Hombres en escabeche, de Ana Istarú, dramaturga y poeta de Costa Rica



Hombres en escabeche

De  ANA ISTARÚ*

 

Premio de Teatro Hermanos Machado 1999 (Sevilla, España)

 

se estrenó en San José el viernes 4 de agosto del 2000 en el Teatro de la Esquina, bajo la dirección de Marcelo Gaete, con el siguiente reparto:

 

                     Actriz  ................................................ Ana Istarú

                     Actor ............................................ Marco Martín

 

 

 

PERSONAJES

 

La Novia y

La Niña                        interpretados por la Actriz

 

 

El Padre

Andrés

El Primer Novio

El Filósofo

El Yupi

El Músico y

Un Desconocido  interpretados por el Actor

 

                  

 

 

 

         (En el escenario se aprecian un pequeño sofá y un par de sillas o las que se consideren necesarias.  Entra de prisa la Actriz por entre el público, vestida de novia, esplendorosa y agitada, poniéndose un zapato sobre la marcha.  Lleva preferiblemente una corona de flores en vez de velo.  Se sienta en el sofá y recompone su tocado, hasta lucir perfecta.  Luego de una breve pausa se dirige a los espectadores).

 

NOVIA:     Estoy esperando a un hombre.  (Pausa).  Puede aparecer alguno en cualquier momento.  Hay que estar preparada. (Pausa).  Nunca he tenido uno que pueda llamar propiamente mío, para mí y bueno... Ustedes saben.  Los he visto, eso sí, desde niña.  Tienen la espalda más ancha, en forma de espátula, el pecho plano, y algunos están asombrosamente cubiertos de pelos.  Por todas partes.  Más pelos que un felpudo.  Pero no me molesta, está bien.  Tuve osos de peluche:  estoy acostumbrada. (Pausa).  De hecho siempre quise tener uno, desde pequeña.  Un hombre, no un oso.  Tenía, eso sí, un hermano, menor que yo, pero no es lo mismo para nada.  Para empezar no era mío, era de mamá.  Y no me gustaba mucho:  comía con la boca abierta, como el caballo de Alejandro Magno. Además escupía, mataba pájaros, eructaba.  Con semejante ejemplo, casi me sorprende que me gusten los hombres.  Por suerte que cuando crecen cambian diametralmente y nunca más hacen semejantes porquerías, ¿no es cierto?  Así que quiero uno.  (Preocupada).  ¿Estoy bien?  No tengo un espejito a mano y me siento insegura. 

             También estaba papá.  Que tampoco era mío.  Ni siquiera era de mamá.  La cosa triste (ahora puedo decirlo sin que me afecte) (se nota que la afecta)  es que creo que nunca le gusté a papá.  El nunca me encontró bonita.  Ni siquiera me encontró fea.  De hecho, nunca me encontró:  yo era invisible para él.  Transparente.  Como la gelatina dietética, que nadie la prueba por insulsa.  Insulsa Pocacosa, así debió llamarme.

             Y no entiendo por qué:  hice todo lo que me ordenaron.  Las cosas más espantosas:  poner la mesa, quitar la mesa, lavar los platos, secar los platos, guardar los platos, poner la mesa.  Sentarme con las piernas cerradas.  No rascarme en público, no estirarme  en público, no bostezar en público.  No hablar en público.  Sentarme con las piernas cerradas.  Saqué los codos de la mesa, pedí permiso para retirarme, permiso para quedarme, permiso para pedir permiso.  Me senté con las piernas cerradas. 

             Mi hermano no.  Mientras yo barrí  el equivalente al territorio  de la Patagonia, él jugaba futbol.  Obviamente había algo que nos diferenciaba y me propuse descubrirlo.  Luego de mucho espiarlo lo seguí al baño y ahí lo comprendí todo:  él orinaba de pie, igual que papá.  ¡Qué alivio!  Si era sólo eso yo estaba dispuesta a hacer un rápido aprendizaje de la materia.  Me enfrenté al inodoro con una gran fe en mí misma, separé un poco las piernas y me dispuse a lanzar con distinción y donaire un radiante chorro.  Aquel fracaso marcó mi vida.  El baño parecía un jacuzzi y yo una sobreviviente del Titanic.  Comprendí dos cosas:  por qué debía sentarme, con las piernas cerradas, y por qué papá sí quería a mi hermano:  tenía mejor puntería.

             Decidí imitarlo.  No en sus hábitos mingitorios, por supuesto.  Pero aprendí a jugar futbol, a torturar lagartijas, a decir palabrotas.  En clase de costura no me salía el punto en cruz, y un buen hijueputazo.  Se me olvidaba el “Yo, pecador” en el catecismo y un ¡a la mierda! bien dado.  ¿Perdón?  (Se tapa los ojos con la mano, a fin de evitar la luz de los reflectores y comprender lo que le dicen de la cabina de luces).  ¿Cómo?  (Pausa).  Está bien, lo siento.  Lo lamento mucho, parece que no se permiten malas palabras en este teatro.  Como en la clase de catecismo.  Sólo que aquí no tengo que confesarme con el luminotécnico.

             En fin, cuando ya distinguía sin dificultad alguna entre un Ferrari y un escarabajo Volkswagen, me presenté ante papá segura de mi triunfo, con la cara sucia, las rodillas rotas y escupiendo con un estilo inigualable hacia el costado.  (Aparece el Actor, en traje formal, con corbatín, vestido como un novio el día de la ceremonia.  Encarna al Padre.  Está concentrado en afinar una guitarra.  Tararea.  Le da la espalda a la Actriz, a la que nunca mirará ni prestará atención).

 

NIÑA:  (Escupe).  Papi, ¿qué?  ¿Te apuntás a una mejenga?

 

PADRE:    Ay, muñequita.  Estoy ocupado. 

 

NIÑA:  ¡N’hombre, papi!  Qué varas.

 

PADRE:    Las niñas no juegan futbol, Beatriz. 

 

NIÑA:  (Pausa).  Yo sí.

 

PADRE:    No, vos no.  Sólo las marimachos.

 

NIÑA:  ¿No te gustan las marimachos?

 

PADRE:    (Divertido).   ¡Qué idea!

 

NIÑA:  ¡Papá, no quiero hacerlo sentada!

 

PADRE:    ¿Qué cosa?  ¿Jugar futbol?

 

NIÑA:  ¡Enseñame a hacerlo de pie, como vos!

 

PADRE:    ¿Por qué no vas donde tu mamá?

 

NIÑA:  (Sorprendida).  ¿Mamá sabe?

 

PADRE:    Las niñas deben aprender a ser muy femeninas, muñeca.

 

NIÑA:  Está bien, papá.  ¿Papá?

 

PADRE:    Andá con tu mamá, Beatriz.  (Sale).

 

NIÑA: Me llamo Alicia.

 

ALICIA:    Obviamente no era así como iba a atraer su atención.  ¿Papá quería una mujercita?  Le daría una mujercita.

             Me dediqué a crecer.  Durante el día pasaba horas enteras creciendo sin descanso, como un pan de levadura.  Luego de un furibundo esfuerzo:  ¡paf!, dos, cuatro, siete centímetros más.  Otro esfuerzo, concentrada en Ava Gardner.  Ahí vienen, ahí vienen, un suculento par de pechos:  ¡paf!  Bueno... Dos galleticas de maicena.  Ni siquiera la excusa para un sostén.  Pero no importaba.  Seguía creciendo tenazmente.  De pronto:  cintura, piernas largas, caderas.  ¿Pelos bajo los brazos?  ¡Qué horror!  Yo no contaba con eso.  ¿En qué estaba pensando?  ¿En Sean Connery?  Y no sólo bajo los brazos.

             Allá abajo, en el limbo del cuerpo, justo donde se bifurca en las dos extremidades inferiores.  Aquello era notable y me obligó a reflexionar de nuevo sobre ese sitio del que nunca nadie, ¡nunca!, había hecho un comentario o externado una opinión.  De hecho era la porción de mi ser que más preocupaciones me había causado.

             Recuerdo que cuando era muy niña tenía apenas una vaga idea de cómo estaba conformada.  Sabía que tenía un huequito para hacer pipí, otro para hacer pupú, y otro que no servía para absolutamente nada.  Cuál no fue mi sorpresa cuando Andrés, mi hermano, mejor informado que yo, me explicó con lujo de detalles su función.  (Aparece el Actor).

 

ANDRES:  Eso sirve para que entren y salgan los bebés. 

 

ALICIA:             (Aterrada).   ¿Para que entren?  ¿Para que salgan?

 

ANDRES:  Me lo dijo Mauricio y su papá es doctor, así que él lo sabe todo.  Los papás meten al bebé que es chiquitico, chiquitico, chiquitico, más chiquitico que el dedo pequeño de una hormiga, y luego se engorda, se engorda y se engorda, hasta que no cabe más y se sale, y hay que agarrarlo porque si no se cae, y los niños pequeños no pueden caerse porque les da meningitis, y por eso el doctor lo está esperando con un maletín especial que ellos tienen, y que Mauricio me enseñó solamente a mí, porque su papá tiene uno y es doctor, y Mauricio lo sabe todo.

 

ALICIA:    ¡Pero qué bruto que sos!  ¡Claro que no nacen en un maletín, tarado!  ¡Todo el mundo sabe que nacen por el ombligo!

 

ANDRES:  ¿Ah, sí?

 

ALICIA:    ¡Claro!

 

ANDRES:  ¿Para eso sirve el ombligo?

 

ALICIA:    ¿Si no sirve para eso, entonces para qué?  ¡Se abre y después se cierra!

 

ANDRES:  (Viéndose la barriga, preocupado.  Luego de una pausa).  Tengo que hablar con Mauricio.  (Sale).

 

ALICIA:    (A público).   Sin embargo, mi hermano me sembró una terrible  duda:  ¿para qué les sirve entonces a los hombres el ombligo? 

             Las clases de educación sexual no contribuyeron mucho a aclararme  el panorama.  Escroto, uretra, glande, gónada, vulva, pubis, hipófisis, coito.  No, no era arameo.  Era el diccionario de los horrores, revisado y corregido por el monje loco.

             Finalmente, luego de un bombardeo de dibujos, planos transversales y esquemas en blanco y negro, comprendí escandalizada cómo y por dónde salían los niños de sus madres.  Por eso sitio sin nombre pronunciable.  Increíble.  Como para demandar al insensato que hizo el diseño.  Lo que aún no tenía completamente claro era cómo entraban.

             El profesor de biología, por su parte, nos dio una extensa explicación sobre el apareamiento de los sapos, los cuales tienen unas costumbres muuuuy extrañas:  el macho, que es más pequeño, se monta sobre la hembra  y le mete las patas delanteras bajo las axilas y frota:  así.  (Hace el gesto).  ¡Entonces ese era el rito de la fecundación!  ¡Qué ombligo ni qué mi abuela!  Miré espantada a mi alrededor  a mis compañeros de clase y pensé:  ¡el primero que me meta mano en los sobacos le rompo la mandíbula de un cascarazo!

             Por fin, un alma piadosa se encargó de explicarnos a Andrés y a mí la verdad de las cosas:  la televisión.  (Entra el Actor.  Ambos miran una supuesta pantalla, mientras se escucha confusamente una inquietante banda sonora, llena de gemidos y gruñidos.  Luego de una pausa). 

 

ANDRES:  La va a ahogar.

 

ALICIA:           ¿Por qué la aplasta?

 

ANDRES:  Ahora lo aplasta ella.

 

ALICIA:    Creí que se querían.

 

ANDRES:  (Comprendiendo).  Sí, la quiere:  ¡le está haciendo un bebé!  (Se miran.  Miran con más atención a la pantalla.  Ella se cubre el rostro, pero ve la escena a través de los dedos separados.  Llega el momento del clímax y ambos quedan boquiabiertos).  La ahogó.

 

ALICIA:    ¿Ahora van a tener un bebé?

 

ANDRES:  Sí, claro. 

 

ALICIA:    ¿Y por qué en el (leyendo)  “prostibúlo”?  ¿Es una clínica? 

 

ANDRES:  Sí, especial para tener bebés.  Hay muchas señoras dedicadas nada más que a tener bebés.  Yo lo sé porque Mauricio me lo contó.  Su papá, que es doctor, trabaja en uno.  (Sale).

 

ALICIA:    (A público).   Descubrí, pues, el sexo.  Para empezar, el mío y sus misteriosas consecuencias.  Como mis galleticas de maicena que comenzaron a hacerse cada vez más visibles, hasta que las insolentes miradas masculinas me indicaron la inminencia del sostén.  Busqué a mamá.  “No tengo tiempo” me dijo. “Ocupate vos de eso, si tan grande te sentís” y me puso un billete en la mano.

             Sólo pude comprar dos parches de tela, 32 triple A.  Yo soñaba con un brassière y me tocaron los anteojos de Woody Allen.  Pero ya le había hecho los honores a mi estrógeno y era casi una mujer.

             Ser una mujer.  Nadie me advirtió lo difícil de la empresa.  Para que se informen quienes aspiran a semejante puesto:  una mujer no puede (ser mujer se define por los “no puede”) sentarse sola en un parque sin que la hostigue una horroroteca de tipos más feos que el déficit cambiario, salir indemne de un autobús repleto, ser presidente de la Fedefutbol, graduarse de doctora uróloga o, en aquel entonces de mi infancia, decir malas palabras.

             Mi hermano Andrés, por ejemplo, tenía derecho a salpicar toda una conversación con excremento.  Yo decía ¡púchica!  y me veían torcido.  Tuve que desarrollar mi mejor ingenio para decir groserías sin ser notada.  Porque es muy difícil prensarse el dedo en la puerta y gritar:  ¡Vástago de meretriz!

             Es curioso eso de las malas palabras.  Su objetivo es insultar, vejar, ofender y humillar al enemigo o contrincante.  ¿Pero por qué hijo de perra?  Bueno, saben a lo que me refiero:  hijo de la gran... Bretaña (justifica su omisión señalando la cabina de luces).

             Y después, ¿por qué sólo se insulta a la madre?  ¿Por qué nadie dice:  tu papá es un vicioso, promiscuo, aberrado, proxeneta, gigoló, putañero y/o chulo descocado de la calle 12?  ¿Por qué?  Por una razón muy simple:  a nadie le importa que le insulten al padre.  Asumen que tenés razón.  Te ven con indiferencia y te dicen:  “Sí, ¿y qué?  ¿Acaso no es normal?  ¿Qué es el tuyo?  ¿Misionero?”.

             En cambio, la madre... La madre es sagrada.  Una réplica en tamaño natural de la Virgencita  de Guadalupe.  Entonces, que sin conocerla te la traten de ramera levanta más roncha que un ladrillazo en la nuca. 

             Las malas palabras me enseñaron algo muy importante:  el sexo, o mejor dicho, el libre ejercicio de la sexualidad, acarrea consecuencias muy distintas según uno sea damita o caballero.

             Una mujer que perdía su virginidad antes de pasar por la sucursal de la Santa Sede se conviertía ipsofácticamente en una resbalosa, sometida, jabonera, turra, perdida, prostituta, tipa, ramera, meretriz, hetaira, gata, perra, zorra, pécora, cuarenta, mujerzuela, mujer de la calle, mujer de mala vida, mujer de vida alegre, o mujer pública, que por supuesto, nada tiene que ver con hombre público.

             El varón en cambio es un don Juan, un Casanova, un Valentino, conquistador, seductor, matador, azotador, playboy, latin lover, jungle fever.

             Un momento, me dirán ustedes.  Hoy día la cosa no está tan dispareja.  Nadie va a persignarse porque una noviecita traviesamente celebra la luna de miel antes que la boda.  De acuerdo.  Pero muchas veces porque lo hace con su futuro esposo.  Este prefiere reservarse el derecho de pernada.  Los caballeros siguen reacios a las comparaciones.  Por algo será.

             De todo esto saqué en claro una cosa:  el honor de una mujer se encuentra en un sitio muy específico de su anatomía, por una broma cruel, católica y apostólica de la naturaleza.  Y perderlo era más grave que perder el pasaporte en un golpe de estado en Uganda.

             Mamá con su billete, papá con su indiferencia y las malas palabras, empezaban a hacerme sentir muy mal con mi propio cuerpo.

             Enriquecí de nuevo mi vocabulario:  himen, con hache de horror, y falo, con efe de feo.  Las mujeres tenemos vulva, labios, clítoris, himen, vagina, útero, trompas, ovarios, es decir, un sexo más complejo que un atlas ilustrado.  Los hombres tienen falo.  Testículos también, pero sobre todo falo.  (La única palabra más fea que falo es glúteo).

             Y ese falo, a juzgar por lo que decían las malas lenguas, era una especie de alimaña desplumada y fofa, de la que había que cuidarse como de la peste y no mirar nunca, por el riesgo de verlo levantarse transformado en un cíclope borracho.

             Yo, aparte del elefantito en miniatura  de Andrés, no había visto nada.  Y ni ganas que tenía, después de semejante prefacio.

             Sin embargo, un día lo vi, allí, desnudo, maravilloso, puro, inocente, expuesto a la vista de los transeúntes que no parecían caer de rodillas extasiados por tanta belleza.  De ese cuerpo arrancado a la perfección sobresalía, en el medio de la pelvis, lo más cercano que he conocido a la fruta del paraíso perdido:  el pájaro azul del territorio de los sueños en lo alto de sus muslos, en plena avenida primera, frente al edificio del correo, bajo dos alas angelicales y una plaquita que decía:  “A Juan Rafael Mora, la patria agradecida”.

             Eso era el falo:  ese detalle rococó y encantador que el mundo entero ocultaba con más misterio que a la Ciudad Prohibida, pero que, sembrándome una espantosa confusión, se permitía mostrar en todo su esplendor en media calle, a vista y paciencia de niños, pensionados, Testigos de Jehová y vendedores de lotería.

             Sólo me faltaba un peldaño para acceder al título de señorita.  Y el gran día llegó.  Sin arcángeles ni coros celestiales anunciando la buena nueva, sin fuegos artificiales ni ovaciones de las masas.  Sin siquiera una serenata del trío  Los Panchos.  Me hice mujer de la noche a la mañana, cuando un buen día, después de un agónico dolor de barriga, descubrí en mi ropa interior unas tímidas manchitas marrón y escarlata.  “¡Hola!” me dijeron.  “Buenos días, mujercita”.  Aquellas manchitas valían más que el vellocino de oro, las cuatro lunas de Júpiter y una entrada al concierto de Pink Floyd juntos.  Con mi trofeo en la mano, ahogándome de emoción, busqué a mamá.  “¡Mamá, ya soy una mujer, ya soy una mujer!”.  “Pobrecita. Ya empezaste a sufrir”.  Como quien dice, bienvenida al presidio.  “Pero yo estoy contenta...”.  “Cuidate de los hombres.  ¡Y sentate con las piernas cerradas!”.  ¡Qué manía con lo de las piernas!  ¡Y qué necedad con los hombres!  ¡Ni qué fueran venenosos!

             Aunque más tarde descubrí que cierta razón tenía.  Lo supe por el ginecólogo, quien me explicó que consumir hombres sin filtro produce cáncer, sida, gonorrea, sífilis, embarazos no deseados, problemas intra-familiares y repudio social.

             Pero en aquel entonces no asociaba una cosa con las otras y mi única preocupación era soltar la noticia como bomba atómica entre mis compañeras.  Y por supuesto, decírselo a papá.  (Sale.  Aparece el Actor con una caña de pescar, cuyo anzuelo intenta colocar correctamente  sin conseguirlo). 

 

PADRE:    ¡Al demonio!  Cobarde.  Traidor. 

             (Entra a escena la Actriz). 

 

ALICIA:    ¡Papá! 

 

PADRE:    (Siempre concentrado en el anzuelo).  ¿Qué pasó?

 

ALICIA:    ¿A que no adivinás?

 

PADRE:    ¡Pendejo!  (Reparando en ella).   Perdoná, estoy de mal humor.

 

ALICIA:    Pasó algo esta mañana...

 

PADRE:    Sí.  El cretino de Roberto no me acompaña a pescar.  Le van a presentar a una amiguita al mediodía y por una tipa que no ha visto nunca deja tirado a un amigo de toda la vida.  Ojalá le salga mormona.  ¡Ojalá le salga barbuda!  (Se pincha el dedo.  Furioso).   ¡Ojalá le salga un travesti!

 

ALICIA:    Papá...

 

PADRE:    Con la pereza que me da ir solo.  (Viéndola).  ¡Ey!  ¿Y vos?  ¿Por qué no venís conmigo?

 

ALICIA:    Es que hoy...

 

PADRE:    (Feliz al conseguir arreglar la caña).  ¡Ya está!  ¡Lo logré! ¡Deberías venir, te va a encantar el lugar!

 

ALICIA:    Te decía que esta mañana me aparecieron en la ropa unas manchitas rojas...

 

PADRE:    (Con falso interés).   ¿Ah, sí?  (Continúa con su pensamiento).   ¡Y eso no es nada!  Ya verás cuando comiencen a picar.

 

ALICIA:    (Asombrada).    ¿Pican?

 

PADRE:    ¡Estoy seguro!  (Entusiasmado).  Será tu primer gran día y lo celebraremos en forma.  Ahora ya sos grande, ¿no es cierto?

 

ALICIA:    (Contenta).  Sí, ahora soy grande.

 

PADRE:    De todas formas Andrés es muy pequeño y tu mamá no lo dejaría ir.  No te preocupés, no es difícil, yo te voy a explicar todo lo que tenés que saber sobre esta delicada materia.

 

ALICIA:    ¿Cómo?  ¿No tendría que ser mamá?

 

PADRE:    ¿Tu mamá?  ¿Estás loca?  Ella no sabe nada de nada.  Vení conmigo, muñequita.  Quiero que les demostrés a todos que ya sos una señorita hecha y derecha. ¡Yo estaría tan feliz de poder contarles a mis amigos!

 

ALICIA:    ¿Contarles a tus amigos?  Papá, ¿no estás exagerando? 

 

PADRE:    ¿Por qué?  ¡Qué orgullo!

 

ALICIA:    Pero... pero... ¿salir a pescar justamente hoy?

 

PADRE:    ¡Por supuesto!  ¡Hoy es el mejor momento!

 

ALICIA:    ¡Increíble!

 

PADRE:    Como es tu primera vez todo el mundo te felicita.  Te sacamos una foto y después, aplauso general.

 

ALICIA:    No, no, no.  No hace falta.

 

PADRE:    Y como recuerdo compramos un trofeo, le grabamos tu nombre, la fecha de hoy y lo ponemos en la sala.  ¿Qué te parece?  ¿Hecho?

 

ALICIA:    (Feliz).  ¡Hecho!  (Se abrazan).  ¡Todo eso porque me hice señorita!

 

PADRE:    ¿Cómo, señorita?

 

ALICIA:    Claro.  Las manchitas...

 

PADRE:    ¿De qué manchas me estás hablando?

 

ALICIA:    Papá, estoy estrenando mi primera  toalla sanitaria.

 

PADRE:    ¡No puede ser!  ¡Qué horror!  Ahora sí que me jodí.  Efectivamente, no es el mejor día para ir a pescar.  (Corrigiéndose).  Te felicito, muñeca.  (La besa).  Me estás haciendo viejo, sinvergüenza.  (Le pellizca la mejilla).   Qué se le va a hacer.  Me voy.  No te preocupés, para mí siempre vas a ser una niña, (le tira un beso con la mano)  Paulita.  (Se va). 

 

ALICIA:    Alicia, papá.  Alicia.  (A público, luego de una pausa).  Bueno, obtener la atención de papá se iba convirtiendo en un objetivo bastante inalcanzable, a menos que me transformara en una trucha de 4 libras o una lata de cerveza importada.  Decidí, por lo tanto, correr suerte con los otros hombres.  Al fin y al cabo papá no era el único pez del océano. 

             Pasado un buen tiempo y no más estuve en edad de asistir a los bailes de adolescentes, busqué lo que más se le pareciera.  Con una sustancial diferencia:  ese algo debía perder la chaveta por mí.  Para compensar. 

             Me sumí en un arduo entrenamiento que abarcaba desde el empleo de los tacones hasta el conocimiento cabal de la escala cromática, aplicada a cuanto maquillaje pude adquirir honestamente de mi bolsillo o fraudulentamente del tocador de mamá.

             Aprendí modales.  Sin exagerar, para no parecer anticuada.  A ladear la cabeza con sensual languidez.  Sin exagerar, para no parecer una chica fácil.  Y a formular frases inteligentes.  Sin exagerar, para no parecer una árida intelectual.

             Topé con suerte y para mortal envidia de mis amigas conseguí a un joven universitario, es decir, la máxima presea a la cual se podía aspirar en mis colegiales circunstancias.

             Llegó la primera cita, en casa por orden de mamá, con la anuencia despreocupada de papá y el feroz regocijo de Andrés, quien se dedicó a hacer paté casero con mi pintura labial y a enganchar mis calzones en los bombillos de la sala.

             Cuando llegó mi pretendiente, en lugar de la imagen bobalicona y perfecta de la noviecita casta, pura, virgen y mártir que estaba dispuesta a ofrendarle, encontró una muestra viviente del sarpullido nervioso, con más susto que una oveja musulmana antes del degüello ritual.

             (Entra el Actor por el fondo y se acerca lentamente a la Actriz que, sentada en el sofá, continúa hablando sin percatarse de su presencia.  Trae un ramito de azahares.  Masca goma de mascar.  Va únicamente en camisa, con las faldas afuera y las mangas arremangadas). 

             No era feo ni era guapo, ¿y qué importaba?  Era el instrumento de mi venganza.  Con él liquidaría de una vez por todas mi despechado y doloroso edipo femenino, dejándolo más achicharrado que mosca en el tostador. 

             Una sola palabra le bastó para enamorarme.

 

PRIMER NOVIO:       (En el oído de la Actriz, quien se sorprende).  Alicia.  (Le besa la mejilla y le entrega las flores.  Se sienta junto a ella). 

 

ALICIA:    Hola.  (Ambos guardan silencio, seguro el de él, nervioso el de ella.  Se sonríen.  Silencio.  Se ríen.  Silencio.  El siempre mascando goma se le acerca lenta y peligrosamente.  Intenta besarla, pero ella interpone las flores, fingiendo olerlas.  Hace un segundo intento, pero ella se pone de pie).   

             He estado leyendo mucho sobre la Segunda Guerra Mundial.  Como es una de tus pasiones, pensé que podrías aclararme  un par de cosas.  Como bien he sabido Hitler desconoce el Tratado de Versalles en el 35 y lleva a cabo la invasión a Polonia en el 39, ¿no es cierto? 

             (El Actor se saca con calma la goma de mascar de la boca y la pega detrás del sofá, mirándola fijamente y aproximándosele como una serpiente que hipnotizara a su presa).   

             Yo me preguntaba... lo que quiero es saber... por qué un señor austriaco que se dedica a la pintura decide un buen día que le repugnan los judíos y... y otros dos tercios de la humanidad... y por qué te gusta tanto una cosa tan espantosa... tan espantosamente interesante... donde murió tanta gente inocente... es decir, por qué esas bestias con el uniforme bañado en medallitas...

             (El Actor  intenta besarla nuevamente, pero ella hace un rápido ademán para evadirlo y le golpea sin querer la nariz con la cabeza.  El Actor hace un gesto de dolor).

             Lo siento... yo... ¡Goering!  Eso es.  Si él supuestamente iba a ser el sucesor de Hitler, ¿por qué entonces...?  ¿Querés hielo?  (El niega con la cabeza.  Ella sin saber qué decir).  Estoy estrenando zapatos.  (Se cubre el rostro ante la tontería que acaba de decir).

 

PRIMER NOVIO:       (Luego de una pausa).  Tengo hambre.

 

ALICIA:    ¡Claro!  (Atolondradamente busca hacer algo sin saber qué). 

 

PRIMER NOVIO:       ¿Sabés hacer galletas?  Me encantan las cosas dulces.  (Mientras ella niega con la cabeza él saca un cigarrillo y está a punto de encenderlo cuando hay un breve apagón.   La Actriz,  a solas).

 

ALICIA:    Para la siguiente cita había aprendido a hacer galletas de limón, de maní, de avena, de mantequilla, de chocolate, cuadritos crocantes de nuez y strudel de manzana.  Estaba decidida a mantenerlo, a él, con la boca ocupada y a mí, fuera de peligro.  Tenía terror de mi inexperiencia, terror de su lujuria sin freno, terror del fuego del purgatorio, terror de que me besara, terror de que no me gustara, terror de que me gustara mucho.  Y sobre todo, siguiendo las precavidas instrucciones de mi manager, es decir, mamá, debía anteponerle el dragón blindado de mi decencia, no fuera a creer que yo era una cualquiera.  (Breve apagón.  Se encienden las luces.  Están juntos en el sofá, con un plato de galletitas diversas que él come vorazmente). 

 

ALICIA:    Estas son de una receta de mi abuela, secreto de la familia.  (El aprueba con satisfacción).   Estas tienen almendra, cereza confitada y una pizca de amaretto.  Las que te estás comiendo llevan dátiles, chispas de chocolate y trocitos de nuez.

 

PRIMER NOVIO:  (Con la boca llena).  ¿Nuez?

 

ALICIA:    Sí, nuez.

 

PRIMER NOVIO:       ¡Dame un espejo!  Soy alérgico a la nuez.  ¿Tengo manchas?  ¿Me estoy hinchando? 

 

ALICIA:    ¡Qué horror!  ¡Sí!  ¡No!  ¡No sé!

 

PRIMER NOVIO:       ¡No puedo respirar!  ¡Necesito cortizona!

 

ALICIA:    ¡No tengo!  ¿Qué hago?

 

PRIMER NOVIO:       ¡Aire!  ¡Aire!  ¡Me pica!  ¡Me ahogo!  (Trata de desabotonarse la camisa.  Ella lo ayuda y se topa con su pecho desnudo.  El aprovecha la ocasión y la abraza y le besa el cuello).

 

ALICIA:    ¡Farsante!  ¡Casi me muero!

 

PRIMER NOVIO:       Las nueces nunca fallan.  (Se ríe.  Empieza a toser, atragantado por alguna borona). 

 

ALICIA:    No vas a empezar de nuevo.  (El Actor realmente se está ahogando, pero no consigue articular palabra).  No te creo nada.  No me pasé cocinando una semana para que me hagás payasadas.  (El Actor se arrodilla y ella cae en la cuenta de que no finge).  ¡Dios mío, no te vas a morir ahora con lo que me costó conseguir un novio!  (Le alza los brazos, le hunde la cabeza, le golpea la espalda).  ¿Y esto es el sexo fuerte?  (Angustiada).  ¡No te murás en la alfombra, que es de mamá y después quién la aguanta!  ¡Por los tres divinos clavos!  ¡Ayúdame, Jesús de Praga!

 

PRIMER NOVIO:       (Aliviado).   No me manoseés tanto, que me va a regañar mi mamá.  (Ella se ríe).  Alicia, dame un beso o dame mata-rax.  (Sincero).  No te voy a morder...

 

ALICIA:    (Mirándolo vencida).  Está bien.  (El se le acerca lentamente.  Hay un brevísimo oscuro total, luego del cual se aprecia a la pareja inmovilizada en un abrazo.  Se repite el breve corte de luz.  La pareja ha iniciado un tímido beso.  De nuevo breve corte.  El beso, siempre inmóvil, se torna apasionado.  Breve corte.  Ella está desmadejada en sus brazos.  Lánguida y en extasis).  Sí, me gustó.  (Pausa. A la cabina de luces).  ¿Podemos repetirlo?  (Sonríe ante el supuesto asentimiento.  Se repite la escena, esta vez sin cortes, en cámara lenta y con una música de fondo hermosa, sin llegar a ser edulcorada.  Breve oscuro total.  Al iluminarse la escena, la Actriz  está a solas).

 

ACTRIZ:   (A la cabina).  Gracias.  (A público).  Nuestro noviazgo prosperó.  Compré galletas de paquete, despedí a mi manager y me hice devota del culto de Afrodita.  Eso sí, conservando con gran dolor de mi parte, ciertos límites infranqueables por aquello de la decencia.  Nunca me imaginé qué cosa tan fea puede llegar a ser la decencia.

             Pero yo quería ser consecuente con la moral que me habían inculcado y creía sinceramente en la virginidad.  En la mía.  Y en la de él, por supuesto.  Cuando Moisés, debidamente apertrechado con las tablas de la ley, espetó sulfurado su “No fornicarás” sobre el pueblo de Israel sorprendido en plena festichola, no dijo:  “Atención, señoritas, se prohíbe terminantemente abandonar el himen en la Sección de Objetos Perdidos.  Favor de sentarse con las piernas cerradas.”  No, él “No fornicarás” era de aplicación directa, expedita e inmediata  sobre cuanto bicho humano la tierra pisare, varón que sea o hembra, sea su virginidad o no verificable, constatable y/o comprobable.

             Además, era de lógica:  si las mujeres debíamos llegar vírgenes al matrimonio  ¿con quién se iban a acostar los hombres?  ¿Con las casadas?  Imposible.

             Estaba, por ende, segura de obtener para mi noche de bodas un doncel impoluto, intacto, inmaculado, crocante, crujiente: virgen. Para consumir en el acto.

             Error.  Les tengo una noticia:  los hombres no llegan vírgenes más allá de los cincuenta metros.  Con quien sea, como sea y donde sea, con tal de marcar  su territorio.  Igual que otro tipo de cuadrúpedos.  De hecho se le llama en psicoanálisis el “complejo canino compulsivo”.

             Pero, ¿cómo?, me dirán ustedes escandalizados.  ¡Qué tontería!  En un país piadoso, creyente y practicante, ¿con quién iban los mozalbetes a perder su doncellez? 

             ¡Ah! Hete aquí otro descubrimiento.  Lo que nunca nos contó Moisés ni me enseñaron en el catecismo, es que  hay dos tipos de mujeres:  la una y la otra.  La una era yo, la noviecita pulcra, digna de ser presentada a mamita, y la otra era “la otra”, la que podía comerse al novio entero, sin cubiertos y con mostaza.  Y según las malas lenguas, yo estaba en franca desventaja ante la competencia desleal que ejercía “la otra”, adquirida por mi noviecito.  Los celos me corroían, pero no me atrevía a decir nada.  Trataba, simplemente, de conservar la dignidad con mi actitud casta.

             (Breve apagón.  Al encenderse las luces los novios están besándose desaforadamente, casi acostados sobre el sofá.  Cuando la situación se vuelve crítica, el Actor se pone repentinamente de pie e inicia un monólogo tendiente a hacer desaparecer su erección.  La novia le imita acuclillada.  La voz de él tapará la de ella). 

 

PRIMER NOVIO:       Extensión de la fórmula de Euler a columnas con otras condiciones de extremo:  Sea una columna con dos extremos empotrados A y B.  La simetría de los apoyos y de la carga con respecto a un eje horizontal a través del punto medio C requiere que la fuerza cortante en C y los componentes horizontales de las reacciones A y B sean cero.  (Se percata de que ella también monologa y se calla para escucharla.  Sólo se alcanzarán a oír sus palabras finales).

 

ALICIA:    ...me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno.  Ayudada de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir con la penitencia que me fuere impuesta.  Amén.

 

PRIMER NOVIO:       Esto es ridículo.  No puedo seguir así.  Parece más una sesión de lucha libre  que un noviazgo.  Esto me pasa por meterme con mocosas.

 

ALICIA:    (Casi llorando).  Vos fuiste el que tuvo la ocurrencia de besarme.  Yo no quería.

 

PRIMER NOVIO:       Qué tal que sí hubieras querido.  Estoy harto de marcar en día fijo, con hora fija, en un sofá fijo.  Tu mamá me pone cara de escopeta, tu papá no sabe cómo me llamo y tu hermano me echa azúcar en el tanque de gasolina.  Hasta aquí llegamos.

 

ALICIA:    Lo que estás es harto de marcar con novia fija.  Si te vas es porque también estás saliendo con otra. 

 

PRIMER NOVIO:       ¡Eso no es cierto!  (Pausa).  ¿Quién te lo dijo?

 

ALICIA:    Me mentiste cuando me dijiste que me querías.

 

PRIMER NOVIO:       ¡Yo no estoy enamorado de ninguna!  (Pausa).  ¡De nadie!

 

ALICIA:    Sos un salvaje sin maneras.  Me enamoré de vos sólo porque te acordaste de mi nombre.

 

PRIMER NOVIO:       Fue muy fácil.  Mi tía, que es monja cartuja, se llama Alicia.  (Se va.  La Actriz lanza el ramo de azahares por donde él desapareció).

 

ALICIA:    ¡Feo!  (A público).  Este meteórico noviazgo fue, pues, mi segunda decepción amorosa, contando mi fracaso inicial con papá.  Tenía el corazón lleno de escoriaciones varias y el ego totalmente fracturado.  Mamá estaba aliviada, Andrés estaba aburrido y papá... Papá tenía otra.  Papá también tenía otra.  Lo que en plata blanca significaba que ahora yo debía compartir el cada vez más leve porcentaje de papá que me correspondía, con sus amigos, las truchas, Andrés, mamá y la otra.  Fingíamos no darnos cuenta, viendo para el techo, pero mamá lloraba a escondidas y papá se perfumaba en público.  Decidí, pues, que era  a él a quien debía pasarle la factura.  (Entra el Actor apresurado, a medio ponerse el saco y con una botella de agua de colonia en la mano).

 

PADRE:    (Buscando).  Mi cielo, ¿no has visto mis llaves?  Se me hace tarde.  (Se aplica colonia en el rostro recién rasurado).  ¡Carajo, cómo quema!  (Viendo el frasco).  ¿Qué es esto?  ¿Listerine? 

 

ALICIA:    (Gimoteando).  Me dejó.

 

PADRE:    ¿Qué?

 

ALICIA:    ¡Me dejó!  ¡Me dejó!

 

PADRE:    ¿Te dejó ir adónde, tu mamá?  ¿Y si te dejó por qué te quejás?  Amor:  ¿mis llaves?

 

ALICIA:    Mi novio, papá, mi novio.  Terminó conmigo.

 

PADRE:    ¡Es cierto!  Tenías un novio.  (Tratando de sacar el último residuo de colonia).  ¿Así que se fue? 

 

ALICIA:    (Gimotea de nuevo).  Sí, le di mi corazón y lo usó de cenicero.  ¡No es más que un farsante, un alacrán, un vendepatrias!  (Trata  de abrazar a su padre).

 

PADRE:    (Rechazándola sin violencia).  ¡No, no, no, corazoncito, que me arrugás el saco!  ¡Pobrecita, pobrecita!  (Le acaricia el pelo y le besa la cabeza.  Desarrugándose el traje).   ¿Qué le hizo ese tal por cual a mi bebé?  (Encuentra las llaves en un bolsillo).  ¡Mirá, qué bien, aquí estaban!  Gracias, muñeca.  (Continúa arreglándose). 

 

ALICIA:    (Tratando de irritarlo).  De todas formas era un asqueroso:  lo único que le interesaba era besarme demasiado.

 

PADRE:    (Con súbito interés).  ¿Ah, sí?  Espero que no muy gravemente.  Tu mamá no me dijo nada.  Mejor que desapareció del mapa.  Hay que desconfiar de ese tipo de hombres.  Lo único que quieren es ver qué agarran y ojalá de gratis.  Y después, si te vi ni me acuerdo.  ¡Conozco a más de uno!  Basura, mi amor, basura.  (Le besa rápidamente las dos manos). 

 

ALICIA:    ¡Me engañó con otra, ese batracio infame! 

 

Padre:  (Nervioso).  Sí, sí, sí, definitivamente un batracio sin moral ninguna.  Escandaloso, escandaloso.  Te portaste muy señorita, lo pusiste en su lugar.  Débora, mejor que se fue.  (Va a salir). 

 

ALICIA:    ¡No me llamo Débora, no me llamo Débora, no me llamo Débora!

 

PADRE:    (Ofuscado).  ¡Claro que no!  ¿Quién te llamó así?  ¿El?  ¡Un nombre tan ordinario!  Es un imbécil sin remedio.  Muñeca, me voy.  Hablá con tu mamá. 

 

ALICIA:    ¿Dónde está?

 

PADRE:    No sé.  (Bajito).  ¿Dónde está?

 

ALICIA:    ¡No sé!

 

PADRE:    Decile que me fui a mi reunión de... (buscando)  la Sociedad Teosófica.  Adiós, ... (no recuerda su nombre).  ¡Adiós!  (Sale).

 

ALICIA:    (A público).   Débora era el nombre de la Sociedad Teosófica.  (Pausa).  Fracasé en mi ilusión de conseguir a un hombre puro.  Pero no iba a fracasar en mi ilusión de conseguir a un hombre impuro.  Así que reflexioné:  ¿por quién me dejó mi novio?  Por la otra.  ¿Por quién me dejó papá?  Por la otra.  Ergo:  decidí ser la otra.  ¿Cómo era la otra?  La versión humana del spaghetti alla puttanesca, arrabbiata, con aglio, acciughe et molto peperoncino.  (Arranca  la falda exterior de su vestido y queda en una provocativa minifalda).  Y si para conseguir ese ramillete de testosterona que faltaba para iluminar mi vida debía renunciar a mi virginidad, la sacrificaría  como la patria sacrifica a sus héroes:  caería con la frente en alto en cumplimiento del deber.  (Se mira las piernas y las junta con gesto recatado.  Suspira).  Spaghetti alla puttanesca.  ¡Yo, que no llegaba ni a lasaña de espinacas!  Me sentía fea, me sentía flaca, me sentía gorda, me sentía más bruta que un queso ricotta.  Tenía vergüenza de ser virgen y vergüenza de llegar a no serlo.  Pero no importaba.  Habría dado cualquier cosa por un hombre en escabeche.

             Así que me lancé al ruedo y luego de un par de amores fugaces que no llegaron ni a escaramuza, entré a la universidad, frecuenté intelectuales y me inscribí en filosofía para asustar a papá.  Conocí en uno de los cursos a un estudiante avanzado.  Me enamoré de él con amor de náufrago, quemé incienso en el altar de su sabiduría, bebí por cucharadas sus frases elocuentes y acabé un día por acompañarlo, con cierto grado de pánico, a su modesto, pero inconformista, independiente y contestatario apartamento de hombre libre.  (Se sienta en el sofá.  Entra el Actor.  Va en camisa, fuma pipa y lleva los anteojos de John Lennon.  Trae dos copas de vino.  Le ofrece una a ella y luego se sienta en el suelo).

 

FILOSOFO:       Bueno, este es mi refugio.  Aquí me aíslo del mundo. 

 

ALICIA:    Precioso.

 

FILOSOFO:       No exageremos.  Es apenas un espacio para establecer algunos rasgos de la propia identidad.

 

ALICIA:    Eso mismo pensé.

 

FILOSOFO:       (Mientras al descuido le acaricia las piernas).  Aquí reflexiono, escribo mis artículos, leo como endemoniado.  Y de vez en cuando recibo a algunas amigas compasivas que me hacen olvidar mi soledad. 

 

ALICIA:    ¿Ah, sí?  (Tras una pausa).  Traje galletas.

 

FILOSOFO:       (Sonríe).  ¿Con vino? 

 

ALICIA:    Las hice yo.

 

FILOSOFO:       (Como si le hubiera dicho que era reductora de cabezas).  ¿Hacés galletas?

 

ALICIA:    ¿No te gustan?

 

FILOSOFO:       ¿No te parece un poco estereotipado?  ¿Te das cuenta de todo lo que pudiste haber hecho durante ese lapso de tiempo que se esfumó para siempre?  (En seductor).  ¿Te das cuenta de lo que podemos hacer en ese mismo lapso, aquí y ahora?

 

ALICIA:    No sé si soy tan compasiva.  (Pausa).  De hecho no lo he sido nunca.

 

FILOSOFO:       ¿De verdad?  (La besa).  Eso plantea nuevas perspectivas.  (La acaricia mientras empieza a desabrocharle la ropa). 

 

ALICIA:    ¿Ah, sí?

 

FILOSOFO:       Sí.  (Continúa acariciándola).  Así.  Así.

 

ALICIA:    Ay, sí.  Ay, sí.  Te quiero.  Te quiero tanto.  Te adoro.  (Se besan con entusiasmo creciente.  El intenta acariciarle el pecho.  Ella lo rechaza).  Tengo frío.

 

FILOSOFO:       De eso me encargo yo.

 

ALICIA:    Tengo sed.

 

FILOSOFO:       ¿Más vino?  (Ella niega con la cabeza). 

 

ALICIA:    ¡Tengo miedo! 

 

FILOSOFO:       ¿Por qué?  Voy a llevarte al cielo, preciosa.  A la estratosfera.  (La besa).

 

ALICIA:    Sí, sí... te quiero.  Te quiero para siempre.  (El intenta tocarla de nuevo y ella lo rechaza con más fuerza).

 

FILOSOFO:       (Molesto).  Por favor, Alicia, no seás convencional.  Nadie puede predecir cuánto va a durar una relación.  Eso no es más que una necesidad enfermiza de encadenar el objeto de nuestro deseo, de sojuzgarlo, de coartar su plenitud.

 

ALICIA:    Lo siento.  (Con el mismo tono enamorado).  No te quiero para siempre.  No te quiero para siempre.  Pero te quiero tanto.  (Esperando ser correspondida).  Te quiero tanto.  (Pausa y expectativa).  Te quiero tanto.

 

FILOSOFO:       (Incómodo).  ¡No me querás tanto!  ¡Me estás acosando!

 

ALICIA:    ¡Creí que también me querías!

 

FILOSOFO:       El amor no puede encasillarse tan burdamente.  Lo tuyo no es más que un afán exclusivista, posesivo y castrante.  Ustedes las mujeres tienen una necesidad infantil de seguridad, que por suerte los hombres no tenemos.  Deberían aprender de nosotros la capacidad de autonomía, la independencia emocional y la madurez para enfrentar conflictos.

 

ALICIA:    Ya veo.  (Empieza a abrocharse la ropa).

 

FILOSOFO:       ¿Te vas?

 

ALICIA:    No me voy.  Papá viene a recogerme.

 

FILOSOFO:       (Indignado).  ¿Le diste la dirección de mi refugio?  ¿Te das cuenta de que estás violentando mi privacidad?  (Muy asustado).  ¿A qué hora le dijiste que viniera?  ¿Qué hora es?  Los padres convencionales pueden tener reacciones muy desconcertantes.

 

ALICIA:    Es una broma.  Voy a tomar un taxi.

 

FILOSOFO:       ¡Alicia!  No vas a irte ahora, dejándome así.

 

ALICIA:    ¿Así cómo?

 

FILOSOFO:       Con el corazón.... erguido.

 

ALICIA:    Lo siento.  Me voy.

 

FILOSOFO:       Está bien.  ¡Pero no me llamés!  He sufrido demasiadas veces en mi vida esperando escuchar el timbre del teléfono.

 

ALICIA:    ¿Ah, sí?

 

FILOSOFO:       Prefiero la angustia de mi soledad.

 

ALICIA:    Bueno, no quería herirte.

 

FILOSOFO:       Estoy acostumbrado.

 

ALICIA:      No digás eso.

 

FILOSOFO:       Me dio gusto tenerte aquí.  Iluminaste esta madriguera.

 

ALICIA:    Amor mío... (Se besan de nuevo, pasando de la ternura a la pasión).

 

FILOSOFO:       Preciosa...

 

ALICIA:    Amor mío...

 

FILOSOFO:       Preciosa...  (Empieza a desabrocharse el pantalón).

 

ALICIA:    (Grita).   ¡No!

 

FILOSOFO:       (Se asusta).  ¿Qué pasa?

 

ALICIA:    ¡Apagá la luz!

 

FILOSOFO:       Lo decís como si fueras a ver a Nosferatu.

 

ALICIA:    Lo siento, no puedo.  ¡Apagá la luz!

 

FILOSOFO:       (Encogiéndose de hombros).  Bueno...

 

ALICIA:    (A la cabina de luces).  ¡Apagá la luz!  (Oscuro total.  Se escuchan las voces de los actores). 

 

FILOSOFO:       Alicia, estás deliciosa...  Dulce higo berberí, dátil de Marruecos...

 

ALICIA:    ¿Qué?

 

FILOSOFO:       Nefertiti faraona, exultante Helena...

 

ALICIA:    ¿Quién es Helena?

 

FILOSOFO:       Mi Beatriz del Dante, candente Venus Afrodita, Cleopatra complaciente, esplendorosa flor de las... (Sorprendido).  ¿Dónde estás?

 

ALICIA:    ¡Ayúdame, San Cirilo!

 

FILOSOFO:       Dejame, por favor, dejame. 

 

ALICIA:    ¡San Hipólito!  ¡Santa Prisca! 

 

FILOSOFO:       ¡Por piedad, Alicia!

 

ALICIA:    ¡San Cayetano, no me abandones! (Súbitamente).  ¡Qué horror!  ¿Qué es esto?

 

FILOSOFO:       (Fastidiado).  ¿Según vos, qué puede ser?  (Suplicante).  Alicia, soy un pésimo violador.  ¡Por favor, abrí las piernas!  Un poquito, un poquitico, apenas... un... poquito... (revelando esfuerzo)   un poquitico...

 

ALICIA:    (Horrorizada).  ¡San Miguel Arcángel... (complacida)  y su espada de fuego! (Complacidísima).  Santa María Magdalena.  ¡Extasis de Santa Teresa!  Amor mío, ¡te adoro!

 

FILOSOFO:       ¡Estás riquísima!

 

ALICIA:    Te quiero tanto, te quiero tanto, te quiero tanto, te quiero...

 

FILOSOFO:       Dejá de hablar que me desconcentrás.  (Concentrándose y ennumerando filósofos con tono de excitación sexual).  Estás estupenda, ¡por Hesíodo y las leyes de la naturaleza!  Inspírame Heráclito, Sócrates, Demócrito...

 

ALICIA:    ¿Qué te pasa?

 

FILOSOFO:       Nada, me estoy concentrando.  (Continúa).  Platón, Aristóteles, Epicuro, Santo Tomás de Aquino...

 

ALICIA:    ¡Santa Eduviges!

 

FILOSOFO:       ¡Por favor, dejá de nombrar santos!

 

ALICIA:    Si fuiste vos...  ¡Ay, ay, ay!

 

FILOSOFO:       ¿Estás excitada?

 

ALICIA:    ¡No, me estás metiendo el codo en el ojo!

 

FILOSOFO:       ¡Es que no veo nada!  ¡Descartes, Voltaire, Kant, Hegel!  ¡Marx!  (Culminando).  ¡Heidegger! (Pausa).   ¿Estás bien?  (Ufano).  ¿Qué te pareció?

 

ALICIA:    Yo apenas iba por Aristóteles.  (Se ilumina el escenario.  El está tirado sobre el sofá, a medio vestir, fumando pipa.  Ella está descalza, acuclillada a sus pies).

 

FILOSOFO:       (Luego de una pausa, sin mirarla).  No te preocupés, todas las mujeres son lentas.

 

ALICIA:    Te quiero.

 

FILOSOFO:       Tengo hambre.  (Breve oscuro total.  Se ilumina el escenario.  La Actriz , a solas). 

 

ALICIA:    (A público).  Me sentía triste, me sentía tonta, me sentía torpe.  Una tarada sexual, con mi pasión de cajita de fósforos ahogada por el aguacero.  Eso era el amor:  un hombre haciendo lagartijas encima mío.  ¿Y por qué siempre tienen que pedirme de comer?  (Entra el Actor).

 

FILOSOFO:       (Contento).  Ya casi lo termino.  Es mi mejor artículo.  Por fin puedo publicar en la revista de la facultad, gracias a que Ernesto está ahora en el Consejo de Redacción, si no, olvidate.  Son unos mediocres envidiosos.

 

ALICIA:    ¿Ernesto?

 

FILOSOFO:       Ese amigo que te presenté el otro día.

 

ALICIA:    Me va a dar Filosofía del Arte.

 

FILOSOFO:       ¿En serio?  Estupendo.  El es excelente.

 

ALICIA:    ¿Puedo leerlo?

 

FILOSOFO:       Por supuesto.  (Se lo da). 

 

ALICIA:    ¿De quién es esta letra?

 

FILOSOFO:       Dejame ver... (Toma el artículo).  Ah, sí.  De una amiga.

 

ALICIA:    ¿Te lo corrige?

 

FILOSOFO:       Eso cree ella.

 

ALICIA:    ¿Estuvo aquí?

 

FILOSOFO:       Ya empezamos.  Alicia, no soy tu propiedad privada.

 

ALICIA:    Sólo quería saber si estuvo aquí.

 

FILOSOFO:       Sí, estuvo aquí.  (Pausa).  ¿Algún problema?

 

ALICIA:    No.  (Pausa).  ¿Y quién es la otra, ella o yo?

 

FILOSOFO:       Conmigo no hay “otra”.  Creo en relaciones libres y adultas, sin ataduras, sin engaños.  La institución de la pareja no es más que una antigualla obsoleta y absurda, cimentada en el egoísmo burgués y en la necesidad de convertir al ser humano en una adquisición, en un bien de consumo.  Me niego a restringir mis posibilidades de intercambio sexual sólo para complacer una demanda social anquilosada e injusta.

 

ALICIA:    Ya veo.

 

FILOSOFO:       Tu novio, por ejemplo.  Ese famoso que te dejó por otra.  No se hubieran complicado la vida:  seguirías vos con él, él con la otra, yo con vos y estaríamos contentos y realizados los cuatro.

 

ALICIA:    Los cinco.

 

FILOSOFO:       Bueno.  Y mi amiga.

 

ALICIA:    Claro, contentos y realizados.  ¿Y has pensado en lo que ocurriría  si a uno de los cinco le diera un catarro?

 

FILOSOFO:       No me estás tomando en serio.  ¡Alicia!  ¡Somos libres!

 

ALICIA:    ¿Y yo qué soy?  ¿Tu amiga libre?  ¿Tu amante libre?  ¿Me querés o no me querés?

 

FILOSOFO:       ¡Alicia!  Yo... No sé:  sos una estudiante brillante.  Estás llena de cualidades... (La abraza).  Te tengo en muy alta estima.  (Acariciándola).  ¿Acaso no te ofrezco mi compañía, mi apoyo irrestricto, mi sensualidad animal, mi pasión desbocada de bestia lúbrica?

 

ALICIA:    (Suspira).  ¡Ay, San Agapito!  ¿Por qué siempre me abandonas?  (Oscuro total.  Se escuchan las voces de los actores).

 

FILOSOFO:       ¡Heráclito, Sócrates, Platón...

 

ALICIA:    (Sin ganas).  San Ignacio de Loyola.

 

FILOSOFO:       ...Descartes, Voltaire, Kant, Hegel!  ¡Marx!  (Culminando).  ¡Heidegger!

 

ALICIA:    (Finge).  ¡Heidegger!  (Pausa).  ¿Querés spaghetti?

 

FILOSOFO:       Alla puttanesca. (Se ilumina la escena.  El Actor trabaja en su artículo.  La Actriz  está junto a él).

 

ALICIA:    ¿Te falta mucho?

 

FILOSOFO:       Un poco.  Bastante.  ¡No sé!  ¿Podrías hacer silencio?

 

ALICIA:    Puedo venir otro día.

 

FILOSOFO:       ¿Cómo?  (Pausa).  Lo siento, estoy tenso.  Tengo que entregarlo antes del cierre.

 

ALICIA:    Yo también estoy escribiendo un artículo.

 

FILOSOFO:       ¿Vos?

 

ALICIA:    ¿Querés verlo?

 

FILOSOFO:       Ahora no puedo.

 

ALICIA:    (Lo abraza).  Dame un beso.

 

FILOSOFO:       Que hoy no puedo.

 

ALICIA:    (Resignada).  ¿Lasaña de espinacas?

 

FILOSOFO:       (Sin mirarla).  Lasaña de espinacas.  (Oscuro total.  Sólo se escuchan sus voces).   ¡Heráclito, Sócrates, Platón!

 

ALICIA:    Decime que me querés...

 

FILOSOFO:       ¡Aristóteles, Epicuro, Santo Tomás de Aquino!

 

ALICIA:    (Suplicante).  ¡Decime que me querés!

 

FILOSOFO:       ¡No empecés!  (Retomando).  ¡Descartes, Voltaire, Kant, Hegel!  ¡Marx!  (A punto de culminar).  ¡Heideg...!

 

ALICIA:    ¿Es cierto que tu mamá te paga el apartamento?

 

FILOSOFO:       ¡Por el mismísimo demonio!  ¡Alicia!

 

ALICIA:    Lo siento.  (Pausa).  Tengo hambre.  (Se ilumina el escenario.  Ella está tendida en el sofá fumando pipa.  El está sentado a sus pies).

 

FILOSOFO:       (Enfurruñado).  ¿Así que te publican el artículo?

 

ALICIA:    Sí.  Gracias a Ernesto.

 

FILOSOFO:       ¿Ernesto?  ¿Y cómo no publicó el mío?

 

ALICIA:    Dijo que por falta de espacio.

 

FILOSOFO:       ¡Ese traidor!  No te lo puedo creer.

 

ALICIA:    Por favor, no hablés mal de él que estamos saliendo juntos.

 

FILOSOFO:       ¿El, con vos?

 

ALICIA:    Me encuentra brillante.

 

FILOSOFO:       ¿El pendejo ese se tira a mi novia y luego me hace creer que es mi amigo?

 

ALICIA:    Un momento, somos libres, ¿te acordás?

 

FILOSOFO:       Sí, no digo lo contrario, pero podrían avisarme para no hacer el ridículo.

 

ALICIA:    Pero si no te importan las apariencias...

 

FILOSOFO:       Por supuesto que no, el ridículo que lo haga él, saliendo con una hijita de papi y mami, que cuando la conocí lo único que sabía era hacer galletas y decir monosílabos.

 

ALICIA:    ¡Sos espantoso!

 

FILOSOFO:       ¡Y ahora te creés capaz de escribir artículos!  ¡Pero si ni el amor sabés hacer!  ¡En cámara lenta y recitando el santoral!

 

ALICIA:    (Furiosa).  Primero:  Es verdad que me publican el artículo.  Segundo:  Es mentira que salgo con Ernesto.  Tercero:  Las mujeres no somos lentas, sino que todavía no te has enterado de que uno no se toma una botella de vino en cinco minutos de reloj.  Y cuarto:  Andate al carajo de una buena vez por todas.  (Hace ademán de marcharse).

 

FILOSOFO:  ¿Y se puede saber sobre qué es tu magistral y esclarecedor artículo?

 

ALICIA:    Sobre un santo que no conocés ni por el forro.

 

FILOSOFO:       ¡No te lo puedo creer!  ¿Santa Frígida? 

 

ALICIA:    ¡No!  ¡San Clítoris Arcángel!  (Sale.  Oscuro total.  Si en el espectáculo se deseara hacer un intermedio, podría ubicarse aquí.  Al iluminarse el escenario, la Actriz se encuentra sola). 

 

ALICIA:    ¡Desdichado!  ¡Malparido!  ¡Ampolla, pústula, bodrio!  ¡Adefesio emocional!  ¡Amoricida!  ¡Egodicto!  ¡Puercólatra!  ¡Pécoro!  ¡Idi Amin!  ¡Neoliberal!  ¡Cardumen!  (Escucha algo que le dicen de la cabina de luces).  ¿Qué?  (Pausa).  ¿Qué me importa que cardumen no sea insulto?  ¿Querés insultos?  ¡Hijo de la gran pííííp!  (Imita el sonido con el que se censuran en la televisión las malas palabras).  ¡Pedazo de pííííp!  ¡Andate cuarenta veces a la repííííp!  ¡Pííííp! ¡Píp! ¡Píp! ¡Píp!  (Pausa final).   ¡Pííííp!  (Se detiene agotada.  Súbitamente.  Con aire feroz).  Papá.  ¿Dónde está papá?  (Cambiando al tono narrativo).   Papá estaba en la quiebra.  No había aún terminado de divorciarse de mamá, que ya su Débora lo había desplumado.  Ya no vivía con nosotros.  Quise ir a verlo.  A alquien tenía que decirle que estuve perdidamente enamorada.  (Perdidamente, claro, ahora entiendo, se dice, por lo de pérdida de tiempo, pérdida de bilis, pérdida de hormonas, neuronas y saliva).  Mi decisión tenía un no sé qué de kamikaze, si tomamos en cuenta el detalle de la supresión de mi virginidad.  Pero... nunca se sabe.  Tal vez por fin me prestaría atención.  Tal vez por fin podría decirle a alguien que lo que yo quería era un falo.  Pero con todo y la persona que tiene por detrás.  (Sale.  Entra el Actor hablando por teléfono, con un trago en la mano). 

 

PADRE:    Mirá, Roberto, la cosa está así:  ella quiere la casa y que yo me deje el carro (como si esa lata fuera comparable con lo que ella me quita), y por los estudios de los niños más encima pide una pensión.  ¡Pues por su linda cara, seguramente!  ¡No, Débora no!  ¡La otra!  ¡Quiero decir, mi mujer!  ¡No!  ¡La madre de mis hijos!  Roberto ¿me estás escuchando?  ¿Quién?  ¿Estás en tu bufete o dónde estás?  (Entra la Actriz).    ¿Cuál?  ¿La última?  ¿Cómo querés que yo sepa cuál es tu última?  ¡La mitad de las mujeres del área metropolitana  han sido tu última!  (A la Actriz).  Hola, mi amor.  (A Roberto).  ¡No, no es a vos, carajo!  Yo no soy tu última, que yo sepa. Es a mi hija.  ¿Mi hija?  ¡Mirá, lavate el hocico antes de pronunciar el nombre de mi hija!  (A la Actriz, preocupado).  ¿Has salido alguna vez con Roberto?  (Ella niega con la cabeza).  Pedazo de sátiro, tené cuidado con lo que decís.  ¡Te digo que la pensión!  Que la colmilluda quiere despellejarme y más encima clavarme una pensión.  (A la Actriz, con dulzura).  Ya voy, muñeca.   ¿Todos bien en casa?  (Ella asiente y luego niega).  ¡Roberto...!  Bueno, en tres minutos.  Pero no te me escapés.  (Pausa).  ¿Cinco minutos?  ¿Qué querés, embarazarla?  ¡Ajj!  Ya te llamo.  (Cuelga.  Bebe de su vaso).  Hola, muñeca.  (La besa).

 

ALICIA:    Hola, papá.

 

PADRE:    ¿Y?  ¿Qué te trae?

 

ALICIA:    Pasaba por aquí.

 

PADRE:    ¿Querés un trago? 

 

ALICIA:    Es muy temprano.

 

PADRE:    Yo... es por el calor.  Refresca.

 

ALICIA:    Hace frío.

 

PADRE:    (Molesto).  Pues por el frío.  Me hace entrar en calor.  ¿Qué tal Andrés?  Hace rato no lo veo.

 

ALICIA:    Está costando que estudie.

 

PADRE:    Eso me dijo tu mamá.  ¿Y tu mamá?

 

ALICIA:    Como siempre.  ¿Y Débora?

 

PADRE:    Débora... De viaje.

 

ALICIA:    ¿Ah, sí? Viaja mucho.

 

PADRE:    Sí.  (Pausa).

 

ALICIA:    Escribí un artículo y me lo van a publicar en la revista de la facultad.

 

PADRE:    (Bebe).  ¿Ah, sí?  En la facultad...

 

ALICIA:    De filosofía.

 

PADRE:    ¿Filosofía?  ¿Estudiás filosofía?

 

ALICIA:    Sí, filosofía.

 

PADRE:    ¿Y con eso de qué te graduás después?  ¿De filósofa?  ¿En eso gasta tu madre mi dinero?  Bueno, no hay problema.  En todas partes necesitan un filósofo.  ¿Has visto los anuncios?  “Empresa prestigiosa requiere los servicios de filósofo con experiencia, para manejo de desechos tóxicos.  Enviar curriculum  a la Sócrates International Corporation.”  (Bebe).

 

ALICIA:    Nunca te había visto tan amargado.

 

PADRE:    Lo siento, cariño.  Es culpa de Roberto.  Se le atasca la de arriba  (se toca la cabeza)  cuando le funciona la de abajo, y la de abajo nunca le para de funcionar.

 

ALICIA:    Es un mal frecuente.

 

PADRE:    (Incómodo).  Me decías que publicaste un artículo.

 

ALICIA:    Me lo van a publicar, y apenas estoy comenzando.  (Pausa).  No está tan mal,  ¿verdad?

 

PADRE:    No, no.  Está muy bien.  ¡Pero cambiá de carrera!, ¿qué querés que te diga?  Las mujeres en el fondo están hechas para el matrimonio.

 

ALICIA:    A propósito, he estado saliendo con un... tipo.

 

PADRE:    (Marcando el número).  ¿Tipo?  ¿Qué tipo?

 

ALICIA:    Un mal tipo.

 

PADRE:    ¿Aló?  ¿Roberto?  Te espero.  (A ella).  ¿Cómo, mal tipo?

 

ALICIA:    No sé cómo decírtelo...  Creí que me quería y...

 

PADRE:    No deberías salir con esa clase de hombres.  Hay algunos a los que sí les gustaría casarse,  ¿sabés?  Y vos ya estás en edad.  Además, a como estoy, no voy a durar mucho manteniendo tanta familia.  (Cayendo en la cuenta).  ¿Es filósofo?

 

ALICIA:    Sí.

 

PADRE:    Pésimo tipo.  ¿Roberto?  ¿Al fin qué averiguaste? 

 

ALICIA:    Mal tipo en el sentido de que me engañó...  Me hizo creer que me apoyaba y a la hora de la verdad no era más que un egoísta...

 

PADRE:    ¿La ley?  ¿Qué ley?  ¿Y quiénes son los mamitas que hicieron esa ley?

 

ALICIA:    Un pretencioso, frívolo, vacío.  Miserable. 

 

PADRE:    ¡Qué se la metan donde les quepa!  ¡Tiene que haber otra ley que le haga la contra!  ¡Una contraley!

 

ALICIA:    Impotente emocional, eyaculador precoz.

 

PADRE:    (A ella).  ¿Qué dijiste?

 

ALICIA:    Nada, papá, nada. 

 

PADRE:    ¡Igualdad real, tu abuela!  ¿Débora?  ¿Cómo, Débora?  ¡Te hablo de mi mujer!  ¡Mi ex-mujer, no mi ex-Débora!  ¡Que lo que quiero es divorciarme y...!

 

ALICIA:    (Rápidamente).  Me acosté con él, papá.

 

PADRE:    (A ella).  ¿Cómo?

 

ALICIA:    Con el mal tipo.

 

PADRE:    ¿Qué fue lo que pasó con tu filósofo?  (A Roberto).  ¡No!  ¡No te me vas!  ¿A tu bufete?  ¡Quince veces y nunca estás!

 

ALICIA:    (Desolada).  Con “eso” me acosté.  Papá...

 

PADRE:    ¡Lo que parecés es un perro de cantina!  ¡Breteá, pendejo!

 

ALICIA:    Papá...

 

PADRE:    (A ella).  ¡Dame un momento, Penélope!  (A Roberto).  ¡Pues dejá de joder y componé de una vez por todas!  ¡Maricona será tu madre!

 

ALICIA:    Papá...

 

PADRE:    ¿Yo?  ¡A ver!  ¡Traeme  a tu hermana a ver si no me la tiro!

 

ALICIA:    (Grita).  ¡Papá, me acosté con Heidegger!  (Largo silencio).

 

PADRE:    ¿Heidegger?  ¿Quién putas es Heidegger?

 

ALICIA:    (Asustada).  Es... el nombre de mi artículo.  Es una metáfora.

 

PADRE:    (A Roberto, sin dejar de mirarla).  Después te llamo.  (Corta.  Oscuro total.  Luz.  La Actriz a solas).

 

ALICIA:    (A público).  Sí, ya sé.  No me miren así.  No se lo dije.  Pero ¿quién hubiera podido?  (Triste).  Papá y yo somos lo que se llama “conocidos”, pero nunca hemos llegado verdaderamente a intimar.  ¿Qué iba a decirle?  “Hola, ¿qué tal? ¿Ya te divorciaste de mamá?”  “¿Y vos qué, no te has casado?  ¿Cómo dijiste que te llamabas?”  “Cordelia, papá.  Tengo nombre de cordero degollado.”  “¡Ah, cuánto me alegro!”  “Y me acosté con un patán.”  “¿Te desvirgaron?  Mirá qué cosa.  ¿Por qué no me mandás un fax?”  “Mañana mismo.”  “Ojalá te pongás bien.  ¡Hasta lueguito!”  “ 'Ta luego, papi.  ¡Hasta tu próxima querida!”.

             A pesar de todo seguí sus consejos.  En materia de hombres, él sabría de lo que hablaba.  Y yo quería a alguien estable, maduro, leal, comprometido.  Y que perdiera la chaveta por mí.  Lo que todavía no alcanzaba a comprender, es que los hombres, la chaveta, la tienen pegada con ConcreMix.  (Oscuro total.  Al iluminarse el escenario los actores están sentados en una mesita.  Sobre ella dos tragos.  El Actor está impecablemente vestido, pero en lugar de corbatín lleva corbata.  Actúa nerviosa y agitadamente.  Se escuchan ruidos de restaurante).

 

YUPI:   (Luego de una pausa, tendiéndole la mano).  Honey?  (La Actriz, condescendiente, le da la suya.  Sonríen).  Perdoná.  (Retira su mano para sacar del saco unas pastillas.  Masca una con fruición).  Para la acidez.  ¿Querés una? 

 

ALICIA:    No, gracias.  (El le toma la mano de nuevo).  Me encanta este lugar.

 

YUPI:   Es mi preferido.  Uno de los pocos en los que puedo sentirme como en Europa.  Todavía no me acostumbro. 

 

ALICIA:    ¿Qué estudiaste allá?

 

YUPI:   Saqué un posgrado.  Bueno, en realidad, un curso de especialización.

 

ALICIA:    ¿Un año?

 

YUPI:   Sí.  Bueno, en realidad, un verano.  Un verano largo.

 

ALICIA:    Comprendo.

 

YUPI:   Hace calor.  (Se seca el sudor con un pañuelo).  Deberíamos brindar.  Espero que esta noche no la olvidemos nunca.

 

ALICIA:    Eso espero.

 

YUPI:   (Alzando su vaso).  Por esta cita... Perdoná un momento. (Saca otra pastilla del saco).  Para el hígado.

 

ALICIA:    ¿Te molesta?

 

YUPI:   Ahora no.  Después de la cena.  Es por prevención.  (Se toma la pastilla con el trago.  Brinda).  Por esta cita y las que vendrán.  (Beben). 

 

ALICIA:    ¿Y qué pensás hacer ahora que volviste?

 

YUPI:   Todo.  Llegar a la cima con los semáforos en verde.  Me esperan Christian Dior, Givenchy, Rolex.  (Ríe).  No, hablando en serio, antes de los cuarenta quisiera consolidar un capital, alcanzar una curul, o ¿por qué no?, nunca se sabe, un ministerio y tener tres o cuatro hijos.

 

ALICIA:    ¿Nada más?

 

YUPI:   Soy ambicioso.  Si no nunca me hubiera atrevido a invitar a una muchacha tan hermosa.  ¿No es cierto?

 

ALICIA:    Sos la primera persona que me dice eso.

 

YUPI:   I just can’t believe you.  But, sweetheart, you’re gorgeous! (Le besa la mano).

 

ALICIA:    (Sonriente).  ¿Siempre les decís eso a las muchachas?

 

YUPI:   Honey, mis intenciones son serias.  Yo soy serio.

 

ALICIA:    ¿Te gustan los niños?

 

YUPI:   Me encantan.  A tal punto que me he propuesto llegar a ser uno.  (Ella se ríe).  Sólo para que me tomés en adopción.  (Ríe de nuevo).  Te ves preciosa cuando te reís.  Va a ser culpa tuya si digo estupideces toda la noche.  Perdoná.  (Saca otra pastilla.  La toma).

 

ALICIA:    ¿Y esa?

 

YUPI:   Para la hipertensión.  Estamos trabajando a marchas forzadas en el bufete con el caso ese de la pesca de atún, no sé si has leído algo...

 

ALICIA:    (Bromeando).  ¿Esa poderosa compañía extranjera?

 

YUPI:   (Orgulloso).  Exactamente.  Nosotros somos sus poderosos representantes.

 

ALICIA:    ¿La que acusan de pesca ilegal?

 

YUPI:   Infundios.  Perversión legal.  Vamos a cambiar ese bodrio de ley.

 

ALICIA:    ¿Pero el atún no es nuestro?

 

YUPI:   ¿Y qué?  ¿Qué hacemos con que esté solo y abandonado en el agua?  Si no lo vamos a aprovechar, que lo aprovechen otros.  Por algo hacen mejor las cosas.  El nuestro es un pueblo de inútiles y así nos va.  Además, business es business.

 

ALICIA:    No sé.  ¿Vos venderías a tu abuela sólo porque está pensionada?

 

YUPI:   (Ríe).    ¡Depende a cuánto me la compren!

 

ALICIA:    No es ni vender el atún, ¡es regalarlo!

 

YUPI:   (Acariciándole  la cabeza).  ¿Y qué?  Todas esas consideraciones son muy femeninas.  No le ves la parte sexy, lucrativa.

 

ALICIA:    Quizás.  Desde jovencita tengo una gran incompatibilidad sexual con los pescados.

 

YUPI:   Qué pena.  No hablemos más de trabajo o me tomo un ansiolítico.  Hablemos de algo más lírico.  Vos, por ejemplo.  ¿Cómo va tu carrera?

 

ALICIA:    Bueno, no me arrepiento de haber dejado filosofía.   Artes plásticas me gusta mucho.  (Señalando).  Warner, ¿ese no es el expresidente?

 

YUPI:   Oh, my goodness!  ¡Es él, él en persona!  ¿Cómo me veo?  (Se acomoda la corbata). 

 

ALICIA:    Eficiente, empresarial, exitoso.

 

YUPI:   Excelente.  (Lo saluda con la mano).  ¿Qué tal?  ¡Gusto en verlo!  (A ella).  No sé si me vio.  (De nuevo).  ¡Buenas noches!  ¡Qué sorpresa!  (A ella).  No logro que me vea.  (Se seca el sudor.  Saca otra pastilla).

 

ALICIA:    ¿Y esa?

 

YUPI:   El ansiolítico.  (Lo toma).  Disculpá.  Ya vengo.  Tengo que saludarlo.  (Va a retirarse.  Se devuelve y se saca el celular del bolsillo).  Mejor sin interrupciones.  (Entregándoselo).  Cuidámelo mucho.  Es mi mascota.  (Se va.  La Actriz  corrige  su maquillaje velozmente.  El Actor  regresa).  ¡Se acordaba de mi nombre!  Y va a venir después a nuestra mesa a saludarte.

 

ALICIA:    ¿A mí?

 

YUPI:   ¿No te parece estupendo?  Darling, I’m a winner!  (Se frota las manos).  Esta es mi noche de suerte.  Toda la culpa es tuya, preciosa.  (Le besa la mano).

 

ALICIA:    (Ríe).  Cuánta emoción.  Sos muy divertido.

 

YUPI:   ¡Camarero!  Para un servicio tan caro podrían atender mejor.  ¡Camarero!  No me vio.  Bueno, es normal.  Sólo te ven a vos.  Baby, no puedo creer que sea el primero en rendirle el debido homenaje a tu belleza. 

 

ALICIA:    Es cierto.  Me he enamorado realmente un par de veces, pero siempre acaba mal.

 

YUPI:   Eso lo vamos a corregir.  De seguro eran unos imbéciles.  Y un par de historias no son muchas historias.

 

ALICIA:    Bueno, no muchas.  Pero yo las tomé... seriamente.  Sobre todo la última.  El nunca me dijo que me quisiera, pero eso no le impidió acostarse conmigo.  No sólo hablan las palabras, digo yo.  También habla el cuerpo.  Y su cuerpo estaba muy enamorado de mí.

 

YUPI:   (Serio).  ¿Te acostaste con tu novio?

 

ALICIA:    No era exactamente mi novio.

 

YUPI:   ¿No era tu novio?

 

ALICIA:    Bueno, no.

 

YUPI:   ¡Ah!  (Largo silencio).  Duran demasiado con esta comida.  (Pausa).  Decime una cosa.  En tu escuela...

 

ALICIA:    En Bellas Artes.

 

YUPI:   Ahí, si no me equivoco, dibujan modelos desnudos.  Mujeres.

 

ALICIA:    (Desafiante).  Y hombres.

 

YUPI:   ¡Esta Alicia que no quebraba ni un plato!  (Ríe).  ¡Sinvergüenza!

 

ALICIA:    ¿Puedo saber por qué?

 

YUPI:   Por nada.  Mirá... conozco un lugar encantador, un paraíso escondido en la montaña.  Podríamos ir este fin de semana.  Me caería estupendo.  El trabajo me tiene con los nervios al borde del alarido.  (La toma de la barbilla).  ¿Qué te parece, princesa?

 

ALICIA:    Dijiste que este fin de semana iba a conocer a tus padres.

 

YUPI:   Sí, pero... no sé si te van a gustar.  Son muy convencionales, you know.  Hay cosas que no entienden. 

 

ALICIA:    Ya veo.  (Silencio).

 

YUPI:   ¿Y?  ¿Qué me decís? 

 

ALICIA:    Tengo que pensarlo.

 

YUPI:   (Con intención).  Yo no lo parezco, pero puedo ser una fiera, un animal.

 

ALICIA:    (Fría).  Estoy segura.

 

YUPI:   Y he tenido muchas, muchas historias.  Las que llegan a conocerme saben que debajo de esta apariencia formal se esconde un casanova.

 

ALICIA:    Tené cuidado.  Dicen que los casanovas en el fondo son bisexuales.

 

YUPI:   (Grita).  ¡Un momento, yo no soy un maricón!  (Dejan de oírse los ruidos de conversación del restaurante, que luego de una pausa se reanudan poco a poco).  Lo siento.  Perdí el control.  Estoy muy tenso.  Jesus Christ!  El expresidente, ¿me está viendo?  (Ella asiente).  Oh, shit!  Perdoná.  (Busca sus pastillas).  Damn!  Se me acabaron las pastillas.  ¿Tenés cigarrillos?  ¡No!  ¡Ya no fumo!  ¿Chicles?  (Ella niega).  ¿Un confite?  (Ella niega).  ¿Una pastilla para la tos?  (Ella niega).  Alicita, no me malinterpretés.  Si no querés no vamos, era nomás una pregunta.

 

ALICIA:    (Malintencionada).  Yo sé por qué no me llevás donde tus papás.  Lo que pasa es que sos casado.

 

YUPI:   ¿Yo, casado?  ¡Jamás!

 

ALICIA:    No te creo.

 

YUPI:   ¡Preguntá!  ¡Andá al registro!  Tomá:  (le entrega su cédula)  date cuenta vos misma.

 

ALICIA:    Esta no es tu cédula.  Es la de (leyendo)  Cupertino.

 

YUPI:   (Arrebatándosela).  ¡Sí es mía!  ¡No es mía!  Es decir, me llamo Cupertino, pero mis amigos me dicen Warner.  (Bebe).  Por favor, no se lo digás a nadie.  Es... privado.

 

ALICIA:    ¿Que sos un Casanova?

 

YUPI:   (Bajito).  Que me llamo Cupertino.

 

ALICIA:    ¿Cómo?

 

YUPI:   Que me llamo Cupertino.

 

ALICIA:    Está bien... Warner.

 

YUPI:   Gracias.  (Se seca el sudor.  Le hace señas).   ¿Nos está viendo?

 

ALICIA:    No.  (Bebe).  Así que querés casarte y fundar una familia.

 

YUPI:   Sí, sí.  Después.  No hay prisa.

 

ALICIA:    Por la iglesia.

 

YUPI:   Normal.  Soy practicante.

 

ALICIA:    Un verdadero boy scout.

 

YUPI:   (Ríe incómodo).  No he dicho eso.

 

ALICIA:    Apuesto a que fuiste monaguillo.

 

YUPI:   (Inseguro).  Psí...  Adivinaste.

 

ALICIA:    ¿Y te pusiste enaguas?  Hoy te acusarían de travesti.

 

YUPI:   (Molesto).  Alicia, no me puncés que tengo mi carácter.

 

ALICIA:    Apuesto a que en realidad sos virgen.

 

YUPI:   (Se levanta furioso).   ¡Yo no soy virgen!  (Nuevo silencio en el restaurante.  Se sienta deshecho y se seca el sudor.  La interroga con la mirada).

 

ALICIA:    Te está viendo.

 

YUPI:   Alicia, me estás fulminando.

 

ALICIA:    Lo siento.  Mejor me voy.

 

YUPI:   ¡No, por favor no!  ¿Qué va a pensar?  ¡Date cuenta, va a venir a saludarnos!  No seás rencorosa, muñequita, ayudame.  Para mí se juegan muchas cosas.  Lo lamento, lo lamento tanto.  Necesito un break.  (Busca infructuosamente alguna pastilla escondida en sus bolsillos).

 

ALICIA:    Dejame irme.  Esto no tiene sentido.

 

YUPI:   ¡Alicia, esta cena es muy cara!

 

ALICIA:    Creí que tenías mucho dinero.

 

YUPI:   (Molesto). ¡Bueno, andate!  Total, lo facturo como cena de negocios.  (Ella hace ademán de partir).  ¡No, por favor, tené piedad!  ¡Sólo esta noche!  ¡No vas a dejarme solo haciendo el ridículo!  (Ella se sienta.  Largo silencio.  El vuelve tímidamente la cabeza, sonríe y saluda a la otra mesa).  Nos está viendo.

 

ALICIA:    Deberías invitarlo a cenar a él.

 

YUPI:   ¿Creés que no lo he intentado?    ¡No es sino hoy que se fija en vos, digo, que se fija en mí!  ¡Es mi oportunidad!

 

ALICIA:    ¡Pues invitalo a él a tu fin de semana, y dejá de lucirte con esta cualquiera!

 

YUPI:   ¡A mí se me habla en otro tono!  ¡Te dije que tengo mi carácter! 

 

ALICIA:    (Sarcástica) .  No sólo bisexual, sino que el único que te calienta es el señor expresidente.

 

YUPI:   (De pie.  Estalla).  ¡Me limpio el trasero con el expresidente!  (Silencio total en el restaurante.  Se sienta liquidado y se cubre la cara con las manos).

 

ALICIA:    ¡Uy!  Te está viendo muy feo.

 

YUPI:   Dame algo.  Dame algo.  (Se toca el pecho).  ¡Taquicardia!

 

ALICIA:    (Poniéndose de pie).  Me voy.  Buscate otra.  Y llamame cuando tengás el país en baratillo.

 

YUPI:   Honey!  Honey!  ¡No me dejés ahora! 

 

ALICIA:    No quiero tu comida, ni tu trago, ni tu dinero.  Lo siento.  No sé cuidar mascotas.  (Hunde el celular en su vaso.  Se marcha).

 

YUPI:   Honey!  Darling!  Honey! 

 

ALICIA:    (A punto de salir del escenario.  Fuerte).  ¡Por favor, Cupertino, me llamo Alicia!  (Oscuro total.  Luz.  La Actriz, a solas).  La lógica masculina es aplastante.  Aplastante porque te pulveriza bajo la tonelada métrica de su incongruencia:  “Tenés que ser virgen, pero no esperés que virgen sea yo.  ¿Ah, sos virgen?  Entonces no sos competitiva y no te quiero por tarada.  A menos que me des tu prueba de amor.  Pero no te preocupés que si me la das, te dejo y si no me la das, también”.  ¿Qué es lo que quieren los hombres?  ¿Una virgen con pasado?  ¿A Madonna haciendo la primera  comunión?  ¡No!  ¡Peor aún!  Quieren a la madrecita de sus hijos, tonta, ciega, sorda y muda, feroz en la cama como un témpano de hielo, y a cinco kilómetros de distancia a una amante voluptuosa y devoradora, que haga aeróbicos sobre el sitio de su pecado, y esté dispuesta por ellos a reventar en el basurero su juventud y su maternidad, y a pasar las navidades sola, despedazando el mantel de la cena con los dientes.  O mejor aún, amantes de bolsillo, ocasionales, baratas y descartables. 

             Pero si se te ocurre meterlas a las dos, a la santa y a la zorra, en una coctelera y sos una mujer normal, a la que le gustan los niños pero también ese sabroso procedimiento que se sigue para traerlos al mundo, ¡paf!, se les cruzan los cables.  Se les tuerce el cerebro al revés.  Implosionan.  Por supuesto, me refiero únicamente a los hombres de América Latina.  (Piensa).  Y de unos cinco continentes más.  (Toma un teléfono. El Padre aparece al otro lado del escenario con otro teléfono en la mano).

 

ALICIA:    Papá, seguí tu consejo. 

 

PADRE:    ¿Y?

 

ALICIA:    Es más fácil encontrar un dromedario finlandés que a un hombre bueno.

 

PADRE:    (Se oye ebrio).  No hablés como tu madre.

 

ALICIA:    ¿Qué estás tomando?

 

PADRE:    Alka-Seltzer.  (Pausa).  ¿Dónde está Andrés?

 

ALICIA:    Se fue a Australia a tocar música rock.

 

PADRE:    No te burlés.

 

ALICIA:    (Enfática).  Se fue a Australia de baterista de un conjunto rock.  (Pausa).  ¿Y Débora?

 

PADRE:    Se fue a la Cochinchina.

 

ALICIA:    ¿Y tu trabajo?

 

PADRE:    También en Cochinchina.  (Pausa).  María, vení a hacerme algo de comer.  (Sale).

 

ALICIA:    (A  público).  ¡María!  ¿María la criada o María la Santa Madre?  ¡O mejor ambas!  ¡Dame de comer!  ¡Ahora me llamo mamá!  (Grita).  ¡Para que te enterés:  me llamo Lucrecia Borgia, Circe, Morgana!  ¡Dalila!  ¡Medea!  (Llora).  ¡Me llamo Alicia! ¡Me llamo Alicia!  ¡Me llamo Alicia!  (Breve oscuro total.  Al iluminarse la escena la Actriz se encuentra sentada en el sofá, como al inicio de la obra.  Como sabemos, ha perdido su falda larga y además su cabello está en desorden.  El traje de novia tiene algunos descosidos, quizás las mangas, y luce deteriorado.  Lleva el ramito de azahares que le regalara  el Primer Novio.  A público.  Desencantada).  Hola.  Estoy esperando a un hombre.  Puede aparecer alguno en cualquier momento.  (Pausa).  Nunca he tenido uno que pueda llamar propiamente mío.  Los he visto, eso sí, desde niña.  (Del fondo del escenario aparece el Actor.  No lleva saco, sino el chaleco del traje formal, abierto, y las mangas arremangadas.  Trae una bandeja con dos copas, una botella de vino y una vela).

 

MUSICO:  (Ignorando al público).  ¿Quién quiere un hombre y una copa de vino?

 

ALICIA:    (Al público, mientras él enciende la vela).  ¡No puede ser!  Lo siento, no quería hablar de él.  Pero es más fuerte que yo.  (Se integra a la escena con el Actor.  En breve aparte al público).  Este es músico.  (Al actor).  Quiero advertirte que no me gusta que me digan “honey”, me llamo Alicia.  Y no soy virgen. 

 

MUSICO:  (Jovial, sirviendo el vino).  No te preocupés.  No hablo inglés, me encanta tu nombre y me habría extrañado mucho que una mujer tan guapa a estas alturas siguiera siendo virgen.  ¿Bailamos?  (Ella mira sonriente a la cabina hasta que se escucha una música sensual de saxofón.  Bailan).

 

ALICIA:    ¿En qué estás pensando?

 

MUSICO:  No pienso.  Me dedico a ser feliz.  La eternidad debería ser esto:  un saxofón, una botella de vino y una diosa entre los brazos.

 

ALICIA:    Hasta mañana por la mañana, cuando ya no te acordés de mí. 

 

MUSICO:  No me digás eso, Alicia.  Para mí, el amor es como la música:  más tocás un instrumento, más dulce es su sonido.  Dejate querer.

 

ALICIA:    Lo siento.

 

MUSICO:  No quiero que sintás nada, salvo la melodía.  (Interrumpe el baile, aunque la música siempre se escucha).  Mirá, tengo mi método.

 

ALICIA:    ¿Para qué?

 

MUSICO:  Para leer el futuro.  Dame tu mano.  (Ella se la tiende).  A ver... Veo a una mujer estupenda, pero invisible.  Sólo pueden verla los niños, los inocentes y los pájaros moribundos. 

 

ALICIA:    (Divertida).  ¿Y qué sos vos?

 

MUSICO:  Digamos que una mezcla.  Si se duerme bajo un árbol de duraznos, el que los prueba visita el Paraíso.  Si se mira en el agua, el que la bebe se enamora.  Si por ventura, azar o capricho toca la frente de un hombre, este puede construir un palacio o derribar una fortaleza. 

 

ALICIA:      ¿Y si te besa a vos?

 

MUSICO:  ¡Ah!  ¡Eso requiere una concentración más profunda!  (A la mano).  ¿Qué ocurre cuando una diosa se enamora de un mortal?  (Intenta oír lo que le responde la mano).  No escucho bien.  (Oye de nuevo).  No escucho nada.  Creo que es un poco tímida.  (Oye nuevamente).  Ah, no tanto.  Tengo que besarla para que me conteste.  ¡Mirá  qué golosa!  (Empieza a besarle la palma de la mano y el interior de la muñeca con delectación, completamente abandonado a su pasión amorosa, como si sólo esa parte del cuerpo de la Actriz  existiera). 

 

ALICIA:    Tenés razón.  La eternidad debería parecerse a esto.  (Pausa).  Pero todavía no me has dicho mi futuro. 

 

MUSICO:  Alicia, no puedo hablarte.  Ahora soy su súbdito.  (Continúa besando la mano). 

 

ALICIA:    ¿De quién?

 

MUSICO:  De la única mano que puede hundirse en los sueños.  (Continúa en lo suyo).

 

ALICIA:    Te adoro.

 

MUSICO:  ¡Sht!  Silencio.  ¡Está cantando!  (Pausa).  Ahora me pide vino.

 

ALICIA:    Qué loco.

 

MUSICO:  Alicia, dejala que cante.  (Toma un sorbo de vino de la copa y besa a la Actriz para darle de beber de su propia boca.  Luego continúa besándole la mano hasta ascender por el brazo).

 

ALICIA:    (Totalmente seducida, a la cabina de luces).  Por lo que más querás, oscuro total.  (El Actor apaga la vela en el momento en el que se da un breve  oscuro. Luz.  Alicia, a solas).

 

ALICIA:    Era más hermoso que el ángel del correo y me quiso como sólo los ángeles deben de querer.  De hecho se voló, perdió la chaveta, me hizo perder la mía y por primera vez en la vida fui preciosa, perfecta, irresistible como una diosa de la antigüedad. 

             Pero ni él era un ángel, ni yo era una diosa, ni éramos muy duchos en lo que se refiere a la contracepción.  Por favor, si alguna vez les dicen que hacer el amor de pie evita los embarazos, no lo crean.  Que si por tres días seguidos se ha olvidado la pastilla, se pueden tomar juntas en el desayuno con jugo de naranja, no lo crean.  Que los preservativos son “wash and wear” y después de lavados, reutilizables, mejor no lo crean.  Que el método del ritmo es un deporte distinto de la ruleta rusa, que sólo los caballeros que cortejan caballeros pueden enfermar de sida, que la luna es de queso y la promiscuidad segura, por lo que más quieran, no lo crean.  Cinco minutos de sexo con un desconocido pueden unirnos a él de por vida.  O de por muerte.  (Breve oscuro total.  El escenario se ilumina cuando el Actor enciende de nuevo la vela). 

 

MUSICO:  ¿Y yo qué sé?  Creí que tomabas tus precauciones.

 

ALICIA:    Yo también lo creía.

 

MUSICO:  ¿Y qué pensás hacer?

 

ALICIA:    (A  su vientre).  ¿Qué pensás hacer, bebé? 

 

MUSICO:  Alicia, vos sabés que te adoro...

 

ALICIA:    ¡Sht!, que no oigo nada.  (Pausa).  Dice que tiene unas ganas salvajes de seguir creciendo.

 

MUSICO:  ¡Alicia, no puedo!  ¡Aunque quisiera!  ¡No estoy preparado!

 

ALICIA:    Y seguro que yo sí.

 

MUSICO:  No entendés.  Es que no es sensato:  mirá cómo vivo.  No tengo espacio, no tengo tiempo, no tengo dinero.  No tengo fuerzas.  ¡No puedo!  (Pausa.  Realmente afligido).  Pensalo bien.  Si te decidís, puedo vender el saxo.  (Se va).

 

ALICIA:    (A público).  No, nada era sensato.  Ni tenerlo, ni no tenerlo.  Estaba de pie entre dos abismos sin saber en cuál de los dos despeñarme.  Decidí que mejor no vendiera su saxo y el único hombre que me amó salió de mi vida.  (Conmovida).  Pasaron algunas semanas.  Estaba completamente sola con mi nueva historia de amor, decidida como una leona, muerta de miedo como una niña en descampado, abandonada a mi suerte como un barco sin timón.  Pero mi bebé reflexionó.  No le interesaba un mundo tan mal diseñado.  Y a pesar de mis súplicas apagó la luz, cerró la puerta, me dijo adiós con la mano, llevándose no sé adónde ese cuerpecito inconcluso.  Adiós, mamá, me dijo.  Adiós, bebé.  (Sopla la vela.  Oscuro total.  Al volver a iluminarse la escena el Actor se halla recostado en el sofá, en bata de levantarse, durmiendo la borrachera.  Cerca de él, un par de botellas vacías.  Entra la Actriz).

 

ALICIA:    ¿Papá?  ¡Papá!  No puede ser.  En fin, ¿qué más da?  La misma atención me habrías puesto si hubieras estado despierto y sobrio.  Aquí estoy, así que podrás imaginarte que una vez más me rompí la crisma.  Me he pasado la vida rompiéndome la crisma a ver si llegabas con un poco de esparadrapo a juntar mis pedazos.  Pero no.  Me imagino que un cuerpo inanimado conservado en alcohol no puede correr mucho.  Que tendrás otras preocupaciones más importantes que atender.  ¿Sabés qué?  Ya estoy acostumbrada a ser el último punto en tu agenda, ese al que no se llega nunca por falta de tiempo.  O de interés.  O de esa cosa vulgar y pegajosa.  Amor, creo que se llama.  O por ignorancia.  ¡Eso!  Tendría que enviarte una carta e informártelo:  Querido papá, dos puntos.  Tenés una hija, coma, yo, punto.  ¿Te acordás?  Signos de interrogación.  Nos conocimos hace mucho en una clínica, punto.  Me enamoré cuando te vi del otro lado del vidrio, coma, no estabas nada mal.  Lástima que nunca te enteraste.  Lástima que abandonaras a mamá.  Y nos sacaras de tu vida como se sacan los muebles viejos a la calle, por si alguien se los lleva.  Lástima que siempre me fui con el primero  que pasó.  Y ahora estoy aquí, sin poder hablarte una vez más.  (Muy afectada).  Sin poder decirte:  te aborrezco, quisiera verte muerto, andate a pescar truchas al otro lado.  Papá, te quise tanto.  (Pausa).  Papá, perdí mi bebé.  (Sale). 

 

PADRE:    (Incorporándose con dificultad).  ¡Por favor, no me dejés solo!  Sos lo único que tengo, Alicia.  (Pausa).  Amor mío, no sabés cómo me duele que perdieras tu bebé.  (Oscuro total.  Al iluminarse de nuevo  la escena la Actriz está de  pie frente al público.  Su traje parece aún más deslucido y cuesta reconocer en él un vestido de novia).

 

ALICIA:    (Con un tono veladamente amenazante).  Estoy esperando a un hombre.  Puede aparecer alguno en cualquier momento.  Nunca he tenido uno que pueda llamar propiamente mío, para mí.  Los he visto, eso sí, desde niña.  Tienen la espalda más ancha, en forma de espátula y el pecho completamente vacío.  Por ellos se hacen las cosas más espantosas:  sentarse con las piernas cerradas, no hablar en público, pedir permiso para pedir permiso.  Se les habla de amor y escuchan sumisión.  Se les ofrece la vida y esperan un felpudo.  Puede aparecer alguno en cualquier momento.  Pero no me molesta:  estoy preparada. 

             (Entra el Actor por entre el público.  Va vestido de novio, igual que al principio de la obra). 

 

DESCONOCIDO:       Buenas.  Perdón por interrumpir... Me dijeron afuera...

 

ALICIA:    ¿Qué busca?

 

DESCONOCIDO:       A una mujer.

 

ALICIA:    (Agresiva).  ¿Para qué?

 

DESCONOCIDO:       (Molesto).  Es que... ¿usted sabe?, estoy en el negocio de la trata de blancas.  No, es una broma.  Busco a una mujer en traje de novia.  Pero no se preocupe.  No creo que esté aquí.  Debo de haberme equivocado.  (Va a marcharse).

 

ALICIA:    (Burlona).  Así que busca a una mujer.  Qué excentricidad.

 

DESCONOCIDO:       (Irritado).    ¿Por qué?  ¿Le molesta?

 

ALICIA:    ¿Tiene usted al menos idea de lo que quiere una mujer?

 

DESCONOCIDO:       Tengo una idea precisa y exacta de lo que una mujer quiere.  Así que si me lo permite... (Intenta marcharse de nuevo). 

 

ALICIA:    Si tuviera una idea tan clara ya la habría encontrado, ¿no le parece?

 

DESCONOCIDO:       Mire, no sé quién es usted ni qué pretende...

 

ALICIA:    ¿Será tal vez lealtad, fidelidad, entrega, solidaridad, compromiso?

 

DESCONOCIDO:       Ya entiendo, es una reunión política. 

 

ALICIA:    ¿Libertad, sinceridad, apoyo, respeto de las diferencias?

 

DESCONOCIDO:       Caramba, se lo sabe de memoria.  ¿No querrán también el desayuno en la cama?

 

ALICIA:    ¡Excelente idea!  ¿Y por qué no?  También el desayuno en la cama.

 

DESCONOCIDO:       Mire, esto me huele a reunión feminista y como no pienso ser el pato de la fiesta, si no tiene inconveniente la dejo con sus arengas.

 

ALICIA:    ¡Muy masculino de su parte, escabullirse cuando lo enfrentan!

 

DESCONOCIDO:       ¿Ah, sí?  ¿Eso le parece?  ¿Quiere  saber realmente lo que espera una mujer de un hombre?  Una casa, dos carros y un sueldo en dólares.

 

ALICIA:    (Sarcástica).  Lamento que a eso se limiten sus frecuentaciones.

 

DESCONOCIDO:       Pues ya ve.  Hasta me casé con una de ellas.

 

ALICIA:    Si ya tiene una mujer, ¿para qué busca otra?

 

DESCONOCIDO:       Porque ya no tengo ni carro, ni casa, ni mujer.  Y sueldo en dólares no tuve nunca, ni esperanzas de llegar a tenerlo.  Así que con esto espero haber pasado su examen.  Buena suerte con la próxima víctima.

 

ALICIA:    Me encantaría conocer la opinión de su esposa.

 

DESCONOCIDO:       Mi mujer era una loca.

 

ALICIA:    ¿Entonces por qué se casó con ella?

 

DESCONOCIDO:       ¿Y a usted que le imp...?  ¿Sabe que tiene el don de irritarme?

 

ALICIA:    Por favor, no me adule.

 

DESCONOCIDO:       (Subiendo al escenario).  Me casé por sentido del deber.

 

ALICIA:    Hacía tiempo no oía algo tan romántico.

 

DESCONOCIDO:       Le repito que está loca.

 

ALICIA:    O usted la volvió loca.  Por algo lo dejó.

 

DESCONOCIDO:       Tiene usted razón.  Por algo me dejó.  Me imagino que no fui lo apasionante, lo espectacular, lo infalible que debe ser uno de los de mi género, y por eso decidió abandonarme.  Curiosamente, lo que no estuvo dispuesta a abandonar fue el menaje de casa, los regalos de la boda, la computadora y el tostador.  Y un gato angora.

 

ALICIA:    Voy a llorar.

 

DESCONOCIDO:       No es para tanto.  Fue más que decente:  me dejó una cama, una mesa y todos mis libros. (Ríe).  Me los imagino muy bien dándose porrazos con las panderetas:  ¡Aleluya!  ¡Aleluya!  ¡Somos salvos! ¡Bendito el pelotudo que nos dejó el tostador!

 

ALICIA:    ¿Quiénes?

 

DESCONOCIDO:       Los de la secta.  ¿No le dije que estaba loca?  ¡Se fue con una secta!  ¡Sin avisar!  ¡Sin dejar ni una nota!  ¿Sabe usted lo que es volver a casa un día, abrir la puerta y pensar:  me equivoqué de vecindario, esta casa está vacía?  ¿O me equivoqué de tipo y yo soy otro?  Entiéndalo:  ¡me robaron mi vida!  Todo lo que quise salió por esa puerta para seguir a un Mesías de opereta.  ¡Así que no se dirija  a mí como si fuera un verdugo!  Ustedes no tienen el monopolio del sufrimiento.

 

ALICIA:    Lo siento tanto.  Yo...

 

DESCONOCIDO:       ¡Ah!  Es mucho más agradable cuando cambia de tono.

 

ALICIA:    Lo lamento muchísimo. 

 

DESCONOCIDO:       ¿Ya ve?  Otra frase amable y casi llega a ser bonita.

 

ALICIA:    ¡No se atreva a externar sus comentarios sexistas!

 

DESCONOCIDO:       ¡Horrenda!  ¡Es horrenda, espantosa!  ¿Está bien así?  ¿Le parece más respetuoso?  ¿Igualitario? 

 

ALICIA:    ¡Usted no es el único que ha perdido algo aquí!, ¿sabe?   Yo también... yo también...  Por culpa de...

 

DESCONOCIDO:       De todos los hombres de la creación.  Me imagino que los conoció a todos, uno por uno.  En ese caso, la compadezco.

 

ALICIA:    ¿Cómo se atreve?

 

DESCONOCIDO:       Comparado con el mío, su dolor ha de ser descomunal.  ¡Le cedieron el asiento en el autobús y aún no se repone de la afrenta!

 

ALICIA:    ¡Arrogante!

 

DESCONOCIDO:       ¡La “inferiorizaron”!  ¡La estigmatizaron!  ¿No consideró la posibilidad de apedrear el autobús? 

 

ALICIA:    ¡Yo...!

 

DESCONOCIDO:       ¡Gasolina y un fósforo!  ¡Linchamiento!  ¡A degollar machistas!

 

ALICIA:    (Estallando furiosa).  ¡Yo perdí mi bebé!  (Silencio).

 

DESCONOCIDO:       Disculpe.  Soy un torpe.  No quise herirla.  Por favor, no me tome tan en serio.  (No sabe cómo consolarla.  Le pone la mano sobre los hombros).  No soy un tipo agresivo.  No sé qué me pasa hoy.  Tal vez... tal vez llegue a tener otro.  (Serio).  Y a ese, por favor, cuídelo. 

 

ALICIA:    (Muy dolida).  ¿Con qué derecho me dice eso?

 

DESCONOCIDO:       (Marchándose).  ¿Le dije que me casé por sentido del deber?  No tuve tiempo de saber si estaba enamorado.  Pero había un bebé en camino.  Me inventé una vida y luego me la arrancaron.  (Se va.  Se detiene.  Con esfuerzo).  Tuve una niña.  No me pregunte dónde está.  (Baja del escenario.  Va a salir).

 

ALICIA:    ¿Cómo se llama?  La niña.

 

DESCONOCIDO:       Alicia.  Se llama Alicia.

 

ALICIA:    ¿Por qué le puso ese nombre?

 

DESCONOCIDO:       ¿No le gusta?  ¿También va a criticarlo?  Viene del griego.  Significa noble y sincera.  (Silencio).  Buenas noches.

 

ALICIA:    ¡Espere!  ¡No se vaya! 

 

DESCONOCIDO:       ¿Podría dejar de darme órdenes?  ¿Quién se cree usted que es?

 

ALICIA:    ¡La novia!  (Ve su traje deshecho e intenta tímidamente recomponerlo.  Toma el ajado ramillete de azahares y busca una actitud que recuerde la de la primera  escena).  Yo soy la novia. 

 

DESCONOCIDO:       ¿Usted?  (Sube al escenario, mirándola atentamente.  Están uno frente al otro).

 


ALICIA:    Sí.  Yo.  (Pausa).  Hola.  Me llamo Alicia.  (El Actor toma lentamente las manos de la Actriz.  Se miran a los ojos.  Están a punto de abrazarse cuando se da el apagón final).



*Ana Istarú

Actriz, poetisa y dramaturga, nace en San José de Costa Rica en 1960. De la mano de su padre penetra en el mundo de las letras y junto a su madre conoce la pasión del teatro.
 Obtiene el bachillerato en Artes dramáticas con énfasis en Actuación en la Universidad de Costa Rica en 1981. Labora como actriz teatral, desempeñando roles protagónicos en obras tanto clásicas como contemporáneas. Obtiene en 1980 el Premio Nacional a la Actriz debutante, en 1997 a la Mejor Actriz Protagónica y el Premio Ancora de Teatro 1999-2000.
  
Su obra poética, que abarca 6 poemarios, ha sido recogida en numerosas antologías americanas y europeas. Su libro más conocido "La estación de fiebre", ha sido vertido al francés y publicado en París. Cuenta también con traducciones parciales al inglés, alemán, italiano y holandés.
Como dramaturga ha obtenido dos premios internacionales en España: el María Teresa León para Autoras Dramáticas 1995, convocado por la Asociación de Directores de Escena, en Madrid, y el Premio Hermanos Machado de Teatro 1999 del Ayuntamiento de Sevilla.
Sus obras se han montado en Costa Rica, España, México y Estados Unidos, en versión inglesa.Se le concedió en 1990 la beca de creación artística de la Fundación John Simon Guggenheim.
Algunos de sus poemarios son: "La muerte y otros efímeros agravios" (1989), "La estación de fiebre" (1983) "Verbo madre" (1995).Cuenta, en su obra dramática, con las obras "El vuelo de la grulla"(1984) , "Madre nuestra que estás en la tierra" (1988), "Baby boom en el paraíso" (1996) y "Hombres en escabeche" (2000).



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