EL MERCADER DE VENECIA. SHAKESPEARE.























EL MERCADER DE VENECIA

PERSONAJES

EL DUX
EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS
Pretendientes de Porcia
EL PRÍNCIPE DE ARAGÓN
Pretendientes de Porcia
ANTONIO, mercader de Venecia
BASANIO, su amigo SALANIO,
Amigos de Antonio
SALAR INO, Amigos de Antonio
GRACIANO, Amigos de Antonio
SALERIO, Amigos de Antonio
LOR ENZO, amante de Jéssica
SYLOCK, judío
TÚBAL, otro judío, amigo suyo
LANZAROTE GOBBO, criado de Sylock
EL VIEJO GOBBO, padre de Lanzarote
LEONARDO, criado de Basanio
BALTASAR, Criados de Porcia
ESTÉFANO, Criados de Porcia
PORCIA, rica heredera
NERISSA, doncella de Porcia
JÉSSICA, hija de Sylock,
SENADORES de Venecia,
OFICIALES del Tribunal de Justicia,
CARCELEROS, CRIADOS Y otros...

La escena es parte en Venecia, parte en Belmonte, quinta de Portia, en  el continente .


ACTO I
ESCENA PRIMERA

Venecia. Una calle.

ANTONIO, SALARINO Y SALANIO

ANTONIO
No entiendo la causa de mi tristeza. A vosotros y a mí igualmente nos  fatiga, pero no sé cuándo ni dónde ni de qué manera la adquirí, ni de qué origen mana. Tanto se ha apoderado de mis sentidos la tristeza, que ni aun acierto a conocerme a mí mismo.
SALARINO
Tu mente vuela sobre el Océano, donde tus naves, con las velas hinchadas,  cual señoras o ricas ciudadanas de las olas, dominan a los pequeños traficantes, que cortésmente les saludan cuando las encuentran en su rápida marcha.
SALANIO
Créeme, señor; si yo tuviese confiada tanta parte de mi fortuna al mar,  nunca se alejaría de él mi pensamiento. Pasaría las horas en arrancar el césped, para conocer de dónde sopla el viento; buscaría continuamente en el mapa los puertos, Al soplar en el caldo, sentiría dolores de fiebre intermitente, pensando que el soplo del viento puede embestir mi bajel. Cuando viera bajar la arena en el reloj, pensaría en los bancos de arena en que mi nave puede encallarse desde el tope a la quilla, como besando su propia sepultura.
Al ir a misa, los arcos de la iglesia me harían pensar en los escollos
donde puede dar de través mi pobre barco, y perderse todo su cargamento,
sirviendo las especias orientales para endulzar las olas, y mis sedas para
engalanarlas. Creería que en un momento iba a desvanecerse mi fortuna.
Sólo el pensamiento de que esto pudiera suceder me pone triste. ¿No ha de
estarlo Antonio?
ANTONIO
No, porque gracias a Dios no va en esa nave toda mi fortuna, ni depende
mi esperanza de un solo puerto, ni mi hacienda de la fortuna de este año.
No nace del peligro de mis mercaderías mi cuidado.
SALANIO
Luego, estás enamorado.
ANTONIO
Calla, calla.
SALANIO
¡Conque tampoco estás enamorado! Entonces diré que estás triste porque
no estás alegre, y lo mismo podías dar un brinco, y decir que estabas
alegre porque no estabas triste. Os juro por Jano el de dos caras, amigos
míos, que nuestra madre común la Naturaleza se divirtió en formar seres
extravagantes. Hay hombres que al oír una estridente gaita, cierran estúpidamente
los ojos y sueltan la carcajada, y hay otros que se están tan graves
y serios como niños, aunque les digas los más graciosos chistes.
(Salen Basanio, Lorenzo y Graciano)
SALANIO
Aquí vienen tu pariente Basanio, Graciano y Lorenzo. Bien venidos.
Ellos te harán buena compañía.
SALARINO
No me iría hasta verte desenojado, pero ya que tan nobles amigos vienen,
con ellos te dejo.
ANTONIO
Mucho os amo, creedlo. Cuando os vais, será porque os llama algún negocio
grave, y aprovecháis este pretexto para separaros de mí.
SALARINO
Adiós, amigos míos.
BASANIO
Señores, ¿cuándo estaréis de buen humor? Os estáis volviendo agrios e
indigestos. ¿Y por qué?
SALARINO
Adiós: pronto quedaremos desocupados para serviros.
(Vanse SALARINO y SALANIO) LORENZO
Señor Basanio, te dejamos con Antonio. No olvides, a la hora de comer,
ir al sitio convenido.
BASANIO
Sin falta.
GRACIANO
Mala cara pones, Antonio. Mucho te apenan los cuidados del mundo.
Caros te saldrán sus placeres, o no los gozarás nunca. Noto en ti cierto
cambio desagradable.
ANTONIO
Graciano, el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno
hace su papel. El mío es bien triste.
GRACIANO
El mío será el de gracioso. La risa y el placer disimularán las arrugas de
mi cara. Abráseme el vino las entrañas, antes que el dolor y el llanto me
hielen el corazón. ¿Por qué un hombre, que tiene sangre en las venas, ha de
ser como una estatua de su abuelo en mármol? ¿Por qué dormir despiertos,
y enfermar de capricho? Antonio, soy amigo tuyo. Escúchame. Te hablo
como se habla a un amigo. Hombres hay en el mundo tan tétricos que
sus rostros están siempre, como el agua del pantano, cubiertos de espuma
blanca, y quieren con la gravedad y el silencio adquirir fama de doctos
y prudentes, como quien dice: «Soy un oráculo. ¿Qué perro se atreverá a
ladrar, cuando yo hablo?» Así conozco a muchos, Antonio, que tienen reputación
de sabios por lo que se callan, y de seguro que si despegasen los
labios, los mismos que hoy los ensalzan serían los primeros en llamarlos necios.
Otra vez te diré más sobre este asunto. No te empeñes en conquistar
por tan triste manera la fama que logran muchos tontos. Vámonos, Lorenzo.
Adiós. Después de comer, acabaré el sermón.
LORENZO
En la mesa nos veremos. Me toca el papel de sabio mudo, ya que Graciano
no me deja hablar.
GRACIANO
Si sigues un año más conmigo, desconocerás hasta el eco de tu voz.
ANTONIO
Me haré charlatán, por complacerte.
GRACIANO
Harás bien. El silencio sólo es oportuno en lenguas en conserva, o en
boca de una doncella casta e indomable.
(Vanse Graciano y Lorenzo) Antonio
¡Vaya una locura!
BASANIO
No hay en toda Venecia quien hable más disparatadamente que Gracia-
no. Apenas hay en toda su conversación dos granos de trigo entre dos fanegas
de paja: menester es trabajar un día entero para hallarlos, y aun después
no compensan el trabajo de buscarlos.
ANTONIO
Dime ahora, ¿quién es la dama, a cuyo altar juraste ir en devota peregrinación,
y de quien has ofrecido hablarme?
BASANIO
Antonio, bien sabes de qué manera he malbaratado mi hacienda en alardes
de lujo no proporcionados a mis escasas fuerzas. No me lamento de la
pérdida de esas comodidades. Mi empeño es sólo salir con honra de los
compromisos en que me ha puesto mi vida. Tú, Antonio, eres mi principal
acreedor en dineros y en amistad, y pues que tan de veras nos queremos,
voy a decirte mi plan para librarme de deudas.
ANTONIO
Dímelo, Basanio: te lo suplico; y si tus propósitos fueran buenos y honrados,
como de fijo lo serán, siendo tuyos, pronto estoy a sacrificar por ti
mi hacienda, mi persona y cuanto valgo.
BASANIO
Cuando yo era muchacho, y perdía el rastro de una flecha, para encontrarla
disparaba otra en igual dirección, y solía, aventurando las dos, lograr
entrambas. Pueril es el ejemplo, pero lo traigo para muestra de lo candoroso
de mi intención. Te debo mucho, y quizá lo hayas perdido sin remisión;
pero puede que si disparas con el mismo rumbo otra flecha, acierte yo las
dos, o lo menos pueda devolverte la segunda, agradeciéndote siempre el
favor primero.
ANTONIO
Basanio, me conoces y es perder el tiempo traer ejemplos, para convencerme
de lo que ya estoy persuadido. Todavía me desagradan más tus dudas
sobre lo sincero de mi amistad, que si perdieras y malgastaras toda mi
hacienda. Dime en que puedo servirte y lo haré con todas veras.
BASANIO
En Belmonte hay una rica heredera. Es hermosísima, y además un portento
de virtud. Sus ojos me han hablado, más de una vez, de amor. Se llama
Porcia, y en nada es inferior a la hija de Catón, esposa de Bruto. Todo el
mundo conoce lo mucho que vale, y vienen de apartadas orillas a pretender
su mano. Los rizos, que cual áureo vellocino penden de su sien, hacen de
la quinta de Belmonte un nuevo Colcos ambicionado por muchos Jasones.
¡Oh, Antonio mío! Si yo tuviera medios para rivalizar con cualquiera de
ellos, tengo el presentimiento de que había de salir victorioso.
ANTONIO
Ya sabes que tengo toda mi riqueza en el mar, y que hoy no puedo darte
una gran suma. Con todo eso, recorre las casas de comercio de Venecia;
empeña tú mi crédito hasta donde alcance. Todo lo aventuraré por ti: no
habrá piedra que yo no mueva, para que puedas ir a la quinta de tu amada.
Ve, infórmate de dónde hay dinero. Yo haré lo mismo y sin tardar. Malo
será que por amistad o por fianza no logremos algo.


ESCENA II

Belmonte. Gabinete en la quinta de Porcia

PORCIA Y NERISSA

NERISSA
Eso fuera, señora, si tus desgracias fueran tantas y tan prolijas como tus
dichas. No obstante, tanto se padece por exceso de goces como por defecto.
No es poca dicha atinar con el justo medio. Lo superfluo cría muy pronto
canas. Por el contrario la moderación es fuente de larga vida.
PORCIA
Sanos consejos, y muy bien expresados.
NERISSA
Mejores fueran, si alguien los siguiese.
PORCIA
Si fuera tan fácil hacer lo que se debe, como conocerlo, las ermitas serian
catedrales, y palacios las cabañas. El mejor predicador es el que, no
contento con decantar la virtud, la practica. Mejor podría yo enseñársela
a veinte personas, que ser yo una de las veinte y ponerla en ejecución. Bien
inventa el cerebro leyes para refrenar la sangre, pero el calor de la juventud
salta por las redes que le tiende la prudencia, fatigosa anciana. Pero si
discurro de esta manera, nunca llegaré a casarme. Ni podré elegir a quien
me guste ni rechazar a quien me enoje: tanto me sujeta la voluntad de mi
difunto padre.
NERISSA
Tu padre era un santo, y los santos suelen acertar, como inspirados, en
sus postreras voluntades. Puedes creer que sólo quien merezca tu amor
acertará ese juego de las tres cajas de oro, plata y plomo, que él imaginó,
para que obtuviese tu mano el que diera con el secreto. Pero, dime, ¿no te
empalagan todos esos príncipes que aspiran a tu mano?
PORCIA
Vete nombrándolos, yo los juzgaré. Por mi juicio podrás conocer el cariño
que les tengo.
NERISSA
Primero, el príncipe napolitano.
PORCIA
No hace más que hablar de su caballo, y cifra todo su orgullo en saber
herrarlo por su mano. ¿Quién sabe si su madre se encapricharía de algún
herrador?
NERISSA
Luego viene el conde Palatino.
PORCIA
Que está siempre frunciendo el ceño, como quien dice: «Si no me quieres,
busca otro mejor». No hay chiste que baste a distraerle. Mucho me
temo que quien tan femenilmente triste se muestra en su juventud, llegue
a la vejez convertido en filósofo melancólico. Mejor me casaría con una calavera
que con ninguno de esos. ¡Dios me libre!
PORCIA
Será hombre, pero sélo porque es criatura de Dios. Malo es burlarse del
prójimo, pero de éste... Su caballo es mejor que el del napolitano, y su ceño
todavía más arrugado que el del Palatino. Junta los defectos de uno y otro,
y a todo esto añade un cuerpo que no es de hombre. Salta en oyendo cantar
un mirlo, y se pelea hasta con su sombra. Casarse con él, sería casarse
con veinte maridos. Le perdonaría si me aborreciese, pero nunca podría
yo amarle.
NERISSA
¿Y Falconbridge, el joven barón inglés?
PORCIA
Nunca hablo con él, porque no nos entendemos. Ignora el latín, el francés
y el italiano. Yo, puedes jurar que no sé una palabra de inglés. No tiene
mala figura, pero ¿quién ha de hablar con una estatua? ¡Y qué traje más extravagante
el suyo! Ropilla de Italia, calzas de Francia, gorra de Alemania,
y modales de todos lados.
NERISSA
¿Y su vecino, el lord escocés?
PORCIA
Buen vecino. Tomó una bofetada del inglés, y juró devolvérsela. El francés
dio fianza con otro bofetón.
NERISSA
¿Y el joven alemán, sobrino del duque de Sajonia?
PORCIA
Mal cuando está en ayunas, y peor después de la borrachera. Antes parece
menos que hombre, y después más que bestia. Lo que es con ése, no
cuento.
NERISSA
Si él fuera quien acertase el secreto de la caja, tendrías que casarte con
él, por cumplir la voluntad de tu padre.
PORCIA
Lo evitarás, metiendo en la otra caja una copa de vino del Rin; no dudes
que, andando el demonio en ello, la preferirá. Cualquier cosa, Nerissa,
antes que casarme con esa esponja.
NERISSA
Señora, paréceme que no tienes que temer a ninguno de esos encantadores.
Todos ellos me han dicho que se vuelven a sus casas, y no piensan
importunarte más con sus galanterías, si no hay otro medio de conquistar
tu mano que el de la cajita dispuesta por tu padre.
PORCIA
Aunque viviera yo más años que la Sibila, me moriría tan virgen como
Diana, antes que faltar al testamento de mi padre. En cuanto a esos amantes,
me alegro de su buena resolución, porque no hay entre ellos uno solo
cuya presencia me sea agradable. Dios les depare buen viaje.
¿Te acuerdas, señora, de un veneciano docto en letras y armas que, viviendo
tu padre, vino aquí con el marqués de Montferrato?
PORCIA
Sí. Pienso que se llamaba Basanio.
NERISSA
Es verdad. Y de cuantos hombres he visto, no recuerdo ninguno tan digno
del amor de una dama como Basanio.
PORCIA
Mucho me acuerdo de él, y de que merecía bien tus elogios. (Sale un
criado.) ¿Qué hay de nuevo?
EL CRIADO
Los cuatro pretendientes vienen a despedirse de vos, señora, y un correo
anuncia la llegada del príncipe de Marruecos que viene esta noche.
PORCIA
¡Ojalá pudiera dar la bienvenida al nuevo, con el mismo gusto con que
despido a los otros! Pero si tiene el gesto de un demonio, aunque tenga el
carácter de un ángel, más quisiera confesarme que casar con él. Ven conmigo,
Nerissa. Y tú, delante (al criado). Apenas hemos cerrado la puerta a
un amante, cuando otro llama.


ESCENA III

Plaza de Venecia

BASANIO Y SYLOCK

SYLOCK
Tres mil ducados. Está bien.
BASANIO
Sí, por tres meses.
SYLOCK
Bien, por tres meses.
BASANIO
Fiador Antonio.
SYLOCK
Antonio fiador. Está bien.
BASANIO
Tres mil ducados por tres meses: fiador Antonio.
BASANIO
¿Y qué decís a eso?
SYLOCK
Antonio es hombre honrado.
BASANIO
¿Y qué motivos tienes para dudarlo?
SYLOCK
No, no; motivo ninguno; quiero decir que es buen pagador, pero tiene
muy en peligro su caudal. Un barco para Trípoli, otro para las Indias. Ahora
me acaban de decir en el puente de Rialto, que prepara un navío para
Méjico y otro para Inglaterra. Así tiene sus negocios y capital esparcidos
por el mundo. Pero, al fin, los barcos son tablas y los marineros hombres.
Hay ratas de tierra y ratas de mar, ladrones y corsarios, y además vientos,
olas y bajíos. Pero repito que es buen pagador. Tres mil ducados... creo que
aceptaré la fianza.
BASANIO
Puedes aceptarla con toda seguridad.
SYLOCK
¿Por qué? Lo pensaré bien. ¿Podré hablar con él mismo?
BASANIO
Vente a comer con nosotros.
SYLOCK
No, para no llenarme de tocino. Nunca comeré en casa donde vuestro
profeta, el Nazareno, haya introducido sus diabólicos sortilegios. Compraré
vuestros géneros: me pasearé con vosotros; pero comer, beber y orar...
ni por pienso. ¿Qué se dice en Rialto? ¿Quién es éste?

(Sale Antonio)

BASANIO
El señor Antonio.
SYLOCK
(Aparte.) Tiene aire de publicano. Le aborrezco porque es cristiano, y
además por el necio alarde que hace de prestar dinero sin interés, con lo
cual está arruinando la usura en Venecia. Si alguna vez cae en mis manos,
yo saciaré en él todos mis odios. Sé que es grande enemigo de nuestra santa
nación, y en las reuniones de los mercaderes me llena de insultos, llamando
vil usura a mis honrados tratos. ¡Por vida de mi tribu, que no le he de
perdonar!
¿Oyes, Sylock?
SYLOCK
Pensaba en el dinero que me queda, y ahora caigo en que no puedo reunir
de pronto los tres mil ducados. Pero ¿qué importa? Ya me los prestará
Túbal, un judío muy rico de mi tribu. ¿Y por cuántos meses quieres ese dinero?
Dios te guarde, Antonio. Hablando de ti estábamos.
ANTONIO
Aunque no soy usurero, y ni presto ni pido prestado, esta vez quebranto
mi propósito, por servir a un amigo. Basanio, ¿has dicho a Sylock lo que
necesitas?
SYLOCK
Lo sé: tres mil ducados.
ANTONIO
Por tres meses.
SYLOCK
Ya no me acordaba. Es verdad... Por tres meses... Pero antes decías que
no prestabas a usura ni pedías prestado.
ANTONIO
Sí que lo dije.
SYLOCK
Cuando Jacob apacentaba los rebaños de Labán... Ya sabes que Jacob,
gracias a la astucia de su madre, fue el tercer poseedor después de Abraham...
Sí, el tercero.
ANTONIO
¿Y Jacob prestaba dinero a usura?
SYLOCK
No precisamente como nosotros, pero fíjate en lo que hizo. Pactó con
Labán que le diese como salario todos los corderos manchados de vario
color que nacieran en el hato. Llegó el otoño, y las ovejas fueron en busca
de los corderos. Y cuando iban a ayuntarse los lanudos amantes, el astuto
pastor puso unas varas delante de las ovejas, y al tiempo de la cría todos los
corderos nacieron manchados, y fueron de Jacob. Este fue su lucro y usura,
y por él le bendijo el cielo, que bendice siempre el lucro honesto, aunque
maldiga el robo.
ANTONIO
Eso fue un milagro que no dependía de su voluntad sino de la del cielo,
y Jacob se expuso al riesgo. ¿Quieres con tan santo ejemplo canonizar tu
abominable trato? ¿O son ovejas y corderos tu plata y tu oro?
SYLOCK
Atiende, Basanio. El mismo demonio, para disculpar sus maldades, cita
ejemplos de la Escritura. El espíritu infame, que invoca el testimonio de
las santas leyes, se parece a un malvado de apacible rostro o a una hermosa
fruta comida de gusanos.
SYLOCK
Tres mil ducados... Cantidad alzada, y por tres meses... Suma la
ganancia...
ANTONIO
¿Admitís el trato: sí o no, Sylock?
SYLOCK
Señor Antonio, innumerables veces me habéis reprendido en el puente
de Rialto por mis préstamos y usuras, y siempre lo he llevado con paciencia,
y he doblado la cabeza, porque ya se sabe que el sufrimiento es virtud
de nuestro linaje. Me has llamado infiel y perro; y todo esto sólo por tu
capricho, y porque saco el jugo a mi paciencia, como es mi derecho. Ahora
me necesitas, y vienes diciendo: «Sylock, dame dineros». Y esto me lo dice
quien derramó su saliva en mi barba, quien me empujó con el pie como a
un perro vagabundo que entra en casa extraña. ¿Y yo qué debía responderte
ahora? «No: ¿un perro cómo ha de tener hacienda ni dinero? ¿Cómo ha
de poder prestar tres mil ducados?» o te diré en actitud humilde y con voz
de siervo: «Señor, ayer te plugo escupirme al rostro: otro día me diste un
puntapié y me llamaste perro, y ahora, en pago de todas estas cortesías, te
voy a prestar dinero».
ANTONIO
Volveré a insultarte, a odiarte y a escupirte a la cara. Y si me prestas ese
dinero, no me lo prestes como amigo, que si lo fueras, no pedirías ruin
usura por un metal estéril e infecundo. Préstalo, como quien presta a su
enemigo, de quien puede vengarse a su sabor si falta al contrato.
SYLOCK
¡Y qué enojado estáis! ¡Y yo que quería granjear vuestra amistad, olvidando
las afrentas de que me habéis colmado! Pienso prestaros mi dinero
sin interés alguno. Ya veis que el ofrecimiento no puede ser más generoso.
ANTONIO
Así parece.
SYLOCK
Venid a casa de un escribano, donde firmaréis un recibo prometiendo
que si para tal día no habéis pagado, entregaréis en cambio una libra justa
de vuestra carne, cortada por mí del sitio de vuestro cuerpo que mejor me
pareciere.
ANTONIO
Me agrada el trato: le firmaré, y diré que por fin he encontrado un judío
generoso.
BASANIO
No firmarás, en ventaja mía, esa escritura: prefiero no salir nunca de mi
desesperación.
SYLOCK
¡Oh, padre Abraham! ¡Qué mala gente son los cristianos! Miden a todos
los demás con la vara de su mala intención. Decidme: si Antonio dejara de
pagarme en el plazo convenido, ¿qué adelantaba yo con exigirle que cumpliera
el contrato? Después de todo, una libra de carne humana vale menos
que una de buey, carnero o cabra. Creedme, que si propongo tal condición,
es sólo por ganarme su voluntad. Si os agrada, bien: si no, no me maltrates,
siquiera por la buena amistad que te muestro.
ANTONIO
Cierro el trato y doy la fianza.
SYLOCK
Pronto, a casa del notario. Dictad ese chistoso documento. Yo buscaré el
dinero, pasaré por mi casa, que está mal guardada por un holgazán inútil,
y en seguida soy con vosotros.

(Se va)

ANTONIO
Vete con Dios, buen judío. Este se va a volver cristiano. Me pasma su
generosidad.
BASANIO
Sospechosas se me antojan frases tan dulces en boca de semejante
malvado.
ANTONIO
No temas. El plazo es bastante largo, para que vuelvan mis navíos antes
de cumplirse.


ACTO II
ESCENA PR IMER A

Sala en la quinta de Porcia

(Salen el Príncipe de Marruscos y su servidumbre: Porcia, Nerissa y sus
doncellas.)

EL PRÍNCIPE
No os enoje, bella Porcia, mi color moreno, hijo del sol ardiente bajo el
cual nací. Pero venga el más rubio de los hijos del frío Norte, cuyo hielo
no deshace el mismo Apolo: y ábranse juntamente, en presencia vuestra,
las venas de uno y otro, a ver cuál de los dos tiene más roja la sangre. Señora,
mi rostro ha atemorizado a los más valientes, y juro por el amor que
os tengo que han suspirado por él las doncellas más hermosas de mi tierra.
Sólo por complaceros, dulce señora mía, consintiera yo en mudar de
semblante.
PORCIA
No es sólo capricho femenil quien me aconseja y determina: mi elección
no depende de mi albedrío. Pero si mi padre no me hubiera impuesto una
condición y un freno, mandándome que tomase por esposo a quien acertara
el secreto que os dije, tened por seguro, ilustre príncipe, que os juzgaría
tan digno de mi mano como a cualquier otro de los que la
EL PRÍNCIPE
Mucho os lo agradece mi corazón. Mostradme las cajas: probemos el
dudoso empeño. ¡Juro, señora, por mi alfanje, matador del gran Sofí y del
príncipe de Persia, y vencedor en tres batallas campales de todo el poder
del gran Solimán de Turquía, que con el relámpago de mis ojos haré bajar
la vista al hombre más esforzado, desafiaré a mortífera lid al de más aliento,
arrancaré a la osa o a la leona sus cachorros, sólo por lograr vuestro amor!
Pero ¡ay! si el volver de los dados hubiera de decidir la rivalidad entre Alcides
y Licas, quizás el fallo de la voluble diosa sería favorable al de menos
valer, y Alcides quedaría siervo del débil garzón. Por eso es fácil que, entregada
mi suerte a la fortuna, venga yo a perder el premio, y lo alcance otro
rival que lo merezca mucho menos.
PORCIA
Necesario es sujetarse a la decisión de la suerte. O renunciad a entrar en
la prueba, o jurad antes que no daréis la mano a otra mujer alguna si no
salís airoso del certamen.
EL PRÍNCIPE
Lo juro. Probemos la ventura.
PORCIA
Ahora a la iglesia, y luego al festín. Después entraréis en la dudosa cueva.
Vamos.
EL PRÍNCIPE
¿Qué me dará la fortuna: eterna felicidad o triste muerte?

ESCENA II

Una calle de Venecia
(Sale Lanzarote   y  Gobbo)

LANZAROTE
¿Por qué ha de remorderme la conciencia cuando escapo de casa de mi
amo el judío? Viene detrás de mi el diablo gritándome: «Gobbo, Lanzarote
Gobbo, buen Lanzarote, o buen Lanzarote Gobbo, huye, corre a toda
prisa». Pero la conciencia me responde: «No, buen Lanzarote, Lanzarote
Gobbo, o buen Lanzarote Gobbo, no huyas, no corras, no te escapes»; y
prosigue el demonio con más fuerza: «Huye, corre, aguija, ten ánimo, no
te detengas». Y mi conciencia echa un nudo a mi corazón, y con prudencia
me replica: «Buen Lanzarote, amigo mío, eres hijo de un hombre de
bien...» o más bien, de una mujer de bien, porque mi padre fue algo inclinado
a lo ajeno. E insiste la conciencia: «Detente, Lanzarote». Y el demonio
me repite: «Escapa». La conciencia: «No lo hagas». Y yo respondo: «Conciencia,
son buenos tus consejos... Diablo, también los tuyos lo son». Si
yo hiciera caso de la conciencia, me quedaría con mi amo el judío, que es,
después de todo, un demonio. ¿Qué gano en tomar por señor a un diablo
en vez de otro? Mala debe de ser mi conciencia, pues me dice que guarde
fidelidad al judío. Mejor me parece el consejo del demonio. Ya te obedezco
y echo a correr.

(Sale el viejo Gobbo)

GOBBO
Decidme, caballero: ¿por dónde voy bien a casa del judío?
LANZAROTE
Gobbo
Decidme, joven, ¿dónde es la casa del judío?
LANZAROTE
Torced primero a la derecha; luego a la izquierda; tomad la callejuela
siguiente, dad la vuelta, y luego torciendo el camino, toparéis la casa del
judío.
GOBBO
A fe mía, que son buenas señas. Difícil ha de ser atinar con el camino.
¿Y sabéis si vive todavía con él un tal Lanzarote?
LANZAROTE
¡Ah sí, Lanzarote, un caballero joven! ¿Habláis de ese?
GOBBO
Aquel de quien yo hablo no es caballero, sino hijo de humilde padre,
pobre aunque muy honrado, y con buena salud a
Dios gracias.
LANZAROTE
Su padre será lo que quiera, pero ahora tratamos del caballero
Lanzarote.
GOBBO
No es caballero, sino muy servidor vuestro, y yo también.
LANZAROTE
Ergo, oídme por Dios, venerable anciano..., ergo habláis del joven
Lanzarote.
GOBBO
De Lanzarote sin caballero, por más que os empeñéis, señor.
LANZAROTE
Pues sí, del caballero Lanzarote. Ahora bien, no preguntéis por ese joven
caballero, porque en realidad de verdad, el hado, la fortuna o las tres
inexorables Parcas le han quitado de en medio, o dicho en términos más
vulgares, ha muerto.
GOBBO
¡Dios mío! ¡Qué horror! Ese niño que era la esperanza y el consuelo de
mi vejez.
LANZAROTE
¿Acaso tendré yo cara de báculo, arrimo o cayado? ¿No me conoces,
padre?
GOBBO
Padre, ¿pero no me conoces?
GOBBO
No, caballero; soy corto de vista; perdonad.
LANZAROTE
Y aunque tuvieras buena vista, trabajo te había de costar conocerme,
que nada hay más difícil para un padre que conocer a su verdadero hijo.
Pero en fin, yo os daré noticias del pobre viejo. (Se pone de rodillas). Dame
tu bendición: siempre acaba por descubrirse la verdad.
GOBBO
Levantaos, caballero. ¿Qué tenéis que ver con mi hijo Lanzarote?
LANZAROTE
No más simplezas: dame tu bendición. Soy Lantarote, tu hijo, un pedazo
de tus entrañas.
GOBBO
No creo que seas mi hijo.
LANZAROTE
Eso vos lo sabéis, aunque no sé qué pensar; pero en fin, conste que soy
Lanzarote, criado del judío, y que mi madre se llama Margarita, y es tu
mujer.
GOBBO
Tienes razón: Margarita se llama. Luego, sí eres Lanzarote, estoy seguro
de que eres mi hijo. ¡Pero qué barbas, más crecidas que las cerdas de la cola
de mi rocín! ¡Y qué semblante tan diferente tienes! ¿Qué tal lo pasas con tu
amo? Llevo por él un regalo.
LANZAROTE
No esta mal. Pero yo no pararé de correr hasta verme en salvo. No hay
judío más judío que mi amo. Una cuerda para ahorcarle, y ni un regalo
merece. Me mata de hambre. Dame ese regalo, y se lo llevaré al señor Basanio.
¡Ese sí que da flamantes y lucidas libreas! Si no me admite de criado
suyo, seguiré corriendo hasta el fin de la tierra. Pero ¡felicidad nunca soñada!
aquí está el mismísimo Basanio. Con él me voy, que antes de volver a
servir al judío, me haría judío yo mismo.

(Salen Basanio, Leonardo y otros)

BASANIO
Haced lo que tengáis que hacer, pero apresuraos; la cena para las cinco.
Llevad a su destino estas cartas, apercibid las libreas. A Graciano, que vaya
luego a verme a mi casa.

(Se va un criado)

LANZAROTE
Padre, acerquémonos a él.
GOBBO
Buenas tardes, señor.
BasAnio
Buenas. ¿Qué se os ofrece?
GOBBO
Señor, os presento a mi hijo, un pobre muchacho.
LANZA ROTE
Nada de eso, señor: no es un pobre muchacho, sino criado de un judío
opulentísimo, y ya os explicará mi padre cuáles son mis deseos.
GOBBO
Tiene un empeño loco en serviros.
LANZAROTE
Dos palabras: sirvo al judío..., y yo quisiera..., mi padre os explicará.
GOBBO
Su amo y él (perdonad, señor, si os molesto) no se llevan muy bien que
digamos.
LANZAROTE
Lo cierto es que el judío me ha tratado bastante mal, y esto me ha obligado...
pero mi padre que es un viejo prudente y honrado, os lo dirá.
GOBBO
En esta cestilla hay un por de pichones, que quisiera regalar a vuestra
señoría. Y pretendo...
LANZAROTE
Dos palabras: lo que va a decir es impertinente al asunto... Él, al fin, es
un pobre hombre, aunque sea mi padre.
BASANIO
Hable uno solo, y entendámonos. ¿Qué queréis?
LANZAROTE
Serviros, caballero.
GOBBO
Ya te conozco, y te admito a mi servicio. Tu amo Sylock te recomendó
a mí hace poco, y no tengas esto por favor, que nada ganas en pasar de la
casa de un hebreo opulentísimo a la de un arruinado caballero.
LANZAROTE
Bien dice el refrán: mi amo tiene la hacienda, pero vuestra señoría la
gracia de Dios.
BASANIO
No has hablado mal. Vete con tu padre: di adiós a Sylock, pregunta
las señas de mi casa. (A los criados). Ponedle una librea algo mejor que las
otras. Pronto.
LANZAROTE
Vámonos, padre. ¿Y dirán que no sé abrirme camino, y que no tengo
lindo entendimiento? ¿A qué no hay otro en toda Italia que tenga en la palma de la mano rayas tan seguras y de buen agüero como éstas? (Mirándose
las manos). ¡Pues no son pocas las mujeres que me están reservadas! Quince
nada menos: once viudas y nueve doncellas... bastante para un hombre
solo. Y además sé que he de estar tres veces en peligros de ahogarme y que
he de salir bien las tres, y que estaré a punto de romperme la cabeza contra
una cama. ¡Pues no es poca fortuna! Dicen que es diosa muy inconsecuente,
pero lo que es conmigo, bien amiga se muestra.

(Vanse Lanzarote y Gobbo)

BASANIO
No olvides mis encargos, Leonardo amigo. Compra todo lo que te encargué,
ponlo como te dije, y vuelve en seguida para asistir al banquete con
que esta noche obsequio a mis íntimos. Adiós, no tardes.
LEONARDO
No tardaré.

(Sale Graciano)

GRACIANO
¿Dónde está tu amo?
LEONARDO
Allí está patente.
GRACIANO
¡Señor Basanio!
BASANIO
¿Qué me queréis, Graciano?
GRACIANO
Tenle por bien acogido.
GRACIANO
Permíteme acompañarte a Belmonte.
BASANIO
Vente, si es forzoso y te empeñas. Pero a la verdad, tú, Graciano, eres
caprichoso, mordaz y libre en tus palabras: defectos que no lo son a los ojos
de tus amigos, y que están en tu modo de ser, pero que ofenden mucho a
los extraños, porque no conocen tu buena índole. Echa una pequeña dosis
de cordura en tu buen humor: no sea que parezca mal en Belmonte, y vayas
a comprometerme y a echar por tierra mi esperanza.
GRACIANO
Basanio, oye: si no tengo prudencia, si no hablo con recato, limitándome
a maldecir alguna que otra vez aparte; si no llevo, con aire mojigato, un
 libro de devoción en la mano o el bolsillo; si al dar gracias después
de comer, no me echo el sombrero sobre los ojos, y digo con voz sumisa:
«amén»; si no cumplo, en fin, todas las reglas de urbanidad, como quien
aprende un papel para dar gusto a su abuela, consentiré en perder tu aprecio
y tu cariño.
BASANIO
Allá veremos.
GRACIANO
Pero no te fíes de lo que haga esta noche, porque es un caso
excepcional.
BASANIO
Nada de eso: haz lo que quieras. Al contrario, esta noche conviene que
alardees de ingenio más que nunca, porque mis comensales serán alegres y
regocijados. Adiós: mis ocupaciones me llaman a otra parte.
GRACIANO
Voy a buscar a Lorenzo y a los otros amigos. Nos veremos en la cena.


ESCENA III

Habitación en casa de Sylock

JÉSSICA Y LANZAROTE

JÉSSICA
¡Lástima que te vayas de esta casa, que sin ti es un infierno! Tú, a lo menos,
con tu diabólica travesura la animabas algo. Toma un ducado. Procura
ver pronto a Lorenzo. Te será fácil, porque esta noche come con tu
amo. Entrégale esta carta con todo secreto. Adiós. No quiero que mi padre
nos vea.
LANZAROTE
¡Adiós! Mi lengua calla, pero hablan mis lágrimas. Adiós, hermosa judía,
dulcísima gentil. Mucho me temo que algún
JÉSSICA
Con bien vayas, amigo Lanzarote. (Se va Lanzarote). ¡Pobre de mí! ¿Qué
crimen habré cometido? ¡Me avergüenzo de tener tal padre, y eso que sólo
soy suya por la sangre, no por la fe ni por las costumbres! Adiós, Lorenzo,
guárdame fidelidad, cumple lo que prometiste, y te juro que seré cristiana
y amante esposa tuya.


ESCENA IV

Una calle de Venecia

GRACIANO, LORENZO, SALARINO Y SALANIO

LORENZO
Dejaremos el banquete sin ser notados: nos disfrazaremos en mi casa,
volveremos dentro de una hora.
GRACIANO
Mal lo hemos arreglado.
SALARINO
Todavía no tenemos preparadas las hachas.
SALANIO
Para no hacerlo bien, vale más no intentarlo.
LORENZO
 No son más que las tres. Hasta las seis sobra tiempo para todo.
(Sale Lanzarote). ¿Qué noticias traes, Lanzarote? Lanzarote
Si abrís esta carta, ella misma os lo dirá.
LORENZO
Bien conozco la letra, y la mano más blanca que el papel en que ha escrito
mi ventura.
GRACIANO
Será carta de amores.
LANZAROTE
Me iré, con vuestro permiso.
LORENZO
¿A dónde vas?
LANZAROTE
Aguarda. Toma. Di a Jéssica muy en secreto, que no faltaré. (Se va Lanzarote).
Amigos, ha llegado la hora de disfrazarnos para esta noche. Por mi
parte, ya tengo paje de antorcha.
SALARINO
Yo buscaré el mío.
SALANIO
Y yo.
LORENZO
Nos reuniremos en casa de Graciano dentro de una hora.
SALARINO
Allá iremos.

(Vanse Salarino y Salanio)

GRACIANO
Dime por favor. ¿Esa carta no es de la hermosa judía?
LORENZO
Tengo forzosamente que confesarte mi secreto. Suya es la carta, y en ella
me dice que está dispuesta a huir conmigo de casa de su padre, disfrazada
de paje. Me dice también la cantidad de oro y joyas que tiene. Si ese judío
llega a salvarse, será por la virtud de su hermosa hija, tan hermosa como
desgraciada por tener de padre a tan vil hebreo. Ven, y te leeré la carta de
la bella judía. Ella será mi paje de hacha.


ESCENA V

Calle donde vive Sylock

(Salen SYLOCK y L ANZAROTE)

 SYLOCK
Ya verás, ya, la diferencia que hay de ese Basanio al judío. —Sal, Jéssica.
—Por cierto que en su casa no devorarás como en la mía, porque tiene
poco. —Sal, hija. —Ni te estarás todo el día durmiendo, ni tendrás cada
mes un vestido nuevo. — Jéssica, ven, ¿cómo te lo he de decir?
LANZAROTE
Sal, señora Jéssica.
SYLOCK
¿Quién te manda llamar?
Siempre me habíais reñido, por no hacer yo las cosas hasta que me las
mandaban.

(Sale Jéssica)

 JÉSSICA
Padre, ¿me llamabais? ¿Qué queréis?
SYLOCK
Hija, estoy convidado a comer fuera de casa. Aquí tienes las llaves. Pero
¿por qué iré a ese convite? Cierto que no me convidan por amor. Será por
adulación. Pero no importa, iré, aunque sólo sea por aborrecimiento a los
cristianos, y comeré a su costa. Hija, ten cuidado con la casa. Estoy muy
inquieto. Algún daño me amenaza. Anoche soñé con bolsas de oro.
LANZAROTE
No faltéis, señor. Mi amo os espera.
SYLOCK
Y yo también a él.
LANZAROTE
Y tienen un plan. No os diré con seguridad que veréis una función de
máscaras, pero puede que la veáis.
SYLOCK
¿Función de máscaras? Oye, Jéssica. Echa la llave a todas las puertas, y
si oyes ruido de tambores o de clarines, no te pongas a la ventana, ni saques
la cabeza a la calle, para ver esas profanidades de los cristianos que
se untan los rostros de mil maneras. Tapa, en seguida, todos los oídos de
mi casa: quiero decir, las ventanas, para que no penetre aquí ni aun el ruido
de semejante bacanal. Te juro por el cayado de Jacob, que no tengo
ninguna gana de bullicios. Iré, con todo eso, al convite. Tú delante para
anunciarme.
LANZAROTE
Así lo haré. (Aparte a Jéssica). Dulce señora mía, no dejes de asomarte a
la ventana, pues pasará un cristiano que bien te merece.
SYLOCK
¿Qué dirá entre dientes ese malvado descendiente de Agar?
JÉSSICA
No dijo más que adiós.
SYLOCK
En el fondo no es malo, pero es perezoso y comilón, y duerme de día
más que un gato montés. No quiero zánganos en mi colmena. Por eso me
alegro de que se vaya, y busque otro amo, a quien ayude a gastar en pocos
días su improvisada fortuna. Ve dentro, hija mía. Quizá pueda yo volver
pronto. No olvides lo que te he mandado. Cierra puertas y ventanas, que
nunca está más segura la joya que cuando bien se guarda: máxima que no
debe olvidar ningún

(Vase)

 JÉSSICA
Mala ha de ser del todo mi fortuna para que pronto no nos encontremos
yo sin padre y tú sin hija.

(Se va)



ESCENA VI

GRACIANOY SALARINO, de máscara

GRACIANO
A la sombra de esta pared nos ha de encontrar Lorenzo.
SALARINO
Ya es la hora de la cita. Mucho me admira que tarde.
GRACIANO
Sí, porque el alma enamorada cuenta las horas con más presteza que el
reloj.
SALARINO
Las palomas de Venus vuelan con ligereza diez veces mayor cuando van
a jurar un nuevo amor, que cuando acuden mantener la fe jurada.
GRACIANO
Necesario es que así suceda. Nadie se levanta de la mesa del festín con
el mismo apetito que cuando se sentó a ella. ¿Qué caballo muestra al fin de
la rápida carrera el mismo vigor que al principio? Así son todas las cosas.
Más placer se encuentra en el primer instante de la dicha que después. La
nave es en todo semejante al hijo pródigo. Sale altanera del puerto nativo,
coronada de alegres banderolas, acariciada por los vientos, y luego torna
con el casco roto y las velas hechas pedazos, empobrecida y arruinada por
el vendaval.

(Sale Lorenzo)

SALARINO
Dejemos esta conversación. Aquí viene Lorenzo.
LORENZO
Amigos: perdón, si os he hecho esperar tanto. No me echéis la culpa:
echádsela a mis bodas. Cuando para lograr esposa, tengáis que hacer el
papal de ladrones, yo os prometo igual ayuda. Venid: aquí vive mi suegro
Sylock.

(Llama)

( Jéssica disfrazada de paje asoma a la ventana)

JÉSSICA
Amor mío, soy Lorenzo, y tu fiel amante.
JÉSSICA
El corazón me dice que eres mi amante Lorenzo. Dime, Lorenzo, ¿y hay
alguno, fuera de ti, que sospeche nuestros amores?
LORENZO
Testigos son el cielo y tu mismo amor.
JÉSSICA
Pues mira: toma esta caja, que es preciosa. Bendito sea el oscuro velo de
la noche que no te permite verme, porque tengo vergüenza del disfraz con
que oculto mi sexo. Pero al amor le pintan ciego, y por eso los amantes no
ven las mil locuras a que se arrojan. Si no, el amor mismo se avergonzaría
de verme trocada de tierna doncella en arriscado paje.
LORENZO
Baja: tienes que ser mi paje de antorcha.
JÉSSICA
¿Y he de descubrir yo misma, por mi mano, mi propia liviandad y ligereza,
precisamente cuando me importa más ocultarme?
LORENZO
Bien oculta estarás bajo el disfraz de gallardo paje. Ven pronto, la noche
vuela, y nos espera Basanio en su mesa.
JÉSSICA
Cerraré las puertas y recogeré más oro. Pronto estaré contigo.

(Vase)

GRACIANO
¡A fe mía que es gentil, y no judía!
LORENZO
¡Maldito sea yo si no la amo! Porque mucho me equivoco, o es discreta,
y además es bella, que en esto no me engañan los ojos, y es fiel y me ha
dado mil pruebas de constancia. La amaré eternamente por hermosa, discreta
y fiel. (Sale Jéssica). Al fin viniste. En marcha, compañeros. Ya nos
esperan nuestros amigos.

(Vanse todos menos Graciano)

(Sale Antonio)

GRACIANO
¡Señor Antonio!
ANTONIO
¿Solo estáis, Graciano? ¿Y los demás? Ya han dada las nueve, y todo el
mundo espera. No habrá máscaras esta noche. El viento se ha levantado ya,
y puede embarcarse Basanio. Más de veinte recados os he enviado.
GRACIANO
¿Qué me decís? ¡Oh felicidad! ¡Buen viento! Ya siento ganas de verme
embarcado.

ESCENA VII
Quinta de Porcia en Belmonte

PORCIA Y EL PRÍNCIPE DE MAR RUECOS

PORCIA
Descorred las cortinas, y enseñad al príncipe los cofres; él elegirá.
EL PRÍNCIPE
El primero es de oro, y en él hay estas palabras: «Quien me elija, ganará
lo que muchos desean». El segundo es de plata, y en él se lee: «Quien
me elija, cumplirá sus anhelos». El tercero es de vil plomo, y en él hay esta
sentencia tan dura como el metal: «Quien me elija, tendrá que arriesgarlo
todo». ¿Cómo haré para no equivocarme en la elección?
PORCIA
En uno de los cofres está mi retrato. Si lo encontráis, soy vuestra.
EL PRÍNCIPE
Algún dios me iluminará. Volvamos a leer con atención los letreros.
¿Qué dice el plomo? «Todo tendrá que darlo y arriesgarlo el que me elija».
¡Tendrá que darlo todo! ¿Y por qué?... ¿Aventurarlo todo por plomo? Deslucido
premio en verdad. Para aventurarlo todo, hay que tener esperanza de
alguna dicha muy grande, porque a un alma noble no la seduce el brillo de
un vil metal. En suma, no doy ni aventuro nada por el plomo. ¿Qué dice
la plata del blanco cofrecillo? «Quien me elija logrará lo que merece...». Lo
que merece... Despacio, príncipe: pensémoslo bien. Si atiendo a mi conciencia,
yo me estimo en mucho. No es pequeño mi valor, aunque quizá
lo sea para aspirar a tan excelsa dama. De otra parte, sería poquedad de
ánimo dudar de lo que realmente valgo... ¿Qué merezco yo? Sin duda esta
hermosa dama. Para eso soy de noble nacimiento y grandes dotes de alma
y cuerpo, de fortuna, valor y linaje; y sobre todo la merezco porque la amo
entrañablemente. Sigo en mis dudas. ¿Continuaré la elección o me pararé
aquí? Voy a leer segunda vez el rótulo de la caja de oro: «Quien me elija
logrará lo que muchos desean». Es claro: la posesión de esta dama; todo
el mundo la desea, y de los cuatro términos del mundo vienen a postrarse
ante el ara en que se venera su imagen. Los desiertos de Hircania, los arenales
de Libia se ven trocados hoy en animados caminos, por donde acuden
innumerables príncipes a ver a Porcia. No bastan a detenerlos playas
apartadas, ni el salobre reino de las ondas que lanzan su espuma contra el
cielo. Corren el mar, como si fuera un arroyo, sólo por el ansia de ver a Porcia.
Una de estas cajas encierra su imagen, pero ¿cuál? ¿Estará en la de plomo?
Necedad sería pensar que tan vil metal fuese sepulcro de tanto tesoro.
¿Estará en la plata que vale diez veces menos que el oro? Bajo pensamiento
sería. Sólo en oro puede engastarse joya de tanto precio. En Inglaterra corre
una moneda de oro, con un ángel grabado en el anverso. Allí está sólo
grabado, mientras que aquí es el ángel mismo quien yace en tálamo de oro.
Venga la llave: mi elección está hecha, sea cual fuere el resultado.
Tomad la llave, y si en esa caja está mi retrato, seré vuestra esposa.
EL PRÍNCIPE (abriendo el cofre)
¡Por vida del demonio! sólo encuentro una calavera, y en el hueco de
sus ojos este papel: «No es oro todo lo que reluce así dice el refrán antiguo:
tú verás si con razón. ¡A cuántos ha engañado en la vida una vana
exterioridad! En dorado sepulcro habitan los gusanos. Si hubieras tenido
tanta discreción y buen juicio como valor y osadía, no te hablaría de esta
suerte mi hueca y apagada voz. Vete en buen hora, ya que te ha salido fría
la pretensión». Sí que he quedado frío y triste. Toda mi esperanza huyó,
y el fuego del amor se ha convertido en hielo. Adiós, hermosa Porcia. No
puedo hablar. El desencanto me quita la voz. ¡Cuán triste se aleja el que ve
marchitas sus ilusiones!
PORCIA
¡Oh felicidad! Quiera Dios que tengan la misma suerte todos los que
vengan, si son del mismo color que éste.


ESCENA VIII

Calle de Venecia

SALARINO Y SALANIO

SALARINO
Ya se ha embarcado Basanio, y con él va Graciano, pero no Lorenzo.
SALANIO
El judío se quejó al Dux, e hizo que le acompañase a registrar la nave
de Basanio.
SALARINO
Pero cuando llegaron, era tarde, y ya se habían hecho a la mar. En el
puerto dijeron al Dux que poco antes hablan vista en una góndola a Lorenzo
y a su amada Jéssica, y Antonio juró que no iba en la nave de Basanio.
SALANIO
Nunca he vista tan ciego, loco, incoherente y peregrino furor como el
de este maldito hebreo. Decía a voces: « ¡Mi hija, mi dinero, mi hija... ha
huido con un cristiano... y se ha llevado mi dinero... mis ducados... Justicia...
mi dinero... una balsa... no... dos, llenas de ducados... Y además joyas
y piedras preciosas... Me lo han robado todo... Justicia... Buscadla... Lleva
consigo mi dinero y mis alhajas!»
SALARINO
Los muchachos le persiguen por las calles de Venecia, gritando como él:
«Justicia, mis ducados, mis joyas, mi hija».
SALANIO
¡Pobre Antonio si no cumple el trato!
SALARINO
Y fácil es que no pueda cumplirlo. Ayer me dijo un francés que en el
estrecho que hay entre Francia e Inglaterra había naufragado un barco veneciano.
En seguida me acordé de Antonio, y por lo bajo hice votos a Dios
para que no fuera
SALANIO
Bien harías en decírselo a Antonio, pero de modo que no le hiciera mala
impresión la noticia.
SALARINO
No hay en el mundo alma más noble. Hace poco vi cómo se despedía
de Basanio. Díjole éste que haría por volver pronto, y Antonio le replicó:
«No lo hagas de ningún modo, ni eches a perder, por culpa mía, tu empresa.
Necesitas tiempo. No te apures por la fianza que di al judío. Estate
tranquilo, y sólo pienses en alcanzar con mil delicadas galanterías y muestras
de amor el premio a que aspiras». Apenas podía contener el llanto al
decir esto. Apartó la cara, dio la mano a su amigo, y se despidió de él por
última vez.
SALANIO
Él es toda su vida, según imagino. Vamos a verle, y tratemos de consolar
su honda tristeza.
SALARINO
Vamos.



ESCENA IX
Quinta de Porcia en Belmonte

NERISSA (A un criado)
Anda, descorre las cortinas, que ya el infante de Aragón ha hecho su juramento
y viene a la prueba.

(Sale el Infante de Aragón, Porcia y acompañamiento. Tocan cajas y
clarines).

PORCIA
Egregio infante: ahí tenéis las cajas: si dais con la que contiene mi retrato,
vuestra será mi mano. Pero si la fortuna os fuera adversa, tendréis que
alejaros sin más tardanza.
EL INFANTE
El juramento me obliga a tres cosas: primero, a no decir nunca cuál de
las tres cajas fue la que elegí. Segundo, si no acierto en la elección, me comprometo
a no pedir jamás la mano de una doncella. Tercero, a alejarme de
vuestra presencia, si la suerte me fuere contraria.
PORCIA
Esas son las tres condiciones que tiene que cumplir todo el que viene a
esta dudosa aventura, y a pretender mi mano indigna de tanta honra.
EL INFANTE
Yo cumpliré las tres. Fortuna, dame tu favor, ilumíname. Aquí tenemos
plata, oro y plomo. «Quien me elija, tendrá que darlo todo y aventurarlo
todo». Para que yo dé ni aventure nada, menester será que el plomo se haga
antes más hermoso. ¿Y qué dice la caja de oro? «Quien me elija, alcanzará
lo que muchos desean«. Estos serán la turba de necios que se fíe de apariencias,
y no penetra hasta el fondo de las cosas: a la manera del pájaro audaz
que puso su nido en el alero del tejado, expuesto a la intemperie y a todo
género de peligros. No es mío pensar como piensa el vulgo. No elegiré lo
que muchos desean. No seré como la multitud grosera y sin juicio. Vamos
a ti, arca brillante de precioso metal: «Quien me elija, alcanzará lo que merece
». Está bien, ¿qué alma bien nacida querrá obtener ninguna ventaja ni
triunfar del hado, sin un mérito real? ¿A quién contentará un honor inmerecido?
¡Dichoso aquel día en que no por subterráneas intrigas, sino por las
dotes reales del alma, se consigan los honores y premios! ¡Cuántas frentes,
que ahora están humilladas, se cubrirán de gloria entonces! ¡Cuántos de
los que ahora dominan querrían ser entonces vasallos! ¡Qué de ignominias
descubriríamos al través de la púrpura de reyes, emperadores y magnates!
¡Y cuánta honra encontraríamos soterrada en el lodo de nuestra edad! Siga
la elección: «Alcanzará lo que merece». Mérito tenga. Venga la llave, que
esta caja encierra sin duda mi fortuna.
PORCIA
Mucho lo habéis pensado para tan corto premio como habéis de
encontrar.
EL INFANTE
¿Qué veo? La cara de un estúpido que frunce el entrecejo y me presenta
una carta. «Cuán diverso es su semblante del de la hermosísima Porcia!
¡Otra cosa aguardaban mis méritos y esperanzas! «Quien me elija, alcanzará
lo que merece». ¿Y no merezco más? ¿La cara de un imbécil? ¿Ese es el
premio que yo ambicionaba? ¿Tan poco valgo?
PORCIA
El juicio no es ofensa: son dos actos distintos.
EL INFANTE
¿Y qué dice ese papel? (Lee). «Siete veces ha pasado este metal por la llama:
siete pruebas necesita el juicio para no equivocarse. Muchos hay que
toman por realidad los sueños: natural es que su felicidad sea sueño también.
Bajo este blanco metal has encontrado la faz de un estúpido. Muchos
necios hay en el mundo que se ocultan así. Cásate a tu voluntad, pero
siempre me tendrás por símbolo. Adiós». Todavía sería estupidez mayor,
no irme ahora mismo. Como un necio vine a galantear, y ahora llevo dos
cabezas nuevas, la mía y otra además. Quédate con Dios, Porcia: no faltaré
a mi juramento.
PORCIA
Huye, como mariposa que se quema las alas escape del fuego. ¡Qué necios
son por querer pasarse de listos!
NERISSA
Bien dice el proverbio: Sólo su mala fortuna lleva al necio al altar o a la
horca.
UN CRIADO
¿Dónde está mi señora?
PORCIA
Aquí.
EL CRIADO
Se apea a vuestra puerta un joven veneciano, anunciando a su señor, que
viene a ofreceros sus respetos y joyas de gran valía. El mensajero parece
serlo del amor mismo. Nunca amaneció en primavera, anunciadora del ardiente
estío, tan risueña mañana como el rostro de este nuncio.
PORCIA
Silencio. ¡Por Dios! tanto me lo encareces, que recelo si acabarás por decirme
que es pariente tuyo. Vamos, Nerissa:
NERISSA
Su señor es Basanio, o mucho me equivoco.



ACTO TERCERO

Escena Primera

Calle de Venecia

SALANIO Y SALARINO


SALANIO.- ¿Qué se dice en Rialto?

SALARINO.- Corren nuevas de que una nave de Antonio, cargada de ricos géneros, ha naufragado en los estrechos de Goodwins, que son unos escollos de los más temibles, y donde han perecido muchas orgullosas embarcaciones. Esto es lo que sucede, si es que no miente la parlera fama y se porta hoy como mujer de bien.

SALANIO.- ¡Ojalá que por esta vez mienta como la comadre más embustera de cuantas comen pan! Pero la verdad es, sin andarnos en rodeos ni ambages, que el pobre Antonio, el buen Antonio ... ¡Oh, si encontrara yo un adjetivo bastante digno de su bondad!

SALARINO.- Al asunto, al asunto.

SALANIO.- ¿Al asunto dices? Pues el asunto es que ha perdido un barco.

SALARINO.- ¡Quiera Dios que no sea más que uno!

SALANIO.- ¡Ojalá! No sea que eche a perder el demonio mis oraciones, porque aqul viene en forma de judío. (Sale Sylock). ¿Cómo estás, Sylock? ¿Qué novedades cuentan los mercaderes?

SYLOCK.- Vosotros lo sabéis. ¿Quién habla de saber mejor que vosotros la fuga de mi hija?

SALANIO.- Es verdad. Yo era amigo del sastre que hizo al pájaro las alas con que voló del nido. Y Sylock no ignoraba que el pájaro tenía ya plumas, y que es condición de las aves el echar a volar en cuanto las tienen.

SALARINO.- Por eso la condenarán.

SALANIO.- Es claro, si la juzga el demonio.

SYLOCK.- ¡Ser infiel a mi carne y a mi sangre!

SALANIO.- Más diferencia hay de su carne a la tuya, que del marfil al azabache, y de su sangre a la tuya, que del vino del Rin al vino tinto. Dinos: ¿sabes algo de la pérdida que ha tenido Antonio en el mar?

SYLOCK.- ¡Vaya otro negocio! ¡Un mal pagador que no se atreve a comparecer en Rialto! ¡Un mendigo que hacía alarde de lujo, paseándose por la playa! A ver cómo responde de su fianza. Para eso me llamaba usurero. Que responda de su fianza. Decía que prestaba dinero por caridad cristiana. Que responda de su fianza.

SALARINO.- De seguro que si no cumple el contrato, no por eso te has de quedar con su carne. ¿Para qué te sirve?

SYLOCK.- Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millón, él se ha reído de mis ganancias y de mis pérdidas; ha afrentado mi raza y también mi linaje, ha dado calor a mis enemigos y ha desalentado a mis amigos. Y todo, ¿por qué? Porque soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene manos, ni órganos, ni alma, ni sentidos, ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en invierno lo mismo que el cristiano? Si le pican, ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demás somos tan semejantes, ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano, ¿no se venga éste, a pesar de su cristiana caridad? Y si un cristiano a un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no supero a mis maestros.

UN CRIADO.- Señores, mi amo Antonio os espera en su casa para hablaros de negocios importantes.

SALARINO.- Largo tiempo hace que le buscamos. (Sale Túbal).

SALANIO.- He aquí otro de tu misma tribu: no se encontraría otro tercero que los igualase como no fuese el mismísimo demonio. (Vanse).

SYLOCK.- Túbal, ¿qué noticias traes de Génova? ¿Qué sabes de mi hija?

TÚBAL.- Oí noticias de ella en muchas partes, pero nunca la vi.

SYLOCK.- Nunca ha caído otra maldición igual sobre nuestra raza. Mira, se me llevó un diamante que me había costado dos mil ducados en la feria de Francfort. Dos mil ducados del diamante, y además muchas alhajas preciosas. Poco me importaría ver muerta a mi hija, como tuviera los diamantes en las orejas y los ducados en el ataúd. Pero, ¿nada, nada has averiguado de ellos? ¡Maldito sea yo! ¡Y cuánto dinero he gastado en buscarla! ¡Tanto que se llevó el ladrón y tanto como llevo gastado en su busca, y todavía no me he vengado! Cada día me trae una nueva pérdida. Todo género de lástimas y miserias ha caído sobre mí.

TÚBAL.- No eres tú el solo desgraciado. Me contaron en Génova que también Antonio ...

SYLOCK.- ¿Qué, qué? ¿Le ha sucedido alguna desgracia?

TÚBAL.- Se le ha perdido un barco que venía de Trlpoli.

SYLOCK.- ¡Bendito sea Dios! Pero, ¿eso es cierto?

TÚBAL.- Me lo han contado algunos marineros escapados del naufragío.

SYLOCK.- ¡Gracias, amigo Túbal, gracias! ¡Qué felices nuevas! ¿Conque en Génova, eh, en Génova?

TÚBAL.- Dicen que tu hija ha gastado en Génova ochenta ducados en una noche.

SYLOCK.- ¡Qué daga me estás clavando en el corazón! ¡Pobre dinero mlo! ¡En una sola noche ochenta ducados!

TÚBAL.- Varios acreedores de Antonio, con quienes vengo desde Génova, tienen por inevitable su quiebra.

SYLOCK.- ¡Oh, qué felicidad! Le atormentaré. Me he de vengar con creces.

TÚBAL.- Uno de los acreedores me mostró una sortija con que tu hija le había pagado un mono que compró.

SYLOCK.- ¡Cállate, maldecido! ¿Quieres martirizarme? Es mí turquesa. Me la regaló Lía cuando yo era soltero. No la hubiera cedido por un desierto lleno de monos.

TÚBAL.- Pero no tiene duda que Antonio está completamente arruinado.

SYLOCK.- Eso me consuela. Eso tiene que ser verdad. Túbal, avlsame un alguacil para dentro de quince días. Si no paga la fianza, le sacaré las entrañas; si no fuera por él haría yo en Venecia cuantos negocios quisiera. Túbal, nos veremos en la sinagoga. Adiós, querido Túbal.


ESCENA SEGUNDA

Quinta de Parcia

BASANIO, PORCIA, GRACIANO, NERISSA Y CRIADOS


PORCIA.- Os ruego que no os deis prisa. Esperad siquiera un dia o dos, porque si no acertáis en la elección, os pierdo para siempre. Hay en mi alma algo que me dice, no sé si será amor, que seria para mi un dolor que os fueseis. Odio ya veis que no puede ser. Si no os parecen bastante claras mis palabras, porque una doncella sólo puede hablar de estas cosas con el pensamiento, os suplicaria que permanecieseis aqui uno o dos meses. Con esto tendré bastante tiempo para enseñaros el modo de no errar. Pero, ¡ay!, no puedo, porque seria faltar a mi juramento, y no he de ser perjura aunque os pierda. Si erráis, haréis que me lamente mucho de haber faltado a mi juramento. ¡Ojalá nunca hubiera yo visto vuestros ojos! Su fulgor me ha partido el alma; sólo la mitad es mia, la otra mitad es vuestra ... He querido decir mia, pero no es mia, vuestra es también, y toda yo os pertenezco. Este siglo infeliz en que vivimos pone obstáculos entre el poseedor y su derecho. Por eso, y a la vez, soy vuestra y no lo soy. El hado tiene la culpa, y él es quien debe pagarla e ir al infierno, yo no. Hablo demasiado, pero por entretener el tiempo y detenerle, y con él vuestra elección.

BASANIO.- Permitid que la suerte decida. Estoy como en el tormento.

PORCIA.- ¿Basanio en el tormento? Pues qué, ¿hay algún engaño en vuestro amor?

BASANIO.- Hay un recelo que me presenta como imposible mi felicidad. Antes harán alianza el fuego y el hielo que mi amor y la traición.

PORCIA.- Me temo que estéis hablando desde el tormento, donde el hombre, bien contra su voluntad, confiesa lo cierto.

BASANIO.- Porcia, mi vida consiste en vos. Dádmela y os diré toda la verdad.

PORCIA.- Decídmela y viviréis.

BASANIO.- Mejor hubierais dicho: decídmela y amad, y con esto sería inútil mi confesión, ya que mi único crimen es amar, delicioso tormento en que el verdugo puede salvar al reo. Vamos a las cajas y que la suerte nos favorezca.

PORCIA.- A las cajas, pues. En una de ellas está mi efigie. Si me amáis la encontraréis de seguro. Atrás, Nerissa; atrás todos vosotros, y mientras elige resuene la música. Si se equivoca, morirá entre armonías como el cisne, y para que sea mayor la exactitud de la comparación, mis ojos le darán sepulcro en las nativas ondas. Si vence, y no es imposible, oirá el son agudo de las trompetas, semejante al que saluda al rey que acaba de ser ungido y coronado, o a las alegres voces que al despuntar la aurora penetran en los oídos del extasiado novio. Vedle acercarse con más amor y más vigorosos alientos que Hércules cuando fue a salvar a Troya del nefando tributo de la doncella que tenía que entregar a la voracidad del monstruo marino en luctuoso día. Yo soy la víctima. Vosotras sois como las matronas dárdanas que con llorosos ojos han salido de Troya a contemplar el sacrificio. Adelante, noble Alcides: sal vencedor de la contienda. En tu vida está la mía. Todavía tengo yo más interés en el combate que tú que vas a pelear, dando celos al mismo Ares. (Mientras Basanio elige, óyese canto y música).

¿Dónde nace el amor, en los ojos o en el alma?
¿Quién le da fuerzas para quitarnos el sosiego?
Decídnoslo, decídnoslo.
El amor nace en los ojos, se alimenta de miradas y muere por desvíos en la misma cuna donde nace.
Cantemos dulces himnos en alabanza del amor.
¡Viva el amor, viva el amor!

BASANIO.- Muchas veces engañan las apariencias. ¿Ha habido causa tan mala que un elocuente abogado no pudiera hacer probable buscando disculpas para el crimen más horrendo? ¿Hay alguna herejía religiosa que no tenga sectarios y que no pueda cubrirse con citas de la Escritura o con flores retóricas que disimulen su fealdad? ¿Hay vicio que no pueda disfrazarse con la máscara de la virtud? ¿No habéis visto muchos cobardes, tan falsos y movedizos como piedra sobre arena, y que por fuera muestran la belicosa faz de Hércules y las híspidas barbas de Marte, y por dentro tienen los hígados tan blancos como la leche? Fingen valor para hacerse temer. Medid la hermosura: se compra al peso, y son más ligeras las que se atavían con los más preciados arreos de la belleza. ¡Cuántas veces los áureos rizos, enroscados como sierpes alrededor de una dudosa belleza, son prenda de otra hermosura que yace en olvidado sepulcro! Los adornos son como la playa de un mar proceloso; como el velo de seda que oculta el rostro de una hermosura india; como la verdad, cuya máscara toma el fraude para engañar a los más prudentes. Por eso desdeño los fulgores del oro, alimento y perdición del avaro Midas, y también el pálido brillo de la mercenaria plata. Tu quebrado color, ¡oh plomo!, que pasas por vil y anuncias más desdichas que felicidad, me atrae más que todo eso. Por ti me decido. ¡Quiera Dios cumplir mi deseo!

PORCIA.- (Aparte). Como el viento disipa las nubes, así huyen de mi alma todos los recelos, tristezas y desconfianzas. Cálmate, amor, ten sosiego, templa los ímpetus del alma y dame el gozo con tasa, porque si no, el corazón estallará de alegría.

BASANIO.- (Abre la caja de plomo). ¿Qué veo? El mismo rostro de la hermosa Porcia. ¿Qué pincel sobrehumano pudo acercarse tanto a la realidad? ¿Pestañean estos ojos o es que los mueve el reflejo de los míos? Exhalan sus labios un aliento más dulce que la miel. De sus cabellos ha tejido el pintor una tela de araña para enredar corazones. ¡Ay de las moscas que caigan en ellos! Pero, ¿cómo habrá podido retratar sus ojos sin cegar? ¿Cómo pudo acabar el uno sin que los rayos le cegaran de tal modo que dejase sin acabar el otro? Toda alabanza es poca, y sería afrentar al retrato tanto como el retrato al original. Veamos lo que dice la carta, cifra breve de mi fortuna. (Lee). Tú, a quien no engañan las apariencias, consigues la rara fortuna de acertar. Ya que tal suerte tuviste, no busques otra mejor. Si te parece bien la que te ha dado la fortuna, vuélvete hacia ella y con un beso de amor tómala por tuya, siguiendo los impulsos de tu alma. ¡Hermosa leyenda! Señora, perdón. Es necesario cumplir lo que este papel ordena. A la manera que el gladiador, cuando los aplausos ensordecen el anfiteatro, duda si es a él a quien se dirigen y vuelve la vista en torno suyo, así yo, bella Porcia, dudo si es verdad lo que miro, y antes de entregarme al gozo, necesito que lo confirmen vuestros labios.

PORCIA.- Basanio, tal cual me veis, vuestra soy. No deseo para mí mayor suerte, pero en obsequio vuestro quisiera ser veinte veces más hermosa de lo que soy y diez mil veces más rica. Yo quisiera exceder a todas en virtud, en belleza, en bienes de fortuna y en amigos para que me amaseis mucho más. Pero valgo muy poco; soy una niña ignorante y sin experiencia; sólo tengo una cosa buena, y es que todavía no soy vieja para aprender; y otra aún mejor, que no fue tan mala mi educación primera que no pueda aprender. Y todavía tengo otra felicidad mejor, y es la de tener un corazón tan rendido que se humilla a vos como el siervo a su señor y monarca. Mi persona y la hacienda que fue mía son desde hoy vuestras. Hace un momento era yo señora de esta quinta, de estos criados y de mí misma, pero desde ahora yo y mi quinta y mis criados os pertenecemos. Todo os lo doy con este anillo. Si algún día lo destruís o perdéis será indicio de que habéis perdido mi amor y podré reprenderos por tan grave falta.

BASANIO.- Señora, me habéis quitado el habla. Sólo os grita mi sangre alborotada en las venas. Tal trastorno habéis producido en mis sentidos, como el tumulto que estalla en una muchedumbre cuando oye el discurso de un príncipe adorado. Mis palabras incoherentes se confunden con gritos que no tiene sentido alguno, pero que expresan un júbilo sincero. Cuando huya de mis dedos este anillo, irá con él mi vida y podréis decir que ha muerto Basanio.

NERISSA.- A nosotros, mudos espectadores de tal drama, sólo nos toca daros el parabién. Sed dichosos, amos y señores míos.

GRACIANO.- Basanio, señor mío, y vos, hermosa dama, disfrutad cuanta ventura deseo para vosotros, ya que no ha de ser a mi costa. Y cuando os preparéis a cerrar solemnemente el contrato, dadme licencia para hacer lo mismo.

BASANIO.- Con mucho gusto, si encuentras mujer.

GRACIANO.- Mil gracias, Basanio. A ti lo debo. Mis ojos son tan avizores como los tuyos. Tú los pusiste en la señora, yo en la críada; tú amaste, yo también. Tu amor no consiente dilaciones, tampoco el mío. Tu suerte dependía de la buena elección de las cajas, también la mía. Yo ardiendo de amores perseguí a esta esquiva hermosura con tantas y tantas promesas y juramentos, que casi tengo la boca seca de repetirlos. Pero al fin, si las palabras de tal hermosura valen algo, me prometió concederme su amor si tú acertabas a conquistar el de su señora.

PORCIA.- ¿Es verdad, Nerissa?

NERISSA.- Verdad es, señora, si no lo lleváis a mal.

BASANIO.- ¿Lo dices de veras, Graciano?

GRACIANO.- De veras, señor.

BASANIO.- Vuestro casamiento aumentará los regocijos del nuestro.

GRACIANO.- ¡Pero quién viene! ¿Lorenzo y la judia? ¿Y con ellos mi amigo, el veneciano Salerio?' (Salen Lorenzo, Jéssica y Salerio).

BASANIO.- Con bien vengáis a esta quita, Lorenzo y Salerio, si es que mi recién nacida felicidad me autoriza para saludaros en este lugar. ¿Me lo permites, bellísima Porcia?

PORCIA.- Y lo repito, bien venidos sean.

LORENZO.- Gracias por tanto favor. Mi intención no era visitaros, pero Salerio, a quien encontré en el camino, se empeñó tanto, que al cabo consenti en acompañarle.

SALERIO.- Lo hice, es verdad, pero no sin razón, porque te traigo un recado del señor Antonio. (Le da una carta).

BASANIO.- Antes de abrir esta carta dime cómo se encuentra mi buen amigo.

SALERIO.- No está enfermo más que del alma, por su carta verás lo que padece.

GRACIANO.- Querido Salerio, dame la mano. ¿Qué noticias traes de Venecia? ¿Qué hace el honrado mercader Antonio? ¡Cómo se alegrará al saber nuestra dicha! Somos los Jasones que han encontrado el vellocino de oro.

SALERIO.- ¡Ojalá hubieras encontrado el áureo vellocino que él perdió en hora aciaga!

PORCIA.- Malas nuevas debe traer la carta. Huye el color de las mejillas de Basanio. Sin duda acaba de saber la muerte de un amigo muy amado, porque ninguna otra noticia hubiera podido abatir un ánimo tan constante; malo, malo. Perdóname, Basanio, pero soy la mitad de tu alma y justo es que me pertenezcan la mitad de las desgracias que anuncia ese pliego.

BASANIO.- ¡Amada Porcia! Leo en esta carta alguna de las frases más tristes que se han escrito nunca sobre el papel. ¡Porcia hermoslsima, cuando por primera vez te confesé mi amor, no tuve reparo en decirte que yo no tenia otra hacienda que la sangre de mis venas, pero que era noble y bien nacido, y te dije la verdad! Pero así y todo hubo jactancia en mis palabras al decirte que mis bienes eran ninguno. Para ser enteramente honesto, debí añadir que mi fortuna era menos que nada, porque la verdad es que empené mi palabra a mi mejor amigo, dejándole expuesto a la venganza del enemigo más cruel, implacable y sin entrañas: todo para procurarme dineros. Esta carta me parece el cuerpo de mi amigo, cada linea es a modo de una herida, que arroja la sangre a borbotones. Pero, ¿es cierto Salerio? ¿Todo, todo lo ha perdido? ¿Todos sus negocios le han salido mal? ¿Ni en Trípoli, ni en México, ni en Lisboa, ni en Inglaterra, ni en la India, ni en Berbería, escapó ningún barco suyo de esos escollos tan fatales al marino?

SALERIO.- Ni uno. Y aunque a Antonio le quedara algún dinero para pagar al judío, de seguro que éste no lo recibiría. No parece ser humano; nunca he visto a nadie tan ansioso de destruir y aniquilar a su prójimo. Día y noche pide justicia al dux, amenazando, si no le hace justicia, con invocar las libertades del estado. En vano han querido persuadirle los mercaderes más ricos, y el mismo dux y los patricios. Todo en balde. Él persiste en su demanda, y reclama confiscación, justicia y el cumplimiento de su engañoso trato.

JÉSSICA.- Cuando yo vivía con él, muchas veces le vi jurar a sus amigos Túbal y Chus que preferiría la carne de Antonio a veinte veces el valor de la suma que le debía, y si las leyes y el gobierno de Venecia no protegen al infeliz Antonio, mala será su suerte.

PORCIA.- ¿Y en vuestro amigo recaen todas esas calamidades?

BASANIO.- En mi amigo, el mejor y más fiel, el de alma más honrada que hay en toda Italia. En su pecho arde la llama del honor de la antigua Roma.

PORCIA.- ¿Qué es lo que debe al judío?

BASANIO.- Tres mil ducados que me prestó.

PORCIA.- ¿No más que tres mil? Dale seis mil, duplica, triplica la suma, antes que consentir que tan buen amigo pierda por ti ni un cabello. Vamos al altar, despidámonos, y luego corre a Venecia a buscar a tu amigo; no vuelvas al lado de Parcia hasta dejarle en salvo. Llevarás lo bastante para pagar diez veces más de lo que debe al hebreo. Págalo y vuelve en seguida con tu fiel amigo. Nerissa mi doncella y yo viviremos entre tanto como viudas y como doncellas. Es necesario que partas el día mismo de nuestras bodas. Piensa en nuestros comensales; no arrugues el ceño, muestra la faz alegre. Ya que tan caro te he comprado, reflexiona cuánto he de amarte. Pero léeme antes la carta.

BASANIO.- Querido Basanio: mis barcos naufragaron, me acosan mis acreedores; he perdido toda mi hacienda; ha vencido el plazo de mi escritura con el judío, y claro es que si cumple la cláusula del contrato, tengo forzosamente que morir. Toda deuda entre nosotros queda liquidada con tal que vengas a verme a la hora de mi muerte. Sin embargo, haz lo que quieras; si nuestra amistad no te obliga a venir, tampoco te hará fuerza esta carta.

PORCIA.- Amor mío, vete en seguida.

BASANIO.- Volaré, si me lo permites. Entre tanto que vuelvo, el reposo y la soledad de mi lecho serán continuos estímulos para que yo vuelva.


ESCENA TERCERA

Calle de Venecia

SYLOCK. SALANIO, ANTONIO Y UN CARCELERO


SYLOCK.- Carcelero, no apartes la vista de él. No me digas que tenga compasión ... Éste es aquel insensato que prestaba su dinero sin interés. No le pierdas de vista, carcelero.

ANTONIO.- Oye, amigo Sylock.

SYLOCK.- Pido que se cumplan las condiciones de la escritura. He jurado no ceder ni un ápice de mi derecho. En nada te había ofendido yo cuando ya me llamabas perro. Si lo soy, yo te enseñaré los dientes. No tienes escape. El dux me hará justicia. No sé, perverso alcalde, por qué has consentido con tanto gusto en sacarie de la prisión.

ANTONIO.- Óyeme. te lo suplico.

SYLOCK.- No quiero oírte. Cúmplase el contrato. No quiero oírte. No te empeñes en hablar más. No soy un hombre de buenas entrañas, de los que dan cabida a la compasión y se rinden al ruego de los cristianos. No volváis a importunarme. Pido que se cumpla el contrato. (Vase).

SALANIO.- Es el perro más abominable de los que deshonran el género humano.

ANTONIO.- Déjale. Nada de ruegos inútiles. Quiere mi vida y no atino por qué. Más de una vez he salvado de sus garras a muchos infelices que acudieron a mí, y por eso me aborrece.

SALANIO.- No creo que el dux consienta jamás en que se cumpla semejante contrato.

ANTONIO.- EI dux tiene que cumplir la ley, porque el crédito de la República perderia mucho si no se respetasen los derechos del extranjero. Toda la riqueza, prosperidad y esplendor de esta ciudad depende de su comercio con los extranjeros. Ea, vamos. Tan agobiado estoy de pesadumbre, que dudo mucho que mañana tenga una libra de carne en mi cuerpo con qué hartar la sed de ese bárbaro. Adiós, buen carcelero. ¡Quiera Dios que Basanio vuelva a verme y pague su deuda! Entonces moriré tranquilo.


ESCENA CUARTA

Quinta de Porcia, en Belmonte

PORCIA, NERISSA, LORENZO, JÉSSICA Y BALTASAR


LORENZO.- Señora ... no tengo reparo en decirlo delante de vos ... alta idea tenéis formada de la santa amistad, y buena prueba de ello es la resignación con que toleráis la ausencia de vuestro marido. Pero si supierais a quién favorecéis de este modo y cuán buen amigo es del señor Bassanio, más os enorgulleceríais de vuestra obra que de la natural cualidad de obrar bien, de que tantas muestras habéis dado.

PORCIA.- Nunca me arrepentí de hacer el bien, ni ha de pesarme ahora. Entre amigos que pasan y gastan juntos largas horas, unidos sus corazones por el vínculo sagrado de la amistad, ha de haber gran semejanza de índole, afectos y costumbres. De aquí infiero que siendo Antonio el mejor amigo del esposo a quien adoro, ha de parecerse a él necesariamente. Y si es así, ¡qué poco me habrá costado librar del más duro tormento al fiel espejo del amor mio! Pero no quiero decir más, porque esto parece alabanza propia. Hablemos de otra cosa. En tus manos pongo, honrado Lorenzo, la dirección y el gobierno de esta casa hasta que vuelva mi marido. Yo sólo puedo cumplir un voto que hice secretamente, de estar en oración, sin más compañia que la de Nerissa, hasta que su amante y el mio vuelvan. A dos leguas de aquí hay un convento, donde podremos encerrarnos. No rehuséis el encargo y el peso que hoy me obligan a echar sobre vuestros hombros mi confianza y la situación en que me encuentro.

LORENZO.- Lo acepto con toda voluntad, señora.

PORCIA.- Mis gentes conocen ya mi intento. Vos y Jéssica seréis para ellos como Basanio y yo. Quedad con Dios. Hasta la vuelta.

LORENZO.- ¡Dulces pensamientos y horas de felicidad sean vuestra suerte!

JÉSSICA.- ¡Ojalá logréis todas las dichas que mi alma os desea!

PORCIA.- Mucho agradezco la buena voluntad y os deseo igual fortuna. Adiós, Jéssica. (Vanse Jéssica y Lorenzo). Oye, Baltasar. Siempre te he encontrado fiel. También lo has de ser hoy. Lleva esta carta a Padua, con toda la rapidez que cabe en lo humano, y dásela en propia mano a mi amigo el doctor Belario. Él te entregará dos trajes y algunos papeles; llévalos a la barca que hace la travesia entre Venecia y la costa cercana. No te detengas en palabras. Corre. Estaré en Venecia antes que tú.

BALTASAR.- Corro a obedecerte, señora. (Vase).

PORCIA.- Oye, Nerissa: tengo un plan, que todavia no te he comunicado. Vamos a sorprender a tu esposo y al mio.

NERISSA.- ¿Sin que nos vean?

PORCIA.- Nos verán, pero en tal arreo que nos han de atribuir cualidades de que carecemos. Apuesto lo que quieras a que cuando estemos vestidas de hombre, yo he de parecer el mejor mozo y el de más desgarro, y he de llevar la daga mejor que tú. Hablaré recio, como los niños que quieren ser hombres y tratan de pendencias cuando todavia no les apunta el bozo. Inventaré mil peregrinas historias de ilustres damas que me ofrecieron su amor y a quienes desdeñé, por lo cual cayeron enfermas y murieron de pesar. ¿Qué hacer entonces? Sentir en medio de mis conquistas lástima de haberlas matado con mis desvios. Y por este orden ensartaré cien mil desatinos y pensarán los hombres que hace un año he salido del colegio y revuelvo en el magin cien mil fanfarronadas que quisiera ejecutar.

NERISSA.- Pero, señora, ¿tenemos que disfrazarnos de hombres?

PORCIA.- ¿Y lo preguntas? Ven, ya nos espera el coche a la puerta del jardln. Allí te lo explicaré todo. Anda, de prisa, que tenemos que correr seis leguas.


ESCENA QUINTA

Jardín de Porcia, en Belmonte

LANZAROTE Y JÉSSICA


LANZAROTE.- Si, porque habéis de saber que Dios castiga en los hijos las culpas de los padres; por eso os tengo lástima. Siempre os dije la verdad, y no he de callarla ahora. Tened paciencia, porque a la verdad, creo que os vais a condenar. Sólo os queda una esperanza, y ésa a medias.

JÉSSICA.- ¿Y qué esperanza es ésa?

LANZAROTE.- La de que quizá no sea tu padre el judio.

JÉSSICA.- Esa si que seria una esperanza bastarda. En tal caso pagaria yo los pecados de mi madre.

LANZAROTE.- Dices bien, témome que pagues los de tu padre y los de tu madre. Por eso huyendo de la Escila de tu padre, doy con la Caribdis de tu madre, y por uno y otro lado estoy perdido.

JÉSSICA.- Me salvaré por el lado de mi marido, que me cristianizó.

LANZAROTE.- Bien mal hecho. Hartos cristianos éramos para poder vivir en paz. Si continúa ese empeño de hacer cristianos a los judios, subirá el precio de la carne de puerco y no tendremos ni una lonja de tocino para el puchero. (Sale Lorenzo).

JÉSSICA.- Contaré a mi marido tus palabras, Lanzarote. Mirale, aqui viene.

LORENZO.- Voy a tener celos de ti, Lanzarote, si sigues hablando en secreto con mi mujer.

JÉSSICA.- Nada de eso, Lorenzo, no tienes motivo para encelarte, porque Lanzarote y yo hemos reñido. Me estaba diciendo que yo no tendría perdón de Dios, por ser hija de judio, y además añade que tú no eres buen cristiano, porque, convirtiéndote a los judios, encareces el tocino.

LORENZO.- Más fácil me seria, Lanzarote, justificarme de eso, que tú de haber engruesado a la negra mora, que está embarazada por ti, Lanzarote.

LANZAROTE.- No me extraña que la mora esté más gorda de lo justo. Siempre será más mujer de bien de lo que yo creia.

LORENZO.- Todo el mundo juega con el equivoco, hasta los más tontos ... Dentro de poco, los discretos tendrán que callarse, y sólo merecerán alabanza en los papagayos el don de la palabra. Adentro, pfcaro; di a los criados que se dispongan para la comida.

LANZAROTE.- Ya están dispuestos, señor; cada cual tiene su estómago.

LORENZO.- ¡Qué ganas de broma tienes! Diles que pongan la comida.

LANZAROTE.- También está hecho. Pero mejor palabra sería cubrir.

LORENZO.- Pues que cubran.

LANZAROTE.- No lo hará, señor; sé lo que debo.

LORENZO.- Basta de juegos de palabras. No agotes de una vez el manantial de tus gracias. Entiéndeme, ya que te hablo con claridad. Di a tus compañeros que cubran la mesa y sirvan la comida, que nosotros iremos a comer.

LANZAROTE.- Señor, la mesa se cubrirá, la comida se servirá, y vos iréis a comer o no, según mejor cuadre a vuestro apetito. (Vase).

LORENZO.- ¡Oh, qué de necedades ha dicho! Tiene hecha sin duda provisión de gracias. Otros bufones conozco de más alta ralea, que por decir un chiste sois capaces de alterar y olvidar la verdadera significación de las cosas. ¿Qué piensas, amada Jéssica? Dime con verdad: ¿te parece bien la mujer de Basanio?

JÉSSICA.- Más de lo que puedo darte a entender con palabras. Muy buena vida debe hacer Basanio, porque tal mujer es la bendición de Dios y la felicidad del paraíso en la tierra, y si no la estima en la tierra, no merecerá gozarla en el cielo. Si hubiera contienda entre dos divinidades, y la una trajese por apuesta una mujer como Parcia, no encontrarra el otro dios ninguna otra que oponerla en este bajo mundo.

LORENZO.- Tan buen marido soy yo para ti, como ella es buena mujer.

JÉSSICA.- Pregúntamelo a mi.

LORENZO.- Vamos primero a comer.

JÉSSICA.- No, déjame alabarte, mientras yo quiera.

LORENZO.- No, déjalo; vamos a comer; a los postres dirás lo que quieras, y asr digeriré mejor. (Vanse).


ACTO CUARTO

Escena Primera

Tribunal en Venecia

DUX, SENADORES, ANTONIO, BASANIO, GRACIANO, SALARINO, SYLOCK Y SALANIO


DUX.- ¿Y Antonio?

ANTONIO.- A vuestras órdenes, alteza.

DUX.- Te tengo lástima, porque vienes a responder a la demanda de un enemigo cruel y sin entrañas, en cuyo pecho nunca halló lugar la compasión ni el amor, y cuya alma no encierra ni un grano de piedad.

ANTONIO.- Ya sé que vuestra alteza ha puesto empeño en calmar su feroz encono; pero sé también que permanece inflexible, y que no me queda, según las leyes, recurso alguno para salvarme de sus iras. A ellas sólo puedo oponer la paciencia y la serenidad. Mi alma tranquila y resignada soportará todas las durezas y ferocidades de la suya.

DUX.- Decid que venga el judio ante el tribunal.

SALARINO.- Ya viene, señor. Está fuera, esperando vuestras órdenes. (Entra Sylock).

DUX.- ¡Haceos atrás! ¡Que se presente Sylock! Cree el mundo, y yo con él, que quieres apurar tu crueldad hasta las heces, y luego cuando la sentencia se pronuncie, hacer alarde de piedad y mansedumbre, todavia más odiosa que tu crueldad primera. Cree la gente que en vez de pedir el cumplimiento del contrato que te concede una libra de carne de este. desdichado mercader, desistirás de tu demanda, te moverás a lástima, le perdonarás la mitad de la deuda, considerando las grandes pérdidas que ha tenido en poco tiempo, y que bastarían a arruinar al más opulento mercader monarca, y a conmover entrañas de bronce y corazones de pedernal, aunque fuesen de turcos o tártaros selváticos, ajenos de toda delicadeza y buen comedimiento. Todos esperamos de ti una cortés respuesta.

SYLOCK.- Vuestra alteza sabe mi intención, y he jurado por el sábado lograr cumplida venganza. Si me la negáis, ¡vergüenza eterna para las leyes y libertades venecianas! Me diréis que, ¿por qué estimo más una libra de carne de este hombre que tres mil ducados? Porque asl se me antoja. ¿Os place esta contestación? Si en mi casa hubiera un ratón importuno, y yo me empeñara en pagar diez mil ducados por matarle, ¿lo llevaríais a mal? Hay hombres que no pueden ver en su mesa un lechón asado, otros que no resisten la vista de un gato, animal tan útil e inofensivo, y algunos que orinan en oyendo el son de una gaita. Efectos de antipatía que todo lo gobierna. Y así como ninguna de estas cosas tiene razón de ser, yo tampoco la puedo dar para seguir este pleito odioso, a no ser el odio que me inspira hasta el nombre de Antonio. ¿Os place esta respuesta?

BASANIO.- No basta, cruel hebreo, para disculpar tu fiereza increíble.

SYLOCK.- Ni yo pretendo darte gusto.

BASANIO.- ¿Y mata siempre el hombre a los seres que aborrece?

SYLOCK.- ¿Y quién no procura destruir lo que él odia?

BASANIO.- No todo agravio provoca a tanta indignación desde luego.

SYLOCK.- ¿Consentirás que la serpiente te muerda dos veces?

ANTONIO.- Mira que estás hablando con un judlo. Más fácil te fuera arengar a las olas de la playa cuando más furiosas están y de esta forma conseguir que se calmen; o preguntar al lobo por qué devora a la oveja y deja huérfano al cordero; o mandar callar a los robles de la selva y conseguir que el viento no agite sus verdes ramas; en suma, mejor conseguirías cualquier imposible que ablandar el durísimo corazón de ese hebreo. No le ruegues más, no le importunes; haz que la ley se cumpla pronto, a su voluntad.

BASANIO.- En vez de los tres mil ducados toma seis.

SYLOCK.- Aunque dividieras cada uno de ellos en seis, no lo aceptaría. Quiero que se cumpla el trato.

DUX.- ¿Y quién ha de tener compasión de ti, si no la tienes de nadie?

SYLOCK.- ¿Y qué he de temer, si a nadie hago daño? Tantos esclavos tenéis, que pueden serviros como mulos, perros o asnos en los oficios más viles y groseros. Vuestros son; vuestro dinero os han costado. Si yo os dijera, dejadlos en libertad, casadlos con vuestras hijas, no los hagáis sudar bajo la carga, dadles camas tan nuevas como las vuestras y tan delicados manjares como los que vosotros coméis, ¿no me responderíais: son vuestros? Pues lo mismo os respondo yo. Esa libra de carne que pido es mía, y buen dinero me ha costado. Si no me la dais, maldigo de las leyes de Venecia y pido justicia. ¿Me la dais? ¿Sí o no?

DUX.- Usando de la autoridad que tengo, podría suspender el consejo, si no esperase al doctor Belario, famoso jurisconsulto de Pisa, a quien deseo oír en este negocio.

SALARINO.- Señor, fuera aguarda un criado que acaba de llegar de Padua con cartas del doctor.

DUX.- Entregádmelas, y que pase el criado.

BASANIO.- ¡Valor, Antonio! Te juro por mi nombre, que he de dar al judío toda mi carne y mi sangre y mis huesos antes de consentir que vierta una sola gota de la sangre tuya.

ANTONIO.- Soy como la res apartada en medio de un rebaño sano. La fruta podrida es siempre la primera que cae del árbol. Dejadla caer: tú, Basanio, sigue viviendo, y con eso pondrás un epitafio sobre mi sepulcro. (Sale Nerissa, disfrazada de pasante del procurador).

DUX.- ¿Vienes de Padua? ¿Traes algún recado del doctor Belario?

NERISSA.- Vengo de Padua, señor. Belario os saluda. (Le entrega la carta).

BASANIO.- Sylock, ¿por qué afilas tanto tu cuchillo?

SYLOCK.- Para cortar a Antonio la carne que me debe.

GRACIANO.- Ningún metal, ni aun el hierro de la segur del verdugo, te iguala en dureza, maldecido hebreo. ¿No habrá medio de amansarte?

SYLOCK.- No, por cierto, aunque mucho aguces tu entendimiento.

GRACIANO.- ¡Maldición sobre ti, infame perro! ¡Maldita sea la justicia que te deja vivir! Cuando te veo, casi doy asenso a la doctrina pitagórica que enseña la trasmigración de las almas de los brutos a los hombres. Sin duda, tu alma ha sido de algún lobo, inmolado por homicida, y que desde la horca fue volando a meterse en tu cuerpo cuando aún estabas en las entrañas de tu infiel madre, porque tus instintos son rapaces, crueles y sanguinarios como los del lobo.

SYLOCK.- Como no logres quitar el sello del contrato, nada conseguirás con tus destempladas voces sino ponerte ronco. Graciano, modera tus impetus y no pierdas la razón. Yo sólo pido justicia.

DUX.- Belario en esa carta recomienda al Consejo un joven bachiller, buen letrado. ¿Dónde está?

NERISSA.- Muy cerca de aqui, aguardando vuestra licencia para entrar.

DUX.- Y se la doy de todo corazón. Vayan dos o tres a recibirle de la manera más respetuosa. Entre tanto, leamos de nuevo la carta de Belario: Alteza, cuando recibí vuestra carta me hallaba gravemente enfermo, pero dio la casualidad de que, en el momento de llegar el mensajero, estaba conmigo un joven doctor de Padua llamado Baltasar. Le conté el pleito entre Antonio y el judio, repasamos pronto muchos libros, le dije mi parecer, que es el que os expondrá, rectificado por su inmenso saber, para el cual no hay elogio bastante. Él hará lo que deseáis. No os fijéis en lo mozo que es, ni creáis que por eso vale menos, pues nunca hubo en cuerpo tan juvenil, tan maduro entendimiento. Recibidle, pues, y más que mi recomendación, han de favorecerle sus propias acciones. Esto es lo que Belario dice. Aquí viene el doctor, si no me equivoco. (Sale Porcia, de abogado). ¿Venís por encargo de Belario?

PORCIA.- Sí, poderoso señor.

DUX.- Bien venido seáis. Tomad asiento. ¿Estáis enterado de la cuestión que ha de sentenciar el tribunal?

PORCIA.- Perfectamente enterado. ¿Quiénes son el mercader y el judio?

DUX.- Antonio y Sylock, acercaos.

PORCIA.- ¿Sois vos Sylock?

SYLOCK.- Ése es mi nombre.

PORCIA.- Raro litigio tenéis; extraña es vuestra demanda, y no se os puede negar, conforme a las leyes de Venecia. Corre mucho peligro vuestra victima. ¿No es verdad?

ANTONIO.- Verdad es.

PORCIA.- ¿Confesáis haber hecho ese trato?

ANTONIO.- Lo confieso.

PORCIA.- Entonces es necesario que el judío se compadezca de vos.

SYLOCK.- ¿Y por qué? ¿Qué obligación tengo? Decídmelo.

PORCIA.- La clemencia no quiere fuerza; es como la plácida lluvia del cielo que cae sobre un campo y le fecunda; dos veces bendita porque consuela al que la da y al que la recibe. Ejerce su mayor poder entre los grandes; el signo de la autoridad en la tierra es el cetro, rayo de los monarcas. Pero aún vence el cetro la clemencia, que vive, como en su trono, en el alma de los reyes. La clemencia es atributo divino, y el poder humano se acerca al de Dios cuando modera con la piedad la justicia. Hebreo, ya que pides no más que justicia, piensa que si sólo justicia hubiera, no se salvaría ninguno de nosotros. Todos los días en la oración, pedimos clemencia, pero la misma oración nos enseña a perdonar como deseamos que nos perdonen. Te digo esto sólo para moverte a compasión, porque como insistas en tu demanda, no habrá más remedio, con arreglo a las leyes de Venecia, que sentenciar el pleito en favor tuyo y contra Antonio.

SYLOCK.- Yo cargo con la responsabilidad de mis actos. Pido que se ejecute la ley y que se cumpla el contrato.

PORCIA.- ¿No puede pagar en dinero?

BASANIO.- Yo le ofrezco en nombre suyo, y duplicaré la cantidad, y aun la pagaré diez veces, si es necesario, y daré en prenda las manos, la cabeza y hasta el corazón. Si esto no os parece bastante, será porque la malicia vence a la inocencia. Romped para este solo caso esa ley tan dura. Evitaréis un gran mal con uno pequeño y contendréis la ferocidad de ese tigre.

PORCIA.- Imposible. Ninguno puede alterar las leyes de Venecia. Seria un ejemplo funesto, una causa de ruina para el estado. No puede ser.

SYLOCK.- ¡Es un Daniel quien nos juzga! ¡Sabio y joven juez, bendito seas!

PORCIA.- Déjame examinar el contrato.

SYLOCK.- Tómalo, reverendísimo doctor.

PORCIA.- Sylock, te ofrecen tres veces el doble de esa cantidad.

SYLOCK.- ¡No! ¡No! Lo he jurado y no quiero ser perjuro, aunque se empeñe toda Venecia.

PORCIA.- Ha expirado el plazo, y dentro de la ley puede el judío reclamar una libra de carne de su deudor. Ten piedad de él; recibe el triple y déjame romper el contrato.

SYLOCK.- Cuando en todas sus partes esté cumplido. Pareces juez integro, conoces de ley, has explicado bien el caso; sólo te pido con arreglo a esa ley, de la cual eres fiel intérprete, sentencies pronto. Te juro que no hay poder humano que me haga dudar ni vacilar un punto. Pido que se cumpla la escritura.

ANTONIO.- Pido al tribunal que sentencie.

PORCIA.- Bueno, preparad el pecho a recibir la herida.

SYLOCK.- ¡Oh sabio y excelente juez!

PORCIA.- La ley no tiene duda ni admite excepción en cuanto a la pena.

SYLOCK.- ¡Cierto, cierto! ¡Oh docto y severísimo juez! ¡Cuánto más viejo en jurisprudencia que en años!

PORCIA.- Apercibid el pecho, Antonio.

SYLOCK.- Si, si, ése es el contrato. ¿No es verdad, sabio juez? ¿No dice que ha de ser cerca del corazón?

PORCIA.- Verdad es. ¿Tenéis una balanza para pesar la carne?

SYLOCK.- Aqui la tengo.

PORCIA.- Traed un cirujano que restañe las heridas, Sylock, porque corre peligro de desangrarse.

SYLOCK.- ¿Dice eso la escritura?

PORCIA.- No entra en el contrato, pero debéis hacerla como obra de caridad.

SYLOCK.- No lo veo aqui, la escritura no lo dice.

PORCIA.- ¿Tenéis algo que alegar, Antonio?

ANTONIO.- Casi nada. Dispuesto estoy a todo y armado de valor. Dame la mano, Basanio. Adiós, amigo. No te duelas de que he perecido por salvarte. La fortuna se ha mostrado conmigo más clemente de lo que acostumbra. Suele dejar que el infeliz sobreviva a la pérdida de su fortuna y contemplar con torvos ojos su desdicha y pobreza, pero a mi me ha libertado de esa miseria. Saluda en mi nombre a tu honrada mujer; cuéntale mi muerte; dile cuánto os quise; sé fiel a mi memoria, y cuando ella haya oido toda la historia, podrá juzgar y sentenciar si fui o no buen amigo de Basanio. No me quejo del pago de la deuda; pronto la habré satisfecho toda si la mano del judio no tiembla.

BASANIO.- Antonio, quiero más a mi mujer que a mi vida, pero no te amo a ti menos que a mi mujer y a mi alma y a cuanto existe, y juro que lo daria todo por salvarte.

PORCIA.- No te habia de agradecer tu esposa tal juramento si estuviera aquí.

BASANIO.- Ciertamente que adoro a mi esposa. ¡Ojalá estuviese en el cielo para que intercediera con algún santo que calmase le ira de ese perro!

NERISSA.- Gracias que no te oye tu mujer, porque con tales deseos no podria haber paz en vuestra casa.

SYLOCK.- ¡Qué cónyuges! ¡Y son cristianos! Tengo una hija, y preferiria que se casase con ella un hijo de Barrabás antes que un cristiano. Pero estamos perdiendo el tiempo. No os detengáis; prosiga la sentencia.

PORCIA.- Según la ley y la decisión del tribunal, te pertenece una libra de su carne.

SYLOCK.- ¡Oh juez doctisimo! ¿Has oído la sentencia, Antonio? Prepárate.

PORCIA.- Un momento no más. El contrato te otorga una libra de su carne, pero ni una gota de su sangre. Toma la carne, que es lo que te pertenece; pero si derramas una gota de su sangre, tus bienes serán confiscados conforme a la ley de Venecia.

GRACIANO.- ¿Lo has oído, Sylock?
SYLOCK.- ¡Oh juez recto y bueno! ¿Eso dice la ley?

PORCIA.- Tú mismo lo verás. Justicia pides, y la tendrás tan cumplida como deseas.

GRACIANO.- ¡Oh juez íntegro y sapientísimo!

SYLOCK.- Me conformo con la oferta del triple; poned en libertad al cristiano.

BASANIO.- Aqui está el dinero.

PORCIA.- ¡Deteneos! Tendrá el hebreo completa justicia. Se cumplirá la escritura.

GRACIANO.- ¡Qué juez tan prudente y recto!

PORCIA.- Prepárate ya a cortar la carne, pero sin derramar la sangre, y ha de ser una libra, ni más ni menos. Si tomas más, aunque sea la vigésima parte de un adarme, o inclinas, por poco que sea, la balanza, perderás la vida y la hacienda.

GRACIANO.- ¡ES un Daniel, es un Daniel! Al fin te hemos cogido.

PORCIA.- ¿Qué esperas? Cúmplase la escritura.

SYLOCK.- Me iré si me dais el dinero.

BASANIO.- Aqui está.

PORCIA.- Cuando estabas en el tribunal, no quisiste aceptarlo. Ahora tiene que cumplirse la escritura.

GRACIANO.- ¡Es otro Daniel, otro Daniel! Frase tuya felicísima, Sylock.

SYLOCK.- ¿No me daréis ni el capital?

PORCIA.- Te daremos lo que te otorga el contrato. Cóbralo si te atreves, judío.

SYLOCK.- ¡PUes que se quede con todo, y el diablo le lleve! Adiós.

PORCIA.- Espera judio. Aun así te alcanzan las leyes. Si algún extraño atenta por medios directos o indirectos contra la vida de un súbdito veneciano, éste tiene derecho a la mitad de los bienes del reo, y el estado a la otra mitad. El dux decidirá de su vida. Es así que tú, directa o indirectamente, has atentado contra la existencia de Antonio; luego la ley te coge de medio a medio. Póstrate a las plantas del dux y pidele perdón.

GRACIANO.- Y suplícale que te conceda la merced de que te ahorques por tu mano; aunque estando confiscados tus bienes, no te habrá quedado con qué comprarte una cuerda y tendrá que ahorcarte el pueblo a su costa.

DUX.- Te concedo la vida, Sylock, aun antes que me la pidas, para que veas cuánto nos diferenciamos de ti. En cuanto a tu hacienda, la mitad pertenece a Antonio, y la otra mitad al Estado, pero quizá puedas condonarla mediante el pago de una multa.

PORCIA.- La parte del Estado, no la de Antonio.

SYLOCK.- ¿Y para qué quiero vivir? ¿Cómo he de vivir? Me dejáis la casa, quitándome los puntales que la sostienen.

PORCIA.-¿Qué puedes hacer por él, Antonio?

GRACIANO.- Regálale una soga, y basta.

ANTONIO.- Si el dux y el tribunal le dispensan del pago de la mitad de su fortuna al erario, yo le perdono la otra media, con dos condiciones: la primera, que abjure de sus errores y se haga cristiano; la segunda, que por una escritura firmada en esta misma audiencia, destituya herederos de todo a su hija y a su yerno Lorenzo.

DUX.- Juro que así lo hará, o si no, revocaré el poder que le he concedido.

PORCIA.- ¿Aceptas, judío? ¿Estás satisfecho?

SYLOCK.- Estoy satisfecho y acepto.

PORCIA.- Hágase, pues, la donación en forma.

SYLOCK.- Yo me voy, si me lo permitls, porque estoy enfermo. Enviadme el acta y yo la firmaré.

DUX.- Vete, pero lo harás.

GRACIANO.- Tendrás dos padrinos cuando te bauticen. Si yo fuera juez, habías de tener diez más, para que te llevasen a la horca y no al bautismo. (Se va Sylock).

DUX.- (A Porcia). Os invito a mi mesa.

PORCIA.- Perdone vuestra alteza, pero hoy mismo tengo que ir a Padua, y no me es lícito detenerme.

DUX.- ¡Lástima que os detengáis tan poco tiempo! Antonio, haz algún obsequio al forastero, que a mi entender, algo merece. (Vase el dux, y con él, los senadores).

BASANIO.- Digno y noble caballero, gracias a vuestra agudeza y buen entendimiento, nos vemos hoy libres mi amigo y yo de una calamidad gravisima. En pago de tal servicio, os ofrecemos los tres mil ducados que debíamos al judio.

ANTONIO.- Y será eterno nuestro agradecimiento en obras y palabras.

PORCIA.- Bastante paga es para mi el haberos salvado. Nunca fue el interés norte de mis acciones. Si alguna vez nos encontramos, reconocedme, no os pido más. Adiós.

BASANIO.- Yo no puedo menos de insistir, hidalgo. Admitid un presente, un recuerdo, no como paga. No rechacéis nuestras ofertas. Perdón.

PORCIA.- Necesario es que ceda. (A Antonio). Llevaré por memoria vuestros guantes. (A Basanio). Y en prenda de cariño, vuestra sortija. No apartéis la mano, es un favor que no podéis negarme.

BASANIO.- ¡Pero si esta sortija nada vale! Vergúenza tendría de dárosla.

PORCIA.- Por lo mismo la quiero, y nada más aceptaré. Tengo capricho de poseerla.

BASANIO.- Vale mucho más de lo que ha costado. Os daré otra sortija, la de más precio que haya en Venecia. Echaré público pregón para encontrarla. Pero ésta no puede ser ... perdonadme.

PORCIA.- Sois largo en las promesas, caballero. Primero me enseñasteis a mendigar, y ahora me enseñáis como se responde a un mendigo.

BASANIO.- Es regalo de mi mujer ese anillo, y le hice juramento y voto formal de no darlo, perderlo ni venderlo.

PORCIA.- Pretexto fútil, que sirve a muchos para negar lo que se les pide. Aunque vuestra mujer fuera loca, me parece imposible que eternamente le durara el enojo por un anillo, mucho más sabiendo la ocasión de este regalo. Adiós. (Se van Parcia y Nerissa).

ANTONIO.- Basanio, dale el anillo, que tanto como la promesa hecha a tu mujer valen mi amistad y el servicio que nos ha prestado.

BASANIO.- Corre, Graciano, alcánzale, dale esta sortija, y si puedes llévale a casa de Antonio. No te detengas. (Vase Graciano). Dirijámonos hacia tu casa, y mañana al amanecer volaremos a Belmonte. En marcha, Antonio.


ESCENA SEGUNDA

Una calle de Venecia

PORCIA Y NERISSA


PORCIA.- Averigua la casa del judío, y hazle firmar en seguida esta acta. Esta noche nos vamos, y llegaremos así un día antes que nuestros maridos. ¡Cuánto me agradecerá Lorenzo la escritura que le llevo!

GRACIANO.- Grande ha sido mi fortuna en alcanzaros. Al fin, después de haberlo pensado bien, mi amo, el señor Basanio, os manda esta sortija y os convida a comer hoy.

PORCIA.- No es posible. Pero acepto con gusto la sortija. Decídselo así, y enseñad a este criado mío la casa de Sylock.

GRACIANO.- Así lo haré.

NERISSA.- Señor, oídme un instante. (A Porcia). Quiero ver si mi esposo me da el anillo que juró conservar siempre.

PORCIA.- De seguro lo conseguirás. Luego nos harán mil juramentos de que a hombres y no a mujeres entregaron sus anillos, pero nosotras los desmentiremos, y si juran, juraremos más que ellos. No te detengas, te espero donde sabes.

NERISSA.- Ven, mancebo, enséñame la casa.


ACTO QUINTO

Escena Primera

Alameda que conduce a la casa de campo de Porcia en Belmonte

LORENZO Y JESSICA


LORENZO.- ¡Qué hermosa y despejada brilla la luna! Sin duda en una noche como ésta, en que el céfiro besaba mansamente las hojas de los árboles, escaló el amante Troílo las murallas de Troya, volando su alma hacia las tiendas griegas, donde aquella noche reposaba Créssida.

JÉSSICA.- Y en otra noche como ésta, Tisbe, con temerosos pasos, fue marchando sobre la mojada hierba, y viendo la espantosa sombra del león, se quedó aterrada.

LORENZO.- Y en otra noche como ésta, la reina Dido, armada su diestra con una vara de sauce, bajó a la ribera del mar y llamó hacia Cartago al fugitivo Eneas.

JÉSSICA.- En otra noche así, fue cogiendo Medea las mágicas hierbas con que rejuveneció al viejo Esón.

LORENZO.- Y en otra noche por el mismo estilo, abandonó Jéssica la casa del rico judío de Venecia, y con su amante huyó a Belmonte.

JÉSSICA.- En aquella noche juró Lorenzo que la amaba con amor constante, y la engañó con mil falsos juramentos.

LORENZO.- En aquella noche, Jéssica, tan pérfida como hermosa, ofendió a su amante, y él le perdonó la ofensa.

JÉSSICA.- No me vencerías en esta contienda si estuviéramos solos, pero viene gente. (Sale Estéfano).

LORENZO.- ¿Quién viene en el silencio de la noche?

ESTÉFANO.- Un amigo.

LORENZO.- ¿Quién? Decid vuestro nombre.

ESTÉFANO.- Soy Estéfano. Vengo a deciros que, antes que apunte el alba, llegará mi señora de Belmonte. Ha venido arrodillándose y haciendo oración al pie de cada cruz que halla en el camino, para que fuese feliz su vida conyugal.

LORENZO.- ¿Quién viene con ella?

ESTÉFANO.- Un venerable ermitaño y su doncella. Dime, ¿ha vuelto el amo?

LORENZO.- Todavía no, ni hay noticia suya. Vamos a casa, amigo, a hacer los preparativos para recibir al ama como ella merece. (Sale Lanzarote).

LANZAROTE.- ¡Hola, ea!

LORENZO.- ¿Quién?

LANZAROTE.- ¿Habéis visto a Lorenzo o a la mujer de Lorenzo?

LORENZO.- No grites aquí estamos.

LANZAROTE.- ¿Dónde?

LORENZO.- Aquí.

LANZAROTE.- Decidle que aquí viene un nuncio de su amo, cargado de buenas noticias. Mi amo llegará al amanecer. (Se va).

LORENZO.- Vamos a casa, amada mía, a esperarlos. Pero, ¿ya para qué es entrar? Estéfano, te suplico que vayas a anunciar la venida del ama, y mandes a los músicos salir al jardín. (Se va Estéfano). ¡Qué mansamente resbalan los rayos de la luna sobre el césped! Recostémonos en él; prestemos atento oído a esa música suavísima, compañera de la soledad y del silencio. Siéntate, Jéssica; mira la bóveda celeste tachonada de astros de oro. Ni aun el más pequeño deja de imitar en su armonioso movimiento el canto de los ángeles, uniendo su voz al coro de los querubines. Tal es la armonía de los seres inmortales, pero mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura cárcel, no la entiende ni percibe. (Salen los músicos). Tañen las cuerdas, despertad a Diana con su himno, halagad los oídos de vuestra señora y conducidla a su casa entre música.

JÉSSICA.- Nunca me alegran los sones de la música.

LORENZO.- Es porque se conmueve tu alma. Mira en el campo una manada de alegres novillos o de ardientes y cerriles potros; míralos correr, agitarse, mugir, relinchar. Pero en llegando a sus oídos son de clarín o ecos de música, míralos inmóviles mostrando dulzura en sus miradas, como rendidos y dominados por la armonía. Por eso dicen los poetas que el tracio Orfeo arrastraba en pos de sí árboles, ríos y fieras; porque nada hay tan duro, feroz y selvático que resista el poder de la música. El hombre que no siente ningún género de armonía, es capaz de todo engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quien se fíe de él! Oye, Jéssica. (Salen Porcia y Nerissa).

PORCIA.- En mi sala hay luz. ¡Cuán lejos llegan sus rayos! De esta forma es el resplandor de una obra buena en este perverso mundo. De esta forma oscurece a una gloria menor otra más resplandeciente. De esta forma brilla el ministro hasta que aparece el monarca, pero entonces desaparece su pompa, como se pierde en el mar un arroyo. ¿No oyes música?

NERISSA.- Debe ser en tu puerta.

PORCIA.- Suena aún más agradable que de día.

NERISSA.- Efecto del silencio, señora.

PORCIA.- El cantar del cuervo es tan dulce como el de la alondra, cuando no atendemos a ninguno de los dos, y de seguro que si el ruiseñor cantara de día, cuando graznan los patos, nadie le tendría por tan buen cantor. ¡Cuánta perfección tiene las cosas hechas el tiempo! ¡Silencio! Duerme Diana en brazos de Endimión, y no tolera que nadie turbe su sueño. (Calla la música).

LORENZO.- Es voz de Porcia, o me equivoco mucho.

PORCIA.- Me conoce como conoce el ciego al cuco: en la voz.

LORENZO.- Señora mía, bien venida seáis a esta casa.

PORCIA.- Hemos rezado mucho por la salud de nuestros maridos. Esperamos que logren buena fortuna gracias a nuestras oraciones. ¿Han vuelto?

LORENZO.- Todavía no, pero delante de ellos vino un criado a anunciar su venida.

PORCIA.- Nerissa, vete y di a los criados que no cuenten nada de nuestra ausencia. Vosotros haced lo mismo, por favor.

LORENZO.- ¿No oís el son de una trompa de caza? Vuestro esposo se acerca. Fiad en nuestra discreción, señora.

PORCIA.- Esta noche me parece un día enfermo; está pálida; parece un día anubarrado. (Salen Basanio, Antonio, Graciano y acompañamiento).

BASANIO.- Si amanecierais vos, cuando él se ausenta, cena de día al mismo tiempo que en el hemisferio contrario.

PORCIA.- ¡Dios nos ayude! ¡Bien venido seáis a esta casa, señor mío!

BASANIO.- Gracias, señora. Esta bienvenida dádsela a mi amigo. Éste es aquel Antonio a quien tanto debo.

PORCIA.- Grande debe ser la deuda, pues si no he entendido mal, por vos se vio en gran peligro.

ANTONIO.- Por grande que fuera, está bien pagada.

PORCIA.- Con bien vengáis a nuestra casa. El agradecimiento se prueba con obras, no con palabras. Por eso no me detengo en discursos vanos.

GRACIANO.- (A Nerissa). Te juro por la luna que no tienes razón y que me agravias. Ese anillo se lo di a un pasante de letrado. ¡Muerto le viera yo si hubiera sabido que tanto lo sentirías, amor mío!

PORCIA.- ¿Qué cuestión es ésa?

GRACIANO.- Todo es por un anillo, un mal anillo de oro que ella me dio, con sus letras grabadas que decían: Nunca olvides mi amor.

NERISSA.- No se trataba del valor del anillo, ni de la inscripción, sino que cuando te lo di me juraste conservarlo hasta la muerte y lIevarlo contigo al sepulcro. Y ya que no fuera por amor mlo, a lo menos por los juramentos y ponderaciones que hiciste, debías haberlo guardado como un tesoro. Dices que lo diste al pasante de un letrado. Bien sabe Dios que a ese pasante nunca le saldrán las barbas.

GRACIANO.- Sí que le saldrán, si llega a ser hombre y tenerlas. Con esta mano se lo di. Era un rapazuelo, sin bozo, tan bajo como tú, pasante de un abogado, grande hablador. Me pidió el anillo en pago de un favor que me había hecho, y no supe negárselo.

PORCIA.- Pues hiciste mal, si he de decirte la verdad, en entregar tan pronto el primer regalo de tu esposa, que ella colocó en tu dedo con tantos juramentos y promesas. Yo di otro anillo a mi esposo, y le hice jurar que nunca le perdería ni entregarla a nadie. Estoy segura que no lo hará ni por todo el oro del mundo. Graciano, mucha razón tiene tu mujer por estar enojada contigo. Yo me volverla loca.

BASANIO.- ¿Qué podré hacer? ¿Cortarme la mano izquierda y decir que perdi el anillo defendiéndome?

GRACIANO.- Pues también a mi amo Basanio le pidió su anillo el juez, y él se lo dio. Luego, el pasante, que nos había servido bien en su oficio, me pidió el mio, y yo no supe cómo negárselo, porque ni el señor ni el criado quisieron recibir más galardón que los dos anillos.

PORCIA.- ¿Y tú qué anillo le diste, Basanio? Creo que no seria el que yo te entregué.

BASANIO.- Si yo tuviera malicia bastante para acrecentar mi pecado con la mentira, te lo negaría, Porcia. Pero ya ves, mi dedo está vaclo. He perdido el anillo.

PORCIA.- No, lo que tienes vacia de verdad es el alma. Y juro a Dios que no he de ocupar tu lecho hasta que me muestres el anillo.

NERISSA.- Ni yo el de éste, hasta que me presente el suyo.

BASANIO.- Amada Parcia, si supieras a quién se lo di, y por qué, y con cuánto dolor de mi alma, y sólo porque no quiso recibir otra cosa que el anillo, tendrías lástima de mi.

PORCIA.- Y si tú supieras las virtudes de ese anillo, o el valor de quien te lo dio, o lo que te importaba conservarle, nunca le hubieras dado. ¿Por qué había de haber un hombre tan loco, que defendiéndolo tú con alguna insistencia, se empeñara en arrebatarte un don tan preciado? Bien dice Enriza, ella está en lo cierto, sin duda diste el anillo a alguna dama.

BASANIO.- ¡No, señora! Lo juro por mi honor, por mi alma, se lo di a un doctor en Derecho, que no quería aceptar tres mil ducados, y que me pidió el anillo. Se lo negué, bien a pesar mío, porque se fue desairado el hombre que había salvado la vida de mi mejor amigo. ¿Y qué he de añadir, amada Porcia? Tuve que dárselo; la gratitud y la cortesía me mandaban hacerlo. Perdóname, señora, si tú misma hubieras estado allí, pongo por testigos a estos lucientes astros de la noche, me hubieras pedido el anillo para dárselo al juez.

PORCIA.- ¡Nunca se acerque él a mi casa! Ya que tiene la prenda que yo más quería, y que me juraste por mi amor guardar eternamente, seré tan liberal como tú; no le negaré nada, ni siquiera mi persona ni tu lecho. De seguro que le conoceré. Ten cuidado de dormir todas las noches en casa, y de velar como Argos, porque si no, si me dejas sola, te prometo por mi honra, pues todavía la conservo, que dormiré con ese abogado.

NERISSA.- Y yo con el pasante. ¡Conque, ojo!

GRACIANO.- Bueno, haz lo que quieras, pero si cojo al pasante, he de cortarle la pluma.

ANTONIO.- Por mi son todas esas infaustas reyertas.

PORCIA.- No os alarméis, pues a pesar de todo, seréis bien recibido.

BASANIO.- Perdón, Porcia, te he ofendido, y aquí, delante de estos amigos, te juro por la luz de esos divinos ojos en que me miro ...

PORCIA.- ¡Fijaos bien! Dice que se mira en sus ojos, que ve un Basanio en cada uno de ellos. Juras por el doblez de tu alma, y juras con verdad.

BASANIO.- ¡Perdóname, por Dios! ¡Te juro que en mi vida volveré a faltar a ninguna palabra que te dé!

ANTONIO.- Una vez empeñé mi cuerpo en servicio suyo, y hubiera yo perdido la vida, a no ser por el ingenio de aquel hombre a quien vuestro marido galardonó con el anillo. Yo empeño de nuevo mi palabra de que Basanio no volverá a faltar a sus promesas, a lo menos a sabiendas.

PORCIA.- Está bien. Saldréis por fiador suyo. Dadle la joya, y pedidle que la tenga en más estima que la primera.

ANTONIO.- Toma, Basanio, y jura que nunca dejarás este anillo.

BASANIO.- ¡Dios santo! ¡El mismo que di al juez!

PORCIA.- Él me lo entregó. ¡Perdón, Basanio! Yo le concedí favores por ese anillo.

NERISSA.- ¡Perdón, Graciano! El rapazuelo del pasante me gozó ayer en pago de este anillo.

GRACIANO.- Esto es como allanar las sendas en verano. ¿Ya tenemos cuernos, sin merecerlos?

PORCIA.- No decís mal. Pero voy a sacaros de la duda. Leed esta carta cuando queráis. En ella veréis que el letrado fue Porcia y el pasante Nerissa. Lorenzo podrá dar testimonio de que apenas habíais pasado el umbral de esta casa, salí yo, y que he vuelto ahora mismo. Bienvenido seas, Antonio. Tengo buenas nuevas para ti. Lee esta carta. Por ella sabrás que tres de tus barcos, cargados de mercaderías, han llegado a puerto seguro. No he de decirte por qué raros caminos ha llegado a mis manos esta carta.

ANTONIO.- No sé qué decir.

BASANIO.- ¿Tú, señora, fuiste el letrado, y yo no te conocía?

GRACIANO.- ¿Y tú, Nerissa, el pasante?

NERISSA.- Sí, pero un pasante que no piensa engalanar tu frente mientras fuere tu mujer.

BASANIO.- Amado doctor, partiréis mi lecho, y cuando yo falte de casa, podréis dormir con mi mujer.

ANTONIO.- Bellísima dama, me habéis devuelto la salud y la fortuna. Esta carta me dice que mis bajeles han llegado a puerto de salvación.

PORCIA.- Y para ti, Lorenzo, también tiene alguna buena noticia mi pasante.

NERISSA.- Y se la daré sin interés. Toma esta escritura. Por ella os hace donación el judio de toda su hacienda para cuando él fallezca.

LORENZO.- Tus palabras, señora, son como el maná para los cansados israelitas.

PORCIA.- Ya despunta el alba, y estoy segura de que todavía no os satisface lo que acabo de deciros. Entrémonos en casa y os responderé a cuanto me preguntéis.

GRACIANO.- Sea. Y lo primero a que me ha de responder Nerissa es si quiere más acostarse ahora o esperar a la noche siguiente, puesto que ya está tan cercana la aurora. Si fuera de día, yo seria el primero en desear que apareciese la estrella de la tarde para acostarme con el pasante del letrado. Lo juro por mi honor; mientras viva, no perderé el anillo de Nerissa.

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