Monólogos de la vagina Eve Ensler




Monólogos de la vagina
Eve Ensler



1Para Ariel, que conmociona mi vagina y hace estallar mi corazón



2PRÓLOGO DE GLORIA STEINEM



Yo pertenezco a la generación del «ahí abajo». Es decir, ésas eran las palabras -pronunciadas
rara vez y en voz baja- que las mujeres de mi familia usaban para referirse a todos los
genitales femeninos, ya fuesen internos o externos.
No es que desconocieran términos como vagina) labios) vulva o clítoris. Por el contrario,
estudiaron magisterio y probablemente tenían más acceso a la información que la mayoría.
Ni siquiera se debía a que no fuesen mujeres liberadas o a que fueran unas «mojigatas», como
habrían dicho ellas. Una de mis abuelas ganaba dinero escribiendo por encargo sermones -de
los que no creía una palabra- para su estricta iglesia protestante y luego ganaba más
apostándolo en las carreras de caballos. Mi otra abuela era una sufragista, una educadora, e
incluso llegó a ser una de las primeras candidatas políticas, lo cual hizo cundir la alarma entre
muchas personas de su comunidad judía. En cuanto a mi madre, había sido una periodista
pionera años antes de que yo naciera, y siempre se preocupó de criar a sus dos hijas de
manera más progresista a como la habían educado a ella. No recuerdo oírla utilizar ninguna
de las palabras peyorativas que hacían que el cuerpo femenino pareciera algo sucio o vergon-
zoso, y estoy agradecida por ello. Como comprobarán en estas páginas, muchas hijas
crecieron con una carga mucho más pesada.
No obstante, no oí palabras que fueran más precisas, y mucho menos que denotaran orgullo.
Por ejemplo, ni una sola vez oí la palabra clítoris. Transcurrirían años hasta que aprendí que
las mujeres poseíamos el único órgano en el cuerpo humano cuya función exclusiva era sentir
placer. (Si semejante órgano fuese privativo del cuerpo masculino, ¿pueden imaginarse lo
mucho que oiríamos hablar de él... y las cosas que se justificarían con ello?) Así pues, ya fuese
mientras aprendía a hablar, a deletrear o a cuidar de mi propio cuerpo, se me decía el nombre
de cada una de las asombrosas partes de mi anatomía... menos el de una zona innombrable.
Ello me dejó desprotegida frente a las palabras vergonzosas y los chistes guarros que oiría en
el patio del colegio y, más tarde, frente a la creencia popular de que los hombres -ya fuesen
amantes o médicos- sabían más acerca del cuerpo de las mujeres que las propias mujeres.
Vislumbré por primera vez el espíritu de auto conocimiento y de libertad que encontrarán en
estas páginas cuando después de licenciarme en la universidad viví en la India durante un
par de años. En los templos y santuarios hindúes veía el lingam, un símbolo abstracto de los
genitales masculinos, pero también vi por primera vez en mi vida el yoni, un símbolo de los
genitales femeninos: con forma de flor, de triángulo o de óvalo de dos puntas. Me explicaron
que miles de años atrás, este símbolo había sido objeto de adoración por considerarlo más
poderoso que su equivalente masculino, una creencia que se transmitió al tantrismo, cuyo
principio central es la incapacidad del hombre para alcanzar la plenitud espiritual si no es a
través de la unión sexual y emocional con la energía espiritual superior de la mujer. Era una
creencia tan profundamente arraigada y extendida que incluso algunas de las religiones
monoteístas que excluyen a las mujeres y que surgieron posteriormente la conservaron en sus
tradiciones, si bien estas creencias fueron (y continúan siendo) marginadas o negadas como
herejías por los líderes religiosos mayoritarios.
3Por ejemplo: los cristianos gnósticos adoraban a Sofia como el Espíritu Santo femenino y con-
sideraban a María Magdalena la discípula más sabia de Cristo; el budismo tántrico aún
afirma que la esencia de Buda reside en la vulva; los místicos sufies del Islam creen que la
fana o el éxtasis sólo se puede alcanzar mediante Fravashi, el espíritu femenino; la Shekina
del misticismo judío es una versión de Shakti, el alma femenina de Dios; e incluso la Iglesia
católica incluía formas de culto a María que ponían más énfasis en la Madre que en el Hijo. En
numerosos países de Asia, África y otros lugares del mundo donde las deidades siguen
representándose como seres femeninos además de masculinos, los altares contienen la Joya en
el Loto y otras representaciones del lingam-en-el-yoni. En la India, las diosas hindués Durga y
Kali son las encarnaciones de las fuerzas yoni del nacimiento y de la muerte, de la creación y
la destrucción.
Sin embargo, la India y el culto al yoní parecían hallarse a mucha distancia de las actitudes
norteamericanas respecto al cuerpo de la mujer cuando regresé a mi país. Incluso la
revolución sexual de los años sesenta sólo consiguió que más mujeres estuvieran disponibles
sexualmente para un mayor número de hombres. El «no» de los años cincuenta simplemente
fue sustituido por un «sí» constante y entusiasta. No fue hasta el activismo feminista de la
década de los setenta cuando empezaron a surgir alternativas a todo, desde las religiones
patriarcales hasta Freud (la distancia desde A hasta B), del doble rasero en las pautas de
conducta sexual a la pauta única del control patriarcal / político / religioso sobre el cuerpo
de las mujeres como medio de reproducción.
Aquellos primeros años de descubrimiento están simbolizados para mí por algunos recuerdos
sensoriales como recorrer Woman House [Casa de mujer] de Judy Chicago en Los Ángeles,
donde cada habitación estaba creada por una artista diferente, y donde descubrí por primera
vez el simbolismo femenino existente en mi propia cultura. (Por ejemplo, la forma de lo que
llamamos «corazón» -cuya simetría se asemeja a la vulva mucho más que a la asimetría del
órgano al que da nombre- probablemente sea un vestigio del símbolo genital femenino. Fue
reducido, por siglos de dominación masculina, de ser un símbolo de poder a ser un símbolo
de mero sentimentalismo.) o el recuerdo de estar sentada en una cafetería de Nueva York con
Betty Dodson (la conocerán en estas páginas), intentando mantener el tipo mientras ella ponía
los pelos de punta a quienes aguzaban las orejas escuchando su explicación desenfadada
sobre la masturbación como una fuerza liberadora. O volver a la sede de la revista Ms. y
encontrar, entre los carteles siempre humorísticos del tablón de anuncios, uno que decía:
«SON LAS DIEZ DE LA NOCHE... ¿SABES DÓNDE ESTÁ TU CLÍTORIS?» Cuando las
feministas imprimíamos « ¡COÑOS AL PODER!» en chapas y camisetas como una manera de
reivindicar esa palabra desprestigiada, yo podía reconocer la restauración de un antiguo
poder. Al fin y al cabo, la palabra indoeuropea cunt es una derivación del título de Kunda o
Cunti de la diosa Kali, y comparte la misma raíz etimológica que kin (parientes) y que
country (país).
Estas últimas tres décadas de feminismo también estuvieron marcadas por una profunda ira a
medida que se revelaba la verdad sobre la violencia ejercida contra el cuerpo femenino, ya
fuese en forma de violación, abusos sexuales infantiles, violencia contra las lesbianas, malos
4tratos físicos a mujeres, acoso sexual, terrorismo contra la libertad reproductiva, o el delito
internacional de mutilación de los genitales femeninos. La cordura de las mujeres se salvó
sacando a la luz estas experiencias ocultas, poniéndoles nombre, y transformando nuestra ira
en acciones positivas para reducir y sanar la violencia. Esta obra teatral y este libro son parte
de la oleada de creatividad fruto de esta energía surgida al contar la verdad.
Cuando fui por primera vez a ver cómo Eve Ensler interpretaba los relatos íntimos narrados
en estas páginas -basados en más de doscientas entrevistas y después transformados en
poesía para el escenario-, pensé: Esto ya lo conozco: es el viaje de contar la verdad que
llevamos haciendo desde hace tres décadas. Y así es. Las mujeres le han confiado a Eve sus
experiencias más íntimas, desde el sexo hasta el dar a luz, desde la guerra no declarada contra
las mujeres hasta la nueva libertad de amor entre mujeres. En cada página está el poder de
decir lo indecible... al igual que está en la historia entre bastidores del propio libro. Un editor
pagó un anticipo por él, pero tras repensarlo con sensatez, le permitió a Eve Ensler quedarse
el dinero si se llevaba el libro y su palabra «v» a donde le viniera en gana. (Gracias a Villard
por publicar todas las palabras de las mujeres... incluso las del título.)
Pero el valor de Monólogos de la vagina va más allá de purgar un pasado repleto de actitudes
negativas. Ofrece una manera personal, enraizada en el cuerpo, de moverse hacia el futuro.
Creo que quienes lean este libro, no únicamente las mujeres sino también los hombres,
podrán emerger de estas páginas sintiéndose no sólo más libres en su fuero interno -y en
relación a los demás- sino también con alternativas al viejo dualismo patriarcal de lo
femenino/masculino, cuerpo/ mente, sexual/espiritual que está arraigado en la división de
nuestro ser físico entre «la parte de la que hablamos» y «la parte de la que no hablamos».
Por si un libro con la palabra vagina en su Título todavía les parece muy alejado de estas
consideraciones filosóficas y políticas, voy a ofrecerles otro de mis descubrimientos tardíos.
En los años setenta, mientras me documentaba en la biblioteca del Congreso, encontré un tra-
tado poco conocido sobre historia de la arquitectura religiosa que daba por sentado un hecho
como si fuera sabido por todos: que el trazado tradicional de la mayoría de edificios
patriarcales de culto imita el cuerpo femenino. ASÍ, hay una entrada exterior y otra interior,
los labios mayores y los labios menores; una nave central vaginal que conduce al altar; dos
estructuras curvas ováricas a ambos lados; y por último, en el centro sagrado está el altar o
útero, donde sucede el milagro: donde los varones dan a luz.
Si bien esta comparación era nueva para mí, me abrió los ojos de golpe. Claro, pensé. La cere-
monia central de las religiones patriarcales es ni más ni menos que aquella en la que los
hombres se adueñan del poder yoni de creación al dar a luz simbólicamente. No es de
extrañar que los líderes religiosos varones afirmen tan a menudo que los seres humanos
nacimos en pecado... porque nacimos de criaturas hembras. Únicamente obedeciendo las
reglas del patriarcado podemos renacer a través de los hombres. No es de extrañar que
sacerdotes y pastores ataviados con vestiduras largas nos rocíen la cabeza con un fluido que
imita las aguas del parto} que nos den nuevos nombres y nos prometan renacer en la vida
eterna. No es de extrañar que el sacerdocio masculino intente mantener alejadas a las mujeres
5del altar, al igual que se nos mantiene alejadas del control de nuestros propios poderes de
reproducción. Simbólico o real, todo está destinado a controlar el poder que reside en el
cuerpo femenino.
Desde entonces, nunca he vuelto a experimentar la misma sensación de distanciamiento al
entrar en un edificio religioso patriarcal. En lugar de ello, recorro la nave vaginal mientras
voy tramando reapropiarme del altar con sacerdotes -mujeres además de hombres- que no
menospreciarían la sexualidad femenina, universalizar los mitos exclusivamente masculinos
de la Creación, multiplicar las palabras y símbolos espirituales, y restituir el espíritu de Dios
en todas las cosas vivientes.
Si derrocar unos cinco mil años de patriarcado les parece una empresa demasiado ambiciosa,
concéntrense simplemente en celebrar cada paso de autoafirmación mientras avanzan hacia
esa meta.
Pensaba en ello mientras observaba a unas niñas pequeñas dibujar corazones en sus libretas e
incluso poner corazones a modo de puntos sobre las «íes», y me pregunté: ¿Estarán
magnetizadas por esta forma originaria porque se parece tanto a sus propios cuerpos? Volví a
pensar en lo mismo al escuchar a un grupo de unas veinte chicas de edades comprendidas
entre los nueve y los dieciséis años mientras decidían acuñar un término global que lo
incluyera todo: vagina, labios y clítoris. Tras mucho discutir, la expresión que escogieron fue
«mogollón de fuerza.» Más importante aún, el debate se desarrolló entre gritos y risas.
Menuda diferencia, pensé. Qué camino tan largo y maravilloso hemos recorrido desde el «ahí
abajo» dicho en voz baja.
Ojalá mis propias antepasadas hubieran sabido que sus cuerpos eran sagrados. Con la ayuda
de voces atrevidas y palabras honestas como las de este libro, creo que las abuelas, madres e
hijas del futuro sanarán su «yo interior»... y arreglarán el mundo.
6INTRODUCCIÓN
«Vagina.» Ya está, lo he dicho. «Vagina»... he vuelto a decirlo. He estado diciendo esa palabra
una y otra vez durante los últimos tres años. La he estado diciendo en teatros, en
universidades, en salas de estar, en cafeterías, en cenas, en programas radiofónicos de todo el
país. La diría en la televisión si alguien me dejara hacerlo. La digo 128 veces cada noche que
interpreto mi obra, Monólogos de la vagina, basada en entrevistas realizadas a un grupo
variopinto de más de doscientas mujeres que hablan sobre sus vaginas. Digo la palabra en
sueños. La digo porque se supone que no debo decirla. La digo porque es una palabra
invisible... una palabra que suscita ansiedad, incomodidad, desprecio y asco.
La digo porque creo que no decimos aquello que no vemos, no reconocemos o no
recordamos. Aquello que no decimos se convierte en un secreto, y los secretos a menudo
crean vergüenza, miedo y mitos. La digo porque quiero sentirme cómoda algún día
diciéndola, no avergonzada y culpable.
La digo porque no hemos acuñado una palabra más amplia y envolvente, que realmente des-
criba la zona entera y todas sus partes. «Chocho» -o «chochito»- probablemente sea mejor
palabra, pero se asocia con demasiadas cosas. Además, no creo que la mayoría de nosotras
tengamos una idea clara de a qué nos referimos cuando decimos «chocho». «Vulva» es una
buena palabra; es más específica, pero no creo que la mayoría tengamos claro qué incluye la
vulva.
Digo «vagina» porque cuando empecé a decir esta palabra descubrí lo fragmentada que yo
estaba, lo desconectado que estaba mi cuerpo de mi mente. Mi vagina era algo que estaba allí,
en la distancia. Rara vez habitaba en ella, o tan siquiera la visitaba. Estaba ocupada
trabajando, escribiendo; siendo madre, siendo amiga. No veía a mi vagina como mi recurso
primario, como un lugar de sustento, humor y creatividad. Era un lugar inquietante, lleno de
miedo. Me habían violado de niña, y aunque había crecido y hecho todas las cosas que una
adulta hace con su vagina, nunca había vuelto a adentrarme realmente en esa parte de mi
cuerpo después de haber sido violada. Había vivido básicamente la mayor parte de mi vida
sin mi motor, mi centro, mi segundo corazón.
Digo «vagina» porque quiero que la gente reaccione, y lo ha hecho. Han intentado censurar
esa palabra en todos los lugares a donde ha viajado la obra Monólogos de la vagina y en
todas las modalidades de comunicación: en los anuncios de periódicos importantes, en las
entradas a la venta en grandes almacenes, en las pancartas de las fachadas de los teatros, en
los servicios de venta telefónica de localidades donde la voz grabada solamente se refería a la
obra como: «Monólogos» o «Monólogos de v».
¿Por qué ocurre esto?, pregunto. «Vagina» no es una palabra pornográfica; de hecho, es una
palabra médica, un término para referirse a una parte del cuerpo, al igual que «codo»,
«mano» o «costilla».
«Puede que no sea pornográfica -dice la gente-, pero es una palabra fea. ¿Y si nuestras hijitas
7llegaran a oírla? ¿Entonces qué les diríamos?»
«A lo mejor podríais decirles que ellas tienen una vagina -respondo-o Si es que no lo saben
ya. A lo mejor podríais celebrar eso.»
«Pero no llamamos "vaginas" a sus vaginas», me dicen.
«¿Cómo las llamáis?», les pregunto.
Y me dicen: «rajita», «patatita», «castañita», «agujerito»... y la lista continúa, interminable.
Digo «vagina» porque he leído las estadísticas, y les están ocurriendo cosas malas a las
vaginas de las mujeres en todas partes: 500000 mujeres son violadas todos los años en Estados
Unidos; 100 millones de mujeres han sido mutiladas genitalmente en todo el mundo; y la lista
continúa y continúa. Digo «vagina» porque quiero que se ponga fin a estos horrores. Sé que
no dejarán de ocurrir hasta que reconozcamos que suceden, y la única manera de conseguirlo
es capacitar a las mujeres para que se atrevan a hablar de ello sin temor a sufrir castigo o ser
objeto de venganza.
Da miedo decir la palabra. «Vagina.» Al principio tienes la sensación de estar atravesando
violentamente una barrera invisible. «Vagina.» Te sientes culpable e incómoda, como si
alguien fuese a derribarte de un golpe. Entonces, después de haber dicho la palabra cien o mil
veces, se te ocurre que es tu palabra, tu cuerpo, tu lugar más esencial. De repente te das
cuenta de que toda la vergüenza y la incomodidad que has sentido hasta entonces al decir la
palabra ha sido una forma de silenciar tu deseo, de minar tu ambición.
Entonces empiezas a decir la palabra más y más. La dices casi con pasión, con apremio, por-
que intuyes que si dejas de decirla, el miedo volverá a apoderarse de ti y caerás de nuevo en
un susurro incómodo. De manera que la dices dondequiera que puedes, la sacas en todas las
conversaciones.
Estás ilusionada con tu vagina; quieres estudiarla y explorada y presentarte a ella, y descubrir
cómo escucharla y darle placer y mantenerla sana, sabia y fuerte. Aprendes a satisfacerte a ti
misma y enseñas a tu amante a satisfacerte.
Eres consciente de tu vagina todo el día, dondequiera que estés... en tu coche, en el supermer-
cado, en el gimnasio, en la oficina. Eres consciente de esta parte preciosa, bellísima, portadora
de vida que tienes entre las piernas, y eso te hace sonreír; te enorgullece.
Y cuantas más mujeres dicen la palabra, cada vez resulta menos trascendente decirla; pasa a
formar parte de nuestro lenguaje, de nuestra vida. Integramos en ella a nuestras vaginas, que
pasan a ser algo venerable y sagrado. Se convierten en parte de nuestros cuerpos, conectadas
con nuestras mentes, alimentan nuestros espíritus. Y la vergüenza desaparece y las
violaciones cesan porque las vaginas son visibles y reales, y están conectadas con mujeres
poderosas, sabias, que hablan de sus vaginas.
Nos espera un largo viaje.
8Éste es el principio. Es un espacio para pensar en nuestras vaginas, para empezar a conocer
las vaginas de otras mujeres, para escuchar sus historias y entrevistas, para responder
interrogantes y hacer preguntas. Un lugar para desprendernos de los mitos, la vergüenza y
los miedos. Para ejercitarnos en el uso de la palabra porque, como es sabido, la palabra nos
mueve y nos libera. «VAGINA.»
9MONÓLOGOS DE LA VAGINA
Seguro que estáis preocupadas. Yo estaba preocupada. Por eso empecé a escribir esta obra.
Estaba preocupada 'por las vaginas. Me preocupaba lo que pensamos sobre las vaginas, y me
preocupaba aún más que no pensáramos en ellas. Estaba preocupada por mi propia vagina.
Necesitaba el contexto de otras vaginas... una comunidad, una cultura de vaginas. Están
rodeadas de tanta oscuridad y secretismo... como el Triángulo de las Bermudas. Nadie nos
manda jamás noticias sobre lo que ocurre allí.
En primer lugar, ni siquiera es tan fácil encontrar tu vagina. Las mujeres se pasan semanas,
meses y a veces años sin mirarla. Entrevisté a una ejecutiva dinámica que me dijo que estaba
demasiado atareada; no tenía tiempo para eso. Mirarte la vagina, me dijo, supone una jornada
completa de trabajo. Tienes que tumbarte de espaldas delante de un espejo vertical,
preferiblemente de cuerpo entero. Tienes que colocarte en la posición perfecta, con la luz
perfecta, que entonces queda ensombrecida por el espejo y por el ángulo en el que estás.
Acabas hecha un nudo. Tienes que incorporar la cabeza, haciéndote polvo la espalda. Para
entonces ya estás agotada. Ella no tenía tiempo para eso, me dijo. Tenía demasiado trabajo.
Así que decidí hablar con las mujeres sobre sus vaginas, hacer entrevistas sobre vaginas, que
se convirtieron en monólogos sobre vaginas. Hablé con más de doscientas mujeres. Hablé con
mujeres mayores, jóvenes, casadas, solteras, lesbianas, profesoras universitarias, actrices,
ejecutivas, profesionales del sexo, afroamericanas, hispanas, asiáticoamericanas,
norteamericanas nativas, caucásicas y judías. Al principio, las mujeres se mostraban reacias a
hablar. Se sentían un poco cohibidas. Pero una vez que se animaban, ya no había manera de
pararlas. En el fondo, a las mujeres les encanta hablar de sus vaginas. Se las ve
ilusionadísimas, sobre todo porque hasta entonces nadie les ha preguntado.
Pero antes que nada, empecemos por la palabra «vagina». En el mejor de los casos, suena a
una infección, puede que a un utensilio médico: “Rápido, enfermera, tráigame la vagina.»
«Vagina.» «Vagina.» Por muchas veces que la digas, nunca suena como una palabra que
quieras decir. Es una palabra totalmente ridícula, absolutamente antierótica. Si la dices
durante el acto sexual, queriendo ser políticamente correcta -«Cariño, ¿podrías acariciarme la
vagina?»-, acabas con el acto en ese mismo instante.
Estoy preocupada por las vaginas, por cómo las llamamos y por cómo no las llamamos.
En Great Neck, la llaman «conejito». Una mujer de allí me contó que su madre solía decirle:
«No te pongas bragas debajo del pijama, cielo. Tienes que dejar que se te airee el conejito.» En
Westchester le dicen «pooki», en Nueva Jersey, «twat». También está «polvera», «derriere»,
«chucha», «popó», «pepe», «pepitilla», «chumino», «colega», «chochete», «higo», «amapola»,
«chichi», «dignidad», «hucha», «chirri», «almeja», «chochín, «Gladys Siegelmam, «cosa»,
«pipi», «felpudo», «cueva», «mongo», «pijama», «tintero», «bollo», «morbosilla», «posible»,
«tamal», «tortita», «Connie». «Mimi» en Miami, «empanadilla rajada» en Filadelfia, y
10«schmende» en el Bronx. Estoy preocupada por las vaginas.
labonacha
Algunos de los monólogos son transcripciones casi literales de las entrevistas) otros son una
combinación de varias entrevistas y en otros simplemente partí de una entrevista y me dejé llevar por la
inspiración. He dejado este monólogo prácticamente tal como lo escuché. El tema, sin embargo, surgió
en todas las entrevistas, y a menudo estaba a flor de piel. Este tema es ...
11EL VELLO
No puedes amar una vagina si no amas el vello. Mucha gente no ama el vello. Mi primer y
único marido odiaba el vello. Decía que era una sucia maraña. Me hizo afeitar la vagina. Se
veía hinchada y desprotegida, como la de una niña pequeña. Eso excitaba a mi marido.
Cuando me hacía el amor, mi vagina tenía el tacto que supongo debe de tener una barba.
Daba gusto frotarla y también dolía. Como rascarse una picadura de mosquito. Ardía. Se
llenó de bultitos rojos que escocían a rabiar. Me negué a afeitármela otra vez. Entonces mi
marido tuvo un lío con otra. Fuimos a una terapia matrimonial y él dijo que se acostaba con
otras porque yo no quería complacerlo en la cama. Me negaba a afeitarme la vagina. La tera-
peuta tenía un fuerte acento alemán y suspiraba entre frase y frase para mostrar su empatía.
Me preguntó que por qué no quería complacer a mi marido.Yo le dije que me sentía rara. Casi
no sentía nada sin mi vello ahí abajo, y no podía evitar hablar como un bebé y, además, se me
irritaba la piel y ni siquiera la loción de calamina me aliviaba el picor. Ella me dijo que el
matrimonio era compromiso. Yo le pregunté si afeitarme la vagina haría que él dejara de
follar con otras. Le pregunté si había tenido muchos casos como el nuestro. Me dijo que las
preguntas diluían el proceso, que yo tenía que dar el salto, que estaba segura de que era un
buen comienzo.
Esta vez, cuando volvimos a casa, le dejé que me afeitara la vagina. Era como una especie de
premio por la terapia. Empezó a recortar el vello y una gota de sangre manchó la bañera. Él ni
siquiera se dio cuenta, estaba demasiado enfrascado afeitándome. Luego, mientras mi marido
se apretaba contra mí, podía sentir su pinchosa puntiagudez clavándose dentro de mí,
refregándose contra mi vagina desnuda e hinchada. No tenía ninguna protección, no había
nada mullido y suave.
Entonces comprendí que tenemos vello ahí por una razón... es como la hoja alrededor de la
flor, como el césped que rodea la casa. Tienes que amar el vello para poder amar la vagina.
No puedes escoger las partes que quieres. Y además, mi marido nunca dejó de follar con
otras.
Les hice las mismas preguntas a todas las mujeres que entrevisté y después escogí las respuestas que
más me gustaron. Aunque debo deciros que nunca he escuchado una respuesta que no me encantara.
Les pregunté a las mujeres:
Si tu vagina se vistiera, ¿qué prenda se pondría?
Una chaqueta de cuero.
12Medias de seda.
Un visón.
Un boa de plumas rosas de marabú.
Un esmoquin de hombre.
Tejanos.
Algo que se me ciñera como un guante.
Esmeraldas.
Un traje de noche.
Lentejuelas.
Sólo Armani.
Un tutú.
Ropa interior negra transparente.
Un traje de baile de tafetán.
Algo lavable a máquina.
Un antifaz.
Un pijama de terciopelo morado.
Angora.
Un lazo rojo.
Armiño y perlas.
Un sombrero grande lleno de flores.
Un sombrero de piel de leopardo.
Un quimono de seda.
Una boina.
Pantalones de chándal.
Un tatuaje.
Un dispositivo de descarga eléctrica para mantener alejados a los extraños.
13Tacones altos.
Encaje y unas botas de combate.
Plumas moradas y ramitas y conchas.
Algodón.
Un pichi.
Un biquini.
Un impermeable.
Si tu vagina pudiera hablar, ¿qué diría, en dos palabras?
Más despacio.
¿Eres tú?
Dame de comer.
Yo quiero.
Ñam ñam.
Oh, siií.
Empieza otra vez.
No, más para allá.
Lámeme.
Quédate en casa.
Qué valiente!
Piénsalo bien.
Más, porfa.
Anda, abrázame.
Vamos a jugar.
14No pares.
Más, más.
¿Me recuerdas?
Pasa, pasa.
Todavía no.
Madre mía.
Sí sí.
Dame marcha.
Entra bajo tu propia responsabilidad.
Oh, Dios mío.
Gracias a Dios.
Estoy aquí.
Manos a la obra.
En marcha.
Encuéntrame.
Gracias.
Bonjour.
Demasiado fuerte.
No te rindas.
¿Y Brian?
Mejor así.
Sí, ahí. Ahí.
Entrevisté a un grupo de mujeres cuyas edades oscilaban entre los sesenta y cinco y los setenta y cinco
años. Estas entrevistas fueron las más conmovedoras de todas, posiblemente porque a muchas de las
mujeres nunca les habían hecho una entrevista sobre vaginas hasta entonces. Por desgracia, la mayor
parte de las mujeres de este grupo de edad tenía muy poca relación consciente con su vagina. Me sentí
muy afortunada por haberme criado en la época feminista. Una mujer que tenía setenta y dos años ni
15siquiera se había visto nunca la vagina. Sólo se había tocado para lavarse mientras se duchaba, pero
nunca con una intención consciente. Jamás había tenido un orgasmo. A los setenta y dos años de edad
empezó una terapia y, alentada por su terapeuta, una tarde volvió a su casa, encendió unas velas, se
preparó un baño, puso música suave y descubrió su vagina. Dijo que le llevó más de una hora, porque a
su edad ya estaba artrítica, pero cuando finalmente se encontró el clítoris, rompió a llorar. El siguiente
monólogo está dedicado a ella.
16LA INUNDACIÓN (MUJER JUDÍA, ACENTO DE QUEENS)
¿Ahí abajo? No he estado ahí abajo desde 1953. Qué va, no tuvo nada que ver con
Eisenhower. No, no, lo de ahí abajo es un sótano. Es muy húmedo, mohoso y frío. No quieres
bajar ahí. Créeme. Te entrarían ganas de vomitar. Es asfixiante. Absolutamente nauseabundo.
Con ese tufo a humedad y a moho y a todo lo demás. ¡Uf! No hay quien aguante la peste que
echa. Se te pega a la ropa.
No, no hubo ningún accidente ahí abajo. No es que explotara ni se incendiara ni nada por el
estilo. No fue tan dramático como eso. Quiero decir que... bueno, da igual. No. Da igual. No
puedo hablar contigo de esto. ¿Qué hace una chica lista como tú yendo por ahí para hablar
con señoras mayores de eso de ahí abajo? No hacíamos ese tipo de cosas cuando yo era joven.
¿Cómo dices? ¡Y dale! Está bien, como quieras.
Había un chico, Andy Leftkov. Era muy mono... bueno, a mí me lo parecía. Era alto, como yo,
y estaba colada por él. Me invitó a salir, a dar una vuelta en su coche...
No puedo contarte esto. No puedo hacerlo, no puedo hablar de ahí abajo. Simplemente sabes
que está ahí y punto. Como el sótano. A veces se oyen ruidos que resuenan ahí abajo. Oyes las
cañerías, y las cosas quedan atascadas ahí, animalitos pequeños y trastos, y se moja todo, y a
veces tiene que venir alguien a tapar las goteras. Aparte de eso, la puerta siempre está
cerrada. Te olvidas de que existe. Me refiero a que es parte de la casa, pero no la ves ni
piensas en ella. Eso sí, tiene que estar ahí porque toda casa necesita un sótano. Si no, el
dormitorio estaría en el sótano.
Ah, sí, Andy, Andy Leftkov. De acuerdo. Andy era muy guapo. Era una perita en dulce. Así
era como le decíamos en mis tiempos. Estábamos los dos en su coche, un flamante Chevrolet
BelAir blanco. Recuerdo que pensé que mis piernas eran demasiado largas para el asiento.
Tengo las piernas largas. Me topaban contra el salpicadero. Yo estaba mirando mis grandes
rodillas cuando él, de repente, me besó en plan «chico toma a chica», como hacen en las
pelis.Yo me excité mucho, me excité muchísimo y, bueno, hubo una inundación ahí abajo. No
podía controlarla. Era como la fuerza de la pasión, como un río de vida que salía de mí a
raudales, empapándome las braguitas y mojando el asiento del reluciente Chevrolet BelAir
blanco de Andy. No era pipí y olía bastante... bueno, francamente, en realidad a mí no me
17pareció que oliera a nada, pero él dijo... Andy dijo que olía a leche agria y que le estaba
manchando el asiento de su coche. Me dijo que era «un bicho raro apestoso». Quise explicarle
que su beso me había cogido desprevenida, que yo normalmente no era así. Intenté limpiar la
inundación con mi vestido. Era un vestido nuevo de color amarillo pálido, y se me quedó
hecho un asco, todo manchado de la inundación. Andy me llevó a casa y no me dirigió la
palabra ni una sola vez en todo el camino y cuando me bajé y cerré la puerta de su coche,
cerré la tienda entera. La cerré a cal y canto. Nunca volví a abrirla. Salí con algunos chicos
después de aquello, pero la idea de tener otra inundación me ponía demasiado nerviosa. Ni
siquiera volví a acercarme nunca más a nadie.
Solía tener sueños, sueños disparatados. Oh, son bobadas. ¿Por qué? Burt Reynolds. No sé
por qué. Nunca me hizo mucha gracia en la vida real, pero en mis sueños... siempre estaba
Burt.
Siempre era el mismo sueño, más o menos. Estábamos juntos. Burt y yo. En uno de esos res-
taurantes como los que ves en Atlantic City, un local enorme, con luces de araña y adornos y
miles de camareros con chalecos. Burt me regalaba una orquídea. Yo me la prendía en la
chaqueta. Nos reíamos. Comíamos cóctel de gambas. Nos reíamos más. Éramos muy felices
juntos. Después Burt me miraba a los ojos y me atraía hacia él en medio del restaurante y
entonces, cuando estaba a punto de besarme, la habitación empezaba a temblar, unas
palomas salían volando de debajo de la mesa -no sé qué hacían esas palomas allí- y
comenzaba la inundación ahí abajo. Manaba de mí a chorros. Brotaba y brotaba como un
torrente imparable y había pececillos en él y también barquitas. El restaurante entero iba
llenándose de agua, y Burt estaba ahí de pie, cubierto hasta las rodillas en mi inundación,
mirándome con expresión terriblemente decepcionada por haber vuelto a hacerlo,
horrorizado mientras veía a sus amigos -Dean Martin y pandilla- pasar nadando junto a
nosotros vestidos con sus esmóquines y trajes de fiesta.
Ya no tengo esos sueños. No desde que me sacaron prácticamente todo lo relacionado con ahí
abajo. Me vaciaron, me quitaron el útero, las tuberías, toda la instalación. El médico creyó que
estaba siendo gracioso. Me dijo: si no lo usa, lo pierde. Pero resultó ser un cáncer. Hubo que
quitar todo lo que estaba a su alrededor. De todas maneras, ¿quién lo necesita? ¿Verdad? Está
sobrevalorado. He hecho otras cosas. Me encantan las exposiciones caninas. Vendo
antigüedades.
¿Que qué prenda se pondría si se vistiera? ¿Qué clase de pregunta es ésa? ¿Qué se pondría?
Se pondría un cartel enorme: «Cerrado por inundación. »
18¿Que qué diría? Ya te lo he explicado, la mía no es así. No es como una persona que habla.
Hace mucho tiempo que dejó de ser algo que hablara. Es un sitio. Un sitio al que no vas. Está
cerrado, debajo de la casa. Está ahí abajo. ¿Contenta? Me has hecho hablar... has conseguido
que te lo cuente. Has conseguido que una señora mayor hable de su «ahí abajo». ¿Ya estás
satisfecha?
[Se da media vuelta para marcharse. Se gira.] ¿Sabes?, en realidad eres la primera persona a la
que le he hablado de esto, y la verdad es que me siento un poco mejor.
19VERDADES SOBRE LA VAGINA
En un proceso por brujería celebrado en 1593, el inquisidor (un hombre casado) por lo visto
descubrió un clítoris por primera vez. Lo identificó como una tetilla de diablo, prueba
concluyente de la culpabilidad de la bruja encausada. Se trataba de «un pequeño bulto de
carne, con forma protuberante como si fuese una tetilla, con una longitud de media pulgada»
que el carcelero, «al percatarse de él a primera vista, no quiso revelar, pues se hallaba junto a
un lugar tan secreto que no era decente mostrar. Finalmente, sin embargo, reacio a ocultar un
asunto tan extraño», se lo mostró a diversos circunstantes. Dichos circunstantes jamás habían
visto nada igual. La bruja fue declarada culpable.
The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets
Entrevisté a muchas mujeres sobre el tema de la menstruación. Empezó a ocurrir algo así como un
fenómeno coral) una especie de canto colectivo salvaje. Las mujeres se hacían eco unas a otras. Dejé que
las voces fluyeran entre sí hasta formar un río de sangre. Me perdí en la sangre.
20YO TENÍA DOCE AÑOS. MI MADRE ME ABOFETEÓ
Segundo curso, siete años de edad, mi hermano estaba hablando de la regla. No me gustaba
la manera en que se reía.
Fui a mi madre. «¿Qué es una regla?», le pregunté. «Una cosa que sirve para medir y para
dibujar líneas rectas, me contestó.»
Mi padre me regaló una postal que ponía: «Para mi nena pequeña, que ya no es tan pequeña.»
Estaba aterrada. Mi madre me enseñó las abultadas compresas higiénicas. Me dijo que debía
tirar las usadas en el cubo que había debajo del fregadero de la cocina.
Recuerdo que fui una de las últimas. Tenía trece años.
Todas queríamos que nos viniera.
Tenía muchísimo miedo. Empecé a guardar las compresas usadas en bolsas de papel marrón
en los rincones oscuros del trastero, en la buhardilla.
Octavo curso. Mi madre dijo: «Ah, qué bien.»
En la escuela de secundaria... gotitas marrones antes de que me viniera. Coincidió con que me
salieron unos cuantos pelillos en las axilas, que crecían desiguales: en un sobaco tenía pelo, en
el otro no.
Tenía dieciséis años, me asusté un poco.
Mi madre me dio codeína. Teníamos literas. Bajé y me tumbé. Mi madre se sentía muy incó-
moda.
Una noche llegué tarde a casa y me metí en la cama sin encender ninguna luz. Mi madre
había encontrado las compresas usadas y las había puesto entre las sábanas de mi cama.
21Tenía doce años, iba en bragas, todavía no me había vestido. Miré el suelo de la escalera. Ahí
estaba.
Séptimo curso; mi madre notó algo en mi ropa interior. Entonces me dio unos pañales de
plástico.
Mi madre estuvo muy cariñosa conmigo. «Vamos a buscarte una compresa.»
Cuando le vino a mi amiga Marcia, lo celebraron. Hicieron una cena especialmente para ella.
Tenía trece años. Fue antes de que hubiera compresas de celulosa. Había que tener cuidado
con el vestido.Yo era negra y pobre. Una mancha de sangre en la parte trasera del vestido
estando en la iglesia. No se notaba, pero me sentía culpable.
Tenía diez años y medio. Ninguna preparación. Porquería marronuzca en las bragas.
Ella me enseñó a ponerme un tampón. Sólo me entró hasta la mitad.
Asociaba mi regla con fenómenos inexplicables.
Mi madre me dijo que tenía que usar un paño. Mi madre dijo que nada de tampones. No
podías meterte nada en tu azucarero.
Me puse un montón de algodón. Se lo dije a mi madre. Me dio muñequitas recortables de
Elizabeth Taylor.
Tenía quince años. Mi madre me dijo: «Mazel tov» [Enhorabuena.] Me dio una bofetada.Yo
no sabía si aquello era bueno o malo.
Mi regla, como la masa de un pastel antes de que crezca. Las indias se pasaban cinco días sen-
tadas sobre el musgo. Ojalá yo fuese una nativa norteamericana.
Tenía quince años y llevaba tiempo esperando que me viniera. Era alta y seguía creciendo.
Cuando veía a chicas blancas en el gimnasio con tampones, pensaba que eran chicas malas.
22Vi gotitas rojas en las baldosas rosadas. «Genial», pensé.
Mi madre se alegró por mí.
Usaba tampones OB y me gustaba meterme los dedos ahí dentro.
Tenía once años, llevaba bragas blancas. Empezó a salirme sangre.
Tenía doce años. Me alegré. Mi amiga tenía un tablero de ouija, pregunté a los espíritus que
cuándo nos vendría la regla, miré hacia abajo y vi sangre.
Bajé la mirada y ahí estaba.
Soy una mujer.
Aterrada.
Pensaba que nunca me vendría.
Cambió por completo mi percepción de mí misma. Me volví muy silenciosa y madura. Una
buena vietnamita... una trabajadora callada, virtuosa, que nunca habla.
Tenía nueve años y medio. Convencida de que estaba muriéndome desangrada, enrollé las
bragas y las tiré en un rincón. No quería preocupar a mis padres.
Mi madre me preparó agua caliente con vino, y me quedé dormida.
Estaba en mi dormitorio en el apartamento de mi madre. Tenía una colección de tebeos. Mi
madre me dijo: «No debes levantar la caja de tebeos.»
Mis amigas me dijeron que tenías hemorragias todos los meses.
Mi madre entraba y salía cada dos por tres del psiquiátrico. No podía aceptar que me hubiera
hecho mujer.
«Apreciada señorita Carling: le ruego que dispense a mi hija de jugar en el partido de balon-
23cesto. Acaba de hacerse mujer”.
En el campamento de verano me dijeron que no me bañara teniendo la regla. Me limpiaron
con una manopla y antiséptico.
Tenía miedo de que la gente lo oliera. Miedo de que me dijeran que olía a pescado.
Vomitaba, no podía comer.
Me entró hambre.
A veces es muy rojo.
Me gustan las gotas que caen en el váter. Es como pintura.
A veces es marrón y me inquieta.
Yo tenía doce años. Mi madre me abofeteó y me trajo una camisa roja de algodón. Mi padre
salió a comprar una botella de sangría.
En el transcurso de mis entrevistas conocí a nueve mujeres que tuvieron su primer orgasmo estando
exactamente en el mismo sitio. Eran mujeres cuyas edades rondaban entre los treinta y tantos y los
cuarenta y pocos años. Todas ellas habían participado, en épocas diferentes, en uno de los grupos
dirigidos por Betty Dodson, una mujer valiente y extraordinaria. Betty lleva veinticinco años
ayudando a las mujeres a localizar, amar y masturbar sus vaginas. Ha dirigido grupos y ha trabajado
individualmente con mujeres. Ha ayudado a miles de mujeres a reivindicar el centro de su ser. El
siguiente fragmento es para ella.
24EL TALLER SOBRE LA VAGINA [LEVE ACENTO INGLÉS]
Mi vagina es una concha, una tierna concha rosada redonda, que se abre y se cierra, se abre y se cierra.
Mi vagina es una flor, un tulipán excéntrico, con el centro hondo y profundo, aroma delicado y pétalos
suaves pero resistentes.
Eso no lo había sabido siempre. Lo aprendí en el taller sobre la vagina. Lo aprendí de una
mujer que dirige el taller sobre la vagina, una mujer que cree en las vaginas, que realmente ve
las vaginas, que ayuda a las mujeres a ver sus propias vaginas viendo las vaginas de otras
mujeres.
En la primera sesión, la mujer que dirigía el taller sobre la vagina nos pidió que hiciéramos un
dibujo de nuestra «singular, bellísima y fabulosa vagina.» Así es como la llamó. Quería saber
qué visión teníamos de nuestra singular, bellísima y fabulosa vagina cada una de nosotras.
Una mujer que estaba embarazada dibujó una gran boca roja que chillaba y echaba monedas.
Otra mujer, muy delgada, pintó una bandeja grande con una especie de dibujo de
Devonshire.Yo dibujé un punto negro enorme con rayitas serpenteantes a su alrededor. El
punto negro equivalía a un agujero negro en el espacio, y las rayas serpenteantes
representaban a personas o cosas o simplemente átomos básicos que se perdían allí. Siempre
había pensado en mi vagina como un vacío anatómico que absorbía al azar partículas y
objetos del entorno.
Siempre había percibido mi vagina como una entidad independiente, girando como un astro
en su propia galaxia, que ardía hasta finalmente consumirse en su propia energía gaseosa o
hasta explotar y desintegrarse en miles de vaginas más pequeñas, que a su vez empezaban a
girar todas ellas en sus respectivas galaxias.
No pensaba en mi vagina en términos prácticos o biológicos. No la veía, por ejemplo, como
una parte de mi cuerpo, como algo entre mis piernas, ligado a mí.
En el taller se nos pidió que nos miráramos la vagina con un espejo de mano. Después, tras
un examen minucioso, teníamos que explicar a las demás mujeres del grupo lo que habíamos
visto. Debo deciros que hasta ese momento, todo lo que sabía sobre mi vagina se basaba en
habladurías o en invenciones. Jamás había visto realmente la cosa de verdad. Nunca se me
había ocurrido mirarla. Mi vagina existía para mí en un plano más bien abstracto. Me parecía
muy reduccionista y embarazoso mirarla, tumbarse en el suelo como hacíamos en el taller,
sobre nuestras relucientes colchonetas azules, con nuestros espejos de mano. Me recordaba a
cómo debieron de sentirse los primeros astrónomos con sus rudimentarios telescopios
primitivos.
Al principio la encontré bastante inquietante, a mi vagina. Como la primera vez que ves un
pescado abierto por la mitad y descubres ese otro complejo mundo sangriento de dentro,
justo debajo de la piel. Se veía tan en carne viva, tan roja, tan fresca. Y lo que más me
sorprendió fueron todas las capas. Capas dentro de capas, que se abrían en más capas. Mi
25vagina, como un acontecimiento místico que despliega un aspecto tras otro de sí mismo, lo
cual en realidad es un acontecimiento en sí mismo, pero sólo lo sabes después del
acontecimiento.
Mi vagina me dejó asombrada. Fui incapaz de hablar cuando me llegó el turno en el taller. No
tenía palabras. Estaba hechizada, había descubierto lo que la mujer que dirigía el taller
llamaba «la maravilla vaginal». Sólo quería seguir ahí tumbada en mi colchoneta, con las
piernas extendidas, examinándome la vagina eternamente.
Era mejor que el Gran Cañón del Colorado, ancestral y llena de armonía. Tenía la inocencia y
la frescura de un auténtico jardín inglés. Era graciosa, graciosísima. Me hacía reír. Podía
esconderse y aparecer de nuevo como si jugara al escondite, podía abrirse y cerrarse. Era una
boca. Era la mañana. Y en ese momento se me ocurrió que era yo, que mi vagina era lo que yo
era. No era una entidad. Estaba dentro de mí.
Entonces la mujer que dirigía el taller preguntó que cuántas de las que estábamos allí ha-
bíamos tenido orgasmos. Dos mujeres levantaron tímidamente la mano. Yo no la levanté,
pero sí que había tenido orgasmos. No levanté la mano porque mis orgasmos eran
accidentales. Simplemente me venían, me ocurrían. Me ocurrían mientras soñaba, y luego me
despertaba en la gloria. Me ocurrían mucho en el agua, sobre todo en la bañera. Una vez en
Cape Cod. Me ocurrían montando a caballo, yendo en bicicleta, en la cinta andadora del
gimnasio. No levanté la mano porque aunque había tenido orgasmos, no sabía cómo tener
uno. Nunca había intentado tener uno. Pensaba que era una cosa mística, mágica. No quería
interferir. Sentía que no estaba bien hacer algo para tener uno... que era artificioso, forzado.
Como actuar en una película de Hollywood. Orgasmos obtenidos por fórmula magistral. La
sorpresa desaparecería y también el misterio. El problema, claro está, era que hacía dos años
que la sorpresa no había vuelto a aparecer. Llevaba mucho tiempo sin tener un orgasmo
accidental mágico, y estaba desesperada. Por eso había acudido a ese taller.
Y entonces llegó el momento que tanto había temido y anhelado secretamente. La mujer que
dirigía el taller nos pidió que volviéramos a coger nuestros espejos de mano y que
intentáramos localizar nuestro clítoris. Ahí estábamos, todo un grupo de mujeres tumbadas
boca arriba, en nuestras colchonetas, buscando nuestros puntos, nuestro núcleo, nuestra
razón, y de pronto, no sé por qué, me eché a llorar. Quizá fue por pura vergüenza. Quizá fue
por saber que tenía que renunciar a la fantasía, a la enorme y devastadora fantasía de que
alguien o algo lo haría por mí... la fantasía de que alguien vendría a guiar mi vida, a escoger
la dirección, a darme orgasmos. Estaba acostumbrada a vivir al margen de las pautas
establecidas, de una manera mágica, supersticiosa. Eso de buscar el clítoris, esa majadería de
taller con nosotras tendidas sobre relucientes colchonetas azules, estaba convirtiendo todo el
asunto en algo real, demasiado real. Sentí que me invadía el pánico. El terror y a la vez la
constatación de que había evitado encontrar mi clítoris, de que lo había racionalizado como
algo convencional y consumista porque, en realidad, me aterraba la idea de no tener clítoris,
de ser una de esas mujeres fisiológicamente incapacitadas, una de esas frígidas, muertas,
clausuradas, resecas, con sabor a albaricoque, amargas... ¡Oh, Dios mío! Seguí ahí tendida
26buscando mi punto con el espejo, tocándome con los dedos, y lo único en lo que podía pensar
era en cuando tenía diez años y perdí mi anillo de oro con esmeraldas en un lago, en cómo
buceé una y otra vez buscándolo en el fondo del lago, deslizando las manos entre piedras,
peces, tapones de botella y trastos cenagosos, sin lograr encontrar mi anillo. En el pánico que
sentí. Sabía que me castigarían. No debería haberme bañado con él.
La mujer que dirigía el taller vio mis febriles esfuerzos, mis sudores, mi respiración
entrecortada. Se me acercó. Le dije: «He perdido mi clítoris. Se ha esfumado. No debería
haberme bañado con él.» La mujer que dirigía el taller se rió. Me acarició la frente con calma.
Me dijo que mi clítoris no era algo que pudiera perder. Era yo misma, la esencia de mi ser. Era
el timbre de mi casa a la vez que la casa en sí. No tenía que encontrarlo. Tenía que serlo. Serlo.
Ser mi vagina. Me tendí de nuevo y cerré los ojos. Dejé el espejo en el suelo. Me contemplé
flotar sobre mí misma. Me contemplé mientras empezaba a acercarme lentamente a mí misma
y a readentrarme. Me sentía como una astronauta readentrándose en la atmósfera de la
Tierra. Era un regreso muy silencioso, silencioso y suave. Reboté y aterricé, aterricé y reboté.
Entré en mis propios músculos, en mi sangre, en mis células, y entonces me deslicé sin más
dentro de mi vagina. De repente resultaba fácil y yo cabía. Me sentía cálida y palpitante y
dispuesta y joven y viva. Y entonces, sin mirar, con los ojos aún cerrados, puse el dedo sobre
lo que de repente se había convertido en mí. Al principio sentí un pequeño aleteo vibrante,
que me impulsó a quedarme. Entonces el vibrante aleteo se convirtió en un temblor, en una
erupción, y las capas se dividían y subdividían. El temblor fue creciendo hasta abrirse a un
horizonte ancestral de luz y silencio, que a su vez se abrió a una dimensión de música y
colores, de inocencia y anhelo, y me sentí vinculada, conectada a un vínculo poderoso
mientras me retorcía sobre mi pequeña colchoneta azul.
Mi vagina es una concha, un tulipán y un destino.
Estoy llegando al mismo tiempo que empiezo a marcharme. Mi vagina, mi vagina, yo.
En 1993, caminaba por una calle de Manhattan cuando al pasar ante un quiosco de prensa de repente
me quedé impactada por una fotografía profundamente inquietante publicada en la portada del
Newsday. La imagen mostraba a un grupo de seis mujeres jóvenes que acababa de salir de un campo de
violaciones de Bosnia. Sus rostros reflejaban conmoción y desesperanza, pero lo más inquietante era la
sensación de que algo dulce, algo puro, había sido destruido para siempre en la vida de cada una de
ellas. Leí el reportaje. En las páginas interiores del periódico aparecía otra fotografía de las jóvenes, que
se habían reencontrado hacía poco con sus madres y posaban todas juntas en semicírculo en un
gimnasio. Formaban un grupo muy numeroso y ni una sola de las mujeres, ninguna madre ni ninguna
hija, era capaz de mirar a la cámara.
Supe que tenía que ir allí. Tenía que conocer a esas mujeres. En 1994, gracias al apoyo de un ángel, de
Lauren Lloyd, pasé dos meses en Croacia y en Paquistán, entrevistando a refugiadas bosnias.
27Entrevisté a esas mujeres y estuve con ellas en campamentos, en bares y en centros de refugiados. He
vuelto a Bosnia en dos ocasiones desde entonces.
Cuando regresé a Nueva York después de mi primer viaje, estaba absolutamente indignada. Indignada
porque entre veinte mil y setenta mil mujeres estaban siendo violadas en plena Europa en 1993, como
una táctica sistemática de guerra, y nadie hacía nada por impedirlo. No alcanzaba a comprenderlo. Una
amiga me preguntó que por qué me sorprendía. Me dijo que más de 500 000 mujeres eran violadas cada
año en nuestro propio país, y eso que en teoría no estábamos en guerra.
Este monólogo está basado en la historia de una mujer. Quiero darle las gracias por haberla compartido
conmigo. Su espíritu y su fortaleza me impresionan) como también me impresionan todas y cada una
de las supervivientes de las terribles atrocidades cometidas en la antigua Yugoslavia que conocí. El
siguiente fragmento está dedicado a las mujeres de Bosnia.
28MI VAGINA ERA MI ALDEA
Mi vagina era verde, praderas de un suave rosado acuoso, una vaca mugiendo, sol, siesta,
novio cariñoso rozándome con una suave brizna de paja dorada.
Hay algo entre mis piernas. No sé qué es. No sé dónde está. No lo toco. Ahora no. Ya no. No desde
entonces.
Mi vagina era parlanchina, no podía esperar, no podía esperar tanto, tanto hablar, palabras
que hablaban, no podía dejar de intentarlo, no podía dejar de decir «Oh, sí. Oh, sí».
No desde que sueño que tengo un animal muerto cosido ahí dentro con hilo de pescar negro y grueso. Y
no puedo desprenderme del apestoso olor a animal muerto. Y tiene un tajo en el cuello y sangra tanto
que me empapa todos mis vestidos de verano.
Mi vagina cantando todas las canciones de chicas, todas las canciones en las que suenan cen-
cerros de cabras, todas las canciones de praderas de otoños silvestres, canciones de vaginas,
canciones natales de vaginas.
No desde que los soldados me metieron un rifle largo y grueso ahí dentro. Qué frío está, con el cañón de
acero que me anula el corazón. No sé si van a dispararlo o a clavármelo más adentro hasta atravesar mi
cerebro que da vueltas como un trompo. Seis de ellos, médicos monstruosos con máscaras negras que
también me penetran con botellas. Y con varas y el palo de una escoba.
Mi vagina nadando en el agua del río, agua cristalina fluyendo sobre piedras secadas al sol,
sobre piedras clítoris, sobre clítoris piedras, fluyendo hasta el infinito.
No desde que oí cómo se me desgarraba la carne y hacía ruidos chirriantes de limón, no desde que un
trozo de mi vagina se me cayó en la mano, una parte del labio. Ahora me he quedado sin un lado del
labio.
Mi vagina. Una aldea de agua, mojada y viva.
Mi vagina, mi aldea natal.
No desde que se turnaron durante siete días, apestando a heces y a carne ahumada, dejando su asquero-
so semen dentro de mí. Me convertí en un río de veneno y pus, y todas las cosechas se murieron y
también los peces.
Mi vagina, una aldea de agua, mojada y viva. La invadieron. La masacraron y la quemaron.
Ahora no la toco.
No la visito.
Ahora vivo en otra parte. No sé dónde.
29VERDADES SOBRE LA VAGINA
En el siglo XIX, a las niñas que aprendían a desarrollar su capacidad orgásmica
masturbándose se las consideraba un caso clínico. A menudo se las «trataba» o «corregía»
mediante la amputación o cauterización del clítoris, o con «cinturones de castidad en
miniatura», o cosiendo los labios vaginales para impedir el acceso al clítoris, e incluso se
llegaba a la castración mediante la extirpación quirúrgica de los ovarios. Pero no se encuentra
ninguna referencia en la literatura médica a la extirpación quirúrgica de testículos ni a la
amputación del pene para impedir que los niños se mas turbaran.
En Estados Unidos, la última clitoridectomía de la que se tiene constancia realizada para
curar la masturbación se practicó en 1948... a una niña de cinco años.
The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets
30VERDADES SOBRE LA VAGINA
Entre ochenta millones y cien millones de niñas, y muchachas han sido sometidas a la
mutilación genital. En los países donde se realiza esta práctica, en su mayor parte africanos,
alrededor de dos millones de chicas al año están expuestas a que les corten el clítoris o se lo
extirpen por completo con una navaja -o una cuchilla o un fragmento de vidrio-, [y] a que una
parte o la totalidad de sus labios vaginales (...) sean cosidos entre sí con cordel de tripa o con
espinas.
La operación a menudo se embellece denominándola «circuncisión». La especialista africana
Nahid Toubia lo explica lisa y llanamente: la práctica equivalente en un hombre abarcaría
desde la amputación de la mayor parte del pene hasta «la extirpación de todo el pene, sus
raíces de tejido blando y parte de la piel escrotal».
Entre las secuelas a corto plazo se cuentan el tétanos, septicemia, hemorragias, cortes en la
uretra, en la vejiga, en las paredes vaginales y en el esfinter anal. A largo plazo: infección
uterina crónica, cicatrices extensas que pueden dificultar de por vida el caminar, formación
de fístulas, aumento desmesurado del dolor y peligro durante el parto, y muertes prematuras.
The New York Times 12 de abril de 1996.
Durante los últimos diez años he estado trabajando con mujeres que no tienen casa, mujeres a las que
nos referimos como «gente sin techo» para así poder catalogarla y olvidarnos de ella. He hecho todo tipo
de cosas con estas mujeres, que se han convertido en mis amigas. Dirijo grupos de recuperación para
mujeres que han sido violadas o sufrido incesto, y grupos de mujeres adictas a las drogas y al alcohol.
Voy al cine con estas mujeres, quedo para comer con ellas. Salgo con ellas. A lo largo de los últimos
diez años he entrevistado a centenares de mujeres. En todo este tiempo sólo he conocido a dos que no
fueron sometidas a incesto de niñas o violadas de muchachas. He desarrollado la teoría de que para la
mayoría de estas mujeres, el «hogar» es un sitio que da mucho miedo, un lugar del que han huido, y
que las casas-refugio o casas de acogida donde yo las conozco son el primer lugar en su vida en el que
muchas de ellas encuentran seguridad) protección o consuelo) en compañía de otras mujeres.
El siguiente monólogo es la historia de una de estas mujeres, tal como ella me la contó. La conocí hace
unos cinco años, en una casa-refugio. Me gustaría poder deciros que su historia, brutal y extrema, es
insólita. Pero no lo es. De hecho, no es ni de lejos tan inquietante como muchas de las historias que he
conocido estos últimos años. Las mujeres pobres sufren una terrible violencia sexual que no se llega a
denunciar. Debido a la clase social a la que pertenecen, estas mujeres no tienen acceso a una terapia ni a
otros métodos de curación. Los abusos y malos tratos constantes que sufren acaban minando su
autoestima, abocándolas a las drogas, a la prostitución, al sida y, en muchos casos, a la muerte. Por
31fortuna, esta historia concreta tiene un desenlace distinto. Esta mujer conoció a otra en la casa de
acogida y se enamoraron. Gracias a su amor, ambas salieron del sistema de las casas-refugio y hoy
comparten juntas una vida maravillosa. Escribí este fragmento para ellas, para sus espíritus
asombrosos para todas las mujeres que no vemos, que duelen y que nos necesitan.
32EL PEQUEÑO CHIRRI QUE PODÍA [MUJER SUREÑA DE COLOR] [1]
Recuerdo: diciembre de 1965. Cinco años de edad
Mi mamá me dice con voz atemorizadora, fuerte y amenazante que deje de rascarme el chirri.
De pronto me aterra pensar que me lo he arrancado de tanto rascarme. No vuelvo a tocarme,
ni siquiera estando en la bañera. Tengo miedo de que me entre agua ahí abajo y de que se
llene hasta hacerme reventar. Me pongo tiritas sobre mi chirri para tapar el agujero, pero se
despegan en el agua. Imagino que tengo un tapón ahí dentro, un tapón de bañera que impide
que me entren cosas. Duermo con tres braguitas de algodón con estampados de corazones
sonrientes debajo del pijama. Sigo queriendo tocarme, pero no lo hago.
Recuerdo: siete años de edad
Edgar Montane, que tiene diez años, se enfada conmigo y me da un puñetazo con todas sus
fuerzas en la entrepierna. Me siento como si me hubiera roto entera. Vuelvo cojeando a casa.
No puedo hacer pis. Mi mamá me pregunta que qué le pasa a mi chirri, y cuando le cuento lo
que Edgar me ha hecho, me dice a gritos que nunca vuelva a dejar que nadie me toque ahí
abajo. Intento explicarle: no me lo ha tocado, mamá, le ha dado un puñetazo.
Recuerdo: nueve años de edad
Juego en la cama dando brincos y volteretas, y al caer me clavo uno de los pilares de la cama
en todo mi chirri. Suelto alaridos agudos que salen directamente de la boca de mi chirri. Me
llevan al hospital y me cosen ahí abajo, donde se ha desgarrado.
Recuerdo: diez años de edad
Estoy en la casa de mi padre, él está celebrando una fiesta en el piso de arriba. Todo el mundo
bebe. Estoy jugando sola en el sótano, probándome mi conjunto nuevo de sujetador y
braguitas blancas de algodón que me ha regalado la novia de mi padre. De repente, el mejor
amigo de mi padre, un hombre grande llamado Alfred, se me acerca por detrás, me baja de
33un tirón mis bragas nuevas y clava su pene grande y duro en mi chirri. Grito. Pataleo.
Forcejeo intentando quitármelo de encima, pero él ya lo ha metido. Entonces llega mi padre.
Tiene una pistola. De pronto se oye un ruido fortísimo horrible y entonces Alfred y yo
estamos cubiertos de sangre, de mucha sangre. Estoy convencida de que mi chirri finalmente
se me está cayendo. Alfred queda paralítico de por vida y mi mamá no me deja ver a mi
padre en siete años.
Recuerdo: doce años de edad
Mi chirri es un sitio muy malo, un sitio de dolor, desagradable, de puñetazos, de invasión y
de sangre. Es un solar para percances. Es una zona de mala suerte. Me imagino una autopista
sin peaje entre mis piernas y, chica, estoy viajando, yéndome bien lejos de aquí.
Recuerdo: trece años de edad
Hay una mujer preciosa de veinticuatro años en nuestro barrio y yo siempre me la quedo
mirando fijamente. Un día me invita a subir a su coche. Me pregunta si me gusta besar a los
chicos, y yo le respondo que no me gusta. Entonces ella me dice que quiere enseñarme algo,
se inclina hacia mí y me besa muy suavemente en los labios con sus labios y después desliza
su lengua en mi boca. ¡Guauuu! Me pregunta si quiero ir a su casa, y entonces vuelve a
besarme y me dice que me relaje, que lo sienta, que deje que nuestras lenguas lo sientan. Le
pregunta a mi mamá si puedo pasar la noche en su casa, y mi madre está encantada de que
una mujer tan guapa y con tanto éxito se interese por mí. Estoy asustada, pero al mismo
tiempo no puedo esperar. Su apartamento es fantástico. Lo tiene muy bien montado. Estamos
en los años setenta: cortinas de sartas de abalorios, almohadones mullidos, luces suaves de
ambiente.
En ese mismo instante decido que de mayor quiero ser secretaria, como ella. Se prepara un
vodka y entonces me pregunta que qué quiero tomar. Le digo que lo mismo que está
tomando ella, y me dice que a mi mamá no le gustaría que bebiera vodka. Yo le respondo que
seguramente tampoco le gustaría que me besara con chicas, y entonces la señora preciosa me
prepara una copa. Después se cambia y se pone un picardías de raso de color chocolate. Es
guapísima. Siempre pensé que las tortilleras eran feas. «Te queda genial. Estás estupenda», le
digo, y ella me contesta: «Tú también.» «Pero yo sólo llevo este sujetador y estas bragas
blancas de algodón», le digo. Entonces, lentamente, ella me pone otro picardías de raso. Es de
color lavanda, como los primeros días de primavera. El alcohol se me ha subido a la cabeza,
me noto suelta y dispuesta. Colgado sobre la cabecera de la cama tiene un cuadro de una
mujer negra desnuda con una enorme melena a lo afro. Suave y lentamente, me tumba en la
34cama, y sólo de refregar nuestros cuerpos me corro. Entonces ella nos hace de todo a mí y a
mi chirri, cosas que hasta entonces siempre me habían parecido sucias, y... ¡madre mía! Estoy
tan caliente tan descontrolada... Ella me dice: «Tu vagina, que ningún hombre ha tocado,
huele tan bien, tan limpia... Ojalá pudiera conservarla siempre así.» Estoy que ardo y de
repente suena el teléfono y, claro, es mi madre. Estoy segura de que lo sabe; siempre me pilla
en todo. Tengo la respiración agitada y procuro aparentar normalidad cuando me pongo al
teléfono y ella me pregunta: «¿Qué te pasa? ¿Has estado corriendo?» «No, mamá, haciendo
ejercicio.» Entonces ella le dice a la guapa secretaria que se asegure de que no esté con chicos,
y la señora le dice: «Créame, no hay chicos por aquí.» Después, la señora preciosa me enseña
todo sobre mi chirri. Me hace jugar conmigo misma delante de ella y me enseña las distintas
maneras de darme placer a mí misma. Es muy concienzuda. Me dice que siempre debo saber
darme placer a mí misma para así no tener que depender nunca de un hombre. Por la maña-
na, estoy preocupada por si me he convertido en una bollera marimacho porque me he
enamorado perdidamente de ella. Ella se ríe, pero nunca vuelvo a verla. Ahora la gente dice
que aquello fue una especie de violación. Yo sólo tenía trece años y ella, veinticuatro. Bueno,
les digo, pues si fue una violación, fue una buena violación, una violación que convirtió mi
pobre chirri en un paraíso celestial.
¿A qué huele una vagina?
A tierra.
A basura mojada.
A Dios.
A agua.
A una mañana resplandeciente.
A profundidad.
A jengibre dulce.
A sudor.
Depende.
A almizcle.
A mí.
35No huele a nada, según me han dicho.
A piña.
A esencia de cáliz.
A Paloma Picasso.
A carne con olor a tierra y a almizcle.
A canela y clavo.
A rosas.
A bosque de jazmín, almizcle y especias, un bosque muy profundo.
A musgo húmedo.
A caramelos buenísimos.
Al Pacífico del Sur.
A una mezcla entre pescado y lilas.
A melocotones.
A bosque.
A fruta madura.
A té de fresa y kiwi.
A pescado.
Al cielo.
A vinagre y agua.
A licor dulce y suave.
A queso.
A mar.
A sexy.
A una esponja.
Al principio.
36Llevo más de tres años viajando por todo Estados Unidos (y ahora, por el mundo) con esta obra.
Amenazo con crear un mapa de amistades vaginales de todas las ciudades amistoso-vaginales que he
visitado. Ahora son muchas. Ha habido muchas sorpresas: la ciudad de Oklahoma me sorprendió.
Estaban locas por las vaginas en Oklahoma. Pittsburgh me sorprendió. Les encantan las vaginas en
Pittsburgh. Ya he estado allí tres veces. Adondequiera que vaya, las mujeres vienen a verme después de
la función para contarme sus historias, para hacer sugerencias, para explicarme sus reacciones. Ésta es
mi parte favorita de ir de gira con la obra. Llego a escuchar historias realmente asombrosas. Me las
cuentan de una manera sencilla, con toda naturalidad. Siempre me hacen recordar lo extraordinarias
que son las vidas de las mujeres, y cuán profundas. Y también me hacen pensar en lo aisladas que están
las mujeres y en lo oprimidas que llegan a estar muchas veces en su aislamiento. En las poquísimas
personas a las que les han hablado alguna vez de su sufrimiento y confusión. En la enorme vergüenza
que rodea a todo el tema. En lo crucial que es para las mujeres el contar sus historias, el compartirlas
con otras personas. En que nuestra supervivencia como mujeres depende de este diálogo.
Fue después de interpretar la obra una noche en Nueva York cuando escuché la historia de una joven
vietnamita que, con cinco años de edad -casi recién llegada a Estados Unidos, sin saber hablar inglés-,
se cayó sobre una boca de riego mientras jugaba con su mejor amiga y se rasgó la vagina. Incapaz de
explicar lo que le había ocurrido, se limitó a esconder sus bragas ensangrentadas debajo de la cama. Su
madre las encontró y supuso que la habían violado. Como la niña no conocía la palabra «boca de riego»
en inglés, no pudo explicarles a sus padres lo que realmente había sucedido. Sus padres acusaron al
mejor amigo de su hermano de haberla violado. A ella se la llevaron a toda prisa al hospital, donde un
grupo de hombres con batas se reunió alrededor de su cama mientras observaba fíjamente su vagina
abierta y expuesta. Después, durante el trayecto de regreso a casa, ella se dio cuenta de que su padre
había dejado de mirarla. A sus ojos, se había convertido en una mujer usada, acabada. Jamás volvió a
mirarla de verdad.
O la historia de la despampanante chica de Oklahoma, que vino a verme con su madrastra después de la
representación para contarme que había nacido sin vagina y no se había dado cuenta hasta que tuvo
catorce años. Estaba jugando con una amiga. Compararon sus genitales y entonces se dio cuenta de que
los suyos eran diferentes, de que algo iba mal. Acudió al ginecólogo acompañada de su padre, con quien
tenía más confianza, y el médico descubrió al examinarla que de hecho no tenía vagina ni útero.
Destrozado, su padre procuraba contener las lágrimas y ocultar su tristeza para que ella no se sintiera
mal. Mientras regresaban a casa, en un noble intento por consolarla, él le dijo: «No te preocupes,
tesoro. Todo va a ir bien. La verdad es que todo va a ir genial, ya lo verás. Vámos a conseguirte el mejor
chochito casero de toda América. Y cuando conozcas a tu marido, sabrá que encargamos que lo hicieran
especialmente para él.» Y realmente le consiguieron un nuevo chochito, y ella se quedó relajada y feliz,
y cuando vino a verme con su padre dos noches después para presentármelo, el amor que había entre
ellos me derritió.
También hubo una noche en Pittsburgh en que una mujer llena de pasión se me acercó a toda prisa para
decirme que tenía que hablar conmigo lo antes posible. Su vehemencia me convenció, y la llamé en
cuanto volví a Nueva York. Me dijo que era masajista terapéutica Y que tenía que hablarme sobre la
textura de la vagina. La textura era fundamental. Yo no había captado la textura, me dijo. Y me habló
durante una hora con tanto detalle, con una claridad tan sensual, que cuando acabó, tuve que
37tenderme. Durante aquella conversación también me habló sobre la palabra «coño». Había dicho algo
negativo sobre ella en la obra) y la mujer sostenía que yo no entendía en absoluto la palabra. Ella tenía
que ayudarme a reconcebirla. Me habló durante media hora más sobre la palabra «coño», y cuando
acabó, yo era una conversa. Escribí esto para ella.
REIVINDICAR EL COÑO [2]
Yo lo llamo coño. Lo he reivindicado: «Coño.» Realmente me _gusta. «Coño.» Escuchadlo.
«Coño.» Ce, ce. Ce de caverna, de crepitar, de clítoris, de cavidad, de caricia, de cuca, de
calidez, de caliente, de cachonda, de castaña, de cadencia, de caída, de cáliz, de cántaro, de
carantoña, de carcajada, de calidoscopio, de crisol, de cambiante, de carmesí, de carnoso, de
casa, de curiosidad, de curvo ... Luego, co. Co de concha, de coral, de cofre de tesoro oculto,
de collar de perlas nacaradas, de contacto, de cosquillas, de corola, de colibrí que bebe néctar,
de colina, de cometa, de color, de constelación, de ~ cosmos, de conocer, de colmar, de
contoneo, de correrse ... Luego viene la eñe, la eñe solitaria que busca compañía, que
encuentra su lugar, que anida entre sus compañeras ... Coñ ... letras sinuosas que se ciñen
entre sí, que se acoplan a la perfección, que acogen encantadas a la última letra, la o final, la
que faltaba para formar esta preciosa palabra... Coño. Venga, decídmelo, decidme: «Coño.»
Decidlo, decídmelo: «Coño.» «Coño.»
Le pregunté a una niña de seis años:
-Si tu vagina se vistiera, ¿qué prenda se pondría?
-Zapatillas de baloncesto rojas y una gorra de los Mets con la visera hacia atrás.
-Si pudiera hablar, ¿qué diría?
-Diría palabras que empiezan por "V" y por "T". Como tortuga y violín, por ejemplo.
-¿A qué te recuerda tu vagina?
-A un melocotón oscuro y bonito. O a un diamante que encuentro en un tesoro y que es mío.
38-¿Qué tiene de especial tu vagina?
-En alguna parte de ahí dentro sé que tiene un cerebro muy listo muy listo.
-,A qué huele tu vagina?
-A copos de nieve.
39LA MUJER A LA QUE LE ENCANTABA HACER FELICES A LAS VAGINAS
Me encantan las vaginas. Me encantan las mujeres. No las veo como cosas separadas. Las
mujeres me pagan para que las domine, para que las excite, para que las haga correrse. Yo no
empecé haciendo esto: No, qué va: empecé siendo abogada. Pero cuando tenía treinta y tantos
años me obsesioné con hacer felices a las mujeres. Había tantas mujeres insatisfechas,
tantísimas mujeres que no tenían acceso alguno a su felicidad sexual... Empezó como una
especie de misión, pero entonces me impliqué en ella. Se me daba muy bien, acabé siendo
muy buena haciéndolo, yo diría que brillante. Era mi arte. Empezaron a pagarme por hacerlo.
Era como si hubiera encontrado mi verdadera vocación. Entonces el derecho fiscal me pareció
completamente aburrido e insignificante.
Vestía conjuntos extravagantes cuando dominaba a las mujeres -prendas de encaje, de seda y
de cuero- y usaba parafernalia: látigos, esposas, sogas, consoladores. No había nada parecido
a eso en el derecho fiscal. No había parafernalia, no había excitación, y detestaba esos trajes
azules de ejecutiva, aunque ahora me los pongo de vez en cuando en mi nueva actividad
laboral y me prestan un servicio estupendo. El contexto es el todo. No había parafernalia, no
había conjuntos en el derecho fiscal. No había humedad. No había preliminares eróticos
misteriosos y oscuros. No había pezones erectos. No había bocas deliciosas, pero sobre todo,
no había gemidos. Al menos no del tipo al que yo me refiero. Ésa era la clave, ahora lo
comprendo; los gemidos fueron lo que realmente me sedujeron y me hicieron adicta a hacer
felices a las mujeres. De niña, cuando veía a las mujeres hacer el amor en las películas dejando
escapar extraños gemidos orgásmicos, me daba por reír. Me ponía extrañamente histérica. No
podía creer que sonidos potentes, escandalosos e indómitos como ésos salieran de las
mujeres.
Anhelaba gemir. Practicaba delante del espejo, con una grabadora, gimiendo en diversos
tonos, con diversas entonaciones, a veces con inflexiones muy operísticas, a veces con una
inflexión más reservada, casi contenida. Pero cuando rebobinaba y escuchaba la cinta,
siempre sonaba a fingido. Era fingido. En realidad no estaba enraizado en nada sexual, sólo
en mi deseo de ser sexual.
Pero una vez, cuando tenía diez años, iba en coche y tenía muchísimas ganas de hacer pis. El
viaje duró casi una hora más y cuando por fin pude hacer pis en una gasolinera sucia y
pequeña, fue tan excitante que gemí. Gemí mientras hacía pis. No me lo podía creer: yo,
gimiendo en una estación de servicio de Texaco perdida en algún lugar en medio de
Louisiana. Fue precisamente entonces cuando comprendí que los gemidos están relacionados
con no conseguir en seguida lo que quieres, con retardar las cosas, con dilatarlas. Me di
cuenta de que los gemidos eran mejores cuando te cogían por sorpresa; salían de esa
40misteriosa parte oculta de ti que hablaba su propio lenguaje. Comprendí que los gemidos
eran, de hecho, ese lenguaje.
Me convertí en una gemidora. Eso ponía ansiosos a la mayoría de los hombres. Francamente,
les aterraba. Yo gemía con fuerza y ellos no podían concentrarse en lo que estaban haciendo.
Se distraían, perdían la atención... y entonces lo perdían todo. No podíamos hacer el amor en
las casas de la gente. Las paredes eran demasiado delgadas. Acabé teniendo mala fama en mi
edificio, y la gente me miraba con desprecio en el ascensor. Los hombres pensaban que era
demasiado vehemente; otros me decían que estaba chiflada.
Empecé a sentirme mal por gemir. Me volví callada y modosa. Hundía la cara en la almohada
para no hacer ruido. Aprendí a tragarme mis gemidos, a contenerlos como un estornudo.
Empecé a tener dolores de cabeza y a sufrir trastornos provocados por el estrés. Casi había
perdido las esperanzas cuando descubrí a las mujeres. Descubrí que a la mayoría de las
mujeres les encantaban mis gemidos... pero lo que era aún más importante, descubrí lo
mucho que me excitaba cuando otras mujeres gemían, cuando yo podía hacer gemir a otras
mujeres.
Se convirtió en una especie de pasión para mí. Descubrir la clave, encontrar la llave que abría
la boca de la vagina, que daba rienda suelta a su voz, a esa canción salvaje.
Hice el amor con mujeres silenciosas y encontré ese lugar dentro de ellas, y se escandalizaron
a sí mismas con sus gemidos. Hice el amor con gemidoras y hallaron un gemido más pro-
fundo, más penetrante. Me obsesioné. Anhelaba hacer gemir a las mujeres, estar al mando,
como la directora de una orquesta, quizá, o de una banda de música.
Era como una especie de cirugía, algo así como una ciencia delicada... encontrar el tempo, la
localización exacta o el hogar del gemido. Así lo llamaba yo.
A veces lo encontraba por encima de los tejanos de una mujer. A veces me acercaba a él con
sigilo, como quien no quiere la cosa, desactivando calladamente las alarmas de alrededor y
adentrándome. A veces usaba la fuerza, pero no una fuerza violenta, opresora, sino más bien
dominante, la fuerza del tipo «voy a llevarte a algún sitio; no te preocupes, tiéndete y disfruta
del viaje, nena». A veces era simplemente prosaico. Encontraba el gemido antes de que la cosa
hubiera empezado siquiera, mientras comíamos tranquilamente una ensalada o pollo, con los
dedos... «Aquí está, mira por donde», de lo más fácil, ahí mismo, en la cocina, todo mezclado
con el vinagre balsámico. Otras veces usaba parafernalia -me encantaba la parafernalia-, a
veces hacía que la mujer encontrara su propio gemido delante de mí. Yo esperaba, me
41mantenía firme hasta que ella realmente se abría. No me dejaba engañar por los gemidos
menores, más obvios. No, no, yo la obligaba a ir más allá, hasta conectar con toda su fuerza
de gemir.
Está el gemido de clítoris (un sonido suave, bucal), el gemido vaginal (un sonido profundo,
gutural), el gemido combinado clito-vaginal. También está el pre-gemido (una insinuación de
gemido),
el
casi
gemido
(un
envolvente
sonido
circular),
el
gemido
has-dado-justo-en-el-blanco (un sonido más profundo, definitivo), el gemido elegante (un
sonido risueño, sofisticado), el gemido Grace Slick (un sonido rockero), el gemido WASP, ya
sabes, el de la mujer blanca, anglosajona y protestante (sin sonido alguno), el gemido
semirreligioso (un sonido de salmodia musulmana), el gemido cima de montaña (un sonido
tipo canto tirolés), el gemido de bebé (un sonido gugu gugu gugu guuuuuu), el gemido
perruno (un sonido jadeante), el gemido de cumpleaños (un sonido de fiesta desmadrada), el
gemido de militante bisexual desinhibida (un sonido profundo, agresivo y golpeteante), el
gemido ametralladora, el gemido Zen torturado (un sonido retorcido, hambriento), el gemido
de diva (una nota aguda, operística), el gemido del orgasmo calambre-en-el-dedo-del-pie y,
finalmente, el gemido triple orgasmo sorpresa.
Después de escribir este fragmento se lo leí a la mujer en cuya entrevista me había basado. Me dijo que
no pensaba que realmente tuviera nada que ver con ella. El fragmento le encantó, no creáis que no, pero
no se veía reflejada en él. Tenía la sensación de que, de algún modo, yo había rehuido hablar sobre las
vaginas, de que seguía concibiéndolas como objetos. Incluso los gemidos eran una manera de considerar
la vagina como un objeto, de separarla del resto del cuerpo, del resto de la mujer. Había una gran
diferencia en la manera en que las lesbianas veían las vaginas. Yo seguía sin haberlo captado.
Así que la entrevisté otra vez.
«Como lesbiana -me dijo-, necesito que partas de un lugar centrado en lo lésbico) no
enmarcado dentro de un contexto heterosexual. Yo no deseaba a las mujeres) por ejemplo)
porque me desagradaran los hombres. Los hombres ni siquiera formaban parte de la" ecua-
ción.» Me dijo: «Tienes que hablar sobre el entrar en las vaginas. No puedes hablar sobre sexo
lésbico sin hablar sobre eso.»
«Por ejemplo -dijo-, estoy practicando el sexo con una mujer. Ella está dentro de mí. Yo estoy
dentro de mí, follándome al mismo tiempo que ella. Tengo cuatro dedos dentro de mí; dos
42son suyos) dos son míos »
Yo no sabía si en realidad quería hablar de sexo. Pero, claro, ¿cómo puedo hablar sobre vagi-
nas sin hablar de ellas en acción? Me preocupa el factor excitación, me preocupa que el texto
sirva a otros fines espurios. ¿Hablo de vaginas para que la gente se excite? ¿Eso es malo?
«Como lesbianas -me dijo-, conocemos bien las vaginas. Las tocamos. Las lamemos. Jugamos
con ellas. Las incitamos. Notamos cuándo el clítoris se hincha. Notamos nuestro propio
clítoris.»
Me doy cuenta de que me siento turbada escuchándola. Hay una combinación de razones:
excitación, miedo, su amor por las vaginas y su comodidad con ellas, y mi distanciamiento,
mi pavor a decir todo esto delante de vosotras, del público.
«Me gusta jugar con el borde de la vagina -me dijo-, con los dedos, con los nudillos, con los
dedos de los pies, con la lengua. Me gusta adentrarme despacio, entrar lentamente, y después
hundir tres dedos dentro.»
«Hay otras cavidades, otras aberturas; está la boca.
Mientras tengo una mano libre, hay dedos en su boca, dedos en su vagina, unos y otros en
movimiento, todo en movimiento al mismo tiempo, su boca chupándome los dedos, su
vagina chupándome los dedos. Las dos chupando, las dos húmedas, mojadas.»
Me doy cuenta de que no sé qué es apropiado. Ni siquiera sé qué significa esta palabra.
¿Quién lo decide? Aprendo mucho de lo que me está contando. Sobre ella, sobre mí.
«Entonces llego a mi propia humedad. Ella puede entrar en mí. Puedo sentir mi propia
humedad, dejar que deslice sus dedos dentro de mí, dentro de mi boca, de mi vagina, una
misma cosa. Le saco la mano de mi coño. Restriego mi humedad contra su rodilla para que
ella la note. Deslizo mi humedad por su pierna, lentamente, hacia abajo, hasta que entierro mi
cara entre sus muslos. »
¿Hablar sobre vaginas echa a perder el misterio, o eso no es más que otro mito que mantiene a
las vaginas sumidas en la oscuridad, que las mantiene ignorantes e insatisfechas?
«Mi lengua está sobre su clítoris. Mi lengua ocupa el lugar de mis dedos. Mi boca entra en su
vagina.» Decir estas palabras te hace sentir traviesa, peligrosa, demasiado directa, demasiado
específica, transgresora, intensa, al mando, viva.
«Mi lengua está sobre su clítoris. Mi lengua ocupa el lugar de mis dedos. Mi boca entra en su
vagina.»
Amar a las mujeres, amar nuestras vaginas, conocerlas y tocarlas y familiarizarnos con quie-
nes somos y con lo que necesitamos. Satisfacernos a nosotras mismas, enseñar a nuestras o
nuestros amantes a satisfacernos, estar presentes en nuestras propias vaginas, hablar de ellas
en voz alta, hablar de su hambre, de su dolor, de su soledad y de su humor, hacerlas visibles
43para que no puedan ser saqueadas en la oscuridad sin mayores consecuencias, para que
nuestro centro, nuestro núcleo, nuestro motor nuestro sueño, deje de estar escindido
mutilado adormecido, roto, para que deje de ser invisible o de estar avergonzado.
«Tienes que hablar sobre entrar en las vaginas», me dijo.
« Venga -digo-, entra.»
Llevaba más de dos años interpretando esta obra cuando de repente caí en la cuenta de que no había
ningún trozo sobre el parto. Era una omisión de lo más curiosa. Aunque cuando se lo comenté a un
periodista hace poco, me preguntó: «,"Qué tiene que ver?»
Hace casi veintiún años adopté a un chico, Dylan, que tenía prácticamente mi edad. El año pasado, él y
su mujer, Shiva, tuvieron una hija. Me pidieron que asistiera al parto. No creo que, a lo largo de toda
mi investigación, realmente comprendiera las vaginas hasta ese momento. Si me maravillaban antes del
nacimiento de mi nieta, Colette, ahora siento por ellas una profunda veneración.
44YO ESTABA ALLÍ, EN LA HABITACIÓN
Para Shiva
Yo estaba allí cuando su vagina se abrió.
Todos estábamos allí: su madre, su marido y yo, y la enfermera de Ucrania con la mano
entera ahí dentro en su vagina, palpando y girando con su guante de goma mientras nos
hablaba tranquilamente ... como si estuviera abriendo un grifo que va muy duro.
Yo estaba allí, en la habitación, cuando las contracciones la hicieron ponerse a gatas, cuando
los gemidos extraños y desconocidos le rezumaban por los poros, y seguí estando allí horas
después, cuando de repente dejó escapar un grito salvaje, agitando los brazos en el aire
electrizante.
Yo estaba allí cuando su vagina cambió de un tímido agujero sexual a un túnel arqueológico,
una vasija sagrada, un canal veneciano, un pozo profundo con una criatura diminuta
atrapada dentro, esperando ser rescatada.
Vi los colores de su vagina. Cambiaban. Vi el azul roto amoratado, el rojo ardiente tomate, el
rosa grisáceo, el tono oscuro; vi la sangre como sudor a lo largo de los bordes, vi el líquido
amarillo, blanco, la mierda, los coágulos saliendo de todos los orificios, saliendo con más y
más fuerza.
Vi, por el agujero, la cabeza del bebé, rayones de pelo negro, lo vi justo detrás del hueso... un
recuerdo redondo y duro, mientras la enfermera de Ucrania seguía girando y girando su
resbaladiza mano.
Yo estaba allí cuando cada una, su madre y yo, la cogimos de una pierna y las extendimos
bien, empujando con todas nuestras fuerzas contra ella que empujaba mientras su marido
contaba en tono severo: «Uno, dos, tres», diciéndole que se concentrara más. Entonces
miramos dentro de ella. No podíamos apartar los ojos de ese lugar.
Nos olvidamos de la vagina, todas nosotras nos olvidamos.
¿Qué, si no, explicaría nuestra falta de asombro, nuestra falta de embeleso?
Yo estaba allí cuando el médico introdujo las espátulas de Alicia en el país de las maravillas, y
estaba allí mientras su vagina se convertía en una amplia boca operística que cantaba con
todas sus fuerzas; primero asomó la cabecita, después el aleteante brazo grisáceo, después el
veloz cuerpo de movimientos natatorios, nadando rápidamente hasta nuestros brazos
llorosos.
Yo estaba allí después, cuando me volví y miré su vagina.
45Me quedé de pie permitiéndome verla completamente extendida, completamente expuesta,
mutilada, hinchada y desgarrada, sangrando a mares sobre las manos del médico que la cosía
calmadamente.
Me quedé de pie y mientras la miraba fijamente, su vagina se convirtió de repente en un gran
corazón rojo palpitante.
El corazón es capaz de sacrificarse. La vagina también.
El corazón es capaz de perdonar y de sanar. Puede cambiar su forma para dejarnos entrar.
Puede dilatarse para dejarnos salir.
La vagina también.
Puede sufrir por nosotras y ensancharse por nosotras, morir por nosotras y sangrar y traernos
entre sangre a este mundo difícil y maravilloso.
La vagina también.
Yo estaba allí, en la habitación. Lo recuerdo.






46AGRADECIMIENTOS



Hay muchísimas personas increíbles que ayudaron a dar a luz a esta obra y después a
alimentarla en el mundo. Quiero dar las gracias a las y los valientes que nos llevaron a la obra
y a mí a sus ciudades natales, universidades y teatros: Pat Cramer, Sarah Raskin, Gerald
Blaise Labida, Howie Baggadonutz, Carole Isenberg, Catherine Gammon, Lynne Hardin,
Suzanne Paddock, Robin Hirsh, Gali Gold.
Un agradecimiento especial a Steve Tiller y a Clive Flowers por el maravilloso estreno británi-
co de la obra, y a Rada Boric por conseguir que se realizara con estilo en Zagreb, y por ser mi
hermana. Mis mejores deseos a las desprendidas y poderosas mujeres del Centro para
Mujeres Víctimas de la Guerra, de Zagreb.
Quiero dar las gracias a las personas excepcionales del teatro HERE de Nueva York, que
fueron decisivas para la buena marcha de la obra allí: a Randy Rollison y a Barbara
Busackino, por su profunda dedicación y confianza en esta obra; a Wendy Evans Joseph, por
su magnífico decorado y su enorme generosidad; a David Kelly; a Heather Carson, por su
iluminación sexy y atrevida; a Alex Avans y a Kim Kefgen, por su paciencia y perfección y
por bailar la danza del chirri conmigo noche tras noche.
Quiero dar las gracias a Stephen Pevner por su gran apoyo para poner todo esto en marcha, y
a Robert Levithan por su confianza. Gracias a Michele Steckler por estar ahí una y otra vez; a
Don Summa por lograr que la prensa corriera la voz; y a Alisa Solomon,Alexis Greene,
Rebecca Mead, Chris Smith, Wendy Wjfner, Ms., The Village Vóice y Mirabella por hablar de
la obra con tanto cariño y respeto.
Quiero expresar mi agradecimiento a Gloria Steinem por sus hermosas palabras y por estar
ahí antes que yo, y a Betty Dodson por amar a las vaginas y por empezar todo esto.
Quiero dar las gracias a Charlotte Sheedy por respetarme y luchar por mí, y a Marc Klein por
su trabajo cotidiano y por su enorme apoyo y paciencia. También quiero expresar mi gratitud
a Carol Bodie: su fe en mí me ha sostenido en los años difíciles, y su labor de defensa y
divulgación de la obra ha vencido los temores de otras personas y la ha hecho posible.
Quiero agradecer a Willa Shalit la fe que ha tenido en mí y el talento y valentía con que ha
dado a conocer mi obra. Quiero dar las gracias a David Phillips por ser mi ángel siempre
presente, y a Lauren Lloyd por el gran regalo de Bosnia. Gracias a Nancy Rose por guiarme
con mano experta y amable; un agradecimiento especial a Marianne Schnall, a Saliy Fisher, a
Feminist. Com y al Comité V-Day.
Quiero dar las gracias a Gary Sunshine por venir en el momento apropiado.
Quiero dar las gracias a mi extraordinaria editora, Mollie Doyle, por defender este libro en
más de una editorial y, en última instancia, por ser mi gran socia. Quiero dar las gracias a
47Marysue Rucci por tomar el proyecto en sus manos y ayudarme a lograr que se publicara este
libro. Quiero expresar mi gratitud a Villard por no tener miedo.
También quiero dar las gracias por todo lo que me han dado mis amigas y amigos: a Paula
Allen, por dar el salto; a Brenda Currin, por cambiar mi karma; a Diana de Vegh, cuya
generosidad me sanó; a James Lecesne, porque me ve y cree en mí; a Mark Matousek, por
obligarme a profundizar más; a Paula Mazur, por emprender el gran viaje; a Thea Stone, por
permanecer junto a mí; a Sapphire, por forzar mis límites; a Kim Rasen, que me deja respirar
y encontrar la quietud.
Quiero dar las gracias a algunas mujeres excepcionales: Michele McHugh, Debbie Schechter,
Maxi Cohen, Judy Katz, Judy Corcoran, Joan Stein, Kathy Najimy, Teri Schwartz y a las chicas
Betty por su constante amor y apoyo. Quiero dar las gracias a mis mentoras: Joanpe
Woodward, Shirley Knight, Lynn Austin y Tina Turner.
Quiero dar las gracias a mi madre, Chris; a mi hermana, L,aura; y a mi hermano, Curtis, por
franquear el laberíntico camino que distaba entre ellos.
Quiero expresar mi agradecimiento a las mujeres valientes y llenas de coraje del programa de
SWP que se enfrentan una y otra vez a la oscuridad y la atraviesan, especialmente a Maritza,
Tarusa, Stacey, Ilysa, Belinda, Denise, Stephanie, Edwing,Joanne, Beverly y Tawana.
Quiero expresar mi profundo agradecimiento a las centenares de mujeres que me dejaron
entrar en sus espacios íntimos, que me confiaron sus historias y sus secretos. Que sus
historias tracen el camino para un mundo libre y seguro para Hannah, Katie, Molly, Adisa,
Lulu, Allyson, alivia, Sammy, Isabella y otras.
Quiero dar las gracias a mi hijo, Dylan, por enseñarme el amor; a mi nuera, Shiva; y a mi
nieta, Coco, por nacer.
Finalmente, quiero dar las gracias a mi pareja, Ariel Orr Jordan, que concibió esta obra conmi-
go, cuya bondad y ternura fueron un bálsamo, fueron el principio.





Notas:
[1] En la versión colombiana para teatro, este fragmento se titulaba “La pequeña cachú-cachú
que pudo” (N. de la T.)
[2] Este texto ha sido adaptado dada la imposibilidad de lograr una traducción satisfactoria
fiel al idioma original.
FIN
48Eve Ensler es autora teatral y guionista. Su obra Monólogos de la vagina obtuvo un Obie
Award en 1997 y fue nominada para el Drama Desk Award. Tuvo un gran éxito en
Off-Broadway y se ha representado en todo Estados Unidos, así como en Jerusalén, Zagreb,
Londres, Madrid y Barcelona. Ha publicado sus artículos en Common Boundary, Ms. y Utne
Reader. Actualmente está trabajando con Glenn Close en un guión sobre las mujeres presas.
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