48 ENTRE 11 Y 12. CONMORIENCIA de Sebastián Huber



48 entre 11 y 12. conmoriencia



 
Sebastián Huber*


Personajes:
Gladys.
Elena, madre de Gladys.
Cecilia y Adriana, hijas de Gladys, nietas de Elena.

(Interior de una casa. Hay varios diarios amontonados y muchos sobres en el suelo; algunos –sin abrir, nuevitos-  forman como una “casita” en la que retoza una muñeca. Sentadas alrededor de la mesa que ocupa el centro de ese living, tres mujeres retozan, ajenas; tres generaciones. La restante se acerca a la ventana que da a la calle, la única ventana. Parece que afuera es de día. Adentro, luz artificial.)

1.
cecilia: (Contra la ventana cerrada. Oye, espía por un resquicio. A un robot a pilas  que sostiene en sus manos) Un hombre mató de disparos a un chino de acá a la vuelta. ¿Quién lo va a pagar? ¿De quién es la culpa? Del hombre dicen algunos; otros le gritan cosas a la salida de la escuela al hijo del chofer de la ambulancia, que tardó media hora en llegar; hasta hay algunos que le echan la culpa al chino. Pobre chino, en vez de poner un restaurant chino, o una tintorería japonesa, lo mismo, se le da por… Igual, a la larga le iba a ir mal...
(Pausa).
Pero ponele que eso no importa. Porque por más que ahora el hombre se muera encarcelado, eso no le sirve a nadie. Ni al muerto, ni a su familia, ni a la familia del matador, ni al matador mismo, ni a nadie. Ya no se arregla.
Entonces pienso en la causa, en la equivocación. Qué pasó para que pasara eso. Y cada vez hay que ir más atrás, más y más para el fondo y la primera equivocación se sigue escurriendo, es como un mar sin fondo, más hondo más oscuro, y más al fondo y más. Y así...
(Pausa).
¿Quién tiene la culpa?
(Acerca su oído a la boca del robot. Luego agarra  una muñeca que estaba sentada en la casita de las muñecas y la revienta contra la pared. El ruido del golpe despierta a las mujeres)
Al final, siempre termino teniendo la culpa yo.


2.
Adriana: Cecilia, dejá de hablar sola.
Cecilia: No hablo sola…
Adriana: ¿No?
Cecilia: No.
(Pausa).
Adriana: Decís cosas que no le importan a nadie, y eso es como hablar solo. Peor. (Pausa)


Adriana: ¿Con quién hablabas?
Cecilia: Con nadie.
Adriana: ¿Con quién hablabas?
Cecilia: ¡No hablaba con nadie! (A su muñeco) Se pone así de celos, porque quiere estar en todo, no se aguanta que se le pase nada. Me grita a mí y se las agarra con papá, que no puede defenderse porque le tiene miedo, respeto, lástima y cariño, todo junto y mezclado. Yo no. Ya podemos decirnos las cosas, ya somos grandes las cuatro.
(Pausa).
Cecilia: ¿Vos creés que podemos olvidar, y después olvidarnos de haber olvidado?


3.
Adriana: Me duelen los dientes.
Gladys: Claro.
Adriana: Me duelen, de verdad. 
Gladys: Sí, te creo. Pero no soy dentista.
Adriana: Mamá, me duelen los dientes.
Gladys: Bueno, bueno. Tengo que hacer. Ya se te va a pasar, siempre para esta fecha nos duelen. Pensá en otra cosa. No te acuerdes.
Adriana: No se puede no pensar.


4.
(Cecilia va hacia la mesa y acomoda una camisa celeste con extrema parsimonia. La dobla, la prepara. Gladys agarra un diario y empieza  a hojearlo.)

Elena: ¿De cuándo es?
Gladys: De dos días antes. Acá dice que era una semana calurosa, que había mucha humedad, y algunas cosas de política. (A Cecilia) A ver, correte.
Cecilia: Ya termino, me falta doblarla.
Gladys: … en este dice que van a dictar sentencia, que faltan pocos días. Es el último que trajeron.
Cecilia: Cuando él vuelva nos vamos a enterar, mamá.
Gladys: Yo no puedo esperar a que vuelva. ¿No escucharon nada por ahí?
(Pausa)
Gladys: Igual no me importa.

Adriana: Nos miramos apenas, no duró mucho. Yo llegué primera a su cara, él me miró después a los ojos. Tenía un gesto blanco, la boca entreabierta; alguien que no lo conociera diría “una sonrisa”, pero no. Abrir la boca es otra cosa. Una sonrisa vacía, sin él. Ausente. Se había ido, estoy segura. Capaz que por miedo a ver lo que iba a hacer. Yo nunca lo quise, no me interesa defenderlo. Pero de alguna manera siento… que él… no.

Elena: ¿Otra vez? Adriana, eso es una pesadilla, ya te dije.
Adriana: Abuela…
Elena: ¿Querés que te cuente un cuento?
Adriana: Abuela…
Gladys: ¡No le digas así a tu abuela!
Elena: Dejala...
Adriana: Le dije “abuela”, ¿qué tiene?
Gladys: Vos sabés lo que te digo.
Adriana: No, no sé. A ver… explicame.
Gladys: Me volvés a tomar el pelo…
Adriana: ¿Qué? ¿Qué me vas a hacer ya?
Gladys: ¡Sabés qué te voy a hacer…! (Golpea con el diario en la mesa, sobre la camisa que estaba doblando Cecilia).
Cecilia: Mamá…
Gladys: ¡Qué pasa!
Elena: ¡¿Qué les pasa?!
Adriana: (A Gladys) ¡No, no sé! ¡Dale, decilo!
Cecilia: El otro día escuché que un hombre le contaba a otro que… (Pausa).
Adriana: (A Cecilia)  Pensá bien lo que vas a decir. No estás hablando sola.
Cecilia: Nada. Mentira. Perdón. Era para que no pelearan más…
Gladys: No estábamos peleando, si no estamos peleando…  En esta casa nadie se pelea con nadie.
(Pausa)
Gladys: Decime qué escuchaste.
Cecilia: (Duda) Que papá era un inconciente. Y que va a formar otra familia.
Gladys: ¡¿Quién va a querer formar otra familia con ese?! ¿Qué más?
Cecilia:
Adriana: (A Gladys) Vos decí lo que ibas a decir. (A Cecilia) Y vos, callate.
Gladys: (A Adriana) Vos, callate. (A Cecilia) Y vos, decí lo que ibas a decir.
Cecilia: ¡¡Basta!! ¡Basta, por favor, basta!!!
(Pausa).
Elena: No se hace eso con un regalo.
(Apagón).


5.
Cecilia: Escucho ruidos.
Adriana: ¿Sí?
Cecilia: Sí, y son de verdad. Ahí.
Gladys: Adriana, andá a fijarte.
Adriana: No hay nada, nunca hay nada.
Cecilia: Pero es afuera.
Elena: Yo voy.
Cecilia: Hay alguien en la vereda…
Elena: ¿Quién?
Gladys: ¡Fijate!
Cecilia: No sé, no alcanzo a ver…
Gladys: Dejame. (Mira) Hay mucha gente en la vereda de enfrente, pero no conozco a nadie.
Elena: Dejame a mí. Es cierto, mirá. ¡Hey, señor! ¡Hola! ¡Señor! ¿Qué hace? ¡Hey!!
Adriana: (Corre, mira) ¡Hay un tipo que nos está escribiendo la pared con aerosol!
Gladys: ¡Qué hace! ¡Salga de ahí! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Salga!
(Pausa)
¿Para qué voy a llamar a la policía?


6.
Cecilia: Mi papá se levanta temprano. No duerme mucho de noche, hace rato que no duerme. Se levanta y hace ruidos, él no se da cuenta. Así. Yo lo entiendo, él no tenía la culpa de tener hijos, ni de tener hijas. Tenía la culpa de tener mujer, y su mujer tenía la culpa de tenerlo a él, y entonces hubo hijas. La gente se apura a veces, se promete muchas cosas sin estar muy segura de casi nada. O se conoce, y ahí ya se la mandaron... después ya se la mandaron. La gente no escarmienta… Yo no les voy a decir cómo vivir, pero el sentido común a veces no puede jugar en el sentido individual de las personas, y todavía no hay leyes para eso. No, ¿no? El otro día… el Padre Jorge, el cura de la Iglesia del centro… El Padre Jorge… Ay, me olvidé lo que iba a decir.


7.
Gladys: ¿Quién llegó primero a la casa?
Elena: ¿A qué casa?
Gladys: Acá, a casa.
Elena: ¿Por?
Gladys: Nada, quiero saberlo, por eso.
Elena: Si es solamente por eso no vale la pena ni ponerse a recordar.
Gladys: ¿Vos creés que es sólo por eso?
Elena: No.
Gladys: ¿Entonces?
Elena: Quiero que me hagas preguntas directas.
Gladys: Te pregunté quién llegó primero.
Elena: Pero querés saber otra cosa, ¿no?
Gladys: ¿Cómo lo sabés?
Elena: Porque yo quise hacerte la misma pregunta.
Gladys: ¿Vos no habrás…?
Elena: Lo sé, no importa cómo.
(Pausa)
Elena: ¿Querés saber? Bueno, sí. Pero también sospecho que no fui la única.
Gladys: (Sorprendida, cubre con la mano el diario que guarda en su pecho) ¿Por qué?
Elena: Dormías. Como siempre, para la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho. Yo las hacía dormir, les contaba. Pero había algo en ellas, yo sentía que fingían. La respiración, era fingida. Hacían como que respiraban. Giraste y quedaste boca arriba, con ese diario apenas viéndose aparecer entre tu saco. Así. Esperé. Después descruzaste los brazos.
Gladys: Siempre lo uso, es por el frío en el pecho. Por el viento.
Elena: Al terminar me dormí, aunque había pensado en fingirlo. Cuando desperté y te miré, el diario entre tus ropas estaba todavía ahí. Pero doblado en otra página que la de siempre.
Gladys: Cualquier página.
Elena: Te veo acomodarlo, siempre. Yo lo volví a acomodar como estaba. Después de leerlo.
(Pausa)
Elena: Fingen.
Gladys: ¿Quién llegó primero a la casa?
Elena: Conmoriencia. No se hace eso con un regalo.


8.
Gladys: Un día de estos tendríamos que salir a pasear, las cuatro.
(Pausa)
Cecilia: (A Adriana) Quiero hablar.
Adriana: Me duelen los dientes.
Cecilia: Por eso. Hablame, hablame a mí.
Elena: ¿Quieren que les lea un cuento?
Adriana: A ella.
Gladys: … tomar aire, despejarnos. Hace mucho que no salimos todas juntas. Antes éramos mucho más sociales, no sé qué nos pasó.
Cecilia: No. Esas son palabras de otro. Quiero que me hablen a mí, que me escuchen. Quiero poder decir.
Gladys: … ahora, si no es por los diarios… Mirá, acá dice que preparan los festejos por el día de la ciudad. Y en este otro… No, este no. Este no dice nada (Se guarda el diario entre las ropas).
Elena: Había una vez…
(Pausa)
Elena: Una mujer que le hizo un regalo a su yerno.


9.
Adriana: (A Cecilia, a los gritos, a diez centímetros de su cara) Papá a veces se comía las eses, se le escapaban de la boca. Cuando éramos chicos nos decían que esto y que aquello pero nunca la verdad. La verdad no se les dice a los chicos, es como quemarles el castillo antes de que se den cuenta de que construir no sirve. Que la ola va a llegar y te lo va a tirar, por más piedra y caracol que le pongas, mugre y concha que le pongas, por más pozo que hagas para impedirlo. El niño tiene derecho a una familia, pero no a la verdad. Tiene obligación a una familia. Mi hermana más chica nunca supo nada, porque las hermanas más chicas que se mueren dos días después de nacer no se enteran de nada. Ni de la cara de la partera, ni de los gritos de mamá, ni de los gritos de la enfermera cuando mamá le mordió el brazo desesperada (se le notaba la mordedura, clarita, cuando nos quería mentir en el pasillo y para eso se arremangó), ni de las ataduras, ni de los tubos por la nariz y el oxígeno porque hay que intentarlo, ni de las lágrimas en los aparatos para electro shock y los cascotes de tierra que les tiran arriba del ataúd blanco, chiquito. Se llamó Adela, y hoy sería grande, seguro, pero no la dejaron intentar.
Capaz que una piña bien pegada a tiempo en la panza duele menos que muchas desilusiones de a poco.
Ahora ya casi ni me acuerdo de ella, solamente los días que son jueves. A la tardecita, a la hora del Chavo, cuando estabas tomando la leche y viene un papá tuyo a decirte que Ade no va a venir, que se fue a no sé dónde y que hay que ir al hospital porque la mamá de uno está con calmantes y a los gritos igual, que no sé con quién dejar a las chicas y que la muy puta no para de gritarme que fue mi culpa, ya sabés cómo me dice, me dice y se ríe, y llora, y vomita, y que no la toco nunca más y en cuanto pueda se ata las trompas y me las cobra, y qué hacés ahí Adriana? Andá para la pieza y quedate cuidando a tu hermana que yo tengo que salir a ver a mamá que está en el hospital y no se siente bien pero en un rato va a venir la abuela y les va a contar un cuento, mañana van a la escuela y yo te paso a buscar, dale, no seas mala. ¿No seas mala? ¿Yo?
Cecilia: Gracias.

10.
(Las cuatro son dos y dos)
Gladys: ¿Qué cuchichean?
Elena: Dejalas Gladys, tendrán cosas que decirse, son hermanas. Es normal, Cecilia está creciendo.
Gladis: Sí. Claro. Claro que mi nena está creciendo.
Elena: Entonces, todo es normal. Crecen, como cualquier chica. Hablan entre ellas, como cualquier chica. Mientras se respondan entre ellas, no te van a preguntar a vos.
Gladys: No me gusta que hablen entre ellas, parece que esconden cosas.
Elena: Lo que saben es todo lo que van a saber.
Gladis: Igual.
Elena: Nosotras hablamos entre nosotras.
Gladys: Pero en voz alta. Sin secretear. Lo que yo digo, se escucha tranquilamente.
Elena: Pero lo que no se escucha está haciendo más ruido que los cantos de esa gente que se para frente a casa. Miralas, hace mucho que no estaban así…
Gladys: Por eso.
(Pausa)
Elena: Hija, vos no tenés que aguantar cosas que ya no puedas aguantar.
Gladys: ¡Pará mamá! Haceme ese favor, ¡vos no!
Elena: ¡Tenemos que hablar, ya somos grandes las cuatro!
Adriana: Mamá, ¿quién fue la última que lo vio con vida?
Cecilia: Mamá, ¿cuándo se dejaron de querer?


11.
Gladys:
¿Vamos?
Sí.
Me gustás.
Sí.
Ahora.
Te queda bonito eso.
A mí también.
Quería decirte que te extraño.
Es que… ya sos parte de mis días.
Me encanta besarte de mañana, antes de despertarme del todo, es como seguir soñando un sueño de ojos verdes.
Te extraño, quería decírtelo.
Siento que no puedo alejarme de él, ¿entendés?
Lo amo.
Desde siempre, hasta siempre, cada día más, presente.
Tu olor, tus besos, tus caricias.
Manos suaves como nubes para abrazarme.
De mi vida, sí, de mi vida.
De mis días.
En tu mirada puedo perderme, dejarme ir y descansar sin miedos.
Sin culpas.
Sin dolor.
Sin causas.
Sin motivos.
Sin apuros.
Sin vergüenza.
Sin golpes.
Sin reproches.
Sin hambre.
Sin cargas.
Sin nada más.
Con vos.
Con placer.
Con confianza.
Con amor.
Con vos.
Con abrazos.
Con poco.
Con nada.
No necesito otras cosas.
Acá.
Ahora.
Mañana.
Ayer.
Sí.
dejame que te abrace.
Beso.
Me besás.
Nos queremos.
Nos prometemos.
Nos abrazamos.
Nos cuidamos.
Nos respaldamos.
nos amamos.
Nos vamos.
Te veo dormir tranquila.
Te veo dormir, tranquilo.
¿Querés?
Sí.
Gracias.
Por favor.
De nada.
Permiso.
Está bien
Si…
Por supuesto.
Por vos.
Por mí.
Por favor.
Por favor.
¡¡Por favor!!

No…
¿Qué?
Salí.
¿Qué?
¿Quién sos?
No sé. ¿Qué pasa?
¿Qué pasa…? No sé.
Salí.
Me siento mal.
Andate.
Es tarde.
Confuso.
me confundo.
Me aburro.
No te extraño.
Más.
Menos.
No lo sé decir.
Me olvidé.
Perdón. No, perdón no.
Es la última vez. Que sea la última vez.
te odio.
Me das asssco.
Te voy a olvidar, te quiero olvidar.
Sufro.
Peleo.
Peleamos.
No vamos.
Gritos.
Golpes.
Nada....nada...nada.
Sexo no.
Placer no.
Amor no.
No respeto.
No pasión.
No te extraño.
No te quiero.
Ya no.
Me canso.
Me aburro.
Vámonos.
Andate.
Vamos.
Salí.
¿Vamos?
NO.


12.
Cecilia: Mi papá iba a misa, cada tanto. Los domingos iba, cuando mamá le planchaba la camisa celeste de salir. A veces no, y entonces él no iba, o se ponía pulóver de lana en verano y salía temprano. Capaz que iba por la sombra, no sé. "No te quejes, yo no soy tu sirvienta" le decía. "Andá, vos", y le decía la palabra.

Adriana: Papá le sacaba los dientes a la gente y los guardaba. Un día se los saqué y los puse abajo de mi almohada. Cuarenta dientes. ¡Rompé la alcancía, ratón Pérez! Me pegaron con una rama finita sin hojas, porque no hay que meter la mano donde no se debe, así vas a aprender. Papá no fue, él no tuvo la culpa.

Cecilia: "Ceci" me decía papá. Y "Ceci" fue lo que me dijo. Todavía me acuerdo, "Ceci…", me miró… se le caían las lágrimas, y no me dijo más nada. Después todo se puso negro y no lo vi más. Ahora mamá ya no tiene a nadie, lo debe extrañar ahora, él está lejos, espero que esté bien, que no sufra. Ya no saca dientes, ahora los aprieta y espera que pase el tiempo. Papá se quiere morir, yo me doy cuenta. Por ahí se le da... Diosito, que se muera papá, yo lo extraño...
Adriana: ¿No seas mala?, ¿yo? Por qué no evitarnos a nosotras tanta mierda, tanta vida. Qué asco. Al final se lo merecían, que se pudra él ahí, la gente se olvida de todo, la gente no sabe nada de nada, o se hace la boluda. ¿Ella? Ella se está pudriendo de verdad, hace muuucho… Tres minutos después de decirle "eso" por última vez.

Cecilia: Se lo dije.
Adriana: …la lengua así… como un alambrado de púas, como una tijera.
Cecilia: Puedo entender de donde vengas. Si salvaste el dolor y me diste libertad. Dejame aclarar que esto es libertad. Ya no hay peleas ni ataques. Es libertad. Ningún ruido de ataque. Sólo libertad. Estuve corriendo como vos y ahora entendés por qué me espanté. Estuve buscando certezas. Y tuve golpes en cualquier parte. Pero estoy acá. Para darte libertad. Esto es la libertad. Dejame ser claro. No olvides este momento. No vayas a mi camino. Ni compliques. No hay lágrimas para el miedo.  No sé qué hacemos acá. Un ring de libertad. Hija, decilo, necesito que lo digas. Ceci…”
Adriana: … mis ojos grandes, obsenos, mirando para siempre…
Cecilia: Y no dije nada más. La última palabra fue la peor palabra, esa que me hizo igual a mamá una vez en la vida. Una vez en la muerte. Se le caían las lágrimas. Una sonrisa blanca, limpia. La boca como… la lengua como… los dientes como…
(Pausa)
En un cartucho de escopeta caben cincuenta dientes de leche, filosos, blancos, duros como la piedra. El ratón Pérez no existe. ¡¡¡¡Conchita!!!
(Apagón)
Somos los muertos, como los muertos.
estoy clavada en tus sueños
sentidos en coma.
Vuelvo. Y final. Vuelo.
una dura noche sin mi alma
Mi pelo de preguntas
transforma lo que veo en lo que soy.
Voy a contarte un secreto mientras caminamos por tu cuerpo
Hoy me invito a dormir sin vos.
No puedo sacar lo que pasa. ¿Podés sentir amor?
tu cuerpo va a dejarte
cuidado
¿podés sentir amor?
Si salvaste el dolor y me diste libertad
No hay lágrimas para el miedo
Somos como los muertos
Todos los muertos
Conmoriencia


Nota:
El domingo 15 de noviembre de 1992, el dentista Ricardo Barreda se había levantado con la idea de hacer un intento por quebrar la indiferencia de su esposa, Gladys. "Voy a limpiar las telarañas del techo", comentó.

"Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor hacés", llegó la respuesta como latigazo.

El odontólogo buscó entonces la escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16,5 que le había regalado su suegra y asesinó a las cuatro mujeres que vivían con él en la casa de la calle 48, entre 11 y 12, de la ciudad bonaerense de La Plata: sus dos hijas, su esposa y su suegra.
 
Barreda fue protagonista del juicio oral y público con mayor audiencia de la historia penal argentina, acusado del delito de triple homicidio calificado y homicidio simple.

Fue condenado a cadena perpetua.



* Datos del autor

SEBASTIÁN HUBER:

 sebashuber@gmail.com

blog: http://sellamaradistinto.blogspot.com/ (de fotografia)







Director teatral, dramaturgo y docente de Teatro.

§  Licenciado en Teatro por la UNCPBA de Argentina, en cuya Facultad de Arte se desempeña como docente desde 2006. Reside desde 2008 en  Barcelona. Es Máster en Estudios Teatrales por la UAB, y se encuentra realizando estudios de Doctorado en esta misma casa de estudios.
Dirigió “La cucaracha” (, 2002), “La escuálida familia” (2003), “Luz azul” (2007) y “Bello” (2008).
En Barcelona dirigió su obra “Viento”, y “Certes mentides”, de Enric Rufas, en el Institut del Teatre.

§  Obtuvo el Primer Premio en el Concurso literario Biblioteca Rivadavia, Feria del Libro Tandil 2004. En 2008 obtuvo el Primer Premio en el Concurso Fotográfico Villa Italia ayer y hoy, organizado por el Municipio de Tandil.
Su obra 48 entre 11 y 12. Conmoriencia obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Autores Tandilenses género Dramaturgia 2007 y fue publicada por el Municipio de Tandil. Se estreno en septiembre de ese año en la sala La Fábrica de la misma ciudad. 
Su obra Viento ha sido publicada por la revista “El Peldaño” de la UNCPBA.

§  En Argentina se formó en Dramaturgia con Mauricio Kartun, Patricia Suárez y Ricardo Monti.
En Barcelona asistió al seminario “Teoría y práctica de la Dramaturgia” dictado por Carles Batlle en el Institut del Teatre; en 2009 asistió al curso impartido por Rafael Spregelburd “Otras dramaturgias fractales”, y al seminario “Escritura dramática y anatomía lúdica” dictado por Larry Tremblay organizados por la Sala Beckett/Obrador internacional de dramaturgia.
En 2010 y 2011 formó parte, como dramaturgo, del grupo de investigación y creación teatral sobre Sistemas Minimalistas Repetitivos en el Obrador Internacional de Dramaturgia, sala Beckett de Barcelona, bajo la coordinación de José Sanchis Sinisterra.





Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

LAS ACEITUNAS Lope de Rueda