EL MALENTENDIDO. Albert Camus.


















EL MALENTENDIDO
Albert Camus


PERSONAJES
Marta
María
La Madre
Jan
El Viejo Criado


ACTO I
MEDIODIA. LA SALA COMUN DEL ALBERGUE. ES LIMPIA Y CLARA. TODO ESTA EN ORDEN.

ESCENA I

LA MADRE: Volverá.
MARTA: ¿Te lo dijo?
LA MADRE: Sí.
MARTA: ¿Solo?
LA MADRE: No sé.
MARTA: No parecía hombre pobre.
LA MADRE: No se ocupó del precio.
MARTA: Está bien. Pero es raro que un hombre rico ande solo. Y es eso lo que dificulta las cosas. El que sólo se interesa en hombres ricos y a la vez solitarios, se expone a esperar mucho tiempo.
LA MADRE: Sí.
MARTA: Este año no ha sido muy bueno. Esta casa está muchas veces desierta. Los pobres no se detienen por mucho tiempo y los ricos que sólo se extravían, vienen de tarde en tarde.
LA MADRE: No te quejes, Marta. Los ricos dan mucho trabajo.
MARTA (MIRANDOLA): Pero pagan bien.
SILENCIO

MARTA: Madre, está usted rara. Me cuesta trabajo reconocerla desde hace un tiempo.
LA MADRE: Estoy cansada, hija mía, nada más... Aspiro al descanso.
MARTA: Yo puedo hacer todo en la casa, si usted quiere. Así descansará el día entero.
LA MADRE: No me refiero a ese descanso. No, es un sueño de vieja. Sólo quiero paz, un poco de despreocupación. (RIE DEBILMENTE) Es estúpido decirlo, Marta, pero algunas noches casi me inclinaría a la religión.
MARTA: No es usted tan vieja, madre, para llegar a ese extremo; supongo que tiene algo mejor que hacer.
LA MADRE: Sabes que estoy bromeando, Marta. Pero bueno, al final de la vida bien puede una dejarse llevar. No es posible mantenerse siempre rígida y endurecerse como tú lo haces, Marta. Ni es propio de tu edad. Yo conozco muchas mujeres, nacidas el mismo año que tú, que sólo piensan en locuras.

MARTA: Sus locuras no son nada comparadas con las nuestras, usted lo sabe.
LA MADRE: No hablemos de eso.
MARTA (LENTAMENTE): Se diría que ahora hay palabras que le queman la boca.
LA MADRE: ¿Acaso no puedo arrepentirme? (PAUSA) Sólo quería decirte que a veces me gustaría verte sonreír.
MARTA: A veces pasa, se lo aseguro.
LA MADRE: Nunca lo he visto.
MARTA: Porque sonrío en mi cuarto, cuando estoy sola.
LA MADRE (MIRANDOLA ATENTAMENTE): ¡Qué rostro tan duro, Marta!
MARTA (ACERCANDOSE Y CON CALMA): ¿Así que no le gusta?
LA MADRE (MIRANDOLA SIEMPRE Y LUEGO DE UN SILENCIO): Creo que sí, a pesar de todo.
MARTA (AGITADA): ¡Ah, madre! Cuando hayamos juntado todo el dinero y podamos irnos de esta tierra sin horizonte, cuando dejemos atrás esta casa y esta cuidad lluviosa y olvidemos este país de sombra, el día en que por fin estemos frente al mar, con el que tanto he soñado, ese día me verá sonreír. Pero hace falta mucho dinero para vivir frente al mar. Por eso no hay que tener miedo a las palabras. Por eso debemos preocuparnos del que vendrá. Porque si es bastante rico, quizá mi libertad empieza con él.
LA MADRE: Si es rico y si está solo.
MARTA: Y si está solo, claro, porque el hombre solo es el que nos interesa. ¿Le habló mucho, madre?
LA MADRE: No. Dos frases en total.
MARTA: ¿Con qué cara le pidió la habitación?
LA MADRE: No sé. No veo muy bien y apenas le miré. Sé, por experiencia, que es preferible no mirarlos. Es más fácil matar lo que no se conoce. (PAUSA) Alégrate; ahora no tengo miedo de las palabras.
MARTA: Es mejor así. No me gustan las alusiones. El crimen es el crimen, hay que saber lo que se quiere. Y me parece que usted lo sabía, hace un rato, porque pensó en él cuando respondió al extranjero.
LA MADRE: No sé si lo pensé, Marta... es la costumbre, ni te imaginas la fuerza de la costumbre.
MARTA: ¿La costumbre? Usted misma dijo que las ocasiones han sido pocas.
LA MADRE: Sí. Pero la costumbre empieza con el segundo crimen. Con el primero no empieza nada; termina algo. Es verdad que las ocasiones fueron pocas, pero se distribuyeron con precisos intervalos, por lo que el recuerdo fortificó la costumbre. Sí, la costumbre me impulsó a responder a ese hombre, me advirtió que no lo mirara y me aseguró que tenía cara de víctima.
MARTA: Madre, habrá que matarlo.
LA MADRE (MAS BAJO): Sí.
MARTA: Lo dice usted de una manera muy rara.
LA MADRE: Estoy cansada. Me gustaría que por lo menos éste fuera el último. Matar es terriblemente fatigoso. Y aunque poco me preocupa morir frente al mar o en el centro de la llanura, quisiera que después nos fuésemos juntas.
MARTA: ¡Nos iremos, será maravilloso! Anímese, madre, hay poco que hacer. Ni siquiera es cuestión de matar. Beberá el té, se dormirá, y, vivo todavía, lo llevaremos al río. Mucho tiempo después lo encontrarán pegado a la represa, usted me lo decía, madre: los nuestros son los que menos sufren: la vida es más cruel que nosotras. Anímese, usted encontrará el descanso y yo veré, por fin, lo que nunca he visto.
LA MADRE: Sí, me animaré. A veces, sí, me alegra la idea de que los nuestros nunca sufrieron. Casi no es un crimen: sólo una intervención, un empujoncito a vidas que desconocemos. Aparentemente la vida es más cruel que nosotras. Quizá por eso me cuesta sentirme culpable. Apenas puedo sentirme cansada.

ENTRA EL VIEJO CRIADO.

MARTA: ¿En qué cuarto lo dejaremos?
LA MADRE: En cualquiera con tal de que sea en el primer piso.

MARTA: Sí, nos costó demasiado bajar las escaleras la última vez. (SE SIENTA POR PRIMERA VEZ.) Madre, ¿es cierto que allá la arena quema los pies?
LA MADRE: Tampoco la conozco, tú lo sabes. Pero me han dicho que el sol lo devora todo.
MARTA: Leí en un libro que el sol se come hasta las almas y hace resplandecer los cuerpos, pero los vacía por dentro.
LA MADRE: Y eso, Marta, ¿te hace soñar?
MARTA: Sí, porque estoy harta de cargar siempre con mi alma y tengo prisa por llegar a ese país donde el sol mata las preguntas. No es ésta mi patria.
LA MADRE: Pero antes, tenemos mucho que hacer. Si todo marcha bien, iré contigo. Pero yo no tendré la impresión de que voy a mi patria. A cierta edad no hay patria donde sea posible el reposo, y ya es mucho haber podido construir esta casa, amueblada con recuerdos donde a veces una cree dormirse. Pero te aseguro que allá encontraremos sueño y olvido. (SE LEVANTA Y SE DIRIGE A LA PUERTA) Prepara todo, Marta. (PAUSA) Si es que en realidad vale la pena.

MARTA LA MIRA SALIR. TAMBIEN ELLA SALE POR OTRA PUERTA.
ESCENA II

EL VIEJO PERMANECE EN LA ESCENA, SOLO, DURANTE UNOS SEGUNDOS. ENTRA JAN. SE DETIENE, MIRA LA SALA, VE AL VIEJO DETRAS DEL MOSTRADOR. EL VIEJO DESAPARECE.

ESCENA III

ENTRA MARÍA. JAN SE VUELVE BRUSCAMENTE HACIA ELLA.

JAN: ¿Que haces aquí?.
MARÍA: Perdóname, pero no aguanté más. Quizá me vaya enseguida. Pero permíteme ver el lugar en que te dejo.
JAN: Puede venir alguien y entonces lo que quiero hacer no será posible.
MARÍA: Por lo menos aceptemos la oportunidad de que venga alguien... Yo conseguiré que te reconozcan aunque tú no quieras.

EL SE APARTA. PAUSA.

MARÍA (MIRANDO A SU ALREDEDOR): ¿Es aquí?
JAN: Sí, aquí. Salí por esa puerta hace diez años. Mi hermana era una chiquilla. Jugaba en ese rincón. Mi madre no vino a besarme. Entonces creí que me daba lo mismo.
MARÍA: Jan, no puedo creer que no te hayan reconocido. Una madre siempre reconoce a su hijo.
JAN: Sí, pero diez años de separación cambian un poco las cosas. Desde que me fui, la vida ha continuado. Mi madre envejeció, su vista ha disminuido. Casi no la reconocí yo mismo.
MARÍA (CON IMPACIENCIA): Lo sé, entraste, dijiste: “Buenos días”, te sentaste. Esta sala no se parecía a la que tu recordabas.
JAN: Así es. Me recibieron sin decir una palabra. Me sirvieron la cerveza que pedí. Me miraban pero no me veían. Todo era más difícil de lo que creía.
MARÍA: Sabes que no era difícil y que bastaba hablar. En esos casos se dice: “Soy yo”, y todo vuelve a la normalidad.
JAN: Sí, pero yo había fantaseado mucho. Y cuando uno esperaba la escena del hijo pródigo, me dieron la cerveza a cambio de dinero. Eso me quitó las palabras de la boca. Pensé que debía continuar.
MARÍA: No hay nada que continuar. Ésa es otra de tus ocurrencias; hubiera bastado sólo una palabra.
JAN: No era una ocurrencia, María, era la fuerza de las cosas. Confío en la fuerza de las cosas. Además, no tengo tanta prisa. Vine a traer dinero y, si puedo, la felicidad. Cuando me enteré de la muerte de mi padre, comprendí que tenía responsabilidades con ellas dos... María, hago lo que me corresponde. Pero supongo que no es tan fácil volver al hogar paterno, y que es necesario tiempo para que un extranjero se convierta en hijo.
MARÍA: Pero, ¿por qué no avisaste que venías? Cuando uno quiere que le reconozcan, da su nombre; eso es evidente. El que adopta la apariencia del que no es, acaba por enredarlo todo. ¿Cómo no habían de tratarte como un extranjero en una casa donde te presentas como extranjero? No, no, todo esto no es normal.
JAN: Vamos, María, no es tan grave. Aprovecharé la ocasión para verlas desde afuera. Me daré cuenta mejor de lo que las hará felices. Después inventaré el modo de darme a conocer... Sólo basta encontrar las palabras.
MARÍA: Hay un solo modo: hacer lo que haría un recién llegado, decir: “Aquí estoy”, deja hablar al corazón.
JAN: El corazón no es tan sencillo.
MARÍA: Pero emplea sólo palabras sencillas. No era tan difícil decir: “Soy su hijo, ésta es mi mujer. Viví con ella en una tierra país que amamos, frente al mar y al sol. Pero no era bastante feliz y ahora las necesito”.
JAN: No seas injusta, María. No las necesito, pero he comprendido que ellas debían necesitarme, y que un hombre nunca está solo.

PAUSA. MARÍA SE APARTA.

MARÍA: Quizá tengas razón, perdóname. Pero desconfío de todo desde que llegué a esta tierra donde en vano busco un rostro feliz. Es tan triste. Desde que llegamos que no te oigo reír, y yo me estoy volviendo desconfiada. ¡Ay!, ¿por qué me hiciste abandonar mi patria? Vayámonos, Jan, aquí no encontraremos la felicidad.
JAN: No hemos venido a buscar la felicidad. Ya tenemos la felicidad.
MARÍA (CON VEHEMENCIA): ¿Por qué no conformarse con ella?
JAN: La felicidad no es todo; los hombres tienen deberes. El mío es recobrar a mi madre y a mi patria. María, por favor déjame.

MARÍA: Así no, no es posible.

SE ABRE LA PUERTA DEL FONDO. EL VIEJO CRUZA LA PUERTA SIN VER A MARÍA Y SALE POR LA PUERTA DE LA CALE.

JAN: María.

MARÍA: Quiero quedarme. Me callaré y esperaré a tu lado que te reconozcan.
JAN: No, me traicionarías.
ELLA SE APARTA, LUEGO SE VUELVE HACIA EL Y LE MIRA LA CARA.

MARÍA: Jan, hace cinco años que estamos casados.
JAN: Pronto hará cinco años.
MARÍA (BAJANDO LA CABEZA): Y es la primera noche que nos separamos. (EL SE CALLA; MARÍA LO MIRA DE NUEVO) Siempre lo he querido todo en ti, aún lo que no comprendía, y sé que en el fondo no te desearía diferente. No quiero ser una esposa amiga de contrariar. Pero aquí tengo miedo del lecho desierto al que me envías, y también tengo miedo de que me abandones.
JAN: No debes dudar de mi amor.
MARÍA: No dudo de él. Pero están tu amor y tus sueños, o tus deberes, es lo mismo. Te escapas tantas veces. Entonces es como si descansaras de mí. Pero yo no puedo descansar de ti, y esta noche (SE ARROJA EN SUS BRAZOS LLORANDO), esta noche no podré soportarla.
JAN (ESTRECHANDOLA CONTRA SI): María, por favor. Esto es infantil.
MARÍA: Claro que es infantil. Pero éramos tan felices allá y no es culpa mía si las noches de este país me dan miedo. No quiero que me dejes sola.
JAN: Comprende, María. Debo cumplir con mi palabra.
MARÍA: ¿Qué palabra?
JAN: La que me impuse cuando comprendí que mi madre me necesitaba.
MARÍA: Tienes otra palabra que cumplir.
JAN: ¿Cuál?
MARÍA: La que me has dado cuando prometiste vivir conmigo.
JAN: Creo que podré arreglarlo todo. Lo que te pido no es nada. Una tarde y una noche en que trataré de orientarme, de conocer mejor a las que amo y de aprender a hacerlas felices.
MARÍA (SACUDIENDO LA CABEZA): La separación siempre es algo para los que quieren de verdad.
JAN: Tonta, tú mejor que nadie sabes cuánto te quiero.
MARÍA: No, los hombres nunca saben cómo se quiere de verdad. Nada los satisface. Lo único que saben es soñar, imaginar nuevos deberes, buscar nuevos países y nuevas moradas. En cambio, nosotras sabemos que hay que apresurarse a querer, a compartir el mismo lecho, a darse la mano, a temer la ausencia. Cuando se quiere, no se sueña con nada.
JAN: ¡Qué estás diciendo! Sólo es cuestión de encontrar a mi madre, de ayudarla y hacerla feliz. En cuanto a mis sueños o deberes, hay que tomarlos como son. No sería nadie sin ellos y me querrías menos si no los tuviera.

MARÍA (VOLVIENDO BRUSCAMENTE LA ESPALDA): Sé que tus razones son siempre buenas, pero esa voz, Jan, la conozco tan bien. Es la voz de la soledad, no la del amor.
JAN (PONIENDOSE DETRAS DE ELLA): No hablemos de eso, María. Deseo que me dejes solo aquí para ver más claro las cosas. No es tan terrible, ni una cosa del otro mundo dormir bajo el techo de la madre de uno. Dios hará lo demás. Pero Dios sabe también que entretanto no te olvido. Sólo que no se puede ser feliz en el destierro o en el olvido. No es posible seguir siendo siempre un extranjero. Un hombre necesita felicidad, es cierto, pero también necesita encontrar su definición. Y me imagino que recobrar mi patria, hacer feliz a todos lo que quiero me ayudará a ello. No deseo otra cosa.
MARÍA: Podrías hacer todo eso usando un lenguaje sencillo. Pero tu método no es el bueno. JAN: Es bueno porque sabré si tengo o no tengo razón de alimentar sueños.
MARÍA: Deseo que sí, que la tengas. Pero yo no tengo otro sueño que aquel país donde éramos felices, ni otro deber que tú.
JAN (ATRAYENDOLA HACIA SI): Déjame seguir. Terminaré por encontrar las palabras que lo arreglen todo.
MARÍA (RIENDOSE): ¡Ah, continúa soñando! Tengo paciencia, espero que te canses de estar en las nubes: entonces me llegará el momento. Lo que me hace desgraciada hoy es que estoy muy segura de tu amor y cierta, sin embargo, de que me dirás que me vaya.
JAN (LE TOMA LA CARA Y SONRIE): Es cierto, María. Me confías por una noche a mi madre y a mi hermana.
MARÍA (SEPARANDOSE DE EL): Entonces adiós. (SE DIRIGE HACIA LA PUERTA DONDE SE DETIENE.
MOSTRANDO LAS MANOS VACIAS) Pero mira qué desposeída soy. Tú marchas a un descubrimiento y me dejas esperando. (VACILA Y SE VA)

ESCENA IV

JAN SE SIENTA. ENTRA MARTA.

JAN: Buenos días, vengo por el cuarto.
MARTA: Lo sé. Lo están preparando. Tengo que inscribirlo en el libro. (VA A BUSCAR EL LIBRO Y VUELVE) Me puede decir su nombre y apellido.
JAN: Hasek, Karl.
MARTA: ¿Karl, nada más?
JAN: Nada más.
MARTA: ¿Lugar y fecha de nacimiento?
JAN: Tengo veintiocho años.
MARTA: Sí, ¿pero dónde nació?
JAN (TITUBEA): En Bohemia.
MARTA: ¿Profesión?
JAN: Ninguna.
MARTA: Hay que ser muy pobre o muy rico para vivir sin trabajo.
JAN (SONRIE): No soy muy pobre, y por muchas razones, me alegro.
MARTA (EN OTRO TONO): Es usted checo, naturalmente.
JAN: Naturalmente.
MARTA: ¿Domicilio habitual?
JAN: Bohemia.
MARTA: ¿Viene usted de allá?

JAN: No, vengo del sur. (ELLA PARECE NO ENTENDER) Del otro lado del mar.
MARTA: Comprendo. (PAUSA) ¿Va usted allá con frecuencia?
JAN: Con bastante frecuencia.
MARTA (SUEÑA UN MOMENTO PERO PROSIGUE): ¿Cuál es su destino?
JAN: No sé. Dependerá de muchas cosas.
MARTA: ¿Quiere usted establecerse aquí?
JAN: No sé. Según lo que encuentre.
MARTA: Eso no interesa. ¿Pero nadie lo espera?
JAN: No, nadie, en un principio.
MARTA: Supongo que tendrá un documento de identidad.
JAN: Sí, puedo mostrárselo.
MARTA: No vale la pena. Basta con indicar si es un pasaporte o una cédula de identidad.
JAN (INSISTENTE): Es un pasaporte. Aquí está. ¿Quiere verlo?

ELLA LO TOMA EN SUS MANOS, PERO EVIDENTEMENTE PIENSA EN OTRA COSA. PARECE SOPESARLO; LUEGO SE LO DEVUELVE.

MARTA: No, téngalo. Cuando va allá, ¿vive cerca del mar?
JAN: Sí.
ELLA SE LEVANTA, HACE UN ADEMAN DE GUARDAR EL LIBRO, LUEGO CAMBIA DE OPINION Y LO MANTIENE ABIERTO.

MARTA (CON SUBITA DUREZA): ¡Ah, me olvidaba! ¿Tiene usted familia?
JAN: Debo decir que la tenía. Pero hace mucho tiempo que la abandoné.
MARTA: No, quiero decir si es casado.
JAN: ¿Por qué me lo pregunta? En ningún hotel me hicieron esa pregunta.
MARTA: Figura en el cuestionario que nos entrega la administración del cantón.
JAN (EXTRAÑADO): Sí, soy casado. Habrá visto usted mi anillo.
MARTA: No lo he visto. No estoy aquí para mirarle las manos, sino para llenar la ficha. ¿Puede darme la dirección de su mujer?
JAN: No, es decir, se quedó en su país.
MARTA: Ah, perfecto. (CIERRA EL LIBRO) ¿Le sirvo algo para beber mientras terminan su cuarto?
JAN: No, aguardaré aquí. Espero no molestarla.
MARTA: ¿Por qué habría de molestarme? La sala es para recibir clientes.
JAN: Sí, pero un cliente solo a veces es más molesto que una gran concurrencia.
MARTA (QUE ORDENA LA HABITACION): ¿Por qué? Supongo que no tendrá la ocurrencia de hacerme la corte. No puedo dar nada a los que vienen aquí en busca de bromas. Y pronto verá que ha escogido un hotel tranquilo. No viene casi nadie.
JAN: Pero eso es muy malo.
MARTA: Hemos perdido algunas entradas, pero ganamos en tranquilidad. Y la tranquilidad no tiene precio. Además, es preferible un buen cliente a una clientela ruidosa, y lo que buscamos precisamente es un buen cliente.
JAN: Pero... (TITUBEA) ¿No se sienten muy solas?
MARTA (VOLVIENDOSE BRUSCAMENTE HACIA EL): Sobre este punto, no le contestaré, porque no tiene derecho a hacer esa pregunta. Y veo que debo hacerle una advertencia, y es que al entrar aquí sus únicos derechos son los de un cliente y los recibirá todos. Estará bien servido y supongo que no tendrá nunca que quejarse de nuestra acogida. Por eso sus preguntas son sorprendentes. No tiene por qué preocuparse de nuestra soledad, ni debe inquietarle molestarnos, ser inoportuno o no serlo. Póngase en su lugar de cliente, está en su derecho. Pero nada más.
JAN: Discúlpeme. Sólo quise ser simpático. Me pareció que no éramos tan extraños el uno para el otro.
MARTA: Veo que deberé repetirle que no es cuestión de enojarme o no enojarme. Me parece que usted se obstina en adoptar un tono que no debería ser el suyo, y trato de mostrárselo. Le aseguro que lo hago sin enfadarme. Porque a los dos nos conviene guardar las distancias. Si usted continuara usando un lenguaje impropio de un cliente, es muy sencillo: nos negaríamos a recibirlo. Pero si entiende que no estamos obligadas a admitirlo en nuestra intimidad, todo marchará bien.

JAN: Le ruego me disculpe.

MARTA: No se preocupe. No es usted el primero que intenta usar ese tono. Pero siempre he hablado con claridad para que no crear confusiones.
JAN: Muy bien, supongo que no tengo nada más que decir... por el momento.
MARTA: Nada le impide emplear el lenguaje de los clientes.
JAN: Y, ¿cuál sería ese lenguaje?
MARTA: La mayoría nos habla de todo, de sus viajes o de política, menos de nosotras. Es lo que pedimos. Hasta ha habido algunos que nos han hablado de su propia vida. Porque después de todo, entre otros deberes, nos pagan por escuchar. Pero, obviamente, en el precio no está incluida la obligación del hotelero por contestar preguntas. Y si mi madre lo hace a veces por indiferencia, yo lo hago por principios. Si usted comprende esto, no sólo estaremos de acuerdo, sino que tiene muchas cosas que decirnos y comprenderá que a veces es un gusto ser escuchado cuando uno hala de sí mismo.
JAN: Desgraciadamente, no podría hablar muy bien de mí mismo. No sería útil. Si me marcho luego, no tendrán que conocerme. Si me quedo por mucho tiempo, no será necesario hablar para que sepan quién soy.
MARTA: Sólo espero que no le moleste lo que le acabo de decir. Siempre me ha parecido una ventaja el mostrar las cosas tal como son. Si hasta hoy no hubo nada en común entre nosotros, se necesitarían grandes razones para que llegásemos a una intimidad. Y si me perdona, no las veo por ningún lado.
JAN: Ya la he perdonado. Yo también creo que la intimidad no se improvisa. Cada uno debe poner lago de su parte. Y si ahora todo quedó claro entre nosotros, sólo puedo alegrarme.

ENTRA LA MADRE.

ESCENA V

LA MADRE: Buenos tardes, señor. Su cuarto está listo.
JAN: Se lo agradezco mucho, señora.
LA MADRE (A MARTA): ¿Llenaste la ficha?
MARTA: Sí.
LA MADRE: ¿Puedo verla? Discúlpeme señor, pero la policía es rigurosa. Fíjese, por ejemplo: mi hija omitió anotar la razón de su visita a estos lugares.

JAN: Turismo. Quise ver de nuevo esta región que conocí en otro tiempo y de la que guardaba el mejor recuerdo.
MARTA: ¿Vivió usted aquí?
JAN: No, pero hace mucho tiempo tuve la ocasión de pasar. No la he olvidado.
LA MADRE: Sin embargo, nuestra ciudad es insignificante.
JAN: Es cierto. Pero estoy muy a gusto. Y desde que llegué me siento un poco como en casa.
LA MADRE: ¿Piensa quedarse mucho tiempo?
JAN: Realmente, no lo sé. Para quedarse en un lugar, primero hay que tener razones: amigos, el afecto de algunos seres. Si no, no hay motivo para estar en un lugar y no en otro. Todo depende de cómo uno es recibido: así que aún ignoro lo que haré.
MARTA: Eso no es muy claro.
JAN: Sí, pero no sé expresarme mejor.
LA MADRE: Pronto se cansará.
JAN: No, tengo un corazón fiel y en seguida formo recuerdos, cuando me dan la oportunidad.
MARTA (IMPACIENTE): El corazón no tiene mucho que hacer aquí.
JAN (COMO SI NO LA HUBIERA OIDO. A LA MADRE): Usted parece algo desesperanzada. ¿Hace mucho tiempo que vive en este hotel?
LA MADRE: Años. Tantos años que ya no recuerdo el comienzo y incluso he olvidado como era yo entonces. Esta es mi hija. Me ha acompañado durante todo este tiempo y seguramente por eso sé que es mi hija. Si no, a ella también la hubiera olvidado.
MARTA: Madre, no hay motivo para cuetes estas cosas.
JAN (MUY RAPIDO): Déjela. Comprendo tan bien su modo de ser, señora; es el que se encuentra al cabo de una vida de trabajo. Pero quizá todo hubiera cambiado si la hubiesen ayudado como debe serlo toda mujer, y si hubiera recibido el apoyo de un brazo viril.
LA MADRE: Lo recibí hace mucho, pero había demasiado que hacer. Mi marido y yo apenas dábamos abasto. Ni si quiera teníamos tiempo para pensar uno en el otro, incluso antes de que hubiera muerto, creo que lo había olvidado.
JAN: Comprendo. Pero... (CON UNA PAUSA DE VACILACION) a un hijo que le hubiera prestado su brazo, ¿acaso lo habría olvidado?
LA MADRE: ¡Un hijo! ¡Ay, soy una mujer demasiado vieja! Las mujeres viejas se olvidan hasta de que quisieron a sus hijos. El corazón se gasta, señor.
JAN: Es cierto. Pero sé que no olvida jamás.
MARTA (INTERPONIENDOSE ENTRE ELLOS Y CON DESICION): El hijo que entrara aquí encontraría lo mismo que cualquier cliente: una indiferencia benévola. Todos los hombres que hemos recibido se han adaptado a ella. Pagaron su cuarto y recibieron una llave. No hablaron de sus sentimientos. (PAUSA). Eso nos simplifica el trabajo.
LA MADRE: ¡Marta!
JAN (REFLEXIONANDO): ¿Y los ellos, se quedaron mucho tiempo así?
MARTA: Algunos, mucho tiempo. Hicimos todo lo necesario para que se quedaran. Otros que eran menos ricos, se marcharon al día siguiente. No hicimos nada por ellos.
JAN: Tengo bastante dinero y quiero quedarme algún tiempo en aquí, si ustedes me aceptan. Puedo pagar por adelantado si es que lo necesitan.
LA MADRE: No pedimos eso.
MARTA: Si usted es rico, está bien. Pero no hable más de sus sentimientos. No tenemos nada que hacer con ellos. Estuve a punto de pedirle que se marchara. Es usted cansador. Tome la llave, revise su cuarto. Y recuerde que está es una casa sin recursos para las cosas del corazón. Demasiados años grises han pasado por este puntito de tierra, los cuales poco a poco han enfriado esta casa. Nos han quitado la simpatía. Se lo digo una vez más; no tendrá nada tendrá que se parezca a la intimidad. Tendrá lo que reservamos siempre a los escasos viajeros, y lo que les reservamos no tiene nada que ver con el corazón. Tome la llave (SE LA TIENDE) y no lo olvide: lo recibimos por interés tranquilamente y si lo retenemos, será por interés, tranquilamente.

JAN TOMA LA LLAVE; ELLA SALE, ÉL LA MIRA SALIR.

LA MADRE: No le haga caso, señor. Hay temas que nunca ha podido soportar. (SE LEVANTA Y ÉL QUIERE AYUDARLA) Deje, hijo mío, no soy una inválida. Mire mis manos: todavía son fuertes. Podrían sostener las piernas de un hombre. (PAUSA. ÉL MIRA LA LLAVE) ¿Mis palabras le dan que pensar?
JAN: No, discúlpeme, apenas la escuché. ¿Pero por qué me ha llamado “hijo mío”?
LA MADRE: ¡Estoy aturdida! Familiaridad no era, créame. Es una manera de decir.
JAN: Es muy natural todo. Sólo me falta conocer el cuarto.
LA MADRE: Vaya, señor. (ÉL LA MIRA. QUIERE HABLARLE) ¿Necesita usted algo?
JAN (VACILANDO): No, señora. Pero… le agradezco su acogida.

LA MADRE ESTÁ SOLA. VUELVE A SENTARSE, APOYA LAS MANOS EN LA MESA Y LAS CONTEMPLA.

LA MADRE: Singular idea la de hablarle de mis manos. Sin embargo, si las hubiera mirado, quizá habría comprendido lo que se niega a entender en las palabras de Marta. ¿Pero por qué tendrá tanto empeño en morir y yo tan poco en matar de nuevo? Quisiera que se fuese para poder acostarme y dormir. ¡Demasiado vieja! Soy demasiado vieja para cerrar de nuevo las manos alrededor de sus tobillos y sentir el balanceo de su cuerpo, a lo largo del camino que lleva la río. Soy demasiado vieja para hacer el último esfuerzo que lo arroje al agua, dejándome los brazos colgando, la respiración entrecortada y lo músculos endurecidos, sin fuerzas para secarme el agua que me haya salpicado en la cara al caer el hombre dormido. Estoy demasiado vieja ¡Vamos, vamos! La victima es perfecta. Debo darle el sueño que deseaba para mi propia noche. Y es…

MARTA ENTRA BRUSCAMENTE

MARTA: Todavía entregada a sus sueños. Anímese, tenemos mucho que hacer.
LA MADRE: Pensaba en ese hombre. O más bien, pensaba en mí.
MARTA: Hay que pensar en mañana. ¿De qué sirve no mirar a ese hombre si de pronto ha de pensar en él? Usted misma lo dijo: es más fácil matar lo que no se conoce. Sea práctica.
LA MADRE: Son las palabras de tu padre, Marta, las reconozco. (PAUSA). Quisiera estar segura de que es la última vez que seremos prácticas. ¡Qué raro! Él lo decía para ahuyentar el miedo a la justicia; tú sólo las usas para borrar esta ligera tendencia a la honradez que acabo de sentir.
MARTA: Lo que usted llama honradez, son tan sólo ganas de dormir. Suspenda la fatiga hasta mañana y después podrá estar tranquila para siempre.
LA MADRE: Sé que tienes razón ¿Pero por qué ha de enviarnos el azar una víctima tan poco alentadora?
MARTA: El azar nada tiene que ver. Lo cierto es que este extranjero es demasiado distraído y que exagera su aire de inocencia. ¿Qué sería del mundo si los condenados empezarán a confiar sus penas sentimentales al verdugo? No es un buen principio. Pero bueno, al mismo tiempo me irrita y cuando me ocupe de él pondré algo de la cólera que siento frente a la estupidez del hombre.
LA MADRE: Eso es lo que no está bien. Antes no poníamos ni cólera ni compasión en nuestro trabajo y teníamos la indiferencia necesaria. Ahora yo estoy cansada y tú irritada. ¿Habrá que obstinarse cuando las cosas se presentan mal y pasar por encima de todo por un poco más de dinero?
MARTA: No, no es el dinero, sino el olvido de este país y una casa frente al mar. Si usted está cansada de su vida, yo estoy harta hasta morir de este horizonte cerrado, y siento que no podré vivir aquí un mes más. Las dos estamos cansados de esta posada, y usted, que es vieja, solo quiere cerrar los ojos y olvidar. Pero yo, que todavía siento en el corazón algunos deseos de mis veinte años, quiero tratar de dejarlos para siempre, aunque para eso haya de hundirme un poco más en la vida que queremos abandonar. Y usted debe ayudarme, usted me echó al mundo en un país de nubes y no en una tierra de sol.
LA MADRE: No sé, Marta, si en cierto sentido no valdría más que me olvidaras como lo hizo tu hermano, antes de oírte hablar en tono de acusación.
MARTA: Bien sabe que no querría apenarla. (PAUSA; LUEGO, HOSCA) ¿Qué haría yo sin usted a mi lado, qué sería de mí lejos de usted? Yo, por lo menos, no podría olvidarla, y si el peso de esta vida a veces me hace perderle el respeto que le debo, le pido perdón.
LA MADRE: Eres una buena hija y además me imagino que una mujer vieja es a veces difícil de comprender.
Pero quiero aprovechar este momento para decirte lo que intento desde hace un rato: esta noche no…
MARTA: ¡Vamos! ¿Esperaremos hasta mañana? Bien sabe que nunca ha procedido así, que es preciso no darle tiempo de que vea gente, y que hay que obrar mientras lo tenemos a mano.
LA MADRE: Lo sé. Pero esta noche, no. Concedámosle esta noche. Permitámonos esta tregua. Quizás por él nos salvaremos.
MARTA: Nada nos importa salvarnos; ese lenguaje es ridículo. Todo lo que puede esperar, con el trabajo de esta noche, es el derecho a dormir después.
LA MADRE: Eso es lo que yo llamaba salvarse: conservar la esperanza del sueño.
MARTA: Entonces, se lo juro, esa salvación está en nuestras manos. Madre, debemos terminar con esta indecisión. Será esta noche o no será.

TELON.


ACTO II

ESCENA I
EL CUARTO. LA OSCURIDAD COMIENZA A INVADIR LA HABITACIÓN. JAN MIRA POR LA VENTANA.

JAN: María tiene razón, esta hora es difícil. (PAUSA) ¿Qué hace, qué piensa en el cuarto del hotel, con el corazón encogido, los ojos secos, acurrucadas en una silla? Las noches de allá son promesas de felicidad. Pero aquí al contrario… (MIRA EL CUARTO) Vamos, esta inquietud no tiene motivo. Hay que saber lo que se quiere. En este cuarto se arreglará todo.

LLAMAN BRUSCAMENTE. ENTRA MARÍA.

MARTA: Espero no molestarlo, señor. Quisiera cambiar las toallas y el agua.
JAN: Creí que ya lo habían hecho.
MARTA: No, el viejo tiene algunas distracciones.
JAN: No tiene importancia. Pero casi no me atrevo a decirle que no me molesta.
MARTA: ¿Por qué?
JAN: No estoy seguro de que figure en el convenio.
MARTA: Ya ve usted que no puede contestar como todo el mundo, aunque pretenda conciliarlo todo. JAN (SONRIE): Tendré que acostumbrarme. Deme un poco de tiempo.
MARTA (TRABAJANDO): Ésa es la cuestión. (ÉL SE APARTA Y MIRA POR LA VENTANA. ELLA LO OBSERVA. JAN
SIGUE DE ESPALDAS. MARTA HABLA MIENTRAS TRABAJA) Lamento, señor, que este cuarto no sea tan cómodo como usted podría desearlo.
JAN: Es muy limpio y eso vale mucho. Lo han reformado hace poco, ¿verdad?
MARTA: Es cierto. ¿Cómo lo sabe?
JAN: Por detalles.
MARTA: De todos modos, muchos clientes lamentan la falta de agua corriente y en realidad no se puede decir que no tengan razón. Hace tiempo queremos instalar una lámpara eléctrica la cabecera de la cama. Supongo que ha de ser desagradable para los que leen acostados tener que levantarse para apagar la luz.
JAN (SE VUELVE): Cierto, no lo había notado. Pero no es una molestia tan grande.
MARTA: Es usted muy indulgente y se lo agradecemos. Me alegro que los numerosos inconvenientes de nuestra posada no le importen y le preocupen menos que a nosotros. Otros ya se hubieran ido.
JAN: A pesar de nuestro convenio, permítame decirle que es usted extraña. Porque me parece que no es propio del hotelero hacer notar los defectos de la instalación. Y en realidad se diría que usted trata de convencerme de que me marche.
MARTA: No he pensado nada de eso. (TOMANDO UNA DECISIÓN) Pero lo cierto es que mi madre y yo vacilamos mucho antes de recibirlo.
JAN: Pude notar, por lo menos, que no hacían mucho por retenerme. Pero no comprendo por qué. No dudarán ustedes de mi solvencia y me imagino que no doy la impresión de ser un hombre que tenga alguna fechoría que reprocharse.
MARTA: No, no es eso. Si quiere saberlo, no sólo no tiene usted nada de malhechor sino que hasta lleva todas las marcas de la inocencia. Los motivos son otros. Debemos abandonar este hotel, y desde hace algún tiempo proyectamos todos los días cerrarlo para comenzar los preparativos de la marcha. Nos resultaba fácil; rara vez llegan clientes. Pero con la presencia de usted comprendimos qué arraigada teníamos la idea de abandonar nuestro antiguo trabajo.
JAN: ¿Así que desean exactamente que yo me marche?
MARTA: Ya se lo he dicho: vacilamos y, sobre todo, yo. En realidad, todo depende de mí y todavía no sé qué decisión tomar.
JAN: No quiero ser una carga para ustedes, no lo olvide, y conformaré mi conducta a sus deseos. Sin embargo, le diré que me convendría quedarme uno o dos días más. Tengo que ordenar unos asuntos antes de proseguir mis viajes y esperaba encontrar aquí la tranquilidad y la paz que me faltan.
MARTA: Comprendo su deseo, créalo, y si quiere lo pensaré de nuevo. (PAUSA. ELLA DA UN PASO INDECISO HACIA LA PUERTA) ¿Entonces volverá al país de donde viene?
JAN: Sí, sí es necesario.
MARTA: Es un hermoso país, ¿verdad?
JAN (MIRA POR LA VENTANA): Sí, es un hermoso país.
MARTA: Dicen que en esas regiones hay playas completamente desiertas.
JAN: Es cierto, nada en ellas recuerda al hombre. A la mañana temprano se encuentran en la arena las huellas que dejan las patas de las aves marinas. Son las únicas señales de vida. En cuanto a las noches… (SE INTERRUMPE)
MARTA (SUAVEMNETE): ¿En cuanto a las noches, Señor?
JAN: Son turbadoras. Sí, es un hermoso país.
MARTA (CON NUEVO ACENTO): Muchas veces pienso en él. Algunos viajeros me han hablado de ese país, he
leído lo que pude. Y muchas veces, como hoy, en medio de la primavera agria de esta región, pienso en el mar y en las flores de allá. (PAUSA, LUEGO SORDAMENTE) Y lo que imagino me vuelve ciega para todo lo que me rodea.

JAN LA MIRA CON ATENCION, SE SIENTA SUAVEMENTE DELANTE DE ELLA.

JAN: Lo comprendo. Las primaveras de allá se le aferran a uno a la garganta, las flores brotan a millares por encima de los muros blancos. Si se pasea usted una hora por las colinas que rodean la ciudad, le queda en la ropa el olor a miel de las rosas amarillas.

ELLA TAMBIEN SE SIENTA.

MARTA: Es maravilloso. Lo que aquí llamamos primavera es una rosa y dos capullos que acaban de brotar en el jardín del claustro. (CON DESPRECIO) Eso basta para conmover a los hombres de mi país. Pero sus almas se parecen a esa rosa avara. Un soplo más poderoso las marchitaría; tienen la primavera que se merecen.
JAN: No es usted muy justa, porque también tienen el otoño.
MARTA: ¿Qué es el otoño?
JAN: Una segunda primavera, en la que todas las hojas son como flores. (LA MIRA CON INSISTENCIA) Quizás hay también almas que usted vería florecer si por lo menos las ayudara con su paciencia.
MARTA: Ya no tengo reservas de paciencia para esta Europa donde el otoño tiene cara de primavera y la primavera olor a miseria. Pero imagino con deleite ese otro país donde el verano lo aplasta todo, donde las lluvias de invierno inundan las ciudades, y las cosas son lo que son. (SILENCIO. ÉL LA MIRA CADA VEZ CON MÁS CURIOSIDAD. MARTA LO ADVIERTE Y SE LEVANTA BRUSCAMENTE) ¿Por qué me mira así?
JAN: Discúlpeme, pero en fin, ya que acabamos de dejar a un lado el convenio, bien puedo decírselo: me parece que por primera vez acaba de usar conmigo un lenguaje humano.
MARTA (CON VIOLENCIA): Se equivoca, sin duda. Y si fuera como dice, no tendría motivos para alegrarse. Si eso es humano en mí, no es lo mejor que tengo. En mi lo humano es lo que deseo, y para obtener lo que deseo, creo que lo aplastaría todo a mi paso.
JAN (SONRIE): Son violencias que comprendo. Y no tengo por qué asustarme, pues yo no soy un obstáculo en su camino y nada me lleva a oponerme a sus deseos.
MARTA: No tiene usted motivo para oponerse, claro. Pero tampoco los tiene para plegarse a ellos, y en ciertos casos, eso puede precipitarlo todo.

JAN: ¿Quién le ha dicho que no tengo motivos para plegarme?
MARTA: El buen sentido y mi deseo de mantenerlo al margen de mis proyectos.
JAN: Si comprendo bien, hemos vuelto a nuestro convenio.
MARTA: Sí, y fue un error apartarnos de él, ya lo ve. Pero le agradezco que me haya hablado de países que usted conoce y le pido disculpas por haberle hecho perder quizás el tiempo. (YA ESTA CERCA DE LA PUERTA) Le diré que, por mi parte, no lo he perdido del todo. Ha despertado en mí deseos que tal vez estuvieran dormidos. Si es cierto que le interesaba quedarse aquí, sin saberlo ha ganado su partida. Porque yo venía casi decidida a pedirle que se marchara, pero ya lo ve, apeló usted a lo que tengo de humano y ahora deseo que se quede. Así mi ansia por el mar y los países del sol saldrá ganado.

ÉL LA MIRA UN INSTANTE EN SILENCIO.

JAN (LENTAMENTE): Sus palabras son muy extrañas. Pero me quedaré si puedo y si tampoco su madre encuentra inconveniente.
MARTA: Los deseos de mi madre son menos fuertes que los míos, es natural. Por lo tanto no tiene las mismas razones que yo para desear su presencia. No piensa bastante en el mar y en las playas salvajes para admitir la necesidad de que usted se quede. Es un motivo que sólo vale para mí. Pero al mismo tiempo no tiene motivos bastantes fuertes que oponerme y esto basta para resolver la cuestión.
JAN: Si, comprendo bien. Una de ustedes me admitirá por interés y la otra por indiferencia
MARTA: ¿Qué más puede pedir un viajero? Pero hay algo de verdad en lo que usted dice. (ABRE LA PUERTA)
JAN: Entonces debo alegrarme. Pero acaso admita usted que aquí todo me parezca raro: el lenguaje y las personas. Esta casa es realmente extraña.
MARTA: Quizás lo único que sucede es que usted se porta de una manera extraña. (SALE)

ESCENA II

JAN (MIRANDO HACIA LA PUERTA): Quizás, si… (SE DIRIGE A LA CAMA Y SE SIENTA) Pero esta mujer sólo me inspira el deseo de marcharme, de encontrar a María y de ser feliz nuevamente. Todo esto es estúpido.
¿Qué estoy haciendo aquí? Pero no, debo hacerme cargo de mi madre y de mi hermana. Las tuve olvidadas demasiado tiempo. (SE LEVANTA) Sí, en este cuarto se arreglará todo. ¡Qué frío es, sin embargo! No reconozco nada, todo lo han renovado. Se parece ahora a los cuartos de hotel de esas ciudades extranjeras donde todas las noches llegan hombres solos. También yo los conocí. Entonces me parecía que había una respuesta por encontrar. Quizás la reciba aquí. (MIRA HACIA AFUERA) El cielo se cubre. Lo mismo sucede en todos los cuartos de hotel: todas las horas de la noche son difíciles para el hombre solo. Y aquí está ahora mi vieja angustia, aquí, en el fondo del cuerpo, como una herida abierta que se irrita con cualquier movimiento.
Conozco su nombre. Es miedo a la soledad eterna, temor de que no haya respuesta ¿Y quién habría de responder en un cuarto de hotel? (SE HA ACERCADO A LA CAMPANILLA. VACILA; LUEGO LLAMA. NO SE OYE NADA. DESPUES DE UN SILENCIO, PASOS. SE OYE UN GOLPE. LA PUERTA SE ABRE. EN EL MARCO APARECE EL VIEJO CRIADO. PERMANECE INMOVIL Y SILENCIOSO) No es nada. Discúlpeme. Solo deseaba saber si alguien respondía, si la campanilla funcionaba.

EL VIEJO LO MIRA, LUEGO CIERRA LA PUERTA. LOS PASOS SE ALEJAN.

ESCENA III

JAN: La campanilla funciona, pero él no habla. No es una respuesta. (MIRA EL CIELO) Las sombras se acumulan. Pronto reventarán sobre toda la tierra. ¿Qué hacer?

DOS GOLPES EN LA PUERTA. ENTRA MARTA CON UNA BANDEJA.

ESCENA IV

JAN: ¿Qué es eso?
MARTA: El té que usted pidió.
JAN: Pero si yo no pedí nada.
MARTA: ¿De veras? El viejo habrá oído mal. Muchas veces entiende a medias. Pero ya que el té está servido, supongo que lo tomará. (DEJA LA BANDEJA SOBRE LA MESA. JAN HACE UN ADEMAN.) No se le cargará en la cuenta.
JAN: No, no es eso. Pero me alegra que me traiga té.
MARTA: Le aseguro que no hay por qué. Lo hacemos por interés.
JAN: Usted no quiere dejarme ilusiones. Pero no veo donde está su interés en todo esto. MARTA: Sin embargo lo hay. (SALE)


ESCENA V

JAN TOMA LA TAZA, LA MIRA, LA DEJA DE NUEVO.

JAN: La cena del hijo pródigo continúa. Un vaso de cerveza, pero a cambio de dinero; una taza de té, pero para retener al viajero. También es que no sé encontrar las palabras necesarias. Frente a esta mujer de lenguaje claro, en vano, en vano busco la palabra que lo concilie todo. Y además, todo es más fácil para ella:
¡Es más cómodo encontrar las palabras de rechazo que dar con las que unen! (TOMA LA TAZA Y LA SOSTIENE UN MOMENTO EN SILENCIO. LUEGO SORDAMENTE.) ¡Oh, Dios mío! Permíteme que encuentre las palabras o haz que abandone esta vana empresa para volver al amor de María. Dame fuerzas para elegir lo que prefiero y para perseverar. (LEVANTA LA TAZA) Ésta es la cena del hijo pródigo. Por lo menos le haré los honores, y hasta que parta habré desempeñado mi papel. (BEBE. LLAMAN CON FUERZA A LA PUERTA) ¿Quién es?

LA PUERTA SE ABRE. ENTRA LA MADRE.

LA MADRE: Perdone, señor, mi hija me dijo que le había traído té.
JAN: Ya lo ve.
LA MADRE: ¿Lo bebió?
JAN: Sí, ¿por qué?
LA MADRE: Discúlpeme, pero voy a llevarme la bandeja.
JAN (SONRIENDO): Lamento que esta taza de té provoque tanto trastorno.
LA MADRE: Nada de eso. Pero en realidad, el té no era para usted.
JAN: Ah, ¿es por eso? Su hija me lo trajo sin que yo lo pidiera.
LA MADRE (CON UNA ESPECIE DE CANSANCIO): Sí, por eso. Hubiera sido preferible… Al fin, lo haya bebido o no, no tiene tanta importancia.
JAN (SORPRENDIDO): Lo lamento mucho, créame, pero su hija quiso dejármelo a pesar de todo, y no creí…
LA MADRE: Yo también lo lamento. Pero no quiero que usted se disculpe. No es sino un error. (PONE LA TAZA EN LA BANDEJA Y SE DISPONE A SALIR)
JAN: ¡Señora!
LA MADRE: Diga…
JAN: Vuelvo a pedirle disculpas. Acabo de tomar una decisión: creo que me marcharé esta noche después de la cena. Naturalmente, le pagaré el cuarto. (ELLA LO MIRA EN SILENCIO) Comprendo su sorpresa. Pero no vaya a creer que usted tiene la culpa nada. Me inspira usted simpatía y, hasta diría, una gran simpatía. Pero, para ser sincero, no estoy cómodo aquí y prefiero no prolongar mi estada.
LA MADRE (LENTAMENTE): No tiene ninguna importancia, señor. En principio es usted enteramente libre. Pero de aquí a la cena, quizás cambie de idea. A veces se obedece a la primera impresión y después las cosas se arreglan y uno termina por acostumbrarse.
JAN: No lo creo, señora. Sin embargo no se imagine que me voy descontento de usted. Por el contrario, le estoy muy agradecido por haberme acogido como lo hizo, pues me pareció sentir en usted cierta benevolencia para conmigo.
LA MADRE: Es muy natural, señor, y como supondrá, no tenía razones personales para demostrarle hostilidad.
JAN (CON EMOCION CONTENIDA): Tal vez sea verdad. Si le digo esto es porque deseo irme sin enojo. Quizá vuelva más adelante, estoy seguro. Entonces todo será más claro y no hay dudad de que nos alegraremos al volver a vernos. Pero ahora me parece que me he equivocado y que nada tengo que hacer aquí.. Para s er a usted franco, y aun a riesgo de parecerle oscuro, mi impresión es que esta casa no es la mía.

ELLA SIGUE MIRANDOLO.

LA MADRE: Lo comprendo, señor. Pero en general son cosas que uno siente en seguida y me parece que usted tardó en advertirlo.
JAN: Es cierto. Pero, ¿sabe?, soy un poco distraído. Vine a Europa para arreglar unos asuntos urgentes. Nunca es fácil volver a un país del que uno se marchó hace mucho tiempo. Usted ha de comprenderlo.
LA MADRE: Lo comprendo, señor, y hubiera querido que las cosas se le arreglaran. Pero creo que, por nuestra parte, nada más podemos hacer.
JAN: Desde luego, así parece. Aunque a decir verdad, nunca se sabe.
LA MADRE: De todos modos, creo que hemos hecho todo lo posible para que usted se quedara en esta casa.
JAN: Por supuesto, y no les reprocho nada. Sólo que son ustedes las primeras personas que encuentro desde mi regreso y es natural que empiece a sentir con ustedes las dificultades que me aguardan. Claro está, todo es culpa mía; todavía soy un extranjero.
LA MADRE: Hay historias que siempre empiezan mal y nadie puede cambiarlas. Por un lado, la verdad es que yo también lo siento. Pero después de todo, me digo, no hay motivos para darle tanta importancia.

JAN: Ya es mucho que usted comparta mi disgusto y que haga el esfuerzo de comprenderme. No sé si podré decirle cuánto me conmueve y me agrada su atención. (INICIA UN MOVIMIENTO HACIA ELLA) Mire…
LA MADRE: No faltaba más. Nuestro oficio es hacernos agradables a todos los clientes.
JAN (DESALENTADO): Tiene usted razón. (PAUSA) En resumen, sólo les debo disculpas, y si lo creen conveniente, una indemnización. (SE PASA LA MANO POR LA FRENTE. PARECE MÁS FATIGADO. HABLA CON MENOS FACILIDAD) Quizá hayan hecho preparativos o se hayan metido en gastos, y es muy natural…
LA MADRE: Sólo hemos hecho los preparativos de siempre en estos casos. Y claro está que no tenemos por qué pedirle indemnización- No lamentamos por nosotras sino por usted su incertidumbre.
JAN (SE APOYA EN LA MESA): Bah, no importa. Lo esencial es que nos pongamos de acuerdo y que no me recuerde demasiado mal. Por mi parte, no olvidaré su casa, créalo, y espero que el día que vuelva me hallaré de mejor ánimo. (ELLA SE DIRIGE SIN UNA PALABRA HACIA LA PUERTA) ¡Señora! (LA MUJER SE VUELVE. ÉL HABLA PENOSAMENTE, PERO TERMINA CON MÁS FACILIDAD QUE AL PRINCIPIO) Quisiera… (SE DETIENE) … Perdóneme, pero el viaje me ha cansado. (SE SIENTA EN LA CAMA) Por lo menos quisiera agradecerle el té y la acogida. También quiero que sepa que no dejaré esta casa como un huésped indiferente.
LA MADRE: Por favor, señor. Me resulta incómodo recibir las gracias por una equivocación. (SALE)

ESCENA VII

ÉL LA MIRA SALIR. HACE UN MOVIMIENTO, PERO AL MISMO TIEMPO, DA SEÑALES DE FATIGA. PARECE CEDER AL CANSANCIO Y SE ACODA EN LA ALMOHADA.

JAN: Hay que simplificarlo todo, sí, simplificarlo todo. Volveré mañana con María y diré: “Soy yo”. Nada me impedirá hacerlas felices. Es evidente. María tenía razón. (SUSPIRA, SE RECUESTA) ¡Ay!, no me gusta esta noche en la que todo está tan lejos. (SE HA ACOSTADO DEL TODO, DICE PALABRAS INAUDIBLES, CON VOZ QUE APENAS SE OYE) ¿Sí o no?

SE MUEVE. DUERME. LA ESCENA ESTA CASI A OSCURAS. LARGO SILENCIO. SE ABRE LA PUERTA. ENTRAN LAS DOS MUJERES CON UNA LUZ.

ESCENA VIII

MARTA (DESPUÉS DE ILUMINAR EL CUERPO, CON VOZ SOFOCADA): ¡Ya está!
LA MADRE (CON LA MISMA VOZ, PERO ELEVÁNDOLA POCO A POCO): ¡No, Marta! No me gusta esta manera de forzarme. Me arrastras a esto. Empiezas tú para obligarme que termine yo. No me gusta esta manera de pasar por alto mis vacilaciones.

MARTA: Es una manera de simplificarlo todo. Si usted me hubiese dado una explicación clara de su incertidumbre, hubiera sido mi deber tenerla en cuenta. Pero puesto que usted estaba turbada, me correspondía ayudarla obrando.
LA MADRE: De sobra sé que no tiene tanta importancia y que fuera él u otro, hoy o más adelante, esta noche o mañana, el asunto tenía que terminar. Pero no importa. No me gusta.
MARTA: Vamos, es mejor que piense en mañana y que nos demos prisa. Al final de esta noche, está nuestra libertad. (REGISTRA LA CHAQUETA, SACA UNA BILLETERA Y CUENTA EL DINERO)
LA MADRE: ¡Cómo duerme, Marta!
MARTA: Duerme como dormían todos. ¡Vamos ya!
LA MADRE: Espera un poco. Es cierto que todos los hombres dormidos parecen deponer las armas.
MARTA: Es el aire que adoptan. Pero siempre terminan por despertar…
LA MADRE (COMO SI REFLEXIONARA): No, los hombres no son tan extraordinarios. Pero tú no sabes nada de esto.
MARTA: No, no lo sé. Pero se que estamos perdiendo el tiempo.
LA MADRE (CON CIERTA IRONIA CANSADA): Nada nos apremia. Por el contrario, es el momento de quedarse quietas, ya que lo principal ya está hecho. ¿Por qué tanta rudeza ahora? ¿Acaso vale la pena?
MARTA: Nada vale la pena en cuanto uno lo dice. Es preferible trabajar y no hacerse preguntas. LA MADRE (CON CALMA): Sentémonos, Marta.
MARTA: ¿Aquí, cerca de él?
LA MADRE: Claro, ¿Por qué no? Acaba de caer en un sueño que lo llevará lejos, y no irá a despertar para preguntarnos qué hacemos aquí. En cuanto al resto del mundo, se detiene a la puerta de este cuarto cerrado. Él y nosotros podemos gozar en paz de este instante y de este descanso. (SE SIENTA)
MARTA: Está usted bromeando y ahora a quien no le gusta esto es a mí.
LA MADRE: No tengo ganas de bromas. Sólo muestro calma donde tú pones fiebre. Siéntate. (SE RIE DE UN MODO RARO, MARTA SE SIENTA) Y mira a este hombre, más inocente aun en el sueño que en sus palabras. Él, por lo menos, terminó con el mundo. A partir de este momento, todo le será fácil. Sólo pasará de un sueño poblado de imágenes a un sueño sin sueños. Y lo que para todo el mundo es un horrible desgarramiento, para él será un largo dormir.
MARTA: La inocencia tiene el sueño que merece. Y a éste, por lo menos, yo no tenía motivos para odiarlo. Por eso me alegra que le sea ahorrado el sufrimiento. Pero tampoco tengo motivos para contemplarlo y me parece desdichada su idea de mirar tanto a un hombre al que tendrá que cargar dentro de un rato.
LA MADRE (MENEANDO LA CABEZA Y CON VOZ DEBIL): Lo llevaremos cuando sea necesario. Pero no hay prisa todavía, y si lo miramos atentamente, quizá, para él al menos, no sea una idea desdichada. Porque todavía hay tiempo; el sueño no es la muerte. Míralo. Está en ese instante en que su mismo destino le es extraño, en que sus posibilidades de vida están en manos indiferentes. Si estas manos se quedan donde están, abandonadas sobre mis rodillas hasta el alba, sin que él lo sepa habrá resucitado. Pero si avanzan hacia él y forman alrededor de sus tobillos duras argollas, entrará para siempre en una tierra sin memoria.
MARTA (LEVANTANDOSE BRUSCAMENTE): Madre, olvida usted en este momento que las noches no son eternas y que nos queda mucho por hacer. Debemos revisar sus papeles y llevarlo a la habitación de abajo. Tenemos que apagar todas las lámparas y vigilar desde la puerta durante el tiempo que sea necesario.

LA MADRE: Sí, tenemos mucho que hacer, y eso es lo que nos diferencia de él, libre ahora del peso de su propia vida. Ya no conoce la angustia de las decisiones, la tensión, el trabajo por terminar. Ya no lleva la cruz de esa vida interior que proscribe el reposo, la distracción o la debilidad. En este momento, no tiene exigencias consigo mismo, y yo, vieja y fatigada, estoy a punto de creer que ésa es la felicidad.
MARTA: No tenemos tiempo para interrogarnos sobre la felicidad. Cuando haya vigilado el tiempo necesario, tendremos que recorrer todavía el camino hasta el río y comprobar si no se ha dormido algún borracho en la zanja. Tendremos que llevarlo entonces rápidamente y ya sabe que la tarea no es fácil. Y tendremos que intentarla varias veces antes de llegar a la orilla del agua y arrojarlo, lo más lejos que sea posible, al fondo del río. Permítame decirle una vez más que las noches no son eternas.
LA MADRE: Eso es, si, lo que nos espera, y desde ahora me siento tan cansada, con un cansancio tan viejo, que la sangre ya no puede digerirlo. Mientras tanto, él no sospecha nada y goza del reposo. Si lo dejamos despertar, tendrá que empezar de nuevo y, a juzgar por lo que vi, no es distinto de los otros hombres y no es posible apaciguarlo. Quizá por eso debemos llevarlo allá y abandonarlo a la corriente. (SUSPIRA) Pero es una lástima que se necesiten tantos esfuerzos para arrancar a un hombre a sus locuras y conducirlo a la paz definitiva.
MARTA: Madre, me parece que está usted desvariando. Le repito que tenemos mucho que hacer y que luego de arrojarlo, habremos de borrar las huellas en la orilla del río, confundir nuestras pisadas en el camino, destruir su equipaje y su ropa, disipar todas las señales de su paso, y suprimirlo, en fin, de la superficie de la tierra. Se acerca la hora en que será demasiado tarde para hacer la tarea con sangre fría, y no puedo comprenderla, sentada junto a esa cama, haciendo como que mira a ese hombre que apenas ve, y prosiguiendo con obstinación un monólogo fútil y ridículo.
LA MADRE: ¿Sabías, Marta, que quería marcharse esta noche?
MARTA: No, no lo sabía. Pero aun sabiéndolo hubiera hecho lo mismo, porque ya lo había decidido.
LA MADRE: Me lo dijo hace un rato, y no supe qué responderle.
MARTA: ¿Así que lo vio usted?
LA MADRE: Sí, subí cuando me dijiste que le habías traído el té. Ya lo había bebido. De poder, lo hubiera impedido. Pero cuando comprendí que todo empezaba entonces, reconocí que podríamos continuar y que al fin de cuentas, no era tan importante.
MARTA: Si lo reconoció usted así, no tenemos motivos para demorarnos aquí, y quisiera que se levantara de una vez y me ayudase a terminar con una historia que me harta. (LA MADRE SE LEVANTA)
LA MADRE: Claro que terminaré por ayudarte. Pero deja un poco de calma a una vieja cuya sangre corre menos que la tuya. Desde esta mañana lo precipitaste todo y te gustaría que yo siguiese tu paso. Él mismo no pudo andar más rápido, y antes de que se le ocurriera la idea de marcharse, había bebido el té que le diste.
MARTA: Ya que tengo que decírselo, él fue quien me decidió. Usted había acabado por hacerme dudar. Pero él me habló de los paisajes que espero conocer y, como supo conmoverme, me dio armas en su contra. Así se recompensa la inocencia.
LA MADRE: Y sin embargo, Marta, él había terminado por comprender. Me dijo que sentía que esta casa no era la suya.
MARTA (CON FUERZA E IMPACIENCIA): Y esta casa, en efecto, no es la suya, pero porque no es de nadie. Y nadie encontrará jamás en ella confianza ni calor. Si lo hubiese comprendido más rápido, se hubiera librado y nos hubiera librado. Nos habría evitado la tarea de enseñarle que este cuarto está hecho para dormir y este mundo para morir. Venga, madre, y por el amor de ese Dios que usted invoca a veces, terminemos.
(LA MADRE DA UN PASO HACIA LA CAMA)

LA MADRE: Vamos, Marta, pero me parece que no llegará nunca el alba.


ACTO III

ESCENA I

EN ESCENA, LA MADRE, MARTA Y EL CRIADO. EL VIEJO BARRE Y ORDENA LA HABITACIÓN. MARTA ESTÁ DETRÁS DEL MOSTRADOR ECHÁNDOSE EL PELO HACIA ATRÁS. LA MADRE CRUZA EL ESCENARIO EN DIRECCIÓN A LA PUERTA.

MARTA: Ya ve usted que ha llegado el alba y que vencimos las dificultades de la noche.
LA MADRE: Sí. Mañana me parecerá un alivio haber terminado esto. Ahora sólo siento sueño y el corazón seco. La noche ha sido dura.
MARTA: Pero después de varios años, ésta es la primera mañana que respiro. Nunca me ha costado menos un asesinato. Me parece que ya oigo el mar y me dan ganas de gritar de alegría.
LA MADRE: Mejor, Marta, mejor. Pero ahora me siento tan vieja que no puedo compartir nada contigo. Supongo que mañana todo marchará mejor para mí.
MARTA: Sí, todo marchará mejor, eso espero. Pero no vuelva a quejarse y déjeme ser feliz a mis anchas. Soy de nuevo la muchacha que fui. De nuevo mi cuerpo tiene calor y me dan ganas de correr. Ah, dígame tan solo… (SE DETIENE)
LA MADRE: ¿Qué hay, Marta? Ya no te reconozco.
MARTA: Madre… (VACILA; LUEGO, CON ARDOR.) ¿Todavía soy hermosa?
LA MADRE: Me parece que esta mañana lo eres. Hay actos que te sientan.
MARTA: ¡Oh, no!, es que son actos que me parece fácil sobrellevar. Pero hoy es como si naciera por segunda vez, pues voy a la tierra donde seré feliz.
LA MADRE: Bueno, bueno. Cuando haya desaparecido mi fatiga, estaré muy contenta. Es una compensación de todas las noches que pasamos en pie saber que te harán feliz. Pero esta mañana voy a descansar; sólo siento que la noche ha sido dura.
MARTA: ¡Qué importa! Hoy es un gran día. Viejo, fíjate, al pasar dejamos caer los papeles del viajero y nos faltó tiempo para recogerlos. Búscalos.

LA MADRE SALE. EL VIEJO BARRE DEBAJO DE UNA MESA, SACA EL PASAPORTE DEL HIJO, LO ABRE, LO EXAMINA Y LO TIENDE, ABIERTO, A MARTA.

MARTA: De nada me sirve. Guárdalo. Quemaremos todo. (EL VIEJO SIGUE TENDIENDO EL PASAPORTE. MARTA LO TOMA.) ¿Qué hay?

EL VIEJO SALE. MARTA LEE LARGAMENTE EL PASAPORTE, SIN UNA REACCIÓN. LLAMA CON VOZ APARENTEMENTE TRANQUILA.

MARTA: ¡Madre!
LA MADRE: (DESDE ADENTRO) ¿Qué quieres ahora? MARTA: Venga.
LA MADRE ENTRA. MARTA LE DA EL PASAPORTE.
MARTA: ¡Lea!
LA MADRE: Bien sabes que tengo la vista cansada.
MARTA: ¡Lea!

LA MADRE TOMA EL PASAPORTE, SE SIENTA CERCA DE UNA MESA, ABRE EL PASAPORTE Y LEE. MIRA LARGO RATO LAS PÁGINAS QUE TIENE DELANTE.

LA MADRE: (CON VOZ NEUTRA) Bueno, bien sabía yo que alguna vez pasaría esto y que entonces habría que terminar.
MARTA: (SE PLANTA DELANTE DEL MOSTRADOR) ¡Madre!
LA MADRE: (EN EL MISMO TONO) Deja, Marta, ya he vivido bastante. He vivido mucho más tiempo que mi hijo. Eso no está dentro de lo natural. Ahora puedo ir a reunirme con él al fondo del río donde las hierbas ya le cubren el rostro.
MARTA: ¡Madre! No me dejará usted sola, ¿verdad?
LA MADRE: Me has ayudado mucho, Marta, y lamento abandonarte. Si todavía puede tener sentido, diré que a tu manera has sido una buena hija. Siempre me has guardado el respeto debido. Pero ahora estoy cansada y mi viejo corazón, que se creía despegado de todo, acaba de recordar el dolor. Ya no soy joven para arreglármelas. Y de todos modos, cuando una madre no es capaz de reconocer a su hijo, su papel en la tierra ha terminado.
MARTA: No, si la felicidad de su hija está por hacerse. Y tanto como yo misma, se desgarran mis esperanzas de oír esa manera de hablar, en usted, que me enseñó a no respetar nada.
LA MADRE: (CON LA MISMA VOZ INDIFERENTE) Eso prueba que en un mundo donde todo puede negarse, hay fuerzas innegables, y que en esta tierra donde nada es seguro, tenemos nuestras certidumbres. (CON AMARGURA.) El amor de una madre a su hijo es ahora mi certidumbre.
MARTA: ¿Así que no está usted segura de que una madre pueda amar a su hija?
LA MADRE: No quisiera herirte ahora, Marta, pero la verdad, no es lo mismo. No es tan fuerte. ¿Y cómo podré prescindir ahora del amor de mi hijo?
MARTA: (ESTALLANDO) ¡Valiente amor que la olvidó veinte años!
LA MADRE: Sí, valiente amor que sobrevive a veinte años de silencio. ¡Pero que importa! Ese amor me bastaba, ya que no puedo vivir sin él. (SE LEVANTA)
MARTA: No es posible que usted diga eso sin un asomo de rebeldía, y sin un pensamiento para su hija.
LA MADRE: Por duro que sea para ti, es posible. No tengo pensamientos para nadie y menos aún rebeldía. Supongo que éste es el castigo y que hay una hora en la que todos los asesinos están como yo: vacíos por dentro, estériles, sin porvenir posible. Por eso se los suprime: no sirven para nada.
MARTA: Desprecio sus palabras; no puedo oírla hablar de crimen y de castigo.
LA MADRE: No elijo las palabras, ya no tengo preferencias. Pero lo cierto es que lo he agotado todo en una ocasión. He perdido la libertad: empezó el infierno.
MARTA: (ACERCÁNDOSE Y CON VIOLENCIA) No hablaba usted así antes. Y durante todos esos años continuó a mi lado, sujetando con mano firme las piernas de los que debían morir. Entonces no pensaba usted en la libertad y en el infierno. No creía que le estuviera vedado vivir. Y continuó. ¿Qué puede cambiar su hijo en todo esto?

LA MADRE: Continué, es cierto. Pero las cosas que viví de ese modo, las viví por costumbre: no hay diferencia con la muerte. Ha bastado el dolor para transformarlo todo. Eso es, justamente, lo que mi hijo vino a cambiar. (MARTA INTENTA HABLAR)
Lo sé, Marta, no es razonable. ¿Qué significa el dolor para una asesina? Pero ya lo ves, no es un verdadero dolor de madre: todavía no he gritado. No es sino el sufrimiento de renacer al amor, y sin embargo resulta superior a mis fuerzas. Sé además que este sufrimiento tampoco es razonable y bien puedo decirlo, yo que lo he probado todo, desde la creación hasta la destrucción. (SE DIRIGE DECIDIDA HACIA LA PUERTA, PERO MARTA SE LE ADELANTA Y LE CIERRA EL PASO)

MARTA: No, madre, usted no me abandonará. No olvide que yo me quedé y él se marchó, que me tuvo usted a su lado toda una vida y él la dejó en el silencio. Eso hay que pagarlo. Eso tiene que entrar en la cuenta. Y usted debe volver a mí.

LA MADRE: (SUAVEMENTE) ¡Es cierto, Marta, pero a él lo he matado!

MARTA SE APARTA UN POCO, CON LA CABEZA HACIA ATRÁS, COMO SI MIRARA LA PUERTA.

MARTA: (DESPUÉS DE UN SILENCIO, CON PASIÓN CRECIENTE) Todo lo que la vida puede dar a un hombre, le fue dado. Abandonó este país. Conoció otros espacios, el mar, seres libres. Yo me quedé aquí. Me quedé, pequeña y oscura, en el tedio, hundida en el corazón del continente, y crecí en la espesura de la tierra. Nadie besó mi boca y ni siquiera usted vió mi cuerpo sin ropa. Madre, se lo juro, esto hay que pagarlo. Y con el vano pretexto de que ha muerto un hombre, no puede usted hurtar el momento en que yo i ba a recibir lo que me corresponde. Comprenda, pues, que para un hombre que ha vivido, la muerte es cosa de nada. Yo puedo olvidar a mi hermano y usted a su hijo. Lo que le sucedió carece de importancia: ya no le quedaba nada por conocer. Pero a mí, usted me priva de todo y me quita lo que el gozó. ¿Todavía él habrá de arrebatarme el amor de mi madre y se la llevará para siempre a su río helado? (SE MIRAN EN SILENCIO. Y MARTA BAJA LOS OJOS) (EN VOZ MUY BAJA)
Me conformaría con tan poco. Madre, hay palabras que nunca supe pronunciar, pero me parece que sería dulce reanudar nuestra vida de todos los días.

LA MADRE HA AVANZADO HACIA ELLA

LA MADRE: ¿Lo habías reconocido?
MARTA: (ALZANDO BRUSCAMENTE LA CABEZA) ¡No! No lo había reconocido. No conservaba ninguna imagen de él y todo sucedió como debía suceder. Usted misma lo dijo: este mundo no es razonable. Pero no se equivocaba del todo al hacerme esta pregunta. Porque ahora sé que aun reconociéndolo, nada habría cambiado.
LA MADRE: Quiero creer que no es cierto. No hay alma totalmente criminal y los peores asesinos tienen momentos en que arrojan el arma.
MARTA: Yo también conozco esos momentos. Pero no hubiera agachado la cabeza ante un hermano desconocido e indiferente.

LA MADRE: ¿Y entonces ante quién? MARTA AGACHA LA CABEZA
MARTA: Ante usted.

SILENCIO.

LA MADRE: (LENTAMENTE) Demasiado tarde, Marta. Ya no puedo hacer nada por ti. (APARTANDOSE UN POCO) ¡Ah! ¿Por qué se calló? El silencio es mortal. Pero hablar es igualmente peligroso, pues lo poco que dijo precipitó las cosas. (SE VUELVE HACIA SU HIJA) ¿Lloras, Marta? No, no sabrías. ¿Recuerdas el tiempo en que yo te besaba?
MARTA: No, Madre.
LA MADRE: Tienes razón. Hace mucho de eso y muy pronto olvidé tenderte los brazos. Pero no dejé de quererte. (APARTA DULCEMENTE A MARTA, QUIEN POCO A POCO LE CEDE EL PASO.) Ahora lo sé, porque tu hermano ha venido a despertar esta dulzura insoportable que también debo matar conmigo.

EL PASO QUEDA LIBRE.

MARTA: (TAPANDOSE LA CARA CON LAS MANOS) ¿Pero hay algo más fuerte que la desesperación de su hija?
LA MADRE: La fatiga quizá… y la sed de reposo.

SALE SIN QUE LA HIJA SE OPONGA.

ESCENA II

MARTA CORRE HACIA LA PUERTA, LA CIERRA BRUTALMENTE, SE APOYA EN ELLA. ESTALLA EN GRITOS SALVAJES.
MARTA: ¡No! No tenía por qué velar por mi hermano y, sin embargo, me encuentro desterrada en mi propio país; ya no hay lugar para mi sueño; mi propia madre me ha rechazado. Pero yo no tenía por qué velar por mi hermano, ésta es la injusticia que se comete con la inocencia. Porque ahora él obtuvo lo que quería, mientras yo me quedo solitaria, lejos del mar del que estaba sedienta. ¡Oh! ¡Lo odio! ¡Toda mi vida ha transcurrido en la espera de esta ola que había de llevarme y sé que ya no vendrá! Tendré que quedarme aquí, y a la derecha y a la izquierda, delante y detrás de mí, innumerables pueblos y naciones, llanuras y montañas que detienen el viento del mar y ahogan su constante llamada con sus parloteos y murmullos. (MÁS BAJO.) ¡Otros tienen más suerte! Hay lugares alejados del mar donde el viento de la noche lleva a veces olor a algas. Les habla de playas húmedas donde resuena el grito de las gaviotas, o de arenas doradas en tardes interminables. Pero el viento se agota mucho antes de llegar aquí; nunca más tendré lo que merezco. Aunque pegara el oído a la tierra no oiría el choque de las olas heladas o la respiración rítmica del mar feliz. Estoy demasiado lejos de lo que amo y mi distancia no tiene remedio. ¡Lo odio, lo odio, porque obtuvo lo que quería! Yo tengo por patria este lugar cerrado y denso donde el cielo carece de horizonte; tengo para mi hambre el agrio ciruelo de Moravia y para mi sed sólo la sangre que he vertido. Éste es el precio que hay que pagar por la ternura de una madre. ¡Que se muera, ya que nadie me quiere! ¡Que las puertas se cierren a mi alrededor! ¡Que me dejen con mi justa cólera! Porque antes de morir no alzaré los ojos para implorar al cielo. Allá, donde uno puede huir, liberarse, apretar el cuerpo contra otro, revolcarse en las olas; a aquel país defendido por el mar no llegan los dioses. Pero aquí, donde todo detiene las miradas, toda la tierra está diseñada para que el rostro se alce y la mirada mendigue. ¡Ah! Odio este mundo en el que estamos reducidos a Dios. Pero a mí, que padezco injusticia, no se me ha dado lo que me corresponde, y no me arrodillaré. Y privada de mi lugar en esta tierra, rechazada por mi madre, sola en medio de mis crímenes, abandonaré este mundo sin reconciliarme.

LLAMAN A LA PUERTA.

ESCENA III

MARTA: ¿Quién es?
MARÍA: Una viajera.
MARTA: No recibimos más clientes.
MARÍA: Pero yo vengo a reunirme con mi marido.

ENTRA

MARTA: (MIRÁNDOLA) ¿Quién es su marido?
MARÍA: Llegó aquí ayer y debía venir a buscarme esta mañana. Me sorprende que no lo haya hecho. MARTA: Había dicho que su mujer estaba en el extranjero.
MARÍA: Tiene sus razones. Pero debíamos encontrarnos ahora.
MARTA: (QUE NO HA DEJADO DE MIRARLA.) Le será difícil. Su marido ya no está aquí. MARÍA: ¿Qué está diciendo? ¿No les alquiló un cuarto?
MARTA: Es cierto que alquiló un cuarto, pero se fue por la noche.
MARÍA: No puedo creerlo porque conozco todas las razones que tiene para quedarse en esta casa. Pero su tono me inquieta. Dígame lo que tiene que decirme.
MARTA: No tengo nada que decirle sino que su marido ya no está aquí.
MARÍA: No pudo marcharse sin mí; no la comprendo. ¿Las dejó definitivamente o avisó que volvería?
MARTA: Nos dejó definitivamente.
MARÍA: Escuche. Desde ayer soporto en este país extranjero una espera que ha agotado toda mi paciencia. Vine impulsada por la inquietud, y no me decido a marcharme sin haber visto a mi marido, o sin saber dónde encontrarlo.
MARTA: Ése es asunto suyo, no mío.
MARÍA: Se equivoca usted. También es asunto suyo. No sé si mi marido aprobará lo que voy a decirle, p ero estoy cansada de estos juegos y complicaciones. El hombre que llegó a su casa, ayer por la mañana, es el hermano de quien no sabía usted nada desde hace años.
MARTA: No me dice nada nuevo.
MARÍA: (ESTALLANDO) Pero entonces, ¿qué ha sucedido? Y si todo se aclaró por fin, ¿por qué no está su hermano en esta casa? ¿No lo reconoció, y su madre y usted no se alegraron del retorno?
MARTA: Mi hermano ya no está aquí porque ha muerto.

MARÍA SE SOBRESALTA Y PERMANECE UN MOMENTO EN SILENCIO, MIRANDO FIJO A MARTA. LUEGO HACE ADEMÁN DE ACERCARCELE Y SONRIE.

MARÍA: Usted bromea, ¿verdad? Jan me ha dicho muchas veces que ya de niña le gustaba desconcertar a la gente. Somos casi hermanas y…
MARTA: No me toque. Quédese donde está. No hay nada común entre nosotras. (PAUSA.) Su marido murió anoche y le aseguro que no es broma. Ya nada tiene que hacer aquí.
MARÍA: ¡Usted está loca, loca de atar! Nadie se muere así cuando lo esperan. Es demasiado repentino, no puedo creerlo. Déjeme verlo y sólo entonces creeré lo que no puedo siquiera imaginar.
MARTA: Es imposible. Ahora está en el fondo del río donde mi madre y yo lo llevamos anoche, después de adormecerlo. No sufrió, pero eso no le impide estar muerto; nosotras, su madre y yo, lo hemos matado.
MARÍA: (RETROCEDE) Entonces la loca soy yo y escucho palabras que hasta ahora nunca habían resonado sobre la tierra. Sabía que nada bueno me esperaba aquí, pero no estoy dispuesta a participar en esta demencia. Y aun en el momento en que sus palabras detienen toda vida en mí, creo oírle hablar de otra persona que la que compartía mis noches, y de una historia lejana donde mi corazón nunca intervino.
MARTA: No me corresponde convencerla sino sólo informarla. Usted misma llegará a la evidencia. MARÍA: (CON CIERTA DISTRACCIÓN) ¿Pero por qué, por qué me han hecho esto?
MARTA: ¿En nombre de qué me interroga usted?
MARÍA: ¡En nombre de mi amor!
MARTA: ¿Qué quiere decir esa palabra?
MARÍA: Quiere decir todo lo que en este momento me desgarra y me muerde, este delirio que abre mis manos para el crimen. Quiere decir mi alegría pasada, el dolor fresco que usted me trae. Si no fuera por la obstinada incredulidad que me queda en el corazón, aprendería usted, loca, lo que quiere decir esa palabra al sentir su rostro desgarrado por mis uñas.
MARTA: Decididamente, habla usted un lenguaje que no entiendo. Apenas las palabras amor, alegría o dolor.
MARÍA: (CON UN GRAN ESFUERZO). Escúcheme, dejemos el juego, si lo es. No nos perdamos en palabras vanas. Dígame, bien claro, lo que quiero saber, bien claro, antes de abandonarme.
MARTA: Es difícil ser más clara de lo que lo he sido. Matamos a su marido anoche para quitarle el dinero, como ya lo hemos hecho con algunos viajeros.
MARÍA: ¿Así que su madre y hermana eran unas asesinas?
MARTA: Sí, pero eso es asunto de ellas.
MARÍA: (SIEMPRE CON EL MISMO ESFUERZO). ¿Usted ya sabía que él era su hermano?
MARTA: Para decirle la verdad, hubo un malentendido. Y si usted conoce un poco el mundo, no le sorprenderá.

MARÍA: (VOLVIÉNDOSE HACIA LA MESA, CON LOS PUÑOS CONTRA EL PECHO Y VOZ SORDA). Oh, Dios mío, yo sabía que esta comedia tenía que resultar sangrienta, y que los dos recibiríamos castigo por habernos prestado a ella. La desgracia estaba en el cielo. (SE DETIENE DELANTE DE LA MESA Y HABLA SIN MIRAR A MARTA.) Él quería que ustedes lo reconocieran, quería volver a su casa, traerles la felicidad, pero no sabía dar con la palabra necesaria. Y mientras buscaba las palabras, lo mataron. (SE ECHA A LLORAR.) Y ustedes, como dos insensatas, ciegas al hijo maravilloso que volvía… porque era maravilloso; ¡no saben qué corazón orgulloso, qué alma exigente acaban de matar! Podría ser el orgullo de ustedes, como fue el mío. Pero, ¡ay!, usted era su enemiga, pues si no, ¿dónde encuentra fuerza suficiente para hablar con frialdad de lo que debiera arrojarla a la calle y arrancarle todos los gritos de la bestia?
MARTA: No juzgue nada, usted no lo sabe todo. En este momento, mi madre ha ido a reunirse con su hijo. Los dos están pegados a las estacas de la represa y el agua, que empieza a roerlos, los empuja sin tregua contra la madera podrida. Pronto habrán de sacarlos y se encontrarán en la misma tierra. Pero no veo por qué esto ha de arrancarme gritos. Tengo otra idea del corazón humano, y, para decírselo de una vez, sus lágrimas me repugnan.
MARÍA: (VOLVIÉNDOSE CONTRA ELLA CON ODIO). Son las lágrimas de las alegrías perdidas para siempre, de la felicidad frustrada. Para usted es preferible al dolor seco que pronto sentiré y que podría matarla sin temblar.
MARTA: Nada de eso me conmueve, y a decir verdad, sería poca cosa. Porque yo también he visto y oído bastante, y también decidí morir. Pero no quiero mezclarme con ellos. Y en realidad, ¿qué había de hacer con ellos? Los dejo entregados a su ternura recobrada, a sus oscuras caricias. Ni usted ni yo participamos en ellas, los dos nos son infieles para siempre. Afortunadamente me queda mi cuarto y la viga es sólida.
MARÍA: ¿Y, qué me importa que usted muera o que se derrumbe el mundo entero si por culpa suya per dí al que amaba y ahora tengo que vivir en esta terrible soledad donde la memoria es un suplicio?

MARTA SE LE ACERCA POR DETRÁS Y LE HABLA DESDE ARRIBA.

MARTA: No exageremos. Usted ha perdido a su marido y yo he perdido a mi madre. Estamos en paz. Pero usted sólo lo perdió una vez, después de gozarlo muchos años y sin que él la haya rechazado. A mí mi madre me rechazó. Ahora está muerta y la perdí dos veces.
MARÍA: Sí; quizá cayera en la tentación de compadecerla y de hacerla entrar en mi dolor si no supiese lo que le esperaba, a él, solo en su cuarto, en el mismo momento en que usted preparaba su muerte.
MARTA: (CON ACENTO SÚBITAMENTE DESESPERADO). También estoy en paz con su marido, porque conocí su angustia. Como él, creía tener mi casa. Me imaginaba que el crimen era nuestro hogar y que nos había unido, a mi madre y a mí, para siempre. Y si no, ¿a quién podía volverme en el mundo, sino a ella, que había matado al mismo tiempo que yo? Pero me equivocaba. El crimen también es soledad, aunque sean mil a ejecutarlo. Y es justo que muera sola, después de vivir y matar sola.

MARÍA SE VUELVE HACIA ELLA BAÑADA EN LÁGRIMAS. MARTA RETROCEDE Y RECOBRA SU DUREZA.

No me toque, ya se lo he dicho. Al pensar que una mano humana puede imponerme su calor antes de mor ir, al pensar que cualquier cosa semejante a la horrible ternura de los hombres puede perseguirme todavía, siento que todos los furores de la sangre me suben a las sienes.

MARÍA SE HA LEVANTADO Y ESTÁN FRENTE A FRENTE, MUY CERCA UNA DE OTRA.

MARÍA: No tema. La dejaré morir como desea. Porque me parece que con este dolor atroz que me aprieta el vientre, me llega una ceguera donde desaparece todo lo que me rodea. Y tanto su madre como usted nunca serán sino rostros fugaces, encontrados y perdidos en el curso de una tragedia que no acabará. No siento por usted ni odio ni compasión. Ya no puedo querer ni detestar a nadie. (OCULTA SÚBITAMENTE EL ROSTRO ENTRE LAS MANOS.) Y en realidad, apenas he tenido tiempo de sufrir o rebelarme. La desgracia era mayor que yo.

MARTA, QUE SE HA VUELTO Y HA DADO UNOS PASOS HACIA LA PUERTA, REGRESA HACIA MARÍA.

MARTA: Pero no tan grande, pues le ha dejado lágrimas. Y antes de abandonarla para siempre, veo que me queda algo por hacer. Me falta desesperarla.
MARÍA: (MIRÁNDOLA CON ESPANTO). ¡Oh! ¡Déjeme, váyase, y déjeme!
MARTA: Voy a dejarla, sí, y para mí también será un alivio: a duras penas soporto su amor y sus lágrimas. Pero no puedo morir dejándola convencida de que tiene razón, de que el amor no es en vano, y de que esto es un accidente. Porque ahora estamos dentro de la normalidad. Hay que convencerse.
MARÍA: ¿Qué normalidad?
MARTA: Ésa en la que nadie es reconocida nunca.
MARÍA: (ENAJENADA) Qué me importa, casi no la entiendo. Mi corazón está desgarrado. Sólo le importa aquel a quien usted mató.
MARTA: (CON VIOLENCIA). ¡Cállese! No quiero oír hablar más de él, lo detesto. Ya no es nada para usted. Entró en la amarga morada donde el hombre queda exiliado para siempre. ¡Imbécil! Tiene lo que quería, encontró a la que buscaba. Ya estamos todos dentro de la normalidad. Comprenda que ni para él ni para nosotros, ni en la vida ni en la muerte, hay patria sin paz. (CON UNA RISA DESPRECIATIVA.) Porque no se puede llamar patria. ¿Verdad?, a esa tierra densa, privada de luz, donde seremos alimento de animales ciegos.
MARÍA: (LLORANDO). No puedo, no puedo soportar sus palabras. Y él tampoco las hubiera soportado. Había venido en busca de otra patria.
MARTA: (QUE HA LLEGADO A LA PUERTA, VOLVIÉNDOSE BRUSCAMENTE). Esta locura ha recibido su pago. Pronto recibirá usted el suyo. (CON LA MISMA RISA.) Nos han estafado, ya se lo dije. ¿Para qué esa gran llamada al ser, ese alerta de las almas? ¿Por qué gritar al mar o al amor? Es irrisorio. Su marido conoce ahora la respuesta, esa morada espantosa donde al final estaremos apretados unos junto a otros. (CON ODIO.) Usted también la conocerá, y si entonces pudiera, recordaría con deleite el día de hoy en el cual, sin embargo, cree empezar el más desgarrador exilio. Comprenda que su dolor jamás igualará la injusticia que se comete con el hombre. Y para terminar, escuche mi consejo. Porque le debo un consejo, ya que he matado a su marido.
Ruegue a su dios que la haga semejante a la piedra. Es la felicidad que él se asigna, la única felicidad verdadera. Haga como él, vuélvase sorda a todos los gritos, sea como la piedra mientras hay tiempo. Pero si se siente demasiado cobarde para entrar en esta paz ciega, entonces venga a reunirse con nosotros en nuestra morada común. ¡Adiós, hermana mía! Todo es fácil, ya lo ve. Tiene que elegir entre la estúpida felicidad de los guijarros y el lecho viscoso donde la esperamos.

SALE Y MARÍA, QUE HA ESCUCHADO ENAJENADA, VACILA TENDIENDO LAS MANOS HACIA ADELANTE.

MARÍA: (GRITANDO). ¡Oh, Dios mío, no puedo vivir en este desierto! Te hablaré, sabré encontrar las palabras. (CAE DE RODILLAS.) Porque a ti me encomiendo. ¡Ten piedad de mí, vuelve a mí tus ojos!
¡Escúchame, señor, dame tu mano! ¡Ten piedad de los que se aman y están separados!

SE ABRE LA PUERTA Y APARECE EL VIEJO CRIADO.

ESCENA IV

EL VIEJO: (CON VOZ CLARA Y FIRME). ¿Me llamó usted?
MARÍA: (VOLVIENDOSE HACIA ÉL). ¡Oh, no sé! Pero ayúdeme, porque necesito que me ayuden. ¡Apiádese, ayúdeme!
EL VIEJO: ¡No!

TELÓN.

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