Menandro. El misántropo.




























Menandro

Misántropo




ARGUMENTO DE ARISTÓFANES
EL GRAMÁTICO

Un hombre de carácter insociable que tenía una hija se casó con una mujer que tenía un hijo, pronto se separó de la madre por culpa de su manera de ser y continuó viviendo él solo en el campo. Sóstrato, enamorado perdi­damente de la muchacha, fue a pedir su mano. El gruñón se negó. Convenció Sóstrato al hermano de la chica, pero no supo éste qué hacer. Cayó Cnemón a un pozo y Sóstra­to fue de inmediato en su ayuda. Se reconcilió con su mu­jer, dio voluntariamente a Sóstrato a la muchacha como esposa legítima y aceptó la hermana de éste para Gorgias, el hijo de su mujer, y él se hizo más dulce de carácter.

DIDASCALIA

Se presentó esta comedia en las Leneas  del arcontado de Demógenes y obtuvo el premio. Representó el papel principal Aristodemo de Escafas. Se titula también El misántropo.

PERSONAJES DEL DRAMA

El dios PAN.
QUÉREAS, el parásito.
SÓSTRATO, el enamorado.
PIRRIAS, el esclavo.
CNEMÓN, el padre.
MUCHACHA, hija de Cnemón.
DAOS, esclavo de Gorgias.
GORGIAS, hermanastro de la muchacha.
SICÓN, un cocinero.
GETAS, esclavo de Calípides.
SIMICA, vieja, criada de Cnemón.
CALÍPIDES, el padre de Sóstrato.





PRÓLOGO

PAN
(La escena se desarrolla en File, localidad monta­ñosa del Ática. En el centro, algo elevada, una gru­ta, santuario rústico de Pan y las Ninfas; a la iz­quierda del espectador está la casa de Cnemón; a la derecha, la de Gorgias. Ante la casa de Gorgias hay un altar dedicado a Apolo, como protector de los caminos.)

PAN. - Imaginad que este sitio es File, en el Ática, y que el ninfea de donde salgo es el famosísimo santuario de los filasios, y de esos que son capaces de cultivar los pedruscos que hay por allí. El campo este que haya mi derecha es donde vive Cnemón, un ser humano bastante inhumano e insociable con todos y que aborrece a la gente. ¿A la gente, digo? En todo el tiempo que lleva ése de vida, que no es poco, jamás ha dirigido una palabra amable a nadie, ni hablado él el primero a ninguno, salvo a mí, Pan, y esto a la fuerza, porque es mi vecino y pasa por mi lado. Pero eso enseguida le pesa, bien lo sé. Sin embargo, aun con este carácter, se casó con una viuda a la que se le había muerto el marido hacía poco, dejándole un hijo pequeño. Peleando con ésta, su compañera de yugo, se pasaba el viejo no sólo los días, sino también buena parte de la noche, y vivía de mala manera. Le nació una hijita; todavía peor. Y como la situación era tan desastrosa que ya no cabía otra peor y la existencia se había hecho penosa y amarga, la mujer se marchó otra vez con el hijo que había tenido primero. Tenía éste un terruño pequeñajo, aquí al lado, con el que sostiene ahora malamente a su madre, a sí mismo y a un fiel esclavo que lo fue de su 25 padre. Ya el hijo es un mozalbete con mucha sensatez para su edad. Pues la experiencia de las dificultades hace madurar.
El viejo, por su parte, vive solo con la hija y una criada vieja, recogiendo leña y cavando, trabajando sin parar. Empezando por éstos, sus vecinos (señala a la casa de Gor­gias), y continuando por su mujer, hasta los de Colargo, allá abajo, detesta absolutamente a todos. La muchacha ha crecido conforme a su educación y nada malo ha apren­dido. Reverencia y honra tan escrupulosamente a mis compañeras las Ninfas, que nos ha convencido a prodigarle algún cuiado. Y también a un muchacho que vive en la ciudad, cuyo padre es un agricultor muy rico -sus tierras valen mucho dinero- que va de caza con un amigo y que, por casualidad, entra en este lugar y hago que caiga perdidamente enamorado. Esto es lo principal del asunto, lo restante lo veréis si queréis, pero quered. Precisamente me parece que veo venir a este enamorado y a su compañero de cacería hablando entre sí de todo esto. (Retírase Pan al ninfeo.)

ACTO I
QUÉREAS, SÓSTRATO, PIRRIAS, CNEMÓN, MUCHACHA, DAOS

(Entran Sóstrato y Quéreas.)

QUÉREAS. - ¿Qué dices, Sóstrato? ¿Que viste aquí a una muchacha libre depositando unas coronas a las Ninfas de al lado y te enamoraste de repente?

SÓSTRATO. - De repente.

QUÉR. - ¡Qué rápido! ¿Es que ya habías decidido ena­morarte de alguien al salir de casa?

Sós. - Ríete, pero yo, Quéreas, lo paso mal.

QUÉR. - No lo dudo.

Sós. - Por eso vengo y he pedido tu ayuda en este asunto, porque te considero un amigo y hábil para tratar asuntos así.

QUÉR. - En casos como éste, Sóstrato, hago lo siguien­te: ¿necesita ayuda un amigo enamorado de una cortesa­na? Inmediatamente la rapto y la traigo, me emborra­cho, pego fuego a la puerta, en absoluto atiendo a razo­nes; pues antes de saber quién es, hay que conseguida, ya que la tardanza hace crecer mucho la pasión, y la rapi­dez rápido la aquieta. ¿Me habla uno de casarse y de una muchacha libre? Entonces yo soy otro. Me entero de la familia, de su hacienda, de sus costumbres. Para todo el tiempo que le quede de vida le dejo yo recuerdo al amigode cómo manejo estas cosas.

Sós. - Muy bien. (Aparte.) Pero a mí no me gusta nada.

QUÉR. - Ahora, por lo menos, hace falta que nos pon­gas al corriente de toda la historia.

Sós. - Con el alba despaché desde mi casa a Pirrias, mi compañero de caza…

QUÉR. - ¿Adónde?

Sós. - Para encontrar al padre de la chica o al dueño de la casa, cualquiera que él sea.

QUÉR. - ¡Por Heracles! ¡Qué dices!

Sós. - He hecho mal, porque quizá un asunto como éste no es adecuado para un esclavo. Pero no es fácil que un enamorado tenga conciencia de lo que conviene. Y me extraña todo el tiempo que tarda, pues le dije que volviera enseguida a casa en cuanto supiera lo que me interesaba.

(Entra Pirrias corriendo.)

PIRRIAS. - ¡Paso! ¡Cuidado! ¡Fuera todos de en me­dio! -¡Un loco me persigue, un loco!

Sós. - ¿Qué es esto, chico?

PIRR. - ¡Huid!

Sós. - ¿Qué pasa?


PIRR. - Me está tirando pellas de barro y piedras. ¡Es­toy perdido!.

Sós. - ¿Que te está tirando' cosas? ¿Adónde vas,infeliz?

PIRR. - ¿Es que ya no me persigue?

Sós. - ¡Por Zeus!

PIRR. - Pues yo creía...

Sós. - Bueno ¿qué cuentas?

PIRR. - Larguémonos, te lo suplico.

Sós. - ¿Adónde?

PIRR. - Lo más lejos de aquí, lejos de esta puerta. Por­que debe de ser hijo del Dolor, un poseso o un atrabiliario el hombre que vive en esta casa de aquí, al que me mandaste ir a ver. ¡Qué desastre más grande! Pues casi me he roto todos los dedos de los pies de tanto tropezar.

Sós. (?).-Dime, fuiste (y ¿qué?) .

PIRR. - ¿Qué?  Me ha tratado de mala manera. ¡Venga!.

Sós. (?).-Es evidente (que se ha metido contigo).

PIRR. - Por Zeus, que estoy perdido, Sóstrato, así me muriera. Estáte con ojo. Pero no puedo hablar, me falta el aliento. Cuando llamé a la puerta de la casa, dije que buscaba al dueño. Se me acercó una pobre vieja y, desde el mismo sitio en que ahora estoy yo hablando, me lo ense­ñó allí, en el montezucho, podando unos perales silvestres; de veras, estaba recogiendo una buena carga para echár­sela a los lomos como un yugo.

QUÉR. - (Irónico. Aparte.) ¡Qué salvajada! (A Pirrias.)¿Por qué, amigo?

PIRR. - (A Sóstrato.) Yo me metí en su cercado y me dirigí a él -desde muy lejos-, es quería mostrarme muy cortés, y amable le hablé: <<Vengo -dije- a tu casa, pa­dre, para verte y exponerte un asunto que te interesa>>. Y de repente dice: <<Maldito! ¿Cómo se te ha ocurrido entrar en mi campo?>> Agarra una pella de tierra y me la tira a la mismísima cara.

QUÉR. - ¡Al infierno!

PIRR. - <<¡Qué Posidón te...!>>, le dije mientras cerraba los ojos. Agarra, entonces, una estaca, diciendo mien­tras me sacudía con ella: <<¿Qué--asunto tenemos que tratar tú y yo? ¿Es que no conoces el camino real?>> Vociferando  a gritos.

QUÉR. - Por lo que dices está loco de remate el campesino.

PIRR. - Para acabar, huyendo, me ha perseguido casi durante quince estadios. Primero, dando vueltas a la coli­na, luego, así, cuesta abajo, hasta esta espesura, disparándome pellas, piedras y peras silvestres cuando ya no le que­daba otra cosa. Es algo completamente salvaje, el maldito viejo. Largaos, te lo ruego.

QUÉR. - Es una cobardía lo que dices.

PIRR. - No sabéis lo malo que es. Éste nos come.

QUÉR. - Quizá es que precisamente ahora le duela algo, por eso me parece que hay que aplazar la visita, Sóstrato. Sábete bien esto: en cualquier asunto lo más eficaz es ser oportuno.

PIRR. - ¡Prudencia!

QUÉR. - El campesino pobre es muy agrio de carác­ter, no es éste el úi1ico, casi todos lo son. Mañana bien temprano me acercaré a verlo yo solo, pues ya conozco la casa. Y ahora vuelve a la tuya y espera, esto irá a su aire.

PIRR. - Hagámoslo así.

Sós. - (Aparte.) Éste está contento por haber encontrado un pretexto. Enseguida vi claro que no venía conmi­go a gusto y que no estaba muy de acuerdo con mi inten­ción de casarme. (Volviéndose hacia Pirrias.) ¡Y a ti, mal­dito, que todos los dioses te hagan perecer de mala mane­ra, sinvergüenza!

PIRR. - ¿Qué he hecho mal, Sóstrato?

Sós. - Seguro que algo malo hiciste en su campo.

PIRR. - ¡Por Zeus, no robé!

Sós. - ¿Pero es que alguien te iba a azotar sin hacernada malo?

PIRR. - Por lo menos ya está aquí el mismo que me atizó. Me largo, majo. Habla tú con él. (Vase.)

Sós. - No podría, nunca soy persuasivo al hablar. ¿Qué decir ante un tipo como éste? Su aspecto no me parece nada amable. ¡Por Zeus! ¡Viene derecho! Me alejaré un poco de la puerta. (Se aparta.) Mejor así. Pues ahí viene él solo, gritando. Me parece que no está cuerdo. De ver­dad que le tengo miedo, por Apolo y los dioses. ¿Por qué no iba a decir uno la verdad?

(Entra Cnemón, habla solo, sin ver a Sóstrato.)

CNEMÓN. --.¡Anda que no era dichoso por partida do­ble el Perseo aquel! Primero, porque tenía alas y no, se topaba con ninguno de los que andan por la tierra y, lue­go, porque era dueño de un talismán tal que con él petrifi­caba a todos los que lo molestaban. ¡Ojalá lo tuviera yo ahora!, pues nada abundaría más que estatuas de piedra por todos sitios. i Y es que ahora no se puede vivir, por
Asclepio! Ya hasta te invaden el campo para hablar. Pues, 160
¡por Zeus!, será que me he acostumbrado a perder el tiem­po al lado de este camino, yo que ni siquiera trabajo esta parte del campo y he huido de ella por culpa de los que
pasan. Pero ya es que me persiguen hasta arriba en las 165 colinas. ¡Ag, qué cantidad de chusma! (Descubre a Sóstra­to.) ¡Horror! Otra vez hay un tío delante de mi puerta.

Sós. - (Aparte.) ¿Me irá a pegar?

CNEM. - No hay manera de encontrar soledad por ningún lado, ni aun para ahorcase uno si quisiera.

Sós. - (Aparte.) Gruñe por mí. (A Cnemón.) Estoy es­perando a uno aquí, padre, pues tenemos una cita.

CNEM. - ¿No lo decía yo? ¿Os habéis creído que estoes un pórtico o la plaza del pueblo? Si queréis ver a al­guien, disponed la manera de encontraras delante de mi puerta: poned un banco o, si tenéis sentido común, mejor una sala de reuniones entera. ¡Ay, pobre de mí! la insolen­cia, creo que es la causa de mi desgracia. (Entra en la casa.)

Sós. - (Aparte.) Me parece que este asunto no es cosa de un pequeño esfuerzo, sino de uno extraordinario. Es algo que salta ala vista. ¿Y si fuera a buscar a Getas, el esclavo de mi padre? ¡Por los dioses!, sí que lo voy a hacer. Tiene un temperamento fogoso y está avezado en las situaciones más dispares. Éste le quitará su carácter insociable, bien lo sé. Porque rechazo echar tiempo a la cues­tión. En un solo día pueden ocurrir muchas cosas. Pero alguien ha golpeado la puerta.

(Sale de la casa la hija de Cnemón con un cántaro.)

MUCHACHA. - ¡Ay de mí, desdichada! ¡Qué desgracia tengo! ¿Qué voy a hacer ahora?, porque a la nodriza se le cayó el cubo al pozo cuando lo estaba subiendo.

Sós. - (Aparte.) ¡Oh Zeus padre y Febo Peán! ¡Oh caros Dioscuros!. ¡Qué belleza irresistible!
MUCH. - Y mi padre al marcharse me mandó que le calentara agua.

Sós. -(Aparte.) ¡Qué prodigio, señores!

MUCH. - Si se entera de esto la mata a palos. ¡Por las dos diosas, no hay tiempo que perder! ¡Ay, Ninfas que­ridas, tengo que coger de vuestra agua! (Notando la pre­sencia de Sóstrato y Pirrias.) Me da vergüenza molestar si hay alguien sacrificando dentro.

Sós. - (Avanza hacia la muchacha.) Pero si me lo das, enseguida te saco el cántaro lleno.
MUCH. - Sí, por los dioses, hazlo.

Sós. - (Aparte.) Es una campesina con el aire de una mujer libre. ¡Ah, dioses venerados! ¿Qué divinidad me salvará?

MUCH. - ¡Pobre de mí! ¿Quién ha metido ruido? ¿Se­rá papá que llega? Me voy a llevar unos palos si me sorprende fuera.

(Entra Daos.)

DAOS. - (Mientras sale de la casa de Gorgias, se dirige a Mírrina.) Llevo ya un buen rato aquí ayudándote, mien­tras el amo cava solo. Es necesario que vaya con él. (Apar­te.) ¡Ah, maldita Pobreza!. ¿Por qué te habremos encontrado nosotros siendo tan perversa como eres? ¿Por qué te nos has metido dentro y convives con nosotros tan­to tiempo sin fin?

Sós. - (A la hija de Cnemón.) Tómala.

MUCH. - Trae acá.

DAOS. - (Aparte.) ¿Qué quiere ese tío?

Sós. - (A la muchacha, mientras ésta entra en su ca­sa.) Adiós y cuida de tu padre. (Aparte.) ¡Ay, desdichado de mí! Deja de lamentarte, Sóstrato. Todo saldrá bien.

DAOS. - ¿Qué saldrá bien?

Sós. - No te preocupes. (A Pirrias.) Lo que pensaba antes, vete a por Getas y cuéntale claramente toda la historia.

(Salen Sóstrato y Pirrias.).

DAOS. - (Solo.) ¿Qué desgracia es ésta? El asunto no me gusta nada. Un jovencito ayuda a una muchacha.
Malo. Pero a ti, Cnemón, de mala manera te pierdan todos los dioses. A una muchacha inocente la dejas sola, a su suerte, sin nadie que cuide de ella, como sería conve­niente hacer. A sabiendas, quizá, de esto, se ha lanzado ése creyendo que era una bicoca. Pero de todas formas tengo que explicar esto cuando antes a su hermano para quedamos al cuidado de la chica. Creo que vaya ir a ha­cerlo ya. Pues veo que se acercan a este lugar unos devo­tos de Pan algo bebidos a los que no me parece oportuno molestar. (Vase.)

CORO

ACTO II
GORGlAS, DAOS, SÓSTRATO, SICÓN, GETAS

(Entran Gorgias y Daos)

GORGlAS. - Pero dime, ¿de manera tan descuidada y a la ligera has actuado?

DAOS. - ¿Cómo?

GOR. - ¡Por Zeus!, tenías que haberte fijado entonces inmediatamente, Daos, en quién era el que se acercó a la chica y decide que ,en adelante, nadie le viera hacer otra vez lo mismo. En cambio, tú te has estado al margen co­mo si fuera un asunto ajeno. No es posible, desde luego, escapar a los lazos de la sangre, Daos. Cuida entonces de mi hermana. Que su padre quiere ser un extraño para no­sotros, no imitemos nosotros su mal carácter,  pues si a ella le ocurre algo deshonroso, también eso es un baldón para mí. Puesto que quien ve las cosas desde fuera no sabe quién es el responsable, sino lo que pasó...

DAOS. - ¡Eh, Gorgias!, el viejo me da miedo, porque si me pilla cerca de su puerta, me cuelga al instante.

GOR. - Desde luego, es tarea imposible bregar con él, ni hay manera de obligado a mejorar, ni nadie, repren­diéndolo podría persuadirlo, lo sé. Pero con él, por un lado, tiene la ley, que impide tratarlo a la fuerza y, por otro, su carácter, que impide convencerlo.
DAOS. - Aguarda un momento, que no hemos venido en vano. Pues como dije, vuelve de nuevo.
(Entran Sóstrato y Pirrias.)

GOR. - ¿El que lleva la capa? ¿Es ése el que dices?

DAOS. - Ése.

GOR. - Por su aspecto enseguida se nota que es un mal elemento.

Sós. - (Sin advertir la presencia de Daos y Gorgias.)
No encontré en casa a Getas, y mi madre tenía que hacer un sacrificio a un dios, no sé cual -porque todos los días los hace y se recorre todo el demo de un lado para otro sacrificando- y lo ha mandado de inmediato a contratar a un cocinero. Después de haber dicho que mandaba a paseo al sacrificio, vengo otra vez aquí. Y creo, para mí,  que debo dejar estas idas y venidas y hablar yo por mí mismo. Llamaré a la puerta para no tener ya que darle más vueltas.

GOR. - Muchacho, ¿querrías aceptarme un consejomuy serio?

Sós. - Desde luego que sí, con mucho gusto. Habla.

GOR. - Existe, creo yo, para todos los hombres, los haya favorecido o no la fortuna, un límite y un punto de cambio. Y, para el favorecido, permanecen siempre prós­peras sus condiciones de vida tanto tiempo cuanto puede mantener su fortuna sin cometer injusticia. Pero cuando cae en ella arrastrado por sus ventajas, le toca entonces cambiar a peor. En cambio, para los pocos afortunados, si nada malo hacen en su situación apurada y soportan gallardamente su destino, llegan con el tiempo a la esperanza de alcanzar un lote mejor. ¿Por qué te digo esto? Para que no confíes tú en ti mismo, por muy rico que eas, ni nos desprecies a nosotros por ser pobres. Muéstrate ante los que te miran digno de conservar siempre tu fortuna.

Sós. - ¿Y qué te parece que hago ahora de raro?

GOR. - Me das la sensación e que se te ha encaprichado una felonía, que intentas seducir a una doncella li­bre o que andas acechando la ocasión de cometer un delito igno de mil muertes.

Sós. -. ¡Apolo!

GOR. - No es justo, desde luego, que tu ocio venga  ser una desgracia para nosotros, los que trabajamos. Ten presente que lo más irritable de todo es un pobre ultrajado. Primero, por que inspira compasión y, después, porque toma cuanto sufre no como una injusticia, sino como un atropello abusivo.

DAOS. - ¡Bien, amo! ¡Ojalá tenga yo mucha suerte!

Sós. - (A Gorgias.) Tú, charlatán, entérate antes. Vi aquí a una muchacha. Estoy enamorado de ella. Si afirmas que esto es un crimen, quizá sea un criminal. ¿Quien puede decir lo contrario? Vengo aquí no por ella, sino porque quiero ver a su padre. Pues yo, que soy libre, tengo recursos suficientes y estoy dispuesto a tomarla sin dote, comprometiéndome a guardarle cariño. Y si me he acerca­do aquí con malas intenciones porque quiero tramar algo contra vosotros a escondidas, que Pan (señala a la esta­tua del dios) y las Ninfas a la vez, joven, me dejen tieso aquí mismo, al lado de la casa. Sábelo bien, que estoy confundido, y no poco, por causarte una impresión seme­jante.

GOR. - Pues si yo te he dicho algo más fuerte de lo que debía, no te apures ya, porque lo que cuentas me ha convencido y, encima, encuentras en mí un amigo. No soy ningún extraño, al revés, soy hermano de la muchacha, tenemos la misma madre, amigo. Esto es lo que tengo que decirte.

Sós. - ¡Y útil me vas a ser en adelante, por Zeus!

GOR. - ¿Útil? ¿Qué quieres decir?

Sós. - Veo que eres noble de carácter.

GOR. - No quiero despacharte dándote una excusa va­na, sino enseñarte cómo están las cosas. Tiene ésta un pa­dre que es un hombre como no ha habido antes ni ahora.

Sós. - El gruñón. Lo conozco un poco.

GOR. --- Es el colmo de los males. Esta finca que tiene vale, quizá, dos talentos. La cultiva él solo, sin tener nadie que lo ayude: ni esclavo doméstico, ni asalariado del lugar, ni vecino, completamente solo. Pues lo que más le agrada es no ver a ningún ser humano. Muchas veces trabaja con su hija al lado; sólo con ella habla y esto no lo haría fácilmente con otra persona. Dice que la casará cuando encuentre un novio con el mismo carácter que él.

Sós. - Nunca, quieres decir.

GOR. – No te busques, pues, complicaciones, amigo, porque será inútil. Déjanos a los parientes soportar esto, que nos lo ha dado el destino.

Sós. - ¡Por los dioses! ¿Nunca has estado enamorado de alguien, muchacho?
GOR.- No me es posible, amigo.

Sós. - ¿Cómo? ¿Quién lo impide?

GOR. - La suma de mis desgracias presentes, que no me da la menor tregua.

Sós. - No me das esa sensación. Por lo menos hablas sin mucha experiencia de esto. Me pides que desista y esto ya no depende de mí, sino del dios.

GOR. - Por tanto, en nada nos perjudicas y, en cam­bio, sufres en vano.

Sós. - No, si consiguiera a la muchacha.

GOR. - No podrás < y lo vas a saber tú mismo> si me sigues y te quedas a mi lado, pues <está trabajando> en el soto, cerca de nosotros.

Sós. - ¿Cómo?

GOR. - Le soltaré un discurso sobre la boda de su hi­ja. Porque yo mismo vería con agrado que tuviera lugar. Enseguida hará la guerra a todos, poniendo verdes la vida que llevan, y si te ve ocioso y con ese aspecto delicado, ni siquiera soportará verte.

Sós. - ¿Está allí ahora?

GOR. - No, por Zeus, pero saldrá dentro de poco por donde acostumbra.

Sós. - ¡Ehh! ¿Dices que llevará a la muchacha con él?

GOR. - Quizá haya suerte.

Sós. - Estoy dispuesto a ir a donde dices. Pero te lo suplico, ayúdame.

GOR. - ¿De qué manera?

Sós. - ¿De qué manera? Vayamos adonde dices.

GOR. - ¿Qué? ¿Vas a estar al lado nuestro, mientras trabajamos, con tu capa?

Sós.- ¿Pues por qué no?

GOR. - Enseguida te tirará pellas de tierra y te llamará maldito gandul. Te conviene mejor cavar con nosotros, pues, si hay suerte, al verlo, quizá acepte un poco de conversación por tu parte, creyendo que eres un pobre que trabaja para vivir.

Sós. - Estoy dispuesto a obedecerte en todo. Vamos.

GOR. - ¿Por qué te empeñas en padecer?

DAOS. - (Aparte.) Quiero que trabajemos hoy lo más posible y que éste se rompa los lomos y deje, entonces, de damos la tabarra y de venir por aquí.

Sós. - Trae una azada.

DAOS. - Coge la mía y vete. Pues, mientras, yo iré arreglando la cerca, que esto también hay que hacerlo.

Sós. - Dame. (A Gorgias.) Me has salvado.

DAOS. - Me voy, amo. Buscadme allí. (Vase.)

Sós. - En éstas estoy: o morir en el empeño, o vivir con la muchacha.
GOR. - Si piensas como dices, que tengas suerte.

Sós. - ¡Ah, dioses venerados! Con esos mismos argu­mentos con los que crees disuadirme, me siento doblemen­te estimulado en mi empresa. Porque si la muchacha no se ha criado entre mujeres y no conoce para nada las malas artes de éstas para la vida, ni ha sido atemorizada por ninguna tía o abuela; al contrario, si se ha educado como corresponde a una persona libre, con un padre rudo y que aborrece por carácter toda maldad, ¿cómo no va a ser una dicha conseguirla? (Mientras levanta la azada con esfuerzo.) ¡Esta azada pesa cuatro talentos! Me va a matar antes! Sin embargo, no es cosa de flaquear después que he empezado a dominar el asunto de una vez.

(Salen por la izquierda. Entra Sicón con un cor­dero por la derecha.)

SICÓN. - ¡Este cordero es una desgracia! ¡Vete al infierno! Si lo cojo y lo llevo levantado, se agarra con la boca a las ramas, se come los brotes de las hojas y tira con fuerza. Y si uno lo deja en el suelo, no anda. Ha pasado, pues, lo contrario: yo, que soy el cocinero, estoy hecho pedazos por su culpa de remolcarlo todo el camino. ¡Por fortuna está aquí el Ninfeo donde vamos a hacer el sacrificio! ¡Salve, Pan! ¡Getas, muchacho, cuánto tardas!
(Entra Cetas.)

GETAS. - Porque las malditas mujeres me han atado la carga de cuatro burros.

SIC. - Parece que va a venir mucha gente, por la cantidad de esterillas que traes.

GET. - ¿Qué hago?

SIC. - Apóyalas aquí.

GET. - ¡Ya está! Pues como vea en sueños al Pan de Peania, allá nos vamos enseguida a hacer sacrificios, es­toy seguro.

SIC. - ¿Quién ha tenido el sueño?

GET. - ¡No me des la pelma, hombre!

SIC. - Pero dímelo, Getas, ¿quién ha sido?

GET. - El ama.

SIC. - ¡Por los dioses! ¿Qué ha visto?

GET. - Me vas a matar. Creía que Pan...

SIC. - ¿Éste de aquí dices?

GET. - Éste.

SIC. - ¿Qué hacía?

GET. - Al hijo del amo, a Sóstrato...

SIC. - Un chico majo, desde luego.

GET. - Le ponía grilletes.

SIC. - ¡Apolo!

GET. - Luego le daba una pelliza y una azada y lo mandaba a cavar en la finca del vecino.

SIC. - ¡Qué extraño!

GET. - Pues por eso hacemos el sacrificio, para que el presagio temible se vuelva favorable.

SIC. - Entiendo. Coge eso otra vez y llévalo dentro. Preparemos dentro unas yacijas y dejemos listo todo lo demás. Que nada les impida sacrificar en cuanto lleguen. ¡Que sea a la buena Fortuna! Y deja de fruncir el ceno de una vez, desdichado, que yo te voy a inflar hoya base de bien.

GET. - Yo siempre soy un defensor tuyo y de tu arte.  (Aparte.) Pero, sin embargo, no te creo.
(Entran en la gruta de Pan.)

CORO
ACTO III
CNEMÓN, SIMICA, MÁDRE DE SÓSTRATO, GETAS, SÓSTRATO, GORGIAS

CNEMÓN. - (Sale de su casa, se dirige a Simica todavía en el interior.) Vieja, cierra la puerta y no abras a nadie hasta que vuelva  yo aquí, que será enteramente de no­che, creo.
(Entra la madre de Sóstrato  por la derecha. Si­gue el grupo de participantes en el sacrificio, entre ellos se encuentran su hija, Plangón y una flautista, Partems.)

MADRE DE SÓSTRATO. - Plangón, date prisa, ya te­níamos que haber hecho el sacrificio.

CNEM. - (Aparte.) ¿Qué significa esta desgracia? ¡Quéchusma! ¡Que se vayan al diablo!.

MADRE. - Toca a la flauta, Pártenis, la tonada de Pan. Dicen que no hay que dirigirse a este dios en silencio.

GETAS. - (Sale del Ninfeo ante el bullicio.) ¡Por Zeus, al fin habéis llegado!

CNEM. - (Aparte.) ¡Por Heracles, qué fastidio!

GETAS. - Llevamos sentados un rato esperándoos.

MADRE. - ¿Tenemos todo preparado?

GET. - Si, por Zeus.

MADRE. - Casi no aguanta el cordero tu tardanza y por poco se muere el pobre. Mas, entrad. Preparad los cestillos, las aguas lustrales, las tortas.

GET. - ¿Adónde miras tú con la boca abierta, panoli?

CNEM.- (Solo.) Así reventéis de mala manera, malditos! Me obligan a estar sin hacer nada. Porque no puedo dejar la casa sola. Estas Ninfas vecinas son una continua desgracia para mí, así que vaya echar la casa abajo y me la vaya hacer en otro sitio. ¡Cómo sacrifican,los bandidos! Se traen cestos, jarros de vino, pero no para los dioses, sino para ellos mismos. El incienso y la torta es lo piadoso; eso, puesto en el fuego, es lo que recibe entero el dios. Pero éstos ofrecen a los dioses la rabadilla y la hiel, que son incomibles, mientras se zampan ellos lo demás. ¡Vieja! ¡Ábreme enseguida la puerta! Que me parece que tenemos que hacer dentro. (Entra en la casa.)

GET. - (Sale del santuario y se dirige a una criada que hay dentro.) ¿Habéis olvidado el caldero, dices? Estáis com­pletamente bebidas. ¿Y qué vamos a hacer ahora? Parece que tendremos que molestar a los vecinos del dios. (L/ama a la puerta de Cnemón.) ¡Esclavo! ¡Por los dioses, creo que en ningún sitio mantienen esclavas más desastrosas!¡Esclavos! ¡Éstas no piensan más que en follar!. ¡Escla­vos, guapos!... y en echarles la culpa si uno las pilla! ¡Esclavo! ¿Qué desgracia es ésta? ¡Muchachos! ¿No hay nadie dentro? ¡¡Ehh!! Parece que alguien viene corriendo.

CNEM. - (Abre furioso.). ¿Por qué llamas a la puer­ta? ¡Miserable, dímelo!

GET. - No muerdas.

CNEM. - ¡Por Zeus, que sí y, además, te vaya comer vivo!

GET. - ¡¡No, por los dioses!!

CNEM. - ¿Tengo yo algún contrato contigo, canalla? ¿O tú conmigo?

GET. - Contrato, ninguno. Además, no me he acercado aquí para reclamarte ninguna deuda, ni traigo algua­ciles, sino para pedirte un calderín.

CNEM. - ¿Un calderín?

GET. - Un calderín.

CNEM. - ¡Golfo! ¿Crees que yo sacrifico bueyes y ha­go lo que vosotros hacéis? .

GET. - Tú, ni un caracol. ¡Que te vaya bien, majo! Las mujeres me mandaron que llamara a la puerta y que te lo pidiera. Lo he hecho. No tienes. Me marcho y se lo digo a ellas. (Aparte, mientras se retira.) ¡Dioses venerados! Ese hombre es una víbora con canas.

CNEM. - Fieras asesinas. Llaman enseguida como el que va a casa de un amigo. Si pillo a uno de vosotros acercán­dose a mi puerta y no hago un escarmiento para todos los que andan por este lugar, pensad, cuando me veáis, que soy uno de tantos. El de ahora, quienquiera que sea, no sé cómo ha tenido suerte. (Entra en casa y cierra la puerta.)
SIM. - (Sale de la gruta, se dirige a Getas aún dentro.) ¡Maldita sea! ¿Te insultó? Quizá lo pediste a lo basto. (Al público.) Algunos no saben pedir las cosas. Yo he inventado un sistema para esto, porque sirvo en la ciudad a miles de personas y tengo que molestar a sus vecinos y pido utensilios a todos. Es que hay que saber adular cuan­do se quiere pedir algo. ¿Es un viejo el que responde a la puerta? Enseguida le llamo «padre» y «papá». ¿Una vieja?: «madre». Si fuera una mujer de mediana edad, la llamaría «sacerdotisa». Si sirviente... «querido amigo». Pero vosotros, [merecéis que. os] cuelguen; ¡Qué igno­rancia! (Llama a la puerta) ¡Esclavo, esclavos! [-así ha­go] yo-(Abre Cnem6n la puerta.) Sal, padrecito, te quiero decir algo.

CNEM. - (Colérico.) ¿Tú otra vez?

SIM. - ¿Cómo?. (Cnem6n lo agarra.) ¿Qué es esto?

CNEM. - Me estás provocando como si lo hicieras a propósito. ¿No te he dicho que no te acercaras a la puer­ta? ¡Dame la correa, vieja!

SIM. - ¡No, no! ¡Suéltame!

CNEM. - ¿Suéltame?

SIM. - Sí, amigo, por los dioses. (Se aleja de Cnemón.)

CNEM. - ¡Vuelve!

SIM.. - Que Posidón te...

CNEM. - ¿Todavía sigues hablando?

SIM. - Vine a pedirte un puchero.

CNEM. - No tengo ni puchero, ni hacha, ni sal, ni vi­nagre, ni ninguna otra cosa. Además, he dicho por lo cla­ro a todos los que están en este sitio que no se me acer­quen.

SIM. - A mí no me lo has dicho.

CNEM. - Pues te lo digo ahora.

SIM. - ¡Sí Y con qué modos! Dime, ¿y no podrías in­dicarme adónde ir para encontrar uno?


CNEM. - ¿No lo decía yo? ¿Todavía vas a seguir ha­blando conmigo?

SIM.- ¡Adiós, muy buenas!

CNEM. - No quiero adioses de ninguno de vosotros.

SIM. - Pues adiós, muy malas. .

CNEM. - ¡Qué desgracia sin remedio! (Entra en su casa.)

SIM. - ¡Me ha hecho polvo a base de bien! ¡Lo que es pedir las cosas con amabilidad! ¡Qué diferencia, por Zeus! ¿Habrá que llamar a otra puerta? Pero si en este lugar son tan prontos para zurrar, va a ser difícil. ¿No será mejor para mí poner a asar toda la carne? Parece que sí. Tengo una sartén. ¡A paseo los filasios! Me arre­glaré con lo que tengo. (Entra en el santuario.)

Sós. - (Entra derrengado.) Quien no sepa lo que son desgracias, que venga de caza a File. ¡Ah, qué desgraciadí­simo soy! ¡Cómo tengo los lomos, la espalda, el cuello, en una palabra, todo el cuerpo! Pues enseguida me puse de lleno a la tarea -como soy un mozo- levantando bien alto la azada, como un bracero, la hundía profundamente. Estuve dándole con brío, pero no mucho rato. Luego me volvía un poco, espiando el momento en que viniera el viejo con la niña. Y, ¡por Zeus!, me echaba entonces las manos a los riñones, a escondidas primero. Como la cosa se eternizaba, empecé a quedarme doblado y tieso como un palo. Nadie venía. El sol abrasaba y Gorgias, cuando miraba, me veía levantar me a duras penas y caer luego, 535 otra vez, con todo el cuerpo, como una bomba. «Me parece que ahora no va a venir, muchacho», me dijo. «¿Qué vamos a hacer? -respondí yo enseguida-. ¿Lo es­peramos mañana y nos vamos ahora?» Entonces, llegó Daos para reemplazarme en la faena. Tal ha sido, pues, mi pri­mer asalto. Y llegó aquí, no sé decir para qué, ¡por los dioses!, pero una fuerza espontánea me arrastra a este lugar.

GET. - (Sale del santuario, mientras gruñe contra Si­cón, todavía dentro de la gruta.) ¡Qué desastre! ¿Crees que tengo sesenta manos, hombre? Te avivo las brasas... traigo, lavo, corto las tripas, amaso (las tortitas), las re­parto... estoy ciego del humo... ¡Creo que estoy tenien­do la fiesta!

Sós. - ¡Getas, muchacho!

GET. - ¿Quién me llama?

Sós. - Yo.

GET. - ¿Y quién eres tú?

Sós. - ¿No ves?

GET. - Claro que veo. ¡Amo!

Sós. - ¿Qué hacéis aquí? Dime.

GET. - ¿Que qué hacemos? Acabamos de hacer un sa­crificio y os estamos preparando un banquete.

Sós. - ¿Está aquí mi madre?

GET. - Desde hace mucho.

Sós. - ¿Y mi padre?

GET. - Estamos esperándolo, pero entra tú.

Sós. - Antes tengo que marcharme un momento. En alguna medida el sacrificio aquí ha sido muy oportuno. Invitaré pues a ese muchacho sin tardanza y también a su criado, pues por haber participado en la ceremonia nos serán después unos utilísimos aliados de cara a la boda.

GET. - ¿Qué dices? ¿Piensas marcharte a invitar a gente al banquete? Por mí, podíais ser tres mil, pues yo hace 'mucho que sé que no voy a probar nada. ¿De dónde? ¡Reunid a todos!, pues habéis ofrecido un sacrificio digno de verse. Pero ¿este mujerío tendrá la cortesía de invitar­me a algo? Ni a un grano de amarga sal, por Deméter.

Sós. - Todo saldrá bien hoy, Getas. ¡Yo mismo voy a hacer de adivino, Pan! Además, siempre que paso por delante de ti te dirijo una oración. ¡También seré bueno con todo el mundo! (Vase.)

(Entra Simica que sale como loca de casa de Cnemón.)

 SIM. - ¡Aay, qué desgraciada soy, desgraciada, desgra­ciada!

GET. - ¡Vete al infierno! ¡Ha salido una mujer de casa del viejo!

SIM. - ¿Qué va a ser de mí? Por querer sacar como  fuera el cubo del pozo, sin que se enterase el amo, até t la azada a una soga' delgada y podrida y se me rompió enseguida.
GET. - Lógico.

SIM. - Y yo, desdichada, tiré al pozo la azada con el cubo.

GET. - Ya lo que queda es que te tires tú.

SIM. - Y él, qué casualidad, tiene la ocurrencia de cam­biar de sitio un montón de estiércol que hay ahí dentro. Hace un buen rato que anda dando vueltas buscándola a gritos. ¡Y ahora aporrea la puerta!

GET. - ¡Huye, desdichada, huye! ¡Que te va a matar, vieja! Mejor, defiéndete.

(Entra Cnemón furioso.)

CNEM. - ¿Dónde está la ladrona?

SIM. - La he tirado dentro sin querer, señor.

CNEM. - Anda para casa.

SIM.-:... ¿Qué vas a hacer? Dímelo.

CNEM.- ¿ Yo? te vaya bajar atada.

SIM. - ¡Eso no! ¡Qué desgracia!

CNEM. - Sí, a esta misma cuerda, por los dioses.

GEL - Si está podrida del todo, mejor.

SIM. - Yo vaya llamar a Daos, el esclavo de los vecinos.

CNEM. - ¿A Daos vas a llamar, sacrílega, cuando tú me has destrozado? ¿No te digo? ¡Deprisa, anda para aden­tro! (Se retira Simica.) ¡Que desgraciado soy! ¡Maldita sea ahora mi soledad! ...[desgraciado] como ninguno. Baja­ré al pozo, pues ¿qué otra solución hay?

GET. - Nosotros te dejamos un gancho y una soga.

CNEM. - ¡Que todos los dioses te fulminen de mala manera si me sigues hablando! (Vuelve a entrar en su casa.)

GEL - Y con mucha razón. Otra vez se ha metido den­tro. ¡Qué endemoniado es este hombre! ¡Qué vida lleva! Éste es el auténtico campesino ático. Peleando con piedras que sólo dan tomillo y salvia, gana penas sin recoger nada bueno. (Entra Sóstrato acompañado de Gorgias y Daos.) Pero aquí se acerca mi joven amo, trayendo con él sus invitados: son unos trabajadores del lugar. ¡Qué absurdo! ¿Por qué los trae aquí ahora? ¿De dónde ha salido esta compañía?

Sós. - (A Gorgias.) No podría permitirte hacer de otro modo. Tenemos de todo. ¡Aah, Heracles! ¿Existe alguien que se niegue a ir a un banquete de un amigo que acaba de hacer un sacrificio? Porque yo soy amigo tuyo, tenía por seguro, y que desde hace mucho, antes de conocerte. Recoge esto, Daos, llévalo a casa y vuelve luego.

GOR. - De ninguna manera, puedo dejar a mi madre sola en casa. (A Daos,) Ocúpate de ella, de lo que pueda necesitar. Enseguida volveré yo también.

(Sóstrato y Gorgias entran en el santuario y Daos en casa de Gorgias. Entra el Coro.)


CORO

ACTO IV

SIMICA, SICÓN, GORGIAS, SÓSTRATO, CNEMÓN, CALÍPIDES

(Sale Simica gritando de casa de Cnemón.)

SIMICA. - ¡Socorro! ¡Ay mísera de mí! ¡Socorro!

SICÓN. - (Que sale a la puerta del santuario.) ¡Heracles soberano! ¡Dejadnos, por los dioses y genios, hacer las libaciones! ¡Soltáis maldiciones, dáis golpes, gritos! ¡Ay, qué casa más desquiciada!

SIM. - El amo está en el pozo.

SIC. - ¿Cómo?

SIM. - ¿Cómo? Bajaba para sacar la azada y el cubo, y entonces se resbaló desde arriba y se cayó.

SIC. - ¿No es ése el viejo tan gruñón? Pues le está bien, por Urano. ¡Ah, querida vieja, ahora es tu ocasión!

SIM. - ¿Cómo?

SIC. - Coge un mortero o una piedra o algo por el estilo y tíraselo desde arriba.
SIM. - Baja tú, amigo.
.
SIC. - ¡Por Posidón! ¿Para que me pase lo de la fá­bula, pelearme en el pozo con un perro? De ninguna manera.

SIM. - ¡Gorgias! ¿Dónde estás?

(Sale Gorgias de la cueva.)

GORGIAS. - ¿Que dónde estoy? ¿Qué pasa, Simica?

SIM. - ¿Pues qué va a ser? Te lo vuelvo a decir: elamo está en el pozo.

GOR. - ¡Sóstrato, sal acá! (Aparece Sóstrato. Gorgias a Simica.) Llévanos. Marcha adentro, rápido. (Entran Gor­gias, Sóstrato y Simica en casa de Cnemón.)
SIC. - (Solo.) ¡Son los dioses, por Dioniso! ¡Sacrí­lego, tú, que no das un caldero a los que están haciendo un sacrificio, al revés, te niegas! Bébete el pozo ahora que te has caído, para que no tengas siquiera que compartir el agua con nadie. Ahora, las Ninfas son las que lo casti­gan por mí, ¡y con toda justicia! Ni uno que haya injuriado a un cocinero escapó impune. De alguna manera es sagrado nuestro oficio... a un marmitón haz le lo que quieras. Pero ¿no se habrá muerto? Alguien se lamenta llorando por su papá querido. Esto no... está claro... izar(lo) así... su aspecto... (Al público.) ¡Por los dioses!, ¿cómo creéis que estará? ¿Temblando, empapado? Gra­cioso. Yo, señores, lo vería con gustó. ¡Por este Apolo que sí! Y vosciras,  mujeres; haced libaciones por todo esto. Pedid que se salve el viejo -pero que se quede, en hora mala, tullido y cojo. Así se convertirá en un vecino completamente inofensivo para este dios, y para los que están siempre sacrificándole. Esto es lo más interesante para mi, si es que alguien me contrata. (Entra en la cueva.)

SÓSTRATO. -" (Saliendo de casa de Cnemón.) Amigos, ¡por Deméter, por Asclepio, por los dioses! Jamás en mi vida he visto a un hombre ahogado; o casi, más a propósi­to. ¡Qué deliciosos momentos! Pues Gorgias, tan pronto como entramos,  enseguida bajó de un brinco al pozo, yo y la muchacha desde arriba nada podíamos hacer. ¿Por­ que qué íbamos a hacer?, salvo que ella se tiraba de los pelos, lloraba, se daba fuertes golpes de pecho; y yo, tan feliz, a su lado, sí, por los dioses, como una nodriza, le pedía que no hiciera eso. Le suplicaba, mientras clavaba mis ojos en esta escultura sin par. Del que estaba tirado abajo me preocupaba bastante menos, salvo que tenia que tirar de la cuerda para sacarlo. Esto me fastidiaba mucho. A poco lo mato, por Zeus, pues, por mirar a la chica, solté la cuerda unas tres veces. Pero Gorgias es un Atlan­te sin igual, aguantaba y, por fin, con gran esfuerzo lo sacó. En cuanto el viejo puso el pie fuera, me vine para acá, porque ya no podía contenerme, por poco me lanzo y doy un beso a la chica. Tan intensamente... la amo. Me preparo pues a... (titubea.) Andan en la puerta. ¡Zeus salvador! ¡Qué maravilloso espectáculo!

(Gorgias y la hija de Cnemón aparecen con éste
en unas parihuelas.)

GOR. - ¿Quieres algo, Cnemón? Dime.

CNEM. - Qué... estoy malísimo.

GOR. - Anímate.

CNEM. - Animado estoy. Ya no os molestará en ade­lante Cnemón.

GOR. - ¿Ves qué gran mal es la soledad? Ahora, hace un instante, has estado a punto de palmar. Una persona de tu edad tiene que vivir ya bajo el cuidado de alguien.

CNEM. - Sé que estoy muy mal. Llama a tu madre, Gorgias, deprisa. Sólo las desgracias saben enseñamos, se­gún parece. Hijita, ¿quieres echarme una mano para le- vantarme? (La muchacha le ayuda.)

Sós. - ¡Mortal afortunado!

CNEM. ...: ¿Qué haces ahí plantado, maldito? ...(Fal­tan unos cinco versos.)

(Están presentes Gorgias y su madre).

CNEM.- ...quería... [Mír]rina y Gorgias... escogí... quizá no [es justo] yeso ninguno de vosotros es capaz, el hacer cambiar de opinión; al contrario, tendréis que acep­tar mi manera de ser. En una sola cosa estaba tal vez equi­vocado, en que creía que yo, diferente de todos los demás, me bastaba .a mí mismo y no necesitaba de nadie. Y ahora, al ver que el fin de la vida es repentino e im­previsible, he descubierto que no tenía entonces razón. Pues hay que tener siempre -y, además, al lado- a al­guien que te pueda socorrer. Pero, por Hefesto, estaba yo tan sumamente trastornado por ver las maneras de vivir de la gente, sus cálculos y el modo de lucrarse que tienen, que creía que nadie fuera capaz de ser generoso con los demás. Ésta era la barrera que tenía. Pero justamente aho­ra, una persona, Gorgias, me ha dado la prueba, haciendo lo que ha hecho, de lo que es un hombre de bien. Pues a quien no le consentía aproximarse a su puerta, ni jamás le ayudó en cosa alguna, ni le dirigió la palabra, ni le ha­bló con cortesía; sin embargo, lo ha salvado. Otro, y con razón, habría dicho: «No dejas que me acerque: no me acerco. Tú no nos has ayudado: no te ayudo yo ahora.» ¿Y entonces qué, muchachos? Si yo muero ahora -y lo creo, porque estoy bastante mal-, o si, quizá, me salvo, te haré mi hijo y todo lo que tengo considera que es tu­yo. A ésta (señala a su hija) te la confío. Procúrale un marido. Porque incluso si consigo yo curarme, no podré encontrárselo, porque a mí no me gustará ninguno. Y a mí, si vivo, dejadme vivir como me gusta" y en cuanto a lo demás, tómalo y hazte tú cargo. Gracias a los dioses eres inteligente y eres el tutor natural de tu hermana. Divi­de mi hacienda en dos partes y entrégale una como dote, y la otra, tómala y manténnos a mí y a tu madre. Acuéstame, hija. No es propio de un hombre hablar más de lo debido. Sin embargo, tienes que saber algo, hijo, pues quie­ro decirte unas pocas cosas sobre mí y mi carácter. Si to­dos fueran como yo, no habría tribunales, ni los hombres llevarían a la cárcel a sus semejantes, ni habría guerra, cada uno se contentaría con tener lo justo. Pero quizá os agraden más las cosas como son. Obrad a vuestro aire. El viejo gruñón e intratable no va a seros un obstáculo.

GOR. - Bien, acepto todo eso. Pero, tenemos que en­contrar contigo, cuanto antes, un novio para la chica, si tú estás de acuerdo.

CNEM. - ¡Eh, tú!, te he dicho lo que pensaba. No me incordies, por los dioses.

GOR. - Es que quiere verte...

CNEM. - De ninguna manera, ¡por los dioses!

GOR. - Uno que viene a pedir a la niña.

CNEM. - Ya no me interesa eso.

GOR.- Que ayudó a salvarte.

CNEM. - ¿Quién?

GOR.- Éste. Acércate.

CNEM. - Está curtido. ¿Es labrador?

GOR. – Por supuesto, padre. No es un blando, ni uno de ésos que se pasan el día ociosos, paseando… su familia…

[CNEM.] – entréga (la) y haz... Llevadme dentro.

[?]. - Y... cuida de esto. Lo que queda es casar a la muchacha.

GOR. Cuéntale eso, (S)óst(rato, a quienes debes)...

Sós. - Mi padre no va a decir nada en contra.

GOR. - Pues entonces yo te la entrego por esposa, te la doy en presencia de todos los dioses... es lo justo... Sóstrato. Porque no has venido a este asunto con ánimo fingido, sino con sinceridad y no tuviste a menos hacer de todo por causa de esta boda. Siendo tú una persona delicada agarraste la azada, cavaste, quisiste esforzarte. En una si­tuación como ésta, sobre todo, se manifiesta el hombre que, siendo rico, acepta igualarse a un pobre. Una persona así soportará con firmeza los cambios de la fortuna. Has dado una prueba suficiente de tu carácter. Sólo deseo que continúes siendo como eres.
Sós. - Mucho mejor aún desearía yo. Pero está feo alabarse a sí mismo. A propósito, veo que llega mi padre.

(Entra Calípides.)

GOR. - ¿Calípides es tu padre?

Sós. - Pues sí.
GOR. - ¡Hombre rico, por Zeus!, y justo, un campesi­no sin igual.

CALÍPIDES. - ¡A que he llegado tarde! Éstos han devo­rado ya el cordero y hace rato que se han largado al campo.

GOR. - ¡Posidón! ¡Qué hambre tiene! ¿Vamos a ha­blarle de esto ahora?

Sós. - Primero que coma. Estará más, suave.

CAL. - ¿Qué es esto, Sóstrato? ¿Habéis comido?

Sós. - Sí, también ha quedado algo para ti. Entra.

CAL. - Eso hago. (Pasa a la gruta.)

GOR. - Entra y habla ahora con tu padre a solas, si quieres.

Sós. - Esperarás en casa, ¿no?

GOR. - No salgo de,allí dentro.

Sós. - Te dejo un instante, vuelvo a llamarte. (Vase al santuario con su padre. Gorgias vuelve a su casa.)


CORO




ACTO V
SÓSTRATO, CALÍPIDES, GORGIAS, SIMICA, GETAS, CNEMÓN

(Entran Sóstrato y Calípides, saliendo de la gruta.)

SÓSTRATO. - No me viene todo de ti, padre, ni como yo quería ni como yo esperaba.

CALÍPIDES. - ¿Por qué? ¿No he dado mi consentimien­to? Casarte con quien estás enamorado no sólo lo quiero, sino que sostengo que debe ser así.

Sós. - Me parece que no estás de acuerdo.

CAL. - ¡Que sí, por los dioses! Sé que para un joven el matrimonio es algo firme, si está resuelto a hacerlo por amor.

Sós. - Entonces, si yo me voy a casar con la hermana del muchacho, porque considero que es digno de nosotros, ¿cómo te niegas ahora a darle a éste la mano de la mía?
CAL. - ¿Vienes a decir que es una vergüenza lo que hago, porque no quiero tomar a la vez una novia y un novio pobres? Nos basta con uno de los dos.

Sós. - Estás hablando de dinero, una cosa insegura. Porque si sabes que lo vas a tener siempre a tu lado, guár­dalo, no lo compartas con nadie. Pero si no eres tú su dueño, si todo lo que tienes no depende de ti, sino de la fortuna, no se lo regatees a nadie, padre. Porque la fortu­na te lo puede quitar todo y dárselo otra vez a uno que tal vez no lo merezca. Por eso, yo te digo que, mientras tú seas su dueño, tienes que servirte de él con generosidad, padre, ayudar a todos, hacer ricos a cuantos más puedas por tu propia decisión. Pues esto es lo que no desaparece,  y si alguna vez tuvieras una desgracia, volverás a recibir de ellos lo mismo que tenías. Con mucho, es mejor un amigo declarado que la riqueza invisible que tú tienes ente­rrada.

CAL. - Sabes cómo soy, Sóstrato. Lo que he reunido no lo vaya enterrar conmigo. ¿Cómo podría? Es tuyo. ¿Quieres procurarte un amigo tras haberlo probado? Haz­lo, en buena hora. ¿A qué me largas sermones? Entrega, anda, da, reparte. Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Sós. - ¿De acuerdo?

CAL. - Sabes bien que sí. No te preocupes.

Sós. - Entonces voy a llamar a Gorgias. (Entra Gorgias.)

GORGlAS. - Al salir por la puerta os he oído todo lo que habéis dicho desde el principio. ¿Qué me parece? Yo a ti, Sóstrato, te tengo por un amigo excelente y te quiero extraordinariamente, pero situaciones superiores a mí, ni las quiero ni podría, ¡por Zeus!, aun queriendo, soportadas.

Sós. - No sé qué quieres decir.

GOR. - Te doy a mi hermana por mujer, pero casar­me con la tuya... muchas gracias.

Sós. - ¿Cómo gracias?

GOR. - No me parece que sea agradable vivir bien gracias a los esfuerzos ajenos, sino con lo que uno mismo ha reunido.

Sós.- Tonterías dices, Gorgias. ¿No te consideras tú digno de este matrimonio?

GOR. – Yo me  e considero digno de ella, pero recibir mucho teniendo poco no es digno.
CAL. -¡Por el grandísimo Zeus!, aun con la mayor nobleza, eres absurdo.

GOR. - ¿Cómo?

CAL. - Sin tener nada, quieres dar la impresión de es­tar enamorado ya que me ves tan convencido, acepta.

[GOR.]. - Con esto me has convencido. [Estaría yo] doblemente [enfermo], por pobre y por imbécil, [si rechazara a] la única persona que me indica el buen camino.

[Sós.]. - ...sólo nos queda celebrar los esponsales.

CAL. - Pues, muchacho, te doy ya en matrimonio a mi hija para la procreación de hijos legítimos y te con­cedo por ella una dote de tres talentos.

GOR. - Y yo tengo un talento para la dote de la otra esposa.

CAL. - ¿Lo tienes? No des demasiado.

GOR. - Pero tengo mi campo…

CAL. - Guárdatelo entero, Gorgias. Trae tú ya aquí a tu madre y a tu hermana, al lado de nuestras mujeres.

GOR. - Es lo que hay que hacer.

Sós. - Esta noche, [Gorgias, nos] que [daremos todos junto a Pan y mañana] celebraremos las bodas. Traed tam­bién aquí al viejo, Gorgias. Quizá aquí, con nosotros, ten­drá mejor lo que necesita.

GOR. - No va a querer, Sóstrato.

,Sós. - Convéncelo.

GOR. - Si puedo. (Entra en casa de Cnemón.)

Sós. - Ahora, papaíto, tiene que haber para nosotros una buena borrachera y una velada para las mujeres.

CAL.- Al contrario, sé que serán ellas .las que beban y nosotros los que velemos. Voy dentro a preparaos aho­ra lo necesario. (Entra en el santuario.)

Sós. - (Aparte.) Hazlo. Nunca debe desesperar totalmente de una empresa el que es sensato. Todo puede con­seguirse con cuidado y con esfuerzo. Yo ofrezco de ello un ejemplo ahora. En un solo día he logrado un matrimonio que nadie jamás hubiera creído posible.

GOR. - (Saliendo de casa de Cnemón y dirigiéndose a su madre ya su hermana.) ¡.Acercaos ya, deprisa! ¿Dón­de estáis?

Sós. - Madre, recíbelas. ¿Y Cnemón? ¿No está toda­vía?

GOR. - ¿Éste? Si nos pedía hasta que nos lleváramos a la vieja -para quedarse por fin solo.

Sós. - ¡Qué carácter imposible!

GOR. - Desde luego.

Sós. - Pues que le vaya bien. Vayamos nosotros.

GOR. - Sóstrato, me da mucha vergüenza estar entre mujeres.

Sós. - ¡Qué tontería! ¿No vienes? Hay que considerar ya que todo esto es parte de la casa. (Entran todos en la gruta.)

SIMICA. - (Sale Simica de casa de Cnemón y se dirige a éste que sigue dentro.) ¡Yo también me voy, por Ártemis! Te vas a quedar tirado ahí solo. ¡Qué desgraciado eres con tu carácter! Querían llevarte ellos al santuario y te has negado. Te caerá otra desgracia gorda, por las dos diosas, mucho más grande que la de ahora.

GETAS. - (Saliendo de la cueva.) Vaya acercarme a ver aquí...

(Música de flautas.)

(Se dirige malhumorado a uno de los flautistas.) ¿Por qué me tocas la flauta encima, desgraciado? Que toda­vía no estoy de juerga. Me mandan ahí, a ver al viejo que está malo. ¡Calla!

SIM. - Sí, que entre uno de vosotros y esté con él. Yo, para despedir a mi ama, quiero charlar con ella, saludarla, besarla.

GET. - Tienes razón, vete. Yo, mientras, cuidaré de él. Hace tiempo que buscaba el aprovechar la ocasión de este. Pero (estaba ocupado con la fiesta). ¡Cocinero! ¡Sicón! ¡Ven aquí, deprisa! ¡Ahh, Posidón, cómo me vaya divertir!

SIM. - (Saliendo de la gruta.) ¿Me llamas tú?

GET. - Sí, yo. ¿Quieres vengarte por lo que te pasó hace poco?

SIM. - ¿Qué me ha pasado hace poco? Porque no vas a chupártela con tus tonterías?

GET. - El viejo gruñón está durmiendo solo.

SIM. - ¿Y cómo está?

GET. - No mal del todo.

SIM. - ¿Por lo menos no podrá levantarse para pegar­nos?

GET. - Ni levantarse podrá, creo.

SIM. - ¡Qué placer lo que me dices! Vaya pedirle al­go, se pondrá fuera de sí.

GET. - ¿Qué le hacemos al tipo este? ¿Lo sacamos, primero, fuera a rastras, luego lo ponemos aquí y aporrea­mos, así, la puerta, le pedimos cosas y lo ponemos al ro­jo? Nos vamos a divertir, te lo digo.

SIM. - Me da miedo no nos agarre Gorgias y nos zurre.
GET. - Hay tumulto dentro, están bebiendo. Nadie se dará cuenta. Tenemos que amansar por completo a este hombre, puesto que al casamos con él pasa a ser de nues­tra familia. Y si va a ser siempre como es, menuda faena soportado, ¡vaya que sí!

SIM. –(Acercándose sigilosos hacia la casa de Cnemón.) Procura, lo único, pasar inadvertido mientras lo traes aquí delante.
GET. - ¡Hala, pasa tú primero!

SIM. - Espera un poco, te lo ruego. No me dejes solo.

GET. - Y no metas ruido, por los dioses.

SIM. - Pero si no hago ruido, ¡por la Tierra!
(Entran y vuelven o salir trayendo dormido a Cnemón.)

 GEL - A la derecha.

SIM. - Aquí.

GET. - Ponlo aquí mismo. Ahora es el momento.

SIM. - ¡Ea! Yo empezaré primero. ¡Hale! (Dirigién­dose a uno de los flautistas.) Y tú, guarda bien el ritmo. (Aporrea la puerta de Cnemón.) ¡Esclavo! ¡Esclavo! ¡¡Es­
clavos!! ¡Esclavo! ¡ ¡Esclavos!!

CNEMÓN. - (Sobresaltado.) ¡Me muero, ay de mí!

SIM. - ¡Esclavos, majos! ¡Esclavo! ¡Esclavo, esclavo!¡ ¡Esclavos!!

CNEM. - ¡Me muero, ay de mí!

SIM. ,- ¿Quién es éste? ¿Eres uno de ésos?


CNEM. - Está bien claro. ¿Y tú qué quieres?

SIM. - Vengo a pediros unos calderos y una artesa.

CNEM. - ¿Quién podría poner me de pie?

SIM. - Los tenéis, seguro que sí. Y siete trípodes Y do­ce mesas. (Levantando la voz.) ¡Esclavos! Avisad a los de dentro, porque tengo prisa.

CNEM. - No tengo nada.

SIM. - ¿Nada?

CNEM. - Lo has oído diez mil veces.

SIM. - Pues me largo corriendo. (Vase.)

CNEM. - ¡Ay desdichado de mí! ¿Cómo me han traído aquí? ¿Quién me ha dejado tirado delante de la puerta? (Mirando a Getas.) ¡Lárgate!

GET. - Bueno. (Golpeando, a su vez. la puerta.) ¡Es­clavo! ¡Esclavo! ¡Mujeres! ¡Portero!

CNEM. - Estás loco, hombre. Vas a tirar la puerta.

GET. - Prestadnos nueve alfombras.
CNEM. - ¿De dónde?

GET. - Y un tapiz persa bordado, de cien pies de largo.

CNEM. - ¡Ojalá lo tuviera! ¡Vieja! ¿Dónde está la vieja?

GET. - ¿Me tendré que ir a otra puerta? (Se aparta un poco.)

CNEM. - ¡Fuera ahora mismo! ¡Vieja! ¡ ¡Simica!! (A Sicón que vuelve.) ¡Así te maten de mala manera todos los dioses! ¿Qué quieres?

SIM. -. Quiero coger una cratera grande de bronce.

CNEM. - ¿Quien podrá ponerme de pie?

GET. - ¡Lo tenéis, lo tenéis, seguro, el tapiz! ¿Eh pa­pi, papaíto?

CNEM. - (Desconsolado.) No tengo ni la cratera. (Furioso.) ¡ ¡Voy a matar a Simica!!

SIM. - Calma, tú, y no gruñas. Huyes de la gente, abo­rreces a las mujeres, no consientes en que te lleven al san­tuario con los que sacrifican. Todo esto lo vas a tener que aguantar. No hay nadie, que te ayude. Ahora, aprieta los dientes. Escucha todo lo que sigue... ni la... las mujeres... de vuestra casa. Para tu mujer y tu hija, abrazos y besos lo primero. Anda que no es divertida su fiesta... arriba. Estaba yo preparando un banquete para estos señores. Para éstos, ¿oyes? ¡No te duermas!

GET. - ¡Que no te duermas!

CNEM. - ¡Ay de mí!

SIM. -¿Quieres venir? Atiende al resto. Se estaba haciendo una libación, estaban extendidas en el suelo las ya­cijas, yo, puse las mesas -pues me había tocado hacerlo ¿Escuchas? Pues da la casualidad que soy el cocinero, recuérdalo.

GET. - ¡Qué hombre más flojo!

SIM. - (Declamando) Otro, en sus manos ya el bá­quico anciano canoso, en cóncava copa lo vertía, y mez­clando a la par el caudal de las Ninfas, con la diestra, en ronda con ellos brindaba y otro, con las mujeres. Era como si escanciaras en arena. ¿Comprendes esto tú? Y una de las sirvientas, empapada de néctar, ensombreci­da la flor de su rostro juvenil, inició con rubor el ritmo de la danza, vacilante a la vez y temblorosa. Otra juntó con ella su mano y empezó a bailar. (Da la mano a Cetas y empiezan a bailar.)
GEL - (Dirigiéndose a Cnemón.) ¡Ah, tú, que has pasado por prueba tan terrible, baila, únete a nosotros!

CNEM. - ¿Qué queréis todavía, malditos?

GET. - ¡Únete a nosotros! Eres un salvaje.

CNEM. - ¡No, por los dioses!

GET. - Bueno, ¿te llevamos ya dentro?

CNEM. - ¿Qué voy a hacer?

GET. - Pues baila.

CNEM. - Llevadme;Quizá sea mejor sufrir lo que me espera allí.

GET. - Eres sensato. Ganamos nosotros. ¡Ahh, victo­ria!. (Al flautista y a Sicón.) Donax, Muchacho, tú, Sicón, levantad lo y llevad lo dentro. (A Cnemón.) Guárdate, porque si te pillamos otra vez incordiando, entonces -tenlo por seguro- te trataremos sin contemplaciones. iiYuhu!! ¡Que alguien nos traiga coronas y una antorcha!

SIM. - Toma ésta.

GET. - (Al público.) ¡Ea! Compartiendo con nosotros la alegría por haber vencido a un viejo que nos ha dado tanto trabajo, aplaudid amablemente, jovencitos, niños, hombres. Y que la doncella de augusto padre y amiga del reír, la Victoria, benévola, nos acompañe siempre.







































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