Baby boom en el Paraíso de la dramaturga y poeta costarricense Ana Istarú





 
                 Ana Istarú

 

Baby boom en el Paraíso

Unipersonal

 

 

Premio María Teresa León para Autoras Dramáticas 1995 (Madrid, España)

 

 

Se estrenó en San José el jueves 18 de abril de 1996 en la Sala Vargas Calvo, producida por el Teatro Nacional y bajo la dirección de Xinia Sánchez.  Ana Istarú interpretó el papel de Ariana, por el cual se le concedió el Premio Nacional a la Mejor Actriz Protagónica de dicho año.

 

(En el escenario vacío, un diván).

 

ARIANA: Cuando quise quedar embarazada me enfrenté con un serio problema: mis ciclos menstruales eran de cuarenta días. Una mujer normal ovula cada veintiocho. Pero yo no. Mamá Naturaleza decidió castigarme dándome un ciclo estrafalariamente largo, lo que me equipara, entre mis colegas mamí­feras, con las elefantas.

          En tanto que cualquiera tiene la satisfacción de recibir su óvulo puntualmente doce o trece veces al año, yo con dificultad produzco anualmente nueve huevos. Soy, por así decirlo, el hazmerreír  de las gallinas.

          Cuando, por fin, quise quedar embarazada, luego de seis años de matrimonio, cinco de terapia psicológica para vencer el terror al parto, cuatro de ahorrar para comprar una casa más amplia, y muchos de recibir la presión social de parientes, vecinos, amigos, personas bien intenciona­das y de otras menos bien intencionadas, tropecé con otro problema:  aunque en forma científica y rigurosa se haya detectado ese día único, esquivo y portentoso en el que tu huevito abandona el ovario y se lanza audazmente por las trompas de Falopio en busca de su espermatozoide azul; aunque durante ese día y los dos precedentes, y ¿por qué no?, ‑hay que estar del lado de la seguridad‑, durante los dos días siguientes, hayás sometido a tu pobre marido a un surmenage sexual, mentiras que quedás embarazada. Las estadísticas lo demuestran: la única forma infalible de embarazarse es tener dieciséis años, ser virgen y acostarse con el novio.

          Recuerdo que mi terror al parto comenzó el día en que nací. Estuve a punto de morir asfixiada, pues yo, que desde entonces tengo el espíritu de contradicción, venía de pie en vez de venir de cabeza, y lo que debió haber sido una flamante cesárea acabó en un parto de película de horror, en el que casi se muere mi madre, casi me muero yo y casi se muere el doctor.

         Durante mucho tiempo, cuando iba a la clínica a visitar a las mamás recién paridas, pasaba escalofriada frente a la sala de partos donde se había librado la cruenta carnice­ría, y más que ir a ver al bebé, iba a constatar cuál era el estado de la sobreviviente del Vietnam del quirófano.

         Esta percepción del parto empeoró con los cuentos que muchas señoras se complacen en divulgar no más encuentran a una indefensa recién casada:

 SEÑORA N°1: Ay, mi amor, esperate que ya vas a ver lo que es eso. Cuando nació Dagobertico el piquete que me hizo el doctor era tan enorme que tuvo que usar una podadera.

SEÑORA N°2: ¡Eso no es nada! Estefanía nació porque me la sacaron con fórceps. Pero no el médico. El conserje, que era físico‑culturista.

 
         Como podrán comprender, mi matriz estaba paralizada de terror. Me quedaban dos opciones: o dilapidaba la mitad de nuestros ingresos en un psicólogo que me restre­gara el sub‑consciente con potasa, o esperaba a que alguien me mandara un bebé por correo. Como lo último era poco probable, opté por lo primero. Llevé entonces una extensa terapia que acabó al mismo tiempo con mis traumas y mi presupuesto. Por fin un día mi psicóloga me puso diez corrido en los sueños que le llevaba de tarea a la sesión, y me incorporé al gremio de los psicoanaliza­dos, esa raza selecta fácilmente reconocible: andan mos­trando sus fotos de “antes y después del psicoanálisis” y su signo zodiacal es un diván.

          Bueno. Ya estaba lista. Boté a la basura el paquete de anticonceptivos, y cuando, calendario y termómetro en mano di con la fecha de mi ovulación, tomé medi­das urgentes. Me fui directo a una de esas tiendas de ropa interior más bien glamorosa, y llamé a la depen­diente:

 

ARIANA: Señorita, tráigame lo más escandaloso que tenga. ¡Esta noche yo a ese hombre lo mato!

 

         Pero esa noche la que estaba muerta era yo. Peor: los dos éramos un par de cadáveres. Diego venía reventado de cansancio del trabajo.

 

DIEGO: Ay, mi amor. ¿Tiene que ser esta noche? Tuve un día de mierda en la oficina. No hace más que joder.

 

ARIANA: ¿Quién?

 

DIEGO: Calígula. (Calígula era el jefe de mi marido).

 

DIEGO: Le está dando duro la menopausia. Ay, no aguanto la espalda. Además hoy pasan el Real Madrid‑Barcelona. No seás malita.

 

         La verdad es que yo tampoco estaba de ánimo. Esa tarde había tenido que pasar en limpio, para el día siguiente, una traducción de la que dependían el pago de la luz y el teléfono, la reparación de la lavadora y una sali­da al cine. Y justo esa tarde a Toñita, mi máquina de escri­bir antediluviana, le dio un ataque de dislexia.

 

ARIANA: ¡Toña, no seás babosa! ¡Mirá lo que me estás escribiendo! A ver, a ver, a ver: “El suscrito Fabrizio Sabatini, deseando suspender las transacciones ...”

 

TOÑA: El zuzcrito Fabrizio Zabatini, dezeando zuzpen­der laz transaczionez...

 

ARIANA: ¡Ah, no, Toña! ¡Dejate de mates!

 

TOÑA: Lo ziento. Eztoy canzada.

 

         No me quedó más que ir a casa de una amiga a arreba­tarle la computadora.

 

AMIGA: Ay, Ariana, qué dicha que viniste. Me siento fatal. ¿Querés un chocolate?

 

ARIANA: Mujer, dejá de comer que te estás poniendo como un tanque.

 

AMIGA: Es que no puedo evitarlo. Ese hombre me está matando. ¿Sabés lo último que me hizo? Ay, comete uno, que están deliciosos. Es un chocolate oscuro que se te va fundiendo en la boca y vas encontran­do unos pedacitos de turrón, y unas almendras que hasta que crujen cuando las partís. ¡Cosa más rica! Si no querés de estos tengo unos de cereza con licor.

 

ARIANA: Bueno, dame uno. ¿Pero qué te hizo?

 

AMIGA: Le compró un juego de muebles carísimo a la mujer, con tocador incluido. Pura caoba. Casi me muero. ¿Querés otro?

 

ARIANA: Es normal. Es su esposa. No la va a dejar nunca, entendelo. Dame otro. ¡No, ya no me des más! ¡Y vos, dejá de hartar!

 

AMIGA. ¡Es que no puedo! ¡Estoy destrozada! Esta vez te juro que lo fleto. ¡Que se quede con la vampira, qué me importa! ¡Lo odio, lo detesto! ¡Uy, le arrancaría las vísceras con una tenaza ardiente!   ¿Te doy de los de cereza?

        

ARIANA: No, ya no más. Bueno, el último. Mirá, yo venía a ver si me podías prestar la computadora.

        

AMIGA: No puedo.

        

ARIANA: ¿Por qué?

        

AMIGA: La vendí.

 

ARIANA: ¿Te va mal?

 

AMIGA: Pues... pobrecito, para ayudarle a pagar el juego de muebles.

 

         Sólo tenía dos opciones: o me iba a casa, o le pegaba. Como lo último era poco cortés, opté por lo primero. Sin computadora, con el hígado ampollado por la sobredosis de chocolate, empapada porque llovió y no llevaba som­brilla, para colmo de males, casi llegando a casa, a un des­graciado se le va ocurriendo tocarme el fondillo.

 

DESGRACIADO: Ay, mamacitica rica.

 

ARIANA: Mire, hijueputa, vaya chúpese a su abuela.

 

DESGRACIADO: ¡Ay, qué malcriada!

 

         Llego a casa con ganas de llorar, me siento gorda, fea y a punto de resfriarme. Y ahora resulta que Diego prefiere ver al Real Madrid.

 

DIEGO: ¿Y es muy grave si lo dejamos para mañana?

 

ARIANA: ¡Mi amor, es hoy! Hoy estoy poniendo mi huevo. ¡No voy a cacarear para probártelo!  Por una vez que vamos a hacer el amor como le gusta al Papa.

 

DIEGO: ¿Qué?

 

ARIANA: (Con voz lasciva).   Única y exclusivamente para la reproducción de la especie.

 

         Tomamos valor y dos gin tonics. Me puse mi prenda mortal de encaje negro y atravesándolo con una mirada a lo Theda Bara, ahí mismo me le puse peligrosa.

 

ARIANA: (Con voz grave).  Negro...

 

         No sé si se han dado cuenta, pero cuando queremos ponernos interesantes agarramos una voz grave de barítono en celo.

 

ARIANA: Negro...

 

DIEGO:  ¿Qué, mi amor?

 

ARIANA: (Pausa).  Dios mío, qué rara me siento. Es estú­pido, pero me da vergüenza. Es como si nos estu­vieran viendo papá, mamá y mi psicóloga, y el delegado de la Guardia Rural.

 

DIEGO: Ay, Ariana, concentrate. Pensá en otra cosa.

 

ARIANA: ¿En qué?

 

DIEGO: Yo qué sé. Pensá en futbol.       

 

ARIANA: No seás tonto. Bueno...

 

DIEGO: ¿Qué?

 

ARIANA: No sé, estoy emocionada. Te quiero tanto, Diego.

 

DIEGO:  ¿Y?

 

ARIANA: (Sensual). Nada. Sólo eso. ¿Vamos?

 

DIEGO:  Vamos.

 

ARIANA: ¿Te das cuenta de que estamos haciendo un bebé?

         (Se oye el inicio del himno nacional y Ariana se pone inmediatamente de pie, en posición de firme).

 

DIEGO:  ¡Ah, no, esto es demasiado! ¡Si te me ponés así durante el embarazo lo que vamos a tener es un hijo único!

 

ARIANA: ¡Está bien, está bien! ¡Esta vez me concentro de verdad! Voy a pensar .... voy a pensar en nuestra primera vez.  ¿Te acordás? Casi te arranco los botones de la camisa con los dientes. Desnudo te veías pre­cioso.

 

DIEGO: ¿Ah, sí? ¿Y qué te hice?

 

ARIANA: Todo. (Con los ojos  cerrados).  Me besaste...

 

DIEGO:  ¿Así?

 

ARIANA:  Sí... Así.... Ay... (Abre los ojos).

 

DIEGO: ¿En qué estás pensando?

 

ARIANA: No sé si la cuna va a caber en este cuarto.

 

DIEGO: ¡Ah, no! Renuncio. Que el bebé te lo haga un hare‑krisna. Yo me voy. Maldita sea, ya deben de ir por el segundo tiempo.

 

ARIANA: ¡No, Diego, no seás pesado! ¡Es hoy, ayudame! Te juro que si no, lloro sin parar hasta la próxima ovulación.

 

DIEGO: ¿Empezar otra vez? Ya estoy con la bandera a media asta.

 

ARIANA: Tranquilo, yo me encargo de eso. (Peligrosísima).  Vení, que te voy a comer entero, hombre deli­cioso. Mhm... Dejame olerte. Esta es la loba que te va a morder, rico de mi corazón.

 

DIEGO: ¡Ariana!

 

ARIANA: ¡Diego!

 

DIEGO: ¡Ariana!        

 

ARIANA: ¡Diego! (Tocan la puerta. Casi llorando).  ¡Ah! ¡Lo mato! ¡Lo mato! ¡Al que sea lo mato!

 

DIEGO: ¿Dónde vas?

 

ARIANA: ¡A rajarle el alma al que está ahí afuera! ¡Y vos quedate como estás! (Abriendo). ¿Qué quiere?   ¡Ay, Martín!  ¡Sos vos! ¿Qué pasó?

 

MARTíN: (Con afectación).  Hola, darling. Venía a ver si me regalabas un poquito de nuez moscada, porque, ve qué bruto, fui al super‑super ¿y acaso me acordé de comprar?

 

ARIANA: (Conteniendo a duras penas la ira).  Martín, yo sé que para vos es difícil de comprender, pero resul­ta que hoy estoy ovulando, y no te puedo atender.

 

MARTíN: ¿Que estás qué?

 

ARIANA: (Revienta). ¡Ovulando!

 

MARTíN: ¡Ay, qué horror!, ¿y te duele mucho? Pobre­cita, ¡qué espanto! Sí, sí, me imagino. ¡Perdoná, mi amor, me voy! ¡Uy, qué cosa más horrible!

 

         Ese mes, por supuesto, no quedé embarazada.

 

DIEGO: ¡Ariana! ¡Hola! Ya llegué.

 

ARIANA: Hola, mi amor.

 

DIEGO: ¿Cómo te va? ¿Y qué? ¿No te ha venido?

 

ARIANA: No, sí. Ya me vino.

 

DIEGO: Ah...

 

ARIANA: No importa. Acordate que el doctor dijo que era normal durar hasta más de un año.

 

DIEGO: Bueno. Qué dicha que lo estás tomando así, tan maduramente; nunca me imaginé.

 

ARIANA: Ya ves lo poco que me conocés. Me siento perfectamente bien. (Estalla en un llanto histérico).

 

         Al mes siguiente tuve un atraso. Me hice el examen de laboratorio. El día del resultado marqué temblando el número de teléfono:

 

ARIANA: Aló, ¿sí? Llamo por el examen de embarazo de la señora Morelli. Sí, soy yo. Muchas gracias. (Llora histéricamente).

 

         Al mes siguiente, ni siquiera tuve atraso. (Llora  más fuerte).

 

         Pero... Al mes siguiente:

 

ARIANA:  Es por el examen de la señora Morelli. ¿Ah, sí? ¿De  veras?  (Llora. Luego ríe).  ¡Estoy embarazada! (Se oye una música atronadora, estilo Queen. Ariana baila).

 
         Sí. Estaba feliz, radiante. El pecho se me infló a lo Sofía Loren. Caminaba por la calle mirando con aire de perdo­navidas a los varones, esos pobres seres inferiores y rudimentarios, desprovistos de útero. Yo, en cambio, valía por dos. Y comía por dos. Y vomitaba por tres, porque me fue feísimo con las náuseas de los primeros meses.

 
         Pero no importaba. Yo vivía en una especie de alucina­ción. Había alguien adentro mío, algo que crecía y que iba a hacer que mi matriz pasara del tamaño de pera que tenía, al de una sandía. Latían en mi cuerpo, al mismo tiempo, un corazón en el pecho y otro en la barriga. Es decir, todo aquello era ciencia‑ficción.



         Al fin tenía un embarazo entero para mí sola. Bueno. Fui un poco optimista. Lo de “para mí sola” duró apenas hasta que mi familia política se enteró de la buena nueva.

 
         Es tan insólito ese nombre de “familia política”. Política, ¿por qué? Que yo sepa uno no vota para elegir a su sue­gra. Aunque sería muy práctico. Es tan difícil hacer coincidir a un buen marido, (esa especie de por sí en vías de extinción), con una suegra risueña, tolerante, de avanzada, que te trata en forma solidaria y no te ve como si fueras la mugre competencia que viene a arrebatarle al bebito de su corazón. Eso sin contar lo que puede ser el séquito de cuñadas, cuñados, concuños, abuelos, tíos abuelos, primos primeros, segundos, terceros, postizos, ahijados, sobrinos, compadres, y con un poco de suerte hasta la madrina tiene viva tu media naranja. Así no se vale. Te casás con un estadio lleno de gente. En vez de anillo de matrimonio deberían ponerte una rueda de Chicago.

 
         Para hacer comparaciones esclarecedoras: en francés se llama a la familia política, la “belle‑famille”, la bella familia. Hipocritones, estos franceses. Son unos sobalevas. No en balde el francés es el idioma de la diplomacia y de la corte­sía palaciega. Suegro se dice: “beau‑père”, o sea: bello padre. Suegra: “belle‑mère”, bella madre. Aclaro: “mère”, así, pelado, es madre. La de una, por supuesto. Ah, no, pero esa no es “belle”, no merece ni siquiera el modesto adjetivo de agraciada, corronga, en última instancia, pasable. No, no, no: la mamá de una es por definición fea como un boxeador retirado, y por eso se precisa la diferencia.

 

         Ya me imagino yo tratando a mi suegra de “bella madre”:

 

         ‑ Bella madre, ¡qué sorpresa! Pase adelante, por favor.

 

         ‑ Bella madre, ¿tendría la bondad de pasarme las bellas papas que están detrás del bello pollo?

 

         Ah, porque todo es bello tal y bello cual. Yo soy la bella hija, bello hermano mi cuñado, mi cuñada bella her­mana. En fin, un dechado de hermosura, garbo y donaire, que el Tica Linda, a la par, es una chancleta vieja.

 

         Me pregunta una vez un francés, para mi vergüenza, por qué se decía en español “familia política”.   —Y... Bueno, -le digo yo, tratando de dejar sin mácula el honor de la lengua de Cervantes‑ porque en español tenemos una visión más realista y profunda, diría yo incluso filosófica de la cuestión, y se intenta con el término evidenciar los aspectos coincidentes con esa área del quehacer humano: quien dice familia política, dice rencilla, intriga, compo­nenda, manipulación, lucha por el poder, traición, chanta­je, campaña de desprestigio—.

 

         A ver si esto no es campaña de desprestigio: llegamos a casa de mi suegra a la cena en honor a los genes que aportó Diego a mi embrión, y me dice la bella bruta de mi bella cuñada:

 

CUÑADA:  ¡Ay, Ariana, qué dicha! ¡Ya yo estaba conven­cida de que eras estéril!

 

         Miré a la sangre’chancho pensando que en todo caso, ¿por qué yo? Si eso creía, bien se le podría haber ocurrido que el estéril era Diego.

 

CUÑADA: ¿Y qué nombre le van a poner?

 

         No tuve tiempo de contestar. Irrumpió con fuerza des­comunal en la conversación el ferrocarril sin freno de mi suegra.

 

SUEGRA:  ¡Por Dios! ¡Qué pregunta! Seguro querrán que se llame Diego, como el padre. Claro, hay otros nombres en la familia: Bertoldo, Leovigildo. ¿Diego Pánfilo? Bien podría ser un nombre compuesto. A mí me encanta: Diego Pánfilo, para que lleve tam­bién el de su abuelo, que Dios me tenga con salud en su santa gloria. ¿Qué te parece, Dieguito? ¿Ver­dad que suena? Diego Pánfilo: apenas para un embajador. Y ahora que lo pienso: no se lerdeen. Vayan buscando campo en el kinder de un buen colegio, porque esta criatura mejor que maneje el inglés rapidito. Hay que pensar en que después se va a sacar título a los Estados Unidos. Hoy día sin eso nada se hace. ¡Saliera de verdad como Pánfilo, pelito claro! En casa más de uno tenía los ojos ver­des, así que quién quita. ¡Tan divinos los mocosos rubios! Dieguito era castaño claro, lo que pasa es que después se le oscureció.

 

         “Dieguito”, como si mi marido no fuera ya un mamífero macho adulto en edad de reproducción. Me tenía podrida con lo de rubiecito. ¿Cuál rubiecito si yo soy morena como una gitana cordobesa y mi abuela no nació en Aus­tria sino en el Llano de Alajuela? Además, ni tan blancos que eran ellos. Puras ínfulas. Los tales rubios que tenían eran unos primos medio enjuagados, descendientes de un cura tútile que se brincó la cerca. Además, a mí, lo que me gusta son los morenos, dicho sea esto sin el menor asomo de racismo. Hay gente que es blanca y es muy buena persona.

 

SUEGRA: Dieguito, mi amor, Diego Pánfilo, ¿qué te pare­ce?

 

DIEGO: Ay, mamá, hay tiempo para ver eso. Ariana ape­nas tiene un cuarto de hora de embarazo.

 

SUEGRA: ¡Diego!

 

DIEGO:  Y bien puede ser una chiquita.

 

SUEGRA: ¡No! ¡No! ¡No les he dicho: va a ser varón! Me lo dijo mi astrólogo. ¡Estoy chocha de la felicidad! Más lindo así, empezar con el varoncito. No sé, una chiquita no hace tanta gracia.

 

         Sentí en ese momento unos deseos inefables de parir trillizas. ¿Cuál, trillizas? Matarla con una nieta negra, que le saliera bohemia, atea, trotskista; peor aún: saltimbanqui. Que sucumbiera en la vida licenciosa y disipada de la farándula, para bochorno de la familia.

        

         Confieso que reconsideré lo de negra. No habría deja­do muy bien parada mi fidelidad al juramento conyugal.

        

         Luego me dije: pobre bebé. No es más grande que un grano de arroz y ya mi suegra está decidiendo desde el color del pelo hasta de qué manera le van a doler los callos, y yo en cómo vengarme arreándole con la criatura por la cabeza. Me aterré con mis propios pensamientos.  Para levantarme el ánimo, me dice mi cuñada:

        

CUÑADA: Mujer, yo te entiendo si has pasado tanto tiempo sin hijos. Vas a ver el calvario que es el embarazo: empezás con náuseas, pero eso no es nada. No podés asolearte, porque se te mancha la cara que ni con cloro. Te salen unas estrías espantosas, las piernas se las come la celulitis, te dan hemorroides, várices, palpitaciones, mareos, ganas de escupir, cansancio, te hinchás como una medusa y los pechos se te caen en un guindo sin fondo del que no vuelven a subir jamás.

        

         Me quedé muda. Yo, que era una joven bastante apeti­tosa y con un sex‑appeal aceptable, iba a convertirme por obra y gracia de esa maldición bíblica en la hermana melliza del hombre elefante.

        

         No era mi cuñada la que hablaba: la que tronaba era la voz colérica de un Jehová enardecido, que agarrando a Eva de las mechas, la llevaba guindando del cuero cabelludo hasta el vestíbulo del Paraíso, para ponerla de patitas en la calle por putona y por cochina, y por haber incitado a Adán a reproducir la especie, no a través del método tradicional y socialmente aceptado, es decir: qué sé yo, valiéndose de costillas o figuritas de barro, sino haciendo una cosa puerquísima que no les puedo ni contar.   

 

         De ahí el famoso “Parirás a tus hijos con el sudor de tu frente”. No, ¿cómo era? ¿Con el sudor de tu qué? En fin. Y hablando de otra cosa: ¿acaso Adán no envejece?, me pre­gunto yo. ¿Por qué tengo que quedar perfecta como perrita nueva? ¿Acaso me gano la vida como modelo de fotografía a color? El cuerpo, hasta donde yo entiendo, es para usarlo. Es ese libro en blanco en el que la vida va anotando los acontecimientos, empezando por el ombligo, que es donde firma tu mamá. Y bueno, sí, después del parto es muy pro­bable que escriba: pasó un bebé por este cuerpo porque este cuerpo fue amado. ¿Y qué? Y repito: ¿acaso los hom­bres no envejecen? Está bien, lo admito: el cambio tal vez no es tan rápido. Pero a Adán inevitablemente se le cae el pelo, echa panza, se le aflojan los coquetos ovillitos de lana de las nalgas, se pone gordo o se pone flaco, le salen canas, arrugas y verrugas, y todo el mundo lo encuentra muy normal. ¿Entonces? Yo no me iba a privar de un bebé por un pellejo menos o un pellejo más.

 

         Volviendo a nuestra cena, ahí no acabaron las maldi­ciones familiares. Mi cuñadito, con el tono profético del Oráculo de Delfos, reveló a Diego las desgracias a que nos arrastraba  el nacimiento de nuestro primogénito:

 

CUÑADO: Ay, mae, qué embarcada. Lo van a tallar: ya no se puede ir de pelón. Y olvídese que va a dor­mir en quién sabe qué reguero de meses. N'hombre, no sea bárbaro.

 

         Para cambiar de tema y bajar mi nivel de adrenalina, conté que ya tenía prevista la clínica en la que iba a abrir­me  como un paquete de regalo para ofrecerles el heredero.

 

SUEGRA: ¿Cómo, una clínica privada? Pero si eso es un infierno de plata. ¿En qué cabeza cabe?  ¡Achará!  Mejor invertir ese dinero, qué dis­parate.

 

         Luego de mi delicado proceso de despetrificación de terror ante el parto, de mis cinco años de psicoanálisis, de mi disciplinada consulta a feministas, enfermeras, amigas, psicólogos y parientes sobre cuál era el mejor ginecólogo­ del país, di por fin con la persona indicada.  Para que me atendiera debía dar a luz en una clínica cara pero segura, con buen equipo, dedicada exclusivamente a atender nacimientos, libre por lo tanto de enfermedades intrahospitalarias. Pero era un disparate.

 

         ¿Por qué la mayoría de la gente puede proclamar impunemente y sin el menor rubor la frivolidad de que se compró un equipazo de sonido, o cambió de carro, o se fue para Cancún, y no recibe por ello la menor censura?  En cambio, cuando se trata del momento más importante en la vida de un ser humano, como lo es el nacimiento, ah, no, ahí no. Andate a parir al caño, como una gata.  Burguesa, igualada, pretenciosa, vagabunda, pero si le sale al marido más cara que una querida, qué relajo. Para la seguridad física y emocional de parturienta y parido, para eso no hay plata. Por suerte Diego estaba de mi lado.  Pero ya yo había alcanzado el límite de mi tolerancia y estaba harta de sentirme tan sólo el envase en el que cha­poteaba el bebé. Todos habían ya dispuesto de mi cuerpo, mi embarazo, mi hijo, su sexo, su nombre, su educación y su vocación, y si me distraía un poco, dispondrían hasta de mis nietos.

 

         Por fin, mi suegra cayó en la cuenta de que, no más fuera por puro formulismo, debía preguntarme mi opi­nión.

 

SUEGRA: Ariana, ¿y usted ha pensado en algún nombre para el bebé?

 

ARIANA: Caín, señora. Y si es niña, Lucifer.

 

         Llegó el día del primer ultrasonido. Diego y yo vimos conmovidos en la pantalla una especie de frijol que peda­leaba y caía rodando lentamente en el tibio líquido amnió­tico.

 

 (Se escucha un sonido de agua, más bien el de un ambiente sub‑acuático).

 

         Era un astronauta en miniatura. Yo, Ariana Morelli, tenía un astronauta un poco borracho paseando en bici­cleta por mi cuerpo.

 

         Pero el día en que realmente conocí a mi bebé fue cuando el ginecólogo me hizo escuchar cómo le latía el corazón.

 

DOCTOR: Mhm, vamos a ver si no se nos mueve mucho este bebé. Quedate quieta, criatura, que no agarro nada. Ah, ahí está.

         (Se escucha el latido del corazón del bebé, que va muy deprisa).

 

ARIANA: (Luego de una larga pausa, conmovida).   Hola, bebé.

 

BEBÉ: Hola, mamá. (El escenario queda a oscuras. Se escucha la voz en off de Ariana).

 

ARIANA: (Susurrando).  Voy por una selva y veo una manada de elefantes. Entonces me acerco y aparece uno precioso, blanco. Es un bebé, un elefante bebé. Yo me doy cuenta de que es mío, mi hijo, y de pronto ya no estoy en la selva, sino que estoy en la cama de mis padres, con mi elefante, y entra tío Fernando y me dice: —¡Claro, ¿cuándo no?, usted como siempre haciendo las cosas distinto de los demás! Sólo a usted se le ocurre parir un elefante:  ­Pero a mí no me importa. Es mi bebé y yo lo adoro. Lo que realmente me preocupa es que se dé cuenta de que me pesa mucho y casi no puedo respirar. Yo disimulo lo más que puedo. Me da miedo que piense que lo rechazo. Es tan grande que siento que me aplasta. Bebé, me falta el aire. Me ahogo, me ahogo...

 

 

(La escena se ilumina y Ariana  sigue acostada en el diván, con el mismo vestido, pero en estado avanzado de gravi­dez).

 

         No puedo respirar. ¡Aire! (Despierta). ¿Qué hora es? Ay, cómo he dormido.

 

(Se levanta. Se mira el perfil en un espejo imaginario. Saca una prenda de vestir de un armario también invisible. Se la prueba por encima de la que lleva puesta y la rechaza con gesto de desagrado. Saca más ropa y repite la acción. Saca más prendas y repite el gesto cada vez más velozmen­te, con creciente frustración, hasta que estalla y arranca todos los vestidos del armario con violencia, esparciéndolos por el cuarto. Se sienta a sollozar).

 

DIEGO: Ariana, llegué. ¿Estás lista para salir? (Ariana llora en voz alta). ¡Ay, no! ¿Ahora  qué? (Pausa).  ¿Qué pasó aquí?

 

ARIANA: El armario me agredió. Entonces lo maté.

 

DIEGO:  Ya veo. Otra crisis porque te sentís fea.

 

ARIANA: Yo no me siento fea. (Llora).  Me siento horri­ble.

 

DIEGO: Mi amor, estás preciosa. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo para que me creás?

 

         Diego tenía una paciencia extraordinaria para consolar­me y aliviar mi maltrecha autoestima, bastante dañada por los kilos de más que llevaba encima, producto no tanto del crecimiento del bebé, como de un hambre de antropó­fago que se me soltó con el embarazo, y que me hacía devorar cantidades industriales de cereales, pastas, carnes frías, pastelitos dulces, pastelitos salados, chocolates, boca­dillos de atún, bandejas de mango cele, buñuelos, rosqui­llas, panes dulces, bizcochos, pescados al ajillo, maní garapiñado, zapallitos rellenos, picadillos de verdura, fre­sas con crema dulce, tamal asado, pollos, crepas, papas, pastelitos dulces, lengua en salsa, pastelitos dulces, paste­litos salados, sandía en trozos, pastelitos salados, pastelitos dulces y pastelitos.

 

DIEGO:  Mi amor, estás preciosa, de veras. Dejá de sufrir. Me encanta verte con esa pancita.

 

         Diego realmente tenía una paciencia extraordinaria para consolarme y aliviar mi maltrecha autoestima.

 

DIEGO:  (Furioso).  ¡Mi amor, te digo que estás preciosa!

 

         Bueno, hasta una paciencia extraordinaria tiene sus límites.

 

DIEGO: No, mi cielo, si no estoy enojado. Si no querés salir, no salgamos. Nos quedamos en casa, muñequi­ta. ¿Ah? Vení, que Diego te quiere mucho, bebé, vení. Así, ¿ves? Mhm. Sí. Mejor nos quedamos en la camita. Mira, mirá cómo me ponés. ¿Conque fea, eh?

 

ARIANA: Tonto. Está bien. Nos quedamos. (Tiene el gesto de recibir las caricias de Diego).  Precioso. ¿Por qué me gustás tanto? No, no, así no. Me siento incómoda. (Cambia de posición). No, no, así tampoco; es que me oprime los pulmones. Esperate. (Busca una posición distinta).  Así. Ya. (Pausa). Ay, no, Diego, no puedo. Siento que el bebé está aquí y nos está viendo.

 

DIEGO: ¡Otra vez! ¡No puede ser! ¡Por dicha son sólo nueve meses! ¡Tú que eres poderoso, ayúdame, Freud! ¿Sabés qué vamos a hacer? Sí, el bebé está aquí en el cuarto y nos está viendo. ¡Hola, bebé! ¡Yo soy papá! Entonces agarramos al bebé y delicada­mente lo metemos en el armario, cerramos la puerta así, y bebé ya se durmió y no va a oír ni ver nada que no permita la censura. ¿De acuerdo?

 

ARIANA:  De acuerdo.

 

DIEGO: Muy bien. ¿En dónde estábamos? Ah, sí. Mhm. Por fin solos.

 

ARIANA: Diego...

 

DIEGO: ¿Ahora qué?

 

ARIANA: Es que el bebé no hace más que patear.

 

(Oscuridad total. Voz de Ariana  en  off).

 

         Entonces estoy pariendo en el consultorio del doctor, y lo que sale de mí es una sardina, una sardina de esas de lata, y el doctor la mira con mucho desprecio, coge una galleta de soda, la pone encima y está a punto de botarla a la basura. Entonces yo me levanto furiosa y se la quito, y le digo: —Será una sardina, doctor, pero es mi hijo.—

 

(Se ilumina de nuevo el escenario).

 

         Diego y yo asistimos al segundo ultrasonido asustados y contentos, como quien va a una cita de enamorados. El médico insistió en hacernos creer que aquel conjunto movedizo de parchones indescifrables en la pantalla era nuestro hijo, con tanta convicción que al final incluso empecé a encontrarle  cierto parecido con Diego. Paraliza­dos de emoción y al borde las lágrimas escuchábamos enternecidos el retrato de nuestro hijo:

 

DOCTOR: Diámetro biparietal: 55 milímetros. Largo femoral: 43 milímetros. Diámetro abdominal: 57. Estructuras cerebrales normales. Corazón en su sitio, con cuatro cavidades. Dos riñones lumbares, vejiga en repleción. Útero normal.

 

         No, son mentiras, no dijo “útero normal”, porque si lo hubiera dicho ahí mismo le protagonizo un ataque de histeria. Estábamos decididos a tener nuestro parto a la anti­gua, y saber el sexo del bebé le hubiera quitado todo sus­penso.

 

DOCTOR: Dos riñones lumbares, vejiga en repleción. Líquido amniótico de abundancia normal. Placenta posterior.

 

         Estaba el doctor en lo de la placenta, cuando de pron­to vimos claro y nítido a nuestro bebé, que nos observaba casi igual de asombrado que nosotros. Se hubiera dicho que estábamos a la distancia de una llamada telefónica.

 

(Sonido sub-acuático).

 

ARIANA: ¿Aló, bebé? Bebé, soy mamá.

 

BEBÉ: Sí, ya sé. ¿Y ese quién es?

 

ARIANA: ¿Este? Este es Diego, mi hijo. No, mi papá. ¡No, no! Tu papá.

 

BEBÉ: Ah, sí, es esa voz que huele a tabaco.

 

ARIANA: ¡Eso! ¡Eso! ¡Exactamente!

 

BEBÉ: ¿Podrías preguntarle si puede oír algo que no sea Metallica o Led Zeppellin?

 

ARIANA: Por supuesto, mi amor. ¡Diego, decile algo!

 

DIEGO: ¿Qué le digo? ¡No sé! ¿Aló, bebé? Eh... Hola... Muy bonitos tus riñones. Te estamos esperando. Tu cuna no cabe en el cuarto, pero vamos a sacar mi escritorio, no importa.

 

ARIANA: No seás bruto, no le digás eso. (Arrebatándole el teléfono. Conmovida). ¿Bebé? ¿Estás ahí? Todavía no lo puedo creer. Sí, estás ahí porque te movés.  Primero como si alguien me hubiera regado por dentro una copa de champán. Después fue como la cola de un pez. Ahora son unos coletazos de sirena que ni te cuento. Además están ahí esos huesitos de pájaro en la pantalla. Bebé: espero que seás indul­gente con nosotros. Es la primera vez que seremos padres y todavía no sé si calificamos para el puesto. Tal vez seamos torpes y nos equivoquemos. Hay que tener paciencia con dos papás sin estrenar. Te mando un beso. Te quiero para siempre.

 

BEBÉ: ¿Mamá?

 

ARIANA:  ¿Sí?

 

BEBÉ: Por favor, no comás tanto ajo.

 

         Nuestra siguiente cita sería la más íntima, la más dulce, la más carnal y memorable. íbamos a sufrir nuestra prime­ra separación. Yo iba a perder mi status de señora en esta­do interesante para convertirme simplemente en una seño­ra con sobrepeso. Había llegado la hora de dar a luz.

 

         Siempre me ha turbado un poco esta expresión: “dar a luz”. Es cierto que “parir”  es un poco brutal. Te hace sentir que la acción se desarrolla en un establo, te llega un olor a estiércol y la banda sonora son mugidos. Por otra parte, ese cuento de “mejorarse” es más bien medio espantoso.  Por favor, es un bebé, no una gangrena.

 

         Volviendo a lo de “dar a luz”, es cierto que de la oscu­ridad tibiecita y relajante del seno materno, entregás a tu criatura a una violenta explosión de luz, y al contacto áspero, inconsistente y frío del aire. Peor aún, al vacío.

 

         Ante esta consternante situación, el único consuelo posible para el bebé, ese pobre inquilino desalojado, es emitir su primera protesta ciudadana, preferiblemente en el tímpano del galeno, y aferrarse como un náufrago a esa simpática protuberancia materna conocida por el nombre de glándula mamaria, mama, pecho o seno, y que puede recibir también nombres más ordinarios según el grado de represión del hablante.  Restablecido el con­tacto íntimo con la madre, hundida su cabecita en ese inmenso almohadón de leche, casi borracho de gozo y satisfacción, el bebé comienza a comprender que la vida extra‑uterina tiene sus gratificaciones. La dolce vita, la vida color de rosa, la vida muelle, ¿de dónde vienen todas esas expresiones? ¿A qué hacen referencia? Al pecho materno, por supuesto. No son más que una metá­fora. ¿Cómo negarle entonces al recién nacido esa fuente inagotable de placer que es el pezón? No olvidemos que los pechos están destinados, en primer lugar, al bebé. Cualquier otro usuario no es más que un usurpador, un mero accidente fruto del deseo de esparcimiento de la madre. Al niño, lo que es del niño. No es que quiera hacer proselitismo, pero ¿se imaginan la violencia que sig­nifica para el nuevo habitante encontrar, en lugar de ese edén de carne dulce, la pelotudez de un chupón de plástico? ¿Ese cilindro baboso que remata en la tristeza sin nombre de una chupeta? Por piedad, mamarse un chupón es como mascarse una llanta para sacarle el jugo. Eso sin contar lo que se ahorra, con la lactancia materna, en leches industriales, visitas al pediatra, crisis de cólicos, gastritis, diarreas, ataques de asma, valium para los padres, visitas futuras al dentista, visitas futuras al alergó­logo y visitas futuras al psicólogo. Porque es cierto: si más madres se hubieran decidido, pecho en ristre, a ama­mantar por largo tiempo a nuestros conciudadanos, no andaríamos todos con la psique descorrida, tratando de ahogar la pena del destete metiéndonos dosis elevadas de alcohol, cafeína, nicotina, anfetaminas, cocaína y no sé qué más cochinadas, en cuanto hueco tenemos en el cuerpo. Y la verdad es que, ¡claro que quiero hacer pro­selitismo! Es más, procedo inmediatamente a fundar la primera célula clandestina del Frente Rómulo y Remo de Lactación Nacional. (Gritando consignas). ¡únete, madre! ¡únete, madre! ¡únete, madre! ¡Pecho libre o morir! ¡Pecho o muerte! ¡Venceremos! ¡En la basura enterraremos los biberones enemigos! (Suena un teléfono).

 

ARIANA:  ¡Aló! Aló, ¿sí? Ah, ¿qué tal? ¿No te importaría lla­marme más tarde? Estoy fundando una organización de masas. ¿El bebé? Pues... no sé, estamos esperan­do que nazca para afiliarlo. (Comprendiendo la pre­gunta). ¡Ah! Ah, no, todavía no. Diego te avisa. Gracias. Un beso, chao.

 

         Es cierto. Como les decía en un principio, había llega­do ya la fecha del parto calculada por el médico. (Suena de nuevo el teléfono).  Disculpen.

 

ARIANA: ¿Aló? ¿Cómo está usted? Muy fina en llamar. No, figúrese que no, todavía nada. ¿Usted cree? Mejor le consulto al doctor, tiene razón. Gusto en oírla, hasta luego.

 

         Los últimos días fueron terribles, por el acoso de amigos y parientes que casi te hacían sentir culpable por no abrirte  como una esclusa para dejar salir de una buena vez por todas a tu primogénito. (Suena el teléfo­no).

 

ARIANA: ¿Aló, sí? No, todavía no, ve qué vergüenza. Pero te juro que estamos haciendo lo posible. No, si me subo la cuesta de la Luz doce veces al día. He andado en jeep, brinco suiza, bailo “Pedro Navaja” a cuatro patas en la sala. Ya no sé qué más hacer. Bueno, ahí te aviso, chao.

 

         La situación era estresante. (Suena el teléfono).

 

ARIANA: ¿Aló, sí? Ay, no, todavía no. Discúlpeme, por favor, se lo ruego. ¡Qué congoja! Soy una mala madre, ya lo sé. Perdóneme, por favor. Diga que me perdona, ¡diga que me perdona! Gracias, mil gracias.

 

 

         Me fui volando adonde el doctor.   

 

DOCTOR: (Poniéndose el guante para hacer un tacto). Vamos a ver cómo está este cuello...

 

         El doctor tenía que constatar si el cuello de mi matriz ya estaba suave, o si seguía cerrado y duro con la feroci­dad de un candado. El cuello de la matriz viene siendo como unos labios cerrados en posición de beso, así, (hace el gesto) de unos tres a cuatro centímetros, que funciona como un cerrojo y evita que el niño se salga durante el embarazo, pero, para que el parto tenga lugar, tiene que abrirse, borrarse, desaparecer. Eso era lo que el doctor investigaba en mis entrañas, con el gesto sabio de quien palpa una manga para ver si está madura. A estas alturas del embarazo ya estaba yo transformada en la versión humana de Moby Dick. Y cuando el doctor hundió sus dedos en mi vientre, sentí lo que sintió la ballena cuando se tragó a Jonás.

 

DOCTOR: Ay, m'hijita. Este cuello está fatal.

 

         Eso quería decir que no sólo no se había borrado, sino que estaba más bembón que un alérgico besando un camarón. El doctor me dio el fin de semana de plazo para parir. Si no, iba a tener que provocar el parto. Regre­sé a casa desesperada: un cuello duro, para mí, era sinónimo de cesárea. Esa tarde bailé, dando saltos mortales y llorando a moco tendido, los mambos de Pérez Prado y La Noche en el Monte Calvo de Mussorgsky. Diego me tranquilizó como pudo y por fin nos dormimos. A eso de las dos de la mañana me despertó un temblor. Al poco rato volvió a temblar, y ahí caí en la cuenta de que el epicentro del movimiento telúrico era mi panza. Aquella cosa que dolía como los diablos era una contracción. El bebé venía en camino, la labor había comenzado. Pero yo sabía que mi cuello estaba más tieso que un tostel de cuatro días y ni amarrada me iban a llevar a la clínica. Bueno, tal vez se me pasaban los dolores. Pero cada vez que me venía una contracción sentía como si Aníbal y su ejército de elefan­tes acorazados transitaran por mi barriga. Sólo me queda­ban dos opciones: o despertaba a Diego y lo dejaba con­vencerme de que nos fuéramos, o me aguantaba. Como lo último era imposible, opté por lo primero.

 

ARIANA: Diego, Diego... Despertate, mi amor. Quiero que me midás el tiempo (la interrumpe una con­tracción)  entre contracción y contracción. ¡Diego!

 

DIEGO:  ¿Mhm?

 

ARIANA: Tomá el reloj. Yo no puedo. ¡Ay! (Diego ronca). ¡Diego!

 

DIEGO: Sí, sí, sí. Estoy midiendo, estoy midiendo.

 

ARIANA: ¿Cómo, si ni siquiera te he avisado cuándo... ?  (Nueva contracción)  ¡Ya! ¡Ya! ¿Te fijaste cuándo comenzó?

 

DIEGO:  (Dormido).   Claro, claro.

        

ARIANA: No sé qué hacer. (Pensando). Diego, ¿al fin qué nombre le vamos a poner? ¿En qué quedamos? ¡Ahí viene, ahí viene! (Nueva contrac­ción).

        

DIEGO: Maradona.

        

ARIANA: ¿Cómo, Maradona? ¿Estás loco? ¿Cuánto tiempo pasó entre las dos contracciones? ¡Diego!

 

DIEGO:  ¿Qué pasa? ¿Por qué me despertaste?

        

ARIANA: ¿No tomaste el tiempo?

        

DIEGO: ¿Cuál tiempo? Yo estaba muy contento pegándo­me una mejenga con Maradona.

 

ARIANA: ¡Diego, tu hijo está a punto de nacer y o me llevás a la clínica o te estrenás como partero! (Nueva contracción).

 

DIEGO:  Bueno, bueno, aguantate. (Mirando el reloj).  ¡Las tres de la mañana! ¡Qué bebé más madrugón! ¡Y pensar que después de la mejenga nos íbamos a echar un pool! (Ariana grita de dolor. Diego, reac­cionando).  ¡Dios mío, esta va a parir!

 

ARIANA: ¡Sí, y mejor que no sea en tu carro!

 

DIEGO: ¿En mi carro? ¡Aguantate, mi amor, aguantate! ¡Cerrá bien esas piernas!

 

ARIANA: Tengo miedo de que se me reviente la fuente.

 

DIEGO:  ¿La fuente? ¿Ariana, estás loca?  ¡No me hagás eso!  ¡Acabamos de cambiar la tapicería  de los asientos!

 

ARIANA: (Soportando el dolor). No te preocupés, si sien­to que voy a parir, lo hago por la ventana. (Fuerte).  ¿Nos vamos, sí o no?

 

         Cuando por fin llegamos a la clínica nos recibió una enfermera matusalénica de aspecto siniestro.

 

ENFERMERA:  ¿Es usted primípara?

 

         Parecía que la había contratado Hitchcock.

 

ENFERMERA: ¿Es usted primípara o multípara?

 

ARIANA:  ¿Yo? Soy... tipo 0 positivo... Señora, creo que me equivoqué. Debe de ser una falsa alarma. Diego, ¿nos vamos a casa?

 

ENFERMERA: Eso lo decido yo. Acuéstese ahí y abra las piernas. ¿Es su primer embarazo?

 

ARIANA: Sí.

 

ENFERMERA: Se nota. (A Diego). Ud. siéntese ahí y pro­cure no hablar. No entiendo yo estas modas de dejar que los maridos vengan a estorbar. Ábrase más, señora. Igual va a tener que abrirse, dentro de poco, más de lo que se imagina. (Hace el tacto).

 

ARIANA: (Angustiada). Estoy muy preocupada porque ayer el doctor me encontró el cuello muy duro. ¿Usted cómo lo siente? ¿Se habrá suavizado?

 

ENFERMERA:  (Solemne). Sólo Dios puede suavizar un cuello.

 

DIEGO: Pues ojalá que esté despierto.

 

ARIANA: ¿Pero está suave o no?

 

ENFERMERA: Señora, su cuello está suave, con tres cen­tímetros de dilatación, y usted se encuentra en franca labor de parto.

 

ARIANA: Pero, ¿cómo?, si el manual del curso decía que primero tenía que perder el tapón mucoso...

 

         Para los solteros o parejas sin hijos: “Tapón mucoso: sustancia de aspecto gelatinoso, levemente rosácea, que mantiene el útero sellado durante el último período del embarazo, constituyéndose en una excelente barrera con­tra numerosos microbios, y cuya expulsión precede de 24 a 48 horas el parto.” No entendieron nada, ¿verdad? No importa, ya les tocará.

 

ENFERMERA: ¿Su tapón mucoso? Aquí está. (Muestra su mano enguantada).

 

ARIANA:  ¿O sea que el bebé ya va a nacer? ¡Diego, dame la mano!

 

DIEGO: ¡Mi amor!

 

ENFERMERA: Disculpen que los interrumpa, palomitos, pero debo conducir a la señora al cuarto de labor. Me imagino que el señor también va a dilatar... Síganme.

 

         Me instalé como mejor pude en ese cuarto de nombre tan solemne. Siguiendo fielmente todos los consejos pro­puestos en el curso pre‑natal, había traído conmigo músi­ca clásica barroca para relajarme, y la fotografía de una rosa a medio abrir, en la cual debía inspirarme y concen­trarme con la  intensidad de un budista zen dilatando su útero. Estaba en lo mejor de las contracciones cuando rea­pareció Boris Karlof.

 

ENFERMERA: (Haciendo el tacto).  ¡Esto es un espanto! ¡Este bebé está que ya se sale! ¡Nos vamos ya para la sala de partos!

 

ARIANA: Pero, ¿cómo?, si el manual dice que la labor dura varias horas.

 

ENFERMERA: El problema es que el bebé no leyó el manual. Pónganse esta ropa y síganme.

 

         La tal ropa era una colección de bolsas de chorrear café tamaño gigante, de un color verde suicida, con la que parecíamos un par de lelos disfrazados de guantes de cocina. Me empezó a entrar angustia: ¿qué iba a pensar nuestro bebé? —Dios mío, ¡me tocaron dos dementes bajo fianza! —

 

ENFERMERA: ¿Va a venir o la reemplaza su marido?

 

         Me llevó en maratónica hasta la sala de partos. Conforme atravesábamos la clínica se nos unían enfermeras, el pedia­tra, el anestesista que pedí por si las moscas, todos vestidos como un comando anti‑terrorista de jubilados. El médico nos esperaba sentado en la escalerilla de la mesa de partos.

 

DOCTOR: (Bostezando y leyendo el periódico).  ¡Sea bár­baro! ¡Qué mal jugaron estos chapas de la Sele!

 

ENFERMERA: Aquí está la primeriza, doctor.

 

DOCTOR: ¿Quíubo, negrita? Acuésteseme ahí. ¡Tres a cero, no le digo! Quieta, m'hija, que vamos a rom­per esa fuente.

 

         El “vamos a romper esa fuente” significó que, sembrada como un aerolito en media mesa de partos, tuve que poner los pies en una especie de estribos, que me separa­ban ampliamente las piernas, dejando al descubierto y en perspectiva de cinemascope mi indefenso sexo, delante de tanta gente que veía por primera vez en mi vida, que probablemente no volvería a ver, y que retendrían de mí úni­camente esa faceta de mi personalidad. La fuente se rom­pió, efectivamente, transformándome en un florero volca­do sobre un mantel. Y ahí, sí. Ahí empezó la emoción. Las contracciones tomaron un ritmo devastador de película de Chuck Norris. Por suerte entre una y otra había una espe­cie de recreo. De pronto yo decía: “cortis, estoy ten”, y no sentía nada. Pero cuando recomenzaba el dolor se iba haciendo tan contundente que me entraron ganas de gritar como una horda de mohicanos.

 

         Pero no me atrevía. Digamos que no me sentía en con­fianza. Toda esa gente, la enfermera paleolítica empeñada en demostrarme su indiscutible superioridad, me tenían muy inhibida. Traté de encontrar un modo digno, discreto y elegante de gritar. Visualicé a la reina de Inglaterra  en las mismas cir­cunstancias, y emití unos escuetos alaridos, más británicos que otra cosa.

 

ARIANA: (Grita solemnemente con voz grave y monocor­de). Ay. Ay. Aaaay.

 

         La dignidad no me duró mucho porque para mi absoluto asombro la enfermera se subió encima mío, como si yo fuera un caballito de las fiestas de Zapote, y aferrada como un alpinista a mi barriga, empezó a empujar para sacar al bebé. A mí nadie me había avisado. No sabía si reírme, echarme a llorar o demandarlos. La María Seca gigante empujaba como si yo fuera un carro varado y no me quedó más remedio que recurrir al socorro celestial:

 

ARIANA: ¡Ayúdame, Santa Juana, tú que eres fuerte, tú que eres poderosa!

(Grita).

 

DIEGO: ¡Ariana, los ejercicios de respiración! ¡Hacé el jadeo! ¡Hacé el jadeo, así: (Lo hace).

 

ARIANA: (Con dolores).  ¡No jodás! ¿Cuál respiración? (Grita).

 

         En ese momento el médico dijo:

 

DOCTOR: ¡Ya viene!

 

         Y toda la afición me dejó sola en el campo, Diego incluido. Se pasaron del lado del bebé. Hasta la tarántula se bajó del caballo y fue a ver qué pasaba entre mis dos piernas desparramadas. El piquete, (o episiotomía), cuya sola idea tanto miedo me había producido, ni siquiera lo sentí, porque el doctor lo hizo justo cuando yo estaba entretenidísima sor­teándome una contracción de madre, y si me di cuenta de que me lo hicieron fue porque vi a Diego adquirir un tono más verde que el de su uniforme, y caer en brazos de la María Seca.

 

         Llegó el momento de pujar. La contracción comenzaba como una ola que se encrespa y desde la playa el médico agitaba banderitas, me aplaudía, daba pasos de porrista. El pediatra, el anestesista (que total no vino a nada, porque fue parto natural), le hacían coro, tocaban pitos, tiraban confetti con las enfermeras.

 

TODOS: (En off).  ¡Puje! ¡Puje! ¡Puje! ¡Eh! (Gritos de regocijo. Cantos de apoyo de hinchas de fút­bol).

 

ARIANA: (En medio de la algarabía).  Bebé, tenés que ayudarme. Apurate a salir, que te están esperando.

 

BEBÉ: (Gritando). ¡Sí, mamá! ¡Yo también estoy empujando!

 

ARIANA: ¡Listo, mi amor, que ahí viene! (Puja).

 

TODOS: ¡Puje! ¡Puje! ¡Puje! (En crescendo). ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! (Gritos de triunfo).  ¡Eh!

 

(Bombetas y música de samba).

 

         Al fin nació mi bebé, y el ginecólogo obstetra me entregó un paquetito rosado que pegaba gritos en miniatura. En ese momento, nunca se supo de dónde, llegó un vendaval fuertísimo, bíblico, (se escucha el vendaval y la música de samba se aminora hasta desa­parecer),  que se llevó volando por los aires sillas, corti­nas, instrumentos, al anestesista, a los otros médicos. Rodaban de un lado para otro las enfermeras, tratando de aferrarse a las paredes, pero las paredes también comenzaron a volar. La clínica entera despegó y no quedó nada. (Oscuridad casi total. Luz sólo sobre Ariana).  Una inmensa llanura, y en el medio de ella, como si fuera un barco encallado, yo sobre mi mesa de par­tos, aquella cosa que berreaba, brillante como un delfín, y Diego, cayéndosele las lágrimas, con un león de felpa atorado en la garganta. Miré a la criatura. Gritaba, chirriaba de indignación, cerrando unos puños del tamaño de una moneda. Le vi el pelito de juguete, el culito flaco de anfibio, la carita de sabio tibetano lloran­do de hipo. Le puse entre los labios el chorrete dulce que me salía del pecho, y botando al suelo mi corazón como una cartera vacía, enamorada en forma irremisible desde entonces y para siempre, por fin le dije:

 

ARIANA: Hola, Valentina. (Oscuro total).

 

 
Ana Istarú
 
 Actriz, poetisa y dramaturga, nace en San José de Costa Rica en 1960. De la mano de su padre penetra en el mundo de las letras y junto a su madre conoce la pasión del teatro.
 
Obtiene el bachillerato en Artes dramáticas con énfasis en Actuación en la Universidad de Costa Rica en 1981. Labora como actriz teatral, desempeñando roles protagónicos en obras tanto clásicas como contemporáneas. Obtiene en 1980 el Premio Nacional a la Actriz debutante, en 1997 a la Mejor Actriz Protagónica y el Premio Ancora de Teatro 1999-2000.
 
Su obra poética, que abarca 6 poemarios, ha sido recogida en numerosas antologías americanas y europeas. Su libro más conocido "La estación de fiebre", ha sido vertido al francés y publicado en París. Cuenta también con traducciones parciales al inglés, alemán, italiano y holandés.
 
Como dramaturga ha obtenido dos premios internacionales en España: el María Teresa León para Autoras Dramáticas 1995, convocado por la Asociación de Directores de Escena, en Madrid, y el Premio Hermanos Machado de Teatro 1999 del Ayuntamiento de Sevilla.
 
Sus obras se han montado en Costa Rica, España, México y Estados Unidos, en versión inglesa.Se le concedió en 1990 la beca de creación artística de la Fundación John Simon Guggenheim.
 
 Algunos de sus poemarios son: "La muerte y otros efímeros agravios" (1989), "La estación de fiebre" (1983) "Verbo madre" (1995).Cuenta, en su obra dramática, con las obras "El vuelo de la grulla"(1984) , "Madre nuestra que estás en la tierra" (1988), "Baby boom en el paraíso" (1996) y "Hombres en escabeche" (2000).
 


 

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