A PUERTA CERRADA: Sartre




























Jean-Paul SARTRE

A PUERTA CERRADA


PERSONAJES
INÉS
ESTELLE
GARCIN
El MOZO DEL PISO
Un salón estilo Segundo Imperio. Sobre la chimenea, una estatua de bronce.


ACTO ÚNICO

ESCENA PRIMERA

GARCIN y el MOZO DEL PISO

GARCIN.—(Entra y mira a su alrededor.) Es aquí, ¿no?
MOZO.—Sí, aquí es. GARCIN.—¿Una habitación así? MOZO.—Sí, una habitación así.
GARCIN.—Bueno, a la larga..., a la larga probablemente se acostumbrará uno a los muebles.
MOZO.—Eso depende de las personas.

GARCIN.—¿Todas las habitaciones son por el estilo?

MOZO.—No, imagínese... Aquí nos vienen chinos, indios... ¿Qué quiere usted que hagan con un sillón Segundo Imperio?

GARCIN.—¿Y yo? ¿Qué quiere usted que haga yo? ¿Sabe quién era antes? En fin, no tiene importancia... Después de todo, siempre he vivido entre muebles que no me gustaban y en situaciones falsas; me gustaba horrores... Una situación falsa en un comedor Luis-Felipe, ¿qué le parece? ¿No le dice nada?

MOZO.—Tampoco está mal en un salón Segundo Imperio.

GARCIN.—¿Eh? Bueno, es igual... ¡Bien, bien, bien! (Mira a su alrededor.) Sin embargo, no me esperaba una cosa así... Seguro que usted sabe lo que se cuenta por allá.

MOZO.—¿De qué?

GARCIN.—De... (Con un gesto vago y amplio.) En fin, de todo esto.

MOZO.—¿Cómo ha podido creerse tales estupideces?

Personas que nunca pusieron los pies aquí... Porque claro está que si hubieran venido una vez, ya no...

GARCIN.—¡Claro! (Ríen. GARCIN vuelve a ponerse serio de pronto.) ¿Dónde están los palos?

MOZO.—¿Cómo?

GARCIN.—Las... Esas estacas en punta, los palos... Y las parrillas ardientes, los..., los embudos, los...


MOZO.—¿Tiene ganas de broma?

GARCIN.—(Mirándole.) ¿Eh? ¡Ah, ya! No, no tengo ningunas ganas de bromas, no... (Un silencio. Se pasea.) Ni espejos ni ventanas, naturalmente. Nada que sea frágil. (Con súbita violencia.) ¿Y por qué me han quitado el cepillo de dientes? A ver.

MOZO.—Ya está con eso... En seguida ha recuperado la dignidad humana. Tiene gracia.

GARCIN.—(Golpeando colérico el brazo del sillón.) Le ruego que evite esas familiaridades. No ignoro nada de mi situación, pero no estoy dispuesto a soportar que usted...

MOZO.—Un momento, un momento. Perdóneme. Pero, ¡qué quiere!, es que todos los clientes me hacen la misma pregunta. Primero me preguntan por los palos; y en ese momento le juro que no piensan para nada en su «toilette». Y en seguida, cuando se los ha tranquilizado, salen con el cepillo de dientes. Pero, por el amor de Dios, ¿no son capaces de reflexionar? Porque, en fin, yo puedo preguntarle: ¿para qué iba a limpiarse aquí los dientes?

GARCIN.—(Calmado.) Sí, es verdad, ¿para qué? (Mira a su alrededor.) ¿Y para qué iba a mirarse uno en un espejo? Mientras que la estatua de bronce, eso está bien... Me figuro que en algunos momentos lo miraré con todas mis fuerzas, con los ojos muy abiertos, ¿entiende? Bueno; en fin, no hay nada que ocultar; ya le digo que conozco perfectamente mi situación. ¿Quiere que le cuente cómo ha ocurrido? El hombre se asfixia, se hunde, se ahoga; sólo su mirada está fuera del agua, y entonces, ¿qué ve? Una reproducción en bronce. ¡Qué

pesadilla! Bueno, seguro que le han prohibido que me responda; así que no insisto. Pero acuérdese de que no me han cogido desprevenido, ¿eh? No vaya luego a alardear de haberme dado una sorpresa; me enfrento con la situación cara a cara, ya lo ve. (Vuelve a su paseo.) Así que sin cepillo de dientes. Tampoco cama. Porque es seguro que no se duerme nunca, ¿verdad?

MOZO.—¡Qué cosas tiene!

GARCIN.—Lo hubiera apostado. ¿«Por qué» se iba a dormir? Te pican los ojos de sueño. Sientes que se te cierran, pero ¿por qué dormir? Te tumbas en el canapé y, ¡pafff!..., el sueño desaparece. Se frota uno los ojos, se levanta y todo vuelve a empezar.

MOZO.—¡Qué literario es usted!

GARCIN.—Calle. No voy a gritar, no va a oír de mí ni un gemido, pero quiero mirar la situación cara a cara; que no salte sobre mí por la espalda sin que yo pueda reconocerla. ¿Literario? Entonces, ¿qué? Que ni siquiera se siente necesidad de dormir... ¿Por qué dormir si no se tiene sueño? Está bien. Espere. Espere. ¿Y eso por qué es penoso? ¿Por qué va a ser forzosamente penoso? Sí, ya sé; es la vida sin ninguna interrupción.

MOZO.—¿Interrupción? ¿Qué es eso?


GARCIN.—(Imitándolo.) ¿Interrupción? ¿Qué es eso? (Intrigado.) A ver, míreme.
¡Ah, sí! Estaba seguro. Eso es lo que explica esa indiscreción grosera..., insostenible, de su mirada. Están..., están atrofiados.

MOZO.—Pero ¿de qué habla?

GARCIN.—De sus párpados. Nosotros..., bueno, nosotros cerrábamos los párpados. Se llamaba... un parpadeo: un relampaguito negro, un telón que cae y se levanta; el corte está hecho, la interrupción... El ojo se humedece, desaparece el mundo. No puede imaginarse lo..., lo refrescante que era. Cuatro mil descansos en una hora. Cuatro mil evasiones pequeñitas. Y cuando digo cuatro mil... Entonces, ¿qué? ¿Voy a vivir sin párpados? No se haga el idiota: sin párpados, sin sueño, es todo lo mismo... Ya no dormiré más. Pero ¿cómo

voy a soportarme? Intente comprender, haga un esfuerzo; tengo un carácter puntilloso... y me gusta darles mil vueltas a mis cosas, pero..., pero no puedo hacerlo sin tregua; allí..., allí había noches. Yo dormía. Tenía el sueño tranquilo... en compensación. Mis sueños eran muy simples. Había una pradera... Una pradera nada más. Soñaba que me paseaba por ella. ¿Es de día?

MOZO.—Ya ve: las lámparas están encendidas. GARCIN.—Caramba. Esto es «vuestro» día. ¿Y afuera? MOZO.—(Aturdido.) ¿Afuera?
GARCIN.—Sí, afuera. Al otro lado de los muros.

MOZO.—Hay un pasillo.

GARCIN.—¿Y al final del pasillo?

MOZO.—Otras habitaciones y otros pasillos, y escaleras.

GARCIN.—¿Y luego?

MOZO.—No hay nada más.

GARCIN.—Y..., bueno..., usted tendrá su día libre. ¿Adónde va? MOZO.—Con mi tío, que es jefe de mozos en el tercer piso. GARCIN.—Hubiera debido suponerlo. ¿Y el interruptor dónde está? MOZO.—No hay.
GARCIN.—¿Cómo es eso? Entonces, ¿no se puede apagar la luz?

MOZO.—La Dirección puede cortar la corriente, pero yo no recuerdo que en este piso lo hayan hecho nunca. Tenemos electricidad a discreción.

GARCIN.—Ya. Así que hay que vivir con los ojos abiertos...

MOZO.—(Irónico.) Hombre, vivir...

GARCIN.—Bueno, no me va ahora a buscar las vueltas por una cuestión de vocabulario. Con los ojos abiertos. Para siempre. Habrá plena luz en mis ojos. Y en mi cabeza. (Una pausa.) ¿Y qué cree usted? ¿Que si yo tirara la estatua contra la lámpara se apagaría?


MOZO.—Pesa demasiado.

GARCIN.—(Coge el bronce e intenta levantarlo.) Tiene razón. Pesa demasiado.
(Un silencio.)

MOZO.—Bueno, si no me necesita para nada más, voy a dejarle.

GARCIN.—(Se sobresalta.) ¿Se marcha ya? Hasta luego. (El MOZO se vuelve.) Eso es un timbre, ¿no? (El Mozo asiente con un gesto.) ¿Y... puedo llamarle cuando quiera y usted tiene la obligación de venir?

MOZO.—En principio, sí. Pero es muy caprichoso. Debe de haber algo anormal en su mecanismo. (GARCIN se acerca al timbre y aprieta el botón. Suena.)

GARCIN.—¡Funciona!

MOZO.—(Asombrado.) ¡Sí, funciona! (También lo prueba él.) Pero no se haga ilusiones; no puede durar mucho. Bien, a su disposición.

GARCIN.—(Hace un gesto para retenerlo.) Yo...

MOZO.—¿Eh?

GARCIN.—No, nada. (Va a la chimenea y coge un cortapapeles.) ¿Esto qué es?

MOZO.—Ya lo está viendo: un cortapapeles.

GARCIN.—¿Es que hay libros aquí?

MOZO.—No.

GARCIN.—Entonces, ¿para qué? (El MOZO se encoge de hombros.) Está bien.
Márchese. (Sale el MOZO.)





ESCENA II

GARCIN, solo



Va junto a la estatua y la acaricia con la mano. Se sienta. Vuelve a levantarse.
Va al timbre y aprieta el botón. El timbre no suena. Lo intenta dos o tres veces. Pero en vano. Entonces va a la puerta e intenta abrirla. La puerta resiste.



GARCIN.—¡Eh, oiga! ¡Que le estoy llamando! (No hay respuesta. Entonces descarga puñetazos en la puerta llamando al MOZO. Después, súbitamente se calma y vuelve a sentarse. En ese momento la puerta se abre y entra INÉS, seguida por el MOZO.)







ESCENA III


GARCIN, INÉS, el MOZO



MOZO.—(A GARCIN.) ¿Me llamaba usted? (GARCIN va a contestar, pero echa una mirada a INÉS.)

GARCIN.—No.

MOZO.—(Volviéndose a INÉS.) Está usted en su casa, señora. (Silencio de INÉS.) Si tiene alguna pregunta que hacerme... (INÉS no habla. Decepcionado.) Lo normal es que los clientes deseen informarse... Pero no insisto. Por lo demás, en cuanto al cepillo de dientes, el timbre y la reproducción en bronce, aquí el señor está al corriente y puede contestarle tan bien como yo. (Sale. Un silencio. GARCIN no mira a INÉS. Esta mira a su alrededor y de pronto se dirige bruscamente a GARCIN.)

INÉS.—¿Y Florencia? (Silencio de GARCIN.) Le pregunto qué pasa con Florencia.
¿Dónde está?

GARCIN.—Yo no sé nada.

INÉS.—¿Eso es todo lo que se les ha ocurrido? ¿La tortura por la ausencia? Pues conmigo han fallado. Florencia era una chica tonta y no lo lamento en absoluto.

GARCIN.—Permítame, señora. ¿Por quién me toma usted?

INÉS.—¿Usted? Usted es el verdugo.

GARCIN.—(Se sobresalta y luego se echa a reír.) ¡Qué equivocación tan divertida!
¡El verdugo, dice! Entra, me mira y piensa: «Este es el verdugo.» ¡Qué cosa tan extravagante! Ese mozo es ridículo; hubiera debido presentarnos. ¡El verdugo! Perdón, me llamo José Garcin, publicista y hombre de letras. La verdad es que nos encontramos en el mismo caso. Señora...

INÉS.—(Seca.) Inés Serrano. Señorita.

GARCIN.—Muy bien. Estupendo. Ya se ha roto el hielo, ¿no? Así que, según usted, tengo el aspecto de un verdugo... ¿Y en qué se reconoce a los verdugos, quiere decírmelo?

INÉS.—En que parece que tienen miedo.

GARCIN.—¿Miedo? Es curioso. ¿Y de quién? ¿De sus víctimas?

INÉS.—¡Déjeme en paz! Sé lo que digo. Me he mirado al espejo y sé lo que digo.

GARCIN.—¿Al espejo? (Mira a su alrededor.) Es fastidioso: aquí han quitado todo lo que pudiera parecerse a un espejo. (Una pausa.) En todo caso, yo le puedo asegurar que no tengo miedo. No es que me tome la situación a la ligera; me encuentro consciente de su gravedad. Pero no tengo miedo.

INÉS.—(Encogiéndose de hombros.) Eso es cosa suya. (Una pausa.) ¿No se le ocurre de cuando en cuando irse a dar una vuelta por ahí?

GARCIN.—La puerta está cerrada con cerrojo.


INÉS.—Lo siento.

GARCIN.—Comprendo perfectamente que mi presencia la importune. Y, personalmente, también preferiría estar solo: tengo que poner en orden mi vida y necesito un poco de recogimiento. Pero estoy seguro de que podremos adaptarnos el uno al otro; yo no hablo, apenas me remuevo y hago muy poco ruido. Únicamente, en fin, si es que puedo permitirme un consejo, creo que debemos conservar entre nosotros una extremada cortesía. Ello constituiría, creo yo, nuestra mejor defensa.

INÉS.—Yo no soy una persona cortés.

GARCIN.—Lo seré yo por los dos, si me permite. (Un silencio. GARCIN está sentado en el canapé. INÉS se pasea a lo largo y ancho de la habitación.)

INÉS.—(Mirándolo.) Por favor, la boca.

GARCIN.—(Sacado de su ensimismamiento.) ¿Qué?

INÉS.—¿No podría estarse quieto con la boca? Da vueltas como una peonza ahí, debajo de su nariz.

GARCIN.—Le pido perdón; no me daba cuenta.

INÉS.—Eso es lo malo. (Tic de GARCIN.) ¡Otra vez! Tiene usted la pretensión de ser una persona bien educada y no se cuida de sus gestos. Pero no está usted solo y no tiene derecho a imponerme el espectáculo de su miedo. (GARCIN se levanta y va hacia ella.)

GARCIN.—¿Y usted no tiene miedo?

INÉS.—¿Y para qué? El miedo estaba bien «antes», cuando aún teníamos esperanza.

GARCIN.—(Suavemente.) Ya no hay esperanza, es cierto, pero seguimos estando
«antes». Todavía no hemos empezado a sufrir, señorita.

INÉS.—Ya lo sé. (Una pausa.) ¿Y entonces? ¿Qué va a venir ahora?

GARCIN.—Yo no lo sé. Me limito a esperar. (Un silencio. GARCIN vuelve a sentarse.
INÉS vuelve a su paseo. GARCIN tiene el tic de la boca. A una mirada de
INÉS, oculta el rostro entre sus manos. Entran ESTELLE y el MOZO.)







ESCENA IV

INÉS, GARCIN, ESTELLE, el MOZO



ESTELLE.—(Mirando a GARCIN, que no ha levantado la cabeza.) ¡No! ¡No, no, no alces la cabeza! ¡Sé lo que ocultas en tus manos, sé que no tienes nada ahí; que tu cara ha desaparecido! (GARCIN retira sus manos.) ¡Ah! (Una pausa. Con sorpresa.) No..., no le conozco.

GARCIN.—Yo no soy el verdugo, señora.


ESTELLE.—No, no le tomaba por el verdugo. Es que... creía que alguien quería gastarme una broma. (Al MOZO.) ¿Esperan a alguien más aún?

MOZO.—No, ya no vendrá nadie más.

ESTELLE.—(Aliviada.) ¡Ah! Entonces, ¿vamos a estar solos el señor, la señora y yo? (Se echa a reír.)

GARCIN.—No hay ninguna razón para reírse.

ESTELLE.—(Sigue riendo.) ¡Y qué canapés tan horribles! Y miren cómo los han colocado. Me parece como si fuera el primero de año y estuviera de visita en casa de mi tía María. Cada uno tiene el suyo, supongo. ¿Este es el mío? (Al MOZO.) Imposible: nunca podré sentarme en él; es espantoso; yo voy de azul celeste y este es verde espinaca. ¡Qué horror!

INÉS.—¿Prefiere el mío? Si lo quiere...

ESTELLE.—¿Ese burdeos? Es usted muy amable, pero apenas cambia la cosa. No,
¡qué se le va a hacer! Cada uno su lote, ¡qué remedio! ¿Me ha tocado el verde? Pues me quedo con él. (Una pausa.) El único que, en rigor, no iría mal es el del señor. (Un silencio.)

INÉS.—¿Lo oye, Garcin?

GARCIN.—(Se sobresalta.) ¡Ah! El..., el canapé. Perdón. (Se levanta.) Es suyo, señora.

ESTELLE.—Gracias. (Se quita el abrigo y lo echa en el canapé. Una pausa.) Démonos a conocer, ¿no?, puesto que vamos a vivir juntos. Yo soy Estelle Rigault. (GARCIN se inclina y va a presentarse, pero INÉS pasa delante de él.)

INÉS.—Inés Serrano. Encantada.

GARCIN.—(Se inclina de nuevo.) José Garcin.

MOZO.—¿Me necesitan todavía para algo?

ESTELLE.—No, no; puede irse. Ya le llamaré. (El MOZO se inclina y sale.)







ESCENA V

INÉS, GARCIN, ESTELLE



INÉS.—Es usted una chica muy guapa, Estelle. Siento que no haya flores aquí para darle la bienvenida.

ESTELLE.—¿Flores? Sí, me gustaban mucho las flores. Pero aquí se secarían en seguida; hace demasiado calor. ¡Bah! Lo esencial, ¿no les parece?, es conservar el buen humor. Usted hace poco que...

INÉS.—Sí, la semana pasada. ¿Y usted?


ESTELLE.—¿Yo? Ayer mismo. La ceremonia no ha terminado aún; figúrese. (Habla con mucha naturalidad, pero como si viera lo que describe.) El viento está enredando el velo de mi hermana. La pobre hace lo que puede por llorar. ¡Venga! ¡Venga! Un esfuercito más. ¡Ya, ya está, mujer! Dos lágrimas, dos lagrimitas que brillan debajo del crespón. Está sosteniendo a mi hermana por el brazo. No llora por miedo de que el rímel..., y tengo que decir que yo misma en su lugar... Era mi mejor amiga, ¿sabe?

INÉS.—¿Ha sufrido usted mucho? ESTELLE.—No. Estaba medio atontada. INÉS.—¿Qué..., qué ha sido?
ESTELLE.—Una neumonía. (El mismo juego que antes.) Bueno, ya se acabó; se van. ¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Cuántos apretones de mano, qué barbaridad!... Mi marido está enfermo de la pena y se ha quedado en casa. (A INÉS.) ¿Y usted?

INÉS.—El..., el gas.

ESTELLE.—¿Y usted, señor?

GARCIN.—Doce balas en el cuerpo. (Gesto de ESTELLE.) Perdóneme. No soy un muerto muy agradable.

ESTELLE.—Por favor, querido señor, solo con que procure no emplear esas palabras tan crudas... Es..., es desagradable. Y además, a fin de cuentas, ¿qué quiere decir con eso? Es posible que nunca hayamos estado tan vivos como ahora. Pero, en fin, cuando sea absolutamente preciso nombrar este..., este estado de cosas, propongo que nos llamemos... ausentes; será más correcto. ¿Está usted ausente desde hace mucho?

GARCIN.—Aproximadamente un mes.

ESTELLE.—¿De dónde es?

GARCIN.—De Río.

ESTELLE.—Yo, de París. ¿Le queda alguien todavía allí?

GARCIN.—Mi mujer. (El mismo juego que ESTELLE.) Ha venido al cuartel como todos los días; no la dejan entrar. Ella mira entre los barrotes de la reja. Todavía no sabe que yo estoy... ausente, pero se lo figura. Ahora se marcha. Va toda de negro. Mejor; así no tendrá que cambiarse... No llora; no lloraba nunca. Hace un sol magnífico y ella está ahí, de negro, en la calle desierta, con sus grandes ojos de víctima. ¡Ah! Cómo me fastidia. (Un silencio. GARCIN va a sentarse en el canapé de en medio y oculta la cabeza entre las manos.)

INÉS.—¡Estelle!

ESTELLE.—¡Señor Garcin! ¡Señor Garcin!

GARCIN.—¿Eh? ¿Qué pasa?

ESTELLE.—Se ha sentado en mi canapé.


GARCIN.—Perdón. (Se levanta.)

ESTELLE.—Está tan..., tan ensimismado.

GARCIN.—Estoy poniendo mi vida en orden. (INÉS se echa a reír.) Los que se ríen harían bien tratando de imitarme.

INÉS.—Mi vida está en orden. Completamente en orden. Se puso en orden ella sola allí, así que no tengo que preocuparme de eso.

GARCIN.—Sí, ¿verdad? ¿Y le parece tan sencillo? (Se pasa la mano por la frente.)
¡Qué calor! ¿Me permiten? (Va a quitarse la chaqueta.)

ESTELLE.—¡Por favor, no! (Más suavemente.) No... Me horrorizan los hombres en mangas de camisa.

GARCIN.—(Movimiento inverso.) Está bien. (Una pausa.) Yo me pasaba las noches en las salas de redacción. Hacía siempre un calor infernal. (Una pausa. El mismo juego que antes.) «Hace» un calor infernal. Es de noche.

ESTELLE.—¡Ah!, sí, mira, es de noche ya. Olga se está desnudando. ¡Qué rápido pasa el tiempo en la Tierra!

INÉS.—Es de noche. Han precintado la puerta de mi habitación. Y la habitación está vacía en la oscuridad.

GARCIN.—Han dejado las chaquetas en el respaldo de las sillas y se han subido las mangas de las camisas por encima de los codos. Huele a hombres y a tabaco. (Un silencio.) Me gusta vivir entre hombres en mangas de camisa.

ESTELLE.—(Secamente.) Sí, no tenemos los mismos gustos, y esa es una prueba de ello. (Hacia INÉS.) ¿Y a usted le gustan los hombres en camisa?

INÉS.—En camisa o no, no me gustan mucho los hombres, ¿sabe?

ESTELLE.—(Mirando a los dos con estupor.) Pero ¿por qué, me pregunto yo, «por qué» nos han reunido?

INÉS.—(Con una risa ahogada.) ¿Qué dice usted?

ESTELLE.—No sé; los miro y pienso que vamos a continuar juntos... Yo me esperaba encontrar amigos o gente de la familia.

INÉS.—¡Ah, sí! Un buen amigo con un agujero en medio de la cara.

ESTELLE.—También a ese. Bailaba los tangos como un profesional. Pero a nosotros, «a nosotros», ¿por qué?

GARCIN.—No hay ningún misterio; es el azar. Los van colocando donde pueden, según el orden de su llegada. (A INÉS.) ¿Por qué se ríe?

INÉS.—Porque me hace gracia con eso del azar. ¿Tanta necesidad tiene de tranquilizarse? No, no dejan nada al azar, no crea.

ESTELLE.—(Tímidamente.) ¿No..., no nos habremos visto antes en algún sitio?

INÉS.—Nunca. No la hubiera olvidado.


ESTELLE.—O puede ser que tengamos relaciones comunes... ¿Ustedes no conocen a los Dubois-Seymour?

INÉS.—No creo.

ESTELLE.—Reciben a todo el mundo.

INÉS.—¿Y a qué se dedican?

ESTELLE.—(Sorprendida.) A nada. Tienen un castillo en Corrèze y...

INÉS.—Yo era empleada de Correos.

ESTELLE.—(Con un pequeño gesto de disgusto.) ¡Ah! ¿Así que, en efecto, no...?
(Una pausa.) ¿Y usted, señor Garcin?

GARCIN.—Yo nunca salí de Río.

ESTELLE.—En ese caso, tiene razón absolutamente: solo el azar nos ha reunido.

INÉS.—El azar. Entonces esos muebles están ahí por azar. El que el canapé de la derecha sea verde espinaca y el de la izquierda burdeos, es por azar...
¿Verdad que sí? Está bien; pues intenten cambiarlos de sitio y ya me dirán lo que ocurre... Y esa estatua también un azar, ¿no es eso? ¿Y este calor también? ¿Este calor? (Un silencio.) Les digo que lo han preparado todo. Hasta en sus menores detalles..., y con amor. Esta habitación nos esperaba así.

ESTELLE.—¡Qué cosas dice! Todo es tan feo aquí, tan duro, tan anguloso. Yo no podía con los ángulos.

INÉS.-—(Encogiéndose de hombros.) ¿Y qué se cree? ¿Que yo vivía en un salón
Segundo Imperio? (Una pausa.) ESTELLE.—Entonces, ¿qué? ¿Todo estaba previsto? INÉS.—Todo. Y nosotros encajamos bien.
ESTELLE.—Que sea «usted» y «yo» precisamente, una frente a la otra, ¿no hay un azar en eso? (Una pausa.) ¿Y qué esperan?

INÉS.—Yo no lo sé. Pero esperan.

ESTELLE.—Yo no puedo aguantar que alguien espere algo de mí. En seguida me da gana de hacer lo contrario.

INÉS.—¡Pues hágalo! ¡Hágalo, a ver! ¡Si ni siquiera sabe lo que quiere!

ESTELLE.—Es insoportable. ¿Y a mí tiene que ocurrirme algo por ustedes? (Los mira.) Por ustedes. Había caras que en seguida me decían algo. Pero las de ustedes no me dicen nada, nada.

GARCIN.—(Bruscamente, a INÉS.) A ver, ¿por qué estamos juntos? Usted ha dicho ya muchas cosas; llegue hasta el final.

INÉS.—(Extrañada.) ¿Yo? Yo no sé absolutamente nada.

GARCIN.—«Hay» que saberlo. (Reflexiona un instante.)

INÉS.—Tan solo con que cada uno de nosotros tuviera el valor de decir...

GARCIN.—¿Qué?


INÉS.—¡Estelle!

ESTELLE.—¿Qué hay?

INÉS.—¿Qué ha hecho usted? ¿Por qué la han traído aquí?

ESTELLE.—(Vivamente.) Yo no sé nada, nada absolutamente... Hasta me pregunto si no habrá sido un error. (A INÉS.) No se sonría así. Piense en la cantidad de personas que..., que se ausentan cada día que pasa. Llegan aquí por millones y no se encuentran más que subalternos, empleados sin ninguna instrucción. ¿Cómo quieren que no haya errores? No, no se sonría así... (A GARCIN.) Diga usted alguna cosa, vamos. Si se han equivocado en mi caso, también pueden haberse equivocado en el suyo. (A INÉS.) Y en el suyo también. ¿No es mejor creer que estamos aquí por un error?

INÉS.—¿Es todo lo que tiene que decirnos?

ESTELLE.—¿Qué más quieren saber? No tengo nada que ocultar. Yo era huérfana y pobre... Cuidaba de mi hermano pequeño. Un viejo amigo de mi padre me pidió en matrimonio. Era un hombre rico y bueno... y acepté.
¿Qué hubiera hecho otra persona en mi lugar? Mi hermano estaba enfermo y su salud exigía los mayores cuidados. Viví seis años con mi marido sin una sombra... Hace dos años me encontré con una persona a la que quise verdaderamente. Nos reconocimos en seguida. Quería que me fuera con él, pero yo no quise. Después de eso, tuve la neumonía; y eso es todo. Claro que alguien podría reprocharme, en virtud de ciertos principios, que haya sacrificado mi juventud a un hombre viejo, no sé... (A GARCIN.) ¿Cree usted que eso sea una falta?

GARCIN.—Desde luego que no. (Una pausa.) ¿Y a usted le parece que sea una falta el que uno viva según sus propios principios?

ESTELLE.—¿Quién podría reprocharle una cosa así?

GARCIN.—Yo dirigía un diario pacifista. Estalla la guerra. ¿Qué hacer? Todo el mundo tenía los ojos clavados en mí. «¿Se atreverá?» Pues bien: sí me atreví. Me crucé de brazos y me fusilaron. ¿Dónde está la falta? A ver,
¿dónde está la falta?

ESTELLE.—(Le pone la mano en el brazo.) No hay ninguna falta. Usted es... INÉS.—(Termina, irónicamente.) Un héroe. ¿Y su mujer, Garcin? GARCIN.—¿Qué pasa con ella? La saqué del arroyo, como se dice. ESTELLE.—(A INÉS.) ¡Ya lo ve! ¡Ya lo ve!
INÉS.—Sí, ya veo. (Una pausa.) ¿Para quién representan la comedia? Estamos en familia.

ESTELLE.—(Con insolencia.) ¿En qué familia?

INÉS.—En la de los asesinos, quiero decir. Estamos en el infierno, nenita, y nunca se producen errores; a la gente no se la condena por nada.

ESTELLE.—Cállese.

INÉS.—¡En el infierno! ¡Condenados! ¿Lo oyen? ¡Condenados!


ESTELLE.—Cállese, por favor. ¿Quiere callarse de una vez? Le prohíbo que emplee palabras tan groseras.

INÉS.—Está condenada la santita. Condenado el héroe irreprochable. Todos tuvimos nuestro momento de placer, ¿no es cierto? Hay gentes que han sufrido por nuestra causa hasta la muerte, y eso nos divertía mucho,
¿no? Pues ahora hay que pagarlo.

GARCIN.—(Levanta la mano.) ¿Se va a callar o no?

INÉS.—(Lo mira sin miedo, pero con inmensa sorpresa.) ¡Ah, ya sé! (Una pausa.) ¡Espere! Ya lo he comprendido. ¡Ya sé por qué nos han puesto juntos! ¡Ya lo sé!

GARCIN.—Tenga cuidado con lo que va a decir.

INÉS.—Van a ver cómo es una tontería, ¡una solemne tontería! No tenemos tortura física, ¿verdad? Y, sin embargo, estamos en el infierno. Y nadie tiene que venir. Nadie. Estaremos nosotros solos y juntos para siempre,
¿no? En resumen, aquí falta alguien: el verdugo.

GARCIN.—(A media voz.) Ya lo sé, sí.

INÉS.—Es fácil, han hecho economías en el personal; eso es todo. Los mismos clientes hacen el servicio, como en esos restaurantes cooperativos.

ESTELLE.—¿Qué quiere decir?

INÉS.—El verdugo es cada uno de nosotros para los demás. (Una pausa asimilando la noticia.)

GARCIN.—(Al fin, con una voz suave.) Yo no seré nunca un verdugo. No les deseo ningún mal y no tengo nada que ver con ustedes. Nada. Es muy fácil lo que hay que hacer; que cada uno se quede en su rincón: usted allí, usted ahí y yo aquí. Y silencio. Ni una sola palabra. No es difícil,
¿verdad? Cada uno tiene ya bastante consigo mismo. Yo creo que podría quedarme diez mil años sin hablar.

ESTELLE.—¿Qué tengo yo que hacer? ¿Callarme?

GARCIN.—Sí; y nos..., nos habremos salvado. Callarse. Mirar dentro de sí, no levantar nunca la cabeza. ¿Estamos de acuerdo?

INÉS.—Sí, de acuerdo.

ESTELLE.—(Duda un momento.) Bueno, de acuerdo.

GARCIN.—Entonces, adiós. (Va a su canapé y oculta el rostro entre las manos.
Silencio. INÉS se pone a cantar para sí misma.)

INÉS.—



Dans la rue des Blancs-Manteaux ils ont levé des tréteaux
et mis du son dans un seau. Et c'était un êchafaud


dans la rue des Blancs-Manteaux.



Dans la rue des Blancs-Manteaux le bourreau s'est levé tôt.
C'est qu'il avait du boulot.

Faut qu'il coupe des Géneraux, des Evêques, des Amiraux
dans la rue des Blancs-Manteaux.



Dans la rue des Blancs-Manteaux

sont v'nues des dames comme il faut avec des beaux affutiaux,
mais la tête leur f'sait défaut. Elle avait roulé de son haut
la tête avec le chapeau

dans le ruisseau des Blancs-Manteaux.



(Durante la canción, ESTELLE se pone polvos y rojo de labios. Ahora busca un espejo a su alrededor, inquieta. Registra en su bolso y luego se vuelve hacia GARCIN.)

ESTELLE.—Señor, ¿no tendrá un espejo? (GARCIN no contesta.) Un espejito de bolsillo, cualquier cosa. (GARCIN no contesta.) Si me va a dejar sola, procúrese por lo menos un espejo. (GARCIN sigue con el rostro entre las manos, sin responder.)

INÉS.— (Con precipitación.) Yo tengo un espejito aquí, en mi bolso. (Busca en él. Decepcionada.) Ya no lo tengo. Han debido de quitármelo en el registro de entrada.

ESTELLE.—¡Qué fastidio! (Una pausa. Cierra los ojos y vacila. INÉS se precipita, y la sostiene.)

INÉS.—¿Qué le sucede?

ESTELLE.—(Vuelve a abrir los ojos y sonríe.) Me siento rara. (Se palpa.) ¿No le ocurre a usted algo parecido? Cuando no me veo, tengo que palparme... Me pregunto si existo verdaderamente.

INÉS.—Tiene usted suerte. Yo me siento siempre desde el interior.

ESTELLE.—¡Ah, sí!... Desde el interior. Pero todo lo que pasa dentro de las cabezas es tan vago... Me da sueño... (Una pausa.) Yo tengo seis espejos grandes en mi dormitorio. Los veo. Yo los veo. Pero ellos no me ven a mí. Reflejan la coqueta, la alfombra, la ventana... ¡Qué vacío está un espejo en el que yo no estoy! Cuando hablaba, me las arreglaba


para que hubiera siempre uno en el que poder mirarme. Hablaba, me veía hablar. Me veía tal y como los demás me veían, y eso me mantenía despierta. (Con desesperación.) ¡El carmín! Seguro que me lo he puesto mal. Sea como fuere, no puedo quedarme sin espejo para toda la eternidad.

INÉS.—¿Quiere que yo..., que yo misma le sirva de espejo? Venga, venga; la invito a mi casa. Siéntese aquí, en mi canapé.

ESTELLE.—(Señala a GARCIN.) Es que...

INÉS.—No nos preocupemos por él...

ESTELLE.—Pero vamos a hacernos daño. Usted misma lo ha dicho. INÉS.—No; vamos, mujer... ¿Tengo yo el aspecto de querer perjudicarla? ESTELLE.—Pero nunca se sabe...
INÉS.—Más bien serás tú la que me haga daño a mí... Pero eso, ¿qué puede importarme? Si tengo que sufrir, qué más me da que seas tú... Siéntate, anda. Acércate. Más aún. Mírate en mis ojos. ¿Qué ves en ellos?

ESTELLE.—Soy muy pequeñita. Me veo muy mal.

INÉS.—Pero yo sí te veo a ti. De cuerpo entero... Anda, hazme preguntas.
Ningún espejo te sería más fiel. (ESTELLE, molesta, se vuelve hacia GARCIN
como para pedirle ayuda.)

ESTELLE.—¡Señor! ¡Señor! ¿No le molestaremos con nuestra charla? (GARCIN no contesta,)

INÉS.—Déjalo. El ya no cuenta; estamos solos. Pregúntame.

ESTELLE.—¿Me he pintado bien los labios?

INÉS.—Déjame ver. No, no muy bien.

ESTELLE.—Me lo figuraba. Afortunadamente (Mirada a GARCIN.) no me ha visto nadie. Voy a hacerlo otra vez.

INÉS.—Es mejor. No. Sigue la línea de los labios; voy a guiarte. Así, así. Ahora está bien.

ESTELLE.—¿Tan bien como antes, cuando entré?

INÉS.—Mejor. Más denso, más cruel. Unos labios para el infierno.

ESTELLE.—¡Ah! ¿Y eso está bien? ¡Qué rabia, no puedo juzgarlo por mí misma!
¿Me jura que ha quedado bien? INÉS.—¿No quieres que nos tuteemos? ESTELLE.—¿Me juras que ha quedado bien? INÉS.—Eres muy guapa.
ESTELLE.—Pero ¿tiene usted buen gusto? Por lo menos, ¿tiene «mi» gusto? ¡Ah, qué fastidio, qué desagradable!


INÉS.—Tengo tu gusto, puesto que me gustas. Mírame bien. Sonríeme. Yo tampoco soy fea. ¿No valgo más que un espejito yo?

ESTELLE.—No..., no lo sé. Usted me intimida. Mi imagen, en los espejos, estaba... domesticada. La conocía tan bien... Ahora, si voy a sonreír, mi sonrisa irá al fondo de sus pupilas y Dios sabe en qué se convertirá en ellas.

INÉS.—¿Y quién te impide domesticarme a mí? (Se miran. ESTELLE sonríe, un poco fascinada.) ¿Decididamente no quieres tutearme?

ESTELLE.—Me cuesta trabajo tutear a las mujeres.

INÉS.—Y especialmente a las empleadas de Correos, me supongo... ¿No? Pero
¿qué tienes ahí, en la mejilla, más abajo? ¿Es una mancha roja?

ESTELLE.—(Se sobresalta.) ¡Una mancha roja! ¡Qué horror! ¿Dónde?

INÉS.—¡Ah, ya ves, ya ves! Me he convertido en el espejo de las chicas bonitas; ya lo ves, guapa: te he ganado. No tienes ninguna mancha roja, nada absolutamente. ¿Eh? ¿Si el espejo se pusiera a mentir? O si a mí me diera por cerrar los ojos, si me negara a mirarte, ¿qué harías tú entonces con toda esa belleza? No, no tengas miedo: tengo que mirarte, mis ojos estarán abiertos de par en par... Y yo seré buena contigo, buena... Pero tú me hablarás de tú. (Una pausa.)

ESTELLE.—¿De verdad te gusto?

INÉS.—Mucho. (Una pausa.)

ESTELLE.—(Indicando a GARCIN con un gesto.) Me gustaría que él también me mirara.

INÉS.—Porque es un hombre. (A GARCIN.) Ha ganado usted. (GARCIN no contesta.)
¿Qué hace que no la mira? (GARCIN no contesta.) Deje de hacer teatro;
no se ha perdido ni una palabra de lo que hemos estado diciendo aquí.

GARCIN.—(Levanta bruscamente la cabeza.) Tiene razón, ni una sola palabra; por mucho que me he hundido los dedos en los oídos, ustedes hablaban dentro de mi cabeza. ¿Y ahora quieren dejarme, por favor? No tengo nada que resolver con ustedes.

INÉS.—¿Con la chica tampoco? Ya he visto su truco. Si ha tomado esa actitud interesante, ha sido para que ella caiga, ¿o qué se cree?

GARCIN.—Le digo y le repito que me dejen. Están hablando de mí en el periódico y quisiera escucharlo. Me importa un bledo la chica, si es que eso puede tranquilizarla. ¿Entiende?

ESTELLE.—Muchas gracias.

GARCIN.—No quería ser grosero; perdone.
ESTELLE.—¡Lo ha sido! (Una pausa. Están los tres en pie, enfrentados.) GARCIN.—Ya está otra vez. (Una pausa.) Les había suplicado que se callaran. ESTELLE.—Ha sido ella la que ha empezado. Ha venido a ofrecerme su espejo,
cuando yo no le había pedido nada.


INÉS.—Nada. Solo que tú le estabas provocando y le hacías visajes para que te mirara.

ESTELLE.—¿Y qué?

GARCIN.—Pero ¿están locas? Entonces es que no se dan cuenta adónde vamos.
Pero, por lo menos, cállense. (Una pausa.) Vamos a volver a sentarnos tranquilamente... Nos taparemos los ojos, y cada uno intentará olvidar la presencia de los demás. Yo se lo ruego. (Una pausa. Vuelve a sentarse. Ellas vuelven a su sitio con paso vacilante. INÉS se vuelve bruscamente.)

INÉS.—¡Sí, olvidarse! ¡Qué puerilidad! Los siento hasta por dentro de mis huesos. El silencio de ustedes me grita en los oídos. Pueden coserse la boca o cortarse la lengua, qué más da: a pesar de todo, ¿no seguirán existiendo? ¿No seguirán pensando? Ese pensamiento yo lo oigo: hace
«tictac», como un despertador, y ustedes también oyen el mío. Qué más me da que usted se quede encogido ahí en su rinconcito; está en todas partes: los sonidos me llegan sucios porque usted los ha escuchado antes al pasar. Hasta la cara me ha robado: usted la conoce y yo no. ¿Y a ella? A ella también me la ha robado. Si estuviéramos solas, ¡qué se cree usted!, ¿que esa se atrevería a tratarme como me trata? No, no; basta ya; quítese esas manos de la cara. No le voy a dejar; sería demasiado cómodo para usted. Aunque se quedara ahí, insensible, hundido en sí mismo como un buda; aunque yo pudiera cerrar los ojos, sentiría cómo ella le dedica todos los rumores de su vida, hasta los roces de su vestido, y que le envía sonrisas que usted no llega a ver... ¡Eso sí que no! Yo quiero elegir mi propio infierno; quiero mirarlos a plena luz y luchar a cara descubierta.

GARCIN.—Está bien. Me figuro que teníamos que llegar a esto; nos han manejado como a niños. Si por lo menos me hubieran puesto con hombres... Los hombres saben callarse. Pero no hay que exigir demasiado. (Va junto a ESTELLE y le acaricia la barbilla.) ¿Qué pasa, chica? ¿Es verdad que te gusto? Parece que me echabas cada mirada...

ESTELLE.—No me toque.

GARCIN.—¡Bah!, hablemos con confianza. A mí me gustaban mucho las mujeres,
¿sabes? Y yo les gustaba a ellas. Así que tú, tranquila... Ya no tenemos nada que perder. Educación, ceremonias, ¿para qué? ¡Entre nosotros! En seguida vamos a estar tan desnudos como gusanos.

ESTELLE.—¡Bueno, déjeme!


GARCIN.—Como gusanos... No digan que no les había prevenido. Y no les pedía nada; solo la paz, un poco de silencio. Me había tapado los oídos con las manos. Gómez hablaba, en pie entre las mesas, y los compañeros del periódico le escuchaban. En mangas de camisa. Trataba de comprender lo que decían, pero era difícil: los acontecimientos de la Tierra pasan tan de prisa... Y qué, ¿es que no podían callarse? Ahora ya se acabó; ya no habla. Lo que piensa de mí ha vuelto a su cabeza. Bueno, está bien; tendremos que llegar hasta el fin. Desnudos como gusanos; quiero saber con quién tengo que habérmelas.

INÉS.—Lo sabe. Ahora ya lo sabe.

GARCIN.—No; mientras que cada uno de nosotros no confiese por qué lo han condenado, es como si no supiéramos nada. A ver, tú, la rubia; empieza tú. ¿Por qué? Dinos por qué, anda; tu franqueza puede evitar alguna catástrofe; cuando conozcamos a nuestros monstruos, entonces... Vamos, vamos, ¿por qué?

ESTELLE.—Ya he dicho que lo ignoro. No han querido decírmelo.

GARCIN.—Ya sé. A mí tampoco me han querido contestar. Pero yo me conozco bien. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de hablar tú la primera? Está bien. Voy a empezar yo. (Un silencio.) Yo no soy ninguna belleza.

INÉS.—¡Bueno! Ya sabemos que desertó.

GARCIN.—Deje eso. No vuelva a hablar de eso. Estoy aquí porque torturaba a mi mujer; esa es la cosa. Durante cinco años. Ahí está: en cuanto hablo de ella, ya la veo. Lo que me interesa es Gómez, pero la veo a ella.
¿Dónde estará Gómez? Durante cinco años. Imagínense, acaban de devolverle mis efectos. Está sentada cerca de la ventana y ha puesto mi chaqueta sobre sus rodillas. La chaqueta tiene doce agujeros. La sangre parece como herrumbre. Los bordes de los agujeros están chamuscados. ¡Ah, sí! Es una pieza de museo, una chaqueta histórica.
¡Y yo llevaba eso! ¿Llorarás? ¿Terminarás llorando? Yo volvía a casa borracho como un cerdo, oliendo a vino y a mujeres. Ella me había estado esperando toda la noche; pero no lloraba. Ni una palabra de reproche; con naturalidad. Únicamente sus ojos. ¡Sus enormes ojos! No me arrepiento de nada. Voy a pagarlo bien, pero no me arrepiento de nada. Fuera está lloviendo. ¿Llorarás por fin? Es una mujer que tiene vocación de mártir.

INÉS.—(Casi dulcemente.) ¿Y por qué le hacía sufrir?

GARCIN.—Porque era fácil. Bastaba una palabra para hacerla cambiar de color; era una sensitiva. ¡Ah! ¡Ni un reproche siquiera! Yo soy muy tozudo. Esperaba, seguía esperando. Pero qué va, ni una lágrima, ni un solo reproche. Es que yo la había sacado del arroyo, ¿comprenden? Ahora pasa la mano por la chaqueta sin mirarla. Sus dedos buscan a ciegas los agujeros en la tela. ¿Qué esperas? Vamos a ver, ¿qué esperas? Ya te digo que no me arrepiento de nada. En fin, es que me admiraba demasiado. ¿Comprende?

INÉS.—No. A mí nadie me ha admirado nunca.


GARCIN.—Mejor. Mucho mejor para usted. Entonces todo esto debe parecerle abstracto. Pues mire, voy a contarle una anécdota: yo, bueno, yo había instalado en mi casa a una mulata. ¡Qué noches! Mi mujer dormía en el primer piso; así que seguro que nos oía. Bueno, pues era la primera que se levantaba, y como a nosotros se nos pegaban las sábanas, pues..., en fin, nos traía el desayuno a la cama. ¿Qué les parece?

INÉS.—Sinvergüenza.

GARCIN.—Sí, sí, de acuerdo: el sinvergüenza bien amado. (Parece distraído.) No, nada. Es Gómez, pero no está hablando de mí. ¿Un sinvergüenza, dice?
¡Caramba! Si no lo fuera, ¿qué estaría haciendo aquí? ¿Y usted?

INÉS.—Bueno, yo era eso que llaman allí... una..., una mujer condenada.
Condenada ya «antes», ¿comprende? Así que la sorpresa no ha sido tan grande para mí.

GARCIN.—Y eso es todo.

INÉS.—No, está también el asunto con Florencia... Pero esa es una historia de muertos. Tres muertos. Primero él, luego ella y después yo. Así que no queda nadie allí; en eso estoy tranquila: solo la habitación... La veo, esa habitación, de cuando en cuando. ¡Ah! Han acabado por quitar los precintos. Se alquila. Ahora se alquila. Hay un cartel en la puerta. Es..., es una porquería, ¡qué pena!

GARCIN.—Así que me parece que ha dicho... tres.

INÉS.—Sí, tres.

GARCIN.—¿Un hombre y dos mujeres?

INÉS.—Sí.

GARCIN.—Vaya. (Una pausa.) ¿Y él se mató?

INÉS.—¿El? Era incapaz de eso. Pero tampoco es porque sufriera. No; un tranvía que lo aplastó. ¡Una broma pesada! Yo vivía con ellos; era mi primo.

GARCIN.—¿Cómo era Florencia? ¿Rubia?

INÉS.—¿Rubia? (Mirada a ESTELLE.) Mire, yo no me arrepiento de nada, pero no me hace ninguna gracia contarle esta historia.

GARCIN.—¡Vamos! ¡Vamos! ¿Qué ocurría con el chico? ¿Le fastidiaba?

INÉS.—No, poco a poco... Hubo de todo, en fin... Por ejemplo, hacía bastante ruido cuando bebía: soplaba en el vaso por la nariz, ¿sabe? Naderías, después de todo... Era, ¡bueno!, era un pobre chico, muy vulnerable.
¿Por qué se sonríe?

GARCIN.—Porque yo no soy nada vulnerable.

INÉS.—Eso habría que verlo. El caso es que me fui deslizando dentro de ella hasta que la muchacha empezó a mirarlo con mis ojos... En fin, que se me vino a los brazos. Entonces tomamos una habitación al otro lado de la ciudad.

GARCIN.—¿Y entonces?


INÉS.—Lo del tranvía. Por cierto que yo le decía siempre: «Bien, hijita; somos nosotras las que lo hemos matado.» (Un silencio.) Es que soy mala.

GARCIN.—Sí. Yo también.

INÉS.—Usted no es malo, no. Es otra cosa.

GARCIN.—¿Qué?

INÉS.—Ya se lo diré luego. Yo sí, yo soy mala; eso quiere decir que necesito el sufrimiento de los demás para existir. Soy como una antorcha: una antorcha en los corazones. En cuanto estoy sola me apago. Durante seis meses estuve ardiendo en su corazón; y lo quemé todo. Una noche se levantó; abrió la llave del gas sin que yo me diera cuenta y luego volvió a acostarse junto a mí. Esa es la cosa.

GARCIN.—¡Hum!

INÉS.—¿Qué?

GARCIN.—Nada. Que no está bien.

INÉS.—Bueno, no, ya sé que no está bien. ¿Qué quiere decir?

GARCIN.—Claro. Claro, tiene razón. (A ESTELLE.) Ahora te toca a ti. ¿Qué has hecho tú?

ESTELLE.—Ya les he dicho que no sé nada. Por más que me pregunto...

GARCIN.—Está bien, yo voy a ayudarte. Ese tipo de la cara destrozada, ¿quién es?

ESTELLE.—¿Qué tipo?

INÉS.—Demasiado lo sabes. Ese del que te daba miedo cuando entraste.

ESTELLE.—Es un amigo.

GARCIN.—¿Por qué tenías miedo de él?

ESTELLE.—No, ustedes no tienen derecho a interrogarme.

INÉS.—¿Es que se mató por tu culpa?

ESTELLE.—¡Qué va! Está usted loca.

GARCIN.—Entonces, ¿por qué te daba miedo? Se arreó un tiro de fusil en la cara,
¿no? ¿Es eso lo que se le llevó la cabeza?

ESTELLE.—¡Cállese! ¡Cállese!

GARCIN.—Por tu culpa, ¿no? ¡Por tu culpa!

INÉS.—Un tiro de fusil por tu culpa.

ESTELLE.—Déjenme tranquila. Me dan miedo. ¡Quiero irme! ¡Quiero marcharme de aquí! (Se precipita hacia la puerta y la sacude.)

GARCIN.—Vete. Para mí es lo mejor que podía pasar. Solo que la puerta está cerrada por fuera. (ESTELLE llama al timbre, pero este no suena. INÉS y GARCIN ríen. ESTELLE se vuelve hacia ellos, pegada a la puerta.)

ESTELLE.—(Con voz ronca y lenta.) Son ustedes asquerosos.


INÉS.—Muy bien, somos asquerosos. ¿Y qué más? Así que el tipo se mató por tu culpa. ¿Era tu amante?

GARCIN.—Está claro que era su amante. Y él quería tenerla para él solo, ¿no es verdad?

INÉS.—Bailaba los tangos como un profesional, pero era pobre, me imagino. (Un silencio.)

GARCIN.—Te preguntan si el muchacho era pobre.

ESTELLE.—Sí, era pobre.

GARCIN.—Y, además, tú tenías que conservar tu reputación... Un día se presentó, te suplicó y tú lo tomaste a broma.

INÉS.—¡Ah!, ¿sí? ¿Sí? ¿Lo tomaste a broma? ¿Y esa fue la razón de que se matara?

ESTELLE.—¿Tú..., tú mirabas a Florencia con esos ojos?

INÉS.—Sí. (Una pausa. ESTELLE se echa a reír.)

ESTELLE.—No tienen ni la menor idea. (Se yergue otra vez y los mira. Siempre pegada a la puerta. Con tono seco y provocador.) Quería hacerme un hijo. Qué, ¿ya están contentos?

GARCIN.—Y tú no querías.

ESTELLE.—No. Pero el niño llegó, de todas formas. Me fui a pasar cinco meses a Suiza. Nadie se enteró de nada. Era una niña. Roger estaba conmigo cuando nació. A él le gustaba tener una niña. A mí, no.

GARCIN.—¿Y después?

ESTELLE.—Había allí un balcón que daba al lago. Yo me traje una piedra grande.
El gritaba: «Estelle, te lo ruego, te lo suplico.» Yo le detestaba. Lo vio todo. Se asomó al balcón y le dio tiempo a ver las ondas en el lago.

GARCIN.—¿Y luego?

ESTELLE.—No hay nada más. Me volví a París. Y él hizo lo que le pareció.

GARCIN.—¿Saltarse los sesos?

ESTELLE.—Bueno, pues sí. No merecía la pena; mi marido nunca llegó a sospechar nada de nada. (Una pausa.) Los odio. (Tiene una crisis de sollozos secos.)

GARCIN.—Es inútil. Aquí las lágrimas no corren.

ESTELLE.—¡Qué cobarde soy! ¡Qué cobarde! (Una pausa.) ¡Si se dieran cuenta de cómo los odio!

INÉS.—(Tomándola en sus brazos.) Pero, hijita... (A GARCIN.) El interrogatorio ha terminado. No vale la pena que siga con ese hocico de verdugo.

GARCIN.—De verdugo... (Mira a su alrededor.) Yo también daría cualquier cosa por poder mirarme en un espejo. (Una pausa.) ¡Qué calor hace! (Maquinalmente empieza a quitarse la chaqueta.) ¡Oh!, perdón. (Juego inverso.)


ESTELLE.—No, puede ponerse cómodo. Ahora ya da igual.

GARCIN.—Sí. (Tira la chaqueta en un canapé.) No tiene que enfadarse conmigo, Estelle.

ESTELLE.—No estoy enfadada con usted. INÉS.—¿Y conmigo? ¿Conmigo sí lo estás? ESTELLE.—Sí. (Un silencio.)
INÉS.—¿Y qué, Garcin? Ya estamos desnudos como gusanos. ¿Ve más claro ahora?

GARCIN.—No lo sé. Puede que un poco más, sí. (Tímidamente.) ¿No les parece que..., que podríamos intentar ayudarnos los unos a los otros?

INÉS.—Yo no necesito ayuda.

GARCIN.—Inés, han enmarañado todos los hilos. Mire: con el menor gesto que usted haga, con que levante una mano para abanicarse, Estelle y yo sentimos una sacudida. Ninguno de nosotros puede salvarse solo. O nos perdemos juntos o salimos de esta juntos. Elijan. (Una pausa.) ¿Qué sucede ahora?

INÉS.—Ya la han alquilado. Las ventanas están abiertas de par en par y hay un hombre sentado en mi cama. ¡Ya la han alquilado! ¡Sí, ya la han alquilado! Entre, entre sin miedo. Es una mujer. Va junto a él y le pone las manos en los hombros... ¿Qué esperan para encender la luz? No se ve nada. ¿Qué van a hacer? ¡Besarse! ¡Esa habitación es mía, mía! Pero
¿por qué no encienden? Ya no puedo verlos... ¿Qué están murmurando? Qué, ¿la va a acariciar en «mi» cama? Ella le dice ahora que son las doce del día y que hay demasiada luz. Entonces es que me estoy quedando ciega. (Una pausa.) Se acabó. No hay nada más: ya ni veo ni oigo nada... Bien, supongo que con esto he terminado con la Tierra. Ya no hay por qué justificarse. (Se estremece.) Me siento vacía. Ahora sí que estoy completamente muerta. Enteramente aquí. (Una pausa.)
¿Qué me decía? Hablaba de ayudarme, me parece.

GARCIN.—Sí.

INÉS.—¿A qué?

GARCIN.—A deshacer las trampas.

INÉS.—¿Y yo, en cambio...?

GARCIN.—Me ayudará a mí. Será cosa de poco, Inés: solo con algo de buena voluntad.
INÉS.—Buena voluntad... ¿Dónde quiere que la encuentre? Estoy podrida. GARCIN.—¿Pues y yo? (Una pausa.) ¿Y si lo intentáramos, sin embargo? INÉS.—Estoy seca. No puedo ni recibir ni dar ninguna cosa. ¿Cómo quiere usted
que le ayude? Una rama muerta; pasto del fuego. (Una pausa. Mira a
ESTELLE, que tiene la cabeza en las manos.) Florencia era muy rubia.

GARCIN.—¿Usted no ignora que esta muchacha es su verdugo?


INÉS.—Puede, pero lo dudo mucho.

GARCIN.—Usted va a caer por ella. Por lo que a mí respecta, yo..., yo..., yo no le presto ninguna atención. Si por su parte...

INÉS.—¿Qué?

GARCIN.—Es una trampa. Y a usted la acechan ahora para ver si cae o no.

INÉS.—Ya lo sé. Y «usted» también es una trampa. ¿Qué se cree? ¿Que esas palabras suyas no estaban previstas? ¿Y que no hay otras trampas que no podemos ver? Todo es una trampa. Pero ¿qué puede importarme? Yo también lo soy. Un cepo para ella. Y puede que sea yo la que la atrape.

GARCIN.—Usted no atrapará nada absolutamente. Nosotros corremos unos detrás de otros como caballitos de madera, sin encontrarnos nunca. Créame que todo está organizado ya. Deje eso, Inés. Abra las manos, suelte la presa, o solo conseguirá la desgracia de todos.

INÉS.—¿Tengo yo el aspecto de soltar una presa? Ya sé lo que me aguarda. Voy a quemarme, me quedo y sé que esto no tendrá fin. Lo sé todo. Pero
¿cree usted que voy a soltar la presa? Esa va a ser cosa mía, y acabará mirándole a usted con mis propios ojos, como Florencia terminó mirando al otro. ¡Qué me viene a decir ahora de su desgracia! Ya le digo que lo sé todo; y ni siquiera puedo tener piedad de mí. Una trampa, ¡qué cosa! Naturalmente, y yo estoy cogida en esta trampa. Pero, además, ¿qué? Si están contentos con nosotros, mejor.

GARCIN.—(Tomándola por los hombros.) Escuche: yo sí puedo tener piedad de usted. Míreme ahora: estamos desnudos. Desnudos hasta los huesos, y yo la conozco hasta las entrañas; bien. ¿Cree usted que yo tengo interés en hacerle daño? Yo no me arrepiento de nada, no me quejo de nada; yo también estoy seco. Pero de usted..., de usted sí puedo tener piedad.

INÉS.—(Que se ha dejado hacer mientras él hablaba, se sacude.) No me toque.
Me molesta que me toquen. Y guárdese su piedad. ¡Vamos, Garcin! También hay muchas trampas para usted en esta habitación. Para usted. Preparadas para usted. Sería mejor que se preocupara de sus propios asuntos. (Una pausa.) Si nos deja completamente tranquilas a la niña y a mí, yo me las arreglaré para que a usted no le pase nada.

GARCIN.—(La mira un momento y se encoge de hombros.) Vale.

ESTELLE.—(Levantando la cabeza.) Socorro, Garcin.

GARCIN.—¿Qué quiere de mí?

ESTELLE.—(Levantándose y acercándose a él.) A mí sí puede usted ayudarme.

GARCIN.—Diríjase a ella. (INÉS se ha acercado y se coloca muy cerca de ella por detrás, sin tocarla. Durante las frases siguientes le hablará casi al oído. Pero ESTELLE, vuelta hacia GARCIN, que la mira sin hablar, responde únicamente a este, como si él fuera quien la interrogara.)


ESTELLE.—Por favor, Garcin, lo ha prometido usted, lo ha prometido. Pronto, pronto, no quiero estar sola. Olga se lo ha llevado al baile.

INÉS.—¿A quién?

ESTELLE.—A Pedro. Están bailando juntos.

INÉS.—¿Quién es Pedro?

ESTELLE.—Un chico inocentón. Me decía que yo era su agua pura. Me quería. Ella se lo ha llevado al baile.

INÉS.—¿Y tú le quieres?

ESTELLE.—Ahora se sientan. Ella está sin aliento. ¿Por qué se pone a bailar? A no ser que sea para adelgazar. Claro que no. Claro que yo no le quería; tiene dieciocho años y yo no soy un ogro.

INÉS.—Entonces déjalos. ¿Qué puede importarte?

ESTELLE.—Pero era mío.

INÉS.—Ya no hay nada tuyo en la Tierra.

ESTELLE.—Él era mío.

INÉS.—Sí, lo «era»... Ahora intenta cogerlo, intenta tocarlo, anda. Olga puede tocarlo, ella sí que puede. ¿No es así? ¿Verdad? Ella puede cogerle las manos, rozarle las rodillas.

ESTELLE.—Aprieta contra él su enorme pecho, le echa el aliento en la cara.
Pulgarcito, pobre Pulgarcito, ¿qué esperas para echarte a reír en su cara? ¡Ah!, me hubiera bastado con una mirada; ella no se hubiera atrevido nunca... Entonces, ¿es que, verdaderamente, ya no soy nada?

INÉS.—Nada ya, nada. Y ya no hay nada tuyo allí en la Tierra: todo lo que te pertenece está aquí. ¿Quieres el cortapapeles? ¿La estatua? El canapé azul es el tuyo... Y yo, pequeña, yo también soy tuya para siempre.

ESTELLE.—¿Qué? ¿Mía? ¿Quién de ustedes se atrevería a decir que yo soy su agua pura? A ustedes no se les puede engañar; ustedes saben que yo soy una basura, un desperdicio... Piensa en mí, Pedro, piensa solo en mí; defiéndeme. Mientras que tú piensas: agua pura, querida agua pura, solo estaré a medias en este lugar, solo a medias seré culpable, seré agua pura allí contigo. Mira, está colorada como un tomate. Pero, vamos, si es imposible; lo que nos habremos reído de ella juntos. ¿Qué melodía es esa que tanto me gustaba? ¡Ah, sí!... Es «Saint Louis Blues»... Bueno, bueno, bailad. Garcin, cómo se divertiría si pudiera verla. Ella no sabrá nunca que yo la miro ahora. Sí, te veo, te veo, despeinada, la cara descompuesta, los pisotones... Es para morirse de risa. ¡Ale, vamos! ¡Más de prisa! ¡Más de prisa aún! Él tira de ella, la empuja. Es una porquería. ¡Más de prisa! Él me decía siempre: «Tú eres tan ligera...» ¡Ale, vamos! ¡Vamos! (Baila mientras habla.) Ya te digo que te estoy mirando. A ella le da igual; baila a través de mi mirada.
¡Nuestra querida Estelle! ¿Así que nuestra querida Estelle? No, cállate. Ni siquiera has derramado una lágrima en el funeral. Ella le ha dicho:
«Nuestra querida Estelle.» Tiene la poca vergüenza de hablarle de mí.


Vamos, id a compás... Ella no es de las que pueden hablar y bailar al mismo tiempo, no... Pero ¿qué es lo que ahora...? ¡No! ¡No! ¡No se lo digas! ¡Ya te lo dejo; llévatelo, guárdatelo, haz lo que quieras de él, pero no se lo digas!... (Ha dejado de bailar.) Bueno. Ya está. Ahora quédate con él... Se lo ha contado todo, Garcin: Roger, el viaje a Suiza, la niña; se lo ha contado todo. «Nuestra querida Estelle no era...» En efecto, no, no era... Él mueve la cabeza con un gesto triste, pero no puede decirse que la noticia lo haya trastornado mucho. Ahora quédate con él. No seré yo quien te dispute sus largas pestañas ni su aspecto de niña... ¡Ah! Me llamaba agua pura, su cristal. El cristal se ha hecho añicos. «Nuestra querida Estelle.» ¡Hale, bailad, bailad! Pero a compás, cuidado... A compás: un, dos... (Baila.) Daría todo lo del mundo por volver un momento, un solo instante..., y bailar. (Baila. Una pausa.) Ahora no oigo muy bien. Han apagado las luces como para un tango.
¿Por qué tocan con sordina? ¡Más fuerte! ¡Qué lejos! Ya..., ya no oigo nada, nada. (Deja de bailar.) Nunca más. La tierra me ha abandonado. Garcin, mírame ahora, cógeme en tus brazos. (INÉS hace señas a GARCIN de que se aparte desde detrás de ESTELLE.)

INÉS.—(Imperiosamente.) ¡Garcin!

GARCIN.—(Retrocede un paso e indica a INÉS.) No, diríjase a ella.

ESTELLE.—(Se agarra a él.) ¡No se marche ahora! ¿Es que no es un hombre? Pero míreme, no vuelva los ojos. ¿Tan desagradable le resulta verme? Tengo..., tengo los cabellos rubios y, después de todo, hay alguien que se ha matado por mí. Por favor, de todos modos algo tiene que mirar. Si no soy yo, será la estatua, la mesa o los canapés. Sea como fuere, yo soy algo más agradable de mirar. Escucha: he caído de sus corazones como un pajarito que se cae del nido. Recógeme, ponme ahí, en tu corazón, y ya verás cómo soy buena contigo.

GARCIN.—(Rechazándola con esfuerzo.) Le digo que se dirija a ella.

ESTELLE.—¿A ella? No, ella no cuenta. Es una mujer.

INÉS.—¿Que yo no cuento? Pero, hija mía, hijita, hace ya mucho tiempo que tú estás resguardada en mi corazón. No tengas miedo; yo te miraré sin un respiro, sin un parpadeo... Y tú vivirás en mi mirada como una lentejuela en un rayo de sol.

ESTELLE.—¿Un rayo de sol? Vamos, déjese de tonterías. Ya antes ha querido salirse con la suya y ha visto que ha fracasado; así que déjeme.

INÉS.—¡Estelle! Agua pura, cristal.

ESTELLE.—¿«Su» cristal? ¡Qué gracia! ¿A quién piensa engañar? Vamos, todo el mundo sabe que yo tiré a la niña por la ventana. El cristal se ha hecho polvo en el suelo, y qué me importa. Ya soy solo un pellejo, y mi pellejo no es para usted.

INÉS.—Pero ven. Tú serás lo que quieras: agua pura, agua sucia. Te reconocerás en el fondo de mis ojos como tú te deseas.


ESTELLE.—¡Suélteme! ¿Es que no tiene ojos? ¿Qué tengo que hacer para que me suelte? ¿Eh? ¿Qué tengo que hacer? (Le escupe a la cara. INÉS la suelta bruscamente.)

INÉS.—¡Garcin! Usted me las pagará. (Una pausa. GARCIN se encoge de hombros y va hacia ESTELLE.)

GARCIN.—¿Así que quieres un hombre?

ESTELLE.—Un hombre, no. Tú.

GARCIN.—Déjate de cuentos. Cualquiera serviría. Resulta que soy yo el que está aquí, pues yo. Bien. (La coge por los hombros.) Yo no tengo nada para gustarte, ¿sabes? No soy un chico inocentón y tampoco sé bailar los tangos.

ESTELLE.—Te tomaré como eres. Puede que te haga cambiar. GARCIN.—Lo dudo. Estaré... distraído. Tengo otras cosas en la cabeza. ESTELLE.—¿Qué otras cosas?
GARCIN.—No te interesarían.

ESTELLE.—Me sentaré ahí, junto a ti. Esperaré a que puedas atenderme.

INÉS.— (Se echa a reír.) ¡Como una perra! ¡Como una perra! ¡Y ni siquiera es guapo!

ESTELLE.—(A GARCIN.) No la escuches. No tiene ojos ni oídos. No cuenta.

GARCIN.—Te daré todo lo que pueda. No es mucho. No te querré nunca; te conozco demasiado.

ESTELLE.—Pero ¿tú me deseas?

GARCIN.—Sí.

ESTELLE.—Es todo lo que quiero. GARCIN.—Entonces... (Se inclina sobre ella.) INÉS.—¡Estelle! ¡Garcin! ¡Están locos! Estoy yo aquí. GARCIN.—Ya lo veo. ¿Y qué?
INÉS.—Delante de mí no..., no pueden.

ESTELLE.—¿Por qué no? Yo me desnudaba delante de mi doncella.

INÉS.—(Agarrándose a GARCIN.) ¡Déjela, déjela ya! No la toque con sus asquerosas manos de hombre.

GARCIN.—(Rechazándola violentamente.) Venga, basta ya; yo no soy un caballero, ¿sabe?, y no me voy a morir por pegarle a una mujer.

INÉS.—Me lo había prometido, Garcin, recuérdelo. Por favor, usted me lo había prometido.

GARCIN.—Es usted la que ha roto el pacto; basta.

(INÉS se separa y retrocede hasta el fondo de la habitación.)


INÉS.—Haced lo que queráis; sois los más fuertes. Pero acordaos de que yo estoy aquí y que os estoy mirando. No dejaré de miraros ni un solo momento; tendrás que besarla bajo mis ojos. ¡Cómo os odio a los dos!
¡Podéis hacerlo, venga! Estamos en el infierno; ya llegará mi vuelta.
(Durante la escena siguiente los mira sin una palabra.)

GARCIN.—(Vuelve junto a ESTELLE y la coge por los hombros.) Dame tus labios.
(Una pausa. Se inclina sobre ella, pero bruscamente se yergue.)

ESTELLE.—(Con un gesto de despecho.) Qué... (Una pausa.) Ya te he dicho que no te preocupes de ella.

GARCIN.—Es lo otro, lo otro. (Una pausa.) Gómez está ahora en el periódico. Han cerrado las ventanas; así que es invierno. Seis meses. Ya hace seis meses que me... ¿No te lo dije que me distraería? Están tiritando; tienen puestas las chaquetas. Es curioso que allí tengan tanto frío y yo tanto calor. Esta vez sí está hablando de mí.

ESTELLE.—¿Durará mucho eso? (Una pausa.) Por lo menos dime lo que cuenta.

GARCIN.—Nada. No cuenta nada. Es un cerdo, eso es todo. (Presta oído.) Un verdadero cerdo. ¡Bah! (Vuelve con ESTELLE.) ¿Volvemos a lo nuestro?
¿Vas a quererme mucho? ESTELLE.—(Sonriendo.) ¿Quién sabe? GARCIN.—¿Tendrás confianza en mí?
ESTELLE.—Qué pregunta tan tonta; no voy a perderte de vista nunca, y seguro que no será con Inés con quien me engañes.

GARCIN.—Evidentemente. (Una pausa. Suelta los hombros de ESTELLE.) Yo hablaba de otra confianza. (Escucha.) ¡Anda! ¡Anda! Di lo que te parezca; como no estoy ahí para contestarte... (A ESTELLE.) Estelle, tú tienes que darme tu confianza. ¿Quieres?

ESTELLE.—¡Qué de jaleos! Teniendo lo que tienes: mi boca, mis brazos, todo mi cuerpo..., podría ser tan fácil. ¡Mi confianza! Yo no tengo ninguna confianza que dar, ninguna. Me fastidias horriblemente. ¡Ah! Seguro que tienes una cosa muy grave para pedirme una cosa así: mi confianza.

GARCIN.—Me fusilaron.

ESTELLE.—Ya lo sé. Te habías negado a salir. ¿Qué más?

GARCIN.—Yo... No, yo no me había negado del todo. (A los invisibles.) Él habla muy bien y sabe criticar, pero no dice lo que hay que hacer. ¿Qué tenía que hacer yo? ¿Entrar en el despacho del general y decirle: «Mi general, yo no salgo»? ¡Qué tontería! Me hubieran encerrado. ¡Y yo lo que quería era testimoniar, testimoniar! No quería que ahogaran mi voz. (A ESTELLE.) Así que..., que tomé el tren. Me cazaron en la frontera.

ESTELLE.—¿Adonde querías ir?

GARCIN.—A Méjico. Tenía el proyecto de sacar allí un periódico pacifista. (Un silencio.) Bueno, di algo.


ESTELLE.—¿Qué quieres que diga? Hiciste bien, puesto que no querías luchar. (Gesto de disgusto en GARCIN.) ¡Ay querido!, yo no puedo adivinar lo que tengo que responderte.

INÉS.—Hijita, hay que decirle que salió huyendo como un león. Porque lo que hizo es huir el hombre... Eso es lo que le trae a mal traer.

GARCIN.—Huido, marchado; llámelo como quiera.

INÉS.—Era lo mejor que podías hacer: huir. Si te hubieras quedado, te hubiesen detenido en seguida, ¿no?

GARCIN.—Claro. (Una pausa.) Estelle, ¿te parece que yo soy un cobarde?

ESTELLE.—¡Ay hijo!, yo no sé nada de eso. Yo no estoy en tu lugar. Eres tú el que tiene que decidir.

GARCIN.—(Con un gesto cansado.) Yo no decido nada.

ESTELLE.—En cualquier caso, tú tendrás que acordarte; seguro que tenías tus razones para actuar como lo hiciste.

GARCIN.—Sí.

ESTELLE.—¿ Entonces ?

GARCIN.—Pero ¿son las verdaderas razones?

ESTELLE.—(Fastidiada.) Qué complicado eres.

GARCIN.—Yo quería testimoniar, yo..., yo lo había reflexionado largamente...
Pero ¿son esas las verdaderas razones?

INÉS.—¡Ah!, esa es la cuestión, en efecto. ¿Fueron esas las verdaderas razones?
Tú razonabas, no querías comprometerte a la ligera. Pero el miedo, el odio y todas las porquerías que uno se oculta, son «también» razones. Así que tú busca, interrógate.

GARCIN.—Cállate tú. ¿Qué crees? ¿Que he estado esperando tus consejos? Todo el día y la noche me los pasaba andando en el calabozo; de la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana. Espiándome. Siguiéndome las huellas. Me parecía que me había pasado una vida entera interrogándome. Y luego, ¿qué? El acto estaba ahí. Yo... había tomado el tren; eso es lo único seguro. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Hasta que al fin pensé: «Mi muerte lo decidirá; si muero limpiamente habré probado que no soy un cobarde...»

INÉS.—¿Y cómo murió usted, Garcin?

GARCIN.—Mal. (INÉS se echa a reír.) Fue..., fue un simple desfallecimiento corporal. No me da vergüenza. Lo único que..., que todo ha quedado en suspenso para siempre. (A ESTELLE.) Ven aquí tú. Mírame. Necesito que alguien me mire mientras hablan de mí en la Tierra. Me gustan los ojos verdes.

INÉS.—¿Los ojos verdes? Qué cosas. ¿Y a ti, Estelle, te gustan los cobardes?

ESTELLE.—Si tú supieras lo poco que me importa... Cobarde o no, si sus caricias... Eso me basta.


GARCIN.—Dan cabezadas así; se aburren. Piensan: «Garcin es un cobarde.» Blandamente, débilmente. Porque, después de todo, hay que pensar en algo. ¡Garcin es un cobarde! Eso es lo que han decidido ellos, sí, mis compañeros. Dentro de seis meses dirán: «Cobarde como Garcin.» Ustedes han tenido suerte, después de

todo: nadie piensa en ustedes ya en la Tierra. Lo mío es más duro.

INÉS.—¿Y su mujer, Garcin?

GARCIN.—¡Qué dice ahora de mi mujer! Ha muerto.

INÉS.—¿Muerta?

GARCIN.—¡Ah!, sí. Me parece que he olvidado decirlo. Ha muerto ahora. Hace dos meses más o menos.

INÉS.—¿De pena?

GARCIN.—Naturalmente, de pena. ¿De qué quiere que haya muerto la pobre? Así que todo va bien: la guerra ha terminado, mi mujer ha muerto y yo..., yo he entrado en la Historia. (Solloza secamente y se pasa la mano por la cara. ESTELLE se cuelga de él.)

ESTELLE.—¡Querido mío! ¡Querido mío! Mírame, tócame, amor mío. (Le coge la mano.) Ponme la mano aquí, acaríciame. (GARCIN hace un movimiento para desprenderse.) Deja la mano; déjala, no te muevas. Todos ellos van a morir; qué importa lo que piensen. Olvídalos. Soy yo lo único que existe.

GARCIN.—(Separando la mano.) Pero ellos..., ellos no me olvidan a mí. Ellos morirán, ya sé, pero vendrán otros que recogerán su consigna. Les he dejado mi vida entre sus manos.

ESTELLE.—¡Piensas demasiado, eso es lo que te pasa!

GARCIN.—¿Y qué otra cosa voy a hacer? En otro tiempo actuaba... ¡Ah, con volver solo un día entre ellos, qué mentís, de qué forma...! Pero estoy fuera de juego; cierran el balance sin mí, y tienen razón, porque estoy muerto. Cazado como una rata. (Ríe.) He pasado al dominio público. (Una pausa.)

ESTELLE.—(Suavemente.) Garcin.

GARCIN.—¡Ah!, ¿estás ahí? Está bien, escucha: vas a hacerme un favor. No te preocupes, ya sé: te resulta raro que alguien te pida socorro; no tienes costumbre. Pero si tú quisieras, si hicieras un esfuerzo, hasta puede que consiguiéramos amarnos verdaderamente... Mira: ahí son mil los que repiten que yo soy un cobarde. Pero ¿qué significan mil? Con un alma que hubiera, con

una sola, que afirmara con todas sus fuerzas que yo no huí, «que no es posible» que yo huyera, que tengo valor, que soy limpio, yo... ¡estoy seguro de que me salvaría! ¿Quieres creer en mí? Te querría entonces más que a mí mismo.

ESTELLE.—(Riendo.) ¡Qué tonto eres! ¿Te figuras que yo podría querer a un cobarde?


GARCIN.—Pero antes decías...

ESTELLE.—Me burlaba de ti. A mí me gustan los hombres, Garcin, los verdaderos hombres, de manos fuertes, rudos. Tú no tienes cara de cobarde; ni la boca, ni la voz, ni el pelo de un cobarde, y te quiero por eso: tu pelo, tu boca, tu voz.

GARCIN.—¿Es verdad eso?

ESTELLE.—¿Quieres que te lo jure?

GARCIN.—Entonces los desafío a todos, a los de allá y a los de aquí. Estelle, nosotros saldremos del infierno. (INÉS se echa a reír. Él se interrumpe y la mira.) ¿Qué pasa?

INÉS.—(Riendo.) Nada. Solo que ella no cree ni una palabra de lo que está diciendo. ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? «Estelle, dime: ¿soy un cobarde?» Si tú supieras todo lo que ella se ríe de ese problema.

ESTELLE.—¡Inés! (A GARCIN.) No la escuches. Si tú quieres mi confianza, tienes que empezar por concederme la tuya.

INÉS.—¡Pues claro que sí, pues claro que sí! Concédele tu confianza. Necesita un hombre, ya lo ves; un brazo de hombre alrededor de su cintura, un olor de hombre, un deseo de hombre en los ojos de un hombre. En cuanto a lo demás... ¡Bueno! Podría decirte que tú eres Dios Padre si eso fuera de tu agrado.

GARCIN.—¡Estelle! ¿Es verdad eso? ¡Contéstame! ¿Es verdad?

ESTELLE.—¿Qué quieres que te diga? No comprendo nada de todos esos líos. (Golpea con el pie.) ¡Qué desagradable es todo esto! Mira: aunque tú fueras un cobarde, yo te querría. ¿No te basta con eso? (Una pausa.)

GARCIN.—Me dais asco las dos. (Va hacia la puerta.)

ESTELLE.—¿Qué vas a hacer?

GARCIN.—Me voy.

INÉS.—(En seguida.) No irías muy lejos: la puerta está cerrada. GARCIN.—Tendrán que abrir. (Llama al timbre. No suena.) ESTELLE.—¡Garcin!
INÉS.—(A ESTELLE.) No te preocupes; el timbre no funciona.

GARCIN.—Ya veréis cómo abren. (Tamborilea sobre la puerta.) Ya no puedo soportaros más, no puedo veros más. (ESTELLE corre hacia él; él la rechaza.) Déjame; me repugnas todavía más que ella. Sería horrible emparentarme en esos ojos tuyos. Estás húmeda, eres blanda. Eres un pulpo, un lodazal. (Golpea en la puerta.) ¡Qué! ¿Van a abrir?

ESTELLE.—Garcin, te lo suplico: no te vayas, no te hablaré más, te dejaré tranquilo, pero no te vayas. Inés ha sacado sus garras; no quiero quedarme sola con ella.

GARCIN.—Arréglatelas como puedas. Yo no te he dicho que vengas; allá tú.


ESTELLE.—¡Cobarde! ¡Ahora ya lo veo! ¡Es verdad que eres un cobarde!

INÉS.—(Acercándose a ESTELLE.) Qué, hija mía, ¿no estás contenta tú? Me has escupido para hacerle gracia, y ya ves, nos hemos enfadado por su culpa. Pero ahora se va el aguafiestas; vamos a quedarnos entre mujeres, solas.

ESTELLE.—No vas a ganar nada con ello; si esa puerta se abre yo me escaparé también.

INÉS.—¿Adónde?

ESTELLE.—Donde sea. Lo más lejos posible de ti. (GARCIN no ha cesado de llamar a la puerta.)

GARCIN.—¡Abran! ¡Abran! Lo soportaré todo: los cepos, las tenazas, el plomo derretido, las pinzas, el garrote, todo lo que quema, todo lo que desgarra; quiero sufrir normalmente. Antes cien mordeduras, antes el látigo, el vitriolo..., todo antes que este sufrimiento interior, este..., este fantasma de sufrimiento que roza, que acaricia y que nunca hace demasiado daño. (Coge el picaporte de la puerta y lo sacude.) ¿Abrirán de una vez? (La puerta, bruscamente, se abre, y GARCIN está a punto de caer.) ¿Qué es esto? (Un largo silencio.)

INÉS.—Vamos, Garcin... Váyase.

GARCIN.—(Lentamente.) Me pregunto por qué se habrá abierto.

INÉS.—¿Qué está esperando? ¡Hale, márchese!

GARCIN.—No, no voy a irme.

INÉS.—¿Y tú? (A ESTELLE. ESTELLE no se mueve. INÉS se echa a reír.) Entonces,
¿quién? ¿Cuál de los tres? La vía está libre. ¿Quién nos retiene? ¡Ah, es para morirse de risa! Resulta que somos inseparables. (ESTELLE se abalanza, por detrás, sobre ella.)

ESTELLE.—¿Inseparables? ¡Garcin! Ayúdame, ayúdame, de prisa. La arrastraremos fuera y cerraremos la puerta; ahora va a ver, ahora va a ver esta.

INÉS.—(Debatiéndose.) ¡Estelle! ¡Estelle! ¡Te lo suplico, no me eches! ¡Al pasillo, no; no me tires en el pasillo!

GARCIN.—Suéltala.

ESTELLE.—Estás loco. Te odia.

GARCIN.—Yo... me he quedado por ella, ¿sabes? (ESTELLE suelta a INÉS y mira a
GARCIN con estupor.)

INÉS.—¿Que te has quedado por mí? (Una pausa.) Está bien, cierra la puerta.
Hace muchísimo más calor desde que se ha abierto. (GARCIN va a la puerta y la cierra.) Así que por mí, ¿eh?

GARCIN.—Sí. Porque tú..., tú sabes lo que es un cobarde. Tú sí lo sabes.

INÉS.—Sí, claro que lo sé.


GARCIN.—Y sabes lo que es el mal, la vergüenza, el miedo. Ha habido días..., ¿a que sí?..., en que te has visto hasta los tuétanos y te has quedado destrozada, muerta. Y al día siguiente ya no sabías qué pensar, no conseguías descifrar las revelaciones de la víspera. Sí,

tú conoces el precio del mal. Y si tú dices que yo soy un cobarde, es con conocimiento de causa, ¿eh?

INÉS.—Sí.

GARCIN.—Es a ti a quien tengo que convencer, a ti. Tú eres de mi raza. ¿Qué te creías? ¿Que me iba a marchar? No te podía dejar aquí, triunfante, con todos esos pensamientos en la cabeza..., todos esos pensamientos que se refieren a mí.

INÉS.—¿Es verdad que quieres convencerme?

GARCIN.—Es lo único que quiero. A ellos ya no los oigo, ¿sabes? Seguro que es porque ya han terminado conmigo. Terminado: el asunto está clasificado, yo ya no soy nadie en la Tierra, ni siquiera un cobarde. Inés, estamos aquí solos: ya solo estáis vosotras para pensar en mí. Ella no cuenta; pero tú, tú que me odias..., si tú me crees, me salvas.

INÉS.—Puede que no sea fácil, no sé. Soy un poco dura de aquí. (Por la cabeza.)

GARCIN.—Emplearé el tiempo que haga falta.

INÉS.—¡Oh, sí! Tienes todo el tiempo que quieras. «Todo» el tiempo.

GARCIN.—(La coge por los hombros.) Escucha: cada uno tiene sus objetivos, ¿no es así? A mí..., a mí me daba igual el dinero, el amor. Yo..., yo quería ser un hombre. Un valiente. Y lo aposté todo al mismo caballo. ¿Es posible que uno sea un cobarde cuando se han elegido los caminos más peligrosos? ¿Puede juzgarse una vida entera por un solo acto? Eso es lo que pregunto.

INÉS.—¿Y por qué no? Durante treinta años te imaginaste que tenías mucho corazón; y te permitías mil pequeñas debilidades porque a los héroes todo les está permitido. ¡Y qué cómodo era! Y luego, a la hora de la verdad, te pusieron al pie del paredón... y te cogiste el tren para Méjico.

GARCIN.—No, yo no me imaginaba ese heroísmo. Lo elegí. Cada uno es lo que quiere ser.

INÉS.—Demuéstralo. Demuestra que no era... una imaginación. Solamente los actos deciden qué es lo que uno ha querido.

GARCIN.—He muerto demasiado pronto. No me han dejado tiempo para..., para realizar «mis» actos.

INÉS.—Siempre se muere demasiado pronto o demasiado tarde. Y, sin embargo, la vida está ahí, acabada. La raya está hecha y hay que hacer la suma. Tú no eres nada más que tu vida.

GARCIN.—Eres una víbora. Tienes respuesta para todo.


INÉS.—¡Vamos! ¡Vamos! No pierdas los ánimos. Debe de ser muy fácil convencerme. Busca argumentos, haz un esfuerzo a ver. (GARCIN se encoge de hombros.) ¿Qué tal, qué tal? Ya te había dicho que eras vulnerable. ¡Y cómo las vas a pagar ahora! Eres un cobarde, Garcin, un cobarde, porque yo lo quiero. Porque yo lo quiero, ¿lo oyes? Y, sin embargo, mira lo débil que soy, como un suspiro; solo esta mirada que te mira, este pensamiento incoloro que te piensa..., no soy nada más. (Él va hacia ella con las manos abiertas.) Bueno, ¿y qué? Ahora van y se abren esas manos grandes, de hombre. ¿Y qué? ¿Qué esperas? Los pensamientos no se cogen así, con las manos. Mira cómo no puedes hacer otra cosa que convencerme... Eres mío.

ESTELLE.—¡Garcin!

GARCIN.—¿Qué?

ESTELLE.—Por lo menos, véngate.

GARCIN.—¿Cómo?

ESTELLE.—Bésame y verás cómo canta.

GARCIN.—Y ya ves, es verdad. Estoy en tus manos, pero tú también en las mías.
(Se inclina sobre ESTELLE. INÉS da un grito.)

INÉS.—¡Sí, cobarde, cobarde! ¡Vete a que te consuelen las mujeres!

ESTELLE.—¡Canta, Inés, canta!

INÉS.—¡Vaya pareja! Si tú vieras su pataza plantada ahí, en tu espalda, enrojeciéndote la carne, arrugando la tela... Tiene las manos húmedas; está sudando. Va a dejarte una marca azul en el vestido, ya verás.

ESTELLE.—¡Canta! ¡Canta! Estréchame más fuerte, Garcin; verás cómo revienta.

INÉS.—Sí, sí, Garcin, estréchala más fuerte, anda; que tu calor y el suyo se haga un revoltijo, anda... Es estupendo el amor, ¿eh? ¿No, Garcin? Es una cosa tibia y profunda como el sueño, solo que yo te impediré dormir. (Gesto de GARCIN.)

ESTELLE.—No, no la escuches. Bésame. Soy tuya, tuya.

INÉS.—Bueno, ¿a qué esperas tú? Haz lo que te dice. Garcin, el cobarde, tiene en sus brazos a Estelle, la infanticida. Quedan abiertas las apuestas... El señor Garcin ¿la besará? ¿No la besará? Cómo os veo, cómo os veo. Yo sola soy una multitud, la muchedumbre, Garcin, la muchedumbre,
¿oyes? (Murmurando.) Cobarde. Cobarde. Cobarde. Cobarde. Aunque me huyas, no te vale; yo no te suelto. ¿Qué vas a buscar en sus labios?
¿El olvido? Pero yo no voy a olvidarte a ti; yo, no. Es a mí a la que tienes que convencer. A mí. Anda, ¡ven, ven! Te espero. ¿Lo ves, Estelle? Afloja el abrazo, es dócil como un perro... ¡No va a ser tuyo nunca!

GARCIN.—¿Y no será de noche nunca?

INÉS.—Nunca.

GARCIN.—¿Y tú me verás siempre?


INÉS.—Siempre. (GARCIN abandona a ESTELLE y da algunos pasos por la habitación.
Se acerca a la estatua.)

GARCIN.—La estatua... (La acaricia.) ¡En fin! Este es el momento. La estatua está ahí; yo la contemplo y ahora comprendo perfectamente que estoy en el infierno. Ya os digo que todo, todo estaba previsto. Habían previsto que en un momento..., este..., yo me colocaría junto a la chimenea y que pondría mi mano sobre la estatua, con todas esas miradas sobre mí... Todas esas miradas que me devoran... (Se vuelve bruscamente.)
¡Cómo! ¿Solo sois dos? Os creía muchas más. (Ríe.) Entonces esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído... Ya os acordaréis: el azufre, la hoguera, las parrillas... Qué tontería todo eso... ¿Para qué las parrillas? El infierno son los demás.

ESTELLE.—¡Amor mío!

GARCIN.—(Rechazándola.) Déjame. Ella está con nosotros. No puedo estar contigo cuando ella me mira.

ESTELLE.—¡Está bien! Ya no nos verás más. (Coge el cortapapeles de la mesa, se precipita sobre INÉS y le asesta varias puñaladas.)

INÉS.—(Se debate riendo.) Pero ¿qué haces, qué haces? ¿Estás loca? Tú sabes de sobra que ya estoy muerta.

ESTELLE.—¿Muerta? (Deja caer el cuchillo. Una pausa. INÉS recoge el cuchillo y se apuñala con rabia.)

INÉS.—¡Muerta! ¡Muerta! ¡Muerta! Ni cuchillo, ni veneno, ni cuerda. «Ya está hecho», ¿comprendes? Y estamos juntos para siempre. (Ríe.)

ESTELLE.—(Se echa a reír.) ¡Para siempre, Dios mío, qué cosa tan curiosa! ¡Para siempre!

GARCIN.—(Ríe mirando a las dos.) ¡Para siempre! (Caen sentados, cada uno en su canapé. Un largo silencio. Dejan de reír y se miran. GARCIN se levanta.) Bueno, sigamos. (Telón.)





FIN DE «A PUERTA CERRADA»

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