El médico a palos. Molière.






Molière



El médico a palos






D. GERÓNIMO, hacendado rico.
DOÑA PAULA, su hija.
LEANDRO, amante de Doña Paula.
JULIANA, criada de D. Gerónimo.
BARTOLO, leñador.
MARTINA, su mujer.
GINÉS.
Criados de D. Gerónimo.
LUCAS.


La escena representa, en el primer acto, un bosque; y en los dos siguientes, una sala de casa
particular.
Acto primero


ESCENA I.

Bartolo, después Martina.
Bart. ¡Válgate Dios, que duro está este tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte...
¡mucho trabajo es este!... Y como hoy aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo
mas... Dexémoslo, y será lo mejor: que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá
bien un rato de descanso y un cigarrillo: que esta triste vida otro la ha de heredar... Allí
viene mi mujer. ¿Que traerá de bueno?
Mart. Holgazán ¿que haces ahí sentado, fumando, sin trabajar? ¿Sabes que tienes que
acabar de partir esa leña, y llevarla al lugar, y ya es cerca de medio día?
Bart. Anda que si no es hoy, será mañana.
Mart. Mira que respuesta.
Bart. Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato a fumar un cigarro.
Mart. ¡Y que yo aguante a un marido tan poltrón y desidioso! Levántate y trabaja.
Bart. Poco a poco, mujer, si acabo de sentarme.
Mart. Levántate.
Bart. Ahora no quiero, dulce esposa.
Mart. Hombre sin vergüenza, sin atender sus obligaciones. ¡Desdichada de mí!
Bart. Ay !que trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que un
demonio.
Mart. Miren que hombre tan hábil, para traer autoridades de Séneca.
Bart. ¿Si soy hábil? A ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis
años un médico latino, ni que sepa de memoria el calendario.
Mart. Malaya la hora en que me casé contigo.
Bart. Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.
Mart. Haragán, borracho.
Bart. Esposa, vamos poco a poco.
Mart. Yo te haré cumplir con tu obligación.
Bart. Mira, mujer , que me vas enfadando.
Mart. ¿Y que cuidado se me da a mí, insolente?
Bart. Mira que te he de cascar, Martina.
Mart. Cuba de vino.
Bart. Mira que te he de solfear las espaldas.
Mart. Infame.
Bart. Mira que te he de romper la cabeza.
Mart. ¿A mí? bribón, tunante, canalla, a mí?
Bart. Sí? Pues toma.
Mart. Ay! ay! ay! ay!
Bart. Este es el único medio de que calles.... Vaya: hagamos la paz. Dame esa mano.
Mart. ¿Después de haberme puesto así?
Bart. ¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
Mart. No quiero.
Bart. Vamos, hijita.
Mart. No quiero, no.
Bart. Malhayan mis manos que han sido causa de enfadar a mi esposa... Vaya, ven: dame
un abrazo.
Mart. ¡Si reventaras!
Bart. Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se
quieren, diez o doce garrotazos mas o menos, no valen nada... Voy hacia el barranquitero,
que ya tengo allí una porción de raíces: haré una carguilla, y mañana con la burra la
llevaremos a Miraflores. Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo
dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peyneta de concha con sus
piedras azules. Mart. Anda, que tú me las pagarás. Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el
modo de vengarse de su marido; pero es castigo muy delicado para este bribón, y yo
quisiera otro, otro que él sintiera mas, aunque a mí no me agradase tanto.


ESCENA II.
Martina, Ginés, Lucas.
Luc. Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé yo todavía que regalo
tendremos por este trabajo.
Gin. ¿Que quieres, amigo Lucas? es fuerza obedecer a nuestro amo: ademas que la salud de
su hija a todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo
se lo merece.
Luc. Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han ido a visitarla no hayan
descubierto su enfermedad.
Gin. Su enfermedad bien a la vista está; el remedio es lo que necesitamos.
Mart. ¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para vengarme!
Luc. Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos
equivocado la senda...
Mart. Pues ello es preciso, que los golpes que me ha dado los tengo en el corazón. No
puedo olvidarlos... Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba
distraída.
Luc. ¿Vamos bien por aquí a Miraflores?
Mart. Si señor. ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto a aquel noguerón? Pues todo derecho.
Gin. ¿No hay allí un médico que ha sido médico de una viscondesita, y catedrático, y
examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?
Mart. Ay! si señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya
está el pobrecito debaxo de tierra.
Gin. ¿Que dice usted?
Mart. Lo que usted oye. ¿Y para quien le iban ustedes a buscar?
Luc. Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al río.
Mart. Ah! sí. La hija de D. Gerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues que tiene?
Luc. Que sé yo. Un mal que nadie lo entiende, del cual ha venido a perder el habla.
Mart. ¡Que lástima! Pues... ¡Ay que idea me ocurre! Pues mire usted, aquí tenemos el
hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.
Gin. ¿De veras?
Mart. Sí señor.
Luc. ¿Y en donde le podemos encontrar?
Mart. Cortando leña en ese monte.
Gin. Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
Mart. No señor. Es un hombre extravagante y lunático: va vestido como un pobre patán:
hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso
que Dios le dio.
Gin. Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre
algún ramo de locura, mezclada con su ciencia.
Mart. La manía de este hombre es la mas particular que se ha visto. No confesará su
capacidad, a menos que no te muelan el cuerpo a palos: y así les aviso a ustedes, que si no
lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada unoun buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de
esta industria, y siempre nos ha salido bien.
Gin. ¡Que extraña locura!
Luc. ¿Habráse visto hombre mas original?
Gin. ¿Y como se llama?
Mart. Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. El es un hombre de corta estatura, de
mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
Luc. No se me despintará, no.
Gin. ¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
Mart. ¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en
Lozoya una pobre mujer : ya iban a enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por
casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinóla difunta, sacó
una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de, yo no sé qué, y la muerta se
levantó tan alegre, cantando el frondoso.
Gin. ¿Es posible?
Mart. Como que yo lo vi. Mire usted, aun no hace tres semanas que un chico de unos doce
años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó
hecha una plasta. Pues, señor, llamaron a D. Bartolo, él no quería ir allá; pero mediante una
buena paliza, lograron que se fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y
con una pluma le fue untando, untando, al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se
puso en pie, y se fue corriendo a jugarla rayuela con los otros chicos.
Luc. Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos a buscarle.
Mart. Pero, sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.
Gin. Ya, ya estamos en eso.
Mart. Allí debaxo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.
Luc. ¿Sí? Voy por un par de ellas.
Gin. Fuerte cosa es, que haya de ser preciso valerse de este medio.
Mart. Y sino todo será inútil. Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque
corre como un gamo, y si les coge a ustedes la delantera no le vuelven a ver en su vida.
Pero me parece que viene. Si, aquel es. Yo me voy: háblenle ustedes, y si no quiere hacer
bondad, menudito en él. A Dios, señores.

ESCENA III.
Ginés, Lucas.
Luc. Fortuna ha sido haber hallado a esta mujer . Pero ¿no ves que traza de médico aquella?
Gin. Ya lo veo... Mira, retirémonos uno a un lado, y otro a otro, para que no se nos pueda
escapar. Hemos de tratarte con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
Luc. Sí.
Gin. Y solo en el caso de que absolutamente sea preciso...
Luc. Bien... entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo.
Gin. Pues apartémonos, que ya llega.


ESCENA. IV.
Ginés, Lucas, Bartolo.
Bart. En el alcázar de Venus,junto al Dios de los planetas,
en la gran Constantinopla,
allá en la casa de Meca:
donde el gran Sultán Baxá,
imperio de tantas fuerzas,
aquel alcorán que todos
le pagan tributo en perlas:
Rey de setenta y tres Reyes,
de siete imperios.
De siete imperios cabeza,
este tal tiene una hija
que es del imperio heredera.
Arre allá, diablo. ¿Que buscará este animal? Lo primero esconderé la bota... ¡Calle! Otro
zángano. ¿Que demonios es esto? en todo caso la guardaremos y la arroparemos, porque no
tienen cara de hacer cosa buena.
Gin. ¿Es usted un caballero que se llama el señor D. Bartolo?
Bart. ¿Y que?
Gin. ¿Que si se llama usted D. Bartolo?
Bart. No, y sí: conforme lo que ustedes quieran.
Gin. Queremos hacerle a usted cuantos obsequios sean posibles.
Bart. Si así es, yo me llamo D. Bartolo.
Luc. Pues con toda cortesía...
Gin. Y con la mayor reverencia...
Luc. Con todo cariño, suavidad y dulzura...
Gin. Y con todo respeto, y con la veneración más humilde...
Bart. Parecen Arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos.
Gin. Pues, señor, venimos a implorar su auxilio de usted, para una cosa muy importante.
Bart. ¿Y que pretenden ustedes? Vamos que si es cosa que depende de mí, haré lo que
pueda.
Gin. Favor que usted nos hace... Pero, cúbrase usted, que el sol le incomodará.
Luc. Vaya, señor, cúbrase usted.
Bart. Vaya, señor, ya estoy cubierto... ¿Y ahora?
Gin. No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son
buscados y solicitados, y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento
de usted, y de su:::
Bart. Es verdad: como que soy el hombre que se conoce para cortar leña.
Luc. Señor:::
Bart. Si ha de ser de encina, no la daré menos de a dos reales la carga.
Gin. Ahora no tratamos de eso.
Bart. La de pino la daré mas barata. La de raíces, mire usted:::
Gin. Oh! señor, eso es burlarse.
Luc. Suplico a usted que hable de otro modo.
Bart. Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.
Gin. ¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en exercicios tan groseros! ¡Un hombre tan
sabio! ¡tan insigne médico! ¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado
la naturaleza?
Luc. ¿Quien, yo?Gin. Usted, no hay que negarlo.
Bart. Vaya, que esta gente viene borracha.
Luc. Para qué es escusarse. Nosotros lo sabemos, y se acabó.
Bart. ¿Pero, en suma, quien soy yo?
Gin. ¿Quien? Un gran médico.
Bart. ¡Que disparate! ¿No digo que están bebidos.
Gin. Con que, vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.
Bart. Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico, ni lo he pensado jamás.
Luc. Al cabo me parece que será necesario... ¿Eh?
Gin. Yo creo que sí.
Luc. En fin, amigo D. Bartolo, no es ya tiempo de disimular.
Gin. Mire usted que se lo decimos por su bien.
Luc. Confiese usted, con mil demonios, que, es médico, y acabemos.
Bart. ¡Yo rabio!
Gin. ¿Para que es fingir, si todo el mundo lo sabe?
Bart. Pues digo a ustedes que no soy médico.
Gin. ¿No?
Bart. No señor.
Luc. ¿Con que no?
Bart. El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.
Gin. Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio
consabido... Lucas.
Luc. Ya, ya.
Bart. ¿Y que remedio dice usted?
Luc. Este.
Bart. Ay! ay! ay!... Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
Luc. Pues, bien, ¡para que nos obliga usted a esta violencia!
Gin. ¿Para que es darnos el trabajo de derrengarle a garrotazos?
Bart. El trabajo es para mi que los llevo... Pero, señores, vamos claros. ¿Que es esto? ¿Es
una humorada, o están ustedes locos?
Luc. ¿Aun no confiesa usted que es doctor en medicina?
Bart. No señor, no lo soy. Ya está dicho.
Gin. ¿Con que no es usted médico?... Lucas.
Luc. ¿Con que no? ¿Eh?
Bart. Ay! ay! ¡Pobre de mí! Si quesoy médico. Si señor.
Luc. ¿De veras?
Bart. Si señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albeytar, y sepulturero, y todo cuanto
hay que ser.
Gin. Me alegro de verle a usted tan razonable.
Luc. Ahora sí que parece usted hombre de juicio.
Bart. ¡Maldita sea vuestra alma!... ¿Si seré yo médico, y no habré reparado en ello?
Gin. No hay que arrepentirse. A usted se le pagará muy bien su asistencia y quedará
contento.
Bart. Pero, hablando ahora en paz. ¿es cierto que soy médico?
Gin. Certísimo.
Bart. ¿Seguro?
Gin. Sin duda ninguna.Bart. Pues, lléveme el diablo, si yo sabía tal cosa.
Gin. ¿Pues como? ¡siendo él profesor mas sobresaliente que se conoce!
Bart. Ah! ah! ah!
Gin. Un médico que ha curado no sé cuantas enfermedades mortales.
Bart. ¡Válgame Dios!
Luc. Una mujer que estaba ya enterrada...
Gin. Un muchacho que cayó de una torre, y se hizo la cabeza una tortilla...
Bart. ¿También le curé?
Luc. También.
Gin. Con que, buen ánimo, señor doctor, se trata de asistir a una señorita muy rica, que vive
en esa quinta cerca del molino. Usted estará allí, comido y bebido, y regalado como cuerpo
de rey, y le traerán en palmitas.
Bart. ¿Me traerán en palmitas?
Luc. Si señor, y acabada la curación le darán a usted que sé yo cuánto dinero.
Bart. Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas, y que sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.
Gin. Recógele todos esos muebles, y vamos.
Bart. No: poco a poco. La bota conmigo.
Gin. Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota!
Bart. No importa, venga... Me darán bien de comer y de beber... La pulsaré, la recetaré
algo... La mato seguramente... Si no quiero ser médico me volverán a sacudir el bulto; y si
lo soy, me le sacudirán también.... Pero, díganme ustedes: ¿Les parece que este traje rústico
será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
Gin. No hay que afligirse. Antes de presentarle a usted, le vestiremos con mucha decencia.
Bart. Si a lo menos pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les
decía mi amo a los enfermos... Saldría del apuro.
Gin. Mira que se quiere escapar.
Luc. Señor D. Bartolo, ¿que hacemos?
Bart. Aquel libro de sermo sermonis que llevaba el chico a el aula. ¡Aquel si que era bueno!
Gin. Vaya, basta de meditación.
Luc. ¿Será cosa de que otra vez?...
Bart. ¡Que! no señor. Sino que estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo!
Vamos.



Acto segundo

ESCENA I.

D. Gerónimo, Lucas, Ginés, Juliana.
D. Ger. ¿Con que decís que es tan hábil?
Luc. Cuántos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.
Gin. Hace curaciones maravillosas.
Luc. Resucita muertos.
Gin. Solo que es algo estrambótico y lunático y amigo de burlarse de todo el mundo.D. Ger. Me dexáis aturdido con esa relación. Ya tengo impaciencia de verle. Ve por él,
Ginés.
Luc. Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él.
D. Ger. Que venga, que venga presto.



ESCENA II.


D. Gerónimo, Juliana, Lucas.
Jul. Ay! señor amo! que aunque el médico sea un pozo de ciencia, me parece a mí que no
haremos nada.
D. Ger. ¿Por que?
Jul. Porque Doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, marido, eso la conviene: lo
demás es andarse por las ramas. ¿Le parece a usted que ha de curarse con ruibarbo, y
jalapa, y tinturas, y cocimientos, y potingues y porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya
el estómago? No señor, con un buen marido, sanará perfectamente.
Luc. Vamos, calla, no hables tonterías.
D. Ger. La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.
Jul. Niña! sí, cásela usted, y verá si es niña.
D. Ger. Más adelante no digo que...
Jul. Boda, boda, y afloxar el dote, y...
D. Ger. ¿Quieres callar, habladora?
Jul. Allí le duele... Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes
por la ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.
D. Ger. ¿A qué novio, bachillera, impertinente? ¿En dónde está ese novio?
Jul. ¡Qué presto se le olvidan a usted las cosas! ¿Pues que no sabe usted que Leandro la
quiere, que la adora, y ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?
D. Ger. La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenia ocho
o diez años no le he vuelto a ver... Y ya sé que anda por aquí acechando, y rondándome la
casa; pero como yo le llegue a pillar... Bien que lo mejor será escribir a su tío para que le
recoja, y se le, lleve a Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por cierto!
con un mancebito que acaba de salir de la universidad: muy atestada de Vinios la cabeza, y
sin, un cuarto en el bolsillo.
Jul. Su, tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho a su sobrino, y
que no tiene otro heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará a su hija, y con lo
que...
D. Ger. Vete al instante de aquí lengua de demonio.
Jul. Allí le duele.
D. Ger. Vete.
Jul. Ya me iré señor.
D. Ger. Vete, que no te puedo sufrir.
Luc. ¡Que siempre has de dar en eso, Juliana! Calla, y no desazones al amo, mujer, calla,
que el amo no necesita de tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en
cuidados ajenos: que al fin y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su
padre es el señor, no tiene remedio.
D. Ger. Dice bien tu marido que eres muy entremetida.
Luc. El médico viene.ESCENA III.
Bartolo, Ginés y dichos.
Gin. Aquí tiene usted señor D. Gerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al
pasmo del mundo.
D. Ger. Me alegro mucho de ver a usted, y de conocerle, señor doctor.
Bart. Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
D. Ger. ¿Hipócrates lo dice?
Bart. Si señor.
D. Ger. ¿Y en que capítulo?
Bart. En el capítulo de los sombreros.
D. Ger. Pues, si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer.
Bart. Pues como digo, señor médico, habiendo sabido...
D. Ger. ¿Con quien habla usted?
Bart. Con usted.
D. Ger. ¿Conmigo? Yo no soy médico.
Bart. No?
D. Ger. No señor.
Bart. ¿No? pues ahora verás lo que te pasa.
D. Ger. ¿Que hace usted, hombre?
Bart. Yo te haré que seas médico a palos, que, así se gradúan en esta tierra.
D. Ger. Detenedle vosotros... ¿Que loco me habéis traído aquí?
Gin ¿No le dixe a usted que era muy chancero?
D. Ger. Sí, pero-que vaya a los infiernos con esas chanzas.
Luc. No le dé a usted cuidado. Si lo hace por reír.
Gin. Mire usted, señor facultativo, este caballero que está presente es nuestro amo, y padre
de la señorita que usted ha de curar.
Bart. ¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted, señor padre, esta libertad que...
D Ger. Soy de usted.
Bart. Yo siento...
D. Ger. No, no ha sido nada... ¡Maldita sea tu casta!... Pues, señor, vamos al asunto. Yo
tengo una hija muy mala...
Bart. Muchos padres se quejan de lo mismo.
D. Ger. Quiero decir, que está enferma.
Bart. Ya, enferma.
D. Ger. Si señor.
Bart. Me alegro mucho.
D. Ger. ¿Como?
Bart. Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia, y oxalá que usted,
y toda su familia estuviesen a las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia, y
su alivio.
D. Ger. Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
Bart. Hablo ingenuamente.
D. Ger. Ya lo conozco.
Bart. ¿Y como se llama su niña de usted?
D. Ger. Paulita.
Bart. ¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta, doncella ¿quien es?D. Ger. Esta doncella es mujer de aquel.
Bart. ¡Oiga!
D. Ger. Si señor... Voy a hacer que salga aquí la chica, para que usted la vea.
Jul. Durmiendo quedaba.1
D. Ger. No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.
Gin. Allá voy.



ESCENA IV.
Bartolo, Juliana, Lucas.
Bart. ¿Con que usted es mujer de ese mocito?
Jul. Para servir a usted.
Bart. ¡Y que frescota es! Y que... Regocijo da el verla... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay! que
dientes tan blancos, tan igualitos, y que risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he
visto un par de ojos más habladores, ni mas traviesos.
Luc. ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!... Vaya, señor
doctor, mude usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se
pone usted a decir arrumacos a mi mujer? Yo no sé cómo no cojo un garrote, y le...
Bart. Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuantas veces me han de examinar de médico?
Luc. Pues, cuenta con ella.
Jul. Yo reviento de risa.


ESCENA V.
D. Gerónimo, Doña Paula, Ginés y dichos.
D. Ger. Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que
brevemente recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.
Bart. ¿Con que esta es su hija de usted?
D. Ger. No tengo otra, y si se me llegara a morir me volvería loco.
Bart. Ya se guardará muy bien. ¿Pues que no hay más que morirse sin licencia del médico?
No señor, no se morirá... Vean ustedes aquí una enferma que tiene un semblante, capaz de
hacer perder la chaveta al hombre mas tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le
aseguro a usted... ¡Bonita cara tiene!
Doña. Paula. Ah! ah! ah!
D. Ger. Vaya, gracias a Dios que se ríe la pobrecita.
Bart. ¡Bueno! ¡Gran señal! Cuando el médico hace reír a las enfermas es linda cosa... Y
bien, ¿qué la duele a usted?
Doña Paula. Bá, bá, bá, bá.
Bart. ¿Eh? ¿Que dice usted?
Doña Paula. Bá, bá, bá.
Bart. Bá, bá, bá, bá,. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.
D. Ger. Pues ese es su mal. Ha venido a quedarse muda, sin que se pueda saber la causa.
Vea usted que desconsuelo para mí.
Bart. ¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece
esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.
D. Ger. A pesar de eso, yo le suplico a usted que aplique todo su esmero a fin de aliviarla y
quitarla ese impedimento.Bart. Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así
como quiera. ¿Come bien?
D. Ger. Si señor, con bastante apetito.
Bart. ¡Malo!... ¿Duerme?
Jul. Si señor, unas ocho u nueve horas suele dormir regularmente.
Bart. ¡Malo!... Y la cabeza ¿la duele?
D. Ger. Ya se lo hemos preguntado varias veces: dice que no.
Bart. ¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.
D. Ger ¿Que indica?
Bart. Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.
D. Ger. ¿Secuestrada?
Bart. Si por cierto; pero, buen ánimo, ya lo he dicho, curará.
D. Ger. ¿Pero de que ha podido proceder este accidente?
Bart. Este accidente ha podido proceder, y procede (según la más recibida opinión de los
autores) de habérsela interrumpido a mi señora Doña Paulita el uso expedido de la lengua.
D. Ger. ¡Este hombre es un prodigio!
Luc. ¿No se lo diximos a usted?
Jul. Pues a mí me parece un macho.
Luc. Calla.
D. Ger. Y en fin ¿que piensa usted que, se puede hacer?
Bart. Se puede y se debe hacer... El pulso... Aristóteles, en sus protocolos, habló de este
caso con mucho acierto.
D. Ger. ¿Y que dixo?
Bart. Cosas divinas... La otra... lengüecita... ¡Ay! que monería!.... Dixo... ¿Entiende usted
de latín?
D. Ger. No señor, ni una palabra.
Bart. No importa. Dixo Bonus bona bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora
medicum, acinax acinacis, nemine parco, Amaryllda sylvas. Que quiere decir que esta falta
de coagulación en la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores...
humores acres, proclives, espontáneos, y corrumpentes. Porque, como los vapores que se
elevan de la región... ¿Están ustedes?
Jul. Si señor, aquí estamos todos.
Bart. De la región lumbrar, pasando desde el lado izquierdo donde está el hígado, a el
derecho en que está el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es,
según la doctrina de Áusias March y, de Calepino (aunque yo llevo la contraria) que la
malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?
D. Ger. Si señor, perfectamente.
Bart. Pues, como digo: supeditando dichos valores las carúnculas, y el epidermis,
necesariamente impiden que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos.
Doceo, doces, docere, docui, doctum. Papatus munus tulit Archidiaconus unus: ars longa,
vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et reliqua... ¿Que tal? ¿He dicho algo?
D. Ger. Cuanto hay que decir.
Gin. ¡Es mucho hombre este!
D. Ger. Solo he notado una equivocación en lo que...
Bart. ¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.
D. Ger. Creo que dixo usted que el corazón está al lado derecho y el hígado al izquierdo, y
en verdad que es todo lo contrario.Bart. ¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale
usted con estas vejeces? Si señor, antiguamente así sucedía; pero ya lo hemos arreglado de
otra manera.
D. Ger. Perdone usted si en esto he podido ofenderle.
Bart. Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de
tener sentido común.
D. Ger. ¿Y que le parece a usted que deberemos hacer con la enferma?
Bart. Primeramente harán ustedes que se acueste, luego se la darán unas buenas friegas...
Bien que eso yo mismo lo haré... Y después tomará de media en media hora una gran sopa
en vino.
Jul. ¡Que disparate!
D. Ger. ¿Y para que es buena la sopa en vino.
Bart. ¡Ay! amigo, ¡y que falta le hace a usted un poco de ortografía! La sopa en vino es
buena para hacerla hablar. Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay
una virtud simpática que simpatiza y absorbe el texido celular, y la pía mater, y hace hablar
a los mudos.
D. Ger. Pues no lo sabía.
Bart. Si usted no sabe nada.
D. Ger. Es verdad que no he estudiado, ni...
Bart. ¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted como a los loros los atracan
de pan mojado en vino?
D. Ger. Si señor.
Bart. ¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo
daremos también a Doña Paulita, y dentro de muy poco hablará mas que siete papagayos.
D Ger. Algún ángel le ha traído a usted a mi casa, señor doctor: vamos, hijita, que ya
querrás descansar Al instante vuelvo señor Don... ¿Cómo es su gracia de usted,?
Bart. D. Bartolo.
D. Ger. Pues así que la dexe acostada seré con usted, señor D. Bartolo... Ayuda aquí
Juliana... Despacito.
Bart. Taparla bien no se resfríe. A Dios, señorita.
Doña Paula. Bá, bá, bá, bá.
D. Ger. Lucas, ve al instante, y adereza el cuarto del señor bien limpio todo, una buena
cama, la colcha verde, la Jarra con agua, la aljofayna, la toalla; en fin, que no falte cosa
ninguna... ¿Estás?
Luc. Si señor.
D. Ger. Vamos, hija mía.
Bart. Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en
bien, imposible!... Veré si ahora, que todos andan por allá adentro, puedo... Y si no, mal
estamos... En las espaldas siento una desazón que no me dexa... Y no es por los palos
recibidos, sino por los que aún me faltan que recibir.




Acto tercero


ESCENA I.



Bartolo, y después D. Gerónimo.
Bart. Pues, señor, ya está visto. Esto de escabullirse, es negocio desesperado... ¡El maldito,
con achaque de la compostura del cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay! pobre Bartolo...
Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios quiera.
D. Ger. No ha habido forma de poderle reducir a que se acueste. Ya la están preparando la
sopa en vino que usted mandó. Veremos lo que resulta.
Bart No hay que dudar: el resultado será felicísimo.
D. Ger. Usted, amigo D. Bartolo, estará en mi casa obsequiado y servido como un príncipe;
y entre tanto, quiero que tenga usted la bondad de recibir estos escuditos.
Bart. No se hable de eso.
D. Ger. Hágame usted este favor.
Bart. No hay que tratar de esta materia.
D. Ger. Vamos, que es preciso.
Bart. Yo no lo hago por el dinero.
D. Ger. Lo creo muy bien; pero, sin embargo...
Bart. ¿Y son de los nuevos?
D. Ger. Si señor.
Bart. Vaya, una vez que son de los nuevos y los tomaré.
D Ger. Ahora bien: quede usted con Dios, que voy a ver si hay novedad, y volveré... Me
tiene con tal inquietud esta chica, que no sé parar en ninguna parte.



ESCENA. II.

Leandro, Bartolo.
Leand. Señor Doctor, yo vengo a implorar su auxilio de usted, y espero que...
Bart. Veamos el pulso... Pues no me gusta nada... ¿Y que siente usted?
Leand. Pero, si yo no vengo a que usted me cure: si yo no padezco ningún achaque.
Bart. ¿Pues a qué diablos viene usted?
Leand. A decirle a usted, en dos palabras, que yo soy Leandro.
Bart. ¿Y que se me da a mí de que usted se llame Leandro, o Juan de las viñas?
Leand. Diré a usted. Yo estoy enamorado de Doña Paulita: ella me quiere; pero su padre no
me permite que la vea... Estoy desesperado, y vengo a suplicarle a usted, que me
proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla y...
Bart. Que es decir en castellano: que yo hago de alcahuete. ¡Un médico! ¡Un hombre como
yo!.. Quítese usted de ahí.
Leand. Señor.
Bart. ¡Es mucha insolencia, caballerito!
Leand. Calle usted, señor, no grite usted.
Bart. Quiero gritar... ¡Es usted un temerario!
Leand. Por Dios, señor doctor.
Bart. ¿Yo alcahuete? Agradezca usted que...
Leand. ¡Válgame Dios, que hombre!... Probemos a ver si...
Bart. ¡Desvergüenza como ella!
Leand. Tome usted... Y le pido perdón de mi atrevimiento.
Bart. Vamos, que no ha sido nada,Leand. Confieso que erré, y que anduve un poco...
Bart. ¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Que disparate! Vaya, con que...
Leand. Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar el dote.
Se ha fingido enferma: han venido varios médicos a visitarla, la han recetado cuantas
pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir, y por último
hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas, impertinentes, se ha hecho la
muda, pero no lo está.
Bart. ¿Con que todo ello es una farándula?
Leand. Si señor.
Bart. ¿El padre le conoce a usted?
Leand. No señor, personalmente no me conoce.
Bart. ¿Y ella le quiere a usted? ¿Es cosa segura?
Leand. Oh! De eso estoy muy persuadido.
Bart. ¿Y los criados?
Leand. Ginés no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entró en la casa. Juliana
está en el secreto; su marido, si no lo sabe, a lo menos lo sospecha y calla, y puedo contar
con uno y con otro.
Bart. Pues, bien, yo haré que hoy mismo quede usted casado con Doña Paulita.
Leand. ¿De veras?
Bart Cuando yo lo digo.
Leand. ¿Sería posible?
Bart. ¿No le he dicho a usted que sí? Le casaré a usted con ella, con su padre, y con toda su
parentela... Yo diré que es usted... boticario.
Leand. Pero, si yo no entiendo palabra de esa facultad.
Bart. No le dé a usted cuidado, que lo mismo me sucede a mí. Tanta medicina sé yo como
un perro de aguas.
Leand. ¿Con que no es usted médico?
Bart. No por cierto. Ellos me han examinado de un modo particular; pero, con examen y
todo, la verdad es que no soy lo que dicen. Ahora, lo que importa es, que usted esté por ahí
inmediato, que yo le llamaré a su tiempo.
Leand. Bien está, y espero que usted...
Bart. Vaya usted con Dios.


ESCENA. III.

Juliana, Bartolo, y después Lucas.
Jul. Señor médico: me parece que la enferma le quiere dexar a usted desairado, porque...
Bart. Como no me desayres tú, niña de mis ojos, lo demás importa seis maravedís; y como
yo te cure a ti, mas que se muera todo el género humano.
Jul. Yo no tengo nada que curar.
Bart Pues, mira, lo mejor será curar a tu marido... ¡Qué bruto es, y que zeloso tan
impertinente!
Jul. ¿Que quiere usted? cada uno cuida de su hacienda.
Bart. ¿Y por que ha de ser hacienda de aquel gaznápiro este cuerpecito gracioso?
Luc. ¿No le he dicho a usted, señor doctor, que no quiero esas chanzas?... ¿No se lo he
dicho a usted?
Bart. Pero, hombre, si aquí no hay malicia ni...Luc. Vete tú de ahí... Con malicia o sin ella, le he de abrir a usted la cabeza de un trancazo,
si vuelve a alzar os ojos para mirarla. ¿Lo entiende usted?
Bart. Pues ya se ve que lo entiendo.
Luc. Cuidado conmigo... ¡Se habrá visto mico más enredador!


ESCENA. IV.

D. Gerónimo Bartolo, Lucas, y después Leandro.
D. Ger. ¡Ay! amigo D. Bartolo! que aquella pobre muchacha no se alivia. Desde que ha
tomado la sopa en vino está mucho peor.
Bart. ¡Bueno! eso es bueno. Señal de que el remedio va obrando. No hay que afligirse,
aunque la vea usted agonizando; no hay que afligirse, que aquí estoy yo... Digo, D.
Casimiro, D. Casimiro.
Leand. Señor.
Bart. D. Casimiro.
Leand. ¡Qué manda usted?
D Ger. ¿Y quien es este hombre?
Bart. Un excelente didascálico---. Boticario que llaman ustedes.... Eminente profesor... Le
he mandado venir para que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes,
abstringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas, que será necesario aplicar a la enferma.
D. Ger. Mire usted que decaída está.
Bart. No importa, va a sanar muy pronto.



ESCENA V.


Doña Paula, Juliana, Ginés y dichos.
Bart. D. Casimiro, púlsela usted, obsérvela bien, y luego hablaremos.
D. Ger ¿Con que en efecto es mozo de habilidad? ¿Eh?
Bart. No se ha conocido otro igual para emplastos, ungüentos, rosolís de perfecto amor,
ceratos y julepes. ¿Por que le parece a usted que le he hecho venir?
D Ger. Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será rana.
Bart. ¿Que ha de ser rana? No señor. Si es un hombre que se pierde de vista.
Doña Paula. Siempre, siempre seré tuya, Leandro.
D. Ger. ¿Que? Si será ilusión mía... ¿Ha hablado Juliana?
Jul. Si señor, tres o cuatro palabras ha dicho.
D. Ger. ¡Bendito sea Dios! Hija mía! ¡Médico admirable!
Bart. ¡Y qué trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad! ¡Aquí hubiera querido yo
ver a toda la veterinaria junta y entera, a ver que hacía.
D. Ger. ¿Con qué, Paulita, hija, ya puedes hablar, es verdad? vaya, dí alguna cosa.
Gin. Aquí me parece que hay gato encerrado... ¿Eh?
Luc. Tú, calla, y déxalo estar.
Doña Paula. Sí, padre mío, he recobrado el habla para decirle a usted que amo a Leandro, y
que quiero casarme con él.
D. Ger. Pero, si...
Doña Paula. Nada puede cambiar mi resolución.
D. Ger. Es que...Doña Paula. De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme con un hombre que
me idolatra. Si usted me quiere bien concédame su permiso, sin escusas ni dilaciones.
D. Ger. Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón...
Doña Paula. Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sarna con
gusto no pica.
D. Ger. ¡Pero que borbotón de palabras la ha venido de repente a la boca!... Pues, hija mía,
no hay que cansarse. No será.
Doña Paula. Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me moriré de la
desesperación.
D. Ger. ¡Que es lo que me pasa! Señor Doctor, hágame usted el gusto de volvérmela a
poner muda.
Bart. Eso no puede ser. Lo que yo haré solamente, por servirle a usted, será ponerle sordo
para que no la oiga.
D. Ger. Lo estimo infinito... Pero, piensas tú, hija inobediente, que...
Bart. No hay que irritarse, que todo se echará a perder. Lo que importa es distraerla y
divertirla. Déxela usted que vaya a coger un rato el aire por el jardín, y verá usted como
poco a poco se la olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted a acompañarla, D.
Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba.
Leand. Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita.
Doña Paula. Vamos enhorabuena.
D. Ger. Id vosotros también.


ESCENA VI.

D. Gerónimo, Bartolo.
D. Ger. ¡Vaya, vaya que no he visto semejante insolencia!
Bart. Esa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea
que ella tenía cuando enmudeció, fue sin duda la de su casamiento con ese tunante de
Alexandro, o Leandro, o como se llama. Cogióla el accidente: quedáronse trasconejadas
una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe, y se desahogue, no hay que
esperar que se tranquilice, ni hable con juicio.
D. Ger. ¿Que dice usted? Pues me convence esa reflexión.
Bart. ¡Oh! y si usted supiera un poco de numismática lo entendería mucho mejor... Venga
un polvo.
D. Ger. ¿Con que luego que haya desocupado...
Bart. No lo dude usted... Es una evacuación, que nosotros llamamos tricolos tetrastrofos.


ESCENA VII.

Lucas, Juliana, Ginés y dichos.
Gin. Señor amo.
Luc. Señor D. Gerónimo... ¡Ay que desdicha!
Jul. ¡Ay! amo mío de mi alma! que se la llevan.
D. Ger. ¿Pero que se llevan?
Luc. El boticario, no es boticario.
Gin. Ni se llama D. Casimiro.
Jul. El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva robada a la señorita.D. Ger. ¿Que dices? ¡Pobre de mi! ¿Y vosotros, brutos, habéis dexado que un hombre solo
os burle de esa manera?
Luc. No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio que se acercase.
D. Ger. Y este pícaro de médico...
Bart. Me parece que ya no puede tardar la tercera paliza.
D. Ger. Este bribón, que ha sido su alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.
Jul. Ahí había una larga de tender la ropa.
Luc. Sí, sí, ya sé donde está. Voy por ella.
D. Ger. Me las ha de pagar... Pero ¿hacia donde se fueron? ¡Válgame Dios!
Jul Yo creo que se habrán ido por la puerta del jardín que sale al campo.
Luc. Aquí está la soga.
D. Ger. Pues inmediatamente atadme bien de pies y manos al doctor, aquí en esta silla...
Pero me le habéis de ensogar bien fuerte.
Gin. Pierda usted cuidado. Vamos, señor D. Bartolo.
D. Ger. Voy a buscar aquella bribona... Voy a hacer que avisen a la justicia, y mañana sin
falta ninguna este pícaro médico ha de morir ahorcado... Juliana, anda hija, asómate a la
ventana del comedor, y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del molino me
dan alguna razón. Y vosotros no perdáis de vista a ese perro.


ESCENA VIII.

Bartolo, Lucas, Ginés y después Martina.
Gin. Echa otra vuelta por aquí.
Luc. ¿Y no sabes que el amiguito este, había dado en la gracia de decir chicolcos a mi
mujer?
Gin. Anda, que ya las va a pagar todas juntas.
Bart. ¿Estoy ya bien así?
Gin. Perfectamente.
Mart. Dios guarde a ustedes, señores.
Luc. ¡Calle, que está usted por acá! ¿Pues que buen aire la trae a usted a esta casa?
Mart. El deseo de saber de mi pobre marido, ¿Que han hecho ustedes de él?
Bart. Aquí está tu marido, Martina: mírale aquí le tienes.
Mart. ¡Ay,! hijo de mi alma!
Luc. ¡Oiga! ¿con que esta es la médica?
Gin. Aun por eso nos ponderaba tanto las habilidades del doctor.
Luc. Pues por muchas que tenga, no escapará de la horca.
Mart. ¿Que está usted ahí diciendo?
Bart. Sí, hija mía, mañana me ahorcan, sin remedio.
Mart. ¿Y no te ha de dar vergüenza de morir delante de tanta gente?
Bart. ¿Y que se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera escusar, pero se han empeñado en
ello.
Mart. ¿Pero, por que te ahorcan, pobrecito, por que?
Bart. Ese es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de
hacerme protomédico, han resuelto colgarme.
ESCENA IX.D. Gerónimo, después Juliana y dichos.
D. Ger. Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio a Miraflores; esta noche sin
falta vendrá la justicia, y cargará con este bribón... ¿Y tú que has hecho, los has visto?
Jul. No señor, no los he descubierto por ninguna parte.
D. Ger. Ni yo tampoco... He preguntado, y nadie me sabe dar razón... Yo he de volverme
loco... ¿Adonde se habrán ido ¿Que, estarán haciendo?


ESCENA ÚLTIMA


Doña Paula, Leandro y dichos.
Leand. Señor D. Gerónimo.
Doña Paula. Querido padre.
D. Ger. ¡Que es esto, picarones, infames!
Leand. Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos a Buitrago, y desposarnos
allí, con la seguridad que tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo
hemos reflexionado mejor. No quiero que se diga, que yo me he llevado robada a su hija de
usted: que esto no sería decoroso, ni a su honor, ni al mío; quiero que usted me la conceda
con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta a hacer lo que
usted le mande; pero le advierto, que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante a
quitarla la vida, y si usted nos otorga la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar
de dote.
D. Ger. Amigo, yo estoy muy atrasado, y no puedo...
Leand. Ya he dicho que no se trate de intereses.
Doña Paula. Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que debe. Su
amor es a mí, no a su dinero de usted.
D. Ger. Su dinero de usted, su dinero de usted. ¿Que dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho
ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
Leand. Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le pediremos nada.
D. Ger. Ni un maravedí.
Doña Paula. Ni medio.
D. Ger. Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha de mantener, badulaques?
Leand. Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento? ¿que más he de
decirle?
D. Ger. ¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?
Leand. Si señor, yo soy su heredero.
D. Ger. ¿Y que tal, está fuertecillo?
Leand. ¡Ay! no señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos
tememos que de un día a otro...
D. Ger. Vaya, vamos. ¡Qué le hemos de hacer! Con que... Vaya concedido, y venga un par
de abrazos.
Leand. Siempre tendrá usted en mí un hijo obediente.
Doña Paula. Usted nos hace completamente felices.
Bart. ¿Y a mí quien me hace feliz? No hay un cristiano que me desate?
D. Ger. Soltadle.
Leand. ¡Pues quien le ha puesto a usted así, médico insigne?
Bart. Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.Doña Paula. Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos agradecerle a usted el favor
que nos ha hecho.
Mart. ¡Marido mío! sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que a mí
me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
Bart ¿A ti? Pues me alegro de saberlo.
Mart. Si por cierto. Yo dixe que eras un prodigio en la medicina.
Gin. Y yo, porque ella lo dixo, lo creí
Luc. Y yo lo creí, porque lo dixo ella.
D. Ger. Y yo, porque estos lo dixeron, lo creí también, y admiraba cuanto decía como si
fuese un oráculo.
Leand. Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctor, no por lo que efectivamente
saben, sino por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.
FIN.

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