VIENTO, de Sebastián Huber

Viento



 
de Sebastián Huber*

(Afuera el sol  empieza a calentar este agosto gris. Por dentro la casa es oscuridad y encierro. El living, y más allá, la habitación. Puertas y ventanas trabadas, cortinas donde no hay persianas; en el aire, humo de cigarro flotando en una nube a media altura. Virginia, que está en el piso, que ha estado ahí sola y en silencio un par de horas, va y grita hacia afuera por el cartero de la puerta.)

Virginia: ¡Entrá, usá tu llave!!
Claudia: (Entrando, ve  todo eso – Virginia incluida- e intenta parecer despreocupada) ¿Qué hacías?
Virginia: (Sentada en una de las tres sillas, tarda un momento en mirar a su madre y después tarda un momento en responder). Nada. Cerrá. (Pausa).
Claudia: (Exactamente como en la pregunta anterior) ¿Qué hacías?
Virginia: (Se para, camina un poco, se detiene porque sí  y habla con la mirada en el piso, quieta, vacía ella) Estaba sola, no hacía nada. (Pausa) ¿Qué voy a hacer? (Pausa) Antes vi que entraba un bichito, un bicho bolita… de la humedad. Apareció por abajo de la puerta y venía cruzando para acá.
(Pausa).
Claudia: (Sonríe sorprendida o asustada, habla para dejar de escuchar el rebote en el aire de las palabras de una hija a la que siente extraña) Ah… (Pausa) ¿Él qué hacía? Un bicho y vos… (Mientras deja sus cosas; con el mismo tono que antes) ¿Qué hacían?
Virginia: Él caminaba; entraba a mi casa. (Le explica a Claudia, señala, le grafica en el lugar cada cosa que cuenta) Salía del patio. Ahí. Cuando pasó esas sombras en el piso, ahí, parecía un barquito en el mar bien adentro, un acorazado atravesando una tormenta. Después tuvo un accidente, digo yo, y quedó patas para arriba. Ahí, ¿lo ves? Cuando lo quise ayudar se hizo una bola de metal blindado…
Claudia: Desagradecido. Típico… (Pausa). Está espeso este lugar; mucho humo y humedad.
Virginia: …estuve arrollada mirándolo de cerca; parecía inviolable ahí tan chiquito, una miniatura de mí misma. Y yo pensaba que él estaría también viendo a otro ser más chiquito, y así hasta el infinito.
Claudia: Arriba y abajo; ¿Para la tierra y para el cielo?
Virginia: Sí. Para el piso y para el techo.
Claudia: Admirando a un insecto desde el piso entonces. Bueno. (Pausa) Por tu cara, era lo menos raro que me podía imaginar…
Virginia: Mi cara. Cuando entraste, mamá, una de nosotras lo aplastó al pasar. (Pausa) Está acá, su cadáver a mi izquierda. ¿Ves? Seguro que lo maté.
Claudia: Capaz que fui yo…
Virginia: ¿Fuiste vos?
Claudia: No, yo no fui.
Virginia: ¿Fuiste vos o no?
Claudia: ¡No sé! Creo que no…
Virginia: Entonces fui yo. (De repente llora. De repente está chorreando lágrimas a granel. Claudia, sin entender mucho pero por reflejo, va hasta ella y la abraza).
Claudia: Hola…  (Virginia duda el abrazo y después se deja).
Virginia: (Separándose un poco) No lo tendría que haber dejado entrar, ¿no?
Claudia: Bueno, ya con el bicho, ya está; lo barremos y listo (Claudia va hacia la escoba).
Virginia: No hagas nada, dejá eso. Entraste, está bien. Prefiero que quede así. (Pausa) Capaz que es mejor que te vayas...
Claudia: ¿A dónde? Ni loca. No pienso dejarte sola en ese estado. Sola, encerrada acá y llorando por… ¿Puedo quitar un poco el olor a velorio?
Virginia: ¿Qué vas a hacer?
Claudia: Tenés la cara verde. ¿Abro?  
Virginia: No abras esa puerta (Saca la llave de la puerta que da al patio y se la queda). Puede entrar el viento. (Pausa) ¿Tenés ganas de dejarme sola?
Claudia: ¿¿El viento?? (Pausa) No; voy a acompañarte (Pausa). Me asustás. Hasta que no me digas todo, hasta no verte mejor me quedo con vos, como cuando eras chica. (La abraza. Pausa. Peinándola con los dedos) ¡Cómo te creció el pelo!
Virginia: Un poco sí. Me lo voy a dejar largo.
Claudia: ¿Hasta dónde?
Virginia: Hasta largo.
Claudia: ¿Y hoy qué vas a hacer?
Virginia: Nada. Dejar que me crezca el pelo. (Pausa)
Claudia: ¿Cenamos juntas? Tengo tiempo.
Virginia: (Se separa, se para cerca de donde yace el bicho) Tengo lecturas pendientes, interesantes y empezadas hace un tiempo; creo que la otra semana. Empecé con esa enciclopedia de los seres vivos. Puedo acostarme también, un tiempo a descansar. O bañarme; puedo acomodar la casa, cambiar las cosas de lugar. Capaz que…
Claudia: Yo puedo ayudarte. Reordenar renueva, lo leí por ahí. Esta mesa para acá, así. Esto acá iría mejor… y se puede pasar la otra a este rincón. (Corre algunas cosas, las mueve y al final queda todo igual a como estaba. Pausa). Estoy feliz. (Silencio).  
Virginia: ¿Sí? ¿Dónde lo leíste? (Pausa).
Claudia: (Señala cerca de los pies de Virginia) Tenés razón, parece una tormenta. Pobre… Pero son las sombras de la planta del patio. (Pausa. Rompe.) Ayer lo crucé al hombre… al de las plantas… Nunca me acuerdo el nombre. El de ahí a la vuelta… en esta vereda de acá.
Virginia: ¿El viejito? ¡Álvarez!
Claudia: Sí, pero ¿se llama…? ¡¿Cómo es que se llama?!
Virginia: Gabriel, le dicen “Don Gabriel”.
Claudia: Bueno, a Don Gabriel. Ese viejo no envejece. Me acuerdo… desde que tu tía llegó a vivir acá, mirá lo que te estoy diciendo… la primera vez que la vine a visitar estaba el viejito ahí en el vivero. No era viejo, tendría cuarenta años… más no tenía. ¡Y hace…!
Virginia: Sí. Es bueno. Antes le tenía miedo, era medio así… como cabrón. (Aclara) Cascarrabias…
Claudia: Sí, “cabrón”.
Virginia: (Coloca una silla sobre donde está el insecto muerto, con cuidado para protegerlo. Cuando levanta la silla acusa un dolor en el costado) Yo era muy chiquita igual. Últimamente nos hicimos amigos… Pero hace bastante que no lo veo. (Pausa). ¿Le habrá pasado algo? Capaz que no anda bien… Álvarez, el viejito.
Claudia: Lo vi ayer ¿no te digo? (Pausa) Estaba, no se lo veía mal. No me fijé bien pero estaba como siempre, con sus plantas.
Virginia: Se parece cada vez más a las plantas.
Claudia: Sí (Pausa) ¿Por qué decís, vos?
Virginia: Y… que anda cada vez menos… como los viejos, que caminan menos.
 (Pausa) Te vas quedando más quieto con el tiempo, como las plantas. ¿No? Y más cerca de la tierra.
Claudia: Sí, también. Pero mejor cambiemos de tema. (Pausa) ¿Lo de más cerca de la tierra lo decías por eso de que van cada vez más agachados?
Virginia: Sí… también. Igual, yo decía por la tierra. Sembramos muertos. Pero es cierto, ahora que lo decís, empieza antes. (Virginia abre la canilla y se moja la cara).
Claudia: Cuando hacés esas cosas me hacés acordar a mí.
Virginia: ¿Qué? ¿Cuándo hago qué? ¿Cosas?
Claudia: Eso, recién cuando te levantaste…
Virginia: Ah. Me riego.
Claudia: O los gestos sentada…, cosas que hacés.
Virginia: ¿Esto, así?
Claudia: O cosas sin darte cuenta... ¡Te sentás y yo tengo fotos mías de joven… igualita! (Virginia hace poses) ¡No me imites! Ahora no, ya pasó.
Virginia: Está bien…
Claudia: ¿Ves? ¡Otra vez!
Virginia: ¡Ahora me siento observada! ¡Todo lo que voy a hacer pienso que me voy a parecer a vos! (Incomodidad. Pausa)
Claudia: ¿Tan malo es?
Virginia: Ya sé la foto que me decís; una que estás en un cumpleaños tuyo, ¿no? Tenías un sweater parecido a este.
Claudia: ¿Cuál?!!
Virginia: En casa, yo debo tener cuatro años en esa foto. ¡Me hacías esas colitas horripilantes! Lo peor: ¡¡yo, contenta!! Y vos con tu pullover bordó.
Claudia: Sí, puede ser.
Virginia: Me acuerdo, clarito. (Pausa). ¿Por qué “puede ser”? (Pausa larga). Te pusiste seria, de golpe.
Claudia: No…
Virginia: Bueno… pero después no digas que yo invento.
Claudia: Vicki, no pasa nada. No es nada, en serio.
Virginia: ¿Ves?, “es”. Yo sé qué es lo que te molesta, que te mire las fotos.
Claudia: No.
Virginia: Que haya visto esas fotos.
Claudia: No quiero hablar de eso.
Virginia: ¡Pero te molesta! ¿Ves? Sí, yo sabía…
Claudia: No me molesta, me molestó en su momento y no te lo dije. (Pausa) ¿Estás conforme? Eras muy chica, capaz que por eso.
Virginia: ¿Muy chica para decírmelo o para que veamos esas fotos juntas?
Claudia: (Pausa. Piensa. Tensa). Para las dos cosas.
Virginia: Te molesta porque son fotos de papá, ¿no? (Pausa).
Claudia: ¿Y eso?
Virginia: Eso.
Claudia: No son fotos “de él”.
Virginia: Fotos con él. (Pausa).
Claudia: No sé, capaz que sí. Igual…
Virginia: Me estuve acordando mucho de él estos días; pero siento como que tengo menos imágenes mías, que las que me quedan son casi todas de las fotos. ¿Entendés? No me acuerdo de él, me acuerdo de las fotos. ¿Me vas a traer más?
Claudia: Te vas olvidando con el tiempo…
Virginia: No me contestaste…
Claudia: Sí. Haceme acordar. (Pausa).
Virginia: ¿Y cuando nosotras ya no estemos? Nadie va a saber quién era ese hombre en las fotos. Porque ¿quién se acuerda de esa gente? Desaparecemos. (Pausa) ¿Cómo era papá? Contame, quiero escuchar.
Claudia: No. Tu padre, tu tía, el bichito… mucho muerto para mí.
Virginia: Yo quiero. ¿Cómo era su voz?
Claudia: Pero yo no. No vamos a seguir entre fotos viejas y recuerdos Vicki, ya pasó mucho tiempo, yo…
Virginia: ¿Y qué vamos a hacer?
Claudia: Yo, empezar a vivir otra vez. (Pausa. Claudia recorre el lugar: portarretratos grises, juegos de cristalería) ¿Por qué no guardás todas estas cosas?
Virginia: Papá y la tía existen porque estoy yo. Acá. Estaban guardados, los saqué ayer.
Claudia: ¡Pero…! (Va a decir algo y se corta. Pausa. Se sienta y le hace una seña a Virginia para que haga lo mismo) Hija, yo tenía pensado venir a visitarte, a contarte un poco de mí… (Virginia mira la silla pero se queda de pie) Desde anoche que sabía que iba a venir, pero al final vine por otra cosa. (Pausa). Me llamaron del trabajo hoy. Del tuyo. Te habían llamado a vos antes, dicen que no te pudieron ubicar; entonces me dejaron un mensaje a mí en el contestador. (Pausa). Yo también te llamé, hoy al mediodía, cuando escuché ese mensaje.
Virginia: ¿Para qué llamaste?
Claudia: Para ver si te encontraba…
Virginia: ¡Si sabés que a esa hora nunca estoy!
Claudia: ¡Nunca estás porque estás en tu trabajo! (Pausa) Después llamé yo a la oficina. Y me dijeron que no ibas desde el viernes.
Virginia: Mentira. Fui el viernes. A la mañana fui. A la tarde falté, no me sentía bien.
Claudia: ¿Y después? ¿Y el sábado? ¿Y hoy? ¡Mirá este lugar!… ¡Mirate la cara!!! ¡Una cueva! Y vos, ¡verde!
Virginia: (Mete una mano dentro de la manga del sweater y se rasca el antebrazo) Me pica… está viniendo mal humor.
Claudia: ¡Ahí está, ahora te enojás! ¡Me estoy interesando por vos! ¡Sos mi hija!
Virginia: ¡Y vos sos mi madre!, ¿y? ¡Ya tendrías que saber cuando no quiero hablar de algo!
Claudia: ¡Bueno, no me importa! (Pausa) Necesito saber que estás bien…
Virginia: ¿Y vos?
Claudia: ¡¿Yo qué?!
Virginia: ¿Cómo estás vos, eh? ¡Dejame a mí!
Claudia: (Resorte) ¡Estoy enamorada! (Larga pausa). Estoy enamorada…
Virginia: Mentira…
Claudia: No.
Virginia: ¿Y cómo?  
Claudia: No sé, ni me acordaba cómo era… y hasta me lo negué. (Pausa). No lo sabe nadie; él y yo… y ahora vos.
(Pausa)
Después de veinte años ya siento que no le estoy faltando el respeto a nadie.
(Larga pausa).
Virginia: Yo… ahora tendría que decir algo…
Claudia: No sé. Sí. (Larga pausa).  
Virginia: No me sale nada. Perdoname… me… (Un suspiro) Es mucho… (Pausa)
Claudia: Decime… lo que sea… que necesito.
Virginia: No fui a trabajar el viernes, es cierto. (Larga pausa.)
Claudia: (Retoma) Por eso ya sabía que iba a venir a tu casa, a contarte, lo había decidido…
Virginia: El sábado tampoco fui.
Claudia: Estoy feliz.
Virginia: Ni a la mañana ni a la tarde.
Claudia: (Le busca la mirada, Virginia no la mira) Se llama Jorge. (Pausa).
Virginia: Hoy tampoco.
Claudia: (Tuerce, acerca el cuerpo hacia donde está su hija) Se llama Jorge… y estoy enamorada de él. (Nada. Claudia está a punto de llorar).
Virginia: ¿Cuándo más me parezco a vos?  
Claudia: ¡¡No le estoy faltando el respeto a nadie…!!
Virginia: ¡Estábamos hablando de papá! (Pausa) Me ibas a contar cómo era su voz (Aunque parezca imperativa, Virginia está pidiendo por favor. Pide hablar de algo, también para dejar de hablar de algo, y para evitar empezar a hablar de algo). 
Claudia: (Implacable) ¿Por qué estás así? ¿Qué te pasó? (Virginia, moviendo la cabeza,  pide que no).
Tu padre…
(Pausa)
… tu padre tenía la voz serena. Para vos era un arrullo a la noche; (Virginia: antebrazos sobre la mesa, mentón sobre los antebrazos) me quedaba esperándolo despierta hasta que él volvía de tu pieza, cerraba la puerta despacito y me decía “Se durmió”. Recién ahí se acostaba tranquilo.
Virginia: Qué lindo… ¿Eso hacía?
Claudia: Un radioaficionado- radioapasionado; todas las noches en la piecita del fondo, con su radio. Era callado, cariñoso… era una persona confiable, no sé… (Pausa) tenía siempre esa palabra para dejarte pensando, o para dejarte sonriendo. (Pausa, laguna, y realidad) Pero se murió; se fue.
Virginia: No…
Claudia: Sí, y nos dejó. Y… ¡sí! ¡¿Qué si no?! (Pausa) El día del accidente él estaba trabajando en ese pozo, estaba lleno de tierra y transpirado; te dio un beso en la frente y te dejó la marca. Y se fue. Después, ¿sabés?, yo no te quería lavar la cara; estuviste dos días con la forma de sus labios en tu frente.
Virginia: Yo no me acuerdo…
Claudia: Al tercer día, mientras estabas dormida –dormiste muy poco esa primera semana, y te hiciste pis en la cama todas las noches-, mientras estabas dormida fui hasta tu pieza con un trapito; me levanté, a las cuatro de la mañana, no podía más. Me quedé un rato mirándote. Antes de borrar la marca de tu frente te besé ahí; lo besé a él en la boca sobre tu piel. Después mojé el trapo con mis lágrimas, como si fuese un pañuelo, y borré.
Virginia: Nunca me dijiste eso… ¿Por qué nunca me dijiste eso? (Pausa)
Claudia: Lo guardé; lo hice un bollito. Estuvo siempre en la caja esa, con las fotos.
Virginia: ¿Por eso te enojaste cuando me metí en tus cosas?
Claudia: Quería proteger esos recuerdos, y protegernos a nosotras de ellos.
Virginia: (…)
Claudia: Cuando quedamos solas yo no podía sufrir delante tuyo, tuve que hacerme fuerte, aguantar para las dos. Hacía retención de lágrimas. También dejé de ser mujer por mucho tiempo, ¿entendés? (Pausa. Virginia la  abraza, largo. Cuatro ojos brillantes se miran).
Virginia: ¿Así que te enamoraste?
Claudia: Sí. (Pausa) Al principio… ¡total, ya está, te digo!, me asustaba que vos te pudieras enterar… pero después necesité decírtelo, y eso confirma que sí, que me enamoré.
(Pausa)
Él quiere que lo acompañe a un pueblito en la cordillera; va a poner como un hotel chiquito y quiere que me vaya con él.
Virginia: ¡Uh! Qué lindo… (Virginia va y mira el último sol a través de las cortinas). ¿Y vos qué vas a hacer?
Claudia: (Respira bien hondo. Pausa) ¿En serio no querés que abra un poco?
Virginia: ¡Nooo! Va a entrar el viento.
Claudia: ¿Qué viento?
Virginia: Además vos viniste por otra cosa. Y no le estás faltando el respeto a nadie… (Cariño. La besa. Virginia busca un peine, va hasta la ventana y se lo pasa rápido por el pelo).
Claudia: ¿Qué viento??
Virginia: El de afuera. El de la gente que se va y nos deja. Cosas que pasan muy rápido.
Claudia: Vicki…
Virginia: ¿Y Jorge? Se llama así, ¿no? Contame más de él.
Claudia: No puedo verte así…
Virginia: ¿Es tu novio? ¿Qué es?
Claudia: Yo no puedo dejarte así…
Virginia: ¿Me hacés esas colitas que me hacías antes? Como en las fotos. Capaz que ya me creció lo suficiente, tomá (Busca en el mueble y saca cintas para el pelo; se arrodilla en la silla que protege al bichito aplastado.) Vení ma. (Claudia se pone atrás, parada).
Claudia: (Mientras la peina) ¿Qué pasó la semana pasada? (Virginia no la ha escuchado; ajena, se toca a la altura de las costillas).
Virginia: Mami, me duele un poco acá al costado (Se levanta la ropa y se ve el principio de un moretón violeta y amarillo).
Claudia: ¿Qué es eso?  ¿Qué tenés ahí? (Anochece. Claudia prende la luz, iluminando un poco el lugar) ¿Te golpeaste?
Virginia: Sí, me pegó un chico. Seguí peinándome.
Claudia: ¿Qué chico?
Virginia: Un hombre, grande. Como de treinta años. Peiname.
Claudia: ¿Por qué te pegó?
Virginia: Un chico, que es el novio de una amiga. Así.
Claudia: ¿Te lo hiciste ver?
Virginia: Ya mejoró, se fue lo hinchado. (Gira la cabeza, mira a su madre) ¿Sabías que a algunas plantas las lastiman a propósito para que florezcan? Les pegan cadenazos. Dice ahí, en el libro. (Pausa)
Claudia: No. Dejame que te vea...
Virginia: Que me quede bien la raya ma, tirante, ¿te acordás? (El hablar de Virginia se va haciendo más pausado).
Claudia: ¿Por qué estás así? ¿Qué te pasó? 
Virginia: Me pasó un amor. Después de veinte años creía que nunca más iba a sufrir tanto. El viernes. Llevo diez días. (Pausa. Virginia se baja de la silla, se recuesta en el piso).
Claudia: No, acá no…
Virginia: Quiero así. (Claudia trae un almohadón y se lo acomoda bajo la cabeza).
Claudia: ¡Yo sabía que tenía que estar con mi nena!
Virginia: ¿Cuánto sufrimiento se puede aguantar?
Claudia: Mucho. Se puede aguantar mucho.
Virginia: ¿Y después? ¿Y si no vienen las flores? (Se va durmiendo).
Claudia: Siempre vienen las flores… (De pie, frente al bichito y su hija) Casi siempre vienen…

(Claudia mira a Virginia acostada en el piso y busca algo para cubrirla; mira a todos lados, los muebles, en dirección a la habitación de su hija. Agarra su campera para ponerle a Vicki encima pero se arrepiente; es poco, es fría. Deja la campera, va en silencio por el pasillito hasta la pieza y toma una frazada de arriba de la cama. Cuando va a volver se detiene frente a la pared, hay algo que concentra toda su atención. Se queda. En ese momento Virginia despierta de repente como de una pesadilla, mira alrededor sin entender, asustada; ve la cartera de Claudia y todavía tarda un poco hasta que recuerda, comprende).

Virginia: Mamá… ¡¡Mamá!!
Claudia: (Desde la pieza) ¡Acá estoy! (Deja la frazada sobre la cama).
Virginia: ¡¿Dónde?! ¡¡¿¿Dónde??!!!
Claudia: (Llega corriendo) Acá, acá estoy… (Se arrodilla al lado de Virginia y le toma las manos) Acá estoy… (La abraza) No pasa nada…
Virginia: ¿Qué hora es?
Claudia: No sé…
Virginia: ¿Cómo no sabés? Vos siempre sabés… Me dormí… ¿cuánto dormí? Tuve un sueño feo. ¿Me dormí?
Claudia: Sí. Ya pasó. Nada… muy poco…
Virginia: Mi… ¿dónde estabas?
Claudia: En la pieza, te iba a tapar.
Virginia: ¿Qué ibas a hacer? ¿Para qué me ibas a tapar? (Se moja la cara otra vez, la frente, y se la deja chorreando).
Claudia: Me estabas contando de las plantas, decías que las flores… (Virginia se toca el pelo) Yo te estaba peinando.
Virginia: Qué cortito lo tengo… ¡Me hiciste colitas!
Claudia: Vos me dijiste…
Virginia: (Exultante) ¡Las que a mí me gustan! (Pausa).
Claudia: Difícil…
Virginia: ¿Qué?
Claudia: Horribles dijiste.
Virginia: ¿Yo?
Claudia: Sí.
Virginia: ¿Y papá?
Claudia: ¿Qué…?
Virginia: ¿Dónde está papá? Decile que venga, así ve cómo me quedaron.
Claudia: ¡¿Qué decís?! No sé… no está…
Virginia: ¿Dónde dónde dónde dónde? (Pausa).
Claudia: (Duda) Está con la tía…
Virginia: ¿Y la tía? ¿Dónde está?
Claudia: ¿¿¿Cómo que dónde está???
Virginia: ¡Sí, que vengan los dos entonces! (Virginia mueve la cabeza rápido y sus colitas le golpean la cara. Pausa) No me digas la verdad; pensá una verdad que no me duela mucho, y hacemos como que yo esto no te lo dije. (Claudia duda. Virginia mueve la cabeza y se golpea más fuerte con las colitas del pelo).
Claudia: Creo que fueron a comprar una planta al vivero de Álvarez, acá cerca… (Pausa)
No, no creo eso…
Virginia: ¡Voy a prender la radio!, el otro día me dejó usarla. Vos no estabas, entonces prendimos la radio y hablamos con gente que está lejos. (Va hasta el mueble y conecta la radio) Papá tiene amigos que están muy lejos, ¿sabías? (Pausa. Como si reconociese el lugar) ¿Se puede ir tan lejos que después no te alcance la vida para volver?
Claudia: Y… de algunos lugares sí…
Virginia: ¿¿La casa de la tía negra??
Claudia: ¿Vos la sabés usar a la radio?
Virginia: ¡Sí! Con esto hablás, apretás este botón, hablás y decís “cambio”.
Claudia: ¿Y con quién hablaste? Sabés.
Virginia: Con nadie, no pude todavía… Pero hay que esperar, la dejás prendida y esperás que aparezcan. A mí me gusta escuchar los ruiditos para ver si habla alguien, pero a veces me duermo. Hay que estar toda la noche.
Claudia: ¿Querés acostarte un ratito? Capaz que estás cansada… Es bueno dormir, te cura.
Virginia: ¿Acá? ¿Te cura de verdad ma? (Se acerca al bichito) Acá, con él, quiero ser chiquita.
Claudia: No, levantate, dejalo.
Virginia: ¡Sé Claudia! (Pausa) Un poco, probemos.
Claudia: Te tengo que cuidar.
Virginia: Ser mujer y menos madre. (Pausa).
Claudia: Ya no hay tormenta en ese piso que era el mar.
Virginia: No… porque no hay sol. Ya sé yo... pero está.
Claudia: El mar calmo, es como un cortejo.
Virginia: No; parece calma, pero se mueve por abajo. Como el subsuelo, pero un “submar”.
Claudia: ¿Y de ahí vienen las tormentas?
Virginia: Claro. Entendiste. (Pausa) Mirá (Va hasta el mueble y trae un caballito de mar, de plástico) Este me lo regaló papá un día… no me acuerdo cuándo. Es un animalito del tiempo, cambia de color cuando hace frío, o hay viento o hay tormenta.
Claudia: Cuántas cosas que hay acá… (Pausa) ¿Ahora soy mamá?
Virginia: Sí. (Pausa) ¿Y si pruebo con la radio a ver si encuentro a papá y a la tía? Como están lejos, capaz que les puedo hablar.
Claudia: Y… pero ellos… Mejor no.
Virginia: Además el caballito se pone azul, un poco violeta, mirá. Entonces quiere decir que el tiempo está feo, les tengo que avisar que vuelvan. ¿Puedo, ma?
Claudia: No Vicki, mejor no… Esa radio ya no anda…
Virginia: ¡Sí, anda! ¡En serio ma! Estaba desconectada, yo la enchufé y anduvo.
Claudia: ¿Pero qué estás diciendo? Hija, pará con eso…
Virginia: Sí, hace un ruidito y anda…
Claudia: ¡Ya está!
Virginia: ¡En serio…! ¡Yo estuve hablando con papá el otro día!
Claudia: ¡Basta Virginia! (Golpea fuerte su mano contra la mesa. El ruido asusta a Virginia y se le cae de la mano la llave de la puerta, cerca de donde está Claudia, que la agarra) Voy a abrir la puerta…   
Virginia: ¡Noo! (Pausa).
Claudia: Sí, voy a abrir esa puerta y se terminó. (Virginia se mete entre Claudia y la salida al patio).
Virginia: ¡No ma, no vas a abrir, no abras! ¡¡El viento!!
Claudia: ¡Correte del medio!
Virginia: Me hice pis, el día que vino después del viernes. (Claudia se frena).
Claudia: ¡¿Qué día…?! ¿¿Pis?? (Pausa).  
Virginia: El día que no fui a trabajar. (Virginia siente frío) No sé cuál. Junté las sábanas y el acolchado, fijate, los hice un bollo y los dejé afuera, en el patio.  (Tiembla un poco) Una pelota de humedad, como el bichito. Mirá, todavía está ahí. ¿Ves? No abras. Por favor. (Claudia concede. Se guarda la llave en el bolsillo).
Claudia: No va bien esto… no estamos bien… La tengo yo. Calmate.
Virginia: Ya sé, fue el sábado. Estaba en el medio de la cama, y todo mojado alrededor; la humedad era por las lágrimas y el pis. Y olor. Como antes.
Claudia: Voy a llamar a alguien.
Virginia: No anda, se rompió el cable. (Claudia va hasta el teléfono, levanta el tubo y encuentra que no tiene tono).
Claudia: Está desconectado.
Virginia: (Se acelera) Aunque esté más linda, la planta larga muchas flores porque siente que no va a durar mucho más, ¿entendés?, larga semillas, le aceleran el ciclo. (Se seca la frente transpirada) Y ahí se le va la vida, en belleza.
Claudia: ¿Cuántos años tenés?
Virginia: Belleza… (Pausa. Vuelve.) Sí, está desconectado; ahora uso la radio. Con gente que está tan lejos que no puede venir, me gusta más. Y si se enojan no me van a hacer nada.
Claudia: Mirame. ¿Cuántos años tenés?
Virginia: Muchos. Tengo frío.
Claudia: ¿Cuántos?
Virginia: Muchísimos.
Claudia: ¡¿Cuántos?!!
Virginia: Treinta. (Pausa) Pero hace más de veinte que ya soy grande, ¿no?
Claudia: ¿Qué querés?
Virginia: Quiero los que me quitaron. Que me los devuelvan (Pausa)
Claudia: ¡Ah, mirá vos, años quitados…!
Virginia: ¿Y vos? ¿Cuántos años tenés? ¿¿Sabés cuántos años tenés vos?? (Pausa. Saca un cigarrillo y fósforos; los sostiene en las manos pero no lo enciende).
Virginia: Quiero ser chiquita, volver a ser. Así, de esta altura, no más.
Claudia: ¿Qué más?
Virginia: Llamarme de otra manera, y entonces ser otra.
Claudia: (Parece sobrepasada, como quien se va a fregar los ojos mientras piensa en clarificar las ideas) Tendríamos que… empezar otra vez. (Le toca la frente) Tenés fiebre.
Virginia: Otro nombre, otra vida. Y sacarte vos la culpa de una vez, de verdad, que yo disculparte ya te disculpé.
Claudia: No vine por aprobación, no pienses.
Virginia: No lo dije.
Claudia: Pareció.
Virginia: Culpa… aprobación… deber… ganas… obligación… compromiso… necesidad…  ¿Quién sabe? A mí las razones a veces se me mezclan y se me confunden.
(Pausa)
Claudia: Miedo…
Virginia: ¿Sabés? El primer día que más miedo tuve en mi vida, vos no estabas. Y fue por eso que tuve tanto.
Claudia: Tengo miedo. ¿Por qué lágrimas y pis?
Virginia: Teníamos ese quiosco; cuando vendiste el auto y compraste un quiosco, ¿te acordás?, y yo lo estaba atendiendo porque los martes vos ibas a comprar mercadería. (Pausa) ¿¿Tenías que ir siempre?? (Pausa) Papá muerto, vos de viaje.
Claudia: No hables así…
Virginia: Muy chiquita para eso. Me viene el recuerdo. (Pausa) Un hombre entró, esperó y me preguntó si vos estabas en casa. “¿Está tu mamá?” y una bolsa con herramientas traía. Un trabajador. Antes había mirado para adentro; había visto la tele prendida, dibujitos, y nadie más. “  (Pausa) Yo nunca había pensado en cómo responder si pasaba, pero le dije que sí; en el acto. “Sí. ¿La llamo?”.
Claudia: ¿Pero cuándo? ¿Qué te hizo? Nunca me enteré yo de eso.
Virginia: No había hecho nada, solamente me hizo pensar en todo lo que podía llegar a hacerme. (Pausa) Parece que me creyó, seguro. ¿Sabés?, yo me imaginé que estaba papá en casa, con un martillo, trabajando, sin remera y transpirado; eso pensé cuando le dije que sí. (Pausa) Vos llegaste justo, y él se fue, sin saber que eras la que yo había dicho que estaba adentro. Ese hombre no me hizo nada, para qué te lo iba a contar.
Claudia: Te acordás de tu padre entonces…
Virginia: No; me acuerdo de mis recuerdos, ya te dije… no sé cómo explicarte. Recuerdos de recuerdos es como copia de copia, que se desdibuja; ya no sé cuál es la verdadera, como que se perdió.
(Pausa)
¿Y vos?
Claudia: El primer día que más miedo tuve en mi vida, vos estabas. Como ahora. Y fue por eso. Porque tenía que cuidarte sola para siempre.
(Pausa)
Virginia: Algunas veces, de más grande, pensaba que le tendría que haber dicho la verdad a ese tipo; que no estabas. ¿No?
Claudia: ¿Para qué? No entiendo.
Virginia: Para que pasara lo que fuera, diciendo la verdad. Porque me acostumbré a fingir, y capaz no quería; en la escuela, con mis amigos… Siempre papá estaba de viaje o trabajando, siempre, en la entrada, a la salida, para los actos, las fiestas o las reuniones de padres. (Pausa) La primera vez que dijeron “hay reunión de padres” me puse tan nerviosa! y le fui a decir a la señorita. Ella ya sabía, seguro, pero me dijo que igual podían venir las mamás. Y “Andá a sentarte Virginia, quedate tranquila”.
Claudia: Ya está…
Virginia: No.
(Pausa)
¿Por qué en la escuela el día de la madre es “el día de la familia” y el día del padre igual se llama día del padre?
Claudia: Porque…
Virginia: Ese día siempre me dolía la panza y no iba; me daba vergüenza no tener papá.
Claudia: Ya pasó…
Virginia: No, ningún pasó. (Pausa). De tanto mentir ya te lo creés vos también, después se hace más fácil; cada vez más rápido me lo imaginaba y decía “Se fue con unos amigos a pescar”. ¡Y lo veía!, en el bote con la caña. Ya me costaba menos imaginármelo haciendo otras cosas, siempre lejos; después ya no precisaba que me lo preguntaran, iba caminando sola y como que sabía qué iba a decir ese día…
Claudia: ¿Para qué…? Vos no tenías que esconder nada.
Virginia: … y a lo último ni era para los otros, era para mí; no me daba cuenta y estaba inventando historias de viajes y trabajos lejos, visitas a sus amigos de la distancia, los radioaficionados –siempre me costó pronunciar esa palabra, muy larga, “radioaficionados”-. ¿Te acordás los banderines que había en casa, en la piecita del fondo? De lugares de todo el mundo. Por todos esos lugares anduvo papá adentro mío. (Pausa)
¿Viste que cuando uno dice “te perdono” lo está haciendo, está perdonando al otro? No hay que hacer nada más.
(Pausa)
Debe ser por eso que cuesta tanto decirlo. 
Claudia: ¿Qué querés que haga? Decime qué necesitás, y yo te ayudo.
Virginia: No sé, lo que tengas que hacer, pero yo no sé qué es eso. Estoy confundida, estar solo te hace hablar con vos mismo, mucho, a veces a los gritos en silencio. En la cabeza…
Claudia: Yo sé muy bien cómo es eso, quedate tranquila.
Virginia: ¿Y el bicho sabe cosas también? Porque este bichito capaz que me escuchó la charla en mi cabeza y se vino a contestarme o a escucharme o a algo. (Pausa). Y yo lo pisé, lo reventé. Al único que vino acá lo reventé, al que vino a ayudarme y se metió en una tormenta, como vos, que ahora estás acá y te querés ir en el fondo, aunque seas mi madre y no puedas por eso mismo. Sé otra cosa si querés, y te podés ir. Sí. Sé Claudia...
(Pausa)
Claudia: Contame, lo que tengas, lo que cargues, yo te voy a escuchar. (Larga pausa).
Virginia: ¿Seguro?
Claudia: Seguro. (Pausa)
Virginia: El viernes… (Tiembla y Claudia le pone su campera en la espalda) el novio de una amiga vino a casa… (Pausa) Se enojó pero porque ya estaba enojado de antes… y me pegó. Moretones; tengo más. Tengo frío y calor también ahora.
Claudia: Tenés fiebre; (Pausa) Pero seguí.
Virginia: Porque yo estaba en la pieza, ¿no?,  porque le iba a mostrar los muñequitos que me trajo mi amiga Gime de regalo; cuando fueron a viajar a Perú. Con él.
Claudia: ¿Por qué lo dejaste entrar? ¡¿Cómo lo vas a dejar entrar?!
Virginia: Me vino a traer la carpa, la tuya, ¿te acordás que te la pedí para ir ese fin de semana a la playa con un amiga?
Claudia: Sí.
Virginia: Esa. Estaba en la casa de Gime todavía, y él me la trajo. El viernes, como a la dos de la tarde.
Claudia: ¿Entonces?
Virginia: Y cuando iba a salir de la pieza no me dejó, empezó a gritar y me empujó. Se cayeron los muñecos al piso y yo me caí en la cama. Gritaba cosas feas y yo no sabía cómo sacármelo de encima. Por eso me pegó, ahí está… me pegó una piña en la panza y se me tiró encima. Yo no podía ni gritar del dolor y porque me faltaba el aire… Y me lastimó, se puso atrás mío y me lastimó, me hizo doler muy adentro ma… y me decía cosas feas de Gime y mías.
Claudia: ¡No…! No…
Virginia: Todo lo que ese hombre pensé que me iba a hacer cuando vos no estabas… ese día en el quiosco, horrible… (Claudia la abraza, lloran las dos).
Claudia: Mi chiquita…
Virginia: Quedate un poco conmigo ma…
Claudia: Sí, claro. ¡Mi amor… mi amor…! Acostate…
Virginia: ¿Acá? Con el bichito. ¿Puedo? (Claudia duda).
Claudia: Sí, quedate con él. Quedate tranquila.
Virginia: Otra vez, como la maestra que me dijo quedate tranquila dijiste. ¿Y vos?
Claudia: Acá estoy…
Virginia: ¿Te vas a acostar conmigo?
Claudia: No… yo me quedo a cuidarte.
Virginia: ¡Un ratito!
Claudia: Sí, un ratito…
Virginia: A dormir, que cura ¿no?
Claudia: Sí… que cura…
Virginia: No abras, ma.
Claudia: No. Yo me voy a quedar con vos; vos dormí, yo me quedo al lado de la radio. Me quedo al lado de la radio, atenta, ¿sí?
Virginia: Sí. Ya me duermo. No te vayas.
Claudia: No.
(Virginia se recuesta para el lado en el que está su madre; después de un tiempo, cuando Claudia va hasta la puerta, su hija gira sobre sí y la sigue con la mirada).
Virginia: ¿Qué vas a hacer?
Claudia: ¿Por?
Virginia: ¿Me das la llave?
Claudia: Ahí afuera está el acolchado…
Virginia: Igual.
Claudia: Hay que… capaz que mejor…
Virginia: Dejalo, así se moja cuando llueva y se lava.
Claudia: ¿Está muy sucio?
Virginia: Tiene unas manchas de sangre. (Estira la mano) ¿Me das?
Claudia: Sí. (Le alcanza la llave) No iba a abrir...
Virginia: Igual. Gracias ma. (Claudia se incomoda, Virginia no le quita los ojos de encima. Pausa). ¿Vos me creés, no?
Claudia: ¡¿Cómo no…?!
Virginia: Yo también te creo a vos.
(Pausa).
Claudia: Las primeras gotas… ¡Cómo me gusta el olor a tierra mojada!...
Virginia: No te quedes muy lejos de la radio, por si llama…
Claudia: Claro (Claudia vuelve  y va hasta la radio, Virginia gira sobre sí en el piso y queda otra vez mirándola. Pausa larga).
Virginia: ¿Te aburrís?
Claudia: No…
Virginia: (Va a levantarse) Te vas a aburrir, te doy algo mientras…
Claudia: No, vos quedate. Yo voy.
Virginia: Ahí.
Claudia: Si no cerrás los ojos va a ser difícil…
Virginia: Ahí, en el cajón.
Claudia: (Va) ¿Este?
Virginia: El álbum. Sí. El que tiene la tapa marrón. Si querés lo podés mirar.
Claudia: Gracias (Claudia lo deja sobre la mesa. Pausa.)
Virginia: No lo estás mirando…
Claudia: Ahora. (Pausa) Si escuchás el ruidito de la lluvia en el techo mejor…
Virginia: Capaz que no quiero dormirme. (Pausa). No tengo sueño. Ninguno.
Claudia: Cerrá los ojos un ratito…
Virginia: No, así estoy bien.
Claudia: Como vos quieras, como vos estés bien.
Virginia: Me cambio un poquito para este lado, así no me duele acá al costado. (Gira)
Claudia: ¿Te duele mucho?
Virginia: No, menos.
(Pausa. De espaldas)
¿Si tuvieras otra hija te gustaría que fuera como yo?
Claudia: Yo no voy a tener más hijas…
Virginia: Ya sé, pero si no hubieses tenido ninguna… pensá que todavía podés. Y podés elegir cómo querés que sea, ¿a vos qué te gustaría? Yo no existo. (Pausa).

(Claudia sonríe de cariño, se acerca a su hija, le toma la cara con ambas manos, con suave ternura acerca su boca y le deja un beso en la zona que está debajo del ojo, entre el pómulo y la nariz).

Virginia: ¡El beso de antes!
Claudia: ¿Y vos el…?
Virginia: (Recuerda y sonríe) ¡El beso mariposa! (Virginia, pestañeando rápidamente, Le hace cosquillas en la punta de la nariz a Claudia. Tiempo así).
Claudia: ¿Conforme? Ya vengo (Busca el álbum en la mesa y vuelve a sentarse al lado de Virginia, en el piso. Lo abren y lo miran).
Virginia: Es una por año, treinta fotos. No tengo de los siete ni de los diecinueve, no encontré. En los cajones de la tía había de todo. Algunas me las traje de casa.
Claudia: Yo capaz que tengo, te voy a traer. (Pasan fotos) ¡Mirá ese Citroen, cómo nos hacía renegar!
Virginia: Mi andador.
Claudia: El chichón que te hiciste con ese andador… ¡Mi pulóver bordó…!  
Virginia: ¡Mis colitas! Qué feas… ¡Ves, debe ser de ese mismo día, la que te decía hoy! (Siguen pasando fotos).
Claudia: ¡Tu cumpleaños, está la torta con forma de ocho!
Virginia: ¡Del Chavo del ocho, si estuvimos toda la tarde jugando a la vecindad! (Pausa) Es la última con papá… para mis nueve ya no estuvo.
Claudia: ¡Mirá yo qué joven! (Pausa).
Virginia: Seguí.
Claudia: ¿Sí?
Virginia: Sí, pasalas, después también vienen cosas lindas. (Sonríen).
Claudia: ¡Pensá en todas las fotos de momentos lindos que todavía no te sacaste!
Virginia: Cosas importantes. (Pausa) Estas pasalas rápido; a los quince andaba bien acomplejada con esos lentes.
Claudia: Y bueno, acá ya más grandecita. Estás igual. Listo. Lindas.
(Pausa. Claudia lleva el álbum al cajón del mueble).
Virginia: ¡¡Mirá ma!!
Claudia: ¿Qué?
Virginia: ¡Mirá!
Claudia: ¿Qué pasa?
Virginia: ¡¡Mirá, el bichito!! ¡Se mueve!
Claudia: No lo toques…
Virginia: ¡No, vení, tiene algo, vení!
Claudia: ¿Pero no era que…?
Virginia: No, no se mueve… ¡Tiene otros bichitos que le salen! ¡Mirá, son hijitos! Son como él pero chiquitos… (Triste) Uh… ahora se quedaron sin…
Claudia: No importa, los bichitos crecen solos, dejalos.
Virginia: Era un bichito mujer entonces, una hembra de bicho bolita. ¡Y se le quedan cerca!…
Claudia: Tenés razón, mirá…
Virginia: ¡Qué lindos…! Andá a traer algo, dame un vaso. Gracias. (Debajo de la silla apoya un vaso boca abajo) Tienen una casita de cristal. Nacieron recién y ya están de velorio. Como dijiste hoy, que el mar calmo era como un cortejo.
(Pausa).
Claudia…
Claudia: (Riendo) ¡¿Qué decís?!
Virginia: Te digo. ¿Está mal?
Claudia: Casi nadie me dice así. Siempre “María”, todos. “María Claudia”, por suerte nadie. Jorge me dice Claudia. (Pausa)
Virginia: Bueno, habíamos quedado en que nos creemos, ¿no? Claudia…
Claudia: Sí, habíamos quedado en eso.
Virginia: ¿Lo jurás? “Para atrás, ¿lo jurás?
Claudia: ¡Sí…! “Y para adelante, lo prometo”. ¡Cómo te acordás! (Pausa) “Hay que tener cuidado con todo lo que decimos, entonces…”
Las dos: “Tiene que ser la verdad, porque el otro nos va a creer…” (Ríen, cómplices).
Virginia: … “Elegir las palabras que uno dice. Elijo que sean las que tengan que ser” (Pausa) ¿De qué película sacamos eso?
Claudia: No sé, no me acuerdo… le fuimos agregando, hasta esta parte, y después lo repetíamos siempre.
Virginia: Antes de dormir.
Claudia: Y a veces, cuando llovía, como ahora…
Virginia: Vos te querés ir, ¿no?
Claudia: (…)
Virginia: ¡¡No!! ¡Son reglas! Ya está, dos segundos de silencio con una pregunta como esa ya son un sí.
Claudia: ¡Me hacés sentir mal!
Virginia: No… si lo digo así parece que no te importa nada, ya sé, pero no.
Claudia: Porque antes de esa sensación hay un montón de cosas en el medio. No es tan fácil…
Virginia: Y para mí tampoco…
(Pausa)
Claudia: ¿Por qué te maltrató ese tipo? Por qué… te hizo lo que te hizo.
Virginia: ¿Te tengo que contestar?
Claudia: No sé…
(Pausa larga)
¿Te da vergüenza?
Virginia: Sí.
Claudia: Entonces eso es como mis dos segundos de duda, ya me contestaste.
(Pausa).
Virginia: Lo de Gime también me pegó… eso está, capaz que es mucho menos importante desde tu lado, pero está. Perdoname, nunca hablamos de esto y es medio raro, pero es un dolor fuerte también. (Pausa).
Claudia: Yo no me voy a meter en eso.
Virginia: Igual no hay nada, ya está. Hablábamos de vos.
(Pausa)
Claudia: Sí Vicki…
Virginia: ¿Qué es Jorge?
Claudia: ¿Qué es? (Pausa) Mi… mi compañero; el que me eligió, y al que elegí para empezar otra vez. ¡Me siento linda otra vez...! Quiero… (Pausa) Pero vos sos mi nena…
Virginia: Ya tengo treinta años.
Claudia: Tengo que cuidarte…
Virginia: ¡“Tengo”! No quiero que “tengas que”.
Claudia: ¿Cómo no?
Virginia: Vos… ¿te querés ir? Viniste a decirme que te ibas a empezar una vida, y enamorada…
Claudia: Me quiero ir si todo va a estar bien.
Virginia: Y… ¿yo cómo voy a saber ma?
(Pausa)
¿Y cuándo salen?
Claudia: Y… era mañana.
Virginia: ¿Ya?
Claudia: Sí… Igual yo puedo cambiar el pasaje. Puedo no ir.
Virginia: Claro, podés quedarte conmigo acá encerrada viendo un bicho aplastado y a sus hijos y fotos viejas; sí, podés.
(Pausa)
 Ya hay olor a tierra mojada.
Claudia: ¿Viste qué lindo? ¿Qué vas a hacer…?
Virginia: Yo voy a estar bien, vas a ver. Acá estoy tranquila.
Claudia: ¿Y el viento?
Virginia: Afuera. Lo dejé afuera. Encerrado.
(Busca en el mueble una cámara de fotos Polaroid).
Mirá lo que encontré. La tía sacaba con esta siempre. Le queda una me parece. (Se sacan una autofoto  juntas). Voy a poner esta en los treinta.
(La foto sale, la miran, Virginia la pone en el álbum).
¿Cenamos juntas? Y después a dormir, que cura.
Claudia: Dale. (Pausa) ¿Y el bichito?
Virginia: Ahí, protegido. (Se escucha un ruido).
Claudia: ¿Eso fue la radio?
Virginia: No. Si no anda…
(Apagón).


*Sebastián Huber





Director teatral, dramaturgo y docente de Teatro.

§  Licenciado en Teatro por la UNCPBA de Argentina, en cuya Facultad de Arte se desempeña como docente desde 2006. Reside desde 2008 en  Barcelona. Es Máster en Estudios Teatrales por la UAB, y se encuentra realizando estudios de Doctorado en esta misma casa de estudios.
Dirigió “La cucaracha” (, 2002), “La escuálida familia” (2003), “Luz azul” (2007) y “Bello” (2008).
En Barcelona dirigió su obra “Viento”, y “Certes mentides”, de Enric Rufas, en el Institut del Teatre.

§  Obtuvo el Primer Premio en el Concurso literario Biblioteca Rivadavia, Feria del Libro Tandil 2004. En 2008 obtuvo el Primer Premio en el Concurso Fotográfico Villa Italia ayer y hoy, organizado por el Municipio de Tandil.
Su obra 48 entre 11 y 12. Conmoriencia obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Autores Tandilenses género Dramaturgia 2007 y fue publicada por el Municipio de Tandil. Se estreno en septiembre de ese año en la sala La Fábrica de la misma ciudad. 
Su obra Viento ha sido publicada por la revista “El Peldaño” de la UNCPBA.

§  En Argentina se formó en Dramaturgia con Mauricio Kartun, Patricia Suárez y Ricardo Monti.
En Barcelona asistió al seminario “Teoría y práctica de la Dramaturgia” dictado por Carles Batlle en el Institut del Teatre; en 2009 asistió al curso impartido por Rafael Spregelburd “Otras dramaturgias fractales”, y al seminario “Escritura dramática y anatomía lúdica” dictado por Larry Tremblay organizados por la Sala Beckett/Obrador internacional de dramaturgia.
En 2010 y 2011 formó parte, como dramaturgo, del grupo de investigación y creación teatral sobre Sistemas Minimalistas Repetitivos en el Obrador Internacional de Dramaturgia, sala Beckett de Barcelona, bajo la coordinación de José Sanchis Sinisterra.




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