Algo de amor, monólogo de Clara Anich. Argentina.




Clara Anich

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


 
 
ALGO DE AMOR

Monólogo

Clara Anich

 

 

Alicia, 45 años, está arrodillada dentro del confesionario. Con ropa discreta, tapada, y una cartera que aprieta fervientemente debajo del brazo.

Se santigua.

 

Ave María purísima (Escucha.) Ay, Padre, yo vengo acá después de la misa tan linda que dio usted. Las palabras sobre el amor. Qué linda estuvo la lectura. Siempre elige tan bien lo que va leer… (Escucha.) Sí, claro. Pasa que vengo un poco conmovida, justo el domingo pasado no pude venir porque yo le había dicho que me iba a ir a Luján y, no sé qué pasó, Padre, porque después de eso fue una cosa tras otra. Y más lo pienso y menos lo puedo creer, como que no me reconozco. Yo que siempre vivo en virtud y…, o trato por lo menos, en virtud y gracia. (Refiriéndose a la cartera.) Y ahora me cuesta tanto parar.

Por eso vine hoy. No sólo porque ya van quince días de la última confesión, eso descontado. Sino porque necesitaba hacerle una pregunta. (Con solemnidad.) “Felices son los que tienen conciencia de su necesidad espiritual, puesto que a ellos pertenece el reino de los cielos.” (Escucha.) No, no. Es…, es por una donación, Padre. (Escucha.) Sí, lo sé. Lo que pasa es que es casi un pedido… Un ruego…, una donación un poco egoísta… (Escucha. Ríe nerviosa.) No. Sí. No. Ya sé. (Ríe.) No le voy a pedir nada raro, Padre, cómo va a pensar… (Escucha.)

A Luján fui el domingo. (Escucha.) Linda, sí, pero no le voy a negar que yo lo prefiero a usted, siempre tan atinado. ¿Justo va a hablar de amor hoy? Aunque lo que no entendí es qué quiso decir con lo de (solemne) “no busca sus propios intereses, no se siente provocado.” ¿No se siente provocado? (solemne) “No lleva cuenta del daño.” (Escucha. Pausa corta.) Ah, miré cómo es… Porque hay miles de temas que podría haber elegido, que la familia, que la amistad, que algo de lo que pasa en el país, no sé, y no va que viene y se pone a hablar del amor, y no de cualquier amor, Padre, que podría haber hablado del amor a los hijos, que usted sabe que María Emilia es la luz de mis ojos. (Escucha.) Bien, Padre, muy bien, gracias. No sabe el alivio que me trajo hablar con usted el otro día, es que con ella no gano para sustos. Pero eso ya está, por suerte pude hablar y ya no va a traer más a ese muchacho que no me gustaba nada, nada. Cada vez que ellos estaban por ahí en el living o en la cocina y yo entraba, sentía que me miraba de una manera muy extraña, bah, extraña no, usted ya sabe, como miran los hombres, Padre. Y no es que una no conozca sus encantos, tampoco que sea puritana, pero es el amigo de mi hija, apenas más grande que ella, yo no me puedo permitir. (Se corrige.) No puedo permitir... Esos ojos así, celestes, Padre, y una mirada que… (Tajante.) Encima creo que es ateo. (Escucha.) Mejor ni diga. Igual ya está, yo hablé con ella y va a ser para mejor. (Escucha.) No, si yo ya sé, Padre, y ella es una chica muy cuidadosa y de buena familia que somos. Yo no podía permitir un comportamiento así en mi casa... Una falta de respeto. Que me mirara así, tan provocativo. No, no, no. Yo no le voy a negar que es un lindo muchacho, apuesto…, grandote. (Se interrumpe, escucha.) Sí, Padre. Un Ave María. (Escucha.) No, no era esa mi confe...

(Baja la voz. Avergonzada.) Creo que he profanado, Padre... Que profané. ¿Así se dice? (Se aferra a la cartera.) Por la Virgencita de Luján. (Escucha.) Sí, linda. Además ahí, con todos esos puestitos, bolichitos, uno se la quiere traer, metérsela hasta por los poros. (Escucha.) No, Padre, no he robado. Cómo me dice una cosa así. (Pausa corta.) Igual, ¿uno…, puede uno robarse a sí mismo? Dentro de su corazón, me refiero, el amor. Porque justo usted, hoy, viene a hablar de amor. (Escucha.) Yo sé que tenemos que (solemne) “os ameis los unos a los otros, que como yo he amado”. Pero… (Se interrumpe. Escucha.)

Sí, claro. Salí de misa y me puse a dar una vuelta por la basílica, tan linda que está, y tantos puestitos que una quiere comprarse todo. (Escucha.) Sí. Dije “quiere”, nomás. Yo no soy para nada de andar derrochando. Pero al final no le voy a negar que una cosita me compré, de nada en comparación con las cosas hermosas que había. Una estatuita, pintada a mano, 30 centímetros, divina con todo el manto simulando un bordadito, pero en porcelana, y con el resplandor móvil que le ponen atrás que si una quiere lo deja o lo saca… Una preciosura… Y mire que di vueltas, las vueltas que di, pero cuando la vi, estaba en un puestito, el sol como que le caía de frente, le digo que parecía que… Tenía algo especial. Nada así nomás. Tenía un brillito que no sé qué, como que me conmovió. Hasta lágrimas tuve. Yo no es que sea una mujer dura tampoco, eso lo sé, pero tenía un brillo especial, como una magia. Y no sé, Padre, creo que el problema fue ese. Y ese brillo casi le diría que me llegó al corazón…, y no sólo… (Solemne.) Y mire que yo entiendo muy bien eso de que (solemne) “la peor prisión es un corazón cerrado.” (Pausa corta.) Vergüenza me da. Usted sabe que yo le voy a María Bernardita, porque si la Virgen confió en ella cómo no voy a confiar yo. Y por ahí es por eso, tanto rezarle a Bernardita que me pasó lo que a ella. (Escucha.) No, no, aparecérseme no, pero…ay Padre. Por eso ahora siento como si la hubiera traicionado. Tampoco para decir que me hubiese gustado llegar a ese nivel, digo, con Bernardita, no, Padre, que yo entiendo bien, para eso tengo cabeza, corazón y cuerpo… Dios me ha dado un cuerpo de mujer que yo con total convicción le entrego a Gerardo cada vez que él quiere, jamás me negaría a los deberes conyugales, aunque no le voy a negar que él, los deberes, los quiere cada vez menos. Que viene muy cansado del trabajo, que si comió mucho, que… que. Y siempre hay algo, yo tampoco soy de la que va a andar insistiendo, válgame, pero que una también tiene sus cosas. Yo no sé Padre, pero quizá Gerardo tiene algo de culpa en esto. Eso no lo había pensado antes. (Vuelve a apretar la cartera contra sí.) Pero quizá él algo tiene que ver en todo esto. Porque cuando llegué a casa, el domingo, a la tarde era, Gerardo estaba mirando no sé qué en la televisión, y yo llegué tan alegre después del día que había tenido, que lo primero que hice fue mostrarle lo que me había comprado. Y él, que eso sí, si hay algo de lo que no me puedo quejar es que él me apoya en todo, cada cosita que hago, que me gusta, él me la consiente. (Ríe.) A veces no sé si me malcría un poco también. Y él estaba mirando la televisión, pero va y me dice que sí, que hermosa la estatuita, que porqué no la ponía en la mesa de luz, que iba a quedar lindísima con la luz de velador. (Pausa corta.) Eso no sé si me lo dijo o lo pensé yo y él seguro que asintió. Pero bueno, a lo que voy es que ahí con él decidimos que iba a mi mesita de luz. Y yo feliz, Padre, con la virgencita de Luján hermosa ahí al costado de la cama… Y bueno, ahora que lo pienso Gerardo sí que algo tiene, no sé si culpa o si responsabilidad, yo no soy quién para andar cargándole culpas…, pero no va que esa noche se pone romántico y justo yo que venía con la cabeza en otra cosa… (Escucha.) En la virgencita, Padre. Y él que se pone cariñoso y que empieza… Usted ya sabe. (Se interrumpe. Escucha.) No, Padre, yo no me negué. Cómo me voy a negar, si yo le dije… Pero entonces él que me empieza a acariciar, me toca, y de repente en un momento se me puso todo confuso…. Se ve que él estaba entusiasmado, porque va, viene, me agarra y me da vuelta. (Se interrumpe. Escucha.) Ah, está bien, Padre. Si no hacen falta detalles no hacen falta… Yo porque creo que ahí empezó todo, para que me siga en lo que le estoy contando,  digo porque no vaya a ser que… (Escucha.)

El tema es que la virgencita me miraba, Padre. Yo no sé si es un milagro o qué, pero ella me miraba… (Escucha.) No sé cómo, pero de repente cuando Gerardo me agarra, veo que tengo los ojos de la virgencita clavados en los míos, así celestes como… Celestes o no sé… Todo confuso…, no sabe cómo me latía el corazón, empecé a transpirar, me quedé sin aire, Padre, como si perdiera la fuerza y me tenía que agarrar para no caerme, aunque estaba acostada, pensé que me iba a desmayar… Algo pasó con la virgencita, ahí en ese instante, yo no sé si eso es posible, pero me miraba, juro por Dios que me miraba. (Escucha.) No, en vano no, tiene razón… Y yo justo ahí, tan… tan, y ella tan con esos ojos, tenía un brillo y me miraba tan tan profundo tan adentro…, el alma. Y no va que Gerardo algo siente porque me conoce, veintidós años casados no es poca cosa, y agarra y me dice “te gusta la morochita” y yo exploté, Padre. Exploté... De bruto, cómo me va a decir algo así en pleno momento. Un desubicado. Venirle hablar así a la madre de su hija… En pleno momento. Un poco de amor…, de romanticismo. Yo sé, quizá él también sintió que ella nos miraba, pero…, no me dijo eso… (Escucha.) Y tuve que cortar… (Escucha.) Y sí, Padre, yo no podía permitir… Horrible, me quedó como una cosa (se toca el pecho) acá, una angustia. (Escucha.) Gerardo se dio media vuelta, enojado. Me dijo que no lo podía dejar así… Y yo me quedé como… como contenida. Adentro. (Escucha.) Llorando mirando el techo. Y Gerardo que se duerme como todas las veces que debería estar despierto, y yo que para no despertarlo me doy vuelta para el otro lado, y ahí otra vez, Padre, ¿quién estaba?... (Aferra aún más la cartera.) Ya ni le tengo que decir, con esos ojos y ahí no sé, no sé qué me pasó, no me reconozco. No sé si fue Gerardo el que me puso la idea en la cabeza, porque como por un impulso me levanté y cuando quise darme cuenta ya estaba con la virgencita en el baño… Ay, Padre, fue tan… Entre el brillo…, la cabecita. (Escucha.) Sin detalles, sí, ya me dijo. Es que no sé qué me pasó, Padre. No me reconozco… (Escucha.) Sí… Por eso estoy acá, vergüenza me da pedírselo, porque tampoco es que puedo deshacerme tan así como así, al fin y al cabo…, entre ella y yo… Eso tiene que ser alguna forma de amor. (Solemne.) “Cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios”, dijo la Madre Teresa. Y a mí no sabe cómo me latía. (Escucha.) Sí, está bien: tres Madre Inmaculada más un Ave María. (Escucha.) Dos Ave Marías. (Escucha.) Sí, pero espere, Padre. Lo que yo quería era poder dejársela acá, que usted me la reciba... (Refiriéndose a la cartera.) Porque no la puedo tirar así como así, ni abandonar, mucho menos, tampoco la voy a romper… (Se interrumpe. Escucha.) Tres Madre Inmaculada, dos Ave Marías y un Gloria. (Escucha.) Pero yo pensé que quizá en su cuarto, algún rinconcito… (Escucha.) ¡No!, Padre cómo me va a decir eso. (Escucha.) Sí, está bien. (Escucha y repite.) Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de nosotros que somos pecadores. (Escucha). Amén.

 

 

Contacto: clara.anich@gmail.com | cel. (5411) 156.519.6059

 

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