LA COMEDIA DE LOS ASNOS (Asinaria) PLAUTO




LA COMEDIA DE LOS ASNOS
(Asinaria)

PLAUTO

INTRODUCCIÓN
La Asinaria es una de las comedias plautinas menos apreciadas y hasta se ha llegado a dudar de su autenticidad (L. Havet), evidentemente sin motivo; aunque sin alcanzar la altura de las más famosas de las «varronianas», se encuentran en ella, no sólo los tipos y situaciones característicos del teatro de Plauto —el servus currens, la «tercera» exigente y calculadora, el padre rival del hijo en los amores, la esposa odiada del marido, etc.—, sino también escenas de una comicidad extraordinaria. Esta vez no es sólo el joven enamorado el que carece de dineros, sino también el padre, el viejo, que así y todo quiere ser condescendiente con su hijo —aunque, para decir verdad, con segundas—. Deméneto, el padre, da orden a su esclavo Líbano de sacar a quien las famosas veinte minas que necesita el hijo para hacerse con su amada; a él, desde luego, difícilmente, porque anda a la cuarta pregunta, pues su mujer Artemona es quien tiene el dinero y, como consecuencia, la sartén por el mango. En un famoso diálogo entre Argiripo —según Havet y Ernout, entre el segundo enamorado de la pieza, Diábolo—, y la “Celestina” Cleéreta, queda clara la difícil situación en la que el joven se encuentra. Una feliz coincidencia puede ponerle remedio: el mayordomo Sáurea, esclavo dotal de la adinerada Artemona, ha vendido unos asnos a un cierto mercader forastero, y un criado suyo, que viene con el encargo de entregar la suma de su importe, pregunta por la casa de Deméneto al esclavo Leónidas. A Leónidas se le ocurre al momento la genial idea de hacerse pasar por Sáurea, para quedar así en poder del dinero y hacerlo pasar a manos de su joven amo; típicos diálogos plautinos, entre Líbano y Leónidas, y luego, durante el forcejeo por convencer al forastero de que Leónidas es el mayordomo Sáurea en persona; con todo, necesitan para el éxito la prometida colaboración de Deméneto. Dinero en mano, se aprovechan los dos pillos de su aventajada posición para gastarle una serie de pesadas bromas a Argiripo y Filenio —la parte más débil de la obra, a causa del excesivo retardamiento de la acción—. Con todo, es dueño Argiripo al fin de las veinte minas y sale vencedor de su rival Diábolo. Pero no hay dicha completa: Deméneto, el padre, se hace pagar caros sus servicios: una cena y una noche con Filenio, la amada de su hijo. Viene la tensa escena final; se ha hablado de contaminación en la Asinaria, por la segunda intriga del personaje Diábolo. Hay que reconocer, que si Plauto ha «contaminado», ha sabido hacerlo muy bien: el despecho de Diábolo a la pérdida de su amiga, se utiliza como motivo para provocar el desenlace: la atmósfera está muy cargada, Argiripo se ve obligado durante la cena a tolerar con buena cara el ver a Filenio en brazos de Deméneto; la tormenta se avecina: Diábolo sabe cómo vengarse y manda al parásito a contar el caso a Artemona, quien tras dar rienda suelta a su amargo desengaño, le agua la fiesta al enamorado viejo. Happy end.
Según se nos dice en el prólogo, es el original griego de la Asinaria una comedia titulada El arriero, de Demófilo, autor del que no se conoce más que el nombre. La Asinaria, que se caracteriza por la ausencia casi absoluta de metros líricos, está considerada como una comedia de la primera época del poeta.
La resonancia de la Asinaria en la literatura posterior ha sido muy escasa.
T. MACCI PLAVTI AMPHITRVO




PERSONAJES
LÍBANO, esclavo.
DEMÉNETO, viejo.
ARGIRIPO, joven, hijo de Deméneto.
CLEÉRETA, alcahueta.
LEÓNIDAS, esclavo.
MERCADER.
FILENIO, cortesana.
DIÁBOLO, joven.
GORRÓN.
ARTEMONA, matrona, mujer de Deméneto.
La acción transcurre en Atenas.

ARGUMENTO
Un viejo que vive bajo la férula de su mujer, quiere ayudar económicamente a su hijo, que está enamorado, y da orden de que se le entregue al esclavo Leónidas el precio de unos asnos que debía recibir Sáurea. El hijo entrega el dinero a su amiga y se la cede por una noche al padre. Un rival, desesperado de ver que le han quitado a la muchacha, se lo hace saber todo por medio de un parásito a la mujer del viejo, que se presenta y se lleva al marido del burdel.

PRÓLOGO
Distinguido público, un poco de atención, si sois tan amables y que todos salgamos con bien, vosotros, yo y nuestra compañía y sus directores y organizadores. ¡A ver, tú, pregonero, haz que el público sea todo oídos! (Después que ha mandado callar al público.) Venga, ahora siéntate; pero no vayas a dejar de pedir tu salario por eso, ¿eh? Ahora os diré el motivo por el que he salido aquí a escena y qué es lo que pretendo: se trata simplemente de deciros el título de la comedia, porque por lo que toca al argumento, bien breve que es. Ahora os voy a decir lo que dije que quería deciros: esta comedia se llama en griego El arriero y su autor es Demófilo; Maco la ha traducido al latín y, con vuestro permiso, la quiere titular Asinaria; la pieza tiene gracia y chiste, es una comedia de risa. Ahora tened la amabilidad de prestarnos vuestra atención, y que el dios Marte os siga protegiendo como ya lo ha hecho en otras ocasiones.

ACTO I
ESCENA PRIMERA - LÍBANO, DEMÉNETO
LÍ. — Así como tú deseas que, sano y salvo, te sobreviva
tu único hijo, así te conjuro yo por tu vejez y por la
persona de quien te tiene con el corazón en un puño, tu
señora esposa: si me dices ahora algo que no sea la
pura verdad, ojalá que te sobreviva ella una vida entera y
te largues tú al otro barrio, vivo en vida de ella.
DE. — Tú me haces una pregunta invocando al dios de
la Fidelidad, o sea, que veo que no me queda sino jurar
también lo que te conteste. [Me apremias en una
forma tal con tu pregunta, que no sería capaz de
quedarme con nada dentro al contestarte.] De modo que,
venga, dime enseguida qué es lo que quieres saber. Lo
que yo sepa, no dejaré de hacértelo saber también a ti.
LÍ— ¡Por Dios!, Deméneto, te lo ruego, contéstame en
serio a lo que te pregunte, y además sin decir
mentira.
DE. — Venga, habla por esa boca.
LÍ. — ¿Tienes tú intenciones de mandarme allí donde la
piedra restriega a la piedra?
DE. — ¿Y eso qué significa?, ¿o en dónde diablos se
encuentra ese lugar?
LE. — Allí donde lloran las malas personas que están
dedicadas a moler la polenta, en las islas Garrotarias y
Arrastracadenarias, donde toros que están ya
muertos arremeten contra hombres que están todavía
vivos.
DE. — ¡Caray!, Líbano, ya caigo a qué lugar te refieres:
tú dices quizá el molino.
LE. — No, no, por Dios, ni lo digo, ni quiero que lo diga
nadie, escupe esas palabras, por favor.
DE. — Bueno, bueno, como quieras.
LÍ. — Venga, venga, sigue escupiendo.
DE. — ¿Todavía más?
LÍ. — Sí, ¡por Dios!, todavía más, desde el fondo de las
tragaderas.
DE. — Pero bueno, ¿hasta cuándo?
LÍ. — Hasta reventar.
DE. — ¡Que te la vas a ganar!
LÍ. — Hasta reventar —tu mujer, quiero decir, no tú—.
DE. — En recompensa de lo que acabas de decir, ya
sabes, no tienes nada que temer.
LÍ. — Dios te oiga.
DE. — A ver, atiéndeme tú ahora: ¿por qué motivo voy
yo a tener que andar sonsacándote, por qué te voy a
hacer amenazas por no haberme informado o por qué, en
fin, voy a estar enfadado con mi hijo como hacen otros
padres?
LÍ. — ¿Qué novedades son esas? (Aparte.) ¡Qué cosas!
Temblando estoy, no sea que me vaya a salir por
peteneras.
DE. — Yo sé que mi hijo está enamorado de la prójima
esta de al lado, Filenio. ¿Es así o no, Líbano?
LÍ. — Vas por buen camino: es así como dices. Pero lo
peor es que le ha entrado una enfermedad muy
grave.
DE. — ¿Una enfermedad? ¿Cuál?
LÍ. — A ver, pues la enfermedad de que las dádivas no
corresponden a sus promesas.
DE. — ¿Eres tú el que está al servicio de sus amoríos?
LÍ. — Sí, y también Leónidas.
DE. — ¡Caray!, hacéis bien, y bien agradecido que os
estoy por ello. Pero, mi mujer, Líbano, tú sabes ya la
clase de pieza que es, ¿no?
LÍ. — Tú eres el primero en sufrir las consecuencias,
pero nosotros no nos quedamos tampoco fuera de cuenta.
DE. —No puedo por menos de decir que es una persona
molesta e inaguantable.
LÍ. — Antes te lo creo que te oigo decirlo.
DE. — De hacerme a mí caso los otros padres,
Líbano, serían tolerantes con sus hijos: ésa es la única
forma de granjearse su afecto y su simpatía. Por lo que a
mí toca, pongo todo mi empeño en hacerlo así: yo quiero
ser amado de los míos; yo quiero tomar ejemplo de mi
padre, que por mor mío, fue y se disfrazó de
marinero y engañó al rufián para llevarse a la joven de la
que yo estaba enamorado. A su edad, no se avergonzó de
una tal impostura, granjeándose así con sus bondades el
afecto de su hijo. Yo estoy decidido a seguir su conducta.
Es que mi hijo, Argiripo, me ha pedido hoy dinero
para sus amores; y yo quiero de todos modos
condescender a su ruego. [Yo quiero favorecer sus
amores, quiero que sienta afecto por su padre.] Aunque
su madre le tiene atado corto, cosa que por lo general son
los padres los que lo suelen hacer. A mí, desde
luego, no se me pasa por las mientes cosa semejante;
sobre todo, una vez que él me ha hecho digno de su
confianza, no estaría ni medio bien que yo no fuera a
hacer honor a su buen natural; él ha acudido a mí, como
debe hacer un hijo respetuoso con su padre y por eso es
mi deseo que disponga de dinero para su amiga.
LÍ— Me hace a mí el efecto que esos deseos tuyos son
completamente vanos: Sáurea, el esclavo que tu
mujer ha traído con su dote, dispone de más medios que
tú mismo.
DE. — Verdad es que al aceptar el dinero de su dote,
vendí al mismo tiempo mi autoridad. Ahora te voy a
decir en dos palabras qué es lo que quiero de ti. Mi hijo
necesita rápido veinte minas: ocúpate de ponerlas a
su disposición sin demora.
LÍ. — ¿De dónde demonios?
DE. — Sácamelas a mí.
LÍ. . — No dices más que pamplinas: es como si me
dices que le quite los vestidos a uno que está en cueros.
¿A ti te las voy a sacar? Venga, tú, hale, vuela sin tener
alas. ¿A ti te las voy a sacar, si no dispones de una perra,
a no ser que tú, a tu vez, se las saques a tu mujer?
DE. — A mí, a mi mujer, al esclavo Sáurea, según puedas,
engáñanos, bírlanos el dinero: yo te doy palabra de
no ponerte dificultades, si lo consigues hoy mismo.
LÍ. — ¡Menudo encarguito el que me das! Por el mar loo
corre la liebre, por el monte la sardina.
DE. — Dile a Leónidas que te ayude; trama, inventa lo
que sea: tu único objetivo tiene que ser que mi hijo disponga
hoy del dinero que debe dar a su amiga.
LE. — Una cosa, Deméneto.
DE. — A ver.
LÍ. — Si se da la casualidad de que caigo en una emboscada,
¿estás dispuesto a redimirme, si se apoderan de mí
los enemigos?
DE. — Estáte tranquilo.
LÍ — Entonces, tú a lo tuyo. Yo me voy al foro, si no
mandas más, ¿de acuerdo?
DE. — ¡Hale!, andando. ¡Ah, una cosa!
LÍ. — ¿Qué?
DE. — Si quiero algo, ¿dónde vas a estar?
LÍ — Donde me dé la gana. Desde luego, de aquí en
adelante no temo ningún mal de parte de nadie, después
de que, con lo que me has dicho, me has dejado tu
actitud bien clara; más todavía, tú mismo me importas un
bledo, si consigo rematar mi empresa. Me voy, pues, al
foro y allí daré lis comienzo a mi plan.
DE. — Oye, yo estaré donde el banquero Arquibulo.
LÍ. — O sea, ¿en el foro?
DE. — Sí, por si surge algo.
LE. — Muy bien. (Se va.)
DE. — No creo que haya en todo el mundo un esclavo
más redomado que éste, ni más ladino, ni del que sea
más difícil ponerse a salvo; pero al mismo tiempo,
si es que quieres que te hagan algo en debida forma, no
tienes más que encargárselo a él; preferirá la peor de las
muertes antes que no dar cima a lo que ha prometido.
Desde luego estoy tan seguro de que mi hijo tendrá a su
disposición el dinero, como que estoy viendo ahora
este bastón en mis manos. Pero me voy ya para el foro,
como quería; me voy y espero allí en el banquero.

ESCENA SEGUNDA - ARGIRIPO
AR. — (Saliendo de casa de Cleéreta.) Pero, ¿será
posible? ¡Mira que echarme de la casa! ¿Éste es el pago
que me dais por haberme portado como me he portado?
Tú eres mala con quien es bueno contigo, y con el que es
malo, eres buena; pero me las vas a pagar, porque
me voy ahora derecho a la policía, y daré allí vuestros
nombres y os va a costar la cabeza, ¡embaucadoras,
maléficas, perdición de la juventud! Chico, el mar no es
mar en comparación con vosotros, sois el más
bravío de los mares; en el mar hice mi fortuna, aquí me
he quedado limpio de ella. Ni pagado ni agradecido, todo
en vano lo que os he dado, todas mis atenciones con
vosotras, pero lo que es en adelante, te haré todo el mal
que pueda y te lo tendrás bien merecido. Te juro, que te
haré volver al punto de donde saliste, a la más
cochina de las miserias, y te juro que vas a enterarte de
lo que eres ahora y lo que has sido antes, tú, que antes
que yo viniera con tu hija y le entregara mi amor, estabas
más pobre que una rata y tenías que contentarte con un
pedazo de pan negro y un par de harapos, y dabas gracias
a todos los dioses si es que no te faltaba lo poco que
tenías. Tú misma, ahora que te va tanto mejor, quieres
ignorarme a mí, a quien me lo debes, malvada. Ya verás
qué mansa te voy a poner a fuerza de hambre, tan
arisca que estás ahora, espérate. Porque yo contra tu hija
no tengo nada, ella no tiene culpa ninguna; ella no actúa
más que por lo que tú le dices, no hace más que obedecer
tus órdenes: tú eres su madre y su ama al mismo tiempo.
De ti es de quien me voy a vengar, a ti es a quien te voy
a dar el golpe de gracia, como te lo mereces y conforme
a tu conducta conmigo. Pero mira la malvada, cómo ni
siquiera piensa que sea digno de que se me acerque, de
que hable conmigo y de que intente apaciguarme.
Ahí sale al fin, la embaucadora esa; yo pienso que aquí a
la puerta podré decirle a mis anchas lo que me venga en
gana, ya que dentro no me lo han permitido.

ESCENA TERCERA - CLEÉRETA, ARGIRIPO
CL. — Ni a cambio de buenos doblones de oro le
vendería a nadie una sola de tus palabras, puesto que en
el caso de que alguien me las quisiera comprar,
todos esos insultos tuyos no son para mí más que puro
oro y pura plata: tú tienes clavado el corazón aquí en
nuestra casa con un dardo de Cupido; anda, prueba a huir
lo más deprisa que puedas, al remo y a la vela: mientras
más te vayas metiendo mar adentro, tanto más te
empujarán las olas en dirección al puerto.
AR. — Pues yo te juro que no estoy dispuesto a pagar
peaje aquí a este aduanero; en adelante puedes
estar segura de que te trataré con arreglo a tu conducta
conmigo y con mi dinero, puesto que tú no me tratas a
mí en forma adecuada a mi proceder, y me echas de casa.
CL. — Bien sabido nos tenemos que todo eso no son
más que bravatas, a las que luego no siguen los hechos.
AR. — Yo solo te he sacado de tu soledad y de tu miseria;
aunque sea yo solo quien la posea, no podrías nunca
pagarme lo que me debes.
CL. — Sí señor, poséela solo, si es que puedes
también siempre solo dar el precio que te pida: con la
condición de que seas tú el que ofrezca la suma más alta,
puedes contar siempre con la seguridad de que tú eres el
elegido.
AR. — ¿Y hay acaso algún término para dar? Porque tú
no te ves nunca harta; en cuanto que has recibido algo,
ya estás nada más que mirando a ver qué puedes pedir de
nuevo.
CL. — ¿Y qué término hay para llevártela, para hacer el
amor? ¿Es que te ves alguna vez harto? No has
hecho más que traérmela, cuando pides otra vez que te la
entregue.
AR. — Yo te he dado lo concertado.
CL. — Y yo te dejé la muchacha; una cosa se va por la
otra, el servicio a cambio del dinero.
AR. — Te portas muy mal conmigo.
CL. — ¿Por qué me haces reproches si cumplo con mi
deber? Porque nunca jamás ha habido un escultor, ni un
pintor ni un poeta que hayan figurado que una proxeneta
como Dios manda trate bien a ningún enamorado.
AR. — Es que es en tu propio interés el tener algo más
de consideración conmigo, así me puedes conservar más
tiempo.
CL. — ¿No sabes tú una cosa? La que tiene consideraciones
con los amantes, no las tiene consigo misma. Los
amantes son para la proxeneta como el pescado: no son
buenos más que cuando están fresquitos; sólo el pescado
fresco está jugoso y agrada al paladar, da igual cómo lo
prepares, cocido o asado, le des las vueltas que le des; el
amante que está todavía fresquito, ése es el que
está dispuesto a dar y a que le pidan lo que sea, porque
su bolsa está todavía llena, no se fija en lo que da, ni en
los gastos que hace, porque va a lo que va. No tiene otro
deseo que el de agradar a su amiga, agradarme a mí,
agradar a la acompañanta, agradar a los sirvientes,
agradar también a las criadas; hasta a mi perrillo le hace
carantoñas un amante nuevo, para que le haga
fiestas cuando le vea. Yo no digo más que la verdad: es
lo natural que cada uno ande con vista en lo que se
refiere a su oficio.
AR. — Bien sé por experiencia que es verdad lo que
dices, y sus buenos dineros que me ha costado.
CL. — ¡Caray!, que si tuvieras ahora para dar, hablarías
de otra manera; por eso piensas que te la vas a llevar a
fuerza de malas palabras.
AR. — No es ésa mi manera de ser.
CL. —Tampoco es la mía el dejártela de balde. Así y
todo, en atención a tu edad y a tu persona y a que nos has
proporcionado más ganancias a nosotras que a tu propia
reputación, si se me entregan en mano dos talentos de
plata contantes y sonantes, te la dejo esta noche de
balde, por ser tú quien eres.
AR. — ¿Y si no los tengo?
CL. — Yo te creeré que es así; a ella, con todo, se la
llevará otro.
AR. — ¿Dónde ha quedado todo lo que hasta ahora te
di?
CL. — Gastado está, que si me quedara todavía, te
entregaría la muchacha, no te pediría absolutamente
nada; el día, el agua, el sol, la luna, la noche, todo eso no
necesito comprarlo por dinero: pero todas las otras cosas
que se necesitan, no las podemos comprar más que por
cuanto vos contribuisteis ; cuando vamos al
panadero a buscar el pan, el vino al tabernero, no te dan
la mercancía hasta tener el dinero en mano; el mismo
sistema tenemos nosotras; nuestras manos tienen cien
ojos, no creen más que lo que ven. Hay un viejo refrán
que dice: inútil es obligar a pagar, etc. —tú ya sabes a
quién—. No digo más.
AR. — Ahora que estoy desplumado me hablas de una
manera distinta, bien otras son tus palabras ahora,
digo, y antes, cuando os daba, bien diferentes de antes,
cuando intentabas cazarme a fuerza de carantoñas y de
zalamerías; entonces, hasta la casa misma parecía
sonreírme cuando llegaba; me asegurabas, que tanto tú
como tu hija me preferíais a mí entre todos los demás;
cuando os daba algo, como pichones andabais las dos
siempre colgadas de mi boca, no teníais otros
deseos que los míos, siempre andabais tras de mí, hacíais
siempre lo que yo decía, lo que yo quería; lo que no
quería, lo que os prohibía, hacíais por evitarlo, ni intentar
hacerlo se' os pasaba siquiera por la imaginación. Ahora
en cambio, os importa tres pitos lo que quiera o deje de
querer, malvadas.
CL. — Pero, ¿es que no sabes? Este oficio nuestro es
parecidísimo al del pajarero. El pajarero, una vez
que prepara el terreno, esparce los granos; los pájaros
cogen la querencia. Para ganar algo, no hay más remedio
que hacer algún gasto; vienen muchas veces a comer,
pero si una vez los cazan, entonces se desquita el cazador
de ellos. Lo mismo es con nosotras: la casa es
para nosotras el campo de caza, el pajar soy yo, el cebo
es la muchacha, el lecho es el reclamo, los enamorados
son los pájaros: ellos cogen la querencia a fuerza de
zalamerías, de besos, de palabras dulces y suaves; si es
que tientan una tetita, no es más que en interés del
pajarero; si les arrancan un besito, entonces, le
tienes ya cazado sin necesidad de más redes. ¡Mira que
habérsete olvidado todo esto, tú que has estado tanto
tiempo en la escuela del amor!
AR. —Tú tienes la culpa, que despides a tu alumno a
medio enseñar.
CL. — Tú puedes volver tranquilamente, cuando tengas
para los honorarios; ahora, lárgate.
AR. — ¡Espera, espera, escucha! Dime cuánto es lo que
crees que te debo de dar por ella, para que no esté
durante un año con ningún otro más que conmigo.
CL. — ¿Tú? Veinte minas, y con una condición: si otro
las entrega antes, adiós. (Hace ademán de irse.)
AR. — Espera, que te quiero decir todavía otra cosa,
antes de que te vayas.
CL. — Di lo que te dé la gana.
AR. — Yo no estoy todavía del todo en las últimas,
todavía me queda algo que perder, tengo de donde darte
lo que me pides, pero sólo te lo daré imponiendo mis
condiciones, para que lo sepas, o sea, que esté a mi
disposición todo un año y no reciba a ningún otro
hombre más que a mí.
CL. — No, si quieres, mejor todavía, haré castrar a los
esclavos que hay en casa. En fin tráenos un contrato,
diciendo lo que quieres de nosotras; ponnos las
condiciones que quieras, como te dé la gana:
solamente no te olvides de traer también el dinero, por
todo lo demás estoy dispuesta a pasar sin dificultad
alguna. Es que, sabes, las casas de trata son muy
parecidas a las de los aduaneros: si apoquinas, abiertas,
si no tienes de qué apoquinar, cerradas. (Entra en casa.)
AR. — ¡Muerto soy, si no encuentro las veinte minas! Y
desde luego, si no pierdo ese dinero, soy yo el que estoy
perdido. Ahora me voy al foro y lo intentaré por
todos los medios, de la forma que sea, rogaré y suplicaré
a todos los amigos con los que me tope, estoy decidido a
abordarlos y a suplicarles a todos lo mismo si viene a
cuento que si no viene. Y si no consigo que me las
presten, voy y cojo y las tomo a rédito. (Se va en
dirección al foro.)

ESCENA PRIMERA - LÍBANO
LÍ. — ¡Caray!, de verdad, Líbano, ahora es mejor
despabilarse e inventar alguna estratagema para
hacerse con el dinero. Ya hace mucho que dejaste al amo
y te fuiste a la plaza, para urdir algún engaño para
encontrar el dinero. Allí te has pasado todo el rato hasta
ahora dormitando sin dar golpe; venga, sacude esa
indolencia, fuera con esa dejadez, vuelve otra vez a tu
ladina condición de siempre; ayuda a tu amo, no
hagas como suelen la mayoría de los esclavos, que no
son listos más que para engañarle. Pero, ¿de dónde lo
voy a sacar?, ¿a quién birlárselo?, ¿a dónde dirigir mi
embarcación! (Mirando al cielo.) Ya tengo los augurios
y los presagios: las aves permiten cualquier dirección: el
pájaro carpintero y la corneja por la izquierda, el
cuervo y el quebrantahuesos por la derecha me alientan
de consuno; desde luego que estoy dispuesto a haceros
caso. Pero, ¿qué significa eso de que el picoverde golpea
el olmo? Seguro que no es una casualidad. Por lo menos,
según lo que yo deduzco del augurio del picoverde, hay
vergajos preparados o para mí o para Sáurea, el
mayordomo. Pero, ¿por qué vendrá ahí Leónidas
corre que corre jadeando de esa forma? Eso me inquieta,
viene por la izquierda, mal agüero para mis proyectos de
engaño.

ESCENA SEGUNDA - LEÓNIDAS, LÍBANO
LE. — (Viene corriendo.) ¿Dónde podré encontrar ahora
a Líbano o al hijo del amo, para que pueda ponerlos más
alegres que unas pascuas? ¡Menudo es el botín y el
triunfo que les traigo con mi venida! Juntos nos cogemos
las melopeas, juntos nos vamos de golfas, junto
con ellos quiero repartir también el botín ganado.
LÍ. — (Aparte.) Ese tío ha desvalijado alguna casa según
su costumbre. ¡Ay del que no ha sabido guardar su
puerta!
LE. — Me comprometería con gusto a ser esclavo de por
vida con tal de encontrar ahora a Líbano.
LÍ. — ¡Caray!, desde luego por lo que a mí toca,
no vas a ser libre muy pronto.
LE. — Y encima ofrecería doscientos palos con cargo a
mis espaldas y además dispuestos a multiplicarse.
LÍ. — Éste se queda sin su peculio, porque todo su
tesoro lo lleva cargado a sus espaldas.
LE. - Porque es que si Líbano deja escapar ahora esta
ocasión, nunca jamás podrá volver a echarle mano, así
vaya tras ella con una cuadriga de corceles
blancos; dejará al amo cercado de sus enemigos y al
mismo tiempo embravecerá a éstos. En cambio, si junto
conmigo se pone a echar mano de la ocasión que se nos
ofrece, proporcionará, juntamente conmigo a los amos, a
los dos, al hijo y al padre, riquezas y satisfacciones sin
cuento, de forma que nos queden los dos obligados
de por vida, atados por los lazos de nuestros beneficios.
LÍ. — Habla de que están atados quienes sea; no me hace
gracia; mucho me temo, que haya hecho alguna zalagarda
por cuenta de los dos.
LE. — Perdido del todo soy, si no encuentro a Líbano
inmediatamente, esté donde demonios esté.
LÍ. — Ése está buscando un camarada que comparta con
él la rociada que le espera; no me hace gracia. Es una
mala señal eso de sudar y tiritar al mismo tiempo.
LE. — Pero, ¿cómo es que después de venir tan a
la carrera, ando tardo con los pies y ligero con la lengua?
¿Por qué no mando callar a quien me está haciendo desperdiciar
mi tiempo?
LÍ. — ¡Caray con el desgraciado este!, hacer violencia a
su defensora; que si es que ha hecho alguna mala pasada,
la lengua es quien jura en falso por él.
LE. — Voy a darme prisa, no sea que se haga demasiado
tarde para poner a salvo nuestro botín.
LÍ. — Pero, ¿qué botín es ese del que habla? Voy
a su encuentro y le sacaré lo que sea. (Yendo hacia él.)
Leónidas, se te saluda, con toda mi Voz y con todas mis
fuerzas.
LE. — Buenos días, palestra para palos.
LÍ. — ¿Qué tal tú, abonado a la cárcel?
LE. — ¡Oh, ciudadano de Cadenópolis!
LÍ. — ¡Oh, delicia de los látigos!
LE. — ¿Cuánto piensas tú que pesas en cueros?
LÍ. — Chico, pues no lo sé.
LE. — Ya sabía yo que no lo sabías; pero yo lo sé, te lo
juro, que te he contrapesado: en cueros y
encadenado pesas cien libras, si es que estás colgado por
los pies.
LÍ. — ¿Y eso, cómo?
LE. —Yo te explicaré cómo y de qué manera: cuando
tienes colgado de los pies un peso de cien libras, las
esposas en las manos y bien sujetas al travesaño, te
quedas en un equilibrio perfecto y no pesas ni más
ni menos que un empecatado y un bribón.
LÍ. — ¡Te la vas a ganar!
LE. — Esa ganancia te la deja a ti la esclavitud en
herencia.
LÍ. — Bueno, basta ya de dimes y diretes. ¿Qué es lo que
hay?
LE. — He decidido hacerte confianza.
LÍ. — Hazlo con toda tranquilidad.
LE. — Vale, si es que quieres ayudar al hijo del amo en
sus amoríos: tan grande es la buena oportunidad que se
nos presenta de improviso, pero no sin sus ribetes
de peligro; vamos a darles ocupación continua a los
verdugos. Líbano, ahora es el momento en el que se
precisa echarse para adelante y portarse con astucia; es
tal el golpe que se me acaba de ocurrir, que vamos a ser
declarados los más dignos candidatos del mundo a
coleccionar suplicios.
LÍ. — Así me extrañaba yo antes de sentir una
cierta intranquilidad en las espaldas, que estaban
augurando alguna buena rociada. Habla, sea lo que sea.
LE. — Se trata de un gran botín con un buen acompañamiento
de palos.
LÍ. — Aunque se conjuren todos para hacer caer sobre
nosotros sus torturas, yo por mi parte pienso tener en
casa una espalda, no necesito ir a buscarla a parte alguna.
LE. — Si eres capaz de mantener una tal firmeza
de ánimo, estamos salvados.
LÍ. — Más aún, si se trata sólo de pagar con mis espaldas,
estoy dispuesto a robar hasta el tesoro público: no
confesaré nada, me mantendré firme, hasta juraré en
falso.
LE. — Ahí tienes, eso se llama valor, el soportar las
penas con entereza si llega el caso; a quien sabe llevar
los males con entereza, le caen en suerte luego también
los bienes.
LÍ. Venga, explícame ya de qué se trata, que
estoy deseando recibir los palos.
LE. — Vamos por partes, que descanse; ¿no ves que
estoy todavía resoplando de la carrera que me he
pegado?
LÍ. — Venga, venga, como quieras, si es preciso, esperaré
hasta que revientes.
LE. — ¿Dónde está el amo?
LÍ. — El viejo, en el foro, el joven aquí en casa.
LE. — Eso me basta.
LÍ. — Oye, ¿es que eres ya un ricachón?
LE. — Déjate de bromas.
LE. — Bien, soy todo oídos.
LE. — Pon atención, que sepas tanto como yo.
LÍ. — Ya estoy punto en boca.
LE. — ¡Qué felicidad! ¿Te acuerdas tú de que nuestro
mayordomo vendió unos burros de Arcadia a un tratante
de Pela?
LÍ. — Sí que me acuerdo, y qué.
LE. — Pues que el tratante ha enviado aquí el dinero,
para que le sea entregado a Sáurea en pago de los susodichos
burros; acaba de llegar un muchacho que lo trae.
LÍ. — ¿Dónde está ese tío?
LE. — ¿Ya estás pensando en tragártelo, en cuanto que
le eches la vista encima?
LÍ. — Desde luego. ¿Pero tú dices aquellos burros viejos
, cojos, que tenían los pobres bichos las pezuñas
comidas hasta los muslos?
LE. — Los mismitos, aquellos que transportaban aquí de
la finca los vergajos de olmo destinados para tu persona.
LÍ. — Sí, ya sé, los que te llevaron a ti puesto en cadenas
a la finca.
LE. — Tienes buena memoria. Pero, estaba yo sentado
allí en la barbería, cuando me empieza el muchacho este
a preguntar si es que conozco a un cierto Deméneto, hijo
de Estratón. Yo le digo enseguida que sí, que le conozco,
y que soy esclavo suyo, y le indico en dónde está
nuestra casa.
LÍ. — ¿Y luego, qué?
LE. — Luego va y dice que es portador del precio de los
burros a Sáurea, el mayordomo —veinte minas—, pero
que él no sabe quién es Sáurea, y en cambio, que a
Deméneto lo conoce muy bien. Luego que me dijo esto...
LE. — ¿Qué?
LÍ. — Escucha pues, y lo sabrás. Enseguida me pongo a
dármelas de fino y de gran señor y le digo que yo soy el
mayordomo. Entonces él va y me dice: «¡Diablos!, yo no
conozco a Sáurea ni sé la facha que tiene; por lo tanto,
no me lo tomes a mal: si quieres, tráeme a tu amo
Deméneto, que a ése me lo tengo bien conocido, y
entonces te entregaré el dinero al instante». Yo le he
dicho que se lo traeré y que estaría en casa a su
disposición; él quería ir todavía a los baños y de allí se
vendrá luego para acá. ¿Qué resolución crees que
debemos tomar ahora? A ver, dime.
LÍ. — Toma, eso es lo que estoy pensando yo, cómo
birlarle el dinero al portador y a Sáurea. Hay que
poner deprisa manos a la obra; porque en cuanto que el
forastero se adelante a traer aquí el dinero, quedamos
nosotros dos fuera de combate. Es que el viejo me ha
tomado hoy aparte aquí fuera de casa a mí solo y nos ha
amenazado a los dos, a ti y a mí, con ponernos buenos de
palos, si Argiripo no tiene hoy a su disposición la
cantidad de veinte minas; ha dicho que, por él, que
engañemos a su mayordomo o hasta a su mujer, y que él
estaba dispuesto a prestarnos la ayuda prometida. Ahora
tú, vete al foro a buscar al amo y cuéntale el plan que
tenemos: tú te convertirás de Leónidas en el mayordomo
Sáurea, cuando el tratante traiga el dinero para el pago de
los burros.
LE. — Así lo haré.
LÍ. — Yo, entre tanto, lo entretendré aquí, si es
que viene antes.
LE. — Oye, tú.
LÍ. — ¿Qué?
LE. — Si acaso te doy un puñetazo luego, cuando sea
Sáurea, no se te vaya a ocurrir encabritarte.
LÍ. — Hm. A ti es a quien no se te tiene que ocurrir
tocarme, por la cuenta que te tiene, no te vaya a traer
mala suerte el haber cambiado de nombre.
LE. — Líbano, por favor, yo te ruego que te
aguantes.
LE. — Aguántate tú también cuando te devuelva el mandoble.
LE. — Yo lo único que hago es decirte lo que creo que
es conveniente hacer.
LÍ. — Y yo te digo, lo que estoy dispuesto a hacer.
LE. — No te niegues, hombre.
LÍ. — No, si es que te prometo, digo, devolvértelas
según lo merezcas.
LE. — Yo me marcho, ya te aguantarás, estoy seguro.
Pero ¿quién es ése? Es él, él en persona. Ahora mismo
vuelvo; entreténle tú aquí mientras. Tengo que informar
al viejo.
LÍ. — Hale, a lo tuyo, a salir pitando.

ESCENA TERCERA - MERCADER, LÍBANO
ME. — Según los informes que me han dado, tiene que
ser ésta la casa donde dicen que vive Deméneto. (Al
esclavo que le acompaña.) Hale, muchacho, llama a la
puerta y di que salga Sáurea, el mayordomo, si es que
está en casa.
LÍ. — ¿Quién llama de esa forma a nuestra puerta? ¡Eh,
tú!, digo, ¿me oyes?
ME. — Nadie ha puesto un dedo en la puerta hasta
ahora. ¿Estás en tu juicio?
LÍ. — Me pareció que sí la habías tocado, como venías
así en esta dirección. No quiero que maltrates esta
puerta, que es mi colega; yo le tengo cariño a todas
nuestras cosas.
ME. — Caray, si es que te pones en esa forma con todos
los visitantes, no hay peligro de que nadie le haga saltar
los goznes.
LÍ. — Sí señor, esta puerta acostumbra a llamar a
gritos al portero, en cuanto que ya de lejos ve acercarse a
algún coceador. Pero, ¿a qué vienes, qué es lo que
buscas?
ME. — Quería ver a Deméneto.
LÍ. — Si estuviera en casa, te lo diría.
ME. — ¿Y su mayordomo?
LÍ. —Tampoco está.
ME. — ¿Dónde está entonces?
LÍ. — Dijo que iba al barbero.
ME. — ¿Y no ha vuelto todavía?
LÍ. — No señor. ¿Qué es lo que le querías?
ME. — Veinte minas hubiera cobrado, si hubiera estado
aquí.
LÍ. — ¿Y a cuenta de qué?
ME. —De unos asnos, que le vendió en la feria a un
tratante de Pela.
LÍ. — Sí, lo sé. Y ¿tú traes ahora el importe? Yo creo
que tiene que estar al llegar.
ME. — ¿Qué facha tiene vuestro Sáurea? (Aparte.) Así
podré saber, si es el que acabo de ver ahora.
LÍ. —Los cachetes hundidos, el pelo tirando a rojo,
barrigudo, arisca la mirada, de mediana estatura, enfurruñado
el gesto.
ME. — Un pintor no hubiera podido hacer una descripción
más exacta.
LÍ. — Huy, mira, ahí le veo, viene meneando la cabeza,
está de malas, ¡pobre del que se le ponga por delante, le
va a costar una paliza!
ME. — Te juro que aunque venga con más humos
que un Aquiles, como se desmande y llegue a ponerme
un dedo encima, desmandado recibirá su ración de pelos.

ESCENA CUARTA - LEÓNIDAS, MERCADER, LÍBANO
LE. — ¡A ver qué plan es éste, que a nadie le importa
tres pitos lo que yo mando! Le había dicho a Líbano que
viniera a la barbería, y Líbano, que si quieres. Muy bien,
eso se llama no tener consideración con sus espaldas y
sus piernas.
ME. — (A Líbano.) ¡Oye tú, qué autoritario!
LÍ. — (Al mercader.) ¡Pobre de mí!
LE. — ¡No, que no parece sino que es al liberto Líbano,
a quien he dado los buenos días! Según parece, eres ya
libre, ¿no?
LÍ. — ¡Misericordia, por favor!
LE. — ¡Maldición!, te aseguro que te va a costar caro el
haberme salido al paso. ¿Por qué no has venido a la
barbería, como te había mandado?
LÍ. — (Señalando al mercader.) Aquí me ha detenido.
LE. — Te juro que, por más que digas que te ha detenido
el soberano Júpiter en persona, y aunque fuera él
mismo a interceder por ti, jamás podrás escapar al
castigo. Tú, bribón, ¿te has atrevido a despreciar mis
órdenes? (Le pega.)
LÍ. —Forastero, estoy perdido.
ME. — Sáurea, yo te lo ruego, no le pegues por causa
mía.
LE. — ¡Ojalá tuviera ahora mismo un látigo en mis
manos..!
ME. — ¡Cálmate, por favor!
LE. — Para hacerle migas esos costados llenos de cicatrices
a fuerza de zurriagazos! ¡Quita tú y déjame acabar
con éste, que me pone siempre fuera de quicio,
ladrón, que no consigo encargarle lo que sea una sola
vez, sino que tengo que decírselo y chillárselo cien veces
lo mismo, que no puedo ya dar abasto a mi trabajo,
demonios, a fuerza de gritar y de ponerme hecho una
furia! ¿No te he dicho, bandido, que quitaras la mierda
esta de delante de la puerta, no te he dicho que
sacudieras las telarañas de las columnas? ¿No te he dicho
que sacaras brillo a la clavetería de la puerta? ¡Nada!
Voy a tener que ir siempre con un bastón, como si
estuviera cojo. Como llevo ya tres días en el foro nada
más que ocupándome de encontrar a alguien que
quiera dinero a réditos, aquí vosotros entre tanto, ea, a
dormir, y el amo vive en una pocilga, no en una casa.
¡Toma, pues! (Le pega.)
LE. — ¡Forastero, yo te suplico, ayúdame!
ME. — Sáurea, déjale, por favor, hazlo por mí.
LE. — ¡Eh! tú, ¿ha pagado alguien el trasporte del
aceite?
LÍ. — Sí.
LE. — ¿A quién le ha sido entregado el dinero?
LÍ. — A Estico, tu ayudante, en persona.
LE. — Bah, pretendes amansarme, ya lo sé yo que tengo
un ayudante y que no hay otro esclavo en toda la
casa de más mérito que él. Y los vinos que vendí ayer a
Exerambo, el vinatero, ¿se ha hecho ya Estico cargo el
dinero?
LÍ. — Yo creo que sí, porque he visto a Exerambo venir
aquí con un banquero.
LE. — Así me gusta a mí hacer los negocios; la otra cantidad
que me debía, apenas se la pude sacar un año
después; esta vez en cambio no para hasta traernos
él mismo el banquero a casa y nos hace la escritura de
pago. ¿Ha traído Dromo su salario?
LÍ. — Sí, pero solamente la mitad, creo.
LE. — ¿Y el resto?
LÍ. — Decía que lo iba a traer enseguida que se lo pagaran,
porque es que no se lo habían entregado todavía,
para asegurarse de que iba a acabar la obra que le habían
encargado.
LE. — Y las copas que le presté a Filodamo, ¿las ha
devuelto?
LÍ. —Todavía no.
LE. — ¿Hm? ¿Que no? ¡No, si quieres quedarte
sin algo, ve y préstalo a los amigos!
ME. — ¡Pardiez!, estoy perdido, va a acabar por
echarme de aquí, qué hombre más insoportable.
LÍ. — (A Leónidas, por lo bajo.) Eh, tú, ya está bien, ¿no
oyes lo que dice?
LE. — Sí que oigo, ya paro.
ME. — (Aparte.) Por fin parece que se ha callado. Lo
mejor es abordarle ahora, antes que empiece otra vez a
cencerrear. A ver, ¿me quieres escuchar?
LE. — Ajá, estupendo. ¿Cuánto tiempo hace que estás
aquí? En serio que no te había visto, te ruego que no me
lo tomes a mal, es que estaba ciego de ira.
ME. — No tiene nada de particular. Pero, si es que está
en casa, quería hablar con Deméneto.
LE. — Éste (Líbano, que le hace señales) dice que no
está; pero si es que me quieres entregar el dinero ese, te
daré garantía de que está liquidada la deuda.
ME. — Yo prefiero entregártelo en presencia de tu amo
Deméneto.
LÍ. — (Al mercader.) El amo le conoce a éste y él al
amo.
ME. — En presencia del amo se lo entregaré.
LÍ. — Dáselo a riesgo mío, yo respondo de todo; porque
si el amo se enterara de que no se le ha dado crédito a
éste, se molestaría, una persona que goza de toda su
confianza.
LE. — A mí me da igual, que no me lo entregue si no
quiere; déjale ahí de plantón.
LÍ. — Dáselo, digo. ¡Ay, pobre de mí, me horroriza
pensar, que éste se vaya a figurar que es que yo he intentado
convencerte de que no te fiaras de él! Págale,
hombre, no te preocupes, el dinero estará a buen seguro
en sus manos.
ME. — Creeré que está a buen seguro, mientras que yo
lo tenga en las mías. Yo soy aquí forastero y no conozco
a Sáurea.
LÍ. — Pues, venga, conócelo entonces.
ME. — ¡Demonio!, yo no sé si es él o no lo es. Si
es que lo es, pues lo será. Yo por lo menos sé seguro, que
no le entregaré este dinero a ninguna persona que no
sepa seguro quién es.
LE. — ¡Caray!, mal rayo te parta. No le digas ni una
palabra más. Está envalentonado por tener en su poder
mis veinte minas. Nadie se hace cargo entonces de ellas,
vete a tu casa, largo de aquí, déjanos en paz.
ME. — ¡Menos humos!; a un esclavo no le va
tanta altanería.
LE. — (A Líbano.) Tú, te la vas a ganar, si no le dices a
éste lo que se merece.
LÍ. — (Por lo bajo.) ¿No ves que está montando en
cólera?
LE. — ¡Sigue, sigue!
LÍ. — ¡Canalla! (Bajo.) Entrégale el dinero a éste, por
favor, que paremos ya de insultos.
ME. — Os juro que os la estáis buscando.
LE. — (A Líbano.) Te voy a hacer partir las
piernas, si no sigues diciéndole a este desvergonzado los
insultos que se merece. (Le pega.)
LÍ. — ¡Ay, muerto soy! ¡Venga, desvergonzado, miserable!
¿No quieres prestar ayuda a tu compañero de desdichas?
LE. — ¿Pero todavía sigues rogándole a ese malvado?
ME. — Pero bueno, ¿qué es eso? ¿Tú, un esclavo, injurias
a un hombre libre?
LE. — ¡Anda ya y vete a que te den morcilla!
ME. — A ti sí que te la van a dar, ¡maldición!, en cuanto
que yo vea a Deméneto. Quedas citado a juicio.
LE. — No acudo.
ME. — ¿Que no acudes? ¡Mira bien lo que haces!
LE. — Y tanto.
ME. — Os juro que se me dará satisfacción a costa de
vuestras espaldas.
LE. — ¡Ay de ti, canalla! ¿A ti se te va a dar satisfacción
a costa de nuestras espaldas?
ME. — Y además me las vais a pagar por todos vuestros
insultos.
LE. — ¿Qué, bribón? ¡Conque patibulario! ¿Es que te
piensas que rehuimos a nuestro amo? ¡Venga,
vete ya al amo, delante del que nos citas, detrás del que
andas ya todo el rato!
ME. — ¡Ajajá! ¿Ahora al fin? Desde luego que no sacarás
ni una perra de aquí (señalándose a sí mismo), a no
ser que Deméneto en persona me dé orden de que te lo
entregue.
LE. — Haz lo que te dé la gana, hale, andando pues. Tú
puedes hacer ultrajes a los demás y a ti no no se te puede
decir una mala palabra, ¿no? Tanto soy yo una persona
como lo eres tú.
ME. — Desde luego, así es.
LE. — Anda, ven entonces conmigo. Aunque me esté
mal el decirlo, nadie me ha hecho a mí hasta ahora nunca
jamás un reproche merecido, ni hay hoy por hoy otra
persona en toda Atenas que goce de una más reconocida
fama de solvencia que yo.
ME. — Todo puede ser; pero así y todo, no te saldrás
con la tuya de hacerme entregar el dinero a una persona
que no conozco. Cuando una persona te es
desconocida, pues es para ti, como un lobo, no un
hombre.
LE. — Ya te vas poniendo un poco más manso. Ya sabía
yo que te disculparías ante mi humilde persona por tus
injurias; aunque me ves así con unos atavíos de nada,
pero soy un hombre como Dios manda, y mis riquezas
personales no se pueden ni contar.
ME. — Todo puede ser.
LE. — También Perífanes, un rico comerciante de
Rodas me entregó, en ausencia del amo, nada más que él
y yo presentes, un talento de plata; hizo confianza en mí
y no ha tenido motivo alguno de queja.
ME. — Todo puede ser.
LE. — Y también tú mismo, si te hubieras informado por
otros sobre mí, estoy bien seguro, qué caray, de que me
hubieras confiado lo que traes.
ME. — No digo que no. (Se van.)

ESCENA PRIMERA - CLEÉRETA, FILENIO
CL. — (Saliendo de su casa con la hija.) Pero bueno, ¿es
que no va a ser posible que me obedezcas cuando te
prohíbo algo? ¿Es que estás dispuesta a hacer caso
omiso de la autoridad de tu madre?
FI. — Pero, ¿cómo me iba a ser posible guardar mis sentimientos
de fidelidad, si quisiera complacerte
conduciéndome en la forma que tú me mandas?
CL. — ¿Es que está acaso bonito el hacer la contra a lo
que yo te mando?
FI. — ¿Pero qué es lo que pasa?
CL. — ¿Eso se llama guardar los sentimientos de fidelidad,
el menoscabar la autoridad materna?
FI. — Yo ni condeno a las que obran bien ni apruebo a
las que se portan mal.
CL. — Anda, que estás hecha una enamorada con muy
buen pico.
FI. — Madre, así es mi oficio: la lengua pide, el cuerpo
desea, el corazón habla, los hechos te dan la pauta.
CL. — Yo quería corregirte y tú te pones ahora a
hacerme reproches.
— Por Dios, madre, yo ni te hago reproches ni pienso
que me sería lícito el hacerlo; sólo que me lamento
de mi suerte al verme separada de aquel a quien amo.
CL. — ¿Me va a ser posible coger yo también la palabra
en todo el santo día?
FI. — Habla tú, por ti y por mí; tú eres la que das la
pauta para hablar y para callar; pero si suelto yo el remo
y me dedico a no hacer nada en cubierta, no
funciona nada en tu casa.
CL. — ¿Qué es lo que dices, descarada, más que descarada?
¿Cuántas veces te he prohibido dirigir la palabra a
Argiripo el de Deméneto, hacerle carantoñas, charlar con
él, ni siquiera mirarle? A ver, ¿qué es lo que nos ha dado,
qué los regalos que nos ha mandado? ¿Es que acaso
piensas que las palabras zalameras son oro y las
cosas bien dichas sustituyen a las dádivas? Tú eres la
primera en quererle, la primera en buscarle, la primera en
hacerle venir. De los que te dan, te burlas; los que se
burlan de ti, por esos te mueres. ¿O es que te parece bien
estar esperando, si alguno te promete que te hará rica,
cuando se vaya su madre al otro barrio? ¡Por Dios!, que
corremos nosotras y toda nuestra casa el gran
peligro de morirnos de hambre mientras estamos
esperando la muerte de la otra. Yo te digo, que si no me
trae aquí las veinte minas dichas, que te juro que se le
pondrá de patitas en la calle, a ése, que no sabe dar otra
cosa más que lloriqueos. Este es el último día en el que
acepto la excusa de que no tiene.
FI. — Madre, si me privas de la comida, me
aguantaré.
CL. — Yo no te prohíbo amar a los que pagan para ser
amados.
FI. — Pero madre, mi corazón lo tiene ya otro. ¿Qué voy
a hacer? Dime.
CL. — Toma, mira mis canas, si es que quieres obrar en
interés propio.
FI. — También el pastor que guarda ovejas a
sueldo, madre, tiene alguna propia, con la que se
consuela, déjame amar sólo a Argiripo, tal como el
corazón me lo pide, él es mi elegido.
CL. — Anda y vete dentro, por Dios, no he visto cosa
más descarada que tú.
FI. — Como quieras, madre, tu hija está hecha a
obedecerte. (Entran en casa.)

ESCENA SEGUNDA - LÍBANO, LEÓNIDAS
LÍ. Sean dadas alabanzas y gracias a la Alevosía,
puesto que a base de nuestros timos, engaños y
manipulaciones, fiados en lo sufridas que son nuestras
espaldas y en la fuerza de nuestros brazos..., nosotros,
que frente a látigos, hierros candentes, cruces
y grillos, potros, cárceles, virotes, lazos, argollas y frente
a los implacables ejecutores, que se tienen sabidas de
memoria nuestras espaldas, por haberlas marcado ya
tantas veces de cicatrices... ***. Todas estas legiones y
estas tropas y estos ejércitos, después de una dura
lucha, se han dado a la fuga, a causa de nuestros
perjurios; todo ello debido a la valentía de éste mi colega
y a lo servicial que es uno. ¿Quién más intrépido para
aguantar golpes?
LE. — Te juro que no podrías tú ensalzar todas tus
hazañas tan bien como yo las fechorías que cometiste en
tiempo de paz y de guerra. De verdad que las puedo
enumerar todas una por una: cuando defraudaste al
que puso confianza en ti, cuando fuiste infiel a tu amo,
cuando juraste en falso solemnemente a sabiendas y
como te daba la gana, cuando has horadado paredes, has
sido cogido en delito de robo, cuando has tenido que
defender tu causa colgado contra ocho tíos bien fornidos,
que no se andan con contemplaciones y saben
manejar bien los látigos.
LÍ. — Leónidas, yo confieso que es verdad lo que dices.
Pero, te juro que también se pueden enumerar tus numerosas
y verdaderas fechorías: cuando a sabiendas hiciste
traición al que era fiel contigo, cuando has sido cogido
en robo manifiesto y has sido azotado, cuando has jurado
en falso, cuando has echado mano a algún objeto
sagrado, cuando tantas veces has causado a los amos
pérdidas, molestias y deshonor, cuando has negado que
se te ha dado lo que se te ha dado, cuando has sido más
fiel a tu amiga que a tu amigo, o cuando tantas veces, por
tener una piel de elefante, has acabado con las fuerzas de
ocho azotadores provistos de flexibles varas de
olmo. ¿Qué tal la forma en que te he dado las gracias
haciendo el elogio de mi colega?
LE. — Lo has hecho tal como era digno de mí, de ti y de
la condición de ambos.
LÍ. — Basta ya de esto y contéstame a lo que te pregunte.
LE. — Pregunta lo que quieras.
LÍ. — ¿Tienes las veinte minas?
LE. — Eres un adivino; caray, que el viejo
Deméneto se ha portado de maravilla con nosotros. ¡Hay
que ver con qué habilidad fingía que yo era Sáurea! Casi
no pude contener la risa, cuando se puso a chillarle al
otro, por no haber querido fiarse de mí en su ausencia; ni
una vez se le escapó el no llamarme Sáurea, su
mayordomo.
LÍ. — Espera un momento.
LE. — ¿Qué es lo que pasa?
LÍ. — ¿No es Filenio ésa que sale ahí con Argiripo?
LE. — Calla el pico, ellos son; vamos a escuchar lo que
dicen.
LÍ. — Mira, él está llorando y ella le sujeta por la capa y
llora también. ¿Qué será lo que pasa? Vamos a escuchar
en silencio.
LE. — ¡Eh!, se me acaba de ocurrir una cosa. ¡Si tuviera
ahora mismo un palo!
LÍ. — ¡Pero para qué!
LE. — Para darle a los borricos, si acaso se
pusieran a rebuznar aquí dentro de la bolsa.

ESCENA TERCERA - ARGIRIPO, FILENIO, LÍBANO, LEÓNIDAS
AR. — ¿Por qué me retienes?
FI. — Porque te quiero y si te vas, me quedo sin ti.
AR. — Adiós, que lo pases bien.
FI. — Me parece que lo pasaría un poco mejor si te
quedaras.
AR. — Adiós, que sigas bien.
FI. — ¿Que siga bien, cuando al irte me pones mala?
AR. — Tu madre me ha dado un ultimátum, me ha
mandado a casa.
FI. — Pues va a enterrar a su hija antes de tiempo, si me
tengo que ver privada de ti.
LÍ —¡Ahí va!, le han puesto de patitas en la calle.
LE. — Exacto.
AR. — Déjame, por favor.
FI.— ¿A dónde te vas ahora? ¿Por qué no te quedas
aquí?
AR. — Me quedaré luego por la noche, si quieres.
LÍ. — ¿Te das cuenta qué rumboso se pone tratándose de
trabajo nocturno? No parece sino que por el día estuviera
más ocupado que un Solón, dictando leyes para el
pueblo. ¡Qué manera de hacer papeles! Que quienes se
dispongan a cumplir las leyes de éste, de seguro que no
serán jamás gentes de provecho, no harán otra cosa día y
noche sino empinar el codo.
LE. — Desde luego si pudieran, yo creo que no se alejaría
él de ella ni un palmo, con la prisa que aparenta ahora
y con tanto amagar que se marcha.
LÍ. — Calla ya el pico, que pueda oír lo que dice éste.
AR. — Adiós.
FI. — ¿Pero a dónde vas con tanta prisa?
AR. — Adiós, digo; en el otro mundo nos veremos, que
estoy decidido a quitarme la vida cuanto antes.
FI. — Por favor, ¿qué es lo que he hecho yo para que te
empeñes en acarrearme la muerte?
AR. — ¿Yo acarrearte la muerte a ti? ¿Yo, que si viera
que peligraba tu vida, te entregaría la mía y que
sacrificaría una parte de la mía para alargar la
tuya?
FI. — ¿Pues por qué amenazas con que te vas a quitar la
vida? ¿Qué es lo que crees que voy a hacer yo, si haces
tú eso que dices?
AR. — ¡Oh, eres más dulce que la dulce miel!
FI — Mi vida, abrázame.
AR. — Con toda mi alma.
FI. — ¡Ojalá nos podamos ir así los dos juntos a la
tumba!
LE. — ¡Ay, Líbano, pobre de aquel que ama!
LÍ. — ¡Caray, yo creo que es mucho más pobre el que
está colgado!
LE. — Bien que lo sé yo por experiencia. Vamos a
rodearlos, tú de un lado, yo de otro. Amo, se te saluda.
Pero bueno, ¿es que es humo esa mujer que estás abrazando?
AR. — ¿Por qué?
LE. — Como tienes los ojos así lagrimosos, por eso te lo
preguntaba.
AR. — Habéis perdido a la persona que hubiera sido una
vez para vosotros vuestro patrono.
LE. —Pues, lo que es yo, no he perdido un patrono,
porque no lo he tenido nunca.
LÍ. — Hola, Filenio.
FI. — Los dioses os concedan todos vuestros deseos.
LÍ. — Si mis deseos se cumplieran, querría una noche
contigo y una jarra de vino.
AR. — ¡Mucho cuidado con lo que dices, bribón!
LÍ. —Es para ti para quien lo quiero, no para mí.
AR. — Entonces, si es así, di todo lo que te venga en
gana.
LÍ. — Apalear a éste (a Leónidas) me viene en gana.
LE. — Sí, que te va a creer eso nadie, tú, marica, con esa
cabeza llena de ricitos, ¿tú me vas a dar palos a mí, si tu
alimento es recibirlos?
AR. — ¡Cuánto más afortunados sois vosotros que yo,
Líbano! A la tarde habré dejado de existir.
LÍ. — Pero bueno, ¿por qué motivo?
AR. — Por el motivo de que yo amo a Filenio y ella me
ama a mí y no puedo encontrar lo que darle, y su madre,
a pesar de mi amor, me ha echado de casa. Veinte minas
me han llevado a la muerte, veinte minas, que ha
prometido Diábolo entregarle hoy a ella, para que no la
deje estar con otro un año entero. ¿Os dais cuenta
de la fuerza y del poder que tienen veinte minas? El que
las pierde, queda a buen seguro; yo, que no las pierdo,
estoy perdido.
LÍ. — ¿Ha entregado el otro ya el dinero?
AR. — No.
LÍ. — Entonces, anímate, no padezcas.
LE. — Ven por aquí un momento, Líbano, que quiero
hablar a solas contigo.
LÍ. — Como quieras. (Se retiran los dos.)
AR. — Venga ya, abrazaos de paso, que así se habla
con más gusto.
LÍ. — Una y la misma cosa no agrada de la misma
manera a todos, amo, sábetelo. A vosotros, que estáis
enamorados, os gusta charlar abrazados; yo no tengo
interés ninguno en que éste me abrace y a él le pasa otro
tanto de lo mismo conmigo. O sea, que haz tú eso que
nos aconsejas a nosotros que hagamos.
AR. — Yo desde luego, y bien sabe Dios que con mucho
gusto; retiraos ahí entre tanto un poco, si os parece.
LE. — (A Líbano.) ¿Quieres que le gastemos una broma
al amo?
LÍ. — Y bien merecido que se lo tiene.
LE. — ¿Quieres que haga que me abrace Filenio delante
de él?
LÍ. — ¡Ja, que si quiero!
LÍ. — Ven conmigo.
AR. — ¿Habéis dado ya con alguna solución? Ya habéis
charlado bastante.
LE. — Escuchadme y prestadme atención y tragaos lo
que voy a decir. En primer lugar, nosotros no
negamos ser tus esclavos; pero si se te entregan veinte
minas, ¿cómo nos llamarás?
AR. — Libertos.
LE. — ¿Patronos no?
AR. — Sí, más bien eso.
LE. — Aquí, en esta bolsa, hay veinte minas; si quieres,
te las doy.
AR. — Los dioses te guarden siempre, guardián de
tu amo, gloria del pueblo, tesoro de riquezas, salud de los
humanos , y soberano del amor. Suelta la bolsa aquí,
ponla llanamente en mi cuello.
LE. — No, que no quiero, que siendo mi amo, me lleves
esa carga.
AR. — ¿Por qué no te liberas de ese peso y me lo cargas
a mí?
LE. — Yo la llevaré; tú, como corresponde al
señor, marcharás delante de mí sin carga alguna.
AR. — Entonces, ¿qué?
LE. — ¿Qué hay?
AR. — ¿Por qué no me entregas la bolsa, para que yo
sienta su peso sobre mis hombros?
LE. — Dile a ésta (Filenio), a quien se las va a dar, que
me la pida y que se entienda conmigo, que me hace el
efecto que tiene mucha pendiente el lugar donde dices
que te la ponga llanamente.
FI. — Leónidas, mis ojos, rosa mía, mi alma, alegría mía, dame
LE. — Llámame entonces tu gorrioncete, tu pollito, tu
codorniz, dime que soy tu corderito, tu cabrito, tu ternerito,
cógeme de las orejas y pon tus labios en los míos.
AR. — ¿A ti te va a besar, bribón?
LE. — ¿Y qué tiene eso de malo? Te juro que no vas a
llevarte nada, a no ser que té abraces a mis rodillas.
AR. — A la fuerza ahorcan: serán abrazadas. ¿Me das lo
que te pido?
FI. — Anda, Leónidas de mi alma, ayuda al amo en sus
amores, redímete de la esclavitud con este beneficio y
cómprate con este dinero.
LE. — Eres un encanto y una delicia, y si este dinero
fuera mío, no me lo pedirías en vano; más vale que se lo
pidas a ése, él me lo ha dado a mí para que lo
guardara. Hale, monada, allí; toma, Líbano. (Le da la
bolsa.)
AR. — Tú, patibulario, ¿otra vez me burlas?
LE. —Jamás lo haría, si no hubieras abrazado mis
rodillas de tan mala gana. Venga, ahora te toca a ti, sigue
con la broma y abraza a la joven.
LÍ. — Calla, ya verás.
AR. — Vamos a abordar ahora a éste, Filenio, que es una
buena persona, a diferencia de ese ladrón.
LÍ. — Vamos a dar unos paseítos, ahora les toca suplicarme
a mí.
AR. — ¡Caray!, por favor, Líbano, si quieres salvar a tu
amo de hecho, dame esas veinte minas. Tú ves que estoy
enamorado y no tengo dinero.
LÍ. — Ya se verá. En principio, estoy dispuesto a ello.
Vuelve al anochecer. Por lo pronto, dile a ésta que
me lo pida y que se entienda conmigo.
FI. — ¿Quieres que te lo pida nada más que diciéndote
cositas, o tengo que darte un beso?
LÍ. — Las dos cosas.
FI. — Hala pues, Líbano, yo te suplico, sálvanos tú
también a los dos.
AR. — ¡Oh Líbano, patrono mío, entrégame eso! Es 690
más oportuno que sea el liberto y no el patrón quien lleve
la carga por la calle.
FI. — Líbano querido, tú, niña de mis ojos, eres un amor
y un encanto, por favor, yo hago todo lo que tú quieras,
pero danos ese dinero.
LÍ. — Entonces, llámame patito, paloma o cachorrito,
golondrina, grajito, gorrioncito chiquitín, haz de mí
una serpiente, que tenga una lengua doble, haz de tus
brazos un collar, cuélgate de mi cuello.
AR. — ¿Que se cuelgue de tu cuello, bandido?
LÍ. — ¿Es que te parece que no lo merezco? Para que no
hayas dicho en vano un tal despropósito, verás, me vas a
servir de montura, si es que quieres hacerte con el dinero.
AR. — ¿Que te sirva de montura?
LÍ. — ¿Que te vas a llevar el dinero de otra manera?
AR. — ¡Ay de mí! Si te parece que está bien que el amo
sirva de montura a su esclavo, sube.
LÍ. — Así hay que domar a estos engreídos; ponte, pues,
así como cuando eras un chiquillo, sabes lo que quiero
decir. (Argiripo se pone a cuatro patas.) Venga, así, muy
bien, desde luego, en cuanto a penco, no hay otro más
listo que tú.
AR. — Hale, sube.
LÍ. — Ahora mismo. ¡Eh, qué es eso! ¡Qué manera de
marchar es ésa! Te voy a acortar la ración de cebada si
no coges un buen trote.
AR. — Líbano, por favor, ya está bien.
LÍ. — Ni que lo pienses; ahora te espolearé para que
subas una cuesta arriba al galope, después te mandaré al
molino para que te las hagan pasar negras a fuerza de
correr. ¡SOOO! Que me baje ya en la cuesta abajo,
aunque no te lo mereces de malo que eres.
AR. — Y ahora, ¿qué?; por favor, después de que nos
habéis tomado el pelo como os ha dado la gana, ¿nos
dais el dinero?
LÍ. — Con la condición de que me dediques una estatua
y un altar y de que me hagas la ofrenda de un toro, como
si fuera un dios, que yo soy para ti la divinidad de la
Salud en persona.
LE. — Amo, no le hagas caso a éste y ocúpate conmigo
y dame a mí los honores que él te ha pedido y hazme una
súplica.
AR. — Y a ti, ¿qué divinidad te voy a llamar?
LE. — Yo soy la Fortuna y la Fortuna a tus pies.
AR. — Eso me gusta más.
LÍ. — Tú, ¿es que hay algo mejor para el hombre que la
Salud?
AR. — Yo puedo alabar a la Fortuna sin por eso hacer de
menos a la Salud.
FI. — Por Dios, las dos son buenas personas.
AR. — Estaría de acuerdo, si es que recibo de ellas un
beneficio.
LE. — A ver, expresa un deseo que quieras que se te
cumpla.
AR. —Y si lo hago, ¿qué?
LE. — Pues se te realizará.
AR. — Yo deseo todo un año entero el favor de Filenio.
LE. — Ya lo has conseguido.
AR. — ¿De verdad?
LE. — De verdad, te digo.
LÍ. — Ahora, dirígete a mí y haz la prueba: expresa el
deseo que quieres que se te cumpla: se te cumplirá.
AR. — ¿Qué otra cosa voy yo a desear más sino aquello
que me falta, veinte minas contantes y sonantes para
dárselas a la madre de Filenio?
LÍ. — Se te darán, un poco de optimismo; se te cumplirán
tus deseos.
AR. — Como de costumbre, la Salud y la Fortuna se
burlan de los mortales.
LE. — Yo he sido la cabeza en este asunto de proporcionarte
el dinero.
LÍ. — Y yo los pies.
AR. — Pues lo que yo veo es, que lo que decís no tiene
ni pies ni cabeza; yo no acierto a saber qué es lo
que queréis decir, ni por qué me gastáis estas bromas.
LÍ. — Basta ya de burlas. Ahora vamos a decirte cómo
son las cosas. Atiende, pues, Argiripo. Tu padre nos ha
mandado traerte este dinero.
AR. — ¡Qué a tiempo y con cuánta oportunidad!
LÍ. — Aquí dentro hay veinte minas, buenas, pero mal
adquiridas; él nos ha encargado entregártelas bajo
ciertas condiciones.
AR. — ¿Bajo cuáles, por favor?
LÍ. — Que le cedas la muchacha por una noche y que le
des una cena.
AR. — Dile que venga, por favor; se tiene más que
merecido que le cumplamos sus deseos, que él es quien
ha compuesto nuestros descompuestos amores.
LE. — Pero tú, Argiripo, ¿vas a poder sufrir verla en
brazos de tu padre?
AR. — asta (la bolsa) me lo hará sufrir fácilmente.
Leónidas, ve corriendo, por favor; dile a mi padre que
venga.
LE. —Ya hace tiempo que está ahí dentro (en casa de
Filenio).
AR. —Pues no ha pasado por aquí.
LE. — Es que ha dado la vuelta para entrar a escondidas
por la puerta falsa por el jardín, para que no le viera
ninguno de casa ir ahí, por miedo de que se enterara su
mujer; si tu madre se entera de la historia esta del
dinero...
AR. — Ea, no vengáis ahora con malos agüeros.
LÍ. — Entraos enseguida.
AR. —A pasarlo bien.
LE. — Y vosotros, a amar bien.

ESCENA PRIMERA - DIÁBOLO, GORRÓN
DI. — Venga, enséñame el contrato ese que has escrito
entre mi amiga y la alcahueta y yo; léeme todas las
cláusulas; desde luego te las pintas solo para estos
asuntos.
GO. — A la señora se le van a poner los pelos de punta,
cuando se entere de las cláusulas que hemos puesto.
DI. — Venga, por favor, léemelo.
GO. — ¿Me escuchas?
DI. — Soy todo oídos.
GO. — «Diábolo, hijo de Glauco, ha entregado a la
proxeneta Cleéreta veinte minas, para que Filenio esté
con él de noche y de día durante el plazo de un año».
DI. — Y con otro ninguno.
GO. — ¿Pongo eso también?
DI. — Ponlo y cuida de escribirlo bien claro.
GO. — «No dejará entrar a otra persona ninguna en su
casa; ni que diga que se trata de un amigo o un patrono
suyo o un amante de una amiga suya; las puertas estarán
cerradas para todos, excepto para ti. Ella deberá poner un
letrero en la puerta que diga: “Ocupada”. O para el
caso de que diga que ha recibido una carta del extranjero,
no deberá tener en casa carta alguna, ni tampoco tabla
encerada ninguna; si es que tiene algún cuadro que no
sirva para maldita la cosa, que lo venda; en el caso de
que no lo haya enajenado en un plazo de tres días
después de haber recibido el dinero de ti, deberá quedar a
tu disposición, pudiéndolo quemar, si quieres, para que
no tenga ella cera para escribir cartas. Ella no podrá
invitar a nadie a cenar, sino a ti. Ella no podrá dirigir su
mirada a ninguno de los invitados; si mira a otra
persona fuera de ti, que quede ciega al momento. ítem,
ella beberá junto contigo y lo mismo que tú: tú le pasarás
la copa, ella beberá a tu salud, luego beberás tú».
DI — Me parece muy bien.
GO.— «Ella deberá evitar toda clase de sospechas.
Al levantarse de la mesa, cuidará de no tocar con su pie
el pie de nadie; cuando pase al diván de al lado o al
bajarse del mismo, no dará la mano a nadie. No dará su
anillo a nadie para que lo vea , ni pedirá el de nadie para
verlo ella. No deberá ofrecer el juego de las tabas a nadie
más que a ti. Cuando ella tire, no dirá “por ti”, sino
que te nombrará con tu nombre; puede invocar la ayuda
de la diosa que le parezca, pero no la de un dios; pero si
acaso le entra escrúpulo, entonces, te lo dirá a ti, y tú le
pedirás al dios en su nombre, que le sea propicio. Ella no
deberá hacer señas ni guiños, ni asentir con gestos
a nadie. Para el caso de que se apague la lámpara, no
deberá moverse ni un pelo en la oscuridad».
DI. — Estupendo; naturalmente lo hará así. Pero, bueno,
luego en el dormitorio... Eso quítalo mejor, allí tengo
interés desde luego en que se mueva mucho; no quiero
que encuentre un pretexto, que diga que es que se lo han
prohibido.
GO. —Sí, comprendo, tienes miedo a verte cogido.
DI. — Exacto.
GO. — O sea, que lo quito, como dices, ¿no?
DI. — Desde luego.
GO. — Escucha lo que sigue.
DI. — Habla, soy todo oídos.
GO. — «Ella no dirá palabras de doble sentido ni deberá
saber otra lengua que la del Ática. Si acaso le entra tos,
cuidará de no toser de forma que deje ver la lengua a
nadie. Y para el caso que ella haga así como si se
le cayera la moquita, tampoco entonces hará así (se
relame el labio superior); es mejor que tú le limpies los
labios, que no que vaya ella a tirarle un beso a nadie en
público. Su madre, la proxeneta, no vendrá entre tanto a
beber con los comensales ni le dirá una mala palabra a
nadie; si la dice, será castigada con no probar el
vino durante un plazo de veinte días».
DI. — ¡Muy bien redactado, un contrato estupendo!
GO. — «Ítem, si da orden a una esclava de que le
ofrezca a Venus o a Cupido coronas de flores o
guirnaldas o perfume, deberá un esclavo tuyo observar si
es que se las da realmente a Venus o a algún
hombre. Si acaso dice que quiere abstenerse alguna vez,
deberá luego darte tantas noches de amor, como las
noches que se ha abstenido». Ahí tienes, nada de
pamplinas ni de sonsonetes de entierro.
DI. — Encuentro que está todo muy bien. Ven, vamos a
entrar.
GO. —Te sigo. (Entran en casa de Cleéreta.)

ESCENA SEGUNDA - DIÁBOLO, GORRÓN
DI. — (Saliendo con el gorrón de casa de Cleéreta.) Ven
por aquí. No, ¿voy a aguantarme yo con una cosa
así ni voy a guardármela para mis adentros? Mejor
quisiera verme muerto que dejar de contárselo todo a su
mujer. (Volviéndose hacia dentro de la casa, donde está
Deméneto.) Conque, ¿qué te parece?, con una amiga,
como si fueras un pollo, y luego con tu mujer vas y te
disculpas diciéndole que eres ya un viejo; ¿birlándole la
amiga a su amante y atascando a la tercera de
dinero, mientras que en casa a tu mujer la dejas limpia a
escondidas? Mejor quiero colgarme que no que te salgas
con la tuya sin que nadie diga una palabra. Te aseguro,
que me voy ahora mismo derecho a ella, para informar a
quien tú, si no es que ella te toma la delantera, vas a
arruinar de todas todas para poder hacer frente a los
gastos de tus calaveradas.
GO. — Mi opinión es que hay que proceder de la
siguiente manera: es mejor que me encargue yo de este
asunto y no tú, para que no piense ella que lo haces más
bien incitado por los celos que no por atención a su
persona.
DI. Tienes toda la razón; arréglatelas para meter al
otro en un lío y en una reyerta, di a su mujer que está de
francachela en pleno día con su hijo en casa de una
amiga y que la está desvalijando a ella.
GO. — Déjate de advertencias, yo me encargo del
asunto.
DI. — En casa te espero.

ESCENA PRIMERA - ARGIRIPO, DEMÉTENO
ARG. — Anda, padre, vamos a ponernos a la mesa.
DE. — Como tú ordenes, hijo, así se hará.
ARG. — (A los esclavos.) ¡Muchachos, poned la mesa!
DE. — A ver, hijo. ¿Te produce pesadumbre, si
ella se pone aquí junto conmigo?
ARG. — La piedad filial, padre, hace que no me duela el
verlo; aunque la quiero, soy capaz con todo de hacerme a
llevar con paciencia el verla a tu lado.
DE. — A los jóvenes, les está bien el ser respetuosos,
Argiripo.
ARG. — Por Dios, padre, tú te lo tienes bien merecido.
DE. — Hala, pues, disfrutemos del convite bebiendo y
charlando a placer. Yo no quiero que sea temor,
sino amor, lo que mi hijo experimente por mí.
ARG. — Yo experimento las dos cosas, tal y como corresponde
a un buen hijo.
DE. — Te lo creeré, si te veo con una cara más alegre.
ARG. — ¿Es que piensas que no lo estoy?
DE. — ¿No lo voy a pensar, si estás ahí con una cara
más larga que si tuvieras un plazo ante los tribunales?
ARG. — No digas eso.
DE. —No estés tú así y verás como no lo digo.
ARG. — Venga, mírame. ¿Ves? Me río.
DE. — ¡Ojalá se rían de esa manera los que me quieren
mal!
ARG. — Yo sé desde luego, padre, el motivo por el que
tú crees que te pongo mala cara: el que ella está contigo.
Y a mí, padre, para decirte la verdad, eso es lo que me
trae a mal traer; y no porque yo no quiera para ti todo lo
que tú mismo quieras; pero es que yo estoy enamorado
de ella. Si fuera otra la que estuviera ahí contigo,
no me importaría lo más mínimo.
DE. — Pero es que yo quiero precisamente a ésta.
ARG. —O sea, que tú tienes lo que quieres; yo querría
que también ése fuera mi caso.
DE. — Aguanta sólo este día, puesto que te he dado la
posibilidad de estar con ella un año y te he
proporcionado el dinero para tus amores.
ARG. — Sí, claro, precisamente por eso me has quedado
obligado.
DE. — Entonces, ¿por qué no me pones una cara más
alegre?

ESCENA SEGUNDA - ARTEMONA, GORRÓN,
ARGIRIPO, DEMÉNETO, FILENIO
ART. — Por favor, ¿dices que mi marido está ahí de
copeo con mi hijo y que le han dado a la fulana veinte
minas y que el padre comete una desvergüenza tal a
sabiendas de su hijo?
GO. — Artemona, no vuelvas a creerme de aquí en
adelante ni un pelo de nada, si es que me coges en
mentira ahora.
ART. — ¡Y yo, pajolera de mí, que pensaba que tenía un
marido modelo, un hombre no bebedor, una persona de
mérito, ordenado, amante en extremo de su mujer!
GO. — Pues ahora sábete, que es el más pillo de todos
los mortales, un borracho, un donnadie, un libertino que
no puede ver a su mujer ni en pintura.
ART. — Bien sabe Dios que, si no fuera verdad
todo eso que dices, no haría las cosas que está haciendo
ahora.
GO. —Te juro que yo también le había tenido siempre
por una persona como Dios manda, pero con esta jugada,
se me ha quedado al descubierto. ¡Mira que ponerse de
copeo con el hijo y repartirse con él la amiga, el viejo ese
decrépito!
ART. — ¡Demonio, ésas son las cenas a las que sale
todas las noches! Se pone con que va a casa de
Arquidemo, de Quereas, de Queréstrato, de Clinias, de
Cremes, Cratino, Dinias, o Demóstenes, y lo que hace en
realidad es corromper a su hijo en casa de una fulana y
dedicarse a corretear locales de mala fama.
GO. — ¿Por qué no das orden a tus esclavas de que se lo
lleven en volandas a casa?
ART. — ¡Espérate, te juro que le voy a hacer la vida
imposible!
GO. — Ése no me cabe duda que va a ser su destino, al
menos mientras estés tú casada con él.
ART. — Desde luego. Ése era el que no estaba dedicado
más que a su trabajo en el senado o a atender a sus
clientes y por eso luego, agotado del trabajo, se llevaba
la santa noche roncando; por dar el jornal fuera es por lo
que vuelve a mí cansado por la noche; el campo ajeno lo
ara y el propio lo deja baldío, y además no contento con
ser él un canalla, coge y corrompe también a su
hijo.
GO. — Acércate conmigo por aquí, verás cómo le coges
con las manos en la masa.
ART. — Te juro que no hay nada que hiciera con más
gusto.
GO. — ¡Un momento!
ART. — ¿Qué pasa?
GO. — ¿Si divisaras a tu marido tumbado en el diván
con una corona de flores a la cabeza y abrazado a su
amiga, si lo vieras, podrías reconocerlo?
ART. — Sí que puedo, demonio.
GO. — ¡Ea!, mira, ahí le tienes.
ART. — ¡Muerta soy!
GO. — Espera un poco; vamos a observar desde aquí a
escondidas qué hacen sin que ellos nos vean.
ARG. — Padre, ¿cuándo vas a acabar de abrazarla?
DE. —Yo te confieso, hijo mío...
ARG. — ¿El qué?
DE. — Que estoy completamente con el alma en los pies
por culpa del amor de ésta.
GO. — ¿Oyes lo que dice?
ART. — Y tanto que lo oigo.
DE. — ¡Y que no le voy yo a quitar a mi mujer su
mantón preferido para traértelo a ti! Te juro que no
me harían renunciar a ello ni por un año de vida de mi
mujer.
GO. — ¿Crees tú que es hoy cuando ha empezado a frecuentar
las casas públicas?
ART. — ¡Demonio, él era quien me estaba sisando,
mientras yo sospechaba de mis esclavas y las hacía atormentar
sin que fueran culpables!
ARG. — Padre, di que nos sirvan vino; ya hace
mucho que me tomé la primera copa.
DE. — Sírvenos vino, muchacho, empieza por mi
derecha, y tú, por mi izquierda, venga, dame un beso.
ART. — ¡Ay, pobre de mí, muerta soy, cómo la besa el
maldito, el viejo, con un pie en la sepultura que está ya!
DE. — Dios mío, un aliento un poco más dulce que el de
mi mujer.
FÍ. —Oye, dime, ¿es que a tu mujer le huele el aliento!
DE. — Agua sucia preferiría beber, si fuera
preciso, que no besarla a ella.
ART. — ¿Te parece bonito? Te juro que te la vas a ganar
por haber dicho esa injuria contra mí. Deja, vuelve a casa
y verás cómo te hago saber las consecuencias que trae el
hablar mal de una esposa que tiene su dote.
FI. — ¡Dios mío, pobre de ti!
ART. — Dios mío, bien merecido se lo tiene.
ARG. — Padre, dime, ¿la quieres tú a madre?
DE. — ¿Que si la quiero? Ahora la quiero, porque no
está presente.
ARG. — ¿Y cuando lo está?
DE. — Entonces muerta la quisiera ver.
GO. — Éste te quiere mucho, a juzgar por lo que dice.
ART. — Yo te aseguro que me va a pagar cara esa retahíla:
si vuelve hoy a casa, me vengaré de él
comiéndomelo a besos.
ARG. —Echa las tabas, padre, que echemos luego
nosotros (Echando las tabas.) ¡Que tú, Filenio, seas mía
y que mi mujer pase a mejor vida! ¡Ha salido la
jugada de Venus! ¡Muchachos, un aplauso, y servidme
una copa de vino con miel por esta jugada!
ART. — No puedo aguantar más el oír tanto golpe.
GO. — No tiene nada de particular, si es que no has
aprendido el oficio de batanero. * * *; tíratele a los ojos,
eso es lo mejor.
ART. — (Lanzándose sobre Deméneto.) Te juro que yo
seguiré viviendo y que esa invocación que acabas de
hacer te va a salir pero que bien cara.
GO. — (Aparte.) ¿No hay nadie que vaya a carrera a
buscar al tío que prepara los cadáveres?
ARG. — Madre, se te saluda.
ART. — ¡Quédate con tus saludos!
GO. — Muerto es Deméneto; ya es tiempo de que me
quite de en medio, que la pelea va tomando fuerzas que
es un placer... Voy a buscar a Diábolo, a decirle que su
encargo ha sido cumplido según sus deseos y le
propondré que nos pongamos a la mesa mientras que
éstos están ahí enzarzados. Después, le traeré aquí
mañana a la tercera, para que le entregue las veinte
minas y pueda así también el pobre enamorado tener
parte en los favores de Filenio; yo espero que Argiripo se
dejará convencer de disfrutarla con él una noche sí y otra
no. Porque si no lo consigo, me he quedado sin mi rey,
tan grande es la llama del amor que le devora. (Se va.)
ART. — (A Filenio.) ¿Qué tienes tú que recibir aquí en
tu casa a mi marido?
FI. — ¡Dios mío, pobre de mí, que casi me hace morir de
asco!
ART. — ¡Arriba, galán enamorado, largo a casa!
DE. — Muerto soy.
ART. — No, muerto no, sino, no lo niegues, el más sinvergüenza
de todos los mortales. Pero todavía sigue sin
moverse, el cuco este. ¡Arriba, enamorado, a casita!
DE. — ¡Ay de mí!
ART. — ¡Y tanto! ¡Arriba, enamorado, a casita!
DE. — (A Filenio.) Échate, pues, un poco para
allá.
ART. — ¡Arriba, enamorado, a casita!
DE. — Yo te suplico, esposa mía.
ART. — ¿Ahora de pronto te acuerdas de que soy tu
esposa? Antes, cuando estabas soltando esa retahíla de
insultos contra mí, entonces, no era tu esposa, sino un ser
inaguantable.
DE. — Estoy del todo perdido.
ART. — Conque apesta el aliento de tu mujer, ¿eh?
DE. — Tiene un perfume de mirra.
ART. — ¿Me has quitado ya el mantón para dárselo a tu
amiga?
FI. — Sí que es verdad, que prometió que te lo
iba a quitar.
DE. — ¿No te callarás?
ARG. — Yo estaba pretendiendo disuadirle, madre.
ART. — ¡Bonito hijo estás hecho! (A Deméneto.) ¿Es
ésa la conducta de la que debe un padre dar ejemplo a
sus hijos? ¿No te da vergüenza?
DE. — Yo te juro, si no de otra cosa, de ti, mujer mía, sí
que me da vergüenza.
ART. — ¡Cuco!, ¿con esa cabeza llena de canas tiene
que venir tu mujer a sacarte de una casa de perdición?
DE. — Artemona, la cena se está haciendo. ¿No
puedo quedarme por lo menos hasta que cene?
ART. —Te juro que vas a cenar hoy el castigo que te
mereces.
DE. — Mala noche me espera: mi mujer me condena y
me lleva a casa.
ARG. — Ya te decía yo, padre, que no te portaras mal
con ella.
FI. — Oye, que no te olvides del mantón.
DE. — (A Argiripo.) ¡Manda a ésta que desaparezca de
mi vista!
ART. — ¡A casita!
FI. — Dame un beso, antes que os marchéis.
DE. —Vete al cuerno.
FÍ. —No, sino aquí, a casa. Ven conmigo, mi vida.
ARG. — Con mil amores.

EL CORO DE ACTORES
Este viejo, al no querer privarse de nada a espaldas de su
mujer, no hizo ninguna cosa nueva ni rara, sino ni más ni
menos que lo que hacen todos. Ni hay tampoco nadie de
condición tan dura ni de ánimo tan firme, que renuncie a
darse gusto, si se le presenta la ocasión. Ahora, si
queréis interceder para que el viejo no reciba una paliza,
esperamos que lo podréis conseguir si nos dais un sonoro
aplauso.
FIN

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