La honesta persona de Se-Chuan. Bertolt Brecht.


















Bertolt Brecht

La honesta persona de Se-Chuan





PERSONAJES

Wang, aguador

Los tres dioses

Shen-Te/Shui-Ta

Yang Sun, aviador sin trabajo

Señora Yang, su madre

La viuda Shin

Una familia de ocho personas:

El hombre

La mujer

El sobrino

El hermano

La cuñada

La sobrina

El abuelo

El niño

El carpintero Lin-To

La propietaria Mi-Tzu

El policía

El vendedor de alfombras y su mujer

Prostituta joven

Prostituta vieja

El barbero Shu-Fu

El bonzo

El desocupado

El mozo de café

Los transeúntes del prólogo







La acción transcurre en la ciudad medio europeizada Se-Chuan.


PRÓLOGO



Una calle de Se-Chuan. Es de tarde. Wang, un aguador se presenta al público.



WANG: Soy el aguador de esta ciudad, de Se-Chuan. Mi oficio es agotador. Cuando hay
sequía, debo recorrer kilómetros para conseguir un poco de agua. Y cuando abunda, no
gano un céntimo. Claro que en nuestra provincia, la miseria es cosa de todos los días, y
ya nadie pone en duda que no hay ayuda posible para nosotros, como no venga de los
dioses. A propósito, un tratante de ganado que suele pasar por estas comarcas me ha
asegurado que varios dioses, de los más importantes, se acercan a estas tierras. ¡Pueden
imaginarse ustedes mi alegría! Pensar que en cualquier momento pueden aparecer aquí,
en Se-Chuan. Sin duda las incesantes quejas que se elevan desde la tierra habrán
inquietado al cielo. Hace ya tres días que espero en este sitio, a las puertas de la ciudad,
cuando llega la hora del crepúsculo, para ser el primero en darles la bienvenida.
Después, quién sabe si se me presentará la ocasión. Vendrán los señorones y los
acapararán... ¡Con tal de que acierte a reconocerlos! Tal vez llegue cada uno por
separado, para no llamar la atención. (Pasan tres obreros.) Ésos no pueden ser, vienen
del trabajo. (Los observa atentamente.) No, andan con las espaldas encorvadas, de tanto
cargar con fardos. (Pasa un empleado.) Ese otro... es imposible que sea un dios, con
esos dedos manchados de tinta. A lo sumo, será un empleado de la fábrica de cemento.
¿Y aquellos señores? (Pasan dos señores.) No, tampoco creo que sean dioses. Esa
expresión brutal sólo la tienen los que están acostumbrados a tratar a palos a la gente.
Los dioses no tienen por qué apalear a nadie. (Aparecen los tres dioses.) A ver...
aquellos tres... Sí, podría ser... Están bien alimentados, no parece que hayan trabajado
jamás, y tienen el calzado cubierto de polvo, como si vinieran de muy lejos... ¡Son ellos!
(Se prosterna.) ¡Disponed de mí, divinos visitantes!

PRIMER DIOS (complacido): ¿Así que nos esperaban por aquí?

WANG: (les da de beber): Hace mucho tiempo. Pero yo soy el único que estaba
enterado de vuestra llegada.

PRIMER DIOS: Necesitamos un lugar donde pasar la noche. ¿Puedes conseguirnos una
habitación?

WANG: ¿Una? ¡Cientos! Toda la ciudad se pondrá a vuestro servicio, ¡oh ilustres
señores! ¿Dónde deseáis hospedaros?

Los dioses cambian entre sí miradas elocuentes.

PRIMER DIOS: Anda, hijo mío, ve a la casa más próxima... Será lo mejor.

WANG: Es que temo atraerme el rencor de los grandes de la ciudad si elijo a uno en
detrimento de los demás.

PRIMER DIOS: Precisamente por eso te hemos dicho que vayas a la más próxima.

WANG: Bueno, entonces iré a la del señor Fo, que está aquí enfrente. Aguardad un
minuto. (Corre a una casa y llama; se abre la puerta. A los pocos instantes regresa
cariacontecido.) ¡Qué contrariedad! El señor Fo no está en casa y los criados no se
atreven a tomar ninguna decisión sin una orden suya, porque es un hombre severísimo.
Menudo escándalo va a armar cuando se entere que os han cerrado la puerta, ¡a
vosotros, ni más ni menos!

LOS DIOSES (sonriendo): Sin duda...

WANG: Un minutito más... La casa de al lado pertenece a la viuda Su. Se volverá loca de
alegría cuando sepa... (Corre hasta la casa y vuelve visiblemente turbado.) Será
preferible preguntar en otra parte. Dice que no tiene más que una piecita, y que ni
siquiera está arreglada. Voy ahora mismo a casa del señor Cheng.

SEGUNDO DIOS: ¿Una piecita? Es todo lo que necesitamos. Anda, dile que aceptamos.

WANG: ¿Aunque esté desarreglada? Allí ha de haber muchísimas arañas.

SEGUNDO DIOS: No importa. Donde hay muchas arañas hay pocas moscas.

TERCER DIOS (conciliador): Vé a Casa del señor Cheng, hijo mío, o a casa de quien
quieras. En realidad, las arañas me producen un poco de asco...

Wang llama a otra puerta y lo hacen pasar al interior.

Voz (adentro): ¡Déjame en paz con tus dioses! ¡Ya tenemos bastantes dolores de cabeza
sin ellos!

WANG (de vuelta): El señor Cheng está realmente trastornado. Se le ha llenado la casa
de parientes y no se atreve a presentarse ante vosotros, ilustres dioses. ¿Queréis que os
hable con franqueza? Los que están con él no son buena gente. Por eso no quiere que lo
veáis en semejante compañía. Teme vuestro juicio.

PRIMER DIOS: ¿Tan temibles somos?

WANG: Solamente para los malos, por supuesto. Hace ya varios siglos, por ejemplo, que
las inundaciones están causando estragos en la provincia de Kuan.

PRIMER DIOS: ¿Ah, sí? ¿Y por qué?

WANG: Pues porque allí nadie les teme a los dioses.

SEGUNDO DIOS: ¡Qué tontería! ¡Si no hubiesen dejado que se hundiera el dique!

PRIMER DIOS: ¡Chst! (A Wang.) Bien... ¿Te queda alguna esperanza, hijo mío?

WANG: ¿Cómo podéis preguntarme semejante cosa? Unos pasos más y en seguida os
encuentro alojamiento. El problema vendrá después, cuando no sepáis cuál elegir. Si
todos están ansiosos de recibiros. ¡Hasta ahora tuvimos mala suerte, nada más! ¡Voy
corriendo!

Se marcha titubeando y por fin se queda perplejo en mitad de la calle.

SEGUNDO DIOS: ¿Qué os dije?

TERCER DIOS: Después de todo, tal vez sea mala suerte.

SEGUNDO DIOS: ¿Mala suerte en Chun, mala suerte en Kuan, mala suerte en Se-Chuan?
No, ya no queda gente que les tema a los dioses; esta es la pura verdad y no os atrevéis a
afrontarla. Admitid que nuestra misión ha fracasado.

PRIMER DIOS: Siempre existe la posibilidad de que encontremos un alma buena. Puede
aparecer cuando menos se la espera. No tenemos derecho a obrar con ligereza.

TERCER DIOS: Nuestro convenio establecía: "El mundo puede seguir tal como está
mientras exista un número suficiente de almas buenas, capaces de llevar una vida digna
del hombre." El aguador debe ser una de ellas, si las apariencias no me engañan.

Se dirige hacia Wang, que continúa indeciso.

SEGUNDO DIOS: Pues... las apariencias engañan. Cuando el aguador nos dio de beber en
el jarrito con que mide el agua, observé algo... Aquí está el jarrito.

Se lo muestra a los otros dioses.

PRIMER DIOS: ¡Tiene doble fondo!

SEGUNDO DIOS: ¡Es un tramposo!

PRIMER DIOS: Bueno, queda eliminado. Pero, ¿qué impone un hombre corrompido
cuando puede haber otros que llenen las condiciones establecidas? Es necesario que
encontremos uno. Hace dos mil años que nos vienen machacando que el mundo no
puede continuar así, que no existe nadie capaz de ser bueno en la tierra. Hoy, se nos
pide que demos nombres de gente que tengan fe en los mandamientos y que sepan
cumplirlos.


TERCER DIOS (a Wang): ¿Resulta tan difícil encontrar alojamiento?

WANG: Para vosotros no. Os aseguro que estáis equivocados. Si aún no encontré nada,
la culpa es mía. Probablemente no sé buscar.

TERCER DIOS: Eso sí que no.

Regresa junto a los dioses.

WANG: (para sí): ¡Ya empiezan a sospechar! (Se dirige a un señor que pasa.)
Perdóneme el que lo moleste, estimado señor, pero tres de los dioses más influyentes,
cuya visita se esperaba en Se-Chuan desde hace años, finalmente han llegado y
necesitan albergue. ¡No se vaya! ¡Convénzase antes! Una ojeada le bastará. Por el amor
de los dioses, no deje escapar esta ocasión única... Invítelos en seguida a cobijarse bajo
su techo; más vale que le queden agradecido a usted que a otro. (El señor continúa su
camino. Wang acude a otro.) Señor mío, ya está usted enterado. ¿Verdad que les dará
hospitalidad? No se necesitan salones principescos. La intención es lo que vale.

EL HOMBRE: ¿Y cómo puedo saber de qué calaña son tus dioses? Uno no puede meter en
su casa a cualquiera.

Entra en su puesto de cigarrillos. Wang corre hasta donde se hallan los dioses.

WANG: He encontrado a un señor que seguramente va a aceptar.

Ve su jarrito en el suelo, mira turbado a los dioses y echa a correr hacia el grupo de
casas.

PRIMER DIOS: El panorama no es muy alentador que digamos.

WANG (al hombre que sale de la cigarrería): Entonces, ¿qué ha decidido respecto de la
habitación?

EL HOMBRE: ¿Cómo sabes que no vivo en la posada?

PRIMER DIOS: Nada, no encuentra nada. También a Se-Chuan tendremos que ajustarle
las cuentas.

WANG: Le juro que son los tres dioses más poderosos de todo el cielo. Hasta tienen sus
estatuas en el templo. Si se apresura a invitarlos, seguramente aceptarán.

EL HOMBRE: ¡Buenos estafadores han de ser, y tú queriendo encajármelos a mí!

Se marcha.

WANG: ¡Estúpido, cegato! ¿Es que no temes a los dioses? ¡Ya verás cuando te estés
tostando en pez hirviendo! Es lo menos que merecen todos ustedes por su indiferencia.
¡Pero se arrepentirán! ¡Lo van a pagar caro hasta la cuarta generación! ¡Han cubierto de
ignominia a toda la ciudad! (Pausa.) Mi última probabilidad es Shen-Te, la prostituta.
Ella no puede negarse. (Llama.) ¡Shen-Te! (Aparece Shen-Te en la ventana.) ¡Han
llegado! Pero no consigo encontrarles alojamiento. ¿No podrías recibirlos tú por una
noche?

SHEN-TE: Me temo que no, Wang. Espero a un cliente. Pero ¿cómo es posible que no
encuentres sitio para ellos?

WANG: Te lo explicaré en otro momento. Lo único que puedo decirte es que todo Se-
Chuan no es más que un estercolero.

SHEN-TE: A menos que me esconda cuando él llegue. Así, tal vez se marche. Iba a salir
conmigo.

WANG: ¿No podríamos entrar mientras tanto?

SHEN-TE: Sí, pero no alcen la voz. ¿Se puede hablar claro con ellos?

WANG: ¡No, que no se enteren a qué te dedicas! Mejor esperaremos abajo. Oye, pero no
vayas a salir con tu cliente, ¿eh?

SHEN-TE: Estoy en las últimas, y si mañana por la mañana no pago el alquiler me ponen
de patitas en la calle.


WANG: Déjate de hacer cuentas en un momento como éste.

SHEN-TE: Sí, sí, es muy fácil decirlo. "Vientre hambriento no admite engaños, aunque el
emperador festeje su cumpleaños." En fin, que vengan.

Apaga la luz.

PRIMER DIOS: Me parece que no hay nada que hacer.

Los dioses se acercan a Wang.

WANG (sobresaltado al verlos detrás de él): He hallado alojamiento.

LOS DIOSES: ¡Por fin! Vamos, entonces.

WANG: No corre prisa. Hay tiempo de sobra. Primero habrá que acomodar la habitación.

TERCER DIOS: De acuerdo, nos sentamos aquí y esperamos.

WANG: Me parece que por aquí pasa demasiada gente. ¿No sería mejor que nos
ubicáramos un poco más lejos?

SEGUNDO DIOS: Nos gusta observar a la gente que pasa. En realidad, para eso hemos
venido.

WANG: Claro, pero aquí hay corriente de aire.

TERCER DIOS: Y este lugar, ¿te parece bien?

Se sientan en la escalinata de una casa más alejada. Wang se sienta en el suelo, a
respetuosa distancia.

WANG (decidiéndose a hablar): Os alojaréis en casa de una muchacha que vive sola. Es
la mejor alma de Se-Chuan.

TERCER DIOS: ¡Ah, magnífico!

WANG (al público): Hace un rato, cuando recogí el jarrito, me observaron de un modo
extraño. ¿Habrán notado algo? No me atrevo a mirarlos a la cara.

TERCER DIOS: Pareces cansado.

WANG: Un poco. De tanto ir y venir.

PRIMER DIOS: ¿Es dura aquí la vida?

WANG: Para los buenos, sí.

PRIMER DIOS (serio): ¿Para ti también?

WANG: Comprendo lo que queréis decir. Yo no soy bueno. Pero tampoco para mí es
fácil la vida.

Entretanto, ha aparecido un hombre frente a la casa de Shen-Te. Silba varias veces.
Wang da un respingo a cada silbido.

TERCER DIOS (en voz baja, a Wang): Creo que ya se ha marchado.

WANG (turbado): Sí.

Se levanta y va corriendo hasta la casa de Shen-Te. Deja el carrito abandonado.
Entretanto, el hombre que venía en busca de Shen-Te se ha marchado. La muchacha
aparece en el umbral. Llama a media voz: "¡Wang"!. Luego baja a la calle y lo
busca. Cuando Wang llama en voz baja: "¡Shen-Te!", no obtiene respuesta.

WANG: ¡Me dejó plantado! Se habrá ido a ganar el dinero que necesita para pagar el
alquiler, y yo me quedo otra vez sin alojamiento. ¡Oh!, no puedo volver otra vez con el
mismo estribillo: "No encontré nada". ¿Ofrecerles la alcantarilla donde me tiendo por la
noche? ¡Ni hablar siquiera! Además, ¿cómo van a aceptar algo de un vulgar tramposo
como yo? Ni por todo el oro del mundo me atrevería a presentarme de nuevo ante ellos.
Para colmo, dejé allí mis trastos. ¿Qué hacer? No tengo valor para ir a recogerlos.
¡Huiré de esta ciudad y me esconderé donde no puedan encontrarme, yo, que tanto los
venero!


Sale corriendo. Apenas ha desaparecido, aparece Shen-Te, que busca a Wang en
dirección contraria a aquella por dónde éste se ha marchado, y de pronto se
encuentra con los dioses.

SHEN-TE: ¿Sois vosotros, ilustrísimos dioses? Me llamo Shen-Te. ¡Me haríais tan feliz
si quisierais aceptar mí humilde morada!

TERCER DIOS: Pero ¿dónde se ha metido el aguador?

SHEN-TE: Tal vez nos hayamos cruzado en el camino sin vernos.

PRIMER DIOS: O habrá creído que no estabas en casa y no se atreve a presentarse ante
nosotros.

TERCER DIOS (toma el carrito del aguador): Llevaremos esto a tu casa. Lo necesitará.

Precedidos de Shen-Te, entran en casa de ésta. Durante un breve lapso, el escenario
queda a oscuras. Luego se ilumina poco a poco, con una claridad indecisa. Es el
alba. Los dioses salen de la casa. Shen-Te los guía con un farol en la mano. Se
despiden.

PRIMER DIOS: Querida Shen-Te, estamos muy agradecidos por tu hospitalidad. No
olvidaremos jamás que fuiste tú quien nos dio albergue en esta ciudad. Devuélvele sus
enseres al aguador y dile que también le agradecemos su mediación. Gracias a él,
conocimos a un alma buena.

SHEN-TE: Yo no soy buena. Debo confesaros una cosa. Cuando Wang vino a pedirme
que os diera alojamiento, dudé unos instantes.

PRIMER DIOS: ¿Qué importa una duda, cuando se consigue vencerla? Tú nos has dado
mucho más que un simple albergue para pasar la noche. Nos has devuelto la confianza
en la bondad humana, de la que muchos dioses empezaban a desesperar. Este fue,
precisamente, el principal motivo de nuestro viaje: encontrar un alma buena. Ahora que
la hemos hallado, proseguimos gozosos nuestro camino. Hasta pronto.

SHEN-TE: Un momento, venerables dioses... es que no estoy segura de ser buena.
Quisiera serlo de veras; pero entonces, ¿cómo arreglármelas para pagar el alquiler? No
quiero ocultaros nada: vendo mi cuerpo para vivir y, aun así, apenas consigo ir tirando.
¡Somos tantas las que nos vemos obligadas a hacer lo mismo! Estoy llena de buenas
intenciones, pero ¿quién no lo está? Me sentiría dichosa si pudiera cumplir los
mandamientos, honrar a mi padre y a mi madre y no apartarme nunca de la verdad.
Quisiera no tener que envidiar la casa ajena, ¡y qué placer sería amar y serle fiel a un
solo hombre! No creáis que me agrada explotar al prójimo y despojar a los necesitados.
Pero ¿qué puedo hacer? Aun faltando a esos mandamientos, apenas me alcanza para
vivir.

PRIMER DIOS: Todo eso, Shen-Te, no es sino la incertidumbre de las almas buenas.

TERCER DIOS: Adiós, Shen-Te. Saluda al aguador de nuestra parte. Ha sido un buen
amigo con nosotros.

SEGUNDO DIOS: Temo que le haya sucedido algo...

TERCER DIOS: ¡Ánimo!

PRIMER DIOS: Y sobre todo, Shen-Te, sé buena. Adiós.

Se vuelven mientras saludan con la mano y se disponen a partir.

SHEN-TE (acongojada): Pero no estoy segura de mí, venerables dioses. ¿Cómo se puede
ser buena cuando todo está tan caro?

SEGUNDO DIOS: Desgraciadamente, no podemos hacer nada en ese sentido. Los asuntos
económicos no son de nuestra incumbencia.

TERCER DIOS: ¡Un momento! ¡Esperad! Si le diéramos un poco de dinero, tal vez podría
aliviar en algo su situación.


SEGUNDO DIOS: No podemos darle absolutamente nada. ¿Cómo vamos a justificar
semejante gasto allá arriba?

PRIMER DIOS: ¿Por qué no?

Se reúnen los tres y discuten acaloradamente.

PRIMER DIOS (turbado, a Shen-Te): Sabemos que no tienes con qué pagar el alquiler.
Como disponemos de medios, vamos a pagarte, naturalmente, el cuarto que ocupamos
anoche. Toma. (Le da dinero.) Pero de esto, ni una palabra a nadie. No sea que lo
interpreten mal.

SEGUNDO DIOS: ¡No me extrañaría!

TERCER DIOS: No hay ningún peligro. Tenemos derecho a pagar el alojamiento. Nada se
opone a ello en nuestro convenio. ¡Adiós!

Salen los dioses apresuradamente.


I

UNA PEQUEÑA CIGARRERÍA



La instalación no está terminada y el negocio no se ha inaugurado todavía.



SHEN-TE (al público): Han pasado tres días desde que los dioses se marcharon
dejándome dinero en pago de la noche que pasaron en mi casa. Al hacer el recuento de
lo que me dieron, ¡me encontré con que eran más de mil dólares de plata! Con
semejante suma pude comprar una cigarrería. Me instalé ayer y espero que podré hacer
mucho bien. Sin ir más lejos, por ejemplo, la propia Señora Shin, la ex propietaria del
negocio, vino ayer a pedirme arroz para sus niños. Y allí viene otra vez, cruzando la
plaza con la olla en la mano.

Entra la Señora Shin. Las dos mujeres se saludan con mutuas reverencias.

SHEN-TE: Buenos días, Señora Shin.

SEÑORA SHIN: Buenos días, señorita Shen-Te. ¿Le gusta su nueva casa?

SHEN-TE: Mucho. Y sus niños, ¿cómo pasaron la noche?

SEÑORA SHIN: Figúrese, en una casa extraña... Si puede llamarse casa a esa cueva. El
más pequeño ha empezado a toser...

SHEN-TE: ¡Qué desgracia!

SEÑORA SHIN: Usted no sabe todavía lo que es la desgracia. ¡Con la suerte que tiene!
Pero ya le llegará el turno con esta tienducha. Este es un barrio miserable.

SHEN-TE: Usted me dijo que a mediodía vendrían los obreros de la fábrica de cemento,
¿verdad?

SEÑORA SHIN: Sí, pero salvo algunos, nadie compra, ni siquiera los vecinos.

SHEN-TE: Usted no me dijo nada de eso cuando me vendió el negocio.

SEÑORA SHIN: ¡No me venga ahora con reproches! Primero nos arroja de nuestro hogar
a mí y a mis niños y luego se queja de que es una cueva, ubicada en un barrio de
mendigos... ¡Es el colmo!

Llora.

SHEN-TE (rápidamente): En seguida le traigo el arroz.

SEÑORA SHIN: Quería pedirle que me prestara además un poco de dinero.

SHEN-TE: Me es imposible. Todavía no he vendido nada.

Llena con arroz la olla de la Señora Shin.

SEÑORA SHIN: Pero yo lo necesito. ¿De qué voy a vivir? Me ha quitado todo y ahora
quiere estrangularme. Voy a traer aquí a mis hijos y se los dejaré en la puerta...
¡Asesina!

De un tirón le arranca la olla.

SHEN-TE: No se ponga así. Va a volcar el arroz.

Entran una pareja de edad y un hombre mal vestido.

LA MUJER: Oh, querida Shen-Te, nos hemos enterado de que te va muy bien y estás
hecha una mujer de negocios. Nosotros, en cambio, nos hemos quedado sin techo.
Tuvimos que liquidar nuestra cigarrería. Te suplicamos que nos dejes pasar aquí la
noche. ¿Conoces a mi sobrino? Estaba con nosotros, y ahora no vamos a separarnos de
él...

EL SOBRINO (echando una ojeada en torno): ¡No está mal el negocio!

SEÑORA SHIN: ¿Quién es esta gente?


SHEN-TE: Los primeros locadores que tuve cuando me marché del pueblo y vine a la
ciudad. (Al público.) Cuando se me acabaron los ahorros, me echaron a la calle. Ahora
tendrán miedo de que, no quiera recibirlos.

Son pobres,

No tienen casa

No tienen amigos

Necesitan ayuda.

¿Cómo puedo negársela?

(A los recién llegados, cordialmente): ¡Bienvenidos! Con mucho gusto les daré
hospitalidad, pero sólo hay un cuarto en la trastienda.

EL MARIDO: Bastará, no te preocupes.

LA MUJER (a Shen-Te, que les ofrece té): Es preferible que nos instalemos en el fondo,
así no seremos un estorbo para ti. Estoy segura de que compraste la cigarrería en
recuerdo de tu primera casa en la ciudad, ¿no es cierto? Podremos darte algunos
consejos... En parte, fue eso lo que nos decidió a venir.

SEÑORA SHIN (irónica): Esperemos que también vengan clientes.

LA MUJER: ¿LO dice por nosotros?

EL MARIDO: ¡Chst! Ahí viene uno.

Entra un hombre en harapos.

EL DESARRAPADO: Perdón... me encuentro sin trabajo.

La Señora Shin ríe.

SHEN-TE: ¿En qué puedo servirle?

EL DESARRAPADO: Oí decir que inaugura mañana y pensé que podría darme algo...
Como al desembalar siempre se estropean algunas cosas... Tal vez le sobre un
cigarrillo...

LA MUJER: ¡Esto pasa de la raya! ¡Mendigar tabaco! Si por lo menos pidiera pan.

EL DESARRAPADO: El pan está demasiado caro. Con un par de pitadas soy otro hombre.
No puedo más.

SHEN-TE (le da algunos cigarrillos): Convertirse en otro hombre es muy importante.
Voy a inaugurar mi negocio con usted. Me dará suerte.

El desarrapado enciende en el acto un cigarrillo, aspira el humo y se marcha
tosiendo.

LA MUJER: ¿Crees que hiciste bien, querida Shen-Te?

SEÑORA SHIN: Si empieza así, a los tres días no le quedará nada.

EL MARIDO: Apuesto lo que quieran a que tenía dinero.

SHEN-TE: Él dijo que no tenía.

EL SOBRINO: ¿Cómo sabe que no era una mentira?

SHEN-TE (fastidiada): ¿Y cómo sabe usted que no era verdad?

LA MUJER: (meneando la cabeza): ¡Ay!, Shen-Te, siempre la misma, incapaz de negar
nada a nadie. Eres demasiado buena, pero si quieres conservar tu negocio tendrás que
aprender a decir que no de cuando en cuando.

EL MARIDO: Podrías decir que eres una empleada, que el dueño es un primo tuyo, muy
estricto en materia de cuentas. Después de todo, ¿por qué no?

SEÑORA SHIN: Me parece buena la idea, pero cuando uno quiere pasar por benefactora
de la humanidad...

SHEN-TE (riendo): ¡Encima de todo, insultos! ¡Es lo único que faltaba! Pero tengan
cuidado, no sea que los eche a la calle y los deje sin un grano de arroz.

LA MUJER (asustada): ¿El arroz también es tuyo?


SHEN-TE (al público):

Son malos,

Nadie quiere cultivar su amistad.

No regalarían ni un grano de arroz

Pues necesitan de todo.

¿Quién puede hacerles reproches?

Entra un hombrecito.

SEÑORA SHIN (al verlo, se marcha a toda prisa): Volveré por aquí mañana.

Sale.

HOMBRECITO (gritando): ¡Espere, Señora Shin! ¡A usted quería verla!

LA MUJER: ¿Viene a menudo esa mujer? ¿Tiene algún derecho sobre ti?

SHEN-TE: No tiene ningún derecho, pero tiene hambre, que es más que un derecho.

HOMBRECITO: Ésa sabe muy bien por qué se escapa. ¿Es usted la nueva dueña de la
cigarrería? ¡Ah, conque ya está llenando las estanterías! Le advierto que no le
pertenecen, a menos que me las pague. La gentuza que estaba antes que usted no me las
pagó. (A los demás.) Sepan ustedes que soy el carpintero.

SHEN-TE: Yo creí que formaban parte de la instalación y pagué por todo el conjunto.

EL CARPINTERO: ¡Eso es una mentira, una vulgar mentira! La Shin la aleccionó, por
supuesto, y ahora me viene con esas historias. Pero tendrá que pagarme mis cien dólares
de plata, tan cierto como que me llamo Lin-To.

SHEN-TE: ¿Cómo voy a pagárselas si no me queda ni un centavo?

EL CARPINTERO: Entonces le embargo todo y lo mando a remate. Ahora mismo. O me
paga inmediatamente o mando todo a remate.

EL MARIDO (le sopla a Shen-Te): ¡El primo!

SHEN-TE: ¿No podría concederme un mes de plazo?

EL CARPINTERO (gritando): ¡No!

SHEN-TE: No sea tan intransigente, señor Lin-To. No puedo hacer frente a todas mis
deudas de golpe.

Al público:

Un poco de tolerancia y tus fuerzas se multiplicarán.

Si tu caballo se detiene para comer la hierba,

Aparta la mirada y tirará mejor.

Ten paciencia en junio, y en agosto verás

Inclinarse el albérchigo y brindarte sus frutos.

Si quieres convivir, aprende a esperar.

Una pequeña prórroga

Y no habrá meta que no puedas alcanzar.

(Al carpintero:) Tenga un poco de paciencia, señor Lin-To.

EL CARPINTERO: ¿Y quién tendrá paciencia conmigo y con mi familia? (Aparta de la
pared un estante como si fuera a llevárselo.) O me paga o me llevo los estantes.

LA MUJER: Querida Shen-Te, ¿por qué no pones a tu primo en conocimiento de este
asunto? (Al carpintero.) Y usted, deje anotado lo que se le debe, y el primo de la
señorita Shen-Te le pagará.

EL CARPINTERO: Ya conozco a esa clase de primos.

EL SOBRINO: No se comporte como un tonto. Yo lo conozco personalmente.

EL HOMBRE: Es un hombre recto como una navaja.

EL CARPINTERO: Bueno, le haré la factura.

Coloca el estante en el suelo, se sienta encima y prepara la factura.


LA MUJER (en voz baja a Shen-Te): Ese hombre sería capaz de arrancarte la camisa por
esos míseros tablones si no lo pones en su lugar desde el principio. No hagas caso de
ningún reclamo, justificado o no, pues correrás el riesgo de verte aplastada bajo toda
clase de reclamos, justificados o no. Si arrojas un pedazo de carne en el tacho de basura,
al poco rato tendrás frente a tu puerta a todos los perros vagabundos del vecindario
disputándose esos despojos. ¿Para qué están los tribunales?

SHEN-TE: Ha trabajado y no quiere marcharse con las manos vacías. Además, tiene que
mantener una familia. No está bien que no pueda pagarle. ¿Qué van a decir los dioses?

EL HOMBRE: Ya cumpliste con tu deber cobijándonos bajo tu techo. Es más que
suficiente.

Entran un rengo y una mujer embarazada.

EL RENGO {a la pareja): ¡Ah! ¡Con que estaban aquí! ¡Bonita manera de tratar a los
parientes! Nos dejaron plantados en una esquina.

LA MUJER (a siente, molesta): Son mi hermano Wung y mi cuñada. (A los recién
llegados.) Basta ya de gruñir. Siéntense en un rincón y quédense quietos para no
molestar a nuestra vieja amiga, la señorita Shen-Te (A Shen-Te.) Me parece que
tendríamos que permitirles que se queden. Mi cuñada está en el quinto mes. A menos
que no estés de acuerdo.

SHEN-TE: ¿Por qué no? ¡Bienvenidos!

LA MUJER: ¡Agradezcan! Las tazas están detrás de ustedes. (A Shen-Te.) No sabían
adonde ir. ¡Menos mal que tienes este negocio!

SHEN-TE (se dirige al público, riendo, mientras trae el té): ¡Claro que menos mal!

Entra la propietaria de la casa, la señora Mi-Tzu, con un papel en la mano.

LA PROPIETARIA: Señorita Shen-Te, soy la señora Mi-Tzu, propietaria de este local.
Espero que nuestras relaciones serán cordiales. Aquí le traigo el contrato de alquiler.
(Mientras Shen-Te lee el contrato.) ¡Oh, qué hermoso el día en que se inaugura un
pequeño negocio! ¿Verdad, estimados señores? (Mira en torno.) Veo algunos claros en
las estanterías, pero no es nada, ya se irán llenando. ¿Podría proporcionarme algunas
referencias suyas?

SHEN TE: ¿Es necesario?

LA PROPIETARIA: ¡Imagínese! Yo no sé quién es usted.

EL HOMBRE: Nosotros podemos dar referencias de la señorita Shen-Te. La conocemos
desde que llegó a esta ciudad. Pondríamos las manos en el fuego por ella en cualquier
momento.

LA PROPIETARIA: ¿Quién es usted?

EL HOMBRE: Soy Ma-Fu, el vendedor de tabaco.

LA PROPIETARIA: ¿Dónde tiene su negocio?

EL HOMBRE: Por el momento no estoy instalado. Acabo de venderlo.

LA PROPIETARIA: ¡Ah! (A Shen-Te.) ¿Habrá alguna otra persona que pueda darme
referencias de usted?

LA MUJER (en voz baja a Shen-Te): ¡El primo! ¡El primo!

LA PROPIETARIA: Si tiene interés en alquilar este local, tendrá que darme informes
suyos. Ésta es una casa respetable. Le advierto desde ya que sin informes no hay
contrato.

SHEN-TE (lentamente, bajando la vista): Tengo un primo.

LA PROPIETARIA: ¡Ah! ¿Tiene un primo? ¿En Se-Chuan? Podríamos ir a verlo en
seguida. ¿Quién es?

SHEN-TE: No vive aquí. Reside en otra ciudad.


LA MUJER: En Shung, ¿no es así?

SHEN-TE: Es el señor Shui-Ta, de Shung.

EL HOMBRE: Entonces lo conozco. ¿No es uno alto, delgado?

EL SOBRINO (al carpintero): Usted también está en relaciones con el primo de la
señorita Shen-Te. Por ese asunto de las estanterías...

EL CARPINTERO: Precisamente, estaba haciendo una factura para él. Aquí está. (Se la
entrega.) Volveré por aquí mañana por la mañana.

Sale.

EL SOBRINO (al carpintero, gritando, mientras mira de reojo a la propietaria):
¡Quédese tranquilo, que el primo pagará!

LA PROPIETARIA (mira severamente a Shen-Te): Yo también tendré mucho gusto en
conocerlo. Buenas tardes, señorita.

Sale.

LA MUJER (después de una pausa): ¡Estás perdida! Puedes tener la seguridad de que
mañana por la mañana ya estará enterada de todo.

LA CUÑADA (en voz baja, al sobrino): ¡Esto no dura mucho!

Entra un anciano, conducido por un niño.

EL NIÑO (para sí): Ya me lo figuraba. Están aquí.

LA MUJER: Buenas tardes, abuelo. (A Shen-Te.) ¡Pobre viejo! ¡Lo que se habrá
preocupado por nosotros! Y el chico, ¿te das cuenta cómo ha crecido? Devora como un
ogro. ¿Vino alguien más con ustedes?

EL HOMBRE (mirando hacia afuera): La sobrina únicamente.

LA MUJER (a Shen-Te): Es una joven pariente que vino del campo. No seremos muchos,
¿verdad? Cuando nos conociste la familia no era tan numerosa, pero con el tiempo fue
creciendo. Cuanto peor iban las cosas, más éramos, y cuanto más éramos, peor iban las
cosas. Y ahora, echemos cerrojo a la puerta o no se podrá estar tranquilo en esta casa.
(Echa el cerrojo y todos se sientan.) Lo esencial es que no te estorbemos en tu trabajo.
Si no, no habrá lumbre en el fogón ni guiso en el fuego. Te propongo lo siguiente:
durante el día la gente joven se marcha y quedan aquí el abuelo, la cuñada y yo, por
supuesto. Los demás pasarán una o dos veces por día. ¿De acuerdo? Entonces,
enciendan la lámpara y pónganse cómodos.

EL SOBRINO (bromeando): ¡Con tal de que el primo no se aparezca en mitad de la noche!
El estricto señor Shui-Ta...

La cuñada ríe.

EL HERMANO (tomando un cigarrillo): ¡Uno más o menos, tanto da!

EL HOMBRE: ¡Naturalmente!

Todos se sirven cigarrillos y se ponen a juntar. El hermano hace circular un jarro de
vino.

EL SOBRINO: ¡El primo pagará!

EL ABUELO (serio, a Shen-Te): ¡Buenas tardes!

Turbada por este saludo tardío, Shen-Te se inclina. En una mano tiene la jactara del
carpintero y, en la otra, el contrato de alquiler.

LA MUJER: ¿Por qué no cantan algo para distraer a nuestra amiga?

EL SOBRINO: ¡Que comience el abuelo!

Cantan.



LA CANCIÓN DEL HUMO

EL ABUELO:


Antes de que los años blanquearan mi cabeza

Creí que al hombre honrado todo le era propicio.

Hoy sé que la honradez jamás conseguirá

Llenar el estómago hambriento de los pobres.

Por eso digo: ¡No sigas más!

¿Ves aquel humo gris

Remontarse hacia cielos cada vez más helados?

¡Ése es tu sino!



EL HOMBRE:

Cuando vi que los buenos eran despreciados,

Emprendí la marcha por la senda equivocada.

Pero ella nos conduce de caída en caída.

¿Qué hacer? ¿Quién nos indicará el camino?

Entonces digo: ¡No sigas más!

¿Ves aquel humo gris

Remontarse hacia cielos cada vez más helados?

¡Ése es tu sino!



LA SOBRINA:

Los viejos:—según dicen— no abrigan ya esperanzas,

El tiempo que mitiga, ese tiempo les falta.

Mas todas las puertas de par en par están abiertas

Para la juventud, abiertas —según dicen— hacia el vacío.

Yo también digo: ¡No sigas más!

¿Ves aquel humo gris

Remontarse hacia cielos cada vez más helados?

¡Ése es tu sino!

EL SOBRINO: ¿De dónde sacaste ese vino?

LA CUÑADA : Empeñó la bolsa de tabaco.

EL HOMBRE: ¿Cómo? El tabaco era lo último que nos quedaba. Nunca nos atrevimos a
tocarlo, ni siquiera para pagarnos una pieza. ¡Cerdo!

EL HERMANO: ¿Me tratas de cerdo porque mi mujer tiene frío? Tú también estás bebido.
Dame el jarro inmediatamente.

Se pelean. Los estantes se desmoronan.

SHEN-TE (suplicando): ¡Tengan compasión del negocio, no lo destrocen! ¡Es un regalo
de los dioses! Dispongan de todo lo que hay aquí, pero no lo rompan.

LA MUJER (escéptica): Es más pequeño de lo que creía, tu negocio. Me parece que
hicimos mal en hablarles a la tía y a los demás. Si llegan a aparecerse por aquí, no se
dónde vamos a meternos.

LA CUÑADA: Además, es evidente que nuestra amiga ya se ha enfriado bastante.

Afuera se oyen voces; llaman a la puerta.

VOCES: ¡Abran! ¡Somos nosotros!

LA MUJER: ¿Eres tú, tía? Y ahora, ¿qué hacemos?

SHEN-TE: ¡Ay, mi lindo local! ¡Adiós esperanzas! ¡Acabo de abrirlo y ya no es ni la
sombra de lo que era! (Al público:)

El frágil barquichuelo

Se hundirá en el océano.


¡Tantos náufragos ávidos

Se aferran a sus bordes!

VOCES (afuera): ¡Abran!





INTERMEDIO BAJO UN PUENTE



A la orilla del río. El aguador está acurrucado.



WANG (mirando en torno): Todo está tranquilo. Hace ya cuatro días que permanezco
oculto. Pero no me encontrarán. Estoy alerta. Cuando huí, a propósito tomé la misma
dirección que ellos. El segundo día cruzaron el puente; oí sus pasos por encima de mí.
Ya han de estar lejos, estoy salvado. (Se tiende en el suelo y queda dormido. El talud se
vuelve transparente y aparecen los tres dioses, Wang se cubre el rostro con el brazo
como para defenderse.) ¡No digáis nada, lo sé todo! ¡No encontré a nadie que quisiera
recibiros, nadie quiso abriros la puerta de su casa! Ya estáis enterados... Proseguid
vuestro camino.

PRIMER DIOS: Estás en un error, encontraste a alguien. Luego de tu huida, alguien llegó.
Alguien que nos brindó su casa por la noche, veló nuestro sueño y, al amanecer, nos
alumbró el camino con una lámpara. Tu nos habías dicho: "es un alma buena", y era
buena, en efecto.

WANG: ¡Cómo! ¿Shen-Te os recibió?

TERCER DIOS: ¡Por supuesto!

WANG: Y yo huí, hombre de poca fe. Pues pensaba: "No es posible que venga. Es
demasiado pobre, no vendrá."

LOS DIOSES:

¡Oh endeble criatura!

¡Hombre de buena fe, pero tan débil!

Crees que en la miseria no puede haber bondad,

Crees que no hay valor donde acecha el peligro.

¡Oh flaqueza que quiebra la bondad en sus más tenues hilos!

¡Oh juicio apresurado, desesperanza frívola!



WANG: ¡Me avergüenzo de mí mismo, ilustres dioses!

PRIMER DIOS: Ahora, aguador, nos harás un favor. Regresa inmediatamente a la ciudad,
vé a ver cómo sigue Shen-Te y tráenos noticias suyas. Sabemos que consiguió salir de
apuros. Según parece recibió algún dinerito con el cual compró un pequeño negocio.
Por fin podrá seguir las inclinaciones de su buen corazón. Bríndale la oportunidad de
que sea benevolente contigo, pues nadie puede ser bueno si no tiene con quién ejercitar
su bondad. Nosotros proseguiremos nuestro viaje en busca de otras almas tan buenas
como nuestra buen alma de Se-Chuan. Y así haremos callar a los maledicientes que
pretenden que en este mundo no hay lugar para la bondad.


II

LA CIGARRERÍA



Se ve gente dormida en todos los rincones. La lámpara está encendida todavía. Llaman
a la puerta.



LA MUJER (se levanta, medio dormida): ¡Shen-Te! ¡Están llamando! ¿Dónde se ha
metido?

EL SOBRINO: Fue a buscar algo para el desayuno. ¡El primo pagará!

La mujer ríe y, con desgano, se dirige a la puerta. Entra un joven seguido por el
carpintero.

EL JOVEN: Soy el primo.

LA MUJER (como si cayera de las nubes): ¿Cómo? ¿Quién?

EL JOVEN: Mi nombre es Shui-Ta.

LOS HUÉSPEDES (sacudiéndose unos a otros): ¡El primo! —¡Si todo fue una broma, no
tiene ningún primo! — ¡Pues aquí hay uno que dice ser su primo! — ¡Es increíble, así,
de pronto, y tan temprano!

EL SOBRINO: Si usted es el primo de la señorita Shen-Te, haga el favor de traernos algo
para el desayuno, y dése prisa.

SHUI-TA (apagando la lámpara): Los primeros clientes no tardarán en llegar. Les ruego
que se vistan de prisa para que pueda abrir mi negocio.

EL HOMBRE: ¿Su negocio? Yo creía que era el negocio de la señorita Shen-Te. (Shui-Ta
niega con la cabeza.) ¿Cómo, no es de ella?

LA CUÑADA: ¡Nos engañó a todos! ¿Y se puede saber dónde está ahora?

SHUI-TA: Tenía que hacer varias diligencias. Me encargó que les informara que, ahora
que yo estoy aquí, no podrá hacer nada más por ustedes.

LA MUJER (turbada): ¡Y nosotros que la habíamos tomado por una buena persona!

EL SOBRINO: ¡No le crean! Hay que buscar a Shen-Te.

EL HOMBRE: Sí, vamos a buscarla. (Organiza la tarea.) Tú, tú, tú y tú, iréis a buscarla
por todas partes. Nosotros y el abuelo nos quedamos aquí para defender el fortín.
Mientras tanto, que el chico nos traiga algo para desayunar. (Al chico.) ¿Ves la
panadería de la esquina? Entras con el mayor disimulo y te forras bien la- blusa.

LA CUÑADA: No dejes de traer algunos bollitos bien dorados.

EL HOMBRE: Pero ten cuidado, que no te sorprenda el panadero. Y no vayas a dar en
brazos de la policía.

El chico asiente con la cabeza y sale. Los demás terminan de vestirse.

SHUI-TA: ¿No han pensado que un robo en la panadería puede traerle dificultades a este
negocio que les brindó asilo?

EL SOBRINO: No le hagan caso. Pronto encontraremos a Shen-Te y ya verán cómo lo
pone de vuelta y media.

Salen el sobrino, el hermano, la cuñada y la sobrina.

LA CUÑADA: ¡Déjennos algo para el desayuno!

SHUI-TA (sereno): No la encontrarán. Mi prima lamenta, por supuesto, no poder respetar
indefinidamente las reglas de la hospitalidad. Pero, por desgracia, son ustedes
demasiados. Esto es una cigarrería y la señorita Shen-Te tiene que vivir de ella.

EL HOMBRE: Nuestra Shen-Te jamás hubiera tenido la desconsideración de hablarnos de
ese modo.


SHUI-TA: Es muy posible. (Al carpintero.) La desgracia de esta ciudad es que la miseria
es tan grande que una sola persona jamás conseguirá remediarla. ¡Ay! Nada ha
cambiado desde hace más de mil años, cuando un poeta escribió aquellos versos:

En tu ciudad todos tiritan, Gobernador.

¿Qué hace falta para darles un poco de calor?

Una manta tan grande que mida diez mil pies

Y cubra todos los arrabales a la vez.

Se pone a ordenar el negocio.

EL CARPINTERO: Veo que está decidido a poner un poco de orden en los asuntos de su
prima. Hay una cuentita pendiente que habrá que saldar. Por las estanterías. Son cien
dólares de plata.

SHUI-TA (en tono amistoso, mientras saca la factura del bolsillo): ¿No le parece un
poco exagerado, cien dólares de plata?

EL CARPINTERO: No. Y no puedo hacerle ninguna rebaja. Tengo mujer e hijos que
mantener.

SHUI-TA (duramente): ¿Cuántos hijos?

EL CARPINTERO: Cuatro.

SHUI-TA: Bien, le ofrezco veinte dólares.

El hombre ríe.

EL CARPINTERO: ¿Se ha vuelto loco? Son estantes de roble.

SHUI-TA: Entonces puede llevárselos.

EL CARPINTERO: ¿Qué quiere decir?

SHUI-TA: Son demasiado caros para mí. Le ruego que retire esos estantes de roble.

LA MUJER: ¡Bien dicho!

Ríe.

EL CARPINTERO (vacilando): Exijo que se haga venir a la señorita Shen-Te. Es una
persona mucho más tratable que usted.

SHUI-TA: No lo dudo. Por eso está arruinada.

EL CARPINTERO (toma resueltamente un estante y lo lleva hacia la puerta): Ya puede ir
amontonando sus cajas de cigarros en el piso. Poco me importa.

SHUI-TA (al hombre): ¡Ayúdelo!

EL HOMBRE (toma también un estante y lo lleva hacia la puerta): ¡Bravo, fuera con las
estanterías!

EL CARPINTERO: ¡Canallas! ¡Quieren matar de hambre a mi familia!

SHUI-TA: Por última vez, le ofrezco veinte dólares, y conste que es sólo para que la
mercadería no se me quede tirada en el suelo.

EL CARPINTERO: ¡Cien dólares!

Shui-Ta mira impasible por la ventana. El hombre se dispone a sacar afuera las
estanterías.

EL CARPINTERO (al hombre): ¡Por lo menos, tenga cuidado de no golpearla contra el
dintel, imbécil! (Desesperado.) ¡Pero es que están hechas a medida! Son utilizables
únicamente en esta pocilga. Si no, a mí estos tablones no me sirven para nada, señor.

SHUI-TA: Justamente. Por eso no le ofrezco más de veinte dólares, porque para otra
parte no le sirven.

La mujer se. retuerce de placer.

EL CARPINTERO: No tengo ánimo para seguir discutiendo. Quédese con las estanterías y
págueme lo que quiera.

SHUI-TA: Veinte dólares de plata.


Pone sobre la mesa dos pesadas monedas de plata. El carpintero las recoge y se las
lleva.

EL HOMBRE (vuelve a colocar las estanterías en su lugar): ¡Es bastante por unos cuantos
tablones inservibles!

EL CARPINTERO: Sí, tal vez baste para emborracharme.

Sale.

EL HOMBRE: Uno menos. Buen trabajito.

LA MUJER (llorando de risa y secándose los ojos): "Son de roble". "Entonces
lléveselos." "Cien dólares de plata." "Pero no me sirven para nada." "Justamente. Veinte
dólares de plata." Así hay que tratar a tipos como ése.

SHUI-TA: Sí, así hay que tratarlos. (Serio.) Y ustedes, fuera de aquí.

EL HOMBRE: ¿Nosotros?

SHUI-TA: Ustedes, sí, que son unos ladrones y unos parásitos. Si se marchan ahora
mismo, sin entrar en mayores discusiones, tal vez puedan evitarse muchos disgustos.

EL HOMBRE: Lo mejor será no contestarle. Es muy malsano gritar con el estómago
vacío. ¿Dónde se habrá metido el chico?

SHUI-TA: Es cierto. ¿Dónde se habrá metido? Ya les advertí que no quiero tortas
robadas en mi negocio. (Grita de pronto.) Por última vez: ¡largo de aquí!

Nadie se mueve.

SHUI-TA (recuperando la calma): Como quieran.

Se dirige a la puerta y hace una profunda reverencia. En el umbral aparece un
policía.

SHUI-TA: Supongo que tengo ante mí al funcionario encargado de la vigilancia de este
barrio.

POLICÍA: El mismo, señor...

SHUI-TA: Shui-Ta. (Se sonríen.) Hoy tenemos buen tiempo.

EL POLICÍA: Un poco caluroso quizá.

SHUI-TA: Sí, quizá un poco caluroso.

EL HOMBRE (en voz baja, a la mujer): Si siguen parloteando hasta que vuelva el chico
estamos perdidos.

Trata de hacerle señas a Shui-Ta sin ser visto por el policía.

SHUI-TA (sin hacerle caso): Todo depende del lugar en donde uno se encuentre: es muy
distinto estar adentro, en un sitio fresco, que en la calle, en medio del polvo.

EL POLICÍA: Muy distinto.

LA MUJER: Quédate tranquilo. El chico no va a entrar si ve que hay un policía en la
puerta.

SHUI-TA: ¿Por qué no pasa? Está mucho más fresco aquí. Mi prima y yo hemos abierto
este negocio y me permito decirle que deseamos mantener las mejores relaciones con
las autoridades.

EL POLICÍA (entrando): Es usted muy amable, señor Shui-Ta. Sí, es verdad que aquí está
mucho más fresco.

EL HOMBRE (en voz baja): Lo hizo pasar a propósito, para que el chico no lo vea el
llegar.

SHUI-TA : Son unos invitados. Conocían a mi prima de vista y como estaban de paso por
la ciudad vinieron a saludarla. (Saludos mutuos.) Precisamente, se estaban despidiendo.

EL HOMBRE (con voz ronca): Bueno, entonces nos marchamos.

SHUI-TA: Le diré a mi prima que le agradecen la hospitalidad que les brindó anoche,
pero que no tienen tiempo de esperar a que regrese.


Desde la calle llegan rumores y gritos: "¡Al ladrón!"

EL POLICÍA: ¿Qué sucede?

Aparece el chico en el umbral. De su blusa caen algunos bollos y masitas. La mujer
le hace ademanes desesperados para que se vaya. El chico da media vuelta y se
dispone a marcharse.

EL POLICÍA: ¡Alto ahí! (Lo agarra del brazo.) ¿De dónde sacaste esas masitas?

EL CHICO: De enfrente.

EL POLICÍA: Con que robadas, ¿eh?

LA MUJER: Nosotros no sabíamos nada. Son cosas de él. ¡Sinvergüenza!

EL POLICÍA: Señor Shui-Ta, ¿podría usted explicarme lo ocurrido?

Shui-Ta guarda silencio.

EL POLICÍA: Bueno, entonces todos a la comisaría.

SHUI-TA: Lamento infinitamente que haya sucedido semejante cosa en mi local.

LA MUJER: ¡Él también sabía adónde iba el chico!

SHUI-TA: Puede tener la seguridad, señor agente, de que si hubiera deseado encubrir
este robo no lo hubiera invitado a entrar.

EL POLICÍA: Es lógico. Y usted comprenderá también, señor Shui-Ta, que me veo en la
obligación de llevarme a esta gente. (Shui-Ta se inclina.) Y ustedes, ¡andando!

Los empuja hacia afuera.

EL ABUELO (solemne, desde el umbral): Muy buenos días.

Entra la propietaria.

LA PROPIETARIA: ¡Así que usted es el famoso primo! ¿Se puede saber qué significa todo
esto? ¡La policía deteniendo gente aquí, en mi propia casa! ¿Cómo se atreve su prima a
convertir mi local en un conventillo? Claro, esas son las consecuencias de introducir en
la casa de uno a gente que un día antes vivía en un cuartucho de mala muerte y
mendigaba un mendrugo en la panadería de la esquina. Como ve, estoy al tanto de todo.

SHUI-TA: Sí, ya veo que le han hablado mal de mi prima. ¿Y de qué se la acusa, al fin de
cuentas? De haber pasado hambre. ¿Quién no sabe que vivía en la miseria? Por eso se
hizo la peor de las reputaciones: la de ser pobre.

LA PROPIETARIA: Era una vulgar...

SHUI-TA: Indigente. Llamemos a las cosas por su nombre.

LA PROPIETARIA: ¡Oh, por favor, no me venga con sensiblerías! Estoy hablando de su
conducta, no de sus recursos. Por otra parte no creo que le hayan faltado; la prueba
evidente es este negocio. Supongo que se lo habrán financiado algunos señores
mayores... ¿Cómo se consigue, si no, instalar un negocio como éste? Esta es una casa
respetable, señor. Las personas que me pagan el alquiler no desean vivir bajo el mismo
techo que una mujer de esa calaña. No soy un monstruo, pero debo tener en cuenta la
opinión de los demás.

SHUI-TA (frío): Señora Mi-Tzu, tengo mucho que hacer. Dígame cuánto nos va a costar
el alquiler en esta respetable casa.

LA PROPIETARIA: Hay que confesar que desparpajo no le falta.

SHUI-TA (saca el contrato de un cajón del mostrador): El alquiler es muy alto. Según el
contrato, veo que hay que pagarlo mensualmente.

LA PROPIETARIA (vivamente): No la gente como su prima.

SHUI-TA: ¿Qué quiere decir?

LA PROPIETARIA: Quiero decir que la gente como su prima debe pagarlo por semestre
adelantado, o sea doscientos dólares de plata.


SHUI-TA: ¡Doscientos dólares! ¡Pero eso es una exacción! ¿De dónde quiere que los
saque? Aquí no voy a hacer grandes ventas. Mi única esperanza son las obreras de la
fábrica de cemento, las que cosen las bolsas. Oí decir que fuman mucho porque el
trabajo es agotador. Pero al mismo tiempo ganan poco.

LA PROPIETARIA: ¡Haberlo pensado antes!

SHUI-TA: ¡Señora Mi-Tzu, tenga un poco de corazón! Es verdad que mi prima ha
cometido la falta imperdonable de dar asilo a todos esos desdichados. Pero le aseguro
que es capaz de enmendarse, y yo me comprometo a enmendarla. Además, ¿puede
haber inquilino mejor que aquel que ha conocido la miseria y acaba de salir de ella?
Trabajará hasta gastarse la punta de los dedos para pagarle puntualmente el alquiler.
Hará cualquier cosa, lo sacrificará todo, nada la arredrará, y al mismo tiempo será
humilde como un ratoncillo e inofensiva como una mosca. Se someterá a todo lo que
usted le pida con tal de no tener que volver allí de donde consiguió salir. Un inquilino
semejante vale más que su peso en oro.

LA PROPIETARIA: Doscientos dólares por adelantado, o que vuelva al arroyo.

Entra el policía.

EL POLICÍA: No se moleste, señor Shui-Ta.

LA PROPIETARIA: Decididamente, la policía manifiesta un interés especial por esta
cigarrería.

EL POLICÍA: Señora Mi-Tzu, no quisiera que se llevara una impresión equivocada de las
cosas. El señor Shui-Ta nos ha prestado un servicio y venía sencillamente a
agradecérselo en nombre de la policía.

LA PROPIETARIA: ¡Bah! Eso no es asunto mío. Espero, señor Shui-Ta, que mi propuesta
sea del agrado de su prima. Me gusta estar en buenos términos con mis inquilinos.
Buenos días, señores.

Sale.

SHUI-TA: Buenos días, señora Mi-Tzu.

EL POLICÍA: ¿Tiene usted alguna dificultad con la señora Mi-Tzu?

SHUI-TA: Pretende cobrar el alquiler por adelantado, con el pretexto de que mi prima no
le parece una persona respetable.

EL POLICÍA: ¿Y usted no tiene dinero? (Shui-Ta calla.) ¡Pero a un hombre como usted,
señor Shui-Ta, no le será difícil conseguir que le abran crédito!

SHUI-TA: A un hombre como yo, tal vez. Pero, ¿y a una mujer como Shen-Te?

EL POLICÍA: ¿No piensa usted quedarse?

SHUI-TA: No, y no creo que vuelva. Lo único que pude hacer fue darle una mano a mi
prima mientras estaba de paso por aquí y evitarle mayores riesgos. Pero de ahora en
adelante sólo podrá contar con ella misma. Y entonces, ¿qué pasará? Me lo pregunto
con verdadera inquietud.

EL POLICÍA: Señor Shui-Ta, no se imagina cuánto lamento que se encuentre en
semejantes dificultades. Debo confesarle que, al principio, este negocio no nos inspiró
mucha confianza, pero después su actitud resuelta nos demostró qué clase de persona es
usted. Nosotros, los representantes de la autoridad, sabemos apreciar inmediatamente a
los defensores del orden público.

SHUI-TA (con amargura): Para salvar este negocio, que mi prima considera un regalo de
los dioses, estaría dispuesto a llegar a los límites más extremos, dentro de lo que está
permitido por la ley. Pero la dureza y la astucia sólo sirven para dominar a los que están
abajo. Los límites han sido trazados con mucha sutileza. Me encuentro en la misma


situación de aquel hombre que después de haberse librado de las ratas, advirtió que
estaba frente a un río infranqueable. (Tras una breve pausa.) ¿Fuma?

EL POLICÍA (tomando dos cigarrillos): En la comisaría sentiremos mucho que no pueda
quedarse entre nosotros, señor Shui-Ta. Pero debe también tratar de comprender a la
señora Mi-Tzu.

Shen-Te, hablemos sin rodeos, se ganaba la vida vendiendo su cuerpo a los hombres.
Usted me dirá: ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo iba a pagar, por ejemplo, el alquiler?
Pero los hechos son innegables: no es una profesión respetable. ¿Por qué? Primero:
porque el amor no es una mercancía, o bien se trata de un amor venal. Segundo: porque
el amor es respetable, pero no con quien lo paga, sino con quien lo comparte. Tercero:
porque está bien entregarse, pero, como dice el refrán, "no por un puñado de arroz, sino
por amor". De acuerdo, me contestará usted. Pero, ¿para qué sirven estas reflexiones
prudentes cuando la leche ya se ha derramado? ¿Qué puede hacer Shen-Te? ¿Cómo
conseguirá el dinero para pagar los seis meses adelantados? Señor Shui-Ta, debo
confesarle que lo ignoro. (Medita profundamente.) Se me ocurre una idea, señor Shui-
Ta. ¡Búsquele un marido!

Entra una anciana.

LA ANCIANA: Desearía un cigarro que sea bueno y no muy caro, para mi marido.
Mañana hará cuarenta años que nos casamos y vamos a festejarlo.

SHUI-TA (cortés): ¡Cuarenta años y lo festejan todavía!

LA ANCIANA: ¡Mientras tengamos los medios! El negocio de alfombras de enfrente es
nuestro. Espero que seamos buenos vecinos, los tiempos están muy duros.

SHUI-TA (le muestra varias cajas): Temo que no haya mucho surtido.

EL POLICÍA: Señor Shui-Ta, necesitamos un capital. Para conseguirlo, lo mejor será
concertar una boda.

SHUI-TA (a la anciana, disculpándose): Estoy tan preocupado con mis problemas
personales que, involuntariamente, se los he contagiado al señor agente.

EL POLICÍA: Ya que no disponemos del dinero para pagar los seis meses de alquiler,
consigámoslo por medio de un buen casamiento.

SHUI-TA: No creo que sea muy fácil.

EL POLICÍA: ¿Por qué no? La muchacha es un buen partido. Tiene un negocio que está
en plena marcha. (A la anciana.) ¿Qué opina usted?

LA ANCIANA (indecisa): Pues...

EL POLICÍA: ¡Ya sé! Un aviso en el diario.

LA ANCIANA: Si la señorita no se opone.

EL POLICÍA: ¿Por qué va a oponerse? Yo se lo redacto. Nobleza obliga. No vayan
ustedes a figurarse que las autoridades permanecen insensibles ante las penurias de los
pequeños comerciantes que deben luchar para vivir. Ustedes nos dan una mano y
nosotros les ayudamos a redactar un aviso matrimonial. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Saca diligente una libretita, humedece la punta de su lápiz y comienza a escribir.

SHUI-TA (lentamente): No es mala la idea.

EL POLICÍA: "Con fines matrimoniales... deseo conocer... señor serio... puede ser viudo...
con pequeño capital... interesado en compartir. .. cigarrería floreciente." Y agregamos:
"Soy simpática... muy buena presencia." ¿Estamos?

SHUI-TA: Si no le parece exagerado.

LA ANCIANA (amable): De ninguna manera. Yo la conozco.

El policía arranca la hoja de su libreta y se la tiende a Shui-Ta.


SHUI-TA: Veo con terror cuánta suerte hace falta para que no le aplaste a uno la rueda de
la vida. ¡Cuánto ingenio! ¡Cuántos amigos! (Al policía.) Yo, por ejemplo, me
encontraba desorientado, buscaba en vano una solución para pagar el alquiler del
negocio. Y entonces llegó usted y me ayudó con un buen consejo. Ahora sí que veo una
salida.


III

ATARDECER EN EL PARQUE



Un joven mal vestido sigue con la mirada a un avión que aparentemente describe una
curva muy alta en el cielo. Saca una cuerda del bolsillo y examina los alrededores con
la mirada. Se dirige a un alto sauce en el momento,en que pasan dos prostitutas por el
camino. Una de ellas es una mujer de bastante edad; la otra es la sobrina, uno de los
miembros de la familia que se alojó en casa de Shen-Te.



LA JOVEN: Buenas tardes, buen mozo. ¿Vienes conmigo, encanto?

SUN: Iré, señoras, si me compran algo para comer.

LA VIEJA: ¡Tú estás mal de la cabeza! (A la joven.) Vamos, con éste perdemos el
tiempo. Es ese aviador que está sin trabajo.

LA JOVEN: Nadie va a quedarse en el parque. Está por llover.

LA VIEJA: ¡Quién sabe!

Se alejan. Después de mirar en torno, Sun desenrolla la cuerda y la engancha en una
rama del sauce. Lo interrumpen nuevamente las dos prostitutas que avanzan
rápidamente sin verlo.

LA JOVEN: ¡Va a caer un chaparrón!

Aparece Shen-Te en el sendero.

LA VIEJA: ¡Mira, allí viene esa bruja!. A ella le deben tú y los tuyos todas las desdichas
que han sufrido.

LA JOVEN: No, a ella no. La culpa de todo la tiene el primo. Ella nos recibió en su casa
y, después, hasta se ofreció a pagar las masitas robadas. No tengo nada que reprocharle.

LA VIEJA: Pues yo sí. (En voz muy alta.) ¡Mira, ahí está nuestra ex compañera, la nueva
rica! Parece que no le basta con tener un negocio, también quiere quitarnos los clientes.

SHEN-TE: ¡No saques los dientes! Voy a la casa de té que está junto al estanque.

LA JOVEN: ¿Es cierto que te casas con un viudo, padre de tres hijos?

SHEN-TE: Es cierto, justamente iba a encontrarme con él.

SUN (impaciente): ¿Van a largarse de aquí de una vez por todas? ¿Es que no hay modo
de tener un minuto de paz en alguna parte?

Las dos prostitutas se dejan.

SUN (gritándoles): ¡Buitres! (Al público.) No se cansan de perseguir a sus víctimas hasta
los lugares más ocultos. Son capaces de hostigar al candidato entre los matorrales y
hasta bajo la lluvia.

SHEN-TE (indignada): ¿Por qué las insulta? (Advierte la cuerda.) ¡Oh!

SUN: ¿Qué miras?

SHEN-TE: ¿Para qué es esa cuerda?

SUN: Vamos, hermana, déjame tranquilo. No tengo dinero, no tengo nada, ni un centavo.
Y aunque lo tuviera no me lo, gastaría en ti, sino en comprarme un vaso de agua.

Empieza a llover.

SHEN-TE: ¿Para qué está ahí esa cuerda? ¡Usted no tiene derecho!

SUN: ¿Y a ti qué te importa? ¡Fuera de aquí!

SHEN-TE: Está lloviendo.

SUN: No se te ocurra resguardarte bajo esté árbol.

SHEN-TE (inmóvil bajo la lluvia): No.


SUN: Créeme, hermana, no ganarás nada con quedarte aquí. Conmigo no harás
negocios. Además, eres demasiado fea para mí, tienes las piernas torcidas.

SHEN-TE: No es verdad.

SUN: No me las muestres. ¡Al diablo! Ven aquí, bajo este árbol, te vas a empapar...

Shen-Te se dirige lentamente hacia el árbol y se sienta.

SHEN-TE: ¿Por qué quiere... hacer eso?

SUN: ¿Te interesa saberlo? Te lo voy a decir: para no verte más. (Pausa.) ¿Sabes lo que
es un aviador?

SHEN-TE: Sí, una vez vi a varios en una casa de té.

SUN: No, no viste a ninguno. A lo sumo, habrás visto a un par de cretinos pretenciosos
pavoneándose con sus cascos de cuero, incapaces de "oír" un motor, incapaces de
"sentir" una máquina. Si consiguen subir a un avión, es porque han sobornado al
encargado del hangar. Dile a algunos de ésos que ascienda a 2.000 pies de altura, que
luego deje caer el aparato a través de las nubes y lo enderece de un solo golpe de
palanca. ¿Sabes lo que te contestará? "Eso no figura en el contrato." Si al aterrizar no
posas tu avión en tierra como si fuesen tus propias asentaderas, no eres un aviador, eres
un imbécil. Yo sí que soy aviador. Pero al mismo tiempo soy el mayor de los imbéciles.
Mientras estudiaba en la escuela de Pekín no dejé de leer un solo libro de aeronáutica,
pero me salté una página, justamente aquella en que se advertía que hay exceso de
aviadores. Por eso soy un aviador sin avión, un piloto postal sin correo. ¡Pero qué
puedes comprender tú de todo esto!

SHEN-TE: Creo que puedo comprenderlo.

SUN: No, si te digo que no puedes comprender es que no puedes comprender.

SHEN-TE (entre risas y lágrimas): Cuando éramos niños, había en casa una grulla que
tenía un ala rota. Era muy buena con nosotros y no se enojaba cuando le hacíamos
bromas. Nos seguía a todas partes pavoneándose y gritándonos, para que no corriéramos
tan ligero. Pero en otoño, y también en primavera, cuando densas bandadas de grullas
surcaban el cielo de la aldea, ¡le entraba un desasosiego! Y yo comprendía por qué.

SUN: No lloriquees así.

SHEN-TE: No.

SUN: Hace mal al cutis.

SHEN-TE: Ya no lloro.

Se seca las lágrimas con la manga. Sun, apoyado en el árbol, y sin volverse hacia
ella, le toca el rostro.

SUN: Ni siquiera sabes secarte la cara como es debido. (Se la seca con un pañuelo.
Pausa.) Ya que estás decidida a quedarte para que no me cuelgue, abre la boca por lo
menos.

SHEN-TE: No sé qué decir.

SUN: ¿Por qué te empecinas en que no me cuelgue de esa rama, hermana?

SHEN-TE: Tengo miedo. Estoy segura de que si usted quiere hacerlo es solamente
porque la tarde de hoy es tan triste.

Al público:

En nuestro país

No deberían existir atardeceres tristes

Ni puentes arqueados que crucen los ríos

Ni esa hora incierta en que la noche se funde en la mañana

Ni tan largos inviernos... ¿pues qué son, sino nefastas tentaciones?

En medio de tanta miseria


Basta una gota que colme la medida

Para que el hombre ponga fin a esta vida imposible.

SUN: Háblame de ti.

SHEN-TE: ¿De mí? Bueno, tengo un pequeño negocio.

SUN (burlón): ¡Ah! ¿Con que tienes un negocio? ¡Y yo que creí que hacías la calle!

SHEN-TE (con firmeza): Ahora tengo un negocio, pero antes hacía la calle.

SUN: Y el negocio, me imagino que te habrá caído del cielo.

SHEN-TE: Sí.

SUN: Una hermosa tarde aparecieron los dioses y te dijeron: Toma este dinero.

SHEN-TE (riendo suavemente): Fue una mañana.

SUN: No se puede decir que seas muy comunicativa.

SHEN-TE (después de una pausa): Sé tocar la cítara, un poco, e imitar a la gente.
(Fingiendo voz de bajo, imita a un hombre importante.) "¡Cómo es posible! ¡Debo
haber olvidado la billetera!" Y ahora tengo un negocio. Lo primero que hice fue
deshacerme de mi cítara. "Ahora, pensé, puedo darme el lujo de quedarme callada como
una piedra, ya no tiene importancia."

Y dije: Ahora soy rica,

Sola voy y sola duermo.

Durante todo un año, dije,

No tendré relación con hombre alguno.

SUN: Pero ahora vas a casarte. Con el de la casa de té que está a la orilla del estanque.

Shen-Te calla.

SUN: ¿Qué sabes realmente del amor?

SHEN-TE: Todo.

SUN: Nada, hermana. ¿Era agradable, aquello?

SHEN-TE: No.

SUN (sin volverse hacia ella le acaricia el rostro): Y esto, ¿es agradable?

SHEN-TE: Sí.

SUN: Eres fácil de contentar. ¡Oh, qué ciudad!

SHEN-TE: ¿No tiene ningún amigo?

SUN: Montones. Pero ninguno que me tome en serio cuando les confieso que sigo sin
empleo. ¡Hay que ver la cara que ponen! Exactamente como si oyeran a alguien
quejarse de que en el mar todavía hay agua. Y tú, ¿tienes algún amigo?

SHEN-TE (vacilando): Un primo.

SUN: Desconfía de él.

SHEN-TE: Vino a verme una sola vez. Ahora se ha marchado y no creo que vuelva. Pero,
¿por qué habla usted con tanta desesperación? Dicen que hablar sin esperanza es hablar
sin bondad.

SUN: ¡Sigue hablando! Una voz es siempre una voz.

SHEN-TE (con calor): Por grande que sea la miseria, siempre hay hombres de buen
corazón. Un día, cuando era niña, me caí llevando un fardo de leña. Pasó un viejo, me
ayudó a levantarme y hasta me regaló un trozo de queso. Muchas veces pienso en aquel
episodio. Los que tienen menos son siempre los que dan más. A la gente le gusta
demostrar lo que es capaz de hacer. ¿Y cómo demostrarlo mejor que siendo bueno? La
maldad no es más que una especie de ineptitud. Cantar una canción, construir una
máquina, sembrar arroz: en el fondo, eso es ser bueno. Y usted también es bueno.

SUN: Si la bondad fuera como tú dices, no costaría mucho ser bueno.

SHEN-TE: Acabo de sentir una gota de lluvia.


SUN: ¿Dónde?

SHEN-TE: Entre los ojos.

SUN: ¿Hacia el ojo derecho o hacia el ojo izquierdo?

SHEN-TE: Hacia el izquierdo.

SUN: Bueno. (Tras una pausa, soñoliento.) ¿Así que terminaste con los hombres?

SHEN-TE (riendo): ¿No era que yo tenía las piernas torcidas?

SUN: Tal vez no.

SHEN-TE: Seguro que no.

SUN (cansado, se apoya en el árbol): Pero como hoy no he bebido ni una gota de agua y
hace ya dos días que no como, no creo que podría hacerte el amor, aunque lo quisiera.

SHEN-TE: Se está bien bajo la lluvia.

Llega Wang, el aguador. Canta.



CANCIÓN DEL aguador BAJO LA LLUVIA

Traigo agua para vender

Y la lluvia cae sobre mí.

¡Ah! Con cuánto esfuerzo conseguí Este poquito de agua para beber.

Y aunque grito con furor: ¡Compradme agua! Ninguna voz a mi grito responde.

¿No habrá nadie que acuda sediento

Y me la pague y se embriague con ella?

(¡Compradme agua, perros malditos!)

¡Si pudiera tapar ese agujero!

Hace poco soñé que la sequía

Siete años duraba

Y gota a gota el agua yo medía.

¡Dame agua!, la gente gritaba.

Pero yo, antes de darles de beber

Les miraba la facha

Para ver si me gustaba. (Los muy perros, ¡cómo se morían de sed!)

Ávidos como la hierba seca

Prendidos a las ubres de las nubes

Saciáis hoy vuestra sed

Sin preguntar cuál es el precio.

Y yo grito: ¡Compradme agua!

Pero ninguna voz a mi grito responde.

¿No habrá nadie que acuda sediento

Y me la pague y se embriague con ella?

(¡Compradme agua, perros malditos!)



Ha dejado de llover. Shen-Te ve a Wang y corre hacia él.

SHEN-TE: ¡Ah, Wang! ¿Ya estás de vuelta? He reservado en casa un lugar para tu
carrito.

WANG: Te agradezco que me lo hayas guardado. ¿Cómo te encuentras, Shen-Te?

SHEN-TE: Bien. Acabo de conocer a un hombre muy inteligente y muy audaz. Quiero
comprarte un vaso de agua.

WANG: Echa la cabeza hacia atrás, abre la boca, y tendrás toda el agua que desees. Mira
el sauce, todavía chorrea.

SHEN-TE:


Pero es tu agua la que quiero, Wang.

La que de lejos traes,

La que tantos esfuerzos te costó,

La que ya no podrás vender, porque cae la lluvia...

La quiero para este señor que ves aquí,

Este señor que es aviador. El aviador

Es el más audaz de todos los hombres. Compañero de las nubes

Desafía las peores tormentas

Y surca los cielos llevando

A desconocidos de lejanas tierras

El fraternal correo.

Paga y corre hacia Sun con el vaso de agua.

SHEN-TE (llama a Wang, riendo): Se quedó dormido. La desesperación, la lluvia y yo lo
hemos fatigado.





INTERMEDIO



Albergue nocturno de Wang en una alcantarilla. El aguador duerme. Música. La
alcantarilla se vuelve transparente y los dioses se presentan ante Wang dormido.



WANG (radiante): ¡La he visto, ilustres dioses, y no ha cambiado nada!

PRIMER DIOS: Nos alegramos mucho.

WANG: Está enamorada. Conocí a su amigo. Todo marcha a la perfección.

PRIMER DIOS: Mejor así. Esperemos que se sienta reconfortada para seguir por el camino
del bien.

WANG: De eso no cabe duda. Hace toda clase de favores, en la medida de sus
posibilidades, naturalmente.

PRIMER DIOS: ¿Qué favores? A ver, cuéntame un poco, querido Wang.

WANG: Pues... siempre encuentra una palabra amable para cada uno.

PRIMER DIOS (ávidamente): Muy bien, ¿y qué más?

WANG: Es raro que alguien salga de su negocio sin un poco de tabaco, aunque no pueda
pagarlo.

PRIMER DIOS: No está mal. ¿Qué otra cosa?

WANG: Alojó en su casa a una familia de ocho personas.

PRIMER DIOS (triunfante, al Segundo dios): ¡Ocho personas! (A Wang.) ¿Algo más?
¡Vamos, piensa bien!

WANG: Sí, me compró un vaso de agua en plena lluvia.

PRIMER DIOS: Claro, las pequeñas dádivas de la beneficencia. Ya lo daba por
descontado.

WANG: No creáis, todo eso le cuesta dinero. Un negocio pequeño como el de ella no
reporta mucho.

PRIMER DIOS: ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Pero también es cierto que un buen
jardinero hace maravillas en un minúsculo cuadradito de tierra.

WANG: Es justamente lo que hace ella. Todas las mañanas reparte arroz, y os aseguro
que sólo en eso se le va la mitad de las ganancias.


PRIMER DIOS (vagamente decepcionado): No tengo nada que objetar. Por tratarse de un
comienzo, no se puede estar descontento.

WANG: No debéis olvidar que los tiempos no son del todo propicios. Una vez tuvo
tantos disgustos con el negocio que se vio obligada a recurrir a un primo suyo.

Apenas descubierto el refugio que protege del viento

De todos los rincones del cielo invernal

Acuden bandadas de pájaros desgreñados.

Y mientras el zorro hambriento

Roe el delgado muro, un lobo cojo

La escudilla derrama.

En resumen, que no sabía cómo hacer para enfrentar tantas dificultades. Pero todos
concuerdan en que es una buena muchacha. ¡Con deciros que la llaman "el ángel de los
suburbios"! Tanto es el bien que prodiga desde su pequeña cigarrería. Y que el
carpintero Lin-To diga lo que quiera.

PRIMER DIOS: No te comprendo. ¿Es que el carpintero Lin-To habla mal de ella?

WANG: ¡Bah! No tiene importancia. Anda diciendo que no le pagaron lo que
correspondía por las estanterías.

SEGUNDO DIOS: ¡Cómo! ¿No le pagaron al carpintero? ¿En el propio negocio de Shen-
Te? Y ella, ¿cómo pudo permitir semejante cosa?

WANG: Supongo que no tendría dinero.

SEGUNDO DIOS: Ésa no es una excusa. Lo que se debe hay que pagarlo. Es necesario
evitar hasta las apariencias de la injusticia, y cumplir los mandamientos, respetando
primero la letra y después el espíritu.

WANG: ¡Pero no fue ella, ilustre Señor, fue su primo!

SEGUNDO DIOS: Entonces ese primo no volverá a cruzar el umbral del negocio.

WANG: Comprendo, Señor. Pero permitidme que os diga, en descargo de Shen-Te, que
el primo en cuestión parece ser un hombre de negocios muy respetable. Hasta la policía
lo aprecia.

PRIMER DIOS: Está bien, no vamos a condenarlo sin escucharlo primero. Debo confesar
que en materia de negocios no entiendo nada. Habrá que informarse un poco de los usos
y costumbres. Pero me pregunto, ¿son indispensables los negocios? En estos tiempos,
todo el mundo se pasa la vida haciendo negocios. ¿Hacían negocios los Siete Reyes
Buenos? Y Kung el Justo, ¿se dedicaba a vender pescado? Quisiera saber qué tienen que
ver los negocios con una vida recta y digna.

SEGUNDO DIOS (carraspeando): De todos modos, que no vuelva a ocurrir.

Se vuelve, dispuesto a marcharse. Los otros dos dioses hacen lo mismo.

TERCER DIOS (turbado, demorándose): Perdona que hayamos sido un poco duros
contigo. Es que estamos muy cansados, hemos dormido mal. ¡Ah, esos albergues que
nos ofrecen para pasar la noche! Los ricos nos recomiendan efusivamente a los pobres,
y a los pobres les falta espacio.

LOS DIOSES (alejándose descontentos): ¡Cuánta debilidad, aun entre los mejores! ¡Nada
que despierte admiración! ¡Qué poco se puede conseguir, qué poco! Hay impulsos
sinceros, es cierto, buen corazón, ¡pero qué falta de grandeza! Si por lo menos ella
hubiera...

No se les oye más.

WANG (gritándoles): ¡Tened un poco de paciencia, ilustres dioses! ¡No exijáis
demasiado para empezar!


IV

LA PLAZA FRENTE A LA CIGARRERÍA DE SHEN-TE



Una barbería, una casa, de alfombras y la cigarrería de Shen-Te. Es lunes. Frente al
negocio de Shen-Te aguardan el abuelo y la cuñada. La Señora Shin y el desocupado
también esperan.



LA CUÑADA: ¡Ayer tampoco pasó la noche en casa!

SEÑORA SHIN: Se conduce de un modo increíble. Menos mal que ese maldito primo ya
se marchó. Y de cuando en cuando la gran dama se digna regalarnos un poco del arroz
que le sobra, mientras se esfuma noches enteras. ¡Sólo los dioses sabrán por dónde
anda!

Se oyen voces provenientes de la barbería. Sale Wang trastabillando, seguido de un
hombre gordo, el peluquero Chu-Fu, que empuña las tenacillas de rizar.

CHU-FU: ¡Yo te enseñaré a venir a molestar a mis clientes con tu agua pestilente! Toma
tu jarro y largo de aquí.

Wang hace un ademán para llevarse el jarro que le tiende el barbero. Éste le golpea
la mano con las tenacillas. Wang lanza un grito de dolor.

CHU-FU: ¡Toma! Y que te sirva de lección.

Entra en la barbería.

EL DESOCUPADO (recoge el jarro y se lo entrega a Wang): Puedes demandarlo por
haberte golpeado.

WANG: Me estropeó la mano.

EL DESOCUPADO: ¿Te habrá roto algún hueso?

WANG: No puedo moverla.

EL DESOCUPADO: Siéntate y mójatela un poco.

SEÑORA SHIN: Por lo menos a ti el agua no te resulta cara.

LA CUÑADA: Ya son las ocho de la mañana, y nosotros aquí esperando, sin poder
conseguir ni una mísera venda, mientras la señorita anda de farra corrida. ¡Es un
verdadero escándalo!

SEÑORA SHIN (sombría): Nos ha olvidado.

Shen-Te avanza por la calle, trayendo una olla con arroz.

SHEN-TE (al público): Nunca había visto todavía la ciudad al amanecer. A esa hora
estaba generalmente acostada, con la cabeza escondida bajo una manta sucia, temblando
sólo de pensar que debía abrir los ojos. Hoy, en cambio, me crucé en el camino con los
chicuelos que reparten los diarios, con los obreros que lavan a baldazos el asfalto, con
los carros tirados por bueyes que traen del campo la verdura fresca. Desde el barrio de
Sun hasta aquí el trecho es largo, y sin embargo, a cada paso, mi dicha era mayor. Dicen
que los enamorados flotan sobre las nubes; yo creo que no puede haber nada más
hermoso que andar por la tierra y pisar firme sobre el asfalto. Creedme, al amanecer, las
casas parecen montones de ruinas encendidas por un cielo sonrosado y puro, que
ninguna partícula de polvo ha empañado todavía. Creedme, aquel que no esté
enamorado, aquel que no contemple a nuestra Se-Chuan a la hora en que ésta emerge
del sueño, no sabe lo que pierde. Diríase un viejo artesano que, antes de tomar sus
herramientas, se llena los pulmones con el aire fresco de la mañana, como diría un
poeta, (A los que están esperando.) ¡Buenos días1. ¡Aquí traigo el arroz! (Lo reparte y,
de pronto, ve a Wang.) Buenos días, Wang. Hoy me siento muy frívola. Mientras venía
por el camino, me miraba en las vidrieras y me dieron ganas de comprarme un chal.
¡Cómo me gustaría ser hermosa!

Entra rápidamente en la casa de alfombras.

SHU-FU (aparece nuevamente en la puerta y se dirige al público): Me siento como
aturdido. ¡Qué bonita está hoy la señorita Shen-Te, la dueña de la cigarrería de enfrente!
Nunca lo había notado hasta ahora. Pero de pronto la miré y quedé flechado en un
minuto. ¡Qué criatura encantadora! (A Wang.) ¡Fuera de aquí, granuja!

Vuelve a entrar en la barbería. Shen-Te y una pareja de ancianos, el tapicero y su
mujer, salen de la casa de alfombras. Shen-Te lleva un chal y el tapicero tiene un
espejo en la mano.

LA ANCIANA: Es muy bonito y está barato porque tiene un agujerito en el borde.

SHEN-TE (mirando el chal que la anciana trae en el brazo): El verde también es muy
lindo.

LA ANCIANA (sonriendo): Ah, pero éste no tiene ninguna falla.

SHEN-TE: ¡Qué lástima! Y no puedo permitirme muchas locuras con un negocio como
el mío. Tengo muy pocos ingresos y demasiados gastos.

LA ANCIANA: Lo que sucede es que todo lo que usted gana se le va en hacer favores. No
hay que ser tan generosa. Al comienzo, cada grano de arroz tiene su importancia,
¿verdad?

SHEN-TE (probándose el chal agujereado): Sí, pero es más fuerte que yo. Por lo pronto,
hoy estoy muy animada. ¿Me queda bien este color?

LA ANCIANA: Eso tiene que preguntárselo a un hombre.

SHEN-TE (volviéndose hacia el anciano): ¿Me queda bien?

EL ANCIANO: Pregúnteselo mejor a...

SHEN-TE (muy cortés): No, es a usted a quien deseo preguntárselo.

EL ANCIANO (también muy cortés): El chal le queda bien, pero le aconsejo que lo Use
del lado menos brillante.

Shen-Te paga el chal.

LA ANCIANA: Si después llegara a arrepentirse, podrá cambiarlo sin problemas. (Se la
lleva a un lado.). ¿Él dispone de algún capital?

SHEN-TE (riendo): ¡Oh, no!

LA ANCIANA: Entonces, ¿cómo se las va arreglar para pagar los seis meses de alquiler?

SHEN-TE: ¡Los seis meses de alquiler! ¡Lo olvidé por completo!

LA ANCIANA: Ya me lo figuraba. Y el lunes próximo es primero de mes. Quisiera
proponerle una cosa. Después de haberla conocido, mi marido y yo pensamos que poner
un aviso en el diario para conseguir marido no era una idea muy feliz. Entonces se nos
ocurrió que, si usted lo necesitara, nosotros podríamos ayudarla. Como tenemos algunos
ahorros, le prestaríamos los doscientos dólares de plata. Si le parece bien, usted nos deja
en prenda su stock de tabaco. Por supuesto, entre nosotros no hay necesidad de papeles
ni de firmas.

SHEN-TE: ¿Estaría usted dispuesta a prestarle dinero a una persona tan informal como
yo?

LA ANCIANA: Le diré, si se tratara de prestárselo a su señor primo —que es una persona
muy seria, indudablemente— lo pensaríamos antes dos veces. Pero a usted, se lo
prestamos sin ningún reparo.

EL ANCIANO (acercándose a ambas): ¿Y, trato hecho?


SHEN-TE: ¡Ah, señor Deng! ¡Si los dioses hubieran podido escuchar a su esposa, ellos
que andan en busca de almas buenas y felices! Si ustedes no fueran felices no tratarían
de ayudarme a mí, que me encuentro en una situación angustiosa sólo por amor.

Los dos ancianos sonríen.

EL ANCIANO: Aquí tiene el dinero.

Le entrega un sobre. Shen-Te lo toma y se inclina. Los ancianos se inclinan también
y vuelven a su negocio.

SHEN-TE (a Wang, blandiendo el sobre): ¡Es el alquiler de seis meses! Un verdadero
milagro, ¿no te parece? ¿Qué opinas de mi nuevo chal, Wang?

WANG: ¿Lo compraste por ese hombre que vi en el parque?

Shen-Te hace una señal afirmativa.

SEÑORA SHIN: En lugar de contarle sus equívocas aventuras, haría bien en mirarle un
poco la mano.

SHEN-TE: ¿Qué le pasó en la mano?

SEÑORA SHIN: El barbero se la rompió ante nuestros propios ojos con su tenacilla de
rizar.

SHEN-TE (alarmada por su distracción): ¡Y yo sin darme cuenta de nada! ¡Tienes que ir
inmediatamente a ver al médico, no sea que te quede inutilizada la mano y no puedas
volver a trabajar! ¡Qué desgracia! ¡Anda pronto, Wang, levántate!

EL DESOCUPADO: Mi opinión es que no debería ver al médico sino al juez. Tiene
derecho a exigir indemnización por daños y perjuicios. El barbero es rico.

WANG: ¿Crees que puede haber alguna probabilidad?

SEÑORA SHIN: Si está estropeada... ¿Pero está realmente estropeada?

WANG: Me parece que sí. Se ha hinchado mucho. ¿Y sería una pensión vitalicia?

SEÑORA SHIN: Claro que necesitarás algún testigo.

WANG: No habrá problemas, todos ustedes fueron testigos. Todos podrán declarar.

Dirige una mirada en derredor. El desocupado, el abuelo y la cuñada, sentados
contra la pared, comen sin levantar la vista.

SHEN-TE (a la Señora Shin): ¡Usted también lo vio!

SEÑORA SHIN: Yo no quiero líos con la policía.

SHEN-TE (a la cuñada): Y usted?

LA CUÑADA: Yo no vi nada.

SEÑORA SHIN: No es cierto. Yo vi que estaba mirando. Lo que pasa es que ahora tiene
miedo porque el barbero es todo un personaje.

SHEN-TE (al abuelo): Estoy segura que usted no se negará a. declarar.

LA CUÑADA: ¿Quién va a aceptar el testimonio de un viejo chocho?

SHEN-TE (al desocupado): Piense que puede ser una pensión para toda la vida.

EL DESOCUPADO: Ya me encerraron dos veces por mendicidad. Mi testimonio no haría
más que perjudicarlo.

SHEN-TE (incrédula): ¿De modo que ni uno solo de ustedes está dispuesto a decir la
verdad? ¡Le han roto la mano en pleno día, todos fueron testigos y nadie quiere
declarar! (Enfurecida:)

¡Oh desdichados!

Torturan a uno de vuestros hermanos y cerráis los ojos.

El herido ruge de dolor y guardáis silencio.

El torturador pasea su mirada y elige su presa.

Y decís: No nos harán nada porque estamos quietos.

¿Y esta es una ciudad? ¿Y estos son hombres?


¡Si la injusticia germina en la ciudad, que la revuelta estalle!

Y si no estalla, que la ciudad entera

Se consuma en el fuego antes de que llegue la noche.

Wang, si nadie quiere declarar en tu favor, yo te serviré de testigo y diré que lo
presencié todo.

SEÑORA SHIN: Incurrirá en falso testimonio.

WANG: No sé si puedo aceptarlo. Aunque tal vez no me quede otro remedio. (Se mira
la mano con inquietud.) ¿Creen que está bastante hinchada? Me parece que se está
deshinchando.

EL DESOCUPADO (tranquilizador): No, no se ha deshinchado nada.

WANG: ¿De veras? Tiene razón. Y hasta diría que está un poquito más hinchada que
antes. Quién sabe si al fin de cuentas no se me ha roto la muñeca. Lo mejor será que
vaya a ver al juez sin perder un minuto.

Sale corriendo sosteniéndose cuidadosamente la mano y sin dejar de mirarla. La
Señora Shin se precipita al negocio del barbero.

EL DESOCUPADO: Ésa va corriendo a la casa del barbero para congraciarse con él.

LA CUÑADA: No somos nosotros quienes vamos a cambiar el mundo.

SHEN-TE (deprimida): No fue mi intención insultarlos. Pero me asusté tanto.
(Cambiando de tono.) Sí, quise insultarlos. Váyanse de aquí, no quiero verlos más.

No abren la boca.

Los colocan en un rincón

Y allí se quedan hasta que los echan.

Entonces abandonan el lugar sin chistar.

Pues nada los inmuta.

Sólo el olor a comida les hace reaccionar.

Llega corriendo una anciana. Es la Señora Yang, madre de Sun.

SEÑORA YANG (sin aliento): ¿Es usted la señorita Shen-Te? Mi hijo me lo contó todo.
Soy la madre de Sun, la Señora Yang. Figúrese que se le ha presentado la oportunidad
de conseguir un puesto de aviador. Esta mañana, hace un rato, llegó una carta de Pekín.
Del jefe de un hangar del servicio aeropostal.

SHEN-TE: ¿Podrá volar de nuevo? ¡Oh, Señora Yang!

SEÑORA YANG: Pero el puesto cuesta un horror: 500 dólares.

SHEN-TE: Es mucho, pero no podemos dejar que fracase el proyecto por una cuestión de
dinero. ¡Para qué tengo este negocio!

SEÑORA YANG: ¡Si pudiera usted hacer algo por él!

SHEN-TE: ¡Oh, si pudiera ayudarlo!

SEÑORA YANG: Le dará una oportunidad a un hombre de mucho talento.

SHEN-TE: ¿Cómo se puede impedir aun hombre que sea útil? (Después de una pausa.)
El único problema es que no sé si podré sacar tanto dinero de mi negocio y estos
doscientos dólares son prestados. Pero entretanto, lléveselos. Ya los reembolsaré con la
venta de mi stock de tabaco.

Le da el dinero de los dos ancianos.

SEÑORA YANG: ¡Ah, señorita Shen-Te, qué ayuda oportuna! Cuando pienso que en todo
Se-Chuan ya lo llamaban "el aviador muerto". Todos estaban convencidos de que nunca
más volvería a volar.

SHEN-TE: Pero faltan todavía trescientos dólares para pagarle el puesto. Hay que pensar
en algo, Señora Yang. (Lentamente.) Conozco a una persona que quizás pueda
ayudarme. Alguien que ya me sacó de apuros en una ocasión. En realidad, hubiera


preferido no tener que recurrir a él, porque es tan duro, tan astuto. Esta será la última
vez. Pero es evidente que un aviador debe volar.

Se oye el ruido de un motor.

SEÑORA YANG: ¡Si el hombre a quien se refiere pudiera conseguirnos él dinero! Mire,
allí pasa el avión postal de la mañana que va a Pekín.

SHEN-TE (decidida): Salúdelo, Señora Yang. Estoy segura de que el piloto nos verá.
(Agita su chal.) ¡Salúdelo usted también!

SEÑORA YANG (saluda con las manos): ¿Pero usted conoce a ese piloto?

SHEN-TE: No, pero conozco a uno que va a volar. Uno que había perdido toda
esperanza, y que es necesario que vuele, Señora Yang. Es necesario que haya uno, por
lo menos, que se eleve por encima de esta miseria, por encima de todos nosotros. (Al
público:)

Yang Sun, mi amado, compañero de las nubes,

Desafiando las peores tormentas

Surcará los cielos llevando

A desconocidos de lejanas tierras

El correo fraternal.





INTERMEDIO ANTE EL TELÓN



Entra Shen-Te. Lleva en la mano la máscara y el traje de Shui-Ta y canta.



CANCIÓN DE LA DEBILIDAD DE LOS DIOSES Y DE LOS BUENOS



En nuestro país

Quien quiera demostrar que es un ser útil

Necesita suerte

Y grandes influencias.

Pero los buenos

A nadie tienen y los dioses son impotentes.

¿Por qué los dioses no tienen acorazados, tanques,

Cañones, submarinos, fortalezas volantes,

Para hundir a los malos y salvar a los buenos?

Ellos y nosotros nos quejaríamos menos.



Se coloca el traje de Shui-Ta y da unos cuantos pasos imitando la forma de caminar
de aquél.



Los buenos

Poco tiempo pueden ser buenos en nuestro país.

Cuando la fuente queda vacía riñen los comensales.

Los mandamientos de los dioses Nada pueden contra la carestía.

¿Por qué los dioses no van a los mercados

Y distribuyen alimentos a manos llenas?

Con el vino y el pan reconfortados

Por fin seríamos buenos y fraternales.




Se coloca la máscara de Shui-Ta y canta imitando su voz.



Para poder comer todos los días

Hay que ser feroz como los fundadores de imperios.

No es posible socorrer a un desdichado

Sin aplastar a otros doce.

¿Por qué los dioses no pregonan hasta las altas nubes

Que los buenos un mundo bueno merecen?

¿Por qué a los buenos con tanques y cañones no socorren

Gritando: ¡Fuego! Pongamos fin a sus dolores?





V

LA CIGARRERÍA



Shui-Ta, sentado detrás del mostrador, lee el diario. No presta ninguna atención a la
charla incesante de la Señora Shin que está haciendo la limpieza.



SEÑORA SHIN: Créame, un negocio así, pequeño como éste, no tarda en desprestigiarse
cuando comienza a dar que hablar en el barrio. Ya es tiempo de que un hombre formal
como usted tome cartas en el asunto y ponga en claro esa equívoca relación entré la
señorita y ese Yang-Sun de la calle Amarilla. No olvide que el señor Shu-Fu, el barbero
de al lado, tiene doce casas y una sola esposa, vieja por añadidura. Ayer, sin más, me
dio a entender que tiene interés en la señorita, interés que me parece muy halagador para
ella. Con decirle que hasta se informó acerca de su situación económica. Eso prueba, a
mi juicio, que tiene sanas intenciones.

Al no obtener respuesta, termina por marcharse llevándose el balde.

VOZ DE SUN (desde afuera): ¿Es éste el negocio de la señorita Shen-Te?

VOZ DE LA SEÑORA SHIN: Sí, pero hoy ha salido. Está su primo.

Con el paso ligero de Shen-Te, Shui-Ta se precipita hacia el espejo y empieza a
retocarse el cabello. Se da cuenta de su error y se vuelve riendo para sus adentros.
Entra Yang-Sun. La Señora Shin, curiosa, lo sigue, pasa por delante de él y
desaparece en la trastienda.

SUN: Yo soy Yang-Sun. (Shui-Ta se inclina.) ¿Está Shen-Te?

SHUI-TA: No, no está.

SUN: Supongo que usted está al corriente de nuestras relaciones. (Se pone a examinar el
negocio.) ¡Un negocio en toda regla! Siempre creí que exageraba un poco. (Observa
satisfecho las cajas y los tarros de porcelana.) ¡Amigo, podré volar otra vez! (Toma un
cigarro y Shui-Ta le da juego.) ¿Le parece que conseguiremos sacar trescientos dólares
de plata por este negocio?

SHUI-TA: Permítame una pregunta. ¿Tiene usted la intención de venderlo en seguida?

SUN: ¿Contamos acaso con trescientos dólares en efectivo? (Shui-Ta hace un gesto
negativo.) Fue muy amable de parte de ella soltar los doscientos dólares sin titubear.
¿Pero para qué me sirven, sin los trescientos que faltan?

SHUI-TA: Tal vez Shen-Te haya procedido con excesiva ligereza al prometerle ese
dinero. No sea que le cueste el negocio. Bien lo dice el refrán: 'Tan veloz sopla el viento
que echa abajo los andamios".

SUN: Necesito el dinero pronto, o será inútil. Y la muchacha no es de las que lo piensan
dos veces cuándo llega el momento de dar algo. Dicho sea entre hombres, conmigo
nunca se mostró remisa... en nada.

SHUI-TA: ¿Ah, sí?

SUN: No es una crítica, por supuesto.

SHUI-TA: ¿Podría decirme qué piensa hacer con esos quinientos dólares?

SUN: No tengo inconveniente. Veo que está tomando sus precauciones, ¿eh? Pues, un
jefe de hangar de Pekín, amigo mío de la Escuela de Aeronáutica, está dispuesto a*
conseguirme el puesto si largo los quinientos dólares.

SHUI-TA: ¿No le parece una suma exorbitante?

SUN: No. Tiene que encontrar la forma de despedir por negligencia a uno de sus pilotos
que es, justamente, un modelo en el cumplimiento de su deber. ¡Claro! El hombre tiene
que mantener una familia numerosa. ¿Me entiende? Esto se lo digo confidencialmente.
No es necesario que lo sepa Shen-Te.

SHUI-TA: Por supuesto. ¿Pero no teme que el jefe del hangar a su vez lo venda a usted el
mes próximo?

SUN: Conmigo no hay peligro. Nadie podrá sorprenderme en falta. Demasiado tiempo
estuve sin trabajar.

SHUI-TA (aprueba con la cabeza): Sí, perro hambriento tira mejor del carro para llegar a
casa. (Lo contempla largo rato con mirada escrutadora.) Es una responsabilidad muy
grande, señor Yang-Sun. Usted exige de mi sobrina que se desprenda de lo poco que
posee, que renuncie a todas las amistades que ha hecho en la ciudad y que le confíe a
usted su destino. Me figuro que tiene la intención de casarse con Shen-Te.

SUN: Estaría dispuesto a hacerlo.

SHUI-TA: ¿Y no cree que es una lástima malvender el negocio por unos cuantos dólares
de plata? No se sacará gran cosa si hay que venderlo con apuro. Con los doscientos
dólares que están en sus manos se podría asegurar el alquiler de seis meses. ¿No le
agradaría administrar la cigarrería?

SUN: ¿Yo? Me ve usted a mí, a Yang-Sun el aviador, detrás de un mostrador, diciendo:
"¿El señor desea tabaco fuerte o tabaco suave?" No, un negocio de ese tipo no es digno
de Yang-Sun, en un siglo como éste.

SHUI-TA: Permítame otra pregunta: ¿la aviación es un negocio?

SUN (saca una carta del bolsillo): Señor, cobraré doscientos cincuenta dólares
mensuales. Vea usted la carta y mire la estampilla y el matasellos: Pekín.

SHUI-TA: Doscientos cincuenta dólares es mucho dinero.

SUN: ¡Ah! ¿Creía usted que iba a volar gratis?

SHEN-TE: El puesto parece bueno, señor Yang-Sun, y mi prima me ha encomendado
que le ayude a conseguir ese empleo de aviador que tanto significa para usted. Desde el
punto de vista de mi prima, no veo ninguna objeción válida que le impida seguir los
impulsos de su corazón. Tiene perfecto derecho a gozar las alegrías del amor. Estoy
dispuesto a convertir en dinero todas las existencias de este negocio. Ahí viene
precisamente la dueña, la señora Mi-Tzu. Quiero consultarla acerca de la venta.

LA PROPIETARIA (entrando): Buenos días, señor Shui-Ta. Vengo por ese asunto del
alquiler del negocio. Pasado mañana vence el plazo.

SHUI-TA: Señora Mi-Tzu, han surgido ciertos hechos imprevistos que probablemente
impedirán que mi prima quiera conservar la cigarrería. Ha decidido casarse y su futuro
marido (presenta a Yang-Sun), el señor Yang-Sun, se la lleva a Pekín, en donde van a
iniciar una nueva existencia. Si me ofrecen una suma razonable por mi tabaco, voy a
vender.

LA PROPIETARIA: ¿Cuánto quiere sacar?

SUN: Trescientos al contado.

SHUI-TA (rápidamente): No, quinientos.

LA PROPIETARIA (a Sun): Tal vez yo pueda solucionar su problema. ¿Cuánto costó el
tabaco?

SHUI-TA: Mi prima pagó mil dólares de plata y vendió muy poco.

LA PROPIETARIA: ¡Mil dólares de plata! La estafaron, es evidente. Voy a hacerle una
propuesta: le pago trescientos dólares de plata por todo el negocio, si se mudan pasado
mañana.

SUN: Se mudarán. ¿De acuerdo, viejo?

SHUI-TA: Es muy poco.


SUN: Es bastante.

SHUI-TA: Necesito quinientos como mínimo.

SUN: ¿Por qué?

SHUI-TA: ¿Me permite que le diga dos palabras al prometido de mi prima? (Aparte, a
Sun.) Todo el tabaco que hay aquí sirve de garantía a dos ancianos que prestaron los
doscientos dólares que usted recibió ayer.

SUN (vacilando): ¿Hay algún compromiso escrito?

SHUI-TA: No.

SUN (a la propietaria, después de una breve pausa): Podemos cerrar trato en
trescientos.

LA PROPIETARIA: Queda por ver si el negocio está libre de deudas.

SUN: ¡Conteste!

SHUI-TA: El negocio no tiene deudas.

SUN: ¿Cuándo se podrá cobrar los trescientos dólares?

LA PROPIETARIA: Pasado mañana. Hasta entonces están a tiempo de cambiar de parecer.
Si tuvieran un mes por delante tal vez podrían vender mejor; yo no puedo ofrecerles
más de trescientos dólares, y conste que lo hago únicamente porque deseo contribuir a
la felicidad de los jóvenes enamorados.

Sale.

SUN (gritando): ¡Asunto terminado! ¡Todo por trescientos dólares, las cajitas, los
tarritos, las bolsitas, y adiós preocupaciones! (A Shui-Ta.) De aquí a pasado mañana tal
vez se consiga una oferta mejor y se pueda devolver los doscientos dólares.

SHUI-TA: ¿En tan poco tiempo? Imposible. No conseguiremos un dólar más que los
trescientos que ofreció la señora Mi-Tzu. ¿Tiene dinero para el viaje de los dos y con
qué resistir los primeros tiempos?

SUN: Por supuesto.

SHUI-TA: ¿Cuánto?

SUN: Pierda cuidado. Ya lo conseguiré aunque me vea obligado a robar.

SHUI-TA: ¡Ah! ¿Con que también ese dinero tiene que conseguirlo?

SUN: No te devanes los sesos, viejo. Ya me las arreglaré para llegar a Pekín.

SHUI-TA: Pero el pasaje para dos no ha de ser muy barato.

SUN: ¿Para dos? A la muchacha la dejo aquí por ahora. En los primeros tiempos sería
como llevar una piedra al cuello.

SHUI-TA: Comprendo.

SUN: ¿Por qué me mira como si yo fuera una lata de aceite que pierde? Hay que tomar
las cosas como vienen.

SHUI-TA: ¿Y de qué va a vivir mi prima?

SUN: ¿No podrá usted ayudarla?

SHUI-TA: Trataré de hacerlo. (Una pausa.) Le agradeceré que me devuelva los
doscientos dólares, señor Yang Sun, y los deje aquí hasta que se encuentre en
condiciones de mostrarme dos boletos para Pekín.

SUN: Querido cuñado, te ruego que no te entremetas en este asunto.

SHUI-TA: La señorita Shen-Te...

SUN: Deja en paz a la chica que de ella me encargo yo.

SHUI-TA: ...quizá no quiera vender su negocio cuando se entere...

SUN: Le aseguro que querrá.

SHUI-TA: ¿No teme usted que yo me oponga?

SUN: ¡Señor mío!


SHUI-TA: Parece usted olvidar que ella es una criatura con uso de razón.

SUN (divertido): Siempre me ha asombrado lo que algunos hombres piensan de los
miembros femeninos de su familia y de los efectos que pueden producir sus juiciosos
consejos. ¿Nunca oyó hablar del poder del amor ni de las exigencias de la carne? ¿Y
usted pretende apelar a la razón de Shen-Te? Si no es una criatura con uso de razón.
¡Durante toda su vida, la pobre no conoció otra cosa que malos tratos! Bastará que le dé
una palmadita en el hombro y le diga: "tú te vienes conmigo", para que se quede
embobada y reniegue hasta de su propia madre.

SHUI-TA (con esfuerzo): ¡Señor Yang-Sun!

SUN: ¡Señor... como se llame!

SHUI-TA: Si mi prima le tiene apego a usted es porque...

SUN: ¡No nos andemos con vueltas! Porque la manoseo. ¡Llénate la pipa y fuma! (Se
sirve otro cigarro, después se guarda algunos más en el bolsillo y termina por
guardarse toda la caja bajo el brazo.) No te presentarás ante Shen-Te con las manos
vacías: la boda sigue en pie. Y trae ella los trescientos dólares o los traes tú. Una de dos:
¡o ella o tú!

Sale.

SEÑORA SHIN (asomando la cabeza por la trastienda): Todo esto no es muy
reconfortante, que digamos. Toda la calle Amarilla sabe que él la lleva por la punta de la
nariz.

SHUI-TA (gritando): ¡El negocio está perdido! ¡No la ama! ¡Esto es la ruina! (Se pone a
dar vueltas como una fiera enjaulada repitiendo continuamente: "¡El negocio está
perdido!" hasta que se detiene bruscamente y se dirige a la Señora Shin). Shin, usted
creció en el arroyo como yo. Dígame ¿somos nosotros unos atolondrados? No.
¿Carecemos de la brutalidad necesaria? Tampoco. Usted sabe perfectamente que sería
capaz de agarrarla por la garganta y hacerle escupir hasta el último trozo de queso que
me ha robado. Los tiempos son terribles, esta ciudad es un infierno, pero si nos
aferramos con dientes y uñas conseguimos trepar por el muro más liso. Pero, de pronto,
la desgracia se cierne sobre uno de nosotros: ama, y eso basta. Está perdido. La menor
concesión y todo ha terminado. ¿Cómo desembarazarse de todas las flaquezas que nos
acechan, sobre todo de la más temible, el amor? ¡Amar es totalmente imposible! Cuesta
demasiado caro. Y, sin embargo, ¿puede uno vivir siempre en guardia? ¿Qué clase de
mundo es éste?



Las caricias terminan en abrazo mortal

El suspiro amoroso se hace grito angustiado.

¿Por qué vuelan los buitres en derredor?

Una muchacha acude a una cita de amor.



SEÑORA SHIN: Me parece que lo más prudente sería ir a buscar en seguida al barbero. Es
absolutamente necesario que usted hable con él. Es un hombre de palabra. Justamente el
hombre que le hace falta a su prima.

Como no recibe respuesta, sale corriendo. Shui-Ta comienza nuevamente a dar
vueltas en torno a la habitación hasta que llega el señor Shu-Fu, seguido de la
Señora Shin. A una seña de Shu-Fu ésta se ve obligada a retirarse.

SHUI-TA (precipitándose hacia Shu-Fu): He sabido, estimado señor, que se interesa por
mi prima. Me permitiré hablarle dejando de lado las normas de la conveniencia y de la
discreción. Mi prima corre en estos momentos un grave peligro.


SHU-FU: ¡Oh!

SHUI-TA: Hace unas horas todavía, era dueña de un negocio. Ahora no es más que una
pordiosera. Señor Shu-Fu, este negocio está perdido.

SEÑOR SHU-FU: Señor Shui-Ta, el encanto de la señorita Shen-Te no reside tanto en las
bondades de su negocio como en la bondad de su corazón. En el barrio todos la llaman
con un sobrenombre que habla por sí solo: "el ángel de los suburbios".

SHUI-TA: Estimado señor, esa bondad le ha costado a mi prima doscientos dólares en un
día. Hay que poner término a esta situación.

SHU-FU: Permítame que no comparta su opinión. Yo considero, por el contrario, que
debemos abrir las puertas de par en par para dar libre curso a esa bondad. En la señorita,
el bien es parte intrínseca de su naturaleza. Todas las mañanas la contemplo,
conmovido, dar de comer a cuatro personas. ¿Qué razón existe para que no pueda dar de
comer a cuatrocientas? Tengo entendido también que trabaja incansablemente para
mantener a unos cuantos indigentes sin hogar a quienes ha dado alojamiento. Las
barracas que poseo detrás del matadero están vacías. Las pongo a disposición de la
señorita, etcétera, etcétera. Señor Shui-Ta, ¿puedo esperar que las ideas que se me han
ido ocurriendo en el correr de estos últimos días lleguen a conocimiento de la señorita
Shen-Te?

SHUI-TA: Señor Shu-Fu, pensamientos tan elevados despertarán en ella una viva
admiración.

Entra Wang con el Policía. El señor Shu-Fu se vuelve y finge examinar las
estanterías.

WANG: ¿Está aquí la señorita Shen-Te?

SHUI-TA: No.

WANG: Soy Wang, el aguador. Usted es el señor Shui-Ta, ¿no es verdad?

SHUI-TA: El mismo. Buenos días, Wang.

WANG: Soy un amigo de Shen-Te.

SHUI-TA: Ya sé que es uno de sus mas viejos amigos.

WANG (al policía): ¿Qué le dije? (A Shui-Ta.) Vengo a causa de mi mano.

EL POLICÍA: No se puede negar que está estropeada.

SHUI-TA (rápido): Ya veo, necesita un cabestrillo para el brazo.

Va a buscar el chal en la trastienda y se lo tiende a Wang.

WANG: Pero, ¡es su chal nuevo!

SHUI-TA: Ya no le hace falta.

WANG: Si lo compró especialmente para agradar a cierta persona...

SHUI-TA: Las cosas tomaron un giro tal que no lo va a necesitar.

Wang (se ata el chal): Ella es mi único testigo.

EL POLICÍA: Parece ser que su prima vio al barbero Shu-Fu golpear al aguador con su
tenacilla de rizar. ¿Qué sabe usted de eso?

SHUI-TA: Lo único que sé es que mi prima no estaba presente cuando se produjo ese
pequeño incidente.

WANG: ¡Oh, debe haber algún malentendido! Dejen que venga Shen-Te y todo quedará
aclarado. Shen-Te atestiguará lo que digo. ¿Dónde se encuentra?

SHUI-TA (muy serio): Señor Wang, usted afirma ser amigo de mi prima. En este
momento mi prima tiene graves problemas. Todo el mundo se ha aprovechado de ella
vergonzosamente. De hoy en adelante no podrá permitirse la menor concesión. Estoy
convencido de que usted no querrá consumar su ruina, lo que sucedería si ella no se
atuviera a la más estricta verdad en lo que a este asunto se refiere.


WANG (confuso): Pero fue ella misma quien me aconsejó que fuera a vez al juez.

SHUI-TA: ¿Y usted cree que el juez le iba a curar la mano?

EL POLICÍA: Claro que no, pero debía obligar al barbero a pagarle.

El señor Shu-Fu se vuelve.

SHUI-TA: Tengo por norma no intervenir en las disputas entre mis amigos.

Shui-Ta se inclina ante el señor Shu-Fu, quien se inclina a su vez.

WANG (desata el cabestrillo y lo deja, deprimido): Comprendo.

EL POLICÍA: Bien, creo que mi presencia aquí ya no se justifica. Querías cometer una
estafa, ¿eh?, pero te salió el tiro por la culata. ¡Mira que querer comprometer a un señor
tan respetable! ¡La próxima vez que se te ocurra acusar a alguien, piénsalo antes dos
veces, granuja! Esperemos que el señor Shu-Fu se muestre indulgente contigo, o irás a
parar a la cárcel por difamación. ¡ Vamos, andando!

Salen ambos.

SHUI-TA: Le ruego que disculpe este incidente.

SHU-FU: Está disculpado. (Con mucho interés.) ¿Y esa historia con "cierta persona" está
terminada? ¿Definitivamente terminada?

SHUI-TA: Definitivamente. Al final él se quitó la máscara. Pero habrá que dejar que pase
un tiempo antes de que cicatrice la herida.

SHU-FU: Sí, hay que ser prudente, obrar con mucho tacto.

SHUI-TA: Son heridas demasiado recientes.

SHU-FU: Un viajecito al campo le haría bien.

SHUI-TA: Por un par de semanas. Pero creo que se sentiría dichosa de conversar con
alguien en quien pueda depositar su confianza.

SHU-FU: ¿Qué le parece una comida íntima, en un pequeño restaurante? Pequeño, pero
bueno, por supuesto.

SHUI-TA: Si se procede con mucha discreción... Transmitiré inmediatamente su
proposición a mi prima, y espero que sabrá mostrarse razonable. En verdad está muy
preocupada por su negocio, al que considera un regalo de los dioses. Le ruego que
espere unos minutos.

Desaparece por la trastienda.

SEÑORA SHIN (asomando la cabeza): ¿Se lo puede felicitar?

SHU-FU: Se puede. Señora Shin, comunique hoy mismo a los protegidos de la señorita
Shen-Te que pueden disponer de los inmuebles que poseo detrás de los mataderos.

La Señora Shin asiente con la cabeza, con expresión burlona.

SHU-FU (levantándose, al público): ¿Qué opinan de mí, señores y señoras? ¿Es posible
mostrarse más desinteresado, más delicado, más comprensivo? ¡Una comida íntima!
¡Cuántos pensamientos groseros y viles podrían suscitar estas tres palabras en el común
de la gente! Y sin embargo, no habrá nada que dé pie a murmuraciones, ¡nada! Ni un
leve roce, ni un contacto casual, de esos que pueden producirse al pasar el salero. Todo
se reducirá a un cambio de ideas. Dos almas que se encuentran por encima de las flores
que adornan la mesa... Crisantemos blancos, dicho sea de paso. (Lo anota.) No, no
trataremos de aprovecharnos de una situación desdichada ni sacar ventaja de una
desilusión. Ayuda y comprensión es lo que ofrecemos, y para eso huelgan las palabras.
Una simple mirada será nuestra recompensa, una mirada que quizás insinúe también
algo más.

SEÑORA SHIN: ¿De modo que todo ha salido a su gusto, señor Shu-Fu?

SHU-FU: ¡Completamente a mi gusto! Es de suponer que pronto habrá cambios en el
barrio. Cierto sujeto ha recibido calabazas y las maquinaciones tramadas contra este
negocio quedarán al descubierto. De hoy en adelante, todos aquellos que se atrevan a
envilecer la reputación de la muchacha más casta de esta ciudad tendrán que vérselas
conmigo. ¿Qué sabe usted de ese Yang-Sun?

SEÑORA SHIN: Es el más sórdido, el más corrompido de...

SHU-FU: No es nadie. No es nada. No existe, Shin.

Entra Sun.

SUN: ¿Qué pasa aquí?

SEÑORA SHIN: ¿Señor Shu-Fu, quiere que llame al señor Shui-Ta? Seguramente no
querrá que se metan extraños en la cigarrería.

SHU-FU: La señorita Shen-Te tiene en este momento una importante entrevista con el
señor Shui-Ta y no se la puede interrumpir:

SUN: ¿Cómo? ¿Shen-Te está aquí? No la vi entrar. ¿Qué clase de entrevista es ésa? Yo
también soy parte en esté asunto.

SHU-FU (cerrándole el paso): Tendrá que esperar un poco, estimado señor. Creo saber
quién es usted. Puede ir enterándose que la señorita Shen-Te y yo vamos a anunciar
nuestro compromiso matrimonial.

SUN: ¿Qué?

SHU-FU: Parece que le sorprende, ¿no?

Sun lucha con el barbero para penetrar en la trastienda. Entra Shen-Te.

SHU-FU: Discúlpeme, querida Shen-Te. Tal vez usted pueda explicar...

SUN: ¿Qué sucede, Shen-Te? ¿Te has vuelto loca?

SHEN-TE (de un tirón): Sun, mi primo y el señor Shu-Fu se han puesto de acuerdo: el
señor Shu-Fu me pondrá al corriente de sus planes para ayudar a los pobres del barrio.
(Pausa.) Mi primo no aprueba nuestras relaciones.

SUN: ¿Y tú estás conforme?

SHEN-TE: Sí.

Pausa.

SUN: Te han dicho que soy una mala persona. (Shen-Te calla.) Tal vez estén en lo cierto,
Shen-Te. Por eso te necesito. Soy un hombre despreciable. Sin dinero, sin educación.
Pero me defiendo. Van a hacerte desdichada, Shen-Te. (Se acerca a ella. Con voz
ahogada.) Pero, fíjate... ¿No tienes ojos para ver? (Le pone la mano en el hombro.)
Pobre tonta, ¿no ves lo que quieren de ti? ¡Que hagas un matrimonio de conveniencia!
¡Si no fuera por mí, te llevaban derechito al matadero! Vamos, habla, si yo no venía, ¿te
marchabas con él?

SHEN-TE: Sí.

SUN: ¡Con un hombre a quien no amas!

SHEN-TE: Sí.

SUN: ¿Ya lo olvidaste todo? ¿Cómo llovía...?

SHEN-TE: No.

SUN: ¿Cómo me apartaste de la rama, cómo me compraste un vaso de agua, cómo me
prometiste dinero para que pudiera volver a volar?

SHEN-TE (temblando): ¿Qué quieres?

SUN: Que vengas conmigo.

SHEN-TE: Señor Shu-Fu, perdóneme, quiero marcharme con Sun.

SUN: Ya ve, nos amamos. (La conduce hasta la puerta.) ¿Dónde tienes la llave del
negocio? (Saca la llave del bolso de Shen-Te y se la da a Shin.) Cuando haya terminado,
déjela bajo la puerta. Ven, Shen-Te.

SHU-FU: ¡Pero esto es una violación! (Grita hacia el fondo.) ¡Señor Shui-Ta!


SUN: Díle que no muja de ese modo.

SHEN-TE: Se lo ruego, señor Shu-Fu, no llame a mi primo.

Sé que no está de acuerdo conmigo. Pero siento que no tiene razón. (Al público:)

Quiero partir con el hombre que amo

No quiero calcular lo que me costará

No quiero preguntarme si obro con cordura

No quiero averiguar tampoco si me ama

Quiero partir con el hombre que amo.

SUN: Así debe ser.

Salen ambos.



INTERMEDIO ANTE EL TELÓN



Shen-Te, con traje de novia, preparada para ir a su boda. Se dirige al público.



SHEN-TE : Me ha ocurrido algo terrible. Salía yo de casa, gozosa e impaciente, cuando
afuera, en la calle, me encuentro con la mujer del vendedor de alfombras. Toda
temblorosa, me cuenta que su marido ha enfermado de inquietud y de temor a causa del
dinero que me prestaron. Luego me dice que será mejor que se lo devuelva en seguida.
Yo, naturalmente, se lo prometo. La pobre mujer se tranquiliza y, llorando, me desea
buena suerte y me pide perdón por no poder confiar completamente en mi primo ni
tampoco, desgraciadamente, en Sun. Cuando la anciana se marchó, sentí tal horror de
mí misma que tuve que sentarme en la escalera. Agitada por el tumulto de mis
sentimientos me había precipitado una vez más en los brazos de Yang-Sun. No pude
resistirme a su voz ni a sus caricias. La falta de escrúpulos que Sun había demostrado
ante Shui-Ta no escarmentaron a Shen-Te. Perdida en sus brazos, yo pensaba: los dioses
quieren que también yo sea buena conmigo.

No dañar a ninguno, y tampoco a sí mismo,

Colmar de dicha a todos, y también a sí mismo,

Eso es la bondad.

¿Cómo pude olvidar tan fácilmente a esos dos buenos ancianos? Como un pequeño
vendaval en marcha hacia Pekín, Sun barrió con mi negocio y también con mis amigos.
Pero no es tan malo, y me ama. Mientras yo esté a su lado, no hará nada incorrecto. No
hay que tener en cuenta lo que un hombre dice ante otros hombres. Quiere darse
importancia, parecer más fuerte de lo que es y, sobre todo, más duro. Cuando le diga
que los dos ancianos no tienen con qué pagar los impuestos, comprenderá todo.
Preferirá conseguir algún empleo en la fábrica de cemento que pagar con una mala
acción su deseo de ser aviador. Sé perfectamente que para él volar es una pasión.
¿Tendré yo la fuerza suficiente para despertar la bondad que está dormida en su alma?
A pocos instantes de mi boda, aquí estoy, vacilando entre el temor y la alegría.

Sale rápidamente.


VI

EL SALONCITO TRASERO DE UNA FONDA DE LOS SUBURBIOS



Un mozo sirve vino a los invitados a la boda. De pie junto a Shen-Te, el abuelo, la
cuñada, la sobrina, la Señora Shin y el desocupado. Solo en un rincón, también de
pie, un bonzo. En primer plano, Sun conversa con su madre, la Señora Yang. Lleva
smoking.



SUN: Ha surgido una dificultad, mamá. Acaba de decirme, con la mayor ingenuidad, que
no puede vender el negocio por mí. Según parece, esa gente que le prestó los doscientos
dólares se los ha reclamado. Pero yo sé, porque me lo dijo el primo, que no hay ninguna
constancia escrita.

SEÑORA YANG: ¿Y qué le contestaste? En esas condiciones, por supuesto, no puedes
casarte.

SUN: Es inútil hablar con ella de esas cosas. No te imaginas lo testaruda que es. Hice
llamar al primo.

SEÑORA YANG: ¡Si el primo quiere casarla con el barbero!

SUN: Yo me encargué de impedir ese matrimonio. El barbero está liquidado. El primo
comprenderá muy pronto que el negocio está perdido si no devuelvo los doscientos
dólares, pues los acreedores lo embargarán. Pero también es cierto que si no me dan los
trescientos dólares, pierdo mi puesto.

SEÑORA YANG: Voy al salón de adelante a esperarlo. Y tú, entretanto, vé a hacerle
compañía a la novia.

SHEN-TE (mientras sirve vino, al público): No me equivoqué. Ni el menor rastro de
desilusión en su rostro. ¡Qué golpe terrible debe haber sido para él renunciar a volar y,
sin embargo, qué sereno está! ¡Oh, cuánto lo amo! (Hace una seña a Sun.) Sun, todavía
no has brindado con la novia.

SUN: ¿Por qué vamos a brindar?

SHEN-TE: Por nuestro porvenir.

Beben.

SUN: Por que el smoking del novio no sea nunca más un traje alquilado.

SHEN-TE: Por que la lluvia pueda mojar una vez más el traje de la novia.

SUN: Por todos nuestros deseos.

SHEN-TE: Por que se cumplan pronto.

SEÑORA YANG (saliendo, a la Señora Shin): Me siento orgullosa de mi hijo. Siempre me
esforcé en demostrarle que podría conseguir la mujer que quisiera. Hay que ver que es
un mecánico consumado, y por si fuera poco, aviador. ¿Y sabe con qué me sale ahora?
Con que "me caso por amor, mamá. El dinero, no es todo". ¡Un casamiento por amor!
(A la cuñada.) ¡Algún día tenía que suceder! Pero no deja de ser duro para una madre,
muy duro. (Se vuelve para gritarle al banzo.) No se apure tanto. Con que emplee en
celebrar la ceremonia el mismo tiempo que puso en tratar sus honorarios, me doy por
satisfecha. (A Shen-Te.) Habrá que demorar un ratito las cosas, querida. Uno de nuestros
más estimados invitados no ha llegado todavía. (A todos.) Discúlpenme un momento.

Sale.

LA CUÑADA: Mientras haya vino, se espera gustosamente.

Se sientan.

EL DESOCUPADO: No hay que desperdiciar las ocasiones.


SUN (en voz alta, bromeando ante los invitados): Me parece conveniente que te tome un
pequeño examen antes de que nos casemos. Sobre todo en nuestro caso, en que todo se
decidió tan rápido. (A los invitados.) ¡Qué sé yo que clase de mujer me ha tocado en
suerte! La verdad es que estoy preocupado. Por ejemplo, ¿sabes preparar cinco tazas de
té con tres hojas de té?

SHEN-TE: No.

SUN: Entonces, tendré que prescindir del té. ¿Podrías dormir en un jergón que tuviera el
tamaño del libro que está leyendo el bonzo?

SHEN-TE: ¿Los dos juntos?

SUN: Tú sola.

SHEN-TE: Entonces no.

SUN: Me da miedo la mujer con quien voy a casarme.

Todos ríen. La Señora Yang aparece en la puerta, detrás de Shen-Te. Se alza de
hombros para dar a entender a Sun que el invitado no da señales de vida.

SEÑORA YANG (al bonzo, que le muestra su reloj): No se dé tanta prisa. Es cuestión de
unos cuantos minutos más. Todos fuman y beben y nadie está apurado.

Se sienta junto a los invitados.

SHEN-TE: ¿No sería mejor dejar ya arregladas las cuentas?

SEÑORA YANG: ¡Oh, por favor, no hablemos de negocios en un día como hoy! Resulta
tan vulgar en una ceremonia, ¿no le parece?

Se oye el timbre de entrada. Todos miran hacia la puerta, pero nadie entra.

SHEN-TE: ¿A quién espera tu madre, Sun?

SUN: Es una sorpresa para ti. Y a propósito, ¿cómo está tu primo Shui-Ta? Me entendía
muy bien con él. Un hombre muy sensato. ¡Qué cabeza! ¿Por qué no dices nada?

SHEN-TE: No sé. No quiero pensar en él.

SUN: ¿Por qué no?

SHEN-TE: Porque no debes entenderte con él. Si me amas a mí, no puedes quererlo.

SUN: Entonces que se lo lleven los tres diablos: el diablo de los desperfectos, el diablo
de la niebla y el diablo de la pérdida de nafta. ¡Y ahora bebe, cabezona!

La obliga a beber.

LA CUÑADA (a la Señora Shin): Aquí hay algo que no marcha.

SEÑORA SHIN: ¿Qué otra cosa se podía esperar?

EL BONZO (reloj en mano, se planta resueltamente frente a la Señora Yang): Señora
Yang, me marcho. Hoy debo celebrar otra boda y mañana por la mañana tengo un
entierro.

SEÑORA YANG: ¡Si usted se imagina que me resultan agradables todas estas demoras!
Esperábamos que un solo cántaro de vino bastaría y ya está casi vacío. ¡Mire! (En voz
alta, a Shen-Te.) No comprendo, querida Shen-Te, por qué tu primo se hace esperar
tanto.

SHEN-TE: ¿Mi primo?

SEÑORA YANG: ¡Claro! Es a él a quien esperamos. Yo estoy hecha a la antigua. Creo
que por lo menos un pariente cercano de la novia debe concurrir a la boda.

SHEN-TE: ¡Oh, Sun! ¿Es por los trescientos dólares?

SUN (sin mirarla): Tu la oíste. Le gustan las cosas a la antigua y yo la comprendo.
Vamos a esperar un cuarto de hora más. Si no llega, querrá decir que los tres diablos se
lo han llevado y entonces comenzaremos.


Señora Yang: Sabrán ustedes sin duda que mi hijo va a conseguir un puesto en el correo
aéreo. Estoy realmente encantada. Con los tiempos que corren, es necesario ganar un
buen sueldo.

LA CUÑADA: El puesto es en Pekín, ¿verdad?

SEÑORA YANG: Sí, en Pekín.

SHEN-TE: Sun, explícale a tu madre que ese proyecto ha quedado descartado.

SUN: Se lo dirá tu primo si opina igual que tú. Entre nosotros, te diré que no comparto
tu opinión.

SHEN-TE (asustada): ¡Sun!

SUN: ¡Oh, cómo odio a esta Se-Chuan! ¡Qué ciudad! ¿Sabes la impresión que me
produce toda su gente cuando entorno los ojos? Pienso que son caballos de tiro. Los veo
ahí, inquietos, estirando el pescuezo como si se preguntaran: ¿qué es lo que está
tronando allá arriba? ¿Es que ya nadie los necesita? ¿Ya pasó el tiempo para ellos?
¡Pues que se degüellen unos a otros en su ciudad de caballos! ¡Ah, salir de aquí!

SHEN-TE: ¡Pero yo prometí a los dos viejos que les devolvería el dinero!

SUN: Sí, ya me lo dijiste. Puesto que cometiste semejante tontería, es preferible que
venga tu primo. Bebe, y déjanos a nosotros dos que nos ocupemos del asunto. Ya lo
arreglaremos.

SHEN-TE (espantada): Mi primo no puede venir.

SUN: ¿Qué quieres decir?

SHEN-TE: Se ha marchado.

SUN: ¿Y no se te ocurrió pensar en nuestro porvenir?

SHEN-TE: Creí que todavía tendrías los doscientos dólares.

Que podríamos devolverlos mañana y conservar el tabaco, que vale mucho más. Y que
iríamos los dos a venderlo frente a la fábrica de cemento, ya que no podemos pagar los
seis meses de alquiler.

SUN: Quítatelo de la cabeza, hermana, y en seguida. ¿Me ves a mí, a Yang-Sun, el
aviador, vendiendo tabaco a los obreros de la fábrica en medio de la calle? ¡Antes me
gastaré los doscientos dólares en una noche, antes los arrojaré al río! Y tu primo me
conoce. Ya convine con él que me traería los trescientos dólares el día de la boda.

SHEN-TE: Mi primo no puede venir.

SUN: Pues yo pensaba que no podía dejar de venir.

SHEN-TE: Donde yo estoy, él no puede estar.

SUN: ¿Qué misterios son éstos?

SHEN-TE: Sun, créeme, él no es tu amigo. Yo soy tu amiga, yo, que te amo. Mi primo
Shui-Ta no ama a nadie. Es mi amigo, pero no el amigo de mis amigos. Si aceptó
entregarte el dinero de los dos ancianos fue por ese puesto en Pekín. Pero no te traerá
los trescientos dólares para la boda.

SUN: ¿Se puede saber por qué?

SHEN-TE (mirándolo en los ojos): Porque dice que compraste un solo pasaje para Pekín.

SUN: Eso era ayer, pero hoy, mira, tengo que mostrarte otra cosa. (Saca a medias, de un
bolsillo interior, dos pasajes.) No hace falta que lo sepa la vieja. Dos pasajes para
Pekín, uno para ti y otro para mí. Y, ¿crees ahora que el primo seguirá oponiéndose a
nuestro casamiento?

SHEN-TE: No. El puesto es bueno. Y yo he perdido mi negocio.

SUN: Por ti, vendí los muebles.


SHEN-TE: ¡No digas nada más! No me muestres los pasajes. Temo no poder resistir y
marcharme contigo sin pensarlo dos veces. Pero Sun, no puedo darte los trescientos
dólares. ¿Qué sería de los dos viejos?

SUN: ¿Y qué será de mí? (Pausa.) ¡Vamos, bebe! A menos que encima de todo seas
prudente. No quiero saber nada de una mujer prudente. Cuando bebo, siento como si
volara de nuevo. Si tú bebes, quizás puedas llegar a comprenderme.

SHEN-TE: No creas que no te comprendo. Quieres volar y yo no puedo ayudarte.

SUN: "Aquí tienes un avión, amado mío, pero no tiene más que un ala".

SHEN-TE: Sun, no podemos conseguir ese puesto en Pekín honradamente. Devuélveme
los doscientos dólares que te he dado, los necesito. Devuélvemelos en" seguida, Sun,

SUN: "Devuélvemelos en seguida, Sun." ¿Se puede saber de qué estás hablando? ¿Eres
mi mujer o no? ¿No te das cuenta que estás cometiendo una traición? Por suerte para
mí, y también para ti, este asunto ya no está en tus manos. Todo fue concertado de
antemano con tu primo.

SEÑORA YANG (glacial): Sun, ¿estás seguro de que vendrá el primo de la novia? Estoy
por creer que tiene algo contra este matrimonio. De lo contrario, ya debería estar aquí.
SUN: ¡Qué ocurrencias tienes, mamá! Él y yo somos carne y uña. Voy a abrir la puerta
de par en par para que nos vea en cuanto llegue y se precipite para servir de testigo a su
amigo Sun. (Se dirige a la puerta y la abre de un puntapié. Luego vuelve vacilando,
pues ha bebido demasiado, y se sienta junto a Shen-Te.) Esperaremos. Tu primo tiene
más seso que tú. El amor —dijo muy sabiamente— es esencial en la vida. Y, lo más
importante, es que sabe lo que significa para ti: que te quedarás sin negocio y sin boda.

Esperan.

SEÑORA YANG: ¡Ya viene!

Se oyen pasos. Todos miran hacia la puerta. Los pasos se alejan.

SEÑORA SHIN: Presiento que se avecina un escándalo. Lo huelo, lo palpo en el
ambiente. La novia espera la boda, pero el novio espera al señor primo.

SUN: El señor primo no parece tener prisa.

SHEN-TE (suavemente): ¡Oh, Sun!

SUN: ¡Pensar que debo permanecer aquí, con los boletos en el bolsillo, junto a una boba
que ni siquiera sabe sumar! Y ya veo que llegará el día en que me enviarás la policía
para recuperar los doscientos dólares.

SHEN-TE (al público): Es malo y quiere que yo también sea mala. Aquí estoy, lo amo, y
él espera al primo. Pero siento alrededor de mí a toda esa gente indefensa: la anciana y
su marido enfermo, los pobres que todas las mañanas acuden a mi puerta para que les dé
un poco de arroz, y ese desconocido de Pekín que tiembla ante la idea de perder su
empleo. Y todos me apoyan, porque todos creen en mí.

SUN (observando el cántaro de vino, en el que no queda ni una gota): Este cántaro de
vino es nuestro reloj. Somos pobres, y cuando los invitados han terminado con el vino,
el reloj se detiene para siempre.

La Señora Yang le hace un gesto para que se calle. Se oyen pasos nuevamente. Entra
el mozo.

MOZO: ¿Desea otro cántaro de vino, Señora Yang?

SEÑORA YANG: No, no hace falta. El vino se sube a la cabeza, ¿verdad?

SEÑORA SHIN: Y además, cuesta caro.

SEÑORA YANG: Cuando bebo, transpiro a chorros.

MOZO: Entonces, ¿puedo cobrar la adición?


SEÑORA YANG (haciéndose la sorda): Ruego a la distinguida concurrencia esperar un
momento más, el pariente debe estar en camino. (Al mozo.) No perturbes la ceremonia.

Mozo: Tengo órdenes de no dejarla marchar sin cobrarle la adición.

SEÑORA YANG: ¡Pero aquí me conocen!

MOZO: ¡Precisamente!

SEÑORA YANG: Es un escándalo, estos criados de hoy en día. ¿Qué te parece, Sun?

EL BONZO: Les presento mis respetos.

Sale con paso solemne.

SEÑORA YANG (desesperada): ¡No se muevan de sus sitios! El sacerdote volverá dentro
de unos instantes.

SUN: Deja, mamá. Señoras y señores, puesto que el sacerdote se ha retirado, no hay
razón para demorarlos más.

LA CUÑADA: ¡Ven, abuelo!

EL ABUELO (vaciando su vaso de un trago): ¡A la salud de la novia!

LA SOBRINA (a Shen-Te): No le guarde rencor. Lo dijo de corazón. Créame que le tiene
cariño.

SEÑORA SHIN: Esto es lo que yo llamo una plancha.

Todos los invitados se retiran.

SHEN-TE: ¿Yo también debo marcharme, Sun?

SUN: No. Tú, espera. (La retiene por su velo de novia y se lo tuerce.) ¿No es tu boda
acaso? Yo seguiré esperando y la vieja también esperará. Como que su único deseo es
ver a su aguilucho atravesando las nubes. Pero me temo que tendrá que esperar hasta el
día de San Novendrá para oír el zumbido del avión volando por encima de su casa. (A
los asientos vacíos, como si los invitados estuvieran todavía presentes.) Señoras y
señores, ¿por qué se ha apagado la conversación? ¿No se sienten a gusto aquí? La boda
se ha demorado un poco. Eso es todo. Es que se espera la llegada de un invitado de
calidad y la novia no sabe lo que es el amor. Para distraerlos, yo, el novio, voy a
cantarles una canción.



LA CANCIÓN DE SAN NOVENDRÁ



Ese día —bien lo sabe todo aquel

Que en pobre cuna se crió—

El hijo de la mendiga a un trono de oro subirá.

Ese día, el día de San Novendrá.

Para San Novendrá

En un trono de oro se sentará.

Ese día los buenos serán recompensados

Y los malos serán acogotados.

La ganancia y el mérito buenas migas harán

Y el pan y la sal compartirán.

Para San Novendrá

El pan y ¡a sal compartirán.

La hierba, desde lo alto, el cielo verá a sus pies

Y el río, aguas arriba, a la grava arrastrará.

El hombre al fin será bueno y con esto, nada más,

La Tierra un paraíso será.

Para San Novendrá


La Tierra un paraíso será.

Ese día yo seré aviador

Y tú serás general

Y tú por fin encontrarás trabajo

Y tú, pobre mujer, descansarás.

Para San Novendrá

Pobre mujer, descansarás.

Y como esperar más ya no es posible,

¿Sabéis? Todo eso sucederá

Antes de que caiga la noche, antes de que brille el sol

Al primer canto del gallo.

Para San Novendrá

Al primer canto del gallo todo eso sucederá.



SEÑORA YANG: Ya no vendrá.

Los tres permanecen sentados, dos de ellos con la cabeza vuelta hacia la puerta.



INTERMEDIO



El albergue nocturno de Wang.

Nuevamente los dioses se aparecen en sueños a Wang. Éste se ha quedado dormido,
con un libro muy voluminoso sobre las rodillas. Música.



WANG: ¡Cuánto me alegro de veros, ilustres dioses! Permitidme que os plantee un
problema que me tiene muy preocupado. Encontré este libro en la cabaña derruida de un
monje que, tras colgar los hábitos, entró como obrero en la fábrica de cemento. En este
libro descubrí un pasaje muy curioso. Permitidme que os lo lea.

Con la mano izquierda da vuelta las hojas de un libro imaginario colocado sobre el
verdadero que tiene en las rodillas.

Alza el libro imaginario para leer, mientras el verdadero queda en su sitio.

WANG: "Hay en Sung un paraje denominado el bosquecillo de las zarzas. Allí crecen
catalpas, cipreses y moreras. Cada uno de los habitantes del lugar los tala según sus
necesidades. Los árboles de uno o dos palmos de circunferencia sirven para construir
travesaños para las perreras. Los de tres a cuatro palmos, para fabricar tablones para los
ataúdes de los ricos. Y los de siete u ocho, para las vigas de las villas de lujo. Ninguno
de esos árboles alcanza su completo desarrollo. Todos caen antes de tiempo, por el
hacha o por la sierra. ¡Ésa es la paga que recibe el servidor útil!"

TERCER DIOS: Lo que significaría, en este caso, que el servidor menos útil es el mejor.

WANG: No, sólo el más feliz.

PRIMER DIOS: ¡Las cosas que se escriben!

SEGUNDO DIOS: ¿Por qué te conmueve tan profundamente esa parábola?

WANG: Porque me hace pensar en Shen-Te, Señor. Su amor terminó en un fracaso por
haber cumplido el mandamiento: amarás a tu prójimo. ¿No creéis, ilustres dioses, que
quizá sea demasiado buena para este mundo?

PRIMER DIOS: ¡Qué insensatez! ¡Oh, hombre débil y miserable! ¡Los piojos y las dudas
te han roído los sesos!

WANG: Tenéis razón, Señor. Perdonadme. Pero pensé que tal vez podríais intervenir.


PRIMER DIOS: ¡Eso. sí que no! Ayer, sin ir más lejos, nuestro amigo aquí presente
(señala al Tercer dios, que tiene un ojo en compota) quiso intervenir en una disputa, y
ya ves el resultado.

WANG: Se vio obligada a recurrir una vez más al primo. Puedo dar fe, ¡ay!, que es un
hombre extraordinariamente hábil y, sin embargo, no logró solucionar nada. Según
parece, el negocio está irremediablemente perdido.

TERCER DIOS (alarmado): ¿Y si & pesar de todo la ayudáramos?

PRIMER DIOS: Soy de opinión que debe ayudarse a sí misma.

SEGUNDO DIOS (severo): Las almas virtuosas se templan en el dolor. ¡El sufrimiento
purifica!

PRIMER DIOS: En ella ciframos todas nuestras esperanzas.

TERCER DIOS: Nuestra búsqueda no nos proporciona muchas satisfacciones. Es verdad
que encontramos de cuando en cuando impulsos generosos, loables intenciones y gran
número de principios elevados. Pero eso no basta para formar un alma buena. Y cuando
encontramos hombres más o menos buenos, llevan una vida que no es digna del
hombre. (En tono confidencial.) Pasamos las noches en lugares imposibles. Te darás
cuenta de lo que son, por estas briznas de paja.

Le muestra las briznas de paja pegadas a sus ropas.

WANG: Escuchad, ¿no podríais por lo menos... ?

Los DIOSES: Nada. Nuestra misión es observar. Tenemos la firme convicción de que
nuestra buen alma sabrá vencer todos los obstáculos que se le presenten en este mísero
mundo. Cuanto más pesada sea la carga, mayor será su fuerza. Ten paciencia, aguador,
ya verás que todo tendrá un buen...

Las figuras de los dioses se esfuman poco a poco; sus voces se perciben cada vez
más débilmente. Los dioses terminan por desvanecerse y sus voces se apagan.


VII

EL PATIO INTERIOR DE LA CIGARRERÍA DE SHEN-TE



Un carro pequeño con algunos enseres domésticos. Shen-Te y la Señora Shin
descuelgan ropa blanca de una cuerda.



SEÑORA SHIN: No alcanzo a comprender por qué no lucha usted con uñas y dientes para
defender su negocio.

SHEN-TE: ¿Qué puedo hacer? Ni siquiera tengo el dinero para pagar el alquiler. Hoy
debo devolver los doscientos dólares a los dos ancianos, pero como se los entregué a
otra persona no me queda otro recurso que vender el tabaco a la señora Mi-Tzu.

SEÑORA SHIN: ¡De modo que todo se ha venido abajo! Ni marido, ni tabaco, ni casa. Eso
es lo que sucede cuando se quiere ser mejor que los demás. Y ahora, ¿de qué va a vivir?

SHEN-TE: No sé. Tal vez pueda ganarme unos pesos seleccionando tabaco.

SEÑORA SHIN: ¿Cómo es que están aquí los pantalones del señor Shui-Ta? Me imagino
que no se habrá marchado en paños menores.

SHEN-TE: Tiene otro pantalón.

SEÑORA SHIN: Pero usted dijo que se iba para siempre. Si es así, ¿por qué dejó su
pantalón?

SHEN-TE: Tal vez no piense usarlos más.

SEÑORA SHIN: Entonces, ¿no lo pongo junto con lo demás?

SHEN-TE: No.

Llega corriendo el señor Shu-Fu.

SHU-FU: No diga nada. Lo sé todo. Sé que sacrificó su amor y su felicidad para evitar la
ruina de dos ancianos que confiaron en usted. No es extraño que en este barrio,
desconfiado y malévolo, la llamen "el ángel de los suburbios". Su señor novio no ha
sido capaz de elevarse a su nivel moral y usted tuvo que dejarlo. Y ahora cierra este
negocio, que fue una pequeña isla de paz para tantos desdichados. No puedo tolerarlo.
Día tras día, observaba desde mi barbería a ese pequeño tropel de indigentes apretujados
ante su puerta, hasta que usted llegaba y les repartía el arroz con sus propias manos.
¿Será posible que todo esto termine para siempre? ¿Que tanta bondad esté condenada a
perderse? ¡Ah! ¡Si me permitiera ayudarla en sus obras de caridad! No, no me diga
nada. No exijo ninguna garantía, ningún compromiso de su parte, no tiene ninguna
obligación de aceptar mi colaboración. Pero aquí tiene. (Saca una libreta de cheques y
firma un cheque, que deja en el carrito.) Es un cheque en blanco. Llénelo usted, por la
suma que desee. Y yo me retiro, silencioso y humilde, sin pedir nada; de puntillas,
venerándola, me aparto.

SEÑORA SHIN (examina el cheque): ¡Está salvada! La gente como usted tiene suerte.
¡Siempre encuentra algún tonto! No deje escapar esta ocasión. Escriba aquí mil dólares
y voy corriendo al banco antes de que él se arrepienta.

SHEN-TE: Ponga la canasta de ropa en el carro. No me hace falta el cheque para pagarle
el lavado de la ropa.

SEÑORA SHIN: ¡Cómo! ¿No va a aceptar el cheque? ¡Pero es un crimen! Estoy segura de
que lo hace para no contraer ningún compromiso que la obligue luego a casarse con ese
hombre. Es una verdadera locura. A los hombres como él les gusta que los lleven por la
nariz. Les produce una especie de voluptuosidad. ¿O es porque piensa reanudar sus


relaciones con el aviador? Toda la calle Amarilla, el barrio entero sabe de qué modo
vergonzoso se portó con usted.

SHEN-TE: La culpa de todo la tiene la miseria. (Al público:)

Vi sus mejillas hincharse por la cólera durante el sueño. Al alba miré su saco a contraluz
y vi el muro a través. Cuando rió con malévola risa, temblando lo escuché. Mas cuando
vi sus zapatos raídos, ¡oh!, cuánto lo amé.

SEÑORA SHIN: ¡Y todavía lo defiende! En mi vida he visto tamaña insensatez.
(Colérica.) Respiraré mejor cuando el barrio se vea libre de usted.

SHEN-TE (vacilando al recoger el lío de ropa): Estoy un poco mareada.

SEÑORA SHIN: ¿Le sucede a menudo sentir mareos, así, cuando alza los brazos o cuando
se inclina? No sea que tengamos un niño en camino. (Ríe.) ¡Qué bien la atraparon! Lo
que es ahora puede ir olvidándose del cheque. No creo que haya sido previsto para
semejante caso.

Se marcha con una canasta de ropa. Shen-Te, inmóvil, la sigue con la mirada.
Después examina su vientre, lo palpa; su rostro refleja una inmensa alegría.

SHEN-TE (suavemente): ¡Oh, alegría! Un pequeño ser se está gestando dentro de mi
seno. Todavía no se lo ve. Pero está allí. El mundo lo espera en secreto. En la ciudad ya
corre el rumor: pronto llegará otro hombre, con el cual habrá que. contar. (Presentando
su hijo al público.) ¡Un aviador!

Saludad a un nuevo conquistador

De las montañas desconocidas y de las tierras inaccesibles.

Uno más que llevará noticias de los hombres a otros hombres

Por encima de los desiertos infranqueables.

Se pasea coma si llevara al niño de la mano.

Ven, hijo mío, contempla el mundo. Esto es un árbol. Inclínate, salúdalo. (Le muestra
cómo se hace la reverencia.) Bueno, ahora ya os conocéis. Escucha, allí viene el
aguador. Es un amigo, dale la mano. No tengas miedo. "Por favor, un vaso de agua
fresca para mi hijo, ¡hace tanto calor!" (Le da el vaso.) ¡Oh! ¡El policía! Mejor será
tomar otro camino. ¿Y si fuéramos a buscar algunas cerezas al jardín de Feh-Pung, ese
señor que es tan rico? ¡Cuidado, que nadie nos vea! Ven, niño sin padre. ¡Tú también
quieres cerezas! ¡Despacio, despacio, hijo mío! (Avanza con cautela, mirando en
derredor.) No, por aquí, así nos oculta este matorral. No, no hay que seguir derecho, por
aquí no se puede. (Avanza como si el niño la arrastrara.) Vamos, tienes que ser
juicioso. (De pronto cede.) Bien, ya que insistes. (Lo alza en brazos.) ¿Puedes alcanzar
las cerezas? Métetelas en la boca, allí estarán bien guardadas. (Finge comer una cereza
que le ha dado el niño.) Está deliciosa. ¡Dios mío, el policía! Escapemos. (Huyen.)

Ya estamos en la calle. Y ahora, a caminar tranquilamente, con la mayor indiferencia.
Como si nada hubiera sucedido...

Se pasea con el niño, cantando:

La ciruela, por sorpresa,

Cayó sobre el vagabundo.

Pero el hombre, en un segundo,

La mordió en la cabeza.

Ha entrado Wang, el aguador, llevando a un niño de la mano. Se queda observando
a Shen-Te con expresión de asombro.

SHEN-TE (al oír a Wang, que carraspea): ¡Ah, Wang! ¡Buenos días!

WANG: Oí decir que tus cosas no marchan bien, Shen-Te, que tendrás que vender el
negocio para pagar tus deudas. A pesar de todo, te traigo a un niño que ha quedado sin
hogar. Lo encontré vagando por los mataderos. Debe ser uno de los hijos de Lin-To, el
carpintero, que perdió su taller hace algunas semanas. Desde entonces se ha dado a la
bebida, y sus hijos andan por las calles, hambrientos. ¿Qué se podría hacer?

SHEN-TE (tomando al niño de la mano): ¡Ven, hombrecito! (Al público:)

¡Oíd, vosotros! Un hombre os pide asilo.

Un hombre de mañana os pide un hoy.

Su amigo el conquistador, a quien ya conocéis,

Intercede por él.

(A Wang.) Habrá que alojarlo en las barracas del señor Shu-Fu. Yo también iré a parar
allí seguramente. Voy a tener un hijo. Pero no se lo digas a nadie, podría enterarse
Yang-Sun y no seríamos más que un estorbo para él. Vé al bajo a buscar al señor Lin-To
y díle que venga aquí.

WANG: Muchas gracias, Shen-Te. Sabía que hallarías alguna solución. (Al niño.) Ya
ves, un alma buena siempre encuentra una salida. Voy corriendo a buscar a tu padre.

Se dispone a marcharse.

SHEN-TE: Oh, Wang, ahora que recuerdo, ¿cómo sigue tu mano? Yo quería declarar en
tu favor, pero mi primo...

WANG: No te preocupes por mi mano. Mira, ya aprendí a desenvolverme sin la derecha.
Casi puedo prescindir de ella. (Le enseña como maneja los cubos de agua sin recurrir a
la mano derecha.) ¿Ves como hago?

SHEN-TE: Pero hay que impedir que se te inutilice del tocio. Toma mi carrito, lo vendes
todo y con el dinero que saques vas en seguida a ver al médico. Me da vergüenza haber
faltado a mi palabra. ¡Y lo que pensarás de mí, que he aceptado las barracas del barbero!

WANG: Pienso que todos los que no tienen techo hallarán donde cobijarse, y tú también.
Es más importante que mi mano. Voy a buscar al carpintero.

Sale.

SHEN-TE (gritando): ¡Prométeme que verás al médico! (Entretanto, la Señora Shin ha
regresado y hace gestos de desaprobación.) ¿Qué le ocurre?

SEÑORA SHIN: ¿Ha perdido el juicio? ¡Encima se da el lujo de regalar el carro y los
pocos trastos que le quedan! Después de todo, ¿qué tiene que ver usted con la mano de
ese hombre? Si el barbero llega a enterarse la pone de patitas en la calle, y usted se
queda sin protección.

SHEN-TE: ¿Por qué es usted tan mala?

Pisotear siempre al prójimo

¿No acaba por cansar? Codiciar es tan duro

Que en la frente las venas se hinchan por el esfuerzo.

La mano que se tiende naturalmente

Da y recibe con la misma soltura,

Pero la mano ávida se endurece muy pronto. ¡Ah!

¡Qué delicioso es dar! Ser generoso

¡Qué bella tentación! Una buena palabra

Brota suavemente, como un suspiro de felicidad.

La Señora Shin se marcha, furiosa.

SHEN-TE (al niño): Siéntate aquí y espera que llegue tu padre.

El niño se sienta en el sucio. En el patio entra la pareja que visitó a Shen-Te el día
en que ésta inauguró su negocio. Traen grandes bolsas.

LA MUJER: ¿Dónde está tu primo?

SHEN-TE: De viaje.


LA MUJER: ¿Volverá?

SHEN-TE: No. Vendo la cigarrería.

LA MUJER: Lo sabíamos. Por eso hemos venido. Aquí traemos unas bolsas de tabaco
fresco que nos entregaron en pago de una vieja deuda. ¿No podrías llevarlas a tu nuevo
domicilio junto con todas tus cosas? No tenemos dónde guardarlas y en la calle
podemos llamar la atención con estas bolsas. Espero que no nos negarás este pequeño
favor, después de todos los trastornos que nos causó tu negocio.

SHEN-TE: Lo haré con mucho gusto.

EL HOMBRE: Si alguien llegara a preguntarte a quién pertenecen, le dices que son tuyas y
nada más.

SHEN-TE: ¿Y quién puede preguntármelo?

LA MUJER (le clava una mirada penetrante): La policía, por ejemplo. Están prevenidos
contra nosotros y tratan de hundirnos. ¿Dónde dejamos las bolsas?

SHEN-TE: No sé. En este momento, no quisiera hacer nada que me llevara a la cárcel.

LA MUJER: De ti no se podía esperar otra cosa. Vamos a terminar por perder estas
míseras bolsas, lo único que nos queda, lo único que hemos conseguido salvar.

Shen-Te guarda silencio, obstinadamente.

EL HOMBRE: Piensa que este tabaco podría servirnos para instalar una pequeña fábrica y
resolver nuestra situación.

SHEN-TE: Está bien, guardaré las bolsas. Entretanto, vamos a ponerlas en la trastienda.

Salen con las bolsas. El niño los sigue con la vista. Luego, dirige temerosas miradas
en derredor, se dirige al tacho de la basara y lo revuelve con la mano. Se pone a
comer lo que encuentra. Entran Shen-Te y los demás.

LA MUJER: Comprenderás que confiamos plenamente en ti.

SHEN-TE: Sí.

Ve al niño y queda petrificada.

EL HOMBRE: Pasado mañana iremos a buscarte a las barracas del señor Shu-Fu.

SHEN-TE: Váyanse en seguida. No me siento bien. (Los empuja hacia la salida. Se
marchan los tres.) Tiene hambre. Está revolviendo la basura.

Alza en los brazos al niño y en el discurso que sigue expresa el horror que le
inspiran los niños pobres. Mientras muestra al público la boquita sucia de cenizas,
reafirma su resolución de no permitir que su hijo sufra una suerte tan cruel.

¡Oh hijo! ¡Oh aviador! ¿En qué mundo nacerás?

¿También quieren que tú

Revuelvas la basura? Mirad

Esa boquita gris. (Muestra al niño.) ¿Así tratáis

A vuestros semejantes? ¿No tenéis piedad del fruto

De vuestras entrañas? ¿No tenéis compasión

De vosotros mismos, desdichados? Yo al menos

Defenderé al mío, aunque tenga

Que transformarme en tigre. Sí, este espectáculo

Me sirvió de lección. ¡Desde ahora me apartaré

De todo el mundo y no me daré tregua

Hasta no haber salvado al menos a mi hijo!

Lo que aprendí en el arroyo —mi escuela—

A fuerza de golpes y de astucia,

Hijo mío, tú lo aprovecharás. Contigo

Seré buena, con todos los demás


Tigre y fiera, si fuera necesario.

Y es necesario.

SHEN-TE (mientras se retira); Tendré que hacerlo una vez más. Espero que será la
última.

Se ha llevado los pantalones de Shui-Ta. Entra la Señora Shin y se queda mirando a
Shen-Te con curiosidad. Entran la cuñada y el abuelo.

LA CUÑADA: ¡El local cerrado, los muebles en el patio! ¡Es el fin!

SEÑORA SHIN: Éstas son las consecuencias de la frivolidad, de la sensualidad y del
egoísmo. ¿Y a dónde conduce todo esto? Cada vez más abajo, hasta las barracas del
señor Shu-Fu, en donde se han cobijado ustedes.

LA CUÑADA: Pues Shen-Te se llevará una buena sorpresa. Venimos a quejarnos. Son
unas covachas húmedas, llenas de ratas, con las tablas del piso podridas. ¡Claro! Nos las
cedió porque allí se le estropeaba su stock de jabón. "Les ofrezco un refugio, eh, ¿qué
me dicen?" Que es una vergüenza, eso es lo que decimos.

Entra el desocupado.

EL DESOCUPADO: ¿Es cierto que se marcha Shen-Te?

LA CUÑADA: Sí, quería irse a hurtadillas, sin que nadie se enterara.

SEÑORA SHIN: Siente vergüenza porque está arruinada.

EL DESOCUPADO (con vehemencia): Hay que llamar al primo. Díganle que llame al
primo. Es el único que puede hacer algo todavía.

LA CUÑADA: Es verdad. Aunque sea un tacaño, por lo menos salvará el negocio y
nosotros podremos seguir tirando.

EL DESOCUPADO: No pensaba en nosotros sino en ella. Pero tiene razón. También por
nosotros habría que llamarlo.

Entra Wang con el carpintero. Éste lleva a dos niños de la mano.

EL CARPINTERO: Créame, no sé cómo agradecérselo. (A los demás.) Vamos a tener
alojamiento.

SEÑORA SHIN: ¿Dónde?

EL CARPINTERO: En las barracas del señor Shu-Fu. Lo conseguimos gracias al pequeño
Feng. ¡Ah! Estabas ahí. Parece que la señorita Shen-Te dijo: "Aquí hay alguien que
necesita asilo". Y en seguida nos encontró alojamiento. (A los niños.) Pueden darle las
gracias a su hermano. (El carpintero y sus hijos se inclinan ante el niño.)
Profundamente agradecidos, pequeño intermediario de los desamparados.

Entra Shui-Ta.

SHUI-TA: ¿Puedo preguntarles que hacen aquí?

EL DESOCUPADO: ¡Señor Shui-Ta!

WANG: Buenos días, señor Shui-Ta, no sabía que había regresado. ¿Recuerda al
carpintero Lin-To? La señorita Shen-Te le prometió ubicarlo en las barracas del señor
Shu-Fu.

SHUI-TA: Las barracas del señor Shu-Fu no están disponibles.

EL CARPINTERO: Entonces, ¿no podremos alojarnos allí?

SHUI-TA: Esos locales están destinados a otros fines.

LA CUÑADA: ¿Quiere decir que nosotros también tenemos que dejarlos?

SHUI-TA: Me temo que sí.

LA CUÑADA: ¿Ya dónde vamos a ir?

SHUI-TA (alzándose de hombros): La señorita Shen-Te se fue de viaje; pero no es mi
intención privarlos de la ayuda que les ha brindado. Eso sí, en el futuro, las cosas
tendrán que organizarse de un modo un poco más razonable. Debo advertirles desde ya
que sin cierta reciprocidad no habrá comida. Todos ustedes tendrán la posibilidad de
mejorar su situación trabajando honestamente, y la señorita Shen-Te ha decidido
ofrecerles trabajo. Los que quieran seguirme a las barracas del señor Shu-Fu no serán
defraudados.

LA CUÑADA: ¿De modo que ahora vamos a tener que trabajar para Shen-Te?

SHUI-TA: Así es. Elaborarán el tabaco. En la trastienda tengo tres bolsas de mercadería.
Vayan a buscarlas.

LA CUÑADA: No olvide que también nosotros tuvimos un negocio. Ya que tenemos
nuestro propio tabaco, preferimos trabajar por nuestra cuenta.

SHUI-TA (al desocupado y al carpintero): Como ustedes dos no poseen tabaco, tal vez
quieran venir a trabajar para Shen-Te.

El carpintero y el desocupado se dirigen a la trastienda de mala gana. Aparece la
propietaria.

LA PROPIETARIA: Bien, señor Shui-Ta. ¿Cuándo cerramos el trato? Aquí traigo los
trescientos dólares.

SHUI-TA: Señora Mi-Tzu, he decidido no vender. Voy a firmar el contrato de alquiler.

LA PROPIETARIA: ¡Cómo! ¿Y el aviador? ¿No tenía que darle el dinero?

SHUI-TA: Ya no.

LA PROPIETARIA: ¿Y cómo piensa pagar el alquiler?

SHUI-TA (retira del carrito el cheque del barbero y lo llena): Tengo un cheque por diez
mil dólares de plata firmado por el señor Shu-Fu, quien me manifestó su interés en
ayudar a mi prima. Antes de las seis de la tarde recibirá usted sus doscientos dólares por
los seis meses de alquiler. Y ahora, señora Mi-Tzu, tengo que ponerme a trabajar. Hoy
estoy muy ocupado. Le ruego que me perdone.

LA PROPIETARIA: Por lo que veo el señor Shu-Fu será el sucesor del aviador. ¡Diez mil
dólares de plata! ¡Ah, señor Shu-Fu! ¡Estas muchachas modernas me dejan pasmada!
¡Son más volubles y superficiales unas que otras!

Sale. El desocupado y el carpintero traen las bolsas.

EL CARPINTERO: En realidad, no comprendo por qué tengo que acarrear sus bolsas.

SHUI-TA: Yo lo comprendo y basta. Su hijo, aquí presente, goza de un excelente apetito.
Quiere comer, señor Lin-To.

LA CUÑADA (ve las bolsas): ¿Pasó mi hermano por aquí?

SEÑORA SHIN: Sí.

LA CUÑADA: Me lo suponía. Conozco esas bolsas, es nuestro tabaco.

SHUI-TA: Le aconsejo que no lo grite a todos los vientos. Ese tabaco es mío. La prueba
es que se hallaba en mi trastienda. Pero si le queda la menor duda, la disiparemos
fácilmente en la comisaría. ¿Quiere que vayamos juntos?

LA CUÑADA (irritada): No.

SHUI-TA: Entonces, resulta que usted tampoco tiene tabaco. En ese caso, tal vez quiera
aceptar la mano generosa que le tiende la señorita Shen-Te. Y ahora, les agradeceré que
me indiquen cómo se va a las barracas del señor Shu-Fu.

Toma de la mano al hijo menor del carpintero y sale, seguido de este último, sus dos
hijos mayores, la cuñada, el abuelo y el desocupado. La cuñada, el carpintero y el
desocupado arrastran las bolsas.

WANG: No es un mal hombre, pero Shen-Te es un alma buena.

SEÑORA SHIN: No sé. De la cuerda de colgar la ropa falta un pantalón, precisamente el
que lleva el primo. Hay algo raro detrás de todo esto. Me gustaría saber qué.

Entran los dos ancianos.


LA ANCIANA: ¿No está la señorita Shen-Te?

SEÑORA SHIN (ausente): Está de viaje.

LA ANCIANA: ¡Qué raro! Tenía que entregarme algo.

WANG (dolorido, mirando su mano): También a mí iba a ayudarme. Tengo la mano casi
paralizada. Pero estoy seguro de que volverá pronto. El primo nunca se queda mucho
tiempo.

SEÑORA SHIN: No, ¿verdad?



INTERMEDIO



El albergue nocturno de Wang.

Música. En sueños, el aguador expresa sus temores a los dioses. Estos prosiguen su
largo peregrinaje. Parecen cansados. Se detienen un momento, vuelven la cabeza y
miran por encima del hombro del aguador.


WANG: Antes de que vuestra aparición me despertara, ilustres dioses, soñé que veía a mi
buena hermana Shen-Te, en medio de la mayor zozobra, junto a los cañaverales del río,
allí donde van a parar los cuerpos de los suicidas. Vacilaba de un modo extraño,
inclinando la cabeza como si arrastrara algo blando pero pesado- al mismo tiempo, que
la hundía en el barro. La llamé y me gritó que debía transportar a la otra orilla todo el
fardo de los mandamientos divinos sin que se mojaran, pues el agua podía borrar los
caracteres. A decir verdad, yo no veía nada sobre sus hombros, pero de pronto recordé
con terror que vosotros, ¡oh dioses!, le habíais predicado acerca de las grandes virtudes
con que le corresponderíais por haberos dado albergue aquella noche en que buscábais
en vano un techo para cobijaros. ¡Qué vergüenza cuando lo recuerdo! Estoy convencido
de que comprenderéis mi inquietud.

TERCER DIOS: ¿Qué es lo que propones?

WANG: Una pequeña rebaja en el cumplimiento de vuestros mandamientos, ilustres
dioses. Un pequeño alivio para que la carga no sea tan pesada, dioses benevolentes, ya
que los tiempos son tan duros.

TERCER DIOS: ¿Por ejemplo, Wang, por ejemplo?

WANG: Bueno, por ejemplo, que se le exija solamente buena voluntad en lugar de amor,
o bien...

TERCER DIOS: ¡Peto es mucho más difícil, desdichado!

WANG: ...o bien equidad en vez de justicia.

TERCER DIOS: ¡Eso cuesta muchísimo más trabajo!

WANG: Entonces, decencia simplemente, en lugar de honor.

TERCER DIOS: ¡No comprendes que es exigir mucho más, alma descreída!

Se alejan, fatigados.


VIII

LA FÁBRICA DE TABACO DE SHUI-TA



En las barracas del señor Shu-Fu, Shui-Ta ha instalado una pequeña fábrica de
tabaco. Detrás del enrejado, horriblemente hacinados, viven en pésimas condiciones
varias familias, en su mayoría mujeres y niños. Se ve, entre otros, a la cuñada, al
abuelo, al carpintero y a sus hijos. Entra la Señora Yang, seguida de su hijo Sun.



SEÑORA YANG (al público): Debo relatarles cómo el señor Shui-Ta, a quien todos
estiman, logró transformar a mi hijo Sun. Cómo, gracias a su perspicacia y a su firmeza,
lo apartó del mal camino para hacer de él un hombre de bien. Todos los vecinos del
barrio saben que el señor Shui-Ta abrió una fábrica de tabaco cerca de los mataderos.
Una fábrica pequeña, pero que, con el correr de los días, se ha convertido en un
establecimiento floreciente. Hace tres meses decidí ir a verlo con mi hijo. Me recibió
tras una breve espera.

Shui-Ta sale de la fábrica y se dirige a la Señora Yang.

SHUI-TA: ¿En qué puedo servirla?

SEÑORA YANG: Señor Shui-Ta, vengo a interceder por mi hijo. La policía se presentó
esta mañana en nuestra casa para informarnos que usted había iniciado una querella en
nombre de la señorita Shen-Te por ruptura de promesa de matrimonio y apropiación
indebida de doscientos dólares.

SHUI-TA: Completamente exacto, señor Yang.

SEÑORA YANG: ¡Por el amor del cielo, señor señor Shui-Ta, sea clemente una vez más!
El dinero se ha esfumado. Mi hijo lo despilfarró en dos días cuando comprendió que
todos sus planes para conseguir el puesto de aviador que tanto ambicionaba se
desbarataban. Sí, ya sé que es un desvergonzado. Se atrevió a vender todos mis muebles
para irse a Pekín sin mí, sin su anciana mamá. (Llora.) En otro tiempo, la señorita Shen-
Te le demostró mucho afecto.

SHUI-TA: ¿Tiene algo que decir, señor Yang-Sun?

SUN (sombrío): Ya no tengo el dinero.

SHUI-TA: Señora Yang, en consideración a la incomprensible debilidad de mi prima por
su descarriado hijo, estoy dispuesto a brindarle una oportunidad. La señorita Shen-Te
espera, según me ha dicho, que un trabajo honrado lo enmendará. Puedo ofrecerle un
puesto en mi fábrica. En cuanto a los doscientos dólares, se los descontaré poco a poco
de su salario.

SUN: La cárcel o la fábrica, ¿eh?

SHUI-TA: No le queda otra alternativa.

SUN: ¿Y no podré hablar nunca más con Shen-Te?

SHUI-TA: No.

SUN: Lléveme a mi puesto.

SEÑORA YANG: Mil gracias, señor Shui-Ta. Es usted muy bondadoso. ¡Que los dioses lo
recompensen! (A Sun.) Te apartaste de la buena senda. Ahora que has encontrado un
trabajo honesto, trata de corregirte para que puedas mirar a tu madre de frente sin
avergonzarte.

Shui-Ta se dirige a la fábrica seguido de Sun. La Señora Yang vuelve al proscenio.

SEÑORA YANG: Las primeras semanas fueron duras para Sun. El trabajo no le gustaba.
No tenía ninguna ocasión de sobresalir. Pero a la tercera semana, un pequeño incidente
vino en su ayuda. El ex carpintero Lin-To y él tenían que transportar unas bolsas de
tabaco.

Sun y Lin-To transportan dos bolsas de tabaco cada uno.

EL CARPINTERO (se detiene, jadeando, y se deja caer sobre una de las bolsas): No
puedo más. Ya no estoy en edad de hacer semejante trabajo.

SUN (se sienta también): Deja las bolsas y mándalos a paseo.

EL CARPINTERO: ¿Y de qué voy a vivir? También puse a trabajar a mis hijos y apenas
sacamos para comer. ¡Si la señorita Shen-Te viera esto, ella que era tan buena!

SUN: Sí, no era mala, tienes razón. Si las circunstancias no hubieran sido adversas, nos
habríamos entendido muy bien los dos. Me gustaría saber dónde está. Bien, será mejor
que sigamos trabajando. Esta es la hora en que él suele darse una vueltecita por aquí.

Se levantan.

SUN (viendo venir a Shui-Ta): ¡Dame una de tus bolsas, lisiado!

Carga una de las bolsas de Lin-To.

EL CARPINTERO: ¡Muchas gracias! Si Shen-Te estuviera. aquí y te viera ayudar a este
pobre viejo, sabría apreciarlo.

Entra Shui-Ta.

SEÑORA YANG: Naturalmente, a la primera ojeada, el señor Shui-Ta supo diferenciar al
buen obrero, al que nunca le pone mala cara al trabajo. E intervino.

SHUI-TA: ¡Alto ahí! ¿Qué sucede? ¿Por qué llevas una sola bolsa?

EL CARPINTERO: Me siento un poco cansado hoy, señor Shui-Ta, y Yang-Sun tuvo la
gentileza...

SHUI-TA: Amiguito, das media vuelta sin chistar y te traes tres bolsas. Lo que hace
Yang-Sun tú también puedes hacerlo. Lo que pasa es que Yang-Sun tiene buena
voluntad y tú no.

SEÑORA YANG (mientras el carpintero va a buscar otros dos fardos): A Sun no le dijo
ni una sola palabra, por supuesto, pero a partir de aquel momento, el señor Shui-Ta supo
a qué atenerse. Y el sábado siguiente, a la hora de la paga...

Traen una mesa. Aparece Shui-Ta llevando una bolsa con dinero. De pie, junto al
capataz —el ex desocupado—, comienza a pagar a los obreros. Sun se acerca a la
mesa.

EL CAPATAZ: Yang-Sun, seis dólares de plata.

SUN: Perdón, pero son cinco. Cinco dólares solamente. (Toma la lista que tiene el
capataz.) ¿Me permite? Vea, aquí donde dice seis días de labor hay un error. Falté un
día, por un asunto que tengo en los Tribunales. (Hipócritamente.) Por bajo que sea mi
salario, no quiero aceptar nada que no me lo haya ganado.

EL CAPATAZ: Bueno, cinco dólares entonces. (A Shui-Ta.) ¡Es un caso excepcional,
señor Shui-Ta!

SHUI-TA: ¿Cómo se anotaron seis días si sólo trabajó cinco?

EL CAPATAZ: Me habré equivocado, señor Shui-Ta. (A Sun, frío:) No volverá a ocurrir.

SHUI-TA (llevándose aparte a Sun): Lo he estado observando. Es usted vigoroso y no
escatima esfuerzos cuando se trata de la firma. Hoy me ha demostrado que además es un
hombre honesto. ¿Es frecuente que el capataz se equivoque así, en perjuicio de la firma?

SUN: Se hizo amigo del personal y los obreros lo consideran uno de los suyos.

SHUI-TA: Comprendo. ¿Quiere una gratificación? Favor con favor se paga.

SUN: No. Pero quisiera hacerle notar que soy un hombre inteligente. He recibido una
buena instrucción, ¿sabe? El capataz se entiende muy bien con los obreros, pero como
es un ignorante no puede llegar a comprender las verdaderas necesidades de la empresa.


Tómeme a prueba por una semana, señor Shui-Ta, y. le demostraré que mi inteligencia
tiene más valor para la firma que mis músculos.

SEÑORA YANG: Fue un golpe de audacia, pero esa noche le dije a mi hijo Sun: "Eres
aviador; demuéstrales, entonces, que aun en las condiciones en que te encuentras eres
capaz de elevarte por encima de los demás. ¡Vuela, aguilucho mío!" Porque teniendo
instrucción e inteligencia se puede llegar a cualquier parte. Y, sin ellas, ¿cómo se puede
pertenecer un día a la minoría selecta del país? Mi hijo realizó verdaderos milagros en la
fábrica del señor Shui-Ta.

Sun, con las piernas separadas, está plantado frente a los obreros que se pasan unos
a otros, por encima de sus cabezas, una canasta de tabaco fresco.

SUN: ¡Eh, ustedes!, ¿qué modo es ése de trabajar? Hay que mover la canasta más de
prisa. (A un niño.) ¡Siéntate en el suelo, así ocuparás menos sitio! Y tú, ¡podrías vigilar
también la prensa, sí, tú, tú! ¡Montón de vagos!, ¿para qué creen que se les paga?
¡Vamos, más rápido con la canasta! ¡Demonios! ¡Apartad de ahí al abuelo y que se.
ponga a desmenuzar el tabaco con los chicos! ¡Basta de haraganear aquí! ¡Vamos,
marcando el compás!

Marca el compás golpeando las manos. La canasta circula más rápidamente.

SEÑORA YANG: Y nada, ni la inquina, ni los insultos —que no faltaron, por cierto— de
toda esa gente sin instrucción, impidieron que mi hijo cumpliera con su deber.

Uno de los obreros comienza a cantar la canción del octavo elefante. Los demás
corean el estribillo.



CANCIÓN DEL OCTAVO ELEFANTE



Siete elefantes tiene el señor Chin

Y uno más, o sea ocho en total.

Siete son salvajes, el octavo formal,

Y los tiene al trote cuando se portan mal.

¡De prisa, salta, trota!

Antes de que anochezca

Hay que desmontar la floresta de Chin

Y el día ya toca a su fin.

Siete elefantes la floresta desmontan

Todo el día los siete sudan y trotan.

Montado en el octavo, Chin se pavonea,

El ocho, aburrido, vigila la tarea.

¡De prisa, pronto, cava!

Antes de que anochezca

Hay que desmontar la floresta de Chin

Y el día ya toca a su fin.

Siete elefantes cansados de cavar

Deciden allí mismo dejar de trabajar.

El señor Chin, furioso, los riñe en alta voz

Y le da al octavo un celemín de arroz.

Y ahora, ¿qué sucede?

Antes de que anochezca

Hay que desmontar la floresta de Chin

Y el día ya toca a su fin.


Siete elefantes perdieron sus colmillos

El octavo los tiene firmes, el muy pillo,

Y a los siete ataca violentamente

Mientras Chin, muy orondo, ríe entre dientes.

¡Pronto! ¡Sigue cavando!

Antes de que anochezca

Hay que desmontar la floresta de Chin

Y el día ya toca a su fin.



Shui-Ta se pasea plácidamente por el proscenio, fumando un cigarro. Al llegar a la
tercera estrofa, Yang-Sun, riendo, se une al coro que canta el estribillo. Acelera el
ritmo batiendo palmas.

SEÑORA YANG: Nunca podremos agradecerle bastante al señor Shui-Ta lo que ha hecho
por nosotros. Con mano suave, pero firme y eficaz, supo desenterrar todas las buenas
cualidades que estaban ocultas en Sun. Y lo consiguió sin deslumbrarlo con promesas
fantásticas, como su tan mentada prima, sino interesándolo en un trabajo honesto. En
tres meses, Sun se ha convertido en otro hombre. Nadie podrá negarlo. Como decían
nuestros mayores: "Un espíritu noble es como una campana: si se la tañe, suena; si no,
permanece callada."


IX

LA CIGARRERÍA DE SHEN-TE



La cigarrería se ha transformado en un despacho con sillones de cuero y hermosas
alfombras. Shui-Ta, que ha engordado, se despide de los dos ancianos tapiceros. La
Señora Shin contempla la escena con sorna. Lleva ropa evidentemente nueva.



SHUI-TA: Lo siento mucho, pero no puedo decirles cuándo volverá.

LA ANCIANA: Hoy recibimos una carta con los doscientos dólares que le habíamos
prestado. No traía remitente, pero es indudable que la carta la envió Shen-Te. Nos
gustaría escribirle. ¿Cuál es su dirección?

SHUI-TA: Desgraciadamente, tampoco la conozco.

EL ANCIANO: Vámonos.

LA ANCIANA: Algún día tendrá que regresar.

Shui-Ta se inclina. Los ancianos se marchan, indecisos e inquietos.

SEÑORA SHIN: Recuperaron el dinero demasiado tarde. Han perdido el negocio, por no
pagar los impuestos.

SHUI-TA: ¿Por qué no vinieron a verme?

SEÑORA SHIN: A nadie le agrada mucho recurrir a usted. Al comienzo, como no tenían
ningún comprobante escrito, esperaban sin duda que volviera Shen-Te. Después, la
situación empeoró, el viejo tuvo un acceso de fiebre violento y su mujer pasaba noche y
día a la cabecera de su cama.

HUI-TA (sintiéndose desfallecer, se sienta): ¡Otra vez me da vueltas la cabeza!

SEÑORA SHIN (atendiéndola): Está usted en el séptimo mes. No le conviene tener
emociones fuertes. Menos mal que me tiene a mí. En esos casos nadie puede arreglarse
sin alguna ayuda. En fin, cuando llegue el momento estaré a su lado.

Ríe.

SHUI-TA (débilmente). ¿Puedo contar con usted, Señora Shin?

SEÑORA SHIN: ¡Por supuesto! Claro que le costará algunos pesos. Desabróchese el
cuello, se sentirá mejor.

SHUI-TA (afligida): Todo esto lo hago por el niño, Señora Shin.

SEÑORA SHIN: Todo por el niño.

SHUI-TA: Pero estoy engrosando a ojos vista. Va a llamar la atención.

SEÑORA SHIN: Se lo atribuirán a su prosperidad.

SHUI-TA: ¿Y qué va a ser del niño?

SEÑORA SHIN: Me hace la misma pregunta tres veces por día. Lo pondremos al cuidado
de una nodriza. La mejor que podamos encontrar. Habiendo dinero...

SHUI-TA: Sí. (Angustiada.) Y que no vea nunca a Shui-Ta.

SEÑORA SHIN: Nunca. Solamente a Shen-Te.

SHUI-TA: Entretanto, ¡hay que ver cómo trabajan las malas lenguas en el barrio! ¡Y el
aguador, con sus historias! ¡Espían el negocio!

SEÑORA SHIN: Mientras el barbero no se entere, nada se ha, perdido. Tome un poco de
agua.

Entra Sun, muy desenvuelto, trajeado como un hombre de negocios, con un
portafolio bajo el brazo. Mira asombrado a Shui-Ta que está en los brazos de la
Señora Shin.

SUN: ¿Molesto?


SHUI-TA (se levanta con esfuerzo y va tambaleándose hasta la puerta): ¡Hasta mañana,
Señora Shin!

La Señora Shin se pone sus guantes y sale sonriendo.

SUN: ¡Conque guantes tenemos! ¿Desde cuándo, por qué, cómo? Dígame, ¿le saca
dinero? (Shui-Ta no contesta.) ¿O es que usted también es blando de corazón? ¡Qué
curioso! (Saca un papel de su portafolio.) De cualquier modo, en estos últimos tiempos
lo veo muy cambiado. Tiene manías, indecisiones. ¿No estará enfermo? Le prevengo
que los negocios se resienten con esas cosas. Mire, aquí traigo otra notificación de la
policía. Quieren cerrar la fábrica. Lo más que toleran es el doble de los obreros
legalmente autorizados para un taller. Tiene que tomar una decisión, señor Shui-Ta.

Shui-Ta lo mira un segundo, como si estuviera ausente, luego va a la trastienda y
vuelve con una bolsa de papel. Saca de ella un sombrero hongo, reluciente, y lo
arroja sobre el escritorio.

SHUI-TA: La firma desea que sus empleados estén impecablemente vestidos.

SUN: ¿Lo compró especialmente para mí?

SHUI-TA (indiferente): Pruébeselo. A ver si le queda bien.

Sun, asombrado, se pone el sombrero. Shui-Ta se lo acomoda.

SUN: ¡A sus órdenes! Pero no trate de escaparse por la tangente otra vez. De una vez por
todas tiene que examinar con el barbero el nuevo proyecto.

SHUI-TA : El barbero exige condiciones inaceptables.

SUN: ¿Qué condiciones? ¡Si se decidiera usted a decírmelas!

SHUI-TA (esquivándose): Las barracas son bastante buenas.

SUN: Sí, para toda la chusma que trabaja allí, pero no para el tabaco que se está
enmoheciendo. Antes de la reunión voy a tantear a la señora Mi-Tzu con respecto a sus
locales. Si los conseguimos, podremos deshacernos por fin de todos esos mendigos,
despojos humanos y demás cretinos. Ya no nos servirán para nada. Esta tarde, entre una
y otra taza de té, le acariciaré las rodillas a la señora Mi-Tzu y verá cómo tendremos los
locales a mitad de precio.

SHUI-TA (seco): Eso no se lo permito. Por el prestigio de la firma, exijo que obre con la
mayor discreción, como corresponde a un hombre de negocios.

SUN: ¿Por qué se irrita así? ¿Tanto le preocupan los chismes del vecindario?

SHUI-TA: Los chismes me tienen sin cuidado.

SUN: Entonces, será culpa de la lluvia. Cada vez que llueve se pone usted tan irritable,
tan melancólico. Me gustaría saber por qué.

VOZ DE WANG (afuera):

Traigo agua para vender

Y la lluvia cae sobre mí.

¡Ah! Con cuánto esfuerzo conseguí Este poquito de agua para beber.

Y aunque grito con furor: ¡Compradme agua!

Ninguna voz a mi grito responde.

¿No habrá nadie que acuda, sediento,

Y me la pague y se embriague con ella?

SUN: Ahí está otra vez ese maldito aguador. De nuevo va a ponerse a sembrar cizaña.

VOZ DE WANG (afuera): ¿Ya no queda ningún alma buena en la ciudad? ¿Ni siquiera en
este lugar donde vivía la buena Shen-Te? ¿Dónde está la que un día, hace muchos
meses, en plena lluvia, me compró un vaso de agua con el corazón henchido de gozo?
¿Dónde está ahora? ¿Alguien la ha visto? ¿Quién tiene noticias suyas? Una tarde entró
en esta casa y no se la volvió a ver nunca más.


SUN: ¿Quiere que le haga cerrar el pico? ¿Es asunto de él, adónde se fue? Además,
tengo la impresión de que si usted se lo tiene tan callado, es únicamente para que yo no
me entere.

WANG (entrando): Señor Shui-Ta, se lo ruego una vez más, ¿cuándo regresará Shen-
Te? Ya hace seis meses que salió de viaje. (Shui-Ta guarda silencio.) Desde entonces
han sucedido muchas cosas que no hubiesen ocurrido de haber permanecido ella entre
nosotros. (Shui-Ta sigue callado.) Señor Shui-Ta, en todo el vecindario se murmura que
Shen-Te debe haber sufrido alguna desgracia. Todos nosotros, sus amigos, estamos muy
intranquilos. Tenga la bondad de darnos su dirección.

SHUI-TA: Lo siento, señor Wang, pero en este momento estoy muy ocupado. Vuelva la
semana próxima.

WANG (muy excitado): El arroz que todas las mañanas dejaba ante su puerta para los
pobres ha vuelto a aparecer desde hace algunos días.

SHUI-TA: ¿Y qué conclusión saca usted?

WANG: Que Shen-Te no se ha ido de viaje, sino...

SHUI-TA: ¿Sino?... (Wang calla.) ¿Quiere conocer mi respuesta? Pues escúchela bien. Y
sepa que es definitiva. Si es usted amigo de Shen-Te, señor Wang, haga el menor
número posible de indagaciones sobre su paradero. Es un consejo que le doy.

WANG: ¡Buen consejo! Señor Shui-Ta, antes de su desaparición, Shen-Te me anunció
que estaba encinta.

SUN: ¿Cómo?

SHUI-TA (rápido): ¡Mentira!

WANG (muy grave, a Shui-Ta): Señor Shui-Ta, si se imagina que los amigos de Shen-Te
van a dejar de interesarse por ella, está muy equivocado. No es tan fácil olvidar a un
alma buena. No son tan frecuentes.

Sale. Shui-Ta, paralizado, lo sigue con la mirada. Luego entra rápidamente en la
trastienda.

SUN (al público): ¡Shen-Te encinta! ¡Estoy fuera de mí! ¡Me han engañado! Se lo habrá
dicho en seguida al primo y ese crápula no encontró nada mejor que despacharla al
instante: "Prepara tus maletas y desaparece antes que el padre del niño sospeche algo."
Es sencillamente monstruoso. Inhumano. Tengo un hijo. Un Yang asoma en el
horizonte. ¿Y qué sucede? La chica desaparece y yo aquí, cinchando. (Enfurecido.) ¡Y
encima me da un sombrero de limosna! (Lo pisotea.) ¡Criminal! ¡Ladrón!
¡Secuestrador! ¡Y la chica está prácticamente desamparada! (Se oye un sollozo en la
trastienda.) Alguien llora. ¿Quién es? Ya no se oye nada. ¿Quién puede estar llorando
en la trastienda? Esa bestia insensible de Shui-Ta no puede ser. Entonces, ¿quién,
quién? Y ese arroz que aparece todas las mañanas ante su puerta, ¿qué significa? ¿Y si
después de todo la chica estuviera ahí y él la tuviera sencillamente escondida? Porque si
no, ¿quién puede estar sollozando allí adentro? ¡Buena ganga sería! Si está realmente
encinta, tengo que encontrarla a cualquier precio.

Shui-Ta vuelve de la trastienda. Va hacia la puerta y mira la lluvia.

SUN: ¿Y, dónde está?

SHUI-TA (alza la mano y escucha): ¡Un momento! Son las nueve. Pero hoy no se oye
nada. Llueve demasiado fuerte.

SUN (irónico): ¡Qué es lo que quiere oír?

SHUI-TA: El avión postal.

SUN: ¡Ese chisme!


SHUI-TA: No hace mucho tiempo me contaron que usted ansiaba volar. ¿Ya no le
interesa?

SUN: El puesto que tengo actualmente no me desagrada. Además, no me gusta mucho
trabajar de noche, y la aviación postal tiene servicio nocturno. En cierto modo, me he
encariñado con la fábrica. Después de todo, es de mi ex prometida, aunque ella esté de
viaje. Está de viaje realmente, ¿verdad?

SHUI-TA: ¿Por qué me lo pregunta?

SUN: Porque sus asuntos todavía me importan.

SHUI-TA: Creo que a mi prima le interesaría lo que acaba de decir.

SUN: A mí, en todo caso, me interesa tanto lo que se refiere a su persona que no podría
permanecer indiferente si, por ejemplo, alguien la privara de su libertad.

SHUI-TA: ¿Alguien? ¿Quién?

SUN: Usted.

Pausa.

SHUI-TA: ¿Qué haría en esa eventualidad?

SUN: Pues volvería a discutir probablemente mi situación en la firma.

SHUI-TA: ¡Ajá! Y si la firma, es decir yo, le ofreciera un puesto interesante, ¿se podría
esperar que usted renuncie a ulteriores averiguaciones sobre su ex prometida?

SUN: Tal vez.

SHUI-TA: ¿Y tiene usted alguna idea acerca del nuevo cargo que podría ocupar en la
fábrica?

SUN: El más importante. Mi idea no excluye la posibilidad de desplazarlo a usted.

SHUI-TA: ¿Y si el desplazado resultara ser usted?

SUN: Entonces, volvería probablemente, pero no solo.

SHUI-TA: ¿Con quién?

SUN: Con la policía.

SHUI-TA: Con la policía. Supóngase que la policía no encuentra a nadie aquí.

SUN: Pues entonces tendrá que practicar un registro en la trastienda. Señor Shui-Ta, de
un tiempo a esta parte, siento una nostalgia vehemente por la dama de mi corazón. Me
doy cuenta que debo actuar si quiero volver a estrecharla entre mis brazos. (Tranquilo.)
Además, está encinta y necesita a alguien a su lado. Voy a hablar unas palabritas con el
aguador.

Sale. Shui-Ta, inmóvil, lo sigue con la mirada. Luego vuelve a entrar rápidamente en
la trastienda y regresa trayendo diversos objetos personales de Shen-Te, ropa
interior, vestidos, artículos de tocador. Se queda mirando largo rato el chal que
Shen-Te compró a los dos ancianos. Después hace un bulto con todo y, al oír voces,
lo esconde bajo la mesa. Entran la propietaria y Shu-Fu. Saludan a Shui-Ta. Dejan
en un rincón los paraguas y los chanclos.

LA PROPIETARIA: ¡Ya se nos viene el otoño, señor Shui-Ta!

SHU-FU: ¡Una estación melancólica!

LA PROPIETARIA: Y su encantador gerente, ¿dónde está? ¡Es un peligroso seductor!
Probablemente usted ignore esa faceta de su personalidad, pero le aseguro que sabe
conciliar su atractivo personal con sus «deberes laborales, para el mayor prestigio de la
empresa.

SHUI-TA: Tengan a bien tomar asiento.

Los tres se sientan y se ponen a fumar.


SHUI-TA: Amigos míos, un incidente imprevisto que podría tener inquietantes
consecuencias me obliga a precipitar las negociaciones en curso relacionadas con el
porvenir de mi empresa. Señor Shu-Fu, mi fábrica atraviesa momentos difíciles.

SHU-FU: No es una novedad.

SHUI-TA: Pero es que esta vez la policía amenaza con cerrar la fábrica si no puedo
probar en forma fehaciente que mis nuevos proyectos se asientan sobre una base firme.
Señor Shu-Fu, se trata de la única propiedad de mi prima, por quien usted siempre ha
manifestado un vivo interés.

SHU-FU: Señor Shui-Ta, me resulta profundamente desagradable tener que discutir con
usted sus nuevos proyectos. Proyectos que, fuerza es decirlo, son cada vez más
ambiciosos. Yo propongo una comida íntima con su prima, y usted viene a plantearme
sus dificultades financieras. Pongo a disposición de la muchacha varios locales para dar
albergue a las pobres y usted los utiliza para instalar una fábrica. Le doy un cheque y es
usted quien lo endosa. Desaparece su prima y usted me pide cien mil dólares con el
pretexto de que mis barracas son demasiado estrechas. Señor, ¿dónde está su prima?

SHUI-TA: Tranquilícese, señor Shu-Fu. Hoy estoy en condiciones de informarle que
volverá muy pronto.

SHU-FU: ¿Muy pronto? ¿Cuándo? Hace semanas que nos viene repitiendo "muy
pronto".

SHUI-TA: No vengo a reclamarle nuevos préstamos. Le he preguntado sencillamente si
estaría dispuesto a considerar mi proyecto, en caso de que regresara mi prima.

SHU-FU: Le he repetido ya mil veces que no quiero tener tratos con usted, pero que
estoy dispuesto a considerar cualquier cosa con su prima. Pero usted parece querer
impedir a toda costa esa conversación.

SHUI-TA: Ya no.

SHU-FU: ¿Cuándo podré verla?

SHUI-TA (indeciso): Dentro de tres meses.

SHU-FU (indignado): Bueno, entonces esperará mi firma tres meses.

SHUI-TA: Pero hay que preparar el terreno.

SHU-FU: Prepárelo como se le antoje, Shui-Ta, ya que está seguro de que su prima
acudirá a la cita que usted ha fijado.

SHUI-TA: ¿Está usted dispuesta, señora Mi-Tzu, a confirmar ante la policía que puedo
disponer de sus locales?

LA PROPIETARIA: No tengo inconveniente, siempre que me ceda su gerente. Acepto con
esa condición, ya se lo he dicho en varias oportunidades. (A Shu-Fu.) ¡Es un muchacho
tan bien dotado para los negocios! Y realmente necesito un administrador.

SHUI-TA: Usted comprenderá que en este momento me es imposible prescindir del señor
Yang-Sun, con todas las dificultades que tengo y con mi salud que está tan floja desde
hace un tiempo. En un principio estaba decidido a cedérselo, pero...

LA PROPIETARIA: ¡Sí, pero...!

Pausa.

SHUI-TA: Bien. Mañana se presentará en sus oficinas.

SHU-FU: Me alegro de que por fin haya tomado esa decisión, Shui-Ta. Si la señorita
Shen-Te volviera realmente, la presencia de ese joven aquí no sería muy decorosa.
Nadie ignora que en una época ejerció una influencia desastrosa sobre ella.

SHUI-TA (se inclina): Sin duda. Les ruego me disculpen mis largas vacilaciones en lo
que a Shen-Te y Yang-Sun se refiere. Comprendo que no es una actitud digna de un
hombre de negocios. Pero hay que tener en cuenta que en otro tiempo estuvieron muy
íntimamente unidos.

LA PROPIETARIA: Está disculpado.

SHUI-TA (con los ojos fijos en la puerta): Amigos míos, ha llegado el momento de las
decisiones. En el solar de este local, minúsculo y sórdido en un principio, donde la
pobre gente del barrio venía a comprar el tabaco de la buena Shen-Te, nosotros, sus
amigos, hemos resuelto instalar doce hermosos locales donde, en adelante, se podrá
comprar el buen tabaco de Shen-Te. La gente, según he sabido, me llama el rey del
tabaco de Se-Chuan. Puedo afirmar que, al montar este negocio, he tenido en cuenta
únicamente los intereses de mi prima. La fábrica le pertenece a ella, a sus hijos y a los
hijos de sus hijos.

Se oye afuera el rumor de gente que se acerca. Entran Sun, Wang y el agente de
policía.

EL POLICÍA: Lo lamento infinitamente, señor Shui-Ta, pero los ánimos están muy
exaltados en el vecindario y me he visto en la obligación de dar curso a una denuncia
presentada contra usted. Según el denunciante, que pertenece a su empresa, habría usted
secuestrado a la señorita Shen-Te.

SHUI-TA: Es falso.

EL POLICÍA: El señor Yang-Sun, aquí presente, afirma haber oído en la trastienda un
sollozo de procedencia indudablemente femenina.

LA PROPIETARIA: Es ridículo. El señor Shu-Fu y yo, respetables vecinos de esta ciudad,
cuyo testimonio no puede ser puesto en tela de juicio por la policía, certificamos que
aquí nadie ha sollozado. Estábamos fumando tranquilamente nuestros cigarros.

EL POLICÍA: Lo siento, pero tengo órdenes de registrar la mencionada trastienda.

Shui-Ta abre la puerta. El policía se agacha y entra. Examina la habitación y se
vuelve sonriendo.

EL POLICÍA: En efecto, aquí no hay nadie.

SUN (que lo ha seguido): ¡Sin embargo, yo oí los sollozos! (Su mirada se fija en la mesa
bajo la cual Shui-Ta escondió el buho. Sung se precipita bajo la mesa.) Esto no estaba
aquí hace un tato.

Abre el bulto y muestra la ropa de Shen-Te.

WANG: ¡Es la ropa de Shen-Te! (Corre a la puerta y grita hacia afuera.) ¡Se han
encontrado los vestidos de Shen-Te!

EL POLICÍA (incautándose de todos los efectos personales): Usted declara que su prima
está de viaje. Sin embargo, aquí escondido debajo de la mesa, se descubre un bulto con
su ropa y otros efectos personales. ¿Dónde podemos encontrar a la muchacha, señor
Shui-Ta?

SHUI-TA: Ignoro su dirección.

EL POLICÍA: Es muy lamentable.

GRITOS DE LA GENTE: ¡Se ha encontrado la ropa de Shen-Te! ¡El rey del tabaco asesinó a
la muchacha y la hizo desaparecer!

EL POLICÍA: Señor Shui-Ta, debo rogarle que me acompañe a la comisaría.

SHUI-TA (se inclina ante la propietaria y el señor Shu-Fu): Disculpen este escándalo,
amigos míos. Pero todavía hay jueces en Se-Chuan. Estoy convencido de que todo
quedará aclarado en seguida.

Sale seguido por el policía.

WANG: ¡Se ha cometido un crimen horrible!

SUN (desconcertado): ¡Alguien lloraba! ¡Yo lo oí!






INTERMEDIO



El albergue nocturno de Wang.

Música. Por última vez, los dioses se aparecen en sueños al aguador. Están muy
cambiados. Las fatigas de un largo viaje, un gran agotamiento y múltiples aventuras
desagradables han dejado en su aspecto exterior rastros inconfundibles. Uno tiene el
sombrero desfondado, otro ha perdido una pierna en una trampa para lobos. Los tres
van descalzos.



WANG: ¡Por fin habéis llegado! ¡Cosas terribles suceden en la cigarrería de Shen-Te,
ilustres dioses! Shen-Te está nuevamente de viaje desde hace varios meses. El primo se
ha apoderado de todo. Hoy fue detenido, acusado de haber dado muerte a Shen-Te para
quedarse con el negocio. Pero yo no lo creo. Shen-Te se me apareció en sueños y me
dijo que su primo la tenía prisionera. ¡Oh dioses ilustres! Es preciso que volváis de
inmediato y que la encontréis.

PRIMER DIOS: Es espantoso. Nuestra búsqueda ha sido un fracaso completo.
Encontramos unos pocos seres buenos, pero ninguno que llevara una vida digna del
hombre. Habíamos decidido conformarnos con Shen-Te.

SEGUNDO DIOS: ¡Con tal de que siga siendo buena!

WANG: De eso podéis estar seguros, pero el hecho es que ha desaparecido.

PRIMER DIOS: Entonces, todo está perdido.

SEGUNDO DIOS: ¡Vamos, un poco de ánimo!

PRIMER DIOS: ¿Animo? ¿Por qué? Si no la encontramos, ya podemos ir presentando
nuestra dimisión. ¡Ah, lindo mundo éste! En todas partes miseria, bajeza, desolación.
Hasta el paisaje nos es hostil: árboles hermosos decapitados por hilos alámbricos; más
allá de las montañas, nubes espesas de humo y el tronar de los cañones. Y, por donde se
mire, ni una sola alma buena capaz de resistir esta vida.

TERCER DIOS: ¡Ah, aguador, nuestros mandamientos parecen ser nefastos! Me temo que
habrá que borrar para siempre todos nuestros preceptos morales. La gente ya tiene
bastante con salvar su pellejo. Las buenas intenciones la conducen al borde del abismo y
las buenas acciones la precipitan en él. (A los otros dos dioses.) ¡Debéis reconocer que
este mundo es inhabitable!

SEGUNDO DIOS: ¡No, quienes no valen nada son los hombres!

TERCER DIOS: ¡El mundo es demasiado frío!

SEGUNDO DIOS (con violencia): ¡Los hombres son demasiado débiles!

PRIMER DIOS: ¡Un poco de dignidad, queridos hermanos, un poco más de dignidad! No
tenemos por qué desesperar. A pesar de todo, hemos descubierto un ser que era bueno y
sigue siéndolo. Es cierto que ha desaparecido. Apresurémonos a buscarlo. Con uno solo
basta. ¿No fueron ésas vuestras palabras? ¿No dijisteis que todo podía salvarse si se
encontraba un ser humano capaz de soportar este mundo?

Desaparecen rápidamente.




X

LA SALA DEL TRIBUNAL



Entran, formando grupos, el señor Shu-Fu y la propietaria; Sun y su madre; Wang, el
carpintero, el abuelo, la joven prostituta; los dos ancianos, la Señora Shin; el policía;
la cuñada.



EL ANCIANO: Es demasiado influyente.

WANG: Se propone abrir doce locales nuevos.

EL CARPINTERO: ¿Cómo quieren que el juez dicte una sentencia equitativa? Los amigos
del acusado, el barbero Shu-Fu y la propietaria Mi-Tzu, también son amigos de él.

LA CUÑADA: La Señora Shin le llevó ayer al juez un ganso bien cebado de parte del
señor Shui-Ta. Hay gente que la vio. La cesta iba chorreando grasa.

LA ANCIANA (a Wang): ¡Nunca más encontrarán a nuestra pobre Shen-Te!

WANG: Sí, sólo los dioses podrán descubrir la verdad.

EL POLICÍA: ¡Silencio! ¡El tribunal!

Entran, envueltos en sus togas de jueces, los tres dioses. Mientras se dirigen al
estrado, bordeando el proscenio, se les oye cuchichear.

TERCER DIOS: Se va a descubrir todo. Las credenciales están muy mal falsificadas.

SEGUNDO DIOS: Esa repentina indigestión del juez llamará la atención.

PRIMER DIOS: No, es natural. Si se comió medio ganso.

SEÑORA SHIN: ¡Cómo! ¡Son otros jueces!

WANG: ¡Jueces excelentes!

El tercer juez, que entra el último, lo oye, se vuelve y sonríe. Los dioses se sientan. El
Primer dios golpea la mesa con el martillo. El policía trae a Shui-Ta, quien, a pesar
de los silbidos con que es recibido, conserva un andar altivo.

EL POLICÍA (a Shui-Ta): Se va a llevar una sorpresa. No ha venido el juez Fu-Yi-Cheng.
Pero los nuevos jueces tienen un aspecto muy benévolo.

Shui-Ta ve a los jueces y se desvanece.

LA JOVEN PROSTITUTA: ¿Qué ocurre? El rey del tabaco se ha desmayado.

LA CUÑADA: Sí, al ver a los nuevos jueces.

WANG: ¡Como si los conociera! No comprendo absolutamente nada.

PRIMER DIOS: ¿Es usted Shui-Ta, el fabricante de tabaco?

SHUI-TA (débilmente): Sí.

PRIMER DIOS: Se le acusa de haber hecho desaparecer a su propia prima, la señorita
Shen-Te, para apropiarse de su negocio. ¿Se declara culpable?

SHUI-TA: No.

PRIMER DIOS (consultando el expediente): Escucharemos primero al agente de policía
del barrio. ¿Qué reputación tienen el acusado y su prima?

EL POLICÍA (adelantándose): La señorita Shen-Te era una joven que trataba de ser
amable con todos: vivir y dejar vivir, ése parecía ser su lema. El señor Shui-Ta, por su
parte, es un hombre de principios. La generosidad de la señorita le obligó en varias
oportunidades a tomar medidas severas y, a diferencia de ella, se mantuvo siempre del
lado de la ley, Excelencia. Una vez desenmascaró a una banda de ladrones que su prima,
de buena fe, había albergado en su casa. Otra vez, intervino a tiempo para impedir que
ella incurriese en falso testimonio. Puedo dar fe de que el señor Shui-Ta es un señor
respetable y respetuoso de las leyes.


PRIMER DIOS: ¿Alguien más entre los presentes desea prestar declaración en favor del
acusado?

Se adelantan el señor Shu-Fu y la propietaria.

EL POLICÍA (en voz baja, a los dioses): Es el señor Shu-Fu, una persona muy influyente.

SHU-FU: El señor Shui-Ta es considerado en Se-Chuan uno de los hombres de negocios
de mayor prestigio. Es vicepresidente de la Cámara de Comercio y ha sido propuesto
para ocupar el cargo de Juez de Paz en su barrio.

WANG: ¡Propuesto por usted! ¡Como tienen negocios en común!

EL POLICÍA (murmura): Un sujeto poco recomendable.

LA PROPIETARIA: En mi carácter de Presidenta del Comité de Beneficencia deseo poner
al Tribunal en conocimiento de ciertos hechos. El señor Shui-Ta ha decidido inaugurar
en breve nuevos locales, saludables y luminosos, donde los obreros podrán gozar de
todas las comodidades con que es posible soñar. Por si esto fuera poco, es uno de los
más asiduos colaboradores de las obras benéficas para sostener nuestro Hogar de
Inválidos.

EL POLICÍA (en voz baja): ¡La señora Mi-Tzu, amiga íntima del juez Fu-Yi-Scheng!

PRIMER DIOS: Sí, sí, pero escuchemos ahora a otros testigos no tan parciales.

Wang, el carpintero, los dos ancianos, el desocupado, la cuñada y la Señora Shin se
adelantan.

EL POLICÍA: ¡La hez del barrio!

PRIMER DIOS: ¿Qué pueden decirme en términos generales acerca de la conducta del
señor Shui-Ta?

TODOS (gritando al unísono): ¡Nos ha arruinado! ¡Es un chantajista! ¡Explota a los
pobres! ¡Nos ha mentido! ¡Engañado! ¡Asesinado!

PRIMER DIOS: ¿Tiene algo que alegar el acusado?

SHUI-TA: No he hecho más que defender la existencia de mi prima, Excelencia. Acudí
en su ayuda, porque su pequeño negocio corría peligro. He venido tres veces, y las tres
sin intención de quedarme. Pero la última vez las circunstancias me obligaron a
permanecer aquí más de lo que deseaba. Sólo disgustos coseché. Mi prima era muy
querida por todos. Yo tuve que cargar con las tareas más ingratas. Por eso me detestan.

LA CUÑADA: Sí, te detestamos. Fíjese en nuestro caso, Excelencia. (A Shui-Ta.) Y eso
que no voy a hablar de las bolsas.

SHUI-TA: ¿Por qué no? ¿Por qué no?

LA CUÑADA (a los dioses): Shen-Te nos dio asilo y él nos hizo arrestar.

SHUI-TA: ¡Habían robado masitas!

LA CUÑADA: ¡Por lo que le importaban a usted las masitas del panadero! Lo que quería
era quedarse con la cigarrería.

SHUI-TA: ¡La cigarrería no era un asilo, egoístas!

LA CUÑADA: ¡Pero no teníamos a dónde ir!

SHUI-TA: Eran ustedes demasiados para nuestro pequeño local.

WANG: ¿Y estos dos? (Señala a los dos ancianos.) ¿También eran egoístas?

EL ANCIANO: Le dimos a Shen-Te todas nuestras economías para salvar su negocio y tú
nos hiciste perder el nuestro. ¿Por qué?

SHUI-TA: Tuve que conseguir dinero porque mi prima quería ayudar a un aviador para
que pudiera volar.

WANG: Shen-Te, tal vez. Pero a ti te interesaba el puesto de Pekín porque era muy
lucrativo. No tenías bastante con la cigarrería.

SHUI-TA: El alquiler era demasiado alto.


SEÑORA SHIN: Eso es verdad.

SHUI-TA: Y mi prima no entendía nada de negocios.

SEÑORA SHIN: Eso también es verdad. Además, se había enamorado del aviador.

SHUI-TA: Estaba en su derecho, ¿no?

WANG: Por supuesto. Pero entonces, ¿por qué quisiste obligarla a casarse con aquel
hombre (señala al barbero) a quien no amaba?

SHUI-TA: El hombre que ella amaba era un canalla.

WANG (señalando a Sun): ¿Él?

SUN (saltando indignado): ¿Y por qué si era un canalla lo empleaste en tu fábrica?

SHUI-TA: ¡Para que te regeneraras! ¡Para que te regeneraras!

LA CUÑADA: Para convertirlo en un negrero.

WANG: Y cuando conseguiste regenerarlo, se lo vendiste a aquella mujer, ¿eh? (Señala
a la propietaria.) Ella lo proclamó a los cuatro vientos.

SHUI-TA: Porque no quería alquilarme sus locales si no se lo cedía... para que le
acariciara las rodillas.

LA PROPIETARIA: ¡Mentira! Le prohíbo que vuelva a mencionar mis locales. No quiero
saber nada de usted, ¡asesino!

Ofendida, sale temblando de indignación.

SUN (resuelto): Excelencia, debo decir unas palabras en favor del acusado.

LA CUÑADA: Ya era tiempo. Para algo eres su empleado.

EL DESOCUPADO: Es el negrero más siniestro que haya existido en la tierra. Está podrido
hasta la médula.

SUN: Excelencia, es posible que el acusado haya hecho de mí todo lo que se acaba de
decir, pero tengo la convicción de que no es un asesino. Pocos minutos antes de su
detención, oí la voz de Shen-Te en la trastienda.

PRIMER DIOS (muy interesado): ¿Vive entonces? Explícanos exactamente lo que. oíste.

SUN (triunfante): ¡Un sollozo, Excelencia, un sollozo!

TERCER DIOS: ¿Reconociste que era su voz?

SUN: Naturalmente. ¡Si la conoceré!

SHU-FU: ¡Claro! Bastante la hiciste llorar.

SUN: Lo que no impide que la haya hecho feliz. En cambio, él (senda a Shui-Ta) quería
vendértela.

SHUI-TA (a Sun): Porque tú no la amabas.

WANG: No, porque ambicionabas su dinero.

SHUI-TA: ¿Y para qué iba a querer yo el dinero, Excelencia? (A Sun.) Tú querías que
sacrificara a todos sus amigos. El barbero, en cambio, le ofrecía sus barracas y su dinero
para ayudar a Jos pobres. Para que pudiera seguir practicando el bien, tenía que casarse
con el barbero.

WANG: Si tanto te interesaba que hiciese el bien, ¿por qué no destinaste el cheque a
ayudar a los menesterosos? ¿Por qué los metiste en esas infectas covachas de tu fábrica,
rey del tabaco?

SHUI-TA: Fue por el niño.

EL CARPINTERO: ¿Y mis niños? ¿Qué hiciste de mis niños?

Shui-Ta calla.

WANG: Ahora callas. En la intención de los dioses, ese negocio debía constituir para tu
prima un pequeño manantial de bondades. Ella siempre trató de hacer el bien, y tú
siempre trataste dé impedírselo.

SHUI-TA (fuera de sí): ¡Porque si no el manantial se hubiera secado, imbécil!


SEÑORA SHIN: ¡Tiene mucha razón, Excelencia!

WANG: ¿Para qué sirve un manantial del cual río se puede beber?

SHUI-TA: Las buenas acciones significan la ruina;

WANG: En cambio las malas acciones significan la buena vida, ¿no? ¿Qué has hecho de
la buena Shen-Te, malvado? ¿Cuántas almas buenas hay en el mundo, ilustres dioses?
¡Ella era buena! Cuando aquel hombre me estropeó la mano, ella quiso testimoniar en
mi favor. Ahora soy yo quien quiere testimoniar en favor de ella. Era buena, lo juro.

Alza la mano para prestar juramento.

TERCER DIOS: ¿Qué te pasa en la mano, aguador? ¡Está rígida!

WANG (señala a Shui-Ta): ¡Fue culpa de él, sólo de él! Shen-Te quería darme dinero
para que viera al médico. Entonces llegó él. ¡Tú fuiste su enemigo mortal!

SHUI-TA: Su único amigo.

TODOS: ¿Dónde está?

SHUI-TA: Se ha marchado.

WANG: ¿Adónde?

SHUI-TA: No lo diré.

WANG: ¿Por qué tuvo que marcharse?

SHUI-TA: ¡Porque entre todos ustedes la hubieran despedazado!

Se hace repentino silencio.

SHUI-TA (que se ha desplomado en la silla): No puedo más. Voy a revelarlo todo.
Déjenme solo con los jueces, márchense todos, quiero hacer una confesión.

TODOS: ¡Va a confesar! ¡Ha quedado desenmascarado!

PRIMER DIOS (golpeando en la mesa con su martillo): ¡Despejen la sala!

El policía hace evacuar la sala.

SEÑORA SHIN (sale riendo): ¡Menuda sorpresa se van a llevar!

SHUI-TA: ¿Se han marchado? ¿Todos? No puedo seguir callando. ¡Os he reconocido,
ilustres dioses!

SEGUNDO DIOS: ¿Qué hiciste de nuestra buen alma de Se-Chuan?

SHUI-TA: Dejadme que confiese la terrible verdad. ¡Yo soy vuestra alma buena!

Se arranca la máscara y desgarra sus ropas. Aparece Shen-Te.

SEGUNDO DIOS: ¡Shen-Te!

SHEN-TE:

La orden que un día me disteis,

Ser buena y seguir viviendo,

Me desgarró como el rayo en dos mitades.

No sé cómo ocurrió, pero no pude al mismo tiempo

Ser buena para con los demás y para conmigo.

Ayudar al prójimo y ayudarme a mí misma fue demasiado duro.

¡Ay, qué difícil es vuestro mundo! ¡Cuánta miseria hay en él y cuánta
desesperación!

Tended una mano al desdichado

Y os la arranca. Ayudad a un hombre perdido

Y vos mismos os perdéis. ¿Quién podrá largo tiempo

Resistirse a ser malo cuando se ve morir a los que sufren hambre?

Todo lo que necesitaba, ¿de dónde iba a sacarlo? ¿Sólo de mí misma?

¡Me habría sido imposible hacerlo sin morir! El peso de las buenas intenciones

Me tenía agobiada. Pero me era suficiente cometer una injusticia

Para imponer mi ley y poder comer hasta hartarme.


Algo debe andar mal en vuestro mundo. ¿Por qué

Es recompensada la maldad, por qué tan duras penas

Aguardan a quienes prodigan la bondad? ¡Ay, encerrado en mi alma

Había un tal deseo de ternura! Pero también

Un secreto saber, pues mi nodriza

Me lavó en el agua del arroyo. Eso me dio

Una mirada aguda. La compasión

Me hacía tanto daño que en loba furiosa me trocaba

Tan sólo al ver a los menesterosos.

Y me convertía en otro ser.

Mis dientes se cambiaban en colmillos y las buenas palabras

Sabían a cenizas en mi boca. Sin embargo

Deseaba ser el Ángel del suburbio. Dar

Me hacía dichosa. Ver un rostro feliz

Me colmaba de gozo.

Condenadme; todos mis crímenes

Los cometí para ayudar al prójimo,

Para amar a mi amor

Y salvar a mi hijo de la miseria.

¡Oh dioses, ante vuestros grandiosos designios

Yo, pobre alma, era demasiado pequeña!

PRIMER DIOS (manifestando su horror): ¡No sigas, desdichada! ¿Qué vamos a pensar,
ahora que nos sentíamos tan felices de haberte encontrado?

SHEN-TE: Debéis escucharme: yo soy esa odiosa criatura de quien os han contado aquí
tantas maldades.

PRIMER DIOS: Esa buena criatura de quien nos han contado aquí tantas bondades.

SHEN-TE: ¡No, yo soy también la otra, la mala!

PRIMER DIOS: Habrá habido algún malentendido. ¡Un concurso de circunstancias
desdichadas! ¡Unos cuantos vecinos ingratos! ¡Cierto exceso de celo!

SEGUNDO DIOS: Pero ¿cómo podrá seguir viviendo?

PRIMER DIOS: Perfectamente. Es una muchacha fuerte, bien plantada. Tiene garra.

SEGUNDO DIOS: Pero ¿no escuchásteis lo que dijo?

PRIMER DIOS (vehemente): ¡Todo es confuso, terriblemente confuso! ¡Inverosímil,
completamente inverosímil! ¿Quiere decir que nuestros mandamientos son fatales?
¿Que tendremos que renunciar a ellos? (Irritado.) ¡Jamás! ¿Habrá que transformar el
mundo? ¿Cómo? ¿Quién? No, todo está en orden.

Da un golpecito en la mesa con el martillo. A esta señal se comienza a oír música.
Una claridad rosada invade la escena.

Regresemos al cielo. Este pequeño mundo

Nos tuvo cautivados. Sus penas y alegrías

Nos llenaron de gozo y tristeza a la vez.

En la feliz morada que habitamos detrás de las estrellas

Pensaremos en ti, Shen-Te, nuestra alma buena.

Tú que en esta tierra das fe de nuestro espíritu,

Tú que alumbras la noche con tu pequeña lámpara,

¡Buena suerte, y adiós!

A una seña del Primer dios se abre el techo. Una nube rosada desciende y después
de unos instantes vuelve a ascender llevando lentamente a los dioses al cielo.


SHEN-TE: ¡Oh, no, ilustres dioses, no os marchéis! ¡No me dejéis sola! ¿Cómo me
atreveré a mirar de frente a los dos buenos ancianos que perdieron su negocio? ¿Y al
aguador, con su mano inservible? ¿Qué haré para defenderme del barbero a quien no
amo y de Sun a quien amo? Y llevo un niño en mi seno. Pronto estará aquí y me pedirá
de comer. ¡No puedo quedarme aquí, no puedo!

Mira enloquecida la puerta por donde van a entrar sus perseguidores.

PRIMER DIOS: Claro que puedes. Conténtate con ser buena y todo irá bien.

Entran los testigos. Miran con estupor a los jueces que flotan en su nube rosada.

WANG: ¡Rendid homenaje a los dioses, que se han dignado aparecer entre nosotros! Tres
dioses supremos han venido a Se-Chuan en busca de un alma buena. La habían
encontrado, pero..

PRIMER DIOS: ¡Nada de peros! ¡Aquí está!

TODOS: ¡Shen-Te!

PRIMER DIOS: Como véis, no ha muerto. Estaba escondida, eso es todo. ¡Seguirá
viviendo entre vosotros, seguirá siendo un alma buena!

SHEN-TE: ¡Pero necesito a mi primo!

PRIMER DIOS: No tan a menudo.

SHEN-TE: ¡Una vez por semana, al menos!

PRIMER DIOS: Con una vez por mes, basta y sobra.

SHEN-TE: ¡No os alejéis, ilustres dioses! ¡No he dicho todo todavía! ¡Os necesito
indefectiblemente!

LOS TRES DIOSES (cantan):



TERCETO DE LOS DIOSES QUE SE DESVANECEN EN LA NUBE



¡Ay! No podemos quedarnos

Más que un instante fugaz.

Un examen excesivo

Destruye el más bello hallazgo

Y ya vuestras sombras opacas

Enturbian la luz dorada.

Permitidnos simplemente

Que volvamos a la nada.



SHEN-TE: ¡Socorro!

LOS DIOSES:

Cumplida ya nuestra tarea

Debemos regresar al más allá.

¡Loada sea, loada sea

El alma buena de Se-Chuan!

Mientras Shen-Te, desesperada, tiende los brazos hacia ellos, los dioses desaparecen
en las alturas, sonriendo y saludando con la mano.





EPÍLOGO




Ante el telón queda un actor que se dirige al público, disculpándose con el siguiente
epílogo.



EL ACTOR:

Querido público, no os enfadéis,

El desenlace nada vale, ya lo sé.

Soñábamos con un cuento dorado

Y una fábula amarga sólo fue.

Temerosos frente al telón caído

Vemos en vuestros labios mil preguntas.

Nuestra suerte está ahora en vuestras manos.

Sólo quisimos gustar y divertir.

¿Por qué calláis entonces? ¿Vuestra frialdad

Marca nuestro fracaso? ¿Es el temor

Lo que nos paraliza? Podría ser.

¿Cuál es la solución? No hemos podido

Encontrarla, ni pagando con oro.

¿Hacen falta otros hombres? ¿Hace falta

Otro mundo? ¿Hacen falta otros dioses?

¿O acaso ninguno? ¡Henos aquí,

Angustiados hasta el fondo del alma!

A fin de poner término a estas dudas

Buscad vosotros mismos algún medio

Para que un alma buena pueda hallar

La solución feliz que exige su bondad.

Amado público, busca tú un buen final,

Tiene que existir alguno, tiene que existir,

¡Tiene que existir!

 *****


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