IONESCO. AMADEO O CÓMO SALIR DEL PASO





AMADEO O CÓMO SALIR DEL PASO
Comedia en tres actos












Esta, comedia fue estrenada el 14 de abril de 1954 en el Theatre de Babylone de París con una puesta en escena de Jean-Marie Serreau. Decoraciones de Jacques Noel, música de escena de Pierre Barbaud.

PERSONAJES
AMADEO BUCCINIONI, 45 años Lucien Raimbourg.
MAGDALENA, SU mujer, 45 años Yvonne Clech.
(AMADEO II)
(MAGDALENA II)
UN CARTERO Pierre Latour.
PRIMER SOLDADO AMERICANO Jean Martin.
(SEGUNDO SOLDADO AMERICANO)
MADO, una muchacha Dominique Dullin.
(El Patrón del bar).
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL Jean Latour.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL S. G.
UN HOMBRE en la ventana Jean David.
UNA MUJER en la ventana.


DECORACIÓN
Una modesta habitación que sirve de cernedor, sala y oficina. A la derecha una puerta. A la izquierda otra puerta.
Al fondo, en el centro, una gran ventana cuyos postigos están cerrados, pero cuyas anchas grietas dejan entrar bastante luz. En la parte izquierda del ta¬blado, en el centro del escenario, una mesita con algunos cuadernos y lápices.
En la parte derecha, contra la pared, entre la ventana y la puerta de la derecha, una mesita con un cuadro de teléfonos y una silla. Otra silla junto a la mesa del centro. Un viejo sillón en la parte delantera del escenario. No debe haber otros muebles en el primer acto, salvo un reloj de chimenea, muy visible, cuyas agujas se verán girar.

ACTO PRIMERO
Al levantarse el telón, AMADEO BUCCINIONI, de edad mediana, pe-queño burgués, preferentemente calvo, con un bigotito apenas gris, anteojos, chaqueta oscura, pantalón negro con rayas grises, cuello postizo con las puntas rotas, corbata negra, se pasea, rodeando los muebles, con la cabeza baja y las manos entrelazadas a la espalda, nervioso y pensativo. De vez en cuando se acerca a la mesa del cen-tro del escenario, abre un cuaderno, toma un lápiz y trata de escribir (pues hace obras de teatro), pero no lo consigne o escribe una sola palabra que suprime en seguida. Es evidente que no está tranquilo; de citando en cuando lanza también una mirada hacia la puerta de la izquierda, entreabierta. Su inquietud y su nerviosidad aumentan. Mientras se pasea por la habitación, con los ojos fijos en el piso, se inclina de pronto y arranca algo detrás de la silla.
AMADEO. — ¡Un hongo! ¡Vaya! ¡Si los va a hacer brotar también en el comedor, sería el colmo! (Se endereza y contempla la seta.) ¡Sólo faltaba esto!... ¡Venenoso, evidentemente! (Prosigue su paseíto, cada vez más agitado, murmura para sí mismo y gesticula después de dejar el hongo en un rincón de la mesa y de contem¬plarlo con descontento; lanza miradas cada vez más frecuentes hacia la puerta de la izquierda, va a escribir una palabra que en seguida suprime y luego se hunde en el sillón, rendido.) ¡Ah, esa Magdalena, esa Magdalena, cuando va al dormitorio no vuelve a salir de él! (Quejoso.) Sin embargo, lo ha visto bastante, lo ha visto bastante. ¡Lo hemos visto bastante! ¡Ah, la, la, la! Calla, destrozado. Pausa. Se oye a la derecha, en el descansillo de la escalera, la voz, sin duda, de una portera y luego la de un vecino.
Voz DE LA PORTERA. — ¿Vuelve usted de sus vacaciones, señor Víc-tor?
Voz DEL VECINO. — Si, señora Concou. Llego del Polo Norte.
Voz DE LA PORTERA. — No habrá tenido calor.
Voz DEL VECINO. — Oh, el tiempo no era malo. Es cierto que para usted, que es del Mediodía...
Voz DE LA PORTERA. — No soy del Mediodía, señor Víctor. El co-madrón de mi abuelo era de Tolón, pero mi abuela vivió siempre en Lila.
De pronto, cuando oye la palabra "Lila", AMADEO, quien ya no puede contenerse, se levanta, va hacia la puerta de la izquierda, la abre más y llama:
AMADEO. — ¡Magdalena! Vamos, Magdalena, ¿qué haces que no terminas? ¡Ven de una vez!
MAGDALENA aparece. Tiene la edad de su marido y es tan alta o acaso un poco más alta que el, dura, brusca. Lleva en la cabeza un viejo chal y viste una bata para las tareas caseras. Es más bien del-gada, casi cana. Su marido se aparta vivamente para dejarla pasar y ella deja la puerta entreabierta,
MAGDALENA. — ¿Qué te pasa otra vez? ¡No puedes quedarte un ins-tante solo! ¡No estaba divirtiéndome!
AMADEO. — ¡No te quedes todo el tiempo en su habitación! Eso te hace daño. Ya lo has visto bastante. Ya no merece la pena.
MAGDALENA. — Tengo que barrer. A pesar de todo, alguien tiene que ocuparse de las tareas domésticas. No tenemos criada, nadie que me ayude. Y además tengo que ganarme la vida.
AMADEO. — Lo sé, sé que no tenemos criada. Me lo repites cien veces al día.
MAGDALENA (poniéndose a barrer o a quitar el polvo en la habita-ción). — Por supuesto, contigo ni siquiera se tiene el derecho de quejarse.
AMADEO. — Vamos, Magdalena, no obres de mala fe.
MAGDALENA. — ¡Eso es, ahora me insultas, además!
AMADEO. — Sabes muy bien, querida, que soy el primero, y por lo demás el único, que se compadece de ti. Lamento la situación y me reprocho por ello, pero... a pesar de todo podrías... Por ejemplo, necesitas un cuarto de hora para limpiar una habitación grande como ésta, y para su habitación, que es más pequeña, no te bastan una o dos horas... Te demoras en ella, contemplán¬dolo...
MAGDALENA. — ¡Cuentas mis minutos! Tengo que dar cuenta al señor de todo lo que hago, de cada segundo de mi vida. Ya no me pertenezco, ya no soy yo misma, soy una esclava...
AMADEO. — La esclavitud está abolida, querida.
MAGDALENA. — ¡Yo no soy su querida, señor!
AMADEO. — Ya no hay esclavos.
MAGDALENA. — Soy una esclava moderna, sencillamente.
AMADEO. — No quieres comprenderme. Es porque me compadezco
de ti por lo que...
MAGDALENA. — ¡No necesito tu compasión, hipócrita, mentiroso!
AMADEO. — Sí, es porque te compadezco verdaderamente por lo que no quiero... perdón... por lo que no desearía que te quedes allí contemplándolo. Eso te hace daño y no sirve para nada.
MAGDALENA (insensible). — Es mejor que vayas a cerrar la puerta. ¿A qué esperas? Hay corrientes de aire.
AMADEO. — Todas las demás puertas y ventanas están cerradas. ¿Cómo quieres que haya corrientes de aire?
Va a cerrar la puerta de la izquierda, pero antes lanza una mirada a la habitación que se supone está detrás de esa puerta. MAGDALENA, que le observa, se da cuenta de ello.
MAGDALENA. — Y ahora, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué le miras tú mismo? A mí me lo reprochas y... Cierra la puerta, te digo.
AMADEO (cierra por fin la puerta y luego, mientras se acerca a MAG-DALENA). — Es para ver si se ha desarrollado. Se diría que ha crecido un poco.
MAGDALENA (secamente). — No desde ayer o por lo menos no de una manera sensible.
AMADEO. — Tal vez haya terminado. Quizá se quede así.
MAGDALENA. — ¡Oh, tú, con tu estúpido "optimismo ilustrado"! Es sabido el resultado que han dado siempre tus previsiones. Ha¬rías mejor si escribieses tu pieza. (Lanza una mirada a la mesa mientras quita el polvo) Eso no parece que progresa. Sigues en la primera escena. ¡Nunca la terminarás!
AMADEO. — Sí... he agregado una réplica, sin embargo. (Abre el cuaderno. MAGDALENA se interrumpe, con la escoba o el trapo en la mano, para escuchar. Él lee:) El viejo le dice a la vieja: "¡Eso no será fácil!".
MAGDALENA. — ¿Nada más?
AMADEO. — Carezco de inspiración. Con lo que me pesa en la con-ciencia... la vida que llevamos el ambiente no es favorable
MAGDALENA. — Excusas. No te faltan…
AMADEO. — Me siento fatigado, cansado. Estoy rendido, pesado, digiero mal, tengo el estómago hinchado, siento sueño constante-mente.
MAGDALENA. — ¡Duermes durante todo el día!
AMADEO. — Por eso mismo.
MAGDALENA. — Yo también estoy cansada, deshecha. Y, sin em-bargo, trabajo, trabajo, trabajo.
AMADEO. — No puedo más. Es quizás el hígado. Siento que he envejecido. Es cierto que ya no soy muy joven, pero no hasta el extremo de…
MAGDALENA. — Descansa. ¿Quién te impide descansar? Duerme por la noche, no durante el día. Come menos. Eso es la conse¬cuencia de tus excesos. Has bebido demasiado.
AMADEO. — Nunca me has visto borracho.
MAGDALENA. — Más de una vez.
AMADEO. — Eso es falso.
MAGDALENA. — No es necesario emborracharse para hacerse alco-hólico. Los aperitivos... Son ellos los que hacen daño. El há¬bito del aperitivo destruye el organismo.
AMADEO. — Nunca he tomado más que jugo de tomate.
MAGDALENA. — Entonces, si has sido siempre sobrio, si no tienes nada grave, si tus facultades están intactas, ¡ponte a trabajar, escribe tus obras maestras!
AMADEO. — Me falta la inspiración
MAGDALENA. — ¡Siempre la misma historia! ¿Cómo hacen los otros? Hace quince años que careces de inspiración.
AMADEO. — ¡Quince años, es cierto! (Señala la puerta de la izquier-da.) Sólo he escrito dos réplicas desde que él... (Toma el cuader¬no y lee:) La vieja le dice al viejo: "¿Crees que eso saldrá bien?" y la que he podido escribir hoy y que te he leído hace un momen¬to: El viejo contesta: "¡Eso no será fácil!" (Se sienta a la mesa.) Tengo que ponerme a trabajar, tengo que ponerme a trabajar. ¡Escribir en el estado en que me hallo! No se debe crear sino en la alegría. Hay que ser un héroe, un superhombre, para escribir en mi situación, en esta miseria...
MAGDALENA. — ¿Has visto a algún superhombre en la miseria? ¡Se-rías el único!
AMADEO. — Tengo que trabajar. Es duro, pero tengo que trabajar.
Se hunde en su mesa, con los codos apoyados en ella, la cabeza entre las manos, la mirada pérdida, huraño. Luego, poco a poco, se le desliza la cabeza, con el brazo sobre el que apoya la frente. Es¬cena muda. Entretanto, MAGDALENA ha terminado de barrer y de quitar el polvo; se encoge de hombros al ver a su marido en esa actitud y murmura entre dientes:
MAGDALENA (aparte). — ¡Holgazán!
Se quita el delantal y el chal y se dirige con esos objetos, la escoba y el trapo, hacia la puerta de la izquierda. Cuando llega a ella y la entreabre, AMADEO levanta bruscamente la cabeza.
AMADEO. — ¡Vas otra vez a su habitación!
MAGDALENA (mostrando lo que tiene en los brazos). — ¡Tengo que librarme de todo esto! ¿Dónde quieres que lo deje? No puedo dejarlo aquí, en el comedor. ¡No contamos con treinta y seis habitaciones!
AMADEO. — Es justo. Pero no te quedes demasiado tiempo.
MAGDALENA. — De todas maneras no podría hacerlo. Sabes muy bien que debo trabajar para ganar la vida. ¡Nuestra vida!
Entra en la habitación de la izquierda. AMADEO, inquieto, la sigue con la mirada, vacila y luego se levanta y se dirige, prudentemente, hacia la puerta de la izquierda que ha quedado entreabierta, hace un gesto de abatimiento y bruscamente se dispone a volver a su mesa, pero no tiene tiempo, pues MAGDALENA, al volver a entrar, tropieza con él.
MAGDALENA. — ¡Cuidado! ¡Me has hecho daño!
AMADEO. — Discúlpame. No lo he hecho expresamente.
MAGDALENA. — ¡Sólo faltaba eso! ¡Me espías!
AMADEO. — ¿Sigue creciendo?
MAGDALENA. — Cierra la puerta. Nunca cierras las puertas.
AMADEO quiere cerrar la puerta, pero se demora ligeramente con-templando la habitación de al lado.
MAGDALENA. — ¡Cierra la puerta, te digo! (AMADEO empuja la puerta y sigue mirando hasta que la puerta se cierra.) ¡Ciérrala bien! (AMADEO lo hace. MAGDALENA ve el hongo recogido por AMADEO y que éste ha dejado en una esquina de la mesa o en una silla.) ¿Dónde lo has cogido?
AMADEO. — Ahí, en el piso.
MAGDALENA. — ¿En el comedor?
AMADEO. — ¡Sí, en el comedor!
MAGDALENA. — ¿Por qué no me lo has dicho en seguida? ¡Siempre me ocultas todo!
AMADEO. — Quería evitarte... Ya tienes bastantes preocupaciones.
MAGDALENA (desconsolada, en tono llorón). — ¡Ay, si ahora brotan en el comedor, en qué se va a convertir esto! Tendré un trabajo suplementario para arrancar todo eso. ¡Como si ya no tuviera bastante!... ¡Ah, la, la, la, la!
AMADEO. — Vamos, serenidad. Los arrancaré yo. Te ayudaré.
MAGDALENA. — ¡Oh, no se puede contar contigo! Además, no es sano.
AMADEO. — No había más que uno. Y muy pequeño. Tal vez no brotarán otros.
MAGDALENA. — ¡Otra vez tu optimismo aparente! Sé adónde lleva. No nos engañemos. Hay que ver las cosas tales como son Así es como comenzó también eso en la habitación de al lado. "Es chiquitito", me dijiste, como de costumbre, y que no tenía im-portancia, que era un accidente aislado, y ahora.
AMADEO. — ¿Los has encontrado hoy también al lado?
MAGDALENA. — Te preguntas siempre por qué me quedo tanto tiem-po en su habitación. No lo hago para descansar.
AMADEO. — No, no digo eso. Pero aprovechas también la ocasión para mirarle; no apartas de él la vista.
MAGDALENA. — He destruido cincuenta, sólo hace un momento.
AMADEO. — Ya ves, va disminuyendo. Ayer había más.
MAGDALENA. — Ayer había cuarenta y siete... Ya era mucho.
AMADEO (con tono de desesperación). — ¡Por lo tanto siguen au-mentando, siguen aumentando!
MAGDALENA. — En todas partes, en las junturas del piso, al pie de las paredes, en el techo.
AMADEO (que quiere tranquilizarse). — Son muy pequeños. Quizá no sea él quien los hace brotar, de todos modos. Es quizás la humedad. Eso sucede con frecuencia, como sabes, en los departa-mentos. Además, tal vez sirva para algo: aleja a las arañas.
MAGDALENA. — ¿Habías visto ya hongos en los departamentos?
AMADEO. — Eso sucede, te lo aseguro. Sobre todo en las pequeñas ciudades de provincia. Y a veces en las grandes. En Lyon, por ejemplo.
MAGDALENA. — No sé si en los departamentos de Lyon crecen hon-gos. En París no existe eso.
AMADEO. — Nosotros nunca salimos. No vamos a ninguna otra casa. Desde hace quince años vivimos encerrados. Eso ha podido cambiar, también en París. Quizá los haya en París, e incluso en casa de los vecinos. ¡Hongos de París! ¡No puedes saberlo, verdaderamente!
MAGDALENA. — No me vengas con cuentos. No soy una niña. Es a causa de él (mirada y gesto hacia la puerta de la izquierda), a causa de él únicamente.
AMADEO (se resigna a la verdad; con los brazos colgantes, abruma-do). — Sí, seguramente. Tienes razón. La causa no puede ser otra que él.
MAGDALENA. — La situación se va a hacer verdaderamente intole-rable si los hace brotar también en esta habitación. ¡No le basta con la suya! ¡Ya no se podrá vivir aquí! (Desolada.) ¡No era ya muy divertido!
AMADEO. — ¡Calma, Magdalena, un poco de calma! Quizá no bro-tarán más, ya lo verás. Tal vez se trate de un accidente aislado.
MAGDALENA (levantando la cabeza hacia el reloj). — ¡Las nueve! Es la hora. Tengo que ir a trabajar. ¡Voy a llegar con retraso!
AMADEO. — Apresúrate.
MAGDALENA (poniéndose el sombrero) — Me van a reñir. Es el mo-mento en que comienzan a llamar… (Suena el teléfono.) Ya llaman. Voy allá. (Con menos dureza, a AMADEO.) Trabaja tú también, escribe...
AMADEO. — Te lo prometo, voy a procurar...
MAGDALENA corre al tablero telefónico, se sienta, se pone el casco auricular y da la comunicación, mientras AMADEO va también a sen-tarse a su mesa, delante de su cuaderno. El reloj marca un cuarto de hora más. Son las 9 y 15.
MAGDALENA. — ¿Hola?... ¿El Presidente de la República? ¿El Presidente mismo o su secretario?... Ah, el Presidente...
AMADEO (sentado a su mesa, relee lo que ha escrito). — La vieja al viejo: "¿Crees que eso saldrá bien?".
MAGDALENA (en el teléfono). — El Presidente de la República está de viaje, señor. Telefonee dentro de media hora.
AMADEO (en su mesa) — El viejo a la vieja...
MAGDALENA (en el teléfono; nueva llamada). — ¡Hola! Escucho...
AMADEO (en su mesa). — El viejo a la vieja...
MAGDALENA (lo mismo). — ¿El señor Charlot, el abacero? Se lo paso. (Nueva llamada telefónica.) Hola, escucho...
AMADEO (lo mismo). — "Eso no será fácil"...
MAGDALENA (lo mismo). — No, señor, dentro de una media hora el Presidente, ya se lo he dicho.
AMADEO (lo mismo). — La vieja al viejo: "¿Crees que eso sal¬drá bien?".
MAGDALENA (en el teléfono). — Es para el rey del Líbano... (Otra llamada; escucha por otro receptor.) — ¡No corte! (Toma otra línea.) ¡Hola! ¿El Elíseo? ¿El Elíseo?
AMADEO (en su mesa). — El viejo a la vieja...
MAGDALENA (en el teléfono). — Sí, existe el rey del Líbano, puesto que me telefonean de su parte... Se lo paso, señor Presidente. (En otro aparato.) Hable con el señor Presidente de la Repú¬blica.
AMADEO (en su mesa). — "No, eso no será fácil".
MAGDALENA (en otro receptor. El reloj indica las 9 y 50). — ¡Hola, hola! Se lo paso. (Nueva llamada, en otro aparato.) No, señor, ya no hay cámara de gas desde la última guerra... Espere a la próxima...
AMADEO (a MAGDALENA, sin dejar la mesa). — Magdalena, no en-cuentro la réplica.
MAGDALENA (a AMADEO). — No tengo tiempo, ya lo ves... (Lla¬mada telefónica.) Escucho... Lo siento, pero los bomberos no trabajan el jueves, es su día de descanso. Llevan de paseo a sus hijos... Pero yo no he dicho que hoy sea jueves. (Otra llama¬da.) Sí... escucho... Se lo paso.
AMADEO (se incorpora, con las manos en la mesa). — ¡Cómo me fatiga escribir! ¡Me derrenga!
MAGDALENA (en el teléfono, respondiendo a otra llamada). — Sí... Quiere hablar con su esposa?... ¿No le molesta si ella le tele¬fonea desde el cuarto de baño? AMADEO vuelve a sentarse pesadamente.
MAGDALENA (responde a otra llamada, y luego a otra, y así sucesivamente, mientras las agujas del reloj marcan las 9 y 45 y luego las 10). — Se lo paso... Se la paso...
AMADEO (con los ojos huraños, fijos en el vacío). —...la vieja, con los ojos huraños...
MAGDALENA (en el teléfono). —...No corte, se los paso...
AMADEO (con un fulgor en los ojos, pues ha "encontrado"). — "Si, sí, eso saldrá bien de todos modos."
MAGDALENA (en el teléfono). — Le paso...
AMADEO. — ¡Magdalena! ¿Quieres que te lea lo que acabo de escri-bir? Me dirás si está bien.
MAGDALENA (que se ha levantado ligeramente el auricular para oír lo que dice AMADEO). — ¡No tengo tiempo en este momento! ¡En seguida!... (Nueva llamada.) ¡Hola! Se lo paso. (Las lla¬madas se suceden; la hora avanza.) Se lo paso... Se la paso... Se los paso... ¡Hola, hola, hola! Se lo paso... Se la paso... Se los paso... ¡Hola! ¡Hola!
AMADEO, aprovechándose de que su esposa está ocupada en el te-léfono, se levanta suavemente, va a la puerta de la izquierda, mira a la habitación, detenido en el umbral de la puerta, vuelve la cabeza para asegurarse de que su mujer no le observa y luego entra despa-cito en la habitación, dejando la puerta entreabierta.
MAGDALENA (en el teléfono; otra llamada). — ¡Hola!... Sí, escu¬cho... No, señora, no, somos una República... desde 1870, se¬ñora. (A AMADEO, sin abandonar su puesto.) Amadeo, ¿por qué hay corriente de aire? (Vuelve la cabeza y advierte su ausencia.) ¡Ah, ha vuelto a entrar en la habitación! Es obstinado, incorre¬gible... (Mientras el reloj indica las 10 y 15, se levanta y se acerca a la puerta de la izquierda. Irritada, pataleando.) Amadeo, ¿no oyes? ¿Qué haces ahí en vez de escribir tu pieza? ¡Te llamo! Entra en la habitación, dejando también la puerta entreabierta. Sólo se oyen sus voces. De vez en cuando, en el teléfono, una breve llamada, no muy fuerte, que queda sin respuesta.
MAGDALENA (en la habitación, entre los bastidores de la izquierda). — Le miras...
AMADEO. — No he podido evitarlo.
MAGDALENA. — Eso no cambiará nada, no merece la pena.
AMADEO. — He tenido un momento de esperanza. Me he dicho que él... que quizás habría desaparecido...
MAGDALENA. — ¿Así, por su propia iniciativa? ¡Divagas, mi po¬bre amigo!
AMADEO. — ¡Ya no hay milagros, ay!
MAGDALENA. — Bueno, ven... ¡Ven, pues!
MAGDALENA sale de la habitación de la izquierda, arrastrando a AMADEO tras ella.
AMADEO. — Cada vez que lo miro... ¡me enfermo!
MAGDALENA. — Abstente de hacerlo. ¿Qué vas a buscar en su ha-bitación?
AMADEO. — Me enferma.
MAGDALENA. — Buscas excusas para no escribir.
AMADEO. — Se ha agrandado más. No va a caber en el diván. Sus pies lo sobrepasan ya. Creo que era más bien pequeño hace quince años. Y muy joven. Ahora tiene una gran barba blanca. Está impresionante con su barba blanca. Veinte años y quince no son de todos modos más que treinta y cinco. No es viejo, en resu¬midas cuentas...
MAGDALENA. — Los muertos envejecen mucho más rápidamente que los vivos. Eso es sabido.
AMADEO, abrumado, va a hundirse en el sillón. MAGDALENA se halla en el centro del escenario.
AMADEO. — Tiene unas uñas enormes... ¡Dios mío!
MAGDALENA. — No puedo pasar el día entero cortándoselas. ¡Ten¬go que hacer otras cosas! La semana pasada arrojé un puñado entero a la espuerta de la basura. No es un trabajo fácil. Soy la criada de todos, la criada de todos.
AMADEO. — Los dedos de los pies le han desfondado los zapatos.
MAGDALENA. — Cómprale otro par, si tienes dinero para gastar. ¿Qué quieres que haga yo? ¡No seré yo quien te lo dé! Somos pobres. Pareces no darte cuenta de ello.
AMADEO. — De todos modos no puedo darle los míos. Son los úni¬cos que tengo. Por lo demás, no le servirían... ¡Con los grandes pies que tiene ahora!
Llamada telefónica; MAGDALENA corre a su mesa de auriculares.
MAGDALENA. — ¡Hola! Sí... (Entretanto, AMADEO se levanta de su sillón y se dirige otra vez hacia la puerta entreabierta de la izquierda. Mira, petrificado.) No, señor, no está... Al menos lo supongo...
AMADEO (en la misma posición). — Los postigos se hallan herméti-camente cerrados, pero su habitación no está a oscuras.
MAGDALENA (se acerca a AMADEO. Cada vez que abandona su tra-bajo se quita el sombrero y se lo pone otra vez cuando vuelve a él). — Son sus ojos los que la iluminan. Te olvidaste de cerrarle los ojos.
AMADEO. — Sus ojos no han envejecido. Siguen siendo tan bellos como antes, unos grandes ojos verdes. Parecen faros... Voy a cerrárselos, sí, será mejor.
MAGDALENA. — A ti te parecen bellos. Eso es literatura. Haces literatura en la vida. ¡Tiene gracia esa belleza!
AMADEO. — Yo no he dicho que tenga gracia.
MAGDALENA. — Podríamos prescindir de su belleza molesta. (Se oyen ligeros crujidos provenientes de la habitación de la izquierda.) ¿Oyes?
AMADEO. — Se agranda. Es normal. Es su crisis de crecimiento.
MAGDALENA. — ¡Lo tomas por un árbol! ¡Él no se molesta! ¡Va a ocupar todo el lugar, Dios mío, todo el lugar! ¿Dónde voy a ponerlo? A ti te da lo mismo, pues no eres tú quien te ocupas de la casa.
AMADEO. — Por supuesto, nos causa muchas molestias. Sin embar¬go, me impresiona a pesar de todo. Cuando pienso... que eso habría podido suceder de otro modo...
MAGDALENA. — Vas a encontrar nuevas razones para quedarte sin hacer nada. ¡Vete a escribir!
AMADEO. — ¡Sí!... ¡Sí! Llamada telefónica.
MAGDALENA (mientras AMADEO se dirige a su mesa de trabajo). — ¡No me dejan tranquila un segundo! (Tomando el auricular, a AMADEO.) ¡Cierra la puerta! (Respondiendo al teléfono.) ¡Ho¬la!.. . Sí, escucho...
AMADEO vuelve sobre sus pasos, pone la mano en el picaporte de la puerta, mira otra vez a la habitación y luego del lado de MAGDALENA, ocupada en el teléfono, parece vacilar y por fin cierra la puerta, vuelve a su mesa de trabajo y se sienta.
AMADEO. — El viejo le dice a la vieja...
Nueva llamada telefónica.
MAGDALENA (antes de contestar al teléfono, a AMADEO). — ¡Toda-vía no le has cerrado los ojos! (Por teléfono.) Sí, señor Alcalde, le comunico con su teniente alcalde.
AMADEO. — Voy allá.
Se levanta y se dirige hacia la puerta de la izquierda. Antes que llegue a ella, MAGDALENA dice:
MAGDALENA (a AMADEO, mientras el reloj marca las 11 y cuarto). — Podrías ir a hacer los recados. No habrá nada para almorzar. Toma la cesta.
AMADEO (irritado). — En estas condiciones no es fácil trabajar. Te sorprende que no adelante. Después, serás tú quien me hará reproches. ¡No puedo trabajar, no puedo trabajar! No cuento con las condiciones normales para el trabajo intelectual.
MAGDALENA. — ¿En qué has estado pensando hasta ahora? ¡Tu amor al trabajo se despierta siempre a última hora!
AMADEO. — ¡No es cierto!
MAGDALENA. — Tampoco yo puedo abandonar mi trabajo. Lo estás viendo. No puedo correr el peligro de que me echen a la calle. Inventa otros recursos. ¿Crees que esto me divierte? Si quieres que nos muramos de hambre, a mí me da lo mismo.
AMADEO. — A mí también me da lo mismo. ¡Con semejante vida!
MAGDALENA. — ¡Con el hambre que tienes, mi pobre amigo! Te quejas constantemente de que sientes el estómago vacío. Pides de comer durante todo el día. (Llamada telefónica.) ¿Oyes? (Res¬ponde por teléfono.) Sí por cierto, señora. (A AMADEO.) Toma el cesto y apresúrate, pues de lo contrario no encontrarás nada en el mercado.
AMADEO se dirige hacia la puerta de la izquierda y pone la mano en el picaporte.
MAGDALENA (que lo advierte, desde su aparato telefónico). — ¿Qué vas a buscar otra vez en su habitación?
AMADEO. — El cesto... el cesto. ¡Me has dicho que tome el cesto!
MAGDALENA. — No es ése su lugar. ¡Nunca sabes dónde están las cosas! (Llamada telefónica.) ¡Hola! ¡Un momento! (A AMADEO.) Allí, bajo la mesa. Ése es su lugar. Procura no olvidarlo. (En el teléfono.) ¡Está ocupado!
AMADEO (se dirige a pasos lentos hacia la ventana del fondo, con el cesto, a cuya asa está atada una cuerda. El reloj marca las doce menos cuarto). — No es muy larga esta cuerda. Por suerte vivi¬mos en el primer piso.
MAGDALENA (en el teléfono). — Está prohibido para los vagones de más de diez toneladas... Sí... de diez toneladas... atravesar la línea férrea... (AMADEO levanta ligeramente las persianas o entreabre los postigos y pasa por la ventana el cesto, sosteniendo la cuerda.) Amadeo, ¿qué haces? ¡Van a vernos!
AMADEO (volviendo la cabeza hacia MAGDALENA). — ¡Tengo que pasar el cesto!
MAGDALENA (en el teléfono). — No... Hablaba con mi marido. Disculpe. (A AMADEO.) No compres salchichón, pues la salchi¬chería te hace daño. (En el teléfono.) ...atravesar la línea fé¬rrea entre la medianoche y las ocho de la mañana.
AMADEO (a MAGDALENA). — ¿Qué hay que comprar, entonces?
MAGDALENA (a AMADEO). — Compra lo que quieras. (Por teléfo¬no.) ...salvo con autorización escrita...
AMADEO (dirigiéndose a alguien que se encuentra verosímilmente abajo, en la calle). — Ponga una libra de ciruelas, por favor. . Un saladillo.
MAGDALENA (por teléfono). —...salvo autorización escrita del mi-nistro de Salud Pública...
AMADEO (a la persona de la calle). — Dos tostadas, dos yogurts...
MAGDALENA (por teléfono). —...que se puede obtener dirigiendo una solicitud a la prefectura...
AMADEO (lo mismo). —...cincuenta gramos de sal fina...
MAGDALENA (lo mismo). —...con el visto bueno del comisario.
AMADEO (lo mismo). — Nada más. Gracias... Largue todo. Sube el cesto tirando de la cuerda.
MAGDALENA (por teléfono). — ¡Hola! Sí, está bien, señorita... ¡Oh!, no, no se moleste... Es usted muy amable. AMADEO ha subido el cesto y cerrado los postigos. Va a vaciar el contenido del cesto en la mesa, junto a sus cuadernos. El reloj marca las doce.
MAGDALENA. — Las doce. (Deja el auricular.) ¡Por fin!
Se quita el sombrero y se acerca a AMADEO.
AMADEO. — ¿Has terminado?
MAGDALENA. — No es demasiado pronto. No puedo más... No me gusta esta marca de saladillo. Has olvidado los puerros.
AMADEO. — No me has dicho que los compre. (Indica con la cabeza la puerta de la izquierda.) Dime, Magdalena, ¿crees que él nos ha perdonado?
MAGDALENA se sienta a la mesa haciendo frente a la puerta de la izquierda, mientras AMADEO, todavía en pie, está vuelto del lado de esa misma puerta.
MAGDALENA. — No lo sé.
AMADEO. — No se puede saber.
Hace un movimiento hacia la puerta de la izquierda.
MAGDALENA. — Siéntate y come. ¿Qué esperas?
AMADEO (se sienta, haciendo frente al público, ¡unto a MAGDALENA.) — Tal vez nos haya perdonado. Yo así lo creo. (Largo silencio abrumador; comen las ciruelas.) ¡Ah, si pudiéramos estar segu¬ros de que nos ha perdonado!
Otro silencio.
MAGDALENA. — Si nos hubiera perdonado no se agrandaría. Puesto que sigue agrandándose... es que tiene todavía reivindicaciones. No ha dejado de guardarnos rencor. Los muertos son muy ren¬corosos. Los vivos olvidan más rápidamente.
AMADEO. — Es que tienen toda la vida por delante. Quizá él sea menos malo que otros. No debía de ser malo en vida.
MAGDALENA. — ¿Crees tú? Todos son iguales. Te digo que se agran-da y que hace brotar los hongos. ¡Si eso no es maldad!
AMADEO. — Quizá no lo haga deliberadamente. Se agranda tan lentamente. Apenas un poquito.
MAGDALENA. — Todos los días un poquito, todos los días un poqui-to, resulta mucho al final.
Silencio.
AMADEO. — ¿Puedo ir a ver? Tal vez haya dejado de crecer.
MAGDALENA. — ¡No quiero que se hable de eso en la mesa!
AMADEO. — No te enojes, Magdalena.
MAGDALENA. — ¡Quiero almorzar tranquilamente! ¡Tener paz, por lo menos en la mesa! Ya tengo bastantes preocupaciones duran¬te todo el día. Supongo que no pretendo demasiado.
AMADEO. — No, Magdalena. Está bien, Magdalena.
Comen en silencio.
MAGDALENA. — ¡Qué calor hace aquí! Me ahogo.
AMADEO. — A mí no me parece.
MAGDALENA. — Abre la puerta, para que entre un poco de aire.
AMADEO. — ¿Qué puerta?
MAGDALENA (indicando la puerta de la izquierda). — Aquélla. De todos modos no vas a abrir la puerta de la escalera.
AMADEO. — Vas a irritarte otra vez.
MAGDALENA. — No es para mirarlo, te lo aseguro. Es que siento de-masiado calor y quiero un poco de aire.
AMADEO. — Vamos, Magdalena... eso no es prudente.
MAGDALENA. — Te ruego que obedezcas.
AMADEO. — Está bien... Sin embargo, yo opino que no (Se le¬vanta, abre la puerta y vuelve a la mesa.) No hará más fresco, tú lo sabes. No entrará aire, pues están cerradas las ventanas de su habitación. (MAGDALENA mira, desde su lugar y sin comer, por la puerta abierta.) ¿Ya no tienes ganas de comer? (MAGDA¬LENA no contesta.) ¿Ya no tienes ganas de comer?
MAGDALENA. — Déjame en paz, déjame respirar... (Los dos diri¬gen las miradas hacia la habitación. Breve silencio.) ¿Qué he he¬cho yo para ser tan desdichada, para ser perseguida como lo soy?
AMADEO. — Yo estoy en la misma situación, como sabes.
MAGDALENA. — No es lo mismo. Tú sufres menos, eres menos sen-sible.
AMADEO. — ¡Oh!
MAGDALENA. — No lo digo para ofenderte. No te lo reprocho. ¡Tanto mejor para ti!
AMADEO. — ¿Tanto mejor para mí?
MAGDALENA. — Por supuesto. Al menos tú escribes, puedes pen¬sar en otra cosa. Con tus libros, tu literatura, te liberas un poco de esta inquietud. En tanto que yo nada tengo. Nada más que la oficina y las tareas domésticas.
AMADEO. — ¡Pobre Magdalena!
MAGDALENA (irritada). — ¡No necesito que me compadezcas!
Breve silencio. Ambos miran hacia la habitación.
AMADEO. — Se diría que respira. (Breve silencio.) ¡Qué expresivo es su rostro! (Silencio.) Se diría que nos oye.
MAGDALENA. — ¡No hablamos mal de él!
Silencio.
AMADEO. — Es bello.
MAGDALENA. — Era bello. Ahora es demasiado viejo.
AMADEO. — Todavía es bello. (Silencio.) ¿Sigue guardándonos ren-cor? ¿Nos guarda rencor todavía? (Breve silencio.) Lo hemos instalado en la mejor habitación, en nuestro dormitorio de recién casados.
Quiere tomar la mano de MAGDALENA, pero ella la retira.
MAGDALENA. — ¡Vamos, come! ¡Ah, siento un frío terrible!
AMADEO. — ¿Quieres que cierre su puerta?
MAGDALENA. — ¡Has vuelto a olvidarte de cerrarle los ojos! Ya ves que no piensas en ello. ¡Soy siempre yo la que debo pensar, siempre, siempre!
AMADEO. — Sí... Primeramente voy a buscar tu chal, pues tie¬nes frío.
MAGDALENA. — ¡Ve más bien a cerrarle los ojos!
AMADEO se dirige hacia la habitación de la izquierda. Se oyen pasos en la escalera y una tos.
AMADEO (deteniéndose a un paso de la puerta de la izquierda). — ¡Viene alguien!
MAGDALENA. — ¿Quién quieres que sea? Algún vecino que vuelve a su casa. Desde hace quince años no hemos recibido a nadie. Hemos roto relaciones con todos.
AMADEO. — Basta con una vez. (Se oye una voz en el descansillo de la escalera.) ¡Escucha! (Se oye indistintamente el apellido "Buc-cinioni".) Pronuncian nuestro apellido.
MAGDALENA (quien comienza a inquietarse). — ¡Sufres alucinacio-nes! (Entretanto vuelve a oírse la palabra "Buccinioni", más cla-ramente esta vez. MAGDALENA se levanta.) ¡Dios mío! (A AMA¬DEO.) ¡Yo te lo había dicho! Ambos escuchan, jadeando. Se oye decir:
Voz DEL CARTERO (en el descansillo). — ¿El departamento del señor Buccinioni, por favor?
Voz DE LA PORTERA (en el descansillo). — Enfrente, señor. Están seguramente en casa. Nunca salen. Ruido de una puerta que se cierra.
MAGDALENA (a AMADEO). — Ya te decía que era para nosotros. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
AMADEO (enloquecido). — No perdamos la cabeza.
Se oye llamar a la derecha. MAGDALENA (indicando la puerta de la izquierda). — ¡Cierra esa puerta, pronto!
AMADEO empuja precipitadamente la puerta de la izquierda, pero MAGDALENA se ha acercado ya a ella y le da la espalda, como acosada; está aterrada. Nuevos golpes en la puerta de la derecha. MAGDALENA (con la mano sobre el corazón). — Vete a ver quién es.
(AMADEO vacila.) Vete a abrir. Es inútil no abrir. Sería más grave. ¡Es tan fácil derribar una puerta!
AMADEO se dirige hacia la puerta de la derecha, mientras se oye decir en el descansillo de la escalera:
Voz DE LA PORTERA. — Llame más fuerte. Están siempre en casa.
Se oyen golpes repetidos.
MAGDALENA (cuchicheando, sin abandonar su lugar). — Abre... (AMADEO va a abrir.) No, no abras.
AMADEO (a MAGDALENA). — Sería inútil. ¡Es tan fácil derribar una puerta!
MAGDALENA. — Mira, por lo menos, quién es.
AMADEO (a MAGDALENA). — ¡Chitón!
Luego, por precaución, mira por el agujero de la cerradura, mien¬tras se oye decir afuera:
Voz DE LA PORTERA. — Llame con más fuerza. No han debido de oír.
Eso hace que AMADEO y MAGDALENA se sobresalten violentamente.
MAGDALENA (jadeante). — ¡Dios mío, Dios mío, quién puede ser! No conocemos a nadie.
AMADEO (se endereza, a MAGDALENA). — ¡Es el cartero!
EL CARTERO (desde fuera). — ¡Señor Buccinioni! ¡Señor Buccinioni!
MAGDALENA (con terror). — ¡Un cartero! ¡Imposible! ¡Te equivo¬cas! ¡Ah, tú, tú, tú! ¡Es por ti! ¡Tus antiguos conocimientos, sin duda, tus antiguos conocimientos!
AMADEO (mientras MAGDALENA jadea, con los brazos extendidos, como para impedir la entrada a la habitación de la izquierda). — Ya abro, señor, ya abro. ¿Por qué no he de abrir? (Abre la puerta y entra el CARTERO.) Ya ve, señor, he abierto la puerta. Entre, pues. Nada tengo que ocultar, nada hay que ocultar en esta casa.
MAGDALENA (casi asiéndose al marco de la puerta de la izquierda). — No tenemos nada que ocultar, señor, nada hay que ocultar en esta casa.
AMADEO. — Mi esposa y yo, señor, nos decíamos: "¿Por qué no ha-bríamos de abrir?".
EL CARTERO (como si nada hubiera pasado). — Es natural, señor.
MAGDALENA (a AMADEO, sin dejar su lugar). — ¿Por qué dice que es natural? (Al CARTERO.) ¿Por qué dice usted que es natural, señor?
EL CARTERO (con indiferencia). — Una carta para ustedes...
AMADEO. — Es imposible, señor.
MAGDALENA. — ¿Quién podría escribirnos, señor? Es lo que yo le decía a mi marido. ¿Es usted verdaderamente un cartero?
AMADEO (a MAGDALENA). — Evidentemente, Magdalena. ¿Quién ha de ser?
MAGDALENA (al CARTERO). — ¡Entonces, no puede traer una carta para nosotros! ¿Por quién nos toma usted para que nos envíen cartas?
EL CARTERO. — Sí, es una carta para el señor Amadeo Buccinioni.
MAGDALENA. — ¡Es nuestro apellido! (Se ha alejado ligeramente de la puerta, pero se da cuenta de ello y se apresura a volver a su lugar.) ¡No hay nada, no hay nadie, señor, en esta habitación!
AMADEO (tomando la carta que le entrega el CARTERO). — Sí, es cierto, es asombroso. Soy yo: Amadeo Buccinioni.
MAGDALENA. — ¡Es espantoso!
El CARTERO quiere irse mientras AMADEO examina la carta.
AMADEO. — Señor cartero, es un error. ¡Es, por supuesto, un error!
EL CARTERO. — ¿No es usted el señor Amadeo Buccinioni?
AMADEO. — Pero no soy el único Amadeo Buccinioni de París, se¬ñor. La tercera parte de los parisienses se llaman así. Tiende la carta al CARTERO, quien la toma. Se oye un largo cru¬jido en la habitación de la izquierda. MAGDALENA, asustada, reprime un grito de angustia, y ríe para ocultar el ruido.
EL CARTERO. — Se trata, no obstante, del señor Amadeo Buccinioni, en el número 29 de la calle de los Generales.
AMADEO. — No hay más que un número 29 en la calle de los Ge-nerales, no hay más que una calle de los Generales, no hay… (Mira, inquieto, al pie de la mesa, y lo muestra con el dedo a MAG¬DALENA, quien sigue inmóvil.) ¡Otro, Magdalena!... Los gene¬rales brotan como los hongos.
EL CARTERO (neutro). — ¿Cultivan ustedes hongos de habitación?
AMADEO (rápidamente, al CARTERO). — Es, por supuesto, un error, señor. Yo no soy Amadeo Buccinioni, sino A-ma-deo Buccinioni, y no vivo en el número 29 de la calle de los Generales, sino en el número 29 de la calle de los Generales... Vea usted: la A de Amadeo en el sobre es una mayúscula cursiva y mi nombre se escribe con una A romana.
MAGDALENA. — Le quisieron dar el nombre de su padrino. Como usted ve, se trata de un error.
EL CARTERO (examinando la carta). — Es exacto, señor, tiene us¬ted razón.
AMADEO (al CARTERO). — Nadie nos conoce, señor. Nunca nos escriben, se lo aseguro.
EL CARTERO. — Discúlpenme. ¿Quiere firmar, señor? Presenta un cuaderno.
MAGDALENA. — No va usted a hacernos firmar, señor. Somos per-sonas honradas.
EL CARTERO. — No tiene importancia, señora. Es enteramente fa-cultativo. Discúlpenme, señores. ¡Adiós, señores! Va a salir.
MAGDALENA. — Lamentamos no poder ofrecerle un vaso de vino, señor. No tenemos vino en casa, pues mi marido no bebe, señor.
AMADEO (al CARTERO). — Es cierto, señor, no bebo. No lo soporto.
MAGDALENA. — Lo lamentamos mucho.
EL CARTERO. — No tiene importancia. No es costumbre en París. Es en el campo donde se ofrece un vaso de vino al cartero. Se va y AMADEO se apresura a abrirle la puerta.
AMADEO. — ¡Adiós! (Cierra la puerta y mira durante un instante por el agujero de la cerradura. Se endereza vivamente.) ¡Uf!.. . No era para nosotros… ¿Crees que le hemos molestado?
MAGDALENA (yendo hacia el centro del escenario, se queja). — ¡Na-die nos escribe nunca! ¡Nadie, nadie, nadie! ¡No tenemos amigos! ¡Hemos roto con todos, todos, todos! No podríamos reci¬birlos...
AMADEO (busca el hongo y mira por todos lados en el suelo). — ¡Sin embargo, lo vi hace un momento!
MAGDALENA (indicando la habitación, continúa su frase). — …con ése que está allí...
AMADEO (se arrodilla en el suelo y luego se levanta con un hongo en la mano). — ¡Mira, aquí está, aquí está el hongo!
MAGDALENA. — Es el segundo en el comedor... No lo pongas en la mesa; es asqueroso y sabes muy bien que es venenoso. (Breve silencio.) Escucha: hoy podrías hacer una excepción, te lo per¬mito. Bebe un vaso de vino, ¡pues pareces tan desdichado! (De pronto se oye en la habitación de la izquierda un crujido enorme.) ¡Ah, tengo miedo!
AMADEO. — Es él, Magdalena. No temas.
Con estrépito de vidrios rotos procedente del mismo lugar. AMA¬DEO corre a la habitación, seguido por MAGDALENA.
MAGDALENA. — No te quedes ahí plantado. Vete a ver.
AMADEO. — ¿Qué habrá ocurrido? (Ambos desaparecen por la puer-ta de la izquierda, que dejan abierta de par en par. A la izquierda, entre bastidores.) ¡Ha roto los cristales de la ventana! ¡Su cabeza ha pasado a través de ellos!
MAGDALENA (entre bastidores). — ¡Ahora se agranda por los dos lados! ¡Qué es lo que no se imagina! Haz algo, Amadeo. ¡Van a verlo los vecinos! ¡Métele dentro la cabeza!
AMADEO (entre bastidores). — Es lo que estoy haciendo.
MAGDALENA (aparece, de espalda, en el marco de la puerta). — ¡Apresúrate! (Un ruido sordo.) ¡No dejes que caiga su cabeza al piso! ¡Qué torpe eres!
AMADEO (entre bastidores). — No es fácil.
MAGDALENA. — Levántalo. Apóyale la cabeza en el almohadón. ¡No te olvides de cerrarle los ojos!
AMADEO (entre bastidores). — No puedo. Ya no hay lugar sufi¬ciente.
MAGDALENA (quien sigue en el marco de la puerta). — ¡Dóblalo, vamos, dóblalo, es muy sencillo. (Se oye a AMADEO respirar pe-sadamente a causa del esfuerzo.) Así, no. (MAGDALENA vuelve a entrar en la habitación de la izquierda y se le oye decir:) ¡Déjame hacer!
AMADEO aparece de espaldas en el marco de la puerta. MAGDALENA (entre bastidores). — Así se debe hacer. Tengo que enseñártelo todo.
AMADEO. — He hecho lo que he podido... Nunca estás conten¬ta... ¿Hay vecinos en las ventanas?
MAGDALENA (entre bastidores). — No... Ven a ayudarme. Siem¬pre me dejas el trabajo más duro.
AMADEO (desaparece de nuevo en la habitación de la izquierda, de-jando la puerta completamente abierta. Se le oye decir). — Como eres tú quien...
MAGDALENA (en voz más alta, entre bastidores), — ¡Tira con más fuerza! (Se oye el ruido de sus esfuerzos, y luego otro sordo.)
¡Cuidado, cuidado! (Otro ruido.) ¡Cierra bien los postigos! Va a hacer frío ahora, sin vidrios. AMADEO. — El invierno está lejos todavía.
AMADEO y MAGDALENA reaparecen.
MAGDALENA. — ¡Ya está!
AMADEO. — Como ves, todo se arregla.
MAGDALENA (hace un gesto para cerrar la puerta de la izquierda, pero cambia de idea). — ¡Vamos, ciérrale los ojos! ¡Has vuelto a olvi-darte!
AMADEO se dirige a la habitación.
MAGDALENA. — Los vecinos han oído seguramente.
AMADEO (deteniéndose). — Tal vez no hayan oído. (Breve silen¬cio.) No reaccionan... Por otra parte, a esta hora...
MAGDALENA. — Han debido oír algo ciertamente. No son sordos todos ellos.
AMADEO. — No lo son todos, evidentemente. Pero te repito que a esta hora...
MAGDALENA. — ¿Qué podríamos decir?
AMADEO. — Podríamos decir que ha sido el cartero.
MAGDALENA (dándole vuelta, de espaldas al público, hacia la ventana del fondo). — ¡Es el cartero el que ha hecho eso! ¡Es el car-te-ro! (A AMADEO.) ¿LO creerán? El cartero se ha debido mar¬char ya.
AMADEO. — Razón de más. (Gritando, hacia; el fondo.) ¡Es el car-te-ro!
MAGDALENA y AMADEO. — ¡Es el car-te-ro! ¡El car-te-ro! Callan y se oye al eco repetir:
EL ECO. — ¡El car-te-ro! ¡El car-te-ro! ¡Car-tero! ¡Te-ro! ¡Te-ro!
AMADEO (volviéndose al mismo tiempo que MAGDALENA hacia el pú¬blico). — Ya ves, el eco mismo lo repite.
MAGDALENA. — Quizá no sea el eco.
AMADEO. — En todo caso es una confirmación. ¡Una coartada! Sentémonos.
MAGDALENA (sentándose). — La vida se ha hecho verdaderamente imposible. ¿Cómo podremos conseguir otros vidrios?
Se oye de pronto en la habitación de la izquierda un fuerte golpe violento en la pared. AMADEO, que se disponía a sentarse, se endereza, con la mirada fija en la izquierda. MAGDALENA hace lo mismo. MAGDALENA (lanzando un grito). — ¡Ah!
AMADEO (enloquecido). — ¡Cálmate, cálmate!
La puerta de la izquierda cede como bajo una presión continua. MAGDALENA (a punto de desmayarse, pero todavía en pie, vuelve a gritar). — ¡Oh, cielo!
AMADEO y MAGDALENA, mudos de espanto, miran dos pies enormes que salen lentamente por la puerta abierta y avanzan cuarenta o cincuenta centímetros en el escenario.
MAGDALENA. — ¡Mira!
Esto debe ser dicho con angustia, por supuesto, pero con cierta moderación; debe parecer espantoso, sin duda, pero sobre todo fasti-dioso. Es un acontecimiento molesto, pero de modo alguno insólito; para ello la actuación de los actores debe ser natural. Se trata de un "accidente imprevisto" importante, desde luego, pero que no es más que un "accidente".
AMADEO. — Lo veo. (Corre, levanta los pies y los coloca con cuida-do sobre un taburete o una silla.) ¡Entonces, así!
MAGDALENA. — ¿Qué nos hace otra vez? ¿Qué quiere?
AMADEO. — ¡Se agranda cada vez con mayor rapidez!
MAGDALENA. — Haz algo.
AMADEO (desolado, desesperado). — ¡No se puede hacer nada, nada! ¡Ay, nada se puede hacer ya! Sufre la progresión geométrica.
MAGDALENA. — ¿La progresión geométrica?
AMADEO. — Sí... la enfermedad incurable de los muertos. ¿Cómo ha podido contraerla en nuestra casa?
MAGDALENA (estallando). — ¿Pero en qué va a parar, Dios mío, en qué va a parar esto? Yo te lo había dicho... Lo presentía.
AMADEO. — Voy a doblarlo en dos.
MAGDALENA. — Ya lo está.
AMADEO. — Voy a enrollarlo.
MAGDALENA. — Eso no le impedirá crecer. ¡Se agranda por todos los lados a la vez! ¿Dónde lo vamos a poner, qué podemos hacer, qué va a suceder?
Llora con el rostro entre las manos.
AMADEO. — ¡Vamos, Magdalena, calma!
MAGDALENA. — ¡Oh, no, es demasiado, es más de lo que se puede soportar!
AMADEO (quiere consolarla). — Todos tienen preocupaciones, Mag-dalena.
MAGDALENA (retorciéndose las manos). — ¡Esto ya no es vivir! ¡No, ya no es posible!
AMADEO (lo mismo). — Mis padres, por ejemplo, tenían...
MAGDALENA (interrumpiéndole, llorando). — ¡Se va a introducir aquí con todos sus hongos! Ya has encontrado dos. Era una señal. Yo habría debido comprender... Se oyen crujidos en la habitación de la izquierda.
AMADEO (lo mismo). — Los hay más desdichados que nosotros.
MAGDALENA (sollozos, lágrimas, desesperación). — ¡No te das cuenta de que esto ya no es humano! ¡No, ya no es humano, no es ver¬daderamente humano! (Se deja caer en una silla; solloza con la cabeza entre las manos y de vez en cuando repite.) ¡No es huma¬no, humano, humano!
AMADEO, entretanto, permanece en pie, impotente, con los brazos colgantes; ora mira a MAGDALENA, da un paso hacia ella como para consolarla y renuncia; ora mira al muerto y se enjuga la frente. AMADEO (aparte). — Y mis obras de teatro… Ya no voy a poder escribirlas... Estamos perdidos.
Nuevo avance de los pies, de unos treinta centímetros y que so-bresalta a MAGDALENA.
MAGDALENA. — ¡Otra vez! (Oculta de nuevo el rostro entre las ma-nos, solloza y repite.) ¡No es humano… no es humano!
AMADEO. — No voy a poder... La atmósfera se va a hacer com-pletamente irrespirable.
MAGDALENA (en el mismo estado, sigue repitiendo). — ¡No es huma-no... no es humano!... (Con lo que mezcla un:) ¡Es la excusa con que soñabas para dejar de trabajar por completo! (Luego con¬tinúa sus:) No, no es humano...
Suenan los aparatos telefónicos. Abatida, MAGDALENA trata de levantarse. El reloj marca las 13.
MAGDALENA. — Además, tengo que volver al trabajo. Es la hora. No puedo más... (Sin embargo, trata de ponerse el sombrero y se dirige al cuadro telefónico.) Sí, ya voy.
AMADEO. — No vayas, Magdalena, por lo menos hoy. Estás dema-siado fatigada. Descansa.
MAGDALENA. — Tengo que hacerlo. ¿De qué quieres que vivamos? No tenemos un centavo. (Suena el teléfono, cada vez más apre-miante.) Es necesario, a pesar de todo. (Hacia el teléfono.) ¡Sí, ya voy, ya voy! (A AMADEO.) La gente no sospecha... Sólo piensa en explotaros hasta la última gota de sangre... No se ima¬gina que se puede estar agotado, agotado. Suena el teléfono.
AMADEO. — Todavía tenemos algunas reservas, Magdalena. Maca-rrones, mostaza, vinagre, apio...
MAGDALENA (definitivamente abatida). — Eso no nos servirá de mu-cho. . Tanto peor, ya no puedo más, es demasiado... (Hacia el tablero telefónico, quitándose el sombrero, que se había puesto de través en la cabeza, y arrojándolo con violencia.) No contesto. Estoy agotada. (Las llamadas cesan bruscamente.) Me faltan las fuerzas. ..
Cae sentada en su silla; el sombrero yace al azar en el piso. MAG-DALENA se toma de nuevo el rostro entre las manos y solloza deses-peradamente.
AMADEO la mira y luego, completamente desamparado, recoge maquinalmente el sombrero. Con él en la mano, se queda en el centro del escenario, la mirada perdida en el vacío. Mientras algunos fuer-tes crujidos llegan todavía de la habitación de la izquierda, se dirige a pasos lentos a su sillón, se hunde en él, agobiado, y en tono muy fatigado dice:
AMADEO. — No puedo comprender cómo hemos llegado a esto. Es demasiado injusto... Y en un caso como éste... ¡no hay nadie a quien pedir consejo!



TELÓN

ACTO SEGUNDO
La misma decoración. Al comienzo del acto el reloj marca las 15. Hay, además, en la mitad derecha del escenario, muebles llevados de la habitación de la izquierda y que, a causa del crecimiento del muer¬to, no cabían ya en ella. Entre esos muebles figura un diván, junto a la puerta de la derecha. Puede haber un sillón suplementario, una mesita de luz, un lavabo, un espejo, un armario y diversos muebles de dormitorio. Forman un batiburrillo junto a la puerta de la dere¬cha, bloqueada por todos esos objetos. La parte izquierda del escenario está desprovista de muebles. Sólo hay en ella dos o tres taburetes, a poca distancia unos de otros, sobre los que se encuentran los pies y las piernas del muerto; éste ocupa una gran parte de la mitad izquier¬da del escenario. En esa mitad izquierda hay también, al pie de las paredes y a todo alrededor, una cantidad de hongos enormes. De cuando en cuando, a sacudidas que cada vez sobresaltan a MAGDALENA y AMADEO, los pies del muerto avanzan en dirección de la derecha. A cada sacudida y alargamiento de los pies del muerto AMADEO mide el avance, como presa de un tic nervioso.
Al levantarse el telón AMADEO y MAGDALENA se encuentran en la parte izquierda del escenario. Apenas se los ve, ocultos entre el bati-burrillo de muebles. Escena muda durante cierto tiempo. En una primera sacudida, los pies del muerto avanzan en dirección de la derecha. Se ve que se sobresalta la cabeza de MAGDALENA, la que in¬mediatamente después desaparece de nuevo entre los muebles. AMA¬DEO sale.
MAGDALENA (en un breve sobresalto). — Se agranda a ojos vistas. AMADEO (va a trazar con tiza una raya en el piso, al pie del taburete en el que se apoyan los pies del muerto, y luego mide cuidadosa-
mente, en silencio, la distancia entre la raya anterior y la muí i), —1 Se ha alargado otros doce centímetros en veinte minutos. Eso va a ir todavía más rápidamente. ¡Vaya, vaya! (Durante un momento contempla la parte del cuerpo que se halla en escena, y luego los hongos que se han hecho enormes.) ¡También esos siguen creciendo! (Silencio.) Si no fuesen venenosos se podría consu¬mirlos, o venderlos. ¡Ay, no sé verdaderamente qué hacer! ¡Nun¬ca consigo sacar provecho de nada!
MAGDALENA (saliendo de entre los muebles y peinándose ante el espe¬jo). — Hace tiempo que te lo digo...
AMADEO (suspirando). — Sí, Magdalena, tienes razón. Otro se des-empeñaría seguramente mejor. Yo estoy desarmado en la vida. Soy un inadaptado. No he nacido para vivir en este siglo.
MAGDALENA. — ¡Debías haber nacido antes o mucho más tarde!
Silencio. Con las manos a la espalda, AMADEO deambula por la mitad izquierda del escenario, pensativo, un poco encorvado, y luego se detiene.
AMADEO. — Si por lo menos mi moral fuese mejor... Es el cansan¬cio. Sin embargo, no hago gran cosa. (Al dirigirse a la derecha, hacia el diván, tropieza ligeramente con las piernas del muerto.) ¡Oh, perdón!
Lentamente, vuelve a colocar las piernas en su lugar y mira hacia MAGDALENA para ver si ella le ha visto o no hacer eso; como está ocu¬pada en su aseo, AMADEO se muestra un poco aliviado. Luego da unos pasos y se detiene bruscamente. Se le ocurre una idea: lanza otra mi¬rada a MAGDALENA, luego a la puerta abierta a la izquierda, y a con¬tinuación de nuevo a MAGDALENA y de nuevo a la puerta. Por fin se decide. Se acerca poco a poco, de puntillas, a la habitación de la iz¬quierda y llega al umbral.
MAGDALENA (apareciendo por completo y avanzando). — Amadeo, ¿adónde vas? (AMADEO se inmoviliza.) ¿No me oyes? ¿Te pre¬gunto adónde vas, Amadeo?
AMADEO. — A ninguna parte, a ninguna parte. ¿Adónde podría ir?
MAGDALENA. — Voy contigo.
AMADEO. — ¡No puedo dar un paso sin que me sigas! ¡Soy libre!
MAGDALENA (irritada). — Haz lo que quieras, amigo mío. Vete, ve-te. ¡Si quieres estar siempre solo!... ¡Si por lo menos te sirviese de algo hacer tu capricho!
AMADEO (volviendo sobre sus pasos). — Bueno, no voy. ¿Estás sa-tisfecha?
MAGDALENA (encogiéndose de hombros). — ¡Qué mal carácter! ¡Qué hombre imposible! Hay que tener paciencia contigo... Si por lo menos tuvieses alguna cualidad... Ves muy bien cómo estamos, adonde me has traído.
AMADEO. — Reproches, siempre reproches. Lo que está hecho está hecho y son inútiles los remordimientos.
MAGDALENA. — Es fácil decir eso. Es fácil desembarazarse de su culpabilidad.
AMADEO. — Yo no tengo enteramente la culpa.
MAGDALENA. — ¡Ah, por ejemplo eso! ¡No vas a pretender que la tengo yo!
Se dirige a la habitación de la izquierda.
AMADEO. — ¿Adónde vas?
MAGDALENA. — ¡No puedo dejarlo así! ¡Tengo que lavarle la cara! No serás tú quien se encargue de eso.
AMADEO. — No merece la pena. ¡No merece la pena!
MAGDALENA (no va a la habitación. Los pies del muerto avanzan). — ¡Se agranda! ¡Se agranda! (AMADEO se dirige al diván.) ¿Qué haces? ¡Todavía no le has cerrado los ojos! ¡Cómo se puede ser tan atolondrado!
AMADEO. — ¡Es que estoy tan cansado!
Va a hundirse en el diván.
MAGDALENA. — Como cada vez que debes hacer algo. Si estás tan cansado, toma fortificantes, reconstituyentes nerviosos... Tómalos.
AMADEO. — Eso no me produce ya efecto alguno, sino que me fatiga más.
MAGDALENA. — No es éste el momento...
AMADEO. — Ya no tengo fuerza, ni voluntad.
MAGDALENA. — ¡No es éste el momento de no tenerlas! En el ins-tante decisivo te falta siempre la energía, te abandona la voluntad. Nunca cambiarás, amigo mío. ¡Vas a librarme de esto!
AMADEO. — Eso se va a arreglar, te digo, se va a arreglar... Estoy seguro de ello... No es posible que no se arregle...
MAGDALENA. — ¿Lo crees? (Cambiando de tono bruscamente.) ¡Es una locura! ¿Cómo quieres que eso se arregle?... ¡Hay que hacer algo absolutamente! Escúchame: si no me libras de él, me divorcio.
AMADEO. — No sería el momento. No podría atenderlo yo solo
MAGDALENA. — Entonces, ¿te propones librarme de esto, si o no? Respóndeme.
AMADEO. — Me propongo hacerlo, Magdalena, me lo propongo seriamente.
MAGDALENA. — ¡Te lo propones! ¡Hace mucho tiempo que te lo propones! Los vecinos se darán cuenta, de un momento a otro, si no te decides. Además, ya no habrá lugar donde meterlo.
AMADEO. — Eso les tiene sin cuidado a los vecinos.
MAGDALENA. — ¿Tú crees?... ¡Escucha!
Se oye la voz de la PORTERA en el descansillo de la escalera, y luego una voz de hombre.
Voz DE LA PORTERA. — Deben ocurrir cosas que no son normales en esta casa.
Voz DE HOMBRE. — Son personas muy extrañas.
MAGDALENA. — ¿Has oído? Y no es la primera vez que oigo seme-jantes reflexiones.
AMADEO. — La gente dice cualquier cosa. Son palabras en el aire que no traen consecuencias.
MAGDALENA. — Hasta que esto estalle. ¡Todo se descubrirá! Nos se-ñalarán con el dedo. ¡Y si no fuese más que eso!
AMADEO. — Bueno. Ya te digo que te sacaré del paso. Te lo pro¬meto.
MAGDALENA. — ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?
AMADEO. — Mañana... Déjame descansar.
MAGDALENA. — Mañana, mañana... Conozco tus promesas, tus "mañanas". Desde que lo dejas para mañana ha pasado toda una vida. ¡No es mañana, sino hoy mismo cuando tienes que decidirte! ¿Has comprendido?
AMADEO. — De acuerdo. Te sacaré del paso hoy mismo, si quieres.
MAGDALENA. — ¡Si fuera cierto! (Breve silencio.) Quieres decir que nos sacarás del paso. No lo harás solamente por mí. Lo harás tam-bién por tu tranquilidad.
AMADEO. — Si sólo se tratara de mí, tú sabes, me acomodaría.
MAGDALENA. — ¿Pero dónde lo pondrías? ¿Dónde lo pondrías? Es esto tan pequeño. No vivimos en el Palacio de Versalles, no contamos con salones inmensos en los que pueden entrar trenes ente¬ros ... Aun en ese caso, él lo ocuparía todo.
AMADEO. — Sólo hace falta un lugarcito, un rinconcito para vivir.
MAGDALENA. — Tú le llamas a eso "vivir"...
AMADEO. — Déjame unos instantes... Todo eso es obra de la fata-lidad.
MAGDALENA. — ¡Qué hombre incorregible!... Procura más bien proteger al menos lo que nos queda de porvenir. (Aparte.) ¡Qué va a decir la gente! ¡Qué va a decir la gente!
AMADEO. — No me das un momento de respiro. Yo también sufro. Tampoco yo me reconozco. ¡Y dices que no he cambiado!
MAGDALENA. — Te repito que la culpa es tuya. Te lo repetiré hasta que te entre en la cabeza.
AMADEO (débilmente). — No, no tengo yo únicamente la culpa.
MAGDALENA. — ¡Sí, sí! (AMADEO, vencido, se encoge de hombros sin responder y se limita a mover los labios para bosquejar un "no" obstinado de niño, que no se oye. Silencio.) Habrías debido decla¬rar su muerte a tiempo. O librarte del cadáver antes, cuando era más fácil. No dirás que no eres perezoso, indolente, desordenado...
AMADEO. — Roto de cansancio, sobre todo, roto de cansancio.
MAGDALENA. — Nunca sabes dónde pones tus cosas. Pierdes las tres cuartas partes de tu tiempo buscándolas, registrando los cajones. Te las encuentro bajo las camas, en cualquier parte. Emprendes siempre muchas cosas que no terminas. Abandonas tus proyectos. Lo dejas todo. Si no hubiera trabajado yo para ganarnos la vida, si no hubiera sido por mis magros ingresos... con los que ya no cuento al presente.
AMADEO, abrumado, en el diván o en su sillón, con el rostro visi¬ble para el público y que expresa una gran fatiga, sufre en silencio.
MAGDALENA (continúa, tras un silencio). — Has dejado pasar quince años. ¡Quince años! ... Ya no se podrá hacer creer a nadie que no sucede nada, que no ha sucedido nada en nuestra casa... Es tu falta de iniciativa la causa de todo. (Nueva sacudida brusca del muerto. AMADEO se levanta con dificultad, como un autómata, va a medir la nueva distancia recorrida, traza una nueva raya con la tiza, vuelve a un sillón y se hunde en él pesadamente mientras MAG-DALENA, que apenas se ha interrumpido, continúa su discurso.) Sin embargo, habría que decírselo al comisario, si tú no quieres hacer otra cosa...
AMADEO. — Habría complicaciones.
MAGDALENA. — Por lo menos se podría demostrar que murió nací quince años… Al cabo de quince años se está garantizado por la prescripción.
AMADEO. — Al cabo de trece años.
MAGDALENA. — Ya lo ves, incluso al cabo de trece años; tanto mil al cabo de quince... Si hubieses declarado su muerte a tiempo, ahora contaríamos con la prescripción. Estaríamos mucho más tranquilos... No temeríamos a los vecinos. La casa sería más alegre, no viviríamos como prisioneros, como culpables. (Señala al muerto.) A causa de él, nada puede salimos bien.
AMADEO. — Nunca lograré, Magdalena, enseñarte la lógica. Hace tiempo estaríamos en prisión, o guillotinados, si hubiésemos hecho esa declaración el día mismo de la muerte. La prescripción no habría tenido tiempo de funcionar.
MAGDALENA. — Evidentemente, yo no tengo razón. Nunca me das la razón. Y sin embargo... Sí, sigo siendo yo la más tonta, ¿ver¬dad? ¿Es eso lo que quieres decir?
AMADEO. — No he querido decir que eres tonta, sino, sencillamente, que no eres lógica, lo que no es de modo alguno lo mismo.
MAGDALENA. — ¡Oh, tus sutilezas!
AMADEO. — No es posible entenderse.
MAGDALENA. — Lo he entendido todo. Y a ti también te compren-do... desde hace mucho tiempo.
AMADEO. — No lo dudo.
MAGDALENA (tras un breve silencio). — O bien habrías podido, al día siguiente mismo del asesinato, ir a la comisaría y decir que lo ha-bías matado en un momento de ira, por celos, lo que era la pura verdad, pues pretendías que era mi amante. Yo no lo negué
AMADEO. — ¡Ah! ¿Lo maté por eso? Lo había olvidado.
MAGDALENA. — ¡Atolondrado! ¿Cómo se pueden olvidar semejantes cosas? (Continuando.) Y, como se trataba de un crimen pasional, quizás ni siquiera te habrían molestado; te habrían hecho firmar una pequeña declaración y dejado en libertad. Habrían incluido la declaración en un legajo, lo habrían clasificado... y hace tiempo que no se hablaría del asunto.
AMADEO. — Y tal como son las cosas, se sigue hablando... ¡Pobre joven! Ah, sí, me parece recordar... Vino a visitarnos. ¿Lo ha¬bía visto yo antes? ¿Venía por primera vez a nuestra casa?
MAGDALENA (continuando). — Te lo repito, es tu negligencia, tu dejarte llevar, lo que nos ha perdido.
AMADEO. — Siempre he sentido horror por las formalidades, por la administración.
MAGDALENA (continuando). — Cada vez que te decía, cuando toda-vía era tiempo: "Ve a hacer tu declaración", me contestabas, como acabas de hacerlo, "Mañana, mañana, mañana, mañana
AMADEO. — Y sería cierto si fuese mañana.
MAGDALENA (con energía). — ¡No, tienes que ir hoy, hoy, hoy!
AMADEO. — Quizá sea más fácil ir a la comisaría.
MAGDALENA. — Sí, para no cumplir tú promesa. ¿No acabas de de¬cir que le vas a hacer desaparecer de aquí hoy mismo? ¿O quieres que me divorcie?
AMADEO. — Bien, bien... hoy mismo.
MAGDALENA. — Por lo demás, como te conozco, sé que no irías a la comisaría. Además, eso no serviría para nada. No te creerán, quince años después del homicidio, que lo mataste en un arrebato de ira. Cuando se espera quince años sólo puede tratarse de pre¬meditación.
AMADEO. — ¡Vamos, Magdalena!
MAGDALENA. —- Otra vez vas a decir que carezco de lógica.
AMADEO. — No digo eso.
MAGDALENA. — ¿Qué quieres, entonces?
AMADEO. — Me pregunto qué le podría decir al comisario... Co¬mo el muerto ha envejecido y parece muy anciano, quizá podría decir que «es mi padre y que lo maté ayer...
MAGDALENA. — Tal vez no sería una buena excusa.
AMADEO. — Tal vez no, tienes razón.
MAGDALENA. — Por la vía legal ya nada hay que hacer. Te queda la clandestinidad. Tienes que obrar por tus propios medios... Y lo más de prisa posible...
AMADEO (se levanta lentamente, evita al muerto y da la vuelta a la habitación a lo largo de las paredes). — En realidad, Magdalena, me pregunto si verdaderamente yo...
MAGDALENA. — ¿Qué te pasa ahora? ¿Vacilas, verdad? ¡No quieres hacer nada! AMADEO. — Sí. Quería decir otra cosa.
MAGDALENA. — ¿Qué otra cosa? ¿Qué es lo que no está claro?
AMADEO. — ¿Lo maté yo verdaderamente?
MAGDALENA. — ¿Acaso fui yo... pobre mujer?
AMADEO. — No, no. Ciertamente, no.
MAGDALENA. — ¿Entonces?
AMADEO. — ¿Fue verdaderamente al galanteador que teníamos al que maté? Me parece... ¡oh, qué mala memoria!... me parece que el galanteador se había ido ya... en el momento del crimen.
MAGDALENA. — Tú mismo confesaste que lo habías matado. Dijiste que lo recordabas. Es así, ¿verdad?
AMADEO. — Tal vez me engañé, me confundí... Lo embrollo todo, confundo los sueños con la realidad, los recuerdos con la imagi-nación... Ya no sé dónde estoy.
MAGDALENA. — Si no fue el cortejante, ¿quién quieres que fuera?
AMADEO. — Tal vez fuera el bebé.
MAGDALENA. — ¿El bebé?
AMADEO. — Una vecina nos confió un día un nene. ¿Recuerdas?
MAGDALENA. — ¡Es absurdo! ¿Por qué había de morir el bebé? ¿Y por qué, una vez muerto, lo habríamos dejado crecer en nuestra casa? En ese caso se trataría otra vez de tu negligencia. ¿O lo habrías matado?... ¡Asesino! ¡Infanticida!
AMADEO. —i Es posible... no sé... Quizá gritaba demasiado. Me irrita oír gritar a los niños... Sin duda me impedía trabajar, es¬cribir mi obra de teatro. Entonces, al oírle aullar horas y horas, supongo que eso debió exasperarme... en un arrebato de ira legítima... un gesto torpe... un poco brutal... Tú sabes, a un bebé se le mata como a una mosca...
MAGDALENA. — Que ese anciano muerto sea el cortejante o el bebé, ello no hace que cambie la situación. Tenemos que librarnos de él.
AMADEO. — ¡Evidentemente, evidentemente! (Tras un breve instan-te, como iluminado por un comienzo de alegría.) Pero, en resumi¬das cuentas, ¿por qué no pudo morir de muerte natural? ¿Por qué te empeñas en que lo maté yo? Un bebé es frágil, y está uni¬do a la vida por un hilo.
MAGDALENA. — No era el nene. Mi memoria es más segura que la tuya. Era el cortejante.
AMADEO. — Un cortejante... un cortejante... llega… bebe tan poco de más... ve una mujer linda... voluptuosa... Eso pro¬voca un alza de tensión, puede sufrir una congestión y... Dios mío...
MAGDALENA. — Entonces, ¿yo tengo la culpa? ¿Es eso lo que quie¬res decir?... ¡Quedó convenido que no era culpa mía!
AMADEO. — Discúlpame.
MAGDALENA. — Ante todo, un joven de veinte años tiene las arterias flexibles, no muere de eso, no tiene la sangre espesa de un hombre de edad.
MAGDALENA acentúa las palabras "hombre de edad" y lanza una mirada llena de sobreentendidos a AMADEO, quien simula no com-prender.
AMADEO. — Si reflexiono sobre ello me pregunto si no se trata de algún otro...
MAGDALENA. — ¿Quién? ¿Qué se te ocurre ahora?
AMADEO. — Tú sabes... Yo estaba en el campo pescando... Una mujer cayó al agua. Pidió socorro. Como no sabía nadar y co¬mo los peces picaban en mi línea, no me molesté y dejé que se ahogase... En ese caso sólo se me acusaría de no haber ayudado a una persona en peligro... Es menos grave.
MAGDALENA. — ¿Y cómo explicarías la presencia de un cadáver en nuestra casa?
AMADEO. — No sé... Tal vez lo trajeron a nuestra casa para ha¬cerle la respiración artificial... O vino él solo.
MAGDALENA. — ¡Atolondrado! Olvidas que ése no es un cadáver de mujer, sino de hombre.
AMADEO. — Es cierto. No se me había ocurrido.
MAGDALENA. — De todas maneras, seríamos culpables, pues hemos cometido por lo menos el delito de ocultación del cadáver.
AMADEO. — Así es… Es exacto. (Silencio. Sigue su pensa¬miento mientras camina a lo largo de las paredes. Por descuido, tropieza con un hongo y se sobresalta.) ¡Perdón!
Es demasiado tarde, pues MAGDALENA se ha dado cuenta.
MAGDALENA (estalla). — ¡Cuidado con mis hongos! ¡Me los vas a destruir todos!
AMADEO. — ¡No lo he hecho a propósito!
MAGDALENA. — ¡Mis pobres hongos! ¡Me has roto toda la vajilla!
Ahora que no te queda ya un plato para ejercitar tu torpeza.
AMADEO. — Vamos, no se ejercita una torpeza.
MAGDALENA. —... la tomas con mis hongos.
AMADEO. — ¡No son hongos los que faltan! Mira. Brotan y crecen constantemente.
MAGDALENA. — También decías de mis platos que no faltarían, y ahora no nos queda uno solo.
AMADEO. — Los platos no crecen...
MAGDALENA. — No, pero hay que comprarlos.
AMADEO. —...en tanto que los hongos brotan, se desarrollan .
Por lo menos mientras él esté aquí.
Señala el cadáver.
MAGDALENA. — Vas a encontrar otra vez razones para dejarlo ahí.
AMADEO. — No, de ningún modo...
Los pies del muerto avanzan bruscamente, mediante muchas sa-cudidas sucesivas, profundamente, hacia la puerta de la derecha, y siempre con ruido.
MAGDALENA (lanza un grito, enloquecida). — ¡Ay, Amadeo! ¡Ya lo ves! ¡Ya lo ves! ¿A qué esperas, pues?
AMADEO se dispone a marcar con tiza las nuevas distancias recorri-das, pero luego, tras una nueva sacudida y un nuevo avance, renun-cia a ello, arroja la tiza y se encoge de hombros.
MAGDALENA (retorciéndose las manos). — ¿A qué esperas? ¿A qué esperas? ¡Decídete! ¡Decídete!
AMADEO. — Es necesario, lo veo... Es necesario… No va a ser fácil.
MAGDALENA. — Haz algo, querido.
AMADEO. — ¿Qué has dicho?
MAGDALENA (otra vez irritada). — He dicho simplemente "haz al-go", porque es absolutamente necesario hacer algo. Eso es todo lo que he dicho. Y lo he dicho porque eres tú quien debe hacerlo.
AMADEO. — No puedo en este momento mismo. Tengo que esperar a la noche. Lo haré esta noche, te lo prometo.
MAGDALENA. — Por fin me sentiré aliviada.
AMADEO. — Por fin serás dichosa.
MAGDALENA. — ¡Dichosa... dichosa! ¡Como si se pudiera recuperar el tiempo perdido! Todos esos años malogrados son un peso muer¬to... Lo seguirán siendo siempre.
AMADEO. — Será, de todos modos, un pequeño consuelo...
MAGDALENA. — Tendré, quizás, una vejez menos atormentada, nada más.
AMADEO. — Si tú quieres, podríamos tratar de llevarlo en seguida.
MAGDALENA. — Es demasiado peligroso para los dos. Es necesario que no te vean. Esperaremos a la noche, que es lo que tú quieres... Hace mucho tiempo se debía haber hecho eso... Ahora nos ve¬mos obligados a esperar hasta la noche... Hemos esperado quince años... Unas horas más o menos... ¡Ay!, estoy acostumbrada a esperar, esperar, esperar... Una falta de comodidad, eso ha sido mi vida.
AMADEO (tímidamente). — Y la mía también.
MAGDALENA. — Eso ha sido mi vida... ¡Se podría escribir con ella una novela! ¡Tú nunca has pensado en escribir una novela sobre mi vida! ¡Merezco por lo menos eso, pero tú nunca piensas en mí!
AMADEO (tímidamente). — Voy a tratar, si quieres... Después...
Ligero avance del muerto. En adelante, el muerto continuará avan-zando hacia la puerta de la derecha, sin sacudidas, lentamente, pero sin interrupción.
MAGDALENA. — Si mantiene su progresión geométrica, ¿cabrá en
el departamento hasta la noche?
AMADEO. — ¡Caramba! Hay que esperarlo...
Calcula cotí la mirada, vagamente, la distancia que separa los pies del muerto de la pared de la derecha.
MAGDALENA. — Podrías calcular, sería más seguro.
AMADEO (con gesto de cansancio). — Nunca he sido muy hábil en los cálculos. Veremos qué pasa.
MAGDALENA. — Siempre la incertidumbre contigo.
AMADEO. — Sentémonos. Recuperemos las fuerzas. Esperemos. Esta¬mos obligados a esperar. No se puede hacer otra cosa. Siéntate, Magdalena… Hay que tomar una determinación.
MAGDALENA y AMADEO se sientan; él se hunde en su sillón; ella, nerviosa, en tina silla. Silencio. Luego ella toma las agujas y teje, im-paciente. Ora mira del lado de AMADEO, ora fija la vista en el reloj del fondo. Desde la sala se debe ver cómo se mueven las agujas len-tamente, con el mismo ritmo que los pies del muerto, mientras la
luz proveniente de la ventana del fondo tifie con los colores del día y luego con los del crepúsculo la habitación en que se hallan los dos personajes. Más tarde será la semioscuridad del anochecer y luego la luz de h luna, al final del acto, que se verá redonda y enorme, a través de la ventana.
MAGDALENA (nueva mirada a AMADEO y luego al reloj; silencio; te-je; otra mirada a AMADEO, abatido, con los ojos semidormidos, en su sillón, de cara al público. Ella abre la boca como para decir algo, pero se abstiene. El reloj da la hora; nueva mirada a AMADEO, y esta vez). — ¡Amadeo!
AMADEO (con los ojos cerrados). — ¿Qué?... Déjame recuperar las fuerzas.
MAGDALENA. — Deberías ponerte a trabajar... Eso te ayudará a pasar el tiempo hasta la noche... Escribe tu pieza... No es cosa de perder los mejores momentos...
AMADEO (en la misma actitud). — Estoy... tan cansado...
MAGDALENA. — ¡Un esfuerzo, Amadeo! Sabes que es por tu bien...
AMADEO (en la misma actitud). — No tengo fuerzas..., no estoy en condiciones... No puedo... no… verdaderamente... al menos por el momento...
MAGDALENA. —. Puesto que no tienes otra cosa que hacer hasta la noche.
Silencio. AMADEO trata de levantarse, se incorpora ligeramente y vuelve a caer en su sillón. Silencio pesado. Avance insensible del muerto. Las agujas del reloj avanzan también insensiblemente.
AMADEO (en la misma actitud). — Falta tanto tiempo hasta la no-che... Siento ya miedo...
MAGDALENA (con menos dureza). — Serenidad, Amadeo. Valor. De-bes vencer tu temor. Domínate.
AMADEO (en la misma actitud). — Voy a procurar dominarme.
MAGDALENA. — Es indispensable. Silencio.
AMADEO (en la misma actitud). — Va a exigir un gran esfuerzo transportarlo... Será duro...
MAGDALENA. — Procura olvidar... No pienses en ello ahora. Ya ve¬rás lo que puedes hacer cuando llegue el momento. No malgastes tus reservas de energía. Vamos, escribe...
AMADEO (en la misma actitud). — Olvidar... cuando no se espera más que eso, cuando se espera que pase la hora… Siento ya pal-pitaciones...
MAGDALENA. — Habrá que pasar un momento penoso… Yo estaré presente y te ayudaré.
AMADEO (en la misma actitud). — Lo penoso, lo más penoso, lo haré yo... MAGDALENA. — Es lo que te corresponde.
AMADEO. — . .y lo más peligroso...
MAGDALENA. — Es igualmente peligroso para los dos.
AMADEO (en la misma actitud). —...y el esfuerzo físico…
MAGDALENA. — Tú eres un hombre.
AMADEO (en la misma actitud). — Nunca he practicado los deportes. Jamás he sido peón. Ni siquiera sé ganarme la vida. Soy un seden-tario, un intelectual...
MAGDALENA. — Tu educación ha sido incompleta. No habrías debi-do descuidar tu cuerpo...
AMADEO (en la misma actitud). — Me doy cuenta de ello… tar¬de, muy tarde. Pero quién habría podido pensar… que yo debe¬ría...
MAGDALENA. — En la vida se debe estar preparado para toda even-tualidad.
AMADEO (en la misma actitud). — Es cierto. Mis padres no fueron previsores... Es inútil recriminarlos...
MAGDALENA (más nerviosa). — Sin embargo, tienes a veces, justa-mente cuando no es necesario, sobresaltos de energía Pudiste muy bien matarlo... ¡Habría sido mejor que te hubiera faltado la fuerza en aquel momento y que tuvieras más al presente!
AMADEO (en la misma actitud). — Ante todo, no está enteramente demostrado que yo lo matara. No estoy completamente seguro de ello.
MAGDALENA. — ¡Vuelves a lo mismo!
AMADEO (en la misma actitud). — Pero ya te lo he dicho.
MAGDALENA. — ¿Estás loco o lo dices de mala fe?
AMADEO (en la misma actitud). — Estoy dispuesto a admitirlo por¬que no veo otra explicación razonable de la situación… Admito que es verosímil que sea yo quien la mató...
MAGDALENA. — ¡A pesar de todo!
AMADEO (en la misma actitud). — Sin embargo, tener energía para matar a alguien, el sobresalto necesario, en un momento de ira de despecho, es muy fácil... Lo hace cualquiera... Es el esfuerzo físico prolongado el que me asusta... ¿Voy a poder hacerlo? El esfuerzo físico, la idea del esfuerzo, el esfuerzo premeditado, la espera... eso es lo que destruye. (Suspira.) Lo haré, puesto que es necesario, puesto que es necesario... puesto que es necesario
MAGDALENA. — Entonces, es muy sencillo. Trata de no pensar más en ello. Eso te aliviará. Haz como si nada hubiera pasado. Este es un día como todos los demás, igualmente malo, pero no más Escribe tu obra. Eso servirá también para despistar a los vecinos. No deben sospechar nada.
AMADEO (en la misma actitud). — No hay por qué preocuparse por los vecinos. No piensan en nosotros... Escucha: no se les oye.
MAGDALENA. — Están ahí, puedes estar seguro. Están ahí, en sus departamentos, con los oídos pegados a las paredes, o a los pisos, o bien acechan tras las cortinas de sus ventanas..., o bien perma¬necen silenciosos, en pie, agrupados en la portería...
AMADEO (en la misma actitud). — Exageras.
MAGDALENA. — Los conozco mejor que tú. Es cuando callan cuando más los temo. La maldad de la gente, su curiosidad cruel... Nos espían, nos espían y no hacen más que eso durante todo el día. ¿No tienes antenas? ¿No sientes cómo pesa su silencio? Apenas descu¬bran la menor cosa, ese silencio sospechoso en el que confías es¬tallará con el estrépito de un vaso que se rompe en mil pedazos. Los prefiero cuando hablan, cuando hacen en alta voz reflexiones desagradables para que se les oiga..., e incluso cuando deslizan pa-peles inmundos bajo nuestra puerta, o cuando tratan de abrir agu-jeros en la pared para pasar por ellos hilos... Tú sabes, como el otro día... De todos modos prefiero eso. Uno sabe a qué atener¬se. Pero no puedo acostumbrarme a su silencio malvado. Hay que desconfiar de él...
AMADEO (en la misma actitud). — Esta noche... esta noche… a las doce, la hora del crimen, no antes... como un ladrón... Si por lo menos hubiera pasado ya... Terminar de una vez... ¡Ah, si el tiempo pudiera pasar más de prisa, más de prisa! (Silencio.) Hay que tomar una determinación. Silencio.
MAGDALENA (bruscamente). — ¡Pero trabaja a pesar de todo! ¡Cuántas veces quieres que te lo diga? ¿No comprendes que hay que des¬pistar? Como si no sucediera nada extraordinario...
AMADEO (en la misma actitud, penosamente), — Un día como los otros, un día como los otros...
MAGDALENA. — ¡Entonces... escribe... decídete! (Señala al muer¬to.) Él debe inspirarte... Vamos, concéntrate. Tampoco yo ten¬go ánimo para trabajar..., y, no obstante, tejo como de cos¬tumbre.
AMADEO (en la misma actitud, penosamente). — Voy a tratar. Ten¬go que ponerme a ello, tengo que ponerme a ello... (Silencio.) Se diría que, se diría... que las imágenes levantan..., penosa¬mente sus cabezas..., las palabras se echan a volar..., que eso se mueve..., que se aproxima, lentamente... ¡Qué cansado estoy! ¡Maldito trabajo! (Con gran desprecio.) Escribir... (Breve si¬lencio.) Preferiría dormir, hasta la medianoche. De todas mane¬ras, no podría..., he perdido el sueño… ¡Escribamos! (Breve si¬lencio. Siempre en la misma actitud.) El horizonte está cercado por montañas oscuras... Densas nubes rozan el suelo. . Humaredas, vapores... Eso viene... ¡Vamos, vamos, acercaos, acercaos!... (Sin cambiar de actitud, con los ojos semicerrados, hace el gesto de tirar hacia sí, con una cuerda invisible, algo muy pesado. Du¬rante unos segundos abre los ojos y en su rostro se debe leer la ex-presión de una fatiga inmensa. Sigue en la misma posición, es de¬cir, hundido en su sillón, dando la cara al público, y, cuando tira de la cuerda invisible, lo hace también con gestos muy lentos, gestos de hombre agotado, rendido, para el que todo esfuerzo, y tan¬to más éste, se hace muy penoso. En el sillón balancea rítmicamen¬te los hombros y la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. A cada instante su cabeza, al levantarse e inclinarse, de¬be parecer que amenaza con doblarle y romperle el cuello y rodar sobre las rodillas de los espectadores de primera fila en la sala.) ... Salid... del pozo... Salid... subid... Ya viene... adquiere ros¬tros... i-má-ge-nes..., i-má-genes... se parece... ¿a qué, a qué, a qué?... Ya están ahí...
Mientras MAGDALENA sigue tejiendo en su rincón, entran o aparecen por el fondo dos personajes, dos actores que dan vueltas en el mismo lugar durante la escena siguiente. Se parecen, de una manera muy realista, a AMADEO y MAGDALENA, SUS voces imitarán exactamente a las de AMADEO y MAGDALENA, hacia el final esas voces serán muy agudas —sobre todo la de MAGDALENA—, plañideras, inhumanas, irreales, parecidas a gritos de animales que sufren. Cuando aparecen su sosias, en tanto que MAGDALENA, en su lugar, seguirá tejiendo, AMADEO continuará, durante algún tiempo, en su sillón o en el dirán, tirando de la cuerda imaginaria y moviendo rítmicamente la cabeza y los hombros, y luego se inmovilizará progresivamente. Una vez inmó¬vil, con los ojos semicerrados y en el rostro una expresión de fatiga triste y coagulada, podrá permanecer durante algún tiempo con la boca entreabierta, por ejemplo, tan ajeno como MAGDALENA a lo que sucede en el escenario. Hay que señalar, además, que se debe evitar, todo lo posible, que MAGDALENA II y AMADEO II tengan el aspecto de ectoplasmas; para eso no deben aparecer a una luz fantasmal, sino a la normal del escenario. La actuación de MAGDALENA II y AMADEO II debe ser muy natural dentro de lo no natural, de lo irreal; tan natural como puede ser la de MAGDALENA y AMADEO. Según las posibilidades de la puesta en escena y, sobre todo, en el caso en que no se pudiera encontrar otros dos actores que se parecieran completamente a los que interpretan los papeles de AMADEO y MAGDALENA, se puede represen¬tar la siguiente escena de este modo: la perspectiva se concentra en AMADEO; no se ve más que su rostro inmóvil. MAGDALENA ha desapa¬recido. Música. La luz se hace más clara y da a la escena un aire de fiesta. AMADEO es novio: saca de su cajón guantes blancos, sombrero, corbata, flores, etcétera, y se viste. MAGDALENA aparece en su balcón, frente al público, se acerca a ella.
Si se adopta esta segunda posibilidad, es evidente que ya no se ne-cesitan actores suplementarios: las réplicas puestas entre paréntesis se suprimen, igualmente, en ese caso.
AMADEO II. — ¡Magdalena, Magdalena!
MAGDALENA II. — No te acerques. No me toques. Pinchas, pinchas, pinchas. ¡Me haces daño! ¿Qué quieres? ¿Adónde vas? ¿Adónde vas? ¿Adónde vas?
AMADEO II. — Magdalena...
MAGDALENA II (entre gemido y grito). — ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
AMADEO II. — Magdalena, despiértate. Abramos las cortinas. Es la aurora de la primavera... Despiértate... El sol inunda la ha¬bitación… Luz de gloria... ¡Calor suave!...
MAGDALENA II. —… ¡Noche, lluvia, barro!... ¡El frío! Tirito ¡Negro... negro... negro! ¡Ciego, embelleces la realidad! ¿No ves que la embelleces?
AMADEO II. — Es la realidad la que nos embellece.
MAGDALENA II. — ¡Dios mío, está loco! ¡Está loco! ¡Mi marido está loco!
AMADEO II. — ¡Mira..., mira..., en los recuerdos, en el presen¬te..., en el porvenir..., a tu alrededor!
MAGDALENA II. — Nada veo... Está oscuro... No hay nadie. Nada veo... ¡Estás ciego!
AMADEO II. — Sí, yo veo, veo…
MAGDALENA II. — No... No..., no.
AMADEO II. —... el valle verde en el que florecen los lirios
MAGDALENA II. — ¡Hongos!... ¡Hongos!... ¡Hongos!... ¡Hongos!
AMADEO II. — Sí, el valle verde... En él bailan la ronda, tomados de la mano.
MAGDALENA II. — Valle sombrío, húmedo, pantanoso, en el que se hunde y se ahoga... ¡Socorro, me ahogo, socorro!
AMADEO II. — Desbordo de canciones... ¡La, li, la, li, la, la, la, la!
MAGDALENA II. — No cantes con esa voz falsa. ¡Me desgarras los oídos!
AMADEO II. — ¡La, li, la, li, la, la, la, la!
MAGDALENA II (gritando). — No grites... ¡no grites! ¡Qué voz estridente! ¡Me taladras los oídos! ¡Me haces daño! ¡No desgarres mis tinieblas! ¡Sádico! ¡Sádico!
AMADEO II. — Magdalena querida.
MAGDALENA II. — ¡Mise-ra-ble Amadeo!
AMADEO II. — Magdalena, ¡tú cantabas en otro tiempo!
MAGDALENA II. — Por aburrimiento. Estribillos de moda. ¡Cierta-mente por aburrimiento!
AMADEO II. — ¡Bailemos!... La ronda... La alegría estalla. Luz loca... Amor loco... Dicha loca... ¡Alegría, estalla; estalla, alegría!
MAGDALENA II. — ¡No disparen!... ¡No disparen!... Las bayone¬tas, las ametralladoras... ¡No disparen, tengo miedo!
AMADEO II. — La gente se abraza.
MAGDALENA II. — ¡No me maten!... ¡Les imploro compasión!... ¡No lo maten! ¡No los maten!... ¡Piedad para los niños!
AMADEO II. — La dicha loca...
MAGDALENA II. — ¡Locura! ¡Locura! ¡Locura!
AMADEO II. — Bogamos en el lago límpido. Nuestra barca es un lecho de flores..., una cuna... La onda nos lleva... nos desli¬zamos...
MAGDALENA II (grito de espanto). — ¡Resbalo!... ¿Una barca?
¿Qué barca? ¡Pero dime de qué barca hablas! ¿En qué barca puedes pensar? ¿Dónde ves barcas? ¡Ji, ji, ji! ¿Es posible que haya barcas en el barro, en la arena del desierto?
AMADEO II. — ¡Iglesias blancas! ¡Campanarios!... ¡Las iglesias son palomas!
MAGDALENA II. — ¿Campanarios?... No oigo nada. Eres sordo, no oigo nada. ¡Eres sordo!
AMADEO II. — ¡Voces de niños! . . ¡Voces de manantiales! . . ¡Vo¬ces de primavera!
MAGDALENA II. — ¡No, no, sapos, juramentos!
AMADEO II. — Voz de la nieve en la montaña...
MAGDALENA II. — Bosques viscosos, oscuridad de presidio... Bos-ques infernales... ¡Ay, dejadme! ¡Dejadme!... ¡Ay!... ¡Qué pesadilla!
AMADEO II. — El horizonte respira. Luz de gloria...
MAGDALENA II. — ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Oh! ¡Oh! ¡Veo las nubes, los lobos! ¡Oh! ¡Oh!
AMADEO II. — La mañana no envejece... Claridad viviente… ¡Se acabó la noche... se acabó!
MAGDALENA II. — ¡Me hundo en la noche! ¡Densas tinieblas!... Hay que cortarlas con cuchillo… No veo… no veo... ¡Tengo mie¬do! ¡Ay!
AMADEO II. — Magdalena...
MAGDALENA II. — ¿Quién hace que broten los árboles esas hojas du-ras, esas ramas azorantes, esos bejucos? ¡Eres tú quien hace eso, miserable, mi-se-ra-ble!
AMADEO II. — Magdalena, querida...
MAGDALENA. — ¡Me azotan las mejillas y los hombros! ¡Eres tú, mi-serable, eres tú quien me golpeas en el rostro! ¡Mi-se-ra-ble!
AMADEO II. — No hay obstáculos. No hay árboles. Mira bien... mira. Piedras suaves como el musgo...
MAGDALENA II. — Me desuellan los pies... ¡Son espinas de fuego!
¡Llamas puntiagudas, llamas de hielo! ¡Me clavan alfileres de fuego en la carne! ¡Ay!
AMADEO II. — Si tú quisieras habría..., habría: savia en abundan¬cia... alas en los pies..., nuestras piernas serían alas..., nuestros hombros serían alas..., quedaría abolido el peso..., dejaría de existir la fatiga...
MAGDALENA II. — Siempre la noche..., siempre la noche... ¡Sola en el mundo!
AMADEO II. — ¡Estamos en las puertas del mundo!
MAGDALENA II (como una cotorra). — ¡Ved eso! ¡Ved eso! ¡Eso no existe! ¡Nunca contento! ¡Nunca contento!
AMADEO II. — Universo aéreo... Libertad... Potencia transparen¬te... Equilibrio... Ligera plenitud... El mundo no tiene peso.
MAGDALENA II. — ¡Ved eso! ¡Ved eso!
AMADEO II. — Se levanta al mundo con una sola mano...
MAGDALENA II. — ¡Nunca contento! ¡Nunca contento!
AMADEO (en su sillón). — El tiempo es bochornoso; el mundo, es-peso; los años, breves; los segundos, lentos.
MAGDALENA II. — La piedra es el vacío. Las paredes, el vacío. No hay nada... nada.
AMADEO II (en su sillón). — Es pesado y, no obstante, está muy mal pegado... No hay más que agujeros... Las paredes se tambalean, las masas de plomo se desploman.
MAGDALENA II. — ¡Eso se va a derrumbar sobre nuestra cabe¬za! ¡Se ha roto en mi ca-be-za! ... ¡Oh, los inmundos hongos! ¡Qué mal huelen! ¡Lo pudren todo!
AMADEO II. — Todas las voces son nuestro eco. Todo se responde. Estamos tomados de la mano. ¡Espacio, nada de distancias!
MAGDALENA II. — ¡Soy viuda, soy huérfana, soy pobre, enferma, vieja, la huérfana más vieja de la tierra!
AMADEO II. — ¡Las auroras son victorias! ¡Todos los soles se levan-tan! ...
MAGDALENA II. — ¡Nunca contento! ¡Miserable, vedlo, nunca con-tento!
AMADEO (en su sillón). — Eso se va a desarticular por completo, por completo... AMADEO II. — Recuerda, recuerda...
MAGDALENA II. — ¡No digas eso! ¡No digas eso! ¡Nunca contento!
AMADEO II. — Los gorriones recuperaban las fuerzas en nuestras manos, las flores no se marchitaban.
MAGDALENA II. — ¡Tu imaginación! ¡Tu imaginación! ¡Tu imagi-nación! ¿Dime dónde? ¡Me irritas! ¡Me irritas!... ¡No es posible! ¡No es posible!... ¡No es eso!
AMADEO II. — ¡Eres bella, reina de belleza!
MAGDALENA II. — ¡Reina de belleza! ¡Vean eso!... ¡Miserable! ¿En quién piensas? ¡Se burla de mí, se burla de mi nariz! ¿No has visto mi nariz?
AMADEO II. — Recobra tu memoria, recobra tu memoria, recobra tu memoria.
MAGDALENA II. — No digas eso. Me irritas. Nunca contento. ¡Mi-serable! ¡Bella, reina de belleza! ¡Vean eso!
AMADEO II. — Lo que está lejos puede estar cerca. Lo que está mar-chito reverdece. Lo que está separado se reúne. Lo que no existe ya volverá.
MAGDALENA II. — ¡No es cierto! ¡No es cierto! ¡No digas eso! ¡Me destrozas el corazón! AMADEO II. — Nos amamos. Somos dichosos. En la casa de vidrio, la casa de luz. .
MAGDALENA II. — Quiere decir casa de hierro, de hierro...
AMADEO II. — Casa de vidrio, de luz...
MAGDALENA II. — ¡Casa de hierro, casa de oscuridad!
AMADEO II. — De vidrio, de luz, de vidrio, de luz...
MAGDALENA II. — De hierro, de hierro, de oscuridad, de hierro, de oscuridad.
AMADEO II. — De vidrio, vidrio, vidrio...
MAGDALENA II y AMADEO II (juntos). — ¡Hierro, oscuridad, hie¬rro, hierro!
AMADEO II (como vencido). — Vidrio, luz, vidrio, luz... hierro, luz, hierro, oscuridad; oscuridad; hierro...
MAGDALENA II y AMADEO II (juntos). — ¡Hierro, oscuridad, hierro, oscuridad, hierro, oscuridad, hierro; oscuridad!
AMADEO II. — ¡Ay, el hierro, la oscuridad!
MAGDALENA II. — ¡Ay! ¡Ay! (Solloza.)...Fuego..., hielo… ¡Descendiendo sobre mí, me rodea! ¡Me envuelve por dentro y por fuera!... ¡Ardo! ¡Socorro!... ¡Alidulée!... ¡Alidulée!... ¡Ali-dulée!... ¡Socorro, Alidulée!
AMADEO II. — ¡Alidulée... Alidulée... Alidulée!... ¡Socorro, Ali¬dulée!
MAGDALENA II y AMADEO II (juntos). — ¡Alidulée... Alidulée... Alidulée... Amor Alidulée... Amor Alidulée!... ¡Querido Ali¬dulée! ... ¡Socorro, Alidulée!... ¡Alidulée!
MAGDALENA II se marcha aullando y AMADEO II corre tras ella gri-tando: "¡Espérame! ¡Espérame!". Los sosias desaparecen. MAGDALENA se levanta lentamente y se dirige a AMADEO en su sillón.
En el caso en que no se emplee los sosias: MAGDALENA se va gritan-do y AMADEO se queda solo y triste. Vuelve lentamente a su mesa, y se quita los guantes y el sombrero. Es AMADEO viejo. La atmósfera del comienzo del segundo acto. MAGDALENA reaparece por el fondo y va a tejer, gruñona, en su lugar.
AMADEO (en la misma actitud). — ¿Es la hora?
MAGDALENA (en la misma actitud). — No, todavía no es la hora.
AMADEO. — ¿Se acerca la hora?
MAGDALENA. — Apenas. Paciencia.
AMADEO. — Magdalena, pobre cosa lastimada... Si nos amáramos de veras, si nos amáramos, todo esto no tendría ya importancia alguna. (Juntando las manos.) ¡Amémonos, Magdalena, te lo suplico! Co¬mo sabes, el amor lo arregla todo, cambia la vida. ¿Me crees, me comprendes?
MAGDALENA. — ¡Déjame en paz!
AMADEO (balbuceando). — ¡Estoy seguro de ello! El amor puede redimirlo todo.
MAGDALENA. — No digas tonterías. No es el amor el que nos va a librar de ese cadáver. Tampoco el odio, por lo demás. No es cues¬tión de sentimiento.
AMADEO. — Yo te libraré de él.
MAGDALENA. — ¡Todo eso no quiere decir nada! ¿Qué es esa histo¬ria de amor? ¡Tonterías! ¡No es el amor el que puede librar a la gente de las preocupaciones de la vida! Esos no son verdaderos personajes. ¿Cuándo harás una obra de teatro como todo el mundo?
AMADEO (en la misma actitud). — Ha salido así. Sin embargo, he querido hacer una obra sociológica.
MAGDALENA. — Cuando tienes inspiración, es morbosa. No hay nada auténtico en ella. Carece de realidad.
AMADEO (en la misma actitud). — Está, no obstante, en el aire.
MAGDALENA. — Eso no te representa. ¡Tú no eres tú mismo! (Señala el cadáver.) La culpa la tiene él. Es él todo eso. Es él quien te ha dictado eso. Es su mundo, no el nuestro.
AMADEO (en la misma actitud). — Quizá no...
MAGDALENA. — Interviene en todo, ¿te das cuenta?
AMADEO (en la misma actitud). — Tal vez.
MAGDALENA. — ¡No cabe duda! (Resbala en el piso.) Esto está res-baladizo. Hay gérmenes de hongos por todas partes en el piso. No es el amor el que va a limpiarlo. (Mira a la puerta abierta de la habitación.) Y ya no se puede cerrar la puerta. ¡Lo ha invadido todo! Por lo menos no le dejes los ojos abiertos... Sigues sin cerrárselos.
AMADEO (en la misma actitud). — Voy a hacerlo... No se mueve.
Por otra parte no tiene tiempo para hacerlo, pues de pronto se oye —mientras el escenario se oscurece y el reloj marca las 8 de la noche—, procedente de la habitación del muerto, una música extra¬ña que se intensifica progresivamente. AMADEO y MAGDALENA callan y escuchan, inmóviles, en la oscuridad en aumento, reemplazada poco a poco por una luz verde proveniente de la habitación del muerto. Durante la música se oyen ruidos que hacen los vecinos: un lejano "A la mesa", un toque de campanilla también lejano, ruidos de pasos, bastante discretos, en la escalera; retintín de platos, choques de vasos, pues es la hora de la comida. Luego, poco a poco, van desapareciendo esos ruidos y sólo se deja oír la música. En cierto momento AMADEO, cuando comienza la música, se levanta para cambiar de lugar, fur¬tivamente, a un mueble, con el fin de hacer lugar al muerto, que sigue avanzando, y luego se sienta, junto a MAGDALENA en el baturri¬llo de muebles, desde el que los dos personajes siguen escuchando en silencio, sin que se los vea desde la sala, la extraña música del muerto. Para ir a ese lugar, así como para salir de él, al final de esta escena, AMADEO y luego MAGDALENA y AMADEO encuentran dificultad, pues el muerte crece y va ocupando todo el espacio todavía libre; y pan pasar entre los pies del muerto y los muebles, o entre los pies y la puerta de la derecha —pues MAGDALENA y AMADEO tienen que hacer más tarde ese movimiento— hay que hacer casi gimnasia. La música se oye durante largo tiempo; la puesta en escena deberá insistir en la luz verde, el baturrillo de muebles y el escenario vacío de personajes, pues no se ve a AMADEO y MAGDALENA ocultos por todos esos objetos durante un largo momento; así, en esta escena, los que actúan son la música, los pies del muerto que se alargan y la luz verde. MAGDALENA (al oír la primera nota, al principio débil, de la música). — ¿Qué es eso? ¿Oyes? ¡Es otra vez en tu obra!
AMADEO. — No. Silencio. Es que él canta.
MAGDALENA (en voz más baja). — Tiene la boca cerrada.
AMADEO (también en voz baja). — Los sonidos le salen sin duda por las orejas… Es el mejor instrumento...
Los sones del reloj se agregan a esa música. Pausa. Y también los ruidos de afuera al comienzo.
MAGDALENA (en voz baja). — Llega de todos lados.
AMADEO (lo mismo). — Las ondas se propagan... Es su fuerza...
AMADEO y MAGDALENA callan. Durante cierto tiempo no se oye más que la música, y luego, de pronto, el escenario, que había quedado casi completamente a oscuras, se ilumina con una luz verde, no des-agradable, que llega de la habitación del muerto y al principio sólo ilumina parte de la escena.
MAGDALENA. — Esa luz viene de su habitación. Proviene de él.
AMADEO (en voz baja). -— Son sus ojos los que iluminan. Parecen dos faros. . Tanto mejor, así no hay que encender la lámpara... Su luz es más suave.
MAGDALENA. — Cierra los postigos.
AMADEO va lentamente a cerrar los postigos.
AMADEO. — Los vecinos terminarán pronto de comer e irán a acos-tarse.
MAGDALENA (en voz baja, mientras AMADEO vuelve a su lugar junto a ella en silencio). — A pesar de todo, tiene talento. Pausa larga; música larga; las agujas del reloj se destacan sobre el fondo oscuro; por las grietas de los postigos entra la luz de la luna. Luego, de pronto, sin decir una palabra, pocos instantes después de la última nota de música, AMADEO y MAGDALENA se levantan simul-táneamente.
MAGDALENA. — Deberíamos cambiar de lugar el armario.
AMADEO. — ¡Oh, va a tocar la puerta!
MAGDALENA. — No querrás que él lo destruya.
Enloquecidos en su mutismo, AMADEO y MAGDALENA hacen una se-rie de movimientos sin palabras, mientras las agujas del reloj aceleran sus movimientos. AMADEO y MAGDALENA cambian de lugar el ar¬mario en silencio; sus movimientos son desordenados, enloquecidos; cambian también de lugar otros muebles, pasando difícilmente por un lado y el otro de los pies del muerto. Dentro de ese enloqueci¬miento, AMADEO parece, sin embargo, mucho más tranquilo o mucho más pesado. Luego, con un trapo, MAGDALENA saca brillo a los zapa¬tos del muerto y AMADEO, con la mano, le quita el polvo del panta¬lón. Coloca mejor los pies del muerto en el taburete. MAGDALENA guarda en el armario el trapo que había tomado para lustrar los zapa¬tos, después de haber cambiado de lugar ese armario. En cierto mo¬mento, sin que MAGDALENA interrumpa su agitación, AMADEO se detiene, de espaldas al público, con las manos entrelazadas a la espal¬da, contemplando los pies del muerto, y luego, lentamente, pasea su mirada por el cuerpo, la fija en la puerta abierta durante unos ins¬tantes, se vuelve, mueve la cabeza y suspira. Durante un breve instante MAGDALENA contempla, sin hablar, a AMADEO; parece muy abatida y le hace a AMADEO un gesto con los brazos como si quisiera decirle: "Ya ves cómo estamos". Luego nueva agitación; los dos personajes hacen nuevos movimientos desordenados en el escenario, esta vez con las manos vacías. Ese movimiento desordenado y silen¬cioso es interrumpido, de pronto, por un violento ruido de gongo: son los pies del muerto que han llegado a la puerta de la derecha. Los movimientos de los personajes se hacen de pronto visiblemente más lentos y pesados.
MAGDALENA (al oír el ruido del gongo). — Toca la puerta. Ha lle-gado el momento. ¿Sigues cansado?
AMADEO. — ¿Tengo todavía tiempo para recuperar fuerzas?
Está en pie, sin moverse, frente a la puerta de la izquierda.
MAGDALENA. — Habrías hecho mejor descansando un poco en vez de agitarte así.
AMADEO. — Desde hace mucho tiempo mi descanso no es reparador. Ni tampoco el sueño. Al levantarme estoy más fatigado que al acostarme. ¡Yo, que en otro tiempo me sentía con tanta fuerza, con un ímpetu irresistible!
MAGDALENA. — Te ilusionas, amigo mío. ¡Ímpetu! ¡Nunca lo has tenido!
AMADEO (en la misma actitud). — ¡Oh, sí! No debes negarlo. En otro tiempo rompía el hierro con las manos, levantaba una ca¬rreta con los hombros. Ahora me pesa una pluma.
MAGDALENA. — Se te creería Jean Valjean envejecido. El reloj marca las doce menos cuarto.
AMADEO. — ¿Es verdaderamente el momento?
MAGDALENA. — Por supuesto, por supuesto.
AMADEO (entorpecido, mientras MAGDALENA le sigue con la mirada, se dirige a la ventana). — ¡Ha llegado, pues, el momento!
MAGDALENA. — Tienes todavía uno o dos minutos.
AMADEO (mirando por las grietas del postigo). — Ya no se los ve.
MAGDALENA. — No mires. Podrían verte.
AMADEO (mirando los pies del muerto). — Sus pies se apoyan en la puerta.
MAGDALENA. — ¡Con tal que no la derriben también! Da a la esca-lera. Estaríamos perdidos... ¡Cuidado con ese sillón!
AMADEO y MAGDALENA cambian de lugar el sillón; empujan un poco hacia la derecha o la izquierda, al sesgo, los pies del muerto.
MAGDALENA. — Un poco más... Empuja. (AMADEO obedece.) ¡Basta!... Así.
AMADEO. — Si nos libramos de él, ¿crees que nos servirá de algo? Puede venir otro invitado y se repetirá la cosa.
MAGDALENA. — En todo caso, será más pequeño. No ocupará en seguida todo el lugar. Tendremos tiempo para respirar antes que crezca.
AMADEO. — Así es. Siempre serán algunos años de seguridad rela-tiva... (Mirando hacia la habitación.) Ha envejecido más desde hace un momento... (Sigue en pie, vuelto hacia la habitación, mientras MAGDALENA se deja caer en el sillón. Pausa.) No obs¬tante, sigue siendo bello. (Pausa.) Es extraño; a pesar de todo me había habituado a él.
MAGDALENA. — Yo también... Pero no es una razón para no sa¬carlo de aquí... Y hay que hacerlo ahora mismo mira la hora... inmediatamente.
AMADEO (en el mismo lugar). — Así es. Lo que se ha decidido, decidido está. No falto a mi palabra... Sin embargo, confieso que la idea de deshacerme de él... Sí... lamento sinceramente separarme de él. (Da unos pasos y empuja ligeramente un velador para hacer lugar a los pies.) De todos modos esta puerta es más sólida que la otra. (Circula por el escenario, con las manos a la espalda, encorvado.) Si se hubiera mantenido tranquilo quizás ha¬bríamos podido conservarlo. En resumidas cuentas ha crecido y envejecido en nuestra casa, con nosotros. ¡Eso cuenta! ¡Qué quieres, uno se apega a todo, así es el corazón humano!... Sí, uno se apega a cualquier cosa, a un perro, un gato, una caja, un niño... Tanto más a él, pues tiene derechos para ello. ¡Cuán¬tas cosas nos recuerda!... La casa nos parecerá vacía cuando ya no esté él... Ha sido el testigo mudo de todo un pasado, un pasado no siempre agradable, evidentemente... También se po¬dría decir que no ha sido agradable a causa de él... pero, en fin, la vida nunca es alegre. Si no se tiene una preocupación se tienen otras... En resumen, quizá no hemos sabido tomarlo como de¬bíamos, quizás debíamos haber encarado las cosas con más filoso-fía. Todo esto habría tomado otro giro... no más divertido, evidentemente, pero debíamos haber tratado de acostumbrarnos a ello. . No hemos intentado todo, todo lo que hacía falta para que él se sintiera cómodo. Todos hemos cometido errores los unos con respecto a los otros y debíamos habernos mostrado más tole¬rantes mutuamente... De otro modo la vida no es posible. No se puede tener en cuenta todo... Hay que ser más generoso...
MAGDALENA. — No vas a vacilar en el último momento. No vas a echarte atrás.
AMADEO (suspirando). — No hay más remedio. (Nuevo son de gon¬go contra la puerta; el reloj da las doce.) En efecto. Parece muy fatigado.
MAGDALENA. — Ya verás cómo te sientes mejor luego.
AMADEO. — ¿Lo crees?
MAGDALENA. — Abre los postigos. ¡De prisa!
AMADEO. — Pueden vernos.
En ese momento reina un silencio total.
MAGDALENA. — Haz lo que te digo. (AMADEO se dirige a la ven¬tana del fondo y se dispone a abrir los postigos con movimientos de autómata.) Nadie te verá. Nadie te oirá. Hay luna llena.
AMADEO (que ha abierto completamente un postigo). — Ya no soy yo mismo.
MAGDALENA. — La luna llena les deslumbra, les entorpece, les hace dormir profundamente. Todos se hallan encerrados en sus sueños.
AMADEO. — Reflexiona bien, Magdalena, en lo que me obligas a hacer. Piensa bien en ello. La cosa no tendrá ya remedio. No lo volveremos a ver nunca, nunca más. ¡No te lamentarás, no me harás reproches, no llorarás!
AMADEO ha abierto ampliamente los postigos y una fría luz de lu¬na, que se mezcla con la luz verde, o incluso la anula, penetra en la habitación.
MAGDALENA. — Es el momento propicio. ¡Ahora o nunca! ¡Vamos! AMADEO (mirando por la ventana). — ¡Qué bella es la noche! MAGDALENA. — Es más de medianoche.
Por la ventana entra la luz brillante y fría, que inunda ahora el escenario. Por la ventana se ve el espectáculo luminoso, tal como lo describe AMADEO en las palabras que siguen. Entre los juegos de luz que se ven y el aspecto macabro de la habitación de los dos esposos hay un contraste patente. La luz da matices de plata a los hongos, que entretanto han crecido también y se han hecho enormes. La luz, los juegos de luz, no parecen venir únicamente de la ventana, sino un poco de todas partes: de las paredes, de las junturas del armario, de los muebles, de los hongos, de los pequeños gérmenes de hongos que brillan, en el piso, como luciérnagas. Es necesario que el direc¬tor de escena, el escenógrafo, el especialista en iluminación tengan muy en cuenta esto: la atmósfera de la habitación de los esposos cambia un poco de carácter, evidentemente, pero, no obstante, lo horrible y lo bello deben coexistir en absoluto.
AMADEO. — Mira, Magdalena... Todas las acacias brillan. Sus flores estallan. Ascienden. La luna ha florecido en medio del cielo y se ha convertido en un astro viviente. La vía láctea, de leche espesa, está incandescente. Hay miel, nebulosas en profu¬sión, cabelleras, rutas en el cielo, arroyos de plata líquida, ríos, estanques, lagos, océanos, luz palpable... (Se vuelve hacia MAGDA¬LENA con las manos tendidas.) Mira, se diría que tengo en la ma¬no terciopelos, bordados... (Entretanto MAGDALENA hace en la habitación los últimos preparativos; cambia de lugar los objetos, un mueble, hace lugar, trata inútilmente, y en seguida renuncia, de doblar un poco las piernas del muerto.) ...La luz es de seda... Nunca la había tocado... (Mira de nuevo por la ventana.) Ra¬milletes de nieve florida, árboles en el cielo, jardines, praderas... cúpulas, capiteles, columnas, templos... (Señala al muerto con
pesar.) Él no podrá ver todo eso. (De linceo en la ventana.) ¡Y espacio, espacio, un espacio infinito!
Todo esto debe ser dicho indispensablemente sin declamación, muy naturalmente.
MAGDALENA. — No pierdas el tiempo. ¿En qué piensas? El frío penetra. Vamos a resfriarnos. Apresurémonos.
AMADEO. — Estamos en verano, Magdalena.
MAGDALENA (que comienza a enloquecer). — ¿Ves transeúntes?
AMADEO. — A nadie. Nada se mueve. No hay un ruido. La sole¬dad. (Hacia el muerto). ¡Pobre!
MAGDALENA, a medida que se hace inminente la puesta en práctica de la decisión, y luego, durante la ejecución misma, pierde cada vez más su sangre fría, el dominio de sí misma. Es AMADEO quien al comienzo y después, no tranquilo, sino como ausente, actúa como un autómata.
AMADEO. — ¡Este no es el momento de compadecerte!
Lo que sigue se hace entre la agitación más grande de MAGDALENA.
MAGDALENA. — Vamos, ayúdame... Vamos, vamos... (AMADEO deja la ventana y se acerca a MAGDALENA.), ¡Silencio! ¡Escu¬cha! ... No, no es nadie. ¡Vamos, de prisa!
AMADEO. — No pueden verme. Tú decías que los deslumbra la luna.
Están junto al muerto. AMADEO le levanta los pies y los deja caer otra vez en el taburete; no sabe bien por dónde comenzar.
MAGDALENA (retorciéndose más o menos las manos). — Es cierto... pero nunca se sabe... Con tal que... ¡Vamos, de prisa! (Las escenas que siguen son febriles en el más alto grado. MAGDALENA mira el reloj, trata de cambiar de lugar los muebles y renuncia a hacerlo; da numerosas muestras de ansiedad.) ¿Dónde vas a arro¬jarlo?
AMADEO. — En el río, por supuesto. ¿Dónde quieres que lo haga?
MAGDALENA. — Sí, en el río. (Se aprieta el corazón con las manos.) ¿Has elegido el lugar?
Se oyen como golpes dados en la puerta de la derecha.
AMADEO (sin asustarse, pues está más allá del espanto). — Llaman.
MAGDALENA (apretándose el corazón). — No, son los latidos de mi corazón.
AMADEO. — Si llamasen de veras a la puerta no sería fácil distinguir los golpes de la puerta de los latidos de tu corazón En fin, eso no se producirá, sin duda...
Música o no, según la puesta en escena. Golpes raros, potentes —los latidos del corazón de MAGDALENA— conmueven, al parecer, toda la decoración.
AMADEO (trata de arrastrar al muerto por los pies, lo que parece muy difícil. MAGDALENA le ayuda, o le hace lugar empujando a un lado y otro, sin razón e inútilmente, los muebles; él puede interrumpir su esfuerzo para hablar.) Lo más peligroso es hasta la llegada a la orilla del río... Sin embargo, no hay que recorrer más que qui¬nientos metros. Los primeros trescientos son los más fastidiosos. Son de nuestra calle y a sus lados se alzan casas altas. Pero... si consigo ir de prisa, mientras la luna actúa sobre la gente, no me verán. A menos que ocurra una catástrofe, un grito penetrante que desgarrara los sueños y despertara a todos. Pero hay que ju¬garse el todo por el todo. ¡Estoy obligado a hacerlo! (MAGDA¬LENA escucha y enloquece cada vez más.) No puedo elegir.
MAGDALENA (ayudando a AMADEO a tirar de los pies del muerto). — ¡Vamos, apresúrate... apresúrate!
AMADEO. — Hago lo que puedo. No me irrites.
MAGDALENA. — Quiero ayudarte y dices que te irrito. Si te dejara solo, ¿qué dirías?
En realidad, cada vez que AMADEO consigue levantar un poco los pies del muerto, hacerles, muy difícilmente y apenas, acercarse a ¡a ventana, obligándolos a formar codo, pues la puerta está a la dere-cha y la ventana en el fondo del escenario, MAGDALENA se le inter-pone, le cierra el paso y anula o complica sus esfuerzos. AMADEO arrastra, más o menos, al muerto y a MAGDALENA al mismo tiempo; se halla asombrosamente tranquilo, con una "calma autómata".
MAGDALENA. — ¡Tira con más fuerza!
AMADEO hace un esfuerzo supremo, un esfuerzo sobrehumano. Tira con mucha fuerza una, dos, tres veces, y luego, de pronto, el muer¬to va a él con gran estrépito, que sucede al silencio, y hace caer las sillas y el yeso del techo levanta una densa nube de polvo y derrumba las decoraciones. Se debe tener la impresión de que el cadáver, cuya cabeza sigue sin verse y que, arrastrado por AMADEO, avanza ahora claramente hacia la ventana, arrastra consigo toda la casa y las en¬trañas de los personajes.
MAGDALENA (gritando entre el estrépito). — ¡Cuidado, que no haga caer la loza!
AMADEO (gritando y tirando). — Estaba verdaderamente arraigado en nuestra casa. ¡Cómo pesa!. . ¡Tiene una fuerza pasiva extra-ordinaria!
MAGDALENA (gritando entre el estrépito). — ¡Su cabeza está toda-vía en su habitación! ¡Y también el tronco! ¿Quieres que vaya a tirarle del cabello?
AMADEO (gritando). — ¡No merece la pena!... Ya viene. (Dis¬minuye el ruido.) Viene.
MAGDALENA. — ¡Vamos! ¡Valor!... ¡Rápido!... El tiempo pa¬sa. ¡Tira!... ¡Arranca!
AMADEO (tirando con todas sus fuerzas, avanza hacia atrás en direc-ción de la ventana). — Es más difícil de arrancar que la muela del juicio… más duro que un roble.
MAGDALENA. — Espera. Voy a ayudarte. (Ayuda inútil, desorde-nada, embarazosa.) ¡Oh, pesa más que un roble!... Es un roble de hierro con raíces de plomo.
AMADEO (ha llegado a la ventana del fondo; coloca los pies del muer¬to en el borde de la ventana, se detiene para soplar y se enjuga la frente). — ¡Uf!
MAGDALENA. — ¡Uf!
AMADEO. — Y no ha terminado. Pero ya llegaremos.
MAGDALENA. — Es ahora, sobre todo, cuando hay que poner aten-ción. Tú estás bañado en sudor. Con tal que no te resfríes... (AMADEO trata de reanudar su esfuerzo.) Espera un poco. Voy a atisbar. (Se pone en la ventana, junto a los pies del muerto, y mira a la calle.) La calle siempre vacía. Habrá que tomar precauciones. No veo patrulla de policía.
AMADEO. — Las calles están vacías a esta hora.
MAGDALENA. — No habrá que arrojarlo al agua donde hay pinazas; los marineros no son sensibles a la influencia de la luna. Evita ese lugar.
AMADEO (señalando con el dedo por la ventana). — Iré cien metros más allá. Será un pequeño esfuerzo más. De todos modos tendré que atravesar la plazoleta, en el extremo de la calle.
MAGDALENA (mirando por la ventana en la dirección indicada). — ¿No puedes hacer otra cosa?... Es fastidioso... ¿Allí, al tér¬mino de la calle? Hay ventanas iluminadas. Pueden verte.
AMADEO. — Son el bar y la casa de tolerancia pertenecientes al pro-pietario de nuestro departamento. Los frecuentan soldados norte-americanos. Se los puede encontrar a veces, pues se pasean con muchachas. El peligro no es demasiado grande, pues no saben una palabra de castellano... la mayoría.
MAGDALENA. — Procura evitarlos.
AMADEO. — Es apenas posible. Se trata de un riesgo que hay que correr. Hay que probar ventura. La noche es bella.
MAGDALENA (sigue mirando por la ventana, de espaldas a la sala; AMADEO vuelve a tirar de las piernas del muerto hacia el centro del escenario; luego se acerca otra vez a la ventana). — Ama¬deo... tengo miedo... Sin embargo, es necesario. . es necesa¬rio... Puedes ir...
Junto a la ventana, AMADEO tira del muerto; la cosa marcha vi-siblemente con más rapidez. Sones del reloj. Los pies del muerto cuelgan sobre el borde de la ventana y se deslizan por el otro lado.
AMADEO. — Se desenrolla... La cosa marcha más fácilmente aho¬ra... ¡Se desenrolla!
AMADEO tira de las piernas y el cuerpo sale, como si se devanara, de la habitación de la izquierda, largo, largo, sin fin. AMADEO sigue colocando todo lo que llega en el borde de la ventana y las largas piernas continúan deslizándose sin duda en la acera mientras que, interminablemente largas, van saliendo poco a poco de la habitación, sin que el tronco haya aparecido todavía.
MAGDALENA (farfulla). — Tengo miedo... No habríamos debido decidirnos tan pronto... No podíamos hacer otra cosa... Ha¬bríamos debido esperar. No, no habríamos podido esperar... Tú tienes la culpa... No, no tienes la culpa, pero yo tenía, no obs¬tante, razón, era necesario... (AMADEO sigue tirando y las pier¬nas del muerto pasan regularmente por el borde de la ventana.) ¡Más de prisa, más de prisa, Amadeo! Me duele el corazón... ¡Vas a matarme, Amadeo! ¡Tira más de prisa, eso no termina, tira más de prisa! (Afuera y abajo se oye un gran ruido y AMADEO se detiene.) ¡Ay, Amadeo! Ya te había dicho que tuvieras cui¬dado... Se diría que lo haces intencionadamente.
AMADEO (inquieto, a pesar de todo). — ¿Qué ha sucedido?
MAGDALENA. — ¡Sus pies, sus pies! Han chocado con el pavimento. Hay que hacerlo más lentamente.
AMADEO mira también por la ventana, junto a MAGDALENA.
AMADEO. — Voy a bajar... Vigila bien.
MAGDALENA. — ¿Voy a quedarme aquí sola?... Tengo miedo.
AMADEO (poniéndose a horcajadas en la ventana). — ¿Qué otra cosa se puede hacer? No será muy largo. Dentro de unos instantes estoy de vuelta.
Desciende por la ventana. Ya no se ve más que la cabeza de AMA-DEO, y luego sólo sus manos, hasta que desaparece por completo. MAGDALENA observa cómo desciende.
MAGDALENA. — ¡Cuidado, querido, baja con prudencia! Pon el pie ahí... eso es... y luego allí... así.
AMADEO (desde abajo). — Ya está.
MAGDALENA. — ¿Estás abajo? No hagas mucho ruido.
AMADEO (desde abajo). — ¿No ves a nadie?
MAGDALENA (por la ventana, a AMADEO). — ¿Y tú no ves a nadie?
AMADEO (desde abajo). — Yo no veo a nadie.
MAGDALENA (por la ventana, a AMADEO). — Entonces, adelante. No pierdas tiempo... ¡Apresúrate!... ¡Tira, tira! (AMADEO tira desde la acera. Vero sigue sucediendo lo mismo: de la habi¬tación de la izquierda salen ininterrumpidamente las piernas, que atraviesan la escena y pasan por la ventana. Tienen una longitud insospechada, de modo que su deslizamiento dura bastante tiempo; quizás una música extraña, en sordina, acompañará a ese desliza¬miento. Entretanto, desde la ventana, MAGDALENA sigue estimu¬lando a su marido.) ¡Tira!... ¡Vamos!... ¡Sigue tirando!... Eso no ha terminado de devanarse... ¡Tira, tira! Por fin aparecen el tronco y las manos enormes.
AMADEO (en la calle, mientras tira, se ha alejado bastante; ya debe estar, por ejemplo, cerca de la plazuela, el bar y el burdel, pues su. voz llega de lejos). — ¿Todavía no ha salido to-do-o? (Con eco.) ¡Llego a la plazoletaaa!
MAGDALENA (cuya mirada, durante la escena anterior, iba siguiendo poco a poco la marcha de su marido por la acera, se ha elevado ahora y se dirige más lejos). — No. ¡Nooo!... ¡Sigue tirando! Todavía hay más... No ha terminado... ¿Has encontrado a alguieeeen?
AMADEO. — ¡A na-dieee! ¡No temas! Y tú, tú, ¿ves a alguien?
MAGDALENA. — ¡A na-dieeee!... ¡Vamos, tira, tira! (Sigue en la ventana, de espaldas a la sala; el deslizamiento del cuerpo continúa. Por fin aparecen sus hombros y luego su cabeza, que es tan gran¬de que apenas puede pasar por el vano de la puerta: enormes ca¬bellos blancos, enorme barba blanca. La cabeza del muerto se acerca a la ventana y su larga cabellera todavía no ha salido por completo de la habitación.) ¡Tira, Amadeo, tira!... ¡Ti-ra, ti¬ra, A-ma-de-o!... ¡Cuidado con las barcazas!... ¡Apresúra¬te!.. . ¡No te enfríes!... ¡No te demores en el cami-nooo!... (La cabeza está pinto a la ventana y casi oculta a MAGDALENA.) ¡Ti-ra!... ¡Ti-ra!...
TELÓN

ACTO TERCERO

DECORACIÓN
La plazuela. En el fondo algunos escalones, una puertecita, una ventana iluminada, o quizá dos. Es el "bar-casa de tolerancia" fre-cuentado por soldados norteamericanos. Llegan de ese lugar algu¬nos ruidos discretos: música de jazz, voces de hombres y mujeres, pero todo ese ruido parece más lejano que lo que está realmente. Si se quiere, pueden percibirse a través de las cortinas sombras que bailan. No se debe insistir demasiado: las sombras no deben pasar más que una sola vez, en un breve instante, como una imagen rá¬pida. La música y el rumor del bar, que apenas se perciben desde la sala, se harán de pronto exageradamente fuertes cuando, en un mo¬mento dado, se abra la puerta del bar para dejar salir a un soldado norteamericano arrojado violentamente fuera del local; luego el rui¬do se amortiguará de nuevo. Sobre la puerta y la ventana del local hay un cartel que dice: BAR - CASA DE TOLERANCIA. Quizá puede haber también, entre la puerta y la ventana, un farol. Sobre todo no hay que tratar de dar a la escena el aspecto convencional de rincón de calle "mal reputado". No debe parecer una taberna, ni una "boîte"; las paredes de esta "casa de tolerancia" son claras, su aspecto es enteramente honesto, corriente, y la fachada es bastante baja; es un lienzo de pared que necesariamente no debe ser muy alto para que permita la realización escénica de lo que va a seguir. Eventualmente, los escalones pueden encontrarse junto a la puerta del bar, el que en ese caso queda al nivel del tablado; en cambio, a derecha e izquierda hay casas altas, de muchos pisos, con muchas ventanas. Sobre la pared de la "casa de tolerancia" se ve la luna, enorme. Esa luna ilumina muy claramente la escena. Cuando aparece AMADEO la iluminará todavía más, como si fuera una señal. Surgirán inmensos ramilletes de estrellas, cometas y estrellas fugaces, fuegos artificiales en el cielo.
Al levantarse el telón sobre la decoración del tercer acto el esce¬nario debe permanecer vacío durante cierto tiempo. Música y rui¬dos en sordina llegan del bar. Las ventanas de las otras casas están a oscuras y con los postigos cerrados. De pronto se abre con estré¬pito la puerta del bar: la música y los ruidos provenientes del bar se hacen increíblemente fuertes mientras la puerta queda abierta, y pueden provenir también de muchos rincones de la sala. Unas manos arrojan vigorosamente del bar, tomándolo por los hombros, a un ro¬busto soldado americano, mientras se oye decir en el interior del bar:
Voz DEL PATRÓN. — ¡No queremos borrachos aquí! ¡Fuera!
Luego la puerta se cierra de golpe tras el soldado americano; los ruidos se atenúan. El soldado se vuelve y golpea la puerta.
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡No! ¡No! (Golpea la puerta.) No... I’m not drunk... Open the door... I payed for it... (Sigue golpeando la puerta.) Open the door... I want to come in..... Sigue golpeando.
La puerta se abre y el SOLDADO AMERICANO, empujando fuerte-mente, se introduce a medias; tiene una parte del cuerpo dentro del local y otra parte fuera; parece luchar.
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡No! ¡No! (Luego, empujado por una fuerza superior, queda casi por completo fuera; sólo tiene dentro un pie, que impide que la puerta se cierre por completo.) I’m not drunk! I want some brandy! Cognac brandy!
Voz DEL PATRÓN (dentro). — ¿No has oído que tienes que lar¬garte?
EL SOLDADO AMERICANO (obstinándose). — I paid for it... I paid for it... I want Mado...
LA VOZ. — ¿Qué Mado?
EL SOLDADO AMERICANO. — What?
LA VOZ (con acento español). — Which Mado?
EL SOLDADO AMERICANO. — I paid for it... I paid for… Mado! (Pronunciando mal.) ¡He pagado... por... Mado!
LA VOZ. — Mado es una muchacha bien educada. Nunca va con los borrachos. Mado... not for drunk men.
EL SOLDADO AMERICANO. — I’m not... I’m not... I want...
¡Quiero a Mado!
Un violento empujón desde el interior lanza afuera al SOLDADO AMERICANO, que cae a tierra. La puerta se cierra.
EL SOLDADO AMERICANO (sentado en tierra, cara al bar, golpea el suelo rítmicamente con los puños). — ¡Mado! ¡Mado! ¡Coñac! ¡Mado! ¡Coñac! ¡Mado! ¡Mado! ¡Coñac!
La puerta del bar se abre y se oye la voz de hombre.
LA voz. — ¡Vas a terminar o llamo a la policía militar! (En mal inglés.) Military police…
La puerta se cierra.
EL SOLDADO AMERICANO (se ha levantado y lanzado hacia la puerta, pero demasiado tarde; se aplasta la nariz. Golpeando la puerta con los puños, grita, con mala pronunciación). — ¿Policía militar?... ¿Policía militar?... Military Police, I belong to it! (Se vuelve hacia el público, saca del bolsillo un brazal que tiene las letras M. P., se lo pone en el brazo y dice, entristecido, con su mal acen¬to:) La policía militar soy yo. (Se encoge de hombros, hace un movimiento hacia la puerta del bar, vacila, renuncia y añade con pesar y perplejidad:) ¡Mado! ¡Mado! (Luego, después de rascarse la cabeza, se arranca con ira el brazal con las letras M. P., lo arro¬ja al suelo, saca del bolsillo un chicle y comienza a masticarlo, y luego, mientras mastica, con el mismo tono dolorido y fuerte acen¬to norteamericano, naturalmente, exclama:) ¡Mado! ¡Mado! Va a sentarse en los escalones del bar, mastica y luego se duerme, con la cabeza entre sus largas piernas, que le llegan, cuando está sentado así, hasta los hombros. A lo lejos se oye un ladrido discreto y luego todo se calma, salvo la música amortiguada que llega del bar.
Pausa. Luego aparece, proveniente de la izquierda, AMADEO, precedido de un ruido como el de una cacerola atada al rabo de un perro. AMADEO se afana, arrastra el cuerpo del muerto tras sí suje-tando sus pies con las dos manos; llega al centro del escenario; sólo se ven las piernas del muerto, pues el resto del cuerpo se halla toda-vía entre bastidores. Suelta los pies, que hacen ruido al caer; sopla un poco y se enjuga la frente.
AMADEO (vuelve a tomar los pies y avanza un paso. Ruido de cace-rola. Se detiene y nuevo ruido de cacerola). — ¿Qué le pasa? (Vuelve a tomar suavemente los pies, tira, avanza un poco más hacia la derecha; el ruido de cacerola es menos fuerte. Se detiene de nuevo, muy sofocado.) Es la mitad del trayecto... (Mira hacia todos lados.) Tengo suerte. La plaza está vacía. ¡Qué hermoso cielo!... Si no tuviera este trabajo...
Vuelve a tomar los pies del muerto, tira y avanza un poco más.
EL SOLDADO AMERICANO (surgiendo de la sombra, a AMADEO). — Do you speak english?
AMADEO (un poco asustado). — ¡Oh, perdón, señor!
EL SOLDADO AMERICANO. — Did you see Mado?
AMADEO. — ¿Magdalena, mi esposa?
EL SOLDADO AMERICANO. — No, not Magdalena, Mado... Do you know Mado?
AMADEO (esforzándose por hablar en inglés). — ¿Mado?... Oh. I... do not... I... do not... I... do not know Mado.
EL SOLDADO AMERICANO. — Never mind. That's too bad!
AMADEO. — ¿Cómo, señor?... What...
EL 'SOLDADO AMERICANO (viendo el cuerpo, sin asombrarse, con la mayor naturalidad). — Who is he? A friend?
AMADEO. — No hablo el inglés, señor. Discúlpeme. No me demore. Estoy muy ocupado.
EL SOLDADO AMERICANO (señalando el cuerpo). — A friend?... ¿Amigo de usted?
AMADEO. — Sí, señor, sí, un amigo... Eso no le incumbe, señor. Usted no es de la policía. ¡Ay, es una desgracia, la gran desgracia de mi vida... nuestro drama!... ¡Usted no comprendería!
EL SOLDADO AMERICANO (que no comprende verdaderamente). — ¿Desgracia? What does that mean? ¿Desgracia?
AMADEO. — Déjeme, señor, tengo prisa. No me gustan las conver-saciones en la calle. Mi mujer me ha prohibido...
EL SOLDADO AMERICANO (que sigue sin entender). — I see... I see...
Se aleja unos pasos.
AMADEO toma los pies del muerto, tira con todas sus fuerzas, avanza con dificultad, no puede más y se detiene.
AMADEO. — No llegaré allí, no llegaré... ¡Y Magdalena que me espera!... Si lo dejase aquí... No, no puedo dejarlo en medio de la calle... Los camiones no podrían pasar mañana por la ma¬ñana; harían una investigación, averiguarían que esto proviene de nuestra casa... Habría circunstancias agravantes por impedir la circulación... ¡Vamos, probemos otra vez! (Levanta la cabeza durante un segundo.) ¡Qué hermoso cielo!... Pero no es el momento... Probemos. Contemplaré el cielo cuando esto esté hecho, cuando esto esté hecho... (Tira, pero no puede avanzar.) Y no puedo llevarlo otra vez a casa... Ya no puedo más. Estoy demasiado debilitado... demasiado cansado...
EL SOLDADO AMERICANO. — Want some help? ¿Ayuda?
AMADEO. — Déjeme, señor, se lo ruego. No desearía que me sor-prendan...
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡No!
Mediante gestos da a entender a AMADEO que quiere ayudarle.
AMADEO. — ¡Cómo no!... Si usted quiere, señor... Gracias... Es usted muy amable... Así irá más de prisa... Debo volver lo más pronto posible para terminar mi pieza.
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿Su pieza?
AMADEO le indica mediante gestos que escribe.
EL SOLDADO AMERICANO. — You are writer? ¡Aah! Good, good! Usted... writer... the play?
AMADEO. — Sí. Una pieza en la que defiendo a los vivos contra los muertos. Es idea de Magdalena. Soy partidario de la acción, creo en el progreso, señor. Es una obra de tesis contra el nihilismo, en favor de un nuevo humanismo, más ilustrado que el antiguo.
EL SOLDADO AMERICANO (que sigue sin comprender). — I get it… I get it.
Al pronunciar estas palabras el SOLDADO AMERICANO se pone a. tirar con todas sus fuerzas y una gran parte del muerto llega a es-cena y se amontona. Se ven los brazos que sobresalen del montón; a la izquierda, cerca de los bastidores, se ven los hombros y el naci-miento del cuello. Pero al tirar, el esfuerzo ha sido sin duda dema-siado violento, pues ha producido un gran estrépito. Se oye débil-mente, a lo lejos, la voz de MAGDALENA. VOZ DE MAGDALENA. — ¡Amadeo!... ¿Qué haces?
AMADEO (asustado). — ¡Oh, esa Magdalena nunca está tranquila!
(Al SOLDADO AMERICANO.) Señor, no tan fuerte... ¡Ay, nos han oído!
En efecto, el ruido ha provocado los ladridos de los perros y la puesta en marcha de trenes a los que se oye rodar a lo lejos, al prin-cipio débilmente y luego con más fuerza.
AMADEO (desesperado). — ¿Qué ha hecho usted, señor? Los perros ladran, ha puesto en marcha los trenes...
EL SOLDADO AMERICANO. — What? (Comprende.) ¡Ah, yes, dogs... perros!... ¡Guau, guau, guau! Yes, yes.
La cosa parece divertirle. AMADEO también ladra para hacerle com-prender que se trata de perros. Como el americano no siente motivo alguno para inquietarse y no se dé cuenta del enloquecimiento de AMADEO, se lleva de pronto el dedo a la frente, como aquel a quien se le ocurre una idea luminosa, y luego, tomando a AMADEO por los hombros, lo hace girar sin moverse del lugar.
AMADEO (girando sobre sí mismo, a su pesar). — Pero... señor... ¿Qué hace? ¿Qué hace? (Luego, al ver que el cuerpo del muerto se enrolla alrededor de su cintura, comprende y se pone a girar por su propia iniciativa para que el cadáver siga enrollándose.) Sí, gra¬cias, es una idea excelente... Los americanos son muy inteligen¬tes... Está bien.
EL SOLDADO AMERICANO (satisfecho porque AMADEO ha compren-dido, se aleja un paso y le deja actuar por sí solo). — Good! Good!
AMADEO. — Así es más fácil... Habría debido pensar en ello an¬tes... Es una idea excelente. (Deja un instante de girar.) Voy a hacerle un favor a mi vez. Si desea usted aprender el castellano no emplee nunca los sonidos agudos en la conversación. Son pe¬ligrosos, puntiagudos. El inglés es una lengua suave, nada peli¬grosa. No hay sonidos agudos como en castellano.
EL SOLDADO AMERICANO. — I get it... I get it...
AMADEO. — Los sonidos agudos son cuchillos, ángulos, puntas. . Desconfíe de ellos. Son un silbido. Si de todos modos se ve obli¬gado a pronunciar sonidos agudos, dibuje, así, un círculo alre¬dedor de la boca, para encerrarlos. Hay que desconfiar de las roturas, de todo lo que hunde, penetra, disloca...
EL SOLDADO AMERICANO. — I get it... I get it...
AMADEO. — El espíritu cortante se desliza, solapadamente, en la con-versación, con sus puntas... ¿Es usted geómetra?
EL SOLDADO AMERICANO. — I get it... I get it...
AMADEO. — En ese caso decídase en favor de las esferas. Sustituya el ángulo por la bóveda, el triángulo por el círculo, el paralele¬pípedo por la esfera... los cilindros, raramente los conos, nunca
las pirámides, como hicieron los egipcios, y eso fue lo que los perdió.
EL SOLDADO AMERICANO. — I get it... I get it...
AMADEO. — Y, sobre todo, eluda las preguntas, hable mucho en perífrasis, perífrasis... perífrasis... Perifrasee, perifraseemos... No hay que quedarse inmóvil, pues se convierte en clavo, se con¬vierte en punta...
Al decir las últimas palabras AMADEO ha vuelto a girar sobre sí mismo. Entretanto, el enrollamiento del cuerpo del muerto alrede¬dor de la cintura de AMADEO, quien gira y gira, ahora sin hablar y cada vez más inquieto, no se hace sin un silbido ininterrumpido y potente, pero ya es demasiado tarde para detenerse y hay que con¬tinuar cueste lo que cueste. Eso termina alborotando al barrio. En el cielo recrudecen las estrellas fugaces, los fuegos artificiales, etcé¬tera. Las ventanas de las casas se abren y se iluminan y aparecen en ellas cabezas. La puerta del bar sé abre y en el umbral aparecen el patrón, una muchacha, MADO, y un segundo soldado americano, mientras AMADEO sigue girando y el cuerpo del muerto enrollándose, y el ruido de los trenes y los ladridos aumenta.
EL PATRÓN. — ¡Sin embargo, no es la hora de los trenes!
PRIMER SOLDADO AMERICANO (al ver a MADO). — ¡Mado! ¡Mado! ¡Mado!. What a surprise! (Al ver al SEGUNDO SOLDADO AME¬RICANO.) Well Bob!
El PRIMER SOLDADO AMERICANO se dirige hacia su compañero y MADO, que han avanzado algunos pasos; les estrecha la mano, abraza a MADO y se muestra muy contento al volverla a ver.
SEGUNDO SOLDADO AMERICANO (al primero). — Hello, Harry!
MADO (al PRIMER SOLDADO AMERICANO). — Buenas noches, viejo. ¿Es a ti a quien han echado a la calle?
PRIMER SOLDADO AMERICANO. — What?
SEGUNDO SOLDADO AMERICANO (al primero). — She's asking you if you're the one they kicked out?
PRIMER SOLDADO AMERICANO (jubiloso, a MADO). — Oh! yes, that was me... Sí, a la puerta... yo. (Señala al PATRÓN con el de¬do.) Él...
Levanta a MADO en sus brazos.
EL PATRÓN (desde el umbral, a AMADEO). — Hace usted un tra¬bajo muy gracioso... ¡Ah, pero es mi inquilino... es el señor Amadeo!... (Éste sigue girando, pero con más dificultad, pues se enreda en las largas piernas del muerto.) ¡A su edad, señor!... ¿Cómo está su esposa? (Se oye tocar el silbato.) ¡Los munici¬pales!
AMADEO (se detiene, petrificado). — ¡Mierda, la policía!
En efecto, aparecen dos guardias municipales a paso gimnástico y tocando los silbatos.
MADO (a los dos americanos, que se han asustado durante un ins-tante). — No es por nosotros.
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (se lleva un dedo al quepis, al pasar). — Señores y señoras...
AMADEO retrocede y huye, trabado, hacia la izquierda.
UN HOMBRE (en una ventana). — ¡Julia... ven a ver!
Los agentes corren tras AMADEO y desaparecen por la izquierda detrás de él.
SEGUNDO SOLDADO AMERICANO (explica la situación a sus amigos presentes). — That's his friend!
AMADEO reaparece por la izquierda y desaparece tras la pared baja del fondo, detrás del bar. Risas en las ventanas.
MADO. — ¿Su amigo? ¿Qué quería de él?
EL PATRÓN (con las manos en los bolsillos). — ¡Eso, en tal caso!
Los dos agentes reaparecen por la izquierda.
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — ¿Por dónde ha pasado?
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¿Por dónde ha pasado?
EL PATRÓN (señalando una parte del cuerpo, en el escenario). — Es un trozo del cuerpo del delito.
Risas de los americanos y de MADO.
UNA MUJER (desde su ventana). — ¡Por allí, señor agente! ¡Debe de estar detrás de la pared!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (mirando el cuerpo). — ¿Es de veras el cuerpo del delito?
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — Déjalo... ¡Atrapémoslo ante todo!
Corren tras AMADEO y desaparecen detrás de la pared.
EL PATRÓN (para sí). — ¡Qué gracioso, el señor Amadeo! ¡Nunca lo habría creído!
UNA MUJER (en la ventana). — ¡No lo apresarán!
UN HOMBRE (en la ventana). — ¡Sí, lo apresarán!
UNA MUJER (en la ventana). — ¡No, no lo apresarán!
UN HOMBRE (en la ventana). — ¡Sí, lo apresarán! (A su mujer, que está adentro.) ¡Ven a ver, Julia!... Es gratis. ¡Vamos, le¬vántate!
Luces, estrellas, fuegos artificiales.
MADO. — ¡Oh, fuegos artificiales!
EL PATRÓN (encogiéndose de hombros). — Nada de eso; son las es-trellas.
UNA MUJER (en la ventana, a su marido, que está dentro). — ¡Oh, tú sabes, no lo detendrán! (Al señor que está en la otra ventana.) No lo detendrán, señor.
UN HOMBRE (en la ventana). — ¿Quiere usted apostar?
PRIMER SOLDADO AMERICANO (a MADO). — I’ll take you along
MADO. — Estoy dispuesta... ¡A América!
El PRIMER GUARDIA MUNICIPAL,, detrás de la pared; no se le ve desde la sala.
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Atrápalo!
SEGUNDO SOLDADO AMERICANO (a MADO). — Yes… (Pronuncian¬do mal.) América... sí... sí... América... De pronto sucede algo bastante sorprendente. El cuerpo del muer¬to, enrollado alrededor de la cintura de AMADEO, se ha desplegado como 7tna vela o como un enorme paracaídas; la cabeza del muerto se ha convertido en una especie de estandarte luminoso, y se ve apa¬recer, por encima de la pared del fondo, la cabeza de AMADEO, eleva¬do por ese paracaídas, y luego sus hombros, su tronco, sus piernas. AMADEO vuela, escapando a los policías. El estandarte es como un gran chal en el que se ve dibujada la cabeza del muerto, recono¬cible por su larga barba, etcétera.
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (detrás de la pared). — ¡Atrápalo! ¡Atrápalo! ¡Se nos escapa!
AMADEO (volando). — Discúlpenme, señores y señoras, pero yo no tengo la culpa. Lo hago a mi pesar... es el viento… Se lo aseguro, no soy yo.
UN HOMBRE (en la ventana). — No es común...
UNA MUJER (en la ventana). — ¡Se escapa! ¡Se escapa! Él dice que no quiere, pero parece muy contento.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL (detrás de la pared, salta; se ve una mano aparecer y desaparecer y que se ase al zapato de AMADEO). — ¡Cobarde!
El PATRÓN, MADO y los dos soldados americanos corren al centro del escenario, desde donde ven y siguen el vuelo de AMADEO.
EL PATRÓN, MADO Y LOS DOS AMERICANOS. — ¡Oh!
Los americanos lo dicen, por supuesto, con acento americano.
El SEGUNDO SOLDADO AMERICANO saca rápidamente un aparato fotográfico y trata de fotografiar a AMADEO en su vuelo.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL (detrás de la pared). — ¡Sólo he atrapado su zapato!
MADO (al americano que fotografía). — ¿Me darás una foto?
UNA MUJER (en la ventana). — ¡Ya había dicho yo que lo atra¬parían!
PRIMER SOLDADO AMERICANO (desbordante de entusiasmo —mientras reaparecen, un poco avergonzados, los dos guardias municipales— lanza al aire su gorro). — Hello, boy! Hip, hip! Hourrah!
MADO Y LA GENTE (en las ventanas, mirando en el aire a AMADEO que vuela lentamente). — ¡Oh!
EL PATRÓN. — ¡Como hazaña, es una hazaña!
PRIMER SOLDADO AMERICANO. — Hello, boy! Hello, boy! (Salta de entusiasmo. El SEGUNDO SOLDADO AMERICANO ha terminado de fotografiar; de las ventanas y el escenario parten aplausos; uno de los guardias municipales tiene en la mano el zapato de AMADEO.) Hip, hip! Hourrah!
MADO Y LOS AMERICANOS. — Hip, hip! Hourrah!
LA GENTE (desde las ventanas). — Hip, hip! Hourrah!
TODOS (juntos, salvo los agentes). — Hip, hip! Hourrah!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (tocando el silbato). — ¡Circulen! ¡Circulen!
Por la izquierda, enloquecida, despeinada, aparece MAGDALENA. MAGDALENA (corriendo hasta el centro del escenario). — ¡Amadeo! ¡Amadeo! ¿Han visto ustedes a Amadeo? ¿Qué le ha sucedido a Amadeo?
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¿Es su marido, señora?
MAGDALENA (mira al aire). — ¡Cielos! ¡No es posible! ¡No se pue¬de creer! ¿Es de veras él?
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — Y sin embargo, señora, es muy cierto. Tiene gracia, ¿verdad?
MAGDALENA (mirando al aire). — ¡Amadeo! ¡Amadeo! ¡Descien¬de, Amadeo! ¡Te vas a resfriar!
TODOS (juntos, repitiendo el gesto del PRIMER, GUARDIA MUNICIPAL). — ¡Bribonzuelo! ¡Bribonzuelo!
PRIMER SOLDADO AMERICANO. — You, naughty boy!
MADO. — Ya no se le ve. Ha desaparecido por completo.
Luces brillantes. Fuegos luminosos por todos lados del escenario.
EL PATRÓN. — ¡Vengan todos a beber un vaso!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — ¿Por qué no?
MAGDALENA. — Oh… yo... yo no sé si para mí es decoroso...
No tengo sed.
MADO. — No se preocupe, señora. Es el viento el que hace eso. Los hombres son todos iguales. ¡Cuando no nos necesitan, nos aban-donan! Su marido no es más que un niño grande.
UNA MUJER (en la ventana). — No volverá, señora.
UN HOMBRE (en la ventana). — Tal vez vuelva a usted.
UNA MUJER (en la ventana). — ¡Oh, no, no volverá, señora! A mí me sucedió lo mismo con mi primer marido. No lo he vuelto a ver.
MAGDALENA. — ¡Ahora voy a estar completamente sola! ¡No quie¬ro volver a casarme! ¡No ha terminado de escribir su pieza!
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL (empujando suavemente a MAGDALE¬NA). — Oh, eso se dice siempre, pero nunca se sabe... Se olvida. Venga, señora. Puesto que el patrón nos paga la bebida...
MAGDALENA (dirigiéndose al bar, con todos los demás). — ¡Qué lás-tima! ¡A pesar de todo tenía genio!
EL PATRÓN. — ¡Un talento que se pierde! ¡Tanto peor para la lite-ratura!
MADO. — Nadie es irreemplazable.
Todos entran en el bar. UN HOMBRE (en la ventana, a su mujer, que está dentro). — Y nosotros podemos ir ahora a acostarnos. Mañana nos tenemos que levantar temprano. Vamos, Julia.
UNA MUJER (en la ventana). — Cerremos los postigos, Eugenio. ¡El espectáculo ha terminado!






























Cerisy-la-Salle, agosto de 1953.
TELÓN

He aquí otro final de la obra, teniendo en cuenta las exigencias del escenario y más fácil de poner en escena, y que puede reemplazar al Acto III sin bajar el telón después del Acto II.
El cambio de lugar no se hace mediante un cambio de decoración, sino mediante la introducción en el escenario de personajes nuevos y (en el Théátre de Babylone) mediante un dispositivo escénico que permite hacer que desaparezca únicamente la pared del fondo del comedor de AMADEO y MAGDALENA, lo que coloca la acción en una especie de espacio indeterminado y luminoso.
MAGDALENA. — ¡Tira... ti-ra...! ¡Tira, pues!
AMADEO (invisible, desde lejos). — Ti-ro... pero eso no avanza fácilmente... ¿Qué le pasa?
MAGDALENA (con la mano en embudo). — ¡Ti… ra… no tienes más que tirar con más fuerza!... Amadeo… vamos… ¡ti... ra... ti... ra... con to... das... tus... fuer... zas!
AMADEO (invisible, desde lejos). — Ha... go... to… do… lo… que... pue... do...
MAGDALENA (con la mano en embudo). — ¡Pon... en… ello… más... áni... mo! ¡Esfuér... za... te! ¡No seas... pe... re... zo... so! (Pausa.) ¡Así!
AMADEO (invisible, de lejos). — ¿Queda... todavía… mu... cho? ¿A... vanza?
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Sólo queda… la… ca… beza!
MAGDALENA sigue en la ventana, que está casi por completo obs-truida; sólo le queda el espacio justo para asomar la cara. AMADEO (invisible, de lejos). — He avanza… do… Tengo que… detenerme para respirar... MAGDALENA (lo mismo). — ¡No hay tiempo que per… der! ¿Es¬tás loco?... No hay tiempo... ¡Ti… ra…, ti… ra! ¡Apre...sú-ra... te! ¡La noche es cor… ta... va a ama… ne... cer!
AMADEO (invisible, de lejos). — Sólo un se… gundo… Luego ten… dré... más fuer... zas... Tengo que re… cupe... rar...
MAGDALENA (lo mismo). — Podrás recupe… rarte más tar… de. ¡Ahora... no hay tiem... po! ¡Ti… ra... con á... ni . . mo!
AMADEO (invisible, de lejos). — Bue… no... Ti... ro... Em¬puja tú... tam... bien...
MAGDALENA (aparte). — No puede hacer nada él solo. (Empuja por su lado la cabeza del muerto hacia AMADEO.) ¡Ti... ra!... Así... ya... está.
AMADEO (invisible, de lejos). — ¿Queda... más?... ¡Empu... ja... un po... co!
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Sólo la ca... be... za! ¿Don... de es... tas?
AMADEO (invisible, de lejos). — En el otro extremo de la pla... za.
MAGDALENA (con la mano en embudo). — ¡Vamos... vamos! ¡Otro ti... roncito más! Suave... mente. ¡No destruyas la ventana! (Una sacudida.) ¡No tan fuerte... te! ¿No me o... yes? ¡Vas a demoler la casa! (Toda la decoración se conmueve fuertemente.) No le podremos pagar al propietario. ¡Cui... da... do! ¡No seas bru... tal! ¡Obede... ce... salvaje! ¿Me oyes? (La cabeza desciende.) ¡Ya está! ¡Ya está! ¡Ha salido! (A AMADEO.) ¡Ha sali... do! (Mira rápidamente a su alrededor en la habitación va¬cía.) ¡Ahora habrá que encontrar muebles para amueblar el depar¬tamento! (La cabeza ha desaparecido enteramente de la vista del público, en el vano de la ventana vacía.) Sigue tu camino... Lo más duro está hecho... ¡Y vuelve pronto... to! Sobre todo... apresú... rate... apresú... rate... Hay que trabajar. (Mira a lo lejos, con la mano formando visera.) ¡Amadeo! ¡Amadeo! ¡Res-ponde! ¡Dame noti... cias!
Mientras MAGDALENA llama, mira a lo lejos y se irrita, aparecen tras ella MADO y el SOLDADO AMERICANO. Música de baile.
MADO (melindreando). — Si me enseñas el inglés te enseñaré el castellano.
EL SOLDADO AMERICANO. — I get it... I get it... good. . good!
MAGDALENA continúa su acción en la ventana.
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Do you speak Spanish?
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿Habla usted el inglés? Yo hablo el español: Señorita, señora, señor.
MADO (al SOLDADO AMERICANO, lasciva). — Nos entenderemos bien, ya verás.
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Amadeo! ¡Amadeo! ¡Amadeo!
Continuando su coqueteo, MADO y el SOLDADO AMERICANO, como si MAGDALENA no existiera, pueden ir a la ventana, dejando a MAGDA¬LENA entre ambos. MADO y el SOLDADO AMERICANO se hablan por encima de la cabeza de MAGDALENA y hasta la apartan a veces ligera¬mente para tocarse, etcétera.
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Tú hablas un poco... mucho.
EL SOLDADO AMERICANO. — Un poco... mucho... apasionadamente.
MADO (melindrosa y lasciva). — ¡Oh, mentiroso... americano men-tiroso!
MAGDALENA (con la mano formando visera en la frente). — ¡Ama-deo! ¡Contesta! ¿Dónde estás? (Al SOLDADO AMERICANO.) ¿Tie¬ne usted gemelos?
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿Gemelos?
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Tú hablas un poco... mucho. EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Ah, gemelos! Very well. (Le da sus gemelos a MAGDALENA, quien los toma para mirar a lo lejos. A MADO) Euh... euh... do you speak English?
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Un poco... January... February... Passionnement!
MAGDALENA (con los gemelos). — ¡Te veo, Amadeo! ¿Qué vas a hacer ahí? Te equivocas de camino.
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO). — Oh... yes... Querida... ¡Apasionadamente!
Acaricia, por encima de MAGDALENA, el pecho de MADO.
MAGDALENA (con los gemelos). — ¡Dobla la esquina, Amadeo! ¡Qué morcilla! ¡Atraviesa la calle! ¡Sobre todo no lo dejes caer!
EL SOLDADO AMERICANO (acariciando los senos de MADO). — ¿Cómo dicen ustedes? ¿Calabazas? MADO. — No, las calabazas son más grandes.
MAGDALENA (con los gemelos). — ¡Cruza! ¡No hay coches a esta hora, puedes seguir! ¡Vamos, adelante!
MADO (a MAGDALENA). — No tan fuerte, señora, por favor. No oigo lo que él me dice. ¡Ya no se oye!
MAGDALENA (a MADO). — Se ha equivocado de camino. (A lo lejos, con los gemelos.) ¿Amadeo... me oyes? ¡Amadeo!
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO, acariciándole los senos). — ¿Ca¬labazas o limones?
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Me da igual... como tú quie¬ras. (Lasciva.) ¡Eres tú el que importa, querido!
EL SOLDADO AMERICANO (MADO y el SOLDADO AMERICANO ocupan casi todo el vano de la ventana. MAGDALENA, con sus gemelos, está aplastada en un rincón). — ¡El limón es el fruto del limonero!
Abraza a MADO.
MADO. — Y viceversa.
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Amadeo! ¡Amadeo! ¡Amade… o!
MADO (abrazada por el SOLDADO AMERICANO). — Darling!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Querida! (MADO y el SOLDADO AME-RICANO se apartan un poco de la ventana, esbozan un vago paso de danza, se interrumpen, vuelven a bailar y así sucesivamente hasta el final.) ¡Limón! ¡Calabaza! ¡Calabaza! ¡Limón!
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Cuidado con la acera, Amadeo, sobre to... do! ¡No te rompas la cabe... za! ¡No pases bajo el farol, pues os verán a los dos!
EL SOLDADO AMERICANO (manoseando a la muchacha). — ¿Y esto?
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Evita la luz, Amadeo!
MADO. — Mumús y lulús.
MAGDALENA (lo mismo). — ¡No hagas ruido, Amadeo! ¡Toma el camino más corto! ¡El camino más corto!
MADO (a MAGDALENA, que no oye). — ¡Exagera usted, señora! ¡Me rompe los oídos! MAGDALENA (lo mismo). — ¡Cruza! ¡Da vuelta!
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO). — ¿Y esto?
MADO. — ¡Cucús!
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Cruza! ¡Da vuelta! ¡Cruza! ¡Da vuelta!
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO). — Cu... cú... cu... cú.
EL SOLDADO AMERICANO Y MADO. — ¡Cu... cú... cu... cú... cu... cú!
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Enróllalo a tu alrededor! ¡No tienes más que enrollarlo! ¡Así será más fácil llevarlo! ¡Hay que enseñarte todo!... ¡Pero no eres ya un niño! (Al SOLDADO AMERI¬CANO y a MADO.) ¡Hay que enseñarle todo! (A AMADEO.) ¡Enróllalo, pues, a tu alrededor, enróllalo!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — ¡Lyon!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Marsella!
MAGDALENA. — ¡Qué torpe es!... Ha dado vuelta a la esquina... No puede hacer nada bien.
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO). — ¡Gibraltar!
MADO. — ¡Casablanca!
MAGDALENA. — ¡No puede hacer nada bien! ¡Tiene que desvariar en algún momento!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿Y esto?
MADO. — ¡Perritos!
MAGDALENA (al SOLDADO AMERICANO y MADO, que no le prestan atención). — ¡Se ha debido encontrar con alguien! ¡Charla! ¡Se lo había prohibido, sin embargo! ¡Es terrible, señoras y señores!
EL SOLDADO AMERICANO (a MADO). — ¿Perritos? Ah, yes, dogs, dogs!
MAGDALENA. — ¡Ay, ay, ay! (Da vueltas agitada en el escenario.) ¡Debe seguir arrimado a las paredes!
MADO. — Sí, dogs, perros.
MAGDALENA (lo mismo). — ¡Tengo que ir a ver! (Se pone el som-brero.) ¡No puedo abandonar al imbécil, pues es mi marido!
MADO. — Tengo un perro.
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Un perro!
MAGDALENA (con el sombrero puesto). — ¡No sirve para nada! ¡Ay, ay!
EL SOLDADO AMERICANO. — Perros... ¡Guau... guau... guau!
MADO Y EL SOLDADO AMERICANO (tomados de la mano). — ¡Guau, guau, guau, guau, guau!
MAGDALENA (lo mismo). — ¡No puede hacer nada por sí solo!
Mientras MADO y el SOLDADO AMERICANO siguen lanzando peque-ños ladridos eróticos, se oye de pronto como un gran ruido de cace-rola que llega de la dirección de AMADEO.
MAGDALENA (con angustia vehemente). — ¡Ay, ha caído! ¡Ya sabía que iba a caer! ¡Lo preveía! ¡No debía haberle dejado hacer! ¡Se lo había prohibido, yo tenía razón! ¡Ay! (Al paño.) ¡Levántate! (Nuevo ruido de cacerola; ladridos furiosos a lo lejos. MADO y el SOLDADO AMERICANO siguen su acción.) ¡Va a despertar a todos! ¡Lo van a ver! ¿Dónde está? ¡Qué va a decir la gente! ¡Esta¬mos perdidos! ¡Él tiene la culpa, yo se lo había dicho! (Los tre¬nes se ponen en marcha. Se ve trencitos correr por el fondo.) ¡Pone en marcha los trenes! (Vuelve a la ventana.) ¡Regresa, Ama¬deo! ¡No me dejes sola!
La cabeza de un hombre aparece en una ventana o un rincón del escenario, o saliendo del foso de la orquesta.
UN HOMBRE. — ¿Qué sucede? ¿El tren? Sin embargo, no es la hora.
MAGDALENA. — ¿Dónde estás? ¡Ven en seguida! ¡Llévalo y ven! ¡No lo dejes en el camino, pues está prohibido por la circulación! ¡No mires las estrellas!
UN HOMBRE. — ¡Ya no se puede dormir! ¡Yo trabajo! Se oyen silbidos.
MAGDALENA. — ¡Mierda, la policía!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿La policía?
MADO. — No te preocupes, no es por nosotros.
MAGDALENA. — ¡Ahí está! ¡Corre! ¡Pronto! ¡Abandónalo en el ca-mino! No quiere. ¡Qué obstinado es!
UN HOMBRE. — Julia, levántate y ven a ver.
La cabeza de una MUJER aparece junto a la del HOMBRE.
UNA MUJER. — ¿Qué sucede? ¿La policía?
UN HOMBRE. — ¡Es el señor Amadeo! ¡Qué gracioso!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — Ven a ver.
MAGDALENA. — ¡Huye!
UNA MUJER. — ¡Los policías! ¡Corren tras él! (Chillería a lo lejos, los agentes tocan los silbatos.) ¡Avanza rápidamente para su edad!
MAGDALENA. — ¡No te retrases!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — ¿Te divierte el espectáculo de la calle?
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Las calles de la ciudad!
UNA MUJER. — ¿Qué hacen? '
UN HOMBRE. — No se puede saber, con toda esa gente.
MAGDALENA. — ¡No tropieces! ¡Corre!
UN HOMBRE. — Cruza la plaza corriendo.
MAGDALENA. — ¡Cuidado con las luces rojas!
EL SOLDADO AMERICANO. — Oh, very good!
UN HOMBRE. — ¡Tiene una desventaja con su fardo!
MADO. — ¡No lo atraparán!
UNA MUJER. — ¡Sí, lo atraparán los policías!
MADO. — ¡Yo le digo que no lo atraparán!
MAGDALENA. — Ha doblado la esquina. ¡Le sigue un perro! ¡Le va
a desgarrar el pantalón!
UNA MUJER. — ¡Ha doblado la esquina, señor agente! ¡Atrápelo!
MADO. — ¿Por qué se mete usted?
MAGDALENA. — Ya no lo veo.
UNA MUJER. — ¡Está detrás de la pared, señor agente!
UN HOMBRE. — ¡Ahora caerá!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (deja ver medio cuerpo solamente, con el silbo en la mano). — ¡Circulen! ¡Circulen!
MAGDALENA. — ¿No oyes? ¡Circula más rápidamente, Amadeo!
UN HOMBRE. — ¡Uno no está ya en su casa!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿Dónde está?
MADO. — Allí abajo, a la vuelta.
UN HOMBRE. — ¡No lo atraparán!
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Campeón de carreras! Hello, boy!
MADO. — ¡No!
MAGDALENA (retorciéndose las manos). — ¡Es mi marido! ¡Es mi marido!
UNA MUJER. — ¡Sí!
UN HOMBRE (a una mujer). — ¡Eso no te importa!
UNA MUJER. — ¡Dice que es su marido! ¡Como si eso fuera un mo¬tivo para que no lo atrapen!
EL GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Circulen!
UNA MUJER. — ¡Por allí! ¡Por allí!
UN HOMBRE. — ¡Va con el cuerpo del delito!
MAGDALENA (corriendo de manera desordenada). — ¡Deja caer el cuerpo del delito!
EL GUARDIA MUNICIPAL. — ¿Por dónde ha pasado?
AMADEO aparece corriendo por el fondo, con el sombrero del muerto en la cabeza y su barba en el rostro.
UNA MUJER. — ¡Ahí está!
MADO. — ¡Aquí está!
MAGDALENA. — ¡Ah, aquí estás! ¡No es demasiado pronto!
El SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL aparece por el fondo.
AMADEO. — ¡No te enloquezcas!
EL PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (al SEGUNDO). — ¡No lo dejes escapar! ¡Atrápalo!
UNA MUJER. — ¡Atrápenlo!
UN HOMBRE. — ¡No lo atraparán!
EL SOLDADO AMERICANO. — Hello! Hello!
El SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL va a poner la mano sobre AMA-DEO, y el PRIMERO, desde el foso, tiende igualmente la mano como para atraparlo. Vero inútilmente, pues AMADEO se levanta de pronto de tierra y comienza a volar.
EL PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (que no ha atrapado más que el zapato de AMADEO). — ¡Cobarde!
UN HOMBRE, UNA MUJER, MADO, EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Oh!
MAGDALENA. — ¡Amadeo, no hagas eso! ¿Quién te ha dicho que ha-gas eso?
EL SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Se nos escapa! UN HOMBRE (a una MUJER). — ¡Ya te había dicho que no lo atra¬parán!
MADO. — ¡Eso está bien!
EL SOLDADO AMERICANO (entusiasmado). — Hello, boy! Hello, boy!
AMADEO (volando). — ¡No lo hago intencionadamente, Magdalena! ¡Es a mi pesar!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Sólo he atrapado su zapato izquier¬do!
MAGDALENA. — ¡Sí, lo has hecho intencionadamente!
AMADEO (volando). — Te aseguro, Magdalena, que no tengo yo la culpa. ¡Es el viento!
MADO. — ¡Sí él le dice que es el viento!
UN HOMBRE. — ¡Es el viento!
EL SOLDADO AMERICANO. — Hello, boy!
UNA MUJER. — ¡No es el viento!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (con el zapato en la mano, a MAGDA-LENA, severo). — ¿Es su marido, señora?
MAGDALENA. — ¡Ay, sí, señor agente!
AMADEO (ascendiendo suavemente). — ¡No es culpa mía! ¡Discúlpenme, señoras y señores!
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL (a MAGDALENA). — ¡Dígale que descienda! ¡En seguida!
MAGDALENA (a AMADEO). — ¡Desciende en seguida!
MADO (a MAGDALENA). — ¡Déjelo en paz, señora!
AMADEO (lo mismo, suspendido). — Les aseguro que yo no tengo la culpa. Discúlpenme, señoras y señores, pero es el viento el que lo hace. ¡Es contra mi voluntad!
UN HOMBRE. — ¡La cosa no es corriente!
UNA MUJER. — ¡Vuela! Él dice que no lo quiere, pero parece con¬tento.
MAGDALENA (a AMADEO). — ¿Quieres descender en seguida? ¡Obe-dece, puesto que te lo ordeno!
El SOLDADO AMERICANO saca un aparato fotográfico y fotografía el vuelo de AMADEO.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Qué lindo! ¡Y son personas res-petables!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — ¿Me darás una foto?
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (al SOLDADO AMERICANO). — ¡Está prohibido tomar fotografías!
MAGDALENA (a AMADEO). — ¡Amadeo! ¿Quieres descender? Te vas a resfriar.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Descienda, señor Amadeo! Su es¬posa se lo pide.
UN HOMBRE. — ¡Eh... polichinela! (A los policías.) ¡Déjenlo en paz! ¡Abajo la policía!
UNA MUJER (a un HOMBRE). — ¡No tienes vergüenza!
AMADEO. —. Estoy perplejo. Discúlpenme, señoras y señores. No crean... Desearía poner los pies en tierra... Es contra mi volun¬tad... Desearía ser útil a mis semejantes... Opino que el hombre excede su propia medida.
MADO. — ¡Oh, qué bien habla!
EL SOLDADO AMERICANO. — Hip hip! Hourrah!
UN HOMBRE. — Pronuncia un discurso.
AMADEO (en el aire). — Les juro que me opongo a la disolución…
Estoy en favor de la inmanencia... contra la trascendencia...
Perdón, les ruego que me disculpen.
MAGDALENA. — Escucha, Amadeo; desciende. Yo me arreglaré con la policía. (A los agentes.) ¿No es así, señores?
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — Por supuesto, señora, todo puede arreglarse.
MAGDALENA. — Amadeo, puedes volver a casa, los hongos han flo-recido.
EL SOLDADO AMERICANO. — What does mean: hongos?
UN HOMBRE. — ¡Es un asunto de hongos!
UNA MUJER. — ¡Son vendedores de hongos!
AMADEO (en el aire). — ¡Magdalena, te lo aseguro, puedes creerme, no quería faltar a mis deberes! ¡Es el viento! ¡No lo he hecho intencionadamente, no es por mi libre consentimiento!
MADO. — Es excusable si no es por libre consentimiento.
AMADEO. — Perdón... perdón... señoras y señores.
Envía besos a todos y vuelan desapareciendo por completo.
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (a AMADEO, que ha desaparecido). — ¡Déjenos por lo menos el otro zapato!
MAGDALENA (retorciéndose las manos). — ¡Amadeo, Amadeo, tu ca¬rrera dramática!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — ¡Es un escritor!
EL SOLDADO AMERICANO. — Ah writer!... Yes... good... good!
UN HOMBRE (a MAGDALENA). — ¡Déjelo, pues, señora!
MAGDALENA (a AMADEO, desaparecido). — ¡No te has puesto el im-permeable! ¡Te vas a enfermar! ¡Amadeo! De arriba cae el segundo zapato de AMADEO.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Es una amabilidad por su parte!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL. — Así tendremos uno cada uno. Los agentes se reparten los zapatos de AMADEO.
UNA MUJER. — ¿Y nosotros?
De arriba caen cigarrillos y la chaqueta.
UN HOMBRE. — ¡Cigarrillos! ¡Una chaqueta! Se los reparten.
MADO. — ¡Es muy generoso! (El cielo se ilumina profusamente: co-metas, estrellas fugaces, etc.) ¡Fuegos artificiales!
UN HOMBRE. — ¡Cohetes!
UNA MUJER. — ¡Pero no verdaderos!
MAGDALENA (hacia lo alto). — ¡Vamos, Amadeo! ¡Nunca serás se-rio!
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL (mirando al cielo, amenaza a AMADEO con el dedo como se hace con un niño). — ¡Bribonzuelo, vete bribonzuelo!
TODOS (repitiendo el gesto del GUARDIA MUNICIPAL). — ¡Bribonzuelo! ¡Bribonzuelo!
EL SOLDADO AMERICANO. — You, naughty boy!
Luces brillantes. Fuegos luminosos en todos lados del escenario.
UNA MUJER. — Ya no se lo ve. Ha desaparecido.
MAGDALENA (gritando hacia el cielo). — ¡Amadeo, ni siquiera has terminado tu pieza!
MADO (a MAGDALENA). — No se preocupe, señora.
UNA MUJER. — Los hombres son todos iguales.
MADO (a MAGDALENA). — Quizá vuelva a usted.
UNA MUJER. — ¡No, no volverá a usted!
MAGDALENA vuelve la cabeza hacia una y otra.
UN HOMBRE (a una MUJER). — ¿Por qué dices eso? No puedes sa-berlo.
MADO. — ¡Sí, tal vez!
UNA MUJER. — ¡No, seguramente! A mí me sucedió lo mismo con
mi primer marido. No lo he vuelto a ver.
MAGDALENA (para si). — Amadeo, tú asciendes y asciendes, pero no te elevas en mi estimación.
De lo alto cae el gran sombrero del muerto, si es posible con la barba, sobre la cabeza de MAGDALENA, que cae sentada en tierra. MAGDALENA (en tierra, solloza, con el sombrero del muerto en la cabeza y la barba como collar).
UN HOMBRE. — ¡Quizá tenía genio!
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Otro talento que se pierde! ¡Tan-to peor para la literatura!
MADO. — Nadie es irreemplazable.
EL SOLDADO AMERICANO. — ¡Llora!
MADO. — Sin embargo, le ha dejado el sombrero.
SEGUNDO GUARDIA MUNICIPAL. — ¡Levántese, señora! (Mientras ha-ce ademán de levantar a MAGDALENA.) ¡Invito a beber!
MAGDALENA (levantándose con esfuerzo; sostenida por el GUARDIA MUNICIPAL y sollozando, repite hasta que cae el telón). — ¡No, no, no tengo sed, no tengo sed, no tengo sed!
MADO (al SOLDADO AMERICANO). — ¿Me llevas a América?
EL SOLDADO AMERICANO. — ¿A América?
UN HOMBRE (a una MUJER). — Ahora vamos a acostarnos. Ven, Julia.
UNA MUJER (a un HOMBRE) . — Cerremos los postigos. ¡El espec-táculo ha terminado!
PRIMER GUARDIA MUNICIPAL (en el foso, con el silbato en la mano, vuelto hacia el público). — ¡Circulen, circulen! ¡Vamos, señoras y señores, más de prisa, más de prisa! ¡Circulen, circulen!




TELÓN

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