José Luis Ramos Escobar. El olor del popcorn. PUERTO RICO



José Luis Ramos Escobar










EL OLOR DEL POPCORN

 

José Luis Ramos Escobar
 

 


 
 
 
 
 
PERSONAJES
 
ELLA: Estudiante universitaria de teatro. 25 años. En su mirada revolotean la  soledad más desafiante y triste y la búsqueda más desolada de la libertad.

EL: Desgarbado y flaco, con miembros un tanto desproporcionados. Cortante como el filo de una sombra es a sus treinta años, a la par la rabia y el abandono  de un perro callejero.

 

 

Dedicatoria:

A Heysha Rivera, quien vivió el incidente original con valentía
A Jackeline Duprey, quien le dio a Fabiola toda su terrible ternura y su dureza  más amorosa

A Luisa de los Ríos y Yamaris Latorre que hicieron el relevo teatral con maestría
A Marcos Garay y Julio Ramos, mis pillos preferidos

y
A Mario Colón, mago de la dirección que hizo que el popcorn tuviera un olor inolvidable.

 
***

O, THESE MEN, THESE MEN!
DESDEMONA, EN OTHELLO

 

WHY, LOOK YOU, HOW UNWORTHY A THING,

YOU MAKE OF ME! YOU WOULD PLAY UPON ME,

YOU WOULD SEEM TO KNOW MY STOPS, YOU

WOULD   PLUCK   OUT   THE   HEART OF   MY    MYSTERY.

YOU WOULD SOUND ME FROM MY LOWEST NOTE

TO THE TOP OF MY COMPASS: AND THERE IS MUCH

MUSIC, EXCELLENT VOICE IN THIS LITTLE ORGAN,

YET CANNOT YOU MAKE IT SPEAK. 'SBLOOD, DO YOU

THINK THAT I AM EASIER TO BE PLAYED ON THAN

A PIPE? CALL ME WHAT INSTRUMENT YOU WILL

THOUGH YOU CAN FRET ME YOU CANNOT PLAY UP

UPON ME.

HAMLET,  SHAKESPEARE

 

EPOCA: DECADA FINAL DEL SIGLO XX - LUGAR: EN UNA CIUDAD UNIVERSITARIA. EL ESCENARIO COBRARA FORMA EN EL RECUERDO DE ELLA DE ACUERDO CON LAS EXIGENCIAS DE LAS ACCIONES. EL APARTAMENTO DE ELLA CON LA CAMA, LA PUERTA AL BAÑO Y OTROS OBJETOS IMPRESCINDIBLES MOSTRARAN UNA EVIDENTE TEATRALIDAD QUE MANIFIESTE EL JUEGO ESCENICO. LA MUSICA DE LA OPERA OTHELLO, DE VERDI, PRESIDE EL REFLEJO SONORO DE LA TRAMA.
 

En la oscuridad una voz angustiada llama sin respuesta: "Othello, Othello." En el lateral izquierdo del escenario un círculo de luz aísla del tiempo y el espacio al personaje de Desdémona.

Desdémona: ¡Oh, muerte cruel, oh, muerte injusta!... Oh, muerte cruel, oh, muerte injusta! Es tal mi amor por él, que hasta su obstinación, su enojo y su ceño tienen gracia y encanto. Mi buen Yago, ¿qué debo hacer para agradar de nuevo a mi señor? Amigo, habladle vos, pues, por la luz divina, que no sé cómo pude perderlo.

            Arrodillada, suplico: si alguna vez pude ofender su amor con mis palabras, mis obras o mi pensamiento: si mi oído, la mirada, los demás sentidos pudieron deleitarse en forma alguna; si es que nunca le he amado; si no le amo ahora; si no he de amarle siempre-aun repudiada e implorando-con todo mi corazón, ¡huya de mí la esperanza! Mucho puede la crueldad, pues crueldad puede quitarme la vida mas no manchar lo que amo. Ramera...yo no puedo decirlo. Su mismo sonido me llena de oprobio. Y el acto que ese nombre mereciera, ¡nunca, ni por toda la riqueza del mundo, lo cometería!


Se cierra el círculo de luz. Nace el mundo nocturno: una luz amarillenta, de alumbrado público vetusto, se cuela por la ventana del baño y descubre el reducido espacio de un apartamento tipo estudio: un sofá cama, una mesita de noche, afiches de teatro en las paredes y las caretas de la tragedia y la comedia, que parecen sufrir y disfrutar de la estrechura del ambiente. La música de Othello se apodera del escenario.

            Ella se acerca al apartamento, se detiene temerosa, entra y enciende la luz. Se detiene y escucha con detenimiento. Mira en derredor con cautela, mientras cierra la puerta. Luego se acerca a la cama, levanta la colcha y mira debajo. Luego se dirige al baño. Suspira aliviada. Pausa.


Ella: Pero que yo hago si aquí no hay nadie...  (Mira en derredor sintiendo el peso de la  soledad) Estoy muerta. Hoy Mario se lució: cuatro horas de ensayo. Está hecho un negrero. Coño,  hoy tuve que repetir la escena de la muerte cinco veces. Eso de dejarse matar no me sale, es demasiado estúpido. Esa Desdémona  es difícil de representar: es demasiado  sometida, no tiene voluntad, no existe si no es  por y para el amor de Othello. (Se quita la ropa y  se pone una camiseta grande para dormir.) A la  verdad que Shakespeare estaba bien malito. Mejor está Emilia. Shakespeare debió unirlas a  las dos en una sola mujer. ¿Cómo es que dice ese monólogo? (Busca en el libreto y actúa ahora a Emilia "Mas yo creo que de tropiezos de esposa son culpables los maridos; esto es, que  con nosotras no cumplen, y en cofres ajenos guardan tesoros que fueron nuestros. O estallan, ridículos, con ataques de celos, y nos encierran; o nos golpean y merman, por despecho, el estipendio debido. Agallas tiene la mujer, y además de piedad conoce de venganzas. Sepan los hombres que también la esposa tiene sentidos: que puede ver y oler, que paladar tiene, y que lo amargo distingue de lo dulce, tal como hace el marido. ¿Qué es lo que hacen cuando nos cambian por otras? ¿Holgar? Bien está. ¿Holganza fruto del afecto? Está bien ¿O es flaqueza lo que les equivoca? Muy bien.  Pues afectos tenemos, y deseos de holgar, como el hombre, y flaquezas, como los hombres. De lo nuestro buen uso hagan, y que lo sepan: que los vicios que aprendemos, los hombres nos los enseñan."

            Coño, ese sí es un personaje y no la zángana de Desdémona. Por desgracia, yo no escojo, a mí me escogen. (Se escucha un ruido en el baño.) ¡Roderigo!...  Roderigo, ¿dónde estás, mi amante clandestino?  ¿No te gusta tu nuevo nombre? Ingrato. (El miedo va cediendo) Seguro que prefieres llamarte Antón, gato resabioso, porque querías comerte a la gaviota. O quizás Kowalski, por tus aires de felino polaco. Mira que te quedan sólo dos semanas para acostumbrarte a Roderigo. Luego sólo serás el innominado hasta que venga la próxima obra. ¿No vienes? ¿Tú también me abandonas? Ya te picará la tripa y vendrás a seducirme con tus mullidos maullidos. Si Raúl estuviera aquí, te le estarías enroscando en las piernas, gato infiel. Raúl tenía razón, los gatos comparten los mismos defectos de los humanos.(Se mira en el espejo.) Diablos, como tengo estas ojeras. Así puedo hacer de Margarita Gautier, tuberculosamente bella. Pero habría que cambiarle el nombre a La dama de las ojeras. ¿Y la maldita crema de noche? ¡Voilá! Que joder más infinito, está vacía. Qué remedio, de vuelta a la edad de piedra.( Moja la toalla con agua, se la pone en la cara, sale del baño.) ¡Cómo se me están marcando las líneas! Los ensayos hacen envejecer hasta un recién nacido. Raúl tenía razón: si consiguiera un trabajo de secretaria, podría acostarme temprano, podría pagarme los faciales, podría...con el riesgo de podrirme haciendo algo que no me gusta, pero podría.

            Raúl, que mucha falta me haces, maldito... (Con voz masculina.) Mira, individua, eso del teatro es andar por el aire. Tú lo que tienes que hacer es conseguirte un trabajo de verdad: así, te mudas a un apartamento de verdad y sales de este pasillo glorificado, y de vez en cuando vas a ver una obra de teatro para que le des masajes a tu instinto de sacrificio.  (Con voz natural) Raúl, siempre tan lógico él, tan calculador, por eso se quedó metido en una botella de vino barato. Voy a tener que hacerme un exorcismo para sacarme a Raúl del sistema. Creía que ya me había curado, pero cada vez que me quedo sola...Ya, ya, que no hay nada que el tiempo no borre...No hay duda, la vida es sueño. Mañana ajustaré cuentas con el callejero de Roderigo. Oh, muerte injusta, oh, muerte cruel. Othello, bah... (Apaga la luz y se acuesta.)

 Silencio oscuro. Durante unos segundos eternos sólo se escucha su respiración, que poco a poco va adquiriendo la regularidad del sueño profundo. Un ruido cuidadosamente apagado se comienza a escuchar tras bastidores. Alguien fuerza la ventana del baño. La mujer pertenece a la inmovilidad de la roca. El escenario casi vibra con la presión sobre las hojas de la ventana hasta que éstas ceden de golpe y un ruido metálico se deja escuchar junto a una maldición contenida. Nuevo silencio. El roce de la tela sobre las hojas rotas se cuela hacia el escenario: alguien se escurre por la mueca de la ventana. Silencio forzado. Se encajó. Halón: tela y carne se rasgan. Un grito que no llega a serlo. La mujer sigue perdida en el territorio gris del sueño. Unos zapatos se posan sobre el piso del baño. La línea de luz bajo la puerta denuncia al intruso. Los párpados siguen pesados en Ella.

            Se siente la mirada del hombre sobre los objetos sin valor del baño. Silencio desilusionado. Silencio de exploración. La puerta del baño se abre: la sombra perfectamente estereotipada de un hombre con un cuchillo en su mano derecha domina el escenario. Casi simultáneamente la mujer regresa por el frágil pasadizo de niebla del sueño y se lanza estremecida hacia esa luz que violenta su dormitar.)

Ella: ¡Othello!

El: (Se sobresalta) Shh, cállate la boca.

Ella: (Perdida en la pesadilla) ¿Qué pasa?

El: (Se lanza hacia ella) Esto es un asalto, cállate.

Ella: ¿Pero quién es?

El: Cállate... (Le tapa la boca) Es un asalto, no entiendes. Lo que busco son billetes. Si no gritas, no te va a pasar na'. (Ella asiente. El le quita la mano de la boca.)

Ella: Sí, está bien, está bien, llévate lo que quieras.

El: ¿Dónde se prende la luz?

Ella: Déjala apagada.

El: ¿Y cómo carajo voy a ver lo que me voy a llevar? Ni que fuera murciégalo.(Tantea las paredes con brusquedad hasta que encuentra el interruptor. La mira con descaro. Ella se cubre con la sábana.) Oye, pero si me encontré con un bomboncito.

Ella: (Casi palpa el filo del peligro) Me levantas la moral, porque a esta hora y con este cansancio, debo estar horrible.

El: Que va, nena, tú estás por la maceta.

Ella: (Buscando el contraataque) Fíjate, tú no eres tan feo.

El: (Desconcertado) ¿Cómo? (Ella intenta ponerse los pantalones.) ¡Quieta! ¿Qué vas a hacer?

Ella: Sólo quiero ponerme los pantalones.

El: Na, quédate así. Es más, párate.

Ella: ¿Qué?

El: Que te pares, tú eres sorda. (Se adelanta amenazador. Ella intenta levantarse con la sábana.) Suelta la sábana, que no vas pal cielo. (Le acerca el cuchillo al rostro y le bordea la cara, luego va siguiendo el contorno de los senos rumbo a la entre pierna. Levanta un poco la camisa de dormir. Ella es un temblor desontrolado.) ¿Cómo te llamas?

Ella: (Casi imperceptible) Fabiola.

El: ¿Cómo?

Ella: Fabiola

El: Camina, Fabiola.(La mirada de ella interroga.) No, espérate, ponte zapatos...de taco alto... Avanza, muévete.

La empuja. Ella va hasta el armario y saca unos zapatos de cinco pulgadas de taco. Se los pone. El se recuesta de la cama.

El: Ahora, camina, nena...suave, sin prisa; sigue  hasta allá, da la vuelta....Súbete a esa silla, poco a poco. (El se va excitando) Baila, mamita.

Ella: ¿Qué?

El: ¡Baila, muévete, haz algo!

Ella comienza a moverse a un ritmo dislocado. El intenta proseguir con su excitación, pero los movimientos de ella lo sacan de concentración.

El: Así no, con salsa, menea esas nalgas.

Ella: Espérate un momentito, ¿qué carajo es lo que tú te crees que yo soy?(Se quita los zapatos y los tira en el armario.) Te equivocaste de sitio, el bar de putas queda en la esquina.

El: Deja el pantalón.

Ella: Y si vas a robarte algo, acaba, que tengo mucho sueño.(El está boquiabierto.)

El: Oye, tú eres bien jodona, ¿ah?

Ella: Aunque no sé qué te vas a llevar. Mira y que  venir a robarle a una estudiante. A la verdad que tú eres un pillo bien pendejo.

El: ¡Que dejes el pantalón!

Ella: Se acabó la hora del striptease.

Ella intenta dirigirse a la puerta. El se la abalanza encima y ruedan por el suelo.  El la levanta en vilo y la tira sobre la cama. La fuerza del hombre se impone a los gritos de ella. Cuando la tiene totalmente doblegada, él la olfatea de arriba abajo. Luego sonríe complacido.

El: ¿Tú no tienes una cervecita por ahí?

Se levanta y comienza a rebuscar en la mesa cargada de libros y tereques que está adosada a la pared.

El: ¿Dónde están las prendas?

Ella: ¡Prendas!(Suelta una risa nerviosa, como alivio a la tensión anterior.) Por ahí tengo un par de pantallas de fantasía y un collar de caracoles. Si los quieres, son tuyos.

El: Con eso no saco ni pa' un refresco.

Ella: ¿Tienes hambre? Si quieres te preparo un sandwich...

El: Yo lo que quiero es dinero.(Sigue rebuscando y ve una foto de Ella actuando.) ¿Esta eres tú? (Ella asiente. El devuelve la foto y sigue rebuscando.) ¿Tú vives sola?

Ella: ¿Ah?

El: ¿Que si vives sola?

Ella: ...No, con mi marido, y es mejor que te vayas porque él debe estar por llegar.

El: Déjalo que venga.(Saca la navaja.) Yo lo espero.

Se dirige hacia la mesita del comedor y toma uno de los libros.

El: Oye, ¿y qué tú estudias?

Ella: Teatro.

El: ¿Teatro?

Ella: Sí, estoy preparándome para ser actriz.

El: Ah, de las que salen en las novelas de televisión y en las películas.

Ella: Ojalá. Pero aquí hay mucho desempleo.

El: Eh, ¿y pa' que tú estudias una cosa en la que no hay trabajo?

Ella: Es lo único que me gusta hacer. Yo nací para esto. (Con saña.) ¿Y tú?

El: ¿Yo? No, yo no estudio.. Cuando era chiquito, se me metió en la cabeza ser astrónomo.

Ella: ¿Astrónomo?

El: (Se dirige al baúl que ocupa el centro frente del escenario e intenta abrirlo.) Sí, estudiar las estrellas y to' eso que está allá arriba. Estaba en cuarto grado y el maestro trajo al salón una maquinita por la que uno miraba y se veían como toas las galaxias y el cielo, como en una película. Y me gustó tanto, que quería ser yo la maquinita esa. Pero pronto me di cuenta que no se puede soñar con el cielo cuando uno está enterrao en la tierra hasta el cuello.

Ella: A veces son necesarios los sueños.

El: Quizás. Pero a mí se me acabaron cuando me salí de la escuela. Lo único que me quedó fue la palabrita esa de astrónomo de un libro de ciencia.

Ella: Pues yo no renuncio a los sueños. No me importa lo que tenga que hacer voy a seguir luchando para ser lo que quiero.

El: Cuando seas famosa te voy a buscar pa' que me des tu firma, porque ahora...

Ella: Porque ahora voy a prepararme un sandwich.

El: Yo no vine a eso

Ella: ¿Y a qué viniste entonces?

El : ¡Qué pregunta! Yo vine a dar un tumbe, pero como aquí no hay na', tengo que aprovecharme..

Ella; ¡Qué poco original eres!

El: ¿Para dónde tú vas?

Ella: Ya te dije que voy a prepararme un sandwich.

El: Pero es que yo no puedo creer que tú te vayas a preparar un sandwich a esta hora.

Ella: ¿Quieres uno?

El: No, yo no puedo engordar mucho.

Ella: ¿No? ¿Por qué?

El: Se me haría difícil entrar a algunos sitios.

Ella: Gajes del oficio.(Ella sale de la cocina con pan y mantequilla como para prepararse un sandwich. Se sienta en la mesa del comedor. Parece totalmente concentrada en el pan.)

El: Ujú. Y las cercas son altas, y hasta con alambres de púa, tengo que estar livianito. (El no puede creer lo que ve.) Hello, soy yo, el pillo y vine a darte un tumbe.

El: ¿Tú saltas las verjas de las urbanizaciones?

El: (El cinismo se le desliza por las vocales.) No, me voy a meter por donde está el guardia, con un pistolón que le llega a la rodilla.

Ella: Pero de todas maneras debe ser peligroso.

Ella salta con el cuchillo de mesa en mano, como si con él pudiera amenazar al ladrón. El se le acerca sonriente.

El: A veces. Sobre todo por los perros.

Ella: Las manos abajo

El: Sí, como no. (Se le continúa acercando.) Aunque yo casi siempre antes de brincar me talo si hay alguno dentro. Pero es que hay perros que son la ostia. (La agarra por las manos y le arrebata el cuchillo de mesa. La sienta a la fuerza en el baúl)  Te quedas quieta si no quieres que te tajee la cara.(Le quita el colchón a la cama y la coloca verticalmente. Agarra a la mujer y la va maniatando a la cama, mientras sigue hablando.) Una vez me encontré con uno que era más listo que las niguas. El maldito se quedó callaíto en una esquina y por más que yo zumbé una lata, maullé como una gata paria y lo llamé por to' los nombres y apodos de perros, no dijo ni ji. (Ya la tiene totalmente amarrada; comienza a encimársele.) Y en cuanto brinqué la cerca, se me tiró encima como un demonio y se me pegó de una nalga, que por poco me deja gacho. Cuando él está estrujándose cerca del cuello de ella, ésta le muerde la oreja.

Ella: ¡Gacho de una nalga! Será chumbo. Los gachos son de las orejas.(Comienza a reírse. El camina alrededor de la cama, agarrándose la oreja y quejándose.)

El: No te rías.(La risa de Ella bordea la histeria.) ¡No te rías! ¡Que no te rías, puñeta! (Le agarra la cara para golpearla. Ella reacciona instintivamente y se agarra de la única cuerda que la imaginación le ofrece.)

Ella: Señor, se requiere su presencia en el centro de control.(La música nos recuerda que entramos al ámbito del juego.)

El: (Extrañado) ¿Qué pasa?

Ella: Hemos recibido imágenes transmitidas por el telescopio que tenemos en órbita, imágenes inquietantes, señor.

El: (Todavía no comprende) ¿El telescopio, en órbita?

Ella: Su idea fue magnífica. Al colocarlo fuera de la atmósfera, evitamos la interferencia y logramos mayor claridad y precisión.

El: Mi idea. ¿Esto es uno de esos teatros tuyos?

Ella: Vea usted esta fotografía captada por Abulafia.

El: ¿Abulafia?

Ella: La computadora. Mire este punto negro que parece crecer. En las siguientes imágenes se ve claramente que se trata de un enorme agujero negro que literalmente devora todo a su alrededor. Y tras él, la nada.

El: Se traga los planetas y las estrellas. Y el telescopio nos enseña que detrás de ese roto está...

Ella: El vacío.

El: Pero no puede ser. Si to se mete por ahí, tiene que ir a algún lao...A menos que sea como la muerte.

Ella: (Leve estremecimiento, pero reacciona rápidamente) Exacto. La muerte de la materia. El punto del universo en que la materia se convierte en antimateria. Hemos encontrado el final del universo.

El: (Acaricia la idea) El universo tiene fin, como la vida.

Ella: Como Dios. La iglesia va a poner el grito en el cielo.

El: (Ya totalmente convencido) ¿Y a mí que me importa la iglesia? La ciencia está por encima de la fe.(Retorna la cama a la posición horizontal.)

Ella: Mire que Galileo dijo algo semejante y lo excomulgaron.

El: ¿Sí? Pues a mí me pueden excomulgar fácil, que no se me va a mover ni un pelo.

Ella: Usted no puede irse en contra de las creencias de la gente.

El: Pero si son disparates. Ahora les mostraremos la verdad: el universo se acaba, no es infinito. Y nosotros nos acabamos con él, y luego no hay más na. Hay que aceptarlo.

Ella: Lo felicito, señor. Este será un gran descubrimiento. Seguro que le concederán el Premio Nobel. Será usted famoso. Lo llamarán de todas partes del mundo para que dicte conferencias; le conferirán doctorados honoríficos...

El: Seré famoso.

Ella: Enhorabuena.(Transición) ¿Lo ves? Se puede ser cualquiera.

El: Así que esto era un juego.

Ella: Un papel.

El: (Fuera de balance) ¿Y qué pasa después?

Ella: Vuelves a ser tú.

El: Así no sirve.

Ella: Hasta que llegue el próximo personaje. Y ahora suéltame, por favor.

El: (Se torna nuevamente hosco.) Así no sirve, así no sirve. Bueno, ya hemos pendejiao bastante, vamos al asunto. Por aquí tiene que haber algo que valga la pena.(Vuelve a buscar por el apartamento.)

Ella: Yo no tengo dinero para lujos. Entre mis gastos y la comida de Roderigo no me sobra nada.

El: ¿Tu marido?

Ella: No, mi gato.

El: ¡Qué canto de nombre pa' un gato!

Ella: Original que soy. Mira, suéltame, que me estás haciendo daño.

El: Sí, pa'que me muerdas la otra oreja.

Ella: No voy a hacer nada, te lo prometo. ¡Suéltame! (La desesperación se hace grito.) ¡Suéltame! (El salta hacia Ella, quien comienza a llorar.) Suéltame, por favor.(El no sabe qué hacer; finalmente cede, y la desamarra.)

Ella: Gracias. (El vuelve a buscar en el baúl.)

El: ¿Y dónde está?

Ella: ¿Quién?

El: Quien va a ser, tu gato.

Ella: ¿Roderigo? Detrás de alguna gata debe andar.

El: Dichoso él.

Ella: Que va, muchacho. Si vieras las pelas que coge. El otro día le echaron agua caliente por estar metiéndose en casa ajena.

El: Ese gato y yo seríamos amigos.

Ella: Seguro.

El: ¡Embustera! ¿Y este reloj que está aquí?

Ella: (Con un aplomo que desarma.) Ese reloj lo dejas ahí mismo. Era el que tenía puesto el viejo el día que murió y lo guardo como recuerdo.

El: ¿Y qué pretendes, que me vaya de aquí con las manos vacías?

Ella: Problema tuyo. Nadie te invitó. Dame acá ese reloj.


El salta alrededor de Ella mostrándole el reloj. Ella salta sobre El, ruedan por el  suelo hasta que Ella queda aprisionada debajo de El.


El: Déjame decirte una cosa, nena. Aquí el que manda soy yo, carajo, el que decide lo que se va a hacer soy yo.

Ella: ¡Saca las manos de encima! (El salta hacia atrás.)

El: No grites.

Ella: Pues no me toques.

El: Está bien, no te agites. No te voy a hacer na', te lo dije. (Coge el reloj nuevamente en sus manos.) ¿Cuándo murió tu padre?

Ella: (Interpretando el papel adecuado para ese momento.) Hace dos semanas.

El: (Pausa embarazosa. El no sabe que decir.) Te acompaño los sentimientos.

Ella: Gracias.

El: ¿Lo lloraste mucho?

Ella: Ni una lágrima.

El: Adiós, ¿y no lo querías tanto?

Ella: Lo adoraba, pero no le iba a dar a ellos el gusto de verme llorando. Ven y ayúdame a recoger; mira el revolú que me hiciste aquí.

El: ¿Ellos?

Ella: Mi madre, mis tías, los vecinos, hipócritas todos que esperaban verme histérica y vestida de negro, derrumbada en lágrimas ante el ataúd.

El: ¿Tampoco fuiste de luto?

Ella: El luto y el dolor no se llevan en la ropa.

El: Pero es que to' el mundo se viste de negro cuando se muere un familiar.

Ella: Pues yo no hago lo que hace todo el mundo. Ven y ayúdame.(Pausa. El la observa incrédulo. La firmeza de Ella le obliga a obedecerle.)

El: No, si ya me doy cuenta. ¿Y con qué ropa fuiste? No me digas, déjame adivinar.(Se acerca a la percha.) A ver: no, este amarillo está muy chillón; este colorao es muy atrevido; bueno, te pusiste este verdecito estampao de flores, que por lo menos disimula.

Ella: Fallaste. Fui con el rojo.

El: No jodas, ¿de verdad? ¿Este?...Toma, póntelo.

Ella: ¿Qué?

El: ¡Póntelo!

Ella: Vírate para allá.

El: Acaba, tú te crees que yo soy pendejo.

Ella: (Comienza a quitarse el pantalón  y a ponerse el traje.) No fue que lo escogí. Era el que tenía puesto cuando me llamaron para notificarme que había muerto. Eso sí, pude cambiármelo, pero no quise.

El: Quítate la camisa esa también.

Ella: Suave... Ya.

El: ¡Mi madre! Si llego a ser yo el muerto, resucito al verte con ese traje.

Ella: Muy gracioso.

El: Pero mírate, vestida con ese traje colorao bien pegao y con los muslos por fuera, en el velorio de tu padre.

Ella: ¿Y?

El: Pues que no se supone que...

Ella: No vengas a hablarme de lo que se supone. Tú menos que nadie; tú robas, algo que no se supone que hagas.

El: Sí, pero yo lo hago por necesidad.

Ella: (En burla) Sí, claro.

El: ¿Y qué pasó en el velorio?

Ella: Escándalo total.

El: Hazlo.

Ella: ¿Ah?

El: Hazlo como lo hiciste, ¿tú no eres actriz?

Ella: Fui directo al ataúd y le dije:(Camina hasta frente a la cama como si fuese el ataúd; El se acuesta en la cama como si fuese el muerto.) ¿Cómo se te ocurrió morirte, viejo?

El: ¿Cómo se llamaba?

Ella: Jaime, pero le decían Neco.

El: Sigue.

Ella: Ahora, cuando habíamos empezado a hablar el mismo idioma. El: (Comienza a incorporarse, representando a diversos personajes en el velorio.) Mira la hija de Neco como vino vestida. Ella siempre ha sido así, una rebelde. No respeta ni a su padre muerto.

Ella: ¿Recuerdas nuestra última conversación cuando me dijiste: ahora sé por qué siempre has sido tan terca: saliste a mí? Y nos abrazamos, y yo te sentí más que padre, amigo.

El: Si fuera hija mía, la jartaba a bofetás pa que aprendiera. Esa es capaz de levantar su mano contra su propia madre. Si un hijo mío hace eso, le corto la mano.

Ella: Y luego sentarnos a conversar para que yo te explicara para qué estudio teatro, y tú sonreías al pensar a tu hijita como actriz: Estás loca, pero si eso es lo que te gusta.

El: (Ahora hace de borracho.) Un palo en nombre de mi compadre Jaime, que el señor me lo lleve a la gloria.

Ella: ¡Fuera de aquí, borrachones, que esto no es una fiesta! (Agarra al hombre por la camisa y lo empuja con fuerza.) Fuera, a beber y a hacer chistes a la calle, que aquí velamos a un hombre digno.

El: (Cambia de personaje.) Pero mírate a ti, con ese traje de rumbera barata.

Ella: Vine como soy, como el Viejo me conocía, a verlo a él, no a los lloriqueos fingidos de ustedes, ni a que lo cojan de excusa para chismear y beber. Lo quise en vida y lo respeto en su muerte. Ustedes ni siquiera se ocultan para comenzar a festejar sobre su ataúd. Van vestidos apropiadamente para la ocasión, pero les falta corazón y vergüenza. Ay, Viejo...(Salen con prisa, las lágrimas, en un llanto cuidadosamente teatral.)

 

Pausa. El la observa, luego mira al reloj.

 

El: Está bien, te puedes quedar con el dichoso  reloj. (Reinicia su búsqueda.)...¿Dónde están?

Ella: (Sobresaltada.) ¿Dónde está qué?

El: No me alces la voz, carajo. Los chavos, ¿qué crees que estoy buscando?

Ella: Aparte de uno cincuenta que hay en mi pantalón, no tengo ni un centavo más.

El: Tú te crees que yo me mamo el deo. Uno cincuenta, ajá, con eso tú vives, con uno cincuenta tú comes, te vistes, pagas la luz, el agua, el teléfono y te sobra para comprar Kotex.

Ella: ¡Tampones! Ya te dije que te equivocaste de víctima. Si rompes algo, vas a tener que pagármelo.

El: Aquí tiene que haber algo escondío. No puedo estar tan cagao por la Verónica. Me meto al apartamento pensando que no hay nadie y de chamba me saco a una estudiante pelá que no tiene ni una sortija pa' empeñarla. ¡Qué mamao soy!

Ella: No te quejes tanto, pudiste haber salido peor.

El: ¿Qué?

Ella: Nada, chico, que no seas tan negativo. Mira, vete tranquilo para tu casa y hagamos como que esto no pasó.

El: Estás loca porque me vaya.

Ella: ¿Qué tú esperas? Te metiste aquí a la cañona, con un cuchillo como presentación y todavía quieres que te abra los brazos.

El: ¿De qué otra manera iba a entrar? Tú no me hubieses invitao nunca.

Ella: ¿Qué tú dices?

El: Que no te hubieras fijao en un tipo como yo.

Ella: ¡Qué acomplejao eres!

El: Acomplejao no, que yo sé cómo se bate el cobre. Tú y yo somos diferentes.

Ella: Puede ser, pero eso no significa nada para mí. Yo no juzgo a la gente por su posición social.

El: Sí, pero una individua como tú, que estudias en la universidad, tiene otras cosas vistas en la vida.

Ella: Bueno, sí...

El: Lo ves. Yo soy nadie, un cualquiera, y pa' completar, más feo que una pata en los güevos.

Ella: No te quieras tanto.

El: Pero si no soy ciego. Uno sabe lo que da.

Ella: Ni que fueras a hacerle las vacaciones al cuco.

El: Más o menos.

Ella: El físico no importa. Eso lo aprendí en un libro que está ahí al lado tuyo.

El: (Busca entre los libros.) ¿Este?

Ella: No, el que tiene como un niñito en la portada. Ese.

El: (Leyendo con dificultad.) El prin..ci..pi..to.

Ella: El principito. Pues ahí dice: Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón.

El: Lo esencial es invisible...

Ella: A los ojos. O sea que lo que ves no es lo esencial. Es lo que está adentro, en los sentimientos.

El: ¿En qué página está?

Ella: (Busca la cita.) Aquí.

El: (Leyendo a borbotones.) Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón. 'Ta lindo eso, ah. O sea, que los ojos no sirven pa' un carajo.

Ella: Para captar lo superficial.

El: Oye, ¿y este perro que sale en este dibujo?

Ella: No es un perro, es un zorro. Tú eres como él.

El: (Se encrespa,) Me estás diciendo animal.

Ella: No, hombre, no. El zorro necesitaba que lo domesticaran.

El: ¿Y con qué se come eso?

Ella: Que lo domesticaran, que lo trataran con cariño y le enseñaran lo que es la amistad.

El: ¿Y yo soy como él?

Ella: Todos lo somos. Nos hace falta una mano amiga.

(Pausa.)

El: ¿Tú podrías ser mi amiga?

Ella: De poder, podría.

El: ¿Qué tú vas a hacer mañana por la noche?

Ella: Tengo ensayo, ¿por qué?

El: Na, a ver si dábanos un vueltón por ahí.

Ella: Muchacho, si yo lo que hago es estudiar y ensayar. No me queda tiempo libre. Imagínate, que hoy viernes estoy aquí, cuando todo el mundo está en las discotecas.

El: Pero yo podría visitarte y que sé yo, arreglarte la ventana del baño, digo por ahí se puede meter cualquier maleante, o hablar un rato contigo.

Ella: Ahora estamos hablando.

El: No, pero yo digo más, pa'conocernos. Y que tú me enseñes los libros esos que tú tienes.

Ella: (Tratando de evadir su ruego.) Te aburrirías. Ahí  lo que hay es mucha filosofía y libros de historia que no te interesarían.

El: No, pero libros como éste, que digan cosas...eh, bonitas.

Ella: ¿Qué haces?

El: Na, estoy viendo tus libros.

Ella: (Tratando de que deje los libros.) Ten cuidado, que tengo papeles anotados que son importantes.

El: (Un sobre cae al piso.) ¿Y esto qué es?

Ella: ...Un sobre.

El: Un sobrecito escondío en un libro. ¿Y qué tiene el sobrecito? ¡Bingo! Billetes verdes. Y aquí la individua Fabiola, la embustera y cabrona. Fabiola me acaba de decir que no tiene en que caerse muerta.

Ella: Y es cierto. Ese dinero no es mío, es para el alquiler del apartamento. Doña Luisa lo vendrá a buscar mañana.

El: Ah, no es tuyo, es de doña Luisa. Mejor. Así no te lo estoy robando a ti. Cuando venga a cobrarte, le das un beso de mi parte. (Se mete el dinero en el bolsillo. Luego se le acerca amenazante.) Y dime una cosa, nena, ¿alguien más guarda su dinero aquí en algún otro sobrecito? ¿Me lo vas a decir o voy a tener que rajarte la cara y virar to' patás arriba? Ella: Hay venticinco dólares para la compra en un envase verde.

El: ¿Dónde?

Ella: En la cocina.

El: Búscalos. (A regañadientes Ella va a la cocina. Al regresar tira los billetes al piso.) No te digo; la niña es un banco ambulante.

Ella: Qué fácil te resulta robarle al que no tiene casi nada.

El: Y que quieres, que me meta a la casa del gobernador, o a la del presidente de un banco, pa' que me metan pa' dentro otra vez.

Ella: Ellos tienen y yo no. Tú le estás robando a alguien que está igual que tú.

El: Tú estás igual que yo, ta bueno eso. Vives aquí en este apartamento, tienes un baño sólo pa' ti, una cocina, una nevera, y tú estás igual que yo. Mira, blanquita, ¿tú sabes lo que es una letrina, ah, que estés sentao en la letrina y se te suba una cucaracha por las nalgas, ah? O que te estés bañando y de pronto se te hunda el piso y te encuentres nadando en la mierda, ¿ah?

Ella: Es cuestión de grados: yo soy pobre y tú eres muy pobre.

El: No, no, es como tú dices. Hay gente que está jodía, como tú, y otros que estamos bien jodíos. Entonces yo te doy un tumbe y ya no estoy tan jodío, viste.

Ella: Y eso te hace sentir bien. Me dejas sin comida y sin dinero para pagar el apartamento, pero mientras tú resuelvas, aquí paz y en el cielo gloria.

El: Cada cual arrea pa' su lao.

Ella: Es injusto.

El: ¿Injusto? ¡Claro que sí! La vida es injusta. Mira, cerca de mi casa hay una urbanización de blanquitos. Allí vive un muchacho medio bobolón al que el pai le regaló un BMW, el carro que más me vacila a mí. ¿Viste? ¿Por qué él sí y yo no? Eso es injusto.

Ella: Yo no tengo la culpa de eso.

El: Yo tampoco. Pero si yo quiero un BMW me lo tengo que tumbar. Esa es la ley de la vida.

Ella: Podrías ganártelo trabajando.

El: (Se ríe cínico.) Trabajando. Fácil. Un tipo como yo, que salió de la cárcel hace poco, con cuarto grado de escuela, va a conseguir tremendo trabajo y se va a hacer millonario.

Ella: No, pero podrías vivir decentemente.

El: Es que a mí no me interesa vivir decentemente, viste. Mi pai vivía decentemente. Trabajó toa su vida como carpintero; nunca le robó ni unamirada a nadie. ¿Y qué pasó? Acabó viejo y paralítico, muriéndose decentemente de cáncer, sin un chavo, sin haber comido nunca en un buen restaurante. Y yo tuve que cuidarlo mientras se iba pudriendo poco a poco. Y con él y con su decencia, se fue todo por la cuneta. No, nena, no, yo no quiero vivir decentemente, yo quiero vivir bien.

Ella: Y para lograrlo, no te importa aplastar a la gente.

El: ¿No es eso lo que hace to' el mundo?

Ella: Yo no.

El: Tú no, claro. Por eso estás tan jodía.

Ella: Pero soy feliz.

El: Nadie es feliz pelao.

Ella: Hay muchas cosas que se pueden disfrutar sin dinero.

El: ¿Sí? Pues aprovecha y hazlas ahora que te vas a quedar como un chucho.

Ella: No te preocupes, que yo sobrevivo.

El: ¿De qué te quejas, entonces?

Ella: Es que me da rabia, que el poco dinero que tenía y que tanto trabajo me costó ganármelo, te lo lleves sólo porque eres más fuerte y tienes un arma.

El: Si sigues, me voy a echar a llorar aquí mismo.

Ella: Bueno, ya lograste lo que querías, ya te puedes ir.

El: ¿Esperas a alguien? ¿A qué hora llega el Tetelo ese?

Ella: ¿Quién?

El: Tetelo. ¿No fue así como me llamaste cuando entré aquí?

Ella: (Riéndose) ¡Tetelo!

El: ¿Qué puñeta te hace gracia ahora?

La burla le hace tantas cosquillas a Ella que la lanza a la cama. La risa la lleva por los senderos de la imaginación. La luz se viste de irrealidad y El se convierte en Othello mientras Ella espera como Desdémona.

Ella: ¿Quién eres? ¿Othello?

El: Sí, soy yo. Duérmete tranquila, linda Desdémona. Afuera llueve y hace frío. Caminé bajo la lluvia y el viento, y me sentí solo, muy solo.

Ella: No puedo dormir si una pena atormenta a mi señor.

El: No es una pena, es una duda que me aprieta el pecho y no me deja respirar. Dime una cosa, Desdémona, ¿me quieres?

Ella: Más que a mi propia vida.

El: Al verme en tus ojos me siento chiquito, como cuando era niño y mi madre me mecía pa' que no llorara. Eres tan linda, blanca Desdémona, que ante ti estoy como frente a un risco. Quisiera acostarme a tu lado y que el calor de tu cuerpo me hiciera olvidar, pero no puedo, no puedo.

Ella: ¿Por qué?

El: Hay algo traicionero en ti.

Ella: Sólo abrigo palabras dulces para mi amo.

El: (Le coloca una mano en el cuello.) ¿Y quién es el afortunado?

Ella: Un nombre único se alberga en mi corazón: Othello.

El: (Ambas manos se tensan.) Mientes. Eres una puta. Sé que me engañas.

Ella: No, mi señor, jamás he puesto mis ojos sobre otro hombre.

El: Eres resbalosa como una serpiente, pero no escaparás. No dejaré que se burlen de mí. Ya esos labios deseados no besarán a otro, ni estos brazos acariciarán a mi enemigo, porque desde hoy en adelante sólo la muerte te hará compañía. (Desdémona ya no respira.) Desdémona, aun muerta sigues siendo linda. (La besa en la frente.) Ya nunca más engañarás a nadie. Mi venganza está cumplida. Ahora puedo morir en paz.(Transición. Vuelve la risa a contorsionar el cuerpo de Ella mientras retornamos a la realidad.)

Ella: Perdóname.

El: Hazme el chiste, pa' reírme yo también.

Ella: Es que no es Tetelo, es Othello.

El: ¿Otelo? Nadie se llama así.

Ella: Othello es el título de una obra que estoy ensayando.

El: Y entonces tú me cogiste de pendejo. ¿Y tu marido?

Ella: Yo no tengo marido. Othello es mi esposo en la obra. Yo soy Desdémona, y él entra al final de la obra a matarme.(Casi se arrepiente de lo dicho.)

El: ¿Y te mata por embustera?

Ella: Celos. El me ama con gran pasión, pero equivocadamente cree que lo engaño. Y como yo lo quiero tanto, me dejo matar.

El: Coño, quisiera encontrar a alguien que me quisiera tanto que fuese capaz de dejarse matar por mí.

Ella: (Incorporándose.) Eso no es amor, es sometimiento y masoquismo.

El: Será. Pero es bonito pensar que una mujer pueda sacrificarse así por uno.

Ella: ¿Tú serías capaz de sacrificarte así por una mujer?

El: ...Na, prefiero que ella lo haga por mí.

Ella: ¡Qué animal eres!

El: No te zafes.

Ella: Ustedes sólo quieren que las mujeres les obedezcan y les sirvan en la cocina, en la mesa, en la cama.

El: No está mal la idea.

Ella: Nosotras no importamos. Somos objetos, cosas...

El: Deja la cantaleta ya.

Ella: Claro, como no eres tú a quien manosean y agreden.

El: No sé porque te quejas tanto, si ustedes salen de oro comparados con nosotros.

Ella: Ahora las víctimas son ustedes.

El: Yo no sé si víctimas, pero los pendejos sí. En los bailes, uno es el que se manda el ridículo de pararse delante de to' el mundo pa' sacarlas a bailar, pa' que nos digan que no y uno se queda como un buen mamao, mientras tos se ríen de uno.

Ella: Y a cuenta de qué una tiene que bailar con cualquiera que se la antoje.

El: Porque un favor se la hace hasta un perro.

 

Ella: Si fueras mujer, pensarías de otro modo.

 


 

El: Si yo fuera mujer, sería más puta que las gallinas.

Ella: Seguro, y te acostarías hasta con un zarrapastroso que se te acerque así, sin dientes, con llagas en las piernas, y los ojos legañosos, y se te babee encima. O le harías el favor a un sifilítico lleno de chancros o simplemente al primer imbécil que se cruce contigo y quiera trepársete encima. (El se está riendo.) Lo que te estoy diciendo es un chiste, parece.

El: No, es que me estoy acordando de una vaina que me pasó hace tiempo en un baile...Me había tumbao una cartera en el centro comercial, así que me tiré pa' un baile a ver que caía. (Un bolerón invade el escenario que adquiere el ambiente lumínico de un club nocturno.) El sitio estaba como bocaelobo, como pa' guillarse. Entonces me puse a mirar a ver que jeva bailaba más afincá. Digo, yo siempre hago eso antes de zumbarme. Y había una hembra con un tronco de cuerpo que se pegaba bien por la maceta. Y estaba sola, porque el tipo la dejó en la mesa cuando se acabó la canción. Entonces, me fui acercando poco a poco, como quien no quiere la cosa, pero vino otro maleante y se adelantó. Me quedé bien cerquita y cuando vino la próxima canción, tiré el gancho y la achoqué. Era un bolero bien mojao y cómo bailaba esa individua.  Se me pegó como un chicle y no se despegó hasta el final. Entonces como había mucho buitre dando vuelta, le dije que nos quedáramos en la pista, y ella no dijo na', pero se quedó. Estuve toa la noche bailando con la tipa, sin hablarle, sin preguntarle el nombre, sólo bailando bien pegaítos, como si hubiéramos nacío enyuntaos. Entonces estaban tocando la última, y me puse a darle cacumen a que le diría cuando prendieran la luz, digo pa' donde me la voy a llevar, yo sin carro, y de momento ella, que se quiere ir, pero yo la aguanto por el brazo, y ella, como temblando, y prenden las luces y yo me quedé frío: había bailao toa la noche con un moco.(Las luces vuelven a la normalidad.)

Ella: ¿Era fea?

El: ¿Fea? Era un mostro. Tenía el labio rajao hasta la nariz y se le veían los dientes. Y pa' qué fue aquello. Me dio un ataque de risa cabrón.

Ella ¿Cómo puedes ser tan cruel?

El: ¿Cruel yo? Ella, que me tuvo toa la noche engañao.

Ella: Pero fuiste tú el que la sacó a bailar. Tú la escogiste, te la gozaste y después te le reíste en la cara a la pobre.

El: Pobre ni pobre, ella también gozó. Es más, se me sobró: "El viernes que viene hay otro baile, si quieres venir." O sea que la tipa era punto fijo allí, claro, con las luces apagás, porque si no, ni Dios la sacaba a bailar.

Ella: Tremenda hazaña la tuya esa noche.

El: ¿Qué?

Ella: El titán de la llanura que se burla de un labio leporino.

El: ¿De qué?

Ella: El machote que deja una mujer en ridículo y se ríe de su fealdad.

El: No entendiste.

Ella: Y si se hubieran reído de ti, qué hubieras hecho, ¿ah? Si el del labio rajao fueras...

El: ¡Cállate! Coño, tú disparas más que una 45 automática.

Ella: Es que no soporto tu pose de supermacho.

El: Y yo no soporto tu cantaleta, porque estás hablando mierda.

Ella: Te duele, porque te estoy diciendo la verdad.

El: ¿La verdá? ¿Quieres saber la verdá? Esa noche esa tipa fue feliz porque...

Ella: (Lo interrumpe.) Porque bailó contigo.

El: No, porque me la tiré. Me la llevé pa' detrás de unas peñas y me la tiré. Allí, otra vez sin luz, le metí mano como si fuera Mih Universo, y así se sintió... ¿Ves cómo un favor se la hace hasta a un perro?

Ella: ¿Y esa mujer fue capaz de acostarse contigo después que la pusiste en ridículo?

El: No nos acostamos, fue de pie...Además, ella me lo agradeció.

Ella: Otra sometida más.

El: ¿En qué quedamos? Hice algo bueno, ¿no?

Ella: La muy estúpida aceptó ese papel de perra en celo. Otra Desdémona.

El: Andando. O sea que a ti te jode hacer de Desdémona.

Ella: No sabes cuánto. El, negro, salvaje e incontrolable.

Ella: blanca, inocente y sometida. El estereotipo por excelencia. Lo que me ha tocado actuar es una galería de mujeres pendejas: putas regeneradas, vírgenes que se flagelan por purgar una pasión y frígidas que se dejan matar por una mentira.

El: Y si tanto te jode, ¿por qué lo haces?

Ella: Tú no lo entenderías.

El: Claro, como soy tan bruto.

Ella: No dije eso.

El: Digo, individua, a mí me gustaría ser Otelo. Esa vaina de que él la mata porque ella le pega cuernos, me gusta, porque yo haría lo mismo.

Ella: Pero es que no es cierto.

El: No importa, él cree que sí.

Ella: Ahí está el problema. Ustedes actúan a base de ideas fijas, sin importarles si están equivocados o no.

El: Chévere, así será. Pero todavía no me has dicho por qué tú haces de una mujer que le gusta que la maten.

Ella: Yo actúo. Ya te dije que puedo hacer de cualquiera, aunque no esté de acuerdo con lo que hace.

El: ¿Por qué?

Ella: Porque soy actriz.

El: Entonces debiste haber ido vestida de luto al entierro de tu padre.

Ella: No es lo mismo.

El: Claro que es lo mismo.

Ella: (Buscando recobrar la ofensiva.) ¿A ti te gusta robar?

El: ¿Qué?

Ella: Que si disfrutas de ser ladrón.

El: Pues...no sé...eh... ¿la verdá?

Ella: Por favor.

El: Me encanta.

Ella: Ah, carajo.

El: En serio. Cuando doy un tumbe bien bueno, me entra una contentura en to'el cuerpo que me río solo.

Ella: Entonces, estás perdido.

El: ¿Que estoy qué?

Ella: Olvídate. Te estaba idealizando. Pensé que contigo se podía hablar.

El: ¿Y qué coño es lo que estamos haciendo?

Ella: Olvídate.

El: Pero es que no me quiero olvidar. Estás hablando de mí, no de otro de tus personajes. Así que empieza a espepitar lo que pasa por tu cabecita.

Ella: No me da la gana.

El: (La agarra por un brazo.) Te puedo obligar.

Ella: Lo puedes intentar, que lo logres es otra cosa.

El: Te quieres hacer la machota. Sacas pecho, pero sé que te estás muriendo de miedo.

Ella: Mira cómo tiemblo.

El: Yo tú temblaba. Tú no me conoces.

Ella: Tú tampoco me conoces a mí.

El: ¿Sabes lo que le pasó al perro que me mordió?

Ella: Se murió de rabia.

El: Hum. Se me pegó con tantas ganas, que no quería soltarme. Entonces le agarré la cabeza y le fui metiendo el cuchillo poco a poco por el pescuezo, pa' que le doliera tanto como a mí.(Le está pasando el cuchillo muy cerca de la cara.) Y cuando el cuerpo cayó al piso brincando pa' tos laos, loco, como una chiringa sin hilo, la cabeza seguía apretando los dientes con más fuerza. Ahí mismo me di cuenta que en la vida hay que seguir mordiendo hasta después de muerto. Y yo soy así, como aquel perro endemoniao.

Ella: (Se suelta del agarre de él) Me imagino que te llevaste la cabeza del perro para tu casa, como un trofeo.

El: ¿Qué tú comes que adivinas? ¿Quieres que te la traiga, pa' que veas lo bonita que quedó?

Ella: No, gracias, yo no soy tan morbosa.

El: Adiós, y tú no eras la brava, la cheche, la que se come los niños crudos.

Ella: Yo sólo me defiendo como gato boca arriba cuando me atacan.

El: Y ahora soy yo el que ataco.

Ella: No.

El: (Se le pega a centímetros del rostro de ella.) Y si te digo que lo que quiero es saltarte encima.

Ella: (Gira en evasión, buscando un apoyo.) No siempre se hace lo que uno quiere. Es más, a menudo hacemos lo que no queremos.

El: Yo no.

Ella: Seguro que tú sí. A ver, ponte a recordar cuantas veces hiciste algo que no querías.

El: (Tratando de seguir con la provocación.) Ay, chica, deja eso ya.

Ella: Sí, hombre, alguna vez tienes que haber hecho algo en contra de tu voluntad, algo que detestabas, pero que tuviste que hacerlo.

El: Bueno...pues...no sé.

Ella: (Al verlo titubear, toma la ofensiva.) Contéstame, ¿qué hiciste que no quieres recordar?

El: Déjame.

Ella: Ahora eres tú el que huyes, el que no quiere hablar.

El: Yo hago lo que quiero.

Ella: Nadie hace lo que quiere. Todos finalmente cedemos. ¿Qué hiciste?

El: Nada.

Ella: ¿A qué le tienes miedo? (Lo acorrala.) El nene tiene miedo, el nene tiene miedo. ¿De qué te arrepientes?

El: No me arrepiento de nada. Ella tuvo la culpa.

Ella: Siempre echándole la culpa a las mujeres.

El: ¡Cállate, puñeta!(La empuja.) Empieza a rezar... Padrenuestros, Avemarías, el maldito rosario completo si quieres.

Ella: Padre nuestro que estás en los cielos... Santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...

El: (Las frases de él se intercalan en el rezo.) Odio las oraciones. Me dan ganas de vomitar.

Ella: Y perdona...

El: Sigue, no te calles, no dejes de rezar...

Ella: Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores...

El: Recuerda que estás sucia y que sólo la oración limpiará tus pecados.

Ella: Amén. Santa María, madre de Dios...(Continúa rezando el rosario, al cual responden las palabras de él.)

El: Sólo quiero robar, no me importa la gente. La gente sobra. (Se sube a la cama.) ¿Por qué estás rezando, quién soy yo, (Le grita) EL DIABLO? (Se para en la cama.) Me gustan los espacios vacíos. Entro y salgo limpiamente, como un cuchillo muy afilao y rápido. Cuando hay alguien, el cuchillo se mancha con sangre. Y tú pidiéndole a una figura de yeso que te acompañe, suplicando que te mire, que te salve; no ves que tiene los ojos muertos. Yo no soy bueno de corazón, carajo; le corto la cabeza al cordero de Dios. No quiero salvarme por ser pobre, quiero quemarme en el infierno, la ostia me sabe a mierda. (Ella salta de la cama, él la persigue.) De nada te servirá rezar, no escaparás de mí, coño, crees que no sabía tus intenciones, quieres atraparme entre tus piernas, me quieres dentro de ti y usas las oraciones como carnada. ¡Puta! (La abofetea y la tira sobre la cama.) Me arden las manos, me queman tus rezos, voy a salvarte, no, me explota la cabeza, maldita sea la más pura de las vírgenes del cielo, te voy a salvar, (Se le sube encima.) carajo, te voy a salvar de ti, (La agarra por el cuello.) aleluya, hermana, salve, reina y madre de todos los demonios...(Está casi estrangulándola.)

Ella: (Logra zafar un pie y lo empuja.) ¡Tienes un olor insoportable a popcorn! (El cae sentado en el piso. Ella se frota el cuello.)

El: (Todavía perdido en el recuerdo.) ¿Ah? Popcorn, sí, no sé.(Larga pausa.)

 

Ella: ¿Por eso fue que te metieron preso?

El: No. Nadie lo supo, nadie lo sabe. Un encubierto me cogió vendiéndole prendas a un joyero. Dos años pa' la nevera. Pero salí en uno. Buena conducta. Ayudaba a dar la misa en la cárcel.

Ella: Tienes sangre en la pierna.

El: Me corté al entrar por la ventana del baño.

Ella: Voy a buscar gasa para curarte.

El: Déjalo. Es una herida vieja que nunca cicatriza.

Ella: Te puede dar una infección.

El: No creo. La ventana puede ser la que se pudra.

Ella: Te gusta parecer duro.

El: Soy duro. Si no estaría por las calles: vianda, señora, ¿Güevos? Siempre llevo los güevos grandes.

Ella: O podrías estar tirando drogas.

El: No. Me gusta operar solo. Produce menos, pero así no le rindo cuentas a nadie.

Ella: ¿A nadie? ¿No tienes familia?

El: No quiero hablar de eso.

Ella: ¿Cómo que no? Yo te conté mi vida, ahora te toca a ti.

El: (La mira largamente. Pausa.)...Vivo con una mujer. Tiene diecisiete años.

Ella: ¿Y qué hace?

El: Me espera.(Reacción de ella.) No me vengas otra vez con tu cantaleta. Me espera. Yo soy su mundo. Es tranquila y vive satisfecha. No es como mi primer mujer, que me peleaba todo el tiempo. O como tú.

Ella: ¿La quieres?

El: Que sé yo lo que es querer.

Ella: ¿No te emocionas cuando la ves sonreír?

El: Nosotros no tenemos tiempo pa' esas vainas. Cuando siento ganas, me acuesto con ella y ya.

Ella: Es que tú tienes que tener ternura en algún lugar dentro de ti. No puedo creer que seas sólo instinto, puro deseo.

El: ¿Qué tiene de malo eso?

Ella: Nada. Pero es más hermoso cuando uno se ama. ¿Qué te quedará cuando seas viejo y los deseos te abandonen?

El: Yo no voy a llegar a viejo.

Ella: Y ella tendrá que vivir sin amor.

El: Vivirá como pueda.

Ella: Pero es que eso no es suficiente.

El: Qué se le va a hacer. Yo no puedo cambiar na'.

Ella percibe la oportunidad de cambiar la dirección de la acción.

Ella: ¿Cómo te llamas?

El: Tú pareces un guardia.

Ella: ¿Cómo quieres que te diga: sujeto, elemento, interfecto, tipo...?

El: LLorlly.

Ella: Georgy. (Camina hacia el fondo buscando una movida que la lleve al jaque-mate.) LLorlly, llevas tres días llegando amanecío y borracho. (El la mira entre sonreído y sorprendido. También cree que le podrá sacar partido a este nuevo juego.) ¿Qué tú te crees, que me vas a coger de mangó bajito?

El: ...Estaba jugando dominó con los panas.

Ella: ¿Y la jienda que tienes encima?

El: Bueno, jugando dominó uno se toma su cervecita. Deja la chavienda ya y vamos a

acostarnos.(Trata de halarla para la cama.)

Ella: (Lo empuja.) Date un baño, a ver si se te quita la peste que tienes encima.

El: Estás celosa. Mi Desdémona está celosa.

Ella: (Se sale de papel.) Te equivocaste de nombre, papito. El de los celos es él.

El: (Violento.) No me voy a bañar, no me da la gana. Lo que quiero es acostarme contigo.

Ella: Yo no soy plato de segunda mesa.

El: Pero si tú sabes que tú eres lo que más me gusta a mí en el mundo, mi puchunguita. ¿Pa' quién yo hago to lo que hago? Pa'ti. ¿Y ese tronco de traje que te regalé?

Ella: Me quedó grande.

El: Me equivoqué de número. La intención es lo que cuenta.

Ella: Si me lo hubieras comprado, habrías escogido el número correcto.

El: Iré a vender los güevos pa' comprártelo. Cuando me lo tumbé era de noche, chica, y no me fijé.

Ella: No me gustan esos regalos.

El: Ah, pues métete a monja entonces, o búscate un viejo rico que pueda comprarte ropa cara y zapatos finolos.

Ella: No me interesan los lujos.

El: Lo disimulas muy bien.

Ella: Lo que quiero es una vida tranquila, en paz. Hace meses que no duermo esperando que toquen a la puerta para avisarme que te encontraron muerto en una cuneta. O que la policía te cogió robando y te molieron a palos. Tú estás en la calle, sales y te olvidas de todo. Yo me quedo aquí, sin poder hacer nada, esperando la mala noticia.

El: No me va a pasar na'. Soy demasiao listo.

Ella: A to' el mundo le llega su hora, Llorlly. No tientes tu suerte. Búscate un trabajo honrao y ajústate a buen vivir.

El: Un trabajo honrao: ligando cemento, cargando bloques, doblando el lomo hasta que me salga una joroba, eso es lo que tú quieres. O que me ponga a recoger basura por la calle: a lo mejor te gusta el olor de la basura. Y que llegue aquí esmolío, hecho una porquería y me tire a la cama como un muerto, así to' los días, to'los meses, to'los años, hasta que me lleve el diablo.

Ella: Pero es que hay que trabajar, coño.

El: Mierda es. El trabajo es pa' los animales, pa' los brutos. No, mijita, no, que trabajen otros.

Ella: Si todos pensaran como tú, no habría nada. Todos viviríamos chupándonos la sangre unos a otros. ¿Ese es el mundo que tú le quieres dejar a tus hijos?

El: Yo no voy a tener hijos.

Ella: Porque se avergonzarían de tener un padre como tú.

El: No. Porque terminarían igual que yo.

Ella: Estás a tiempo para cambiar, Llorlly.

El: No quiero cambiar, me entiendes. Me gusta como soy. No puedo cambiar; el mundo es como es.

Ella: Es imposible que te guste ser un vago, un ladrón, un parásito, un asesino...

El, la mira desencajado.

El: ...¿Has dormido alguna vez con la muerte?

Ella: Quiero demasiado a la vida para estar pensando en la muerte.

El: No hay que pensarla. Está en cada esquina, lista pa' tirarse sobre uno. Y cuando se te mete dentro, ya no te abandona. No me la puedo quitar de encima, ves; vivo con ella y no me asusta el futuro porque de alguna manera ya estoy muerto.

Ella: Pues yo estoy viva, me oyes, viva, y no me voy a encerrar a esperar tu muerte. Quiero ser dueña de mis pasos y contigo nunca sé para donde voy. No me vires la cara y escúchame: se acabó, Llorlly, no voy a seguir contigo.

El comprende hacia donde iba el juego.

El: Entonces, ¿me voy, Fabiola?

Ella: Tú nunca has estado.

El: Yo que hasta pensé que nosotros podíamos encontrarnos otra vez, y yo, pues, invitarte al cine o a jugar billar...

Ella: Tú y yo vamos en direcciones opuestas.

El: Fíjate, a lo mejor nos parecemos más de lo que tú piensas.

Ella: ¿Sí? ¿En qué?

El: Nos parecemos. Yo, con mis estrellas llenas de fango; tú con tu gato que no existe, los dos estamos solos. Y aunque tú apuntas hacia arriba y yo sigo pa'bajo, nos encontramos y por un rato nos miramos cara a cara y estuvimos juntos.

Ella: Otra de tus pesadillas. Pero yo no soy parte de eso. Te metiste aquí a la fuerza, me robas y ahora quieres que comparta tus sueños.

El: (Respira hondo, buscando otro aire que sabe que no existe) Dime una cosa, Desdémona, ¿qué hace Otelo después que te mata?

Ella: ...Se entera de la verdad y se suicida.

El: (La muerte camina por sus ojos.) ...Bueno, me  voy. (Casi suplica.) ¿Estás segura que no tienes una cadena o un brazalete que se pueda empeñar? Después yo te los devuelvo.

Ella: No queda nada.

El: (En un último intento, la atrae hacia sí.) Si yo te hubiese intentao violar, ¿qué habría pasao?

Ella: Uno de los dos estaría muerto.

El: Mírame bien, Fabiola. Grábate mi cara, porque si me denuncias a la policía, tendrás que identificarme. Habrá una fila de hombres, yo estaré ahí, y tú tendrás que mirarme a los ojos y decir: ése es él. Y en ese momento sabrás que me enviarán a la cárcel, que pasaré varios años escuchando sermones y llenándome de odio, que me escaparé, finalmente me escaparé, y que en una noche como ésta, vendré a buscarte pa' matarte.

Ella: No voy a estar aquí para esperarte. (El se encamina hacia el baño.) ¿Adónde vas?

El: Adonde va a ser, a la calle.

Ella: Sal por la puerta, yo te abro.

El: No, me voy por donde vine.

Ella: Adiós.(Ella se queda con la mirada perdida en el vacío mientras él se le acerca.)

El: Adiós.(Le toma la cara y la besa a la fuerza. Ella lo rechaza y casi arquea de asco. El sale. Se escuchan los ruidos de su salida, mientras Ella tose y carraspea tratando de evitar el vómito. Desesperada, cae sobre la cama y un cenital la aísla del resto del apartamento.)

ELLA: Y cuando suba el telón, Othello tendrá el mismo olor. Georgy-Othello, uno solo rumbo al suicidio. Y cuando caiga el telón, cada noche, recordaré esta noche con miedo, con asco, con una terrible y nauseabunda ternura.

Sube la música de Othello mientras la luz se va coagulando para finalmente ahogar el escenario con la oscuridad asfixiante de la noche definitiva.

 

FIN

 

(Cádiz, España octubre de 1991 - San Juan, Puerto Rico, junio de 1992.)

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