CARLO GOLDONI EL SERVIDOR DE DOS PATRONES





CARLO GOLDONI
EL SERVIDOR
DE DOS PATRONES

PERSONAJES

SILVIO, Enamorado de Clarisa
PANTALON, Padre de Clarisa
CLARISA, Novia
DOCTOR, Padre de Silvio
BRIGHELLA, Dueño de la posada
ESMERALDINA, Ama de Clarisa
TRUFALDINO, Arlequín
BEATRIZ, Enamorada de Florindo
FLORINDO, Novio que huye de Turín
CRIADO



ACTO I


ESCENA I
Habitación en la casa de PANTALÓN.
PANTALÓN, el DOCTOR, CLARICE, SILVIO, BRIGHELLA, SMERALDINA, un Servidor de Pantalón

SILVIO.— (A Clarice, tendiéndole la mano) He aquí mi mano, con ella va todo mi corazón.
PANTALÓN.— (A Clarice) Vamos, no te avergüences; dale la mano también tú, así estarán comprometidos y pron¬to serán marido y mujer.
CLARICE.— Sí, querido Silvio, he aquí mi mano. Juro que seré su esposa.
SILVIO.— Y yo juro que seré su esposo (se dan la ma¬no).
DOCTOR.— ¡Bravísimos! También esto está hecho. Ahora nadie puede echarse atrás.
SMERALDINA.— (Para si) ¡Oh qué hermosura! ¡Yo tengo tantas ganas!
PANTALÓN.— (A Brighella y al Servidor) Ustedes dos son testigos de este compromiso entre mi hija y el señor Silvio, hijo del doctor Lombardi.
BRIGHELLA.— (A Pantalón) Si compadre y le agra¬dezco el honor que me ha concedido.
PANTALÓN.— ¿Se da cuenta? Yo fui padrino en su boda y ahora usted es testigo en el compromiso de mi hija. No quise llamar a otros, ni invitar a los parientes. También el doctor piensa lo mismo: nos gusta hacer las cosas sin rui¬do, sin grandeza. Comeremos juntos, nos divertiremos un poco en familia, sin que nadie nos moleste. (A Clarice y Silvio) ¿Qué les parece muchachos? ¿Están de acuerdo?
SILVIO.— Yo sólo deseo estar cerca de mi prometida.
SMERALDINA.— (Para si) Sin dudas ella es el mejor plato.
DOCTOR.— A mi hijo no les gustan las apariencias. Tie¬ne buen corazón, ama a su hija y no piensa en otra cosa.
PANTALÓN.— El cielo quiere esta boda; porque, si el señor Federico Rasponi,-mi corresponsal de Turín, al cual había destinado mi hija, no hubiese muerto (A Silvio), aho¬ra mi querido yerno no podría casarse con ella.
SILVIO.— Tengo suerte, por cierto. ¿Puede decir lo mismo la señorita Clarice?
CLARICE.— Querido Silvio, no sea injusto. Sabe que lo amo; me habría casado con el señor de Turín sólo por obediencia a mi padre, pero mi corazón fue siempre suyo.
DOCTOR.— En verdad, a menudo, los decretos de la Providencia se cumplen por vías imprevisibles. (A Pantalón) ¿Cómo murió el señor Federico Rasponi?
PANTALÓN.— ¡Pobre! Lo mataron de noche, por cul¬pa de una hermana suya... No sé nada de preciso. Recibió una herida y murió al instante.
BRIGHELLA.— (A Pantalón) ¿Sucedió en Turín?
PANTALÓN.— En Turín.
BRIGHELLA.— ¡Pobre hombre! Lo lamento mucho.
PANTALÓN.— (A Brighella) ¿Conocía a Federico Ras¬poni?
BRIGHELLA.— Sí, claro. Viví tres años en Turín y co¬nocí también a su hermana, una muchacha de agallas y co¬razón. Vestía de hombre, iba a caballo y él la quería muchí¬simo. ¡Quién lo hubiera dicho!
PANTALÓN.— Bueno, suceden muchas desgracias, pero basta de melancolía. ¿Sabe qué voy a decirle querido Brighella? Sé que le gusta cocinar, ¿por qué no nos prepara un par de platos de su especialidad?
BRIGHELLA.— Lo haré gustoso. Modestamente en mi posada nadie se queja. Se dice que $n ningún lugar se come como en ella. Les haré probar algo muy bueno.
PANTALÓN.— Bravo. Pero, que tenga caldo, para que pueda mojar un poco de pan. (Llaman). ¡Oh! Están llaman¬do. Ve a ver quién es, Smeraldina.
SMERALDINA.— En seguida. (Sale, luego regresa).
CLARICE.— Señor padre, con su permiso.
PANTALÓN.— Espera, vamos todos juntos. Antes vea¬mos quién llama.
SMERALDINA.— (De regreso) Señor, es el Servidor de un forastero que trae un mensaje. A mí no me quiso decir nada, quiere hablar con el patrón.
PANTALÓN.— Dile que entre. Veremos qué quiere.
SMERALDINA.— Lo voy a traer. (Sale)
CLARICE.— Padre, quiero irme.
PANTALÓN.— ¿Adonde?
CLARICE.— No lo sé... a mis habitaciones.
PANTALÓN.— No señor, quédate aquí. (Al Doctor en voz baja) ¡Estos prometidos! No ven la hora de quedarse solos.
DOCTOR.— (A Pantalón en voz baja) Sea cuerdo y pru¬dente.


ESCENA II
TRUFFALDINO, SMERALDINA y dichos

TRUFFALDINO.— Me inclino humildemente ante to¬dos estos señores. ¡Oh qué hermosa compañía! ¡Oh qué hermosa reunión!
PANTALÓN.— (A Truffaldino) ¿Quién eres amigo? ¿Qué deseas?
TRUFFALDINO.— (A Pantalón) ¿Y esta linda señorita quién es?
PANTALÓN.— Es mi hija.
TRUFFALDINO.— ¡Felicitaciones!
SMERALDINA.— (A Truffaldino) Ella está comprome¬tida.
TRUFFALDINO.— (A Smeraldina) ¡Enhorabuena! ¿Y usted quién es?
SMERALDINA.— Soy su camarera, señor.
TRUFFALDINO.— Mucho gusto.
PANTALÓN.— Vamos amigo, basta de cumplidos. ¿Qué quieres de mí? ¿Quién eres? ¿Quién te manda?
TRUFFALDINO.— Despacio y con buena letra. Tres preguntas de un solo saque son demasiado para un pobre diablo.
PANTALÓN.— (En voz baja al Doctor) Me parece que el pobre diablo es él.
DOCTOR.— (Id. a Pantalón) A mí me parece un tipo divertido.
TRUFFALDINO.— (A Smeraldina) ¿Y usted está ca¬sada?
SMERALDINA.— (Suspirando) ¡Oh no, señor!
PANTALÓN.— ¿Quieres decirnos quién eres o quieres irte ya?
TRUFFALDINO.— (A Pantalón) Si quiere saber quién soy, se lo digo con dos palabras: soy el Servidor de mi pa¬trón. (Dándose vuelta a Smeraldina) Me decía que...
PANTALÓN.— ¿Pero quién es tu patrón?
TRUFFALDINO.— (A Pantalón) Es un forastero que quiere hacerle una visita. (A Smeraldina) En cuanto a com¬prometerse, bueno veremos...
PANTALÓN.— ¿Quién es ese forastero? ¿Cómo se llama?
TRUFFALDINO.— (A Pantalón) ¡Y dale! Es el señor Federico Rasponi, mi patrón, que le manda sus saludos, que vino por esto, que está abajo, que le envía el recado, que quisiera entrar y que me espera con la respuesta. ¿Está con¬tento ahora? (A Smeraldina, mientras todos se asombran) Decía entonces...
PANTALÓN.— Ven aquí y habla conmigo. ¿Qué di¬jiste?
TRUFFALDINO.— Si quiere saber quién soy yo, soy Truffaldino Batocchio, del valle de Bérgamo.
PANTALÓN.— ¡No me importa saber quien eres! Quie¬ro que me repitas quién es tu patrón, porque no oí bien.
TRUFFALDINO.— ¡Pobre viejo! Es duro de oreja. Mi patrón es el señor Federico Rasponi de Turín.
PANTALÓN.— ¡Vaya! Estás loco. El señor Federico Rasponi de Turín ha muerto.
TRUFFALDINO.— ¿Ha muerto?
PANTALÓN.— ¡Claro que sí! Lo lamentamos por él.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Diablos! ¿Mi patrón ha muerto? Acabo de dejarlo abajo y estaba vivo. (A Pantalón) ¿Lo dice en serio que ha muerto?
PANTALÓN.— Te lo aseguro. Ha muerto.
DOCTOR.— Sí, es la verdad. No hay ninguna duda.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Oh pobre patrón! Habrá tenido un accidente, (Quiere irse) Con permiso.
PANTALÓN.— ¿No se te ofrece nada más?
TRUFFALDINO.— Si él ha muerto no necesito nada. (Para sí) Quiero ir a ver si es verdad. (Sale, luego regresa).
PANTALÓN.— ¿Quién creen que es ese fulano? ¿Un loco o un tunante?
DOCTOR.— No lo sé. Tal vez un poco de cada cosa.
BRIGHELLA.— A mí me parece un simplón. Siendo bergamasco no puede ser un águila.
SMERALDINA.— A mí me parece un listo. (Para sí) No me disgusta ese morocho.
PANTALÓN.— ¿Pero qué cosas soñó del señor Fede¬rico?
CLARICE.— Si fuese cierto que él está aquí, para mí sería una mala noticia.
PANTALÓN.— (A Clarice) ¡Qué disparates! ¿No viste las cartas también tú?
SILVIO.— Aunque estuviese vivo, aunque estuviese aquí, habría llegado demasiado tarde.
TRUFFALDINO.— (De regreso) Me asombra que uste¬des. .. ¡No se trata así a la pobre gente! No se engaña así a los forasteros. No son acciones de caballeros y me rendi¬rán cuenta.
PANTALÓN.— (Para sí) Cuidado, está loco. (A Truffaldino) ¿Qué sucede? ¿Qué te hicieron?
TRUFFALDINO.— Decirme que el señor Federico Rasponi ha muerto...
PANTALÓN.— ¿Cómo?
TRUFFALDINO.— ¡Cómo! Está aquí, vivo, sano, agu¬do y brillante; y quiere saludarlo si se lo permite.
PANTALÓN.— ¿El señor Federico?
TRUFFALDINO.— El señor Federico.
PANTALÓN.— ¿Rasponi?
TRUFFALDINO.— Rasponi.
PANTALÓN.— ¿De Turín?
TRUFFALDINO.— De Turín.
PANTALÓN.— Hijo mío, ve al hospital; estás loco.
TRUFFALDINO.— ¡Sangre del diablo! Me hará blas¬femar como a un jugador de naipes. Está aquí, en su casa, en la sala. ¡Que usted tenga un accidente!
PANTALÓN.— Mira que te rompo la cara.
DOCTOR.— Quieto, señor Pantalón. Dígale que haga entrar a ese señor que él cree que es Federico Rasponi.
PANTALÓN.— Bueno; trae a ese muerto resucitado.
TRUFFALDINO.— (Con cólera a Pantalón) Que él haya muerto y resucitado es posible, ni yo me opongo. Pero aho¬ra está vivo y podrá verlo con sus propios ojos. Voy a de¬cirle que venga, pero desde ahora aprenda a tratar a los fo¬rasteros, a la gente de mi clase, a los bergamascos honrados. (A Smeraldina, aparte) Joven, volveremos a vernos.
CLARICE.— (En voz baja a Silvio) Silvio querido, estoy temblando.
SILVIO.— (Id. a Clarice) No tema, sea como fuere será mi esposa.
DOCTOR.— Ahora sabremos la verdad.
PANTALÓN.— Puede tratarse de un embustero que vie¬ne a contarme mentiras.
BRIGHELLA.— Ya le dije que conozco al señor Fede¬rico; veremos si se trata de él.
SMERALDINA.— (Para sí) Sin embargo ese morocho no tiene cara de mentiroso. Voy a ver si logro... (A todos) Con permiso. (Sale).


ESCENA III
BEATRIZ, vestida de hombre, bajo el nombre de FEDERICO y dichos.

BEATRIZ.— Señor Pantalón, el trato que me dispensa no corresponde a la gentileza de sus cartas. Le mandé mi servidor con un recado y usted me deja afuera, antes de de¬jarme pasar, por más de media hora.
PANTALÓN.— Le pido disculpas, pero... ¿quién es usted, señor?
BEATRIZ.— Federico Rasponi de Turín, a sus órde¬nes... (Todos dan muestras de asombro).
BRIGHELLA.— (Para sí) ¿Qué estoy viendo? ¿Qué lío es éste? El no es Federico, es su hermana, la señorita Bea¬triz. Tengo que descubrir el porqué de esta simulación.
PANTALÓN.— Estoy asombrado... Me llena de dicha saber que está sano y vivo.. . Habíamos recibido malas no¬ticias sobre usted. (En voz baja al Doctor) Todavía no le creo.
BEATRIZ.— Lo sé. Se dijo que yo había muerto. Gra¬cias a Dios sólo recibí una herida y, apenas sané, vine a Venecia, como habíamos concertado antes.
PANTALÓN.— No sé qué decir. Su aspecto es el de un caballero, pero a mí me han dado pruebas seguras de la muerte del señor Federico. Si usted no me demuestra lo contrario...
BEATRIZ.— Su duda es razonable; sé que debo alegar pruebas. He aquí cuatro cartas de sus corresponsales y ami¬gos; una de ella del director de nuestro banco. Puede reco¬nocer las firmas y comprobar quién soy. (Entrega las cartas a Pantalón el cual las lee).
CLARICE.— (En voz baja a Silvio) ¡Ah, Silvio, estamos perdidos!
SILVIO.— (Id. a Clarice) ¡Antes que perderla a usted, perderé la vida!
BEATRIZ.— (Para si, viendo a Brighella) ¡Ay de mí! Ese es Brighella. ¿Qué diablo lo trajo aquí? Seguramente me reconocerá y no quiero que me delate. (Fuerte a Bri¬ghella) Amigo, me parece que nos conocemos.
BRIGHELLA.— Sí señor. Fue en Turín. ¿No se acuerda de Brighella Cavicchio?
BEATRIZ.— (Acercándose a Brighella) ¡Ah sí! Ahora lo reconozco. ¿Qué hace en Venecia? (En voz baja a Bri¬ghella) ¡Por amor de Dios no me delate!
BRIGHELLA.— (Id a Beatriz) No tema.( (Fuerte) Tengo una posada, estoy a sus órdenes.
BEATRIZ.— ¡Oh, qué bien! Ya que lo conozco me alo¬jaré en su posada.
BRIGHELLA.— Será un gusto recibirlo. (Para sí) Tiene algo que ocultar sin dudas.
PANTALÓN.— Leí las cartas. Las debe entregar el señor Federico Rasponi; y si usted las entrega quiere decir que usted es él, como dicen las cartas.
BEATRIZ.— Si aún le quedan dudas, está aquí el señor Brighella que me conoce y que puede decirle quién soy.
BRIGHELLA.— No tema nada, compadre; es él.
PANTALÓN.— Lo aseguran las cartas, lo asegura mi compadre Brighella... querido señor Federico, me da gusto verlo y le pido mil disculpas por haber dudado.
CLARICE.— Señor padre, ¿él es entonces el señor Fe¬derico Rasponi?
PANTALÓN.— Sí hija, es él.
CLARICE.— (En voz baja a Silvio) ¡Ay de mí! ¿Qué será de nosotros?
SILVIO.— (Id. a Clarice) No tema, le repito. Está com¬prometida conmigo y yo la defenderé.
PANTALÓN.— (Id. al Doctor) ¿Qué le parece, doctor? ¿El señor llegó a tiempo?
DOCTOR.— Accidit in puncto, quod non contingit in anno.
BEATRIZ.— (Señalando a Clarice) Señor Pantalón, ¿quién es la señorita?
PANTALÓN.— Es mi hija Clarice.
BEATRIZ.— ¿La que está destinada a ser mi esposa?
PANTALÓN.— Sí señor, la misma. (Para sí) Ahora es¬toy metido en un buen lío.
BEATRIZ.— (A Clarice) Señorita, permítame tener el honor de saludarla.
CLARICE.— (Seria) Sierva suya.
BEATRIZ.— (A Pantalón) Me trata fríamente.
PANTALÓN.— Perdónele. Es tímida por naturaleza.
BEATRIZ.— (A Pantalón, señalando a Silvio) ¿Ese se¬ñor es un pariente suyo?
PANTALÓN.— Sí señor, es mi sobrino.
SILVIO.— (A Beatriz) No señor, no lo soy. Soy el pro¬metido de la señorita Clarice.
DOCTOR.— (En voz baja a Silvio) ¡Bravo! No te ami¬lanes. Haz valer tus razones, pero sin precipitarte.
BEATRIZ.— ¡Cómo! ¿Usted el prometido de la seño¬rita Clarice? ¿No está destinada a mí?
PANTALÓN.— Vamos, vamos. Yo aclararé todo. Que¬rido señor Federico, creímos que fuese verdadera su des¬gracia, su muerte y entonces concedí la mano de mi hija al señor Silvio. En esto no hay nada de malo. Usted llegó a tiempo, Clarice sigue siendo suya, si la quiere y yo estoy dispuesto a mantener mi palabra. Señor Silvio, no sé qué decirle; usted mismo ve cuál es la verdad. Yo no mentí, de mí no se puede quejar.
SILVIO.— Pero el señor Federico no aceptará por es¬posa a alguien que concedió su mano a otro hombre.
BEATRIZ.— No tengo esos prejuicios y la aceptaré igual¬mente. (Para sí) También quiero divertirme un poco.
DOCTOR.— (Para sí) ¡Qué marido moderno! Me cae simpático.
BEATRIZ.— Espero que la señorita Clarice no recha¬zará mi mano.
SILVIO.— Señor, usted ha llegado tarde. La señorita Clarice será mía, no espere que yo se la ceda. Si el señor Pantalón faltara a su palabra, sabré vengarme; y quien quie¬ra quitarme a Clarice deberá luchar con esta espada. (Sale).
DOCTOR.— (Para sí) ¡Bravo, por Dios!
BEATRIZ.— (Id.) No no, no quiero morir de ese modo.
DOCTOR.— Señor, usted llegó tarde. La señorita Clari¬ce se casará con mi hijo. La ley lo dice claramente: Prior in tempore, potior in iure. (Sale)
BEATRIZ.— (A Clarice) ¿Usted, señorita, no dice nada?
CLARICE.— Digo que usted ha llegado para atormentar¬me. (Sale)


ESCENA IV
PANTALÓN, BEATRIZ, BR1GHELLA; luego el Servidor de Pantalón.

PANTALÓN.— ¿Cómo? Atrevida, ¿qué dijiste? (Quiere ir detrás de ella).
BEATRIZ.— Deténgase, señor Pantalón; la comprendo. No hace falta tratarla mal. Espero merecer su benevolencia con el tiempo. En tanto examinaremos nuestras cuentas, que es el segundo de los motivos que me han traído a Venecia.
PANTALÓN.— Está todo en orden. Le mostraré los li¬bros. Hay mucho dinero y haremos el saldo a su gusto.
BEATRIZ.— Volveré con más tiempo, ahora, si me lo permite, voy a la posada de Brighella para despachar algu¬nos pequeños encargos. El conoce la ciudad y me resultará muy útil.
PANTALÓN.— Haga lo suyo con tranquilidad y si ne¬cesita a alguien dígamelo.
BEATRIZ.— Si me adelanta un poco de dinero, se lo agradeceré. No quise traer para no perjudicarme en el cambio.
PANTALÓN.— Le serviré con gusto. En este momento no está el cajero. Apenas viene le mandaré el dinero. ¿Se alojará en la posada de mi compadre Brighella?
BEATRIZ.— Sí. Luego le mandaré a mi servidor, es de confianza; se le puede encomendar cualquier cosa.
PANTALÓN.— Muy bien, haré lo que usted manda y si quiere almorzar con nosotros, nos dará un gusto.
BEATRIZ.— Se lo agradezco, pero hoy no. Será para otra vez.
PANTALÓN.— Entonces lo esperaré.
SERVIDOR.— (A Pantalón) Señor, preguntan por usted.
PANTALÓN.— ¿Quién es?
SERVIDOR.— No sé... está esperando ahí... (en voz baja a Pantalón) Hay problemas. (Sale)
PANTALÓN.— Voy en seguida. Con su permiso. ¿Me perdona si no lo acompaño? Brighella, usted que es como de la familia, atienda al señor Federico.
BEATRIZ.— No se moleste por mí.
PANTALÓN.— Debo irme. (Para si) No quiero que sur¬ja algún lío. (Sale)

ESCENA V
BEATRIZ y BRIGHELLA

BRIGHELLA.— ¿Puedo saber, señorita Beatriz?...
BEATRIZ.— ¡Chito, por amor de Dios! No me descu¬bra. Mi pobre hermano ha muerto. Lo mató Florindo Aretusi o algún otro, por su propia culpa. Usted recordará que Florindo me amaba y que mi hermano no quería que yo le correspondiese. No sé cómo llegaron a pelearse. Federico murió y Florindo huyó por temor de la justicia; sin poder despedirse de mí. Dios sabe cuánto lamento la muerte de mi hermano y cuánto lo lloré, pero ya no hay remedio y me duele perder a Florindo. Sé que se dirigió a Venecia y vine a buscarlo, usando las credenciales de mi hermano; tengo la esperanza de encontrarlo. El señor Pantalón, gracias a ellas y, sobre todo, a su confirmación, cree que soy Fede¬rico. Cerraremos nuestras cuentas, retiraré el dinero y podré ayudar a Florindo si hace falta. ¿Ve a qué lleva el amor? Ayúdeme, querido Brighella, sabré agradecérselo con creces.
BRIGHELLA.— Está bien, pero no quiero que por mi culpa el señor Pantalón, en buena fe, pague al contado y quede burlado.
BEATRIZ.— ¿Cómo burlado? Habiendo muerto mi her¬mano, ¿no soy yo la heredera?
BRIGHELLA.— Eso es cierto. ¿Pero, por qué ocultarlo?
BEATRIZ.— Si no lo logro, no logro nada. Pantalón querrá ser mi tutor y todos me molestarán pensando que no está bien lo que hago, que no me conviene y qué sé yo. Quiero mi libertad. Durará poco, lo sé. Paciencia. En tanto algo sucederá.
BRIGHELLA.— Señorita, en verdad, usted fue siempre un poco rara. Deje todo en mis manos, confíe en mí y la serviré bien.
BEATRIZ.— Vamos a la posada.
BRIGHELLA.— ¿Dónde está su servidor?
BEATRIZ.— Dijo que me esperaba en la calle.
BRIGHELLA.— ¿Dónde encontró a ese pelmazo? Ni siquiera sabe hablar.
BEATRIZ.— En el viaje. A veces parece tonto, pero no lo es y en cuanto a fidelidad no puedo quejarme.
BRIGHELLA.— ¡Ah! Es una gran cosa la fidelidad. Va¬mos ahora. ¡Cuántas cosas hace hacer el amor!
BEATRIZ.— Esto no es nada. El amor hace hacer cosas peores. (Sale)
BRIGHELLA.— ¡Qué buen comienzo! Pues vamos, su¬ceda lo que sucediere. (Sale)


ESCENA VI
Calle ante la posada de BRIGHELLA. TRUFFALDINO solo.

TRUFFALDINO.— Estoy harto de esperar. No aguanto más. Con este patrón se come poco y ese poco me lo hace desear. Hace media hora que tocaron las doce en esta ciu¬dad y el mediodía de mi estómago hace dos horas que tocó. Si por lo menos supiera dónde nos alojaremos. Los otros apenas llegan a una ciudad buscan una posada; éste no, deja el equipaje en la diligencia y se va, de visita, y se olvida de su pobre servidor. Dicen que hay que servir con amor a los amos; habría que decirles a ellos que tengan un poco de caridad con la servidumbre. Aquí hay una posada, casi casi voy a ver si encuentro algo con que entretener a los dientes. ¿Y si el patrón me busca? ¡Que se jorobe y aprenda a ser más discreto! Yo voy; pero, ahora que lo pienso, hay otra pequeña dificultad, que se me había pasado: no tengo ni un centavo. ¡Oh pobre Truffaldino! Por todos los demo¬nios, en cambio del servidor, quiero hacer..., ¿qué cosa? Por gracia de Dios, yo no sé hacer nada...


ESCENA VII
FLORINDO en traje de viaje con un CHANGADOR que carga su baúl y dicho.

CHANGADOR.— Le digo que no puedo más. Este baúl pesa demasiado y me está matando.
FLORINDO.— He ahí una hostería o posada. ¿Ni si¬quiera puedes llegar hasta ahí?
CHANGADOR.— Socorro, se me cae el baúl.
FLORINDO.— Te dije que no ibas a poder. Estás muy débil, te faltan fuerzas. (Sostiene el baúl sobre el hombro del changador)
TRUFFALDINO.— (Para si, observando al changador) Tal vez pueda ganarme unas monedas. (A Florindo) Señor, ¿le sirve algo? ¿En qué puedo ayudar?
FLORINDO.— Buen hombre, ayúdale a llevar el baúl hasta el albergue.
TRUFFALDINO.— En seguida. Déjelo en mis manos. Verá cómo se hace. Pásamelo. (Pone el hombro debajo del baúl, lo carga él solo y con un empujón derriba al Changa¬dor)
FLORINDO.— ¡Bravo!
TRUFFALDINO.— ¡Si no pesa nada! (Entra en la posa¬da con el baúl)
FLORINDO.— (Al Changador) ¿Ves cómo se hace?
CHANGADOR.— Hago lo que puedo. Soy Changador por desgracia. Mi padre era una persona de bien.
FLORINDO.— ¿Qué hacía tu padre?
CHANGADOR.— ¿Mi padre? Cuereaba corderos por la ciudad.
FLORINDO.— (Para sí, disponiéndose a entrar en la po¬sada) Este hombre está loco, no hay dudas.
CHANGADOR.— Excelencia, por favor.
FLORINDO.— ¿Qué quieres?
CHANGADOR.— Que me pague.
FLORINDO.— ¿Pagarte por diez pasos? La diligencia está ahí. (Indica algo entre bambalinas)
CHANGADOR.— Yo no cuento los pasos. Págueme. (Tiende la manó)
FLORINDO.— Toma una moneda. (Le da una moneda de cobre)
CHANGADOR.— (Con la mano todavía tendida) Págueme.
FLORINDO.— ¡Santa paciencia! ¡Toma otra moneda! (Se la da)
CHANGADOR.— (Siempre con la mano tendida) Págueme.
FLORINDO.— (Dándole una patada) Ya me cansaste.
CHANGADOR.— Ahora me pagó. (Sale)


ESCENA VIII
FLORINDO, luego TRUFFALDINO

FLORINDO.— Hay de todo en la viña del Señor. Estaba esperando que lo tratase mal. Bueno, veamos qué tipo dé albergue es éste...
TRUFFALDINO.— ¿Manda algo más, señor?
FLORINDO.— ¿Qué tipo de albergue es éste?
TRUFFALDINO.— Es una buena posada. Buenas ca¬mas, hermosos espejos y una cocina excelente, con un olor que consuela. Hablé con el camarero, lo atenderán como a un rey.
FLORINDO.— ¿Qué oficio tienes?
TRUFFALDINO.— Servidor, señor.
FLORINDO.— ¿Eres veneciano?
TRUFFALDINO.— No señor; soy de la región: bergamasco; a sus órdenes.
FLORINDO.— ¿Tienes patrón en este momento?
TRUFFALDINO.— ¿En este momento?.. . No, en ver¬dad no.
FLORINDO.— ¿No tienes patrón?
TRUFFALDINO.— Usted lo ve, estoy aquí sin patrón. (Para sí) Aquí el patrón no está, no estoy mintiendo.
FLORINDO.— ¿Quieres servirme?
TRUFFALDINO.— ¿Servirle? ¿Por qué no? (Para sí) Si me paga mejor, cambio de casaca.
FLORINDO.— Por lo menos durante mi permanencia en Venencia.
TRUFFALDINO.— Muy bien. ¿Cuánto me pagará?
FLORINDO.— ¿Cuánto quieres?
TRUFFALDINO.— ¿Qué puedo decirle? El patrón que tenía y que ahora no tengo, me pagaba un felipe por mes, más los gastos.
FLORINDO.— Bien. Te pago lo mismo.
TRUFFALDINO.— Debería darme un poquito más.
FLORINDO.— ¿Cuánto más?
TRUFFALDINO.— Una moneda más diaria para el ta¬baco.
FLORINDO.— De acuerdo, te la voy a dar.
TRUFFALDINO.— Siendo así, me quedo con usted.
FLORINDO.— Pero me hace falta alguna información sobre ti.
TRUFFALDINO.— Si sólo quiere informaciones sobre mí, vaya a Bérgamo, allí todo el mundo me conoce.
FLORINDO.— ¿No te conoce nadie en Venecia?
TRUFFALDINO.— Señor, llegué esta mañana.
FLORINDO.— Está bien; me pareces honesto. Te pon¬dré a prueba.
TRUFFALDINO.— Pruébeme y verá.
FLORINDO.— Ante todo, quiero saber si en el Correo hay cartas para mí. Toma este medio escudo, ve al Correo de Turín y pregunta si hay cartas para Florindo Aretusi. Si las hay tómalas y tráemelas en seguida. Yo te espero aquí.
TRUFFALDINO.— Mientras tanto ordene la comida.
FLORINDO.— Sí, bravo. La haré preparar. (Para sí) Es agudo, no me desagrada. Lo pondré a prueba un poco a la vez. (Entra en la posada)

ESCENA IX
TRUFFALDINO, luego BEATRIZ, vestida de hombre, y BRIGHELLA

TRUFFALDINO.— Una moneda chica diaria de más, son treinta cobres. Tampoco es cierto que el otro patrón me daba un' felipe. Me daba sólo diez monedas romanas. Es po¬sible que diez monedas valgan un felipe, pero no lo sé. Ade¬más a ese señor turinés no lo veo más. Está chiflado. Es un joven que no tiene ni barba ni juicio. Es mejor dejarlo e ir al Correo por este señor. .. (Se prepara a partir y se topa con Beatriz).
BEATRIZ.— ¡Bravísimo! ¿Así me esperas?
TRUFFALDINO.— Estoy aquí, señor. Estoy esperán¬dolo.
BEATRIZ.— ¿Y por qué me estás esperando aquí y no en la calle que te indiqué? Es una casualidad que te haya encontrado.
TRUFFALDINO.— Estuve paseándome un poco para acallar el hambre.
BEATRIZ.— Bien. Ve en seguida a la Posta para que te entreguen mi baúl y llévalo a la posada del señor Brighella.
BRIGHELLA.— Es mi posada, no puedes equivocarte.
BEATRIZ.— Ve pues, te espero aquí.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Caramba, justo en esta posada!
BEATRIZ.— Toma, irás también al Correo de Turín y pregunta si hay cartas para mí. No, mejor pregunta si hay cartas para Federico Rasponi o para Beatriz Rasponi. Tenía que venir conmigo también mi hermana; por una indisposición tuvo que quedarse en la villa. Podría escribirle algún amigo. Averigua si hay cartas para ella o para mí.
TRUFFALDINO.— (Para sí) No sé qué hacer. Soy el hombre más confundido de este mundo.
BRIGHELLA.— (En voz baja a Beatriz) ¿Cómo puede esperar cartas con su nombre verdadero y con el falso, si partió secretamente?
BEATRIZ.— (Id. a Brighella) Le ordené que me escriba a un fiel servidor mío, que administra mi casa. No sé con qué nombre me dirigirá las cartas. Pero vamos, luego se lo contaré todo. (A Truffaldino) Apúrate, ve al Correo y a la Posta. Retira las cartas y ordena que manden el baúl a la posada. Te espero. (Entra en la posada)

ESCENA X
TRUFFALDINO, luego SILVIO

TRUFFALDINO.— ¡Qué bueno! Hay muchos que bus¬can un patrón y yo tengo dos. ¡Diablos! ¿Qué voy a hacer ahora? A los dos juntos no los puedo atender. ¿No? ¿Y por qué no? ¿No sería bueno servir a los dos, ganar dos sueldos y comer el doble? Sería bueno si no se diesen cuenta. ¿Y si se dan cuenta qué pierdo? Nada. Si uno me despide, me quedo con el otro. Quiero probar, palabra de caballero. Al fin y al cabo será divertido. (Echa a andar)
SILVIO.— (Para mí) Ese es el servidor de Federico Ras-poni. (A Truffaldino) Buen hombre.
TRUFFALDINO.— Señor.
SILVIO.— ¿Dónde está tu patrón?
TRUFFALDINO.— ¿Mi patrón? Está ahí, en esa posada.
SILVIO.— Ve en seguida y dile que quiero hablarle. Si es un hombre de honor que baje, yo lo espero.
TRUFFALDINO.— Pero señor...
SILVIO.— (Fuerte) Ve en seguida.
TRUFFALDINO.— Pero sepa que mi patrón...
SILVIO.— Menos palabras o juro que...
TRUFFALDINO.— ¿Pero cuál debe venir?
SILVIO.— Ve en seguida o te aporreo.
TRUFFALDINO.— (Para sí) No entiendo nada. Man¬daré al primero que encuentre. (Entra en la posada)


ESCENA XI
SILVIO, luego FLORINDO y TRUFFALDINO

SILVIO.— No, no puede ser cierto que yo deba aguan¬tar a un rival. Si Federico salvó su vida una vez, no tendrá siempre la misma suerte. O renuncia a Clarice o deberá vér¬selas conmigo... Sale otra gente de la posada. No quiero que alguien interfiera. (Se retira al lado opuesto)
TRUFFALDINO.— (A Florindo mientras señala a Sil¬vio) He ahí el señor que echa fuego por las narices.
FLORINDO.— (A Truffaldino) Yo no lo conozco. ¿Qué quiere de mí?
TRUFFALDINO.— No lo sé. Voy a buscar las cartas, con su permiso. (Para sí) No quiero líos. (Sale)
SILVIO.— (Para sí) Y Federico no aparece.
FLORINDO.— (Id.) Quiero aclarar esto. (A Silvio) Se¬ñor, ¿usted me mandó llamar?
SILVIO.— ¿Yo? No tengo el gusto de conocerle.
FLORINDO.— Sin embargo mi servidor, que acaba de irse, me dijo que usted pretendió provocarme con gritos y amenazas.
SILVIO.— Seguramente entendió mal. Le dije que que¬ría hablar con su patrón.
FLORINDO.— Bueno, yo soy su patrón.
SILVIO.— ¿Usted es su patrón?
FLORINDO.— Sin duda. Está a mi servicio.
SILVIO.— Pues perdóneme. O su servidor se parece mucho a otro que conocí esta mañana o él sirve también a al¬guna otra persona.
FLORINDO.— El me sirve a mí, no lo dude.
SILVIO.— Si es así, vuelvo a ofrecerle mis disculpas.
FLORINDO.— Está bien. Nadie está libre de errores.
SILVIO.— ¿Es usted forastero, señor?
FLORINDO.— Turinés, a sus órdenes.
SILVIO.— Justamente es turinés la persona con la cual quería desahogarme.
FLORINDO.— Si es mi conciudadano, tal vez lo conoz¬ca; y si la ha disgustado, haré de todo para que le de una adecuada satisfacción.
SILVIO.— ¿Conoce usted a un tal Federico Rasponi?
FLORINDO.— ¡Ah! Desgraciadamente lo conocí.
SILVIO.— Por una palabra del padre, pretende quitarme la novia con la cual me comprometí esta mañana.
FLORINDO.— No tema, amigo. Federico Rasponi no podrá quitarle la novia, él está muerto.
SILVIO.— Sí, todos creían que estuviese muerto, pero esta mañana llegó sano y salvo a Venecia, para mi desgracia y desesperación.
FLORINDO.— ¡Usted me deja de piedra!
SILVIO.— Así quedé yo.
FLORINDO.— Le aseguro que Federico Rasponi está muerto.
SILVIO.— Le aseguro que Federico Rasponi está vivo.
FLORINDO.— Usted se engaña.
SILVIO.— El señor Pantalón del Bisognosi, padre de la muchacha, hizo todas las diligencias necesarias para cercio¬rarse de la verdad y posee pruebas seguras de que es él en persona.
FLORINDO.— (Para sí) ¿Entonces él no murió en la pelea como creyeron todos?
SILVIO.— El o yo, uno de los dos debe renunciar al amor de Clarice o a la vida.
FLORINDO.— (Para si) ¿Federico está aquí? Huí de la justicia para encontrarme cara a cara con mi enemigo.
SILVIO.— ¿Hace mucho que usted no le ve? Debía alo¬jarse en esta posada.
FLORINDO.— No lo vi; aquí me dijeron que no había ningún forastero.
SILVIO.— Habrá cambiado de parecer. Señor, perdóne¬me si le he causado alguna molestia. Si lo ve, dígale que es mejor que abandone la idea de esa boda por su propio bien. Mi nombre es Silvio Randoni, es para mí un honor haberlo . conocido.
FLORINDO.— Agradezco mucho su amistad. (Para si) Me deja muy confundido.
SILVIO.— Me agradaría conocer su nombre.
FLORINDO.— (Para si) No quiero que lo sepa. (A Sil¬vio) Horacio Ardenti, a sus órdenes.
SILVIO.— Señor Horacio, servidor suyo. (Sale)

ESCENA XII
FLORINDO solo.

FLORINDO.— ¿Cómo es posible que una estocada que le entró en los riñones no lo haya matado? Con mis propios ojos lo vi tendido en el suelo, en un lago de sangre. Oí decir que murió al instante. Sin embargo es posible que no estu¬viese muerto. Tal vez el estoque no tocó ninguna parte vi¬tal. En la confusión todo el mundo debe haberse engañado. El haber huido de Turín en seguida después del hecho, que me fue atribuido por nuestra enemistad, no me permitió descubrir la verdad. Si no está muerto, es mejor que regrese a Turín y vaya a consolar a mi adorada Beatriz, que sufre y llora por mi ausencia.


ESCENA XIII
TRUFFALDINO con otro CHANGADOR que trae el baúl de BEATRIZ y dicho.

TRUFFALDINO.— Sígueme... ¡Demonios! Está aquí el otro patrón. Retírate compañero y espérame en esa es¬quina. (El Changador se retira)
FLORINDO.— (Para sí) Sí, está decidido; regreso a Turín.
TRUFFALDINO.— Estoy aquí, señor.
FLORINDO.— Truffaldino, ¿quieres ir conmigo a Tu¬rín?
TRUFFALDINO.— ¿Cuándo?
FLORINDO.— Ahora, en seguida.
TRUFFALDINO.— ¿Sin comer antes?
FLORINDO.— No; almorzamos y luego partimos.
TRUFFALDINO.— Muy bien; lo pensaré mientras como.
FLORINDO.— ¿Fuiste al Correo?
TRUFFALDINO.— Sí señor.
FLORINDO.— ¿Había cartas para mí?
TRUFFALDINO.— Las había.
FLORINDO.— ¿Dónde están?
TRUFFALDINO.— En seguida las encuentro. (Saca tres cartas de un bolsillo. Para sí) ¡Demonios! Mezclé las cartas de los dos patrones. ¿Qué hago para saber cuáles son las su¬yas? Yo no sé leer.
FLORINDO.— Vamos, dame las cartas.
TRUFFALDINO.— En seguida señor. (Para sí) Estoy en un lío. (A Florindo) Vea señor, estas tres cartas no son todas suyas. Me topé con un servidor que me conoce, con el cual estuvimos sirviendo juntos en Bérgamo; le dije que iba al Correo y me pidió que preguntase si había cartas para su patrón. Creo que había una, pero no la reconozco, no sé cuál es.
FLORINDO.— Déjame ver; tomo las mías y te devuelvo la otra.
TRUFFALDINO.— Tómelas; no quiero quedar mal con mi amigo.
FLORINDO.— (Para sí) ¿Es posible? ¿Una carta dirigi¬da a Beatriz Rasponi? ¡A Beatriz Rasponi en Venecia!
TRUFFALDINO.— ¿Encontró la carta de mi compañero?
FLORINDO.— ¿Quién es ése compañero que te dio el encargo?
TRUFFALDINO.— Un servidor.. . se llama Pascual.
FLORINDO.— ¿De quién es el servidor?
TRUFFALDINO.— No lo sé, señor.
FLORINDO.— Si te mandó buscar las cartas de su pa¬trón, debió decirte el nombre.
TRUFFALDINO.— Naturalmente. (Para sí) Esta madeja se enreda cada vez más.
FLORINDO.— Y bien, ¿qué nombre te dijo?
TRUFFALDINO.— No lo recuerdo.
FLORINDO.— ¿Cómo?
TRUFFALDINO — Me lo escribió en un pedazo de papel.
FLORINDO.— ¿Dónde está ese papel?
TRUFFALDINO.— Lo dejé en el Correo.
FLORINDO.— (Para sí) Estoy en un mar de confusión.
TRUFFALDINO.— (Id.) Hasta ahora no me va mal.
FLORINDO.— ¿Dónde vive ese Pascual?
TRUFFALDINO.— En verdad, no lo sé.
FLORINDO.— ¿Y cómo vas a entregarle la carta?
TRUFFALDINO.— Quedamos que nos veríamos en la plaza.
FLORINDO.— (Para sí) No sé más qué pensar.
TRUFFALDINO.— (Id.) Si llego a puerto sin daño, será un milagro. (A Florindo) Entrégueme la carta, por favor; iré a buscarlo.
FLORINDO.— No. Voy a abrir esta carta.
TRUFFALDINO.— ¡No lo haga, señor! Usted sabe que está penado por la ley abrir las cartas de los otros.
FLORINDO.— No me importa. Tengo mucho interés en esta carta. Está dirigida a una persona que en cierto mo¬do me pertenece. Puedo abrirla sin escrúpulos. (La abre)
TRUFFALDINO.— (Para sí) Siervo suyo. Ya la abrió.
FLORINDO.— (Lee la carta) Estimada patrona. Su par¬tida de la ciudad fue motivo de comentarios generales, pero todos comprenden su decisión de seguir al señor Florindo. La Corte ha descubierto que usted huyó vestida de hombre y hace investigaciones para encontrarla y detenerla. Por es¬to no envié esta carta directamente a Venecia, para no re¬velar el lugar dónde usted iría, según me dijo. La mandé a Génova a un amigo mío, que la enviará a Venecia. Cuando haya alguna novedad importante se la comunicaré por la misma vía. Su humilde y fiel servidor, Tognino de la Doira.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Qué educación tiene! ¡Leer las cartas de los otros!
FLORINDO.— (Para sí) ¿Qué es eso? ¿Qué he leído? ¿Beatriz abandonó su casa? ¿Vestida de hombre? ¿Para buscarme? Ella me sigue amando. Quiera Dios que la en¬cuentre en Venecia. (A Truffaldino) Ve, querido Truffaldino, usa todos los medios, pero encuentra a Pascual; pre¬gúntale quién es su patrón, si es hombre o mujer. Averigua donde se aloja y, si puedes, tráemelo. Les daré a los dos una generosa propina.
TRUFFALDINO.— Déme la carta, intentaré encon¬trarlo.
FLORINDO.— Toma. No dejes de encontrarlo. Para mí tiene mucha importancia.
TRUFFALDINO.— ¿Y tengo que entregarla así, abierta?
FLORINDO.— Dile que hubo un equívoco, un acciden¬te. No me crees más dificultades.
TRUFFALDINO.— ¿Y a Turín no vamos más por ahora?
FLORINDO.— No, por ahora no vamos. No pierdas tiempo: procura de encontrar a Pascual. (Para sí) Beatriz en Venecia, Federico en Venecia. Pobre de ella si la encuen¬tra su hermano. Debo encontrarla yo primero. (Sale)



ESCENA XIV
TRUFFALDINO solo, luego el CHANGADOR con el baúl

TRUFFALDINO.— Soy un hombre de bien y no quiero dejar de serlo. Voy a probar mi habilidad, atendiendo a dos patrones al mismo tiempo; y no puedo llevar al otro esta carta abierta. Ante todo hay que doblarla (la dobla varias veces torpemente). Ahora hay que lacrarla. Mi abuela lo hacía con miga mojada. Probemos. (Saca de un bolsillo un pedacito de pan) Lamento tener que desperdiciar este pedacito de pan. ¡Paciencia! (Masca el trozo de pan para lacrar la carta y sin querer se lo traga) ¡Diablos! Se fue abajo. Hace falta otro pedazo. (Masca otro pedacito de pan y tam¬bién esta vez se lo traga) No hay remedio, repugna a la pro¬pia naturaleza esto. Probaré una vez más. (Masca como an¬tes. Está por tragarse el pedacito. Se detiene y se lo quita de la boca con un gran esfuerzo) ¡Aquí está! Vamos a la¬crar la carta. (Lo hace) Me parece que queda bien. ¡Cómo me gusta la prolijidad! ¡Ah! Me olvidé del changador. (Lla¬ma hacia bambalinas) ¡Ey, compañero! Ven aquí, trae el baúl.
CHANGADOR.— (Con el baúl sobre el hombro) Aquí estoy. ¿Adonde lo llevo?
TRUFFALDINO.— Llévalo a esa posada, te alcanzo en seguida.
CHANGADOR.— ¿Y quién me va a pagar?


ESCENA XV
BEATRIZ, que sale de la posada, y dichos.

BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Es éste mi baúl?
TRUFFALDINO.— Sí señor.
BEATRIZ.— (Al changador) Llévalo a mi habitación.
CHANGADOR.— ¿Cuál es su habitación?
BEATRIZ.— Pregúntaselo al camarero.
CHANGADOR.— Está bien. Me debe treinta cobres.
BEATRIZ.— Ve, ve, te pagaré.
CHANGADOR.— Hágalo pronto.
BEATRIZ.— No me fastidies.
CHANGADOR.— Casi casi lo tiro a la calle. (Entra en la posada)
TRUFFALDINO.— ¡Gentileza de changadores!
BEATRIZ.— ¿Fuiste al Correo?
TRUFFALDINO.— Sí señor.
BEATRIZ.— ¿Había cartas para mí?
TRUFFALDINO.— Una, de su hermana.
BEATRIZ.— Bien, ¿dónde está?
TRUFFALDINO.— Tome {Le da la carta)
BEATRIZ.— ¡Esta carta ha sido abierta!
TRUFFALDINO.— ¿Abierta? No puede ser.
BEATRIZ.— Fue abierta y lacrada con miga.
TRUFFALDINO.— Yo no sé nada.
BEATRIZ.— ¿No lo sabes? ¡Canalla, bribón! ¿Quién la abrió? Quiero saberlo.
TRUFFALDINO.— Voy a decírselo. Quiero confesarle la verdad. Todos cometemos errores. En el Correo había una carta para mí; sé leer poco y por error, en lugar de abrir la mía, abrí la suya. Le pido perdón.
BEATRIZ.— Si fuese cierto, te perdonaría.
TRUFFALDINO.— Es cierto, se lo juro.
BEATRIZ.— ¿Leíste la carta? ¿Sabes lo que dice?
TRUFFALDINO.— No no. No entiendo la letra.
BEATRIZ.— ¿La vio alguien más?
TRUFFALDINO.— (Con mucho asombro) ¡Oh!
BEATRIZ.— Dime la verdad.
TRUFFALDINO.— (Con asombro) ¡Oh!
BEATRIZ.— (Para sí) No quisiera que me engañase. (Lee la carta en voz baja)
TRUFFALDINO.— (Para sí) También de ésta me salvé.
BEATRIZ.— (Para sí) Tognino es un servidor fiel. Se merece mi agradecimiento. (A Truffaldino) Me voy ¡vuelvo en seguida. Espérame en la posada. Toma las llaves del baúl, ábrelo y ventila mi ropa. A mi regreso almorzaremos. (Para sí) El señor Pantalón no aparece y a mí me hace falta ese dinero. (Sale)


ESCENA XVI
TRUFFALDINO, luego PANTALÓN.

TRUFFALDINO.— También esta vez me fue bien; a pedir de boca. No me falta habilidad; estimo que valgo cien escudos más que antes.
PANTALÓN.— Amigo, ¿está en casa tu patrón?
TRUFFALDINO.— No señor, no está.
PANTALÓN.— ¿Sabes adonde fue?
TRUFFALDINO.— Tampoco.
PANTALÓN.— ¿Vendrá para almorzar?
TRUFFALDINO.— Creo que sí.
PANTALÓN.— Toma. Cuando regrese dale esta bolsa. Tiene cien ducados. Tengo mucho que hacer y no puedo esperarlo. Adiós. (Sale)


ESCENA XVII
TRUFFALDINO, luego FLORINDO

TRUFFALDINO.— Toma, escucha y ni siquiera me dijo a cuál de los dos debo entregar la bolsa.
FLORINDO.— ¿Y bien? ¿Encontraste a Pascual?
TRUFFALDINO.— No señor, no encontré a Pascual; En cambio encontré a uno que me dio una bolsa con cien ducados.
FLORINDO.— ¿Cien ducados? ¿Para qué?
TRUFFALDINO.— Dígame la verdad, señor patrón, ¿espera dinero de alguna parte?
FLORINDO.— Sí, le di una letra de cambio a un mer¬cader.
TRUFFALDINO.— Entonces este dinero es suyo.
FLORINDO.— ¿Qué dijo el que te lo dio?
TRUFFALDINO.— Me dijo de entregarlo a mi patrón.
FLORINDO.— Entonces es mío. ¿No soy yo tu patrón? ¿Hay dudas?
TRUFFALDINO.— (Para sí) El no sabe nada del otro patrón.
FLORINDO.— ¿No sabes quién te lo dio?
TRUFFALDINO.— No lo sé. Creo que su cara la vi an¬tes, pero no recuerdo dónde.
FLORINDO.— Debe ser el mercader al cuál le escribie¬ron de mí.
TRUFFALDINO.— Debe ser él.
FLORINDO.— No te olvides de Pascual.
TRUFFALDINO.— Lo buscaré después del almuerzo.
FLORINDO.— Vamos entonces a ordenarlo (entra en la posada).
TRUFFALDINO.— Vamos nomás. Menos mal que esta vez no me equivoqué. Entregué la bolsa a quien tenía que dársela. (Entra en la posada)


ESCENA XVIII
Habitación en la casa de PANTALÓN. PANTALÓN y CLARICE, luego SMERALDINA.

PANTALÓN.— Está decidido: el señor Federico será tu marido. Le di mi palabra y yo no soy un mocoso.
CLARICE.— Usted es dueño de mí; pero ésta, en ver¬dad, es una tiranía.
PANTALÓN.— Cuando el señor Federico me mandó pedir tu mano, yo te lo comuniqué y no lo rechazaste. De¬biste hablar entonces, ahora es tarde.
CLARICE.— El respeto y la timidez no me dejaron ha¬blar.
PANTALÓN.— ¡Que el respeto y la timidez hagan lo mismo ahora!
CLARICE.— No puedo, padre.
PANTALÓN.— ¿No? ¿Por qué?
CLARICE.— No me casaré nunca con Federico.
PANTALÓN.— ¿Tanto te desagrada?
CLARICE.— Lo odio.
PANTALÓN.— Yo haré que te agrade.
CLARICE.— ¿Cómo?
PANTALÓN.— Olvídate del señor Silvio y te gustará.
CLARICE.— Tengo grabado a Silvio en mi corazón y us¬ted con su aprobación lo grabó más fuerte.
PANTALÓN.— (Para sí) En verdad me da pena. (A Clarice) Hay que hacer de tripas corazón.
CLARICE.— Mi corazón no puede hacer tamaño es¬fuerzo.
PANTALÓN.— Animo. Es necesario.
SMERALDINA.— Señor patrón, está el señor Federico que quiere saludarlo.
PANTALÓN.— Que entre, él es el patrón aquí.
CLARICE.— ¡Ay de mí! ¡Qué tormento! (llora)
SMERALDINA.— ¿Qué tiene patroncita? ¿Llora? No tiene porqué hacerlo. ¿No vio qué bello es el señor Federi¬co? Si me tocase a mí en suerte no lloraría, no. Me reiría con una boca así (sale).
PANTALÓN.— Vamos, hija. Que no te vea llorar,
CLARICE.— Pero... mi corazón estalla.


ESCENA XIX
BEATRIZ, vestida de hombre, y dichos.

BEATRIZ.— Buenos días, señor Pantalón.
PANTALÓN.— Siervo suyo. ¿Recibió una bolsa con cien ducados?
BEATRIZ.— Yo no.
PANTALÓN.— Se la dejé, hace un Tato, a su servidor. Usted me dijo que es de fiar.
BEATRIZ.— Sí lo es, no hay peligro. Todavía no lo he visto. Me la dará cuando regrese a la posada. (En voz baja a Pantalón) ¿Qué le sucede a la señorita Clarice? ¿Por qué llora?
PANTALÓN.— (Id. a Beatriz) Querido señor, debe com¬prenderla. La noticia de su muerte es la causa de esta enfermedad. Con el tiempo le pasará.
BEATRIZ.— (Id. a Pantalón) Señor Pantalón, déjeme un momento solo con ella, veré si puedo consolarla.
PANTALÓN.— Está bien, salgo y vuelvo en seguida. (Pa¬ra sí) Probemos también esto. (A Clarice) Hija, espérame un momento; regreso en seguida. (En voz baja a Beatriz) Tenga juicio. (Sale)


ESCENA XX
BEATRIZ y CLARICE

BEATRIZ.— Escuche señorita Clarice...
CLARICE.— Aléjese de mi, no me fastidie.
BEATRIZ.— ¿Tan severa con quien será su marido?
CLARICE.— Podrán obligarme, con la fuerza, a darle mi mano, pero no mi corazón.
BEATRIZ.— Usted me menosprecia, sin embargo espero aplacarla.
CLARICE.— Le aborreceré eternamente.
BEATRIZ.— Si usted me conociese no diría eso.
CLARICE.— Le conozco bien. Usted me ha quitado la paz.
BEATRIZ.— Puedo devolvérsela.
CLARICE.— Se equivoca, sólo Silvio puede devolvér¬mela.
BEATRIZ.— Por cierto no puedo ofrecerle lo mismo que Silvio, pero puedo ayudarle a ser feliz.
CLARICE.— Ya es mucho señor. Aunque le hable de un modo tan áspero, usted sigue atormentándome.
BEATRIZ.— (Para si) Esta pobre joven me inspira pie¬dad. No soporto más verla sufrir.
CLARICE.— (Para sí) La pasión me da osadía, temeri¬dad y malos modales.
BEATRIZ.— Señorita Clarice, tengo que confiarle un secreto.
CLARICE.— No le prometo mi discreción, por lo tanto no me lo confíe.
BEATRIZ.— Su severidad me quita el medio de hacerla feliz.
CLARICE.— Usted sólo puede hacerme desdichada.
BEATRIZ.— Se equivoca y para convencerla le hablaré claramente. Si no me quiere, ¿para qué querría casarme con usted. Si usted le prometió su corazón a otro, yo también tengo prometido el mío.
CLARICE.— Usted empieza a gustarme,
BEATRIZ.— ¿No le dije que podía devolverle la paz?
CLARICE.— Temo que acabe decepcionándome.
BEATRIZ.— No señorita; no estoy simulando. Le hablo con el corazón en la manó. Si me promete el secreto que antes me negó, le confiaré algo que asegurará su paz.
CLARICE.— Juro que mantendré el más riguroso se¬creto.
BEATRIZ.— Yo no soy Federico Rasponi, soy su her¬mana Beatriz.
CLARICE.— ¡Oh! ¿Qué dice usted? ¿Es usted una mu¬jer?
BEATRIZ.— Sí, lo soy. ¿Cree que podía aspirar real¬mente a su mano?
CLARICE.— ¿Y qué noticias tiene de su hermano?
BEATRIZ.— El murió desafortunadamente, de una es¬tocada. Se creyó que el culpable de su muerte fuese mi pro¬metido. Con este disfraz lo estoy buscando. No me traicio¬ne, por las sagradas leyes de la amistad y el amor. Sé que he sido incauta confiándole mi secreto, pero lo hice por muchos motivos. Ante todo porque me dolía verla afligida; luego porque creo que usted es una muchacha que puede mantener un secreto; por último porque su Silvio me ame¬naza y no quiero que usted lo empuje a enfrentarme.
CLARICE.— ¿Me permite revelárselo a Silvio?
BEATRIZ.— No. Absolutamente se lo prohíbo.
CLARICE.— Está bien, no hablaré.
BEATRIZ.— Confío en usted.
CLARICE.— Se lo juro, no hablaré.
BEATRIZ.— Ahora no me tratará más con enojo.
CLARICE.— Al contrario, seré su amiga y si puedo ayu¬darle en algo, disponga de mí.
BEATRIZ.— Yo también le prometo eterna amistad, déme su mano.
CLARICE.— ¡Ah! No quisiera...
BEATRIZ.— ¿Teme que yo no sea una mujer? Le daré pruebas evidentes de la verdad.
CLARICE.— Créame, aún me parece un sueño.
BEATRIZ.— En realidad no es común.
CLARICE.— Es muy extravagante.
BEATRIZ.— Bueno, debo irme. Un apretón de mano para sellar nuestra amistad y fidelidad.
CLARICE.— He aquí mi mano, ya no creo que me engañe.


ESCENA XXI
PANTALÓN y dichas.

PANTALÓN.— ¡Bien! Me da muchísimo gusto. (En voz baja a Clarice) Hija mía, el enojo se te pasó muy pronto.
BEATRIZ.— ¿No le dije, señor Pantalón, que la conso¬laría?
PANTALÓN.— ¡Bravo! Usted en cuatro minutos logró lo que yo no había logrado en cuatro años.
CLARICE.— (Para sí) Me metí en un buen lío.
PANTALÓN.— (A Clarice) Entonces podemos realizar pronto esta boda.
CLARICE.— No tenga prisa, padre.
PANTALÓN.— ¡Cómo! ¿Se toman de las manos en se¬creto y yo no debería tener prisa? No no no, no quiero que me suceda una desgracia. Mañana lo arreglaremos todo.
BEATRIZ.— Antes, señor Pantalón, es necesario arreglar nuestros negocios y supervisar la contabilidad.
PANTALÓN.— Eso lo haremos en un par de horas. Ma¬ñana se cambiarán los anillos.
CLARICE.— Pero, padre...
PANTALÓN.— Hija, voy a decir dos palabritas al señor Silvio.
CLARICE.— ¡Por amor de Dios no lo hagas enojar!
PANTALÓN.— ¿Qué sucede? ¿Qué más te importa de él?
CLARICE.— No digo eso, pero...
PANTALÓN.— ¡Qué pero y pero! Eso se acabó. Servi¬dor, señores. (Quiere irse)
BEATRIZ.— (A Pantalón) Escuche...
PANTALÓN.— (Yéndose) Ya están comprometidos.
CLARICE.— (A Pantalón) Antes que...
PANTALÓN.— Esta noche hablaremos del asunto. (Sale)


ESCENA XXII
BEATRIZ y CLARICE

CLARICE.— ¡Ah, Beatriz! Salgo de un problema y me meto en otro.
BEATRIZ.— Tenga paciencia. Puede suceder cualquier cosa, menos que nos casemos.
CLARICE.— ¿Y si Silvio me cree infiel?
BEATRIZ.— El engaño no durará mucho.
CLARICE.— Si pudiese revelarle la verdad...
BEATRIZ.— Yo no la libero del juramento.
CLARICE.— ¿Pues qué tengo que hacer?
BEATRIZ.— Sufrir un poco.
CLARICE.— Eso será muy penoso.
BEATRIZ.— Después de temores y penas, la reconcilia¬ción será mucho más agradable (Sale).
CLARICE.— No puedo esperar los placeres de la recon¬ciliación, mientras me acosan las penas. ¡Ah! Desdichada¬mente es cierto: en esta vida en general o se sufre o se es¬pera y pocas veces se goza. (Sale)


ACTO SEGUNDO

ESCENA I
Patio en la casa de PANTALÓN. SILVIO y el DOCTOR.

SILVIO.— Padre, déjeme en paz.
DOCTOR.— Detente y contéstame.
SILVIO.— Estoy fuera de mí.
DOCTOR.— ¿Por qué estás en el patio del señor Pan¬talón?
SILVIO.— Porque quiero que mantenga la palabra que me dio o que me rinda cuentas de su afrenta.
DOCTOR.— Pero no es conveniente hacerlo en la casa del señor Pantalón. Estás loco si te dejas llevar por la cólera.
SILVIO.— Los que nos tratan mal no merecen nuestro respeto.
DOCTOR.— Es cierto, pero no puedes precipitarte así. Silvio querido, deja el asunto en mis manos. Le hablaré yo. Tal vez logre convencerlo de cumplir con su deber. Retírate y espérame. Vete, no hagas escándalos. Yo esperaré al señor Pantalón.
SILVIO.— Pero yo, padre...
DOCTOR.— Pero yo, hijo, quiero que me obedezcas.
SILVIO.— Está bien, obedeceré. Pero si el señor Panta¬lón no te hace caso, se las verá conmigo. (Sale)


ESCENA II
El DOCTOR, luego PANTALÓN.

DOCTOR.— ¡Pobre hijo mío! ¡Cuánto lo compadezco! El señor Pantalón no debió darle tanta seguridad, antes de cerciorarse de la muerte del turinés. Quisiera verlo apaci¬guado. Ojalá la cólera no lo haga proceder mal.
PANTALÓN.— (Para si) ¿Qué hace el Doctor en mi casa?
DOCTOR.— Señor Pantalón, servidor.
PANTALÓN.— Siervo suyo, señor Doctor. Justamente deseaba hablar con usted y con su hijo.
DOCTOR.— ¿Sí? Bravo. ¿Me imagino que nos busca para asegurarnos que la señorita Clarice se casará con Silvio?
PANTALÓN.— Al contrario, querría decirles... (no sa¬be cómo continuar).
DOCTOR.— No, no hay necesidad de justificaciones. Comprendo el problema en que se encontró. Con buena amistad se supera todo.
PANTALÓN.— Claro. Considerando la promesa que le hice al señor Federico... (nuevamente se embrolla).
DOCTOR.— Comprendo. La sorpresa no le dejó tiempo de pensarlo y no reparó en la afrenta que infligía a mi casa.
PANTALÓN.— No se puede hablar de afrenta si, con otra promesa...
DOCTOR.— Sé lo que quiere decirme. A primera vista lo prometido al turinés parecía sin solución, indisoluble, habiendo sido estipulado con un contrato. Pero era un con¬trato entre usted y él. En cambio el nuestro ha sido confir¬mado por la novia.
PANTALÓN.— Es cierto, pero...
DOCTOR.— Usted sabe que en materia de matrimonios: Consensus et non concúbitos facit virum.
PANTALÓN.— Yo no sé de latín, pero le digo...
DOCTOR.— Y a los muchachos no hay que sacrificarlos.
PANTALÓN.— ¿No tiene nada más que decirme?
DOCTOR.—Ya hablé.
PANTALÓN.— ¿Terminó?
DOCTOR.— Terminé.
PANTALÓN.— ¿Puedo hablar?
DOCTOR.— Hable nomás.
PANTALÓN.— Doctor querido, con toda su doctrina...
DOCTOR.— En cuanto a la dote, nos pondremos de acuerdo. Un poco más, un poco menos no tiene importan¬cia.
PANTALÓN.— ¡De vuelta a lo mismo! ¿Quiere dejarme hablar?
DOCTOR.— Hable nomás.
PANTALÓN.— Quiero decirle que su doctrina es muy hermosa, pero esta vez no nos sirve.
DOCTOR.— ¿Y usted permitirá ese matrimonio?
PANTALÓN.— Yo había dado mi palabra y no podía zafarme del asunto. Mi hija está conforme, ¿qué dificultad puedo tener? Iba en busca de usted y de su hijo, el señor Silvio, para comunicárselo. Lo lamento mucho, pero no hay otra salida.
DOCTOR.— Su hija no me asombra, ¡pero usted! ¿Có¬mo puede tratarme de ese modo? Si no estaba seguro de la muerte del señor Federico, no debía empeñar su palabra con mi hijo; y si lo hizo, debe mantenerla a cualquier pre¬cio. La noticia de la muerte de Federico justificaba suficien¬temente y también ante él su nueva decisión. Nadie podía reprocharle nada, ni exigirle ningún tipo de satisfacción. El compromiso contraído esta mañana entre la señorita Clarice y mi hijo coram testibus no puede ser disuelto sólo por una palabra, que usted le dio a otro. Las razones que tiene mi hijo anulan todo nuevo contrato y obligan a su hija a casar¬se con él; pero yo me avergonzaría de tener en mi casa a una nuera de tan poca reputación, a la hija de un hombre sin palabra como es usted, señor Pantalón. No olvide que me ha ofendido a mí, a la casa Lombardi. Tal vez llegue el momento en que me las pagará. Sí: omnia tempus habent. (Sale)


ESCENA III
PANTALÓN, luego SILVIO

PANTALÓN.— ¡Váyase al diablo! No me importa un comino y no le tengo miedo. Estimo más a un Rasponi que a cien Lombardi. Un hijo único y rico no se encuentra fácil¬mente. Se hará lo que yo digo.
SILVIO.— Las hermosas palabras de mi padre no sirven para nada. Ayúdate que Dios te ayuda.
PANTALÓN.— (Para si, viendo a Silvio) Y ahora el otro.
SILVIO.— (Bruscamente) Siervo suyo, señor.
PANTALÓN.— Siervo. (Para sí) Está echando chispas éste.
SILVIO.— Mi padre me dijo algo, ¿es verdad?
PANTALÓN.— Si se lo dijo su padre debe ser verdad.
SILVIO.— ¿Entonces está fijada la boda de la señorita dance con el señor Federico?
PANTALÓN.— Sí señor. Establecida y fijada.
SILVIO.— Me asombra que usted se atreva a decírmelo. ¡Hombre sin palabra y sin honor!
PANTALÓN.— ¿Qué está usted diciendo? ¿Se trata así a una persona mayor como yo?
SILVIO.— No sé qué me impide pasarlo de parte a parte con mi estoque.
PANTALÓN.— No soy una rana, joven. ¿Viene a mi ca¬sa para fanfarronear?
SILVIO.— Salga entonces a la calle.
PANTALÓN.— Usted me asombra, señor.
SILVIO.— Salga si es hombre de honor.
PANTALÓN.— A las personas como yo se las respeta.
SILVIO.— Usted es vil, cobarde y plebeyo.
PANTALÓN.— Y tú eres un atrevido.
SILVIO.— Juro, por Dios... (pone la mano en la em¬puñadura de la espada).
PANTALÓN.— ¡Socorro! (Pone la mano en la empuña¬dura del puñal)


ESCENA IV
BEATRIZ con la espada en la mano y dichos.

BEATRIZ.— (A Pantalón, dirigiendo la espada contra Silvio) Yo voy a defenderlo.
PANTALÓN.— (A Beatriz) Tenga cuidado, señor yerno.
SILVIO.— (A Beatriz) Justamente deseaba batirme con¬tigo.
BEATRIZ.— (Para sí) No puedo evitarlo.
SILVIO.— (A Beatriz) Dirige hacia mí tu espada.
PANTALÓN.— (Temeroso) ¡Ah! Señor yerno...
BEATRIZ.— No es ésta la primera vez que me bato. No le tengo miedo, señor. (Presenta el arma a Silvio)
PANTALÓN.— ¡Socorro! ¿No hay nadie?
(Sale corriendo hacia la calle. Beatriz y Silvio se baten. Silvio resbala, cae al suelo y se le escapa el espadín de la ma¬no. Beatriz pone la punta de su espada sobre el pecho de Silvio)


ESCENA V
CLARICE y dichos.

CLARICE.— ¡Ay de mí! (A Beatriz) ¡Deténgase!
BEATRIZ.— Bella Clarice, por usted le perdono la vida, en cambio usted no se olvide del juramento. (Sale)


ESCENA VI
SILVIO y CLARICE

CLARICE.— ¿Está bien querido?
SILVIO.— ¡Ah, pérfida, engañadora! ¿Querido Silvio? ¿Querido a un novio escarnecido y traicionado?
CLARICE.— No Silvio, no merezco esos reproches. Yo le amo, le adoro, le soy fiel.
SILVIO.— ¡Mentirosa! ¿Me eres fiel? ¿Llamas fidelidad la promesa de fe a otro que te ama?
CLARICE.— Yo no hice eso, ni lo haré nunca. Moriré antes de abandonarle.
SILVIO.— ¿Pero no hizo un juramento?
CLARICE.— El juramento no me obliga a casarme con él.
SILVIO.— ¿Qué juró pues?
CLARICE.— Querido Silvio, perdóneme, pero no puedo hablar.
SILVIO.— ¿Por qué?
CLARICE.— Porque juré guardar silencio.
SILVIO.— Señal pues de que usted es culpable.
CLARICE.— No, soy inocente.
SILVIO.— Los inocentes no callan.
CLARICE.— Sin embargo, ahora, si hablara me haría culpable.
SILVIO.— ¿A quién le juró callar?
CLARICE.— A Federico.
SILVIO.— ¿Y mantendrá el juramento con tanto celo?
CLARICE.— Sí. Yo no soy perjura.
SILVIO.— ¿Y pretende dar a entender que no lo ama? El que le cree es un ingenuo. Yo no le creo. ¡Cruel, enga¬ñadora! ¡Quítese de mi vista!
CLARICE.— Si no le amase, ¿habría venido corriendo para salvarle la vida?
SILVIO.— Odio también la vida si se la debo a una desa¬gradecida.
CLARICE.— Le amo de todo corazón.
SILVIO.— Le aborrezco con toda el alma.
CLARICE.— Cálmese o moriré.
SILVIO.— Con gusto vería antes su sangre que su infidelidad.
CLARICE.— Voy a satisfacerle. (Toma la espada del suelo)
SILVIO.— Sí, esa espada podría vengar mi afrenta.
CLARICE.— ¿Tan cruel con su Clarice?
SILVIO.— Usted me enseñó la crueldad.
CLARICE.— ¿Entonces desea mi muerte?
SILVIO.— Yo no sé qué deseo.
CLARICE.— Sabré complacerle. (Dirige la punta de la espada contra su propio pecho)


ESCENA VII
SMERALDINA y dichos.

SMERALDINA.— ¡Deténgase! ¿Qué diablos hace? (Le quita la espada a Clarice. A Silvio) Y usted, perro renegado, ¿la habría dejado morir? ¿Qué corazón tiene? ¿De tigre, de león, de diablo? Mírenlo ahí al hermoso sujeto por el cual las mujeres deberían destriparse. Usted es muy buena, patroncita. ¿Acaso no la quiere más? Quien no la quiere no la merece. ¡Que se vaya al infierno este sicario! Venga us¬ted conmigo, no faltan hombres. Le juro que antes de ano¬checer le encuentro una docena. (Arroja la espada al suelo y Silvio la levanta)
CLARICE.— (Llorando) ¡Ingrato! ¿Ni siquiera un sus¬piro por mi muerte? Sí, me matará el dolor; moriré y estará contento; pero algún día descubrirá mi inocencia y arrepentido por no haberme creído, ya tarde, llorará mi desgracia y su propia crueldad. (Sale)


ESCENA VIII
SILVIO y SMERALDINA

SMERALDINA.— No puedo comprenderle. Una mucha¬cha está por matarse y usted se queda observando tranquila¬mente, como si se tratase de una escena de teatro.
SILVIO.— ¡Loca! ¿Crees de veras que ella quería ma¬tarse?
SMERALDINA.— Yo no sé nada. Sé que si no llegaba a tiempo la pobrecita se mataba.
SILVIO.— Faltaba mucho antes que la espada llegase a su pecho.
SMERALDINA.— ¡Mentiroso! Justo estaba por entrar.
SILVIO.— Pura ficción de mujeres.
SMERALDINA.— Sí, claro, si fuéramos como los hom¬bres. Dice un proverbio: nosotros tenemos las voces y uste¬des las nueces. Las mujeres tienen fama de ser infieles y los hombres cometen las infidelidades. De las mujeres se habla mucho, de los hombres no se dice nada. A nosotras las crí¬ticas, a ustedes el perdón. ¿Sabe por qué? Porque las leyes las hacen los hombres; si las hicieran las mujeres, todo sería al revés. Si yo mandara, ordenaría que cada hombre infiel llevare en la mano una rama de árbol y por cierto las ciuda¬des se transformarían en bosques. (Sale)


ESCENA IX
SILVIO solo.

SILVIO.— Sí, Clarice me es infiel y con la excusa de un juramento oculta la verdad. Es pérfida y simuló el acto de quererse herir para engañarme, para que yo me apiadé de ella. Pero, aunque la mala suerte me haya hecho caer ante mi rival, no dejaré de vengarme. Morirá ese indigno y la in¬grata Clarice verá en su sangre el fruto de su propio amor. (Sale)


ESCENA X
Sala en la posada, con dos puertas al foro y dos laterales. TRUFFALDINO, luego FLORINDO.

TRUFFALDINO.— ¡Qué desdichado soy! Ninguno de mis dos patrones aún viene para almorzar. Hace dos horas que tocó mediodía y no se ve a nadie. Luego vendrán los dos juntos y quedaré atrapado. No podré servir a los dos al mis¬mo tiempo y se descubrirá el asunto. Calla, calla, esté lle-gando uno de ellos. ¡Qué suerte!
FLORINDO.— ¿Y bien? ¿Encontraste a Pascual?
TRUFFALDINO.— Señor, ¿no quedamos que lo busca¬ría después del almuerzo?
FLORINDO.— Sí, pero no tengo paciencia.
TRUFFALDINO.— Debió venir a almorzar más tem¬prano.
FLORINDO.— (Para sí) No hay forma de saber si Bea¬triz está aquí.
TRUFFALDINO.— Usted me dijo: vamos a ordenar el almuerzo; luego salió. La comida se habrá echado a perder.
FLORINDO.— Aún no tengo ganas de comer. (Para sí) Quiero volver al Correo, quiero ir yo mismo, tal vez averi¬güe algo.
TRUFFALDINO.— ¿Sabe, señor, que en esta ciudad hay que comer, de lo contrario uno se enferma?
FLORINDO.— Debo salir para un asunto urgente. Si vuelve para el almuerzo, bien; si no vuelvo, comeré a la noche. Tú, si quieres, pide de comer.
TRUFFALDINO.— Todo está bien. Haga lo que guste, usted es el patrón.
FLORINDO.— Esta bolsa de dinero me pesa. Tómala, ponía en mi baúl. He aquí las llaves. (Le da la bolsa de los cien ducados y las llaves)
TRUFFALDINO.— Lo hago ya y le traigo las llaves.
FLORINDO.— No, no hace falta. Me las darás luego, no quiero perder tiempo. Si no vuelvo para el almuerzo, ve a la plaza; espero con impaciencia que encuentres a Pascual. (Sale)

ESCENA XI
TRUFFALDINO, luego BEATRIZ con una hoja en la mano.

TRUFFALDINO.— Menos mal que me autorizó a pedir de comer. Por ese camino nos llevaremos bien. Si él no quie¬re comer, que no coma; mi complexión no está hecha para ayunar. Voy a guardar esta bolsa y luego, en seguida...
BEATRIZ.— ¡Eh! Truffaldino.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Oh, diablos!
BEATRIZ.— ¿El señor Pantalón dei Bisognosi no te dio una bolsa con cien ducados?
TRUFFALDINO.— Sí señor, me la dio.
BEATRIZ.— ¿Por qué entonces no me la entregas?
TRUFFALDINO.— ¿Es para usted?
BEATRIZ.— ¿Si es para mí? ¿Qué te dijo al entregár¬tela?
TRUFFALDINO.— Me dijo de dársela a mi patrón.
BEATRIZ.— Bien, ¿quién es tu patrón?
TRUFFALDINO.— Usted.
BEATRIZ.— ¿Por qué entonces me preguntas si la bolsa es mía?
TRUFFALDINO.— Pues es suya.
BEATRIZ.— ¿Y dónde está?
TRUFFALDINO.— Hela aquí. (Se la da)
BEATRIZ.— ¿Están todos los ducados?
TRUFFALDINO.— Yo no los toqué, señor.
BEATRIZ.— (Para sí) Los contaré luego.
TRUFFALDINO.— (Id.) Me había equivocado con la bolsa, pero lo arreglé. ¿Qué dirá el otro patrón? Si no era suya no va a decir nada.
BEATRIZ.— ¿Está el dueño de la posada?
TRUFFALDINO.— Si señor, está.
BEATRIZ.— Dile que invité a un amigo a almorzar y que rápidamente aumente los platos con lo que tiene.
TRUFFALDINO.— ¿Cómo quiere ser servido? ¿Cuán¬tos platos manda?
BEATRIZ.— El señor Pantalón dei Bisognosi no es hom¬bre de pretensiones, que preparen cinco o seis platos, pero buenos.
TRUFFALDINO.— ¿Confía en mí?
BEATRIZ.— Sí, ordena tú, muéstrame tu capacidad. Voy a buscar a mi amigo que no está lejos. Quiero todo lis¬to para cuando vuelvo. (Hace el ademán de salir)
TRUFFALDINO.— Verá cómo lo serviré.
BEATRIZ.— Toma esta hoja, ponla en el baúl. ¡Cuida¬do eh! Es una letra de cambio de cuatro mil escudos.
TRUFFALDINO.— No tema, la guardaré en seguida.
BEATRIZ.— Cuida de que esté todo listo. (Para sí) Pobre señor Pantalón, tuvo el susto de su vida. Necesita un poco de alegría. (Sale)


ESCENA XII
TRUFFALDINO, luego BRIGHELLA

TRUFFALDINO.— Ahora debo lucirme. Es la primera vez que este patrón me ordena el almuerzo. Quiero demos¬trarle que tengo buen gusto. Guardaré esta carta y luego... La guardaré luego, no hay que perder tiempo. (Hacia las bambalinas) ¡Eh! ¿No hay nadie? Llame al señor Brighella, dígale que quiero hablarle. Un buen almuerzo no consiste principalmente en las viandas, sino en el orden con que se presentan. Vale más una Hermosa disposición que una mon¬taña de platos.
BRIGHELLA.— ¿Qué quiere señor Truffaldino? ¿Qué manda?
TRUFFALDINO.— Mi patrón invitó a almorzar a un amigo. Quiere que duplique el almuerzo, pero ya, en segui¬da. ¿Tiene lo necesario en la cocina?
BRIGHELLA.— Tengo siempre de todo. En media hora puedo preparar cualquier almuerzo.
TRUFFALDINO.— Muy bien. Dígame qué preparará.
BRIGHELLA.— Para dos personas, dos servicios de cua¬tro platos cada uno. ¿Está bien?
TRUFFALDINO.— (Para sí) El dijo cinco o seis platos, si son ocho no está mal. (A Brighella) Está bien, ¿qué habrá en los platos?
BRIGHELLA.— En el primer servicio habrá sopa, frito, cocido y fricando.
TRUFFALDINO.— Los primeros tres los conozco, el cuarto no.
BRIGHELLA.— Es un guisado a la francesa, muy bueno.
TRUFFALDINO.— Muy bien el primer servicio; ¿y el segundo?
BRIGHELLA.— El segundo se compone de asado, en¬salada, pastel de carne y budín.
TRUFFALDINO.— También aquí hay un plato que no conozco, ¿qué es ese. budín?
BRIGHELLA.— Dije budín, es un plato inglés, una ex¬quisitez.
TRUFFALDINO.— Me parece bien, estoy conforme, ¿pero cómo dispondremos los platos en la mesa?
BRIGHELLA.— Es fácil y el camarero se encargará de hacerlo.
TRUFFALDINO.— No amigo, el trinchero es mío. To¬do el secreto está en la presentación.
BRIGHELLA.— Por ejemplo, se puede disponer aquí la sopa, aquí el frito, aquí el cocido y aquí el fricando. (Seña¬la ¡a imaginaria disposición)
TRUFFALDINO.— No, no me gusta. ¿En el medio no pone nada?
BRIGHELLA.— Habría que preparar cinco platos.
TRUFFALDINO.— Bueno, prepárelos.
BRIGHELLA.— En el medio ponemos una salsa para el cocido.
TRUFFALDINO.— No no no, usted no sabe nada ami¬go. La salsa no se pone en el medio. En el medio hay que colocar la sopa.
BRIGHELLA.— Pondremos de un lado el cocido y del otro la salsa.
TRUFFALDINO.— Pero no, así no. Ustedes los posade¬ros saben cocinar, pero no saben preparar la mesa. Yo le enseñaré. Imagínese que ésta sea la mesa (apoya una rodilla en el suelo, señala el piso). Observe cómo se distribuyen esos cinco platos; por ejemplo: aquí, en el medio, la sopa (corta un pedazo de la letra de cambio y lo coloca en el me¬dio como si fuese el plato); aquí va el cocido (arranca otro pedazo de la letra de cambio); de este lado el frito (hace lo mismo); aquí la salsa (hace lo mismo) y aquí el plato que no conozco (hace lo mismo). ¿Qué le parece? ¿No queda muy lindo?
BRIGHELLA.— Está bien, pero la salsa está muy lejos del cocido.
TRUFFALDINO.— Buscaremos la forma de acercarlos.

ESCENA XIII
BEATRIZ, PANTALÓN y dichos.

BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Qué haces de rodillas?
TRUFFALDINO.— (Alzándose) Estaba mostrándole cómo preparar la mesa.
BEATRIZ.— ¿Y esa hoja?
TRUFFALDINO.— (Para si) ¡Diablos! Es la letra que medio.
BEATRIZ.— Esa es mi letra de cambio.
TRUFFALDINO.— Disculpe, volveré a pegarla.
BEATRIZ.— ¡Bribón! ¿Así cuidas mis cosas? ¿Cosas muy importantes? Mereces una buena tunda. ¿Qué. opina señor Pantalón? ¿Vio alguna vez una necedad mayor que ésta?
PANTALÓN.— En realidad es para reír. Sería grave si no hubiese arreglo. Yo le haré otra letra de cambio.
BEATRIZ.— ¡Y si la letra hubiese venido de lejos! ¡Ani¬mal!
TRUFFALDINO.— La culpa es de Brighella que no sabe preparar una mesa.
BRIGHELLA.— El lo hace todo difícil.
TRUFFALDINO.— Yo soy un hombre que sabe.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) Vete ya.
TRUFFALDINO.— Vale más la presentación.
BEATRIZ.— Vete te dije.
TRUFFALDINO.— En cuanto a trinchar, no le cedo el primer lugar al mejor trinchador del mundo. (Sale)
BRIGHELLA.— No lo entiendo a ese hombre: a veces es muy sagaz, otras es tonto.
BEATRIZ.— El bribón se hace el tonto. Bueno, ¿nos da de comer?
BRIGHELLA.— Si quiera cinco platos por servicio, se necesita un poco de tiempo.
PANTALÓN.— ¿Qué servicio? ¿Qué cinco platos? Más sencillo, más sencillo. Un poco de arroz, un par de platos y listo. Yo no tengo pretensiones.
BEATRIZ.— (A Brighella) ¿Oyó? Decida usted.
BRIGHELLA.— De acuerdo, pero si algo le gusta en es¬pecial, dígalo, se lo prepararé con gusto.
PANTALÓN.— Tráigame albóndigas a mí, los dientes ya no me ayudan.
BEATRIZ.— Traiga las albóndigas.
BRIGHELLA.— Como usted quiere. Acomódense en esta sala, en seguida mandaré preparar la mesa.
BEATRIZ.— Dígale a Truffaldino que venga a servir la mesa.
BRIGHELLA.— Se lo diré, señor. (Sale)


ESCENA XIV
BEATRIZ, PANTALÓN, después CAMAREROS y TRUFFALDINO.

BEATRIZ.— Señor Pantalón, ¿se conforma con lo que traerán?
PANTALÓN.— Ya es demasiada la molestia que se to¬ma. Usted está haciendo lo que debería hacer yo. Pero sabe, con una hija en casa, hasta que se casen, no es lícito que es¬tén juntos. Acepté su invitación para distraerme un poco, todavía no se me fue el miedo. Si no estaba usted, hijo mío, ese fanfarrón me mataba.
BEATRIZ.— Me alegra haber llegado a tiempo.
(Los Camareros llevan, a la sala indicada por Brighella, lo necesario para preparar la mesa: platos, vasos, vino, pan, etc.)
PANTALÓN.— En esta posada son muy rápidos.
BEATRIZ.— Brighella es un hombre educado. En Turín servía a un gran caballero y todavía usa su librea.
PANTALÓN.— En el Canal Grande, frente a las Fábricas de Rialto, hay una posada donde también se come muy bien. Estuve allí muchas veces con caballeros chapados a la antigua; y la he pasado tan bien que aún lo recuerdo con agrado. Entre otras cosas se toma un vino de Borgoña que es una delicia.
BEATRIZ.— No hay placer mayor que estar en buena compañía.
PANTALÓN.— ¡Si supiera qué hermosa compañía aquélla! ¡Qué corazón el de esa gente! ¡Qué sinceridad! ¡Qué franqueza! ¡Qué bella conversación; también en la Zecca! ¡Benditos sean! Siete u ocho hombres de bien, que no tienen iguales en este mundo.
(Los Camareros salen de la sala y vuelven a la cocina).
BEATRIZ.— Se encontraba a gusto con ellos.
PANTALÓN.— Sí; todavía espero gozar de esa com¬pañía.
TRUFFALDINO.— (A Beatriz, con la sopera en la ma¬nó) Voy a servir, señor.
BEATRIZ.— Entra y sirve la sopa.
TRUFFALDINO.— (Ceremonioso) Como usted manda.
PANTALÓN.— Es un tipo raro ese servidor. Vamos. (Entra en la sala)
BEATRIZ.— (A Truffaldino) Quisiera menos agudeza y más atención. (También ella entra en la sala)
TRUFFALDINO.— ¡Bah! ¡Qué servicio! Un plato a la vez. Gasta un dineral y no hay nada de buen gusto. Tal vez hasta la sopa sea desabrida. Vamos a ver. (Saca una cuchara de un bolsillo y prueba la sopa) Yo llevo siempre las armas conmigo. No está mal, podría ser peor. (Entra en la. sala)


ESCENA XV
Un CAMARERO trayendo un plato, luego TRUFFALDINO, luego FLORINDO, luego BEATRIZ y otros CAMAREROS.

CAMARERO.— ¿Cuándo llega ése para retirar las vian¬das?
TRUFFALDINO.— (Desde la sala) Estoy aquí, compa¬ñero. ¿Qué me traes?
CAMARERO.— He aquí el cocido. Voy a buscar otro plato. (Sale)
TRUFFALDINO.— ¿Será castrado o cordero? Me pare¬ce castrado. Veamos. (Lo prueba) No es ni castrado ni cor¬dero, es oveja nomás. (Va hacia la sala donde están Beatriz y Pantalón)
FLORINDO.— (Topándose con él) ¿Adonde vas?
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Oh pobre de mí!
FLORINDO.— ¿Adonde vas con ese plato?
TRUFFALDINO.— Estoy preparando la mesa, señor.
FLORINDO.— ¿Para quién?
TRUFFALDINO.— Para usted.
FLORINDO.— ¿Por qué preparas la mesa antes que yo llegue?
TRUFFALDINO.— Vi que estaba llegando por la ven¬tana. (Para sí) Hay que inventar una excusa.
FLORINDO.— ¿Y traes primero el cocido, en lugar de la sopa?
TRUFFALDINO.— Señor, en Venecia, la sopa se come al final.
FLORINDO.— No es ésa mi costumbre. Quiero la sopa; lleva ese plato a la cocina.
TRUFFALDINO.— Sí señor, como usted manda.
FLORINDO.— Apúrate, luego quiero descansar un poco.
TRUFFALDINO.— En seguida. (Simula que Retorna a la cocina)
FLORINDO.— (Para sí, entrando en la otra sala del fo¬ro) ¿A Beatriz no la encontraré nunca?
(Truffaldino, al entrar Florindo en la sala, regresa co¬rriendo y lleva el plato a Beatriz)
CAMARERO.— (Vuelve con una fuente) Hay que espe¬rarlo siempre. (Llama) Truffaldino.
TRUFFALDINO.— (Viene de la sala de Beatriz) Aquí estoy. Pronto, prepare la mesa en la otra sala, llegó el otro forastero y traiga en seguida la sopa.
CAMARERO.— En seguida. (Sale)
TRUFFALDINO.— ¿Y esto qué es? Debe ser el fricasor (lo prueba). Es bueno, palabra de caballero. (Lleva el plato a Beatriz)
(Camareros cruzan la escena, llevando lo necesario para preparar la mesa en la sala de Florindo)
TRUFFALDINO.— (A los Camareros) ¡Bravos! Orde¬nados y rápidos como gatos. ¡Oh si pudiese servir al mismo tiempo a dos patrones. Sería una hazaña.
(Camareros salen del comedor de Florindo y se dirigen a la cocina)
TRUFFALDINO.— ¡Pronto, hijos, la sopa!
CAMARERO.— Atienda su mesa, nosotros atenderemos ésta. (Sale)
TRUFFALDINO.— Quisiera atender a los dos si es po¬sible.
(El Camarero vuelve con la sopa para Florindo)
TRUFFALDINO.— Dámela, se la llevaré yo; ve a pre¬parar lo que sigue para la otra sala. (Le saca la sopera al ca¬marero y se la lleva a Florindo)
CAMARERO.— Es muy raro este fulano. Quiere servir a éste y a aquéllos. Que lo haga; total, la propina me corres¬ponde a mí.
(Truffaldino viene de la sala de Florindo)
BEATRIZ.— (Lo llama desde la otra sala) Truffaldino.
CAMARERO.— (A Truffaldino) Atiende a tu patrón.
TRUFFALDINO.— (Entrando en la sala de Beatriz) Aquí estoy.
(Un Camarero trae el cocido para Florindo)
1er. CAMARERO.— Déme.
(Camarero da el plato a 1er. Camarero y sale. Truffaldino viene de la sala de Beatriz con platos usados).
FLORINDO.— (Desde la sálalo llama) Truffaldino.
TRUFFALDINO.— Dame (quiere sacarle el plato de co¬cido al Camarero).
CAMARERO.— Este lo llevo yo.
TRUFFALDINO.— ¿No oyes que me llama a mí? (Le saca el plato y lo lleva a Florindo)
CAMARERO.— Es extraordinario. Lo quiere hacer todo él. (El 2do. Camarero trae un plato de albóndigas y lo da al 1er. Camarero, luego sale)
CAMARERO.— Yo se lo llevaría, pero no quiero pelear¬me con este fulano.
(Truffaldino viene de la sala de Florindo con los platos usados)
CAMARERO.— Toma fachendero, llévalo a tu patrón.
TRUFFALDINO.— (Toma el plato) ¿Albóndigas?
CAMARERO.— Sí, las albóndigas que ordenó. (Sale)
TRUFFALDINO.— ¡Diablos! ¿A quién debo llevarlas? ¿Quién de los dos patrones las ordenó? Si pregunto en la cocina pueden sospechar; si me equivoco y no las llevo a quien las ordenó, éste puede reclamar y se descubre el em¬brollo. Haré así... ¡Qué grande soy! Voy a repartirlas en dos platos y le llevo la mitad a cada uno de ellos, de modo que quien las ordenó las tendrá (toma otro plato y divide las albóndigas). Cuatro y cuatro, sobra una, ¿a quién se la doy? No quiero que ninguno de los dos se ofenda. Me la co¬mo yo (se la come). Está bien así. Llevemos las albóndigas a éste (deja en el suelo un plato y lleva el otro a Beatriz).
CAMARERO.— (Trae un budín inglés; llama) Truffal¬dino.
TRUFFALDINO.— (Viene de la sala de Beatriz) Aquí estoy.
CAMARERO.— Lleva este budín.
TRUFFALDINO.— Espera un momento (levanta del suelo el otro plato de albóndigas y lo lleva a Florindo).
CAMARERO.— Te equivocas, las albóndigas no son pa¬ra él.
TRUFFALDINO.— Sí señor, ya las llevé a mi patrón y éstas las obsequia al forastero (entra en la sala de Florindo)
CAMARERO.— Entonces se conocen y son amigos; po¬dían haber almorzado juntos.
TRUFFALDINO.— (Regresa de la sala de Florindo. Al Camarero) ¿Y eso qué es?
CAMARERO.— Un budín inglés.
TRUFFALDINO.— ¿A quién lo llevo?
CAMARERO.— A tu patrón. (Sale)
TRUFFALDINO..— ¿Qué diablo es este budín? El olor es bueno, parece polenta. ¡Oh si fuese polenta! Sería extra¬ordinario. Quiero probarlo. (Saca un tenedor del bolsillo) No es polenta, pero se le parece. (Come) Es mejor que la polenta. (Come más)
BEATRIZ.— (Lo llama desde la sala) Truffaldino.
TRUFFALDINO.— (Con la boca llena) Aquí estoy. ¡Oh qué rico! Otro poquito y voy. (Sigue comiendo)
BEATRIZ.— (Viniendo de la sala, lo ve comer, le da una patada) Ven a atenderme. (Vuelve a la sala)
(Truffaldino deja el budín en el suelo y entra en la sala de Beatriz)
FLORINDO.— (Viene de la sala y llama) Truffaldino. ¿Dónde demonio está?
TRUFFALDINO.— (Viene de la sala de Beatriz, viendo a Florindo) Aquí estoy.
FLORINDO.— ¿Dónde? ¿Dónde te habías metido?
TRUFFALDINO.— Fui a retirar unos platos, señor.
FLORINDO.— ¿Hay algo más para comer?
TRUFFALDINO.— Iré a ver.
FLORINDO.— Apúrate, ya te dije: necesito descansar un poco. (Regresa a su sala)
TRUFFALDINO.— En seguida. (Llama) ¡Camarero! ¿Qué más hay? Este budín lo guardo para mí. (Lo oculta)
CAMARERO.— (Trae un plato con el asado) He aquí el asado.
TRUFFALDINO.— (Tomando el plato) Pronto, la fruta.
CAMARERO.— ¡Qué furia! En seguida. (Sale)
TRUFFALDINO.— El asado se lo llevo a éste. (Lo lleva a Florindo)
CAMARERO.— (Con un plato de fruta) He aquí la fru¬ta. ¿Dónde estás?
TRUFFALDINO.— (Desde la sala de Florindo) Estoy aquí.
CAMARERO.— (Dándole el plato de la fruta) Toma. ¿Quieres algo más?
TRUFFALDINO.— Espera. (Lleva la fruta a Beatriz)
CAMARERO.— Salta de un lado, salta del otro, parece un diablo!
TRUFFALDINO.— No hace falta más nada. Nadie quie¬re más.
CAMARERO.— Menos mal.
TRUFFALDINO.— Prepara para mí.
CAMARERO.— En seguida. (Sale)
TRUFFALDINO.— Tomo mi budín. ¡Viva! Lo logré. Todos están contentos. No quieren más nada y han sido bien atendidos. Serví las mesas de dos patrones y ninguno de ellos se enteró del otro. Pero, si serví a dos, ahora quiero comer por cuatro. (Sale)


ESCENA XVI
Calle con el frente de la posada. SMERALDINA, luego el CAMARERO de la posada.

SMERALDINA.— ¡Qué discreción la de mi patrona! Me manda con una cartita a una posada. ¡A una muchacha co¬mo yo! Es muy malo servir a una mujer enamorada. Mi patrona hace una extravagancia tras otras. No entiendo cómo, estando enamorada del señor Silvio hasta querer matarse por él, mande mensajes a otro. A menos que quiera tener dos: uno para .el verano y otro para el invierno. Basta... Yo en la posada no entro. Llamaré, alguien saldrá. ¡Eh! ¡Los de casa, los de la posada!
CAMARERO.— ¿Qué desea, muchacha?
SMERALDINA.— (Para sí) Me da vergüenza. (Al Cama¬rero) Diga... ¿El señor Federico Rasponi se aloja en esta posada?
CAMARERO.— Sí y acaba de almorzar.
SMERALDINA.— Tengo que hablarle.
CAMARERO.— ¿Un mensaje? Pase.
SMERALDINA.— ¿Quién cree que soy? Soy la camare¬ra de su prometida.
CAMARERO.— Bien, pase.
SMERALDINA.— ¡Oh no! Yo no entro ahí.
CAMARERO.— ¿Quiere que lo haga salir a la calle? No me parece correcto; además está con el señor Pantalón dei Bisognosi.
SMERALDINA.— ¿Mi patrón? Peor aún. ¡Oh no! Yo no entro.
CAMARERO.— Si quiere, llamo a su servidor.
SMERALDINA.— ¿El morocho?
CAMARERO.— El mismo.
SMERALDINA.— Llámelo.
CAMARERO.— (Para si) Comprendo. El morocho le gusta. Tiene vergüenza de entrar, pero en la calle no la tie¬ne. (Sale)


ESCENA XVII
SMERALDINA, luego TRUFFALDINO

SMERALDINA.— Si me ve el patrón ¿qué voy a decir¬le? Que vine a buscarlo. Así está bien; ¡oh! no me faltan recursos.
TRUFFALDINO.— (Con una botella de vino, un vaso y una servilleta) ¿Quién me llama?
SMERALDINA.— Soy yo señor, lamento molestarlo.
TRUFFALDINO.— No es nada. Aquí estoy a sus ór¬denes.
SMERALDINA.— Por lo que veo estaba almorzando.
TRUFFALDINO.— Sí, estaba a la mesa y volveré a ella.
SMERALDINA.— De veras lo lamento.
TRUFFALDINO.— Pero no, es un gusto. A decir la ver¬dad, estoy lleno y sus ojazos llegan a propósito para facili¬tar mi digestión.
SMERALDINA.— (Para sí) Es gracioso.
TRUFFALDINO.— Dejo la botella y estoy con usted querida.
SMERALDINA.— (Para sí) Me dijo querida. (A Truffaldino) Mi patrona le manda este mensaje al señor Federico Rasponi. Yo no quiero entrar en la posada, por eso pensé entregárselo a usted que es su servidor.
TRUFFALDINO.— Se lo daré con gusto, pero sepa que yo también tengo un mensaje para usted.
SMERALDINA.— ¿De parte de quién?
TRUFFALDINO.— De parte de un hombre de bien. Dí¬game ¿conoce a Truffaldino Batocchio?
SMERALDINA.— Creo haber oído ese nombre, pero no lo recuerdo bien. (Para sí) Debe ser él.
TRUFFALDINO.— Es un buen mozo: petiso, agudo, buen hablador. Maestro de ceremonias...
SMERALDINA.— No, seguro que no lo conozco.
TRUFFALDINO.— Sin embargo él la conoce y está enamorado de usted.
SMERALDINA.— Vamos. No se burle de mí.
TRUFFALDINO.— El, si pudiese esperar que le corres¬pondería un poco, se haría conocer.
SMERALDINA.— Si lo viese y me gustara, sería fácil corresponderé.
TRUFFALDINO.— ¿Quiere que se lo haga ver?
SMERALDINA.— Con mucho gusto.
TRUFFALDINO.— En seguida. (Entra en la posada)
SMERALDINA.— Entonces no es él.
(Truffaldino sale de la posada, saluda a Smeraldina con una reverencia, le pasa cerca, suspira y regresa de inmediato a la posada).
SMERALDINA.— Esta historia no la entiendo.
TRUFFALDINO.— (Vuelve a salir de la posada) ¿Lo vio?
SMERALDINA.— ¿A quién?
TRUFFALDINO.— Al que está enamorado de su be¬lleza.
SMERALDINA.— Yo solamente lo vi a usted.
TRUFFALDINO.— (Suspirando) ¡Bah!
SMERALDINA.— ¿Es acaso usted el que dice que me quiere?
TRUFFALDINO.— (Suspirando) Soy yo.
SMERALDINA.— ¿Por qué no me lo dijo en seguida?
TRUFFALDINO.— Porque soy un poco tímido.
SMERALDINA.— (Para sí) Haría enamorar a las pie¬dras.
TRUFFALDINO.— Entonces ¿qué me contesta?
SMERALDINA.— Digo que...
TRUFFALDINO.— Vamos, hable.
SMERALDINA.— ¡Oh! Yo también soy tímida.
TRUFFALDINO.— Si nos juntásemos haríamos el ma¬trimonio de los tímidos.
SMERALDINA.— En verdad, usted me gusta.
TRUFFALDINO.— ¿Es usted doncella?
SMERALDINA.— Eso ni siquiera se pregunta.
TRUFFALDINO.— Es decir, claro que no.
SMERALDINA.— Es decir, claro que sí.
TRUFFALDINO.— Yo también lo soy.
SMERALDINA.— Yo me habría casado cincuenta veces, pero nunca encontré a nadie de mi gusto.
TRUFFALDINO.— ¿Puedo esperar que te simpatice?
SMERALDINA.— Por cierto usted, debo confesarlo, tie¬ne algo... Basta no hablo más.
TRUFFALDINO.— Si uno la quiere por esposa, ¿qué debe hacer?
SMERALDINA.— Yo no tengo padres; deberá hablar con mi patrón y mi patrona.
TRUFFALDINO.— Bueno, si lo hago, ¿qué dirán?
SMERALDINA.— Dirán que, si estoy de acuerdo ellos...
TRUFFALDINO.— No hace falta más nada. Estamos to¬dos de acuerdo. Déme el mensaje y cuando traiga la res¬puesta hablaremos.
SMERALDINA.— He aquí la carta.
TRUFFALDINO.— ¿Sabe lo que dice la carta?
SMERALDINA.— No, pero tengo mucha ganas de sa¬berlo.
TRUFFALDINO.— No quisiera que esté escrita con enojo y que me haga salir con la cara rota.
SMERALDINA.— ¿Quién sabe? De amor no debe ha¬blar.
TRUFFALDINO.— Yo no quiero líos; si no sé de qué trata, no la llevo.
SMERALDINA.— Habría que abrirla, pero luego ¿quién la cierra?
TRUFFALDINO.— Déjelo por mi cuenta. Soy muy há¬bil para eso, nadie se dará cuenta.
SMERALDINA.— Abrámosla pues.
TRUFFALDINO.— ¿Sabe usted leer?
SMERALDINA.— Un poco, pero usted sabe leer bien.
TRUFFALDINO.— Yo también un poco.
SMERALDINA.— Veamos entonces.
TRUFFALDINO.—Hay que abrirla con cuidado. (Arran¬ca un pedazo)
SMERALDINA.— ¿Qué hizo?
TRUFFALDINO.— Nada. Sé cómo arreglarla. Ya está abierta.
SMERALDINA.— Lea.
TRUFFALDINO.— No, lea usted que entiende la letra de su patrona.
SMERALDINA.— (Observa la carta) En verdad, no en¬tiendo nada.
TRUFFALDINO.— (Id.) Y yo ni jota.
SMERALDINA.— ¿Para qué la abrimos?
TRUFFALDINO.— Espere, aprendamos; algo entiendo. (Sostiene la carta)
SMERALDINA.— Yo también entiendo algunas letras.
TRUFFALDINO.— Probemos entre los dos. ¿Esta no es una m?
SMERALDINA.— No, es una r.
TRUFFALDINO.— De la r a la m no hay mucha dife¬rencia.
SMERALDINA.— Re, re, a, rea. No no. Tranquilo, creo que es una m. Mi, mi, a, mía.
TRUFFALDINO.— No debe decir mía, sino mío.
SMERALDINA.— No, tiene la colita.
TRUFFALDINO.— Justamente por eso debe ser mío.


ESCENA XVIII
BEATRIZ y PANTALÓN desde la posada, y dichos.

PANTALÓN.— (A Smeraldina) ¿Qué haces aquí?
SMERALDINA.— (Intimidada) Nada señor, vine a bus¬carlo a usted.
PANTALÓN.— (A Smeraldina) ¿Qué quieres de mí?
SMERALDINA.— (Todavía temerosa) La señorita lo busca.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Qué es ésa hoja?
TRUFFALDINO.— (Temeroso) Nada, es una carta.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) Déjame verla.
TRUFFALDINO.— (Le da la hoja temblando) Sí señor.
BEATRIZ.— ¡Cómo! ¡Es una carta para mí! ¡Bribón! ¿Abres siempre mis cartas?
TRUFFALDINO.— Yo no sé nada señor patrón.
BEATRIZ.— Observe, señor Pantalón, es un mensaje de la señorita Clarice que me comunica los locos celos de Sil¬vio; y este canalla la abre.
PANTALÓN.— (A Smeraldina) ¿Y tú? ¿Qué tienes que ver en esto?
SMERALDINA.— Yo no sé nada señor.
BEATRIZ.— ¿Quién abrió la carta?
TRUFFALDINO.— Yo no.
SMERALDINA.— Tampoco yo.
PANTALÓN.— ¿Quién la trajo?
SMERALDINA.— Truffaldino debía llevarla a su patrón.
TRUFFALDINO.— Y Smeraldina se la trajo a Truffal¬dino.
SMERALDINA.— (Para sí) Charlatán. No te quiero más.
PANTALÓN.— ¿Tú, desdichada chismosa hiciste esto? No sé porqué no te doy un golpe en la jeta.
SMERALDINA.— Nadie me puso nunca la mano en la cara. Me asombra que usted...
PANTALÓN.— (Acercándosele) ¿Qué manera de con¬testarme es ésta?
SMERALDINA.— ¡Eh! Alcánceme si puede. Usted no puede correr. (Sale corriendo)
PANTALÓN.— ¡Infeliz! Vas a ver si puedo correr. Te agarraré. (Corre en pos de Smeraldina)


ESCENA XIX
BEATRIZ, TRUFFALDINO, luego FLORINDO en la ventana de la posada.

TRUFFALDINO.— (Para si) ¿Cómo me zafo de ésta?
BEATRIZ.— (Id., observando la carta) ¡Pobre Clarice! Está desesperada por los celos de Silvio. Deberé descubrir¬me y consolarla.
TRUFFALDINO.— (Para sí) Con tal que no me vea, voy a escabullirme. (Empieza a alejarse)
BEATRIZ.— ¿A dónde vas?
TRUFFALDINO.— (Se detiene) Estoy aquí.
BEATRIZ.— ¿Por qué abriste la carta?
TRUFFALDINO.— Fue Smeraldina, yo no sé nada.
BEATRIZ.— ¡Qué Smeraldina! ¡Fuiste tú canalla! Una y una dos. Dos cartas me abriste en un día. Ven aquí.
TRUFFALDINO.— (Acercándose con miedo) Por cari¬dad, señor.
BEATRIZ.— Ven aquí te digo.
TRUFFALDINO.— (Acercándose temblando) Por mise¬ricordia.
(Beatriz le saca el bastón y lo apalea dando la espalda a la posada)
FLORINDO.— (Desde la ventana) ¡Cómo! ¡Apalean a mi servidor! (Se aparta de la ventana)
TRUFFALDINO.— Basta, por caridad.
BEATRIZ.— ¡Toma canalla! Así aprenderás a no abrir mis cartas! (Arroja el bastón al suelo y sale)

ESCENA XX
TRUFFALDINO, luego FLORINDO que sale de la posada

TRUFFALDINO.— (Cuando Beatriz se fue) ¡Sangre de mi! ¡Cuerpo de mi! ¿Así se trata a un hombre de mi cla¬se? ¿Bastonearme? A los servidores, si no sirven, se los echa, no se les pega.
FLORINDO.— (Sale de la posada sin ser visto por Truffaldino) ¿Qué estás haciendo?
TRUFFALDINO.— (Reparando en Florindo) ¡Oh! No se les pega de este modo a los servidores de los otros. Esta es una afrenta infligida a mi patrón. (Indicando el lado por el cual se fue Beatriz)
FLORINDO.— Sí, es una afrenta que recibo yo. ¿Quién te pegó?
TRUFFALDINO.—No lo sé señor, no lo conozco.
FLORINDO.— ¿Por qué te pegó?
TRUFFALDINO.— Porque... porque escupí en su za¬pato.
FLORINDO.— ¿Y te dejas pegar de esa manera? ¿Y no te mueves y no te defiendes? ¿Y expones a tu patrón a ta¬maña afrenta? ¡Burro! ¡Haragán! (Toma el bastón que es¬taba en el suelo) Si te gustan los golpes, te los daré yo tam¬bién. (Lo aporrea y luego entra en la posada)
TRUFFALDINO.— Ahora sí puedo afirmar que soy el servidor de dos patrones, los dos me pegaron. (Entra en la posada)


ACTO TERCERO

ESCENA I
Sala de la posada con muchas puertas. TRUFFALDINO, luego dos CAMAREROS.

TRUFFALDINO.— Con una buena sacudida arrojé lejos todo el dolor de los golpes; pero comí bien, almorcé bien y esta noche cenaré mejor y mientras pueda quiero servir a dos patrones, así sacaré dos sueldos. ¿Ahora qué tengo que hacer? El primer patrón está afuera y el segundo duerme. Justo ahora podría ventilar su ropa, sacarla de los baúles y asegurarme de que no necesitan nada. Tengo conmigo las llaves, esta sala es adecuada. Sacaré los baúles y los ordenaré. Necesito ayuda. (Llama) ¡Eh, Camarero!
CAMARERO.— (Entra acompañado por un ayudante) ¿Qué desea?
TRUFFALDINO.— Que me de una mano para sacar los baúles de esas habitaciones y ventilar la ropa.
CAMARERO.— (A su ayudante) Ve a ayudarle.
TRUFFALDINO.— Vamos y te daré con buena mano una parte del regalo que me dieron mis patrones. (Entra en una habitación con el ayudante)
CAMARERO.— Parece un buen servidor. Es rápido, pronto, atento; sin embargo debe tener algún defecto tam¬bién él. Yo serví una vez y sé cómo son estas cosas. Por amor no se hace nada. Lo hacen para pelar a su patrón o para ganarse su confianza.
TRUFFALDINO.— (Sale de la habitación con el ayu¬dante trayendo un baúl) Despacio; pongámoslo aquí. (Lo posan en el medio de la sala) Vamos a buscar el otro, pero con mucho cuidado, porque el patrón está durmiendo. (El y el ayudante entran en la habitación de Florindo)
CAMARERO.— O es muy educado o es muy astuto. Nunca vi a nadie servir de este modo a dos patrones. De ve¬ras quiero observarlo atentamente; no me gustaría que un día u otro, con el pretexto de servir a dos patrones, despo¬jara a los dos.
TRUFFALDINO.— (Sale de la otra habitación con el ayudante trayendo el otro baúl) Y éste pongámoslo aquí. (Lo ponen a poca distancia del otro. Al ayudante) Ahora si quieres puedes irte, no te necesito más.
CAMARERO.— (Al Ayudante) Vete a la cocina. (El Ayudante se va. A Truffaldino) ¿No necesita nada?
TRUFFALDINO.— Nada. Las tareas las realizo yo.
CAMARERO.— ¡Ah! Eres muy fuerte, si duras mu¬cho, merecerás mi estima. (Sale)
TRUFFALDINO.— Hay que hacerlo todo con prolijidad y tranquilidad. Espero que nadie me moleste. (Saca una lla¬ve del bolsillo) ¿De cuál es ésta llave? ¿Cuál de los dos baú¬les abre? Hay que probar. (Abre un baúl) Acerté en seguida. Soy el mejor del mundo. (Saca la otra llave y abre el se¬gundo baúl) Esta abrirá el otro. Están los dos abiertos. Voy a sacar todo afuera. (Saca los trajes de los dos baúles y los coloca sobre una mesita, observa que en cada baúl hay un traje negro, libros y hojas escritas, entre otras cosas) Vamos a ver si hay algo en los bolsillos; a veces uno encuentra con¬fites. (Inspecciona el traje negro de Beatriz y en un bolsillo encuentra un retrato) ¡Oh! ¡Qué hermoso retrato! ¡Que hermoso hombre! ¿De quién será este retrato? Me parece conocerlo, pero no lo recuerdo; se parece un poco a mi otro patrón; pero no, él no usa ni este traje, ni esta peluca.




ESCENA II
FLORINDO en su habitación y dicho.

FLORINDO.— (Llamando desde su habitación) Truffaldino.
TRUFFALDINO.— ¡Maldito! Se despertó. Si el diablo lo hace salir y ve este otro baúl, querrá saber... Lo cierro en seguida y le digo que no sé de quién es. (Guarda los tra¬jes)
FLORINDO.— (Sigue llamando) Truffaldino.
TRUFFALDINO.— (Contesta en voz alta) A la orden. (Para sí) Guardo las cosas y voy. ¡Bah! No recuerdo bien dónde va este vestido y dónde van estos papeles.
FLORINDO.— (Llamando) ¿Ven o voy yo y te traigo con el bastón?
TRUFFALDINO.— (En voz alta) Voy en seguida. (Para sí) Rápido, antes que venga. Apenas sale de la posada arre¬glaré todo bien. (Coloca la ropa en los dos baúles, al azar, y los cierra)
FLORINDO.— (Sale de su habitación en bata) ¿Qué dia¬blos estás haciendo?
TRUFFALDINO.— Señor ¿no me dijo de ventilar los trajes? Estaba aquí, cumpliendo sus órdenes.
FLORINDO.— ¿Y ese otro baúl de quién es?
TRUFFALDINO.— No lo sé, tal vez de algún otro foras¬tero.
FLORINDO.— Dame el traje negro.
TRUFFALDINO.— En seguida. (Abre el baúl de Florindo y le da su traje negro. Florindo se hace quitar la bata y se pone el traje, luego pone las manos en los bolsillos y en¬cuentra el retrato)
FLORINDO.— (Asombrado) ¿Y esto qué es?
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Diablos! Me equivoqué. Lo puse en ese traje, no en el otro. El color me engañó.
FLORINDO.— ¡Oh cielo! No me equivoco. Es mi retrato, el mismo que le regalé a mi querida Beatriz. (A Truffaldino) Dime ¿cómo entró en mi bolsillo este retrato que antes no estaba?
TRUFFALDINO.— ¿Cómo salir de ésta? ¿Habrá un ca¬mino?
FLORINDO.— ¡Vamos, habla! Contéstame. ¿Cómo lle¬gó este retrato a mi bolsillo?
TRUFFALDINO.— Querido señor, perdóneme la liber¬tad que me tomé. Ese retrato me pertenece, para no perder¬lo lo puse ahí. Por amor del cielo, discúlpeme.
FLORINDO.— ¿Cómo lo tuviste?
TRUFFALDINO.— Lo heredé de mi patrón.
FLORINDO.— ¿Lo heredaste?
TRUFFALDINO.— Sí señor. Serví un patrón que murió y me dejó unas chucherías que vendí. Me quedó ese retrato
FLORINDO.— ¡Ay de mí! ¿Cuánto hace que murió ese patrón tuyo?
TRUFFALDINO.— Una semana más o menos. (Para sí) Hay que decir lo primero que se me ocurra.
FLORINDO.— ¿Cómo se llamaba tu patrón?
TRUFFALDINO.— No sé, señor. Viajaba de incógnito.
FLORINDO.— ¿De incógnito? ¿Cuánto tiempo estuvis¬te a su servicio?
TRUFFALDINO.— Muy poco, diez o doce días.
FLORINDO.— (Para si) ¡Oh cielo! Temo que se trate de Beatriz. Huyó vestida de hombre... ¡Qué gran desdicha, si es cierto!
TRUFFALDINO.— (Para sí) Se lo cree todo. Le contaré lo que quiera.
FLORINDO.— (Ansioso) Dime, ¿era joven tu patrón?
TRUFFALDINO.— Sí señor, joven.
FLORINDO.— ¿Sin barba?
TRUFFALDINO.— Sin barba.
FLORINDO.— (Para sí, suspirando) Se trata de ella, no hay dudas.
TRUFFALDINO.— (Para sí) Espero que esta vez no me pegue.
FLORINDO.— ¿Por lo menos sabes de dónde era tu di¬funto patrón?
TRUFFALDINO.— Lo sabía, pero no lo recuerdo.
FLORINDO.— ¿Era turinés acaso?
TRUFFALDINO.— Sí señor, turinés.
FLORINDO.— (Para sí) Cada una de las palabras es una puñalada para mi corazón. (A Truffaldino) Pero dime, ¿mu¬rió realmente ese joven turinés?
TRUFFALDINO.— Murió con toda seguridad.
FLORINDO.— ¿De qué murió?
TRUFFALDINO.— Tuvo un accidente y se fue. (Para si) A ver si me zafo.
FLORINDO.— ¿Dónde lo sepultaron?
TRUFFALDINO.— (Para sí) Un embrollo más. (A Florindo) No fue sepultado, señor. Otro servidor, que era su compatriota, obtuvo el permiso de ponerlo en un ataúd y mandarlo de vuelta a su ciudad.
FLORINDO.— ¿Ese servidor, tal vez, es el mismo que esta mañana te pidió retirar aquella carta del Correo?
TRUFFALDINO.— El mismo, señor. Pascual.
FLORINDO.— (Para sí) No quedan esperanzas. Beatriz está muerta. ¡Pobre Beatriz! Las molestias del viaje y las pe¬nas del corazón la mataron. ¡Ay de mí! No soporto tanto dolor. (Entra en su habitación)


ESCENA III
TRUFFALDINO, luego BEATRIZ y PANTALÓN

TRUFFALDINO.— ¿Quién entiende esto? Se apena, llora, se desespera. No quisiera que esté hipocondríaco por mi fábula. Lo hice para evitar que me aporrease y que des¬cubriese el embrollo de los dos baúles. Aquel retrato le removió las lombrices. Debe conocerlo. Bueno, es mejor que lleve estos baúles en las habitaciones y que me libere de otro lío igual a éste. Aquí llega el otro patrón. Esta vez separan a la servidumbre y me agradecen los servicios pres¬tados. (Hace alusión a los golpes que ha recibido)
BEATRIZ.— Créame, señor Pantalón, la última remesa de espejos y cera fue duplicada.
PANTALÓN.— Es posible que los muchachos se Hayan equivocado. Haré revisar las cuentas otra vez por el conta¬dor y encontraremos la verdad.
BEATRIZ.— Yo hice un extracto de diferentes partidas, de nuestros libros. Los vamos a comparar. Así lo aclarare¬mos. ¿Truffaldino?
TRUFFALDINO.— Señor.
BEATRIZ.— Tienes las llaves de mi baúl.
TRUFFALDINO.— Sí señor, aquí están.
BEATRIZ.— ¿Por qué sacaste afuera mi baúl?
TRUFFALDINO.— Para ventilar la ropa.
BEATRIZ.— ¿Lo hiciste ya?
TRUFFALDINO.— Lo hice.
BEATRIZ.— Abre y dámelas... ¿Ese otro baúl de quién es?
TRUFFALDINO.— Es de un forastero que acaba de lle¬gar.
BEATRIZ.— En el baúl hay un libro de notas, dámelo.
TRUFFALDINO.— (Para sí) Que Dios me ayude. (Abre y busca).
PANTALÓN.— Como le dije es posible que me haya equivocado yo y si es así: errar es humano.
BEATRIZ.— También es posible que el error sea mío. Lo verificaremos.
TRUFFALDINO.— ¿Es éste? (Presenta a Beatriz un cuaderno de notas)
BEATRIZ.— Debe ser. (Lo toma sin observarlo y lo abre) No, no es éste. ¿De quién es este libro?
TRUFFALDINO.— (Para sí) La hice gorda.
BEATRIZ.— (Id.) Aquí hay dos cartas que escribí a Florindo. ¡Ay de mí! Estas notas son cuentas suyas. Yo sudo, tiemblo, ya no sé en qué mundo vivo.
PANTALÓN.— ¿Qué sucede señor Federico? ¿Se siente bien?
BEATRIZ.— No es nada. (A Truffaldino en voz baja ) Truffaldino, ¿cómo es que en mi baúl está este libro que no me pertenece?
TRUFFALDINO.— No lo sé.
BEATRIZ.— Pronto, no te confundas, dime la verdad.
TRUFFALDINO.— Le pido perdón por haber puesto en su baúl ese libro. Es mío y lo puse ahí para no perderlo. (Para sí) Me fue bien con el otro, tal vez me vaya bien otra vez.
BEATRIZ.— ¿Este libro es tuyo, no lo reconoces y me lo das en lugar del mío?
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Oh, éste es más agudo! (A Beatriz) Le confieso que hace poco que lo tengo y todavía no lo reconozco en seguida.
BEATRIZ.— ¿Y cómo tuviste este libro?
TRUFFALDINO.— Lo heredé de un patrón, aquí en Venecia, que murió.
BEATRIZ.— ¿Cuánto hace?
TRUFFALDINO.— ¡Qué sé yo! Diez o doce días.
BEATRIZ.— ¿Cómo es posible si yo te encontré en Verona?
TRUFFALDINO.— Acababa de llegar de Venecia, por la muerte de mi patrón.
BEATRIZ.— (Para sí) ¡Ay de mí! (A Truffaldino) ¿Se llamaba Florindo, tu patrón?
TRUFFALDINO.— Sí señor, Florindo.
BEATRIZ.— ¿Se apellidaba Aretusi?
TRUFFALDINO.— Exactamente, Aretusi.
BEATRIZ - ¿Es seguro que murió?
TRUFFALDINO.— Segurísimo.
BEATRIZ.— ¿De qué murió? ¿Dónde lo enterraron?
TRUFFALDINO.— Se cayó en un canal, se ahogó y na¬die lo vio más.
BEATRIZ.— ¡Qué desdichada soy! Florindo está muer¬to; está muerto mi bien, mi única esperanza. ¿Para qué me sirve esta vida inútil, si está muerto aquél para el cual vivía? ¡Oh vanas lisonjas! ¡Oh cuidados arrojados al viento! ¡In¬felices engaños de amor! Abandono mi patria, abandono mis parientes, me visto de hombre, enfrento peligros, arriesgo la vida, todo por Florindo y Florindo está muerto. ¡Desdi¬chada Beatriz! No bastaba la pérdida de un hermano, ahora la del prometido. El cielo quiso que a la muerte de Federico le siguiese la de Florindo. Pero si yo soy la causa de la muer¬te de ellos, si soy la culpable, ¿por qué el cielo no se venga conmigo? Es inútil el llanto, son vanas las lamentaciones. Florindo está muerto. ¡Ay de mí! El dolor me vence. No veo más la luz. ídolo mío, querido prometido, te seguiré desesperada. (Nerviosa, entra en su habitación)
PANTALÓN.— (Escuchó con asombro el discurso y la desesperación de Beatriz) ¡Truffaldino!
TRUFFALDINO.— Señor Pantalón.
PANTALÓN.— ¡Mujer!
TRUFFALDINO.— ¡Hembra!
PANTALÓN.— ¡Oh qué caso!
TRUFFALDINO.— ¡Oh qué maravilla!
PANTALÓN.— Estoy confundido.
TRUFFALDINO.— Estoy encantado.
PANTALÓN.— ¿Ahora qué le digo a mi hija?
TRUFFALDINO.— Ya no soy servidor de dos patrones, sino de un patrón y una patrona. (Sale)


ESCENA IV
Calle con la posada. El DOCTOR, luego PANTALÓN desde la posada.

DOCTOR.— No puedo resignarme. ¡Ese vejazo de Pan¬talón! Más lo pienso y más me sube la bilis a la boca.
PANTALÓN.— (Con alegría) Doctor querido, mis res¬petos.
DOCTOR.— Me asombra que usted aún se atreva a salu¬darme.
PANTALÓN.— Quiero comunicarle una novedad. Sepa que...
DOCTOR.— ¿Quiere decirme que ya se realizaron las bodas? No me importa un comino.
PANTALÓN.— No es así. Déjeme hablar. ¡Qué le parta un rayo!
DOCTOR.— Hable y que le carcoma un cáncer.
PANTALÓN.— (Para mi) Casi casi lo doctoro a puñeta¬zos. (A Pantalón) Si quiere, mi hija será la esposa de su hijo.
DOCTOR.— Muchas gracias, no se moleste. Mi hijo no tiene tan buen estómago. Désela al señor de Turín.
PANTALÓN.— Si supiera quién es el señor turinés, no diría eso.
DOCTOR.— Sea quién sea, su hija ha sido vista con él, et hoc sufficit.
PANTALÓN.— Pero él no es...
DOCTOR.— No quiero oír más.
PANTALÓN.— Si no me escucha, será peor para usted.
DOCTOR.— Veremos para quién será peor.
PANTALÓN.— Mi hija es una muchacha honrada y ésa...
DOCTOR.— ¡Váyase al diablo!
PANTALÓN.— ¡Que se lo lleve a usted!
DOCTOR.— ¡Viejo sin palabra y sin honor! (Sale)


ESCENA V
PANTALÓN, luego SILVIO.

PANTALÓN.— ¡Maldito! Ese es una bestia vestida de hombre. No me dejó decirle que aquélla es una mujer. No señor, no me dejó hablar. Y aquí llega ese atrevido de su hijo. Me tocará oír alguna otra insolencia.
SILVIO.— (Para sí) Ahí está Pantalón: Tengo ganas de meterle la espada en el pecho.
PANTALÓN.— Señor Silvio, si me lo permite, quiero darle una buena noticia; si me permite hablar y si no se com¬porta como esa muela de molino de su señor padre.
SILVIO.— ¿Qué tiene que decirme? Hable.
PANTALÓN.— Sepa que la boda de mi hija con el señor Federico no se hará.
SILVIO.— ¿Es cierto? ¿No me engaña?
PANTALÓN.— Le digo la verdad y si usted sigue dis¬puesto, mi hija es pronta a concederle su mano.
SILVIO.— ¡Oh Dios! Usted me hace resucitar.
PANTALÓN.— (Para sí) Después de todo no es tan bestia como parece.
SILVIO.— ¡Pero! ¡Oh cielo! ¿Cómo podré abrazar a quien estuvo conversando largamente con otro pretendiente?
PANTALÓN.— Abreviemos. Federico Rasponi es Bea¬triz, su hermana.
SILVIO.— ¿Cómo? No le entiendo.
PANTALÓN.— Es usted duro de molleras. Federico no es Federico. Se ha descubierto que es Beatriz.
SILVIO.— ¿Vestida de hombre?
PANTALÓN.— Vestida de hombre.
SILVIO.— Ahora entiendo.
PANTALÓN.— ¡Por fin!
SILVIO.— ¿Qué sucedió? Cuénteme.
PANTALÓN.— Vamos a mi casa. Mi hija no sabe nada todavía. Así tendré que contarlo una sola vez.
SILVIO.— Le sigo y le pido perdón si me dejé arrastrar por la pasión.
PANTALÓN.— Olvídelo, le comprendo. Son efectos del amor. Vamos, hijo mío, venga conmigo. (Sale)
SILVIO.— ¿Quién es más feliz que yo? ¿Qué corazón es más contento que el mío? (Sale)


ESCENA VI
Sala de la posada, con muchas puertas. BEATRIZ y FLORINDO salen de sus habitaciones, cada uno de ellos con un arma blanca en la mano, en actitud de quererse suicidar; la primera detenida por BRIGHELLA, el segundo por un CAMARERO. Se adelantan sin verse el uno al otro.

BRIGHELLA.— (Tomando a Beatriz por una mano) ¡Deténgase!
BEATRIZ.— (Haciendo esfuerzos para liberarse de Brighella) Déjeme, por favor.
CAMARERO.— (A Florindo, deteniéndolo) No se de¬sespere tanto.
FLORINDO.— (Soltándose del Camarero) ¡Váyase al diablo!
BEATRIZ.— (Alejándose de Brighella) No podrá impe¬dírmelo.
(Los dos avanzan, determinados a suicidarse. Se ven, se reconocen y se quedan asombradísimos)
FLORINDO.— ¡Qué veo!
BEATRIZ.— ¡Florindo!
FLORINDO.— ¡Beatriz!
BEATRIZ.— ¿Está vivo?
FLORINDO.— ¿Tú también?
BEATRIZ.— ¡Oh suerte!
FLORINDO.— ¡Oh alma mía! (Dejan caer las armas y se abrazan)
BRIGHELLA.— (Al Camarero, en broma) Recoge la san¬gre, antes que se eche a perder. (Sale)
CAMARERO.— (Para sí) Por lo menos gano esos dos cuchillos. No se los devuelvo más. (Recoge los cuchillos del suelo y sale)

ESCENA VII
BEATRIZ, FLORINDO y luego BRIGHELLA

FLORINDO.— ¿Qué la llevó a tanta desesperación?
BEATRIZ.— La falsa noticia de su muerte.
FLORINDO.— ¿Quién le hizo creer eso?
BEATRIZ.— Mi servidor.
FLORINDO.— También el mío me hizo creer que usted estaba muerta y, arrastrado por el dolor, quería quitarme la vida.
BEATRIZ.— Por este libro le creí.
FLORINDO.— Este libro estaba en mi baúl; ¿cómo lle¬gó a sus manos? ¡Ah, sí! Habrá llegado al igual que mi re¬trato al bolsillo de mi traje; he aquí el retrato que le di en Turín.
BEATRIZ.— Esos canallas de nuestros servidores, sabe el cielo lo que hicieron. Ellos fueron la causa de nuestro do¬lor y de nuestra desesperación.
FLORINDO.— El me contó muchas fábulas sobre usted.
BEATRIZ.— Yo también tuve que oír muchas fábulas sobre usted.
FLORINDO.— ¿Y dónde están ellos?
BEATRIZ.— Parece que desaparecieron.
FLORINDO.— Busquémoslos para carearlos y saber la verdad. (Llama) ¿Quién está allí? ¿No hay nadie?
BRIGHELLA.— Mande.
FLORINDO.— ¿Dónde están nuestros servidores?
BRIGHELLA.— No lo sé señor, pero se puede mandar buscarlos.
FLORINDO.— Hágalo y que vengan aquí.
BRIGHELLA.— Conozco sólo a uno; hablaré con los camareros, ellos conocerán a los dos. Me alegro con ustedes por haber tenido tan dulce muerte; y si quieren hacerse en¬terrar, vayan a otro lugar, aquí no está bien. Siervo suyo. (Sale)


ESCENA VII
FLORINDO y BEATRIZ.

FLORINDO.— ¿También se aloja en esta posada?
BEATRIZ.— Llegué esta mañana.
FLORINDO.— Yo también. ¿Y no nos hemos encon¬trado?
BEATRIZ.— El azar quiso atormentarnos.
FLORINDO.— Dígame, ¿su hermano Federico falleció?
BEATRIZ.— ¿Lo duda? Murió de inmediato.
FLORINDO.— Sin embargo me hicieron creer que esta¬ba vivo y en Venecia.
BEATRIZ.— Todos los que creyeron que yo era Federi¬co, cayeron en ese error. Abandoné Turín vestida de hom¬bre y con este nombre para buscar...
FLORINDO.— Lo sé, para buscarme, querida. Una car¬ta, que le escribió su servidor de Turín, me lo confirmó.
BEATRIZ.— ¿Cómo llegó esa carta a sus manos?
FLORINDO.— Un servidor, creo el suyo, le pidió al mío que la retirase del Correo. La vi, y estando dirigida a usted, la abrí.
BEATRIZ.— Justa curiosidad en quien ama.
FLORINDO.— ¿Qué se dirá en Turín de su partida?
BEATRIZ.— Si volveré a Turín como esposa suya, se acabarán las murmuraciones.
FLORINDO.— ¿Cómo puedo regresar tan pronto, si se me acusa de la muerte de Federico?
BEATRIZ.— Pagaremos la fianza con el dinero que lle¬varé de Venecia.
FLORINDO.— ¡Pero estos servidores no aparecen!
BEATRIZ.— ¿Quién pudo inducirlos a provocarnos tan¬to dolor?
FLORINDO.— Para averiguarlo nos conviene no tener rigor con ellos. Habrá que tratarlos con las buenas.
BEATRIZ.— Haré un esfuerzo para simular.
FLORINDO.— (Viendo llegar a Truffaldino) Ya llega uno.
BEATRIZ.— Parece ser el más canalla.
FLORINDO.— Creo que tiene razón.


ESCENA VII
TRUFFALDINO, conducido a la fuerza por BRIGHELLA y el CAMARERO; y dichos.

FLORINDO.— Ven adelante. No tengas miedo.
BEATRIZ.— No queremos hacerte daño.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¿Sí? Aún no olvidé los bas¬tonazos.
BRIGHELLA.— Encontramos uno; apenas encontremos al otro lo mandaremos aquí.
FLORINDO.— Sí, necesito a los dos juntos.
BRIGHELLA.— (En voz baja al Camarero) ¿Conoces al otro?
CAMARERO.— (Id. a Brighella) Yo no.
BRIGHELLA.— (Id. al Camarero) Preguntaremos en la cocina. Alguien debe conocerlo. (Sale)
CAMARERO.— (Para si) Si existiese, debería conocerlo también yo. (Sale)
FLORINDO.— Bien. Dinos cómo sucedió el cambio del retrato y del libro y por qué tú y el otro
se pusieron de acuerdo para hacernos desesperar.
TRUFFALD1NO.— (Les hace señal a los dos de calmar¬se) ¡Chito! (A Florindo en voz baja, alejándolo de Beatriz) ¿Me permite una palabra a solas? (A Beatriz, mientras se aparta para hablar con Florindo) En seguida se lo cuento todo. (A Florindo) Sepa, señor, que de todo esto no tengo la culpa. El culpable es Pascual, el servidor de esa señora (cautelosamente señala a Beatriz) Fue él quien confundió las cartas y que puso en un baúl lo que iba en el otro, sin que yo me diese cuenta. El pobre hombre me ha recomen¬dado que no lo descubra para que su patrón no lo eche. Yo tengo buen corazón, me haría matar por mis amigos y tuve que inventar muchas cosas para remediar el embrollo. ¿Có¬mo podía creer que aquel retrato era suyo y que le apenaría tanto la muerte de su dueño? Esta es la verdad, palabra de hombre sincero y de fiel servidor.
BEATRIZ.— (Para si) Qué largo discurso es ése. Quisiera saber qué misterio ocultan.
FLORINDO.— (En voz baja a Truffaldino) ¿Entonces el que te mandó retirar la carta del Correo fue el servidor de la señorita Beatriz?
TRUFFALDINO.— Sí señor, fue Pascual.
FLORINDO.— (En voz baja a Truffaldino) ¿Por qué me ocultaste algo por el cual él te había buscado con tanto in¬terés?
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) Me pidió guardar el secreto.
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) ¿Quién?
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) Pascual.
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) ¿Por que no me obe¬deciste a mí, a tu patrón?
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) Porque quiero a Pascual.
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) Debería apalearlos a los dos al mismo tiempo.
TRUFFALDINO.— (Para sí) En este caso me tocaría doble ración: la mía y la de Pascual.
BEATRIZ.— ¿Cuándo se acaba ese examen?
FLORINDO.— Me estuvo diciendo...
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Florindo) Por amor de Dios, señor patrón, no descubra a Pascual; antes dígale que fui yo. Pégueme a mí, si quiere, pero no arruine a Pas¬cual.
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) ¿Tanto lo quieres a Pascual?
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) Lo quiero como si fuese mi hermano. Ahora quiero acercarme a la señorita. Voy a decirle que fui yo, que me equivoqué, que me grite, que me maltrate, todo con tal de salvar a Pascual. (Se aparta de Florindo)
FLORINDO.— (Para sí) Este hombre tiene buenos sen¬timientos.
TRUFFALDINO.— (Acercándose a Beatriz) Estoy aquí con usted.
BEATRIZ.— (En voz bajá a Truffaldino) ¡Qué largo discurso tuviste con el señor Florindo!
TRUFFALDINO.— (Id. a Beatriz) Sepa que ese señor tiene un servidor de nombre Pascual, que es el más tonto del mundo. Fue él quien hizo ese zafarrancho con los baú¬les y como el pobre hombre tiene miedo que lo despidan, yo encontré la excusa del libro, del patrón muerto, ahogado, etc... También ahora le dije al señor Florindo que la culpa es mía.
BEATRIZ.— (Id. a Truffaldino) ¿Por qué cargas con una culpa que, según afirmas, no tienes?
TRUFFALDINO.— (Id. a Beatriz") Porque quiero a Pas¬cual.
FLORINDO.— (Para sí) Este asunto se alarga mucho.
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Beatriz) Estimada señorita, por favor, no lo perjudique.
BEATRIZ.— (Id. a Truffaldino) ¿A quién?
TRUFFALDINO.— (Id. a Beatriz) A Pascual.
BEATRIZ.— (Id. a Truffaldino) Tú y Pascual son dos canallas.
TRUFFALDINO.— (Para sí) Solamente yo lo soy.
FLORINDO.— Beatriz, basta de indagar, nuestro servi¬dores no actuaron con malicia. Sólo merecen ser corregidos y en aras de nuestra felicidad podemos perdonarles.
BEATRIZ.— Es cierto, pero su servidor...
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Beatriz) Por el amor de Dios, no mencione a Pascual.
BEATRIZ.— (A Florindo) Muy bien; debo ir a ver al señor Pantalón dei Bisognosi, ¿quiere acompañarme?
FLORINDO.— Lo haría con gusto, pero espero a un banquero en mi habitación. Si tiene prisa vaya, yo la alcan¬zaré más tarde.
BEATRIZ.— Debo ir en seguida. Le espero en casa del señor Pantalón; no me iré de ahí hasta que usted no llegue.
FLORINDO.— Yo no sé dónde él vive.
TRUFFALDINO.— Lo sé yo, señor. Lo acompañaré. .BEATRIZ.— Voy a vestirme.
TRUFFALDINO.— (En voz baja, a Beatriz) Vaya que en seguida estoy a sus órdenes.
BEATRIZ.— Querido Florindo, cuántas penas he pro¬bado por Usted. (Entra en su habitación)



ESCENA X
FLORINDO y TRUFFALDINO.

FLORINDO.— (A Beatriz, antes que ella salga) Las mías no son menores.
TRUFFALDINO.— Señor patrón, Pascual no está, la señorita Beatriz no tiene a nadie que la ayude a vestirse, ¿me permite ir a servirla, en lugar de Pascual?
FLORINDO.— Si, ve y sé cortés. Me da gusto que le ayudes.
TRUFFALDINO.— (Para si) Por invención, prontitud y cábalas desafío al mejor ayudante de cámara. (Entra en la habitación de Beatriz)


ESCENA XI
FLORINDO, luego BEATRIZ y TRUFFALDINO.

FLORINDO.— ¡Cuántas vicisitudes en una sola jornada! Llantos, lamentos, desesperación y al final, consuelo y alegría. Pasar del llanto a la risa es un dulce salto, que hace olvidar las penas; pero, cuando se pasa del placer al dolor, el cambio se siente más.
BEATRIZ.— Heme aquí lista.
FLORINDO.— ¿Cuándo dejará ese traje de hombre?
BEATRIZ.— ¿No me queda bien?
FLORINDO.— Estoy impaciente de verla con pollera y corsé. Su belleza no debe estar totalmente oculta...
BEATRIZ.— Le espero en casa de Pantalón; Truffaldino le acompañará.
FLORINDO.— Esperaré un poco más, si el banquero no viene, que regrese luego.
BEATRIZ.— No tarde mucho, será una prueba de amor (empieza el mutis).
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Beatriz) ¿Me manda servir al señor?
BEATRIZ.— (A Truffaldino) Sí, lo acompañarás a la ca¬sa del señor Pantalón.
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Beatriz) ¿Y lo ser¬viré porque no está Pascual?
BEATRIZ.— Sí, te lo agradeceré. (Para sí) Lo amo más que a mí misma. (Sale)


ESCENA XII
FLORINDO y TRUFFALDINO.

TRUFFALDINO.— Todavía no aparece. El patrón debe vestirse y él ha salido y aún no aparece.
FLORINDO.— ¿De quién hablas?
TRUFFALDINO.— De Pascual. Es amigo mío, lo quie¬ro, pero es un haragán. Yo, como servidor, valgo por dos.
FLORINDO.— Ayúdame a vestirme, mientras espero al banquero.
TRUFFALDINO.— Señor patrón, usted debe ir a la casa del señor Pantalón.. .
FLORINDO.— ¿Y bien?
TRUFFALDINO.— Quisiera pedirle una gracia.
FLORINDO.— Sí, la mereces por tu buen comporta¬miento, ¿no?
TRUFFALDINO.— Si algo anduvo mal, usted sabe que la culpa fue de Pascual.
FLORINDO.— ¿Pero dónde está ese maldito Pascual? ¡No se lo ve nunca!
TRUFFALDINO.— Vendrá, vendrá ese bribón. Señor patrón, quisiera pedirle esa gracia.
FLORINDO.— ¿Qué es lo que quieres?
TRUFFALDINO.— Yo también, pobrecito, estoy ena¬morado.
FLORINDO.— ¿Estás enamorado?
TRUFFALDINO.— Sí señor, estoy enamorado de la criada del señor Pantalón y quisiera que usted...
FLORINDO.— ¿Qué tengo que ver yo?
TRUFFALDINO.— No, no digo eso; pero siendo su ser¬vidor, usted puede decirle una palabra al señor Pantalón, en mi favor.
FLORINDO.— Hay que ver si la muchacha te quiere.
TRUFFALDINO.— La muchacha me quiere. Basta una palabra suya al señor Pantalón. Hágame este favor.
FLORINDO.— Bueno, te lo haré. ¿Pero cómo vas a man¬tener a una esposa?
TRUFFALDINO.— Haré todo lo que pueda. Le pediré ayuda a Pascual.
FLORINDO.— Pídasela a alguien que tenga más juicio (entra en su habitación).
TRUFFALDINO.— Si no tengo juicio esta vez, no lo tendré nunca más. (Entra en la habitación, detrás de Florindo).


ESCENA XIII
Habitación en casa de PANTALÓN. PANTALÓN, el DOCTOR, CLARICE, SILVIO, SMERALDINA.

PANTALÓN.— Vamos, Clarice, no seas tan obstinada. Silvio está arrepentido y te pide perdón. Si cometió alguna falta fue por amor. Yo le perdoné y también tú debes per¬donarle.
SILVIO.— Señorita Clarice, mida mi pena con la suya. El temor de perderla me puso furioso, pero esto debe darle la seguridad de que la amo. El cielo quiere nuestra felici¬dad, no sea ingrata con la benevolencia del cielo; no eche a perder el día más hermoso de nuestra vida con la idea de vengarse.
DOCTOR.— A los ruegos de mi hijo, añado los míos, se¬ñorita Clarice. Querida nuera, perdónele: el pobre estuvo por volverse loco.
SMERALDINA.— Vamos, patroncita, ¿qué quiere ha¬cer? Los hombres, un poco más un poco menos, son siem¬pre crueles con nosotros. Pretenden la absoluta fidelidad y a cada pequeña sospecha nos regañan, nos maltratan, nos quisieran muertas. Con uno o con otro tiene que casarse. Le diré como se dice a los enfermos: ya que debe tomar la medicina, tómela de una vez.
PANTALÓN.— ¿Oíste? Para Smeraldina el matrimonio es como una medicina, pero tú no lo transformes en un tó¬xico. (En voz baja al Doctor) Hay que hacerla sonreír.
DOCTOR.— No es ni veneno, ni medicamento, no. El matrimonio es una confitura, un julepe, un bombón.
SILVIO.— Pero, mi querida Clarice, ¿es posible que de sus labios no salga ni siquiera una palabra? Sé que merezco un castigo de parte suya; castígueme con sus palabras, pero no con su silencio. Estoy a sus pies, tenga compasión de mí. (Se arrodilla, a los pies de Clarice)
CLARICE.— (Suspirando) ¡Cruel!
PANTALÓN.— (Al Doctor) ¿Oyó ese suspiro? Buena señal.
DOCTOR.— (En voz baja a Silvio) No aflojes.
SMERALDINA.— (Para sí) El suspiro se parece al relám¬pago, anuncia la lluvia.
SILVIO.— Si creyese que quiere mi sangre, como ven¬ganza de mi supuesta crueldad, se la exhibiría con mucho gusto. Pero, ¡oh Dios!, a cambio de la sangre de mis venas, tome la que brota de mis ojos. (Llora)
PANTALÓN: - (Para sí) ¡Bravo!
CLARICE.— (Suspirando y con ternura) ¡Cruel!
DOCTOR.— (En voz baja a Pantalón) Está por ceder.
PANTALÓN.— (A Silvio, ayudándole a levantarse) Ani¬mo, levántese. (Tomándolo por la mano) Venga. (Toma la mano de Clarice) Venga aquí también usted. Animo, dense la mano, dense la mano otra vez; hagan las paces, no lloren más, acábenla y consuélense. Y que el cielo los bendiga (une las manos de ambos).
DOCTOR.— Ya está hecho.
SMERALDINA.— Hecho, hecho.
SILVIO.— (Teniendo la mano de Clarice) ¡Ah, señorita Clarice! ¡Por caridad!
CLARICE.— ¡Ingrato!
SILVIO.— ¡Querida!
CLARICE.— ¡Inhumano!
SILVIO.— ¡Alma mía!
CLARICE.— ¡Perro!
SILVIO.— ¡Entrañas mías!
CLARICE.— (Suspirando) ¡Ah!
PANTALÓN.— (Para sí) Esto marcha bien.
SILVIO.— Perdóneme, por el amor de Dios.
CLARICE.— (Suspirando) Sí, te perdono.
PANTALÓN.— (Para sí) Ya está.
DOCTOR..— Vamos Silvio, ya te perdonó.
SMERALDINA.— El enfermo está listo, pueden darle la medicina.


ESCENA XIV
BRIGHELLA y dichos.

BRIGHELLA.— Con permiso. ¿Puedo entrar?
PANTALÓN.— Adelante compadre. Adelante señor Brighella. Usted me hizo creer esas hermosas fábulas; usted me aseguró que ese señor era el señor Federico, ¿no?
BRIGHELLA.— ¿Quién no se habría engañado? Los dos hermanos se parecen como dos gotas de agua y con ese traje me habría jugado la cabeza que era él.
PANTALÓN.— Bueno, ya pasó. ¿Qué hay ahora de nue¬vo?
BRIGHELLA.— Está afuera la señorita Beatriz. Quiere saludarlo.
PANTALÓN.— Que entre nomás, ésta es su casa.
CLARICE.— Pobre señorita Beatriz, me alegra que esté contenta.
SILVIO.— ¿Le tiene compasión?
CLARICE.— Sí, mucha.
SILVIO.— ¿Y a mí? ¿A mí no me tiene compasión?
CLARICE.— ¡Ah, cruel!
PANTALÓN.— (Al Doctor) ¿Oyó esas palabras de amor?
DOCTOR.— (A Pantalón) Mi hijo tiene ciertos modales...
PANTALÓN.— (Al Doctor) Mi hija, pobrecita, tiene mucho corazón.
SMERALDINA.— (Para sí) Los dos se saben muy bien el papel.



ESCENA XV
BEATRIZ y dichos.

BEATRIZ.— Señores, estoy aquí para pedirles perdón y si por mi culpa tienen algún problema...
CLARICE.— No amiga mía, venga aquí. (La abraza)
SILVIO.— (Mostrándose disgustado por el abrazo) ¡Eh!
CLARICE.— (A Silvio) ¡Cómo! ¿Ni siquiera a una mu¬jer puedo abrazar?
SILVIO.— (Para si) Ese traje de hombre aún me causa cierta impresión.
PANTALÓN.— Señorita Beatriz, por ser mujer y toda¬vía joven, tiene mucho coraje.
DOCTOR.— (A Beatriz) Es usted demasiado desenvuelta.
BEATRIZ.— El amor nos hace hacer grandes cosas.
PANTALÓN.— ¿Ya encontró, no es cierto, a su prome¬tido? Me lo contaron todo.
BEATRIZ.— Sí, el cielo me concedió esta dicha.
DOCTOR.— (A Beatriz) Pero, no con buena reputación.
BEATRIZ.— (Al Doctor) Señor, usted no tiene porqué inmiscuirse en mi vida.
SILVIO.— Querido padre, deje que cada uno elija su vi¬da; no busque pleitos. Ahora que estoy feliz, quisiera que todos lo fuesen. ¿Hay más bodas? ¡Que se hagan!
SMERALDINA.— (A Silvio) Señor, la mía.
SILVIO.— ¿Con quién?
SMERALDINA.— Con el primero que llegue.
SILVIO.— Encuéntralo y yo me encargo de todo.
CLARICE.— ¿Usted? ¿De qué?
SILVIO.— De un poco de dote.
CLARICE.— No es necesario.
SMERALDINA.— (Para sí) Tiene miedo de que alguien se lo coma. Le tomó el gusto.


ESCENA XVI
TRUFFALDINO y dichos.

TRUFFALDINO.— Saludo a todos.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Y el señor Florindo? ¿Dónde está?
TRUFFALDINO.— Está afuera y pide permiso para en¬trar.
SILVIO.— (Para si) Ese traje de hombre aún me causa cierta impresión.
PANTALÓN.— Señorita Beatriz, por ser mujer y toda¬vía joven, tiene mucho coraje.
DOCTOR.— (A Beatriz) Es usted demasiado desenvuelta.
BEATRIZ.— El amor nos hace hacer grandes cosas.
PANTALÓN.— ¿Ya encontró, no es cierto, a su prome¬tido? Me lo contaron todo.
BEATRIZ.— Sí, el cielo me concedió esta dicha.
DOCTOR.— (A Beatriz) Pero, no con buena reputación.
BEATRIZ.— (Al Doctor) Señor, usted no tiene porqué inmiscuirse en mi vida.
SILVIO.— Querido padre, deje que cada uno elija su vi¬da; no busque pleitos. Ahora que estoy feliz, quisiera que todos lo fuesen. ¿Hay más bodas? ¡Que se hagan!
SMERALDINA.— (A Silvio) Señor, la mía.
SILVIO.— ¿Con quién?
SMERALDINA.— Con el primero que llegue.
SILVIO.— Encuéntralo y yo me encargo de todo.
CLARICE.— ¿Usted? ¿De qué?
SILVIO.— De un poco de dote.
CLARICE.— No es necesario.
SMERALDINA.— (Para sí) Tiene miedo de que alguien se lo coma. Le tomó el gusto.


ESCENA XVI
TRUFFALDINO y dichos.

TRUFFALDINO.— Saludo a todos.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Y el señor Florindo? ¿Dónde está?
TRUFFALDINO.— Está afuera y pide permiso para en¬trar.
BEATRIZ.— Señor Pantalón, ¿quiere usted conceder su permiso?
PANTALÓN.— (A Beatriz} ¿Es su prometido?
BEATRIZ.— Sí señor, es mi prometido.
PANTALÓN.— Que pase entonces.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) Hazlo pasar.
TRUFFALDINO.— (A Smeraldina) Muchacha, mis sa¬ludos.
SMERALDINA.— (En voz baja a Truffaldino) Y los míos, morocho.
TRUFFALDINO.— (En voz baja a Smeraldina) Ya ha¬blaremos.
SMERALDINA.— (Id. a Truffaldino) ¿Sobre qué?
TRUFFALDINO.— (Id. a Smeraldina y haciendo mues¬tra de darle un anillo) Si quiere...
SMERALDINA.— (Id. a Truffaldino) ¿Y por qué no?
TRUFFALDINO.— (Id. a Smeraldina) Ya hablaremos. (Sale)
SMERALDINA.— (A dancé) Patroncita, con el permiso de estos señores, quisiera pedirle una gracia.
CLARICE.— (Retirándose un poco para escucharla) ¿Qué deseas?
SMERALDINA.— (En voz baja a Clarice) Yo también soy una pobre muchacha que busca asegurarse el futuro. El servidor de la señorita Beatriz me quiere; si usted le habla a su patrona para que le dé el permiso; sería para mí una gran suerte.
CLARICE.— (Id. a Smeraldina) Sí querida Smeraldina, lo haré con gusto. Apenas pueda hablar a solas con Beatriz se lo diré. (Regresa al lugar de antes)
PANTALÓN.— (A Clarice) ¿Qué secretos son esos?
CLARICE.— Nada padre, me dijo algo.
SILVIO.— (A Clarice en voz baja) ¿Tampoco yo puedo saberlo?
CLARICE.— ¡Qué curiosidad! Y luego dicen que las mujeres somos curiosas.

ESCENA ULTIMA
FLORINDO, TRUFFALDINO y dichos.

FLORINDO.— Servidor de ustedes, señores. (Todos res¬ponden al saludo. A Pantalón) ¿Es usted el dueño de casa?
PANTALÓN.— Para servirle.
FLORINDO.— Concédame el honor de declararme su siervo en nombre de la señorita Beatriz, cuyas vicisitudes y las mías usted conoce.
PANTALÓN.— Mucho gusto en conocerle y saludarle. Me alegro de corazón por el desenlace de sus vicisitudes.
FLORINDO.— La señorita Beatriz será mi esposa y, si usted acepta honrarnos, deseamos que sea el padrino de nuestra boda.
PANTALÓN.— Que se haga en seguida lo que debe ha¬cerse: dense la mano.
FLORINDO.— Yo estoy listo, señorita Beatriz.
BEATRIZ.— Tome mi mano, señor Florindo.
SMERALDINA.— (Para sí) No se lo hacen decir dos veces.
PANTALÓN.— (A Beatriz) Después cerraremos las cuen¬tas. Arregle ahora ésta, luego arreglaremos las nuestras.
CLARICE.— (A Beatriz) Amiga mía, me da mucha ale¬gría.
BEATRIZ.— (A Clarice) A mí también, por usted.
SILVIO.— (A Florindo) Señor, ¿me reconoce?
FLORINDO.— Sí, claro. Usted quería desafiar a duelo a alguien.
SILVIO.— Y lo hice y pasé vergüenza. (Señalando a Bea¬triz) He ahí quien me desarmó y casi me mata.
BEATRIZ.— (A Silvio) Diga también quién le donó la vida.
SILVIO.— Es cierto.
CLARICE.— Fue mi intervención.
SILVIO.— Es verdad.
PANTALÓN.— Todo está bien, todo acabó.
TRUFFALDINO.— Señores, aún falta lo mejor.
PANTALÓN.— ¿Qué falta?
TRUFFALDINO.— (A Florindo, llevándolo aparté) Con permiso. Una palabra, señor.
FLORINDO.— (En voz baja a Truffaldino) ¿Qué quie¬res?
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) ¿Olvidó la pro¬mesa?
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) ¿Qué era? No recuer¬do nada.
TRUFFALDINO.— (Id. a Florindo) Debe pedir la mano de Smeraldina al señor Pantalón, para mí.
FLORINDO.— (Id. a Truffaldino) ¡Ah, sí! Ahora me acuerdo. Lo haré en seguida.
TRUFFALDINO.— (Para sí) También yo, pobrecito, quiero estar en regla.
FLORINDO.— Señor Pantalón, aunque lo acabe de co¬nocer, quiero pedirle una gracia.
PANTALÓN.— Mande nomás; si depende de mí.
FLORINDO.— Mi servidor desea casarse con su camare¬ra. ¿Tiene usted alguna dificultad?
SMERALDINA.— (Para si) ¡Oh! Hay otro que me quie¬re. ¿Quién diablos puede ser? Si por lo menos lo conocie¬se...
PANTALÓN.— Yo no tengo inconvenientes, pero ¿tú qué dices muchacha?
SMERALDINA.— Si estuviese segura que estaré bien...
PANTALÓN.— (A Florindo) ¿Su servidor, es un hom¬bre de medios?
FLORINDO.— Hace poco que lo tengo, es de confianza y parece muy habilidoso.
CLARICE.— Señor Florindo, usted se me adelantó sin quererlo. Yo debía proponer la boda de mi camarera con el servidor de la señorita Beatriz. Usted la pidió primero, no hace falta más nada.
FLORINDO.— No no; si usted hizo una promesa, yo me retiro y la dejo en completa libertad.
CLARICE.— Señor, no puedo permitirlo. Además no me he empeñado absolutamente. Lleve adelante su propó¬sito.
FLORINDO.— Es usted muy atenta; sin embargo, señor Pantalón, considere mi pedido como no formulado. No ha¬blaré más en favor de mi servidor; más aún le niego el per¬miso de casarse.
CLARICE.— Si no se casa con el suyo, tampoco se ca¬sará con el otro; así seremos justos.
TRUFFALDINO.— (Para sí) ¡Pero qué lindo! Ellos se hacen los cumplidos y yo me quedo sin mujer.
SMERALDINA.— (Para sí) Me parece que de los dos no tendré ninguno.
PANTALÓN.— Vamos, señores; hay que ser compren¬sivos: esta pobra muchacha tiene ganas de casarse; démosle el uno o el otro.
FLORINDO.— No el mío. No quiero contrariar a la se¬ñorita Clarice.
CLARICE.— Tampoco yo quiero contrariar al señor Flo¬rindo.
TRUFFALDINO.— Señores, yo arreglo el asunto. Señor Florindo, ¿no ha pedido la mano de Smeraldina para su servidor?
FLORINDO.— Sí, tú mismo lo oíste.
TRUFFALDINO.— Y usted, señorita Clarice, ¿no des¬tinó Smeraldina al servidor de la señorita Beatriz?
CLARICE.— Sí, así es.
TRUFFALDINO. Entonces, Smeraldina déme la mano.
PANTALÓN.— (A Truffaldino) ¿Qué quieres hacer? ¿Por qué?
TRUFFALDINO.— Porque yo soy el servidor del señor Florindo y de la señorita Beatriz.
FLORINDO.— ¿Cómo?
BEATRIZ.— ¿Qué estás diciendo?
TRUFFALDINO.— Un poco de calma, señor Florindo. ¿Quién le solicitó pedir la mano de Smeraldina al Señor Pantalón?
FLORINDO.— Tú lo hiciste.
TRUFFALDINO.— Y usted señorita Clarice, ¿con quién creía que debía casarse Smeraldina?
CLARICE.— Contigo.
TRUFFALDINO.— Ergo, Smeraldina es mía.
FLORINDO.— Señorita Beatriz, ¿dónde está su servi¬dor?
BEATRIZ.— Está aquí. ¿No es acaso Truffaldino?
FLORINDO.— ¿Truffaldino? El es mi servidor.
BEATRIZ.— No, es Pascual el suyo.
FLORINDO.— No, Pascual es el suyo.
BEATRIZ.— (A Truffaldino) ¿Qué embrollo es éste? (Truffaldino pide perdón con lazzi - pantomimas)
FLORINDO.— ¡Ah bribón!
BEATRIZ.— ¡Ah canalla!
FLORINDO.— ¿Serviste a dos patrones al mismo tiem¬po?
TRUFFALDINO.— Sí señor. Yo hice esa hazaña. Me metí en ella sin quererlo y luego quise probar. Duré poco, es cierto, pero por lo menos puedo afirmar que nadie hasta ahora me habría descubierto, si yo mismo, por amor a esta muchacha, no lo hubiese hecho. Me costó una gran fatiga; a veces cometí faltas, pero espero que, por ser un caso ex¬traordinario, ustedes me perdonarán.

FIN DE LA COMEDIA.

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