DESPERTAR DE PRIMAVERA Frank Wedekind




DESPERTAR DE PRIMAVERA


Frank Wedekind








PERSONAJES
WENDLA
MARTA Muchachas
THEA
ILSE
MELCHOR
MAURICIO
HANS RILOW
OTTO Escolares
JORGE
ERNESTO
ROBERTO
LAMMERMEIER
SONNENSTICH
AFFENSCHMALZ
KNUPPELDICK
HUNGERGURT Profesores del Liceo
KNOCHENBRUCH
ZUNGENSSCHLAG
FLIEGENTOD
HABEBALD . . . . . . . . . . . . . . . . . . Bedel
LA SEÑORA BERGMANN . . . . . . . Madre de Wendla
INA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Hija mayor de la señora Bergmann
LA SEÑORA GABOR Padres de Melchor
EL SEÑOR GABOR
EL PASTOR KAHLBAUCH
EL SEÑOR STIEFEL . . . . . . . . . . . . Padre de Mauricio
EL TÍO PROBST
EL AMIGO ZEIGENMELKER
EL DOCTOR BRAUSENPULVER
DIETHELM
REINHOLD
RUPERTO Jóvenes recluidos en el correccional
HELMUTH
GASTON
EL DOCTOR PROKUSTES . . . . . . . . . . . . Director del correccional
UN CABALLERO ENMASCARADO
UN CERRAJERO
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
Habitación
WENDLA¿Por qué has hecho tan largo el vestido, madre?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Hoy cumples catorce años!
WENDLA
De haber sabido que me harías tan largo el vestido, hubiera preferido no cumplirlos.
LA SEÑORA BERGMANN
El vestido no es tan largo Wendla. ¡Qué quieres! ¡No es mía la culpa de que mi hija crezca cada
primavera dos pulgadas más! Una mujercita como tú no debe andar con un trajecito princesa.
WENDLA
De todos modos el trajecito princesa me sienta mejor que este camisón. ¡Oh madre... déjamelo
llevar aún... siquiera este verano! A los catorce, o a los quince, siempre tendré tiempo de
ponerme este sayal... Lo guardaremos hasta mi próximo cumpleaños... Ahora me pisaría el
borde.
LA SEÑORA BERGMANN
No sé qué decirte... Me gustaría tenerte siempre como ahora... hija... A tu edad otras
muchachas son tan tiesas y pesadotas... pero tú eres todo lo contrario. ¡Quién sabe cómo te
habrás desarrollado cuando las otras lleguen a mujeres!
WENDLA
¡Quién sabe...! Acaso no viva para entonces...
LA SEÑORA BERGMANN
¡Niña... niña...! ¡Cómo pueden ocurrírsete esos pensamientos!
WENDLA
¡No... mamita... no! ¡No te pongas triste...!
LA SEÑORA BERGMANN
Besándola
¡Corazón mío! Mi único amor!
WENDLA
Esos pensamientos me asaltan de noche. Con el insomnio. ¡Pero no me entristecen! Después
duermo mucho mejor... ¿Es pecado pensar en tales cosas...?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Anda, coge tu sayal y cuélgalo en el armario!... Sigue llevando tu trajecito princesa... Le
añadiré un volante de un palmo.
WENDLA
Colgando el traje
¡Quisiera haber cumplido ya los veinte...!
LA SEÑORA BERGMANN
Pero... ¿Y no tendrás frío? En un tiempo fue el traje bastante largo, pero ahora...
WENDLA
¡Y ahora que viene el verano... madre! ¡Por las piernas no entra la difteria a los niños!... ¿Por
qué tener tanto miedo?... ¡A mi edad no se siente frío y menos en las piernas! O ¿crees acaso
preferible, madre, tener demasiado calor? Da gracias a Dios, si un buen día tu corazoncito no se
descose las mangas, y se te presenta al atardecer, entre dos luces, descalza y sin medias... ¡Y
cuando no tenga más remedio que ponerme el sayal... me vestiré interiormente como una
sílfide!... ¡No me regañes madrecita...! No se verá entonces nada.
ESCENA SEGUNDA
Una calle. Tarde de domingo
MELCHOR
¡Esto es ya mucho aburrimiento! ¡No lo aguanto más...!
OTTO¡Pues qué diríamos nosotros entonces!... ¿Has hecho los temas, Melchor?
MELCHOR
¡Yo me voy!
MAURICIO
¿A dónde vas?
MELCHOR
De paseo.
JORGE
Está anocheciendo.
ROBERTO
¿Pero has acabado los temas?
MELCHOR
¿Y por qué no he de pasearme?
ERNESTO
América Central... Luis XV... Sesenta versos de Homero... Siete ecuaciones...
MELCHOR
¡Malditos temas!
JORGE
¡Si al menos no tocara mañana el ejercicio de latín!
MAURICIO
¡No puede uno pensar nada sin que venga a estorbarle la preocupación de un tema!
OTTO
Me voy a casa...
JORGE
Yo también... a hacer los temas...
ERNESTO
Yo también... yo también...
ROBERTO
Buenas noches, Melchor...
MELCHOR
¡Que descanses!
Todos se marchan menos Mauricio y Melchor.
MELCHOR
¡De veras quisiera saber para qué hemos venido al mundo!
MAURICIO
Preferiría ser jaco de coche de alquiler... aunque no fuera más que por el Colegio... ¿Para qué
se va al Colegio...? Vamos al Colegio para que nos examinen! ¿Y para qué nos examinan?
Para suspendernos... Siete víctimas tiene necesariamente que haber desde luego... ¡Y esto,
porque en la clase de arriba sólo caben sesenta...! Desde las navidades pasadas no sé qué me
sucede... ¡Por vida del diablo! Si no fuera por papá liaría los bártulos y me marcharía a Altona!
MELCHOR
Hablemos de otra cosa...
Pasean
MAURICIO
¿Ves aquel gato... allí con el rabo tieso?
MELCHOR
¿Eres supersticioso?
MAURICIO
No lo sé de fijo. ¡El gato venía de allí! Claro que no significa nada.
MELCHOR
Creo que la superstición es el Caribdis en que caen todos los que se libran del Scyla de la
preocupación religiosa... Sentémonos al pie de aquella haya... El viento templado soplasuavemente por las cimas de las montañas. Quisiera ser una joven hamariada, de las que allá
arriba, en el bosque, durante la noche se dejan mecer por los vientos de las más altas cimas...
MAURICIO
¡Abróchate el chaleco, Melchor!
MELCHOR
Como el viento hincha mis vestidos.
MAURICIO
Cada vez es más grande la oscuridad. Ya apenas se ve uno las manos. ¿Dónde estás?... ¿Crees
tú también, Melchor, que el sentimiento del pudor en el hombre, no es más que un producto de
la educación?
MELCHOR
Anteayer pensé por vez primera sobre este asunto... A mí me parece que el pudor está muy
arraigado en la naturaleza humana. Figúrate que tuvieras tú que ponerte en cueros delante de tu
mejor amigo. No te decidirías si él no lo hiciera al mismo tiempo... Es también, más o menos,
cuestión de moda.
MAURICIO
Lo he decidido ya... cuando tenga hijos, haré que duerman juntos, varones y hembras, desde un
principio, en el mismo cuarto... y si fuera posible el mismo lecho. Tanto al levantarse como al
ir a la cama se ayudarán a vestirse y desnudarse... En la estación de los calores no llevarán, ni
niños ni niñas, más que una túnica blanca de algodón, ceñida con una correa... Creo que
educándose de este modo... cuando después sean mayores... estarán más sosegados que
nosotros, por regla general, lo estamos.
MELCHOR
¡Convencido, Mauricio!... Pero la cuestión es. ¿Qué pasa si las chicas tienen de pronto hijos...?
MAURICIO
Cómo ¿Tener hijos?
MELCHOR
Con respecto a eso creo en la existencia de un cierto instinto. Creo, por ejemplo, que si se
encierran un gato y una gata de cachorrillos y se les mantiene aislados de todo contacto con el
mundo exterior... quiero decir, si se les abandona a sus propios instintos... tarde o temprano la
gata quedará preñada... a pesar de que, como el gato, no tuvo a la vista ejemplo alguno.
MAURICIO
¡Al fin y al cabo es natural!... ¡Entre animales!
MELCHOR
Y con mayor motivo entre los hombres... ¡Considera, Mauricio! Si tu hijo duerme en una
misma cama... y de repente le acometen las primeras excitaciones sexuales... apostaría con
cualquiera a que...
MAURICIO
Es posible que tengas razón... ¡Pero sin embargo!...
MELCHOR
Y lo mismo sucedería a la chica al llegar a cierta edad... No precisamente que sea lo mismo en
las muchachas. Es cierto que no puede esto juzgarse así con exactitud... Pero, no obstante,
puede presumirse... Y, por otra parte, la curiosidad no dejaría de hacer las suyas.
MAURICIO
¡A propósito, una pregunta!...
MELCHOR
¡Di!
MAURICIO
¿Pero me contestarás?
MELCHOR
Naturalmente.
MAURICIO¿De veras?
MELCHOR
¡Palabra!... ¿De qué se trata, Mauricio?
MAURICIO
¿Has terminado tus temas...?
MELCHOR
¡Acaba de desembuchar lo que quieras...! sin rodeos. Aquí nadie puede oírnos.
MAURICIO
Se sobreentiende que dedicaría mis chicos a trabajar en el huerto o en el jardín durante todo el
día, o que los distraería con juegos que exigieran un esfuerzo físico... Montarían a caballo,
harían gimnasia, treparían. Y, sobre todo, no dormirían tan mullidamente como nosotros
dormimos... Creo que no se sueña tanto como se duerme sobre lecho duro.
MELCHOR
Desde esta época hasta la vendimia duermo en mi hamaca. He arrinconado la cama detrás de la
estufa. Es plegable. El invierno pasado soñé una vez que había fustigado de tal manera a
nuestro perro Lolo, que éste quedó tendido sin poder moverse... Ha sido lo más terrible que
jamás soñé... ¿Po qué me miras así... tan asombrado?
MAURICIO
¿Las has sentido ya...?
MELCHOR
¿El qué?
MAURICIO
¿Cómo decías antes?
MELCHOR
¿Las excitaciones sexuales?
MAURICIO
¡Ehm... Ehm...!
MELCHOR
¡Ciertamente...!
MAURICIO
Yo también...
MELCHOR
Hace tiempo que conozco eso... Casi hará un año.
MAURICIO
¡Para mí fue como si me hubiera caído un rayo!
MELCHOR
¿Soñaste?
MAURICIO
Un sueño muy rápido...Unas piernas, con unas mallas azul celeste. Las vi sólo un momento.
MELCHOR
Jorge Zirchniss soñó con su madre.
MAURICIO
¿Te lo ha contado?
MELCHOR
Sí; me lo contó subiendo el Galgensteg.
MAURICIO
¡Si supieras lo que he sufrido desde aquella noche!
MELCHOR
¿Remordimientos?
MAURICIO¿Remordimientos? ¡Una angustia mortal! ¡Me creí perdido! Me pareció que un mal interno me
consumía. Pero al fin, poco a poco me calmé, al ponerme a escribir los recuerdos de mi vida...
¡Sí, querido Melchor, las últimas tres semanas han sido mi huerto de Getsemaní!...
MELCHOR
Yo estaba más o menos preparado ya... me avergoncé un poco, pero nada más.
MAURICIO
Y eso que tienes un año menos que yo.
MELCHOR
No creo que ese detalle, querido Mauricio, tenga importancia. Según mis observaciones no hay
una edad fija para la aparición de estos fenómenos... ¿Conoces a Lammermeier el grandullón,
el de los cabellos rubios como la mies y la nariz aguileña? Me lleva tres años, y de él cuenta
Hans Rilow que, hasta ahora, no ha soñado más que con tortas y mermelada de albaricoques.
MAURICIO
¡Pero qué puede saber Hans Rilow de estas cosas!
MELCHOR
Él mismo se lo preguntó a Lammermeier...
MAURICIO
¡Se lo preguntó! Y no me hubiera atrevido nunca a preguntárselo a nadie...
MELCHOR
Sin embargo, a mí me lo has preguntado...
MAURICIO
¡Sí, es verdad!... Pero es posible ya entonces hubiera hecho Hans su testamento... ¿Y cómo se
juega con nosotros! Y encima hemos de agradecerlo. ¡Yo no recuerdo haber deseado
voluntariamente esas excitaciones!... ¿Por qué no nos han dejado en la nada hasta que todo
hubiera vuelto a la nada? ¡Mis queridos papás podían haber tenido cien hijos mejores que yo!
He venido al mundo, sin saber cómo, y ¿Voy yo a tener la culpa de que no me hayan dejado
donde estaba? ¿No te ha preocupado, Melchor, el saber de qué manera hemos venido a caer en
este torbellino del mundo?
MELCHOR
Pero ¿Tú lo sabes aún?
MAURICIO
¿Cómo he de saberlo? Veo que las gallinas ponen huevos, oigo decir que mamá me ha llevado
en sus entrañas. Pero ¿Basta con esto? Recuerdo también que de cinco años me avergonzaba
cuando alguien al jugar cartas destapaba la «Dame de Coeur»... tan descotada. Ya he perdido
esa vergüenza. Pero ahora ¡No puedo hablar con una muchacha sin pensar en algo execrable! Y
créeme, Melchor... no sé en qué.
MELCHOR
Yo te diré todo. Lo he aprendido parte en libros, lo he visto en grabados, he llegado a ello por
observaciones directas de la naturaleza. Te asombrarás; pero durante un cierto tiempo he sido
ateo... ¡También se lo dije a Jorge Zirchniss, Jorge Zirchniss se lo quiso contar a Hans Rilow,
pero Hans Rilow lo sabía ya todo. Lo sabía por su institutriz...
MAURICIO
Yo he ojeado la enciclopedia Meyer, de la «A» a la «Z», sin encontrar nada. ¡Palabras... nada
más que palabras!¡Oh esta preocupación del pudor! ¿De qué me sirve un Diccionario de la
conversación si no me aclara los problemas más inmediatos de la vida?
MELCHOR
¿Has visto alguna vez en la calle perseguirse dos perros?
MAURICIO
¡No!... Pero mejor es que no me digas nasa, Melchor... Tengo todavía pendiente la América
Central, Luis XV, y además los sesenta versos de Homero, siete ecuaciones, el tema de latín. Sino, mañana haré un mal papel. Para empollar con éxito es preciso ser más estúpido que un
buey.
MELCHOR
Sube a mi habitación. En tres cuartos de hora te despacharé el Homero, las ecuaciones y dos
temas. Te corregiré unas cuantas faltas sin importancia. Todo al vuelo. Mamá nos hará otra
limonada, y hablaremos tranquilamente de los misterios de la generación.
MAURICIO
¡No puedo! ¡No puedo hablar con tranquilidad de los misterios de la generación! Si quieres
hacerme el favor, escribe tus explicaciones. Escribe lo que sepas, pero con claridad,
concisión... y mañana en la clase de gimnasia metes tu escrito, sin que yo me entere, dentro de
uno de mis libros... Me lo llevaré a casa sin saberlo, y alguna vez lo encontraré como por
casualidad. Y no podré menos que pasar distraídamente la vista sobre el papel. Si es necesario
añade algunas notas marginales.
MELCHOR
¡Eres como una señorita! Pero, en fin, haré lo que quieras... Para mí será un trabajo muy
interesante. Una pregunta, Mauricio...
MAURICIO
¿Eh...?
MELCHOR
¿Has visto alguna vez a una muchacha...?
MAURICIO
Sí.
MELCHOR
¿Pero del todo?
MAURICIO
Del todo.
MELCHOR
¡Yo también! Entonces no serán menester los grabados.
MAURICIO
La vi cuando las fiestas del Tiro. En el Museo Anatómico de Leilich. Si lo hubieran sabido me
habrían expulsado del Colegio... ¡Qué hermosa!... ¡Como la luz del día! ¡Y tan al natural!
MELCHOR
El verano pasado estuve con mamá en Frankfurt... ¿Te vas ya, Mauricio?
MAURICIO
Sí, me voy a hacer los temas. ¡Buenas noches!
MELCHOR
Hasta la vista.
ESCENA TERCERA
(Thea, Wendla, y Marta. Vienen del brazo calle abajo)
MARTA
¡Cómo cala el agua los zapatos!
WENDLA
¡Cómo azota el viento la cara!
THEA
¡Cómo le late a una el corazón!
WENDLA
Vamos hacia el puente. Ilsa dice que el río arrastra matas y troncos. Los muchachos han
construido una balsa. Melchi Gabor estuvo ayer a punto de ahogarse.
THEA
Pero él bien que sabe nadar.
MARTA¡Ya lo creo...!
WENDLA
De no saber nadar, seguramente se habría ahogado.
THEA
¡Que se te suelta el pelo... Marta! ¡Que se te suelta!
MARTA
¡Déjalo que se suelte! Me molesta el moño noche y día. No me dejan que lleve el pelo suelto
como tú lo llevas, Wendla, o con el flequillo. Dentro de casa he de ir siempre con peinado alto.
¡Así lo quiere la tía...!
WENDLA
Mañana llevaré a la clase de religión unas tijeras y mientras cantes el versículo «¡Feliz el
peregrino» te cortaré el moño...
MARTA
Por Dios, Wendla, si lo haces papá me doblará a golpes, y mamá me encerrará toda la noche en
la carbonera.
WENDLA
¿Con qué te pega tu madre, Marta?
MARTA
Muchas veces pienso que no podrían vivir sin tener en casa a una tan mala pieza como yo a
quien regañar.
THEA
¡Pero chica!
MARTA
¿Te consienten llevar camisas con una cinta azul celeste en el entredós?
THEA
Yo las llevo de moiré rosa. Mamá dice que el rosa va muy bien con mis ojos negros como la
pez.
MARTA
¡A mí me iba muy bien el azul! Pero una vez, por llevar una cinta en la camisa, mamá me sacó
de la cama tirándome de los pelos... Caí de bruces al suelo... Mamá reza todas las noches por
nosotros. Rezamos todos juntos.
WENDLA
En tu lugar yo me hubiera escapado de casa. Me hubiera marchado por esos mundos.
MARTA
¿Lo ves? A eso iré a para, según me dice mi madre. Pero ella me educará de manera que...
cuando menos nada tenga que reprocharle si llega ese caso.
THEA
¡Ehm! ¡Ehm!
MARTA
Puedes figurarte, Thea, lo que mi mamá quiere decir con esas palabras.
THEA
Yo no ¿Y tú, Wendla?
WENDLA
Yo en tu caso, se lo hubiera preguntado, así sin más.
MARTA
Y cuando estaba tendida en el suelo vino papá... ¡Zas! Me arrancó la camisa. Pegué un salto
hacia la puerta. ¡Lo ves cómo tenía razón! Quería salir a la calle así como estaba, desnuda.
WENDLA
¡Eso no es verdad, Marta...!
MARTA
¡Me helaba! Llegué a abrir la puerta... Pero luego tuve que pasar toda la noche castigada dentro
del saco.THEA
Yo no podría dormir jamás dentro de un saco.
WENDLA
Yo por ti lo haría una noche con gusto.
MARTA
Si al menos no me pegaran.
THEA
¡Pero deberás ahogarte allí dentro del saco!
MARTA
La cabeza queda fuera. Me atan el pescuezo.
THEA
¿Y luego te pegan?
MARTA
¡No! Sólo cuando hay un motivo especial.
WENDLA
¿Con qué te pegan, Marta?
MARTA
¡Oh! Con cualquier cosa... Dime ¡cree tu madre también que es indecente comer un pedazo de
pan en la cama?
WENDLA
¡No! ¡no!
MARTA
Yo me figuro que, aunque no me lo digan, les gusta tratarme así... Si alguna vez tengo chicos,
les dejaré crecer libremente como crecen las hierbas en nuestro jardín. Nadie las cuida y crecen
tan altas y espesas. En cambio las rosas al llegar el verano parecen raquíticas, a pesar de estar
en cuidados macizos y atadas a sus sostenes.
THEA
Yo cuando tenga chicos, les vestiré todo de rosa. Sombreros rosas, trajecitos rosas, zapatos
rosas. Sólo las medias serán negras... negras como la noche. Y cuando les saque de paseo... les
haré que vayan delante de mí... ¿Y tú, Wendla, qué piensas?
WENDLA
¡Quién sabe si tendré alguna vez hijos!
THEA
¿Y por qué no?
MARTA
Tía Eufemia no los tiene.
THEA
¡Simple! ¡Si no está casada!
WENDLA
¡Tía Bauer se ha casado tres veces y no tiene ninguno!
MARTA
Y si tuvieras chicos, Wendla, ¿qué preferirías, arón o hembra?
WENDLA
¡Varón! ¡Varón!
THEA
¡Yo también, varón!
MARTA
Yo también. ¡Es preferible tener veinte varones que seis hembras!
THEA
¡Las niñas son sosas!
MARTA
Si no hubiera nacido muchacha, no quisiera hoy serlo.
WENDLAEso va en gustos. Yo por mi parte cada día me alegro más de ser muchacha... Podéis creerme.
No me cambiaría por ningún príncipe... Pero, por eso mismo quisiera tener sólo hijos varones.
THEA
¡Eso es una tontería, una gran tontería!
WENDLA
¡Pero chica! ¡Reconocerás que debe ser más hermoso ser amada por un hombre que el no ser
amado por una muchacha...!
THEA
¿No pretenderás que Pfälle quiera a Melitta más que ella a él?
WENDLA
Sí, Thea, sí. Pfälle es orgulloso... Se cree superior por su carrera de ingeniero de montes...
pues a parte de ella no posee otra cosa... Melitta se siente doblemente feliz al considerar que
recibe de Pfälle cien mil veces más de lo que ella vale...
MARTA
Y tú, Wendla, dime ¿estás poseída de tu valer?
WENDLA
Eso sería una simpleza.
MARTA
Yo en tu lugar me sentiría orgullosa.
THEA
Vedla qué planta... ¡Qué mirada retadora! ¡Qué aire tiene, Marta! ¡Si eso no es orgullo...!
WENDLA
No tengo motivo de orgullo. Me siento sí tan feliz de ser muchacha que, si no lo fuera, me
mataría por ver si la próxima vez...
Melchor pasa y saluda.
THEA
Qué hermosa cabeza tiene.
MARTA
Así me represento a Alejandro cuando iba a la escuela de Aristóteles.
THEA
¡Dios mío...la historia de Grecia! Yo sólo recuerdo a Sócrates en el tonel cuando Alejandro le
vendió la sombra del asno.
WENDLA
¡Es el tercero de su clase!
THEA
El profesor Knochenburch dice que si quisiera podría ser el primero.
MARTA
Tiene una frente hermosa, pero la mirada de su amigo es más profunda.
THEA
¿Mauricio Steifel? ¡Ése es un perezoso...!
MARTA
¡A mí me divierte hablar con él!
THEA
Le pone a una en ridículo en todas partes... En el baile de niños de Rilow me ofreció unos
bombones... y figúrate que estaban blanduchos y calientes. ¿No es esto una...? Se excusó
diciéndome que los había tenido demasiado tiempo en el bolsillo del pantalón.
WENDLA
Figúrate que Melchi Gabor me declaró hace algún tiempo que él no creía en nada, ni en Dios,
ni en la otra vida, ni en nada...
ESCENA CUARTAParque delante del edificio del Liceo. — Melchor, Otto, Jorge, Roberto, Hans Rilow,
Lammermeier.
MELCHOR
¿No podéis decirme ninguno de vosotros dónde está Mauricio Steifel?
JORGE
¡Es posible que le vaya muy mal a estas horas! ¡Es posible que le vaya muy mal!
OTTO
¡Tantas cosas hará hasta que una vez se caiga!
LAMMERMEIER
No quisiera estar ahora en su pellejo.
ROBERTO
¡Qué frescura!... ¡Qué desvergüenza!
MELCHOR
¿Qué... qué... qué pasa?
JORGE
¿Qué sabemos nosotros? ¡Te digo que...!
LAMMERMEIER
No, no... que yo no he dicho nada...
OTTO
Bien sabe Dios que yo tampoco.
MELCHOR
¡Decidme en seguida lo que sepáis!
ROBERTO
Bueno. ¡Pues que Mauricio Steifel se ha metido en la Sala de profesores!
MELCHOR
¡En la sala de profesores! ¿Al terminar la clase de latín?
JORGE
Se quedó el último. Lo hizo aposta...
LAMMERMEIER
Al dar la vuelta por el corredor, le vi abrir la puerta.
MELCHOR
¡Que el diablo te...!
LAMMERMEIER
¡Si es que el mismo diablo no carga antes con él!
JORGE
Acaso habrá dejado puesta en la cerradura la llave del Rectorado.
ROBERTO
¡O que Mauricio Stiefel tiene una ganzúa...!
OTTO
De él todo puede creerse.
LAMMERMEIER
Como mejor podía salir librado es con un encierro de toda la tarde del domingo.
ROBERTO
¡Y con que le pongan una mala nota en su expediente!
OTTO
¡Si es que esta nota no es causa de expulsión!
HANS
Por allí viene...
MELCHOR
¡Está pálido como un muerto!
Mauricio llega muy excitado.
LAMMERMEIER
¡Mauricio, Mauricio! ¿Qué has hecho?MAURICIO
¡Nada... Nada...!
ROBERTO
¡Estás febril!
MAURICIO
¡De alegría!... ¡De felicidad!
OTTO
¿No te han sorprendido?
MAURICIO
Estoy aprobado, Melchor... ¡Estoy aprobado!... Ahora puede venir el fin del mundo... Estoy
aprobado... ¡Quién hubiera podido pensarlo...! ¡No me doy aún cuenta! Lo he releído veinte
veces... ¡Estoy aprobado! No puedo creerlo... ¡Dios mío...Dios mío! Pero es cierto, es cierto.
¡Estoy aprobado! (sonriendo) ¡No sé qué siento, noto algo extraño! El piso da vueltas bajo mis
pies, Melchor... ¡Melchor, si supieras lo que he pasado...!
HANS
Enhorabuena, Mauricio. Ya puedes alegrarte de haber salido tan bien librado.
MAURICIO
¡No sabes, querido Hans, lo que estaba en juego! Desde hace tres semanas no hacía más que
merodear alrededor de la puerta, como ante la boca del infierno. De pronto observo hoy que la
puerta está sólo entornada... Creo que aunque en aquel momento me hubieran ofrecido un
millón, no hubiera sido nada capaz de detenerme... Entro... de pronto me encuentro en medio
de la sala...! Hojeo los expedientes... y veo...! Y durante todo este tiempo... ¡Me estremezco
tan solo de recordarlo!
MELCHOR
¡Durante todo este tiempo!
MAURICIO
Durante todo este tiempo permaneció la puerta abierta de par en par... a mis espaldas. ¡Cómo
salí...! ¡Cómo bajé la escalera! ¡No lo sé...!
HANS
¿Ha sido también aprobado Ernesto Robel?
MAURICIO
¡Sí, Hans, sí. De veras que sí...! Ernesto Robel ha sido aprobado también.
ROBERTO
¡Pues tienes que haber leído mal! Sin contar el banco de los burros... con Robel, somos 61 y en
la clase de arriba no caben más que sesenta.
MAURICIO
¡He leído muy bien! Ernesto Robel ha sido aprobado, tan aprobado como yo. Los dos, es
verdad, sólo provisionalmente... En el próximo trimestre se decidirá quién de los dos cede el
puesto al otro... ¡Pobre Robel...! ¡Bien sabe Dios que no tengo miedo por lo que a mí respecta!
He visto en este verano la cosa con suficiente claridad...
OTTO
¡Apuesto cinco marcos a que eres tú quien pierde el sitio!
MAURICIO
No tienes nada que apostar... No quiero estafarte... ¡Dios mío... y cómo voy a empollar de hoy
en adelante! Ahora puedo ya decíroslo, que lo creáis o no... Ahora todo me da lo mismo...
Sé... sé que es verdad... Si no me hubieran aprobado me hubiera pegado un tiro...
ROBERTO
¡Fanfarrón!
JORGE
¡Mandria!
OTTO
¡Hubiera querido verte con la pistola en la mano!LAMMERMEIER
¡Dadle un cachete...!
MELCHOR
Se lo da.
¡Vámonos, Mauricio! Vamos había la casa del guardabosques.
JORGE
¿Acaso crees tú esas majaderías...?
MELCHOR
¡Vete al!... ¡Déjalos! ¡Déjalos que hablen, Mauricio! Salgamos... salgamos... hacia las afueras.
Pasan los profesores Hungergurt y Knochenbruch.
KNOCHENBRUCH
En verdad, mi estimado colega, que no comprendo cómo el mejor de mis discípulos puede
sentirse atraído hacia el peor de todos ellos.
HUNGERGURT
Yo tampoco lo comprendo, estimado colega.
ESCENA QUINTA
Una tarde de sol. –Melchor y Wendla se encuentran en el bosque.
MELCHOR
¿Eres tú, en realidad, Wendla? ¿Qué haces aquí arriba tan sola?... Hace ya tres horas que
recorro el bosque en todas direcciones sin encontrar un alma, y he aquí que de pronto surges
delante de mí... en la más intrincada de las espesuras...
WENDLA
Sí; soy yo misma.
MELCHOR
Si no supiera que eras Wendla Bergman creería tener delante de mí a una de las hamadiradas
desprendidas de las ramas en el bosque.
WENDLA
¡No...! ¡no...! Soy Wendla Bergman... ¿De dónde vienes?
MELCHOR
Me dejo llevar por mis pensamientos...
WENDLA
Yo busco aspérulas... Mamá quiere preparar un ponche... iba a acompañarme, pero llegó en
aquel momento tía Bauer... y como no le gusta subir cuestas... he venido yo sola hasta aquí
arriba.
MELCHOR
¿Has cogido ya tus aspérulas?
WENDLA
Tengo la cesta llena de ellas... Allá, debajo de las hayas, se dan tan tupidas como la alfalfa...
Ahora ando buscando la salida... Creo que me he perdido... ¿Puedes decirme qué hora es?
MELCHOR
Acaban de dar las cuatro y media. ¿A qué hora te esperan en casa?
WENDLA
Creí que sería más tarde. Estuve largo rato echada sobre el musgo, al lado del Golbach y
soñé... El tiempo se deslizó rápidamente. Temí se hiciera de noche...
MELCHOR
Si no te esperan aún, sentémonos un rato aquí... Debajo de aquella encina es mi lugar
predilecto... ¡Cuando se apoya la cabeza en el tronco, y a través de las ramas se divisa el cielo,
se queda uno como hipnotizado...! La tierra conserva aún el calor del sol mañanero... Desde
hace unas semanas quería hacerte una pregunta, Wendla...
WENDLA
¡Pero he de estar en casa antes de las cinco!MELCHOR
Volveremos juntos... Yo cargaré con tu cesta. Tomaremos el camino del río y en diez minutos
llegaremos al puente... Cuando se está así echado... la frente apoyada en la mano... se le
ocurren a uno los más extraños pensamientos.
Ambos se tienden debajo de la encina.
WENDLA
¿Qué querías preguntarme, Melchor?
MELCHOR
He oído decir, Wendla, que con frecuencia visitas a gentes pobres. Que les llevas comida,
ropas, dinero. Dime ¿haces esto por propio impulso o porque tu madre te lo manda?
WENDLA
La mayor parte de las veces me envía mi madre. Son pobres familias de jornaleros las que
visito. Con frecuencia el marido no encuentra trabajo y entonces todos pasan hambre y frío.
Nosotros aún guardamos en los armarios y en las cómodas muchos trapos viejos que no nos
sirven. ¿Pero a qué viene esa pregunta?
MELCHOR
Cuando tu madre te envía a tales lugares ¿Vas a gusto a disgusto?
WENDLA
¡Oh! A gusto. ¿Cómo puede ocurrírsete esa pregunta?
MELCHOR
Pero los chicos estarán sucios, las mujeres enfermas, las casas llenas de miseria. ¡Los hombres
te odiarán porque no trabajas!
WENDLA
Eso es cierto, Melchor. Y aunque lo fuera. ¡Entonces es cuando precisamente iría!
MELCHOR
¿Por qué entonces precisamente, Wendla?
WENDLA
Entonces iría precisamente, porque me causaría doble placer el socorrerles.
MELCHOR
Luego, ¿vas a ver a esas pobres gentes por el gusto que encuentras en ello?
WENDLA
Los visito porque son pobres.
MELCHOR
Pero si no fuera para ti un placer el visitarlos ¿irías?
WENDLA
¡Qué culpa tengo yo de que me guste ir!
MELCHOR
¡Y has de ganar el cielo por esto! ¡Luego es fundada la duda que me inquieta hace más de un
mes! ¡Qué culpa tiene el avaro de que no le guste ir a visitar a los niños sucios y enfermos!
WENDLA
¡Oh, para ti sería una gran alegría, de seguro!
MELCHOR
¡Y por eso he de merecer la condenación eterna! He e escribir una tesis sobre la cuestión y
enviársela al pastor Kahlbauch, que me ha sugerido el tema. ¡A que nos habla entonces de la
alegría el sacrificio! Y si no es capaz de contestarme me niego a que me confirmen.
WENDLA
¡Para qué dar a nuestros queridos padres ese disgusto...! Déjate confirmar. ¡No te va en ello la
vida! Es una ceremonia que podría aún entusiasmarnos si no fuera por nuestros horribles trajes
blancos y nuestros largos calzones.
MELCHOR
¡Entonces no es verdad el sacrificio! ¡No es verdad el altruismo! Veo a los buenos alegrarse de
su bondad. Veo a los malos temblar y gemir. Te veo a ti, Wendla Bergmann, mecer los rizos yreír. Pensando en estas cosas me pongo serio como un condenado... ¿Qué es lo que has soñado
antes, Wendla, cuando estabas tendida sobre la hierba a orillas del Goldbach?
WENDLA
¡Tonterías, tonterías!
MELCHOR
¿Soñaste despierta...?
WENDLA
Soñé que era una pobre, una mendiga... a quien ya desde la más tierna edad se enviaba a pedir
limosna durante todo el día, hiciera tiempo bueno o malo, a hombres de corazón endurecido,
zafios... Y de noche al volver a casa, temblando de hambre y de frío, mi padre, si no traía la
cantidad que esperaba, me pegaba... me pegaba...
MELCHOR
¡Conozco esos sueños, Wendla! ¡Se los debes agradecer a los estúpidos cuentos de niños!
¡Créeme que ya no existen hombres tan malvados!
WENDLA
Te equivocas, Melchor... A Marta Bessel le pegan todas las noches... tan fuerte que al día
siguiente pueden verse los verdugones ¡Oh lo que tiene que sufrir! ¡La sangre se le enciende a
una cuando se le oye contarlo...! Me da tanta lástima que muchas veces durante la noche lloro
ocultando la cara en la almohada. ¡Desde hace meses discurro cómo podría ayudarla! Con
placer ocuparía su lugar durante ocho días.
MELCHOR
¡Pues sencillamente habrá que presentar una denuncia contra su padre!
WENDLA
¡A mí no me han pegado nunca! Ni una sola vez. No puedo figurarme qué impresión causa. Yo
misma he intentado pegarme para saberlo. Ha de ser una sensación terrible.
MELCHOR
No me parece un buen medio para corregir a los niños.
WENDLA
¿Cuál?
MELCHOR
El pegarles.
WENDLA
Con esta varita por ejemplo. ¡Qué recia y qué fina es!
MELCHOR
Hace sangre.
WENDLA
¿Te atreverías a pegarme con ella?
MELCHOR
¿A quién?
WENDLA
A mí.
MELCHOR
¡Pero qué dices, Wendla!
WENDLA
¡Qué tiene de particular!
MELCHOR
Tranquilízate... ¡No te pegaré!
WENDLA
¿Y si yo te lo consiento?
MELCHOR
¡Jamás!
WENDLAPero ¿y si yo te lo ruego, Melchor?
MELCHOR
¿Estás en tu juicio?
WENDLA
¡Nunca me han pegado!
MELCHOR
¿Serías capaz de pedírmelo?
WENDLA
¡Te lo suplico! ¡Te lo suplico!
MELCHOR
¡Y ate enseñaré yo...! (Le pega)
WENDLA
¡Ah, Dios mío, no siento nada!
MELCHOR
Lo creo... A través de tus enaguas...
WENDLA
Pues pégame en las piernas.
MELCHOR
¡Wendla...! (Le pega más fuerte)
WENDLA
¡Me acaricias...! ¡Me acaricias...!
MELCHOR
¡Aguarda, bruja...! ¡Yo te sacaré los demonios del cuerpo...!
(Arroja la vara y le da a Wendla tan fuertes puñetazos que la muchacha empieza a gritar
terriblemente. Melchor no cesa de pegarle furioso a la vez que por sus mejillas corren gruesos
lagrimones. De pronto da un salto, se lleva las manos a la cabeza y lanzando profundos
gemidos desaparee en la espesura.)
ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
Es de noche. Cuarto de Melchor. La ventana está abierta. Una lámpara encendida sobre la
mesa. Melchor y Mauricio sentados en el sofá.
MAURICIO
Ahora ya estoy completamente repuesto. Sólo algo excitado. Pero durante la clase de griego he
dormido como el borracho Polifemo. Es un milagro que el viejo Zungeschlag no me haya dado
un tirón de orejas. Por un tris hubiera llegado hoy tarde. Mi primera preocupación al despertar
fueron los verbos en «my» ¡Por vida de! Mientras tomaba el desayuno, y después en el camino,he conjugado hasta perder el sentido. Poco después de las tres debía de estar completamente
loco. La pluma dejó caer un borrón sobre el libro. Aún humeaba la lámpara cuando Matilde me
despertó. En las matas de lilas, debajo de mi ventana, silbaban alegres los mirlos. Me abroché
el cuello, me pasé el cepillo por la cabeza... ¡Pero qué satisfacción se tiene cuando ha triunfado
el esfuerzo!
MELCHOR
¿Quieres que te lie un cigarrillo?
MAURICIO
¡Gracias! No fumo. Quiero trabajar y trabajar hasta que se me salten los ojos. Desde las últimas
vacaciones, Ernesto Robel ha quedado mal seis veces. Tres en griego, dos con Knochenbruch, y
la última vez en Historia de la literatura. Yo sólo me he visto cinco veces en tan lastimosa
situación. ¡Y de hoy en adelante no volverá esto a repetirse! ¡Robel no se pegaría un tiro! Robel
no tiene unos padres que necesitan sacrificarlo todo por él. Puede ser lo que quiera, ¡soldado,
cowboy o marino! Pero a mí, si me suspenden, le da a mi padre un ataque y mi madre tendría
que ir a un manicomio. ¡Esto es imposible que pase! Antes del examen pedía a Dios que me
hiciera enfermar de tuberculosis, para que el cáliz pasara sin que yo pegara a él los labios. Pasó,
aunque aún veo a distancia, su aureola al punto que ni de día ni de noche me atrevo a levantar
los ojos para contemplarla. Pero una vez asido a la cucaña concentraré mis fuerzas y treparé
hasta arriba. Tendré de mi parte la fuerza que da el convencimiento de que si caigo me desnuco
sin remedio.
MELCHOR
La vida es una villanía inconcebible. ¡No me faltarían ganas de colgarme de una rama!... ¿Pero
es que no trae mamá el té?
MAURICIO
El té me hará bien, Melchor. Estoy temblando. Me siento tan raro, ¡como iluminado! ¡Tócame!
Veo, oigo, siento, con mucha mayor claridad. Y sin embargo, todo como en sueños. ¡Tan
místicamente! Mira cómo allá abajo el jardín se extiende alumbrado por el reflejo de la luna...
De entre las matas surgen inquietas figuras, que triscan sin respiro en los claros y desaparecen
en la penumbra. Paréceme como si junto el castaño le celebraran un consejo. ¿No quieres que
bajemos, Melchor?
MELCHOR
Tomemos primero el té.
MAURICIO
Las hojas susurran incesantemente. Me parece oír a mi abuela contar el cuento de la reina sin
cabeza. Era una reina hermosísima, tan hermosa como el sol, más hermosa que ninguna de las
doncellas del país. Pero había venido al mundo sin cabeza. No podía comer, no podía ver, no
podía reírse. Se hacía comprender de su reducida corte, con la ayuda de sus manos que eran
pequeñas y suaves. Sus piececitos lindos, pateando, promulgaban sentencias de muerte y
declaraciones de guerra. Mas un día fue vencida por un rey, que, por rara casualidad, tenía dos
cabezas, las cuales durante todo el año andaban a la greña, sin que la una permitiera hablar a la
otra. El mago mayor del reino cogió una de las dos cabezas del rey, la más pequeña, y se la
plantó a la reina. Y hete ahí que le veía admirablemente bien. A continuación el rey se casó con
la reina, y entonces las dos cabezas dejaron de pelearse, y se besaban en la frente, en las
mejillas y en los labios, y así vivieron mucho años, muchos, felices y contentos... ¡Qué
estúpido disparate! ¡Desde las últimas vacaciones no puedo olvidar a la reina sin cabeza!
Cualquier muchacha hermosa se me presenta como la reina descabezada. ¡Es posible que un día
me planten a mí también otra cabeza!
Entra la señora Gabor con el té humeante que coloca sobre la mesa.
LA SEÑORA GABOR
¡Aquí tenéis, muchachos! Buenas noches, Mauricio, ¿Cómo está usted?MAURICIO
Bien, gracias, señora Gabor. Estaba mirando las danzas de allá abajo.
LA SEÑORA GABOR
No tiene usted buena cara. ¿Es que no se encuentra usted bien?
MAURICIO
No tiene ninguna importancia. Anoche me acosté algo tarde.
LA SEÑORA GABOR
Cuídese, Mauricio. Cuide usted de su salud. El Colegio no compensa la salud perdida. Mucho
paseo al aire libre. Esto es más útil a su edad de usted que no el poseer un alemán correcto.
MAURICIO
Sí. Pasearé mucho. Tiene usted razón. También se puede trabajar mientras se pasea. No había
caído en ello. Los temas escritos, claro está que tendré siempre que hacerlos en casa.
MELCHOR
Los podrás hacer aquí conmigo. Será más fácil para los dos... ¿Sabías, mamá, que Max von
Trenk estaba en la cama con una fiebre nerviosa...? Pues hoy a medio día se apartó Hans Rilow
del lecho de muerte de Trenk, para avisar al Rector Sonnenstich que Trenk acababa de morir en
su presencia. ¡Ah! dijo Sonnenstich «Tienes pendientes desde la semana pasada dos horas de
castigo. Aquí está el volante para el bedel. ¡Anda, liquida eso!... Toda la clase asistirá al
entierro.» Hans se quedó de una pieza.
MAURICIO
¿Qué libro es ese, Melchor?
MELCHOR
Es el Fausto.
LA SEÑORA GABOR
¿Lo has leído ya?
MELCHOR
Aún no lo he terminado.
MAURICIO
Estamos en la noche de Valpurgis.
LA SEÑORA GABOR
En tu lugar hubiera esperado aún uno o dos años antes de leerlo.
MELCHOR
No conozco libro alguno que contenga cosas tan hermosas, mamá. ¿Pero por qué no habría de
leerlo?
LA SEÑORA GABOR
...Porque no lo entiendes.
MELCHOR
¡Eso no lo sabes tú, mamá! Me doy perfecta cuenta de que no puedo aún apreciar toda la
grandeza de la obra, pero...
MAURICIO
Leemos siempre a dos, y esto facilita enormemente la comprensión.
LA SEÑORA GABOR
Tienes bastante edad ya, Melchor, para saber lo que te conviene y los que te perjudica. Haz sólo
aquello de que puedas responder ante ti mismo. Yo seré la primera que reconozca gustosa esto,
si tú no me das motivo para ocultarte nada. Pero te advertiré, sin embargo, que también lo
mejor puede ser germen del mal en ocasiones, cuando se carece de la madurez necesaria para
apreciarlo. Tengo más confianza en ti que en cualquier otra clase de medios pedagógicos... Si
queréis algo, llamadme. Estaré en mi cuarto.
Sale
MAURICIO
Tu madre se refería sin duda a la historia con margarita.
MELCHOR¿Es que nos hemos detenido ni un solo momento en ese pasaje?
MAURICIO
Ni el mismo Fausto hubiera salvado con mayor frialdad la situación.
MELCHOR
¡Al fin y al cabo la obra de arte no culmina en esa acción torpe! Fausto podía haber dado
Margarita palabra de casarse, podía después haberla abandonado, pero por esto no sería a mis
ojos ni un ápice menos culpable. Margarita podía también haberse muerto de pena; sería lo
mismo a mi juicio. Y observa cómo siempre las gentes se fijan con avidez en estas cosas.
Podría creerse que el mundo entero gira alrededor del alcahueteo y la fornicación.
MAURICIO
Si he de serte franco, Melchor, es ése mi sentimiento desde que leí tu disertación. En los
primeros días de vacaciones me cayó el escrito ante los pies. Tenía el Pöhl en la mano. Eché el
pestillo y recorrí al vuelo las líneas inquietas, como el búho espantado por el incendio huye a
través del bosque. Tus aclaraciones resuenan en mi oído como una serie de oscuros recuerdos,
como un cantar que de niño se canta con alegría y que en el momento de morir conmueve el
corazón, oído de labios de otro. Lo que más me interesó fue lo que escribías a propósito de las
muchachas. No puedo olvidar esta impresión. Créeme, Melchor, es más dulce padecer injusticia
que no el cometerla. Me parece que es la suma felicidad terrenal el que se vierta sobre un ser
tan dulce injusticia sin sentirse culpable de su comisión.
MELCHOR
¡Yo no quiero la felicidad, a precio de limosna!
MAURICIO
¿Y por qué no?
MELCHOR
No quiero nada que no me haya conquistado yo mismo.
MAURICIO
¡Es eso también placer, Melchor! La mujer, Melchor, goza como los Dioses. SE resiste, debido
a su naturaleza. Hasta el último momento aparta de sí la amargura, para dejar caer sobe ella
luego un cielo de felicidad. La mujer teme el infierno aun en el momento que divisa un florido
paraíso. Es su sensibilidad tan fresca como el agua que mana de la roca. La mujer apura una
ánfora sobre la cual no se ha posado ningún aliento terrenal, un vaso de néctar, cuyo contenido
brillante y ardiente ingiere. Comparado con esto el placer que el hombre pueda sentir me parece
insípido y gastado.
MELCHOR
Opina lo que quieras sobre este placer, pero guárdate tus opiniones. No pienso con gusto en
él...
ESCENA SEGUNDA
Interior.
LA SEÑORA BERGMANN
Entra la señora Bergmann radiante de alegría con el sombrero puesto, un chal sobre los
hombros y una cesta al brazo.
¡Wendla! ¡Wendla!
WENDLA
En enaguas y corsé, aparece por la derecha.
¿Qué hay, madre?
LA SEÑORA BERGMANN
¿Ya estás levantada, niña? ¡Qué buena chica!
WENDLA
¿Habías salido?LA SEÑORA BERGMANN
Vístete pronto... Tenemos que ir a ver a Ina... ¡Le tienes que llevar esta cesta!
WENDLA
Que durante la conversación acaba de vestirse.
Pero qué ¿no está mejor?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Figúrate que anoche estuvo la cigüeña en su casa y le ha traído un niño!
WENDLA
¡Un niño! ¡Un niño! ¡Cuánto me alegro! ¿Y esa era la causa de la fastidiosa influenza?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Un niño hermosísimo!
WENDLA
¡He de verlo, madre! Así que soy por tercera vez tía. Tía de una niña y de dos chicos.
LA SEÑORA BERGMANN
Pero ¡y qué chicos! Así sucede cuando se vive cerca de la iglesia... Mañana hará dos años que,
con sus galas de novia, subió las gradas del altar.
WENDLA
¿Estabas ahí cuando llegó la cigüeña?
LA SEÑORA BERGMANN
Acababa de marcharse. ¿No quieres ponerte una rosa?
WENDLA
¿Por qué no llegaste un momento antes?
LA SEÑORA BERGMANN
Creo que ha traído algo para ti... Me figuro que un broche.
WENDLA
¡Ya tengo broches bastantes!
LA SEÑORA BERGMANN
Debieras estar contenta, niña. ¡Qué más quieres!
WENDLA
Quisiera saber si la cigüeña entró volando por la ventana, o si vino por la chimenea.
LA SEÑORA BERGMANN
Eso pregúntaselo a Ina, corazón mío. Ina ha estado hablando con ella durante media hora.
WENDLA
Ya se lo preguntaré ahora cuando la vea.
LA SEÑORA BERGMANN
No lo olvides. A mí también me interesa saber si vino por la ventana o por la chimenea.
WENDLA
¿O no es preferible que se lo pregunte al deshollinador? El deshollinador debe estar mejor
enterado de si entró por la chimenea.
LA SEÑORA BERGMANN
¡No se lo preguntes al deshollinador! ¡Al deshollinador no! ¡Qué sabe él de la cigüeña! Te
contará historias necias, en las que él mismo no cree... ¿Qué... qué miras tan asombrada en la
calle?
WENDLA
¡A un hombre, madre...! ¡Tres veces más grande que un buey y con unos pies como barcos!
LA SEÑORA BERGMANN
Corre a la ventana.
¡No es posible! ¡No es posible!
WENDLA
Tiene una sábana debajo de la barbilla, y va tarareándola «Guardia de Rhin». Ahora vuelve la
esquina... ¡Por allí va!
LA SEÑORA BERGMANN¡Que has de ser siempre una chiquilla! ¡Asustar así a tu madre! Ponte el sombrero... ¡Y no te
extrañes si de pronto un día te viene el juicio! Ya he renunciado a la esperanza de que lo tengas.
WENDLA
¡Yo también, madrecita! ¡Yo también! Es una cosa triste lo que con mi juicio ocurre... Tengo
una hermana casada ya hace dos años y medio, y yo que soy tía por tercera vez, no sé cómo
ocurre. ¡No te enfades! ¿A quién en el mundo, si no, habría de preguntárselo? Te lo pido por
favor, madre, dímelo ahora, madrecita... ¡Me avergüenzo de mí misma! No me regañes porque
te pregunte una cosa así. Explícame cómo ocurre... cómo sucede eso. ¡No pretenderás enserio
que a mis catorce años crea aún en la cigüeña!
LA SEÑORA BERGMANN
¡Pero Dios mío, niña, qué rarezas, qué cosas se te ocurren! No, no puedo. ¡De veras que no!
WENDLA
¿Por qué no, madre? ¿Por qué no? No debe ser una cosa mala cuando todo el mundo se alegra
de que ocurra.
LA SEÑORA BERGMANN
¡Oh! ¡Oh! ¡Dios, mío, ampárame! Yo merecería que... Anda, muchacha, ve a vestirte.
WENDLA
Voy... Pero ¿y si tu hija busca al deshollinador y se lo pregunta?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Es para perder el juicio! Ven, niña... Ven aquí... ¡Yo te lo contaré! ¡Oh Dios omnipotente!...
Pero hoy no, Wendla... Mañana, pasado, la semana que viene... cuando tú quieras, corazón
mío.
WENDLA
¡Dímelo hoy, madre! ¡Dímelo ahora! ¡Ahora mismo! Después de haberte visto tan asustada no
podré estar tranquila hasta saberlo.
LA SEÑORA BERGMANN
¡No puedo, Wendla!
WENDLA
¿Y por qué no has de poder? Me arrodillaré aquí, madre. A tus pies. Pondré mi cabeza sobre tu
regazo. Me taparás con el delantal y hablarás, hablarás, como si estuvieras sola en el cuarto, a
solas con tu alma. No me moveré, no gritaré, cualquiera que sea la cosa que me cuentes.
LA SEÑORA BERGMANN
¡Bien sabe Dios que yo no tengo la culpa! Dios me conoce. Acércate por Dios misericordioso.
Te contaré, niña, cómo has venido al mundo... Escucha, Wendla...
WENDLA
Escucho.
LA SEÑORA BERGMANN
¡Pero es imposible, no...! No puedo yo asumir tamaña responsabilidad. ¡Merecería que me
metieran en la cárcel... ¡que me arrastraran!
WENDLA
¡Valor, madre!
LA SEÑORA BERGMANN
Pues bien, escucha...
WENDLA
¡Dios mío...! ¡Dios mío...!
LA SEÑORA BERGMANN
Para tener un niño... ¿Me entiendes, Wendla?
WENDLA
Pronto, madre... ¡No puedo aguantar más tiempo!
LA SEÑORA BERGMANNPara tener un niño... se debe... al hombre con quien se está casada... querer... querer digo...
como sólo se puede querer a un hombre... quererlo de todo corazón... Como a tu edad no se
puede querer... ¡Ahora ya lo sabes!
WENDLA
¡Dios mío! ¡Dios mío...!
LA SEÑORA BERGMANN
Ahora ya sabes qué pruebas te esperan...
WENDLA
¿Y eso es todo?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Tan verdad como Dios me asista...! Coge la cesta y ve a casa de Ina... Allí te darán dulces de
chocolate y pastillas... Acércate para que te mire los brodequines... los guantes de seda... la
blusa de marinera... la rosa en el pelo... ¿Pero no te está algo corta la falda, Wendla...?
WENDLA
¿Has traído ya la carne para el mediodía?
LA SEÑORA BERGMANN
¡Que Dios te proteja y te bendiga...! Un día de estos te añadiré un volante...
ESCENA TERCERA
Hans Rilow entra con un vela en la mano, corre el cerrojo de la puerta y abre una caja que
está sobre la mesa.
 ¿Has rezado ya, Desdémona...?
Saca una reproducción de la Venus de Palma el Viejo, que lleva en el pecho.
¡No tienes traza de rezar el Padre Nuestro... tú, hermosa! Sumida en contemplación esperas...
como en aquel momento tan dulce precursor de felicidad, cuando te encontré en el escaparate
de Juan Schlesinger. Tan arrebatadora estás con estos tus suaves miembros, tus ondulantes
muslos y tus fuertes y juveniles pechos... ¡Oh! ¡qué placer tan embriagador debió sentir el
maestro al tenerte de modelo tendida ante su vista en el diván, joven de catorce años!
¿Vendrás a verme en sueños...? Te recibiré con los brazos abiertos, te cubriré de besos hasta
ahogar tu respiración. Vendrás a mí como la dueña y señora de un castillo desmantelado. Una
mano invisible abre las puertas, y abajo en el jardín empieza a borbotear alegre un surtidor...
¡La necesidad lo exige...! ¡La necesidad lo exige...! No soy un asesino que por motivos
frívolos inmola a su víctima. Te lo demuestra el latir de mi corazón. Mi garganta se oprime al
pensar en mis noches solitarias. Te lo juro por la salud de mi alma, niña mía, que no es el hastío
el móvil de este acto. ¡Quién podría vanagloriarse de haber sentido el hastío contigo!
Pero tú secas mi savia, tú encorvas mis espaldas, tú robas a mis ojos juveniles el último brillo...
Tú eres exigente en tu inhumana modestia, aniquiladora en tu inmovilidad... ¡Tú o yo!, y el
triunfo ha sido mío.
¡Oh! ¡si pudiera contar todas aquellas con las que sostuve igual lucha! La Psyche de
Thumann... un regalo de la seca Mlle. Angelique, esa serpiente en el paraíso de mi infancia; la
Io del Corregio; la Galatea de Lossow. Después siguen en la serie un amor de Bouguereau; la
Ada de van Beers, esta Ada que rapté del escondrijo donde la tenía oculta mi padre, para
incorporarla a mi harem; una Leda de Makart temblorosa, en espasmo, que encontré, sin
buscarla, entre los cuadernos de mi hermano... ¡Siete fueron las que a ti, ahora exuberante ante
la muerte, te precedieron en el camino del Tártaro! ¡Que esto te sirva de consuelo y no intentes
con miradas suplicantes aumentar hasta lo infinito mi martirio...!
No mueres por tus pecados, si no por los míos. Asesino a mi séptima esposa, y se me desgarra
el corazón, pero obro en legítima defensa contra mí mismo. Esta es la tragedia de Barba Azul.
No creo que sus siete mujeres sufrieran tanto como él sufría al estrangular una sola.Mi conciencia se serenará. Mi naturaleza volverá a su robustez cuando tú, genio demoniaco,
descanses en los mullidos terciopelos de mi joyero. Y luego en la cámara de los placeres
entrarán en lugar tuyo, la Lurlei de Bodenhausen, o la Abandonada de Linger de Defregger. Y
así me repondré más pronto. Quién sabe si dentro de tres meses, alma mía, tu desnudez hubiera
empezado a fundir mi pobre cerebro como el sol derretiría una bola de manteca. Era ya tiempo
de interrumpir tálamo y cohabitación.
¡Ah! ¡Siento un Heliogábalo en mí! Moritura me salutat. Muchacha, muchacha, ¿por qué juntas
tan fuertemente tus rodillas? ¿Por qué aún... ante la inescrutable eternidad? ¡Un soplo de vida y
te salvas! Una emoción femenina, una señal de deseo, un gesto de simpatía... y te pondré en un
marco de oro a la cabeza de mi cama! ¡No adivinas que tu castidad es la causa de tus orgías!
¡Maldita seas, inhumana, maldita seas!
... Se ve que ha recibido una educación modelo... A mí me pasa lo mismo.
¿Has rezado ya, Desdémona? El corazón se me encoge... ¡Qué absurdo! ¡También sufrió la
Santa Inés esta misma suerte por negarse como tú... y no estaba tan desnuda! ¡Un beso sobre tu
cuerpo floreciente, sobre tus henchidos pechos infantiles... tan suavemente torneados, un beso
en tus crueles rodillas!
¡La necesidad lo exige, la necesidad lo exige, corazón mío!...
La estampa cae en el fondo de la caja que Hans cierra.
ESCENA CUARTA
Una trojera. Melchor está echado de espaldas sobre el heno fresco. Wendla sube por la
escalera.
WENDLA
¿Te has metido aquí? Todos te buscan. Ya está el coche fuera. Tienes que ayudar... Nos
amenaza una tormenta.
MELCHOR
¡Apártate...! ¡Apártate de mí...!
WENDLA
¿Qué te sucede? ¿Por qué te tapas la cara?
MELCHOR
¡Vete! ¡Vete...! ¡Si no te tiro a la era!
WENDLA
¡Pues ahora es cuando no me voy! (Se arrodilla junto a él) ¿Por qué no vienes conmigo al
prado, Melchor...? Aquí dentro está oscuro y el aire es pesado. ¡Y si nos mojamos, qué nos
importa!
MELCHOR
¡Huele tan bien el heno! Fuera el cielo está tan negro como los paños de un túmulo... Veo las
amapolas sobre tu pecho... y oigo latir tu corazón...
WENDLA
...¡No me beses, Melchor!... ¡No me beses!...
MELCHOR
¡Oigo latir tu corazón!...
WENDLA
¡Cuando se besa... se ama...! ¡No! ¡No!
MELCHOR
¡Oh! ¡No creas en el amor! ¡No hay más que egoísmo! Todo es egoísmo... ¡No te quiero, como
tú tampoco a mí me quieres!
WENDLA
¡No... No... Melchor!
MELCHOR
... ¡Wendla!...WENDLA
¡Oh Melchor...! ¡Déjame...! ¡Déjame...!
ESCENA QUINTA
LA SEÑORA GABOR
Escribiendo
Después de haber reflexionado veinticuatro horas sobre los extremos de su carta, y vuelto a
reflexionar, tomo la pluma con gran congoja. Me es imposible proporcionarle a usted la
cantidad que para su pasaje a América me pide. Primero, porque no dispongo de tal suma, y
segundo, porque consideraría uno de los mayores pecados que pudiera cometer, el procurarle a
usted los medios necesarios para realizar un propósito tan descabellado y de tan fatales
consecuencias como es el suyo. Sería usted muy injusto si viera en esta negativa mía una falta
de cariño. Al contrario, faltaría a mi deber de vieja amiga, de amiga maternal, que como tal
respecto a usted me considero, si, dejándome persuadir por su desesperación momentánea,
perdiera yo la cabeza y me rindiera a mi primer impulso. Estoy dispuesta, y con gusto, si usted
así lo desea, a escribir a sus padres para tratar de convencerles que usted por su parte ha hecho
durante el último trimestre todo lo posible; que sus fuerzas están agotadas hasta l punto de que
una excesiva severidad sería no sólo injusta, si no también excesiva para su estado físico y
moral.
Me ha apenado que usted, a modo de amenaza, me escriba que, en caso de no facilitarle yo los
medios para su huída, recurriría al suicidio. Por muy inmerecida que tenga usted su desgracia
no está bien usar de procedimientos ilícitos. El modo como usted pretende hacerme responsable
a mí, que sólo bondades he tenido para usted, de tal catástrofe, podría a juicio de cualquiera
semejar una tentativa de chantaje. Debo confesarle a usted que esto, por parte de usted, que
sabe lo que a sí mismo se debe, era lo último que podía habérseme ocurrido. Pero abrigo el
firme convencimiento de que usted al proceder así estaba bajo la primera impresión de terror, y
que ese fue el motivo de obrar sin pleno discernimiento.
Y por eso espero confiada que mi carta le encontrará a usted más tranquilo. Tome usted la cosa
como es en realidad. Creo que es improcedente juzgar de la capacidad de un muchacho a base
de las calificaciones académicas. Tenemos muchos ejemplos de malos estudiantes que han sido
hombres excelsos, y al revés, de estudiantes brillantes que nunca descollaron en su vida
posterior. De todas maneras le aseguro a usted que su contratiempo no influirá para nada en su
trato con Melchor. Será para mí siempre una gran satisfacción que mi hijo tenga por amigo a un
muchacho que, júzguenlo como le juzguen, ha sabido ganar todas mis simpatías.
¡La frente alta... señor Steifel! ¡Crisis como esta y otras necesitan ser superadas! ¡Si todos al
primer contratiempo quisieran recurrir al puñal o al veneno, el mundo no tardaría en quedar
desierto! Deseando tener pronto noticias de usted le envía afectuosos saludos su constante y
maternal amiga.
FANNY G.
ESCENA SEXTA
El jardín de los Bergmann inundado de sol matinal.
WENDLA
¿Por qué me he escurrido de la alcoba? ¿Para coger violetas?... Para que mi madre no me vea
sonreír... ¿Por qué no se cierran ya mis labios?... No lo sé... No encuentro palabras...El camino es un tapiz de terciopelo... ni un guijarro... ni un abrojo... ¡Mis pies apenas tocan el
suelo! ¡Oh y qué bien he dormido esta noche!
Aquí estaban... Mi alma se pone seria, tan seria como el alma de una monja ante la comunión.
¡Bellas violetas!... Tranquilízate, madrecita... ¡Me pondré el sayal! ¡Oh Dios mío, si viniera
alguien en cuyos brazos pudiera yo arrojarme y contárselo...!
ESCENA SÉPTIMA
Anochecer. El cielo está ligeramente nublado. El camino serpentea a través de bajos
matorrales y juncos. Se oye el correr del río en la lejanía.
MAURICIO
¡Lo mejor es lo mejor! No sirvo para amoldarme. ¡Que se den luego de cabezadas! ¡Saldré al
aire libre y cerraré la puerta tras mí! ¡No tengo interés alguno en que me fastidien!
No he sido yo quien se ha empeñado en venir al mundo. ¿Por qué he de insistir ahora en
quedarme? ¡No he cerrado ningún trato con Dios! Dénsele a las cosas las vueltas que se le den.
Se me ha engañado. No hago responsables a mis padres; pero de todos modos ya debían de
estar preparados para lo peor. Tenía ya bastante edad para saber lo que se hacían. Al venir al
mundo no era más que un niño de teta, que, si no, hubiera sido lo bastante inteligente para
haberme determinado a ser otro en vez del que soy. ¿Tengo yo la culpa de que los otros ya
existieran? ¡No soy tonto...! Si alguien me regala un perro rabioso, yo le devuelvo su perro
rabioso... ¡Y si no me lo toma, soy lo bastante hombre para...!
Se nace por pura casualidad y, ¿por qué después de una madura reflexión no he de...? ¡Es para
reventar de risa!
El tiempo cuando menos es considerado... Barruntaba lluvia pero ahora reina una tranquila
placidez. Una calma extraña sin notas agrias o inquietantes. El cielo y la tierra se ofrecen
transparentes como una sutil tela de araña. Todo parece envuelto en optimismo. El paisaje es
dulce, tan dulce como una canción de cuna: «Duerme, niño chiquito...duerme». Así cantaba la
Snadulia. ¡Qué lástima que mueva los brazos con tan poca gracia! Bailó por última vez el día
de la fiesta «Cecilia». Snadulia baila sólo con buenos partidos. Su traje estaba descotado por
delante y por detrás. Por detrás, hasta la cintura, y por delante, hasta perder el sentido. Es
imposible que llevara camisa... ¡Este sí que sería un motivo para retenerme! Por curiosidad,
más que por nada. ¡Debe de ser una sensación extraña! ¡Una sensación como la de ser
arrastrado por las aguas de un torrente! No diré a nadie que retorno a la nada sin haberlo
probado. ¡Haré creer que, en efecto, lo he hecho todo! ¡Da un poco de vergüenza haber sido
hombre y no haber conocido lo más humano! ¿Cómo, señor mío, viene usted de Egipto y no ha
visto usted las pirámides?
¡No quiero llorar de nuevo! ¡No quiero pensar otra vez en mi entierro...! Melchor colocará una
corona sobre mi ataúd. El pastor Kahlbauch prodigará a mis papás palabras de consuelo. El
rector Sonnenstich aducirá citas históricas... De seguro que no me pondrán una lápida. Hubiera
deseado tenerla de mármol, blanco como la nieve, sobre un zócalo de basalto negro. ¡Pero bien
sabe Dios que no la echaré de menos! ¡Los monumentos funerarios son más para los vivos que
para los muertos!
¡Necesitaría lo menos un año para despedirme de todos con el pensamiento! ¡No quiero llorar
más! Estoy contento de echar una mirada retrospectiva al mundo, sin sentir amargura. ¡Qué
veladas tan hermosas las pasadas con Melchor! Junto a la casa del guardabosque, en lo alto del
camino real, junto a los cinco tilos en el Schlossberg, en las misteriosas ruinas del Ronenburg.
Cuando llegue la hora pensaré, para tener ánimos, en la crema. La crema no es motivo bastante
para retenernos en la vida. Empalaga, pero deja sin embargo un sabor agradable. Yo creía quelos hombres eran mucho peores. No he encontrado ninguno a quien faltara el buen deseo de
hacer las cosas mejor... ¡He compadecido a muchos por causa mía!
Voy hacia el altar como el joven de la antigua Etruria, que compraba con su último aliento la
salud de su hermano en el año venidero. Sorbo a sorbo paladeo el misterioso terror de la
disolución. Sollozo de pena al considerar mi propio destino. La vida se me ha vuelto de
espaldas. Del otro lado me hacen señas cariñosas. ¡La reina sin cabeza... la reina sin cabeza!
En sus suaves brazos encontraré la compasión. ¡Vuestros mandatos sólo obligan a los
incapacitados; yo llevo conmigo un billete de libre circulación! ¡Al romper la envoltura vuela
libre la mariposa! ¡La quimera deja de molestar! ¡No deberíais jugar tan locamente en el
engaño! ¡La niebla se desvanece! ¡La vida es sólo una cuestión de gusto!
ESCENA OCTAVA
ILSE
Que aparece con el traje desgarrado; a la cabeza lleva anudado un pañuelo de color. Toca a
Mauricio en el hombro.
¿Qué se te ha perdido?
MAURICIO
¡Ilse!
ILSE
¿Qué haces aquí?
MAURICIO
¡Por qué me asustas de este modo!
ILSE
¿Qué buscas? ¿Qué se te ha perdido?
MAURICIO
¿Por qué me asustas tan terriblemente?
ILSE
Vengo de la ciudad. Voy a mi casa...
MAURICIO
¡No sé lo que se me ha perdido!
ILSE
Entonces ¿a qué buscar?
MAURICIO
¡Por vida de...! ¡Por vida de...!
ILSE
Hace cuatro días que no voy a casa.
MAURICIO
¡Surges silenciosa como una gata!
ILSE
Es que llevo puestos mis zapatos de baile. ¡Qué cara pondrá madre! ¡Acompáñame hasta casa!
MAURICIO
¿Por dónde has andado?
ILSE
¡Con la Priapia!
MAURICIO
¿Priapia?
ILSE
Con Nohl, con Fehrendorf, con Pandisky, con Lenz, con Rank, con Spühler. ¡Con todos!
MAURICIO
¿Te están pintando?
ILSEFehrendorf me está pintando de «Santa en la columna». Estoy sobre un capitel corintio. ¡Te
digo que Fehrendorf es un barbarote! La última vez le pisé un tubo de color... ¡y fue y limpió
los pinceles en mi cabeza! ¡Le di una bofetada! Me tira la paleta. Yo le derribo el caballete. Me
persigue con el puntero en la mano. Corro por entre las mesas, las sillas, los divanes... por todo
el estudio. Cogí un boceto que tenía detrás de la estufa. «Te estás quiero o te lo rasgo» Solicitó
un armisticio. ¡Y luego, me besó con una furia!
MAURICIO
Y ¿dónde duermes cuando no vas a casa?
ILSE
Ayer me quedé en casa de Nohl, anteayer en la de Bojokewitsch, el domingo en la de
Oikomopulos. ¡En casa de Pandisky hubo champán! Valabregez había vendido su «Enfermo de
peste». Adolar bebió en el cenicero. Lenz cantó la canción de «La infanticida» mientras que
Adolar se despachaba con la guitarra. ¡Yo estaba tan ebria que me tuvieron que llevar a la
cama! Y tú ¿vas todavía al colegio?
MAURICIO
No... No... con este trimestre... me despido.
ILSE
¡Tienes razón! ¡Cómo pasa el tiempo cuando se gana dinero! ¿Te acuerdas cuando jugábamos a
los ladrones? ¿Te acuerdas cuando veníais a casa a la tarde para beber leche de cabras recién
ordeñada? ¿Qué hace Wendla? Parece que la veo aún cuando la inundación... ¿Qué hace
Melchi Gabor? ¿Tiene siempre esa mirada tan profunda? En la clase de canto estaba enfrente de
mí.
MAURICIO
Filosofa.
ILSE
No hace mucho que Wendla vino a casa y trajo conservas para mi madre. Yo estaba aquel día
de modelo con Landauer. Le sirvo para una Virgen María madre de Dios, que está pintando.
¡Es un borracho infecto! Y ¡ay! ¡ay! como un gallo... ¿Has tenido anoche una borrachera?
MAURICIO
¡Anoche... bebimos como hipopótamos...!
ILSE
¡No hay más que verte...! ¿Hubo también muchachas?
MAURICIO
Arabella... la ninfa de la cerveza. ¡Andaluza! El dueño nos dejó toda la noche solos con ella.
ILSE
No hay más que verte, Mauricio. A mí no se me conoce nunca la borrachera... ¡El carnaval
pasado estuve tres días y tres noches sin acostarme... y sin desnudarme! Del baile al café, de
mediodía en Bellavista, por la tarde en los títeres, por la noche vuelta al baile. Leda estaba con
nosotros, y la gorda de Viola... A la tercera noche me encontró Enrique.
MAURICIO
¿Te buscaba?
ILSE
Dio un tropezón en mi brazo al pasar... Yo estaba tendida sobre la nieve sin conocimiento...
Me llevó a su casa. En catorce días no salí de allí... ¡Qué temporada más terrible!... Por la
mañana tenía que ponerme su bata persa, y por las tardes me hacía vestir con un traje negro de
paje, adornados el cuello, pantalón y mangas con encajes blancos. Todos los días me
fotografiaba de distinta manera. Unas veces apoyada sobre el respaldo del sofá, de Adriana,
otras de Leda, otras a cuatro patas como Nabucodonosor. Y en medio de todo esto hablaba de
asesinar, de suicidio, de asfixia. Al despertar cogía una pistola, la metía en la cama y me la
ponía en el pecho. «Si pestañeas disparo» ¡Estaba cargada con balas puntiagudas! ¡Y, hubiera
disparado, Mauricio, hubiera disparado!... Luego se metía el cañón en la boca como si fuerauna cerbatana. Pero a su contacto se le despertaba el instinto de conservación. ¡Pum... y la bala
se le hubiera incrustado en el espinazo!
MAURICIO
¿Vive Enrique aún?
ILSE
¡Qué sé yo! En el techo, sobre la cama, tenía empotrado un espejo. El cuarto parecía altísimo y
tan resplandeciente como la sala de la Ópera... Una se veía en el espejo como si estuviera
colgada del cielo... ¡Qué sueños más espantosos tuve! ¡Dios mío... Dios mío... si amaneciera
pronto! «¡Buenas noches, Ilse! ¡Cuando duermes, de bella que eres, me dan ganas de
asesinarte...!», me decía.
MAURICIO
¿Y vive aún?
ILSE
¡No lo quiera Dios...! Una vez salió a buscar ajenjo... me eché el abrigo y me deslicé hasta la
calle. Como el carnaval había pasado, la policía me detuvo y me llevó a la Prevención, donde
me preguntaron qué hacía así, vestida de hombre. Tuvieron que venir Nohl, Fehrendorf,
Pandisky, Spügler, Oikomopulos, toda la Priapia, y salieron fiadores por mí. En un coche me
transportaron al estudio de Adolar. Desde entonces soy fiel a la horda. Fehrendorf es un mico,
Nohl un cochino, Bojokewitsh una lechuza, Loison una hiena, Okonomopulos un camello...
¡Por eso los quiero a todos por igual y no me liaría con nadie, aunque el mundo estuviera lleno
de millonarios!
MAURICIO
¡Tengo que retirarme, Ilse!
ILSE
¡Ven a casa!
MAURICIO
¿Para qué?... ¿Para qué?
ILSE
¡Para tomar leche de cabras recién ordeñada! Te rizaré el pelo. Te colgaré del pescuezo un
cencerrito... Tenemos un caballín con el cual podrás entretenerte...
MAURICIO
He de retirarme... Tengo por hacer los Sassanidas, el sermón de la montaña y los
paralepípedos... ¡Buenas noches, Ilse!
ILSE
Que duermas bien... ¿Vas todavía al Wigmann, allá abajo, donde Melchor enterró mi
Tomahawk? ¡Brr! ¡Cuando os llegue a vosotros la vez... ya tendré yo tierra encima...!
Se aleja presurosa.
MAURICIO
Solo.
¡Una palabra hubiera bastado...!
La llama.
¡Ilse! ¡Ilse...! ¡Dios mío, ya no me oye...!
No, no estoy de humor... ¡Para eso se necesita tener la cabeza despejada y el corazón alegre...!
¡Qué lástima de ocasión perdida! ¡Qué lástima...! Contaré que he tenido unos espejos muy
grandes en el techo, sobre mi cama... que había domesticado una yegua salvaje... y la hacía
pasear contoneándose con orgullo sobre el tapiz de terciopelo, con medias largas de seda,
zapatos de charol, guantes de cabritilla negros y una tira de terciopelo alrededor del cuello... y
que en un ataque de locura, la estrangulé sobre mis almohadas... Cuando se hable de placer me
reiré... Hare...¡Quisiera gritar! ¡Quisiera gritar! ¡Ilse, Priapia! ¡Pierdo el juicio! ¡Esto me quebranta los
ánimos! ¡Esa hija de la felicidad, esa hija del sol, esa muchacha de placer que se interpone en
mi camino doloroso...! ¡Oh! ¡Oh...!
..................................................................................................................
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En la orilla.
Lo he encontrado por casualidad... aquí está, el banco de césped... Los penachos de los juncos
parecen haber crecido desde ayer... Pero, sin embargo, la vista a través de los sauces es la
misma. El río corre pesadamente, como plomo fundido... Que no se me olvide...
Saca la carta de la señora Gabor y la quema.
Cómo revolotean los pedazos encendidos. ¡Almas! ¡Estrellas errantes...! Antes de quemar el
papel se veían aún las praderas y una franja en el horizonte... ahora ha cerrado la noche...
ahora ya no vuelvo a casa.
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
Sala de profesores. En las paredes retratos de Pestalozzi y Juan Jacobo Rousseau. Alrededor
de una mesa cubierta de paño verde y alumbrada por unos mecheros colgantes de gas, están
sentados los profesores Affenschmalz, Knüppeldick, Hungergurt, Zungenschlag y Fliegentod.
Al extremo de la mesa y sentado en un sillón más alto está el rector Sonnenstich. El bedel
Habebald masculla junto a la puerta.
SONNENSTICH
... ¿Tiene alguno de los señores que hacer otra observación? ¡Señores! No podemos por menos
que solicitar del alto Ministerio de Instrucción la expulsión de nuestro discípulo culpable, y esto
se debe a muy poderosas razones. No podemos menos que hacerlo porque la desgracia ha de
expiarse, y también para evitar que en lo futuro se abatan catástrofes análogas sobre nuestro
establecimiento. Y además nuestro discípulo culpable no debe quedar sin castigo, por el
desmoralizador ejemplo que ha dado a los condiscípulos de su clase, y en último término es
necesario el castigo para evitar que este ejemplo pueda extenderse a todos sus demás
condiscípulos. No podemos menos de obrar así, y este, señores, es el argumento aplastante
contra el cual no caben objeciones, para librar a nuestro establecimiento del contagio de la
epidemia de suicidios que ya se ha presentado en otros Gimnasios, a pesar de todos los medios
empleados para mantener en los límites de una existencia cultural a los escolares por virtud de
una educación que se esfuerza en hacer de ellos personas cultas... ¿Tiene alguno de los señores
que hacer otra observación?KNÜPPELDICK
No puedo por más tiempo dejar de manifestar mi opinión de que, al fin, sería ya hora de abrir
una ventana.
ZUNGENSCHLAG
H... a... a... y a... a.... quí una a... a... atmósfera como en las cata... catacumbas sub-actos de
la en un tiempo Cá... ca... cámara de justicia de Wetzlar.
SONNENSTICH
¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Abra usted una ventana! Gracias a Dios que disponemos de bastante aire. ¿Tiene alguno de los
señores que hacer otra observación?
FLIEGENTOD
No tengo por mi parte nada que objetar al deseo de mis señores colegas de que se abra una
ventana. Sólo quisiera rogar que no se abriese precisamente la ventana que está detrás de mí.
SONNENSTICH
¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Abra usted la otra ventana! ¿Tienen los señores que hacer alguna otra observación?
HUNGERGURT
Sin propósito por mi parte de complicar la controversia con mi intervención, me permito
recordar el hecho de que otra ventana está condenada desde las vacaciones de otoño pasado.
SONNENSTICH
¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
Deje usted cerrada la otra ventana. Dada la diferencia de pareceres me veo, señores, obligado a
someter la propuesta votación. Ruego a los señores que sean partidarios de que se abra la única
ventana que puede abrirse, que se levanten de sus asientos...
Cuenta
Uno, dos, tres... ¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Deje usted también la otra ventana cerrada...! Yo por mi parte expongo mi opinión de que la
atmósfera no deja nada que desear... ¿Tienen los señores que hacer alguna otra observación...?
¡Señores! Supongamos que omitimos solicitar del alto Ministerio de la Instrucción la expulsión
de nuestro discípulo culpable... Entonces el alto Ministerio de la Instrucción podría hacernos
responsables de la catástrofe acaecida. El alto Ministerio de la Instrucción a suspendido
aquellos Gimnasios en los cuales han ocurrido el 25 por ciento de los suicidios. Nosotros, como
guardadores y conservadores de nuestro establecimiento, tenemos el deber de evitar este
terrible golpe. Es doloroso, señores colegas, el no poder apreciar las circunstancias atenuantes
que resultan de la calificación general del reo, nuestro discípulo, pero un procedimiento de
benevolencia que estaría justificando atendiendo a las dotes personales del reo, nuestro
discípulo, no podría por otra parte invocarse teniendo en cuanta el interés por la existencia de
nuestro Establecimiento, hoy en peligro. Por lo cual nos vemos en la necesidad de juzgar al
culpable para no ser nosotros mismos juzgados siendo inocentes. ¡Habebald!HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Hágale usted subir!
Sale Habebald.
ZUNGENSCHLAG
Si la a... a... atmósfera, según testimonio competente, deja poco o nada que desear, me permito
proponer que durante las vacaciones de verano sea también con... con... con... con...
condenada la otra ventana.
FLIEGENTOD
Si a nuestro querido colega Zungenschlag no le parece suficientemente ventilado nuestro local,
propongo que se le aplique a nuestro querido colega Zungenschlag un ventilador en el interior
del cráneo...
ZUNGENSCHLAG
¡No tengo po... po... por qué tolerarlo...! ¡No tengo por qué a... a... a... aguantar gro... gro...
groserías! ¡Tengo mis cin... cin... cin... cinco sentidos cabales!
SONNENSTICH
¡Me veo precisado a suplicar a los señores colegas Fliegentod y Zungenschlag que guarden la
debida compostura! Parece que el reo, nuestro discípulo, sube ya la escalera.
Habebald abre la puesta por la que comparece Melchor pálido, pero sereno.
SONNENSTICH
¡Acérquese a la mesa...! Después de haber tenido conocimiento el señor Steifel del suicidio de
su hijo, realizó el desolado padre un registro entre los efectos que pertenecían a Mauricio con la
esperanza de descubrir la pista que conduciría a explicar el posible motivo de esta inaudita
fechoría. En esta operación tropezó, en un lugar, que no es el caso nombrar, con un manuscrito,
el cual aunque no explique por sí el hecho digno de reprobación, suministra datos suficientes
para apreciar el desquiciamiento moral del malhechor. Se trata de una disertación titulada «El
Coito», en forma de diálogo, con reproducciones de tamaño natural, que consta de veinte
páginas llenas de desvergonzadas porquerías, bastantes para satisfacer la curiosidad respecto a
las más complicadas pornografías, que es lo que el depravado cazador de placeres busca en
estas lecturas obscenas.
MELCHOR
Yo he...
SONNENSTICH
¡Usted ha de guardar compostura! Luego que el señor Steifel nos hubo entregado el escrito en
cuestión, prometimos nosotros al desconsolado padre descubrir el autor, costara lo que costara,
para lo cual comparamos la letra del manuscrito que se nos escribió con letra de todos los
condiscípulos de la desgraciada víctima, y por juicio unánime de todo el profesorado, y de
perfecto acuerdo con el dictamen especial de nuestro estimado colega de caligrafía, se
evidenció una sospechosa semejanza con la letra de usted.
MELCHOR
Yo he...
SONNENSTICH
¡Usted ha de limitarse a contestar con un simple «sí» o «no» a las preguntas precisas y
concretas que yo le haga!... ¡Habebeld!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Los autos! Ruego a nuestro querido colega señor Fliegentod, que ejerce las funciones de
secretario protocolizador, que protocolice lo más fielmente posible.
A Melchor.¿Reconoce usted este manuscrito?
MELCHOR
¡Sí!
SONNENSTICH
¿Conoce usted su contenido?
MELCHOR
¡Sí!
SONNENSTICH
¿Es suya esta letra?
MELCHOR
¡Sí!
SONNENSTICH
¿Es usted el autor de este escrito pornográfico?
MELCHOR
Sí. ¡Ruego al señor rector que me señale en el escrito un solo pasaje indecente!
SONNENSTICH
¡Limítese usted a contestar a mis preguntas!
MELCHOR
No he escrito ni más ni menos que aquello que usted sabe que es corriente.
SONNENSTICH
¡Qué desvergonzado!
MELCHOR
¡Ruego a usted que me señale en este escrito un solo ataque a la moral!
SONNENSTICH
¡Se figura usted que a mí me divierte el papel de payaso de usted! ¡Habebald!
MELCHOR
Yo he...
SONNENSTICH
¡Usted ha demostrado tener tan poco respeto a la dignidad de sus profesores, aquí reunidos,
como poca decencia con respecto a los sentimientos más arraigados en el hombre con relación
al pudor, parte integrante del orden moral...! ¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Es un método Langescheidt para aprender el Volapnk aglutinado en tres lecciones!
MELCHOR
Yo he...
SONNENSTICH
¡Ruego a nuestro secretario protocolizador señor Fliegentod que cierre el protocolo!
MELCHOR
Yo he...
SONNENSTICH
¡Usted ha de guardar compostura...! ¡Habebald!
HABEBALD
¡A la orden, señor rector!
SONNENSTICH
¡Lléveselo usted!
ESCENA SEGUNDA
Cementerio. Llueve a cántaros. Ante una fosa se halla el pastor Kahlbauch con el paraguas
abierto. A su derecha el señor Steifel, su amigo Ziegenmelker y el tío Probst. Ala izquierda elseñor Sonnenstich con el profesor Knochenbruch. Escolares completan el grupo. Un poco
alejadas, al lado de una sepultura ruinosa, están Marta e Ilse.
EL PASTOR KAHLBAUCH
¡Los que renuncien a la gracia con la cual el Señor favorece a los que nacen en pecado,
padecerán la muerte espiritual!
¡Quien en obstinación carnal niegue a Dios y sirva al mal y perdure en él, padecerá la muerte
material!
¡Quien arroje lejos de sí la Cruz del Salvador de todos nosotros, en verdad os digo que padecerá
de muerte eterna!
Arroja una paletada de tierra en la fosa.
Pero nosotros, que constantemente marchamos por el espinoso sendero, alabemos la bondad del
Señor y mostrémonos reconocidos a los inescrutables designios de su gracia. Pues tan cierto
como éste muere de triple muerte, tan cierto es que el Señor llamará a su lado al justo y le hará
gozar de la bienaventuranza y de la vida eterna... Amén.
EL SEÑOR STIEFEL
Con voz ahogada por el llanto y arrojando en la fosa una paletada de tierra.
¡El chico no era mío...! ¡El chico no era mío...! ¡Nunca me gustó, ni de pequeño...!
SONNENSTICH
Echa una paletada de tierra en la fosa.
El suicidio, que es el quebrantamiento más grande del orden moral que se pueda pensar, es a la
vez la prueba más palmaria de la existencia de ese orden moral, porque el suicida ahorra al
orden moral el trabajo de pronunciar su fallo, y confirma de este modo su existencia.
KNOCHENBRUCH
Arroja una paletada de tierra.
¡Perdido... encenagado... engolfado... y encanallado...!
EL TÍO PROBST
Arroja a su vez una paletada de tierra.
¡No se lo hubiera creído ni a mi propia madre, si me hubiera dicho que un hijo se podía portar
tan villanamente con sus padres!
EL AMIGO ZEIGENMELKER
¡Portarse así con un padre que desde hace veinte años, de la mañana hasta la noche no pensaba
más que en el bien de su hijo!
EL PASTOR KAHLBAUCH
Estrechando la mano del señor Steifel.
Sabemos que todas las cosas que padecen redundan en provecho de los que aman a Dios. Así se
dice en la Epístola de los Corintios. I, 12, 15. ¡Piense usted en la desconsolada madre y
compénsele la pérdida sufrida con doble amor!
SONNENSTICH
Dando la mano del señor Steifel.
¡De todos modos no hubiéramos podido aprobarle!
KNOCHENBRUCH
Dando la mano del señor Steifel.
¡Y se le hubiéramos aprobado, con toda seguridad hubiéramos tenido que suspenderlo en la
primavera próxima!
EL TÍO PROBST
Estrechando la mano del señor Steifel.
¡Ahora tienes el deber de pensar en ti! ¡Eres padre de familia!
EL AMIGO ZEIGENMELKER
Estrechando la mano del señor Steifel.¡Confíate a mi cuidado! Hace un tiempo de perros... ¡Le tiritan a uno hasta las entrañas! ¡Quien
no se lleve el vaso de ponche a los labios, se librará hoy para siempre de su afección cardiaca!
EL SEÑOR STIEFEL
Limpiándose las narices.
¡El chico no era mío...! ¡El chico no era mío...!
(Sale el señor Steifel acompañado del pastor Kahlbauch, rector Sonnenstich, profesor
Knochenbruch, el tío Probst y el amigo Ziegenmelker... la lluvia cesa.)
HANS RILOW
(Echando una paletada de tierra en la fosa.)
Descansa en paz, honrado pellejo... Saluda a mis novias eternas, y recomiéndame
respetuosamente a la misericordia de Dios... ¡Pobre infeliz...! ¡Por tu simplicidad angelical te
pondrán un espantapájaros sobre la tumba!
JORGE
¿Ha aparecido la pistola?
ROBERTO
No tiene objeto buscarla.
ERNESTO
Tú, Roberto, ¿le has visto?
JORGE
¿Tenía la lengua fuera?
ROBERTO
¡Los ojos desencajados! ¡Por eso le cubrieron con un lienzo!
OTTO
¡Horrible!
HANS RILOW
¿Pero estás tú seguro de que se ha ahorcado?
ERNESTO
¡Se dice que le falta la cabeza!
OTTO
¡Qué tontería! ¡Habladurías!
ROBERTO
¡Yo he tenido la soga en la mano! ¡No he visto todavía a ningún ahorcado a quien no se le haya
cubierto con un paño!
JORGE
¡No podía haberse despedido de manera más vulgar!
HANS RILOW
¡Qué demonio! ¡El ahorcarse debe ser cosa buena!
OTTO
¡A mí me debe todavía los cinco marcos! Apostamos en serio. ¡Me juró que me los cobraría si
perdiera yo!
HANS RILOW
¡Tú tienes la culpa de que esté ahí metido! ¡Tú le llamaste fanfarrón!
OTTO
¡Bah, bah, bah! ¡Si hubiera estudiado bien la historia de la literatura griega, no habría tenido
necesidad de ahorcarse!
ERNESTO
¿Has hecho el tema, Otto?
OTTO
Sólo la introducción.
ERNESTO
¡Yo no sé qué escribir!
JORGE¿No estabas tú presente cuando Alfenschmalz nos dio el plan?
HANS RILOW
¡Yo apañaré cualquier cosa con el Demócrito!
ERNESTO
¡Y yo veré si encuentro algo en la pequeña enciclopedia Meyer!
Se van los muchachos. María e Ilse se acercan a la fosa.
ILSE
¡Date prisa! ¡Date prisa! ¡Por ahí vienen los sepultureros!
MARTA
¿No sería mejor esperar, Ilse?
ILSE
¿Para qué? Traeremos más flores frescas. ¡Siempre frescas y siempre nuevas! ¡Crecen
bastantes!
MARTA
Tienes razón, Ilse.
Arroja una corona de laurel en la fosa. Ilse se suelta el delantal y deja caer gran cantidad de
anémonas frescas sobre el ataúd.
MARTA
Trasplantaré aquí los rosales de nuestro jardín. ¡Así como así ya me pegan bastante en casa!
¡Aquí crecerán mejor!
ILSE
Regaré las flores tantas veces como pase por aquí. Cogeré el Golbach miosotis y de casa traeré
lirios.
MARTA
¡Quedará muy bien adornada! ¡Magnífico!
ILSE
Ya había pasado el puente cuando oí el disparo.
MARTA
¡El pobre!
ILSE
¡Yo conozco la causa, Marta!
MARTA
¿Te dijo algo?
ILSE
¡Los paralepípedos tuvieron la culpa! Pero no se lo cuentes a nadie.
MARTA
¡Te lo prometo!
ILSE
¡Aquí está la pistola!
MARTA
¡Por eso no la han encontrado!
ILSE
Se la quité de la mano cuando pasé por aquí de mañana.
MARTA
¡Regálamela, Ilse! ¡Te lo suplico, regálamela!
ILSE
No; quiero conservarla como recuerdo.
MARTA
¿Es verdad, Ilse, que le han enterrado sin cabeza?
ILSE
¡Debió de cargar la pistola con agua! Los juncos estaban salpicados de sangre. Pedazos de
sesos colgaban de los sauces.ESCENA TERCERA
El señor y la señora Gabor.
LA SEÑORA GABOR
... ¡Se necesitaba una víctima expiatoria! Había que sacudirse los cargos que de todas partes
empezaban a acumularse. Y mi hijo ha tenido la desgracia de ponerse, en el momento oportuno,
a tiro de los golillas. Y ahora ¿He de ser yo, su madre, quien ayude a consumar la obra de sus
verdugos? ¡Dios me libre de hacerlo!
EL SEÑOR GABOR
¡He seguido en silencio durante catorce años tu ingenioso método educativo! Ese método
estaba sin embargo en contradicción con mis ideas. He creído siempre que un niño no es un
juguete, sino que tiene derecho a nuestra más sagrada seriedad. Pero me decía: si el espíritu y el
don de gracia de una persona, son capaces de obrar en otra persona, sustituyendo la acción de
los rígidos principios, es este don preferible a la rigidez de los principios. No te hago reproche
ninguno, Fanny, pero no te pongas en mi camino cuando ahora intento remediar tu error y el
mío con respecto a nuestro hijo!
LA SEÑORA GABOR
¡Me interpondré en tu camino mientras me quede una gota de sangre caliente en las venas! El
correccional sería para mi hijo la perdición. Puede que una naturaleza criminal se corrija en
tales establecimientos. ¡No lo sé! Pero un hombre de buena índole, se convierte en ellos en un
criminal, del mismo modo que la planta privada de aire y de sol fenece. ¡No tengo nada que
reprocharme! Hoy, como siempre, bendigo al cielo, que me indicó el medio propicio para
despertar en mi hijo un carácter justo y un pensar noble. ¡Qué ha hecho de terrible! ¡No se me
ocurriría el disculparle, pero él no tiene la culpa de que le hayan expulsado de la escuela! Y si
hubiera tenido culpa, ya la ha pagado bastante. Puede que tú sepas esto mejor. Puede que
teóricamente tengas razón. Pero yo no puedo consentir que se lance violentamente a mi hijo a la
muerte.
EL SEÑOR GABOR
Eso no depende de nosotros, Fanny. Es un riesgo que hemos tomado junto con nuestra
felicidad. Quien no tiene fuerzas para la marcha se queda en el camino. Y no es en último
término lo peor que pueda ocurrir, el que lo irremediable advenga a tiempo... ¡Que el cielo nos
libre de ello! Nuestro deber es fortalecer al que se tambalea, en tanto que tengamos medios
racionales para conseguirlo. ¡Que no es su culpa el que le hayan echado de la escuela! ¡Y si no
se le hubiera expulsado tampoco tendría culpa alguna! Eres demasiado indulgente. No ves más
que precoces retozos, allí donde se trata de vicios fundamentales de carácter. Vosotras, las
mujeres, no sois las llamadas a jueces de estas cuestiones. Quien es capaz de escribir lo que
Melchor ha escrito, tiene que estar podrido en lo más recóndito de su ser. ¡El interior está
corrompido! ¡Una naturaleza medianamente sana no se deja llevar a tales cosas! No somos
santos. Todos a veces nos desviamos de nuestro camino. Pero el escrito de Melchor es
revelación de un principio. No responde a un desliz fortuito y casual. Testimonia, con horrible
claridad, la franca y consciente inclinación hacia todo instinto depravado, una inclinación a lo
inmoral por ser inmortal. Su escrito evidencia una corrupción espiritual que nosotros los
juristas designamos con el término de «locura moral». Puede que contra esto haya un remedio.
¡Yo no lo sé! Si queremos conservar una sombra de ilusión, y ante todo una conciencia
inmaculada, como sus padres que somos, tiempo es ya de obrar con seriedad y decisión. ¡No
disputemos más, Fanny! ¡Bien siento cuán duro es para ti! ¡Sé cómo le adoras, porque se
corresponde en tu carácter genial! ¡Véncete a ti misma! ¡Álzate por primera vez frente a tu hijo
como distinta a él!
LA SEÑORA GABOR¡Dios mío, socorredme! ¡Cómo es posible llegar a tales conclusiones! ¡Hace falta ser hombre
para hablar de ese modo! ¡Hace falta ser hombre para dejarse cegar así por la letra muerta!
¡Hace falta ser hombre para ser tan siego y no ver lo que salta a la vista! He tratado a Melchor
desde el primer día, con escrupulosidad y moderación, porque aprecié que era susceptible a las
impresiones del medio ambiente. ¡Hemos de ser responsables de la casualidad! Mañana te
puede caer una teja sobre la cabeza, y luego puede pasar por el lugar un amigo tuyo, tu padre, y
pisarte en vez de levantarte y curarte la herida. ¡No consiento en que se mate a mi hijo a mi
vista! ¡Por eso soy su madre! ¡Es incomprensible! ¡Qué ha escrito, por todos los cielos! ¡No es
lo que ha escrito el más claro testimonio de su inocencia, de su simpleza, de su pureza infantil!
No hay que tener ni idea del corazón humano, o ser un burócrata desalmado, o ser todo
limitación, para olfatear un rastro de corrupción moral en su escrito. ¡Di lo que quieras! ¡Si
llevas a Melchor al correccional nos separaremos! ¡Ya veré si en el mundo encuentro auxilio y
medios para librar a mi hijo de su perdición!
EL SEÑOR GABOR
¡Ya te irás haciendo a ello! Si no hoy mañana. No es fácil para nadie descontar la desgracia.
Estaré a tu lado y cuando tu valor amenace con desfallecer no ahorraré trabajo ni sacrificio
alguno para aligerar el peso de tu corazón. ¡Veo el futuro gris y nublado, y no me faltaba más
sino perderte a ti también!
LA SEÑORA GABOR
¡No le volveré a ver! ¡No le volveré a ver! Él no es capaz de soportar esa brutalidad. ¡Él no se
aviene con la escoria! Él se rebelará contra la violencia, y ante sus ojos tiene el más terrible
ejemplo que seguir. Y si lo vuelvo a ver, ¡oh Dios, ese alegre corazón de primavera, su reír
franco, todo, todo su arrojo infantil para luchar por lo que fuera justo y bueno! ¡Oh, ese cielo
matutino, que yo he despertado en su alma luminoso y puro, mi mayor tesoro!... Castígame a
mí si hay un crimen que clame por ser expiado! ¡Castígame a mí! ¡Procede como quieras! ¡Mía
es la culpa! Pero aparta del niño tu terrible mano.
EL SEÑOR GABOR
¡Ha cometido una mala acción!
LA SEÑORA GABOR
¡No ha cometido ninguna mala acción!
EL SEÑOR GABOR
¡Sí la ha cometido! Daría lo posible para evitar a tu amor materno este disgusto... Esta mañana
ha venido a verme una mujer, traspuesta, casi privada del habla; traía esta cata en la mano. Una
carta dirigida a su hija, niña de quince años. Por una casualidad la abrió. La muchacha no
estaba en casa. En esa carta, Melchor declara a la niña que su acción no le deja tranquilo, que
ha pecado con ella, etcétera... y que naturalmente responderá de todo. Que no tiene que
alarmarse aunque observe que hay consecuencias. Que está ya en camino de buscar remedio.
Su expulsión del colegio le da facilidades para ello; que el mal paso anterior puede conducirlos
a la felicidad... y otras palabrerías por el estilo sin sentido.
LA SEÑORA GABOR
¡Imposible!
EL SEÑOR GABOR
¡Esta carta es falsa!... ¡Es un intento de estafa! ¿Es que se quiere explorar el hecho de la
expulsión que ya todo el mundo en la ciudad conoce? No he hablado todavía con el chico...
Pero haz el favor de fijarte... Mira su letra...
LA SEÑORA GABOR
¡Una pillería de muchacho! ¡Increíble, indecente!
EL SEÑOR GABOR
¡Eso me temo!
LA SEÑORA GABOR¡No, no... Nunca, jamás!
EL SEÑOR GABOR
¡Tanto mejor para nosotros si así fuere. La mujer me pregunta con las manos entrecruzadas, qué
es lo que debía hacer con su hija, y yo le contesté que lo primero que debía hacer era no dejarla
subir a los trojes de heno! Afortunadamente me quedé con la carta. Si enviamos a Melchor a
otro Gimnasio, donde no esté sometido a nuestra inspección, no tardará en repetirse el caso...
nueva expulsión. Y tu alegre corazón de primavera se acostumbrará a ello. Dime, Fanny ¿qué
he de hacer con el muchacho?
LA SEÑORA GABOR
Al correccional...
EL SEÑOR GABOR
¿Al...?
LA SEÑORA GABOR
...¡Correccional!
EL SEÑOR GABOR
En él encontrará en primer término, aquello de que en su casa fue injustamente privado: férrea
disciplina, principios; y una convicción moral a la que ha de someterse absolutamente... Por lo
demás, el correccional no es tan terrible como tú te figuras. El fin principal que allí se persigue
es imbuir a los corrigendos un modo de pensar y de sentir cristianos. El muchacho aprenderá
allí lo bueno en vez de lo interesante. Aprenderá en sus acciones a seguir, no su natural, sino la
ley... Hace media hora que he recibido un telegrama de mi hermano que confirma las
manifestaciones de la mujer. Melchor se ha confesado a él y le ha pedido 200 marcos para huir
a Inglaterra.
LA SEÑORA GABOR
Tapándose la cara.
¡Dios mío misericordioso!
ESCENA CUARTA
Correccional. Un pasillo. Diethlm, Reinhold, Ruperto, Helmuth, Gastón y Melchor.
DIETHELM
¡Aquí; una pieza de 20 céntimos!
REINHOLD
¿Qué hemos de hacer con ella?
DIETHELM
La pondré en el suelo. Vosotros os colocaréis alrededor. Quien la coja para él será.
RUPERTO
¿No juegas con nosotros, Melchor?
MELCHOR
No, gracias.
HELMUTH
¡El casto José!
GASTÓN
¡No puede! ¡Está aquí de vacaciones!
MELCHOR
¡No es hábil el aislarme de ellos. Todos me observan. Debo de hacer lo que ellos hacen o irme
al diablo... ¡La prisión les convierte en suicidas...! ¿Qué me desnuco? ¡Bien! ¡No puedo más
que seguir ganando! Ruperto será mi amigo. Sabe muchas cosas de aquí. Le obsequiaré con el
capítulo del cordón de Juda Thamar, de la reina de Vasti y del Absiag de Suna... ¡Tiene la cara
más infeliz de toda la sección!
RUPERTO
¡Es mía!HELMUTH
¡Aún me toca a mí!
GASTÓN
¡Que si quieres! ¡Pasado mañana!
HELMUTH
¡Ahora mismo! ¡Ahora!
TODOS
Summa cum laude.
RUPERTO
Cogiendo la moneda.
¡Gracias!
HELMUTH
¡Dámela, Perro!
RUPERTO
¡Tú, marrano!
HELMUTH
Le pega en la cara.
¡Cuerpo de ahorcado!
RUPERTO
¡Toma!
Corre detrás de él.
HELMUTH
He de matarle.
Se aparta corriendo.
LOS DEMÁS
Siguiéndoles.
¡A él! ¡a él! ¡Cógele! ¡A él! ¡A él! ¡A él!
MELCHOR
Solo, en la ventana.
—Por aquí baja el pararrayos. Hay que asirlo con un pañuelo. Cuando pienso en ella se me sube
la sangre a la cabeza... Y Mauricio me pesa en los pies, como plomo— Iré a una redacción—
Si me dan ciento, bien. Haré reportaje Revista de la prensa— escribiré noticias locales— De
Ética— psicofísica. No es fácil morirse de hambre, y hay además cocinas populares— Cafés de
abstinentes... La casa tiene sesenta pies de alto. La fachada se descascará... Me odia... me odia
porque la he privado de su libertad. ¡Obre como obre siempre habrá violación! Lo único que
puedo esperar es en el curso de los años, poco a poco... Dentro de ocho días habrá luna llena.
Mañana pondré el cebo en los anzuelos. Hasta el sábado he de enterarme con seguridad de
quién tiene la llave. El domingo por la tarde en la bendición tendré un ataque cataléptico...
¡Quiera Dios que nadie más enferme! Todo se presenta tan claro como si hubiera ya ocurrido.
Me será fácil subirme al alféizar de la ventana. Un salto... asirme al hierro. Pero hay que asirlo
con un pañuelo. ¡Ahí viene el gran inquisidor!
El Dr. Prokustes con un cerrajero entra por la derecha.
EL DOCTOR PROKUSTES
Las ventanas están en el tercero y debajo se han plantado ortigas. Pero bastante les importan las
ortigas a los degenerados. El invierno pasado subió uno al techo y tuvimos las molestias
consiguientes de recogerle, trasplantarle y enterrarle.
UN CERRAJERO
¿Quiere usted las rejas de hierro forjado?
EL DOCTOR PROKUSTES
Sí, de hierro forjado y remachadas para que no puedan doblarse.ESCENA QUINTA
Alcoba. La señora Bergmann, Ina Muller y el Doctor Brausenpulver. Wendla en cama.
EL DOCTOR BRAUSENPULVER
¿Cuántos años tiene usted?
WENDLA
Catorce y medio.
EL DOCTOR BRAUSENPULVER
Desde hace quince años receto las píldoras Bland y he obtenido, en gran número de casos,
excelentes resultados. Las prefiero al aceite de hígado de bacalao y los vinos ferruginosos.
Empiece usted tomando cuatro píldoras, subiendo la dosis tan rápidamente como pueda usted
soportar. A la señorita Elfride, baronesa de Witzleben le prescribí que tomara una píldora más
cada día. Pasadas apenas tres semanas pudo ya marchar la baronesa con su señora mamá a los
baños de Pyrmont a concluir su cura. La dispenso a usted de cansados paseos, de
sobrealimentación, pero prométame usted que comerá siempre que tenga apetito, y que hará
usted ejercicio cuando sienta usted la necesidad de hacerlo. Así desaparecerán esa opresión del
corazón, los dolores de cabeza, los escalofríos, los mareos, y esos terribles trastornos gástricos.
La señorita Elfride, baronesa de Witzleben, pudo comer, a los ocho días de empezada la cura,
un pollo asado entero con patatas al natural.
LA SEÑORA BERGMANN
¿Quiere usted tomar un vasito de vino?
EL DOCTOR BRAUSENPULVER
No, gracias, querida señora Bergmann. Me espera el coche. No se aflija usted. En pocas
semanas estará la enfermita tan fresca y ágil como una gacela. Buenos días, señora Bergmann,
buenos días querida niña, buenos días señoras. Buenos días.
La señora Bergmann sale con él.
INA
Junto a la ventana.
Ya van amarilleando de nuevo vuestros plátanos. ¿No los ves desde la cama? ¡Duró poco la
magnificencia! ¡Apenas lo bastante para justificar la admiración! ¡La rapidez con que vino su
verde y como se va! ¡Yo también tengo que irme pronto! Muller me espera frente al correo.
Antes tengo que ir a casa de la modista. Hace a Mucki sus primeros pantaloncitos y a Carlos un
trajecito de punto para el invierno.
WENDLA
¡Hay momentos en que me siento tan feliz! ¡Todo es alegría y sol! ¡Si hubiera adivinado que el
corazón podría almacenar tanta alegría! Quisiera salir, pasear a la luz mortecina del crepúsculo
por los prados, coger flores a lo largo del río, sentarme a la orilla y soñar. ¡Pero luego viene el
dolor de muelas y pienso en que me he de morir mañana! Me dan escalofríos, la vista se me
nubla. El monstruo revolotea y quiere hacer presa en mí... ¡Cuántas veces despierto, veo a
mamá llorar! ¡Y esto me hace mucho daño! No puedo decirte cuánto daño me hace, Ina!
INA
¿Quieres que te arregle las almohadas?
LA SEÑORA BERGMANN
Que vuelve.
Yo creo, Wendla, que sería mejor que te levantaras. Dice que también desaparecerán los
vómitos. Que podrás levantarte sin miedo alguno.
INA
La próxima vez que vuelva te encontraré correteando. Adiós, madre. Tengo que ir aún a la
modista. Que Dios te guarde, Wendla.
La besa.
¡Que te alivies!WENDLA
¡Adiós, Ina! Tráeme flores cuando vuelvas. ¡Adiós! Besos a los chicos.
Ina sale.
WENDLA
¡Qué te ha dicho afuera!
LA SEÑORA BERGMANN
No me ha dicho nada. Dijo que también la señorita Witzleben tenía una propensión hacia los
desmayos; que esto ocurre siempre con la anemia.
WENDLA
¿Qué ha dicho, madre, que lo que tengo es anemia?
LA SEÑORA BERGMANN
Tienes que tomar leche y comer carne y legumbres, en cuanto recobres el apetito.
WENDLA
¡Oh, madre, madre! ¡No creo que tenga anemia!
LA SEÑORA BERGMANN
Lo que tienes es anemia, niña. Tranquilízate, Wendla. ¡Tranquilízate! Tienes anemia.
WENDLA
No, madre, no. Lo sé muy bien. ¡No tengo anemia, lo que tengo es hidropesía!
LA SEÑORA BERGMANN
¡Tienes anemia! El médico ha dicho que tienes anemia. ¡Tranquilízate, niña! ¡Ya te pondrás
mejor!
WENDLA
No. ¡No mejoraré! ¡Tengo hidropesía! ¡Sé que voy a morirme!
LA SEÑORA BERGMANN
¡No te morirás, niña! ¡Dios mío! ¡No te morirás!
WENDLA
Pues entonces ¿por qué lloras siempre tan afligida?
LA SEÑORA BERGMANN
¡No morirás, Wendla! ¡No tienes hidropesía...! Tienes un hijo, ¡Wendla, tienes un hijo! ¡Oh,
por qué me has causado este daño!
WENDLA
¡Yo no he hecho nada!
LA SEÑORA BERGMANN
No me lo niegues, Wendla. ¡Lo sé todo! ¡Pero no me hubiera atrevido a decirte ni una sola
palabra! ¡Wendla! ¡Mi Wendla!
WENDLA
¡Pero cómo es posible, madre! ¡Si no estoy casada!
LA SEÑORA BERGMANN
¡Dios mío, Dios mío! El que no estés casada... eso es lo terrible... Wendla... ¡Wendla! ¡Qué
has hecho!
WENDLA
¡Bien sabe Dios que lo ignoro! No he querido a nadie en este mundo, madre. Sólo a ti.
LA SEÑORA BERGMANN
¡Corazón mío!
WENDLA
¡Oh, madre, por qué no me lo explicaste todo!
LA SEÑORA BERGMANN
Hija mía... Hija mía... No me aflijas más... ¡Cómo decir eso a una muchacha de catorce años!
¡Antes hubiera creído que el sol se podía apagar de pronto! He procedido contigo lo mismo que
mi buena madre conmigo... ¡Oh, Wendla, confiemos en la misericordia de Dios! Esperemos
todo de su misericordia y cumplamos nuestro deber. Mira, hija mía, aún no ha ocurrido nada. Si
no desmayamos, Dios nos abandonará. ¡Ten valor, Wendla! ¡Ten valor! Cuántas veces sentadaa la ventana estando tranquila, los brazos cruzados, porque todo se presenta bien, irrumpe de
pronto la desgracia... al punto que uno cree que va a estallar el corazón... ¿Por qué tiemblas?
WENDLA
¡Han llamado!
LA SEÑORA BERGMANN
¡No he oído nada, corazón mío!
WENDLA
Va a la puerta a abrir.
¡Ah, sí, yo lo he oído muy claramente! ¿Quién está ahí?
LA SEÑORA BERGMANN
Nadie... La madre Schmit, la de la calle de Gartem... Viene usted a tiempo, madre Schmit...
ESCENA SEXTA
Vendimiadores y vendimiadoras en la viña. El sol se pone por encima de las cumbres de las
montañas. Se oye el eco alegre de cascabeles que viene del valle. Hans Rilow y Ernesto Robel,
revolcándose en la hierba ajada, junto a los peñascos en la parte alta de la viña.
ERNESTO
¡Me he agotado!
HANS
¡No hay que estar triste! ¡Lástima por cada minuto perdido!
ERNESTO
¡Se ven colgar los racimos y no se puede comer más! ¡Mañana estarán ya prensados!
HANS
¡El cansancio es para mí tan insoportable como el hambre!
ERNESTO
¡Ah! ¡No puedo más!
HANS
¡Vamos aún! ¡Este brillante moscatel!
ERNESTO
¡No soy capaz de mayor elasticidad!
HANS
Al tirar de los pámpanos se mecen los racimos sobre nuestras bocas. Ni siquiera tenemos que
movernos. Mordemos las uvas y dejamos los racimos despojados en la vid.
ERNESTO
¡Ves! ¡Apenas se decide uno, vuelven las fuerzas perdidas!
HANS
¡Y el firmamento está encendido y las campanas suenan en la tarde...! ¡No me prometo mayor
felicidad en mi vida futura!
ERNESTO
Muchas veces me represento que seré un venerable párroco... A mi lado una dulce madrecita...
una biblioteca bien surtida y cargos y dignidades a montones. Se dispone de seis días para
reflexionar y sólo al séptimo se abre la boca para hablar. Cuando salga de paseo tenderé la
mano a un discípulo o a una discípula, y al volver a casa encontraré el café humeante sobre la
mesa, me servirán los pasteles. Por la puerta del jardín entrarán las muchachas trayendo las
manzanas... ¿Puedes concebir algo más grato?
HANS
Pienso en párpados velados, en labios, en tapices turcos. ¡No creo en la seriedad del pathos!
Nuestros antepasados nos muestran unas caras alargadas tan solo para encubrir su tontería.
Entre ellos se llamarían idiotas como nosotros nos lo llamamos. Conozco eso... Si algún día
soy millonario levantaré un monumento a Dios... Representaré la vida como un plato de lecheagria con azúcar y canela por encima... Hay quien le tira y luego gime... Hay quien lo revuelve
todo y se afana... ¿Y por qué no limitarse a probarlo?... ¿O crees tú que la vida es susceptible
de aprendizaje...?
ERNESTO
Pues metamos la cuchara...
HANS
Lo que quede se lo comerán las gallinas. Ya me he librado más de una vez de las coartadas de
la vida.
ERNESTO
Probemos pues, Hanschen... ¿De qué te ríes?
HANS
¿Quieres volver a empezar?
ERNESTO
Alguno tenía que ser el primero.
HANS
Cuando dentro de treinta años la recordemos, qué hermosa nos parecerá una tarde como esta.
ERNESTO
¡Y ahora todo se presenta tan fácil!
HANS
¡Y por qué no!
ERNESTO
Pero cuando se está solo... entran hasta ganas de llorar.
HANS
No nos pongamos tristes...
Le besa en los labios.
ERNESTO
Salí de casa con el pensamiento de tan solo hablarte y luego volverme.
HANS
¡TE esperaba...! La virtud no sienta mal. Pero es menester que las figuras que se revisten con
su ropaje sean imponentes.
ERNESTO
¡A nosotros nos azuza aún todo el cuerpo...! No me hubiera tranquilizado si no te hubiera visto.
¡Te quiero, Hanschen, como nunca un alma ha querido...!
HANS
No nos pongamos tristes... Cuando dentro de treinta años recordemos una tarde como esta,
acaso nos reiremos... ¡Pero ahora es tan hermoso! ¡Las montañas parecen encendidas! Los
racimos cuelgan sobre nuestras bocas, el viento de la tarde acaricia las rocas como un gato
misterioso.
ESCENA SÉPTIMA
Noche clara de noviembre. Las hojas secas susurran en las matas y los árboles. Nubes
dispersas se dan caza bajo la luna. Melchor trepa por la tapia del cementerio.
MELCHOR
Saltando al interior.
Hasta aquí no me sigue la jauría... Gusta de visitar los burdeles y por esta razón puedo respirar
aquí tranquilo y sentirme muy lejos de todos...
La chaqueta hecha jirones... Los bolsillos vacíos... No me creo seguro ni aun ante las personas
de aspecto más inocente. He de andar durante el día a través de los bosques... y huir cada vez
más lejos...
He derribado una cruz... Las florecillas se hubiesen helado hoy... Toda la tierra alrededor está
fría...¡Este es el reino de los muertos!
No me fue tan difícil trepar hasta la claraboya... como andar por este camino. No estaba en
verdad preparado para ello...
Estoy al borde del abismo. Todo se desmorona... Todo se desvanece... ¡Oh! ¡Si me hubiera
quedado allí!
¡Por culpa mía! ¡Por qué no habría de ser yo el culpable! ¡Oh afán incomprensible...! ¡Hubiera
picado piedras y padecido hambre...!
¿Cuál es l fuerza que aún me mantiene...? Un crimen sigue a otro crimen... Estoy predestinado
al cenagal. ¡No tener la fuerza necesaria para poner término...!
¡No fui malo...! ¡No fui malo... No fui malo...!
Ningún mortal ha paseado por entre las tumbas con tanta envidia como yo... ¡Ah! ¡No soy
capaz de tener el valor...! ¡Oh, si la locura hiciera presa en mí...! ¡Esta misma noche...!
¡La he de buscar por allí entre las últimas...! El viento silba sobre cada lápida con distinta
modulación... ¡Qué sinfonía acongojadora!
Las coronas están viejas, rasgadas; penden de las cruces como largos hilachos. Parecen un
bosque de espantapájaros. ¡Hay espantapájaros sobre todas las tumbas! Unos más horribles que
otros... Algunos tan altos como casas, capaces de espantar al mismo diablo... ¡Qué finamente
brillan las letras doradas...! El sauce llorón raspa y araña los letreros con sus dedos gigantes...
¡Un angelito en oración! Una lápida. Una nube proyecta su sombra. Todo parece gemir y
llorar... Las nubes corren hacia Oriente como un Ejército... En el cielo ni una estrella...
¡En el jardincillo hay yerbas doncellas! ¡Yerbas doncellas! ¿Una muchacha?
AQUÍ DESCANSA EN PAZ
WENDLA BERGMANN
NACIÓ EL 8 DE MAYO 1878
MURIÓ DE ANEMIA EL 27 DE OCTUBRE 1892
Bienaventurados los que tienen puro el corazón
Y yo fui quien la maté... Yo la maté... ¡Qué desesperación!... ¡Aquí no puedo llorar... Me
voy!... ¡Imposible estar aquí...!
MAURICIO
Se acerca saltando por encima de las tumbas con la cabeza bajo el brazo.
¡Espera, Melchor! No volverá a presentarse la ocasión... No puedes figurarte lo que esta hora y
este lugar significan.
MELCHOR
¿De dónde vienes?
MAURICIO
De allá... junto al muro. Al pasar derribaste mi cruz. Estoy enterrado junto al muro... Dame la
mano, Melchor...
MELCHOR
Tú no eres Mauricio Steifel.
MAURICIO
Dame la mano. Estoy seguro de que me lo agradecerás. No te será tan fácil otra vez. Es un
encuentro feliz. He venido expresamente...
MELCHOR
¿Por qué no duermes tranquilo en tu tumba?
MAURICIO
No hay eso que vosotros llamáis dormir. Nos posamos sobre las torres de las iglesias, en los
tejados más altos, allá donde queramos...
MELCHOR¿Almas errantes?
MAURICIO
No, vagamos por gusto. Alrededor de los chopos en primavera, alrededor de las ermitas
solitarias del bosque, planeamos encima de las reuniones públicas, en los lugares siniestros,
jardines, sitios de regocijo... Dentro de las casas nos acurrucamos en las chimeneas o nos
ocultamos detrás de las cortinas de las camas... Dame la mano... No nos tratamos, pero vemos
todo lo que pasa en el mundo. Sabemos que lo que los hombres hacen y desean es sólo
necesidad y nos reímos.
MELCHOR
¿Y qué arregláis con reíros?
MAURICIO
Nada, ni hace falta... No puede contarse con nosotros para nada, ni bueno ni malo. Estamos
más allá de las cosas terrenas... cada uno para sí. No nos tratamos, porque esto nos aburriría.
Ninguno de nosotros tiene nada que perder. Nos elevamos impasibles sobre el dolor y la
alegría... Estamos contentos de nosotros mismos y esto nos basta. Despreciamos a los vivos, y
apenas si les compadecemos. Nos divierten con sus actos, pues como vivos no pueden ser
objetos de compasión... Nos reímos ante sus tragedias... ¡Cada uno para sí! Y reflexionamos.
Dame la mano... Si me tiendes la mano reventarás de risa al darte cuenta de tu estado de
ánimo.
MELCHOR
¿No te repugna?...
MAURICIO
Somos muy superiores para sentir repugnancia. Reímos. Yo estaba entre los asistentes a mi
propio entierro. Me divertí mucho. ¡Esto es superioridad, Melchor! Lloré como nadie y me
deslicé hasta el muro para reír, teniendo que sostenerme el vientre con las manos... Nuestra
superioridad es la razón de que podamos soportar la podredumbre. También se han reído de mí
antes de que yo me hiciera superior.
MELCHOR
¡No se me ocurriría reírme de mí mismo!
MAURICIO
Los vivos como tales no pueden ser compadecidos. Confieso que no lo hubiera pensado antes,
pero ahora me extraño de cómo se puede ser tan cándido... Ahora percibo tan claramente el
engaño, que hasta la más ligera nubecilla se ha disipado... ¿Cómo es que vacilas, Melchor?
Dame la mano. Al momento te superarás a ti mismo. Continuar viviendo tu vida es un pecado
por omisión.
MELCHOR
¿Sois capaces de olvidar?
MAURICIO
Lo podemos todo. Dame la mano. Podemos compadecer a la juventud que se alimenta de
idealismo y a la vejez que con superioridad estoica le quiebra el corazón. Vemos temblar al
Emperador al oír el canto de la canalla, y al desarrapado al percibir el eco de las trompas del
juicio final. Ignoramos la máscara del comediante, y vemos cómo los poetas se ponen el antifaz
a escondidas. Vemos la pobreza de los que se creen felices, y los trabajos y penas de los ricos.
Observamos a los amantes y les vemos sonrojarse, adivinando que ambos no son más que
engañadores engañados. Vemos cómo los padres engendran a sus hijos; a los mismos que
después dirán ¡qué dichoso sois de tener tales padres! Y vemos a los hijos volver a repetir la
historia. Contemplamos la inocencia de sus secretas luchas eróticas, vemos a las prostitutas
baratas entusiasmarse con la lectura de Schiller... Vemos a Dios y al Diablo motejarse
mutuamente y ambos nos hacen la impresión de estar ebrios. ¡Qué descanso! ¡Qué contento,Melchor! No tienes más que alargarme el dedo meñique. Te volverás blanco como la nieve...
antes de que llegue tu hora propicia.
MELCHOR
Si la choco, Mauricio, será tan solo por desprecio hacia mí mismo... Me siento excluido... La
que me infundiría valor está dentro de la tumba... No puedo ya abrigar respeto alguno por las
ambiciones nobles. Yo no veo nada, nada, que sea capaz de evitar mi caída... Me considero
como la criatura más despreciable del mundo...
MAURICIO
¿Por qué vacilas...?
Se presenta un caballero enmascarado.
EL ENMASCARADO
A Melchor.
¡Estás temblando de hambre! No eres capaz de juzgar.
A Mauricio.
¡Váyase usted!
MELCHOR
¿Quién es usted?
EL ENMASCARADO
Ya se verá quién soy...
A Mauricio.
Tenga la bondad de retirarse. ¿Qué hace usted aquí? ¿Por qué lleva usted su cabeza bajo el
brazo?
MAURICIO
Me he pegado un tiro.
EL ENMASCARADO
¡Pues quédese usted donde le corresponde...! No nos moleste con su olor de cadáver.
¡Incomprensible! Fíjese usted en sus dedos. ¡Pfui se desmoronan...!
MAURICIO
¡No me ordene usted retirarme!
MELCHOR
¿Quién es usted, señor mío?
MAURICIO
No me eche usted. Se lo suplico. Déjeme usted aún un rato. No le molestaré a usted. ¡Es tan
triste estar allí metido!
EL ENMASCARADO
Pues entonces ¿por qué se pavonea usted hablando de superioridad? Si usted sabe muy bien que
todo es una farsa... ¿Por qué miente usted a sabiendas? Si el estar aquí es para usted tan gran
beneficio, quédese... pero cuidado con las fantasmagorías... y aparte usted su mano de
cadáver...
MELCHOR
¿Quiere usted o no, decirme quién es usted?
EL ENMASCARADO
¡No! Te invito a que te confíes a mí. Yo me cuidaré por lo pronto de tu porvenir...
MELCHOR
¿Es usted acaso mi padre?
EL ENMASCARADO
¿No serías capaz de conocer a tu padre por la voz?
MELCHOR
¡No!
EL ENMASCARADOTu padre busca consuelo en los robustos brazos de tu madre... Te mostraré el mundo... Tu
incapacidad para comprender está en relación con tu estado actual... Si tuvieras dentro del
cuerpo una cena caliente te burlarías del cadáver.
MELCHOR
Para sí.
¡No puede ser nadie más que el diablo...! Después de la falta cometida no me puede devolver
la tranquilidad una cena caliente.
EL ENMASCARADO
Todo depende de la cena... Lo que puedo decirte es que la pequeña hubiera parido a las mil
maravillas. Estaba perfectamente conformada. Ha muerto víctima de los abortivos que le
administró la madre Schmidtin... Te guiaré por entre los hombres... Te proporcionaré la
ocasión de ampliar tus horizontes de un modo fabuloso... Haré que sin excepción conozcas
todo lo interesante que el mundo encierra...
MELCHOR
¿Quién es usted? ¡Yo no puedo confiarme a un hombre a quien no conozco!
EL ENMASCARADO
Mal me conocerás si no te confías a mí.
MELCHOR
¿Lo cree usted?
EL ENMASCARADO
Seguramente. Por lo demás no hay ocasión de elegir.
MELCHOR
Siempre podré, en todo momento, alargar la mano a mi amigo.
EL ENMASCARADO
Tu amigo en un charlatán. ¡No sonríe a nadie que tenga aun un céntimo en el bolsillo! El
humorista de tonos elevado es el ser más lastimoso y más digno de compasión.
MELCHOR
¡Que sea el humorista lo que sea! ¡Dígame quién es usted o alargo mi mano al humorista!
EL ENMASCARADO
¡Bien...!
MAURICIO
¡Tiene razón, Melchor! Yo he fanfarroneado. Deja que te ampare... y aprovéchate. ¡Aunque
esté muy disfrazado es al menos lo que es!
MELCHOR
¿Cree usted en Dios?
EL ENMASCARADO
Depende de las circunstancias.
MELCHOR
¿Puede usted decirme quién inventó la pólvora?
EL ENMASCARADO
Bertoldo Schwarz, alias Constantino Anklitzen, allá por el 1330, monje franciscano en
Freiburg, en Breisgau.
MAURICIO
¡Qué daría yo porque no la hubiese inventado!
EL ENMASCARADO
¡Entonces se hubiera usted ahorcado!
MELCHOR
¿Qué piensa usted sobre moral?
EL ENMASCARADO
¿Pero es que soy acaso tu discípulo?
MELCHOR
¿Es que por ventura sé yo quién es usted?MAURICIO
¡No disputéis! ¡Hacedme el favor, no disputéis! ¿Qué sacáis con eso? ¿Para qué estamos aquí
reunidos en un cementerio dos vivos y un muerto por la noche, a las dos, si disputamos como
compañeros de libación? Será un placer para mí asistir a la conversación. Si seguís disputando
cogeré mi cabeza debajo del brazo y me iré!
MELCHOR
¡Eres el miedoso de siempre!
EL ENMASCARADO
El fantasma tiene razón. No hay que perder la dignidad. Por Moral entiendo yo el producto real
de dos cantidades imaginarias. Las cantidades imaginarias son «deber» y «querer». El producto
se llama moral y no puede ser negado en su realidad.
MAURICIO
¡Ya me lo podía usted haber dicho antes! Mi moral me ha llevado a la muerte. Por causa de mis
queridos padres agarré el arma mortífera. «Honra a tu padre y a tu madre durante toda la vida».
¡En mí se ha lucido la Escritura de un modo brillante!
EL ENMASCARADO
¡No se entregue usted a ningún género de ilusiones, mi estimado amigo! ¡Sus queridos padres
no se hubieran muerto como tampoco usted! ¡Juzgando el caso estrictamente se hubieran
encolerizado y refunfuñado tan solo por motivos de desahogo físico!
MELCHOR
Es posible que eso sea exacto... Puedo también decir a usted, señor mío, que si yo antes
hubiera dado mi mano a Mauricio, sin más sería únicamente y nada más que la culpa de mi
moral.
EL ENMASCARADO
¡Por algo no eres tú Mauricio!
MAURICIO
No creo que la diferencia sea tan esencial, al menos no tan determinante... para que usted no se
me hubiera hecho el encontradizo, distinguido desconocido, el día aquel en que con la pistola
en el bolsillo caminaba yo a través de los chopos.
EL ENMASCARADO
¿No se acuerda usted de mí? Usted se hallaba en el último momento vacilando, en verdad, entre
la muerte y la vida. ¡Por lo demás, no creo que este sea el sitio propicio para alargar un debate
de tan hondas raíces!
MAURICIO
Cierto, señores ¡que está refrescando! ¡Me han puesto dos trajes de domingo, pero no tengo ni
camisa ni calzoncillos!
MELCHOR
¡Adiós, Mauricio! No sé dónde me lleva este hombre. ¡Pero es un hombre!
MAURICIO
No abomines de mí, Melchor, por haber deseado tu muerte. Es un antiguo afecto el que me
inspiraba. Durante un tiempo gemí y lloré para que me fuera permitido estar contigo.
EL ENMASCARADO
Al fin y al cabo a cada uno le corresponde su parte... Usted posee la tranquila conciencia de no
tener nada, y tú la enervadora duda en todo... ¡Adiós!
MELCHOR
¡Adiós, Mauricio! Mi más cordial agradecimiento; gracias por tu aparición. ¡Cuántos días
alegres hemos vivido juntos durante catorce años! Te prometo, Mauricio, suceda lo que suceda,
aunque en los años venideros me transforme diez veces en otro, me hunda o me levante, que no
te olvidaré.
MAURICIO
¡Gracias, querido, gracias!MELCHOR
... Y cuando sea un viejo de cabellos grises, estarás tú más cerca de mí que todos los demás
mortales.
EL ENMASCARADO
¡Ven, niño!
Da el brazo a Melchor y se aleja por entre las tumbas.
MAURICIO
Solo.
Aquí estoy con mi cabeza bajo el brazo. La luna oculta su rostro... vuelve a surgir, pero no ha
adquirido una expresión de mayor inteligencia. Retorno a mi sitio. Enderezaré la cruz... que
ese loco derribó tan desconsideradamente... Y cuando todo esté arreglado, me echaré de
espaldas, me calentaré con el vaho de la descomposición y sonreiré...
TELÓN

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