DON JUAN MOLIÈRE







DON JUAN

MOLIÈRE


PERSONAJES
DON JUAN, hijo de don Luis.
ESGANAREL, criado de don Juan.
ELVIRA, esposa de don Juan.
GUZMÁN, escudero de Elvira.
Don Carlos /Don Alonso, hermanos de Elvira
DON LUIS, padre de don Juan.
FRANCISCO, mendigo.
CARLOTA/ MATURINA, VILLANAS
PEDRUCHO, villano.
LA ESTATUA DEL COMENDADOR.
LA VIOLETA /Ragotín, lacayos de Don Juan
SEÑOR DOMINGO, mercader.
LA RAMÉE, espadachín.
SÉQUITO DE DON CARLOS Y DON ALONSO, hermanos.
UN ESPECTRO.

La escena es en Sicilia.



ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
Esganarel, Guzmán
ESGANAREL (con una tabaquera en la mano). Por más que digan Aristóteles y toda la filosofía, no hay cosa como el tabaco. Es la pasión de la gente principal, y no merece vivir quien vive sin él. No sólo alegra y purga el cerebro, sino que instruye el alma en la virtud, y gracias al tabaco puede cualquier hombre llegar a ser discreto. ¿No has visto qué trato tan cortés dispensa el que lo toma a cuantos le rodean, y con qué gusto lo va ofreciendo a unos y a otros, dondequiera que se encuentra? Ni siquiera aguarda a que se lo pidan, antes se adelanta al deseo de los demás: hasta tal punto es cierto que el tabaco despierta en quien lo toma el sentido de lo honorable y lo virtuoso. Pero dejemos este discurso y volvamos a nuestra plática. ¿Dices, Guzmán amigo, que Doña Elvira, tu ama, extrañada por nuestra partida, salió en pos de nosotros, y que su corazón, herido mortalmente por mi amo, no pudo vivir sin correr aquí en busca suya? De ti para mí, ¿quieres saber lo que pienso? Pues mucho me temo que sea mal; recompensado su amor, y tan poco provechosa su venida a esta ciudad que más os valiera haberos quedado donde estabais.
GUZMÁN. ¿Y cuál es la causa de todo esto? Por vida tuya, Esganarel, dime qué te hace augurar tan funesto suceso. ¿Por ventura te abrió su corazón tu amo y te confesó que el enfriársele la pasión fue causa de su partida?
ESGANAREL. No es eso. Pero, por lo que voy viendo, imagino el rumbo que llevan las cosas, y, aunque no me ha dicho nada aún, casi apostaría a que irán a parar en lo que pienso. Puedo equivocarme, por más que, en lances como éste, poseo cierto saber, que me ha dado la experiencia.
GUZMÁN. ¿Cómo? ¿Fue entonces infidelidad aquella marcha inesperada de don Juan? ¿Cómo puede infligir un ultraje tan grande al casto amor de doña Elvira?
ESGANAREL. La poca edad y el no atreverse a...
GUZMÁN. ¿Podría cometer una acción tan cobarde un hombre de su condición?
ESGANAREL. ¡Su condición! ¡Razón de peso para impedirle hacer lo que se le antoje!
GUZMÁN. Pero está atado por los sagrados lazos del matrimonio.
ESGANAREL. ¡Pobre Guzmán, pobre amigo, créeme, aún no sabes qué clase de hombre es mi amo!
GUZMÁN. Verdaderamente no sé qué hombre será, si ha cometido tan gran villanía con mi señora. Y no acierto a entender cómo, después de tanto amor, tantas muestras de impaciencia, tan encendidas cortesías, tantas promesas, lágrimas y suspiros, tantas cartas inflamadas, tan ardientes protestas y tan repetidos juramentos; en fin, después de tantos delirios y arrebatos, llegando hasta el extremo de forzar el sagrado obstáculo de un convento para apoderarse de doña Elvira; no acierto a entender, digo, cómo después de todo esto puede tener la osadía de faltar a su palabra.
ESGANAREL. A mí no me cuesta nada entenderlo. Y si conocieras al bellaco de mi amo, sabrías lo fácil que es para él. No digo que hayan variado sus sentimientos para con doña Elvira; aún no lo sé a ciencia cierta. Sabes que me mandó partir primero, y todavía no ha hablado conmigo después de su llegada. Pero, para que estés prevenido, te diré inter nos que don Juan, mi amo, es el mayor criminal que jamás pisó la tierra: una furia, un cínico, un turco, un hereje, que no cree en cielo, infierno, ni hombres lobos; que vive como una bestia fiera, un cerdo de Epicuro, un verdadero Sardanápalo; que se hace el sordo ante cualquier amonestación cristiana y tiene por sandeces las cosas que creemos los demás. Dices que se ha casado con tu ama. Pues más podía hacer en aras de su pasión: además de casarse con ella, era capaz de casarse contigo, y hasta con su perro y su gato. No le cuesta nada contraer matrimonio: es el lazo con que caza a sus víctimas, y las puede cazar por docenas. Damas o doncellas, burguesas o villanas: ninguna es demasiado buena o demasiado mala para él. Y si quisiera decirte los nombres de todas las mujeres con las que se ha casado en diversos lugares, no acabaría hasta la noche. Te suspenden mis palabras y veo que pierdes el color. Pues esto no es más que un esbozo; para completar el retrato del personaje harían falta muchas pinceladas más. Bástete saber que algún día caerá sobre él la cólera del cielo; que más me valdría servir al diablo que a mi amo; y que me obliga a presenciar tales espantos, que quisiera verle ya no sé dónde diga. Gran señor y hombre malo es cosa terrible. Porque he de serle fiel, mal que me pese. El temor suple en mi la falta de lealtad: por temor callo lo que siento y alabo acciones que aborrezco muchas veces por dentro. Míralo: ahí viene a pasear por este palacio. Separémonos. Pero oye antes una cosa: he sido franco contigo y me he ido un poco de la lengua. Pero si alguna de estas cosas le llegara a los oídos, no repararía en asegurar que mentías.



ESCENA II
Don Juan, Esganarel
DON JUAN. ¿Quién era el hombre que hablaba contigo? Si no me engaño, mucho se parecía a Guzmán, el criado de doña Elvira.
ESGANAREL. Mucho se le parece, en efecto.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Era él?
ESGANAREL. El mismo en persona.
DON JUAN. ¿Y desde cuándo está aquí?
ESGANAREL. Desde anoche.
DON JUAN. ¿Qué negocios le traen?
ESGANAREL. Harto adivináis la causa de su cuidado.
DON JUAN. ¿Nuestra partida tal vez?
ESGANAREL. . El pobre hombre está muy dolido y quería saber lo que pasó.
DON JUAN. ¿Qué le dijiste?
ESGANAREL. Que no me habíais dicho nada.
DON JUAN. Pero, ¿cuál es tu opinión? ¿Que piensas" del caso?
ESGANAREL. Pienso, con perdón, que estaréis enamorado de otra dama.
DON JUAN. ¿De veras?.
ESGANAREL. De veras.
DON JUAN. Pues a fe que no te engañas. Otro amor ha expulsado a doña Elvira de mi pecho.
ESGANAREL. ¡NO lo decía yo! Conozco a don Juan al dedillo y tengo a su corazón por el más grande aventurero del mundo; se divierte yendo de una prisión a otra, pero no le gusta quedarse en ninguna.
DON JUAN. ¿Y te parece mal que viva de este modo?
ESGANAREL. ¡Señor!
DON JUAN. ¡Contesta!
ESGANAREL. Me parece muy bien, claro está, ya que lo queréis así, y no hay más que decir. Pero si no lo quisierais, las cosas podrían ser muy diferentes.
DON JUAN. Pues bien. Tienes licencia para hablar y decir lo que piensas.
ESGANAREL. En tal caso, señor, os diré que no apruebo lo más mínimo vuestro sistema, y que me parece muy mal ese andar enamorándoos por todas partes, como hacéis.
DON JUAN. ¿O sea que, a tu modo de ver, habría que encadenarse para toda la vida al primer amor que nos cautivó, renunciando por él al mundo y cerrando los ojos a todo lo que nos rodea? Es una necedad el querer vanagloriarse del falso honor de la fidelidad, el sepultarse para siempre en la tumba de una pasión y el morir, en la flor de la juventud, para cuantas beldades puedan llamar a la puerta de nuestros ojos. ¡No, no y no! La constancia sólo es buena para gente ridícula. Todas las mujeres son dignas de gozar del mismo derecho a seducirnos, y la ventaja de llegar antes no es bastante para quitar a las demás las justas pretensiones que tienen todas sobre nuestro corazón. De mí he de decir que me arrebata la belleza dondequiera que la vea y me rindo fácilmente a esa tierna violencia con que nos arrastra. Y aunque tenga empeñada mi palabra, el amor que siento por una no puede obligarme a ser injusto con las demás: me quedan los ojos para ver los méritos de todas, y a cada cual rindo los honores y pago los tributos que exige la naturaleza de nosotros. En ningún caso puedo negar mi corazón a cuantas bellezas se me presentan, y, si me lo pide un lindo rostro, le daría diez mil si los tuviera. Una pasión, cuando nace, tiene un hechizo inexplicable, y todo el placer del amor está en la variación. Se goza un deleite extremo conquistando con cien halagos el corazón de una joven beldad, viendo el terreno que se va ganando día a día, reduciendo con arrobos, lágrimas y suspiros el inocente recato de un alma, a la que duele rendir las armas, dominando poco a poco los frágiles impedimentos que opone, venciendo los escrúpulos con que pretende honrarse y llevándola pasito a paso hacia donde queremos que vaya al fin. Pero una vez dueños de ella, ya no queda nada que decir ni que desear; acabó lo más hermoso de la pasión y nos adormecemos en la inmovilidad de tal amor, si no viene otra presa a despertar nuestros deseos, ofreciéndonos el aliciente de iniciar una nueva conquista. En resumen, no hay cosa más grata que vencer la resistencia de una mujer hermosa, y, en este aspecto, poseo la ambición de los conquistadores, que corren perpetuamente de victoria en victoria, incapaces de poner límites a sus deseos. Nada puede detener el ímpetu de los míos; tengo un corazón capaz de amar a la tierra entera, y quisiera, como Alejandro, que existiesen más mundos, para llevar hasta ellos mis amorosas conquistas.
ESGANAREL. ¡Por el siglo de mi madre, cómo peroráis! No parece sino que lo lleváis aprendido de memoria, y habláis igual que un libro.
DON JUAN. ¿Y tú qué dirías de todo eso?
ESGANAREL. Pues bien, diría... No sé lo que diría. Lo pintáis todo de tal suerte que parecéis tener razón; y sin embargo, lo cierto es que no la tenéis. Tenía los mejores argumentos, pero me los ha desbaratado vuestro discurso. No importa. Otra vez escribiré mis razonamientos para poder discutir con vos.
DON JUAN. Harás bien.
ESGANAREL. Pero, señor, ¿entraría dentro del permiso que me habéis dado, si os dijese que me escandaliza un poco la vida que lleváis?
DON JUAN. ¿Qué dices? ¿Qué vida es la que llevo?
ESGANAREL. Muy buena. Pero ver que os casáis todos los meses, como venís haciendo...
Doto JUAN. ¿Hay cosa más agradable?
ESGANAREL. Verdaderamente entiendo que es una cosa muy agradable; y no me parecería mal, si no hubiera ningún mal en ello. Pero, señor, burlaros así de un sacramento y...
DON JUAN. ¡Bah! Éste es un negocio entre el Cielo y yo, y lo arreglaremos sin necesitar tu ayuda.
ESGANAREL. Siempre oí decir que es malo burlarse del Cielo y que no hay incrédulo que acabe bien.
DON JUAN. ¡Alto ahí, don sandio! Os tengo dicho que no me gustan los predicadores.
ESGANAREL. Por eso no me refiero a vos. ¡Dios me libre! Vuestra merced sabe lo que hace, y, si no cree en nada, es porque tiene sus razones. Pero corre por el mundo un linaje de mentecatos que son incrédulos sin saber por qué y se hacen los descreídos porque se figuran que eso les sienta bien. Si yo tuviera un amo como ésos, le diría con toda claridad mirándole a la cara: «¿Cómo osáis burlaros así del cielo y no tembláis, riendo como os reís de las cosas más sagradas? ¿Quién sois vos, ruin gusano? ¿Quién sois vos, mísero pigmeo (y conste que estoy hablando con el amo que he dicho), para atreveros a hacer mofa de lo que reverenciamos los demás? ¿Pensáis acaso que porque sois noble, porque lleváis una peluca rubia y bien rizada, unas plumas en el sombrero, un traje cubierto de oro y unas cintas de color de fuego (no hablo con vos, sino con el otro), pensáis, digo, que sois más sabio? ¿Creéis que os está todo permitido y que no hay quien se atreva a deciros las verdades del barquero? Pues yo, que soy vuestro criado, os diré que, tarde o temprano; el cielo castiga a los impíos, que una mala vida trae consigo una mala muerte y que...»
DON JUAN. ¡Basta!
ESGANAREL. ¿Decíais, señor?
DON JUAN. Quería decirte que vengo enamoradísimo de una belleza, cuyos encantos me han forzado a seguirla hasta aquí.
ESGANAREL. ¿Y no os da ningún reparo la muerte de aquel comendador a quien matasteis, haré seis meses, en esta misma ciudad?
DON JUAN. ¿Qué reparo? ¿No le dejé bien muerto?
ESGANAREL. ¡Y tan bien muerto! No podíais hacerlo mejor, y sería injusto que se quejara.
DON JUAN: . Además salí perdonado de aquel suceso.
ESGANAREL. Pero, ¿quién sabe, si vuestro perdón satisfizo a deudos y amigos del finado?
DON JUAN. NO pensemos en las cosas malas que nos pueden acontecer, sino únicamente en aquellas que pueden darnos gusto. La joven de la que te estoy hablando, que es la prometida más bella del mundo, ha llegado en compañía del hombre con quien ha de casarse. Me encontré casualmente con ellos tres o cuatro días antes del viaje. En mi vida había visto a dos personas tan contentas una con otra y prodigándose tantas muestras de amor. El tierno espectáculo de aquella pasión compartida me turbó la mente, hizo mella en mi corazón; y así mi amor nació de los celos. Sí, me enfadó desde un principio verles tan a gusto juntos. La envidia engendró el deseo: pensé que sería un placer extremo desbaratar su entendimiento, romper aquellos lazos que herían mis sentimientos más delicados. Pero, hasta ahora, han sido vanos todos mis esfuerzos y voy a acudir al último remedio. El supuesto esposo ha de obsequiar hoy a su amada con un paseo por el mar. Sin decirte nada, lo he prevenido todo para satisfacer mi deseo: dispongo de una barca y unos hombres con los que pienso raptar, sin gran dificultad, a mi adorada.
ESGANAREL. ¡Ay! Señor...
DON JUAN. ¿Qué?
ESGANAREL. Nada. Que me parece muy bien y tenéis toda la razón. No hay como saber conformarse en esta vida.
DON JUAN. Disponte ya a venir conmigo y encárgate ¡personalmente de llevar todas mis armas por si... ¡Ah! ¡Qué encuentro tan inoportuno! Traidor, no me dijiste que estaba ella también aquí...
ESGANAREL. NO me lo preguntasteis, señor.
DON JUAN. ¡Está loca! ¡Venir aquí sin mudar de traje, con su ropa de camino!



ESCENA III
Doña Elvira, Don Juan, Esganarel
DOÑA ELVIRA. ¿Consentiréis en reconocerme, don Juan? ¿Puedo esperar que os dignéis volver la cara a este lado?
DON JUAN. Confieso mi sorpresa, señora, y no esperaba veros aquí.
DOÑA ELVIRA. Ya veo que no me aguardabais y que estáis sorprendido, pero no como yo esperaba que lo estuvieseis. Esta sorpresa es la prueba manifiesta de lo que no me resignaba a creer. Me asombro de mi simpleza y de mi debilidad de corazón que ponían en duda un crimen confirmado por tantos indicios. Reconozco haber sido lo bastante inocente, por no decir lo bastante necia, como para querer engañarme a mí misma, intentando desmentir lo que veían mis ojos y juzgaba mi entendimiento. Busqué pretextos con que disculpar la frialdad que mi pasión descubría en vuestro amor, e imaginé un sinfín de causas legítimas para una partida tan precipitada, queriendo justificaros del crimen de que os acusaba mi razón. En vano me hablaban sin cesar mis justas sospechas: no escuchaba sus voces que os mostraban criminal ante mis ojos, pero oía gustosa mil quimeras ridículas que os presentaban inocente ante mi corazón. Pero vuestras palabras no permiten más dudas, y la mirada con que me habéis acogido me dice mucho más de lo que quisiera saber. Hablad, don Juan, os lo suplico, y veamos cómo podéis justificaros.
DON JUAN. Señora, aquí está Esganarel, que sabe por qué me fui.
ESGANAREL. ¿Yo, señor? Con perdón, yo no sé nada.
DOÑA ELVIRA. Pues hablad, Esganarel. No importa de qué boca salga la explicación.
DON JUAN (haciendo señas a Esganarel para que se acerque). Vamos, habla con doña Elvira.
ESGANAREL. ¿Y qué tengo que decir?
DOÑA ELVIRA. Venid acá, ya que os lo mandan, y explicadme el porqué de una marcha tan precipitada.
DON JUAN. ¿Responderás?
ESGANAREL. No tengo nada que responder. Os burláis de un servidor.
DON JUAN. Pues quiero que respondas.
ESGANAREL. Señora...
DOÑA ELVIRA. ¿Qué?
ESGANAREL (volviéndose hacia su amo). Señora, los conquistadores, Alejandro y los otros mundos fueron la causa de nuestra partida. Señor, no sé qué decir más.
DOÑA ELVIRA. ¿Queréis aclararme estos extraños enigmas, don Juan?
DON JUAN. La verdad, señora...
DOÑA ELVIRA. OS defendéis muy mal, siendo cortesano y estando por ello acostumbrado a tales lances. ¿Porqué no os revestís de una noble insolencia? ¿Por qué no me juráis que no han variado vuestros sentimientos, que seguís amándome con un amor sin igual y que sólo la muerte os separará de mí? Deberíais, decirme que os obligó a partir, sin poder avisarme, un negocio de la máxima importancia; que, contra vuestra voluntad, tendréis que permanecer aquí un tiempo; que lo mejor que puedo hacer es volverme al lugar de donde vine, segura de que me seguiréis así que podáis; que os mata esta separación; y que, lejos de mí, sufrís como sufre un cuerpo separado de su alma. Así debisteis defenderos y no quedándoos cortado como estáis.
DQN JUAN. Confieso que no tengo talento para disimular y que mi corazón es sincero. No os diré que no han variado mis sentimientos y que muero lejos de vos, siendo tan evidente que, si me marché, fue sólo por huir de vos; aunque no por las razones que imagináis, sino por puros motivos de conciencia y por creer que no podía vivir más tiempo a vuestro lado sin pecar gravemente. Me entraron escrúpulos y examiné lo que estaba haciendo, con los ojos del alma. Pensé que, para esposaros, os había arrancado de la clausura de un convento, que habíais roto un compromiso que os ataba lejos del mundo y que, en tales casos, el cielo se muestra extremadamente celoso. Me arrepentí; temí la cólera divina; pensé que nuestro casamiento no era sino un adulterio disfrazado, que atraerla sobre nosotros algún castigo del cielo. En resumen, pensé que debía olvidaros y hacer todo lo posible para que reanudarais vuestros anteriores lazos. ¿Podríais oponeros, señora, a una determinación tan santa y permitiríais que, por estar junto a vos, me enemistase con el cielo?
DOÑA ELVIRA. ¡Infame! Ahora acabo de conocerte; pero es, por desgracia, cuando ya no hay remedio, cuando el conocerte sólo puede servir para desesperarme. Ten por seguro que no quedará tu crimen impune; ese mismo cielo, del que haces burla, me vengará de tu perfidia.
DON JUAN. ¡El cielo, Esganarel!
ESGANAREL. Valiente cosa nos importa a nosotros el cielo!
DON JUAN; Señora...
DOÑA ELVIRA. ¡Basta! No quiero oír más y hasta me acuso de haber escuchado demasiado. Es cobarde quien permite que le expliquen su deshonra punto por punto. Un corazón noble se decide a la primera palabra. No esperes que prorrumpa en insultos y reproches. Mi cólera no se exhala con palabras vanas; antes guarda todo su calor para la venganza. Te repito, pérfido, que ha de castigarte el cielo por la ofensa que me haces. Y si no hay en el cielo nada que pueda infundirte temor, teme al menos la cólera de una mujer ultrajada.
ESGANAREL. ¡Si con eso pudiera arrepentirse!
DON JUAN (tras breve reflexión). Vamos a pensar en la ejecución de nuestra empresa amorosa.
ESGANAREL. ¡Tener que servir a un amo tan aborrecible!

ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
Carlota, Pedrucho
CARLOTA. ¡Virgen santa! ¡En buena hora estuviste tú allí, Pedrucho!
PEDRUCHO. ¡Pardiez! ¡Como que estuvieron en un tris de ahogarse los dos!
CARLOTA. ¿Y dices que fue la ventolera de esta mañana la que los echó al mar?
PEDRUCHO. Espera, Carlota, deja que"te lo cuente de cabo a rabo, tal y como sucedió. Porque, como dijo aquél, yo fui el primero en verles, en verles fui yo el primero. Conque allí estábamos, al lado del mar, yo y el gordinflón de Lucas. Nos distraíamos por allí, tirándonos terrones a la cabeza; porque ya sabes que a Lucas le gusta jugar, y a veces juego yo también. Pues volviendo a lo nuestro, estábamos jugando, cuando hete aquí que veo, mar adentro, dos bultos que se revolvían en el agua como afanándose por acercarse donde nosotros estábamos. Eso veía yo muy bien, y luego sólo veía que no veía nada. «Mira, Lucas —le dije—, me parece que son hombres aquellos que nadan a lo lejos.» «A fe —me dijo él— que estuviste en la muerte de un gato, y se te nubló la vista.» «¡Voto a tal! —dije yo—. Tengo la vista muy clara, y te digo que son hombres.» «¡Que no! —me dijo—. Que ves mal.» «¿Qué te apuestas a que no veo mal —le dije— y que son dos hombres que nadan hacia aquí?» «¡Rediós! —contestó—. Apuesto lo que quieras a que no.» «Pues, ¿quieres apostar diez sueldos?» «Sí quiero —respondió—. Y para que veas, ahí van los diez sueldos.» Yo no perdí la cabeza ni me aturdí; eché bravaiente al suelo cuatro monedas con la flor de lis y cinco sueldos en monedas de cobre; tan bravamente, ¡voto a Dios!, como si me acabara de beber un vaso de vino; pues soy atrevido y no me asusto de nada. Además, sabía lo que hacía, aunque parezco bobo. Pero sigamos. Apenas acabábamos de apostar, cuando ya estaba viendo a los dos hombres a ras de agua, pidiéndonos por señas que fuéramos por ellos. Pero antes recogí el dinero del suelo. «Vamos allá, Lucas —le dije—, mira que nos están llamando; corramos a auxiliarlos.» «No quiero —dijo él—, que por culpa suya perdí.» Porfié tanto, te diré para acortar, que al fin saltamos a una barca y, tras muchos tumbos, los sacamos del agua y los llevamos luego a nuestra cabaña, al amor de la lumbre, donde se desnudaron del todo para secarse; luego llegaron otros dos, que también iban con ellos y se habían salvado solos. Más tarde fue Maturina, y en seguida empezaron a requebrarla. Ahora ya sabes cómo sucedió todo, Carlota.
CARLOTA. ¿NO dijiste que había uno más gallardo que los otros?
PEDRUCHO. Sí, el amo. Y ha de ser muy principal caballero, pues va cubierto de oro de arriba a abajo. Aunque los que vienen a su servicio serán también señores. Pero, con ser tan caballero, se hubiera ahogado, a buen seguro, de no estar yo allí.
CARLOTA. ¡Jesús!
PEDRUHO. ¡Pardiez! Sin nuestra ayuda estaba apañado.
CARLOTA. ¿Y todavía está desnudo en tu choza?
PEDRUCHO. NO. Porque lo volvieron a vestir delante de nosotros, ¡Válgame el cielo! Yo no había visto vestir a nadie. ¡Cuántos arrumacos y cuántos perendengues llevan encima estos caballeros cortesanos! Con tanta ropa yo no podría ni moverme, y me dejaba embobado todo aquello que vela. Has de pensar, Carlota, que el cabello que llevan no les crece en la cabeza, sino que se lo ponen cuando ya están vestidos del todo, así como si fuera un gran gorro de estopa. Sus camisas tienen unas mangas donde podíamos caber tú y yo igual que estamos aquí. En vez de calzas llevan un delantal ancho como una era; y en vez de jubón, una camisilla que apenas les llega al estómago; y en vez de cuello traen un grandísimo pañuelo todo de puntilla con cuatro borlas que les cuelgan por el pecho. También llevan puntillas en las muñecas y en unas cosas como embudos que traen en las piernas. Y en todo ello hay cintas y más cintas, que es gran maravilla. Hasta los zapatos tienen cubiertos de cintas de una parte a otra, y están hechos de tal manera que yo me rompería la crisma si anduviera con ellos.
CARLOTA. ¡YO tengo que ir a verlo, Pedrucho!
PEDRUCHO. Oye antes una cosa que he de decirte.
CARLOTA. Pues dilo. ¿Qué es ello?
PEDRUCHO. Que, como dijo aquél, necesito desahogarme. Yo te quiero, ya lo sabes, y es forzoso que nos casemos los dos. Pero, voto a Dios, que me tienes muy quejoso.
CARLOTA. ¿Qué dices? ¿Qué te pasa?
PEDRUCHO. Me pasa que me estáis martirizando el alma, de veras.
CARLOTA. ¿YO? ¿Cómo?
PEDRUCHO. Porque no me quieres, ¡cuerpo de Dios!
CARLOTA. ¡Anda ya! ¿Sólo es eso?
PEDRUCHO. Sólo. Y es bastante.
CARLOTA. ¡JESÚS! Siempre sales con lo mismo.
PEDRUCHO. Siempre salgo con lo mismo, porque pasa siempre lo mismo. Si no, no saldría siempre con lo mismo.
CARLOTA. Pero, ¿de qué te quejas? ¿Qué es lo que quieres?
PEDRUCHO. ¡Pardiez! | Quiero que me quieras!
CARLOTA. ¡Ah! ¿Y no te quiero?
PEDRUCHO. NO, no me quieres, y eso que hago todo lo que puedo. No pasa buhonero por la aldea sin que te compre lazos, y no es que me duela; me voy a partir la cabeza buscándote nidos de mirlos; por tu santo siempre hago tocar la zampoña delante de tu puerta. Y es como si me diera de cabezadas contra la pared. No es bueno ni honrado no querer a quien nos quiere.
CARLOTA ¡Si yo te quiero también!
PEDRUCHO. Me querrás a tu manera.
CARLOTA. Pues, ¿qué he de hacer?
PEDRUCHO. LO que hacen los que quieren como Dios manda.
CARLOTA. ¿Pues no te quiero yo como Dios manda?
PEDRUCHO. NO, que eso se ve en las mil carantoñas que se le hacen a quien se quiere. Ahí tienes a la Tomasona; mira si no anda embobada con su Robain, rondándole siempre, pinchándole, no dejándole en paz ni un momento, que siempre ha de hacerle alguna burla o largarle algún mojicón, cuando pasa. El otro día, estando él sentado en un banquillo, se lo quitó de debajo, con lo que fue a dar cuan largo era en el suelo. ¡Voto a Dios! ¡Así se ve cuando se quiere la gente! Pero tú nunca me dices nada; te quedas donde estás, plantada como un palo, y ya podría pasar veinte veces por delante, que no darías un paso para arrearme ningún coscorrón o decirme ninguna gracia. ¡Cuerpo de Cristo! Eso no está bien y eres demasiado arisca conmigo.
CARLOTA. ¿Qué le voy a hacer? Soy así y no puedo mudarme.
PEDRUCHO. ¡NO hay así que valga! Cuando se es amigo de uno, siempre hay modo de hacérselo notar, aunque sea sólo un poco.
CARLOTA. YO hago lo que puedo por quererte. Si no es bastante, busca quien te quiera más. PEDRUCHO. ¡Mira qué gracia! ¡Cuerpo de tal! ¿Me dirías esas cosas si me amaras? CARLOTA. Y tú, ¿por qué has de venir a marearme siempre?
PEDRUCHO. ¡Válgame Dios! ¿Te he hecho algún daño? ¡Sólo te pido un poco de amistad! CARLOTA. Pues ten paciencia y no me apures tanto. A veces, donde menos se piensa salta la liebre.
PEDRUCHO. ¡Venga esa mano, Carlota!
CARLOTA. Cógela.
PEDRUCHO. Prométeme que intentarás quererme más.
CARLOTA. YO haré lo que esté en mi mano; pero ello ha de venir por sí solo. Pedrucho, ¿es ése el caballero?
PEDRUCHO. ES ése.
CARLOTA. ¡Vive el cielo que es galán y sería gran pena que se hubiese ahogado!
PEDRUCHO. En seguida vuelvo, Carlota. Voy a beber una jarra de cerveza para reponerme después de tantas fatigas.



ESCENA II
Don Juan, Esganarel, Carlota
DON JUAN. NOS falló el golpe, Esganarel. Aquella inesperada tormenta, al volcarnos la barca, echó al mar nuestro intento. Pero, si he de decirte la verdad, esa villana con quien acabamos de hablar ha reparado ya aquel infortunio, y las gracias que vi en ella han borrado de mi pecho la pesadumbre de nuestra fracasada empresa. No ha de escapárseme ese corazón. Ya he sembrado en él sentimientos que no me dejarán languidecer mucho tiempo.
ESGANAREL. Confieso que me asustáis, señor. Apenas acabamos de salir de un peligro mortal, y, en vez de agradecer al cielo la compasión que se dignó tener con nosotros, otra vez estáis provocando su cólera con vuestros devaneos de siempre y vuestros amores cri...¿No callarás, bandido? No sabes lo que te dices; tu señor, en cambio, sabe muy bien lo que hace. Adelante.
DON JUAN (viendo a Carlota). iOh, oh! ¿De dónde sale esta otra villana, Esganarel? ¿Viste cosa más linda? ¿No te parece tan hermosa como la primera?
ESGANAREL. ¡Está claro, señor! Tendremos nueva burla.
DON JUAN. ¿A qué debo tan grato encuentro, hermosa mía? ¡Cómo! ¿En estos agrestres parajes; entre esos árboles y esas peñas, encuéntranse criaturas tan garridas como vos?
CARLOTA. Ya lo veis, señor.
DON JUAN. Sois de la aldea.
CARLOTA. SÍ, señor.
DON JUAN. ¿Moráis en ella?
CARLOTA. SÍ, señor.
DON JUAN. ¿Y os llamáis?
CARLOTA. Carlota, para serviros.
DON JUAN. Bella es la moza y ardiente su mirar.
CARLOTA. ¡Que me avergonzáis, señor!
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Os avergüenza que os digan la verdad? ¿Qué opinas tú, Esganarel? ¿Cabe contemplar mayor hermosura? Volveos un poco, os lo suplico. ¡Oh! ¡Qué lindo talle! Alzad un poquitín la cabeza, os lo ruego. ¡Oh! ¡Qué preciosidad de cara! . Abrid bien los ojos, por vida vuestra. ¡Oh! ¡Qué ricura de ojos! Mostradme los dientes, os lo suplico. ¡Oh! ¡Cuan dignos de ser amados! ¡Y qué labios tan apetitosos! Por mi parte, estoy maravillado y nunca vi criatura más encantadora.
CARLOTA. Decís eso, señor, porque os viene en gana decirlo; pero qué sé yo si no os estaréis burlando de mí.
DON JUAN. ¡Burlarme yo de vos! ¡No lo quiera el cielo! ¡Os amo demasiado! Y creed que lo que digo me sale del fondo del corazón.
CARLOTA. Siendo así, os quedo agradecida.
DON JUAN, ¡NO, no! No me lo agradezcáis. Lo que os he dicho se lo debéis únicamente a vuestra belleza.
CARLOTA. Habláis demasiado bien. Yo no tengo ingenio para responderos.
DON JUAN. ¡Mira sus manos, Esganarel!
CARLOTA. ¡Callad, señor! ¡Si son negras como el carbón!
DON JUAN. NO digáis eso. Son las manos más lindas del mundo. Dejad que os las bese, os lo suplico.
CARLOTA. ES mucho honor. De saberlo antes, me las hubiera lavado con salvado.
DON JUAN. Decid, bella Carlota, ¿espero que no estéis casada?
CARLOTA. NO, señor. Pero lo estaré pronto con Pedrucho, el hijo de nuestra vecina Simona.
DON JUAN. ¡Cómo! ¡Una mujer de vuestras prendas con un, triste labriego! ¡Qué desatino! Sería profanar ese cúmulo de gracias. No nacisteis vos para vivir en una aldea. Sin duda alguna merecéis mejor suerte, y el cielo, que lo sabe muy bien, me ha traído aquí a propósito para impedir ese casamiento y rendir justicia a vuestros encantos; pues habéis de saber, hermosa Carlota, que os amo con toda el alma y de vos depende el que os saque de este mísero villorio, para poneros en el lugar que merecéis. Muy repentino puede pareceros este amor, pero pensad que es efecto de vuestra gran belleza y que el mismo amor inspiráis vos en un cuarto de hora que otras mujeres en seis meses.
CARLOTA. OS juro, señor, que me tenéis suspensa oyéndoos hablar. Me agrada lo que decís y os creería de mil amores; pero oí decir siempre que no hay que fiarse de los señores y que todos los cortesanos son unos embaucadores que sólo piensan en burlar las mozas.
DON JUAN, NO soy yo como ellos.
ESGANAREL. ¡Qué ha de ser!
CARLOTA. Considerar, señor, que es muy triste ser burlada. Soy una pobre aldeana, pero tengo en mucho a mi honra, y antes que perderla, preferiría verme muerta.
DON JUAN. ¿Tan ruin he de tener el alma para burlar a una mujer como vos? ¿Y me juzgáis tan cobarde como para deshonraros? ¡No y mil veces no! Tengo muy recta la conciencia. Os amo, Carlota, tal como se debe amar. Y, para que veáis la verdad de lo que os digo, sabed que mi única intención es casarme con vos. ¿Queréis mayor prueba? Estoy dispuesto a hacerlo tan pronto como digáis, y tomo por testigo de la palabra que os doy al hombre aquí presente.
ESGANAREL. NO tengáis reparo, que se casará todas las veces que queráis.
DON JUAN. ¡Ay, Carlota! Veo que no me conocéis. ¡Qué injusta sois conmigo juzgándome por lo que hacen los demás! Si existen malvados en el mundo, hombres que sólo aspiran a engañar a las doncellas, no me contéis a mí entre ellos, ni pongáis en duda la sinceridad de mi palabra. ¿Queréis mejor defensa que vuestra propia belleza? Una mujer como vos no ha de estar sujeta a tales temores. Creedme, no tenéis vos figura de mujer burlada. Por lo que respecta a mí, confieso que me daría mil puñaladas en el corazón, si hubiese tenido el menor pensamiento de engañaros.
CARLOTA. ¡Dios mío! No sé si decís verdad o si mentís, pero hacéis que os crean.
DON JUAN. Cuando me creáis, seréis justa conmigo. Os vuelvo a ofrecer mi palabra de matrimonio. ¿No la aceptaréis? ¿Os negaréis a ser mi esposa?
CARLOTA. YO si quiero, con tal que quiera mi tía.
DON JUAN. Dadme esa mano, Carlota, ya que, por vuestra parte, aceptáis.
CARLOTA. Pero, por lo menos, no vayáis a engañarme, señor, os lo suplico. Sería un cargo de conciencia. Ya veis que yo voy de buena fe.
DON JUAN. ¡Cómo! ¿Dudaréis aún de mi sinceridad? ¿Queréis arrancarme juramentos terribles? ¡Voto al cielo...!
CARLOTA. No juréis, por Dios, que ya os creo.
DON JUAN. Pues, como prenda de amistad, dame un besito.
CARLOTA. Aguardad a que estemos casados, por vida vuestra. Ya os besaré luego tanto como queréis.
DON JUAN. ¡Sea! Vuestra es mi voluntad, bella Carlota. Dadme tan sólo la mano y permitid que le exprese con mil besos el júbilo que siento...



ESCENA III
Don Juan, Esganarel, Pedrucho, Carlota

PEDRUCHO (poniéndose entre Carlota y don Juan para apartar a éste). ¡Teneos, señor! ¡Teneos, por vida vuestra! Estáis muy acalorado y podríais coger una pleuresía.
DON JUAN (empujando a Pedrucho con rudeza). ¿A qué viene ese majadero?
PEDRUCHO. OS digo que os tengáis y no acariciéis a nuestras prometidas.
DON JUAN (sin parar de darle empujones). ¡Qué modo de alborotar!
PEDRUCHO. ¡Pesia tal! No empujéis más.
CARLOTA (cogiéndole del brazo). No te metas tú con él!
PEDRUCHO. ¡Pues yo quiero meterme!
DON JUAN. ¡Ah!
PEDRUCHO. ¡Voto a Cristo! ¿Porque sois caballero habéis de venir a acariciar a nuestras mujeres en nuestras propias barbas? Id a acariciar las vuestras.
DON JUAN. ¿Qué?
PEDRUCHO. ¡Qué! (Don Juan le da un bofetón.) ¡No me peguéis, cuerpo de Dios! (Otro bofetón.) ¡Oh! ¡Voto a tal! (Otro bofetón.) ¡Rediós! (Otro bofetón.).Por Satanás y por cincuenta mil demonios! ¡No hay que pegar a la gente, ni agradecer de este modo que os hayan sacado del mar!
CARLOTA. NO te enfades, Pedrucho.
PEDRUCHO. ¡Quiero enfadarme! ¡Y tú eres una granuja por dejarte engatusar!
CARLOTA. NO es lo que piensas, Pedrucho. Este caballero quiere casarse conmigo y tú no tienes por qué ponerte así.
PEDRUCHO. ¡Cómo! ¡Voto a...! ¿Pues no eres tú mi prometida?
CARLOTA. ¿Y qué importa eso? Si es que me quieres, ¿no has de alegrarte mucho viéndome hecha una señora?
PEDRUCHO. ¡Por mil demonios, que no! ¡Antes te vea enterrada que casada con otro!
CARLOTA. ¡Vamos, vamos! No te dé pesadumbre. Como llegue yo a señora, algo te alcanzara a ti. Tú nos traerás mantequilla y queso.
PEDRUCHO. ¡Maldita sea! No te llevaría nada, ni aun pagándome el doble. ¡Cómo escuchas sus palabras! De saber eso, no lo sacaba del agua; antes le partiera la cabeza con el remo.
DON JUAN (acercándose a Pedrucho con intención de pegarle). ¿Qué es lo que dices?
PEDRUCHO (escondiéndose detrás de Carlota). ¡Voto a tal! ¡Que a mí no me asusta nadie!
DON JUAN (yendo hacia él). Aguarda un poco.
PEDRUCHO (cambiando de lado). Yo me río de todo.
DON JUAN. Vamos a verlo.
PEDRUCHO (otra vez detrás de Carlota). ¡En peores me he visto!
DON JUAN. ¡Ah, sí!
ESGANAREL. ¡Ea, señor! Dejad ya a ese pobre infeliz. Es pecado pegarle. (A Pedrucho, poniéndose entre él y don Juan.) Vete zagal, y no digas nada más.
PEDRUCHO (poniéndose delante de Esganarel y dirigiéndose con altanería a don Juan). Quiero decirle unas cuantas cosas. .
DON JUAN (levanta la mano para dar una bofetada a Pedrucho, pero éste agacha la cabeza y recibe el golpe Esgaranel). ¡Toma! ¡Para que aprendas!
ESGANAREL (mirando a Pedrucho, que tiene agachada la cabeza, para esquivar el golpe), ¡Valga el diablo el bellaco!
DON JUAN. ¡Por meterte a redentor!
PEDRUCHO. ¡Cuerpo de...! Voy a contarle a su tía todo ese enredo.
DON JUAN (a Carlota). Por fin voy a ser el mortal más dichoso. Y por nada del mundo trocaría mi felicidad. ¡Cuántas delicias cuando seáis mi esposa! ¡Y cuántos...!



ESCENA IV
Don Juan, Esganarel, Carlota, Maturina

ESGANAREL (viendo pasar a Maturina). ¡ Ay, ay, ay!
MATURINA (a don Juan). Señor, ¿que hacéis aquí con Carlota? ¿Le habláis de amor también?
DON JUAN (aparte a Maturina). Al revés, me estaba declarando sus deseos de ser mi esposa, y yo le respondía que ya estoy comprometido con vos.
CARLOTA (a don Juan). ¿Qué os dice Maturina?
DON JUAN (aparte a Carlota). Está celosa porque hablo con vos, y le gustaría que me casara con ella. Pero le he dicho que os amo a vos.
MATURINA. ¿Qué? Carlota...
DON JUAN (aparte a Maturina). No. le digáis nada. Es inútil. Se le ha metido esta idea en la cabeza.
CARLOTA. Pero, ¿qué hay? Maturina...
DON JUAN (Aparte a Carlota). Es por demás que le habléis. No conseguiréis quitarle ese desatino de la cabeza.
CARLOTA. Pero ¿qué hay? Maturina...
DON JUAN (Aparte a Carlota). Es por demás que le habléis. No conseguiréis quitarle ese desatino de la cabeza.
MATURINA. Pero...
DON JUAN (Aparte a Maturina) No hay modo de que entre en razón.
CARLOTA. Querría...
DON JUAN (Aparte a Carlota). Es más testaruda que una mula.
MATURINA. De veras...
DON JUAN. (Aparte a Maturina). No le digáis nada. Está loca.
CARLOTA. Digo...
DON JUAN (Aparte a Carlota). Dejadla. Es una caprichosa.
MATURINA. No, no. Tengo que hablar con ella
CARLOTA. Quiero ver lo que dice.
MATURINA ¿Qué?
DON JUAN (Aparte a Carlota). A qué os jura que le prometí casarme con ella?
MATURINA. ¿Sabes, Carlota, que está muy feo cruzarse en los negocios ajenos?
CARLOTA. ¿Sabes, Maturina, que está muy mal tener celos porque hable conmigo este caballero?
MATURINA. A mí me vio antes.
CARLOTA. Si a ti te vio antes, a mí me vio después, y me prometió que se casaría conmigo. DON JUAN (aparte a Maturina). ¿No os lo dije?
MATURINA (a Carlota), ¡Reciba mil parabienes vuestra merced! Fue conmigo con quien prometió casarse.
DON JUAN (aparte a Carlota). ¿No lo adiviné?
CARLOTA. ESO se lo dices a otra. Te digo que me lo prometió a mí.
MATURINA. ¿Me tomas por boba? Te repito que fue a mí.
CARLOTA. Aquí está. Que diga si no tengo razón.
MATURINA. Sí aquí está. Que diga si miento.
CARLOTA. Señor, ¿le disteis palabra de casamiento?
DON JUAN (aparte a Carlota). ¿Os queréis burlar de mí?
MATURINA. ¿De veras, señor, le prometisteis ser su esposo?
DON JUAN (aparte a Maturina). ¿Cómo pensáis tal cosa?
CARLOTA. ¿Veis cómo no lo niega?
DON JUAN (aparte a Carlota). No le hagáis caso.
MATURINA. ¿Veis cómo lo asegura?
DON JUAN (aparte a Maturina). Dejad que diga.
CARLOTA. NO, no. Hay que saber la verdad.
MATURINA. Hay que dejar las cosas claras.
CARLOTA. SÍ, Maturina, que te diga el caballero que aún no saliste del cascarón.
MATURINA. SÍ, Carlota, que te deje bien corrida el caballero.
CARLOTA. Por vida vuestra, zanjad ya el pleito, señor.
MATURINA. SÍ, ponednos de acuerdo, señor.
CARLOTA (a Maturina). Ahora verás.
MATURINA (a Carlota). Ahora verás tú.
CARLOTA (a don Juan). Decid.
MATURINA (a don Juan). Hablad.
DON JUAN (apurado, a ambas). ¿Qué queréis que os diga? Aseguráis ambas que prometí tomaros por esposas. ¿Acaso no sabéis cada cual la verdad, sin que sean menester más explicaciones? ¿Para qué obligarme a repetir lo mismo? ¿Aquella a quien se lo prometí de veras no puede reírse de lo que dice la otra, sin más preocupación, con tal que yo cumpla mi palabra? ¿Qué se consigue con las palabras? Hay que obrar y no hablar. Los resultados dicen más que las palabras. Pues por los resultados quiero yo que conozcáis la verdad. Ya se verá cuando me case cuál de las dos es dueña de mi corazón. (Aparte a Maturina.) Dejad que crea lo que quiera. (Aparte a Carlota.) Dejadla con sus ilusiones. (Aparte a Maturina.) Os adoro. (Aparte a Carlota.) Soy vuestro esclavo. (Aparte a Maturina.) Comparadas con la vuestra todas las caras son feas. (Aparte a Carlota.) Después de veros a vos, no se puede mirar a ninguna. Tengo que dar unas órdenes. Volveré con vosotras dentro de un cuarto de hora. (Sale.)
CARLOTA (a Maturina). Me quiere a mí.
MATURINA (a Carlota). Se casará conmigo.
ESGANAREL. ¡Pobres rapazas! Me da pena vuestra inocencia, y no puedo dejar que corráis así
a vuestra perdición. Creedme ambas: no os engañen las fábulas que os cuentan, ni salgáis de
vuestra aldea.
DON JUAN (volviendo). Quiero saber por qué no ha venido conmigo Esganarel.
ESGANAREL (a las mozas). Mi señor es un bribón: sólo pretende burlaros, como ha burlado a tantas otras: es el marido del género humano y... (Reparando en don Juan.) Y os aseguro que eso es una falsedad. A quien os lo diga, respondedle que miente. Mi señor no es el marido del género humano, ni lleva intención de engañaros, ni ha engañado a otras. Aquí le tenéis. Preguntádselo mejor a él.
DON JUAN (mirando a Esganarel y sospechando que ha hablado). Sí.
ESGANAREL. Señor, como el mundo está plagado de malas lenguas, hay que prever los sucesos; por eso les decía a esas rapazas que, sí alguien les habla mal de vos, que no le crean y le digan que miente.
DON JUAN. ¡Esganarel!
ESGANAREL. SÍ, mi señor es un hombre de honor, os lo aseguro yo.
DON JUAN. ¡Oh!
ESGANAREL. Son unos impertinentes.



ESCENA V
Don Juan, La Ramée, Carlota, Maturina, Esganarel

LA RAMÉE (aparte a don Juan). Señor, vengo a deciros que aquí se están poniendo feas las cosas.
DON JUAN. ¿Cómo es ello?
LA RAMÉE. OS buscan doce hombres a caballo; que estarán aquí en un momento. Ignoro cómo pudieron seguiros. Pero lo sé por un labrador a quien preguntaron por vos con toda suerte de pormenores. El tiempo apremia y lo mejor es salir de aquí cuanto antes.
DON JUAN (a Carlota y Maturina). Me obliga a ausentarme un negocio urgente; pero no olvidéis mi promesa, os lo suplico. Mañana sabréis de mí antes del anochecer. (Salen Carlota y Maturina.) Siendo las fuerzas tan desiguales, es menester recurrir a una estratagema y evitar con astucia el peligro que me amenaza. Quiero que Esganarel vaya con mi traje y yo...
ESGANAREL. ¡Os burláis de mí, señor! ¡Exponerme a morir asesinado con vuestro traje y...!
DON JUAN. Daos prisa. Os hago un gran honor. Dichoso es el criado que tiene la suerte de morir por su amo.
ESGANAREL. Os agradezco el honor. (Solo.) ¡Dios mío, ya que se trata de morir, hazme la gracia de no confundirme con nadie!



ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
Don Juan, vestido de camino, Esganarel, de médico
ESGANAREL. Confesad, señor, que tuve yo razón y que ese disfraz nos cae a los dos de maravilla. No era muy acertada vuestra primera idea; así pasamos mucho más disimulados que con lo que pensabais hacer.
DON JUAN. LO cierto es que estás extremado. Me gustaría saber dónde fuiste a desenterrar esa indumentaria ridícula.
ESGANAREL. ¡Ah, sí! Pues era el traje de un médico viejo, que quedó empeñado donde yo lo hallé, y me costó dinero sacarlo. Pero, ¿sabéis que este traje me ha valido ya cierta consideración? Me saludan, cuando paso, y vienen a consultarme como a un sabio.
DON JUAN. Cuéntame eso.
ESGANAREL. Cinco o seis labradores y labradoras, que me han visto pasar, han venido a pedirme consejos sobre distintas enfermedades.
DON JUAN. ¿Y tú les habrás respondido que no sabes nada?
ESGANAREL. ¿Yo? ¡Qué he de responderles! He querido salvar el honor del traje que llevo. He discurrido sobre cada enfermedad y le he dado su receta a cada cual.
DON JUAN. ¿Y qué remedios has dado?
ESGANAREL. ¡Pardiez, señor, he hecho como Dios me ha dado a entender! Les he mandado lo que me ha parecido, y sería gracioso que sanasen los enfermos y viniesen a darme las gracias.
DON JUAN. ¿Por qué no? ¿Por qué no has de gozar tú de los privilegios de los médicos? No intervienen más ellos en la curación de sus enfermos y todo su arte es pura mentira. Se limitan a recibir la gloria de un azar favorable; y tú puedes beneficiarte, igual que ellos, de la buena estrella de un enfermo, atribuyendo a tus remedios lo que resulta del favor de la suerte y de las fuerzas de la naturaleza.
ESGANAREL. ¿Cómo, señor? También en medicina sois incrédulo?
DON JUAN. ES uno de los engaños más grandes que corren entre los hombres.
ESGANAREL. ¡Qué! ¿Así que no creéis en el sen, ni en la cañafístula, ni en el vino emético?
DON JUAN. ¿Por qué quieres que crea en ello?
ESGANAREL. NO hay alma más incrédula que la vuestra. Y eso que habéis oído todo lo que se dice recientemente del vino emético. Sus milagros han convertido a las mentes más incrédulas; y, aquí donde me veis, no hace ni tres semanas que presencié uno de sus maravillosos efectos.
DON JUAN. ¿Cuál?
ESGANAREL. Fue un hombre que estuvo seis días a las puertas de la muerte. Nadie sabía qué recetarle ya. Ninguna medicina le hacía nada. Hasta que por fin alguno tuvo la idea de administrarle vino emético.
DON JUAN. Y se curó. ¿Verdad?
ESGANAREL. NO. Se murió.
DON JUAN. Admirable fue el efecto, por cierto.
ESGANAREL. ¡Cómo! ¡Llevaba seis días enteros sin poder, morirse y el vino le mató de una vez! ¿Queréis mayor eficacia?
DON JUAN. Tienes razón.
ESGANAREL. Pero dejemos ya la medicina, en la que no creéis, y hablemos de lo otro. Ese traje
hace que me sienta ingenioso y me entran ganas de discutir con vos. Porque me permitisteis
discutir. Sólo me está prohibido el sermonearos.
DON JUAN. Empieza.
ESGANAREL. Quisiera conocer un poco lo que de veras pensáis. ¿Es posible que no creáis ni un tanto así en el cielo?
DON JUAN. NO hablemos de eso.
ESGANAREL. Luego no creéis en él. ¿Y en el infierno?
DON JUAN. Psé
ESGANAREL. ¡Tampoco! ¿Y en el diablo? Por favor.
DON JUAN. Pues sí.
ESGANAREL. ¡Igual! ¿Tampoco créeis en la otra vida?
DON JUAN. ¡Ja, ja, ja!
ESGANAREL. Me costará mucho convertir a este hombre. ¿Y los duendes? ¿Qué me decís de los duendes, eh?
DON JUAN. ¡Valga el diablo el fatuo!
ESGANAREL. ESO no puedo admitirlo; pues no hay nada tan cierto como que existen duendes. Por
ello me dejaba yo cortar la cabeza. Además, hay que creer en algo en esta vida. ¿En qué creéis vos?
DON JUAN. ¿En qué creo yo?
ESGANAREL. SÍ.
DON JUAN. Creo que dos y dos son cuatro, Esganarel, y que cuatro y cuatro son ocho.
ESGANAREL. ¡Valiente creencia! Por lo visto vuestra religión será la aritmética. ¡Hay que ver qué extrañas locuras se les meten a los hombres en la cabeza, y cuántas veces, no por estudiar mucho, es la gente más sabia! Por mi parte, he de confesar que, a Dios gracias, no he estudiado como vos, y nadie puede presumir de haberme enseñado nunca nada; pero, con mi pobre sentido común y mi corto entendimiento, veo las cosas mejor que todos los libros y comprendo perfectamente que este mundo que vemos no es como un hongo que creció sólo en una noche. Me gustaría que me explicarais quién hizo estos árboles, estas peñas, esta tierra y aquel cielo que allá arriba vemos, y si todo esto se ha hecho solo. Fijaos, por ejemplo, en vuestra persona, que está aquí. ¿Por ventura os habéis hecho vos mismo? ¿No fue menester que, para haceros, dejase preñada vuestro padre a vuestra madre? ¿Podéis acaso contemplar todas las partes que componen la máquina humana sin maravillaros del orden que entre ellas reina? Estos nervios, estos huesos, estas venas, estas arterias, estas..., este pulmón, este corazón, este hígado y todos los demás ingredientes que aquí tenemos y que... ¡Por vida vuestra, paradme, señor, os lo suplico! Si no me interrumpen, no sé discutir. Y vos calláis aposta y me dejáis hablar por pura malicia.
DON JUAN. Aguardo la conclusión de tu razonamiento.
ESGANAREL. Mi razonamiento es que, por más que queráis decir, hay en el hombre algo
admirable, que todos los sabios juntos serían incapaces de explicar. ¿No es una maravilla que esté
yo aquí y que posea en la cabeza algo que puede pensar cien cosas diversas en un instante y hacer
con mi cuerpo lo que quiere? Quiero batir palmas, levantar el brazo, alzar la vista al cielo,
agachar la cabeza, mover los pies, ir a la derecha, a la izquierda, adelante, atrás, dar vueltas... (Se cae dando vueltas.)
DON JUAN. ¿LO ves? Tu razonamiento ha dado de narices en el suelo.
ESGANAREL. ¡Diantre! ¡Qué bobo soy por perder el tiempo en discutir con vos! ¡Creed lo que queráis! ¡A mí qué se me da que os condenéis!
DON JUAN. Pero, razonando razonando, creo que nos hemos extraviado, llama a aquel hombre y que nos muestre el camino.
ESGANAREL. ¡Eh, oíd! ¡Eh, compadre! ¡Eh, amigo! ¡Unas palabras, por favor!



ESCENA II
Don Juan, Esganarel, un mendigo

ESGANAREL. Mostradnos el camino de la ciudad.
MENDIGO. Basta seguir éste y torcer a mano derecha en llegando al extremo del bosque. Pero os aviso que andéis prevenidos, pues hace algún tiempo merodean por aquí salteadores.
DON JUAN. Gracias, amigo. Te lo agradezco de todo corazón.
MENDIGO. ¿NO me auxiliaréis con una limosna, señor?
DON JUAN. ¡Ah! Era interesado tu aviso, por lo que veo.
MENDIGO. Señor, soy un pobre hombre que vive retirado en este bosque desde hace diez años, y no dejaré de pedirle al cielo que os conceda todo género de bienes.
DON JUAN. Pídele que te dé con qué vestirte y no te ocupes de los negocios ajenos.
ESGANAREL. NO conocéis a mi señor, buen hombre. Sólo cree que dos y dos son cuatro y que cuatro y cuatro son ocho.
DON JUAN. ¿Cómo pasas el tiempo entre estos árboles?
MENDIGO. Todo el día rezo por la prosperidad de la gente generosa que me da algo.
DON JUAN. ¿Luego no te falta nada?
MENDIGO. , ¡Ay, señor! Vivo en la mayor necesidad.
DON JUAN. ¡Te burlas de mí! ¿De que puede carecer un hombre que se pasa todo el día rezando?
MENDIGO. Os aseguro, señor, que la mayor parte de los días no tengo ni un mendrugo de pan que llevarme a la boca.
DON JUAN. Es un caso extraño. Mal te agradecen tus desvelos. Ahora mismo te voy a dar yo un luis de oro si consientes en blasfemar.
MENDIGO. Señor, ¿queréis obligarme a cometer un pecado tan grave?
DON JUAN. Tú sabrás si quieres ganar un luis de oro. Mira éste: te lo doy si blasfemas. Ten. Pero has de blasfemar.
MENDIGO. Señor...
DON JUAN. No siendo así, no te lo doy.
ESGANAREL. ¡Anda ya! Blasfema un poco, que no es ningún crimen.
DON JUAN. Cógelo. Ahí lo tienes. Cógelo, te digo. Pero blasfema ya.
MENDIGO. No, señor. Prefiero morir de hambre.
DON JUAN. Anda, toma, te lo doy por amor a la humanidad. Pero, ¿qué estoy viendo? ¡Un hombre atacado por otros tres! Desigual es la pelea, y no puedo sufrir tal cobardía.



ESCENA III
Don Juan, don Carlos, Esganarel
ESGANAREL (solo). ¡Está loco mi amo! ¡Meterse en un peligro que no le amenazaba a él! Pero, voto a tal, que fue útil su ayuda, y los dos han hecho huir a los tres.
DON CARLOS (con la espada desenvainada aún). La fuga de estos bandidos encarece el valor de vuestro brazo. Permitid, caballero, que os dé las gracias por una acción tan generosa y que...
DON JUAN (volviendo, espada en mano). Caballero, no hice nada que no hicierais vos en mi lugar. Tales lances comprometen el propio honor, y la acción de aquellos bribones era tan cobarde, que el no oponerse a ella hubiera sido tanto como prestarle ayuda. Pero, ¿por qué azarosas circunstancias fuisteis a caer entre sus manos?
DON CARLOS. Me perdí en el bosque al separarme de un hermano mío y de la gente que nos acompañaba. Iba en busca suya, cuando topé con aquellos bandidos, que me mataron primero el caballo y, sin vuestro arrojo, me hubieran matado después a mí.
DON JUAN. ¿Vais hacia la ciudad?
DON CARLOS. Sí, pero sin intención de entrar en ella. A mi hermano y a mí nos es forzoso permanecer en el campo por uno de esos infortunados sucesos que hacen inevitable el sacrificio propio y el de toda la familia en aras del honor, pues sea cual sea su conclusión, no puede, a la postre, sino ser funesta, y si no se pierde la vida, se pierde el derecho a vivir en la patria. Y en esto veo yo la triste condición del noble, a quien no bastan toda la prudencia y honradez de su conducta, sino que está sujeto, por las leyes del honor, a los desórdenes de la vida ajena; de suerte que su vida, su sosiego y su hacienda se hallan a la merced de cualquier temerario, a quien se le antoje infligirle uno de esos ultrajes por los que ha de exponer su vida un hombre de bien.
DON JUAN. Sí, pero, por fortuna, podemos hacer correr igual riesgo y sufrir las mismas congojas a aquel a quien viene en gana ultrajarnos deliberadamente. Mas, ¿sería indiscreción el preguntaros qué suceso fue el vuestro?
DON CARLOS. Las cosas han llegado a un extremo tal que ya es excusado guardar el secreto. Conocida la ofensa, el honor ya no exige disimular la vergüenza, antes pide declarar la venganza y hasta pregonar el firme propósito de llevarla a cabo. Así, caballero, que no dudaré en deciros que la ofensa que queremos vengar es la de una hermana seducida y sacada de un convento, y que es autor de dicha ofensa un don Juan Tenorio, hijo de don Luis Tenorio. Hace días que andamos buscándole, y le estuvimos siguiendo esta mañana, tras oír la información de un mozo, que nos dijo que había salido a caballo, acompañado de cuatro o cinco criados, y que habían tirado por esta playa; pero todos nuestros esfuerzos han sido vanos y nada hemos averiguado de él.
DON JUAN. ¿Conocéis a ese don Juan de quien me habláis?
DON CARLOS. YO, no. Nunca le he visto; tan sólo se lo he oído describir a mi hermano; pero la fama que tiene dice poco en su favor.
DON JUAN. NO sigáis, caballero, por Dios os lo ruego. Tengo cierta amistad con don Juan, y sería como una cobardía por mi parte el oír hablar mal de él.
DON CARLOS. Por el amor que os tengo, no diré una palabra más. Y será cumplir con lo menos que os debo, después de que me salvasteis la vida, el no hablar en presencia vuestra de una persona a la que conocéis, cuando sólo podría hablar mal de ella. Pero, por muy amigo suyo que seáis, me atrevo a esperar que no aprobéis su acción, ni juzguéis extraño que queramos vengarnos.
DON JUAN. Antes por el contrario, quiero ayudaros, evitándoos cuidados inútiles. Soy amigo de don Juan, no puedo impedirlo. Pero no es justo que ofenda impunemente a unos caballeros, y os prometo obligarle a daros satisfacción.
DON CARLOS. ¿Qué satisfacción cabe dar, siendo la ofensa tan grande?
DON JUAN. Aquella que exija vuestro honor. Y no os molestéis más en buscar a don Juan, que yo os doy palabra de que le hallaréis en el lugar y hora que dispongáis.
DON CARLOS. ES ésta una grata esperanza para unos corazones ofendidos, caballero. Mas después de lo que os debo ya, sería demasiado triste que intervinierais en el duelo, al lado de don Juan.
DON JUAN. Tan unido estoy a él, que no podría batirse, sin batirme yo también; pero, en fin, os respondo de él como de mí mismo, de suerte que no tenéis sino decirme cuándo queréis verle para que os dé satisfacción.
DON CARLOS. ¡Cruel suerte la mía! ¡Deberos la vida y que tenga que ser don Juan amigo vuestro!



ESCENA IV
Don Alonso y tres criados Don Carlos, don Juan, Esganarel
DON ALONSO (hablando con su gente, sin ver a don Carlos ni a don Juan). Abrevad ahí a los caballos y traédmelos luego; quiero andar un rato. ¡Cielos! ¡Cómo, hermano! ¡Vos hablando con nuestro mortal enemigo!
DON CARLOS. ¿Nuestro mortal enemigo?
DON JUAN (dando tres pasos atrás y llevando altivamente la mano a la empuñadura de la espada) Sí. Soy don Juan. Vuestra superioridad numérica no me hará ocultar mi nombre.
DON ALONSO (echando mano a la espada). ¡Ah, traidor, morirás y...! (Esganarel corre a esconderse.)
DON CARLOS. ¡ Deteneos, hermano! Le debo la vida. Sin el auxilio de su brazo hubiera muerto asesinado por unos bandidos con los que me encontré.
DON ALONSO. ¿Y queréis que esta consideración impida nuestra venganza? Los favores prestados por manos enemigas carecen de todo valor para obligar al alma, y, si hemos de medir la obligación por la ofensa, resulta ridícula vuestra gratitud, hermano. Siendo infinitamente más precioso el honor que la vida, el deber ésta a quien nos arrebató aquél es no deber nada.
DON CARLOS. Hermano, sé la diferencia que cualquier alma bien nacida debe establecer entre una y otro, y el reconocer mi obligación no borra en modo alguno el resentimiento por la ofensa; pero permitid que le de vuelva lo mismo que me prestó y me desquite aquí de mi deuda aplazando nuestra venganza y dándole libertad para gozar unos días del fruto de su buena acción.
DON ALONSO. NO, no. Aplazar nuestra venganza es arriesgarla: puede no repetirse la ocasión de tomárnosla. El cielo nos la brinda ahora y es forzoso aprovecharla. Cuando se ha herido mortalmente el honor, no cabe consideración alguna. Y, si os ofende prestar vuestro brazo para esta acción, apartaos y confiad a mi mano la gloria de tan gran sacrificio.
DON CARLOS. Por Dios os lo suplico, hermano...
DON ALONSO. Sobran tantos discursos. Es preciso que muera.
DON CARLOS. OS digo que os detengáis, hermano. No sufriré que se ataque su vida, y juro a Dios que he de defenderle contra quien sea, convirtiendo en muralla esta vida que él salvó, de suerte que, para herirle, tendréis que atravesarme con vuestra espada.
DON ALONSO. ¡Cómo! ¿Defendéis contra mí a nuestro enemigo? ¿Cómo, lejos de sentir la cólera que me causa su presencia, podéis manifestarle unos sentimientos tan entrañables?
DON CARLOS. Hermano, tengamos moderación en una acción que es justa, y no venguemos nuestro honor impulsados por la ira que os mueve. Sepamos ser dueños de nuestro arrojo: no dejemos que se convierta en ferocidad; sometamos nuestra valentía a la luz de la razón y no al arrebato de una cólera ciega. Hermano, no quiero quedar en deuda con mi enemigo y tengo contraída con él una obligación, que he de cumplir por encima de todo. No por aplazada será menos gloriosa nuestra venganza, antes por el contrario, habrá de salir beneficiada, y esta ocasión de haberla podido tomar antes, la hará parecer más justa a los ojos de la gente.
DON ALONSO. Extraña flaqueza y terrible ceguera es arriesgar así los intereses del honor por la idea ridícula de una obligación quimérica.
DON CARLOS. Perded cuidado, hermano. Si cometo una equivocación sabré cómo repararla. Tomo nuestro honor bajo mi responsabilidad: sé a lo que nos obliga, y esta tregua de un día que le pide mi gratitud no hará sino aumentar mi afán de satisfacerle. Ya veis, don Juan, cuan escrupulosamente quiero devolveros el bien que de vos recibí. No lo olvidéis para juzgar lo demás: pensad que siempre pago cuanto debo con el mismo ardor, y que no seré menos exacto en pagaros la ofensa que la deuda. No quiero obligaros a declarar aquí vuestro propósito y os dejo libre para que reflexionéis con tiempo antes de decidiros. Harto conocéis la magnitud de la ofensa que nos habéis infligido, y os hago juez de la reparación que exige. Para darnos satisfacción, existen medios pacíficos; también los hay crueles y sangrientos. En cualquier caso, y sea cual fuere vuestra decisión, recordad que habéis empeñado vuestra palabra de que don Juan me dará satisfacción; no os olvidéis de dármela, os lo suplico, y recordad que, fuera de este lugar, sólo estoy obligado con mi honor.
DON JUAN. No os he exigido nada y cumpliré lo prometido.
DON CARLOS. Vamos, hermano. Un instante de sosiego no puede agraviar en nada al rigor, de nuestro deber.



ESCENA V
Don Juan, Esganarel
DON JUAN. ¡Esganarel! ¡Ven aquí!
ESGANAREL (saliendo de donde estaba escondido). ¿Qué deseáis, señor?
DON JUAN. ¡Cómo! ¡Bellaco! ¿Huyes cuando me atacan?
ESGANAREL. Perdonadme, señor, estaba ahí al lado. Me parece que este traje tiene virtud laxativa y el llevarlo es como tomar una purga.
DON JUAN. ¡Valga el diablo el insolente! Disimula al menos tú cobardía con un manto más digno. ¿Sabes a quién salvé la vida?
ESGANAREL. ¿YO? ¡Qué he de saber!
DON JUAN. A un hermano de Elvira.
ESGANAREL. A un...
DON JUAN. ES muy caballeroso: obró con nobleza y siento tener un pleito con él.
ESGANAREL. OS sería fácil arreglarlo todo.
DON JUAN. SÍ, pero está muerta mi pasión por doña Elvira y las ataduras van contra mi modo de ser. Amo la libertad en amor, ya lo sabes, y sería incapaz de encerrar mi corazón entre cuatro paredes. Te lo he dicho mil veces, me siento inclinado naturalmente a dejarme arrastrar por todo lo que me atrae. Mi corazón es de todas las mujeres, y lo han de coger ellas, cuando les toque, procurando conservarlo mientras puedan. Pero, ¿qué soberbio edificio es el que veo por entre aquellos árboles?
ESGANAREL. ¿NO lo sabéis?
DON JUAN. De veras que no lo sé.
ESGANAREL. Pues era la tumba que se estaba construyendo el comendador cuando le matasteis.
DON JUAN. ¡Áh, tienes razón! No sabía que estuviera por aquí. Me han contado maravillas de esta obra, así como de la estatua del comendador, y tengo ganas de ir a verlas.
ESGANAREL. ¡NO vayáis, señor!
DON JUAN. ¿Por qué?
ESGANAREL. NO está bien que visitéis a un hombre a quien matasteis.
DON JUAN. Al revés, quiero honrarle con esta visita, y ha de recibirla con agrado, si es hombre cortés. Anda,
entremos ya.
(Se abre la tumba descubriendo un soberbio mausoleo y la estatua del comendador.)
ESGANAREL. ¡Oh! ¡Qué hermosura! ¡Qué hermosas estatuas! ¡Qué hermoso mármol! ¡Qué hermosos pilares! ¡Oh, qué hermoso es todo! ¿Qué decís vos, señor?
DON JUAN. Que no puede llegar más lejos la ambición de un hombre muerto. Y lo que más me asombra es que un hombre, que, durante toda la vida, se contentó con una casa de lo más sencillo, quisiera tener otra tan magnífica para cuando ya no le haría falta alguna.
ESGANAREL. ¡Mirad la estatua del comendador!
DON JUAN. ¡A fe que está arrogante vestido de emperador romano!
ESGANAREL. ¡Por Dios que es extremada la obra! Parece que esté vivo y vaya a hablar. Y nos lanza unas miradas que me asustarían si no estuviera con vos. Creo que le disgusta vernos.
DON JUAN. Pues haría mal y no correspondería al honor que le hago. Pregúntale si quiere venir a cenar conmigo.
ESGANAREL. ¿OS burláis, señor? Habría que estar loco para ponerse a hablar con una estatua.
DON JUAN. Haz lo que te mando.
ESGANAREL. ¡Qué desatino!... (Aparte.) Me río de mi propia tontería, pero la culpa es de mi amo. (Al comendador.) Señor comendador, os pregunta mi amo, don Juan, si queréis hacerle el honor de ir a cenar con él. (La estatua mueve la cabeza de arriba a abajo.)
¡Oh!
DON JUAN. ¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? ¡Contesta!
¡Hablarás al fin!
ESGANAREL. (bajando la cabeza como la estatua). La estatua...
DON JUAN. ¿Qué quieres decir, traidor?
ESGANAREL. Digo que la estatua...
DON JUAN. ¿Qué, la estatua? Habla o te descalabro.
ESGANAREL. La estatua me ha hecho una señal.
DON JUAN. ¡Maldito bribón!
ESGANAREL. Digo que me ha hecho una señal; es la pura verdad. Id vos a hablar con ella y lo veréis. Quizás...
DON JUAN. Ven aquí, pícaro. Quiero que veas claramente tu cobardía. Atiende. ¿Aceptaría venir a cenar conmigo el señor comendador? (La estatua baja otra vez la cabeza.) ESGANAREL. Ni por diez pistolas quisiera hacer yo este papel. ¿Qué decís ahora, señor?

DON JUAN. ¡Vamos! Salgamos de aquí.
ESGANAREL. (solo). ¡Estos son los libertinos que no quieren creer en nada!



ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
Don Juan, Esganarel
DON JUAN. En cualquier caso, no hablemos más de ello: no merece la pena. Nos habrá engañado la luz o nos habrá enturbiado la vista un momentáneo trastorno del cerebro.
ESGANAREL. NO, señor, no queráis desmentir lo que hemos visto con nuestros propios ojos. No hay cosa más verdadera que aquel bajar la cabeza, y estoy seguro de que el cielo, escandalizado por la vida que lleváis, ha hecho aquel milagro para convenceros y apartaros de...
DON JUAN. ¡Óyeme bien! Si vuelves a importunarme con tus fábulas necias o dices una sola palabra más sobre este asunto, llamo a un lacayo, hago traer un vergajo, mando que te sujeten entre tres o cuatro y te dejo la espalda en carne viva. ¿Me has entendido?
ESGANAREL. Perfectamente, señor; nunca entendí mejor. Os expresáis con claridad. Es lo bueno que tenéis, que no andáis con rodeos: decís las cosas con una precisión admirable.
DON JUAN. Bueno. Que me traigan la cena cuanto antes. Una silla, rapaz.


ESCENA II
Don Juan, La Violeta, Esganarel
LA VIOLETA. Señor, ahí está el señor Domingo, el mercader de telas que desea hablar con vos.
ESGANAREL. ¡Lo que nos falta: un sermón de acreedor! ¿Por qué ha de venir a pedirnos dinero, y cómo no se te ha ocurrido decirle que no estaba el señor?
LA VIOLETA. Hace tres cuartos de hora que se lo estoy diciendo, pero se niega a creerlo y se ha sentado ahí dentro a esperar.
ESGANAREL. Que espere lo que quiera.
DON JUAN. Al contrario, que pase. No hay peor política que mandar decir a los acreedores que no estamos en casa. Hay que pagarles con algo. Y yo sé cómo quitármelos de delante contentos y sin llevarse ni un maravedí.



ESCENA III
Don Juan, el señor Domingo, Esganarel, criados
DON JUAN (con demostraciones exageradas de cortesía). ¡Adelante, señor Domingo! ¡Cuánto me alegro de veros y cómo maldigo a mis criados por no haceros entrar en seguida! Había mandado que no dejasen pasar a nadie, pero esta orden no reza con vos, que tenéis derecho a entrar en mi casa siempre que gustéis.
SEÑOR DOMINGO. OS lo agradezco en el alma, señor.
DON JUAN (a sus criados). ¡ Voto a dios! ¡Tunantes! ¡ Hacer esperar al señor Domingo! ¡Ya os enseñaré yo a conocer a la gente!
SEÑOR DOMINGO. NO es nada, señor.
DON JUAN. ¡Cómo! ¡Deciros que no estaba, a vos, el señor Domingo, a mi mejor amigo! SEÑOR DOMINGO. Para serviros, señor. Venía...
DON JUAN. ¿Qué esperáis? ¡Un asiento para el señor Domingo!
SEÑOR DOMINGO. Así estoy bien, señor.
DON JUAN. ¡Ni una palabra más! ¡Quiero que os sentéis a mi lado!
SEÑOR DOMINGO. NO hace falta.
DON JUAN. ¡Fuera esa silla de tijeras! ¡Traed un sillón!
SEÑOR DOMINGO. OS burláis, señor, y...
DON JUAN. NO, no. Conozco mi deuda con vos y no quiero diferencias entre nosotros. SEÑOR DOMINGO. Señor...
DON JUAN. Sentaos ya.
SEÑOR DOMINGO. NO hace falta, señor. Sólo quiero deciros una palabra. Venía...
DON JUAN. OS digo que os sentéis aquí.
SEÑOR DOMINGO. No, señor. Ya estoy bien así. He venido a...
DON JUAN. Si no os sentáis, no os escucho.
SEÑOR DOMINGO, Obedezco, señor. Yo...
DON JUAN. ¡Pardiez! ¡Qué aspecto tan saludable tenéis, señor Domingo!
SEÑOR DOMINGO. SÍ, señor, para serviros. He venido...
DON JUAN. Esta salud vuestra es un tesoro inapreciable. Tenéis unos labios frescos, una tez sonrosada, un mirar vivo.
SEÑOR DOMINGO. Si me permitís...
DON JUAN. ¿Que tal sigue vuestra señora?
SEÑOR DOMINGO. Muy bien, señor, a Dios gracias.
DON JUAN. ES una mujer excelente.
SEÑOR DOMINGO. Para serviros, señor. Venía...
DON JUAN. ¿Y cómo está vuestra hijita Claudia?
SEÑOR DOMINGO. Perfectamente.
DON JUAN. ¡Qué preciosidad de criatura! ¡Me tiene robado el corazón!
SEÑOR DOMINGO. Le hacéis un gran honor, señor. Yo os...
DON JUAN. ¿Y Nicolasillo? ¿Sigue haciendo tanto ruido con su tambor?
SEÑOR DOMINGO. Igual, señor. YO...
DON JUAN. ¿Y vuestro perrito? ¿Todavía gruñe tanto? ¿Y aún muerde las piernas a los que van a veros?
SEÑOR DOMINGO. Más que nunca, señor, y no hay modo de impedirlo.
DON JUAN. NO extrañéis que os pregunte por toda la familia: me intereso mucho por ella.
SEÑOR DOMINGO. OS quedamos infinitamente agradecidos, señor. Yo...
DON JUAN (tendiéndole la mano). ¡ Venga esa mano, señor Domingo! ¿No sois acaso amigo mío?
SEÑOR DOMINGO. Soy vuestro servidor, señor.
DON JUAN. ¡Y yo! ¡Os quiero con toda el alma!
SEÑOR DOMINGO. Me hacéis demasiado honor, señor. Yo...
DON JUAN. Haría cualquier cosa por vos.
SEÑOR DOMINGO. Sois muy bueno conmigo, señor.
DON JUAN. Y no es por interés, os lo juro.
SEÑOR DOMINGO. NO merezco tal favor, señor.
DON JUAN. ¡Pardiez! ¿Queréis cenar conmigo, señor Domingo? ¡Sin cumplidos!
SEÑOR DOMINGO. NO, señor. Tengo que marcharme en seguida. Yo...
DON JUAN (levantándose). ¡Pronto, una antorcha para acompañar al señor Domingo! ¡Y que vayan con armas cuatro o cinco lacayos para darle escolta!
SEÑOR DOMINGO (levantándose también). No es menester, señor; puedo ir solo. Pero...
(Esganarel se apresura a retirar los sillones.)
DON JUAN. ¡De ningún modo! ¡Quiero que os acompañen! Me intereso mucho por vos. Soy vuestro servidor y también vuestro deudor.
SEÑOR DOMINGO. ¡Ah, señor...!
DON JUAN. NO se lo oculto a nadie y lo digo a voces donde sea.
SEÑOR DOMINGO. Si...
DON JUAN. ¿OS acompaño hasta la puerta?
SEÑOR DOMINGO. ¡Ah, señor! Os burláis de mí.
DON JUAN. Dadme vuestros brazos, os lo suplico. Y creed, como ya os he dicho, que os amo con toda el alma y que no hay en el mundo cosa que no hiciera por serviros. (Sale.)
ESGANAREL. NO se puede negar que os quiere mucho mi amo.
SEÑOR DOMINGO. ES cierto. Me trata con tanta cortesía y me hace tantos cumplidos, que nunca podré reclamarle ningún dinero.
ESGANAREL. OS aseguro que todos los de su casa expondríamos la vida por vos. Hasta me gustaría que os sucediera algo, que alguien empezara a daros con un palo. Ya veríais cómo...
SEÑOR DOMINGO. LO creo. Pero, por vida nuestra, Esganarel, decidme algo de mi dinero.
ESGANAREL. ¡Bah! No os preocupéis, que os pagará hasta el último ochavo.
SEÑOR DOMINGO. También vos, por vuestra parte, Esganarel, me debéis algún dinero.
ESGANAREL. ¡Calla! ¡No habléis de eso!
SEÑOR DOMINGO. ¡Cómo! YO...
ESGANAREL. ¿Por ventura no sé que os lo debo?
SEÑOR DOMINGO. Sí, pero...
ESGANAREL. Vamos, señor Domingo, dejad que os alumbre.
SEÑOR DOMINGO. Pero, mi dinero...
ESGANAREL (cogiéndole del brazo). ¿Bromeáis?
SEÑOR DOMINGO. Quiero...
ESGANAREL (tirando de él). ¡Eh!
SEÑOR DOMINGO. YO pretendo...
ESGANAREL (empujándole). ¡Nimiedades!
SEÑOR DOMINGO. Pero...
ESGANAREL. ¡Basta!
SEÑOR DOMINGO. YO...
ESGANAREL (echándole fuera de la escena). ¡Basta os digo!



ESCENA IV
Don Luis, don Juan, La Violeta, Esganarel

LA VIOLETA (a don Juan). ¡Vuestro padre, señor!
DON JUAN. ¡Ah! ¡Apañados estamos! ¡Faltábame está visita para hacerme rabiar más!
DON LUIS. Ya veo que os importuno y que hubierais excusado mi visita de buena gana. Lo cierto es que nos molestamos uno a otro de modo extraño. Y si os cansa a vos el verme, cánsanme a mi sobre manera vuestros extravíos. ¡Ay! ¡Cuán poco sabemos lo que hacemos cuando rehusamos al cielo el cuidado de aquello que más nos importa, y, queriendo ser más avisados que él, le importunamos con nuestros deseos ciegos y nuestras desatinadas solicitaciones! Yo deseé un hijo con un afán sin par; lo pedí sin descanso con inusitada vehemencia. Y este hijo, que obtuve cansando al cielo con mis súplicas, es la pesadumbre y el martirio de esta mi vida, de la que pensé que sería el gozo y el consuelo. ¿Con qué ojos queréis que contemple este cúmulo de acciones indignas, cuya imagen infame es difícil disimular a la faz del mundo, y esta sucesión ininterrumpida de lances criminales, que, a todas horas, me obligan a apurar la generosidad de nuestro soberano, después de agotar el valor de mis servicios y el crédito de mis amigos? ¡Ah! ¡Cuán bajo habéis caldo! ¿No os sonroja el veros tan indigno de vuestro estado? ¿Qué derecho tenéis a ufanaros de él? ¿Qué habéis hecho en vuestra vida para ser noble? ¿Creéis por ventura que bastan el nombre y el escudo, y que es un título de gloria el proceder de una sangre noble, cuando se vive como un infame? ¡No, no! Nada vale la sangre cuando falta la virtud. La gloria de nuestros antepasados sólo nos alcanza en la medida en que procuramos imitarles. Y el resplandor que sobre nosotros derraman sus hazañas nos obliga a honrarles de la misma manera, siguiendo el camino que nos trazan y no desmereciendo de sus virtudes, si queremos ser tenidos por sus legítimos descendientes. De nada os sirve tener los antepasados que tuvisteis: os repudia su sangre y nada os alcanza de sus hechos gloriosos, por el contrario, su brillo redunda en deshonor vuestro y su gloria es una antorcha que ilumina, ante los ojos del mundo, vuestras vergonzosas acciones. Sabed, en fin, que un noble que vive mal es como un monstruo en el seno de la naturaleza; que la virtud es la principal ejecutoria de nobleza; que, para mí, importa menos el nombre con que firmamos que las acciones que hacemos; y que tendría en más estima al hijo de un costalero, que fuera hombre honrado, que al de un monarca, que viviera como vos.
DON JUAN. Señor, si os sentarais, estaríais mejor para hablar.
DON LUIS. NO, insolente, no quiero sentarme, ni hablar más. Veo que mis palabras no hacen mella en tu alma. Pero piensa, hijo indigno, que tus acciones están agotando el amor de tu padre; que, antes de lo que imaginas, pondré fin a tus excesos, incitaré contra ti la cólera divina y lavaré, con tu castigo, la deshonra de haberte dado la vida. (Sale.)


ESCENA V
Don Juan, Esganarel
DON JUAN. ¡Pesiatal! Morid cuanto antes: es lo mejor que podéis hacer. Cada cual tiene fijada su hora, y me enfurece ver que hay padres que viven tanto como sus hijos. (Se sienta en su sillón.)
ESGANAREL. Hacéis mal, señor.
DON JUAN. ¡Que hago mal!
ESGANAREL (temblando). Señor...
DON JUAN (levantándose del sillón). ¡Conque hago mal!
ESGANAREL. Sí, señor. Habéis hecho mal en sufrir lo que os ha dicho. Debisteis cogerlo por los hombros y empujarlo hasta la calle. ¿Cuándo se vio tal impertinencia? ¡Venir un padre a sermonear a su hijo, diciéndole que se enmiende, que no olvide que es noble, que viva como hombre de bien y otros cien disparates por el estilo! ¡Que tenga que aguantar eso un hombre como vos, que sabe muy bien cómo hay que vivir! Me asombro de vuestra paciencia, y si hubiera estado en vuestro lugar, lo hubiera mandado a paseo. (Aparte.) ¡Maldito servilismo, a qué cosas me obligas!



ESCENA VI
Don Juan, doña Elvira, Ragotín, Esganarel

RAGOTIN. Señor, está una dama tapada que viene a hablar con vos.
DON JUAN. ¿Quién será?
ESGANAREL. Hay que verla.
DOÑA ELVIRA. Don Juan, no os sorprenda verme aquí a estas horas y vestida de este modo. Un motivo urgente me obliga a visitaros y lo que os he de decir no admite dilación. No vengo llena de aquella cólera que estalló en mi pecho esta mañana: he cambiado mucho en pocas horas. Ya no soy aquella Elvira que invocaba al cielo contra vos, aquella Elvira cuya alma enfurecida sólo profería amenazas y sólo anhelaba vengarse. El cielo ha desterrado de mi alma aquel fuego indigno en que me abrasaba por vos, aquellos impulsos tumultuosos, fruto de una pasión criminal, aquellos vergonzosos arrebatos de amor humano y vil, y sólo ha dejado en mi corazón una llama pura de todo contacto carnal, un afecto lleno de santidad y un amor desprendido de todo, que no se mueve por su propio interés y sólo piensa en el vuestro.
DON JUAN (aparte a Esganarel). ¿Estarás llorando, supongo?
ESGANAREL. Perdonadme, señor.
DOÑA ELVIRA. Este amor puro y perfecto es el que me trae aquí, por vuestro bien, para comunicaros un aviso del cielo y tratar de apartaros del abismo al que corréis. Si, don Juan, conozco todos los desórdenes de vuestra vida. Y este mismo cielo, que ha llamado a mi corazón, poniendo ante mis ojos los extravíos de mi conducta, me ha guiado a esta casa para deciros, en su nombre, que vuestras ofensas han agotado su misericordia, que está pronta a descargarse sobre vos su cólera terrible, que de vos depende el evitarla mediante un rápido arrepentimiento y que tal vez no os queda ya ni un día para salvaros de la mayor desventura. A mí ya no me une con vos ningún lazo terrenal; gracias al cielo, he renunciado a mis locos pensamientos. Voy a abandonar el mundo. Sólo pido vivir bastante tiempo para poder expiar la falta que cometí y merecer, gracias a una austera penitencia, el perdón de los pecados a que me arrastró el fuego de un amor culpable. Pero, desde mi clausura, sufriría un dolor extremo, si un hombre a quien amé con ternura hubiera de ser ejemplo funesto de la justicia divina, y tendré un gozo inefable si consigo induciros a apartar de vuestra cabeza la espantosa amenaza que pesa sobre ella. Os lo suplico, don Juan, como última merced, concededme este dulcísimo consuelo; no me neguéis vuestra salvación, que con lágrimas os pido, y, si no os mueve vuestro propio interés, escuchad al menos mis súplicas y evitadme el cruel dolor de veros condenado a las penas eternas.
ESGANAREL. Pobre mujer.
DOÑA ELVIRA. OS amé con la mayor ternura. Nada en el mundo me fue más querido que vos. Por vos olvidé mis obligaciones. Por vos lo hice todo. Y la única recompensa que os pido es que os enmendéis, evitando vuestra perdición. Salvaos, os los pido por vuestro amor o por el mío. Por última vez, don Juan, os lo suplico con lágrimas en los ojos. Y si no bastan las lágrimas de una mujer a la que amasteis, os lo ruego por lo que os sea más querido.
ESGANAREL (aparte, mirando a don Juan). ¡Corazón de hiena!
DOÑA ELVIRA. OS dejo, después de estas palabras, que eran cuanto tenía que deciros.
DON JUAN. ES tarde. Quedaos, señora. Os acomodaremos lo mejor que podamos.
DOÑA ELVIRA. NO, don Juan. No me retengáis más.
DON JUAN. Me complacería que os quedarais, señora, os lo juro.
DOÑA ELVIRA. OS repito que no. No perdamos más tiempo en discursos. Dejadme marchar en seguida y no insistáis en acompañarme. Pensad únicamente en aprovechar mi aviso.



ESCENA VII
Don Juan, Esganarel, criados

DON JUAN. ¿Sabes, Esganarel, que ha vuelto a causarme cierta emoción? Me ha gustado su extraña mudanza. Su languidez, su desaliño y sus lágrimas han avivado el rescoldo del fuego apagado.
ESGANAREL. ¿O sea que no os han hecho efecto alguno sus palabras?
DON JUAN. ¡Pronto! ¡La cena!
ESGANAREL. Muy bien.
DON JUAN (sentándose a la mesa). Y sin embargo, Esganarel, habrá que pensar en enmendarse.
ESGANAREL, ¡Vaya que sí!
DON JUAN. SÍ. Habrá que pensar en enmendarse. Veinte o treinta años más de esta vida y luego a pensar en el mañana.
ESGANAREL. ¡Oh!
DON JUAN. ¿TÚ qué opinas?
ESGANAREL. ¿YO? ¡Nada! Aquí está la cena.
(Coge un bocado de una de las fuentes que traen y se lo mete en la boca.)
DON JUAN. Diría que tienes hinchada la mejilla. ¿Qué es eso? Habla. ¿Qué tienes ahí? ESGANAREL. Nada.
DON JUAN. Déjamelo ver. ¡Pardiez! ¡Le ha salido un flemón en la mejilla! ¡Pronto, una lanceta para abrírselo! ¡No puede más el pobre muchacho y este abceso podría ahogarle! ¡Espera! ¡Pues sí que estaba maduro! ¡Ah, granuja!
ESGANAREL. OS juro, señor, que sólo quise ver si vuestro cocinero había echado demasiada sal o demasiada pimienta.
DON JUAN. ¡Basta! ¡Ponte ahí y come! Te necesitaré después de cenar. ¡Veo que tienes hambre!
ESGANAREL (sentándose a la mesa). ¡Sí tengo, señor! ¡Como que no había comido desde esta mañana! Probad esto: no hay cosa más rica en el mundo. (Un criado le va quitando los platos tan pronto como hay algo en ellos.) ¡Mi plato, mi plato! ¡No corráis tanto, vive Cristo! ¡Cuán ligero andáis en poner platos limpios, compadrillo! ¡Y vos, La Violeta, qué bien sabéis cuándo hay que servir de beber! (Mientras le sirve de beber un criado, vuelve otro a quitarle el plato.)
DON JUAN. ¿Quién llama de este modo?
ESGANAREL. ¿Quién diablos vendrá a estorbarnos a medio cenar?
DON JUAN. Al menos quiero cenar tranquilo. Que no dejen entrar a nadie.
ESGANAREL. NO tengáis miedo. Yo me encargo de ello.
DON JUAN (viendo volver a Esganarel asustadísimo). ¿Qué hay ¿Qué ocurre?
ESGANAREL (bajando la cabeza como la estatua). El..., que está ahí.
DON JUAN. Vamos allá y demostremos que nada puede asustarnos.
ESGANAREL. ¡Ay, pobre Esganarel! ¿Dónde vas a esconderte?



ESCENA VIII
Don Juan, la Estatua del comendador, que va a sentarse a la mesa, Esganarel, criados
DON JUAN (a sus criados). Una silla y un cubierto. ¡ Daos prisa! (A Esganarel.) Vamos, siéntate.
ESGANAREL. Se me pasó el hambre, señor.
DON JUAN. ¡Siéntate, te digo! ¡Traed vino! ¡A la salud del comendador! Brinda conmigo, Esganarel. Dadle vino.
ESGANAREL. No tengo sed, señor.
DON JUAN. Bebe y canta tu canción para agasajar al comendador.
ESGANAREL. Estoy acatarrado, señor.
DON JUAN. ¡Qué importa! ¡Ea, venid vosotros y cantad con él!
LA ESTATUA. ¡Basta, don Juan! Os invito a cenar mañana. ¿Tendréis valor para ir?
ESGANAREL. Gracias, señor, pero mañana es mi día de ayuno.
DON JUAN. SÍ. Iré acompañado de Esganarel únicamente.
DON JUAN (a Esganarel). Coge esta antorcha.
LA ESTATUA. NO hace falta luz, cuando nos guía el cielo.



ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Don Luis, don Juan, Esganarel

DON LUIS. ¡Cómo! ¿Es posible, hijo mío, que el cielo, en su inmensa bondad, haya oído mis súplicas? ¿Es verdad lo que me decís? ¿No me estáis engañando con falsas promesas y puedo dar crédito al anuncio sorprendente de vuestra conversión?
DON JUAN (haciendo el hipócrita). Sí. Aquí me tenéis arrepentido de todos mis errores. No soy el mismo de anoche. El cielo ha producido en mí un cambio repentino que ha de asombrar al mundo: me ha tocado el corazón y me ha abierto los ojos. Ahora veo, horrorizado, todo el tiempo en que estuve ciego, así como los criminales excesos de mi vida pasada. Cuento mis abominaciones y me espanta que las haya sufrido el cielo tanto tiempo, sin descargar veinte veces sobre mi cabeza el peso de su tremenda justicia. Veo la gracia que me ha concedido su bondad no castigándome por mis crímenes y hago propósito de aprovecharla como es mi deber. Quiero mostrar a los ojos del mundo un cambio de vida repentino, quiero reparar el escándalo de mis acciones pasadas, y quiero esforzarme para alcanzar del cielo la total remisión de mis pecados. A esto voy a aplicar mi vida, señor, y os pido que contribuyáis a mi propósito ayudándome a elegir a una persona que me sirva de guía y bajo cuya dirección pueda avanzar seguro por el camino que voy a emprender.
DON LUIS. ¡ Ay, hijo! ¡Cuán fácil es despertar la ternura de un padre y cuan presto se desvanecen las ofensas de un hijo con sólo una palabra de arrepentimiento! Ya olvidé todos los pesares que me disteis: lo han borrado todo las palabras que acabáis de decir. Confieso que me embarga la emoción y lloro lágrimas de júbilo. Se han cumplido todos mis votos y nada me queda ya que pedir al cielo. Besadme, hijo, y, por lo que más queráis, persistid en tan encomiable propósito. Por mi parte corro a llevar a vuestra madre tan venturosa nueva. Quiero que participe del gozo que siento y deseo dar gracias al cielo por la santa resolución que se dignó inspiraros.



ESCENA II
Don Juan, Esganarel
ESGANAREL. ¡Cuánto me huelgo, señor, de veros convertido al fin! Tiempo ha que aguardaba este suceso. Gracias al cielo se han cumplido todos mis deseos.
DON JUAN. ¡Valga el diablo el simple!
ESGANAREL. ¿Simple?
DON JUAN. Pero, ¿has tomado por dinero contante y sonante todo eso que acabo de decir? ¿Creíste que hablaba con el corazón en la mano?
ESGANAREL. ¡Cómo! ¿Que no es...? ¿Que vos no...? ¿Que vuestro...? (Aparte.) ¡Qué hombre! ¡Qué hombre! ¡Qué hombre!
DON JUAN. ¡NO, no! No he cambiado y sigo pensando de la misma manera.
ESGANAREL. ¿Seguís sin querer rendiros después del prodigioso milagro de aquella estatua parlante y moviente?
.DON JUAN. Algo hay en ello que no acabo de entender; pero, sea lo que fuere, no basta para convencer mi entendimiento o para turbarme el ánimo. Si dije que quería enmendar mi conducta y emprender una vida ejemplar, fue en aplicación de un proyecto que tengo formado por pura conveniencia; una estratagema útil, un disfraz necesario que quiero imponerme, para no enojar a un padre a quien necesito y estar protegido contra cien lances importunos en que podría hallarme por culpa de los hombres. No me disgusta confiarte este secreto, Esganarel; antes me alegra tener un testigo de lo que acontece en el fondo de mi alma y de los verdaderos motivos que me impulsan a hacer lo que hago.
ESGANAREL. ¡Cómo! ¿No creéis en nada y aún así pretendéis erigiros en hombre de bien?
DON JUAN. ¿Y por qué no? ¡Cuántos hay, como yo, que profesan esta misma doctrina y usan el mismo disfraz para engañar a la gente!
ESGANAREL (aparte). ¡Qué hombre! ¡Qué hombre!
DON JUAN. Nadie se avergüenza ya de comportarse así: la hipocresía es una moda. Y un vicio que está de moda viene a ser como una virtud. El mejor papel que se puede desempeñar en estos tiempos es el de hombre de bien. Y el profesar la hipocresía ofrece ventajas admirables. Es sn arte cuya impostura se respeta siempre. Y, aunque se descubra, nadie se atreve a criticarla. Todos los otros vicios están expuestos a la censura, y cada cual es libre de atacarlos abiertamente. Pero la hipocresía es un vicio privilegiado que amordaza todas las bocas con su mano fuerte y goza en paz de una impunidad soberana. El hipócrita, a fuerza de mojigatería, llega a formar una unión estrecha con los hombres del partido devoto. Topar con uno es echárselos a todos encima. Hasta aquellos que obran de buena fe, según la opinión general; hasta aquellos, digo, de cuyos sentimientos religiosos nadie puede dudar se dejan engañar siempre por los otros, caen de lleno en los lazos que les tienden los santurrones y apoyan ciegamente, con sus actos, a aquellos falsarios. ¿A cuántos crees tú que conozco que, gracias a esta estratagema, lograron reparar hábilmente los desórdenes de su mocedad, se embozaron en la capa de la religión y, con un hábito tan respetado, han conservado el derecho a ser los hombres más perversos del mundo? Por más que se sepan sus intrigas y se les conozca a ellos como son, no dejan de disfrutar de la consideración general. Con humillar de vez en cuando la cabeza, lanzar algún que otro suspiro de mortificación o poner los ojos en blanco, tienen perdonados todos los desmanes que puedan cometer. Bajo techo tan favorable pretendo hallar mi salvación, poniendo mis negocios a buen recaudo. No abandonaré mis placenteras costumbres, pero tendré buen cuidado en ocultarme y me divertiré sin escándalo. Y por si acaso viniera a ser descubierto, verla cómo, sin dar yo un paso, se interesaban por mí todos los cofrades y salían a defenderme contra quien fuere. En resolución, éste es el verdadero modo de hacer impunemente lo que me apetezca. Me convertiré en censor de las acciones ajenas; a todos juzgaré mal y sólo tendré buena opinión de mí. Jamás perdonaré a quien me agravie una vez, aunque sea levemente; guardaré contra él un odio callado, pero irreconciliable. Seré el vengador de los intereses divinos y, con un pretexto tan cómodo, hostigaré a mis enemigos: les acusaré de impíos, sabré lanzar contra ellos a fanáticos indiscretos que, sin conocimiento de causa, gritarán públicamente, les cubrirán de improperios y les condenarán irremisiblemente con el peso de su autoridad privada. Así es como hay que aprovecharse de las flaquezas humanas; así es como un hombre juicioso se acomoda a los vicios de su época.
ESGANAREL. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es lo que oigo? Sólo os faltaba ser hipócrita para acabar de completaros. Y ese colmo de la abominación se ha realizado. Señor, esta última infamia puede más que todas mis fuerzas y me obliga a hablar. Haced conmigo lo que os plazca: azotadme, moledme a palos, matadme si queréis. Pero es preciso que me desahogue y os diga lo que he de deciros como criado fiel. Sabed, señor, que tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe, y, como dice tan bien aquel autor, a quien no conozco, el hombre está en este mundo como el pájaro en la rama; la rama está pegada al árbol; quien se pega al árbol, sigue buenos preceptos; los buenos preceptos valen más que las buenas palabras; las buenas palabras se oyen en la corte; en la corte viven los cortesanos; los cortesanos siguen la moda; la moda sale de la fantasía; la fantasía es una facultad del alma; el alma nos da la vida; la vida acaba con la muerte; la muerte nos recuerda el cielo; el cielo está sobre la tierra; la tierra no es el mar; el mar está sujeto a las tormentas; las tormentas hostigan a las naves; las naves necesitan buenos pilotos; el buen piloto prudencia tiene; la prudencia no es virtud de gente moza; la mocedad debe obediencia a la vejez; la vejez es amante de la riqueza; la riqueza hace al rico; el rico no es pobre; el pobre padece necesidad; la necesidad no conoce ley; quien no conoce ley vive como bruto: de donde se desprende que habéis de condenaros con todos los diablos.
DON JUAN. ¡Extremado razonamiento!
ESGANAREL... Si después de eso no os rendís, peor para vos.




ESCENA III
Don Carlos, don Juan, Esganarel
DON CARLOS. Oportuno encuentro es éste, don Juan, y me alegro de hablar aquí con vos, antes que en vuestra casa, para preguntaros qué determinación habéis tomado. Ya sabéis que me corresponde hacerlo, y que me encargué de este negocio estando vos presente. Por mi parte, no quiero ocultaros que mi mayor deseo es que las cosas se resuelvan pacíficamente, y no ha de haber cosa que no intente para llevar vuestra voluntad por este derrotero y veros confirmar públicamente a mi hermana el nombre de esposa.
DON JUAN (con tono hipócrita). ¡ Ay de mí, desdichado! Quisiera poderos dar la satisfacción que deseáis con toda el alma, pero el cielo se opone manifiestamente a ello: él ha inspirado a mi voluntad el propósito de mudar de vida, y ya sólo pienso en romper completamente con todos los lazos mundanos, despojándome cuanto antes de todas las vanidades y corrigiendo, en adelante, mediante una conducta austera, los criminales desórdenes a que me arrastró el fuego de una juventud ciega.
DON CARLOS. NO está reñido este propósito con lo que digo yo; y la compañía de una esposa legítima se aviene perfectamente con las laudables intenciones que os ha inspirado el cielo.
DON JUAN. Desdichadamente no es así. Esta misma determinación ha tomado vuestra hermana, que ha hecho voto de retirarse del mundo: los dos a un tiempo hemos recibido la gracia divina.
DON CARLOS. A nosotros no nos satisface su determinación. Podría atribuirse al desprecio que hacíais de ella y de nuestra familia. Nuestro honor exige que viva con vos.
DON JUAN. YO OS aseguro que esto no puede ser, aun siendo lo que más desearía en la vida. Hoy mismo pedí consejo al cielo y, estando en ello, oí una voz que me dijo qué no debía pensar en vuestra hermana y que con ella jamás alcanzaría la salvación.
DON CARLOS. ¿Pensáis deslumbrarme con tales excusas?
DON JUAN. Obedezco a la voz del cielo.
DON CARLOS. ¡Cómo! ¿Pretendéis satisfacerme con semejantes razones?
DON JUAN. Tal es la voluntad del cielo.
DON CARLOS. ¿Y habréis sacado a mi hermana de un convento para dejarla luego?
DON JUAN. ASÍ lo ordena el cielo.
DON CARLOS. ¿Y tendremos que sufrir esta mancha en nuestra familia?
DON JUAN. Pedidle cuentas al cielo.
DON CARLOS. ¡El cielo! ¿No sabéis decir otra cosa?
DON JUAN. ASÍ lo desea el cielo.
DON CARLOS. ¡Basta! ¡Os entiendo, don Juan! No quiero batirme aquí con vos, ni lo permite el lugar, pero sabré hallaros antes de poco.
DON JUAN. Haced lo que gustéis. Sabéis que no me falta el valor y que sé manejar la espada, cuando es menester. Más tarde he de pasar por aquel callejón apartado que conduce al convento mayor; pero antes quiero declararos que no llevo intención de batirme con vos: el cielo me prohibe pensar en ello. Si me atacáis, ya se verá qué ocurre.
DON CARLOS. Ya se verá, si, ya se verá.



ESCENA IV
Don Juan, Esganarel
ESGANAREL. ¿Qué estilo diabólico acabáis de inventar, señor? Esto es muchísimo peor que todo lo demás, y os preferirla como erais antes. Siempre habla confiado en vuestra salvación. Ahora es cuando desespero de ella y creo que el cielo, que os ha sufrido hasta hoy, no querrá tolerar este último horror.
DON JUAN. ¡Vamos, vamos! El cielo no es tan riguroso como crees. Si cada vez que los hombres...
ESGANAREL. (viendo el espectro). ¡Ah, señor! ¡Que os está hablando el cielo! ¡Que os está avisando!
DON JUAN. Si quiere avisarme el cielo, tendrá que hablar más claro, si es que quiere que le entienda.



ESCENA V
Don Juan, un Espectro vestido de mujer tapada, Esganarel
EL ESPECTRO. Le queda a don Juan sólo un momento para aprovechar la misericordia del cielo. Si ahora no se arrepiente, es segura su perdición.
ESGANAREL. ¿Oísteis, señor?
DON JUAN. ¿Quién se atreve a hablar así? Me parece conocer esta voz.
ESGANAREL. ¡Que es un espectro, señor! ¡Se lo noto en el andar!
DON JUAN. Espectro, fantasma o diablo, quiero saber quién es.
(El Espectro cambia deforma, tomando la del Tiempo con su guadaña en la mano.) ESGANAREL. ¡Oh, cielos! ¿Visteis señor ese cambio de figura?
DON JUAN. ¡NO, no! Nada podrá infundirme pavor. Quiero probar con la espada si es cuerpo o espíritu.
(El Espectro levanta el vuelo en el momento en que don Juan intenta herirlo.)
ESGANAREL. ¡Ah, señor! ¡Rendíos a tantas pruebas y pedid pronto misericordia!
DON JUAN. ¡NO, no! Pase lo que pase, nadie podrá decir que soy capaz de arrepentirme. Vamos, sígueme.



ESCENA VI
La Estatua, don Juan, Esganarel
LA ESTATUA. Deteneos, don Juan. Ayer me disteis palabra de venir a cenar conmigo.
DON JUAN. SÍ. ¿Adónde hay que ir?
LA ESTATUA. Dadme la mano.
DON JUAN. Tomadla.
LA ESTATUA. Don Juan, el obstinarse en el pecado lleva a una muerte funesta y rechazar la gracia del cielo es abrirles camino a sus rayos.
DON JUAN. ¡Oh, cielos! ¿Qué siento? ¡Me abrasa un fuego invisible! ¡No puedo más! ¡Todo mi cuerpo es una hoguera encendida! ¡Ah!
(Hay gran ruido, de truenos y caen rayos sobre don Juan. Se abren la tierra y los abismos. Salen grandes llamaradas del lugar en que se hunde don Juan.)
ESGANAREL. ¡Ah, mi soldada! ¡Mi soldada! A todos alegra su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas, doncellas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, mujeres maltratadas, maridos coléricos: todos quedan contentos. ¡Yo soy el único desventurado! ¡Mi soldada! ¡Mi soldada!
fin

Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

LAS ACEITUNAS Lope de Rueda