EL REÑIDERO. Sergio de Cecco.























SERGIO DE CECCO

EL REÑIDERO (1962)
DRAMA EN DOS ACTOS

PERSONAJES:
Elena Morales
Orestes Morales
Nélida Morales
Pancho Morales
Santiago Soriano
Lala
Trapero
Delegado
Vicente
Teresa
Voz de una vieja
Otras voces

ESCENOGRAFÍA: Una sala de la casa de Pancho Morales, en 1905. Ambien­te adaptado en esos momentos para el velatorio del caudillo. El ataúd y algunas sillas, flores, etc. Al fondo, una puerta que da a un patio interior; a izquierda, puerta que da a otra sala más grande, y a derecha, otra puerta que da a un dormitorio. Un breve pasillo lleva al reñidero. Reñidero típico de la época, con un redondel de arena y bancos en semicírculo; en un rincón, una balanza y jaulas. Al fondo del reñidero, una salida a la calle.

PRIMER ACTO
Cuadro Primero

(Ha muerto PANCHO MORALES, caudillo y "taita" de Palermo, en 1905. Su velatorio es muy concurrido y la mayoría de los presentes se hallan en la sala contigua. Allí, junto al ataúd, solo están Elena, su hija, muy erguida, muy quieta, sentada frente al público; Nélida, su viuda y Soriano, ladero del caudillo. De vez en cuando pasa Lala, sirviendo licores o cebando mate. La figura de Elena, de negro, es una síntesis dramática que contrasta con la de Nélida, que a pesar del luto y la edad, parece más joven y despreocupada que su hija.
Desde la sala contigua, llegan, con mucha claridad, los co­mentarios de la gente.)

VOCES.— Con sus más y con sus menos, don Pancho Mora­les supo ser un varón bien templao...
— En taba, nadie le mataba el punto.
— Me parece verlo todavía llegar al boliche con su zaino pa­rejero...
— En las elecciones del 95, el diputado don Lucio Salcedo se hacía lenguas al mentar su coraje.
— Era de una sola pieza.
— Pero es al ñudo cuerpearle al destino...

(Entra Lala, mientras tanto, y se dirige a Soriano, diciéndole algo al oído. Este se vuelve a Nélida.)

SORIANO.— Nélida, aquí ha llegao el delegao del partido pa darle el pésame.

(Entra Delegado, se saludan.)

DELEGADO.— (Ceremonioso.) La acompaño en sentimien­to, señora.
NÉLIDA.— Muchas gracias.
DELEGADO.— ¡Pobre don Pancho!... Y pensar que recién rayaba los cincuenta.
NÉLIDA.— Cuando está escrito...
DELEGADO.— A todos nos toca, tarde o temprano, abando­nar este valle de lágrimas. (Se vuelve a Elena.) ¿La moza es su hija, no?
ELENA.— (No alza la vista para mirarlo.)
SORIANO.— (Apresurado.) ¿Quiere acercarse a ver el difun­to, don Eliseo?

(Nélida, Delegado y Soriano se acercan al ataúd, quedándo­se allí mientras se oyen las voces del cuarto vecino.)

VOCES.— ¡Pucha que estaba bien relacionao el finadito!
— Don Pancho supo ser codicioso...
— ¿De qué le habrá servido si el día menos pensao, la vaca se le hizo toro?
— ¿Se diría que la viuda no lo ha sentido mucho, no?
— A doña Nélida no le ha faltao su paño de lágrimas...
— ¿Lo dice por Soriano?
— Lo digo por quien lo digo.
— A rey muerto... rey puesto.
— Pa mí que a don Pancho le hicieron un feo... Solo de a trai­ción se mata a guapos como él.
— ¿Se fijó que Soriano no deja a la viuda ni a sol ni a sombra?
— Donde hay miel se asientan moscas...
— Don Santiago Soriano supo ser la mano derecha del difun­to.
— ¡La mano derecha también pa consolar a la viuda! (Risas.)
— ¡No seas mala entraña!
— Cayó la langosta. (Risas.)
— ¡Ahora te aprovechás, porque don Pancho no puede le­vantarse a sobar a los atorrantes como vos, que si no, estarías sin cuero pa recibir más tajos!
— ¡No me hagas reír que tengo un pariente enfermo! (Risas.)
—¡Sí que estás mamao hermano!
— Yo estaré mamao, pero sé rispetar la honra de un varón, y no me yeno la boca descuereando a esa pobre mujer.
— ¡Hay que ser muy otario pa compadecerse de semejante hembra!
— ¡Ojalá se te cayera podrida la lengua!
— ¡Ahí la tenés, adornada como pa un baile, mientras que Soriano hace los honores, tal como si ya fuera el amo del cotorro!
— ¡Estás bolaceando!
— ¡Si hasta los faroles estaban enteraos de que Soriano le disfrutaba la mujer a don Pancho!
— ¡Don Pancho era un taura de ley y donde estaba él, boca abajo todo el mundo!
— ¡Habló el toro!
— ¡Ustedes andan con la cabeza llena e' bosta!
— Te has equivocao de potrero.

(Entretanto, Delegado se ha despedido de Nélida y va salien­do con Soriano. Desde la sala contigua, se oyen sonidos sofoca­dos de una reyerta que está a punto de convertirse en un duelo.)

— ¡Deja que yo orejeo este naipe!2
— ¡Anda a hacerte esquilar!
— ¡No te tengo asco!
VOZ.— (Dominando a las demás.) ¡Viva el delegao del Autonomismo, don Eliseo Martínez!

(Voces vivándolo, luego alguna confusión, murmullos, etc.)

VOZ DEL DELEGADO.— Gracias, amigos míos pero hoy me ha tocado concurrir en circunstancias harto penosas. Es bien sabido que el finao era, no solamente uno de los correligionarios más fieles de la parroquia, sino también un amigo de vieja da­ta. Su pérdida... dejará un vacío difícil de llenar. ¡Hombres co­mo Pancho Morales, son los que necesita la patria! (Aclamación y aplauso general.)
VOZ DE UNA VIEJA.— ¡Santiago Soriano! ¡Maldita sea tu es­tampa!

(Conmoción. Se oyen murmullos agitados, comentándolo.)

VOZ DE SORIANO.— ¡¿Quién la dejó entrar?!
VOZ DE UNA VIEJA.— ¡Vos enlutaste a Pancho Morales! ¡Vos y esa perdida lo traicionaron!

(Confusión. Nélida, muy afectada por lo que oye, expresa en silencio su angustia, está por echarse a llorar.)

VOZ DE SORIANO.— ¡Fuera de aquí!
OTRA VOZ.— ¡Hay que ver la insolencia! ¡Saquen a esa vie­ja loca!
VOZ DE UNA VIEJA.— A mí me podrán hacer callar, pero ¿qué pasará cuando lo sepa Orestes? (Se echa a reír.)

(Nélida llora. Desde la sala contigua llegan con más intensidad los ruidos del incidente.)

VOZ DE SORIANO.— No le preste oídos, doctor. Es una po­bre demente que vivía a favor y limosna de don Pancho Mora­les. Me tenía entre ojos y dende el fallecimiento anda pregonan­do con bombos y platillos que fui el culpable.
VOZ DE DELEGADO.— ¡Habráse visto, qué descaro! (Se aleja.)

(Entra Soriano y se acerca a Nélida, en la sala contigua disminuyen los murmullos.)

SORIANO.— Sosegáte, ya pasó.
NÉLIDA.— ¿Qué le hice yo a esa mujer?
SORIANO.— Es conmigo la cosa.
NÉLIDA.— ¿A santo de qué?
SORIANO.— (Lento.) Quién sabe... (Se vuelve para mirar a Elena.) Habrá sido por alguien que me tiene como carne en­tre los dientes y que se ha tomao el trabajo de entrenar a la vieja.

(Elena, como si lo hubiera oído, se levanta, quedándose junto al ataúd.)

NÉLIDA.— Tengo miedo.
SORIANO.— No hay por qué.
NÉLIDA.— Es algo que siento.
SORIANO.— Ya pasará.
NÉLIDA.— ¿Por qué lo habrá nombrado a Orestes?
SORIANO.— Tu hijo está preso dende hace dos años y nada sabe.
NÉLIDA.— Habrá que avisarle la desgracia.
SORIANO.— Dejá pasar los días. Será mejor.
NÉLIDA.— Le caerá muy mal... ¡Pobre Orestes!
SORIANO.— Pior para caerle ahora, endemientras el sabalaje ande emporcándonos con sus pamplinas. Cuando se calmen las aguas, será otra cosa.

(Lala se acerca a Soriano y le habla al oído. Soriano sale. Elena va a salir también cuando la madre la detiene.)

NÉLIDA.— Andá a avisar a Lala que sirva algo para tomar.
ELENA.— (Seca.) Esto no es una fiesta.

(Elena quiere seguir su camino pero Nélida la detiene tomándola del brazo.)

NÉLIDA.— Toda la noche me has estado hablando como a una extraña. Si al menos me dijeras cara a cara lo que te pasa... (Elena no contesta.) Sé lo que ha sido para vos la muerte de tu padre, pero eso debería acercarte a mí.
ELENA.— (La mira por primera vez.) ¿A usted?
NÉLIDA.— Las dos hemos perdido lo mismo.
ELENA.— Pero no sentimos lo mismo.
NÉLIDA.— ¿Qué sabés lo que yo siento?
ELENA.— Sé lo que no siente, mamá.
NÉLIDA.— (Tocada.) ¿Y lo decís de mí?
ELENA.— No hace un día que mataron a papá y usted se arregló como una novia.
NÉLIDA.— Con gusto te daría una bofetada.
ELENA.— Hágalo. (Se miran intensamente, un instante.) No lo va a hacer, mamá... Porque sabe que yo tengo la razón... y usted, la culpa.

(Nélida va a contestar cuando entra Soriano.)

SORIANO.— Ha venido don Perales, el comisario. (Al ver la situación de Elena y Nélida, se yergue tenso.) ¿Qué pasa?
NÉLIDA.— Nada.
SORIANO.— (Por Elena.) ¿Le ha faltao?
NÉLIDA.— (Pausa.) No.
ELENA.— (Ríe corto y burlona.)
SORIANO.— (A Nélida.) Será mejor que esta noche no haigan encontronazos, Nélida.
NÉLIDA.— Sí, será mejor. (Se aleja.)

(Soriano se queda a solas con Elena. Se miran desafiantes, midiéndose.)

SORIANO.— Lo dicho también es pa usted que anda buscan­do pendencia.
ELENA.— ¿Y a usted qué le importa?
SORIANO.— Me importa que la gente no ande después chamuyando. Sabe muy bien que, en Palermo, todos paran la ore­ja cuando se trata de los Morales.
ELENA.— Tarde para salvar el respeto.
SORIANO.— (Pausa larga, finalmente ve que tiene que irse.) Ya vamos a hablar después del velorio.
ELENA.— Con usted, no tengo nada que hablar.
SORIANO.— (Violento, se contiene.) Yo creo que sí.

(Soriano va hacia Nélida. Elena entra al Reñidero y se sienta, cansada, en un banco, revelando menos fortaleza de la que aparentaba. Vicente ha llegado y, viéndola, va hacia ella.)

VICENTE.— He venido a darle mis condolencias.
ELENA.— Vea a mamá. Ella está para eso.
VICENTE.— Vine por usté.
ELENA.— (Afloja su tensión.) Gracias... Si quiere pasar a ver al... (Se le quiebra la voz.)
VICENTE.— Prefiero quedarme con usté, si no soy molesto.
ELENA.— (Más dulcificada.) No. (Pausa.) Yo sé que usted es el único sincero.
VICENTE.— Yo no supe ser muy aficionao a don Pancho, pero me ha pasmao saber del modo que lo dijuntearon. No se lo merecía.
ELENA.— (Honda.) No.
VICENTE.— Y enseguida pensé en usté... sabiendo cómo su padre había sido de su aprecio.
ELENA.— (Sincera por primera vez.) Él lo era todo para mí. Era mi guía, mi techo, mi sangre... (Conteniendo un sollozo.) No sé cómo puedo vivir todavía.
VICENTE.— No tiene que dejarse acorralar por los crespo­nes. La vida sigue, para todos.
ELENA.— Eso es lo que no puedo entender, que la vida siga, también para el que lo mató.
VICENTE.— Quien haya sido ya va a tener su castigo. No se apure.
ELENA.— (Sonríe algo despreciativa.) Agradecida por la buena intención, pero no me sirve. Yo solo sé que hay un criminal go­zando de la vida, y cada minuto se me hace amargo en la boca.

(Desde afuera les llega una explosión de risas. Elena la recibe como un golpe.)

ELENA.— (Dolorosamente.) ¿Los oye?
VICENTE.— Oigo a media docena de mamaos que no falta­ron nunca, tanto en un casorio como en un entierro.
ELENA.— No. Es la alegría de todos, la alegría que, desde ayer, anda en el aire.
VICENTE.— Don Pancho era bien querido...
ELENA.— Era temido, Vicente. Y ellos están celebrando su muerte.
VICENTE.— ¿Y por qué, temido?
ELENA.— Porque no perdonaba
VICENTE.— ¿Y de ahí, su almiración?
ELENA.— Sí.
VICENTE— (Triste.) ¡Qué Elena! ¡Siempre viviendo en albo­roto!
ELENA.— Es la única manera de vivir.
VICENTE.— La única que conoció, Elena; porque yo sé de otros pagos, donde cada uno es rispetao en la medida de su me­recimiento y no de su coraje. A veces veo el barrio y se me hace que es la pista de un enorme reñidero y que nosotros somos los gayos, puestos pa ganar... o morir, cuando no... pa ganar y morir.
ELENA.— No me apetece su mundito de fantasía, Vicente.
VICENTE.— En él, don Pancho Morales no hubiera tenido que morir.
ELENA.— No hubiese podido vivir, tampoco. Yo quiero este mundo, así sea un reñidero, porque fue el suyo.
VICENTE.— ¿A costa de la sangre y el duelo?
ELENA.— Al duelo lo traemos prendido como una araña desde que venimos al mundo. Yo, de chica, jugaba aquí, Vicen­te, entre la sangre de los gallos, de los que aprendí la única ley que conozco... y usted debería saberlo, que vivió con nosotros, que fue el único compadre de Orestes. Usted debería sentir lo mismo, si no ha cambiado.
VICENTE.— (Bajo.) Dende que Orestes fue engayolao y quedé medio bichoco he cavilao mucho, Elena. Estoy cansao de tanto duelo; hasta ahora he vivido a rempujones, a puro estrilo, daga y sangre. ¿Cuántas dijunteadas he visto dende que era un mocoso? No me alcanzaría la memoria pa hacer la cuenta... A veces me digo que el reaje está marcao, condenso... Condenao a desaparecer algún día y no dejar ni el rastro...
ELENA.— No sé qué pasará mañana, no me importa; yo so­lo puedo pensar en él, y en el que lo mató... para su gusto.
VICENTE.— ¿Qué sabe pa qué lo mataron?
ELENA.— (Fijo.) ¿Y usted, no se lo imagina? (Se acerca.) ¡Sí, Vicente, usted y todos lo demás!... ¡pero claro, es más fácil no pensar, uno se siente menos basura, aun sabiendo que ha podi­do estrechar la mano al criminal, sin conmoverse!
VICENTE.— ¡No diga eso!
ELENA.— ¡Yo estoy para decirlo todo!
VICENTE.— ¿Qué busca Elena?... Y si encontrara al culpa­ble... ¿qué? ¿Más lutos todavía?
ELENA.— (Con desprecio y amargura.) ¿Y lo duda?... ¿Tan­to lo ha doblegado la vida, Vicente? (Con dolor.) No lo puedo creer... ¿usted es el amigo de Orestes?... ¿usted es el compin­che de mi hermano?... ¡Y pensar que él llegó a sentirse chico a su lado! ¡Me dan ganas de llorar!
VICENTE.— (Suave.) ¿Cuántos años tiene, Elena?
ELENA.— (Brusca.) ¡¿Qué le importa?!
VICENTE.— (Triste y cariñoso.) Debe andar por los treinta si no me equivoco... y sin embargo no ha vivido nada. De mucha­cha, a la edá de los metejones y la risa, prefería meterse en una cueva a rumiar su desencanto. Se diría que una pena grande ha ensiyao de negro su alma, usté debería tratar de olvidar y no pensar más en la muerte, Elena. Es negocio de hombres.
ELENA.— (Reacciona vivamente.) ¡Allí tiene un hombre: está muerto! El otro hombre está en la cárcel... por ahí dentro anda otro más: ¡El asesino!... Y el cuarto me habla de olvidar... (Con angustia.) ¡Dios mío! (Suelta a llorar.)
VICENTE.— Elena, no llore que me parte el alma.
ELENA.— Váyase...
VICENTE.— Quien sabe no supe hacerme entender.
ELENA.— Es muy simple, Vicente: ¡Acaban de matar a mi padre y todos han preferido hacer silencio y venirse, ardiendo de curiosidad, a vomitar sus porquerías, a entrar pisando fuerte a la casa de los Morales, por primera vez!

(Las voces, afuera, suben de tono.)

ELENA.— (Sin poder más.) ¡Basta, cállense!
VICENTE.— (Preocupado.) Elena...
ELENA.— ¡Le pedí que se fuera!
VICENTE.— (Luego de un momento de silencio.) Está bien.

(Vicente, lentamente, sale por la puerta que da a la calle. Elena queda sola. Comienza a oírse, lejano, el payador cantando un tema tristón, desolado.)

ELENA.— (Con angustia interior.) Quiero estar sola, sola, sola, sola.

(Las luces de la sala van disminuyendo, las voces quedan lejanas hasta esfumarse. En un rincón del reñidero, un rayo de luz delata la presencia en "racconto" de
don Pancho Morales, diez años antes, a punto de partir de viaje, atando unas jaulas de gallos vacías. Es de tarde.)

ELENA.— (Incorporándose.) Papá... tengo miedo. De noche siento que caminan los muertos. Papá, no te vayas. ¡No me de­jes de nuevo!

(Elena va hacia el padre, también más juvenil.)

Lleváme con vos, papá. ¡Me lo prometiste!
PADRE.— (Sin mirarla, prosigue su trabajo, dice sin irrita­ción:) ¿Conmigo? ¡No digas pamplinas!
ELENA.— ¡Por favor!
PADRE.— (Deja lo que hace, y la atiende.) ¡Elena!...

(Al ver a su hija tan ansiosa, la toma de la mano y se sienta con ella en uno de los tablones del reñidero.)

Vamos a ver: ¿qué le anda pasando a mi paloma?
ELENA.— ¡Cuando te vas no puedo vivir! ¡Me quedo tan so­la!
PADRE.— ¿Y pa qué están su madre y su hermano?
ELENA.— Orestes es un chico y mamá... ¡Se olvida de mí!
PADRE.— ¿Qué dice?
ELENA.— ¡Siempre tiene que salir!
PADRE.— No ha de ser mucho...
ELENA.— ¡Si me dejaras ir con vos!...
PADRE.— Donde tiene que andar su padre, no son lugares pa una niña.
ELENA.— ¡A tu lado nada malo puede pasarme! (Lagrimean­do.) Por favor...
PADRE.— ¿Qué es eso? ¿La hija de Pancho Morales lagri­meando como una vieja?.... ¡No me haga sentir vergüenza!
ELENA.— (Enjuga las lágrimas.) ¡Ya no lloro más!
PADRE.— Así me gusta. En Palermo nadies ha visto achicar­se a un Morales... (Le pasa un pañuelo.) Somos duros, como los pies de Cristo. (Pausa.) Y a ver si se lo mete en la cabeza, pa en­señárselo a Orestes, que dende hace tiempo lo noto un poco poyerudo...
ELENA.— (Reacciona vivamente, rencorosa.) ¡Es que ella le da todos los gustos!... Yo se lo hago notar, pero dice que Orestes es todavía un pichón...

(Padre entretanto se levanta y vuelve a continuar su trabajo.)

PADRE.— ¿Pichón? Yo a su edá ya andaba travesiando por los lindes del barrio del sapo.
ELENA.— ¡Él va a ser como vos! ¡Yo te lo prometo! (Ríe.) ¡Si cada día se te parece más...! ¡Cuándo se enoja es para tenerle miedo!

(Elena se sienta cerca de su padre, mirándolo trabajar con cariño.) Papá, ¿adónde vas a ir esta vez?
PADRE.— A los campos de don Gómez, camino a Luján.
ELENA.— ¿Te esperan?
PADRE.— (Orgulloso.) ¡Si no hay ocasión que no me reciban con un asao, o con un bailongo!
ELENA.— Cuando tenga unos años más, ¿vas a dejar que te acompañe?
PADRE.— Quién sabe...
ELENA.— Yo te cuidaría la ropa y te haría la comida... ¡Nos vendría tan bien estar solos!...
PADRE.— (Sonríe.) ¡Si vos lo decís!
ELENA.— (Animosa.) Mientras estés afuera, ¿sabés lo que voy a hacer? Voy a tejerte una bufanda... ¡te vas a quedar más que pasmado cuando la veas!

(Entra Teresa, joven como Elena, corre hacia ella.)

TERESA.— ¡Elena!
PADRE.— (Burlón.) ¿Ya no enseñan a dar las buenas tardes?
TERESA.— (Se detiene al verlo, siempre algo embarazada con él.) Buenas tardes, don Pancho, disculpe. (A Elena.) ¡Elena, me habías prometido venir a buscarme para ir esta tarde a la plaza! ¡Si tardamos más, nos vamos a perder el concierto de la banda!
PADRE.— (Zumbón.) No te conocía esa afición por la músi­ca, Teresa...
ELENA.— ¡Quiere que la acompañe porque tiene un feste­jante!
TERESA.— Un mozo de San Cristóbal, de lo más bien, don Pancho, que se comide en venir a Palermo sábado por medio.
PADRE.— ¿San Cristóbal? (Ríe.) ¡Cuidálo, no sea que el día menos pensao te lo dejen afeitao en una zanja!
TERESA.— (Preocupada.) ¿Por qué? ¡Si es tan bueno como el pan!
PADRE.— (Ríe.) Peor. ¡A la mozada de Palermo no le caen bien los forasteros!

(Padre ríe con Elena, que lo festeja mucho.)

TERESA.— ¿No venís, Elena? Va a traer a su hermano que te quiere conocer. Si no te hacés de relaciones, no sé quién va a bailar con vos en la kermesse del domingo... (Pausa.) ¡Don Pancho, dígale que venga! Tía estará con nosotros... Trabajo me costó convencerla, que si no, mamá no me dejaba salir.
PADRE.— (A Elena.) Valdrá más que cumplas lo prometido.
ELENA — No quiero ir, no quiero ir mientras vos estés toda­vía aquí.
PADRE.— Hace tu voluntá.
ELENA.— (A Teresa.) Voy a tejerle una bufanda. ¿Te va a gustar el color azul, papá?
TERESA.— (Al Padre.) Si se pasa tejiendo bufandas nadie va a sacarla a bailar. ¡Se hace desear, creen que es altanera!
PADRE.— Déjese de pamplinas, y vaya a esperarla a la pla­za, que mi hija sabrá lo que hace.
TERESA.— ¡No tardes, Elena!

(Teresa sale casi corriendo. Padre interrumpe su trabajo y la observa salir.)

PADRE.— ¡Si será chiflada! ¡Querer compararse con vos, que sos la flor del barrio!
ELENA.— (Ríe.) ¡Delira por casarse la pobrecita! ¡No tiene otra idea en la cabeza! ¡Y qué festejante! ¡Estirado como cuello de pavo!

(Elena y Padre ríen juntos. Padre la toma en brazos.)

PADRE.— En cambio, mi paloma va a tener lo mejor que haiga.
ELENA.— Ya lo tengo todo con mi padre.
PADRE.— Anteayer, el diputao, supo decir en público: "Con Morales en Palermo ganamos la parroquia con los ojos vendaos".
ELENA.— ¡Los tenés en la palma de la mano, papá!
PADRE.— Soy gayo de cresta alta, y dende que pisé el sue­lo sé pa qué lao va a caer la taba.

(Nélida entra por un lado y se queda en la puerta. Por la de la calle entra Soriano y también se detiene.)

A ver... dígame ¿qué le gustaría tener? Voy a traerle un re­galo.
ELENA.— (Feliz.) ¡Cualquier cosa que traigas, me va a gustar!
PADRE.— ¿Qué te parece un frasco de agua florida?
ELENA.— ¡No te olvides, por favor!

(Elena abraza a su padre apasionadamente. Entra Nélida.)

NÉLIDA.— Soriano te estará aguardando...
SORIANO.— Por mí no hay apuro.
PADRE.— (A Elena.) Hasta pronto, mi paloma. (La besa, lue­go toma de la cintura a Nélida, saliendo con ella.) Acompañáme hasta el pescante.

(Entra Soriano, joven, carga con las jaulas, saliendo. Elena se queda mirando cómo se aleja. Luego, se oye pisar de un caballo que va yéndose al pasito. Vuelve Nélida.)

ELENA.— ¡Cómo me quiere, papá!
NÉLIDA.— Dejaste esperando a Teresa.
ELENA.— Ya lo sé. ¿Qué me importa? ¡No tengo tiempo pa­ra perder con ella!
NÉLIDA.— Iba a relacionarte con un mozo, para que no te faltara pareja en la kermesse.
ELENA.— (Rebelde.) No voy a ir a ninguna kermesse. ¡Las odio!
NÉLIDA.— ¿A tu edad? (Ríe con cierto desdén.) ¿Qué te que­dará para odiar, dentro de veinte años?

(Nélida se vuelve, saliendo. Elena la sigue agitada.)

ELENA.— ¿Sabe que papá me va a llevar con él, cuando ha­ga otro viaje? NÉLIDA.— (Sonríe burlona.) ¿Sí?
ELENA.— ¿No lo cree?
NÉLIDA.— Yo sé por qué no lo creo.
ELENA.— ¡Usted lo dice solamente para enlutarme la espe­ranza!
NÉLIDA.— (Se detiene en la puerta y se vuelve.) Mejor debe­rías pensar en que ya pronto vas a cumplir los veinte años y to­davía no ha entrado un festejante a esta casa.
ELENA.— ¿Qué me importa? ¡Voy a tejerle una bufanda a papá y él va a regalarme un frasco de perfume que va a traer de Luján!
NÉLIDA.— ¿Y para qué el perfume si te gusta espantar a los hombres?
ELENA.— (Apasionada.) ¡Para mí! ¡Para él! ¡Y me basta!... ¡Y también voy a terminar de coser el vestido rojo para que él me lo vea puesto cuando vuelva!
NÉLIDA.— Ayer me dijiste que ibas a dejar de ir al baile por­que no tenías qué ponerte.
ELENA.— ¡Es diferente, muy diferente!
NÉLIDA.— (Con pena, aunque algo despectiva.) Algún día vas a pensar con pena en los años que perdiste para nada.

(Nélida se marcha, dejándola con la respuesta en la boca. Cuando se queda sola, Elena se muestra muy abatida. Entra Lala con las cosas para limpiar el reñidero y se pone a trabajar.)

ELENA.— ¿Oíste a mamá? ¡Yo solo sé cómo la ha fastidiado saber que él me traerá ese regalo!... Porque él me quiere, Lala. Me dice que soy su paloma.
LALA.— Eso se entiende.
ELENA.— ¡Está orgulloso conmigo y en el otro viaje que ha­ga me dejará ir con él, para lucirnos por las quintas de Luján! (De pronto.) No se le olvidará, ¿verdad?
LALA.— ¿De qué?
ELENA.— ¡Del regalo!
LALA.— Nunca le ha faltao la memoria.
ELENA.— ¿Se acordará?
LALA.— ¡Seguro!
ELENA.— ¡Qué no llegue a venir sin él, porque ella lo gozaría, yo lo sé! (Cambia.) Porque él me quiere, ¿verdad?
LALA.— Siempre habla de su hija.
ELENA.— (Feliz.) ¿Qué dice?
LALA.— Te pone por las nubes.
ELENA.— Yo sé que a veces, se ha quejado porque lo atur­do, porque hablo de más... ¡Pero es que si no le rondo, se ol­vida de mí! En cambio de ella no se olvida, aunque no la vea...
LALA.— ¿Qué hay de malo? Estás en la edá del barullo.
ELENA.— (iluminada.) Soy joven... ¡diez años más y yo solo tendré los treinta, pero ella será una vieja!... (Cambia de golpe.) No, Lala, no... Yo soy más que atolondrada. ¡Él se cansa de mí!
LALA.— Vos...
ELENA.— (Angustiada.) Soy cargosa y lo fastidio. ¡Hoy me eché a llorar!
LALA.— Yorar es de mujer.
ELENA.— (Ansiosa.) ¡Tengo que cambiar, Lala!... ¿Y si me cortara el pelo?
LALA.— ¡Tenés el mejor pelo del mundo!
ELENA.— ¡No! ¡No!
LALA.— ¡Para mí, sí!

(Comienza a oírse, en segundo plano, a Soriano cantando un estilo pampeano en tono de declaración de amor, acompañado por la guitarra. Luego, Soriano se acerca cantándolo y se sienta en el dintel de la puerta del reñidero. Apenas Elena lo oye se yergue tensa.)

ELENA.— (Tensa, con rencor.) ¿Lo oís?... Es para ella, que canta. ¡Todas las tardes se acomoda ahí, como al descuido, y le dice cantando cosas que de oírlas me dan ganas de gritar... (Con angustia.) ¡Y yo cada día estoy más sola, porque cada día papá se aleja más y más de mí! ¡Más y más... y más...!

(Como poseída, va hacia la puerta y se detiene junto a Soriano.) (En tono algo histérico.) (Riendo.)

¡Qué bien que canta Soriano!

SORIANO.— (Que ha finalizado, sonríe sin mucho interés.) Se hace lo que se puede.
ELENA.— ¡Papá dice maravillas hablando de usted! (Ríe ner­viosa.)
SORIANO.— (Afinando la guitarra, serio.) Yo lo respeto mu­cho a don Pancho.
ELENA.— ¡Para él, usted es más que su mano derecha!
SORIANO.— El que es fiel, es fiel...
ELENA.— (Ríe.) ¿Usted no tiene compañera para ir al baile?
SORIANO.— (Lento y sonriendo, siempre sin mirarla.) No soy muy aficionado a los bailes, ¿sabe?
ELENA— Pero... ¿va a ir?
SORIANO — No sé a qué...
ELENA.— (Impulsiva.) ¡Hay muchos que me aguardan, pero yo los voy a dejar plantados!
SORIANO.— Peor para ellos...
ELENA.— (Silencio y luego brusca.) ¡Usted es diferente de los demás!
SORIANO.— ¿De quiénes?
ELENA.— ¡De los demás, que huelen a ginebra y se ríen de todo!
SORIANO.— (Sonríe, sin mirarla.) ¿...de usted?
ELENA.— (Casi violenta.) ¡No lo dije por mí!
SORIANO.— ¿No?
ELENA.— ¿Por qué?
SORIANO.— Porque uno siempre habla de uno...
ELENA.— (Pausa larga y extrañamente sincera.) Sí. (Pausa.) Yo estoy muy sola, de noche me rondan los fantasmas... A ve­ces... quisiera morirme... Tengo miedo... Me miro al espejo y me odio, me odio...

(Comienza a oírse, suave, la voz de Nélida, cantando.)

VOZ DE NÉLIDA.— (Cantando.) Cuando sonríen tus ojos... Cuando en tus ojos me miro...
ELENA.— Yo estoy sola como los muertos, ella en cambio anda por la casa, canta, se arregla. Yo, con mi cara desnuda pa­rezco una vieja a su lado... Cuando la oigo, siento que me due­le hasta la piel...

(Soriano, sin oírla, vuelve a pulsar la guitarra acompañando a Nélida.)

VOZ DE NÉLIDA.— (Cantando.) ...siento el vértigo que siente la que se asoma a un abismo

(Ríe y se aleja tarareando la copla.)

(Soriano se va, pulsando la guitarra. Elena que se había ido alejando de la puerta hacia Lala, entra al reñidero.)

ELENA.— (Con rencor.) ¡Es feliz porque se fue papá, la muy puerca!
LALA.— ¡Elena!
ELENA.— Estaba cantando para Soriano. Se deja galantear por Soriano ¡Yo lo sé! ¡Espera que papá se vaya por eso! ¡Solo por eso!

(Teresa vuelve, corriendo y agitada.)

TERESA.— Elena, ¿por qué no viniste? ¡Mi novio se comidió en traer al pariente de San Cristóbal solo para vos! ¡Yo no supe qué decirles y se fueron disgustados!
ELENA.— (Vivamente.) Le vas a decir que vuelva con él y que se allegue aquí, a buscarme. ¡Que todos sepan que solo vie­ne por mí!
TERESA.— ¡No vendrá!
ELENA.— Vendrá si sabe que soy la hija de Morales. (Pausa, ya en otro tono.) ¡Papá!... ¡Papá!... ¿Cuándo vuelve papá? (Se va oscureciendo el reñidero.) (Angustiada.) ¡Papá! ¡Él debe saber que solo puede confiar en mí! ¡Solo en mí va a encontrar la sinceridad y el amor!

(Elena sale angustiada y algo tambaleante a la sala. Entretanto se ha oído el coche del padre que se ha detenido afuera. Padre entra de la calle a la sala. Elena corre a él.)

ELENA.— ¡Por fin!... ¡Tardaste más que nunca esta vez!
PADRE.— (Algo impaciente.) ¡Está bien, está bien!
ELENA.— ¡Cómo te extrañé esta vez!... ¡Ella me dejó sola de nuevo!
PADRE.— Bueno, pero ahora no me atore. ¿No ve que ven­go cansao?

(Padre entra a la pieza contigua. Elena le habla desde su sitio.)

ELENA.— ¡Soriano se toma cada día más confianza, y a ella no le fastidia!
VOZ DEL PADRE.— ¿Dónde está su madre?
ELENA.— (Busca y encuentra la bufanda.) Esta mañana acabé de tejer la bufanda, no salí de casa, no fui a la kermes­se, no descansé para tenerla lista. ¡Mirála! ¿Te gusta? ¡Dejáme probártela!

(Elena entra a la pieza donde está el padre.)

VOZ DEL PADRE.— ¡Déjeme en paz, no sea cargosa!
VOZ DE ELENA. — (Angustiada.) ¡No soy cargosa, te quie­ro y eso es todo!
VOZ DEL PADRE.— Vaya a buscar a su madre.

(Entra Nélida, desde la calle, y cruza la sala entrando a la pieza, mientras dice:)

NÉLIDA — (Ríe.) Aquí estoy. ¡Qué gritos!

(Sale Elena y queda en el centro de la sala frente al público.)

VOZ DEL PADRE.— ¿Estas son horas de andar fuera de casa?
VOZ DE NÉLIDA.— Fui a lo de Camila que está de encargo. (Melosa.) Dejáme que te quite el saco, venís lleno de polvo.
ELENA.— (Angustiada, presintiendo lo que va a suceder.) ¡Papá, ni siquiera miraste la bufanda!

(Proyectada sobre la pared, tras de Elena, las sombras de Padre y Nélida, que se acercan abrazándose. Elena se crispa, como si las viera.)

VOZ DEL PADRE.— Me parece que desde hoy voy a ir acor­tando un cacho las salidas... (Con cierta densidad sexual.)
VOZ DE NÉLIDA.— ¿Por qué?
VOZ DEL PADRE.— Porque el día menos pensao, algún ga­vilán se va a alzar con mi prienda.
VOZ DE NÉLIDA.— (Ríe sensual.) ¡Charlatán!

(La sombra del padre se separa de Nélida y se inclina en la valija para sacar el típico frasco cuadrado de agua de colonia y se la ofrece.)

VOZ DEL PADRE.— Lo prometido es deuda, tome.
ELENA.— (En grito bajo, como si lo hubiera visto.) No... Era para mí... ¡Era para mí! (Se cubre los ojos.)

(Las sombras se abrazan apasionadamente. Elena, de espaldas a ellas, cae arrodillada al suelo y desgarra la bufanda.)

Ella lo sabía. ¡Ladrona, ladrona!

(Se levanta con un sollozo y sale corriendo por el reñidero escapando a la calle y repitiendo con angustia:)

¡Ladrona, ladrona, ladrona!

(Cesa el "racconto". Todo vuelve al presente, se ilumina la sala, donde están velando a Morales. Algunas voces en la sala contigua.)

SORIANO.— (Acercándose a Nélida.) ¿No será pa mejor que te eches a descansar? Desde anoche que no has pegao los ojos.

(Nélida lo mira: en ese momento se oye, en la sala contigua, un murmullo que crece. Nélida y Soriano vuelven la cabeza hacia la puerta. Nélida, como asustada, se aferra al brazo de Soriano. El murmullo es más claro, hay voces cuchicheando excitadas. Soriano quiere ir a ver, pero Nélida lo retiene.)

UNA VOZ.— ¡Ha doblao la esquina y viene para aquí!
OTRA.—¿Quién?
NÉLIDA.— (Adivinándolo.) Orestes...

(Soriano la mira muy impresionado. En ese momento se produce un silencio general, luego se oyen, muy claramente, los pasos de Orestes que se acercan, se detienen un instante y luego continúan.)

ORESTES.— (Aparece en la puerta.)

(Nélida se levanta mirándolo fijo. Orestes se acerca a ella y de súbito la abraza.)

NÉLIDA.— (En el abrazo.) ¡Orestes!
ORESTES.— (Se acerca al ataúd, mira al padre.) ¿Cómo fue?
NÉLIDA.— ¡Nadie lo sabe! Lo hallaron esta mañana... en la cortada del puente...
ORESTES.— ¿Quién lo mató?
NÉLIDA.— Tampoco se sabe, Orestes.
ORESTES.— (Luego de un largo silencio, con angustia.) ¡Qué porquería!
NÉLIDA.— Yo iba a mandar avisarte...

(Como si alguien se lo hubiera dicho, entra Elena, corriendo incrédula todavía, con una felicidad desorbitada en el rostro.)

ELENA.— (Gritando casi.) ¡Al fin! (Lo abraza casi con violen­cia.)
ORESTES.— Elena...
ELENA.— (Comienza a reír bajito y espasmódica.) ¡Al fin!


TELÓN

Fin del cuadro primero
Cuadro Segundo

A LA MAÑANA SIGUIENTE


(La sala, casi vacía. Lala ha amontonado los muebles para barrer los restos de flores. Afuera llueve.)
(Trapero está en el centro de la sala, con su bolsa a un lado, arrodillado en el suelo, mirando la ropa de Morales, que acaba de darle Lala, dentro de una valija. Revisa una por una y luego la va metiendo en la bolsa.)

TRAPERO.— ¿Las pilchas del finao?
LALA.— Así es.
TRAPERO.— ¿Cuánto piden?
LALA.— Lo que dé. Lo que quiere la patrona es que se las lleve.
TRAPERO.— (Sonríe intencionado.) Apurados andamos.
LALA.— Cosas de ella.
TRAPERO.— ¿Dónde están ahora?
LALA.— En el cementerio; han ido a darle sepultura. (Pausa, impaciente.) ¿No se puede hacer más rápido?
TRAPERO.— (Sonríe.) Rápido... (Pausa.) Mal empezamos el siglo. (Luego de mirar detenidamente una chaqueta, la cambia por la que llevaba puesta.) Cierto es que los güenos tiempos han empezao a escasiarse. Ahora, pa hacerse de un nacional hay que correr y atropeyar como ovejas en corral. Lo fiero de mi ne­gocio es que nadie es agradecido con el trapero; será porque yego siempre pisándole los talones al luto pa yevarme las pil­chas de los muertos... ¿Pero qué harían sin mí, con todos estos trapos viejos?... Los dijuntos, cuando se marchan, se yevan lo mejor, y dejan aquí toda la mugre, la carroña, los güesos, los trapos... todo lo que se marchita y apesta. Hay que limpiar y pa eso estamos.
LALA.— No les envidio la afición.
TRAPERO.— ¡Quién sabe!... (Sonríe.) Yo, a la noche, abro el atao, saco los trapos y los miro despacito: las costuras... el forro... y aprendo a conocerle la índole a los hombres. Taitas que por afuera eran más estiraos que cueyo e' pavo, por adentro so­lo eran puro remiendo y retazo, cosidos de mala gana, como con bronca y vergüenza. (Mete una prenda en la bolsa y la pe­sa.) Esta es la verdadera jeta de la vida, la jeta deshilachada que si le sabes entender su chamuyo te hace sabedora de todos los secretos de los hombres.
LALA.— ¿Falta mucho todavía?
TRAPERO.— Estas cosas quieren calma, son las cosas que lo hicieron a un hombre: sus bolsiyos, sus puños, sus solapas con trenciya, sus pantalones con vivo de raso, sus tajos culeros con botones de nácar para ir a farolear a lo de la Vasca...3 no se lo puede apelotonar como paja...
LALA.— ¡Es que la patrona no quiere verlo cuando llegue!
TRAPERO.— (Levantándose.) Ya he terminado. (Guarda las últimas prendas y hace un nudo en la punta de la bolsa.) Y aquí se acaba la historia de don Pancho Morales. (Le da unos pesos a Lala.)

(Lala los guarda sin mirar, en un frasco. Trapero se echa la bolsa al hombro.)

LALA.— Y ahora, márchese.

(Trapero va saliendo y se detiene en la puerta.)

TRAPERO.— No me iré lejos, algo me dice que aún no se ha terminado mi jornada... Que hoy todavía haberá trabajo para mí.
LALA.— (Santiguándose.) ¡La boca se le haga a un lao!...
TRAPERO.— (Sonríe suave.) ¿Te alarma?
LALA.— Siempre han bailao los cuchiyos en Palermo, mas no veo por qué tenga que ser justo hoy...
TRAPERO.— (Se le acerca.) Porque hoy no es un día como cualquiera.
LALA.— ¿Y cómo es?
TRAPERO.— Hay días calientes y días fríos, pero hay días que son mucho más. Son sus días. Los de la muerte.
LALA.— ¿Y cómo lo sabe?
TRAPERO.— Porque lo he olfateado. Soy pior que carancho pa rastrear sus hueyas, y sé que hoy tiene su fiesta.
LALA.— ¿Qué fiesta?
TRAPERO.— La de la riña. Hoy la muerte vendrá a ver su ri­ña y nosotros seremos los gayos. En estos días los hombres no se amasijan por unos tragos más, ni por un naipe, o una hem­bra... se amasijan por cosas que traen del nacer. Hoy la hija se vuelve en contra de su madre y el hijo, de su padre. Hoy se aparejan hermano y hermana y la leche que se dan, es leche de sangre. Hoy, el macho y la hembra saben querer y saben odiar como el primer día... (Va saliendo.) y el miedo anda desnudo como un cachorro recién parido... (Ríe alejándose, fuera de es­cena.)
LALA.— (Algo alterada, escupe.) ¡Maldito seas! (Se santigua, supersticiosa.) ¡Como si no hubiera corrido bastante sangre! ¡Maldito seas!

(Casi con rabia, va ordenando los muebles. Se oye llegar el coche de Nélida. Esta y Soriano entran en la sala. La mujer viene de luto riguroso. Soriano, tenso, va hacia la ventana y se queda allí, de espaldas.)

NÉLIDA.— (A Lala.) Desenganchá el tordillo y cerrá las puertas y ventanas. No recibimos a nadie.
LALA.— Está bien (Va saliendo.)
NÉLIDA.— Mejor dejás la puerta de la calle entornada, para Elena y Orestes, que están al caer.

(Lala sale, hay un momento de silencio, Nélida se quita el velo.)

NÉLIDA.— Yo sabía que iba a suceder. Anoche calló por res­peto, mas cuando ya él estuviera sepultado, iba a empezar. (Se acerca a Soriano.) Te ha herido el orgullo, ¿no?
SORIANO.— Tendrías que saber lo que me costó hacerme el sordo, y lo hice solo por vos y por la gente que ya tiene bastan­te pasto pa murmurar.
NÉLIDA.— Yo sufrí por vos al oírla.
SORIANO.— (Se vuelve tenso.) Pero se acabó. De esta hecha no le voy a mezquinar severidá cuando se vuelva a insolentar.
NÉLIDA.— ¿Creés que la ha oído Orestes?
SORIANO.— (Se sirve licor.) Allí no, pero ahora sí que la de­be estar oyendo.
NÉLIDA.— No creo. Se venían en el coche del comisario, y ella no se habrá atrevido...
SORIANO.— Es capaz de todo.
NÉLIDA.— (Con miedo.) Esto va a terminar peor que mal, Santiago. ¡Lo estoy viendo patente!
SORIANO.— Es tarde pa cambiar de pingo.
NÉLIDA.— ¿Por qué no nos vamos de aquí?
SORIANO.— Ya nos vamos a ir.
NÉLIDA.— Pero... ¡hoy mismo!
SORIANO.— Eso sería juir. No lo hice en vida de él y no lo voy a hacer ahora, porque se le ocurra a esa hija chúcara. No me pidás eso, es hocicar. Después me faltaría el coraje pa mi­rarme a la cara.
NÉLIDA.— (Cansada.) Para ustedes, solo el coraje cuenta, solo el coraje merece un sacrificio, hasta el de la vida... Mas yo... veo el hilo con que atamos los sueños a punto de cortarse, y los veo rodar en el suelo, entre la sangre... (Angustiada.)
SORIANO.— Nunca supe achicarme, Nélida. Con Pancho Morales aguanté cinco años por tu miedo, que no era el mío, hasta el día en que el destino quiso apurar las cosas y nos puso frente a frente, a matar o morir... Ni entonces le escurrí el bulto. Dios quiso que yo fuera el ganador, como pudo ser él. Si ahora nos vamos, la muerte de él, que fue un duelo limpio, haberá si­do inútil y yo seré solamente un asesino.
NÉLIDA.— (Obcecada.) Yo le vi a Elena la cara de triunfo cuando se encontró con el hermano y supe todo lo que sucede­ría... ¡Ella lo va a acorralar, Santiago, lo va a envenenar con el mismo odio que siente por nosotros!
SORIANO.— Ya lo sé.
NÉLIDA.— ¿Qué haremos entonces?
SORIANO.— (Pausa larga.) Dejemos que el destino rumbee pa donde le parezca.

(Oyen llegar a Elena y Orestes, callan súbitamente. Elena viene hablando con su hermano.)

ELENA.— Y así... estuvo desangrándose toda la noche tira­do a metros de un farol, y nadie se le acercó.

(Han llegado, Orestes está muy abatido. Elena mira a Soriano fijamente.)

(Significativa) ¡Aquí... no se mata a un hombre como él, en una esquina sin que haya habido por lo menos un ojo en alguna ventana! ¡Alguien debe haber visto, debe haberse enterado, y si lo sabe uno lo saben todos, vos conocés muy bien a nuestra gente!
ORESTES.— Sí.
ELENA.— Lo saben pero tienen miedo de hablar, o callan... por conveniencia.
ORESTES.— ¿Por conveniencia?
ELENA.— ¡O por indiferencia, o por venganza!... ¡Hay mu­chos que querían verlo acabado, pero muy pocos que tenían el coraje!... No puede ser difícil encontrar al culpable, es tu deber.
ORESTES.— (Repite.) Mi deber.
SORIANO.— (Tenso, se vuelve.) Ya habrá tiempo. ¿A qué re­volver las cosas, tan luego hoy?... Ni Orestes ni nadie anda con el ánimo dispuesto.
NÉLIDA.— Soriano tiene razón, escuchálo a él Orestes, es el más sosegado.
SORIANO.— Aquí supo haber mucho alboroto en estos últi­mos años, Orestes; cada cual tiraba pa su lao y de tanto desqui­cio ya no se sabía quién era el amo del cotorro. Don Pancho an­daba algo desconcertao y había descuidao sus intereses. Elena no se hallaba sin vos, y tu madre sufría por el hijo y por todos. Esto acabó por resentirnos un poco.
ORESTES.— ¿Y d'ai?
SORIANO.— D'ai que me vas a oír, las más veces, llamarlos al sosiego.
NÉLIDA.— (Bajo.) Yo estoy muy cansada, Orestes.
ORESTES.— ¿De qué?
NÉLIDA.— De este aliento a sangre, a odio, este ruido a cu­chillos que ya tengo enquistado.
SORIANO.— Si fuera por mí...
ORESTES.— Pero...
SORIANO.— Vos saliste con permiso ¿cierto?
ORESTES.— Cierto.
SORIANO.— Yo te podría servir. El delegao del partido me debe algunos pechazos y no me va a mezquinar la gauchada.
NÉLIDA.— (A Orestes.) Y vos podrías quedarte con noso­tros. ¡Orestes! ¡Soriano te está hablando de tu libertad!
ORESTES.— ¿Qué me importa eso ahora? ¡Lo único que me cabe en la cabeza es saber quién ha dijunteao a mi padre!
SORIANO.— (Pausa larga.) Se sabrá; para algo están los po­licianos.

(Elena se yergue súbitamente y se acerca.)

ELENA.— (Riendo con amargura, vivamente.) ¡Qué coraje!... Soriano hablando de la policía... ¿Y si el criminal fuera Soriano?
NÉLIDA.— ¡Elena!
ELENA.— (Sonríe irónica.) Es un decir... (Silencio, ríe desde­ñosa.) ¡Vayan, vayan hoy mismo, escriban la denuncia con bue­na letra y después a respirar tranquilos sabiendo que papá se está pudriendo bajo una loza! A Orestes le habrán pagado con su libertad... ¿Pero a mí?... ¿Con qué me pagarán a mí?... ¿Qui­zá con otro padre para ocupar el vacío, eh mamá?
NÉLIDA.— (Se levanta.) ¿La oís, Orestes, la oís? El odio la tiene ahogada.
ELENA.— ¡El odio que debería ser suyo!... ¡El odio al asesi­no, a quien usted parece haber dado las gracias!
ORESTES.— ¿Estás loca, Elena?
ELENA.— Soriano dijo una sola verdad, Orestes: En estos dos años cambiaron muchas cosas, todo empezó a derrumbarse... ¡pero fueron ellos los que pusieron la cuña!... ¡Ellos, que consi­guieron lo que no pudo cuarenta años de lucha: vencer a papá!
ORESTES.— (Confundido.) ¿Qué estás diciendo?
ELENA.— (Con angustia.) Lo que se dice todos los días, en cada esquina de Palermo... (Va hacia Orestes.) ¡Orestes, ellos van a querer hacerte suyo... vos sos lo único que me queda, ellos me han separado de todos, me han abandonado, ahora es el momento de aclararlo todo!
ORESTES.— ¿De quiénes estás hablando?
SORIANO.— De tu madre... y de mí, Orestes.
ORESTES.— (Se vuelve a él, vivamente.)
SORIANO.— Elena ya no es la moza que vos dejaste hace dos años. A veces da pensar que la han ojeao. En los últimos tiempos no ha dejao respirar a esta pobre mujer... (Se acerca a Nélida.) Yo, hasta ahora, me hice el sordo porque estaba don Pancho, pero dende hoy...
ORESTES.— (Fijo.) Estoy yo, Soriano.

(Soriano está por contestarle, pero calla. Elena, triunfal, sonríe.)

NÉLIDA.— (Con dificultad.) Yo le debo mucho a Soriano. Él se ocupó de todo...
ORESTES.— Se agradece; pero esta madeja es mía, y solo yo soy quién pa desenredarla.
SORIANO.— (Lento.) Orestes está en lo cierto. (Se levanta y sale.)
NÉLIDA.— (A Orestes.) ¿Qué le has dicho?
ORESTES.— Lo justo. Cada cual en su lugar: el ladero e' mi padre que guarde las puertas de mi casa. Yo, el hijo, adentro e' mi casa.
ELENA.— ¡Eso es!
NÉLIDA.— (Se acerca a Orestes.) Orestes...
ELENA.— (Le corta el paso.) Él dispone. Ahora... él es el hombre aquí.
NÉLIDA.— Es mi hijo, y no me vas a impedir que hable con él.
ELENA.— Mejor será que no haga esperar al otro.
NÉLIDA.— ¿Qué?
ELENA.— Lo tiene sellado en la cara, mamá. Sus ojos se le van a la puerta sabiendo que Soriano la aguarda junto al aljibe.
NÉLIDA.— (Tocada, lo disimula.) ¡Pobre Elena...!
ELENA.— Más le cabe compadecerse de usted misma.

(Nélida se acerca en silencio a Orestes, le acaricia la cara, cariñosamente y con gran tristeza, luego sale. Cuando queda sola con Orestes, Elena se deja caer, muy abatida.)

ELENA.— ¡Dios mío! ¡Cómo sufrí desde que te fuiste!... ¡Có­mo te llamaba inútilmente, sin saber qué hacer!... Todo se hun­día y yo estaba sola, sola y en carne viva, viendo todo lo que su­cedía...
ORESTES.— Pero... ¿viendo qué?
ELENA.— El odio de ella a papá.
ORESTES.— (Atónito.) ¿Por qué?
ELENA.— Porque él nunca había sido del todo suyo, y ella no podía vivir sin manejar al hombre a su antojo.
ORESTES.— ¿Sabés de quién estás hablando?
ELENA.— Estoy hablando de mamá. ¿Acaso no le notaste el alivio?... ¡Este fue un velorio solo para nosotros, para ella fue una fiesta, que si vos no llegabas iba a ser de bodas!
ORESTES.— (Reprime un gesto mudo y violento.)
ELENA.— Yo no hablo más, es una vergüenza que tengo aquí, en el pecho. Ella empezó a querer a Soriano y a engañar a papá con Soriano.
ORESTES.— (Impulsivamente la abofetea.)
ELENA.— ¡Orestes!
ORESTES.— (Bajo, roncamente.) ¿Estás borracha?
ELENA.— No.
ORESTES.— (La aferra con violencia.) Es que no puede ser.
ELENA.— También a mí me costó creerlo.
ORESTES.— (Se vuelve violento.) Yo te conozco. Tu mal­querer es cosa antigua, la odiaste dende que eras una mocosa... ¡pero por basurearla a ella, lo estás basureando a nuestro padre!
ELENA.— Él no lo supo.
ORESTES.— (Duda un instante, luego vuelve a negarse a creerlo.) No. No. Estás bolaceando... ¡Él no era hombre de de­jarse engrupir!
ELENA.— ¡Lo hicieron tan bien!
ORESTES.— (Pausa larga) ¿Los viste?
ELENA.—Sí.
ORESTES.— ¿Cuándo?
ELENA.— ...Fue durante uno de los viajes de papá.
ORESTES.— (Agitado.) ¿Cómo fue?... ¡Decílo de una vez!
ELENA.— Yo siempre lo había adivinado... desde el princi­pio... aun antes de que ellos se miraran por primera vez... Yo sa­bía lo que iba a pasar... Vos eras un chico y no te dabas cuen­ta...
ORESTES. — ¡¿De qué?!
ELENA.— De que mamá había empezado a florecer... De que Soriano era cada día más patrón... ¡De que una gran infamia se estaba tejiendo entre ella y él!

(Van disminuyendo las luces de la sala e iluminándose las del reñidero, para dar luego paso al "raccconto".)

ORESTES.— ¡No me ricuerdo haberlos visto mirarse de fren­te, tan siquiera!
ELENA.— No. (Pausa.) Él se sentaba allí, con su guitarra...

(En la semipenumbra del reñidero, comienzan a oírse los acordes de guitarra de Soriano, en el mismo sitio del cuadro an­terior. Poco después, la figura del hombre aparecerá nítida.)

ELENA.— Todas las tardes, Orestes... (Con angustia.) ¡To­das las tardes, todas las tardes!
VOZ DE SORIANO.— (Cantando.)
Cuando sonríen tus ojos...
cuando en tus ojos me miro...
VOZ DE SORIANO Y NÉLIDA.— (Cantando.)
Siento el vértigo que siente
el que se asoma a un abismo...

ELENA.— Yo hubiera querido cortar con un cuchillo esas cuerdas, enterrarlo en sus gargantas hasta que callaran. ¡El aire parecía calentarse, quemaba, mi piel ardía de vergüenza!... Na­die parecía apercibirse... Solo ella... él... y yo... los tres, clava­dos en el mismo anzuelo. Ni siquiera guardaban un poco de pu­dor. ¡No!... ¡El pudor, las mentiras, después para encontrarse a escondidas de papá y reírse de todos, de él... y de mí... especialmente de mí, de la estúpida que veía y callaba, que entendía y callaba... porque no sabía qué hacer... fuera de estarme escondida allí, aguantando la respiración, escuchando los lati­dos de mi corazón, cada vez más rápidos, y esa voz caliente de Soriano!...
SORIANO.— (Comienza otro tema. Cantando.) Despierta calandria hermosa... que en tu puerta hay un jilguero...
ELENA.— (Gritando.) ¡Cállese!

(Soriano cesa. Elena corre hacia el reñidero, entrando al "racconto".)

ELENA.— ¡Cállese!
SORIANO.— (Sonríe socarrón.) Está bien... Si no le gusta...
ELENA.— ¡No es por eso!
SORIANO.— ¿Y por qué?
ELENA.— ¡Porque no tiene que cantar cuando no está pa­pá!
SORIANO.— (Burlón.) ¿Ah no?
ELENA.— ¡No!
SORIANO.— (Solo ríe irónico.)
ELENA.— ¡No se ría!... ¿Tiene que esperar que él se vaya pa­ra ser gallito, verdad?
SORIANO.— Yo soy gayo en cualquier corral.
ELENA.— (Levanta las manos, incontenida.) ¡Con qué gusto lo mataría!
SORIANO.— (Atrapa las manos en el vuelo.) ¿Con estas dos manos? (Ríe.) Livianitas, como chingolo...
ELENA.— (Forcejea.) No me toque. ¡Me da asco!
SORIANO.— (Soltándola.) Pa mí, que le dan asco todos los hombres.
ELENA.— ¡No es cierto!
SORIANO.— ¿No?... Mire a las demás, a su edá ya tienen su hombre y les andan creciendo los hijos. Usté ni levanta los ojos pa mirar un macho a la cara... Se diría que ha enviudado, o que espera a alguien que no se comide en venir...
ELENA.— (Con ganas de llorar.) ¿Es que solo hay eso? ¿So­lo les ronda ese pensamiento?
SORIANO.— ¿Y qué es una mujer, sin un hombre?... Un ár­bol que crece desamparao... una raíz seca... un mal dormir, un atao de güesos, y nada más...
ELENA.— (Impulsiva.) ¿Y qué es una mujer, que no le bas­ta un hombre?
SORIANO.— (Silencio, la mira fijamente.) Sería mejor que estuviera divirtiéndose en vez de resignarse con vichar la diver­sión de los demás.
ELENA.— (Impulsiva, tensa, sintiéndose descubierta.) ¿Usted qué sabe?
SORIANO.— ¡Oh!... Yo sé muchas cosas...

(Soriano se levanta y ríe alejándose. Aparece Teresa.)

TERESA.— ¡Elena! ¡Me dijiste que ibas a estar lista para sa­lir!
ELENA.— (Con rabia.) No salgo. ¡Andá sola!
TERESA.— ¡Idiota! ¡Así nunca vas a casarte!
ELENA.— ¡No me quiero casar!
TERESA.— (Arrastrándola.) ¡Vení como estás! ¡Son dos mo­zos de lo más educados! ¡Te vas a divertir!
ELENA.— No quiero... no quiero...
TERESA.— ¿Qué tenés que hacer aquí? Siempre atada a la casa, como un perro guardián. ¡Vamos!

(Elena se deja llevar un poco a disgusto por la puerta que da a la calle. Momentos después vuelve a entrar Soriano y cruzando el reñidero sube hasta la sala, desapareciendo por una de las puertas que da al dormitorio. Luego de un instante, Elena y Teresa vuelven. Elena está agitada y nerviosa.)

ELENA.— Te dije que yo no servía para esos juegos. ¡Ahora aprenderás a dejarme en paz!
TERESA.— ¡Pero no exagerés! ¡Si no quiso molestarte!
ELENA.— ¡Me manoseó, cuando yo le pedí que no me toca­ra.
TERESA.— (Riendo.) ¡Lo hacen todos!
ELENA.— ¡A vos te lo harán! ¡Yo no soporto que me quieran sobrar como a chinita percalera!
TERESA.— (Mira por la puerta y ríe.) ¡Se quedaron esperán­donos!
ELENA.— Van a cansarse.
TERESA.— (Desde la puerta ríe.) ¡Están haciendo señas! (Ríe.) ¡Qué simpáticos son!... ¡No te podés enojar con ellos!
ELENA.— ¡Qué se vayan! ¡Decíles que se vayan!
TERESA.— ¡Elena! ¿Ya te olvidaste de la edad que tenés? ¡No es hora de hacer muchos remilgos! ¿O querés quedarte a vestir santos?
ELENA.— Ya me oíste.
TERESA.— ¡Pronto serás una vieja agria y egoísta!
ELENA.— ¿Qué te importa?
TERESA.— Un ratito más... ¡No alcanzamos ni a saludarlos que ya lo arruinaste todo! (Implorante.) Siquiera por mí... si vos no me acompañás, a mí no me dejan... Un minuto solamente... lo bastante para despedirme... (La va llevando.)
ELENA.— ¡Pero mirá que solo un minuto!

(En este momento, cuando están por salir, se oye la risa de Nélida, con la de Soriano. Elena se detiene petrificada.)

TERESA.— ¡Vamos! (Silencio.) ¡Vamos, Elena! ¿Vas a que­darte así?
ELENA.— (Brusca se suelta de la amiga.) ¡Dejáme! ¡No pue­do salir! ¡Me duele la cabeza!
TERESA.— (Sin creerle.) ¿De golpe?
ELENA.— ¡De golpe, sí, andáte! (Se separa de Teresa y va hacia el salón.) ¡Andáte! ¡Andáte! ¡Andáte!

(Teresa sale. Elena cruza el salón súbitamente, casi corriendo y llega a la puerta del dormitorio. Duda un instan­te. De pronto la abre. Se tapa la boca para no gritar, retrocede tambaleante. Orestes, en el plano de la actualidad, la toma para que no caiga.)

ORESTES.— ¡Elena!... (Casi tiene que luchar con ella.) ¡No lo digas!... ¡No lo digas!
ELENA.— (Roncamente, angustiada.) Ellos estaban ahí, puercos, inmundos, en la cama donde ella dormía con papá, donde nacimos nosotros, entre las sábanas blancas que de ma­ñana tendía al sol. Por eso mataron a papá, para quedarse so­los; aunque yo no los haya visto, es como si sintiera la daga de Soriano hundiéndose en su espalda querida, y su sangre limpia, fuerte, entre las piedras. Su sangre, Orestes... su sangre...

(Se echa a llorar espasmódicamente. Orestes la deja. Elena durante un largo rato solo puede llorar. Poco después va calmándose hasta que calla por completo.)

ELENA.— Orestes...
ORESTES.— Ya lo sé.
ELENA.— Vas a matarlo.
ORESTES.— Sí.
ELENA.— Es tu deber.
ORESTES.— Sí.
ELENA.— (Abraza a Orestes.) Vos sos lo único que me que­da... Ayer, cuando te vi entrar con tus pasos, hubiera querido gritar de alegría. Se me hizo atrás el tiempo y me pareció que vivía papá, que todo había sido solo una pesadilla, que era él quien había entrado por esa puerta, con su estilo que ahora es el tuyo y que todo iba a volver a empezar... Pero eso solo será posible si sos capaz de vengarlo.
ORESTES.— Seré capaz.
ELENA.— Y tiene que ser en esta misma noche. El tiempo es nuestro enemigo. Mañana el hielo va a empezar a derretirse, y nos vamos a despertar un día pensando que las cosas no son demasiado graves.
ORESTES.— Será esta noche.
ELENA.— Soriano abre a las diez el reñidero, cerca de me­dianoche se acaban las riñas, él se queda solo... cierra las puer­tas y se queda solo.
ORESTES.— Me basta.
ELENA.— (Honda.) Confío en vos. Mi vida, mi mañana, mi paz, todo está en tus manos... (Le toma la mano derecha.) En esta mano que llevará el peso de la daga. (Pausa.) No tengas compasión, ellos no la tuvieron.

(Orestes se aleja de ella y antes de salir se vuelve.)

ORESTES.— Sosegáte, no voy a bandearme... Es al ñudo cuerpear al destino.

(Sale.)

ELENA.— (Honda.) Todavía queda la tarde y la noche. Ten­go que estar atenta, vigilar, impedir que la paz y la calma pon­gan un pie en esta casa. Yo también sueño con ellas, pero no puedo arriesgarlo todo por un minuto de paz. Para mí el alboro­to, para mí la riña, hasta que todo esté resuelto. Orestes es dé­bil, de chico se enfermaba... había que cuidarlo, ahora se ha en­durecido por fuera, pero ha vacilado sin embargo. Tengo que llenarlo de odio.

(Elena queda inmóvil mientras cae el

TELÓN)
SEGUNDO ACTO

Cuadro Primero


El mismo día por la noche.
(Se abre el telón sobre la escena a oscuras. Desde el reñide­ro llegan voces de los que están presenciando una lidia de gallos. Poco a poco se va haciendo la luz en un limitado sector de la sala, donde está Orestes, solo, esperando.)

VOCES DEL REÑIDERO.— ¡Veinte patacones al colorao!
— ¡Cincuenta a treinta al bataraz de mi alma!
— ¡Diez pesos al mandinga!
— ¡Sabandijas! ¡Miren cómo me lo están destrozando!
— ¡No relinches, negro, que alguna vez tenías que perder!
— ¡Todavía queda rabo por desollar!
— ¡Araca Mandinga!
VOZ DE SORIANO.— ¡A ver si cierran el pico!

(Las voces disminuyen hasta quedar reducidas a un mur­mullo bajo, que luego cesará por completo. Solo se oirán, un instante, los aletazos de los gallos. Orestes está bebiendo, luego de unos minutos llega Nélida y se acerca.)

NÉLIDA.— ¿Sos vos, Orestes?
ORESTES.— Soy yo.
NÉLIDA.— ¿Por qué no encendés la luz?
ORESTES.— Déjelo así.
NÉLIDA.— ¿Puedo acompañarte? (Se sienta, sin recibir res­puesta.) ¿Estás esperando algo? (Silencio.) ¿Por qué te quedas­te aquí, en la oscuridad? (Silencio.) ¿Te acordás, hace años, cuando tu padre salía de viaje y yo me quedaba sola?... Sabien­do que yo tenía miedo, venías a dormir a mi pieza... (Sonríe triste.) Vos eras un chico, pero sin embargo... yo me sentía la mu­jer más segura del mundo. (Pausa.) ¿Te acordás, Orestes?
ORESTES.— (Con dificultad.) ¿Por qué desentierra ese ricuerdo ahora?
NÉLIDA.— No sé... (Nélida se levanta y va a la ventana abierta acodándose en ella.. Pasa un caballo al trote, alejándose.) Ha de ser la noche... Hay noches llenas de ruidos, de sombras que no se sabe a dónde van...
ORESTES.— (Bebe.) Ha de ser...
NÉLIDA.— (Se vuelve, sin moverse de la ventana.) Por eso no podía dormir... (Sonríe leve.) Habría querido verte abriendo la puerta de mi pieza. (Pausa.) Quién sabe, te esperaba...
ORESTES.— ¿A mí?
NÉLIDA.— A vos. (Pausa.) ¿Te extraña?... (Se acerca que­dándose a su espalda, le pone las manos en los hombros. Orestes lo siente como una descarga eléctrica.) Cuando te llevaron... me quedé más sola que nunca... (Pausa.) Aunque ya no eras el mismo Orestes que venía a mi pieza a custodiarme... (Pausa.) Aun así, yo seguía esperando mucho de vos.
ORESTES.— (Muy tenso.) ¿Qué cosa?
NÉLIDA.— Que me llevaras de aquí.
ORESTES.— ¿De dónde?
NÉLIDA.— Del barrio. ¡Yo siempre lo he odiado, Orestes!
ORESTES.— Es el nuestro.
NÉLIDA.— El de ellos, no el nuestro... Porque vos y yo so­mos distintos ¡siempre fuimos distintos!

(Desde la calle llegan voces en plano alejado pero muy claras:
— ¡Mancálo, que lo tenés!
— ¡Araca, atajáte esta!
— ¡Malparido!

NÉLIDA.— (Sobresaltada.) ¿Y eso?
ORESTES.— (Sin moverse.) Ha de ser alguna reyerta.

(Nélida cierra la ventana violentamente.)

NÉLIDA.— ¿Los oís? ¡Sean gallos o cristianos, para ellos es lo mismo, con tal de ver sangre! ¡Sangre en la calle, sangre en el reñidero!... A veces se me hace que todo lo que toco tiene la humedad, el olor de la sangre... (Se deja caer demasiado altera­da.) ¡No lo soporto más!
ORESTES.— (Fijo.) Pa mí, es nuevo oírla hablar así. ¿Dende cuándo le ha salido ese resentimiento?
NÉLIDA.— Es como si me faltara el aire. ¡Cada día las cosas huelen más y más a viejo, a sucio, a muerto!... Las paredes es­tán siempre manchadas, de noche la calle se hace una selva... Estoy cansada, Orestes, y quiero irme de aquí, tener una casa limpia, buenos vecinos... (Pausa.) ¿Es pedir mucho? (Silencio. Súbita.) Orestes, ¿y si lo vendiéramos todo? Yo le diría a San­tiago que se encargase...
ORESTES.— (Interrumpe, suspicaz.) ¿Santiago?
NÉLIDA.— (Rectifica.) Soriano. (Pausa.) Los tiempos cambian; nosotros, de tan encerrados, acabamos por creer que el mundo se termina aquí, en los Portales...4 pero si te asomas al centro vas a ver una ciudad diferente... con gente que no se conforma, que quiere vivir mejor...
ORESTES.— Si usté lo dice...
NÉLIDA.— (Animada va a un aparador y trae un recorte de diario.) Fijáte, el domingo van a rematar tierras en el Oeste, a dos cuadras del eléctrico de Gauna.5 Tu padre me dejó unos pe­sos. ¿Qué te parece si compramos?
ORESTES.— (Sin mirarla.) Usté es dueña.
NÉLIDA.— No, no lo tomés así; me gustaría que dieras tu idea... que trataras estas cosas conmigo... ¡Es tan bueno tener un hijo grande, hombre, para sentirse menos sola...!
ORESTES.— Usté... ¿se siente sola?
NÉLIDA.— ¿Por qué me lo preguntás? ¿No se ve?
ORESTES.— No mucho. (Pausa.) Ha de ser por ese ladero que se ha echao encima...
NÉLIDA.— (Lo mira, buscando la malicia en sus palabras, pero luego no acusa el golpe, con cautela.) Ojalá lo conocieras mejor... Es diferente de los demás...
ORESTES.— (Con leve sorna.) ¿Él también?
NÉLIDA.— (Animada.) Te asombrarías de verte tan pareci­do... ¡cada día más!... Casi te diría que son padre e hijo...
ORESTES.— (Reacciona vivamente.) ¿Qué está diciendo?... ¡Yo soy astilla de Pancho Morales, y a usté debería darle ver­güenza de hablar así, ni a un día de su muerte!
NÉLIDA.— No me entendiste...
ORESTES.— Será... que no quiere hacerse entender. (Bebe.) Porque zonzo no soy... ni sordo.

(Nélida pierde el ánimo, lo mira largamente, ha dejado de controlar la situación. Orestes bebe y hay un largo silencio.)

NÉLIDA.— ¡Cómo cambiaste!... ¡De chico, eras tan cariño­so!... Yo te sacaba a pasear por la Avenida de las Palmeras y pa­ra vos era una fiesta. (Bajo.) Después, te volviste sombrío... te escapabas cada vez que yo me acercaba a darte un beso... Yo quería saber algo de vos, de tu vida, pero mis preguntas te po­nían impaciente... Pensaba entonces: se está haciendo un hom­bre y le tiene miedo al sentimiento...
ORESTES.— Cada uno es cada uno.
NÉLIDA.— Ahora ya sos un hombre, un hombre lleno de rencores...
ORESTES.— Como todos los hombres.
NÉLIDA.— Pero yo sé que no sos feliz. (Pausa.) Hay noches en que no duermo pensando si la culpa fue mía... A veces... una no mide lo que hace, y una cosa de nada basta para separar a dos que se quieren...
ORESTES.— Algo debe estar esperando de mí, pa echarse la culpa de nada.
NÉLIDA.— (Pausa.) Quiero que me contestes lo que voy a preguntarte, y que seas completamente sincero...
ORESTES.— No soy fácil de soltar la lengua.
NÉLIDA.— Tendrás que hacerlo... por mí, Orestes.
ORESTES.— Está bien. Otro día...
NÉLIDA.— No. Hoy.
ORESTES.— (Tenso.) ¿Y por qué hoy?
NÉLIDA.— ¿Y por qué no?
ORESTES.— (Pausa y bebe.) Por nada. Será que hoy ando con el paso cambiao.
NÉLIDA.— (Acercándose ansiosa.) Yo sé que si hoy no ha­blamos, no hablamos nunca. Elena te va a vigilar como a un preso, miedosa de que te acerques a mí, apabullándote con sus fantasías... (Pausa.) Te juro, me da lástima por ella, que se ha cerrado el camino de la felicidad...
ORESTES.— ¿Es de Elena, entonces?
NÉLIDA.— Es de vos. De ella, perdí todas las esperanzas, pero vos todavía podés salvarte...
ORESTES.— No dé tantas vueltas y diga.
NÉLIDA.— ¿Qué... te ha contado de mí? (Silencio de Orestes.) ¿Qué te ha pedido...? ...Elena está ciega de rencor, de envidia, y quiere vengarse de Soriano. Hasta ha pensado en la muerte.
ORESTES.— (Cauteloso.) ¿Qué se lo hace creer?
NÉLIDA.— Yo he nacido aquí y sé cuando el aire huele a muerte... hoy lo sentí en la piel, y nunca me he equivocado... (Acercándose.) ¡Orestes, quiero que me digas qué pasa!
ORESTES.— (Sonríe con burla amarga.) No, si algo me de­cía que usté solo quería enterarse de una cosa...
NÉLIDA.— Entonces he acertado... (Ansiosa lo toma por los hombros.) Decíme... Habrá un duelo, ¿no?
ORESTES.— (Sonríe desdeñoso.) ¡Quién sabe!... Aquí todos los días corre la sangre.
NÉLIDA.— (Suplicante.) ¡Orestes!...
ORESTES.— Otros lo sabrán decir...
NÉLIDA.— ¡Sabés que ella no me lo dirá!
ORESTES.— No dije ella.
NÉLIDA.— (Silencio y comprende.) Él... ¿lo sabe?
ORESTES.— Ya lo sabrá.
NÉLIDA.— ¡Será tarde!
ORESTES.— Entonces póngale una vela al santo. (Se levan­ta con la botella vacía a buscar otra.)
NÉLIDA — ¡Orestes!
ORESTES.— ¡Déjeme en paz! Lo único que la traía era el miedo a que le enluten la fiesta!
NÉLIDA.— (Temblorosa.) ¿Te vas a medir con Soriano, ver­dad?
ORESTES.— ¿Y si así fuera?
NÉLIDA.— ¡Contestáme!
ORESTES.— (Silencio.) Sí.

(Nélida cae con un gemido ahogado, con un llanto silencioso, abatida.)

NÉLIDA.— Ya lo sabía. Ya lo sabía.
ORESTES.— (Con sorna amarga.) No se apure a llorar, que quién sabe, él todavía puede salir ganancioso.
NÉLIDA.— (Con angustia, bajo.) Necio... Necio...
ORESTES.— ¿Qué esperaba?... ¿Que viniera a darle mis feli­citaciones? ¿No pensó que su hijo iba a saber tener un tanto así de coraje pa limpiar de tanta inmundicia el honor del más varón que hubo en Palermo? (Silencio de Nélida.) (Orestes parece estar convenciéndose a sí mismo.) ¡Me he medido con muchos otros y con menos causas y no iba a cuerpearle ahora a lo que es mi de­ber!

(Hace un largo silencio. Nélida ha ido recuperándose, ha cambiado, ha nacido en ella una dureza y un coraje desconocido.)

NÉLIDA.— Mentira.
ORESTES.— ¡¿Qué dice?!
NÉLIDA.— Que es mentira.
ORESTES.— ¿Qué cosa?
NÉLIDA.— ¡Tanta lealtad, con un hombre que solo vivió pa­ra él mismo! Un hombre que se sirvió de vos, como un ladero más, y que solo te enseñó a matar.
ORESTES.— ¡Está hablando de Pancho Morales!
NÉLIDA.— Sí. ¡Y es hora que te saques la venda que tenés delante de los ojos, porque vos a él no le debés nada más que un manojo de recuerdos desgraciados!
ORESTES.— (Reacciona.) ¿Qué gansada está diciendo?
NÉLIDA.— ¡Orestes!... ¡Somos eslabones de la misma cadena! A mí no me podés engañar, yo te vi padecer de su despotismo, como yo misma, desde el día que vino a hacerme su mujer. Porque yo nunca lo quise, Orestes, y está bien que lo sepas, yo solamente le tuve miedo... ¡y Pancho Morales andaba holga­do con mi miedo, más que con mi querer, porque ese fue su úni­co estilo de vida!
ORESTES.— ¡Yo a él le debo todo lo que soy!
NÉLIDA.— Él te arrancó de mi lado, porque había que hacer de vos un perro guardián, llenarte con el odio y echarte al mun­do para que vinieras a ser su segundo cuchillo. Y un cuchillo no se afila con el amor al semejante... Claro, tuviste tiempo de olvidarte, allá, solo, entre rejas, pero a mí todavía me pesa como una mancha que nunca acabaré de limpiar!
ORESTES.— Se queja de bien servida porque él no dejó que le faltara nada. ¡Todavía me escuecen las cachetadas que me dio cuando mocoso pa enseñarme a rispetarla!... ¿Así le paga aho­ra? ¿Emporcando su memoria? ¡Yo tendría que hacerla callar!
NÉLIDA.— A mí... no me vas a entender nunca, Orestes. Mi única esperanza es que al menos, sepas verte a vos mismo.
ORESTES.— (Tenso.) Las deudas que él tenía conmigo son cosas muy mías. Ya las ha saldado la vida.
NÉLIDA.— ¿Todas?
ORESTES.— ¡Todas!
NÉLIDA.— ¿Estás seguro?
ORESTES.— (La mira largamente, adivinando su pensa­miento y se vuelve de súbito, y como huyendo.) ¡Déjeme en paz!... Por mucho que me apure no me va a hacer cambiar de huella. La taba ya está echada, madre, y cuando acabe la riña de gayos...
NÉLIDA.— (Lo aferra angustiada.) ¡Orestes...! (Lo obliga a mirarla.) Vos no estás hecho para matar... (Él trata de zafarse inútilmente.) ¡Yo te conozco, yo te enseñé a querer! Vos ma­maste leche de amor de mis pechos; yo te veía crecer y decía: "Algún día va a defenderme"... Ahora no me abandones... ¡Él, Orestes, se reía de vos, te arrancaba de mis brazos para echar­se sobre mí, terco y repugnante, ciego a todo lo que no fuera su placer...!
ORESTES.— (Le corta, rencoroso.) ...y usted disfrutaba, ma­dre.
NÉLIDA.— (Se aparta de él, mirándolo casi con miedo.) No... No...

(De pronto, en el reñidero se ha hecho un silencio. Llega el golpe de una puerta. Ha finalizado la riña. Orestes se vuelve vivamente hacia él. Se ilumina el reñidero, Soriano está ordenando y cerrando.)

ORESTES.— (Avanza hacia el reñidero, llevándose la mano al facón.)
NÉLIDA.— (Le corta el paso, angustiada.) ¡Yo lo fingía por miedo... pero cuando me dejaba, iba corriendo a buscarte y te alzaba en mis brazos sintiendo que vos lo sabías entender!... (Él quiere apartarla, pero ella no lo deja.) ¡Porque vos solo me quisiste a mí, Orestes... Cuando él se ausentaba vos venías por la mañana a mirarme, mientras yo me peinaba y nosotros éramos felices... felices a pesar de Elena, que quería separar­nos!
ORESTES.— (Recién se detiene y la mira.) ¿Elena?
NÉLIDA.— ¡Sí, Elena, Elena, que vivía espiándome detrás de las cortinas, porque él se lo había mandado!... Pero era inútil, nosotros habíamos hecho un nido para los dos... ¡Aquellos días los tenés clavados en el corazón y nunca podrás arrojarlos al ol­vido! ¡Es el único recuerdo grato que tenés!

(Orestes ya se ha olvidado de Soriano y se vuelve a ella, separándose unos pasos de la madre, sintiendo mucho lo que ella dice.)

ORESTES.— ¿A dónde quiere llegar con eso?
NÉLIDA.— ¡A qué tengas la verdad, caliente, en tu mano! Acordáte, Orestes, cuando él volvía... Todo era de nuevo hostil, de nuevo la indiferencia, la soledad... y sus ojos fríos... ¿Te acordás de cómo te castigaba, por cualquier cosa?
ORESTES.— (Muy tocado por el recuerdo, se resiste aún.) ¡Eso es agua pasada!
NÉLIDA.— ¡Mentira! Yo te siento temblar, todavía. ¡Es que él te odiaba, Orestes! ORESTES.— ¿Qué está diciendo?
NÉLIDA.— Te odiaba como él mismo había odiado a su padre, como odiaba la vida. ¡Te odiaba por miedo a que vos llega­ras a odiarlo como él era capaz!
ORESTES.— Solo usté ha mentao el odio, ¡yo con él nunca he sido menos que un buen compadre!... distanciao a ratos, pe­ro nunca enemigo suyo... ¡No tengo nada que perdonarle!
NÉLIDA.— Yo, en cambio, no puedo perdonarle nada. (Pau­sa.) una vez... vos tenías catorce años... yo llegué a casa...

(Se ilumina plano de "Racconto" donde Padre está comiendo y bebiendo.)

NÉLIDA.— (En racconto, se le acerca lenta.) Volviste antes de lo que esperaba... ¿por qué no me avisaron?
PADRE.— (Hosco.) Lo habría sabido si hubiese estado en su casa.
NÉLIDA.— (Sonríe.) Fui a que Laura me ayudara a terminar un vestido... (Abre un paquete que traía y saca un vestido; se lo pone por encima.) ¿Te gusta? Vi su dibujo en una revista... es para lucirlo en el baile de carnaval.
PADRE.— No irá a ningún baile.
NÉLIDA.— (Triste.) ¿No?... ¡Qué pena! ¿Por qué?
PADRE.— (Sin levantar la voz.) Porque no.
NÉLIDA.— (Guarda el vestido, triste.) Me había hecho tantas ilusiones.

(Silencio entre los dos. Nélida se ha quedado pensativa; de súbito, se vuelve a él.)

NÉLIDA.— (Seria.) ¿Lo hace para fastidiarme, no?
PADRE.— (Aparentemente frío y tranquilo.) Lo hago porque lo hago.
NÉLIDA.— No me importa ya, lo que quiero saber es... qué ha sucedido. Te han ido con algún cuento, ¿no?... ¿quién?... ¿Elena?... ¿Qué te han dicho de mí?
PADRE.— No necesito que me vengan con chimentos pa ver lo que veo.
NÉLIDA.— ¿Y qué es lo que ves?
PADRE.— ¡Veo una matrona con dos hijos mayorcitos, que me está haciendo hacer el papel del pavo con sus payasadas!
NÉLIDA.— ¿Payasadas?
PADRE.— ¡Cuando yo no estoy, no se la oye más que reír!... ¡Mire ese vestido! ¡Ahora quiere emperifollarse como una moci­ta! ¡Si hasta Elena sabe hacerse respetar más que usted!... (Se levanta.) ¿Se ha olvidado que es la mujer de Pancho Morales?... ¡Yo no tengo paciencia pa aguantar que cualquier mal parido se haga el plato campaneando sus pamplinas!
NÉLIDA.— (Tocada.) ¿Cuáles?
PADRE.— Ayer la vieron por la Avenida de las Palmeras, ha­ciéndose dragonear por cada "jailaife" que pasaba en coche. ¡Y no me desmienta!
NÉLIDA.— (Se vuelve rápida, tensa.) ¡Orestes!
PADRE.— ¿Pa qué lo llama?
NÉLIDA.— ¡Para que le diga a su padre cómo se portó la mu­jer que ayer paseó con él por la Avenida de las Palmeras!
PADRE.— (Golpea la mesa con rudeza.) ¡No cambia la cosa, así haya ido con el Padre Eterno!
NÉLIDA.— (Amarga.) Porque para vos solo pesa lo que ca­vilen esos malandras ¿no?... ¿O sos vos el que ha retorcido la historia?... Ya sé que te gustaría verme encerrada, presa, vieja. Pero yo no hago ningún mal a nadie...
PADRE.— (Fuerte.) ¡Usté va a hacer lo que yo disponga! (Va rápido a tomar el vestido.) ¡Y vea lo que hago con sus floreos!... (Saca la daga y lo corta de arriba a abajo.)
NÉLIDA.— (Con lágrimas en los ojos, contenida.) Pusiste tu firma en mi vestido, Pancho. El filo de tu daga es el único talen­to que tenés.
PADRE.— (Se le acerca amenazador.) Tengo otro.

(Orestes, desde su sitio de espectador del "racconto", interviene, angustiado.)

ORESTES.— (Grita.) ¡¡No!!
PADRE.— (Abofetea a Nélida sin pasión, fríamente.)

(Orestes comienza a movilizarse hacia el plano de racconto para integrarse en él.)

ORESTES.— ¡No! ¡No le pegue!
NÉLIDA.— (Angustiada a Padre.) ¡Cobarde!
PADRE.— Te lo has buscado. (Comienza a abofetearla hasta que Nélida cae sin fuerzas.)
ORESTES.—(Gritando.) ¡Basta ya!
PADRE.— (Deteniéndose.) ¿Qué?
ORESTES.— ¡Basta! ¡No le pegue más! ¡No voy a dejar que le pegue!
PADRE.— ¿A no? ¡No me diga! (Vuelve a acercarse a Nélida.)
ORESTES.— ¡¡No lo voy a dejar!! (Se abalanza sobre su pa­dre.)
PADRE.— (Le da a Orestes una formidable trompada.) ¡Poyerudo!
NÉLIDA.— (Se incorpora.) ¡Orestes!

(Aparece Lala muy asustada y agitada, corre hacia Orestes, que no se ha levantado.)

LALA.— ¡Santa Bárbara bendita! ¿Qué le ha hecho? ¿Qué le ha hecho?
NÉLIDA.— (Se arrodilla junto a Orestes.) ¡Dios mío!
PADRE.— (A Lala.) Vos andá a traer agua con un puñao de salmuera. (Se acerca a Orestes.) Era tiempo que aprendieras tu primera lección. Aquí solo manda el que tiene con qué... ¿Me entendiste?
NÉLIDA.— ¡Orestes! ¡Mi vida!

(Lala entra con salmuera, se la aplica a Orestes, este la rechaza.)

ORESTES.— ¡Déjeme!
PADRE. — Y dende mañana Orestes viene conmigo, que a mi lado va a criar agayas!... ¡Es hora ya que aprienda! (Sale de es­cena.)
ORESTES.— (Casi llora de impotencia.) ¡Ojalá se muera!


APAGÓN


ORESTES.— ¡Ojalá se muera!

(Se enciende nuevamente la luz de la sala, pasando al plano de la actualidad.)

NÉLIDA.— (Bajito, triste.) Y te perdí, Orestes.
ORESTES.— (Bajo.) Era hora ya. Él tenía razón.
NÉLIDA.— Y ya no te vi, aunque sabía dónde andabas... lo supe aquella noche que volviste sudado, y te tiraste a la cama y devolviste lo que habías comido...
ORESTES.— (No quiere recordarlo.) ¿Qué gana con revolver ese charco?
NÉLIDA.— Habías estado aprendiendo a su lado.
ORESTES.— ¡Había que empezar alguna vez!
NÉLIDA.— Una dura escuela para un chico de quince años... Pero aprendiste. ¡Cómo aprendiste! ¡Tuviste que hacerle un can­dado al sentimiento, pero aprendiste! Aprendiste a enlutar un cristiano sin que te temblara el pulso.
ORESTES. — ¡¿A dónde quiere llegar madre?!
NÉLIDA.— A tu crimen.
ORESTES.— ¡Hubo que hacerlo!
NÉLIDA.— ¿Por qué? ¿Quién era ese hombre que mataste? ¿Qué tenías en contra de él?
ORESTES.— (In crescendo.) ¡No hubo más remedio!
NÉLIDA.— "No hubo más remedio"... Eso lo oí desde chica en Palermo, pero no lo creí nunca.

(Se ilumina plano de "racconto". Está el padre sentado a una mesa.)

ORESTES.— ¡Usté no lo puede entender!
PADRE.— ¿Conocés al dotor Zárate, Orestes?...
ORESTES.— (Le responde desde su sitio.) ¡No!
PADRE.— Se me hace que ese galerita va a jugarme sucio...
ORESTES.— ¿Por qué?
PADRE.— Alguien le anotició que yo tengo unas libretas guardadas, y con ese asunto de las elecciones, la justicia anda medio chiflada ¿sabés?... No sería raro que marchara la denuncia.
ORESTES.— ¿Qué hago?
PADRE.— Habería que refrescarle la memoria, ¿sabés? Parece que se le ha olvidao algo de quién es Pancho Morales...

(Se apaga el plano del "racconto".)

ORESTES.— (A la madre.) ¡No hubo más remedio! ¡Yo no quise matarlo pero no hubo más remedio!
NÉLIDA.— Cuando ya estuvo muerto, entonces sí que no hu­bo más remedio.
ORESTES.— ¡Ya me han condenado! ¡Ya lo pagué y lo segui­ré pagando! ¡¿A qué viene su justicia, madre?!
NÉLIDA.— ¿Mi justicia? ¡Si aquel día que vinieron a buscar­te los milicos, yo hubiera estado... con las uñas y los dientes te habría ayudado a huir!... Pero no estaba... ¡Y cuando lo supe, creí que él no iba a dejarte en la cárcel, como lo creíste vos!
ORESTES.— La política le había atao las manos. ¡No pudo impedirlo!
NÉLIDA.— (Sonríe amarga.) ¿No?
ORESTES. — No pudo hacer nada.
NÉLIDA. — Si al menos hubiera hecho eso: nada... Diferentes hubieran sido las cosas.
ORESTES.— (Agitado.) ¿Qué me está queriendo decir?
NÉLIDA.— (Señala.) Allí estaban la noche que te arrestaron.
ORESTES.— ¿Quiénes?
NÉLIDA.— Él y el delegado del Partido... hablando de vos.
ORESTES.— (Muy alterado.) ¡Qué iban a hablar de mí!... ¿Qué iban a decir? ¡No desvaríe!

(Vuelve a iluminarse plano de "racconto". Están el Padre y Delegado, sentados, bebiendo.)

DELEGADO.— El muy zonzo de Orestes fue y lo tajeó delante de todo el mundo, en la puerta del club. ¿Ahora quién no es­tá enterado?
PADRE.— (Hace un gesto desdeñoso, encogiéndose de hom­bros.)
DELEGADO.— ¿Ha leído esto? (Le pasa el diario.)
PADRE.— (Lo mira, mira al Delegado, señala la página.) ¡Ese soy yo!
DELEGADO.— Sí.
PADRE.— (Le devuelve el diario.) ¡¿Y qué dice?!
DELEGADO.— Dice que usté mató al doctor Zárate.
PADRE.— ¡Pamplinas! ¡Yo no lo maté!
DELEGADO.— Pero lo hizo Orestes, que es como decir Pan­cho Morales.
PADRE.— (Mira de nuevo el diario y lo rompe.) ¡Estas por­querías solo sirven pa llenar de macanas la cabeza de la gente!
DELEGADO.— La gente lo cree.
PADRE.— Dende que era un purrete he vivido codo a codo con las batallas de la política y nadie hizo barrullo por una gale­rita más o menos. Este Zárate anduvo haciendo bandera de guapo y batiendo que me iba a hacer hocicar. Yo lo mandé a Orestes a que le aplicara un sosegáte y se le fue la mano. Eso es todo.
DELEGADO.— Tenía algún arrastre entre la oposición y el asunto se está poniendo feo.
PADRE.— Escupa lo que sabe dotor. Usté vino a decirme al­go, pero da más vueltas que un molino.
DELEGADO.— Bueno, ayer me mandó llamar el diputado; la oposición se está ensañando un poco y esto le viene de perlas para echarle barro al candidato. El doctor está que arde y quie­re que lo arreglemos de algún modo.
PADRE.— (Sorprendido.) ¿Ahora tenemos miedo? Novedá...
DELEGADO.— Don Morales, cierto es que los tiempos han estado cambiando, hay que actuar con más cautela. Yo sé que todo lo que lo ha movido a usted ha sido la fidelidad, me veo en el deber de pedirle que recapacite.
PADRE.— ¿Y qué quiere que haga? ¿Que resucite al finao?
DELEGADO.— El doctor Zárate era un pichón, como su hijo y no sería nada difícil hacer correr la bola de que el duelo fue so­lamente por un asunto de polleras. Eso lo limpiaría a usted y, por lo tanto, al movimiento.
PADRE.— ¿Eso es todo?
DELEGADO.— Ese es el principio, don Pancho...
PADRE.— ¿Qué más quieren?
DELEGADO.— Solo usted sabe dónde está Orestes...
PADRE.— Así es.
DELEGADO.— Usted mismo tiene que entregarlo a la policía.
PADRE.— ¿Pero qué me está pidiendo?
DELEGADO.— Un sacrificio que va a dar la medida de su fidelidad, don Pancho. Con eso acallaríamos las murmuraciones y el candidato le quedaría muy agradecido. (Pausa.) Piénselo. Se acerca una era de prosperidad que nos va a alcanzar a todos y sería penoso que a la hora de cosechar tanto esfuerzo... usted quedara prácticamente huérfano de apoyo.
PADRE.— (Se pone de pie, le da la espalda, duda.)
DELEGADO.— ¿Qué me dice, don Pancho? Me gustaría lle­varle una buena noticia al candidato...
PADRE.— (Pausa larga.) (Cansado.) Está bien.

(Instantáneamente se apaga luz "racconto".)

ORESTES.— (Grita angustiado.) ¡Cobarde!

(Orestes corre hacia ellos, pero al desaparecer queda confundido, tambaleante, golpeando en el vacío.)

ORESTES.— ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!

(Apagón general)

ORESTES.— (Grita) ¡Quiero verle la cara con que me ha fayuteao! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!

(Se ilumina un plano secundario: herrería de Vicente. Vicente está trabajando en la fragua.)

TERESA.— (Entra agitada a la herrería.) ¡Vicente! ¡Orestes viene por la calle! ¡Está gritando solo!
VOZ DE ORESTES.— (Acercándose.) ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!
VICENTE.— (A Teresa.) Dejáme solo con él.

(Teresa se va. Orestes llega a la puerta de la herrería, se detiene, como desconcertado.)

ORESTES.— Cobarde... (Con angustia.) Me vendió. (Se echa a llorar.) Me vendió como a una puta.

(Vicente lo retiene y lo lleva suavemente hasta un catre, donde lo ayuda a recostarse.)

ORESTES.— Ahora lo veo, como si fuera hoy... Vicente: ¡me vendió!
VICENTE.— (Le sirve bebida.) Sosegáte. Toma un trago.
ORESTES.— Vos lo sabías, todos lo sabían, ¿por qué nadies me lo dijo? Dos años al ñudo... allá, entre rejas, diciéndome to­dos los días: "él no tiene la culpa... no puede hacer nada por vos".
VICENTE.— ¿A qué revolver lo andado?
ORESTES.— Elena también se lo tuvo guardado... ¡Mala hembra! ¡Pa ella Orestes era solamente un cuchillo que iba a ha­cerle su venganza!... Vicente... esto me ha quebrao por el eje...
VICENTE.— No digás pamplinas.
ORESTES.— Todo se me ha derrumbao... Ella... él... Elena. Los tres me han dejado chancho...6
VICENTE.— Todavía no, Orestes.
ORESTES.— ¿Por qué nadie se me arrimó a abrirme los ojos?
VICENTE.— Muchos hicimos lo posible, pero vos no quisiste saber nada, estabas como engualichao con tu padre.
ORESTES.— Era su gualicho... me precisaba pa matar, co­mo Elena. ¿Es que solo para eso sirvo?
VICENTE.— Uno sirve pa lo que quiere servir. Ya me ves, un día yo le dije basta a la contundencia, hasta aquí el estrilo y se acabó. Ahora soy como todos: trabajo, vivo, y que es al fin y al cabo, lo que uno, medio atolondrado, ha estado queriendo desde que llegó al mundo.
ORESTES.— Yo no. Pa mí la taba ya había sido echada.
VICENTE.— Esos son cuentos de vieja.
ORESTES.— No, Vicente, yo maté porque tenía ganas de matar, como ahora tengo ganas de matar.
VICENTE.— Porque todavía tenés el entripao adentro. Zafáte de él y verás que será otra cosa.
ORESTES.— Tarde. Me ha comido las entrañas.
VICENTE.— Cortá sin miedo, Orestes.
ORESTES.— (Se incorpora.) ¿A qué?... ¿A quién?... ¿Dónde está, cómo se llama? Hace un rato creí que se llamaba Soriano... Pero más luego me olvidé de él. Él no es tampoco. Quizá sea Elena, quizá sea mi madre... (Se vuelve a Vicente.) Vicen­te... ¿cómo murió él?
VICENTE.— Pancho Morales murió porque se tenía que mo­rir, Orestes. ¿Lo entendés?
ORESTES.— No.
VICENTE.— Digo que Pancho Morales... sobraba. Y digo que sobraba en el mundo. Pancho Morales sobraba, ya no era nadie, un día u otro iba a caer, amasijado por los mismos que le ha­bían dado su hombro. Mirá el barrio, andá por las calles y lo vas a entender. La gente como él ya cada día mete menos miedo, y una noche cualquiera va a hocicar el último guapo. Él... hizo punta, eso es todo.
ORESTES.— ¿Pero quién lo mató?
VICENTE.— ¿Qué importa? Si cayó es porque ya no tenía cómo defenderse. Era un gayo viejo y había perdido las espue­las. Lo demás es puro chisme policial. ¿Sabés cuándo empezó a quedar acorralado?
ORESTES.— ¿Cuándo?
VICENTE.— Cuando te vendió. (Pausa.) Fue una achicada, Orestes. Una achicada miserable, puerca, cobarde. Dende ese día, Pancho Morales supo que la daga del más otario iba a al­canzar para matarlo. Y ese es el fin de un hombre. Pancho Mo­rales se amasijó solo, Orestes, peor que si se hubiera disparado un balazo al corazón.
ORESTES.— ¿Por qué siempre me tuvo de rodillas?... En casa, en el comité, yo era como gayo en corral ajeno... ¿Qué le había hecho yo? ¿Qué le debía, Vicente?
VICENTE.— Ahí está la enfermedá.
ORESTES.— ¿En él?
VICENTE.— En vos. En creer que tenías que pagar un padre.
ORESTES.— ¿Pagar?
VICENTE.— Orestes..., ¿por qué amasijaste a ese pobre disgraciao aquella vez?
ORESTES.— (Cansado.) ¡Qué sé yo!... Él me había encarga­do que le diera un susto... Era la primera faena que me encar­gaba... y yo quería hacerla bien... Pero... ¡qué se yo!... Algo no anduvo...
VICENTE.— Y lo mataste.
ORESTES.— No. Eso fue después.
VICENTE.— Contáme.
ORESTES.— Algo anduvo mal, muy mal...
VICENTE.— ¿Qué?
ORESTES.— Me encontré con uno que no le tenía miedo a Pancho Morales... ¡y no pude ni dejarlo marcao!

(Se ilumina el plano del "racconto". Está solo el padre. Orestes se le acerca, dos años antes.)

PADRE.— Siempre fuiste un chambón.
ORESTES.— ¿Entonces? (Dolido.) ¿Por qué dio el recao?
PADRE.— Pa ponerte a prueba. Creí que ya habías tenido tiempo de criar agayas... pero juré que si te veía con asco iba a ser la última.
ORESTES.— Yo no tuve miedo.
PADRE.— Ni siquiera te pedí que lo dijuntearas, solo quise que le hicieras oler el filo pa que no fuera zonzo y dejara de ha­cerme aujeros en el camino.
ORESTES.— ¡Él entendió, muy bien!
PADRE.— Y te desafió como un macho... y vos te achicaste. ¡No, si el mozo es todo un taita!... A estas horas en Palermo se deben estar haciendo el gran plato con mi hijo. Saben que lo que cualquier badulaque habría hecho con los ojos cerrados, no lo pudo hacer Orestes Morales.
ORESTES.— ¡Yo iba a pelar, desnudé el cuchiyo y le reyuné la oreja! ¡Pero él no perdió el coraje! ¡Yo habría podido tajearlo sin asco si quería!...
PADRE.— Y no quisiste.
ORESTES.— (Alterado.) ¡No pude! ¡Tenía la cabeza como olla e' grillos! ¡Él me habló y yo me enfrié, se me fueron las ga­nas! ¡Y no se puede cortar en frío!
PADRE.— ¡Cualquier cosa antes de dejarte sobrar! ¿Quién va a rispetarte ahora? ¿No te das cuenta de que te has hecho un cartel fulero?
ORESTES.— (Ansioso.) ¡Óigame! Yo me pregunto y no sé qué decirme: ¿Qué estaba haciendo yo ahí? ¡¿Qué tenía en contra de él?! Y me desayuné de que solo estaba pa matar. ¡Matar pa ser un Morales y darle el gusto!
PADRE.— Es que te has dejao ganar por las pamplinas que corren sobre mí, ¡los chismes que han levantao los maricones de galerita!
ORESTES.— ¡No sé lo que está diciendo!
PADRE.— Entonces fue porque tuviste miedo.
ORESTES.—¡Espere!...
PADRE.— (No quiere oírlo.) ¿Pa qué seguir dándole manija? No quiero más payasadas. Otro se encargará de él... porque ahora sí que hay que despacharlo, ahora no hay más remedio.
ORESTES.— ¡No mande a otro, iré yo!
PADRE.— ¿Vos? (Ríe.)
ORESTES.— ¡Iré yo!... ¡Iré yo!...
PADRE.— ¡No me hagás reír! (Se aleja hacia la sombra, rien­do.)
ORESTES.— (Lo sigue, obcecado.) ¡Iré y esta vez...!
PADRE.— El que nace barrigón, Orestes..., es al ñudo... Oja­lá hubiera escuchao a tu madre, cuando decía que vos no eras pa esta faena. Nos habríamos evitado el papelón. (Sigue aleján­dose.)
ORESTES.— ¡Óigame!
PADRE.— Mañana irá Leiva. Y no me siga cargoseando.

(Padre desaparece. Orestes se queda solo, como si la imagen del padre se le hubiera diluido por arte de magia.)

ORESTES.— (Casi grita.) ¡Iré yo! ¡Esta misma noche!... ¿Me ha oído? ¡Esta misma noche!

(Apagón. Plano actual. Orestes y Vicente en la misma situación anterior.)

VICENTE.— Es verdad... aquella noche no te tembló el pul­so, Orestes... ni un tanto.
ORESTES.— (Bajo.) Lo dejé ahí, boqueando como un pi­chón, sin darle siquiera tiempo pa' alcanzar la culata del revól­ver... ¡y no vacilé, Vicente! Ya nada tenía que cavilar... solo ha­bía que matar a un hombre...
VICENTE.— Pa darle gusto a Pancho Morales, ¿eh?
ORESTES.— ¡Quería su confianza!
VICENTE.— Y la pagaste.
ORESTES.— ¿Qué me importaba aquel disgraciao?
VICENTE.— Te importaba, o le habrías hecho sentir la daga dende la primera vez.
ORESTES.— Está bien: había que pagar.
VICENTE.— ¿Y qué ganaste con eso?... Me hacés acordar a los otarios que desplumaba la Maldonada, en el quilombo de los Portales. Así viene el amor que se paga, Orestes: tramposo... co­mo Pancho Morales, que no tuvo asco de entregarte a los milicos.
ORESTES.— Fui un otario, ¿no?
VICENTE.— (Con amistad.) Fuiste un güérfano, Orestes..., y fijáte una cosa; los güérfanos tienen eso: siempre andan como pingo que busca dueño...

(Se apaga la luz en el plano de la herrería.) (Luz en el salón, tenue.)

(Elena aparece por la puerta lateral, con un candelabro de velas, encendido, llega ataviada con un vestido rojo, completamente distinto de los que llevara hasta ese momento. El cabello suelto, juvenil. Toda ella ha rejuvenecido. Se queda un momento en el centro del escenario, como reconociéndolo. Luego, mira a su alrededor, hasta descubrir a Orestes, que estaba recostado en un sillón.)

ELENA.— ¡Orestes!
ORESTES.— (Se levanta de un salto.)
ELENA.— (Silencio.) ¿Y... Soriano?
ORESTES.—Elena...
ELENA.— (Lo abraza apasionada.) ¿Está muerto, verdad?
ORESTES.— (Se desliga de ella suavemente.) ¿Por qué... es­tás despierta todavía?
ELENA.— ¡Despierta! (Ríe.) ¡Como si el sueño hubiera sido hecho para mí! No he cerrado los ojos desde que bajaste a esperarlo.
ORESTES.— No quisiste dormir.
ELENA.— No habría podido, ¡Un millón de abejas me zumbaban en los oídos! Ahora que él está muerto... ahora sí podré dormir... días... años... toda mi vida... (Respira profundamen­te.) Ya está hecho.
ORESTES.— (Pausa larga.) ¿Y si no estuviera hecho?
ELENA.— (Lo mira vivamente, pero luego ríe.) ¡Es inútil! ¡No podés engañarme; lo sé!
ORESTES.— ¿Por qué?
ELENA.— Porque no lo oigo respirar... porque no oigo hablar las maderas del piso, las bisagras de las puertas, para que él en­trara o saliera... y ese dormitorio... y esa cama... y los susurros que me aullaban... ¡Todas las noches estallaba un volcán en mis oídos, Orestes!... Y ahora por primera vez... hay silencio... ¡tan­to silencio, que casi duele!... (Le toma las manos.) Tus manos, Orestes...
ORESTES.— ¿Qué?
ELENA.— Me lo están diciendo todo... todo... Cómo se ce­rraron en la daga, cómo volaron por el aire... ¡Todavía están hú­medas de sudor!... ¡dichosas manos! ¡Hubiera querido ser ellas, en ese momento!...
ORESTES.— Escucháme, Elena...
ELENA.— (Le tapa la boca, cariñosa, exaltada.) ¡Ya sé todo lo que vas a decirme..., estás lleno de culpa, te pesa, es un ani­mal feroz, un anillo de hierro que hoy no te dejará respirar... ¡pe­ro pasará! ¡Mañana vas a levantarte y te vas a mirar al espejo y vas a sonreír!... ¡y no estarás solo en tu alivio!
ORESTES.— (Sonríe amargo.) No. En eso no iba a estar solo...
ELENA.— ¿Por qué lo decís así?... ¡Ahora me tendrás siem­pre a tu lado! A mí, y a él, Orestes.
ORESTES.— ¿Él?
ELENA.— ¡Papá!... Los tres juntos, como cuando eras chico y él nos sentaba en su caballo para llevarnos a ver marchar los Dragones por la Avenida. ¿Te acordás?
ORESTES.— No. Nunca nos llevó a ninguna parte. Lo soñas­te.
ELENA.— (Feliz.) ¡Yo tenía tanto miedo!
ORESTES.— ¿De qué?
ELENA.— ¡De que algo se cruzara a último momento!... ¡Pe­ro no!... Lo hiciste, Orestes... Papá: nuestro Orestes... nuestro pequeño Orestes de manitos torpes... fue capaz... ¡Lo hizo solo, sin pedir ayuda!... (Ríe.) ¿Te das cuenta, papá?... ¡Estarás tan orgulloso como lo estoy yo! ¡Ahora él es nuestro, de verdad! (Co­mienza a reír algo histérica.)
ORESTES.— ¡Elena!... (La zamarrea.) ¿Has perdido el juicio?
ELENA.— (Ríe.) ¡Sí! ¡No me mires con esos ojos! ¡Lo conser­vé durante años, helado, frío, espantoso, montando guardia jun­to al dormitorio de ella!... ¡Ahora con este silencio puedo reír y oír mi risa en las paredes, como antes la risa de ella... porque ahora somos libres, Orestes!
ORESTES.— ¿Libres? ¿Para qué?
ELENA.— (Ríe.) ¡No sé!... ¡Es tan nuevo que no sé qué ha­cer con mi alivio! (De pronto.) ¡Orestes, nos iremos!... que ella se quede con este desierto, con el luto, con las lágrimas...
ORESTES.— Decías que este era tu mundo.
ELENA.— ¡Lo era! ¿Qué mejor mundo para un rencor? ¡Pero ahora mi rencor está muerto y una no vive con los cadáveres! (De nuevo va hacia él y lo toma de las manos.) ¡Contámelo to­do!... ¡yo desde que me dejaste, estuve viviendo un siglo por ca­da segundo tuyo! ¿No me sentías a tu lado?
ORESTES.— Elena...
ELENA.— (Exaltada.) ¿Esperaste aquí, verdad?... Esperaste que él acabara con los gallos...
ORESTES.— Sí.
ELENA.— Lo escuchaste cerrar las puertas...
ORESTES.— Sí, lo escuché.
ELENA.— (Viviéndolo.) Él ni se imaginaba que vos estabas aquí...
ORESTES.— No lo sabía.
ELENA.— Entonces te levantaste... llegaste al reñidero... (Lo mira súbitamente.) ¿Te duele recordar?... (Se le acerca ansiosa.) No me cuentes nada entonces. Dejá para mí todo lo malo, lo negro, lo triste, las culpas, todo! ¡Yo las puedo llevar fácilmente! ¡Yo te voy a defender, Orestes, como te defendí siempre! ¡Cuándo eras chico y de noche te despertabas gritando vos venías a buscarme a mí! ¡A mí, no a ella! ¡Yo fui tu madre, no ella! ¡Ella estaba sucia de las manos de Soriano!
ORESTES.— (Silencio.) No lo maté.

(Elena se aparta bruscamente de él, como si quemara. Cambia radicalmente en un instante.)

ELENA.— De nuevo estás mintiendo.
ORESTES.— No había por qué matarlo, Elena.

(Elena lo mira solamente. Toda ella va volviéndose la mujer del primer acto. Orestes ansiosamente trata de explicarse.)

ORESTES.— ¿No te das cuenta de que habías estado odian­do a una sombra, a un fantasma? ¡Soriano no era nadie, Elena! ¡Un pobre diablo que se calló y disimuló durante cinco años!... ¡Pancho Morales ni se desayunó siquiera, de tan delgada que fue la traición!
ELENA.— (Dura.) ¿Tanto no era nada que pudo matar a pa­pá?
ORESTES.— ¡Ni siquiera eso! ¡Soriano fue la daga, pero no la voluntad de matar! ¡Yo los disprecio, mas la causa no me ha­ce estrilar, el odio no me cabe!
ELENA.— (Rencorosa, in crescendo.) ¡El odio no cabe cuan­do uno no le hace lugar... y cuando uno no le hace lugar, pero es justo, el odio entra a rempujones, pero entra!
ORESTES.— Oíme..., vos me tenés que entender... Yo me estoy haciendo pedazos pa decírtelo... Recién, al volver, estuve cavilando...
ELENA.— (Lo interrumpe.) ¿Cuándo estuviste aquí, esperan­do a Soriano, quién vino a acompañarte?
ORESTES.— (La mira en silencio.)
ELENA.— Ella, ¿verdad?
ORESTES.— ¡Sí! Pero...
ELENA.— ¡Ahora lo entiendo todo! ¡Ella te llenó la cabeza de mentiras! ¡Ella lo adivinaba y fue a buscarte! ¡Es bien zorra y te compró con su ternura engañosa!
ORESTES.— ¡Dejáme decírtelo todo!
ELENA.— (No lo deja hablar.) ¡Y vos te dejaste comprar por­que en el fondo papá no te importaba!
ORESTES.— ¡Fue el único que me importó! ¡Elena!.... ¡Su enemistad, su malquerer, me llamaban mucho más que el ma­noseo empalagoso de ella!... Debe ser que uno solo vive pa ga­nar el aprecio de los que nos esquivan... y él... toda la vida me tuvo así: distanciao.
ELENA.— Porque fuiste un cobarde.
ORESTES.— ¡No es verdad!
ELENA.— ¡Un cobarde! ¡Y papá solo tenía en bien a los ca­paces de darlo todo por él!
ORESTES.— Más de lo que di yo, no tenía. ¡Años me costó!
ELENA.— (Violenta.) ¡Años que no sirvieron para nada! ¡Cuándo volviste creía que te habían bastado para hacerte de piedra, pero solo volvió un payaso!
ORESTES.— Cayáte...
ELENA.— ¡Hasta Soriano fue más hombre!... Mañana todo el mundo se te va a reír en la cara. ¡Miren al hijo de Pancho Mora­les! ¡Al felón!
ORESTES.— (Se acerca a ella, embargado cada vez más por la violencia.) ¡Cayáte!
ELENA.— (In crescendo.) ¡Al felón! ¡Al felón! ¡Al felón! ¡Al traidor! ¡Al que eligió el bando de ella! ¡Al que se hizo su guar­dián para defenderla! ¡Seco de envidia!...
ORESTES.— (Gritando.) ¡Nunca he tenido nada que envi­diarle!
ELENA.— ¡Le envidiaste todo! ¡Desde que eras chico! ¡Su coraje, su hombría!
ORESTES.— (Ya no puede más, la aferra del cuello a punto de matarla.) (En grito.) ¡Cayáte! ¡Cayáte! ¡No es verdad! ¡No es verdad!

(Se ilumina el reñidero y aparece el padre, encendiendo un cigarro, sonriendo despectivo. Orestes suelta a Elena.)

PADRE.— Ya me lo esperaba...
ORESTES.— ¡Papá!...
PADRE.— Te faltaron agayas, Orestes. Fue una achicada más.

(Orestes va hacia él, angustiado.)

ORESTES.— ¡Yo estaba decidido cuando lo esperaba! ¡No le tenía asco!
PADRE.— El resultado está a la vista.
ORESTES.— ¿A qué seguir matando? ¡Ya tengo las manos rojas!
PADRE.— Era tu última oportunidad.

(Padre comienza a irse, Orestes casi a punto de seguirlo.)

ORESTES.— ¡Espere! ¡No se vaya todavía! Yo nunca le al­cancé a decir...
PADRE.— ¿Decir?... (Sonríe.) ¿Y de qué sirve? (Padre desaparece.)

ORESTES.— (Angustiado.) Yo quería saber... ¡¿Por qué hay que pagar pa ser un Morales?! ¡¿Quién ha puesto el precio... y dónde está aquel que da, sin pedir nada en cambio?!...

(Súbitamente entran en la sala Soriano seguido por Nélida.)

SORIANO.— ¿Qué son esos gritos?
NÉLIDA.— ¿Qué ha pasado?

(Orestes sin control se vuelve vivamente cuchillo en mano y mata a Soriano que cae como derrumbado. Nélida al verlo corre a Orestes.)

NÉLIDA— ¡¡Orestes!!

Nélida llega hasta su hijo casi en un abrazo de­sesperado hundiéndose el cuchillo que Orestes tiene en la mano, como atónita y cae lentamente, muerta.
Elena ha asistido a la escena inmóvil. Orestes ba­ja la vista y mira a la madre como si recién se die­ra cuenta de lo que ha pasado. Suelta el cuchillo, temblando, retrocede unos pasos y repentina­mente, con un grito desgarrador, sale por la puer­ta que da a la calle como perseguido por todas las furias. Elena no se mueve. Baja la luz, comienza a oírse tema musical final y CAE EL TELÓN FINAL

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