El cepillo de dientes, De Jorge Díaz Gutiérrez, autor chileno

 















EL CEPILLO DE DIENTES

De Jorge Díaz Gutiérrez


Chile






EL CEPILLO DE DIENTES




PERSONAJES.


1.ÉL

2.ELLA

3.ANTONA
4.UNA VOZ




ACTO PRIMERO.

Entra Ella. Es joven y bonita. Viste un pijama de seda sobre el cual lleva una bata. Zapatillas de levantarse. Trae una bandeja. Debajo del brazo un periódico y una revista. Deja todo sobre la mesa. Al hacerlo se le cae descuidadamente el tenedor.



Un momento la escena vacía. El Jazz se escucha muy fuerte.



Ella vuelve a entrar. Esta vez con cafetera y la leche. Las deja sobre la mesa. Da los últimos toques a la mesa del desayuno. Sólo ahora observa que uno de los dos tenedores está en el suelo. Lo recoge y se lo queda mirando fijamente.



Ella - Anoche… sí, anoche soñé con un tenedor. Bueno, eso no tiene nada de raro. Debe ser un símbolo sexual inconsciente… (Arrugando el ceño). Pero lo raro era que el tenedor decía que quería ser cuchara. El pobre tenía complejo de cuchara… de cuchara de postre.

Yo no sé por qué soy tan complicada. El psiquiatra tampoco. Me dijo que hablara en voz alta por las mañanas, que eso era bueno para la salud mental. Sirve para desintoxicarse después por la noche. “Imagínese – me dijo – que está sola en un escenario iluminado, frente a grandes personalidades que la están mirando y a usted no le importa nada, nada, nada…” (Se dirige con soltura y desinhibición al público desde la embocadura del escenario). “¡Excelentísimo señor presidente, excelentísimo ministro consuetudinario, miembros del Cuerpo Diplomático y de otros cuerpos, señorita Agregada Escultural…¡ ¡Ohhh, Monseñor!”. (Hace una genuflexión.

Repentinamente se pone a cantar con energía y sin la menor inhibición un fragmento de “Madame Butterfly”. Desde el baño llega el inconfundible ruido de una persona haciendo gárgaras. Ella trata de acallar el ruido cantando más fuerte y echando miradas furiosas hacia el baño, pero, finalmente, se interrumpe y en forma rencorosa señala hacia el dormitorio). Vivo con un hombre. Por lo menos todos llaman así a ese ser de pies grandes que hace gárgaras en los momentos más inesperados, la noche de bodas, por ejemplo.

Yo soy su mujer. Eso quiere decir que debo ser femenina. Lo que no es fácil. Hay que sentirse débil poner los ojos brillantes para que el ser de los pies grandes la proteja a una; ah, también debo ser atractiva. No puedo permitir que me crezca el bigote ni que se me caigan los dientes. Además debo recordar que los ravioles ensanchan las caderas y los espárragos achican el busto (Dando un gran suspiro). Pero la verdad es que estoy cansada, terriblemente cansada de ser la esposa femenina de ese animal masculino que se rasca, pierde el pelo sistemáticamente y canta tangos pasados de moda. (Soñadora). Quisiera… quisiera engordar, fumar un puro, y enviudar de una manera indolora y elegante.

El monólogo, como psicoterapia, también sirve para que una se le ocurra ideas, ideas inocentes como… enviudar sin anestesia. Hoy, como todos los días, tengo preparadas algunas sorpresas. Para empezar, el café no es café. No. Tampoco es Nescafé. Es veneno. Veneno con gusto a café descafeinado.

Las tostadas… parecen tostadas, ¿verdad?, nadie diría que no lo son. Bueno, en cierto modo lo son, pero las tosté con gas hidrógeno que producen efectos fatales al ser digeridas. (Encantada). ¡Ah… y el azúcar! El azúcar tiene un poco de raticida granulado. Esto último es un virtuosismo de especialista que muchos considerarán exagerado, pero que es propio de mi sentido de la responsabilidad. (Se oye un canturreo que proviene del dormitorio).


Él - ¿Marta?, ¿Dónde dejaste mi corbata?


Ella - (Con una risita siniestra). ¡Es hora de actuar! (Gritando al dormitorio). ¡Hijito, está servido el desayuno! (Ella se sienta y empieza a poner mantequilla a una tostada. Pausa. Más Fuerte). ¡Está servido el desayuno!


Entra Él. Terminando de arreglarse la corbata. Lleva la chaqueta en la mano. Parece tener prisa. Ella aumenta el volumen de la música. Él se sienta y abre el periódico. El jazz se escucha muy fuerte. Él deja el periódico y le habla a Ella, pero sólo se ve el movimiento de sus labios porque la música impide oír lo que dice. Este juego Monegal de que no se escucha una palabra dura un rato.


Ella - (Gritando). ¿Qué dices? ¡No oigo nada!


Él - (Gritando). ¡Que cortes esa radio!


Ella - (Gritando). ¡Egoísta!


Ella se pone un audífono en un oído y lo conecta al equipo estéreo. La música deja de oírse. Ahora las voces son normales.


Él - El veneno, por favor (Ella no lo oye). Un poco de café, querida. Shh, ¿qué dices?, shhh (Ella lo hace callar con un gesto. Evidentemente está concentrada en lo que escucha a través del audífono).


Ella - (Con tono misterioso). Es el pronóstico.


Él - ¿De qué?


Ella - (Casi confidencial). Del tiempo.


Él - (Un poco irritado). ¿Y qué dice?


Ella - ¿Ah?


Él - ¿Qué dice?


Ella - (Escuchando primero). “Nubosidad parcial en el resto del territorio…”


Él - La Bolsa es así, inestable.


Ella - Si, si, parece increíble, ¿no?, pero es cierto.


Él - Sírveme el café, querida. (Ella toma la cafetera, pero en vez de servirle café, empieza a seguir con ella el compás de una música que se adivina por la cara absorta y sus ojos blancos. Él, distraído con el periódico, no se ha dado cuenta de que no le ha servido café. Revuelve tranquilamente en su taza vacía). ¿Qué estás escuchando ahora?


Ella - “Desayuno en su hogar”. Consejos para comenzar la jornada. (Escucha primero y luego habla). Hoy es el feliz aniversario de la revolución sangrienta de octubre… Empecemos, pues, la jornada con optimismo y energía… Respiremos hondo… Ah (Ella respira hondo)… y digamos: “Hoy no puedo hacer el bien a mis semejantes”


Él - (Que no la ha escuchado). Sírveme el desayuno.


Ella -“Pensando en los demás nos libraremos de nuestras propias preocupaciones…”. Y ahora hay que ponerse de pie: …uno, dos, tres, cuatro… …uno, dos, tres, cuatro… …uno, dos… (Ella se pone de pie y empieza a mover la cabeza en forma rotatoria y luego echa los hombros hacia delante y hacia atrás y mueve las manos como epiléptica).


Él - (Alarmado). ¿Te sientes bien?


Ella - Uno…, dos…, tres…, cuatro, uno, dos…


Él - (Golpeando la mesa y lanzando un grito). ¡El café!


Ella - (Sobresaltada). Gimnasia de relajación es lo que te hace falta. Escucha, la mejor gimnasia de relajación es el revolcarse por el suelo, primero sobre la nalga derecha y luego sobre la nalga izquierda. Tiene que ser delicioso… ¿Quieres probar?


Él - Quiero probar el café. ¡Sírvemelo inmediatamente, que estoy atrasado! (Ella da un suspiro y se saca los audífonos).


Ella - Bien, hoy puedo hacer el bien a mis semejantes… ¿Hijito, quieres leche?...


Él - ¡No me llames hijito!... Y menos cuando me ofreces leche. Es repugnante.


Ella - Te gustaba hace poco.


Él - ¿La leche?... Por supuesto.


Ella - Antes te gustaba cuando te llamaba así.


Él - Eso fue hace siglos, cuando nos casamos; pero ahora he crecido… y envejecido.


Ella - Bueno. ¿Y cómo quieres que te llame entonces?


Él - Por mi nombre.


Ella - Lo olvidé completamente, pero estoy segura que terminaba en on. Bueno, tienes que apuntármelo en la libreta del teléfono (Ella de pronto levanta la vista y mira hacia el público. Se sobresalta). ¡Cierra las cortinas que nos están mirando!


Él- Es que nos gusta. Somos exhibicionistas. Y aprovechando la oportunidad, voy a decir algunas palabras… (Directamente al público). “Como Presidente del Partido Familiar Unido, he reiterado en muchas ocasiones que la madurez cívica se expresará repudiando a los demagogos profesionales, así se robustecerá aún más nuestro sistema de convivencia individual y familiar.


Ella - Capricornio. Es el horóscopo. Mi signo es Capricornio: “Aplique al matrimonio técnicas nuevas. El amor conyugal no debe ser ciego. La lucidez mental no le hace mal a nadie. Usted está capacitada para desarrollar un activo intercambio social. El primer día de la semana estará brillante e imaginativa…” (Encantada con el descubrimiento). ¡Hoy estoy brillante e imaginativa!


Él -(Leyendo). “Por viaje al extranjero, vendo muebles de comedor muy finos, camas, y colchones”.


Ella -(Que no ha levantado la vista de la revista). Ah, no sabía que te ibas al extranjero, pero los colchones no permitiré que los vendas por ningún motivo. El comedor me da lo mismo.


Él - (Distraído). A mí también. Dejaremos los colchones… (Reaccionando). Pero si yo no voy a viajar.


Ella - Ah, pensé que te ibas de casa.


Él - ¿Por qué dices eso?


Ella - Bueno, últimamente estás haciendo cosas muy sospechosas… Por ejemplo, ayer te cortaste el pelo.


Él - Fue un error. Entré creyendo que era una farmacia. Lo peor de todo es que me lo dejaron demasiado corto y no pude comprar los analgésicos.


Ella - (Sin levantar la vista de la revista). A ver… No, no, no, no. A mí me parece que está bien.


Él - (Aliviado). Me quitas un gran peso de encima. (El vuelve a enfrascarse en su diario).


Ella - ¿Cuál es tu signo?


Él - Una maquinita…


Ella - ¿Qué?


Él - ¡Qué ingenioso!: “Una maquinita, apenas del tamaño de una caja de zapatos, especial para cortarse las uñas sin tijeras…” Hmm…


Ella - No, no, ¡tu signo astral!... Ah, ya sé: ¡Sagitario! Sagitario, los nacidos entre el 1º de enero y el 31 de diciembre… “Se le reprochará estar distante. Es verdad que el cielo no favorecerá sus sentimientos, pero usted puede aportar mayor pesimismo. Semana beneficiosa para arreglar litigios en suspenso. Existe el peligro de superficialidad espiritual, frivolidad y engreimiento. Pensamientos depresivos oscurecerán su rostro…” (Dejando de leer). A ver mírame… ¡mírame! (Él tiene su rostro enteramente cubierto con el periódico. Ella hace esfuerzos por verle la cara).


Él - (Leyendo en el periódico y sin mostrar la cara). “Masacre en el Oriente Medio”.


Ella - ¿Qué?


Él - “Masacre en el Oriente Medio”.


Ella - Esa película es de reestreno y está pésimamente doblada. ¡Me encantan las películas de guerra! Son tan instructivas.


Él - (Bajando el periódico y mostrando la cara). Sí pero le están dando demasiada publicidad a estas películas. Y uno ni siquiera se entera de lo que sucede en el mundo. (Tomando la mantequillera). ¿Quieres más café? ¿Mantequilla?


Ella - (Con rencor). Ah, lo dices a propósito para martirizarme. Sabes que eso me engorda.


Él - Es que no comes científicamente. Eso es todo.


Ella - Ah, tú lo sabes todo. Comes científicamente, pero te saltan los botones del pantalón en la barriga.


Él - ¿Sabes cuál es el animal más fuerte y mejor alimentado?... La hiena. Supongo que no será necesario que te explique lo que come: come carne podrida al igual que la demás fieras, porque así ya está medio digerida. Así es como las hienas se mantienen fuertes y sonrientes.


Ella - ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?


Él - Todo depende del punto de vista.


Ella - (Leyendo en la revista femenina). Oh… “Los huevos y su hígado” o “La importancia de los huevos en la vida de la mujer”.


De pronto. Él, que también se ha enfrascado en el periódico, lanza una exclamación.


Él - ¡Por fin!


Ella - ¿Qué te pasa?


Él - (Leyendo). “Señorita extranjera, francesa, necesita alquilar pieza amueblada con desayuno”

(Se levanta con rapidez y va hacia el teléfono).


Ella - ¿La conoces?


Él - (Con el teléfono en la mano y empieza a marcar). No, pero que podríamos arrendarle la pieza de lo alojados.


Ella - Sabes perfectamente que no tenemos pieza de alojados.


Él - ¿Y si pusiéramos una cama en el escritorio?


Ella - Sabes perfectamente que no tenemos escritorio.


Él - ¿Y si pusiéramos un biombo en nuestro propio dormitorio?


Ella - Es demasiado chico.


Él - ¿Y en nuestra propia cama?


Ella - Pero si apenas cabemos nosotros.


Él - Las francesas ocupan poco lugar. (Él cuelga el teléfono y se sienta nuevamente a la mesa). No puedes negar que habría sido un ingreso extra. ¡Claro que tú siempre te opones a disminuir los gastos! (Soñador). Además… ¡era francesa!


Ella - ¿Y qué tiene que ver que sea francesa?


Él - (Confuso). Bueno…, Francia es todo… lo desconocido. Lo que uno siempre ha soñado. Es el país de los tam - tam, las criadillas al jerez, las flores de loto.


Ella - (Seca). No armonizaría con nosotros. Nuestros muebles están en la línea danesa.


Él - Esos serán tus muebles. Los míos son de estilo castellano rústico.


Ella - ¡Arcaico!


Él - ¡Antiséptica!


Ella - ¡Morboso!


Él - ¡Escandinava!


Ella - ¡Rustico!


(Silencio corto. Él bebe su café).



Ella - (Siniestra). El café no está como todos los días. ¿Verdad?


Él - (Abatido). Teresa, cuando acabas de levantarte das miedo. ¿Es que ni siquiera alcanzas a lavarte la cara?


Ella - Por favor, no nos pongamos románticos, cariñito. Acuérdate que hoy es mi día de lucidez mental, según mi horóscopo.


Él - Entonces es quizás el momento de hablar con honestidad y sin hipocresías.


Ella - ¡Oh!...


Él - (Decidiéndose). Tengo que decirte algo que me tortura.


Ella - Sí, por favor (Comiendo con la boca llena y leyendo su revista). Estoy pendiente de tus palabras.


Él - Hace unos días que pienso en esto sin parar. Tal vez resulte chocante confesarlo, pero… estoy decidido.


Ella - Bueno, sea lo que sea, seré indulgente.


Él - (Buscando las palabras). Es verdad que somos marido y mujer y que me he acostumbrado a vivir contigo. Todo parecía estar bien, pero sin embargo, un día cualquiera, algo surge en tu camino que lo transforma todo. Al principio uno, claro, lucha y se resiste. Nada debe turbar la paz que se ha conseguido, pero al final el sentimiento triunfa y te encuentras atrapado. (Él se ha sentado en la mecedora).


Ella - Bueno, dilo de una vez.


Él - Creo…


Ella - ¿Si?


Él - Creo que estoy empezando a enamorarme.


Ella - (Conmiseración). Oh, pobre.


Él - Créeme que me he resistido hasta lo último.


Ella - ¿Y de qué mujerzuela, se puede saber?


Él - ¡No la llames así!


Ella - ¿Por qué? ¿De quién te has enamorado?


Él - (Vacilante). De… ti.


Ella - ¡Qué tontería!


Él - No es una tontería. Cuando caminamos del brazo por la calle te miro de reojo. Es completamente estúpido, pero me gustas mucho.


Ella - ¡Vicioso! ¿No te da vergüenza enamorarte de tu propia mujer? ¡Rebajarme hasta ese punto! Olvídalo que yo también lo olvidaré. (Ella empieza a acunarlo moviendo la mecedora. Ella canta una canción de cuna. Él parece un inválido o un niño pequeño).


Él - (Sincero). Me costará olvidarte.


Ella - Piense en otra cosa, m’ hijito, piense en otra cosa.


Él - (Con cara de estúpido). ¿En qué?


Ella - En cualquier cosa…, en la vecina gorda.


Él - Ya pensé en ella anoche, mientras me desnudaba. Ya he pensado en todas las cosas que he escogido para hoy.


Ella - Bueno, entonces piense… en el colesterol.


Él - ¿Y qué es el colesterol?


Ella - Un… un insecticida.


Él - Pero si viene en “shampoo”.


Ella - Bueno, si viene en “shampoo” es para el dolor de cabeza.


Él - (Pensando en forma concentrada). ¡Colesterol! ¡Colesterol!..., (Levantándose de la mecedora desanimado). Es inútil. Tú eres para mí mucho más importante que el colesterol. Eres diferente. ¡No eres como todas!


Ella - (Leyendo en la revista femenina). “¿Es usted como todas…, sin iniciativa? Siga el ejemplo de Dora Zamudio. Hasta hace poco, modesta empleada en una corsetería, gana hoy quinientos mil pesos mensuales como laboratorista en cálculos biliares. Nuestro sistema la capacita para progresar y ser alguien. He aquí la lista de nuestros cursos. Control mental. Respiración vibratoria. Elocuencia sagrada. Inseminación artificial. Personalidad digital. Taquigrafía plástica. Ingles al tacto. Recuento hormonal. ¡Y 35 especialidades femeninas! ¡Inscríbase hoy mismo!”. (Reflexiona). Me gusta el curso de Control mental. Yo puedo concentrarme extraordinariamente. Ayer saqué tres crucigramas en el baño. Concéntrate tú también para que me transmitas tus pensamientos…


Ella cierra los ojos en forma patética, como una médium. Él, sin advertirlo, mira fijamente al público y habla en forma desolada.


Él - “Señor Director, hace tiempo que quería dirigirme a usted para manifestarle el desconcierto que me produce el pasar frente al parque, el sector comprendido entre la plaza y la estación. He notado con creciente temor que día a día desaparece algo. Hoy es el buzón, mañana la rejilla del alcantarillado o un árbol, pero sobre todo, señor director, están desapareciendo esas parejas de enamorados que daban esos, inmorales ejemplos. ¡Es una lástima! Me dirijo a usted para que haga llegar mi voz a las autoridades”.


Ella – (Aún con los ojos cerrados y haciéndole callar con una voz de médium). Haré lo que pueda, haré lo que pueda, pero… no me llames señor director.


Él - (Volviendo a la realidad). Sírveme el desayuno.


Ella al moverse del sitio, ha conseguido ponerse detrás de Él y coloca sus manos extendidas sobre la cabeza de Él, como si fuera una bola de adivina.


Ella - (Aún con los ojos cerrados). ¡Cochino!... Ahora lo veo todo claro. ¡Sí, ahora veo por qué querías alojar a la francesa!


Él - (Leyendo). “Monito tití, muy habiloso, especial para familia con niños, vendo…”. Podríamos tener niños, Consuelo. Se podrían comprar cosas tan divertidas. Imagínate tener un monito tití. Tendremos que pensar en eso cuando decidamos tener niños.


Ella - (Indiferente). Sabes perfectamente que no me llamo Consuelo (Abriendo los ojos). Oh, ese curso de Control mental no es mi fuerte. Me marea. Pero seguiré otro curso por correspondencia. Hoy en día una puede hacerse hasta cirugía estética por correspondencia.


Él - (Ofreciendo). ¿Más café, querida?


Ella - Con dos terrones, por favor.


Él - ¿Con crema o sin?


Ella - Eso es en las películas mi amor.


Él - ¿Qué cosa?


Ella - La crema.


Él - ¿Qué crema?


Ella - La que me ofreciste antes.


Él - ¿Yo? ¿De qué me estás hablando?


Ella - De la crema.


Él - ¿La crema de la cara?


Ella - Pero, ¿de qué cara? Si yo no uso crema.


Él - Yo tampoco.


Ella - ¿Y la de afeitar?


Él - Eso es jabón.


Ella - Pero muy bien que te sirve.


Él - Bueno, de servir, sirve…, como las arañitas en el jardín.


Ella - ¿Para qué?


Él - Se comen los insectos dañinos. ¿No lo sabías?


Ella - No, ya nadie cree en eso…, es como las ventosas.


Él - ¿Qué tienen que ver las ventosas con el jardín?


Ella - Muy simple… ¿De qué estamos hablando?


Él - No sé.


Los dos comen un momento silenciosamente. Ella, de pronto, da un grito.


Ella - ¡Ya sé! ¡Era acerca del jabón de afeitar!


Él - ¿Qué cosa?


Ella - De lo que estábamos hablando antes.


Él - No creo. Es un tema idiota (Un silencio tenso. Ella en su revista. Él en su periódico).

Ella - (Leyendo). “Ideas novedosas para esta semana: ¿Qué hacer con esa incómoda buhardilla que nadie ocupa? (Ella se pone de pie y mira despreciativamente el rincón con los muebles estilo español).


Él - (Leyendo). “Ocasión única. Vendo por viaje…”.


Ella - (Continuando con lo anterior). “… basta ingenio, tres rollos de papel y un tarrito de esmalte…”.


Él - (Mirando los muebles de Ella). “… muebles de comedor nórdicos… Muy finos”.


Ella - “Empecemos por quitarle las telarañas…”.


Él - “… un equipo de sonido de frecuencia inmoderada y un cajón de sopa en polvo”.


Ella - (Repentinamente lúgubre). ¡Polvo somos y en sopa en polvo nos convertiremos!...

¿Tienes algo grave sobre tu conciencia?


Él - (Sin levantar la vista del periódico). No, pero tengo en el Consultorio sentimental cartas para “Madre afligida” y “Flor Silvestre”… “¿Quieres vivir intensamente junto a un alma tierna?

Escríbeme a Correo Central. Ojalá apasionada, independiente, sin prejuicios, con buena situación económica y buen físico. Fines absolutamente serios y espirituales. La saluda lleno de ansiedad: ‘Lucho solo’”.


Ella - (Con sencillez). Yo firmo siempre: “Esperanzada”.


Él - Usted no tendrá prejuicios, ¿verdad?


Ella - ¿Me hace esa pregunta con fines serios?


Él - (Triste). Soy un ‘Lucho solitario’.


Ella - Por el momento no puedo contestarle nada, pero… escríbame a Correo Central.


Él - Es una buena idea. Me gustaría conocerla.


Ella - Diríjala simplemente a “Esperanzada”.


Él - (Escribiendo en un papel). “Esperanzada”: desconociendo su nombre me veo en la obligación de imaginármelo todo. Su aviso ha sido un grito en medio de mi rutina gris. Tengo la impresión de que nos complementaremos para siempre. Si tiene algún defecto físico visible o alguna enfermedad invisible, le ruego me lo haga saber. Es imprescindible enviar foto. Yo, tímido, pero dicen que simpático y sin compromisos. La saluda lleno de ansiedad: ‘Lucho solo’.


Ambos están de cara al público. Él dobla la carta y se la desliza a Ella subrepticiamente, como haciendo un acto prohibido. Ella la toma de la misma forma. La lee ansiosamente y luego ambos dialogan sin mirarse, como separados por una gran distancia.


Ella - No quiero aventuras. Busco un alma gemela.


Él - Soy un industrial extranjero que quiere echar raíces.


Ella - Prometo comprensión.


Él - Reunámonos pronto.


Ella - No soy mujer de un día.


Él - Tengo cultura casi universitaria.


Ella - Oooh, hay tanto melón podrido en el mundo.


Él - Le prometo absoluta discreción.


Ella - ¿Y cómo nos encontraremos?


Él - Yo estaré con la cabeza inclinada frente a la tumba del soldado desconocido.


Ella - (Con angustia). ¿Y si no nos reconocemos jamás?


Él - ¡Llevemos alguna señal inconfundible!


Ella - Yo… llevaré una orquídea que masticaré disimuladamente.


Él - (Con entusiasmo). ¡Y yo lo dejaré estacionado en dirección prohibida!


Ella - ¿El qué?


Él - Mi abuelo paralítico.


Ella - (Intensa). ¡Oh, escríbeme a Correo Central!

Él - (Intenso). ¡Escríbeme a Correo Central! (Después de una pausa y rompiendo el clima de intensidad romántica, Él arruga la hoja del periódico y la tira al suelo con desesperación). Es inútil. El diario no es de hoy. Es de pasado mañana.


Ella - (Arrugándola carta y tirándola al suelo). ¡Ah, si la hubiese contestado ayer!...

Él - ¡Ah, si pudiésemos quitarle a alguien la pieza de alojados!


Él se desplaza distraídamente por el escenario. Se encuentra con el gramófono y acaricia suavemente y largamente la enorme bocina. Tatarea casi para sí el inicio del tango. Yira - yira, y luego canta suavemente los dos versos.


Él - “Buscando un pecho fraterno para morir abrazao…” (Con un disco viejo en la mano, Él le habla a Ella). ¿Bailamos este tango, nena?... Para los dos solamente.


Ella - Obsceno.


Él - ¿Y por qué?


Ella - El tango no es un baile. Es un acto fisiológico.


Él - Gardel ha muerto. No nos verá nadie. Somos libres.


Ella - No eches tierra sobre tu conciencia. Hay un gran ojo que nos está mirando.


Él - (Suplicando). ¡Hacélo por mí, nena!


Ella - Lo único que puedo hacer por vos es guardar un minuto de silencio.


Él – (Cantando suavemente y desilusionado). “No esperes nunca una mano, ni una ayuda, ni un favor…”.


Él se sienta de nuevo a la mesa. Pausa larga. Ella le observa fijamente.


Ella - (Muy cariñosa). Amorcito…


Él - ¿Sí, mi amor?


Ella - Por favor…


Él - … Hmm.


Ella - Fíjate un poco más.


Él - ¿En qué?


Ella - No ensucies el mantel.


Él - ¡No me lo digas todos los días!


Ella – (Subiendo el tono). ¡No hagas ruidos al comer!


Él - ¡No hagas sonar la cucharilla!


Ella - ¡No mojes la azúcar!


Él - ¡No frunzas las cejas cuando muerdes las tostadas!


Ella - ¡No arrastres los pies!


Él – (Gritando). ¡No leas en la mesa!


Ella – (Gritando). ¡No me grites!


Él - ¡No me escupas!


Ella – (Aullando). ¡No voy a permitir groserías en mi propia casa!


Él – (Aullando). ¡Yo no voy permitir que me humilles delante del perro!


Ella - ¿De qué perro me estás hablando? (Ya no se les entiende nada, porque gritan a la vez sin darse respiro. Casi ladran. Bruscamente ambos se callan. Ahora inician los gritos simultáneos y vuelven a callarse. Silencio cargado de tensión. Cada uno se enfrasca en sus lecturas).


Él - ¿Qué?


Ella - Nada.


Él - “Jaulas individuales, las mejores con bebederos irrompibles Rosatex”.


Ella - (Molesta). No necesitamos eso.


Él - Quizás sí.


Ella - ¿Lo dices por nosotros?


Él - (Candoroso). Pensé que sería bueno que tuviéramos huevos frescos en la casa.


Ella - ¿Y qué tienen ver las jaulas?


Él - He oído que los huevos se sacan de allí.


Ella - ¡Pero hijito, no sabes que las gallinas…!


Él - (Gritando enfurecido). ¡No me llames “hijito” o me meo aquí mismo!


Ella - (Picada). Podrías comprarte una de esas jaulas para ti.


Él - (Picado). Estaría seguramente ocupada por tu madre, que necesita urgentemente una.


Ella - (Furiosa). ¡Grosero! ¡Límpiate la boca antes de hablar de mamá!


Él - Eso es exactamente lo que tendría que hacer, pero después de hablar de tu mamá; sólo que esta mañana no pude encontrar mi cepillo de dientes.


Ella - ¡No falte a la cita con Dentol! Dentol después de las comidas (Sonriendo en forma automática). “¡El dentrífico con gusto a whisky escocés!”. “¡Yo, como miles de artistas de Hollywood, sólo uso… dentadura postiza!


Ella y Él - (Al unísono cantan un jingle): “Un centímetro basta en cepillo familiar con la misma pasta da mucho más, más, más…”


Él - (Reaccionando). ¡Sólo dije que no pude encontrar mi cepillo de dientes está mañana!

Ella - ¡Eres un descuidado! (Ella abre la revista femenina y lee). Mira, mira lo que dice miss Helen, “la amiga de mujer frente al espejo…” (Leyendo). “El cutis, el cabello, la dentadura, cualquiera que sea vuestro rasgo más hermoso, empecemos desde ahora por darle ese toque justo de arreglo extra que hechiza. Sobre todo, mantenga os dientes libres del sarro, la nicotina y las partículas de cerdo o bacalao, mediante el uso de la soda cáustica. Así su novio dirá…”


Él - (Novio fascinado). ¡Tienes algo indefinible que me atrae!... (Reaccionando). ¡Basta, sólo dije que no pude encontrar mi cepillo de dientes esta mañana!


Ella - (Candorosa). Le podemos preguntar a miss Helen. Le escribiré. Ella devuelve hasta la virginidad.


Él - ¡No! Quiero que tú me digas dónde está mi cepillo de dientes.


Ella - (Con amable condescendencia). Pero, hijito… ¿Dónde quieres que esté? En el lugar de siempre: tirado en cualquier parte.


Él - No, no. Está mañana no estaba allí.


Ella - ¿Se te ocurrió que podría estar en el vaso de los cepillos de dientes?


Él - ¡No… pero tampoco estaba!


Ella - Extraño. ¿No te lo habrás llevado a la oficina?


Él - ¿Y para qué?


Ella - Para escribir a máquina.


Él - Tengo otro allí para eso.


Ella - Entonces, no entiendo. ¿Quieres que vaya a ver?


Él - Será inútil. Es el colmo que mi único objeto personal, el refugio de mi individualidad, también haya desaparecido.


Ella - Voy a ver. Haz mientras tanto gárgara de sal (Ella echa agua y sal en un vaso y luego sale. Él empieza a hacer gárgaras. De pronto la mujer entra gritando. Él, sobresaltado, se atraganta con el agua salada y tose). ¡Lo encontré!... ¡Aquí está…! Sí (Con cara compungida muestra un cepillo de dientes atrozmente inutilizado con pintura blanca para zapatos).


Él - ¡No! ¡No! ¡No!


Ella - (Tímidamente). Sí, lo… lo usé ayer para limpiar mis zapatos.


Él - (Espantado). ¿Cómo?


Ella - (Confundida). Mis zapatos…, mis zapatos blanco necesitaban con urgencia una manita de negro y…


Él - ¡No encontraste nada mejor que inutilizar mi cepillo de dientes!


Ella - No, no. Primero traté de usar la brocha de afeitar, pero hacía espuma.


Él - (Furioso). El que va echar espuma por la boca soy yo.


Ella - (Ingenua). Pero si las gárgaras eran de sal.


Él - (Patético). Esta es la atroz realidad: en mi casa no hay un cepillo de dientes. Parece increíble, ¿no es cierto?, pero es así (Mientras Él habla hacia el público derrochando lástima de sí mismo, Ella ha salido un momento hacia el baño). Quiero empezar mis labores en forma cristiana, pero no… no es posible, ¡el cepillo de dientes de uno ha desaparecido! Yo trabajo como bestia toda la semana, y cuando al final de la jornada, llego a mi casa en busca de alguna distracción como es lavarse los dientes o tejer un poco… ¡No, no es posible! ¡O le han usado el cepillo a uno o le han escondido el tejido!... No, no yo no pienso lavarme los dientes todos los días, tampoco pienso que la vida es una juerga…, pero un día de fiesta es un día de fiesta y hasta los monjes trapenses se permiten este tipo de esparcimiento. Pero para mí, no. Para mí no es posible. Yo debo hacer gárgaras de salmuera y esconder mis dientes pudorosamente…, casi es un problema de dignidad humana. ¡Hasta las hienas sonríen sin temor!


Ella - (Encantada con la idea). ¡Pero si hay un cepillo de dientes!


Él - ¿Y cuál, se pudiera saber?


Ella - (Triunfante). El mío. Fue el regalo de matrimonio de mi padre.


Él - ¡No pretenderás que me lave los dientes con tu cepillo!


Ella - Bueno, ¿Y qué tendría de particular?, ¿no somos acaso marido y mujer?


Él - No se trata de eso. No digas tonterías.


Ella - No es una tontería. Es el matrimonio. La compartición de todo: penas, angustias, alegrías y… cepillos de dientes. ¿Acaso no nos queremos?


Él - No hasta ese punto.


Ella - (Llorosa). ¡Esto es lo último que creí iba a escuchar! (Hacia el público). Ah, claro, claro…, puede compartir nuestro dormitorio con una francesa, pero no puedes compartir un inofensivo implemento domestico con su mujer…


Él - (Terco). Quiero tener mi propio inofensivo implemento doméstico.


Ella - No decías eso cuando estábamos de novios.


Él - (Hacia el público). Nunca le prometí usar su cepillo cuando estábamos de novios.


Ella - Lo habrías hecho. Me querías.


Él - Pero no se trata de eso. Se trata de higiene.


Ella - (Al público). Cuando yo me lastimaba un dedo no pensaba en la higiene. No, me lo chupaba y, me decía: “Sana, sana, culito de rana…”.


Él - ¡Ay, me cansa…, me cansa oírte, Mercedes!


Él, lleno de desesperación, se mete debajo de la mesa hasta desaparecer completamente cubierto por el mantel que llega al suelo. Ella va hacia la mesa y golpea con los puños sobre la cubierta.


Ella - No me llames más Mercedes… No quiero que me llames de ninguna manera… ¿lo oyes?, de ninguna manera.


Él - (Hablando debajo de la mesa sin que se le vea en ningún momento). Puedo ingeniármelas para no verte, pero tengo que oírte. Es verdad que tú tienes tus audífonos y yo tengo mis discos viejos, pero así y todo ¡te oigo! El único lugar donde encuentro un poco de tranquilidad es aquí, en mi cuarto de baño. Aquí todo es funcional. Aquí reina el desodorante y los polvos talcos. Aquí no puede entrar… ¡pero has entrado y me has robado mi cepillo de dientes!


Ella - (Repentinamente mirando al público). ¡Cierra las cortinas que están escuchando todo!


Él - (Asomando la cabeza por debajo del mantel). Me importa un bledo que escuchen todo.

Para eso pagaron.


Ella - Si quieres soledad, quédate en tu querido excusado…, lo que es yo, me iré donde mi madre.


Él - No te pongas melodramática, querida. Sabes perfectamente que tu madre vive aquí con nosotros.


Ella - (Gritando). ¡Ay, no lo soporto más! ¡Te odio! ¡Estoy cansada de marca de tus cigarrillos y el ruido de tus tripas cuando tomas Coca - Cola! ¡Vete! ¡Jamás podremos seguir viviendo como antes!


Él - Pequeña mujerzuela histérica.


Ella - ¡Sádico!


Él - ¡Orgánica!


Ella - ¡Muérdago!


Él - ¡Mandrágora!


Ella - ¡Tóxico!


Él - ¡Crustáceo!


Ella - Voy a empezar a gritar…


Él - ¡Grita y Revienta!...


Ella empieza a gritar como una loca. Él sale de debajo de la mesa y se pone de pie enfurecido.


Él - ¡Cállate, Marta!...


El se acerca a Ella. Toma de la mesa el transistor y con un rápido movimiento pasa la larga correa de la radio por el cuello de la mujer. Luego empieza a apretar hasta silenciarla. La mujer cae al suelo. El hombre la mira un momento. Está jadeando. Luego la toma de las axilas y la arrastra dificultosamente en dirección al dormitorio. Un momento el escenario vacío. Aparece Él. Ya no jadea en absoluto. Silba un tango. Trae en la mano una corbata negra. La mira reflexivamente y se quita la de color que lleva puesta cambiándosela por la de luto. Silba una melodía. Se sienta y se sirve más café. Mientras lo bebe lee en voz alta los titulares de un periódico de formato más pequeño que el anterior).


Él - “Colegiala vejada por siniestro profesor de lenguas muertas…”. “Dos actores golpean violentamente a nuestro crítico teatral…”. Bien hecho. “Una mujer estrangulada por un marido furioso”… (presta más atención a este último y sigue leyendo). “Fue encontrado ayer el cadáver de una bella mujer ultrajada cobardemente. Presentaba huellas evidentes de haber sido estrangulada con el cordón de un personal estéreo. La situación se presenta bastante confusa a pesar de su sencillez. Estos son los hechos: 8:30 de la mañana, la mujer que hacía el aseo en el departamento y que dice llamarse Antona, tocó repetida veces el timbre. Al no abrirle nadie usó su propia llave y entró. Preguntó si había alguien en la casa, para no importunar, y oyó una voz que le decía “Pasa, Antona…”. Encontró al señor preparándose unas tostadas y en el dormitorio el cadáver de la pobrecita. Las declaraciones que hizo el marido a la policía eran confusas… (Él deja el diario y habla directamente al público. Se suelta el cuello de la corbata y adopta el aire fatigado de un acusado en un interrogatorio policial). Sí, yo la mate. Por lo menos, la persona que está tirada allí en el dormitorio es la que yo maté. Y sé muy bien por qué lo hice. Ustedes habrían hecho lo mismo al encontrar a un extraño adueñándose de vuestra casa, desde el pijama hasta el cepillo de dientes. ¿Saben ustedes?... Ella estaba en todas partes.

Inexplicablemente la encontraba en la mesa del desayuno, comiéndose mis tostadas; la encontraba en la tina de baño; al afeitarme, en el espejo, me encontraba su cara echándose crema o depilándose las cejas. La encontraba al despertarme por las noches, en mi propia cama. Era algo irritante. Pero, señoras y señores… ¿a quién maté? ¿A la mujer del espejo? ¿A la mujer que encontraba algunas veces en mi cama y que se parecía tanto a la jovencita con la que me casé hace cinco años? ¿La mujer de la tina baño? ¿La mujer del personal estéreo? ¿La mujer que estaba empezando a enamorarme ahora? ¿O, era simplemente “Esperanzada”, a quien había yo escrito a Correo Central?... No lo sé. Los extraños me dan miedo y lo que estaba ocurriendo ahora, como encontrar mi dentadura postiza dentro de la zapatilla de levantarse de una desconocida, fue superior a mis fuerzas. Ustedes han visto: mis discos de Gardel se llenaban de polvo porque ella se negaba a bailar tangos. Yo puedo llorar horas enteras escuchándolos. Pero ella no. Ella sólo sufría con el cuarteto de “Jazz” Moderno. ¿Y qué se puede cuando una persona se pone nostálgica con el bandoneón y la otra sólo con la trompeta?... Y si dos personas no pueden llorar juntas por las mismas cosas, ¿qué otra cosa pueden hacer?... ¡Ustedes tienen la palabra, señoras y señores! ¡Pero recuerden que todos, todos tenemos un cepillo de dientes…!


Él se vuelve a sentar y anudar la corbata. Adopta el aspecto anterior, despreocupado, casi sonriente. Toma el periódico y lee en voz alta e indiferente.


Él - “Esas fueron sus declaraciones. La policía piensa que se trata de un típico crimen pasional. Se busca a una tercera persona, posiblemente francesa. Mañana daremos más informaciones”. (Él deja el periódico). ¡Oh, lo mismo de siempre…! Esta prensa sensacionalista se está poniendo cada vez más morbosa. Es el veneno del pueblo… en la realidad, la vida es mucho más aburrida.


Empieza a echar mermelada en una tostada. Se oye sonar el timbre de la puerta del apartamento. Un silencio. Nuevamente el timbre en forma insistente. Un silencio. Ruido característico de una llave en la cerradura y luego el crujido de una puerta al abrirse. Pasos.


Una Voz - ¿Se puede?


Él - ¡Pasa, Antona, el cadáver está en el lugar de siempre!...



Las cortinas se cierran.


FIN DEL PRIMER ACTO.



ACTO SEGUNDO.



El segundo acto empieza en el mismo momento en que terminó el primero.


Él con gesto detenido en el aire y parte de la tostada de mermelada en la boca. La escenografía se ha invertido, es decir, sobre un eje imaginario ha girado en 180º . Todo lo que se veía a la izquierda está a la derecha y viceversa.

Se escucha el timbre de la puerta. Un silencio. Nuevamente el timbre. Un silencio. Se abre la puerta y se escuchan pasos de alguien.


Una Voz - ¿Se puede?...


Él - ¡Pasa, Antona, el cadáver está en el lugar de siempre!...


Entra Antona. Es Ella, sólo que lleva un vestido barato, peluca y pendientes. En sus manos un cubo de limpieza, un estropajo, un trapo y un escobillón. Antona es decidida y enérgica, aunque ingenua. Deja el cubo en el suelo y se coloca en la cintura un paño de manera de delantal.


Antona - Buenos días. Señor…


Él - Buenos días, Antona.


Antona - Para mí nada buenos… ¡Ah, qué mañana llevo! Si lo único que me falta es encontrar un muerto debajo de la alfombra…


Él - (Sobresaltado) - Y, ¿por qué dices eso, Antona?


Antona - Porque hay mañanas en que una no sabe qué sería mejor: si tomarse una aspirina o cortarse la cabeza.


Él - (Indiferente) Ah, no lo dudes, córtate la cabeza.


Antona - Empecé por el departamento 18; me recibió el señor completamente desnudo “¡Cúbrase!”, le dije, y me contesto: “¡Guárdate tu beatería, que hoy ando con el diablo en el cuerpo y huelo a infierno!”.


Él - (Perplejo). Antona, dime… ¿Yo huelo a infierno?


Antona - (Distraída). Sí, señor.


Él - Gracias.


Antona - Luego en el 25 fundí la aspiradora, me resbalé con el jabón, y rompí un espejo. La señora se puso histérica.


Él - Pero luego, gracias a Dios, llegaste aquí.


Antona limpia activamente el piso con el escobillón.


Antona - Ay, sí. Mientras subía la escalera venía pensando: “Por fin llego a una casa decente y tranquila, desde esos señores que viven como palomos…”


Él - ¿Y cómo se consigue volver el alma al cuerpo Antona?


Él se ha quedado inmóvil con la mirada fija en dirección al dormitorio.


Antona - ¿Se siente bien señor?


Él - (Reaccionando). Ah, sí, sí. Completamente purificado. Como un cuerpo glorioso. Es curioso, pero esta mañana me siento viudo como el cardenal Richelieu.


Antona - Ah, ¿Y la señora?


Él - Requiescat in pace.


Antona - ¿Qué dice?


Él - Que duerme como una muerta.


Antona - Ay, no diga eso, señor, que trae mala suerte. Un tío mío, el pobre, se acostó cantando… y amaneció afónico (Antona pone algunas cosas sobre la bandeja). Eh… ¿Terminó su desayuno, señor?


Él - Creo que sí, algo me quitó el apetito.


Antona - Bueno, entonces voy a llevarle el desayuno a la señora.


Antona se dispone a dirigirse al dormitorio. Él se levanta y se interpone entre ella y el dormitorio.


Él - ¡No! No conseguirás que trague nada, Antona. (Quitándole la bandeja de las manos). Lo estropeas todo con tus prisas, Antona. Por eso te resbalas en los jabones y quiebras los espejos… (Acercándose mucho a ella). Parece que anduvieras huyendo de algo. Lo peor de todo es huir, Antona. Aunque se haya matado a alguien… Eso es malo para la presión y para los nervios. Si hay tiempo para todo (Él le pone a mano en la cintura). Me gustó eso que dijiste de “vivir como palomos”. Repítemelo otra vez, ¿quieres?...


(Antona se separa de Él).


Antona - (En voz baja) ¡Ya, pues, no se ponga pesado que la señora puede venir!


Él - (Sonriendo). Pierde cuidado, no vendrá.


Antona - Sí, siempre dice lo mismo. Tendría que estar muerta para no escuchar las carreras y los gritos que doy todas las mañanas para librarme de sus agarrones. ¡Suélteme!


Él - Eres completamente tonta, pero tienes un encanto animal.


Antona - (Feliz). ¿De veras?...


Él - Palabra, Antona, dime, ¿estás enamorada?


Antona - ¿Qué es eso?


Él - ¿Me vas a decir que no has oído hablar del amor?


Antona - (Perpleja). Me suena.


Él - No es posible, Antona.


Antona - Palabra.


Él - Pero si eso es tan importante, o más aún, que la laca para el pelo, los cupones premiados o los supositorios.


Antona - ¿De veras?


Él - Lógico. Eso se lo enseñan a uno en primero básico.


Antona - Bueno, lo que pasa es que una no ha estudiado.


Él - ¡Pero si basta con leer las enciclopedias, Antona! (Él va hacia un mueble bajo y coge un grueso libraco). Vamos a ver, vamos a ver,… Amor, amor, aquí está. Amor: “Afecto por el cual el hombre busca el bien verdadero…”. Y no hay que confundirlo, Antona, porque hay mucho. Fíjate: “Amor seco: Nombre que se da en Canarias a una planta herbácea cuyas semillas se adhieren a la ropa”, ni tampoco con el “Amor al uso”: “Arbolillo malváceo de Cuba parecido al abelmosco”… ni muchísimo menos con el “lampazo” ni “el almorejo” ni el “cadillo”, planta umbelífera que tiene dos bulbos…


Antona - Usted no tiene moral.


Él - (Consultando el diccionario). Moral… Moral, moral: “Árbol moráceo de hojas ásperas, acorazonadas y flores verdosas, cuyo fruto es la mora”.


Antona - Debería darle vergüenza. ¿No?


Él - (Consultando el diccionario). Vergüenza… Vergüenza, vergüenza, vamos a ver, aquí está Vergüenza: “Turbación del ánimo que suele encender el color del rostro. Se usa también la expresión de “cubrir las vergüenzas” refiriéndose a las partes pudendas del hombre y la mujer”.


Antona - Yo no sé nada de esas cosas.


Él - Ah, pero por lo menos deberías saber que las relaciones amorosas se clasifican según su intensidad y sus circunstancias en: Condicionales, consecutivas, continuativas, disyuntivas, defectivas… y copulativas.


Antona - ¡Ay, Dios mío! ¿Y qué voy a hacer yo que soy analfabeta?


Él la toma nuevamente de la cintura y trata de atraerla hacia sí.


Él - Antona, Antona, dime, dime ¿has tenido amantes?


Antona - ¡Y darle con la misma música!


Él - No te suelto si no me dices la verdad.


Antona - ¡Y cómo va a saber una eso de los amantes digo yo…!


Él - Pero una mujer siempre sabe… ¡Cuándo sí y cuándo no!


Antona - Yo, no, palabra de honor. A mí como si nada. Cuando voy a darme cuenta ya están abotonándose. ¡Suélteme!


Él - ¡Eres completamente idiota e insensible!


Antona - Es que me criaron con leche de burra. Es una porquería, le digo… Yo opino como mi tío, que decía: “Habiendo una mujer cerca, que se lleven las burras”.


Él - Pero tú eres un animal premiado en cualquier feria, Antona.


Antona - Ah, sí. Eso es lo que decía mi madre; “Antona, Antona, nadie te podrá reprochar de ser una mala mujer, y eso es mucho decir, pero de ramera tienes bastante”.


Él - Palabras cariñosas y sabias.


Antona - Ay, sí. Bueno, voy a despertar a la señora.


Él intenta tomarla de un brazo y retenerla.


Él - No, no, ¡espera!... Han sucedido algunas cosas…


Antona - Déjeme, que usted tiene mucho cuento para todo.


Él, instantáneamente, se pone a contar un cuento con tono paternal, Antona escucha fascinada.


Él - Pero este cuento no lo conoces. Es el cuento del rey Abdula, el que perdió su armadura: “Había un Rey que tenía la mala costumbre de comerse las uñas. Un día descubrió que su esposa, la Reina se acostaba con un anarquista de palacio, dentro de su propia armadura y debajo de su propia cama. Desde entonces el Rey dejó de comerse las uñas y comenzó a comerse los cuernos…”


Antona - (Fascinada). ¡Oh!... ¿Y el Príncipe?


Él - ¿Qué Príncipe?


Antona - Siempre hay un Príncipe. ¿Hay Príncipe o no hay Príncipe?


Él - Oh, sí, sí, el Príncipe… Es que no había querido hablarte de él por delicadeza, porque este Príncipe tenía un vicio secreto: arrastraba la lengua por todo el palacio.


Antona - ¿Por qué?


Él - ¡Era filatélico!


Antona - (Con admiración). ¡Ay, Dios mío, que sabe cosas! Lo que es la falta de ignorancia de una…


Antona vuelve a dirigirse al dormitorio. Nueva interposición de Él.


Él - ¡No, no entres a dormitorio, Antona!


Antona - Bueno, ¿Por qué?


Él - Es que todo está desordenado allí dentro. Hay cosas tiradas por todas partes; mi ropa sucia, mi mujer… tú sabes, las cosas de todos los días.


Antona - Bueno, pero ése es mi trabajo, ¿no es cierto?


Él - ¡Te lo prohíbo, Antona!


Antona - Voy a pensar que oculta algo, ah.


Él - ¿Y cómo adivinaste?


Antona - ¿Qué?


Él - Es que yo… yo…


Antona - Bueno; ¿usted qué?


Él - Yo, yo no soy el mismo de antes, desde hace media que lo sé.


Antona - Ah, no entiendo.


Él - Pero si te lo he explicado en forma delicada durante todo este rato y te niegas a comprenderlo… ¿Cómo puede ser tan tonta?


Antona - Pero… ¿darme cuenta de qué?

(Pausa conmovida de Él).



Él - (Sin poder contenerse). ¡Voy a ser madre!


Antona - ¿Qué dice?


Él - Que voy a tener un niño, sí.


Antona - ¡No puede ser!


Él - Sí. Un niño que es fruto de tu irresponsabilidad y egoísmo.


Antona - Ah, ¿de modo que quiere echarme ese crío a mí?


Él - (Lastimero). Ah, no pretenderás negarlo ahora, Antona. ¡No puedes ser tan desnaturalizada!


Antona - ¿Pero cómo? Si lo único que hemos hecho ha sido darnos pellizcones y manotazos en la cocina.


Él - (Con pudor). Ya vez, así es la Naturaleza… (Bajando la vista). Voy a tener un niño.


Antona - No, no lo creo.


Él - (Digno y sufriente). Ah, ¡Antona, no me pedirás las pruebas ahora!, pero tú sabes mejor que nadie todo lo que ha habido entre tú y yo… ¡pero yo te juro que tú has sido la primera!


Antona - (Confusa). Mire, todo esto es un lío. Yo vengo aquí solamente a limpiar el piso y no a sacarle a usted las castañas del fuego.


Antona ya se ha olvidado del dormitorio y está en medio de la sala.


Él - (Haciendo pucheros). Claro, para ti es fácil, apena un remordimiento… en cambio para mí… (Su voz se quiebra). ¡Jamás podré decírselo a mi madre!


Antona - ¿Su madre?... ¿Pero qué diablos tiene que ver ella en todo esto?


Él - Me repudiará.


Antona - ¿Y qué dirá su esposa, digo yo?


Él - (Digno). Espero que ella le dé su apellido por lo menos.


Antona - Cualquier cosa que esté tramando o engendrando, yo no tengo, nada que ver.


Él - ¡Antona, no me des a espalda ahora, después de haberte aprovechado de mí! ¡Ah, ah, ay…! (Él sufre un desvanecimiento).

Antona - (Alarmada). Venga, siéntese, siéntese y deje de pensar en tonterías. Si no es nada del otro mundo. Todas tenemos que pasar por esto tarde o temprano. Le traeré un vaso de agua (Antona lo arrastra hasta una silla y corre a buscar un vaso a la cocina. Desde allí grita). ¡Quédese tranquilo! Si eso solamente pasa los primeros meses (Aparece nuevamente y le da un vaso de agua. Él bebe el agua y luego estalla en sollozos).


Él - Por un momento de placer me he convertido en un paria… He sido deshonrado.


Antona - No, no sea tonto. Si ahora la sociedad es mucho más comprensiva que antes… En cambio, en mi pueblo, mi abuelo era tan puritano que cuando la yegua parió, hizo buscar el caballo culpable por todo el campo y, cuando lo pilló, lo capó.


Él - (Espantado). ¿Por qué hizo eso?


Antona – Porque dijo que era un mal ejemplo para mi madre, que estaba soltera.


Él, al oír el cuento, estalla nuevamente en sollozos.


Antona - Bueno, ¿pero qué le pasa ahora?


Él - (Haciendo pucheros). Me da miedo tu abuelo puritano.


Antona - No, si está enterrado en el pueblo.


Él - Yo también nací en un pueblo.


Antona - ¿Ah, sí?

Él - Sí, por eso fui siempre muy ignorante en todas estas cosas. Yo creía que los niños se hacían mezclando tres partes de harina, dos de leche y una de levadura.


Antona - Y por qué no se va una temporada al pueblo; allí los niños se crían sanitos. Y nadie se entera.


Él - Claro, la reacción típica: librarte de mí. Ahora ya no piensas para nada en el matrimonio.


Antona - Nunca, nunca le ofrecido matrimonio. Además, usted está casado. Debería decirle todo a su mujer. Ella debería conocer la situación… ¡Yo misma se lo diré! Si no le da un infarto es señal que terminará por reconocer al crío. (Antona se dirige al dormitorio, pero Él la detiene con un grito).


Él - (Como un demente). ¡Antona, si entras en ese dormitorio, me mato!... comenzaré ahora mismo, comiéndome este diario hasta morir.


(Él muerde ferozmente el periódico. Antona, asustada trata de quitárselo. En el tiran y aflojan lo desgarran completamente).


Él - (Patético). Sí, mañana tendrás que explicar todo a la opinión pública: muerto y deshonrado por intoxicación de prensa amarilla. ¡La autopsia lo revelará todo!


Antona retrocede unos pasos.


Antona - Usted es un hombre peligroso.


Él - Soy una víctima.


Antona - Quien mal anda mal acaba.


Él - Al que no es ducho en bragas las costuras lo matan.


Antona - En comer y rascar todo es empezar.

Él - Lo que no se hace en un año se hace en un rato.


Antona - Quien su trasero alquila no pasa hambre ni fatiga.


Él - Cada uno habla de la feria según le va en ella.


Antona - Si quieres un crío búscate un sobrino.


Él - Hijo sin dolor, madre sin amor.


Antona - Éramos treinta y parió la abuela.


Él - A mulo cojo el hijo bobo lo sufren todos.

Antona - Más vale una de varón que cien de gorrión.


Él - El lechón de un mes y el pato de tres.


Antona - Más arriba está la rodilla que la pantorrilla.


Él - Más vale casada que trajinada.


Antona - Casarme quiero, que se me eriza el pelo.


Él - Antona, Antona, uno la deja y otro la toma.


Antona empieza a desojar tristemente una rosa del florero.


Antona - Me quieres mucho… poquito… nada…


Él - No, no pierdas las esperanzas de casarte, Antona; si estás muy bien todavía, a pesar de tu cicatriz de tu operación de apendicitis.


Antona - (Desilusionada). No. Estoy muy venida a menos. Debe ser que me estoy volviendo solterona. Es fatal. Engordaré, me arrugaré y el día menos pensado, ¡paf!..., amaneceré tan inservible y pasada de moda como un corset en naftalina.


Él - Pero tienes tiempo todavía para escoger entre tanto sinvergüenza suelto que anda por ahí.


Antona - No, es inútil. Soy el estropajo de todos. ¿Quién me va a querer para otra cosa que no sea hacer unas tortillas de huevos?


Él - ¡Qué ideas tienes, Antona!


Antona - Claro, porque le encuentran gusto a detergente a una se aprovechan.


Él - En ese sentido eres verdaderamente apasionante.


Antona - No, lo he intentado todo. Hasta escribí a un consultorio sentimental. Firmé “Esperanzada” y sólo me contestó un tipo baboso que debe ser casado y barrigudo. No le entendí nada. Firmaba “Lucho solo”. Debe ser un vicioso.


Él - (Estupefacto). Entonces… ¿tú eres “Esperanzada”?...


Antona - Sí, sí. Sé que se va a reír de mí.


Él - (Para sí). Tú eres la que buscaba un alma gemela.


Antona - (Orgullosa). Esa frase la escuché en Flor de Fango.


Él - No.


Antona - Es una teleserie que ya dura dos años. Es terriblemente apasionante. Primero pasan los comerciales: un locutor medio marica, pero muy simpático, dice: “¡Nosotras sabemos que Fibronailon nos acaricia! ¡Fibronailon remercerizado, su nailon de confianza, el nailon que es casi un confesor!, presenta: Flor de Fango”. ¡Ay de sólo pensarlo me pongo tiritona!


Él - (Para sí). “Esperanzada, tengo la impresión de que nos complementaremos para siempre… Si tiene algún defecto físico visible o alguna enfermedad invisible, consulte a un especialista… Ya no es necesario enviar foto… Yo, tímido, pero dicen que neurasténico sin remedio. La saluda y olvida para siempre… Firmado: “Ya no Lucho”.


Antona - No sé lo que quiere decir, pero ya es la hora de que termine mi trabajo. (Antona se dirige al dormitorio decidida).


Él - ¡No te vayas todavía!


Antona - Voy a despertar a la señora.


Él - Se necesitarían las trompetas del Juicio Final.


Antona - No quiero seguir jugando a las adivinanzas y si usted me sigue poniendo dificultades me marcharé al extranjero, al MERCOSUR o a la Comunidad Económica Europea.


Él - ¡Ah, no, eso nunca!


Antona - Hoy en día una está muy solicitada, no crea.


Él - (Impresionado). Ay, Antona, Antona. Tú sabes que nosotros somos buena gente, sin antecedentes penales… (Apasionado). Mira, si quieres, te casaremos con mi jefe que es alcohólico o con el hijo de mi vecino que es numismático, o con mi director espiritual que es pastor luterano, o en un último caso conmigo mismo… ¡Cualquier cosa, pero no te vayas!


Antona - ¿Y querrá la señora?


Él - ¡Qué cosa!


Antona - Esta boda tan precipitada.


Él - Por supuesto. Ella no dirá ni una sola palabra. Tú sólo tendrás que regarla y pasarle el plumero de vez en cuando (Tierno). Envejeceremos los tres juntos frente al televisor.


Antona - ¿Podré usar la ropa de la señora también?


Él - Por supuesto. Hasta su cepillo de dientes.


Antona - Ah, ah. Voy a pensar. De todas maneras, tráigame referencias, recomendaciones y radiografías.


Él - (Implorante). Antona, Antona, tú sabes que yo tengo buenos antecedentes bancarios. Mira, si quieres aprenderé alemán para que te sientas en el extranjero. ¡Cualquier cosa… pero no te vayas!


Antona - No creo que sea posible casarme con usted por el momento. Y no es que sea beata, pero me resultaría chocante que su esposa, usted y yo… usted me comprende, ¿no? Existe la moral y las buenas costumbres. Una puede haber llegado muy bajo, pero eso de compartir la televisión y el cepillo de dientes con un hombre casado por las dos leyes es repugnante.


Él - Pero tiene el gusto de lo desconocido, Antona…


Antona - Las fantasías tienen su límite. No forcemos a la Naturaleza.


Él - ¡Traspasa tus propios límites, Antona!


Antona - ¿Y no tiene otra cosa que ofrecerme?... ¿Eso es todo?


Él - Te daré una tarjeta de crédito.


Antona - Es inútil.


Él - Te sacare una póliza de seguros.


Antona - No.


Antona está a punto de entrar en el dormitorio.


Él - ¡Antona, por ti llegaré hasta el fin!


Antona - (Embelesada). ¿Hasta el fin?


Él - Sí, el fin. Bailaremos un tango cada día.


Él coloca en el viejo gramófono un disco de Gardel. Antona tira al aire el estropajo y el cubo de limpieza.


Antona - ¿Será capaz de tanto?


Él - ¡Cuqui!... ¡En este maldito claustro, un tango después de ocho años de silencio!


Bailan apasionadamente. Parecen traspasados. Casi al terminar el tango, el disco se pone a girar sobre el mismo surco rayado. Él se desprende de ella y va hacia el gramófono. Antona, mientras tanto, se arregla el delantal y entra al dormitorio diciendo entre risitas nerviosas.


Antona - ¡Señora, no vaya a pensar nada malo…, le juro que antes que faltarle el respeto!... (Se interrumpe. Se escucha un grito penetrante de Antona desde el dormitorio. Sale Antona tambaleándose por la impresión. Él, abstraído, parece casi feliz. En el gramófono se escucha un acompañamiento de guitarra para el canto de Él).


Antona - ¡Ay, Dios mío!... ¿Qué pasó?


(Él cantando el conocido tango de Gardel):


Él - “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa más…”


Espantada al ver la insensibilidad de Él, que canta tangos.


Antona - ¿Se ha vuelto loco?... ¿Es que se olvidó que tiene a su mujer tirada en el dormitorio?... ¿Es que no tiene compasión por nadie?...


Él - (Canta): “Y ahora que evoco sumido en mi quebranto las lágrimas prensadas se niegan a brotar y no tengo consuelo de poder llorar…”


Antona - (Retorciéndose las manos). ¿Por qué lo hizo?... ¿Por qué?


Él - (Canta): “Por qué sus alas tan cruel quemó la vida. Por qué esta mueca siniestra de suerte… quise abrigarla y más pudo la muerte…”


Antona - ¡Dentro de un momento estará aquí la policía y los periodistas!


Él - (Canta): “Yo sé que ahora vendrán caras extrañas con su limosna de alivio a mi tormento…”


Antona - ¡Le arrancaran la verdad!... ¡Yo podré atestiguar la verdad!


Él - (Canta): “Todo es mentira mientras este lamento hoy está solo mi corazón…”


Antona - No se haga ilusiones, el que la hace la paga.


Él - (Canta): “En vano yo alentaba febril una esperanza. Clavó en mi carne viva sus garras el dolor…”


Antona - Yo no sé por qué está diciendo todo esto. Abriré las ventanas y empezaré a gritar como una loca a la gente que pasa por la calle…


Él - (Canta): “Y mientras en la calle en la loca algarabía el carnaval del mundo gozaba y se reía, burlándose el destino me robó su amor…”


Antona, fuera de sí, coge el disco de Gardel y lo rompe. Luego se enfrenta a Él.


Antona - (Frenética). ¿Por qué… por qué… por qué…?


Él la mira un momento fijamente, casi dolorosamente y luego estalla.


Él - ¡Porque sí! ..., porque yo tengo cinco millones de glóbulos rojos y ella tiene sólo cuatro millones doscientos mil; porque sus hormonas son distintas de las mías; porque yo calzo 42 y ella del 37; porque a mí me gustan las mujeres y a ella los hombres; porque yo creo en Dios y ella también; porque somos tan distintos como dos gotas de agua, pero sobre todo, ¡porque sí, porque sí!


Antona - (Recobrándose poco a poco). ¡Era…, era tan buena la pobrecita! Todos los Miércoles de Ceniza me regalaba sus zapatos viejos. ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo fue capaz?... ¿Qué hace usted aquí todavía?... Seguramente quiere comprometerme, quiere mezclarme en toda esta pesadilla… ¡Pero yo diré la verdad!... ¡Me creerán…! Tienen que creerme… ¡Yo no sé nada…! ¡No sé nada…! (Gritando). ¡No sé nada!



Se apagan casi todos los reflectores hasta producirse una penumbra. Él enfoca el rostro de Antona con una potente linterna. La cruda luz de la linterna cae de lleno sobre el rostro asustado de Antona. Él habla desde la penumbra. Antona está inmovilizada. El diálogo es seco y rápido.


Él - ¿Nombre?


Antona - Antona los días de trabajo y Cuqui los días de fiesta.


Él - ¿Edad?


Antona – Vaya uno a saber.


Él - ¿Domicilio?


Antona - Al fondo, a la derecha.


Él - ¿Profesión?


Antona - Lo que caiga.


Él - ¿Religión?


Antona - Homeópata.


Él - ¿Estado?


Antona - Un día sí, otro no.


Él - ¿Víctima?


Antona - La señora del 36: ¡Una santa!


Él - ¿Arma homicida?


Antona - Equipo personal estéreo.


Él - ¿Móvil del luctuoso suceso?


Antona - Bueno, nada de palabrota que una es decente.


Él - Existen pruebas de robo y profanación del cadáver.


Antona - (Lloriqueando). Yo llevo sus calzones porque ella misma me los regalaba. Si le saqué al cadáver una cadenita de oro y un anillo, fue sólo para tener un recuerdo… ¡Era como un madre para mí!... ¡Mamáaaa!


Él - ¡Basta! (Cesa el lloriqueo). ¿Coartada?


Antona - ¿Qué?


Él - ¡Sea precisa!... ¿Qué hizo la noche del 25 de julio?


Antona - Lo que me pedía el cuerpo, señor comisario.


Él - Ah, ¿confiesa entonces?


Antona - No, soy inocente como un recién nacido. Puedo atestiguar que a la hora del crimen le hacía el amor al señor, mientras se comía un sándwich y veía un concurso por la televisión, a mí me gusta aprovechar el tiempo. 

(Vuelve la luz al escenario. Él cambia a locutor de TV usando la linterna como micrófono. Antona, nerviosa y sonriente como una concursante. Ambos hablan directamente al público. Él hace las preguntas con un tono brillante y empalagoso propio de los locutores de TV).


Él - Mire, le voy a dar la última oportunidad. Si usted no me contesta a mis preguntas perderá la gran oportunidad que le ofrece TexMax, la única fibra de homologación texilor. Vamos a ver, ¿quién mató a la mujer del departamento veinticinco? ¡Ay, qué nervios!


Antona - ¡EL manco de Lepanto!


Él - Tibio, tibio… ¿Quién fue el culpable? Vamos a ver ¿quién mató a la mujer del departamento veinticinco?


Antona - Caín.


Él - Casi, casi… Piense, piense, que la están mirando millones de telespectadores a través de nuestro sistema de Mundivisión. Vamos a ver, ¿quién mató a la mujer francesa del cuarto de alojados?


Antona - Hmmm, Pedro de Valdivia.


Él - No.


Antona - La Quintrala.


Él - No.


Antona - Mi tío Onofre.


Él - No.


Antona - (Pujando en forma concentrada). Mmmmmmm…


Él - ¡Haga otro esfuerzo más!


Antona - (Sigue pujando con esfuerzo). Mmmm…


Él - ¡Basta no siga pujando! ¡Qué TexMax piensa por usted!


Antona – Pero, deme una última oportunidad.


Él - ¿Le damos la última oportunidad? ¿Le damos la última oportunidad? Bien, le damos la última oportunidad. ¿Quién mató a la mujer estéreo digitalizada?


Antona - ¡Lo tengo en la punta de la lengua!

Él - Dígalo.


Antona - (Triunfante). A ver, ay, ¡ya sé! ¡El llanero solitario!


Él - Do, do, do, do, do, do. Sí, sí, sí, sí, sí, sí.

Antona - (Sonriendo picaronamente). Ya sé… Pero si es tan fácil.


Él - Da, da, da, da, da.


Antona - (Empujándolo con coquetería). ¡Usted!


Él - Da, da, da, da, da. Desgraciadamente ha perdido su última oportunidad. El jurado me dice que la respuesta a la pregunta es: ¡San Inocencio Abad!, ¡1235 a 1303!



Bruscamente, Él se sienta y habla con un tono grave y sacerdotal. La vista baja. Las manos enel regazo. Antona se arrodilla junto a él. Como padre abad.



Él - ¿Tienes algo más que decirme, hija mía?


Antona - (Contrita y avergonzada). No, padre Abad, creo que no.


Él - ¿Estás segura, hija mía?... ¿Nada más?

Antona - (Muy avergonzada). Ay, sí, padre. Falta lo más gordo. El caballero me pellizca todos los días. Nosotros ponemos mucho cuidado para no pecar, claro. Incluso él busca las partes más neutras y menos pecaminosas - los codos, por ejemplo -, pero, así y todo, es completamente desmoralizador. ¿A usted lo han pellizcado alguna vez padre?


Él - Sí, No, no, niña, por supuesto que no, m’ hijita rica.


Antona - Créame, es terrible. A mí eso me deja totalmente deshecha. Yo he pasado por este mundo como una mártir, de pellizco en pellizco.


Él - (Empezando con tono de inquisidor y continuando con un progresivo tono libidinoso). Culpable de Alta concupiscencia… Concupiscencia…


Mimoso, acariciándole la barbilla a Antona.


Él - Concupichencha… Concupichencha… Concupichenchita… Concupichenchita…


Antona reacciona, le muerde el dedo y se pone de pie.


Antona - Basta, señor, que yo no voy a seguir está comedia. Está muy bien que una sea un poco ignorante y algo diabética, pero eso de guárdale sus muertitos debajo de la cama, es mucho pedirme.


Él - ¡Hazlo, me encanta los generales retirados!


Antona se mete los dedos a la boca y lanza un silbido penetrante.


Antona - Eso sí, este general entra siempre por las ventanas rompiendo los cristales.

Él - Tenemos poco tiempo entonces.


Antona - ¡No, no me toque! ¡No se acerque!


Él - ¡Antona, Antona!


Ruido de cristales rotos fuera del escenario. Él se acerca a Antona con apasionamiento.


Él - (Intensamente). Antona, tu olor a lavaplatos me conmueve, me enloquece, me rejuvenece. Déjame mirarte por la cerradura de la llave y seré feliz. ¡Si me dejas atisbar tu escote con una lente gran angular teleobjetivo de dos milímetros y medio moriré de placer!


Antona, se deshace del abrazo.


Antona - No se ponga pesado, señor, que el cadáver de la señora nos puede sorprender. (Él con más intensidad y apasionamiento todavía).


Él - ¡Átame las manos si quieres!... ¡Ahórcame, márcame, mutílame!... ¡pero déjame esa lagaña del ojo!


Antona - (Entregándose). ¡Basta! ¡Basta!... No resisto más… Yo también soy de carne y huesos… (Desfallecida). ¡Oh, lujuria, lujuria, aquí estoy, aunque no sobreviva al adulterio!


Él - ¡Y que el mundo se haga polvo alrededor nuestro!



Se acercan apasionadamente e inician una grotesca parodia del acercamiento o del abrazo amoroso. Toda la pantomima de grotesca incomunicación física se desarrolla siguiendo una música distorsionada. Sería preferible usar música concreta y no electrónica. Da la impresión de una pesadilla esta especie de absurda lucha amorosa frustrada lleva a una progresión que culminará con la destrucción de objetos: jarrones, sillas, cuadros caen al suelo. Algún muro de la habitación caerá para atrás. Del techo caen objetos diversos que se rompen en el suelo. La pareja está ajena a todo esto. Ambos, jadeantes y hechos un nudo, ruedan por el suelo y se separan. No se pueden hablar por un momento. Antona se pone de pie dificultosamente después de un momento y cambia sus modales y su voz por los de Ella, o sea la esposa del primer acto. Él le habla desde el suelo. Ninguno de los dos parece advertir la destrucción general.


Él - Isabel, Mercedes, Soledad… ¿es realmente necesario que tengamos que repetir esto todos los días?


Ella - ¿A qué te refieres, cariño?


Él - Sabes perfectamente bien a qué me refiero. Resulta agotador.


Ella - Mi parte no es fácil tampoco. Si por lo menos se te ocurriera algo nuevo.


Él - Eso es lo más espantoso. ¡Que siempre se necesita algo nuevo! Para hacernos el amor vamos a tener que contratar a un asesor…


Ella - Yo creo que las ideas iniciales no eran malas, lo malo que pasa es que la hemos bordado tanto que ahora están prácticamente agotadas.


Él - ¿Qué podemos hacer?


Ella - Nada, dejemos las cosas en su lugar.


Él - Sabes muy bien que si no te estrangulo todos los días no te quedas tranquila.


Ella - Bueno, eso es muy corriente… ¿Qué esposa decente no desea ser estrangulada de vez en cuando?


Él - No, si no te lo critico. Pero no me eches en cara que yo también tenga algunas debilidades.


Ella - No, si no te critico nada, solamente que no entiendo por qué no vives con Antona y ya está.


Él - Es una idea que ya se me había ocurrido. Siempre que Antona acepte disfrazarse de ti. Bueno, pongamos las cosas en su lugar.


Ella - ¿En qué lugar?


Él - Y si nos hiciéramos el amor en latín.


Ella - Es una lengua muerta, apesta.


Él - ¿Y el sánscrito?


Ella - No, no tenía idea.


Él - Podrías habérmelo dicho cuando nos casamos.


Ella - No me atreví.


Él - ¿Cómo pudiste hacer eso? ¡Dios mío! ¡No conoces el sánscrito!


Ella - Bueno, pero conozco unas palabras en arameo.


Él - Si es por eso, yo conozco unos slogans de propaganda en checo.


Ella - (Apasionada). “Cravina el Mutara”.


Él - (Apasionado). “Mirkolavia Elbernia Kol”.



Un silencio.


Ella - “Alaba de Tamara jaín”.


Él - “Eskoiava prinka Voj”.


Ella - ¿Te pasó algo?


Él - No.


Ella - ¿Estás seguro?


Él - Sí.


Ella - A mí tampoco.


Él - Es horrible.


Ella - ¿Qué?


Él - Todo.


Ella - No lo había pensado.


Él - Pero es así.


Ella - Ah, no nos pongamos tontitos, mi amor. Es verdad que tu madre embalsamada nos da un poco de lata, que a ti se te cae el pelo y a mí el repollo me da flato, pero así y todo lo pasamos extraordinariamente bien. Tenemos nuestro departamento al lado mismo del parque de atracciones. Todas las noches tenemos al alcance de la mano, tómbolas con premios, tiro al blanco, túnel del amor y sorpresas… ¿Qué más se puede pedir?


Él se acerca a Ella y la abraza suavemente hundiendo su cara en su cuello.


Él – Quizás tengas razón.



Él la besa en el cuello. Se empieza a escuchar la música de arpa que sugiere la tonadilla de un carrusel de feria.


Ella - ¿Escuchas?... ¡Es la música del carrusel! Es la hora en que empieza a girar… Comienzan las atracciones.


Ella lo besa.


Él - ¡Qué bien hueles!


Ella - (Coqueta). Sé qué te vuelve loco. Es el súper detergente tamaño grande Bimpo.


Él - (Cariñoso). No digas tonterías, cariño… Sabes que sólo me descontrolo con Tersol, “que brilla en su cocina como un sol”.


Ella - (Impaciente). No seas testarudo… “Sólo Bimpo huele a Bimpo”.


Él - “Hace tiempo que hice mi elección: insisto en Tersol”.


Ella - (Molesta). “Bimpo es más blanco y contiene Fenol 32”.


Él - (Enojándose). ¡Idiota! “Tersol no es un sustituto, es el detergente definitivo”.


Ella - ¡Ignorante! Bimpo es la fórmula alemana para la ropa blanca del mundo.


Él - (Gritando). ¡Tersol blanquea más!


Ella - ¡Bimpo hace millonarios y elimina el fregado!


Él - (Aullando). ¡Tersol es la vida en su hogar!


Ella - (Aullando). ¡Bimpo cuida sus manos!


Él - (Aúlla con la cara pegada a la de Ella). ¡Tersol!


Ella - (Aúlla con la cara pegada a la de Él). ¡Bimpo!



Los dos gritan al mismo tiempo los nombres varias veces. Súbitamente, Ella toma un tenedor de la mesa. Él, instintivamente, coge un cuchillo. Ambos están frenéticos. Se miran fijamente nombrando sus detergentes favoritos en voz baja. Ambos se agreden salvajemente en una especie de duelo a muerte. Aprovechando un movimiento en falso de Él, Ella le entierra el tenedor en el vientre. Él se dobla sobre sí mismo. Ella, aún histérica, se lo clava varias veces más en el cuerpo repitiendo como una loca.


Ella - ¡¡Bimpo, Bimpo, Bimpo…!!


Él cae pesadamente al suelo. Ella lo arrastra hacia el dormitorio. Sale casi inmediatamente de allí con el tenedor totalmente ensangrentado en la mano. Lo mira un momento fijamente, deteniéndose en medio del escenario.


Ella - Anoche soñé con un tenedor. Bueno, eso no tiene nada de extraordinario porque “todas las noches” sueño con un tenedor.


Limpia el tenedor cuidadosamente con una servilleta. Se sienta a la mesa y se prepara una tostada con mermelada. Suena el timbre. Ella no le hace caso. Suena nuevamente el timbre.


Ella - Anoche soñé con un tenedor. Bueno, eso no tiene nada de extraordinario porque todas las noches sueño con un tenedor.


Voz de Él - ¿Se puede?


Ella - ¡Pase, el cadáver está en el lugar de siempre!...


Una pausa. Entra Él tambaleándose. Su camisa blanca bañada en sangre. Con una mano se aprieta convulsivamente el vientre.


Él - ¡No, el cadáver no está en el lugar de siempre!


Ella - (Levantándose). ¡¡Padre!!


Él - Isabel, es preciso decir algunas palabras antes de terminar… ¡El mundo debe escucharnos!


Las rodillas se le doblan y cae al suelo, pero aún tiene fuerzas para arrastrarse hasta cerca de las candilejas. Ella, horrorizada, corre hacia Él.


Él - (En un supremo esfuerzo). Te perdono. Hemos buscado la felicidad equivocadamente y hemos fracasado…


Ella - (Gime). Sí, nos hemos destruido… ¿Por qué matamos siempre lo que más amamos?


Él - Sólo… el amor… es fecundo.


Ella - ¿Qué será de nosotros?


Él - Más allá del juicio de los hombres… nos levantaremos… de nuestras propias cenizas.


Ella - (Patética). Sólo ahora, cuando es demasiado tarde, veo claramente la verdad: Dos más dos son cuatro, son tres con ocho. Si lo hubiéramos sabido antes… ¡Gracias por el sacrificio de tu vida!... Te lo juro que no será inútil.


Al público y en tono trascendental.


Ella - Si cada uno de nosotros lleváramos la guerra en nuestro propio corazón, ¿cómo evitaremos a conflagración mundial?


Él - (Elevando el tono de moribundo). ¡Ah!


Ella - (Exaltada). En el más pequeño rincón de cada hogar se juega el porvenir de la Humanidad.


Él - (Perdiendo el tono de moribundo). ¡Josefina!


Ella - (Adelantándose unos pasos al público). Cuando en el secreto de nuestra intimidad no se levante una sola voz agresiva… ¡el mundo estará salvado!


Él - (Levantando la cabeza y aullando). ¡¡Cállate!!


Ella - (Volviéndose con naturalidad). ¿Qué?


Él - (Después de una pausa y dejándose caer muerto). Adiós.


En este momento los bastidores que conforman la escenografía o cualquier elemento que se haya usado, empieza a moverse desapareciendo, unos hacia arriba y otros hacia el lado. Se desplazan lentamente. Sólo quedan los muebles. Al fondo se verá la muralla del escenario manchada y llena de palos y bastidores inconclusos. Los muebles y los actores parecen flotar en un ámbito incongruente y absurdo. Ella mira a su alrededor muy desconcentrada.


Ella - ¡Oiga, oiga, todavía no hemos terminado! Dejen la cosas como están… ¡No hemos terminado!


Él - (Incorporándose). ¿Qué pasa?


Ella - Que están deshaciendo nuestro campo de batalla.


Él - (De pie). ¡Todo los días lo mismo!... (Gritando hacia lo laterales). ¡Dejen todo como está, que no hemos terminado todavía!


Un silencio. Y luego el último bastidor o elemento es retirado.


Ella - Oh, deberías quejarte con alguien.


Él - Sí, uno de estos días lo voy a hacer.


Ella - (Desalentada). Uno de estos días… Es inútil. Además, no podía durar, era demasiado divertido y esto no está bien.


Él - ¿Qué es lo que no está bien?


Ella - Divertirse sin remordimientos.


Él - Bueno, pero no habíamos terminado y ¡eso es lo importante!


Ella - No he visto algo más terminado que lo nuestro.


Él - Pero no se llevarán mi gramófono ni mis discos viejos.


Va a la mesa y coge la enorme bocina. Su aspecto sosteniendo e gramófono es grotesco.


Ella – Y yo no permitiré que se lleven mi lámpara escandinava de papel de arroz.


Ella coge un globo de papel que cuelga en un costado. Ambos se quedan en la mitad del escenario sin atinar a dónde ir con sus respectivas cargas. De pronto se quedan mirando uno al otro.


Él - Te ves ridícula.


Ella - Te ves grotesco.


En ese momento se apagan algunos focos.


Ella - Están apagando las luces de nuestra teleserie.


Él – (Gritando hacia el fondo de la sala). ¡No apaguen, que no hemos terminado todavía!


Ella - (Se apagan casi todos los focos). Dentro de un momento estaremos a oscuras


Él - Como siempre.


Se apagan los últimos focos. Sólo queda un cenital, en medio del escenario.


Él - Casi me siento mejor así, en esta oscuridad sin nada alrededor.


Ella – Sí, por lo menos es una sensación nueva que no se nos había ocurrido. Me voy.


Él - (Sincero). No te vayas todavía, es importante.


Ella - ¿Para qué?


Él - Deja ese absurdo globo en cualquier parte y dame la mano.


Ella - Para eso tendrás que soltar primero esa espantosa victrola.


Ambos dejan sus respectivas cargas en el suelo.


Ella - ¿Y?


Él - Bueno, estaba pensando que a lo mejor no era tan difícil…


Ella - ¿Qué?


Él - Todo.


Ella - ¿Qué quiere decir?


Él - Que a lo mejor sólo se trataba de decir una sola palabra. Una palabra bien sencilla que lo explique todo… Una palabra justa en el momento justo…


Ella - ¿Una palabra?


Él - Sí… ¡Y voy a decirla!


Ella - (Sincera). ¡Sí, dila por favor!



Se juntan al medio del escenario bajo el único foco cenital. Sus manos están a punto de tocarse.


Él - Bueno…, yo.



Se apaga el foco cenital. Oscuridad completa. Un silencio expectante.



Ella - ¡Di la palabra!


Ella - (Anhelante). ¡Dila por favor!...


Él - (Aullando en la oscuridad). ¡¡Mierda!!


Un largo silencio expectante en la más completa oscuridad.


Él - ¡Quiero un poco de…!


Ella - (En la oscuridad y con voz susurrante). Dame la mano. No te veo. Tengo miedo.


Él - (Con la misma voz susurrante). ¿Dónde estás?


Ella - Aquí, buscando un fósforo.


Él - Para encender los cirios de nuestro velorio.



Ambos encienden una cerilla y prenden las velas de dos candelabros mortuorios que antes no se habían visto en el escenario, pero que ahora están en el suelo. El escenario desnudo se ve a la débil y parpadeante luz de los cirios. Ella toma el arpa que se había visto durante la obra en un rincón y Él teje un largo tejido inconcluso. Con él en las manos se sienta en la mecedora. Ella empieza a tocar el arpa. Interpreta el “leitmotiv” de la obra del sugerente y reiterativo tema del carrusel del Parque de Atracciones. Él sin pizca de inhibición ni de burla, se pone a tejer meciéndose. Ambos sonríen beatíficamente. Ella sin dejar de tocar el arpa.


Ella - ¡El día ha sido maravilloso!


Él - Sí, pero ya no queda nada de nuestro Parque de Atracciones.


Ella - Mañana inventaremos otro.


Él - Cada día es una maravillosa caja de sorpresa con premios; un largo túnel del amor.


Ella - En realidad… ¿cómo podemos sobrevivir?


Él - ¿A qué?


Ella - A este cariño tremendo.


Él - ¡Somos fuertes!


Ella - ¡Invulnerables!


Él - ¡Inseparables!

Ella - ¡Intolerantes!


Ambos - ¡In - to - le - ra - bles!



Las cortinas se cierran mientras Él sigue tejiendo y meciéndose y Ella sigue tocando el arpa.



FIN















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