SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR. LUIGI PIRANDELLO.








SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR
LUIGI PIRANDELLO




Comedia todavía no escrita
PREFACIO1




HACE muchos años que está al servicio de mi arte —pero como si fuera ayer
— una doncella esbeltísima, pero no por eso nueva en el oficio.
Se llama Fantasía.
Un poco despechada y burlona, si le gusta vestirse de negro, nadie me negará que también muchas veces se viste de colorines, y nadie crea que siempre lo hace todo en serio y de una sola manera. Mete la mano en el bolsillo, saca un gorro de cascabeles, se lo planta en la cabeza, rojo como una cresta, y sale corriendo. Hoy, aquí; mañana, allí. Y se divierte en traerme a casa, para que yo saque cuentos, novelas y comedias, a la gente más descontenta del mundo, hombres, mujeres, niños, envueltos en extraños casos de los que no encuentran la manera de salir; contrariados en sus proyectos, defraudados en sus esperanzas, y con los cuales, en suma, a menudo es una pena tratar.
Ahora bien: esta mi doncella Fantasía, hace ya muchos años, tuvo la mala inspiración y el malhadado capricho de traerme a casa a toda una familia, que no sé dónde ni cuándo habría pescado, pero de la cual —si hemos de creerla— habría podido yo sacar el argumento para una magnífica novela.
Me encontré ante un hombre de unos cincuenta años, con chaqueta negra y pantalón claro, que fruncía el ceño, con ojos huidizos, por mortificación; una pobre mujer enlutada, viuda reciente, que traía de la mano a una niña de cuatro años, a un lado, y a un muchacho de poco más de diez, al otro; una jovencita descocada y procaz, vestida también de negro, pero con un lujo equívoco y descarado, llena de alegre y mordaz desprecio contra aquel viejo mortificado y contra un joven de unos veinte años, que estaba allí retraído y encerrado en sí mismo, como rencoroso con todos.
En una palabra: los seis personajes, tal y como se los ve ahora en el escenario, al principio de la comedia. Y tan pronto uno como otro, incluso a veces quitándose la palabra, se ponían a contarme sus tristes casos, a gritarme cada uno sus propias razones, a exhibir ante mis barbas sus desatadas pasiones, poco más o menos, como lo hacen en la comedia al desventurado director.
¿Qué autor podrá decir jamás cómo y por qué un personaje le nació en la fantasía? El misterio de la creación artística es el misterio mismo de la creación natural. Una mujer, amando, puede desear llegar a ser madre; pero el deseo solo, por intenso que sea, no bastará. Un buen día se encontrará con que es madre, sin saber exactamente lo que ha pasado. Así, un artista, viviendo, acoge en sí tantos gérmenes de vida, y jamás puede decir cómo y por qué, en un momento dado, uno de esos gérmenes vitales se le inserta en la fantasía para convertirse en una criatura viva en un plano de vida superior a la existencia cotidiana.
Sólo puedo decir que, sin haberlos buscado, me los encontré delante de mí, vivos y tangibles, tan vivos que hasta oía su respiración, aquellos seis personajes que ahora se ven en la escena. Y allí presentes, cada uno con su secreto tormento y todos unidos por el origen y desarrollo de sus recíprocas vicisitudes, esperaban que yo los hiciera entrar en el mundo del arte, componiendo con sus personas, con sus pasiones y con sus casos una novela, un drama o, por lo menos, un cuento.


1 Este prefacio, escrito por el autor, para la primera edición de Seis personajes, es respuesta a las polémicas que se produjeron en torno a la obra, a partir de su estreno. Es conveniente leer antes la comedia para la mejor comprensión de este prefacio. (N. del T.)

Como habían nacido vivos, querían vivir.
Tengo que decir que a mí no me ha bastado nunca representar un personaje de hombre o de mujer, por especial y característico que sea, por el solo placer de narrarla; describir un paisaje por el solo placer de describirlo.
Hay escritores —y no pocos— que tienen ese gusto, y, satisfechos, no buscan otro. Son escritores de naturaleza más propiamente histórica.
Pero hay otros que, además de ese gusto, sienten una necesidad espiritual más profunda, por lo que no admiten personajes, vivencias, paisajes, que no estén embebidos, por decirlo así, de un sentido particular de la vida y no adquieran un valor universal. Son escritores de naturaleza más propiamente filosófica.
Yo tengo la desgracia de pertenecer a estos últimos.
Odio el arte simbólico, en el cual la representación pierde todo movimiento espontáneo para convertirse en máquina, en alegoría; esfuerzo vano y equivocado, porque el solo hecho de dar sentido alegórico a una representación muestra claramente que ya se la tiene por fábula, que por sí misma no tiene la menor ver- dad, ni fantástica ni real, y que está hecha para la demostración de una verdad moral cualquiera. La necesidad espiritual de que yo hablo no se puede satisfacer sino algunas veces, y con un fin de superior ironía —como en el caso de Ariosto—, con tal simbolismo alegórico. Esta necesidad parte de un concepto, y de un concepto que se hace o trata de hacerse imagen; aquélla, en cambio, busca en la imagen, que debe quedar viva y libre de sí misma en toda su expresión, un sentido que le dé valor.
Ahora bien: por más que yo busqué, no conseguí descubrir ese sentido en aquellos seis personajes. Y por eso estimé que no valía la pena hacerlos vivir.
Yo pensaba: «He afligido ya tanto a mis lectores con centenares y centenares de cuentos... ¿Para qué voy a afligirlos otra vez con la narración de los tristes casos de estos seis desgraciados?»
Y, pensando así, los alejaba de mí. Mejor dicho, intentaba por todos los medios alejarlos.
Pero a un personaje no se le da vida en vano.
Criaturas de mi espíritu, aquellos seis vivían ya una vida que era la suya propia, que había dejado de ser una vida que ya no estaba en mi poder negársela.
Tanto es así que, persistiendo yo en mi decisión de arrojarlos de mi espíritu, ellos, ya casi separados de todo apoyo narrativo, personajes de una novela des- prendidos por prodigio de las páginas del libro que los contenía, seguían viviendo por su cuenta; aprovechaban ciertos momentos de mi jornada para presentarse ante mí, en la soledad de mi despacho, y unas veces uno, otras otro —otras, los dos a la vez—, venían a tentarme, a proponerme tal o cual escena para que la representara o la escribiera, los efectos que podrían sacarse de ella, el nuevo interés que podría suscitar cierta situación insólita..., ¡y qué sé yo!
Yo me dejaba vencer un momento, y cada vez aquella condescendencia mía de dejarme coger un poco bastaba para que ellos sacaran un nuevo provecho de mi vida, un aumento de evidencia, y por eso mismo también un poco más de eficacia persuasiva sobre mí. Y así, poco a poco, cada vez se me hacía más difícil volver a librarme de ellos, y a ellos más fácil volver a tentarme. Llegó un momento en que fueron para mí una verdadera obsesión. Hasta que se me ocurrió la manera de salir de aquella situación.
«¿Por qué —me dije— no presento este novísimo caso de un autor que se niega a dar vida a algunos de sus personajes, nacidos vivos en su fantasía, y el caso de estos personajes que, teniendo infusa ya en ellos la vida, no se resignan a permanecer excluidos del mundo del arte? Ellos se han separado ya de mí, viven por su cuenta; han adquirido voz y movimiento; en esta lucha que han tenido que

sostener conmigo por su vida se han convertido, pues, por sí solos, en personajes dramáticos, personajes que pueden hablar y moverse solos; se ven ya a sí mismos como tales; han aprendido a defenderse de mí, y sabrán defenderse de los demás. De manera que voy a dejarlos ir a donde suelen ir los personajes dramáticos para tener vida: a un escenario. Y a ver qué pasa.»
Así lo hice. Y ocurrió, naturalmente, lo que tenía que ocurrir: una mezcla de lo trágico y lo cómico, de lo fantástico y de lo real, en una situación humorística completamente nueva y sumamente complicada; un drama que —por sí solo y por medio de sus personajes, que respiran, hablan y se mueven, que lo llevan y lo sufren dentro de sí mismos— quiere encontrar a toda costa la manera de ser representado, y la comedia de la inútil tentativa de su representación improvisada. Primero, la sorpresa de aquellos pobres actores de una compañía dramática que están ensayando, de día, una comedia en un escenario lleno de bastidores y decorados; sorpresa e incredulidad cuando ven aparecer ante ellos a seis personajes que se anuncian como tales en busca de autor; luego, inmediatamente después, por aquel imprevisto desfallecimiento de la Madre, con su rostro cubierto por un velo negro, su instintivo interés por el drama que adivinan en ella y en los otros componentes de aquella extraña familia, drama oscuro, ambiguo, que viene a caer tan impensadamente sobre aquel escenario vacío, que no estaba preparado para recibirlo; y, poco a poco, el aumento de este interés al irrumpir las pasiones que contrastaban, ya en el Padre, o en la Hijastra, o en el Hijo, o en aquella pobre Madre; pasiones que intentan, como he dicho, convertirse en hechos vívidos, con una trágica furia desgarradora.
Y he aquí que aquel sentido universal, buscado primero inútilmente en aquellos seis personajes, lo encuentran ahora ellos, después de haber ido solos al escenario; consiguen encontrarlo en sí mismos, en la excitación de la lucha desesperada que cada uno tiene contra el otro, y todos contra el Director de la com- pañía y los actores, que no los comprenden.
Sin querer, sin saberlo, en la agitación de su estado de ánimo, cada uno de ellos, para defenderse de las acusaciones del otro, expresa como suyos la viva pa- sión y el tormento que durante tantos años fueron el trabajo de mi espíritu: el engaño de la comprensión recíproca, fundado irremediablemente en la vacua abstracción de las palabras; la múltiple personalidad de cada uno, según todas las posibilidades de ser que se encuentran en cada uno de nosotros, y, en fin, el trágico conflicto inmanente entre la vida que se mueve continuamente y la forma que la fija, inmutable.
Sobre todo, dos personajes de los seis, el Padre y la Hijastra, hablan de esta atroz e inderogable fijeza de su forma, en la cual el uno y la otra ven expresada para siempre, inmutablemente, su esencia, que para el uno significa castigo y para la otra venganza; y la defienden contra las afectadas muecas y la inconsciente volubilidad de los actores, e intentan imponérsela al Director, que quisiera alterarla o acomodarla a las llamadas exigencias del teatro.
En apariencia, los seis personajes no están todos en el mismo grado de formación; pero no porque se encuentren entre ellos figuras de primero y de segun- do plano, esto es, «protagonistas» y «personajes secundarios» —lo que sería una elemental perspectiva, necesaria en toda arquitectura escénica o narrativa—, ni porque estén todos completamente formados para lo que han de servir. Todos ellos, los seis, están en el mismo punto de realización artística, y todos en el mismo plano de realidad, que es el fantástico de la comedia. Sólo que el Padre, la Hijastra, y también el Hijo, están realizados como espíritu; la Madre lo está como naturaleza; como «presencia», el Muchacho, que mira y realiza un gesto, y la Niña, completamente inerte. Este hecho crea entre ellos una perspectiva de un género

nuevo. Inconscientemente había tenido yo la impresión de que necesitaría hacer aparecer a algunos de ellos más destacados —artísticamente—; a otros, menos, y a otros, apenas dibujados como elementos de un hecho que hay que narrar o representar: los más vivos, los más completamente creados, el Padre y la Hijastra, que llegan, naturalmente, más adelante y guían y arrastran tras ellos el peso casi muerto de los otros: uno, el Hijo, reacio; otro, la Madre, como una víctima resignada entre aquellas dos criaturas que apenas si tienen otra consistencia que la de su apariencia.
¡Y en efecto! En efecto, tenían que aparecer precisamente cada uno en aquel estadio de creación lograda en la fantasía del autor en el momento en que éste quiso arrojarlos de su mente.
Ahora, cuando lo pienso, el haber intuido esta necesidad, el haber encontrado inconscientemente la manera de resolverla con una nueva perspectiva y el modo como la encontré, todo me parece un milagro. El hecho es que la comedia fue verdaderamente concebida en una iluminación espontánea de la fantasía, cuando, por prodigio, todos los elementos del espíritu se responden y trabajan en un divino acuerdo. Trabajándolos en frío, por mucho que los hubiera trabajado, ningún cerebro humano hubiera conseguido nunca penetrar y poder satisfacer todas las necesidades de su forma. Por eso, las razones que voy a dar para aclarar sus valores no deben entenderse como preconcebidas por mí cuando me dispuse a su creación —ni se crea que ahora me toca defenderlas—, sino únicamente como descubrimientos que yo mismo he podido hacer después con la mente reposada.
He querido representar seis personajes que buscan un autor. El drama no consigue ser representado precisamente porque falta el autor que ellos buscan; y, en cambio, se representa la comedia de esa inútil tentativa, con todo lo que tiene de trágico por el hecho de que esos seis personajes han sido rechazados.
Pero ¿se puede representar un personaje rechazándolo? Evidentemente, para representarlo, es preciso, al contrario, acogerlo en la fantasía y después expresarlo. Y yo, en efecto, he acogido y realizado esos seis personajes; pero los he acogido y realizado como rechazados: en busca de otro autor.
Es preciso entender ahora qué es lo que he rechazado de ellos; no a ellos mismos, evidentemente; pero sí su drama, que, sin duda, les interesa, sobre todo a ellos, pero a mí no me interesa en modo alguno, por las razones ya indicadas.
Y ¿qué es el propio drama para un personaje?
Todo fantasma, toda criatura de arte, para existir, debe tener su drama; es decir, un drama del cual es personaje y para el cual es personaje. El drama es la razón de ser del personaje, es su función vital, necesaria para existir.
Yo, de aquellos seis, acogí, pues, la existencia, rechazando la razón de existir; tomé el organismo, confiándole, en lugar de su función propia, otra función más compleja, y en la cual la suya propia apenas si participaba como circunstancia. Situación terrible y desesperada, especialmente para los dos — Padre e Hijastra— que tienen más interés que los otros en vivir y tienen más conciencia de ser personajes que los otros, es decir, absoluta necesidad de un drama, del propio drama, que es el único que pueden imaginarse en sí mismos y que ven rechazado; situación «imposible», de la que sienten que deben salir a toda costa, porque es cuestión de vida o muerte. Es muy cierto que yo, como razón de existir, como función, les he dado otra, que es precisamente esa situación «imposi- ble», el drama de estar en busca de autor, rechazados; pero que ésa sea una razón de ser, que se haya convertido para ellos, que ya tenían vida propia, en la verdadera función necesaria y suficiente para existir, ni siquiera pueden sospecharlo. Si alguien se lo dijera no lo creerían, porque no es posible creer que la

única razón de nuestra vida esté toda en un tormento que nos parece injusto e inexplicable.
Por eso no puedo imaginarme por qué se me reprochó que el personaje del Padre no era lo que debía haber sido, porque salía a veces de su cualidad y po- sición de personaje, invadiendo y haciendo suya la actividad del autor. Yo que entiendo a los que no me entienden, comprendo que el reproche viene del hecho de que ese personaje expresa como propio un trabajo del espíritu que está reconocido como mío. Lo que es muy natural y no significa absolutamente nada. Aparte de que ese trabajo del espíritu en el personaje del Padre deriva, y es sufrido y vivido, de causas y por razones que nada tienen que ver con mi experiencia personal, consideración que por sí misma dejaría sin consistencia a la crítica, quiero aclarar que una cosa es el trabajo inmanente de mi espíritu, trabajo que yo puedo legítimamente —porque lo hago orgánico— reflejar en un personaje, y otra cosa es la actividad de mi espíritu desarrollada en la realización de esta obra; es decir, la actividad que consigue formar el drama de esos seis personajes en busca de autor. Si el Padre fuera partícipe de esa actividad, si contribuyera a formar el drama de estar esos seis personajes sin autor, entonces sí, y sólo entonces, estaría justificado decir que a veces era el mismo autor, y por eso no era el que debía ser. Pero el Padre, eso de ser «personaje en busca de autor» lo sufre y no lo crea, lo sufre como una fatalidad inexplicable y como una situación que con todas sus fuerzas trata de remediar y de rebelarse contra ella: auténtico «personaje en busca de autor», y nada más, aunque exprese como suyo el trabajo de mi espíritu. Si él fuera partícipe de la actividad del autor, se explicaría perfectamente aquella fatalidad; se vería acogido, después de todo, en la matriz fantástica de un poeta, y ya no tendría razón para padecer aquella desesperación de no encontrar quien afirme y componga su vida de personaje; quiero decir, que aceptaría de bastante buen grado la razón de ser que le da el autor, y, sin pesar, renunciaría a la propia, enviando a paseo al Director y a los actores, a los cuales —¡al contrario!— ha recurrido como a una tabla de salvación.
En cambio, hay un personaje, el de la Madre, al que no le importa en absoluto no tener vida, si se considera el tener vida como un fin en sí. Ella no tiene la menor duda de que ya está viva; ni le ha pasado jamás por la imaginación preguntarse cómo, por qué, ni de qué manera lo esté. En suma: no tiene conciencia de ser personaje; por eso ni por un momento se sale de su «papel». No sabe que tiene un «papel».
Esto hace al personaje completamente orgánico. En efecto, su papel de Madre no tolera por sí mismo, en su «naturalidad», movimientos espirituales; y ella no vive como espíritu: vive en una continuidad de sentimiento que nunca tiene solución, y por eso no puede adquirir conciencia de su vida, que es tanto como decir de su «ser personaje». Pero, con todo y eso, también ella busca, a su modo y para sus fines, un autor; hasta cierto punto, parece contenta de haber sido llevada delante del Director de la compañía. ¿Quizá porque también ella espera tener vida por medio de él? No; porque espera que el Director le haga representar una escena con el Hijo, en la que ella pondría tanto de su propia vida; pero es una escena que no existe, que nunca tuvo lugar ni podría tenerlo. ¡Tan ajena está ella de ser personaje, es decir, tan inconsciente de la vida que puede tener, fijada y determinada toda, momento por momento, en cada gesto y en cada palabra!
Ella se presenta con los otros personajes en el escenario, pero sin comprender lo que ellos le obligan a hacer. Evidentemente, se imagina que la manía de tener vida que les ha entrado al marido y a la hija, y por la cual se encuentra ella también en un escenario, no es otra cosa que una de las acostumbradas extravagancias de aquel hombre atormentado y atormentador y —

horrible, horrible— una nueva cabezonada de aquella pobre muchacha descarriada. Los casos de su vida y el valor que han adquirido ante sus ojos, su mismo carácter, son todo cosas que dicen los otros, y que ella sólo una vez contradice, porque el instinto maternal se subleva y se rebela en ella para aclarar que ella no quería de ninguna manera abandonar ni al hijo ni al marido; porque al hijo se lo quitaron, y el marido la obligó al abandono. Pero rectifica circunstancias. No sabe ni se explica nada.
Es, en suma, naturaleza. Una naturaleza fijada en una figura de madre.
Este personaje me ha dado una satisfacción completamente nueva, que no va callada. Casi todos mis críticos, en lugar de calificarlo, como acostumbran, de
«nada humano» —que parece ser el peculiar e incorregible carácter de todos mis personajes, sin distinción—, han tenido la bondad de consignar, «con verdadera complacencia», que por fin había salido de mi fantasía una figura humanísima. El elogio me lo explico así: que estando mi pobre Madre completamente ligada a su actitud natural de madre, sin posibilidad de libres movimientos espirituales, esto es, casi como un tronco de carne enteramente viva en todas sus funciones de procrear, amamantar, cuidar y amar a su prole, sin necesidad alguna por eso de hacer actuar al cerebro, ella realiza en sí el verdadero y perfecto «tipo humano». Y es cierto, porque parece ser que en un organismo humano nada es más superfluo que la inteligencia.
Pero los críticos, con ese elogio, han querido despachar a la Madre, sin cuidados de penetrar en el núcleo de valores poéticos que ese personaje significa en la comedia. Humanísima figura, sí, porque está privada de espíritu, esto es, inconsciente de ser lo que es, o despreocupada de explicárselo. Pero el hecho de ignorar que es personaje no la libra de serlo. Y ése es su drama en mi comedia. Y su más viva expresión salta en aquel su grito al Director, cuando él trata de con- vencerla de que todo ha ocurrido en el pasado, y que, por consiguiente, no puede ser motivo de nuevo llanto: «¡No! ¡Ocurre ahora, ocurre siempre! ¡Mi dolor no ha terminado, señor! ¡Yo estoy viva y presente siempre, en cada momento de mi dolor, que se renueva vivo y presente en cada instante!» Esto lo siente ella, sin conciencia y, por eso, como algo inexplicable; pero lo siente de modo tan terrible, que ni siquiera piensa que sea algo que ella pueda explicarse a sí misma o a los demás. Lo siente, y basta. Lo siente como dolor, y este dolor, inmediato, grita. Así se refleja en ella la fijeza de su vida en una forma que, de otra manera, atormenta al Padre y a la Hijastra. Éstos, espíritu; ella, naturaleza; el espíritu se rebela contra ello, o trata de aprovecharlo como puede; la naturaleza, si no está animada por el estímulo del sentido, solamente llora.
El conflicto inmanente entre el movimiento vital y la forma es condición inexorable no sólo del orden espiritual, sino también del natural. La vida que se ha fijado, para existir, en nuestra forma corporal, poco a poco va matando su forma. El llanto de esta naturaleza fijada es el irreparable y continuo envejecer de nuestro cuerpo. Del mismo modo, el llanto de la Madre es pasivo y perpetuo. Mostrado a través de tres facetas, valorado en tres dramas diversos y contemporáneos, aquel inmanente conflicto encuentra así en la comedia su más completa expresión. Y, además, la Madre declara también el particular valor de la forma artística —forma que no comprende y no mata su vida, y que la vida no consume— en aquel su grito al Director. Si el Padre y la Hijastra volvieran a empezar su escena cien mil veces seguidas, siempre, en el momento fijado, en el punto en que la vida de la obra de arte debe ser expresada con aquel su grito, éste resonaría siempre, inalterado e inalterable en su forma, pero no como una repetición mecánica, no como un retorno obligado por necesidades externas, sino cada vez más vivo y como nuevo, nacido de improviso así para siempre, embalsamado vivo en su forma inmarcesible.

Lo mismo que, siempre que abramos el libro, encontraremos a Francesca viva confesando a Dante su dulce pecado; y si volvamos a leer aquel pasaje cien mil veces seguidas, otras tantas volverá a decir Francesca sus palabras, no repitiéndolas mecánicamente, sino diciéndolas por primera vez cada vez, con tan viva e improvisada pasión, que Dante se desmayará al oírlas cada vez. Todo lo que vive, por el hecho de vivir, tiene forma, y por eso mismo tiene que morir; excepto la obra de arte, que vive para siempre, precisamente porque tiene forma.
El nacimiento de una criatura de la fantasía humana, nacimiento que es el paso por el umbral entre la nada y la eternidad, puede ocurrir también impro- visadamente, teniendo por gestación una necesidad. En un drama imaginado hace falta un personaje que diga o haga cierta cosa necesaria; y he aquí que el personaje ha nacido, y es precisamente aquel que debía ser. Así nace Madame Paz entre los seis personajes, y parece un milagro, más bien un truco sobre aquel escenario preparado realísticamente. El nacimiento es real, el nuevo personaje está vivo, no porque ya lo estuviera, sino porque ha nacido felizmente, como implica precisamente su naturaleza de personaje que podemos llamar «obligado». Por eso ha ocurrido una rotura, un cambio imprevisto en el plano de la realidad de la escena, porque un personaje puede nacer así en la fantasía del poeta, no en las tablas de un escenario. Sin que nadie se haya dado cuenta, ha cambiado de repente la escena: he vuelto a recogerla en mi fantasía, sin retirarla, sin embargo, de los ojos de los espectadores; les he mostrado a éstos, en lugar del escenario, mi fantasía en el acto de crear, bajo la especie de aquel mismo escenario. La improvisada e incontrolable mutación de un plano de realidad a otro es un milagro de la especie de los que realiza el santo que hace mover su imagen, que en aquel momento ya no es de madera ni de piedra; pero no es un milagro arbitrario. Aquel escenario, aun acogiendo la realidad fantástica de los seis personajes, no existe en sí mismo como dato fijo e inmutable, como no existe nada establecido ni preconcebido en esta comedia: todo se hace, todo se mueve, todo se intenta improvisadamente. Incluso el plano de realidad del lugar en el cual se cambia y vuelve a cambiarse esa informe vida que anhela tener su forma, llega así a alejarse orgánicamente. Cuando yo concebí la idea de hacer nacer de repente a Madame Paz en el escenario, sentí que podía hacerlo, y lo hice; si hubiera advertido que ese nacimiento iba a mermar y a reformar silenciosa y casi inadvertidamente, en un instante, el plano de realidad de la escena, seguramente no la habría hecho, paralizado por su aparente falta de lógica. Y habría cometido una desventurada mortificación contra la belleza de mi obra, de lo cual me salvó el fervor de mi espíritu; porque, contra una engañosa apariencia lógica, aquel fantástico nacimiento es sostenido por una verdadera necesidad en misteriosa y orgánica co- rrelación con toda la vida de la obra.
Y el que alguien me diga ahora que la comedia no tiene todo el valor que podría tener, porque su expresión no está compuesta, sino que es caótica, porque peca de romanticismo, me hace sonreír.
Comprendo por qué me ha sido hecha esa observación. Porque en mi obra la representación del drama en que se ven envueltos los seis personajes aparece tumultuosa y no procede nunca ordenadamente: no hay desarrollo lógico, no hay concatenación de los acontecimientos. Es muy cierto. Ni buscándolo con candil habría podido encontrar un modo más desordenado, más extravagante, más arbitrario y complicado, de representar el drama «en que están envueltos los seis personajes». Es muy cierto; pero yo no he representado ese drama, en absoluto. He representado otro —¡no voy a repetir cuál!— en el que, entre las demás cosas bonitas que cada uno puede encontrar, según sus gustos, hay precisamente una discreta sátira contra los procedimientos románticos. En esos mis seis personajes,

tan acalorados todos por superarse en el papel que cada uno de ellos tiene en cierto drama, mientras yo los presento como personajes de otra comedia que ellos no conocen ni sospechan, así como en aquella agitación pasional suya, tan propia de los procedimientos románticos, está expuesta humorísticamente, subrayada en el vacío, esta sátira. Y el drama de los personajes, presentado no como se hubiera or- ganizado en mi fantasía, sí lo hubiera acogido, sino así, como drama rechazado, no podía subsistir en mi obra sino como «situación», y en cualquier forma de desarrollo no podía manifestarse sino por ligeros indicios, tumultuosa y desordenadamente, en trozos violentos, de un modo caótico; continuamente interrumpido, desviado, contradicho, e incluso negado por uno de los personajes, y ni siquiera vivido por otros dos de ellos.
En efecto, hay un personaje —el que «niega» el drama que lo hace personaje, el Hijo— que saca todo su valor y su relieve del hecho de ser personaje, no de la
«comedia todavía no escrita» —en la que apenas si aparece—, sino de la representación que yo he hecho de ella. En suma: es el único que vive solamente como «personaje en busca de autor»; tanto, que el autor que él busca no es un autor dramático. Esto tampoco podía ser de otro modo; cuanto más orgánica sea la actitud del personaje en mi concepción, más lógico es que determine una mayor confusión y desorden en la situación y otro motivo de mayor contraste romántico.
Pero este caos, orgánico y natural, era precisamente lo que yo tenía que representar; y representar un caos no significa en absoluto representar caóticamente, esto es, románticamente. Y que mi representación no tiene nada de confusa, sino que está perfectamente clara, sencilla y ordenada, lo demuestra la evidencia con que, a los ojos de todos los públicos del mundo, resaltan la trama, los caracteres, los planos fantásticos y realísticos, dramáticos y cómicos de la obra, y cómo, para el que tiene ojos más penetrantes, se destacan los valores insólitos que contiene.
Grande es la confusión de las lenguas entre los hombres, cuando críticos así llegan a encontrar la palabra para expresarse. Confusión tan grande, como perfecta, es la íntima ley de orden, que, en todo obedecida, hace típica y clásica mi obra y pone el veto a toda palabra encaminada a su hundimiento. En efecto, cuando comprendí —antes que nadie— que no se crea vida artificialmente, y que el drama de los seis personajes no podrá representarse nunca, por falta de autor que lo valorice en el espíritu, por instigación del Director, vulgarmente ansioso de conocer cómo ocurrió el hecho, este hecho es recordado por el Hijo1 en la sucesión material de sus momentos, privado de todos los sentidos, y por eso sin necesidad siquiera de la voz humana, cuando aparentemente desasistido por el poeta cae inerte sobre la escena, tras la detonación de un arma de fuego, y estropea la inútil tentativa de los personajes y de los actores.
El poeta, sin que ellos lo supieran, casi mirando de lejos, estuvo esperando, durante todo el tiempo de aquella tentativa suya, para con ella y de ella sacar su obra.












1 El autor se refiere al Muchacho, no al Hijo, ya que es el Muchacho el que realiza el gesto a que alude. (N. del T.)








Personajes de la futura comedia:



EL PADRE LA MADRE
LA HIJASTRA EL HIJO
EL MUCHACHO (no habla)
LA NIÑA (no habla)
MADAME PAZ (evocada más tarde)





El personal del teatro:



EL DIRECTOR DE LA COMPAÑÍA LA PRIMERA ACTRIZ
EL PRIMER ACTOR
LA SEGUNDA ACTRIZ LA DAMA JOVEN
EL GALÁN JOVEN
OTROS ACTORES Y ACTRICES EL TRASPUNTE
EL APUNTADOR
EL GUARDARROPA EL MAQUINISTA
EL SECRETARIO DEL DIRECTOR EL AVISADOR
TRAMOYISTAS Y DEPENDIENTES









Es de día, en el escenario de un teatro de comedias.

NOTA.—La comedia no tiene actos ni escena. La representación será interrumpida por primera vez, sin bajar el telón, cuando el DIRECTOR y el primer Personaje se retiren para discutir el guión y los actores desaparezcan del escenario; la segunda vez, cuando el MAQUINISTA, por error, deja caer el telón.

Al entrar en la sala del teatro, los espectadores encontrarán el telón levantado y el escenario tal como está de día, sin bastidores ni decorados, casi a oscuras, vacío, para que tengan desde el principio la impresión de un espectáculo no preparado de antemano.
Dos escalerillas, una a la derecha y otra a la izquierda, comunicarán el escenario con la sala. Sobre el escenario, la concha del apuntador estará junto al foso. Al otro lado, cerca del proscenio, una mesita y un sillón de espaldas al público, para el DIRECTOR.
Otras dos mesitas, una más grande, una más pequeña, con muchas sillas alrededor, colocadas para tenerlas a mano, si hubiera necesidad, en el ensayo. Otras sillas, aquí y allá, a derecha e izquierda, para los ACTORES, y un piano, en el fondo, a un costado, casi oculto.
Apagadas las luces de la sala, se verá entrar por la puerta del foro al TRAMOYISTA con un mono azulado y una bolsa atada a la cintura; cogerá de un rincón al fondo algunos listones, los colocará en el proscenio y se arrodillará para fijarlos. Al escucharse los martillazos, saldrá de la puerta de los camerinos el TRASPUNTE.

EL TRASPUNTE. —¿Qué haces?
EL MAQUINISTA. —¿Qué hago? Estoy clavando.
EL TRASPUNTE. —¿A estas horas? (Mirará el reloj.) Son las diez y media. En un momento llegará el DIRECTOR para el ensayo.
EL MAQUINISTA. —Bueno, ¡yo también necesito mi tiempo para trabajar! EL TRASPUNTE. —Lo tendrás, pero no ahora.
EL MAQUINISTA. —¿Cuándo, entonces?
EL TRASPUNTE. —Cuando no sea la hora de ensayo. Apresúrate y llévatelo todo. Déjame disponer la escena para el segundo acto de El juego de los papeles.
(El MAQUINISTA, resoplando, refunfuñando, recogerá los listones y se irá. Entretanto, por la puerta del foro, empezarán a aparecer los ACTORES de la compañía, hombres y mujeres, primero uno y después otro, después dos al mismo tiempo, a su gusto: nueve o diez, los que se supone que deban formar parte en los ensayos de la comedia de Pirandello El juego de los papeles, prevista para ese día. Entrarán, saludarán al TRASPUNTE y se saludarán entre ellos, deseándose un buen día. Algunos irán a los camerinos; otros, entre los cuales estará el APUNTADOR, que tendrá el guión enrollado bajo el brazo, permanecerán en el escenario esperando al DIRECTOR para dar inicio al ensayo, mientras que, sentados en círculo o de pie, cruzarán palabras; alguno encenderá un cigarrillo, otro se quejará del papel asignado, aquel leerá en voz alta a sus compañeros la noticia de una revista teatral. Sería bueno que tanto las ACTRICES como los ACTORES vistieran ropas claras y alegres, y que esta primera escena impro- visada tuviera mucha vivacidad. En un determinado momento, uno de los cómicos se

podrá sentar al piano y tocar una música bailable; los más jóvenes entre los ACTORES y
ACTRICES bailarán.
EL TRASPUNTE. (Batiendo palmas para llamarlos al orden.) —Vamos, vamos, orden.
¡Ha llegado el Director!
(La música y el baile cesarán al mismo tiempo. Los ACTORES se volverán para mirar hacia la sala del teatro, por cuya puerta se verá entrar al DIRECTOR, quien, con un sombrero de copa, el bastón bajo el brazo y un grueso puro en la boca, cruzará el pasillo de butacas y, saludado por los cómicos, subirá al escenario por una de las dos escalerillas. El SECRETARIO le entregará el correo: un periódico y un guión sellado.)
EL DIRECTOR. —¿Cartas?
EL SECRETARIO. —Ninguna. Esto es todo.
EL DIRECTOR. (Entregándole el guión sellado.) —Llévelo al camerino. (Después, mirando alrededor y dirigiéndose al TRASPUNTE.) Pero aquí no se ve nada. Por favor, que nos den un poco más de luz.
EL TRASPUNTE. —¡De inmediato! (Irá a dar la orden. Y poco después el escenario se iluminará con una intensa luz blanca en la parte de la derecha, donde estarán los ACTORES. En tanto, el APUNTADOR habrá tomado su lugar en el foso, habrá encendido la lamparita y extendido ante sí el guión.)
EL DIRECTOR. (Dando palmadas.) —Vamos, vamos, que tenemos que empezar. (Al
TRASPUNTE) ¿Falta alguien?
EL TRASPUNTE. —Falta la Primera Actriz.
EL DIRECTOR. —¡Como siempre! (Mirará el reloj.) Estamos atrasados diez minutos. Anótelo, hágame el favor. Así aprenderá a ser puntual en los ensayos.
(No habrá terminado la amonestación, cuando del fondo de la sala se escuchará la voz de la PRIMERA ACTRIZ.)
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡No, no, por favor! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! (Está toda vestida de blanco, con un sombrero excéntrico y un gracioso perrito entre los brazos; correrá a través del corredor de la sala y subirá apresuradamente por una de las escalerillas.)
EL DIRECTOR. —Usted insiste en hacerse esperar.
LA PRIMERA ACTRIZ. —Discúlpeme. ¡Busqué desesperadamente un automóvil para llegar a tiempo! Pero veo que todavía no han empezado. Y yo no aparezco al comienzo de la obra. (Luego, llamando por su nombre al TRASPUNTE, le encarga el perrito.) Por favor, déjelo en el camerino.
EL DIRECTOR. (Renegando.) —¡También el perrito! Como si fuéramos pocos los que parecemos mascotas aquí. (Dará palmadas otra vez y se dirigirá al APUNTADOR) Vamos, vamos, el segundo acto de El juego de los papeles. (Sentándose en la butaca.) Atención, señores. ¿A quién le toca la escena?
(Los ACTORES y las ACTRICES despejarán el proscenio y se irán a sentar a un costado, salvo los tres que participarán en el ensayo y la PRIMERA ACTRIZ, que sin hacer caso de la pregunta del DIRECTOR se sentará delante de una de las mesitas.)
EL DIRECTOR. (A la PRIMERA ACTRIZ) —¿Interviene usted en la escena? LA PRIMERA ACTRIZ. —Yo no.
EL DIRECTOR. (Molesto.) —¡Entonces muévase, por Dios!
(La PRIMERA ACTRIZ se levantará y se irá a sentar junto a los otros ACTORES que ya estarán acomodados aparte.)
EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) —Comience, comience.
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) —«En casa de Leone Gala. Un extraño salón, comedor y despacho al mismo tiempo»
EL DIRECTOR. (Dirigiéndose al TRASPUNTE.) —Pondremos la sala de color rojo.
EL TRASPUNTE. (Apuntándolo en un papel.) —De color rojo, de acuerdo.

EL APUNTADOR. (Sigue leyendo el guión.) —«Mesa puesta y escritorio con libros y papeles. Estanterías de libros y vitrinas con lujosas vajillas y utensilios de mesa. Puerta al fondo por la cual se llega a la habitación de Leone. Puerta lateral a la izquierda por la cual se va a la cocina. La puerta principal está a la derecha»
EL DIRECTOR. (Levantándose e indicando.) —Por lo tanto, presten atención: allá, la puerta principal. Aquí, la cocina. (Dirigiéndose al ACTOR que hará el papel de Sócrates.) Usted entrará y saldrá por este lado. (Al DIRECTOR.) Colocará la mampara en el fondo y luego colgará las cortinas. (Se vuelve a sentar.)
EL TRASPUNTE. (Anotándolo.) —De acuerdo.
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) —«Primera escena. Leone Gala, Guido Venanzi, Filippo, llamado Sócrates» (Al DIRECTOR) ¿Debo leer también las acotaciones?
EL DIRECTOR. —¡Sí, sí! ¡Se lo he dicho mil veces!
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) —«Al levantarse el telón, Leone Gala, con gorrito de cocinero y delantal, trata de batir un huevo en un cuenco con un cucharón de madera. Filippo bate otro, también vestido de cocinero. Guido Venanzi escucha, sentado»
EL PRIMER ACTOR. (Al DIRECTOR.) —Disculpe, pero ¿me tengo que poner el gorrito en la cabeza?
EL DIRECTOR. (Fastidiado por el comentario.) —¡Obviamente! ¡Está escrito allí!
(Señalará el guión.)
EL PRIMER ACTOR. —¡Pero si es ridículo!, usted perdone.
EL DIRECTOR. (Poniéndose de pie, furioso.) —«¡Ridículo, ridículo!» ¿Qué quiere que yo haga si de Francia no vienen más comedias buenas y nos tenemos que resignar a poner en escena comedias de Pirandello, que nadie comprende y parecen creadas a propósito para que ni los actores, ni los críticos, ni el público queden contentos? (Los ACTORES reirán. Y entonces él, levantándose y acercándose hacia el PRIMER ACTOR, gritará.) ¡El gorrito de cocinero, sí señor! ¡Y batirá los huevos! ¿Usted cree que no tiene que hacer nada más que batir los huevos con sus manos? Pues no. ¡Tendrá que representar el papel de la cáscara de los huevos que está batiendo! (Los ACTORES reirán de nuevo y harán comentarios irónicos entre ellos.) ¡Silencio! ¡Y presten atención cuando estoy hablando! (Se dirige de nuevo al PRIMER ACTOR.) Sí, señor, la cáscara. ¡Lo que quiere decir la forma vacía de la razón, sin la plenitud del instinto, que es ciego! Usted es la razón y su esposa el instinto, en un juego de papeles asignados, por lo que usted, al representar su papel, es voluntariamente el títere de sí mismo. ¿Comprendido?
EL PRIMER ACTOR. (Abriendo los brazos.) —¡Yo no!
EL DIRECTOR. (Volviendo a su sitio.) —¡Yo menos! Así que mejor seguimos. ¡Después me elogiará el resultado! (En tono confidencial.) Le aconsejo que se ponga siempre de medio perfil, porque si no, entre las complicaciones del diálogo y usted que no se dejará escuchar por el público, nadie entenderá nada. (Dando palmadas de nuevo.)
¡Atención, atención! Empezamos.
EL APUNTADOR. —Disculpe, señor Director. ¿Me permitiría cubrirme con la concha?
¡Corre un aire!
EL DIRECTOR. —¡Cómo no, hágalo!
(El AVISADOR del teatro habrá entrado mientras tanto en la sala, con su gorrita
galoneada, en la cabeza, y atravesando el pasillo de butacas, se acercará al escenario para anunciar al DIRECTOR la llegada de los SEIS PERSONAJES, quienes también han entrado en la sala y lo han seguido a cierta distancia, un poco desorientados y perplejos, mirando a su alrededor.)

Quien vaya a intentar una puesta en escena de esta comedia debe valerse de todos los medios disponibles para lograr un efecto gracias al cual estos SEIS PERSONAJES no se confundan nunca con los ACTORES de la compañía. La disposición de unos y otros, indicada en las anotaciones, cuando ya se encuentren en el escenario, será sin duda útil; tanto como una intensidad luminosa variada de reflectores especiales. Pero el medio más eficaz e idóneo que se sugiere será el uso de máscaras especiales para los PERSONAJES: máscaras especialmente elaboradas con una materia que el sudor no ablande, así que no serán ligeras para los actores que deberán llevarlas; se confeccionarán de tal modo que dejen libres los ojos, la nariz y la boca. Se interpreta de esta manera el sentido más profundo de la comedia.
Los PERSONAJES no deberán, por lo tanto, aparecer como fantasmas, sino como realidades creadas, elaboraciones inalterables de la fantasía: y por lo tanto más reales y consistentes que la voluble naturalidad de los ACTORES. Las máscaras ayudarán a dar la impresión de la figura construida artísticamente y fijada de manera inalterable en la expresión del propio sentimiento fundamental, que es el remordimiento en el PADRE, la venganza en la HIJASTRA, el desdén en el HIJO, el dolor en la MADRE, con lágrimas de cera, fijas en lo más lívido de las ojeras y las mejillas, como se puede ver en las imágenes esculpidas y pintadas de las Mater dolorosa de las iglesias.
Y que incluso la vestimenta sea de paño y corte particular, sin extravagancia, con pliegues rígidos y de un volumen estatuario. En resumen, que no dé la idea de estar confeccionada con una tela, que se pueda comprar en cualquier tienda de la ciudad y en cualquier sastrería.
El PADRE rondará los cincuenta años: de frente amplia, pero no calvo, de cabello rojizo, con bigote espeso y crespo alrededor de una boca fresca, dispuesta a una sonrisa incierta y vana. Pálido, especialmente en la amplia frente; ojos azules y ovalados, centellantes y agudos; vestirá pantalones claros y chaqueta oscura: en ocasiones será melifluo, en otras tendrá gestos duros y ásperos.
La MADRE estará aterrada y sobrecogida por el intolerable peso de la vergüenza y de la humillación. Cubierta por un tupido velo de viuda, vestirá humildemente de negro, y cuando se levante el velo, mostrará un rostro nada atormentado, pero como si fuera de cera, y siempre estará con los ojos bajos.
La HIJASTRA, de dieciocho años, será desvergonzada, casi impúdica. Bellísima, ella también, vestirá de luto, pero con una elegancia vistosa. Mostrará desprecio por el aire tímido, afligido y casi desorientado del hermanito, un escuálido MUCHACHO de catorce años, también de negro; y en la hermanita, en cambio, una NIÑA de apro- ximadamente cuatro años, habrá una ternura vivaz y estará vestida de blanco con una cinta de seda negra en la cintura.
El HIJO, de veintidós años, alto, casi inmovilizado en un contenido desdén por el PADRE y en una indiferencia ceñuda hacia la MADRE, llevará un sobretodo morado y una larga cinta verde alrededor del cuello.

EL AVISADOR. (Con el gorrito en la mano.) —Disculpe, señor. EL DIRECTOR. (Brusco, despectivo.) —¿Y ahora qué ocurre?
EL AVISADOR. (Tímidamente.) —Han llegado unos señores que preguntan por usted. (El DIRECTOR los ACTORES se dan la vuelta sorprendidos para mirar desde el escenario hacia abajo, en la sala.)
EL DIRECTOR. (De nuevo enojado.) —¡Estamos ensayando! ¡Y usted sabe muy bien
que no debe entrar nadie mientras estamos ensayando! (Dirigiéndose hacia el fondo.) ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
EL PADRE. (Dando un paso adelante, seguido por los demás, hasta llegar a una de las escalerillas) —Hemos venido en busca de un autor.

EL DIRECTOR. (Entre sorprendido e iracundo.) —¿De un autor? ¿Qué autor? EL PADRE. —Del que sea, señor.
EL DIRECTOR. —Pero si aquí no hay ningún autor, porque no estamos ensayando ninguna comedia nueva.
LA HIJASTRA. (Con una alegre vivacidad, subiendo rápidamente la escalerilla.) —
¡Mucho mejor, mucho mejor entonces, señor! Nosotros podríamos ser su nueva comedia.
ALGUNO DE LOS ACTORES. (En medio de los comentarios bulliciosos y las risas de los demás.) —¡Escúchenla, escúchenla!
EL PADRE. (Siguiendo sobre el escenario a la HIJASTRA.) —Bueno, pero ¿si no hay autor? (Al DIRECTOR.) A menos que usted quiera serlo...
(LA MADRE, con la NIÑA de la mano, y el MUCHACHO subirán los primeros peldaños de la escalerilla y se quedarán a la espera. El HIJO se quedará abajo, enojado.)
EL DIRECTOR. —¿Están bromeando?
EL PADRE. —¿Cómo se le ocurre, señor? Todo lo contrario, le traemos un drama doloroso.
LA HIJASTRA. —¡Y podríamos ser su fortuna!
EL DIRECTOR. —¡Háganme el favor de largarse, que no tenemos tiempo para perderlo con locos!
EL PADRE. (Herido y melifluo.) —Pero señor, usted sabe muy bien que la vida está llena de infinitos absurdos, que, descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderos.
EL DIRECTOR. —Pero, ¿qué diablos dice?
EL PADRE. —Digo que puede considerarse una locura, sí señor, esforzarse en hacer lo contrario; es decir, crear lo verosímil para que parezca verdadero. Pero permítame hacerle la observación de que, si fuera locura, ésta es la única razón de su oficio. (Los ACTORES se agitarán, molestos.)
EL DIRECTOR. (Levantándose y retándolo.) —¿Ah, sí? ¿De manera que nuestro oficio le parece cuestión de locos?
EL PADRE. —Bueno, dar la apariencia de verdadero a aquello que no lo es, sin necesidad de hacerlo, señor; como un juego... ¿O acaso no es el oficio de ustedes dar vida en la escena a personajes fantasiosos?
EL DIRECTOR. (Rápidamente, haciéndose portavoz de la irritación creciente de sus ACTORES.) —¡Yo le aseguro que la profesión del cómico, estimado señor, es una noble profesión! Si hoy por hoy los nuevos señores comediógrafos nos dan a representar comedias banales y a títeres en lugar de hombres, ¡sepa que es nuestro orgullo haber dado vida —aquí, sobre estas tablas—a obras inmortales! (Los ACTORES, satisfechos, aprobarán y aplaudirán a su DIRECTOR.)
EL PADRE. (Interrumpiendo con vehemencia.) —¡Eso es! ¡Muy bien! ¡A seres vivos, más vivos que aquellos que visten y calzan! Menos reales, quizá; ¡pero más verdaderos!
¡Somos de la misma opinión! (Los ACTORES se miran entre sí, sin entender.)
EL DIRECTOR. —¿No entiendo? Pero si antes dijo...
EL PADRE. —No me interprete mal. Lo decía por usted, señor, que nos ha gritado no tener tiempo para perderlo con locos, cuando nadie mejor que usted sabe que la naturaleza se sirve de la fantasía humana como instrumento para continuar, a un mayor grado, su obra creada.
EL DIRECTOR. —Está bien, está bien. ¿A qué quiere llegar con eso?
EL PADRE. —A nada, señor. Sólo a demostrar que se nace a la vida de diferentes maneras, y en muchas formas: árbol o piedra, agua o mariposa... o mujer. ¡Y que también se nace como un personaje!
EL DIRECTOR. (Con un fingido e irónico estupor.) —Y usted, junto a quienes lo acompañan, ¿han nacido como personajes?

EL PADRE. —Exacto, señor. Y vivos, como puede comprobarlo.
(EL DIRECTOR y los ACTORES se ríen a carcajadas, como si se burlaran.)
EL PADRE. (Herido.) —Me apena que se burlen así, porque llevamos en nosotros, repito, un drama doloroso, como los señores pueden deducir al ver a esta mujer vestida de luto.
(Diciendo esto le ofrecerá la mano a la MADRE para ayudarla a subir los últimos escalones y, guiándola todavía, la conducirá con una solemnidad trágica hacia el otro lado del escenario, que se iluminará de inmediato con una luz fantástica. La NIÑA y el MUCHACHO seguirán a la MADRE; después el HIJO, que se mantendrá aparte, al fondo; y también la HIJASTRA, que se colocará en el proscenio, apoyada sobre el borde del escenario. Los ACTORES, primero estupefactos, luego admirados por esta evolución de los hechos, reventarán en aplausos como si les fuera ofrecido un espectáculo.)
EL DIRECTOR. (Primero sorprendido, luego fastidiado.) —¡Déjenlo! ¡Cállense! (Luego,
dirigiéndose a los PERSONAJES.) ¡Y ustedes váyanse de aquí! ¡Despejen el lugar! (Al
TRASPUNTE.) ¡Por Dios, sáquelos de aquí!
EL TRASPUNTE. (Acercándose, pero luego deteniéndose como si lo retuviera una rara turbación.) —¡Fuera! ¡Fuera!
EL PADRE. (Al DIRECTOR) —Mire, nosotros...
EL DIRECTOR. (Gritando.) —¡Basta, tenemos que trabajar!
EL PRIMER ACTOR. —No es posible que alguien se burle así...
EL PADRE. (Resuelto, adelantándose.) —¡Me sorprendo de su incredulidad! ¿Acaso no están los señores acostumbrados a ver cómo aparecen casi vivos aquí, uno frente a otro, los personajes creados por un autor? ¿O a lo mejor no tienen (señalará la concha del APUNTADOR) un guión que nos contenga?
LA HIJASTRA. (Colocándose frente al DIRECTOR, risueña, zalamera.) —Puede creer,
señor, que somos de verdad seis personajes interesantísimos. Lamentablemente frustrados.
EL PADRE. (Apañándola.) —¡Sí, frustrados, eso es! (Al DIRECTOR, de inmediato.) En el sentido, claro está, de que el autor que nos dio vida, después no quiso o no pudo materialmente introducirnos en el mundo del arte. Y de verdad que fue un delito, señor, porque quien ha tenido la suerte de nacer como personaje vivo, puede reírse incluso de la muerte. ¡No morirá jamás! Y para vivir eternamente ni siquiera necesita de dotes extraordinarias o realizar prodigios. ¿Quién era Sancho Panza?
¿Quién era don Abundio? Y, sin embargo, son eternos, porque —semillas vivientes
— ¡tuvieron la suerte de encontrar una matriz fecunda, una fantasía que supo nutrirlos y desarrollarlos, darles vida eterna!
EL DIRECTOR. —¡Todo lo que dice está bien! Pero ¿qué quieren aquí? EL PADRE. —¡Queremos vivir, señor!
EL DIRECTOR. (Irónico.) —¿Por toda la eternidad?
EL PADRE. —No, señor. Por lo menos un momento, a través de ustedes. UN ACTOR. —¡Qué ocurrencia!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Quieren vivir en nosotros!
EL GALÁN JOVEN. (Señalando a la HIJASTRA) —Por mí no hay problema, si a mí me toca ella.
EL PADRE. —Fíjense, fíjense: todavía hay que hacer la comedia; (al DIRECTOR) pero si usted quiere y sus actores están dispuestos, la organizamos rápidamente entre nosotros.
EL DIRECTOR. (Molesto.) —¿Pero qué quiere organizar? ¡Aquí no se hace nada de eso!
¡Aquí se interpretan dramas y comedias!
EL PADRE. —¡Por eso mismo! ¡Hemos venido con usted justamente por eso! EL DIRECTOR. —¿Y dónde está el guión?

EL PADRE. —Está en nosotros mismos, señor. (Los ACTORES reirán.) El drama está en nosotros, somos nosotros, y estamos impacientes por representarlo, así como dentro nos urge la pasión.
LA HIJASTRA. (Sarcástica, con la pérfida gracia de una oscura desvergüenza.) —¡Mi pasión, si la conociera, señor! Mi pasión... ¡Por él! (Señalará al PADRE e intentará abrazarlo, pero estallará en una carcajada estruendosa.)
EL PADRE. (Con un arranque de ira.) —¡Por ahora quédate en tu sitio! ¡Y no te rías de esa manera!
LA HIJASTRA. —¿No? Y ahora permítanme: si bien huérfana hace apenas dos meses,
¡miren los señores cómo canto y cómo bailo!

(Sugerirá maliciosamente que está bailando con paso de baile la primera estrofa de «Prends garde a Tchou-Tchin-Tchou» de Dave Stamper en la adaptación a Foxtrot o One-Step lento de Francis Salabert.)
Les chinois sont un peuple malin, De Shangai à Pekin,
Ils ont mis des écriteaux partout: Prenez garde à Tchou-Tchin-Tchou!

(Los ACTORES, de manera particular los jóvenes, mientras ella canta y baila, como atraídos por una extraña fascinación, se desplazarán hacia ella y apenas levantarán las manos como si la quisieran atrapar. Ella se hará la escurridiza. Cuando los ACTORES estallen en aplausos, y después de que el DIRECTOR le llame la atención, se quedará como abstraída y lejana.)
LOS ACTORES Y LAS ACTRICES. (Entre risas y aplausos.) —¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Bravo!
EL DIRECTOR. (Iracundo.) —¡Silencio! ¿Creen que están en un cabaret? (Haciéndose a un lado con el PADRE, y con cierta consternación.) Pero, dígame. ¿Está loca?
EL PADRE. —¿Loca? No. ¡Algo peor!
LA HIJASTRA. (Corriendo rápidamente hacia el DIRECTOR.) —¡Peor! ¡Peor! ¡Mucho peor, señor! ¡Peor! Escuche, si es tan amable: haga representar en breve este drama, porque verá que en cierto momento, yo, cuando esta pequeña preciosa... (Tomará de la mano a la NIÑA, que habrá estado junto a la MADRE, y la llevará delante del DIRECTOR.) ¿Ve lo preciosa que es? (La levantará en brazos y la besará.) ¡Cariño mío, cariño mío! (La dejará de nuevo en el suelo y añadirá, casi involuntariamente, conmovida.) Y bien, cuando a esta preciosa se la quite Dios a su pobre Madre, y cuando este bobalicón (tirará hacia delante del MUCHACHO agarrándolo sin miramientos por la manga) haga la estupidez más grande, propia del estúpido que es (lo devolverá junto a la MADRE de un empujón), ¡entonces sí podrá verse cómo volaré! ¡Sí, señor! ¡Volaré! ¡Muy alto! ¡Y no veo el momento de hacerlo, créame, no lo veo! Porque después de lo que ocurrió íntimamente entre él y yo (señalará al PADRE con un guiño atroz) no puedo seguir junto a todos ellos, presenciando el tormento de aquella Madre por aquel granuja. (Señalará al Hijo.) ¡Mírelo! ¡Mírelo! ¡Indiferente y frío, porque él es el Hijo legítimo! Lleno de desprecio por mí, por aquel, (señalará al MUCHACHO) por aquella criaturita. ¿Y sabe por qué? Porque somos bastardos.
¿Queda claro? Bastardos. (Se acercará a la MADRE y la abrazará.) Y a esta pobre
Madre, que es la Madre de todos nosotros, él no la quiere reconocer como Madre suya. Él la desprecia y la considera Madre únicamente de nosotros tres, los bastardos. ¡Es vil!
(Dirá todo esto rápidamente, excitadísima, y al llegar al «vil» final, después de haber
inflado la voz en «bastardos», lo pronunciará despacio, como si escupiera la palabra.)
LA MADRE. (Se dirige al DIRECTOR con una angustia infinita.) —Señor, le suplico en nombre de estas dos criaturitas... (Se sentirá desfallecer y vacilará.) Dios mío...

EL PADRE. (Se aproxima para sostenerla mientras casi todos los ACTORES están aturdidos y consternados.) —Por favor, una silla, una silla para esta pobre viuda.
LOS ACTORES. (Acercándose.) —Entonces, ¿es verdad? ¿Desfallece? EL DIRECTOR. —¡Una silla, rápido!
(Uno de los ACTORES ofrecerá una silla; los otros la rodearán presurosos. La MADRE, sentada, intentará impedir que el PADRE le retire el velo que esconde su rostro.)
EL PADRE. —Mírela, señor, mírela... LA MADRE. —No, no, déjame.
EL PADRE. —¡Déjate ver! Le quitará el velo.
LA MADRE. (Irguiéndose y cubriéndose desesperadamente el rostro con las manos.) — Señor, le suplico que impida a este hombre utilizarme para sus propósitos. ¡Sería horrible para mí!
EL DIRECTOR. (Impresionado, aturdido.) —¿Qué está pasando? ¿De quién se trata? (Al
PADRE) ¿Es su esposa o no?
EL PADRE. (De inmediato.) —Sí, señor, mi mujer.
EL DIRECTOR. —¿Entonces por qué es viuda, si usted vive?
(Los ACTORES desahogarán todo su aturdimiento en una estruendosa carcajada.)
EL PADRE. (Herido, con un áspero resentimiento.) —¡No se burlen! ¡No se rían así, por amor a Dios! Éste es justamente su drama, señor. Ella tuvo otro hombre. ¡Otro hombre que debería estar aquí!
LA MADRE. (Dando un grito.) —¡No! ¡No!
LA HIJASTRA. —Por suerte para él, está muerto: hace dos meses, se lo dije. Llevamos su luto, como puede ver.
EL PADRE. —Pero fíjese que no está aquí porque haya muerto. No está aquí porque... Mírela, señor, por favor, y lo comprenderá de inmediato. Su drama no consiste en el amor a dos hombres, por quienes ella es incapaz de sentir nada, más allá que un poco de reconocimiento. —No para mí, sino para el otro. —Porque no es una mujer.
¡Es una Madre! Y su drama —terrible, señor, terrible— consiste, de hecho, en estos cuatro hijos de esos dos hombres que tuvo.
LA MADRE. —¿Que yo los tuve? ¿Tienes el valor de decir que fui yo quien los tuvo, como si los hubiera deseado? ¡Fue él, señor! ¡Me los dieron él y el otro, a la fuerza!
¡Me obligó, me obligó a largarme con aquél!
LA HIJASTRA. (Cortante, indignada.) —¡No es cierto! LA MADRE. (Aturdida.) —¿Cómo que no es cierto? LA HIJASTRA. —¡No es cierto! ¡No es cierto!
LA MADRE. —¿Y tú qué sabes?
LA HIJASTRA. —¡No es cierto! (Al DIRECTOR) ¡No se lo crea! ¿Sabe por qué lo dice? Por ése... (Señalará al HIJO) ¡Lo dice por él! Porque se mortifica y sufre por la indiferencia de ese hijo, a quien quiere explicarle que si lo abandonó a los dos años fue porque él (señalará al PADRE) la obligó.
LA MADRE. (Decidida.) —¡Me obligó, me obligó! ¡Pongo a Dios por testigo! (Al DIRECTOR.) ¡Pregúnteselo a él (señalará al marido) si no es verdad! ¡Que él se lo diga!... Ella (señalará a la HIJASTRA) no puede saber nada.
LA HIJASTRA. —Sé que con mi Padre, mientras vivió, tú viviste en paz y contenta.
¡Niégalo, si puedes!
LA MADRE. —No lo niego...
LA HIJASTRA. —¡Siempre amoroso y preocupado por ti! (Al MUCHACHO, con rabia.) ¿No es verdad? ¡Dilo! ¿Por qué no hablas, tonto?
LA MADRE. —¡No lo molestes! ¿Por qué quieres hacerme parecer una ingrata, hija
mía? ¡Nunca quise ofender a tu Padre! ¡Sólo he dicho que no fue por mi culpa ni por mi propio deseo que abandonara su casa y a mi hijo!

EL PADRE. —Es verdad, señor. Fui yo. (Pausa.)
EL PRIMER ACTOR. (A sus compañeros.) —¡Pero mira tú que espectáculo! LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Nos lo dan ellos, a nosotros!
EL GALÁN JOVEN. —Por una vez.
EL DIRECTOR. (Que comenzará, a interesarse en el asunto.) —¡Presten atención!
¡Presten atención! (Y diciendo esto bajará por una de las escalerillas a la sala y se quedará de pie delante del escenario, como si quisiera recoger las impresiones de la escena tal como lo haría un espectador.)
EL HIJO. (Sin moverse de su lugar, frío, pausado, irónico.) —¡Escuchen ahora el discursito filosófico! Hablará el demonio de los experimentos.
EL PADRE. —¡Eres un cínico imbécil, te lo he dicho mil veces! (Al DIRECTOR, que ya está en la sala.) Se burla, señor, por las palabras que usé en defensa propia.
EL HIJO. (Despreciativo.) —Palabras.
EL PADRE. —¡Palabras! ¡Palabras! ¡Como si no diera alivio a cualquiera frente a lo inexplicable, frente a un mal que nos consume, el dar con una palabra que nada dice pero que nos da calma!
LA HIJASTRA. —¡Calma sobre todo el remordimiento!
EL PADRE. —¿El remordimiento? Eso no es verdad. No lo he calmado en mí sólo con las palabras.
LA HIJASTRA. —También con algo de dinero. ¡Sí, sí, también con un poco de dinero!
¡Con la miseria que iba a ofrecerme de paga, señores!
(Reacción de indignación de los ACTORES.)
EL HIJO. (Con desprecio hacia su hermanastra.) —¡Eso es una canallada!
LA HIJASTRA. —¿Canallada? Si estaba allá, en un sobre azulado sobre la mesita de caoba, en la trastienda de Madame Paz. Usted sabe, una de esas señoras que con el pretexto de vender Robes et Manteaux atraen a sus atelliers a chicas pobres y de buena familia como una...
EL HIJO. —Y se ha comprado el derecho a tiranizarnos a todos con ese dinero que él estaba a punto de pagar, y que por suerte —escúcheme bien— después ya no tuvo motivo para pagarlo.
LA HIJASTRA. —¡Estuvimos a punto, a punto, para que lo sepas! (Estalla en risas.)
LA MADRE. (Indignada.) —¡Es una vergüenza, hija! ¡Una vergüenza!
LA HIJASTRA. (Cortante.) —¿Vergüenza? ¡Si es mi venganza! ¡Me muero de ganas, señor, de revivir esa escena! La habitación... por acá la vitrina de los mantos; allá, el sofá cama; el tocador; un biombo; y delante de la ventana esa mesita de caoba con el sobre azulado del dinero. ¡Puedo verlo! ¡Hasta podría tomarlo! ¡Pero los señores deberían dar media vuelta porque estoy casi desnuda! No me sonrojo más porque ¡es él quien debe sonrojarse! (Señalará al PADRE.) ¡Pero les aseguro que estaba muy, muy pálido en ese momento! (Al DIRECTOR.) ¡Créame, señor!
EL DIRECTOR. —¡Yo no me entrometo más!
EL PADRE. —¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!
LA HIJASTRA. —¡Aquí nadie está inventando nada! EL PADRE. —¡Yo tampoco, quiero decirte!
LA HIJASTRA. —¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!
(EL DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.)
EL PADRE. —¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo

que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a la MADRE), ella la asume como la peor de las crueldades.
LA MADRE. —¡Pero si me alejaste tú!
EL PADRE. —¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece que yo la haya despreciado!
LA MADRE. —Tú sabes hablar y yo no... Pero créame, señor, que después de haberse casado conmigo... quién sabe por qué..., yo era una pobre y humilde mujer...
EL PADRE. —Exactamente por eso, por tu humildad me casé contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo... (Se detendrá por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto, desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se dirigirá hacia el DIRECTOR.) ¿Se da cuenta? ¡Dice que no! Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es desesperante!
LA HIJASTRA. —¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte que nos acarreó su inteligencia.
EL PADRE. —¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede nacer del bien que creemos estar haciendo!
(Llegados a este punto, la PRIMERA ACTRIZ, que se habrá molestado viendo al PRIMER
ACTOR coqueteando con la HIJASTRA, se adelantará y preguntará al DIRECTOR.) LA PRIMERA ACTRIZ. —Disculpe, señor Director, ¿continuaremos el ensayo? EL DIRECTOR. —Sí, sí, cómo no. ¡Ahora déjeme escuchar!
EL GALÁN JOVEN. —¡Es un caso tan inédito! LA DAMA JOVEN. —¡Muy interesante!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Al que le interese! (Y lanzará una mirada cargada, al PRIMER
ACTOR)
EL DIRECTOR. (Al PADRE.) —Es necesario que se explique usted con claridad. (Se sentará.)
EL PADRE. —¡Cómo no! Mire, señor, trabajaba conmigo un pobre hombre,
subalterno mío, mi secretario, lleno de devoción, que se entendía muy bien con ella (señalará a la MADRE), sin ninguna mala intención —¡faltaba más!—, un tipo bueno, humilde como ella, incapaz tanto el uno como la otra no sólo de hacer el mal, sino incluso de pensarlo.
LA HIJASTRA. —Pero en cambio sí lo pensó él contra ellos. ¡Y lo hizo!
EL PADRE. —¡No es verdad! Mi intención fue hacerles un bien, y también hacérmelo, lo confieso. Es que yo había llegado al punto, señor, en que no podía decirles ni una palabra a ninguno de los dos sin que ellos intercambiaran una mirada inteligente y cómplice, sin que ella no buscara rápidamente los ojos del otro para recibir consejo sobre el modo en que debía tomar mis palabras para no hacerme enojar. ¡Eso era suficiente, como comprenderá, para mantenerme enojado, en un estado de intolerable exasperación!
EL DIRECTOR. —¿Y entonces por qué no despedía a su secretario?
EL PADRE. —¡Lo hice! ¡Lo despedí! Pero luego me encontré con que esta pobre mujer se quedaba en casa como perdida, como uno de aquellos animales sin dueño a los que se acoge por compasión.
LA MADRE. —¡Y cómo no!
EL PADRE. (Volviéndose rápidamente hacia ella, adelantándose.) —Nuestro hijo, ¿no? LA MADRE. —¡Me arrancó primero el hijo de los brazos, señor!
EL PADRE. —¡Pero no por crueldad! Sino para hacerlo crecer sano y robusto, en contacto con la naturaleza.
LA HIJASTRA. (Señalándolo, irónica.) —¡Se ve!

EL PADRE. (De inmediato.) —¿También es culpa mía si después creció así? Lo dejé en manos de una nodriza, señor, en el campo, en manos de una campesina, al no parecerme ella lo bastante fuerte pese a su origen humilde. La misma razón por la que me casé con ella. Prejuicios, quizá, ¿pero qué puedo hacer? ¡Siempre he tenido estas malditas aspiraciones a una firme salud moral! (La HIJASTRA, en este punto, estallará de nuevo en risas escandalosamente.) ¡Hágala callar! ¡Es insoportable!
EL DIRECTOR. —¡Cállese! ¡Déjeme escuchar, por Dios!
(De inmediato, a raíz de la llamada de atención del DIRECTOR, ella se quedará callada y absorta, cortando la risa. El DIRECTOR bajará del escenario para ver mejor la escena.)
EL PADRE. —Yo no podía seguir junto a esta mujer. (Señalará a la MADRE.) Pero no
tanto por el fastidio que sentía, por la sofocación —verdadera sofocación—, sino por la pena, la pena angustiosa que sentía por ella.
LA MADRE. —¡Y por eso me echó de casa!
EL PADRE. —La envié con aquel hombre, sin que le faltara de nada. Sí, señor. ¡Lo hice para librarla de mí!
LA MADRE. —¡Y para librarse él!
EL PADRE. —Sí, señor. Yo también, lo admito. Y lo que vino fue un gran malestar. Pero lo hice con buena intención... y más por ella que por mí. ¡Lo juro! (Cruzará los brazos sobre el pecho; después, rápidamente, se dirigirá a la MADRE.) Dilo si dejé de tenerte presente. ¡Dilo! Di si te abandoné hasta que él no te llevó a otra ciudad, de un día para otro, sin yo saberlo, estúpidamente impresionado por mi interés puro, créame que puro, señor, sin ninguna otra intención. Me interesé con una ternura increíble por la nueva familia que iba surgiendo. ¡Ella misma se lo puede asegurar! (Señalará a la HIJASTRA)
LA HIJASTRA. —¡Y más que eso! Yo era muy pequeña, ¿sabe? Llevaba trencitas a la espalda e incluso con el vestidito corto —así era de pequeña— y me lo encontraba a él delante del portón de la escuela cada vez que salía. Venía a ver cómo crecía.
EL PADRE. —¡Eso es una calumnia! ¡Infame! LA HIJASTRA. —¿Seguro? ¿Por qué?
EL PADRE. —¡Infame! ¡Infame! (De inmediato se dirigirá al DIRECTOR explicando con
vehemencia.) Mi casa, señor, una vez que se fue ella (señalará a la MADRE), me pareció espantosamente vacía. Era una pesadilla. ¡Ella al menos la llenaba! Una vez que estuve solo, me encontré en casa desorientado. Ése (señalará al HIJO), criado lejos de mí, no sé, cuando volvió a casa ya no parecía mi hijo. Ausente entre él y yo la Madre, creció a solas, por su cuenta, sin ninguna relación afectiva ni espiritual conmigo. Y ahora —es extraño, señor, pero es así—, me dio curiosidad por esa familia que se formó por mi culpa. Pensar en esa familia llenó el vacío en el que vivía. Tenía necesidad, verdadera necesidad de saberla en paz, toda entregada a los detalles más sencillos de la vida, y afortunada al estar alejada de los complicados tormentos de mi espíritu. Y para constatarlo, iba a ver a esa niña a la salida de su escuela.
LA HIJASTRA. —¡Seguro! Me seguía por la calle, me sonreía y se despedía con un saludo de mano cuando llegaba a mi casa, así. No le quitaba los ojos de encima, enojada como estaba. ¡No sabía quién era! Se lo dije a mamá. Y ella supo de inmediato de quién se trataba. (La MADRE asentirá con un movimiento de cabeza.) Desde un principio no quiso mandarme más a la escuela, al menos varios días. Cuando volví, lo encontré de nuevo a la salida, ¡ridículo! con un paquete en las manos. Se me acercó, me acarició, y extrajo de aquel paquete un bello y enorme sombrero florentino, de paja, con una guirnalda de florecitas primaverales. ¡Era para mí!
EL DIRECTOR. —¡Pero todo esto no es más que un cuento, señores! EL HIJO. (Despectivo.) —Por supuesto, ¡literatura y más literatura!

EL PADRE. —¿Cómo que literatura? ¡Esto es pura vida, señor! ¡Pasiones! EL DIRECTOR. —No lo dudo. ¡Pero es irrepresentable!
EL PADRE. —Desde luego, señor. Todo esto es una presuposición. No digo que necesariamente haya que escenificarlo. Como ve, de hecho, ella (señalará a la HIJASTRA) no es más esa niñita de las trencitas.
LA HIJASTRA. —¡Y con el vestidito corto!
EL PADRE. —El drama viene ahora, señor. Nuevo y complicado.
LA HIJASTRA. (Sombría, feroz, dando un paso adelante.) —Apenas muerto mi Padre.
EL PADRE. (Rápido, para no dejarla hablar.) —¡La miseria, señor! Volvieron a ella, sin yo saberlo. Por las tonterías de ella. (Señalará a la MADRE) Apenas sabe escribir,
¡pero podía escribirme a través de la hija o de ese muchacho que estaban pasando
necesidades!
LA MADRE. —Dígame usted, señor, si yo hubiera podido adivinar que él tenía esos sentimientos.
EL PADRE. —Justamente ése es tu error. ¡No haber adivinado nunca ninguno de mis sentimientos!
LA MADRE. —Después de tantos años de alejamiento y de todo lo que había ocurrido...
EL PADRE. —¿Es culpa mía, entonces, si aquel buen hombre se los llevó? (Dirigiéndose al DIRECTOR) Ya le digo, fue de un día al otro... porque había encontrado en otro sitio un trabajo. No me fue posible seguirles el rastro, y entonces, por fuerza, se apagó mi interés, durante tantos años. El drama quema, señor, imprevisto y violento, a su regreso; además, que yo, lamentablemente, arrastrado por las limitaciones de la carne que todavía vive... ¡Ah! Miseria, de verdad que es miseria la de un hombre solo que nunca quiso ataduras que lo envilezcan. ¡No tan viejo como para prescindir de una mujer, pero tampoco tan joven como para ir fácilmente y sin vergüenza a la busca! ¿Miseria? Pero ¡qué digo! Es un horror, un horror porque ninguna mujer le dará amor. Y cuando se comprende esto, uno debería desistir... Bueno, señor, cualquiera se viste de dignidad frente a los demás, en lo exterior, pero dentro de sí sabe todo lo que hay de inconfesable en su intimi- dad. Se cae, se cae en la tentación, para luego erguirse rápidamente, quizá con un poco de prisa, para restituir entera y sólida, como una lápida sobre la tumba, nuestra dignidad, para ocultar y sepultar a nuestros propios ojos cualquier rastro y el recuerdo mismo de la vergüenza. ¡Y así somos todos! ¡Únicamente falta el coraje para decir estas cosas!
LA HIJASTRA. —¡Porque eso, de hacerlo, a fin de cuentas, lo hacen!
EL PADRE. —¡Todos lo hacen! ¡Pero a escondidas! ¡Y por eso se necesita coraje para decirlo! Porque basta con que uno sólo lo diga, y ya está hecho. ¡Le dirán que es un cínico! Y no es verdad, señor. Es como todos los demás. Incluso mejor. Es mejor porque no tiene miedo a descubrir, con la luz de la inteligencia, el rubor de la vergüenza. Descubrirla allí, en su humana bestialidad, frente a la que cierra siempre los ojos para no verla. La mujer, ahí está, la mujer, de hecho, ¿cómo es? Nos mira, insinuante, coqueta. Atrápela y, apenas la estreche en sus brazos, cerrará los ojos rápidamente. Es la señal de su rendición voluntaria. La señal con la que dice al hombre: «¡Enceguece, que yo ya estoy ciega!»
LA HIJASTRA. —¿Y cuando no los quiere cerrar más? ¿Cuándo no siente ya la necesidad de esconderse a sí misma, cerrando los ojos, el rubor de su vergüenza, y en cambio mira con los ojos áridos e impasibles el rubor del hombre que, incluso sin amor, ha enceguecido? ¡Qué asco me dan todas estas complicaciones inte- lectuales, esta filosofía que descubre la bestia y luego la salva y la justifica... ¡No puedo escucharlo más, señor! Porque cuando se reduce la vida a una
«simplificación» así, bestial, dejando a un lado el compromiso «humano» de cada

aspiración pura, de cada sentimiento puro, de ideales y deberes, del pudor y la vergüenza, nada es más repugnante y despreciable que ciertos remordimientos.
¡Lágrimas de cocodrilo!
EL DIRECTOR. —¡Vayamos al hecho! ¡Vayamos al hecho, señores! ¡Esto no son más que rodeos!
EL PADRE. —¡De acuerdo, señor! Pero recuerdo que un hecho es como un saco: si está vacío no se sostiene. Para que se mantenga en pie, primero es necesario que entren las razones y los sentimientos que lo han determinado. Yo no podía saber que, muerto allá aquel hombre y ellos de regreso en la miseria, para alimentar a sus hijitos, ella (señalará a la MADRE) haya ido a trabajar de modista, y que precisamente fuera de esa... ¡de esa Madame Paz!
LA HIJASTRA. —¡Modista fina, si los señores necesitan saberlo! Servía aparentemente a las mejores señoras, pero estaba todo dispuesto para que luego estas señoras la sirvieran a ella... sin prejuicio de las otras, no tan dignas.
LA MADRE. —Debe creerme, señor, si le digo que no me pasó ni remotamente por la cabeza que esa víbora me daba trabajo porque tenía puesto el ojo en mi hija...
LA HIJASTRA. —¡Pobre mamá! ¿Sabe, señor, qué cosa hacía esa mujer cuando le llevaba los trabajos de mamá? Decía que mi madre desperdiciaba la tela que le daba para coser, e iba restando y restando. Así que, como comprenderá, terminaba pagando yo, mientras que la pobre de mamá creía sacrificarse por mí, y por esos dos, cosiendo hasta la noche los encargos de Madame Paz. (Movimientos y exclamaciones de indignación de los ACTORES)
EL DIRECTOR. (Rápido.) —Y allá encontró usted a...
LA HIJASTRA. (Señalando al PADRE.) —¡A él, a él, sí señor! ¡Un viejo cliente! ¡Mire qué escena para representar! ¡Magnífica!
EL PADRE. —Con la aparición de ella, de la Madre.
LA HIJASTRA. (Rápido, con maldad.) —¡Casi a tiempo!
EL PADRE. (Gritando.) —¡No! ¡Fue justo a tiempo! ¡Porque por suerte la reconocí a tiempo! ¡Y me los llevé a todos a casa, señor! Usted se imagina ahora mi situación y la de ella, uno frente al otro. Ella, así como la ve, y yo que no puedo mirarla a los ojos.
LA HIJASTRA. —¡Ridículo! ¿Es posible, señor, pretender que yo, después de «eso», me comporte como una señorita modesta, bien criada y virtuosa, de acuerdo con sus malditas aspiraciones a una «sólida salud moral»?
EL PADRE. —Aquí radica todo mi drama, señor: en la conciencia que tengo. Cualquiera de nosotros, como verá, se cree «único», pero eso no es cierto. Somos
«muchos», señor. «Muchos» según las posibilidades de ser que tenemos en nosotros: «uno» con éste, «uno» con aquél. ¡Muy diversos! Y con la ilusión, mientras tanto, de ser siempre «el mismo para todos», y siempre el mismo para cada uno en todos nuestros actos. ¡Y eso no es verdad! ¡No es verdad! Sabemos muy bien que en cualquiera de nuestros actos, por alguna circunstancia desafortunada, nos quedamos sorprendidos y como en suspenso. ¡Y es que nos percatamos de no estar completos en ese acto, y que por lo tanto es una injusticia que se nos juzgue sólo por ese acto, que nuestra vida quede reducida a ese acto, como si nada más se debiera a él! ¿Comprende ahora la malicia de esta chica? Me ha sorprendido en un lugar, en un acto, en el cual y por el cual no debía conocerme, como yo no debía presentarme a ella, y por eso me quiere atribuir una realidad que nunca hubiera querido representar para ella. ¡Todo por culpa de un momento fugaz y vergonzoso de mi vida! Esto, señor, esto es lo que más lamento. Y por esto mismo se puede dar cuenta de que el drama adquiere un gran valor. ¡Pero luego también está la situación de los demás! La suya... (Señalará al HIJO.)

EL HIJO. (Alzando los hombros desdeñosamente.) —¡A mí déjame en paz! ¡Yo no tengo nada que ver!
EL PADRE. —¿Cómo que no?
EL HIJO. —¡No tengo nada que ver ni quiero tenerlo! ¡Sabes muy bien que no he sido creado para figurar en medio de ustedes!
LA HIJASTRA. —¡Nosotros, vulgares! ¡Él, muy fino! Pero dése cuenta, señor. Cada vez que lo miro para mostrarle mi desprecio, él baja los ojos, y eso es porque sabe el mal que me ha hecho.
EL HIJO. (Casi sin mirarla.) —¡Yo!
LA HIJASTRA. —¡Sí, tú! ¡Tú! ¡Por ti me quedé en la calle! ¡Por ti! (Reacción de espanto entre los ACTORES) ¿Dime si con tu desdén no hiciste imposible, no digo ya la intimidad de la casa, sino la discreción que hace sentir menos incómodos a los que son recogidos? ¡Fuimos los intrusos que venían a invadir el reino de tu
«legitimidad»! Si usted hubiera visto, señor, ciertas escenitas entre nosotros dos. Dice que yo los he tiranizado a todos. ¿Se da cuenta? Ha sido precisamente por su desdén por el que me tuve que valer de esa razón que él llama «vil»; la misma razón por la cual entré en su casa como lo había hecho mi madre —que también es su madre—, como si yo fuera la dueña.
EL HIJO. (Avanzando lentamente.) —Todos hacen un buen juego, señor, el fácil papel de estar contra mí. Pero usted se imagina a un hijo que, tranquilo en casa, le toca ver llegar a una señorita altiva, con la mirada petulante, que pregunta por su padre y a quien tiene que decirle no sé que cosa, para luego verla regresar acompañada de esa pequeñita de allá, y finalmente verla pedir dinero al padre — quién sabe por qué— de un modo ambiguo y «apremiante», con un tono que sobreentiende que debe dárselo, porque tiene toda la obligación de hacerlo.
EL PADRE. —¡Pero de verdad que tenía la obligación! ¡Por tu madre!
EL HIJO. —¡Y yo qué sé de todo eso! ¿Cuándo he visto a esa mujer, señor? ¿Cuándo he escuchado hablar de ella? Hasta que un día la veo aparecer con ella (señalará a la HIJASTRA) con ese muchacho, con esa niña, y me dicen: «¿Lo sabes? ¡Ella también es tu madre!» Me doy cuenta por sus maneras (señalará de nuevo a la HIJASTRA) del motivo por el cual han entrado en casa de un día para el otro... Lo que experimento y siento, señor, no puedo y no quiero expresarlo. Quizá pueda confesarlo, pero no lo quiero hacer ni conmigo mismo. Por eso no puede haber ninguna posibilidad, como ve, de que yo participe en modo alguno. ¡Créame, señor, que yo soy un personaje no «acabado» dramáticamente hablando, y que me siento mal, pésimo, en compañía de ellos! ¡Déjenme en paz!
EL PADRE. —¿Qué dices? Si precisamente porque tú eres así...
EL HIJO. (Violentamente exasperado.) —¡Y tú qué sabes cómo soy! ¿Cuándo te preocupaste por mí?
EL PADRE. —¡Está bien, está bien! Pero ¿no es ésta también una situación dramática? Este alejamiento tuyo, tan cruel conmigo como con tu madre, que, apenas de regreso a casa, te ve casi por primera vez así de grande y no te reconoce, pero sabe que eres su hijo... (Señalará la MADRE al DIRECTOR) ¡Ahí lo tiene, mírela!
¡Está llorando!
LA HIJASTRA. (Rabiosa, dando un golpe en el suelo con el pie.) —¡Cómo una estúpida! EL PADRE. (Señalándola rápidamente.) —¡Y ella no puede soportarlo! (Volverá a referirse al HIJO.) Dice que no quiere tener nada que ver en el asunto, ¡si es él el centro de la acción! Mire a ese muchacho, que siempre está apegado a la madre, temeroso, humillado... ¡Es así por culpa de él! Quizá la situación más triste sea la de él. Se siente extraño más que los demás. Y vive, pobrecito, una angustiosa mortificación al haber sido acogido en casa como si recibiera caridad. (Aparte, discretamente.) ¡Se parece al padre! Es humilde, no habla...

EL DIRECTOR. —¡No crea que vale la pena! No imagina los problemas que dan los niños en el escenario.
EL PADRE. —¡Él no le dará molestias! Y también la niña, que incluso será la primera en irse...
EL DIRECTOR. —¡Perfecto! Y le aseguro que todo esto me interesa, me interesa mucho.
¡Intuyo que hay materia para hacer un excelente drama!
LA HIJASTRA. (Intentando entrometerse.) —¡Y con un personaje como yo!
EL PADRE. (Apartándola, ansioso por lo que decidirá el DIRECTOR) —¡Cállate!
EL DIRECTOR. (Prosiguiendo su discurso, sin hacer caso de la interrupción.) —Una materia nueva, sí...
EL PADRE. —¡Novedosa! ¿Verdad?
EL DIRECTOR. —Se necesita mucho coraje de todas maneras, como para venir y soltarlo así...
EL PADRE. —Usted comprenderá, señor, nacidos para la escena... EL DIRECTOR. —¿Son cómicos aficionados?
EL PADRE. —No, en absoluto. Digo nacidos para la escena porque... EL DIRECTOR. —¡No le creo! ¡Usted tiene que haber interpretado antes!
EL PADRE. —Pues no, señor. Cada uno interpreta el papel que se ha asignado a sí mismo, o que los demás le han asignado en la vida. En mí es la misma pasión que se vuelve siempre un poco teatral apenas se exalta, como a todos...
EL DIRECTOR. —¡Olvidémoslo!... Pero debe comprender, estimado señor, que sin autor... Yo podría recomendarle alguno...
EL PADRE. —No, no... ¡Sea usted el autor! EL DIRECTOR. —¿Yo? ¿Qué dice?
EL PADRE. —¡Sí, usted! ¡Usted mismo! ¿Por qué no? EL DIRECTOR. —¡Porque nunca he sido un autor!
EL PADRE. —Disculpe, ¿pero no podría serlo ahora? No se necesita nada especial. Mucha gente lo hace. Su trabajo tiene la ventaja de que ya estamos todos aquí, vivos delante de usted.
EL DIRECTOR. —¡Pero eso no basta!
EL PADRE. —¿Cómo que no basta? Viéndonos vivir nuestro drama... EL DIRECTOR. —Sí, sí, pero se necesita alguien que lo escriba.
EL PADRE. —Será que lo transcriba, porque lo tiene delante de usted, en vivo, escena por escena. Para comenzar apenas bastará un borrador y ensayar.
EL DIRECTOR. (Volviendo a subir, tentado, al escenario.) —Bueno... casi casi me está tentando... Así, por jugar... Se podría probar...
EL PADRE. —¡Pues claro, señor! ¡Ya verá qué escenas! ¡Se las puedo sugerir de
inmediato!
EL DIRECTOR. —Me tienta... Me tienta. Hagamos una prueba... Venga conmigo a mi camerino. (Dirigiéndose a los ACTORES.) Descansen un rato, pero no se alejen mucho. En un cuarto de hora o veinte minutos, estaremos de nuevo aquí. (Al PADRE) Veamos, probemos... Puede ser que salga algo verdaderamente extraordinario...
EL PADRE. —¡Sin duda! Pero, ¿no cree que sería bueno que ellos vinieran también?
(Señalará a los otros PERSONAJES)
EL DIRECTOR. —¡Que vengan, que vengan! (Comenzará a salir pero antes se dirigirá a los ACTORES.) ¡Sean puntuales, eh! En un cuarto de hora.
(EL DIRECTOR y los SEIS PERSONAJES cruzarán el escenario y desaparecerán. Los ACTORES
se quedarán, como perplejos, mirándose entre sí.)
EL PRIMER ACTOR. —¿Estaba hablando en serio? ¿Que irá a hacer ahora? EL GALÁN JOVEN. —¡Eso es locura pura y dura!
UN TERCER ACTOR. —¿Querrá que improvisemos un drama, de buenas a primeras? EL GALÁN JOVEN. —¡Eso mismo! ¡Cómo improvisadores de la Comedia del Arte!

LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Ah, no! ¡Si cree que yo me voy a prestar a bromas de ese tipo!... LA DAMA JOVEN. —¡Yo tampoco!
UN CUARTO ACTOR. —Lo que quisiera es saber quiénes son esos. (Aludirá a los
PERSONAJES.)
EL TERCER ACTOR. —¿Quiénes quieres que sean? ¡Locos o estafadores! EL GALÁN JOVEN. —¿Y el Director se presta para escucharlos?
LA DAMA JOVEN. —¡La vanidad! Es la vanidad de convertirse en autor...
EL PRIMER ACTOR. —¡Sorprendente! Si el teatro, señores, si el teatro termina reduciéndose a esto...
UN QUINTO ACTOR. —¡A mí me divierte!
EL TERCER ACTOR. —¡En fin! Ya veremos qué ocurre con todo esto.
(Conversando así entre ellos, los ACTORES abandonarán el escenario, algunos saliendo
por la puertecita del fondo, algunos regresando a sus camerinos. El telón quedará levantado. La representación se interrumpirá durante veinte minutos.)

El timbre avisará que continúa la representación.
De los camerinos, por la puerta y también de la sala, volverán al escenario los ACTORES, el TRASPUNTE, el MAQUINISTA, el APUNTADOR, el GUARDARROPA. Al mismo tiempo, ven- drá del camerino el DIRECTOR con los SEIS PERSONAJES.
Se apagarán las luces de la sala y el escenario volverá a iluminarse como
antes.



EL DIRECTOR. —¡Vamos, vamos, señores! ¿Están todos? Atención, atención.
¡Comenzamos!... ¡Maquinista! EL MAQUINISTA. —¡Aquí estoy!
EL DIRECTOR. —Arregle rápido la escena de la salita. Bastarán dos bastidores y un telón con la puerta. ¡Rápido, por favor!
(El MAQUINISTA correrá deprisa a hacerlo, mientras el DIRECTOR se las arreglará con el
TRASPUNTE, el GUARDARROPA, el APUNTADOR y los ACTORES para la representación inmediata, y dispondrá ese simulacro de la escena indicada: dos bastidores y un telón con la puerta, con listones rojos y dorados.)
EL DIRECTOR. (Al GUARDARROPA) —Mire si tenemos una meridiana en el almacén. EL GUARDARROPA. —Sí, señor. La verde.
LA HIJASTRA. —¿Verde? Era amarilla, floreada, de felpa y muy grande, comodísima. EL GUARDARROPA. —Eso no lo tenemos.
EL DIRECTOR. —No importa. Traiga la que haya.
LA HIJASTRA. —¿Cómo que no importa? ¡Si es la famosa meridiana de Madame Paz!
EL DIRECTOR. —¡Es sólo para el ensayo! Le ruego que no se entrometa. (Al TRASPUNTE)
Mire si hay una vitrina alargada y baja.
LA HIJASTRA. —¡La mesita, la mesita de caoba para el sobre azulado! EL TRASPUNTE. (Al DIRECTOR) —Tenemos uno pequeño, dorado.
EL DIRECTOR. —Está bien. ¡Traiga ése! EL PADRE. —Un tocador.
LA HIJASTRA. —¡Y el biombo! Un biombo, por favor. De lo contrario, ¿cómo lo haré? EL TRASPUNTE. —Sí, señora. Tenemos muchos biombos, no se preocupe.
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) —Y algunos percheros, ¿verdad?
LA HIJASTRA. —¡Sí, muchos, muchos!
EL DIRECTOR. (Al TRASPUNTE) —Mire cuántos hay y que los traigan. EL TRASPUNTE. —¡Yo me encargo!
(El TRASPUNTE también correrá por lo suyo. Mientras, el DIRECTOR seguirá hablando con el APUNTADOR y luego con los PERSONAJES y los ACTORES; el TRASPUNTE hará que lleven los muebles solicitados por los AYUDANTES DE ESCENA y las dispondrá como crea oportunos.) EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) —Usted, en tanto, coja su sitio. Tenga, éste es el borrador de las escenas, acto por acto. (Le dará varias cuartillas.) Pero ahora es necesario que nos haga un favor.
EL APUNTADOR. —¿Taquigrafiar?
EL DIRECTOR. (Alegremente sorprendido.) —¡No me diga! ¿Sabe taquigrafiar? EL APUNTADOR. —Puede que no sea un buen apuntador, pero la taquigrafía...
EL DIRECTOR. —¡Mejor que mejor! (Dirigiéndose a uno de los AYUDANTES DE ESCENA) Vaya
a mi camerino y coja todo el papel que encuentre. Cuanto más, mejor.
(El DEPENDIENTE saldrá corriendo y poco después volverá con una muy buena cantidad de papeles, que le entregará al APUNTADOR.)
EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) —Siga las escenas a medida que se vayan representando
y trate de anotar los diálogos, al menos los más importantes. (Luego, dirigiéndose a los ACTORES) ¡Despejen, señores! Eso, colóquense de este lado (señalará a su iz- quierda) ¡y presten mucha atención!

LA PRIMERA ACTRIZ. —Disculpe, pero nosotros...
EL DIRECTOR. (Previniéndola.) —¡Quédese tranquila! ¡No tendrán que improvisar! EL PRIMER ACTOR. —¿Qué tenemos que hacer?
EL DIRECTOR. —¡Nada! Por ahora sólo quédense mirando y escuchando. Después cada uno tendrá su parte debidamente escrita. Ahora haremos un ensayo, como salga. ¡Lo harán ellos! (Señalará a los PERSONAJES)
EL PADRE. (Como sorprendido en medio de la confusión del escenario.) —¿Nosotros?
¿Cómo es eso de un ensayo?
EL DIRECTOR. —Un ensayo. ¡Un ensayo para ellos! (Señalará a los ACTORES)
EL PADRE. —Pero si los personajes somos nosotros...
EL DIRECTOR. —Está bien, ustedes son «los personajes» Pero aquí, estimado amigo, no actúan los personajes. Aquí actúan los actores. Los personajes están allí, en el guión (señalará al foso del APUNTADOR), ¡cuando haya un guión!
EL PADRE. —¡Por eso mismo! Ya que no lo hay y tienen la suerte de tener vivos a los personajes delante de ustedes...
EL DIRECTOR. —¡Genial! ¿Quieren entonces hacerlo todo ustedes? ¿Actuar y presentarse por sí solos delante del público?
EL PADRE. —Claro, tal y como somos.
EL DIRECTOR, —¡Ah! ¡Le aseguro que harían un bonito espectáculo! EL PRIMER ACTOR. —¿Entonces qué estamos haciendo nosotros aquí?
EL DIRECTOR. —¡No imaginarán acaso que ustedes van a representar los papeles! Si ustedes dan risa... (Los ACTORES, en efecto, reirán.) ¡Ahí lo tiene, mire, se ríen! (Recordando.) ¡A propósito! Será necesario asignar los papeles. Es fácil. Ya están asignados por sí mismos (a la SEGUNDA ACTRIZ): Usted, señora, será la Madre. (Al PADRE) Habrá que darle un nombre.
EL PADRE. —Amalia, señor.
EL DIRECTOR. —Pero es el nombre de su esposa. ¡No querrá que la llamen con su verdadero nombre!
EL PADRE. —¿Y por qué no? Se llama así. Aunque, claro, si tiene que representarlo la señora... (Apenas señalará con la mano a la SEGUNDA ACTRIZ) Yo la miro a ella (señalará a la MADRE) como Amalia, señor. Pero haga usted lo que... (Se turbará cada vez más.) No sé qué decirle... Empiezo... No lo sé, empiezo a sentir falsas mis propias palabras, con otro sonido.
EL DIRECTOR. —¡No se preocupe por eso! Ya nos encargaremos nosotros de dar con el tono adecuado. Y si es por el nombre, si usted quiere «Amalia», será entonces Amalia, o buscaremos otro. Por ahora designaremos a los personajes de esta manera (al GALÁN JOVEN): usted, el Hijo; (a la PRIMERA ACTRIZ) usted, la señorita. La Hijastra, se supone.
LA HIJASTRA. (Risueña.) —¿Qué cosa? ¿Yo, ésa? (Estallará en risas.)
EL DIRECTOR. (Furibundo.) —¿Qué le da tanta risa?
LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada.) —¡Ninguna ha osado jamás reírse de mí! ¡O se me respeta o me voy!
LA HIJASTRA. —No me interprete mal. No me río de usted.
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) —Tendría que sentirse honrada por ser representada por...
LA PRIMERA ACTRIZ. (Rápida, con desdén.) —«¡Ésa!»
LA HIJASTRA. —Pero si no lo decía por usted, créame. Lo decía por mí, que no me reconozco en usted. No lo sé, es que... ¡no se parece a mí en nada!
EL PADRE. —¡Eso es! Mire, señor. Nuestra expresión...
EL DIRECTOR. —¿Pero qué expresión? ¿Creen tenerla ya en ustedes? ¡En absoluto! EL PADRE. —¿Cómo? ¿No tenemos expresión propia?

EL DIRECTOR. —¡En absoluto! Su expresión se convierte en materia aquí, gracias a que le dan cuerpo y figura, voz y gesto los actores, quienes —por su destreza— han sabido expresar materias más altas incluso. Por más que sea pequeña su expresión, se sostendrá en la escena, créame, gracias al mérito exclusivo de mis actores.
EL PADRE. —No me atrevo a contradecirlo, señor. Pero de verdad que es indignante para nosotros que se nos vea así, con estos cuerpos y figuras...
EL DIRECTOR. (Cortándolo, impaciente.) —Eso se corrige con maquillaje, estimado amigo, con maquillaje, en lo que toca a la figura.
EL PADRE. —Sí, pero la voz y el gesto...
EL DIRECTOR. —¡Seré sincero! ¡Usted, tal como es, imposible! ¡Aquí tenemos al actor que lo representa y punto!
EL PADRE. —Comprendo, señor. Pero quizá ahora sospecho también por qué nuestro autor, que nos vio vivos así, no quiso adecuarnos para la escena. No quiero ofender a sus actores. ¡Dios me libre! Pero pienso que verme representado... no sé por quién...
EL PRIMER ACTOR. (Con altivez, levantándose y aproximándose hacia él, seguido por las jóvenes actrices, que reirán.) —Por mí, si no le disgusta.
EL PADRE. (Humilde y melifluo.) —Es un honor, señor. (Se inclinará.) Pero creo que
por más que el señor esté dispuesto a representarme con toda su voluntad y su arte... (Se turbará.)
EL PRIMER ACTOR. —Concluya, concluya... (Risas de los ACTORES)
EL PADRE. —Decía, la representación que hará, incluso forzando el parecido gracias al maquillaje, digo más bien... con su estatura... (Todos los ACTORES reirán) difícilmente podrá hacer una representación sobre mí, tal como yo soy en realidad. A lo sumo será..., aparte de la figura, será como usted me represente, como usted me sienta —si llega a sentirme— y no como yo me siento por dentro. Y me parece que quien venga a juzgarnos debería tener esto en cuenta.
EL DIRECTOR. —¿Está pensando ahora en los juicios de la crítica? ¡Y yo que le hago caso! Deje que la crítica diga lo que quiera. Nosotros vamos a montar la comedia,
¡si es posible! (Apartándose y mirando a su alrededor) ¡Vamos, vamos! ¿Ya está lista la escena? (A los ACTORES y los PERSONAJES.) ¡Muévanse, muévanse de aquí! Necesito ver bien. (Bajará del escenario.) ¡No perdamos más tiempo! (A la HIJASTRA) ¿Le parece que está bien así la escena?
LA HIJASTRA. —Yo, la verdad, no me siento identificada.
EL DIRECTOR. —¡Seguimos con lo mismo! ¡No querrá que reconstruya exactamente la trastienda de Madame Paz! (Al PADRE) ¿Me dijo un tapizado floreado?
EL PADRE. —Sí, señor. Y blanco.
EL DIRECTOR. —No es blanco, sino con listones. ¡Pero eso importa poco! En lo que toca a los muebles, mal que bien, parece que estamos listos. Esa mesita, tráiganla un poco más hacia delante. (Los AYUDANTES DE ESCENA lo harán de inmediato. Al GUARDARROPA) Usted, mientras tanto, consíganos un sobre, posiblemente azulado, y entrégueselo al señor. (Señalará al PADRE.)
EL GUARDARROPA. —¿Sobre de correspondencia? EL DIRECTOR Y EL PADRE. —Sí, sí...
EL GUARDARROPA. —¡Ahora mismo! (Saldrá.)
EL DIRECTOR. —¡Vamos, vamos! La primera escena es de la señorita. (La PRIMERA ACTRIZ se acercará.) ¡Usted espere! Me refería a la señorita. (Señalará a la HIJASTRA.) Usted se limitará a observar...
LA HIJASTRA. (Acotando rápidamente.) —... ¡Cómo la vivo yo!

LA PRIMERA ACTRIZ. (Resentida.) —¡Yo también sabré vivirla, no lo dude, apenas empiece a actuar!
EL DIRECTOR. (Con las manos en la cabeza.) —¡Basta de discusiones! Por lo tanto, la primera escena es de la señorita con Madame Paz. ¡Oh! (Se turbará, mirando a su alrededor y volviendo a subir al escenario.) ¿Y la tal Madame Paz?
EL PADRE. —No ha venido con nosotros, señor. EL DIRECTOR. —Y ahora, ¿qué hacemos?
EL PADRE. —¡Pero ella también vive!
EL DIRECTOR. —De acuerdo... Pero, ¿dónde vive?
EL PADRE. —Yo me encargo. (Dirigiéndose a las ACTRICES) Si ustedes quisieran tener la amabilidad de darme por un momento sus sombreros.
LAS ACTRICES. (Un poco sorprendidas, riéndose en coro.) —¿Cómo?
—¿Los sombreros?
—¿Pero qué dice?
—¿Para qué?
—¡Míralo!
EL DIRECTOR. —¿Qué quiere hacer con los sombreros de las señoras?
(Los ACTORES reirán.)
EL PADRE. —Nada, nada. Solamente colocarlos un momento en estos percheros. Además, alguna debería ser tan amable como para darme su abrigo.
LOS ACTORES: —¿También el abrigo?
—¿Y después?
—¡Tiene que estar loco!
ALGUNA DE LAS ACTRICES. —¿Por qué?
—¿Sólo el abrigo?
EL PADRE. —Para colgarlo sólo un momento... Háganme el favor. ¿Pueden?,
LAS ACTRICES. (Quitándose los sombreros, y algunas de ellas los abrigos, seguirán riendo y acercándose por aquí y por allá a los percheros.) —¿Y por qué no?
—¡Aquí está!
—¡Esto es una auténtica broma!
—¿Quiere hacer una exposición?
EL PADRE. —Eso es, señora. Así, expuestos. EL DIRECTOR. —¿Se puede saber para qué?
EL PADRE. —Ya lo verá, señor. Porque, a lo mejor, preparando mejor la escena, adaptada con los mismos objetos de su negocio, es posible que aparezca entre nosotros... (Invitando a mirar hacia la puerta del fondo del escenario.) ¡Miren! ¡Miren! (La puerta del fondo se abrirá y MADAME PAZ se aproximará. Es una vieja enorme, con una pomposa peluca de lana color zanahoria y una flamante rosa española a un costado; toda pintada, vestida con la elegancia vulgar de un vestido de seda rojo muy chillón, con un abanico de plumas en una mano mientras en la otra sostiene entre dos dedos un cigarrillo encendido. Apenas aparece, los ACTORES y el DIRECTOR darán un grito de espanto y se irán del escenario, abalanzándose hacia las escalerillas, huyendo por el corredor. La HIJASTRA, en cambio, irá apresurada, humilde, hacia MADAME PAZ, como si ella fuera su tutora.)
LA HIJASTRA. (Acercándose.) —¡Aquí está! ¡Aquí está!
EL PADRE. (Animado.) —¡Es ella! ¿No lo dije? ¡Aquí está!
EL DIRECTOR. (Superando el primer impacto, indignado.) —¿Qué trucos son estos? EL PRIMER ACTOR. (Casi al mismo tiempo.) —¿En dónde estamos, mejor dicho?
EL GALÁN JOVEN. —¿De dónde salió ésa?
LA DAMA JOVEN. —¡Se la estaban guardando!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Éstos son juegos de magia!

EL PADRE. (Apaciguando las protestas.) —¡Disculpen! Pero, ¿por qué quiere dañar en nombre de una verdad vulgar este prodigio de una realidad que nace evocada, atraída y formada por la misma escena, y que tiene más derecho a vivir aquí que ustedes mismos, ya que es más verdadera que ustedes? ¿Cuál de las actrices podrá hacer el papel de Madame Paz? Pues bien: ¡Madame Paz es ella! Concederán al menos que la actriz que la represente será siempre menos auténtica, pues se trata de ella misma en persona. ¡Miren: mi hija la ha reconocido y de inmediato se le ha acercado! ¡Quédense, quédense a ver la escena!

(Titubeando, el DIRECTOR y los ACTORES volverán a subir al escenario. Pero ya la escena entre la HIJASTRA y MADAME PAZ, durante la protesta de los ACTORES y la respuesta del PADRE, habrá empezado, susurrada, muy despacio, sobre todo espontáneamente, como no sería posible lograrla sobre ningún escenario. De manera que, cuando a los ACTORES les haya llamado la atención el PADRE, se volverán a mirar y verán a MADAME PAZ, que ya habrá tomado del mentón a la HIJASTRA para levantar su rostro, escuchándola hablar en un modo incomprensible, y se quedarán por un momento alertas. Luego, casi de inmediato, quedarán decepcionados.)

EL DIRECTOR. —¿Y bien?
EL PRIMER ACTOR. —Pero, ¿qué dice?
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Así no se escucha nada! EL GALÁN JOVEN. —¡Más alto! ¡Más alto!
LA HIJASTRA. (Dejando por un momento a MADAME PAZ, que sonreirá con una sonrisa inigualable, se acercará al grupo de ACTORES) —«Más alto» ¡Cómo no! ¿Qué tanto más alto? ¡No son cosas que se puedan decir en voz alta! Yo las he podido decir en alto para avergonzarlo (señalará al PADRE), ¡y también para vengarme! Pero para Madame Paz significa otra cosa: ¡la cárcel!
EL DIRECTOR. —¡Ah, preciosa! ¡Sólo eso nos faltaba! ¡Aquí es necesario escuchar lo que se dice! ¡Ni siquiera nosotros podemos escucharla y estamos en el escenario!
¡Imagínense cuando esté el público en el teatro! Hay que hacer bien la escena. Y por otra parte pueden hablar en voz alta sin ningún problema, porque no es- taremos aquí en el escenario, como ahora, escuchando. Imaginen que están solas en una habitación, en la trastienda, y que nadie las escucha.
(La HIJASTRA, con cierta gracia, sonriendo maliciosamente, hará muchas veces con el
dedo un gesto negativo.)
EL DIRECTOR. —¿Cómo que no?
LA HIJASTRA. (Susurrando misteriosamente.) —Hay alguien que puede escucharnos, señor, si ella (señalará a MADAME PAZ) hablara fuerte.
EL DIRECTOR. (Consternado.) —¿Acaso va a aparecer alguien más?
(Los ACTORES se dispondrán a abandonar nuevamente el escenario.)
EL PADRE. —No, no, señor. Se refiere a mí. Yo debo estar allá, detrás de la puerta, a la espera. Y Madame lo sabe. Más bien, permítanme, me voy de inmediato. (Se dispone a irse.)
EL DIRECTOR. (Deteniéndolo.) —¡No lo haga, espere! ¡Aquí es necesario respetar las
exigencias del teatro! Antes de que usted esté listo...
LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) —¡Rápido, rápido! Me muero de ganas, le dije, de vivir, de ver esta escena. Si usted está listo, yo también.
EL DIRECTOR. (Gritando.) —Primero es necesario que quede clara la escena entre usted y esa señora. (Señalará a MADAME PAZ) ¿Lo quiere comprender de una vez?
LA HIJASTRA. —¡Dios mío, señor! Lo que ella me ha dicho usted ya lo sabe: que una
vez más el trabajo de mamá está mal hecho, que ha desperdiciado la tela y que es

necesario que yo tenga paciencia, si quiero que siga ayudándonos en nuestra miseria.
MADAME PAZ. (Adelantándose con aire imponente.) —Cherto, siñore. Yo non quiero aproffitarmi, sacare ventaka1...
EL DIRECTOR. (Casi aterrorizado.) —¿Qué es esto? ¿Así habla?
(Todos los ACTORES estallarán en carcajadas.)
LA HIJASTRA. (También riéndose.) —Sí, señor, habla así, mitad italiano y mitad español, de un modo divertidísimo.
MADAME PAZ. —¡Non mi pareze de buen gusto que se ridano de mí por fare el esfuerzo de hablare españolo, señor!
EL DIRECTOR. —¡No, en absoluto! ¡Es más! ¡Hable así, hable así, señora! ¡Es todo un efecto! No podría haber mejor manera para romper cómicamente la crueldad de la situación. Hable, hable así. ¡Está muy bien!
LA HIJASTRA. —¡Muy bien! ¿Cómo no? ¡Escuchar cómo le hacen a una ciertas propuestas seguro que impactará, porque casi parece una burla! Es como para reírse escuchar que le digan a uno que hay un «siñor vieco» que quiere «hacerte alguni mimos» ¿No es verdad, Madame Paz?
MADAME PAZ. —Ecco, uno viequito, bella. Pero eso é meglio para ti. Si no te gusta, per lo meno te ayutará.
LA MADRE. (Reapareciendo, entre el estupor y la consternación de los ACTORES, quienes no se habían dado cuenta de ella e intentarán apartarla de MADAME PAZ en medio de gritos y risas, porque a esas alturas ya le habrá arrancado la peluca y la habrá tirado al suelo.) —¡Bruja! ¡Bruja asesina! ¡Es mi hija!
LA HIJASTRA. (Acude a contener a la MADRE) —¡No, mamá, no! ¡Por favor!
EL PADRE. (Acudiendo al mismo tiempo.) —¡Tranquila, tranquila! ¡Mejor siéntate! LA MADRE. —¡Sáquenla de aquí, ahora mismo!
LA HIJASTRA. (Al DIRECTOR, que también ha acudido.) —¡No puede ser, no puede ser
que mamá mire todo esto!
EL PADRE. (También dirigiéndose al DIRECTOR) —¡No pueden estar juntas! Por eso es que, cuando llegamos, ésa señora no estaba con nosotros. Si están juntas, es inevitable que todo se precipite.
EL DIRECTOR. —¡No importa! ¡No importa! Por ahora es como un primer bosquejo. Todo sirve para que yo pueda, incluso así, de manera confusa, recoger varios elementos. (Dirigiéndose a la MADRE y haciéndola sentar de nuevo en su sitio.) Vamos, señora. Quédese tranquila y tome asiento de nuevo.
(En tanto, la HIJASTRA, colocándose de nuevo en medio de la escena, se dirigirá a
MADAME PAZ.)
LA HIJASTRA. —Dígame, Madame, dígame. ¿Entonces?
MADAME PAZ. (Ofendida.) —No, no. ¡Gracias muchas! Yo quí no facho piú de nada se tu madre e presente.
LA HIJASTRA. —Olvídelo. Haga pasar a ese «siñor vieco» que quiere «hacerme alguni
mimos» (Se volverá de manera imperiosa hablando a todos los presentes.) En resumen, ¡hay que hacer esta escena! ¿Qué esperan? ¡Vamos! (A MADAME PAZ)
¡Usted puede irse!
MADAME PAZ. —Me ne voy, me ne voy, senza problema... (Saldrá furiosa recogiendo la peluca y mirando ferozmente a los ACTORES, quienes aplaudirán con sorna.)


1 En el original, MADAME PAZ trata de hablar en italiano sin perder su acento español. Para la traducción hemos invertido el efecto —que Madame Paz tenga a su vez un acento de origen italiano—para cumplir con la intención coloquial y extraña del personaje. (N. del T.)

LA HIJASTRA. (Al PADRE.) —¡Y usted haga su entrada! ¡No es necesario que dé la vuelta! ¡Venga aquí! Finja que ha entrado. Eso es: yo me quedo aquí con la cabeza, baja, recatada. ¡Vamos! ¡Hable! Dígame con la voz de un recién llegado, de un extraño: «Buenos días, señorita...».
EL DIRECTOR. (Que ha bajado del escenario.) —¡Faltaba más! En pocas palabras,
¿dirige usted o yo? (Al PADRE que observará en suspenso, perplejo.) Prosiga, sí. Vaya al fondo, sin salir, y regrese hacia delante.
(El PADRE, consternado, hará lo que se le indica. Estará muy pálido, pero se investirá de la realidad de su vida creada. Sonreirá una vez colocado al fondo del escenario, como distanciado todavía del drama que estará por abatirse sobre él. Los ACTORES prestarán de inmediato mucha atención a la escena que va a comenzar.)
EL DIRECTOR. (Susurrando, con prisa, al APUNTADOR que está en el foso.) —¡Y usted
atento, listo para escribir, ahora mismo!








LA ESCENA



EL PADRE. (Acercándose con una voz diferente.) —Buenos días, señorita. LA HIJASTRA. (La cabeza gacha, con un reprimido disgusto.) —Buenos días.
EL PADRE. (La observará un poco, bajo el sombrerito que casi oculta todo su rostro, e intuyendo que ella es muy joven, exclamará de asombro, un poco por satisfacción pero también por temor a comprometerse en una aventura arriesgada.) —Pero... ¿No será ésta la primera vez que... que viene aquí? No, ¿verdad?...
LA HIJASTRA. —No, señor.
EL PADRE. —¿Ha venido otras veces? (A lo que la HIJASTRA asentirá con la cabeza.)
¿Más de una vez? (Esperará un poco la respuesta, volverá a espiarla bajo el sombrerito, sonreirá y dirá.) Entonces... No debería sentirse así... ¿Me permite que le quite el sombrerito?
LA HIJASTRA. (Rápido, para prevenirlo, pero conteniendo su disgusto.) —No, señor. ¡Yo
sola me lo quito! (Lo hará deprisa, turbada.)
(La MADRE, presenciando la escena, con el Hijo y con los otros dos pequeños, que permanecerán siempre junto a ella, colocados al lado opuesto de los ACTORES, estará en vilo, con gestos de dolor, desdén, ansiedad y horror por las palabras y los actos del PADRE y la HIJASTRA. También ocultará el rostro, por momentos, o emitirá algún lamento.)
LA MADRE. —¡Dios mío! ¡Dios mío!
EL PADRE. (Debido al lamento, se quedará rígido por un momento, pero luego continuará con el tono previo.) —Démelo. Lo cuelgo yo. (Le quitará el sombrerito de las manos.) Pero sobre una hermosa cabecita como la suya debería estar un sombrerito más digno de usted. ¿Querrá ayudarme, después, a escogerle alguno entre los que tiene Madame? ¿Sí?
LA DAMA JOVEN. (Interrumpiendo.) —¡Mucho cuidado! ¡Esos sombreros son nuestros! EL DIRECTOR. (Rápido, enfurecido.) —¡Cállese, por Dios! ¡No se haga la chistosa!
¡Estamos en mitad de la escena! (Dirigiéndose a la HIJASTRA) Continúe, por favor, continúe.
LA HIJASTRA. (Prosiguiendo.) —No, gracias, señor.

EL PADRE. —¡Vamos! ¡No me diga que no! Tiene que aceptármelo. Me sentiría apenado... Mire que hay algunos muy bonitos, ¡mire! Y eso alegrará a Madame.
¡Los pone aquí a propósito!
LA HIJASTRA. —No, señor. Es que ni siquiera podría llevarlo puesto.
EL PADRE. —¿Acaso lo dice por lo que pensarán cuando la vean volver a casa con un sombrero nuevo? No se preocupe. ¿Sabe qué hacer? ¿Qué debe decir en casa?
LA HIJASTRA. (Arrebatada, sin contenerse.) —¡No es eso, señor! No podría llevarlo, porque soy..., como puede ver..., ¡ya debería haberse percatado! (Le mostrará su luto.)
EL PADRE. —¡Está de luto! Es verdad. Le pido que me disculpe. Me siento
avergonzado, disculpe.
LA HIJASTRA. (Armándose de valor incluso para sobreponerse al desdén y la náusea.)
—¡Basta, basta, señor! Soy yo la que tiene que agradecérselo, y no usted quien debe mortificarse o sentirse afligido. No haga caso, por favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá... (Se esforzará por sonreír y añadirá.) No debo pensar más en cómo estoy vestida.
EL DIRECTOR. (Interrumpiendo, mirando al APUNTADOR en el foso mientras sube al escenario.) —¡Espere, espere! ¡No escriba más, deténgase en esta última frase! (Dirigiéndose al PADRE y a la HIJASTRA) ¡Muy bien! ¡Muy bien! (Luego únicamente al PADRE.) Usted continuará como hemos acordado. (A los ACTORES.) Maravillosa esta escenita del sombrerito, ¿no les parece?
LA HIJASTRA. —¡Lo mejor está por venir! ¿Por qué no continuamos?
EL DIRECTOR. —¡Tenga un poco de paciencia! (Volviendo a dirigirse a los ACTORES) Hay que tratarla con un poco de ligereza.
EL PRIMER ACTOR. —De desenvoltura, de acuerdo...
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡No se necesita nada más! (Al PRIMER ACTOR) Podríamos ensayarla ahora mismo, ¿no?
EL PRIMER ACTOR. —¡Por mí!... Ya está, me preparo para hacer mi entrada. (Saldrá para volver a entrar por la puerta del fondo.)
EL DIRECTOR. (A la PRIMERA ACTRIZ) —Ahora, entonces, fíjese bien. Ya ha terminado la
escena entre usted y Madame Paz, que ya me encargaré de escribir. Usted debe quedarse... ¿A dónde va?
LA PRIMERA ACTRIZ. —Un segundo, que me pongo el sombrero... (Irá a cogerlo del perchero.)
EL DIRECTOR. —¡De acuerdo, muy bien! Entonces, usted se queda aquí con la cabeza inclinada.
LA HIJASTRA. (Divirtiéndose.) —¡Pero si no está vestida de negro!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Ya me vestiré de negro, y mucho mejor que usted!
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) —¡Le ruego que se calle! ¡Sólo mire! ¡Tiene mucho que aprender! (Dando palmadas.) ¡Adelante, adelante! ¡Haga su entrada! (Y bajará del escenario para tener una mejor imagen de la escena. Se abrirá la puerta del fondo y se acercará el PRIMER ACTOR, con el aire desenvuelto y pícaro de un viejo galante. La representación de la escena, contemplada por los ACTORES, será desde el principio algo completamente diferente a una parodia, sino una copia exacta del drama. Naturalmente, la HIJASTRA y el PADRE no se identificarán ni con la PRIMERA ACTRIZ ni con el PRIMER ACTOR al escucharlos decir sus mismas palabras. Lo expresarán de varias maneras, bien con gestos, sonrisas, o con protestas explícitas por las impresiones de sorpresa, asombro y sufrimiento, entre otras, que reciben, como se verá a continuación. Se escuchará claramente la voz del APUNTADOR, colocado en el foso).
EL PRIMER ACTOR. —«Buenos días, señorita...»
EL PADRE. (De inmediato, sin lograr contenerse.) —¡No y no!

(LA HIJASTRA, al ver entrar de esa manera al PRIMER ACTOR, estallará en carcajadas.)
EL DIRECTOR. (Enfurecido.) —¡Cállense! ¡Y usted deje de reír de una buena vez! ¡Así no podemos avanzar!
LA HIJASTRA. (Aproximándose al proscenio.) —Disculpe, pero es inevitable que me ría, señor. La señorita (señalará a la PRIMERA ACTRIZ) se queda quieta allí donde está. Pero si hubiera sido yo, le puedo asegurar que si alguien me dice «buenos días» de esa manera y con ese tono, me habría dado risa, tal como ha ocurrido.
EL PADRE. (Acercándose también un poco.) —¡Es eso!... El aire, el tono...
EL DIRECTOR. —¡Pero qué aire! ¡Qué tono! ¡Ahora háganse a un lado y déjenme ver el ensayo!
EL PRIMER ACTOR. (Adelantándose.) —Si tengo que representar a un viejo que va a una casa de citas...
EL DIRECTOR. —¡No le haga caso, por favor! ¡Repítalo, repítalo, que estaba muy bien!
(A la espera de que el actor lo repita.) ¿Decía?... EL PRIMER ACTOR. —«Buenos días, señorita...»
LA PRIMERA ACTRIZ. —«Buenos días...»
EL PRIMER ACTOR. (Repitiendo el gesto del PADRE, de curiosear bajo el sombrerito, pero expresando luego de una manera completamente distinta la complacencia y el temor.)
—«¡Ah!... Pero... ¿No será ésta la primera vez que...? Espero que no...»
EL PADRE. (Corrigiendo, sin resistirse.) —¡Nada de «¿Espero que no?», sino «No,
¿verdad?». «No, ¿verdad?»
EL DIRECTOR. —Dice «No, ¿verdad?», como preguntando.
EL PRIMER ACTOR. (Mirando al APUNTADOR.) —Yo he escuchado «Espero que no...».
EL DIRECTOR. —¡Pero si es lo mismo! «No, ¿verdad?» que «Espero que no...» Usted prosiga, prosiga. Quizá un poco menos enfático. Mire cómo lo hago yo, mire... (Subirá al escenario y repetirá el papel desde la entrada.) «Buenos días, señorita...»
LA PRIMERA ACTRIZ. —«Buenos días.»
EL DIRECTOR. —«¡Ah!... Pero...» (Dirigiéndose al PRIMER ACTOR para hacerle notar el modo como ha observado a la PRIMERA ACTRIZ bajo el sombrerito.) Sorpresa..., temor y complacencia... (Luego, retomando el parlamento, se dirige a la PRIMERA ACTRIZ) «¿No será ésta la primera vez que... que viene aquí? No, ¿verdad?...» (De nuevo, di- rigiéndose con una mirada aguda al PRIMER ACTOR) ¿Me explico? (A la PRIMERA ACTRIZ.) Y ahora usted: «No, señor» (De nuevo, al PRIMER ACTOR.) En fin, ¿cómo debo decirlo?
¡Un poco más de naturalidad! (Y bajará de nuevo del escenario.)
LA PRIMERA ACTRIZ. —«No, señor...»
EL PRIMER ACTOR. —«¿Ha venido otras veces? ¿Más de una vez?»
EL DIRECTOR. —¡No, no, espere! Deje primero que ella (señalará a la PRIMERA ACTRIZ)
asienta con la cabeza. «¿Ha venido otras veces?»
(La PRIMERA ACTRIZ levantará un poco la cabeza, entornará disgustada los ojos y, después de una indicación del DIRECTOR, asentirá dos veces con la cabeza.)
LA HIJASTRA. (Sin contenerse.) —¡Por Dios! (Y de inmediato se tapará la boca para
contener la risa.)
EL DIRECTOR. (Dando media vuelta.) —¿Ahora qué pasa? LA HIJASTRA. (Rápido.) —¡Nada, nada!
EL DIRECTOR. (Al PRIMER ACTOR.) —¡Continúe, continúe!
EL PRIMER ACTOR. —«¿Más de una vez?... Entonces... No debería sentirse así... ¿Me permite que le quite el sombrerito? (El PRIMER ACTOR dirá estas últimas frases con un tono y un movimiento tal, que la HIJASTRA, todavía con las manos cubriendo su boca, por más que intente reprimirse, no logrará contener la risa, que estallará estrepitosamente entre sus dedos.)

LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada, regresando a su sitio, aparte.) —¡Yo no voy a permitir que ésa de ahí se ría de mí!
EL PRIMER ACTOR. —¡Ni yo! ¡Se acabó!
EL DIRECTOR. (Gritando a la HIJASTRA) —¡Acabe de una vez! LA HIJASTRA. —Sí, sí... Perdone, perdone...
EL DIRECTOR. —¡Es usted una maleducada! ¡Eso es lo que es! ¡Una presuntuosa!
EL PADRE. (Tratando de interponerse.) —Sí, señor. Tiene toda la razón. Pero perdónela...
EL DIRECTOR. (Subiendo de nuevo al escenario.) —¡Pero qué quiere que perdone! ¡Es un insulto!
EL PADRE. —Sí, señor, pero créame, créame... Es que produce un efecto algo
extraño...
EL DIRECTOR. —¿Extraño? ¿Qué resulta extraño? ¿Y por qué?
EL PADRE. —Yo admiro, señor, admiro a sus actores: a este señor (señalará al PRIMER ACTOR), a la señorita (señalará a la PRIMERA ACTRIZ), pero, la verdad..., no son nosotros...
EL DIRECTOR. —¡Lo duda! ¿Cómo quiere que sean «ustedes» si son los actores?
EL PADRE. —Es por eso. ¡Por los actores! Hacen muy bien nuestros papeles. Pero nos parece otra cosa, que quisiera ser la misma, pero no lo es.
EL DIRECTOR. —¿Cómo que no es? Entonces, ¿qué es?
EL PADRE. —Algo que... se vuelve de ellos, y ya no es nuestro. EL DIRECTOR. —¡Eso es inevitable! ¡Ya se lo dije!
EL PADRE. —Comprendo, comprendo...
EL DIRECTOR. —Entonces, ¡basta de lo mismo! (Dirigiéndose a los ACTORES) Ya haremos luego los ensayos sólo entre nosotros, como debe ser. ¡Siempre ha sido una maldición ensayar junto a los autores! ¡Nada los satisface! (Dirigiéndose al PADRE y a la HIJASTRA.) Empecemos de nuevo con ustedes. Y espero que sea posible que usted no se vuelva a reír.
LA HIJASTRA. —¡No reiré más, no reiré más! Ahora viene lo mejor para mí. ¡Se lo aseguro!
EL DIRECTOR. —Entonces, cuando usted dice: «No haga caso, por favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá...» (Dirigiéndose al PADRE.) Es necesario que usted
responda de inmediato: «Comprendo, comprendo...» y que de inmediato pregunte... LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) —¡Qué!...
EL DIRECTOR. —¡La razón de su luto!
LA HIJASTRA. —¡No, señor! Mire: cuando yo le dije que no prestara atención a cómo vestía, ¿sabe lo que respondió? «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!»
EL DIRECTOR. —¡Magnífico! ¡Muy bien! ¿Quiere que todo el teatro se nos eche encima?
LA HIJASTRA. —¡Pero es la verdad!
EL DIRECTOR. —¡Y qué tiene que ver la verdad! ¡Estamos en el teatro! ¡La verdad sólo sirve hasta cierto punto!
LA HIJASTRA. —¿Y, entonces, qué quiere hacer ahora?
EL DIRECTOR. —¡Ya lo verá, ya lo verá! ¡Déjelo en mis manos!
LA HIJASTRA. —¡Eso sí que no, señor! De mi asco, de todos los motivos, a cuál más cruel e infame, por los que soy «ésta» y «así», ¿quiere hacer usted un pastiche romántico y sentimentaloide, en el que él me pregunta por las razones de mi luto y yo le respondo llorando que mi padre había muerto dos meses atrás? ¡Eso no, se- ñor! Es necesario que él me diga lo que dijo: «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!» Y yo, con mi corazón enlutado, apenas dos

meses atrás, me dirigí allá. ¿Lo ve? Allá, detrás del biombo, y con estas manos que se estremecen por la deshonra, por la repugnancia, me quité el vestido...
EL DIRECTOR. (Agarrándose los cabellos.) —¡Por favor! ¿Qué es lo que está diciendo? LA HIJASTRA. (Gritando, frenética.) —¡La verdad! ¡La pura verdad, señor!
EL DIRECTOR. —No lo dudo, será la verdad... Y comprendo todo su espanto, señorita.
¡Pero comprenda también que todo eso no es posible hacerlo sobre el escenario! LA HIJASTRA. —¿No es posible? Entonces se lo agradezco, pero no cuente conmigo. EL DIRECTOR. —Un momento...
LA HIJASTRA. —¡No cuente conmigo! ¡En absoluto! ¡Lo que se va a representar en la escena lo han arreglado entre ustedes dos! ¡Ahora lo comprendo! Él quiere que se representen (enfatiza) ¡sus tormentos espirituales! ¡Pero yo quiero representar mi drama, el mío!
EL DIRECTOR. (Molesto, agitándose con furia.) —¡Cómo no, su drama! ¡Pues no sólo existe su drama! ¡Están los otros! El suyo. (Señalará al PADRE) ¡El de su madre! No es posible que un personaje llame más la atención y desplace a los demás, acaparando la escena. ¡Es necesario que todos formen un cuadro armonioso y que se represente lo que se puede representar! Sé muy bien que cada uno tiene toda una vida dentro de sí y quisiera contarla. Pero esto es precisamente lo difícil: expresar sólo lo necesario y en relación con los demás. ¡Y con eso, sólo con eso, sugerir todo lo que queda oculto! ¡Ah! Sería muy cómodo si cada personaje pudiera en un precioso monólogo, o... por decir..., en una conferencia, ¡soltar todo lo que quisiera contar! (Con un tono bondadoso, conciliador.) Es necesario que se contenga usted, señorita. Créame, es por su bien. Incluso porque podría dar una mala imagen, se lo advierto. Toda esa furia ofensiva, ese disgusto exasperado, cuando usted misma, si me permite, ha confesado acostarse con otros hombres antes que con él, en lo de Madame Paz, y más de una vez.
LA HIJASTRA. (Agachando la cabeza, con una voz honda, después de un momento de recogimiento.) —¡Es verdad! Pero tiene que pensar que los otros eran, para mí,
como él.
EL DIRECTOR. (Sin comprender.) —¿Cómo que los otros? ¿Qué quiere decir?
LA HIJASTRA. —Para quien cae en la culpa, señor, ¿no es responsable de todo lo que ocurre después el primero que provocó la caída? Para mí lo es él, incluso antes de que yo naciera. ¡Mírelo y dígame si no es verdad!
EL DIRECTOR. —¡Muy bien! ¿Y no le parece poco el peso de tanto remordimiento en él? ¡Déjelo expresarse!
LA HIJASTRA. —¿Y cómo, señor? ¿Cómo podrá expresar todos sus «nobles» remordimientos, todos sus tormentos «morales», si usted quiere ocultar el horror de haber tenido en los brazos, después de invitarla a desnudarse de su reciente luto, a una mujer perdida que era al mismo tiempo aquella niña, señor, aquella niña a la que él iba a ver a la salida de la escuela? (Pronunciará estas últimas palabras con una voz conmocionada.)

(La MADRE, al escucharla hablar así, oprimida por el ímpetu de una angustia incontenible que se expresará primero en unos cuantos gemidos sofocados, acabará estallando en un llanto descontrolado. La conmoción dominará a todos. Larga pausa.)

LA HIJASTRA. (Apenas la MADRE empiece a calmarse, añadirá de manera sombría y resuelta.) —Ahora estamos entre nosotros, todavía desconocidos por el público. Y mañana usted dará un espectáculo sobre nosotros de acuerdo con lo que quiere tramar. ¿Quiere ver el verdadero drama? ¿Quiere verlo estallar como realmente ocurrió?

EL DIRECTOR. —¡Por supuesto! No pido más que eso para extraer todo lo que sea posible.
LA HIJASTRA. —Entonces, haga salir a mi madre.
LA MADRE. (Sobreponiéndose al llanto, con un grito.) —¡No!... ¡No lo permita, señor!
¡No lo permita!
EL DIRECTOR. —¡Pero si es sólo para saber lo que ocurrió, señora! LA MADRE. —¡No puedo más! ¡No puedo más!
EL DIRECTOR. —Discúlpeme. ¡Pero todo esto ya ocurrió! No entiendo entonces...
LA MADRE. —¡No! ¡Está ocurriendo ahora, y ocurre siempre! ¡Mi tormento no ha terminado, señor! ¡Yo estoy viva y presente, siempre presente en cada momento de mi tormento, que siempre se renueva, también vivo y presente! Y a esos dos pequeñitos, ¿los ha escuchado hablar? ¡No pueden hablar más, señor! Están ape- gados a mí, todavía, para tener presente mi tormento. ¡Pero ellos ya no existen, no existen! Y ella, señor (señalará a la HIJASTRA), se escapó, se alejó de mí y se ha perdido, se ha perdido... ¡Si yo todavía la veo aquí es todavía por eso, sólo por eso, siempre por lo mismo, siempre, siempre, para recordármelo siempre, vivo y pre- sente, el tormento que he sufrido también por culpa de ella!
EL PADRE. (Solemne.) —¡El instante eterno, como le dije, señor! Ella (señalará a la
HIJASTRA) está aquí para retenerme, fijarme, mantenerme inmóvil y suspendido eternamente en el escarnio, todo por culpa de un momento fugaz y vergonzoso de mi vida. No puede renunciar a eso, y usted no puede ayudarme.
EL DIRECTOR. —¡No he dicho que no se representará! Justamente será el núcleo de todo el primer acto, hasta llegar a la sorpresa de ella. (Señalará a la MADRE)
EL PADRE. —Eso, sí. Porque es mi condena, señor: toda nuestra pasión tiene que culminar en su grito final. (También señalará a la MADRE.)
LA HIJASTRA. —¡Todavía lo escucho! ¡Ese grito me hizo enloquecer! Usted puede hacerme aparecer como quiera, ya no me importa. Incluso vestida, y bastará que por lo menos tenga los brazos —sólo los brazos— descubiertos, porque, ¡fíjese bien!, cuando estaba así (se acercará al PADRE y apoyará la cabeza en su pecho), con la cabeza apoyada, así, y abrazándole el cuello, ¡vi palpitar aquí, en mi brazo, una vena, y como si fuera esa única vena la que me diera asco, cerré los ojos así, así, y hundí la cabeza en su pecho! (Se volverá hacia la MADRE) ¡Grita, mamá! ¡Grita! (Y hundirá la cabeza en el pecho del PADRE, y con los hombros alzados como para no escuchar el grito, añadirá con una voz desgarrada y sofocada.) ¡Grita! ¡Grita como lo hiciste esa vez!
LA MADRE. (Lanzándose a separarlos.) —¡No! ¡Hija, hija mía! (Y luego de haberlos apartado.) ¡Bruto, bruto, es mi hija! ¿No te das cuenta de que es mi hija?
EL DIRECTOR. (Retrocediendo al proscenio tras el grito, entre el estupor de los ACTORES.)
—¡Magnífico! ¡Sí, magnífico! ¡Telón, telón!
EL PADRE. (Acercándose a él, agitado.) —¡Así fue, así ocurrió de verdad, señor!
EL DIRECTOR. (Admirado y convencido.) —¡No lo dudo! ¡Telón, telón! (Ante los gritos reiterados del DIRECTOR, el MAQUINISTA hará caer el telón, dejando afuera al DIRECTOR y al PADRE).
EL DIRECTOR. (Mirando hacia arriba, levantando los brazos.) —¡Pero qué imbécil! He
dicho telón para dar a entender que el acto debe terminar así, ¡y me tira el telón de verdad! (Al PADRE, levantando una borde del telón para entrar en el escenario.) —
¡Está muy bien, muy bien! ¡Impactará sin duda! Tiene que terminar así. ¡Se lo aseguro, se lo aseguro, al menos este primer acto! (Entrará con el PADRE tras el
telón.)







Al levantarse el telón se verá que los TRAMOYISTAS y DEPENDIENTES habrán desmantelado el primer simulacro de escena y que, en cambio, habrán colocado una pequeña fuente de jardín. En una parte del escenario estarán sentados en fila los ACTORES y, en la otra, los PERSONAJES. El DIRECTOR estará de pie en mitad del escenario, agarrándose la barbilla con el puño cerrado, pensando.



EL DIRECTOR. (Reaccionando después de una breve pausa.) —Entonces... ¡Veamos el segundo acto! ¡Déjenme, déjenme hacer a mí, como había establecido desde un principio! ¡Irá de maravillas!
LA HIJASTRA. —Ahora vendría nuestra entrada en su casa (señalará al PADRE), ¡a despecho de él! (Señalará al HIJO.)
EL DIRECTOR. (Impaciente.) —Eso está bien, pero deje que yo me encargue. ¿De
acuerdo?
LA HIJASTRA. —¡Pero que quede claro su desprecio!
LA MADRE. (Titubeando con un movimiento de cabeza.) —Para todo lo que nos ha servido...
LA HIJASTRA. (Dirigiéndose a ella de manera tajante.) —¡No importa! ¡Cuanto más daño para nosotros, más remordimiento para él!
EL DIRECTOR. (Impaciente.) —¡Lo comprendo, lo comprendo! ¡Y se lo tendrá en
cuenta! ¡No lo dude!
LA MADRE. (Suplicante.) —Pero hágalo entender bien, se lo ruego, señor, por mi conciencia, que yo busqué de cualquier modo...
LA HIJASTRA. (Interrumpiendo despectivamente, retomando la palabra.) —...¡Calmarme,
aconsejarme que no lo menospreciara! (Al DIRECTOR) Déle el gusto, complázcala,
¡porque es verdad! Yo disfruto muchísimo porque, mientras tanto, a la vista está:
¡cuanto más ella suplica o trata de conmoverlo, tanto más se aleja él, se «ausenta»!
¡Qué maravilla!, ¿no?
EL DIRECTOR. —¿Vamos empezar de una vez el segundo acto?
LA HIJASTRA. —No digo ni una palabra más. ¡Pero tenga en cuenta que desarrollar todo en el jardín, como quiere, no será posible!
EL DIRECTOR. —Y ¿por qué no?
LA HIJASTRA. —Porque él (señalará de nuevo al HIJO) está siempre encerrado en su habitación, ¡apartado! Luego, como le he dicho, habrá que desarrollar todo el papel de ese pobre muchacho confundido en casa.
EL DIRECTOR. —¡Sí, pero como comprenderán, no podemos colgar cartelitos o cambiar el escenario a cada momento!
EL PRIMER ACTOR. —Antes sí se hacía...
EL DIRECTOR. —¡Cuándo el público era quizá como esa niña! LA PRIMERA ACTRIZ. —¡E incluso era más fácil lograr la ilusión!
EL PADRE. (Levantándose de golpe.) —¿La ilusión? ¡Les suplico que no hablen de ilusión! No usen esa palabra. ¡Es demasiado cruel para nosotros!
EL DIRECTOR. (Sorprendido.) —¿Se puede saber por qué?
EL PADRE. —¡Es cruel, muy cruel! ¡Debería entenderlo!
EL DIRECTOR. —Entonces, ¿Cómo deberíamos llamarla? ¿Cómo llamar a la ilusión de crear, aquí, a los espectadores...

EL PRIMER ACTOR. —... con nuestra representación... EL DIRECTOR. —... la ilusión de una realidad!
EL PADRE. —Comprendo, señor. Quizá sea usted quien no nos comprende. ¡Tiene que disculparme! Para usted y sus actores todo esto no es más que un juego, y no lo critico.
LA PRIMERA ACTRIZ. (Interrumpiendo ofendida.) —¡De qué juego habla! ¡No somos niños! ¡Aquí se actúa de verdad!
EL PADRE. —¡Sí, no lo niego, no! Y comprendo, justamente, que el juego de su arte tiene que lograr, como dice el señor, una perfecta ilusión de realidad.
EL DIRECTOR. —¡Eso es exactamente!
EL PADRE. —¡Pero también tiene que pensar que nosotros (se señalará a sí mismo y rápidamente a los otros cinco PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá de esta ilusión!
EL DIRECTOR. (Aturdido, mirando a sus actores también perplejos y desorientados.) —
¿Y eso qué quiere decir?
EL PADRE. (Después de observarlos minuciosamente, con una leve sonrisa.) —¡Por supuesto que sí, señores! ¿Qué otra realidad? Lo que para ustedes es una ilusión a crear, para nosotros es la única realidad. (Breve pausa. Dará unos cuantos pasos en dirección al DIRECTOR y proseguirá.) ¡Y no solamente para nosotros, créame! Piénselo bien. (Lo mirará fijamente a los ojos.) ¿Podría decirme quién es usted? (Y se quedará apuntándolo con el dedo.)
EL DIRECTOR. (Turbado, sonriendo a medias.) —¿Cómo que quién soy?... ¡Soy yo! EL PADRE. —¿Y si le dijera que no es verdad, porque usted es yo?
EL DIRECTOR. —¡Le diría simplemente que está loco! (Los ACTORES reirán.)
EL PADRE. —Tienen razón para reírse: esto es un juego (al DIRECTOR) y usted, por lo tanto, puede objetarme que sólo por un juego ese señor, allá (señalará al PRIMER ACTOR), que es «él», tiene que ser «yo», que sin embargo soy yo, «éste» ¿Se da cuenta cómo ha caído en la trampa? (Los ACTORES reirán de nuevo.)
EL DIRECTOR. (Cortante.) —¡Ya hemos hablado de esto! ¿Se lo repito de nuevo?
EL PADRE. —No, no. No quería decir eso precisamente. Incluso lo invito a salir de este juego (mirando a la PRIMERA ACTRIZ, como anticipándose) —¡teatral, teatral!— que usted acostumbra hacer aquí con sus actores. Pero vuelvo a preguntarle en serio:
¿quién es usted?
EL DIRECTOR. (Dirigiéndose, maravillado y fastidiado, al mismo tiempo, hacia los ACTORES) —¡Vaya si se puede ser descarado! ¡Uno que se da ínfulas de personaje tiene el atrevimiento de preguntarme quién soy!
EL PADRE. (Con dignidad pero sin soberbia.) —Un personaje, señor, siempre puede preguntar a un hombre quién es. Porque un personaje tiene realmente una vida, con sus propios atributos, por los que siempre es «alguien». Mientras que un hombre —y no estoy hablando de usted ahora— un hombre cualquiera puede que no sea «nadie».
EL DIRECTOR. —¡Claro! ¡Pero usted me lo pregunta a mí, que soy el Director! ¡El
Director de la compañía! ¿Se da cuenta?
EL PADRE. (Casi susurrando, con una meliflua humildad.) —Sólo lo hago para saber, señor, si verdaderamente usted puede verse cómo es ahora mismo... y como ve, por ejemplo, con la distancia del tiempo, a aquel que fue, con las ilusiones que tenía entonces; con todas las cosas, dentro y a su alrededor, de acuerdo a cómo las veía entonces —y que eran realmente así para usted—. Pues bien, señor. Recordando esas ilusiones que ya no se plantea, todas aquellas cosas que ahora ya no le «pa- recen» como «eran» hace un tiempo para usted, ¿no siente como si faltara, no digo estas tablas del escenario, sino un piso firme, el suelo bajo sus pies, sobre todo si

piensa que de igual manera «esto» que siente ahora, toda su realidad actual, tal como es, también está destinada a parecerle una ilusión el día de mañana?
EL DIRECTOR. (Sin haber comprendido muy bien, aturdido por la densa argumentación.) —¿Y? ¿Adónde quiere llegar?
EL PADRE. —A ningún sitio, señor. Tan sólo hacerle ver que si nosotros (se señalará a sí mismo otra vez, así como a los otros PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá que la ilusión, también sería bueno que usted desconfiase de su realidad, de la que usted hoy respira y toca, porque, como la de ayer, está destinada a revelársele el día de mañana como una ilusión.
EL DIRECTOR. (Volviendo a tomárselo en broma.) —¡Tiene toda la razón! ¡Ahora sólo falta que usted diga que con esta comedia que viene a representarme es más verdadero y real que yo!
EL PADRE. (Decididamente serio.) —¡No tengo la menor duda, señor!
EL DIRECTOR. —¿Ah, sí?
EL PADRE. —Supuse que usted lo había comprendido desde un principio. EL DIRECTOR. —¿Más real que yo?
EL PADRE. —Si su realidad puede alterarse de un día para el otro...
EL DIRECTOR. —¡Pero claro que puede cambiar! ¡Y continuamente! ¡Cómo todos!
EL PADRE. (Dando un grito.) —¡Pero la nuestra no, señor! ¿Entiende? ¡Ésa es la diferencia! No cambia, no puede cambiar ni ser otra, jamás, porque ha sido fijada, así, «ésta», y para siempre. ¡Y eso es terrible, señor! ¡Es realmente inalterable!
¡Hasta deberían sentir un escalofrío cerca de nosotros!
EL DIRECTOR. (Tajante, colocándose delante por una idea que se le ocurrirá de improviso.) —Yo quisiera saber, sin embargo, ¿cuándo se ha visto a un personaje salir de su papel para dedicarse a ponderar como lo hace usted, exponiendo y explicando sus ideas? ¿Me lo podría decir? ¡Jamás lo he visto en mi vida!
EL PADRE. —No lo ha visto, señor, porque los autores esconden con mucha frecuencia las inquietudes de su creación. Cuando los personajes están vivos, verdaderamente vivos delante de su autor, éste no hace otra cosa que observar las palabras y los gestos que ellos proponen, y es necesario que él los acepte tal como son, porque ¡mucho cuidado si no es así! Cuando nace un personaje, éste adquiere de inmediato una independencia tal, incluso frente a su propio autor, que puede ser imaginado en muchísimas otras circunstancias que el autor ni siquiera imaginó. ¡Y, con eso, incluso adquiere, en ciertas ocasiones, un significado que el autor jamás soñó!
EL DIRECTOR. —¡Por supuesto que lo sé!
EL PADRE. —Entonces, ¿por qué se asombra de nosotros? Imagine la desgracia que es para un personaje todo lo que le he dicho, haber nacido vivo de la fantasía de un autor que luego quiso negarle la vida. Y luego dígame si este personaje, abandona- do de esa manera, vivo y sin vida, no tiene razón para hacer lo que nosotros estamos haciendo, en este momento, frente a ustedes, luego de haberlo hecho muchas veces, créame, delante de nuestro autor, todo para animarlo, compareciendo unas veces yo, otras ella (señalará a la HIJASTRA), otras esa pobre madre...
LA HIJASTRA. (Adelantándose, ensimismada.) —Es verdad. Yo también, señor, yo también lo tenté muchas veces en medio de la melancolía de su escritorio, al atardecer, cuando él, derrumbado en su sillón, no se animaba a encender la luz y dejaba que las sombras invadieran la habitación, y que nosotros pululáramos en ellas, tratando de persuadirlo... (Como si todavía se viera allá en ese escritorio y le
fastidiara la presencia de todos los ACTORES) ¡Si todos se marcharan! ¡Si nos dejaran a solas! Esa madre, con ese hijo. Yo con esa niña. Ese muchacho siempre sólo. Y después yo con él. (Señalará apenas al PADRE) Y luego yo sola, sola... en esa sombra.

(Se sobresaltará, como si quisiera agarrarse de la visión que tiene de sí misma, luminosa y viva en esa sombra.) ¡Ah, mi vida! ¡Qué escenas, qué escenas le sugeríamos! ¡Era yo, yo quien más lo provocaba!
EL PADRE. —¡Sí! ¡Pero quizá fue por tu culpa, por esas insistencias tuyas, por tu excesivo descontrol!
LA HIJASTRA. —¡No es cierto! ¡Si él mismo quiso que yo fuera así! (Irá hacia el DIRECTOR
para hablar en confidencia.) Yo, señor, creo que se debió al envilecimiento y al tedio debidos al tipo de teatro que al público le gusta y pide ver...
EL DIRECTOR. —¡Avancemos, por Dios! ¡Y vamos a los hechos!
LA HIJASTRA. —¡Me parece que hechos hay demasiados desde que entramos en su casa! (Señalará al PADRE) ¡Decía usted que no podía colgar cartelitos o cambiar el escenario cada cinco minutos!
EL DIRECTOR. —¡Sí, exacto! Prepararlos, agruparlos en una acción simultánea y compacta, y no como pretende usted, que quiere ver primero a su hermanito regresando de la escuela y deambulando como una sombra por las habitaciones, escondiéndose detrás de las puertas para meditar en un propósito en el cual...
¿cómo había dicho?
LA HIJASTRA. —¡Se abstrae, señor, se abstrae todo!
EL DIRECTOR. —¡No había escuchado nunca esa palabra! Da igual: un muchacho al que se le están «abriendo los ojos», ¿verdad?
LA HIJASTRA. —Sí, señor. ¡Ahí lo tiene! (Lo señalará junto a la MADRE)
EL DIRECTOR. —¡Muy bien! Luego, al mismo tiempo, quisiera también a esa niña que juega, incauta, en el jardín. Uno en la casa y la otra en el jardín. ¿Es posible?
LA HIJASTRA. —¡Al sol, señor, y contenta! Su alegría, su fiesta en ese jardín es mi mejor
recompensa. Sacada de la miseria, de la sordidez de un horrible dormitorio en el que dormíamos los cuatro, y yo con ella. ¡Yo, imagínelo! Con el horror de mi cuerpo pecaminoso junto a ella, que me abrazaba con fuerza con sus bracitos amorosos e inocentes. En el jardín, apenas me veía, corría a tomarme de la mano. No miraba las flores grandes, pero en cambio descubría todas las flores «pequeñitas, pequeñitas», como las llamaba. ¡Y me las quería mostrar, con una alegría, como si fuera una fiesta! (Hablando así, desgarrada por el recuerdo, romperá a llorar largamente, con desesperación, reclinando la cabeza entre los brazos ex- tendidos sobre la mesita. Todos acabarán dominados por la conmoción.)
(El DIRECTOR se le acercará paternalmente, y le hablará para confortarla.)
EL DIRECTOR. —¡Haremos ese jardín, lo haremos, no lo dude! ¡Ya verá como se pone contenta! ¡Agruparemos allí las escenas! (Llamando por su nombre a un MONTADOR.)
¡Que traigan unos apliques de árboles! ¡Dos cipreses pequeños para colocarlos de- lante de la alberca! (Se verán bajar desde lo alto un bastidor con la imagen de dos ci- preses. Se acercará el MAQUINISTA para fijarlos al piso.)
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA.) —Ahora lo dejaremos así, sólo para dar una idea.
(Llamará de nuevo al MONTADOR.) ¡Dame un poco de cielo! EL MONTADOR. (Desde arriba.) —¿Cómo?
EL DIRECTOR. —¡Un poco de cielo! ¡Un fondo de cielo para colocar detrás de la
alberca! (Se verá descender desde la parte superior del escenario una tela blanca.)
EL DIRECTOR. —¡Blanca no! ¡Te dije color cielo! No importa, déjalo. Yo me encargaré. (Llamando.) ¡Electricista! ¡Apague todas las luces! Quiero algo parecido a una atmósfera lunar... sí, lunar... luces azules, luces azules sobre la tela... con el reflector... ¡Eso! ¡Así está bien! (Se compondrá, de acuerdo a lo solicitado por el DIRECTOR, una misteriosa iluminación lunar, que inducirá a los ACTORES a hablar y moverse en el jardín como si fuera de noche, bajo la luna.)
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA.) —¡Mire! ¿Qué le parece? Y ahora el muchachito, en vez de esconderse detrás de las puertas de las habitaciones, podría venir al jardín y esconderse detrás de los árboles. Pero debe tener en cuenta que será difícil encontrar a una niña que haga bien la escena con usted, cuando le muestre las flo-

res. (Dirigiéndose al MUCHACHO.) ¡Ven, ven acá! ¡Concretemos un poco lo que hay que hacer! (Y viendo que el muchacho no se mueve.) ¡Vamos, vamos! (Lo irá a buscar, tratando que mantenga la cabeza erguida a pesar de que el muchacho la deja caer.)
¡Vaya problema, este chico! ¿Cómo se puede hacer, Dios mío? Es necesario que por
lo menos diga algo... (Le pondrá las manos sobre los hombros y lo conducirá detrás del bastidor de los árboles.) Colócate aquí, eso... Así... Escóndete un poco... Así... Trata de asomarte un poco, como si espiaras... (El DIRECTOR se alejará un poco para evaluar el efecto. Apenas el MUCHACHO se asoma, los ACTORES quedan impresionados.)
¡Muy bien!... Eso está muy bien... (Dirigiéndose a la HIJASTRA.) Y si la niña lo
descubriera espiando de esa manera, ¿no cree que podría acercarse y hacerlo hablar aunque sea unas cuantas palabras?
LA HIJASTRA. (Poniéndose de pie.) —¡Ni lo sueñe! ¡No hablará mientras esté aquí él!
(Señalará al HIJO.) Primero sería necesario que lo sacara de aquí a él.
EL HIJO. (Encaminándose resuelto hacia una de las dos escalerillas.) —¡De inmediato y con gusto! ¡No espero otra cosa!
EL DIRECTOR. (Reteniéndolo al instante.) —¡No, no! ¿Adónde va? ¡Espere un momento! (La MADRE se levantará asustada y angustiada sólo por la posibilidad de que se vaya de verdad, así que instintivamente alzará los brazos como para retenerlo, aunque no se mueva de su sitio.)
EL HIJO. (Ya en el proscenio, dirigiéndose al DIRECTOR, que lo retiene.) —¡Yo no tengo nada que hacer aquí! ¡Déjeme ir, por favor! ¡Deje que me vaya de una vez!
EL DIRECTOR. —¿Cómo que no tiene nada que hacer?
LA HIJASTRA. (Plácidamente, irónica.) —¡No lo retenga, no! ¡No se irá!
EL PADRE. —¡Tiene que representar la terrible escena del jardín junto a su madre!
EL HIJO. (De inmediato, resuelto y furibundo.) —¡Yo no haré nada! ¡Lo dije desde un comienzo! ¡Nada! (Al DIRECTOR.) ¡Déjeme ir!
LA HIJASTRA. (Acercándose al DIRECTOR) —¿Me permite, señor? (Aflojará los brazos del DIRECTOR que retienen al HIJO) Déjelo. (Luego, dirigiéndose al HIJO, apenas lo suelte el DIRECTOR.) Ya está. ¡Vete! (El HIJO permanecerá quieto junto a la escalerilla. No podrá bajar los escalones como si estuviera retenido por un oculto poder. Luego, ante el estupor y la sorpresa de los ACTORES, caminará a lo largo del proscenio hacia la otra escalerilla del escenario. Se detendrá de nuevo y tampoco podrá bajar. La HIJASTRA, que lo habrá seguido con la mirada, estallará en carcajadas.) ¿Lo ve? ¡No puede hacerlo, no puede! Tiene que quedarse aquí por fuerza, encadenado irremediablemente. Si yo, señor, cuando ocurra lo que tenga que ocurrir, levanto el vuelo —justamente por el odio que siento por él, para no tener que verlo más—, si incluso yo me quedo todavía aquí y soporto sus miradas y su presencia, ¡imagine si va a irse él que tendrá que permanecer con su maravilloso padre, y con esa madre que ya no tiene otros hijos que él!... (Dirigiéndose a la MADRE.) ¡Ven mamá, ven!... (Señalándosela al DIRECTOR) Mire. Se había levantado, se había levantado para retenerlo... (A la MADRE, casi atrayéndola como por efecto de magia.) Ven, ven... (Luego, al DIRECTOR) Imagine la resistencia que puede tener ella como para mostrar a sus actores lo que está sintiendo. Es tanto el anhelo por acercarse a él... ¡Ahí lo tiene!... ¿Lo ve?... ¡Tanto que está dispuesta a vivir su escena! (Efectivamente, la MADRE se habrá acercado, y apenas la HIJASTRA termine de decir sus últimas palabras, abrirá los brazos para dar a entender que asiente a lo dicho.)
EL HIJO. (De inmediato.) —¡No me puedo ir! ¡No! ¡Si no me puedo ir, entonces me
quedaré aquí! ¡Pero le repito que no representaré nada!
EL PADRE. (Al DIRECTOR, agitado.) —¡Usted puede obligarlo, señor! EL HIJO. —¡Nadie puede hacerlo!
EL PADRE. —¡Lo haré yo, entonces!

LA HIJASTRA. —¡Un momento, un momento! ¡Primero tiene que estar la niña en la alberca! (Correrá a coger a la NIÑA, se arrodillará delante de ella y le sujetará el rostro entre las manos.) Pobrecita mía, miras todo esto asustada, con esos lindos ojitos.
¿Qué pensarás de todo esto? Estamos en un teatro, preciosa. ¿Qué es un teatro?
¿Lo ves? Es un lugar donde se juega a fingir las cosas en serio. Se representan las comedias. Y nosotros haremos ahora la comedia. ¡Pero de verdad! Y tú también lo harás... (La abrazará, apretándola contra su pecho y meciéndola un poco.) ¡Cariño mío, cariño mío, qué fea comedia te va a tocar! ¡Qué cosa horrible han pensado para ti! El jardín, la alberca... Es falsa, por supuesto. Lo terrible es eso, querida:
¡que aquí todo es falso! Aunque quizá te guste más una alberca falsa que una verdadera. ¿Para jugar, no? Pero no, el juego es para los demás, no para ti, que eres real, cariño, y que juegas de verdad en una alberca de verdad, una alberca grande, verde, con tantos bambús que dan sombra, reflejándose en el agua, y muchos patitos que nadan en ella, atravesando las sombras. Tú quieres atrapar a uno de estos patitos... (Con un grito que sorprende a todos.) ¡No, Rosetta, no! ¡Mamá no se ocupa de ti por el canalla ése de su hijo! ¡Y yo estoy con todos mis demonios en la cabeza!... Y él... (Dejará a la NIÑA y se dirigirá con el mismo tono al MUCHACHO)
¿Qué hace aquí, siempre con ese aire de mendigo? También será por culpa tuya si esa pequeña se ahoga. ¡Por quedarte así, de esa manera, como si yo no hubiera pagado por todos el ingreso en esa casa! (Agarrándolo de un brazo para obligarle a
que saque la mano del bolsillo.) ¿Qué guardas? ¿Qué escondes? ¡Saca la mano! (Lo obligará a sacar la mano y se descubrirá, en medio del horror de todos, que empuña un pequeño revólver. Lo mirará satisfecha por su descubrimiento, pero luego añadirá de manera sombría.) ¿Dónde, cómo la has conseguido? (Sin embargo, el MUCHACHO, intimidado, siempre con la cabeza gacha, no responderá.) ¡Tonto! En vez de matarte, yo habría asesinado a cualquiera de esos dos, o a los dos: ¡al padre y al hijo! (Lo llevará de nuevo detrás de los árboles desde los que espiaba. Luego tomará a la NIÑA y la introducirá en la alberca, de tal manera que quedará oculta, y yacerá así, con el rostro entre los brazos, que permanecerán apoyados sobre el borde de la alberca.)
EL DIRECTOR. —¡Magnífico! (Dirigiéndose al HIJO.) Y al mismo tiempo...
EL HIJO. (Desdeñoso.) —¡Nada de al mismo tiempo! ¡Nada de eso es verdad, señor!
¡No hubo ninguna escena entre ella y yo! (Señalará a la MADRE.) Que ella misma le diga lo que ocurrió. (Entretanto, la SEGUNDA ACTRIZ y el GALÁN JOVEN se habrán separado del grupo de los ACTORES. Ella se habrá puesto a observar con mucha atención a la MADRE, que estará enfrente, y él al Hijo, de manera que sabrán después cómo interpretar sus papeles.)
LA MADRE. —¡Es verdad, señor! Yo había entrado en su habitación. EL HIJO. —En mi cuarto, ¿se da cuenta? ¡No en el jardín!
EL DIRECTOR. —¡Eso que importa! ¡Hay que reagrupar los acontecimientos, ya lo dije! EL HIJO. (Percatándose de que el GALÁN JOVEN lo observa.) —¿Y usted qué quiere?
EL GALÁN JOVEN. —Nada, observo.
EL HIJO. (Dirigiéndose al otro lado, a la SEGUNDA ACTRIZ.) —¡Ah!... Y allí está usted.
¿Seguro que para interpretar el papel de ella? (Señalará a la MADRE.)
EL DIRECTOR. —¡Justamente! ¡Por eso mismo! ¡Debería agradecer la preocupación que tienen!
EL HIJO. —¡Ah, sí! ¡Gracias! Pero, ¿todavía no se da cuenta de que no puede representar esta comedia? Nosotros no estamos dentro de usted, y sus actores lo ven todo desde fuera. ¿Le parece posible que se viva delante de un espejo que, a lo más, no satisfecho con devolvernos la imagen de nuestra misma expresión, nos la devuelva como una mueca irreconocible de nosotros mismos?
EL PADRE. —¡Eso es verdad! ¡Eso es verdad! ¡Acéptelo!

EL DIRECTOR. (Al GALÁN JOVEN y a la SEGUNDA ACTRIZ) —¡Está bien, pero háganse a un lado!
EL HIJO. —¡Es inútil! Yo no me presto.
EL DIRECTOR. —¡Quédese callado, por ahora, y déjeme escuchar a su madre! (A la
MADRE) ¿Entonces? ¿Había entrado?
LA MADRE. —Sí, señor. Entré en su habitación porque no resistí más. Tenía que desahogar toda la angustia que me oprimía. Pero apenas él me vio entrar...
EL HIJO. —¡Ninguna escena! Me fui, me fui porque no quería hacer una escena. Porque yo nunca he hecho escenas, ¿comprende?
LA MADRE. —¡Es verdad! ¡Fue así! ¡Fue así!
EL DIRECTOR. —¡Pero ahora es necesario hacer esa escena entre usted y él! ¡Es indispensable!
LA MADRE. —¡Aquí me tiene, señor! Aunque a lo mejor debería permitirme hablar un momento con él para revelarle mi corazón.
EL PADRE. (Acercándose al HIJO de manera agresiva.) —¡Lo tienes que hacer! ¡Por tu madre! ¡Por tu madre!
EL HIJO. (Más convencido que nunca.) —¡No haré nada!
EL PADRE. (Agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo.) —¡Por Dios, obedece!
¡Obedece! ¿No escuchas cómo te está hablando? ¿No tienes entrañas?
EL HIJO. (Agarrándolo también.) —¡No! ¡No! ¡No insistas! (Agitación general. La MADRE,
temerosa, tratará de interponerse y separarlos.)
LA MADRE. —¡Por favor! ¡Por favor!
EL PADRE. (Sin soltarlo.) —¡Tienes que obedecer! ¡Tienes que obedecer!
EL HIJO. (Luchando con él, terminará por tumbarlo cerca de la escalerilla, entre la consternación de todos.) —¿Qué locura te ha dado? ¡No tiene dignidad como para dejar de mostrar a todos su vergüenza y la nuestra! ¡A eso no me presto! ¡Eso no!
¡Así interpreto la voluntad de quien no quiso hacer de nosotros un espectáculo! EL DIRECTOR. —¡Pero si han venido todos!
EL HIJO. (Señalando al PADRE) —¡Él, no yo!
EL DIRECTOR. —¿No está usted también aquí?
EL HIJO. —¡Fue él quien quiso venir, arrastrándonos a todos y prestándose para arreglar con usted, no sólo lo que ocurrió, sino también lo que no ha ocurrido, como si aquello fuera insuficiente!
EL DIRECTOR. —¡Entonces dígame, dígame qué fue lo que ocurrió! ¡Dígamelo! ¿Se fue de su habitación sin decir nada?
EL HIJO. (Después de un momento de indecisión.) —¡Nada. Justamente nada, para no dar pie a ninguna escena!
EL DIRECTOR. (Incitándolo.) —Bien, ¿y luego qué hizo?
EL HIJO. (En medio de la angustiosa atención de todos, que incluso se aproximan sobre el escenario.) —Nada... Crucé el jardín... (Se interrumpirá, hosco, absorto.)
EL DIRECTOR. (Empujándolo para que hable, impresionado por su contención.) —¿Y?
¿Cruzó el jardín y...?
EL HIJO. (Exasperado, escondiendo el rostro con el brazo.) —¿Por qué quiere que hable, señor? ¡Es horrible!
(La MADRE se estremecerá toda, con gemidos sofocados, mirando la alberca.)
EL DIRECTOR. (Despacio, consciente de la mirada, se dirigirá al HIJO con aprensión creciente.) —¿La niña?
EL HIJO. (Mirando hacia delante, hacia la sala del teatro.) —Allá, en la alberca...
EL PADRE. (En el suelo, señalando de manera compasiva a la MADRE.) —¡Y ella lo seguía, señor!
EL DIRECTOR. (Al HIJO, con ansiedad.) —¿Y entonces, usted?

EL HIJO. (Lentamente, siempre mirando hacia delante.) —Me di cuenta y me precipité a salvarla... Pero me detuve en seco porque detrás de los árboles vi algo que me heló la sangre: era el muchacho, el muchacho que estaba allí quieto, con ojos enloquecidos, mirando a la hermana ahogada en la alberca... (La HIJASTRA, todavía inclinada sobre la alberca para esconder a la NIÑA, responderá con un sollozo amargo, profundo como un eco. Pausa.) Me aproximé a él, y entonces... (Estallará un disparo detrás de los árboles, donde el MUCHACHO permanecía escondido.)
LA MADRE. (Dando un grito desgarrado, se acercará junto con el HIJO y con todos los
ACTORES en medio de la conmoción general.) —¡Hijo! ¡Hijo mío! (Luego, en medio de la confusión y los gritos incoherentes de los demás.) ¡Auxilio, auxilio!
EL DIRECTOR. (En medio de los gritos, tratará de abrirse paso mientras levantan al MUCHACHO y lo llevan detrás de la tela blanca.) —¿Está herido? ¿Está herido de verdad?
(Todos, salvo el DIRECTOR y el PADRE, que yacía en el suelo, desaparecerán detrás de la tela blanca que hacía de cielo, y permanecerán un rato comentando desesperadamente lo ocurrido. Luego reaparecerán en escena, saliendo por ambos lados de la tela.)
LA PRIMERA ACTRIZ. (Saliendo por la derecha, apenada.) —¡Está muerto! ¡Pobre chico!
¡Está muerto, Dios mío!
EL PRIMER ACTOR. (Saliendo por la izquierda, riendo.) —¡Qué muerto ni qué nada! ¡Un simulacro, nada más! ¡No lo crean!
LOS ACTORES DE LA DERECHA. —¿Simulacro? ¡Es la pura realidad! ¡Está muerto!
LOS ACTORES DE LA IZQUIERDA. —¡No es cierto! ¡Es un simulacro! ¡Un simulacro!
EL PADRE. (Poniéndose de pie y gritando en medio de todos.) —¡Ningún simulacro! ¡Es la pura realidad, señores, es la realidad! (Y desaparecerá, alterado, detrás de la tela.)
EL DIRECTOR. (Sin contenerse.) —¡Ficción! ¡Realidad! ¡Váyanse todos al diablo! ¡Luces!
¡Luces! ¡Luces! (Al mismo tiempo, todo el escenario y todo el teatro se iluminarán intensamente. El DIRECTOR suspirará como si se hubiera librado de una pesadilla, y todos se mirarán entre sí, perplejos y desorientados.) ¡Nunca me había ocurrido algo así! ¡Me han hecho perder un día entero! (Mirará el reloj.) ¡Váyanse, váyanse! ¿Qué más quieren hacer ahora? Ya es muy tarde para retomar el ensayo. ¡Nos veremos por la noche! (Apenas los actores se marchen, saludándolo, añadirá:) ¡Electricista!
¡Apáguelo todo! (A continuación, el teatro caerá en una oscuridad total durante pocos
segundos.) ¡Por Dios! ¡Al menos déjeme una lucecita para ver por dónde camino!



Enseguida, detrás de la tela, como por error, se encenderá un reflector verde que proyectará, aumentadas y espigadas, las sombras de los PERSONAJES, salvo el MUCHACHO y la NIÑA, El DIRECTOR, al verlos, huirá aterrado del escenario. Al mismo tiempo se apagará el reflector detrás de la tela, y volverá a iluminarse el escenario con la luz nocturna, azulada, del comienzo. Lentamente, del lado derecho de la tela, saldrá primero el HIJO, seguido por la MADRE, con los brazos tendidos hacia él; luego, por la izquierda, el PADRE. Se detendrán en el centro del escenario y se quedarán allí como seres fantasmales. El último saldrá por la izquierda, la HIJASTRA, que correrá hacia una de las escalerillas. Se detendrá en el primer escalón para mirarlos y estallará en una estridente carcajada, para luego precipitarse por la escalera. Correrá a lo largo del pasillo de butacas, se detendrá otra vez y reirá de nuevo mirando a los tres personajes que permanecen arriba, en el escenario. Saldrá de la sala y todavía se escuchará su risa.

Poco después caerá el

TELÓN

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