaba mal. (Entran
Buckingham y Stanley)
Grey: Aquí vienen lord Buckingham y lord Stanley. Buckingham:¡Buen día tenga Vuestra Real Majestad!
Stanley:¡Dios haga tan alegre a Vuestra Majestad como antes ha sido!
Isabel:   La  condesa de  Richmon,  mi  buen  lord  Stanley,  no dirá  amén  a  vuestras bondadosas oraciones. Sin embargo, Stanley, aunque sea vuestra mujer y no me quiera, tener la seguridad, mi buen Lord, de que no os odio por su orgullosa arrogancia.
Stanley: Os   suplico   que  tampoco   creáis   las   envidiosas   calumnias   de   sus   falsos acusadores; o, si se la acusa de algún informe verdadero, soportad su debilidad, que  me  parece  que  procede  de  enfermedad  caprichosa,  y no de rencor  con fundamento.
Isabel:¿Visteis hoy al Rey, lord Stanley?
Stanley:Ahora mismo, el duque de Buckingham y yo venimos de visitar a Su Majestad. Isabel:¿Qué probabilidades hay de mejoría, señores?
Buckingham:Señora, tened buenas esperanzas: Su Majestad habla con buen ánimo. Isabel:¡Dios le dé salud! ¿Conversasteis con él?
Buckingham:     Sí, señora:  desea  lograr  una  reconciliación  entre  el  duque  de  Gloucester  y vuestros hermanos, y entre éstos y el lord Chambelán: y ha enviado a convocarles a su real presencia.
Isabel:   ¡Ojalá todo fuera bien! Pero eso no será nunca: temo que nuestra felicidad esté en su cima. (Entran Gloucester, Hastings y Dorset)
Gloucester:  Me agravian, y no lo soportaré. ¿Quiénes son los que se quejan al Rey de que yo, en verdad,  soy severo y no les  quiero?  Por San Pablo,  aman poco a Su Majestad los que le llenan los oídos con tales rumores de discordia. Porque yo no sé adular  ni  hablar  bellamente,  sonreírles  a la  cara  a los  demás, suavizar, engañar y enredar, agacharme con reverencias a la francesa y cortesías de mono, tengo que ser considerado como un enemigo rencoroso. ¿No puede un hombre sencillo  vivir  pacíficamente  sin  que  su  sencilla  sinceridad  sea  víctima  de rufianes sedosos, maliciosos, insinuantes?
Grey: ¿A quién habla Vuestra Alteza entre todos los presentes?
Gloucester:  A ti, que no tienes honradez ni gracia. ¿Cuándo te he injuriado? ¿Cuándo te he hecho agravio? ¿O a ti? ¿O a ti? ¿O a cualquiera de vuestro bando? ¡Maldición sobre  todos  vosotros!  Su real  persona (que  Dios  conserve  mejor  de  lo  que vosotros deseáis) no puede estar en paz el tiempo de un respiro sin que hayáis de molestarle con viles acusaciones.
Isabel:   Hermano Gloucester, confundes el asunto. El Rey, por su propia real voluntad, y no provocado por ningún solicitante -dirigiéndose, quizás, a tu odio interior, que muestra en sus acciones externas contra mis hijos, hermanos y yo misma- se ha sentido movido a llamaros, para poder saber el fundamento de vuestra mala voluntad, y suprimirlo así.
Gloucester:  No sé decir: el mundo  se ha vuelto tan malo que los reyezuelos pueden hacer presa donde las águilas no se atreven  a posarse. Desde que cualquier piernas se ha hecho  un caballero,  hay muchos nobles  que  se han  quedado  hechos  unos piernas.
Isabel:Vamos vamos: sabemos lo que quieres decir, hermano Gloucester; envidias mi
subida y la de los míos. ¡Concédanos Dios que jamás tengamos necesidad de ti! Gloucester:Mientras tanto, Dios concede que yo tenga necesidad de vosotros: mi hermano
está aprisionado por vuestra culpa, yo mismo, deshonrado, y la nobleza, caída en desprecio, mientras que se dan todos los días grandes elevaciones para ennoblecer a aquellos que apenas valían un noble hace unos días.
Isabel:   Por Aquel  que  me  elevó  a  esta  altura  llena  de  cuidados  desde  el  destino satisfecho que disfrutaba, que jamás he azuzado  a Su Majestad contra el duque de Clarence, sino que he sido sincera abogada para hablar en su favor. Señor mío, me hacéis  una vergonzosa injuria  al  enredarme falsamente  en  esas viles sospechas.
Gloucester:Quizá neguéis que fuisteis la causa de la reciente prisión de lord Hastings. Rivers:Sí que lo negará, señor mío, pues...
Gloucester:  ¡Claro que lo negará, lord Rivers! Qué, ¿quién no lo sabe? Hará algo más que negarlo, señor: os ayudará a tener muchas hermosas elevaciones; y luego negará que su mano ayudadora  anduviera en ello, y atribuirá esos honores  a vuestros altos méritos. ¿Qué no podrá hacer? Podrá...sí, por Santa María, podrá tomar...
Rivers:¿Qué tomará, por Santa María?
Gloucester:  Pues tomará,  por Santa María, un marido rey, un soltero, un guapo muchacho, además: ya sé que vuestra abuela encontró peor partido.
Isabel:   Lord Gloucester, hace mucho me he acostumbrado a vuestros groseros insultos y vuestras  agrias  burlas:  por los  cielos,  daré  a  conocer   a  Su Majestad  estos groseros sarcasmos que tantas veces he soportado.  Preferiría ser una criada de campo antes que una gran reina bajo esa condición de estar tan insultada, despreciada e injuriada: poca alegría tengo con ser reina de Inglaterra.
Margarita:   ¡Y pido a Dios que mengüe  esa poca! Tu honor, tu situación y tu trono se me deben a mí.
Gloucester:  ¡Qué! ¿Amenazas con decírselo al Rey? Díselo, sin reservar nada: mira, lo que he dicho, lo declararé en presencia del Rey: me arriesgo quizá a ser mandado  a la Torre. Es hora de hablar: están olvidados mis dolores.
Margarita:¡Fuera, diablo! Los recuerdo muy bien. Tú mataste  a mi marido Enrique en la
Torre, y a Eduardo,  mi pobre hijo, en Tewksbury.
Gloucester:  Antes de que fueras Reina, sí, o Rey tu marido, yo era bestia de carga en sus grandes asuntos, aniquilador de sus orgullosos adversarios, generoso recompensador  de sus amigos: para hacer real su sangre vertí la mía.
Margarita:Sí, y mucha sangre mejor que la suya o la tuya.
Gloucester:  Durante todo ese tiempo,  tú y tu marido  Grey estabais  a favor  del  bando de Lancaster, y tú también Rivers: ¿no murió tu marido en la batalla contra Margarita en Saint Alban's? Dejadme que os recuerde si lo olvidáis, lo que habéis sido antes de ahora, y lo que sois; y al mismo tiempo, lo que he sido y lo que soy.
Margarita:Un villano asesino, y lo sigues siendo.
Gloucester:  ¡El pobre Clarence abandonó a si padre Warwick; sí; y se hizo perjuro, que Jesús se lo perdone...!
Margarita:¡Qué Dios lo vengue!
Gloucester:  ¡...para luchar en el bando de Eduardo por la corona; y por sus méritos, pobre señor,  es encerrado!  Querría  que mi  corazón fuera  de pedernal,  como el  de Eduardo; o el  de Eduardo,  blando  y compasivo  como el  mío: soy demasiado necio y pueril para este mundo.
Margarita:Escóndete de vergüenza en el infierno, y deja este mundo, ¡demonio malvado!:
allí está tu reino.
Rivers:  Lord  Gloucester,   en   aquellos   laboriosos   días   que   recordáis   aquí   para demostrarnos enemigos, seguíamos a nuestro señor, nuestro Rey legítimo: igual os seguiríamos si fuerais nuestro rey.
Gloucester:  ¡Si lo fuera! Preferiría ser un buhonero: ¡lejos de mi corazón el pensarlo! Isabel: Tan poca alegría, señor, como suponéis que disfrutarías si fuerais rey de este país, tan poca podéis suponer que disfruto yo con ser su reina.
Margarita:   Poca alegría disfruta con ello la Reina, pues la Reina soy yo, y no tengo ninguna alegría.  No puedo aguantarlo  más  con paciencia...  (Adelantándose).  ¡Oídme, piratas peleones, quee reñís al repartiros lo que me habéis robado! ¿Quién de vosotros no tiembla  al  mirarme?  ¡Si  no os sometéis  como súbditos  ante mí, como Reina, al menos temblad como rebeldes ante la que habéis depuesto! ¡Ah, noble canalla, no vuelvas la cara!
Gloucester:Sucia bruja arrugada, ¿qué haces ante mi vista?
Margarita:Sólo repetir lo que has destruido: es lo que haré antes de dejarte ir. Gloucester:¿No estabas desterrada bajo pena de muerte?
Margarita:   Lo estaba; pero encuentro  más pena en el destierro que cuanta pueda darme la muerte al quedarme aquí. Me debes un marido y un hijo; y tú, un reino; y todos vosotros, obediencia: la tristeza que tengo es vuestra  por derecho; y todos los placeres que usurpáis son míos.
Gloucester:  La maldición que mi noble padre lanzó contra ti cuando pusiste una corona de papel en su valerosa frente y con tus burlas sacaste ríos de sus ojos, y luego, para secarlos, diste al Duque un trapo empapado en la sangre inocente del hermoso Rutland;  sus maldiciones, que lanzó entonces contra ti por la amargura  de su alma, han caído todas ellas sobre ti, y Dios, no nosotros,  ha castigado tu acto sanguinario.
Isabel:Justo es Dios para vengar a los inocentes.
Hastings:     ¡Ah, fue la más negra acción matar a aquel niñito; la más despiadada que jamás se ha oído!
Rivers:Hasta los tiranos lloraron cuando se contó. Dorset:No hubo quien no profetizara venganza por ella. Buckinham:Northumberland, entonces presente, lloró al verlo.
Margarita:   ¡Qué! ¿Os estabais peleando antes que llegara yo, dispuestos a agarraros  por la garganta, y ahora volvéis todo vuestro odio contra mí? ¿Tanto pudo en el cielo la terrible maldición de York, que la muerte de Enrique, la muerte de mi querido Eduardo, la pérdida de su reino y mi doloroso destierro han sido sólo respuesta por aquel granuja de chiquillo? ¿Pueden las maldiciones traspasar las nubes y entrar en el cielo? ¡Ah, entonces, opacas nubes, dejad paso a mis veloces maldiciones! ¡Si no por la guerra, muera vuestro Rey por el libertinaje, como murió el nuestro por asesinato, para hacerles Rey! Tu hijo Eduardo, que ahora es príncipe  de Gales,  a cambio  de mi  hijo  Eduardo,  que fue  príncipe  de Gales,
¡muera en su juventud por igual violencia a destiempo! Y tú, Reina, a cambio de mí, que  fui Reina,  ¡ojalá  vivas  más  que  tu gloria,  como yo, desgraciada!
¡Muchos  años vivas, para gemir la pérdida de tus hijos; y veas a otra, como te veo ahora, revestida en tus derechos, como ahora tú estás asentada en los míos! Mueran tus días felices mucho antes de tu muerte; y tras de muchas prolongadas horas de dolor, ¡muere sin ser madre ni esposa ni reina de Inglaterra! Rivers y Dorset, estabais presentes, y tú también, lord Hastings, cuando mi hijo fue apuñalado con sanguinarias dagas: ¡pido a Dios que ninguno de vosotros viva su edad natural, sino que sea cortado por algún accidente inesperado!
Gloucester:¿Has terminado tu conjuro, odiosa bruja marchita?
Margarita:   ¿Dejándote fuera? Espera, perro, porque me vas a oír. ¡Si el cielo tiene guardada alguna calamidad desdichada que supere a las que pueda yo desear que caigan sobre ti, ah, que la guarde hasta que tus pecados estén maduros, y luego arroje su indignación  sobre  ti, turbador  de  la  paz  del  pobre  mundo! ¡Que  sospeches traidores  a  tus  amigos  mientras  vivas,  y tomes  a  grandes  traidores  por tus mejores amigos! ¡Ningún sueño cierre tus ojos mortales, si no es mientras algún sueño atormentador  te espanta con un infierno de horribles diablos! ¡Tú, cerdo marcado por los duendes, abortado,  hozador! ¡Tú, que fuiste sellado en tu nacimiento como esclavo de la naturaleza e hijo del infierno! ¡Tú, calumnia del vientre  cargado  de ti madre!  Tú, retoño odiado  del  cuerpo  de tu padre!  ¡Tú, andrajo del honor! ¡Tú, detestable..!
Gloucester:¡Margarita! Margarita:¡Ricardo! Gloucester:¿Eh? Margarita:No te llamaba.
Gloucester:Te pido  perdón,  pues creí  que me llamabas  con todos  esos nombres  agrios.
Margarita:  Sí, te llamaba,  pero no esperaba respuesta.  ¡Ah, déjame  cerrar el párrafo de mi maldición!
Gloucester:Ya lo hago yo, y acaba en ...Margarita.
Isabel:Así has lanzado tu maldición contra ti misma.
Margarita:   ¡Pobre reina  en pintura,  vano  ornamento  de destino!  ¿Por qué viertes  azúcar sobre  esa araña  embotellada  cuya red mortal  te rodea y apresa? ¡Loca,  loca! Afilas un cuchillo para que te mate. Llegará el día en que me desearás para que te ayude a maldecir a ese venenosos  sapo jorobado.
Hastings:Profetizadora  falsa,  acaba  tu maldición  frenética,  no sea que  agotes  nuestra
paciencia para tu daño.
Margarita:¡Sucia vergüenza sobre vosotros! Vosotros todos habéis acabado con la mía. Rivers:Te estaría bien empleado que te enseñásemos lo que se te debe.
Margarita:   Me estaría bien empleado que todos me obedecierais como debéis. Enseñadme  a ser vuestra Reina, y vosotros mis súbditos: ¡ah, dadme lo que me está bien empleado, y aprended vuestro deber!
Dorset: No discutáis con ella: está lunática.
Margarita:   Calla, compadre  Marqués;  eres un desvergonzado: tu sello de nobleza, recién salido de forja, apenas ha tenido curso legal. ¡Ah, si vuestra joven nobleza pudiera  juzgar  lo  que  sería perderlo,  y ser desgraciado!  Los  que están altos, tienen muchas ráfagas que les sacudan, y si caen, se hacen pedazos.
Gloucester:Buen consejo, pardiez: aprendedlo, aprendedlo, Marqués. Dorset: Os interesa tanto como a mí, señor.
Gloucester:  Sí, y mucho más; pero yo nací tan alto que nuestro nido está construido en lo más alto del cedro, y juega con el viento y desprecia al sol.
Margarita:   Y convierte el sol en sombra,  ¡ay! Testigo mi hijo, ahora en la sombra  de la muerte, cuyos claros fulgores deslumbrantes envolvió tu ira nebulosa en eterna niebla.  ¡Oh Dios,  que  lo  ves,  no lo  consientas;  como se  ganó  con sangre, piérdase así también!
Buckingham:Silencio, silencio, por vergüenza, si no por caridad.
Margarita:   ¡No me invoquéis ni la caridad ni la vergüenza! Me habéis tratado sin caridad, y desvergonzadamente sois los matarifes de mis esperanzas. Mi caridad es el ultraje, la vida es mi vergüenza: ¡y en esa vergüenza  sigue viviendo la cólera de mi pena!
Buckingham:Acaba, acaba.
Margarita:Ah, egregio Buckinghan, besaré tu mano en señal de alianza y amistad contigo:
¡buena suerte ahora para ti y tu noble casa! Tus ropas no están manchadas con nuestra sangre, ni tú entras en el alcance de mi maldición.
Buckingham:     Ni ninguno de aquí, pues las maldiciones nunca pasan más allá de los labios de quienes las exhalan al aire.
Margarita:   No puedo menos de creer que ascienden al cielo, y despiertan allí la paz de Dios en si suave sueño. ¡Ah, Buckingham, te cuidado con ese perro! Mira, cuando gruñe, muerde; y, cuando muerde, su diente emponzoña de muerte. No tengas que ver con él, cuidado con él; el pecado, la muerte y el infierno han puesto en él sus huellas, y todos sus ministros le sirven.
Gloucester:¿Qué dice ésta, lord Buckingham? Buckingham:Nada de que yo haga caso, mi noble señor.
Margarita:   ¡Qué! ¿Me desprecias por mi generoso consejo, y apaciguas al diablo de quien te aviso? Acuérdate sólo de esto otro día, cuando te parta el corazón de tristeza, y dirás  que Margarita  fue  profetisa.  ¡Vivid, cada cual  de vosotros,  sujetos  a su odio, y él al vuestro, y todos vosotros al de Dios! (Se va)
Hastings:Se me eriza el pelo al oír sus maldiciones.
Rivers:Y a mí también: no comprendo por qué está en libertad.
Gloucester:  No la  puedo  censurar:  por la  Santa Madre  de  Dios,  ha  sufrido  demasiados agravios, y me arrepiento de la parte de ellos que le he hecho.
Isabel:   Yo nunca le hice ninguno, que yo sepa. Gloucester: Sin embargo, tenéis todo el provecho  de sus agravios. Yo fui demasiado ardiente en hacer bien a alguien que ahora  es demasiado frío al pensar en ello. Pardiez, en cuanto  a Clarence, está bien recompensado: por sus trabajos, le han encerrado para engordarle:  ¿Dios perdone a los que son los causantes de eso!
Rivers:Una conclusión virtuosa y cristiana: rogar por los que nos han ofendido. Gloucester:Siempre  lo  hago  así  (aparte),  como lo  más  prudente,  pues  si  ahora  mismo
hubiera maldecido, me habría maldecido a mí mismo. (Entra Catesby)
Catesby: Señora, Su Majestad  os  llama...  y también  a Vuestra  Alteza...  y a  vosotros, nobles señores.
Isabel:Ya voy, Catesby. ¿Señores, venís conmigo?
Rivers:Acompañaremos a Vuestra Majestad. (Se van todos, menos Gloucester) Gloucester:Yo hago  el  mal,  y no soy el  primero  en empezar a regañar. Las  maldades
secretas que preparo, las pongo a cuenta de otros, como culpa suya. A Clarence, a quien, desde luego, he puesto yo en la tiniebla, ahora le lamento delante de muchos simples bobos;  esto es, ante Hastings, Stanley y Buckingham; y digo que son la Reina  y sus aliados quienes  mueven al  Rey contra mi  hermano el Duque. Ahora  se lo creen; y a la vez me dejan vengarme de Rivers, Vaughan y Grey: pero entonces suspiro y, con un trozo de la Escritura, les digo que Dios nos manda hacer bien por mal, revistiendo así mi desnuda villanía con retazos viejos robados de la Santa Biblia; parezco un santo cuando más hago el diablo. (Entran dos asesinos) Pero ¡silencio! Ahí vienen mis ejecutores. ¿Qué tal, mis audaces y decididos compañeros? ¿Vais ahora a despachar ese asunto?
Asesino °:Vamos a ello, señor; y venimos a recibir el pase para poder entrar donde está. Gloucester:Bien  pensado: lo  tengo aquí. (Da el  pase) Cuando  lo  hayáis  hecho, acudid  a
Crosby Place. Pero, señores, sed rápidos en le ejecución, y a la vez firmes, sin escuchar  sus apelaciones: pues Clarence es elocuente  y quizá mueva vuestros corazones a la piedad, si le hacéis caso.
Asesino °: Bah,  bah, señor, no nos  pararemos  a charlas:  quien  habla,  no es bueno  para hacer: estad seguro de que usaremos nuestras manos, y no nuestras lenguas.
Gloucester:  Vuestros ojos vierten piedras de molino cuando los ojos de los tontos vierten lágrimas: me gustáis, muchachos; id derechos a vuestro asunto: ¡vamos, vamos, despachad!
Asesino °:Ya vamos, mi noble señor. (Se van)

Escena IV
(Londres. La Torre)
Entran Clarence y Brakenbury
Brakenbury: ¿Por qué tiene Vuestra Alteza tan triste aspecto hoy?
Clarence:     Ah, he pasado una horrible noche, tan llena de temibles sueños, de feas visiones, que,  como que  soy  hombre  cristiano  creyente,  no querría  pasar otra  noche semejante aunque fuera para comprar un mundo  de días más felices: ¡tan lleno de horrible terror ha estado este tiempo!
Brakenbury: ¿Qué habéis soñado, señor? Os ruego que me lo contéis.
Clarence:     Me  parecía que me había escapado de la  Torre y me había embarcado  para cruzar a Borgoña,  en compañía de mi hermano Gloucester, que me incitó a salir de mi  camarote  y andar por cubierta:  desde  allí  mirábamos  hacia  Inglaterra, recordando mil momentos difíciles que habíamos pasado durante las guerras de York y Lancaster. Al ir paseando sobre las vacilantes planchas de la cubierta, me pareció  que Gloucester tropezaba y, al  caer, me lanzaba  a mí, que trataba de sujetarle por la borda, a las desordenadas olas del abismo. ¡Oh Dios! ¡Qué dolor parecía ahogarse! ¿Qué horrible ruido de agua en mis oídos! ¡Qué monstruosas visiones de muerte en mis ojos! Creí ver mil naufragios aterradores, mil hombres que devoraban los peces; lingotes de oro, grandes anclas, montones  de perlas, piedras inestimables, joyas inapreciables, dispersas en el fondo del mar. Algunas estaban en calaveras  de muertos;  y se habían  metido  en esos agujeros  donde antes habitaron los ojos, como burlándose de los ojos, gemas con reflejos, que cortejaban  el  fangoso  fondo de la  profundidad,  y se  mofaban  de  los  huesos muertos que yacían desparramados.
Brakenbury: En la hora de la muerte, ¿teníais tanta calma como para contemplar los secretos de la profundidad?
Clarence:     Me  parecía que sí, y más de una vez me esforcé por rendir el alma, pero las odiosas aguas sujetaban mi espíritu, y no lo querían dejar salir al encuentro del vacío y vasto aire moviente. Sino que la sofocaban en mi cuerpo jadeante, que casi estallaba para vomitarla al mar.
Brakenbury: ¿No despertasteis con esa cruel agonía?
Clarence:     No, no, mi sueño  se prolongaba más allá de la vida: ¡ah, entonces empezó la tempestad para mi alma! Me pareció que atravesaba las melancólicas aguas con aquel  torvo barquero  de que escriben  los  poetas,  hacia  el  reino  de  la  noche perpetua. El primero que allí saludó mi alma forastera fue mi gran abuelo, el famoso Warwick, que gritó en voz alta: “¿Qué castigo por perjurio puede ofrecer a Clarence esta tenebrosa monarquía?” Y así se desvaneció; luego vino errando por allí una sombra como un ángel, con claro pelo salpicado de sangre, y éste aulló en voz alta: “¡Ha llegado Clarence, el falso, el veleidoso, perjuro Clarence, el  que me apuñaló  en  el  campo  de batalla  de Tewksbury;   apoderasos de él, Furias, llevçáoslo a vuestros  tormentos!” Con eso, vi que una legión de sucios demonios me rodeaba y aullaba en mis oídos tan horrendos gritos, que, con el ruido, me desperté temblando y, durante algún tiempo, no pude menos que creer que estaba en el infierno: tan terrible impresión me había hecho el sueño.
Brakenbury: No es maravilla, señor, que os asustara: me parece que yo me he asustado de oíroslo contar.
Clarence:     ¡Ah, Brakenbury,  esas cosas que ahora prestan declaración contra mi alma, las hice a favor de Eduardo y mira cómo me recompensa ahora ¡Oh Dios ¡Si mis profundas oraciones no te pueden apaciguar sino que quieres vengarte  de mis malas acciones, ejecuta tu ira en mí solo; oh, perdona a mi inocente mujer y mis pobres hijos!  Guardián,  te ruego  que te quedes un rato  sentado conmigo:  mi alma está abrumada, y querría dormir.
Brakenbury: Así  lo  haré,  señor:  ¡Dios  dé buen  descanso a Vuestra  Alteza!  (Clarence  se duerme.) La tristeza quebranta los momentos y las horas de descanso, haciendo mañana de la noche, y noche del mediodía. Los príncipes no tienen más que sus títulos como glorias, un honor externo por fatiga interna; y, por imaginaciones inalcanzables,  a menudo  alcanzan  un mundo de cuidados  inquietos;  de modo que, entre  sus títulos  y la baja condición, no hay más diferencia que la fama exterior. (Entran los dos Asesinos.)
Asesino °:¡Eh! ¿Quién está ahí?
Brakenbury: ¿Qué quieres, amigo? ¿Cómo has llegado aquí?
Asesino °:Quiero hablar con Clarence, y llegué aquí sobre mis piernas. Brakenbury: ¿Qué, tan pocas palabras?
Asesino °:Vale más, señor, que ser prolijo. Enséñale nuestra orden, y no hablemos más. (El
Asesino primero da un papel a Brakenbury,  que lo lee. )
Brakenbury:  Se me ordena aquí que entregue en vuestras manos al noble duque de Clarence; no quiero discutir qué se pretende con eso, porque quiero ser inocente de lo que se pretenda. Aquí están las llaves: ahí está el Duque, durmiendo: iré a ver al Rey, a decirle que os he entregado así el que se me había encomendado.
Asesino °:Hacedlo, señor, es cuestión de prudencia: seguid bien. (Se va Brakenbury.) Asesino °:¿Qué, le apuñalamos mientras duerme?
Asesino °:No: dirá que ha sido una cobardía, cuando se despierte.
Asesino °:¡Cuando  se despierte! Vamos, tonto, no se despertará hasta el día del Juicio. Asesino °:Bueno, entonces dirá que lo apuñalamos durmiendo.
Asesino °:El traer esa palabra “Juicio” me ha dado una especie de remordimiento. Asesino °:¿Qué, tienes miedo?
Asesino °: No de matarle. Teniendo orden de ello, sino de quedar condenado por matarle, de lo cual no hay orden que me pueda defender.
Asesino °:Creí que estabas decidido. Asesino °:Y lo estoy, a dejarle vivo.
Asesino °:Me volveré al duque de Gloucetser, a decírselo.
Asesino °:No, por favor, aguarda un poco: espero que se me pasará este humor de santidad:
no solía durarme más que mientras se cuenta hasta veinte. Asesino °:¿Cómo te sientes ahora?
Asesino °:A fe, todavía noto dentro algunos posos de conciencia. Asesino °:Acuérdate de nuestra recompensa, cuando esté hecho.
Asesino °:¡Demonios!, va a morir: se me había olvidado la recompensa. Asesino °:¿Dónde tienes ahora la conciencia?
Asesino °:En la bolsa del duque de Gloucester.
Asesino °: Así,  cuando él  abre la  bolsa  para darnos  nuestra  recompensa,  tu conciencia escapa volando.
Asesino °:No importa: que se escape: pocos, o nadie, la recogerán. Asesino °:¿Y si te vuelve otra vez?
Asesino °: No tendré enredos con ella: acobarda  a cualquiera: uno no puede robar, sin que le acuse; uno no puede jurar, sin que le contenga; uno no puede acostarse con la mujer del vecino, sin que le descubra;  es un espíritu miedoso y ruboroso que se revuelve en el pecho de uno: le llena de obstáculos; una vez me hizo devolver una bolsa de oro que había encontrado por casualidad: deja hecho un mendigo a cualquiera que la tenga; la destierran de todas las ciudades y pueblos como cosa peligrosa; y todo el que pretende vivir bien, se esfuerza por fiarse de sí mismo y vivir sin ella.
Asesino °:Demonios, ahora mismo la tengo a mi lado, convenciéndome de que no mate al
Duque.
Asesino °: Ponte al diablo en el ánimo, u no la creas: quiere meterse dentro de ti sólo para hacerte suspirar.
Asesino °:Yo soy fuerte: no podrá vencerme.
Asesino °: Has hablado  como un tipo  valiente  que  respeta  su reputación.  Vamos,  ¿nos ponemos al trabajo?
Asesino °: Dale en la mollera con el puño de la espada, y luego tírale al barril de malvasía que hay en el cuarto de al lado.
Asesino °:¡Ah, estupenda idea! Hacerle sopas de vino.
Asesino °:¡Calla! Se despierta. Asesino °:¡Dale!
Asesino °:No, conversemos con él.
Clarence:(despertando) ¿Dónde estás, guardián? Dame un vaso de vino. Asesino °:Enseguida tendrás bastante vino, señor.
Clarence:En nombre de Dios, ¿quién eres tú?
Asesino °:Un hombre, como tú. Clarence:Pero no como yo, real. Asesino °:Ni tú como nosotros, leal.
Clarence:Tu voz es de trueno, pero tu aspecto es humilde. Asesino °:Mi voz ahora es del rey, y mi aspecto, mío.
Clarence:     ¡Con qué mortal oscuridad hablas! Tus ojos me amenazan: ¿por qué te pones pálido? ¿Quién os mandó aquí? ¿Para qué venís?
Los dos: Para, para, para... Clarence:¿Para asesinarme?
Asesino °:No nos habéis ofendido a nosotros, sino al Rey. Clarence:Ya me volveré a reconciliar con él.
Asesino °:Nunca, señor, así que preparaos a morir.
Clarence:     Entre todo un mundo  de hombres,  ¿os han llamado a vosotros  para matar  a un inocente?  ¿Cuál  es mi  culpa?  ¿Dónde  está la  evidencia  que me acusa? ¿Qué juicio legal ha dado su veredicto al ceñudo juez? ¿O quién ha pronunciado la amarga sentencia de muerte del pobre Clarence? Antes que yo sea convicto conforme a la ley, es ilegal amenazarme de muerte. ¡Os conjuro así, como tenéis esperanza de redención  por la preciosa sangre de Cristo, vertida por vuestros graves pecado, a que os vayáis y no me pongáis las manos encima! La acción de que os encargáis es condenable.
Asesino °:Lo que vamos a hacer, lo vamos a hacer por mandato. Asesino °:Y el que lo ha mandado, es nuestro Rey.
Clarence:     ¿Vasallos extraviados! El gran Rey de Reyes, en la tabla de su Ley, ha mandado: “No matarás”. ¿Vais, entonces, a despreciar su orden para cumplir la de un hombre? Tened cuidado, pues Él tiene la venganza en su mano, para lanzarla sobre las cabezas de quienes quebranten su Ley.
Asesino °:Y  esa  misma  venganza  la  lanza  sobre  ti, por falso  perjurio,  y también  por
asesinato:  tú  recibiste  el  Sacramento  para  luchar  en  el  bando  de  la  casa
Lancaster.
Asesino °: Y, como un traidor  al  nombre  de Dios,  quebrantaste   ese voto, y, con tu filo traicionero, descosiste las entrañas del hijo de tu soberano.
Asesino °:A quien habías jurado amar y defender.
Asesino °: ¿Cómo puedes invocar la temible Ley de Dios contra nosotros, cuando tú la has quebrantado en tan alto grado?
Clarence:     ¡Ay! ¿Por quién hice yo esa mala acción? Por Eduardo, por mi hermano, por su bien: no os envía él a que me asesinéis por eso, pues él está tan hundido en ese pecado como yo. Si Dios quiere venganza por esa acción, ¡Ah, sabedlo aún!, la venga públicamente: no quitéis la querella a su poderoso brazo;  Él no necesita acciones indirectas o ilegales para suprimir a los que le han ofendido.
Asesino °: ¿Quién te hizo, entonces, sanguinario ministro, cuando el valiente Plantagenet, animosamente lanzado, ese egregio novel, fue herido de muerte por ti?
Clarence:El amor a mi hermano, nuestra obligación y mi ira.
Asesino °: El  amor  a tu hermano,  nuestra obligación  y tu culpa  nos hacen venir  aquí  a matarte.
Clarence:     Si amáis a mi hermano, no me odiéis; soy hermano suyo y le quiero. Si estáis contratados por paga, volved otra vez, y os enviaré a mi hermano Gloucester, que os recompensará  por mi  vida  mejor  que Eduardo  por las  noticias  de mi muerte.
Asesino °:Te engañas: tu hermano Gloucesteres te odia.
Clarence:Ah no, me quiere y me estima en mucho; id a verle de mi parte. Los dos asesinos:Sí, eso haremos.
Clarence:     Decidle que, cuando nuestro egregio padre York bendijo a sus tres hijos con su brazo victorioso, y nos encomendó con toda su alma que nos quisiéramos, poco pensó que se separara nuestra amistad: rogad a Gloucester que piense en eso, y llorará.
Asesino °:Sí, llorará piedras de molino, como nos ha enseñado a que lloráramos. Clarence:Ah, no le calumniéis, porque es muy bondadoso.
Asesino °: Justo, como la nieve  en la  cosecha. Vamos,  os engañáis:  es él  quien  envía  a suprimiros aquí.
Clarence:No puede ser, pues él lloró mi suerte, y me estrechó en sus brazos, y juró, con
sollozos, que trabajaría por liberarme.
Asesino °: Bueno, eso hace, al liberaros de la setrvidumbre de esta tierra para los gozos del cielo.
Asesino °:Haced las paces con Dios, porque debéis morir, señor.
Clarence:     ¿Tienes en tu alma el santo sentimiento de aconsejarme que haga las paces con Dios, y sin embargo  estás tan ciego para tu propia alma que quieres guerra con Dios asesinándome? Ah, señores, considerad que quien os envió a esta acción os odiará por haberla hecho.
Asesino °:¿Qué vamos a hacer?
Clarence:Tened compasión y salvad vuestras almas. Asesino °:¡Tener compasión! Eso es de cobardes y mujeres.
Clarence:     No tener compasión es de animales, de salvajes, de diablos. ¿Cuál de vosotros, si fuerais  un hijo  de príncipe,  privado  de su libertad,  como yo estoy ahora, no rogaría  por su  vida  si  vinieran  contra  él  dos  asesinos  como vosotros?  (Al Asesino °) Amigo mío, observo alguna compasión en tu rostro: ah, si tus ojos no me lisonjean, ponte de mi parte y ruega por mí: ¿qué mendigo no compadece a un príncipe que mendiga?
Asesino °:Señor, ¡mirad detrás de vos! (El Asesino ° lo apuñala.)
Asesino °: Toma esto, y esto; si todo eso no basta, te ahogaré en el barril de malvasía que hay dentro. (Se va con el cadáver)
Asesino °: ¡Cosa  sanguinaria,  cruelmente  despachada!  ¡Cómo me  gustaría,  igual  que Pilatos, lavarme las manos de este crimen tan horriblemente culpable! (Vuelve a entrar el Asesino °)
Asesino °: ¿Qué es eso? ¿Qué pretendes, que no me ayudas? Por los cielos, el Duque sabrá qué flojo has estado.
Asesino °: ¡Me  gustaría que supiera que había salvado a su hermano! Toma tú la paga, y dile lo que digo, porque me arrepiento de que el Duque esté muerto. (Se va)
Asesino °: Yo no: vete, cobarde que eres. Bueno,  esconderé el cadáver en algún agujero, hasta que el Duque dé orden de enterrarlo: y cuando reciba mi paga, me marcharé, porque esto se sabrá, y entonces no debo estar. (Se va)

Acto segundo
Escena I
(Londres. Palacio)
Toque  de trompeta.  Entran  el  Rey Eduardo -transportado  enfermo-,  la  Reina  Isabel,  Dorset, Rivers, Haastings, Buckingham, Grey y otros.
Rey Eduardo:     Ea, ya está: he hecho un buen día de trabajo. Vosotros,  Pares, continuad en esta alianza tan unida; cualquier día espero una embajada de mi Redentor para rendirme  de aquí;  y entonces mi  alma  se irá  en paz al  Cielo,  puesto que he puesto paz entre mis amigos en a tierra. Rivers y Hastings, daos la mano; no disimuléis vuestro odio, jurad que os amaréis.
Rivers:  Por los cielos, mi alma está purgada  de odio maligno; y sello con mi mano el sincero cariño de mi corazón.
Hastings:¡Así prospere yo, como juro amor perfecto! Rivers:¡Y yo, como quiero a Hastings de corazón!
Rey Eduardo:     Señora, no estáis exenta de esto, ni tampoco tú, hijo Dorset, ni tú, Buckingham; habéis hecho facciones uno contra otro. Esposa, quiere a lord Hastings y dale a besar tu mano, y lo que haces, hazlo sin fingir.
Isabel:   Ea, Hastings: nunca más recordaré nuestro odio de antes; ¡así nos vaya bien, a mí y a los míos!
Rey Eduardo: Dorset, abrázale; Hastings, quiere al Marqués.
Dorset: Este  intercambio  de  afecto  declaro  aquí  que  será  inviolable  por mi  parte.
Hastings: Así lo juro yo. (Se abrazan)
Rey Eduardo:    Ahora, egregio Buckingham, sella esta alianza con tu abrazo a los aliados de mi esposa, y vosotros hacedme feliz con vuestra unidad.
Buckingham:     (A la Reina) Si alguna vez Buckingham dirige su odio contra Vuestra Majestad, en vez de quereros, a vos y a los vuestros, con todo el amor debido, ¡que Dios me castigue con odio en aquellos de quienes espero más amor! Cuando tenga necesidad  de  un amigo,  y esté  más  seguro  de  que  es amigo,  ¡séame  vano, escondido, traidor y lleno de engaño! Esto pido a Dios, si soy frío en el celo por vos o los vuestros. (Abraza a Rivers y los demás)
Rey Eduardo:    Un grato reconfortador,  egregio  Buckingham,  es este  juramento  tuyo para mi enfermo corazón. Falta ahora aquí nuestro hermano Gloucester, para redondear el bendito párrafo de esta paz.
Buckingham:Y en buena hora, aquí viene el noble Duque. (Entra Gloucester.)
Gloucester:¡Buenos  días a mi soberano Rey y a mi Reina! ¡Y feliz día a vosotros,  nobles
Pares!
Rey Eduardo:    Feliz, en efecto, según hemos pasado el día. Hermano,  hemos hecho obras de caridad; hemos convertido en paz la enemistad, el odio en sincero amor, entre estos Pares hinchados de ira, irritados sin razón.
Gloucseter:  Un bendito esfuerzo, mi soberano señor. Entre este noble grupo, si alguien, por mal entendimiento o suposición equivocada, me considera enemigo; si yo, sin darme cuenta, o en mi cólera, he cometido algo que tome a mal alguien de los presentes, deseo reconciliarme en paz con su amistad:  es una muerta  para mí estar en enemistad; lo odio y deseo el amor de todos los hombres bueno. Ante todo, señora, os ruego  verdadera  paz por vuestra parte, que adquiriré  con mi debido servicio; por vuestra parte, noble primo Buckingham, si alguna vez ha abrigado  alguna  rencilla  entre  nosotros;  por vuestra  parte,  lord  Rivers,  y la vuestra, lord Grey, todos los que sin motivo habéis fruncid el ceño contra mí; duques, condes, caballeros, por parte de todos: no conozco algún inglés vivo con quien mi alma esté en discordia en nada más que con el niñito que haya nacido esta noche; doy gracias a Dios por mi humildad.
Isabel:   Este día se guardará en lo sucesivo como día sagrado: querría Dios que todas las discordias  estuvieran  bien  compuestas.  Mi soberano  señor,  ruego  a  Vuestra Alteza que acepte en su buena gracia a nuestro hermano Clarence.
Gloucseter:  ¿Cómo, señora? ¿He ofrecido mi afecto para esto, para ser encarnecido así en presencia del Rey? ¿Quién no sabe que el noble duque ha muerto? (Todos se sobresaltan) Le injuriáis al burlaros de su cadáver.
Rey Eduardo: ¡Quién no sabe que ha muerto! ¿Quién lo sabe? Isabel:Oh Cielo que todo lo ves, ¡qué mundo es éste! Buckingham:¿Estoy tan pálido, Dorset, como los demás?
Dorset: Sí, mi buen señor: todos los presentes han perdido el color rojo de sus mejillas. Rey Eduardo: ¿Ha muerto Clarence? Se dio contraorden.
Gloucester:Pero  él,  el  pobre,  murió  por vuestra  primera  orden,  que  llevó  algún  alado
Mercurio, mientras algún lento tullido llevó la contraorden, que, demasiado tardía, llegó para verle enterrado. ¡No permita Dios que alguien, menos noble y menos leal, más cercano en pensamientos sanguinarios, pero no en sangre, merezca algo parecido a lo que recibió el desgraciado Clarence, y sin embargo escape libre de Sospechas! (Entra Stanley, Conde de Derby.)
Stanley:¡Un premio Majestad, por mis servicios prestados! Rey Eduardo: Calla, por favor: mi alma está llena de tristeza.
Stanley:No me levantaré mientras no me oiga Vuestra Majestad. Rey Eduardo: Entonces, di en seguida qué es lo que pides.
Stanley: La gracia, soberano, de la vida de un criado mío que mató hoy a un caballero revoltoso, que fue recientemente del séquito del duque de Norfolk.
Rey Eduardo:     ¿Tengo  lengua  para  sentenciar  a  muerte   a  mi  hermano,  y esa  lengua  va  a perdonar  a un esclavo? Mi hermano no mató  a nadie: su culpa fue en pensamiento, y, sin embargo, su castigo fue amarga muerte. ¿Quién me rogó por él?  ¿Quién,  en  mi  furia,  se  arrodilló  a  mis  pies,  y me  aconsejó  prudencia?
¿Quién habló de fraternidad? ¿Quién de cariño? ¿Quién me dijo cómo el pobre abandonó al poderoso Warwick  y luchó por mí? ¿Quién me dijo cómo, en el campo de batalla de Tewksbury,  cuando Oxford me había derribado, me salvó y me dijo: “Hermano, vive, y sé Rey”? ¿Quién me dijo, cuando ambos yacíamos en el campo, casi muertos de frío, cómo me arropó con sus propios vestidos, y se entregó, inerme y desnudo, a la noche fría y ateridora? Todo esto la brutal cólera lo arrancó pecadoramente de mi recuerdo, y no hubo un hombre entre vosotros que  tuviera  la  gracia  de  recordármelo.  Pero  cuando  vuestros  carreteros  o vuestros vasallos sirvientes han hecho una matanza en su borrachera, borrando la preciosa imagen de nuestro amado Redentor, entonces venís derechos a arrodillaros para pedir perdón, perdón; y yo, también injustamente, os lo debo conceder. Pero por mi hermano no hubo un hombre que quisiera hablar, ni yo, inclemente, me hablé a mí mismo de él, el pobre. Los más orgullosos de entre vosotros  le  habéis  quedado  agradecidos  mientras  vivió;  pero  ninguno  de vosotros  quiso  alegar  una  vez  por su  vida.  ¡Oh Dios,  temo  que  justicia  se apoderará  de mí, y de vosotros,  y de los  míos, y de los  vuestros, por esto! Vamos, Hastings, ayúdame  a ir a mi  cuarto. ¡Ah, pobre Clarence! (Se van el Rey, la Reina, Hastings, Rivers, Dorset y Grey)
Gloucester:  ¡Este es el fruto de la precipitación! ¿No os fijasteis cómo la culpable parentela de la  Reina  palideció  cuando oyeron  hablar  de la  muerte  de Clarence?  ¡Ah, cómo la solicitaron del Rey! Dios la vengará. Vamos, señores, ¿queréis venir a consolar a Eduardo con nuestra compañía?
Buckingham:Acompañaremos a Vuestra Alteza. (Se van)

Escena II (Palacio)
Entra la anciana duquesa de York, con Eduardo y Margaret Plantagenet, hijo e hija de Clarence.
Hijo:Abuelita, dinos, ¿ha muerto nuestro padre? Duquesa: no, niño.
Hija:     ¿Por qué lloras tantas veces y te golpeas el pecho, y gritas "Ah, Clarence, mi desdichado hijo"?
Hijo:¡Por qué  nos  miras  tanto,  moviendo  la  cabeza,  y  nos  llamas  huérfanos,
desgraciados, proscritos, si está vivo nuestro noble padre?
Duquesa:Mis lindos nietos, me entendéis mal los dos: lamento la enfermedad del Rey, porque me duele perderle, no la muerte de vuestro padre: sería tristeza perdida gemir por quien está perdido.
Hijo:    Entonces, abuela, afirmas que ha muerto.  Mi tío el Rey es quien tiene la culpa: Dios le vengará, y yo lo importunaré con afanosas oraciones para que lo haga.
Hija:Y yo también.
Duquesa:¡Callad, hijos, callad! El Rey os quiere mucho. Inocentes. Ignorantes y sencillos, no podéis adivinar quién causó la muerte de vuestro padre.
Hijo:    Abuela,  sí  que  podemos,  pues  mi  buen  tío Gloucester  me  dijo  que  el  Rey, incitado a ello por la Reina, urdió acusaciones para aprisionarle: y mi tío lloró al decírmelo, y me compadeció, y me besó con bondad las mejillas: me pidió que confiara en él como en mi padre, y me dijo que me querría tanto como a su hijo.
Duquesa:¡Ah, que el  engaño  se apropie de tan amables  aspectos, y oculte el  profundo vicio con máscara de virtud! Es mi hijo, sí, y ahí está mi vergüenza; pero él no mamó esa falsía de mis pechos.
Hijo:¿Crees que mi tío fingía, abuela? Duquesa: Sí, niño.
Hijo:    No puedo imaginarlo. ¡Oís! ¿qué ruido es eso? (Entra  la Reina Isabel, con el pelo en desorden; Rivers y Dorset la siguen.)
Isabel:   ¡Ah! ¿Quién  me impedirá que gima  y llore  para imprecar  contra mi  suerte y atormentarme? Me uniré con la negra desesperación contra mi alma, y me haré enemiga de mi misma.
Duquesa: ¿Qué significa esa escena de violenta agitación?
Isabel:   Es para señalar una violencia trágica: ¡Eduardo, mi señor, tu hijo, nuestro Rey, ha muerto!  ¿Por qué  crecen  las  ramas cuando  no hay  raíz?  ¿Por qué  no se marchitan las hojas si les falta savia? Si queréis vivir, lamentaos; si queréis morir, acabad pronto,  para que vuestras almas, con veloces alas, alcancen la del Rey;  o, como súbditos  obedientes,  le  sigáis  a  su  nuevo  reino  de  perpetuo descanso.
Duquesa: ¡Ah, tengo tanta parte en tu tristeza como si tuviera derechos en tu noble marido!
He llorado la muerte  de un digno marido, y he vivido mirando sus imágenes: pero ahora dos espejos de su egregio aspecto están quebrados en trozos  por la maligna  muerte, y yo, para consolarme,  sólo  rengo un espejo  falso,  que me aflige cuando veo en él mi vergüenza. Tú eres viuda, pero tú eres madre, y te ha quedado el consuelo de tus hijos: mientras que la muerte me ha arrebatado de mis  brazos  a mi  marido  y me ha quitado dos muletas de mis  débiles  manos: Clarence y Eduardo. ¡Ah! ¡Cuánta razón tengo -si tu dolor no es ni la mitad que el mío- para superar tus quejas y ahogar tus clamores!
Hijo:    ¡Ah tía! Tú no lloras por la muerte de nuestro padre: ¿cómo podemos ayudarte con nuestras lágrimas de parientes?
Hija:     Nuestra angustia sin padre quedó sin llorar: ¡quede igualmente sin llorar tu dolor de viuda!
Isabel:   No me deis ayuda en el lamento; no soy estéril para dar a luz quejas: ¡todas las fuentes llevan corrientes a mis ojos, para que yo, gobernada por la acuática luna, dé  abundantes  lágrimas  que  inunden  el  mundo! ¡Ay mi  marido,  mi  querido señor, Eduardo!
Hijos:¡Ay nuestro padre, nuestro querido señor, Clarence!
Duquesa: ¡Ay por los dos, míos los dos, Eduardo y Clarence! Isabel:¿Qué apoyo tenía yo si no Eduardo? Y ya no está. Hijos:¿Qué apoyo teníamos si no Clarence? Y ya no está. Duquesa: ¿Qué apoyo tenía yo si no ellos? Y ya no están.
Isabel:¿Hubo jamás una viuda que tuviera tan querida pérdida? Hijos:¿Hubo jamás huérfanos que tuviera tan querida pérdida?
Duquesa:¿Hubo nunca madre viuda que tuviera tan querida pérdida? ¡Ah, yo soy la madre de estos dolores!  Sus penas son  parciales,  la  mía  es total.  Ella  llora  por un Eduardo, y yo también; yo lloro por un Clarence, y ella no; estos niños lloran por Clarence, y yo también; yo lloro por un Eduardo, y ellos no; ¡ay, vosotros tres triplemente afligidos, vertéis todas vuestras lágrimas sobre mí! Yo soy la nodriza de vuestras penas, y las saciaré de lamentos.
Dorset:  Consuélate, querida madre;  a  Dios le disgusta mucho que  tomes  con desagradecimiento  sus  acciones:  en  las  cosas  corrientes  del  mundo se  llama ingratitud  corresponder  con desganado  malhumor  al  pagar una deuda que se prestó benignamente con mano generosa; mucho  más el oponerse  así al cielo, pues él ha pedido la deuda real que se te prestó.
Rivers:  Señora,  acordaos,  como madre  cuidadosa,  del  joven  Príncipe,  vuestro  hijo: mandad directamente por él, para que sea coronado;  en él vive vuestro consuelo; ahogad la pena desesperada en la tumba de Eduardo, y plantad vuestras alegrías en el trono de Eduardo  vivo. (Entran Gloucester, Buckingham, Stanley, Hastings, Ratcliff y otros. )
Gloucester: Hermana, consolaos: todos nosotros tenemos motivos para gemir el ocaso de nuestra  estrella  refulgente;  pero  nadie  puede  curar   sus  daños  a  fuerza  de gemirlos. Señora, madre mía, te pido perdón: no había visto a Vuestra Alteza: solicito tu bendición humildemente de rodillas.
Duquesa:¡Dios te bendiga e infunda en tu pecho, mansedumbre, amor, caridad, obediencia y leal devoción!
Gloucester:  ¡Amén! (aparte) ¡Y me haga morir como un buen viejo! Ése es el remate de la bendición de una madre: me asombra que Su Alteza se lo dejara!
Buckingham:     ¡Nublados príncipes y Pares de triste corazón,  que os lleváis mutuamente esta pesada carga de aflicción! Animaos unos a otros en el amor de cada cual: aunque hemos consumido nuestra cosecha de este Rey, vamos a recoger la cosecha de su hijo. El rencor estallado de vuestros hinchados corazones, recién entablillados, cosidos y unidos juntos, debe conservarse amablemente, abrigado y mantenido: le  parece bien  que, con una pequeña escolta,  el  joven  Príncipe  sea traído  de Ludlow a Londres, para ser coronado como Rey nuestro. Rivers:¿Por qué con una pequeña escolta, lord Buckingham?
Buckingham:     Pardiez, señor mío, para que la recién curada herida de la malicia no se vuelva a abrir con una multitud; lo cual sería mucho más peligroso por cómo está el reino de verde y aún sin gobernar. Donde  cada caballo lleva su propia brida que le gobierna  y puede  dirigir su  rumbo adonde  le  place,  debería  evitarse,  en  mi opinión, tanto el temor del daño cuanto el daño evidente.
Gloucester:  Espero que el Rey haya hecho la paz entre todos nosotros, y la unión, en mí, es firme y leal.
Rivers:  Y en mí, también,  y así, me parece, en todos:  pero, como aún está verde,  no debería exponerse  a ningún peligro visible de rotura, que quizá podría provocarse con mucho acompañamiento:  por consiguiente  digo,  con el  noble Buckingham, que conviene que sean pocos los que traigan al Príncipe.
Hastings:Eso digo también.
Gloucester:  Entonces,  sea así: y vamos  a decidir quiénes serán os que vayan  enseguida a Ludlow. Vos, señora, y vos, madre, ¿queréis venir a dar vuestras opiniones en este asunto? (Se van todos, menos Buckingham y Gloucester)
Buckingham:     Mi señor, quienquiera que vaya a buscar al Príncipe, no nos quedemos en casa nosotros dos, por Dios: pues, por el camino, ya buscaré ocasión, como prólogo a la historia que hablamos hace poco, de separar del Príncipe los parientes de la orgullosa madre.
Gloucester:  ¡Tú, mi otro yo mismo, consistorio de mis consejos, mi oráculo, mi profeta! Mi querido primo; yo iré bajo tu dirección como un niño. A Ludlow, pues, porque no hemos de quedarnos atrás. (Se van)

Escena III
(Londres. Una calle)
Entran dos ciudadanos, que se encuentran
Ciudadano °:Buenos días, vecino: ¿dónde vas tan deprisa?
Ciudadano °:Te aseguro que apenas lo sé yo mismo: ¿has oído las noticias que hay por ahí? Ciudadano °:Sí, que el Rey ha muerto.
Ciudadano °:   Malas noticias, por Nuestra Señora; raras veces ocurre lo mejor: me temo, me temo que va a resultar un mundo agitado. (Entra otro ciudadano)
Ciudadano °:¡Vecinos, Dios nos proteja! Ciudadano °:Él os dé buenos días, señor.
Ciudadano °:¿Son ciertas las noticias de la muerte del rey Eduardo? Ciudadano °:Sí, señor, ciertas, por desgracia: ¡Dios nos ayude mientras tanto! Ciudadano °:Entonces, señores míos, vamos a ver un mundo en apuros. Ciudadano °:No, no; por la buena gracia de Dios, su hijo reinará.
Ciudadano °:¡Ay del país que esté gobernado por un niño!
Ciudadano °:   En él hay esperanza de gobierno: pues, en su menor edad, un consejo bajo él, en sus años plenos y maduros, él mismo, sin duda, y hasta entonces, gobernarán bien.
Ciudadano °:   Así estaba el reino cuando Enrique VI fue coronado Rey en París teniendo sólo nueve meses.
Ciudadano °:   ¿Así estaba el reino? No, no, buenos amigos, Dios lo sabe: pues entonces este país estaba espléndidamente enriquecido con buen consejo político: entonces el Rey tenía tíos virtuosos que protegieran a Su Majestad.
Ciudadano °:Bueno, también éste tiene, por su padre y por su madre.
Ciudadano °:   Mejor sería que todos fueran por parte de padre, o que no los hubiera en absoluto por parte de padre; pues ahora la emulación de quién va a estar más cerca nos alcanzará a todos  demasiado de cerca, si no lo impide Dios. ¡Ah, el duque de Gloucester está lleno de peligro! Y los hijos  y los hermanos de la Reina son altivos y orgullosos: si se les gobernara, y no gobernaran, el país enfermo volvería a florecer como antes.
Ciudadano °:Vamos, vamos, tenemos lo peor: todo irá bien.
Ciudadano °:   Cuando  se ven  nubes, los  hombres  prudentes  se ponen  la  capa; cuando caen hojas grandes, entonces el invierno está cerca; cuando se ponde el sol, ¿quién no espera la noche? Las tormentas intempestivas hacen que los hombres esperen carestía. Quizá todo vaya bien, pero, si Dios lo dispone así, es más de lo que merecemos y yo espero.
Ciudadano °:   Verdaderamente, los corazones de los hombres están llenos de miedo: casi no se puede hablar con nadie que no tenga un aspecto abrumado y lleno de temor.
Ciudadano °:   Antes  de los días de cambio, es así:  por un instinto divino, los ánimos de los hombres temen el peligro que viene, como, para prueba, vemos hincharse las aguas antes de una fuerte tormenta. Pero dejémoslo todo a Dios. ¿Dónde vais?
Ciudadano °:Pardiez, no habían mandado llamar ante los jueces. Ciudadano °:Y a mí también: os acompañaré. (Se van)

Escena IV
(Londres. El Palacio)
Entran el arzobispo de York, el joven duque de York, la reina Isabel y la duquesa de York. Arzobispo:He oído decir que anoche descansaron en Northampton;  esta noche estarán en
Stony-Stratford; mañana, o el otro, estarán aquí.
Duquesa:Deseo con todo mi  corazón ver al  Príncipe;  espero que haya crecido  mucho desde la última vez que lo vi.
Isabel:   Pero  he  oído decir  que  no; dicen  que  mi  hijo  York casi  le  ha  superado  en crecimiento.
York: Sí, madre, pero no querría que fuera así. Duquesa:¡Cómo, mi nietecito! Crecer es bueno.
York:    Abuela, una noche, cuando  estábamos cenando, mi  tío Rivers  habló  de cómo crecía yo más que mi hermano: “Sí -dijo el tío Gloucester-, las hierbas pequeñas tienen gracia; las malas hierbas crecen muy de prisa”. Y desde entonces, pienso que no querría  crecer tan de prisa,  porque las  buenas flores  son lentas,  y las malas hierbas se dan prisa.
Duquesa:A fe, a fe, el proverbio no le va bien al que te lo aplicó: fue el más desgraciado cuando era pequeño; tan lento y tardío en crecer, quem si fuera cierta su regla, debería ser gracioso.
Arzobispo:Y así es, sin duda, mi graciosa señora.
Duquesa: Espero que así sea, pero dejad que lo duden las madres.
York:    Bueno, palabra, que si se me hubiera ocurrido le podía  haber gastado a mi tío una broma sobre su crecimiento que le habría caído mejor que al mío.
Duquesa: ¿Cómo, mi joven York? Te ruego que me la hagas oír.
York:    Pardiez, dicen que mi tío creció tan de prisa que podía roer una corteza a las dos horas de nacer: yo tardé dos años antes de tener un diente. Abuela, eso sí que hubiera sido una broma que le escociera.
Duquesa: Por favor, York, ¿quién te ha dicho eso? York: Su nodriza, abuela.
Duquesa: ¡Su nodriza! ¡Cómo! Murió antes de que nacieras tú. York: Si no fue ella, no sé qué decir quién me lo dijo. Isabel:Hasta los jarros tienen orejas.
Arzobispo:Aquí viene un mensajero. (Entra un mensajero) ¿Qué noticias hay? Mensajero:Tales noticias, señor, que me aflige contarlas.
Isabel:¿Cómo está el Príncipe? Mensajero:Bien, señora, y con salud. Duquesa: Entonces, ¿qué noticias traes?
Mensajero:Lord Rivers y lord Grey han sido enviados a Pomfret, prisioneros, y con ellos sir
Thomas Vaughan. Duquesa: ¿Quién los ha detenido?
Mensajero:Los poderosos duques de Gloucester y Buckingham. Isabel:¿Por qué delito?
Mensajero:  He informado de todo lo que podía; por qué fueron aprisionados esos nobles, lo ignoro por complero, mi ilustre señora.
Isabel:   ¡Ay de mí, ver la caída de nuestra casa! El tigre ahora ha capturado  a la dulce cierva; la tiranía injuriosa empieza a abusar del trono inocente y no respetado:
¡bienvenidos, destrucción, sangre y matanza! Veo, como en un mapa, el fin de todo.
Duquesa: ¡Malditos días inquietos de lucha! ¡Cuántos de vosotros han observado mis ojos!
Mi marido perdió la vida para obtener la corona; y mis hijos fueron lanzados muchas veces de arriba para abajo, mientras yo disfrutaba y lloraba su ganancia y su pérdida; y, una vez entronizados, y barridas y limpias las discordias internas, ellos mismos, los vencedores, hicieron guerra entre ellos; hermano contra  hermano,  sangre contra  sangre, uno mismo contra uno mismo: ¡ah, horrible y frenético ultraje, acaba tu cólera maldita; o déjame morir, para no ver más muerte!
Isabel:Vamos, vamos, hijo mío: vayámonos a sagrado. Adios, señora. Duquesa: Esperad, iré con vosotros.
Isabel:No tenéis motivo.
Arzobispo:  (A la  Reina)  Id, mi  ilustre  señora;  y llevad  allí  vuestros  tesoros  y vuestros bienes. Por mi parte, entrego a Vuestra Majestad el sello que custodio: y ¿suceda conmigo según cuide de vosotros y de todos los vuestros! Vamos, os acompañaré a sagrado. (Se van)

Acto tercero
Escena I
(Londres. Una calle)
(Suenan  las  trompetas.  Entran  el  Príncipe  Eduardo  de  Gales,  Gloucester,  Buckingham,  el
Cardenal Bourchier, Catesby y otros)
Buckingham:¡Bienvenido, dulce Príncipe, a Londres, vuestra residencia!
Gloucester:  ¡Bienvenido,  querido  primo,  soberano  de  mis  pensamientos!  La  fatiga  del camino te ha puesto melancólico. Príncipe: No, tío, sino que nuestras aflicciones por el camino lo han hecho tedioso, enojoso y pesado: echo de menos más tíos aquí para darme la bienvenida.
Gloucester:  Dulce Príncipe, la virtud inmaculada de tus años no ha sondeado aún el engaño del mundo; y en un hombre no puedes distinguir más que su aspecto exterior, que, bien  sabe Dios,  rara vez o nunca coincide  con el  corazón. Los tíos que echas de menos  eran peligroso;  Tu Alteza  atendía  a sus palabras  azucaradas, pero no miraba el veneno de sus corazones:  ¡Dios te libre de ellos y de semejantes amigos falsos!
Príncipe:¡Dios me libre de falsos amigos! Pero ellos no lo eran.
Gloucester:  Señor, el lord Alcalde de Londres viene a saludarte. (Entra el Lord Alcalde con su séquito)
Alcalde:¡Dios bendiga a Vuestra Majestad con salud y días felices!
Príncipe:Gracias  os doy, mi  buen lord  Alcalde,  y gracias  a todos.  (Se apartan  el  lord Alcalde, con su séquito) Pensaba que mi madre y mi hermano York me habrían salido al encuentro mucho antes por el camino: ¡vaya, qué perezoso es Hastings, que no viene a decirnos si van a venir o no! (Entra Hastings)
Buckingham:Y, en buena hora, aquí llega el sudoroso Lord. Príncipe:¡Bienvenido, señor! ¿Qué, vendrá nuestra madre?
Hastings:     Dios  sabe por qué motivo,  yo no, la Reina vuestra madre y vuestro hermano York se han refugiado en sagrado: el tierno príncipe habría querido venir conmigo al encuentro de Vuestra Majestad, pero su madre le retuvo a la fuerza.
Buckingham:¡Vaya, qué modo tan displicente y oblicuo de obrar  es el suyo! Lord Cardenal,
¿quiere Vuestra Alteza persuadir a la Reina para que envíe al duque de York enseguida junto a su ilustre hermano? Si se niega... Lord Hastings, id con él, y arrancadle a la fuerza de sus celosos brazos.
Cardenal:     Lord Buckingham, si mi débil oratoria puede obtener al duque de York de su madre, esperadle pronto aquí; pero si es terca a los benévolos ruegos, ¡el Dios de los cielos impida que quebrantesmo el santo privilegio del bendito sagrado! Ni por todo este país querría ser culpable de tan desagradable pecado.
Buckingham:     Sois insensatamente terco, señor, demasiado dado a ceremonias y tradiciones: si lo comparáis con la grosería  de estos tiempos, no quebrantáis sagrado al apoderaros de él. Sus beneficios se sonceden  siempre a aquellos cuyas acciones merecen  ese y a  aqiellos  que tienen  juicio  como para invocar  el  lugar:  este Príncipe no ha invocado el privilegio ni lo ha merecido; por tanto, en mi opinión, no puede obtenerlo. Así que, sacando a él a quien no está en él, no quebrantáis ahí ningún  privilegio  ni  fuero.  Muchas  veces he oído hablar  de hombres  en sagrado, pero hasta ahora, nunca de niños en sagrado.
Cardenal:Señor,  por una  vez  prevaleceréis  sobre  mi  opinión.  Vamos,  lord  Hastings,
¿vendréis conmigo?
Hastings:     Voy, señor. Príncipe: Mis buenos señores, daos toda la prisa que podáis. (Se van el  Cardenal  y Hastings)  Di, tío Gloucester, si  viene nuestro hermano, ¿dónde permaneceremos hasta nuestra coronación?
Gloucester: Donde parezca mejor a vuestra real persona. Si os puedo aconsejar, Vuestra Majestad  reposará  un día o dos  en la  Torre;  después, donde  os plazca  y se considere más adecuado para vuestra mejor salud y recreo.
Príncipe:No me gusta la Torre, menos que ningún otro sitio. ¿Construyó Julio César ese edificio, señor?


Buckingham:Empezó  el  edificio,  augusto  señor,  y después,  los  siglos  sucesivos  lo  han reconstruido.
Príncipe:¿Está en documentos, o se ha contado siglo tras siglo, que él lo construyó? Buckingham:Está en documentos, mi augusto señor.
Príncipe:Pero decid, aunque no estuviera, pienso que la verdad viviría de un siglo en otro, como si se relatara a toda la posteridad, hasta el día del Juicio Final y Universal.
Gloucester:(aparte) Dicen que tan sabios y tan pequeños, no viven nunca mucho tiempo. Príncipe:¿Qué decís, tío?
Gloucester:Digo que la fama vive mucho tiempo aun sin documentos. (Aparte) Así, como el
Vicio tradicional, la Iniquidad, moralizo con doble significado una palabra. Príncipe:Ese Julio César fue un hombre famoso que con su valor enriqueció su ingenio y
aplicó su ingenio para hacer vivir su valor: la Muerte no vence  a ese vencedor,
pues ahora vive en la fama, aunque no en la vida. Escucha, primo Buckingham... Buckingham:¿Qué, mi noble señor?
Príncipe:Si vivo hasta llegar a ser un hombre, volveré a ganar nuestros antiguos derechos en Francia, o moriré como soldado, igual que viví como rey.
Gloucester:(aparte) Los  veranos breves es fácil  que tengan primavera  temprana. (Entran
York, el Cardenal y Hastings)
Buckingham:Aquí, en buena hora, llega el duque de York.
Príncipe:¡Ricardo de York! ¿Cómo está nuestro cariñoso hermano? York: Muy bien, mi temido señor: así debo llamarte ahora.
Príncioe:Sí, hermano, para nuestro dolor, como para el tuyo: acaba de morir el que podría haber conservado  ese título, que tanta majestad ha perdido con la muerte de él.
Gloucester:¿Cómo está nuestro sobrino, el noble lord York?.
York: Gracias, amable tío. Ah, señor, dijisteis que la mala hierba crece de prisa: mi hermano el Príncipe me ha superado mucho creciendo.
Gloucester:Así, es, señor.
York: ¿Y es mala hierba por eso?
Gloucester:¡Ah, mi lindo sobrino, no debo decirlo de esta manera! York: Entonces os estará más agradecido que yo.
Gloucester:Él  me puede madar como mi  soberano, pero tú tienes  poder  sobre mí como pariente.
York: Por favor, tío, dadme ese puñal. Gloucester:¿Mi puñal, sobrinito? De todo corazón. Príncipe:¿Mendigas, hermano?
York: De mi  buen tío, que  sé que me  dará,  no siendo  más que un juguete,  que no importa dar.
Gloucester:Mayor regalo que ése daré a mi sobrino.
York: ¿Mayor regalo? Ah, será también la espada. Gloucester: Sí, querido sobrino, si fuese bastante ligera.
York: Ah, entonces ya veo que sólo os separáis de regalos ligeros; en cosas de más peso, decís que no al pedigüeño.
Gloucester:Es muy pesada para que la lleve Vuestra Alteza.

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  La Iniquidad era un personaje habitual  de los viejos autos religiosos ingleses, las "Moralidades": como ese personaje en su papel  teatral,  Gloucester  da un doble  sentido  a "fama",  por un lado diciendo que no necesita de la escritura, y por otro lado citándola ominosamente como lo que queda cuando alguien muere.
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York: Para mí sería ligera, aunque fuera más pesada. Gloucester:¿Qué, quieres mi arma, pequeño señor?
York: Sí, para daros un agradecimiento como lo que me llamáis. Gloucester:¿Cómo?
York: Pequeño.
Príncipe:El duque de York siempre juega con las palabras: tío, Vuestra Alteza sabe cómo hay que sobrellevarle.
York:    Quieres decir cómo hay que llevarme, no sobrellevarme; porque soy tan pequeño como un mono, piensa que me habríais de llevar a la espalda.
York: Quieres Gloucester:
Buckingham:     Con qué ingenio agudo razona!  Para suavizar la  burla que hace de su tío, se burla de sí mismo de modod lindo y propio: es maravilloso, tan pequeño y tan astuto.
Gloucester:  Señor, ¿queréis venir conmigo? Yo, con mi buen primo Buckingham, iré a ver a nuestra madre,  para rogarle que os venga  a encontrar  en la Torre, y daros la bienvenida.
York: ¿Qué, vais a ir a la Torre, señor? Príncipe:El lord Protector dice que es preciso. York: No dormiré tranquilo en la Torre. Gloucester:¿Por qué? ¿Qué vais a temer?
York:    Pardiez, el fantasma iracundo de mi tío Clarence: mi   abuela   me  dijo  que  fue asesinado allí.
Príncipe:No tengo miedo de tíos muertos. Gloucester:Ni de los vivos, espero.
Príncipe:Si  viven,  espero  que  no tenga  que  temerles.  Pero  vamos,  señor:  con triste corazón, pensando en ellos, iré a la Torre. (Se van el Príncipe, York, Hastings, el Cardenal y otros)
Buckingham:     ¿Pensáis, señor, que este pequeño charlatán de York no estaba incitado por su astuta madre para burlarse y despreciaros de modo oprobioso?
Gloucester:  No  lo  dudo, no lo  dudo: ah,  es  un muchacho  lenguaraz,  atrevido,  vivo, ingenioso, arrojado, capaz. Es su misma madre, de pies a cabeza.
Buckingham:   Bueno,  dejémosles descansar, Ven  acá,  Catesby.  Has  jurado realizar sinceramente lo que pretendemos y ocultar cuidadosamente lo que te decimos: sabes nuestros  motivos,  expuestos por el  camino. ¿Qué piensas?  ¿No es cosa fácil hacer de nuestra opinión a lord William Hastings para entronizar a este noble Duque en el trono real de esta famosa isla?
Catesby: Por causa de su padre,  quiere tanto al Príncipe que no se le ganará para nada contra él.
Buckingham:¿Qué piensas, entonces, de Stanley? ¿No querrá? Catesby: Hará en todo como haga Hastings.
Buckingham:     Bien, entonces basta, vete, amable Catesby, y, como desde lejos, sondea a lord Hastings, a ver qué le parece nuestro propósito, y convócale mañana para que vaya a la Torre para deliberar sobre la coronación. Si le encuentras tratable para nosotros, anímales y muéstrale todas nuestras razones: si está plomizo, helado, frío, reacio, ponte tú también así; e interrumpe entonces la conversación para informarnos sobre sus disposiciones; pues mañana tendremos Consejos separados, en que tendrás mucho que hacer.
Gloucester:  Dad recuerdos míos a lord William: decidle, Catesby, que el viejo nudo de sus peligrosos adversarios mañana será sangrado en Pomfret Castle; y, por la alegría de esta buena noticia, di a mi amigo que dé a mistress Shore un dulce beso más.
Buckingham:Buen Catesby, ve a hacer bien este asunto. Catesby:Mis ilustres señores, con todo el cuidado que sepa. Gloucester:¿Tendremos noticias tuyas, Catesby, antes de dormir? Catesby:Las tendréis, señor.
Gloucester:En Crosby Place nos encontrarás a los dos. (Se va Catesby)
Buckingham:     Señor,  ¿qué haremos  si percibimos que lord Hastings no se aviene a nuestras conspiraciones?
Gloucester:  Cortarle  la  cabeza, hombre:  algo  hay que hacer;  y mira,  cuando yo sea  rey, reclámame el condado  de Hereford y todos los bienes muebles que poseía mi hermano el Rey.
Buckingham:Reclamaré esa promesa de manos de Vuestra Alteza.
Gloucester:  Espera ver cómo accedo  a ella con toda benignidad. Vamos, cenemos pronto, para poder digerir después nuestras conspiraciones de algún modo. (Se van)

Escena II
(Ante la casa de Lord Hastings)
Entra un mensajero
Mensajero:¡Señor, señor! (Llama a la puerta) Hastings:(dentro) ¿Quién llama? Mensajero:Uno de parte de lord Stanley. Hastings:(dentro) ¿Qué hora es?
Mensajero:Van a dar las cuatro. (Entra Hastings) Hastings:¿No puede dormir tu amo estas largas noches?
Mensajero:Así parece, por lo que tengo que decir. Ante todo, saluda a vuestra señoría.
Hastings:¿Qué más?
Mensajero:  Luego  asegura a vuestra  señoría que esta noche  ha soñado que el  jabalí  le arrancaba el yelmo.  Además, dice que se celebran dos Consejos y que quizá en uno de decida algo que os haga doleros, a vos, y a él, en el otro. Por eso manda a preguntar la voluntad de su señoría, para saber si quiere montar a caballo y salir con él a toda prisa hacia el norte para eludir el peligro que adivina su alma.
Hastings:     Ve, amigo,  ve,  vuelve  junto  a  tu señor  y dile  que  no tema  a  los  Consejos separados; su señoría y yo estamos en uno, y en el otro mi buen amigo Catesby, y allí no puede tener lugar nada que nos toque sin que yo tenga información de ello. Dile que sus temores  son vanos  y faltos de sustancia;  y en cuanto  a sus sueños,  me  sorprende  que  se complazca  tanto  en  hacer  caso  a  la  burla  de inquietas pesadillas. Huir del jabalí antes que el jabalí ataque, sería excitarle a que nos siguiera, persiguiéndonos cuando no pensaba cazarnos. Ve, di a tu amo que se levante y venga a verme,  e iremos juntos a la Torre, donde verá cómo el
jabalí nos trata con benevolencia.
Mensajero:Iré, señor, y le diré lo que decís. (Se va. Entra Catesby) Catesby: ¡Muy buenos días tenga mi noble señor!
Hastings:     Buenos días, Catesby: muy temprano  te remueves. ¿Qué noticias, qué noticias, en este vacilante reino nuestro?

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 El jabalí era el animal heráldico de Ricardo de Gloucester.


Catesby: En efecto, es un mundo vacilante, señor mío, y creo que jamás se pondrá  de pie mientras Ricardo no ostente la guirnalda del reino.
Hastings:¡Cómo! ¡Ostentar la guirnalda! ¿Quieres decir la corona? Catesby: Sí, mi buen señor.
Hastings:     Prefiero que me separen la coronilla de los hombros ates que ver la corona tan mal situada. Pero ¿puedes suponerte que lo pretende?
Catesby: Sí, por vida mía, y espera encontraros  dispuesto para su partido con vistas a esa ganancia; y para ello os manda estas buenas noticias: que este mismodía, vuestros enemigos, los enemigos de la Reina, van a morir en Pomfret.
Hastings:     Desde  luego,  no me  enlutaré  por esa  noticia,  porque  siempre  han  sido  mis adversarios; pero en cuanto a dar mi voto al partido de Ricardo para impedir la elevación de los herederos de mi señor, Dios sabe que no lo haré hasta la muerte.
Catesby: ¡Dios conserve a vuestra señoría en esa generosa opinión!
Hastings:     Pero me reiré de esto dentro de un año, cuando viva para ver la tragedia de los que me acarrearon el odio de mi señor. Bueno,  Catesby, antes que sea una quincena más viejo, despacharé a algunos que no se lo imaginan.
Catesby: ¡Mala cosa es morir, mi noble señor, cuando los hombres no están preparados y no lo esperan!
Hastings:     ¡Ah, monstruoso, monstruoso! Eso les toca a Rivers, Vaughan y Grey; y así les pasará a algunos más que se creen tan seguros como  tú y como yo, que, como sabes, contamos con el afecto del egregio Ricardo y de Buckingham.
Catesby:Ambos  príncipes  os tienen  en alta consideración;  (aparte)  pues consideran  su cabeza en lo alto del puente.
Hastings:     Ya lo sé: y bien que lo he merecido. (Entra Stanley) Vamos, vamos: ¿dónde está vuestra jabalina, hombre? Teméis al jabalí, ¿y vais tan poco preparado?
Stanley:Buenos días, señor; buenos días, Catesby: podéis seguir bromeando, pero, por la
Santa Cruz, no me gustan estos Consejos separados.
Hastings:     Señor, yo aprecio mi vida tanto como vos la vuestra; y os asegurto que nunca en mis días me fue tan querida como ahora. ¿Pensáis que si no supiera que nuestra posición es segura, estaría tan triunfante como estoy?
Stanley: Los señores que están en Pomfret, cuando salieron a caballo de Londres, iban alegres  y suponían  segura su situación,  y, desde luego,  no tenían  causa para desconfiar; pero ya veis  qué pronto se cubrió el día. Me  hace desconfiar esta súbita  puñalada  de odio:  ¡ruego  a Dios,  digo,  que resulte  yo un cobarde sin necesidad! ¿Qué, vamos a la Torre? El día se pasa.
Hastings:     Vamos,   vamos,  voy  con vosotros.  ¿Sabéis   qué  ocurre,   señor?  Hoy  son degollados los señores de que habláis.
Stanley: Ellos, por su lealtad, podrían llevar encima sus cabezas mejor de lo que llevan sus sombreros  algunos  que les  han acusado. Pero vamos,  señor,  vamos  allá. (Entra un Correo Real)
Hastings:     Id por delante: yo hablaré con este buen amigo. (Se van Stanley y Catesby) ¡Ea, amigo! ¿Cómo se porta el mundo contigo?
Correo: Mejor si vuestra señoría se digna preguntármelo.
Hastings:     Te digo, hombre,  que a mí me va mejor que la última vez que me encontraste donde  ahora  nos  encontramos:   entonces  yo iba  prisionero  a  la  Torre,  por incitación de los aliados de la Reina; pero ahora, te diré –y guárdatelo para ti–, esos enemigos son ejecutados hoy, y yo estoy en mejor situación que nunca.

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 En lo alto de la torre del Puente de Londres, donde  se exponían  las cabezas de los ejecutados por traición.
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Correo: ¡Dios la conserve, para buena satisfacción de vuestra señoría! Hastings:Gracias, muchacho: toma, bébete esto por mí. (Le tira su bolsa) Correo: Gracias a su señoría. (Se va. Entra un Sacerdote)
Sacerdote: Bien hallado, señor: me alegro de ver a vuestra señoría.
Hastings:     Te doy las  gracias,  sir  John,  de todo corazón.  Estoy  en deuda por tu última homilía. Ven el próximo domingo y te dejaré contento. (Entra Buckingham)
Buckingham:     ¡Cómo, hablando  con un sacerdote, lord  Chambelán!  Vuestros amigos  los  de Pomfret son los que necesitan el sacerdote; vuestra señoría no tiene entre manos cosas como para confesarse.
Hastings:A fe mía; y cuando  encontré  a este santo hombre,  me vinieron a la mente los
hombres de que hablabais. ¿Qué, vais a la Torre?
Buckingham:     Voy, señor, pero no puedo quedarme mucho tiempo; volveré de allí antes que vuestra señoría.
Hastings:Sí, es probable, porque yo me quedaré a comer.
Buckingham:(aparte) Y a cenar también, aunque no lo sabes. (Alto) Vamos, ¿venís? Hastings:Acompañaré a vuestra señoría. (Se van)

Escena III
(Pomfret. Ante el castillo)
Entra Ratcliff, con alabarderos, llevando a ejecutar a Rivers, Grey y Vaugham. Ratcliff:Vamos, llevad allá a los prisioneros.
Rivers:  Sir Richard Ratcliff, dejadme deciros esto: hoy veréis a un súbdito morir por la verdad, el deber y la lealtad.
Grey:     ¡Dios  guarde al  Príncipe  de toda vuestra  banda!  Sois  una jauría  de malditos bebedores de sangre.
Vaugham: Viviréis para llorar desgracia por esto. Ratcliff:Acabad: llegó el límite de vuestras vidas.
Rivers:  ¡Oh, Pomfret, Pomfret! ¡Ah, sangrienta prisión, ominosa y fatal para los nobles Pares! Dentro del culpable encierro de tus muros fue aquí despedazado, Ricardo II; y, para mayor infamia de tu lúgubre sede, te damos a beber nuestra sangre inocente.
Grey: Ahora  cae sobre  nuestras cabezas la  maldición  de  Margarita,  cuando  clamó contra vosotros y contra mí, por haber permitido  que Ricardo  apuñalara a su hijo.
Rivers:  Ella entonces maldijo a Hastings, luego maldijo a Buckingham y luego maldijo a Ricardo: ¡ah, acuérdate, Dios, de escuchar por ellos su ruego, igual que lo has ecuchado  ahora  por nosotros!  Y  en  cuanto   a  mi  hermana  y sus  hijos  los Príncipes, conténtate, amado Dios, con nuestra sangre leal, que, como sabes, ha de ser vertida injustamente.
Ratcliff:Daos prisa, llega la hora de la muerte.
Rivers:  Vamos,  Grey,  vamos;  Vaugham,  abracémonos aquí.  Adiós,  hasta  que  nos volvamos a encontrar  en el cielo. (Se van)

Escena IV
(Londres. La Torre)


Entran Buckingham, Stanley, Hastings, el Obispo de Ely, Ratcliff, Lovel y otros,  sentándose a una mesa, acompañados por Oficiales del Consejo.
Hastings:Bien, nobles Pares: la causa por la que nos reunimos es para  decidir dobre la
Coronación. En nombre de Dios, hablad, ¿cuándo es el día real? Buckingham:¿Está todo preparado para ese momento  real?
Stanley:Lo está, y sólo falta la designación.
Ely:Mañana, entonces, me parece un día propicio.
Buckingham:     ¿Quiñen sabe lo que piensa sobre ello el lord Protector? ¿Quién tiene más trato con el noble Duque?
Ely:Vuestra señoría, pensamos, debería ser quien mejor conociera su opinión. Buckingham:Nos conocemos las caras; en cuanto a nuestros corazones, él no conoce el mío
mejor que yo el vuestro; ni  yo el suyo,  señores, mejor que vosotros  el  mío...
Lord Hastings, vos y él sois cercanos en afecto.
Hastings:     Estoy agradecido a Su Alteza, porque sé que me quiere bien; pero, en cuanto a sus propósitos sobre la Coronación, no le he sondeado, ni él ha manifestado su augusta  voluntad  de  ningún  modo. Pero,  nobles  señores,  podéis  designar  el momento, y yo daré mi voto en nombre del Duque, que supongo que lo aceptará bien. (Entra Gloucester)
Ely:En hora dichosa viene el Duque en persona.
Gloucester:  Nobles señores y primos todos; buenos días. He dormido demasiado, pero confío que mi ausencia no haya descuidado ningún propósito importante que se hubiera podido decidir con mi presencia.
Buckingham:     Si no hubieras llegado cuando os nombré, señor, lord William Hastings, habría desempeñado vuestro papel -quiero decir, dando vuestro voto- para coronar al Rey.
Gloucester:  Nadie se habría  podido atrever mejor que lord Hastings; su señoría me conoce bien y me quiere. Lord Ely, la última vez que estuvo en Holborn, vi unas buenas fresas en vuestro jardín: os ruego que mandéis algunas.
Ely:Pardiez, sí que lo haré, señor, con todo mi corazón. (Se va)
Gloucester:  Primo Buckingham, una palabra con vos. (Lo toma aparte) Catesby ha sondeado a Hastings sobre nuestro asunto, y encuentra tan acalorado a ese testarudo caballero que prefiere perder la cabeza antes que consentir que el hijo de su señor, como le nombra con respeto, pierda la realeza del trono de Inglaterra.
Buckingham:Retiraos un rato; iré con vos. (Se va Gloucester, seguido por Buckingham) Stanley:Todavía no hemos fijado ese día de triunfo. Mañana, a mi juicio, es demasiado
repentino; por mi parte, no estoy tan bien preparado como podría estarlo si se aplazara el día. (Vuelve a entrar el Obispo de Ely)
Ely:¿Dónde está mi señor, el duque de Gloucester? He mandado a buscar esas fresas. Hastings:Su Alteza parece contento y afable hoy; tiene alguna idea que le place, cuando da los buenos días con tan buen humor. Creo que nunca habrá un hombre  en
toda la Cristiandad que pueda ocultar su cariño o su odio menos que él, pues por su cara se conoce enseguida su corazón.
Stanley: ¿Qué habéis percibido de su corazón en su cara, por algún aspecto que mostrara hoy?
Hastings:     Pardiez, que no tiene nada contra nadie de los que hay aquí; pues, si lo tuviera, lo mostraría en su aspecto. (Vuelven a entrar Gloucester y Buckingham)
Gloucester: Os ruego a todos, decidme, ¿qué merecen los que conspiran mi muerte con diabólicas  conspiraciones,  y han prevalecido  contra mi  persona con hechizos infernales?
Hastings:     El  cordial  afecto  que  siento  hacia  Vuestra  Alteza,  señor,  me  hace  el  más dispuesto en esta noble reunión para sentenciar a los culpables: quienquiera que sean, digo, señor, que merecen la muerte.
Gloucester: Entonces,  ¡sean testigos de  su  maldad vuestros ojos! ¡Mirad cómo estoy embrujado! ¡Fijaos! Se me ha desecado el brazo, como un vástago agostado; y esto es la mujer de Eduardo,  esa monstruosa  bruja, unida a esa ramera,  la desvergonzada Shore, que me han marcado así con su brujería.
Hastings:Si ellas han hecho eso, mi noble señor...
Gloucester:  ¡Sí! Tú, protector  de esa maldita desvergonzada,  ¿me hablas de “si”? Eres un traidor: ¡fuera la cabeza! Ahora, por San Pablo, juro que no comeré hasta que no la vea cortada. Lovel y Ratcliff, ved que se haga: los demás, los que me queráis, levantaos y seguidme. (Salen todos, menos Hastings, Lovel y Ratcliff)
Hastings:     ¡Ay, ay de Inglaterra! No me importa nada de mí, pues yo, demasiado necio, podría haberlo evitado. Stanley soñó que el jabalí le arrancaba el yelmo, pero lo desprecié y desdeñé huir: tres veces tropezó hoy mi caballo engualdrapado, y se sobresaltó  al  levantar  los  ojos  hacia  la  Torre,  como reacio  a  llevarme  al matadero. Ah, ahora necesito al sacerdote que me habló; ahora, me arrepiento de lo que le dije al correo real triunfando en exceso, de cómo mis enemigos eran hoy sanguinariamente sacrificados en Pomfret, mientras que yo estaba seguro en gracia y favor. ¡Ah, Margaret, Margaret, ahora tu pesada maldición cae sobre la miserable cabeza del pobre Hastings!
Ratcliff:Apresuraos, señor: el Duque quiere comer;  haced una breve confesión, porque desea ver vuestra cabeza.
Hastings:¡Ah, favor efímero de los mortales, que buscamos más que la gracia de Dios!
Quien edifica su esperanza en el aire de vuestras miradas benignas, vive como un marinero ebrio en un mástil, dispuesto, a cada cabezada, a desplomarse a las fatales entrañas de la profundidad.
Lovel:Vamos, vamos, apresuraos: es inútil gritar.
Hastings:    ¡Ah, sanguinario Ricardo, miserable Inglaterra! Te profetizo los tiempos más terribles que ha visto jamás una época lamentable. Vamos, llevadme al tajo: presentadle mi cabeza: sonreirán de mí muchos que pronto estarán muertos. (Se van)

Escena V
(Los muros de la Torre)
Entran Gloucester y Buckingham, con armaduras oxidadas y aspecto extrañamente siniestro. Gloucester:Vamos, primo, ¿sabes temblar y cambiar de color, matar el respiro en medio de
una palabra, y luego volver a empezar,  y detenerte otra vez, como si estuvieras alterado y loco de terror?
Buckingham:     ¡Bah! Sé imitar al grave actor de tragedia; hablar mirando atrás, acechar a todos lados, temblar y sobresaltarme al doblarse una paja, simulando hondo temor; el aspecto espectral está a mi disposición, igual que las sonrisas forzadas; y ambas cosas están dispuestas a su trabajo, en cualquier momento,  para ayudar  a mis estratagemos.  Pero ¿qué? ¿Se ha ido Catesby?
Gloucester:Se ha ido, y mira, trae consigo al Alcalde. (Entran el Lord Alcalde y Catesby)
Buckingham:Déjame hablarle a solas... Señor Alcalde... Gloucester:¡Mirad allí el puente levadizo! Buckingham:¡Oíd, un tambor!
Gloucester:Catesby, mira por encima de las murallas.
Buckingham:Señor Alcalde, el motivo por el que os hemos manda buscar... Gloucester:¡Mira a tu espalda, defiéndete, hay enemigos!
Buckingham:Dios y nuestra inocencia nos defiendan y nos guarden!
Gloucester:  Estate en paz, son amigos:  Ratcliff  y Lovel.  (Entran Ratcliff  y Lovel,  con la cabeza de Hastings)
Lovel:Aquí está la cabeza de ese innoble traidor, el peligroso e insospechado Hastings. Gloucester:Tanto quise a ese hombre,  que debo llorar. Le tomé por la criatura más franca e
inofensiva que respiraba en toda la Cristiandad; hice de él mi libro, donde mi
alma anotaba la historia de todos sus pensamientos secretos cada día. Tan lisamente revestía su vicio con apariencia de virtud, que, dejando aparte su culpa abierta y visible -quiero decir, su trato con la mujer de Shore, - vivía libre de toda sombra de sospecha.
Buckingham:Bien,   bien,   era   el   traidor   oculto   más   escondido   que   jamás   ha   vivido.
¿Imaginaríais, o incluso creeríais -si no fuera que, por gran providencia, vivimos para contárnoslo-,  que este sutil  traidor  había conspirado  hoy, en el  Consejo, asesinarme a mí y a mi buen lord Gloucester?
Alcalde:¿Eso había pensado?
Gloucester:  ¿Qué, creéis que somos turcos o infieles? ¿O que, contra las formas de la ley, habríamos procedido tan precipitadamente a la muerte del traidor, si  no fuera porque el peligro extremo del caso, la paz de Inglaterra, y la seguridad de nuestras personas nos obligaron a esta ejecución?
Alcalde:Entonces, ¡tened toda felicidad! Bien mereció su muerte; y Vuestras Altezas han procedido bien, para amonestar a los falsos traidores de intentos semejantes.
Buckingham:     Nunca  esperé cosa mejor  de él  desde que cayó  con mistress  Shore.  Pero no habíamos decidido que muriera antes que llegara Vuestra Señoría a ver su fin, lo que ha impedido la afectuosa prisa de estos amigos, algo en contra  de nuestra intención: porque, señor, habríais oído hablar al traidor, y confesar terriblemente el  modo y el  propósito  de su traición,  de modo que habríais  podido  darlo  a conocer  a los ciudadanos, que tal vez nos juzgarán mal por él, y lamentarán su muerte.
Alcalde:Pero, mi buen señor, las palabras de Vuestra  Alteza servirán tanto como si le hubiese visto y le hubiera oído hablar;  y no dudéis, ilustres príncipes,  de que daré a conocer  a nuestros obedientes ciudadanos toda vuestra justa actuación en este caso.
Gloucester:  Y  con esa  intención  quisimos  que  viniera  Vuestra  Señoría,  para  evitar  las censuras del mundo calumniador.
Buckingham:     Pero, ya que llegasteis demasiado tardo, para nuestra intención, dad testimonio de que habéis oído lo que pretendíamos, y así, mi buen lord Alcalde, os decimos adiós. (Se va el Lord Alcalde)
Gloucester:  Síguele, síguele, primo Buckingham. El Alcalde va a la Guildhall a toda prisa; allí,  en  el  momento  más  oportuno, demuestra  tu bastardía  de  los  hijos  de Eduardo:     diles cómo Eduardo hizo morir a un ciudadano sólo porque dijo qu quería hacer a su hijo heredero de “la Corona”, refiriéndose, desde luego, a su casa, que era llamada así oír su muestra. Además, señala la lujuria odiosa y su bestial apetito en el cambio de deseos, que extendió a sus criadas, hijas, esposas, dondequiera que ansiaba hacer presa sin sujeción su mirada furiosa o su corazón salvaje. Más aún, si hace falta, refiérete a mi persona: diles que, cuando mi madre  quedó  preñada  en espera de ese insaciable Eduardo, el noble York, mi ilustre  padre  estaba guerreando  en  Francia,  y, por justo  cálculo  del  tiempo, encontró que el hijo no lo había engendrado él, lo cual bien se echó de ver en sus rasgos, que no se parecen  nada al noble Duque mi padre: pero toca esto ligeramente, como de lejos, porque ya sabes que mi madre vive.
Buckingham:     No dudéis, señor, de que haré el orador como si la áurea paga por la que alego fuera para mí mismo: conque, señor, adios.
Gloucester:Si te va bien, llévales al castillo de Baynard, conde me encontrarás bien acompañado de reverendos padres y doctos obispos.
Buckingham:Me  voy, y hacia  las  tres  o las  cuatro,  esperad las  noticias  que  ofrezca  la
Guildhall. (Se va)
Gloucester:  Vete, Lovel, a toda prisa a ver al doctor Shaw; (A Catesby) tú, ve a ver al padre Penker; y rogadles que me vayan a ver dentro de una hora en el castillo de Baynard. (Se van Lovel, Catesby y Ratcliff) Ahora  entraré a dar unas órdenes secretas para  quitar  de un medio  a los  retoños  de Clarence,  y avisar  de que ningún género de personas tengan acceso en ningún momento  a los Príncipes. (Se va)

Escena VI
(Londres. Una calle)
Entra escribano.
Escribano:   Aquí  está  el  documento  de  acusación  del  buen  lord  Hastings;  lindamente extendido con letra procesal, para que se pueda leer hoy en San Pablo. Y fijaos qué bien  ha ido  lo  uno tras lo  otro: once  horas  he pasado copiándolo,  pues anoche me lo  mandó Catesby; el borrador  se tardó  otro tanto en hacer; y sin embargo,  hace cinco horas que Hatsings vivía sin sospecha, sin averiguación, libre y suelto. ¡Éste sí que es mundo  que vale la pena! ¿Quién es tan tonto que no puede ver este artificio palpable! Pero ¿quiés es tan valiente que diga que lo ve? Malo es el mundo, y todo se hará nada si tales malas acciones se deben ver sólo en pensamiento.

Escena VII
(Patio del Castillo de Baynard)
Entran Gloucester y Buckingham, encontrándose.
Gloucester:¿Qué hay, qué hay? ¿Qué dicen los ciudadanos?
Buckingham:     Pues, por la Santa Madre de Nuestro Señor, los ciudadanos cierran el pico y no dicen ni palabra.
Gloucester:¿Hablaste de la bastardía de los hijos de Eduardo?
Buckingham:     Sí, y de su promesa de matrimonio a lady Lucy, y su promesa por procura en Francia;  de la  insaciable  avidez  de sus deseos, y su modo de violentar  a las esposas de la ciudad; de su tiranía por insignificancias; de su propia bastardía, al haber sido engendrado cuando vuestro  padre estaba en Francia, y de su rostro, nada parecido al del Duque: al mismo tiempo, me referí a vuestras  facciones, como la idea cabal de vuestro padre, tanto en vuestra forma como en vuestra nobleza de ánimo; expuse todas vuestras victorias en Escocia, vuestra disciplina en la guerra, vuestra sabiduría en la paz, vuestra generosidad, virtud, clara humildad; en fin, no dejé nada apropiado para el propósito sin tocar o tratado  a la ligera, en el  discurso:  y cuando mi  oratoria tocaba  su fin, rogué  a los  que amasen el bien de su patria, que gritaran: “¡Dios salve a Ricardo, rey de Inglaterra!”
Gloucester:¿Y lo hicieron así?
Buckingham:     No, así Dios me salve: no dijeron ni palabra, sino que, como estatuas mudas o piedras  con aliento,  se  miraron  pasmados,  mortalmente  pálidos.  Al verlo,  les reprendí, y pregunté al Alcalde qué significaba ese obstinado silencio: su respuesta fue que la gente sólo estaba acostumbrada  a que les hablara el informador. Entonces  se le pidió que volviera a contar mi cuento: “Esto dijo el Duque, esto manifestó el Duque” pero no dijo nada por su cuenta. Al terminar, algunos seguidores míos, al fondo de la sala, tiraron a lo alto los gorros y unas diez voces gritaron: “¡Dios salve al rey Ricardo!”. Yo aproveché la ventaja de esos pocos:  “Gracias, amables ciudadanos y amigos -dije-: este aplauso general y esos gritos alegres muestran vuestro buen juicio y vuestro cariño a Ricardo”; y corté ahí por lo sano y me marché.
Gloucester:¡Qué leños sin lengua han sido! ¿No quisieron hablar? Buckingham:No, a fe mía, señor.
Gloucester:¿No vendrá entonces el Alcalde con sus concejales?
Buckingham:     El Alcalde está aquí cerca. Haced ver algún miedo; no es dejéis dirigir la palabra sino tras de mucho ruego; y mirad de buscaros un libro de oraciones en la mano y poneos entre dos eclesiásticos, mi buen señor; pues con ese motivo yo haré unas variaciones  sagradas sobre  el  tema: y no os dejéis  ganar fácilmente  por nuestra petición; haced la doncella; contestad siempre que no, pero aceptad.
Gloucester:  Ya voy, y si arguyes por ellos tan bien como yo sabré decirte que no por mí, no hay duda de que lo llevaremos a un fin feliz.
Buckingham:Id, subid a la terraza: llama al lord Alcalde. (Se va Gloucester y entran el Lord
Alcalde, Concejales y Ciudadanos)
Buckingham:     Bienvenido, señor: aquí estoy haciendo antesala: creo que el Duque no quiere que se hable de ningún modo. (Entra Catesby, viene desde dentro  del castillo) Ea, Catesby, ¿qué dice vuestro señor a mi petición?
Catesby:  Ruega a vuestra señoría, noble señor, que le visite mañana o pasado: está dentro, con dos reverendísimos padres, entregado  a la divina meditación: y no quiere dejarse apartar de su sagrado ejercicio por ninguna cuestión mundana.
Buckingham:     Volved, buen Catesby, junto al generoso Duque, y decidle que yo, el Alcalde y concejales, con graves designios y cuestiones de gran importancia, que implican nada menos que el bien de todos, han venido a conversar con su Alteza.
Catesby: Le haré presente todo eso enseguida. (Se va)
Buckingham:     ¡Ah, ah, señor, este Príncipe no es ningún Eduardo! No está jugueteando en una lasciva cama en pleno día, sino arrodillado en meditación; no se divierte con un montón de cortesanas,  sino  que medita  con dos graves religiosos;  no duerme para embotar su cuerpo ocioso, sino que reza para enriquecer su alma vigilante: feliz sería Inglaterra, si  este virtuoso Príncipe asumiera sobre sí su soberanía; pero me temo tristemente que no le convenceremos de ello.
Alcalde:¡Pardiez, no quiera Dios que Su Alteza nos diga que no!
Buckingham:     Temo que lo hará. Aquí vuelve Catesby otra vez. (Vuelve a entrar Catesby) Ea, Catesby, ¿qué dice Su Alteza?
Catesby:  Se pregunta con qué fin habéis reunido tales tropeles de ciudadanos para venir a verle, puesto que Su Alteza no estaba avisado de antemano: teme, señor, que no traigáis buenas intenciones para con él.
Buckingham:     Lamento mucho que  mi  noble  primo  sospeche  de  mí, que no traigo  buenas intenciones para con él: por los cielos, venimos a verle con completo afecto: así que  volved  otra  vez  y decídselo  a  Su Alteza.  (Se  va  Catesby)  Cuando  los hombres santos y religiosos están pasando sus cuentas, es difícil sacarles de ahí: tan dulce es la ardiente contemplación. (Aparece Gloucester en lo alto, entre dos Obispos. Vuelve Catesby)
Alcalde:¡Ved  dónde está Su Alteza entre dos sacerdotes! Buckingham: Dos sostenes de virtud para un Príncipe cristiano, que le apoyen para no caer en la vanidad: y mirad, un libro de oraciones en la mano, verdadero ornamento para conocer a un santo. Famoso Plantagenet, generosísimo Príncipe, concede oídos favorables a nuestra petición, y perdona que te interrumpamos en tu devoción y tu justo celo cristiano.
Gloucester:  Señor mío, no hacen falta tales excusas: más bien soy yo quien os ruega que me perdonéis a mí, que, afanoso en el servicio de mi Dios, descuido la visita de mis amigos. Pero, dejando esto, ¿qué desea vuestra señoría?
Buckingham:     Algo,  precisamente,  que  espero  que  plazca  a  Dios  en  lo  alto,  y a todos  los hombres de esta isla desgobernada.
Gloucester:  Sospecho que he cometido alguna culpa que parece deshonrosa a los ojos de la ciudad, y que venís a reprender mi ignorancia.
Buckingham:     Eso  es, señor:  ¡y ojalá  pareciera  bien  a Vuestra  Alteza  enmendar  su falta  a nuestros ruegos!
Gloucester:¿Para qué otra cosa respiro yo en un país cristiano?
Buckingham:     Sabed, entonces, que vuestra  culpa  es haber  abandonado  la  suprema  sede, el trono de la majestad, el cargo y cetro de vuestros antepasados, vuestra situación de privilegio y vuestros derechos de nacimiento, la gloria del linaje de vuestra casa real, entregándolo a la corrupción de una progenie corrompida; mientras, en la benevolencia de vuestro soñoliento pensar, que ahora despertamos para bien de nuestro país, esta noble isla carece de sus miembros adecuados; su rostro está desfigurado por cicatrices de infamia, su trono real injertado de plantas innobles, y casi  empujado  al  devorador abismo  del  tenebroso y profundo olvido.  Para curarlo,  solicitamos  de corazón  que vuestra ilustre persona acepte sobre  sí la carga y el gobierno real de vuestro país: no como protector, intendente, sustituto, o humilde factor para provecho  de otro: sino como por sucesión, de sangre en sangre, como derecho vuestro  de nacimiento, como vuestro imperio, como lo vuestro.  Para eso, de acuerdo  con los ciudadanos, vuestros afectuosos y respetuosos  amigos,  y por vehemente  incitación  suya,  vengo  con esta  justa pretensión a mover a Vuestra Alteza.
Gloucester:  No sé qué decir si es más propio de mi rango o de vuestra condición que me marche  en  silencio  o que  hable  para reprocharos  agriamente:  si  no es  para contestar, podríais quizá pensar que la ambición de lengua atada, al no responder,  cedía a llevar el dorado yugo de la soberanía, que cariñosamente me queráis imponer ahora; si es para reprocharos  por esta pretensión, tan de acuerdo con vuestro fiel cariño hacia mí, entonces, por otra parte, iría contra mis amigos. Así pues, para contestar y evitar lo primero, y entonces, al hablar, no incurrir en lo   último,   os   respondo   así   definitivamente:   vuestro   afecto   merece   mi agradecimiento, pero mis méritos sin mérito eluden vuestra alta solicitud. Ante todo, aunque se eliminaran todos los obstáculos y se allanara mi sendero hacia la corona, como producto maduro y deuda de nacimiento, es tanta, sin embargo, mi pobreza de espíritu, y tan grandes engrandecimientos, siendo barquichuela que no puede soportar la mar gruesa, antes que ansiar esconderme en mi grandeza y ahogarme en los vapores de mi gloria. Pero ¡gracias a Dios!, no hay necesidad de mí, y mucho necesitaría yo para ayudaros, si hubiera necesidad: el árbol real nos ha dejado fruto real, que, madurado por las furtivas horas del tiempo, llegará a ser apropiado para la sede de la majestad, y, sin duda, nos hará felices con su reinado. Cargad sobre él lo que queréis cargar sobre mí, el derecho y fortuna de sus dichosas estrellas; que no consienta Dios que yo se lo arrebate.
Buckingham:     Señor   mío,  eso   demuestra    conciencia   en   Vuestra    Alteza,   pero   tales
consideraciones son nimias y triviales, bien atendidas todas las circunstancias. Decís que Eduardo es hijo de vuestro hermano: eso decimos todos también, pero no de la esposa de Eduardo,  pues él primero se desposó  con lady Lucy -vive vuestra madre, que es testigo de ese voto- y, después,  se comprometió por procura con Bona, hermana del rey de Francia. Rechazadas estas dos, una pobre solicitante, una madre de muchos hijos, enloquecida por las preocupaciones, una viuda trastornada y de ajada belleza, ya en el atardecer de sus mejores días, conquistó y ganó sus lujuriosos ojos, seduciendo la elevación y altura de su rango a una baja caída en odiosa bigamia. De ella, en su ilegítimo lecho, tuvo a este Eduardo,  a quien nuestras cortesías llaman Príncipe. Más agriamente podría, argüir, salvo que, por reverencia a alguien que vive, pongo límite estricto a mi lengua.  Así,  buen  señor,  aceptad  para  vuestra  real  persona   este  ofrecido beneficio de la dignidad; si no para bendecirnos a nosotros  y al país, al menos para sacar vuestro noble linaje de la corrupción del tiempo pernicioso, volviendo a llevarlo a un rumbo legítimamente derivado en línea.
Alcalde:Hacedlo así, mi buen señor: los ciudadanos os suplican. Buckingham:     No rehuséis, poderoso señor, el afecto que se os ofrece. Catesby: ¡Ah, hacedles felices, otorgad su legítima pretensión!
Gloucester:  ¡Ay! ¿Por qué queréis acumular sobre mí esos cuidados? Soy indigno de rango y majestad; os suplico que no me lo toméis a mal: no puedo ni quiero ceder ante vosotros.
Buckingham:     Si lo rehusáis porque sois reacio, en cariño y afecto, a deponer  a ese niño, el hijo de vuestro hermano -ya que conocemos muy bien vuestra ternura de corazón, y vuestro escrúpulo  amable, bondadoso, delicado,  que hemos notado  que tenéis con vuestra  parentela,  y, desde  luego,  igualmente  con todos  los  rangos  -sin embargo, aceptéis  o no nuestra pretensión,  el  hijo  de vuestro  hermano  jamás reinará como Rey nuestro, sino que pondremos  a algún otro en el trono, para deshonra  y caída  de  vuestra  casa:  y con esta  decisión,  os  dejamos.  Vamos ciudadanos: ¡demonios!, no quiero rogar más.
Gloucester:  Oh, no juréis,  lord  Buckingham.  (Se  van  Buckingham,  el  Alcalde  y  los
Concejales)
Catesby: Llamadles otra vez, dulce Príncipe, aceptad su pretensión: si os negáis, todo el país lo lamentará.
Gloucester:  ¿Me queréis obligar a un mundo de preocupaciones? Bueno, vuelve a llamarles.
No estoy hecho de piedra, sino accesible a vuestras  amables súplicas, aunque contra mi conciencia y mi alma. (Vuelven a entrar  Buckingham y los demás)
Primo Buckingham; hombres graves y prudentes: puesto que me queréis sujetar la fortuna a la espalda para que soporte su carga, quiera o no quiera, debo tener paciencia  para aguantar  el  peso: pero si  el  negro escándalo  o el  reproche de turbio rostro van unidos a las consecuencias de vuestra imposición, el hecho de que me hayáis obligado me absolverá de todas las manchas impuras y suciedades:  pues bien  sabe Dios,  y vosotros podéis  verlo  en parte,  qué lejos estoy de desearlo.
Alcalde:¡Dios bendiga a Vuestra Alteza! Lo vemos, y lo diremos. Gloucester:Al decirlo así, no diréis más que la verdad.
Buckingham:     Entonces os saludo con este título real: ¡Viva el rey Ricardo, ilustre soberano de
Inglaterra! Todos: ¡Viva!
Buckingham:     ¿Os parece bien ser coronado mañana?
Gloucester:  Cuando os parezca bien, puesto que queréis que sea así.
Buckingham:     Mañana,  entonces, acompañaremos  a Vuestra  Majestad:  y así,  con el  mayor gozo, nos despedimos.
Gloucester:  Vamos,  volvamos  otra  vez  a nuestra  santa labor.  Adiós,  buen primo;  adiós, amables amigos. (Se van)

Acto cuarto
Escena I
(Londres. Ante la Torre)
Entran -por un lado- la Reina Isabel, la Duquesa de York y Dorset; -y por el otro lado- Ana, Duquesa de Gloucester, llevando de la mano a Lady Margarita Plantagenet, hija pequeña de Clarence.
Duquesa (de York):   ¿A quién encontramos aquí? ¿Mi sobrina Plantagenet, llevada de la mano por su cariñosa tía Gloucester? Ea, por vida mía, se encamina a la Torre, con el
cariño del corazón puro, a saludar a los principitos. ¡Bien hallada, hija! Ana: ¡Dios dé a Vuestras Altezas un día feliz y dichoso!
Isabel:   ¡Igualmente a ti, buena hermana! ¿Adónde vas?
Ana:Sólo  a  la  Torre,  y, según  supongo,  por la  misma  devoción  que  vosotras;  a saludar allí a los nobles príncipes.
Isabel:   Amable hermana, gracias: entraremos todas juntas; y, en buena hora, allí viene el lugarteniente. (Entra Brakenbury)  Señor lugarteniente, con vuestra licencia,
¿cómo están el Príncipe y mi hijito York?
Brakenbury: Muy bien,  querida  señora.  Pero  tened  paciencia:  no puedo  dejaros  que  les visitéis; el Rey ha dado órdenes en contra.
Isabel:¡El Rey! ¿Quién es? Brakenbury:Quiero decir, el señor Protector.
Isabel:   ¡El Señor nos proteja de que el Protector llegue a tener tal título real! ¿Ha puesto límites entre el cariño de ellos y yo? Soy su madre: ¿quién me impedirá el paso a ellos?
Duquesa:Yo soy la madre de su padre: quiero verles.
Ana:  Soy su tía en parentesco y su madre en cariño: traedles ante mi vista; te echaré la culpa y te haré quitar el cargo, por mi cuenta.
Brakenbury:No, señora, no, no puedo dejarlo así: estoy sujeto por juramento, así que perdonadme. (Se va y entra Stanley)
Stanley: Señoras, si os encuentro dentro de una hora, saludaré a Vuestra Alteza de York como madre y respetada cuidadora de dos reinas. (A la Duquesa de Gloucester.) Vamos,  señora, debéis ir derecha  a Westminster, para ser coronada  allí  como Reina, esposa de Ricardo.
Isabel:   ¡Ah, rompedme mis encajes para que mi corazón aprisionado tenga sitio para latir, o si no me desmayaré ante estas noticias asesinas!
Ana: ¡Cruel aviso! ¡Oh, noticias desagradables!
Dorset: Tened buen ánimo: madre, ¿cómo está Vuestra Alteza?
Isabel:   ¡Ah, Dorset, no me hables, vete de aquí! La muerte y la destrucción te muerden los talones: el nombre de tu madre es fatídico para los hijos. Si quieres escapar de la muerte, vete y cruza los mares, y vive con Richmond, fuera del alcance del infierno: vete, escóndete de este matadero, para que no aumentes el número de muertos, y me hagas morir esclava de la maldición de Margarita.
Stanley: Vuestro consejo,  señora,  está lleno  de prudente  preocupación.  Tomad toda la veloz ventaja de las horas: recibiréis cartas mías para mi hijo, a favor vuestro, para que os salga a recibir; no os demoréis con imprudente dilación.
Duquesa:¡Ah viento de desgracia, que esparce males! ¡Ah, mi vientre maldito, lecho de la muerte! Has echado al mundo un basilisco, cuya mirada inevitable es asesina.
Stanley:Vamos, señora, vamos: me han mandado a toda prisa.
Ana:Y yo iré sin ninguna gana. ¡Ah, si quisiera Dios que el cerco redondo de metal dorado que debe ceñir mi frente fuera acera al rojo, para cauterizarme hasta los sesos! Me ungirán  con veneno mortal,  y moriré antes que nadie pueda decir: “¡Dios salve a la Reina!”
Isabel:   Ve, ve, pobrecilla; no envidio tu gloria; no te deseo ningún daño para alimentar mi humor.
Ana:¡No! ¿Por qué? Cuando  el  que  es hoy mi  marido  se me  acercó,  mientras  yo seguía el cadáver de Enrique; cuando apenas me había acabado de lavar de las manos la sangre que salía de aquel ángel de mi otro marido, ese santo  muerto que yo seguía llorando; ah, se fue: “¡Sé maldito, por hacerme, aún tan joven, una viuda maldita! ¡Y cuando te cases, que la tristeza acose tu lecho; y que tu esposa, si alguien es tan loca como para serlo, tenga más miseria con tu vida que la  que  me  has dado  con la  muerte  de mi  amado señor!”  Y mira,  antes que pudiera repetir esa maldición, aun en tan poco tiempo, mi corazón de mujer se dejó cautivar torpemente por sus palabras de miel, y resultó ser la víctima de la maldición de mi propia alma, que desde entonces ha alejado siempre el descanso de mis ojos; pues, jamás, ni una sola hora, he disfrutado en su cama del dorado rocío del sueño, sin que me despertaran terribles pesadillas. Además, me odia por mi padre Warwick: y, sin duda, quiere suprimirme pronto.
Isabel:¡Adiós, pobre corazón! Compadezco tus penas.
Ana: No más de lo que yo lamento las tuyas desde mi alma. Dorset: ¡Adiós, tú que recibes la gloria con pena!
Duquesa: (A Dorset) Vete a Richmond, y que la buena suerte te acompañe. (A Ana) Vete
con Ricardo  y que los  ángeles  buenos te ayuden.  (A Isabel) Ve  a ponerte en sagrado, y que los buenos pensamientos te llenen. ¡Yo, a mi tumba, donde la paz y el descanso yazgan conmigo! Más de ochenta años de tristeza he visto, y cada hora de gozo, destruida por una semana de dolor.
Isabel:   Espera aún, vuelve  conmigo  la  mirada  hacia  la  Torre. ¡Viejas  piedras,  tened piedad  de  esos tiernos  niños  a quienes  el  odio  ha emparedado  entre vuestros muros! Dura cuna para tan lindos niñitos; dura nodriza áspera, vieja y malhumorada  compañera  de juegos  para  príncipes  tiernos,  ¡trata  bien  a  mis niños! Así la necia tristeza se despide de vuestras piedras. (Se van)

Escena II
(Londres. El Palacio)
Marcha solemne. Entran Ricardo, coronado, Buckingham, Catesby, un Paje y otros. Ricardo:(hasta aquí llamado Gloucester) Apartaos todos. Primo Bukingham. Buckingham:¿Mi augusto soberano?
Ricardo:Dame la mano. (Sube al trono. Tocan las trompetas). En esta altura, tu consejo y ayuda,  se sienta el rey Ricardo: pero ¿llevaremos estos esplendores durante un día? ¿O durarán y disfrutaremos con ellos?
Buckingham:¡Sigan viviendo, y duren eternamente!
Ricardo:Ah, Buckingham, ahora haré de piedra de toque para probar si de veras eres oro de ley. El pequeño Eduardo vive: piensa ahora lo que querría decir.
Buckingham:Sigue hablando, mi amado señor.
Ricardo:Pues digo, Buckingham, que querría ser Rey. Buckingham:Bien, ya lo sois, mi soberano tres veces famoso. Ricardo:¡Ah! ¿Soy Rey? Así es; pero Eduardo vive. Buckingham:Es verdad, ilustre soberano.
Ricardo:¡Ah, amarga continuación, que Eduardo  haya de seguir viviendo! “Es verdad, ilustre soberano”. Primo, tú no solías ser tan tonto: ¿debo hablarte con franqueza? Deseo que mueran esos bastardos; y querría que se hiciera enseguida.
¿Qué dices ahora? Habla pronto. Sé breve. Buckingham:Vuestra Majestad puede hacer lo que le plazca.
Ricardo:¡Bah, bah! Eres todo de hielo, tu amabilidad hiela, di, ¿tengo tu consentimiento para que mueran?
Buckingham:     Dejadme un poco de respiro, una pequeña pausa, señor, antes de que hable sobre eso de modo decidido; inmediatamente responderé a Vuestra Majestad. (Se va)
Catesby: (aparte, a otro) El Rey está furioso: mira cómo se muerde el labio.
Ricardo:Quiero tratar con tontos de cabeza de hierro y con muchachos sin juicio: para mí no está bien nadie que me mire con ojos de consideración; el ambicioso Buckingham se vuelve circunspecto. ¡Mozo!
Paje:¿Señor?
Ricardo:¿Conoces  a  alguien  a  quien  el  oro corruptor tentara  a  una  secreta  obra  de muerte?
Paje:     Conozco  a un caballero descontento cuyos humildes medios no están a la altura de su elevado ánimo: el oro sería tan bueno como veinte oradores, y, sin duda, le tentará a cualquier cosa.
Ricardo:¿Cómo se llama?
Paje:Tyrrel es su nombre,  señor.
Ricardo:Conozco un poco a ese hombre:   ve  a llamarle.  (Se va  el  Paje)  El  agudo  y cavilador Buckingham ya no será partícipe de mis designios: ¿tanto tiempo me ha seguido sin cansarse, y ahora se para a tomar  aliento? Bien, sea así. (Entra Stanley) ¿Cómo va, lord Stanley, qué noticias hay?
Stanley: Sabed, amado señor, que el marqués de Dorset,  según he oído decir, ha huido junto a Richmond, donde vive éste.
Ricardo:¡Ven  acá, Catesby!  Difunde  por ahí  el  rumor de que Ana,  mi  esposa,  está gravemente enferma; daré órdenes para que se quede encerrada. Búscame algún caballero pobre y humilde a quien casar enseguida con la hija de Clarence: el muchacho  es tonto, y no le temo. ¡Eh! ¿Estás soñando? Te digo otra vez que rumorees que la Reina Ana está enferma, y a punto de morir: ¡a ello!, porque me importa  mucho atajar  todas las  esperanzas  cuyo crecimiento  pudiera hacerme daño. (Se va Catesby)  Debo  casarme con la hija de mi  hermano, o si  no, mi reinado  está sobre  vidrio frágil.  ¡Incierta manera de ganar!  Pero ya estoy tan metido en sangre, que un pecado  saca otro pecado: la compasión lacrimosa no reside en mis ojos. (Vuelve a entrar el Paje, con Tyrrel) ¿Te llamas Tyrrel?
Tyrrel:Soy James Tyrrel, vuestro más obediente súbdito. Ricardo:¿Lo eres de veras?
Tyrrel:Ponedme a prueba, mi augusto soberano. Ricardo:¿Te atreverías a matar a un amigo mío?
Tyrrel:Con vuestra venia, preferiría matar dos enemigos.
Ricardo:Bien,  entonces   sea  como quieres:  dos  graves  enemigos,  adversarios  de  mi descanso y conturbadores de mi dulce sueño, son los que querría que te ocuparas de ellos; Tyrrel, me refiero a esos bastardos que están en la Torre.
Tyrrel:Si tengo medios fáciles de llegar hasta ellos, pronto os libraré de su temor. Ricardo:Me  cantas dulce  música.  Escucha,  ven  acá, Tyrrel,  ve  con esta  contraseña:
levántate y préstame oídos. (Susurra) No hay más sino eso: di que está hecho, y te querré, y te preferiré por ello.
Tyrrel:Lo despacharé enseguida. (Se va. Vuelve a entrar Buckingham)
Buckingham:    Señor, he considerado en mi ánimo la reciente demanda sobre la que me sondeasteis.
Ricardo:Bueno, déjalo en paz. Dorset ha huido junto a Richmond. Buckingham:He oído la noticia, señor.
Ricardo:Stanley es hijo de tu mujer: bueno, anda con cuidado.
Buckingham:     Señor, reclamo el don, deuda por promesa, en que se empeñó vuestro  honor y vuestra  fe:  el  condado  de Hereford,  y los  bienes  muebles,  todo lo  cual  me prometisteis que poseería yo.
Ricardo:¡Stanley, mira a tu mujer! Si envía cartas a Richmond, tú responderás de ello. Buckingham:¿Qué dice Vuestra Majestad a mi justa petición?
Ricardo:Recuerdo que Enrique VI profetizó que Richmond sería rey, cuando Richmond era un muchachito displicente. ¡Rey!..., quizá...
Buckingham:Señor...
Ricardo:¿Cómo ocurrió que el profeta no me dijera entonces, si estaba yo a su lado, que le había de matar?
Buckingham:Señor, vuestra promesa del condado...
Ricardo:¡Richmond! Hace poco, cuando estuve en Exeter, el Alcalde, por cortesía, me mostró el castillo y lo llamó Rougemont, ante cuyo nombre me estremecí porque un bardo de Irlanda  me dijo  una vez que no viviría mucho  después de ver  a Richmond.
Buckingham:Señor...
Ricardo:Sí, ¿qué hora es?
Buckingham:Me atrevo a recordar a Vuestra Majestad lo que me prometió. Ricardo:Bueno, pero ¿qué hora es?
Buckingham:Van a dar las diez.
Ricardo:Bueno, pues deja que den. Buckingham:¿Por qué tengo que dejar que den?
Ricardo:Porque, como el autómata del reloj, levantas el martillo entre tu petición y mi meditación. Hoy no estoy de humor de dar.
Buckingham:Bueno, entonces aclaradme si querréis o no.
Ricardo:Me molesta: no estoy de humor. (Se van todos, menos Buckingham) Buckingham:¿Conque sí? ¿Con tal desprecio paga mis grandes servicios? ¿Le he hecho Rey
para esto? ¡Ah, me acordaré de Hastings, y me iré a Brecknock,  mientras que tengo encima mi miedosa cabeza. (Se va)

Escena III (El Palacio) Entra Tyrrel.
Tyrrel:   La acción tiránica y sangrienta está realizada; el más malvado acto de horrible matanza de que jamás se hizo culpable esta tierra. Dighton y Forrest,  a quienes soborné para que hicieran esta inexorable carnicería, aunque eran rufianes crueles, perros sanguinarios, se derretían de ternura y benigna compasión, llorando como dos niños al contar la triste historia de muerte.  “Ah, así -decía Dighton-, estaban durmiendo los lindos niños”; así, así -decía Forrest-, ciñiéndose con sus inocentes brazos de alabastro: sus labios eran cuatro rosas en un tallo, que se besaban en su belleza estival. En su almohada había libro de oraciones que casi cambió mi intención; pero ¡ah, el diablo!”... ahí se detuvo  el rufián, y Dighton continuó así: “Ahogamos la más enjundiosa obra que jamás formó la Naturaleza desde la primera creación”. Los dos se han ido de aquí con remordimientos de conciencia a llevar esas noticias al sanguinario Rey que aquí viene. (Entra el Rey Ricardo) ¡Te saludo, mi soberano señor!
Ricardo:Bondadoso Tyrrel, ¿soy feliz con tus noticias?
Tyrrel:   Si  el  haber  hecho  lo  que  encargasteis  produce  vuestra  felicidad,  sed  feliz entonces: pues está hecho.
Ricardo:Pero ¿les viste muertos? Tyrrel:Les vi, señor.
Ricardo:¿Y enterrados, amable Tyrrel?
Tyrrel:El capellán de la Torre les enterró, pero, para decir verdad, no sé dónde.
Ricardo:Ven a verme, Tyrrel, poco después de cenar, y me contarás cómo fue su muerte.
Mientras tanto, piensa sólo cómo puedo hacerte bien y sé heredero  de tu deseo. Hasta entonces, adiós.
Tyrrel:Me despido humildemente. (Se va)
Ricardo:Al hijo de Clarence le he encerrado  en secreto;  a su hija la he casado en bajo matrimonio; los hijos de Eduardo  duermen en el seno de Abraham,  u Ana, mi mujer,  ha  dado  las  buenas  noches  al  mundo. Ahora   sé  que  el  bretón  de Richmond apunta a la joven Isabel, hija de mi hermano, y, con ese enlace, mira orgullosamente hacia la corona. Iré por ella, alegre y próspero cortejador. (Entra Catesby)
Catesby: ¡Señor!
Ricardo:¿Noticias buenas o malas, que entras tan bruscamente?
Catesby: Malas   noticias,   señor;  Ely  ha  huido  junto  a   Richmond;   y  Buckingham, respaldado por los fuertes galeses, está en campaña, aumentando  sus fuerzas.
Ricardo:Ely, con Richmond, me molesta más de cerca que Buckingham con sus fuerzas reclutadas a toda prisa. Vamos, he aprendido que el temeroso comentar es plomizo acompañante de la lenta tardanza; la tardanza trae consigo la miseria impotente, de paso de caracol: entonces, ¡que la fogosa rapidez sea mi ala, Mercurio de Júpiter y heraldo de un rey! ¡Ve a reunir hombres! Mi decisión es mi escudo: hemos de ser rápidos cuando hay traidores en campaña. (Se van)

Escena IV
(Ante el Palacio)
Entra la Reina Margarita.
Margarita:   ¡Sí! Ahora la prosperidad empieza a madurar  y a desplomarse en la podrida boca de la muerte. Aquí, en este rincón, he acechado astutamente observando la caída de mis  enemigos.  Soy testigo  de una horrible  introducción,  y me quiero  ir a Francia,  con esperanzas de que  la  continuación  resultará  igualmente  amarga, negra y trágica. ¡Apártate, desdichada Margarita! ¿Quién llega ahí? (Se aparta. Entran la Reina Isabel y la Duquesa de York)
Isabel:   ¡Ah, mis pobres príncipes; ah, mis tiernos niños! ¡Mis flores sin abrir; perfumes recién nacidos! Si vuestras dulces almas vuelas por el aire y no están sujetas a perpetua condenación,  ¡revolotead  en torno a  mí con vuestras  aéreas alas,  y escuchad el lamento de vuestra madre!
Margarita:   (aparte) ¡Volad a su alrededor! Decid que justicia por justicia ha ensombrecido vuestra aurora infantil en noche envejecida.
Duquesa:Tantas desgracias han quebrado mi voz que mi lengua, fatigada de dolor, está callada y muda. Eduardo Plantagenet, ¿por qué has muerto?
Margarita:   (aparte) Un Plantagenet  paga otro Plantagenet:  un Eduardo por otro Eduardo deja en paz una deuda de muerte.
Isabel:Oh Dios, ¿quieres apartarte de tan dulces corderos y arrojarlos a las entrañas del
lobo? ¿Cuándo has dormido mientras se hacía una cosa como ésa? Margarita:(aparte) Cuando murió el santo Enrique, y mi dulce hijo.
Duquesa:Vida muerta, visión ciega, pobre aspecto mortal viviente, escena de aflicción, vergüenza del mundo, deuda de la tumba usurpada por la vida, breve extracto y noticias de días tediosos: descansa tu falta de descanso en la leal tierra de Inglaterra, (sentándose) deslealmente emborrachada con sangre inocente.
Isabel:   ¡Ah, si  ofrecieras  una  tumba  tan  fácilmente  como puedes  dar  una  sede de melancolía! Entonces ocultaría mis huesos, en vez de descansarlos aquí. ¡Ah!
¿Quién tiene razón para lamentarse si no nosotras? (Sentándose a su lado). Margarita:Si  la tristeza  antigua  es a más  venerable,  conceded  a la  mía la  ventaja  de la
antigüedad, y dejad que mis penas nublen su ceño con primacía. Si la tristeza puede admitir compañía,  (sentándose con ellas) repasad vuestras  penas contemplando las mías: yo tuve un Eduardo, hasta que un Ricardo lo mató; tuve un Enrique, hasta que un Ricardo lo mató; y tú tuviste un Ricardo, hasta que un Ricardo lo mató.
Duquesa:Yo tuve también un Ricardo, y tú le mataste: yo tuve también un Rutland, y tú ayudaste a matarle.
Margarita:   Tú tuviste también un Clarence, y Ricardo lo mató. De la perrera de tu vientre surgió un lebrel del infierno que nos persigue a todas hasta la muerte:  ese perro, que tuvo dientes  antes que ojos  para afligir  a los  corderos y lamer  su dulce sangre;  ese turbio destructor  de la obra de Dios; ese sobresaliente y grandioso tirano de la tierra, que reina en ojos encendidos de almas que lloran, tu vientre le dejó suelto, para que nos acosara hasta nuestras tumbas. Oh recto, justo Dios, de leales disposiciones, ¡cómo te agradezco que ese cachorro carnívoro  haga presa en la progenie del cuerpo de su madre, haciéndola sentarse en el mismo banco de iglesia con el gemido de otras! Duquesa: ¡Ah, mujer de Enrique, no triunfes en mis penas! Dios me es testigo que he llorado por las tuyas.
Margarita:  Ten paciencia conmigo: estoy hambrienta de venganza, y ahora me sacio contemplándolo. Está muerto tu Eduardo, el que mató a mi Eduardo; muerto tu otro Eduardo, para pagar mi Eduardo; el joven York es sólo de propina, porque los  dos juntos  no igualaban  la  alta  perfección  del  que perdí.  Está muerto  tu Clarence, el que apuñaló a mi Eduardo, y los que observaron  esa trágica representación, los corrompidos Hastings, Rivers, Vaugham y Grey, están ahogados prematuramente  en sus sombrías  tumbas.  Vive  todavía Ricardo,  el negro  informador  del  infierno;  conservado  sólo  como agente  infernal,  para comprar almas y mandarlas allá: pero cada vez más cerca, ya llega su final horrible y no compadecido; la tierra se abre,  el infierno quema, los demonios rugen, los santos rezan, para que se le lleven enseguida de aquí. Cancela su letra de vida, amado Dios, te lo ruego, para que yo viva hasta decir: “¡Ha muerto el perro!”.
Isabel:   ¡AH! Tú profetizaste que llegaría el tiempo que desearía tu ayuda para maldecir a esa araña embotellada, a ese sucio sapo jorobado.
Margarita:   Entonces,  te  llamé  vano  ornamento  de  mi  suerte,  te  llamé  entonces  pobre sombra, reina en pintura; la representación solamente de lo que yo era; la incitadora loa de un lúgubre espectáculo; elevada a lo alto, para ser precipitada a lo hondo; una madre sólo burlada con dos dulces niñitos; un sueño de lo que eras; una ostentosa bandera, para ser blanco de todos los tiros peligrosos; una señal de dignidad, un aliento, una burbuja; una reina en burlas, sólo para llenar la escena. ¿Dónde está ahora tu marido? ¿Dónde están tus hermanos? ¿Dónde están tus dos hijos? ¿En qué te complace? ¿Quién ruega y se arrodilla y dice: “Dios salve a la Reina”? ¿Dónde están los inclinados Pares que te adulaban?
¿Dónde están los agolpados tropeles que te seguían? Repasa todo eso y mira lo que eres ahora:  en vez de una esposa feliz, una consternada viuda; en vez de madre gozosa, una que gime ese nombre;  en vez de pretendida, una que pretende humildemente; en vez de reina, una cualquiera coronada de penas; en vez de la que  me  despreciaba,  despreciada  ahora  por mí; en  vez  de temida  de  todos, temiendo ahora  a uno solo; en vez de la que mandaba a todos,  obedecida por ninguno. Así ha girado el rumbo de la fortuna, y te ha dejado hecha sólo una presa del tiempo, sin tener más pensamiento de lo que eras, para torturarte  más, siendo  lo  que  eres.  Tú  usurpaste  mi  lugar,  y  ¿no  usurpas  ahora  la  justa proporción de mi pena? Ahora tu orgulloso cuello soporta la mitad del tugo que me cargo y del que ahora retiro mi cabeza fatigada dejándote a ti todo su peso.
¡Adiós, esposa de York, y reina de la triste desdicha! Esas penas inglesas me
harán sonreír en Francia.
Isabel:   ¡Ah, tú, hábil  en maldiciones,  espera  un poco y enséñame  a maldecir  a mis enemigos!
Margarita:   Abandona el sueño de noche, y ayuna de día; compara la felicidad muerta con la pena viva; piensa que tus niñitos erab más lindos de lo que eran, y que quien los mató  era más horrible de lo que es. Mejorar tu pérdida deja peor al  malvado culpable: el dar vueltas a esto te enseñará a maldecir.
Isabel:¡Mis palabras son romas! ¡Ah, afílalas con las tuyas! Margarita:Tus penas las afilarán, y penetrarán como las mías. (Se va) Duquesa: ¿Por qué la calamidad ha de estar llena de palabras?
Isabel:   ¡Procuradoras de viento para sus clientes, las penas; aéreas herederas de alegrías sin  testar, pobres oradoras anhelantes  de las  desgracias!  Déjalas  desahogarse: aunque lo que dicen no sirva para nada, alivian el corazón.
Duquesa:Si así es, no sigas con la lengua atada: ven conmigo, y, con el aliento de agrias palabras ahoguemos  a mi condenado hijo, que ahogó a tus dos dulces hijos. Oigo su trompeta:  sé abundante  en improperios. (Entra el Rey Ricardo y Séquito, en marcha, con tambores y trompetas.)
Ricardo:¿Quién me detiene en mi camino?
Duquesa:     ¡La que pudo haberte detenido estrangulándote en su maldito vientre, antes de todas las matanzas que has hecho, miserable!
Isabel:   ¿Escondes con una corona de oro esa frente donde deberían estar marcadas, si la justicia hallara justicia, la matanza del Príncipe que poseía esa corona  y la horrible muerte de mis pobres hijos y hermanos?
Duquesa: ¡Tú, sapo, tú, sapo!, ¿dónde está tu hermano Clarence? ¿Y el pequeño Eduardo
Plantagenet, su hijo?
Isabel:¿Dónde está el noble Rivers, y Vaughan, y Grey? Duquesa: ¿Dónde está el buen Hastings?
Ricardo:¡Tocad, trompetas! ¡Tocad el arma, tambores! ¡No dejéis que los cielos oigan a estad mujeres chismosas calumniando al ungido del Señor! ¡Tocad, digo! (Toques al arma) O tened paciencia, o rogadme por las buenas, o si no, con el estruendo clamoroso de la guerra, ahogaré así vuestros clamores.
Duquesa: ¿Eres mi hijo?
Ricardo:Sí, gracias a Dios, a mi padre y a vos misma. Duquesa: Entonces escucha pacientemente mi reproche.
Ricardo:Señora, he salido un poco a tu manera de ser, en que no puedo soportar el acento de reprimenda.
Duquesa: ¡Ah, déjame hablar!
Ricardo:Habla, entonces, pero no te escucharé. Duquesa: Seré benigna y suave en mis palabras. Ricardo:Y breve, buena madre, porque tengo prisa.
Duquesa:¿Tanta prisa, tienes? Yo he tenido paciencia por ti, bien sabe Dios, con tormento y agonía.
Ricardo:¿Y no llegué al final para consolarte?
Duquesa:No, por la  Santa Cruz, lo  sabes  muy bien:  viniste  a  la  tierra  para hacer  mi infierno en la tierra. Tu nacimiento fue para mí una carga penosa; tu niñez fue difícil y caprichosa; tus días de escolar, terribles, desesperados, locos, furiosos; el principio de tu hombría, temerario, arrojado, aventurero; tu madurez, altuva, orgullosa, sutil, maliciosa y sanguinaria; más benigna, pero más religiosa; bondadosa en el odio: ¿qué hora de consuelo puedes señalar que alguna vez me alegrara de tu compañía?
Ricardo:A fe, ninguna sino la hora del hambre que llamó a Vuestra Alteza a almorzar una vez lejos  de mí compañía. Si  tan desagradable  soy  a vuestros  ojos,  dejadme seguir en marcha, señora, sin ofenderos. ¡Tocad el tambor!
Duquesa: Te ruego que me oigas.
Ricardo:Hablas con demasiada aspereza.
Duquesa: Óyeme una palabra, porque no volveré a hablarte jamás. Ricardo:Sea.
Duquesa:O tú morirás por justa  disposición de Dios, antes de volver vencedor  de esta guerra; o yo pereceré de dolor y de vejez, sin volver a mirarte a la cara: así que llévate contigo mi más pesada maldición, que, en el día de la batalla, te fatigue más que toda la armadura completa que llevas. Mis oraciones combaten  en el bando enemigo; allí las pequeñas almas de los hijos de Eduardo  susurran a los espíritus de tus enemigos y les prometen éxito y victoria. Sanguinario eres, y sanguinario será tu fin; vergüenza merece tu vida, y acompaña  a tu muerte. (Se va)
Isabel:   Aunque con más motivos, en mí hay menos espíritu de maldecir; le digo amen. (Se dispone a marchar)
Ricardo:Esperas, señora: debo deciros una palabra.
Isabel:   No tengo hijos  de sangre real  para que los asesines, pues mis  hijas, Ricardo, serán monjas en oración, no reinas en llanto; así que no apuntes para herir sus vidas.
Ricardo:Tienes una hija llamada Isabel, virtuosa y hermosa, noble y graciosa.
Isabel:   ¿Y  ha  de  morir  por eso?  Ah, déjala  vivir, y yo corromperé   sus maneras  y mancharé su belleza; calúmniame como infiel al lecho de Eduardo; arroja sobre ella el velo de la infamia; para que pueda vivir intacta de sangrienta matanza, yo declararé que no era hija de Eduardo.
Ricardo:No agravies su nacimiento; es de sangre real. Isabel:Para salvar su vida, diré que no lo es.
Ricardo:Su vida está más segura sólo por su nacimiento. Isabel:Y sólo por esa seguridad murieron sus hermanos.
Ricardo:Mira, cuando ellos nacieron las estrellas buenas eran contrarias. Isabel:No, cuando vivieron los amigos malos fueron contrarios. Ricardo:Todo lo inevitable es sentencia del destino.
Isabel:   Verdad, cuando la gracia evitada hace destino: mis hijos estaban destinados a mejor muerte si la gracia te hubiera dado la bendición de mejor vida.
Ricardo:Hablas como si yo hubiera matado a mis sobrinos.
Isabel:   Sí, sobrinos, y no sobrados de consuelo, ni reinado, ni parientes, ni libertad, ni vida, por culpa de su tío. La mano que traspasó sus tiernos  corazones estaba guiada indirectamente por tu cabeza; sin duda el cuchillo asesino estaba romo y mellado hasta que se afiló en tu pétreo corazón para hacer festín en las entrañas de mis corderos. Si no fuera porque la muda costumbre del dolor amansa el loco dolor,  mi  lengua no nombraría  a mis  hijos  ante tus oídos  sin  antes mis  uñas anclaran en tus ojos; y yo, en tan desesperado golfo de muerte, como una pobre barquilla privada de velas y jarcias, me precipitara en pedazos contra tu rocoso corazón.
Ricardo:Señora, que tenga yo tanta prosperidad en mi empresa y arriesgado éxito en las sangrientas guerras, como pretendo haceros mayor bien, a vos y a los vuestros, que todo daño que jamás hayáis recibido de mí, vos y los vuestros.
Isabel:¿Qué bien cubre la faz del cielo, aún por descubrir, que me pueda hacer bien? Ricardo:La elevación de vuestros hijos, amable señora.
Isabel:¿A algún cadalso, para perder en él las cabezas?
Ricardo:No, a la dignidad y la altura del honor, al alto arquetipo imperial de la gloria de esta tierra.
Isabel:   Lisonjea mi esperanza contándolo: dime ¿qué situación, qué dignidad, qué honor puedes conferir a algún hijo mío?
Ricardo:Todos los que tengo, justamente: sí, y yo mismo y todo, quiero dotar a uno de tus hijos, para que en el Leteo de tu alma iracunda ahogues el triste recuerdo de esos agravios que supones que te he hecho.
Isabel:   Sé breve, no sea que el declarar tu bondad tarde más que en decirse que lo que dure tu bondad.
Ricardo:Entonces, has de saber que quiero a tu hija con el alma. Isabel:La madre de mi hija lo cree con el alma.
Ricardo:¿Qué crees?
Isabel:   Que quieres a mi hija con el alma; y así, con el amor de tu alma, amaste a sus hermanos, y con el amor de mi alma, te lo agradezco.
Ricardo:No seas tan precipitada en confundir lo que quiero decir: quiero decir que amo a tu hija con toda mi alma, y pretendo hacerla reina de Inglaterra.
Isabel:Bien, entonces, ¿quién pretendes que ha de ser su Rey? Ricardo:El mismo que la ha de hacer Reina: ¿quién, si no, iba a ser? Isabel:¿Quién, tú?
Ricardo:Yo mismo: ¿qué te parece, señora? Isabel:¿Cómo puedes cortejarla?
Ricardo:Eso quiero que me digas, como quien conoce mejor su humor. Isabel:¿Y quieres que te lo diga yo?
Ricardo:Con todo el corazón, señora.
Isabel:   Envíale,  con el  hombre   que  mató   a  sus  hermanos,   un par  de  corazones sangrantes, y graba en ellos “Eduardo y York”; quizá entonces llorará: por consiguiente,  regálale un pañuelo -como una vez Margarita le dio a tu padre, empapado en sangre de Rutland-, y dile que absorbió la purpúrea sabia de los cuerpos de sus dulces hermanos, rogándole que se seque con él los ojos. Si esta persuasión  no la  mueve  al  amor, envíale  una carta  con tus nobles  acciones: cuéntale que tú suprimiste a su tío Clarence, y a su tío Rivers; y además que, en atención a ella, despachaste rápidamente a su tía Ana.
Ricardo:Te burlas de mí, señora: no es ése el modo de ganar a tu hija.
Isabel:Pues no hay otro modo; a no ser que pudieras vestirte de otra forma, y no ser
Ricardo, que ha hecho todo eso.
Ricardo:¿Y si hubiera llevado a cabo todo eso por su amor?
Isabel:   Ah, entonces no tendría más remedio que amarte, habiendo comprado el amor con tan sangriento despojo.
Ricardo:Mira, lo que está hecho no se puede remediar ya: los hombres a veces obran sin prudencia,  y las  horas posteriores  les  dan tiempo  para arrepentirse.  Si  yo les quité el reino a tus hijos para enmendarlo, se lo daré a tu hija. Si he matado la progenie de tu vientre, para animar vuestra propagación engendraré progenie de mi sangre en tu hija;  el  nombre  de abuela es poco menos en cariño  el  tierno título de madre; son como hijos sólo un escalón más abajo, de tu mismo temple, de tu misma sangre; todos de un mismo dolor, salvo por una noche de gemidos sufrida por aquella por la que tuviste igual sufrimiento. Tus hijos fueron molestia  de  tu juventud,  pero los  míos  serán un consuelo  para tu vejez.  La pérdida que tienes es sólo de un hijo Rey, y con esa pérdida, tu hija se hace Reina. No puedo compensarte en todo lo que querría, así que acepta el favor que puedo. A tu hijo Dorset, que con alma temerosa de pasos descontentos en suelo extranjero, esta hermosa alianza hará volver a la patria, para tener alta elevación y gran dignidad: el Rey que llama esposa a vuestra  bella hija, llamará hermano con familiaridad a Dorset; otra vez serás madre de un Rey, y todas las ruinas de los tiempos de catástrofe se repararán  con dobles riquezas de contento.  ¡Qué!, tenemos muchos días excelentes por ver: las fluidas gotas de las lágrimas que has vertido volverán otra vez, transformadas en perlas de Oriente, aumentando su préstamo  con intereses de veinte veces más felicidad. Ve, entonces, madre mía, ve a ver a tu hija: anima sus tímidos años con tu experiencia, prepara sus oídos  para escuchar los  relatos de un cortejador;  pon en su tierno  corazón la llama  ambiciosa  de la áurea soberanía;  va  a conocer  a la Princesa las  dulces horas silenciosas  de los  gozos matrimoniales;  y cuando  este brazo  mío haya castigado al mezquino rebelde, al necio Buckingham, volveré ceñido de guirnaldas  victoriosas  y llevaré  a  tu hija  al  lecho  de  un vencedor;   a ella  le entregaré mis conquistas obtenidas, y ella será la única vencedora: la César del César.
Isabel:   ¿Qué sería  mejor  que le  dijera?  ¿Que el  hermano  de su padre  quiere  ser su señor? ¿O le diré, su tío? ¿O el que mató a sus hermanos y a sus tíos? ¿Bajé qué título la cortejaré por ti, que Dios, la justicia, mi honor y su amor puedan hacer parecer grato a sus tiernos años?
Ricardo:Logra con esta alianza la paz de la hermosa Inglaterra. Isabel:Que ella adquirirá con guerra perdurable.
Ricardo:Dile que se lo ruega el Rey, que puede mandar. Isabel:Algo, por su parte, que prohíbe el Rey de Reyes. Ricardo:Dile que será una alta y poderosa Reina.
Isabel:Para lamentar su título, como su madre.
Ricardo:Dile que la querré eternamente.
Isabel:Pero ¿cuánto durará ese título de “eternamente”? Ricardo:Dulcemente en vigencia hasta el fin de su clara vida. Isabel:Pero, con claridad, ¿cuánto puede durar su dulce vida? Ricardo:Tanto como la prolonguen el cielo y la naturaleza. Isabel:Tanto como les parezca bien al infierno y a Ricardo. Ricardo:Dile que yo, su soberano, soy su humilde súbdito. Isabel:Pero ella, vuestra súbdita, aborrece tal soberanía. Ricardo:Sé elocuente por mi causa ante ella.
Isabel:Una declaración honrada adelanta más dicha con sencillez. Ricardo:Entonces, dile con sencillez mi declaración de amor.
Isabel:Con sencillez y sin honradez, es un estilo demasiado duro. Ricardo:Tus motivos son demasiado superficiales y demasiado vivos.
Isabel:   Oh no, mis motivos son demasiado profundos y demasiado muertos: demasiado profundos y muertos, pobres niños, en sus tumbas.
Ricardo:No toques más esa cuerda: es cosa pasada.
Isabel:Seguiré tocando esa cuerda hasta que se rompan las cuerdas del corazón. Ricardo:Entonces, por mi San Jorge, mi Jarretera y mi corona...
Isabel:Profanado, deshonrada y, la última, usurpada. Ricardo:... juro...
Isabel:   Por nada: pues no es juramento. Tu San Jorge, profanado, ha perdido su sagrado honor; tu Jarretera, infamada, ha empeñado  su virtud caballeresca;  tu corona, usurpada, ha deshonrado su gloria real. Si quieres jurar algo para ser creído, jura, entonces, por algo que no hayas injuriado.
Ricardo:Entonces, por el mundo...
Isabel:Está lleno de tus turbias maldades. Ricardo:... por la muerte de mi padre... Isabel:Tu vida la ha deshonrado.
Ricardo:entonces, por mí mismo... Isabel:Has usado mal de ti mismo. Ricardo:Bien, entonces, por Dios...
Isabel:La  ofensa  a  Dios  es  la  mayor  de  todas.  Si  hubieras  temido  quebrantar  un
juramento hecho por Él. La unidad que hizo mi marido el Rey no se habría roto, ni mi hermano habría muerto; si hubieras temido quebrantar un juramento hecho por Él, el metal imperial que ahora rodea tu cabeza hubiera agraciado las tiernas sienes  de mi  hijo;  y los  dos príncipes  estarían aquí, respirando,  mientras  que ahora, compañeros de cama demasiado tiernos para el polvo, tu fe quebrantada les ha hecho presa de los gusanos. ¿Por qué puedes jurar ya?
Ricardo:Por el porvenir.
Isabel:   Lo has  ofendido  en  el  tiempo  pasado;  pues  yo misma  tengo  que  lavar  con muchas lágrimas el tiempo venidero, por el tiempo pasado que ofendiste. Viven niños  a cuyos  padres  has matado,  jóvenes  sin  protección,  para gemirlo  en su vejez; viven padres de cuyos hijos fuiste matarife, viejas plantas baldías, para gemirlo en su vejez. No jures por el porvenir, pues has abusado de él antes de usarlo, por el tiempo que usaste mal en el pasado.
Ricardo:Como tengo intención de prosperar y arrepentirme, ¡así prospere en mi peligroso intento contra las armas hostiles! ¡Yo mismo confunda a mí mismo! ¡El cielo y la fortuna me nieguen horas felices! ¡Día, no me concedas la luz, ni tú, noche, tu descanso! ¡Séanme contrarios a mi intento todos los planetas de buena suerte, si no amo a tu hermosa hija la princesa con amor de puro corazón, con devoción inmaculada, y pensamientos sanos! En ella, reside mi felicidad y la tuya: sin ella, para mí y para ti, para ella, para el país y muchas almas cristianas, habrá muerte, desolación, ruina y hundimiento. No se puede evitar sino así. Por tanto, querida madre -debo llamarte así-, sé procuradora  de mi  amor ante ella: alega lo que quiero ser, no lo que he sido; no mis méritos, sino lo que mereceré; apremia la necesidad  y la  situación  de  los  tiempos,  y no se te  encuentre  displicente  en grandes designios.
Isabel:¿Seré así tentada por el diablo? Ricardo:Sí, si el diablo te tienta a hacer el bien. Isabel:¿Me olvidaré de ser yo misma?
Ricardo:Sí, si te ofende el recuerdo de ti misma. Isabel:Pero tú mataste a mis hijos.
Ricardo:Pero los enterraré en el vientre de tu hija: donde, en tal nido de aromas, darán cría de sí mismos para volverte a consolar.
Isabel:¿He de ganar a mi hija para tu voluntad? Ricardo:Y serás una madre feliz por tal acción.
Isabel:Iré. Escríbeme pronto, y sabrás por mí lo que ella piensa.
Ricardo:Llévale mi beso de verdadero amor: y con eso, adiós. (La besa. Se va la Reina Isabel) ¡Dócil idiota, mujer cambiante y superficial! (Entra Ratcliff y le sigue Catesby.) ¿Qué hay? ¿Qué noticias?
Ratcliff:Mi augusto soberano, en la  costa occidente  navega una poderosa flota;  en la orilla se agolpan muchos amigos dudosos y de corazón hueco, desarmados, y nada resueltos a rechazarles. Se dice que Richmond es su almirante, y han fondeado allí, esperando sólo la ayuda de Buckingham que les dé la bienvenida para desembarcar.
Ricardo:Enviad  alguien  de  pies  ligeros  al  duque  de  Norfolk:  Ratcliff,  tú mismo,  o
Catesby; ¿dónde está? Catesby: Aquí, mi buen señor.
Ricardo:Catesby, ¡ve volando a ver al Duque!
Catesby: Iré, señor, con toda la prisa conveniente.
Ricardo:¡Ratcliff, ven acá! Ve a toda prisa a Salisbury: cuando llegues allá... (A Catesby)
¡Idiota, rufián descuidado!, ¿por qué te quedas ahí, sin ir a ver al Duque? Catesby:Primero, poderoso soberano, decidme lo que queréis, para que se lo comunique
de parte de Vuestra Majestad.
Ricardo:Ah, es verdad,  buen  Catesby:  di  que  reclute  enseguida  la  mayor  fuerza  de hombres que pueda reunir, y que me vaya a encontrar enseguida en Salisbury.
Catesby: Voy. (Se va)
Ratcliff:Con vuestra licencia, ¿qué haré en Salisbury? Ricardo:¡Cómo! ¿Qué quieres hacer allí antes que vaya yo?
Ratcliff:Vuestra Majestad me dijo que fuera a toda prisa. (Entra Stanley) Ricardo:He cambiado de idea. Stanley, ¿qué noticias traes?
Stanley: Ninguna, mi soberano, buena para agradaros al aescucharla: y ninguna tan mala que no se pueda contar bien.
Ricardo:¡Oh, una  adivinanza!  ¡Ni buena  ni  malas!  ¿Para qué  necesitas  correr  tantas
millas, si puedes contar tu cuento del modo más corto? Te repito, ¿qué noticias hay?
Stanley:Richmond se ha hecho a la mar.
Ricardo:Pues que se hunda allí, y los mares le cubran, ¡renegado de hígado blanco! ¿Qué hace allí?
Stanley:No lo sé, poderoso soberano, sino por suponérmelo. Ricardo:Bueno, ¿qué te supones?
Stanley: Agitado  por Dorset,  Buckingham  y Morton, se  dirige  a  Inglaterra,  aquí,  a pretender la corona.
Ricardo:¿Está vacío el trono? ¿No hay quien blanda posesión? ¿Ha muerto el Rey? ¿Está el imperio sin posesión? ¿Qué otro heredero de York está vivo, si no yo? Entonces, dime, ¿qué hace en los mares?
Stanley:Si no es por eso, soberano, no puedo adivinarlo.
Ricardo:Si no viene para ser tu soberano, no puedes adivinar para qué viene él de Gales.
Tú te rebelarás y huirás con él, me temo.
Stanley:No, poderoso señor. Así que no desconfiéis de mí.
Ricardo:¿Dónde están entonces tus fuerzas para rechazarle? ¿Dónde estás tus vasallos y tus seguidores? ¿No están ahora en la orilla de occidente, ayudando  a los invasores a bajar sanos y salvos de los barcos?
Stanley:No, mi buen señor: mis amigos están en el norte.
Ricardo:Fríos  amigos  para  mí: ¿qué  hacen  en  el  norte  cuando  deberían servir  a  su soberano en occidente?
Stanley: No se les mandó, poderoso Rey: si place a Vuestra Majestad darme licencia, yo reuniré a mis amigos, y encontraré a Vuestra Majestad dónde y cuándo desee.
Ricardo:     Eso, eso, querrías  irte para unirte a Richmond: no me fío de ti. Stanley: Poderosísimo  soberano:  no tenéis  causa  para  considerar  dudosa  mi  amistad, nunca fui ni seré falso.
Ricardo:Ve, entonces, y reúne hombres. Pero deja atrás a tu hijo, George Stanley: mira que tu fidelidad sea firme, o si no, la seguridad de su cabeza es frágil.
Stanley: Tratadle conforme yo os resulte fiel. (Se va. Entra un mensajero)
Mensajero:  Mi augusto soberano, ahora, en Devonshire, según me avisan unos amigos, sir Edward  Courtney,  y ese  altanero  prelado,  el  obispo  de  Extere,  su  hermano mayor,  se han levantado en armas, con muchos aliados más. (Entra un segundo mensajero)
Mensajero °:   En Kent, señor, los Guildford están en armas;  y cada hora, más competidores acuden  en rebaños  a los  rebeldes,  y se  refuerza  su poderío.  (Entra  un tercer mensajero)
Mensajero °:Señor, el ejército del gran Buckingham...
Ricardo:¡Fuera con vosotros, búhos! ¿Sólo cantos de muerte? (Lo golpea) Toma, quédate esto, hasta que traigas mejores noticias.
Mensajero °:   Las  noticias  que  traigo  para  decir  a  Vuestra  Majestad  es  que,  por súbitas inundaciones y aguaceros, el ejército de Buckingham está disperso y disuelto; y él mismo se ha marchado solo: nadie sabe adónde.
Ricardo: Ah, te pido perdón:  aquí está mi bolsa para curarte  ese golpe. ¿Ha anunciado recompensa algún amigo prudente para quien traiga al traidor?
Mensajero: Se ha hecho ese anuncio, señor. (Entra un cuarto mensajero)
Mensajero:   Sir Thomas Lovel y el marqués de Dorset, se dice, señor, que están en armas en Yorkshire.  Pero  traigo  a  Vuestra  Majestad  este  buen  consuelo:  la  flota  de Bretaña  ha sido  dispersada  por la  tempestad;  Richmond,  en  Dorsetdhire,  ha mandado una lancha a la orilla a preguntar  a los de tierra si eran aliados suyos o no: y ellos respondieron que venían de parte de Buckingham para unirse a su bando; él, desconfiando de ellos, izó velas y se volvió a Bretaña.
Ricardo:¡Adelante, adelante, ya que estamos en armas! Si no para luchar con enemigos extranjeros, para derribar a los rebeldes que están en la patria. (Vuelve a entrar Catesby)
Catesby: Soberano, el duque de Buckingham está preso:  esa es la mejor noticia; más frío informe, pero que debe decirse, es que el conde de Richmond ha desembarcado con una poderosa fuerza en Milford.
Ricardo:¡Vamos a Salisbury! Mientras conversamos aquí, podría ganarse o perderse una batalla por el reino: tome alguno la orden de que lleven a Buckingham a Salisbury; los demás vengan conmigo. (Marcha militar. Se va)

Escena V
(En casa de Lord Derby)
Entran Stanley y Sir Christopher Urswick.
Stanley: Sir Christopher, decid esto a Richmond de mi parte: que mi hijo George Stanley está apresado  en rehenes  en la  cochiquera  del  más sanguinario  jabalí:  si  me rebelo cae la cabeza del joven George, y el temor  de esto me impide ayudarle ahora. Pero decidme, ¿dónde está ahora el egregio Richmond?
Urswick:En Pembroke, o en Harford-west, en Gales. Stanley:¿Qué hombres de fama se unen a él?
Urswick:     Sir  Walter  Herbert, famoso  soldado;  sir  Gilbert  Talbot,  sir  William  Stanley; Oxford, el  temido  Pembroke;  sir  James  Blunt,  y Rice  de Thomas,  con una valerosa  tropa,  así como muchos  otros  de gran  fama  y valor.  Hacia  Londres dirigen su rumbo, si no les dan combate por el camino.
Stanley: Bien, apresuraos a ver a vuestro  señor: dadle mis saludos; decidle que la Reina ha consentido de corazón  que se case con su hija Isabel. Esta carta le aclarará mis intenciones. Adiós. (Se van)

Acto quinto
Escena I
(En Salisbury. Una plaza)
Entran el Sheriff y Guardias, con Buckingham llevándole a ser ejecutado. Buckingham:¿No me dejará el rey Ricardo hablar con él?
Sheriff:No, mi buen señor. Así que tened paciencia.
Buckingham:     ¡Tú, Hastings, y vosotros, hijos de Eduardo, y Rivers, Grey, santo rey Enrique, y tu claro hijo Eduardo, Vaugham, y todos los que caísteis por la oculta corrompida y turbia injusticia! ¿Quizá vuestras almas iracundas y agraviadas observan  esta hora a través de las nubes? Hoy es el día de los Difuntos, ¿no es verdad, amigos?
Sheriff:Sí, señor.
Buckingham:     Ah, entonces, el día de los Difuntos es el día del juicio para mi cuerpo. Hoy es el día que, en tiempo del rey Eduardo,  deseé que cayera sobre mí, cuando resulté traidor a sus hijos y los parientes de su mujer; hoy es el día en que me deseé caer por la falsía de aquel en quien más me fiaba; hoy, el día de las ánimas, es para mi alma la fecha en que se han emplazado mis ofensas. Aquel que todo lo ve, en lo alto, de quien me burlé, ha hecho caer sobre mi cabeza mis fingidas oraciones, y me ha dado en serio lo que pedí en broma. Así obliga Él a las espadas de los hombres perversos a que vuelvan las puntas contra el pecho de sus dueños. Así cae pesadamente en mi cuello la maldición de Margarita: "cuando se te parta el corazón de tristeza", dijo, "acuérdate de que Margarita fue una profetiza". Vamos, señores, llevadme al tajo de infamia: la maldad sólo obtiene maldad, y la culpa recibe su deuda de culpa. (Se van)

Escena II
(Llanura junto a Tamworth)
Entran con tambor y bandera, Richmond, Oxford, Sir James Blunt, Sir Walter Herbert y otros, con fuerzas en marcha.
Richmond:Compañeros de armas, y mis más cariñosos amigos, aplastados bajo el yugo de
la   tiranía,   hasta   aquí,   por  las   entrañas   del   país,   hemos   avanzado   sin impedimento; y aquí recibimos, de nuestro padre Stanley, líneas de buen consuelo y estímulo. El miserable jabalí, sanguinario y usurpador, que asolaba vuestros  campos  de estío  y vuestras  viñas  con fruto, y vierte  vuestra sangre caliente como lavazas, y hace su comedero en vuestros cuerpos destripados; ese sucio cerdo está situado ahora en el centro  de esta isla, cerca de la ciudad de Leicester según se nos dice: de Tamworth  hasta allí sólo hay un día de marcha. En nombre de Dios, avancemos con buen ánimo, valerosos amigos, para recoger la cosecha de la paz perpetua con esta sola prueba de sangre de la dura guerra.
Oxford:La conciencia  de  cada  hombre  es como mil espadas para  luchar  contra ese culpable homicida. Herbert: No dudo que sus amigos nos atacarán.
Blunt:    No tiene más amigos que los que son amigos por miedo, que se le echarán atrás en su mayor necesidad.
Richmond:  Todo para nuestra ventaja. Entonces, en nombre de Dios, marchad: la verdadera esperanza  es veloz, y vuela con alas de golondrina; de los reyes, hace dioses, y de las criaturas más bajas, reyes. (Se van)

Escena III
(Campo de Bosworth)
Entran el Rey Ricardo, con Fuerzas, el Duque de Norfolk, el Conde de Surrey y otros.
Ricardo:Plantad aquí nuestras tiendas, aquí, en el campo de Bosworth.  Lord Surrey, ¿por qué tenéis esa cara tan triste?
Surrey: Mi corazón está diez veces más ligero que mi cara. Ricardo:Lord Norfolk.
Norfolk:Aquí estoy, mi augusto señor.
Ricardo:Norfolk, tenemos que andar con golpes; ¿eh, no es verdad? Norfolk:Tenemos que darlos y recibirlos, mi afectuoso señor.
Ricardo:¡Poned mi tienda! Esta noche dormiré aquí. (Los soldados empiezan a montar la tienda del Rey). Pero ¿dónde mañana? Bueno, lo mismo da. ¿Quién ha contado el número de los traidores?
Norfolk:Seis o siete mil, todo lo más, son sus fuerzas.
Ricardo:Vaya, nuestro ejército es el triple de esa cuenta:  además, el nombre del Rey es una torre de fuerza, que a ellos les falta en el bando opuesto. ¡Arriba la tienda! Vamos,  vamos,  caballeros,  observemos  las  ventajas  del  terreno:  llamad  a algunos  hombres  de buen consejo;  que no falte  disciplina,  no haya tardanza, pues, señores, mañana es un día atareado. (Se van) En el otro lado del campo, entran Richmond, Sir William Brandon, Oxford y otros. Algunos soldados montan la tienda de Richmond.
Richmond:  El  fatigado  sol  ha  hecho  un dorado  ocaso, y, por la  luminosa  huella  de  su ardiente carro, da promesa de un buen día para mañana. Sir William Brandon, tú llevarás el estandarte. Dadme papel y tinta en mi tienda: trazaré la forma y modelo de nuestras fuerzas, limitando a cada jefe a su mando separado, y distribuyendo en justa proporción nuestra escasa tropa.  Tú, lord Oxford, tú, sir William Brandon, y tú, sir Walter Herbert, quedaos conmigo. El conde de Pembroke  se queda con su regimiento: buen capitán Blunt, llevadle mis buenas noches, y decidle al Conde que me venga a ver a mi tienda a las dos de la mañana; pero aún queda una cosa, buen capitán, que hacer por mí: ¿dónde está acampado lord Stanley, sabéis?
Blunt:    Si no he confundido mucho sus banderas, y estoy bien seguro de que no ha sido así, sus fuerzas están a media milla al menos, al sur de las poderosas fuerzas del Rey.
Richmond:  Si es posible sin peligro, mi buen Blunt, buscad buenos medios de hablar con él y dadle de mi parte esta nota de gran urgencia.
Blunt:    ¡Por mi  vida,  señor,  que lo  emprenderé!  Y así,  Dios  os dé esta noche  buen descanso.
Richmond:  Buenas noches, capitán Blunt. Vamos, caballeros, discutamos sobre el asunto de mañana en mi  tienda:  el  aire es frío y crudo. (Se retiran  dentro  de la  tienda. Vuelve a entrar hacía su tienda el Rey Ricardo, Norfolk, Ratcliff, Catesby y otros.)
Ricardo:¿Qué hora es?
Catesby: Es hora de cenar, señor: son las nueve.
Ricardo:No voy a cenar esta noche.  Dadme  tinta  y papel.  ¿Qué, tengo  la  celada  más cómoda que antes? ¿Y han puesto toda mi armadura en mi tienda?
Catesby: Está, Majestad: y todas las cisas están dispuestas.
Ricardo:Buen Norfolk,  vete  a tu mando; pon vigilancia  cuidadosa,  usa  centinelas  de confianza.
Norfolk:Iré, señor.
Ricardo:Levántate mañana con la alondra, amable Norfolk. Norfolk:Os lo aseguro, señor. (Se va.)
Ricardo:¡Catesby! Catesby: ¿Señor?
Ricardo:Envía un mensajero real al campamento de Stanley, y dile que traiga sus fuerzas antes que salga el sol, si no quiere que su hijo George caiga en la ciega cueva de la noche eterna. (Se va Catesby) Llenadme un jarro de vino. Dadme una vela. Ensilla a Surrey el blanco para mañana en el campo. Procura que mis astas sean sólidas, y no demasiado pesadas. Ratcliff...
Ratcliff:¿Señor?
Ricardo:¿Viste al melancólico lord Northumberland?
Ratcliff:Thomas,  conde  de Surrey,  y él  mismo,  hacia  la  jora  en  que  se acuestan  las gallinas, fueron de tropa en tropa, por el ejército, animando a los soldados.
Ricardo:Entonces  estoy satisfecho.  Dame un jarro  de  vino:  no tengo  esa agilidad  de espíritu, esa alegría de ánimo que solía tener. Déjalo ahí. ¿Están preparados el papel y la tinta?
Ratcliff:Están, señor.
Ricardo:Di a mi  guardia que vigile  y déjame. Ratcliff, hacia la medianoche ven  a mi tienda y ayúdame a armarme. Déjame, digo. (El Rey Ricardo se retira a su tienda y duerme. Se van Ratcliff y los otros. Se abre la tienda de Richmond, y se le ve a él, con su Oficiales, etc. Entra Stanley.)
Stanley:¡La fortuna y la victoria se asienten en tu yelmo!
Richmond:  ¡Sea  para  tu persona  todo lo  bueno  que  pueda  dar  la  noche  oscura,  noble padrastro! Dime, ¿cómo está nuestra querida madre?
Stanley: Yo, por procura, te traigo la bendición de tu madre, que reza continuamente por el bien de Richmond; pero dejemos eso. Las silenciosas horas  se deslizan, y la tiniebla en copos se rompe a Oriente. Brevemente, pues nos lo manda la ocasión: prepara a tus tropas al comenzar la mañana, y confía tu suerte al arbitraje de los sangrientos golpes y la guerra de mortal mirada. Yo, en lo que pueda -no puedo hacer lo que querría-, engañaré el tiempo aprovechando todo lo que pueda, para ayudarte en este dudoso choque de armas; pero no puedo ponerme mucho de tu parte, no sea que, si se me ve, tu hermano, el tierno George,  sea ejecutado a la vista de su padre. Adiós: la falta de tiempo y la ocasión temerosa abrevia los ceremoniosos votos de amor y el amplio intercambio de dulce conversación en que deberían  demorarse  amigos  tanto tiempo  separados: ¡Dios  nos dé reposo para esos ritos del amor! Una vez más, adiós. ¡Sé valiente, y buena suerte!
Richmond:  Buenos señores, acompañadle a su campamento;  yo, aun con el molesto ruido, trataré de echar un sueñecito, no sea que  la plomiza somnolencia me abrume mañana, cuando  debería elevarme  con alas  de victoria.  Una vez más, buenas noches, amables señores y caballeros. (Se van los Oficiales, etc., con Stanley)
¡Ah! Tú, cuyo capitán me considero, mira a mis fuerzas con ojos graciosos; pon en sus manos tus hirientes hierros de cólera, para que caigan, con pesado golpe, sobre los usurpadores yelmos de nuestros adversarios! ¡Haznos tus ministros de castigo, para que podamos alabarte en tu victoria! A ti te encomiendo mi alma vigilante,  antes de dejar  caer las  ventanas  de mis  ojos:  dormido  o despierto,
¡defiéndeme siempre! (Duerme. Entra el espectro del Príncipe Eduardo, hijo del
Rey Enrique VI -entre las dos tiendas-)
Espectro:(A Ricardo)  ¡Déjame  posarme pesadamente mañana sobre tu alma!  Recuerda cómo me apuñalaste en la flor de mi juventud en Tewksbury:  ¡desespérate, por eso, y muere! (A Richmond) ¡Ten ánimo, Richmond, pues las almas agraviadas de los príncipes asesinados luchan por ti! Richmond, la progenie del rey Enrique te da fuerzas. (Entra el espectro del Rey Enrique VI.)
Espectro:(A Ricardo) Cuando yo era mortal, tú traspasaste mi cuerpo ungido llenándolo de agujeros mortales; acuérdate de la Torre y de mí: ¡Enrique VI te manda que desesperes  y  mueras!  (A  Richmond)¡Virtuoso  y  santo,   sé  tú el  vencedor! Enrique, que profetizó que serías Rey, te conforta en sueños: ¡vive  y florece! (Entra el espectro de Clarence.)
Espectro:(A Ricardo) ¡Mañana  me posaré pesadamente en tu alma! ¡Yo, que fui lavado para la muerte con horrible vino, el pobre Clarence, entregado  a traición a la muerte por tu culpa! Mañana en la batalla acuérdate de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡desespera y muere! (A Richmond) Tú, retoño de la casa de Lancester, los injuriados herederos de York rezan por ti: ¡los ángeles buenos defiendan a tus tropas! ¡Vive y florece! (Entran los espectros de Rivers, Grey y Vaughan.)
Espectro de Rivers:    (A Ricardo) ¡Me  posaré pesadamente en tu alma mañana, yo, Rivers, que morí en Pomfret! ¡Desespera y muere!
Espectro de Grey: (A Ricardo) ¡Acuérdate de Grey, y que tu alma desespere!
Espectro de Vaughan:(A  Ricardo) Acuérdate  de Vaughan,  y, con temor culpable, ¡deja caer la lanza, desespera y muere! (Los tres a Richmond) ¡Despierta y piensa que nuestros agravios están en el pecho de Ricardo y le dominarán! ¡Despierta,  y gana la batalla! (Entra el espectro de Hastings.)
Espectro de Hastings: (A Ricardo) ¡Sangriento y culpable, despierta culpablemente, y acaba tus días en sanguinaria batalla! ¡Acuérdate  de Lord Hastings: desepera y muere! (A Richmond) ¡Tranquila alma sin agitación, despierta, despierta! ¡Ármate, lucha y vence, por el  bien  de la  hermosa Inglaterra!  (Entran los  espectros de los  dos Príncipes niños.)
Espectros: (A Ricardo) Sueña con tus sobrinos ahogados en la Torre: ¡seremos plomo en tu
pecho, Ricardo, y te abrumaremos con tu peso para la ruina, la vergüenza y la muerte! ¡Las almas de tus sobrinos te mandan desesperar y morir! (A Richmond) Duerme, Richmond, duerme en paz, y despierta con alegría: ¡los ángeles buenos te guarden del daño del jabalí! ¡Vive, y engendra una feliz raza de reyes! Los desdichados hijos de Eduardo  te piden que florezcas. (Entra el espectro  de la Reina Ana.)
Espectro de Ana:  (A Ricardo)  Ricardo,  tu mujer,  aquella  desgraciada  Ana, tu mujer,  que jamás  durmió  una hora  en paz contigo,  ahora  llena  tu sueño  de  agitaciones: mañana en la batalla acuérdate de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡desespera y muere! (A Richmond)¡Tú, alma tranquila, duerme con sueño tranquilo! ¡Sueña con éxito  y la  feliz  victoria!  La mujer  de tu adversario  reza por ti. (Entra el espectro de Buckingham.)
Espectro de Buckingham:     (A Ricardo)Yo fui el primero que te ayudó a obtener la corona, y el último que sintió tu tiranía: ¡ah, en la batalla, piensa en Buckingham y muere con el  terror  de tu culpabilidad! ¡Sigue soñando, sigue soñando con acciones sanguinarias  y con muerte!  ¡Desespera,  desmayando;  desesperado,  exhala  tu aliento! (A Richmond)Morí  para la esperanza antes de poder  prestarte  ayuda; pero anima tu corazón, y no desmayes. Dios y los ángeles buenos luchan al lado de Richmond; y Ricardo cae en la cima de todo su orgullo. (El espectro se va. El Rey Ricardo despierta sobresaltado.)
Ricardo:¡Dadme otro caballo! ¡Vendad mis heridas! ¡Ten misericordia, Jesús! ¡Calla, no ha sido más que un sueño! ¡Ah, conciencia cobarde, cómo me afliges! Las luces arden  como llama  azul.  Ahora  es plena  medianoche.  Frías  gotas  miedosas cubren mi carne temblorosa. ¿Qué temo? ¿A mí mismo? No hay nadie más aquí: Ricardo quiere a Ricardo; esto es, yo soy yo. ¿Hay aquí algún asesino? No; sí, yo lo soy. Entonces, huye. ¿Qué, de mí mismo? Gran razón, ¿por qué? Para que no me vengue a mí mismo en mí mismo. Ay, me quiero a mí mismo. ¿Por qué?
¿Por algún bien que me haya hecho a mí mismo? ¡Ah no! ¡Ay, más bien me odio a mí mismo por odiosas acciones cometidas por mí mismo! Soy un rufián: pero miento, no lo soy. Loco, habla bien de ti mismo: loco, no adules. Mi conciencia tiene mil lenguas separadas, y cada lengua da una declaración diversa, y cada declaración  me  condena  por rufián.  Perjurio,  perjurio,  en el  más alto  grado; crimen, grave crimen, en el más horrendo grado; todos los diversos pecados cometidos todos ellos en todos los grados,  se agolpan ante el tribunal gritando todos: "¡Culpable, culpable!" Me desesperaré. No hay criatura que me quiera: y si muero, nadie me compadecerá; no, ¿por qué me habían de compadecer, si yo mismo no encuentro en mí piedad para mí mismo? (Vuelve a entrar Ratcliff.)
Ratcliff:Señor...
Ricardo:¿Quién está ahí?
Ratcliff:Señor, soy yo. El  madrugador gallo  aldeano  ha saludado  por dos  veces  a la aurora; vuestros amigos se han levantado y se enhebillan las armaduras.
Ricardo:¡Oh, Ratcliff, he soñado un sueño terrible! ¿Qué piensas, todos nuestros amigos resultarán leales?
Ratcliff:No hay duda, señor.
Ricardo:¡Oh, Ratcliff, tengo miedo, tengo miedo! Me pareció que las almas de todos los que  había  asesinado  venían  a mi  tienda,  y todas  amenazaban  con venganza mañana sobre la cabeza de Ricardo.
Ratcliff:Vamos, mi buen señor, no tengáis miedo de sombras.
Ricardo:Por el apóstol Pablo, las sombras,  esta noche,  han infundido más terror  en el alma de Ricardo que cuanto podría la realidad de diez mil soldados armados de acero y dirigidos por el necio de Richmond. Todavía no se acerca el día. Vamos, ven conmigo;  bajo  nuestras tiendas  espiaré lo  que dice,  para saber si  alguien piensa  apartarse  de  mí. (Se van  el  Rey Ricardo  y Ratcliff.  Vuelve  a  entrar Oxford con otros Lores, etc.)
Lores: ¡Buenos días, Richmond!
Richmond: (despertando) Os pido perdón, señores y vigilantes caballeros, porque hayáis sorprendido a un retardado perezoso.
Lores:¿Qué tal habéis dormido, señor?
Richmond:  El más dulce sueño, con las visiones de más hermoso presagio que jamás han entrado  en una  cabeza con sopor,  he tenido  después de que  nos  separamos, señores. Me pareció como si las almas de aquellos cuyos cuerpos mató Ricardo vinieran a mi tienda y clamaran victoria; os aseguro que mi corazón  está muy animado en el recuerdo de tan bello sueño. ¿Qué hora de la mañana es, señores?
Lores: Van a dar las cuatro.
Richmond:  Bien, entonces es hora de armarse y dar órdenes. (Avanza hacia las tropas) Más de lo que he dicho, cariñosos compatriotas, la urgencia y el apremio del tiempo me impiden extenderme: Dios y nuestra buena causa luchan por nuestro bando; las plegarias de los bienaventurados santos y las almas ofendidad, como elevados baluartes, se elevan  ante nuestros rostros. Excepto  Ricardo, aquellos contra quienes peleamos prefieren que ganemos nosotros en vez de aquel a quien siguen; pues, ¿quién es el que siguen? Verdaderamente,  señores, un tirano sanguinario  y un homicida;  elevado  em sangre, y en sangre establecido;  que buscó todos  los  medios  para llegar  a  lo  que tiene,  y mató  a los  que fueron medios para ayudarle; una baja piedra sucia, vuelta preciosa por engarzarse en el trono de Inglaterra, donde falsamente está montado;  uno que siempre ha sido enemigo de Dios, Dios, en justicia, os guardará como soldados suyos; si sudáis para derribar a un tirano, dormiréis en paz una vez muerto el tirano; si lucháis contra los enemigos de vuetsro país, la sustancia de vuestro país pagará la recompensa de vuestros esfuerzos; si lucháis para salvaguardia de vuestras esposas, vuestras  esposas os darán  en casa la bienvenida como vencedores; si libráis a vuestros hijos de la espada, los hijos de vuestros hijos os lo pagarán en vuestra vejez. Entonces, en nombre de Dios y de todos esos derechos, ¡avanzad vuestros  estandartes, sacad vuestras deseosas espadas! Para mí, el rescate de mi osado intento será este cuerpo frío en la fría faz de la tierra; pero si prevalezco, de la ganancia de mi intento tendrá parte el menor de vosotros. ¡Toquen tambores y trompetas, con valentía y ánimo! ¡Dios y San Jorge! ¡Richmond y victoria! (Se van. Vuelven a entrar el Rey Ricardo, Ratcliff, acompañantes y fuerzas.)
Ricardo:¿Qué dijo Northumberland respecto a Richmond? Ratcliff:Qué nunca se había educado en armas.
Ricardo:Dijo la verdad. ¿Y qué dijo entonces Surrey? Ratcliff:Sonrió y dijo: "Mejor para nuestro intento".
Ricardo:Tenía  razón:  así es, en efecto.  (Suena un reloj)  Cuenta  esas horas.  Dame  un calendario. ¿Quién ha visto hoy el sol?
Ratcliff:Yo no, señor.
Ricardo:Entonces  desdeña brillar, pues, según el libro, debía haber adornado el oriente hace una hora: será un día negro para alguno. Ratcliff...
Ratcliff:¿Señor?
Ricardo:Hoy no se verá  el  sol: el  cielo frunce el ceño y se ensombrece  sobre  nuestro ejército. Querría que no hubiese en el suelo estas lágrimas de rocío. ¡No brillará hoy! Bueno, ¿y eso qué es para mí más que para Richmond? Pues el mismo cielo que frunce el ceño sobre mí le mira tristemente a él. (Entra Norfolk.)
Norfolk:Al arma, al arma, señor: el enemigo presume en el campo.
Ricardo:¡Vamos, deprisa,  deprisa!  Poned la  gualdrapa  a  mi  caballo.  Levantad  a lord Stanley, decidle que traiga sus fuerzas; yo llevaré mis soldados a la llanura, y mis tropas  se ordenarán  así: mi vanguardia estará toda extendida en longitud, consistiendo por igual en de a caballo y de a pie; nuestros arqueros se pondrán en  medio:  John,  duque  de  Norfolk,  y Thomas,  conde  de Surrey,  tendrán  el mando  de esos de a pie y de a caballo. Así dirigidos, nosotros iremos detrás con el grueso de las fuerzas, cuya potencia, a ambos lados, tendrá por alas a nuestra mejor caballería. ¡Esto, y San Jorge por añadidura! ¿Qué piensas tú, Norfolk?
Norfolk:Una buena disposición, valeroso soberano. He encontrado esto en mi tienda esta mañana. (Le da un papel)
Ricardo:(lee)  "Compadre  Norfolk,  no seas  atrevido;  tu amo  Dickon  está  más  que
vendido." Una cosa urdida por el enemigo. Vamos, caballeros, cada hombre  a su puesto. Que nuestros gárrulos sueños no amedrenten nuestras almas; la conciencia no es más que una palabra que usan los cobardes, ideada por primera vez para asustar a los fuertes; nuestros recios brazos sean nuestra conciencia, y nuestras espadas, nuestra ley. Adelante, atacadles valientemente, mezclémonos con ellos; si no al cielo, mano a mano al infierno. (A sus soldados) ¿Qué más diré que lo que ya he expuesto? Recordad  con quién os las vais a haber;  una especie de vagabundos,  bribones, forajidos, la hez de Bretaña,  bajos aldeanos lacayunos a quienes vomita su saciado país de aventuras desesperadas y destrucción segura. Dormíais seguros, y ellos os traen inquietud; tenías tierras, y la bendición de hermosas mujeres, y ellos quieren arrebataros las unas y raptaros las otras. ¿Y quién les manda si no un mezquino, mantenido mucho tiempo en Bretaña a costa de nuestra madre, un sopas-de-leche, que en su vida sintió jamás tanto frío como con zapatos en la  nieve?  Volvamos  a echar  a azotes  a estos vagabundos  al  otro lado  del  mar;  arrojemos  a  latigazos  a  estos  presumidos andrajosos de Francia, estos mendigos muertos de hambre, hartos de la vida que se han ahorcado  a ellos mismos sólo por soñar en este hermoso logro, por falta de medios, pobres ratas; si nos han de vencer,  que nos venzan hombres  y no estos bastardos bretones a quienes nuestros padres vencieron en su propia tierra, y derribaron  y golpearon,  dejándoles,  en  las  historias,  como herederos  de la ignominia. ¿Han de disfrutar ésos nuestras tierras? ¿Han de acostarse con nuestras mujeres y violar a nuestras  hijas? ¡Escuchad! Oigo su tambor.  (Suena un tambor lejano) ¡Luchad, caballeros de Inglaterra! ¡Luchad, atrevidos soldados! ¡Tirad, arqueros, tirad vuestras flechas a la cabeza! ¡Espolead fuerte vuestros orgullosos  caballos,  y cabalgas  en sangre; asombrad  al  cielo  con la rotura de vuestras lanzas! (Entra un mensajero.) ¿Qué dice lord Stanley? ¿Va a traer a sus fuerzas?
Mensajero:Señor, se niega a venir.
Ricardo:¡Cortadle la cabeza a su hijo George!
Norfolk:Señor, el enemigo ha pasado el pantano: que muera George Stanley después de la batalla.
Ricardo:Mil corazones  se  engrandecen  en  mi  pecho:  ¡avanzad  nuestros  estandartes, atacad a nuestros enemigos! ¡Nuestro antiguo grito de valor, claro San Jorge, nos anime  con la  furia  de  ardientes  dragones!  ¡A  ellos!  La victoria  se posa  en nuestros yelmos. (Se van)


Escena IV
(Otra parte del campo)
Toques al arma, incursiones. Entran Norfolk y fuerzas; se le acerca Catesby.
Catesby: ¡Socorro, lor  Norfolk,  socorro, socorro!  El  Rey  hace más  pródigios  que  un hombre, atreviéndose  a  enfrentarse  con todos los  peligros:  le  han matado  el caballo  y combate  a pie,  buscando  a Richmond  en la  garganta  de la  muerte.
¡Socorro, ilustre señor, o si no, la batalla está perdida! (Toques al arma. Entra el
Rey Ricardo. )
Ricardo:¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo! Catesby: Retiraos, señor: os ayudaré a encontrar un caballo.
Ricardo:¡Villano, he echado la vida a una tirada de dados, y afrontaré el azar de la suerte!
Creo que hay seis Richmond en el campo:  he matado a cinco en vez de él. ¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo! (Se van)

Escena V
(Otra parte del campo)
Toques al arma, incursiones. Entran por lados opuestos el Rey Ricardo y Richmond; luchan y se van luchando. Retirada y toque de trompeta. Luego vuelve a entrar Richmond, con Stanley, que lleva la corona, y otros Lores, y fuerzas.
Richmond:  ¡Dios y vuestras armas sean alabados, victoriosos amigos! La jornada es nuestra:
ha muerto el perro sanguinario.
Stanley: Valeroso Richmond, bien te has portado.  Mira, aquí, esta realeza tanto tiempo usurpada, la he arrancado  de las sienes muertas  de ese miserable sanguinario, para agracias con ella tu frente: llévala, disfrútala y házle honor.
Richmond:  ¡Gran Dios del cielo, di amén  a todo esto! Pero, decidme: ¿está vivo el joven
George Stanley?
Stanley: Lo está, señor: sano y salvo, en la ciudad de Leicester, adonde, si os place, nos retiramos ahora. Richmond: ¿Qué hombres de importancia han muerto en ambos bandos?
Stanley: John,  duque  de  Norfolk,  Walter,  lord  Ferrers,  sir  Robert  Brakenbury  y sir
William Brandon.
Richmond:  Enterrad sus cadáveres como corresponde a sus prosapias: proclamad un perdón para los soldados huidos que vuelvan con nosotros con sumisión, y luego, como hemos  jurado  sacramentalmente,  uniremos  la  rosa  blanca  con la  rosa  roja.
¡Sonría el cielo sobre esta bella unión, después que tanto tiempo ha fruncido el ceño sobre su enemistad! ¿Qué traidor me oye sin decir amén? Inglaterra ha estado  mucho tiempo  loca,  hiriéndose  a  sí  misma:  los  hermanos  vertían ciegamente la sangre de sus hermanos,  los padres, ataban coléricamente a sus propios hijos; el hijo, obligado, era matarife de su padre. Todo esto desunía  a York y Lancaster,  separadas en horrenda  discordia.  ¡Oh, ahora  Richmond  e Isabel, legítimos sucesores de ambas casa reales, se unan  por hermosa ordenación de Dios! ¡Y que sus herederos -si así lo quieres, Dios- enriquezcan el porvenir  con la  paz de liso  rostro, con sonriente abundancia  y bellos  días de prosperidad! ¡Derriba el filo de los traidores, generoso Señor, que quieran reproducir otra vez esos días sangrientos, haciendo llorar a la pobre Inglaterra en ríos de sangre! ¡No les dejes vivir para probar la prosperidad de este bello país! Ahora las heridas civiles están cerradas, y la paz vuelve a vivir para que viva aquí mucho tiempo, Señor, ¡di amén! (Se van)

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