Pigmalión. Shaw Bernard.





Pigmalión

Shaw Bernard


ACTO I

Londres a las 11.15 p. m. Torrentes de fuerte lluvia estival. Silbatos para llamar taxímetros resonando frenéticamente. Transeúntes corriendo en busca de refugio hacia el atrio de la iglesia de San Pablo (no la catedral de Wren, sino la iglesia de Iñigo Jones, en el mercado de hortalizas de Covent Garden), entre ellos una señora y su hija, en trajes de noche. Todos contemplan lúgubremente la lluvia, salvo un hombre que está vuelto de espaldas hacia los demás, completamente preocupado con una libreta de anotaciones en la cual escribe algo.
El reloj de la iglesia da el primer cuarto.

LA HIJA (en el espacio entre las columnas centrales, junto a la que tiene a su izquierda). — Me estoy helando hasta los tuétanos. ¿Qué podrá estar haciendo Freddy, que tarda tanto? Hace ya veinte minutos que se fue.
LA MADRE (a la derecha de su hija). —No tanto. Pero ya tendría que habernos conseguido un coche de alquiler.
UN CIRCUNSTANTE (a la derecha de la señora). —No conseguirá ningún coche, señora, hasta las once y media, cuan­do ya vuelvan de dejar a sus quilientes de los teatros.
LA MADRE. — Pero es que necesitamos un taxi. No pode­mos quedarnos aquí hasta las once y media.   ¡Es un engorro!
EL   CIRCUNSTANTE. — Bueno,  no  es   culpa  mía,   señora.
LA HIJA. — Si Freddy tuviese un poco de hígados, habría conseguido uno a la puerta del teatro.
LA MADRE. — ¿Qué podía hacer, pobrecito?
LA HIJA. — Otros consiguen taxímetros. ¿Por qué no con­siguió uno él?
Freddy sale corriendo de la lluvia, del lado de la calle Southampton, y se pone entre ambas mujeres, cerrando un paraguas que chorrea. Es un joven de veinte años, en traje de noche, con los bajos de los pantalones completamente empapados.
LA HIJA. — Bueno, ¿conseguiste uno?
FREDDY. — No  es  posible  encontrar uno ni  para  remedio.
LA MADRE.— ¡Oh, Freddy, es preciso que haya uno! No lo habrás buscado en serio.
LA HIJA. — Es fastidioso. ¿Acaso esperas que vayamos nos­otras a buscarlo?
FREDDY. — Te digo que están todos ocupados. La lluvia fue tan repentina... Nadie estaba preparado. Y todos tuvieron que tomar un coche. Llegué hasta Charing Cross por un lado y casi hasta Ludgate Circus por el otro. Y estaban todos ocupados.
LA MADRE. — ¿Probaste en Trafalgar Square?
FREDDY. — No había ni uno en Trafalgar Square.
LA HIJA. —Pero, ¿probaste?
FREDDY. — Llegué hasta la estación de Charing Cross. ¿Esperabas que me fuese caminando hasta Hammersmith?
LA HIJA. — No hiciste ningún intento serio.
LA MADRE. — Eres realmente inútil, Freddy. Vé otra vez. Y no vuelvas hasta que no hayas encontrado un taxi.
FREDDY. — Lo único que conseguiré es empaparme, sin ningún resultado.
LA HIJA. — ¿Y nosotras? ¿Tendremos que quedarnos aquí toda la noche, con esta corriente de aire y casi nada encima? ¡Puerco egoísta... !
FREDDY.— ¡Oh, muy bien! ¡Iré, iré! (Abre el paraguas y se precipita en dirección del Strand, pero choca contra una florista que llega corriendo en busca de refugio, haciéndole caer de las manos la cesta de flores. Un relámpago cegador, seguido instantáneamente de un estrepitoso trueno, orquesta el incidente.)
LA FLORISTA. — Vamo' Freddy. A ver si mira' dónde pone' lohpie'.
FREDDY. — Perdón.   (Sale  precipitadamente.)
LA FLORISTA (recogiendo sus flores caídas y volviendo a ponerlas en la cesta). — ¡Vaya modaleh! ¡Do' ramiyeteh de violetah pisotead'en el barro! (Se sienta en el plinto de la columna, revisando las flores, a la derecha de la dama. No es en modo alguno una figura romántica. Tendrá unos dieciocho años, quizá veinte, difícilmente más. Lleva un sombrerito ma­rinero, de paja negra, que ha estado expuesto durante mucho tiempo al polvo y el hollín de Londres y muy pocas veces, o nunca, fue cepillado. Su cabello está grandemente necesitado de un lavado; no es posible que su color ratonesco sea natural. Lleva una chaqueta de imitación de lana, negra, que le llega casi a las rodillas y le va entallada en la cintura. Tiene faldas castañas y un tosco delantal. Sus zapatos están terriblemente maltrechos por el uso. Indudablemente va tan limpia como puede permitírselo. Pero, en comparación con las damas, está sumamente sucia. Sus facciones no son peores que las de ellas, pero el estado en que se encuentran deja mucho que desear. Y, además, necesita los servicios de un dentista)
LA MADRE. — Por favor, ¿cómo sabes que mi hijo se llama Freddy?
LA FLORISTA. — ¡Ah, eh su hijo!, ¿eh? Bueno, pueh si usté' hubiese cumplido con su deber de madre, él no le habería 'ruinado la' floresuna pobre chica para despuéh 'caparse sin pagar. ¿Me lah pagará usté'?
LA HIJA. —No hagas nada de eso, mamá.  ¡Qué ocurrencia!
LA MADRE. — Por favor, permíteme, Clara. ¿Tienes alguna moneda de un penique?
LA HIJA. — No. No tengo nada más pequeño que una de seis peniques.
LA FLORISTA (esperanzada). — Puedo darle cambio d'un bíyete de dieh chelineh, bondadosa dama.
LA MADRE (a Clara). — Dámela. (Clara se la entrega a desgana.)  (A la florista.) Vaya, aquí tienes esto por tus flores.
LA  FLORISTA. — Muchísimah gracia',  señora.
LA HIJA. — Haz que te dé la vuelta. Estas cosas no valen más que un penique el ramillete.
LA MADRE. — Cierra la boca, Clara. (A la muchacha.) Puedes  guardarte la vuelta.
LA FLORISTA. — ¡Oh, graciah, señora!
LA MADRE. — Y ahora díme cómo sabías el nombre de ese caballero.
LA FLORISTA. — No lo sabía.
LA MADRE. — Te oí llamarle por él. No trates de enga­ñarme.
LA FLORISTA (protestando). — ¿Quién ehtá tartando d'engañarla? Lo yamé Freddy, o Charlie, com'usté' mihma podría 'berl'hecho si hubier'ehtado hablando con un deheonocido y tártara de mohtrarse agueradable.
LA HIJA.— ¡Seis peniques malgastados! ¡De veras, mamá, habrías podido evitarle eso a Freddy! (Disgustada, se pone detrás de la columna.)
Un caballero de edad, de tipo bondadoso y marcial, entra, corriendo al atrio y cierra un paraguas que chorrea agua. Está en el mismo lamentable estado que Freddy, con los bajos de los pantalones empapados. Viste traje de noche y lleva un abrigo liviano. Ocupa el lugar de la izquierda que la hija ha dejado  vacante.
EL CABALLERO. — ¡Uf!
LA MADRE (al caballero). — Oh, señor, ¿le parece que parará?
EL CABALLERO. — Me temo que no. Hace unos minutos comenzó a llover con más fuerza que antes. (Se dirige al plinto, junto a la florista, apoya un pie en él y se inclina para arrollarse las perneras del pantalón.)
LA MADRE.— ¡Oh, qué cosa! (Se aparta con tristeza y se une a su hija.)
LA FLORISTA (aprovechando la proximidad del marcial caballero para establecer relaciones amistosas con él). — Si yueve máh fuerte, e'señal de que pronto terminará. De modo que alégrese, jefe. Y cómprele unah floreh 'una pobre  chica.
EL CABALLERO. — Lo siento. No tengo cambio.
LA FLORISTA. — Yo puedo darle  cambio, jefe.
EL CABALLERO. — ¿De un soberano? No tengo más chico.
LA FLORISTA. — ¡Caray! ¡Oh, cómpreme unah flore', jefe! Puedo  cambiarle media  corona.  Tom'ehta' por  doh penique'.
EL CABALLERO. — Vaya, no seas molesta, pórtate como una buena chica. (Buscando en los bolsillos.) En realidad no tengo cambio... Espera. Aquí hay tres medios peniques, si te sirven de algo.  (Se retira a la otra columna.)
LA FLORISTA (desilusionada, pero pensando que tres me­dios peniques son mejor que nada). — Graciah, señor.
EL CIRCUNSTANTE (a la muchacha).Ten cuidado; dal'una flor por las monedas. Aquí atrás hay un sujeto que anota cad'una de las palabras que dices. (Todos se vuelven hacia el hombre que toma nota.)
LA FLORISTA (poniéndose de pie de un salto, aterroriza­da)  — ¡N'hice nada malo con hablarle'l cabayero. Tengo de­recho a vender floreh, si no m'acerco a Facera. (Histérica.) Soy'na muchacha respetable. Que Dioh m'ampare, no l'hablé máh que para pedirle que me compr'unah flore'.
Murmullo general, en su mayor parte muestras de simpatía hacia la florista, pero manifestando desdén hacia su excesiva sensibilidad. Gritos de ¡No'mpies'a gritar! ¿Quién t'hecho nada? Nadie piensa tocarte. ¿Para qué haceh tanto baruyo? ¡Cálmate! ¡Basta, basta!, etc., surgen de los espectadores de más edad, más formales, que la palmean consoladoramente. Los menos pacientes le piden que cierre el pico, o le preguntan ruda­mente qué le duele. Un grupo más alejado, sin saber qué ocu­rre, se aproxima y aumenta la batahola con preguntas y res­puestas: ¿Qué pasa? ¿Qu'hizo eya? ¿Dón'stá él? Un pesquisante que anotaba todo lo que decía. ¿Quién? ¿El? Sí, ese que'stá'í. Le quitó dinero'l cabayero, etc.
LA FLORISTA (abriéndose paso entre ellos, acercándose al caballero y gritando frenéticamente).— ¡Oh, señor, no deje que me yeve! ¡Usté' no sabe lo qu'eso sinifica para mí! Arrastrarán mí nombre por el barro y me lanzarán a la caye por hablar a  cabayeros.  Me....
EL QUE TOMA NOTA   (acercándose a la derecha de  la joven, los demás apiñándose detrás de él). — ¡Vaya, vaya, vaya, vaya! ¿Quién te hace nada?, ¡tonta! ¿Por quién me has to­mado?
EL CIRCUNSTANTE. — N'eh nada. Pares'un cabayero. Mirenlé loh zapato'. (Explicando, al que toma nota.) Eya creyó custé'ra'n soplón,  señor.
EL QUE TOMA NOTA (súbitamente interesado). — ¿Qué es un soplón?
EL CIRCUNSTANTE (poco ducho en definiciones).Es un... bueno, es un soplón, como quien dice. ¿De qué otro modo podría yamárselo? Un'ehpecie de delator.
LA FLORISTA (todavía histérica). — Juro por la Biblia que no dije ni una sola palabra...
EL QUE TOMA NOTA (dominador pero afable). — ¡Oh, cállate, cállate!  ¿Acaso parezco un policía?
LA FLORISTA (lejos de sentirse tranquilizada).—Y enton­ces, ¿por qué'hcribió mis palabras? ¿Cómo sé si la'hcribió bien? Muéstreme lo qu'ehcribió de mí. (El que toma nota abre su libretita y la sostiene tranquilamente ante las narices de la flo­rista, aunque los empujones del genio que trata de leer por sobre su hombro habrían derribado a un hombre más débil.) ¿Qué'seso? No'sunahcritura correta. No puedo lerla.
EL QUE TOMA NOTA. — Yo sí. (Lee, reproduciendo exac­tamente la pronunciación de la joven.) "Alégrese, jefe. Y cóm­prele unah floreh 'una pobre chica."
LA FLORISTA (profundamente afligida). — Eh porque lo yamé jefe. (Al caballero.) ¡Oh, señor, no deje que me yeve por una palabra!  Usté'...
EL CABALLERO. — ¡Llevarte! Yo no te he acusado. (Al que toma nota.) De veras, señor, si es usted un pesquisante, no necesita tomar medidas para protegerme de las jóvenes, si yo no se lo pido. Cualquiera puede darse cuenta de que la muchacha no tenía malas intenciones.
LOS CIRCUNSTANTES EN GENERAL (en una demostra­ción contra el espionaje policial). — ¡Eh claro que no! ¿Qué demonio' l'import'él? Quier'un asenso, es'eh lo que quiere. ¡Anotando lah palabra' de la gente! ¿Qué dañ'hizo eya? ¡Muy lindo qu'una muchacha no pueda guarecerse de la yuvia sin ser insultada (La joven es llevada de nuevo al plinto por los demostradores más simpáticos, y vuelve a sentarse y lucha para dominar sus emociones.)
EL CIRCUNSTANTE. — No's un pehquisa. Es un maldito fisgón. Es'eh lo qu'es. ¿No le ven los zapatos?
— EL   QUE   TOMA   NOTA   (volviéndose   afablemente  hacia él). —¿Y qué tal le va a su familia en Selsey?
EL CIRCUNSTANTE (suspicaz).¿Quién le dijo que mi famili'eh de  Selsey?
EL QUE TOMA NOTA. — No interesa. De ahí es. (A la joven.) ¿Cómo es que has venido tan al este? Naciste en Lisson Grove.
LA FLORISTA (despavorida). — ¡Oh!, ¿qué tien' de malo que m'haya ido de Lisson Grove? Ni'n cerdo nabería vivid'ayí. Y tenía de pagar cuatro chelin'y sei' peniqueh por semana. (Llorosa.)   ¡Oh,  ay,  ay,  ay!
EL QUE TOMA NOTA. — Vive donde quieras, pero cesa ya con ese ruido.
EL CABALLERO (a la joven). — ¡Vaya, vaya! No puede hacerte nada. Tienes derecho a vivir donde te plazca.
UN ESPECTADOR SARCASTICO (interponiéndose entre el que toma nota y el caballero). — En Park Lane, por ejem­plo. Me agradaría discutir el problema de la vivienda, le aseguro.
LA FLORISTA (poniéndose melancólica, con la cabeza ga­cha sobre su cesta).— Soy 'na buena chica, soy.
UN   ESPECTADOR   SARCASTICO   (sin   hacerle   caso)¿Sabe de dónde provengo yo?
EL QUE TOMA NOTA  (rápidamente).De Hoxton.
Risitas contenidas. Aumenta el interés por la exhibición ofre­cida por el que toma nota.
EL SARCASTICO (asombrado). — Bueno, y, ¿quién dijo que no es así? ¡Caray!  ¡Lo sabe todo, lo sabe... !
LA FLORISTA (todavía dando alas a su sensación de ofen­sa).—No tiene drecho a meterse conmigo.
EL CIRCUNSTANTE (a ella).Eh claro que sí. No se lo tolere'. (Al que toma nota.) Oiga, ¿qué drecho tiene a meterse con gente que no l'hecho nada?
LA FLORISTA. — Que diga lo que quiera. No quiero tener trato'  con  él.
EL CIRCUNSTANTE. — Noh trata como si fuéramoh ba­sura, ¿eh? ¡Me guhtaría verlo dirigiendo insolencia'n cabayero!
EL ESPECTADOR SARCASTICO. — Sí, ya que quiere an­dar prediciendo la suerte, que le diga a él de dónde proviene.
EL QUE TOMA NOTA. — Se crió en Cheltenham, estudió en Harrow y Cambridge y residió en la India.
EL CABALLERO. — Correcto.
Grandes carcajadas. Reacción en favor del tomador de notas.
Exclamaciones de ¡Lo sabe todo! ¡Se lo dijo bien! ¿Lo oyeron decirle al petimetre de dónde venía?, etcétera.
EL CABALLERO. — ¿Puedo preguntarle, señor, si se gana la vida con eso en algún teatro de variedades?
EL QUE TOMA NOTA. — Había pensado en eso. Quizá lo haga algún día.
La lluvia ha cesado y comienzan a alejarse los de la parte exterior del corro.
LA FLORISTA (ofendida por la reacción de la gente). — No's un cabayero, si se mete con'a pobre chica.
LA HIJA (impacientada, abriéndose paso con brusquedad hacia el frente y apartando al caballero, que cortésmente se retira hacia el otro lado de la columna). — ¿Qué demonios es­tará haciendo Freddy? Me pescaré una pulmonía si me quedo un rato más en esta corriente.
EL QUE TOMA NOTA (para sí, anotando apresuradamente su pronunciación de "monía"). — Earlscourt.
LA HIJA (con violencia). — ¿Quiere hacerme el favor de guardar para sí sus impertinentes observaciones?
EL QUE TOMA NOTA. — Le ruego que me perdone. ¿Lo dije en voz alta? No fue mi intención. Su madre, inconfundi­blemente, es de Epsom.
LA MADRE (adelantándose y poniéndose entre la hija y el que toma nota).— ¡Qué curioso! Me crié en Parque Grandama, cerca de Epsom.
EL QUE TOMA NOTA (estrepitosamente divertido). —¡Ja, ja! ¡Qué nombre tan singular! Perdón. (A la hija.) Usted quiere un coche, ¿no es eso?
LA HIJA. — No se atreva a hablarme.
LA MADRE.— ¡Oh, por favor, por favor, Clara! (La hija la repudia con un airado encogimiento de hombros y se retira altaneramente.) Le quedaríamos agradecidas, señor, si nos en­contrara un coche. (El que toma nota extrae un silbato.) Oh, gracias.  (Se une a su hija.)
El que toma nota lanza un silbido penetrante.
EL ESPECTADOR SARCASTICO. — ¡Vaya, ya sabía que era un policía con ropa de civil!
EL CIRCUNSTANTE. — No es un silbato de policía, sino de  deportista.
LA FLORISTA (todavía preocupada por dar expresión a sus sentimientos heridos). —No tiene derecho a difamarme. Mi buen nombre tiene para mí el mihmo valor que'l d'una dama.
EL QUE TOMA NOTA. — No sé si se han dado cuenta, pero la lluvia ha cesado hace unos dos minutos.
EL CIRCUNSTANTE. — Así eh. ¿Por qué no lo dijo ante? ¡Y nosotro' perdiendo el tiempo con suh tontería'! (Sale en dirección del Strand.)
EL ESPECTADOR SARCASTICO. — Puedo decirle de dón­de proviene usté'. De Anwell. Vuélvase  aya.
EL QUE TOMA NOTA  (colaborando). — Hanwell.1
EL ESPECTADOR SARCASTICO (fingiendo una gran dis­tinción de pronunciación). — ¡Gracias, profesor! ¡Jo, jo! Adiós. (Se toca el sombrero con fingido respeto y se aleja.)
LA FLORISTA. — ¡Asustar a la gente d'ese modo! ¿Qué le parecería si si l'hicieran a él?
LA MADRE. — Ya ha parado, Clara. Podemos ir a tomar el ómnibus. Ven. (Se recoge las faldas por sobre los tobillos y se dirige apresuradamente hacia el Strand.)
LA HIJA. — Pero, ¿y el coche? (Su madre está fuera del alcance de su voz.)   ¡Oh, qué fastidio!   (La sigue, iracunda.)
Todos los demás se han ido, salvo el que toma nota, el ca­ballero y la florista, que está sentada, arreglando su cesta y compadeciéndose aún a sí misma en murmullos.
LA FLORISTA. — ¡Pobre chica! Ya balitante dura eh su vida sin necidá' de que la mortifiquen y l'insulten.

1 La h, como se sabe, tiene casi siempre en inglés, a principio de palabra, un sonido aspirado. Uno de los defectos corrientes de la pronunciación cockney consiste en la omisión de ese sonido. (N. del   T.)
EL CABALLERO (volviendo a su antiguo puesto, a la iz­quierda del que toma nota). — ¿Cómo lo hace, si me permite la pregunta?
EL QUE TOMA NOTA. — Una simple cuestión de fonética. La ciencia del lenguaje hablado. Es mi profesión; y también mi manía. ¡Dichoso del hombre que puede ganarse la vida con su chifladura! Un irlandés o un hombre del condado de York pueden ser distinguidos por su pronunciación. Yo puedo loca­lizar el lugar de nacimiento de un hombre con un margen de error de diez kilómetros. Puedo ubicarlo en Londres con uno de tres kilómetros. Y a veces con un margen de equivoca­ción de dos calles.
LA FLORISTA. — ¡ Tendería qu'avergonzarse, cobarde, poc' hombre!
EL CABALLERO. — Pero, ¿puede uno ganarse la vida con eso?
EL QUE TOMA NOTA. — Oh, sí. Y muy bien. Esta es una época de advenedizos. La gente empieza en Kentish Town con 80 libras esterlinas  anuales y termina en  Park Lane con cien mil. Quieren olvidarse de su acento natal, pero se traicionan cada vez que abren la boca. Y bien:  yo puedo enseñarles...
LA FLORISTA. — Que s'ocupe de suh propio' asunto' y deje tranqui'una pobre chica...
EL QUE TOMA NOTA (vehementemente). —¡Mujer, ter­mina, ahora mismo con ese insoportable lloriqueo, o, de lo contrario, busca el refugio de otro lugar de adoración!
LA FLORISTA (débilmente desafiante). — ¡Tengo drecho a ehtar aquí, si quiero, igual qu'usté'!
EL QUE TOMA NOTA. — Una mujer que emite sonidos tan deprimentes y repugnantes no tiene derecho a estar en parte alguna... no tiene derecho a vivir. Recuerda que eres un ser humano que tiene un alma y el don divino del idioma arti­cularlo; tu idioma nativo es el de Shakespeare, el de Milton y de la Biblia. Y no te quedes ahí canturreando como una pa­loma biliosa.
LA FLORISTA (absolutamente desconcertada, mirándole con una expresión entre admiración y súplica, sin atreverse a le­vantar la cabeza). — ¡Ah-ah-ooooiii!
EL QUE TOMA NOTA (extrayendo rápidamente la libretita).— ¡Cielos, qué sonido! (Escribe, luego contempla lo es­crito y lee, reproduciendo con exactitud la vocalización.) ¡Ah-ah-ooooiii!
LA FLORISTA (divertida por la exhibición y riendo a pesar suyo). — ¡Caray!
EL QUE TOMA NOTA. — ¿Ve usted a esta criatura con su inglés del albañal, con su inglés que la mantendrá en el arroyo hasta el fin de sus días? Pues bien, señor: en tres meses podría hacer pasar a esta muchacha por una duquesa en la recepción de cualquier embajador. Incluso podría conseguirle un puesto de dama de compañía o de vendedora en una tienda, empleos para los cuales se necesita hablar un inglés mejor.
LA FLORISTA. — ¿Cóm'dice?
EL QUE TOMA NOTA. — Sí, tú, hoja de repollo aplastado; tú, deshonra de la noble arquitectura de estas columnas; tú, insulto viviente a la lengua inglesa... Podría hacerte pasar por la Reina de Saba.  (Al caballero.) ¿No lo cree usted?
EL CABALLERO. — Por supuesto que sí. Yo mismo soy un estudioso de los dialectos hindúes. Y...
EL QUE TOMA NOTA (ansioso). — ¿De veras? ¿Conoce al coronel Pickering, el autor de El Sánscrito Hablado?
EL CABALLERO. — Yo soy el coronel Pickering. ¿Quién es usted?
EL QUE TOMA NOTA. — Henry Higgins, autor de El Al­fabeto Universal de Higgins.
PICKERING (con entusiasmo). — ¡He venido de la India para conocerlo!
HIGGINS. — ¡Y yo iba a viajar a la India para conocerlo a usted!
PICKERING. — ¿Dónde vive?
HIGGINS. — Calle Wimpole, 27A. Venga  a  verme mañana.
PICKERING. — Yo paro en el Carlton. Acompáñeme ahora y conversemos mientras cenamos.
HIGGINS. — Encantado.
LA FLORISTA (a Pickering, cuando éste pasa junto a ella). — Compr'una flor, bondadoso cabayero. Tengo de pagar el alojamiento.
PICKERING. — No tengo cambio, de veras. Lo siento. (Sale.)
HIGGINS (escandalizado ante la mendacidad de la mucha­cha).— ¡Mentirosa! Dijiste que tenías cambio de media corona.
LA FLORISTA (levantándose, desesperada). — ¡Tendrían que reyenarlo de clavos, tendrían! (Arrojándole la cesta a los pies.) Yévese toda la maldita cehta por seih penique'.
El reloj de la iglesia da el segundo cuarto.
HIGGINS (oyendo en la campanada la voz de Dios, que le reprocha por su farisaica falta de caridad hacia la pobre muchacha). — Un recordatorio. (Se quita solemnemente el som­brero, arroja un puñado de monedas en la cesta y sigue a Pickering.)
LA FLORISTA (recogiendo media corona). — ¡Ah-ooi! (Recogiendo un par de florines.) ¡Aaaaaaah-ooii! (Recogiendo medio soberano.)  ¡Aaaaaaaaaaaah-oooiii!
FREDDY (bajando de un taxímetro de un salto). — Por fin conseguí uno. ¡Hola...! (A la joven.) ¿Dónde están las dos damas que se encontraban aquí?
LA FLORISTA. — Fueron a tomar el ónibuh cuan' paró la yuvia.
FREDDY. — ¡Y me dejan colgado con el taxi! ¡Maldición!
LA FLORISTA (con majestuosidad). — N'importa, joven. Yo iré a casa'n taxi. (Se dirige hacia el vehículo. El conductor tiende la mano hacia atrás y mantiene la puerta firmemente cerrada. Comprendiendo perfectamente la desconfianza del hombre, la florista le muestra un puñado de monedas.) El cohto de'n viaje'n taxi no tiene ninguna 'nportancia para mí, Charlie. (El conductor sonríe y abre la portezuela.) ¡Ah! ¿Y la cehta?
EL  CONDUCTOR. — Tiaela'quí.  Dos  peniqueh  máh.
LIZA. — No, no quiero que nadie la vea. (La mete en la parte trasera y se introduce ella detrás, continuando la conversación a través de la ventanilla.) Adióh, Freddy.
FREDDY (atónito, quitándose el sombrero). — Adiós.
CONDUCTOR. — ¿A dónde?
LIZA.—A Bucknam Pelis  (Suckingham Palace).
CONDUCTOR. — ¿Qué quieres decir con eso de Bucknam Pelis?
LIZA. — ¿No sabes dón'stá? En el Green Park, donde vive'. Rey. Adióh, Freddy. No quiero entertenerte máh. Adiós.
FREDDY. —Adiós.   (Se va.)
CONDUCTOR. — ¡Oye! ¿Qué's eso de Bucknam Pelis? ¿Qué tieneh tú que hacer en Buknam Pelis?
LIZA. — Nada, por supuehto. Pero no quería qu'él lo supiera. Yévame a casa.
CONDUCTOR. — ¿Y dónstá tu casa?
LIZA. — En Ángel Court, Drury Lane, junto a la tienda de aceites de Meiklejohn.
CONDUCTOR. — Eso ya's máh comperensible, Judy. (Pone en marcha el coche y se aleja.)

Sigamos al taxi hasta la entrada de Ángel Court, una peque­ña y estrecha arcada entre dos tiendas, una de ellas la de venta de aceite de Meiklejohn. Cuando se detiene, Eliza desciende, arrastrando la cesta.
LIZA. — ¿Cuánto?
CONDUCTOR (indicando el taxímetro). — ¿No saben ler? Un chelín.
LIZA. — ¡Un chelín por doh minuto'!
CONDUCTOR. — Doh minutoh o die':  eh lo mihmo.
LIZA. — Bueno, pueh no me parece bien.
CONDUCTOR. — ¿Viajahte'lguna vez'n taxi?
LIZA  (con dignidad). — Cientoh y mileh de vece', joven.
CONDUCTOR (riéndose de ella). —Te felicito, Judy. Guárdate'l chelín, querida, con loh mejore'saludo' de la familia. ¡Buena  suerte!   (Se va.)
LIZA  (humillada). — ¡Dehcaro!

Toma la cesta y sube con ella trabajosamente por la calleja en dirección a su alojamiento, un cuartito con un viejísimo em­papelado que se ha desprendido en los puntos húmedos. Un vidrio roto de la ventana ha sido remendado con papeles. Un retrato de un actor popular y un grabado con modelos de vestidos, todos ridículamente fuera del alcance de los medios de Eliza, arrancados de periódicos, están pegados a la pared. Una jaula de pájaros cuelga de la ventana, pero su inquilino murió tiempo ha; ahora sólo hace el papel de monumento recorda­torio.
Esos son los únicos refinamientos visibles. Lo demás es el mínimo irreductible de lo que le es necesario a una persona pobre: una miserable cama sobre la que se apilan todos los trapos que pueden proporcionar algún calor; un cajón de em­balar, cubierto con una tela, sobre él una jofaina con una jarra y, en la pared, un espejito; una silla y una mesa, los restos de alguna cocina suburbana y un reloj despertador norteamericano sobre la repisa, encima del hogar que no se usa. El conjunto está iluminado por un pico de gas que funciona con una mo­neda de un penique en la ranura del medidor. Alquiler, cuatro chelines semanales.
Allí, Eliza, crónicamente fatigada, pero demasiado excitada como para acostarse, está sentada, contando sus nuevas rique­zas y soñando y esbozando los planes de lo que hará con ellas, hasta que el gas se apaga, momento en que disfruta por pri­mera vez de la sensación de poder poner otro penique en el medidor y no verse obligada a escatimarlo. Este estado de áni­mo de prodigalidad no apaga su corrosiva conciencia de su pe­nuria lo bastante como para impedirle calcular que puede soñar y planear en la cama más económica y tibiamente, sin necesi­dad de fuego. De modo que se quita el chal y las faldas y los agrega a la miscelánea de ropas de cama. Luego se quita los zapatos a puntapiés y se mete en la cama sin mayores cere­monias.

ACTO II

El día siguiente, a las 11 de la mañana. El laboratorio de Higgins en la calle Wimpole. Es un cuarto del primer piso, a la calle, destinado originariamente a ser la sala. Las puertas dobles están en el centro de la pared del fondo y las personas que entran por ellas encuentran, a su derecha, dos altos ar­chivos, formando ángulo recto entre sí, adosados contra las paredes. En ese rincón hay una mesa de escribir y sobre ella un fonógrafo, un laringoscopio, una hilera de tubitos de órgano con un fuelle, un juego de tubos de lámpara para llamas musi­cales, con mecheros unidos a un enchufe de la pared por medio de un tubo de goma; varios diapasones de distintos tamaños, una imagen en tamaño natural representando un corte longitu­dinal de la cabeza humana, con los órganos vocales, y una caja con una provisión de cilindros de cera para el fonógrafo.
Más adentro, del mismo lado, hay una chimenea, con una cómoda poltrona forrada de cuero en el costado del hogar que está más cerca de la puerta, y un cubo con carbón. Sobre la repisa hay un reloj. Entre la chimenea y la mesa del fonógrafo hay un mueble para  periódicos.
Al otro costado de la puerta central, a la izquierda del visi­tante, se encuentra un armario de cajones poco profundos. Sobre él hay un teléfono y la guía telefónica. El rincón, más allá, sobre la pared del costado, está ocupado por un piano de cola, con el teclado puesto hacia el lado más alejado de la puerta y un banco que se extiende a todo lo largo del teclado. Sobre el piano se ve una frutera colmada de frutas y dulces, la mayor parte de chocolate.
El centro de la habitación está desocupado. Aparte de la poltrona, el banco del piano y dos sillas ubicadas junto a la mesa del fonógrafo, hay una silla suelta, que se encuentra cerca de la chimenea. En las paredes, grabados, casi todos de Piranesi o retratos a la media tinta. No hay cuadros.
Pickering está sentado a la mesa, dejando unas tarjetas y un diapasón que acaba de usar. Higgins está de pie cerca de él, cerrando dos o tres cajones del archivo, que estaban abiertos. A la luz matinal aparece como un hombre robusto, lleno de vida, de buena salud, de unos cuarenta años, aproximadamente, vestido con una levita negra de aspecto profesional, cuello de lino blanco y corbata de seda negra. Pertenece al tipo enérgico, científico, y se interesa sincera, casi violentamente, por todo lo que puede ser estudiado como tema científico; por el contrario, se asigna muy poca importancia a sí mismo y a las demás personas y no le interesan los sentimientos ajenos. Es, en rigor, si no se tienen en cuenta su edad y su estatura, más bien un chiquillo sumamente impetuoso que "aprende" vocin­glera y ávidamente y necesita tanta vigilancia como un niño para impedirle que produzca daños inintencionados. Su humor varía entre la agresividad, cuando se encuentra de buen talan­te, y la impaciencia borrascosa cuando algo le sale mal. Pero es tan enteramente franco y carente de malicia que continúa siendo agradable aun en sus momentos menos razonables.

HIGGINS (mientras cierra el último cajón). —Bueno, creo que esto es todo.
PICKERING. — ¡Es realmente sorprendente! No he podido estudiar ni la mitad de los casos.
HIGGINS. — ¿Le agradaría volver a revisar algunos?
PICKERING (levantándose y acercándose a la chimenea, donde se ubica de espaldas al fuego). — No, gracias; ahora no. Por esta mañana ya  es bastante.
HIGGINS (siguiéndole y deteniéndose junto a él, a su iz­quierda) .— ¿Se cansó de escuchar sonidos?
PICKERING. — Sí. Produce una tensión espantosa. Yo me enorgullecía porque puedo
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pronunciar veinticuatro sonidos vo­cales diferentes. Pero sus ciento treinta me revuelcan por el polvo. No logro oír la menor diferencia entre muchos de ellos.
HIGGINS (riendo y acercándose al piano para comer golo­sinas).— Oh, eso viene con la práctica. Al principio no se aprecia la diferencia. Pero se continúa escuchando y de pronto se descubre que son tan distintos como A de B. (Aparece Mrs. Pearce, la ama de casa de Higgins.) ¿Qué ocurre?
Mrs. PEARCE (vacilando, evidentemente perpleja). — Una joven quiere verlo, señor.
HIGGINS. — ¿Una joven? ¿Qué quiere?
Mrs. PEARCE. — Pues, dice que usted se alegrará de verla cuando sepa a qué ha venido. Es una muchacha sumamente vulgar, señor. Muy vulgar, por cierto. La habría echado, pero me pareció que quizás usted quisiese hacerla hablar en sus máquinas. Espero no haber hecho mal. Pero, de veras, a veces recibe usted visitantes tan extraños... Confío en que me per­donará, señor...
HIGGINS. — Oh, está bien, Mrs. Pearce. ¿Tiene un acento interesante?
Mrs. PEARCE. — Ah, algo espantoso, señor, en verdad. No sé cómo pueden interesarle esas cosas.
HIGGINS (a Pickering). — Hagámosla pasar. Hágala pasar, Mrs. Pearce. (Corre a su mesa de trabajo y toma un cilindro para usarlo en el fonógrafo.)
Mrs. PEARCE (sólo resignada a medias). — Muy bien, señor. Usted decide.   (Baja.)
HIGGINS. — Estamos de suerte. Le mostraré cómo grabo los cilindros. La haremos hablar y yo anotaré los sonidos con el sistema del Idioma Visible de Bell, luego con el rómico 1 y finalmente hablará ante el fonógrafo, para que usted pueda pasar el cilindro tantas veces como quiera, con la transcripción escrita a la vista.
Mrs. PEARCE  (regresando). — Esta es la joven,  señor.

La florista entra de gran gala. Lleva un sombrero con tres plumas de avestruz: anaranjada, azul cielo y roja. Tiene un delantal casi limpio y la mugrienta chaqueta ha sido cepillada. El patetismo de esta deplorable figura, con su inocente vanidad y su aire de importancia, conmueve a Pickering, que ya se ha enderezado en presencia de Mrs. Pearce. Pero, en cuanto a Higgins, la única distinción que establece entre hombres y mu­jeres es que, cuando no trata de amedrentar y no está clamando a los cielos por tener que llevar su cruz de peso pluma, adula a las mujeres como los chiquillos adulan a sus nodrizas cuando quieren conseguir algo de ellas.

HIGGINS (bruscamente, reconociéndola con no disimulada desilusión y, pueril, convirtiendo de inmediato la cuestión en una molestia que le resulta intolerable). — ¡ Pero si es la muchacha que anotó ayer por la noche! No nos sirve; tengo todos los cilindros que quiera de la jerga de Lisson Grove y no pienso gastar otro en ella. (A la joven.) Vete, no te ne­cesito.
LA FLORISTA. — No sea dehcarado. Tovía no sabe a qué'venido. (A Mrs. Pearce, que aguarda, en la puerta, nuevas órde­nes.) ¿Le dijo que vine'n tasi?
Mrs. PEARCE. — ¡Tonterías, chica! ¿Te parece que a un caballero como Mr. Higgins le interesa en qué viniste?
LA FLORISTA. — ¡Ah, somos orguyosos! Pues él no tiene'n conveniente'n dar lesiones. Se lo'í decir. Bueno, yo n'he venid'hacer visita' de cumplido. Y si mi dinero no es bahtante bueno, pued'ir a otra parte.
HIGGINS. — ¿Si no es suficientemente bueno para qué?

1 Sistema de   notación   fonética   inventado   por   Henry   Sweet    (N. T.)
LA FLORISTA. — Par'usté'. Ahora ya lo sabe, ¿eh? He venid'a tomar lesiones. Y a pagarlas, que n'haya malentendido'.
HIGGINS (estupefacto). — ¡¡Bueno!! (Recobrando el aliento con un jadeo.)  ¿Y qué esperas que yo te diga?
LA FLORISTA. — Bien, si'sté' fuese'n cabayero, podría'nvitarme a que me siente, me parece. ¿No le dije que vengo por cuehtione' de negocio'?
HIGGINS. — Pickering, ¿invitamos a esta zorra a que se siente, o la arrojamos por la ventana?
LA FLORISTA (aterrorizada, corriendo hacia el piano, donde se vuelve, acorralada). — ¡Ah-ah-ooooiiii! (Ofendida y gimotean­do.) ¡No permitiré que me yamen zorra cuando me'ofrecid'a pagar como  cualquier dama!
Inmóvil los dos hombres la contemplan desde el otro extre­mo del cuarto, atónitos.
PICKERING  (bondadoso). — Pero, ¿qué es lo que quieres?
LA FLORISTA. — Quiero ser vendedor'en una florería, lugar de vender en l'ehquina de Tottenham Court Road. Pero no m'aceptarán si n'hablo máh delicadamente. El dijo que m'enseñaría. Bueno, aquí'htoy, dihpuest'a pagarle... no le pido ningún favor... Y me trata como si fuera basura.
Mrs. PEARCE. — ¿Cómo puedes ser una muchacha tan tonta e ignorante que creas que puedes pagarle a Mr. Higgins?
LA FLORISTA. — ¿Y por qué no? Sé tan bien com'usté' lo que cuehtan las lesione'. Y ehtoy dihpuest'a pagar.
HIGGINS. — ¿Cuánto?
LA FLORISTA (acercándose a él triunfalmente). — ¡Así s'habla! Ya me parecía que se le bajarían los humos cuando viese'na portunidad de recuperar lo que me dio ayer. (Confi­dencial.)  Había bebid'un poco,  ¿eh?
HIGGINS (perentorio). — Siéntate.
LA FLORISTA. — Bueno, si quier'hacer una cuehtión de cumplido...
HIGGINS  (atronador).– ¡Siéntate!
Mrs. PEARCE (severa). —Siéntate, muchacha. Haz lo que te dicen.
LA FLORISTA. — ¡Ah-ah-ah-oooii! (Se queda de pie, entre rebelde y pasmada.)
PICKERING (con suma cortesía). — ¿No quieres hacer el favor de sentarte? (Coloca la silla suelta cerca de la alfombra que está ante la chimenea, entre Higgins y él mismo.)
LA FLORISTA (tímidamente). — No tengu'inconveniente. (Se sienta. Pickering vuelve a su sitio de antes.)
HIGGINS. — ¿Cómo te llamas?
LA FLORISTA. — Liza Doolittle.
HIGGINS   (grave, declamando). Eliza, Elizabeth, Betsy y Bess fueron   al  bosque   a  coger  nidos.
PICKERING. — Encontraron uno  con cuatro huevos.
HIGGINS.—Tomaron  uno  cada una  y  dejaron  tres.
Ríen estruendosamente de su propia gracia.
LIZA.— ¡Oh, no sean tonto!
Mrs. PEARCE (colocándose detrás de la silla de Eliza).— No debe hablar de ese modo al caballero.
LIZA. — Bueno, ¿y por quél no me dice algo sensato?
HIGGINS. — Volvamos a nuestro negocio. ¿Cuánto piensas pagarme por las lecciones?
LIZA. — Oh, yo sé lo qu'eh juhto. Un'amiga mía recibe lesiones de francé' por dieciocho penique' l'hora d'un verda­dero cabayero francé'. Y usté' no tendría'l dehcaro de pedirme lo mismo por enseñarme mi propio idioma como por enseñarme francé'. De modo que no le daré máh d'un penique. 'Tómelo o déjelo.
HIGGINS (paseándose por el cuarto, haciendo sonar las llaves y las monedas que lleva en el bolsillo). — ¿Sabe?, Picke­ring; si se considera un chelín, no como un simple chelín, sino como un porcentaje de los ingresos de esta muchacha, resulta ser el equivalente total de lo que serían para un millo­nario  sesenta o setenta guineas.
PICKERING. — ¿Cómo?
HIGGINS. — Calcúlelo usted mismo. Un millonario tiene unas 150 libras esterlinas por día.  Ella gana media  corona diaria.
LIZA   (altanera). — ¿Quién  le   dijo   que  yo   no   gano   máh de...?
HIGGINS (continuando). — Me ofrece por las lecciones dos quintos de sus ingresos diarios. Dos quintos del ingreso diario de un millonario serían alrededor de sesenta libras esterlinas. Es magnífico. ¡Caramba, es enorme! ¡Es la más grande oferta que se me haya hecho jamás!
LIZA (levantándose, aterrorizada). — ¿Senta libra'? ¿De qué' stá'blando? Yo no l'ofrecí senta libra'. ¿De dónde sacaría yo...?
HIGGINS. — Cierra el pico.
LIZA (sollozando). — Pero'h que no tengo senta libra'. Oh...
Mrs. PEARCE.— ¡No llores, muchacha tonta! Siéntate. Na­die piensa tocar tu dinero.
HIGGINS. —Alguien te tocará, sí, con una escoba, si no dejas de moquear. Siéntate.
LIZA (obedeciendo, lentamente).— ¡Ah-ah-ah-oooii! Cual­quier' crería qu'usté's mi padre.
HIGGINS. — Si resuelvo enseñarte, seré peor que dos padres para ti. ¡Toma!  (Le ofrece su pañuelo de seda.)
LIZA. — ¿Para qué's ehto?
HIGGINS. — Para secarte los ojos. Para limpiarte cualquier parte de la cara que sientas húmeda. Acuérdate: eso es tu pañuelo y eso es tu manga. No confundas el uno con la otra si quieres llegar a ser vendedora en una tienda.
Liza, completamente desconcertada, le mira con expresión de impotencia.
Mrs. PEARCE. — Es inútil hablarle de ese modo, Mr. Higgins; no le entiende. Además, no lo hace de ese modo. (Toma el pañuelo.)
LIZA (arrebatándoselo). — ¡Vamo', déme'se pañuelo! Me lo dio a mí, no a usté'.
PICKERING (riendo). —Así es. Creo que debe ser conside­rado propiedad de ella, Mrs. Pearce.
Mrs. PEARCE (resignándose). — Se lo tiene merecido, Mr. Higgins.
PICKERING. — Estoy interesado. ¿Qué? ¿Y de la recepción del embajador? Si cumple con su promesa proclamaré que es usted el más grande maestro viviente. Le apuesto todos los gastos que demande el experimento a que no puede hacerlo. Y pagaré por las lecciones.
LIZA. — Oh,  es usté' realmente bueno.   Gracia',  capitán.
HIGGINS (tentado, mirándola). — Resulta casi irresistible. Es tan deliciosamente baja...  tan  horriblemente  sucia...
LIZA (protestando vivamente). — ¡Ah-ah-ah-ah-ooooiii! No soy sucia; me lavé lah mano' y la cara endennanteh de venir, me lavé.
PICKERING. — Le aseguro que no conseguirá marearla con halagos, Higgins.
Mrs. PEARCE (inquieta). — ¡Oh, no diga eso, señor! Hay más de una forma de marear a una muchacha. Y nadie puede hacerlo mejor que Mr. Higgins, aunque no siempre lo haga con intención. Y espero, señor, que usted no le aliente a hacer ninguna tontería.
HIGGINS (excitándose a medida que la idea comienza a tomar cuerpo en él).— ¿Qué es la vida, sino una serie de locuras inspiradas? La dificultad reside en encontrarlas. No hay que desechar jamás una oportunidad. No aparecen todos los días.  Haré una  duquesa  de  esta pilluela zaparrastrosa.
LIZA (rechazando enérgicamente esa opinión que se tiene de ella). — ¡Ah-ah-ah-oooii!
HIGGINS (arrebatado).—Sí, en seis meses —en tres, si tiene un buen oído y una lengua rápida— podré llevarla a cualquier parte y hacerla pasar por cualquier cosa. ¡Comenzare­mos hoy mismo, ahora, en este momento! ¡Llévesela e higienícela, Mrs. Pearce! Jabón corriente, si no sale de otro modo. ¿Hay un buen fuego en la cocina?
Mrs. PEARCE  (protestando). — Sí, pero...
HIGGINS (impetuoso). — Quítele todas las ropas y quéme­las. Llame a Whiteley, o a cualquiera, para que le traiga otras.  Envuélvala en papel de  estraza hasta  que  lleguen.
LIZA. — Uhté' n'es un cabayero, n'es, si habla d'ehta' cosa'. Soy'na buena chica, soy. Y sé cómo son la gente com'usté'.
HIGGINS.— Aquí no queremos tus mojigaterías de Lisson Grove, jovencita. Tienes que aprender a comportarte como una duquesa. Llévesela, Mrs. Pearce. Y si le da algún trabajo, zúrrela.
LIZA (poniéndose de pie en un salto y corriendo entre Pickering y Mrs. Pearce en busca de protección).— ¡No! ¡Yamaré la policía, yamaré!
Mrs. PEARCE. — Pero no  tengo lugar para acomodarla.
HIGGINS. — Póngala  en   el  basurero.
LIZA. — ¡Ah-ah-ah-oooií!
PICKERING. — ¡Oh, vamos,  Higgins!   ¡Sea razonable!
Mrs. PEARCE (resuelta). —Tiene que ser razonable, Mr. Higgins; tiene que ser razonable. No puede pisotear a todo el mundo  de este modo.
Higgins, reprendido, se calma. El huracán es reemplazado por un céfiro de amable sorpresa.
HIGGINS (con profesional exquisitez de modulación).— ¡Que yo pisoteo a todo el mundo! Mi querida Mrs. Pearce, mi querido Pickering, jamás tuve la más mínima intención de pisotear a nadie. Lo único que quiero es que seamos bon­dadosos con esta pobre chica. Debemos ayudarla a prepararse para ocupar su nuevo puesto en la vida. Si no me expresé cla­ramente fue porque no quería herir la delicadeza de ella ni la  de  ustedes.
Liza, tranquilizada, vuelve sigilosamente a su silla.
Mrs. PEARCE (a Pickering). — Bueno, ¿oyó usted alguna vez algo parecido,  señor?
PICKERING (riendo con ganas). — ¡Nunca, Mrs. Pearce, nunca!
HIGGINS (paciente). —¿Qué ocurre?
Mrs. PEARCE. — Bueno, señor; lo que ocurre es que no puede recoger a una muchacha de este modo, como si reco­giese un guijarro en la playa.
HIGGINS. — ¿Por qué no?
Mrs. PEARCE. — ¡Por qué no! ¡Pero si no sabe nada de ella! ¿Qué hay de sus padres? Y podría estar casada.
LIZA. — ¡Caray!
HIGGINS. — ¡Ahí tiene! Como lo dijo muy correctamente la muchacha, ¡caray! ¡Casada, vaya! ¿No sabe que una mujer de esa clase tiene el aspecto de una fregona gastada, cincuentona, un año después de haberse casado? LIZA. — ¿Quién se casaría conmigo?
HIGGINS (recurriendo repentinamente a los tonos bajos más emocionantemente encantadores de su mejor estilo de elocu­ción).— ¡Caramba, Eliza, las calles estarán alfombradas con los cadáveres de los hombres que se pelearán por ti, antes de que yo haya terminado contigo!
Mrs. PEARCE. — Bobadas, señor. No debe hablarle de ese modo.
LIZA (levantándose y cuadrándose con decisión).—Me voy. Ehtá chiflado, ehtá. No quiero que ningún lunático m'enseñe.
HIGGINS (herido en el punto más sensible por la insensibi­lidad de ella a sus habilidades oratorias).— Sí, ¿eh? Estoy loco, ¿eh? Muy bien, Mrs. Pearce; no necesita pedir esa ropa nueva para ella. Échela a la calle.
LIZA (gimoteando). — ¡Nooo...! No tien' drech'a tocarme.
Mrs. PEARCE. — Ya ves lo que ocurre cuando se es deslen­guada. (Indicando la puerta.) Por aquí, por favor.
LIZA (casi soltando las lágrimas). —Yo no quería ropa. No lah'bría'ceptado. (Arroja el pañuelo.) Puedo comprarme mih propiah ropa'.
HIGGINS (recogiendo diestramente el pañuelo y cerrándole el paso cuando se dirige a desgana a la puerta.) — Eres una muchacha perversa y desagradecida. Esta es mi recompensa por ofrecerme a sacarte del arroyo y para vestirte hermosamente y convertirte en una dama.
Mrs. PEARCE. — Basta, Mr. Higgins. No lo permitiré. Es usted el perverso. Vuélvete a tu casa, con tus padres, mucha­cha, y díles que te cuiden mejor.
LIZA. — No tengo padres. Me dijeron qu'era bahtante grande par' ganarme la vida y m'echaron.
Mrs. PEARCE. — ¿Dónde está tu madre?
LIZA. — No tengo madre. La que m'echó eh mi sesta ma­drasta. Per'he terminado con eyos. Y soy'na buena chica.
HIGGINS. — Muy bien, pues. ¿A qué diablos viene todo este alboroto? La chica no pertenece a nadie... no es de ninguna utilidad para nadie, salvo para mí. (Se acerca a Mrs. Pearce y comienza a engatusarla.) Usted podría adoptarla, Mrs. Pearce. Estoy seguro de que una hija sería una gran diversión para usted.  Vaya,  no  hagamos  más  alharaca.   Llévela   abajo  y...
Mrs. PEARCE. — Pero, ¿qué será de ella? ¿Se le pagará algo? Sea sensato,  señor.
HIGGINS. — Oh, páguele lo que sea necesario; anótelo en el libro de los gastos de la casa. (Impaciente.) ¿Para qué de­monios necesitaría dinero? Tendrá comida y ropas. Si se le diese dinero se lo bebería.
LIZA (volviéndose hacia él). — ¡Ah, usté's un animal! Eh'na mentira. Nadie me vio jama' ni rastroh de bebida ncima. (A Pickering.) Oh, señor, usté's un cabayero: no lo deje que m'hable d'ese modo.
PICKERING (con afable tono de reproche). —¿No se le ocurre, Higgins, que la muchacha puede tener algún senti­miento?
HIGGINS (mirándola con aire crítico). — Oh, no, no lo creo. No me parece que tenga ningún sentimiento por el que debamos preocuparnos.   (Alegremente.)   ¿Los  tienes,   Eliza?
LIZA. — Tengo sentimiento',  igual  que  como  todo'l mundo.
HIGGINS (a Pickering, reflexivo). — ¿Entiende la dificultad?
PICKERING. — ¿Eh? ¿Qué dificultad?
HIGGINS. — Enseñarle a hablar gramaticalmente. La pro­nunciación en sí es cosa fácil.
LIZA. — No quier' hablar gramaticalmente. Quier'hablar com'una dama'n una florería.
Mrs. PEARCE. — Por favor, Mr. Higgins, ¿quiere no apar­tarse del tema? Necesito saber en qué condiciones se quedará la joven aquí. ¿Se le pagará algún sueldo? ¿Y qué será de ella cuando haya terminado su aprendizaje? Es preciso mirar un poco hacia adelante.
HIGGINS (impaciente). — ¿Qué sería de ella si la dejase en el arroyo? Respóndame a eso, Mrs. Pearce.
Mrs. PEARCE. — Eso es cosa de ella, no de usted, Mr. Higgins.
HIGGINS. — Bien, cuando haya terminado con ella, pode­mos volver a arrojarla al arroyo. Y entonces volverá a ser cosa de ella. De modo que por ese lado todo va bien.
LIZA. — Oh, no tiene'n poco de corazón adentro. No l'importa nadie máh qu'usté' mihmo. (Se levanta y toma resuel­tamente la palabra.) ¡Bahta! ¡Y'ehtoy cansada d'ehto! (Diri­giéndose a la puerta.) Me   voy. Tendría   que'vergonzarse, tendría.
HIGGINS (tornando un bombón de chocolate del piano, con los ojos relampagueándole de malicia). — Toma un bom­bón,  Eliza.
LIZA (deteniéndose, tentada), — ¿Cómo sé qué tienen aden­tro? He oído 'blar de muchachah marcotizada' por gente com'usté'.
Higgins extrae el cortaplumas, corta un bombón en dos, se pone una mitad en la boca, la traga y ofrece a Liza la otra mitad.
HIGGINS. — Símbolo de buena fe, Eliza. Yo me como una mitad, tú te comes la otra. (Liza abre la boca para re­plicar y él le arroja el medio bombón en ella.) Tendrás cajas de ellos, barriles de ellos, todos los días. Te alimentarás con ellos. ¿Eh?
LIZA (que ha tragado el bombón después de haberse casi asfixiado con él). —No  l'habría  comido,  per'  soy  demasiado bien'ducada pa sacármelo  de  la  boca. Me voy. Toni'ré un taxi.
MRS. PEARCE. — Hay otros medios de transporte, muchacha.
LIZA. — Bueno, ¿y qué? Tengo tanto drecho com'cualquiera' tomar un  taxi.
HIGGINS. — Lo tienes, Eliza. Y en el futuro tomarás tantos taxis como te plazca. Recorrerás la ciudad de arriba abajo y en círculo,  en taxi,  todos los  días.  Piensa  en eso,  Eliza.
Mrs. PEARCE. — Mr. Higgins, está usted tentando a la jo­ven. No es justo.  Ella debería pensar en su futuro.
HIGGINS. — ¿A su edad? ¡Tonterías! Tendrá tiempo de sobra para pensar en el futuro cuando no tenga futuro algu­no en qué pensar. No, Eliza: haz como hace esta señora. Piensa en el futuro de otras personas, mas nunca en el tuyo. Piensa en bombones, taxis,  oro y diamantes.
LIZA. — No, no quier'oro ni diamante'. Soy'na buena mu­chacha, soy. (Vuelve a sentarse, con una tentativa de mos­trarse digna.)
HIGGINS. — Y seguirás siéndolo, Eliza, bajo el cuidado de Mrs. Pearce. Y te casarás con un oficial de la Guardia, de hermosos bigotes, el hijo de un marqués, que le desheredará por haberse casado contigo, pero se ablandará cuando vea tu belleza y bondad...
PICKERING. — Perdóneme, Higgins, pero debo intervenir. Mrs. Pearce tiene mucha razón. Si esta chica se pone en sus manos durante seis meses, para un experimento didáctico, debe saber perfectamente  qué hace.
HIGGINS. — ¿Cómo podría ser eso? Es incapaz de enten­der nada. Además, ¿entiende alguno de nosotros lo que hace? Si  lo  entendiéramos,  ¿lo  haríamos?
PICKERING. — Muy ingenioso, Higgins, pero no tiene rela­ción alguna con el caso presente.  (A Eliza.)  Miss Doolittle...
LIZA   (anonadada). — ¡Ah-ah-ooii!
HIGGINS. — ¡Vaya! Eso es todo lo que sacará de Eliza. ¡Ah-ah-ooii! Es inútil explicarle. Como militar, usted tendría que saberlo. Déle órdenes: eso es suficiente para ella. Eliza: vivirás aquí durante los próximos seis meses, aprendiendo a hablar tan bellamente como una vendedora de florería. Si eres buena y haces todo lo que se te diga, dormirás en un verdadero dormitorio tendrás comida en abundancia y dinero para comprar bombones y viajar en taxi. Si eres mala y perezosa, dormirás en la cocina, con las cucarachas, y serás castigada por Mrs. Pearce con una escoba. Al cabo de los seis meses irás a Buckingham Palace en un carruaje, hermo­samente ataviada. Si el Rey descubre que no eres una dama, serás llevada por la policía a la Torre de Londres, donde te cortarán la cabeza como advertencia a otras floristas engreídas. Si no te descubren, te haré un regalo de siete chelines y seis peniques para que comiences tu vida de vendedora en una florería. Si rechazas este ofrecimiento, serás una muchacha sumamente perversa y desagradecida y los ángeles llorarán por ti. (A Pickering.) Y ahora, ¿está satisfecho, Pickering? (A Mrs. Pearce.) ¿Puedo detallarlo más clara y honestamen­te,  Mrs.  Pearce?
Mrs. PEARCE (paciente). — Creo que sería mejor que me dejara hablar convenientemente con la joven en privado. No sé si puedo hacerme cargo de ella o dar mi aprobación al convenio. Ya sé que no quiere usted hacerle ningún daño. Pero cuando siente lo que usted llama interesarse por el acen­to de la gente, no piensa nunca, ni le interesa, lo que pueda pasarle a la gente o a usted. Ven conmigo, Eliza.
HIGGINS. —Muy bien. Gracias, Mrs. Pearce. Transpór­temela al cuarto de baño.
LIZA (levantándose a desgana y con suspicacia). — Usté's un gran valentón, es'eh. Si no quiero, no me quedaré. Y no dejaré que nadies me cahtigue. Nunca tuv'interéh'n ir a Bucknam Pelis. Nunca tuve dif'cultades con la policía. Soy'na buena chica.
Mrs. PEARCE. — No repliques, muchacha. No has enten­dido al caballero. Ven conmigo. (Abre la marcha hacia la puerta, y la mantiene abierta para que pase Eliza.)
LIZA (mientras sale). — Bueno, lo que dije's cierto. No me'cercaré'l Rey, si me van a cortar la cabeza. Si'biera sabido'n qué me metía, n'hubiera venido'quí. Siempr'he sido'na buena chica, y nunca quis'hablar una palabra con él, y no le debo nada, y no m'importa, y no permitiré que me manden, y tengo mihsentimiento', igual que  cualquiera...
Mrs. Pearce cierra la puerta y las quejas de Eliza no son ya audibles.

Eliza es llevada arriba, al tercer piso, para su gran sorpre­sa, pues esperaba ser conducida al fregadero. Allí Mrs. Pearce abre una puerta y la hace pasar a un dormitorio para hués­pedes.
Mrs. PEARCE. — Tendrás que quedarte aquí. Este será tu dormitorio.
LIZA. — Oh, yo no podría dormir aquí. Esto'h demasiado bueno para gente como yo. Tendría miedo de tocar cualquier cosa.  Todavía no  soy 'na  duquesa,  ¿sabe?
Mrs. PEARCE. — Tienes que ponerte tan limpia como el cuarto; entonces no le tendrás miedo. Y te ruego que me llames Mrs. Pearce. (Abre la puerta del tocador, que ha sido modernizado y convertido en cuarto de baño.)
LIZA.— ¡Dio'! ¿Qué's ehto? ¿Aquí lavan la ropa? ¡Qué batea  más   rara!
Mrs. PEARCE. — No es una batea. Aquí es donde nos lava­mos nosotros, Eliza, y donde te voy a lavar a ti.
LIZA. — ¿Ehpera que me meta'n eso y me moje toda? Nada d'eso. Me moriría. Conocí 'una mujer que l'hacía todo' loh sábado' por la noche; y se murió  d'eso.
Mrs.   PEARCE. — Mr.   Higgins   tiene   abajo   el   baño   para caballeros. Y todas las mañanas se baña con agua fría.
LIZA. — ¡Puf!  ¡Ehtá hecho de fierro es'hombre!
Mrs. PEARCE. — Y tú tendrás que hacer lo mismo, si quie­res   estar   con   él  y   el   coronel  y   que   te   enseñen.   En   caso contrario no les  agradaría  tu  olor.  Pero  puedes  bañarte   con agua  tan  caliente  como   quieras.   Hay  dos  grifos:   caliente  y fría.
LIZA (sollozando).—No podría. ¡No. me atrevo! ¡No's na­tural; me mataría! Jamáh 'tomad'un baño'n toda mi vida, eh decir, lo  que se  yamaría'n  verdadero  baño.
Mrs. PEARCE.—Bien, pero ¿no quieres estar limpia y pulcra y decente, como una dama? No puedes ser una buena chica por dentro si eres una pazpuerca por fuera.
LIZA. — ¡Buaaa...!
Mrs. PEARCE. — Deja de llorar y ve a tu cuarto y quítate toda la ropa. Luego envuélvete en esto. (Toma una bata de una percha y se la tiende.) Y vuelve aquí. Yo prepararé el baño.
LIZA (llorosa). —No puedo. No l'haré. N'ehtoy'costumbrada 'eso. Nunca me saqué toda la ropa. No'h correto; no'h decente.
Mrs. PEARCE. — Bobadas, chica. ¿No te quitas la ropa todas las noches,  cuando te  acuestas?
LIZA (atónita). — No. ¿Por qué habría de quitármela'? Me moriría. Por supuehto que me quito lah falda'.
Mrs. PEARCE. — ¿Quieres decir que duermes con la ropa interior que usas durante el día?
LIZA. — ¿Qu'otra  cosa  tengo'n  qué  dormir?
Mrs. PEARCE. — No volverás a hacer tal cosa mientras vi­vas aquí. Te daré una bata de dormir adecuada.
LIZA. — ¿Y eso quiere decir que tengo que ponerme cosa' fríah y permanecer dehpierta la mita' de la noche, tiritando de frío?
Mrs. PEARCE. — Quiero convertirte, de una golfa descui­dada que eres, en una muchacha respetable y limpia que puede estar sentada con los caballeros en el estudio. ¿Quieres tenerme confianza y hacer lo que te digo, o prefieres que te eche, para así poder volver a tu cesta de flores?
LIZA. — ¡Pero'h qu'uhté no sabe cómo sufro'l frío! ¡No sabe qué miedo le tengo!
Mrs. PEARCE. — Aquí tu cama no estará fría; pondré en ella una botella de agua caliente. (Empujándola hacia el ba­ño.)   Empieza  a  desvestirte.
LIZA. — ¡Ah, si'biese sabido qué cosa tan ehpantosa sinifica'htar limpia, n'habría venido. N'ehtaba conforme cuando vivía tranquila. Yo... (Mrs. Pearce la empuja por la puerta, pero la deja parcialmente abierta, por si la prisionera quisiera recurrir a  la fuga.)
Mrs. Pearce se pone un par de mangas blancas, de goma, y llena la bañera, mezclando agua caliente y fría y proban­do el resultado con el termómetro de baños. Perfuma el agua con un puñado de sales y le añade una pizca de mostaza. Luego toma un cepillo de mango largo, de aspecto formida­ble, y lo jabona profusamente con una pastilla de jabón perfumado.
Vuelve Eliza. No lleva encima más que la salida de baño, que se aprieta fuertemente en torno al cuerpo; está conver­tida en un lastimoso espectáculo  de terror abyecto.
Mrs. PEARCE. — Ven, pues. Quítate eso.
LIZA.— Oh, no podría, Mrs. Pearce. ¡De vera' que no podría!   Nunca'hecho  tal  cosa.
Mrs. PEARCE. — Simplezas. Vaya, métete adentro y dime, sí te gusta así de caliente.
LIZA. — ¡Ah-uu!   ¡Ah-uu!   ¡Ehtj   demasiado   caliente...!
Mrs.  PEARCE   (quitándole diestramente la salida de baño y  haciendo  caer  a   Eliza  de  espaldas). — No   te   hará   daño. (Pone manos a la obra con el cepillo.) Los gritos de Eliza son desgarradores.

Entretanto el coronel ha estado discutiendo con Higgins acerca de Eliza. Pickering se ha apartado de la chimenea para sentarse en la silla, a horcajadas, con los brazos apoyados en el respaldo, dispuesto a someter a su interlocutor a un interrogatorio.
PICKERING. — Perdóneme que le haga una pregunta di­recta, Higgins. ¿Es usted una persona de buen carácter por lo que atañe a las mujeres?
HIGGINS   (lúgubre). — ¿Ha   encontrado   alguna   vez   a   un hombre   de   buen   carácter  por  lo   que   atañe   a   las   mujeres?
PICKERING. — Sí,  con  frecuencia.
HIGGINS (dogmático, izándose con las manos hasta el nivel del piano y sentándose en él de un salto). — Bueno, pues yo no. He descubierto que en cuanto dejo que una mujer trabe amistad conmigo, ella se torna celosa, suspicaz, exigente, un condenado engorro. He descubierto que en cuanto trabo amistad con una mujer me hago egoísta y tirá­nico. Las mujeres lo trastornan todo. Cuando uno permite que se metan en la vida de uno, descubre que la mujer quiere una cosa y uno quiere otra muy distinta.
PICKERING. — ¿Qué, por ejemplo?
HIGGINS (bajando del piano, inquieto). — ¡Oh, el cielo lo sabe! Supongo que la mujer quiere vivir su vida. Y el hombre quiere vivir la suya. Y ambos tratan de arrastrar al otro por la senda equivocada. Uno quiere ir al norte y el otro al sur. Y el resultado es que ambos tienen que ir al este, aunque odian el viento del este. (Se sienta en el taburete, ante el piano.) De modo que aquí me tiene, un viejo solterón declarado, y con todas las posibilidades de quedarme así.
PICKERING (levantándose y quedándose gravemente junto a él).— ¡Vamos, Higgins! Ya sabe a qué me refiero. Si in­tervengo en esta cuestión me sentiré responsable por esa joven. Espero que quede aclarado que nadie se aprovechará de la  situación  de la muchacha.
HIGGINS. — ¿Qué? ¿De esa cosa? ¡Es sagrada, se lo ase­guro! (Poniéndose de pie para explicar.) ¿Sabe?, ella será una alumna. Y la enseñanza sería imposible si los alumnos no fuesen sagrados. He enseñado a hablar inglés a veintenas de millonadas norteamericanas, las mujeres más bien pare­cidas del mundo. Estoy acostumbrado. Tanto me daría que hubiesen sido bloques de madera. Yo podría haber sido un bloque de madera. Es...
Mrs. Pearce abre la puerta. Lleva en la mano el sombrero de Eliza. Pickering se sienta en la butaca junto a la chimenea.
HIGGINS (ansiosamente).—Y bien, Mrs. Pearce, ¿todo marcha bien?
Mrs. PEARCE (en la puerta).— Lo molesto porque querría hablar unas  palabras  con usted,  Mr.   Higgins.
HIGGINS. — Sí, por supuesto. Pase. (Ella entra.) No queme eso, Mrs. Pearce. Lo conservaré como una curiosidad. (Toma el sombrero.)
Mrs. PEARCE. — Manipúlelo con cuidado, señor, por favor. Tuve que prometerle que no lo quemaría. Pero será mejor que lo ponga en el horno durante un rato.
HIGGINS (dejándolo presurosamente sobre el piano).— ¡Oh, gracias!  Bien, ¿qué quería decirme?
PICKERING. — ¿Molesto?
Mrs. PEARCE. — En lo más mínimo, señor. Mr. Higgins, ¿quiere tener la amabilidad de cuidarse con lo que dice delante de la joven?
HIGGINS (severo). — Por supuesto. Siempre soy cuidadoso con lo que digo. ¿Por qué me advierte tal cosa?

Mrs. PEARCE (inconmovida). — No, señor, no lo es cuan­do se le ha perdido alguna cosa o cuando se pone un poco impaciente. Ahora bien: delante de mí no tiene importancia; estoy acostumbrada. Pero no debe maldecir delante de la mu­chacha.
HIGGINS (indignado). — ¿Yo maldecir? (Enfático.) Nunca maldigo. Odio esa costumbre. ¿Qué demonios quiere decir con eso?
Mrs. PEARCE (calmosa). —Eso es lo que quiero decir con eso. Maldice usted demasiado. No me importa que diga "condenado" y "cuernos", y "qué demonios" y "dónde demo­nios" y "quién  diablos"...
HIGGINS. — Mrs. Pearce, ¡ese lenguaje en sus labios...! ¡De veras...!
Mrs. PEARCE (sin dejarse apartar del tema). —...pero hay  cierta palabra que debo pedirle que no emplee. La mu­chacha la usó cuando empezó a sentirse bien en el baño. Comienza con la misma letra de caramba. Ella no tiene la culpa; la aprendió junto a su madre. Pero no debe oírla de labios  de usted.
HIGGINS (altivo). — No puedo admitir que yo la haya usado alguna vez, Mrs. Pearce. (Ella lo mira firmemente. El agrega,   ocultando   una   conciencia   intranquila   con   un   aire juicioso)   Salvo,  quizás,  en un momento  de  excitación  extre­ma y justificable.
Mrs.  PEARCE. — Justamente  esta mañana,  señor,  la  aplicó a los zapatos, a la manteca y al pan negro.
HIGGINS. — ¡Ah,   eso!  No  tiene importancia,  Mrs.   Pearce.
Mrs. PEARCE. — Bien, señor, como quiera. Pero le ruego que no permita que la joven lo oiga repetirlo.
HIGGINS.— ¡Oh,   muy   bien,   muy   bien!   ¿Es   eso   todo?
Mrs. PEARCE. — No, señor. Tendremos que tener mucho cuidado con esa chica en cuanto al aseo personal.
HIGGINS. — Muy cierto. Bien dicho. Tiene mucha im­portancia.
Mrs. PEARCE. — Quiero decir, en cuanto a permitirle que sea descuidada con su vestido o que deje sus cosas en cual­quier parte.
HIGGINS    (acercándose   a   ella   con   solemnidad). —Preci­samente.  Estaba  a punto  de  llamarle  a usted la  atención  al respecto.  (Se le aproximo a Pickering, quien se divierte enor­memente con la conversación.) Estas cositas son las que tienen mayor importancia, Pickering.  Cuide los peniques y las libras se cuidarán por sí mismas.  Y eso vale tanto en lo  que atañe al dinero  como  en  lo  referente   a  las  costumbres  personales. (Por fin, ancla en la alfombra  de la chimenea, con el aire de un hombre que se encuentra en una posición inexpugnable.)
Mrs. PEARCE. — Sí, señor. En ese caso puedo pedirle que no baje a desayunarse con la bata de dormir, o por lo menos que no la use como servilleta hasta el punto en que lo hace, señor.  Y si  quiere  tener la  bondad   de  no   comer  todas   las cosas  en  el  mismo  plato  y  de  no  poner la   cazuela   de  las gachas sobre  el mantel limpio,  le  dará  un mejor  ejemplo  a la joven.  Ya sabe que la semana pasada casi  se  asfixia  con una espina de pescado que encontró en la mermelada.
HIGGINS (arrancado de la alfombra y volviendo a vagar en dirección al piano). — Puede que alguna vez haga estas cosas por pura distracción; pero por cierto que no las hago habitualmente. (Iracundo.) ¡Y de paso: mi bata huele remalditamente a bencina!
Mrs. PEARCE. — Sin duda, Mr. Higgins. Pero si quisiera limpiarse los dedos...
HIGGINS (gritando). — ¡Oh, está bien, está bien! ¡En el futuro me los limpiaré en el cabello!
Mrs. PEARCE. — Espero que no se haya ofendido, Mr. Higgins.
HIGGINS (escandalizado al descubrir que se le considera capaz de un sentimiento poco amable).— ¡En absoluto, en absoluto! Tiene mucha razón, Mrs. Pearce. Me cuidaré muy especialmente ante la joven.  ¿Algo más?
Mrs. PEARCE. — No, señor. ¿Puede ella usar algunos de los vestidos japoneses que usted trajo del extranjero? No pue­do hacer que se vuelva a poner las cosas viejas.
HIGGINS. — Es   claro.   Como   le   parezca.   ¿Hay   algo   más?
Mrs. PEARCE. — Gracias, señor. Eso es todo.   (Sale.)
HIGGINS. — ¿Sabe, Pickering?, esa mujer tiene las opi­niones más extraordinarias de mí. Heme aquí, un hombre tímido, vergonzoso... Nunca me ha sido posible sentirme realmente maduro y tremendo, como otros. Y sin embargo ella está firmemente convencida de que soy una persona arbitraria,  dominadora y  tiránica.   No  acierto  a  explicármelo.
Mrs. Pearce regresa.
Mrs. PEARCE. — Si me permite, señor, han comenzado las dificultades. Ahí abajo hay un basurero, Alfred Doolittle, que quiere verle. Dice  que usted  tiene a  su hija aquí.
PICKERING   (confidencial). — ¡Uf!   ¡Caramba!
HIGGINS  (rápidamente). — Haga subir al pillastre.
Mrs.  PEARCE. — Oh, muy bien,  señor.   (Sale.)
PICKERING. — Es posible que no sea un pillastre, Higgins.
HIGGINS. — Tonterías.  Por  supuesto  que  es un  pillastre.
PICKERING. — Lo sea o no, me temo que tendremos difi­cultades  con él.
HIGGINS (confidencial). — Oh, no, creo que no. Si hay alguna dificultad, la tendrá él conmigo, no yo con él. Y segu­ramente le sacaremos algo interesante.
PICKERING. — ¿Acerca de la joven?
HIGGINS. — No.   Me  refiero   al  dialecto   del hombre.
PICKERING. — ¡Oh!
Mrs. PEARCE (a la puerta). — Doolittle, señor. (Hace pasar a Doolittle y se retira.)
Alfred Doolittle es un basurero de edad, pero vigoroso, ata­viado con el traje de su profesión, incluso un sombrero con un ala de tela negra que le cae sobre la nuca. Tiene faccio­nes características y bien marcadas y parece igualmente libre de temores y de remordimientos de conciencia. Posee una voz notablemente expresiva, resultado de su costumbre de dar rienda suelta a sus sentimientos sin reservas. Su actitud del momento es la del honor herido y la severa resolución.
DOOLITTLE (a la puerta, indeciso en punto a cuál de los caballeros es su  hombre). — ¿Profesor  Higgins?
HIGGINS. — Aquí.  Buenos  días.  Siéntese.
DOOLITTLE. —Buenos días, jefe. (Se sienta pomposa­mente.) He venido por un asunto muy grave, jefe.
HIGGINS (a Pickering). — Criado en Houslow. Creo que la madre debe de ser galesa. (Doolittle abre la boca, estu­pefacto. Higgins continúa.)   ¿Qué quiere,  Doolittle?
DOOLITTLE (amenazador). — Quiero a mi hija, eso es lo que quiero, ¿entiende?
HIGGINS. — Por supuesto. Usted es el padre, ¿verdad? No supondrá que nadie más la quiere, aparte de usted, ¿eh? Me alegro de ver que le quede alguna chispa de sentimiento pa­ternal.  Ella está arriba.  Llévesela inmediatamente.
DOOLITTLE (levantándose, temeroso, desconcertado). — ¿Qué?
HIGGINS. — Llévesela. ¿Acaso cree que le voy a cuidar a su hija?
DOOLITTLE (con tono de reproche). — Vamos, vamos, oiga, jefe. ¿Es esto razonable? ¿Es lógico aprovecharse de un hombre de este modo? La muchacha me pertenece. Usted la tiene.  ¿Qué  salgo ganando  yo?   (Vuelve  a sentarse.)
HIGGINS. — Su hija tuvo la audacia de venir a mi casa y pedirme que le enseñara a hablar correctamente, para po­der conseguir un empleo en una florería. Este caballero y mi ama de llaves han estado aquí durante todo el tiempo. (Amedrentándole.) ¿Cómo se atreve a venir para tratar de extorsionarme? Usted la envió adrede.
DOOLITTLE  (protestando). — ¡No, jefe!
HIGGINS. — Y yo digo que sí. ¿De qué otro modo podría saber que se encuentra aquí?
DOOLITTLE. — No acose a un hombre de ese modo,  jefe.
HIGGINS. — ¡La policía lo acosará! ¡Esto es una intriga... una conjura para sacarme dinero mediante amenazas! Tele­fonearé a la policía. (Se dirige resueltamente hacia el teléfono y abre la guía.)
DOOLITTLE. — ¿Le he pedido acaso siquiera una moneda de un cuarto de penique? Que lo diga ese caballero. ¿He dicho una palabra acerca de algún dinero?
HIGGINS (arrojando la guía y yendo hacia Doolittle en actitud amenazadora). — Y entonces, ¿para qué vino?
DOOLITTLE (dulce). — ¿Para qué podría venir un hom­bre? Sea humano, jefe.
HIGGINS (desarmado). — Alfred, ¿la obligó usted a hacerlo?
DOOLITTLE. — Le juro que no, jefe. Juro por la Biblia que hace dos meses que no veo a la muchacha.
HIGGINS. — Y entonces,  ¿cómo  supo  que  estaba  aquí?
DOOLITTLE (sumamente musical, sumamente melancóli­co). — Se lo diré, jefe, si me deja decir una palabra de tanto en tanto.  Estoy dispuesto a  decírselo.  Quiero  decírselo.  Estoy esperando   la   oportunidad  de   decírselo.
HIGGINS. — Pickering, este individuo tiene un cierto don natural para la retórica. Observe el ritmo de notas naturales nativas. "Estoy dispuesto a decírselo; quiero decírselo; estoy esperando la oportunidad de decírselo." ¡Retórica sentimen­tal! Esa es su veta galesa. Explica también su mendacidad y deshonestidad.
PICKERING. — Oh, por favor, Higgins, yo también soy del oeste. (A Doolittle.) ¿Cómo supo que la joven estaba aquí, si no la envió?
DOOLITTLE. — El asunto fue así, jefe. La chica llevó a un joven en el taxi para darle un paseo. El hijo de la casera, es. El se quedó por aquí, en la esperanza de obtener otro paseo gratuito. Bueno, ella le hizo volver a buscar el equipaje, cuando se enteró de que usted estaba dispuesto a dejarla quedarse aquí. Me encontré con el chico en la esquina de Long  Acre y  la  calle  Endell.
HIGGINS. — Taberna.  ¿No  es  verdad?
DOOLITTLE. — El club del pobre, jefe. ¿Por qué no?
PICKERING. — Déjelo  que termine  con  su  relato,  Higgins.
DOOLITTLE. — El me dijo lo que ocurría. Y yo le pre­gunto a usted: ¿cuáles fueron mis sentimientos y mis deberes de   padre?  Le   dije   al  muchacho:   "Tráeme   el   equipaje",   le dije...
PICKERING. — ¿Por  qué  no   fue  a  buscarlo  usted  mismo?
DOOLITTLE. — La casera no me habría permitido sacarlo, jefe. Es de esa clase de mujeres, ¿sabe? Tuve que darle al chico un penique antes de que pudiera convencerle, el muy cerdo. Y yo me traje el equipaje, tanto como para hacerle un favor a usted y hacerme el simpático. Eso  es todo.
HIGGINS. — ¿Qué   cantidad   de   equipaje?
DOOLITTLE. — Un instrumento musical, jefe. Unos cua­dros, algunas baratijas y una jaula de pájaro. Ella dijo que no quería ropas. ¿Que podía yo suponer, jefe? Le pregunto: como padre, ¿qué podía yo suponer?
HIGGINS. — De modo que vino a salvarla de algo peor que  la muerte,  ¿eh?
DOOLITTLE (apreciativo, aliviado de ver que se le entien­de tan bien).— Precisamente, jefe. Eso mismo.
PICKERING. — Pero, ¿por qué le trajo el equipaje, si que­ría  llevársela?
DOOLITTLE. — ¿He   dicho  yo   algo   acerca   de   llevármela? ¿Lo he dicho?
HIGGINS   (decidido). — Pues se la llevará, y a paso redo­blado.  (Cruza hacia el hogar y hace sonar el timbre.)
DOOLITTLE   (levantándose). —No,  jefe.  No  diga eso.  No soy hombre como para interponerme entre la felicidad y mi hija. Una carrera se abre ante ella, como quien dice, y... Mrs. Pearce abre la puerta y aguarda órdenes. HIGGINS. — Mrs.   Pearce,   este   es  el  padre   de   Eliza.   Ha venido   a  llevársela.   Désela.   (Vuelve  al  piano,   con  aire  de lavarse las manos de toda  la  cuestión.)
DOOLITTLE. — No. Esto es un malentendido. Escúcheme...
MRS.  PEARCE. — No puede llevársela,  Mr.   Higgins.  Impo­sible. Usted me dijo que le quemara las ropas.
DOOLITTLE. — Es cierto. No puedo llevarme a la mucha­cha por las calles como si fuese una maldita mona, ¿no es verdad?  Dígalo   usted  mismo.
HIGGINS. — Usted me ha dicho que quiere a su hija. Llé­vesela. Si no tiene ropas, salga a comprarle algunas.
DOOLITTLE (desesperado). — ¿Dónde están las ropas en que vino? ¿Las quemé yo o las quemó su esposa, aquí presente?
Mrs. PEARCE. — Soy el ama de llaves, sí no tiene incon­veniente. He hecho pedir algunas ropas para su hija. Cuando lleguen, podrá llevársela usted. Puede esperar en la cocina. Por aquí, por favor.
Doolittle, profundamente turbado, la acompaña hasta la puerta, vacila y finalmente se vuelve hacia Higgins con acti­tud y tono  confidencial.
DOOLITTLE. — Oiga, jefe. Usted y yo somos hombres de mundo,   ¿no   es   así?
HIGGINS.— ¡Oh! Somos hombres de mundo, ¿eh? Será me­jor que salga, Mrs.  Pearce.
Mrs. PEARCE. — Yo también creo lo mismo, señor, por cier­to. (Sale con dignidad.)
PICKERING. — Tiene usted la palabra, Mr. Doolittle.
DOOLITTLE (a Pickering). — Le agradezco, jefe. (A Hig­gins, que se refugia en el taburete del piano, un poco abru­mado por la proximidad de su visitante; porque Doolittle está rodeado de un tufo profesional de basura.) Bueno, la verdad es que me ha caído usted en gracia, jefe. Y, si la quiere a la chica, no estoy tan empecinado en llevármela a casa que no esté dispuesto a aceptar un arreglo. Desde el punto de vista de una joven, es una muchacha sumamente bonita. Como hija no vale lo que costaría mantenerla. Y por eso se lo digo a usted francamente. Lo único que exijo son mis derechos de padre. Y usted sería el último hombre viviente en pretender que la deje irse sin ninguna compensación. Porque ya veo que es usted uno de esos individuos derechos, jefe. Bien, ¿qué es para usted un billete de cinco libras? ¿Y qué es Eliza para mí?  (Vuelve a su silla y se sienta juiciosamente.)
PICKERING. — Creo que tendría que saber, Doolittle, que las  intenciones  de  Mr.   Higgins  son enteramente  honestas.
DOOLITTLE. — Por supuesto que lo son, jefe. Si creyese que no eran, pediría cincuenta.
HIGGINS (asqueado). — ¿Quiere decir que vendería a su hija por cincuenta libras esterlinas?
DOOLITTLE. — En general, no. Pero para complacer a un caballero como usted haría muchas cosas, se lo aseguro.
PICKERING. — Pero,  ¿es  que no  tiene  moral,  hombre?
DOOLITTLE (impávido). — No puedo darme ese lujo, jefe. Y tampoco podría dárselo usted, si fuese tan pobre como yo. No es que quiera hacer algún daño, ¿sabe? Pero, si Liza ob­tendrá algo de esto, ¿por qué no yo también?
HIGGINS (turbado). — No sé qué hacer, Pickering. Es indudable que, en punto a moral, sería un crimen darle una moneda a este individuo. Y sin embargo presiento que hay una especie de justicia tosca en su pedido.
DOOLITTLE. — Eso es, jefe. Eso es lo que yo también digo. Un corazón de padre, por así decirlo.
PICKERING. — Bueno, yo conozco ese sentimiento; pero, de veras, no me parece muy justo...
DOOLITTLE. — No diga eso, jefe. No lo mire de ese modo. ¿Qué soy yo, jefes? Les pregunto: ¿qué soy yo? Soy uno de los pobres indignos, eso es lo que soy. Piense en lo que eso significa para un hombre. Significa que continuamen­te tendrá que luchar contra la moral de la clase media. Si hay algo en vista, y yo trato de sacar mi parte, siempre sucede lo mismo: "Eres indigno; no te corresponde." Pero mis nece­sidades son tan grandes como las de la viuda más digna que haya recibido dinero de seis distintas instituciones de caridad, en una semana, por la muerte del mismo esposo. No necesito menos que un hombre digno; necesito más. No como menos vorazmente. Y bebo mucho más. Necesito alegría y una can­ción y una orquesta, cuando me siento deprimido. Necesito diversión, porque soy un hombre que piensa. Bien, pues me cobran por todo lo mismo que le cobran al digno. ¿Qué es la moral de la clase media? Nada más que una excusa para no darme nunca nada. Por lo tanto les pido, como a dos caballeros que son, que no jueguen ese juego conmigo. Yo estoy jugando limpiamente con ustedes. No pretendo ser digno. Soy indigno y tengo la intención de seguir siéndolo. Me agrada, y esa es la verdad. ¿Querrían ustedes aprovecharse de la naturaleza de un hombre para despojarle del precio de su propia hija, que él ha criado y aumentado y vestido con el sudor de su frente hasta que ella tuvo suficiente edad como para interesarles a ustedes dos? ¿Cinco libras es un precio irrazonable? Les planteo la cuestión y dejo la cuestión en manos de ustedes.
HIGGINS (levantándose y acercándose a Pickering). — Pickering, si nos ocupáramos de este hombre durante tres meses, podría elegir entre un puesto en el gabinete y un púlpito popular en Gales.
PICKERING. — ¿Qué dice a eso, Doolittle?
DOOLITTLE. — No quiero nada de eso, jefe, muchas gra­cias. He oído a todos los predicadores y a todos los primeros ministros —porque soy un hombre que piensa y me agrada la política o la religión o las reformas sociales igual que cualquier otra diversión—, y les digo que es una vida de perros por donde se la mire. La pobreza indigna es mi especialidad. Comparando una posición social con otra es... es... bien, es la única que tiene un poco de pimienta, para mi gusto.
HIGGINS. — Supongo   que  tendremos   que  darle  un   billete de cinco.
PICKERING. — Me temo que le dará mal uso.
DOOLITTLE. — No, jefe, le aseguro que no sucederá nada de eso. No tema que me lo guarde y lo ahorre y viva en el ocio con él. Para el próximo lunes no quedará ni un penique de él. Tendré que volver a trabajar como si nunca lo hubiese tenido. Y puede apostar a que no me empobrecerá. Apenas una buena parranda para mí y la señora, dándonos placer a nosotros mismos y empleo a otros, y satisfacción a ustedes,  cuando piensen  en  que  no ha  sido  derrochado.
HIGGINS (extrayendo la cartera y colocándose entre Doo­little y el piano). —Esto es irresistible. Démosle diez. (Ofrece dos billetes al basurero.)
DOOLITTLE. — No, jefe. Ella no tendría el valor nece­sario para gastar diez libras; y quizá no lo tendría yo tampoco. Diez libras es mucho dinero; hace que un hombre se sienta un poco prudente. Y, entonces, ¡adiós a la felicidad! Déme lo que le pido, jefe, ni un centavo más, ni un centavo menos.
PICKERING. — ¿Por qué no se casa con esa señora suya? Para mí hay límites en lo que se refiere a alentar ese tipo de inmoralidades.
DOOLITTLE. — Así se lo he dicho a ella, jefe, así se lo he dicho a ella. Yo estoy dispuesto. Soy yo quien sufre con ello. No tengo ningún dominio sobre la mujer. Tengo que mostrarme agradable con ella. Tengo que hacerle regalos. Tengo que comprarle ropas que es un espanto. Soy un esclavo de esa mujer, jefe, y sólo porque no soy su esposo legal. Y ella lo sabe. ¡Que la sorprendan casándose conmigo! Siga mi consejo, jefe: cásese con Eliza mientras ella es joven y no sabe lo que hace. De lo contrario, lo lamentará más adelante. En cambio, si se casa, será ella quien lo lamente. Pero mejor que lo lamente ella y no usted, porque usted es un hombre y ella no es más que una mujer y, de todos modos, no sabe cómo se hace para ser feliz.
HIGGINS.—Pickering, si seguimos escuchando a este hom­bre un minuto más, no nos quedará ninguna convicción en pie. (A Doolittle.)  Creo que dijo cinco libras...
DOOLITTLE. — Muchas  gracias,  jefe.
HIGGINS. — ¿Está  seguro  de  que no   aceptará  diez?
DOOLITTLE. — Ahora no. Otra vez, jefe.
HIGGINS  (entregándole un billete de cinco libras). — Aquí tiene.
DOOLITTLE. — Muchas gracias, jefe. Buenos días. (Se diri­ge apresuradamente hacia la puerta, ansioso de escapar con su botín. Cuando la abre se encuentra frente a una graciosa y exquisitamente limpia japonesita, ataviada con un sencillo qui­mono de algodón azul, decorado hábilmente con pequeños ca­pullos blancos de jazmín, impresos. Mrs. Pearce la acompaña. El se aparta del paso con deferencia y se disculpa.) Perdone, señorita.
LA JAPONESITA. — ¡Caray!  ¿No  conoceh'  tu propia hija?


DOOLITTLE ¡Diablos! ¡Es Eliza!
HIGGINS exclamando ¿Que es esto?
PICKERING simultáneamente ¡Cielos!

LIZA. — ¿No   tengo   ahpeto   tonto?
HIGGINS. — ¿Tonto?
Mrs. PEARCE (a la puerta). —Por favor, Mr. Higgins, no diga nada  que pueda  hacer  que la  joven  se  envanezca.
HIGGINS (concienzudamente). — ¡Oh, muy cierto, Mrs. Pearce!   (A  Eliza.)   Sí,  remalditamente  tonta.
Mrs.   PEARCE. —Por  favor,   señor.
HIGGINS—  (corrigiéndose). — Quiero   decir,   extremadamente tonta.
LIZA. — Ehtaría perfetamente con el sombrero puehto. (To­ma el sombrero, se lo pone y cruza el cuarto en dirección a  la  chimenea,  con  ademanes  de  elegante.)
HIGGINS. — ¡Una   nueva  moda,   caramba!   ¡Y   debería   ser horrible!
DOOLITTLE   (con  orgullo  paternal). — Bueno,  nunca  creí que, limpia, pudiese ser tan bien parecida, jefe. Es un crédito para mí, ¿eh?
LIZA. — Puedo decirte qu'aquí eh fácil limpiarse. Agua calient'y fría de caniya toda la qu'una quiera. Tuayas ehponjosa'. Y'n soporte para las tuayas, tan caliente que te quema loh dedo'. Cepilloh suave' para frotarte y una jabonera qu'huele a rosa'. Ahora sé por qué lah dama' son tan limpias. ¡Me guhtaría que vieran cóm'éh la vida para gente como yo!
HIGGINS. — Me alegro de que el cuarto de baño haya contado  con  tu  aprobación.
LIZA. — Nada d'eso. No contó con mi 'probación. Y no m'iporta quién m'oiga  decirlo.  Mrs.  Pearce lo  sabe.
HIGGINS. — ¿Qué  sucedió,  Mrs.   Pearce?
Mrs. PEARCE (apaciblemente). — Oh, nada, señor. No tie­ne importancia.
LIZA. — Buenah gana' tuve de romperlo. No sabía para qué lado mirar.  Pero  le  colgué'na  tuaya'ncima,  le  colgué.
HIGGINS. — ¿Encima   de   qué?
Mrs.  PEARCE. — Del  espejo,  señor.
HIGGINS. — Doolittle, ha criado a su hija demasiado seve­ramente.
DOOLITTLE. — ¿Yo? Nunca la crié, como no se llame criarla a darle un correazo de tanto en tanto. No me culpe a mí, jefe. Pero pronto aprenderá los modales desenvueltos y  despreocupados  de  ustedes.
LIZA. — Soy'na buena chica, soy. Y n'aprenderé modaleh denvueltoh y dehpreocupado'.
HIGGINS. — Eliza, si vuelves a decir que eres una buena chica, tu padre te llevará a tu  casa.
LIZA. — Nada d'eso. Usté' no conoce' mi padre. No vino'quí máh  que  para  pedirle   algún   dinero  par'emborracharse.
DOOLITTLE. — Bien, y, ¿para qué otra cosa podría que­rer dinero? Para ponerlo en el cepillo de la iglesia, ¿eh? (Ella le saca la lengua. El se irrita de tal manera que Pickering tiene que interponerse entre ambos.) ¡No quiero desfachateces! ¡Y que no sepa que te muestras desfachatada con este caballero, o tendrás noticias mías! ¿Me entiendes?
HIGGINS.— ¿Tiene algún otro consejo que darle, antes de irse,  Doolittle?  ¿Su  bendición,  por  ejemplo?
DOOLITTLE. — No,   jefe.   No   soy   tan   tonto   como   para enseñarles   a  mis   hijos  todo   lo   que   sé.   Ya  es   bastante   con tenerlos, sin eso. Si quiere mejorar la mente de Eliza,  hágalo con una correa. Adiós,  caballeros.   (Se vuelve para salir.)
HIGGINS   (impresionante). — ¡ Espere!   Vendrá   usted  regularmente a visitar a su hija. Es su deber, ¿entiende? Mi hermano es sacerdote y podría ayudarle en sus conversa­ciones con  ella.
DOOLITTLE (evasivo). —Por supuesto. Vendré, jefe. Esta semana no, porque tengo un trabajo lejos. Pero puede contar conmigo para más tarde. Buenas tardes, caballeros. Buenas tardes, señora. (Se toca el sombrero para saludar a Mrs. Pearce, que desprecia el saludo y sale. Hace un guiño a Higgins, pensando que probablemente éste es un compañero de sufrimiento del mal talante de Mrs. Pearce, y sale.)
LIZA. — No le crean al viejo mentiroso. Antes preferiría que le lanzasen loh perro' a tener qu'hablar con un sacerdote. Ya no volverán a verle muy pronto.
HIGGINS. —Ni  lo   quiero,   Eliza.   ¿Y  tú?
LIZA. — Yo no. No quiero volver a verle nunca, no quiero. Eh'na   deshonra  para  mí,   eh,   recogiendo   basura'n   lugar   de trabajar en su'ficio.
PICKERING. — ¿Cuál  es   su  oficio,  Eliza?
LIZA. — Sacar  dinero   'la   gente   a   fuerza   de   conversación. Su verdero'ficio eh'l de peón. Y a veceh traba'n él... como'jercicio... y gana bien. ¿No piensa yamarme máh Miss Doolittle?
PICKERING. — Perdone,   Miss   Doolittle.    Fue   una    equi­vocación.
LIZA. — Oh, no tiene'mportancia. Pero'h que fue tan deli­cado... M'agradaría tomarme'n tasi hahta l'ehquina de Tottenham Court Road y bajarme y decirle que m'ehperara, nada máh que para poner 'lah chicah'n su lugar. Pero no leh dirigiría   la   palabra,   ¿entiende?
PICKERING. — Mejor será que esperes hasta que te con­sigamos   algo   realmente  elegante.
HIGGINS.— Además, no deberías alejarte de tus viejas amigas ahora que te has elevado en el mundo. Eso es lo que se llama vanidad.
LIZA. — Gente com'ésa ya n'éh amiga mía, por cierto. Bahtante se burlaron de mí cuando pudieron. Y ahora quiero pagarleh con la mihma moneda. Pero'hperaré, 'si me van a dar vehtidoh'legante'. Me guhtaría tener alguno'. Mrs. Pearce me dijo que me darán varioh par'usar en la cama por la noche, dihtinto' de loh qu'use durante'l día. Pero me parece tirar el dinero, cuando se podría comprar algo que se pueda lucir. Ademáh, nunca m'agradaría ponerme ropa fría'n una   noche   d'invierno.
Mrs.   PEARCE   (regresando). — Vaya,   Eliza.   Ya   han   lle­gado  las  cosas nuevas;   puedes  probártelas.
LIZA. — ¡Ah-ooooiii!   (Sale corriendo.)
Mrs. PEARCE  (siguiéndola). —Oh, no corras de ese modo, muchacha.  (Cierra la puerta tras de sí.)
HIGGINS. — Pickering,   menuda   tarea   nos   espera.
PICKERING   (con convicción). — Así  es,  Higgins.

Parece existir cierta curiosidad en cuanto a cómo fueron las lecciones de Higgins a Eliza. Bien, aquí va un ejemplo: la primera.
Es preciso imaginar a Eliza con sus nuevas ropas y una sensación extraña en el cuerpo, producida por un almuerzo, una cena y un desayuno de una clase a la que no está acostumbrada, sentada con Higgins y el coronel en el estudio, sintiéndose como un paciente en un hospital, en su primer encuentro con los médicos. Higgins, por naturaleza incapaz de quedarse sentado, quieto, la perturba aún más paseándose incansablemente por la habitación. Si no fuese por la con­fortante presencia de su amigo el coronel, la joven huiría para salvar la vida, incluso aunque la huida la llevase otra vez a Drury Lane.

HIGGINS. — Recítame  tu   alfabeto.
LIZA. — Conohco   mi   alfabeto.   ¿Acaso   se   piensa   que   no sé nada? No necito que m'enseñen com'una  chiquiya.
HIGGINS   (rugiendo). — ¡Recítame  tu  alfabeto!
PICKERING. — Recítelo,   Miss   Dolittle.   En   seguida   com­prenderá  por  qué.   Haga   lo   que   él   le   dice  y   deje   que   él le enseñe a su modo.
LIZA. — Oh, bueno, si trate d'eso... Aheii, beii, ceii, deii... 1
HIGGINS (con el rugido de un león herido), — ¡Espera! Escuche eso, Pickering. Esto es lo que nosotros pagamos con el nombre de educación elemental. Este desdichado animal ha estado encerrado durante nueve años en una escuela, a nuestras expensas, para aprender a hablar y leer en la lengua de Shakespeare y Milton. Y el resultado es "Aheii, beii, ceii... deii". (A Eliza.)  Di ei, bi, ci, di.
LIZA (casi llorando). — ¡P'ero si lo dije! Aheii, beii, ceii...
HIGGINS. — ¡Basta!  Di:   "Esto  es para  ti."
LIZA. — Ehto'h  para  teii.
HIGGINS. — ¡No!   Apoya   la   lengua   en   la   parte   interior de los dientes inferiores y di  "Esto es..."
LIZA. — Ehto...   ¡No  puedo!  Esto...
PICKERING. — Muy  bien.   Espléndido,   Miss   Doolittle.
HIGGINS. — ¡Por Júpiter, lo hizo del primer intento! Pi­ckering, haremos de ella una duquesa. (A Eliza.) Y ahora, ¿te parece que puedes decir ti? No teii, ¿entiendes? Si alguna vez vuelves a decir beii, ceii, deii, te arrastraré de los cabe­llos por todo el cuarto, tres veces.   ( Fortísimo. )   ¡Ti, ti, ti, ti!
LIZA (llorando). — No puedo dihtinguir ninguna diferen­cia,  aparte de que parece máh'legante  cuand'usté'  lo  dice.
HIGGINS. — Bueno, pues si puedes distinguir esa diferen­cia, ¿por qué  demonios  lloras? Pickering,  déle un bombón.
PICKERING. — No, no. No importa que llore un poco, Miss Doolittle; aprende usted rápidamente. Y las lecciones no le harán daño. Le prometo que no dejaré que él la arras­tre de  los  cabellos por el  cuarto.
HIGGINS.— Vete a contarle a Mrs. Pearce lo que has hecho. Piensa en ello. Trata de hacerlo tú misma. Y mantén la lengua hacia adelante, cuando hables, en lugar de tratar de enrollarla y tragártela. La próxima lección a las cuatro y  media,   esta   tarde.   Vete.
Eliza, todavía sollozando, sale corriendo del cuarto.
Y estas son las torturas por las que tiene que pasar Eliza, durante varios meses, antes de que volvamos a encontrarla nuevamente en su primera aparición en la sociedad londinen­se  de  la  clase  profesional









1 Esta es, se entiende, la pronunciación deformada del alfabeto inglés, tan aproximadamente como se puede representar sin la ayuda de un sistema fonético, y no la del castellano, que ni siquiera una persona inculta pronunciaría mal. (N. del T.)
ACTO III

El día de recibo de Mrs. Higgins. Nadie ha llegado aún. El salón, en un piso de Chelsea, sobre el Embankment, tiene tres ventanas que miran al río y el cielo raso no es tan alto como lo sería en una casa más vieja de las mismas preten­siones. Las ventanas están abiertas, dejando paso a un balcón en el que hay macetas con flores. Sí uno se encuentra mirando hacia los ventanales, tiene la chimenea a su izquierda y la puerta en la pared de la derecha, en el rincón más cercano a las ventanas.
Mrs.   Higgins  ha  sido  educada  en  la   predilección   por  el estilo Morris y Burne-Jones, y su cuarto, completamente dis­tinto  del de  su  hijo,  de  la  casa  de  la  calle   Wimpole,  no está   atestado   de   muebles   y   mesitas   y   zarandajas.   En   el centro de la estancia hay una enorme otomana que,  conjun­tamente con la alfombra,  el  empapelado  Morris,   y  el forro de brocado de la otomana y sus cojines,  proporcionan  todo el adorno y son demasiado hermosos como para ser ocultados por   chirimbolos   inútiles.   Unos   pocos   y   buenos   cuadros   al óleo,   de   las   exhibiciones   hechas   en   la   Galería   Grosvenor treinta años antes (los Burne-Jones, no los Whistler), penden de las paredes. El único paisaje es un Cecil Lawson hecho en la escala de un Rubens. Hay un retrato de Mrs. Higgins, de  cuando  desafiaba  la moda  de  su juventud  con  uno  de los   hermosos   trajes   estilo   Rossetti   que,   caricaturizado   por personas  que  no  lo   entendían,   condujo  a  los   absurdos  del esteticismo popular de la década que comenzó en mil ocho­cientos setenta.
En el rincón diagonalmente opuesto a la puerta, Mrs. Hig­gins, pasados ya los sesenta años y habiendo dejado ya atrás el deseo de tomarse el trabajo de vestirse a la moda, está sentada, escribiendo, ante una mesita de escribir sencilla y elegante, con el botón de un timbre al alcance de la mano. Entre ella y la ventana que tiene más cerca hay una silla Chippendale. Al otro lado del cuarto, más adelante, hay una silla isabelina, toscamente tallada según el gusto de Iñigo Jones. En el mismo lado se encuentra un piano. El rin­cón entre la chimenea y la ventana está ocupado por un diván con cojines forrados de cretona Morris. Son entre las cuatro y las cinco de la tarde.
La puerta se abre violentamente y entra  Higgins,  con  él sombrero puesto.

Mrs. HIGGINS (consternada). — ¡Henry! (Riñéndole.) ¿Qué haces aquí, hoy? Es mi día de recibo. Prometiste no venir. (Mientras él se inclina para besarla, ella le quita el sombrero y se lo  entrega.)
HIGGINS. — ¡Oh, caramba! (Deja caer el sombrero en la mesa.)
Mrs.   HIGGINS.— Vete   a  tu   casa   inmediatamente.
HIGGINS  (besándola). — Lo sé, madre. Vine a propósito.
Mrs. HIGGINS.—Pero no debías haberlo hecho. Lo digo en serio, Henry. Ofendes a todas mis amistades. Cada vez que   se   encuentran   contigo   dejan   de   venir.
HIGGINS. — ¡Tonterías! Ya sé que no me es posible mante­ner una conversación ligera. Pero a la gente no le importa. (Se sienta en el sofá.)
Mrs. HIGGINS.— No, ¿eh? ¡Conversación ligera, vaya! ¿Y qué me dices de tu conversación seria? De veras, querido, no  digas  nada.
HIGGINS. — Debo decir algo. Tengo un trabajo para ti. Un  trabajo  fonético.
Mrs. HIGGINS. — Es inútil, querido. Lo siento, pero no puedo acostumbrarme a tus vocales. Y aunque me agrada recibir tus hermosas postales con tu escritura taquigráfica patentada, siempre me veo obligada a leer las copias en escri­tura común que tan previsoramente me envías.
HIGGINS. — Bueno, pues ahora no se trata de un trabajo fonético.
Mrs. HIGGINS. — Pero  acabas  de decir que sí.
HIGGINS. — No lo es la parte que tú tienes que hacer. He  encontrado  a  una  muchacha.
Mrs. HIGGINS. — ¿Quiere eso decir que una muchacha te ha encontrado a ti?
HIGGINS. — Nada   de   eso.   No   me   refiero   a   un   asunto amoroso.
Mrs.   HIGGINS. — ¡Qué   lástima!
HIGGINS. — ¿Por  qué?
Mrs. HIGGINS.—Porque nunca te enamoras de nadie que tenga menos de cuarenta y cinco años. ¿Cuándo piensas des­cubrir que hay varias mujeres hermosas a tu alrededor?
HIGGINS.—Oh, no tengo tiempo para ocuparme de mu­jeres hermosas. Mi idea de una mujer a quien se puede amar es una que se parezca a ti tanto como sea posible. Nunca podré llegar a sentirme seriamente atraído por muje­res jóvenes. Algunas costumbres están arraigadas demasiado hondamente como para ser cambiadas. (Levantándose brusca­mente y paseándose, haciendo sonar las monedas y las llaves que guarda en los bolsillos del pantalón.)  Además,  todas son idiotas.
Mrs. HIGGINS. — ¿Sabes qué harías si me amaras de veras, Henry?
HIGGINS. — ¡Oh,  por  favor!   ¿Qué?  Casarme,   supongo.
Mrs. HIGGINS. — No. Dejar de removerte y sacar las ma­nos de los bolsillos. (El obedece, con un gesto de desespera­ción, y vuelve a sentarse.) Eso es. Y ahora háblame de esa muchacha.
HIGGINS. — Vendrá a visitarte.
Mrs.  HIGGINS. — No  recuerdo  haberla  invitado.
HIGGINS. — No la invitaste. La invité yo. Si la hubieras conocido no la habrías  invitado.
Mrs.  HIGGINS. — ¡De  veras!  ¿Por  qué?
HIGGINS. — Bien, ocurre que... Es una vulgar florista. La encontré en la calle.
Mrs. HIGGINS.— ¡Y la invitaste a venir a mi casa el día de recibo!
HIGGINS (poniéndose de pie y acercándose a ella para engatusarla). — ¡Oh, no pasará nada! Le he enseñado a hablar correctamente y tiene órdenes estrictas en lo que atañe a su comportamiento. Tiene que atenerse a dos temas: el tiempo y la salud de todos los presentes... Magnífico día y qué tal le va, ¿entiendes? Y no debe hablar de tópicos generales. Eso la mantendrá a salvo.
Mrs. HIGGINS. —¡A salvo! ¡Hablar de nuestra salud, de nuestros órganos, quizá de nuestro cuerpo! ¿Cómo pudiste ser tan tonto,  Henry?
HIGGINS (impaciente). — Bueno, pues tiene que hablar de algo. (Se domina y vuelve a sentarse.) Oh, no pasará nada, no te alarmes. Pickering está conmigo en la conspira­ción. Tenemos una especie de apuesta pendiente acerca de si podré hacerla pasar por duquesa en seis meses. Empecé a trabajar con ella hace unos meses y progresa admirable­mente. Ganaré la apuesta. Tiene un oído muy fino y me ha sido más fácil enseñarle a ella que a mis alumnos de la clase media, porque se ve obligada a aprender un idioma completamente nuevo. Habla inglés casi tan bien como tú francés.
Mrs. HIGGINS. — En todo caso, eso ya es satisfactorio.
HIGGINS. —Sí  y  no.                                                
Mrs. HIGGINS. — ¿Qué quieres decir?                      
HIGGINS. — La   pronunciación   se   la   he   enseñado perfec­tamente   bien,   ¿sabes?   Pero   no   se   puede   tener en   cuenta solamente  cómo  pronuncia una joven,  sino  qué  pronuncia.  Y ahí  es  donde...
Son   interrumpidos  por  la  criada,   que   anuncia  la   llegada de invitados.
LA   CRIADA. —Mrs.   y   Miss   Eynsford   Hill.    (Se   retira.)
HIGGINS. — ¡Ay, Dios!   (Se levanta, toma precipitadamente el sombrero de la mesa y va hacia la puerta. Pero, antes de que pueda llegar a ella, su madre le presenta a los visitantes.) Mrs.  y Miss Eynsford Hill son  la madre y  la hija que se cobijaron de la lluvia en Covent Garden.  La madre es bien educada, tranquila, y tiene la habitual ansiedad que acompaña a las estrecheces económicas. La hija ha adquirido el aire de encontrarse sumamente a gusto en sociedad:  la bravuconería de la pobreza elegante.
Mrs. EYNSFORD HILL (a Mrs. Higgins). — ¿Como le va? (Se dan la mano.)
Miss EYNSFORD HILL. — ¿Cómo le va? (Le da la mano.)
Mrs.  HIGGINS   (presentando). — Mi hijo  Henry.
Mrs.   EYNSFORD  HILL. — ¡Su  célebre  hijo!   Hace mucho tiempo   que  tenía  deseos   de   conocerle,   profesor   Higgins.
HIGGINS (lúgubre, sin acercarse a ella). —Encantado. (Retrocede hacia el piano y hace una brusca inclinación.)
Miss EYNSFORD HILL (aproximándose a él con confiada familiaridad). — ¿Cómo   le   va?
HIGGINS (mirándola fijamente). — La he visto a usted en otra parte. No me imagino siquiera dónde, pero he escuchado su voz. (Melancólico.) No tiene importancia... Será mejor que   se   siente.
Mrs. HIGGINS. — Lamento decir que mi célebre hijo no tiene modales. No le hagan caso.
Miss EYNSFORD HILL (alegremente). —No se lo hago. (Se sienta  en la silla  isabelina.)
Mrs. EYNSFORD HILL (un tanto desconcertada). —En absoluto. (Se sienta en la otomana, entre su hija y Mrs. Hig­gins, qué ha apartado su silla de la mesa de escribir.)
HIGGINS. — Oh,   ¿he   sido   grosero?  No   fue  mi   intención. Se dirige al ventanal del centro, a través del cual, de espal­das a los visitantes, contempla el río y las flores del parque Battersea,  en  la  orilla  opuesta,   como  si  fuesen  un   desierto helado.
Regresa  la  doncella,  precediendo  a  Pickering.
LA DONCELLA. —El coronel Pickering.   (Se retira.)
PICKERING. — ¿Cómo   le  va,   Mrs.   Higgins?
Mrs.  HIGGINS. — Me alegro  de que haya venido.  ¿Conoce a Mrs. Eynsford Hill... Miss Eynsford Hill? (Intercambio de inclinaciones. El coronel pone la silla Chippendale entre Mrs. Hill y Mrs. Higgins y se sienta.)
PICKERING. — ¿Le ha dicho Henry para qué hemos venido?
HIGGINS (por sobre el hombro). — ¡ Nos interrumpieron, maldito   sea!
Mrs. HIGGINS. — ¡Oh, Henry, Henry!
Mrs. EYNSFORD HILL (levantándose a medias). — ¿Mo­lestamos?
Mrs. HIGGINS (levantándose y haciéndola sentarse nue­vamente ). — No, no. No podría haber venido más oportuna­mente.  Queremos  que  conozca a una  amiga nuestra.
HIGGINS (volviéndose, esperanzado). — ¡ Sí, caray! Nece­sitamos a dos o tres personas. Ustedes, o cualquier otro, tan­to  da.
La doncella regresa,  seguida  de  Freddy.
LA  DONCELLA. —Mr.   Eynsford   Hill.
HIGGINS (casi audiblemente, fuera de sus casillas). — ¡Dios del  cielo!   ¡Otro   Eynsford  Hill!
FREDDY (dándole la mano a Mrs. Higgins). — ¿Cónlevá?
Mrs. HIGGINS.— Le agradezco que haya venido. (Presentando.)  El coronel Pickering.
FREDDY (con una inclinación). — ¿Cónlevá?
Mrs. HIGGINS. — No creo que conozca a mi hijo, el pro­fesor  Higgins.
FREDDY   (acercándose  a   Higgins). — ¿Cónlevá?
HIGGINS   (mirándole como si se tratase de un ladrón).— Juraría que lo he visto  anteriormente.  ¿Dónde fue?
FREDDY. —No  lo  creo.
HIGGINS (resignado). — Sea como fuere, no tiene impor­tancia.   Siéntese.
Le da un apretón de manos y luego lo lanza prácticamente sobre la otomana, de cara a la ventana. Después da la vuelta y se queda detrás del respaldo.
HIGGINS. — ¡Bien, bien, henos aquí! (Se sienta en la oto­mana, a la izquierda de Mrs. Eynsford Hill.) Y ahora, ¿de qué demonios hablaremos  hasta  que  llegue  Eliza?
Mrs. HIGGINS. — Eres el alma y el nervio de las veladas de la "Royal Society". Pero, de veras, resultas un poco mo­lesto en las ocasiones más corrientes.
HIGGINS. — ¿Sí? Lo siento. (De pronto, sonriente.) Supon­go  que tienes razón,  ¿sabes?  (Estrepitosamente.)   ¡Ja,  ja!
Miss EYNSFORD HILL (que considera a Higgins bastante elegible como partido). — Simpatizo con usted. Yo no se man­tener una conversación ligera. ¡Si la gente fuese sincera y dijese verdaderamente lo  que  piensa!...
HIGGINS (cayendo en una profunda melancolía). — ¡Dios no lo permita!
Mrs. EYNSFORD HILL (retomando el hilo del tema de su   hija). — ¿Por  qué?
HIGGINS. — Lo que la gente piensa que debería pensar ya es bastante malo, como Dios bien lo sabe. Pero lo que realmente piensa es espantoso. ¿Le parece que sería agradable que dijese lo que yo realmente pienso?
Miss EYNSFORD HILL (alegremente). — ¿Son tan cíni­cos sus pensamientos?
HIGGINS. — ¿Cínicos? ¿Quién diablos dijo que fuesen cí­nicos?  Quiero   decir  que  no   sería   decente.
Mrs. EYNSFORD HILL (seria). —Oh, estoy segura de que no lo  dice en serio,  Mr.  Higgins.
HIGGINS. — Todos somos salvajes, más o menos, ¿entiende? Se cree que somos civilizados y cultos... que sabemos todo lo que se refiere a la poesía y la filosofía y el arte y demás. Pero, ¿cuántos de nosotros conocen siquiera el significado de esas palabras? (A Miss Hill.) ¿Qué sabe usted de poesía? (A Mrs. Hill.) ¿Qué sabe usted de la ciencia? (Indicando a Freddy.) ¿Qué sabe él del arte, la ciencia o cualquier otra cosa? ¿Qué demonios creen ustedes que sé yo de la filosofía?
Mrs. HIGGINS (con tono de advertencia). — ¿O de la bue­na  educación, Henry?
LA DONCELLA (abriendo la puerta). — Miss Doolittle. (Se retira.)
HIGGINS (levantándose apresuradamente y corriendo hacia Mrs. Higgins). —"Es ella, mamá. (Se para en puntas de pies y hace señas a Eliza por sobre la cabeza de la madre, para indicarle quién es la dueña de casa.)
Eliza, exquisitamente vestida, produce una impresión de tan notable distinción y belleza, al entrar, que todos se ponen de pie, agitados. Guiada por las señas de Higgins, se acerca a la madre de éste con estudiada gracia.
LIZA (hablando con pedantesca corrección de pronuncia­ción y gran belleza de tono). — ¿Cómo está usted, Mrs. Hig­gins? (Se atraganta levemente cuando hace un esfuerzo para pronunciar la H de Higgins, pero sale exitosamente del paso.) Mr. Higgins me dijo que podía venir.
Mrs. HIGGINS (cordialmente). — En efecto. Y por cierto que me alegro de verla.
PICKERING. — ¿Cómo le va, Miss Doolittle?
LIZA (dándole la mano). — El coronel Pickering, ¿verdad?
Mrs. EYNSFORD HILL. — Estoy segura de que nos hemos encontrado  anteriormente,  Miss Doolittle.  Me  acuerdo  de sus ojos.
LIZA. — ¿Cómo está usted? (Se sienta graciosamente en la otomana, en el lugar que Higgins acaba de dejar libre.)
Mrs.  EYNSFORD HILL   (presentando). — Mi hija Clara.
LIZA. — ¿Cómo está usted?
CLARA (impulsivamente). —¿Cómo le va? (Se sienta en la otomana, junto a Eliza, devorándola con los ojos.)
FREDDY (acercándose a Eliza). — Estoy seguro de haber tenido el gusto.
Mrs. EYNSFORD HILL (presentando). —Mi hijo Freddy.
LIZA. — ¿Cómo está usted?
Freddy hace una inclinación y se sienta en la silla isabelina, ciegamente enamorado.
HICGINS (de pronto). — ¡Caramba, sí! ¡Ahora me acuerdo! (Todos le miran boquiabiertos.) ¡Covent Garden! (Con acento lastimero.)   ¡Qué maldición!
Mrs.  HIGGINS. — ¡Henry,  por favor!   (El está a punto  de sentarse en el borde de la mesa.) No te sientes en la mesa de escribir; me la romperás. —HIGGINS  (enfurruñado). — ¡Perdón!
Se dirige al diván, tropezando de paso con el guardafuegos de la chimenea y los morillos, desenredándose en medio de imprecaciones masculladas y terminando su desastroso viaje no sin antes haberse dejado caer tan impacientemente sobre el diván que casi lo rompe. Mrs. Higgins le lanza una mirada, pero se domina y no dice nada. Sigue una pausa larga y penosa.
Mrs. HIGGINS (al cabo, haciendo conversación). — ¿Le pa­rece que lloverá?
LIZA. — La zona de baja presión que persiste en estas islas en la parte oeste tiene que moverse lentamente hacia el este. No existen indicios de un gran cambio en la situación baro­métrica.
FREDDY. — ¡Ja, ja, qué tremendamente gracioso!
LIZA. — ¿Qué tiene eso de malo, joven? Me parece que lo he dicho bien.
FREDDY. — ¡Matador!
Mrs. EYNSFORD HILL. —Espero que no empiece a hacer frío. La influenza anda mucho por ahí. Todas las primaveras derriba a nuestra familia entera.                          
LIZA  (sombría). — Mi tía murió de influenza.  Así dijeron.
Mrs. EYNSFORD HILL (chasquea la lengua en señal de simpatía).
LIZA (en el mismo tono trágico). — Pero, en mi opinión, le hicieron clavar el pico.
Mrs. HIGGINS  (perpleja). — ¿Clavar el pico?
LIZA.— ¡Síiii, que el cielo la bendiga! ¿Por qué habría de morir de influenza? El año anterior se curó perfectamente de la difteria. Yo la vi con mis propios ojos. Estaba azul. Todos creían que se había muerto. Pero mi padre le echaba conti­nuamente ginebra en la garganta, y volvió en sí tan de pronto que arrancó de un mordisco el cuenco  de la cuchara.
Mrs. EYNSFORD HILL  (espantada). — ¡Por Dios!
LIZA (acumulando las pruebas del proceso). — ¿Por qué una mujer de las energías de ella habría de morirse de influenza? ¿Qué fue de su sombrero nuevo de paja, que tendría que haberme correspondido a mí? Alguien lo birló. Y yo digo que el que lo birló es el que la hizo espichar.
Mrs. EYNSFORD HILL. — ¿Qué quiere decir eso de hacerla espichar?
HIGGINS (apresurado). — Es la nueva forma de conversa­ción.  Hacer espichar a una persona  significa  matarla.
Mrs. EYNSFORD HILL (a Eliza, horrorizada). — ¿Y cree usted que mataron a su tía?
LIZA. — ¡ Qué le parece! Los tipos con los cuales vivía la habrían matado por un alfiler de sombrero, no ya por un sombrero.
Mrs. EYNSFORD HILL. — Pero seguramente no estuvo bien que su padre le echara bebida alcohólica en la garganta. Podría haberla matado.
LIZA. — ¿A ella? La ginebra es para ella como la leche materna. Además, él se había echado tan gran cantidad en su propia garganta que sabía que  era buena.
Mrs.  EYNSFORD HILL. — ¿Quiere decir que él bebía?
LIZA.—¿Si bebía? ¡Por favor!  ¡Una cosa crónica!
Mrs. EYNSFORD HILL. — ¡Cuan espantoso para usted!
LIZA. — Nada de eso. Nunca le hizo daño alguno, que yo pudiese verlo. Pero, por otra parte, no bebía regularmente. (Alegre.) A rachas, como quien dice, de tanto en tanto. Y siempre era más bondadoso cuando tenía unos tragos aden­tro. Cuando estaba sin trabajo, mi madre solía darle cuatro peniques y le decía que saliera y no volviese hasta que no se hubiera emborrachado y puesto alegre y amoroso. Hay muchas mujeres que tienen que hacer que sus esposos se emborrachen para poder vivir con ellos. (Completamente a sus anchas.) ¿Sabe? lo que pasa es lo siguiente. Si un hombre tiene un poco de conciencia lo  asalta  cuando  está  sobrio.  Y  entonces se abate.   (A Freddy, convulsionado por carcajadas irreprimi­bles.)   ¡Vaya!, ¿de qué se ríe?
FREDDY. — De la nueva forma  de conversación.  Lo  hace usted tan bien...
LIZA. — Si  lo   hacía   correctamente,   ¿de   qué   se   reía?   (A Higgins.)  ¿He dicho algo que no debiera?
Mrs.   HIGGINS   (interviniendo). — Nada  en   absoluto,   Miss Doolittle.
LIZA. — Bueno, es una suerte.  (Expansiva.) Porque yo siem­pre  digo  que...
HIGGINS (levantándose y mirando el reloj). — ¡Ejem! LIZA (mirándole, comprendiendo la insinuación y poniéndose de pie). —Bueno, debo irme.  (Todos se levantan. Freddy va a la puerta.) Encantada de haberla conocido. Adiós.   (Le da la mano a Mrs. Higgins.)
Mrs. HIGGINS. —Adiós.
LIZA. — Adiós, coronel Pickering.
PICKERING. — Adiós,   Miss  Doolittle.   (Se   dan  la  mano.)
LIZA (haciendo una inclinación de cabeza a los demás).— Adiós, todos.
FREDDY (abriéndole la puerta). — ¿Cruza usted el parque, Miss Doolittle? En ese caso...
LIZA (con dicción perfectamente elegante). — ¿A pie? ¡Cuer­nos!1 ¡Ni pensarlo! (Sensación.) Voy en taxi.  (Sale.)
Pickering abre la boca y se sienta. Freddy sale al balcón para poder ver nuevamente a Eliza.
Mrs. EYNSFORD HILL (sufriendo aún de la impresión reci­bida).—Que no, la verdad es que no puedo acostumbrarme a las nuevas modas.
CLARA (dejándose caer, descontenta, en la silla isabelina). — Vamos, mamá, no seas así. Si sigues siendo tan anticuada, la gente pensará que no vamos a ninguna parte ni visitamos a nadie.
Mrs. EYNSFORD HILL. — Ya lo creo que soy anticuada. Pero espero que no empieces a usar esa expresión, Clara. Me he acostumbrado a oírte hablar de hombres llamándoles latosos y a decir que todo es asqueroso y podrido, aunque lo consi­dero espantoso y poco femenino. Pero esto último es realmente subido. ¿No le parece, coronel Pickering?
PICKERING. — No me lo pregunte a mí. He estado en la India durante muchos años. Y los modales han cambiado tanto que a veces no sé si me encuentro en un ambiente respetable o en el castillo de proa de algún barco carguero.
CLARA. — Es cuestión de acostumbrarse. No hay en ello nada de malo ni de bueno. Nadie quiere decir nada con eso. Y es tan gracioso y le da un énfasis tan elegante a las cosas que en sí no son muy ingeniosas... Encuentro que el nuevo estilo de conversación es sumamente delicioso e inocente en absoluto.
Mrs. EYNSFORD HILL (poniéndose de pie). — Bueno, en fin de cuentas,  creo  que ya  es hora  de  que nos  vayamos.

1 En el original, Not bloody likely. Bloody es un intensivo vulgar, considerado como altamente incorrecto en la conversación en sociedad; de ahí la sensación, que en castellano sólo podría ser producida por un  expletivo  de  más  grueso  calibre.   (N.  del   T.)
Pickering y Higgins se ponen de pie.
CLARA (Levantándose). — Oh, sí; todavía tenemos que visi­tar otras tres casas. Adiós, Mrs. Higgins. Adiós, coronel Picke­ring. Adiós, profesor Higgins.
HIGGINS (acercándose melancólicamente a ella y acompa­ñándola hasta la puerta). — No se olvide de ensayar el nuevo estilo de conversación en las tres casas. No se ponga nerviosa.
Hable con vigor.
CLARA (toda sonrisas). —Lo haré. Adiós. ¡Todas estas ton­terías de la primitiva mojigatería victoriana!
HIGGINS   (tentándola). — ¡ Esas   remalditas   tonterías!
CLARA. — ¡ Pueden irse al  cuerno  esas remalditas tonterías!
Mrs. EYNSFORD HILL (convulsivamente). — ¡Clara!
CLARA. — ¡Ja, ja! (Sale radiante, segura de estar a la última moda, y se la oye bajar las escaleras envuelta en un torrente de argentinas carcajadas.)
FREDDY (hablando al cielo, arrobado). — Bueno, le pre­gunto... (Se rinde y se acerca a Mrs. Higgins.) Adiós.
Mrs. HIGGINS (dándole la mano). — Adiós. ¿Le agradaría volver a  encontrarse  con Miss  Doolittle?
FREDDY  (ávido). — ¡Por cierto que sí!
Mrs. HIGGINS.—Bien, ya conoce mis días de recibo.
FREDDY. — Sí, muchas gracias. Adiós.  (Sale).
Mrs. EYNSFORD HILL. — Adiós, Mr. Higgins.
HIGGINS. — ¡Adiós, adiós!
Mrs. EYNSFORD HILL (a Pickering). — Es inútil. Jamás podré decidirme a usar esa palabra.
PICKERING. — No lo haga. No es obligatorio, ¿sabe? Puede arreglárselas perfectamente sin ella.
Mrs. EYNSFORD HILL. —Pero Clara me persigue de tal modo cuando yo no estoy prácticamente desbordante con las últimas   novedades   de   la  jerga...   Adiós.
PICKERING. — Adiós.  (Se dan la mano.)
Mrs. EYNSFORD HILL (o Mrs. Higgins). —No debe eno­jarse con Clara.   (Pickering, comprendiendo, por el tono más bajo con que dice estas palabras, que no se quiere que él escuche, se une discretamente a Higgins ante la ventana.) ¡ So­mos tan pobres y ella va a tan pocas fiestas, pobrecita...! No sabe cómo comportarse. (Mrs. Higgins, viendo que tiene los ojos húmedos, le toma la mano con simpatía y la acompaña hasta la puerta.) Pero mi hijo es agradable. ¿No le parece?
Mrs. HIGGINS. — Oh, sumamente agradable. Estaré encan­tada de que continúe visitándome.
Mrs. EYNSFORD HILL. — Muchas gracias, querida. Adiós. (Sale.)
HIGGINS (ansioso). —¿Y bien? ¿Es presentable Eliza? (Se precipita sobre su madre y la arrastra a la otomana, donde ella se sienta en el lugar antes ocupado por Eliza, con su hijo a su izquierda.)
Pickering vuelve a sentarse en su silla, a la derecha de Mrs. Higgins.
Mrs. HIGGINS. — ¡Tonto!, por supuesto que es presentable. Es un triunfo de tu arte y del de la modista, pero si piensas por un solo instante que no se traiciona con cada frase que pronuncia,   debes   estar  completamente  loco   por  ella.
PICKERING. — Pero, ¿no cree que podría hacerse algo? Quie­ro decir, algo para eliminar el elemento sanguinario de su conversación.
Mrs. HIGGINS. — Mientras esté en manos de Henry, no.
HIGGINS  (ofendido). — ¿Quieres decir que mi lenguaje  es incorrecto?
Mrs. HIGGINS. — No, querido. Sería correctísimo... por ejemplo, en una barcaza del río. Pero no sería correcto en una fiesta.
HIGGINS (profundamente herido). — Pues permíteme que te diga...
PICKERING (interrumpiéndole). —Vamos, Higgins, es pre­ciso que aprenda a conocerse a sí mismo. Yo no había escu­chado un lenguaje como el suyo desde que solía pasar revista a los voluntarios, en Hyde Park, hace veinte años.
HIGGINS (mohíno). — Oh, bueno, si ustedes lo dicen, admi­tiré  que  no  siempre  hablo  como   un obispo.
Mrs. HIGGINS (tranquilizando a Henry con una palmadita). — Coronel Pickering, ¿quiere informarme de cuál es el verda­dero estado de cosas en la calle Wimpole?
PICKERING (alegremente, como si esto cambiara el tema de conversación). — Bueno, yo estoy viviendo allí con Henry. Tra­bajamos juntos en la cuestión de mis dialectos indios. Y nos parece sumamente conveniente...
Mrs. HIGGINS. — Perfectamente. Todo eso ya lo sé. Es un arreglo muy sensato. Pero, ¿dónde vive esa joven?
HIGGINS. — Con nosotros. ¿Dónde habría de vivir?
Mrs. HIGGINS. — Pero, ¿en qué condiciones? ¿Es una sir­vienta? Y, en caso contrario, ¿qué es?
PICKERING (lentamente). — Creo que sé a qué se refiere, Mrs. Higgins.
HIGGINS. — ¡Bueno, maldito sea si yo la entiendo! He te­nido que trabajar con la muchacha todos los días, durante varios meses, para conseguir los resultados que se han visto. Además, me es útil. Sabe dónde están mis cosas y se acuerda de mis citas y demás.
Mrs. HIGGINS. — Y, ¿cómo se lleva tu ama de llaves con ella?
HIGGINS. — ¿Mrs. Pearce? Oh, está encantada de que le saque tanto trabajo de las manos. Porque, antes de que llegara Eliza, solía tener que encontrarme las cosas y hacerme acordar de mis compromisos. Pero tiene cierta extraña idea acerca de Eliza. No hace más que decir: "Usted no piensa, señor". ¿No es cierto, Pick?
PICKERING. — Sí, esa es la fórmula. "Usted no piensa, se­ñor." Ese es el final de todas las conversaciones acerca de Eliza.
HIGGINS. — Como si alguna vez dejara de pensar en ella y en sus malditas vocales y consonantes. Estoy extenuado de tanto pensar en ella y de vigilarle los labios y los dientes y la lengua, para no hablar del alma, que es lo más extraño del conjunto.
Mrs. HIGGINS. — En verdad que son ustedes una hermosa pareja de chiquillos, jugando con esa muñeca viva.
HIGGINS. — ¡Jugando! El trabajo más difícil que jamás he encarado, no te equivoques en ello, mamá. Pero no tienes idea de cuan espantosamente interesante es tomar a un ser humano y convertirlo en otro ser humano completamente dis­tinto con sólo crearle un nuevo idioma. Es llenar el más am­plio abismo que separa a una clase de otra clase y a un alma de otra alma.
PICKERING (acercando su silla a Mrs. Higgins e inclinán­dose ansiosamente hacia ella). —Sí, es enormemente interesan­te. Le aseguro, Mrs. Higgins, que tomamos a Eliza muy en serio. Todas las semanas —todos los días, casi— hay un nuevo cambio. (Más cerca.) Vamos registrando los progresos en cada una de las etapas... tenemos docenas de discos de gramófono y de fotografías...
HIGGINS  (atacándola por el otro oído).— ¡Sí, caramba, es el  experimento más  absorbente  que  jamás  haya  emprendido! Ella llena nuestras vidas, ¿no es verdad, Pick?
PICKERING. — Estamos  siempre hablando  a Eliza.
HIGGINS. — Enseñando a Eliza.
PICKERING. — Vistiendo a Eliza.
Mrs. HIGGINS. — ¿Qué?
HIGGINS. — Inventando nuevas Elizas.

¿Sabes?, tiene el oído más ex­traordinariamente  rápido.
Le aseguro, mi querida Mrs. Higgins, que esa chica...
Que el de un loro. La he pues­to a prueba...
Es un genio. Sabe tocar el piano maravillosamente...
Con todos los sonidos que un ser humano puede producir...
HIGGINS (hablando   La hemos llevado a conciertos clásicos y a cafés...
PICKERING juntos)  Dialectos continentales, dialec­tos africanos, hotentotes.
Cantantes. Y todo le es lo mis­mo. Ejecuta todo...
Chasquidos, cosas que a mí me costó años aprender,  y...
Lo que ha oído en cuanto llega a casa, ya se trate de ...
Los aprende en un santiamén, de primer intento, como si los hubiera...
Beethoven y Brahms, o Lehar y Lionel Monckton...
Conocido de toda la vida.
Aunque hace seis meses no ha­bía tocado un piano.

Mrs. HIGGINS (tapándose los oídos con las manos, visto que ahora los dos hombres están tratando de superarse mu­tuamente a gritos y produciéndose un alboroto intolerable.) — ¡Shhh... !  (Se callan.)
PICKERING. — Perdón. (Retira su silla en actitud de dis­culpa. )
HIGGINS. — Lo siento. Cuando Pickering se pone a gritar, nadie puede deslizar una palabra en él medio.
Mrs.   HIGGINS. — Cállate,   Henry.   Coronel   Pickering,   ¿no se da cuenta de que, cuando Eliza llegó a la calle Wimpole, algo llegó con ella?
PICKERING. — Sí, el padre. Pero Henry se libró muy pron­to de él.
Mrs. HIGGINS. — Habría sido mucho más sensato que hu­biese ido la madre. Pero, como no se presentó la madre, se presentó otra cosa.
PICKERING. — ¿Qué cosa?
Mrs. HIGGINS (ubicándose inconscientemente en una época por medio de la palabra). — Un  problema.
PICKERING. — Ah, ya veo. El problema de cómo hacerla pasar por una  dama.
HIGGINS. — Yo resolveré el problema. Lo tengo ya casi resuelto.
Mrs. HIGGINS. — No, criaturas masculinas infinitamente estúpidas:  el problema de qué se hará con ella después.
HIGGINS. — No veo ningún problema en ello. Puede irse por su lado y seguir su camino, con todas las ventajas que le he proporcionado.
Mrs. HIGGINS. — ¡Las ventajas de esa pobre mujer que estuvo aquí hace un momento! ¡Los modales y las costum­bres que incapacitan a una dama refinada para ganarse su propia vida, si no se le proporcionan los ingresos de una dama refinada!  ¿Se refieren a eso?
PICKERING (indulgente, un poco aburrido). — ¡ Oh, por ese lado no ocurrirá nada, Mrs. Higgins! (Se levanta para irse.)
HIGGINS (levantándose a su vez). — Le encontraremos al­gún trabajo fácil.
PICKERING. — Se siente bastante feliz. No se preocupe por ella. Adiós. (Le da la mano como si estuviese consolando a una niña asustada y se dirige hacia la puerta.)
HIGGINS. — De todos modos, es inútil preocuparse ahora. La cosa ya está hecha. Adiós, mamá. (la besa y sigue a Pic­kering. )
PICKERING (volviéndose para suministrar un consuelo fi­nal).—Hay muchas soluciones. Haremos lo más correcto. Adiós.
HIGGINS (a Pickering, mientras salen). — Llevémosla a la representación de Shakespeare en  Earls  Court.
PICKERING. — Sí, llevémosla. Sus observaciones serán de­liciosas.
HIGGINS. — Imitará a todos los que haya visto, cuando estemos de vuelta en casa.
PICKERING. — ¡Espléndido! (Se les oye reír mientras hablan)
Mrs. HIGGINS (se levanta impacientemente y vuelve a su trabajo en la mesa de escribir. Quita de en medio, de un ma­notón, una pila de papeles desordenados, toma una hoja de su caja de papeles y se pone resueltamente a escribir. Al ter­cer intento se rinde, arroja el lapicero, se toma coléricamente de la mesa y exclama:) ¡Oh, los hombres, los hombres, los hombres!

Es evidente que Eliza no puede pasar aún por duquesa, y la apuesta de Higgins no ha sido ganada todavía. Pero los seis meses no han transcurrido y, antes de vencido el plazo, Eliza se hace pasar, efectivamente, por una princesa. Para en­trever cómo lo hizo, imagínese una Embajada en Londres, una noche de verano. La puerta del salón tiene una marquesina y una alfombra que va hasta el encintado de la vereda, por­que está en su apogeo una gran recepción. Un pequeño gentío está alineado para ver llegar a los invitados.
Llega un Rolls-Royce. Pickering, en traje de noche, con medallas y condecoraciones en la solapa, desciende y ayuda a bajar a Eliza, con salida de teatro, diamantes, abanico, flo­res y demás accesorios. Higgins la sigue. El coche se aleja y los tres suben los escalones y entran en la casa; la puerta se abre para dejarles pasar.
En el interior se encuentran en un espacioso vestíbulo del que arranca la gran escalinata. A la izquierda está el guarda­rropa de los hombres. Los invitados masculinos depositan allí sus sombreros y abrigos.
A la derecha hay una puerta que da al vestuario de las damas. Estas entran cubiertas con sus capas y salen en todo su esplendor. Pickering susurra algo a Eliza y le señala el vestuario de las damas. Ella entra. Higgins y Pickering se qui­tan los abrigos y reciben la contraseña del encargado del guar­darropa.
Uno de los invitados, ocupado en la misma operación, está vuelto de espaldas a ellos. Después de haber tomado su con­traseña, se vuelve y se ve entonces que es un joven de as­pecto importante, con un rostro extraordinariamente peludo. Tiene un enorme bigote que se funde en unas frondosas pa­tillas. Ondas de cabello se apiñan sobre su frente. Lleva el cabello corto en la nuca y resplandeciente de pomada. Por lo demás, es sumamente elegante. Tiene varias condecoraciones sin importancia. Evidentemente es extranjero y se podría adi­vinar que es un bigotudo miembro de la Guardia húngara. Pero, a despecho de la ferocidad de su bigote,  es afable y locuaz.
Reconociendo a Higgins, abre ampliamente los brazos y se le acerca, entusiasmado.

BIGOTES.— ¡Maestro, maestro! (Abraza a Higgins y le besa en ambas mejillas.) ¿No se acuerda de mí?
HIGGINS. — No, no me acuerdo. ¿Quién demonios es usted?
BIGOTES. — Su alumno, su primer alumno, su mejor y más grande alumno. Soy el pequeño Nepommuok, el joven ma­ravilloso. He hecho famoso su nombre en toda Europa. Usted me enseñó fonética.  No puede haberse  olvidado  de  mí.
HIGGINS. — ¿Por qué no  se afeita?
NEPOMMUCK. — No tengo su imponente aspecto, su men­tón, su frente. Cuando me afeito nadie se da cuenta de que existo. Ahora soy famoso.  Me llaman Cara Peluda.
HIGGINS. — ¿Y qué está haciendo aquí, entre todos estos petimetres?
NEPOMMUCK.— Soy intérprete. Hablo treinta y dos idio­mas. Soy indispensable en estas fiestas internacionales. Usted es un gran especialista en el dialecto Cockney, ubica a un hombre en su lugar natal, en Londres, en cuanto el individuo abre la boca. Yo ubico a cualquier hombre en Europa.
Un mayordomo baja corriendo la gran escalinata y se acerca a Nepommuck.
MAYORDOMO. — Se le necesita arriba. Su excelencia no puede entender al caballero griego.
NEPOMMUCK. — Gracias,  sí,  inmediatamente.
El mayordomo se retira y desaparece entre el gentío.
NEPOMMUCK (a Higgins). — Ese diplomático griego finge que no habla ni entiende el inglés. No puede engañarme. Es hijo de un relojero de Clerkenwell. Habla el inglés tan atroz­mente que no se atreve a pronunciar una palabra por miedo de descubrir su origen. Yo le ayudo a fingir, pero le hago pagar bien cara la ficción. Les hago pagar a todos. ¡Ja, ja! (Se precipita escaleras arriba.)
PICKERING. — Este sujeto, ¿es realmente un experto? ¿Po­dría descubrir a Eliza y extorsionarla?
HIGGINS. — Lo veremos. Si la descubre, habré perdido mi apuesta.
Eliza sale del vestuario y se une a ellos.
PICKERING. — Bien, Eliza, ahora empieza la cosa. ¿Estás dispuesta?
LIZA. — ¿Está nervioso, coronel?
PICKERING. — Terriblemente. Me siento como me sentí antes de mi primera batalla. La primera vez es la que mete miedo.
LIZA. — Para mí no es la primera vez, coronel. He hecho esto cincuenta, cien veces, en mi pequeña pocilga de Ángel Court, en mis sueños. Y ahora estoy soñando. Prométame que no dejará que el profesor Higgins me despierte. Porque, si lo hace, me olvidaré de todo y hablaré como lo hacía en Drury Lane.
PICKERING. — Ni una palabra, Higgins. (A Eliza.) Bueno, ¿lista?
LIZA. —Lista.
PICKERING. — Vamos.
Suben, Higgins el último. Pickering susurra al mayordomo, en el primer descanso.
EL MAYORDOMO DEL PRIMER DESCANSO. — Miss Doolittle,  el  coronel Pickering,  el profesor Higgins.
EL MAYORDOMO DEL SEGUNDO DESCANSO. — Miss Doolittle, el coronel Pickering, el profesor Higgins.
Al final de la escalinata se encuentran el embajador y su esposa, con Nepommuck pegado a ésta, haciendo los honores.
ESPOSA DEL EMBAJADOR (tomando la mano de Eli­za) — ¿Cónlevá?
EMBAJADOR (lo mismo). — ¿Cónlevá? ¿Cónlevá, Picke­ring?
LIZA (con una hermosa gravedad que aterra a la dueña de casa). — ¿Cómo está usted?  (Pasa al salón.)
ESPOSA. — ¿Es su hija adoptiva, coronel Pickering? Causa­rá sensación.
PICKERING. — Muy amable de su parte el haberla invita­do.  (Sigue adelante.)
ESPOSA (a Nepommuck). — Averigüe todo lo que pueda de ella.
NEPOMMUCK (con una inclinación). — Excelencia... (Des­aparece entre los invitados.)
EMBAJADOR. — ¿Cónlevá, Higgins? Esta noche tiene usted aquí a un rival. Se presentó a sí mismo como su alumno. ¿Es algún experto?
HIGGINS. — Puede aprender un idioma en dos semanas... Conoce docenas de idiomas: señal segura de que es un tonto. Como fonetista no sirve para nada.
ESPOSA. — ¿Cónlevá,  profesor?
HIGGINS. —¿Cómo está usted? Deben ser terriblemente aburridas para usted, estas cosas. Perdone mi colaboración. (Sigue adelante.)
En el salón principal y los contiguos la recepción está en pleno auge. Pasa Eliza. Está tan preocupada por su prueba que camina como una sonámbula en un desierto, en lugar de hacerlo como una debutante que hace su presentación entre una muchedumbre elegante. Todos dejan de hablar para mi­rarla, admirar su vestido, sus joyas y su personalidad extraña­mente atractiva. Los más jóvenes se ponen de pie sobre las sillas para verla.
El Embajador y su esposa llegan de la escalinata y se mez­clan a sus huéspedes. Higgins, lúgubre y despectivo, se acerca al grupo en que están conversando.
ESPOSA. — ¡Ah, he aquí al profesor Higgins; él nos lo dirá! Háblenos de esa maravillosa joven, profesor.
HIGGINS   (casi  malhumorado). — ¿Cuál  joven   maravillosa?
ESPOSA. — Usted lo sabe perfectamente. Me dicen que ja­más se ha visto nada semejante en Londres desde que la gente se ponía de pie sobre sus sillas para contemplar a Mrs. Langtry.
Nepommuck se une al grupo, lleno de noticias.
ESPOSA. — Ah, por fin está usted aquí, Nepommuck. ¿Ha averiguado ya algo  acerca de la señorita Doolittle?
NEPOMMUCK. — Lo he averiguado todo. Es una impos­tora.
ESPOSA. — ¡Una impostora!   ¡Oh, no puede ser!
NEPOMMUCK. — Sí, sí. No puede engañarme a mí. Su apellido no es Doolittle.
HIGGINS. — ¿Por qué?
NEPOMMUCK. — Porque Doolittle es un nombre inglés. Y  ella no es  inglesa.
ESPOSA. — ¡Ah, qué tontería! ¡Pero si habla perfectamente el inglés!
NEPOMMUCK. — Demasiado perfectamente. ¿Puede encon­trarme a alguna inglesa que hable el inglés como se debería? Sólo los extranjeros que han aprendido a hablarlo lo hablan bien.
ESPOSA. — La verdad es que me aterrorizó por la forma en que dijo Cónlevá. Tuve una maestra que hablaba así y le tenía un miedo mortal.  Pero,  si no  es  inglesa,   ¿qué  es?
NEPOMMUCK. — Húngara.
TODOS LOS DEMÁS. — ¿Húngara?
NEPOMMUCK. — Húngara. Y de sangre real. Yo soy hún­garo. Mi sangre es real.
HIGGINS. —¿Le  habló  usted  en húngaro?
NEPOMMUCK. — Sí. Se mostró muy inteligente. Me dijo: "Por favor, hábleme en inglés. No entiendo el francés". ¡Fran­cés! Fingió no conocer la diferencia que hay entre el francés y el húngaro.   ¡Imposible:   conoce ambos  idiomas!
HIGGINS. — ¿Y la  sangre real? ¿Cómo  descubrió  eso?
NEPOMMUCK. — Instinto, maestro, instinto. Sólo las razas magiares pueden producir ese aire de derecho divino, esos ojos decididos. Es una princesa.
ESPOSA. — ¿Qué dice usted, profesor?
HIGGINS. — Digo que es una jovencita londinense corrien­te, salida del arroyo y enseñada a hablar por un experto. Apues­to a que es de Drury Lane.
NEPOMMUCK. — ¡Ja, ja! ¡Ah, maestro, maestro! Está usted empecinado  en  su  especialidad  de los   dialectos cockney.   El arroyo  londinense  es el  único  mundo  que  existe para  usted.
HIGGINS   (a la esposa del embajador). — ¿Y qué dice  Su Excelencia?
ESPOSA. — Oh, es claro que estoy de acuerdo con Nepommuck. Por lo menos debe de ser una princesa.
EMBAJADOR. — No necesariamente legítima, por supuesto. Quizá morganática. Pero esa es, indudablemente, la clase a la que pertenece.
HIGGINS. — Me aferró a mi opinión.
ESPOSA.— ¡Oh, es incorregible!
El grupo se disuelve, dejando solo a Higgins. Pickering se le une.
PICKERING. — ¿Dónde está Eliza? No tenemos que de­jarla sola.
Eliza se une a ellos.
LIZA. — No creo que pueda seguir soportando mucho más esto. La gente me mira de tal modo... Una anciana acaba de decirme que hablo exactamente como la reina Victoria. La­mentaría mucho haberle hecho perder la apuesta. Hice lo mejor que pude; pero nada podrá hacer que me parezca a esta gente.
PICKERING. — No la has perdido, querida. La has gana­do diez veces.
HIGGINS. — Salgamos de aquí. Ya he tenido bastante del parloteo de estos tontos.
PICKERING. — Eliza está cansada. Y yo tengo hambre. Sal­gamos y cenemos en alguna otra parte.
ACTO IV

El laboratorio de la calle Wimpole. Medianoche. No hay nadie en el cuarto. El reloj de la repisa da las doce. El fuego está apagado. Es una noche de verano.
De pronto se oye a Pickering y Higgins subiendo la escalera.

HIGGINS (llamando a Pickering). — Oye, Pick, cierra con llave, ¿quieres? No volveré a salir.
PICKERING. — Bien. ¿Puede acostarse Mrs. Pearce? Ya no necesitamos nada más,  ¿no  es  cierto?
HIGGINS. —¡Dios no lo  quiera!
Eliza abre la puerta y se la ve en el descansillo iluminado, ataviada con todas las galas con que acaba de ganar la apuesta para Higgins. Se acerca a la chimenea y enciende las luces eléctricas. Está cansada; su palidez contrasta intensamente con sus ojos y cabello oscuros. Y su expresión es casi trágica. Se quita la capa, pone el abanico y los guantes sobre el piano y se sienta en el taburete, cavilando, silenciosa. Higgins, en traje de noche, con abrigo y sombrero, entra, llevando una chaqueta de fumar que ha tomado abajo. Se quita el sombre­ro y el abrigo, los deja caer descuidadamente sobre el soporte para revistas, hace lo mismo con su chaqueta, se pone la de fumar, y se deja caer, fatigado, en la butaca, junto a la chi­menea. Entra Pickering, similarmente ataviado. También él se quita el sombrero y el abrigo y está a punto de dejarlos caer sobre los de Higgins cuando vacila.
PICKERING. — Digo yo: Mrs. Pearce se enfadará si deja­mos estas cosas tiradas en la sala.
HIGGINS. — Oh, déjalas caer al vestíbulo por sobre la ba­randa. Las encontrará allí por la mañana y las guardará. Pen­sará que estábamos borrachos.
PICKERING. — Y lo estamos, un poquito. ¿Hay alguna carta?
HIGGINS.— No me fijé. (Pickering toma los abrigos y los sombreros y va a la planta baja. Higgins comienza a cantu­rrear, entre bostezos, una melodía de La Fanciulla del West. De pronto se interrumpe y exclama:) Quisiera saber dónde demonios  están mis  pantuflas.
Eliza le mira sombríamente; luego se levanta y sale.
Higgins  vuelve a  bostezar  y  continúa  canturreando.
Pickering regresa,  trayendo varias  cartas.
PICKERING. — Nada más que circulares, y este billet-doux para ti, con una corona en el membrete.  (Deja caer las circulares en el guardafuego de la chimenea y se queda de pie sobre la alfombra, de espaldas a la chimenea.)
HIGGINS (lanzando un vistazo al billet-doux). — ¡Un pres­tamista!  (Arroja la carta al montón de circulares.)
Eliza regresa con un par de enormes pantuflas maltrechas. Las pone sobre la alfombra, ante Higgins, y vuelve a sentarse como antes, sin pronunciar una palabra.
HIGGINS (bostezando otra vez).— ¡Ah, Señor! ¡Qué no­che! ¡Qué pandilla! ¡Qué estúpido juego! (Levanta una pierna para desatarse el zapato y ve las pantuflas. Las mira como si hubiesen aparecido por su propia voluntad) Oh, están ahí, ¿eh?
PICKERING. — Bien, estoy un poco cansado. Primero, el garden party; luego, la cena; por fin, la recepción. Demasia­das cosas buenas. Pero has ganado tu apuesta, Higgins. Eliza logró convencer a todos, con  gran facilidad,  ¿eh?
HIGGINS (fervientemente). — ¡Gracias a Dios que eso ya ha terminado!
Eliza se sobresalta violentamente, pero ellos no lo advierten. Se recobra y vuelve a asumir su actitud pétrea.
PICKERING. — ¿Estuviste nervioso en el garden party? Yo lo estuve. Eliza no parecía nada intranquila.
HIGGINS. — Oh, no lo estaba. Yo sabía que se portaría bien. No, lo que me ha fatigado es la tensión del trabajo de todos estos meses. Fue bastante interesante al comienzo, cuan­do estábamos en la parte de la fonética. Pero después me sentí mortalmente aburrido. Si no me hubiese decidido a ha­cerlo, habría abandonado toda la cuestión hace dos meses. Fue una idea tonta;  todo  ello resultó una lata.
PICKERING. — ¡Oh, vamos! El garden party fue terrible­mente  excitante.   El  corazón me  palpitaba  como   no  sé  qué.
HIGGINS. — Sí, durante los tres primeros minutos. Pero cuando vi que ganaríamos sin esfuerzo alguno, me sentí como un oso enjaulado, enfermo de no tener nada que hacer. La comida fue peor: eso de estar sentados allí durante una hora, atiborrándonos de comida, sin nadie con quien hablar, aparte de esa maldita tonta de mujer elegante. Te lo aseguro, Pickering: basta de eso para mí. Basta de duquesas artificiales. Todo el asunto ha sido, sencillamente,  un purgatorio.
PICKERING. — Es que no has sido introducido adecuada­mente en la rutina social. (Acercándose al piano.) A mí me gusta meterme en ella de tanto en tanto. Me hace sentirme joven nuevamente. De todos modos, fue un gran triunfo, un triunfo inmenso. En una o dos oportunidades me asusté al ver que Eliza estaba haciéndolo tan bien. Muchas de las personas de verdadera posición social aristocrática no saben ha­cerlo en absoluto; son tan tontas que creen que la elegancia y la distinción les nacen naturalmente y, por lo tanto, no aprenden jamás. Siempre hay algo de profesional en la cues­tión de hacer una cosa  superlativamente bien.
HIGGINS. — Sí, eso es lo que me enfurece: la gente tonta que no conoce ni siquiera su tonto oficio. (Levantándose.) Sea como fuere, ya hemos terminado con ello. Y ahora puedo irme a dormir sin sentir miedo por el día de mañana.
La belleza de Eliza se torna asesina.
PICKERING. — Creo que yo también me acostaré. Sin em­bargo, ha sido un gran día, un triunfo para ti. Buenas noches. (Sale.)
HIGGINS (siguiéndole)— Buenas noches. (Por sobre el hombro, ya en la puerta.) Apaga las luces, Eliza y dile a Mrs. Pearce que no me prepare el café por la mañana. To­maré té.  (Sale.)
Eliza trata de dominarse y de sentirse indiferente mientras se levanta y se dirige a la chimenea para apagar las luces. Está a punto de gritar. Se sienta en la butaca de Higgins y se aferra con fuerza de los brazos de la misma. Finalmente, cede  a sus  impulsos y se arroja  con  furia  al  suelo.
HIGGINS (afuera, desesperado). — ¿Qué demonios he hecho con mis zapatillas?  (Aparece en la puerta.)
LIZA (tomando las pantuflas y arrojándoselas con todas sus fuerzas, una detrás de la otra).— ¡Aquí están sus pantuflas! ¡Y aquí! ¡Llévese sus pantuflas, y ojalá que nunca pueda tener un día de suerte con ellas!
HIGGINS (atónito). — ¡Qué diablos...! (Se le acerca.) ¿Qué   ocurre?   Levántate.   (La   levanta.)   ¿Sucede   algo   malo?
LIZA (sin aliento). —No le sucede nada malo... a usted. Le he ganado la apuesta, ¿no es verdad? Eso le basta. Apa­rentemente yo no importo.
HIGGINS. — ¿Que tú me has ganado la apuesta? ¡Insecto presuntuoso! Yo la gané. ¿Por qué me arrojaste estas pantu­flas?
LIZA.— Porque quería aplastarle la cara. ¡Tengo ganas de matarlo, animal egoísta! ¿Por qué no me dejó en el lugar de donde me sacó... en el arroyo? Da gracias a Dios porque ahora todo ha terminado y puede volver a arrojarme allá...¿eh?  (Crispa nerviosamente los dedos.)
HIGGINS (contemplándola con frío asombro). — Parece que, en fin de cuentas, la señorita está nerviosa.
LIZA (lanza un grito ahogado de furor e instintivamente trata de clavarle las uñas en la cara).
HIGGINS — Sí, ¿eh? Guarda las uñas, gata. ¿Cómo te atre­ves a ponerte furiosa conmigo? Siéntate y quédate quieta. (La arroja groseramente en la butaca.)
LIZA (vencida por la fuerza y el peso superiores). — ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí?
HIGGINS. — ¿Cómo demonios quieres que sepa qué será de ti? ¿Qué me importa qué pueda ser de ti?
LIZA.— ¡No le importa! ¡Ya lo sé! Y si me muriese, tam­poco le importaría. No soy nada para usted... menos aun qu'esah  pantuflas.
HIGGINS   (tronante). —Que esas pantuflas.
LIZA (con amarga sumisión). — Que esas pantuflas. No creí que ahora tuviese mayor importancia.
Una pausa. Eliza, desesperanzada y aplastada. Higgins, un tanto inquieto.
HIGGINS (con su tono más altanero). — ¿Por qué has hecho esta escena? ¿Puedo preguntarte si tienes alguna queja acerca del trato que se te ha dispensado aquí?
LIZA. — No.
HIGGINS. — ¿Se ha portado alguien mal contigo? ¿El coro­nel Pickering? ¿Mrs.   Pearce?  ¿Alguno   de los  criados?
LIZA. —No.
HIGGINS. — ¿Supongo   que   no   pretenderás   que  yo te   he tratado mal?
LIZA. — No.
HIGGINS. — Me alegro de saberlo. (Modera su tono.) Quizá estés cansada después de la tensión del día. ¿Quieres beber una copa de champaña? (Se dirige hacia la puerta.)
LIZA. — No.   (Recobrando sus modales.)   Gracias.
HIGGINS (nuevamente afable). — Esto se te ha venido pre­parando desde hace unos días. Supongo que era natural que te sintieras ansiosa en cuanto a la fiesta. Pero eso ya ha ter­minado. (La palmea bondadosamente en el hombro. Ella se estremece.) Ya no existen motivos de preocupación.
LIZA. — No. No existen ya para usted. (De pronto se le­vanta y se aparta de él, yendo hacia el taburete, donde se sienta y se cubre el rostro.) ¡Oh, Dios! ¡Ojalá estuviese muerta!
HIGGINS (boquiabierto, contemplándola con sincera sor­presa) — ¿Por qué? En nombre del cielo, ¿por qué? (Razo­nable, acercándosele.) Escúchame, Eliza. Toda esta irritación es  puramente  subjetiva.
LIZA. — No entiendo.  Soy demasiado ignorante.
HIGGINS. — No es más que la imaginación. Abatimiento y nada más. Nadie te hace daño. Nada va mal. Vé a la cama, como una buena chica, duerme, y se te pasará. Llora un poco y di tus oraciones.  Eso te consolará.
LIZA.—Ya he oído sus oraciones. "¡Gracias a Dios que todo ha terminado!"
HIGGINS (impaciente). — ¿Y qué? ¿No agradeces tú a Dios por que todo haya terminado? Ahora eres libre y puedes hacer lo que quieras.
LIZA (conteniéndose, desesperada). — ¿Para qué sirvo? ¿Para qué me ha hecho usted útil? ¿Adonde iré? ¿Qué haré? ¿Qué será  de mí?
HIGGINS (comprendiendo, pero nada impresionado). — Ah, eso era lo que te preocupaba, ¿eh? (Hunde las manos en los bolsillos y se pasea según es su costumbre, haciendo tintinear lo que tiene en los bolsillos, como si por pura bondad condes­cendiera a discutir un tema trivial.) Si yo fuera tú no me preocuparía. Supongo que no tendrás gran dificultad en ubi­carte en alguna parte, aunque no me había dado cuenta clara de que te ibas. (Ella le mira rápidamente. El no la mira. Exa­mina la frutera que hay sobre el piano y decide que comerá una manzana.) Podrías casarte, ¿sabes? (Muerde un gran trozo de manzana y lo masca ruidosamente.) Es preciso que sepas que no todos los hombres son solterones decididos como yo y el coronel. La mayoría de los hombres son casaderos (¡pobres diablos!). Y tú no eres mal parecida. En ocasiones produce placer mirarte. No ahora, es claro, porque estás llorando y te has puesto tan fea como el mismo demonio. Pero cuando estás en tus cabales eres lo que yo llamaría atractiva. Es decir, para la gente que tiene intenciones de casarse, ¿entiendes? Vé a acostarte y descansa un poco. Y luego levántate y mírate en el espejo. Y entonces no te sentirás tan desdichada.
Eliza vuelve a mirarlo y no se mueve. El ni se da cuenta de la mirada. Come su manzana con una expresión de dicha en la mirada, ya que se trata de una fruta deliciosa.
HIGGINS (en una feliz integración de la idea). — Segura­mente mi madre te encontrará algún sujeto  que te convenga.
LIZA. — En la esquina de Tottenham Court Road no nos prestamos a esos manejos.
HIGGINS   (despertando). — ¿Qué quieres  decir?
LIZA. — Yo vendía flores. No me vendía a mí misma. Ahora que me ha convertido en una dama, no tengo otra cosa que vender que a mí misma. Ojalá me hubiese dejado donde me encontró.
HIGGINS (lanzando resueltamente el corazón de la man­zana al guardafuego). — Pavadas, Eliza. No insultes las rela­ciones humanas metiendo en ellas toda esta cantilena de comprar y  vender.  No  necesitas  casarte   con   el  individuo,   si  no te gusta.
LIZA. — ¿Y qué otra cosa puedo hacer?
HIGGINS. — Oh, montones de cosas. ¿Qué hay de tu anti­gua idea de una florería? Pickering podría instalarte en una; tiene carradas de dinero. (Ahogando una risita.) Tendrá que pagar por todos estos trapos que has usado hoy. Y eso, con el alquiler de las joyas, producirá un hermoso agujero en un par de billetes de cien libras... ¡Pero si hace seis meses te habría parecido el paraíso tener una florería propia! ¡Vaya, ya te las arreglarás! Yo tengo que ir a acostarme. Me siento espantosamente soñoliento. De paso: bajé a buscar algo y me olvidé de qué se trataba.
LIZA. — Sus pantuflas.
HIGGINS.— ¡Ah, sí, es claro! Tú me las tiraste.' (Las recoge y está a punto de salir, cuando ella le habla.)
LIZA. — Antes de que se vaya, señor...
HIGGINS (dejando caer las pantuflas de la sorpresa de oírse llamar señor por ella). — ¿Eh?
LIZA. — La ropa, ¿es mía o del coronel Pickering?
HIGGINS   (volviendo a entrar,  como si la pregunta fuera el colmo de lo irrazonable). — ¿Para qué cuernos le serviría a Pickering?
LIZA. — Podría quererlas para la próxima muchacha que usted recoja para  hacer  experimentos.
HIGGINS (escandalizado y ofendido). — ¿Así opinas de nosotros?
LIZA. — No quiero oír nada más de eso. Lo único que quiero saber es si hay algo que me pertenezca. Mis ropas fueron que­madas.
HIGGINS. — Pero,   ¿qué   importa   eso?   ¿Por   qué   necesitas comenzar a preocuparte por ello en  mitad de la noche?
LIZA. — Quiero saber qué puedo  llevarme. No quiero que se me acuse de robo.
HIGGINS (ahora profundamente herido). — ¿Robo? No de­berías  haber  dicho  eso,  Eliza.   Revela  falta  de  sentimientos.
LIZA. — Lo siento. No soy más que una muchacha vulgar e ignorante. Y en mi situación tengo que ser cuidadosa. No puede haber sentimientos entre gente como usted y gente como yo. Por favor, ¿quiere decirme qué es lo que me perte­nece y qué lo que no me pertenece?
HIGGINS (enfurruñado). —Puedes llevarte toda la maldita casa, si quieres. Salvo las joyas. Son alquiladas. ¿Estás satis­fecha? (Se vuelve y está a punto de salir, sumamente encole­rizado)
LIZA (bebiéndose su emoción como si fuese néctar, y enfu­reciéndole aun más para provocar una nueva provisión). — Un momento, por favor. (Se quita las joyas.) ¿Quiere llevarse éstas a su cuarto y ponerlas bajo llave? No quiero correr el riesgo de que se pierdan.
HIGGINS (furioso). — ¡Tráelas aquí! (Ella se las pone en las manos.) ¡Si me pertenecieran a mí, y no al joyero, te las metería en esa garganta desagradecida! (Se las mete descuida­damente en los bolsillos, adornándose inconscientemente con los extremos de las cadenas,  que sobresalen.)
LIZA (quitándose un anillo). — Este anillo no es del joyero. Es el que usted me compró en Brighton. Ahora no lo quiero. (Higgins lo arroja violentamente a la chimenea y se vuelve hacia ella tan amenazadoramente que la joven se acurruca con­tra el piano, se cubre el rostro con las manos y exclama:) ¡No me pegue!
HIGGINS. — ¡Pegarte! ¡Criatura infame!, ¿cómo te atreves a acusarme de semejante cosa? ¡Eres tú quien me ha pegado! ¡Me has herido hasta lo más hondo del corazón!
LIZA (estremeciéndose de gozo).— ¡Me alegro! Por lo me­nos me he cobrado una parte de lo que me hizo.
HIGGINS (con dignidad, en su mejor estilo profesional).— Me has hecho perder los estribos, cosa que muy pocas veces me sucedió anteriormente. Prefiero no decir nada más esta noche. Me voy a acostar.
LIZA (descarada). — Será mejor que le deje una nota a Mrs. Pearce acerca del café, porque no seré yo quien le diga nada al respecto.
HIGGINS (formalmente). — Que se vaya Mrs. Pearce al infierno y que el café se vaya al diablo. (Salvaje.) ¡Y maldita sea mi propia locura, por haber malgastado mis conocimientos duramente conquistados, y los tesoros de mi aprecio e intimi­dad, en una desalmada rata de albañal! (Sale con impresio­nante decoro y arruina toda la escena pegando un portazo.)

Eliza se arrodilla en la alfombra para buscar el anillo. Cuan­do lo encuentra piensa, durante un instante, qué hacer con él. Finalmente lo deja caer en la frutera y sube al piso de arriba, colérica.
El moblaje del cuarto de Eliza ha sido aumentado con un enorme ropero y un suntuoso tocador. La joven entra y encien­de la luz. Se dirige al ropero, lo abre, y saca un traje de calle, un sombrero y un par de zapatos, que arroja sobre la cama. Se quita el traje de noche y los zapatos. Luego toma una per­cha acolchada del ropero, cuelga  en ella  cuidadosamente  el vestido de noche y guarda todo en el ropero, que cierra con un portazo. Se pone sus zapatos de paseo, su traje de calle y el sombrero. Toma el reloj-pulsera del tocador y se lo coloca en la muñeca. Se calza los guantes, toma el bolso y se dirige a la puerta. Cada uno de sus movimientos expresa su furiosa decisión.
Se lanza una última mirada en el espejo.
De pronto saca la lengua. Luego sale del cuarto, apa­gando antes la luz eléctrica en el interruptor de la puerta.
Entretanto, afuera, en la calle, Freddy Eynsford Hill, tran­sido de amor, contempla el segundo piso de la casa, en el que una de las ventanas está aún iluminada.
La luz se apaga.

FREDDY. — Buenas  noches,   querida,  querida,  querida.
Eliza sale, cerrando la puerta con violencia tras de sí.
LIZA. — ¿Qué está haciendo aquí?
FREDDY. — Nada. Me paso aquí la mayor parte de mis noches. Es el único lugar en que me siento feliz. No se ría de mí, Miss Doolittle.
LIZA. — No me llame Miss Doolittle, ¿me oye? Liza es bastante para mí. (Se rinde y le toma de los hombros.) Freddy, usted no cree que yo sea una desalmada rata de albañal, ¿no es cierto?
FREDDY. — ¡Oh, no, no querida! ¿Cómo puede imaginarse una cosa semejante? Eres la más encantadora, la más her­mosa...
Pierde todo dominio de sí mismo y la ahoga a besos. Ella, hambrienta de consuelo, responde del mismo modo. Permane­cen así, abrazados.
Llega un policía de edad.
POLICÍA  (escandalizado). — ¡Vamos!  ¡¡Vamos!!   ¡¡¡Vamos!!!
La pareja se suelta apresuradamente.
FREDDY. — Perdone.  Acabamos  de  comprometernos.
Sale corriendo.
El policía menea la cabeza, pensando en cuando él estaba enamorado y en la vanidad de las esperanzas humanas. Se ale­ja en dirección  opuesta,  con  lentos  pasos  profesionales.
La huida de los enamorados les lleva a Cavendish Square. Se detienen allí para reflexionar acerca de lo que harán ahora.
LIZA (sin aliento). — ¡No me asustó poco, ese policía! Pero tú le contestaste bien.
FREDDY. — Espero que no te haya apartado de tu camino. ¿Adonde ibas? |   LIZA. —Al  río.
FREDDY. —  ¿Para  qué?
LIZA. — Para hacer un agujero en él.
FREDDY (horrorizado). — Eliza querida, ¿Qué quieres de­cir? ¿Qué ha  ocurrido?
LIZA. — No es nada. Ya no tiene importancia. Ahora no hay nadie más en el mundo que tú y yo, ¿verdad?
FREDDY.— Ni una sola persona.
Vuelven a abrazarse y son nuevamente sorprendidos por un policía, esta vez mucho más joven.
SEGUNDO POLICÍA. — ¡A ver, ustedes dos! ¿Qué es esto? ¿Dónde creen que están? Váyanse de aquí, a paso redoblado.
FREDDY. — A la orden, señor: paso redoblado.
Vuelven a huir, y se encuentran en Hanover Square antes de detenerse para una nueva conferencia.
FREDDY. — No tenía idea de que la policía fuese tan infernalmente gazmoña.
LIZA. — Es trabajo de ellos echar a las muchachas de las calles.
FREDDY. — Tenemos que ir a alguna parte. No podemos vagar por la calle toda la noche.
LIZA. — ¿No? Creo que sería maravilloso vagar para siempre.
FREDDY. — ¡Oh, querida!
Se abrazan otra vez, inconscientes de la llegada de un taxi que se arrastra lentamente.
CONDUCTOR. — ¿Puedo llevarles, a usted y a la dama, a alguna parte, señor?
LIZA. — ¡Oh,  Freddy,  un  taxi!  Lo   que  necesitábamos.
FREDDY. — Pero, maldito sea,  no tengo dinero.
LIZA. — Yo tengo mucho. El coronel piensa que jamás habría que salir a la calle sin diez libras en el bolsillo. Pasearemos toda la noche. Y por la mañana iré a ver a la anciana Mrs. Higgins para preguntarle qué puedo hacer. Te hablaré de ello en el taxi. Y la policía no nos moles­tará en él.
FREDDY. — ¡Espléndido! (Al conductor.) Wimbledon Common.  (El vehículo se aleja.)
ACTO V

La salita de Mrs. Higgins. Esta está sentada a su mesa de escribir, como antes. Entra la doncella.

LA DONCELLA (en la puerta). — Mr. Henry, señora, está abajo  con el  coronel Pickering.
Mrs. HIGGINS. — Bueno, que suban.
LA DONCELLA. — Están usando el teléfono, señora. Creo que telefonean a la policía.
Mrs. HIGGINS. — ¿Qué?
LA DONCELLA (adelantándose y bajando la voz). — Mr. Henry está excitado. Me pareció que sería mejor que la pre­viniera,  señora.
Mrs. HIGGINS. — Me habría sorprendido si me hubieras dicho que Mr. Henry no estaba excitado. Diles que suban cuando hayan terminado con la policía. Supongo que habrá perdido algo.
LA DONCELLA. — Sí,  señora.   (Saliendo.)
Mrs. HIGGINS. — Sube y díle a Miss Doolittle que Mr. Henry y el coronel están aquí. Pídele que no baje hasta que yo se lo diga.
LA DONCELLA. — Muy bien, señora.
Higgins irrumpe en el cuarto. Como ha dicho la doncella, se encuentra excitado.
HIGGINS. — ¡Oye, mamá,  esto  es  un fastidio!
Mrs. HIGGINS. — Sí, querido. Buenos días. (El contiene su impaciencia en tanto que la doncella sale.)  ¿Qué sucede?
HIGGINS. — ¡Eliza ha huido!
Mrs. HIGGINS (continuando calmosamente con su escritu­ra). — Debes de haberla asustado.
HIGGINS. — ¿Asustarla yo? ¡Tonterías! Ayer por la noche la dejamos, como de costumbre, para que apagara las luces y demás cosas. Y, en lugar de acostarse, se cambió de ropas y salió inmediatamente. Su cama está sin tocar. Esta mañana, antes de las siete, vino en un taxi a buscar sus cosas. Y esa idiota de Mrs. Pearce se las dio sin decirme una palabra al respecto.  ¿Qué debo  hacer?
Mrs. HIGGINS. — Me temo que nada, Henry. La joven tiene perfecto derecho a irse, si se le antoja.
HIGGINS (vagando, inquieto, por la estancia). — Pero no puedo encontrar nada. No sé qué compromisos tengo. Estoy... (Entra Pickering. Mrs. Higgins deja la pluma y se aparta de la mesa de escribir.)
PICKERING (dándole la mano). —Buenos días, Mrs. Hig­gins. ¿Le ha contado ya Henry? (Se sienta en la otomana.)
HIGGINS. — ¿Qué dice ese asno del inspector? ¿Has ofrecido una   recompensa?
Mrs. HIGGINS (levantándose, asombrada e indignada).— No querrás decirme que has lanzado a la policía en persecu­ción de Eliza...
HIGGINS. — Es claro que sí. ¿Para qué está la policía, si no? ¿Qué otra cosa podíamos hacer? (Se sienta en la silla isabelina.)
PICKERING. — El inspector presentó muchas objeciones. Creo que sospechaba que tenemos propósitos  incorrectos.
Mrs. HIGGINS.—Y es natural que lo sospeche. ¿Qué de­recho tienen a dirigirse a la policía y dar el nombre de la joven, como si fuese una ladrona, o un paraguas perdido, o algo así? ¡Vaya! (Vuelve a sentarse, profundamente, enfadada.)
HIGGINS. — ¡Pero es que queremos encontrarla!
PICKERING. — No podemos dejarla irse de este modo, Mrs. Higgins. ¿Qué podíamos hacer?
Mrs.  HIGGINS. — Los  dos  tienen  tanta  sensatez  como   dos chiquillos.    Pero...
Entra la  doncella e  interrumpe  la  conversación.
LA DONCELLA. — Mr. Henry, un caballero desea verlo ur­gentemente. Le han enviado aquí desde la calle Wimpole.
HIGGINS. — ¡Oh,   caramba!   No   puedo   atender   a   nadie. ¿Quién  es?
LA  DONCELLA. —Un  tal  Mr.   Doolittle,  señor.
PICKERING. —¡Doolittle!   ¿Se   refiere   al   basurero?
LA DONCELLA. — ¡Basurero! ¡Oh, no, señor: un ca­ballero!
HIGGINS (respingando, excitado).— ¡Caray, Pick, debe tra­tarse de algún pariente al cual ella se habrá dirigido! Alguien que no conocemos.   (A la doncella.)  Hágalo subir,  rápido.
LA DONCELLA. — Sí, señor.   (Sale.)
HIGGINS (ansioso, acercándose a su madre). — ¡Parientes nobles! ¡Ahora nos enteraremos de algo! (Se sienta en la silla Chippendale.)
Mrs. HIGGINS. —¿Conocen a alguno de sus parientes?
PICKERING. — Solamente   al  padre,   el  individuo   del   cual le hablamos.
LA DONCELLA (anunciando). —Mr. Doolittle.  (Se retira.)
Entra Doolittle. Está resplandecientemente vestido como para una  boda  distinguida,  y,  en  rigor,  podría  muy   bien  ser  el novio.  Una flor  en el ojal,  un reluciente sombrero  de  copa y zapatos de charol completan el efecto. Está tan preocupado con el asunto que le trajo que no advierte a Mrs. Higgins. Se acerca a Higgins y le habla con tono de vehemente reproche.
DOOLITTLE  (indicando su propia persona). — ¡Oiga!,  ¿ve esto? Usted es el culpable.
HIGGINS. —¿El   culpable   de   qué,   hombre?
DOOLITTLE. — De  esto,  le  digo.   Mírelo.   Mire  este  som­brero. Mire esta chaqueta.
PICKERING. — ¿Le ha estado comprando ropas  Eliza?
DOOLITTLE. — ¿Eliza? No. ¿Por qué habría de comprar­me ropas?
Mrs.   HIGGINS. — Buenos  días,   Mr.   Doolittle.   ¿No   quiere sentarse?
DOOLITTLE (desconcertado al advertir que se ha olvidado de la dueña de casa). — Le ruego que me perdone, señora. (Se acerca a ella y toma la mano que le tiende.) Gracias. (Se sienta en la otomana, a la derecha de Pickering.) Estoy tan absorto en lo que me ha ocurrido que no puedo pensar en otra  cosa.
HIGGINS. — ¿Qué demonios le ha  sucedido?
DOOLITTLE. — No me importaría si me hubiera sucedido. Cualquier cosa puede ocurrirle a cualquiera, sin que pueda culpar a nadie más que a la Providencia, como quien dice. Pero esto es algo que me ha hecho usted: sí, usted, Emry Iggins.
HIGGINS. —¿Ha  encontrado   a  Eliza?
DOOLITTLE — ¿La ha perdido?
HIGGINS. — Sí.
DOOLITTLE. — Algunos tienen toda la suerte. No la encon­tré. Pero ella me encontrará muy pronto a mí, después de lo que  usted  me  hizo.
Mrs. HIGGINS. — Pero, ¿qué le hizo mi hijo, Mr. Doolittle?
DOOLITTLE. — ¿Qué me hizo? ¡Me arruinó! ¡Destruyó mi felicidad. Me maniató y entregó en manos de la moral de la clase media.
HIGGINS (levantándose, intolerante, y quedándose de pie junto a Doolittle). — ¡Está delirante! ¡Está borracho! ¡Está loco! Le di cinco libras. Después de eso sostuve dos conver­saciones con usted, a razón de media corona la hora. Y desde entonces no he vuelto a verle.
DOOLITTLE. — ¡Ah! ¡Estoy borracho!, ¿eh? ¡ Estoy loco!, ¿eh? Dígame una cosa. ¿Escribió usted, o no escribió, una carta a un viejo de Norteamérica que quería donar cinco millones para fundar Sociedades de Reforma Moral en todo el mundo y que deseaba que usted le inventara un idioma uni­versal?
HIGGINS. — ¿Qué? ¡Ezra D. Wannafeller! Está muerto. (Se  sienta otra vez,  descuidadamente.)
DOOLITTLE. — Sí, está muerto. Y yo estoy perdido. ¿Le escribió usted, o no le escribió, una carta, diciéndole que el moralista más original que había en la actualidad en Inglaterra, por lo que usted sabía, era Alfred Doolittle, un vulgar ba­surero?
HIGGINS. — ¡Oh, recuerdo que después de su primera vi­sita hice una broma tonta en  ese  sentido!
DOOLITTLE. — ¡Hace muy bien en llamarla una broma tonta! Me hundió con ella. Le dio la oportunidad que necesi­taba para demostrar que los norteamericanos no son como nosotros, que reconocen y respetan el mérito en cualquier clase social que se presente, por humilde que ella sea. Estas palabras figuran en su maldito testamento, en el cual, Enry Iggins, gracias a su broma tonta, me deja una participación en su Trust del Queso Predigerido, que representa unas tres mil libras al año, con la condición de que yo pronuncie con­ferencias para esa Liga Mundial Wannafeller para la Reforma Moral tantas veces como me las pidan, hasta seis por año.
HIGGINS. — ¡Demonios! ¡Caramba! (Repentinamente res­plandeciente.)   ¡Qué ganga!
PICKERING. — Buen negocio para usted, Doolittle. No le pedirán más  de un  discurso,   después   de  escucharle.
DOOLITTLE. — No son los discursos los que me molestan. Puedo pronunciarlos en cantidades, hasta que se pongan azu­les de escucharme, y no se me moverá ni un pelo. Pero me opongo a que me conviertan en un caballero. ¿Quién les pidió que hicieran un caballero de mí? Era dichoso. Era libre. Sablea­ba a casi todo el mundo cuando necesitaba dinero, tal como lo sableé a usted, Enry Iggins. Ahora estoy preocupado, atado de pies y manos. Y todos me sablean a mí. Es una cosa mag­nífica para usted, dice mi abogado. ¿De veras?, le digo. Querrá decir que es una cosa magnífica para usted, le digo. Cuando era pobre y tuve que recurrir a un abogado, en una ocasión, porque encontraron un cochecillo de bebé en mi carro de la basura, él hizo que me pusieran en libertad y se libró de mí tan rápidamente como le fue posible. Lo mismo sucede con los médicos: solían echarme del hospital antes de que pudiera tenerme sólidamente en pie, y todo gratis. Ahora des­cubren que no soy un hombre sano y que no podré vivir si no me revisan dos veces por día. En la casa no me dejan hacer absolutamente nada; todos me ayudan y me cobran por ello. Hace un año no tenía un solo pariente en el mundo, aparte de dos o tres que no querían dirigirme la palabra. Ahora tengo cincuenta, y entre todos ellos no podría reunirse un solo salario semanal decente. Tengo que vivir para los demás, no para mí mismo: eso es moral de la clase media. Usted me habla de perder a Eliza. No se sienta tan ansioso; apuesto a que para esta hora ya está ante mi puerta, ella, que podría man­tenerse vendiendo flores, si yo no fuese respetable. Y el próximo en sablearme será usted mismo, Enry Iggins. Tendré que aprender de usted a hablar el idioma de la clase media, en lugar de hablar en buen inglés. Ahí es donde aparece usted. Y apuesto a que por eso me hizo la jugarreta.
Mrs.   HIGGINS. — Pero   mi   querido   Mr.   Doolittle,   si   real­mente habla en serio, nadie puede obligarle a sufrir todo eso. Nadie podría obligarle a aceptar el legado.  Puede rechazarlo. ¿No es así, coronel Pickering? PICKERING. — Creo   que   sí.
DOOLITTLE (apaciguando el tono en deferencia al sexo de Mrs. Higgins). — Esa es la tragedia, señora. Es muy fácil decir déjelo. Pero no tengo ánimo para ello. ¿Quién de nos­otros lo tendría? Estamos todos intimidados. Intimidados, se­ñora: así estamos. Si lo rechazo, ¿qué me espera en mi vejez, sino el asilo? Ya he tenido que teñirme el cabello para conser­var mi puesto de basurero. Si fuese uno de los pobres dignos y hubiera ahorrado algo, podría rechazarlo. Pero, en ese caso, ¿por qué habría de hacerlo así, puesto que los pobres dignos podrían muy bien ser millonarios, por la poca felicidad de que gozan? No saben lo que es la felicidad. Pero yo, como uno de los pobres indignos, no tengo nada que me aparte del unifor­me del pobre mantenido por el Estado, aparte de esas mal­ditas tres mil anuales que me hacen saltar a la clase media. (Perdone la expresión señora; usted misma la habría usado si hubiese tenido mis motivos.) Lo tienen atrapado a uno, se vuelva hacia donde se volviere. Es preciso elegir entre la Squili del asilo de pobres y la Char Bydis de la clase media 1. Y yo no tengo valor para el asilo. Intimidado: así estoy. Deshecho. Comprado. Hombres más felices que yo vendrán a buscar mi basura y mendigarán mi propina. Y yo tendré que mirarles, impotente, y envidiarles. Y eso es lo que me ha hecho su hijo.  (Se muestra abrumado por la emoción.)
Mrs. HIGGINS. — Bien, me alegro de que no haya decidido hacer  nada  precipitado,   Mr.   Doolittle.   Porque   esto   resuelve el problema del futuro de Eliza. Ahora podrá mantenerla.
DOOLITTLE   (con   melancólica   resignación). — Sí,   señora. Ahora  se  espera  de  mí  que  mantenga  a  todos   con  las   tres mil anuales.
HIGGINS (poniéndose en pie de un salto).— ¡Bobadas! ¡El no puede mantenerla! No la mantendrá. No le pertenece. Yo le pagué cinco libras por ella. Doolittle: o es usted un hom­bre  honrado   o   es   un  pillo.
DOOLITTLE (tolerante). — Un poco de las dos cosas, Enry, como todos nosotros;  un poco de las dos.
HIGGINS. — Bueno, pues aceptó mi dinero por la muchacha. Y no  tiene  derecho  a llevársela  a  ella también.
Mrs. HIGGINS. — Henry, no seas absurdo. Si quieres saber dónde está Eliza,  está arriba.
HIGGINS (atónito). — ¿Arriba? Entonces la haré bajar in­mediatamente.  (Se dirige resueltamente hacia la puerta.)
Mrs. HIGGINS (levantándose y siguiéndole). — Quédate tran­quilo,  Henry.   Siéntate.
HIGGINS. —Yo...
Mrs. HIGGINS. — Siéntate, querido, y escúchame.
HIGGINS.— ¡Oh,  está  bien,  está  bien!   (Se  deja  caer sin ninguna gracia en la  otomana, de  cara  hacia  las ventanas.) Pero  creo que podrías habernos  dicho  esto hace media  hora. Mrs.  
HIGGINS. — Eliza   vino   a   verme   esta   mañana.   Me contó la forma brutal en que la trataste.
HIGGINS (respingando nuevamente). — ¿Qué?
PICKERING (levantándose a su vez).— Mi querida Mrs. Higgins, le ha estado contado cuentos. No la tratamos brutal­mente. Casi ni le dirigimos le palabra. Y nos separamos de ella en términos especialmente amistosos. (Volviéndose hacia Higgins.) Higgins, ¿te mostraste tiránico hacia ella después de que yo me fui a dormir?
HIGGINS. — Precisamente lo contrario. Me arrojó las pan­tuflas a la cara. Se portó del modo más insultante. Yo no le proporcioné ni el menor motivo para ese comportamiento. Las pantuflas me dieron de lleno en la cara en cuanto entré en la habitación... antes de que hubiese podido pronunciar una palabra. Y me habló con un lenguaje perfectamente atroz.
PICKERING (estupefacto). —Y esto, ¿por qué? ¿Qué le hi­cimos?
Mrs. HIGGINS. — Creo que sé bien lo que le hicieron. La joven es, naturalmente, un tanto afectuosa. ¿No es cierto, Mr. Doolittle?

1 Una   muestra   de  la   erudición   clásica   de   Doolittle;   se   refiere,   es claro,   a  Escila   y   Caribdis.   (N.   del   T.)

DOOLITTLE. — Tiene  un   corazón  muy  tierno,  señora.   Se parece a mí.
Mrs. HIGGINS. — Precisamente. Se encariñó con los dos. Trabajó  muy  intensamente  para  ti,  Henry.   No  creo  que  te des cuenta cabal de lo que significa, para una chica de la clase de ella, cualquier cosa que tenga relación con el traba­jo mental. Bueno, pues, parece que, cuando llegó el día de la gran prueba y ella se comportó tan maravillosamente, sin cometer ni un solo error, ustedes dos se quedaron sentados y no le dijeron ni una sola palabra. No hicieron más que ha­blar entre sí de cuan satisfechos estaban de que todo hubiese terminado y de cómo se habían aburrido. ¡Y luego te sor­prendiste cuando te arrojó las pantuflas a la cara! ¡Yo te habría arrojado los atizadores!
HIGGINS. — Lo único que dijimos fue que estábamos can­sados y que queríamos acostarnos. ¿No es verdad, Pick?
PICKERING   (encogiéndose  de hombros). — Eso   fue   todo.
Mrs.   HIGGINS   (irónica). — ¿Está   seguro?
PICKERING. — Absolutamente. De veras, eso fue todo.
Mrs. HIGGINS.—¿No le agradecieron, ni la mimaron, ni le dijeron   cuan   espléndidamente   se   había   portado?
HIGGINS (impaciente).— Pero ella sabía todo eso. No le hicimos ningún  discurso,  si  eso  es  lo  que quieres  decir.
PICKERING (con remordimientos de conciencia). — Quizá nos mostramos un poco  desconsiderados.  ¿Está  muy  enojada?
Mrs. HIGGINS (regresando a su lugar, ante la mesa de escribir). — Me temo que no quiera regresar a la calle Wimpole, especialmente ahora que Mr. Doolittle está en condi­ciones de mantenerla en la posición social en la que ustedes la han colocado. Pero dice que se siente completamente dis­puesta a hablar con ustedes en términos amistosos y a olvidar lo pasado.
HIGGINS   (furioso). —Sí,  ¿eh?   ¡Caramba!   ¡Ja!
Mrs. HIGGINS. — Si me prometes portarte bien, Henry, le pediré que baje. Si no, vete a tu casa. Porque ya me has hecho perder bastante tiempo.
HIGGINS. — Bueno, está bien. Muy bien. Pick: pórtate bien. Saquemos a relucir nuestros mejores modales dominicales para esta criatura que hemos recogido del fango. (Se arroja hos­camente en la silla isabelina.)
DOOLITTLE (con tono de reproche). — ¡Vamos, vamos, Enry Iggins! Tenga un poco de consideración hacia mis sen­timientos  de  miembro   de  la  clase  media.
Mrs. HIGGINS. — Acuérdate de tu promesa, Henry (Opri­me el botón del timbre que está en la mesa de escribir.) Mr. Doolittle, ¿quiere tener la bondad de pasar al balcón por un momento? No quiero que Eliza reciba el choque de sus noticias hasta que se haya reconciliado con estos dos caballeros. ¿Le molestaría?
DOOLITTLE. — Como quiera, señora. Cualquier cosa para ayudar a Enry a sacármela de encima. (Desaparece en el balcón.)
Aparece la doncella, en respuesta al llamado. Pickering se sienta en el lugar desocupado por Doolittle.
Mrs. HIGGINS. —Pídele a Miss Doolittle que baje, por favor.
LA DONCELLA. — Sí, señora. (Sale.)
Mrs.   HIGGINS. — Pórtate  bien,   Henry.
HIGGINS. — Me    estoy    portando    perfectamente    bien.
PICKERING. — Hace   lo   mejor   que   puede,   Mrs.   Higgins.
Una pausa. Higgins echa la cabeza hacia atrás, estira las piernas  y   comienza  a  silbar.
Mrs. HIGGINS. — Henry, querido, no pareces nada sim­pático  en  esa  actitud.
HIGGINS (enderezándose). — No estaba tratando de pare­cer simpático, mamá.
Mrs. HIGGINS. — No tiene importancia, querido. Solamente quería hacerte hablar.
HIGGINS. —¿Por  qué?
Mrs. HIGGINS. — Porque no puedes hablar y silbar al mis­mo  tiempo.
Higgins lanza un gruñido.  Otra  pausa  sumamente  penosa.
HIGGINS (levantándose de un. brinco). — ¿Dónde demo­nios está esa muchacha? ¿Es qué tendremos que esperarla aquí todo  el día?

Entra Eliza, alegre, ducha de sí misma, con una exhibición abrumadoramente convincente de desenvoltura de modales. Lleva una cestita de labores y se encuentra perfectamente a sus anchas. Pickering se siente tan desconcertado que no se pone de pie.
LIZA. — ¿Cómo le  va,  profesor  Higgins?  ¿Está  usted  bien?
HIGGINS (ahogándose). — ¿Si estoy...? (No puede termi­nar la frase.)
LIZA. — Pero es claro que está bien. Usted nunca se enfer­ma. Me alegro de volver a verlo, coronel Pickering. (Este se levanta apresuradamente y se dan la mano.) Una mañana bastante fría, ¿no es verdad? (Se sienta a la izquierda de Pickering; él se sienta junto a ella.)
HIGGINS. — No intentes este juego conmigo; yo te lo en­señé y no podrás engañarme con él. Levántate y ven a  casa; no  seas tonta.
Eliza toma una labor de costura de la cesta y comienza a bordar, sin prestar la más mínima atención al estallido.
Mrs. HIGGINS. — Muy bien dicho, Henry, por cierto. Nin­guna mujer podría resistirse a semejante invitación.
HIGGINS. — Déjala sola, mamá. Déjala que hable por sí misma. Pronto verás si tiene una sola idea que no se la haya puesto yo en la cabeza, o una sola palabra que no le haya puesto en la boca. Te digo que he creado a esa cosa con las hojas aplastadas de un repollo de Covent Garden. Y ahora pretende hacerse la dama refinada conmigo.
Mrs. HIGGINS (plácida). —Sí, querido. Pero siéntate, ¿quie­res?
Higgins vuelve a sentarse salvajemente.
LIZA (a Pickering, aparentemente sin advertir la presencia de Higgins y trabajando entre tanto diestramente). — ¿Dejará usted de verme del todo, coronel Pickering, ahora que el ex­perimento ha terminado?
PICKERING. — Oh, por favor. No hable de eso como si se tratase de un experimento. No sé por qué, pero me mo­lesta.
LIZA. — Vaya, no soy más que una hoja aplastada de repollo...
PICKERING  (impulsivamente). — ¡No!
LIZA (continuando, serena).—... pero le debo tanto que me sentiría muy desdichada  si se olvidase  de mí.
PICKERING. — Es muy amable de su parte el sentir de ese modo, Miss Doolittle.
LIZA. — Y no es porque haya pagado mis vestidos. Sé que es generoso hacia todos con su dinero. Pero fue de usted de quien verdaderamente aprendí los buenos modales. Y eso es lo que la convierte a una en una dama, ¿verdad? La verdad es que me resultó sumamente difícil, con el ejemplo del pro­fesor Higgins eternamente delante. Mi crianza me obligaba a ser igual que él, incapaz de dominarme, usando palabras insultantes a la menor provocación. Y nunca habría sabido que las damas y los caballeros no eran así, si no hubiese estado usted allí.
HIGGINS. —¡Bueno...!
PICKERING. — ¡Oh, ése no es más que el carácter de él! No lo hace de intento.
LIZA. — Tampoco yo lo hacía de intento cuando era flo­rista. No era más que mi carácter. Pero, ya ve: lo hacía. Y, en fin de cuentas: en eso reside la diferencia.
PICKERING. — Sin duda alguna. Empero, él le enseñó a hablar, y yo no habría podido hacerlo.
LIZA  (trivial).— Es claro; es la profesión de él.
HIGGINS. —¡Maldición!
LIZA (continuando). — Era como aprender en el estilo de moda, nada más. Pero, ¿sabe qué fue lo que empezó mi verdadera educación?
PICKERING. — ¿Qué?
LIZA (interrumpiendo la labor por un momento). — El que usted me llamara Miss Doolittle, ese día, cuando fui a la calle Wimpole por primera vez. Ese fue el comienzo del respeto a mí misma. (Sigue bordando.) Y hubo otras cien cositas, que usted no advirtió porque las hacía con toda naturalidad. Cosas como ponerse de pie y quitarse el sombrero y  abrir puertas...
PICKERING. — ¡Oh, eso no  era nada...!
LIZA. — Sí, cosas que demostraban que usted pensaba de mí y sentía a mi respecto como si me considerase algo mejor que una fregona. Aunque, por supuesto, yo sabía que se habría portado del mismo modo con la fregona, si ésta se hubiese presentado en la sala. Nunca se quitó los zapatos en el come­dor, mientras yo estaba presente.
PICKERING. — No haga caso de eso. Higgins se quita los zapatos en todas partes.
LIZA. — Lo sé. Y no le culpo. Es su modo de ser, ¿verdad? Pero tuvo tanta importancia para mí el que usted no fuese así... La verdad, aparte de las cosas que se pueden aprender (la forma de vestir, la forma correcta de hablar, etcétera), la diferencia entre una señora y una florista no reside en cómo se comporte, sino en cómo la traten. Para el profesor Higgins siempre seré una florista, porque siempre me trata como a una florista y siempre me tratará del mismo modo. Pero sé que puedo ser una dama para usted, porque usted siempre me trata como a una dama y siempre me seguirá tratando del mismo modo.
Mrs. HIGGINS. — Por favor, no hagas rechinar los dientes, Henry.
PICKERING. — Bien,  es  ese  un  hermoso  sentimiento,  Miss Doolittle.
LIZA. — Me agradaría que me llamara Eliza, si no tiene in­conveniente.
PICKERING. — Gracias, Eliza, por supuesto.
LIZA. — Y me gustaría que el profesor Higgins me llame Miss Doolittle.
HIGGINS.—Antes te veré en el infierno.
Mrs.  HIGGINS. — ¡Henry,  Henry!
PICKERING (riendo). — ¿Por qué no le contesta con una buena andanada de jerga? No le aguante esas cosas. Le haría mucho bien.
LIZA. — No  puedo.   En  otra  época  habría  podido   hacerlo, pero ahora no me es posible. Usted me dijo una vez que, cuando un niño es llevado a un país que no es el suyo, aprende el nuevo idioma en un par de semanas y olvida el propio. Bueno, yo soy una niña en el país de usted. He olvida­do mi propio idioma y no puedo hablar otro que el de usted. En eso consiste la verdadera separación con la esquina de Tottenham Gourt Road. Y el haber abandonado la calle Wimpole la hace definitiva.
PICKERING (intensamente alarmado.) — ¡Oh, pero usted volverá a la calle Wimpole!, ¿no es cierto? ¿Perdonará a Higgins?
HIGGINS (levantándose).— ¿Perdonarme? ¡Vaya! Que no venga. Que vea cómo puede arreglárselas sin nosotros. Volve­rá al arroyo al cabo de tres semanas, si no me tiene a mí cerca.
Doolittle aparece en la ventana del centro. Con una mirada de digno reproche a Higgins, se acerca lenta y silenciosamente a su hija, que, de espaldas a la ventana, no lo ve.
PICKERING. — Es incorregible, Eliza. No volverá al arro­yo, ¿eh?
LIZA. — No, ya no. Nunca. He aprendido mi lección. No creo que pudiese volver a pronunciar uno de los viejos sonidos, aunque lo intentase. ( Doolittle la toca en el hombro izquierdo. Ella deja caer la labor y pierde por completo el dominio de sí misma ante el espectáculo del esplendor de su padre.) ¡Aaaaaah-oooi!
HIGGINS (con un graznido de triunfo). — ¡Ahá! ¡Precisa­mente! ¡Aaaaaah-oooi! ¡Aaaaaa-oooi! ¡Victoria! ¡Victoria! (Se deja caer en el diván, cruzándose de brazos y desparramándose arrogantemente.)
DOOLITTLE. — ¿Puede culpar a la muchacha? No me mires así, Eliza.  He conseguido  cierta cantidad de  dinero.
LIZA. — Debes de haber sableado a un millonario esta vez, papá.
DOOLITTLE.—Así es. Pero hoy estoy vestido especialmen­te. Voy a la iglesia de Saint George, en Hanover Square. Tu madrastra se casa conmigo.
LIZA (enfurecida). — ¡No irás a rebajarte con esa mujer vulgarota y ordinaria...!
PICKERING (tranquilo). —Debe hacerlo, Eliza. (A Doo­little.) ¿Por qué cambió ella de idea?
DOOLITTLE (triste). — Intimidada, jefe; intimidada. La mo­ral de la clase media exige su víctima. ¿No quieres ponerte el sombrero, Liza, y ver cómo me ahorco?
LIZA. — Si  el  coronel  dice  que   es   necesario,  yo...   te...  (Casi sollozando.)  ¡Me rebajaré...! Y seguramente seré insul­tada por el trabajo que me tomo.
DOOLITTLE. — No temas. Ya no insulta a nadie, ¡pobre mujer! La respetabilidad le ha quitado todo el fuego.
PICKERING (apretando suavemente el codo de Eliza).— Sea bondadosa  con ellos,  Eliza.  Pórtese lo mejor  que  pueda.
LIZA (obligándose a sonreír a pesar de su irritación).— ¡Oh, bueno, para demostrar que no hay mala voluntad...! Volveré dentro de un instante.  (Sale).
DOOLITTLE (sentándose junto a Pickering). — Me siento extraordinariamente nervioso por culpa de la ceremonia, co­ronel. Me agradaría que usted estuviese junto a mí hasta que termine.
PICKERING. — Pero si ya la pasó otra vez, hombre. ¿No se casó con la madre de Eliza?
DOOLITTLE. — ¿Quién le dijo tal cosa, coronel?
PICKERING. — Bueno, nadie me lo dijo. Pero yo supuse... naturalmente...
DOOLITTLE. — No, esa no es la forma natural, coronel. No es más que la forma de hacer las cosas de la clase media. Mi forma ha sido siempre la indigna. Pero no le diga nada a Eliza. Ella no lo sabe. Siempre he tenido escrúpulos en decírselo.
PICKERING. — Perfectamente. Lo dejaremos así, si usted quiere.
DOOLITTLE. — ¿Y vendrá a la iglesia, coronel, y me ayu­dará?
PICKERING. — De mil amores. Le daré toda la ayuda que pueda darle un soltero.
Mrs. HIGGINS. — ¿Puedo ir yo también, Mr. Doolittle? La­mentaría mucho tener que perderme su boda.
DOOLITTLE. — Le aseguro que me sentiré sumamente hon­rado con sus condescendencia, señora. Y mi pobre mujer lo considerará como un tremendo cumplido. Ha estado, última­mente, muy  abatida,  pensando  en  los  días   dichosos  que  ya no son más.
Mrs. HIGGINS (levantándose). —Pediré el coche y me pre­pararé. (Todos los hombres se ponen de pie, salvo Higgins.) No tardaré más de quince minutos. (Cuando se dirige a la puerta, entra Eliza, con el sombrero puesto y abotonándose los guantes.) Iré a la iglesia, a presenciar el casamiento de tu padre, Eliza. Será mejor que vengas en el coche conmigo. El coronel Pickering podrá ir con  el novio.
Mrs. Higgins sale. Eliza llega hasta el centro de la habitación, entre la ventana del medio y la otomana.  Pickering se une a ella.
DOOLITTLE. — ¡Novio! ¡Qué palabra! Hace que uno se dé cuenta de su situación. (Toma el sombrero y va hacia la puerta.)
PICKERING. — Antes de que yo me vaya, Eliza, perdone a Higgins y vuelva a vivir con nosotros.
LIZA. — No creo que papá me lo permita. ¿No es cierto, papá?
DOOLITTLE (triste pero magnánimo). — Te la jugaron muy astutamente, Eliza, los dos deportistas. Si hubiese sido uno solo de ellos, habrías podido comprometerle. Pero, ¿te das cuen­ta?, siempre estaban los dos juntos y uno de ellos hacía de dama de compañía del otro, por así decirlo. (A Pickering.) Muy ingenioso de su parte, coronel; pero no le guardo rencor. Yo habría hecho lo mismo. Durante toda mi vida fui víctima de una mujer tras otra, y no les reprocho el que le hayan ganado la partida a Eliza. No me entrometeré. Es hora de que salgamos, coronel. Hasta luego, Henry. Te veré en Saint George, Eliza.   (Sale.)
PICKERING (suplicante).— ¡Quédate con nosotros, Eliza! (Sigue a Doolittle.)
Eliza sale al balcón, para no estar a solas con Higgins. Este se levanta y la sigue. Ella vuelve inmediatamente a la habita­ción y se dirige a la puerta. Pero él sale del balcón por el otro extremo y se pone de espaldas a la puerta antes de que la joven pueda llegar a ella.
HIGGINS. — Bien, Eliza: ya te has cobrado parte de la cuenta, como tú lo llamas. ¿Has tenido bastante? ¿Quieres ser razonable? ¿O quieres algo más?
LIZA. — Usted desea que vuelva únicamente para alcanzarle las pantuflas y aguantar sus arranques de cólera y ordenarle las cosas.
HIGGINS. — No he dicho que quisiera que vuelvas.
LIZA. — ¡Ah, vaya! Y entonces, ¿de qué estamos hablando?
HIGGINS. — De ti, no de mí. Si vuelves, te trataré como siempre te he tratado. No puedo cambiar mi carácter. Y no pienso cambiar mis modales. Mis modales son exactamente los mismos que los del coronel Pickering.
LIZA. — No es verdad. El trata a una florista como si fuese una duquesa.
HIGGINS. — Y yo trato a una duquesa como si fuese una florista.
LIZA. — Entiendo. (Se vuelve, sumamente serena, y se sienta en la otomana, de cara la ventana.)  Igual para todos.
HIGGINS. — Precisamente.
LIZA. — Como papá.
HIGGINS (sonriendo, un tanto desconcertado). — Sin acep­tar la comparación en todos sus puntos, Eliza, es muy cierto que tu padre no es un fachendón y que se encontrará muy a sus anchas en cualquier situación a que su excéntrico des­tino pueda llevarle. (Serio.) El gran secreto, Eliza, no con­siste en tener buenos modales o malos modales o alguna otra forma especial de modales, sino en tener el mismo tipo de modales para todos los seres humanos; en una palabra: en comportarse como si se encontrara uno en el cielo, donde no existen los coches de tercera y un alma es tan buena como otra.
LIZA. — Amén. Es usted un predicador nato.
HIGGINS (irritado). —No hay que fijarse en si te trato groseramente, sino en si alguna vez me has visto tratar mejor a cualquier otra persona.
LIZA (con repentina sinceridad). — No me importa cómo me trate. No me molesta que me insulte. No me importaría que me pusiera un ojo negro. Ya los he tenido anteriormente. (Poniéndose de pie y enfrentándolo.) Pero no quiero que me pasen por alto.
HIGGINS. — Y   entonces   quítate   del   paso.   Porque   yo   no me detendré por ti. Hablas de mí como si fuese un ómnibus.
LIZA. — Y lo es. No más que impulso y carrera, y ninguna consideración para nadie. Pero puedo arreglármelas  sin usted; no crea que no.
HIGGINS. — Ya lo sé. Yo mismo te lo dije.
LIZA  (herida, apartándose de él y poniéndose al otro lado de  la  otomana,   de   cara  a   la   chimenea). — ¡Me   acuerdo   de ello, pedazo de animal!   ¡Quería librarse  de mí!
HIGGINS. — ¡Embustera!
LIZA. — Gracias. (Se sienta con dignidad.)
HIGGINS. — Supongo   que   nunca   te   habrás   preguntado   si yo podía arreglármelas sin ti.
LIZA (sincera). —No trate de engañarme. Tendrá que pa­sárselas sin mí.
HIGGINS (arrogante.) —Puedo pasármelas sin nadie. Tengo mi propia alma, mi propia chispa del fuego divino. (Con re­pentina humildad.) Pero te echaré de menos, Eliza. (Se sienta en la otomana, cerca de ella.) He aprendido algo de tus estú­pidas ideas: lo confieso humilde y agradecidamente. Y me he acostumbrado a tu voz y a tu aspecto. Me agradan.
LIZA. — Pues los tiene ambos en su gramófono y en su álbum de fotografías. Cuando se sienta solitario sin mí, no tiene más que hacer funcionar el aparato. Carece de sentimientos que puedan ser heridos.
HIGGINS. — No puedo hacer funcionar tu alma en ningún aparato. Déjame esos sentimientos y puedes llevarte la voz y el rostro. Ellos no son tú.
LIZA.— ¡Oh, es usted un demonio! Puede retorcerle el co­razón a una mujer con tanta facilidad como cuando le retuerce los brazos para herirla. Mrs. Pearce me lo previno. Una y otra vez ha querido irse. Y, a último momento, usted siempre la convencía. Y no le tiene usted ni un poco de afecto. Ni me lo tiene a mí.
HIGGINS. — Le tengo afecto a la vida, a la humanidad. Y tu eres una parte de ella que se cruzó por mi camino y que fue moldeada en mi casa. ¿Qué más puedes pedir? ¿Qué más puede pedir nadie?
LIZA. — No quiero a nadie que no me quiere a mí.
HIGCINS. —Principios comerciales, Eliza. (Reproduciendo su pronunciación de Covent Garden con exactitud profesional.) Como u'n ramiyete de violeta'", ¿no es cierto?
LIZA. — No se burle de mí. Es vil.
HIGGINS. — Nunca me he burlado en mi vida. La burla no concuerda con el rostro humano ni con el alma humana. No hago más que expresar mi justo desprecio por el Comercia­lismo. No comercio con el afecto ni comerciaré. Me llamas bestia porque no conquistaste ningún derecho sobre mí trayéndome mis zapatillas y encontrándome los anteojos. Fuiste una tonta. Creo que una mujer que alcanza las pantuflas a un hom­bre constituye un espectáculo desagradable. ¿Alguna vez te llevé yo a ti las pantuflas? Mucho más te aprecio por habér­melas arrojado a la cara. Es inútil que te esclavices por mí y luego digas que quieres que te aprecien. ¿Quién aprecia a un esclavo? Si vuelves, vuelve por amistad. Porque no recibirás nada más. Has recibido de mí cien veces más de lo que yo recibí de ti. Y si te atreves a comparar tus habilidades de pe­rrito, de traer y llevar pantuflas, contra mi creación de una duquesa Eliza, te daré con la puerta en las narices.
LIZA. — ¿Por qué creó a esa duquesa, si yo no le importaba?
HIGGINS (sincero). — Pues porque era mi trabajo..
LIZA. — Nunca se le ocurrió pensar en las dificultades que me ocasionaría...
HIGGINS. — ¿Habría sido creado el mundo alguna vez, si su hacedor se hubiese preocupado de no provocar dificultades? Crear vida significa ocasionar dificultades. Hay una sola forma de evitarlas: matando. Advertirás que los cobardes siempre piden a gritos que se mate a la gente que provoca dificultades.
LIZA. — No soy predicadora; no me doy cuenta de esas cosas. Pero sí me doy cuenta de que usted no me toma en cuenta.
HIGGINS (levantándose de un salto y paseándose por la estancia). — ¡Eliza, eres una idiota! ¡Derrocho los tesoros de mi mente miltónica poniéndolos ante ti! De una vez por todas: entiende que sigo mi camino y cumplo con mi tarea sin que me importe un rábano de lo que nos suceda a cualquiera de los dos. No estoy intimidado, como tu padre y tu madrastra. De modo que puedes volver a mi casa o irte al demonio, como te plazca.
LIZA. — ¿Por qué habría de volver?
HIGGINS (poniéndose de rodillas sobre la otomana e incli­nándose   hacia   la   joven).— Por   pura   diversión.   Por   eso   te tomé yo.
LIZA (con el rostro vuelto hacia el otro lado). — ¿Y usted podrá expulsarme mañana, si no hago todo lo que quiere que haga?
HIGGINS. — Sí, y tú puedes irte mañana, si no hago todo lo que tú quieres que haga.
LIZA. — ¿Para vivir con mi madrastra?
HIGGINS. — Sí, o para vender flores.
LIZA. — ¡Oh, si pudiese volver a mi cesta de flores! ¡Sería independiente de usted, de mi padre y de todo el mundo! ¿Por qué me arrebató mi independencia? ¿Por qué se la entregué yo? Ahora soy una esclava, a pesar de mis magníficos vestidos.
HIGGINS. — Nada de ello. Si quieres te adoptaré como hija mía y te señalaré alguna suma mensual. ¿O preferirías casarte con  Pickering?
LIZA (mirándole ferozmente). — ¡No me casaría con usted aunque me lo pidiera! ¡Y está más cerca de mi edad de que él!
HIGGINS (dulcemente). —Que él, no "de que él".
LIZA (irritada, levantándose). — ¡Hablaré como se me ocu­rra!  ¡Ya no es mi maestro!
HIGGINS (reflexivo).— Aunque, pensándolo bien, no creo que Pickering quisiera. Es un solterón tan empedernido como yo.
LIZA. — No es eso lo que quiero; ni lo piense. Siempre he tenido hombres de sobra que me querían de ese modo. Freddy Hill me escribe dos o tres veces por día, hojas y hojas.
HIGGINS (desagradablemente sorprendido). — ¡Maldito sea tu descaro! (Retrocede y se sorprende sentado sobre los ta­lones. )
LIZA.—Tiene  derecho  a  hacerlo,   si le  place,  pobrecito.  Y me ama.
HIGGINS  (bajando de la otomana). —No tienes derecho a darle esperanzas.
LIZA. — Toda mujer tiene derecho a ser amada.
HIGGINS. — ¿Qué? ¿Por tontos como ése?
LIZA. — Freddy no es un tonto. Y si es débil y pobre y me quiere, puede que me haga más dichosa que los que son mejores que yo y me tratan tiránicamente y no me quieren.
HIGGINS. — ¿Puede hacer algo de ti? Eso es lo importante.
LIZA. — Quizá yo pueda hacer algo de él. Pero nunca pensé en que ninguno  de los dos tuviese que hacer nada del otro. Y  usted jamás piensa en otra cosa. Yo no deseo más que ser natural.              
HIGGINS. — En una palabra, quieres que esté tan enamori­cado de ti como Freddy, ¿no es eso?
LIZA. — No. No es ese el sentimiento que quiero  de usted. Y  no esté tan seguro de sí mismo ni de mí. Podría haber sido una mala muchacha, si hubiese querido. Conozco ciertas cosas más que usted, a pesar de toda su cultura. Las mujeres como yo pueden doblegar a los caballeros y obligarles a que les ha­gan el amor; les es muy fácil. Y en el instante siguiente ambos desean que el otro esté muerto.
HIGGINS. — Por supuesto. Y entonces, ¿por qué demonios estamos riñendo?
LIZA (turbada). — Quiero un poco de bondad. Sé que soy una muchacha vulgar e ignorante, y usted un caballero culto. Pero no soy el polvo que usted pisa. Lo qu'he hacido... (Corrigiéndose.) Lo que he hecho no lo hice por los vestidos y los taxis. Lo hice porque era agradable estar juntos; y fui a cuidarle a usted. No porque quisiese que me hiciera el amor, no olvidando la diferencia que hay entre nosotros, sino, más bien, amistosamente.
HIGGINS. — Bueno, es claro. Eso es exactamente lo que siento yo. Y lo que siente Pickering.   ¡Eliza, fuiste una tonta!
LIZA.— ¡No es una respuesta correcta! (Se deja caer en la silla que hay ante el escritorio, bañada en lágrimas.)
HIGGINS. — Es la única que recibirás hasta que dejes de ser una idiota común. Si quieres ser una dama, tendrás que dejar de sentirte despreciada cuando los hombres que conoces no se pasan la mitad de su vida lloriqueando por ti y la otra mitad poniéndote los ojos negros. Si no puedes soportar la frialdad de mi forma de vida, y la tensión, vuélvete al arroyo. Trabaja hasta  que  seas más  un  animal  que  un  ser  humano.
Y  entonces haz  el amor y riñe y emborráchate hasta que te duermas.   ¡Ah, la vida del arroyo  es magnífica!   ¡Es  real,  es cálida,  es  violenta!   ¡Se  la  puede   sentir  a  través   de  la   piel más gruesa!  ¡Se la puede gustar y oler sin ningún estudio ni trabajo!  ¡No es como la Ciencia y la Literatura y la Música Clásica y la Filosofía y el Arte! Me encuentras frío, insensible, egoísta, ¿eh? Muy bien: vete con la gente que te agrada más. Cásate con algún cerdo sentimental que tenga mucho dinero y un grueso par de labios para besarte y un grueso par de zapatos para propinarte puntapiés. Si no puedes apreciar lo que tienes,  será mejor que  tengas lo  que  puedas  apreciar.
LIZA (desesperada). — ¡Es usted un tirano cruel! ¡No pue­do hablarle! ¡Todo lo vuelve contra mí! ¡Yo soy siempre la que está en el error! Pero usted sabe perfectamente bien, todo el tiempo, que no es más que un bravucón. Sabe que no puedo volver al arroyo, como lo llama, y que no tengo otros amigos en el mundo que usted y el coronel Pickering. Sabe perfec­tamente que no podría vivir con un hombre ordinario, des­pués de haberlos conocido a los dos. Y es malvado y cruel que me insulte fingiendo que cree lo contrario. Piensa que debo volver a la calle Wimpole porque ya no tengo a dónde ir, sino a lo de mi padre. Pero no esté tan seguro de que me tiene bajo sus pies y que puede pisotearme y hacerme callar a gritos. Me casaré con Freddy, lo juro, en cuanto pueda mantenerle.
HIGGINS (pasmado). — ¡Freddy! ¡Ese jovenzuelo tonto! ¡Ese pobre diablo que no podría conseguir un puesto de man­dadero, aunque tuviese el coraje de pedirlo! Mujer, ¿no entien­des  que  yo  he  hecho   de  ti   algo   digno   de   ser la consorte de un rey?
LIZA. — Freddy me ama. Eso hace que sea un rey para mí. No quiero  que  trabaje.  No  fue  educado  para  ello   como  yo. Seré maestra.
HIGGINS. — ¿Qué enseñarás, en nombre del cielo?
LIZA.—Lo que me enseñó usted:  fonética.
HIGGINS. — ¡Ja, ja, ja!
LIZA. — Me  ofreceré  de  ayudante   a  ese  húngaro   de  cara peluda.
HIGGINS (levantándose, enfurecido). — ¡Ese impostor, ese farsante, ese ignorante rastrero! ¿Le enseñarás mis métodos, mis descubrimientos? ¡Si das un solo paso en su dirección, te retuerzo  el cuello!   (Le pone las manos encima.)   ¿Me oyes?
LIZA (desafiante, sin resistirse). — ¡Retuérzalo, pues! ¿Qué me importa? Ya sabía que algún día me golpearía. (El le suelta, golpeando el suelo con el pie, enfurecido por haber perdido el dominio de sí mismo, y retrocede tan apresuradamente que tropieza con la otomana y cae sentado en ella.) ¡Aja! ¡Ahora sé cómo tratar con usted! ¡Tonta de mí que no se me ocurrió antes! No puede arrebatarme los conocimientos que me dio. Dijo que tenía un oído más fino que usted. Y sé ser cortés y bondadosa con la gente, que es más de lo que usted puede decir. ¡Aja! (Pronunciando mal de intento, para irritarle.) Eso será su fin, Enry Iggins, será. (Haciendo chasquear los dedos.) ¡Ahora no me importa ni esto de sus gritos y sus palabras altisonantes! Pondré un anuncio en los diarios, diciendo que su duquesa no es más que una florista, discípula suya, que le enseñará a cualquiera a ser una duquesa, en seis meses, por mil guineas. ¡Ah, cuando me acuerdo que me arrastraba a sus pies y me dejaba pisotear e insultar, y no tenía más que levantar un dedo para ser tan importante como usted...! ¡Tengo ganas de darme de puntapiés...!
HIGGINS (admirándola).— ¡ Maldita descarada! Pero es mejor que lloriquear, mejor que buscar pantuflas y encontrar anteojos, ¿no es cierto? (Poniéndose de pie.) ¡Caray, Eliza, dije que haría una mujer de ti! Y lo conseguí. Me agradas más así.
LIZA. — Sí, ahora que no le tengo miedo y que puedo valerme por mí misma, trata de reconciliarse conmigo.
HIGGINS. — Por supuesto que puedes valerte por ti misma, tontita. Hace cinco minutos eras como una piedra de molino que pendiera de mi cuello. Ahora eres una torre de poder, un acorazado gemelo. Tú y yo y Pickering seremos tres viejos solterones, en lugar de ser dos hombres y una jovencita tonta.
Vuelve Mrs. Higgins, vestida para la boda. Eliza se torna instantáneamente fría y elegante.
Mrs. HIGGINS. —El coche espera,  Eliza.  ¿Estás lista?
LIZA. — Sí.  ¿No viene el profesor?
Mrs. HIGGINS. — Por supuesto que no. No sabe compor­tarse en la iglesia. Hace observaciones en voz alta acerca de la pronunciación del sacerdote.
LIZA. — Entonces no volveré a verle, profesor. Adiós. (Va hacia la puerta.)
Mrs.  HIGGINS   (acercándose  a  su   hijo.) —Adiós,   querido.
HIGGINS. — Adiós, mamá. (Está a punto de besarla, cuan­do se acuerda de algo.) ¡Ah, de paso, Eliza! ¡Haz que envíen un jamón y un queso Stilton, ¿quieres? Y cómprame un par de guantes de piel de reno, número ocho, y una corbata que haga juego con mi traje nuevo. Puedes elegir tú el color. (Su voz alegre, negligente, vigorosa, demuestra que es inco­rregible)
LIZA (despectiva). — El número ocho es demasiado chico para usted, si los quiere forrados de piel de cordero. Tiene tres corbatas nuevas, olvidadas en un cajón de su tocador. El co­ronel Pickering prefiere el doble Gloucester al Stilton; y, ade­más, usted no aprecia la diferencia entre uno y otro. Esta mañana le telefoneé a Mrs. Pearce  para  que  no  se  olvidara del jamón. No puedo imaginarme qué haría usted sin mí. (Sale majestuosamente del cuarto.)
Mrs HIGGINS. — Me temo que has arruinado a esa joven, Henry! Me sentiría muy inquieta por ti y por ella, si no supiese que tiene en muy alta estima al coronel Pickering.
HIGGINS. —¿Pickering? ¡Bobadas! Se casara con Freddy. ¡Ja ja! ¡Freddy..! ¡Freddy...! ¡Ja, ,a, ja, ja, ja! (Lanza es­tentóreas carcajadas mientras cae el
TELÓN

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