RELACIONES PELIGROSAS CHRISTOPHER HAMPTON





RELACIONES PELIGROSAS


CHRISTOPHER HAMPTON



ACTO I

ESCENA 1
Una cálida noche de agosto. El salón principal de la residencia pa­risina de la señora marquesa de Merteuil. La marquesa, respetable viuda de considerable fortuna, está jugando al piquet con suprima, la señora de Volanges, viuda también. Sentada junto a la señora de Volanges, mirando el juego y reprimiendo educadamente algún bos­tezo ocasional, se encuentra su hija Cécile, rubia espigada y atrac­tiva de quince años. Sugerencias de gran opulencia. Los grandes naipes caen unos sobre otros. La Merteuil interrumpe el juego pa­ra examinar a Cécile con cierta atención.

merteuil: Bueno, querida. (Cécile, que estaba en las nubes, se sobresalta, no muy segu­ra de momento de que sea a ella a quien se dirige.) ¿Así que has dejado el convento de una vez por todas?
cécile: Sí señora.
merteuil:  ¿Y qué tal te estás adaptando al mundo exterior?
cécile: Muy bien, creo. Estoy tan fascinada de tener mi propio dormitorio y mi propio vestidor.
volanges: Le he aconsejado que observe y aprenda y se esté ca­llada menos cuando le hablen. Todavía está naturalmente muy dada a las confusiones. Ayer se le ocurrió que mi za­patero había venido a cenar.
cécile: No era eso, mamá, es que se hincó de rodillas y se apo­deró de mi pie. Me asustó.
merteuil: Sin duda pensaste que intentaba proponerte matri­monio.
cécile: Es que... (Se interrumpe, ruborizándose.)
merteuil: No te preocupes, querida, pronto te acostumbrarás. Tenemos que pensar qué inventaremos para tu diversión. (Se reanuda el juego. Silencio. Después de una pausa, aparece el mayordomo de la Merteuü, se adelanta apresuradamen­te a través de la habitación y susurra algo en el oído de la señora de Merteuü; ésta, suspirando.) Bueno, está bien, que pase. (El mayordomo hace una reverencia y sale. La Merteuil se vuelve de nuevo hacia las otras.) Está aquí Valmont.
volanges: Vuestra merced le recibe, ¿verdad?
merteuil: Sí. Vuestra merced también.
volanges: Pensé que tal vez dadas las circunstancias...
merteuil: ¿Las circunstancias? No creo tener nada que repro­charme...
volanges: Todo lo contrario. Que yo sepa, vuestra merced es prácticamente única a ese respecto.
merteuil: ...y, por supuesto, si lo tuviera, Valmont no me visi­taría. (Cécile ha seguido atentamente este intercambio de frases, frunciendo el ceño por el esfuerzo de entender su sentido. Aho­ra la señora de Volanges se vuelve hacia ella.)
volanges: El señor vizconde de Valmont, mi hijita, de quien se­guramente no te acuerdas, salvo que es visiblemente encan­tador, no abre nunca la boca sin calcular antes el daño que pueda hacer.
cécile:  ¿Entonces por qué lo recibe usted, mamá?
volanges: Todo el mundo lo recibe. Tiene un nombre distingui­do, una gran fortuna y unos modales muy agradables. Pron­to verás que la sociedad está podrida de esas incongruen­cias: todos nos damos cuenta de ellas, todos las deploramos y a fin de cuentas todos nos avenimos a ellas. Además de lo cual, la gente, con bastante razón, tiene miedo de provocar su enemistad. Nadie le tiene el menor respeto; pero todos son muy amables con él. (Se interrumpe. Reaparece el mayordomo escoltando al viz­conde de Valmont, figura impresionantemente elegante. Cru­za la habitación y se inclina con mucha formalidad ante la señora de Merteuil, en un gesto que incluye a las demás. Sale el mayordomo.)
valmont: Señora.
merteuil: Vizconde.
volanges: Qué agradable sorpresa.
valmont: Encantado de ver a vuestra merced, señora.
volanges: Vuestra merced recuerda a mi hija, Cécile.
valmont: Claro que sí, pero ¿quién hubiera podido predecir que florecería con tanta gracia? (Cécile sonríe bobamente y mira para otro lado. Valmont se vuelve de nuevo hacia la Merteuil.) Quería ver a vuestra merced antes de salir de la ciudad.
merteuil: Ah, no estoy segura de que podamos permitirlo. ¿Por qué habría de irse?
valmont: París en agosto, ya sabe; y ya es hora de visitar a mi anciana tía, la he descuidado horriblemente.
merteuil: Admiro a su tía. Se interesa en los jóvenes con tanta inteligencia, que ha sabido conservarse juvenil ella misma. De todas formas...
volanges: ¿Tendrá la bondad de dar a la señora de Rosemonde nuestros más cordiales saludos? Ha tenido la amabilidad de invitarnos al castillo, y espero que tal vez más tarde esta temporada...
valmont: No faltaba más, señora. Por favor, no quiero interrum­pir su juego.
volanges: Me parece que ya he perdido bastante por esta noche. (Durante el silencio que sigue se dan cuenta de que Cécile se ha quedado dormida.)
valmont: Es claro que la hija de vuestra merced encuentra apa­sionante nuestra conversación. (Valmont se ríe y la Merteuil le sigue, provocando que Cécile se despierte sobresaltada y llena de confusión.)
cécile: Ay, lo siento, es que...
volanges: Creo que es hora de llevarte a casa.
cécile: Estoy acostumbrada a dormirme a las nueve en el con­vento.
valmont: Eso espero. (Las señoras se ponen de pie y la Merteuil hace una seña a un lacayo, que se pone en movimiento para acompañar a la señora de Volanges y a Cécile, entre las despedidas generales. Valmont se inclina ante ellas y espera un poco aparte. Final­mente la Merteuil regresa hacia él. Quedan solos, juntos y se miran por un momento antes de que la Merteuil hable en un tono bastante diferente.)
merteuil: ¿La tía de vuestra merced?
valmont: Así es.
merteuil: ¿Y para qué? Yo creía que había hecho ya los arre­glos para dejarle todo su dinero.
valmont: Están hechos. Pero hay otras consideraciones, obliga­ciones familiares, cosas de ésas.
merteuil: ¿Sabe por qué le hice venir esta noche?
valmont: Esperaba que fuese por el placer de mi compañía.
merteuil: Le necesito; para llevar a cabo una empresa heroica. Una cosa como para sus memorias.
valmont: No tengo idea cuándo encontraré tiempo para escri­bir mis memorias.
merteuil: Entonces las escribiré yo. (Silencio. Valmont le sonríe.) ¿Recuerda cuando Gercourt me dejó?
valmont: Sí.
merteuil: ¿Y se fue con aquella querida de vuestra merced, cu­yo nombre se me escapa?
valmont: Sí, sí.
merteuil: Nadie me hizo eso antes. Ni a vuestra merced, me imagino.
valmont: Me sentí bastante aliviado de librarme de ella, franca­mente.
merteuil: Eso no es cierto. (Silencio.) Uno de los temas más pedestres y aburridos de la conver­sación de Gercourt consistía en describir exactamente lo que buscaría en una esposa, qué cualidades, cuando le lle­gara el momento, como decía él, de sentar cabeza.
valmont: Sí.
merteuil: Tenía una teoría ridicula sobre que las rubias eran constitutivamente más modestas y respetables que cual­quier otra clase de chicas y tenía también prejuicios inamo­vibles en favor de la educación de los conventos. Y ahora ha encontrado a la candidata ideal.
valmont: ¿Cécile Volanges?
merteuil: Muy bien.
valmont: Y sus sesenta mil al año, también eso debe haber in­fluido en sus cálculos.
merteuil: Le digo que si fuera morenita y exclaustrada, ya podría valer el doble de eso, que no se le acercaría. Lo prin­cipal para él, convénzase, es una virtud con garantía.
valmont: Siento que estoy empezando a adivinar lo que quiere proponerme.
merteuil: Gercourt está con su regimiento en Córcega hasta oc­tubre. Eso debe darle tiempo de sobra.
valmont: ¿Quiere decir para...?
merteuil: Es un pimpollo.
valmont: ¿Le parece?
merteuil: Y él regresaría de su luna de miel convertido en el hazmerreír de París.
valmont: Bueno...
merteuil: Sí. Amor y venganza: dos de sus cosas favoritas. (Silencio. Valmont reflexiona un momento. Finalmente mue­ve la cabeza sonriendo.)
valmont: No, no puedo.
merteuil: ¿Cómo?
valmont: Ya sabe lo difícil que me resulta desobedecer sus órde­nes. Pero de veras no puedo.
merteuil: ¿Por qué?
valmont: Es demasiado fácil. De veras. Qué edad tiene, quince años, no ha visto nada, no sabe nada, seguro que se muere de curiosidad, se tumbará de espaldas antes de que haya uno desenvuelto el primer ramo de flores. Hay docenas de hom­bres que podrían hacerlo. Tengo una reputación que cui­dar.
merteuil: Creo que vuestra merced la subestima. Es muy linda, y tiene un aire lánguido bastante prometedor.
valmont: ¿Quiere decir que se queda dormida a menudo? Bue­no, tal vez su Belleroche es hombre para ella.
merteuil: Belleroche es un idealista.
valmont: Vaya, mala suerte. Ya decía yo que había algo en él que no marchaba.
merteuil: Hay uno que se perece ya por ella: el joven Danceny. Andan cantando dúos juntos.
valmont: ¿Y vuestra merced piensa que le gustaría probar un poco el unísono?
merteuil: Sí, pero es tan tímido e inexperto como ella, no po­demos fiarnos de él. Así que ya ve, tendrá que ser vuestra merced.
valmont: Me duele decepcionarla.
merteuil: Parece que es cierto que va a negarse. ¿No es así? (Silencio. Valmont la mira.)
valmont: Veo que tendré que decirle todo.
merteuil: Por supuesto.
valmont: Sí. Bueno. Mi viaje al campo a visitar a esa tía más o menos inmortal. El meollo del asunto es que es el primer paso hacia el plan más ambicioso que he emprendido en mi vida.
merteuil: Bien, adelante.
valmont: Sabe, mi tía no está sola en este momento. Tiene en su casa a una joven amiga. La señora de Tourvel.
merteuil: Sí.
valmont: Ella es mi plan.
merteuil: No lo dice en serio.
valmont: ¿Por qué no? Seducir a una mujer famosa por su mo­ral estricta, por su fervor religioso y por la felicidad de su matrimonio: ¿puede haber acaso algo que me dé mayor prestigio?
merteuil: A mí me parece más bien degradante tener por rival a un marido. Es humillante si falla uno y vulgar si tiene uno éxito. Y a propósito, ¿dónde está él?
valmont: Presidiendo no sé qué proceso laberíntico en Borgoña, que según datos de buena tinta va a durar meses.
merteuil: Me cuesta trabajo creerlo. Aparte de todo lo demás, qué manera de vestirse. Encorsetada hasta las orejas no se le vaya a ver una pulgada de carne...
valmont: Es cierto, la ropa no le sienta.
merteuil: ¿Qué edad tiene?
valmont: Veintidós.
merteuil: ¿Y lleva de casada...?
valmont: Dos años.
merteuil: Aun cuando lo logre, ¿sabe una cosa?
valmont: ¿Qué?
merteuil: Lo que habrá conseguido de ella será cuando mucho lo mismo que le da a su marido. No creo que pueda espe­rar ningún verdadero placer. Las personas así nunca se suel­tan. Si logra que le palpite más aprisa el corazón, no será amor, será terror. A veces me preocupa vuestra merced, viz­conde. ¿Cómo es posible que se ponga así en ridículo por un ser completamente insignificante?
valmont: Tenga cuidado, está hablando de la mujer que...
merteuil: ¿Sí?
valmont: ...en la que he puesto la mira de mi corazón. (Silencio. Valmont le sonríe.) No ha habido nada que me haya importado tanto desde que vuestra merced y yo estábamos juntos.
merteuil: ¿Y dejará pasar esa magnífica oportunidad de ven­ganza?
valmont: Si es necesario.
merteuil: No es necesario. No le contaré a nadie esa absurda aberración suya.
valmont: Creo que tendrá que esperar cuando menos hasta que la señora de Tourvel haya sido mía antes de que le permita insultarla. Y no puedo estar de acuerdo con su teoría sobre el placer. Verá, no tengo la menor intención de quebrantar sus prejuicios. Quiero que crea en Dios y en la virtud y en la santidad del matrimonio, y aun así sea incapaz de rete­nerse. Quiero la pasión, en una palabra. No de la clase a que estamos acostumbrados, y que es tan fría como super­ficial, ya no le encuentro mucho gusto a eso. No. Quiero la emoción de mirarla traicionar lo más importante que hay para ella. Estoy seguro que vuestra merced entiende eso. Crej que su palabra favorita era "traición".
merteuil: No, no, "crueldad", siempre me ha parecido que tie­ne resonancias más nobles.
valmont: Vuestra merced es terrible, cien veces peor de lo que pueda yo ser nunca; desde que empezamos esta pequeña misión, ha hecho muchos más conversos que yo, me hace sentir como un aficionado.
merteuil: Y lo es; de veras, lo mismo podría estar enamorado.
valmont: Bueno, si el amor consiste en no poder pensar en otra cosa en todo el día ni soñar con nadie más en toda la noche, tal vez estoy enamorado: por esto tiene que ser mía, para salvarme de esta ridicula posición.
merteuil: El amor es una cosa que se usa, no una cosa en la que se cae como en un pantano, ¿se le ha olvidado a vuestra merced? Es como una medicina, se lo usa para ayudar a la naturaleza. (Se miran uno a otro.)
valmont: ¿Cómo está Belleroche?
merteuil: Bueno, él sí que está enamorado. Pensé que era tiem­po de acabar con eso la semana pasada, traté de provocar una pelea, pero parecía tan desconsolado que me ablandé, y pasamos la mejor noche que hemos tenido. Desde enton­ces, naturalmente, ha sido más asiduo que nunca. Pero es­toy manteniéndole a distancia puesto que me gusta tanto. Todavía no ha aprendido que los excesos son cosa que se reserva para las personas que está uno a punto de abando­nar.
valmont: ¿Entonces está a punto de abandonarlo?
merteuil: No, ya lo dije, por el momento estoy muy a gusto con él.
valmont: ¿Y es por ahora el único amante de vuestra merced?
merteuil: Sí.
valmont: Pienso que debería tomar otro. Me parece de lo más insana esa exclusividad.
merteuil: ¿No estará celoso, supongo?
valmont: Hombre, claro que lo estoy. Belleroche es completa­mente indigno.
merteuil: Creí que era uno de sus más íntimos amigos.
valmont: Exactamente, por eso sé lo que digo. No, yo creo que vuestra merced debería organizar una infidelidad. Conmi­go, por ejemplo.
merteuil: Pero habíamos decidido que era mucho más impor­tante conservar nuestra amistad y poder confiar implícitamente el uno en el otro.
valmont: ¿Está segura de que eso no fuera un expediente para realizar nuestro placer?
merteuil: Me niega un sencillo favor y luego espera que se le hagan concesiones.
valmont: Sólo porque es demasiado sencillo. No me parecería una conquista. Tengo que seguir mi destino, ya lo sabe. Ten­go que ser fiel a mi profesión.
merteuil: Bien... (Largo silencio. Se miran mutuamente, la Merteuil divertida, Valmont impaciente.) En ese caso, regrese cuando haya conseguido a la señora de Tourvel.
valmont: ¿Sí?
merteuil: Y le daré un... premio.
valmont: Mi amor.
merteuil: Pero exigiré una prueba.
valmont: No faltaba más.
merteuil: Una prueba escrita.
valmont: Ah.
merteuil: No negociable. (Valmont se levanta y hace una reverencia. La Merteuil lo ob­serva sonriendo.)
valmont: Y estoy seguro de que encontrará a alguien que le sa­que de apuros con la pequeña Volanges.
merteuil: Es encantadora. Si mis costumbres fueran menos aus­teras, yo misma me encargaría de ella.
valmont: Vuestra merced es una mujer asombrosa.
merteuil: Gracias.
valmont: Lo único que lamento es que no me tenga bastante confianza como para darme mi premio por adelantado.
merteuil: Buenas noches, vizconde. (Valmont le besa la mano, se la suelta y se queda mirándola un momento antes de volverse y salir.)



ESCENA 2
Tres semanas más tarde. Temprano por la noche. El salón princi­pal del castillo de la señora de Rosemonde en el campo. El sol po­niente se filtra a través de las puerta-ventanas Valmont está entre­vistando a Azolan, su valet de chambre, apuesto joven resplandeciente en su librea de chasseur.

valmont: ¿Así que pescó de qué se trataba, no es eso?
azolan: Claro que sí, señor. Yo lo vigilaba a él y él vigilaba a vuestra señoría.
valmont: Lo único que espero es que sea más hábil para enten­der lo que pasaba que para seguirme; me senté a descansar en el camino, y él andaba detrás de algún arbusto, hacien­do tanto ruido que tuve ganas de soltarle una andanada de perdigones. Sólo que entonces me imagino que le hubiera costado más trabajo aún cumplir su cometido.
azolan: Sabía lo que vuestra señoría estaba haciendo; y cuando vuestra señoría se fue, habló con la familia.
valmont: Debo decir que la familia estuvo muy bien escogida.
azolan: Gracias, señor.
valmont: Sólidamente respetable, agradablemente lloricona, sin muchachas lindas sospechosas. Bien hecho.
azolan: Sirvo a vuestra señoría lo mejor que puedo.
valmont: Y ni siquiera indebidamente cara. Cincuenta y seis li­bras para salvar a toda una familia, me parece una verdade­ra ganga.
azolan: Hoy en día, señor, puede encontrar media docena co­mo ésa en cualquier aldea de por aquí.
valmont: ¿De veras? Debo decir que ya no me extraña que la gente se aficione tan fácilmente a las obras de caridad. To­da esa humilde gratitud. Fue muy emocionante.
azolan: Por cierto que se me llenaron los ojos de lágrimas, señor.
valmont: ¿Cómo te va con la doncella?
azulan: ¿Julie? A decir verdad, ha sido un poco aburrido. Si no tuviera yo tanto empeño en sacar adelante a vuestra señoría, creo que no me hubiera tomado el trabajo más que la primera vez. No estoy seguro de que ella no sienta lo mis­mo, pero, ya sabe vuestra señoría, ¿qué otra cosa se puede hacer en el campo?
valmont: Sí; no eran tanto los detalles de tu intimidad lo que me in­teresaba, era saber si está de acuerdo en traerme las cartas de la señora de Tourvel y si crees que se callará la boca.
azolan: No robará las cartas, señor.
valmont: ¿Ah, no?
azolan: Vuestra señoría sabe mejor que yo que es bastante fácil hacerles hacer lo que quieren hacer; pero hacerles hacer lo que uno quiere que hagan; eso es lo que le da a uno verda­deros dolores de cabeza.
valmont: A uno y a ellas, casi siempre.
azolan: En cuanto a callarse la boca, no le he pedido que se ca­lle la boca, porque esa es la mejor manera de darle la idea de abrirla.
valmont: No me extrañaría que tengas razón. Pero mira, la señora de Tourvel me dijo que la habían advertido sobre mí: eso significa que algún amigo oficioso debe haberle es­crito a propósito de mi persona. Necesito saber quién.
azolan: Yo no me preocuparía de eso si estuviera en el lugar de vuestra señoría. Si está lo bastante interesada para hacer que sigan a vuestra señoría, yo diría que es sólo cuestión de tiempo.
valmont: ¿Te parece?
azolan: De cualquier manera, parece que guarda las cartas en su faltriquera.
valmont: Quién fuera ratero. ¿Por qué nuestros padres no nos enseñan nunca nada útil? (Pausa, mientras piensa.) ¿Dónde te citas con Julie?
azolan: Ah, pues en mi cuarto, señor.
valmont: ¿Y viene esta noche?
azolan: Eso temo.
valmont: Entonces me parece que tendré que allanar tu cuarto. Veremos si el chantaje funciona mejor que el soborno. ¿Te conviene alrededor de las dos? No quiero estorbarte, ¿tendrás bastante tiempo?
azulan: De sobra, señor.
valmont: Estupendo.
azulan: Entonces vuestra señoría ya no tendrá que pagarle, ¿no es así?
valmont: Bueno, si suelta prenda, podemos permitirnos ser ge­nerosos, ¿no te parece?
azulan: Es el dinero de vuestra señoría.
valmont: No te preocupes, no olvidaré tu contribución.
azolan: Ay, vuestra señoría es muy considerado. (Valmont atiende al ruido de voces femeninas que se acercan. Da la espalda a Azolan.)
valmont: En marcha pues. Nos vemos a las dos.
azolan: Está bien, señor. Tendré cuidado de arreglar las cosas para que no pueda decir que vino a buscar la ropa para ce­pillar. (Azolan se va por una puerta mientras la señora de Rosemonde y la señora de Tourvel llegan por otra. La señora de Rosemonde tiene ochenta y cuatro años, es artrítica pero vivara­cha, inteligente y simpática; y la señora de Tourvel es una hermosa mujer de veintidós años, vestida no como la descri­bió la Merteuil, sino con un sencillo vestido de lino. Es claro que se encuentra en un estado de considerable excitación.)
rosemonde: Aquí está. Ya dije que aquí estaría.(Valmont se levanta para saludarlas. La Tourvel no puede evitar reaccionar ante su presencia.)
valmont: Señoras.
rosemonde: La señora de Tourvel tiene un misterio que reve­larnos.
tourvel: A vuestra merced, señora, a vuestra merced.
valmont: Ah bueno, entonces tal vez debo ir a dar un paseo.
tourvel: No, no, también le incumbe a vuestra merced, es de­cir, incumbe particularmente a vuestra merced. De hecho, debo empezar por hacerle algunas preguntas.
valmont: Muy bien. Permítame tan sólo ayudar a instalarse a mi tía.
rosemonde: Gracias. (Valmont instala a la señora de Rosemonde en su sillón, des­pués vuelve otra vez su atención hacia la señora de Tourvel.)
valmont: Veamos.
tourvel: ¿Adonde fue esta mañana?
valmont: Bueno, como saben, me levanté temprano para ir de caza.
tourvel: ¿Y esta vez cobró alguna pieza vuestra merced?
valmont: No, desde que llegué aquí he tenido una suerte atroz. Además soy un tirador calamitoso.
tourvel: Pero esta vez, señor vizconde, ¿qué era exactamente lo que cazaba?
valmont: Lo siento, creo que no entiendo bien adonde va a parar.
tourvel: Más vale que sepa, señor, que yo sé dónde estuvo es­ta mañana.
valmont: Me parece que ya es hora de que alguien me explique de qué se trata todo esto.
tourvel: Georges, mi lacayo, se encontraba por casualidad en la aldea esta mañana temprano...
valmont: Espero que no haya prestado oídos a chismes de criados.
tourvel: Veo que el señor de Valmont está decidido a no decírselo a vuestra merced, así que tendré que hacerlo yo. Hay una familia en la aldea, el marido ha estado enfermo, se encontraba en la imposibilidad de pagar sus impuestos este año. Así que esta mañana llegó el alguacil a apoderar­se de sus cuatro trastos. En eso su sobrino, cuyo criado había estado indagando en la aldea para ver si alguien esta­ba sufriendo de tribulaciones particulares, llegó, pagó las deudas de la familia y añadió una generosa contribución pa­ra ayudarlos a enderezarse de nuevo.
rosemonde: ¿Es verdad eso, querido?
valmont: Bueno, es que yo... simplemente es que... sí. (La señora Rosemonde se pone de pie y abre los brazos.)
rosemonde: Muchacho querido, ven y déjame abrazarte. (Valmont cruza hacia etlay se abrazan. Después Valmont se vuel­ve y se adelanta hacia la señora de Tourvel, sonriendo radiante, con los brazos extendidos. Un espasmo de terror cruza por ¡a cara de ella, pero no tiene más remedio que someterse al abrazo: Val-mont la estrecha con fuerza. Luego la sueltay, mientras ella se le queda mirando, pálida e hipnotizada, se vuelve a un lado, enju­gando una lágrima subrepticia.) Es tan tuyo eso de hacer un secreto de una cosa así. (Durante el silencio que sigue, la señora de Tourvel se despla­za a un lado hacia su bastidor de bordar y coge la aguja ya en­hebrada. Pero las manos le tiemblan tan fuertemente, que tie­ne que volver a dejarla.) Tenemos que visitar a esa familia por la mañana, querida, a ver si podemos hacer algo más por ellos.
tourvel: Sí, me gustaría.
valmont: Siéntese, tía.
rosemonde: No, tengo que buscar al señor cura. No tardaré, pe­ro insisto en contarle esto antes de que se vaya, le va a dar tanto gusto. (La señora Rosemonde sale apresuradamente y sigue un largo si­lencio. La señora de Tourvel hace un renovado y decidido esfuer­zo para habérselas con su bordado; Valmont encuentra una silla enfrente de ella, la observa y espera. Empieza a morir la luz. Final­mente, la señora de Tourvel, luchando por mantener la compos­tura, se siente obligada a romper el silencio.)
tourvel: No puedo entender cómo una persona cuyos instintos son tan generosos ha podido llevar una vida tan disoluta.
valmont: Temo que tenga una idea exagerada tanto de mi ge­nerosidad como de mi depravación. Si supiera quién me ha pintado con tan negras tintas, tal vez podría defenderme; puesto que no lo sé, permítame hacerle una confesión: sos­pecho que la clave de la paradoja consiste en cierta debili­dad de carácter.
tourvel: No veo cómo puede llamarse debilidad a un acto de caridad hecho con tanto tacto.
valmont: Esa abrumadora reputación que tengo, a decir verdad, no carece de justificación. Me he pasado la vida rodeado de gente inmoral. Me he dejado influir por ellos y a veces has­ta me he enorgullecido de superarlos. Mientras que en es­te caso he caído simplemente bajo la influencia contraria: la suya.
tourvel: ¿Quiere eso decir que no lo habría hecho...?
valmont: No sin su ejemplo, no. Era un modo de inocente tri­buto a su bondad. (Hay una pausa, durante la cual la señora de Tourvel, dudo­sa de cómo reaccionar, abandona su bordado, vaga indecisa un momento y después se sienta tiesamente en el borde de una chaise-longue.) ¿Ya ve cuan débil soy? Me había jurado que nunca se lo diría. Sólo que, viéndola...
tourvel: Señor.
valmont: No tenga cuidado, no tengo intenciones ilícitas, no podría ni soñar con insultarla. Pero la verdad es que la amo. La adoro. (En un instante ya está al otro lado de la habitación, se hin­ca de rodillas frente a ella y toma sus manos en las suyas.) ¡Ayúdeme por favor! (La señora de Tourvel se suelta y rompe a llorar.) ¿Qué pasa?
tourvel: ¡Soy tan desdichada! (Esconde el rostro entre las manos, sollozando. Por un momento, la sombra de una sonrisa corre por el rostro de Valmont, antes de hablar con la voz al borde de las lágrimas.)
valmont: ¿Pero por qué?
tourvel: ¿Quiere dejarme ya? (Valmont se levanta y se aleja cruzando la habitación, hacien­do esfuerzos ostensibles por contenerse.)
valmont: No debí decir nada, ya sé que no debí, lo lamento. Pe­ro de veras, no tiene nada que temer. Absolutamente nada. Dígame qué hacer, muéstreme cómo comportarme, haré todo lo que diga. (La señora de Tourvel logra controlarse y levanta la vista ha­cia él)
tourvel: Pensé que lo menos que podía esperar era que me res­petara.
valmont: ¡Pero si la respeto, claro que la respeto!
tourvel: Entonces olvide todo esto, no diga una palabra más, me ha ofendido profundamente, es imperdonable.
valmont: Creí que podría darme al menos algún crédito por ser sincero.
tourvel: Al contrario, esto confirma todo lo que me han dicho de vuestra merced. Empiezo a creer que es muy posible que haya planeado toda esta trama.
valmont: Cuando vine a visitar a mi tía, no tenía la menor idea de que vuestra merced estuviera aquí: no es que me hubie­ra perturbado en lo más mínimo si lo hubiera sabido. Sabe, hasta entonces nunca había sentido más que deseo. Amor, nunca.
tourvel: Basta.
valmont: No, no, ha hecho una acusación, tiene que darme la oportunidad de defenderme. Veamos, vuestra merced esta­ba aquí cuando mi tía me pidió que me quedara un poco más, y en aquel momento sólo acepté por deferencia hacia ella, aunque claro que había notado ya la belleza de vues­tra merced.
tourvel: Señor...
valmont: No, la cuestión es que todo esto no tiene nada que ver con su belleza. A medida que iba conociéndola empecé a darme cuenta de que la belleza es la menor de sus cualida­des. Quedé fascinado con su bondad, me sentí encadenado por ella, no entendía lo que me estaba pasando, y sólo cuan­do empecé a sentir un dolor físico efectivo cada vez que la veía salir de la habitación se hizo la luz en mí: estaba ena­morado, por primera vez en mi vida. Sabía que no había es­peranza, naturalmente, pero eso no me importó, porque no era como había sido siempre, no era que yo quisiera tener­la. Lo único que quería era merecerla. (La señora de Tourvel se pone de pie con decisión.)
tourvel: Tendré de veras que dejarlo, señor, parece dispuesto a seguir con unos argumentos que no debo escuchar, de­bería saberlo, y que no quiero escuchar.
valmont: No, no, por favor, siéntese. Ya le he dicho que haré todo lo que diga. (Silencio. Se observan mutuamente. Finalmente la señora de Tourvel se sienta de nuevo.)
tourvel: Sólo una cosa desearía que hiciera por mí.
valmont: ¿Qué? ¿Qué es ello?
tourvel: Pero no veo cómo podría pedírselo, ni siquiera estoy segura de querer ponerme en deuda con vuestra merced.
valmont: Ah, no, por favor, insisto, si es tan bondadosa como para darme la oportunidad de hacer algo que desee, cual­quier cosa, seré yo el que estaré en deuda con vuestra mer­ced. (La señora de Tourvel mira a Valmont un momento con típi­ca buena fe.)
tourvel: Muy bien, pues. Quisiera que abandonara esta casa. (Por el rostro de Valmont cruza momentáneamente la expre­sión del campeón de ajedrez que acaba de perder su reina.)
valmont: No veo por qué sería necesaria tal cosa.
tourvel: Digamos que vuestra merced ha dedicado su vida a ha­cerlo necesario. (A estas alturas Valmont ha recobrado ya el equilibrio; y ha pensado velozmente.)
valmont: Bueno, si es así, lo que vuestra merced diga, natural­mente. Me sería imposible negarme. (Ahora le toca el turno de sorprenderse a ella.) ¿Permitirá que avise a mi tía, digamos, con veinticuatro ho­ras de anticipación?
tourvel: Bueno, sí, naturalmente.
valmont: Mañana por la mañana habré encontrado algo en mi correo que me obligue a regresar a París de inmediato.
tourvel: Gracias, le quedaré muy agradecida.
valmont: Tal vez me atreva a pedirle un favor recíproco. (La señora de Tourvel frunce el ceño, vacilando.) Creo que sería simplemente justo que me permitiera saber cuál de sus amigos ha mancillado mi nombre.
tourvel: Sabe perfectamente que eso es imposible. Si algunos amigos me han prevenido contra vuestra merced, lo han he­cho tan sólo por mi interés y difícilmente podría yo pagar­les con una traición, ¿no es cierto? Debo decir que rebaja su generosa oferta si quiere usarla para regatear.
valmont: Muy bien, retiro mi petición. Espero que no pensará que estoy regateando si le pido que me permita escribirle.
tourvel: Pues...
valmont: Y espero que tendrá la amabilidad de contestar mis cartas.
tourvel: No estoy segura de que una correspondencia con vues­tra merced sea cosa que pueda permitirse una mujer hono­rable.
valmont: ¿De modo que está dispuesta a rechazar todas mis su­gerencias, por respetables que sean?
tourvel: No he dicho eso.
valmont: No veo en verdad en qué podría dañarla el conceder­me ese consuelo mínimo, pero que para mí es de vital im­portancia.
tourvel: Mucho me complacería la oportunidad de probarle que lo que me mueve a esto no es el odio o el resentimien­to, sino...
valmont: ¿Sino que? (Pero la señora de Tourvel parece incapaz de encontrar una respuesta satisfactoria a esa pregunta. Y, moviéndose tan rápida y repentinamente como antes, Valmont vuelve a cru­zar la habitación, cae sobre una rodilla y le toma la mano. Ella lucha por liberarse.)
tourvel: ¡Por Dios santo, señor, por favor déjeme tranquila!
valmont: Sólo quiero decir lo que apenas imaginé que me sería posible decirle: adiós. (Valmont sale aprisa en la oscuridad, sin poder ahogar un dis­creto sollozo. La señora de Tourvel se queda sola, clavada en su chaise-longue. Parece aterrada.)

ESCENA 3
Un par de días más tarde. En mitad de la noche. Dormitorio en una casa de las afueras de París que pertenece a Émilie, una cortesana. Ésta está en la cama con Valmont, echada en sus brazos, con los ojos brillantes por la luz de los candelabros. Él parece perdido en sus pensamientos. Émilie cambia de postura y él le sonríe.

valmont: Yo creía que los holandeses eran famosos por lo que aguantan el alcohol.
émilie: Tres botellas de borgoña y una botella de coñac acabarían con cualquiera.
valmont: ¿Se bebió todo eso?
émilie: Vuestra merced escanciaba.
valmont: Espero que no le eches de menos.
émilie: Qué tontería. Sólo que no me parecía necesario atarlo en la carroza.
valmont: Un hombre en esas condiciones, me pareció mejor mandarlo a su casa.
émilie: Esta es su casa.
valmont: Ah, yo creí que era tu casa.
émilie: Es propiedad de él. Yo sólo vivo aquí. Y él está tan poco en Francia. Es una lástima. (Émilie sonríe ampliamente.)
valmont: En fin, estoy seguro de que mi cochero sabrá usar la imaginación.
émilie: Yo estoy segura, puesto que vuestra merced está perfec­tamente al tanto de la situación y sin duda le ha dado ins­trucciones explícitas, de que no le hará falta usarla.
valmont: ¿Instrucciones explícitas?
émilie: Sí. (Silencio.)
valmont: Debo decir, Émilie, que me parece el colmo de la ma­la educación hablar de un extraño cuando estás en la cama conmigo. Creo que se impone un castigo adecuado. Date la vuelta. (Émilie vacila, mirando hacia arriba a Valmontpor un mo­mento. Después se suelta en una sonrisa.)
émilie: Está bien. (Se da la vuelta, mirando a Valmont con curiosidad.)
valmont: Veamos, ¿tienes pluma, tinta y papel de escribir? (Émilie está intrigada. Después de un momento contesta.)
émilie: Sí, allá, en el escritorio. ¿Por qué? (En lugar de contestar, Valmont sale de la cama, cruza la ha­bitación, encuentra lo que buscaba en el escritorio y lo lleva de vuelta a la cama. Deposita la pluma y el tintero cuidado­samente, aparta las sábanas, extiende una hoja de papel a través de las posaderas de Emilie, se acomoda confortablemente y alcanza la pluma.)
valmont: Ahora no te muevas. (Émilie está todavía desconcertada. Pero se somete de bas­tante buena gana. Valmont empieza a escribir.) "Querida señora de Tourvel... Acabo de instalarme... en mi escritorio..." (Émilie entiende por fin. Vuelve la cabeza para sonreír a Val­mont.) Te he dicho que no te muevas. (Prosigue.) "... en la mitad de una noche tormentosa en la que me he visto zarandeado de la exaltación al agotamiento y otra vez a la exaltación. La posición en que me encuentro mientras escribo me ha hecho darme cuenta más que nunca del po­der del amor. Apenas puedo controlarme lo suficiente pa­ra poner orden en mis pensamientos; pero a pesar de esos tormentos puedo garantizar que en este instante soy mu­cho más feliz que vuestra merced. Espero que algún día sienta la clase de turbación que me aflige en este momen­to: mientras tanto pido excusa mientras tomo las medidas necesarias para calmar lo que sólo puedo describir como una excitación en aumento." (Apaña papel, pluma y tintero y se recuesta para acariciar a Émilie, que no se ha movido.) La terminaremos más tarde, ¿no te parece? (Oscurecimiento total.)

ESCENA 4
Diez días después. Una tarde de septiembre. Valmont está toman­do el té con la marquesa de Merteuil en el gran salón de ella.

merteuil: Tengo la impresión de que ha cometido un grave error táctico. ¿No debería haber tomado a la señora de Tourvel allí, y después en la chaise-longue?
valmont: Esperaba que mi tía y el cura aparecieran de un mo­mento a otro.
merteuil: Bueno; habría sido lo más interesante que les habría sucedido en muchos años.
valmont: No, no era el buen momento en absoluto: quiero que se rinda, pero no antes de haber dado la pelea.
merteuil: Parece que la ha dado: ha logrado librarse del todo de vuestra merced.
valmont: Pero logré que estuviera de acuerdo en que le escri­biera.
merteuil: Bueno, en el caso improbable de que su elocuencia quebrantara sus defensas, no estará allí para sacar las ven­tajas, ¿no es así? Y para el día siguiente ya estarán entera­mente reconstruidas.
valmont: Claro que escribir a una persona es un triste su­cedáneo, pero puesto que no tenía verdaderamente otra al­ternativa, por lo menos he encontrado una manera de man­tener viva la cosa.
merteuil: Puede ser.
valmont: Ya sé que vuestra merced es incurablemente escéptica, pero para mí, con una mujer, esa es con mucho la me­jor etapa, es de lo que hablan los hombres todo el tiempo pero pocas veces experimentan, la verdadera embriaguez: cuando sabemos que ella nos ama pero todavía no estamos del todo seguros de la victoria.
merteuil: ¿Entonces sabe que ella le ama?
valmont: Sí, claro. Dejé allá a mi criado para que eche un ojo al asunto y eche mano a la criada, que ha sido de lo más servicial desde que los sorprendí juntos en la cama: y me dice que cuando llegó mi primera carta, se la llevó a su habitación y se estuvo dándole vueltas du­rante horas, suspirando y llorando. Así que parece una conclusión bastante razonable. (La Merteuil no dice nada, pero su expresión sigue siendo de duda.) Y la criada nos ayudó a hacer otro descubrimiento que podría parecerle interesante.
merteuil: ¿Ah, sí?
valmont: Adivine quién ha estado escribiendo a mi beldad, aconsejándole que se mantenga alejada del perverso más vil del mundo, o sea de mí. Su prima la maldita Volanges, esa perra. (La Merteuil suelta la carcajada.) Ríase, me ha hecho perder por lo menos un mes.
merteuil: No es eso.
valmont: Quería alejarme de la señora de Tourvel: bien, ya lo ha logrado y estoy dispuesto a hacerla sufrir por eso. Aquel plan para arruinar a su hija, ¿ha progresado algo? ¿Puedo hacer algo para ayudar? Estoy enteramente a sus órdenes.
merteuil: Bueno, en realidad, mi querido vizconde, su presen­cia aquí este día forma parte de mi plan. Estoy esperando a Danceny de un momento a otro y quiero que me ayude a enderezar su resolución, si así debo decirlo. Y además he arreglado una pequeña escena que espero que encuentre entretenida: sí, estoy segura que le divertirá.
valmont: ¿Es todo lo que va a decir?
merteuil: Sí, eso creo.
valmont: ¿No ha sido un gran éxito Danceny?
merteuil: Ha sido un desastre. Como la mayoría de los intelec­tuales, es intensamente estúpido. De veras, es un mucha­cho de lo más torpe. Encantador, pero sin remedio.
valmont: Será mejor que me ponga al tanto.
merteuil: Bien, me he hecho muy íntima de la pequeña Cécile. Vamos a mi palco de la ópera y parloteamos toda la noche. Estoy de veras bastante celosa de quienquiera que le esté deparado. Tiene cierta duplicidad innata que va a hacer que esté muy bien plantada. No tiene ningún carácter ni ningu­na moral, es enteramente deliciosa.
valmont: ¿Pero qué ha sucedido?
merteuil: Ella y Danceny están enamorados como estúpidos. La cosa empezó cuando ella me preguntó si estaría mal que le escribiera a él. Primero dije que sí y luego dije que no, que estaba bien a condición de que me enseñara ambos la­dos de esa correspondencia. Después organicé un encuen­tro, pero Danceny estaba tan paralizado por su caballero­sidad que no le puso un dedo encima. Todas sus energías se le van en escribirle poemas con mucho ingenio y muy poco efecto. Traté de avivar las cosas diciéndole que era con Ger-court con quien su madre pensaba casarla. Se escandalizó bastante al descubrir que es un ser senil de treinta y seis años, pero para cuando acabé de describirlo no podría ha­berlo odiado más si llevaran diez años de casados. Y enton­ces, el primer inconveniente: se lo contó a su confesor y él adoptó una línea muy dura. Así que rompió sus lazos con Danceny y se pasaba el tiempo rezando para ser capaz de olvidarlo, ejercicio cómicamente contradictorio. Él siguió siendo abyecto todo el tiempo. Lo único que pude hacer fue organizarles una cita para que se dijeran adiós y esperar lo mejor que pudiera resultar. Y después de todo eso, ¿qué es lo que encuentro? Danceny ha conseguido asirle la mano durante cinco segundos, y cuando se le pide que la suelte, para gran fastidio de Cécile, la suelta. De veras hay que po­nerle un poco de espina dorsal. Más tarde la pequeña me dijo. "Ay, señora, quisiera que vuestra merced fuera Dan­ceny"; y qué cree, por un minuto yo también lo deseé.
valmont: Me pregunto a menudo cómo hizo vuestra merced pa­ra inventarse a sí misma.
merteuil: No podía hacer otra cosa, ¿no es cierto?, soy mujer. Las mujeres están obligadas a ser mucho más hábiles que los hombres, pues ¿a quién se le ocurre malgastar el tiem­po cultivando habilidades superfluas? Los hombres pensáis que ponéis tanto ingenio en vencer como nosotras en ren­dirnos. En fin, puede discutirse, supongo, pero desde ese momento contáis con todos los triunfos de la baraja. Podéis arruinarnos cada vez que se os ocurra; lo único que noso­tras podemos lograr al denunciaros es realzar vuestro pres­tigio. Ni siquiera podemos librarnos de vosotros cuando lo queremos: estamos obligadas a descoser trabajosamente lo que vosotros cortáis de un tajo. O bien tenemos que inge­niárnoslas para encontrar una manera de que nos dejéis, de modo que os sintáis demasiado culpables para hacernos daño; o bien tenemos que encontrar un medio seguro de hacer chantaje: si no, podéis destruir nuestra reputación y nuestra vida con unas pocas palabras bien escogidas. Así que yo, naturalmente, tuve que inventar: no sólo a mí mis­ma, sino caminos para escapar que nadie había imaginado antes, ni siquiera yo misma, porque tenía que ser lo bastan­te ágil corno para saber improvisar. Y lo he logrado, porque siempre supe que había nacido para dominar a vuestro sexo y vengar al mío.
valmont: Sí, pero lo que yo preguntaba era cómo.
merteuil: Cuando yo entré en la sociedad, ya me había percata­do de que el papel al que estaba condenada, o sea estarme callada y hacer lo que me decían, me daba la ocasión per­fecta de escuchar y poner atención: no en lo que me decía la gente, que por supuesto no tenía ningún interés, sino en lo que estuvieran tratando de ocultar. Me hice la desenten­dida. Aprendí a sonreír amablemente mientras por debajo de la mesa me clavaba un tenedor en el dorso de la mano. Me volví no sólo impenetrable, sino una virtuosa del en­gaño. No hace falta decir que en esa etapa nadie me dijo na­da; y no era. el placer lo que buscaba, era el conocimiento. Pero cuando, a fin de fomentar ese conocimiento, le dije a mi confesor que estaba dispuesta a hacerlo "todo", se mostró tan abrumado que empecé a sospechar lo extremo que podría ser ese placer. No bien había hecho ese descu­brimiento cuando mi madre anunció mis bodas: pude pues contener mi curiosidad y llegué virgen a los brazos del señor de Merteuil. A fin de cuentas, Merteuil me dio pocos mo­tivos de queja: y en el momento en que empecé a encontrar­lo un poco estorboso, muy cortésmente se murió. Dediqué mi año de duelo a completar mis estudios: consulté a los moralistas más estrictos para aprender cómo presentarme; a los filósofos para saber qué tenía que pensar, y a los no­velistas para ver qué podía salir ganando. Y finalmente es­tuve preparada para perfeccionar mis técnicas.
valmont: Descríbalas.
merteuil: Coquetear únicamente con quienes se propone una re­chazar: así se adquiere la fama de ser invencible, mientras se escabulle una con el amante que ha escogido. Una elección modesta es menos peligrosa que una ostensible. Nunca escri­bir cartas. Hacer que las escriban ellos. Asegurarse siempre de que ellos piensen que son el único. Ganar o morir. (Valmont sonríe. Mira un momento a la Merteuil.)
valmont: Esos principios son infalibles, ¿no es así?
merteuil: Cuando deseo a un hombre, lo consigo; cuando quie­re contarlo, se da cuenta de que no puede. Ese es todo el intríngulis.
valmont: ¿Y fue ése nuestro intríngulis? (La Merteuil hace una pausa antes de contestar.)
merteuil: Yo le deseaba desde antes de conocernos. Mi amor propio lo exigía. Después, cuando empezó a perseguirme... lo deseaba tan terriblemente. Es la única de mis ideas que me ha dominado alguna vez. Combate singular.
valmont: Gracias... (Valmont es interrumpido por la llegada del mayordomo de la Merteuil, que conduce a Danceny, caballero de Malta, jo­ven impaciente y hermoso de unos veinte años. Danceny se adelanta apresuradamente y se inclina a besar la mano de la Merteuil. Después reconoce a Valmont. El mayordomo se re­tira.)
danceny: Vizconde.
valmont: Muchacho querido. Qué gusto volverle a ver. (Danceny se vuelve de nuevo hacia la Merteuil, habla ligera­mente sofocado.)
danceny: Siento llegar tarde, señora.
merteuil: Casi casi demasiado tarde. (Pero al ver la expresión de sincero arrepentimiento de Dan­ceny, se suaviza.) Como sabe, la señorita de Volanges...
danceny: Me da tanto gusto oír pronunciar su nombre, señora.
merteuil: Sí, sí, no faltaba más. Como estaba diciendo, la señorita de Volanges me ha hecho el honor de tenerme por confidente y consejera en este asunto que los incumbe a ambos.
danceny: Difícilmente podría haber escogido mejor.
merteuil: Sí, bueno, sea como sea, sentí con fuerza que en esta situación, que es extremadamente delicada, podría resultar también benéfico para vuestra merced poder confiar en al­guna persona comprensiva, una persona de experiencia: y el vizconde de Valmont, que como vuestra merced no ignora, es viejo amigo mío a la vez que un hombre de una dis­creción inflexible, me parece la elección ideal. Y si está de acuerdo, él está amablemente dispuesto a consagrarse a sus intereses.
(Valmont frunce momentáneamente el ceño; pero para cuan­do Danceny, que por su parte parece confundido por la ofer­ta, se vuelve hacia él, esa expresión ya se ha evaporado.)
danceny: En fin...
valmont: Acaso es mi reputación lo que le hace vacilar: si es así, creo poder asegurarle que los errores de un hombre no son necesariamente un indicio de su facultad de ser objetivo en sus juicios.
danceny: No, claro que no, ciertamente no tendría yo la impu­dicia... no, es que... la cuestión es que no se trata de una in­triga convencional con la finalidad de... es decir, mi amor y mi respeto...
valmont: ¿Quiere decir que no se trata de una coqueta frivola o de una esposa aburrida?
danceny: Exactamente. A una persona como la señorita de Volanges debe tratársela con la más extrema consideración. Mi posición en cambio tiene ciertas debilidades, que no puedo sino reconocer con amargura. Su gran fortuna, por ejemplo, comparada con mi situación bastante precaria...
valmont: Sería imperdonable, naturalmente, tratar de meterla en una trampa que la obligue a casarse con vuestra merced; eso estaría muy mal.
danceny: Vuestra merced comprende mis sentimientos.
merteuil: Claro que los comprende, ¿no se lo dije?
danceny: Verán, estoy bastante feliz tal como están las cosas, con tal de que consienta en verme, en seguir con las leccio­nes de música.
valmont: Ah, las lecciones de música. (Vuelve a aparecer el mayordomo y cruza la habitación para decir algo al oído a la Merteuil. Ella le da unas instrucciones en voz baja y el mayordomo hace una reverencia y se va.) En todo caso no tengo el menor deseo de imponerle mi asi­duidad...
danceny: No, por favor...
valmont: Pero tenga la seguridad de que me siento honrado de ponerme a su disposición.
danceny: La honra, señor, es toda mía, y todo contacto con vues­tra merced será un privilegio. Tal vez quiera...
merteuil: Siento interrumpirle, caballero, pero me temo que debe partir. Acaban de anunciarme a la señora de Volanges. Ahora comprenderá por qué estaba yo preocupada por su retraso.
danceny: Tal vez sea una buena ocasión de presentarle mis res­petos y mis esperanzas de...
merteuil: Creo de veras que en esta coyuntura no sería pruden­te que le encontraran aquí. Es decir, si desea mi asistencia efectiva en el futuro. (Durante el diálogo anterior ha entrado un lacayo.)
danceny: Sí, claro, lo que le parezca.
merteuil: Adiós, caballero. Mi criado le guiará a una salida la­teral. (Danceny besa la mano de la Merteuil despidiéndose apresu­radamente. Valmont toma del brazo a Danceny al cruzar éste la puerta.)
valmont: Tengo que ir a Versalles mañana, no sé si le intere­saría acompañarme.
danceny: Me gustaría muchísimo.
valmont: Estupendo, mandaré un coche a buscarle a las nueve. (Danceny desaparece con el lacayo. Valmont se vuelve de nuevo hacia la Merteuil.) ¿Esta es pues la escena que me tenía deparada?
merteuil: Si se sirve pasar detrás del biombo. (Señala un biombo que hay en un rincón de la habitación, con un rastro de impaciencia angustiada en la voz.)
valmont: Me parece que debería haberme consultado antes de ofrecer mis servicios como panacea universal a ese jovencito insoportable. Las quejas de los amantes no me parecen ni remotamente divertidas fuera de la ópera.
merteuil: Estaba segura de que si alguien puede ayudarle...
valmont: ¿Ayudarle? No necesita ayuda, necesita barreras: si encuentra bastantes que escalar, podría ser que cayera sin darse cuenta encima de ella.
merteuil: Veré qué puedo hacer; y ahora, vizconde, el biombo. (Valmont empieza a desplazarse hacia allá, después vacila.)
valmont: ¿Está segura que no debo enfrentarme a ella? ¿Darle algún indicio de esas groseras cartas?
merteuil: Pronto. (Valmont se apresura y pasa detrás del biombo justo a tiem­po para no ser visto por la señora de Volanges cuando entra conducida por el mayordomo. La Merteuil, que ha adoptado una expresión grave, se levanta a recibir a la señora de Volan­ges; la besa en las dos mejillas.)
volanges: La nota de vuestra merced decía que era urgente...
merteuil: Hace ya días que no puedo pensar en otra cosa, no podía decidir qué sería lo mejor. A fin de cuentas vi que era inútil rehuir el hecho de que mi deber evidente es contárse­lo a vuestra merced. Sírvase sentarse. (La señora de Volanges, ahora ya decididamente incómoda, se sienta, mientras la Merteuil va y viene con aire angustia­do.) Como vuestra merced no ignora, en esta última semana Cécile ha tenido la bondad de aceptar mi amistad, y, según creo, confiarme la suya.
volanges: Sí, es cierto, es muy devota de vuestra merced.
merteuil: Eso es lo que me hace doblemente difícil cumplir con mi deber.
volanges: ¿Tiene esto algo que ver con Cécile?
merteuil: Tal vez esté yo equivocada; ruego al cielo que lo esté. (La Merteuil vuelve a hacer una pausa; a estas alturas la señora de Volanges está absolutamente alarmada.)
volanges: Siga. (La Merteuil da un gran suspiro.)
merteuil: Tengo razones para creer que un, cómo lo diré, una relación peligrosa se ha presentado entre su hija y el caba­llero Danceny. (Silencio. La señora de Volanges queda turulata, y lo mismo Valmont, si fuera visible detrás del biombo. Pero la señora de Volanges no tarda más que unos segundos en volver a encon­trar la compostura.)
volanges: No, no, eso es completamente absurdo. Cécile es todavía una niña, no entiende nada de esas cosas; y Danceny es un joven completamente respetable.
merteuil: Si tuviera razón, nadie se sentiría más feliz que yo.
volanges: Por supuesto, nunca han estado juntos sin vigilancia, generalmente mía y muchas veces de vuestra merced.
merteuil: Precisamente fue entonces cuando tuve la primera impresión de que pasaba algo entre ellos: la manera de mi­rarse.
volanges: Estoy segura de que no es más que su sentimiento de la música.
merteuil: Tal vez. Pero había otra cosa. Dígame, ¿tiene Cécile muchos corresponsales?
volanges: Escribe cartas normalmente, me imagino. Parientes, amigas del convento... ¿Por qué?
merteuil: Entré en su habitación a principios de esta semana, llamé simplemente y entré sin esperar respuesta, y estaba escabullendo una carta en el cajón de la izquierda de su es­critorio, en el cual, no pude evitar notarlo, parecía haber gran número de cartas similares. (Silencio. Después la señora de Volanges se pone de pie.)
volanges: Le estoy agradecida. Tengo que irme.
merteuil: Espero que no piense que me estoy entrometiendo.
volanges: Nada de eso.
merteuil: Y espero sobre todo, si vuestra merced, Dios no lo quiera, descubre algo comprometedor, que no le dirá a Cécile que fue mi culpa. Me disgustaría mucho burlar su confianza, y si ha de haber un periodo de dificultades, me agradaría pensar que mis consejos pueden serle de alguna utilidad.
volanges: Naturalmente. (La Merteuil llama al timbre. La señora de Volanges se que­da parada, todavía en un estado de ligera conmoción.)
merteuil: ¿Le parecería impertinente que hiciera yo otra suge­rencia?
volanges: No, no.
merteuil: Si mis recuerdos no me engañan, la oí sin querer de­cirle al vizconde de Valmont que su tía la había invitado a su castillo.
volanges: Así es, en efecto, repetidamente.
merteuil: Una temporada en el campo podría ser ideal mien­tras se despeja todo esto.
volanges: Si hay alguna verdad en lo que me dice, es muy posi­ble que la mande de vuelta al convento.
merteuil: ¿No sería mejor amenazarla con ese castigo si reanu­da las relaciones?
volanges: Tal vez. No puedo creer que esté en lo cierto.
merteuil: Esperemos que no. (Llega el mayordomo y la Merteuil le hace señas. La señora de Volanges, mientras tanto, está perdida en sus pensamien­tos. Levanta la vista frunciendo el ceño.)
volanges: ¿No está allá el vizconde en este momento?
merteuil: Tengo entendido que ha regresado a París. (Abraza calurosamente a la señora de Volanges.) Espero que todo ello sea imaginación mía y que mañana me reiré de mi estupidez. Si es así, confío en que sabrá perdo­narme.
volanges: Querida, siempre le estaré más que agradecida por su interés. (Se separan. La señora de Volanges sale despacio de la habi­tación, encogida bajo la preocupación, siguiendo almayordo-mo. Debido a eso, Valmont emerge de detrás del biombo an­tes de que ella haya desaparecido, alarmando a la Merteuil. Pero la señora de Volanges no vuelve la mirada y Valmont no puede resistir las ganas de hacerle muecas mientras camina de espaldas, provocando que la Merteuil le sisee para que guarde silencio.)
merteuil: Basta.
valmont: ¿Así que tiene entendido que he regresado a París?
merteuil: Vuestra merced pidió barreras.
valmont: Vuestra merced es una auténtica malvada.
merteuil: Y quería una ocasión de hacer sufrir a mi prima.
valmont: No puedo resistirla.
merteuil: Le he puesto las cosas fáciles.
valmont: Pero todo esto es muy incómodo: la condesa de Beaulieu me ha invitado a quedarme con ella.
merteuil: Bueno, pues tendrá que darle plantón.
valmont: La condesa me ha prometido amplio uso de sus jardi­nes. Parece que su marido no tiene ya tan buena mano co­mo solía.
merteuil: Puede que no. Pero por lo que he oído, todos sus ami­gos son jardineros.
valmont: ¿Es cierto esto?
merteuil: Vuestra merced quiere su venganza. Yo quiero mi venganza. Me temo que no hay verdaderamente más que un lugar adonde pueda ir.
valmont: De regreso con la tiíta, ¿no?
merteuil: De regreso con la tiíta. Donde puede también prose­guir aquel otro asunto. Tenía que procurarse ciertas prue­bas, ¿no es así?
valmont: ¿No le parece que sería un gesto generoso mostrar cierta confianza en mis talentos, quiero decir dar por pre­sentadas esas pruebas y...?
merteuil: Las necesito por escrito, vizconde. (Valmont dirige a la Merteuil su sonrisa más encantadora, pero no la conmueve.) Y ahora debe dejarme.
valmont: ¿Ah sí? ¿Por qué?
merteuil: Porque tengo hambre.
valmont: Sí, también yo tengo bastante apetito.
merteuil: Entonces váyase a casa y coma. (Silencio. Después Valmont cruza hacia la Merteuil y le besa la mano dilatadamente.) Por escrito. (Valmont sonríe, se vuelve y sale a grandes pasos.)
ESCENA 5
Una semana más tarde. Después de comer. El salón del castillo de la señora Rosemonde. La señora de Tourvel está echada en la chaise-longue, pálida; Cécile está sentada en la ventana, trabajando en su bordado; la señora de Rosemonde y la señora de Volanges están sentadas a la mesa de juego: y sólo Valmont está de pie, moviéndose de un lado para otro en la habitación, con los ojos vagando de la señora de Tourvel a Cécile y de ésta a aquélla.

rosemonde: Te gustará saber, querido, que Armand está otra vez en pie y trabajando de nuevo.
valmont: ¿Quién?
rosemonde: El señor Armand, ya sabes, el de la familia a la que ayudaste tan generosamente.
valmont: Ah, sí. (Valmont se toma un descanso y se sienta, con la mirada fija ahora en la señora de Tourvel. Cuando ella le mira, él vuelve los ojos durante unos segundos hacia Cécile, y se siente satis­fecho de observar, cuando mira de nuevo a la señora de Tour­vel, que ella le está mirando todavía, aunque mira hacia otro lado, un poco confusa, en el instante en que él la descubre.)
rosemonde: Hemos echado un ojo al asunto mientras no esta­bas: debo decir que no para de cantar tus loas. (Se vuelve hacia la señora de Volanges.) Cuando mi sobrino estuvo alojado aquí la otra vez, descu­brimos que había bajado a la aldea y... (Valmont se levanta de repente mirando fijamente a la señora de Tourvel.)
valmont: Señora, ¿se siente bien? (Confusión momentánea.) Siento interrumpirla, tía, me pareció de repente que la señora de Tourvel no estaba nada bien.
tourvel: Estoy... no, estoy muy bien. (La señora de Rosemondey la señora de Volanges se levan­tan y se apresuran hacia la señora de Tourvel, que ahora pa­rece efectivamente enferma, a pesar de sus débiles protestas. Mientras se agachan sobre ella, Valmont se vuelve hacia Céci­le, que sigue sentada, en la ventana,con la aguja posada, y hábilmente arroja una carta en su regazo. Ella queda tan asombrada, que se queda inmóvil un momento con la boca abierta; hasta que capta el sentido de los gestos de impacien­cia de Valmont, echa a un lado su bordado y embute la carta en su bolsillo. Finalmente, de nuevo ante un gesto de Valmont, se dirige hacia la chaise-longue, dando muestras de cortés preocupación, de pie cerca de Valmont, a respetuosa distan­cia del centro de atención que es la señora Tourvel.)
rosemonde: Parece de veras terriblemente pálida.
tourvel: Estoy bien.
volanges: Tal vez necesita aire. ¿Se siente oprimida de alguna manera?
tourvel: No, en serio...
valmont: Estoy seguro de que la señora de Volanges tiene razón, como de costumbre. Una vuelta por el parque quizá...
rosemonde: Sí, sí, un paseíto por el jardín, no hace demasiado frío, creo yo.
tourvel: Bueno, a lo mejor...
volanges: Vamos, querida, nosotras la acompañaremos.
tourvel: Me sentiré mejor estando sola.
valmont: Que las señoras me perdonen, pero creo que hacen bien en insistir en acompañar a la señora. (La señora de Tourvel no sabe qué pensar ante esto: frunce ligeramente el ceño desconcertada y deja que le echen un chal sobre los hombros, mientras las señoras de Rosemondeyde Volanges la empujan hacia las puerta-ventanas.)
rosemonde: El aire fresco le caerá de perlas.
volanges: La comida era un poco pesada, quizás...
rosemonde: No creo que esa sea la causa, Solange es una exce­lente cocinera... (Durante este diálogo, Cécüe ha cogido su chal y se prepara a se­guir a las demás. Pero cuando se lo va a echar sobre los hombros, se sorprende de sentir que Valmont se lo quita de un tiróny lo echa sobre una silla mientras le susurra entre dientes.)
valmont: Vuelva a buscarlo. (Cécile le mira un momento frunciendo el ceño, después sigue a las señoras que siguen parloteando y que sostienen ahora a la señora de Tourvel de un lado y otro llevándola hacia el jardín. Pausa. Valmont da vueltas por la habitación, aparen­temente complacido. Ahora reaparece Cécile y se queda va­cilante en el umbral de las puerta-ventanas. Valmont toma el chal y camina decididamente hacia ella.) No quiero despertar sospechas, señorita, así que tengo que ser breve y pedirle que ponga mucha atención en lo que voy a decirle. Como sin duda adivinó ya, la carta que le di es de nuestro amigo el caballero Danceny.
cécile: Sí, eso pensé, señor.
valmont: Y como supongo que tampoco ignora, la transmisión de cartas es cosa nada fácil de llevar a cabo. No me será po­sible crear una distracción cada día.
cécile: Y mamá se ha llevado mi papel y mis plumas.
valmont: Así es, ahora escuche cuidadosamente: hay dos gran­des cómodas en la antecámara contigua a su habitación. En la cómoda de la izquierda encontrará un surtido de papel, plumas y tinta.
cécile: ¡Ay, gracias, señor!
valmont: Sugiero que me devuelva las cartas del caballero Dan­ceny, una vez leídas, para mayor seguridad.
cécile: ¿Es necesario?
valmont: Será lo más prudente. (En este punto saca una llave del bolsillo de su chaleco.) Bien, esta llave se parece a la de su dormitorio, que he sa­bido casualmente que se encuentra en la habitación de su madre, sobre el repecho de la chimenea, atada con una cin­ta azul. Tómela, átele la cinta azul y póngala en el lugar de la llave de su dormitorio, que después me traerá. Puedo mandar hacer una copia en un plazo de dos horas, le devol­veré el original y puede volverla a colocar en la habitación de su madre. Entonces podré recoger sus cartas y entregar­le las de Danceny sin complicaciones. (Valmont entrega la llave a Cécile, que la toma con vaci­lación.)
 Ah, y en el anaquel que hay debajo del papel de escribir, en­contrará un frasquito de aceite, para que engrase la cerra­dura y los goznes de la puerta de su dormitorio.
cécile: ¿Está seguro, señor...? No estoy segura de que esté bien que...
valmont: ¿De qué otra manera podemos arreglar este asunto? Su madre jamás la pierde de vista. De veras tiene que con­fiar en mí, querida.
cécile: Bueno, ya sé que el señor Danceny tiene plena confianza en vuestra merced...
valmont: Créame, señorita, si hay algo que no puedo alimentar es el engaño. Sólo mi calurosa amistad a Danceny podría hacerme considerar siquiera semejantes métodos. (Cécile sonríe insegura y se guarda la llave. Se queda allí, evi­dentemente presa de la indecisión.) Y ahora sugiero que se reúna con su mamá y las otras an­tes de que manden un pelotón a buscarla.
cécile: Sí, señor. Gracias, señor. (Cécile se vuelve y regresa apresuradamente al jardín con su chal. Valmont la mira alejarse pensativo.)
valmont: El gusto es mío. (Se dirige hacia un sillón y se hunde en él, toma un libro que está en el brazo del sillón, busca la página y se pone a leer. Cambian las luces. Ahora es temprano en la noche. Valmont, que sigue leyendo, levanta la mirada al entrar en la habita­ción la señora de Tourvel. Se queda tiesa apenas ve a Val­mont, que deja su libro y se levanta.) Espero que se sienta un poco mejor, señora.
tourvel: Si me hubiera sentido mal, señor, no sería difícil adi­vinar quién sería el responsable.
valmont: No se referirá a mí, ¿verdad?
tourvel: Me prometió que se iría.
valmont: Y me fui.
tourvel: Entonces ¿cómo puede ser tan insensible como para regresar sin ser invitado y sin avisar?
valmont: Me veo obligado a hacer frente a ciertos asuntos ur­gentes en la región; en los que además tiene mucho que ver mi tía.
tourvel: Espero tan solo que puedan resolverse prontamente. (La señora de Tourvel se dirige precavidamente hacia el cen­tro de la habitación. Mientras prosigue la conversación, Val­mont se las arregla para maniobrar imperceptiblemente has­ta colocarse entre ella y la puerta.)
valmont: ¿Por qué está tan enojada conmigo?
tourvel: No estoy enojada. Sin embargo, puesto que se com­prometió tan solemnemente a no ofenderme al escribirme, y luego, ya desde la primera carta, no hablaba más que del desorden del amor, tengo motivos para estarlo.
valmont: Estuve fuera casi tres semanas y sólo le escribí tres ve­ces. Puesto que era incapaz de pensar en nada que no fue­ra vuestra merced, alguno podría decir que di pruebas de una heroica retención.
tourvel: No en la medida en que persistió en escribir sobre su amor, a pesar de mis ruegos de que no lo hiciera.
valmont: Es cierto: no pude encontrar las fuerzas para obede­cerla.
tourvel: Vuestra merced pretende creer que hay alguna cone­xión entre eso que llama amor y la felicidad: no puedo creer que la haya.
valmont: En estas circunstancias, estoy de acuerdo. Cuando el amor no es correspondido...
tourvel: Como debe ser. Bien sabe que me es imposible res­ponder a sus sentimientos; y aun cuando lo hiciera, eso no podría traerme sino sufrimiento, sin hacerme por ello más feliz.
valmont: ¿Pero de qué otra cosa podría haberle escrito sino de mi amor? ¿Qué otra cosa existe? Creo haber hecho todo lo que me ha pedido.
tourvel: No ha hecho nada de eso.
valmont: Me fui cuando lo mandó.
tourvel: Y regresó. (Silencio, mientras Valmont busca una salida, momentánea­mente perdido.) Le he ofrecido mi amistad, señor. Es lo único que puedo darle: ¿por qué no puede aceptarla?
valmont: Podría fingir aceptarla: pero sería deshonesto.
tourvel: No ha contestado a mi pregunta.
valmont: El hombre que era yo antes se habría contentado con la amistad; y se hubiera dispuesto a desviarla para ventaja propia. Pero ahora he cambiado: y no puedo ocultarle que la amo tiernamente, apasionadamente, y sobre todo respe­tuosamente. ¿Cómo puedo pues rebajarme a la insípida po­sición de amigo? (La estrategia de Valmont ha dado fruto, porque en este momento la señora de Tourvel decide salir de id habitación y encuentra su camino impedido.) Y en todo caso, ni siquiera finge ya ofrecerme su amistad.
tourvel: ¿Qué significa eso?
valmont: Bueno, ¿es amistoso todo esto?
tourvel: No puede esperar que me quede aquí a escuchar la ex­presión de unos sentimientos que sabe perfectamente que para mí sólo pueden ser un insulto.
valmont: Creo que me juzga mal: sé que no puede ofrecerme más que su amistad, de lo cual, dicho sea de paso, le quedo profundamente agradecido. Del mismo modo, yo no pue­do sentir por vuestra merced sino amor. Los dos sabemos que tal es la verdadera situación: ¿no podríamos sencilla­mente reconocerlo? No veo por qué el reconocimiento de la verdad tendría que valerme la pérdida de su amistad. La franqueza y la honradez difícilmente merecen castigarse, ¿no lo cree así?
tourvel: Vuestra merced, señor, es aficionado a pergeñar pre­guntas que excluyen una respuesta negativa. Su honradez o lo que sea no está en tela de juicio. La cuestión es sin duda que fui lo bastante débil para dejarme persuadir de conce­derle un favor que nunca debió obtener, y además lo hice bajo ciertas condiciones, de las que ha respetado una sola. Naturalmente, siento que ha abusado de mi buena fe.
valmont: ¿Qué puedo decir para tranquilizarla? ¿Cómo puede tenerme miedo, siendo así que, puesto que yo la amo, su fe­licidad es mucho más importante para mí que la mía pro­pia? Vuestra merced ha hecho de mí una persona mejor; no debe deshacer ahora su obra.
tourvel: No tengo ningún deseo de deshacerla; pero debo pre­guntarle si va a salir de esta habitación o me va a dejar sa­lir a mí.
valmont: Pero, ¿por qué?
tourvel: Porque esta conversación me parece lamentable. Pa­rece que no logro hacerle entender lo que quiero decir, y no tengo ningunas ganas de escuchar lo que acaba siempre por decir.
valmont: Muy bien, la dejo dueña del campo.
tourvel: Gracias.
valmont: Escuche: apresuraré mis negocios, como me lo ha pe­dido. Pero ya que vamos a vivir bajo el mismo techo, al me­nos durante unos días; ¿no podríamos hacer un esfuerzo para tolerarnos cuando la suerte nos ponga frente a frente? Sin duda no tenemos por qué evitarnos el uno al otro. (Silencio. Valmont espera.)
tourvel: Claro que no. Con tal que respete las pocas reglas sen­cillas que le he dado.
valmont: La obedeceré en eso como en todo. Me gustaría que me conociera lo bastante como para notar cuánto me ha hecho cambiar. Mis amigos de París lo notaron en seguida. Me he convertido en la imagen de la consideración, carita­tivo, responsable, más célibe que un monje...
tourvel: ¿Más célibe?
valmont: Bueno, ya sabe las habladurías que se oyen en París. (Pausa.) Todo se debe a su influencia, tengo que darle las gracias por ello. (Hace una profunda reverencia, se vuelve y empieza a alejar­se hacia la puerta.)
tourvel: ¿Señor...?
valmont: ¿Qué? (La señora de Tourvel mira un momento a Valmont, turba­da; después sacude la cabeza.)
tourvel: Nada. (Valmont le da la espalda, se permite una sonrisa privada y sale. La señora de Tourvel se queda parada un buen rato, inmóvil, trabada en alguna lucha personal.)


ESCENA 6
Quince días después. En mitad de la noche. El dormitorio de Céci-le en el castillo. Oscuridad. Cécile está profundamente dormida. Después de un momento se oye el ruido de una llave en la cerradu­ra. Opera suavemente y Valmon( se desliza silenciosamente en la habitación. Va vestido con una batay lleva una linterna sorda. Cru­za hacia la cama y se queda parado un instante, contemplando a Cécile que sigue durmiendo. Posa cuidadosamente la lintemay, des­pués de reflexionar, se inclina hacia adelante y muy suavemente des­tapa las sábanas. Perturbada, Cécile se remueve, pero sigue sin des­pertar. Valmont le pone una mano en la boca. Ella abre unos grandes ojos y le mira fijamente. Valmont le sonríe desde arriba y habla en un susurrro.

valmont: No hay nada que temer. (Valmont quita la mano; Cécile sigue mirándolo con la boca abierta.)
cécile: ¿Trae... trae vuestra merced una carta?
valmont: No. La verdad no.
cécile: ¿Entonces qué...? (En lugar de contestar, Valmont se inclina y la besa. Hay una breve e intensa lucha durante la cual Cécile se defiende con éxito del beso, pero queda enteramente sorprendida cuando Valmont hunde la mano dentro de su camisón. Sus ojos se abren de asombro, pero su grito resulta instantáneamente so­focado cuando la otra mano de Valmont le amordaza la bo­ca. Cécile se contorsiona con decisión un momento, logra li­berar su cabeza y se abalanza a través de la cama para alcanzar el cordón de la campanilla. Valmont se lanza a su vez sobre la cama y le agarra la muñeca justo a tiempo. For­cejean intensamente en silencio un momento, hasta que él lo­gra someterla.)
valmont: No debe hacer eso. ¿Qué le dirá a su madre cuando llegue? ¿Cómo explicará que tenga yo su llave? Si le digo que estoy aquí por invitación suya, tengo la impresión de que me creerá. (La mano de Valmont ha vuelto a su anterior posición, y ya­cen uno al lado del otro en la cama.)
cécile: ¿Qué quiere vuestra merced?
valmont: Pues no sé. ¿Qué piensa vuestra merced?
cécile: No, por favor, eso no. Por favor.
valmont: Está bien. Sólo quiero un beso.
cécile: ¿Un beso?
valmont: Eso es todo.
cécile: ¿Y después se irá?
valmont: Y después me iré.
cécile: ¿Prometido?
valmont: Lo que diga vuestra merced. (Cécile se deja caer sobre la almohada, con un ligero gruñido, y habla casi sin voz.)
cécile: Está bien. (Sin quitar su mano, Valmont se inclina sobre Cécile y le da un largo beso. Después de un rato se aparta, pero no hace ningún movimiento por alejarse más.) ¿Está bien?
valmont: Bastante bien.
cécile: No, quiero decir: ¿se irá ahora?
valmont: Pues creo que no.
cécile: Pero lo prometió.
valmont: Prometí irme cuando me diera un beso. No me lo ha dado. Yo le di un beso. No es lo mismo, ni mucho menos. (Silencio. Cécile mira a Valmont con aire miserable. Él le de­vuelve la mirada, esperando con calma.)
cécile: ¿Y si le doy un beso...?
valmont: Es lo que dije.
cécile: ¿Promete de veras...?
valmont: No más pongámonos cómodos, ¿no le parece?
cécile: ¿Lo promete? (Valmont coloca la colcha sobre ambos, después se echa ha­cia atrás para mirarla de arriba abajo. Vuelve a colocar su mano y Cécile reacciona con un sobresalto.) Por favor no haga eso.
valmont: La quitaré. Después del beso.
cécile: ¿Prometido?
valmont: Sí, sí.
cécile: ¿Lo jura?
valmont: Lo juro. Ahora abráceme. (Cécile le da un largo beso sorprendentemente intenso, con los ojos violentamente cerrados. De repende se aparta todo lo que puede, con los ojos ahora bien abiertos por el asombro. La mano de Valmont se desliza lentamente hacia arriba ba­jo la colcha. Cécile sigue pareciendo abrumada.) ¿Ve? Dije que quitaría la mano.


ESCENA 7
Al día siguiente, primero de octubre. El sol bajo de la tarde se des­liza por las ventanas del salón en el castillo de la señora de Rosemonde. Al principio la habitación está vacía; después aparece Cécile, dando el brazo a la señora de Merteuil que casi parece sostenerla. Cécile parece exhausta y derrotada; Merteuil, solícita.

merteuil: Querida, de veras no puedo ayudarte si no me dices qué es lo que te preocupa.
cécile: No puedo, simplemente no puedo.
merteuil: Creí que estábamos de acuerdo en no tener secretos la una para la otra.
cécile: Soy tan desdichada. (Cécile rompe a llorar. La Merteuil la abraza y le da palmaditas mecánicamente, con expresión aburrida e impaciente siempre que Cécile no la ve.) Todo ha salido mal desde el día que mamá encontró las car­tas de Danceny.
merteuil: Sí, fue una gran tontería tuya. ¿Cómo dejaste que su­cediera?
cécile: Alguien debió decírselo, se fue derecha a mi escritorio y abrió el cajón donde las tenía guardadas.
merteuil: ¿Quién pudo hacer semejante cosa?
cécile: Debe haber sido mi camarera...
merteuil: ¿O tal vez tu confesor?
cécile: Ay, no, seguro que no.
merteuil: No puede una fiarse siempre de esas gentes, querida.
cécile: Eso es terrible.
merteuil: Pero hoy, ¿qué pasa hoy?
cécile: Vuestra merced se enojará conmigo.
merteuil: ¿Estás segura de que no quieres que esté enojada con­tigo? (Cécile levanta los ojos hacia la Merteuil, sorprendida por la agudeza de esa idea.) Vamos.
cécile: No sé cómo decirlo.
merteuil: A lo mejor ya estoy empezando a estar enojada. (La Merteuil ha hablado calmadamente; ahora hay un largo silencio. Finalmente, Cécile da un profundo suspiro.)
cécile: Anoche...
merteuil: Sí.
cécile: Para poder intercambiar las cartas de Danceny y mías sin despertar sospechas, le di al señor de Valmont la llave de mi dormitorio...
merteuil: Sí.
cécile: Y anoche la usó. Pensé que venía nada más a traerme una car­ta. Pero no. Y para cuando me di cuenta de a qué había venido, era, en fin, era demasiado tarde para detenerlo... (Cécile rompe a llorar de nuevo; pero esta vez la Merteuil no la toma en sus brazos. En lugar de eso, la observa fríamente un momento antes de hablar.)
merteuil: ¿Quieres decir que estás enojada porque el señor de Valmont te ha enseñado algo que sin duda alguna te morías por conocer?
cécile: ¿Qué?
merteuil: ¿Y debo entender que eso que generalmente le abre los ojos a una chica, a ti te los ha cerrado?
cécile: Creí que se horrorizaría.
merteuil: Dime: resististe, ¿verdad?
cécile: Claro que sí, todo lo que pude.
merteuil: ¿Pero te forzó?
cécile: No fue exactamente así, pero resultó casi imposible de­fenderme.
merteuil: ¿Y eso por qué? ¿Te amarró?
cécile: No, no, pero tiene una manera de poner las cosas, sim­plemente no puede una pensar en una respuesta.
merteuil: ¿Ni siquiera en decir no?
cécile: No paré de decir que no todo el tiempo; pero de alguna manera, no era eso lo que hacía yo. Y al final...
merteuil: ¿Sí?
cécile: Le dije que podía volver esta noche. (Silencio. Cécile parece de nuevo al borde de las lágrimas.) Tengo tanta vengüenza.
merteuil: Ya verás que la vergüenza es como el dolor; sólo se siente la primera vez.
cécile: Y esta mañana era terrible. Apenas vi a mamá no pude contenerme, me solté a llorar.
merteuil: Me sorprende que dejaras pasar la oportunidad de llevar todo el asunto a un desenlace final confesándolo to­do. No tendrías que preocuparte de esta noche si lo hubie­ras hecho; estarías haciendo tus maletas para partir hacia el convento.
cécile: ¿Qué voy a hacer?
merteuil: ¿De veras quieres mi consejo?
cécile: Por favor. (La Merteuil medita un momento.)
merteuil: Permite al señor de Valmont que prosiga tu instruc­ción. Convence a tu madre de que has olvidado a Danceny. Y no pongas objeciones al matrimonio. (Cécile, completamente sorprendida, se queda mirando a la Merteuil con la boca abierta.)
cécile: ¿Con el señor de Gercourt?
merteuil: Tratándose de matrimonio, lo mismo da un hombre que otro; hasta el menos acomodaticio es menos problema que una madre.
cécile: ¿Pero y Danceny?
merteuil: Parece bastante paciente, y una vez casada te será po­sible verle sin dificultades innecesarias.
cécile: Creí que vuestra merced me había dicho alguna vez, es­toy segura de que me lo dijo, una noche en la ópera, que una vez casada tendría que ser fiel a mi marido.
merteuil: Debes haber estado distraída, debes haber estado es­cuchando la ópera.
cécile: ¿Lo que dice entonces es que tenga yo líos con tres hom­bres diferentes?
merteuil: Lo que digo, muchachito estúpida, es que con tal de que tomes algunas precauciones elementales, puedes te­nerlos o no con cuantos hombres se te antoje, de cuantas maneras lo desees. Nuestro sexo tiene ya bastante pocas ventajas, bien puedes sacar el mejor partido de las que te quedan. Ahí viene ya tu mamá, así que recuerda lo que te he dicho y, sobre todo, no más gimoteos.
cécile: Sí señora. (Y ya la señora de Volanges está más o menos junto a ellas. Saluda escuetamente a la señora de Merteuil, pero su aten­ción ansiosa se dirige casi enteramente a Cécile, cuya expre­sión es ahora profundamente pensativa.)
volanges: ¿Cómo te sientes ahora, querida?
cécile: Pues mucho mejor, gracias, mamá.
volanges: Pareces tan cansada. Creo que deberías ir a acos­tarte.
cécile: No, de veras, tengo...
merteuil: Pienso que deberías hacer lo que sugiere tu madre. Podemos mandar que te lleven algo a tu habitación. Estoy segura de que te hará bien.
cécile: Bueno, tal vez tiene razón, señora. (Cécile hace la reverencia a la Merteuil y besa a su madre en ambas mejillas.)
volanges: Subiré a verte más tarde. (Cécile sale con aire recatado mientras las otras la observan. Una vez que ha salido, la señora de Volanges se vuelve hacia la Merteuil.) Vuestra merced tiene tan excelente influencia sobre ella.
merteuil: Quiero creer que así es. ¿Pero qué piensa que le está pasando?
volanges: ¿No se lo dijo ella?
merteuil: No, hablamos únicamente de cuánto le está gustan­do el campo.
volanges: Eso me confirma aún más la causa de su desdicha. Se desvive por ese joven. Temo que empiece a dañar su salud.
merteuil: ¿Le parece a vuestra merced?
volanges: Esta mañana le pregunté simplemente qué tal había dormido y se me echó a los brazos llorando y llorando. (Da un profundo suspiro. Luego se vuelve hacia la Merteuil con aire decidido.) Querida, le agradecería que tuviera a bien discutir esto se­riamente conmigo. He estado cavilando sobre ello todo el día, y ahora siento de veras que necesito su consejo.
merteuil: Querida amiga, por favor, me sentiré orgullosa de pensar que puedo serle de alguna ayuda.
volanges: Bien. He estado recapacitando. Creo que en realidad debo romper el compromiso de Cécile con el señor conde de Gercourt. (La Merteuil da un respingo.) Sin duda es mejor partido que Danceny, pero la familia, después de todo, no es decididamente superior. Danceny no es rico, claro, pero me atrevo a decir que Cécile es bas­tante rica por los dos. Y lo más importante es que se aman. ¿No le parece? (Silencio. La Merteuil está pensando velozmente, pero la cal­ma de su voz no delata nada de eso.) ¿Le parece que me equivoco?
merteuil: Confío absolutamente en que su decisión final será la justa. Si fuera yo capaz de tener una visión más objetiva de la situación, sería únicamente porque, en este caso, no me veo afectada por la muy loable emoción del amor materno.
volanges: Prosiga por favor, tengo confianza en su juicio.
merteuil: Bueno. A mí me parece que es cuestión de distinguir lo que es correcto y lo que es placentero. Decir que ese jo­ven tiene derecho a su hija únicamente debido a su pasión por ella es un poco como decir que un ladrón tiene derecho a su dinero. No estoy nada segura de hasta qué punto el amor es una emoción apropiada, en especial dentro del ma­trimonio. Creo que la amistad, la confianza y el mutuo res­peto son infinitamente más importantes.
volanges: ¿Y no aprueba a Danceny?
merteuil: No puede negarse que, como pretendientes, no cabe comparación entre ellos. Ya sé que el dinero no es todo; ¿pero sesenta mil al año será realmente suficiente para sos­tener la clase de vida que Cécile estará obligada a llevar, in­cluso como señora de Danceny? Por supuesto, no se me ocurriría sugerir de ninguna manera que Danceny se haya permitido dejarse influir por consideraciones financieras...
volanges: ¿Pero...?
merteuil: Precisamente. (Silencio. La señora de Volanges reflexiona.) Pero, como digo, esto no es más que una opinión. La deci­sión naturalmente es suya.
volanges: Sí.
merteuil: Quizá no debería fiarse de la fuerza de un solo arre­bato, que podría tener toda clase de explicaciones, digamos médicas, por ejemplo. (Valmont entra silenciosamente.)
volanges: Tal vez tenga razón.
merteuil: En cualquier caso, espero que podremos discutirlo con más calma cuando estemos todos en París. (La Merteuil acompaña esta observación con un gesto que alerta a la señora de Volanges sobre el hecho de que Valmont ha entrado en la habitación. Valmont se inclina cuando las damas se vuelven hacia él)
valmont: Señoras.
volanges: Con su licencia, señor, tengo que ir a arreglar que lle­ven de cenar a mi hija.
valmont: Ah, ¿está indispuesta?
volanges: Por el momento.
valmont: Los jóvenes tienen poderes de recuperación tan mila­grosos. Estoy seguro de que muy pronto estará otra vez en plena batalla. Dígale que así lo espero, por lo menos.
volanges: Gracias, señor. (La señora de Volanges sale apresuradamente. Valmont la mira irse, y después se vuelve para hacerle una mueca a la Merteuil.)
valmont: Ya lo ve, no puede soportar estar en la misma habita­ción que yo.
merteuil: Pero me parece que vuestra merced ha conseguido su venganza.
valmont: ¿Así que ya lo sabe?
merteuil: La pequeña no resistía más las ganas de contármelo.
valmont: ¿Un informe favorable, espero?
merteuil: Todo lo contrario, vizconde, si no le hubiera hablado duramente, creo que en su próxima visita hubiera encon­trado su puerta cerrada con llave y cerrojo.
valmont: Me sorprende, tuve la malicia de no usar más fuerza que la que pudiera resistirse fácilmente.
merteuil: Con todo, la pequeña parece creer por algún motivo que fue más bien un golpe bajo.
valmont: Estuve posponiéndolo, a decir verdad. Pero cuando oí que vuestra merced llegaba hoy, quise por lo menos po­der ofrecerle alguna distracción.
merteuil: Fue una suerte que yo decidiera cerciorarme, porque, tal como están las cosas, su iniciativa estuvo a punto de echar a perder todo nuestro plan.
valmont: ¿Qué quiere decir?
merteuil: La señora de Volanges estaba tan preocupada con la apariencia de Cécile esta mañana, que decidió permitirle que se case con Danceny después de todo.
valmont: No.
merteuil: Creo que he podido persuadirla de no hacerlo; pero sigue en pie el hecho de que vuestra merced casi estropeó nuestra venganza a Gercourt.
valmont: Difícilmente podría esperarse que previera yo ese súbito acceso de compasión. Después de todo, que yo sepa, mamá Volanges nunca antes dio signos de tal cosa.
merteuil: Estoy empezando a tener dudas sobre vuestra mer­ced, vizconde. ¿Merece de veras su reputación? Verá, el verdadero motivo de que haya consentido yo en pasar una noche en esta lúgubre residencia es que esperaba que se me enseñara cierto trozo de papel manchado de lágrimas.
valmont: Ah.
merteuil: Pero no puedo sino concluir de lo que estaba dicien­do vuestra merced que no existe tal documento.
valmont: No.
merteuil: Probablemente más vale así, sin duda estará exhaus­to después de los ejercicios de anoche.
valmont: Creí que me conocía mejor que eso.
merteuil: En fin, me lo pregunto. ¿Puede explicar esta extraor­dinaria demora?
valmont: Lúgubre o no, no he sentido un momento de aburri­miento en todas las semanas que he pasado aquí. Admito que pueda tener excelentes razones para su impaciencia, pero no debe intentar privarme de mis sencillos placeres. Ya le expliqué cuánto me gusta presenciar la batalla entre el amor y la virtud.
merteuil: Lo que me preocupa es que parece gustarle más pre­senciarla que ganarla.
valmont: Cada cosa a su tiempo.
merteuil: El siglo se acerca a su conclusión, vizconde.
valmont: Es cierto que lleva ya dos meses resistiéndome; lo cual se acerca mucho a una marca insuperada. Pero no quiero realmente apresurar las cosas. Salimos a pasear casi diaria­mente: un poco más lejos cada vez por el sendero sin retor­no. Ha aceptado mi amor; yo he aceptado su amistad; los dos nos damos cuenta de lo poco que puede elegirse entre ellos. Sus ojos empiezan a cerrarse. Cada paso que intenta dar para alejarse de la inevitable conclusión la lleva un po­co más cerca de ella. Esperanzas y temores, pasión y sus­penso: incluso si estuviéramos en el teatro, ¿qué más podría pedirse?
merteuil: ¿Un público?
valmont: Pero vuestra merced: vuestra merced es mi público. Y cuando Gercourt esté casado y la señora de Tourvel caiga por fin, se lo diremos a todo el mundo, ¿no es cierto? Y la historia se divulgará mucho más aprisa que la trama de la última come­dia; y sé con seguridad que será mucho mejor recibida.
merteuil: Espero que no se equivoque, vizconde, me gustaría poder compartir su confianza.
valmont: Lo único que lamento es que nuestro convenio no se relacione con la tarea que vuestra merced me impuso más bien que con la que me impuse yo.
merteuil: Lo agradezco, naturalmente; pero eso habría sido ca­si insultantemente sencillo. No se aplaude al tenor por acla­rarse la garganta.
valmont: Tiene razón, cómo puede comparárselas... (Se interrumpe. Entra la señora de Rosemonde, seguida de la señora de Tourvel. La señora de Rosemonde se precipita ha­cia la Merteuil para abrazarla; la Merteuil responde de ma­nera convincente, pero es claro que ha registrado inmediata­mente la mirada intercambiada entre Valmont y la señora de Tourvel, una mirada que indica que ha habido efectivamen­te algún progreso en su relación.)
rosemonde: Estoy encantada de que haya podido arreglárselas para visitarnos, querida, aunque sea por tan corto tiempo.
merteuil: Ojalá pudiera quedarme más tiempo, señora, pero las propiedades de mi marido...
rosemonde: Ayer mismo, fíjese, estaba yo pensando que hace más de cinco años que estuvo aquí por última vez, con su querido esposo. Un hombre tan bueno y tan vigoroso, quién se hubiera imaginado... en fin... (La Merteuil, que está colocada en el centro, ha estado obser­vando a la señora de Tourvel, y más particularmente a Val­mont, que está verdaderamente perdido en la contemplación de la señora de TourveL No le gusta lo que ve: claramente la llena de turbación, aunque, después de una breve pausa, lo­gra dar a la señora de Rosemonde una respuesta cortés.)
merteuil: Sí, señora, no puede negarse que la vida es aterrado­ramente impredecible.


ESCENA 8
Dos noches más tarde. El dormitorio de Valmont en el castillo. Está vacío por el momento, un par de candeleras arrojan un tenue ful­gor. Ahora aparece Valmont, con su linterna sorda, escoltando a Cécile hasta la habitación. Ambos llevan batas. Cécile mira a su alrededor la habitación con una brizna de aprehensión.

valmont: Muy parecida a tu habitación, como ves; pero aquí podrás hacer todo el ruido que quieras. (Ha llegado a la cama y prueba el colchón) Y el colchón es un poco más duro.
cécile: ¿Eso es bueno?
valmont: Sí, buenísimo. (Cécile suelta un pequeño aullido admirativo, se arranca la bata y salta sobre la cama. Brinca arriba y abajo un momento, y después se zambulle bajo las sábanas. Valmont sigue de pie, mirándola.)
cécile: Vamos. (A manera de respuesta, Valmont se tiende cómodamente en la cama, con las manos bajo la cabeza.)
valmont: Lo primero que tienes que aprender es que no hay ab­solutamente ninguna necesidad de apresurarse. (Adelanta una mano para acariciarla.) Vamos a ver. Como en cualquier otra ciencia, el primer principio es estar segura de llamar a cada cosa por su nom­bre correcto.
cécile: No veo para qué hay que hablar.
valmont: Sin un vocabulario adecuado y pulido, ¿cómo podrías indicarme lo que quieres que haga yo u ofrecerme algo que podría parecerme agradable?
cécile: Supongo que nomás hay que decir...
valmont: Ya ves, si cumplo mi tarea como es debido, quisiera pensar que podrás sorprender al señor de Gercourt en tu noche de bodas.
cécile: ¿Le gustará?
valmont: Hombre, claro que sí, pensará simplemente que tu mamá ha cumplido con su deber y te ha instruido. (Cécile suelta la carcajada.)
cécile: Mamá sería absolutamente incapaz de hablar de una co­sa así.
valmont: No veo por qué. Después de todo, en otros tiempos fue una de las jóvenes más vistosas de París.
cécile: ¿Mamá?
valmont: Sin duda. Más famosa por su entusiasmo que por su habilidad, si la memoria no me engaña, pero no obstante de mucho renombre. Hubo una célebre ocasión, bueno, an­tes de que tú nacieras debió ser, en que fue a pasar una tem­porada en la casa de la condesa de Beaulieu, que con mu­cho tacto le dio un cuarto entre el de tu padre y el del señor de Vressac, que era su amante reconocido en aquella épo­ca. Pero a pesar de esos cuidadosos arreglos se las ingenió para pasar la noche con un tercero. (Cécile vuelve a reírse.)
cécile: No puedo creerlo; no es más que un chisme.
valmont: No, no, te aseguro que es verdad.
cécile: ¿Cómo lo sabe?
valmont: Aquel tercero era yo. (A Cécile se le hiela la risa en los labios. Durante un momen­to mira fijamente a Valmont, horrorizada. Él le devuelve una dulce sonrisa, y de pronto ella no puede contenerse de sonreír a su vez. Valmont descorre las sábanas.) Bueno, podemos volver a ese asunto más tarde. Durante los intervalos. Me preguntaste si el señor de Gercourt se sen­tiría complacido con tus habilidades; y la respuesta es que incluso si no se siente, no creo que sea difícil encontrar otros que se sientan. La educación nunca cae en saco roto. (Saca una mano y la pone bajo la cabeza de ella, atrayéndo­la hacia él.) Bien, creo que deberíamos empezar con uno o dos térmi­nos latinos.


ESCENA 9
Tarde en la noche siguiente. La señora de Tourvel vaga solitaria por el castillo. La mesa de naipes está puesta, todavía cubierta de car­tas. La señora de Tourvel, un poco a la deriva y sin meta, mirando de vez en cuando hacia la puerta, parece estar en la habitación sin motivo particular. Sin embargo se sobresalta, se precipita hacia la mesa de juego y empieza a recoger las cartas tan pronto como Val­mont, con aspecto elegante pero débil, aparece en el marco de la puerta.

valmont: Está sola, señora. (Valmont se adelanta por la habitación y la señora de Tour­vel contesta con voz vacilante.)
tourvel: Los demás decidieron acostarse temprano. La señori­ta de Volanges en particular parece bastante agotada.
valmont: Debo admitir que yo también estoy bastante cansado. (Llega junto a la mesa de juego.) ¿Puedo ayudarla? (Adelanta la mano hacia unas cartas, rozando al pasar la mano de ella, con lo cual ella suelta las cartas que había re­cogido.)
tourvel: No, estoy segura de que los criados... (La señora de Tourvel se aparta de la mesa con cierta confu­sión, dirigiéndose vagamente hacia la chaise-longue. Valmont la observa.)
valmont: Me alegro de haberla encontrado, eché mucho en fal­ta hoy nuestro paseo.
tourvel: Sí...
valmont: Me temo que tal como está el tiempo nos quedan ya muy pocos que esperar.
tourvel: Esta lluvia tan tupida es seguramente excepcional.
valmont: Pero dentro de una semana habré terminado mi ne­gocio.
tourvel: Ya veo. (Se detiene, afectada por esa noticia. Valmont empieza muy gradualmente a acercarse.)
valmont: Sin embargo podría ser que fuera yo incapaz de irme. (La señora de Tourvel se vuelve para enfrentarse a Valmont, asaltada por emociones contradictorias.)
tourvel: ¡Ay, por favor, es necesario!
valmont: ¿Sigue ansiosa de deshacerse de mí?
tourvel: Bien sabe cuál es la respuesta; tengo que confiar en su integridad y su generosidad. Quiero poder quedarle agra­decida.
valmont: Perdóneme si le digo que no deseo su gratitud. La gra­titud pueden dármela personas extrañas; lo que deseo que me dé es algo mucho más profundo.
tourvel: Sé que Dios me castiga por mi orgullo. Estaba tan se­gura de que a mí no podía sucederme una cosa así.
valmont: ¿Así, cómo?
tourvel: No puedo...
valmont: ¿Quiere decir amor? ¿Es amor lo que quiere decir? (Valmont está ya junto a la señora de Tourvel y le toma la mano. Ella se estremece, pero no quita la mano.)
tourvel: No me pregunte, prometió no hablar de ello.
valmont: Pero tengo que saberlo. Necesito por lo menos ese consuelo. (Silencio. La señora de Tourvel sigue guardando en las suyas la mano de Valmont,pero no tiene fuerzas para mirarlo. Val-mont mientras tanto lanza una rápida mirada a la chaise-longue.)
tourvel: No puedo... ¿no lo ve...? es imposible...
valmont: Claro que entiendo, no quiero que diga nada, pero tengo que saberlo, tengo que saber si me ama; no hable, no tiene que hablar, lo único que quiero es que me mire. Sólo que me mire. Es todo lo que pido. (Largo silencio. Después, lentamente, la señora de Tourvel le­vanta los ojos hacia Valmont.)
tourvel: Sí. (Por un momento quedan inmóviles. Después Valmont suel­ta la mano de la señora de Tourvel y levanta los brazos para abrazarla. Mientras él hace eso, los ojos de ella de pronto que­dan vacíos y se desmaya hacia un lado, obligando a Valmont a sostenerla. Durante un momento se balancea en sus brazos, después vuelve en sí y se aparta de él violentamente. Finalmente rompe en llanto. Se queda de pie un momento, sollo­zando inconteniblemente, después se abalanza hacia Val­mont, se deja caer de rodillas y le echa los brazos alrededor de las piernas.) En nombre de Dios, debe dejarme, si no quiere matarme, tiene que ayudarme, ¡esto me está matando! (Valmont, un poco arredrado al principio por la intensidad de ella, se rehace y levanta a la señora de Tourvel. Durante un momento se balancean juntos en un torpe abrazo; después los sollozos de la señora de Tourvel cesan abruptamente y dejan el lugar al castañetear de dientes y a unas convulsiones casi epilépticas. Desconcertado. Valmont la toma en sus brazos y la lleva a la chaise-longue donde la deposita suavemente. Si­guen las convulsiones, sus dientes están ahora apretados, la sangre ha huido de su rostro. Él se agacha para aflojarle el corpino mientras ella lo mira con desamparo. Él hace una breve pausa, mirándola, mientras los rasgos de ella vuelven poco apoco a la normalidad. Se miran. Algo se comunica en­tre ellos; y esta vez es Valmont el que aparta la mirada, con la expresión ensombrecida por algo que casi se parece a la vergüenza. La señora de Tourvel empieza a caer de nuevo en el soponcio, y Valmont salta a un lado y corre hacia la puer­ta, gritando.)
valmont: ¡Adéle! (Valmont sale de la habitación; y un momento después se oye su voz. Fuera.) Ayuda a la señora. La señora se ha sentido mal. (Valmont regresa precipitadamente a la habitación y va ha­cia la chaise-longue. Al llegar a ella, la señora de Tourvel tiende una mano hacia él, que la toma entre las suyas. Pare­ce perplejo. Queda de pie en silencio, pensativo, sobándole la mano. Ahora aparece la señora de Rosemonde, pastoreada por su doncella. Cacarea angustiada y corre hacia la chaise-longue. Valmont suelta la mano de la señora de Tourvel) Parece que tenía dificultades para respirar.
rosemonde: Ay, querida, ¿qué puede ser ello? (La señora de Tourvel se agita, logra a duras penas formar una débil sonrisa.)
tourvel: Ya pasó, ahora ya me siento bien.
valmont: La dejaré en sus sabias manos,tía. Mándeme a buscar con Adéle si puedo servir para algo más. (Todavía con esa expresión extrañamente avergonzada, Val­mont sale de la habitación.)
rosemonde: Tenemos que mandar por un doctor, querida. (La señora de Tourvel sale del arrebato en que contemplaba la salida de Valmont.)
tourvel: No, no por favor, no necesito un doctor, ya estoy per­fectamente bien.
rosemonde: No debemos correr riesgos.
tourvel: No, fue sólo... tengo que hablar un momento con vues­tra merced. (La señora de Rosemonde frunce el ceño, pero sin sorpresa. Se vuelve a hacerle una seña a la doncella. La doncella se le­vanta y sale. La señora de Tourvel indica a la señora de Rosemonde que se acerque.)
tourvel: Venga y siéntese cerca de mí. No puedo hablar muy alto. Lo que tengo que decir es demasiado difícil. (La señora de Rosemonde se posa en el filo de la chaise-lon-gue mirándola hacia abajo. La señora de Tourvel le toma las manos.) Tengo que salir de esta casa mañana temprano. Estoy perdidamente enamorada. (La señora de Rosemonde, siempre sin sorpresa, afirma con la cabeza.) Irme de aquí es lo último que deseo, pero prefiero morir a vivir con esa culpa. No me importa morir: vivir sin él no va a ser vida, pero eso es lo que debo hacer. ¿Entiende lo que estoy diciendo?
rosemonde: Claro. Querida muchacha. Nada de esto me sor­prende. Lo único que podría sorprenderla a una es lo poco que cambia el mundo. Claro que debe irse si siente que es lo que hay que hacer.
tourvel: ¿Y qué he de hacer después? ¿Qué me aconseja?
rosemonde: Si la memoria no me engañaren estos asuntos to­do consejo es inútil. No se puede hablar al paciente en ple­no ataque de fiebre. Tendremos que volver a hablar cuan­do esté más cerca de la recuperación.
tourvel: Nunca he sido tan desdichada.
rosemonde: Siento tener que decir esto: pero el amor nunca ha­ce felices a los que son más dignos de amarse. Vuestra mer­ced es demasiado joven para haberlo entendido.
tourvel: Pero, ¿por qué ha de ser así?
rosemonde: ¿Todavía cree que los hombres aman como noso­tras? No. Los hombres gozan de la felicidad que sienten; nosotras sólo podemos gozar de la felicidad que damos. No son capaces de consagrarse exclusivamente a una sola per­sona. Así que esperar que el amor nos hará felices es una causa segura de sufrimiento. Tengo devoción a mi sobrino, pero lo que es verdad para la mayoría de los hombres es do­blemente verdad en su caso.
tourvel: Y sin embargo... hubiera podido... ahora mismo. Se apiadó de mí, yo vi cómo sucedía, vi su decisión de no aprovecharse de mí.
rosemonde: Si la ha dejado escapar, querida niña, es porque su ejemplo durante estas pocas semanas le ha afectado genuinamente y le ha mejorado. Si la ha dejado escapar, debe es­capar.
tourvel: Escaparé, escaparé. (La señora de Tourvel empieza de nuevo a llorar y se da la vuelta, dejando caer la cabeza en el regazo de la señora de Rosemonde. La señora de Rosemonde se sienta, mirando hacia abajo, acariciando el pelo de la señora de Tourvel.)
rosemonde: Ya, ya. E incluso si hubiera cedido, querida niña, Dios sabe cuánto luchó contra ello. Vamos, vamos. (Acaricia el pelo de la señora de Tourvel. Las luces se oscu­recen hasta el negro total)

INTERMEDIO

ACTO II

ESCENA 1
Fines de octubre. El salón principal de la casa parisina del vizcon­de de Valmont. Valmont está sentado a su mesa, escribiendo. Fir­ma con una rúbrica y levanta la vista cuando Azotan aparece en el marco de la puerta y se apresura a través de la habitación, hacien­do sólo una pausa para inclinarse profundamente.

valmont: Bien, ¿qué tesoros me tienes reservados hoy? (Azolan tiende dos cartas a Valmont, una sellada y otra sin sellar.)
azolan: Una carta a la señora tía de vuestra señoría, señor. Y esta otra, a la que Julie logró echar mano antes de que la sellaran, dirigida al confesor de la señora.
valmont: Ah, muy bien. (Echa una rápida ojeada al contenido de la carta y después procede a sellarla, así como su propia carta, mientras habla.) Excelente. Yo también tengo una carta para el padre An­selmo; puedes entregarlas ambas cuando te vayas.
azolan: Sí, señor. (Toma las cartas que le da Valmont.)
valmont: ¿Y qué noticias?
azolan: Ningún visitante: no ha habido todavía ninguna visita desde que regresó del campo. Encerrada en su habitación. Poquito de sopa anoche, pero no probó el faisán. Más tar­de una taza de té. Nada más que declarar. Ah, sí, una cosa. Vuestra señoría quería saber qué estaba leyendo. Tiene dos libros junto a su cama.
valmont: ¿Supongo que no pudiste averiguar cuáles eran?
azolan: Faltaba más, señor, ¿por quién me toma vuestra señoría? Déjeme pensar. Uno era los Pensamientos cristia­nos, segundo volumen. Y el otro era una novela escrita por algún inglés. Clarissa.
valmont: Ah.
azolan: Ya lo ve vuestra señoría, tenía yo razón, ¿no es cierto?, no había ninguna necesidad de que entrara yo a su servicio, ¿verdad que no, señor? Puedo averiguar todo lo que vues­tra señoría quiera saber, ningún problema.
valmont: Sencillamente pensé que prefirirías cobrar dos sala­rios. Como en la época de la duquesa.
azolan: Ah, bueno, sí, señor, con la señora duquesa la cosa era muy diferente, no me molestaba en absoluto, pero yo no podría llevar la librea de un magistrado, ¿no es cielo, señor?, seamos justos, no después de haber estado al servi­cio de vuestra señoría. (Azolan señala su magnífico uniforme de chasseur. Valmont sonríe, afirmando con la cabeza. Después Valmont abre un cajón y ofrece a Azolan una pequeña talega de dinero.) Gracias, señor, muchísimas gracias. Algún día empezaré a ahorrar un poco, como me recomendó vuestra señoría, pe­ro de veras me gusta hacer justicia a vuestra señoría.
valmont: Después que dejaste salir de la casa de mi tía a la señora de Tourvel sin arreglártelas siquiera para avisarme, es una suerte que todavía trabajes para alguien.
azolan: Todo eso ya pasó, ¿no es cielo, señor? Ni siquiera Julie sabía que iba a ir hasta que ya estuvo allá.
valmont: ¿Cómo está Julie?
azolan: Parece un poco más avivada que en el campo.
valmont: ¿Y tú? (Azolan sacude la cabeza sombríamente.)
azolan: Digamos que es la devoción al deber. (Valmont sonríe y vuelve los ojos cuando un lacayo introdu­ce en la habitación a la señora de Merteuily a Danceny. Val­mont se levanta para saludarlos, despidiendo a Azolan al mis­mo tiempo y habiéndole entre dientes.)
valmont: A ello pues. Y sin desmayo. (Azolan se inclina y sale, junto con el lacayo.) Señora. Muchacho querido. (Danceny abraza a Valmont impulsivamente.)
danceny: Gracias, caballero, gracias por todo. (Valmont prolonga el abrazo un momento, sonriendo perversamente a la Merteuil por encima del hombro de Danceny.)
valmont: Temía haber sido una triste decepción para vuestra merced.
danceny: Claro que me decepciona no haber visto a Cécile des­de hace más de un mes, pero creo que debo agradecerle que haya mantenido vivo nuestro amor.
valmont: Ah, sí, en lo que respecta al amor, casi no piensa en otra cosa.
danceny: Tenía tantas esperanzas de que pudiera arreglar un encuentro con ella en el campo.
valmont: Bueno, yo también lo esperaba, hice todos los arre­glos necesarios, pero ella estaba inflexible.
danceny: Ya lo sé, en su última carta me decía que vuestra mer­ced estaba tratando con todas sus fuerzas de persuadirla.
valmont: Hice lo que pude. En muchos aspectos la encontré muy abierta a mí persuasión, pero por desgracia no en ese asunto.
danceny: Sí, me dice que yo mismo no podría hacer más de lo que vuestra merced estaba haciendo por mí.
valmont: Es una muchacha extremadamente generosa.
merteuil: ¿Qué más dice?
danceny: Dice que ha visto señales de cambio en el ánimo de su madre. Tal vez acabe por avenirse a la idea de nuestra boda.
merteuil: Sería estupendo.
danceny: En todo caso, ¿cómo está ella? A eso es a lo quería llegar en realidad, señor.
valmont: Floreciente. Creo de veras que el aire del campo le ha caído bien, creo incluso que empieza a estar más llenita.
danceny: ¿De veras?
valmont: Y por supuesto, le manda todo su amor. Su madre y ella regresarán a París dentro de unas dos semanas y para entonces la situación debe haberse resuelto de una manera o de otra; pero de una manera o de otra, añora ver a vues­tra merced.
danceny: No sé cómo voy a aguantar otras dos semanas sin verla.
merteuil: Tendremos que esmerarnos para ofrecerle alguna distracción.
danceny: Sin la amistad y el aliento de vuestra mercedes, no puedo imaginar qué habría sido de mí.
merteuil: Si tuviera la bondad, querido, de esperar unos minu­tos en el carruaje, hay un asunto que tengo que discutir en privado con el vizconde.
danceny: No faltaba más. (Se inclina ante Valmonty le da la mano sacudiéndola con calor.) No sé cómo podré pagarle esto algún día.
valmont: No piense más en ello, ha sido un placer. (Danceny sonríe encantadoramente a ambos y sale de la ha­bitación. Tan pronto como se ha ido, Valmont y la Merteuil rompen a reír y caen el uno en brazos del otro. Se abrazan un momento y después se apartan, sonriendo aún.) Pobre muchacho. Es bastante inofensivo.
merteuil: Bueno, debo decir que la carta de Cécile parecía ines­peradamente ingeniosa.
valmont: Eso espero; la dicté yo.
merteuil: Ay, vizconde, le adoro.
valmont: Traigo una noticia que espero que le parecerá diver­tida: tengo motivos para creer que el próximo cabeza de fa­milia de la casa de Gercourt podría ser un Valmont.
merteuil: ¿Qué quiere decir?
valmont: Cécile está atrasada dos semanas. (La Merteuil queda sorprendida ante esto; frunce el ceño, eva­luando las consecuencias.) ¿No le da gusto?
merteuil: No estoy segura. Ha desbordado un poco las instruc­ciones.
valmont: Con tal de que celebren las bodas antes de fin de año, no veo qué mal puede resultar de ello.
merteuil: No, tiene razón, la situación tiene algunas posibilida­des. Sólo que hace las cosas bastante más azarosas. ¿No tomó pues precauciones?
valmont: He tratado de impartirle sólidas bases en todos los as­pectos de nuestra materia; pero en este terreno particular, temo que he podido hasta cierto punto extraviarla. (La Merteuil sacude la cabeza, divertida pero todavía con du­das.) Lo que vuestra merced se proponía era vengarse de Gercourt: le he proporcionado una esposa a la que he entrena­do para llevar a cabo con bastante naturalidad servicios que apenas podrían esperarse de una profesional. Y además probablemente embarazada. ¿Qué más quiere?
merteuil: Está bien, vizconde, lo concedo, ha hecho más de lo debido. Lástima que haya permitido que la otra se le esca­para entre los dedos. ¿Es eso, me imagino, lo que debo sa­car en conclusión? (La expresión de Valmont se ensombrece.)
valmont: La dejé escapar. ¿Se imagina? Me apiadé de ella. Es­taba lista, los dados estaban echados y las cuentas saldadas. Y me ablandé. Y figúrese, se esfumó, como un ladrón en la noche.
merteuil: ¿Por qué la dejó escapar?
valmont: Me sentí... conmovido.
merteuil: Ah, vaya, así no es de extrañar que lo echara todo a perder.
valmont: No tenía yo idea de que pudiera ser tan tortuosa.
merteuil: Pobre mujer, ¿qué otra cosa podía esperarse? Ren­dirse y que no la tomen a una, es como para poner a prue­ba la paciencia de una santa.
valmont: No volverá a suceder.
merteuil: Más bien no volverá a haber ocasión de que suceda.
valmont: Sí, cómo no. Esta vez tengo un plan a prueba de tonterías.
merteuil: ¿Cómo? ¿Uno más?
valmont: Absolutamente garantizado. Tengo cita para ir a ver­la en su casa el jueves. Y esta vez no tendré piedad. La voy a castigar.
merteuil: Me encanta oírlo.
valmont: ¿Por qué cree que sólo nos sentimos impulsados a per­seguir a los que huyen?
merteuil: ¿Inmadurez?
valmont: No tendré paz hasta que todo esté terminado, ¿sabe? La amo, la odio, estoy furioso con ella, mi vida es un desastre; tengo que conseguirla para poder echarle encima todos estos sentimientos y librarme de ellos. (La Merteuil empieza a parecer disgustada. Hay una pausa, durante la cual Valmont lo notayhace lo que puede por cam­biar su humor.) Ahora cuénteme qué está sucediendo en su vida.
merteuil: Belleroche está a punto de salir por la cuneta.
valmont: Pero qué bien.
merteuil: Lo he reblandecido con tanto afecto que el pobre hombre apenas puede tenerse en pie. Está tratando deses­peradamente de pergeñar una salida airosa.
valmont: Que debió tomar hace tiempo, en mi opinión.
merteuil: Y su sucesor ha sido ya seleccionado.
valmont: ¿Ah? ¿Quién es el afortunado? (Silencio. La Merteuil recapacita.)
merteuil: No estoy segura de querer decírselo por ahora.
valmont: Está bien, en ese caso tendré que ocultarle los deta­lles de mi plan a prueba de tonterías.
merteuil: Parece un trato bastante aceptable. (Valmont frunce el ceño, desconcertado.)
valmont: ¿Qué pasa?
merteuil: Nada. Me parece que he hecho esperar bastante a nuestro joven amigo.
valmont: Pasaré a verla uno de estos días después del jueves.
merteuil: Sólo si ha tenido éxito, vizconde. No estoy segura de poder soportar otro catálogo de incompetencias.
valmont: Claro que tendré éxito.
merteuil: Así lo espero. En otros tiempos vuestra merced era un hombre con quien se podía contar. (Valmont va a abrazarla, pero ella se limita a darle fríamen­te un besito en la mejilla y sale apresuradamente. Valmont ve salir a la Merteuil, turbado.)


ESCENA 2
Las seis de la tarde, un par de días después. El salón de la casa de la señora de Tourvel, amueblado con un buen gusto sombrío. La señora de Tourvel está sentada en un sillón, mirando con ojos vacíos una pieza de bordado. Al otro lado de la habitación hay una otomana. Ahora entra Valmont guiado por un lacayo; cuando apa­recen, la señora de Tourvel hace un esfuerzo por levantarse, pero se ve obligada a sentarse de nuevo casi enseguida. Está temblando. El lacayo espera un momento y se sorprende de verse despedir con un gesto impaciente de la señora de Tourvel. Valmont, mientras tanto, se ha inclinado profundamente y ahora cruza la habitación para en­tregar a la señora de Tourvel un paquete de canas, que ella toma con aprensión. Mientas las inspecciona, Valmont, que sigue silen­cioso, mira a su alrededor. Su mirada se posa un instante sobre la otomana, se demora allí un momento y luego regresa a la señora de Tourvel, que ahora lo está mirando con expectación.

valmont: Tengo entendido que el padre Anselmo le ha explica­do las razones de mi visita.
tourvel: Sí. Dijo que vuestra merced deseaba reconciliarse con­migo antes de empezar su instrucción con él.
valmont: Así es.
tourvel: Pero no veo la necesidad de una reconciliación formal, señor.
valmont: ¿No? Cuando, según vuestra merced, la he insultado; y cuando me ha tratado con un desprecio incalificable.
tourvel: ¿Desprecio? ¿Qué quiere decir?
valmont: Huye de casa de mi tía en medio de la noche; se nie­ga a contestar mis cartas y hasta a recibirlas; y todo eso des­pués de que yo había mostrado una compostura de la que ambos, me parece, somos bien conscientes. A eso yo lo lla­maría, en el mejor de los casos, desprecio.
tourvel: Estoy segura de que me entiende, señor, mejor de lo que pretende; me pareció con mucho lo más sensato...
valmont: Perdóneme, no vine aquí a intercambiar reproches. Vuestra merced no ignora que su virtud ha hecho en mi al­ma tanta impresión como su belleza en mi corazón. Tal vez me imaginé que eso me hacía digno de vuestra merced. Lo que ha sucedido es probablemente un justo castigo por mi presunción. (Silencio.) Mi vida no ha tenido ningún valor desde que vuestra mer­ced se negó a embellecerla; lo único que quería de este en­cuentro, señora, era su perdón por los agravios que cree que le he hecho, para poder al menos terminar mis días con al­guna paz de espíritu.
tourvel: Pero es que no quiere entender, yo no podía hacer lo que vuestra merced quería, mi deber no me lo permitía... (Se le va la voz. Valmont se desliza un poco más cerca y em­pieza de nuevo.)
valmont: Era de mí de quien huía, ¿verdad?
tourvel: Tuve que irme.
valmont: ¿Y tiene que seguir lejos de mí?
tourvel: Sí.
valmont: ¿Para siempre?
tourvel: Es preciso. (Silencio. Después Valmont cambia de táctica, alejándose es­ta vez.)
valmont: Bien. Creo que va a ver cómo su deseo de que este­mos separados se cumple más allá de sus más descabella­dos sueños.
tourvel: Su decisión consiste en...
valmont: Está en función de mi desesperanza. Soy todo lo des­dichado que vuestra merced pudo desear.
tourvel: Nunca quise sino su felicidad. (Valmont se acerca rápidamente a la señora de Tourvel, cae de rodillas y hunde la cabeza en su regazo.)
valmont: ¿Cómo puedo ser feliz sin vuestra merced? (Curiosamente, sin contestar, como si la estuviera hundiendo en agua hirviendo, la señora de Tourvel deja posarse su ma­no unos segundos en la cabeza de Valmont. Después, mien­tras la retira, él levanta hacia ella los ojos con intensidad.) Tiene que ser mía o me muero. (La señora de Tourvel se pone de pie torpemente y se refugia al otro lado de la habitación. Valmont la observa y después masculla un amargo aparte, pero lo bastante alto para que ella lo oiga.) La muerte pues. (Silencio. La señora de Tourvel está francamente aturdida. Valmont parece hacer un gran esfuerzo por calmarse. Se le­vanta.) Lo siento. Quería dar la vida por su felicidad y la destruyo. Ahora quiero devolverle la paz de espíritu y la destruyo también. No estoy acostumbrado a la pasión, no sé cómo enfrentarla. Pero al menos esta es la última vez. Tran­quilícese pues.
tourvel: No es fácil cuando lo veo en ese estado, señor.
valmont: Sí; en fin, no se preocupe, no durará mucho. (Valmont recoge el paquete de cartas que la señora de Tourvel ha dejado caer junto a su silla.) Esto es lo único que podría hacerme flaquear: estas en­gañosas promesas suyas de amistad. Eran lo único que me reconciliaba con la vida. (Valmont las deposita en la silla. La señora de Tourvel se le acerca, preocupada.)
tourvel: Tenía entendido que quería devolvérmelas. Y que ahora aprobaba la elección que mi deber me ha obligado a hacer.
valmont: Sí. Y su elección ha determinado la mía.
tourvel: ¿Qué consiste en qué?
valmont: En la única elección que puede poner término a mi sufrimiento.
tourvel: ¿Qué quiere decir? (La voz de la señora de Tourvel está llena de temor. Valmont está ahora junto a ella y ella no resiste cuando la toma en sus brazos.)
valmont: Escuche. La amo. No se imagina cuánto. Recuerde que he hecho sacrificios mucho más difíciles que el que es­toy a punto de hacer. Y ahora adiós. (Valmont se aparta de la señora de Tourvel, pero ella se aferra a su muñeca.)
tourvel: No.
valmont: Déjeme ir.
tourvel: ¡Tiene que escucharme!
valmont: Tengo que irme.
tourvel: ¡No! (La señora de Tourvel cae en los brazos de Valmont. Empieza a besarla y ella responde: por un momento se besan con ansia. Después él la levanta en sus brazos, la lleva a través de la habitación, la deposita suavemente en la otomana y se arrodilla a su vera. Ella rompe a llorar y se aferró a él como si fuera a ahogarse. Ella mira sollozar desesperadamente y le habla con desacostumbrada ternura.)
valmont: ¿Por qué tiene que enfurecerla tanto la idea de hacer­me feliz? (Gradualmente, la señora de Tourvel deja de llorar y levanta los ojos hacia él.)
tourvel: Sí. Tiene razón. Tampoco yo puedo vivir a menos que le haga feliz. Lo prometo pues. No más negativas y no más pesares. (La señora de Tourvel besa a Valmont. Despacio, él empieza a desnudarla.)


ESCENA3
La noche siguiente. El salón de la Merteuil. La Merteuil levanta los ojos cuando Valmont entra radiante en la habitación, adelantándo­se al mayordomo.

valmont: Victoria.
merteuil: Por fin.
valmont: Pero valió la pena esperar. (La Merteuil le lanza una mirada glacial, pero él está dema­siado jubiloso para notarlo.)
merteuil: ¿Así que su plan a prueba de tonterías funcionó?
valmont: Claro que no era a prueba de tonterías, estaba yo exa­gerando para darme ánimos, pero preparé el terreno lo más cuidadosamente que pude. Y debo decir, considerando que estas últimas semanas todas mis cartas me eran devueltas sin abrir, o más bien mi carta, porque simplemente volvía a colocarla un día sí y otro no en un sobre nuevo, que el resultado ha sido un genuino triunfo. (A estas alturas ha tomado asiento y hace una pausa, com­placido de mostrarse radiante ante la Merteuil)
merteuil: ¿Y el plan?
valmont: Descubrí, interceptando su correspondencia de la ma­nera habitual, que había decidido muy sabiamente cambiar de confidente y que estaba volcando todos sus pensamien­tos más íntimos sobre mi tía. Así que muy sutilmente, y gra­cias a la circunstancia de que presentaba yo un aspecto com­pletamente exhausto a resultas de mis ejercicios con Cécile, empecé a dar a entender a mi tía que había perdido las ga­nas de vivir, sabiendo que correría la noticia. Al mismo tiempo, empecé a escribirme con su confesor, un amable cisterciense de pocas luces, a quien obligué más o menos a concertar una cita con ella, a cambio del privilegio de per­mitirle salvar mi alma, privilegio al que ahora el pobre hom­bre tendrá que renunciar. De modo que la amenaza de sui­cidio, la promesa de reformarme.
merteuil: No puedo decir, me temo, que sea muy original.
valmont: Efectivo sin embargo.
merteuil: Cuénteme cómo.
valmont: Bueno, llegué a eso de las seis...
merteuil: Sí, me parece que podría omitir los detalles de la se­ducción, nunca son muy ilustres; describa únicamente el acontecimiento mismo.
valmont: Fue... sin precedentes.
merteuil: ¿De veras?
valmont: Tuvo una especie de encanto que no creo haber expe­rimentado nunca antes. Una vez que se rindió, actuó con perfecta sinceridad. Mutuo delirio total: el cual, por prime­ra vez en mi caso, duró más que el placer mismo. Resultó asombrosa. Hasta tal punto que acabé cayendo de rodillas y jurándole amor eterno. Y figúrese, en aquel momento, y hasta varias horas después, ¡lo decía yo en serio!
merteuil: Ya veo.
valmont: Es extraordinario, ¿no le parece?
merteuil: ¿Eso piensa? A mí me resulta común y corriente a más no poder.
valmont: No, no, se lo aseguro. Pero claro que lo mejor de todo es que estoy ahora en posición de poder reclamar mi premio. (Silencio. La Merteuil observa fríamente a Valmontpor un momento.)
merteuil: ¿Quiere decir que la persuadió de escribir también una carta, en el transcurso de ese tremebundo encuentro?
valmont: No. No pensé necesariamente que se pondría quisqui­llosa con las formalidades.
merteuil: ¿Sabe, vizconde, que aun cuando hubiera llegado con una carta sacada de la manga, no estoy segura que no habría tenido que declarar nulo y sin efecto nuestro trato?
valmont: ¿Qué quiere decir?
merteuil: No estoy acostumbrada a ser cosa que se da por sen­tada.
valmont: Pero eso ni se plantea, querida. No me malinterprete. Lo que en otro caso podría tomarse por presunción, en­tre nosotros puede sin duda aceptarse como señal de nues­tra amistad y mutua confianza. ¿No es así?
merteuil: No tengo ningunas ganas de arrancarle de los brazos de una persona tan asombrosa.
valmont: Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro.
merteuil: Y, en realidad, también yo he tomado un nuevo aman­te, que por tabora se está mostrando más que satisfactorio.
valmont: ¿Ah? ¿Y de quién se trata?
merteuil: No estoy de humor confidente esta noche. No quisie­ra retenerle. (Silencio. Por un momento, Valmont está perdido. Después decide perseverar.)
valmont: ¿No pensará en serio que haya una mujer en el mun­do que yo prefiera?
merteuil: Estoy segura que está bastante dispuesto a aceptar­me como añadido a su harén.
valmont: No, no, me está entendiendo mal. Lo que le parece vanidad, lo que cree que es darla por sentada, en realidad no es más que ansiedad. (La expresión de la Merteuil se suaviza ligeramente por pri­mera vez. Valmont lo percibe enseguida y trata de inmediato de asegurarse esa ventaja.) Yo le sacrificaría todo y a todas, bien lo sabe.
merteuil: Está bien, vizconde, tratemos de discutirlo con cal­ma, si le parece, como amigos.
valmont: Absolutamente.
merteuil: Hay algo muy curioso en el placer, ¿lo ha notado? Es lo único que une a los sexos, y con todo, no basta por sí mis­mo para formar el cimiento de una relación. A menos que incluya, ¿se ha fijado?, algún elemento de amor, el placer debe llegar directamente al asco.
valmont: No estoy seguro de estar de acuerdo.
merteuil: Ahora bien, por fortuna lo único necesario es que ese amor exista de uno de los lados. El miembro de la pareja que siente ese amor es naturalmente el más feliz, mientras que el que no lo siente tiene hasta cierto punto la compen­sación de los placeres del engaño.
valmont: No veo adonde va a parar.
merteuil: Adonde voy a parar, vizconde, es a que vuestra mer­ced y yo no podríamos de ninguna manera conformarnos a este esquema y más vale que lo admitamos. Los tahúres se sientan en mesas diferentes.
valmont: Sí, y después comparan sus notas.
merteuil: Tal vez; pero sin repartir, diría yo, una nueva baza.
valmont: No puedo aceptar del todo esa analogía.
merteuil: No se preocupe: no me echaré atrás en nuestro trato. Tengo que salir fuera por un par de semanas...
valmont: ¿Para qué?
merteuil: Un asunto privado.
valmont: Hubo un tiempo en que no tenía secretos para mí.
merteuil: ¿No quiere que termine lo que estaba diciendo?
valmont: Claro que sí, perdón.
merteuil: Cuando regrese, y tras el recibo de esa famosa carta, vuestra merced y yo pasaremos juntos una sola noche. Es­toy segura de que nos parecerá más que suficiente. La dis­frutaremos lo bastante como para lamentar que sea la últi­ma; pero a la vez recordaremos que la añoranza es un componente esencial de la felicidad. Y nos separaremos co­mo los mejores amigos del mundo.
valmont: Yo creo que deberíamos ir por partes, ¿no está de acuerdo?
merteuil: No. Creo que no debemos caer en ninguna ilusión.
valmont: Mire, creo que nunca le he sido infiel.
merteuil: Sabe, vizconde, en lugar de intentar sacarme la vuel­ta de esa manera, digámoslo con franqueza, mecánica, de­bería más bien darme las gracias.
valmont: ¿Por qué?
merteuil: Por mi valentía. Mi tenaz resistencia. Mi lucidez. Me doy cuenta, figúrese, de lo que está pasando.
valmont: Bueno, pues yo no podría decir otro tanto.
merteuil: Ya lo sé. Es muy posible que auténticamente no se haya percatado. Pero yo veo con bastante claridad que está enamorado de esa mujer.
valmont: No. Se equivoca. Nada de eso.
merteuil: ¿Se le ha olvidado cómo es eso de hacer feliz a una mujer y ser feliz usted mismo?
valmont: Bueno... claro que no.
merteuil: Una vez nos amamos, ¿no es cierto? Yo creo que fue amor. Y me hizo muy feliz.
valmont: Y podría volver a hacerla. Simplemente deshicimos el nudo, no lo cortamos. No fue más que una pasajera... falla de la imaginación.
merteuil: No, no. Tendría que haber sacrificios que le serían imposibles, y que yo no merecería.
valmont: Pero si ya se lo dije: cualquier sacrificio que pida.
merteuil: Las ilusiones, por supuesto, son por naturaleza dulces.
valmont: No tengo ilusiones. Se me perdieron en mis viajes. Ahora quiero volver a casa. En cuanto al amorío de estos días, no durará. Pero por ahora está fuera de mi dominio. (Silencio. La Merteuil mira a Valmont un momento, ponde­rando.)
merteuil: Será el primero en conocer mi regreso.
valmont: Que sea pronto. Quisiera que fuera muy pronto. (Valmont besa a la Merteuil. Ella parece a punto de entregar­se a un largo beso, pero después se aparta abruptamente y ha­bla con su habitual control.)
merteuil: Adiós. (Valmont se inclina y sale rápidamente de la habitación. La Merteuil queda en pie un momento, rehaciéndose, después cruza la habitación y abre una puerta.) Ya se ha ido. (Ahora entra en la habitación Danceny. Abraza impulsiva­mente a la Merteuil y otra vez ella se somete brevemente.)
danceny: Creí que se iba a quedar toda la noche. El tiempo ca­rece de lógica cuando no estoy a su lado: una hora es como un siglo.
merteuil: Nos iría bastante mejor si se esforzara con asiduidad por no hablar como la última novela. (Danceny se ruboriza.)
danceny: Lo siento, es que... (La Merteuil se ablanda y alza una mano hacia la mejilla de Danceny.)
merteuil: No tiene importancia. Lléveme arriba. (Tomados del brazo, la Merteuil y Danceny empiezan a des­plazarse hacia la puerta.)


ESCENA 4
Dos semanas después, por la tarde. El salón de la casa de Valmont. Valmont está sirviendo una nueva copa de champaña a Émilie, cuando su lacayo entra y le dice algo al oído que evidentemente le produce una sorpresa desagradable. Se controla rápidamente, sin embargo, da algunas instrucciones y, mientras el lacayo sale rápi­damente, se vuelve hacia Émilie.

valmont: Bébetela.
émilie: ¿Qué pasa?
valmont: Alguien que bien podría no apreciar tu presencia aquí.
émilie: Quiere decir una mujer.
valmont: Hasta podríamos decir una dama.
émilie: Bueno pues. (Apura su champaña y se pone en pie; después se le ocurre una cosa.) ¿No será aquella a la que le escribió aquella carta.
valmont: La mismita.
émilie: Fue muy divertido.
valmont: Y demostraste que eres un escritorio muy talentoso.
émilie: Me encantaría ver cómo es.
valmont: Sí, pero no se puede. (Valmont se acerca a Emule, mientras ella pone una cara de cómica desilusión, listo para hacerla salir apresuradamente. Cuando llega junto a ella, sin embargo, parece vacilar un mo­mento, cavilando.)
valmont: Pensándolo bien, no veo porqué no.
émilie: Uuuh.
valmont: Siempre que no te portes mal.
émilie: Yo nunca, salvo a petición del interesado. (Valmont la mira pensativamente.)
valmont: ¿Dónde está tu holandés?
émilie: A salvo en Holanda, que yo sepa.
valmont: ¿Y tienes una cita para esta noche?
émilie: Unos amigos a cenar.
valmont: ¿Y después de cenar?
émilie: Nada firme. (Valmont cruza hacia su escritorio, abre un cajón y saca, co­mo antes, una pequeña talega de dinero.)
valmont: Entonces puede que te busque más tarde. (Se acerca a ella y le entrega el dinero. El lacayo está introdu­ciendo a la señora de Tourvel, que se detiene en el umbral, desconcertada por lo que ve.)
émilie: Allí estaré. (Émilie sale de la habitación, mirando fijamente, sin disimu­lar su fascinación, a la señora de Tourvel, que la mira a su vez míseramente confundida. Valmont flota, desgarrado en­tre el deseo de saludar a la señora de Tourvel y la curiosidad de ver qué va a pasar. Parece que no va a pasar nada; pero en el último momento, cuando se cruza con la señora de Tour­vel, Émilie se deja ganar de pronto por una risa convulsiva y sale de la habitación sacudida irremediablemente por las car­cajadas. La señora de Tourvel la observa horrorizada. Valmont, ahora preocupado, se apresura hacia ella.)
valmont: Es un placer inesperado.
tourvel: Evidentemente.
valmont: No te fijes en Émilie; es reconocidamente excéntrica.
tourvel: Conozco a esa mujer.
valmont: ¿Estás segura? Me sorprendería.
tourvel: Me la han señalado en la ópera.
valmont: Ah bueno, sí, es muy llamativa.
tourvel: Es una cortesana. (Silencio.) ¿No es verdad?
valmont: Supongo que visto de cierta manera... (Pero la señora de Tourvel se vuelve de pronto, con los ojos llenos de lágrimas, y trata de salir apresuradamente de la ha­bitación. Valmont la coge del brazo.)
tourvel: Déjame ir.
valmont: ¿Pero qué te ha dado?
tourvel: Siento haberte interrumpido.
valmont: Claro que no me has interrumpido, estoy lleno de alegría de verte.
tourvel: Por favor déjame ir ya.
valmont: No, no, no puedo, esto es absurdo.
tourvel: ¡Suéltame! (La señora de Tourvel se suelta a la fuerza y Valmont tiene que cortarle el paso cuando hace un decidido esfuerzo por sa­lir. A estas alturas la señora de Tourvel está sollozando in­controlablemente.)
valmont: No, espera, espera un minuto, nunca se me ocurrió que te imaginarías... tienes que dejar que te explique.
tourvel: ¡No!
valmont: Vamos a sentarnos con calma...
tourvel: ¡Y nunca más te recibiré en mi casa!
valmont: Vamos. (Valmont la tiene abrazada para sujetarle los brazos. Ella lu­cha violentamente durante un momento y después se afloja. Él la sostiene llevándola a un sofá, la sienta y se sienta a su lado, dejando el brazo alrededor de ella.) Vamos, escúchame.
tourvel: ¡No quiero tus mentiras ni tus excusas!
valmont: Escúchame nada más. Déjame hablar, es todo lo que pido, después podrás juzgar.
tourvel: No quiero juzgar.
valmont: Toma una copa de champaña...
tourvel: ¡No! (Pero por algún motivo, aunque todavía temblando, la señora de Tourvel se aquieta y observa a Valmont, arrobada, mien­tras habla con inalterable calma.)
valmont: Por desgracia, no puedo borrar los años que viví an­tes de conocerte; y como ya te expliqué antes, durante esos años tuve muchas amistades, la mayoría de las cuales eran sin duda poco recomendables por un lado o por otro. Pero tal vez te sorprenda saber que Émilie, como muchas otras chicas de su profesión y de su carácter, tiene bastante buen corazón como para interesarse en las gentes menos afortu­nadas que ella. En una palabra, no le faltan ni el tiempo ni la inclinación para hacer muchas obras de caridad: dona­ciones a los hospitales, sopas para los pobres, protección de los animales, cualquier cosa que conmueva su corazón sensible. Yo de vez en cuando doy pequeñas contribucio­nes a sus fondos. Eso es todo.
tourvel: ¿Es verdad eso?
valmont: Mis relaciones con Émilie desde hace algunos años son irreprochables. Hasta me ha ayudado ocasionalmente con algún trabajo secretarial. Pero puesto que ahora conoz­co tu opinión sobre este asunto, tomaré naturalmente las medidas necesarias para que ya no se la reciba en esta casa.
tourvel: ¿Por qué se rió?
valmont: No tengo la menor idea. ¿Maldad quizá? ¿Celos? Las chicas de esa clase suelen ser impredecibles. No sabría cómo explicarlo.
tourvel: Bueno, ¿sabe lo nuestro?
valmont: No me cabe duda que ha hecho unas suposicio­nes que, en vista de mi pasado, hay que admitir que re­sultan razonables. (Silencio. La señora de Tourvel mira a Valmont, casi convencida.)
tourvel: Quiero creerte.
valmont: Yo sabía que ibas a llegar, te habían anunciado. ¿Crees en serio que si tuviera la menor culpa respecto de Émilie hubiera dejado que la encontraras aquí?
tourvel: Supongo que no.
valmont: No.
tourvel: Lo siento.
valmont: No, no, no, soy yo quien debe disculparse. Fue una gran falta de tacto de mi parte. Quedan algunas reliquias de mi antigua personalidad. Eso fue el acto atolondrado de un hombre que no te conocía. (La señora de Tourvel empieza a llorar otra vez, pero ahora suavemente, aliviada. Hunde el rostro en el pecho de Valmont. Ella mira un momento, con expresión de profundo contento.) Nunca creí que podría amarte todavía más, pero tus celos... (Valmont se interrumpe, y ahora él también parece auténti­camente conmovido. Entonces la señora de Tourvel alza los ojos hacia él.)
tourvel: Te amo tanto. (Valmont sigue mirando a la Tourvel, desarmado por su sin­ceridad, perdiendo de pronto el dominio de sus emociones, con expresión doloroso e inusitadamente tierna.)


ESCENA 5
Diez días después. Por la noche. El salón de la señora de Merteuil. Escena doméstica. Danceny está echado en el sofá con la cabeza en el rezago de la Merteuil. Ella juega ociosamente con sus cabe­llos. Después de un momento, sin que los otros lo vean a I principio y sin que lo acompañe ningún criado, aparece Valmont en el mar­co de la puerta. Evalúa la escena y después carraspea, haciendo que Danceny se enderece en un sobresalto lleno de confusión. La Mer­teuil mira a Valmont con una mirada fría.

valmont: Su portero parece estar convencido de que vuestra merced sigue estando afuera.
merteuil: Acabo de regresar apenas, en efecto.
valmont: ¿Sin enterar de ello a su portero? Me parece que es hora de revisar sus arreglos domésticos.
merteuil: Estoy agotada por el viaje. Naturalmente, dije a mi portero que informase a cualquier visita que estaba yo fuera. (Valmont parece sopesar una réplica en ese momento, pero en lugar de eso se vuelve sonriendo a Danceny.)
valmont: Y vuestra merced también aquí, mi querido y joven amigo. Da la impresión de que el portero ha debido tener una noche un poco errática.
danceny: Pues sí, yo ejem, sí.
valmont: Me alegro de encontrarlo, hace días que estoy tratan­do de ponerme en contacto con vuestra merced.
danceny: ¿Ah sí?
valmont: La señorita Cécile regresa a París después de una au­sencia de casi dos meses. ¿En qué se imagina que piensa an­te todo? La respuesta, por supuesto, es en reunirse con su bienamado caballero.
merteuil: Vizconde, no es hora de bromas pesadas.
valmont: Nada más lejos de mi pensamiento, señora.
danceny: ¿Y qué más?
valmont: Imagine su desaliento y su alarma cuando resulta que su amado no aparece por ningún lado. Tuve que improvi­sar más que un actor italiano.
danceny: ¿Pero cómo esta? ¿Está bien?
valmont: Oh, sí. Bueno, para serle franco, siento tener que de­cirle que ha estado enferma. (Danceny se pone en pie de un salto, horrorizado.)
danceny: ¡Enferma!
valmont: Imposible decir si fue efecto de sus angustias, pero pa­rece que hace cosa de una semana tuvieron que mandar bus­car al cirujano en mitad de la noche, y durante un rato es­tuvo muy preocupado.
danceny: ¡Pero es terrible!
valmont: Cálmese, amigo mío, ya la han declarado en fran­cas vías de restablecimiento y ahora está convalecien­te. Pero ya se imaginará lo desesperado que estaba yo por encontrarlo.
danceny: Sí, claro, Dios mío, ¿cómo pude no estar aquí en tal momento? ¿Cómo podré perdonármelo? (Valmont prefiere no contestar a eso: mira un momento a la Merteuil, calibrando los estragos causados.)
valmont: Pero mire, aborrezco ser ave de mal agüero. Cécile está ya perfectamente, se lo aseguro, lo sé por el propio ci­rujano. Y no quiero molestarlos más. (Saca una hoja de papel de un bolsillo interior.) Sólo que traía yo una carta cuyo contenido pensé que podría ser de cierto interés para la marquesa. (Silencio. La pelota está ahora en la cancha de la Merteuil y ella se esfuerza por tomar una decisión.)
merteuil: Me parece que debería quedarme unos minutos con el vizconde para un asunto privado. ¿Por qué no se va arri­ba?, no tardaré.
danceny: Es que estoy preocupado por Cécile.
merteuil: No creo que pueda hacerse nada a estas horas de la noche. Puede mandar preguntar por ella mañana.
danceny: Bueno, está bien, si así lo cree.
merteuil: Así lo creo.
danceny: Lo siento, vizconde, yo...
valmont: No se agobie, querido joven, todo marcha bien.
danceny: Gracias. Gracias. (Danceny sale de la habitación. Silencio. La Merteuil está a punto de hablar cuado Valmont la interrumpe tendiéndole la carta. La Merteuil le echa una mirada curiosa y después vuel­ve a tendérsela a Valmont.)
merteuil: Ya veo que es tan torpe para escribir como para vestirse.
valmont: Creo estar en lo justo si digo que en este caso lo esen­cial es el contenido y no el estilo. Pero tal vez hay otra co­sa que deberíamos discutir antes.
merteuil: Espero que no irá a poner dificultades por lo de Dan­ceny: fue una pura coincidencia que llegara al cancel al mis­mo tiempo que mi carruaje.
valmont: Verdaderamente, mi amor, esto no me parece digno de vuestra merced. Dado el inusitado misterio en que mantuvo la identidad de su nuevo amante y la desaparición si­multánea de Danceny y vuestra merced, tendría yo que ha­ber sido bastante más estúpido de lo que parece creer para no haber sacado la conclusión palmaria. Si Danceny y su ca­rruaje llegaron al cancel al mismo tiempo, me imagino que se debió principalmente a que él venía dentro.
merteuil: Así es, por supuesto.
valmont: Y además, da la casualidad que estoy enterado que ese momento a que nos referimos sucedió hace dos días.
merteuil: Sus espías son eficaces.
valmont: ¿Conque iba a ser yo el primero en enterarme de su regreso? Un hombre más mezquino podría permitirse es­tar enojado.
merteuil: Un hombre así podría correr el riesgo de perder su capacidad de encanto, sin aumentar por ello necesariamen­te su poder de convicción. (Silencio. Valmont se reprime y decide cambiar de táctica.)
valmont: Debo decir que no me sorprende su decisión de guar­dar silencio sobre un amante tan poco presentable.
merteuil: Mis motivos no tenían nada que ver con lo presenta­ble que sea.
valmont: Quiero decir que me consta que Belleroche era bas­tante flojo, pero pienso que podía encontrar un sustituto más despierto que ese colegial empalagoso.
merteuil: Empalagoso o no, tiene absoluta devoción por mí, y sospecho que, mientras vuestra merced siga en este estado de ánimo, él está mejor equipado para proporcionarme fe­licidad y placer.
valmont: Ya veo. (Ligeramente abrumado por esto, Valmont cae en un silen­cio herido. En cambio el ánimo de la Merteuil, ahora que ha vuelto a tomar la iniciativa, parece mejorar.)
merteuil: ¿Es cierto pues que la pequeña ha estado enferma?
valmont: No tanto enferma como recobrándose.
merteuil: ¿Qué quiere decir con eso?
valmont: Una vez que regresó a París, un poco de dinero al por­tero y unas flores a su esposa bastaron para permitirme re­anudar mis visitas nocturnas; lo cual, dicho sea de paso, no deja muy bien parada la iniciativa de Danceny. Sin embar­go, esa facilidad nos hizo sin duda excesivamente confiados y una noche, la semana pasada, la puerta, que habíamos ol­vidado cerrar, se abrió sola de repente. Un susto espanto­so. Cécile se arrojó fuera de la cama y trató de embutirse entre ella y la pared. Un súbito y fuerte dolor de espalda acabó por dejar lugar a ciertos síntomas inconfundibles. Después de eso fue una verdadera prueba de ingenio per­suadir al cirujano sin delatarnos.
merteuil: Pero por supuesto lo logró.
valmont: ¿Puede creerlo, querida?; resultó que Cécile ni siquie­ra se había dado cuenta de que estaba embarazada. Es cla­ro que no malgasta indebidamente sus energías en pensar.
merteuil: En fin, vizconde, lamento la pérdida de su hijo y he­redero de Gercourt.
valmont: Ah, yo creí que le agradaría, parecía ponerla de mal humor la primera vez que se lo dije.
merteuil: Una vez que me acostumbré a la idea, empecé a en­contrarle el gusto. Pienso que debería intentarlo otra vez, ¿no le parece?
valmont: Me pareció más bien que había llegado el momento de pasársela a Danceny. (Silencio. La Merteuil pondera un momento.)
MERTEUIL: No, no estoy segura de que eso sea aconsejable en es­te momento.
valmont: ¿Ah, no está segura? (Silencio.)
MERTEUIL: Si pudiera creer que va a volver a ser el hombre en­cantador que solía, podría invitarlo a visitarme alguna no­che de la semana que viene.
valmont: De veras.
merteuil: Todavía le amo, sabe, a pesar de todos sus errores y de todas mis quejas.
valmont: Me conmueve. ¿Qué más va a exigir antes de cumplir con sus compromisos? (Hay una pausa durante la cual la Merteuil mira a Valmont con aire travieso.)
merteuil: Tengo un amigo que se enredó, como sucede a veces, con una mujer enteramente impresentable. Cada vez que alguno de nosotros se lo hacía ver, siempre daba la misma respuesta endeble: no es culpa mía, decía. Estaba a punto de convertirse en el hazmerreír de todo el mundo. Y en ese punto, otra amiga mía decidió hablarle seriamente, y cosa importantísima, le hizo notar esa manía lingüística, de la que hasta entonces no se había dado cuenta, y le dijo que su nombre corría el riesgo de quedar cómicamente asocia­do a esa frase para el resto de su vida. Así que adivine lo que hizo.
valmont: Tengo el presentimiento que está a punto de decírmelo.
merteuil: Se fue a ver a su amante y le anunció por las buenas que iba a dejarla. Como era de esperarse, ella protestó cla­morosamente. Pero a todo lo que ella decía, a toda obje­ción que hacía, él contestaba simplemente: no es culpa mía. (Largo silencio. Finalmente, Valmont se levanta.)
valmont: No debo interrumpir más sus lecciones. (La Merteuil no contesta. Observa a Valmont, sonriendo, mientras él se dirige, sumido en sus pensamientos, hacia la puerta.)


ESCENA 6
La tarde siguiente. El salón de la casa de la Tourvel. Su lacayo in­troduce a Valmont y la señora de Tourvel se pone en pie de un sal­to, incapaz de ocultar su deleite. Valmont sin embargo parece estra­gado y exhausto y avanza casi a regañadientes por la habitación mientras el lacayo los deja solos. La señora de Tourvel corre hacia Valmont y se acurruca en sus brazos. Él la abraza casi involunta­riamente, haciendo de tripas corazón frente a lo que le espera.

tourvel: Te has retrasado sólo cinco minutos, pero me asusto tanto. Me convenzo en seguida de que no voy a volverte a ver. (Valmont se desenreda cuidadosamente del abrazo y pone cierta distancia entre ellos antes de hablar.)
valmont: Ángel mío.
tourvel: ¿No te pasa lo mismo?
valmont: Claro que sí. En este momento, por ejemplo, estoy bastante convencido de que no te volveré a ver. (Silencio. La señora de Tourvel frunce el ceño, tratando de interpretar eso.)
tourvel: ¿Qué?
valmont: Estoy tan aburrido, sabes. No es culpa mía.
tourvel: ¿Qué quieres decir?
valmont: Después de todo, han sido ya cuatro meses. Es lo que digo. No es culpa mía.
tourvel: ¿Quieres decir... quieres decir que ya no me amas?
valmont: Mi amor tuvo grandes dificultades para durar más que tu virtud. No es culpa mía.
tourvel: Es una mujer, ¿no es cierto?
valmont: Tienes absolutamente razón. He estado engañándote con Émilie. Entre otras. No es culpa mía.
tourvel: ¿Por qué haces esto?
valmont: Quizá me ha empujado a ello tu despiadada vulnera­bilidad. Sea como sea, no es culpa mía.
tourvel: No puedo creer lo que está sucediendo.
valmont: Hay una mujer. No Émilie, otra mujer. Una mujer que adoro. Y me temo que ella insiste en que te abandone. No es culpa mía. (De repente la señora de Tourvel se abalanza contra Valmont, agitando los puños. Forcejean en silencio un momento, antes de que ella le grite.)
tourvel: ¡Mentiroso!
valmont: Tienes razón, soy un mentiroso. Es como tu fidelidad, cosas de la vida, ni más ni menos irritante lo uno que lo otro. Indudablemente, no es culpa mía.
tourvel: ¡Basta! ¡No sigas diciendo eso!
valmont: Lo siento. No es culpa mía. (La señora de Tourvel grita.) ¿Por que no tomas otro amante? (La señora de Tourvel rompe a llorar, sacudiendo la cabeza y gimiendo incoherentemente.) Como quieras, claro. No es culpa mía.
tourvel: ¿Quieres matarme? (Valmont se dirige a grandes pasos hacia la señora de Tourvel, la toma de los cabellos y le hace levantar la cabeza a la fuerza, dejándola muda de momento.)
valmont: Escúchame. Me has dado mucho placer. Pero no lo­gro que me pese dejarte. Así es el mundo. No es culpa mía. (Cuando Valmont le suelta la cabellera, la señora de Tourvel se desploma cuan larga es, gimiendo y sollozando irreprimi­blemente. Valmont cruza hacia la puerta y se vuelve a mirar­la. Su expresión triunfante sólo ha durado un momento, y aho­ra deja el lugar a una mirada inquieta, obsesionada, atormentada. Sus ojos están llenos de miedo y de pesar. Por un momento es casi como si fuera a volver corriendo a ayu­darla. Abruptamente Valmont vuelve la espalda y se escurre con aire culpable.)


ESCENA 7
Alrededor de una semana más tarde. Una noche de diciembre en el salón de la señora de Merteuil. La Merteuil está sentada ante un pe­queño escritorio, escribiendo. Después aparece Valmont en el mar­co de la puerta, una vez más sin que lo anuncien. La Merteuil, que da la espalda a la puerta, no lo ve, pero cuando él avanza, levanta los ojos al escuchar los pasos y habla sin volverse.

merteuil: ¿Eres tú? Llegas temprano.
valmont: ¿Es temprano? (La Merteuil se vuelve, sorprendida; Valmont la saluda con una irónica reverencia.) Quería preguntarle: esa historia que me contó, ¿cómo ter­minaba?
merteuil: No sé a qué se refiere.
valmont: Bueno, una vez que ese amigo suyo siguió el consejo de aquella amiga suya, ¿volvió ella a aceptarlo?
merteuil: ¿Debo entender...?
valmont: Al día siguiente de nuestro último encuentro rompí con la señora de Tourvel. Con el argumento de que no era culpa mía. (Una lenta sorinsa de profunda satisfacción se expande por el rostro de la Merteuil.)
merteuil: ¡No me diga!
valmont: Absolutamente.
merteuil: ¿En serio?
valmont: Por mi honor.
merteuil: Pues qué espléndido. Nunca creí que lo haría.
valmont: Me pareció que no tenía caso demorarlo.
merteuil: ¿Con los resultados previstos?
valmont: Estaba postrada cuando me fui. Pasé a verla al día siguiente.
merteuil: ¿Pasó a verla?
valmont: Sí, pero no aceptó mi visita.
merteuil: Vaya, vaya.
valmont: Las pesquisas subsiguientes que llevé a cabo estable­cieron que se ha retirado a un convento.
merteuil: De veras.
valmont: Y allí sigue. Una conclusión muy adecuada, por cier­to. Es como si hubiera enviudado. (Reflexiona un momento y luego se vuelve hacia la Merteuil, irradiando confianza.) Vuestra merced me decía todo el tiempo que mi reputación estaba en peligro, pero creo que esto bien podría resultar mi hazaña más famosa. Creo que establece un nuevo pa­rangón. Pienso que puedo presentarlo con plena confianza como un reto a cualquier posible rival de mi posición. Sólo una cosa podría traerme mayor gloria.
merteuil: ¿Y qué es ello?
valmont: Volver a conquistarla.
merteuil: ¿Cree que podría?
valmont: No veo por qué no.
merteuil: Voy a decirle por qué no: porque cuando una mujer hiere el corazón de otra, rara vez falla; y la herida es inva­riablemente mortal.
valmont: ¿Es así?
merteuil: Estoy tan convencida de que es así, que estoy dispues­ta a apostar con todas las ventajas que se le ocurran a que no lo logra. (De la expresión de Vwlmont se ha esfumado una parte de su autosatisfacción.) Verá, también yo me inclino a considerar esto como uno de mis mayores triunfos.
valmont: De nada disfruta tanto una mujer como de una victo­ria sobre otra mujer.
merteuil: Sólo que, sabe, vizconde, mi victoria no fue sobre ella.
valmont: Claro que sí, ¿qué quiere decir?
merteuil: Era sobre vuestra merced. (Largo silencio. El miedo vuelve a la mirada de Valmont. Empieza a parecer preocupado. La Merteuil, por otra pane, nunca pareció más serena.) Eso es lo más divertido. Eso es lo auténticamente delicioso.
valmont: No sabe lo que dice.
merteuil: Amaba a esa mujer, vizconde. Es más: tadavía la ama. Bastante locamente. Si no estuviera tan avergonzado de eso, ¿cómo es posible que la hubiera tratado tan vilmente? No podía sufrir ni aun la vaga posibilidad de causar risa. Y eso prueba algo que siempre sospeché. Que la vanidad y la felicidad son incompatibles. (Valmont está bastante vapuleado. Se ve obligado a hacer un gran esfuerzo antes de poder proseguir, con la voz un poco ron­ca por la tensión.)
valmont: Sea cual sea la verdad o la falsedad de esas especula­ciones filosóficas, la cosa es que ha llegado su turno de ha­cer un sacrificio.
merteuil: ¿Así lo cree?
valmont: Danceny tiene que irse.
merteuil: ¿Adonde?
valmont: He sido más que paciente con ese pequeño capricho suyo, pero ya ha colmado la medida y tengo que insistir en que es preciso poner término a eso. (Silencio.)
merteuil: Una de las razones por las que nunca quise volver a casarme, a pesar de una lista bastante impresionante de ofertas, fue la determinación de no dejarme mandar nunca más. Decidí que si tenía ganas de decir una mentira, pre­fería decirla por gusto y no porque no tenía más remedio. Así que debo pedirle que adopte un tono menos marital.
valmont: Está enferma, sabe. La he enfermado. Lo hice por vuestra merced. De modo que lo menos que puede hacer es librarse de ese joven insípido.
merteuil: Yo hubiera pensado que se le habrían quitado por ahora las ganas de seguir mangoneando mujeres. (El rostro de Valmont se endurece.)
valmont: Está bien. Veo que tendré que ser muy claro. He ve­nido a pasar la noche. No tomaré a bien en absoluto que se me despache. (La Merteuil consulta rápidamente el reloj que hay en su es­critorio.)
merteuil: Lo siento. Me temo que he tomado otras dispo­siciones. (Una agria satisfacción empieza a avivar los rasgos de Val­mont.)
valmont: Ah. Ya sabía yo que había algo. Algo que tenía que decirle. Y que entre una cosa y otra se me estaba pasando.
merteuil: ¿Qué?
valmont: Danceny no va a venir. No esta noche.
merteuil: ¿Qué quiere decir? ¿Cómo lo sabe?
valmont: Lo sé porque he arreglado que pase la noche con Cécile. (Sonríe encantadoramente a la Merteuil.) Ahora que me acuerdo, mencionó efectivamente que le es­peraban aquí, pero cuando le hice ver que no tendría más remedio que elegir, debo decir que no vaciló un segundo. Yo le había dictado a Cécile una carta para él, para estar seguro, pero resultó que no hacía falta ser tan cauteloso. Él sabía muy bien lo que quería.
merteuil: Y yo ahora lo que vuestra merced quería.
valmont: Vendrá a verla mañana para explicarle y para ofrecer­le, no sé si tengo derecho a decírselo, sí, creo que sí, su amis­tad eterna. Como dijo vuestra merced, le tiene absoluta devoción.
merteuil: Basta, vizconde.
valmont: Tiene toda la razón. ¿Subimos?
merteuil: ¿Subimos adonde?
valmont: Arriba. A menos que prefiera este sofá que, si la me­moria no me engaña, es un verdadero purgatorio.
merteuil: Creo que es hora de que se vaya. (Silencio.)
valmont: No. Yo no lo creo. Hicimos un trato. Creo seriamen­te que no puedo permitirme un minuto más el lujo de de­jarme tomar el pelo.
merteuil: Recuerde que para estas cosas yo soy la mejor.
valmont: Tal vez. Pero siempre son los mejores nadadores los que se ahogan. Bueno, ¿si o no? Es cosa suya, por supues­to. Ni se me ocurriría tratar de influir en su decisión. Me li­mito pues a hacer observar que una negativa sería conside­rada como una declaración de guerra. Así que... no se necesita más que una sola palabra.
merteuil: Está bien.(Mira firmemente a Valmont durante un momento, casi bas­tante largo para que él concluya que ha decidido su respues­ta, pero aún no. Llega finalmente, tranquila y con autoridad.) La guerra. (Oscurecimiento.)


ESCENA 8
El amanecer de una brumosa mañana de diciembre en el bosque de Vincennes. A un lado del escenario, Valmont y Azolan; al otro, Dancenyy un criado. Valmont está haciendo su elección en una ca­ja de sables que Azolan mantiene abierta ante él. Sopesa ora uno ora otro. Danceny, mientras tanto, espera impaciente, en mangas de camisa, con el sable en la mano, apoyándose ora en uno ora en el otro pie. Finalmente, cuando Valmont parece ya apunto de de­cidirse, Danceny no puede contenerse más.

danceny: Ya sé que le fue fácil burlarse de mí cuando yo le di mi confianza, pero me parece que aquí verá que no hay lu­gar para engaños. (El criado de Danceny le mira desilusionado, pero Valmont responde con calma a esa ruptura de la etiqueta.)
valmont: Le recomiendo que guarde sus energías para el asun­to al que hemos venido. (Valmont escoge finalmente su sable y lo posa en tierra mien­tras Azolan le ayuda a quitarse la casaca y ponerse un guante negro. Después, Valmont y Danceny se acercan el uno al otro y toman la posición de guardia. Ante una señal de Azolan, em­pieza el duelo, feroz y decidido; la destreza de Valmont contra la fuña de Danceny. Durante algún tiempo están al tú por tú; Valmont en todo caso parece más peligroso. Después Danceny consigue, más por suerte que por habilidad, herirá Valmont en el brazo que no es el que usa para esgrimir. Sigue una corta pau­sa y luego, después de una consulta en voz baja entre Valmont y Azolan, los duelistas vuelven a tomar la postura de guardia y recomienzan. Esta vez es Danceny el que parece tener la inicia­tiva. Por algún motivo, relacionado o no con su herida, Val­mont parece haber perdido entusiasmo, y hasta interés, y en algún momento, la desviación de un ataque demasiado com­prometido de Danceny parece dejarle completamente expuesto, pero Valmont no aprovecha la ventaja de lo que parece ser una ocasión de oro. Al fin hay un momento de descuido muy cerca­no a la indiferencia departe de Valmont que permite a Danceny romper su guardia con un golpe que hiere a Valmont en algún lugar justo debajo del corazón. Hay un momento de mutuo sus­to, y después Danceny saca su sable y Valmont da un par de pa­sos titubeantes hacia él antes de derrumbarse con un ligero es­tertor hasta el suelo. Azolan corre hacia él, cae sobre una rodilla y le alza la cabeza.) Tengo frío. (Azolan corre en busca de la casaca de Valmont, mientras Danceny se vuelve hacia su criado.)
danceny: Ve a buscar al cirujano.
valmont: No, no.
danceny: Haz lo que te digo. (Danceny se queda sólo, incómodo, un poco aparte, de modo que Válmont tiene que hacer el considerable esfuerzo de alzar su voz por encima del susurro para asegurarse de que Danceny lo oiga.)
valmont: Un momento de su tiempo. (Danceny se acerca a regañadientes. Valmont empieza a in­tentar incorporarse sobre en codoyAzolan echa una rodilla a tierra para sostenerlo.) Dos cosas: un pequeño consejo, del que naturalmente pue­de no hacer caso, pero dado con buenas intenciones; y una petición. (Hace una pausa, un poco jadeante.)
danceny: Adelante.
valmont: El consejo es éste: tenga cuidado con la marquesa de Merteuil.
danceny: Me permitirá tomar con escepticismo cualquier cosa que me diga de ella.
valmont: Sin embargo tengo que decírselo: en esta historia, los dos somos sus creaturas. (Danceny mira a Válmont pensativamente, sin contestar de momento.)
danceny: ¿Y la petición?
valmont: Quiero ver como sea a la señora de Tourvel...
danceny: Tengo entendido que está muy enferma.
valmont: Por eso es importantísimo para mí. Quiero que le di­ga que no puedo explicar por qué rompí con ella como lo hice, pero que desde entonces mi vida no ha tenido ningún valor. Yo hundí la espada más a fondo que vuestra merced, querido muchacho, y quiero que me ayude a sacarla. Díga­le que es una suerte para ella que me haya ido y que me ale­gro de no tener que vivir sin ella. Dígale que su amor fue la única felicidad verdadera que he conocido.
danceny: Se lo diré.
valmont: Gracias. (El silencio queda roto por cantos intermitentes de pájaros. Danceny, de pronto desbordado, alza una mano para enjugar una lágrima. Azolan, observándolo da rienda suelta a su in­dignación.)
azolan: A buenas horas.
valmont: Déjale en paz. Tenía sobrados motivos para eso. Co­sa que nadie, me parece, pudo decir nunca de mí. (Levanta una mano hacia Danceny, pero el esfuerzo es dema­siado grande y se desploma hacia atrás antes de que Danceny pueda tomarle la mano. Está muerto.)


ESCENA 9
Nochevieja. Una vez más, tres damas jugando a las cartas en el salón de la residencia de la señora de Merteuü. Esta vez son la pro­pia señora de Merteuü, la señora de Volangesy la señora de Rose-monde, esta última de luto. Durante un momento el juego procede en silencio, hasta que le toca el tumo a la señora de Rosemondey está mirando a otra parte, perdida en sus pensamientos, sin concen­trarse y a en el juego. La Merteuü carraspea discretamente, sin lo­grar nada. Finalmente la señora de Volanges se inclina hacia ade­lante y toca en el codo a la señora de Rosemonde.

volanges: Señora. (La señora de Rosemonde vuelve en sí con un sobresalto.)
rosemonde: Perdónenme. A mi edad, parece razonable esperar que nos escatimarán más tragedias personales. Pero dos en el lapso de unos días...
merteuil: Por supuesto, señora.
volanges: Y estaba yo pensando precisamente: cuando vuestra merced vino a París hace un año, ¿recuerda aquella conver­sación que tuvimos? Tratábamos de decidir quién era la persona más feliz y más envidiable que conocíamos, y las dos estuvimos de acuerdo en que era la señora de Tourvel.
merteuil: Vuestra merced estaba con ella, ¿no es cierto?, cuando murió.
volanges: Estuve con ella desde el día siguiente de su huida al convento. Nunca olvidaré aquel terrible espectáculo. Cuan­do se arrancaba una y otra vez las vendas después que la sangraron. El delirio y las convulsiones. Cómo se consumió. (La Merteuil escucha, con su acendrada inexpresividad intacta, salvo por un brillo de satisfacción en los ojos. La señora de Volanges sacude la cabeza, suspira, prosigue.) Sea como sea, yo pienso que podría haberse repuesto si aquel desdichado joven no se las hubiera arreglado, quién sabe cómo, para hacerle saber que su sobrino había muer­to. Después de eso, perdió sencillamente la voluntad de vi­vir. Al parece, el vizconde, en el momento de morir, consi­guió convencer a Danceny de que la señora de Tourvel era la única mujer que amó en su vida.
merteuil: ¡Basta! (Las tres, incluso la Merteuil, se sorprenden de la aspereza de ese comentario inesperado. La Merteuil se apresura a resa­narla brecha añadiendo una tranquila explicación a la señora de Volanges.) Pienso que deberíamos respetar la sensibilidad de nuestra amiga.
rosemonde: Nada de eso, creo firmemente que esa era la verdad.
merteuil: Bueno, tal vez, no veo cómo podríamos saber... (Su voz es inusualmente trémula. Hace un esfuerzo por reco­brar su habitual aplomo y cambia de tema.) ¿Y su hija?
volanges: Parece bastante recalcitrante. Le he rogado y he ar­gumentado con ella, pero no mueve un dedo. Quería en efecto pedirles su opinión, a las dos. Esperamos al señor de Gercourt de un día para otro. ¿No habrá nada que hacer? ¿Tendré verdaderamente que romper un compromiso tan ventajoso?
merteuil: Ay no, claro que no.
rosemonde: Me temo que tendrá que hacerlo.
volanges: ¿Pero por qué?
rosemonde: Preferiría que no lo preguntara.
merteuil: Creo que debe dar una razón, señora, si pide a nues­tra amiga que sacrifique un porvenir tan glorioso. (El ánimo combativo le ha vuelto ya, y su voz es tan fresca y voluntariosa como siempre.)
volanges: Para serle franca, señora, y a pesar de su crimen, pre­feriría casar a Cécile con Danceny antes que ver a mi única hija metida de monja.
rosemonde: Ya que hablamos de eso, he tenido noticias de Danceny. Me mandó una carta muy extraña. Desde Malta.
volanges: Ah, ¿fue allí adonde huyó? (Cae un silencio. La Merteuil está forzándose en digerir lo que ha dicho la señora de Rosemonde. Cuando lo consigue, se vuelve hacia la señora de Volanges.)
merteuil: Pensándolo bien, querida, supongo que lo mejor será atenerse a la sabiduría y la experiencia de la señora. Tal vez debería dejar a Cécile en el convento.
volanges: Pero tiene que haber una razón. (Silencio. Nadie parece dispuesto a añadir nada y la pregun­ta de la señora de Volanges queda en el aire. Finalmente la Merteuil habla con su habitual autoridad.)
merteuil: Han sido unas semanas terribles, pero el tiempo se va tan rápido. Mañana será otro año y ya hemos pasado la mi­tad de la octava década. Antes me daba miedo envejecer, pero ahora confío en Dios y acepto. Me atrevería a decir que no estaría mal saludar lo que la novena década nos ten­ga deparado. Entre tanto, sugiero que lo mejor que pode­mos hacer es continuar el juego. (Las palabras de la Merteuil tienen un efecto calmante sobre sus compañeras y efectivamente continúan el juego. La atmósfera es serena. Muy lentamente se desvanecen las lu­ces.)





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