Otelo. William Shakespeare.





















William Shakespeare
OTELO

DRAMATIS PERSONAE

OTELO, el moro [general al servicio de Venecia]
BRABANCIO, padre de Desdémona [senador de Venecia]
CASIO, honrado teniente [de Otelo]
YAGO, un malvado [alférez de Otelo]
RODRIGO, un caballero engañado
El DUX de Venecia
SENADORES [de Venecia]
MONTANO, gobernador de Chipre
CABALLEROS de Chipre
LUDOVICO noble veneciano [pariente de Brabanciol
GRACIANO noble veneciano [hermano de Brabancio]
MARINEROS
El GRACIOSO [criado de Otelo]
DESDÉMONA, esposa de Otelo [e hija de Brabitncio]
EMILIA, esposa de Yago
BIANCA, cortesana [amante de Casio]
[Mensajeros, guardias, heraldo, caballeros, músicos y acom¬pañamiento]



LA TRAGEDIA DE OTELO,
EL MORO DE VENECIA

I.i Entran RODRIGO y YAGO.

RODRIGO
¡Calla, no sigas! Me disgusta muchísimo
que tú, Yago, que manejas mi bolsa
como si fuera tuya, no me lo hayas dicho.
YAGO
Voto a Dios, ¡si no me escuchas!
Aborréceme si yo he soñado
nada semejante.
RODRIGO
Me decías que le odiabas.
YAGO
Despréciame si es falso. Tres magnates
de Venecia se descubren ante él
y le piden que me nombre su teniente;
y te juro que menos no merezco,
que yo sé lo que valgo. Mas él, enamorado
de su propia majestad y de su verbo,
los evade con rodeos ampulosos
hinchados de términos marciales
y acaba denegándoles la súplica.
Les dice: «Ya he nombrado a mi oficial».
¿Y quién es el elegido?
Pardiez, todo un matemático
un tal Miguel Casio, un florentino
(casi condenado a mujercita),
que jamás puso una escuadra sobre el campo
ni sabe disponer un batallón
mejor que una hilandera ... si no es con teoría
libresca, de la cual también saben hablar
los cónsules togados. Mera plática sin práctica
es toda su milicia. Mas le ha dado el puesto,
y a mí, a quien ha visto dar pruebas en Rodas,
en Chipre y en tierras cristianas y paganas,
me deja a la sombra y a la zaga
del debe y el haber. Y este sacacuentas
es, en buena hora, su teniente, y yo,
vaya por Dios, el alférez de Su Morería
RODRIGO
¡El colmo! Yo antes sería su verdugo.
YAGO
Pues ya lo ves. Son los gajes del soldado:
los ascensos se rigen por el libro y el afecto,
no según antigüedad, por la cual el segundo
siempre sucede al primero. Conque juzga
si tengo algún motivo para estar
a bien con el moro.
RODRIGO
Yo no le serviría.
YAGO
Pierde cuidado.
Le sirvo para servirme de él.
Ni todos podemos ser amos, ni a todos
los amos podemos fielmente servir.
Ahí tienes al criado humilde y reverente,
prendado de su propio servilismo,
que, como el burro de la casa, sólo vive
para el pienso; y de viejo, lo licencian.
¡Que lo cuelguen por honrado! Otros,
revestidos de aparente sumisión,
por dentro sólo cuidan de sí mismos
y, dando muestras de servicio a sus señores,
medran a su costa; hecha su jugada,
se sirven a sí mismos. En éstos sí que hay alma
y yo me cuento entre ellos.
Pues, tan verdad como que tú eres Rodrigo,
si yo fuera el moro, no habría ningún Yago.
Sirviéndole a él, me sirvo a mí mismo.
Dios sabe que no actúo por afecto ni obediencia
sino que aparento por mi propio interés.
Pues el día en que mis actos manifiesten
la índole y verdad de mi ánimo
en exterior correspondencia, ya verás
qué pronto llevo el corazón en la mano
para que piquen los bobos. Yo no soy el que soy
RODRIGO
Si todo le sale bien,
¡vaya suerte la del Morros!
YAGO
Llama al padre. Al moro
despiértalo, acósalo, envenena
su placer, denúncialo en las calles,
ponlo a mal con los parientes de ella,
y, si vive en un mundo delicioso,
inféstalo de moscas; si grande es su dicha,
inventa ocasiones de amargársela
y dejarla deslucida.
RODRIGO
Aquí vive el padre. Voy a dar voces.
YAGO
Tú grita en un tono de miedo y horror,
como cuando, en el descuido de la noche,
estalla un incendio en ciudad populosa.
RODRIGO
¡Eh, Brabancio! ¡Signor Brabancio, eh!
YAGO
¡Despertad! ¡Eh, Brabancio! ¡Ladrones, ladrones!
¡Cuidad de vuestra casa, vuestra hija
y vuestras bolsas! ¡Ladrones, ladrones!

BRABANCIO [se asoma] a una ventana

BRABANCIO
¿A qué se deben esos gritos de espanto?
¿Qué os trae aquí?
RODRIGO
Señor, ¿vuestra familia está en casa?
YAGO
¿Y las puertas bien cerradas?
BRABANCIO
¿Por qué lo preguntáis?
YAGO
¡Demonios, señor, que os roban! ¡Vamos, vestíos!
¡El corazón se os ha roto, se os ha partido el almal
Ahora, ahora, ahora mismo un viejo carnero negro
está montando a vuestra blanca ovejita.
¡Arriba! Despertad con las campanas
a los que duermen y roncan, si no queréis
que el diablo os haga abuelo. ¡Vamos, arriba!
BRABANCIO
¡Cómo! ¿Habéis perdido el juicio?
RODRIGO
Honorable señor, ¿me conocéis por la voz?
BRABANCIO
No. ¿Quién sois?
RODRIGO
Me llamo Rodrigo.
BRABANCIO
¡Mal hallado seas! Te he prohibido
que rondes mi casa; te he dicho
con toda claridad que para ti no es mi hija,
y ahora, frenético, lleno de comida
y bebidas embriagantes, vienes
de malévolo alboroto turbando mi reposo.
RODRIGO
Pero, señor...
BRABANCIO
No te quepa duda
de que mi ánimo y mi puesto tienen fuerza
para hacerte pagar esto.
RODRIGO
Calmaos, señor.
BRABANCIO
¿Qué me cuentas de robos? Estamos en Venecia;
yo no vivo en el campo.
RODRIGO
Muy respetable Brabancio, acudo a vos
con lealtad y buena fe.
YAGO
¡Voto al cielo! Sois de los que no sirven a Dios
porque lo manda el diablo. Venimos a ayudaros y
nos tratáis como salvajes. ¿Queréis que a vuestra
hija la cubra un caballo bereber y vuestros nietos os
relinchen? ¿Queréis tener jacos y rocines en lugar
de allegados y parientes?
BRABANCIO
¿Y quién eres tú, desvergonzado?
YAGO
Uno que viene a deciros que vuestra hija y el moro
están jugando a la bestia de dos espaldas.
BRABANCIO
¡Miserable!
YAGO
Y vos,senador.
BRABANCIO
Rodrigo, de esto me responderás.
RODRIGO
Y de cualquier cosa, señor. Mas atendedme
si por vuestro deseo y sabia decisión,
como en parte lo parece, vuestra bella hija,
a esta hora soñolienta de la noche,
no es llevada, sin otra custodia
que la de un gondolero de alquiler,
a los brazos groseros de un moro sensual...
Si todo esto lo sabéis y autorizáis,
llamadnos con razón atrevidos e insolentes.
Si no, faltáis a las buenas costumbres
con vuestra injusta condena. No penséis
que, adverso a las normas de cortesanía,
he venido a burlarme de Vuestra Excelencia
Lo repito: vuestra hija, si no le disteis
permiso, se rebela contra vos entregando
belleza, obediencia, razón y ventura
a un extranjero errátil y sin patria.
Comprobadlo vos mismo:
si está en su aposento o en la casa,
caiga sobre mí toda la justicia
por haberos engañado.
BRABANCIO
¡Encended lucesl ¡Traedme una vela!
¡Despertad a toda mi gente!
He soñado una desgracia como ésta
y me angustia pensar que es real.
¡Luces! ¡Luces!
YAGO
Adiós, te dejo. En mi puesto
no es prudente ni oportuno ser llamado
a declarar contra el moro y, si me quedo,
habré de hacerlo. Sé que el Estado,
aunque por esto le lea la cartilla,
no puede despedirle: le han confiado
con muy clara razón la guerra de Chipre,
que ya es inminente, pues, si quieren salvarse,
de su calibre no tienen a nadie
capaz de llevarla. Por todo lo cual,
aunque le odio como a las penas del infierno,
las necesidades del momento me obligan
a mostrar la enseña y bandera del afecto,
que no es sino apariencia. Si quieres encontrarle,
lleva la cuadrilla al Sagitario ,
que allí estaré con él. Adiós.

Sale.

Entran BRABANCIO y criados con antorchas.

BRABANCIO
La desgracia era cierta. No está,
y el resto de mi vida miserable
será una amargura. Dime, Rodrigo,
¿dónde la has visto? ¡Ah, desdichada!-
¬¿Dices que con el moro? ¡Ser padre para esto!-
¬¿Cómo sabes que era ella? ¡Quién lo iba a pensar!¬-
¿Qué te dijo? ¡Más luces! ¡Despertad a toda
mi familia! ¿Y crees que se han casado?
RODRIGO
Yo creo que sí.
BRABANCIO
¡Santo Dios! ¿Cómo salió? ¡Ah, sangre traidora!
Padres, desde ahora no os fiéis del corazón
de vuestras hijas por meras apariencias.
¿No hay encantamientos que puedan corromper
a muchachas inocentes? Rodrigo,
¿tú has leído algo de esto?
RODRIGO
Sí, señor, lo he leído.
BRABANCIO
¡Despertad a mi hermano! ¡Ojalá fuera tuya!-
¬Unos por un lado, otros por otro. ¿Sabes
dónde podemos capturarla con el moro?
RODRIGO
A él creo que puedo hallarle, si os hacéis
con una buena escolta y me seguís.
BRABANCIO
Pues abre la marcha. Llamaré en todas las casas;
me darán ayuda en muchas. ¡Armas!
¡Y traed a la guardia nocturna!¬-
Vamos, buen Rodrigo; serás recompensado.

Salen.

I.ii Entran OTELO, YAGO y criados con antorchas.

YAGO
Aunque he matado hombres en la guerra,
por principio de conciencia no puedo matar
con premeditación. Hay momentos
en que me estorban los escrúpulos. No sé
cuántas veces me han venido ganas
de hincárselo aquí, bajo el costillar.
OTELO
Más vale que no.
YAGO
Sí, pero él parloteaba y decía
palabras tan groseras e insultantes
contra vos que mi propia caridad
apenas me servía para sufrirlo.
Mas decidme, señor, ¿estáis ya casado?
Tened por cierto que el senador
es muy estimado, y la fuerza de su voto
puede doblar a la del Dux. Si no os descasa,
os impondrá cortapisas y castigos
con todo el campo libre que la ley
pueda dejar a un hombre de su mando.
OTELO
Que haga lo imposible.
Mis servicios a la Serenísima
acallarán sus protestas. Se ignora
(y pienso proclamarlo cuando sepa
que la jactancia es virtud)
que soy de regia cuna y que mis méritos
están a la par de la espléndida fortuna
que he alcanzado. Te aseguro, Yago,
que, si yo no quisiera a la noble Desdémona,
no expondría mi libre y exenta condición
a reclusiones ni límites por todos
los tesoros de la mar. ¿Qué luces son ésas?
YAGO
Es el padre con sus hombres.
Más vale que entréis.
OTELO
No. Que me encuentren. Mis prendas,
mi rango y la paz de mi conciencia
darán fe de mi persona. ¿Son ellos?
YAGO
Por Jano, creo que no.

Entran CASIO y guardias con antorchas.

OTELO
¡Servidores del Dux y mi teniente!
La noche os sea propicia, amigos.
¿Alguna novedad?
CASIO
El Dux os saluda, general,
y requiere vuestra pronta presencia;
inmediata si es posible.
OTELO
¿Conocéis el motivo?
CASIO
Parece ser que noticias de Chipre.
Algo apremiante: esta noche las galeras
enviaron a doce mensajeros, uno tras otro,
todos muy seguidos, y los cónsules
ya están levantados y reunidos con el Dux.
Os han convocado urgentemente.
Al no haberos hallado en vuestra casa,
el Senado envió en vuestra busca
a tres cuadrillas.
OTELO
Mejor si me habéis hallado vos.
He de hablar con alguien en la casa
e iré con vos sin más demora.

[Sale.]

CASIO
Alférez, ¿qué hace él aquí?
YAGO
Es que tomó al abordaje una nave de tierra;
si la presa es legal, ¡menuda fortuna!
CASIO
No entiendo.
YAGO
Se ha casado.
CASIO
¿Con quién?

[Entra OTELO.]

YAGO
Pues con... ¿Vamos, general?
OTELO
Vamos.
CASIO
Aquí viene otro grupo en vuestra busca.

Entran BRABANCIO, RODRIGO y guar¬dias con antorchas y armas.

YAGO
Es Brabancio. En guardia, general,
que viene con malas intenciones.
OTELO
¡Alto!
RODRIGO
Señor, es el moro.
BRABANCIO
¡Ladrón! ¡Abajo con él!
YAGO
¿Tú, Rodrigo? Vamos, aquí me tienes.
OTELO
Envainad las espadas brillantes, que el rocío
va a oxidarlas. Señor, dominaréis mucho más
con la edad que con las armas.

BRABANCIO
Infame ladrón, ¿dónde tienes a mi hija?
Estabas condenado y tenías que embrujarla.
Lo someto al dictamen de los cuerdos:
si no la encadena la magia, no se entiende
que muchacha tan dulce, gentil y dichosa,
tan adversa al matrimonio que rehusó
a nuestros favoritos más ricos y galanos,
se exponga a la pública irrisión, abandonando
su tutela para caer en el pecho tiznado
de un ser como tú que asusta y repugna.
Que el mundo me juzgue si no es manifiesto
que lanzaste contra ella tus viles hechizos,
corrompiendo su tierna juventud
con pócimas y filtros que embotan los sentidos.
Haré que lo examinen: se puede probar,
es verosímil. Así que te detengo
por ser un corruptor, un oficiante
de artes clandestinas y proscritas.¬
¡Prendedle! Si se resiste,
reducidle por la fuerza.
OTELO
¡Quietos todos, los de mi bando y los demás!
Si mi papel me exigiese pelear,
no habría necesitado apuntador.
¿Dónde queréis que responda a vuestros cargos?
BRABANCIO
En la cárcel, hasta que seas llamado
cuando lo disponga la ley y la justicia.
OTELO
Y, si obedezco, ¿cómo voy
a complacer al Dux, que me ha hecho
llamar por medio de estos mensajeros
para un asunto perentorio del Estado?
GUARDIA
Es cierto, Excelencia. El Dux
convocó al consejo, y me consta
que os mandó llamar.
BRABANCIO
¡Cómo! ¿Que convocó al consejo?
¿A estas horas de la noche? Llevadle allá.
Mi asunto no es vano. El Dux mismo
y cualquiera de los otros senadores
sentirán este ultraje como suyo.
Si actos semejantes tienen paso franco,
pronto mandarán los infieles y esclavos.

Salen.

I.iii El Dux y los SENADORES sentados alrededor de
una mesa; antorchas y guardias.

DUX
Las noticias no concuerdan
y no podemos darles crédito.

SENADOR 1.0
Son contradictorias.
Mi carta dice ciento siete galeras.
DUX
La mía, ciento cuarenta.
SENADOR 2.0
Y la mía, doscientas. Sin embargo,
aunque no haya coincidencia de número
(pues en casos de cálculo suele haber
diferencias), todas ellas hablan
de una escuadra turca con rumbo a Chipre.
DUX
Sí, bien mirado es muy posible.
Las diferencias no me tranquilizan
y lo esencial me parece preocupante.
MARINERO [desde dentro]
¡Eh eh! ¡Eh eh! ¡Eh eh!

Entra.

GUARDIA
Mensajero procedente de las naves.
DUX
¿Hay noticias?
MARINERO
La escuadra turca se dirige a Rodas.
Tal es el mensaje que me dio para el Senado
el signor Angelo.
DUX
¿Qué opináis de este cambio?
SENADOR 1.0
No es posible; carece de sentido.
Es un señuelo para burlar ruestra atención.
Consideremos la importancia de Chipre
para el turco y entendamos que le importa
más que Rodas, pues el turco
puede conquistarla en fácil combate:
ni está en condiciones de luchar,
ni tiene las defensas que protegen
a Rodas. Reparando en todo esto
no vayamos a pensar que el turco
sea tan torpe que aplace hasta el final
lo que desea al principio, abandonando
una conquista realizable y ventajosa
por el riesgo de un ataque sin provecho.
DUX
No, seguro que a Rodas no van.
GUARDIA
Aquí hay más noticias.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Ilustres y honorables señores,
la escuadra turca que navegaba hacia Rodas
se ha unido a otra escuadra.
SENADOR 1.0
Me lo temía. ¿Cuántas naves hay?
MENSAJERO
Unas treinta, pero ahora han invertido
el rumbo, y abiertamente se dirigen
hacia Chipre. El signor Montano,
vuestro fiel y valiente servidor,
os comunica solícitamente la noticia
y os ruega que le deis crédito.
DUX
A Chipre, no hay duda.
¿Está en la ciudad Marcos Luccicos?
SENADOR 1.0
Está en Florencia.
DUX
Escribidle de mi parte, y que venga
a toda prisa.
SENADOR 1.0
Aquí vienen Brabancio y el valiente moro.

Entran BRABANCIO, OTELO, CASIO, YAGO, RODRIGO y guardias.

DUX
Valiente Otelo, debéis disponeros de inmediato
a luchar contra nuestro enemigo el otomano.
[A BRABANCIO] No os había visto. Bienvenido, señor.
Echaba de menos vuestro consejo y apoyo.
BRABANCIO
Y yo el vuestro. Alteza, perdonadme:
no me he levantado por mi cargo
ni por ninguna ocupación, y no es el bien común
lo que me inquieta, pues mi dolor personal
es tan desbordante y tan violento
que absorbe y devora otros pesares
y, sin embargo, sigue igual.
DUX
Pues, ¿qué ocurre?
BRABANCIO
¡Mi hija! ¡Ay, mi hija!
SENADORES
¿Ha muerto?
BRABANCIO
Para mí, sí.
La han seducido, raptado y corrompido
con hechizos y pócimas de charlatán,
pues sin brujería la naturaleza,
que no es torpe, ciega, ni insensata,
no podría torcerse de modo tan absurdo.
DUX
Quienquiera que por medios tan infames
haya hecho que se pierda vuestra hija
y que vos la hayáis perdido, será reo
de la pena más grave que vos mismo
leáis en el libro inexorable de la ley,
aunque fuera hijo mío el acusado.
BRABANCIO
Con humildad os lo agradezco.
Éste es el culpable, este moro, a quien
al parecer, habéis hecho venir expresamente
por asuntos de Estado.
TODOS [Los SENADORES]
Es muy lamentable.
Dux [a OTELO]
Y, por vuestra parte, ¿qué decís a esto?
BRABANCIO
Nada que pueda desmentirlo.
OTELO
Muy graves, poderosas y honorables Señorías,
mis nobles y estimados superiores:
es verdad que me he llevado a la hija
de este anciano, y verdad que ya es mi esposa.
Tal es la envergadura de mi ofensa;
más no alcanza. Soy tosco de palabra
y no me adorna la elocuencia de la paz,
pues, desde mi vigor de siete años
hasta hace nueve lunas, estos brazos
prestaron sus mayores servicios en campaña,
y lo poco que sé del ancho mundo
concierne a gestas de armas y combates;
así que mal podría engalanar mi causa
si yo la defendiese. Mas, con vuestra venia,
referiré, llanamente y sin ornato,
la historia de mi amor: con qué pócimas,
hechizos, encantamientos o magia poderosa
(pues de tales acciones se me acusa)
a su hija he conquistado.
BRABANCIO
Una muchacha comedida, de espíritu
tan plácido y sereno que sus propios
impulsos la turbaban, ¿cómo puede
negar naturaleza, edad, cuna, honra, todo,
y enamorarse de un semblante que temía?
Sólo un juicio enfermo e imperfecto
admitiría que semejante imperfección
obrara así contra las leyes naturales;
luego hay que buscar la causa del error
en las artes del diablo. Por tanto, afirmo
una vez más que él ha actuado sobre ella
con brebajes que excitan el deseo
o filtros embrujados a propósito.
DUX
Afirmar nada demuestra, si no aportáis
pruebas más sólidas y claras
que los débiles indicios y ropajes
de las simples apariencias.
SENADOR 1.0
Hablad, Otelo. ¿Habéis subyugado
y corrompido el sentimiento de su hija
con astucia o por la fuerza? ¿O han sido
los ruegos y palabras gentiles,
de corazón a corazón?
OTELO
Os lo suplico, que vaya alguno al Sagitario
a recoger a la dama, y que ella hable de mí
ante su padre. Si me acusara en su relato,
privadme de cargo y confianza,
y sentenciad mi propia vida.
DUX
Traed a Desdémona.
OTELO
Alférez, guíalos. Tú conoces el lugar.

Salen [YAGO y] dos o tres.

Mientras tanto, con la misma verdad
con que al cielo confieso mis pecados,
expondré a vuestros graves oídos la manera
como alcancé el amor de esta bella dama
y ella el mío.
DUX
Contadla, Otelo.
OTELO
Su padre me quería, y me invitaba,
curioso por saber la historia de mi vida
año por año; las batallas, asedios
y accidentes que he pasado. Yo se la conté,
desde mi infancia hasta el momento
en que quiso conocerla. Le hablé
de grandes infortunios, de lances
peligrosos en mares y en campaña;
de cómo en la brecha amenazante
logré salvarme de milagro; de cómo
me apresó el orgulloso enemigo
y me vendió como esclavo; de mi rescate
y el curso de mi vida de viajero:
entonces pude hablarle de anchas grutas
y áridos desiertos, riscos, peñas y montañas
cuyas cimas tocan cielo; de los caníbales
que se comen entre sí, los antropófagos,
y seres con la cara por debajo de los hombros
Desdémona ponía toda su atención,
pero la reclamaban los quehaceres
de la casa; ella los cumplía presurosa
y, con ávidos oídos, volvía
para sorber mis palabras. Yo lo advertí,
busqué ocasión propicia y hallé el modo
de sacarle un ruego muy sentido:
que yo le refiriese por extenso
mi vida azarosa, que no había podido
oír entera y de continuo. Accedí,
y a veces le arranqué más de una lágrima
hablándole de alguna desventura
que sufrió mi juventud. Contada ya la historia,
me pagó con un mundo de suspiros:
juró que era admirable y portentosa,
y que era muy conmovedora; que ojalá
no la hubiera oído, mas que ojalá
Dios la hubiera hecho un hombre como yo.
Me dio las gracias y me dijo que si algún
amigo mío la quería, le enseñase
a contar mi historia, que con eso podía
enamorarla. A esta sugerencia respondí
que, si ella me quería por mis peligros,
yo a ella la quería por su lástima.
Esta ha sido mi sola brujeria.
Aquí llega la dama; que ella lo atestigüe.

Entran DESDÉMONA, YAGO y acompa¬ñamiento.

DUX
Esa historia también conquistaría
a mi hija. Buen Brabancio,
tomad el lado bueno de lo malo.
Más vale tener las armas rotas
que las manos vacías.
BRABANCIO
Escuchadla, os lo suplico. Si confiesa
que ella también le cortejó,
caiga sobre mí la maldición por acusar
a este hombre. Ven, gentil dama.
¿A quién de esta noble asamblea
debes mayor obediencia?
DESDÉMONA
Noble padre, mi obediencia se halla dividida.
A vos debo mi vida y mi crianza,
y vida y crianza me han enseñado
a respetaros. Sois señor de la obediencia
que os debía como hija. Mas aquí está mi esposo,
y afirmo que debo a Otelo mi señor
el mismo acatamiento que mi madre
os tributó al preferiros a su padre.
BRABANCIO
¡Queda con Dios! He terminado. Y ahora,
con la venia, a los asuntos de Estado:
mejor adoptar hijos que engendrarlos.-
¬Ven aquí, moro: de todo corazón
te doy lo que, si no tuvieras ya,
de todo corazón te negaría.¬
En cuanto a ti, mi alma, me alegra
no tener más hijos, pues tu fuga
me enseñaría a ser tirano y sujetarlos
con cadenas. He dicho, señor.
DUX
Dejad que hable por vos y emita un juicio
que, cual peldaño, permita a estos amantes
ascender en vuestra estima:
No habiendo remedio, las penas acaban
al vernos ya libres de todas las ansias.
Llorar la desdicha que no tiene cura
agrava sin falta la mala fortuna.
Si quiso el destino que algo perdieses,
quedar resignado el golpe devuelve.
Si al robo sonríes, robas al ladrón:
te robas si lloras un vano dolor.
BRABANCIO
Dejad que los turcos sin Chipre nos dejen:
mientras sonriamos, ya nada se pierde.
Acoge ese juicio quien sólo se lleva
el grato consejo que se le dispensa;
mas lleva ese juicio y también el dolor
quien ha de añadirle la resignación.
Pues estas sentencias, al ser tantas veces
dulces como amargas, son ambivalentes.
Sólo son palabras, y nunca se oyó
que por el oído sane el corazón.
Os lo ruego, tratemos los asuntos de Estado.
DUX
Los turcos se dirigen a Chipre con una escuadra po¬tente. Otelo, conocéis muy bien la fuerza del lugar; y, aunque tenemos allá un delegado de probada competencia, la opinión, esa gran reguladora de los hechos, estima que sois el más seguro. Habréis de aveniros a empañar vuestra nueva fortuna en em¬presa tan áspera y violenta.
OTELO
Ilustres senadores, la tirana costumbre
ha cambiado mi cama guerrera de piedra y acero
en lecho de finísimo plumón. Declaro
una viva y natural prontitud
para toda aspereza y asumo esta guerra
contra el otomano. Por tanto, solicito,
con humilde inclinación ante el Senado,
disposiciones adecuadas a mi esposa
y asignación de fondos, aposento
y servicio y compañía
propios de su cuna y condición.
DUX
Si os parece, la casa de su padre.
BRABANCIO
No lo permitiré.
OTELO
Ni yo.
DESDÉMONA
Tampoco quiero yo vivir con él
si mi presencia encona su ánimo.-
¬Clementísimo Dux, prestad benigna atención
a mis palabras y dad consentimiento
a lo que os pide mi ignorancia.
DUX
¿Qué deseáis, Desdémona?
DESDÉMONA
Que quiero a Otelo y con él quiero vivir
mi osadía y riesgos de fortuna
al mundo lo proclaman.
Me rendí a la condición de mi señor.
He visto el rostro de Otelo en su alma,
y a sus honores y virtudes marciales
consagré mi ser y mi suerte.
Queridos señores, si me quedo
en la holganza de la paz y él se va a la guerra,
seré privada de los ritos amorosos
y en su ausencia habré de soportar
un intervalo de tristeza. Dejadme ir con él.
OTELO
Dad consentimiento. Pongo al cielo
por testigo de que no lo demando
por saciar el paladar de mi apetito,
ni entregarme a pasiones juveniles
a que tengo derecho libremente,
sino por complacerla en sus deseos.
Y no penséis (no lo quiera el cielo)
que voy a descuidar vuestra magna empresa
cuando ella esté conmigo. No: si las niñerías
del alado Cupido ciegan de placer
mis órganos activos y mentales
y el deleite corrompe y empaña mi deber,
¡que mi yelmo se vuelva una cazuela
y todas las vilezas y ruindades
se armen contra mi dignidad!
DUX
Sea lo que ambos decidáis: puede irse
o quedarse. Mas la situación es apremiante
y exige urgencia.
SENADOR 1.0 [a OTELO]
Saldréis esta noche.
DESDÉMONA
¿Esta noche?
DUX
Esta noche.
OTELO
Con toda el alma.
DUX
A las nueve volvemos a reunirnos.
Otelo, dejad aquí un encargado:
él os llevará nuestras órdenes
y todo lo esencial y pertinente
que os competa.
OTELO
Mi alférez, si complace a Vuestra Alteza:
es hombre de bien y de plena confianza.
La conducción de mi esposa le encomiendo
y cuanto Vuestra Alteza
estime necesario remitirme.
DUX
Así sea. Buenas noches a todos.
[A BRABANCIO] Mi noble señor,
si clara es la virtud, vuestro yerno
no puede ser más blanco, siendo negro.
SENADOR 1.0
Adiós, valiente Otelo; portaos bien con ella.
BRABANCIO
Con ella, moro, siempre vigilante:
si a su padre engañó, puede engañarte.

Salen [el Dux, BRABANCIO, CASIO SENADORES y acompañamiento].

OTELO
¡Mi vida por su fidelidad! Honrado Yago,
he de confiarte a mi Desdémona.
Te ruego que tu esposa la acompañe;
luego llévalas en la mejor ocasión.
Vamos, Desdémona, sólo nos queda una hora
para amores, asuntos e instrucciones.
El tiempo manda.

Salen OTELO y DESDÉMONA.

RODRIGO
¡Yago!
YAGO
¿Qué quieres tú, noble alma?
RODRIGO
¿Qué crees que voy a hacer?
YAGO
Acostarte y dormir.
RODRIGO
Pues ahora mismo voy a ahogarme.
YAGO
Como hagas eso, ya no te querré. ¿Por qué, mi bobo caballero?
RODRIGO
De bobos es vivir si la vida es un suplicio, y morir significa prescripción si la muerte es nuestro médico.
YAGO
¡Ah, desdichado! Hace cuatro veces siete años que veo este mundo, y desde que supe distinguir entre daño y beneficio, aún no he conocido a quien sepa amarse a sí mismo. Antes de pensar en ahogarme por el amor de una zorra, preferiría convertirme en mico.
RODRIGO
¿Y qué puedo hacer? Me avergüenza enamorarme como un tonto, mas no tengo la virtud de reme¬diarlo.
YAGO
¿Virtud? ¡Una higa! Ser de tal o cual manera de¬pende de nosotros. Nuestro cuerpo es un jardín y nuestra voluntad, la jardinera. Ya sea plantando or¬tigas o sembrando lechugas, plantando hisopo y arrancando tomillo, llenándolo de una especie de hierba o de muchas distintas, dejándolo yermo por desidia o cultivándolo con celo, el poder y autoridad para cambiarlo está en la voluntad. Si en la balanza de la vida la razón no equilibrase nuestra sensuali¬dad, el ardor y la bajeza de nuestros instintos nos llevarían a extremos aberrantes. Mas la razón enfría impulsos violentos, apetitos carnales, pasiones sin freno. Por eso, lo que tú llamas amor, a mí no me parece más que un brote o un vástago.
RODRIGO
No es posible.
YAGO
Simplemente ardor de la sangre y concesión de la voluntad. Vamos, sé hombre. ¿Ahogarte? Ahoga gatos y cachorros ciegos. Te he asegurado mi amis¬tad y me declaro ligado a tus méritos con cuerdas de perenne firmeza. Nunca como ahora podría serte útil. Tú mete dinero en tu bolsa, vente a la guerra, cámbiate esa cara con una barba postiza. Repito: mete dinero en tu bolsa. Verás cómo Desdémona no sigue queriendo al moro mucho tiempo mete dinero en tu bolsa , ni él a ella. Tuvo un principio violento y tendrá pareja conclusión mete dinero en tu bolsa. Estos moros son muy veleidosos mete dinero en tu bolsa. La comida que ahora le sabe más deleitosa que la fruta pronto le sabrá más amarga que el acíbar. Ella querrá otro más joven: cuando se haya saciado con su cuerpo, se dará cuen¬ta de su error. Conque mete dinero en tu bolsa. Y si a la fuerza quieres condenarte, no te ahogues: busca una manera más suave. Junta todo el dinero que puedas. Si mi ingenio y toda la caterva del dia¬blo no pueden más que la santidad de un frágil ju¬ramento entre un bárbaro errabundo y una venecia¬na archiexquisita, tú la gozarás; conque junta dine¬ro. Y nada de ahogarte; está fuera de lugar. Antes ahorcado por lograr tu gusto que ahogado sin go¬zarla.
RODRIGO
¿Apoyarás mis deseos si confío en el resultado?
YAGO
Cuenta conmigo. Tú junta dinero. Te lo he dicho y te lo diré una y mil veces: odio al moro. Lo llevo muy dentro, y a ti razones no te faltan. Unámonos en la venganza. Si le pones los cuernos, tú te das el gusto y a mí me das la fiesta. El vientre del tiempo guarda muchos sucesos que pronto verán la luz. ¡En marcha! Anda, búscate dinero. Mañana seguimos hablando. Adiós.
RODRIGO
¿Dónde nos vemos mañana?
YAGO
En mi casa.
RODRIGO
Iré temprano.
YAGO
Bueno, adiós. Oye, Rodrigo.
RODRIGO
¿Qué quieres?
YAGO
Nada de ahogarte, ¿eh?
RODRIGO
Me has convencido.
YAGO
Bueno, adiós. Mete mucho dinero en tu bolsa.
RODRIGO
Venderé todas mis tierras.

Sale.

YAGO
Así es como el pagano me sirve de bolsa,
pues deshonraría todo mi saber
pasando el tiempo con memo semejante
sin placer ni provecho. Odio al moro,
y dicen que en la cama
me ha robado el sitio. No sé si es verdad,
mas para mí una sospecha de este orden
vale por un hecho. El me aprecia:
mejor resultará el plan que le preparo.
Casio es gallardo. A ver...
Quitarle el puesto y coronar mi voluntad
con doble trampa. A ver cómo... A ver...
Después de un tiempo, susurrando a Otelo
que Casio se toma confianzas con su esposa:
presencia no le falta, ni modales;
se presta a la sospecha, invita al adulterio.
El moro es de carácter noble y franco;
cree que es honrado todo aquel que lo parece
y buenamente dejará
que le lleven del hocico como a un burro.
Ya está, lo concebí. La noche y el infierno
asistirán al parto de mi engendro.

Sale.

II.i Entran MONTANO y dos CABALLEROS.

MONTANO
¿Qué se divisa en la mar desde el cabo?
CABALLERO 1.0
Nada, con tan fiero oleaje.
Entre el cielo y el océano
no distingo ningún barco.
MONTANO
En tierra el viento ha soplado muy recio;
galerna tan ruda jamás sacudió las almenas.
Si así se ha embravecido mar adentro,
¿qué cuadernas de roble podrán seguir juntas
cuando las baten las aguas? ¿Qué puede ocurrir?
CABALLERO 2.0
Que la escuadra otomana se disperse.
Mirad desde la orilla espumeante:
las olas se rompen y azotan las nubes;
la mar encrespada, de gigantes melenas,
parece lanzarse contra la Osa brillante
y apagar las guardas de la Estrella Polar.
Jamás vi tumulto semejante en una borrasca.
MONTANO
Si la escuadra turca no se halla
protegida y resguardada, se hundirá.
No pueden resistir.

Entra un tercer CABALLERO.

CABALLERO 3.0
¡Noticias, amigos! El fin de la guerra.
La fiera tormenta ha alcanzado de tal modo
a los turcos que su plan ha fallado.
Un regio navío de Venecia presenció
el naufragio y la ruina del grueso de la flota.
MONTANO
¿Qué? ¿Es verdad?
CABALLERO 3.0
La nave, una veronesa, ya ha atracado.
Miguel Casio, teniente del intrépido moro,
ya está en tierra. Otelo aún navega
y viene hacia Chipre con plenos poderes.
UONTANO
Me alegro. Es buen gobernador.
CABALLERO 3.0
Pero a Casio, aunque le alivia la derrota
de los turcos, le inquieta la suerte de Otelo
y reza por él, pues quedaron separados
por el fiero temporal.
MONTANO
Quiera Dios que se salve: estuve a sus órdenes,
y en el mando es todo un soldado.
Vamos al puerto, no sólo por ver
la nave arribada, sino además
por buscar en el horizonte al bravo Otelo,
hasta que no distingamos
entre cielo y océano.
CABALLERO 3.0
Muy bien, vamos, pues cada minuto
nos hace esperar una nueva llegada.

Entra CASIO.

CASIO
Os agradezco, valientes moradores
de esta isla, que honréis a Otelo.
El cielo le proteja de los elementos,
pues yo le perdí en un mar peligroso.
MONTANO
¿Es fuerte su nave?
CASIO
Muy bien construida, y el piloto,
hábil y muy afamado,
así que mi esperanza, que no sufre excesos,
goza de salud.
VOCES [desde dentro]
¡Barco a la vista!

Entra un MENSAJERO.

CASIO
¿Qué voces son ésas?
MENSAJERO
La ciudad está desierta. La gente se agolpa
en las rocas gritando: «¡Barco a la vista!».
CASIO
Mi esperanza apunta al gobernador.

Cañonazo.

CABALLERO 2.0
Una salva de cañón. Son amigos.
CASIO
Os lo ruego, señor. Id allá
y averiguad quién ha llegado.
CABALLERO 2.0
Al momento.

Sale.

MONTANO
Decidme, teniente, ¿se ha casado el general?
CASIO
Con inmensa fortuna: logró una muchacha
que excede alabanzas y fama hiperbólica,
supera el floreo de la pluma elogiosa
y, en pura belleza creada,
fatiga el ingenio.

Entra el segundo CABALLERO.

¿Qué hay? ¿Quién llega?
CABALLERO 2.0
Un tal Yago, alférez del general.
CASIO
Ha tenido pronta y feliz travesía.
Tormentas, altas olas y vientos rugientes,
rocas hendidas y bancos de arena,
pérfidos escollos que atrapan la quilla inocente,
cual dotados de un sentido de belleza,
abandonan su fatal cometido
y dejan indemne a la divina Desdémona.
MONTANO
¿Quién es ella?
CASIO
La dama de que hablé,
la capitana de nuestro gran capitán,
encomendada al audaz Yago,
cuya venida se adelanta una semana
a nuestro cálculo. Gran Júpiter, guarda a Otelo
e hincha sus velas con tu soplo potente,
que alegre la bahía con su espléndida nave,
palpite de amor en los brazos de Desdémona,
renueve nuestro ánimo abatido
y traiga regocijo a todo Chipre.

Entran DESDÉMONA, YAGO, EMILIA y RODRIGO.

¡Mirad! El tesoro de la nave ya está en tierra.
¡Hombres de Chipre, hincad las rodillas!
¡Salud, señora! ¡Que la gracia del cielo
os siga, os preceda, os envuelva por entero!
DESDÉMONA
Gracias, valiente Casio.
¿Qué noticias tenéis de mi señor?
CASIO
Aún no ha llegado, aunque sé
que está bien y que pronto le veremos.
DESDÉMONA
Sí, pero temo... ¿Cómo os separasteis?
CASIO
La gran lucha del cielo y el mar
distanció nuestras naves.
VOCES [desde dentro]
¡Barco a la vista!
CASIO
¡Escuchad! ¡Un barco!

[Cañonazo.]

CABALLERO 2.0
Una salva a la ciudadela.
Éste también es amigo.
CASIO
Traedme noticias.

[Sale el CABALLERO.]

Bienvenido, alférez. [A EMILIA] Bienvenida, señora.¬...
No te enojes, mi buen Yago,
porque extienda mi saludo: mi crianza
me ha enseñado esta muestra de cortesía.

[Besa a EMILIA.]

YAGO
Señor, si os dieran sus labios
lo que a mí me regala su lengua,
quedaríais harto.
DESDÉMONA
Pero si no habla nada.
YAGO
Habla demasiado.
Lo noto cuando tengo ganas de dormir.
Aunque admito que, en vuestra presencia,
se guarda la lengua muy bien
y critica pensando.
EMILIA
Y tú hablas sin motivo.
YAGO
Vamos, vamos. Sois estatuas en la calle, cotorras en la casa, fieras en la cocina, santas al ofender, de¬monios si os ofenden, farsantes en las labores y laboriosas en la cama.
DESDÉMONA
¡Calla tú, calumniador!
YAGO
Turco soy si no es verdad:
jugáis levantadas, y en la cama, a trabajar.
EMILIA
A mí no me celebres con tus versos.
YAGO
Más vale que no.
DESDÉMONA
¿Qué dirías de mí si me celebrases?
YAGO
Mi noble señora, no me obliguéis,
que soy criticón o no soy nada.
DESDÉMONA
Vamos, inténtalo. ¿Han ido al puerto?
YAGO
Sí, señora.
DESDÉMONA
[aparte] Alegre no estoy, mas el fingimiento
distrae mi estado.¬
Vamos, ¿cómo me celebrarías?
YAGO
Lo estoy pensando, pero mi creación
saldrá de mi testa como el visco de la lana,
arrancando los sesos y todo. Mas de parto
está mi musa, y aquí está el retoño:
«La mujer que a la par es rubia y sabia
maneja sabiamente su ventaja».
DESDÉMONA
¡Vaya elogio! ¿Y la que es morena y lista?
YAGO
«La morena que es lista ve muy claro
que si da con un rubio da en el blanco».
DESDÉMONA
De mal en peor.
EMILIA
¿Y la que es guapa y tonta?
YAGO
«Nunca hubo guapa que fuera una tonta,
que aun tonteando se ganan la boda».
DESDÉMONA
Ésos son despropósitos trillados que sólo hacen reír al necio en la taberna. ¿Qué triste alabanza le re¬servas a la que es fea y tonta?
YAGO
«La fea y tonta hace sus jugadas,
como las hace la más bella y sabia».
DESDÉMONA
¡Qué desatinos! A la peor, el mejor elogio. Mas, ¿cómo elogiarías a la que de veras lo merece, a la mujer de méritos tan claros que la propia maldad habría de admitirlos?
YAGO
«Quien siempre fue bella, mas nunca orgullosa,
con lengua a su antojo, mas nunca chillona;
que, siendo pudiente, no iba recompuesta,
ni hacía su gusto, aun cuando pudiera;
que, llena de enojo y presta la venganza,
contuvo su ira y dejó que pasara;
cuya sensatez nunca prefirió
el basto conejo al tierno pichón
cuyo pensamiento jamás revelaba
y a los pretendientes negó su mirada;
ésta era capaz, si es que hubo tal hembra ... »
DESDÉMONA
Capaz, ¿de qué?
YAGO
«... de criar idiotas y llevar las cuentas».
DESDÉMONA
¡Qué final más pobre y endeble! No sigas su ejem¬plo, Emilia, aunque sea tu marido. Casio, ¿qué os parece? ¿A que sus dichos son deshonestos y pro¬fanos?
CASIO
Señora, él habla claro. Os gustará más como hom¬bre de armas que de letras.
YAGO [aparte]
La coge de la mano. Muy bien, musitad. Con tan poca tela atraparé a esa gran mosca de Casio. Anda, sonríele, vamos. Te encadenaré en tu corte¬sanía. Gran verdad, estáis en lo cierto. Si esas pam¬plinas te cuestan el puesto, teniente, más te habría valido no echarle tanto beso, como ahora vuelves a hacer, jugando al cortesano. Muy bien, buen beso, exquisita cortesía. Vaya que sí. ¿Otra vez be¬sándote los dedos? ¡Ojalá se te volvieran lavativas!

Trompetas dentro.

¡Es Otelo! Conozco su señal.
CASIO
Sí, es él.
DESDÉMONA
Vamos a recibirle.
CASIO
¡Mirad, ahí viene!

Entran OTELO y acompañamiento.

OTELO
¡Mi bella guerrera!
DESDÉMONA
¡Mi querido Otelo!
OTELO
Mi asombro es tan grande como mi alegría
al verte aquí ya. Bien de mi alma,
si a la tempestad sigue esta bonanza,
¡que soplen los vientos y despierten la muerte,
y la nave agitada escale montañas de mar
como el alto Olimpo y baje tan hondo
como el infierno desde el cielo!
Si ahora muriese, sería muy feliz,
pues temo que mi gozo sea tan perfecto
que no pueda alcanzar dicha semejante
en lo por venir.
DESDÉMONA
Quiera el cielo que aumente nuestro amor y nuestro gozo
con el paso de los días.
OTELO
¡Así sea, benignos poderes!
No puedo expresar mi contento;
me corta la voz, es tanta alegría...

Se besan.

Otro, y otro; sea ésta la mayor disonancia
de nuestros corazones.
YAGO [aparte]
¡Qué bien entonados!
Mas yo seré quien destemple esa música,
honrado que es uno.
OTELO
Vamos al castillo. Noticias, amigos:
terminó la guerra; los turcos se ahogaron.
¿Cómo están los viejos amigos de la isla?-
¬Amor, verás lo bien que te acogen;
yo siempre vi en Chipre cariño.
Vida mía, hablo sin orden
y desvarío de felicidad. Anda, buen Yago,
ve al puerto y que descarguen mis cofres.
Trae al capitán a la ciudadela;
es un buen marino y digno
de toda atención. Vamos, Desdémona.
¡Qué dicha encontrarte aquí en Chipre!

Salen [todos menos YAGO y RODRIGO].

YAGO
[a un criado que sale] Nos vemos luego en el puer¬to. [A RODRIGO] Ven acá. Si eres hombre, pues dicen que el plebeyo tiene más nobleza cuando está enamorado, escúchame. Esta noche el teniente vi¬gila en el puesto de guardia. Primero oye bien: Des¬démona está enamorada de él.
RODRIGO
¿De él? Imposible.
YAGO
Tú punto en boca y deja que te explique. Fíjate con qué ímpetu se prendó del moro, sólo porque se glo¬riaba y le contaba patrañas. ¿Va a estar siempre enamorada de su cháchara? No lo crea tu alma sen¬sata. Su vista se alimenta. ¿Qué gusto va a darle mirar al diablo? Cuando el trato carnal embota el deseo, para volver a inflamarlo y renovar apetitos saciados hace falta una estampa gentil, concierto de edades, modales, belleza, de todo lo cual el moro anda escaso. Así que, por falta de tan esenciales condiciones, su exquisita finura se verá engañada, empezará a sentir náuseas, odiará y detestará al moro. Sus propias reacciones la guiarán y llevarán a elegir a otro. Pues bien, sentado todo esto, que es proposicion natural y razonable, ¿quién sino Ca¬sio es el más inmediato en la escala de esta suerte, un granuja con labia, cuya conciencia no es más que una máscara de cortesía y respeto para satisfacer sus más ocultos instintos carnales? Nadie, nadie. Un granuja retorcido y astuto, buscador de ocasiones, capaz de acuñar y forjar coyunturas, aunque luego no se presente ninguna. Un granuja diabólico. Ade¬más, es apuesto, joven, y reúne todas las condicio¬nes que busca el deseo y la inexperiencia. Un gra¬nuja irritante, y la moza ya le ha echado el ojo.
RODRIGO
No puedo creer eso de ella, de un alma tan pura.
YAGO
¡Puro rábano! El vino que bebe es de uva. Si es tan pura no se casa con el moro. ¡Pura morcilla! ¿No viste cómo le sobaba la mano a Casio? ¿No te fi¬jaste?
RODRIGO
Sí, pero era por cortesía.
YAGO
¡Por lascivia, te lo juro! índice y oscuro prefacio de una historia de lujuria y turbios pensamientos. Se acercaron tanto con los labios que el aliento se abrazó. Malos pensamientos, Rodrigo. Cuando estas confianzas abren un camino, muy pronto les sigue el acto y acción principal, el fin corporal. ¡Uf! Mas tú hazme caso: te he traído de Venecia. Esta noche estarás de guardia; las órdenes yo te las daré: Casio no te conoce. Yo estaré cerca. Tú busca ocasión de provocar a Casio, ya sea hablando muy alto, desai¬rando su disciplina o por el medio que te plazca y que el tiempo proveerá.
RODRIGO
Bueno.
YAGO
Además, es fogoso e impulsivo, y capaz de pegarte. Tú oblígale a hacerlo: a mí eso me basta para pro¬vocar un alboroto entre la gente, que sólo se apa¬ciguará con la destitución de Casio. Será más corta la vía de tus fines por los medios que tendré de promoverlos y nos veremos libres de un obstáculo sin cuya supresión no habría esperanzas de éxito.
RODRIGO
Lo haré si tú me das la ocasión.
YAGO
Cuenta con ella. Búscame luego en la ciudadela. Tengo que desembarcarle el equipaje. Adiós.
RODRIGO
Adiós.

Sale.

YAGO
Que Casio la quiere lo creo muy bien;
que ella le quiere es digno de crédito.
El moro, aunque no le soporto,
es afectuoso, noble y fiel,
y creo que será un buen marido
con Desdémona. Yo también la quiero;
no sólo por lujuria, aunque tal vez
puedan acusarme de tan grave pecado,
sino en parte por saciar mi venganza,
pues sospecho que este moro sensual
se ha montado en mi yegua. La sola idea
es como un veneno que me roe las entrañas,
y ya nada podrá serenarme
hasta que estemos en paz, mujer por mujer,
o, si no, hasta provocarle unos celos tan fuertes
que no pueda curar la razón.
Para lo cual, si este pobre chucho veneciano
al que sigo en la caza se deja azuzar,
tendré bien pillado a nuestro Casio,
le pintaré de faldero a los ojos del moro,
pues me temo que Casio también se mete en mi cama,
y el moro, agradecido, me querrá y premiará
por dejarle insignemente como un burro
y maquinar contra su paz y sosiego
hasta la locura. Aquí está, mas borroso:
hasta el acto, el mal no revela su rostro.

Sale.

II.ii Entra un HERALDO de Otelo con una proclama.

HERALDO
Es deseo de Otelo, nuestro noble y valiente general, que, siendo ciertas las noticias llegadas del total hundimiento de la escuadra turca, todo el mundo lo festeje: unos, bailando; otros, encendiendo hogue¬ras, y cada uno con la fiesta y regocijo a que le lleve su afición, pues, además de tan buena noticia, está la celebración de su boda. Es su deseo que se proclame todo esto. Se han abierto las despensas del castillo y hay plena libertad para el convite des-de esta hora de las cinco hasta que den las once. ¡Dios bendiga a la isla de Chipre y a Otelo, nuestro noble general!

Sale.

II.iii Entran OTELO, DESDÉMONA y acompaña¬miento

OTELO
Querido Miguel, ocupaos esta noche de la guardia.
Impongámonos un límite digno
y no festejemos sin mesura.
CASIO
Yago ya tiene instrucciones. Sin embargo,
mis propios ojos estarán de vigilancia.
OTELO
Yago es muy leal.
Buenas noches, Miguel. Mañana temprano
quiero hablaros. Vamos, amor:
el bien adquirido es para gozarlo,
y el goce del nuestro estaba esperando.¬
Buenas noches.

Salen OTELO, DESDÉMONA [y acompa¬ñamiento].

Entra YAGO.

CASIO
Bienvenido, Yago. Vamos a la guardia.
YAGO
Falta una hora, teniente; aún no son las diez. El general nos ha despedido tan pronto por amor a su Desdémona, y no se lo reprochemos. Aún no han pasado una noche caliente y ella es bocado de Jú¬piter.
CASIO
Es una dama exquisita.
YAGO
Y seguro que con ganas.
CASIO
Es una criatura galana y gentil.
YAGO
¡Y vaya ojos! Son de los que llaman al deleite.
CASIO
Son atrayentes y, sin embargo, castos.
YAGO
Y cuando habla, ¿no toca a batalla de amor?
CASIO
Es la suma perfección.
YAGO
Pues, ¡suerte en la cama! Vamos, teniente, que ten¬go una jarra de vino y ahí fuera hay dos caballeros de Chipre dispuestos a echar un trago a la salud del negro Otelo.
CASIO
Esta noche no, buen Yago. Tengo una cabeza muy floja para el vino. ¡Ojalá inventara la cortesía otra forma de pasar el tiempo!
YAGO
Pero si son amigos. Sólo un trago. Yo beberé por vos.
CASIO
Sólo un trago es lo que he bebido esta noche, y muy bien aguado, y mira qué revolución llevo aquí. Tengo mala suerte con mi debilidad y no me atrevo a exponerla a mayor riesgo.
YAGO
¡Vamos! Es noche de fiesta y los caballeros están deseándolo.
CASIO
¿Dónde están?
YAGO
Aquí, a la puerta. Servíos llamarlos.
CASIO
Está bien, pero no me gusta.

Sale.

YAGO
Si consigo meterle un trago más,
con lo que lleva bebido esta noche,
se pondrá más agresivo y peleón
que un perro consentido. Y Rodrigo, mi pagano,
a quien el amor casi ha vuelto del revés,
se ha servido a la salud de su Desdémona
libaciones de a litro, y está de guardia.
A tres mozos de Chipre, briosos y altivos,
y en punto de honor muy arrebatados,
ejemplo palpable del ánimo isleño,
los he alegrado con copas bien llenas,
y también están de guardia. Y, en medio
de este hatajo de borrachos, haré que Casio
trastorne la isla. Aquí llegan.

Entran CASIO, MONTANO y caballeros.

Si la suerte realiza mi sueño,
mis barcos marcharán con viento espléndido.
CASIO
Vive Dios que me han dado un buen trago.
MONTANO
¡Si era poco! No más de un cuartillo, palabra de soldado.
YAGO
¡Eh, traed vino!
[Canta] «Choquemos la copa, tintín, tin;
choquemos la copa, tintín.
El soldado es mortal
y su vida fugaz.
¡Que beba el soldado, tintín, tin!»
¡Vino, muchachos!
CASIO
¡Vive Dios, qué gran canción!
YAGO
La aprendí en Inglaterra, donde son formidables bebiendo. El danés, el alemán y el panzudo holandés ¡a beber! no son nada al lado del inglés.
CASIO
¿Tan experto bebedor es el inglés?
YAGO
¡Cómo! No le cuesta emborrachar al danés, se tum¬ba sin esfuerzo al alemán y hace vomitar al holan¬dés antes que le llenen otra jarra.
CASIO
¡A la salud del general!
MONTANO
¡Bravo, teniente! Me uno a ese brindis.
YAGO
¡Querida Inglaterra!
[Canta] «Esteban fue rey ejemplar
y quiso ahorrar con su calzón.
Y por seis céntimos de más
al sastre puso de ladrón.
Su fama nunca tuvo igual,
mas tú eres de otra condición.
No tires tu viejo gabán,
que el lujo arruina la nación».
¡Eh, más vino!
CASIO
¡Vive Dios! Esta canción es más perfecta que la otra.
YAGO
¿La canto otra vez?
CASIO
No, pues me parece indigno de su puesto quien hace esas cosas. En fin, Dios lo ve todo, y unos se salvarán y otros no se salvarán.
YAGO
Cierto, teniente.
CASIO
Ahora, que yo, sin ofender al general ni a persona principal, yo espero salvarme.
YAGO
Y yo también, teniente.

CASIO
Sí, mas con permiso, después que yo. El teniente se salva antes que el alférez. No se hable más; a nues¬tros puestos. ¡Dios perdone nuestros pecados! Ca¬balleros, a nuestra oblilación. No creáis, caballeros, que estoy borracho. Este es mi alférez, ésta mi mano derecha y ésta mi izquierda. No estoy borra¬cho, me tengo en pie y estoy hablando bien.
TODOS
Perfectamente.
CASIO
Muy bien. Entonces no digáis que estoy borracho.

Sale.

MONTANO
A la explanada, señores, a montar la guardia.
YAGO
Ved a este hombre que acaba de salir:
es un soldado capaz de dar órdenes
al lado de César. Mas ved también su mal:
con su virtud forma un equinoccio perfecto;
ambos se extienden igual. ¡Qué pena!
Temo que la confianza que en él pone Otelo
en un mal momento de su vicio
trastorne la isla.
MONTANO
¿Suele estar así?
YAGO
Es el prólogo invariable de su sueño:
si la bebida no le mece la cuna,
está despierto la doble vuelta del reloj.
MONTANO
Convendría informar al general.
Tal vez no se dé cuenta, o su bondad
valore las virtudes de Casio
y no vea sus faltas. ¿No os parece?

Entra RODRIGO.

YAGO [aparte a RODRIGO]
¿Qué hay, Rodrigo?
Anda, sigue al teniente, vamos.

Sale RODRIGO.

MONTANO
Es lástima que el noble moro
confíe un puesto semejante
a quien tiene un mal tan arraigado.
Sería un acto de lealtad
informar a Otelo.
YAGO
Yo nunca, por esta bella isla.
Quiero bien a Casio, y haré lo que pueda
por curarle su vicio.
VOCES [desde dentro]
¡Socorro, socorro!
YAGO
¡Escuchad! ¿Qué ruido es ése?

Entra CASIO persiguiendo a RODRIGO.

CASIO
¡Voto a... ! ¡Granuja, infame!
MONTANO
¿Qué pasa, teniente!
CASIO
¡Un granuja enseñarme mi deber!
¡Le voy a dejar como una criba!
RODRIGO
¿A mí?
CASIO
¿Qué dices, infame?
MONTANO
Vamos, teniente, os lo ruego. Basta.
CASIO
Si no me soltáis, os hundo el cráneo.
MONTANO
Vamos, vamos, estáis borracho.
CASIO
¿Borracho yo?

Pelean.

YAGO [aparte a RODRIGO]
Vamos, corre a anunciar el disturbio.

[Sale RODRIGO.]

Quieto, teniente. ¡Por Dios, señores!
¡Socorro! ¡Basta, teniente! ¡Basta, Montano!
¡Socorro, señores! ¡Buena guardia tenemos!

Suena una campana.


¿Quién toca la campana? ¡Diablo! .
La ciudad va a alborotarse. ¡Por Dios, teniente!
¡Basta! ¡Quedaréis deshonrado para siempre!

Entra OTELO con acompaiamiento.

OTELO
¿Qué pasa aquí?
MONTANO
¡Voto a ... ! Estoy sangrando. Me han herido de muerte.
OTELO
¡Por vuestra vida, basta!
YAGO
Basta, teniente. Montano, señores,
¿habéis perdido la noción del puesto y el deber?
Basta, os habla el general. Basta, por decencia.
OTELO
¿Qué es esto? ¿Cómo ha sido?
¿Nos hemos vuelto turcos, haciéndonos nosotros
lo que el cielo impidió a los otomanos?.
Por decencia cristiana, ¡basta de barbarie!
El que ceda a la furia con su acero
desprecia su alma: cae muerto si se mueve
¡Que calle esa horrible campana! Espanta
el decoro de la isla. ¿Qué ocurre, señores?
Honrado Yago, que pareces muerto de pena,
habla. ¿Quién ha sido? Por tu lealtad te lo ordeno.
YAGO
No sé. Estaban tan amigos, ahora mismo;
por su trato parecían recién casados
antes de acostarse. Y en un momento,
cual si un astro los hubiese enloquecido
sacan las espadas y se atacan uno a otro
en cruel enfrentamiento. No puedo explicar
cómo empezó esta riña tan absurda.
¡Así hubiera perdido en glorioso combate
las piernas que a verla me trajeron!
OTELO
Casio, ¿cómo habéis podido desquiciaros?
CASIO
Excusadme, os lo suplico. No puedo hablar.
OTELO
Noble Montano, siempre fuisteis respetado.
El decoro y dignidad de vuestra juventud
son bien notorios y grande es vuestro nombre
en boca del sabio. ¿Qué os ha hecho
malgastar de este modo vuestra fama
y cambiar el regio nombre de la honra
por el de pendenciero? Contestadme.
MONTANO
Noble Otelo, estoy muy malherido.
Yago, vuestro alférez, puede informaros
de todo lo que sé, ahorrándome palabras
que me cuestan. Y no sé que esta noche
yo haya dicho o hecho nada malo,
a no ser que sea pecado la caridad
con uno mismo o la defensa propia
cuando nos asalta la violencia.
OTELO
¡Dios del cielo!
La sangre empieza a dominarme la razón
y la pasión, que me ha ofuscado el juicio,
va a imponerse. ¡Voto a ... ! Con que me mueva
o levante este brazo, el mejor de vosotros
cae bajo mi furia. Hacedme saber
cómo empezó tan vil tumulto y quién lo provocó,
y el culpable de esta ofensa, aunque sea
mi hermano gemelo, para mí está perdido.
En una ciudad de guarnición, aún inquieta,
con la gente rebosando de pavor,
¿emprender una pelea particular
en plena noche y en el puesto de guardia?
Es demasiado. Yago, ¿quién ha sido?
MONTANO
Si por parcialidad o lealtad de compañero
no te ajustas al rigor de la verdad,
no eres soldado.
YAGO
No toquéis esa fibra.
Que me arranquen esta lengua
antes que ofender a Miguel Casio.
Aunque creo que decir la verdad
no puede dañarle. Oídla, general.
Conversando Montano y yo,
viene uno clamando socorro
y Casio detrás con espada amenazante,
dispuesto a arremeter. Este caballero
se interpone y pide a Casio que se calme.
Yo salí tras el tipo que gritaba,
temiendo que sus voces, como luego sucedió,
espantaran a las gentes. Mas fue veloz,
logró escapar, y yo volví al instante,
porque oí un chocar y golpear de espadas
y a Casio maldiciendo, lo que no había oído
hasta esta noche. Cuando volví,
que fue en seguida, los vi enzarzados
a golpes y estocadas, igual que cuando vos
después los separasteis.
De este asunto no puedo decir más.
Los hombres son hombres, y hasta el mejor
se desquicia. Aunque Casio le ha hecho algo,
pues la furia no perdona al más amigo,
me parece que Casio también recibió
del fugitivo algún insulto grave
que no tenía perdón.
OTELO
Ya veo, Yago,
que tu afecto y lealtad suavizan la cuestión
en beneficio de Casio. Casio, aunque os aprecio,
nunca más seréis mi oficial.

Entra DESDÉMONA con acompaizamiento.

¡Mirad! ¡Hasta mi amor se ha levantado!¬-
Serviréis de ejemplo.
DESDÉMONA
¿Qué ha ocurrido?
OTELO
Ya nada, mi bien. Vuelve a acostarte.¬-
Señor, de vuestra cura yo mismo
me hago cargo. Lleváoslo.

[Sacan a MONTANO.]

Yago, mira por toda la ciudad
y calma a los que se han alborotado
con la riña. Vamos, Desdémona. Al guerrero
la contienda perturba el dulce sueño.

Salen OTELO, DESDÉMONA y acompa¬ñamiento.

YAGO
¿Estáis herido, teniente?
CASIO
Sí, y no tengo cura.
YAGO
No lo quiera Dios.
CASIO
¡Honra, honra, honra! ¡He perdido la honra! He
perdido la parte inmortal de mi ser y sólo me queda
la parte animal. ¡Mi honra, Yago, mi honra!
YAGO
A fe de hombre honrado, creí que os habían hecho alguna herida: se siente mucho más que la honra. La honra no es más que una atribución vana y falsa que suele ganarse sin mérito y perderse sin motivo. No habéis perdido ninguna honra, a no ser que os tengáis por deshonrado. ¡Vamos! Hay maneras de ganarse otra vez al general. Os ha despedido en un impulso, castigando por principio, no por aversión, como otro habría pegado a su perro inofensivo por asustar a un león imponente. Suplicadie otra vez y es vuestro.
CASIO
Le suplicaré que me desprecie antes que a un jefe tan bueno le engañe un oficial tan alocado, borra¬cho e imprudente. ¡Borracho! ¡Y soltando tonterías! ¡Peleando, galleando, maldiciendo! ¡Y hablando al¬tisonante con mi sombra! ¡Ah, invisible espíritu del vino! Si no tienes otro nombre, deja que te llame demonio.
YAGO
¿Quién era el que perseguíais con la espada? ¿Qué os había hecho?
CASIO
No sé.
YAGO
¡Será posible!
CASIO
Recuerdo un sinfín de cosas; con claridad, nada. Una riña, mas no sé por qué. ¡Dios mío! ¡Que los hombres se metan en la boca un enemigo que les roba la cordura! ¡Que nos volvamos como bestias con placer y regocijo, con festejo y aplauso!
YAGO
Pues ahora estáis bien. ¿Cómo es que os habéis re¬cuperado?
CASIO
El diablo de la embriaguez se ha dignado ceder el puesto al diablo de la ira. Una imperfección me muestra otra y me hace despreciarme sin reservas.
YAGO
¡Vamos! Sois un moralista muy severo. Ojalá no hu¬biese ocurrido, teniendo en cuenta el momento, el lugar y el estado del país. Mas ahora aprovechad lo que no tiene remedio.
CASIO
Sí, voy a pedirle el puesto y él me dirá que soy un borracho. Si tuviera tantas bocas como la hidra, tal respuesta las cerraría todas. ¡Ser primero racional, muy pronto un imbécil y en seguida una bestia! ¡Qué portento! Todo vaso de más es una maldición y dentro va el diablo.
YAGO
Vamos, vamos. Sabiéndolo beber, el vino es un espíritu benigno; no lo execréis. Bueno, teniente, creo que creéis en mi afecto.
CASIO
Lo he visto muy claro, borracho y todo.
YAGO
Vos o cualquier otro puede emborracharse alguna vez. Voy a deciros lo que debéis hacer. El general es ahora la mujer del general. Lo digo en el sentido de que él se ha entregado y consagrado a la contem¬plación, observación y admiración de sus prendas y virtudes. Acudid a ella con franqueza, suplicadie que os ayude a recobrar vuestro puesto. Es tan ge¬nerosa, buena, sensible y celestial que en su bondad tiene por defecto no hacer más de lo que le piden. Rogadle que junte el ligamento que os unía con su esposo, y apuesto mi peculio contra cualquier cosa a que esa amistad, ahora rota, llegará a ser más fuerte que nunca.
CASIO
Es un buen consejo.
YAGO
No dudéis de mi sincera amistad y honrado propósito.
CASIO
Creo en ellos firmemente. Por la mañana le pediré a la dulce Desdémona que interceda por mí. Si me expulsan, es mi ruina.
YAGO
Estáis en lo cierto. Buenas noches, teniente; me es¬pera la guardia.
CASIO
Buenas noches, honrado Yago.

Sale.

YAGO
¿Y quién va a decir que hago de malo,
cuando mi consejo es sincero y honrado,
muy puesto en razón y modo seguro
de ganarse al moro? Pues es lo más fácil
mover la complacencia de Desdémona
por una causa honrada: es más generosa
que los elementos de la naturaleza
y, en cuanto a ganarse al moro, él renunciaría
a su bautismo y a los signos de la redención
por un amor que le tiene encadenado,
pues ella puede hacer y deshacer lo que le plazca,
al punto que el deseo al moro le domine
sus pobres facultades. ¿Cómo voy a ser malvado
si, en vía paralela, indico a Casio
la línea recta de su bien? ¡Teología del diablo!
Cuando el Maligno induce al pecado más negro,
primero nos tienta con divino semblante,
como ahora yo. Mientras este honrado bobo
implora a Desdémona que remedie su suerte
y ella intercede por él, yo al moro
le vierto en el oído este veneno:
que aboga por Casio porque le desea;
y, cuanto más se afane por su bien,
tanto más minará la fe del moro.
Yo haré que su virtud se vuelva vicio
y con su propia bondad haré la red
que atrape a todos.

Entra RODRIGO.

¿Qué hay, Rodrigo?
RODRIGO
Sigo la caza, mas no como perro de presa, sino ha¬ciendo bulto. Apenas me queda dinero, esta noche me sacuden bien el polvo y el final de mis afanes será que tendré más experiencia. Así que sin dinero y con más juicio me vuelvo a Venecia.
YAGO
¡Qué pobres son los impacientes!
¿Qué herida no ha sanado paso a paso?
Obramos con la mente, no con brujería,
y la mente necesita lentitud.
¿Acaso va mal? Casio te ha pegado
y un golpe tan chico ha expulsado a Casio.
Otras plantas van creciendo al sol,
mas lo que antes florece, antes da fruto.
Mientras tanto, calma. ¡Dios santo, amanece!
El placer y la acción acortan las horas.
Retírate, vete a tu aposento.
Vamos, ya te contaré. Anda, vete ya.

Sale RODRIGO.

Hay que hacer dos cosas. Mi mujer
ha de mediar por Casio con su ama.
Yo la incitaré.
Mientras, llamando aparte al moro
en su momento, haré que vea a Casio
suplicante con su esposa. Sí, es la manera.
El plan ya no admite desidia ni espera.

Sale.

III.i Entra CASIO con MÚSICOS y el GRACIOSO.

CASIO
Tocad aquí, señores. Premiaré
vuestra labor. Algo que sea corto,
y dad los buenos días al general.

[Tocan.]

GRACIOSO
¡Señores! ¿Es que esos instrumentos han estado en Nápoles, que hablan así por la nariz
MÚSICO 1.0
¿Qué queréis decir?
GRACIOSO
Veamos. ¿Son instrumentos de viento? Músico 1.0
Claro que sí, señor.
GRACIOSO
Pues les cuelga un rabo.
MÚSICO 1.0
¿Qué rabo les cuelga?
GRACIOSO
El que va con el instrumento de ventosidad. Seño¬res, aquí tenéis dinero: al general le gusta tanto vuestra música que por caridad os pide que no ha¬gáis más ruido.
MÚSICO 1.0
No lo haremos.
GRACIOSO
Si tenéis música que no se oiga, adelante. Mas ya sabéis que el general no quiere música.
MÚSICO 1.0
De esa música no tenemos, señor.
GRACIOSO
Pues entonces, el pito en la bolsa y se acabó. ¡Va¬mos, esfumaos, humo!

Salen los Músicos.

CASIO
Oye, amigo.
GRACIOSO
Yo no oigo a Migo: os oigo a vos.
CASIO
Anda, déjate de chanzas. Toma esta pequeña mo¬neda de oro. Si está levantada la dama que acom¬paña a la esposa del general, dile que Casio le su¬plica el favor de su presencia. ¿Lo harás?
GRACIOSO
Está levantada. Me dispongo a preguntarle si se sir¬ve presenciarse aquí.
CASIO
Gracias, amigo.

Sale el GRACIOSO.

Entra YAGO.

Me alegro de verte, Yago.
YAGO
¿No os habéis acostado?
CASIO
Pues no. Ya era de día cuando nos despedimos.
Yago, me he permitido
llamar a tu esposa. Mi súplica es
que me proporcione una ocasion
para hablar con la dulce Desdémona.
YAGO
Ahora mismo os la mando.
Y veré la manera de alejar al moro
para que converséis con mayor libertad.
CASIO
Os lo agradezco de veras.

Sale [YAGO.]

En Florencia no vi a nadie tan leal.

Entra EMILIA.

EMILIA
Buenos días, teniente. Me apena
que cayerais en desgracia. Mas todo irá bien.
El general y su esposa lo están comentando,
y ella os defiende. Otelo responde
que el hombre al que heristeis es muy renombrado
y tiene amistades, y que, en justa prudencia,
se imponía el despido. Mas afirma que os aprecia
y que no necesita más defensa que su afecto
para aprovechar el momento oportuno
y admitiros de nuevo.
CASIO
No obstante, os suplico
que, si lo creéis posible y conveniente,
me procuréis ocasión para conversar
a solas con Desdémona.
EMILIA
Venid, os lo ruego. Os llevaré
donde podáis hablar con libertad.
CASIO
Os estoy muy agradecido.

Salen.

III.ii Entran OTELO, YAGO y CABALLEROS.

OTELO
Yago, dale esta carta al piloto de la nave
y que presente mis respetos al Senado.
Después, ve a las obras a buscarme;
allá estaré.
YAGO
Muy bien, señor.
OTELO
Señores, ¿vamos a ver la fortificación?
CABALLEROS
A vuestras órdenes, señor.

Salen.

III.iii Entran DESDÉMONA, CASIO y EMILIA.

DESDÉMONA
Tened por cierto, buen Casio,
que haré cuanto pueda en vuestro apoyo.
EMILIA
Hacedlo, señora. Os juro que mi esposo
está sufriendo como si fuera cosa propia.
DESDÉMONA
Es un buen hombre. Casio, haré
que Otelo y vos volváis a ser
tan amigos como antes.
CASIO
Generosa señora,
pase lo que pase a Miguel Casio,
será siempre vuestro fiel servidor.
DESDÉMONA
Lo sé. Gracias. Apreciáis a mi señor,
le conocéis hace tiempo y podéis
estar seguro de que no se alejará
en su despego más de lo prudente.
CASIO
Sí, señora, mas tal vez
la prudencia dure demasiado,
o viva de alimento tan ligero,
o crezca tanto por las propias circunstancias
que, en mi ausencia y ocupado ya mi puesto,
el general olvide mi amistad y mis servicios.
DESDÉMONA
No temáis. Ante Emilia, aquí presente,
os garantizo vuestro puesto. Estad seguro
de que si hago una promesa de amistad,
la cumplo a la letra. A mi señor no dejaré
hasta que se amanse, le hablaré hasta exasperarle.
Su cama será escuela, su mesa, confesonario.
En todo lo que haga mezclaré
la súplica de Casio. Conque alegraos, Casio.
Vuestra valedora morirá
antes que abandonar vuestra causa.

Entran OTELO y YAGO.

EMILIA
Señora, aquí viene mi señor.
CASIO
Señora, me retiro.
DESDÉMONA
¡Cómo! Quedaos a oír lo que le digo.
CASIO
No, señora. Me siento muy inquieto
y dañaría mis propios fines.
DESDÉMONA
Como os plazca.

Sale CASIO.

YAGO
¡Ah! Eso no me gusta.
OTELO
¿Qué dices?
YAGO
Nada, señor. Bueno, no sé.
OTELO
¿No era Casio el que hablaba con mi esposa?
YAGO
¿Casio, señor? No. No le creo capaz
de escabullirse con aire de culpable
al veros venir.

OTELO
Pues yo creo que era él.
DESDÉMONA
¿Qué hay, mi señor?
He estado hablando con un suplicante,
alguien que padece tu disfavor.
OTELO
¿A quién te refieres?
DESDÉMONA
Pues a Casio, tu teniente. Mi buen señor,
si tengo la virtud o el poder de persuadirte
accede a una inmediata reconciliación.
Pues si él de veras no te aprecia
y pecó a sabiendas y no inconscientemente
yo no sé juzgar la cara del honrado.
Te lo ruego, pídele que vuelva.
OTELO
¿Estaba aquí ahora?
DESDÉMONA
Sí, y se fue tan abatido que me ha dejado
parte de su pena para que la comparta.
Mi amor, pídele que vuelva.
OTELO
Ahora no, mi Desdémona. Otra vez.
DESDÉMONA
¿Será pronto?
OTELO
Por ser tú, mi bien, cuanto antes.
DESDÉMONA
¿Esta noche, en la cena?
OTELO
No, esta noche no.
DESDÉMONA
¿Mañana a mediodía?
OTELO
No como en casa. Los capitanes
me esperan en la ciudadela.
DESDÉMONA
Pues mañana por la noche o el martes por la mañana,
a mediodía o por la noche; o en la mañana
del miércoles. Dime cuándo, mas que no
pase de tres días. Te juro que le pesa.
Salvo en la guerra, donde dicen
que hasta el jefe sirve de escarmiento,
su infracción no parece que merezca
ni reprimenda privada. ¿Cuándo puede venir?
Dímelo, Otelo. Bien quisiera yo saber
qué ruego podría negarte o resistir
indecisa. Y siendo Miguel Casio,
que te ayudó a cortejarme, que tantas veces
se puso de tu parte cuando yo
te censuré, ¿me haces que te acose
para rehabilitarle? Pues aún podría...
OTELO
Basta, te lo ruego. Que venga cuando quiera.
No pienso negarte nada.
DESDÉMONA
¡Vaya! Eso no es un favor.
Es como si te rogara que te pusieras
los guantes, te alimentases bien
o te abrigases, o quisiera que te hicieses
a ti mismo un bien especial. No: si algo te pido
que de veras ponga a prueba tu amor,
será de peso, arduo de resolver
y arriesgado de dar.
OTELO
No pienso negarte nada.
A cambio sólo te pido una cosa:
que me dejes por ahora.
DESDÉMONA
¿Cómo voy a negártelo? Adiós, mi señor.
OTELO
Adiós, mi Desdémona. En seguida voy contigo.
DESDÉMONA
Ven, Emilia.
[A OTELO] Haz lo que te dicte el corazón.
Yo siempre te obedeceré.

Salen DESDÉMONA y EMILIA.

OTELO
¡Divina criatura! Que se pierda mi alma
si no te quisiera y, cuando ya no te quiera,
habrá vuelto el caos.
YAGO
Mi noble señor...
OTELO
¿Qué quieres, Yago?
YAGO
Cuando hacíais la corte a la señora,
¿conocía Miguel Casio vuestro amor?
OTELO
Sí, desde el principio. ¿Por qué lo dices?
YAGO
Por satisfacer mi curiosidad,
por nada más.
OTELO
¿Y por qué esa curiosidad?
YAGO
No sabía que la conociese.
OTELO
Pues sí, y fue muchas veces nuestro mediador.
YAGO
¿De veras?
OTELO
¿De veras? Sí, de veras. ¿Qué ves en ello?
¿Acaso él no es honrado?
YAGO
¿Honrado, señor?
OTELO
¿Honrado? Sí, honrado.
YAGO
Señor, que yo sepa...
OTELO
¿Qué quieres decir?
YAGO
¿Decir, señor?
OTELO
¡Decir, señor! ¡Por Dios, eres mi eco!
Como si en tu mente hubiera un monstruo
tan horrendo que no debe revelarse.
Tú ocultas algo. Cuando Casio dejó a mi esposa,
dijiste que no te gustaba. ¿A qué te referías?
Y al decirte que tenía mi confianza
mientras yo la cortejé, exclamas «¿De veras?»,
frunciendo y apretando el ceño,
como si hubieras encerrado en tu cerebro
alguna idea horrible. Si me aprecias de verdad,
dime lo que piensas.
YAGO
Señor, sabéis que os aprecio.
OTELO
Así lo creo. Y, como sé
que te mueve la amistad y la honradez
y que mides las palabras antes de decirlas,
esos titubeos me asustan mucho más.
Pues en boca de un granuja desleal
son hábitos corrientes, mas en un hombre fiel
son oscuras dilaciones que nacen en el alma
y no se dejan gobernar.
YAGO
En cuanto a Miguel Casio, juraría
que es hombre honrado.
OTELO
Así lo creo yo.
YAGO
Los hombres deben ser lo que parecen;
los que no lo son, ojalá no lo parezcan.
OTELO
Cierto, los hombres deben ser lo que parecen.
YAGO
Pues yo creo que Casio es honrado.
OTELO
En todo esto hay algo más.
Te lo ruego, háblame en la lengua
de tus propios pensamientos y dale
al peor de todos la peor de las palabras.
YAGO
Disculpadme, señor.
Aunque estoy obligado a la lealtad,
no haré lo que no se exige al esclavo.
¡Revelar el pensamiento! ¿Y si fuera
falso y vil? ¿En qué palacio no se ha
insinuado la ruindad? ¿Hay alma tan pura
en la que el turbio pensamiento
no se haya reunido en tribunal
con la justa reflexión?
OTELO
Yago, contra tu amigo maquinas
si, creyendo que le agravian, le ocultas
lo que piensas.
YAGO
Os lo suplico: tal vez
me haya equivocado en mi sospecha,
pues es la cruz de mi carácter
rastrear las falsedades, y a veces mi celo
crea faltas de la nada. No preste atención
vuestra cordura al que suele idear
tan burdamente, ni le turben
observaciones adventicias y dudosas.
Por vuestra paz y vuestro bien,
por mi hombría, prudencia y honradez,
no conviene que os diga lo que pienso.
OTELO
¿Qué insinúas?
YAGO
Señor, la honra en el hombre o la mujer
es la joya más preciada de su alma.
Quien me roba la bolsa, me roba metal;
es algo y no es nada; fue mío y es suyo,
y ha sido esclavo de miles.
Mas, quien me quita la honra, me roba
lo que no le hace rico y a mí me empobrece.
OTELO
¡Vive Dios, dime lo que piensas!
YAGO
No podría, ni con mi alma en vuestra mano,
ni querré, mientras yo la gobierne.
OTELO
¿Qué?
YAGO
Señor, cuidado con los celos.
Son un monstruo de ojos verdes que se burla
del pan que le alimenta. Feliz el cornudo
que, sabiéndose engañado, no quiere a su ofensora
mas, ¡qué horas de angustia le aguardan
al que duda y adora, idolatra y recela!
OTELO
¡Qué tortura!
YAGO
El pobre contento es rico y bien rico;
quien nada en riquezas y teme perderlas
es más pobre que el invierno.
¡Dios bendito, a todos los míos
guarda de los celos!
OTELO
¿Por qué, por qué dices eso?
¿Tú crees que viviría una vida de celos,
cediendo cada vez a la sospecha
con las fases de la luna?. No. Estar en la duda
es tomar la decisión. Que me vuelva
macho cabrío si mi espíritu se entrega
a conjeturas tan extrañas y abultadas
como tus alegaciones. Para darme celos
no basta con decir que mi esposa es bella,
sociable, sabe comer y conversar, canta,
tañe y baila: estas prendas le añaden virtud.
Y mi propia indignidad no me causa
la menor duda o recelo de su fidelidad,
pues tenía ojos y me eligió. No, Yago;
quiero ver antes de dudar. Si dudo, pruebas;
y con pruebas no hay más que una solución:
¡Adiós al amor o a los celos!
YAGO
Me alegro, pues ahora ya puedo
mostraros mi afecto y lealtad
con más franqueza. Así que, como es mi deber,
os diré algo. Pruebas aún no tengo.
Vigilad a vuestra esposa; observadia con Casio.
Los ojos así: ni celosos, ni crédulos.
Que no engañen a vuestro noble y generoso
corazón en su propia bondad; conque, atento.
Conozco muy bien el carácter de mi tierra
las mujeres de Venecia enseñan a Dios
los vicios que ocultarían a sus maridos.
Su conciencia no las lleva a reprimirse,
sino a encubrirlos.
OTELO
¿Lo dices en serio?
YAGO
Engañó a su padre al casarse con vos;
y, cuando parecía temblar y temer
vuestro semblante, es cuando más os quería.
OTELO
Es verdad.
YAGO
Pues, eso. Si tan joven ya sabía
sacar esa apariencia, dejando a su padre
tan ciego que creía que era magia...
He hecho muy mal. Os pido humildemente
perdón por apreciaros tanto.
OTELO
Siempre te estaré agradecido.
YAGO
Veo que esto os ha desconcertado.
OTELO
Nada de eso, nada de eso.
YAGO
Pues yo temo que sí. Espero que entendáis
que lo dicho lo ha dictado mi amistad.
Mas os veo alterado. Permitidme suplicaros
que no arrastréis mis palabras
a un terreno más crudo o extenso
que el de la sospecha.
OTELO
Descuida.
YAGO
Si lo hicierais, señor,
mis palabras tendrían consecuencias
que jamás soñó mi pensamiento.
Casio es mi gran amigo. Señor, os veo alterado.
OTELO
No, no mucho. Estoy seguro
de que Desdémona es honesta.
YAGO
Que lo sea por muchos años y vos que lo creáis.
OTELO
Y, sin embargo, apartarse de las leyes naturales...
YAGO
¡Ah, ahí está! Pues, si me lo permitís,
rechazar todos esos matrimonios
con gente de su tierra, color y condición,
lo que siempre parece natural...
¡Mmm ... ! Ahí se adivina un deseo viciado,
grave incongruencia, propósito aberrante.
Perdonadme: en mis presunciones
no pensaba en ella. Aunque temo
que quiera volver sobre sus pasos
y, al compararos con sus compatriotas,
pueda arrepentirse.
OTELO
Muy bien, adiós.
Si observas algo, dímelo.
Que vigile tu mujer. Déjame, Yago.
YAGO [saliendo]
Señor, me retiro.
OTELO
¿Por qué me casé? Seguro que el buen Yago
ve y sabe más, mucho más de lo que dice.
YAGO [volviendo]
Señor, me permito suplicaros
que no os dejéis obsesionar. Que el tiempo decida.
Es justo que Casio recobre su puesto,
pues lo ejerce con gran capacidad,
mas, teniéndole apartado un poco más,
podréis observar al hombre y sus métodos.
Ved si vuestra esposa insiste en que vuelva
y encarece su ruego con ardor:
eso dirá mucho. Mientras tanto,
que mi temor justifique mi injerencia,
pues temo de verdad que ha sido grande,
y, os lo ruego, no culpéis a vuestra esposa.
OTELO
No temas por mi aplomo.
YAGO
Nuevamente me retiro.

Sale.

OTELO
Este hombre es de gran honradez,
y su experiencia le permite discernir
los móviles humanos. Corno ella resulte
un halcón indomable, aunque la haya atado
con las fibras de mi corazón, la suelto
al hilo del viento y la dejo a la suerte.
Quizá por ser negro y faltarme las prendas
gentiles del galanteador, o haber descendido
por el valle de los años (aunque poco importa)
me quedo sin ella y burlado, y mi consuelo
ha de ser detestarla. ¡Maldicíón de matrimonio
¡Llamar nuestras a tan gratas criaturas
y no a sus apetencias! Prefiero ser sapo
y vivir de los miasmas de un calabozo
que dejar un rincón de mi ser más querido
para uso de otros. Mas es la cruz del grande,
pues el humilde es más privilegiado.
Como la muerte, es destino inevitable:
la suerte del cornudo ya está echada
desde el momento en que nace. Aquí viene ella


Entran DESDÉMONA y EMILIA.

Si me engaña, el cielo se ríe de sí mismo.
No pienso creerlo.
DESDÉMONA
¿Qué ocurre, querido Otelo?
La cena y los nobles isleños
que has invitado aguardan tu presencia.
OTELO
La culpa es mía.
DESDÉMONA
¿Por qué hablas tan bajo? ¿No estás bien?
OTELO
Me duele la cabeza, aquí, en la frente.
DESDÉMONA
Eso es de tanto velar. Se te quitará.
Deja que te ate un pañuelo. Antes de una hora
ya estará bien.
OTELO
Tu pañuelo es muy pequeño. Déjalo.

[A DESDÉMONA se le cae el pañuelo.]

Vamos, voy contigo.
DESDÉMONA
Me apena que no estés bien.

Salen OTELO y DESDÉMONA.

EMILIA
Me alegra encontrar este pañuelo.
Fue el primer regalo que le hizo el moro.
Mi caprichoso marido cien veces
me ha tentado para que se lo quite; mas ella
lo adora, pues Otelo le hizo jurar
que lo conservaría, y siempre lo lleva consigo,
y lo besa y le habla. Pediré una copia
para dársela a Yago. ¡Sabe Dios
qué piensa hacer con el pañuelo!
Yo sólo sé complacer su capricho.

Entra YAGO.

YAGO
¿Qué hay? ¿Qué haces aquí sola?
EMILIA
Sin reprender: tengo algo que enseñarte.
YAGO
¿Algo que enseñarme? Algo que muchos han visto...
EMILIA
¿Eh?
YAGO
...es una esposa sin juicio.
EMILIA
Ah, ¿era eso? ¿Qué me darás
si te doy aquel pañuelo?
YAGO
¿Qué pañuelo?
EMILIA
¿Qué pañuelo? Pues el que Otelo regaló
a Desdémona, el que tú tantas veces
me pedías que le quitase.
YAGO
¿Se lo has quitado?
EMILIA
No, se le cayó por descuido.
Por suerte yo estaba allí y lo cogí.
Mira, aquí está.
YAGO
¡Qué gran mujer! Dámelo.
EMILIA
¿Qué vas a hacer con él, que con ahínco
me pedías que lo robase?
YAGO
Y a ti, ¿qué más te da?

[Se lo quita.]

EMILIA
Si no es para nada de importancia,
devuélvemelo. ¡Pobre señora!
Se va a volver loca cuando no lo encuentre.
YAGO
Tú no sabes nada. A mí me hace falta.
Anda, vete ya.

Sale EMILIA.

Dejaré el pañuelo donde vive Casio;
él lo encontrará. Simples menudencias
son para el celoso pruebas más tajantes
que las Santas Escrituras. Me puede servir.
El moro está cediendo a mi veneno:
la idea peligrosa es veneno de por sí
y, aunque empiece por no desagradar,
tan pronto como actúa sobre la sangre,
arde como mina de azufre. ¿No lo decía?

Entra OTELO.

Aquí llega. Ni adormidera o mandrágora,
ni todos los narcóticos del mundo
podrán devolverte el dulce sueño
de que gozabas ayer.
OTELO
¿Así que me engaña?
YAGO
¡Vamos, general! Dejad ya eso.
OTELO
¡Fuera, vete! Me has puesto en el suplicio.
Te juro que es mejor ser engañado
que sospecharlo una pizca.
YAGO
¡Vamos, señor!
OTELO
¿Tenía yo noción de su furtivo deleite?
Ni lo veía, ni me dolía, ni lo pensaba.
Dormía cada noche, vivía feliz y confiado;
en sus labios no veía los besos de Casio.
Aquél a quien roban, si no advierte el robo,
mejor que lo ignore, y así nada pierde.
YAGO
Vuestras palabras me apenan.
OTELO
Feliz habría sido pudiendo ignorarlo,
aunque toda la tropa, hasta el último peon,
gozase con su cuerpo. Ahora,
¡adiós para siempre al alma serena!
¡Adiós al sosiego! ¡Adiós a penachos marciales
y a guerras grandiosas que enaltecen la ambición!
¡Adiós! ¡Adiós al relincho del corcel
y a trompetas vibrantes, a tambores
que enardecen y a pífanos que asordan,
a regios estandartes y a todo el esplendor,
gloria, pompa y ceremonia de la guerra!
Y tú, mortífero bronce, cuya ruda garganta
imita el fragor espantoso de Júpiter,
¡adiós! Otelo ya no tiene ocupación.
YAGO
Señor, ¿es posible?
OTELO
Infame, demuestra que mi amada es una puta;
demuéstralo. Quiero la prueba visible
o, por la vida perdurable de mi alma,
más te habría valido nacer perro
que hacer frente a mi furia desatada.
YAGO
¿A esto hemos llegado?
OTELO
Házmelo ver o, por lo menos, demuéstramelo
de modo que en la prueba no haya gancho
ni aro en que colgar una duda o, ¡ay de ti!
YAGO
Mi noble señor...
OTELO
Como tú la calumnies y a mí me atormentes,
no reces más; abandona tu conciencia,
cubre de horrores la cima del horror,
haz que llore el cielo y se espante la tierra,
pues nada peor podrás añadir
a tu condenación.
YAGO
¡Misericordia! ¡Que el cielo me asista!
¿Sois hombre? ¿Tenéis alma? ¿O raciocinio?
Adiós. Quedaos con mi puesto. ¡Ah, desgraciado,
que por afecto vuelves vicio la honradez!
¡Ah, mundo atroz! ¡Fíjate, fíjate, mundo!
Ser honrado y sincero trae peligro.
Os agradezco la lección, y desde ahora
no quiero amigos, pues la amistad es dolor.
OTELO
No, espera. Tú debes ser honrado.
YAGO
Debiera ser listo, que la honradez
es muy tonta y se arruina en sus afanes.
OTELO
¡Por Dios!
Creo que mi esposa es honesta y no lo creo;
creo que tú eres leal y no lo creo.
Quiero una prueba. Su nombre era tan claro como
el rostro de Diana, y ahora está más sucio
y más negro que mi faz. No voy a soportarlo
cuando hay sogas, cuchillos, veneno, fuego
o aguas que ahogan. ¡Querría estar seguro!
YAGO
Señor, veo que os devora la pasión.
Me arrepiento de haberla provocado.
¿Querríais estar seguro?
OTELO
Querría, no: quiero.
YAGO
Y podéis. Mas, señor, ¿cómo estar seguro?
¿Queréis ser un zafio espectador?
¿Ver como la montan?
OTELO
¡Ah, muerte y condenación!
YAGO
Sería difícil y engorroso, creo yo,
llevarlos a esa escena. Que se condenen
los ojos que los vean acostados.
Entonces, ¿qué? Entonces, ¿cómo?
¿Qué queréis que diga? ¿Cómo estar seguro?
No podréis verlo, aunque sean más ardientes
que las cabras, más sensuales que los monos,
más calientes que una loba salida
y más brutos que la ignorancia borracha.
Mas, si buscáis seguridad
en indicios vehementes que lo apoyen
y lleven al umbral de la verdad,
podréis tenerla.
OTELO
Dame una prueba real de que me engaña.
YAGO
No me gusta la encomienda,
mas, habiéndome adentrado en este pleito,
movido del afecto y la necia lealtad,
no me detendré. Descansaba yo con Casio
y me vino tal dolor de muelas
que no podía dormir.
Los hay tan ligeros de lengua
que durmiendo musitan sus asuntos.
Casio es uno de éstos.
Le oí decir en sueños: «Querida Desdémona,
seamos prudentes, ocultemos nuestro amor».
Y entonces me agarra y me tuerce la mano,
gritando «¡Divina criatura!», y me besa con ganas,
como arrancando de cuajo los besos
que crecieran en mis labios; y me echa
la pierna sobre el muslo, suspira, me besa
y grita «¡Maldita la suerte que te dio al moro!»
OTELO
¡Asombroso, asombroso!
YAGO
Bueno, no fue más que un sueño.
OTELO
Pero indica una acción consumada.
YAGO
Aunque sueno, es indicio grave.
Podría sustanciar otras pruebas
más débiles.
OTELO
¡La haré mil pedazos!
YAGO
Sed prudente. Aún no es seguro;
quizá sea honesta. Mas, decidme,
¿no la habéis visto con un pañuelo
en la mano, bordado de fresas?
OTELO
Uno así tiene ella: fue mi primer regalo.
YAGO
No lo sabía. Mas hoy he visto a Casio
limpiarse la barba con un pañuelo así,
y seguro que era el de ella.
OTELO
Como sea ése...
YAGO
Como sea ése u otro que sea suyo,
la incrimina con las otras pruebas.
OTELO
¡Tuviera el infame diez mil vidas!
Una es poco, una no es nada para mi venganza,
Ahora ya veo que es cierto. Mira, Yago,
cómo echo al aire mi estúpido amor; adiós.
¡Negra venganza, sal de tu cóncava celda!
¡Amor, entrega corona y trono querido
al odio salvaje! ¡Estalla, corazón, y suelta
esa carga de lenguas de áspid!

Se arrodilla.

YAGO
Sosegaos.
OTELO
¡Ah, sangre, sangre, sangre!
YAGO
Tened calma. Acaso cambiéis de idea.
OTELO
Jamás, Yago. Como el Ponto Euxino,
cuya fría corriente e indómito curso
no siente la baja marea y sigue adelante
hacia la Propóntide y el Helesponto,
así mis designios, que corren violentos,
jamás refluirán, y no cederán al tierno cariño
hasta vaciarse en un mar de profunda
e inmensa venganza. Por ese cielo esmaltado,
con todo el fervor de un sagrado juramento,
empeño mi palabra.
YAGO
No os levantéis.

Se arrodilla.

Estrellas que ardéis en lo alto, sed testigos,
elementos que nos ciñen y rodean,
sed testigos de que Yago desde ahora
consagra la actividad de su cerebro,
su corazón y sus manos al servicio
del agraviado Otelo. Que dicte sus órdenes,
y mi obediencia será compasión,
por cruel que sea la empresa.

[Se levanta.]

OTELO
Acojo tu afecto con franca aceptación,
no con vana gratitud, y sin más demora
te pongo a prueba. De aquí a tres días
quiero que me digas que Casio no vive.
YAGO
Mi amigo está muerto. Lo mandáis
y está hecho. Mas a ella dejadla que viva.
OTELO
¡Así se condene la zorra! ¡Maldita, maldita!
Vamos, ven conmigo. Voy a proveerme
de algún medio rápido para acabar
con el bello demonio. Desde ahora eres mi teniente.
YAGO
Vuestro para siempre.

Salen.

III.iv Entran DESDÉMONA, EMILIA y el GRACIOSO.


Sale.

DESDÉMONA
¡Tú! ¿Sabes en dónde para el teniente Casio?
GRACIOSO
No puedo decir que pare.
DESDÉMONA
¿Y por qué?
GRACIOSO
Porque un soldado no para y, si le llevas la contra, no hay quien lo pare.
DESDÉMONA
¡Vamos! ¿Dónde se hospeda?
GRACIOSO
Deciros dónde se hospeda es deciros que me paro.
DESDÉMONA
Y todo eso, ¿adónde lleva?
GRACIOSO
No sé dónde se hospeda y si me invento una posada y digo que para en ésta o aquélla, el invento se me para en la garganta.
DESDÉMONA
¿Puedes inquirir por él y ser instruido en la res¬puesta?
GRACIOSO
Haré catequesis por el mundo: digo que haré pre¬guntas y tendré contestación.
DESDÉMONA
Búscale. Pídele que venga. Dile que he intercedido con mi esposo en su favor y que confío en que todo irá bien.
GRACIOSO
Hacer eso no rebasa los límites del entendimiento, conque voy a intentarlo.

Sale

DESDÉMONA
¿Dónde habré perdido ese pañuelo, Emilia?
EMILIA
No lo sé, señora.
DESDÉMONA
Mejor habría sido perder mi bolsa
llena de cruzados. Si mi noble Otelo
no fuese magnánimo, ni estuviese limpio
de la ruindad del celoso, bastaría
para darle que pensar.
EMILIA
¿No es celoso?
DESDÉMONA
¿Quién, él? Yo creo que el sol de su tierra le quitó esos humores.
EMILIA
Mirad. Aquí viene.

Entra OTELO.

DESDÉMONA
Ahora no voy a dejarle hasta que llame
a Casio. ¿Cómo está mi señor?
OTELO
Bien, mi señora. [Aparte] ¡Qué duro disimular!
¿Y cómo está mi Desdémona?
DESDÉMONA
Muy bien, mi señor.
OTELO
Dame la mano. Esta mano está húmeda.
DESDÉMONA
No conoce los años ni las penas.
OTELO
Es señal de largueza y entrega.
Caliente, caliente y húmeda. Esta mano
es muy libre; necesita ayuno y oración,
mucha penitencia, prácticas piadosas,
pues encierra a un ardiente diablillo
que suele rebelarse. Una mano buena,
una mano abierta.
DESDÉMONA
Bien puedes decirlo, pues con esta mano
te di mi corazón.
OTELO
Noble mano. Antaño la mano se daba
con el corazón; en los nuevos blasones
hay manos, mas no corazón .
DESDÉMONA
No te entiendo. Vamos, tu promesa.
OTELO
¿Qué promesa, mi bien?
DESDÉMONA
He hecho llamar a Casio para que te vea.
OTELO
Me aqueja un penoso catarro.
Déjame el pañuelo.
DESDÉMONA
Toma.
OTELO
El que te regalé.
DESDÉMONA
No lo llevo.
OTELO
¿No?
DESDÉMONA
No, de verdad.
OTELO
Mal hecho. Ese pañuelo se lo dio
a mi madre una egipcia: una maga
que casi leía el pensamiento.
Le dijo que, mientras lo tuviera,
sería muy querida y a mi padre rendiría
enteramente a su amor; mas que, si lo perdía
o regalaba, sería odiosa a los ojos
de mi padre, cuyo ánimo iría en pos
de otros amores. Al morir me lo dio,
y me pidió que lo entregara a quien la suerte
me diera por esposa. Así lo hice.
Tenlo en cuenta y quiérelo como a tus ojos.
Perderlo o regalarlo acarrearía
una ruina incomparable.
DESDÉMONA
¿Es posible?
OTELO
No miento. Es la magia del tejido.
Una sibila, que en el mundo había contado
el giro del sol doscientas veces,
cosió su bordado en profético furor;
hicieron la seda gusanos sagrados
y se tiñó en caromornia, que los sabios
prepararon con corazones de vírgenes.
DESDÉMONA
Pero, ¿es cierto?
OTELO
Cierto y verdadero, conque cuídalo bien.
DESDÉMONA
Entonces, ¡ojalá no lo hubiera visto nunca!
OTELO
¿Eh? ¿Por qué?
DESDÉMONA
¿Cómo es que hablas tan violento y excitado?
OTELO
¿Se ha perdido? ¿No está? ¡Habla! ¿Se ha extraviado?
DESDÉMONA
¡Dios nos bendiga!
OTELO
¿Qué respondes?
DESDÉMONA
Que no. Pero, ¿y si se hubiera perdido?
OTELO
¿Cómo?
DESDÉMONA
Digo que no se ha perdido.
OTELO
Tráelo, que lo vea.
DESDÉMONA
Podría traerlo, pero ahora no. Todo esto
es una excusa para que olvide mi ruego.
Vamos, haz que Casio sea rehabilitado.
OTELO
Tráeme el pañuelo. Tengo dudas.
DESDÉMONA
Vamos, vamos.
Nunca verás a hombre más apto.
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
Te lo ruego, habla de Casio.
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
Es un hombre cuya suerte siempre consagró
a la amistad que te profesa,
que compartió tus peligros...
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
La verdad, eres injusto.
OTELO
¡Dios!

Sale.

EMILIA
¿Conque no es celoso?
DESDÉMONA
Jamás le vi así.
Seguro que es la magia del pañuelo,
Me apena mucho haberlo perdido.
EMILIA
Un año o dos no revelan a un hombre.
Todos son estómagos y nosotras, comida.
Nos comen con hambre y, una vez llenos,
nos eructan.

Entran YAGO y CASIO.

Mirad: Casio y mi marido.
YAGO
No hay otro remedio: debe hacerlo ella.
¡Mirad qué suerte! Id a rogarle.
DESDÉMONA
¿Qué hay, buen Casio? ¿Alguna noticia?
CASIO
Mi ruego, señora. Os suplico
que, por vuestra favorable mediación,
yo pueda volver a existir y gozar
del afecto de aquél a quien, con toda
la entrega de mi alma, honro sin reservas.
No lo aplacéis. Si tan grave es mi delito
que ni acciones pasadas, penas presentes
o intención de servicios futuros
son rescate suficiente de su afecto,
el beneficio de saberlo solicito.
Así me envolveré en fingida complacencia,
resignado a seguir otro camino
al albur de la fortuna.
DESDÉMONA
¡Ah, noble Casio!
Mi defensa no encuentra consonancia:
mi esposo no es mi esposo, ni podría
conocerle si tuviera el semblante tan cambiado
como el ánimo. Os juro por todos los santos
que por vos he hecho lo imposible,
poniéndome al alcance de su enojo
por hablarle con franqueza. Debéis esperar.
Lo que pueda, lo haré: más de lo que me atrevo
a hacer por mí misma. Que eso os baste.
YAGO
¿Enojado mi señor?
EMILIA
Salió hace un momento
y, desde luego, con gran excitación.
YAGO
¿Cómo puede enojarse? Yo he visto
cómo el cañón hacía saltar sus batallones
por el aire y, como un diablo, arrebataba
a su propio hermano de su lado. ¿Enojado?
Será algo grave. Voy a buscarle.
Algo ha de pasar si está enojado.
DESDÉMONA
Ve con él, te lo ruego.

Sale YAGO.

Le habrá enturbiado su espíritu limpio
algún asunto de Estado, quizá de Venecia,
o alguna conjura malograda, recién
descubierta aquí, en Chipre. En esos casos,
cuando les preocupan cosas de importancia,
los hombres discuten por una minucia.
Ocurre así. Cuando el dedo nos duele, parece
que transmite dolor a los miembros sanos.
No; no pensemos que los hombres son dioses,
ni de ellos esperemos miramientos
como el día de la boda. ¡Regáñame, Emilia!
Soy una torpe guerrera y con el alma
acusaba de rigor a mi marido;
mas veo que he inducido a falso testimonio
y que le he acusado injustamente.
EMILIA
Dios quiera que sean asuntos de Estado,
como creéis, y no algún antojo o celos
caprichosos que os afecten.
DESDÉMONA
¡Cielo santo! Jamás le di motivo.
EMILIA
Sí, mas eso al celoso no le sirve.
El celoso no lo es por un motivo:
lo es porque lo es. Son los celos un monstruo
engendrado y nacido de sí mismo.
DESDÉMONA
Dios guarde de ese monstruo el alma de Otelo.
EMILIA
Así sea, señora.
DESDÉMONA
Voy a buscarle. Casio, quedad por aquí.
Si le veo bien dispuesto, le presentaré
vuestra súplica y haré lo imposible
por que acceda.
CASIO
Señora, con humildad os lo agradezco.

Salen DESDÉMONA y EMILIA.
Entra BIANCA.

BIANCA
Dios te guarde, amigo Casio.
CASIO
¿Qué haces que no estás en casa?
¿Cómo está mi bellísima Bianca?
Te juro, mi amor, que iba a visitarte.
BIANCA
Y yo iba a tu aposento. ¿Conque una semana
sin verme? ¿Siete días con sus noches?
¿Trece veces trece horas? ¡Y horas de ausencia
del amado, cien veces más largas
que las del reloj! ¡Qué agobio de cuenta!
CASIO
Perdóname, Bianca: estos días
me abrumaban muy graves pensamientos.
Te pagaré mi cuenta de ausencia
de manera más continua. Querida Bianca,
cópiame este bordado.

[Le da el pañuelo.]

BIANCA
Casio, ¿esto de dónde ha salido?
Seguro que es prenda de una nueva amiga.
Ahora veo el motivo de la ausencia.
¿A esto hemos llegado? Vaya, vaya.
CASIO
¡Quita, mujer! Devuelve
tus viles recelos a la boca del diablo,
que es quien te los dio. Tú sospechas
que esto es de una amante, algún recuerdo.
Te juro que no, Bianca.
BIANCA
Pues, ¿de quién es?
CASIO
Ni yo lo sé. Lo encontré en mi aposento.
Me gusta el bordado. Antes que lo busquen,
como harán seguramente, quisiera una copia.
Toma y hazla, y ahora, déjame.
BIANCA
¿Qué te deje? ¿Por qué?
CASIO
Estoy esperando al general,
y no sería propio, ni es mi deseo,
que me vea con una mujer.
BIANCA
¿Y por qué?
CASIO
No es que no te quiera.
BIANCA
Es que no me quieres.
Te lo ruego, acompáñame un poco
y dime si he de verte al atardecer.
CASIO
Apenas si puedo acompañarte, pues he
de seguir esperando; mas te veré luego.
BIANCA
Muy bien. Tendré que conformarme.

Salen.

IV.i Entran OTELO Y YAGO.

YAGO
¿Vais a creerlo?
OTELO
¿Creerlo, Yago?
YAGO
¿Un beso a solas?
OTELO
¡Un beso ilícito!
YAGO
¿O estar desnuda en la cama con su amigo
una hora o más sin mala intención?
OTELO
¿Desnuda en la cama sin mala intención, Yago?
Eso es hipocresía con el diablo.
A quienes obran con virtud y hacen esas cosas,
el diablo les tienta la virtud
y ellos tientan al cielo.
YAGO
Si no hacen nada es pecado venial;
mas si yo le doy un pañuelo a mi mujer...
OTELO
¿Qué?
YAGO
Pues que es suyo, señor, y, siendo suyo,
creo que puede regalárselo a otro hombre.
OTELO
Mas ella es protectora de su honra.
¿Puede entregarla?
YAGO
Su honra es una esencia invisible.
La siguen teniendo quienes ya no la tienen.
Pero el pañuelo...
OTELO
¡Por Dios, ojalá que lo hubiera olvidado!
Me decías (ah, se cierne sobre mi memoria
como cuervo sobre casa apestada,
augurando desgracia) que él tenía mi pañuelo.
YAGO
¿Y qué?
OTELO
Pues que no está bien.
YAGO
¿Y si hubiera dicho que le vi ofenderos?
¿O le hubiera oído decir, como esos granujas
que, haciendo la corte con porfía
o por la débil voluntad de alguna dama,
las convencen y complacen, y no
saben callarse ... ?
OTELO
¿Ha dicho algo?
YAGO
Sí, señor. Pero seguro que no más
de lo que niegue bajo juramento.
OTELO
¿Qué ha dicho?
YAGO
Pues que ... No sé qué.
OTELO
¿Qué, qué?
YAGO
Durmió...
OTELO
¿Con ella?
YAGO
Con ella, sobre ella, como queráis.
OTELO
¿Durmió con ella? ¿Sobre ella? Entonces decimos que dormir es infamarla. ¡Con ella! ¡Dios, qué asco! ¡Pañuelo, confesión, pañuelo! Confesión y horca por hacerlo. Primero la horca y después la confesión. Me hace temblar. Mi naturaleza no caería sin fundamento en pasión tan cegadora. No son pala¬bras lo que me agita. ¡Uf! Nariz, orejas, labios. ¿Es posible? ¿Confesión? ¿Pañuelo? ¡Vil demonio!.

Cae inconsciente.

YAGO
Actúa, veneno, actúa. Así es como caen
los crédulos bobos, y así es como pierden
la honra muchas dignas damas, siendo
inocentes y puras. ¡Eh, señor!
¡Vamos, señor! ¡Otelo!

Entra CASIO.

¿Qué hay, Casio?
CASIO
¿Qué pasa?
YAGO
Mi señor ha tenido un ataque de epilepsia.
Ya es el segundo: ayer tuvo uno.
CASIO
Frótale las sienes.
YAGO
No, dejadle.
Que la inconsciencia siga su curso. Si no,
echará espumarajos por la boca
y se pondrá hecho una furia. Mirad, se mueve.
Retiraos un momento. Se repondrá en seguida. Cuando se haya ido,
quiero hablaros de un asunto importante.

[Sale CASIO.]

¿Qué hay, general? ¿Os habéis
lastimado la cabeza?
OTELO
¿Te burlas de mí?.
YAGO
¿Burlarme de vos? No, por Dios.
Así llevarais vuestra suerte como un hombre.
OTELO
Un cornudo es un monstruo y una bestia.
YAGO
Entonces en una ciudad populosa
hay muchas bestias y monstruos civiles.
OTELO
¿Lo ha confesado?
YAGO
Mi buen señor, sed hombre. Pensad
que quien lleva barba y va en coyunda,
tal vez arrastre esa carga. Son millones
los que duermen en camas deshonradas
que ellos tienen por honrosas. Vuestro caso
es mejor. ¡Ah, qué ruindad del diablo,
qué burla del Maligno es besar a una indecente,
creyéndola pura, en el lecho conyugal!
No, yo quiero saberlo y, sabiendo lo que soy,
sabré cómo acabará ella.
OTELO
¡Ah, qué sagaz! Es cierto.
YAGO
Alejaos un momento;
no crucéis la frontera de la calma.
Cuando estabais abrumado por la angustia,
flaqueza que no cuadra a un hombre como vos,
llegó Casio. Logré librarme de él;
vuestro desmayo me dio buena excusa.
Le dije que volviese pronto y hablaríamos,
lo cual prometió. Ahora escondeos,
y fijaos en las burlas, muecas y visajes
que aloja cada zona de su cara,
pues haré que vuelva a contarme
dónde, cómo, cuándo, desde cuándo y cada cuánto
se entiende y entenderá con vuestra esposa.
Fijaos bien en su actitud. Vamos, calma,
o diré que sois todo bilis
y nada ser humano.
OTELO
¿Me oyes bien, Yago?
Seré muy cauteloso con mi calma,
pero, ¿me oyes bien?, muy violento.
YAGO
Eso está bien. Mas todo a su tiempo.
¿Queréis retiraros?

[Se esconde OTELO.]

Ahora le hablaré a Casio de Bianca,
una mujerzuela que, vendiendo sus favores,
se paga la ropa y el pan. Se muere
por Casio, pues es la maldición de las perdidas
engañar a muchos y que uno solo
las engañe. Cuando la oiga nombrar,
no podrá contenerse de la risa. Aquí llega.

Entra CASIO.

Cuando se ría, Otelo se pondrá furioso,
y sus celos ignorantes torcerán
el desparpajo, las sonrisas y ademanes
del pobre Casio. ¿Qué tal, teniente?
CASIO
Nunca peor, pues me nombras por el puesto
cuya carencia me mata.
YAGO
Porfiad con Desdémona y será vuestro.
Si de Bianca dependiese vuestra súplica,
¡qué pronto seríais favorecido!
CASIO
¡Ah, pobre criatura!
OTELO
Ya se está riendo.
YAGO
Jamás conocí mujer tan enamorada.
CASIO
¡Ah, la pobrecilla! Sí, creo que me quiere.
OTELO
Lo niega a medias y lo toma a risa.
YAGO
Escuchad, Casio.
OTELO
Ahora le fuerza a que lo cuente.
Muy bien, vamos, adelante.
YAGO
Ella va diciendo que la haréis
vuestra esposa. ¿Es vuestra intención?
CASIO
¡Ja, ja, ja!
OTELO
¿Triunfante, romano, triunfante?
CASIO
¿Hacerla mi esposa? ¿A una buscona? Anda, ten caridad con mi uso de razón. No lo juzgues tan enfermo. ¡Ja, ja, ja!
OTELO
Vaya, vaya. Ríe quien vence.
YAGO
Pues corre la voz de que os casaréis.
CASIO
Vamos, habla en serio.
YAGO
Si miento, soy un canalla.
OTELO
¿Conque me has marcado? Bien.
CASIO
Eso es un cuento de esa mona. Es su amor y vani¬dad, no mi promesa, lo que le hace creer que nos casaremos.
OTELO
Yago me hace señas. Ya empieza la historia.
CASIO
Ha estado aquí hace poco. Me asedia por todos la¬ dos. El otro día hablaba yo con unos venecianos a la orilla del mar, y viene la mozuela y, te lo juro se me agarra al cuello así.
OTELO
Gritando «¡Ah, querido Casio!», como aquel que dice. Sus ademanes lo explican.
CASIO
Se me apoya, se me cuelga y me llora, y venga a tirar de mí. ¡Ja, ja, ja!
OTELO
Ahora contará que se lo llevó a mi cuarto. ¡Ah, te veo la nariz, pero no el perro al que se la echaré!
CASIO
Pues tendré que dejármela.
YAGO
¡Vive Dios! Ahí viene.

Entra BIANCA.

CASIO
Una de esas zorras. Sí, y bien perfumada. ¿Qué pretendes asediándome así?
BIANCA
¡Que te asedien a ti el diablo y su madre! ¿Y tú qué pretendías con el pañuelo que me has dado? ¡Valiente tonta fui al llevármelo! ¿Que copie el bor¬dado? ¡Tú sí lo bordas todo encontrando en tu cuar¬to un pañuelo que no sabes quién dejó! ¿La prenda de una lagarta y quieres que yo te la copie? Ten, dásela a tu moza. Me da igual la procedencia: yo no te copio el bordado.
CASIO
Pero, ¿qué pasa, mi querida Bianca? ¿Qué pasa?
OTELO
¡Por Dios, seguro que es mi pañuelo!
BIANCA
Si quieres, ven a cenar esta noche. Si no, ven otro día, que te espero sentada.
YAGO
¡Seguidla, seguidla!
CASIO
Claro; si no, irá renegando por la calle.
YAGO
¿Cenaréis con ella?
CASIO
Pienso ir, sí.
YAGO
Pues tal vez os vea. Me gustaría mucho hablar con vos.
CASIO
Pues ven. ¿Vendrás?
YAGO
Corred. Ni una palabra más.

Sale CASIO.

OTELO [adelantándose]
¿Cómo lo mato, Yago?
YAGO
¿Oísteis qué risa le daba su pecado?
OTELO
¡Ah, Yago!
YAGO
¿Y visteis el pañuelo?
OTELO
¿Era el mío?
YAGO
El vuestro, os lo juro. Y hay que ver cómo aprecia a vuestra cándida esposa: ella le da un pañuelo y él se lo da a su manceba.
OTELO
Estaría nueve años matándolo. ¡Qué mujer tan bue¬na, tan bella, tan dulce!
YAGO
No. Eso debéis olvidarlo.
OTELO
Que se pudra y se muera, y se condene esta noche, pues no ha de vivir. No, el corazón se me ha vuelto piedra: lo golpeo y me duele la mano. ¡Ah, el mun¬do no ha dado criatura más dulce! Podría echarse junto a un emperador y darle órdenes.
YAGO
No, dejad eso ahora.
OTELO
¡Que la cuelguen! Yo sólo digo lo que es. Primorosa con la aguja, admirable con la música (su voz deja al oso sin fiereza). ¡Y qué grande entendimiento, qué rica imaginación!
YAGO
Por eso mismo es peor.
OTELO
¡Ah, mil, mil veces! ¡Y a la vez tiene tanta genti¬leza!
YAGO
Sí, demasiada.
OTELO
Es verdad. Y, sin embargo, ¡qué pena, Yago! ¡Ah, Yago! ¡Qué pena, Yago!
YAGO
Si estáis tan prendado de su culpa, dadie licencia para pecar: si a vos no os agravia, a nadie molesta.
OTELO
La voy a hacer trizas. ¡Engañarme!
YAGO
Es indigno.
OTELO
¡Con mi oficial!
YAGO
Aún más indigno.
OTELO
Tráeme un veneno, Yago, esta noche. Con ella no voy a discutir, no sea que su cuerpo y belleza apla¬quen mi decisión. Esta noche, Yago.
YAGO
No la envenenéis. Estranguladla en la cama, en el lecho mancillado.
OTELO
Muy bien. Me complace esa justicia. Muy bien.
YAGO
Respecto a Casio, dejadlo de mi cuenta. Antes de medianoche tendréis noticias.
OTELO
Magnífico.

Toque de clarín dentro.

¿Qué es ese clarín?
YAGO
Seguro que noticias de Venecia.

Entran LUDOVICO, DESDÉMONA y acompañamiento.

Es Ludovico, de parte del Dux. Y con él vuestra esposa.
LUDOVICO
¡Dios os guarde, noble general!
OTELO
Vuestro de todo corazón.
LUDOVICO
El Dux y senadores de Venecia
os saludan.

[Le da una carta.]

OTELO
Beso el documento de sus órdenes.

[Lee la carta.]

DESDÉMONA
¿Y qué noticias traéis, pariente Ludovico?
YAGO
Me alegro mucho de veros, señor.
Bienvenido a Chipre.
LUDOVICO
Gracias. ¿Cómo está el teniente Casio?
YAGO
Vive, señor.
DESDÉMONA
Ludovico, entre él y mi esposo ha surgido
una extraña desunión. Vos podréis remediarlo.
OTELO
¿Estás segura?
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
«No dejéis de hacerlo, pues ... »
LUDOVICO
No os llamaba: está leyendo el mensaje.
¿Hay discordia entre Casio y vuestro esposo?
DESDÉMONA
Y muy triste. Haría lo que fuese
por unirlos, en mi cariño por Casio.
OTELO
¡Fuego y azufre!
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
¿Eres discreta?
DESDÉMONA
¡Ah! ¿Está enojado?
LUDOVICO
Quizá le ha afectado la carta,
pues creo que le ordenan que regrese
y nombran a Casio para el mando.
DESDÉMONA
¡Cuánto me alegra!
OTELO
¿De veras?
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
Me alegra verte loca.
DESDÉMONA
¡Querido Otelo!
OTELO
¡Demonio!

[La abofetea.]

DESDÉMONA
No merezco esto.
LUDOVICO
Señor, esto no lo creerían en Venecia
aunque jurase que lo vi. Es inaudito.
Desagraviadla: está llorando.
OTELO
¡Demonio, demonio! Si la tierra
concibiese con llanto de mujer,
de cada lágrima saldría un cocodrilo.
¡Fuera de mi vista!
DESDÉMONA
Me voy por no ofenderte.
LUDOVICO
Una esposa muy obediente. Señor,
os lo suplico, pedidle que vuelva.
OTELO
¡Mujer!
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
¿Para qué la queréis, señor?
LUDOVICO
¿Quién? ¿Yo, señor?
OTELO
Sí. Queríais que la hiciese volver.
Pues sabe volver, y volverse, y seguir,
y darse la vuelta. Y sabe llorar, sí, llorar.
Y es obediente, como decís; obediente
muy obediente. Tú sigue llorando.-
Respecto a esto, señor... ¡Qué bien finge la, Vena!¬
me ordenan que regrese. ¡Fuera de aquí!
Ya te mandaré llamar. Señor, obedezco
la orden y regreso a Venecia. ¡Vete, fuera!

[Sale DESDÉMONA.]

Casio me reemplazará. Y os suplico, señor,
que cenéis esta noche conmigo.
Sed bienvenido a Chipre. ¡Monos y cabras!

Sale.

LUDOVICO
¿Es éste el noble moro a quien todo el Senado
creía tan entero? ¿Es éste el ánimo
al que no conmovía la emoción,
la firmeza que no roza ni traspasa
la flecha o el disparo del azar?
YAGO
Está muy cambiado.
LUDOVICO
¿Se ha trastornado? ¿No estará demente?
YAGO
Él es el que es. No me corresponde juzgar
lo que podría ser. Si no es lo que podría,
ojalá lo fuera
LUDOVICO
¡Pegarle a su esposa!
YAGO
Sí, eso no ha estado bien. Mas ojalá
ese golpe fuera lo peor.
LUDOVICO
¿Es su costumbre? ¿O acaso
la carta le ha excitado la pasión,
creándole esa lacra?
YAGO
¡Válgame! No sería honrado si os dijera
lo que he visto y oído. Observadle,
y su conducta le mostrará de tal modo
que os ahorrará mis palabras. Id con él
y fijaos en cómo continúa.
LUDOVICO
Con él he sufrido un desengaño.

Salen.

IV.ii Entran OTELO y EMILIA.

OTELO
¿Así que no has visto nada?
EMILIA
Ni visto ni oído y nunca he sospechado.
OTELO
Sí, los has visto juntos a Casio y a ella.
EMILIA
Pero no vi nada malo, y oí
cada palabra que salió de sus bocas.
OTELO
¡Cómo! ¿No secreteaban?
EMILIA
Nunca, señor.
OTELO
¿Ni te mandaban que te fueras?
EMILIA
Nunca.
OTELO
¿Ni a traerle el abanico, los guantes,
el antifaz, ni nada?
EMILIA
Jamás, señor.
OTELO
Sorprendente.
EMILIA
Señor, apostaría el alma a que ella
es honesta. Si pensáis otra cosa,
desechad esa idea: os está engañando.
Si algún infame os lo ha metido en la cabeza,
¡caiga sobre él la maldición de la serpiente!
Si ella no es honesta, pura y fiel,
no hay hombre dichoso: la esposa mejor
es más vil que la calumnia.
OTELO
Dile que venga. Vamos.

Sale EMILIA.

Ésta habla bien, Pero boba sería la alcahueta
que no hablara así. ¡Y qué puta más lista!.
Llave y candado de viles secretos;
aunque se arrodilla y reza. Se lo he visto hacer.

Entran DESDÉMONA y EMILIA.

DESDÉMONA
Señor, ¿qué deseas?
OTELO
Ven aquí, paloma.
DESDÉMONA
¿Cuál es tu deseo?
OTELO
Deja que te vea los ojos.
Mírame a la cara.
DESDÉMONA
¿Qué horrible capricho es éste?
OTELO [a EMILIA]
Tú, mujer, a lo tuyo. Deja en paz
a los que van a procrear. Cierra la puerta
y tose o carraspea si viene alguien.
¡Tu oficio, tu oficio! ¡A cumplir!

Sale EMILIA.

DESDÉMONA
Te lo pido de rodillas: ¿Qué significa
lo que dices? Entiendo el furor de tus palabras,
mas no las palabras.
OTELO
Pues, ¿quién eres tú?
DESDÉMONA
Tu esposa, señor. Tu esposa fiel y leal,
OTELO
Vamos, júralo y condénate, no sea
que, siendo angelical, los propios demonios
teman apresarte. Conque doble condena:
jura que eres honesta.
DESDÉMONA
Bien lo sabe el cielo.
OTELO
El cielo bien sabe
que eres más falsa que el diablo.
DESDÉMONA
¿Cómo soy falsa, señor? ¿Con quién, para quién?
OTELO
¡Ah, Desdémona, vete, vete, vete!
DESDÉMONA
¡Dios bendito! ¿Por qué lloras?
¿Soy yo la causa de tus lágrimas, señor?
Si acaso sospechas que mi padre
intervino en tu orden de regreso,
a mí no me culpes. Si tú le perdiste,
yo también le perdí.
OTELO
Si los cielos me hubieran puesto a prueba
con padecimientos, vertiendo sobre mí
toda suerte de angustias y deshonras,
sumiéndome hasta el labio en la miseria,
cautivos mis afanes y mi ser,
habría hallado una gota de paciencia
en alguna parte de mi alma. Pero, ¡ay, convertirme
en el número inmóvil que la aguja
del escarnio señala en su curso imperceptible!
Aun eso podría soportar, aun eso.
Mas del ser en que he depositado el corazón,
que me da vida y, si no, sería mi muerte,
del manantial de donde brota o se seca
mi corriente, ¡verme separado
o tenerlo como ciénaga de sapos inmundos
que se juntan y aparean ... ! Palidece de verlo,
paciencia, tierno querubín de labios rosados.
¡Sí, ponte más sañudo que el infierno!
DESDÉMONA
Señor, supongo que me crees honesta.
OTELO
¡Oh, sí! Como moscas de verano en matadero,
que nacen criando. ¡Ah, flor silvestre,
tan hermosa y de olor tan delicado
que lastimas el sentido! ¡Ojalá
no hubieras nacido!
DESDÉMONA
Pero, ¿qué pecado he cometido sin saberlo?
OTELO
¿Se hizo este bello papel, este hermoso libro,
para escribir en él «puta»? ¿Qué pecado?
¿Pecado? ¡Ah, mujerzuela! Si nombrase
tus acciones, mis mejillas serían fraguas
que el pudor reducirían a cenizas.
¿Qué pecado? Al cielo le hiede, la luna
cierra los ojos; el viento sensual,
que todo lo besa, enmudece
en la cóncava tierra y no quiere oírlo.
¿Qué pecado? ¡Impúdica ramera!
DESDÉMONA
Por Dios, me estás injuriando.
OTELO
¿No eres una ramera?
DESDÉMONA
No, o no soy cristiana. Si, para honra
de mi esposo, preservar este cuerpo
de contactos ilícitos e impuros
es no ser una ramera, no lo soy.
OTELO
¿Que no eres una puta?
DESDÉMONA
¡No, por mi salvación!
OTELO
¿Es posible?
DESDÉMONA
¡Ah, que Dios nos perdone!
OTELO
Entonces disculpad. Os tomé
por la astuta ramera de Venecia
que se casó con Otelo. ¡Tú, mujer,
que, al revés que San Pedro, custodias
la puerta del infierno!

Entra EMILIA.

Tú, tú, ¡sí, tú! Nuestro asunto
ha terminado. Aquí está tu paga.
Ahora echa la llave, y silencio.

Sale.

EMILIA
Pero este hombre, ¿qué imagina?
¿Cómo estáis, señora? ¿Cómo estáis?
DESDÉMONA
Aturdida.
EMILIA
Decidme, ¿qué le pasa a mi señor?
DESDÉMONA
¿A quién?
EMILIA
Pues a mi señor.
DESDÉMONA
¿Quién es tu señor?
EMILIA
El vuestro, mi querida señora.
DESDÉMONA
Ya no tengo. No hablemos, Emilia.
No puedo llorar, y no tendría más palabras
que las lágrimas. Esta noche ponme
en la cama mis sábanas de boda,
acuérdate. Y dile a tu esposo que venga.
EMILIA
¡Vaya cambio!

Sale.

DESDÉMONA
Está bien que me trate así, ¡muy bien!
¿Qué habré hecho yo para que tenga
la mínima queja de mi más leve falta?

Entran YAGO y EMILIA.

YAGO
¿Qué deseáis, señora? ¿Estáis bien?
DESDÉMONA
No sé. Los que educan a los niños
les hablan con dulzura y corrigen con bondad.
Debió hacerlo así, pues soy como niña
que ignora el reproche.
YAGO
¿Qué ocurre, señora?
EMILIA
¡Ah, Yago! El señor la ha tratado de puta,
la ha cubierto de insultos y de ofensas
que la honra no puede soportar.
DESDÉMONA
¿Acaso lo soy, Yago?
YAGO
¿Sois qué, mi bella señora?
DESDÉMONA
Lo que dice que mi esposo me llamó.
EMILIA
La llamó puta. Ni un mendigo borracho
le habría dicho eso a su golfa.
YAGO
¿Por qué lo hizo?
DESDÉMONA
No lo sé. Juro que no lo soy.
YAGO
No lloréis, no lloréis. ¡Váigame!
EMILIA
¿Renunció a tan nobles pretendientes,
a su padre, su tierra y su familia,
para ser llamada puta? ¿No es para llorar?
DESDÉMONA
Es mi desventura.
YAGO
¡Maldito sea!
¿Cómo se le habrá ocurrido?
DESDÉMONA
Sabe Dios.
EMILIA
Que me cuelguen si no es una calumnia
de algún canalla redomado, algún
bribón entrometido, algún embaucador
mentiroso y retorcido que va
buscando un puesto. ¡Que me cuelguen!
YAGO
¡Bah! Ese hombre no existe. Es imposible.
DESDÉMONA
Si existe, que Dios le perdone.
EMILIA
Que le perdone la horca y se pudra
en el infierno. ¿Por qué la llamó puta?
¿Quién va con ella? ¿Dónde, cuándo, cómo,
por qué motivo? Algún mal nacido engaña
a Otelo, algún granuja ruin y despreciable.
¡Quiera Dios descubrir a estos sujetos
y poner un látigo en toda mano honrada
que desnudos los azote por el mundo
desde el este hasta el oeste!
YAGO
Habla más bajo.
EMILIA
¡Mala peste ... ! Alguno de ésos fue
quien te puso el juicio del revés, haciéndote
creer que yo te engañaba con Otelo.
YAGO
Tú eres tonta. Calla.
DESDÉMONA
¡Ah, Yago! ¿Qué puedo hacer por recobrar
el cariño de mi esposo? Buen amigo,
ve con él, pues, por la luz del cielo,
no sé cómo le perdí. Lo digo de rodillas:
si alguna vez pequé contra su amor
por vía de pensamiento o de obra;
si mis ojos, oídos o sentidos
gozaron con algún otro semblante;
si no le quiero con toda mi alma, como siempre
le quise y le querré, aunque me eche
de su lado como a una pordiosera,
¡que el sosiego me abandone! Mucho puede
el desamor, mas aunque el suyo acabe
con mi vida, con mi amor nunca podrá.

No puedo decir «puta»; me repugna la palabra.
Ni por todas las glorias de este mundo
haría nada que me diera un nombre así.
YAGO
Calmaos, os lo ruego. Es el mal humor.
Le enojan los asuntos de gobierno
y por eso os riñe.
DESDÉMONA
Si sólo fuera eso...
YAGO
Sólo es eso, os lo aseguro.
Escuchad: los clarines llaman a la cena.
Aguardan los emisarios de Venecia.
Entrad y no lloréis. Todo irá bien.

Salen DESDÉMONA y EMILIA.

Entra RODRIGO.

¿Qué hay, Rodrigo?
RODRIGO
Veo que no juegas limpio conmigo.
YAGO
¿En qué te fundas?
RODRIGO
Día tras día me vas dando largas, Yago, y creo que, más que darme ocasión, me vas menguando la es¬peranza. Ahora ya no pienso tolerarlo, ni estoy dis¬puesto a sufrir en silencio lo que ya he soportado como un tonto.
YAGO
¿Quieres oírme, Rodrigo?
RODRIGO
He oído demasiado. Tus hechos no hacen juego con tus dichos.
YAGO
Me acusas sin razón.
RODRIGO
Con la pura verdad. Me he quedado sin recursos. Las joyas que te di para Desdémona podían haber comprado a una monja. Me dices que las tiene y que me da esperanzas y ánimo de inmediato favor y relaciones, mas no veo nada.
YAGO
Bueno, vamos, vamos.
RODRIGO
¡Bueno, vamos! ¿Cómo voy a irme? Y de bueno, nada. Todo esto es vil y empiezo a sentirme esta¬fado.
YAGO
Bueno.
RODRIGO
Te digo que de bueno, nada. Voy a presentarme a Desdémona. Si me devuelve las joyas, renuncio a mi pretensión y a galanteos ilícitos. Si no, te exigiré reparación.
YAGO
¿Has dicho?
RODRIGO
Sí, y no he dicho nada que no piense hacer.
YAGO
¡Vaya! Ahora veo que tienes bríos, y desde ahora mi opinión de ti es mejor que nunca. Dame la mano, Rodrigo. Me has hecho una justísima objeción; mas yo te aseguro que siempre jugué limpio con tu asunto.
RODRIGO
No se ha visto.
YAGO
Reconozco que no se ha visto, y a tus reservas no les falta seso ni cordura. Pero Rodrigo, si de veras tienes lo que ahora tengo más razón para creer, de¬cisión, arrojo y hombría, demuéstralo esta noche. Si a la siguiente no gozas a Desdémona, quítame de enmedio a traición y ponle trampas a mi vida.
RODRIGO
¿Qué planeas? ¿Es prudente y hacedero?
YAGO
Por orden especial llegada de Venecia, Casio pasa a ocupar el puesto de Otelo.
RODRIGO
¿Es verdad? Entonces Otelo y Desdémona vuelven a Venecia.
YAGO
Ah, no: él se va a Mauritania con su bella Desdé¬mona, a no ser que algún accidente demore su mar¬cha. Para lo cual lo más contundente es librarse de Casio.
RODRIGO
¿Qué quiere decir «librarse»?
YAGO
Pues impedirle que ocupe el puesto de Otelo; cor¬tarle el cuello.
RODRIGO
¿Y quires que lo haga yo?
YAGO
Sí, si tienes valor para hacerte servicio y justicia. Él cena esta noche con una perdida; yo iré a verle. Aún no sabe nada de sus nuevos honores. Si aguar¬das su salida (yo haré que salga entre las doce y la una), le tendrás a tu alcance. Yo estaré cerca para secundarte y entre los dos lo matamos. Anda, no te desconciertes y ven conmigo. Te haré ver la nece¬sidad de su muerte y tú te sentirás obligado a dár¬sela. Es la hora de la cena y corren las horas. ¡En marcha!
RODRIGO
Necesito más razones para hacerlo.
YAGO
Quedarás complacido.

Salen.

IV.iii Entran OTELO, LUDOVICO, DESDITMONA, EMILIA y acompañamiento.

LUDOVICO
Os lo ruego, señor. No os molestéis.
OTELO
Permitid. Me hará bien andar.
LUDOVICO
Señora, buenas noches. Os doy humildes gracias.
DESDÉMONA
A vuestro servicio.
OTELO
¿Vamos, señor? Ah, Desdémona.
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
Acuéstate ya. Vuelvo de inmediato. Que no se que¬de tu dama. Haz como te digo. DESDÉMONA
Sí, señor.

Salen [OTELO, LUDOVICO y acompañamiento].

EMILIA
¿Cómo va todo? Parece más amable que antes.
DESDÉMONA
Dice que vuelve en seguida.
Me ha mandado que me acueste
y ha dicho que no te quedes.
EMILIA
¿Que no me quede?
DESDÉMONA
Es su deseo. Así que, buena Emilia,
me traes la ropa de noche y adiós.
No debemos contrariarle.
EMILIA
¡Ojalá no le hubierais visto nunca!
DESDÉMONA
Eso no. Mi amor por él es tanto
que su enojo, censuras y aspereza...,
suéltame esto,... tienen su encanto y donaire.
EMILIA
He puesto las sábanas que dijisteis.
DESDÉMONA
Es igual. ¡Ah, qué antojos tenemos!
Si muero antes que tú, amortájame
con una de esas sábanas.
EMILIA
Vamos, vamos, ¡qué decís!
DESDÉMONA
Mi madre tenía una doncella, de nombre Bárbara.
Estaba enamorada, y su amado le fue infiel
y la dejó. Sabía la canción del sauce,
una vieja canción que expresaba su sino,
y murió cantándola. Esta noche
no puedo olvidar la canción. Me cuesta
no hundir la cabeza y cantarla
como hacía la pobre Bárbara. Date prisa.
EMILIA
¿Os traigo la bata?
DESDÉMONA
No, suéltame esto.
Ludovico es bien parecido.
EMILIA
Muy guapo.
DESDÉMONA
Y habla bien.
EMILIA
En Venecia conozco una dama que habría ido des¬calza a Palestina por tocarle un labio. DESDÉMONA
[canta] «Penaba por él bajo un sicamor
llora, sauce, conmigo;
la frente caída, hundido el corazón;
llora, sauce, llora conmigo;
las aguas corrían llevando el dolor;
llora, sauce, conmigo;
el llanto caía y la piedra ablandó».
Guarda esto.
«Llora, sauce, llora conmigo».
Date prisa; está al llegar.
«Llora, sauce, conmigo; guirnalda te haré
No le acusarán; le admito el desdén».
No, así no es. ¿Oyes? ¿Quién llama?
EMILIA
Es el viento.
DESDÉMONA
[canta] «Falso fue mi amor, mas, ¿qué dijo él?
Llora, sauce, conmigo;
si yo te he engañado, engáñame también»
Vete ya. Buenas noches. Me escuecen los ojos.
¿Presagia llanto?
EMILIA
No tiene que ver.
DESDÉMONA
Lo he oído decir. ¡Ah, estos hombres, estos hombres!
Dime, Emilia, ¿tú crees en conciencia
que hay mujeres que engañen tan vilmente
a sus maridos?
EMILIA
Algunas sí que hay.
DESDÉMONA
¿Tú lo harías si te dieran el mundo?
EMILIA
¿No lo haríais vos?
DESDÉMONA
No. Que sea mi testigo esa luz celestial.
EMILIA
Pues que esa luz no sea mi testigo.
Yo lo haría a oscuras.
DESDÉMONA
¿Tú lo harías si te dieran el mundo?
EMILIA
El mundo es enorme. Y es paga muy alta
por tan poca falta.
DESDÉMONA
La verdad, no creo que lo hicieras.
EMILIA
La verdad, yo creo que lo haría, para deshacerlo una vez hecho. Bueno, no lo haría por una sortija o unas varas de batista, por vestidos, enaguas o to¬cas, ni por regalos mezquinos. Pero, ¡por el mundo entero! Santo Dios, ¿quién no le pondría los cuer¬nos al marido para hacerle rey? Yo me arriesgaría al purgatorio.
DESDÉMONA
Que me pierda si cometo esa falta
por nada del mundo.
EMILIA
Pero sería una falta para el mundo y, si os dan el mundo a cambio, la falta quedaría en vuestro mun¬do y pronto podríais repararla.
DESDÉMONA
Yo no creo que haya mujeres así.
EMILIA
Sí, un montón, y tantas como para poblar el mundo que les dieran.
Mas creo que si pecan las mujeres
la culpa es de los maridos: o no cumplen
y llenan otras faldas de tesoros que son nuestros,
o les entran unos celos sin sentido
y nos tienen encerradas; o nos pegan,
o nos menguan el dinero por despecho.
Todo esto nos encona y, si nuestro es el perdón,
nuestra es la venganza. Sepan los maridos
que sus mujeres tienen sentidos como ellos;
que ven, huelen y tienen paladar
para lo dulce y lo agrio. ¿Qué hacen
cuando nos dejan por otras? ¿Gozar?
Creo que sí. ¿Los mueve el deseo?
Creo que sí. ¿Pecan por flaqueza?
Creo que también. Y nosotras, ¿no tenemos
deseos, ganas de gozar y flaquezas como ellos?
Pues que aprendan a tratarnos o, si no, que sepan
que todo nuestro mal es el mal que nos enseñan.
DESDÉMONA
Buenas noches, buenas noches. No quiera Dios
que el mal sea mi guía, sino mi lección.

Salen.

V.i Entran YAGO y RODRIGO.

YAGO
Ponte aquí, detrás del puesto. Viene en seguida.
Desnuda el estoque y clávalo bien.
De prisa, no temas. Yo estaré a tu lado.
A la cima o a la ruina: piénsalo
y afianza el propósito.
RODRIGO
Quédate cerca, no sea que falle.
YAGO
Aquí al lado. Valor y a tu puesto.

[Se aparta.]

RODRIGO
No me fascina el designio. Sin embargo,
me ha dado razones convincentes.
Es sólo una vida. ¡A él, espada! ¡Muerto!
YAGO [aparte]
A este pollo ya casi lo he dejado
en carne viva, y le irrita. Mate a Casio,
Casio a él o se maten entre sí,
yo salgo ganando. Si Rodrigo sobrevive,
me exigirá cabal restitución
de oro y joyas que yo le afané
y que me dio para Desdémona.
No puede ser. Si Casio prevalece,
su vida siempre tiene una belleza
que me afea. Además, el moro podría
descubrirle mi juego, lo que es peligroso.
No, ha de morir. Pero, alto. Aquí llega.

Entra CASIO.

RODRIGO
Es él; conozco su andar. ¡Muere, infame!
CASIO
Tu golpe habría sido fatal
si la malla no fuese mejor
de lo que piensas. Probemos la tuya.
RODRIGO
¡Ah, me has matado!

[YAGO hiere a CASIO en la pierna y sale.]

CASIO
¡Me han baldado! ¡Socorro! ¡Eh!
¡Al asesino! ¡Al asesino!

Entra OTELO.

OTELO
La voz de Casio. Yago cumple su palabra.
RODRIGO
¡Ah, soy un miserable!
OTELO
Muy cierto.
CASIO
¡Socorro! ¡Eh! ¡Luz! ¡Un médico!
OTELO
Es él. Audaz Yago, honrado y leal;
tan noble ante el agravio de tu amigo.
Eres mi ejemplo. Prenda, tu amado ha muerto
y se acerca tu condenación. ¡Allá voy, ramera!
De mi alma he borrado tus ojos de ensueño;
impúdica sangre manchará tu impuro lecho.

Sale.

Entran LUDOVICO y GRACIANO.

CASIO
¡Eh! ¿No hay nadie? ¿Y la ronda? ¡Al asesino!
GRACIANO
Alguna desgracia. Es un grito terrible.
CASIO
¡Socorro!
LUDOVICO
Escuchad.
RODRIGO
¡Ah, miserable!
LUDOVICO
Gritan dos o tres. Es noche cerrada.
Quizá estén fingiendo. Sería peligroso
acudir sin más ayuda.
RODRIGO
¿No viene nadie? Moriré desangrado.
LUDOVICO
Escuchad.

Entra YAGO con una lámpara.

GRACIANO
Aquí viene alguien recién levantado
con luz y armas.
YAGO
¿Quién vive? ¿Quién grita «Al asesino»?
LUDOVICO
No sabemos.
YAGO
¿No oísteis un grito?
CASIO
¡A mí, a mí! ¡Socorro, por Dios!
YAGO
¿Qué pasa?
GRACIANO
Es el alférez de Otelo, ¿no?
LUDOVICO
El mismo. Un tipo valiente.
YAGO
¿Quién sois, que gritáis tan angustiado?
CASIO
¿Yago? ¡Ah, me han malherido unos infames!
Ayúdame.
YAGO
¡Mi pobre teniente! ¿Qué infames han sido?
CASIO
Creo que uno está por aquí
y no puede huir.
YAGO
¡Infames traidores!
Vosotros, venid y ayudarme.
RODRIGO
¡Aquí, socorredme
CASIO
Es uno de ellos.
YAGO
¡Infame asesino! ¡Canalla!

[Apuñala a RODRIGO.]

RODRIGO
¡Maldito Yago! ¡Ah, perro inhumano!
YAGO
¿Matando a oscuras? ¿Dónde están los ladrones?
¡Qué silencio en la ciudad! ¡Eh, al asesino!
¿Quién sois? ¿Gente de bien o de mal?
LUDOVICO
Conocednos y juzgadnos,
YAGO
¿Signor Ludovico?
LUDOVICO
El mismo.
YAGO
Perdonad. A Casio le han herido unos granujas.
GRACIANO
¿A Casio?
YAGO
¿Cómo estáis, amigo?
CASIO
Me han partido la pierna.
YAGO
¡No lo quiera Dios! Señores, luz.
La vendaré con mi camisa.

Entra BIANCA.

BIANCA
¿Qué pasa? ¿Quién gritaba?
YAGO
¿Quién gritaba?.
BIANCA
¡Ah, mi Casio! ¡querido Casio!
¡Ah, Casio, Casio, Casio!
YAGO
¡Insigne zorra! Casio, ¿tenéis noción
de quién os ha podido malherir?
CASIO
No.
GRACIANO
Me apena veros así. Iba en vuestra busca.
YAGO
Dadme una liga. ¡Eh, una silla!
Así le sacaremos con más facilidad.
BIANCA
¡Ah, se desmaya!
¡Ah, Casio, Casio, Casio!
YAGO
Sospecho, señores, que esta moza
tuvo parte en la agresión.¬-
Paciencia, buen Casio. Vamos, luz.
¿Conocemos esta cara? ¡Cómo!
¿Mi amigo y querido paisano Rodrigo?
No. Sí, claro. ¡Dios santo, Rodrigo!
GRACIANO
¿Cómo? ¿El de Venecia?
YAGO
Sí, señor. ¿Le conocíais?
GRACIANO
¿Conocerle? Claro.
YAGO
¡Signor Graciano! Os pido disculpas.
Que estas violencias me excusen
por no haberos conocido.
GRACIANO
Me alegro de verte.
YAGO
¿Cómo estáis, Casio? ¡Una silla, una silla!
GRACIANO
¿Es Rodrigo?
YAGO
Sí, sí. Es él.

[Traen una silla.]

¡Ah, muy bien, la silla!
Sacadle de aquí con cuidado.
Yo buscaré al médico del general.¬-
Tú, mujer, ahórrate la molestia. Casio,
el que yace aquí muerto era un buen amigo.
¿Había enemistad entre vosotros?
CASIO
Ninguna. Ni siquiera le conozco.
YAGO
[a BIANCA] ¿Estás pálida?
¬ Llevadle dentro.

[Sacan a CASIO y RODRIGO.]

Quedaos, Señorías. ¿Estás pálida, mujer?
¬¿No veis el pavor de su mirada?¬-
Como nos mires así, pronto nos lo contarás.-
¬Miradla bien; os lo ruego, miradla.
¿Lo veis, caballeros? La culpa se delata
aunque la lengua enmudezca.

Entra EMILIA.

EMILIA
¿Qué pasa? ¿Qué pasa, Yago?
YAGO
Rodrigo y otros tipos que escaparon
agredieron a Casio en la oscuridad.
Está malherido y Rodrigo, muerto.
EMILIA
¡Ay, pobre señor! ¡Ah, mi buen Casio!
YAGO
Esto es lo que trae el desenfreno. Anda, Emilia
pregúntale a Casio dónde ha cenado.
[A BIANCA] ¿Te hace temblar?
BIANCA
Cenó en mi casa, y no me hace temblar.
YAGO
¿Conque sí? Te ordeno que me acompañes.
EMILIA
¡Ah, maldita seas, zorra!
BIANCA
No soy una zorra y soy tan decente
como tú que me injurias.
EMILIA
¿Como yo? ¡Uf! ¡Maldita seas!
YAGO
Señores, veamos cómo curan a Casio.¬-
Vamos, mujer, y prepara otra historia.¬-
Emilia, corre a la ciudadela
y cuenta a los señores lo que ha sucedido.¬-
¿Queréis ir primero?
[Aparte] Esta es la noche que me hace
o del todo me deshace.

Salen.

V.ii Entra OTELO con una lámpara. DESDÉMONA acostada.

OTELO
Tal es la causa, tal es la causa, alma mía
Que yo no os la nombre, castas estrellas.
Tal es la causa. Mas no he de verter esta sangre
ni herir esta piel, más blanca que la nieve,
más lisa que alabastro de sepulcros.
Pero ha de morir o engañará a más hombres.
Apaga la llama y después apaga su llama.
Podría extinguirte, flamígera emisaria,
y después devolverte la luz anterior
si fuese a arrepentirme. Mas, muerta tu llama,
criatura perfecta de la naturaleza,
no sabría dónde hallar el fuego prometeico
que te diera nueva luz. Si arranco tu rosa
no puedo hacer que reviva; por fuerza
se marchitará. La oleré en el rosal.

La besa.

¡Ah, aliento fragante, que tienta a la justicia
para que rompa su espada! ¡Otro, otro!
Cuando hayas muerto sigue así, que yo te mataré
y te querré por siempre. ¡Otro más, el último!
Lo grato nunca fue tan mortal. Me hace llorar.
Pero es llanto cruel. La pena es divina:
hiere lo que ama. Está despertando.
DESDÉMONA
¿Quién es? ¿Otelo?
OTELO
Sí, Desdémona.
DESDÉMONA
¿No te acuestas, señor?
OTELO
¿Has rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA
Sí, mi señor.
OTELO
Si te queda algún pecado
que no haya alcanzado la gracia del cielo,
ruega su perdón.
DESDÉMONA
¡Dios santo! ¿Qué quieres decir con eso?
OTELO
Vamos, reza y no tardes. Mientras, me retiraré.
No quiero matar tu alma si no está
preparada. ¡No lo quiera Dios! No voy a matarla
DESDÉMONA
¿Hablas de matar?
OTELO
Sí, eso he dicho.
DESDÉMONA
Pues que el cielo se apiade de mí.
OTELO
Amén, de todo corazón.
DESDÉMONA
Si dices eso, no creo que quieras matarme.
OTELO
¡Mmm!
DESDÉMONA
Sin embargo, me asustas, pues eres temible
con esos ojos de fuego. Por qué tengo miedo
no sé, si no tengo culpa; pero siento miedo.
OTELO
Piensa en tus pecados.
DESDÉMONA
Son amores que te doy.
OTELO
Pues por eso has de morir.
DESDÉMONA
Matar por amor es dar muerte cruel.
¡Ah! ¿Por qué te muerdes el labio?
Alguna violencia conmueve tu cuerpo.
Son presagios. Sin embargo, espero,
espero que no irán contra mí.
OTELO
¡Calla y escucha!
DESDÉMONA
Bien, ¿qué ocurre?
OTELO
A Casio le has dado aquel pañuelo
tan querido que yo te regalé.
DESDÉMONA
¡No, por mi vida y mi alma!
Mándale llamar y pregúntale.
OTELO
Guárdate, alma mía, guárdate
del perjurio. Estás en tu lecho de muerte.
DESDÉMONA
Pero aún no he de morir.
OTELO
Sí, ahora mismo; conque confiesa
abiertamente tu pecado, pues negar
con juramentos cada cargo no puede
destruir ni ahogar la convicción
que me atormenta. Vas a morir.
DESDÉMONA
¡Que Dios se apiade de mí!
OTELO
Pues, amén.
DESDÉMONA
¡Apiádate tú también! Jamás
he pecado contra ti; jamás sentí por Casio
nada más que el afecto común
que Dios permite. Jamás le di prenda.
OTELO
¡Por Dios, le vi el pañuelo en la mano!
¡Ah, perjura! Me pones de piedra el corazón
y vuelves crimen mi propósito,
cuando yo lo creía sacrificio.
Le vi el pañuelo.
DESDÉMONA
Él lo encontraría. Yo no se lo di.
Mándale que venga y confiese la verdad.
OTELO
Ya ha confesado.
DESDÉMONA
¿Qué ha confesado?
OTELO
Que habéis tenido trato.
DESDÉMONA
¿Cómo? ¿Carnal?
OTELO
Sí.
DESDÉMONA
No puede decir eso.
OTELO
No, le han cerrado la boca.
Se encargó el honrado Yago.
DESDÉMONA
El miedo me engaña. ¿Ha muerto?
OTELO
Si hubieran sido vidas sus cabellos,
mi venganza podría con todas.
DESDÉMONA
¡Ah, le han engañado y yo estoy perdida!
OTELO
¡Calla, zorra! ¿Le lloras en mi cara?
DESDÉMONA
¡Ah, destiérrame, señor, mas no me mates!
OTELO
¡Muere, zorra!
DESDÉMONA
¡Mátame mañana! ¡Esta noche no!
OTELO
Como te resistas...
DESDÉMONA
¡Sólo media hora!
OTELO
Empezar es acabar.
DESDÉMONA
¡Que rece una oración!
OTELO
Demasiado tarde.

La ahoga.

DESDÉMONA
¡Dios mío, Dios mío!
EMILIA [desde dentro]
¡Señor, señor! ¡Eh, señor, señor!
OTELO
¿Qué ruido es ése? ¿Aún vives? ¿Todavía?
Soy cruel, pero clemente.
No quiero alargar tu agonía.
Así, así.
EMILIA [desde dentro]
¡Eh, señor, señor!
OTELO
¿Quién es?
EMILIA [desde dentro]
¡Ah, señor! ¡Deseo hablar con vos!
OTELO
Es Emilia. ¡En seguida! Está muerta.¬-
Vendrá a anunciarme la muerte de Casio.
Hubo alboroto. ¡Qué! ¿Ya no se mueve?
Más muda que la tumba. ¿Qué hago? ¿La dejo entrar?¬-
Parece que se mueve. No. ¿Qué será mejor?
Si entra, querrá hablar con mi esposa.
¡Esposa, esposa! ¿Qué esposa? No tengo esposa.
¡Qué angustia! ¡Qué dolor!
Tendría que haber ahora un gran eclipse
de sol y de luna, y el orbe, horrorizado,
tendría que abrirse con esta alteración.
EMILIA [desde dentro]
¡Os lo suplico, dejadme que os hable!
¡Ah, mi buen señor!
OTELO
Te había olvidado. Pasa, Emilia.
Espera un momento. Correré la cortina.-
¬¿Dónde estás? ¿Qué te pasa?

Entra EMILIA.

EMILIA
¡Ah, señor, ha habido un crimen horrible!
OTELO
¿Cómo? ¿Ahora?
EMILIA
Ahora mismo, señor.
OTELO
Es la luna descarriada:
se acerca a la tierra más que de costumbre
y trastorna a los hombres .
EMILIA
Señor, Casio ha matado a Rodrigo,
un joven veneciano.
OTELO
¿Rodrigo muerto? ¿Y Casio también?
EMILIA
No, Casio no ha muerto.
OTELO
¿Que Casio no ha muerto? Entonces el crimen
desentona, y disuena la dulce venganza.
DESDÉMONA
¡Ah, crimen injusto, injusto!.
EMILIA
¡Dios mío! ¿Qué voz era ésa?
OTELO
¿Ésa? ¿Cuál?
EMILIA
¡Dios del cielo, la voz de mi ama!

[Descorre la cortina.]

¡Ah, socorro, socorro! ¡Ah, hablad, señora!
¡Dulce Desdémona, querida señora, hablad!
DESDÉMONA
Muero inocente.
EMILIA
¡Ah! ¿Quién ha hecho esto?
DESDÉMONA
Nadie. Yo misma. Adiós. Encomiéndame
a mi esposo querido. ¡Ah, adiós!

Muere.

OTELO
¿Y cómo han podido matarla?
EMILIA
¡Ah, quién sabe!
OTELO
Le has oído decir que no fui yo.
EMILIA
Eso dijo, y yo sólo diré la verdad.
OTELO
Pues por embustera está en el infierno:
yo fui quien la mató.
EMILIA
¡Ah, pues más ángel ella
y vos más negro demonio!
OTELO
Se dio a la lujuria y era una puta.
EMILIA
La estás calumniando y eres un demonio.
OTELO
Era más falsa que el agua.
EMILIA
Y tú más violento que el fuego
llamándola falsa. Era pura como el cielo.
OTELO
Casio la montaba. Pregunta, si no, a tu marido.
Así me condene en lo más hondo del infierno
si he llegado a tal extremo
sin un motivo justo. Tu marido lo sabía.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
Tu marido.
EMILIA
¿Que era una adúltera?
OTELO
Sí, con Casio. Si me hubiera sido fiel,
por nada la habría dado, aunque Dios
crease otro mundo para mí
de zafiro purísimo y perfecto.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
Sí, él fue quien me lo dijo.
Él es honrado y detesta
el lodo que se pega a la inmundicia.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
¿A qué repetirlo, mujer? He dicho tu marido
EMILIA
¡Ah, señora! La vileza se burla del amor.
¿Mi marido dice que era falsa?
OTELO
Sí, mujer, tu marido. ¿No lo entiendes?
Mi amigo, tu marido, el muy honrado Yago.
EMILIA
Si lo dice, ¡que se pudra su alma innoble
medio grano cada día! Miente con descaro.
¡Si estaba loca por su inmunda adquisición!
OTELO
¿Qué?
EMILIA
No me das miedo. Tu hazaña
no es más digna del cielo
que tú lo eras de ella.
OTELO
Calla, más te vale.
EMILIA
Tú no puedes hacerme ningún daño
que no pueda sufrir. ¡Ah, bobo, torpe!
¡Basura ignorante! Lo que has hecho...
No me importa tu espada. Voy a delatarte
aunque pierda veinte vidas. ¡Socorro, socorro!
¡El moro ha matado a mi ama!
¡Al asesino, al asesino!

Entran MONTANO, GRACIANO y YAGO.

MONTANO
¿Qué pasa? ¿Qué ocurre, general?
EMILIA
¡Ah, estás aquí, Yago! Lo has hecho tan bien
que todos te echarán la culpa de sus crímenes.
GRACIANO
¿Qué pasa?
EMILIA
Desmiente a este infame si eres hombre.
Según él, le dijiste que su esposa le engañaba.
Sé que no lo hiciste, que no eres tan ruin.
Habla, que me estalla el corazón.
YAGO
Le conté lo que pensaba, lo que él mismo
vio que era creíble y verdadero.
EMILIA
¿Le dijiste que ella le engañaba?
YAGO
Sí.
EMILIA
Le dijiste una mentira, una odiosa mentira.
¡Por mi vida, una mentira, una vil mentira!
¿Que le engañaba con Casio? ¿Con Casio?
YAGO
Con Casio, mujer. Anda, frena la lengua.
EMILIA
No pienso frenar la lengua. He de hablar:
mi ama yace muerta sobre el lecho.
TODOS
¡No lo quiera Dios!
EMILIA
Y tus cuentos le incitaron al crimen.
OTELO
No os asombre, señores; es cierto.
GRACIANO
Cierto e increíble.
MONTANO
¡Qué atrocidad!
EMILIA
¡Qué infamia, qué infamia!
Ya me acuerdo. Me lo olía. ¡Qué infamia!
Lo pensé. Me voy a morir de pena.
¡Qué infamia, qué infamia!
YAGO
¿Estás loca? Vete a casa, te lo ordeno.
EMILIA
Nobles señores, permitidme que hable.
He de obedecerle, pero ahora no.
Quizá, Yago, ya nunca vuelva a casa.
OTELO
¡Ah, ah, ah!

Cae sobre la cama.

EMILIA
Eso, échate a rugir,
pues has matado a la más dulce inocente
que jamás alzó mirada.
OTELO
¡Ah, era mala!¬-
No os conocía, tío. Ahí está vuestra sobrina,
cuyo aliento han ahogado mis manos.
Sé que este acto parece espantoso.
GRACIANO
Pobre Desdémona. Menos mal que tu padre
ya no vive. Tu enlace le dejó malherido
y la pena le cortó el hilo de la vida.
Si te viera, podría cometer una imprudencia,
maldecir a su buen ángel
y por réprobo perderse.
OTELO
Es muy triste. Mas Yago sabe
que ella y Casio mil veces cometieron
el acto indecente. Casio lo admitió,
y ella le premió sus obras amorosas
con la primera prueba y testimonio
de cariño que le di. Yo le vi que la llevaba.
Era un pañuelo, una antigua prenda
que mi padre regaló a mi madre.
EMILIA
¡Cielo santo! ¡Gloria bendita!
YAGO
¡Dios, cállate!
EMILIA
Voy a hablar, voy a hablar. ¡Que me calle!
¡No! Hablaré más libre que el viento.
¡Que Dios, hombres y diablos, que todos,
sí, todos, digan pestes contra mí! Voy a hablar
YAGO
Sé prudente y vete a casa.
EMILIA
¡No quiero!

[YAGO desenvaina.]

GRACIANO
¡Cómo! ¿Tu espada contra una mujer?
EMILIA
¡Idiota de moro! Ese pañuelo
me lo encontré por azar y se lo di
a mi marido, pues él, con gran solemnidad,
más de la apropiada a tal minucia,
me pedía que lo robase.
YAGO
¡Maldita puta!
EMILIA
¡Dárselo a Casio! ¡No! Yo me lo encontré
y se lo di a mi marido.
YAGO
¡Mentira, so puerca!
EMILIA
¡Por Dios que es verdadl Señores, es verdad.
¡Ah, estúpido asesino! ¿Qué hace un tonto,
como tú con una esposa tan buena?
OTELO
¿No hay más rayos en el cielo
que los de las tormentas? ¡Perfecto canalla!

Ataca a YAGO. [MONTANO le desarma.]

YAGO apuñala a EMILIA y sale.

GRACIANO
Ha caído. Seguro que la ha matado.
EMILIA
Sí, sí. ¡Ah! Llevadme al lado de mi ama.
GRACIANO
Ha huido y su mujer se muere.
MONTANO
Es un infame redomado. Tomad el arma
que le he quitado al moro.
Guardad la puerta por fuera. Que no salga;
antes le matáis. Yo voy tras el canalla,
tras ese miserable.

Salen MONTANO y GRACIANO.

OTELO
Tampoco yo soy valiente.
Cualquier monigote me quita la espada.
Mas, ¿por qué la honra sobrevive al honor?
Húndase todo.
EMILIA
¿Qué presagiaba tu canción, señora?
¿No me oís? Haré como el cisne,
que muere cantando: «Llora, sauce, conmigo».
Moro, era casta; te quería, moro cruel.
Que se pierda mi alma si miento.
Digo lo que pienso y muero, muero...

Muere.

OTELO
Tengo otra espada en el cuarto. Una espada
española, templada en hielo de arroyo.
Aquí está. Tío, voy a salir.
GRACIANO [desde dentro]
Inténtalo y lo pagas.
No estás armado y habrás de someterte.
OTELO
Pues entrad y hablad conmigo,
o, inerme como estoy, os atacaré.

[Entra GRACIANO.]

GRACIANO
¿Qué quieres?
OTELO
Mirad, estoy armado. Mejor arma
jamás flanqueó la pierna del soldado.
Hubo un tiempo en que con sólo mi brazo
y esta gran espada me abría camino
entre más impedimentos que veinte
veces vuestro estorbo. Mas, ¡ah, inútil bravata!
¿Quién gobierna su destino? Yo ya no.
No temáis, aunque me veáis armado.
Es el fin de mi jornada, el término,
el último puerto de mi viaje.
No os arredréis; sería un temor vano.
Apuntad al pecho de Otelo con un junco
y se repliega. ¿Adónde irá Otelo? –
¿Y tu cara? ¡Ah, desventurada!
Más pálida que el lino. Cuando el Día
del Juicio nos reúna, tu mirada arrojará
mi alma desde el cielo para presa de diablos.
Fría, criatura, más fría que tu castidad.
¡Ah, maldito, maldito! ¡Azotadme, demonios,
que no me posea esta imagen divina!
¡Llevadme en huracanes, quemadme en azufre!
¡Sumidme en abismos de líquido fuego!
¡Ah, Desdémona! ¡Desdémona muerta! ¡Muerta! ¡Ah!

Entran LUDOVICO, MONTANO, CASIO en una silla y guardias con YAGO.

LUDOVICO
¿Dónde está ese arrebatado, ese desdichado?
OTELO
Aquí está el que fue Otelo.
LUDOVICO
¿Dónde está esa víbora? Traed al infame.
OTELO
Le miro los pies, pero eso es mentira.
Si eres un demonio, no podré matarte.

[Hiere a YAGO.]

LUDOVICO
Quitadle la espada.
YAGO
Sangro, señor, mas no muero.
OTELO
No me das pena. Prefiero que vivas,
pues, en mi sentir, la muerte es la dicha.
LUDOVICO
¡Ah, Otelo! Antes tan noble,
caído en la trampa de un maldito infame.
¿Qué os llamaremos?
OTELO
Cualquier cosa. Si queréis,
el vengador de su honra, pues nada
hice por odio y todo por deber.
LUDOVICO
Este canalla ha confesado en parte su infamia
¿Acordasteis él y vos la muerte de Casio?
OTELO
Sí.
CASIO
Querido general, nunca os di motivo.
OTELO
Lo creo y os pido perdón.
¿Queréis preguntar a este semidiablo
por qué me ha enredado el cuerpo y el alma?
YAGO
No me preguntéis. Lo que sabéis, sabéis.
Desde ahora no diré palabra.
LUDOVICO
¿Qué? ¿Ni para rezar?
GRACIANO
El suplicio te abrirá la boca.
OTELO
Haces bien.
LUDOVICO
Señor, debéis oír lo que ha ocurrido
y creo que no sabéis. Esta carta
estaba en el bolsillo del difunto Rodrigo,
y aquí hay otra. En una de ellas se habla
de la muerte de Casio, de la cual
se encargaba Rodrigo.
OTELO
¡Miserable!
CASIO
¡Qué impío y brutal!
LUDOVICO
La otra carta encontrada en el bolsillo
contiene una queja. Parece que Rodrigo
pensaba mandársela al maldito canalla,
pero Yago se le adelantó y le dio explicaciones.
OTELO
¡El vil granuja! Casio,
¿cómo conseguisteis el pañuelo de mi esposa?
CASIO
Lo encontré en mi cuarto.
Él mismo ha confesado hace un momento
que allí lo dejó con un claro propósito
que le dio resultado.
OTELO
¡Ah, bobo, bobo, bobo!
CASIO
Además, en su carta, Rodrigo
acusaba a Yago de haberle instigado
a provocarme en la guardia, lo que causó
mi expulsión. Y acaba de hablar
(le dábamos por muerto), diciendo que Yago
le indujo y le hirió.
LUDOVICO
Salid de este cuarto y acompañadnos.
Quedáis despojado de cargo y poder
y Casio manda en Chipre. Y este infame,
si hay algún castigo refinado
capaz de atormentarle sin que muera,
imponédselo. Vos sufriréis reclusión
hasta que el Estado de Venecia sea informado
de vuestro delito. Vamos, llevadle.
OTELO
Esperad. Oídme antes de salir.
He servido al Estado y es notorio;
eso baste. Os lo ruego, en vuestras cartas,
al narrar todas estas desventuras,
mostradme como soy, sin atenuar,
sin rebajar adversamente. Hablad
de quien amó demasiado y sin prudencia,
de quien, poco propenso a los celos, instigado
se alteró sobremanera; de quien,
como el indio salvaje, tiró una perla
más valiosa que su tribu; de quien, transidos
los ojos que no se empañaban, vierte
tantas lágrimas como gotas de mirra
los árboles de Arabia, Escribid todo esto,
y también que en Alepo, una vez
en que un turco impío y de altivo turbante
pegó a un veneciano e infamó a la República,
yo agarré por el cuello a ese perro circunciso
y le herí así.

Se apuñala.

LUDOVICO
¡Violento final!
GRACIANO
Toda palabra es en vano.
OTELO
Te besé antes de matarte. Ahora ya puedo,
después de matarme, morir con un beso.

Muere.

CASIO
Lo temía, aunque creí que estaba inerme,
pues tenía deshecho el corazón.
LUDOVICO
[a YAGO] ¡Ah, perro espartano! Más cruel
que la angustia, el hambre o el mar.
Ve la carga dolorosa de este lecho.
Obra tuya es. El cuadro hiere la vista:
tapadlo. Graciano, quedad en la casa
y disponed de los bienes del moro,
pues pasan a ser vuestros. A vos, gobernador,
compete juzgar a este canalla diabólico;
hora, lugar, tormento: imponedlo.
Ahora voy a embarcarme, y en Venecia
contaré tan triste caso con tristeza.

Salen.


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