LA CUEVA DE SALAMANCA. Cervantes.




























LA CUEVA DE SALAMANCA
de Miguel de Cervantes

Personas que hablan en él:
PANCRACIO, esposo
LEONARDA, su mujer
CRISTINA, criada de ella
Un ESTUDIANTE
Un SACRISTÁN
Un BARBERO
Leoniso, COMPADRE de Pancracio
Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA




PANCRACIO

Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros, 
considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, 
a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será 
mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta 
jornada; que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA

No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos 
parezcáis descortés; id en hora buena, y cumplid con vuestras 
obligaciones, pues las que os llevan son precisas; que yo me 
apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal que 
pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del 
término que habéis puesto.  Tenme, Cristina, que se me aprieta 
el corazón.

CRISTINA
¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, 
que, si yo fuera que vuesa merced, que nunca allá fuera.
PANCRACIO
Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro.  Mas 
espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud 
para hacer volver de los desmayos.

LEONARDA
Basta: ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia, bien mío; 
cuanto más os detuviéredes, más dilatáis mi contento.  Vuestro compadre 
Leoniso os debe de aguardar ya en el coche. Andad con Dios; que Él os 
vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.
PANCRACIO
Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que 
una estatua.
LEONARDA
No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora, 
más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía.
CRISTINA
¡Oh, espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen 
tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que 
otro gallo les cantase.
LEONARDA
Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor 
hasta dejarle en el coche.
PANCRACIO
No, por mi amor; abrazadme y quedaos, por vida mía. Cristinica, ten 
cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando 
vuelva, como tú le quisieres.
CRISTINA
Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso 
persuadir de manera a que nos holguemos, que no imagine en la falta 
que vuesa merced le ha de hacer.
LEONARDA
¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi 
gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mí; penas y dolores, 
sí.
PANCRACIO
Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los
cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.
Vase PANCRACIO

LEONARDA
¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz. Vayas, y no vuelvas; la
ida del humo. Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras
valentías ni vuestro recatos!
CRISTINA
Mil veces temí que con tus estremos habías de estorbar su partida
y nuestros contentos.
LEONARDA
¿Si vendrán esta noche los que esperamos?
CRISTINA
¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde 
enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, 
una canasta de colar, llena de mil regalos y de cosas de comer, que 
no parece sino [u]no de los serones que da el rey el Jueves Santo a 
sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella 
empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aún no están 
acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, 
sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una oreja, 
que huele que trasciende.
LEONARDA
Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Riponce, sacristán de las
telas de mis entrañas.
CRISTINA
Pues, ¿qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y
navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, 
como si nunca las hubiera tenido?
LEONARDA
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.
Llama a la puerta el estudiante carraolano, y, en
llamando, sin esperar que le respondan, entra.

LEONARDA
Cristina, mira quién llama.  Estudiante Señoras, yo soy, 
un pobre estudiante.
CRISTINA
Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra 
vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento.  Cosa estraña 
es ésta, que no hay pobre que espere a que le saquen la limosna a 
la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincón, 
sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no.  
ESTUDIANTE

Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuesa 
merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra limosna, 
sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme esta noche de las 
inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece que con 
grandísimo rigor a la tierra amenazan.
LEONARDA
¿Y de dónde bueno sois, amigo?
ESTUDIANTE
Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca.  Iba 
a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón 
de Francia. Vime solo; determiné volverme a mi tierra; robáronme 
los lacayos o compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque 
él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se me 
hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además limosnero. 
Hame tomado a estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y 
busco mi remedio.
LEONARDA
En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante.
CRISTINA
Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta noche, 
pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir 
que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, 
que me ayudará a pelar la volatería que viene en la cesta.  
LEONARDA
Pues, ¿cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de 
nuestras liviandades?
CRISTINA
Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca.
Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?
ESTUDIANTE
¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es que quiere 
vuesa merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso 
por el mayor pelón del mundo.
CRISTINA
No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabía pelar
dos o tres pares de capones.
ESTUDIANTE
Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, 
soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...
LEONARDA
Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones, sino 
gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a 
dicha, ¿[es] tentado de decir todo lo que vee, imagina o siente?
ESTUDIANTE
Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el Rastro, 
que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.
CRISTINA
Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos
cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá 
misterios y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies 
que quisiere para su cama.
ESTUDIANTE

Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni regalado.


.....

SACRISTÁN
¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros de 
nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas 
voluntades que sirven de basas y colunas a la amorosa fábrica de nuestros
deseos!
LEONARDA
¡Esto sólo me enfada dél! Reponce mío: habla, por tu vida, a lo
moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te
alcance.
BARBERO
Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato;
pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.
SACRISTÁN
Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a un
barbero romancista.
CRISTINA
Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aún más, que 
supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia ni de modos de 
hablar: que cada uno habla, si no como debe, a lo menos, como sabe; y 
entrémonos, y manos a labor, que hay mucho que hacer.
ESTUDIANTE
Y mucho que pelar.
SACRISTÁN
¿Quién es este buen hombre?
LEONARDA
Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.
SACRISTÁN
Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con
Dios.
ESTUDIANTE
Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna; pero 
yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella, 
que me tiene convidado; y voto a... de no irme esta noche desta casa, si 
todo el mundo me lo manda. Confíese vuesa merced mucho de enhoramala 
de un hombre de mis prendas, que se contenta de dormir en un pajar; y
si lo han por sus capones, péleselos el Turco y cómanselos ellos, y nunca 
del cuero les salgan.
BARBERO
éste más parece rufián que pobre. Talle tiene de alzarse con toda
la casa.
CRISTINA
No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos orden 
en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.
ESTUDIANTE
Y aun como en vísperas.
SACRISTÁN
Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más
latín que yo.
LEONARDA
De ahí le deben de nacer los bríos que tiene; pero no te pese,
amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.
Vanse todos, y sale Leoniso, COMPADRE de PANCRACIO, y PANCRACIO

COMPADRE
Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda; no hay cochero que no 
sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya 
estuviéramos dos leguas de aquí.
PANCRACIO
A mí no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar esta noche 
con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde 
casi para espirar, del sentimiento de mi partida.
COMPADRE
¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre! Dadle gracias 
por ello.
PANCRACIO
Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se le
llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han 
hecho en ella su morada.
COMPADRE
Si la mía no fuera celosa, no tenía yo más que desear. Por esta
calle está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas, 
y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que [no] me faltará 
coche para la jornada. Adiós.
PANCRACIO
Adiós.
Vanse los dos.  Vuelven a salir el SACRISTÁN y el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA, CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el SACRISTÁN con la sotana
alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma
guitarra; y, a cada cabriola, vaya diciendo estas palabras:

SACRISTÁN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA
Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése orden
en cenar y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.
SACRISTÁN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA
Déjale, Cristina; que en estremo gusto de ver su agilidad.
Llama PANCRACIO a la puerta, y dice

PANCRACIO
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA
¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido Pancracio es éste; 
algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a 
recogerse a la carbonera: digo al desván, donde está el carbón.
Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio de modo 
que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA
¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!
PANCRACIO
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte destos señores.  Escóndanse 
ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar, que, si allí me hallan, 
antes pareceré pobre que adúltero.
CRISTINA
Caminen, que se hunde la casa a golpes.
SACRISTÁN
El alma llevo en los dientes.
BARBERO
Y yo en los carcañares.
Vanse todos y asómase LEONARDA a
la ventana

LEONARDA
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO
Tu marido soy, Leonarda mía; ábreme, que ha media hora que estoy
rompiendo a golpes estas puertas.
LEONARDA
En la voz, bien me parece a mí que oigo a mi cepo Pancracio; pero
la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.
PANCRACIO
¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía, tu
marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió 
esta tarde?
PANCRACIO
Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.
LEONARDA
Verdad; pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo en uno
de mis hombros?
PANCRACIO
En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con
tres cabellos como tres mil hebras de oro.
LEONARDA
Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO
¡Ea, boba, no seas enfadosa, Cristinica se llama! ¿Qué más
quieres?
LEONARDA

¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele,
niña!
CRISTINA
Ya voy, señora; que él sea muy bien venido.   ¿Qué es esto, señor 
de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?
LEONARDA
¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso 
me tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO
No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la rueda
del coche, y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar
la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay 
tiempo. Pero ¿qué voces hay?
Dentro, y como de muy lejos, diga el
ESTUDIANTE:

ESTUDIANTE
¡Ábranme aquí, señores; que me ahogo!
PANCRACIO
¿Es en casa o en la calle?
CRISTINA
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar, 
para que durmiese esta noche.
PANCRACIO
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! En verdad, 
señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me 
causara algún recelo este encerramiento; pero ve, Cristina, y 
ábrele, que se le debe de haber caído toda la paja a cuestas.
CRISTINA
Ya voy.
LEONARDA
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos
esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi 
condición, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle;  
pero veisle aquí, y mirad cuál sale.
Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de
paja las barbas, cabeza y vestido

ESTUDIANTE
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo
hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera
cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO
¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE
¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene
atadas las manos.
PANCRACIO
¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la
justicia!
ESTUDIANTE
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy
natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé 
que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no 
estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad 
me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán 
tan secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO
No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les
haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna
destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE
¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos
demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta
llena de cosas fiambres y comederas?
LEONARDA
¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de
lo que librarme no sé.
CRISTINA Aparte
El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a
Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome
está el corazón en el pecho.
PANCRACIO
Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me
holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta
de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no sean
espantosas.
ESTUDIANTE
Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en
la de un barbero su amigo.
CRISTINA
¿Mas que lo dice por el sacristán Reponce y por maese Roque, el
barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos 
en diablos! Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos 
bautizados?
ESTUDIANTE
¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para
qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos 
lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán 
maravillas.
LEONARDA 
¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras maldades a 
plaza; aquí soy muerta.
CRISTINA Aparte

¡ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!
ESTUDIANTE
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera hallastes amparo a vuestra 
desgracia, salid, y en los hombros, con priesa y con gracia, sacad 
la canasta de la fïambrera; no me incitéis a que de otra manera 
más dura os conjure.  Salid: ¿qué esperáis?  Mirad que si a 
dicha el salir rehusáis, tendrá mal suceso mi nueva quimera.  Hora 
bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos; 
quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un  conjuro tan fuerte, 
que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos 
demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
Vase el ESTUDIANTE

PANCRACIO
Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa
más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.
LEONARDA
Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?
CRISTINA
Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero ve aquí 
do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.
LEONARDA
¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y
al barbero de la plazuela!
CRISTINA
Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.
SACRISTÁN
Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del herrero, 
que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.
LEONARDA
Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen 
menos.
ESTUDIANTE
Yo haré la salva y comenzaré por el vino.

Bebe

Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?
SACRISTÁN
De Esquivias es, juro a...
ESTUDIANTE
Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de
diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a
hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y
cenar, y irnos con Cristo.
CRISTINA
¿Y éstos, han de cenar con nosotros?
PANCRACIO
Sí, que los diablos no comen.
BARBERO
Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los
que comen.
CRISTINA
¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la
cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y 
parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.
LEONARDA
Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.
PANCRACIO
Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.
BARBERO
Nuestro Señor pague a vuesas mercedes la buena obra, señores
míos.
CRISTINA
¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los
diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.
SACRISTÁN
Oigan, pues, para que se enamoren de veras.
Toca el SACRISTÁN, y canta; y ayúdale
el BARBERO con el último verso no más

SACRISTÁN
                       Oigan los que poco saben
                    lo que con mi lengua franca
                    digo del bien que en sí tiene
BARBERO
                    La Cueva de Salamanca.
SACRISTÁN
                    Oigan lo que dejó escrito
                    della el bachiller Tudanca
                    en el cuero de una yegua
                    que dicen que fue potranca,
                    en la parte de la piel
                    que confina con el anca,
                    poniendo sobre las nubes
BARBERO
                    La Cueva de Salamanca.
SACRISTÁN
                    En ella estudian los ricos
                    y los que no tienen blanca,
                    y sale entera y rolliza
                    la memoria que está manca.
                    Siéntanse los que allí enseñan
                    de alquitrán en una banca,
                    porque estas bombas encierra
BARBERO
                    La Cueva de Salamanca.
SACRISTÁN
                    En ella se hacen discretos
                    los moros de la Palanca;
                    y el estudiante más burdo
                    ciencias de su pecho arranca.
                    A los que estudian en ella,
                    ninguna cosa les manca;
                    viva, pues, siglos eternos
BARBERO
                    La Cueva de Salamanca.
SACRISTÁN
                    Y nuestro conjurador,
                    si es, a dicha, de Loranca,
                    tenga en ella cien mil vides
                    de uva tinta y de uva blanca;
                    y al diablo que le acusare,
                    que le den con una tranca,
                    y para el tal jamás sirva
BARBERO
                    La Cueva de Salamanca.
CRISTINA
Basta: ¿que también los diablos son poetas?
BARBERO
Y aun todos los poetas son diablos.
PANCRACIO
Dígame, señor mío, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron todos estos bailes de las zarabandas, zambapalo y
Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?
BARBERO
¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.
PANCRACIO
Yo así lo creo.
LEONARDA
Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco;
sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy,
no me atrevo a bailarle.
SACRISTÁN
Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuesa merced cada día, en una 
semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.
ESTUDIANTE
Todo se andará; por agora, entrémonos a cenar, que es lo que importa.
PANCRACIO
Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien 
mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi 
casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se 
enseñan en La Cueva de Salamanca.
FIN

 

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