Darío Fo. NO tengo, no pago.... o ¡Aquí no paga nadie!
















Darío Fo



NO tengo, no pago.


o    (¡Aquí no paga nadie!)





PRIMER ACTO

La casa modesta de un obrero: una mesa el centro, una cama,

un armario en un lateral, un aparador, un frigorífico, una

cocina de gas y dos bombonas de soldadura autógena.

Entra ANTONIA seguida por MARGARITA. Vienen cargadas

de bolsas repletas de comida. Las dejan sobre la mesa.


ANTONIA. -Ay. Margarita, hija, menos mal que me has ayu-

dado.

MARGARITA. -¿De dónde has sacado el dinero para com-

prar tanta comida?

ANTONIA . -Ya te he dicha que me ha tocado todo con los cu-

pones hogar..., y además, en el detergente me he encontrado

una moneda de oro.

MARGARITA. -Ya. ¡Conque monedas de oro!

ANTONIA. -¿No me crees?

MARGARITA. -No. ¡Hasta luego!

ANTONIA. -No, espera, que te cuanto la verdad, Pero antes

cierra la puerta.

MARGARITA. -(Cierra) Adelante, cuenta.

ANTONIA. -Bueno, pues resulta que fui al supermercado, y

me lo encontré lleno de mujeres, que armaban una gresca tre-

menda por la subida de los precios. Y el director, para calmar-

las "Yo no puedo hacer nada", decía, "la dirección establece

los precios, y ha decidido subirlos". "¿Con qué permiso?", le

preguntaron. "Con el Permiso de nadie, porque es legal. ¡Li-

bre comercio, libre competencia!", "¿Libre competencia con

quién? ¿Con Nosotras? ¿Y tenemos que aguantarnos siempre?

¿La bolsa o la vida, eh?". "¡Bandidos, sinvergüenzas", grité yo

entonces, y me escondí en seguida.

MARGARITA. -Bien hecho.

ANTONIA. -Entonces, una mujer dijo "¡Ya está bien! Ahora

los precios los fijamos nosotras, y pagamos lo mismo que el

año pasado. ¡Y como os pongáis chulos, hacemos la compra

gratis! ¿Está claro? ¡Pues no se hable más!". Si hubieras visto

al director... se puso blanco como una sábana. "¡Estáis locas!

¡Voy a llamar a la policía", y se lanzó a llamar como una fle-

cha, pero alguien había cortado el cable del teléfono. "Con

permiso, déjenme pasar, tengo que ir a mi oficina, con permi-

so", decía, pero no podía pasar, porque todas las mujeres le

rodeaban. Entonces empezó a empujar, y una mujer fingió que

la había hecho daño, y se cayó al suelo redonda.

MARGARITA: -¡Qué bonito!

ANTONIA. -"¡Cobarde", gritó una mujerona, "ha atacado a

esa pobre mujer que a lo mejor hasta estaba embarazada.

¡Como pierda el niño, te vas a enterar! ¡A la cárcel vas a ir,

asesino!" Y luego todas juntas: "¡Infanticida!".

MARGARITA. -¿Cómo acabó la cosa?

ANTONIA. -Pues que el director se asustó, y pagamos lo que

habíamos decidido. La verdad es que alguna se pasó un poco,

y dejó fiado sin dar su nombre. "Que no, que no me fío de

usted y no le dejo mi nombre, que es usted capaz de denun-

ciarme... Tiene que fiarse, querido director. La confianza es el

alma del comercio. ¿No lo dicen siempre ustedes? Así que,

adiós muy buenas, y que le aproveche la confianza". "¡Que

viene la poli!" grito entonces alguien. Era una falsa alarma,

pero salimos todas corriendo... unas tiraban las bolsas al sue-

lo, otras lloraban del susto... "¡Calma, calma!", empezaron a

gritar unos obreros que venían de una fábrica cercana... "¿A

qué viene tanto miedo de la policía? Estáis en vuestro derecho

de pagar lo que es justo. Esto es como una huelga, pero mejor,

porque en las huelgas siempre acabamos perdiendo la paga, y

en ésta quien pierde es el patrón... Es más, no paguéis nada,

por todo el dinero que nos han estado robando en todos los

años que llevamos comprando aquí." Entonces ya me lo pensé

mejor, y volví a hacer la compra entera. "¡Aquí no paga na-

die", gritaba, y las demás igual. "¡Aquí no paga nadie!''. En

eso llegó de verdad la policía, pero nadie salió corriendo. Nos

temblaban las piernas, pero nos quedamos firmes, así que al

vernos salir tan plantadas, con cara de honradas, llenas de

bolsas y armando escándalo, los policías no entendían nada.

"Por fin habéis llegado; entrad y detened a esos acaparado-

res", les gritamos mientras nos íbamos hacia el autobús, con

los obreros formando un cordón.

MARGARITA. -¡Qué maravilla!

ANTONIA. -Pues sí, fue muy bonito, porque estábamos todos

juntos, mujeres y hombres, haciendo algo justo y muy valien-

te, contra los patronos. ¡Vaya susto que les hemos dado! Figú-

rate que en algún supermercado ya han bajado los precios.

MARGARITA. -Habéis hecho divinamente. ¿Pero qué pien-

sas contarle a tu marido, el cuento de los cupones?

ANTONIA. -¿No se lo va a creer, verdad?

MARGARITA. -Me temo que no.

ANTONIA. -Sí, puede que sea un poco fuerte. Uy ese, con lo

legal que es, menudo número me monta. Y para colmo, hoy

me he gastado el poco dinero que me quedaba, y mañana no

podré pagar ni el gas, ni la luz. Del alquiler ya ni me preocu-

po, debo cuatro meses...

MARGARITA. -Yo tampoco tengo un céntimo, y llevo cinco

meses sin pagar el alquiler. Y encima no he hecho la compra

como tú...

ANTONIA. - Todo esto tiene que desaparecer Y tú hazme el

favor de llevarte parte de la comida.

MARGARITA. -No, gracias, no quiero... Además, ya te he

dicho que no tengo dinero.

ANTONIA. -No digas tonterías. ¡Si es comida regalada! An-

da, llévatela.

MARGARITA. -¿Y qué le cuento a Luis? "Es comida medio

robada, ¿sabes?" ¡Ese me mata!

ANTONIA. -El mío no me mata porque lo prohíbe la ley,

pero me agota con sus historias: que si el nombre mancillado,

que si "¡antes morir de hambre que ir contra la ley! Yo lo he

pagado siempre todo...; pobre, pero honrado...; quiero llevar la

cabeza bien alta...", y venga a machacarme hasta que no pue-

da más, Pero, ¿qué es esto? ¿Carne compuesta para perros y

gatos? ¡Fíjate! (Le pasa una lata.)

MARGARITA. -(Lee.) "Alimento completo equilibrado y

natural para perros exigentes". ¿Por qué la cogiste?

ANTONIA. -No, sé, seguro que con tanto lío cogí lo primero

que pillé... ¡Pues mira esto! Alpiste compuesto para canarios.

Menos mal que no lo he pagado, que si no me daba algo... ¿Y

esto? ¡Cabezas de conejo congeladas!

MARGARITA. -¿Qué dices?

ANTONIA -Mira aquí lo que pone. "Para completar el ali-

mento de vuestros cachorros, diez cabezas, doscientas liras".

MARGARITA. -¿No querrás que me lleve esa porquería?

ANTONIA. -No, si a mí las cabezas me encantan, son una

exquisitez. Tú es que no entiendes. Anda, llévate lo normal:

aceite, arroz... Como tu marido tiene turno de noche te sobra

tiempo para esconderlo todo.

MARGARITA. -¿Y si viene la policía a registrar por casa?

ANTONIA. -No digas tonterías, Margarita, Si estaba el barrio

entero en el super... Aquí lo menos hay diez mil familias... ¡no

nos van a registrar a todos, mujer! (Se asoma a la ventana).

¡Cielos, mi marido! Anda, coge todo esto, guárdatelo debajo

del abrigo y vete. No, no me ayudes, ya me arreglo sola; tú

espabila y esconde lo tuyo. (MARGARITA se coloca rápida-

mente los paquetes debajo del abrigo, mientras ANTONIA

guarda el resto debajo de la cama. Sólo deja fuera la comida

para animales.) ¡Vete, vete! (Entra JUAN, quo se cruza con

MARGARITA en la puerta.)

MARGARITA. -Hola, Juan.

JUAN. -Hola, Margarita, ¿qué tal?

MARGARITA. -Bien, gracias. Adiós, Antonia; nos vemos.

ANTONIA -Sí, si; recuerdos a Luis. (JUAN está perplejo ob-

servando a MARGARITA que se va. ANTNIA coge la bolsa

del alpiste y la deja en el aparador.) Pero Juan, ¿qué haces ahí

como una estatua? Ya era hora de que volvieras, ¿Dónde has

estado hasta ahora? (Prepara la mesa para la cena.)

JUAN. -¿Qué le pasa a Margarita?

ANTONIA. -¿Qué le pasa de qué?

JUAN. -Pues que está muy hinchada por delante... que tiene

una barriga tremenda.

ANTONIA. -Y qué. ¿Es la primera vez que ves a una mujer

casada con barriga?

JUAN. -¿Quieres decir... que está embarazada?

ANTONIA.- Es lo menos que puede pasarle a una si hace el

amor.

JUAN.- Pero, ¿de cuánto está? El domingo pasado la vi y no

me pareció.

ANTONIA. -¿Qué sabrás tú de mujeres? Además, desde el

domingo ya ha pasado una semana, y estas cosas, ya se sabe...

(Se ocupa de mil cosas para disimular.)

JUAN. -Oye, que no soy tan tonto. Y, además, su marido no

me ha dicho nada.

ANTONIA. -Hay cosas que no apetece ir contando por ahí.

JUAN. -¿Qué dices? ¿No le apetece decir que su mujer está

embarazada? ¿Es que ahora tener un hijo va a ser una ver-

güenza?

ANTONIA. -A lo mejor no lo sabe, y entonces, ¿cómo te lo

va a contar?

JUAN. -¿Cómo que aún no lo sabe?

MARGARITA. -Pues sí, está claro que ella no ha querido

decírselo.

JUAN. -¿Por qué?

ANTONIA. -Luis siempre le está diciendo a Margarita que

aún es pronto, que con esto de la crisis, que si se queda en

estado la van a despedir del trabajo... Por eso le hacía tomarse

la píldora.

JUAN. -Pues si le hacia tomarse la píldora, ¿cómo es que se

ha quedado embarazada?

ANTONIA. -Pues será que no le ha hecho efecto. A veces

pasa.

LUIS. -Pues si pasa, ¿por qué se lo oculta a su marido? ¿El

qué culpa tiene?

ANTONIA. -A lo mejor la píldora no le ha hecho efecto por-

que no la tomaba. Y si una no toma la píldora, puede ocurrir

que no le haga efecto.

LUIS. - Pero, ¿qué dices?

ANTONIA. -Margarita es muy católica, sabes, y como el Pa-

pa ha dicho que la píldora es pecado mortal...

LUIS. -¿Te has vuelto loca? ¿La píldora que no hace efecto

porque no la tomaba, el Papa, ella con una barriga de nueve

meses, y el marido que ni se da cuenta?

ANTONIA. -¿Cómo iba a darse cuenta si ella se vendaba?

LUIS. -¿Cómo que se vendaba?

ANTONIA. -Sí, se apretaba muy fuerte, con muchas vendas,

para no llamar la atención, Y precisamente hoy le he dicho:

"Tú estás loca, Margarita; es que quieres perder el niño, lo vas

a asfixiar. Desvéndate enseguida, ¿qué te importa que te des-

pidan? ¡El niño es lo primero!". ¿He hecho bien?

JUAN. -Muy bien, si, muy bien, Antonia.

ANTONIA. -Así que por fin se ha desvendado, y izas!, la

barriga al aire. Y además le he dicho. "Si tu marido se pone

muy pesado, dile que venga a mi casa, que mi Juan le dirá

cuatro verdades bien dichas". ¿He hecho bien?

JUAN. -Claro que sí.

ANTONIA. -¿De verdad?

JUAN. -¡Que sí, que sí!

ANTONIA. -Uy, hijo, ¿te pasa algo conmigo? A ver, habla:

¿qué te he hecho yo?

JUAN. -No me pasa nada contigo; es por lo de la fábrica.

ANTONIA, -¿Qué ha ocurrido?

JUAN. -Pues que a mediodía hemos bajado a comer, y cuatro

o cinco locos han empezado a armar follón con la comida: que

si era una mierda, que si eran sobras...

ANTONIA. -¿Y en cambio estaba exquisita, verdad?

JUAN. -Claro que no: daba asco, Pero no hacía falta juntarse

todos para armar esa bronca!

ANTONIA. -Cómo que todos... ¡si has dicho que eran cuatro

o cinco!

JUAN. -Al principio; pero luego se fueron añadiendo los de-

más... Comieron y se fueron sin pagar.

ANTONIA. -¿También ellos?

JUAN. -¿Cómo que también ellos?

ANTONIA. -Quiero decir que no solo esos cuatro o cinco...,

que los demás también.

JUAN. -Sí, hasta los del comité de empresa, que deberían dar

ejemplo, y no juntarse con extremistas.

ANTONIA. -¡Faltaría más!

JUAN. -Y no acaba ahí la historia. Figúrate que al volver a

casa he pasado por un supermercado, y un montón de mujeres

salían gritando, llenas de bolsas, y resulta que lo habían cogi-

do todo pagando lo que habían querido. ¿Qué te parece?

ANTONIA. -¡Qué barbaridad! ¿También ellas?

JUAN -¿Cómo que también ellas?

ANTONIA. -Quiero decir, como esos locos de tu fábrica.

JUAN. -Pues sí, también ellas. Y hasta maltrataron al encar-

gado.

ANTONIA. -¿Qué encargado? ¿El del super o el del come-

dor?

JUAN. -¡A los dos!

ANTONIA. -Qué horror. No me lo puedo creer.

JUAN. -Ni Yo. Eso es hacerle el juego a los patronos, para

que luego puedan acusarnos de robar, y llamarnos sinver-

güenzas...

ANTONIA. -¿Qué tiene que ver con los obreros? En el super

eran las mujeres las que se llevaban la comida, ¿no?

JUAN. -Sí, pero luego en casa sus hombres disimulan. A lo

mejor hasta les dicen que han hecho bien, en lugar de romper-

les las latas en la cabeza una a una. Porque te advierto, no se

te ocurra hacer nada semejante, porque como me entere de

que has robado algo en el supermercado, o simplemente que

has pagado menos, aunque sea una lata de anchoas, yo... yo...

ANTONIA -Tú me la haces tragar con llave y todo, ya lo sé.

JUAN.-No, peor aún: Me voy de esta casa, hago la maleta y

no me vuelves a ver. No, mejor, primero te mato y luego pido

el divorcio.

ANTONIA. -Pues ya puedes irte yendo, y sin divorcio.

¡Cómo te atreves a insinuar que yo...! Mira, yo antes de traer a

casa comida sin pagar lo que diga la ley, ¡te dejo morir de

hambre!

JUAN. -Eso es, lo prefiero. A propósito de hambre: ¿qué hay

de cena? Con el lío de la fábrica, hoy no he comido. ¿Qué se

come?

ANTONIA. -¡Esto! (Deja con fuerza en la mesa dos latas de

comida para animales.)

JUAN. -¿Qué es?

ANTONIA. -¿No sabes leer? Carne compuesta para perros

exigentes.

JUAN. -¿Cómo?

ANTONIA. -Está riquísima.

JUAN, -¡Estará riquisíma para los perros!

ANTONIA. -No había otra cosa, y además es barata, muy

nutritiva y llena de proteínas. ¡Exquisita! Mira, aquí lo pone.

JUAN. -Cómetela tú, si tanto te gusta. Yo prefiero un vaso de

leche, sin más.

ANTONIA. -Sin más y sin menos, porque no hay.

JUAN. -¿Cómo que no hay?

ANTONIA. -¿No lo sabes? Esta mañana llegó el camión de la

leche, y se corrió la voz de que la habían vuelto a subir En-

tonces unos locos se subieron al camión y la repartieron a cien

liras el litro. ¿Pretendes que yo bajara a comprar leche a ese

precio? ¿Leche medio robada? ¿Lo habrías hecho tú? ¿Y te la

habrías tomado?

JUAN. -Claro que no.

ANTONIA. Muy bien. Entonces no te la tomes.

JUAN. -¿No hay otra cosa?

ANTONIA. -Puedo hacerte una sopita

JUAN. -¿De qué?

ANTONIA. -De alpiste para canarios.

JUAN. -¿Alpiste... para canarios?

ANTONIA. -Es estupendo para la diabetes.

JUAN. -¡Pero si yo no tengo diabetes!

ANTONIA. -Yo no tengo la culpa de que aun no la tengas,

vale la mitad que el arroz. Además, ya no quedaba arroz, Por

eso he traído alpiste.

JUAN. -Oye, ya está bien. Primero me tratas como a un perro,

y ahora como a un canario.

ANTONIA. -Si está muy bueno, tonto. El secreto está en el

caldo. Por eso he comprado cabezas de conejo. La sopa de

alpiste se hace con cabezas de conejo congeladas. ¿Si es que

no sabes nada!

JUAN. -Sí, sí, está clarísimo. ¡Hasta luego!

ANTONIA. -¿Dónde vas?

JUAN. -¿Dónde quieres que vaya: a cualquier cafetería.

ANTONIA. -¿Con qué dinero?

JUAN. -Ah, claro, dame el dinero.

ANTONIA. -¿Qué dinero?

JUAN. -¡No se te habrá acabado ya!

ANTONIA. -No, pero ¿has olvidado que mañana hay que

pagar la luz, el gas y el alquiler? ¿O quieres que nos desahu-

cien y nos corten la luz y el gas?

JUAN. -No. No. Eso no.

ANTONIA. -Pues entonces, nada de cafeterías. Pero no te

preocupes, que ahora mismo lo arreglo. (Se pone el abrigo)

JUAN. -¿Dónde vas?

ANTONIA. -A casa de Margarita, que precisamente ha hecho

hoy la compra, para que me preste algo. Tú tranquilo, que no

tardo nada. Mientras, lee el periódico o mira la tele, que ya

saldrá algún ministro hablando de la crisis, que tenemos que

ayudarnos todos, ricos y pobres, apretarnos el cinturón y tener

paciencia, comprensión y confianza en el gobierno y en la

televisión. Y mientras, tú tienes confianza, yo vuelvo en se-

guida.

JUAN. -Pero sin cabezas de conejo, por lo que más quieras.

ANTONIA. -Tranquilo, que esta vez me traigo las patas. (Sa-

le).

JUAN. -Muy graciosa, con el hambre que tengo. (Coge una

lata y lee.) "Un manjar exquisito para vuestro mejor amigo".

Voy a probarlo. ¿Cómo se abre? Se le habrá olvidado pedir la

llave, como siempre. Ah, no, es, de rosca. Para perros exigen-

tes las hacen de rosca. (Abre la lata.) Ya está. Pues no huele

mal. Huele a mermelada en vinagre con un toque de riñones al

jerez, aderezado con un chorrito de aceite de hígado de baca-

lao. ¡Qué rico! Le voy a poner unas gotas de limón, por el

cólera. (Se oye la sirena de la policía; gritos y órdenes milita-

res.) ¿Qué será ese escándalo? (Se asoma a la ventana y hace

señas a alguien de la casa de enfrente.) ¡Aldo! ¡Eh, Aldo!

¿Qué pasa?... Sí, ya veo que es la policía... ¿Qué quieren?

¡Qué barbaridad, cuántas furgonetas! ¿Cómo? ¿Qué dices del

supermercado?... ¿Aquí también? ¿En el del barrio? ¿Cuándo

ha sido? ¿Hoy?... ¿Pero quién?... ¿Todas? ¿Cómo que to-

das?... ¿Mil mujeres? ¡No exageres!... No, la mía seguro que

no. Ella es incapaz de hacer eso. Antes me pone cabezas de

conejo para cenar..., ¡sí, congeladas! Y, además, hoy no ha

salido de casa, porque ha tenido que desvendar a una amiga

suya... Sí, porque su marido no quiere que se quede embara-

zada. Pero ella le ha hecho caso al Papa y la píldora no le ha

hecho efecto, así que en una semana se ha hinchado muchísi-

mo... ¡Si la vieras!... ¿Cómo que no entiendes nada? Pues está

clarísimo. (Mira hacia la calle. Vuelven a oírse órdenes y gri-

tos de la gente.) ¡Pero esto es un auténtico asalto ¿Es que

piensan ir de casa en casa? Pues como vengan aquí se van a

enterar, porque esto es una verdadera provocación. (Llaman a

la puerta)

JUAN.- ¿Quién es?

Voz. -Abra. Policía.

JUAN. -(Abre.) ¿Policía? ¿Y qué quiere?

INSPECTOR. -(Entrando.) Registro. Aquí está la orden. Re-

gistro en toda la casa.

JUAN. -¿Y qué buscan?

INSPECTOR. -Oiga, no se haga el tonto. Buscamos la mer-

cancía robada, o, si prefiere, la mercancía retirada a precio

fuertemente rebajado del supermercado del barrio.

JUAN. -¿Y vienen a buscarla a mi casa? Eso es como lla-

marme ladrón.

INSPECTOR. -Tómeselo como quiera. Yo no tengo que ver.

He recibido órdenes y tengo que cumplirlas.

JUAN. -Pues cumpla, cumpla. Oiga, le advierto que esto es

una provocación, o, peor aún, ¡una tomadura de pelo! Vienen

a reírse de nosotros, después de dejarnos morir de hambre.

Mire, mire lo que tengo hoy Para cenar: papilla equilibrada

para perros exigentes.

INSPECTOR. -¿Cómo?

JUAN. -Huela, huela esta porquería... ¿Y sabe por qué? Por-

que todo cuesta un riñón... o mejor dicho, una cabeza... ¡de

conejo! (Le pone bajo la nariz las cabezas congeladas)

INSPECTOR. -¿Usted se come eso?

JUAN. -Qué remedio. No está tan mal, ¿sabe? ¿Le apetece?

¡Oiga, sin cumplidos! Unas gotas de limón, y se traga como

mierda de gato. Pruébelo, es buenísimo para la diabetes.

INSPECTOR. -No, gracias, nunca vomito antes de las comi-

das.

Juan. -¿Prefiere una sopita de alpiste para canarios?

INSPECTOR. -¿Me está tomando el pelo?

JUAN. -Ni hablar. Mire, aquí está. Se lo toma, y luego canta

que da gusto. ¡Pío, pío! Además, ya no necesitará helicóptero

para las manifestaciones.

INSPECTOR. -La verdad es que me dan lástima. Claro que

también nosotros, no crea, con el sueldo que nos dan... Mi

mujer, la pobre, las pasa moradas. Y eso que yo como en la

comisaria. Mire, yo le comprendo, y también a esas mujeres

del supermercado. Llevan razón, ¡Contra el hurto no hay más

defensa que el asalto!

JUAN. -¿Qué quiere decir?

INSPECTOR. -Pues sí, así no se puede seguir. Usted no me

creerá, pero para mí es un mal trago venir aquí, a efectuar esta

cabronada de registro. ¿Y para quién, además? Para unos cer-

dos especuladores que estafan, timan y roban... ¡Ellos sí que

roban!

JUAN. -Oiga, inspector... ¿Es usted inspector, verdad?

INSPECTOR. -Sí.

JUAN. -¿De policía, verdad?

INSPECTOR. -Claro.

JUAN. -¿No le da vergüenza decir esas cosas? ¡Un policía,

vamos, lo que hay que oír! Parece usted extremista.

INSPECTOR. -Qué va; lo que ocurre es que yo pienso mucho

las cosas. Y además me cabreo, porque tenéis que dejar ya de

vernos como a una panda de cretinos analfabetos, que se

mueven a toque de silbato "A las órdenes, a saltar, ladrar,

morder", ¡como si fuéramos perros guardianes! Y ojo con

hablar, con discutir... no hay que expresar ideas propias... ¡a

callar!, ¡al suelo!

VOZ. -¡Inspector! ¿Dónde está, inspector?

INSPECTOR. -Aquí, en el segundo. Vosotros subid, a os

otros pisos.

JUAN---Bueno, en fin... yo creo, como el Partido, que tam-

bién ustedes son hijos del pueblo, pero...

INSPECTOR. -De hijos del pueblo nada: perros guardianes es

lo que somos; esbirros de los patronos, para hacer respetar sus

leyes, sus follones, ¡y sus bombas!

JUAN. -Pues si piensa así, ¿por qué eligió esa profesión?

INSPECTOR. -¿Y quién elige? ¿Es que usted ha elegido co-

merse esa porquería para perros exigentes, las cabezas de co-

nejo y el alpiste para canarios?

JUAN. -Claro que no. Es que no hay otra cosa.

INSPECTOR. -Pues para mí tampoco había otra cosa. O emi-

grar, o barrer las calles, o la policía. ¿Usted qué hubiera

hecho?

JUAN. -Debe ser terrible. Pero la policía es necesaria, ¿no

cree? Tiene que hacer cumplir la ley, o sería el caos.

INSPECTOR. -¿De veras? ¿Y si la ley sólo beneficia a los

ricos? ¿Si es infame, si es una tapadera para el latrocinio a

gran escala?

JUAN. -Pues entonces está el Parlamento, y los partidos. Los

métodos de lucha democrática. Las leyes pueden reformarse,

¿sabe?

INSPECTOR. -¿Dónde se reforman? ¿Y Qué se reforma?

¿Dónde están las reformas?

JUAN. -Eso es verdad.

INSPECTOR. -Mire, las únicas reformas serias, la gente

tendrá que hacérselas por su cuenta. Porque mientras sigamos

delegando, confiando, aguantando, teniendo paciencia, senti-

do de la responsabilidad, autocontrol, autodisciplína, etc...

¡aquí no se mueve nada! Y ahora perdone, pero tengo que

seguir con mí trabajo.

JUAN. -¡Hombre, muy bien! Primero se pone en plan maoísta

subversivo, y luego se coloca el sombrero, y hala, a registrar a

los pobres.

INSPECTOR. -Tiene razón, no hago más que hablar. Me des-

ahogo, y ya está. Está claro que aún me falta valor, y concien-

cia.

JUAN. -Sí, habla demasiado. Conque no pudo elegir... Pues

tenía que haber emigrado. O barrer as calles. Por lo menos

habría tenido más dignidad. En cambio, usted es de los que

siempre tienen las excusas preparadas para o comprometerse.

Y además, ¿sabe dónde estará usted mañana?

INSPECTOR. -No.

JUAN. -Yo se lo diré: ¡moliéndome a porrazos en el piquete

de huelga!

INSPECTOR. -Es terrible, pero tiene razón. Pero no tiene por

qué ser así, ¿sabe? Puede que un día de estos se entere de que

unos policías se han negado a repartir hostias por cuenta de

los patronos... ¡o que se han pasado al otro bando¡

JUAN. -¡Vamos, inspector!

INSPECTOR. -Mire que e mundo está cambiando, y mucho.

Adiós, y que le aproveche.

JUAN. -¿No pensará largarse sin efectuar e registro? Me está

ofendiendo. Eche por lo menos un vistazo, no sé, debajo de la

cama, en el armario...

INSPECTOR. -¿Para qué? ¿Para encontrar una ata de engru-

do? No, gracias. Adiós. (Sale.)

JUAN, -Lo que me faltaba por ver... un policía maoista. Antes

me los encontraba fascistas, chulos, sádicos, y ahora... ¡Ahí es

donde han ido a parar los extremistas de signo opuesto, a la

policía! Pero a mí no me engaña, seguro que es un provoca-

dor. Ha venido a hacerme hablar, y si llego a picar, y le doy la

razón, seguro que me dice: "Alto, Brigadas Rojas, queda de-

tenido". ¿Pero qué se habrá creído, que soy idiota?". (En-

tra ANTONIA con MARGARITA, que sigue con la tripa hin-

chada. MARGARITA se asoma a la puerta y retrocede de

inmediato.)

ANTONIA. -¿Han estado aquí?

JUAN. -¿Quiénes?

ANTONIA. -¿No te has enterado de que están registrando

piso por piso?

JUAN, -Sí, ya lo sé.

ANTONIA. -Han detenido a los del bajo y a los del tercero.

Han encontrado comida en muchas casas, y la han confiscado.

JUAN. -Muy bien, así aprenden.

ANTONIA. -Pero es que también se han llevado comida

comprada normalmente.

JUAN. -Eso siempre pasa, Antonia. Cuando hay cretinos que

se pasan de listos luego pagan los que no tienen nada que ver.

Bueno, es un decir, porque aquí han venido y...

ANTONIA. -¿Que han venido? ¿Aquí?

JUAN. -Claro. Y les he dicho: Venga, venga, registren donde

quieran, debajo de la cama, en el armario...

ANTONIA. -¿Y qué han encontrado?

JUAN. -¿Qué iban a encontrar?

ANTONIA. -No, nada... nunca se sabe... a lo mejor te crees

que no tienes nada en casa, y en cambio...

JUAN. -¿En cambio, qué?

ANTONIA. -En cambio, te o meten ellos, lo que están bus-

cando, para comprometerte. No sería la primera vez. Al hijo

de Rosa, la del quinto, sin ir más lejos, le hicieron un registro,

y mientras tanto, zas, le metieron una pistola y un kilo de pan-

fletos debajo de la cama.

JUAN. -Qué lista eres... ¿Así que vienen aquí a meternos

arroz y azúcar debajo de la cama?

ANTONIA. -Bueno, lo de la cama es un decir...

JUAN. -Pues claro que es un decir, pero puede que tengas

razón, nunca se sabe... Voy a echar un vistazo.

ANTONIA. -¡No!

JUAN. -¿Cómo que no?

ANTONIA. -No toques mi colcha, que acabo de lavarla. Ya

miro yo, deja. Ah, ahí está Margarita.

JUAN. -¿Dónde?

ANTONIA. -Ahí, detrás de la puerta. (Finge mirar debajo de

la cama.) No hay nada.

JUAN. -Margarita, ¿qué haces ahí? Entra, mujer. (Entra

MARGARITA llorando.) ¿Qué te pasa, por qué lloras?

ANTONIA. -La pobre estaba solita en su casa, y al ver entrar

de golpe a tantos policías, se ha llevado un susto... Figúrate

que un sargento, un grosero, quería palparle la tripa.

JUAN, -Vaya cabrón... ¿Y por qué?

ANTONIA. -¡Porque estaba empeñado en que en lugar del

niño llevaba arroz y harina, figúrate!

JUAN. -¡Valiente hijo de puta!

ANTONIA. -Entonces yo le he dicho que se viniera a casa.

¿He hecho bien?

JUAN. -Muy bien, Antonia, muy bien. Quítale el abrigo a

Margarita.

MARGARITA. -No, gracias.

JUAN. -No hagas cumplidos, mujer, quitatelo.

ANTONIA. -Déjale en paz. ¡Si ya te ha dicho que prefiere

dejárselo! ¿y si tiene frío?

JUAN. -Aquí hace calor.

ANTONIA. -Hará calor para ti, pero para ella hace frío. Las

mujeres en estado siempre tienen frío. A lo mejor hasta tiene

fiebre.

JUAN. -¿Es que está enferma?

ANTONIA. -¡Claro, esta de parto!

JUAN. -¿Ya?

ANTONIA. -¿Cómo que ya? ¿Y tú que sabes? Hace media

hora ni siquiera sabías que estaba embarazada, y ahora te ex-

traña que esté de parto.

JUAN. -Es que me perece, cómo diría..., algo prematuro.

ANTONIA. -Y dale. ¿Qué sabrás tú si es prematuro o no? ¿Es

que vas a saber más que ella? Conque prematuro...

JUAN. -Pues si está de parto convendría llamar a un médico.

O mejor a una ambulancia.

ANTONIA. -Vaya idea. Llamamos a una ambulancia, y nos

recorremos todos los hospitales de Milán en busca de una

cama libre. ¿Es que lo sabes que los del Seguro tenemos que

reservar cama lo menos con un mes de antelación?

JUAN. -¿Y por qué no lo ha hecho?

ANTONIA. -Eso, muy bien. Siempre tenemos que hacerlo

todo nosotras: ¡quedarnos preñadas, parir, e incluso reservar

la cama! ¿Y por qué no lo ha hecho su marido?

JUAN. -¡Pero si no lo sabía! ¿Qué tenía que hacer, figurárse-

lo?

ANTONIA. -Vaya excusa. ¡Vosotros siempre tan cómodos!

Nos dais el sobre con la nómina, y: "Ahora apáñate tú, queri-

da". Hacéis el amor, porque vuestro desahogo es sagrado, y

luego: "Qué Sorpresa ¡Toma la píldora!", Y qué os importa si

la pobre chica es católica ferviente. Y por las noches sueña

con el Papa, que le dice en polaco: "Estás pecando, debes pro-

crear".

JUAN. -Al margen del Papa, que molesta hasta en sueños, y

que no le basta con asomarse los domingos al balcón de San

Pedro y a la tele para decir: "Amaos... somos todos hijos de

Dios, ricos y pobres..., ¡sobre todo los ricos!", te pregunto:

cuándo se quedó en estado Margarita?

ANTONIA. -¿A tí qué te importa? ¡Y luego criticas al Papa!

JUAN, -Es que como sólo llevan casados cinco meses...

ANTONIA. -¿Y qué? ¿No pueden haber hecho el amor antes?

Eres más papista que el Papa.

JUAN. -¡Pero si su marido me dijo que habían hecho el amor

por primera vez después de casados!

MARGARITA. -¿Mi Luis te cuenta esas cosas? ¡Ay Dios

mío!

ANTONIA. -¡Es increíble; va contando cosas tan íntimas al

primero que se encuentra!

JUAN. -¡No soy el primero que se encuentra; soy su mejor

amigo! Me pide siempre consejo, porque soy mayor que él y

tengo más experiencia.

ANTONIA. - ¡Lo que hay que oír! (Llaman a la puerta)

¿Quién es?

VOZ. -Policía. ¡Abran!

JUAN. -¿Otra vez?

MARGARITA. -¡Ay Dios mío!

JUAN. -(Abre.) Buenas noches..., ¿otra vez usted? (Aparece

el mismo actor que interpretaba al INSPECTOR, pero ahora

viste el uniforme de los carabineros y lleva bigote.)

BRIGADA. -¿Cómo que otra vez yo?

JUAN. -Usted perdone, le había tomado por el de antes.

BRIGADA. -¿Cuál de antes?

JUAN. -Un inspector de policía.

BRIGADA. -Pues yo soy brigada de carabineros,

JUAN. -Ya lo veo, y además lleva bigote. ¿Qué desea?

BRIGADA. -(Entran dos carabineros tras él.) Tengo que efec-

tuar un registro.

JUAN. -Pero si ya lo han hecho hace un rato sus colegas de la

policía.

BRIGADA. -No importa. Nosotros volvemos a hacerlo.

JUAN. -Ah, ya, no se fian, y por eso vuelven a ver si hemos

hecho algún truco. Luego vendrán los de aduanas, después los

servicios secretos, luego la marina, la infantería, los tanques,

los paracaidistas..

BRIGADA. -Ya está bien. Quítese de en medio Y déjenos

trabajar. (Va hacia la cama.)

ANTONIA. -¡Pues claro, todos tienen que hacer su trabajo!

Nosotras curramos ocho horas en la fábrica, tú ocho horas en

la cadena de montaje, como animales, ¡y ellos trabajan para

controlar que seamos sensatos y paguemos los precios que

ellos quieran! (Los carabineros abren el armario y el apara-

dor.) ¿A que no controlan nunca que los patronos respeten los

contratos, que no nos estrangulen con el destajo, que apliquen

el reglamento de previsión de accidentes, que no alcen los

precios, que no nos desahucien? (El BRIGADA prosigue su

trabajo impasible)

JUAN. -No digas eso, que a ellos tampoco les gusta hacerlo.

¿Verdad, brigada, que lo pasa fatal haciendo registros por

cuenta de los patronos?. Dígaselo a mi mujer, que ustedes

también están hartos de que les manden a golpe de silbato!

"¡A sus órdenes! Ladrar, morder como perros guardianes! Y

ojo con discutir ¡Al suelo!". Así que no todos son iguales.

BRIGADA. -Oiga, ¿qué es eso de perros guardianes?

JUAN. -Sí, decía que ustedes no son hijos del pueblo, como

dice el Partido, sino perros guardianes, esbirros de los patro-

nes.

BRIGADA. -(A los otros dos.) Esposadle.

JUAN. -¿Y eso por qué?

BRIGADA. -Por ofensa e insultos a oficial público.

JUAN. -¿Qué insultos? Si eso no lo he dicho yo, lo dijo hace

un rato ese colega suyo de la policía. Dijo que se sentían uste-

des como perros guardianes.

BRIGADA. -¿Quien, nosotros los carabineros?

JUAN, -No, el se refería a ustedes, es decir a ellos, los de la

policía.

BRIGADA. -Ah, bueno; si los de la policía se sienten perros,

allá ellos. Pero cuidado con lo que habla.

JUAN. -Hay que ver lo separados que están estos cuerpos

separados... (Los carabineros siguen con el registro; se acer-

can a la cama.)

ANTONIA. -(A MARGARITA.) Quéjate, llora.

MARGARITA. -¡Auuuuuuuu!

ANTONIA. -Más fuerte.

MARGARITA. -¡Ayyyyyy! ¡Auuuuuuu!

BRIGADA. -¿Qué le ocurre?

ANTONIA. -La pobre está de parto.

JUAN. -Parto prematuro, de cinco meses.

ANTONIA. -Es que hace un rato tuvo una crisis, por culpa de

un sargento que quería Palparle la tripa a la pobre.

BRIGADA. -¿Palparle la tripa?

JUAN. -Sí, para ver si en lugar del niño llevaba arroz o maca-

rrones... ¡Adelante!, ¡tocar para creer! De todos modos, es una

obrera y no les pasará nada. ¡Todo está permitido! No es la

Lady Di, o la mujer de Pirelli, que si se acercan les echan del

cuerpo. Aquí no hay peligro: ¡adelante, palpen, palpen a tri-

pa de esta obrera!

BRIGADA. -Nos está provocando, ¿sabe?

ANTONIA. -Sí, Juan, te estás pasando; déjalo ya.

MARGARITA. -¡Ayyyyyyy! ¡Auuuuuu!

ANTONIA. -Y tú tampoco te pases, guapa.

BRIGADA. -¿Han llamado a una ambulancia?

ANTONIA. -¿Una ambulancia?

BRIGADA. -No pueden dejar ahí a esa pobre mujer, con ries-

go para su vida. Además, si es prematuro como dicen, corre el

peligro de perder al niño.

JUAN. -Tiene razón. Ya te dije yo que había que llamar a una

ambulancia.

ANTONIA. -Y también te dije yo que sin reserva no la acep-

tarán en ningún hospital. Se la mandan de un hospital a otro

por toda la ciudad, y así se muere en el coche, la pobre (Se

oye una sirena)

BRIGADIDA. -(Va a la ventana a mirar.) Es la ambulancia

que hemos llamado para la señora que se ha puesto enferma

en el bajo. (A los carabineros.) Ayudadme y cargamos tam-

bién a ésta.

ANTONIA. -No se moleste.

MARGARITA. -¡No quiero ir al hospital!

ANTONIA. -¿Lo ve? No quiere.

MARGARITA. -¡Quiero ver a mi marido! ¡Ayyyyy! ¡Auuuu!

ANTONIA. -Ya la oye. Quiere ver a su marido, que no está

aquí porque tiene turno de noche. Lo siento muchísimo, pero

sin consentimiento del marido nosotros no asumimos la res-

ponsabilidad.

MARGARITA. -No la asumimos.

BRIGADA. -¿Conque no, eh? ¿Y en cambio si asumen la

responsabilidad de permitir que se muera aquí?

ANTONIA. -¿Y en el hospital no se moriría?

BRIGADA. -No es lo mismo. Allí Seria negligencia y podrían

reclamar.

JUAN.-Pero si ya le he dicho que es prematuro.

MARGARITA. -¡Sí, soy prematura, ayy, auu!

ANTONIA.- Y con el ajetreo de la ambulancia, ésta va y pare.

¿Quiere explicarme cómo puede sobrevivir un niño de cinco

meses?

BRIGIDA. -Es evidente que ustedes desconocen los progresos

de la medicina moderna. ¿No han oído nunca hablar del parto

"in vitro".

ANTONIA -Claro que sí, ¿pero qué tiene que ver? Si nace de

cinco meses no pueden meterlo en la tienda de oxigeno.

JUAN. -Eso, tan pequeños y a la tienda, ¿verdad?, ¡de

camping!

BRIGADA. -¿Es que ignoran ustedes lo avanzados que están

precisamente aquí, en Milán, en el centro ginecológico? Yo he

estado allí de Servicio hace unos meses, y hasta vi cómo ha-

cían un trasplante.

JUAN Y ANTONIA. -¿Un trasplante de qué?

BRIGADA. -De prematuro. Sacaron un niño de cuatro meses

y medio del vientre de una mujer que no podía seguir tenién-

dolo, y lo colocaron en el vientre de otra mujer.

JUAN. -¿En el vientre?

BRIGADA. -Sí, mediante cesárea. Se lo injertaron con pla-

centa y todo, volvieron a coser, y a los cuatro meses volvió a

nacer como si tal cosa, estupendamente.

JUAN. -Para mí que hay truco.

ANTONIA. -No, yo también lo he leído. Es increíble: un niño

que nace dos veces, ¡un niño con dos madres!

MARGARITA. -¡No quiero, no quiero, no doy mi consenti-

miento!

ANTONIA. -Ya lo oye. No da su consentimiento; por tanto

no podemos llevárnosla de aquí.

BRIGADA. -Yo doy mi consentimiento; ¡asumo toda la res-

ponsabilidad! No quiero problemas por falta de asistencia.

ANTONIA. -Oiga, esto es auténtico abuso de Poder, Primero

nos registran la casa, luego nos amenazan con esposarnos, y

ahora quieren meternos a la fuerza en una ambulancia. No nos

dejan vivir, de acuerdo; pero por lo menos déjennos morir

donde queramos.

BRIGADA. -No señora, no pueden morir donde quieran.

JUAN. -Claro, tenemos que cascar donde diga la ley.

BRIGADA. -Cuidado con lo que dice. Ya está advertido.

JUAN. -¿Pues qué he dicho, a ver?

ANTONIA. -Déjalo, Juan, que la cosa se ha puesto fea. Anda,

vamos a bajar a Margarita.

BRIGADA. -¿Mando subir la camilla?

ANTONIA. -No, no, bajará ella sola. ¿A que puedes andar,

Margarita? Ahora la ponemos de pie.

MARGARITA. -Sí, sí... No, no... ¡que se me escurre!

ANTONIA. -¡Vaya por Dios! Hagan el favor de salir un mo-

mento... Mi amiga está un poco desnuda, y tengo que vestirla.

BRIGADA -No faltaba más. (Salen todos los hombres.)

ANTONIA. -Vamos, súbete las bolsas.

MARGARITA. -Ya sabía yo que esto acabaría mal ¿Y qué

pasa si en el hospital se dan cuenta de que estoy en estado de

arroz y macarrones?

ANTONIA. -Nada, porque no llegaremos al hospital.

MARGARITA. -Claro, porque nos detendrán antes.

ANTONIA. -Tú siempre tan optimista, guapa. En cuanto es-

temos en la ambulancia, les explicamos a los camilleros la

verdad. Son de los nuestros, y seguro que nos ayudan.

MARGARITA. -¿Y si no son de los nuestros, y nos denun-

cian?

ANTONIA. -¡Que no, pesada!

MARGARITA. -¡Que se me sale una bolsa!

ANTONIA. -¡Sujétala! ¡Qué asco!

MARGARITA. -¡No aprietes! Vaya, se me ha roto una bolsita

de aceitunas. (Entran JUAN y el BRIGADA.)

JUAN. -¿Qué ocurre?

MARGARITA. -Que se me sale todo.

JUAN. -¡Que se le sale el niño! ¡Rápido, rápido!

BRIGADA. -Déjeme a mí!

ANTONIA. -Eso, muy bien, sujétenla así, en horizontal.

BRIGADA. -Pero ¿Por qué está mojada?

ANTONIA. -Pues... habrá roto aguas.

JUAN. -¡De prisa, que va a parir aquí!

ANTONIA. -Calma... ¡despacio!

MARGARITA. -¡Que se me sale, que se me sale!

ANTONIA. -Ya te he oído. Esperen, voy a envolverla esta

manta, Con cuidado, brigada.

JUAN. -Cojo la chaqueta y voy con vosotras.

ANTONIA. -No, quédate aquí. Estas son cosas de mujeres.

Tú coge una bayeta y recoge el suelo, que está mojado.

JUAN. -Si, cojo la bayeta y recojo e suelo..., que éstas si son

cosas de hombres, (Salen todos menos JUAN, que coge la

bayeta y se asoma a la ventana ) Vaya follón. Habrá que ver a

Luis cuando vuelva a casa mañana, después del turno, y se

encuentre con que es padre, así, de golpe... ¡le va a dar un

ataque! ¿Y si se encuentra con su hijo trasplantado en la tripa

de otra mujer? ¡Le dará un contraataque y se quedará seco!

Tendré que hablar antes con él, le iré preparando poco a poco,

dando un rodeo. ¡Ya está! Empezaré por hablarle del Papa...

(Seca el suelo de rodillas.) Cuánta agua... pero qué olor tan

raro, si Parece vinagre... ; sí, sí, como salmuera, eso es... Pues

no sabía yo que antes de nacer nos pasamos nueve meses en

salmuera. Pero ¿qué es esto? Una aceituna? ¿Estamos en sal-

muera con aceitunas? Qué barbaridad... (Vuelve a oírse la

sirena. Se levanta y vuelve a la ventana.) Ya se van. Espere-

mos que salga todo bien. Pero ¿de dónde habrá salido esta

aceituna? ¡Otra! ¿Dos aceitunas? De no ser porque son de

origen incierto, me las comía... ¡Tengo un hambre! Estoy por

hacerme una sopita de alpiste. El agua ya está puesta. Le aña-

do un cubito, un poco de cebolla... (Abre el frigorífico.) Me lo

temía, ni cebolla ni cubito... ¡Voy a tener que echar las cabe-

zas de conejo! (Sin darse cuenta coge el soplete de soldar.)

Pero ¿qué hace aquí mi soldador autógeno? Mira que le tengo

dicho que no lo use para encender el gas, ¡Que no es un magi-

ciclic, caramba! (Se asoma a la puerta LUIS, el marido de

MARGARITA)

LUIS. -¿Hay alguien? ¿Se puede?

JUAN. -Hola Luis. ¿Qué haces aquí a estas horas?

LUIS. -Ahora te explico. ¿Sabes algo de Margarita? He ido a

casa y está todo abierto, pero no hay nadie.

JUAN. -Pues sí..., tu mujer estuvo aquí hace un rato y luego

se fue con la mía.

LUIS. -¿A dónde? Para qué?

JUAN. -Cosas de mujeres.

LUIS. -¿Qué cosas de mujeres?

JUAN. -Cosas de mujeres. No nos importan.

LUIS. -¡Claro que me importan!

JUAN. -¿Ah sí? Pues entonces, ¿por qué no te has ocupado de

reservar la cama hace un mes?

LUIS. -¿La cama para qué?

JUAN. -Claro, son cosas da mujeres, ¿verdad? Típico. Les

soltamos el sobre con la nómina, y: "¡Arréglatelas!". Hacemos

el amor, y luego: "Toma la píldora"; las dejamos preñadas, y

"Apáñatelas". Y el niño, para ellas, para que lo lleven a la

guardería, y lo recojan, y...

LUIS. -¿Qué dices?

JUAN. -Digo que tienen razón. Somos tan explotadores como

los patronos.

LUIS. -Pero ¿qué tiene que ver todo eso con que Margarita se

deje la casa abierta, sin dejar ni una nota, y se esfume...?

JUAN. -¿Por qué iba a dejarte una nota? Tú tendrías que estar

en la fábrica haciendo tu turno de noche. A propósito, ¿cómo

es que has vuelto?

LUIS. -Es que han bloqueado el tren.

JUAN. -¿Quién?

LUIS. -Todos nosotros. Esos cabrones nos han subido el bono

en un treinta por ciento.

JUAN. -¿Y habéis parado el tren?

LUIS. -Claro, hemos tocado la alarma y nos hemos bajado a

las vías. Hemos bloqueado todas las líneas. Incluso el expreso

de París Si hubieras visto a los ejecutivos, menudo cabreo

tenían...

JUAN. -Perdona, Luis, pero me parece una estupidez, que

además le hace el juego a la reacción.

LUIS. -Estoy de acuerdo. Ya se lo dije a los compañeros: "Es

inútil que armemos tanto follón para que nos rebajen el bono.

Lo que tenemos que hacer es negarnos a pagarlo".

JUAN. -Vas mejorando. ¿Pero te has vuelto loco?

LUIS. -La empresa tiene que pagar el viaje. Y también debe

pagarnos el tiempo que pasamos en el tren. Porque no perde-

mos estos horas haciendo turismo, sino para el patrón.

JUAN. -¿Estás hablando en serio? Seguro que has estado con

algún extraparlamentario de esos, que son todos unos infiltra-

dos y unos provocadores.

LUIS. -No; he llegado a esas conclusiones yo solo. No es difí-

cil comprender que así no hay quien siga, que no podemos

esperar buena voluntad por parte del gobierno, o que inter-

vengan los sindicatos, y luego los sermones del Partido. Ya

está bien de delegar siempre en alguien, hasta para ir a mear.

Y encima la confianza, el sentido de la responsabilidad, y te-

ner paciencia y comprensión... No, se acabó, tenemos que

movernos solos, y cambiar las cosas nosotros...

JUAN. -Oye, Luis... ¿Tú no habrás estado hablando con un

policía sin bigote que es clavadito a un carabinero con bigote?

LUIS. -¿Quién?

JUAN. -Ese policía maoista y provocador, que dice que hay

que atracar supermercados... porque ése habla igual que tú,

igual de insensato y de exaltado.

LUIS. -No sé quién es. (Prueba de una lata abierta!) Hum, no

está mal este paté. ¿Qué es?

JUAN. -¿Has comido de esa lata?

LUIS. -Sí, perdóname, pero tenía hambre.

JUAN. -¿Sin limón?

LUIS. -¿Hay que ponerle limón?

JUAN. -Pues no sé, ¿Seguro que está bueno?

LUIS. -Buenísimo.

JUAN. -A ver. En fin, me lo esperaba peor. ¿Te importa abrir

esta otra?

LUIS. -¿De qué es?

JUAN.-(Lee) Es "un manjar exquisito para nuestro mejor

amigo". Una especie de paté para perros exigentes.

LUIS. -¿Qué? ¿Te has vuelto loco?

JUAN, -No, es que soy un gourmet, ¿sabes? Prueba esta sopa.

¡Anda, pruébala!

LUIS. -No está mal. ¿De qué es?

JUAN. -Una de mis especialidades: sopa de alpiste para cana-

rios con caldo de cabezas de conejo congeladas.

LUIS. -Pues el alpiste está algo duro, la verdad.

JUAN. -Ese es precisamente el secreto: el alpiste duro, y las

cabezas tiernas... ¿Quién se ha comida una aceituna?

LUIS. -Yo, ¿no podía comérmela?

JUAN. -¡Claro que no! ¡Era la aceituna de tu hijo! ¡Hay que

ver, cómo eres, Luis! ¡Pobre criatura!

LUIS. -¿Qué es eso de la aceituna de mi hijo...? ¿De qué hijo?

JUAN, -¿Es que no sabes que cuando uno nace... ya sabes, la

salmuera, que se sale...? Bueno, mejor ir paso a paso, que si

no... Empecemos por el Papa.

LUIS. -Juan, a tí te pasa algo. ¿Pero qué dices?

JUAN. --¿Y lo que tú dices, qué? Que el patrón tiene que pa-

garnos el billete porque viajamos para él. Según eso, tendría

que pagarnos también las horas de sueño, porque descansa-

mos para él, y el cine y la tele porque nos ayudan a descargar

las neuronas de la cadena de montaje. Y también tendría que

pagar un porcentaje a nuestra mujer cuando hacemos el amor

con ella, porque así nos recargamos para él, y así rendimos

más, ¡Anda, no me vuelvas loco!

LUIS. -No soy yo quien te vuelve loco, sino el patrón, que te

atonta en todas partes: en el cine, con esos polvos imposibles,

con culos que palpitan, con esas mujeres que mueven la boca

y la lengua como si lamieran helados... ¡y lo llaman cultura

del eros!

JUAN. -En lo del cine llevas razón, porque cuando sales de

una película, para relajarte te encuentras con el desfile de las

vallas publicitarias: culos para anunciar sujetadores, culos y

tetas para bolígrafos, pasta de dientes y yogures... Y tu mujer

camina a tu lado, la miras... y no tiene el cabello suave y va-

poroso como brisa marina, no se perfume con los limones

salvajes del Caribe, sus tetas son normales redondas, y no

bailan... El trasero es sólo un trasero, no un culo, como los del

cine... ¡No palpita! Tiene los pies hinchados, las manos rojas,

las uñas rotas, y yo la miro y me entran ganas de tirarla a la

basura. Desde luego, es una mierda.

LUIS. -Es un asco porque ellos lo montan así, lo apestan todo:

te ensucian el aire, te contaminan los rios, te convierten el mar

en una cloaca. Te convierten también el amor en una cloaca, y

las relaciones con a gente, y la comida...

JUAN. -Bueno, depende. Esta sopita de alpiste, sin ir más

lejos, no está mal.

LUIS. -Todo es una mierda. Mira, fábricas que cierran, despi-

dos masivos, por no hablar del paro. Y luego los escándalos,

como la quiebra de ese banco donde tenía sus millones el Pa-

pa.

JUAN. -Pues le está bien empleado a ese extranjero, por ma-

chacar a todas horas: "Procreemos, procreemos. Embarazaos,

embarazaos".

LUIS. -¿El Papa está preñado?

JUAN. -No, me refiero a tu mujer, ya me entiendes.

LUIS. -¿Qué tiene que ver mi mujer con el Papa?

JUAN. -Ya veo, finges no saberlo.

LUIS. -¡Claro que no lo sé! ¿Qué es todo esto del Papa?

JUAN. -¿Sabes lo que le dice el Papa a tu mujer en sueños?

LUIS -¿El Papa habla con mi mujer por las noches?

JUAN. -Sí, mira, Margarita está haciendo un cursillo de pola-

co para comunicarse con él.

LUIS. -¿Y qué le dice el Papa?

JUAN. -Pues le dice que no tome la píldora.

LUIS. -Pero si Margarita no la toma.

JUAN. -¿Ah, conque ya lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

LUIS. -Nadie, yo que lo sé. No tiene que tomarla, porque no

puede tener hijos, por una malformación que ahora no recuer-

do...

JUAN. -Tú sí que tienes la malformación en a cabeza. Tu

mujer está sanísima y puede tener hijos... la prueba es que

tiene uno.

LUIS. -¿Que Margarita tiene un hijo? ¿Desde cuándo?

JUAN. -Desde ahora. Es más, puede que ya haya nacido,

prematuro de cinco meses.

LUIS. -Pero qué dices, cinco meses... si ni siquiera tenía tripa.

JUAN. -No tenía porque se vendaba. Luego Antonia la des-

vendó, ¡y zas!, una tripa de nueve meses... ¡O de doce!

LUIS. -¿Me estás tomando el pelo?

JUAN. -Claro que no. La prueba es que mi Antonia, por si

quieres saberlo, ha ido con ella en ambulancia al hospital, que

casi daba a luz aquí en mi casa.

LUIS. -¿Cómo que casi daba a luz aquí?

JUAN. -Sí, ya había roto aguas; mira, las he recogido yo.

LUIS. -¿Las aguas?

JUAN. -Bueno, las aguas exactamente no: más bien la sal-

muera, con alguna aceituna, como la que te has comido.

LUIS. -Basta ya, Juan, ¿Dónde está Margarita?

JUAN. -Te lo he dicho: en el hospital.

LUIS. -¿En cuál?

JUAN. -¿Y yo qué sé? Si hubieras reservado la cama ahora lo

sabríamos. Pero así es capaz de estar recorriéndolos todos... y

luego va el niño y nace en la ambulancia de cualquier manera.

LUIS, -Se acabó: dime a qué hospital la han llevado, o te pego

un puñetazo.

JUAN. -Tranquilo, si ya te he dicho que no lo sé. Puede que

haya ido al centro ginecológico.

LUIS. -¿Qué centro ginecológico?

JUAN. -Donde hacen los trasplantes de prematuro de tripa a

tripa.

Luis. -¿Trasplantes de niños?

JUAN. -¡Sííí! Pero ¿en qué mundo vives? Como se nota que

no sabes nada de partos prematuros. Te lo voy a explicar. Tie-

nen una máquina con una tienda oxigenada; cogen a la mujer

que tiene el prematuro y le sacan el niño, luego cogen a otra

mujer, que es la segunda madre, la hacen la cesárea, le meten

al niño en la tripa, la vuelven a coser con placenta y todo, y a

los cuatro meses, ¡zas!

LUIS, -Me importa un bledo tu máquina, el trasplante y la

cesárea. Quiero saber dónde está ese centro ginecológico.

¿Tienes una guía de teléfonos?

JUAN. -No.

LUIS. -¿Por qué no?

JUAN. -Porque no tengo teléfono.

LUIS. -Pues bajemos al bar, que ahí tienen.

JUAN. -Espera, que ahora recuerdo. El ginecológico está en

Niguarda.

LUIS. -Pues está en la otra punta de Milán.

JUAN. -Sí, lo menos hay veinte kilómetros desde aquí.

LUIS. -¿Y por qué se han ido tan lejos?

JUAN. -Ya te lo he dicho, mira que eres burro. Porque ahí es

donde hacen el trasplante: cogen otra mujer, la primera que se

preste... ¿Otra mujer? ¡Mi mujer! Seguro que Antonia se pres-

ta. ¡La primera! Con lo tonta que es... Esa seguro que se deja

trasplantar, y me vuelve a casa con barriga. ¡Corre, vamos!

(Salen corriendo.)

OSCURO

SEGUNDO ACTO

Las dos mujeres vuelven a casa; MARGARITA sigue con tripa

y lloriquea.

ANTONIA. -Por fin hemos llegado. ¡Juan, Juan! No está. ¿Se

habrá ido ya al trabajo? ¿Qué hora es? Si son las cinco y me-

dia... Madre mía, hemos estado fuera más de cinco horas, (Mi-

ra en la otra habitación) Si ni ha tocado la cama, pobre mío.

MARGARITA. -La culpa es nuestra. Nunca me haces caso, y

mira qué lío hemos armado...

ANTONIA. -¡Ay, Margarita, qué pesadísima eres¡ Después

de todo, ¿qué ha ocurrido? Bastó con explicárselo todo a os

de la ambulancia, que enseguida nos ayudaron. ¡Y hasta nos

felicitaron! Tienes que confiar más en la gente, te lo tengo

dicho. (Mira en el frigorífico) ¿Quién me ha robado la mante-

quilla? Ah, aquí está. Dame el arroz que voy a hacer una sopi-

ta. (MARGARITA se lo saca de debajo del abrigo. ANTO-

NIA va a la cocina y ve la olla.) ¿Qué es esto? ¿El alpiste?

¡Ese tonto de Juan se ha terminado haciendo la sopa de alpiste

con cabezas de conejo, el muy guarro! Si es que no se le pue-

de decir nada, que enseguida se lo cree. Y luego se queja de

mi comida... A partir de ahora le pienso poner cabezas de co-

nejo en todas las salsas... ¡hasta rellenas de alpiste!

MARGARITA. -Por mí no hagas la sopa, que se me ha cerra-

do el estómago.

ANTONIA. -Pues te lo abres, que no es para tanto, guapa.

¿Sabes cuál es tu mayor defecto? Que no confías nada en la

gente. Tienes que convencerte de que la gente es... buena gen-

te. Bueno, toda no. Me refiero a la gente como nosotros, los

que trabajan. Esos se ponen enseguida de tu parte, si demues-

tras que no te duermes, que plantas cara y defiendes tus dere-

chos. Mira, me acuerdo de cuando lo de la fábrica de colines.

Eramos  mujeres, y todas juntas la ocupamos, nos instala-

mos por nuestra cuenta, compramos la harina, los vendimos,

en fín, todo. Una lucha que ni te imaginas, pero una lucha

provechosa, porque todos los obreros de Milán abrieron una

suscripción, para ayudarnos, en todas las ciudades, en todos

los pueblos. Recogieron unos ochenta millones, algo increí-

ble, que si no lo llego a ver con estos ojos, no me lo creo. Nos

trajeron el dinero por la mañana a la fábrica, nosotras estába-

mos amasando la pasta para los colines, y se nos cayeron unos

lagrimones así de gordos. Vamos, que nos ahorramos la sal,

¿Qué haces? ¿Estás llorando, tonta?

MARGARITA. -Es que me he emocionado.

ANTONIA. -Pues menos emoción, y piensa más en lo que te

he dicho, que esto no es un serial. ¿Qué estás haciendo?

MARGARITA. -Me saco los paquetes. ¿No pretenderás que

los lleve encima toda la vida?

ANTONIA. -Pues aquí no los sacas, que en mi casa no quiero

nada robado. Vamos a llevarlo todo a la caseta de mi suegro,

donde cultiva el huerto, junto a la vía. Y para tardar menos yo

también me preparo un buen tripón de ocho meses, y en un

par de viajes hemos terminado.

MARGARITA. -No, Antonia, yo no puedo más. Estoy agota-

da, y no sigo Lo dejo todo aquí, que no quiero nada.

ANTONIA. -Como quieras. Mira que eres tonta.

MARGARITA. -¿Ah sí? Pues entonces tú, que eres tan lista,

dime qué le cuento ya a tu marido, cuando vuelva a verme sin

tripa y sin niño.

ANTONIA. -Ya lo tengo pensado. Le diremos que has tenido

un embarazo histérico.

MARGARITA. -¿Histérico?

ANTONIA. -Sí. Es muy corriente. Una mujer cree que está

embarazada, se le hincha la tripa, y cuando va a dar a luz, sólo

le sale aire.

MARGARITA. -¿Y a santo de qué he tenido yo ese embarazo

histérico?

ANTONIA. A santo del Papa. Se te aparecía en sueños, di-

ciéndote: "Ten el niño, ten el niño", y tú le has obedecido y

has tenido un niño, pero de aire. Sólo el alma del niño. (Mien-

tras tanto MARGARITA ha sacado todos los paquetes, y

ANTONIA se ha hecho una tripa enorme debajo del abrigo.)

Ya está. Echame un vistazo a la sopa, que enseguida vuelvo.

MARGARITA. -¿Por qué no nos dejamos de tripas y lo lle-

vamos todo en las bolsas, en un solo viaje?

ANTONIA. -Pues porque abajo está la policía, esperando que

hagamos precisamente eso para trincarnos. Oye, si se te apaga

el gas, ahí está el soldador autógeno de Juan. Mira, se hace

así, se enciende...

MARGARITA. -¿Y no se pone al rojo vivo?

ANTONIA. -No, porque no es de hierro, sino de una cosa

especial que se llama antimonio, cosas de hombres. Llega a

dos mil grados, pero nunca se pone rojo. Y sirve para encen-

der el gas.

MARGARITA. -(Mirando por la ventana.) Mira, ahí va María

la del tercero que también está embarazada... está cruzando...

ANTONIA. -En este dichoso barrio no se te puede ocurrir una

idea graciosa, que enseguida te la copian.

MARGARITA. -Me lo he pensado mejor y voy contigo.

(Vuelve a colocarse las bolsas.)

ANTONIA. -Entonces date prisa. Voy a por las llaves de la

caseta. Ya sabía yo que te lo pensarais. Si ya te lo he dicho

antes, yo confío en la gente, hasta en las cobardes como tú,

que cuando llega la hora de la verdad no se echan atrás. Va-

mos, muévete, tontona. (Se acaricia el vientre.) ¿Sabes una

cosa? Siento una emoción tremenda al tocarme esta barriga...

Me recuerda a mi niño.

MARGARITA. -¿Tu niño?

ANTONIA. -La verdad es que tiene ya más de veinte años,

pero para mí sigue siendo mi niño, aunque ya sea un hombre,

y viva su vida. ¿Estás lista?

MARGARITA. -Sí

ANTONIA. -Pues vamos. ¡Este es realmente el día de la ma-

dre! (Salen)

(Cambia de escena. Cae un telón en corbata. JUAN y LUIS

entran en escena como si fueran por la calle. LUIS saca un

gorro y se lo pone)

LUIS.- Lo que faltaba, ahora empieza a llover.

JUAN. -Estoy agotado. Tengo las botas llenas de pies, cuatro

pies en cada bota. Tú y tu brillante idea de recorrernos los

hospitales... Si te dicen que tu mujer no ha sido ingresada,

¿para qué tanta excursión?

LUIS. -Cualquiera se fía de ellos.

JUAN. -Bueno, mira, me voy al trabajo, que me van a descon-

tar una hora. (Se desplaza para mirar hacia la derecha, al patio

de butacas.) ¡Mira allí! ¿Qué habrá pasado? ¡Vaya accidente!

LUIS.- ¡ Han volcado!

JUAN. -Claro, con tanta agua, un frenazo, y ¡cataplum! (Entra

el INSPECTOR de policía.)

INSPECTOR. -¡Atrás, atrás! Aléjense, es peligroso. Puede

que estén cargados de material inflamable, y exploten de un

momento a otro.

JUAN. -Qué hay, inspector. Siempre nos vemos en situacio-

nes agradables, ¿eh?

INSPECTOR. -Ah, es usted, qué tal. ¿Ve qué vida la nuestra?

(Hacia el fondo del patio de butacas.) ¡Eh, vosotros, los del

terraplén! Pero ¿qué hacen esos locos? ¡Atrás, atrás! Circu-

len... ¡Iros a trabajar! ¿Pero es que no os basta con los acci-

dentes de trabajo y venís a buscarlos aquí?

JUAN. -Es que son masoquistas.

LUIS. -¿Le conoces?

JUAN. -Sí. es un amigo, un maoísta de los peores. Para mi

que es un infiltrado.

LUIS. -¿En la policía?

JUAN. -Claro. Eh, inspector, mire que ahí, en el camión, pone

"sosa cáustica", y eso no explota.

INSPECTOR. -Ya lo sé, pero eso lo pone fuera, y no sabemos

qué lleva dentro.

JUAN. -Qué desconfiado es usted, inspector. Son camiones de

transportes Internacionales, de los que van al extranjero. Con

todos los controles que tienen... ¡Figúrese si van a escribir una

cosa por otra! Verá cómo no explota.

INSPECTOR. -El camión no explotará, pero a mí me explo-

tarán las pelotas. ¿Sabe que llevo de pie desde ayer por la ma-

ñana?

JUAN. -¿Y nosotros, qué? Levantarse, mono, la fábrica, fi-

char, la sirena, la cadena de montaje, salida, fichar, casa, mo-

no. ¡Correr, moverse, a las órdenes!

INSPECTOR. -Usted ya está preparado para entrar en la po-

licía ¿Por qué no toma mi puesto?

JUAN. -Pues yo en su puesto para empezar haría retirar todos

esos sacos, porque como contienen sosa cáustica, con lo que

está lloviendo va a empezar a hervir, y ya verá entonces qué

desastre. Le advierto que cáustico quiere decir que quema,

¿sabe?

INSPECTOR. -Tiene razón. Échenme una mano. Siempre me

ha gustado la gente con iniciativa y buena voluntad. ¡Vamos!

JUAN. -Caray con las ideas que se me ocurren...

LUIS. -Ese es tu problema, tienes demasiadas ideas... ¡Gilipo-

llas!

INSPECTOR. -(Al fondo de la sala.) Eh, vosotros, echadnos

una mano con estos sacos... Hacedlo por vuestros compañeros

camioneros... Hay que ser solidarios en la desgracia... (Em-

pieza la acción de la cadena para pasarse los sacos. Se unen

dos o tres actores que suben al escenario)

JUAN. -Ha visto, usted que es tan pesimista; mire, están ba-

jando todos a ayudar. Y eso que llegarán tarde al trabajo, y se

lo descontarán de la paga.

INSPECTOR. -Yo nunca he dicho que la gente no sea genero-

sa.

JUAN. -Pero es usted demasiado desconfiado. Me recuerda a

un patrón que tuve, un viejo sordo y que tenía un perro más

viejo y sordo que él. Y como sólo se fiaba del perro, le mandó

hacer un aparato acústico especial.

INSPECTOR. -¿Un aparato acústico para perros?

JUAN. -Si, un sonotone de pilas, y muy potente. Se lo ató a la

parte interior de la pata. Pero cuando el perro la alzó para me-

ar, mojó la batería, cortocircuito, y ¡zas!, electrocutado.

INSPECTOR. -Trataré de no alzar la pata. Diga, ustedes que

han llegada aquí antes, ¿no han visto a los camioneros?

LUIS. -¡Es verdad! ¡A ver si se han quedado aplastados en la

cabina!

INSPECTOR. -No, se han salvado.

JUAN. -Menos mal

INSPECTOR. -Pero a base de salir pitando.

JUAN. -¿Y eso por qué?

INSPECTOR. -Porque estos sacos que estamos salvando con

tanta generosidad, no contienen sosa cáustica, sino azúcar, y

aquellos hartos, y los que llegan arroz.

JUAN. -Vaya sinvergüenzas. ¿Y a dónde lo llevaban?

INSPECTOR. -La primera carga iba a Suiza, y la otra a Ale-

mania.

JUAN. -¿Y cómo se las arreglan con los controles?

INSPECTOR. -Tienen uno a la salida, y se acabó. Salen, y ya

no hay quien los pare.

JUAN. -Te das cuenta, Luis, esos piratas de industriales; no

sólo almacenan la comida para luego subir los precios, sino

que, encima, se la llevan... No les basta con mandar a Suiza

todo el dinero que ganan a nuestra costa. Además se llevan

hasta la comida. ¡Serán sinvergüenzas!

INSPECTOR. -Muy bien, desahóguese, indígnese, que la in-

dignación es la mejor arma del idiota.

JUAN. -Vaya, muchas gracias ¿Y qué es lo que piensa hacer,

inspector?

INSPECTOR. -Gracias a su ayuda salvamos la mercancía,

porque algo había que hacer, ¿no? Luego haré un bonito in-

forme, y pondré una denuncia. Esta misma noche, la televi-

sión informará de la rápida y espectacular operación policial.

Así que, avisados con tiempo más que suficiente, gracias a ese

hermoso soplo televisivo, los responsables podrán largarse al

extranjero. El juez los condenará a unos cuatro meses en re-

beldía. El Presidente de la República concederá rápidamente

el perdón, como otras veces, y todo arreglado.

JUAN. -Peno bueno, por lo menos la mercancía...

INSPECTOR. -Les será devuelta los propietarios, previo pago

de una fuerte multa, contra la que recurrirán las veces que

haga falta, hasta conseguir que les permitan pagar sólo la

fianza.

JUAN.- No o creo... ¡Es demasiado repugnante!

INSPECTOR. -Yo tampoco me lo creo.

JUAN, -¿Lo ve? No se lo cree ni usted.

INSPECTOR. -Yo no puedo creérmelo, por el grado que lle-

vo. Pero para usted es distinto, usted no se lo puede creer por-

que...

JUAN. -Porque soy idiota, no se moleste.

INSPECTOR. -Si insiste... (Se desplaza unos pasos hacia la

derecha) Eh, ¿Pero a dónde van esos? ¡Que se están llevando

los sacos! Han descubierto que contienen harina y azúcar ¡Eh,

vosotros! (Sale rápidamente)

LUIS. -Oye, Juan... ¿Sabes lo que te digo? Que estoy por co-

ger un par de sacos y llevármelos a casa.

JUAN. -¿Te has vuelto loco? ¿No querrás ponerte a la altura

de esa gentuza, que ni son obreros ni nada? Además, yo no

cojo lo que no es mío.

LUIS. -¿Cómo que no es tuyo? ¿Pues quién lo hace, quién lo

siembra? ¿Quién construye las máquinas para trabajarlo?

¿Quién lo trabaja? ¿Acaso no somos nosotros, siempre y úni-

camente nosotros? Y ellos, los empresarios, ¿no son por el

contrario los que siempre estafan?

JUAN. -Muy bien, y como vivimos en un país de bandidos y

ladrones, ¡hala, a robar! ¡El más listo es el que más roba! Y el

que no roba es imbécil. Pues ¿sabes lo que te digo? Que yo

me siento orgulloso de ser un idiota en un mundo de listos

y de ladrones.

LUIS. -Ya. Eso se llama "orgullo de idiota"

JUAN. -Tú lo has dicho. Porque tu discurso es el de un sub-

proletario desesperado, que no ve más solución que apañárse-

las como puede. ¡Cada uno para sí mismo, todos para cada

uno! Y eso es precisamente lo que quieren los patronos, para

poder llegar, los pobres, a la necesidad ineludible de tener que

poner orden con un hermoso golpe de estado, con los genera-

les fascistas y los carabineros.

LUIS.- De eso nada; los generales y el fascismo sólo llegan

cuando los obreros estamos con el culo en el suelo y no nos

movemos para coger lo que nos pertenece.

JUAN. -Para eso están las luchas de los sindicatos. Y no me

vengas con que se duermen, con que no hacen nada, porque

todo lo organizan ellos.

LUIS. -Lo organizan porque antes, por debajo, se han movido

las bases.

JUAN. -Ah, claro, la creatividad de las bases, ya se sabe... Y

los sindicatos llegan siempre tarde, con las cosas hechas, ¿no?

¿Es que ahora ya no crees ni en los sindicatos?

LUIS. -Claro que creo, pero cuando dirigimos nosotros las

luchas, no cuando vienen ellos a decirnos lo que tenemos que

hacer. Vienen a enterrar las luchas, a pactar para no compro-

meter el equilibrio gubernativo, y se dejan chantajear por los

partidos con sus manejos, en nombre de la unidad a toda costa

dentro de la dirección del sindicato. (Entra el BRIGADA de

los carabineros)

BRIGADA. -¿Qué ocurre aquí?

LUIS. -Pues ya ve, aquí cargando, para salvar a la patria.

BRIGADA. -Pero qué dice... ¡Esto es un auténtico expolio!

JUAN. -Si es el señor brigada con bigote... Mira, Luis, cómo

se parece al inspector de antes. (Los otros dos obreros que

ayudaban en la cadena se largan con los sacos)

BRIGADA. -¡Eh, vosotros quietos ahí; soltad esos sacos!

¡Soltadlos o disparo! Malditos cobardes, se han escapado ¿Y a

vosotros quién os ha dado permiso para tocar esos sacos?

LUIS. -¡Vaya hombre, si encima nos van a pegar un tiro!

JUAN. -Cálmese, brigada. Y procure no tropezar con esa pis-

tola, que ustedes siempre que tropiezan se llevan a alguien por

delante ¡Tienen el tropiezo fácil!

BRIGADA. -Oiga, no se haga el gracioso. Queda advertido.

JUAN. -De acuerdo, pero piense que estamos haciendo un

favor, que si no se pudre todo.

BRIGADA. -No necesitamos favores. Váyanse.

JUAN. -Con mucho gusto. Pero conste que nos lo dijo el ins-

pector.

BRIGADA. -¿Qué inspector?

JUAN. -El de policía.

BRIGADA. -Pues entonces sigan... No, esperen, que voy a

controlar. (Sale)

LUIS. -Te darás cuenta de que estamos bien pringados...

JUAN. -Es algo basto, pero en el fondo es buena persona. No

olvides que fue él quien se preocupó de meter a tu mujer y al

niño en la ambulancia... No como otros.

LUIS. -Oye, Juan, antes te estaba diciendo una cosa.

JUAN. -¿Qué?

LUIS. -Sobre las luchas justas y organizadas. Desde mañana

estamos todos en el paro.

JUAN. -¿Quién te lo ha dicho?

LUIS. -Me enteré ayer, en el tren. Nos echan a los seis mil

que estamos con  horas, y dentro de dos semanas cierran.

JUAN. -¿Y por qué? Si no están en crisis. Todo lo contrario,

creo que tienen pedidos hasta el año próximo.

LUIS. -¡Como que les importan los pedidos! Además, se lo

pueden llevar todo a Argentina, que ganan más... O mejor

aún, al Brasil.

JUAN. -Por la mano de obra barata, ¿no?

LUIS. -Y más cosas: salarios congelados, pocas huelgas y

pactadas, un gobierno que garantiza la paz social... Y nosotros

al paro.

JUAN. -Pásame ese saco... Y ese otro... ¡Y esos dos¡ Tú espa-

bila y carga lo que puedas.

LUIS. -Pero ¿y el orgullo de ser un idiota demócrata lega-

lista?

JUAN. -Llega un momento en que hasta los idiotas recapa-

citan. Anda, carga y vámonos. Después de todo, hemos traba-

jado, ¿no? ¡Así que es nuestro! (Salen cargadísimos. El BRI-

GADA grita desde cajas)

BRIGADA. -¡Eh, vosotros! ¿Dónde vais con eso? Quietos...

¡Quietos o disparo! ¡Que disparo!

JUAN. -Sí, dispara..., ¡pero a tus cojones!

BRIGADA. -(Entra en escena sin aliento) ¡Cabrones, sinver-

güenzas! Y decían que estaban ayudando... (Sale detrás de

ellos)

(Cambio de escena. El telón permanece cerrado. Sólo hay

una variación en la luz, para indicar que se trata de otro am-

biente de calle. Por la derecha vuelven a entrar JUAN y LUIS

cargados de sacos)

JUAN. -Ánimo, Luis. Un poco más y llegamos... Para, para,

que justo delante de casa hay una furgoneta de la policía.

LUIS. -Fijate, esas dos que cruzan la calle. ¿No son nuestras

mujeres?

JUAN. -Imposible, no pueden ser ellas.

LUIS. -Pues están entrando en el edificio. Además, una está

embarazada.

JUAN. -No, mira mejor. Lo están las dos.

LUIS. -Ah, pues es verdad; entonces no pueden ser ellas.

JUAN. -¡No tenemos escapatoria! ¡Mira... allí!

LUIS. -¿Qué?

JUAN. -¿No lo ves? El brigada de los carabineros, que nos ha

seguido. Qué cabrón, con todos los que han robado sacos,

viene justo a por nosotros. Será porque hemos robado dema-

siado poco.

LUIS. -Lógico, sabe dónde vives... Verás cómo va a buscar-

nos a tu casa.

JUAN. -Pues entonces vamos a la tuya.

LUIS. -De acuerdo. Vamos por ahí y lo despistamos.

(Salen por el centro del telón; el BRIGADA en cambio cruza

toda la escena y sale por la izquierda. En e oscuro se abre el

telón y vuelve a aparecer la casa de ANTONIA. Llegan las

dos mujeres con sus tripas)

ANTONIA. -Entra y cierra la puerta.

MARGARITA. -Con tanta carga y descarga me siento como

un camión.

ANTONIA. -Ay, hija, siempre te estás quejando. Eres una de

las tres mujeres más pesadas que conozco. Menos mal que no

me he casado contigo. ¡Qué mujer ésta!

(MARGARITA se desabrocha el abrigo y saca ensaladas y

coles)

MARGARITA. -Tenemos ensalada para un mes.

ANTONIA. -Puede que nos hayamos pasado, pero no había

otro remedio. (Va a la cocina, preocupada) Se nos ha olvidado

la sopa: parecerá engrudo. (Levanta la tapadera) Uy, si ni si-

quiera ha roto a hervir... No hay gas... ¡Nos lo han cortado,

esos sinvergüenzas! Verás cómo dentro de poco nos cortan la

luz. (Llaman a la puerta) ¿Quién es?

VOZ. -Un amigo.

ANTONIA. -¿De quién?

VOZ. -Soy un compañero de su marido, y le traigo un recado

suyo.

ANTONIA. -¡Ay, Dios mío, qué le habrá pasado a mi Juan!

(Va a abrir)

MARGARITA. -Espera un momento que me guarde la ensa-

lada.

ANTONIA. -Un segundo, por favor, que no estoy vestida.

(Abre la puerta y aparece el BRIGADA) ¿Usted? ¿Qué broma

es esta?

BRIGADA. -¡Quietas las dos! ¡Esta vez os he pillado! Ahí

están, las dos embarazadas, de pronto. ¡Pero cómo crecen esas

tripas! Ya me había percatado yo del truco, ¿qué se creían?

ANTONIA. -Pero ¿qué dice este hombre? ¿De qué truco

habla?

MARGARITA. -(Dejándose caer en la cama) ¡Lo sabía, lo

sabía!

BRIGADA. -(A MARGARITA.) Veo con alegría que no ha

perdido a su retoño. Y usted, señora, para compensar... ¡En-

horabuena! En cinco horas ha hecho el amor, ha quedado em-

barazada y ha llegado al noveno mes... ¡Qué rapidez!

ANTONIA. -Le advierto que está muy equivocado.

BRIGADA. -Oiga, señora, ya no me engaña. ¡Saquen la mer-

cancía robada!

ANTONIA. -Está loco. ¿De qué habla?

BRIGADA. -No se pase de lista. El jueguecillo ya es dema-

siado descarado: los maridos salen a hacer limpieza, luego

pasan los sacos a las mujeres, que se fabrican una tripa, ¡y ya

está! Llevo todo el día viendo pasar mujeres embarazadas.

Pero ¿será posible que todas las mujeres del barrio se hayan

embarazado al mismo tiempo? Puedo entender lo de la famosa

fertilidad del pueblo, pero esto es demasiado. Mujeres madu-

ras, muchachas, niñas, hasta una ancianita de ochenta años, la

he visto con estos ojos, con una barriga que parecían geme-

los...

ANTONIA. -Ah, ya; pero no es por lo que cree, sino por la

Santa Patrona.

BRIGADA. -¿Qué Santa Patrona?

ANTONIA. -Sí, Santa Eulalia... Sabe, esa santa que no podía

tener hijos, y cuando llegó a los sesenta años, figúrese que el

Señor le hizo la gracia de quedarse embarazada.

MARGARITA. -¿A los sesenta años?

ANTONIA. -Sí, y el marido tenía más de ochenta.

MARGARITA. -¡No me diga!

ANTONIA. -Por lo visto el marido murió enseguida. La fuer-

za de la fe, ya se sabe. Así que, para recordar este milagro,

todas las mujeres del barrio se pasean durante tres días con

tripa postiza.

BRIGADA. -Qué bonita tradición. Así que por eso atracáis

los supermercados, ¿no? Para conseguir el relleno para la tri-

pa. Hay que ver, lo que hace la religiosidad del pueblo...

¡Bueno, basta de payasadas! Enséñeme lo que lleva ahí debajo

o perderé la paciencia.

ANTONIA. -¿Y qué piensa hacer si la pierde? ¿Arrancarnos

la ropa? Le advierto que como nos toque con un solo dedo, e

insista en querer ver, le ocurrirá la desgracia.

BRIGADA. -No me haga reír. ¿Qué desgracia?

ANTONIA. -La misma que le ocurrió al marido de Santa Eu-

lalia. Como era un incrédulo, pues no lo creía. "Santa Eulalia,

ven aquí", le dijo; "enséñame lo que llevas ahí debajo y déjate

de historias, que como estés embarazada yo te mato, porque

yo no soy el padre''. Entonces Santa Eulalia se abrió el vesti-

do, y ¡segundo milagro!: del vientre le salió... ¡Una cascada

de rosas!

BRIGADA. -Muy bonito milagro.

ANTONIA. -Y no acaba ahí la historia. Al viejo se le oscure-

ció de pronto la vista: "¡No veo, no veo!", gritaba. "Estoy cie-

go; Dios me ha castigado". "¿Crees ahora, oh incrédulo?", le

preguntó la Santa. "¡Sí, creo!", y entonces, creo!", y entonces,

tercer milagro: entre las rosas apareció un niño de diez meses,

que ya hablaba y que dijo: "Papá, el Señor te perdona, puedes

morir en paz". Le tocó con la manita en la cabeza, y el viejo

murió. Pero muy tranquilo, ¿sabe?

BRIGADA. -¿Has terminado? Enséñame las rosas.

ANTONIA. -Está bien. ¿Entonces es usted un incrédulo?

BRIGADA. -Sí, mucho.

ANTONIA. -¿No teme la desgracia?

BRIGADA. -Ya le he dicho que no.

ANTONIA. -Como quiera. Luego no me diga que no le avisé.

(A MARGARITA) Anda, levántate que vamos a descubrirnos

juntas:

''Santa Eulalia del tripón,

a quien no crea este miráculo,

échale la maldición;

A quien no crea en el oráculo,

dale dolencia malvada,

noche y niebla en la mirada;

Santa Eulalia Santa bella,

dale un golpe y que así sea."

(Las dos mujeres se abren el abrigo)

BRIGADA. -¿Qué es eso?

ANTONIA. -Uy, si parece ensalada.

BRIGADA. -¿Ensalada?

ANTONIA. -Pues sí, es ensalada: lechuga, escarola, endivia,

berros, ¡y hasta una coliflor!

MARGARITA. -Yo también tengo una coliflor...

BRIGADA. -Pero ¿por qué os habéis escondido toda esa ver-

dura en la tripa?

ANTONIA. -Nosotras no hemos sido. A ver si va a ser un

milagro...

BRIGADA. -Sí, el milagro de la lechuga... ¿Dónde están las

rosas?

MARGARITA. -Es que están muy caras...

ANTONIA. -Oiga, brigada, cada uno hace los milagros según

la estación. Además, ¿es que está prohibido? ¿Acaso hay al-

guna ley que diga que un ciudadano italiano, sobre todo si es

de sexo femenino, no pueda llevar escarola, lechuga, endivia

y coliflor en la tripa?

BRIGADA. -Claro que no hay ninguna ley, pero no compren-

do por qué os habéis metido toda esa verdura...

ANTONIA. -Ya se lo he dicho, para recordar el milagro de

Santa Eulalia. Y a quien no se lo crea, antes o después le ocu-

rre la desgracia. (Baja lentamente la luz)

LAS DOS. -"Santa Eulalia del tripón, a quien no crea... "

BRIGADA -¿Qué pasa ahora, se va la luz?

ANTONIA. -¿Qué luz?

BRIGADA. -¿No ve que está bajando... que está oscurecien-

do?

ANTONIA. -Pero qué dice; yo veo perfectamente. ¿Y tú,

Margarita?

MARGARITA. -Pues yo... (ANTONIA le da una patada)

ANTONIA. -Mire, nosotras vemos igual que antes. Puede que

a usted e le esté debilitando la vista. (MARGARITA se acerca

a ANTONIA a tientas)

MARGARITA. -(En voz baja) Se ha ido la luz en toda la ca-

sa. Nos la han cortado.

BRIGADA. -Déjese de bromas, ¿Dónde está el interruptor?

ANTONIA. -(Moviéndose tranquilamente en la oscuridad)

Aquí, ¿no lo ve? Espere, ya voy yo, que para eso es mi casa.

(Se oye el clic.) ya está, ¿lo ve?, ahora está apagada; ahora

está encendida... ¿Lo ve?

BRIGADA. -No, no veo nada...

ANTONIA. -¡Ay, Santa Eulalia que se ha quedado ciego! Le

ha ocurrido la desgracia. El señor le ha castigado por incrédu-

lo.

BRIGADA. -¡Basta! Abran la ventana... Quiero ver la calle.

ANTONIA. -Si ya está abierta.

MARGARITA. -Sí, la ventana está abierta, ¿no lo ve?

ANTONIA. -Venga a ver. (Lo coge por el brazo) Por aquí,

BRIGADA. (Le coloca una silla delante) Cuidado con la silla.

(Gope)

BRIGADA. -Ayyyyy... ¡mi espinilla!

ANTONIA. -Tenga cuidado por donde pisa.

BRIGADA. -¿Cómo voy a tener cuidado si no veo nada?

ANTONIA. -Es verdad, pobrecillo, si no ve... ¡Qué desgracia!

Aquí está la ventana. (Lo ha llevado al aparador y abre las

puertas.) Tenga cuidado... Eso es, apóyese que ahora abrimos

la persiana... Toque, toque; ¿ve cómo está abierto? (El BRI-

GADA toca a tientas) Oh, qué vista tan bonita tiene mi venta-

na. ¿Ve cuánta luz hay en la calle? Pero ¿qué día es hoy? Ah,

claro, son las bombillas por la fiesta de Santa Eulalia... ¡Cuán-

ta luz, qué lujo! ¿No ve?

BRIGADA -No, no veo. ¡No veo nada! ¿Qué me ha ocurrido?

Una cerilla. ¡Enciendan una cerilla!

ANTONIA. -Enseguida; quédese ahí que voy a buscarla. Mi-

re, tengo algo mejor: un soplete de llama. (Enciende) Mire,

mire qué llama tan hermosa.

BRIGADA. -No la veo Déjeme tocar.

ANTONIA. -¡No, no, que está al rojo vivo!

BRIGADA. -No veo nada rojo. Le digo que me deje tocar.

¡Auuuu! ¡La mano, que me he quemado la mano!

ANTONIA. -¿Ve lo que pasa cuando no se cree?

BRIGADA. -¡¡Estoy ciego!!

ANTONIA. -Pues sí. Llevamos una hora diciéndoselo. Ha

sido la desgracia.

BRIGADA. -¿Dónde está la puerta? ¡Quiero salir!

ANTONIA. -Espere que le acompaño. Venga... Aquí está la

puerta. No le acompaño porque tengo mucho que hacer, pero

ya sabe, baja la escalera, y luego a la derecha... (Abre el arma-

rio; el BRIGADA se lanza contra el tabique, retrocede tamba-

leándose y cae al suelo)

BRIGADA. -¡Auuuuuuu!

MARGARITA. -Se ha roto la cabeza.

BRIGADA. -Ayyy, mi cabeza... ¿Qué ha sido?

ANTONIA. -El niño, que le ha tocado la frente con la manita.

BRIGADA. -¡Caray con la manita! (Se desvanece)

ANTONIA. -¡Brigada! ¡Brigada! Se ha desmayado.

MARGARITA. -¿Estás segura de que no está muerto?

ANTONIA. -No. A ver... Pues es verdad, no respira. Y no le

late el corazón.

MARGARITA. -¡Ay, Virgen Santa, hemos matado a un cara-

binero!

ANTONIA. -¿Qué hacemos ahora?

MARGARITA. -¿Me lo preguntas a mí? Tú lo hiciste, Yo me

voy a mi casa, ¿Dónde he puesto las llaves?

ANTONIA. -Vaya amiga, que me dejas aquí plantada con un

carabinero muerto. ¡Viva la solidaridad!

MARGARITA. -(Encuentra las llaves en el aparador.) Aquí

están. Pero si tengo otras en el bolsillo... Deben ser las de

Luis. Eso es que ha venido aquí a buscarme, y se las ha deja-

do.

ANTONIA. -Pues entonces volverá a por ellas.

MARGARITA. -Seguro que se ha encontrado con Juan, que

le habrá contado lo de mi embarazo, ¿Y qué le cuento yo aho-

ra? Yo no valgo como tú para inventármelo todo... Me quedo

aquí Tú te ocuparás de sacarme de este embrollo. Se lo cuen-

tas tu todo.

ANTONIA. -Sí, claro, yo le cuento todo: ¡yo lo hago todo!

Como tengo tanta aguante, ¿verdad? (Observa al BRIGADA)

Oye, que ese está muerto de verdad.

MARGARITA. -¿Lo ves? ¡Tú y tus milagros!

ANTONIA. -Yo ya se lo advertí: ¡cuidado con la maldición,

que Santa Eulalia es una santa terrible y muy rencorosa! (Lo

coge por los hombros, lo levanta y lo deja caer)

MARGARITA. -¿Qué le haces?

ANTONIA. -La respiración artificial.

MARGARITA. -Eso ya no se hace. Hay que practicarle el

boca a boca, como a los ahogados.

ANTONIA. -¿No querrás que ahora me ponga a besar carabi-

neros? Que si se entera mi marido... Anda, Margarita, bésale

tú.

MARGARITA. -Ni hablar. Necesitamos una bombona de

oxígeno.

ANTONIA, -(Reflexiona) ¡La tengo! Mira, las de la soldadu-

ra. Una es de hidrógeno, y la otra de oxígeno. Ven, ayúdame.

Cierro la válvula del hidrógeno, así, y abro la del oxígeno.

Verás cómo le gusta. Es como pasar un mes en la sierra. Se

curará enseguida.

MARGARITA. -¿Crees que funcionará?

ANTONIA. -Claro, si lo he visto en el cine ¿Ves? Ya empieza

a respirar; mira cómo mueve el estómago. Se levanta... Ahora

verás cómo se baja...

MARGARITA. -A mí me parece que sólo se levanta... Anto-

nia, para, para, ¡que lo estás hinchando como un globo!

ANTONIA. -¡Me he equivocado de bombona! No consigo

sacarle el tubo de la boca, lo aprieta con los dientes. ¡Vete a

cerrar la válvula, corre! No, del otro lado; lado; gírala hacia el

otro lado.

MARGARITA. -Ya está.

ANTONIA. -Vaya barriga... He preñado a un carabinero.

(Oscuro. Se corre el telón y sube lentamente la luz. JUAN y

LUIS en escena)

JUAN. -No podemos seguir esperando horas en el descansillo

como dos imbéciles. Voy a tirar la puerta.

LUIS. -Ya has visto que lo he intentado, y casi me rompo el

hombro. No hay nada que hacer; tiene tres cerrojos por den-

tro.

JUAN. -¿Y para qué tanto armamento?

LUIS. -Es Margarita, que tiene pánico a los ladrones.

JUAN. -Pues no sé por qué se preocupa. No puedes entrar ni

tú, que vives en la casa.

LUIS. -Espera, ahora que recuerdo, me he dejado las llaves en

tu casa... Si, encima del aparador.

JUAN. -Vaya hombre, a buenas horas...

LUIS. -Dame tus llaves, que voy a buscar las mías.

JUAN. -Muy hábil. El brigada nos estará esperando como un

buitre, y ¡zas!

LUIS. -Se habrá cansado y se habrá ido.

JUAN. -Sí, ya; ese con el aguante que tiene se habrá instalado

en mi casa de por vida... No podré fingir que vuelvo a casa.

Tendré que emigrar. (Se oyen pasos) Cuidado, viene alguien.

LUIS. -Será algún vecino.

JUAN. -Esconde los sacos. (Se quita la gabardina y tapa los

sacos)

VOZ. -(De cajas) Oigan, por favor, ¿me pueden informar?

JUAN. -Estamos apañados.

LUIS. -¿Por qué?

JUAN. -Es la voz del brigada. ¿Ves cómo alguien ha dado el

chivatazo?

LUIS. -No es él; se le parece, pero no es él.

JUAN. -Tienes razón: se le parece, pero no es él.

EMPLEADO. -(Entra en escena) ¿Hablaban conmigo?

JUAN. -No, no; es que me parecía conocerle.

LUIS. -Hay que ver cómo se le parece.

EMPLEADO. -¿A quien?

JUAN. -A un brigada de carabineros con bigote, que es clava-

dito a un policía de paisano sin bigote... je, je... ; perdone que

me ría, pero esto me recuerda una comedia que vi una vez,

donde como les faltaban intérpretes, un actor tenía que repre-

sentar todos los papeles de policía que había en la obra.

EMPLEADO. -La verdad es que yo no soy policía.

JUAN. -¿Ah no? ¿Y qué papel hace?

EMPLEADO. -Soy empleado de pompas fúnebres (JUAN y

LUIS se lanzan a la puerta para tocar madera) ¿Podrían de-

cirme dónde vive un tal Sergio Prampolini?

LUIS. -En el tercero. Pero estará en el hospital, ¿sabe? Siem-

pre está enfermo el pobre... Vaya vida.

EMPLEADO. -Y que lo diga, porque se ha muerto. ¿No sabe

usted si durante el día vuelve aquí algún familiar? Es que ten-

go que entregar el ataúd.

LUIS. -Pues mire, lo más seguro es que su hijo vuelva esta

noche. Pero puede que le convenga llevar el ataúd al hospital,

si se ha muerto allí.

EMPLEADO. -Precisamente vengo de allí, pero por desgracia

el cuerpo del finado ya no está.

JUAN. -Pues déjelo en el portal, con una tarjeta, y cuando

vuelva el hijo del muerto dirá: "¡Es para Papá!", y se lo subirá

a casa.

EMPLEADO. -No puedo... Imagínense, un féretro abandona-

do ahí, con toda la gente pasando... Los niños, que se meterán

dentro para jugar a los indios en canoa... No, no puedo.

Además, necesito a alguien de confianza para que me firme el

albarán de entrega.

LUIS. -Pues entonces no sabemos qué aconsejarle.

EMPLEADO. -Ustedes parecen personas de confianza.

JUAN. -Parecemos.

EMPLEADO. -Viven aquí ¿verdad?

LUIS. -Sí, yo vivo ahí.

EMPLEADO. -Entonces todo resuelto. Yo le entrego el ataúd,

lo metemos en su casa, cuando llegue el hijo del finado...

LUIS. -¿Un ataúd en casa?

EMPLEADO. -No crea, ocupa poco lugar. Además, si uno se

olvida del uso algo macabro, hasta es decorativo; basta con

acostumbrarse.

LUIS. -Comprendo; lo que ocurre es que no podemos entrar

en mi casa porque no tenemos llave.

EMPLEADO. -Qué lástima. Entonces no me queda más re-

medio que volvérmelo a llevar.

JUAN. -Espere, puede que haya una solución. Lo llevamos a

mi casa, yo vivo enfrente. Si usted se fía, yo me hago cargo.

EMPLEADO. -Por supuesto que me fío, y no sé como agra-

decérselo.

JUAN. -No es nada... Pero me gustaría que me hiciera un fa-

vor.

EMPLEADO. -Diga, diga.

JUAN. -Tendría que dejarnos cargar estos sacos dentro del

ataúd. Es que como está lloviendo, y es material delicado, no

puede mojarse, ¿sabe? El ataúd tiene tapa, ¿verdad?

EMPLEADO. -Pues sí. Es un ataúd reglamentario, de pobre,

pero le ponemos tapa y todo.

JUAN. -Pues vamos.

EMPLEADO. -Yo iré delante para descargar el ataúd.

(Sale. Los dos cargan bolsas)

JUAN. -¡A ver si los Policías se atreven a registrar un ataúd!

LUIS. -La verdad es que esta vez has tenido una idea estu-

penda.

EMPLEADO. -(Desde cajas) Eh, oigan, ya estamos. ¿Bajan?

JUAN. -Pero tiene que haber un muerto.

LUIS. -¿Y quién será el muerto?

JUAN. -Yo. Y tú un empleado de pompas fúnebres.

(Salen. Oscuro y cambio de escena. Se abre el telón: las dos

mujeres en casa)

MARGARITA. -Hay que ver cómo eres, Antonia. Tenemos

un muerto en casa, y tú pensando en el traslado de la pasta y

el arroz.

ANTONIA. -Son los últimos viajes, y además, ¿qué podemos

hacer? Si está muerto, está muerto, y si está vivo, verás cómo

dentro de poco despierta, y se va de rodillas en peregrinación

al Santuario de Santa Eulalia, y allí se tira al suelo para agra-

decer la gracia recibida: visión recuperada, salud excelente,

aunque ligeramente embarazado...

MARGARITA. -Tú ríete, que ya verás lo que nos espera.

ANTONIA. -Más que lo que nos ha pasado hasta ahora. Im-

posible. Anda, ayúdame a esconderlo, que como venga al-

guien...

MARGARITA. -¿Dónde piensas meterlo?

ANTONIA. -En el armario. Lo he visto en las películas poli-

ciacas. Los muertos, ya se sabe, siempre en el armario. ¡Es la

regla! (Levantan al BRIGADA)

MARGARITA. -En ese caso... Uy, cómo pesa. Es realmente

un peso muerto.

ANTONIA. -Espera que le metamos una percha por debajo de

la chaqueta. Así... Levántalo, que lo colgamos de la barra...

¡Perfecto! Caramba, tiene la barriga tan hinchada que no se

cierra la puerta. ¡Empuja! (Cierran la puerta del armario.)

MARGARITA. -Mira, ya amanece. Está diluviando.

ANTONIA. -Espera que me ponga las katiuskas y coja un

paraguas. (Va a la otra habitación. Se abre la puerta y entra

LUIS, que lleva puesto el sombrero del empleado de pompas

fúnebres)

LUIS. -(En voz muy baja,) ¿No hay nadie? ¿Y el brigada?

MARGARITA. -¿Quién es? Ah, eres tú. ¿Qué haces con esa

pinta?

LUIS. -Margarita, amor mío, por fin... ¿Cómo estás? ¿A ver?

Pero ¿no tienes tripa? ¿Y el niño, lo has perdido?

MARGARITA. -No, no, tranquilo, que todo ha ido bien.

LUIS. -¿De veras? ¿Y tú, estás bien? Cuéntamelo todo, Mar-

garita.

MARGARITA. -¿Todo?

LUIS. -Todo

MARGARITA, -Luego. Es mejor que te lo cuente Antonia...

Ella te lo contará todo.

EL EMPLEADO. -(Desde cajas) Eh, oiga, este ataúd pesa

mucho; a ver qué hacemos... ¿Entramos o qué?

LUIS. -Sí, entren, entren... El brigada no está, no hay nadie.

(En ese momento se abre la puerta del armario y se ve al

BRIGADA colgando de la percha. MARGARITA cierra rápi-

damente) Anda, Juan, ya puedes salir. (MARGARITA corre a

la otra habitación)

JUAN. -(Sale del ataúd) ¿Han vuelto las dos?

MARGARITA. -(Desde la otra habitación) Antonia, Antonia,

sal, date prisa.

VOZ DE ANTONIA. -Pero qué ocurre... ¿Es que no se puede

ni hacer pis en paz?

LUIS. -Sí, sí, todo ha ido bien.

JUAN. -¿Y ahora qué le contamos a Antonia?

LUIS. -Tengo una idea. Escondemos los sacos debajo de la

cama, y metemos el ataúd de pie en el armario.

JUAN. -De acuerdo. Vigila (Sacan los sacos del ataúd y los

van metiendo debajo de la cama)

MARGARITA. -(Desde el dormitorio) Pero Antonia, ¿quieres

darte prisa? Tengo que decirte una cosa.

ANTONIA. -Ya voy, Ya voy... Me estoy vistiendo... ¡Se me

cae todo!

JUAN, -Voy a empujar los sacos más hacia adentro.

LUIS. -Espera... Mira lo que ha pasado. De tanto empujar, se

han salido por el otro lado. (Se inclina a mirar) ¡Madre mía,

cuánto material! En el ataúd no parecía tanto. Ahora hay co-

mo el doble.

JUAN. -Claro, si miras boca abajo todo te parece más grande.

Se llama el efecto Reagan.

(Mientras meten el ataúd en el armario)

LUIS. -¿Qué es eso del efecto Reagan?

JUAN. -Lo emplean los indios americanos. Cuando no tienen

nada que comer, se colocan boca abajo y se imaginan comida,

refrescos... y comen, beben...; se lo ha enseñado Reagan.

LUIS. -¿Y se les quita el hambre?

JUAN. -No, pero ellos creen que comen y son felices. Anda,

empuja.

(Han metido al BRIGADA dentro del ataúd)

LUIS. -Ah, claro, se conforman con la sugestión, ¿no?

JUAN. -Eso es... (Intenta cerrar el armario)

LUIS. -¿Sabes que después de estar boca abajo a mí también

me ha dado la sugestión?

JUAN. -Ya me lo has dicho.

LUIS. -No, otra. Me ha parecido ver al brigada dentro del

armario.

JUAN. -¿El brigada? (Abre el armario) Que no te vuelva a ver

yo boca abajo... Esas tonterías déjalas para los indios. Vaya,

no consigo cerrarlo.

(Empuja inútilmente la puerta del armario)

MARGARITA. -(Desde dentro) Antonia, yo estoy harta. Te

espero ahí fuera, y peor para tí.

JUAN. -Mira a ver lo que hacen, que yo no me puedo mover.

(Luis abre y entra MARGARITA)

MARGARITA. -Gracias, muy amable. Hola, Juan.

JUAN. -Hola. Me ha dicho Luis que ha ido todo muy bien.

Entonces, ¿ese niño ha nacido o no?

ANTONIA. -(Entra como una flecha) ¿Se puede saber qué

tenías que decirme con tanta urgencia? (Se queda paralizada)

Ah, habéis vuelto... ¡Menos mal!

JUAN. -Antonia..., ¡esa tripa! ¿Te has hecho el trasplante?

ANTONIA. -Bueno, en fin, un poco...

JUAN. -¿Cómo que un poco?

ANTONIA. -Bueno, ha sido una cosa, cómo te diría...

JUAN. -¿Te han hecho la cesárea?

ANTONIA. -Sí, pero pequeña...

JUAN. -¿Cómo que pequeña?

ANTONIA. -Bueno, en fin... Una cosa normal.

LUIS. -¿A tí también te la han hecho?

MARGARITA. -Bueno, es decir no sé... Antonia, ¿me la han

hecho?

LUIS. -¿Por qué se lo preguntas a ella? ¿Es que tú no lo sa-

bes?

ANTONIA. -Pues no, porque la durmieron ¿Y cómo iba a

enterarse, si estaba dormida?

JUAN. -¿Es que a tí te la han hecho despierta?

ANTONIA. -¡Ya está bien! ¿A qué viene este interrogatorio

de tercer grado?

(Todos a turno corren a cerrar la puerta del armario, que se

abre continuamente. De pronto se abren también las puertas

del aparador y las de la casa, en un carrusel absurdo)

ANTONIA. -Desgraciado, mira si pregunta cómo estamos...

Y pensar que nosotras, para no preocuparos, nos hemos levan-

tado de la cama como dos imbéciles, que los médicos no que-

rían. Además, tú siempre dices que cuando un compañero -o

compañera- nos necesita, hay que ser solidarios.

JUAN. -Tienes razón, perdona... Has hecho muy bien.

LUIS. -Gracias, Antonia, por lo que has hecho; eres una bue-

na mujer.

JUAN. -¡Sí que lo eres!

LUIS. -Margarita, díselo tú también, anda.

MARGARITA. -Antonia, eres realmente una buena mujer.

ANTONIA. -Ya está bien, vais a hacerme llorar.

JUAN. -Anda, siéntate, no estés de pie... (La hace sentarse en

la cama) Que con la cesárea, ya se sabe... Tenías que haberte

quedado en el hospital un poco más.

ANTONIA. -Si estoy estupendamente... ¡Ni me he dado cuen-

ta!

JUAN. -Desde luego, tienes muy buena cara, Qué tripón tan

hermoso tiene mi Antonia. (La acaricia el vientre.) Oye, si

parece que se mueve...

LUIS. -Antonia, ¿me dejas tocar a mí también?

MARGARITA. -¡Tú no tocas nada!

LUIS. -¡Oye, que también es hijo mío!

JUAN. -Claro, ahora somos parientes prematuros.

MARGARITA. -¿Y yo, no cuento nada? Todos los cumplidos

para Antonia. ¿Y yo, qué?

ANTONIA. -Tiene razón, decidle algo también a ella... Va-

mos, quitaos de encima que tengo que salir. (Se levanta y va

hacia la puerta)

JUAN. -(Le cierra el camino) ¿Estás loca? Tú no te mueves

de aquí. Te acuestas enseguida, bien calentita... Mira, vamos a

acercar la cama al radiador.

LUIS. -Pero oye, quieto, ¿qué haces? (Corren todos) ¡Insensa-

to!

JUAN. -Tenéis razón, es peligroso... Están las bombonas...

(Lleva a ANTONIA otra vez a la cama. Ella se queda como

paralizada)

ANTONIA. -¿Qué es esa tapadera negra?

JUAN. -¿Cuál?

ANTONIA. -Esta. (Señala la tapa del ataúd)

JUAN. -Ah, ésta. No es una tapadera. Es una cuna. La compró

Luis en cuanto supo lo del niño; empezó: la cuna, la cuna... Es

moderna, ¿ves?, se cuelga del techo, y luego se balancea.

ANTONIA. -¿Tan larga?

JUAN. -Ya sabes cómo crecen los niños... Además, en su fa-

milia son muy altos... Era una ocasión.

(Antonia se echa en la cama, poco convencida. Se asoma a la

puerta un viejo: es el actor de siempre, maquillado)

VIEJO. -¿Se puede? ¿Molesto?

JUAN. -Papá, qué sorpresa; pasa, pasa.

ANTONIA. -Hola, papá.

JUAN. -¿Conoces a mis amigos? Es mi padre.

VIEJO. -Mucho gusto.

LUIS. -Caramba, otro parecido... Juan, ¿no te has dado cuenta

de que tu padre...?

JUAN. -No hagas caso. Mi padre está algo gagá.

VIEJO. -No empieces, que no estoy gagá. (A MARGARITA)

Cómo está mi Antonia; qué bien te encuentro; si estás más

joven...

JUAN. -Papá, que no es Antonía... Antonia es esa, la de la

cama.

VIEJO. -¿Ah sí? ¿Y qué haces en la cama, es que estás en-

ferma?

JUAN. -No, es que espera un hijo.

VIEJO. -Ah ya... ¿Y a dónde ha ido? No te preocupes Anto-

nia, ya verás cómo vuelve. (Mira a LUIS como si lo viera por

primera vez) Ah, ahí está... ¿Ves cómo ha vuelto? Si ya está

hecho un hombre... Pero no deberías hacer esperar a tu mamá.

JUAN. -Papá, es un amigo.

VIEJO. -¡Muy bien! Hay que ser amigo de los hijos. Por des-

gracia tengo que deciros que he venido a avisaros de que os

van a echar de casa.

JUAN. -¿Quién?

VIEJO. -El propietario del edificio. Por error han enviado la

carta de desahucio a mi casa, Aquí está. Dice que lleváis cua-

tro meses sin pagar la renta. Toma, lee.

JUAN. -Pero qué dices; te equivocas, trae, enséñame. Antonia

ha pagado religiosamente todos los meses, ¿verdad Antonia?

ANTONIA. -Bueno, religiosamente... Pero sí, sí, claro.

VIEJO. -De todos modos os van a desahuciar a todos los ve-

cinos, porque hace meses que no paga nadie, y los pocos que

pagan sólo ingresan la mitad de la renta.

JUAN. -¿Quién te lo ha dicho?

VIEJO. -El comisario que está ejecutando el desahucio piso

por piso, muy buena persona... (Se oye un griterío mezclado

con órdenes)

LUIS. -(Se asoma a la ventana) ¡Mirad, vaya despliegue de

policía!

JUAN. -Es verdad, qué barbaridad, si parece la guerra. Mira

qué de camiones.

VIEJO. -Seguro que es para llevarse los muebles y todo lo

demás- Todo gratis. (El vocerío aumenta; se oye también llan-

to de mujeres y niños y más órdenes)

JUAN. -¡Eh, pero esta carta de desahucio es realmente para

nosotros, Antonia! ¿Qué significa esto? ¡Habla¡

ANTONIA. -No grites, que asustas al niño.

JUAN. -Perdona. (En voz baja) Aquí dice que llevamos cuatro

meses sin pagar. Antonia, contesta. ¿Me quieres explicar?

ANTONIA, -Está bien. Sí, es verdad que llevo cuatro meses

sin pagar la renta, y tampoco la luz, ni el gas... Así que nos los

han cortado.

JUAN. -¿Que nos han cortado la luz y el gas? Pero ¿por qué

no has pagado?

ANTONIA. -Porque con lo que ganamos entre los dos apenas

me llega para darte mal de comer e ir tirando.

MARGARITA. -Luis, tengo que decirte una cosa. Yo tampo-

co he pagado la renta.

LUIS. -¡Pues qué bien!

ANTONIA. -Lo ves, somos unas pobres desgraciadas... Y

también todas las demás que viven en esta casa, y en la otra...

Todas.

JUAN. -Es increíble. Pero ¿por qué no me has dicho que no te

llegaba el dinero?

ANTONIA. -¿Y qué ibas a hacer, robar?

JUAN. -No, claro... Pero en fin...

ANTONIA. -Pero, en fin, hubieras empezado a gritar que soy

una desgraciada; a decirme: ¿en qué hora me habré casado

contigo?

LUIS. -¿Y tú, has pagado por lo menos la luz y el gas?

MARGARITA. -¡Sí, sí, la luz y el gas, sí!

LUIS. -¡Menos mal!

JUAN. -Vamos, no llores, que le sentará mal al niño.

VIEJO. -No os preocupéis, que todo se arreglará. Ahora que

recuerdo, yo había venido a traeros unas cosas que he encon-

trado esta mañana en la caseta. Seguro que es todo vuestro.

LUIS. -Pero ¿qué es esto? ¿Mantequilla, harina, salsa de to-

mate!

ANTONIA. -Yo no tengo nada que ver.

JUAN. -No, papá, no es nuestro.

VIEJO. -¡Sí que es vuestro, que yo he visto a Antonia salien-

do de la caseta esta mañana!

ANTONIA. -Está bien. Sí, es comida que he comprado ayer

rebajada.

JUAN. -¿En el supermercado?

ANTONIA. -Sí, pero sólo pagué la mitad; el resto lo robé.

JUAN. -¿Te has puesto a robar?

ANTONIA. -Pues sí.

LUIS. -¿Y tú, Margarita?

MARGARITA. -También.

ANTONIA. -No, no es verdad, está mintiendo. Ella no tiene

nada que ver, sólo me ha ayudado. (Entran dos policías.)

POLICIA o. -¿Se puede? ¿Familia Bardi?... ¿Es aquí?

POLICIA o. -Aquí está la orden de desahucio. Estén listos

dentro de media hora. Volveremos a echarles una mano. (Sa-

len)

JUAN. -Gracias, muy amables, (Reacciona.) ¡Pero qué dicen

esos sinvergüenzas! ¡Ahora me van a oír!

LUIS. -Cálmate, Juan. Es mejor que nos callemos con lo de la

comida robada.

JUAN. -Qué tendrá que ver; no me pienso callar... Estamos en

la calle, ¿no comprendes? Esta desgraciada... Esta insensata

deshonesta...

ANTONIA. -Eso, muy bien... Mejor di esta zorra que te des-

honra, que mancilla tu nombre, pobre pero honrado... Que

juega hasta con tus sentimientos más delicados de padre...

Porque te lo voy a decir, mira: lo del hijo tampoco es verdad,

es otro invento. Mira, lo que llevo en la tripa es pasta, y arroz,

y azúcar... ¡Comida robada! (Se la saca con rabia)

LUIS. -¡Pero cómo...! ¿Y entonces el niño, el trasplante...

Margarita?

JUAN. -Esto es demasiado. ¡Yo la mato, la mato!

VIEJO. -Bueno, chicos, como ya os he dado los recados, me

despido. Y ya sabéis, ánimo y buena cara. ¡Hasta la vista!

(Sale)

(Sigue aumentando el griterío de fuera. Mujeres y hombres

gritan; se oyen sirenas de policía)

JUAN. -Mentirosa, deshonesta. (Luis le sujeta) Suéltame...

ANTONIA. -Sí, suéltale... Deja que me mate. Yo también

estoy harta de esta mierda de vida, ¡y más que tú! Pero sobre

todo estoy harta de ti y de tus discursos de moralina... Que si

el sentido de la responsabilidad, que si el espíritu de sacrificio

de la clase obrera... ¿Y quién es esa clase obrera? Somos no-

sotros, ¿sabes? Con nuestro cabreo y nuestra miseria; los

mismos de todos esos a los que están echando de sus casas...

Míralos... ¡Peor que deportados! (Sigue aumentando el gri-

terío) Pero tú no quieres ver cómo están realmente las cosas,

¡tú quieres seguir con los ojos vendados! Tú ya no eres ni

comunista... ¡Te has convertido en un sacristán de izquier-

das...! ¿Sabes lo que eres? ¡Un idiota!

JUAN. -Muy bien; lo que faltaba. Anda, Margarita, que sólo

quedas tú. Dime que soy idiota. ¡Pues no soy un idiota,

no señora! Yo veo y comprendo cómo están realmente las

cosas, ¡para que te enteres! Me doy cuenta de que la política

del Partido es un asco, que no se les puede decir a los patro-

nos: "Oiga usted, perdone, córrase un poquito, déjenos respi-

rar un poco más. Sea usted más amable, más comprensivo, sea

humano, sea cristiano, sea demócrata... Sea socialdemócrata,

no sé, sea liberal, ¡sea algo!". No, la única forma de razonar

con ellos es echándolos a la taza del water, y tirando de la

cadena. Y también comprendo que los obreros estén cabrea-

dos. Yo también lo estoy. La rabia que llevo en el cuerpo no

va contra ti, Antonia, sino contra mí mismo, porque me siento

utilizado..., porque el Partido no está aquí, con nosotros, ni

ahí, en la calle, con los desahuciados... Y seguro que mañana

en el periódico se dirá que somos una pandilla de desalma-

dos...

ANTONIA. -Pero, Juan...: ¿eres tú quien habla así? ¿Te has

vuelto loco?

LUIS. -¿Te has dejado convencer por los extremistas, eh?

JUAN. -No, siempre lo he pensado. Sólo que puede que sea

verdad lo del complejo de sacristán de izquierdas..., y nunca

he tenido el valor de decirlo, y os llevaba la contraria a todos,

como un idiota. Y ya que estamos, te voy a decir otra cosa,

Antonia Yo también he robado, hoy, con Luis. He cogido...

Mira debajo de la cama... ¡esos sacos de azúcar y harina!

ANTONIA. -¿Qué has robado?

LUIS. -Sí, pero has necesitado el cabreo de saber que nos

echan al paro.

Juan. -No, esa ha sido la última gota. La copa ya estaba llena.

Mira. Mira, cuánta, comida... Ahora me funciona el efecto

Reagan hasta de pie.

(Se oyen gritos y disparos fuera. LUIS corre a la ventana)

LUIS. -¡Mirad, las mujeres están sacando sus cosas de los

camiones! ¡Y la policía está disparando!

JUAN. -Y esos chicos en los tejados... ¡Están tirando de todo:

ladrillos, tejas...!

ANTONIA. -¡Y allí, esa mujer con la escopeta de caza está

disparando desde la ventana!

JUAN. -Los policías están disparando... Han cogido a un chi-

co.

MARGARITA. -¡Pero esos tiran en serio, van a matar!

TODOS. -¡Sinvergüenzas! ¡Asesinos!

JUAN. -¡Tirémosles el ataúd a la cabeza!

ANTONIA. -¿El ataúd? ¿Qué ataúd?

JUAN. -Luego te lo explico. (Corre al armario)

ANTONIA. -Quieto, Juan. ¡No toques mi armario! (Pero

JUAN ya ha abierto el armario, del que sale el BRIGADA que

vuelve en sí)

JUAN y LUIS. - ¡El brigada!

BRIGADA. -¡Ya veo! ¡Ya veo! (Sale del armario.) Santa Eu-

lalia me ha perdonado... Me ha concedido la gracia... ¿Y esta

tripa? ¡Estoy embarazado! Oh, Santa Eulalia bendita, te doy

las gracias también por este milagro... Soy madre... Soy ma-

dre... (Sale)

JUAN. -Pero ¿qué es esto? ¿Un carabinero embarazado?

¡¡Antonia!! ¿Me quieres explicar?

ANTONIA -Pues verás, Juan. Iba yo al supermercado, cuan-

do...

TELÓN



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