El Examen de maridos. Juan Ruiz de Alarcón.











EL EXAMEN DE MARIDOS
Juan Ruiz de Alarcón



Personajes:

• El conde CARLOS, galán
• El MARQUÉS don Fadrique, galán
• El conde don JUAN, galán
• El conde ALBERTO, galán
• Don GUILLÉN, galán
• Don Juan de CUMÁN, galán
• La marquesa, Doña INÉS, dama
• MENCÍ, su criada
• Doña BLANCA de Herrera, dama
• CLAVELA, su criada
• OCHAVO, gracioso
• BELTRÁN, escudero viejo
• HERNANDO, lacayo
• Don FERNANDO, viejo grave


JORNADA PRIMERA


Salen Doña INÉS, de luto, y MENCÍA



MENCÍA: Ya que tan sola has quedado
con la muerte del Marqués
tu padre, forzoso es,
señora, tomar estado;
que en su casa has sucedido,
y una mujer principal
parece en la corte mal
sin padres y sin marido.
INÉS: Ni más puedo responderte,
ni puedo más resolver,
de que a mi padre he de ser
tan obediente en la muerte
como en la vida lo fui;
y con este justo intento
aguardo su testamento
para disponer de mí.

Sale BELTRÁN de camino


BELTRÁN:: Dame, señora, los pies.
INÉS: Vengas muy en hora buena,
Beltrán, amigo.
BELTRÁN: La pena
de la muerte de¡ Marqués,
mi señor, que esté en la gloria,
me pesa de renovarte,
cuando era bien apartarte
de tan funesta memoria;
mas cumplo lo que ordenó
cercano al último aliento:
en lugar de testamento
este pliego me entregó,
sobrescrito para ti.

Dale un pliego


INÉS: A recebirle, del pecho
sale, en lágrimas deshecho

Abre el pliego


el corazón. Dice así:

Lee

"Antes que te cases, mira lo que haces."

MENCÍA: ¿No dice más?
INÉS: No, Mencía.
BELTRÁN: Su postrer disposición
cifró toda en un renglón.
INÉS: ¡Ay, querido padre! Fía
que no exceda a lo que escribes
mi obediencia un breve punto,
y que aun después de difunto
presente a mis ojos vives.
Y vos, si el haber nacido
en mi casa, y si el amor
que del Marqués, mi señor,
habéis, Beltrán, merecido;
si la firme confïanza
con que en vuestra fe y lealtad
resignó su voluntad
aseguran mi esperanza,
sed de mi justa intención
el favorable instrumento,
con que de este testamento
disponga la ejecución.
Sólo de vuestra verdad
he de fïar el efeto;
y la elección del sujeto,
a quien de mi libertad
entregue la posesión,
de vos ha de proceder,
y obligarme a resolver
sola vuestra información.
BELTRÁN: No tengo que encarecerte
mi obligación y mi fe,
pues ellas, según se ve,
son las que pueden moverte
a hacerme tu consejero.
INÉS: Venid conmigo a saber,
Beltrán, lo que habéis de hacer;
que eligir esposo quiero
con tan atentos sentidos
y con tan curioso examen
de sus partes, que me llamen
el "examen de maridos."

Vanse. Salen don FERNANDO y el conde
CARLOS


FERNANDO: Pensar que sólo sois vos
dueño de su voluntad,
y, según vuestra amistad,
una alma vive en los dos,
de vos me obliga a fïar
y pediros una cosa,
que, por ser dificultosa,
podréis vos sólo alcanzar.
CARLOS: Si como habéis entendido,
don Fernando, esa amistad,
conocéis la voluntad
con que siempre os he servido,
seguro de mí os fiáis,
pues ya, según mi afición,
sólo con la dilación
puede ser que me ofendáis.
FERNANDO: Ya pues, Conde, habréis sabido
que el Marqués a Blanca adora.
CARLOS: De vos, don Fernando, agora
solamente lo he entendido.
FERNANDO: Negaréisio como amigo
y secretario fïel
del Marqués.
CARLOS: Jamás con él
he llegado, ni él conmigo,
a que de tales secretos
partícipes nos hagamos;
o sea porque adoramos
tan soberanos sujetos,
que, con darle a la amistad
nombre de sacra y divina,
aun no la juzgamos digna
de atreverse a su deidad;
o porque el celo y rigor
de esta amistad es tan justo,
que niega culpas del gusto
y delitos del amor;
o porque de ese cuidado
vivimos libres los dos,
y en lo que os han dicho a vos
acaso os han engañado.
FERNANDO: No importa para el intento
haberlo sabido o no;
ser así y saberlo yo
es la causa y fundamento
que me obligó a resolverme
a que de vuestra amistad,
nobleza y autoridad
en esto venga a valerme.
Y así, supuesto, señor,
que si el Marqués pretendiese
que Blanca su esposa fuese,
no me encubriera su amor,
pues, si sus méritos son
tan notorios, se podría
prometer que alcanzaría
por concierto su intención;
de aquí arguyo que su amor
sólo aspira a fin injusto,
y quiere alcanzar su gusto
con ofensa de mi honor.
Vos, pues, de cuya cordura,
grandeza y valor confío,
remediad el honor mío
y corregid su locura;
que en los dos evitaréis
con esto el lance postrero,
pues lo ha de hacer el acero
si vos, Conde, no lo hacéis.
CARLOS: Fernando, bien sabéis vos
que, por no sujeto a ley
el amor, le pintan rey,
niño, ciego, loco y dios.
Y así, en este caso, yo,
si he de hablar como discreto,
el intentarlo os prometo,
pero el conseguirlo no;
que por locura condeno
que se prometa el valor
ni poder más que el Amor,
ni asegurar hecho ajeno.
Mas esto sólo fïad,
pues de mí os queréis valer:
que el Marqués ha de perder
o su amor o mi amistad.
FERNANDO: Esa palabra me anima
a pensar que venceréis;
que sé lo que vos valéis
y sé lo que él os estima.
CARLOS: No admite comparación
nuestra amistad; mas yo sigo
en las finezas de amigo
las leyes de la razón:
en esto la tenéis vos,
y de vuestra parte estoy.
FERNANDO: Seguro con eso voy.
CARLOS: Dios os guarde.
FERNANDO: Guárdeos Dios.

Vase don FERNANDO. Salen el MARQUÉS y
OCHAVO


OCHAVO: Él es un capricho extraño.
MARQUÉS: ¿Examen hace, curiosa,
de pretendientes?
OCHAVO: ¡Qué cosa
para los mozos de hogaño!
MARQUÉS: Conde...
CARLOS: Marqués...
MARQUÉS: Escuchad
el más nuevo pensamiento
que en humano entendimiento
puso la curiosidad.
CARLOS: Decid.

A OCHAVO


MARQUÉS: Vuelve a referirlo
con todas sus circunstancias.
OCHAVO: Perdonad mis ignorancias,
pues de mí queréis oírlo.

La sin igual doña INÉS,
a cuyas divinas partes
se junta ya el ser marquesa
por la muerte de su padre,
abriendo su testamento,
con resolución de darle
el cumplimiento debido
a postreras voluntades,
halló que era un pliego a ella
sobrescrito y que no trae
más que un renglón todo él,
en que le dice su padre,
"Antes que te cases, mira lo que haces."
Puso en ella este consejo
un ánimo tan constante
de ejecutarlo, que intenta
el capricho más notable
que de romanas matronas
cuentan las antigüedades.
Cuanto a lo primero, a todos,
gentileshombres y pajes
y crïados de su casa,
orden ha dado inviolable
de que admitan los recados,
los papeles y mensajes
de cuantos de su hermosura
pretendieran ser galanes.
Con esto, en un blanco libro,
cuyo título es "Examen
de maridos," va poniendo
la hacienda, las calidades,
las costumbres, los defetos
y excelencias personales
de todos sus pretendientes,
conforme puede informarse
de lo que la fama dice
y la inquisición que hace.
Estas relaciones llama
"consultas", y "memoriales"
los billetes, y "recuerdos"
los paseos y mensajes.
Lo primero, notifica
a todo admitido amante
que sufra la competencia
sin que el limpio acero saque;
y al que por esto, o por otro
defeto, una vez borrare
del libro, no hay esperanza
de que vuelva a consultarle.
Declara que amor con ella
no es mérito, y sólo valen,
para obligar su albedrío,
proprias y adquiridas partes;
de manera que ha de ser,
quien a su gloria aspirare,
por elección venturoso,
y eligido por examen.
CARLOS: ¡Extraña imaginación!
MARQUÉS: ¡Paradójico dislate!
OCHAVO: ¡Caprichoso desatino!
CARLOS: (¡Ah, ingrata! ¿Qué novedades Aparte
inventas para ofenderme,
y trazas para matarme?
¿Qué me ha de valer contigo,
si tanto amor no me vale?
¿Posible es, crüel, que intentes,
contra leyes naturales,
que sin amor te merezcan
y que sin celos te amen?)
MARQUÉS: Ya, con tan alta ocasión,
imagino en los galanes
de la corte mil mudanzas
de costumbres y de trajes.
CARLOS: La fingida hipocresía,
la industria, el cuidado, el arte
a la verdad vencerán.
Más valdrá quien más engañe.
Ochavo, déjanos solos,
que tengo un caso importante
que tratar con el Marqués.
OCHAVO: Si es importante, bien haces
en ocultarlo de mí,
que cualquiera que fïare
de crïados su secreto,
vendrá a arrepentirse tarde.

Vase OCHAVO


MARQUÉS: Cuidadoso espero ya
lo que tenéis que tratarme.
CARLOS: Retóricas persuasiones
y proemios elegantes
para pedir, son ofensas
de las firmes amistades;
y así, es bien que brevemente
mi pensamiento os declare.
De don Fernando de Herrera
la noble y antigua sangre,
ni puede nadie ignorarla
ni ofenderla debe nadie;
y el que es mi amigo, Marqués,
no ha de decirse que hace
sinrazón, mientras un alma
ambos pechos informare.
Una de tres escoged:
o no amar a Blanca, o darle
la mano, o dejar de ser
mi amigo por ser su amante.
MARQUÉS: Primero que me resuelva
en un negocio tan grave,
los celos de mi amistad,
que al encuentro, Conde, salen,
me obligan a que averigüe
mis quejas y sus verdades.
¿Cómo, si de ajena boca
supistes que soy amante
de Blanca, no tenéis celos
de que de vos lo ocultase?
CARLOS: Porque los cuerdos amigos
tienen razón de quejarse
de que la verdad les nieguen,
mas no de que se la callen;
y así, de vuestro silencio
no he formado celos, antes
os estoy agradecido,
que presumo que el callarme
vuestra afición fue recelo
de que yo la reprobase,
porque no consienten culpas
las honradas amistades.
Y así, Marqués, resolveos
a olvidalla o a olvidarme,
que la razón siempre a mí
me ha de tener de su parte.
MARQUÉS: Puesto, Conde, que el más rudo
el imperio de Amor sabe,
con vos, que prudente sois,
no trato de disculparme.
Dar la mano a doña Blanca
no es posible, sin que pase
el mayorazgo que gozo
al más cercano en mi sangre;
que obliga de su erección
un estatuto inviolable
a que el sucesor elija
esposa de su linaje.
Yo, pues, antes de escucharos,
viendo estas dificultades,
procuraba ya remedios
de olvidarla y de mudarme;
y ha sido el mandarlo vos
el mayor, pues es tan grande
mi amistad, que lo imposible
por vos me parece fácil.
CARLOS: Supuesto que no hay finezas
que a la vuestra se aventajen,
os las promete a lo menos
mi agradecimiento iguales.
Y adiós, Marqués, porque quiero
dar al cuidadoso padre
de Blanca esta feliz nueva.
MARQUÉS: Bien podéis asegurarle
que no hará la muerte misma
que esta palabra os quebrante.
CARLOS: Cuando no vuestra amistad,
me asegura vuestra sangre.

Vanse. Salen el conde CARLOS y el conde ALBERTO,
por una parte, y por otra el conde don JUAN


JUAN: ¡Conde!
ALBERTO: ¡Don Juan!
JUAN: Con hallaros
en esta casa me dais
indicios de que intentáis
de marido examinaros.
ALBERTO: Dado que no tengo amor,
por curiosidad deseo
de este examen de himeneo
ser también competidor.
Mas lo que pensáis de mí
por el lugar en que estoy,
de vos presumiendo voy,
pues también os hallo aquí.
JUAN: Siendo en tan alta ocasión
de méritos la contienda,
pienso que quien no pretenda
perderá reputación.

Sale don GUILLÉN


GUILLÉN: ¡Copiosa está de guerreros
la estacada!
ALBERTO: ¡Don Guillén!
¿Sois opositor también?
GUILLÉN: Con tan nobles caballeros,
si es que aspiráis a eligidos,
fuerza es probar mi valor;
que si es tal el vencedor,
no es deshonra ser vencidos.
ALBERTO: ¡Que en novedad tan extraña
diese la Marquesa hermosa!
GUILLÉN: Por ella será famosa
eternamente en España.
JUAN: Al fin, quiere voluntades
a la usanza de Valencia;
que sufran la competencia
sin celos ni enemistades.
ALBERTO: Nueva Penélope ha sido.

Sale OCHAVO


OCHAVO: (¡Plega a Dios no haya en la corte Aparte
algún Ulises que corte
en cierne tanto marido!)
JUAN: Beltrán sale aquí.
ALBERTO: Y él es,
según he sido informado,
el secretario y privado
de la hermosa doña Inés.
OCHAVO: Y a fe que es del tiempo vario
efecto bien peregrino
que, no siendo vizcaíno,
llegase a ser secretario.

Sale BELTRÁN



BELTRÁN: (Al cebo de doña Inés Aparte
pican todos, que es gran cosa
gozar de mujer hermosa
y un título de marqués)
ALBERTO: Señor Beltrán, la intención
de la Marquesa, que ha dado,
como a los pechos cuidado,
a la fama admiración,
causa el concurso que veis;

Quiere darle un papel


mis partes y calidades
son éstas, y son verdades
que presto probar podréis.
JUAN: Éste mis partes refiere.

Quiere darle otro papel


BELTRÁN: La Marquesa mi señora
saldrá de su cuarto agora;
que veros a todos quiere.
A ella dad los memoriales;
porque informarse procura
de la voz, la compostura,
y las partes personales
de cada cual por sus ojos.
OCHAVO: Es prudencia y discreción
no entregar por relación
tan soberanos despojos.
BELTRÁN: Ella sale.

Compónense todos


OCHAVO: (Gusto es vellos Aparte
cuidadosos y afectados,
compuestos y mesurados,
alzar bigotes y cuellos.
Parécenme propriamente,
en sus aspectos e indicios,
los pretendientes de oficios,
cuando ven al Presidente.
Mas, por Dios, que es la crïada
como un oro.)

Salen Doña INÉS y MENCÍA


¡Oye, doncella!
MENCÍA: ¿Qué quiere?
OCHAVO: El amor por ella
me ha dado una virotada.
MENCÍA: Aun bien que hay en el lugar
albéitares.
OCHAVO: Pues, traidora,
¿tan bestia es el que te adora,
que albéitar le ha de curar?
ALBERTO: Puesto que el alma confiesa
que no hay méritos humanos
que a los vuestros soberanos
igualen, bella Marquesa,
si alguno ha de poseeros,
hacer esto es competir
con todos, no presumir
que he de poder mereceros;
y a este fin he reducido
mis partes a este papel,
humilde como fïel.

Dale un memorial


INÉS: (¡Qué retórico marido!) Aparte
Yo atenderé como es justo
a vuestros méritos, Conde.
OCHAVO: (Como rey, por Dios, responde Aparte
ella es loca de buen gusto.)
JUAN: Yo soy, señora, don Juan
de Guzmán. Aquí veréis

Dale un papel


lo demás, si en mí queréis
más partes que ser Guzmán.
INÉS: (¡Qué amante tan enflautado!) Aparte
Yo lo veré.
OCHAVO: (¡Linda cosa Aparte
la voz sutil y melosa
en un hombre muy barbado!)
GUILLÉN: Don Guillén soy de Aragón,
que si por amor hubiera
de mereceros, ya fuera
mi esperanza posesión.

Dale un memorial


Éste os puede referir
mis méritos verdaderos,
pocos para mereceros,
muchos para competir.
INÉS: (¡Qué meditada oración!) Aparte
Yo veré el papel.
OCHAVO: (¡Qué bien Aparte
trajo el culto don Guillén
la tal contraposición!)
INÉS: Con vuestra licencia, quiero
retirarme.
ALBERTO: Loco estoy.

Vase


JUAN: Libre vine y preso voy.

Vase


GUILLÉN: Por vos vivo y sin vos muero.

Vase


INÉS: Tened esos memoriales.

Dalos a BELTRÁN


Mas, ¿qué busca este mancebo?
OCHAVO: Por ver capricho tan nuevo
me atreví a vuestros umbrales;
y aunque de esta mocedad
y paradójico intento
os alabe el pensamiento,
tengo una dificultad,
y es que en vuestros pretensores
me han dicho que examináis
lo visible, y no tratáis
de las partes interiores,
en que muchas veces vi
disimulados engaños,
que causan mayores daños
al matrimonio; y así
quiero saber qué invención
o industria pensáis tener,
o qué examen ha de haber
para su averiguación.
INÉS: ¿No hay remedio?
OCHAVO: Uno de dos
en dificultad tan nueva:
recebir la causa a prueba,
o encomendárselo a Dios.
INÉS: De buen gusto es la advertencia.
¿Queréis otra cosa aquí?
OCHAVO: Un nuevo amante, por mí,
Marquesa, os pide licencia
para veros e informaros
de sus méritos; que puesto
que a todos la dais, en esto
quiere también obligaros.
INÉS: ¿Quién es?
OCHAVO: Señora, el Marqués
vuestro deudo.
INÉS: Ya ha ofendido
su valor, pues ha pedido
lo que a todos común es.
OCHAVO: Tiene el ser desconfïado
de discreto; y le parece,
Marquesa, que aun no merece
ser de vos examinado.
INÉS: Pues yo no sólo le doy
licencia, pero juzgara
por agravio que no honrara
el examen.
OCHAVO: Pues yo voy
con nueva tan venturosa;
y tanto vos lo seáis,
pues cual sabia examináis,
que no elijáis como hermosa.

Vanse doña INÉS y BELTRÁN


Y tú, enemiga, haz también
un examen; y si acaso
te merezco, pues me abraso,
trueca en favor el desdén.
MENCÍA: ¿Bebe?
OCHAVO: Bebo.
MENCÍA: ¿Vino?
OCHAVO: Puro.
MENCÍA: Pues ya queda reprobado;
que yo quiero esposo aguado.

Vase


OCHAVO: ¡Escucha! En vano procuro
detenerla. ¡Bueno quedo!
¡Vive Dios, que estoy herido!
Pero si mi culpa ha sido
beberlo puro, bien puedo
no quedar desesperado.
Aguado soy, que aunque puro
siempre beberlo procuro,
siempre al fin lo bebo aguado,
pues todo, por nuestro mal,
antes de salir del cuero,
en el Adán tabernero
peca en agua original.

Vase. Salen doña BLANCA Y CLAVELA con
mantos


CLAVELA: Pienso que no te está bien
mostrar al Marqués amor,
porque es la contra mejor,
de un desdén, otro desdén.
Si su mudanza recelas,
tu firmeza te destruye,
porque al amante que huye,
seguirle es ponerle espuelas.
BLANCA: Ya que pierdo la esperanza
que tan segura tenía,
saber al menos querría
la ocasión de su mudanza;
y por esto le he citado,
sin declararle quién soy,
para el sitio donde estoy.
CLAVELA: Él vendrá bien descuidado
de que eres tú quien le llama.

Salen el MARQUÉS y OCHAVO, por otra
parte


OCHAVO: Su hermosura y su intención
son tan nuevas, que ya son
la fábula de la Fama;
y al fin, no sólo te ha dado
la licencia que has pedido,
pero se hubiera ofendido
de que no hubieras honrado
el concurso generoso
que al examen se le ofrece.
MARQUÉS: Locura, por Dios, parece
su intento; mas ya es forzoso
seguir a todos en eso.
OCHAVO: Un aguacero cayó
en un lugar, que privó
a cuantos mojó, de seso;
y un sabio, que por ventura
se escapó del aguacero,
viendo que al lugar entero
era común la locura,
mojóse y enloqueció,
diciendo, "En esto, ¿qué pierdo?
Aquí, donde nadie es cuerdo,
¿para qué he de serio yo?"
Así agora no se excusa,
supuesto que a todos ves
examinarse, que des
en seguir lo que se usa.
MARQUÉS: Bien dices, que era el no hacerlo
dar al mundo qué decir.
Pero quiérote advertir
de que nadie ha de entenderlo
hasta salir vencedor;
porque si quedo vencido,
no quiero quedar corrido.
OCHAVO: Mármol soy.
MARQUÉS: Este temor
me obliga así a recatar,
aunque mi pecho confía
que doña Inés será mía
si me llego a examinar.
BLANCA: ¿Que doña Inés será vuestra,
si a examinaros llegáis?
MARQUÉS: ¡Oh Blanca! ¿Vos me escucháis?
BLANCA: Quien tanta inconstancia muestra
como vos, ¿tiene esperanza
de que saldrá vencedor,
siendo el defecto mayor
en un hombre la mudanza?
¿De qué os admiráis? Yo fui,
yo fui la que os he llamado,
viendo que con tal cuidado
andáis huyendo de mí,
para saber la ocasión
que os he dado, o vos tomáis,
para que así me rompáis
tan precisa obligación;
y de vuestros mismos labios,
antes que os la preguntara,
quiso el cielo que escuchara
la ocasión de mis agravios.
MARQUÉS: Blanca, no te desenfrenes;
escucha atenta primero
mi disculpa, y después quiero
que, si es razón, me condenes.
Cuando empezó mi deseo
a mostrar que en ti vivía,
ni aun la esperanza tenía
del estado que hoy poseo.
Entonces tú, como a pobre,
te mostraste siempre dura;
que el oro de tu hermosura
no se dignaba del cobre.
Heredé por suerte; y luego,
o fuese ambición o amor,
mostraste a mi ciego ardor
correspondencias de fuego.
Mas la herencia, que la gloria
me dio de tu vencimiento,
fue también impedimento
para gozar la vitoria;
porque estoy, Blanca, obligado
a dar la mano a mujer
de mi linaje, o perder
la posesión del estado.
Esta ocasión me desvía
de ti pues, según arguyo,
ni rico puedo ser tuyo,
ni pobre quieres ser mía.
Perdida, pues, tu esperanza,
si otra doy en celebrar,
es divertirme, no amar;
es remedio, no mudanza.
Así que, a no poder más,
mudo intento; si pudieres,
haz lo mismo; que si quieres,
mujer eres, y podrás.

Vase


BLANCA: ¡Oye!
CLAVELA: Alas lleva en los pies.
OCHAVO: (¡Cielos, haced que algún día Aparte
pueda yo hacer con Mencía
lo que con Blanca el Marqués!)

Vase


BLANCA: Desesperada esperanza,
el loco intento mudad,
y de ofendida apelad
del amor a la venganza.
¡Por los cielos, inconstante,
ya que tu agravio me obliga,
que has de llorarme enemiga,
pues no me estimas amante!
¡A tus gustos, tus intentos,
tus fines, me he de oponer!
¡Seré verdugo al nacer
de tus mismos pensamientos!
CLAVELA: De cólera estás perdida;
loca te tiene el despecho.
BLANCA: ¡Sierpes apacienta el pecho
de una mujer ofendida!

Vanse. Sale el conde don JUAN


JUAN: De tus ojos salgo ciego
y abrasado, Inés hermosa,
cual la incauta mariposa
busca luz y encuentra fuego.

Sale el conde CARLOS


CARLOS: (¿Aquí está el conde don Juan? Aparte
¡Todo el infierno arde en mí!)
Conde, de hallaros aquí
ciertas sospechas me dan
de que pretendéis entrar
en el examen.
JUAN: Pues ¿quién
no aspira a tan alto bien,
sí méritos lo han de dar?
CARLOS: Quien supiere que a la bella
Inés ha un siglo que quiere
Carlos.
JUAN: Si quien lo supiere,
Conde, no ha de pretendella,
de esa obligación me hallo
con justa causa exclüido,
porque nunca lo he sabido.
CARLOS: ¿No basta, pues, escuchallo
aquí de mí, si hasta agora
la he servido con secreto,
justo y forzoso respeto
del que estima a la que adora?
JUAN: No basta a quien se ha empeñado
sin saberlo: a no empezar
podéis con eso obligar;
mas no a dejar lo empezado.
CARLOS: Esta espada sabrá hacer
que sobre decirlo yo
para dejarlo.
JUAN: Y que no
ésta sabrá defender;
y esto en el campo, no aquí;
que es sagrado este lugar.
CARLOS: Allá os espero mostrar
el valor que vive en mí.

Sale doña INÉS


INÉS: ¿Qué es esto? Conde don Juan,
conde Carlos, ¿dónde vais?
CARLOS: Solamente a que entendáis
los excesos a que dan
ocasión vuestros antojos.
Venid.
JUAN: Vamos.
INÉS: ¡Detenéos,
que mal logrará deseos
quien obliga con enojos!
Sabiendo que es lo primero
que he advertido en este examen
que no ha de entrar en certamen
quien por mí saque el acero,
¿cómo aquí con ofenderme,
queréis los dos obligarme,
pues que pretendéis ganarme
con el medio de perderme?
El fin de esta pretensión
¿consiste en vuestro albedrío?
¿Es vuestro gusto, o el mío,
quien ha de hacer la elección?
Sufra, pues, quien alcanzarme
procure, la competencia,
o confiese en mi presencia
que no pretende obligarme.
JUAN: No hay más ley que vuestro gusto
para mi abrasado pecho.
CARLOS: Y yo, Inés, aunque a despecho
de un agravio tan injusto
como recibo de vos,
me dispongo a obedeceros.
INÉS: De no sacar los aceros
me dad palabra los dos.
CARLOS: Yo por serviros la doy.
JUAN: Yo la doy por obligaros;
que a morir, por no enojaros,
dispuesto, señora, estoy.

Vase el conde don JUAN


CARLOS: ¡Ah, Marquesa! ¡A Dios pluguiera,
pues os cansa el amor mío,
fuese mío mi albedrío
para que no os ofendiera!
¡Pluguiera a Dios que pudiera
poner freno a mis pasiones
el ver vuestras sinrazones!
Que cuando el amor es furia,
los golpes que da la injuria
rematan más las prisiones.
Apaga el cierzo violento
llama que empieza a nacer;
mas en llegando a crecer,
le aumenta fuerzas el viento.
Ya estaba en mi pensamiento
apoderado el furor
de vuestro amoroso ardor;
y a quien llega a estar tan ciego,
cada agravio da más fuego,
cada desdén, más amor.
INÉS: Basta, Conde; que llenáis
de vanas quejas el viento,
si de vuestro sentimiento
la ocasión no declaráis.
¿De qué agravios me acusáis?
CARLOS: El preguntarlo es mayor
ofensa y nuevo rigor,
pues para que os disculpéis
de vuestro error, os hacéis
ignorante de mi amor.
¿Podéisme negar acaso
que dos veces cubrió el suelo
tierna flor y duro hielo
después que por vos me abraso?
El fiero dolor que paso
por vuestros ricos despojos,
aunque a encubrir mis enojos
el recato me ha obligado,
¿no os lo ha dicho mi cuidado
con la lengua de mis ojos?
¿No han sido mi claro oriente
vuestros balcones, y han visto
que ha dos arios que conquisto
su hielo con fuego ardiente?
Si os amé tan cautamente,
que apenas habéis sabido
vos misma que os he querido,
ésa es fineza mayor,
pues, muriendo, vuestro honor
a mi vida he preferido.
Pues cuando, tras esto, dais
licencia a nuevos cuidados,
para ser examinados
porque el más digno elijáis,
¿cómo, decid, preguntáis
a un despreciado y celoso
de qué se muestra quejoso?
Cuando por amante no,
por mí ¿no merezco yo
ser con vos más venturoso?
INÉS: Negarlo fuera ofenderos;
pero vos me disculpáis,
y con lo que me acusáis
pienso yo satisfaceros.
Si entre tantos caballeros
como al examen se ofrecen
vuestras partes os parecen
dignas de ser preferidas,
ellas serán elegidas,
si más que todas merecen.
Mas si acaso el proprio amor
os engaña, y otro amante,
aunque menos arrogante,
en partes es superior,
ni es ofensa ni es error,
si en mi provecho me agrada,
de vuestro daño olvidada,
que el que es más digno me venza;
que de sí misma comienza
la caridad ordenada.
CARLOS: Y de amar vuestra beldad
¿cuáles los méritos son?
INÉS: Amar por inclinación
es propria comodidad.
Si presa la voluntad
del deseo, se fatiga
porque el deleite consiga,
del bien que pretende nace;
y quien su negocio hace,
a nadie con él obliga.
Demás que, si amarme fuera
conmigo merecimiento,
no sólo vuestro tormento
obligada me tuviera;
que no tantos en la esfera
leves átomos se miran,
ni en cuanto los rayos giran
del sol claro arenas doran,
cuantos más que vos me adoran,
que menos que vos suspiran.
Pero, supuesto que amarme
no me obliga, imaginad
que cumplir mi voluntad
es el modo de obligarme.
El más digno ha de alcanzarme;
si vuestros méritos claros
esperan aventajaros,
en obligación me estáis,
pues por una que intentáis,
dos vitorias quiero daros.
Corta hazaña es por amor
conquistar una mujer;
ilustre vitoria es ser
por méritos vencedor.
De mí os ha de hacer señor
la elección, no la ventura.
Si no os parece cordura
el nuevo intento que veis,
al menos no negaréis
que es de honrada esta locura.
CARLOS: En fin, ¿que en vano porfío
disuadiros ese intento?
INÉS: Antes que mi pensamiento,
se mudará el norte frío.
CARLOS: Pues yo de todos confío
ser por partes vencedor;
mas ved que en tan ciego amor
mis sentidos abrasáis,
que si en la elección erráis,
no he de sufrir el error.
Mirad cómo os resolvéis,
y advertid bien, si a mí no,
que merezca más que yo
a quien vuestra mano deis;
pues como vos proponéis
que vencer, para venceros,
tantos nobles caballeros,
son dos tan altas vitorias,
son dos afrentas notorias
las que recibo en perderos.
Yo entrenaré mi pasión
si es más digno el más dichoso,
obediente al imperioso
dictamen de la razón;
pero siendo en la elección
vos errada y yo ofendido,
¡vive Dios que al preferido
ha de hacer mi furia ardiente
teatro de delincuente
deL tálamo de marido!
INÉS: Pensad que si no vencéis,
no habéis de quedar quejoso;
que será tal, el dichoso,
que vos mismo lo aprobéis.
CARLOS: Cumplid lo que prometéis.
INÉS: Tal examen he de hacer,
que a todos dé, al escoger,
qué envidiar, no qué culpar.
CARLOS: Pues, Inés, a examinar.
INÉS: Pues, Carlos, a merecer.

*******


JORNADA SEGUNDA

Salen BLANCA: y CLAVELA: con mantos


BLANCA: Yo la he de ver, y estorbar
cuanto pueda su esperanza;
que el amor pide venganza
si llega a desesperar;
y pues no me vio jamás
la Marquesa, cierta voy
de que no sabrá quién soy.
CLAVELA: Resuelta, señora, estás,
y no quiero aconsejarte.
BLANCA: Ella sale.
CLAVELA: Hermosa es:
con razón la luz que ves
puede en celos abrasarte.
BLANCA: Cúbrete el rostro, y advierte
que los enredos que emprendo
van perdidos, en pudiendo
este viejo conocerte.

Salen INÉS y BELTRÁN


BELTRÁN: Ya del marqués don Fadrique
el memorial he pasado;
y si verdad ha informado,
no dudo que se publique
por su parte la vitoria.
INÉS: Pues, Beltrán, con brevedad
de lo cierto os informad,
porque es ventaja notoria
la que en sus méritos veo,
y si verdaderos son,
mi sangre o mi inclinación
facilitan su deseo.
BELTRÁN: Él es tu deudo; y, por Dios,
que fuera bien que se unieran
vuestras dos casas, e hicieran
un rico estado los dos.

Doña BLANCA habla aparte con CLAVELA


BLANCA: Primero el fin de tus años,
caduco enemigo, veas.
CLAVELA: La ocasión es que deseas.
BLANCA: Comiencen, pues, mis engaños,
y advierte bien el rodeo
con que mi industria la obliga
a rogarme que la diga
lo que decirle deseo.

Alto


No vengo a mala ocasión,
cuando de bodas tratáis,
pues feliz anuncio dais
con eso a mi pretensión.
INÉS: ¿Quién sois y qué pretendéis?
BLANCA: Soy, señora, una crïada
de una mujer desdichada,
que por dicha conocéis.
Lo que pretendo es mostraros
joyas de hechura y valor,
con que pueda el resplandor
del mismo sol envidiaros.
Tratado su casamiento,
las previno mi señora;
y habiendo perdido agora,
con la esperanza, el intento
de ese estado, determina
tomar el de religión;
y viendo que la ocasión
de casaros se avecina,
según publica la fama,
me mandó que os las trajese,
porque, si entre ellas hubiese
alguna que de tal dama
mereciese por ventura
ser para suya estimada,
por el valor apreciada,
aunque pierda de la hechura
mucha parte, la compréis.
INÉS: Las joyas, pues, me mostrad.

Saca una cajeta de joyas


BLANCA: Su curiosa novedad
pienso que codiciaréis.
De diamantes jaquelados
es ésta.
INÉS: No he visto yo
mejor cosa.
BLANCA: Ésa costó
mil y quinientos ducados.
Pero ved estos diamantes
al tope.
INÉS: La joya es bella:
el cielo no tiene estrella
que dé rayos más brillantes.
BLANCA: Con más razón esta rosa,
esmaltada en limpio acero,
compararéis al lucero.
INÉS: Venus es menos hermosa.
Quien tales joyas alcanza
muy rica debe de ser.
BLANCA: Tanto, que por no perder
de una mano la esperanza,
las diera en albricias todas;
y sé que le pareciera
corto exceso a quien supiera
con quién trataba sus bodas.
Mas son pláticas perdidas.
De lo que importa tratemos.
CLAVELA: (¡Por qué sutiles extremos Aparte
busca el medio a sus heridas!)
INÉS: Ya de curiosa me incito
a saber quién fue el ingrato;
que vuestro mismo recato
me despierta el apetito.
CLAVELA: (Ya están conformes las dos.) Aparte
BLANCA: Si saberlo os importara,
Marquesa hermosa, fïara
más graves cosas de vos.
INÉS: A quien trata de casarse
y a quien, como ya sabréis,
hace el examen que veis,
temerosa de emplearse
en quien, como el escarmiento
lo ha mostrado, si se arroja,
a la vuelta de la hoja
halle el arrepentimiento,
¿no importa saber con quién
quiso esa dama casarse,
y para no efetüarse
la causa que hubo también?
Si, como me certifica
vuestra misma lengua agora,
la que tenéis por señora
es tan principal y rica,
¿presumís que entre los buenos
que opuestos agora están
a mi mano, ese galán
que ella quiso valga menos?
¿Quién duda sino que está
a este mi examen propuesto
él también? Pues, según esto,
no poco me importará
saber quién fue, y cuál ha sido
tan poderosa ocasión
que el efeto a la afición
de esa dama haya impedido.
Decídmelo, por mi vida,
y fïad que me tendréis,
si esta lisonja me hacéis,
mientras viva, agradecida.
BLANCA: Si he de hacerlo, habéis de dar
la palabra de¡ secreto.
INÉS: Como quien soy lo prometo.
BLANCA: Solas hemos de quedar.

A BELTRÁN


INÉS: Dejadnos solas.
BELTRÁN: (Quien fía Aparte
secretos a una mujer
con red intenta prender
las aguas que el Nilo envía.)

A CLAVELA


BLANCA: La industria verás agora
con que la obligo a querer
al Conde, y a aborrecer
al Marqués, si ya lo adora.)

Vase BELTRÁN y habla desde el paño


BELTRÁN: Pues nada encubre de mí,
los secretos que después
me ha de contar Doña Inés
quiero escuchar desde aquí.)

INÉS: Ya estamos solas.
BLANCA: Marquesa,
a quien haga más dichosa
el cielo que a la infeliz
de quien refiero la historia,
sabed que ese Conde Carlos,
ése cuya fama asombra
con los rayos de su espada
las regiones más remotas,
ese Narciso en la paz,
que por sus partes hermosas
es de todos envidiado,
como adorado de todas,
en esta dama, de quien
oculta el nombre mi boca,
por obedecerla a ella
y porque a vos no os importa,
puso, más ha de tres años,
la dulce vista engañosa,
pues a sus mudas palabras
no corresponden las obras.
Miró, sirvió y obligó,
porque son muy poderosas
diligencias sobre partes,
que solas por sí enamoran.
Al fin, en amor iguales
y en méritos, se conforman,
que si él es galán Adonis,
es ella Venus hermosa;
y porque a penas ardientes
dichoso término pongan,
declarados sus intentos,
alegres tratan sus bodas.
Entonces ella previno
éstas y otras ricas joyas,
como hermosas desdichadas,
malquistas como curiosas;
y cuando ya de Himeneo
el nupcial coturno adorna
el pie, y en la mano Juno
muestra la encendida antorcha;
cuando ya, ya al dulce efeto
falta la palabra sola
que eternas obligaciones
en breve sílaba otorga,
al Conde le sobrevino
una fiebre, si engañosa,
su mudanza lo publica,
su ingratitud lo pregona;
pues desde entonces, fingiendo
ocasiones dilatorias,
descuidadas remisiones
y tibiezas cuidadosas,
vino por claros indicios
a conocerse que sola
su mudada voluntad
los desposorios estorba.
Ella, del desdén sentida
y de la afrenta rabiosa,
pues hechos ya los conciertos,
quien se retira deshonra,
llegó por cautas espías
a saber que el Conde adora
otra más dichosa dama;
no sé yo si más hermosa,
porque con tanto secreto
su nuevo dueño enamora,
que viendo todos la flecha,
no hay quien la aljaba conozca.
Con esto, su cuerdo padre,
por consolar sus congojas,
a las bodas del Marqués
don Fadrique la conhorta;
mas cuando de su nobleza
y de sus partes heroicas
iban nuevas impresiones
borrando antiguas memorias,
vino a saber del Marqués
ciertas faltas mi señora,
para en marido insufribles,
para en galán fastidiosas;
y aunque parezca indecente
el referirlas mi boca,
y esté, de que han de ofenderos
los oídos, temerosa,
el secreto y el deseo
de serviros, y estar solas
aquí las tres, da disculpa
a mi lengua licenciosa.
Tiene el Marqués una fuente,
remedio que necios toman,
pues para sanar enferman,
y curan una con otra.
Tras esto, es fama también
que su mal aliento enoja,
y fastidia más de cerca
que él de lejos enamora;
y afirman los que le tratan
que es libre y es jactancioso
su lengua, y jamás se ha visto
una verdad en su boca.
Pues como en el verde abril
marchita el helado Bóreas
las flores recién nacidas,
las recién formadas hojas,
así mí dueño, al instante
que de estas faltas la informan,
del amor en embrión
el nuevo concepto aborta;
y con la misma violencia
que al arco la cuerda torna,
cuando, de membrado brazo
disparada, el viento azota,
de su Conde Carlos vuelve
a abrasarse en las memorias,
sus perfeciones estima
y sus desdenes adora.
Mas viendo, al fin, su deseo
imposible la vitoria,
pues son, cuando amor declina,
las diligencias dañosas,
despechada, muda intento,
y la deseada gloria
que no ha merecido deja
a otra mano más dichosa;
pues podrá quien goce al Conde
alabarse de que goza
el marido más bizarro
que ha celebrado la Europa.
INÉS: Cuanto puedo os agradezco
la relación de la historia;
y a fe que me ha enternecido
la tragedia lastimosa
que en sus amantes deseos
ha tenido esa señora.
BLANCA: Tenéis, al fin, sangre noble.
Mas, ¿qué decís de las joyas?
INÉS: Que me agradan, mas quisiera,
para tratar de la compra,
que un oficial las aprecie.
BLANCA: No puedo aguardar agora;
si gustáis, volveré a veros.
INÉS: Será para mí lisonja;
que vos no me enamoráis
menos que ellas me aficionan.
BLANCA: A veros vendré mil veces,
por ser mil veces dichosa.

Aparte doña BLANCA y CLAVELA


CLAVELA: Bien se ordena tu venganza.
BLANCA: Ya he sembrado la discordia.
Pues soy despreciada Juno,
¡muera Paris y arda Troya!

Vanse las dos


INÉS: ¡Hola Beltrán!
BELTRÁN: ¿Qué me quieres,
señora?
INÉS: Al punto partid,
y con recato seguid,
Beltrán, esas dos mujeres.
Sabed su casa, y de suerte
el seguirlas ha de ser,
que ellas no lo han de entender.
BELTRÁN: Voy, señora, a obedecerte;
y fía de mi cuidado
que lo que te han referido
averigüe; que escondido
su relación he escuchado.

Vase


INÉS: Hasta agora, ciego Amor,
libre entendí que vivía.
Ni tus prisiones sentía,
ni me inquietaba tu ardor.
Pero ya, ¡triste!, presumo
que la libertad perdí;
que el fuego escondido en mí
se conoce por el humo.
Causóme pena escuchar
los defetos del Marqués,
y de amor sin duda es
claro indicio este pesar.
Cierto está que es de quererle
este efeto, pues sentí
las faltas que dél oí
como ocasión de perderle.
Presto he pagado el delito
de seguir mi inclinación
y de hacer en la elección
consejero al apetito.
No más Amor; que no es justo
tras tal escarmiento errar;
esposo, al fin, me ha de dar
el examen, y no el gusto.

Sale el MARQUÉS



MARQUÉS: (Corazón, ¿de qué os turbáis? Aparte
¿Qué alboroto, qué temor
os ocupa? Ya de amor
señales notorias dais.
¿Quién creyera tal mudanza?
Pero, ¿quién no la creyera,
si la nueva causa viera
de mi dichosa esperanza?
Perdona, Blanca, si sientes
ver que a nueva gloria aspiro;
que en Inés ventajas miro,
y en ti miro inconvenientes.)
Mi dicha, Marquesa hermosa,
ostenta ya, con entrar
a veros sin avisar,
licencias de vitoriosa;
que le ha dado a mi esperanza,
para tan osado intento,
el amar, atrevimiento,
y el merecer, confïanza.
INÉS: (Ya empiezo a verificar Aparte
los defetos que he escuchado,
pues a hablar no ha comenzado,
y ya se empieza a alabar.)
Mirad que no es de prudentes
la propria satisfación,
y más donde tantos son
de mi mano pretendientes;
y quien con tal osadía
presume, o es muy perfeto,
o si tiene algún defeto,
en que es oculto se fia;
y es acción poco discreta
estar en eso fïado,
que a la envidia y al cuidado,
Marqués, no hay cosa secreta.
MARQUÉS: Bien me puede haber mentido
mi proprio amor lisonjero;
pero yo mismo, primero
que fuese tan atrevido,
me examiné con rigor
de enemigo, y he juzgado
que puede estar confïado,
más que el de todos, mi amor.
De mi sangre no podéis
negarme, Inés, que confía
con causa, pues es la mía
la misma que vos tenéis.
De mi persona y mi edad,
si pesa a mis enemigos,
vuestros ojos son testigos.
No mendigáis la verdad.
En la hacienda y el estado
ilustre en que he sucedido,
de ninguno soy vencido,
si soy de alguno igualado.
Mis costumbres, yo no digo
que son santas, mas al menos
son tales, que los más buenos
me procuran por amigo.
De mi ingenio no publica
mi lengua la estimación;
dígalo la emulación,
que ofendiendo califica.
Pues en gracias naturales
y adquiridas, decir puedo
que los pocos que no excedo
se jactan de serme iguales.
En las armas sabe el mundo
mi destreza y mi pujanza.
Hable el segundo Carranza,
el Narváez sin segundo.
Si canto, suspendo el viento;
si danzo, cada mudanza
hace, para su alabanza,
corto el encarecimiento.
Nadie es más airoso a pie;
que, puesto que del andar
es contrapunto el danzar,
por consecuencia se ve,
si en contrapunto soy diestro,
que lo seré en canto llano.
Pues a caballo, no en vano
me conocen por maestro
de ambas sillas los más sabios,
pues al más zaino animal
trueco en sujeción leal
los indómitos resabios.
En los toros, ¿quién ha sido
a esperar más reportado?
¿Quién a herir más acertado,
y a embestir más atrevido?
¿A cuántos, ya que el rejón
rompí y empuñé la espada,
partí de una cuchillada
por la cruz el corazón?
Tras esto, de que la fama,
como sabéis, es testigo,
sé callar al más amigo
mis secretos y mi dama,
y soy--que esto es lo más nuevo
en los de mi calidad--
amigo de la verdad
y de pagar lo que debo.
Ved, pues, señora, si puedo
con segura presunción
perder en mi pretensión
a mis contrarios el miedo.

INÉS: (¡Qué altivo y presuntüoso! Aparte
¡Qué confïado y lozano
os mostráis, Marqués! No en vano
dicen que sois jactancioso.)
Bien fundan sus esperanzas
vuestros nobles pensamientos
en tantos merecimientos;
mas a vuestras alabanzas
y a las partes que alegáis,
hallo una falta, Marqués,
que no negaréis.
MARQUÉS: ¿Cuál es?
INÉS: Ser vos quien las publicáis.
MARQUÉS: Regla es que en la propria boca
la alabanza se envilece;
mas aquí excepción padece,
pues a quien se opone toca
sus méritos publicar,
por costumbre permitida;
que mal, si sois pretendida
de tantos, puedo esperar
que los mismos, que atrevidos
a vuestra gloria se oponen,
mis calidades pregonen,
si está en eso ser vencidos.
Decirlas yo es proponer,
es relación, no alabanza;
alegación, no probanza,
que ésa vos la habéis de hacer.
Hacelda; y si fuere ajeno
un punto de la verdad,
a perder vuestra beldad
desde agora me condeno.
INÉS: Mucho os habéis arrojado.
MARQUÉS: La verdad es quien me alienta.
INÉS: (¿Cómo puede ser que mienta Aparte
quien habla tan confïado?
¡Cielos santos! ¿Es posible
que tales faltas esconda
tal talle, y no corresponda
lo secreto a lo visible?)
Tales los méritos son
que alegáis vos, y yo veo,
que si, como ya deseo
y espero, la relación
verifica la probanza
que rigurosa he de hacer,
desde aquí os doy de vencer
seguridad, no esperanza;
porque inclinada me siento,
si os digo verdad, Marqués,
a vuestra persona.
MARQUÉS: Ése es
mi mayor merecimiento.
¿Qué más plena información
de méritos puedo hacer,
señora, que merecer
tan divina inclinación?
Si en ése que tú me das,
Marquesa, a todos excedo,
está cierta que no puedo
ser vencido en los demás.

Sale BELTRÁN


BELTRÁN: Llegada es ya la ocasión
en que es forzoso probarlos.
MARQUÉS: Beltrán, ¿cómo?
BELTRÁN: El Conde Carlos,
con la misma pretensión,
ha publicado, en servicio
de la Marquesa, un cartel,
y desafía por él
a todo ilustre ejercicio
de letras y armas a cuantos
al examen se han opuesto.
MARQUÉS: (¡El Conde! ¡Cielos! ¿Qué es esto? Aparte
El Conde sólo, entre tantos
amantes, basta conmigo
a obligarme a desistir;
que no es justo competir
con tan verdadero amigo.
Mas ya por opositor
al examen me he ofrecido,
y nadie creerá que ha sido
la amistad, sino el temor,
el que muda mi intención.
Pues, amigo, perdonad,
si prefiero a la amistad
las aras de la opinión.)
INÉS: Marqués, parece que os pesa
y que os han arrepentido
las nuevas que habéis oído.
MARQUÉS: Lo dicho, dicho, Marquesa.
La suspensión que habéis visto
nació de que amigo soy
del Conde; mas ya que estoy
declarado, si desisto,
lo podrá la emulación
a temor atribuir;
y es forzoso preferir
a la amistad la opinión;
demás que vuestra beldad
es mi disculpa mayor,
si por las leyes de amor
quebranto las de amistad.
INÉS: Pues bien es que comencéis
a vencer, yo a examinar;
aunque no pienso buscar,
si al Conde Carlos vencéis,
otra probanza mayor.
MARQUÉS: Si vos estáis de mi parte,
ni temo en la guerra a Marte,
ni en la paz al dios de amor.

Habla aparte a BELTRÁN


INÉS: ¿Habéis sabido, Beltrán,
la casa?
BELTRÁN: Ya la he sabido.
INÉS: ¡Oh, cielos! ¡Hayan mentido
nuevas que tan mal me están!
¡Que las señales desmienten
defetos tan desiguales!
BELTRÁN: No des crédito a señales,
si las de¡ Marqués te mienten.

Vanse


MARQUÉS: ¿De una vista, niño ciego,
dejas un alma rendida?
¿De una flecha, tanta herida
y de un rayo, tanto fuego?
¡Loco estoy! Ni resistir
ni desistir puedo ya;
todo mi remedio está
sólo en vencer o morir.

Sale el conde CARLOS


CARLOS: Marqués amigo, ¿sabéis
el cartel que he publicado?
MARQUÉS: Y me cuesta más cuidado
del que imaginar podéis.
CARLOS: ¿Por qué?
MARQUÉS: En vuestro desafío
tenéis por opositor
a vuestro amigo el mayor.
CARLOS: El mayor amigo mío
sois vos, Marqués.
MARQUÉS: Pues yo soy.
CARLOS: ¿Qué decís?
MARQUÉS: Cuanto me pesa
sabe Dios. Con la Marquesa
declarado, Conde, estoy;
después de estarlo he tenido
nuevas de vuestra intención;
si, salvando mi opinión
y sin que entiendan que ha sido
el desistir cobardía,
puedo hacerlo, vos el modo
trazad, pues siempre es en todo
vuestra voluntad la mía;
que, pues por vos he olvidado,
tras de dos años de amor,
a doña Blanca, mejor
de este tan nuevo cuidado
se librará el alma mía;
aunque, si el pecho os confiesa
lo que siente, la Marquesa
ha encendido en sólo un día
más fuego en mi corazón
que doña Blanca en dos años.
Mas libradme de los daños
que amenazan mi opinión
si desisto de este intento,
y veréis si mi amistad
tropieza en dificultad
o repara en sentimiento.
CARLOS: Culpados somos los dos,
Marqués, igualmente aquí;
que el recataros de mí
y el recatarme de vos
en esto, nos ha traído
a lance tan apretado;
que uno y otro está obligado
a acabar lo que ha emprendido.
MARQUÉS: Yo no soy culpado en eso;
que no quise publicar
mi intento por no quedar
corrido de mal suceso;
y con esta prevención,
que pienso que fue prudente,
a doña Inés solamente
declaré mi pretensión.
Y sabe Dios que mi intento
fue quererme divertir
de doña Blanca y cumplir
vuestro justo mandamiento.
Y el cielo, Conde, es testigo
que, aunque en el punto que vi
a la Marquesa perdí
la libertad, fue conmigo
de tanto efeto el oír
que érades también su amante,
que de mi intento al instante
determiné desistir;
mas ella, que no confía
tanto de humana amistad,
lo que fue fidelidad
atribuyó a cobardía;
y ésta es precisa ocasión
de proseguir: que si es justo,
Conde, preferir al gusto
la amistad, no a la opinión.
CARLOS: Con lo que os ha disculpado
me disculpo: yo, ignorante
de que fuésedes su amante,
el cartel he publicado.
No puedo con opinión
de este empeño desistir;
que no lo ha de atribuir
a amistad la emulación.
MARQUÉS: Eso supuesto, mirad,
Conde, lo que hemos de hacer.
CARLOS: Competir, sin ofender
las leyes de la amistad.
MARQUÉS: Tened de mí confïanza,
que siempre seré el que fui.

Vase


CARLOS: Y fïad que no haga de mí
la competencia mudanza.
¿Cuándo, ingrata doña Inés,
ha de cesar tu crueldad?
Cuando ya, por mi amistad,
mudaba intento el Marqués,
¿le obligaste al desafío,
por darme pena mayor?
¿Qué le queda a tu rigor
que emprender en daño mío?

Sale BELTRÁN


BELTRÁN: ¡Famoso Conde!
CARLOS: ¡Beltrán!
¿Qué hay del examen?
BELTRÁN: Señor,
hoy de todo pretensor
los méritos se verán.
CARLOS: ¿Qué ha sentido la Marquesa
del cartel que he publicado?
BELTRÁN: La gentileza ha estimado
con que vuestro amor no cesa
de obligarla.
CARLOS: Su rigor
a lo menos no lo muestra.
BELTRÁN: No os quejéis; que culpa es vuestra
conquistar ajeno amor,
ingrato a quien os adora
y por vos vive muriendo.
CARLOS: ¿Qué decís, que no os entiendo?
BELTRÁN: La Marquesa, mi señora,
lo sabe ya todo: en vano
os hacéis desentendido.
CARLOS: ¡Decid, por Dios! ¿Qué ha sabido?
Del secreto os doy la mano,
si es que os recatáis por eso.
Solos estamos los dos.
BELTRÁN: Ha sabido que por vos
pierde doña Blanca el seso.
CARLOS: ¿Qué doña Blanca?
BELTRÁN: De Herrera,
la hija de don Fernando.
CARLOS: Lo que os estoy escuchando
es ésta la vez primera
que a mi noticia llegó.
BELTRÁN: ¡Bien, por Dios!
CARLOS: Él es testigo
de que la verdad os digo.
BELTRÁN: Pues, que lo sepáis o
no, por vos vive en tal
tormento y en tanto fuego abrasada
Blanca, que desesperada
quiere entrarse en un convento.
CARLOS: ¿Por mí?
BELTRÁN: Por vos.
CARLOS: Mirad bien
que os engañáis.
BELTRÁN: Ni yo dudo
quién sois, ni engañarse pudo
quien lo dijo.
CARLOS: ¿Pues de quién
lo sabéis que no podía
engañarse?
BELTRÁN: Helo sabido
de una crïada, que ha sido
de quien ella más se fía.
CARLOS: Otra vez vuelvo a juraros
que he estado ignorante de ello.
BELTRÁN: Bien puede, sin entendello
vos, doña Blanca adoraros;
que esas partes fortaleza
mayor pueden sujetar,
y ella de honesta callar,
ciega de amor, su flaqueza,
que sólo os puedo decir
que quien me lo dijo fue
con circunstancias que sé
que no me pudo mentir.
CARLOS: (¿Puede ser esto verdad, Aparte
cielo santo? Puede ser,
que en antojos de mujer
no es ésta gran novedad.
Pero no, el Marqués ha sido
su amante. Mentira es.
Pero bien pudo el Marqués
amarla sin ser querido.
¿Cómo me pudo tener
tanta afición sin mostralla?
Pero como honesta calla,
si adora como mujer.
¿Cómo mi amor la conquista
sin comunicar con ella?
Pero la honrada doncella
tiene la fuerza en la vista.
Marquesa, si esto es verdad,
al cielo tu sinrazón
ofende, y me da ocasión
de castigar tu crueldad.
Será de mí celebrada
Blanca, principal y hermosa.
Quizá pagarás celosa
lo que niegas confïada.
Mas, ¿qué haré? Que el desafío
me tiene empeñado ya.
El mismo ocasión me da
para el desagravio mío:
yo haré que tu confïanza,
si el cielo me da vitoria,
donde espera mayor gloria,
me dé a mí mayor venganza.)
Adiós, Beltrán.
BELTRÁN: Conde, adiós.
CARLOS: Mi pretensión ayudad.
BELTRÁN: Ya sabéis mi voluntad.
CARLOS: Confïado estoy de vos.

Vase


BELTRÁN: Lo que manda la Marquesa
comencemos a ordenar.

Pone papeles sobre un bufete, y recado de escribir
y un libro


¡Cielos! ¿En qué ha de parar
tan dificultosa empresa?

Sale CLAVELA con manto


CLAVELA: (Dicen que un loco hace ciento Aparte
y ya, por la ceguedad
de Blanca, en mí la verdad
del refrán experimento.
Oblígame a acreditar
su enredo con otro enredo.
Éste es Beltrán. Aquí puedo
su intención ejecutar.)
Suplícoos que me digáis
dónde hallaré un gentilhombre
de esta casa, cuyo nombre
es Beltrán.
BELTRÁN: Con él estáis.
CLAVELA: ¿Vos sois?
BELTRÁN: Yo soy.
CLAVELA: Buen agüero
del dichoso efeto ha dado,
haberos luego encontrado,
a lo que pediros quiero.
BELTRÁN: ¿En qué os puedo yo servir?
CLAVELA: Es público que se casa
la señora de esta casa.
Dicen que ha de recebir
más crïadas y quisiera,
pues tanto podéis, que fuese,
para que me recibiese,
vuestra piedad mi tercera;
que ni por padres honrados,
ni por buena fama creo
que desprecie mi deseo.
En labores y bordados
hay en la corte muy pocas
que me puedan igualar;
si me pongo a aderezar
valonas, vueltas y tocas,
no distingue, aunque lo intente,
la vista más atrevida,
si son de gasa bruñida
o de cristal transparente;
y si de lo referido
pretendéis certificaros,
será fácil informaros
de la casa en que he servido;
que su madre del Marqués
don Fadrique es buen testigo
de las verdades que digo.
BELTRÁN: (Esta ocasión, cielos, es Aparte
la que buscar he podido,
para informarme de todo
lo que pretendo.) ¿De modo
que habéis, señora, servido
a la Marquesa?
CLAVELA: Diez años.
BELTRÁN: ¿Por qué causa os despidió
de su servicio?
CLAVELA: (¡Cayó Aparte
en la red de mis engaños!)
Si os he de decir verdad,
me habéis de guardar secreto.
BELTRÁN: Decid; que yo os lo prometo.
CLAVELA: Conquistó mi honestidad
su hijo el Marqués de suerte
que me despedí por él,
y por eximirme de él
tuviera en poco la muerte.
BELTRÁN: ¿Por qué? Decid.
CLAVELA: Yo me entiendo.
BELTRÁN: ¿No lo fïaréis de mí?
(La verdad descubro aquí.) Aparte
CLAVELA: (¡En el lazo va cayendo!) Aparte
No es oro todo, Beltrán
lo que reluce. Secretos
padece algunos defetos,
aunque le veis tan galán,
que da vergüenza el contarlos.
¡Mirad qué será el tenerlos!
BELTRÁN: ¿Y no puedo yo saberlos,
supuesto que he de callarlos?
CLAVELA: Pues os he dicho lo más,
y pues pretendo obligaros,
tengo de lisonjearos
diciéndoos lo que jamás
mis labios han confesado.
Tiene el Marqués una fuente;
y el mayor inconveniente
no es éste de ser amado.
BELTRÁN: ¿Pues cuál?
CLAVELA: En una ocasión
que me halló sola, en los lazos
me prendió de sus dos brazos,
y en la amorosa cuestión,
a mis labios atrevido,
con su aliento me ofendió
tanto, que me mareó
el mal olor el sentido.
Por esto y por la opinión
que tiene de mentiroso,
hablador y jactancioso,
tomé al fin resolución
de resistir y de huir
el ciego amor que le abrasa
por mí; y así de su casa
me fue forzoso salir.
BELTRÁN: Decidme, ¿cómo os llamáis?
CLAVELA: Es mi nombre Ana María.
BELTRÁN: ¿Dónde vivís?
CLAVELA: Una tía
me alberga; mas pues tomáis
mi cuidado a cargo vos,
al mío queda el buscaros.
BELTRÁN: Importa no descuidaros.
CLAVELA: Dios os guarde.
BELTRÁN: Guárdeos Dios.
CLAVELA: (Fuerza es que al fin se declare Aparte
la verdad; mas haga el daño
que hacer pudiere el engaño,
y dure lo que durare.)

Vase


BELTRÁN: Con tan clara información,
las faltas son ciertas ya
del Marqués, y perderá
por ellas su pretensión.

Sale doña INÉS



INÉS: ¿Tenéis, Beltrán, prevenidos
los memoriales?
BELTRÁN: Dispuestos
están como has ordenado.
INÉS: Pues llegad, llegad asientos.
Sentáos, Beltrán. El examen
en nombre de Dios empiezo.

Siéntanse al bufete con un libro y
memoriales


BELTRÁN: Este billete, señora,
es de don Juan de Vivero.
INÉS: Breve escribe. Dice así,

Lee


"Si os mueven penas, yo muero"
Esto de muero es vulgar;
mas por lo breve es discreto.
BELTRÁN: Hecha tengo su consulta.
INÉS: Decid.

Lee en el libro


BELTRÁN: "Don Juan de Vivero,
mozo, galán, gentilhombre,
y en sus acciones compuesto;
seis mil ducados de renta;
galiciano caballero.
Es modesto de costumbres,
aunque dicen que fue un tiempo
a jugar tan inclinado,
que perdió hasta los arreos
de su casa y su persona;
pero ya vive muy quieto."
INÉS: El que jugó jugará;
que la inclinación al juego
se aplaca, mas no se apaga.
Borralde.
BELTRÁN: Ya te obedezco.
INÉS: Proseguid.
BELTRÁN: Éste es don Juan
de Guzmán, noble mancebo.
Dale un papel a INÉS


INÉS: ¿No es éste el que ayer traía
una banda verde al cuello?
BELTRÁN: Ése mismo.
INÉS: Pues yo dudo
que escape de loco o necio;
que preciarse de dichosos
nunca ha sido acción de cuerdos.

Lee INÉS


"En tanto que el máximo planeta en giro veloz
ilustre el orbe, y sus piramidales rayos iluminan
mis vítreos ojos...".

¡Oh, qué fino mentecato!
BELTRÁN: ¡Y qué puro majadero!
INÉS: ¡A una mujer circunloquios
y no usados epitetos!
BELTRÁN: ¿Quieres oír su consulta?
INÉS: No, Beltrán; borralde presto,
y al margen poned así:

Escribe BELTRÁN en el libro


"Éste se borra por necio.
No se consulte otra vez,
porque es falta sin remedio".
BELTRÁN: Ya está puesto. El que se sigue
es don Gómez de Toledo,
que la cruz de Calatrava
ostenta en el noble pecho.
Hombre que anda a lo ministro,
capa larga y corto cuello,
levantado por detrás
el cuello de ferreruelo,
el paso compuesto y corto,
siempre el sombrero derecho,
y un papel en la pretina;
maduro en años y en seso.
INÉS: Apruebo el seso maduro,
maduros años no apruebo
para en marido, Beltrán.
BELTRÁN: Es maduro, mas no es viejo.
INÉS: Va la consulta.
BELTRÁN: Es Hurtado
de Mendoza.
INÉS: ¿De los buenos?
BELTRÁN: De los buenos.
INÉS: Será vano.
BELTRÁN: Es pobre.
INÉS: Serálo menos.
BELTRÁN: Tiene esperanza de ser
de una gran casa heredero.
INÉS: No contéis por caudal proprio
el que está en poder ajeno;
y más donde el morir antes
o después es tan incierto.
BELTRÁN: Pretende oficios.
INÉS: ¿Pretende?
¡Triste de él! ¿Tenéis por bueno
para mi marido a quien
ha de andar siempre pidiendo?
BELTRÁN: Un virreinato pretende.
INÉS: ¿Virreinato cuando menos?
¡Mirad si digo que es vano!
BELTRÁN: Tiene, para merecerlo,
innumerables servicios.
INÉS: A maravedís los trueco;
que méritos no premiados
son litigiosos derechos.
BELTRÁN: Sólo entre sus buenas partes
se le conoce un defeto.
INÉS: ¿Cuál?
BELTRÁN: Es colérico adusto.
INÉS: ¡Peligroso compañero!
BELTRÁN: Mas dicen que aquella furia
se le pasa en un momento,
y queda apacible y manso.
INÉS: Si con el ardor primero
me arroja por un balcón,
decidme, ¿de qué provecho,
después de haber hecho el daño
será el arrepentimiento?
BELTRÁN: ¿Borrarélo?
INÉS: Sí, Beltrán;
que elegir esposo quiero
a quien tenga siempre amor,
no a quien siempre tenga miedo,
BELTRÁN: Ya está borrado. Consulta

Lee en el libro

de don Alonso...
INÉS: Ya entiendo.
BELTRÁN: Éste tiene nota al margen,
que dice. "Merced le han hecho
de un hábito, y no ha salido.
Consultéseme en saliendo".
INÉS: ¿Ha salido?
BELTRÁN No, señora.
INÉS: Harta lástima le tengo.
Beltrán, el que hábito pide,
más pretende, según pienso,
dar muestra de que es bienquisto,
que no de que es caballero.
Adelante.
BELTRÁN: Don Guillén
de Aragón se sigue luego,
de buen talle y gentil brío;
sobre un condado trae pleito.
INÉS: ¿Pleito tiene el desdichado?
BELTRÁN: Y dicen que con derecho;
que sus letrados lo afirman.
INÉS: Ellos, ¿cuándo dicen menos?
BELTRÁN: Gran poeta.
INÉS: Buena parte,
cuando no se toma el serlo
por oficio.
BELTRÁN: Canta bien.
INÉS: Buena gracia en un soltero,
si canta sin ser rogado,
pero sin rogar con ello.
BELTRÁN: En latín y griego es docto.
INÉS: Apruebo el latín y el griego;
aunque el griego, más que sabios,
engendrar suele soberbios.
BELTRÁN: ¿Qué mandas?
INÉS: Que se consulte,
si saliere con el pleito.
BELTRÁN: El que se sigue es don Marcos
de Herrera.
INÉS: Borraldo luego;
que don Marcos y don Pablo,
don Pascual y don Tadeo,
don Simón, don Gil, don Lucas,
que sólo oírlos da miedo,
¿cómo serán si los nombres
se parecen a sus dueños?
BELTRÁN: Del marques napolitano
la consulta te refiero.
INÉS: Beltrán, títulos de Italia
son moneda de otro reino,
y no quiero yo marido
que ande con los caballeros
de España sobre llamarle
señoiía, siempre a pleito.
Voluntarias señorías
son forzosos sentimientos,
que hay hidalgo presumido,
de montañés abolengo,
que por darles a los tales
con la merced, por momentos
se les hará encontradizo.
BELTRÁN: Bórrolo, pues, y te leo
los méritos y consulta
del conde don Juan.
INÉS: Ya entiendo.
BELTRÁN: Es andaluz, y su estado
es muy rico y sin empeño,
y crece más cada día,
que trata y contrata.
INÉS: Eso
en un caballero es falta;
que ha de ser el caballero
ni pródigo de perdido,
ni de guardoso avariento.
BELTRÁN: Dicen que es dado a mujeres.
INÉS: Condición que muda el tiempo.
Casará y amansará
al yugo del casamiento.
BELTRÁN: No es puntüal.
INÉS: Es señor.
BELTRÁN: Mal pagador.
INÉS: Caballero.
BELTRÁN: Avalentado.
INÉS: Andaluz.
BELTRÁN: Es viudo.
INÉS: Borralde presto;
que quien dos veces se casa,
o sabe enviudar o es necio.
BELTRÁN: El Conde Carlos se sigue.
Éste tiene gran derecho,
que es noble, rico y galán,
y de muchas gracias lleno.
INÉS: Sí; mas tiene una gran falta.
BELTRÁN: ¿Y cuál es?
INÉS: Que no le quiero.
BELTRÁN: ¿Borrarélo?
INÉS: No, Beltrán,
ni lo borro ni lo apruebo.
BELTRÁN: Sólo el Marqués don Fadrique
resta ya. Sus partes leo.
INÉS: Decidme; ¿qué información
hallastes de los defetos
que aquella mujer me dijo?
BELTRÁN: ¡Que son todos verdaderos!
INÉS: ¿Que son ciertos?
BELTRÁN: Ciertos son.

Levántase derribando el bufete


INÉS: Pues borralde... Mas, ¡teneos!
No le borréis; que es en vano,
entre tanto que no puedo,
como su nombre en el libro,
borrar su amor en el pecho.

Vase


BELTRÁN: Con las tablas de la ley
diste, señora, en el suelo.
No hallarás perfeto esposo;
que caballo sin defeto,
quien lo busca, desconfía
de andar jamás caballero.

*****

Jornada tercera



Dentro ruido de cascabeles y atabales. Salen
HERNANDO por una puerta, y por otra OCHAVO


HERNANDO: ¡Vítor el Conde Carlos! ¡Vítor!
OCHAVO: ¡Cola!
¡El Marqués don Fadrique, vítor!
HERNANDO: ¡Mientes!
OCHAVO: Lacayo vil, ¿tu lengua niega sola
lo que afirman conformes tantas gentes?
HERNANDO: Tú, como infame, mientes por la gola;
que no han sido los votos diferentes
en dar al Conde Carlos la vitoria.
OCHAVO: El premio nos dirá cúya es la gloria.
HERNANDO: Más entiendes de vinos que de lanzas.
Llevóse el Conde Carlos la sortija
dos veces, ¿y te quedan esperanzas
de que a tu dueño la Marquesa elija?
OCHAVO: ¡Triste, que ni el primero punto alcanzas
de vinos ni de lanzas! No colija
tu pecho de eso el lauro que te ofreces;
que el Marqués la ha llevado otras dos veces
HERNANDO: El Conde, por ventura, en el torneo,
¿en todo no ha quedado ventajoso?
OCHAVO: 0 estás loco, o te miente tu deseo.
¿El premio no llevó de más airoso
el Marqués, mi señor?

Miran adentro


HERNANDO: Al Conde veo
que el premio dan.
OCHAVO: No estés presuntüoso;
que otro dan al Marqués.
HERNANDO: ¿Hay tal sentencia?
¡Que igualen tan notoria diferencia!
OCHAVO: Juzgólo el Almirante, y corresponde
a quien es.
HERNANDO: Será un necio quien replique.
OCHAVO: Su premio guarda en la urna blanca el Conde
HERNANDO: Y el suyo le presenta don Fadrique
a la Marquesa.
OCHAVO: Gran misterio esconde,
y rabio por saber qué signifique.
En balcón blanco, que al del alba imita,
blanca urna en que los premios deposita.
HERNANDO: A su tiempo dirá. La fiesta ha dado
fin; la Marquesa deja la ventana.
OCHAVO: Y ya nuestros dos dueños han dejado
sus dos caballos.
HERNANDO: Hoy el Conde gana
la vitoria del bien que ha deseado.
OCHAVO: Hoy goza de su prenda soberana
el Marqués.
HERNANDO: Ellos vienen.
OCHAVO: Pues veamos
cómo se hablan agora nuestros amos.

Salen el conde CARLOS y el MARQUÉS,
aderezados de sortija el conde de blanco, y el MARQUÉS de
verde


CARLOS: Marqués, mil norabuenas quiero daros
del aire, de la gala y bizarría
con que corrido habéis. Pudo invidiaros
en todo el mismo autor del claro día.
MARQUÉS: El alabarme, Conde, es alabaros;
lisonja es vuestra la lisonja mía,
que si a vos sólo merecí igualarme,
gusto que os alabéis con alabarme.
OCHAVO: ¡Qué honrado competir!
CARLOS: Fue la sentencia
como de tal señor.
MARQUÉS: El Almirante
honra como quien es.
OCHAVO: ¿Quién competencia
tan noble ha visto en uno y otro amante?
CARLOS: Marqués, pediros quiero una licencia.
MARQUÉS: Si soy vuestro, y no tiene semejante
la amistad que profeso yo teneros,
sólo os puedo negar el concederos.
¿Licencia puedo dar a quien de todo
es dueño, a quien gobierna mí albedrío?
Tomalda, Conde, vos; que de ese modo
os puedo dar lo que tenéis por mío;
y para daros a entender del todo
cuánto soy vuestro y cuánto en vos confío,
si sin pedirla no queréis tomarla,
yo, sin saberla, tengo de otorgarla.
CARLOS: Sólo quiero saber...
MARQUÉS: No digáis nada,
o mi amistad de vos será ofendida.
CARLOS: ¿Amáis a la Marquesa?
MARQUÉS: No es amada
en su comparación de mí la vida.
CARLOS: ¿Y Blanca?
MARQUÉS: Es ya de mí tan olvidada,
que aun haberla querido se me olvida.
CARLOS: Con eso tomo la licencia, amigo.
Hago lo que mandáis, y no os lo digo.

Vanse el conde CARLOS y HERNANDO


OCHAVO: Por Dios, señor, que has andado
tan gallardo y tan lucido,
que la invidia ha enmudecido,
la soberbia te ha invidïado.
Bien puede el Conde alabarse
de ser vencido.
MARQUÉS: Eso no;
ni pude vencerlo yo,
ni quien lo juzgó engañarse.
OCHAVO: Eso sí; que es señal clara
de los nobles corazones
igualar en las razones
las espaldas con la cara.
MARQUÉS: Al cuarto de doña Inés
hemos llegado.
OCHAVO: Ella viene.

Salen doña INÉS, BELTRÁN y
MENCÍA


INÉS: (¡Ah, cielos! ¿Qué imperio tiene Aparte
en mi albedrío el Marqués,
que en viéndole, mi deseo
pone al instante en olvido
las faltas que dél he oído,
por las partes que en él veo?)
MARQUÉS: Huélgome, hermosa señora,
que abreviaréis la elección,
pues dos solamente son
los que os compiten agora;
porque a los demás, vencidos,
la suerte los excluyó.
El Conde Carlos y yo
quedamos para eligidos.
Iguales nos han juzgado
en la sortija y torneo.
No sé yo si su deseo
iguala con mi cuidado;
sé que si me vence a mí
en la gloria que pretendo,
tengo de mostrar, muriendo,
lo que amando merecí.
INÉS: No importa, Marqués, que vos
y el Conde solos quedéis
para abreviar, cuando veis
que el ser iguales los dos
me pone en más confusión;
porque en muchos desiguales,
más fácil que en dos iguales
se resuelve la elección.
Pero ya prevengo un medio
con que me he de resolver.
(Dilaciones son, por ver Aparte
si el tiempo me da remedio.)
OCHAVO: ¿Cuándo, enemiga Mencía,
tu dureza he de ablandar?
¡Que no te quieras casar!
Sólo en mi daño podía
tan gran novedad hallarse;
pues para darme querella,
eres la primer doncella
que no rabia por casarse.
MENCÍA: Sí quiero; mas no te quiero.
OCHAVO: Pues si por mí no lo acabo,
puédalo el llamarme Ochavo;
que eres mujer, y es dinero.
MENCÍA: (¡Que no puedo yo librarme Aparte
de este amante porfïado!
Mas sí puedo. De su enfado
una burla ha de vengarme.)
¿Diré, Ochavo, la verdad?
OCHAVO: Díla, si es en mi favor.
MENCÍA: Tu amor pago con amor.
OCHAVO: ¿De veras?
MENCÍA: Mi voluntad
esta noche ha de dar fin
a tu firme pretensión.
OCHAVO: ¿Mas qué tenemos? ¿Balcón,
o puerta falsa, o jardín?
MENCÍA: No tanto lo que desea
mi ciego amor dificulta.
Ese tafetán oculta,
Ochavo, una chimenea.
Escóndete en ella, agora
que en plática están los tres
divertidos; que, después
que se acueste mi señora,
yo, que soy su camarera,
saldré a esta cuadra, y tendrás
de lo que oyéndome estás
información verdadera.
OCHAVO: Al paso que se desea,
se duda y se desconfía.
Obedézcote, Mencía,
y doyme a la chimenea.

Vase


MARQUÉS: ¿Los ingenios intentáis
examinarnos?
INÉS: Si iguales
los méritos corporales
a los del alma juzgáis,
erráislo; y se precipita
la que así no se recata;
que con el alma se trata,
si con el cuerpo se habita.
MARQUÉS: ¡Ay, mi bien! Que no lo siento
porque me causa temor;
que en las alas de mi amor
volará mi entendimiento.
Siéntolo, Inés, porque veo
que son todas dilaciones,
solicitando ocasiones
de no premiar mi deseo.
Mirad que muero de amor.
INÉS: ¡Qué mal, Marqués, lo entendéis!
Las dilaciones que veis
son sólo en vuestro favor;
que nadie en mi pensamiento
os hace a vos competencia;
sólo está de mi sentencia
en vos el impedimento.
MARQUÉS: ¡Declárate! ¿Así te vas?
INÉS: Basta, Marqués, declararos
que ni puedo más amaros
ni puedo deciros más.

Vase doña INÉS con MENCÍA


MARQUÉS: ¡Cielos! ¿Qué es esto? Sacad,
Beltrán, de esta confusión
mi afligido corazón.
BELTRÁN: Sabe Dios mi voluntad;
mas hame puesto preceto
del silencio doña Inés,
y no querréis vos, Marqués,
que os revele su secreto.
MARQUÉS: (De la vil emulación Aparte
sin duda nace este engaño,
y puede más en mi daño
la envidia que la razón.
Mas, ¿por que, enemiga ingrata,
me matas con encubrirlo?
Matárasme con decirlo,
pues el callarlo me mata.)

Vase el MARQUÉS


BELTRÁN: Sáquennos con bien los cielos
de intento tan peligroso.

Sale INÉS


INÉS: ¿Fuese?
BELTRÁN: Corrido y quejoso,
ardiendo en cólera y celos.
Y tiene, por Dios, razón,
si atenta lo consideras;
que declararle pudieras
de su daño la ocasión.

OCHAVO se asoma al paño y escucha


INÉS: Bien lo quisieran mis males;
pero nadie, si es discreto,
dice al otro su defeto;
y los del Marqués son tales,
que la vergüenza no deja
referirlos, y es más sabio
intento excusar su agravio,
que satisfacer su queja.

Escucha OCHAVO desde el paño


OCHAVO: (¿Qué serán estos defetos?) Aparte
INÉS: Decid: ¿quién, si en la opinión
del Marqués al mundo son
sus defetos tan secretos
que eso le da confïanza,
le dirá faltas tan feas?
BELTRÁN: Yo, señora, si deseas
no dar causa a su venganza.
Porque tener una fuente
es enfermedad, no error;
de la boca el mal olor
es natural accidente,
el mentir es liviandad
de mozo, no es maravilla,
y vendrán a corregilla
] la obligación y la edad.
Éstos sus defetos son;
pues él los pregunta, deja
que yo mitigue su queja
y aclare su confusión.
OCHAVO: (¡Hay tal cosa!) Aparte
INÉS: Mal sabéis
cuánto amarga un desengaño.
Aunque remediéis su daño
con eso, le ofenderéis;
que aun los públicos defetos
hace, quien los dice, ofensa.
¿Qué será si el Marqués piensa
que los suyos son secretos?
Si son ciertos, la razón
con que le dejo verá,
o el tiempo descubrirá
la verdad, si no lo son;
que a esto sólo mi cuidado
con la dilación aspira.
BELTRÁN: Señora, si ella es mentira,
¡lindamente la han trazado!
INÉS: ¿Qué ocasión a la crïada
de Blanca pudo mover
a mentir?

Vase doña INÉS


BELTRÁN: Toda mujer
es a engañar inclinada.

Vase BELTRÁN



OCHAVO: ¿Esto pasa? ¿Que escondido
tanto mal tenga el Marqués?
¿Que lo sepa doña Inés,
y yo no lo haya sabido?
¿Quién puede haber que lo crea?
¿Que de mentiroso tiene
opinión?... Mas gente viene;
vuélvome a la chimenea.

Vase. Salen BLANCA y CLAVELA, a la ventana


CLAVELA: ¿Qué querrá tratar contigo
el Conde Carlos?
BLANCA: Él es,
como sabes, del Marqués
don Fadrique fiel amigo,
y decirme de su parte
alguna cosa querrá.
CLAVELA: ¿Si está arrepentido ya
de mudarse y de agraviarte?
BLANCA: No vuela con tanto aliento
mi esperanza.
CLAVELA: Pues, señora,
¿quieres saber lo que agora
me ha dictado el pensamiento?
BLANCA: Dilo.
CLAVELA: El Conde te ha mirado
en la sortija y torneo
tanto, que de algún deseo
me da indicio su cuidado.
BLANCA: ¿Eso dices, cuando ves
que es doña Inés su esperanza?
CLAVELA: ¿No hay en el amor mudanza?
BLANCA: Siendo amigo del Marqués,
¿he de creer que pretende
las prendas que él adoró?
CLAVELA: Si ya el Marqués te olvidó,
con amarte, ¿qué le ofende,
supuesto que es tan usado
en la corte suceder
el amigo en la mujer
que el otro amigo ha dejado,
sin que esta ocasión lo sea
para poder dividirlos?
Que dicen que esos puntillos
son para hidalgos de aldea.
BLANCA: Presto el misterio que esconde
su venida y su intención
conoceré. Hacia el balcón
viene un hombre.
CLAVELA: Será el Conde.

Sale el conde CARLOS, de noche


CARLOS: (Amor, como son divinos, Aparte
son tus intentos secretos,
pues dispensas tus efetos
por tan ocultos caminos.
¿Quién pensara que la fama
de que a Blanca doy cuidado,
hubiera en mí despertado
tan nueva amorosa llama,
que funde ya mi esperanza
en ella su dulce empleo,
y prosiga mi deseo
lo que empezó mi venganza?
De amar es fuerte incentivo
ser amado; que el rigor
mata el más valiente amor
y apaga el ardor más vivo.
Mas ya Blanca en su balcón
me espera. ¡Qué puntüal!
Es fuego el amor, y mal
se encubre en el corazón.)

¿Es Blanca?
BLANCA: ¿Es Carlos?
CARLOS: Soy, señora mía,
el hombre más dichoso
de cuantos ven la luz del claro día;
si bien estoy quejoso
del tiempo que el recato me ha tenido
oculto el alto bien que he merecido.
BLANCA: No os entiendo.
CARLOS: Señora,
baste el silencio, baste el sufrimiento;
dos años basten ya que el pensamiento,
sin producir acciones,
ardiendo reprimió vuestras pasiones.
BLANCA: Hablad; que menos os entiendo agora.
CARLOS: En vano es, Blanca, ya vuestro recato.
Declararos podéis; no soy ingrato.
BLANCA: Vos, Conde, os declarad.
CARLOS: Cuando la fama
publica ya, partera,
que el sol ha iluminado
dos veces ya los signos de su esfera,
después que arde en mi amor vuestro cuidado
y que os obliga la desconfïanza
de ser mi dulce esposa, a la mudanza
del secular al religioso estado,
¿os preciáis de secreta y recatada,
porque tal gloria goce yo penada?

Hablan aparte doña BLANCA y
CLAVELA


BLANCA: Este daño resulta de mi engaño.
CLAVELA: No es, si ganas al Conde, mucho el daño.
CARLOS: ¿Por ventura teméis que el pecho mío
no os corresponda, Blanca? ¿Por ventura
--demás que esa beldad os asegura
la vitoria del más libre albedrío--
no os han dicho mis ojos,
mis colores, divisas y libreas,
mis ardientes enojos?
En lo blanco y lo verde, ¿quién no alcanza
que di a entender que es Blanca mi esperanza
¿No adorné en la sortija y el torneo
de blanco una ventana? ¿Y puesta en ella
no vistes la urna breve,
émula de la nieve,
mostrando por enigmas mi deseo,
poniendo en ello del marcial trofeo
los premios que gané, con que mostraba
que a esa blanca deidad los dedicaba?
En las cañas, ¿mi adarga en campo verde
no llevaba una blanca,
cuya letra en el círculo decía,
"Trueco a una Blanca la esperanza mía"?
Tras esto, ¿yo no vengo ya rendido?
Pues, mi bien, ¿qué os impide o qué os enfrena
de sacarme y salir de tanta pena?

Hablan aparte CLAVELA y doña BLANCA


CLAVELA: Goza de la ocasión, señora mía;
que rabio ya por verte señoría.
BLANCA: (¿Qué recelo? ¿Qué dudo? Aparte
¿Con qué medio mejor la suerte pudo
disponer mi remedio y mi venganza?
¡Pague el Marqués mi agravio y su mudanza!)
Conde, ya llegó el tiempo que mi pecho,
de las verdades vuestras satisfecho,
descanse de sus penas;
que si llegaba el fuego a las almenas
antes de ser pagado,
¿qué será cuando veo
que el vuestro corresponde a mi deseo?
CARLOS: ¿Que alcanzo tanta gloria?
BLANCA: Ha mucho que gozáis esta vitoria.
Mas, Conde, gente viene, y es muy tarde.
Tratadlo con mi padre, y Dios os guarde.

Vanse doña BLANCA y CLAVELA


CARLOS: Adiós, querida Blanca. ¡Amor, vitoria!
¿Qué gracias te daré por tanta gloria,
pues en un punto alcanza
mi amor de Blanca amor, de Inés venganza?

Sale el MARQUÉS, de noche


MARQUÉS: ¿Es el Conde?
CARLOS: ¿Es el Marqués?
MARQUÉS: ¡Vos tan tarde, Conde, aquí?
CARLOS: Sí, que os solicito así,
la dicha de doña Inés.
MARQUÉS: ¿Cómo?
CARLOS: La mano le doy,
si vos licencia me dais,
MARQUÉS: Al cuello me echáis,
Conde, nuevos lazos hoy;
pues aunque el amor cesó,
la obligación del deseo
de su merecido empleo
viva en el alma quedó.
Pues en tan noble marido
mejorada suerte alcanza,
no se queje su esperanza
de que mi mano ha perdido.
CARLOS: (Esto es bueno, ¡para haber Aparte
dos años que a mí me adora
doña Blanca!) Nadie agora
os queda ya que temer.
MARQUÉS: ¡Ay de mí, Conde, que es vano
vuestro cuidado y el mío,
cuando alcanzar desconfío
de la Marquesa la mano!
Que de sus labios oí
--ved si con causa lo siento--
que estaba el impedimento
de alcanzarla sólo en mí.
No dijo más la crüel.
Conde, solo estáis conmigo,
mi amigo sois, y el amigo
es un espejo fïel.
En vos a mirarme vengo.
Sepa, yo, Carlos, de vos,
por vuestra amistad, por Dios,
¿qué secreta falta tengo,
que cuando a mí se me esconde,
la sabe Inés? ¿Por ventura
de mi sangre se murmura
alguna desdicha, Conde?
Habladme claro. Mirad
que he de tener, ¡vive Dios!
si esto no alcanzo de vos,
por falsa vuestra amistad.
CARLOS: Estad, Marqués, satisfecho,
que a saberlo, os lo dijera;
y si no es la envidia fiera
la que tal daño os ha hecho,
el ingenio singular
de Inés me obliga a que arguya
que ésa es toda industria suya,
con que intentando no errar
la elección, os obligó
a que os miréis y enmendéis,
si algún defeto tenéis
que vos sepáis, y ella no.
Mas si de vuestra esperanza
marchita el verdor lozano
la envidia infame, esta mano
y este pecho a la venganza
tan airado se previene,
que el mundo todo ha de ver
que nadie se ha de atrever
a quien tal amigo tiene.
MARQUÉS: Bien sabéis vos que os merece
mi amistad esa fineza.
CARLOS: Ya la purpúrea belleza
del alba en perlas ofrece
por los horizontes claros
el humor que al suelo envía.
MARQUÉS: Aquí me ha de hallar el día.
CARLOS: Fuerza será acompañamos.
MARQUÉS: No, Conde; que estos balcones
de Inés quiero que me vean
solo, y que testigos sean
de que en mis tristes pasiones
aguardo aquí solo el día,
solo por más sentimiento,
que la pena y el tormento
alivia la compañía.
Vos es bien que os recojáis.
Descansad, pues sois dichoso.
CARLOS: Mal puedo ser venturoso
mientras vos no lo seáis.

Vase el conde CARLOS. Sale OCHAVO, en lo
más alto del corredor, tiznado


OCHAVO: ¡Gracias a Dios que he salido
ya de esta vaina de hollín!
¡Ah, vil Mencía! Tu fin
burlarme en efeto ha sido.
Al tejado menos alto
de uno en otro bajaré,
porque dé¡ al suelo dé
menos peligroso salto.
MARQUÉS: (Parece que sobre el techo Aparte
de Inés anda un hombre. ¡Cielos!
¿Qué será? ¡Ah, bastardos celos,
qué asaltos dais a mi pecho!
¿De Inés puede ser manchada
tan vilmente la opinión?
No es posible. Algún ladrón
será, o de alguna criada
será el amante. Verélo;
que parece que procura,
disminuyendo la altura,
bajar de uno en otro al suelo.)
OCHAVO: (De aquí he de arrojarme al fin, Aparte
que es el postrer escalón.
¡Válgame en esta ocasión
algún santo volatín!)

Salta al teatro y tiéndese, y el
MARQUÉS pónele la espada al pecho


MARQUÉS: ¡Hombre, tente y di quién eres!
OCHAVO: ¡Hombre, tente tú!, que a mí,
si me ves tendido aquí,
¿qué más tenido me quieres?
MARQUÉS: ¿Es Ochavo?
OCHAVO: ¿Es mi señor?
MARQUÉS: Díme, ¿qué es esto?
OCHAVO: No es nada.
Burla ha sido, aunque pesada;
mas son percances de amor.
MARQUÉS: ¿Cómo?
OCHAVO: Esa crüel Mencía
esta noche me ha tenido
entre el hollín escondido,
y vino al romper del día
diciendo que su señora
su intento había sospechado,
y que con ese cuidado
se estaba vistiendo agora
con su gente, para ver
la casa; yo, que me vi
en tal peligro, salí
como bala, por poder
librarme, por el cañón
de esa ahumada chimenea.
MARQUÉS: ¡Por Dios, que estoy porque vea
tu atrevida pretensión
la pena de tu locura!
¿De casa que me ha de honrar
te atreviste a quebrantar
la opinión y la clausura?
OCHAVO: El amor me ha disculpado;
y basta, señor, por pena
haber, perdiendo la cena,
toda una noche esperado,
y haber el refrán cumplido
de "si pegare, y si no,
tizne", pues que no pegó,
y tan tiznado he salido.
MARQUÉS: Necio, no estoy para oír
tus gracias.
OCHAVO: ¡Yo sí, Marqués,
para decirlas, después
que sin cenar ni dormir
toda la noche he velado!
Mas siempre los males son
por bien, pues por el cañón
no cupiera a haber cenado;
y el descuento está bien llano
que de este trabajo tuve,
pues de no cenar, estuve
para saltar más liviano.
Demás, que lo que he sabido
esta noche me ha obligado
a dar por bien empleado
cuanto mal me ha sucedido.
MARQUÉS: ¿Cómo?
OCHAVO: ¿Lo que algún contrario
tuyo ha sabido de ti,
encubres, Marqués, de mí,
tu amigo y tu secretario?
¿Fuente tienes, y la cura
otro que yo?
MARQUÉS: ¿Fuente yo?
OCHAVO: ¿Doña Inés lo sabe, y no
Ochavo?
MARQUÉS: ¡Hay tal desventura!
¿Eso han dicho a doña Inés?
OCHAVO: Ten paciencia; que otras cosas
más ocultas y afrentosas
le han dicho de ti, Marqués.
MARQUÉS: Acaba, dílas.
OCHAVO: A enfado
dice, señor, que provoca
el aliento de tu boca.
¡Mira tú a quien has besado
sobre ahíto y en ayunas,
o después de comer olla,
ajos, morcilla, cebolla,
habas verdes o aceitunas!
MARQUÉS: ¡Hay tal maldad! Cosas son
que trazan envidias fieras.
OCHAVO: ¡Dichoso tú, si pudieras
dar de ellas información
de lo contrario a tu ingrata!
Mas esto es nada, señor;
lo que falta es lo peor,
y lo que más la recata.
MARQUÉS: El veneno riguroso
me da de una vez.
OCHAVO: Pues, ¿quieres
sabello? Hanle dicho que eres
hablador y mentiroso.
MARQUÉS: ¡Cielos! ¿Qué furias son éstas
que en mí ejecutan sus iras?
¿Qué traiciones, qué mentiras,
con tal ingenio compuestas,
que es imposible que de ellas
darle desengaño intente?
OCHAVO: En fin, ¿tú no tienes fuente?
MARQUÉS: ¿Quieres que en vivas centellas
te abrase mi furia?
OCHAVO: No;
mas, señor, si son mentiras,
efeto son de las iras
que en doña Blanca encendió
el ser de ti desdeñada;
porque, según entendí,
quien esto dijo de ti,
fue de ella alguna crïada.
MARQUÉS: La vida me has dado agora;
que el remedio trazaré
fácilmente, pues ya sé
de estos engaños la autora.
OCHAVO: Pues vámonos a acostar,
en pago de tales nuevas.
MARQUÉS: (Por más máquinas que muevas, Aparte
Blanca, no te has de vengar.)

Vanse OCHAVO y el MARQUÉS. Salen
doña INÉS, BELTRÁN: y MENCÍA


INÉS: Hoy es, Beltrán, ya forzoso
dar fin a mis dilaciones.
BELTRÁN: No te venzan tus pasiones.
Haz al Conde venturoso,
pues en partes ha excedido
a todos.
INÉS: Hoy mi sentencia,
si no es que en la competencia
de ingenios quede vencido,
le da el laurel vitorioso.
MENCÍA: Yo pienso que ha de venir
toda la corte a asistir
al certamen ingenioso.
INÉS: Así tendrá la verdad
más testigos, y el deseo
con que acertar en mi empleo
y cumplir la voluntad
de mi padre he pretendido,
notorio al mundo será.

Salen el conde CARLOS, don JUAN, don GUILLÉN
y don Juan de CUMÁN y el conde ALBERTO


ALBERTO: Aunque del examen ya
doña Inés nos ha exclüido,
no es bien que nos avergüence.
La fiesta podemos ver;
que en elección de mujer
el peor es el que vence.
GUILLÉN: Yo, a lo menos, no he tenido
a infamia el ser reprobado.

JUAN: Yo, por no verme casado,
no siento el haber perdido.

Salen el MARQUÉS y el conde CARLOS por otra
parte, y OCHAVO


CARLOS: ¿Que tal quiso acreditar
la envidia?
MARQUÉS: (Pues ha de ser Aparte
doña Blanca su mujer,
decoro le he de guardar
en callarle que ella ha sido
quien con celosa pasión
se valió de esta invención.)
Una mujer me ha querido,
con las faltas que escucháis,
desacreditar.
CARLOS: Marqués,
daros pienso a doña Inés,
pues vos a Blanca me dais.
MARQUÉS: Tracémoslo, pues.
CARLOS: Dejad
ese cargo a mi cuidado,
que al efeto se ha obligado.
MARQUÉS: Ejemplo sois de amistad.

Salen doña BLANCA, con manto, y don FERNANDO
por otra parte


FERNANDO: ¿No sabré a qué fin pretende
que nos hallemos aquí
el Conde?
BLANCA: Él lo ordena así.
Déjale hacer, que él se entiende;
de su palabra confía.
FERNANDO: De tu esposo me la ha dado.
BLANCA: Pues piensa que esto ha trazado
para mayor honra mía.
MARQUÉS: Ya están en vuestra presencia
los dos de quien vuestro examen
al ingenioso certamen
remite, Inés, la sentencia.
CARLOS: Sólo falta proponer
la materia o la cuestión,
en que igual ostentación
de ingenios hemos de hacer.
INÉS: Generosos caballeros,
en cuyas nobles personas
piden iguales coronas
las letras y los aceros,
den objeto a la cuestión
vuestras mismas pretensiones,
porque con vuestras razones
justifique mi elección.
MARQUÉS: Proponed, pues.
INÉS: Escuchad.
Uno de los dos--no digo
cuál, que no es justo--conmigo
tiene más conformidad;
mas éste, a quien me he inclinado,
padece algunos defetos
tan graves, aunque secretos,
que acobardan mi cuidado;
y por el contrario, hallo
al otro perfeto en todo,
pero yo no me acomodo
con mi inclinación a amallo;
y así, ha de ser la cuestión
en que os habéis de mostrar,
si la mano debo dar
al que tengo inclinación,
aunque defetos padezca,
o si me estará más bien
que el que no los tiene, a quien
no me inclino, me merezca.
Cada cual, pues, la opinión
defienda que más quisiere,
y la parte que venciere
merecerá mi elección,
juzgando la diferencia
cuantos presentes están,
pues con esto no podrán
quejarse de mi sentencia.
CARLOS: (Al Marqués se inclina Inés, Aparte
yo soy el aborrecido.
Ya el ingenio me ha ofrecido
el modo con que al Marqués
la palabra que le he dado
le cumpla.) Yo, con licencia
vuestra, en esta diferencia
defiendo que el que es amado
debe ser el escogido.
MARQUÉS: (¡Cielos!, mi causa defiende Aparte
el Conde; mas él se entiende.
La mano me ha prometido
de Inés; confïado estoy,
que es mi amigo verdadero.
Con su pensamiento quiero
conformarme.) Pues yo soy
de contrario parecer,
y defiendo que es más justo
no seguir el proprio gusto,
y al más perfeto escoger.
INÉS: (Entrambos se han engañado; Aparte
que el Conde sin duda entiende
que le quiero, pues defiende
la parte del que es amado;
y el Marqués, pues la otra parte
defiende, piensa también
que es aborrecido. ¡Oh, quién
pudiera desengañarte!)
CARLOS: Los fundamentos espero
que en favor vuestro alegáis,
Marqués.
MARQUÉS: Digo, pues gustáis
de que hable yo primero.

El matrimonio es unión
de por vida; y quien es cuerdo,
aunque atienda a lo presente,
previene lo venidero.
El amor es quien conserva
el gusto del casamiento;
amor nace de hermosura,
y es hermoso lo perfeto;
luego debe la Marquesa
dar la mano a aquél que, siendo
más perfeto, es más hermoso,
pues haber de amarlo es cierto.
De aquí se prueba también
que aborrecer lo perfeto
y amar lo imperfeto es
accidental y violento;
lo violento no es durable.
Luego es más sabio consejo
al que es perfeto escoger
--pues, dentro de breve tiempo,
trocará en amor constante
su injusto aborrecimiento--
que al imperfeto querido,
si luego ha de aborrecerlo.
Semejantes a las causas
se producen los efetos,
ni obra el bueno como malo,
ni obra el malo como bueno.
Luego un imperfeto esposo
un martirio será eterno,
que, al paso de sus erradas
acciones, irá creciendo.
Y no importa que el amor
venza los impedimentos,
quite los inconvenientes,
y perdone los defetos;
pues nos dice el castellano
refrán, que es breve evangelio,
que "quien por amores casa,
vive siempre descontento."
El gusto cede al honor
siempre en los ilustres pechos;
y las mujeres se estiman
según sus maridos. Luego
su gusto debe olvidar Inés,
pues tendrá, escogiendo
al perfeto, estimación,
y al imperfeto, desprecio.
Indicios da de locura
quien pone eficaces medios
para algún fin, y después
no lo ejecuta, pudiendo.
La Marquesa doña Inés
este examen ha propuesto
para escoger al más digno,
sin que tenga parte en ello
el amor. Luego si agora
no eligiese al más perfeto,
demás de que no cumpliera
el paternal testamento,
indicios diera de loca,
nota de liviana al pueblo,
que murmurar a los malos
y que sentir a los buenos.
ALBERTO: ¡Bien por su parte ha alegado!
JUAN: ¡Fuertes son los argumentos!
GUILLÉN: Oyamos agora al Conde,
que tiene divino ingenio.
CARLOS: Difícil empresa sigo,
pues lo imperfeto defiendo;
pero si el amor me ayuda,
la vitoria me prometo.
Si el amor es quien conserva
el gusto del casamiento,
como propuso el Marqués,
con eso mismo lo pruebo;
que amor para la elección
ha de ser el consejero,
pues del buen principio nace
el buen fin de los intentos.
Y no importa que el querido
padezca algunos defetos,
pues nos advierte el refrán
castellano que lo feo,
amado, parece hermoso,
y es bastante parecello,
pues nunca amor se aconseja
sino con su gusto mesmo.
Aristóteles lo afirma;
Séneca y Platón dijeron
que el amor no es racional
que halla en el daño provecho,
y halla dulzura en lo amargo
San Agustín; según esto,
si en el matrimonio tiene
el Amor todo el imperio,
su locura es su razón,
y es ley suya su deseo.
Lo que él quiere es lo acertado,
lo que él ama es lo perfeto,
lo hermoso, lo que él desea,
lo que él aprueba, lo bueno.
El temor de que después
venga Inés a aborrecerlo,
no importa, que eso es dudoso,
y el amarle agora es cierto.
Para amor no hay medicina
sino gozar de su objeto.
Dícelo en su carta Ovidio,
y en su epigrama Propercio.
Crece con la resistencia,
según Quintiliano; luego
si Inés no elige al que adora,
no tendrá su mal remedio;
antes irá cada día
con la privación creciendo.
Pensar que el aborrecido
vendrá a ser, por ser perfeto,
después amado, es engaño;
que no llega en ningún tiempo,
según Curcio, a amar de veras
quien comenzó aborreciendo.
El amor dice Heliodoro
que no repara en defetos;
la antigüedad nos lo muestra
con portentosos ejemplos.
Pigmaleón, Rodio, Alcides,
a unas estatuas quisieron;
Pasifé a un toro, y a un pez
el sabio orador Hortensio;
Semíramis a un caballo,
a un árbol Jerjes, y vemos
al que dio nombre al ciprés,
de amor de una cierva, muerto.
Pues, ¿qué defetos mayores
que éstos, por quien los sujetos
son incapaces de amor,
pues no puede hallarse en ellos
correspondencia, por ser
en especie tan diversos,
que el mismo amor que intentó
mostrar en estos portentos
su poder, quedó corrido
más que glorioso de hacerlos?
Luego amando la Marquesa
al que padece defetos,
y más sabiéndolos ya,
no se mudará por ellos.
Si ignorándolos le amara,
en tal caso fuera cierto
que el descubrirlos después
le obligara a aborrecerlo;
y por esto mismo arguyo
que no sólo, aborreciendo
agora al perfeto Inés,
no podrá después quererlo,
mas antes, si lo quisiera
agora, fuera muy cierto
aborrecerlo después;
y de esta suerte lo pruebo.
Ovidio dice que amor
se hiela y muda si aquello
no halla en la posesión
que le prometió el deseo;
pues hombre perfeto en todo
no es posible hallarse.
Luego aunque Inés amase
agora al que tiene por perfeto,
lo aborreciera después
que con el trato y el tiempo
sus defetos descubriera,
pues nadie vive sin ellos.
Quien ama a un defetüoso,
ama también sus defetos
tanto, que aun le agradan
cuantos le semejan en tenerlos.
Luego es en vano temer
que se mude Inés por ellos.
Que "amar lo imperfeto es
violento, y lo que es violento
no dura", el Marqués arguye.
Lo segundo le concedo,
lo primero no; que sólo
es a amor violento aquello
que no quiere, y natural
lo que pide su deseo.
Que "el malo obra como malo,
y obra el bueno como bueno,
y de las malas acciones
nace el aborrecimiento",
dice el Marqués. Es verdad;
pero como el amor ciego
aprueba la causa injusta,
aprueba el injusto efeto.
Que las mujeres se estimen
por sus maridos, concedo;
pero en eso, por mi parte,
fundo el mayor argumento;
que quien con mujer se casa
que confiesa amor ajeno,
estima en poco su honor.
Luego, amando al imperfeto
Inés, fuera infame el otro,
si quisiera ser su dueño;
luego ni él puede admitirlo,
ni la Marquesa escogerlo.
Que "quien por amores casa,
vive siempre descontento",
según lo afirma el refrán,
dice el Marqués; y es muy cierto,
cuando por amor se hacen
desiguales casamientos;
pero cuando son en todo
iguales los dos sujetos,
no hay, si el amor los conforma
más paraíso en el suelo.
Decir que no cumple así
el paternal testamento
es engaño; que su padre
sólo le puso precepto
de que mire lo que hace.
Ya lo ha mirado, y con eso
su voluntad ha cumplido.
Que no consigue el intento
del examen si no escoge
al de más merecimientos,
sin atender al amor,
según Inés ha propuesto,
es verdad; pero se debe
entender del amor nuestro,
no del suyo; que con ella
es la parte de más precio
ser de ella amado, y no ser
amado el mayor defeto.
Luego, si elige al que quiere,
ni dará nota en el pueblo,
ni qué decir a los malos,
ni qué sentir a los buenos.
ALBERTO: ¡Vítor!
JUAN: ¡Vítor!
GUILLÉN: ¡Venció el Conde!
ALBERTO: Sus valientes argumentos
vencieron en agudeza,
en erudición y ejemplos.
BELTRÁN: Todos declaran al Conde
por vencedor.
INÉS: Según eso,
ya es forzoso resolverme,
aunque me pese, a escogerlo.
Venciste, Conde; mi mano
es vuestra.
BLANCA: ¡Qué escucho, cielos!
FERNANDO ¿Esto hemos venido a ver,
Blanca?
CARLOS: (Agora, que ya puedo Aparte
ser su esposo, he de vengarme,
y ha de ser un acto mesmo
fineza para el Marqués,
y para ella desprecio.)
Marquesa, engañada estáis;
porque vos habéis propuesto
que la parte que venciere
ha de ser esposo vuestro.
Pues si mi parte ha vencido,
y es la parte que defiendo
la del imperfeto amado,
él ha de ser vuestro dueño.
Yo sé bien que no soy yo
el querido, y sé que ha puesto
la invidia vil al Marqués
tres engañosos defetos.
Y porque os satisfagáis,
escuchadme aparte.

Hablan en secreto


MARQUÉS: (¡Cielos! Aparte
No hay más tesoro en el mundo
que un amigo verdadero.)
BLANCA: (Yo soy perdida, si aquí Aparte
se declaran mis enredos.)

Doña INÉS y el conde CARLOS hablan
aparte


INÉS: Ésas tres las faltas son
que me han dicho.
CARLOS: Pues mi ingenio
las inventó... (Esta fineza Aparte
deba el Marqués a mi pecho)
por vencerle y por vengarme
de vos; y ya que mi intento
conseguí, pues que la mano
me ofrecéis, y no la quiero,
como noble, restituyo
al Marqués lo que le debo.
Y para que a mis palabras
deis crédito verdadero,
baste por señas deciros
las tres faltas que le han puesto
y que ha sido una mujer
la que tales fingimientos
os dijo por orden mía.
INÉS: Es verdad. La vida os debo.
CARLOS: Pues dad al Marqués la mano.
Ya, Marqués, se ha satisfecho
doña Inés de que la invidia
os puso falsos defetos.
Yo defendí vuestra parte,
y fui vencido venciendo.
Dalde la mano; que yo bien
he mostrado que tengo
puesta en Blanca mi esperanza
con las colores y versos
y divisas de las cañas,
de la sortija y torneo.
BLANCA: Yo me confieso dichosa.
MARQUÉS: Sois mi amigo verdadero,
y vos mi esposa querida.
INÉS: Cuando os miro sin defetos,
¿cómo, Marqués, os querré,
si os adoraba con ellos?
OCHAVO: El examen de maridos
tiene, con tal casamiento,
dichoso fin, si el Senado
perdona al autor sus yerros.
FIN







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