Como gustéis. William Shakespeare.

























COMO GUSTÉIS
WILLIAM SHAKESPEARE





DRAMATIS PERSONAE

El DUQUE, desterrado
El DUQUE FEDERICO, su hermano, usurpador del ducado
OLIVER, hermano mayor
JAIME, segundo hermano,   hijos de don Roldán de Boys
      ORLANDO, hermano menor
ROSALINA, hija del Duque desterrado
CELIA, hija del Duque Federico
LE BEAU, cortesano PARRAGÓN, bufón
ADÁN, criados de Oliver
      DIONÍS
CARLOS, luchador
JAIME, seguidores del duque desterrado
      AMIENS
CORINO
SILVIO, pastores
FEBE,  pastoras
      ANDREA
GUILLERMO, campesino
Don OLIVER MATATEXTOS, cura rural HIMENEO
Nobles del séquito de ambos duques, pajes y acompañamiento.

I.1  
Entran ORLANDO y ADÁN.

ORLANDO-Recuerdo muy bien, Adán, que a mí me legó nada más que mil coronas y, como dices, al bendecir a mi hermano le encargó que me educase bien. Y ahí empiezan mis penas: envía a la universidad a mi hermano Jaime, y es muy elogiado su aprovechamiento; pero a mí me tiene en la casa a lo rústico, o, mejor dicho, me retiene aquí sin educar. Pues, ¿llamas educar a un caballero a lo que no se distingue de guardar un buey en el establo? Sus caballos están mejor cuidados, pues, además de que les luce el pienso, los adiestran, y el adiestramiento lo pagan muy bien. Pero yo, su hermano, con él sólo me gano el crecimiento, lo cual también le deben los animales de sus estercoleros. Además de esta nada que él me da en abundancia, su actitud parece que me quita lo que me dio la naturaleza. Me hace comer con los sirvientes, me niega el lugar de un hermano y, no educándome, pretende anular mi condición. Esto, Adán, es lo que me aflige, y el alma de mi padre, que creo que vive en mí, empieza a sublevarse contra esta esclavitud. No lo soporto más, aunque no sé la manera de evitarlo.

Entra OLIVER.

ADÁN-Ahí viene el amo, vuestro hermano.

ORLANDO-Adán, ponte a un lado y verás cómo me ofende.

OLIVER-Tú, ¿qué haces aquí?

ORLANDO-Nada: no me enseñan a hacer nada.

OLIVER-Entonces, ¿qué deshaces?

ORLANDO-Pues con la inacción te estoy ayudando a deshacer lo que hizo Dios, a este pobre hermano tuyo.

OLIVER-Pues ocúpate mejor y ¡fuera de aquí!

ORLANDO-¿Quieres que guarde tus cerdos y coma algarrobas con ellos? ¿Tan pródigo he sido para haber llegado a esta miseria?

OLIVER-¿Tú sabes dónde estás?

ORLANDO-Perfectamente: aquí, en tu huerto.

OLIVER-¿Y sabes ante quién?

ORLANDO-Sí, mejor que el que tengo delante sabe quién soy yo. Sé que eres mi hermano mayor y que debías reconocerme por nuestro linaje. El uso común te otorga ventaja por ser el primogénito, pero esa misma tradición no me roba mi sangre, así hubiera veinte hermanos entre tú y yo. De nuestro padre tengo tanto como tú, aunque admito que, al precederme, tú te acercas más a su nobleza.

OLIVER [amenazándole]-¡Mocoso!

ORLANDO [agarrándole del cuello]-Vamos, hermano mayor, que en esto eres un niño.

OLIVER-¿Me pones las manos encima, villano?

ORLANDO-No soy un villano. Soy el hijo menor de don Roldán de Boys. Él fue mi padre, y tres veces villano quien diga que tal padre engendró villanos. Si no fueras mi hermano, no soltaría esta mano de tu garganta hasta que esta otra te hubiera arrancado la lengua por decirlo. Te injurias a ti mismo.

ADÁN-Calmaos, queridos amos. Haya paz, por la memoria de vuestro padre.

OLIVER-¡Suéltame ya!

ORLANDO-Cuando me plazca. Y ahora óyeme. Nuestro padre dispuso en su testamento que me dieras buena crianza, y tú me adiestras como a un rústico, ocultándome los modos de todo caballero. En mí se robustece el alma de nuestro padre, y no lo soporto más. Así que concédeme la ocupación adecuada a un caballero o entrégame la triste parte que nuestro padre me dejó en testamento para que yo disponga mi suerte.

OLIVER-Y luego, ¿qué harás? ¿Mendigar cuando la hayas gastado? Muy bien, entra. De ti ya no me ocuparé; tendrás la parte que quieres. Te lo ruego, déjame.

ORLANDO-No te molestaré con nada ajeno a mi derecho.

OLIVER-Y tú vete con él, viejo perro.

ADÁN-¿Me pagáis con «viejo perro»? Gran verdad: me he quedado sin dientes sirviéndoos. Dios bendiga al antiguo amo: él no habría dicho esas palabras.

Salen ORLANDO y ADÁN.

OLIVER-Conque sí, ¿eh? ¿Empezando a propasarte? Yo curaré tu insolencia y no te daré las mil coronas. ¡Eh, Dionís!

Entra DIONÍS.

DIONÍS-¿Llamábais, señor?

OLIVER-¿No ha venido a verme Carlos, el luchador del duque?

DIONÍS-Si os complace, espera a la puerta y solicita que le recibáis.

OLIVER-Que pase.[Sale DIONíS] Será un buen medio; y mañana es la lucha.

Entra CARLOS.

CARLOS-Buenos días tenga Vuestra Señoría.

OLIVER-Mi buen señor Carlos, ¿qué nuevas hay en la nueva corte?

CARLOS-En la corte no hay más nuevas que las viejas: que el viejo duque está desterrado por su hermano menor el nuevo duque, y que le acompañan en destierro voluntario tres o cuatro nobles adeptos suyos, cuyos predios y rentas enriquecen al nuevo duque. Por eso les dio plena libertad para marchar.

OLIVER-¿Sabes si Rosalina, la hija del duque, está desterrada con su padre?

CARLOS-No, porque la quiere tanto su prima, la hija del duque, pues desde la cuna se criaron juntas, que, o la sigue al destierro o se muere al quedarse sola. Está en la corte, y su tío no la quiere menos que a su hija. Jamás se vio tanto cariño entre dos damas.

OLIVER-¿Y dónde vivirá el antiguo duque?

CARLOS-Dicen que ya está en el Bosque de Arden, con muchos seguidores, y allá viven igual que aquel Robin Hood de Inglaterra. Y dicen que día tras día se unen a él multitud de jóvenes, y todos pasan el tiempo sin preocupaciones, como en la Edad de Oro.

OLIVER-Oye, tú luchas mañana ante el nuevo duque.

CARLOS-Vaya que sí, señor, y venía a informaros de algo. Me han dado a entender en secreto que vuestro hermano menor, Orlando, piensa presentarse disfrazado para luchar contra mí. Señor, mañana defiendo mi fama, y el que salga sin un hueso roto podrá hablar de suerte. Vuestro hermano es un muchacho bisoño, y por vos no quisiera tumbarle, como mi honor exigirá si se presenta. Así que, por la estima que os profeso, he venido a avisaros para que le apartéis de su propósito o aceptéis el perjuicio que le espera, pues se lo habrá buscado él mismo y contra mi voluntad.

OLIVER-Carlos, te agradezco tu estima, a la que corresponderé como es debido. Yo ya tenía noticia de la intención de mi hermano, y discretamente me he esforzado en disuadirle; pero él sigue firme. Has de saber, Carlos, que es el muchacho más terco de Francia; un ambicioso, un envidioso de los méritos ajenos, que intriga vilmente contra mí, su legítimo hermano. Así que decide tú: tanto me da que le rompas el cuello como el dedo. Y lleva cuidado, porque si le causas algún daño leve o él no se encumbra a tu costa, atentará contra ti con veneno, te atrapará con alguna artimaña, y no te dejará hasta quitarte la vida con uno u otro subterfugio. Pues te aseguro (y lo digo casi con lágrimas) que no hay nadie en el mundo que sea tan joven e infame. Hablo de él como hermano, pero, si te lo revelase por extenso, lloraría de vergüenza y tú te pondrías pálido de asombro.

CARLOS-Me alegra mucho haber venido. Si mañana se presenta, tendrá lo que merece: sino sale cojo, en la vida vuelvo a luchar. Dios guarde a Vuestra Señoría.

Sale.

OLIVER-Adiós, querido Carlos.  Y ahora, a incitar a nuestro atleta. Espero presenciar su fin, pues mi alma (y no sé por qué) le odia más que nada. Pero es caballeroso; sin escuela, aunque instruido; de noble pensamiento, hechiza a todo el mundo; y tanto le quiere la gente, sobre todo la mía, que es quien mejor le conoce, que yo me veo menospreciado. No será por mucho: el luchador lo arreglará. Sólo resta enardecer al muchacho, que es lo que ahora me propongo.

Sale.

I.2 

Entran ROSALINA y CELIA.

CELIA-Vamos, Rosalina, querida prima, alégrate.

ROSALINA-Querida Celia, demuestro más alegría de la que siento, ¿y aún me quieres más alegre? Si no me enseñas a olvidar a un padre desterrado, no intentes enseñarme a recordar ninguna dicha extraordinaria.

CELIA-Veo que no me quieres con tanto cariño como yo a ti. Si mi tío, tu padre desterrado, hubiera desterrado a tu tío, mi padre el duque, y tú te hubieses quedado conmigo, le habría enseñado a mi cariño a aceptar a tu padre como mío. Lo mismo harías tú, si tu cariño por mí fuese tan firme y bien dispuesto como el mío por ti.

ROSALINA-Entonces olvidaré mi situación para alegrarme con la tuya.

CELIA-Sabes que mi padre no tiene más hijos que yo, ni es probable que tenga más, y te juro que, a su muerte, tú serás su heredera: pues lo que a tu padre le quitó por la fuerza, yo te lo devolveré con el cariño. Por mi honra que lo serás, y, si falto al juramento, que me vuelva un monstruo. Conque alegre, mi buena y querida Rosalina.

ROSALINA-Desde ahora voy a estarlo y a inventar juegos. A ver... ¿Qué tal el de enamorarse?

CELIA-Sí, sí, anda. Será gracioso. Pero no te enamores muy en serio, ni tampoco juegues tanto al amor que luego no puedas enrojecer y retirarte con honra.

ROSALINA-Entonces, ¿cuál será nuestro juego?

CELIA-Sentarnos y reírnos de doña Fortuna hasta echarla de su rueda, para que en adelante reparta sus dones con más equidad.

ROSALINA-Ojalá pudiéramos, pues nunca acierta al asignarlos, y con quien más se equivoca esta ciega dadivosa es con las mujeres.

CELIA-Cierto, pues cuando les da belleza apenas les da decencia, y a las que da decencia las hace muy poco atractivas.

ROSALINA-Tú mezclas el cometido de la Fortuna con el de la Naturaleza: la Fortuna decide los dones mundanos, no los rasgos naturales.

Entra [PARRAGÓN] el gracioso.

CELIA-No: cuando la Naturaleza ha creado a un ser hermoso, ¿no puede echarlo al fuego la Fortuna? Y aunque la Naturaleza nos da ingenio para reírnos de la Fortuna, la Fortuna, ¿no nos manda a este bufón para zanjar el asunto?

ROSALINA-Pues sí: la Fortuna le puede a la Naturaleza cuando hace que la natural bufonería estorbe al ingenio natural.

CELIA-Eso tal vez no sea obra de la Fortuna, sino de la Naturaleza, que juzga a nuestra razón natural demasiado torpe para hablar de tales diosas y nos envía a este bobo como piedra de amolar, pues la torpeza del bobo aguza el ingenio. Hola, Ingenio, ¿adónde vas?

PARRAGÓN-Señora, debéis ir a ver a vuestro padre.

CELIA-¿Os ha hecho mensajero?

PARRAGÓN-No, por mi honor: sólo me ha enviado a vos.

ROSALINA-¿Quién te ha enseñado ese juramento, bufón?

PARRAGÓN-Cierto caballero que juró por su honor que las tortas estaban buenas y juró por su honor que la mostaza no valía nada. Yo sostengo que las tortas no valían nada y que la mostaza estaba buena, y, sin embargo, el caballero no juró en falso.

CELIA-¿Cómo demuestras eso con tu pozo de ciencia?

ROSALINA-Eso, desata tu sabiduría.

PARRAGÓN-Adelantaos, acariciaos el mentón y jurad por vuestras barbas que soy un granuja.

CELIA-Por nuestras barbas (si tuviéramos), que lo eres.

PARRAGÓN-Por mi granujería (si la tuviera) lo sería. Pero quien jura por lo que no hay, no jura en falso. Tampoco ese caballero al jurar por su honor, pues honor nunca tuvo; o, si tuvo, se le fue en juramentos antes de ver tortas ni mostaza.

CELIA-Oye, ¿a quién te refieres?

PARRAGÓN-A alguien querido de tu padre el buen viejo Federico.

CELIA-El afecto de mi padre basta para honrarle. No hables más de él o un día de éstos te azotarán por maldiciente.

PARRAGÓN-Lástima que el bobo no pueda decir con cordura las bobadas que hace el cuerdo.

CELIA-A fe mía que tienes razón, pues desde que hicieron callar al poco ingenio del bufón, la poca bufonería del cuerdo luce mucho. Aquí viene monsieur Le Beau.

Entra LE BEAU.

ROSALINA-Con la boca llena de noticias.

CELIA-Que nos embuchará como hacen las palomas con sus crías.

ROSALINA-Pues nos va a cebar bien.

CELIA-Mejor: seremos más vendibles. - Bon jour, monsieur Le Beau. ¿Qué hay de nuevo?

LE BEAU-Mi bella princesa, os perdéis muy buenas diversiones.

CELIA-¿Diversiones? ¿De qué tono?

LE BEAU-¿De qué tono, señora? ¿Cómo he de responderos?

ROSALINA-Como decidan ingenio y fortuna.

PARRAGÓN-O como dicten los hados.

CELIA-Muy bien dicho, y de un brochazo.

PARRAGÓN-Si no estoy a mi altura...

ROSALINA-Estarás por los suelos.

LE BEAU-Me asombráis, señoras. Quería hablaros de una buena lucha que os habéis perdido.

ROSALINA-Pues contadnos cómo fue.

LE BEAU-Os contaré el principio y, si place a Vuestras Altezas, podréis ver el fin, pues lo mejor viene ahora y vendrán aquí mismo a ejecutarlo.

CELIA-Un principio ya muerto y enterrado.

LE BEAU-Esto es un hombre mayor con sus tres hijos...

CELIA-Así empieza un cuento muy viejo.

LE BEAU-Tres muchachos apuestos, de buen talle y presencia...

ROSALINA-Con un letrero en el cuello que dice: «Se hace saber a los presentes...».

LE BEAU-El mayor de los tres luchó contra Carlos, el luchador del duque, que pronto le derribó y le rompió tres costillas, al punto que casi no tiene esperanzas de vida. Y así con el segundo, y después con el tercero. Ahí yacen, y su pobre y anciano padre profiere tales quejas y lamentos que cuantos lo contemplan se le unen en su llanto.

ROSALINA ¡Ay de mí!

PARRAGÓN-Pero, monsieur, ¿cuál es la diversión que se han perdido las damas?

LE BEAU-Pues la que he dicho.

PARRAGÓN-Día que pasa, algo que aprendes. No sabía que romper costillas fuera diversión para damas.

 CELIA-Ni yo, te lo aseguro.

ROSALINA-Pero, ¿quién más desea asistir a este recital de fragmentos? ¿Todavía hay quien suspira por la rotura de costillas? - ¿Vemos esa lucha, prima?

LE BEAU-La veréis si permanecéis aquí, pues éste es el lugar designado para la lucha, y ya están preparados para ella.

CELIA-Ahí vienen, desde luego. Nos quedamos a verla.

Clarines. Entran el DUQUE [FEDERICO], nobles, ORLANDO, CARLOS y acompañamiento.

DUQUE FEDERICO-¡Vamos! Si el joven no atiende a ruegos, que se arriesgue su ímpetu.

ROSALINA-¿Es aquél?

LE BEAU-El mismo, señora.

CELIA-¡Ah, es muy joven! Pero tiene un aire de victoria.

DUQUE FEDERICO-¿Qué tal, hija y sobrina? ¿Os habéis escabullido de casa para ver la lucha?

ROSALINA-Sí, Alteza, si nos dais licencia.

DUQUE FEDERICO-Mucho no creo que os divierta: le lleva tal ventaja... Por lástima a la edad del contrincante me afané en disuadirle, pero él no atiende a ruegos. Habladle vosotras; procurad convencerle.

CELIA-Llamadle, mi buen monsieur Le Beau.

DUQUE FEDERICO-Habladle. Yo me aparto.

LE BEAU-Señor contrincante, os llama la princesa.

ORLANDO-Me pongo a sus órdenes con todo respeto.

ROSALINA-Joven, ¿habéis retado al luchador Carlos?

ORLANDO-No, bella princesa: es él quien reta. Yo me presento como todos, para probar mi fuerza juvenil.

 CELIA-Joven caballero, vuestro ánimo es desmesurado para vuestra edad. Habéis comprobado la fuerza de este hombre; si lo han visto vuestros ojos y vuestro entendimiento, la enormidad de vuestro riesgo os aconsejará una lucha más igual. Por vos mismo os rogamos que os mantengáis a salvo y renunciéis a vuestro empeño.

ROSALINA-Hacedlo, joven. Vuestro honor no sufrirá menoscabo. Suplicaremos al duque que detenga la lucha.

 ORLANDO-Os lo ruego, no me juzguéis descortés porque incurra en la culpa de negar alguna cosa a tan bellas y excelentes damas. Que vuestros bellos ojos y nobles deseos me acompañen en la prueba: si me vence, será un deshonor para quien no fue afortunado; si me mata, morirá quien a ello está dispuesto. No causaré dolor a los míos, pues no tengo quien me llore; ni haré daño al mundo, pues en él nada poseo: en este mundo sólo ocupo un lugar que estará mejor ocupado cuando yo lo desaloje.

ROSALINA-Ojalá pudiera daros la poca fuerza que tengo.

CELIA-Y yo la mía para aumentarla.

ROSALINA-Buena suerte. Ojalá me haya engañado con vos.

CELIA-¡Cúmplase vuestro anhelo!

CARLOS-Vamos, ¿dónde está ese joven gallardo que tanto desea yacer con su madre tierra?

ORLANDO-Aquí, señor, pero su deseo es más decente.

DUQUE FEDERICO-Combatiréis a un solo asalto.

CARLOS-Vuestra Alteza no tendrá que convencer del segundo a quien no pudo disuadir del primero.

ORLANDO-Si pensáis burlaros de mí después, no debéis burlaros antes. ¡Vamos ya!

ROSALINA-¡Que Hércules te asista, joven!

CELIA-Ojalá fuera invisible para agarrar al forzudo de la pierna.

Luchan.

ROSALINA-¡Ah, muchacho sin par!

CELIA-Si pudiera fulminar con los ojos, ya sé quien caería.

[Cae CARLOS.] Aclamación.

DUQUE FEDERICO-¡Basta, basta!
 
ORLANDO-No, Alteza, os lo ruego: aún no he entrado en calor.

DUQUE FEDERICO-¿Cómo estás, Carlos?

LE BEAU-No puede hablar, señor.

DUQUE FEDERICO-Sacadle de aquí. [Se llevan a CARLOS.] ¿Cómo te llamas, muchacho?

ORLANDO-Orlando, Alteza, el hijo menor de don Roldán de Boys.

DUQUE FEDERICO-Ojalá fueras hijo de otro hombre. Tu padre gozó de gran estima, mas yo siempre vi en él un enemigo. Tu hazaña más me habría satisfecho si tú procedieras de otra casa. Mas queda con Dios; eres un joven gallardo... Ojalá hubieras nombrado a otro padre.

Sale el DUQUE, [con LE BEAU, PARRAGÓN, nobles y acompañamiento].

CELIA-En el lugar de mi padre, prima, ¿habría hecho yo esto?

ORLANDO-Más orgullo siento ahora de ser hijo de don Roldán, el menor, y de nombre no pienso cambiar, aunque el duque me haga su heredero.

ROSALINA-Mi padre quería a don Roldán más que a su alma, y todos compartían su sentir. Si sé que este joven era hijo suyo, lágrimas le añado a mi súplica antes de que corra un riesgo así.

CELIA-Noble prima, démosle las gracias y confortémoslo. Me duele en el alma la aspereza y desafecto de mi padre. – Señor, merecéis todo elogio. Si cumplís vuestras promesas de amor igual que ahora habéis rebasado con creces la promesa, haréis dichosa a vuestra amada.

ROSALINA [quitándose del cuello una cadena] Señor, llevad esto por mí, esta huérfana de la Fortuna, que más daría si en la mano más tuviera. - ¿Vamos, prima?

CELIA-Sí. - Quedad con Dios, noble caballero.

ORLANDO-¿No puedo decir «gracias»? Derriban lo mejor de mí, y lo que sigue en pie es sólo un estafermo, un bulto sin vida.

ROSALINA-Nos llama. Mi orgullo cayó con mi suerte: voy a preguntarle lo que quiere. - ¿Llamabais? Señor, habéis luchado bien y no sólo al adversario habéis rendido.

CELIA-¿Vamos, prima?

ROSALINA-Ya voy. - Quedad con Dios.

Sale [con CELIA].

ORLANDO-¿Qué emoción me oprime la lengua? No puedo hablarle, y ella quería conversar.
Entra LE BEAU. ¡Ah, pobre Orlando, te han derribado! Si no Carlos, algo más débil te domina.

LE BEAU-Mi buen señor, por mi amistad os aconsejo que salgáis de este lugar. Aunque habéis recibido alabanzas, aplausos y cariño, el ánimo del duque es ahora tal que tergiversa todo cuanto hicisteis. El duque cambia. Lo que le ocurre conviene que vos lo imaginéis, no que yo lo diga.

ORLANDO-Os lo agradezco, señor. Servíos decirme cuál de las dos que estaban en la lucha era la hija del duque.

LE BEAU-Ninguna, si juzgamos su conducta, aunque, en realidad, la hija es la más alta. La otra es la hija del duque desterrado, y aquí la ha retenido el duque usurpador para hacerle compañía a su hija, pues se quieren mucho más que dos hermanas. Mas os diré que el duque últimamente está molesto con su noble sobrina, y la única razón en que se funda es que la gente alaba sus virtudes y la compadece por la suerte de su padre; y, por mi vida, que su mala voluntad se va a manifestar muy pronto. Señor, adiós. Algún día, cuando vengan tiempos mejores procuraré vuestro afecto y amistad.

ORLANDO-Os quedo muy agradecido. Adiós. [Sale LE BEAU] Huyo del relámpago y doy en el rayo: de un duque cruel a un cruel hermano. Mas, ¡celestial Rosalina!

Sale.

I.3   

Entran CELIA y ROSALINA.

CELIA-Vamos, prima; vamos, Rosalina. Cupido me libre, ¿ni una palabra?

ROSALINA-Ni para tirársela a un perro.

CELIA-Tus palabras valen mucho para tirárselas a los perros. Tírame algunas a mí; vamos, lísiame a palabras.

ROSALINA-Entonces habría que recluir a las dos primas: la una lisiada con palabras, y la otra loca sin ninguna.

CELIA-Pero, ¿todo esto es por tu padre?

ROSALINA-No, una parte es por el padre de mi hijo. ¡Ah, cuántas espinas tiene nuestro mundo cotidiano!

CELIA-Prima, no son más que cardos festivos que te tiran jugando; si nos salimos del camino trillado, se nos pegan a las faldas.

ROSALINA-Entonces me los podría sacudir; pero los llevo muy dentro.

CELIA-Pues tose y échalos.

ROSALINA-Lo haría si, tosiendo yo, viniera él.

CELIA-Vamos, vamos; lucha con tus sentimientos.

ROSALINA-¡Ah, están de la parte de un luchador que me supera!

CELIA-Pues, buena suerte: seguro que luchas con él aunque vaya a tumbarte. Pero, cortemos el hilo de las bromas y hablemos en serio. ¿Es posible que así, tan de repente, te hayas encariñado tanto con el hijo menor de don Roldán?

ROSALINA-El duque, mi padre, quería entrañablemente a su padre.

CELIA-¿Y por esa razón tú debes quererle entrañablemente? Siguiendo esa lógica yo tendría que odiarle, pues mi padre odiaba a su padre entrañablemente. Pero yo no odio a Orlando.

ROSALINA-Ah, no le odies; hazlo por mí.

CELIA-¿Por qué? ¿No se lo merece?

Entra el DUQUE [FEDERICO] con nobles.

ROSALINA-Déjame que le quiera por eso, y tú quiérele porque yo le quiero. Mira, ahí viene el duque.

CELIA-Con los ojos llenos de ira.

DUQUE FEDERICO-Mujer, por tu seguridad vete de mi corte a toda prisa.

ROSALINA-¿Yo, tío?

DUQUE FEDERICO-Tú, sobrina. Si de aquí a diez días te encuentran a sólo veinte millas de mi corte, morirás.

ROSALINA-Alteza, os lo suplico: permitid que me aleje conociendo mi culpa. Si tengo comunicación conmigo misma o conocimiento de mis propios deseos; si no sueño y, como espero, no estoy loca, entonces, querido tío, jamás he concebido el pensamiento de agraviar a Vuestra Alteza.

DUQUE FEDERICO-Así hablan los traidores. Si sólo con palabras pudieran exculparse, serían tan inocentes como el cielo. Bástete saber que no me fío de ti.

ROSALINA-Desconfianza no es prueba de traición. Decidme en qué se fundan las sospechas.

DUQUE FEDERICO-Eres la hija de tu padre, y basta.

ROSALINA-Lo era cuando vos tomasteis el ducado; lo era cuando vos le desterrasteis. La traición no se hereda, Alteza, y aunque de los nuestros la heredásemos, a mí, ¿en qué me afecta? Mi padre no fue un traidor. Así que, Alteza, no os engañéis creyendo que mi pobreza es traición.

CELIA-Mi querido señor, escuchadme.

DUQUE FEDERICO-Celia, por ti se quedó con nosotros, o si no, andaría errante con su padre.

CELIA-No se quedó porque yo lo suplicara. Fue vuestro deseo y vuestra compasión. Yo era entonces muy pequeña para apreciarla, mas ahora la conozco. Si ella es traidora, yo también. Juntas siempre hemos dormido; juntas nos hemos levantado, estudiado, jugado y comido, y, adondequiera que íbamos, cual cisnes de Juno íbamos juntas y unidas.

DUQUE FEDERICO-Ella es más lista que tú, y su dulzura, silencio y mansedumbre, llegan a la gente, y es compadecida. Eres una ingenua: te está quitando el rango. Cuando ya no esté, tú lucirás más excelencia y distinción. Conque no hables. La sentencia que he dictado es firme e irrevocable: está desterrada.

CELIA-Extended a mí también vuestra sentencia, señor, pues no sé vivir sin su compañía.

DUQUE FEDERICO-No seas boba. - Tú, sobrina, haz los preparativos. Si rebasas el plazo, por mi honor y el poder de mi palabra, que morirás.

Salen el DUQUE y acompañamiento.

CELIA-¡Ah, mi pobre Rosalina! ¿Adónde irás? ¿Cambiamos de padre? Te doy el mío. Y te lo ordeno: no te aflijas más que yo.

ROSALINA-Más motivo tengo.

CELIA-No, prima. Vamos, alégrate. ¿No sabes que el duque ha desterrado a su hija?

ROSALINA-No ha hecho tal.

CELIA-Ah, ¿no? Entonces te falta el cariño que te enseña que somos uña y carne.¿Vamos a dividirnos, separarnos, niña mía? No: que mi padre se busque otra heredera. Conque piensa conmigo el modo de escapar, adónde ir y lo que vamos a llevarnos; y no intentes cargar con el peso de tu suerte, llevar sola tus penas y excluirme, pues, por el cielo, que se oscurece de lástima, que, digas lo que digas, nos vamos las dos.

ROSALINA-¿Y adónde iremos?

CELIA-Al Bosque de Arden a buscar a mi tío.

ROSALINA-¡Ah! Y, siendo muchachas, ¿qué peligros nos acechan en un viaje tan largo? Más mueve al ladrón la belleza que el oro.

CELIA-Llevaré una ropa sencilla y humilde y me mancharé la cara de un tono ocre; tú también. Así podremos seguir nuestro camino sin que nadie nos asalte.

ROSALINA-¿No será mejor, puesto que soy más alta de lo corriente, que me vista del todo como un hombre? Con intrépida espada al costado, venablo en mano y, guardado en el pecho el temor de mujer, tendré un porte ufano y marcial, como tantos cobardes bravucones que blasonan con las meras apariencias.

CELIA-¿Y cómo he de llamarte cuando seas hombre?

ROSALINA-Por el nombre del paje de Júpiter, conque habrás de llamarme Ganímedes.¿Y cuál será tu nombre?

CELIA-Uno que aluda a mi estado. Celia ya no, sino Aliena.

ROSALINA-Prima, ¿y si intentamos llevarnos al bufón de la corte de tu padre? ¿No sería una distracción en nuestro viaje?

CELIA-Me seguiría al fin del mundo; deja que yo me lo gane. Vamos ya, reunamos nuestros bienes y joyas, pensemos en la hora propicia y en el modo más seguro de evadir la persecución que vendrá tras mi fuga. Y ahora marchemos gozosas a la libertad, que no al destierro.

Salen.

II.1 
 Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, y dos o tres NOBLES vestidos de cazadores.

DUQUE-Compañeros y hermanos de destierro, ¿verdad que la costumbre hace esta vida más grata que la del falso oropel? Aquí en la floresta, ¿no hay menos peligro que en la pérfida corte? Aquí no sufrimos el castigo de Adán, el cambio de las estaciones: ved el helado colmillo y el áspero azote del viento invernal; cuando pega y me corta hasta hacerme tiritar, yo sonrío y digo: <<Éstos no adulan. Son consejeros que me hacen sentir lo que soy>>. Dulce es el fruto de la adversidad, que, como el sapo feo y venenoso, lleva siempre una gema en la cabeza; así, nuestra vida, aislada del trato social, halla lenguas en los árboles, libros en los arroyos, sermones en las piedras y el bien en todas las cosas.

AMIENS-Yo no la cambiaría. Dichosa Vuestra Alteza, que sabe dar al rigor de la fortuna un sentido tan grato y apacible.

DUQUE-Bueno, ¿vamos a matar ciervos? Con todo, me apena ver a estos pobres animales moteados, habitantes naturales de esta soledad, con el cuerpo ensangrentado por las flechas en su propio territorio.

NOBLE 1.°-Alteza, el melancólico Jaime también se lamenta, y jura que, cazando, vos sois más usurpador que el hermano que os ha desterrado. Hoy el señor de Amiens y yo nos habíamos escondido cuando estaba tendido bajo un roble cuya vieja raíz asoma al lado del arroyo que murmura por el bosque, y a su orilla vino a agonizar un pobre ciervo solitario, herido por certero cazador. Y, Alteza, los gemidos del mísero animal eran tan violentos que su piel parecía que estallaba; las gruesas lágrimas corrían lastimeras, una tras otra, por su cándido hocico; y el melancólico Jaime observaba cómo el pobrecillo aumentaba las aguas del arroyo con su llanto.

DUQUE-¿Y qué decía Jaime? ¿No comentó la escena?

NOBLE 1.°-Sí, con mil símiles. Primero, lo de llorar en un arroyo caudaloso: <<Pobre ciervo>>, dijo, <<otorgas testamento como los mortales, y legas de más al que tiene demasiado>>. Después, lo de estar abandonado de sus lustrosos amigos: <<Así es>>, dijo. <<La pobreza separa de toda compañía>>. Al punto pasa dando saltos una manada bien nutrida, e, indiferente, no se para a saludarle. Y dice Jaime: <<¡Adelante, rollizos ciudadanos! Es la costumbre. ¿Por qué miráis a este pobre y mísero arruinado?>> Y estuvo fustigando mordazmente el campo, la corte y la ciudad, y aun esta vida nuestra, jurando que no somos más que usurpadores, déspotas y cosas peores, que asustamos y matamos animales en su morada propia y natural.

DUQUE-¿Y le dejasteis en esas reflexiones?

NOBLE 2.°-Sí, Alteza: llorando y meditando sobre el ciervo sollozante.

DUQUE-Mostradme ese lugar. Me gusta dar con él cuando está malhumorado, porque entonces está en vena.

NOBLE 1.°-Ahora mismo os llevo a él.

Salen.


II.2  

Entra el DUQUE [FEDERICO] con NOBLES.

DUQUE FEDERICO-¿Es posible que nadie las viese? No puede ser. Seguro que hay cómplices entre la servidumbre.

NOBLE 1.°-No sé de nadie que la viera. Las damas de su cámara la ayudaron a acostarse, y por la mañana temprano hallaron el lecho abandonado de su dueña.

NOBLE 2.-Señor, también falta el vil bufón, del que tanto se reía Vuestra Alteza. Hisperia, la doncella de honor de la princesa, confiesa que en secreto llegó a oír a vuestra hija y a su prima elogiando las prendas y virtudes del joven luchador que hace poco derribó al fornido Carlos, y cree que, dondequiera que se encuentren, el muchacho sin duda está con ellas.

DUQUE FEDERICO-Id a casa del hermano. Traed a ese joven. Si no está, traedme a su hermano. Haré que lo encuentre. Id ahora mismo. Y que no ceda la búsqueda y pesquisa hasta que vuelvan las necias fugitivas.
 
Salen.

II.3  

Entran ORLANDO y ADÁN.

ORLANDO-¿Quién va?

ADÁN-¡Ah, mi joven amo! ¡Mi noble amo, querido amo! ¡Retrato fiel de don Roldán! ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué sois ejemplar? ¿Por qué tan querido? ¿Por qué sois noble, fuerte y valeroso? ¿Cómo fuisteis tan necio que vencisteis al robusto luchador del veleidoso duque? Vuestra fama se os ha adelantado. Amo, ¿no sabéis que las virtudes de algunos son sus enemigos? Pues así las vuestras. Noble amo, vuestros méritos no son para vos más que santos traidores. ¡Ah, qué mundo, si todo lo digno envenena al poseedor!

ORLANDO-Pero, ¿qué pasa?

ADÁN-¡Ah, infortunado! No paséis. El enemigo de vuestras virtudes vive en esta casa. Vuestro hermano... no, hermano no; el hijo... tampoco el hijo; no pienso llamarle hijo... de quien iba a llamarle su padre, ha oído hablar de vuestra fama, y esta noche se propone incendiar vuestro aposento mientras vos dormís. Si no lo consigue hallará otra manera de mataros: le oí cuando hablaba de su intriga. Esta casa no es lugar: es un matadero. Detestadla, temedla y no paséis.

ORLANDO-¿Y adónde quieres que vaya, Adán?

ADÁN-Adonde sea, con tal que no sea aquí.

ORLANDO-¡Cómo! ¿Quieres que vaya a mendigar o que por la fuerza de vil y ruda espada me gane la vida como un forajido? Así he de vivir o no sé qué haré. Mas no robaré, por mal que lo pase. Prefiero exponerme a la maldad de un hermano pervertido e inhumano.

ADÁN-No lo hagáis. Tengo quinientas coronas de la paga que ahorré con vuestro padre para que fuesen mi cuidado y protección cuando mis miembros no pudieran dar servicio y echasen a un rincón mi vejez desatendida. Tomadlas, y que Aquél que a los cuervos alimenta y cuya providencia mantiene al gorrión, me asista en la vejez. Aquí está el dinero, os lo doy todo. Dejadme que os sirva. Pareceré viejo, pero estoy sano y fuerte, pues en mi juventud jamás vertí licores turbulentos en la sangre, y nunca ansié los goces deshonestos que debilitan y consumen. Así que mi vejez es un invierno saludable: frío, pero benigno. Dejad que os acompañe; os serviré como un hombre más joven en cualquier necesidad y menester.

ORLANDO-¡Ah, buen anciano! ¡Qué bien demuestras el servicio fiel del mundo antiguo, que sudaba por lealtad y no por paga! No naciste para el uso de estos tiempos, en que sólo se suda por medrar y el servicio se extingue con el medro en cuanto se alcanza. Tú no eres así. Pobre anciano, cuidando un árbol enfermo que ni una triste flor puede dar ya en pago de todos tus trabajos y desvelos. En fin, vamos; iremos los dos juntos, y antes que gastemos tus ahorros juveniles tendremos una humilde ocupación que nos mantenga.

ADÁN-En marcha, amo, que yo os seguiré hasta el último aliento con toda mi lealtad. He vivido aquí desde mis diecisiete años hasta ahora, casi ochenta, pero ya no más. A los diecisiete muchos buscan su fortuna, pero a los ochenta ya es muy tarde. Mas de la fortuna no quiero otro pago que morir bien no siendo deudor de mi amo.

Salen.

II.4   

 Entran RoSALINA disfrazada de Ganimedes, CELIA de Aliena, y PARRAGÓN el gracioso.

ROSALINA-¡Oh, Júpiter, qué cansado tengo el ánimo!

PARRAGÓN-A mí el ánimo me da igual, pero tengo cansadas las piernas.

ROSALINA-Me costaría muy poco deshonrar mi traje de hombre y llorar como mujer. Pero he de consolar este cuerpo frágil, pues el jubón y las calzas deben mostrar decisión ante las faldas. Conque ánimo, querida Aliena.

CELIA-Aguardad, os lo ruego. No puedo andar más.

PARRAGÓN-Prefiero aguardaros que guardaros; aunque tampoco guardaría un gran tesoro, pues creo que vais sin dinero.

ROSALINA-Bueno, esto es el Bosque de Arden.

PARRAGÓN-Sí, y más bobo yo por estar en Arden. Cuando estaba en palacio vivía en mejor sitio. Pero el viajero ha de amoldarse.

ROSALINA-Eso, amóldate, buen Parragón. Entran CORINO y SILVIO. Mirad quién viene: un joven y un viejo en grave coloquio.

CORINO-Así te despreciará de por vida.

SILVIO-¡Ah, Corino, si supieras cómo la amo!

CORINO-Lo imagino, pues yo también amé.

SILVIO-No, Corino. A tu edad no lo imaginas, aunque en tu juventud amases tanto como el que en la noche yace suspirante. Mas si tu amor fue como el mío (y creo que jamás nadie ha amado como yo), ¿a cuántos desatinos y dislates te arrastró el enamoramiento?

 CORINO-A miles que he olvidado.

SILVIO-Entonces nunca amaste con el alma. Si no recuerdas la menor locura que el amor te haya hecho cometer, es que no has amado. O si nunca te sentaste, como ahora yo, a cansar a tu oyente elogiando a tu adorada, es que no has amado. O si nunca abandonaste compañía como ahora me exige el sentimiento, es que no has amado. ¡Oh, Febe, Febe, Febe!

Sale.

ROSALINA-¡Pobre pastor! Él hurga en su herida y por un cruel azar yo encuentro la mía.

PARRAGÓN-Y yo la mía. Recuerdo que cuando estuve enamorado me rompí la espada contra una piedra, y le dije: <<Toma eso por ir de noche a casa de Juana la Risas>>. Y recuerdo que le besé el batidor y las ubres de las vacas que había ordeñado con sus manitas agrietadas. Y recuerdo que galanteé a una planta de guisantes como si fuese ella, y que arranqué dos vainas y se las di, diciéndole con lágrimas en los ojos: <<Llévalas por mí>>. Los enamorados nos metemos en unos líos extraordinarios. Y es que, así como todo lo vivo es mortal, todo lo vivo enamorado se muere de tonto.

ROSALINA-Hablas con más seso del que crees.

PARRAGÓN-Sí, y no sabré el que tengo hasta que me lo haya sorbido.

ROSALINA-¡Ah, Júpiter! Lo que siente ese pastor parece que lo siento yo.

PARRAGÓN-Y yo, pero a mí ya me está flojeando.

CELIA-Os lo ruego, preguntad a ese hombre si quiere vendernos algo de comer. Estoy que desfallezco.

PARRAGÓN-¡Eh, tú, patán!

ROSALINA-Calla, bufón, que no es de los tuyos.

CORINO-¿Quién llama?

PARRAGÓN-Tus superiores.

CORINO-Si no, ¡qué míseros serían!

ROSALINA-¡Calla ya! - Buenas tardes tengáis, amigo.

CORINO-Y vos, noble señor, y todos.

ROSALINA-Os lo ruego, pastor, si el favor o el dinero pueden darnos hospedaje en esta soledad, llevadnos donde den descanso y alimento. Aquí hay una doncella extenuada del camino que se cae desfallecida.

CORINO-Gentil señor, la compadezco, y ojalá (lo digo más por ella que por mí) mis medios permitiesen aliviarla. Mas trabajo de pastor para otro hombre y no esquilo las ovejas que apaciento. Mi amo es hosco de carácter y no se afana por hallar la vía del cielo practicando la hospitalidad. Además, va a vender su casa, sus rebaños y sus pastos y, estando él ausente, ahora no hay nada de comer en la cabaña. Mas venid a ver lo que tenemos; mientras dependa de mí, seréis bienvenidos.

ROSALINA-¿Quién va a comprarle el rebaño y los pastos?

CORINO-El mozo que habéis visto hace un momento, al que apenas le preocupa comprar nada.

ROSALINA-Os lo ruego, si cabe hacerlo honradamente, comprad la casa, los pastos y el rebaño, que nuestro dinero tendréis para pagarlos.

CELIA-Os subiremos la paga. Me gusta este sitio, y de buena gana pasaría la vida aquí.

CORINO-Es seguro que lo venden. Venid. Si, una vez informados, os agradan la tierra, el beneficio y esta vida, seré vuestro fiel servidor y al momento iré a comprarla con vuestro dinero.

Salen.

II.5  

Entran AMIENS, JAI1 VIE y otros.

AMIENS-Canción.
Venga bajo el verdor
del bosque junto a mí
quien quiera unir su voz
al pájaro feliz;
que venga, aquí, aquí.
Nunca verá
más adversidad
que el frío invernal.

JAIME-Sigue, sigue. Te lo ruego, sigue.

AMIENS-Te pondrá melancólico, Jaime.

JAIME-Pues mejor. Sigue, te lo ruego, sigue, que yo sorbo melancolía de una canción como la comadreja sorbe huevos. Vamos, sigue.

AMIENS-Tengo una voz áspera y no podré complacerte.

JAIME-No quiero que me complazcas; quiero que cantes. Anda, vamos, otra estrofa. ¿No se llaman estrofas?

AMIENS-Como tú quieras, monsieur Jaime.

JAIME-Me da igual como se llamen: no me deben nada. ¿Quieres cantar?

AMIENS-Más porque lo pides que por mi gusto.

JAIME-Muy bien: si tengo que darle las gracias a alguien, te las daré a ti. Pero lo que llaman cortesía es como el encuentro de dos micos. Y cuando alguien me da sus gracias más sinceras, es como si le hubiera dado un céntimo y él lo agradeciese como un mendigo. Vamos, canta. - Y los que no queráis, a callar.

AMIENS-Bueno, terminaré la canción. - Señores, poned la mesa: el duque va a beber bajo este árbol. - Ha estado todo el día buscándote.

JAIME-Y yo todo el día evitándole. Para mi gusto, es muy discutidor. A mí se me ocurren tantas cosas como a él, pero yo se lo agradezco a Dios y no me jacto. Vamos con tus trinos, vamos.

TODOS-Canción.
Quien deje aspiración por aire libre y paz, comiendo sin temor
lo que pueda encontrar, que venga, aquí, aquí. Nunca verá
más adversidad
que el frío invernal.

JAIME-Para esa tonada te regalo otra letra que escribí ayer pese a mi pobre inventiva.

AMIENS-La cantaré.

JAIME-Pues ahí va:
Quien quiera el bobo hacer,
si por ahí le da,
dejándose a la vez
fortuna y bienestar,
ducdame, ducdame, ducdame.
Tontos verá
de solemnidad
quien venga a este lugar.

AMIENS-¿Qué es «ducdame»?

JAIME-Una invocación en griego para que los tontos hagan círculo. Me voy a dormir, si puedo. Si no, maldeciré a todos los primogénitos de Egipto.

AMIENS-Yo voy a buscar al duque. Su almuerzo está listo.

Salen.

II.6 

Entran ORLANDO y ADÁN.

ADÁN-Querido amo, no puedo andar más. ¡Ah! Me muero de hambre. Voy a echarme a medir mi sepultura. Adiós, mi buen amo.

ORLANDO-¿Qué pasa, Adán? ¿Ya no tienes ánimos? Vive, anímate, confórtate. Si en este ignoto bosque hay algo salvaje, yo seré su alimento o él lo será tuyo. Te ves más próximo a la muerte de lo que estás. Anímate, hazlo por mí. Con la muerte guarda las distancias. En seguida vuelvo contigo y, si no te traigo nada de comer, te permitiré que mueras. Pero si mueres antes de que vuelva, te habrás burlado de mi esfuerzo. Eso es, ya estás animado. Yo vuelvo en seguida. Pero aquí te da el aire frío. Vamos, ven; te dejaré a cubierto y si hay algo viviente en esta soledad, no morirás por falta de sustento. ¡Animo, Adán!

Salen.

II.7

Entran el antiguo DUQUE, [AMIENS] y NOBLES, vestidos de forajidos.

DUQUE-Se habrá transformado en animal, pues en forma humana no lo encuentro.

NOBLE 1.º-Señor, acaba de salir. Se había puesto contento de oír una canción.

DUQUE-Si a este ser inarmónico le atrae la música, pronto habrá disonancia en las esferas.
Buscadle y decidle que quiero hablar con él.

Entra JAIME.

NOBLE 1.º-Su presencia me ahorra el trabajo.

DUQUE-¿Qué tal, monsieur? ¿Qué vida es ésta que tus pobres amigos han de solicitar tu compañía? Vaya, ¿estás alegre?

JAIME-¡Un bufón! ¡He visto un bufón en el bosque, un bufón de colores! ¡Mundo triste! Tan verdad como que el pan me alimenta he visto un bufón, que se acuesta, toma el sol y, en lenguaje bien medido, se queja de doña Fortuna; y era un bufón de colores. <<Buenos días, bufón>>, le digo. Y él: <<No, señor; bufón no me llaméis hasta que el cielo mejore mi suerte>>. Entonces saca del bolsillo un reloj de sol, lo mira con ojo apagado y, muy sesudo, dice: <<Son las diez. Así podemos ver>>, dice, <<cómo anda el tiempo. Hace una hora que eran las nueve y pasada una hora serán las once; y así de hora en hora maduramos, y así de hora en hora nos pudrimos, y eso encierra una lección>>. Cuando oí al bufón coloreado filosofar sobre el tiempo, mis pulmones dieron brincos de alegría de ver lo reflexivos que eran los bufones; y estuve riendo sin parar una hora de las de su reloj. ¡Noble bufón! ¡Gran bufón! El color es lo que viste.

DUQUE-¿Y quién es el bufón?

JAIME-Un gran bufón. Ha sido cortesano y dice que la dama que es joven y hermosa tiene un don para saberlo. Y en su cerebro, más seco que la galleta sobrante de una travesía, almacena un sinfín de observaciones, que suelta de forma quebrada. ¡Ah, quién fuera bufón! Suspiro por un traje de colores.

DUQUE-Lo tendrás.

JAIME-No pido más, con tal de que arranquéis de vuestro buen criterio la opinión, crecida en demasía, de que soy juicioso. Quiero libertad y el privilegio tan grande como el viento de soplarle a quien yo guste, como el de los bufones. Y a los que más hayan crispado mis bobadas, más haré reír. ¿Y por qué? El porqué está más claro que la luz del día. Cuando un bufón te pincha sabiamente serás necio si, por mucho que te duela, no pareces insensible a su pinchazo. Si no, hasta la indirecta más fortuita revelará la necedad del sabio. Vestidme de color. Dadme licencia para decir lo que pienso, que yo purgaré nuestro mundo infectado hasta el final si tiene la paciencia de tomar mi medicina.

DUQUE-¡Quita! Sé muy bien lo que harías.

JAIME-Por un céntimo, ¿qué haré sino el bien?

DUQUE-Pecado feo y perverso es censurar el pecado. Tú mismo has sido un libertino, más lascivo que el impulso animal, y sobre el mundo entero arrojarías todas las pústulas y llagas tumefactas que cogiste en tu licencia y desenfreno.

JAIME-¿Quién que condene el lujo ofende a alguien concreto? ¿No fluye tan copioso como el mar hasta que refluye, agotados sus recursos? ¿A qué mujer de la ciudad he nombrado al decir que la mujer de ciudad lleva sobre hombros indignos ropa de príncipes? ¿Quién puede decirme que aludo a ésta cuando su vecina es como ella? ¿O qué hombre de baja condición no dirá que yo no he pagado sus galas, creyendo que aludo a él y confirmando con su propia necedad el tenor de mi discurso? Pues ya está. Entonces, ¿qué? A ver en qué le ofende mi lengua. Si lo pinto cabalmente, se ha ofendido a sí mismo; si no es culpable, mi censura vuela como el ganso bravo, que a nadie pertenece. Pero, ¿quién viene aquí?

Entra ORLANDO [espada en mano].

ORLANDO-¡Alto y no sigáis comiendo!

JAIME-Si aún no he empezado.

ORLANDO-Ni lo haréis hasta que se atienda al necesitado.

JAIME-¿De qué especie es este gallo?

DUQUE-¿Es la penuria lo que así os embravece o despreciáis zafiamente los buenos modales con ese incivil comportamiento?

ORLANDO-Habéis acertado en lo primero: la espina de la flaca penuria me ha privado de las muestras de civilidad. Mas me educaron en palacio y cultura no me falta. No comáis. Morirá quien toque esos frutos antes que se atienda a mi persona y privación.

JAIME-Moriré si el remedio no es fructífero.

DUQUE-¿Qué pretendéis? Vuestra cortesía se impondrá antes que a la fuerza impongáis la cortesía.

ORLANDO-Me muero de hambre. Dadme de comer.

DUQUE-Sentaos y comed, y bienvenido a nuestra mesa.

ORLANDO-Habláis con nobleza. Os lo ruego, perdonad. Pensé que aquí todo era salvaje y puse gesto imperioso. Mas quienquiera que seáis que, en esta soledad inaccesible, a la sombra del ramaje melancólico dejáis pasar las horas perezosas, si habéis gozado de tiempos mejores, si las campanas os llamaban a la iglesia, si os han convidado a una mesa honorable, si habéis derramado alguna lágrima y sabéis lo que es compadecer y ser compadecido, que la cortesía responda a mi violencia. Lo espero con sonrojo y envaino mi espada.

DUQUE-En verdad, he gozado de tiempos mejores, a la iglesia me ha llamado la campana, he comido en mesas honorables y he vertido lágrimas nacidas de la santa compasión. Así que sentaos como ser civilizado y tomad a voluntad cuanto tenemos y pueda socorrer vuestra carencia.

ORLANDO-Entonces dejad de comer por un momento, mientras yo, como una cierva, voy en busca del cervato para darle de comer. Es un pobre anciano que, por puro cariño, me acompaña fatigoso. No pienso tocar nada hasta que él sea atendido, pues le tienen postrado el hambre y la edad.

DUQUE-Id a buscarle, que nada comeremos hasta que volváis.

ORLANDO-Gracias. Dios os pague este socorro.

[Sale.]

DUQUE-Ya ves que en la desdicha nunca estamos solos. Este gran escenario universal ofrece espectáculos más tristes que la obra en que actuamos.

JAIME-El mundo es un gran teatro, y los hombres y mujeres son actores. Todos hacen sus entradas y sus mutis y diversos papeles en su vida. Los actos, siete edades. Primero, la criatura, hipando y vomitando en brazos de su ama. Después, el chiquillo quejicoso que, a desgana, con cartera y radiante cara matinal, cual caracol se arrastra hacia la escuela. Después, el amante, suspirando como un horno y componiendo baladas dolientes a la ceja de su amada. Y el soldado, con bigotes de felino y pasmosos juramentos, celoso de su honra, vehemente y peleón, buscando la burbuja de la fama hasta en la boca del cañón. Y el juez, que, con su oronda panza llena de capones, ojos graves y barba recortada, sabios aforismos y citas consabidas, hace su papel. La sexta edad nos trae al viejo enflaquecido en zapatillas, lentes en las napias y bolsa al costado; con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas para tan huesudas zancas; y su gran voz varonil, que vuelve a sonar aniñada, le pita y silba al hablar. La escena final de tan singular y variada historia es la segunda niñez y el olvido total, sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.

Entra ORLANDO con ADÁN.

DUQUE-Bienvenidos. Dejad vuestra carga venerable y que coma.

ORLANDO-Os lo agradezco muy de veras.

ADÁN-Menos mal. Yo apenas puedo hablar para daros las gracias.

DUQUE-Bienvenidos y buen provecho. No pienso molestaros por ahora preguntándoos por vosotros. Vamos, música. Cantad, noble amigo.

[AMIENS]  Canción.
Sopla, viento invernal,
pues daño nunca harás
como la ingratitud.
Tu diente es menos cruel,
porque nadie te ve,
por rudo que seas tú.
¡Eh, oh! ¡Eh, oh, el verde del bosque! Amor es ceguera; amigos, traiciones. ¡Eh, oh, el bosque!
Es vida y es goce.
Hiela, aire glacial,
pues no podrás cortar como lo hace el olvido. Puedes el agua herir, mas no eres tan hostil como el pérfido amigo.
¡Eh, oh! ¡Eh, oh, el verde del bosque!
Amor es ceguera; amigos, traiciones.
¡Eh, oh, el bosque!
Es vida y es goce.


DUQUE-Si sois hijo del buen don Roldán, como habéis asegurado al susurrarme y como veo que atestigua su retrato, fielmente copiado en vuestra cara, sed muy bienvenido. Yo soy el duque que tanto quiso a vuestro padre. El resto de la historia venid a contármela a mi cueva. Buen anciano, bienvenido seas como tu amo. – Llevadle del brazo. - Dadme la mano y hacedme saber la suerte que corristeis.

Salen.

III.1 
Entran el DUQUE [FEDERICO], NOBLES y OLIVER.

DUQUE FEDERICO-¿Y no has vuelto a verle? No, no es posible. Si en mí no dominase la clemencia, no tendría que buscar otra víctima para mi venganza, estando tú aquí. Oye bien: encuentra a tu hermano esté donde esté; búscale con lámpara, de aquí a un año tráele vivo o muerto, o nunca más regreses a vivir en estos territorios. Las tierras y bienes de tu propiedad que merezcan confiscarse, quedan confiscados hasta que tu hermano en persona te exculpe de lo que sospecho de ti.

OLIVER-Ojalá Vuestra Alteza supiera lo que siento. ¡En mi vida he querido a mi hermano!

DUQUE FEDERICO-¡Tanto más infame! - Echadle de aquí y que se instruya expropiación de su casa y de sus tierras. Sin más dilación hágase y echadle.

Salen.

III.2 

Entra ORLANDO.

ORLANDO-Pendan mis versos, amorosas prendas. – Diosa triforme de la noche, mira y vela con pudor desde tu esfera por tu virgen y reina de mi vida. ¡Rosalina! El bosque será mi libro, y en él mi sentimiento escribiré, para que todos vean de continuo cantada tu excelencia por doquier. Corre, Orlando, y graba en todos los árboles a la bella, la pura, la inefable.

Sale.Entran CORINO y PARRAGÓN.

CORINO-Bueno, ¿qué os parece la vida pastoril, maese Parragón?

PARRAGÓN-A decir verdad, pastor, en sí misma es buena vida, pero al ser vida de pastor, muy poca cosa. Al ser retirada, me gusta, pero, al ser solitaria, es un asco. Al ser vida de campo, me agrada, pero al no ser vida de corte, me aburre. Al ser vida sobria, fíjate, se ajusta a mi carácter, pero, al no ser abundante, me quita las ganas. ¿Tú entiendes de filosofía, pastor?

CORINO-Sólo la que enseña que, cuanto más se enferma, peor se está; que a quien no tiene medios, dinero y sosiego, le faltan tres buenos amigos; que condición de la lluvia es mojar y del fuego quemar; que el buen pasto engorda a la oveja; que la causa mayor de la noche es la falta de sol; que quien, por arte o por naturaleza no ha aprendido nada, si no lamenta su ignorancia es que es de familia muy torpe.

PARRAGÓN-Ése es un pensador de lo simple. ¿Tú has estado en la corte, pastor?

CORINO-Pues no.

PARRAGÓN-Entonces vas a condenarte.

CORINO-Espero que no.

PARRAGÓN-A condenarte y quemarte por un lado, como un huevo mal cocido.

CORINO-¿Por no haber estado en la corte?

PARRAGÓN-¡Claro! Si nunca has estado en la corte no has visto buenas costumbres; si no has visto buenas costumbres, es que las tuyas son malas; y lo malo es pecado, y por pecar te condenas. Estás en peligro, pastor.

CORINO-Nada de eso, Parragón. Las costumbres que son buenas en la corte son tan cómicas en el campo como ridículos son en la corte los usos del campo. Me dijisteis que en la corte no os saludáis sin besaros las manos. Si los cortesanos fuesen pastores, vuestra ceremonia sería poco limpia.

PARRAGÓN-La prueba, rápido. Anda, la prueba.

CORINO-Nosotros siempre andamos con nuestras ovejas y ya sabéis que su piel es muy grasa.

PARRAGÓN-Y a los cortesanos, ¿no les sudan las manos? Y la grasa del borrego, ¿no es tan sana como la del hombre? Torpe, torpe. Anda, otra prueba mejor. Venga.

CORINO-Y tenemos callos en las manos.

PARRAGÓN-Antes las sentirán vuestros labios. Torpe otra vez. Una prueba más clara, vamos.

CORINO-Y están impregnadas de brea, de curar a las ovejas. ¿Queréis que besemos la brea? Los cortesanos se perfuman las manos con algalia.

PARRAGÓN-¡Serás torpe! Tú, carnaza podrida al lado del hombre, aprende del sabio y pondera: la algalia es de origen más vil que la brea y secreción indecente de un gato. Mejora la prueba, pastor.

CORINOVuestro ingenio es muy cortesano para mí. Termino.

PARRAGÓN-¿Dónde, en el infierno? Dios te asista, hombre torpe. Dios te injerte, que estás muy agreste.

CORINO-Señor, soy un trabajador. Me gano el sustento y la ropa; ni odio a nadie ni envidio la dicha de nadie; me alegro del bien ajeno y me conformo con mi sino. Y mi mayor orgullo es ver pastar a mis ovejas y mamar a mis corderos.

PARRAGÓN-Otro pecado de simpleza: juntar ovejas y carneros y pretender ganarte la vida apareando ganado; ser alcahuete de un morueco y engañar a una oveja de un año con un viejo cornudo de cabeza deforme en un absurdo acoplamiento. Si no te condenas por esto, es que ni el diablo quiere pastores. Si no, no veo que puedas librarte.

CORINO-Aquí viene el joven maese Ganímedes, el hermano de mi nueva ama.

Entra ROSALINA [leyendo un papel].

ROSALINA-«Desde el oeste a la China
no hay joya cual Rosalina.
El viento llama divina
la virtud de Rosalina.
Ni la pintura más fina
aventaja a Rosalina.
De tu recuerdo elimina
a quien no sea Rosalina.»


PARRAGÓN-Así os rimo yo ocho años seguidos, menos las horas de comer, cenar y dormir. Suena a desfile de lecheras que van al mercado.

ROSALINA-¡Quita, bobo!

PARRAGÓN-Una muestra:
Si el asno busca pollina,
que él busque a su Rosalina.
Como al gato la minina,
le maullará Rosalina.
En invierno, la esclavina,
y a cubrir a Rosalina.
Cosecha y después trajina
y al carro con Rosalina.
Hay piel basta en fruta fina,
y esa fruta es Rosalina.
Y si en rosa él halla espina,
se clavará en Rosalina.
Así es el medio galope del verso. ¿Por qué dejáis que os contagie?

ROSALINA-¡Calla, so torpe! Los encontré en un árbol.

PARRAGÓN-¡Qué mal fruto da ese árbol!

ROSALINA-Te injertaré en él, que será como injertarle un níspero. Será el primero en dar fruto, pues cuando madures ya estarás podrido. Así es la condición del níspero.

PARRAGÓN-Eso lo decís vos. Si tiene o no sentido, que lo juzgue el bosque.

Entra CELIA con un papel.

ROSALINA-Calla. Aquí viene mi hermana leyendo. Apártate.

CELIA [lee] «¿Es esto un lugar salvaje porque no lo habiten? No. Dejo versos en los árboles de civilizada voz. Unos dirán que la vida recorre un breve camino y que el total de sus días en un palmo está medido. Otros contarán promesas que los amigos deshacen, pero en las ramas más bellas y al final de cada frase «Rosalina>> es la palabra que yo siempre escribiré, la quintaesencia de almas que el cielo quiso extraer. Pues Dios ordenó a Natura reunir en una mortal bondades que no se juntan, y así pudo combinar la majestad de Cleopatra y el bello rostro de Helena con el alma de Atalanta y el recato de Lucrecia. En asamblea de dioses fue creada Rosalina de las prendas y facciones que en el mundo más se estiman. El cielo quiso hacerla preeminente y a mí su esclavo en vida y muerte.>>

ROSALINA-¡Ah, nobilísimo Júpiter! ¡Qué pesadez de sermón amoroso, que aburre al feligrés sin rogarle paciencia!

CELIA-¿Qué es esto? Atrás, amigos. Retiraos, pastor. Y tú vete con él.

PARRAGÓN-Vamos, pastor. Hagamos una honrosa retirada; si no con armas y bagajes, sí con bolsa y dineraje.

Sale [con CORINO].

CELIA-¿Has oído esos versos?

ROSALINA-Sí, todos y otros más, pues algunos tenían más pies de los que llevaría un verso.

CELIA-No importa. Los pies podrían con el verso.

ROSALINA-Sí, pero iban cojos, y no podían sostenerse sin el verso, así que el verso cojeaba.

CELIA-Pero, ¿has podido oír sin asombrarte que tu nombre estaba colgado y grabado en estos árboles?

ROSALINA-Antes que llegases ya casi había salido de mi asombro. Mira lo que he encontrado en una palmera. Jamás me han rimado tanto desde los tiempos de Pitágoras, cuando yo era una rata irlandesa, de lo cual ni me acuerdo.

CELIA-¿Adivinas quién lo ha hecho?

ROSALINA-¿Un hombre?

CELIA-Con una cadena al cuello que tú solías llevar. ¿Se te muda el color?

ROSALINA´-¿Me dirás quién?

CELIA-¡Señor, señor! Aunque los amigos puedan separarse, los terremotos mueven las montañas y las juntan.

ROSALINA-Pero, ¿quién es?

CELIA-¿Será posible?

ROSALINA-Te lo ruego, suplico e imploro: dime quién es.

CELIA-¡Oh, maravilla y maravilla de las maravillas! ¡Maravilla más maravillosa que el colmo de las maravillas!

ROSALINA-¡Por mi condición! ¿Crees que porque vaya vestida de hombre llevo calzas y jubón en el carácter? Una pizca más de dilación será un Mar del Sur por descubrir. Te lo ruego, dime quién es y dilo ya. Ojalá fueras tartamuda; el nombre que me ocultas saldría como el vino cuando la botella es de boca estrecha: o mucho de golpe o nada. Te lo ruego, descórchate la boca, que beba tu secreto.

CELIA-Acabarás con un hombre dentro.

ROSALINA-¿Es criatura de Dios? ¿Qué clase de hombre? Su cabeza, ¿es digna de un sombrero y su cara de una barba?

CELIA-Apenas tiene barba.

ROSALINA-Si lo merece, Dios le dará más. Esperaré a que le crezca la barba si dejas de guardarte el nombre de su cara.

CELIA-Es el joven Orlando, el que de un golpe tumbó al luchador y a ti el corazón.

ROSALINA-Al diablo con tus bromas. Habla en serio y con lealtad.

CELIA-De veras que es él.

ROSALINA-¿Orlando?

CELIA-Orlando.

ROSALINA-¡Válgame! ¿Qué hago yo ahora con el jubón y las calzas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué aire tenía? ¿Qué ropa llevaba? ¿Y qué hace él aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Dónde vive? ¿Cómo se alejó? ¿Cuándo le verás? Respóndeme con una palabra.

CELIA-Necesitaría la boca de Gargantúa. Sería una palabra muy grande para cualquier boca de las de hoy en día. Decir sí o no a esas preguntas es más que responder al catecismo.

ROSALINA-Pero, ¿sabe que estoy en el bosque y vestida de hombre? ¿Está tan despierto como el día de la lucha?

CELIA-Tan fácil es contar las motas del polvo como responder a las preguntas de un enamorado. Pero aquí tienes una muestra de cómo le encontré y saboréala bien: le encontré bajo un árbol cual bellota caída.

ROSALINA-Si da ese fruto será el árbol de Júpiter.

CELIA-Señora, prestad atención.

ROSALINA Proseguid.

CELIA-Estaba echado en el suelo como un caballero herido.

ROSALINA-Doloroso espectáculo, pero adorna el suelo.

CELIA-Vamos, fréname la lengua, que da saltos a destiempo. Iba vestido de cazador.

ROSALINA-¡Oh, presagio! Viene a matarme el corazón.

CELIA-Déjame cantar sin estribillo. Me desalmas.

ROSALINA-¿No sabes que soy mujer? Lo que me viene lo digo. Sigue, querida.

Entran ORLANDO y JAIME.

CELIA-¡Si no me dejas! Espera. ¿No es él quien viene?

ROSALINA-Es él. Ponte a un lado y obsérvale.

JAIME-Gracias por vuestra compañía, aunque, la verdad, hubiera preferido estar solo.

ORLANDO-Y yo, aunque, por cumplir, yo también os agradezco vuestra compañía.

JAIME-Quedad con Dios. A ver si nos vemos lo menos posible.

ORLANDO-Tendré mucho gusto en desconoceros.

JAIME-Os lo suplico, no estropeéis más árboles grabándoles canciones amorosas.

ORLANDO-Os lo suplico, no estropeéis más mis versos leyéndolos de un modo tan infame.

JAIME-Vuestra amada, ¿se llama Rosalina?

ORLANDO-Exacto.

JAIME-Ese nombre no me gusta.

ORLANDO-Nadie pensó en complaceros cuando la bautizaron.

JAIME-¿Cómo es de alta?

ORLANDO-Me llega al corazón.

JAIME-Respuestas bonitas no os faltan. ¿A que os entendéis con esposas de orfebres y os aprendéis la inscripción de los anillos?

ORLANDO-Pues no. Os respondo con leyendas de emblemas baratos, de los que vos habéis sacado las preguntas.

JAIME-Sois ágil de mente; habrá salido de los talones de Atalanta. ¿Os sentáis conmigo y los dos echamos pestes de nuestro señor mundo y de todas nuestras penas? No pienso censurar a más ser viviente que a mí mismo, por reunir tantos defectos.

JAIME-Y el peor es estar enamorado.

ORLANDO-Defecto que no cambiaría por vuestra mejor virtud. Ya me habéis cansado.

JAIME-La verdad es que cuando os encontré iba en busca de un bufón.

ORLANDO-Se ahogó en el arroyo. Buscadle allí y le veréis.

JAIME-Allí veré mi propia cara.

ORLANDO-Que, para mí, es la de un bufón o un don nadie.

JAIME-No me quedo ni un minuto más. Adiós, signor amore.

ORLANDO-Me alegra que os vayáis. Adiós, monsieur mélancolie.

[Sale JAIME].

ROSALINA-Le hablaré como un lacayo atrevido y así me reiré de él. - ¡Eh, cazador! ¿Me oís?

ORLANDO-Perfectamente. ¿Qué queréis?

ROSALINA-Decidme, ¿qué hora es?

ORLANDO-¿Y cómo voy saberlo si no hay reloj en el bosque?

ROSALINA-Entonces en el bosque no hay un solo enamorado, pues, si no, un suspiro cada minuto y un lamento cada hora indicarían el pie perezoso del tiempo igual que un reloj.

ORLANDO-¿Y por qué no el pie presuroso del tiempo? ¿No sería lo apropiado?

ROSALINA-De ningún modo, señor. El tiempo cabalga a marcha distinta según la persona. Yo os diré con quién va al paso, con quién trota, con quién galopa y con quién se para.

ORLANDO-Decidme, ¿con quién trota el tiempo?

ROSALINA-Pues trota muy lento con una soltera entre el compromiso y el día de la boda. Si median siete días, el trote del tiempo es tan lento que parecen siete años.

ORLANDO-¿Y con quién va al paso?

ROSALINA-Con un cura que no sabe latín y un rico que no tiene la gota. El uno duerme a gusto porque no puede estudiar y el otro vive feliz porque no siente dolor. El uno, sin el peso del estudio agotador; el otro, sin el peso de penurias angustiosas. El tiempo va al paso con ellos.

ORLANDO-¿Y con quién galopa?

ROSALINA-Con el ladrón que va a la horca, pues, aunque marche a paso de buey, creerá que ha llegado muy pronto.

ORLANDO-¿Y con quién se para el tiempo?

ROSALINA-Con el juez en vacaciones, que se duerme entre sesión y sesión y no se da cuenta de cómo pasa el tiempo.

ORLANDO-¿Dónde vivís, mi apuesto doncel?

ROSALINA-Con esta pastora, mi hermana, aquí, en la linde del bosque, como fleco en una falda.

ORLANDO-¿Sois de este lugar?

ROSALINA-Como el conejo que vive donde nace.

ORLANDO-Tenéis un acento más fino del que se adquiere en lugar tan remoto.

ROSALINA-Me lo han dicho muchos. La verdad es que me enseñó a hablar un tío mío religioso, hombre de ciudad en su juventud y buen conocedor del galanteo, pues allí se enamoró. Le oí decir muchos sermones contra él, y gracias a Dios que no soy mujer y no me aquejan las muchas veleidades de que él acusaba al otro sexo.

ORLANDO-¿Recordáis alguna de las faltas principales que él imputaba a las mujeres?

ROSALINA-Principal no había ninguna, pues todas se asemejaban como un huevo a otro y cada una parecía enorme hasta que su compañera la igualaba.

ORLANDO-Os lo ruego, decidme algunas.

ROSALINA-No: yo sólo pienso administrar mi medicina a los enfermos. Hay uno que ronda este bosque y maltrata los árboles jóvenes grabando «Rosalina» en la corteza; en los espinos cuelga odas y en las zarzas, elegías, y siempre, ¡válgame!, glorificando el nombre de Rosalina. Si yo me encontrase con ese vendeamores le daría algún buen consejo, pues por lo visto padece de fiebre continua de amor.

ORLANDO-Yo soy ese febril enamorado. Os ruego que me digáis vuestro remedio.

ROSALINA-No veo en vos las señales que decía mi tío, que me enseñó a reconocer a un enamorado. Pero seguro que vos no estáis preso en esa jaula de cañas.

ORLANDO-¿Y qué señales son?

ROSALINA-Mejillas hundidas, que vos no tenéis; ojeras y bolsas, que vos no tenéis; carácter retraído, que vos no tenéis; barba descuidada, que vos no tenéis... aunque disculpadme, pues tenéis tan poca barba como rentas un hermano menor. Además, tendríais que llevar las calzas caídas, el sombrero sin cinta, las mangas desabrochadas, las cordoneras sueltas y, en suma, ofrecer un aspecto de incuria y congoja. Pero vos no estáis así: la pulcritud de vuestro atuendo es la del que está más enamorado de sí mismo que de otros.

ORLANDO-Gentil muchacho, ¡ojalá pudiera convenceros de que amo!

ROSALINA-¡Convencerme! Más os vale convencer a la que amáis, pues seguro que se deja aunque no llegue a confesarlo. Es uno de los casos en que las mujeres encubren lo que sienten. Pero, de verdad, ¿sois vos quien va colgando en los árboles esos versos que a Rosalina tanto ensalzan?

ORLANDO-Muchacho, os juro por la blanca mano de mi Rosalina que yo soy ese infortunado.

ROSALINA-¿Y estáis tan enamorado como dicen vuestros versos?

ORLANDO-No hay verso ni frase que pueda expresarlo.

ROSALINA-El amor no es más que una locura y, como los locos, merece el cuarto oscuro y el látigo. Y si de este modo tampoco se les cura y corrige es porque esta locura es tan general que hasta los del látigo están enamorados. Pero yo soy experto en curarlos mediante el consejo.

ORLANDO-¿Habéis curado a alguien así?

ROSALINA-Sí, a uno, y del modo siguiente: él tenía que creerme su amada, su dueña, y cortejarme todos los días. Entonces yo, que soy un joven voluble, me ponía triste, afeminado, mudadizo, anhelante y caprichoso, altivo, fantasioso, afectado, frívolo, inconstante, lloroso y risueño, mostrándome un poco de todo, y en nada sincero, pues muchachos y mujeres suelen ser aves de este plumaje. Tan pronto le quería como le odiaba, le acogía como le echaba, le lloraba como le escupía. Así que llevé a mi pretendiente de su frenético rapto de amor a un auténtico rapto de locura, es decir a renunciar a la vorágine del mundo y retirarse a un monástico rincón. Así le curé, y así me propongo lavaros el corazón hasta dejarlo más limpio que el de una oveja y sin una sola mancha de amor.

ORLANDO-Entonces no quiero curarme.

ROSALINA-Yo os curaré si me llamáis Rosalina y venís todos los días a cortejarme a mi cabaña.

ORLANDO-Por mi amor inalterable que iré. Decidme el camino.

ROSALINA-Venid conmigo y os lo mostraré. Y mientras caminamos me decís en qué parte del bosque habitáis. ¿Venís?

ORLANDO-Con mil amores, muchacho.

ROSALINA-No: llamadme Rosalina. Vamos, hermana, ¿vienes?

Salen.

III.3

Entran PARRAGÓN, ANDREA y [por detrás] JAIME.

PARRAGÓN-De prisa, querida Andrea. Yo te recojo las cabras, Andrea. Bueno, Andrea, ¿soy ya tu hombre? ¿Te complace mi hechura?

ANDREA-¿Tu hechura? ¡Dios nos libre! ¿Qué hechura?

PARRAGÓN-Aquí estoy yo contigo y con tus cabras, como el más caprichoso poeta, el honrado Ovidio, estaba entre los bárbaros.

JAIME-[aparte] ¡Ah, saber mal alojado! Peor que Júpiter en un chamizo.

PARRAGÓN-Cuando no se entienden tus versos ni responde a tu ingenio el niño precoz, entendimiento, te quedas más muerto que cuando te traen una cuenta abusiva en una humilde taberna. ¡Ojalá los dioses te hubieran hecho poética!

ANDREA-No sé lo que es «poética». ¿Es cosa decente de palabra y obra? ¿Es algo de verdad?

PARRAGÓN-Pues no, porque la poesía más verdadera es pura imaginación, y los enamorados son dados a la poesía e imaginan lo que juran en sus versos.

ANDREA-Entonces, ¿te gustaría que los dioses me hubieran hecho poética?

PARRAGÓN-Desde luego, pues juras que eres decente. Si fueras poeta, tendría la esperanza de que te lo habías imaginado.

ANDREA-¿No me quieres decente?

PARRAGON-De ningún modo, a no ser que fueses mal parecida, pues la decencia unida a la belleza es como miel sobre azúcar.

JAIME-[aparte]Un bufón con seso.

ANDREA-Pues bella no soy y por eso pido a los dioses que me hagan decente.

PARRAGÓN-Sí, y malgastar la decencia con una tía fea sería como echar un buen manjar en un plato sucio.

ANDREA-No soy una tía, y gracias a los dioses que soy fea.

PARRAGÓN-¡Alabados sean los dioses por tu fealdad! Lo de tía vendrá después. Pero, sea como fuere, me caso contigo, y a tal fin he ido a ver a don Oliver Matatextos, el cura del pueblo más próximo, que ha prometido casarnos en esta parte del bosque.

JAIME-[aparte] Me gustaría ver el encuentro.

ANDREA-En fin, que los dioses nos den felicidad.

PARRAGÓN-Amén. Cualquier hombre, por temerario que sea, puede vacilar en este empeño, pues aquí no tenemos más iglesia que el bosque y no hay más fieles que los cornúpetas. Pero, ¿qué importa? ¡Valor! Aunque los cuernos sean repelentes, son inevitables. Dicen que más de uno no sabe dónde acaba su riqueza. Exacto. Más de uno tiene buenos cuernos y no sabe dónde acaban. Bueno, es la dote de la esposa y nada que ponga él. ¿Los cuernos? Sí, señor. ¿Que sólo los pobres? ¡Qué va! El ciervo más noble los tiene tan grandes como el de peor casta. ¿Es más dichoso por ello el soltero? No: así como una ciudad amurallada es más noble que una aldea, la frente del casado es más respetable que la del soltero. Y si saber defenderse es mejor que no saber, también vale más un cuerno que ninguno.

Entra DON OLIVER MATATEXTOS.

PARRAGÓN-Aquí viene don Oliver. - Don Oliver Matatextos, bien hallado. ¿Despachamos la boda aquí, bajo este árbol, o vamos con vos a la capilla?

DON OLIVER-Y a la mujer, ¿quién la da en matrimonio?

PARRAGÓN-Si me la da otro hombre, yo no la tomo.

DON OLIVER-Tienen que darla en matrimonio o no será válido.

JAIME-[adelantándose] Venga, vamos. Yo la doy.

PARRAGÓN-Buenas tardes, mi buen maese Como-os-llaméis. ¿Cómo estáis, señor? Sed muy bien hallado. Que Dios os premie esta visita. Me alegro de veros. Aquí estamos con una menudencia. Cubríos, os lo ruego.

JAIME-¿Queréis casaros, bufón?

PARRAGÓN-Como el buey lleva su yugo, el caballo su freno y el halcón sus cascabeles, lleva el hombre sus deseos, y si las palomas se besuquean, los casados se mordisquean.

JAIME-¿Y un hombre de vuestra crianza va a casarse bajo un arbusto igual que un mendigo? Id a la iglesia y buscad un cura que sepa lo que es casar. Éste va a uniros como el que junta dos tablas; luego una de las dos encoge y, como la madera verde, se tuerce, se tuerce.

PARRAGÓN-Me inclino a pensar que más vale que me case éste que no otro, pues es fácil que no me case bien y, no estando bien casado, tendré una buena excusa para después separarme.

JAIME-Venid conmigo y hacedme caso.

PARRAGÓN-Andrea, tú ven a mi lado, pues hay que casarse o vivir en pecado. – Adiós, buen maese Oliver. No: «¡Ah, buen Oliver! ¡Ah, gran Oliver! No quieras dejarme>>, sino: «Márchate, retírate. No quieras casarme>>.

DON OLIVER-No importa. No habrá granuja chistoso que me haga renegar de mi oficio.

Salen.

III.4

Entran ROSALINA y CELIA.

ROSALINA-No sigas, que voy a llorar.

CELIA-Vamos, llora. Pero ten a bien considerar que llorar no es de hombres.

ROSALINA-¿Acaso no tengo motivo?

CELIA-Todo el que hace falta, así que llora.

ROSALINA-Tiene el pelo del color de lo falso.

CELIA-Algo más oscuro que el de Judas. Y sus besos son hijos de Judas.

ROSALINA-Tiene el pelo de muy buen color.

CELIA-Formidable. No hay color como el castaño.

ROSALINA-Y sus besos son tan santos como el contacto del pan bendito.

CELIA-A Diana le compró una copia de sus labios. Las monjas de la Orden del Invierno no dan besos tan piadosos: llevan el hielo de la castidad.

ROSALINA-Pero, ¿por qué juró que vendría esta mañana y no viene?

CELIA-No sabe lo que es fidelidad.

ROSALINA-¿Eso crees?

CELIA-Sí. No creo que sea un ratero ni un cuatrero, pero creo que la sinceridad de su amor es más hueca que un vaso tapado o una nuez vacía.

ROSALINA-¿Su amor no es sincero?

CELIA-Sí, cuando está enamorado, pero creo que no lo está.

ROSALINA-Le oíste jurar claramente que lo estaba.

CELIA-<<Estaba>> no es <<está>>. Además, el juramento de un enamorado no tiene más verdad que la cuenta de un tabernero. Los dos confirman falsedades. Él está aquí en el bosque al servicio del duque, tu padre.

ROSALINA-Ayer estuve con el duque y conversé mucho con él. Me preguntó de qué familia era. Le dije que de una tan buena como la suya. Se rió y me dejó ir. Mas, ¿por qué hablar de padres cuando hay un hombre como Orlando?

CELIA-¡Gran hombre! Escribe gran poesía; dice grandes palabras, presta grandes juramentos y los rompe a lo grande, apuntando de través al corazón de la amada, igual que el mal justador que espolea su caballo por un solo costado y rompe su lanza como un noble tonto. Pero todo es grande si monta la juventud y guía la necedad. ¿Quién viene aquí?

Entra CORINO.

CORINO-Queridos amos, solíais preguntarme por el pastor que penaba de amores. Le visteis en el prado sentado junto a mí alabando a la altiva e ingrata pastora que es su amada.

CELIA-¿Y qué le ocurre?

CORINO-¿Queréis ver una auténtica función entre la pálida faz del amor verdadero y la brasa del desprecio y el desdén? Pues venid y os la mostraré si deseáis presenciarla.

ROSALINA-Ven, vámonos de aquí. Ver enamorados alimenta a los que aman. Llevadnos allá y así podréis ver que en esa función yo tengo un papel.

Salen.

III.5  

Entran SILVIO y FEBE.

SILVIO-Querida Febe, no me desprecies. ¡No, Febe! Di que no me amas, pero dilo sin crueldad. El verdugo, cuyo pecho está ya curtido de ver tanta muerte, no golpea con el hacha la humillada cerviz sin pedir perdón. ¿Quieres ser más áspera que quien hace de la sangre su vida y oficio?

Entran [por detrás] ROSALINA, CELIA y CORINO.

FEBE-Yo no pretendo ser tu verdugo. Te huyo por no hacerte daño: me dices que mis ojos llevan muerte. Sin duda es curioso y verosímil que a los ojos, lo más delicado, que cierran sus tímidas puertas a las motas de polvo, los llamen tiranos, criminales y asesinos. Te lanzo la mirada más ceñuda y, si hieren mis ojos, que te maten. Finge desmayarte o cáete al sueloo, si no puedes, no te atrevas a mentir diciendo que mis ojos asesinan. Muéstrame la herida que te han hecho. Aráñate con sólo un alfiler y quedará un rasguño; apóyate en un junco y tu mano llevará por un momento la marca visible. Pero mis ojos, que cual flechas te he lanzado, no te hieren, y seguro que no hay fuerza en ojo alguno capaz de lastimar.

SILVIO-¡Ah, querida Febe! Si tú alguna vez, y esa vez puede estar cerca, observas el poder del amor en un rostro juvenil, verás las heridas invisibles que dejan sus agudas flechas.

FEBE-Pero hasta entonces no te acerques. Después aflígeme con burlas, no me compadezcas, igual que yo hasta entonces no te compadeceré.

ROSALINA [adelantándose] ¿Y por qué? ¿Quién os engendró para que, exultante, despreciéis a este desdichado? En vos no veo la belleza que sin luz vuestro cuarto alumbraría cuando fuerais a acostaros. Así que, ¿cómo sois tan altiva y despiadada? Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué me miráis? En vos no veo más que el común de los bienes naturales. ¡Dios me asista! Parece que quiere atrapar también mis ojos. No, altiva señora; no lo esperéis. No son esas cejas oscuras, ese negro pelo de seda, esos ojos de azabache, ni ese rostro de nata lo que va a subyugarme para que os adore. - Y vos, estúpido pastor, ¿por qué la seguís como el ábrego, resoplando viento y lluvia? ¡Si sois mil veces mejor parecido que ella! Son los tontos como vos los que llenan el mundo de hijos feos. No es su espejo, sino vos, quien la halaga, y en vos se ve más atrayente de lo que puedan hacerla sus facciones. – Vos, mujer, conoceos. Poneos de rodillas y, ayunando, dad gracias a Dios por este hombre. Como amigo voy a decíroslo al oído: en cuanto podáis, vendeos, que no sois para todos los mercados. Pedidle perdón, queredle y aceptad lo que ofrece. Lo más feo de un feo es despreciar. - Y vos, pastor, lleváosla. Quedad con Dios.

FEBE-Gentil muchacho, reñidme un año seguido. Prefiero que me riñáis a que él me corteje.

ROSALINA-Él está enamorado de vuestra fealdad. - Y ella se enamora de mi enfado. Si es así, en cuanto os ponga mala cara, yo le daré una buena reprimenda. - ¿Por qué me miráis así?

FEBE-No es por mala voluntad.

ROSALINA-Os lo ruego, de mí no os enamoréis, pues soy más falso que promesa de borracho. Además, no me gustáis. - Por si queréis saberlo, vivo junto al olivar que está por aquí. – ¿Vienes, hermana? - Pastor, asediadla. – Vamos, hermana. - Pastora, tratadle mejor y no os ufanéis: aunque todos puedan ver, ninguno habrá tan ciego como él. - Vamos con el rebaño.

Sale [con CELIA y CORINO].

FEBE-¡Ah, muerto pastor! Ahora entiendo tu adagio: «¿Quién se enamora si no es de un flechazo?».

SILVIO-¡Querida Febe!

FEBE-¿Eh? ¿Qué quieres, Silvio?

SILVIO-Querida Febe, ten piedad de mí.

FEBE-Me apiado de ti, mi buen Silvio.

SILVIO-Donde hay pena, puede haber remedio. Si te apena mi dolor de enamorado, dame amor, y tu pena y mi dolor quedarán aniquilados.

FEBE-Mi amor ya lo tienes, pues amo a mi prójimo.

SILVIO-Pero a ti no te tengo.

FEBE-¡Ah, codicioso! Silvio, hubo un tiempo en que te odiaba, y no es que ahora sienta amor, pero, como de amor hablas tan bien, tu compañía, que antes me irritaba, ahora la tolero. Y quiero que me sirvas. Mas no ambiciones otra recompensa que tu propia alegría de servirme.

SILVIO-Mi amor es tan sagrado y tan perfecto y me veo tan pobre de favores que tendré por riquísima cosecha el recoger las espigas que ha dejado el segador. Esparce tu sonrisa aquí y allá, que de ella viviré.

FEBE-¿Conoces al joven que me ha hablado?

SILVIO-No muy bien, aunque lo he visto a menudo. Ha comprado la cabaña y los pastos propiedad del viejo campesino.

FEBE-No creas que me gusta porque pregunte por él. Es un insensato; aunque habla muy bien. Mas, ¿qué me importan las palabras? Sin embargo, están bien cuando agradan al que escucha. Es guapo. Muy guapo, no, y sin duda es orgulloso, aunque el orgullo le cuadra. Será un hombre apuesto. Lo que tiene mejor es el semblante. Y antes que su lengua haya ofendido, sus ojos han curado. No es muy alto, aunque lo es para su edad. De piernas, regular; pero está bien. En sus labios hay un rojo muy gracioso, un poco más vivo y subido que el que tiñe sus mejillas. Es la misma diferencia que entre el rojo liso y el damasco. Hay mujeres, Silvio, que, si le observaran por extenso como yo, casi se enamorarían del muchacho. En cuanto a mí, ni le amo ni le odio, aunque tengo más motivo para odiar que para amar. Pues, ¿qué derecho tenía a censurarme? Me dijo que mis ojos eran negros, mi pelo negro, y recuerdo cómo se burlaba. Me asombra no haberle contestado. No importa. Callar no es renunciar. Le escribiré una carta muy burlona y tú la llevarás, ¿verdad, Silvio?

SILVIO-Con mil amores, Febe.

FEBE-La escribo ahora mismo. Llevo el texto en la cabeza y el corazón. Seré dura con él y muy tajante. Ven conmigo, Silvio.

Salen.

IV.1 
Entran ROSALINA, CELIA y JAIME.

JAIME-Gentil muchacho, permitid que os conozca mejor.

ROSALINA-Dicen que sois un tipo melancólico.

JAIME-Es verdad. Me gusta más que reír.

ROSALINA-Quien está a uno u otro extremo es un ser aborrecible y se expone a la censura de todos mucho más que un borracho.

JAIME-Conviene estar serio y callado.

ROSALINA-Entonces conviene ser un poste.

JAIME-Yo no tengo la melancolía del sabio, que es envidia; ni la del músico, que es capricho; ni la del cortesano, que es orgullo; ni la del soldado, que es ambición; ni la del letrado, que es astucia; ni la de la dama, que es melindre; ni la del enamorado, que es todo eso junto. Es una melancolía muy propia, compuesta de muchos ingredientes, sacada de muchos objetos; a saber, de las múltiples reflexiones de mis viajes, y el mucho cavilar sobre ellos me envuelve en la más veleidosa tristeza.

ROSALINA-¡Conque viajero! Con razón estáis triste. Sospecho que habéis vendido vuestras tierras para ver las ajenas. Siendo así, haber visto mucho y no tener nada es como tener ojos ricos y manos pobres.

JAIME-Pero he adquirido experiencia.

ROSALINA-Y la experiencia os pone triste. Prefiero un bufón que da alegría antes que experiencia que entristece. ¡Y viajar para eso!

Entra ORLANDO.

ORLANDO-Salud y contento, gentil Rosalina.

JAIME-Si habláis en verso rítmico, quedad con Dios.

ROSALINA-Adiós, señor viajero. Hablad con acento y llevad ropa extranjera; denigrad las ventajas de vuestro país; maldecid vuestro origen y reñidle a Dios por el semblante que os ha dado, que, si no, jamás creeré que habéis ido en góndola. [Sale JAIME] ¿Qué hay, Orlando? ¿Dónde habéis estado todo este tiempo? ¿Vos enamorado? Si me hacéis otra igual, no volváis a mirarme a la cara.

ORLANDO-Mi bella Rosalina, me he retrasado menos de una hora.

ROSALINA-¿Faltar a promesa de amor una hora? A quien divida un minuto en mil partes y falte a una parte de la milésima parte de un minuto en asuntos de amor, tal vez Cupido le haya tocado en el hombro, pero el corazón seguro que lo tiene intacto.

ORLANDO-Perdonadme, querida Rosalina.

ROSALINA-Si sois tan calmoso, no volváis a verme. Prefiero que me corteje un caracol.

ORLANDO-¿Un caracol?

ROSALINA-Sí, un caracol. Pues, aunque ande lento, lleva la casa a cuestas: algo que vos no aportáis al matrimonio. Además, arrastra su propio destino.

ORLANDO-¿Y cuál es?

ROSALINA-Los cuernos, que gentes como vos deben agradecer a sus esposas. Pero él ya es portador de su fortuna y se adelanta a la deshonra.

ORLANDO-La virtud no pone cuernos y mi Rosalina es virtuosa.

ROSALINA-Yo soy vuestra Rosalina.

CELIA-Le gusta llamarte así, pero su Rosalina tiene la tez más fina que tú.

ROSALINA-Vamos, cortejadme, cortejadme, que estoy de humor festivo y tal vez os dé el sí. ¿Qué diríais ahora si yo fuera la mismísima Rosalina?

ORLANDO-Besaría antes de hablar.

ROSALINA-No, mejor hablar antes y, cuando no os salgan las palabras, tendréis ocasión de besar. Los buenos oradores, cuando se cortan, escupen, y si los amantes no saben qué decirse (¡Dios nos libre!), lo más limpio es besarse.

ORLANDO-¿Y si te niegan el beso?

ROSALINA-Pues hay que suplicar y empieza un nuevo tema.

ORLANDO-¿Quién va a cortarse en presencia de su amada?

ROSALINA-Pues vos mismo si yo fuera vuestra amada. Si no, pensaría que mi virtud es superior a mi ingenio.

ORLANDO-¿Yo cortarme cortejando?

ROSALINA-De palabra, no con un cuchillo. ¿No soy vuestra Rosalina?

ORLANDO-Me alegra decir que lo sois, pues me gusta hablar de ella.

ROSALINA-Pues en su nombre digo que os rechazo.

ORLANDO-Entonces en mi nombre moriré.

ROSALINA-¡Ah, no! Morid por poderes. Este pobre mundo tiene cerca de seis mil años y hasta ahora ningún hombre ha muerto en nombre propio, es decir por amor. A Troilo le sacaron los sesos con una maza griega, y eso que ya intentó morir antes y que es ejemplo de amor. Leandro habría vivido sus buenos largos años aunque Hero se hubiera metido a monja de no haber sido por una ardiente noche de verano. Pues, querido joven, fue a bañarse al Helesponto, le dio un calambre y se ahogó, y los cronistas de la época lo achacaron a Hero de Sestos. Pero todo eso son mentiras. Los hombres se mueren y se pudren, pero no por amor.

ORLANDO-Espero que no piense así mi verdadera Rosalina, pues juro que su ceño me mataría.

ROSALINA-Y yo os juro que no mataría una mosca. Vamos, haré de Rosalina con mejor disposición. Pedid lo que queráis, que os lo concederé.

ORLANDO´-Entonces amadme, Rosalina.

ROSALINA-Sí, claro, los viernes y sábados, y todos los días.

ORLANDO-Entonces, ¿me aceptáis?

ROSALINA-Y a veinte como vos.

ORLANDO-¿Cómo?

ROSALINA-¿Acaso no valéis?

ORLANDO-Espero que sí.

ROSALINA-Entonces, lo que vale, ¿por qué limitarlo? - Vamos, hermana, tú haces de cura y nos casas. - Dadme la mano, Orlando. - ¿Qué se dice, hermana?

ORLANDO-Casadnos, os lo ruego.

CELIA-No sé las palabras.

ROSALINA-Empiezan <<Orlando, ¿queréis por esposa...?>>

CELIA-Adelante. - Orlando, ¿queréis por esposa a Rosalina?

ORLANDO-Sí, quiero.

ROSALINA-Sí, pero, ¿cuándo?

ORLANDO-Pues ahora, en cuanto nos case.

ROSALINA-Entonces debéis decir <<Te tomo por esposa, Rosalina>>.

ORLANDO-Te tomo por esposa, Rosalina.

ROSALINA-Podría preguntar con qué derecho, pero te tomo por esposo, Orlando. Veis que la muchacha se adelanta al cura y, desde luego, los pensamientos de mujer se adelantan a sus actos.

ORLANDO-Todos son así: llevan alas.

ROSALINA-Decidme cuánto tiempo será vuestra después de poseerla.

ORLANDO-Por siempre y un día.

ROSALINA-Decid <<un día>> sin el <<siempre>>. No, no, Orlando. Los hombres son abril cuando son novios, y diciembre de casados. Las muchachas son mayo de muchachas, pero al casarse el cielo cambia. Estaré más celosa de ti que un palomo bereber con su hembra, más chillona que un loro antes de la lluvia, más presumida que una mona, más caprichosa que un mico. Lloraré por nada, como Diana en la fuente, y lo haré cuando tú estés alegre. Reiré como una hiena, y lo haré cuando tú quieras dormir.

ORLANDO-¿Eso hará mi Rosalina?

ROSALINA-Por mi vida que hará igual que yo.

ORLANDO-Pero ella es lista.

ROSALINA-Si no, no tendría ingenio para hacerlo: cuanto más lista, más rebelde. Ponedle puertas al ingenio femenino y saldrá por la ventana; cerradla y saldrá por el ojo de la cerradura; tapadlo y saldrá con el humo de la chimenea.

ORLANDO-Quien tenga una mujer con tanto ingenio podrá decir <<Ingenio, ¿dónde acabarás?>>.

ROSALINA-Más os vale guardaros el reproche para cuando el ingenio de vuestra esposa acabe en la cama del vecino.

ORLANDO-¿Y con qué ingenio podría excusarla su ingenio?

ROSALINA-Pues diciendo que fue allí a buscaros. Jamás la pillaréis sin respuesta, a no ser que no tenga lengua. ¡Ay de la mujer que no sabe achacar sus faltas al marido! Si cría a sus hijos ella misma, los criará tontos.

ORLANDO-Ahora os dejo por dos horas, Rosalina.

ROSALINA-Amor mío, no puedo estar sin ti ni dos horas.

ORLANDO-He de acompañar al duque en la comida. Volveré para las dos.

ROSALINA-Vamos, vete, vete ya. Ya sabía yo cómo saldrías. Me lo dijo mi gente y yo estaba segura. Me conquistó tu lengua lisonjera. Otra más abandonada, así que, ¡ven, muerte! - ¿Decíais que a las dos?

ORLANDO-Sí, querida Rosalina.

ROSALINA-Por mi honra, y muy encarecidamente, y que Dios me ampare, y por los juramentos más inofensivos, que si faltáis una pizca a la promesa o llegáis un minuto después, os tendré por el perjuro más atroz, por el amante más pérfido y por el ser más indigno de la que llamáis Rosalina de entre toda la caterva de los falsos, conque evitad mi condena y cumplid vuestra promesa.

ORLANDO-Con tanta devoción cual si fuerais de verdad mi Rosalina. Adiós.

ROSALINA-Bueno, el tiempo es el viejo juez que interroga a los culpables. Que juzgue el tiempo. Adiós.

Sale [ORLANDO].

CELIA-Tú deshonras nuestro sexo con tu cháchara amorosa. Tendremos que arrancarte el jubón y las calzas, y mostrar al mundo lo que el pájaro ha hecho con su nido.

ROSALINA-Ah, prima, prima, prima, primita mía, si tú supieras a qué profundidad llega mi amor. Pero es insondable. Lo que siento tiene un fondo desconocido, como la Bahía de Portugal.

CELIA-O más bien no tiene fondo: le echas sentimiento y se sale por debajo.

ROSALINA-No. Que el malvado bastardo de Venus, engendrado en el pesar, concebido en el antojo y nacido en la locura, que ese pícaro muchacho que por ciego ciega nuestra vista juzgue lo profundo de mi amor. Aliena, de verdad que no puedo vivir sin ver a Orlando. Me voy a algún lugar umbroso y suspiraré hasta que vuelva.

CELIA-Y yo, a dormir.

Salen.

IV.2 

Entran JAIME y NOBLES, [vestidos] de cazadores.

JAIME-¿Quién mató al ciervo?

NOBLE-Fui yo, señor.

JAIME-Llevadle ante el duque como un conquistador romano. Y no estaría mal ponerle en la cabeza los cuernos del ciervo como emblema de victoria. ¿Sabéis alguna tonada para esta ocasión, cazador?

NOBLE-Sí, señor.

JAIME-Cantadla. No importa que desafinéis con tal que haya ruido.

[TODOS]    Música, canción.
¿Qué se le da al cazador? La piel del ciervo y los cuernos. Sea escoltado y canten el bordón. Lleva tus cuernos sin chistar, pues son cimera inmemorial. Tu abuelo siempre los llevó; tu padre nunca los rehusó. El cuerno alegre, el cuerno fiel, no es un motivo de desdén.

Salen.

IV.3

Entran ROSALINA y CELIA.

ROSALINA-¿Qué dices ahora? ¿No son más de las dos? ¡Y mira a Orlando!

CELIA-Sin duda que con su amor puro y su mente confusa ha cogido el arco y las flechas y se ha ido a dormir. Entra SILVIO. Mira quién viene.

SILVIO-Os traigo una carta, gentil muchacho. Mi noble Febe me dijo que os la diese. No sé lo que os dice, mas, a juzgar por su ceño y los gestos de enojo que hacía al escribirla, seguro que el tono es de ira. Perdonadme. Sólo soy un inocente mensajero.

ROSALINA-Hasta la paciencia se alarmaría con esta carta y se pondría bravucona. Soporta esto y sopórtalo todo. Dice que guapo no soy, que no tengo modales. Me llama orgulloso y no me amaría aunque el hombre escaseara más que el Fénix. ¡Válgame! Su amor no es la liebre que persigo. ¿Por qué me escribe esto? Vaya, vaya, pastor. Fuisteis vos quien escribió la carta.

SILVIO-No, os lo juro. No sé lo que dice. La escribió Febe.

ROSALINA-Vamos, vamos. Sois un bobo y el amor os tiene desquiciado. Le vi las manos. Tiene manos de cuero, manos terrosas. De verdad que pensé que se había puesto los guantes, pero eran sus manos. Manos de fregona. Pero no importa. La idea de la carta no fue suya. El tema es de hombre, igual que la carta.

SILVIO-Seguro que es de ella.

ROSALINA-¡Pero si tiene un estilo furioso y mordaz, un estilo desafiante! Me reta como el turco al cristiano. Una mente de mujer no produce semejante grosería, tan negras palabras; y más negras de efecto que de aspecto. ¿Queréis oír la carta?

SILVIO-Sí, os lo ruego, pues aún no la he oído, y sí demasiado del rigor de Febe.

ROSALINA-Pues me febea. Mirad qué tono más cruel. [Lee] <<¿Sois un dios hecho pastor que a doncella enamoró?>> ¿Reprende así una mujer?

SILVIO-¿A eso llamáis reprender?

ROSALINA-[lee]   <<Y, hecho hombre, ¿hacéis la guerra a un corazón de doncella?>> ¿Quién oyó tal reprensión? <<Cortejarme un ser humano nunca pudo hacerme daño.>> Luego soy una bestia. <<Si esos ojos de desprecio a los míos sedujeron, ¿qué de milagros no harán si me miran con bondad? Si reprendiéndome os quiero, ¿qué no harían vuestros ruegos? Quien esta carta os entrega de mi amor nada sospecha. Dadle respuesta sellada de si vuestra joven alma acepta mi ofrecimiento y los que aún puedo haceros, pues, si mi amor no admitís, veré cómo he de morir.>>

SILVIO-¿A eso llamáis reñir?

CELIA-¡Ah, pobre pastor!

ROSALINA-¿Te da lástima? No la merece. - ¿Queréis amar a una mujer así? ¿Para qué? ¿Para ser su instrumento y que toque falseta con vos? ¡Es intolerable! En fin, id con ella, pues veo que el amor os ha convertido en un pobre bicho, y decidle de mi parte que, si me quiere, le ordeno que os quiera. Si no me obedece, la rechazo para siempre, a no ser que vos intercedáis. Si sois un amante fiel, marchad sin decir palabra, que aquí viene más compañía.

Sale SILVIO. Entra OLIVER.

OLIVER-Buenos días, bellos jóvenes. ¿Sabéis dónde hay en los aledaños de este bosque una choza rodeada de olivos?

CELIA-Al oeste, en la próxima hondonada. Se llega dejando a la derecha la fila de mimbreras que bordean el arroyo. Pero a estas horas la cabaña se guarda a sí misma, pues no hay nadie dentro.

OLIVER-Si la vista se guía por la palabra debía reconoceros por las señas; tales ropas, tal edad: «El muchacho es guapo, tiene un aire femenil, y parece la hermana mayor. La muchacha es baja y más morena que el hermano». ¿No sois los dueños de la casa que buscaba?

CELIA-Responder que lo somos no es jactancia.

OLIVER-A los dos Orlando se encomienda, y al muchacho al que llama Rosalina envía este pañuelo ensangrentado. ¿Sois vos?

ROSALINA´-Soy yo. ¿Qué significa esto?

OLIVER-Aunque en parte me avergüence, os contaré quién soy yo, y cómo, dónde y por qué se ensangrentó este pañuelo.

CELIA-Contadlo, os lo ruego.

OLIVER-Cuando os dejó el joven Orlando, os hizo la promesa de volver en menos de una hora. Y, andando por el bosque, pensando en el gusto agridulce del amor, ved qué le sucede. Miró hacia un lado y oíd lo que encontró: bajo un roble con las ramas cubiertas de musgo y la copa reseca y pelada en su vejez, dormía un desdichado, envuelto en andrajos y pelambre. Enroscada en su cuello, una serpiente de color verde y dorado, con la cabeza ondeando amenazante, se le acercaba a la boca. Pero, así que vio a Orlando, le soltó y, deslizándose en recodos, fue a parar bajo un arbusto, a cuya sombra una leona, con las mamas secas, tendida y la cabeza pegada sobre el suelo, felinamente esperaba a que el durmiente se moviera, pues la regia condición de este animal le impide acometer lo que parece muerto. Ante lo cual, Orlando se acercó a este hombre y vio que era su hermano, su hermano mayor.

CELIA-Yo le he oído hablar de ese hermano, y le presenta como el hombre más cruel que haya existido.

OLIVER-Y bien puede decirlo, pues es cierto que era un desalmado.

ROSALINA-¿Y Orlando? ¿Le dejó para pasto de aquella leona sin leche y hambrienta?

OLIVER-Se lo había propuesto, y dos veces se alejó. Pero la bondad, más noble que la venganza, y los sentimientos, más fuertes que la tentación, le hicieron enfrentarse a la leona, a la que pronto venció. El tumulto me despertó de mi sueño infortunado.

CELIA-¿Sois vos su hermano?

ROSALINA-¿Sois vos quien él salvó?

CELIA-¿Quien tantas veces quería matarle?

OLIVER-Era yo, mas no soy yo. Ahora que soy otro, deciros el que fui no me avergüenza: tan dulce sabe mi conversión...

ROSALINA-¿Y el pañuelo ensangrentado?

OLIVER-A eso iba. Después que las lágrimas bañaron de principio a fin nuestras historias y tras contar cómo llegué a estas soledades... En suma, me llevó ante el noble duque, que me dio ropa nueva y alimento, encomendándome al cariño de mi hermano, que al instante me llevó a su cueva. Allí, al desnudarse, vio que la leona le había arrancado carne de su brazo, con mucha pérdida de sangre. Se desmayó, invocando en su desmayo a Rosalina. En fin, le reanimé, vendé su herida y, al poco rato, sintiéndose repuesto, me envió a vos, aun siendo yo un extraño, para contaros la historia, excusarle por faltar a su promesa y entregar este pañuelo, teñido de su sangre, al joven pastor al que en su juego llama Rosalina.

[ROSALINA se desmaya] 

CELIA-¡Cómo, Ganímedes! ¡Mi querido Ganímedes!

OLIVER-De ver sangre, mucha gente se desmaya.

CELIA-Es por algo más. - ¡Mi querido Ganímedes!

OLIVER-Mirad: vuelve en sí.

ROSALINA-Quiero irme a casa.

CELIA-Vamos a llevarte. - Os lo ruego, ¿queréis cogerle del , brazo?

OLIVER-¡Animo, muchacho! ¿Vos un hombre? Os falta el valor.

ROSALINA-Es verdad, lo confieso. - Oye, tú: podrían creer que lo he fingido. - Servíos decirle a vuestro hermano lo bien que sé fingir. ¡Ah!

OLIVER-¿Qué habláis de fingir? Vuestro semblante revela un sentimiento real.

ROSALINA-Os digo que he fingido.

OLIVER-Muy bien, pues tened valor y fingid que sois hombre.

ROSALINA-Ya lo hago, pero en justicia tendría que ser mujer.

CELIA-Venga, estás cada vez más pálido. Vamos a casa. - Buen señor, acompañadnos.

OLIVER-Desde luego, pues he de llevar respuesta de que excusáis a mi hermano, Rosalina.

ROSALINA-Algo se me ocurrirá. Pero, ante todo, decidle lo bien que sé fingir. ¿Vamos?

Salen

V.1
Entran PARRAGÓN y ANDREA.

PARRAGÓN-Ya llegará la ocasión, Andrea. Paciencia, querida Andrea.

ANDREA-Pues, con todo lo que dijera aquel señor, el cura servía.

PARRAGÓN-Un malvado ese don Oliver, Andrea, un vil Matatextos. Pero, Andrea, aquí en el bosque hay un joven que te pretende.

ANDREA-Sí, sé quién es, pero conmigo no tiene nada que hacer. Aquí viene el que dices.

Entra GUILLERMO.

PARRAGÓN-Al ver a un patán me relamo de gusto. Los que tenemos ingenio sabemos nuestro deber: tenemos que guasearnos, no podemos resistirlo.

GUILLERMO-Buenas tardes, Andrea.

ANDREA-Buenas tardes te dé Dios, Guillermo.

GUILLERMO-Y buenas tardes a vos, señor.

PARRAGÓN-Muy buenas tardes, amigo. No te descubras, no te des cubras. Te lo ruego, cúbrete. ¿Cuántos años tienes, amigo?

GUILLERMO-Veinticinco, señor.

PARRAGÓN-Edad de adulto. ¿Te llamas Guillermo?

GUILLERMO-Sí, señor.

PARRAGÓN-Hermoso nombre. ¿Naciste en el bosque?

GUILLERMO-Sí, señor, gracias a Dios.

PARRAGÓN-<<Gracias a Dios.>> Muy bien dicho. ¿Eres rico?

GUILLERMO-Pues, así así, señor.

PARRAGÓN-<<Así así>> está bien, muy bien, buenísimamente bien; aunque no del todo, sino así así. ¿Eres listo?

GUILLERMO-Sí, señor. Seso no me falta.

PARRAGÓN-Así se habla. Eso me recuerda un dicho: <<El necio se cree sabio, pero el sabio se sabe necio>>. El filósofo pagano, cuando tenía ganas de comerse una uva, abría los labios y se la metía en la boca. Con esto quería decir que las uvas se hicieron para comerlas y los labios para abrirlos. ¿Quieres a esta muchacha?

GUILLERMO-Sí, señor.

PARRAGÓN-Dame la mano. ¿Tienes instrucción?

GUILLERMO-No, señor.

PARRAGÓN-Entonces yo te instruiré. Tener es tener. Pues, según un recurso retórico, un líquido, si se echa de una copa en un vaso al llenar uno vacía el otro, y todos los tratadistas convienen en que ipse es él. Y tú no eres ipse, que él soy yo.

GUILLERMO-¿Cuál él, señor?

PARRAGÓN-El que ha de casarse con esta mujer. Conque, patán, abstente -que en lengua corriente es <<deja>>- de asociarte -que en lengua palurda es <<hacer compaña>> con esta fémina -que en lengua común es <<mujer>>-Y todo junto, abstente de asociarte con esta fémina o pereces, patán. O, más claro todavía, morirás, es decir, te mato, te liquido, transmuto tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Contigo emplearé el veneno, la porra, el acero. Te haré frente con intrigas, te acosaré con enredos, te mataré de ciento cincuenta formas. Así que tiembla y vete.

ANDREA-Vete, buen Guillermo.

GUILLERMO-A la paz de Dios, señor.

Sale. Entra CORINO.

CORINO-Los amos os buscan. Vamos, venid, venid.

PARRAGÓN-Corre, Andrea; corre, Andrea. Voy contigo, voy contigo.
Salen.

V.2   

Entran ORLANDO y OLIVER.

ORLANDO-¿Es posible que recién conocida te gustase? ¿Que al verla te enamorases? ¿Que al punto la cortejases? ¿Que ya te haya dado el sí? ¿Y querrás hacerla tuya?

OLIVER-No indagues la precipitación, ni su pobreza, nuestro poco trato, mi pronta proposición, ni su pronta aceptación, sino di conmigo: amo a Aliena; di con ella que me ama; coincide con los dos y podremos unirnos. Te beneficiará, pues pienso hacerte entrega de la casa y de las rentas de nuestro padre don Roldán para vivir y morir como pastor.

ORLANDO-Tienes mi conformidad. Que la boda sea mañana. Invitaré al duque y a todo su alegre séquito. Haz que Aliena se prepare, pues, mira, aquí viene mi Rosalina.

Entra ROSALINA.

ROSALINA-Dios os guarde, hermano.

OLIVER-Y a vos, bella hermana. [Sale.]

ROSALINA-Mi querido Orlando, ¡cuánto me apena veros con el corazón vendado!

ORLANDO-Es el brazo.

ROSALINA-Creí que las garras de la leona os habían herido el corazón.

ORLANDO-Está herido, pero por los ojos de una dama.

ROSALINA-¿Os ha dicho vuestro hermano que, cuando me enseñó vuestro pañuelo, fingí desmayarme?

ORLANDO-Sí, y mayores maravillas.

ROSALINA-¡Ah! Ya sé cuáles. Sí, es cierto. Nunca hubo nada tan rápido, salvo una pelea de carneros y la pomposa bravata de César «Llegué, vi, vencí». Pues con vuestro hermano y mi hermana todo ha sido conocerse y mirarse, mirarse y enamorarse, enamorarse y suspirar, suspirar y preguntarse por qué, saber por qué y ponerle remedio. Y con estos peldaños se han hecho la escalera que los lleva a la boda: o la suben incontinenti, o serán incontinentes antes de la boda. Es el furor amoroso, y tienen que juntarse. Ni a palos pueden separarlos.

ORLANDO-Se casan mañana, y voy a invitar al duque a las nupcias. ¡Ah, qué dolor es ver la dicha con los ojos de otro! Mañana me sentiré mucho más en la cumbre de mi pena cuanto más piense que mi hermano ha logrado su deseo.

ROSALINA-Entonces, ¿mañana no puedo haceros el papel de Rosalina?

ORLANDO-Ya no puedo seguir con esa idea.

ROSALINA-Entonces no pienso cansaros con más palabrería. Oídme bien, pues ahora os hablo en serio. Me consta que sois hombre de mucho entendimiento. No lo digo para que tengáis un buen concepto de mi saber porque me conste que lo sois, ni quiero gozar de otra opinión que no sea vuestra certeza de que puedo obrar por vuestro bien y no para ensalzarme. Creed, pues, si gustáis, que puedo hacer prodigios. Desde que tenía tres años he tenido trato con un mago versadísimo en su arte y nada maléfico. Si amáis a Rosalina con tanto sentimiento como vuestra actitud proclama, os casaréis con ella cuando vuestro hermano se case con Aliena. Sé los azares de fortuna que ha pasado y no me es imposible, si no os parece improcedente, hacer que mañana aparezca ante vos en persona y sin peligro.

ORLANDO-¿Habláis con seriedad?

ROSALINA-Os lo juro por mi vida, que en tan gran estima tengo, aunque diga que soy mago. Así que vestid vuestras mejores galas e invitad a vuestra gente, pues si queréis casaros mañana, os casaréis, y si queréis, con Rosalina. Entran Silvio y FEBE. Mirad, dos enamorados: ella de mí y él de ella.

FEBE-Joven, habéis sido muy descortés mostrando la carta que os escribí.

ROSALINA-No me importa. Es mi empeño pareceros desdeñoso y descortés. Ved cómo os sigue vuestro fiel pastor. Fijaos en él y amadle: él os adora.

FEBE-Buen pastor, dile a este joven lo que es amar.

SILVIO-Es ser todo suspiros y lágrimas. Como yo con Febe.

FEBE-Y yo con Ganímedes.

ORLANDO-Y yo con Rosalina.

ROSALINA-Y yo con ninguna.

SILVIO-Es ser todo entrega y fidelidad. Como yo con Febe.

FEBE-Y yo con Ganimedes.

ORLANDO-Y yo con Rosalina.

ROSALINA-Y yo con ninguna.

SILVIO-Es ser todo fantasía, ser todo sentimiento, todo deseos, respeto, reverencia, adoración, paciencia, impaciencia y humildad, pureza, constancia y obediencia. Como yo con Febe.

FEBE-Y yo con Ganímedes.

ORLANDO-Y yo con Rosalina.

ROSALINA-Y yo con ninguna.

FEBE-[a ROSALINA] Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

SILVIO-[a FEBE] Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

ORLANDO-Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

ROSALINA-¿A quién decís «Por qué me reprochas mi amor»?

ORLANDO-A la que no está aquí ni me oye.
ROSALINA-¡Dejad eso ya! Parece el aullar de los lobos a la luna. [A SILVIO] Si puedo, os ayudaré. [A FEBE] Si pudiera, os amaría. - Mañana nos vemos todos. [A FEBE] Si me caso con mujer y me caso mañana, me casaré con vos. [A ORLANDO] Si a algún hombre he complacido, yo os complaceré, y os casaréis mañana. [A SILVIO] Si lo que os gusta os contenta, yo os contentaré, y os casaréis mañana. [A ORLANDO] Si amáis a Rosalina, acudid. [A SILVIO] Si amáis a Febe, acudid. - Yo, que no amo a ninguna, acudiré. Conque, adiós. Ya sabéis las instrucciones.

SILVIO-Si vivo, no faltaré.

FEBE-Ni yo.

ORLANDO-Ni yo.

Salen.

V.3

Entran PARRAGÓN y ANDREA.

PARRAGÓN-Mañana es el día de la dicha. Mañana nos casamos.

ANDREA-Lo deseo con toda el alma y espero que querer mudar estado no sea indecente. Aquí vienen dos pajes del duque desterrado.

Entran dos PAJES.

PAJE 1.°-Bien hallado, buen señor.

PARRAGÓN-Bien hallados vosotros. Vamos, sentaos y cantad.

PAJE 2.°-Cuando queráis. Sentaos en medio.

PAJE 1.°-¿Nos lanzamos ya, sin carraspear, escupir o decir que estamos roncos, preludios inevitables de toda mala voz?

PAJE 2.°-Adelante, y los dos al unísono, como dos en un caballo.

[PAJES]     Canción.
Es una moza y su galán,
con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,
que por el verde campo van,
en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,
y el pájaro cantando pío-pi.
De amor se llena abril.
Y así que están entre la mies,
con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,
los dos se quieren ya tender,
en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!, y el pájaro cantando pío-pi. De amor se llena abril.
Y dicen en esta canción,
con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó, que nuestra vida es una flor,
en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!, y el pájaro cantando pío-pi.
De amor se llena abril.
Y así el momento hay que gozar,
con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,
que amor es miel primaveral,
en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,
y el pájaro cantando pío-pi.
De amor se llena abril.

PARRAGÓN-Mis jóvenes señores, la letra no dice gran cosa, pero la música es pura disonancia.

PAJE 1.°-Os equivocáis, señor. Cantábamos a tiempo; no nos hemos perdido.

PARRAGÓN-Yo sí que he perdido el tiempo oyendo esa bobada de canción. Quedad con Dios y que os mejore la voz. Vamos, Andrea.

Salen.

V.4  

Entran el DUQUE, AMIENS, JAIME, ORLANDO, OLIVER y CELIA.

DUQUE-¿Crees, Orlando, que el muchacho puede hacer todo lo que ha prometido?

ORLANDO-A veces lo creo y a veces no, como quien teme su esperanza y sabe que la teme.

Entran ROSALINA, SILVIO y FEBE.

ROSALINA-Paciencia una vez más, mientras se cumple nuestro acuerdo. -[Al DUQUE] Decidme, si os traigo a Rosalina, ¿la daréis a Orlando en matrimonio?

DUQUE-Sí, y reinos con ella si tuviese.

ROSALINA [a ORLANDO] Y, si la traigo, ¿vos la aceptaréis?

ORLANDO-Sí, aunque fuese el rey de todos los reinos.

ROSALINA [a FEBE] Y, si consiento, ¿os casaréis conmigo?

FEBE-Sí, aunque muriese al cabo de una hora.

ROSALINA-Mas, si os negáis, ¿querríais desposaros con este fidelísimo pastor?

FEBE-Es lo convenido.

ROSALINA [a SILVIO] Y, si ella accede, ¿vos la tomaréis por esposa?

SILVIO-Sí, aunque tomarla sea la muerte.

ROSALINA-He prometido concertar todo este asunto. Cumplid vuestra palabra, duque, y casad a vuestra hija; cumplid la vuestra, Orlando, y aceptadla; cumplid la vuestra, Febe, y casaos conmigo, o, si me rechazáis, uníos al pastor; cumplid la vuestra, Silvio, de que con ella os casaréis si me rechaza. Y ahora me dispongo a disipar todas las dudas.

Salen ROSALINA y CELIA.

DUQUE-En algunos detalles el muchacho es el vivo retrato de mi hija.

ORLANDO-Señor, cuando le vi por vez primera me pareció un hermano de vuestra hija. Pero, Alteza, el muchacho es de este bosque y fue iniciado en estudios peligrosos por su tío, de quien dice que es gran mago y se oculta en el ámbito del bosque.

Entran PARRAGÓN y ANDREA.

JAIME-Seguro que se acerca otro diluvio, con todas las parejas yendo al arca. Aquí viene una especie muy rara que en todas las lenguas se llama bufón.

PARRAGÓN-Salutaciones y salvas a todos.

JAIME-Dadle la bienvenida, Alteza. Éste es el bufo caballero con quien me he encontrado tantas veces en el bosque. Jura que ha sido cortesano.

PARRAGÓN-Y quien lo dude que me ponga a prueba. He bailado la pavana, he requebrado a las damas, he sido astuto con mi amigo y cortés con mi enemigo, he arruinado a tres sastres, he tenido cuatro disputas y una casi acaba en duelo.

JAIME-¿Y cómo os entendisteis?

PARRAGÓN-Pues nos encontramos y vimos que la disputa llegaba al séptimo punto.

JAIME-¿Qué séptimo punto? -Alteza, disfrutad con este hombre.

DUQUE-Me gusta mucho.

PARRAGÓN-Dios os lo premie, señor; lo mismo digo. Señor, me meto entre los demás apareados del bosque para jurar y perjurar, según nos ata el matrimonio y nos desata el deseo. Señor, una pobre virgen, mal parecida, pero mía. Señor, un pobre antojo mío el de tomar lo que no quiere nadie. Igual que el avaro, la rica decencia habita en casa pobre, como perla en sucia ostra.

DUQUE-A fe mía que es muy vivo y sesudo.

PARRAGÓN-Señor, son los dardos del bufón y sus alegres flaquezas.

JAIME-¿Y lo del séptimo punto? ¿Cómo visteis que la riña estaba ahí?

PARRAGÓN-Era un mentís de séptimo grado. - Más dignidad con el cuerpo, Andrea. - A saber, señor: critiqué el corte de barba de cierto cortesano, y él me hizo saber que si yo decía que su barba no estaba bien cortada, él opinaba que sí. Esto se llama la respuesta cortés. Si yo le respondía que no estaba bien cortada, él me respondía que se la cortaba a su gusto. Esto se llama la objeción discreta. Si yo insistía en que no estaba bien cortada, él dudaba de mi juicio. Esto se llama la réplica grosera. Si yo le insistía, él me respondía que no era cierto. Esto se llama el reproche valiente. Si yo volvía a insistirle, me decía que era mentira. Esto se llama la repulsa combativa, y así hasta el mentís condicionado y el mentís rotundo.

JAIME-¿Y cuántas veces le criticasteis la barba?

PARRAGÓN-No me atreví a pasar del mentís condicionado y él no se atrevió a darme el mentís rotundo. Así que medimos las espadas y nos fuimos.

JAIME-¿Podéis nombrar por orden los grados del mentís?

PARRAGÓN-Señor, reñimos según las reglas del libro, igual que hay libros de buenos modales. Primero, la respuesta cortés; segundo, la objeción discreta; tercero, la réplica grosera; cuarto, el reproche valiente; quinto, la repulsa combativa; sexto, el mentís condicionado; séptimo, el mentís rotundo. Se pueden evitar todos menos el mentís rotundo; aunque éste también, gracias al <<si>>. Una vez siete jueces no lograban poner paz en una riña, hasta que las partes se encontraron y a uno se le ocurrió lo del <<si>>, diciendo <<Si vos dijisteis eso, yo dije aquello>>. Entonces se dieron la mano y quedaron como hermanos. El <<si>> es el gran conciliador; gran virtud la del <<si>>.

JAIME-¿Verdad que es una especie rara, señor? Se luce con todo y es sólo un bufón.

DUQUE-La bufonería es el caballo que le oculta mientras dispara su ingenio.

Entran HIMENEO, ROSALINA y CELIA. Música suave.

HIMENEO-Ahora el cielo se alegra de que en las cosas terrenas se alcance armonía y acuerdo. Acoge, duque, a tu hija, de cielo a tierra traída por el divino Himeneo, y hazla esposa, si te agrada, de quien la lleva en el alma.

ROSALINA [al DUQUE] Me doy toda a vos, pues vuestra soy. [A ORLANDO] Me doy toda a vos, pues vuestra soy.

DUQUE-Si la vista no engaña, tú eres mi hija.

ORLANDO-Si la vista no engaña, tú eres mi Rosalina.

FEBE-Y si un cuerpo no es ficción, entonces, mi amor, adiós.

ROSALINA [al DUQUE] No quiero otro padre que vos, [a ORLANDO] ni quiero otro esposo que vos, [a FEBE] ni unirme con otra que vos.

HIMENEO-Más confusiones no admito. Tengo que ver concluidos estos extraños sucesos. Ocho manos han de unirseen vínculo de Himeneo, pues las promesas lo exigen. [A ORLANDO y ROSALINA] Nunca habrá mal que os desuna. [A OLIVER y CELIA] Vuestras almas están juntas. [A FEBE] Acepta su amor devoto o una mujer por esposo. [A PARRAGÓN y ANDREA] Vuestro enlace es tan perfecto como el de frío e invierno.[A todos] Durante el himno de bodas comentad bien estas cosas y poco os asombrará este encuentro y su final.
Canción.
Corona de Juno nupcial, sacra unión de mesa y lecho, Himeneo puebla la ciudad: honrad todo casamiento. Honra y prez, gloria sin par a Himeneo, dios de la ciudad.

DUQUE-Sé muy bienvenida, amada sobrina, igual que mi hija, y en igual medida.

FEBE [a SILVIO] No falto a mi palabra: eres mío. Mi amor y tu constancia se han unido.

Entra el SEGUNDO HERMANO.

SEGUNDO HERMANO-Prestadme atención por un momento. Soy el segundo hijo de don Roldán y traigo noticias a esta noble reunión. El duque Federico, al ver que hombres valiosos afluían a este bosque de continuo, se puso al frente de una gran expedición, que hacia aquí se dirigía con el fin de apresar a su hermano y pasarle a cuchillo. Pero, al llegar a la linde de este bosque, se encontró con un viejo religioso, y, después de alguna plática, se apartó de su empresa y de este mundo, dejando la corona a su hermano desterrado y devolviendo sus tierras a cuantos le siguieron al destierro. De que no miento respondo con mi vida.

DUQUE-Bienvenido, joven. Traes un gran presente a la unión de tus hermanos: al uno, sus tierras expropiadas; al otro, toda una tierra, un gran ducado. Pero antes realicemos en el bosque lo que fue bien iniciado y concebido. Después, los miembros de la grata compañía que conmigo soportaron días y noches inclementes, compartirán los bienes recobrados según su condición. Entre tanto, dejemos las ventajas del suceso y vamos con el rústico festejo. Música, y vosotros, novios todos, comenzad vuestra danza jubilosos.

JAIME-Permitidme, Alteza. - Si he oído bien, el duque se ha entregado a la vida religiosa, renunciando a la pompa de la corte.

SEGUNDO HERMANO-En efecto.

JAIME-Con él me voy, que de estos convertidos hay mucho que escuchar y que aprender. [Al DUQUE] Os dejo con vuestro rango, galardón a vuestra virtud y paciencia. [A ORLANDO] A vos con vuestro amor, justo premio a la constancia. [A OLIVER] A vos con vuestras tierras, amor y allegados. [A SILVIO] A vos con la cama tanto tiempo merecida. [A PARRAGÓN] Y a vos con las riñas, que en vuestra nave amorosa sólo hay pan para dos meses. [A todos] Vamos, gozad, que yo no soy amigo de danzar.

DUQUE-Espera, Jaime, espera.

JAIME-No quiero diversión. Si queréis verme, os aguardo en la cueva que habéis abandonado.

Sale.

DUQUE-Adelante. Iniciemos ya los ritos que habrán de concluir en regocijo. Sale [con todos menos ROSALINA].

ROSALINA-No es costumbre que la dama haga el epílogo, pero no es más inapropiado que ver al hombre en el prólogo. Si es verdad que al buen vino le sobra el reclamo, también es verdad que a la buena comedia le sobra el epílogo. Y, sin embargo, el buen vino se anuncia y la buena comedia mejora con un buen epílogo. Yo ahora estoy en un aprieto, pues no traigo un buen epílogo y no puedo predisponeros en favor de la comedia; no llevo ropa de pobre y no puedo mendigar. Pero puedo conjurar, y empezaré con las mujeres. Yo os conjuro, ¡oh, mujeres!, por vuestro amor a los hombres, que gocéis esta comedia todo lo que gustéis. Y yo os conjuro, hombres, por vuestro amor a las mujeres (y a juzgar por vuestras sonrisitas ninguno las odia) que, junto con las mujeres, gocéis con la comedia. Si estuviera entre vosotros, besaría a cuantos tuvieran barba que me gustase, cara que me agradase y aliento que no ofendiese. Y no dudo que, en agradecimiento, los que tengáis buena barba, buena cara o buen aliento, cuando os haga la reverencia, me daréis un buen adiós.



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