MISTERIO BUFO Darío Fo





















MISTERIO BUFO
Juglaría popular
DARÍO FO
con la colaboración de
Franca Rame

TEXTOS DE LA PASIÓN
EL LOCO Y LA MUERTE
MARÍA CONOCE LA CONDENA
IMPUESTA A SU HIJO
JUEGO DEL LOCO BAJO LA CRUZ
PASIÓN. MARÍA EN LA CRUZ















































































































































MISTERIO BUFO
Actor «Misterio» es el término que se empleaba ya en los si-
glos II y III después de Cristo para indicar un espectáculo, una
representación sacra.
Aún hoy, durante la misa, oímos al sacerdote declamar: «En
el primer misterio glorioso... en el segundo misterio...», y así
sucesivamente. Misterio significa pues: representación sacra; y
misterio bufo significa: espectáculo grotesco.
Fue el pueblo quien inventó el misterio bufo.
Desde los primeros siglos después de Cristo el pueblo se di-
vertía -y no sólo era diversión- moviendo, jugando, como se
decía, espectáculos de forma irónico-grotesca, precisamente
porque, para el pueblo, el teatro, y el teatro grotesco en parti-
cular, ha sido siempre el medio principal de expresión, de co-
municación, pero también de provocación y agitación de ideas.
El teatro era el diario hablado y dramatizado del pueblo.

ROSA FRESCA AULENTISSIMA

En lo que se refiere a nuestra historia, o mejor a la historia
de nuestro pueblo, uno de los textos esenciales del teatro có-
mico-grotesco, satírico, es Rosa fresca aulentissima de Ciullo (o
Cielo) d'Alcamo.
Bien, ¿por qué queremos hablar de este texto? Porque es el
texto más manipulado que se conoce en la historia de la litera-
tura italiana, ya que siempre nos ha sido presentado de mane-
ra manipuladora.
En el colegio, cuando nos plantean esta obra, cometen la
mayor estafa que se haya hecho jamás en toda la historia de la en-
señanza.Ante todo, nos hacen creer que es un texto escrito por un
autor aristocrático, quien, aun empleando el lenguaje vulgar,
quiso demostrar que estaba tan dotado como para transformar
«el barro en oro». Logró pues escribir una obra de arte: me-
diante la gracia que sólo un poeta aristocrático como él podía
poseer. ¡Tanta como para elevar un tema tan trivial, tan tosco
como un diálogo «de amor carnal», a niveles extraordinarios
de poesía «culta», propia de la «clase superior»!
Además, dentro de este esfuerzo por hacernos ver esta obra
como momento inspirado de un autor aristocrático, han ido
metiendo casi todo, digamos todos los trucos y saltos mortales
de los sagrados autores burgueses de textos escolásticos, desde
De Sanctis a D'Ovidio. Diré que el primer estafador fue Dante
Alighieri. En efecto, de forma más o menos explícita, en su De
Vulgari Eloquentia dice con cierto engreimiento que «...de acuer-
do, hay alguna que otra aspereza en este "contraste", alguna
que otra tosquedad, pero ciertamente el autor es un erudito,
una persona culta».
Por no hablar de lo que dijeron los estudiosos de los siglos
XVIII y XIX sobre el origen «culto» de este texto; el colmo fue
naturalmente bajo el fascismo, pero poco antes tampoco era
una broma. Benedetto Croce, el filósofo liberal, dice que se
trata sin duda de un autor aristocrático, porque la poesía del
pueblo es un acto mecánico, es decir, «un acto de repetición
pedestre». El pueblo, ya se sabe, es incapaz de crear, de ele-
varse por encima de la banalidad, la brutalidad, la vulgaridad,
y entonces lo más que consigue es copiar de manera «mecáni-
ca»; de ahí el sentido de «mecánico». Sólo el autor aristocráti-
co, culto y evolucionado tiene la posibilidad de desarrollar ar-
tísticamente cualquier tema. El pueblo, zafio y obtuso, consigue
como mucho imitar. Y se acabó.
Tan bonito planteamiento se lo cargaron dos sinvergüenzas,
en el sentido cariñoso de la palabra, sinvergüenzas para la cul-
tura burguesa y aristocrática: un tal Toschi y un tal De Bartho-
lomaeis, dos católicos, para ser exactos. Ambos hicieron una
auténtica trastada, demostrando que el «contraste» en cuestión
es un texto extraordinario, pero obra indiscutible del pueblo.
¿Cómo? Basta con examinarlo. Empecemos por descifrar
bien lo que dice esta juglaría (ya que quien habla es un juglar).
Dice: «rosa fresca y perfumada que apareces hacia el verano».
Quien declama este verso es un recaudador, más precisamente
un tipo cuyo trabajo consiste en recabar gabelas en los merca-
dos. Hoy en Sicilia se llaman «bávaros», porque según parece la
última concesión se la dio un rey borbón a los bávaros. Pero an-
tiguamente estos personajes, que hoy se llaman, por ejemplo,
guardias municipales, tenían un nombre bastante imaginativo:
exactamente grullas. ¿Por qué? Porque llevaban un libro, un re-
gistro, sujeto del muslo con una correa, y cuando tenían que re-
tirar el dinero, para apuntar el ingreso y el nombre y apellido
del que pagaba el tributo que le debía al señor por las tierras
arrendadas, se colocaban en una postura bastante cómoda para
escribir, o sea apoyaban el pie derecho en la rodilla izquierda,
quedándose de pie sobre una sola pierna, exactamente como
las grullas o las garzas. Ahora este «grulla» le está declarando su
amor a una joven. Y como el muchacho, ocultando el libro que
lleva en el muslo con la vuelta de la capa o con la falda, se hace
pasar por noble y rico, así también la muchacha, que está aso-
mada a una ventana, se hace pasar por la hija del señor, del pro-
pietario de la casa. En realidad es una sirvienta, tal vez una fre-
gona. ¿Qué es lo que la delata? Una ironía precisamente del
muchacho, que en un determinado momento dice: «desde que
te vi vestida de sayo, hermosa, desde ese día, herido, rabio». El sa-
yo era propio de frailes y también de monjas, pero aquí, en rea-
lidad, el término es burlesco: se refiere a una especie de man-
dilón sin mangas, que al estar almidonado, evitaba que las
lavanderas se mojaran cuando acudían al pilón.
Ahora bien, ya sabemos en qué postura se colocan las la-
vanderas... Bueno, lo saben los que las han visto, a las lavande-
ras. Hoy tenemos lavadoras, y ya no se ve una de las cosas más
hermosas de la naturaleza. Me refiero a esas redondeces que
se bambolean al moverse, y que las lavanderas ofrecían a los
pasantes.
Por eso el juglar, malicioso, dice: «cuando te vi en postura
de lavar... cuando llevabas el sayo, de ti me enamoré».
Se enamoró, como dice Brecht, «de lo que el supremo creó
con majestuosa gracia», creo, el séptimo día, el de descanso:porque necesitaba toda la concentración posible para fabricar
semejante perfección dinámica: el eje de toda la creación. Así
que: «de tu eje me enamoré».
Ahora conocemos el origen social de los dos personajes: la
muchacha que se jacta de su posición social y el muchacho que
hace otro tanto.
El joven declama: «rosa fresca aulentissima ch'apari...». Es un
lenguaje áulico, refinado, propio de quien quiere hacerse pa-
sar por noble. El hace una caricatura, pero no es esa su inten-
ción, luego veremos la verdadera razón.
«Rosa fresca aulentissima ch'apari inver' la state, / le donne ti di-
siano, pulzell'e maníate.» Italiano medieval, que traducido dice:
eres tan hermosa que hasta las mujeres, doncellas o desposa-
das, querrían hacer el amor contigo. Por no hablar de las viu-
das... bueno, esas, ya se sabe, es normal.
¡Sería una locura! Os imagináis, en el colegio, al pobre pro-
fesor que tuviera que explicar las cosas tal y como se dicen...
«Es normal, chicos, en la Edad Media las mujeres se empare-
jaban a menudo.» Unas pedorretas como para sacarle los co-
lores... risas no disimuladas... le echan, expulsado de todos los
colegios del reino (porque podemos decir que seguimos en un
reino), ¡y basta, está acabado!
He aquí por qué el pobre profesor, que además tiene fami-
lia, no tiene más remedio que mentir. Notad que esta preocu-
pación por corregir la verdad nace ya desde el momento en
que se descifra el apodo del autor. De hecho, siempre lo citan
en los textos escolares no como Ciullo d'Alcamo, sino como
Cielo d'Alcamo.
Atención, los del norte, de la Lombardía, saben qué signifi-
ca el término «ciullo»: sin querer ser procaz, «ciullo» es el sexo
masculino. Y también en Sicilia me ocurrió, en Alcamo, cuan-
do pregunté el significado de «ciullo»... ja ja ja... ¡todos muer-
tos de risa! De todos modos, volviendo al colegio, os dais cuen-
ta de que hay que modificar, medicar, eliminar de inmediato
el término, y naturalmente el profesor dice: «Hay un error».
En efecto, conocidos investigadores han hecho trampas pa-
ra indicar otra lectura. No podían aceptar semejante apodo,
pues se trataría sin duda de un juglar, ya que todos los juglares
tenían apodos bastante sabrosos. En cuanto al Ruzante, por
ejemplo, que a nuestro parecer puede definirse como «el últi-
mo juglar», su apodo viene de «ruzzare», revolcarse. Alguien
que sea de Padua, o de la zona, sabe que «ruzzare» significa «ir
con animales»: no de paseo, sino acoplarse con animales, en
las fiestas o en los periodos apropiados, preferidos por los mis-
mos, por supuesto.
Entonces, no se puede decir «aullo». No se puede, en una
escuela como la nuestra, donde la hipocresía y la morbosidad
empiezan ya en párvulos. Yo he estado en párvulos, de peque-
ño, claro, y recuerdo que cuando una niña veía a un niño ha-
ciendo pis, decía: «¡Uy, mira!... señorita... ¿qué le pasa a ese ni-
ño?». «Una enfermedad muy fea», contestaba la maestra, «no
mires... ¡vamos, vamos, persígnate!». Es nuestro colegio. Y te-
nemos que comprender el drama de los enseñantes.
Volviendo a «rosa fresca aulentissima ch'apari inver' la state, / le
donne ti disiano, pulzell' e maritate». ¿Cómo lo resolvemos? Sabed
que sigue siendo una frase hecha, en Sicilia, donde para hacer-
le un cumplido a una chica, se dice: «Bedda tu si, fighiuzza, che an-
co altri fighiuzze a tía vurria 'mbrazzari», hasta las otras muchachas
querrían abrazarte, de lo hermosa que eres. Lo dicen sin mali-
cia alguna, pero en nuestra escuela no se puede. Y entonces,
¿qué se inventan? Un rápido viraje de sesenta grados, para arre-
glar la cuestión. El profesor enseña (y fijaos que son acotaciones
que encontráis en todos los textos): «no hay que tomar la forma
así, tal cual, hay que tratar de especificarla. Es decir: eres tan
hermosa que hasta las otras mujeres, doncellas y casadas, que-
rrían parecerse a ti. No te querrían a ti, sino que querrían aparecer
como tú eres, hermosa, elevada entre todas las otras mujeres». Así,
en seguida, el chico o la chica aprenden la hipocresía, y en su
casa dicen: «Mamá, quiero una manzana... no, no quiero en el
sentido de querer comérmela, sino que quiero aparecer como
una manzana, redonda y roja, que den ganas de comértela».
Si seguimos, descubriremos otro juego bastante brutal de es-
te modelo. Continúa el texto: «trágemi d'este focora, se Veste a bo-
lontate... déjame salir de este fuego, si tienes voluntad, mucha-
cha», ruega el joven. Y sabemos perfectamente cómo las chicas
consiguen que los chicos salgan del fuego y del deseo, cuando
quieran hacerlo: pero aquí, no se dice nada... son cosas que no
interesan, y se pasa de largo. En seguida viene la respuesta de
la muchacha, que se lo toma un poco al pie de la letra y revela
escasa finura de ánimo, al expresarse más o menos así: «Puedes
irte a arar el mar y a sembrar el viento, conmigo a hacer el amor
no llegarás jamás. Todo el dinero, todos los tesoros de esta tie-
rra puedes recoger, pero ya no tendrás nada que hacer conmi-
go. Es más, te diré que si insistes, yo, antes que aceptar hacer el
amor contigo, li cavelli m'aritonno, me hago rapar el pelo, me
meto a monja, y así no te veré más... ¡ah, qué bien estaré!». Y el
muchacho contesta: «¿ah sí, conque te vas a rapar el pelo? En-
tonces yo también me afeito la cabeza... me meto a fraile... voy
a tu convento, te confieso... y en el momento oportuno, ¡ñaca!».
El ñaca lo añado yo, pero está implícito.
La muchacha palidece y grita: «Eres el anticristo, un ser ver-
gonzoso... ¿cómo te atreves?... Antes que aceptar tu violencia
me tiro al mar y me ahogo».
«¿Te ahogas? Yo también... no, no me ahogo: me tiro al mar
yo también, te voy a buscar allí, en el fondo, te arrastro hasta
la orilla, te acuesto en la playa, y ahogada y todo, ¡ñaca!, te ha-
go el amor.»
«¿Conmigo, ahogada?»
«¡Sí!»
«¡Oye!», dice la muchacha, con mucho candor, «¡pero si no
se siente ningún placer haciendo el amor con ahogadas!».
Ya lo sabe todo, por supuesto. Una prima suya se ahogó, pa-
só uno por allí, vigiló si había alguien, «Voy a probarlo»... Lo
probó... «¡Mi madre! qué asco... ¡mejor un pez espada!»
De todos modos, la muchacha se escandaliza profunda-
mente y le amenaza: «Oye, ¡como te atrevas sólo a intentar ha-
cerme violencia, vienen mis parientes y te matan a leñazos!».
Y el muchacho le contesta, arrogante (no olvidemos que es-
tá interpretando el personaje de un rico aristócrata): «Si tus
parientes me encuentran cuando acabo de violarte o mientras
te estoy haciendo violencia, ¿qué pueden hacerme? Una defen-
sa les doy de dos mil augustarios».
¿Qué significa? El augustario era la moneda de Augusto, re-
ferido a Federico II. Y en efecto, estamos en 1231-1232, cuando
en Sicilia gobernaba Federico II de Suevia. Dos mil augustarios
equivalían, más o menos, a setenta y cinco mil liras de ahora.
¿Y qué es la defensa} Forma parte de un grupo de leyes pro-
mulgadas para ventaja de los nobles, de los ricos, llamadas «le-
yes melfitanas», auspiciadas precisamente por Federico II, pa-
ra facilitar a los notables un maravilloso privilegio de defensa.
Así, un rico podía violar tranquilamente a una joven; basta-
ba con que, en el momento en que el marido o los parientes
descubrían los hechos, el violador sacase dos mil augustarios,
los extendiera junto al cuerpo de la violada, alzase los brazos y
declamara: «¡Viva el emperador, gracias a Dios!». Esto bastaba
para salvarle. Era como si dijera: «¡Mucho ojo! ¡Cuidado con
lo que hacéis! El que me toque será ahorcado de inmediato».
Y en efecto, quien tocara al personaje que había pagado la
defensa era ahorcado de inmediato, en el lugar de los hechos,
o un poco más lejos.
Podéis imaginaros toda la escena.
Una gran ventaja para el violador medieval era que, enton-
ces, los bolsillos no formaban parte de los pantalones. Estaban
separados: eran unas bolsas que se colgaban a la cintura, lo que
permitía al amador una condición muy ventajosa: desnudo, pe-
ro con bolsa. Y en caso de que: «¡Ah, mi marido!» zas... defen-
sa... hop... «¡Quieto! ¡Aquí está el dinero!» Claro que había que
llevar siempre el dinero contado, lógicamente, uno no puede:
«Perdone, espere un momento... no llevo suelto... ¿me cambia
por favor?». ¡Rápido, rápido, allí mismo, deprisa! Las madres
que se interesaban por la salud de sus hijos, una madre noble,
por supuesto, y rica, decía siempre: «¿Sales? ¿Llevas la defensa}».
«No, no, si voy con mis amigos...» «Nunca se sabe, a lo mejor te
encuentras...»
Ah, porque la defensa valía también para la violencia a base
de cuchillo. Si uno le daba una cuchillada a un campesino...
zas... ¡defensa! Si además del campesino mataba al burro, en-
tonces se redondeaba la cifra.
De todos modos, esto os hará comprender cuál era la clave de
la «ley» de los señores: la brutalidad de una tasa que permitía sa-
lir indemne de toda violencia cometida por los que detentaban
el poder. Por eso nunca nos explican esta parte en el colegio.
Recuerdo que en mi libro de texto en el bachillerato toda
esta estrofa no existía, la habían censurado. En otros textos
aparecía, pero nunca la explicaban. ¿Por qué? ¡Es lógico! Por
una sencilla razón: a través de este texto se comprende quién
escribió el texto. No podía ser más que el pueblo.
El juglar que se presentaba en la plaza descubría al pueblo
su condición, la condición de «cornudo y encima apaleado»,
como se suele decir. Porque esta ley le imponía precisamente
la burla, además del cabestro.
Y había otras leyes igualmente innobles. Así que el juglar era
alguien que, en la Edad Media, pertenecía al pueblo; como di-
ce Muratori, el juglar nacía del pueblo y del pueblo tomaba la
rabia, para devolvérsela de nuevo al pueblo filtrada a través de
lo grotesco, de la «razón», para que el pueblo tomara concien-
cia de su condición.
Por eso en la Edad Media mataban con tanta abundancia a
los juglares, los desollaban, les cortaban la lengua, por no hablar
de otros adornos. Pero volvamos al auténtico «misterio bufo».
Esta es una secuencia de bufonada, o sea una especie de
preparación a los espectáculos irónico-grotescos en los que
participaba también el pueblo, maquillado y disfrazado.
Esta era gente del pueblo... la véis... este va disfrazado de
"mammuttones». ¿Qué es el «mammuttones»? Es una máscara anti-
quísima, mitad cabra mitad diablo. Aún hoy, en Cerdeña, en al-
gunas fiestas los campesinos se visten con estas extrañas pieles,
se cuelgan estos cencerros y se pasean con máscaras muy pareci-
das a las de la imagen. Veréis que casi todos son diablos. Este es
un juglar, este es el personaje del Jolly, el loco (alegoría del pue-
blo) y este es otro diablo... otro más... he aquí otra secuencia.
Diablos, brujas y un fraile de paso, como decoración. No-
tad otro detalle: todos llevan instrumentos para armar ruido,
porque el juego del estrépito, del alboroto, era esencial en es-
tas fiestas. (Indica un personaje de la diapositiva.) Este lleva un
«ciucciué», u otros nombres que le dan en Nápoles; son unas
pieles de cuero que, al aplastarlas o estirarlas, emiten unas pe-
dorretas tremendas. (Indica otro personaje.) Aquí hay uno con
la pierna levantada, que no precisa instrumento: hace él solo
el ruido, es un naturalista... Estos emiten otros ruidos. Estos
personajes enmascarados se reunían todos en la plaza y ce-
lebraban una especie de proceso simulado a los nobles, a los
poderosos, a los ricos, a los señores en general. Entre los que
había mercaderes, emperadores, usureros, banqueros...
que viene a ser lo mismo. Había también obispos y cardenales.
Nunca he comprendido por qué, en el Medievo, situaban a
cardenales y obispos junto con los poderosos y los señores: son
actitudes muy singulares, que no nos hemos molestado en in-
vestigar. Naturalmente eran falsos obispos, falsos ricos.
A saber por qué los verdaderos ricos no se prestaban ajugar
con el pueblo. Era gente del pueblo que se disfrazaba; se or-
ganizaba una especie de proceso, bastante violento, a base de
acusaciones concretas. «Has hecho esto, has explotado, has ro-
bado, has matado...» Pero el momento más emocionante era
el final. Era una especie de infierno al que arrojaban, en falsos
pucheros con falso aceite hirviendo, con masacres, con deso-
llamientos, a todos esos ricos, esos señores.
Los ricos de verdad se quedaban en casa esos días, para no
pasar por la calle y que a lo mejor... «¡Ay de mí!» «Oh, perdone,
me había parecido falso.» Así que, para evitar que los tomaran
por falsos ricos, se atrincheraban en sus casas. Es más, se dice,
lo dice malintencionadamente un gran historiador, Bloch, que
es ese francés alsaciano asesinado por los nazis por comunista,
afirma Bloch que seguramente las persianas se inventaron en
esa época, para que los ricos pudieran observar todas esas ma-
nifestaciones en la plaza, sin que los vieran desde abajo.
Toda esta gente, estos juglares, estos bufones, al terminar la
fiesta entraban en la iglesia. La iglesia de la Edad Media res-
petaba el significado original de ecclesia: o sea lugar de asam-
blea. Así que entraban en ese lugar de asamblea al final de los
ocho u once días que duraba la bufonada, que tenía lugar en
diciembre, y continuaba la tradición de las fiestas Fesceninas,
el carnaval de los Romanos. Así que entraban, y al final de la
iglesia, en el crucero, los esperaba el obispo. Este se despojaba
de sus vestimentas y se las ofrecía al jefe de los juglares; quien
a su vez subía al pulpito y pronunciaba una homilía, un ser-
món, en la misma clave exacta de los sermones del obispo: es
decir, le imitaba. No sólo imitaba sus tics y esquemas, sino to-
do el discurso de fondo, descubriendo el juego de engaño, de
hipocresía, el juego del poder.
Y eran tan hábiles en remedar, y sobre todo en imitar los
modelos de hipocresía y paternalismo, que se cuenta que a san
Zeno de Verona, que por otro lado era una buena persona, un
juglar se la jugó tan bien, le imitó tan bien, que durante seis
meses, cada vez que trataba de subir al púlpito para pronun-
ciar sus sermones, no conseguía acabarlos; tras las primeras
tres o cuatro frases, tartamudeaba y se iba.
Ocurría que empezaba: «Mis queridos fieles, yo aquí, hu-
milde pastor, os tr...», y todos muertos de risa. «El corderito...»
«¡Beeee!», y el pobre, avergonzado, tenía que marcharse.
Aquí, en esta otra diapositiva, vemos dos personajes.
Son dos milites. Es la reproducción de un mosaico que se en-
cuentra en San Ambrosio de Milán, forma parte del mosaico
del suelo de la iglesia, y ni siquiera yo, que me encontré ahí
abajo sacando relieves cuando estudiaba arquitectura, me ha-
bía fijado en este maravilloso trozo de mosaico. Son dos jugla-
res disfrazados de milites, se comprende por la caracterización
teatral de sus gestos.
Se metían bastante a menudo con los milites porque eran los
más odiados por el pueblo.
A los milites pertenecían esos profesionales del orden esta-
blecido que hoy llamamos jefes de policía o comisarios. Si con
un poco de fantasía les quitáis los ropajes medievales y los sus-
tituís por trajes modernos, veréis que tienen unas expresiones
muy significativas.
A vuestra izquierda hay una construcción: pues bien, no for-
ma parte del escenario, es parte de otra escena. En efecto, to-
da nuestra escena se inscribe dentro del arco. ¿Por qué lo di-
go? Porque, evidentemente, la construcción fuera del arco se
compone de varios pisos: son cuatro, cinco, seis pisos. Bien, he-
mos comprobado, hemos realizado sondeos, exámenes histó-
ricos: en la Edad Media, las comisarías sólo tenían un piso. Era
para evitar la dipsonomía, una enfermedad que suelen pade-
cer los comisarios de policía: esa facilidad, durante un interro-
gatorio, para equivocarse al señalar. Les puede tanto su movi-
miento agitado, su gesticulación, que la izquierda se convierte
en derecha, la derecha en izquierda, y entonces dicen: «Salga,
esa es la puerta», señalando la ventana. Esto ha ocurrido mu-
chas veces... ¡en la Edad Media!
Hablando de bromear con cosas muy serias, dramáticas,
ayer un compañero, un abogado, me ha escrito para decirme
que estas alusiones a hechos ocurridos recientemente, que
acaban en una gran carcajada, le habían hecho daño. Bien, era
exactamente lo que pretendíamos: hacer comprender lo que
permite y permitía (está en la tradición del juglar) al actor del
pueblo arañar las conciencias, y dejar un regusto amargo o
quemante. La alusión a las hogueras es del todo casual.
Si me limitase a contar ultrajes empleando la clave «trági-ca», desde una postura retórica o melancólica o dramática (la
tradicional, para entendernos), provocaría sólo indignación y
todo, inevitablemente, resbalaría como el agua de las plumas
de los patos, sin dejar rastro.
Me he permitido este inciso porque a menudo vuelve el dis-
curso irritado de que no hay que «reírse» de cosas tan serias.
Y precisamente el pueblo nos lo ha enseñado: recordemos,
a propósito del pueblo, lo que dice Mao Tse-tung sobre la sáti-
ra. Dice que la sátira es el arma más eficaz que el pueblo ha te-
nido en sus manos para comprender por sí mismo, dentro de
su propia cultura, todas las triquiñuelas y prevaricaciones de
los señores.
Siguiendo con las diapositivas, esta imagen nos muestra
otra representación sacra, esta vez dramática y grotesca al mis-
mo tiempo.
Es una representación en Flandes, hacia 1360 (la fecha está
indicada en el dibujo). Observad, aquí hay una mujer con un
cordero en los brazos. Os lo hago notar porque tiene que ver
con una parte de la representación de La matanza de los inocentes.
Sigamos: aquí hay otra imagen bastante importante, y es Am-
beres en 1465, justo un año antes del edicto de Toledo (foto 5).
El edicto de Toledo prohibió de manera definitiva que el
pueblo representara los misterios bufos. Y comprenderéis ya
por la imagen el motivo de esta censura. Mirad: aquí está Je-
sucristo, un actor que representa a Jesucristo, aquí dos esbi-
rros. Aquí está un pregonero, por supuesto otro actor, y el pue-
blo, abajo, que reacciona, contesta a la réplica del pregonero.
¿Y qué dice el pregonero? Grita: «¿A quién queréis en la
cruz?».
«¿A Cristo o a Barrabás?» Y debajo todo el pueblo contesta
gritando: «¡Ajean Gloughert!», que era el alcalde de la ciu-
dad. Comprenderéis que semejante ironía, un poco subida,
tan directa, no gustara demasiado al alcalde y a sus amigos...
que empezaron a pensar: «¿Y no sería mejor prohibirlas?».
Una representación de ese estilo, o incluso un poquito más
violenta, si queremos, es esta (foto 6):
París, estamos en la plaza del Louvre, más o menos en la mis-
ma época. Mirad, en este teatrito vemos a Jesucristo, un actor
que interpreta el papel de Jesucristo, y otros actores. Aquí está
Poncio Pilatos con la palangana preparada para lavarse las ma-
nos, y aquí vemos a dos obispos, fijaos, son dos obispos católicos.
Deberían por lo menos llevar ropas hebraicas, ¿no?, con ele-
mentos completamente diferentes: sombreros redondos, ador-
nos, trajes de otra época, completamente distintos, que la gen-
te conocía.
En cambio el pueblo, fingiendo no entender de ropas, ha
colocado ahí a los dos obispos, casi auténticos, del país. Como
diciendo: «De acuerdo, este hecho ocurrió en Palestina, de
acuerdo, aún no había cristianos, los otros eran judíos, así que
no tiene nada que ver, eran obispos judíos y, sobre todo, eran
de otra religión, otra realidad. Sí, pero seguían siendo obispos
los que insistieron tanto para que Jesucristo acabara en la cruz.
¡Lo cierto es que siempre, en todos los tiempos y en todas las
épocas, los obispos están del lado de los señores para crucifi-
car a los pobres desgraciados como Cristo!».
Y como es natural, estos discursos no gustaban a los obispos,
a los cardenales y tampoco al papa, de modo que decidieron
reunirse en Toledo, donde dijeron: «¡Basta! No podemos per-
mitir que el pueblo aproveche este juego escénico, que parte
de lo sacro, para transformarlo en burla y en ironía».
Y así prohibieron no sólo que se tomase como pretexto los
Evangelios, sino también la Biblia.
He aquí un juglar que instrumentaliza los relatos bíblicos.
Es la representación de la famosa borrachera de David (foto
7). La Biblia cuenta que David cogió una cogorza que duró sie-
te días, descomunal. Durante esta borrachera, se metió con to-
do el mundo: insultó a su padre, a su madre, a Dios, pero so-
bre todo arremetió contra sus súbditos, o sea el pueblo. Decía
más o menos: «Pueblo necio, desgraciado y encima gilipollas,
¿por qué te crees esas historias?». Y el juglar retomaba en cla-
ve grotesca el personaje, gritando al público: «Pero de verdad os
creéis que el altísimo bajó a la tierra con todos sus bártulos y
dijo: "Bueno, basta ya de discutir sobre la división de los bienes
y las tierras, yo lo arreglo. A ver, ven aquí, tú, llevas barba, me
gustas, toma esta corona: tú serás rey. Tú, ven aquí. ¿Es tu mu-
jer? Pareces simpática, serás la reina. Y tú, con esa jeta de trin-
cón... tú, de emperador. Y ese... vaya pinta de espabilado... Ven,
ven, verás, ¡tú de obispo! A ti, mira, te pongo de mercader. A
ti, ven, ven... mira qué espacio, toda esa tierra que llega hasta
el río es tuya... me caes bien... ¡y no la sueltes, eh!... No se la
dejes nunca a nadie, y que te la trabajen bien... A ti también,
toma esta tierra... ¿Es pariente tuyo? ¡Bien!, así todo queda en
familia. Y ahora veamos... a ti te daré toda la orilla del mar. El
derecho a la pesca, en cambio, es para ti. Y vosotros... allí... mí-
seros y depauperados... tú y tú y tú, y vuestras mujeres también,
trabajaréis para él, para él y para él, y además para él, y como
os quejéis os mando al infierno, ¡como que me llamo Dios! ¡Y
lo soy, por Dios!"».
Este tipo de representaciones no gustaban nada a los quede verdad
poseían cosas: así que se decidió, o mejor, lo deci-
dieron los obispos, que si un juglar se atrevía a interpretar se-
mejantes oprobios entre el pueblo, sería quemado de inme-
diato.
Sin embargo hubo un tal Hans Holden (foto 8), famoso ju-
glar alemán, habilísimo en el juego de la borrachera de David,
que se atrevió a actuar después del edicto: lo llevaron a la ho-
guera. El pobre creyó que los obispos amenazaban en broma:
«¡A mí me van a llevar a la hoguera!». Pero se equivocó, los
obispos son gente seria, y nunca bromean. Y en efecto lo que-
maron vivo. Sin más.
Había también un modo de hacer campaña publicitaria,
por así decir, de los espectáculos sacros, que se empleaba en la
Edad Media. Aún hoy, en Apulia, durante las fiestas de San Ni-
colás de Bari, un santo que venía de Oriente, obispo famoso,
santo, negro, se celebran procesiones. Pues bien, esa fiesta se
ha quedado en un desfile corriente, genérico, con unos carte-
les que en la Edad Media servían para indicar las escenas que
se representarían esa misma noche. Detrás iban los «azota-
dos», es decir, los flagelantes o flagelados, que mientras avan-
zaban se daban unas hostias tremendas... Por algo se trataba de
un espectáculo sacro.
Además, tras el desfile publicitario por calles y plazas de la
ciudad, rodeaban el palco donde se desarrollaba la represen-
tación y subrayaban, indicaban cantando, gritando, lamentán-
dose e incluso respirando a coro, los tiempos dramáticos y gro-
tescos de la representación. Insisto en este detalle porque de
vez en cuando oiréis en mis exhibiciones unas indicaciones en
forma de canto coral. El canto, más o menos, era este, por
ejemplo:

LOA DE LOS AZOTADOS
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Compañeros, formad una hilada,
azotaos fuerte y de buena gana,
no tengáis queja de estos fustazos: ¡azotaos!
No temáis estar desnudos,
no temáis los azotes que se llagan,
carnes rotas y desgajadas.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
El que quiera salvación
que se azote con chirrión,
que lo haga restallar,
sin simular golpes: ¡azotad!
que al Señor Omnipotente
lo azotaron duramente.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Si queréis hacer penitencia
y expiar la gran sentencia
que está próxima a llegar
y nadie podrá evitar: ¡azotad!
sobre nosotros caerá,
ay azotemos sin pesar.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Para salvarnos del pecado,
Jesucristo fue azotado,
en la cruz fue clavado,
en la cara humillado: ¡azotaos!
y vinagre le dieron de beber
y san Pedro sin aparecer.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Y vosotros señores de la usura,vosotros tendréis desventura,
vosotros escupisteis a Cristo
prosperando con mal artificio: ¡azotaos!
vosotros que estrujasteis como uvas
los peculios de los que sudan.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Hace unos años organizaron cerca de Milán, en la abadía
de Chiaravalle, una extraordinaria exposición de máquinas tea-
trales. Había estatuas maravillosas con todos los miembros
móviles, articulados, exactamente como las marionetas o las
muñecas. El movimiento se regulaba mediante una serie de
palancas y ganchos maniobrados por un titiritero oculto en el
hueco de la estatua, que no era completa, pues sólo tenía la
parte de delante. Había por ejemplo una preciosa Virgen con
el niño, del año 1100, y ambos personajes se movían, brazos,
tronco, codos e incluso ojos, jugando también con el truco del
desequilibre de los titiriteros flamencos: por ejemplo, en el an-
tebrazo, haciendo palanca, articulada dentro de la mano, ha-
bía una bisagra, por lo que cualquier golpe, incluso leve, hacía
girar la mano sobre la muñeca, antes de volver a encontrar su
equilibrio estable. Cualquier golpecito hacía que las manos, u
otra parte del cuerpo, se moviesen con una gracia extraordi-
naria, dando la impresión de algo vivo.
Según el mismo principio fue construida otra pieza famosa,
el Cristo de Aquileia: no se ve porque viste una túnica que le
cubre todo el cuerpo, pero desnudo está todo articulado, has-
ta el cuello.
¿Por qué el pueblo recurría a estas máquinas para repre-
sentar la divinidad, cuando escenificaba sus espectáculos? ¿Tal
vez temía cometer un acto blasfemo, ofender el aspecto sagra-
do del personaje divino? ¡No! En absoluto, esto ocurría por-
que el actor, el cómico, quería que el interés del público se
centrara no tanto en lo divino, como en lo humano: si un ac-
tor hubiese entrado antes con las ropas de Jesucristo, habría
monopolizado toda la atención, mientras que una estatua era
tan sólo indicativa, emblemática, y el actor podía desarrollar
con comodidad el aspecto dramático de la condición humana,
subrayarla más: la desesperación, el hambre, el dolor.
He hablado de las máquinas teatrales porque la pieza que
voy a interpretar ahora las necesita, en concreto el empleo de
una máquina que representa a la Virgen con el niño en brazos.
Con ella tenemos en escena a una mujer que lleva en brazos
un corderito, una loca: por eso os he enseñado antes esa ima-
gen de Flandes, donde aparece una mujer con un corderito en
brazos. Es una mujer a la que han matado al hijo en la matan-
za de los inocentes, y ha encontrado en un redil un corderito,
lo ha tomado en sus brazos y, convencida, va contando a todos
que es su hijo. La alegoría es clara: el cordero es el «Agnus
Dei», el hijo de Dios, así que esta mujer es también la Virgen.
Este doble juego del personaje mujer-Virgen es muy anti-
guo, viene ni más ni menos que de los griegos. La mujer pue-
de permitirse decir cosas que una verdadera Virgen, una actriz
que interpretase a la Virgen, o mejor un actor maquillado de
Virgen, como hacían entonces, jamás hubiera podido decir.
Esta mujer llega a blasfemar contra Dios con increíble violen-
cia. Empieza a gritar con el cordero en brazos: «...¡podías ha-
berte quedado con tu hijo, si nos iba a costar tanto sufrimien-
to, tanto dolor! Llegarás a comprender el dolor de los hombres,
tú que has querido en seguida un cambio a tu favor, por una
taza de tu sangre has querido un río de sangre, mil criaturas
por una tuya. ¡Podías haberte quedado con tu hijo, si nos iba
a costar tanto sufrimiento, tanto dolor! Llegarás a comprender
tú también el dolor, la pena de los hombres, la desesperación,
el día que tu hijo muera en la cruz. ¡Ese día comprenderás qué
castigo tan tremendo has impuesto a todos los hombres, por
un pecado, por un error! Pues bien, en la tierra, ningún padre,
por malvado que sea, tendría el valor de imponérselo a su pro-
pio hijo. ¡Por canalla que sea, ese padre!».
¡Sin duda es la mayor blasfemia que se haya oído jamás! Es
como decir: «Padre, todopoderoso, ¡eres basura de la peor es-
pecie! No hay un padre tan canalla como tú». ¿Y por qué tan-
to odio del pueblo hacia el todopoderoso? Lo hemos visto an-
tes. Porque el todopoderoso representa lo que los señores han
enseñado al pueblo, es quien ha repartido, quien ha concedí-
do tierras, poder, privilegios a un determinado grupo de per-
sonas, y por el contrario disgustos, desesperación, sumisión,
aflicción, humillación al resto del pueblo. Por eso odian a
Dios, porque representa a los amos, es quien distribuye coro-
nas y privilegios; mientras que aman a Jesucristo, porque baja
a la tierra para tratar de devolverle la primavera. Y, sobre todo,
la dignidad. En estas historias del pueblo, el discurso de la dig-
nidad aparece continuamente, con increíble insistencia. La
dignidad.
Vayamos ahora a la representación de La matanza de los ino-
centes. Tengo que señalar sólo un detalle: el lenguaje. El len-
guaje, el dialecto, sería mejor decir la lengua, porque es el pa-
dano de los siglos XIII-XV, pero recitado por un actor, que se
veía obligado a cambiar de pueblo a diario. Hoy estaba en
Brescia, mañana en Verona, en Bérgamo, etc., por lo que tenía
que actuar en dialectos muy diferentes. Había un centenar de
dialectos, y se diferenciaban muchísimo, más que en la actua-
lidad, de un pueblo a otro, así que el juglar hubiera tenido que
conocer cientos de dialectos. ¿Qué hacía entonces? Se inven-
taba uno suyo. Un lenguaje compuesto por muchos dialectos,
con la posibilidad de sustituir palabras en determinados mo-
mentos, y cuando se encontraba en el apuro de no saber qué
palabra elegir, para que la gente comprendiera alguna cosa, rá-
pidamente introducía tres, cuatro, cinco sinónimos. Hay un
ejemplo extraordinario: un juglar de Bolonia cuenta la histo-
ria de una joven que está abrazando al hombre que ama. Pero
de pronto le tiene miedo. Ha querido a toda costa hacer el
amor con él, pero cuando se encuentra en el trance delicado,
le aleja en seguida, diciendo: «Non me tocar a mi, che mi a son zo-
vina, son fiola, tosa son e garsonetta». Lo ha dicho todo: soy mo-
cita, soy mocita, soy mocita y además mocita. Así cada uno pue-
de elegir el término que mejor entienda. Oiréis muchas veces
estas iteraciones en el espectáculo, pero se emplean además
con otro fin: reforzar el momento poético, y, sobre todo, en el
ritmo, multiplicar la intención dramática. Y esto es cosa parti-
cular, única, del juglar, del teatro del pueblo, es decir, la posi-
bilidad de escoger los sonidos más adecuados para cada mo-
mento. Por lo que se oye «croz», «aros», «crosge» y siempre es cruz,
«croce» en italiano, sacada de diferentes dialectos, para re-
saltar en cada momento el valor escénico. La representación la
ejecuta un solo personaje, luego os explicaré por qué. No es
sólo un motivo de exhibición, hay una verdadera razón de
fondo. Veréis el juego de las estatuas móviles, como os he con-
tado, el coro de azotados, que inicia el canto y después, veréis,
un soldado es degollado y muere, y el coro de azotados marca
el ritmo fúnebre de un canto.

LA MATANZA DE LOS INOCENTES
Coro de los azotados
¡Ayay azotad, azotaos!
¡Eyayeye!
Con dolores y lamentos
por matanza de inocentes,
inocentes mil infantes
degollados como corderitos,
de sus madres extraviadas
rey Herodes ha arrancado.
¡Ayay azotad, azotaos! ¡Eyayeye!
Mujer Asesino... cerdo... no toques a mi niño.
Primer soldado Deja... suelta a ese niño o te corto las ma-
nos... te arreo una patada en la barriga... ¡suelta!
Mujer ¡Nooo! Mátame a mí en su lugar... (El soldado le arran-
ca el niño y lo mata.) yaa... ayaaa... me lo has matado, acogota-
do.
Segundo soldado Mira, aquí hay otra... Quieta donde estás,
mujer... que os atravieso a los dos... a ti y a tu niño.
Madre Atraviésanos, lo prefiero...
Segundo soldado No seas loca... todavía eres joven y tienes
tiempo de parir otra docena de crios... Dame a ese... sé buena.
Madre No... quita esas zarpas de encima.
Segundo soldado Ayy... conque muerdes, eh... ¡pues toma es-
to (tortazo), y suelta ese rebujo!
Madre Piedad, te lo ruego... no me lo mates... te daré todo
lo que tengo.
El soldado le arranca el hatillo y se encuentra con un cor-
dero en las manos.Segundo soldado Oh, ¿qué es esto? ¿Una ovejita, un corde-
ro...?
Madre Oh sí, no es un niño, es un corderito... yo nunca tu-
ve niños... no valgo, yo. Oh, te lo ruego, soldado, no me mates
al corderito... que aún no es Pascua... ¡y cometerías un gran pe-
cado si me lo matas!
Segundo soldado ¡Oye, mujer! ¿Me quieres dar por el trase-
ro... o es que estás loca?
Madre ¿Loca yo? ¡Claro que no estoy loca!
Llega otro soldado.
Segundo soldado Vámonos, déjale el cordero... a esa se le ha
trastornado eljuicio... del dolor de que le hayamos matado al hi-
jo. Qué te pasa... muévete, nos queda un montón que degollar.
Primer soldado Espera... me entran ganas de vomitar...
Segundo soldado ¡No me choca! Comes como un cerdo: ce-
bollas, carnero salado y luego... ven a la esquina, hay una ta-
berna... te invito a un trago de grapa.
Primer soldado ¡No, no es por la comida! Es por esta ma-
tanza, esta carnicería de niños que estamos haciendo, que se
me ha revuelto el estómago.
Segundo soldado Si sabías que eras tan fino, no haberte de-
dicado a este oficio de soldado.
Primer soldado Yo me metí a soldado para matar hombres
enemigos...
Segundo soldado Y a lo mejor también para tumbar a algu-
na buena hembra en el pajar... ¿eh?
Primer soldado Bueno, si se terciaba... pero siempre mujer
de enemigos...
Segundo soldado Y degollarle el ganado...
Primer soldado De los enemigos.
Segundo soldado Quemarles las casas... matar a sus viejos...
a sus gallinas y a sus crios... Crios de los enemigos, claro.
Primer soldado Sí, crios también... ¡pero en la guerra! En
guerra no es deshonra: ¡hay trompetas sonando, tambores
redoblando y canciones de batalla y bonitas palabras de los ca-
pitanes al final!Segundo soldado Oh, también por esta degollina oirás bo-
nitas palabras de los capitanes.
Primer soldado Pero aquí se matan inocentes...
Segundo soldado ¿Y qué, en la guerra no son todos inocen-
tes? ¿A ti qué te han hecho esos? ¿Te han hecho algo esos des-
graciados a los que matas y degüellas mientras suenan las
trompetas? (Al fondo pasa la máquina que representa a la Virgen
con el niño.) ¡Que me quede ciego si esa no es la Virgen María
con su niño que estamos buscando! Vamos a acercarnos, antes
de que se nos escape... muévete, que esta vez conseguimos el
premio, y es gordo.
Primer soldado No quiero ese premio sucio y asqueroso...
Segundo soldado Pues lo cogeré yo...
Primer soldado No, tú tampoco lo cogerás... (Le corta el paso.)
Segundo soldado ¿Te has vuelto loco? Déjame paso, que nos
han dado orden de matar al hijo de la Virgen...
Primer soldado Me cago en la orden... no des un paso que
te aplasto...
Segundo soldado Imbécil... aún no te has enterado de que
como ese niño quede vivo, será rey de Galilea en lugar de He-
rodes... ¡se lo ha dicho la profecía, te enteras!
Primer soldado ¡Pues también me cago en Herodes y en la
profecía!
Segundo soldado Tú lo que necesitas es vaciar el vientre, no
el estómago... Busca un prado y déjame pasar... ¡yo no quiero
perderme el premio!
Primer soldado ¡No, no puedo más de ver matar niños!
Segundo soldado ¡Tú te lo has buscado! (Lo atraviesa con la
espada.)
Primer soldado Ay... me has matado... desgraciado... me has
traspasado las tripas...
Segundo soldado Lo siento... eres un tarugo... yo no que-
ría...
Primer soldado Meo sangre por todas partes... oh mamá...
mamá... dónde estás mamá... tengo frío, mamá... mamá...
(Muere.)
Segundo soldado No lo he matado yo, era un cadáver desde
que empezó a sentir piedad. «Soldado que siente piedad ya es-
tá muerto y enterrado», lo dice el refrán. Y encima me ha he-
cho perder la ocasión de trincar a la Virgen con el niño.
Los azotados cantan una letanía fúnebre. El soldado sale
arrastrando el cadáver de su compañero. Entra el maniquí de
la Virgen. Tras ella entra la loca.
Madre No huyáis, Virgen... no temáis, no soy un soldado...
soy una mujer... madre también... con mi niño... Ocultaos tran-
quila, que los soldados se han ido... sentaos, pobre mujer, que
habéis corrido demasiado... Enseñadme a vuestro niño. ¡Oh,
qué guapo, y qué morenito está! ¿Cuánto tiempo tiene? Gua-
po, guapo... qué alegre... se ríe... guapo, guapo... debe de ser
del tiempo del mío...
¿Cuál es su nombre? ¿Jesús? Bonito nombre: Jesús! Guapo,
guapo... Jesusito... ya tiene dos dientes... qué gracioso... el mío
todavía no tiene dientes... ha estado un poco enfermito el mes
pasado, pero ahora ya está bien... está aquí, duerme como un
angelito... (Lo llama.) ¡Marcos! Se llama Marcos... está dur-
miendo tan a gusto... ¡Oh cariño, qué guapo eres! Tú también
eres guapo... Marquitos... Claro que a las mamás nuestro niño
nos parece siempre el más guapo del mundo... aunque tenga
algún defecto, nosotras no lo vemos.
¡Quiero tanto a este bichejo, que si me lo quitaran, me vol-
vería loca!
Si pienso en el susto que me he llevado esta mañana, cuan-
do me he acercado a la cuna y me la he encontrado vacía, lle-
na de sangre, y mi niño no estaba... Por suerte no era verdad,
era sólo un sueño, pero yo no sabía que era un sueño, así que
al rato me he despertado todavía bajo la impresión del sueño,
¡tan desesperada que parecía una loca! He salido al patio y he
empezado a blasfemar contra el Señor: «Dios terrible y des-
piadado», le gritaba, «tú has ordenado esta matanza... tú has
querido este sacrificio a cambio de hacer bajar a tu hijo: ¡mil
niños degollados por uno tuyo, un río de sangre por una taci-
ta! Podrías haber guardado a tu hijo a tu lado, si tenía que cos-
tamos tanto sacrificio a nosotros, pobres desgraciados... Oh, ya
llegarás a saber lo que es reventar de dolor el día en que mue-
ra tu hijo. Llegarás también a comprender por fin que ha sido
muy grande y tremendo el castigo que has impuesto a los hom-
bres para la eternidad... ¡ningún padre en la tierra hubiera ja-
más tenido el corazón de imponerle esto a su hijo, por malva-
do que fuera!».
Estaba en el patio gritando estas blasfemias, como os he di-
cho, cuando, de pronto, he vuelto los ojos y en el redil, entre
las ovejas, he descubierto a mi hijo que lloraba... en seguida lo
he reconocido... lo he tomado en mis brazos... y me he echado
a llorar de consuelo.
«Te suplico perdón, Señor misericordioso, por esas pala-
bras tan feas que te he gritado, yo no las pensaba... ha sido el
demonio, sí, ¡ha sido el demonio que me las ha inspirado! ¡Tú
eres tan bueno, Señor, que me has salvado al hijo mío!... y lo
has hecho de manera que todos le crean un corderito de ver-
dad. Ni los soldados se han dado cuenta, y me lo dejan vivo...
Sólo tendré que vigilar en el campo cuando llegue la Pascua,
que es cuando matan corderos al igual que hoy matan niños.
Vendrán los matarifes en su busca... pero yo le pondré un go-
rrito en la cabeza y lo envolveré en pañales... para que se con-
venzan de que es un niño. Pero en seguida, después, tendré
cuidado de que no le reconozcan nunca más como un niño...
es más, lo llevaré a pastar y le enseñaré a comer hierba para
que sea para todos un corderito... ¡Porque le será más fácil, a
este hijo mío, vivir como oveja que como hombre, en este
mundo infame!»
Oh, se ha despertado... ¡se ríe! Mirad, Virgen, si no dan ga-
nas de cogerlo como una flor, de precioso que es mi Marqui-
tos... (La mujer abre el chal para enseñarle la ovejita a la Virgen. La
Virgen se siente mal.) Oh, Virgen, ¿os encontráis mal? Sed fuer-
te, no lloréis... lo peor ya pasó... Todo acabará bien, ya veréis...
¡Hay que confiar en la Providencia, que nos ayuda a todos!
Coro Señor, tu misericordia es tan grande que envías la lo-
cura a los que no son capaces de manifestar su dolor...
Madre (Canta acunando al cordero.)
A la nana nana,
niño precioso de tu mamá.
La Virgen acunabay los ángeles cantaban,
San José de pie dormía,
el niño Jesús reía,
y Herodes blasfemaba,
mil niños al cielo volaban,
¡a la nana nana!
También está ligada al tema de la dignidad la Moralidad del
ciego y del tullido. Es uno de los temas más famosos y difundidos
del teatro medieval en toda Europa. Se conocen versiones en
todas partes: más de una en Francia (foto 9), en el Hainaut bel-
ga. En Italia hay una célebre versión de Andrea della Vigna de
finales del siglo XV.
En un determinado momento, el ciego dice: «No es digni-
dad tener las piernas derechas, tener ojos que ven, dignidad es
no tener un amo que te someta». La auténtica libertad consis-
te en no tener amos, no sólo yo, sino vivir en un mundo don-
de nadie tenga un amo. Y esto, fijaos bien, en torno a los siglos
XIII-XIV.
Por supuesto, estas cosas no las enseñan en los colegios,
pues que los chicos sepan que ya en la Edad Media los pobres
desgraciados comprendían ciertas barbaridades, el significado
de la explotación, resulta muy peligroso.
MORALIDAD DEL CIEGO
Y DEL TULLIDO
Ciego Ayudadme, buena gente... haced caridad a este pobre
desgraciado, ciego de los dos ojos, y por suerte no puedo mi-
rarme, que me daría tanta pena que me extraviaría.
Tullido Oh gentes de buen corazón, apiadaos de mí, que es-
toy tan baldado que al mirarme siento tanto espanto que qui-
siera salir por piernas, si no estuviera tan lisiado que no me
muevo sin carrito.
Ciego Ay que no puedo andar sin estampar la cabeza en to-
das las columnas y en las esquinas... que alguien me ayude.
Tullido Ay que no consigo salir de este camino, se me han
roto las ruedas del carrito y acabaré muerto de hambre en es-
te lugar como no me ayude alguien.
Ciego Tenía un perrazo tan bueno que me acompañaba... se
escapó tras una perra en celo... por lo menos creo que era
hembra esa perra, que no veo y no estoy seguro... también pu-
do ser un perro cochino vicioso, o un gato melindroso que le
enamoró, a mi perro.
Tullido Socorro, socorro... ¿nadie tiene cuatro ruedas nue-
vas que prestarme para mi carrito? ¡Señor Dios, concédeme la
gracia de esas cuatro ruedas!
Ciego ¿Quién se lamenta pidiendo ruedas a Dios?
Tullido Yo soy, el renco tullido con las ruedas rotas.
Ciego Acércate a mí, al otro lado del camino, que veré de
ayudarte... No, no veré nada... si no es por un milagro... Bah,
veremos, ¡ven!
Tullido No puedo ir hasta ahí... Dios maldiga a todas las rue-
das del mundo y las vuelva cuadradas para que no puedan an-
dar por ahí rodando.
Ciego Oh, si pudiese llegar derecho hasta ti... ten por segu-
ro que te cargaría a hombros todo entero, menos las ruedas y
el carrito. Nos volveríamos una sola criatura, de dos que so-
mos... y ambos ganaríamos satisfacción. Yo me movería con tus
ojos y tú con mis piernas.
Tullido ¡Oh, qué idea! Menudo cerebro debes de tener, lle-
no de ruedas y ruedecitas. ¡Oh, Dios nuestro señor me ha con-
cedido la gracia de prestarme las ruedas de tu cerebro para
que pueda volver a ir pidiendo limosna!
Ciego Sigue hablando, que me oriento... ¿voy bien por aquí?
Tullido Sí, ven tranquilo que estás en el buen camino.
Ciego Para no tropezar será mejor que me ponga a gatas.
Oye, ¿voy derecho?
Tullido Tuerce un poco a la izquierda... ¡no tanto! Eso es
una virada... suelta el ancla y retrocede... bien... fuera remos,
arriba velas... endereza, endereza... bien, avanza seguro aho-
ra.
Ciego ¿Me tomas por un galeón? Dame la mano cuando es-
té cerca.
Tullido ¡Te doy las dos! Ven, ven, niño guapo de tu mamá,
que ya casi estás... ¡No! hostia... no te vayas a la deriva... ende-
reza a la derecha... Oh, mi barcaza de salvamento...
Ciego ¿Te tengo? ¿Eres tú, de verdad eres tú?
Tullido ¡Soy yo, cegato de mi alma... deja que te abrace!
Ciego ¡No quepo en mí de gozo, lisiado de mis amores! Ven
que te lleve... súbete a mi espalda...
Tullido Sí que me subo... date la vuelta... y bájate... ¡Aúpa!
¡Ya estoy!
Ciego No me claves las rodillas en los ríñones... que me par-
tes.
Tullido Perdona... es la primera vez que monto a caballo, no
tengo costumbre.
Eh tú, ten cuidado, no vayas a tirarme al suelo, por lo que
más quieras.
Ciego Ten por seguro que te cuidaré, compañero, como si
fueras un saco de remolachas. Pero tú guíame derecho... no
vayas a mandarme a pisar boñigas de vaca.
Tullido Prestaré atención, tranquilo. Por cierto, ¿no tendrás
un hierro para que te lo ponga de bocado, y un par de correas
para sujetarte el cuello? Me resultaría más fácil llevarte.
Ciego Vaya, ¿me tomas por un borrico? ¡Ay de mí, cómo pe-
sas! ¿Cómo es que pesas tanto?
Tullido Tú camina... no gastes fuelle... ¡arre! Trota, cegato
mío, y pon atención, que cuando te tire de la oreja izquierda,
tienes que girar a la izquierda... y cuando tire...
Ciego ¡Ya te he entendido! No soy un borrico. ¡Oh! ¡No hay
quien pueda, pesas demasiado!
Tullido ¿Pesar yo?... Pero si soy una pluma... ¡una mariposa!
Ciego Una mariposa de plomo, que si te caes al suelo abres
un hoyo como para encontrar agua de manantial... ¡sangre de
Dios! ¿Te has comido un yunque de hierro para almorzar?
Tullido Estás loco, llevo dos días sin comer.
Ciego Pues también llevarás dos meses sin cagar.
Tullido Muy gracioso... Dios es testigo... sólo llevo seis días
sin hacer de vientre.
Ciego ¿Seis días? Dos comidas mínimo al día suman doce
cubiertos. San Jerónimo, protector de los cargadores, estoy lle-
vando un almacén de víveres para todo un año de carestía. ¡Lo
lamento, pero te voy a descargar aquí mismo y tú hazme el san-
to favor de ir a descargar el almacenaje ilegal!
Tullido Para, para, ¿no oyes qué alboroto?
Ciego Sí, parece gente que grita y maldice. ¿Contra quién
gritan?
Tullido Vete un poco atrás para que pueda mirar... apóyate
aquí... Bien, ya lo veo... la han tomado con él... pobre Cristo.
Ciego ¿Pobre Cristo, quién?
Tullido Pues él, Cristo en persona... Jesús, hijo de Dios!
Ciego ¿Hijo de Dios? ¿Cuál?
Tullido ¿Cómo que cuál? ¡Su único hijo, ignorante! Un hijo
santísimo... dicen que hace cosas admirables, maravillosas: cu-
ra enfermedades, las peores y más tremendas que hay en el
mundo, a quien las soporta con ánimo alegre. Así que mejor
nos largamos de este pueblo.
Ciego ¿Largarnos? ¿Y por qué razón?
Tullido Porque no puedo aceptar esta condición con ale-
gría. Dicen que si ese hijo de Dios pasara por aquí, me haría el
milagro de inmediato... y a ti también, de la misma manera...
Piénsalo, como de verdad nos ocurra a los dos la desgracia de
que nos libere de nuestras desgracias... De pronto nos vería-
mos obligados a buscar un oficio para poder tirar.
Ciego Pues yo digo que vayamos a ver a ese santo, para que
nos saque de esta desgracia maldita.
Tullido ¿Lo dices de veras? Tendrás tu milagro, bien, y te
morirás de hambre... porque todos te gritarán: «¡Tú, a traba-
jar!».
Ciego Ay, me entran sudores fríos sólo de pensarlo...
Tullido «Ve a trabajar, vagabundo», te dirán, «brazos roba-
dos a las galeras...». Y perderemos el gran privilegio que tene-
mos igual que los señores, que los amos, de recibir la gabela:
ellos con los trucos de la ley, nosotros con la compasión. ¡Y to-
dos a engañar bobos!
Ciego Vamos, huyamos de ese encuentro con el santo, antes
prefiero morir. Uy madre mía... vamos... vamos volando al ga-
lope... ¡agárrate a mis orejas para que puedas guiarme lo más
lejos posible de esta ciudad! Nos iremos incluso de la Lombar-
día... Iremos a Francia o a un sitio donde jamás pueda llegar
ese Jesús, hijo de Dios... ¡Iremos a Roma!
Tullido Quieto, quieto, loco atolondrado, que te vas a caer...
Ciego ¡Oh, te lo ruego, sálvame!
Tullido Cálmate... que nos salvaremos los dos en compa-
ñía... todavía no hay peligro, pues la procesión que acompaña
al santo aún no se ha movido.
Ciego ¿Qué hacen?
Tullido Le han atado a una columna... y están detrás, azo-
tándole. ¡Uy, cómo le pegan esos energúmenos!
Ciego Pobre hijo... ¿por qué le pegan? ¿Qué les ha hecho a
ellos... a esos energúmenos?
Tullido Ha venido a decirles que sean amorosos, igual que
hermanos. Pero cuídate de tenerle compasión, que el mayor
peligro es que nos haga milagro.
Ciego No, no le tengo compasión... para mí no es nadie, ese
Cristo... yo nunca le he conocido... Pero dime qué le hacen
ahora.
Tullido Le escupen... cerdos asquerosos, le escupen a la ca-
ra...
Ciego ¿Y él qué hace... qué dice, ese pobre santo hijo de Dios?
Tullido No dice, no habla, no se rebela... ni siquiera los mi-
ra enfadado, a esos energúmenos...
Ciego ¿Y cómo los mira?
Tullido Los mira con melancolía.
Ciego Querido hijo... no me cuentes nada de lo que va ocu-
rriendo, que se me cierra el estómago... y siento frío en el co-
razón, y tengo miedo de que sea algo parecido a la compa-
sión.
Tullido Yo también siento que el aliento se me detiene en la
garganta y escalofríos en los brazos... Vamos, vámonos de aquí.
Ciego Sí, vamos a encerrarnos en uno de esos lugares don-
de se puede evitar conocer estos hechos dolorosos. Conozco
una taberna...
Tullido ¡Escucha!
Ciego ¿Qué?
Tullido Ese alboroto... aquí cerca.
Ciego ¿No será el santo que llega?
Tullido Oh, Dios nos haga gracia, no me asustes que esta-
mos perdidos... allí junto a la columna no queda nadie...
Ciego ¿Ni siquiera Jesús, hijo de Dios? ¿Dónde se han meti-
do?
Tullido Ahí están... llegan todos en procesión... ¡estamos
perdidos!
Ciego ¿Viene también el santo?
Tullido Sí, está en el medio... ¡cargado con una cruz enor-
me, el pobre!
Ciego No te pierdas en compasión... mejor date prisa en
guiarme a algún sitio donde podamos ocultarnos de sus ojos...
Tullido Sí, vamos... tuerce a la derecha... corre, corre, antes
de que pueda mirarnos, ese santo milagrero...
Ciego Oh, me he torcido el tobillo... no puedo moverme.
Tullido Que te venga un cáncer... ¿justo ahora?... ¿no podías
mirar dónde ponías los pies?
Ciego Pues claro que no podía mirar... ¡soy ciego y no pue-
do verme los pies!
¿Cómo que no puedo? Sí que puedo... ¡me los veo! Me veo
los pies... ¡oh, qué pies tan bonitos tengo! Santos y guapos...
con todos sus dedos... ¿cuántos dedos? Cinco en cada pie... y
con las uñas gordotas y pequeñitas colocadas en fila... Oh, os
quiero besar a todas, una a una.
Tullido Estás loco... despacio, que me vuelcas. Ay... me has
matado... desgraciado... si pudiera darte de patadas... ¡toma!
(Le da una patada.)
Ciego Qué maravilla... también veo el cielo... y los árboles...
¡y las mujeres! (Como si las viera pasar.) ¡Qué guapas son las mu-
jeres!... ¡No todas!
Tullido ¿Pero de verdad he sido yo quien te ha dado la pa-
tada? Déjame probar otra vez: sí... sí... ¡Qué día tan aciago... es-
toy acabado!
Ciego ¡Bendito sea ese santo que me ha curado! Veo lo que
no he visto en mi vida... he sido un pobre imbécil por querer
rehuirle, pues no hay en el mundo cosa más dulce y alegre que
la luz.
Tullido Que el diablo se lo lleve y con él, a todos los agra-
decidos... ¿Tenía yo que ser tan miserable y desventurado co-
mo para que me mirara ese hombre lleno de amor? ¡Estoy de-
sesperado! Me tocará morir con las tripas vacías... ¡me comería
estas piernas sanadas así, crudas, de pura rabia!
Ciego El loco era yo, ahora lo veo claro, por querer escapar
del buen camino para quedarme en el oscuro... ¡sin saber que
poder ver era un premio tan grande! Oh, qué bonitos los co-
lores coloreados... los ojos de las mujeres... los labios y todo lo
demás... qué bonitas las hormigas y las moscas... y el sol... ¡no
puedo esperar a que llegue la noche para ver las estrellas e ir
a la taberna a descubrir el color del vino! \Deo gratias, hijo de
Dios!
Tullido Ay de mí... tendré que servir a un amo y sudar san-
gre para poder comer... Oh desventura desventurada y puer-
ca... Tendré que ir en busca de otro santo que me conceda la
gracia de lisiarme otra vez los jarretes...
Ciego Hijo de Dios maravilloso... ¡no hay palabras ni en vul-
gar ni en latín que puedan decir que tu piedad es como un río
crecido! ¡Aplastado bajo una cruz, aún te queda tanto amor co-
mo para pensar en las desgracias de desgraciados como noso-
tros!En el siglo XIX, un inglés llamado Smith recogió en un volu-
men numerosas representaciones sacras italianas (foto 10). Esta
es la imagen de una representación que aún se sigue haciendo
en Sicilia, exactamente en la Piana dei Greci, y que expresa tres
momentos diferentes de una misma situación: la entrada de Je-
sucristo en Jerusalén -lo veis, es el personaje situado bajo los ra-
mos, y a su alrededor el pueblo en fiesta-; Baco; y al final, el des-
censo de Dionisio al infierno. Dionisio es una divinidad griega,
de origen tesálico-minoico, de quince siglos antes de Cristo. De
él se cuenta que sentía tanto amor por los hombres, que cuando
un demonio bajó a la tierra y robó la primavera para llevársela al
infierno y disfrutar él solo de ella, se sacrificó por los hombres:
se subió en un mulo, bajó al infierno y pagó en persona, con su
propia vida, para que los hombres recuperaran la primavera.
También Jesucristo, quince siglos más tarde, es ese Dios que
baja a la tierra para intentar devolver la primavera a los hom-
bres. Como os he dicho antes, la primavera es la dignidad: el
mismo tema de otra pieza que después veremos. En el medio
está Baco, el dios del jolgorio, incluso de la embriaguez, de la
disipación y el júbilo.
Esto de encajar a los dioses unos dentro de otros, fijaos
bien, no es casual: es una tradición constante en la historia de
las religiones de todos los pueblos.Para contar esta historia,
entonces, tenemos al personaje del
borracho, el personaje-guía de esta juglaría. El personaje cuen-
ta cómo, en un banquete nupcial, se emborrachó con el vino
fabricado, inventado expresamente por Jesucristo. Jesucristo,
pues, se convierte en Baco, y en un determinado momento se
le representa de pie encima de una mesa, mientras grita a to-
dos los comensales: Emborrachaos, gentes, festejad. Sed felices,
es lo que importa: no esperéis el paraíso después, el paraíso
también está aquí en la tierra. Justo lo contrario de lo que nos
enseñan en las clases de religión, de niños, cuando nos expli-
can que, bueno, hay que aguantar... estamos en un valle de lá-
grimas... no todos pueden ser ricos, a unos les va bien y a otros
mal, pero luego todo se compensará cuando estemos en el cie-
lo... portaos bien, sed buenos y no deis la lata. Más o menos.
Por el contrario, este Jesucristo de la juglaría dice: «Podéis
dar toda la lata que queráis y disfrutar con alegría».
Dos son los personajes ligados a esta representación: el bo-
rracho y el ángel. El ángel, o mejor el arcángel, quiere contar
el prólogo de un espectáculo sacro, dentro de los cánones tra-
dicionales; pero el borracho, con mala idea, le quiere estro-
pear todo el discurso, contando la trompa que se agarró en las
bodas de Cana. El ángel utiliza un lenguaje aristocrático, ele-
gante, pulido; el otro, un dialecto campesino, torpe, subido de
tono, muy pintoresco. Interpreto esta pieza solo, y no por ex-
ceso de exhibicionismo: hemos tratado de interpretarla entre
dos actores, y hemos descubierto que no funcionaba. Porque
casi todos estos textos fueron escritos para un solo intérprete.
Los juglares trabajaban casi siempre solos: nos damos cuenta
porque, en el texto, todas las alusiones se resuelven mediante
desdoblamientos, indicaciones. De modo que, a través del jue-
go de imaginación, toda la carga de poesía y de comicidad se
multiplica.
Justo como ocurre delante del televisor, donde, para evitar
que te canses, te dan todos los detalles: y tú te quedas ahí, pas-
mado, y puedes dormirte, digerir, eructar tan a gusto... y al día
siguiente estás listo para ir a currar, con el coco lavado, y dis-
puesto a dejarte explotar de nuevo.
Aquí, en cambio, hay que esforzarse por imaginar.Bien:
cuando me encuentre a este lado del escenario (seña-
la la izquierda), seré el ángel, aristocrático, de gestos elegantes;
cuando esté allí (indica la derecha), seré el borracho.
(Mientras el personaje del ángel permanezca en escena, se proyec-
tará al fondo su imagen: foto 11.)
LAS BODAS DE CANÁ
Ángel (Alpúblico.) Prestad atención, buena gente, pues quie-
ro hablaros de una historia verdadera, una historia que co-
menzó...
Borracho Yo también quiero contaros una cogorza... una
borrachera...
Ángel ¡Borrachín!
Borracho Quiero hablaros...
Ángel Calla... ¡no hables!
Borracho Pero es que yo...
Ángel Calla... ¡tengo que empezar yo, que soy el prólogo!
(Al público.) Buena gente, todo lo que os vamos a contar será
verdad, todo arranca de los libros y de los evangelios. Todo lo
que de allí ha salido no es fantasía...
Borracho Yo también os quiero contar, y no es fantasía: he
agarrado una borrachera tan dulce, una borrachera tan her-
mosa que ya no quiero volver a emborracharme nunca más pa-
ra no olvidar esta borrachera tan hermosa que llevo encima
ahora. Que es una borrachera...
Ángel ¡Borrachín!
Borracho Quiero contaros...
Ángel ¡No! Tú no cuentas... ¿eh?
Borracho Pero... es que yo...
Ángel ¡Chiss!
Borracho ¿Pero yo... no?
Ángel Buena gente... Todo lo que voy a contaros será ver-
dad, todo ha salido de los libros y de los evangelios. Lo poco
que hemos añadido de fantasía...
Borracho (En voz muy baja.) Luego os cuento una borrache-
ra hermosísima...
Ángel ¡Oh! borrachín...Borracho Si no hacía nada... sólo con el dedo.
Ángel Ni con el dedo.
Borracho ¡Pero si no hago ruido con el dedo!
Ángel Haces ruido... rrrr...
Borracho ¿Hago ruido con el dedo? Bah, lo haré con el ce-
rebro... yo pienso... pienso... pienso... y con los ojos... ¡y ellos
entienden!
Ángel ¡No!
Borracho Pero no hago ruido con el cerebro...
Ángel ¡Haces ruido!
Borracho ¿Hago ruido con el cerebro? ¡Recórcholis!... Estoy
borracho de verdad... ¡Por la Virgen!
Ángel ¡No respires!
Borracho ¿Cómo? ¿No puedo respirar? ¿Ni siquiera con la
nariz?... ¡Estallaré! Y...
Ángel ¡Estalla!
Borracho Ah... pero... si estallo haré ruido, ¡eh!
Ángel ¡Chiss!
Borracho Pero... yo...
Ángel Todo lo que vamos a contaros es verdad, todo ha sali-
do de los libros, de los evangelios: lo poco que hemos añadido
de fantasía...
El borracho se acerca al ángel y le arranca una pluma.
Borracho (En voz muy baja, mimando que hace volar la pluma.)
Oh, qué pluma tan bonita, de colores...
Ángel ¡Borrachín!
Borracho Eh, pero yo... no...
Ángel Todo lo que vamos a contar es verdad, todo ha salido
de los libros, de los evangelios... (El borracho se vuelve a acercar
al ángel y le arranca más plumas, y mimando admiración por ellas,
se abanica y se pavonea. El ángel se da cuenta.) ¡Borrachín!...
Borracho ¿Eh?... (Lanzando las plumas al aire.) Está nevan-
do...
Ángel ¿Quieres salir de este palco?
Borracho Por mí saldría con mucho gusto si me acompañas,
pues no puedo mover ni un pie... que me caigo, y me doy de
morros en el suelo... Si eres tan bueno de acompañarme, lue-
go te cuento esta borrachera hermosísima...
Ángel No me interesa tu borrachera... ¡Fuera!... ¡Fuera!...
¡Que te echo a patadas!...
Borracho ¡Ah! ¿Me echas a patadas?
Ángel Sí, a patadas... ¡Fuera!...
Borracho ¡Gentes!... ¿Habéis oído? Un ángel que quiere
echarme a patadas... ¡a mí! Un ángel... (Al ángel, agresivo.)
Ven... ven, angelote... ¡ven a echarme a patadas, a mí! Te voy a
arrancar las plumas como a una gallina... te arranco las plumas
una a una, y también las del culo... por detrás... Ven, gallina...
¡Ven!
Ángel Socorro... No me toques... Socorro... Asesino... (Huye.)
Borracho ¿A mí, asesino?... ¿Habéis oído?... Me ha llamado
asesino... A mí, que soy tan bueno que me sale la bondad por
las orejas... que la voy derramando por el suelo, y casi resbalo...
¿Cómo no iba a ser bueno, con esta cogorza tan hermosa que
tengo? Yo no me figuraba que iba a acabar así este día, que em-
pezó de manera maldita, desgraciada...
Me habían invitado a una boda, un casamiento, en un sitio
cerca de aquí, lo llaman Caná... Caná... que por eso, luego di-
cen: las bodas de Caná. Me habían invitado... digo... llego... ya
estaba la mesa dispuesta para el banquete, con toda la comida
encima... y ningún invitado sentado para comer. Estaban todos
de pie dando patadas al suelo... maldiciendo. Estaba el padre
de la novia, delante de una pared, dándose cabezazos... ¡uno
tras otro, qué malo!... «¿Qué ha pasado?», pregunto... «Oh,
qué desgracia...» «¿Se ha escapado el novio?...» «El novio es el
que más maldice.» «¿Pues qué ha pasado entonces?» «Oh, qué
desgracia... hemos descubierto que un tonel entero de vino,
una tinaja de vino preparado para el banquete de bodas, se ha
vuelto vinagre.» «Oh... oh... ¿todo el vino vinagre?... Oh, qué
desgracia... novia mojada novia afortunada, pero en vinagre
mojada por siempre desgraciada... ¡como para salir huyen-
do!...» Y todos lloraban, maldecían, la madre de la novia se ti-
raba de los pelos, la novia lloraba, el padre de la novia se daba
cabezazos contra la pared. Mientras tanto llega un joven, un tal
Jesús, uno que le llaman... hijo de Dios, de mote. No venía so-
lo. no, le acompañaba su madre, que le dicen la Virgen. ¡¡Me-
nuda mujer tan guapa!! Eran invitados de honor que llegaban
con un poco de retraso. En cuanto esta señora Virgen se ente-
ró del lío del vino que se había vuelto vinagre, se acercó a su
Jesús, hijo de Dios y también de la Virgen, y le dijo: «Tú que
eres tan bueno, querido hijo, que haces cosas maravillosas por
los demás, mira si te agradaría sacar de este embrollo a esta po-
bre gente». En cuanto habló así la Virgen, todos, en seguida,
vieron asomar, florecer en los labios de Jesús una sonrisa tan
dulce, tan dulce en esos labios, que si no tenías cuidado, de la
emoción se te soltaban las rótulas de las rodillas y caían ro-
dando sobre los dedotes de los pies. ¡Tan dulce era esa sonri-
sa!... En cuanto ella dejó de hablar, el joven le dio un besito en
la nariz a su mamá y dijo: «Bien, gente, ¿podéis traerme doce
cántaros llenos de agua clara y limpia?». Fue como un relám-
pago, zas, doce cántaros aparecieron allí delante, llenos de
agua, que yo, al ver tanta agua de golpe, me encontré fatal, me
parecía que me estaba ahogando... ¡hostia!... Se hizo un silen-
cio que parecía estar en la iglesia cuando el sanctus, y este Je-
sús se frotó un poco las manos, chasqueando los dedos, y lue-
go levantó una mano, con tres dedos solamente, que los otros
dos los tenía cerrados, y empezó a hacer unas señales encima
del agua... unas señales que sólo hacen los hijos de Dios. Yo,
que estaba un poco más lejos, y como he dicho antes el agua
me impresiona sólo con mirarla, no miraba, estaba apoyado a
un lado, muy triste, y de pronto noto en los agujeros de la na-
riz un perfume como a uva aplastada, no podías equivocarte...
era vino. ¡Dios, qué vino! Me pasaron una jarra, apoyé los la-
bios, tragué una gota, ¡hostia!... Oh... Oh... ¡beatos del purga-
torio, qué vino!... Un poco abocado, algo amargo el fondo, un
poco raspante, saladillo en medio, tinto de garantía, con unos
resplandores, sin flores ni espuma, lo menos tres años de
crianza, ¡cosecha de oro! Bajaba resbalando por el gaznate has-
ta burbujear en el estómago, se desparramaba un poquito, se
quedaba ahí de remplazo, luego, ñoc, daba un golpe, volvía a
subir dando tumbos por el gaznate, llegaba hasta los agujeros
de la nariz, derramaba fuera todo su perfume... tanto que si
pasaba un caballo al galope, ñuu... bll... «¡Es primavera!», gri-
taba. ¡Qué vino!... Y todos venga a aplaudir a Jesús, «¡Bravo, Je-
sús, eres divino!». ¡Y la Virgen!... la Virgen, la mamá de él, es-
taba en éxtasis de la satisfacción, del orgullo de tener un hijo
tan habilidoso como para sacar vino del agua. Al rato estába-
mos todos borrachos. La madre de la novia bailaba, la novia es-
taba gozosa, el novio brincaba, el padre de la novia, delante de
una pared, se daba cabezazos, qué malo... ¡nadie le había avi-
sado!... Jesús se había subido a una mesa, de pie, y servía vino
a todos. «¡Bebed, gente, disfrutad, emborrachaos, no esperéis
a después, alegría!...»
Luego, de golpe, reparó en su madre: «¡Oh, sagrada mujer!
¡Oh, Virgen! ¡Mamá! Se me ha olvidado, perdonadme, tomad
un sorbo también, bebed un sorbo». «No, hijo, gracias, te lo
agradezco, pero no puedo beber, no tengo costumbre de beber
vino, me mareo... y luego digo tonterías.»
«¡Que no, mamá, no te hará daño, sólo te dará un poco de
alegría! No te puede sentar mal este vino, es un vino puro, un
vino bueno... ¡lo he hecho yo!»
Y luego, todavía hay canallas, malditos, que van contando
que el vino es un invento del diablo, que es pecado, que es un
invento de Satanás... ¿Creéis que si el vino fuese un invento del
diablo Satanás, Jesús se lo daría a su madre para que bebiera?
¡Si él siente más amor por ella, que yo por toda la grapa del
mundo! Estoy seguro de que si el Dios Padre en persona, en
lugar de enseñarle a Noé, mucho tiempo después, este truco
maravilloso de aplastar la uva y sacar vino, se lo hubiese ense-
ñado en seguida, desde el principio, a Adán, pero en seguida,
antes de Eva... ¡no estaríamos en este mundo maldito, estaría-
mos en el paraíso, salud! Porque bastaba con que ese día mal-
dito, cuando se acercó a Adán esa serpiente canalla con la
manzana en la boca diciendo: «Come la manzana, Adán... ¡dul-
ces, ricas, rojas, ricas las manzanas!», bastaba con que en ese
momento Adán tuviese cerca una copita de vino..., y hala, la
habría emprendido a patadas con todas las manzanas de la tie-
rra, ¡y estaríamos todos a salvo en el paraíso! Ese fue el mísero
pecado, que los frutos no fueron creados para comerlos, sino
para pisarlos, aplastarlos: con manzanas aplastadas se hace una
buena sidra, con cerezas aplastadas se hacen ricas grapas dul-
ces, y la uva... ¡es pecado mortal comerla!, ¡hay que hacer vino
con ella! Y estoy seguro de que para los que han sido sabios y
honestos en la vida, ¡en el cielo sólo habrá vino! ¿Es blasfemia?
¡No, yo no blasfemo! Yo me he visto en sueños, muerto. Una
noche he soñado que estaba muerto, y he soñado que me ve-
nían a buscar, me llevaban a un sitio horroroso donde había
muchos barreños muy hondos y dentro de cada barreño ha-
bía un condenado, ¡pobrecillo! ¡Metido dentro, de pie, de un
aguachirle rojo que parecía sangre, de pie! Y empecé a llorar.
«¡Oh Dios... he ido a parar al infierno! ¡Maldito sea, que he pe-
cado!» Y mientras lloraba, me arrancaban toda la ropa y em-
pezaban a lavarme, a frotarme, a limpiarme de una forma tan
limpia, con agua caliente, fría, que ni para Pascua he estado
yo tan limpio. Cuando ya estaba bien limpio, me metieron en
un aguachirle rojo, en un gran barreño... glu... glu... glu... en ese
aguachirle rojo que me llegaba a los labios. Yo cerré los labios,
pero me llegó encima una ola, y... troc... se me metió dentro...
por los agujeros de la nariz... uff... me bajó un... trasiego gran-
de... ¡estaba en el paraíso!... ¡Era vino! ¡Mi madre! Y en segui-
da comprendí qué invento maravilloso se le había ocurrido a
Dios Padre para los bienaventurados, que estaban encantados
allí dentro, y para que no se cansaran los pobres bienaventu-
rados al levantar cada vez el codo con el vaso de vino y llenar,
esperar a llenarlo de nuevo... los había sumergido a todos los
bienaventurados hasta las orejas en copazas de vino, de pie,
hasta la boca, y así bastaba con levantar sin esfuerzo el labio pa-
ra decir: «¡Buenos días, señores!», y gluch... empecé a cantar:
«Mi amorosa es la más golosa», glug... glug... Socorro, me aho-
go... glug... ¡qué ahogamiento más bueno! Glug... glug... galo...
ga.. ló... glam... glo... glo...
Este es un borracho (foto 12), o mejor, un juglar que inter-
preta el papel de un borracho. Es un fresco que puede fechar-
se hacia 1100, y se encuentra en una pequeña iglesia románica
de la Provenza: es posible que represente la pieza que acabo de
interpretar. Es un texto conocido en muchas lenguas y dialec-
tos diferentes: se conoce una versión hasta en Baviera. Es un
testimonio de la importancia que tenían los espectáculos y la
figura del juglar: como veis, llegaban a pintarlos hasta en los
muros de las iglesias.
Ahora interpretaré un nuevo texto que sólo he hecho dos
veces, ayer y anteayer. Pero siempre me emociono un poco al
retomarlo, porque es de una dificultad extrema. Se trata del
Nacimiento del juglar. Es una pieza ligada en su origen a Orien-
te, pero nosotros la conocemos en una versión de origen sici-
liano. Sicilia estaba vinculada a Oriente, no sólo por motivos
económicos y comerciales, sino también por razones geográfi-
co-políticas, y por lo tanto culturales. Sobre todo en ese perio-
do, 1200, cuando en Italia se empieza a encontrar algún docu-
mento de este texto. Pero existe otro, bastante antiguo, del
que no se conoce con exactitud la fecha, y es de nuestra re-
gión, del norte, entre Brescia y Cremona. El texto que se en-
contró ni siquiera estaba entero, sino en fragmentos. Yo tenía
intención de reconstruirlo, pero me ha faltado valor. He esta-
do en Sicilia el año pasado y hemos encontrado en la bibliote-
ca de Ragusa, gracias a un compañero que nos llevó, el texto
entero en siciliano, algo extraordinario, de increíble violencia.
Lo aprendí incluso en siciliano: pero es una lengua que nos so-
naría arcaica, incomprensible. He hecho una traducción que
comprenderéis sin duda mejor. ¿Qué cuenta esta juglaría? Ve-
mos a un juglar que cuenta que antes de ser juglar era un vi-
llano, un campesino y que fue Cristo quien lo convirtió en ju-
glar. ¿Cómo es que le impuso ese nuevo oficio? El poseía un
poco de tierra, pero un señor quería quitársela. Pero no voy a
añadir más, porque me he dado cuenta de que todo lo que di-
go de más es inútil, lo comprenderéis todo solos. No os preo-
cupéis si al principio no entendéis algunas frases, algunas pa-
labras: el sentido, los gestos, el sonido os ayudarán. A través de
los gestos y los sonidos podréis adivinar el significado que re-
corre esta historia.NACIMIENTO DEL JUGLAR
-¡Oh, gentes, acudid, que aquí está el juglar! Juglar soy yo,
que salta y piruetea y os hace reír, que se burla de los podero-
sos y os muestra qué orondos y engreídos son los globos que
hacen guerras donde los degollados somos nosotros, y os los
espachurro, les quito el tapón y... pffss... se deshinchan. Acu-
did, que es la hora y el lugar de que yo haga el payaso, y os en-
señe. ¡Doy un saltito, canto un poquito, hago jueguitos! ¡Mira
cómo muevo la lengua! Parece un cuchillo, trata de recordar-
lo. Pero no he sido siempre... y eso quiero contaros, cómo he
nacido. No he nacido juglar, no vine al mundo con un soplo
del cielo, y, ¡hop!, aquí estoy: «¡Buenos días, buenas noches!».
¡No! ¡Soy el fruto de un milagro! ¡Un milagro que han hecho
conmigo! ¿Queréis creerme? ¡Es así! Yo nací villano. Villano,
un verdadero campesino. ¡Estaba triste, alegre, no tenía tierra,
no! Tenía que trabajar, como todos en estos valles, en todas
partes. Y un día me acerqué a un monte, pero de piedra. No
era de nadie: me enteré. Pregunté: «¡No! ¡Nadie quiere ese
monte!». Entonces subí hasta la cima y escarbé con las uñas y vi
que había un poco de tierra, y vi que bajaba un hilo de agua, y
entonces empecé a escarbar. Fui a la orilla del río, me partí los
brazos, acarreé tierra al monte, estaban mis niños, mi mujer.
Mi mujer es dulce, es blanca, tiene dos pechos redondos, y el
caminar suave, parece una becerra cuando se mueve. ¡Oh, es
tan hermosa! La quiero mucho y quiero hablar de ella. Subí la
tierra con los brazos y la hierba crecía, haciendo: pff... y brota-
ba de todo. ¡Qué bonito, era tierra de oro! Hincaba el azadón
y... pff... nacía un árbol. ¡Qué maravilla de tierra! ¡Era un mi-
lagro! Había chopos, robles y árboles por todas partes. Sem-
braba con la luna propicia, yo entendía, y crecían cosas de co-
mer, dulces, hermosas, ricas. Había achicoria, cardos, judías,
nabos, de todo. ¡Para mí, para nosotros! ¡Qué contento estaba!
Bailábamos, y además siempre llovía días y días, y el sol que-
maba y yo iba, venía, las lunas eran propicias y nunca había ni
demasiado viento ni demasiada niebla. ¡Era hermoso, tan her-
moso! Era nuestra tierra. Hermoso era el bancal. Cada día ha-
cía uno, parecía la torre de Babel, tan bonita con tantas terra-
zas. ¡Era el paraíso, el paraíso terrenal! Lo juro. Y todos los
labriegos al pasar decían:
-Qué ventura la tuya, caray, mira: ¡lo que has sacado de un
pedregal! ¡Pobre de mí que no se me ha ocurrido!
Y tenían envidia. Un día pasó el señor de todo el valle, mi-
ró y dijo:
-¿De dónde ha salido esta torre? ¿De quién es esta tierra?
—Mía -le dije-, la he hecho yo con estas manos, no era de
nadie.
—¿Nadie? ¡Esa palabra no existe, nadie, es mía!
-¡No! ¡No es tuya! He ido al notario, no era de nadie. Le he
preguntado al cura, no era de nadie y la he hecho yo, pedazo
a pedazo.
-Es mía, y me la tienes que dar.
-No te la puedo dar, amo...,no puedo trabajar para otros.
-¡Te la pago! Te doy dinero, dime cuánto quieres.
-¡No! No, no quiero dinero, porque si me lo das, luego no
puedo comprar otra tierra con el dinero que me das y tengo
que volver a trabajar para otros. ¡No quiero, no quiero!
-¡Dámela!
-¡No!
Entonces él soltó una carcajada y se marchó. Al día si-
guiente vino el cura a preguntar.
-Es del amo... pórtate bien, déjalo, no seas caprichoso, mi-
ra que es hombre terrible, es malo, deja esta tierra. ¡In Deo Do-
mino, pórtate bien!
-¡No! ¡No! -le dije-, no quiero -y además le hice un gesto
muy feo con la mano.
Vino el notario, él también acudió, sudaba al subir a verme.
-Pórtate bien, es la ley, ten cuidado, no puedes, tú no...
-¡No! ¡No! -y a él también le hice un gesto muy feo con la
mano, y se marchó, maldiciendo. ¡El amo no cejó, no! Empezó
a salir de caza, y espantaba a todas las liebres hacia mi tierra. Se
paseaba arriba y abajo con los caballos y sus amigos, aplastán-
dome los sotos. Y un día me lo quemó todo... Era verano... es-
taba todo seco. Prendió fuego a todo el monte y me quemó to-
do, hasta los animales se quemaron, la casa quemada, ¡pero no
me fui! Esperé... empezó a llover por la noche, y después yo
empecé a limpiar, volví a clavar palos, a colocar piedras, a traer
tierra, a abrir paso al agua por todas partes, ¡porque de ahí,
hostia, no me quiero mover! ¡Y no me moví! Sólo que un día
llegó él, con todos sus soldados, y se reía, estábamos en los
campos con los niños, mi mujer y yo, trabajando. Él llegó, se
bajó del caballo, se quitó los calzones, se acercó a mi mujer, la
agarró, la tiró al suelo, le arrancó las faldas... Yo quería mover-
me, pero los soldados me sujetaban, él se abalanzó sobre ella,
lo hizo como si ella fuera una vaca. Yo y los niños con los ojos
como platos, mirando, y yo me movía, de un tirón me solté,
agarré un azadón y dije-: ¡Canallas!
—Quieto —me dijo mi mujer—, no lo hagas, es lo que están es-
perando, esperan justo que levantes tu bastón, para matarte.
¿No lo entiendes? Quieren matarte y quitarte la tierra, lo están
esperando, él tiene que defenderse, no sirve de nada ponerse
en su contra, tú no tienes honor, eres pobre, eres un campesi-
no, un villano, no puedes pensar en honor y dignidad, esas son
cosas de señores, de nobles. Ellos se enfadan si les tocan a la hi-
ja, o a la mujer, ¡pero tú no! Déjalos. Vale más la tierra que el
honor tuyo, mío, más que nada. Una vaca soy, vaca por tu amor.
Y yo lloraba... lloraba por el trance, lo miraba todo y a los
niños que lloraban. Y ellos, con el amo, se marcharon de pron-
to, riendo contentos, satisfechos. ¡Nuestro llanto era tremen-
do! No podíamos mirarnos a la cara. Si íbamos al pueblo, nos
tiraban piedras. Gritaban:
-¡Eh, buey!, no tienes la fuerza de defender tu honor por-
que no tienes, eres un animal, a tu mujer la ha montado el
amo y tú te has quedado tan tranquilo por un pedazo de tie-
rra, ¡desgraciado!
Y mi mujer pasaba:
-¡Puta, vaca! -le decían, y huían. Ni a la iglesia la dejaban
entrar. ¡Nadie!Los niños no podían ir a ningún sitio, todos estaban allí, y
ya nadie nos miraba a la cara. ¡Mi mujer huyó! No he vuelto a
verla, no sé a dónde ha ido. Los niños no me miran: enferma-
ron, ni siquiera lloraban. ¡Se murieron! Yo me quedé solo. ¡So-
lo con mi tierra! No sabía qué hacer. Una noche agarré un pe-
dazo de soga y me lo puse al cuello, diciendo:
-¡Bien, ahora me dejo caer!
Voy a dejarme caer, ahorcado, cuando siento que una ma-
no me toca el hombro, me vuelvo, y veo a un tipo de cara pá-
lida, de ojos grandes que me dice:
-¿Me das de beber?
-¿Te parece momento para venir a pedir agua cuando me
estoy ahorcando?
Le miro, y tenía cara de pobre hombre él también, luego
vuelvo a mirar, y veo que hay otros dos, también ellos con ca-
ras desmejoradas.
-Vale, os daré de beber y luego me ahorco.
Voy a buscar agua, los miro bien:
—Más que beber, lo que necesitáis es comer. Pero llevo tan-
tos días sin hacer la comida... Aunque puedo hacerla, si que-
réis.
Saqué una sartén y calenté en el fuego unas habas y se las
di, un cuenco a cada uno, ¡y comían, comían! Yo no tenía ga-
nas de comer... «Espero a que coman y luego me ahorco.» Y
mientras comía, el de los ojos más grandes, que parecía de ver-
dad un pobrecillo, sonreía y decía:
-¡Mal asunto este de querer ahorcarte! Sé bien por qué quie-
res hacerlo. Lo has perdido todo, mujer, hijos y sólo te queda la
tierra, bien, lo sé bien. Yo de ti no lo haría.
¡Y comía, comía! Al final lo dejó todo en la mesa y dijo:
-¿Sabes quién soy?
—No, pero me han entrado dudas de que seas Jesucristo.
-¡Bien! Lo has adivinado. Este es Pedro, y el otro Marcos.
-Mucho gusto. ¿Y qué hacéis por aquí?
-Tú me has dado de comer y yo te doy de hablar.
-¿De hablar? ¿Y eso qué es?
—¡Desgraciado! Es justo que te hayas quedado la tierra, es
justo que no quieras amos, es justo que hayas tenido la fuerza
de no ceder, es justo... ¡Te quiero, eres fuerte! Pero te falta al-
go que es justo que tengas: aquí y aquí (indica la frente y la bo-
ca). No te quedes aquí pegado a esta tierra, sal y a los que te ti-
ren piedras diles, hazles comprender, y arréglatelas para que
esa vejiga hinchada que es el amo la puedas pinchar con la len-
gua, para que salga el suero y el agua podrida. Tienes que
aplastar a estos amos y curas y todos los que les rodean: nota-
rios, abogados, etc. No por tu bien, ni por tu tierra, sino por
aquellos como tú que no tienen tierra, no poseen nada y sólo
pueden sufrir y no tienen dignidad que reclamar. ¡Enséñales a
vivir con el cerebro y no con los pies!
-¿Es que no comprendes? Yo no valgo para eso, tengo una
lengua que no se mueve en la boca, me atasco a cada palabra,
no tengo doctrina y mi cerebro es débil y flojo. ¿Cómo voy a
hacer esas cosas que dices, y andar por ahí hablando a los de-
más?
-No te preocupes, ahora viene el milagro.
Me agarró de la cabeza, me acercó a él y me dijo:
-Jesucristo soy, que vengo a ti para darte la palabra. Y esta
lengua pinchará y reventará como una lama todas las vejigas, y
se lanzará contra los amos para aplastarlos, para que los demás
comprendan, para que los demás aprendan, para que los de-
más puedan reírse de ellos. Que sólo con la risa se deja coger
el amo, y si se ríen de los amos, el amo de montaña que es se
vuelve colina, y después ya nada. ¡Toma! Voy a darte un beso
que te hará hablar.
Me besó en la boca, mucho rato me besó. Y de pronto sen-
tí que mi lengua brincaba, y mi cerebro rebullía y mis piernas
se movían solas, y me planté en la plaza del pueblo, gritando:
-¡Acudid, gentes! ¡Acercaos! ¡Aquí está el juglar! Os ense-
ñaré a hacer sátira, a burlaros del amo, que es una vejiga gran-
de y con mi lengua la voy a pinchar. ¡Y os lo contaré todo, có-
mo viene y cómo va, y que no es Dios el que roba! Es robo
impune y las leyes son suyas... hablar, hablar. ¡Eh, gentes! ¡Va-
mos a aplastar al amo! ¡Aplastar! ¡Hay que aplastarle!...
Se trata de una imagen sacada de una miniatura. Es la re-
presentación de una pieza de un famoso juglar: Matazone da
Caligano. «Matazone» es un apodo que quiere decir «mattac-
chione», bromista, guasón; Caligano, Carignano, es un pueblo
cerca de Pavía. El lenguaje, un dialecto del que entonces era
territorio de Pavía, es muy claro para los que somos de la Lom-
bardía, y, a decir verdad, he probado a interpretarlo también
en Sicilia, y lo entendían todo. Mirad: ahí arriba hay un ángel,
aquí el amo, el señor, el señor de las tierras, aquí está el cam-
pesino, o mejor el villano.
¿Qué ocurre en esta representación? Es el momento de la
entrega, al amo, del primer villano creado por el todopodero-
so.
La juglaría cuenta que el hombre, harto de trabajar la tie-
rra, después de siete generaciones, va a ver al altísimo y le di-
ce: «Oye, ya no aguanto tanto esfuerzo, tienes que aliviarme el
trabajo. ¡Me prometiste que lo ibas a arreglar de alguna ma-
nera!». «¿Cómo que no lo he arreglado?», dice el altísimo, «te
he dado el burro, el mulo, el caballo, el buey...». «Sí, pero sigo
teniendo que empujar detrás del arado», dice el hombre, «si-
go teniendo que ir a limpiar el establo, sigo teniendo que ha-
cer las faenas más bajas, como echar estiércol en los campos,
ordeñar, matar al cerdo... Me gustaría que crearas a alguien
que me ayudase en todo y para todo, o mejor, que me sustitu-
yera, ¡y por fin yo podría descansar!». «¡Ah, tú lo que quieres
es un villano!» «¿Y ese quién es?» «Justamente lo que tú que-
rrías... Por otro lado, no puedes conocerle, porque aún no lo
he creado. Ven, vamos a crearlo ahora...» Y van a ver a Adán.
En cuanto Adán ve llegar al todopoderoso junto con un hom-
bre, ¡zas!, se rodea con los brazos el tórax y grita: «¡No, se aca-
bó, no pienso soltar ni una costilla más!». «Bueno, tú también
tienes razón», dice el altísimo, «¿pero qué puedo hacer?» En
ese momento pasa un burro, y al altísimo se le ocurre una idea:
hace un gesto con los dedos, y el burro se hincha. Está emba-
razado.
A partir de este momento voy a seguir el texto original. Es
Matazone da Caligano quien habla. Existe un texto impreso
bajo una forma algo diferente de esta, que ha sido reconstrui-
da juntando varios fragmentos, para dar al texto mayor conti-
nuidad y lógica.
EL NACIMIENTO
DEL VILLANO
Se cuenta en un libro ya olvidado que pasadas siete veces
siete generaciones desde el día aciago de la expulsión del pa-
raíso, el hombre, harto, desesperado por el mucho esfuerzo
que tenía que hacer para sobrevivir, se presentó ante Dios en
persona, y empezó a llorar y a implorarle que le enviase a al-
guien para ayudarle a trabajar la tierra, porque él solo ya no
podía más.
«¿Pero acaso no tienes burros y bueyes para hacerlo?», le
contestó Dios.
«Tienes razón, Señor Padre Nuestro... pero encima del ara-
do tenemos que estar nosotros los hombres empujando como
condenados, y los burros no saben podar las viñas ni consi-
guen aprender a ordeñar las vacas, por mucho que les enseñe.
Así que antes de tiempo nos volvemos viejos por el cansancio y
nuestras mujeres se marchitan, y a los veinte años ya se han
ajado.»
Dios, que es tan bueno, al oír estas cosas fue presa de com-
pasión y dijo con un suspiro: «Bien, veré de crear de la noche
a la mañana una criatura que pueda bajar a descargaros de
vuestra pena».
Luego corrió a ver a Adán: «Oye, Adán, hazme un favor, le-
vántate la camisa que tengo que sacarte una costilla que me ha-
ce falta para un experimento».
Pero Adán al oír esta novedad rompió a llorar: «Señor, pie-
dad, que ya me sacaste una costilla para que naciera mi espo-
sa, Eva la traidora... Si ahora me quitas otra costilla no tendré
bastantes para enjaularme el estómago, y se me saldrán todas
las visceras como a un capón degollado».
«Tú también tienes razón», masculló el Señor rascándose la
cabeza, «¿qué debo hacer?».En ese momento pasaba por allí un burro y al Señor le ins-
piró una idea: ¡porque, para eso, es un volcán! Hizo un gesto
hacia el burro, que de pronto se hinchó. Pasaron nueve meses,
la barriga del animal parecía a punto de estallar... se oye un es-
trépito, el asno se tira un pedo tremendo y con él sale de un
bote el villano apestoso.
«¡Oh, qué hermosa natividad!»
«Tú calla.» Entonces llega una tormenta diluvio y cae agua
a cántaros sobre el hijo del burro y luego granizo y tempestad
y relámpagos, y todos sobre el corpachón del villano, para que
tome conciencia en seguida de la vida que le espera.
Cuando ya está bien limpio, baja el ángel del Señor, llama
al hombre y le dice:
«Por orden del Señor, desde este momento serás
amo y mayor, y él, villano y menor.
Queda establecido y escrito
que este villano tenga por victo
pan de salvado con cebolla cruda,
judías y habas, esputo y lechuga.
Que deba dormir en un jergón
y de su estado se haga razón.
Y puesto que nació desnudo
dale un trozo de paño crudo
de los que usas para guardar boquerones
para que se haga un buen par de calzones.
Calzones partidos en medio y sin cerrar
para que no pierda tiempo en mear.»
¡Parecen los amos de ahora! Cuando recorremos Italia, so-
lemos encontrarnos con la verdadera realidad. Por ejemplo, lle-
gamos a Verona, y en el teatro había unas chicas con carteles
que habían colgado también de las paredes, estaban en huel-
ga. Estaban en huelga porque el jefe les había prohibido que
fueran al servicio. O sea, que una tenía ganas... «Perdone,
¿puedo?» «¡No... y no!» Tenían que ir todas al servicio a las
11.25: driiin, y pis. Y quien no tuviera ganas, basta, al siguiente
turno. Estaban en huelga para lograr el privilegio de hacer pis
cuando tuvieran ganas. No sé cómo acabó la cuestión. Pero el
máximo de lo grotesco sigue siendo lo ocurrido en la Ducati
de Bolonia, una fábrica muy grande, muy importante, de nivel
internacional. ¿Qué ocurrió? Los propietarios, allí no hay «el
amo», sino los amos, decidieron recortar el tiempo concedido
para ir al servicio. ¡Algunos se quedaban siete minutos, otros
cuatro, no, basta, se acabó! Discutieron también con los sindi-
catos, fue una lucha tremenda, y por fin decidieron. L'n au-
téntico mazazo: «Dos minutos con treinta y cinco segundos
son más que suficientes para que cada uno haga sus necesida-
des... en total». Ahora, dicho así, parece normal, luego uno
piensa: «Bueno, habrán hecho estudios, habrán consultado a
técnicos...». Pues os lo aseguro, creedme, ¡es un récord! Dos
minutos y treinta y cinco segundos: ¡un récord! Y la prueba es
que los obreros no van así como así... ¡se entrenan en casa! Si
no pensáis que es un récord, probadlo en persona, tomad
unos libros interesantes, esperad un buen día, coged algún dis-
co hawaiano, os lo aconsejo: ¡uauayuaum! Ayuda mucho. Pues
bien, ya lo veréis, ¡es imposible! Es imposible, sobre todo cuan-
do te entra la psicosis del tic... tic... tic. Sí, porque en cada ser-
vicio de la Ducati hay un reloj. En cuanto uno entra, en segui-
da tic... tic... tic... Lo tremendo, lo grotesco de la situación es
que uno piensa: «¿Cómo se marca el tiempo? ¿Cuándo sona-
rá?». Y se imagina naturalmente que el obrero entra en el ser-
vicio y (mima la entrada) to... ta... tata... toma aliento, profun-
damente, aaah... como cuando te tiras al agua helada y luego...
(mima) tic... tic tic tic (silbido) uyyy... ñi... ¡No! ni por casualidad:
porque, es lógico, si salta el aparato, quiere decir que hay un
pulsador debajo de la tapa, ¿no?, y entonces, si uno se apoya
en la tapa aplastará el pulsador y hará que salte el temporiza-
dor. Pero el amo sabe que el obrero es listo, espabilado, sabe
que jamás se apoyará en la tapa, sino que se quedará de pun-
tillas... ¡sin tocar!... aguanta horas sin tocar. «De eso nada, te
vas a enterar.» El resorte no estará bajo la tapa, ¡sino en el pi-
caporte! Y en cuanto el obrero toque el picaporte, ¡salta el me-
canismo eléctrico!, tic... tic... tic... «malditos tirantes que no...
qué faena... el papel...» (silbido, luego, dirigiéndose a la taza):
«Perdone la molestia». Ahí está el problema del entrenamien-
to: hay que llegar suelto de movimientos, lo más libre posible...
Así que, en primer lugar: fuera pantalones. Los pantalones ya
doblados, al hombro... incluso quedan bien... parece una es-
clavina, ¿no?, la camisa, tipo guayabera (lo mima todo), para no
liarnos, y sobre todo no hay que decir: «Uy Dios mío...» (trata
de taparse por delante). Hay que pasar, sin problemas de tonto
pudor.
Un gran estudioso alemán, Otto Weininger, ha realizado es-
tudios extraordinarios sobre este problema: pues bien, han
descubierto que es precisamente la actitud pudorosa la que
provoca en los demás el conocimiento de que uno está desnu-
do. Es lógico, uno va por ahí así (mima que se cubre los genitales y
el trasero), y en seguida le señalan con el dedo: «Eh... ¡¡está des-
nudo!! ¡Mamá, mira, ese está desnudo!». Pero si uno se libera
de ese pudor estúpido y está tan tranquilo, ¡a quién le impor-
ta! Desnudo, guapo, tranquilo, bien erguido... la gente dice:
«¡Oh, mira, un conde!».
Así que el obrero tiene que convertirse en conde cuando va
al servicio; y tiene que aprender también, además de los ritmos
del destajo, el del servicio. Son muy diferentes, pero funda-
mentales (mima dando saltitos al obrero que entra en el servicio y se
sienta) un... dos... tres... ¡Una danza!
Pero volvamos a la historia del villano y oigamos qué le
aconseja el ángel al amo del villano en el momento en que se
lo entrega.En muestra de su linaje gentil
échale al hombro azada y badil.
Mándale ir siempre descalzo
que nadie tendrá rechazo.
En enero ponle una horquilla a la espalda
y mándalo a limpiar la cuadra.
En febrero haz que sude en los campos partiendo
terrones
mas no tengas pena si tiene dolores,
si se llena de llagas y callos,
más ventaja tendrá tu caballo
libre así de moscas y tábanos
que irán todos en busca del villano.
Aplica una gabela a todo lo que haga,
aplica una gabela incluso cuando caga.
En carnaval déjale bailar,
y también cantar para más disfrutar,
pero poco, pues no vaya a olvidar
que a este mundo se viene a trabajar.
También en marzo que vaya descalzo.
Mándale podar la viña,
que de paso coja la tiña.
Ya en el mes de abril
que se quede en el redil
con el rebaño a dormir
pero que duerma despierto,
que el lobo está hambriento.
Si el hambriento lobo quiere llevarse ovejas
que coja al villano, porque tú le dejas.
Mándale a segar hierba
en mayo con las flores
pero que no se pierda
detrás de las jóvenes.
Jóvenes lozanas y sanas
aunque sean villanas,
haz que bailen en cama
contigo todo el mes.
Y si con una ya no retozas,dásela al villano como esposa,
esposa ya preñada
para que él no haga nada.
En junio a por cerezas al villano mandarás,
al árbol de ciruelas, melocotones y ananás,
pero antes, para que no se coma los frutos mejores,
dale salvado para que en las tripas sienta dolores.
En julio y en agosto,
con el calor en el rostro,
para que no pase sed
dale vinagre a beber
y, si blasfema muy enfadado,
no te ocupes de sus pecados:
que el villano, sea bueno o malvado,
siempre al infierno estará destinado.
Septiembre es el mes,
para que tranquilo esté,
mándale a vendimiar
pero antes tendrá que pisar
no se vaya a emborrachar.
En octubre, mándale matar al gorrino
y como premio déjale los intestinos,
pero no todos, pues pueden servir
para salchichas embutir.
Al villano déjale las morcillas
que son malas y dañan las tripas.
Los buenos jamones serranos
déjales a los villanos,
para que los puedan salar,
y luego los deben llevar
a tu casa, para festejar.
En noviembre y en diciembre,
para que el frío no le atormente,
para que se pueda calentar
mándale a caminar,
mándale a cortar leña
y haz que luego vuelva
a menudo muy cargadoy no cogerá un resfriado,
y cuando se acerque al fuego
le mandarás otra faena,
fuera del portón,
porque el fuego adocena.
Si fuera llueven chuzos,
dile que vaya a misa,
en la iglesia se cobija
y también podrá rezar,
rezar por pasatiempo,
y sin aprovechamiento,
nunca tendrá salvación,
pues alma nunca tendrá
y Dios no le va a escuchar.
¿Cómo va a tener alma este villano
si con un pedo salió de un asno?
Quiero detenerme brevemente en un detalle: el tema del
alma. Dice Matazone: «Tú, villano, no puedes tener alma por-
que has sido parido por un burro». Bien, es casi un consejo de
que acepte esa condición, de que no acepte el alma: porque el
alma es el pretexto para el mayor chantaje que se pueda hacer.
Es lo que sostiene Bonvesin de la Riva en el Rispetto tra l 'anima
e il carpo: «Da gracias a Dios, alma, por no tener trasero, por-
que te lo rompería a patadas: eres mi plomo, no puedo volar
porque tu peso me abruma». ¿Por qué este rechazo al alma?
Porque es el mayor chantaje que el amo pueda utilizar contra
nosotros. En un momento de desesperación, uno puede llegar
a decir: «Me da igual, hay que tener dignidad, le voy a asestar
un navajazo a este cabrón de amo». Y entonces el amo, o el
amo a través del cura: «¡No! ¡Quieto! ¿Quieres buscarte la rui-
na? Has sufrido toda tu vida, y ahora que tienes la posibilidad,
pronto estirarás la pata, de ir al paraíso, porque Jesucristo te lo
ha dicho, eres el último de los hombres y verás el reino de los
cielos... ¿ahora quieres estropearlo todo? ¡Cálmate, tranquilo,
no te rebeles!... y espera a después. ¡Yo sí, por Dios, yo sí que
lo tengo mal! ¡Soy el amo, maldita sea! ¿Y qué me ha dicho Je-
sucristo? "No entrarás jamás en el reino de los cielos, eres co-
mo el camello, que no pasará jamás por el ojo de la aguja..."
¿Comprendes la faena? No tengo más remedio que montarme
aquí un pequeño paraíso. Por eso me esfuerzo en tenerte so-
metido, en aplastarte y explotarte: ¡te arranco hasta el alma,
pues claro! Quiero mi pequeño paraíso, pequeño pero mío,
en seguida, en el tiempo que pase en este mundo. Menuda
suerte la tuya, que tendrás el paraíso todo entero... ¡Después,
es cierto, pero para toda la eternidad!».
Pasemos ahora al milagro de Lázaro.
Este texto es un «caballo de batalla» para virtuosos, porque
el juglar tiene que interpretar quince o dieciséis personajes se-
guidos, marcando las transiciones sólo con el cuerpo: ni si-
quiera cambiando la voz, únicamente con las actitudes. Se trata
pues de uno de esos textos que obliga al intérprete a improvi-
sar un poco, dejándose guiar por el ritmo de las risas, por los
tiempos y los silencios del público. Es, en la práctica, un guión
sobre el que tendré que improvisar cada vez. El tema domi-
nante del texto es la sátira de todo lo que constituye el «mo-
mentó místico», a través de la exposición de lo que el pueblo
suele llamar «milagro». La sátira apunta contra la exhibición de
la milagrería, de la magia, de la brujería, que es una constan-
te de muchas religiones, incluyendo la católica: es decir, el he-
cho de exhibir el milagro como un evento sobrenatural, con el
fin de señalar que, sin duda, ha sido Dios quien lo ha realiza-
do: mientras que, en el origen del milagro, predomina el sig-
nificado de amor y de apego de la divinidad por el pueblo, el
hombre.
Aquí se cuenta el milagro desde el punto de vista del pue-
blo: todo está visto y relatado en función de un espectáculo
realizado por un gran prestidigitador, un mago, que consigue
hacer cosas extraordinarias y muy divertidas. Ninguna alusión
a lo que se pretende que está detrás.
En una sinopia del cementerio de Pisa se representa la re-
surrección de Lázaro. (Sinopia es el esbozo que precede a un
fresco: una vez arrancado el fresco para restaurarlo, ha salido
a la luz el esbozo, bien conservado.) Lázaro ni siquiera apare-
ce: toda la atención se centra, como en el teatro, en un gentío
de personajes atónitos, que expresan con el gesto su asombro
ante el milagro. Un elemento grotesco, como grotesca es la re-
presentación, casi como si teatro y representación figurativa
fueran al paso: hay incluso un personaje que introduce los de-
dos en la bolsa de un espectador que está a su lado. Aprovecha
el asombro, el estupor, el milagro, para desplumarle.
LA RESURRECCIÓN
DE LÁZARO
-¡Perdone! ¿Es este el cementerio, el camposanto, donde
van a hacer la resurrección de Lázaro?
-Sí, este es.
—Ah, bien.
-Un momento, diez monedas para entrar.
-¿Diez monedas?
-Te lo dejo en dos.
-¿Dos monedas? Córcholis, ¿y por qué?
-Porque soy el guarda del cementerio y vosotros entráis y
me lo pisáis todo, me estropeáis los setos y me chafáis el cés-
ped, y me tenéis que recompensar por todos los engorros y da-
ños que me hacéis. Dos monedas o no ves el milagro.
-¡Bien! ¡Qué espabilado, eh!
—Dos monedas vosotros también, me da igual que traigáis
niños, me da igual, ellos también miran. Sí, vale: media mone-
da. Bájate del muro, desgraciado. ¡Quiere ver el milagro gratis,
el muy listo! Hay que pagar, ¿no? Dos monedas... no, no has
pagado. Dos monedas, también vosotros, dos monedas para
entrar.
-¡Vaya listo, ese! Saca dinero de los milagros. Ahora a ver
dónde está el Lázaro ese... ¡Pondrá el nombre en la tumba! La
otra vez vine a ver el milagro de otro, me pasé medio día es-
perando y luego el milagro fue allí al fondo. Me quedé aquí co-
mo un pasmarote, mirando. Pero esta vez, como me sé el nom-
bre, me he enterado, encuentro el nombre en la tumba, ¡y soy
el primero! ¿Lázaro?... (mientras busca) me pongo... ¿Lázaro?
me pongo delante de la tumba, y quiero verlo todo desde el
principio. ¡Mira! ¿Lázaro? Y aunque encuentre la tumba don-
de pone Lázaro, ¡si no sé leer...! ¡Bueno, lo adivinaré! Me que-
do aquí. Me salió mal la otra vez, espero que ahora salga bien.
¿Quién se acerca? ¡No, no empecemos con los empujones! ¡Yo
he llegado antes, y quiero estar delante! ¡No me importa que
seas bajito! Los bajitos madrugan para coger sitio. ¡Qué listo,
eh! ¡Es bajito y se pone delante! ¿Qué quieres, que nos ponga-
mos en escalera? ¡Los bajitos delante, y los grandullones de-
trás! ¡Y además, el bajito llega tarde, y como si hubiese llegado
antes! ¡No me empujes, que me tiras a la tumba! ¡Rediez! No
me importa, echaos atrás. ¿Eh? ¡Ah! ¡Ahora resulta que las mu-
jeres también empujan!
-¿No llega? ¿No es la hora del milagro?
-¿No hay nadie que conozca al tal Jesucristo, y pueda ir a
avisarle de que ya hemos llegado? No se puede esperar siem-
pre para los milagros, ¿verdad?
-Que pongan un horario y lo respeten, ¿no?
-¡Sillas! ¿Quién quiere sillas? ¡Mujeres! ¡Coged una silla!
¡Dos monedas una silla! ¡Coged una silla para sentaros, muje-
res! ¡Que cuando sea el milagro y el santo haga salir a Lázaro
de pie, hablando, cantando, moviéndose, os va a dar tal susto
cuando le brillen los ojos, que os vais a caer de culo y os vais a
golpear la cabeza en una piedra y os quedaréis tiesas! ¡Muer-
tas! Y el santo sólo hace un milagro al día. ¡Coged una silla!
¡Dos monedas!
—¡Hay que ver, sólo piensa en ganar dinero, eh!
-Entonces, ¡no va a ir nadie a...?
-¡No empujes! ¡No me interesa!
-¡No os subáis a las sillas! ¡Mira el listo! ¿Habéis visto? ¡El
bajito se sube a las sillas!
-No te apoyes, que ahí delante está la tumba y...
-¿Llega? ¡No llega!
-¡Sardinas! ¡A las ricas sardinas! ¡Dos monedas las sardinas!
¡Dulces! ¡Tostadas! ¡Qué ricas! ¡Qué ricas las sardinas! ¡Para
resucitar a un muerto! ¡Dos monedas!
-(Llama.) Eh, tú, el de las sardinas... ¡dale un cucurucho a
Lázaro para que vaya sentando el estómago!
-¡Calla, blasfemo!
-¡Callaos!
-¡Ya viene! ¡Ya viene! ¡Está aquí!
-¿Quién es? ¿Cuál es?-Jesús!
-¿Cuál es?
-¿El moreno? ¡Uy, qué ojos de malo!
-¡No, ese es Marcos!
-¿El de detrás?
-¿Cuál es? ¿El alto?
-No, el pequeño.
-¿Ese muchacho?
-El de la barbita.
-¡Uy, pero si parece un chiquillo, rediez!
-¡Mira! ¡Detrás vienen todos!
-¡Ahí va, si es el Juan! Le conozco, al Juan. (Llamando.)
Juan! Jesús! ¡Qué majo es Jesús!
-¡Anda, mira! ¡Si está también la Virgen! ¡Está toda la pa-
rentela! Será que siempre sale con toda esta gente... ¡Hala!
-¡No le dejan que salga solo, porque está un poco loco!
-(Llamando.) Jesús! ¡Majo! ¡Me ha guiñado un ojo!
-Jesús! Jesús, haz el milagro de los panes y los peces como
la otra vez, que estaban tan ricos!
-¡Calla! ¡Blasfemo, cállate!
—¡Silencio! De rodillas, ha hecho una seña de que nos arro-
dillemos, hay que rezar.
-¿Dónde está la tumba?
-Eh... es esa.
-¡Oh, mira! Ha dicho que levanten la lápida.
-¡Calla!
-¡De rodillas, de rodillas, vamos, todos de rodillas!
-¡Yo no! Yo no me arrodillo, porque no me lo creo. ¿Qué
pasa?
-¡Calla!
-Déjame ver.
-¡No! Bájate, bájate de la silla.
-¡No! ¡Deja que me suba, que quiero ver!
-¡Rediez! ¡Mira! ¡Han levantado la losa, está el muerto, está
dentro rediez, es el Lázaro que apesta! ¿Qué es este tufo?
-¡Hala!
-¿Qué pasa?
-¡Calla!-¡Dejadme ver!
-¡Está lleno de gusanos, de moscardones! ¡Puah! ¡Lo menos
lleva muerto un mes, se ha podrido! ¡Uy, qué faena le han he-
cho! ¡Menuda broma! ¡Esta vez no lo consigue, el pobre!
—¡Seguro que no lo consigue, no le sale! ¡Imposible que
consiga sacarlo! ¡Se ha podrido! ¡Menuda burla! ¡Qué desgra-
ciados! ¡Le han dicho que llevaba muerto tres días! ¡Y lo me-
nos lleva un mes! ¡Vaya papelón, pobre Jesús!
-¡Yo digo que lo consigue igual! ¡Este santo hace el milagro
aunque lleve podrido un mes!
-¡Pues yo digo que no le sale!
—¿Qué te apuestas?
-¡Venga, apostemos!
-¡Sí! ¡Dos monedas! ¡Tres monedas! ¡Diez monedas! ¡Lo
que quieras apostar!
-¿Las guardo yo? ¿Te fías? ¡Se fía! ¿Nos fiamos todos? ¡De
acuerdo, yo guardo el dinero!
—¡Callaos, eh, prestad atención! ¡Todos de rodillas, silencio!
-¿Qué hace?
-Reza.
-¡Que te calles!
-¡Eh! ¡Levántate, Lázaro!
-¡Oh! Se lo puede decir incluso cantando, que sólo los gu-
sanos de los que está lleno le van a salir... ¿Levantarse?...
-¡Calla! ¡Se ha puesto de rodillas!
-¿Quién? ¿Jesús?
-¡No, Lázaro! ¡Rediez, mira!
-¡Anda ya, imposible!
-¡Déjame ver!
-¡Oh, mira! ¡Ya va, ya va, está de pie, va, va, se cae! ¡Va, su-
be, está de pie!...
-¡Milagro! ¡Oh! Qué prodigio. ¡Oh Jesús, qué criatura tan
dulce eres, y yo que no creía!
-¡Bravo, Jesús!
-He ganado la apuesta, trae. ¡Eh! ¡No te pases de listo!
-Jesús, fenómeno!
-¡Mi bolsa! ¡Me la han robado! ¡Al ladrón!
-¡Bravo, Jesús!-¡Al ladrón!
-Jesús, bravo! Jesús! ¡Bravo!... ¡Al ladrón!
Y llegamos a Bonifacio VIII, el papa de la época de Dante.
Dante lo conocía bien: lo odiaba tanto, que lo metió en el in-
fierno antes incluso de que muriera. Otro que lo odiaba, aun-
que de manera diferente, era el fraile franciscano Jacopone da
Todi, un pauperista evangélico, un extremista, diríamos ahora.
Estaba vinculado a todo el movimiento de los campesinos po-
bres, sobre todo de su zona, hasta tal punto que, en muestra
de desprecio por las leyes de prevaricación impuestas por Bo-
nifacio VIII, que era un buen ejemplo de ladrón, gritó en uno
de sus cánticos: «¡Ah, Bonifax, que en puta has convertido a la
Iglesia!». Bonifacio se la guardó: cuando por fin logró poner
las manos encima a Jacopone, que era además un hombre de
teatro extraordinario, lo encerró en la cárcel, sentado, obliga-
do a permanecer en esta postura (indica), las manos abiertas y
los pies atados, durante cinco años, encadenado a sus heces. Y
cuentan que a los cinco años, cuando salió gracias a la muerte
del papa, este pobre fraile, muy joven aún, ya no podía andar:
se vio obligado a arrastrarse doblado en dos. Cuando murió,
año y medio más tarde, trataron de tenderle en un ataúd: no
lo consiguieron. Cada vez que lo tumbaban... ¡ñíí!, volvía a la
postura original. Al final se cansaron y lo enterraron sentado.
De todos modos, no era el único que odiaba al papa: ya
Gioacchino da Fiore, que vivió incluso antes de san Francisco,
y puede considerarse de alguna manera el padre de todos los
movimientos heréticos, había dicho más o menos: «Si quere-
mos dar dignidad a la iglesia de Cristo, debemos destruir la
iglesia. La gran bestia de Roma, la tremenda bestia de Roma.
Y para destruir la iglesia no nos basta con echar abajo los mu-
ros, los tejados, los campanarios: tenemos que destruir a quien
la gobierna, el papa, los obispos, los cardenales». Una actitud
algo radical. El caso es que el papa de su tiempo le envió en se-
guida de visita a un centenar de soldados armados, que lo bus-
caron por los montes donde vivía, localizaron gracias a un espía
la cueva donde habitaba, pero, para su desgracia, lo encontra-
ron muerto: aún caliente, pero muerto. Había muerto dos mi-
nutos antes de que llegaran, no se sabe si por el susto de ver
que llegaban los soldados, o porque era un poco malintencio-
nado y quiso fastidiarles. Yo creo que fue así: Gioacchino da
Fiore era maligno, muy maligno.
He aquí una imagen de Bonifacio VIH (foto 15), muy rea-
lista: vemos que emplea como asiento al fraile Segalello da Par-
ma. Este fraile pertenecía a la orden de los ensacados, así lla-
mados porque vestían sacos: otro extremista, por seguir con el
lenguaje de nuestros días, en que oímos tanto hablar de ex-
tremismos de ambas partes, de extremismos de signo opues-
to...
El extremista que le sirve de asiento, entonces, era uno de
los que pretendían que el papa y la iglesia fueran pobres, que
todo se entregase a la gente más humilde, que «la dignidad de
la iglesia», decía Segalello, «se fundara en la dignidad de los
pobres».Cuando tú, iglesia, tienes en tu interior a un pobre desgra-
ciado que se muere de hambre, eres una iglesia que no puede
alardear de estar viva. Segalello era de los que predicaban cas-
tidad absoluta, e iba provocando a los campesinos: «En, voso-
tros, ¿qué hacéis? ¿Jugáis? ¡Ah no! ¿Caváis la tierra? ¡Trabajáis!
¿Y de quién es la tierra? ¡Vuestra, me figuro! ¿No? ¿No es vues-
tra? ¡Pero cómo! Trabajáis la tierra y... ¿Pero le sacáis prove-
cho? ¿Qué provecho? Ah... ¿un porcentaje tan ínfimo? ¿Y có-
mo, todo el resto se lo queda el amo? ¡El amo de qué! ¿De la
tierra? Ja ja ja! ¿Hay un amo de la tierra? ¿De verdad creéis
que en la Biblia cada terreno fue asignado a fulano o a zuta-
no?... ¡Cretinos! ¡Subnormales! La tierra es vuestra: ellos os la
han trincado, y luego os la hacen trabajar a vosotros. La tierra
es para quien la trabaja: ¿está claro?».
Imaginaos, en plena Edad Media, ir por ahí diciendo cosas
semejantes: ¡la tierra para quien la trabaja! Es de locos insen-
satos decirlo hoy, ¡así que figuraos en la Edad Media! De he-
cho, lo cogieron en seguida y lo llevaron a la hoguera, a él y a
toda su banda de «ensacados».
Sólo se salvó uno. Se llamaba fray Dolcino, y se retiró a su
tierra, a la zona de Vercelli: pero en lugar de quedarse en su
casa en paz y en silencio, en vista del peligro que había corri-
do, no señor, volvió a ir en busca de los campesinos, a provo-
carles, a hacer de juglar. «¡Eh, campesino!... la tierra es tuya,
quédatela, cretino subnormal, la tierra es del que la trabaja...»
Y los campesinos de su zona, tal vez porque hablaba su mismo
dialecto y le comprendían bien, le miraban y decían: «Je je...
¡qué loco está ese fray Dolcino! ¡Aunque no dice tonterías! Sa-
bes, yo casi casi me quedo con la tierra... No, mejor se la dejo
al amo, ¡y me quedo con la cosecha!». Y desde ese día, siempre
que llegaban los «demandados», los recibían a pedradas. Y em-
pezaron también a romper el contrato, que se llamaba «diez-
mo». Sí, el contrato que en la Edad Media unía a los campesi-
nos con el amo se llamaba «diezmo». Entonces tenía sólo el
significado de contrato: después la gente empezó a compren-
der, y lo enriqueció de matices: «Ah, ¿un diezmo?...», es decir,
un contrato entre campesino y amo. Bien, rompían el contra-
to, pero sabiendo que no podían resistir solos, se unían, se aso-
ciaban entre ellos, todos los campesinos de la zona. Y es más,
comprendiendo que había que ampliar la unión para que tu-
viese más fuerza, se unían con los artesanos menores, con los
asalariados, que en el Medievo empezaban a ser numerosos.
Fue así como llegaron a la organización de una extraordinaria
comunidad. Entre ellos se llamaban «comuneros».
Son los primeros comuneros de la historia que conocemos:
como centro de organización, tenían la «credencia». La cre-
dencia sigue siendo en toda Italia, de la Sicilia al Veneto, el ar-
mario que tenemos en casa para guardar la comida, el apara-
dor. El sustantivo deriva evidentemente del verbo creer: creer en
algo. Credencia: creer en la comunidad, pues, y estas formas
de comunidad empezaron a existir ya desde el siglo VI. La pri-
mera «credencia» de que tenemos noticia es la de la comuni-
dad de San Ambrosio: un armario enorme, inmenso, con mu-
chas hojas, y ventanillas de madera especiales, en las que se
conservaban los géneros alimenticios de la comunidad, el tri-
go de la humedad, todo lo que podía servir a la comunidad en
las épocas de carestía.
En Vercelli, en cambio, para la división de los bienes co-
munes no esperaban a la carestía: se juntaba todo y se repartía
según las necesidades de cada cual. Según las necesidades, fi-
jaos bien, no según el trabajo que cada uno había producido.
Esta forma de autogobierno molestó mucho a los amos, so-
bre todo a los que se consideraban «despojados» de sus tierras.
Uno en concreto, el conde de Monferrato, organizó una ex-
pedición de castigo, partió con sus esbirros, aprisionó a un
centenar de comuneros y les cortó las manos y los pies. Era
una costumbre de la época: en Bretaña, doscientos años antes,
los señores hicieron lo mismo con sus campesinos. Con las ma-
nos y los pies amputados, los subieron en burros, y los empu-
jaron hacia la ciudad de Vercelli, para que los comuneros se
dieran cuenta de lo que pasaba cuando se actuaba con dema-
siada libertad y «presunción».
Cuando los comuneros vieron a sus hermanos mutilados y
tan maltrechos no se echaron a llorar. Partieron esa misma no-
che y llegaron de improviso a Novara, entraron en la ciudad e
hicieron una auténtica matanza de los esbirros, de los verdu-
gos carniceros: pero no sólo eso, también lograron convencer
a la población de que se liberase y se organizase a su vez en co-
munidad. Con una rapidez increíble Oleggio, Pombia, Caste-
lletto Ticino, Arona, toda la zona al norte del Lago Maggiore,
Domodossola, la zona hacia el Monte Rosa, todo el Lago de
Otra, la Valsesia, Varallo, Val Mastallone, Ivrea, Biella, Alessan-
dria... en fin, media Lombardía y medio Piamonte se rebela-
ron. Sin saber a quién recurrir, duques y condes enviaron a Ro-
ma un mensajero que llegó ante el papa, gritando: «Socorro,
socorro... ¡ayúdanos, por Dios!». Ante ese por Dios, ¿qué podía
hacer el papa? «Por Cristo, tengo que ayudarles...» Para su for-
tuna, y para la de los señores del norte, estaba a punto de em-
barcar en Brindisi la cuarta cruzada (esa de la que no sabemos
nada, porque nos la silencian, y por «cuarta cruzada» nos ven-
den la que en realidad fue la quinta). Así que mandó al men-
sajero a decirles a los cruzados: «Quietos todos, perdonad, me
he equivocado: los infieles no se encuentran al otro lado del
mar, están ahí arriba, en Lombardía, disfrazados de campesi-
nos rebeldes. ¡En marcha cuanto antes!». A marchas forzadas
ocho mil hombres, casi todos alemanes, llegaron a la Lombar-
día, se unieron a las tropas del duque Visconti, de los Modro-
ne, de los Torriani, de los Borromeo, del conde del Monferra-
to -había también dos personajes nuevos, los Saboya, que
empezaron entonces a abrirse camino- y cometieron una tru-
culenta matanza. Consiguieron encerrar en un monte cerca de
Biella a tres mil comuneros, hombres, mujeres y niños: de un
solo golpe los masacraron a todos, los quemaron, los degolla-
ron...
De esta historia que os he resumido no aparece rastro en los
libros de texto de los colegios. Y es justo, por otro lado: ¿quién
organiza la cultura? ¿Quién decide qué enseñar? ¿Quién tiene
interés en no dar determinadas informaciones? Los amos, la
burguesía. Mientras se lo permitamos, es natural que sigan ha-
ciendo lo que consideran justo. ¿Os figuráis si estos, enloque-
cidos, empezaran a contar que en el siglo XIV, en Lombardía y
en Piamonte, hubo una auténtica revolución, gracias a la cual,
y en nombre de Cristo, se llegó a constituir una comunidad en
la que todos eran iguales, se querían, y no se explotaban entreellos?
Cabe la posibilidad que los chicos, exaltados, gritaran:
«¡Viva fray Dolcino! ¡Abajo el papa!». ¡No es posible, por Dios,
no es posible!
Exagero, por supuesto, por pura polémica: porque la ver-
dad es que en algún libro de texto más avanzado, en algún co-
legio de gran tradición (el Berchet por ejemplo, el colegio al
que ha ido mi hijo), la noticia se encuentra. A lo mejor en una
nota a pie de página, que suena así (cito de memoria): «Fray
Dolcino, hereje, en 1306 fue quemado vivo junto a su amiga».
¿Comprendéis? ¡Así los chicos aprenden que fray Dolcino era
un hereje porque tenía una amiga!
Voy a interpretar ahora la juglaría de Bonifacio VIII. Co-
mienza con un canto extralitúrgico antiquísimo, catalán, de
los Pirineos para ser exacto: durante el canto el papa se viste
para una ceremonia importante. Conviene recordar una ma-
nía de Bonifacio VIII: mandar que clavaran de la lengua a los
frailes, de los portales nobles de algunas ciudades. Como estos
frailes pauperistas y ligados a los «cátaros», a otros movimien-
tos heréticos, tenían la pésima costumbre de ir hablando mal
de los señores, el papa los cogía y zas... (mima el acto de clavar de
la lengua). No él en persona, pues le horrorizaba la sangre: te-
nía hombres de sobra para hacerlo... No era egoísta.
Otro episodio que lo recuerda, sólo para dar idea del per-
sonaje, es la orgía que organizó el viernes santo de 1301. Entre
las muchas procesiones que se celebraban en Roma ese día,
había una de «cátaros», que aprovechaban los cantos litúrgicos
para insultar, con pullas encubiertas, precisamente al papa.
Decían: «Jesucristo era un hombre pobre que iba por ahí sin
capa siquiera: en cambio los hay que tienen capas llenas de
piedras preciosas. Hay alguien que se sienta en un trono todo
de oro, mientras Cristo caminaba con los pies desnudos. Cris-
to, que era Dios, el Sumo Hacedor, para ser hombre bajó a la
tierra: hay alguien que ni siquiera es hombre, y se las da de to-
dopoderoso, y para ser dios se pasea en silla de manos...».
¡Caray! Bonifacio, que era más bien espabilado, pensó: «¿A
que la han tomado conmigo? ¿Ah sí? ¡Pues les haré una afren-
ta!». Organizó una orgía justo el viernes santo: llamó a unas
prostitutas, a algunas señoras de buena familia, que a menudo
viene a ser lo mismo, obispos y cardenales, y por lo visto todos
juntos hicieron cosas realmente impúdicas y abyectas. Tanto,
que todas las cortes de Europa se escandalizaron, incluso la de
Enrique III de Inglaterra que, según los cronistas de la época,
era un rey más bien procaz.
Dicen en efecto que, para divertir a sus barones durante los
banquetes, apagaba velas de un eructo, a tres metros de dis-
tancia. Algunos llegan a añadir -pero no me lo creo- que lo-
graba apagarlas hasta en carambola, o sea lanzando el eructo
hacia la pared... de lado... (mima) tac-tac... Es el sentido del hu-
mor inglés, del que no estamos en grado de captar todos los
matices, por supuesto; tenemos que conformarnos, es como el
juego del cricket.
BONIFACIO VIII
El juglar interpreta el personaje de Bonifacio VIII. Mima el
gesto de rezar y canta
EL DÍA DEL JUICIO
APARECERÁ EL QUE TODO HA CREADO
VENDRÁ UN REY ETERNO
VESTIDO DE NUESTRA CARNE MORTAL
VENDRÁ DEL CIELO CIERTAMENTE
EL DÍA...
Se interrumpe y se dirige a un clérigo imaginario para que
le entregue la mitra. Vuelve a cantar
ASÍ ESE JUICIO NO SERÁ
UNA GRAN SEÑAL SE MOSTRARÁ
(Mima que se quita la mitra de la cabeza.) ¡Oh, cómo pesa! No,
vamos... tengo que salir a pasear... (Finge coger otro sombrero.) Ah,
mejor este... (Se lo planta en la cabeza y vuelve a cantar.)
EL DÍA DEL JUICIO...
(Se interrumpe.) El espejo... (Mima que se mira en el espejo.) ¡Va-
ya, está torcido!... ¡El guante! (Vuelve a cantar, mimando que se
pone el guante. Canta.)
ASÍ ESE JUICIO NO SERÁ
UNA GRAN SEÑAL SE MOSTRARÁ...
el otro... ¿un solo guante? tengo dos manos, ¿no? no tengo só-
lo una mano... ¿quieres que me la corte? (Canta.)
EL SOL PERDERÁ SU ESPLENDOR
LA TIERRA TEMBLARÁ DE TEMOR...
(Ordena.) El manto... el manto grande. (Mima que agarra un
manto enorme y pesado.)EL DÍA DEL JUICIO
APARECERÁ EL QUE...
¡Uy, cómo pesa!... (Trata de colocárselo a la espalda. Pide ayuda
a los clérigos.)
APARECERÁ EL QUE TODO HA CREADO
Empujad todos al tiempo, vamos... (Canto ralentizado.) ¡Eh,
vosotros! ¿Vais a empujar o no?... ¡Y también cantad! ¿O tengo
que hacerlo todo yo solo?... cantar, empujar, sujetar el manto,
llevar el sombrero... ¡vamos! ¡Quietos y volvemos a empezar!
(Sigue dirigiéndose a clérigos imaginarios.) Y tú canta: ¡la primera
voz! (Canta fingiendo que coloca la voz al clérigo.)
...TODO HA CREADO-O-O
(Vuelve a empezar dirigiendo con la cabeza.)
VENDRÁ UN REY ETERNO
Segunda voz. (Señala a otro clérigo.)
VESTIDO DE NUESTRA CARNE MORTAL
Tercera. (Vuelve a señalar al primer clérigo.)
VENDRÁ DEL CIELO CIERTAMENTE
(Se interrumpe, desanimado.) ¡¡¡Desafinas, ehü! Arriba todos
juntos. (Canta subiendo en agudo y se bloquea de golpe.)
PARA HACER EL JUICIO FINAL
¿Quién se ha subido en el manto? (Se vuelve, furioso.) ¿Eres
tú, eh? ¡Desafinado! ¡Que te cuelgo de la lengua! desgracia-
do... ¡ni canta ni empuja!... Vamos... Entras en el aleluyático.
(Se interrumpe, incrédulo.) ¿No sabes qué es el aleluyático? Es ese
trino que se hace con la voz... Vamos...
EL DÍA DEL JUICIO APARECERÁ
EL QUE TODO HA CREADO
(Gorjea y tira del manto. Se detiene, exhausto.) ¡Ay, menudo ofi-
cio el de papa! (Da un último tirón para colocarse el manto.)
VENDRÁ UN REY ETERNO
VESTIDO DE NUESTRA CARNE MORTAL...
(De nuevo se dirige a un clérigo.) ¡El anillo! (Alza el tono de la
voz.) ¡El anillo! (Canta mientras se pone el anillo. Lo contempla tras
haberle echado el aliento durante sus trinos.) ¡Oh, cómo reluce!
(Ordena.) El otro... Este es grande, es para el pulgar. (Se pone el
anillo en el pulgar, sigue cantando.)
VENDRÁ DEL CIELO CIERTAMENTE...
¡El bastón! (Gritando.) El bastón... ¡no, el de pegar no, va-
mos! El enroscado. (Indica una espiral. Vuelve a cantar.)
VENDRÁ DEL CIELO CIERTAMENTE...
¿Listos? Nos vamos, ¿eh? Todos juntos. No empujes de gol-
pe, desgraciado: ¿es que quieres verme de bruces en el barro?
¡Ten cuidado, desafinado! Hagamos contrapeso, venga: dos ba-
lanceos antes de arrancar: ¡uno, dos, arriba en el aleluyático!
(Canta.)
LOS INFANTES QUE NACIDO NO HABRÁN
DENTRO DE SUS MADRES GRITARÁN
LLORANDO TODOS DIRÁN
AYÚDANOS OH DIOS OMNIPOTENTE
¡Qué bien canto! ¿Vosotros a dónde creéis que vais? ¿Hacia
dónde os dirigís?...
¿Hacia dónde va toda esa gente? ¿Me vais a dejar aquí solo?
¡Yo soy el papa Bonifacio! No soy un carretero...
¿Quién es? ¿Quién?... quién es ese de la cruz... ¿Jesús? ¡Ah,
Cristo! Jesucristo... Mira mira... caray... vaya pinta... ¡desgracia-
do! Ahora entiendo por qué le llaman «pobre cristo»... caram-
ba... hay que ver cómo va... ¡Maldición!, vámonos, que me im-
presiona ver estas cosas... (Finge contestar a un clérigo que tiene
otra opinión.) ¿Dices que mejor que me acerque?... que me vea
la gente que soy bueno, que me vea mientras le ayudo a llevar
la cruz... A lo mejor luego me aplauden todos, y dicen: «Qué
bueno es este Bonifacio»... Venga, sí, vamos a darles gusto a
esos necios... vamos. (Simula desvestirse.) Toma, coge el manto...
sujetadlo... el bastón. Será mejor que vaya. No me creerás, pe-
ro me tiemblan las piernas... Jesús, ¿qué tal?... Jesús, ¿no me co-
noces? Soy Bonifacio... Bonifacio, el papa... ¡Cómo que quién
es el papa! Vamos... es el pastor, el que viene después de Pedro,
con todos los demás en fila... ¿no me reconoces? Ah, es por el
sombrero este tan grande... Es que como llueve... Tal vez... (Al
clérigo.) Ven a quitarme todo... ¡el anillo!... que no me vea los
anillos... (Mima que le quitan todos los oropeles.) Que no vea cosas
que brillan... ¡Es un obseso tremendo, ese!, un original... Fue-
ra, quítame los zapatos... ¡fuera! Quiere ver a la gente con los
pies descalzos... ¡vamos, fuera! Dame algo para que me ensu-
cie... tierra, en la cara. (Se frota la cara con barro.) Vamos, ensú-
ciame todo: ¡a ver así! ¡Qué quieres que te diga, está loco! (Se
dirige a Cristo.) ¿Me reconoces ahora? Soy tu hijo... Humilde, ya
sé que doy lástima. Jesús... mira, me arrodillo delante de ti... Yo
que jamás me he arrodillado, que todos me hacen... Jesús... Je-
sús... ¡Que me hagas caso un momento, caray! Cómo es posi-
ble, ¿yo te hablo y tú no me escuchas? ¡Pero hombre de Dios,
un poco de educación, vamos! Te decía... (Se calla, como si Cris-
to le hubiera interrumpido.) ¿Yo?... yo... ¿Qué has dicho? ¿Que yo
he matado a los frailes?... ¿yo? ¿Que he hecho cosas malas? ¡No
es verdad! Son calumnias, mentiras que difunden las malas
lenguas, por envidia... que... (Lo señala con el dedo, con ímpetu.)
¡Pues de ti me han dicho cada cosa, querido! ¡Pero yo no me
lo creo! Bendito seas, son malos, ya sabes... (Se arrodilla, deses-
perado.) Jesús! Jesús, mírame a los ojos, que te quiero mucho...
¿que a los frailes? que no, que yo los quiero, siempre he que-
rido mucho a los frailes, yo... (Al clérigo imaginario.) ¡Ve a bus-
car un fraile, rápido! (A Cristo.)Yo los quiero... (Al clérigo.) ¿Que
dónde vas a buscar frailes? ¡Pues a la cárcel, que está llena! (A
Cristo.) Jesús, yo... Jesús, mira qué fraile, mira qué hermoso...
(Mima un abrazo y un beso, aparta la cara, asqueado.) ¡Qué peste!
(A Cristo.) Jesús, deja que te ayude a llevar la cruz, yo soy fuer-
te, tú te cansas... yo estoy acostumbrado... soy un toro, yo... ¡lle-
vo cada manto que ni te imaginas! déjame... ¡Quítate de los co-
jones, Cirineo!
(Mima que empuja al Cirineo y ocupa su lugar.) Yo te ayudo...
no, si no me canso... no... ¡no empujes! Jesús, tranquilo... (Una
patada terrible le lanza lejos.) ¡¡Cristo!! ¿Una patada a mí? ¡Boni-
facio! ¡El Príncipe! Ah, muy bien... canalla... malnacido... Oh,
como se entere tu padre... ¡desgraciado! Jefe de los burros!
Oye, no me da miedo decirte que me complace verte crucifi-
cado: y que hoy, mira por donde, quiero emborracharme,
quiero darme el gusto de bailar... ¡bailar! ¡Ir de putas! Porque
soy Bonifacio, yo... ¡Soy Príncipe! Manto, sombrero, bastón,
anillos... ¡todo! Mira cómo relucen... canalla... ¡Bonifacio, soy
yo! ¡A cantar! (Se va altanero, sacando pecho, cantando a voz en cue-
llo.)EL DÍA DEL JUICIO
APARECERÁ EL QUE TODO HA CREADO
VENDRÁ UN REY ETERNO
VESTIDO DE NUESTRA CARNE MORTAL
VENDRÁ DEL CIELO CIERTAMENTE...Textos de la Pasión
iEL LOCO Y LA MUERTE
En una posada unos gandules juegan a las cartas con el lo-
co.
Loco El caballo sobre el asno, la virgen sobre el vicioso y me
llevo todo. Ja ja. Creíais que era tonto y que ibais a desplu-
marme como a un pollo, ¿eh? ¿Y qué os parece ahora? (Repar-
te las cartas.)
Primer jugador Aún no ha terminado la partida... ¡espera
antes de cantar victoria!
Loco No, pues pienso cantar... y también bailar... Oh, qué
cartas tan bonitas. Buenas noches majestad, señor rey, ¿os im-
porta ir a buscar la corona de ese bribón de mi amigo? (Arroja
una carta sobre la mesa.)
Segundo jugador Jajá... te has colado con el rey, ¡porque yo
le planto encima al emperador!
Loco Je je, mira lo que me importa el emperador: le pongo
encima esto (se vuelve de espaldas sentándose en la mesa) y además
este asesino que mata a tu emperador como a un gorrino.
Primer jugador Y yo trinco al asesino con el capitán...
Loco Y yo te monto la guerra, así el capitán tiene que par-
tir.
Segundo jugador Pues yo la carestía, el cólera y la peste que
acaban con la guerra.
Loco Entonces saca el paraguas que escupo tormenta, escu-
po este temporal... escupo lluvia y diluvio... (Ha bebido del cán-
taro y salpica a todos.)
Primer jugador Ay Matazone canalla, ¿estás loco?
Loco Pues sí que estoy loco, ja... si me llamáis Matazone, es-
toy loco... y os gano la partida de tarot con el diluvio que man-
da a paseo a la pestilencia.Posadera No hagáis tanto escándalo, que hay gente en la sa-
la que va a sentarse a la mesa.
Loco ¿Quiénes son?
Posadera No sé... nunca los había visto aquí en Emaus a
esos, en mi posada. Les dicen los apóstoles...
Segundo jugador ¡Ah! Son esos doce que van siempre con el
Nazareno.
Loco Sí: Jesús, que es el que está en medio, mírale allí... ¡me
cae más bien! ¡Eh, Jesús Nazareno, te saludo! ¡Que aproveche!
¿Has visto? Me ha guiñado el ojo... ¡qué majo!
Tercer jugador Doce y uno trece... ¡uy, van a sentarse trece
en la mesa, con la mala suerte que trae!
Loco ¡Uy, están locos! Espera, que voy a decir un conjuro
para alejar el mal de ojo. (Canta.) ¡Trece a cenar no trae mala
suerte, mal de ojo ni te acerques que yo toco estas cachas! (Pal-
pa el trasero de la posadera.)
Posadera ¡Quieto, Matazone, vas a hacer que tire el agua ca-
liente!
Primer jugador ¡Agua caliente! ¿Para qué la quieren?
Posadera Creo que para lavarse los pies.
Segundo jugador ¿Lavarse los pies antes de comer? ¡Uy, sí
que están locos! Matazone, deberías juntarte con ellos que son
compañeros tuyos, ni hechos a medida.
Loco Tú lo has dicho, tienes razón: gano esta partida y con
el dinero que me pagaréis me voy a la sala a bebérmelo todo
con ellos... y vosotros no venís, no podéis estar con los locos
porque sois hijos de puta y de ladrones.
Le cambian las cartas.
Tercer jugador Juega, juega que quiero disfrutar con tu des-
quite.
Loco A propósito de ladrones: ¿dónde ha ido a parar el lo-
co que tenía entre las cartas?
Segundo jugador Dale en seguida un espejo para que se mi-
re: encontrarás la cara de tu loco...
Primer jugador Juega y no pierdas tiempo... (juega) caballe-
ro con espadón.Segundo jugador Reina con bastón.
Loco Bruja con cabrón.
Tercer jugador El niño inocente.
Primer jugador Dios omnipotente.
Loco La justicia y la razón.
Segundo jugador El listo y el abogado.
Tercer jugador El verdugo y el ahorcado.
Loco El papa y la papisa.
Primer jugador El cura que dice misa.
Segundo jugador La vida es bella y alegre.
Tercer jugador La muerte blanca y negra.
Segundo jugador Cartas ya no tienes: loco de mis amores,
has perdido.
Loco ¿Es posible? ¿Cómo he podido perder?
Primer jugador ¿Que cómo has podido? No sabes jugar, que-
rido Matazone de mis cojones. Ahora paga, ¡saca el dinero!
Loco Me habéis desplumado, por mis muertos... Y eso que
si lo pienso me parece que tenía la carta de la muerte, me
acuerdo de que la tenía aquí en el medio.
Al fondo aparece la Muerte: una mujer blanca con los ojos
cercados de negro.
Segundo jugador Uy madre... ¿quién es esa?
El loco está de espaldas a la Muerte. Está absorto contando
el dinero.
Tercer jugador ¡La bruja... la muerte!
Huyen todos menos el loco.
Loco ¡Sí, la muerte! ¡Precisamente... la tenía yo! Uy, qué
frío... ¿dónde os habéis metido todos? Siento frío hasta en los
huesos. Cerrad esa puerta... (Mira de soslayo a la Muerte.) Bue-
nos días. Está todo cerrado, ¿de dónde saldrá este frío tan tre-
mendo? (Ve a la Muerte.) Buenos días, buenas tardes... buenas
noches, madama, con permiso. (Se levanta para marcharse.) Co-
mo mis amigos se han ido... (Ha olvidado el dinero en la mesa.)
¿Buscáis a alguien? La patrona está en la sala sirviendo la me-
sa a los apóstoles y con la palangana para lavarse los pies: si
queréis ir, no hagáis cumplidos. ¡Uy, que estoy dando diente
con diente!
Muerte No, os lo agradezco, pero prefiero esperar aquí.
Loco Bueno, si queréis sentaros tomad esta silla, aún está ca-
liente, ¡la he calentado yo! Perdonad, señora, pero ahora que
os miro más de cerca me parece que ya os he visto otra vez.
Muerte Es imposible, a mí sólo se me conoce una vez.
Loco ¿Ah, sí? ¿Una sola vez? Y tenéis un acento forastero,
me parecéis toscana. ¿No lo sois? ¿Sois de Ferrara? ¿Romana?
¿Siciliana? ¿Ni siquiera de Cremona? Que esos son más foras-
teros que nadie, más forasteros que los de Lodi, que son fo-
rasteros incluso en Lodi. De todos modos, señora, permitid
que os diga que os encuentro un poco baja de forma, algo pá-
lida, desde la última vez que no os conocí.
Muerte ¿Dices que estoy pálida?
Loco Sí, espero no ofenderos.
Muerte No, yo estoy eternamente pálida. La palidez es mi
color natural.
Loco ¿Pálida natural? ¡Ah, ya sé a quién os parecéis! ¡Os pa-
recéis que ni pintada a esta figura de la carta!
Muerte Claro, soy la Muerte.
Loco ¿La Muerte? Ah, ¿sois la Muerte? ¡Mira tú qué casuali-
dad! ¡Es la Muerte! Bueno... mucho gusto... yo soy Matazone.
Muerte Te doy miedo, ¿eh?
Loco ¿Miedo a mí? No, yo estoy loco y lo saben todos inclu-
so en el juego del tarot, que el loco no tiene miedo a la muer-
te. ¡Más bien lo contrario, la va buscando para hacer pareja
desposada, porque juntos ganan a todas las cartas, incluso a la
del amor!
Muerte Si no tienes miedo, ¿cómo es que te tiembla la pier-
na?
Loco ¿La pierna? Es que esta pierna no es mía. La mía de
verdad la perdí en el campo de batalla... y entonces cogí la de
un capitán que estaba muerto, y se le movía la pierna, todavía
viva, como si fuera la cola de una lagartija difunta. Así que le
corté la pierna y me la pegué yo solo, con saliva; mirad, se no-
ta que no puede ser la mía... es un palmo más larga y por eso
cojeo. ¡Uy! Estáte quieta, no tienes que tener miedo ante una
dama y señora ilustrísima así... ¡vamos, apóyate!
Muerte Eres muy amable al llamarme ilustrísima y dama.
Loco Oh, no lo digo por cumplido, creedme, es que para
mí, lo juro, sois ilustrísima y también muy simpática. Y me agra-
da que hayáis venido a verme, porque me gustáis tanto, que
quiero invitaros a beber, si me lo permitís.
Muerte ¡Encantada! ¿Has dicho que te gusto?
Loco ¡Claro! Me gusta todo de vos, el perfume a crisante-
mos que lleváis, y la palidez lívida de la cara, que en mi tierra
decimos: «Mujer de carne fina del color de la cera, mujer que
hacer el amor siempre espera».
Muerte Oh, haces que sienta vergüenza, estás realmente lo-
co, nadie había hecho que me ruborizara tanto.
Loco Os ruborizáis porque sois mujer virgen y purísima: es
cierto que a muchos hombres habéis abrazado, pero una sola
vez... que ninguno de ellos merecía dormir abrazado a vos,
pues nadie os tiene amor sincero ni estima.
Muerte ¡Es verdad, nadie me estima!
Loco Porque sois demasiado modesta y no mandáis que sue-
nen cuernos, ni redoblen tambores anunciando vuestra llega-
da, con todo que sois Reina... ¡Reina del mundo! ¡A vuestra sa-
lud, Reina!
Muerte ¿A la salud de la Muerte? No adivino si eres más lo-
co o más poeta.
Loco Las dos cosas, porque todo poeta está loco, y vicever-
sa. Bebed, paliducha, que este vino os dará un poco de color.
Muerte ¡Oh, qué bueno está!
Loco ¿Pues cómo no iba a estar bueno? Es el mismo que es-
tá bebiendo el Nazareno, en la sala, y ese sí que entiende de vi-
nos. ¡Es un gran conocedor!
Muerte ¿Cuál es el Nazareno de todos ellos?
Loco El joven que está sentado en el medio, el de los ojos
grandes y claros.
Muerte Oh, es un hombre muy apuesto, y dulce.
Loco Sí, es un hombre apuesto, pero no querréis ponerme
celoso...
¿No pensaréis hacerme el desaire de dejarme solo pa-
ra ir con ellos?... ¡me echaría a llorar de desesperación!
Muerte Me quieres adular, ¿eh, pillo? (Se quita el velo negro.)
Loco ¿Adular yo? ¿Adular a una dama que no se deja im-
presionar ni por papas ni por emperadores? (La Muerte aparece
con el cabello rubio.) ¡Oh! ¡Qué hermosa estás con esos cabellos...
gustoso recogería todas las flores de la tierra para esparcírtelas
encima y cubrirte entera bajo un gran montón, y después me
lanzaría a buscarte bajo ese montón, y te despojaría de las flo-
res... ¡y de todo!
Muerte Me haces sentir un gran calor con tus palabras, mi
querido loco, y lo lamento, ya que gustosa me quedaría en tu
compañía y te llevaría conmigo.
Loco ¿No has venido a eso? ¿A llevarme contigo? ¡Ah! No
has venido por mí... Jajá... Y yo que creía... ¡Oh, este lance es
ridículo, bien! Me agrada mucho este cambio, estoy muy con-
tento... ja ja.
Muerte Ahora veo que eras falso y mentiroso y que fingías
amarme para tenerme contenta, por miedo a la muerte... que
soy yo.
Loco No has comprendido, paliducha, estoy contento por-
que no has venido a mí por interés, no te has quedado en mi
compañía por tu oficio de sacarme hasta el último suspiro, si-
no únicamente porque te caigo simpático, ¿no es cierto? ¿Te
soy simpático, paliducha? Dime, ¿qué te ocurre? ¿Te brotan lá-
grimas de los ojos? ¡Uy, esta sí que es gorda, la muerte lloran-
do! ¿Te he ofendido?
Muerte No, no me has ofendido, tú sólo me has ablandado
el corazón, y lloro de melancolía por ese hijo Jesús que es tan
dulce, ya que es a él a quien tengo que llevarme a morir.
Loco Ah, ¿has venido por él? ¿Por el Cristo? Bien, pues lo
siento de verdad, pobre muchacho, con la cara de bueno que
tiene. ¿Y cuál será la dolencia por la que te lo llevarás? ¿Mal de
estómago? ¿De corazón? ¿O de pulmones?
Muerte Dolencia de la cruz...
Loco ¿De la cruz? ¿Acabará clavado? Pobre desventurado...
Oye, paliducha, hazme un favor, deja que vaya a avisarle de
que se prepare a ese suplicio tremendo.Muerte Es inútil que
le avises, porque él ya lo sabe, sabe des-
de que nació que mañana tendrá que yacer en la cruz.
Loco ¿Lo sabe y está ahí tan tranquilo hablando, y sonrien-
do dichoso con sus compañeros? ¡Oh, está más loco que yo!
Muerte Tú lo has dicho... ¿ cómo no va a estar loco quien
ama con tanto amor a los hombres, incluso a los que le lleva-
rán a la cruz, incluso a Judas que lo traicionará?
Loco Ah, ¿será el Judas? ¿El que está en una esquina de la
mesa, será el que le va a hacer la faena? ¡Lo hubiera apostado!
¡Con esa cara de judas! Espera, que voy a darle un par de bo-
fetadas a ese malnacido, y después le escupo en un ojo.
Muerte Déjalo, no vale la pena, tendrías que escupirles a to-
dos en los ojos, ya que todos le volverán la espalda cuando lle-
gue el momento.
Loco ¿Todos? ¿San Pedro también?
Muerte El el primero, tres veces seguidas. Ven, no lo pense-
mos más, ven a servirme más vino que me quiero emborrachar,
y alejarme de esta tristeza.
Loco Tienes razón, mejor tener contenta a la muerte. En-
tonces: bebamos y alejemos las penas. Paliducha mía, ven que
nos vamos a alegrar. Ábrete esa capa que quiero ver esos bra-
zos firmes color de luna... ¡Oh, qué hermosos! Y ábrete tam-
bién el corpiño por delante que quiero ver y sacarme brillo a
los ojos con esos dos pomos de plata que parecen las estrellas
Dianas.
Muerte ¡No, te lo ruego, loco, que soy señorita y doncella y
siento vergüenza, pues ningún hombre me ha tocado desnu-
da!
Loco Pero yo no soy un hombre, soy un loco, y la muerte no
cometerá pecado por hacer el amor con un loco, con un de-
mente lunático como yo. No tengas miedo, apagaré todos los
candiles y dejaré uno solo, y bailaremos hermosos pasos que
quiero enseñarte y quiero hacerte cantar de suspiros y de la-
mentos amorosos.
MARÍA CONOCE LA CONDENA
IMPUESTA A SU HIJO
María está en compañía de Juana y por el camino se en-
cuentra con Amelia.
Amelia Buenos días María... buenos díasjuana...
María Buen día Amelia, ¿vais a la compra?
Amelia No, ya la hice esta mañana... tengo que deciros algo,
Juana.
Juana Decidme; con permiso María...
Se apartan y hablan agitadas.
María ¿Dónde va toda esa gente? ¿Qué está ocurriendo allí
al fondo?
Juana Seguro que es un casamiento...
Amelia Sí, es un casamiento... precisamente vengo de allí.
María Oh, vamos a verlo, Juana, me encantan las bodas. ¿Es
joven la novia? ¿y quién es el novio?
Amelia Vamos, María, no perdáis el tiempo en bodas... va-
mos a casa, que aún tenemos que poner el agua en la lumbre
para la sopa.
María Esperad, escuchad. ¡Están blasfemando!
Juana Oh, blasfemarán de alegría y contento...
María No, me parece que lo hacen con rabia: han gritado
«¡brujo!»... sí, lo he oído bien... escuchad, pues lo repetirán.
¿Con quién la habrán tomado?
Juana Oh, ahora me acuerdo, no gritan por un casamiento,
sino contra uno al que anoche descubrieron danzando con un
macho cabrío, que era el demonio.
María Ah, ¿por eso le dicen brujo?
Juana Sí, será por eso... pero se nos hace tarde, María, va-
mos a casa que esas no son cosas de ver, que luego te pueden
dar mal de ojo.
María ¡Veo una cruz que asoma por encima de las cabezas
de la gente! ¡Y ahora asoman otras dos cruces!
Juana Sí, esas otras son de dos ladrones...
María Pobrecillos... los van a crucificar a los tres... ¡pobre
madre! Y quizás ella, pobre mujer, ni siquiera sepa que están
matando a su hijo.
Llega corriendo la Magdalena.
Magdalena ¡María! Oh, María... vuestro hijo Jesús...
Juana Sí, sí, ella ya lo sabe... (Aparte.) Calla, desgraciada.
María ¿Qué es lo que sé? ¿Qué le ha ocurrido a mi hijo?
Juana Nada... ¿qué quieres que le haya ocurrido, bendita
mujer? Es sólo que... ah, ¿no te lo había dicho? Qué mala ca-
beza la mía... olvidé avisarte de que él, tu hijo, me dio el reca-
do de que hoy no vendrá a comer a casa porque tiene que su-
bir a la montaña a contar parábolas.
María ¿Era eso lo que habías venido a decirme?
Magdalena Sí, eso, Señora.
María Demos gracias al Señor... venías tan de carrera, que-
rida hija, que me has dado un susto... ya me figuraba no sé qué
desgracia... ¡Qué tontas somos a veces las madres! ¡Nos preo-
cupamos por cualquier cosa!
Juana Sí, pero también ella, la muy loca, venir corriendo tan
acalorada para anunciarte esas tonterías...
María Calla, Juana... ahora no la regañes... al fin y al cabo ha
venido a hacerme el favor de un recado. Te lo agradezco, hi-
ja... ¿cómo te llamas?, pues me parece que te conozco.
Magdalena Soy la Magdalena...
María ¿Magdalena? ¿Cuál? La...
Juana Sí, es ella... la cortesana. Vámonos, María, vamos a ca-
sa, es mejor que no nos vean con gente semejante, no está
bien.
Magdalena Pero si ya no hago ese oficio.
Juana Será porque ya no encuentras cochinos que entrete-
ner... vete, descarada.María No la eches, pobre hija... si mi querido Jesús le tiene
tanta confianza como para mandarla a verme con recados, es
señal de que ya ha recuperado el juicio, ¿verdad?
Magdalena Sí, ahora tengo juicio.
Juana Quién la va a creer... la cuestión es que tu hijo es de-
masiado bueno, se deja llevar por la compasión, y todos le en-
gañan. ¡Siempre anda rodeado de un montón de gandules,
gente sin trabajo, sin arte ni parte, muertos de hambre, des-
graciados y putas... ¡como ella!
María ¡Hablas con malicia, Juana! El, mi hijo, dice siempre
que por ellos, sobre todo por ellos, por los descaminados y per-
didos, ha venido a este mundo, para darles esperanza.
Juana De acuerdo, pero ¿no comprendes que hacerlo no es-
tá bien? Todos le censuran... con tanta gente bien educada que
hay en la ciudad, los caballeros y sus damas, los doctores, los
señores... que él, con su manera de ser, gentil, sabio e ilustra-
do, se los metería en el bolsillo en seguida y recibiría honores,
y ayuda si la necesitara. No, pardiez, ¡él se junta con los villa-
nos más piojosos! ¡Y en contra de los otros!
María Escuchad cómo gritan, y ríen... pero no se ven las cru-
ces.
Juana Además, podría evitar hablar siempre mal de los cu-
ras y los prelados... ¡esos no perdonan a nadie!
María Ahí están otra vez las tres cruces...
Juana Esos se lo harán pagar algún día... ¡le harán daño!
María ¿Hacerle daño a mi hijo? Por qué, si es tan bueno...
¡sólo le hace el bien a todos, incluso a los que no se lo piden!
¡Y todos le quieren! Escuchad... se burlan otra vez... uno de
esos debe de haberse caído al suelo... Todos quieren a mi hi-
jo... ¿no es verdad?
Magdalena ¡Sí, yo también le quiero tanto!
Juana ¡Ya sabemos todos qué cariño tan inspirado le profe-
sas tú al hijo de la María!
Magdalena ¡Mi cariño por él sólo se iguala al de una her-
mana! Ahora...
Juana Ahora... ¿y antes, qué...?
María Juana, deja de atormentar a esta pobre hija... ¿Qué te
ha hecho?... ¿No ves que la ofendes? ¿Por qué gritan tanto?
Aunque esta joven sintiera por él un amor como el que las mu-
jeres normales sienten por los hombres que les gustan... ¿Y
bien? ¿Acaso no es un hombre mi hijo, además de ser Dios? De
hombre tiene los ojos, las manos, los pies... ¡y todo de hombre,
incluso los dolores y la alegría! Y entonces tendrá que ser él,
mi hijo, quien decida... él sabrá bien qué hacer, cuando le lle-
gue el momento, si quiere tomar esposa. Por mí, a la que él eli-
ja la querré como si fuese mi hija. Y espero tanto que llegue
pronto ese día... porque ya ha cumplido treinta y tres años, y
es hora de que forme familia... Oh, qué griterío tan feo se
oye... ¡Y qué negra es esa cruz! Me gustaría tanto tener por ca-
sa unos niños suyos de él... parajugar con ellos, acunarlos... me
sé tantas canciones de cuna... y mimarlos... y contarles cuentos,
esos cuentos preciosos que siempre acaban bien, ¡en alegría!
Juana Sí, pero ahora basta de soñar, María... Vamos, que a
este paso tampoco cenamos.
María No tengo hambre... no sé por qué razón... Pero se me
ha hecho un nudo en el estómago... Creo que tengo que ir a
ver qué ha pasado allí al fondo.
Juana ¡No, no irás!... son cosas que dan tristeza. Te dejarán
angustiada todo el día. Tu hijo no estará contento. Tal vez en
este momento esté ya en casa, esperándonos... y tenga ham-
bre.
María ¡Pero si me ha mandado recado de que no va a venir!
Juana Puede haber cambiado de opinión. Ya sabes cómo
son los hijos. Cuando los esperas en casa no vuelven... ¡y vuel-
ven cuando menos los esperas! Y hay que estar siempre dis-
puestas, con la comida en la lumbre.
María Sí, tienes razón... vamos. ¿Quieres venir tú también,
Magdalena, a tomar un cuenco de sopa?
Magdalena Iré gustosa, si no molesto...
Al fondo pasa la Verónica.
María ¿Qué le ha ocurrido a esa mujer, que lleva un paño
ensangrentado? Oh, buena mujer, ¿os habéis hecho daño?
Verónica No, yo no... ha sido uno de esos reos a los que han
cruciñcado, ese al que gritan brujo... ¡y que no es brujo, sinosanto!...
Santo de seguro, se comprende por los ojos tan dulces
que tiene... le he secado la cara ensangrentada...
María Oh mujer piadosa...
Verónica ...con este paño, y ha salido un milagro... él me ha
dejado la huella de su cara, que parece un retrato.
María Enséñamelo.
Juana No seas curiosa, María, no está bien.
María No soy curiosa... siento que tengo que verlo.
Verónica De acuerdo, te lo enseño, pero antes santíguate
con la señal de la cruz... ¡mira, es el hijo de Dios!
María ¡Mi hijo! ¡Oh, es mi hijo, de mí! (Sale corriendo, deses-
perada. )
Juana ¡Qué has hecho... bendita mujer!
Verónica ¡Pero yo no creía que fuera su madre... de ese!
JUEGO DEL LOCO
BAJO LA CRUZ
En escena el loco, soldados y cuatro crucificadores. Se tien-
de una sábana tras la cual desnudan a Jesús.
Loco ¡Mujeres! ¡Eh, mujeres enamoradas de Cristo, venid a
lustraros los ojos... venid a verle desnudo mientras se desviste,
vuestro enamorado... dos perras chicas por una ojeada, venid
mujeres! ¡Oh, es tan guapo como para comprarlo! Dicen que
era el hijo de Dios: ¡a mí me parece que es igual que otro hom-
bre, igual en todo!... ¡Dos perras chicas, mujeres, para mirarle!
¿No hay ninguna que quiera darse ese gusto por dos perras
chicas? Bueno, hoy es día de fiesta, quiero arruinarme... Ven
aquí tú, que te lo voy a enseñar gratis... oh, qué remilgada...
¡ven aquí! No perdáis esta ocasión... ¿no eres tú esa, la Magda-
lena, tan enamorada de él que, al no encontrar ni manto ni
toalla para secarle los pies, se los secó con sus cabellos? Bueno,
peor para vosotras: ahora, por ley, tenemos que taparle, cu-
brirle el lugar del pecado... ¡con un mandilito, que parecerá
una bailarina!
¿Está listo el jefe de los cómicos? ¡Sube el telón que vamos a
empezar el espectáculo! Escena primera: el hijo de Dios, un
gran caballero con corona, monta a caballo... ¡un hermoso ca-
ballo de madera, para que dé vueltas en tío vivo! ¡Y para que no
se caiga al suelo le clavaremos en la silla... las manos y los pies!
Jefe de los crucificadores Déjate de payasadas y ven a echar-
nos una mano... átale una cuerda a las muñecas, una a cada la-
do, para que se estire bien... pero dejadme libres las palmas,
para que pueda hincar los clavos. Yo golpearé en la de la de-
recha, y...
Primer crucificador Y yo en esta otra. Echadme un clavo que
ya tengo martillo.Segundo crucificador ¡Vaya clavo! ¿Apostamos que en siete
martillazos se lo hinco enterito?
Primer crucificador Pues yo lo haría en seis, ¿quieres apos-
tar?
Segundo crucificador De acuerdo. Venga, separaos los dos,
que le vamos a poner alas a este angelito, para que pueda vo-
lar como Ícaro al cielo.
Tercer crucificador Tiremos al mismo tiempo... al tiempo,
he dicho... me lo tumbáis, despacio, que tiene que quedar en
mitad de la silla, el caballero... un poco hacia mí... bien, estoy
en la señal, justo en el agujero.
Segundo crucificador Pues yo no estoy, has hecho los aguje-
ros demasiado separados... tira... venga... ¿has almorzado que-
so? ¡Venga!
Primer crucificador Sí, venga, pero vamos a acabar rom-
piéndole los ligamentos de los hombros y de los codos.
Tercer crucificador ¡No te preocupes, que no son tus liga-
mentos, tira! ¡Eh! ¡Eh, venga!
Lamento de Jesús, contrapunto lastimero de las mujeres.
Primer crucificador Uy, ¿habéis oído el chasquido?
Segundo crucificador Sí, no ha sido bonito... ha sido un
chasquido que me hace crujir los huesos... pero en cambio se
ha estirado a medida: ahora yo también estoy en el agujero.
Primer crucificador Bien, sujetad la cuerda bien tirante; y tú
levanta el martillo, que vamos juntos.
Segundo crucificador Cuidado no te pilles los dedos.
Risas de los otros.
Tercer crucificador Alarga esta patita que no te haré cosqui-
llas, te lo aseguro... oh, mira esta mano, qué marcada tiene la
línea de la vida: ¡es una señal tan larga que parece que tiene el
destino de vivir otros cincuenta años, este caballerete! ¡Vete a
creer las patrañas de las brujas!
Segundo crucificador Para la lengua y levanta el martillo.
Primer crucificador Estoy listo.Tercer crucificador Dale entonces...
vamos a por el primer
golpe... (Suena el golpe.) ¡Uaayy! ¡ A clavar las palmas!
Jefe de los crucificadores (Contrapunto del grito de Cristo.)
Ohoo, cómo tiembla. ¡Tranquilos! Vamos a la segunda parte...
¡Uayuayyy! ¡A alargar los huesos!
Ohoh escupe sangre a borbotones.
Dale el tercer golpe,
ohahiohoh
este clavo te ha desvirgado.
Ohoh y a mujeres jamás ha forzado.
El cuarto te lo regalan soldados
ohahiohoh
por haberles dicho matar no debéis
ohahiohoh
y a los enemigos como hermanos amaréis.
El quinto te envían los obispos de la sinagoga ohahiohoh
por haberles llamado falsos y malditos
ohahiohoh
y a los tuyos humildes y pobrecitos.
ohahiohoh
El sexto es regalo de los señores
por haberles dicho que no irán al cielo
ohahiohoh
poniendo el ejemplo del camello.
El séptimo te lo dan los impostores
ohahiohoh
por decirles que da igual que oren
ohahiohoh
y que sólo valen para engañar bobos en la tierra
pero al Señor, así no se la pegan.
Primer crucificador He ganado yo. Tendrás que pagarme de
beber, acuérdate.
Segundo crucificador ¡Beberemos a la salud de este caballe-
ro, y a su desventura! ¿Cómo os encontráis, majestad? ¿Sentís
vuestro corcel bien firme en las manos? ¡Bien, ahora iremos al
tío vivo, sin lanza ni escudo!
Jefe de los crucificadores ¿Habéis soltado la cuerda de las
muñecas? Bravo mis barones... atad fuerte esta correa alrede-
dor de la espalda, ¡no se nos vaya a caer encima al ponerle de
pie, este campeón! Vamos, y cuando le clavemos los pies, se la
quitamos...
Segundo crucificador Acudid todos aquí... ¡escupios en las
manos que tenemos que levantar el palo de la cucaña! Voso-
tros adelantaos con las cuerdas y pasadlas por la tabla trans-
versal... ven tú también, Matazone: súbete a la escalera, y pre-
párate a sujetarlo.Loco Lo siento mucho, pero no puedo ayudaros: a mí ese
no me ha hecho nada.
Segundo crucificador Lerdo... tampoco a nosotros nos ha
hecho nada. Lo hemos crucificado sólo por pasar el rato, ja ja,
y encima nos han dado diez perras chicas a cada uno por la
molestia... Anda, échanos una mano, que después te haremos
el honor de jugar una partida de dados contigo.
Loco ¡Ah, si es por una partida no me echaré atrás! Ya estoy
en la escalera, mira... ¡Podéis empezar!
Primer crucificador ¡Bravo! ¿Estamos todos? Vamos pues...
Tiremos todos juntos, por lo que más queráis, un tirón largo a
la vez: yo marco el tiempo.
Oy icemos
Eyee
este penol de barco
ohoho
para que sea bandera
ohoho
le hemos colgado un loco.
ohoho
Oy icemos
Eyee
este palo de
fiesta
ohoho
esta gran cucaña
ohoho
Jesucristo en cofa
ohoho
Oy qué cucaña
Ayaa
que pincha el cielo
ohoho
y llueve sangre
ohoho
llora nuestro padre.
ohoho
Alegraos, alegraos
oheee
hemos encontrado a un bravo
ohoho
que se ha hecho esclavo
ohoho
para renovarnos.
ohoho
Alto, ya basta: me parece que está bien sujeto. Bien, saca los
dados que vamos a jugar.
El loco jugando a los dados y al tarot gana la túnica de Cris-
to y la paga de los crucificadores.
Loco Si queréis recuperar todo vuestro dinero os lo dejo
con gusto, incluyendo el collar, los pendientes, el anillo... y mi-
rad, también añado esto.
Primer crucificador ¿Y qué quieres a cambio de todo esto?Loco A ese...
Segundo crucificador ¿Al Cristo?
Loco Sí, quiero que me dejéis bajarle de la cruz.
Jefe de los crucificadores Bien: espera a que se muera y tuyo
es...
Loco No, lo quiero ahora que aún está vivo.
Primer crucificador Oh, loco entre todos los locos... ¿quieres
que encima acabemos todos en su lugar?
Loco No, no tengas miedo que no os pasará nada. Bastará
que colguemos a otro en su lugar, uno de su misma medida, y
veréis cómo nadie se da cuenta del cambio... en la cruz nos pa-
recemos todos.
Primer crucificador Eso es verdad... desollado como está,
además, que parece un pescado en la parrilla...
Jefe de los crucificadores Pues será verdad, pero no me vale.
¿Y a quién has pensado poner en su lugar?
Loco ¡Al Judas!
Jefe de los crucificadores ¿Al Judas? Ese que...
Loco Sí, ese apóstol suyo traidor que se ahorcó por deses-
peración de la higuera detrás del seto, a cincuenta pasos de
aquí.
Jefe de los crucificadores Moveos, aprisa, vamos a desnudar-
le que aún llevará en la bolsa las treinta monedas del trabajillo.
Loco No, no os toméis la molestia... las arrojó en seguida a
una zarza de espino.
Jefe de los crucificadores ¿Y tú cómo lo sabes?
Loco Lo sé porque recogí yo esas monedas, una a una. Mi-
rad cómo tengo los brazos de arañazos.
Jefe de los crucificadores No me interesan los brazos, ensé-
ñanos ese dinero. Uy uy, todas de plata además... mira qué bo-
nitas... cómo pesan... cómo suenan...
Loco Bueno, tomadlas, son vuestras también si llegamos a
un acuerdo para el trueque. Por mí estoy de acuerdo...
Jefe de los crucificadores Nosotros también.
Loco Bueno, entonces id a buscar en seguida al Judas ahor-
cado, que ya me ocupo yo de bajar al Cristo.
Primer crucificador ¿Y si llega el centurión y te pilla en ple-
no descruzamiento?Loco Le dirás que ha sido una ocurrencia mía, y como estoy
loco, da igual. Vosotros no tenéis ninguna culpa. Pero no per-
dáis tiempo, marchaos...
Jefe de los crucificadores Sí, sí... vamos, y esperemos que no
nos traigan mala suerte estas treinta monedas.
Loco Bueno, ya está. ¡Me parece mentira!, estoy tan conten-
to... aguanta, Jesús, que ha llegado tu salvación... cojo las tena-
zas, aquí están. Nunca lo hubieras pensado, eh Jesús, que ven-
dría a salvarte precisamente un loco... ja ja... espera, que
primero te ato con esta correa, no tardo nada... no tengas mie-
do que no te voy a hacer daño, te bajaré tan dulcemente como
a una novia y después te cargaré sobre mis hombros, soy fuer-
te como un toro... ¡y nos vamos volando! Te llevaré hasta el río:
allí tengo una barquita, y con cuatro golpes de remo cruzo el
río. Y antes de que amanezca estaremos sanos y salvos en casa
de un amigo mío brujo que te medicará y te curará en tres días.
¿No quieres? ¿No quieres al brujo? Bueno, iremos a ver al mé-
dico de los ungüentos, que también es un amigo de confianza.
Nada: ¿no quieres que te desclave?
Ya comprendo... estás convencido de que con esos agujeros
en las manos y en los pies, quebrado en las ligaduras como te
han dejado, ya no podrás andar ni comer solo. ¿No quieres es-
tar en el mundo a expensas de los demás como un pobre des-
graciado, verdad? ¿Lo he adivinado? ¿Tampoco es por eso? Oh,
caray... ¿y entonces por qué? ¿Por el sacrificio? ¿Qué dices?
¿Qué? ¿La salvación? La redención... ¿pero de qué me ha-
blas? ¿Qué? Oh, pobrecillo... no me extraña, tienes fiebre... es-
tás quemando... bien, pero ahora te bajo, te cubro bien con la
túnica... ahora perdóname, pero eres un cabezota... ¿no quie-
res que te salve? ¿Quieres realmente morir en esta cruz? ¿Sí?
Por la salvación de los hombres... Oh, es para no creerlo... ¡y
luego dicen que el que está loco soy yo, pero tú me ganas en
mil pértigas de largo, querido Jesús de mi vida! Yyo que me he
estado matando toda la noche, jugando a las cartas, para aho-
ra llevarme este chasco... sacramento, tú eres el hijo de Dios,
¿no? Lo sé bien, corrígeme si me equivoco: bien, desde el mo-
mento que tú eres Dios, sabes bien el resultado que tendrá tu
sacrificio de palmar crucificado... Yo no soy Dios, ni siquieraprofeta:
pero me lo ha contado la paliducha esta noche, entre
lágrimas, cómo acabará esto.
Primero te pondrán todo dorado, todo de oro, de la cabe-
za a los pies, luego estos clavos de hierro te los harán de plata,
las lágrimas se volverán trocitos relucientes de diamante, la
sangre que te gotea por todas partes la cambiarán por una sar-
ta de rubíes resplandecientes y todo esto a ti, que te has des-
gañitado hablándoles de la pobreza.
Además, tu cruz dolorosa la pondrán en todas partes: en los
escudos, en las banderas de guerra, en las espadas, para matar
a la gente como si fueran terneros, matar en tu nombre, tú que
has gritado que todos somos hermanos, que no hay que matar.
¿Has tenido ya un Judas? Pues bien, tendrás tantos Judas como
hormigas, traicionándote, utilizándote para engañar a los cré-
dulos.
Hazme caso, no vale la pena...
¿Eh? ¿Que no todos serán traidores? Bien, dime algún nom-
bre: Francisco el beato... y luego Nicolás... san Miguel corta ca-
pas... Domingo... Catalina y Clara... y después... de acuerdo, estos
también: pero seguirán siendo cuatro gatos en comparación
con el número de malnacidos... y también a esos cuatro gatos
les tratarán otra vez igual que a ti, tras haberlos perseguido
cuando estaban vivos. Repite, perdona, que no te he entendi-
do. Aunque sólo hubiera uno... sí, un solo hombre en toda la
tierra digno de ser salvado, porque es un justo, tu sacrificio ha-
brá servido de algo... Oh, no: ¡entonces eres realmente el jefe
de los locos... eres un manicomio completo! La única vez que
me gustaste, Jesús, fue esa vez que llegaste a la iglesia mientras
mercadeaban y empezaste a pegar a todos con el bastón. Uy
qué bonito fue verlo... ese era tu oficio... ¡y no palmar en la
cruz por la salvación! Oh Señor Señor... me entran ganas de
llorar... pero no creas, lloro porque estoy enfadado.
Jefe de los crucificadores Oh Matazone, desgraciado... ¿aún
no le has bajado a ese? ¿Qué has estado haciendo hasta ahora,
te has dormido?
Loco No me he dormido, sólo he recapacitado... ya no quie-
ro desclavar a este Cristo, es mejor que se quede en la cruz.
Jefe de los crucificadores ¡Mira qué bien! y a lo mejor ahora
quieres que te devuelva todos los oros y dineros... ¡Menudo lis-
to! ¿Nos has mandado de cargadores, a buscar a este Judas
ahorcado, sólo para reírte un rato? ¡No, querido Matazone! ¡Si
quieres que te devolvamos tus cosas, tendrás que ganártelas
otra vez al tarot! Sólo con esa condición.
Loco No, no tengo ganas de jugar, podéis quedaros con to-
do... dineros, oros, pendientes, porque no volveré a jugar en
esta vida. He ganado por primera vez esta noche, y me ha bas-
tado... ¡Incluso por un solo hombre que lo merezca vale la pe-
na morir en la cruz! ¡Oh, qué loco... está loco, el hijo de Dios!
Apalear, apalear a todos, a todos los que mercadean en las igle-
sias, ladrones, estafadores, impostores y taimados. ¡Fuera, apa-
lear! ¡Apalear!PASIÓN.
MARÍA EN LA CRUZ
Mujer Corred a detenerla, que viene su madre, la beata Ma-
ría, no permitáis que lo vea crucificado así, que parece un chi-
vito desollado que derrama sangre a chorros por todas partes
como una montaña de nieve en primavera, por esos clavos tan
grandes que le han metido en las carnes de las manos y los
pies, entre los huesos horadados.
Coro ¡No dejéis que lo vea!
Ella no quiere detenerse... llega corriendo desesperada por
el camino y ni entre cuatro podemos sujetarla.
Hombre Si entre cuatro no la sujetáis, intentadlo entre cin-
co o seis... no puede venir, no puede ver a este hijo contraído
como una raíz de olivo devorada por las hormigas.
Otra Mujer Ocultadle, tapadle por lo menos la cara al hijo
de Dios, para que no pueda reconocerle su madre... le diremos
que el crucificado es otro, un forastero... que no es su hijo de
ella.
Mujer Yo creo que aunque lo cubramos todo entero con
una sábana blanca al hijo de Dios, su madre lo reconocerá...
basta con que asome un dedo de los pies o un rizo del cabello,
porque se los ha hecho ella, su madre.
Hombre Ya viene... ya está aquí la beata María... ¡le causaría
menos dolor matarla con cuchillo, que dejarle ver al hijo! Dad-
me una piedra para que la aturda del golpe, que caiga redon-
da al suelo y no pueda mirar...
Otro hombre Callad, apartaos... oh pobre mujer, que llamáis
beata... ¿y cómo puede ser beata con esta decoración de cua-
tro clavos que le han hundido en la carne dolorosa, y golpea-
do como no se le haría ni a una lagartija venenosa o a un mur-
ciélago?
Mujer Callad, retened el aliento que ahora a esta mujer oi-
réis gritar a plena voz, como si la hubiese descuartizado el do-
lor, desgraciada: dolor de siete puñales que le rompen el cora-
zón.
Hombre Está allí quieta, no dice nada... ¡haced que llore al
menos un poco! ¡Haced que grite, para que explote esa pena
tan grande que le atenaza la garganta!
Otra Mujer Escuchad este silencio, qué gran estrépito trae;
y no sirve taparse los oídos. Habla, habla, di algo, María... ¡oh,
te lo ruego!
María Dejadme una escalera... quiero subir junto a mi bien.
Mi bien... ¡oh, mi pálido hermoso hijo, tranquilo, bien mío,
que ya llega tu madre! ¡Cómo te han dejado esos asesinos, ma-
tarifes: ¡malditos puercos sarnosos! ¡Destrozar así a mi hijo!
Qué os había hecho mi pobre inocente, para odiarle tanto, pa-
ra ser tan canallas con él... ¡pero ya caeréis en mis manos: uno
a uno! Oh, me lo pagaréis, aunque tuviese que ir a buscaros al
fin del mundo. ¡Animales, bestias desalmadas!
Cristo Madre, no grites, madre.
María Sí, sí, tienes razón... perdóname bien mío este albo-
roto que he hecho y estas palabras de enfado que he dicho, ha
sido este hondo dolor de encontrarte ensangrentado, quebra-
do aquí, en este madero, desnudo, molido a golpes... perfora-
do en mis hermosas manos tan delicadas, y los pies... oh, los
pies, que gotean sangre, gota a gota... ¡oh, debe de ser un gran
sufrimiento!
Cristo No, madre, no te preocupes... ahora, te lo juro, ya no
siento dolor... se me ha pasado... ya no siento nada, ve a casa
madre, te lo ruego, ve a casa...
María Sí, sí, iremos a casa juntos, voy a subir para bajarte de
esos maderos, sacarte los clavos despacio, despacio. Dadme
unas tenazas... echadme una mano... ¡que alguien me ayude!
Soldado Eh, mujer, ¿qué hacéis subida en la escalera?
¿Quién os ha dado permiso?
María Es mi hijo al que habéis crucificado... quiero descla-
varlo, llevarlo conmigo, a casa...
Soldado ¿A casa? ¡Uy qué prisas, todavía no está macerado,
oh santa mujer, aún no está lo bastante maduro! Bien, en
cuanto eche el último suspiro os aviso con un silbido, y venís a
buscarlo bien empaquetado a vuestro querido muchacho...
¿Contenta? Ahora bajad...
María ¡No pienso bajar! No dejaré pasar aquí, en este lugar,
la noche, solo, a mi hijo, a morir él solo. Y no podéis hacerme
esta prepotencia, a mí, que soy su madre de él, ¡soy su madre,
yo!
Soldado Bien. Ahora ya me las habéis tocado bastante, que-
rida madre de él: haremos como cuando se sacuden las man-
zanas, ¿queréis verlo? Daré una buena sacudida a esta escalera:
y caeréis de un batacazo como una hermosa pera madura.
Cristo ¡No! ¡Oh, te lo ruego, soldado, tú que eres bueno y
amable! Hazme a mí lo que quieras: sacude la cruz hasta des-
garrarme las carnes de las manos y los huesos, pero a mi ma-
dre... te lo ruego, no le hagas daño.
Soldado ¿Habéis oído, mi querida señora, qué de horas que-
dan? ¿Qué debo hacer? Para mí es el mismo trabajo: o bajáis
sola, y deprisa, de esta escalera, o bien sacudo la cruz.
María No, no... por caridad... esperad que ya bajo... mirad,
estoy al pie de la escalera.
Soldado Oh, por fin habéis entendido la canción, bendita
mujer... y no me miréis con esos ojos que quieren quemarme:
yo no tengo ninguna culpa, si el joven se ha colocado en esa
postura incómoda con los brazos estirados... ¿oh, que no me
dais pena?, ¿no conozco yo el brillo de las lágrimas sangrientas
que os sudan de los ojos? ¡Este es el verdadero dolor de madre!
Pero no puedo remediarlo, porque me han mandado que de
esta condena cumpla la orden, estoy condenado a haceros mo-
rir al hijo, o si no, ahí arriba me colgarán, de sus mismos cla-
vos.
María Oh buen soldado cortés, tened, os hago el presente
de este anillo de plata, y de estos pendientes de oro... tomad,
a cambio de un favor que me podéis conceder.
Soldado ¿Y de qué favor se trata?
María Que me dejéis limpiarle la sangre, a mi hijo, con un
poco de agua y un paño, y darle un poco para mojarle los la-
bios agrietados por la sed...
Soldado ¿Nada más que esas tonterías?
María También querría que cogierais este chai y subierais
por la escalera para atarle con él la espalda, por debajo de los
brazos, para ayudarle un poco a aguantar colgado de la cruz...
Soldado Oh mujer, qué mal queréis a vuestro joven enton-
ces, si pensáis mantenerle más tiempo en vida sufriendo esos
tremendos dolores. ¡En vuestro lugar, trataría de que muriese
en seguida, lo más rápido posible!
María ¿Morir? ¿Tendrá que morir este dulce bien mío? ¿Muer-
tas las manos, muerta la boca y los ojos... muertos los cabe-
llos?... Ay, me han traicionado... Oh Gabriel, joven de dulce fi-
gura, con tu voz de viola que enamora, tú el primero, tú me
has traicionado como un estafador: has venido a anunciarme
que sería Reina... ¡y beata, feliz, a la cabeza de todas las muje-
res! Mírame, mírame cómo estoy aquí, rota en pedazos y bur-
lada, ¡me he descubierto la última mujer del mundo! Y tú... ¡tú
lo sabías al traerme «el anuncio» que hace derretir de emo-
ción, de que me florecería en el vientre el hijo, que me con-
vertiría en Reina de este gran trono! ¡Reina con un hijo gentil
y caballero con dos espuelas hechas con dos grandes clavos
hundidos en los pies! ¿Por qué no me lo dijiste antes del sue-
ño? Oh, yo, estáte seguro, yo no habría querido llenarme, no,
jamás con esta condición, aunque hubiese venido el Dios pa-
dre en persona y no la paloma, su espíritu beato, a desposar-
me...
Cristo Mamá, ¿acaso el dolor te ha trastornado, pues blasfe-
mas? ¿Y dices cosas sin conocimiento? Llevadla a casa, herma-
nos, antes de que se desplome, caída y perturbada.
Hombre Vamos, María, contentad a vuestro hijo, dejadle en
paz.
María ¡No, no quiero! Perdonadme... dejad que me quede
a su lado, no diré una sola palabra contra su Padre, contra na-
die. ¡Dejadme... oh, sed buenos!
Cristo ¡Tengo que morir, madre, y me cuesta trabajo! Debo
dejarme ir, madre, gastar el aliento que me mantiene en vida...
pero contigo desgarrándote, aquí cerca, no puedo, madre... y
me cuesta más trabajo...
María ¡Quiero ayudarte, bien mío, oh, no me eches! ¡Haz
que nos asfixien juntos, madre e hijo, que nos metan abraza-
dos los dos en una sola tumba!Soldado ¡Os lo dije, bendita mujer!
Sólo hay una manera, si
queréis contentarle: ¡matarle de golpe!... Vos tomáis rápido
esa lanza que está ahí apoyada, nosotros los soldados fingire-
mos no mirar, vais corriendo bajo la cruz y le claváis con toda
vuestra fuerza, de punta, la lanza en el costado, a fondo en el
buche, y de ahí al momento, ya veréis, se troncha el Cristo y va
a morir. (La Virgen cae al suelo.) ¿Qué os ocurre? ¿Cómo es que
se ha desmayado, si ni siquiera la he tocado?
Hombre Tumbadla ahí... despacio... y apartaos todos, que
recupere el aliento...
Mujer Algo para taparla, que tiembla de frío...
Otro hombre He olvidado mi manto...
Hombre Apartaos, ayudadme a tumbarla...
Otro hombre Y ahora callad y dejad que repose.
María (Como en un sueño.) ¿Quién eres allí, hermoso joven,
que me parece reconocerte? ¿Qué deseas de mí?
Mujer Está sonámbula, mujer extraviada... tiene visiones...
Gabriel Gabriel, el ángel de Dios, soy yo, virgen, el nuncio
de tu solitario y delicado amor.
María Vuelve a extender tus alas, Gabriel, regresa a tu cielo
jubiloso, no tienes nada que hacer en esta tierra asquerosa, en
este mundo atormentado. Ve, para que no se ensucien tus alas
de plumas de gentiles colores... ¿no ves barro y sangre, estiér-
col de vaca, todo es una cloaca? Ve, que no estallen tus oídos
tan delicados con este vocerío desesperado y los llantos e im-
ploraciones que crecen por todas partes. Ve, que no se desgas-
ten tus ojos luminosos de tanto contemplar llagas, costras y bu-
bas, y moscas y gusanos saliendo de muertos descuartizados.
Tú no estás acostumbrado, en el paraíso no hay ruidos ni llan-
tos, ni guerras, ni prisiones, ni hombres ahorcados, ni mujeres
violadas. No hay hambre, ni carestía, ni nadie que sude de tan-
to cansarse los brazos, ni niños sin sonrisa, ni madres extravia-
das y oscuras por el dolor, nadie penando para expiar el peca-
do original, ve, Gabriel, ve...
Gabriel Mujer dolorosa... que hasta del vientre te han arran-
cado sufrimiento, oh, conozco bien este tormento que te afli-
ge al contemplar al Señor joven Dios crucificado... En este mo-
mento yo lo conozco al igual que tú.María ¿Lo conoces al igual que yo?
¿Acaso has tenido, Gabriel, en el vientre crecido, a mi hijo? ¿Has mordido tus labios
para no gritar de dolor al traerlo a la luz? ¿Lo has alimentado?
¿Lo has amamantado con tu leche, Gabriel? ¿Has sufrido cuan-
do ha enfermado con fiebre, las manchas del sarampión, y las
noches en vela meciéndolo cuando lloraba por los primeros
dientes? ¿No, Gabriel? Si no has probado estas bagatelas, no
puedes decir que sientes mi dolor en este momento...
Gabriel Tienes razón, María... perdona mi presunción, dic-
tada por la congoja que me atenaza, tanto como para figurar-
me que estaba en la cima de todo padecimiento. ¡Pero vengo
a recordarte que precisamente esta canción tuya, planta sin
voz, este lamento entonado sin sollozos, este sacrificio tuyo y
de tu amado hijo lograrán desgarrar el cielo, para que puedan
los hombres volver  por vez primera al paraíso!

Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

Los Cuervos están de luto HUGO ARGÜELLES