Secreto de Confesión, obra breve anticlerical de Humberto Robles

Secreto de Confesión
“La única iglesia que ilumina es la que arde”
Obra breve anticlerical de Humberto Robles
Personajes: monseñor (veterano) y el padre (joven-maduro)
Música. Monseñor (de hábito y las manos con anillos), tras su escritorio, come chocolates de una caja, papitas de una bolsa; toma Coca Cola y Pepto-Bismol de la botella. Pasa frecuentemente de la furia a la exasperación vociferante casi irracional.
Monseñor (al teléfono): ¡Anatema…! ¡Es una aberración, señor arzobispo…! Si ya aceptaron los matrimonios entre personas del mismo sexo, ¡mañana aprueban la zoofilia como norma sexual! ¡Habrase visto…! ¡Todo es obra del contrario Luzbel y de esos bastardos, ateos, librepensadores…! Como lo dije en mis recientes declaraciones: el episcopado, el clero en su conjunto y la iglesia católica, apostólica y romana, nos oponemos rotundamente a que dos maricones o dos lesbianas se casen… ¿Cuándo se ha visto perro con perro o perra con perra? ¡Por el amor de dios…! ¡Y mucho menos podemos permitir que adopten a inocentes criaturitas indefensas, castas y puras…! ¡Esos invertidos van a provocarles daños psicológicos irreversibles a los niños e inculcarles prácticas contrarias a la naturaleza! ¡Homo-heréticos…! ¡Será el fin de la especie humana…! El divino creador dijo: “Creced y multiplicaos…” Pero mire usted lo que son- las cosas, aunque los gais no puedan reproducirse, ¡cada vez hay más, y más, y más, y más, y más…! (Pausa, compungido) Sí, señor arzobispo, hasta Ricky Martin lo confesó… (Prosigue) Con estas leyes que normalizan la homosexualidad, junto a la píldora del día siguiente y el derecho de las mujeres a abortar y a dizque decidir sobre sus cuerpos, ¿a dónde vamos a ir a parar? ¡Esto es el apocalipsis…! ¡Maldita la hora en que llegó a su fin la santa inquisición…! Si no, ya habría torturado y quemado a todos esos herejes como hizo nuestro reverenciado Torquemada… (Pausa) Yo sé que supuestamente hay que condenar el pecado mas no al pecador… pero no entiendo cómo dios nuestro señor, con todo su infinito poder y misericordia, no destruye a todos esos pervertidos y degenerados, como tuvo a bien hacer en Sodoma y Gomorra… ¡Urge otro diluvio universal para borrar de la faz de la tierra a esas lacras humanas…! (Pausa) Así es, los nazis hicieron su obra mandándolos a campos de concentración y exterminándolos en cámaras de gases, ¡pero por desgracia no les dio tiempo de arrasar con todos ellos…! (Pausa) Afortunadamente ese es el consuelo que a mí también me queda: que todos van a ir a parar al infierno, por la gracia y bondad de dios, ardiendo y padeciendo eternamente en las llamas del averno… Que sufran lo indecible y más… (Pausa) Ha sido un enorme placer hablar con usted, señor arzobispo… Dios lo colme de bendiciones.
Monseñor cuelga, come, bebe y eructa. Aparece el padre vestido con su hábito.
Padre: Su ilustrísima.
Monseñor (le extiende su mano llena de anillos): Pase usted, padre, lo estaba esperando.
Padre (le besa la mano): ¿Cómo ha estado, monseñor?
Monseñor: Bien, bien, ya sabe, aguardando la venida del nuevo mesías, esperando el fin del mundo y con muchos problemas estomacales… Pero dígame usted, ¿cómo va todo en su parroquia?
Padre (queda de pie): Ya sabe, monseñor, con altas y bajas… He de decirle que, desde que pusieron la iglesia pentecostés y el templo de los adventistas del séptimo día, hemos tenido un gran número de deserciones.
Monseñor: ¡Malditos protestantes malnacidos, deberían arder en las hogueras, a fuego lento y en leña verde! (Eructa) ¡Qué falta nos hace otra noche de San Bartolomé para aniquilarlos a todos!
Padre: Por otro lado, debo informarle que los matrimonios han disminuido en forma considerable… yo diría pasmosa… y ahora rebosan las uniones libres, evidentemente sin el sagrado sacramento y la bendición de nuestro señor.
Monseñor: ¡No entiendo cómo les gusta vivir en pecado, ofendiendo a dios, degenerados fornicarios…! El sexo es únicamente para la procreación ¡y nada más, no para el desenfreno de la repulsiva lujuria! ¡¡Deben reprimir sus instintos animales!!
Padre: Además, por lo que sabemos, consumen cantidades industriales de preservativos y anticonceptivos.
Monseñor: ¡Pecadores irredentos…! Pero ahí tiene el castigo divino: ¡nada me va a dar más gusto que caigan sobre ellos las siete plagas de Egipto! (Eructa y ríe) ¡Ojalá intervenga la mano divina de dios y se les rompan los condones para que les dé SIDA a todos esos calenturientos! (Ríe)
Padre: Dios mediante, primero dios.
Monseñor: ¡El cáncer y el SIDA son un acto de justicia inmanente! Jugar con la naturaleza del amor puede conducir a catástrofes así, depravados sidosos hedonistas.
Padre: Supongo que también sabrá que fuimos gravemente amonestados por las declaraciones que hicimos desde el púlpito contra aquellos legisladores que aprobaron los matrimonios entre personas del mismo sexo.
Monseñor: ¡Bola de maiceados! Los sobornaron para aprobar leyes que socavan ‘las diferencias entre los sexos’, que son una amenaza para la creación… ¡Y permítame decirle que a eso no se le  puede llamar “matrimonio”! La raíz etimológica de esa palabra es “matriz”, ergo sólo puede existir entre un hombre y una mujer.
Padre: Eso mismo argumentamos, pero ahora nos rebaten diciendo que entonces por qué a los sacerdotes nos llaman “padres” o a las monjas “madres” si de hecho no lo somos… o no deberíamos serlo.
Monseñor: ¡Blasfemias luteranas y calvinistas! ¡Somos padres y madres de nuestro rebaño! ¡Nosotros estamos casados con nuestro señor, y no por eso somos homos…!
Padre: También arguyen, en defensa a su derecho a la adopción de infantes, que la homosexualidad no se inculca de forma alguna… Dicen que si las preferencias sexuales se contagiaran o transmitieran, no existirían los homosexuales porque éstos son educados por heterosexuales y para ser heterosexuales.
Monseñor: ¡Patrañas marxistas, falacias del estado laico! ¡Tratan de confundirnos, pero no lo permitiremos…! ¡La familia tradicional es la base de la sociedad: mamá, papá e hijos…! En todo caso un perro, un gato, un perico, unos gupis… ¡pero nada más!
Padre: Ellos insisten en que eso es precisamente lo que desean formar: familias homoparentales para darle su amor y protección a los menores.
Monseñor: ¡Santo niño de anoche! ¿Qué van a decir esos infantes? ¿“Mi mamá se llama Pedro…”? ¿“Mi papá se llama Carmela”?
Padre (ríe y luego prosigue): Activistas y organizaciones LGTB expresan que es mejor que los niños tengan dos papás o dos mamás, a ser huérfanos o niños de la calle.
Monseñor: ¡Ahí lo tiene: vil y vulgar propaganda sionista…! Siempre será mil veces mejor morir de hambre, de desnutrición, volverse un paria, ser un consumidor de estupefacientes baratos o ser víctima de los tratantes de personas, ¡a ser adoptado por dos malparidos sopla-nucas o dos condenadas hijas de Safo! ¡Pecado contra natura!
Padre: Precisamente señalan que la ciencia comprueba que en la naturaleza se dan diversos casos de homosexualidad y bisexualidad, como en los bonobos, delfines, jirafas, leones, hienas, el bisonte americano y muchas bestias más.
Monseñor: ¡No diga estulticias, padre, esos animales no pudieron haber subido al arca de Noé! ¡Debe haber habido un control estricto bajo la supervisión de dios padre…! Y si esas malformaciones lograron colarse en la bendita embarcación, ¡dios quiera que pronto se extingan esas especies inmorales…! (Al cielo) ¡Venga a nos tu inminente y santísimo sobrecalentamiento planetario…! (Prosigue) Para acabar pronto, padre: ¡las relaciones homosexuales son como café sin cafeína…!
Padre (asiente): O como Coca Cola sin gas…
Monseñor: ¿Qué quiere, padre?, yo nomás no le puedo perder el asquito a esas uniones.
Padre: Comparto su malestar… Y además la santa biblia está repleta de condenas a esas actividades contrarias a la norma: "No te echarás con varón como con mujer, es abominación", levítico 18:22… Asimismo, en Deuteronomio 22:5, cito “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu dios cualquiera que esto hace…” Y Corintios 6:9 y 6:10: "¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones –sodomitas-, heredarán el reino de dios…” Y luego hablan de “orgullo gay”, ¡bah!, vergüenza les debería de dar.
Monseñor: ¡Que nadie ose afirmar lo contrario: 44 pasajes bíblicos confirman que la biblia y dios maldicen a los homosexuales! (Eructa) ¡Detrás de esta confabulación gay están la ONU y el Banco Mundial para destruir a la familia, base de nuestra sociedad neoliberal…! ¿Qué no se dan cuenta de que legalizar el matrimonio homosexual significa poner toda la maquinaria educativa y mediática del estado al servicio del homosexualismo político?
Padre (asiente): Sin embargo, por todo lo anterior, nos acusan de que nuestras declaraciones son discriminatorias y atizan la homofobia entre la población.
Monseñor: ¡Los únicos responsables de la discriminación que sufren esos nauseabundos desviados, son los que han aprobado esas leyes…! Si no las hubieran aceptado, no estaríamos hablando de estas tontejadas sobre una despreciable minoría… Que sepan todos que para nosotros dios no es una hipótesis lejana, no es un desconocido que se ha retirado después de la absurda teoría del Big Bang... ¡Blasfemias! (Eructa) ¡Y de una vez le digo: me vale un rábano que en lugar de llamarme cardenal, me llamen cavernal…!
Padre: A su vez, estos apóstatas culminan afirmando que todos los males de nuestra santa madre iglesia se deben al voto de celibato que se nos ha impuesto… que el celibato no es natural y no se ve ni por error en la naturaleza.
Monseñor: ¡Malditos lujuriosos, concupiscentes…! Sólo piensan en sexo, sexo y más sexo. ¡Qué asco me dan…! El celibato es el modelo de perfección humana… Fíjese usted que, para estar mejor en forma, Mohamed Alí se mantenía en abstinencia sexual por períodos hasta de un año… Mientras el mundo admira ese compromiso hecho por el deporte, critica como "antinatural" el celibato sacerdotal… ¡Por el boxeo todo es aceptable!, pero si es por Dios se considera fanatismo o peligroso para la mente… ¡Malditos come-curas, anticlericales…! (Se alza un poco de su asiento y suelta una sonora flatulencia) Evidentemente este es el anuncio del fin de los tiempos, padre, ¡se avecina el juicio final!
Padre: Con el favor de dios, Cristo vendrá pronto a juzgar a todos esos filisteos y descreídos, y los condenará a sufrimientos eternos inimaginables… por algo dios es todo amor y bondad.
Monseñor (toma Pepto-Bismol de la botella; luego se levanta y se pasea): ¡De veras que no entiendo qué desean estos rojillos izquierdistas propaladores del ateísmo…! ¡No se cansan de atacar a la iglesia católica…! ¡Nos martirizan una vez más, como los romanos lo hicieron echándonos a las fauces de los leones…! ¡¿Qué más quieren de nosotros esos ateos…?! ¿Acaso no aceptamos que la tierra no es plana sino redonda…? Le dimos la razón al desgraciado de Galileo Galilei, ¿no…? (Remeda) “Y sin embargo se mueve…” Ay, sí, tú, viejo cursi… ¡Y que conste que no lo quemamos como al infeliz de Giordano Bruno…! Después hicimos las hermosas Cruzadas, incluyendo la bella Cruzada de los niños, para defender la única religión verdadera en contra de los infieles, ¡y ni las gracias nos han dado…! De no ser por nosotros, ahora serían unos musulmanes fundamentalistas adoradores de Alá o de Mahoma… ¿Qué no los libramos de brujas y hechiceros a los que les prendimos fuego en primorosos autos de fe…? (Suspira) ¡Esos eran buenos tiempos, padre, qué nostalgia…! Cada quemado era un alma salvada de las garras del demonio… (Prosigue) Mucho después de la conquista, aunque lo pusimos en tela de juicio durante siglos, aceptamos finalmente que los apestosos y mugrosos indios poseen alma… ¿Y nos lo han reconocido? ¡No…! Aunque gozamos de los beneficios de la esclavitud, gracias a una bula papal, ahora hemos admitido a los negros en nuestra iglesia y hasta hay sacerdotes de esa raza horrenda… Si en su momento no condenamos oportunamente el holocausto judío ni el holocausto gitano, y nos quedamos callados, lo que se dice mudos, ¡ahora afirmamos que rechazamos las ideas de Adolfo Hitler…! Siempre hemos estado del lado de los grandes próceres del nacionalismo y apóstoles de la fe: Franco, Mussolini, Pinochet, Videla, ejemplos de patriotismo… ¿Y acaso, en el siglo XX, no permitimos que las méndigas mujeres votaran, estudiaran, trabajaran y usaran pantalones…? ¡Pasaron de ser simples costillas de Adán a ser ciudadanas y contribuyentes…! ¡Y ahora resulta que quieren decidir sobre sus cuerpos, mismos que son propiedad privada del estado y la iglesia…! En lugar de andar alborotando al gallinero, esas insurrectas deberían aprender a prevenir y no a provocar en la calle con obscenos escotes y minifaldas, ¡luego por qué las matan, por descocadas…! ¡Y me importa un bledo que me llamen misógino y homofóbico, es más, es un honor ser llamado con cualquiera de esos dignos apelativos…! Para colmo de males, ahora pretenden despenalizar la marihuana y otros paraísos artificiales, ¡ignorando que hasta el yoga es una puerta de entrada para Satán…! ¡¿Qué más desean estos libertinos inconformes y sediciosos…?! Una cosa sí le digo, padre, lucharé hasta la muerte en contra de la eutanasia, en contra del aborto que impulsan esas feministas hombrunas y bigotonas, así como en contra de los matrimonios gais y su insensato derecho a adopción, -pobres criaturas indefensas que no pueden discutir y que son bautizadas por nosotros aún cuando no están facultados para opinar-… ¡Eso sí que no…! ¡Todo menos esa perversa asquerosidad…! ¡Sobre mi cadáver, fíjese…! ¡Hago labor para ser reconocido como el apóstol de la decencia, las buenas costumbres, la moralidad y la rigurosa dictadura de la heterosexualidad por encima de todo…!
Padre: ¡Por supuesto, monseñor! En mi humildísima opinión, considero que si la homosexualidad fuera normal, dios no hubiera creado a Adán y a Eva, ¡sino a Adán y a Evaristo…! ¡O a Adelina y a Eva…! ¿No cree usted?
Monseñor: Sabias palabras… Con su venia, usaré esos ejemplos para mi próximo sermón… (Va a ir a sentarse cuando se abre las nalgas con una mano, suelta una sonora flatulencia y comenta) Aunque ayer tuve mucha diarrea, hoy ando estreñido y últimamente tengo muchos gases y flatulencias… (Se sienta, come, bebe y eructa) Pero prosiga, padre.
Padre: Eso es todo, monseñor. Ahora, quisiera pedirle un enorme favor.
Monseñor: Lo que usted guste.
Padre: Deseo confesarme con usted.
Monseñor (bebe Coca Cola de la botella): Claro que sí, padre, faltaba más.
Padre: Gracias, su ilustrísima… Todo cuanto aquí diga quedará bajo el estricto secreto de confesión, ¿no es así?
Monseñor: ¡Evidentemente…! ¡Por favor!, si he confesado a narcotraficantes, sicarios, productores de pornografía infantil, tratantes de personas, múltiples feminicidas, políticos, asesinos y secuestradores confesos, y no he dicho ni media palabra, ¡mucho menos divulgaré algo que me confíe un hermano de nuestra amada congregación…! Recuerde que el secreto de confesión es algo sagrado y no hay nada ni nadie que pueda obligarnos a romperlo.
Monseñor se pone su estola; el padre se hinca. Monseñor lo bendice con la mano y a partir de este momento ya no come ni bebe.
Monseñor: En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo… Te escucho, hijo.
Padre: Monseñor, debo confesar que he pecado. 
Monseñor: ¿Has tenido pensamientos impuros, sueños húmedos o traicioneras erecciones involuntarias…? ¿Acaso te has manipulado en salva sea la parte para satisfacer tus bajos instintos animales…? ¿Te autosatisfaces en prácticas onanistas con eso llamado masturbación…? Recuerda que nuestro señor nos dijo: que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha… ¿Accedes al internet para ver páginas pornográficas llenas de enormes senos, descomunales penes y voluptuosos traseros…? ¿O has pagado a prostitutas, sarampahuilas, mujercitos, travestis, transexuales o transgéneros para recibir sus favores, aliviar los ardores repulsivos de la carne y practicar el coito?
Padre: No, monseñor… no precisamente.
Monseñor: ¡Benditos sea Cristo, hijo mío…! Entonces tus pecados no deben ser mortales, sino veniales… Pecata minuta… No hay nada que varios padres-nuestros o varias aves-marías exculpen… Reza el rosario santo y olvídate de nimiedades… (Lo bendice) Yo te absuelvo de todos tus pecados… Anda, vete en paz y que dios te acompañe. (Vuelve a comer, beber refresco y eructa)
Padre: ¡No, monseñor! Permítame revelarle mis pecados.
Monseñor: Está bien. (Deje de comer y beber. Bosteza) Trata de ser breve, hijo mío.
Padre: Como usted bien sabe, yo trabajo en un colegio exclusivo para varones que depende de los Legionarios de Cristo, congregación fundada por nuestro amadísimo padre Marcial Maciel, hoy tan injuriado y vilipendiado.
Monseñor (reprime un bostezo): Sí, hijo, sí.
Padre: Y es para mí un gusto poder enseñar a nuestros jóvenes alumnos en proceso de formación los evangelios y el mensaje de nuestro señor Jesucristo… Desde el Génesis hasta la parábola del hijo pródigo.
Monseñor (mira su reloj): Abreviando, hijo, abreviando.  
Padre: Sin embargo, monseñor… ¡De un tiempo acá he sido atormentado por Mefistófeles y sus artimañas diabólicas….! Me ha hecho pecar cantidad de veces… Y reconozco que encuentro un enorme deleite en ese placer prohibido.
Monseñor: Explícate, hijo.
Padre: Verá, todo comenzó años atrás… cuando un dulce y tierno pupilo mío fue a mi celda para que yo le ayudara con sus deberes escolares.
Monseñor: Continúa.
Padre: Era un niño sonrosado, ojos claros, tersa piel y preciosos bucles dorados… ¡Hágase de cuenta como si fuese un angelito pintado por Botticelli…! ¡Un querubín caído del cielo…! ¡La viva imagen del niño dios…!
Monseñor: ¿Y qué con eso?
Padre: Mientras yo revisaba su tarea, el infante me preguntó con aparente candidez… (Imita la voz de un niño) “Padre, dios maldijo a la serpiente por haberle dado a Eva el fruto del árbol prohibido, y por ello la condenó a arrastrarse por toda la eternidad…” Así es, pequeñín, le respondí yo… (Imita la voz de un niño) “Eso significa que antes de eso la serpiente no era una víbora… ¿no es así, padre…? ¿Qué era pues…?” Yo, súbitamente confundido, le respondí: “Bueno, hijo mío, quizás antes de ser serpiente era una lagartija, reptil o algo parecido…” Y él insistió: (Imita la voz de un niño) “Entonces, ¿por qué al principio se le llama serpiente si era otra cosa, padre…?”
Monseñor (comenta): Típicas argucias bolcheviques para poner en duda la veracidad de las enseñanzas bíblicas, ¡que son palabra de dios, y que nadie lo ponga en tela de juicio!
Padre: Después me preguntó por qué los dinosaurios no habían sido convocados al Arca de Noé… y francamente no supe qué contestarle… Estábamos en esas y otras disertaciones, cuando de pronto, sin darme cuenta, me sentí invadido por una extraña sensación… ¡Percibí un calor corporal nunca antes sentido…! Me dieron temblores, sudoraciones, palpitaciones, ¡la libido desbordada, una gran excitación…! Y finalmente, percibí que entre mis piernas algo se tornaba duro y erecto.
Monseñor: ¡Divino redentor, todo parece indicar que se trata de una típica posesión satánica, muy común en nuestros días!
Padre: El caso es que, no sé cómo, pero de pronto la pequeña criatura se encontraba frente a mí en posición de rezo… ¡pero haciéndome una felatio…! Y luego, tampoco supe cómo, yo me encontraba homosexualizado por este menor de edad, cometiendo el abominable acto de sodomía.
Monseñor: ¡Virgen santísima…! ¿Tú a él… o él a ti?
Padre: Yo a él.
Monseñor: ¡Inmaculada concepción de Jesús! ¡Prosigue!
Padre: Ése fue el primero, monseñor… Después vinieron más, muchos efebos más… ¡Tantos! que ya he perdido la cuenta… Uno tras otro vienen a mi celda, los toco, los beso, los acaricio, los palpo, los estimulo hasta el clímax, el orgasmo y mi eyaculación… Y ellos ceden una y otra vez, y yo embelesado como nunca antes… Me hallo de pronto como-dios-me-trajo-al-mundo entregado a placeres orgiásticos dignos de las peores bacanales de los Borgia… Sin embargo… (Calla)
Monseñor: ¡Sigue, hijo, no me dejes en ascuas!
Padre: A pesar de que les he dicho que no digan ni media palabra, y que estos goces alivian mi pobre alma pecadora… ¡ahora, algunos de ellos me amenazan con ir a acusarme con sus padres y con las autoridades por haber abusado de ellos…! ¿Qué debo hacer, monseñor? ¡Me llaman pederasta, me acusan de violación y pedofilia…! ¡Ayúdeme, su ilustrísima! ¡Estoy desesperado!
Monseñor: ¡Vade retro, Satanás…! ¡Esto es un crimen de proporciones infames que despertará la cólera de dios nuestro señor!  ¡Un delito inmundo que provocará la ira del altísimo! ¡Las aguas del mar rojo se abrirán de nuevo! ¡El nuevo cisma de occidente! ¡Es la prueba irrefutable de que se avecina el Armagedón!
Padre: ¡Lo sé, lo  sé…! (Se da golpes de pecho) ¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…! ¡Castigo mi carne con azotes que yagan mi espalda, pero aún así recaigo en estas aficiones…! ¡Soy un pecador que merece el peor de los castigos, un exorcismo urgente o la excomunión inmediata! ¡Soy un monstruo!
Monseñor: ¡¿Tú, hijo…?! Tú no, ¡ellos…! ¡Esas criaturas que han pactado con Lucifer son los monstruos!  ¡Ellos y nadie más!
Padre: No entiendo, monseñor.
Monseñor: Antes que nada, permíteme decirte que te entiendo a la perfección… A mí me ha pasado exactamente lo mismo cantidad de veces… Desde pequeños infantes que apenas balbucean, hasta imberbes adolescentes que satisfacen conmigo sus más íntimos deseos: del sexo oral al sexo anal, pasando por el golden-rain, el bondage, los poppers y hasta el sadomasoquismo… ¡Oh, dios mío!, a veces me obligan, ¡sí, me obligan! a interpretar a la Magdalena y ellos apedrean mi cuerpo semidesnudo… Otras me disfrazan de Salomé y me hacen bailar con escasa ropa la danza de los siete velos, y a veces me visten de la ramera de Babilonia y se sacian salvajemente con mis carnes.
Padre: ¿Así que no soy el único?
Monseñor: Desgraciadamente muchos impolutos sacerdotes, como usted, como yo, somos víctimas frecuentes de esas mefistofélicas entidades enviadas por el maligno… ¡Es Satanás el que envía a esos infames infantes para corrompernos…! Tú no has cometido falta alguna, ¡han sido ellos y nadie más que ellos…! Lo que esos menores de edad intentan ¡es desestabilizar a la iglesia católica…! Estoy seguro de que deben estar financiados por organizaciones ateas que pretenden acabar con 2 mil años de sacrosanta cristiandad… ¡Repudian a dios y a sus vicarios, por eso abusan de nosotros…! Aunque esos engendritos deberían ser castos, puros e inocentes, ¡en realidad son almas perversas, pagadas por los judíos ateos para destruirnos…! Tú, como tantísimos otros purpurados, sólo has sido víctima de esos pervertidos, corrompidos y prostituidos menores de edad, abominables renglones torcidos de dios… ¡Hay menores que desean el abuso e incluso te provocan! ¡La mala semilla germina hasta en pequeñas entidades de cinco años, si no lo sabré yo!
Padre: ¿No seré condenado?
Monseñor: Depende… ¿Fornicaste con condón?
Padre: No, monseñor.
Monseñor: ¡Menos mal porque eso sí habría sido pecado! Entonces no estás condenado… Ni por mí, ni por el Vaticano.
Padre: ¿No he cometido pecado mortal?
Monseñor: Lo que tú has hecho no es pecado, ni es delito… sólo es… ¿Cómo decirlo…? Llamémosle “un error”… Errare humanum est… Un error que nos hace ver a los curas más humanos, frente a una feligresía que por ello nos debe apreciar más.
Padre: ¡Pero los impúberes amenazan con denunciarme por abuso sexual!
Monseñor: ¡Eso jamás sucederá…! Yo te protegeré, y ahora mismo te transferiré a otra parroquia y a otro colegio… Pediré tu cambio y te irás lejos, muy lejos, donde no te conozcan y nadie pueda decir algo impropio de ti.
Padre: ¡Alabados sean usted y el divino creador!
Monseñor: Si allá donde te envíe vuelves a ser víctima de esos disolutos que aún no cumplen la mayoría de edad, y te obligan a cometer nuevamente estos actos, ¡te confinaré a otra parroquia! ¡A otro país o a otro continente si es preciso!
Padre: Entonces, ¿no debo frenar estos deseos apasionados?
Monseñor: No, hijo, no… Recuerda que Cristo dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí…” Y eso es lo que hemos hecho, seguir su doctrina y arrimarnos a ellos lo más cerca que se pueda… Lo que sí debes hacer es impedir a toda costa que se enteren de que llevas a cabo esos indispensables desahogos... ¡Date cuenta!, de salir a la luz pública esas vejaciones que nos propinan esos pequeños demonios, se cumplirá el objetivo del chamuco y del ateísmo internacional: manchar la inmaculada reputación de nuestra sacra institución... Nosotros cometemos algunos errores, muy humanos, nimios e insignificantes… ¡pero esos chiquillos malévolos cometen crímenes imperdonables atentando contra nosotros los piadosos…! ¡Ellos y nadie más son los criminales!
Padre: ¿Así que no he cometido pecado?
Monseñor: Sólo un poquito… casi nada… Reza un rosario y serás perdonado… Haz como yo, que no le pido al señor que perdone mis pecados, sino que me encubra su iglesia.
Padre: ¿No es pecaminosa la pedofilia?
Monseñor: Sépase usted, padre, que los pecados mortales son: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia… pero no el feminicidio, ni el genocidio, la limpieza étnica, el narcotráfico. ¡Ni en el viejo ni en el nuevo testamento se menciona palabra alguna en contra de la pederastia!
Padre: Entonces, ¿no hay mal ni daño alguno en lo que he hecho?
Monseñor: ¡Ellos son los que te han tentado, te han victimizado, ultrajado y han desviado tu camino de fe y santidad…! ¡A ellos y a nadie más que a ellos dios debería fulminar con un rayo certero…! En la época de Moisés, dios mandó matar a todos los primogénitos de Egipto, y luego permitió que Herodes cometiera un infanticidio inaudito, ¡ojalá no tarde en hacer lo mismo con estos muchachitos licenciosos y concupiscentes! (Eructa)
Padre: No sabe cuánto me alivian sus palabras.
Monseñor: Lo sé… A mí me pasó lo mismo cuando se lo revelé a mi confesor… Y me dijo, poco más, poco menos, las palabras que yo te he dicho… Si estás arrepentido, yo puedo absolverte y no habrá habido pecado alguno.
Padre: Sí, monseñor… Siento que me ha quitado un peso de encima.
Monseñor: Si es sincero tu arrepentimiento, entonces yo te absuelvo de todos tus pecados… (Lo bendice) En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…
Ambos: ¡Amén!
El padre se levanta. Monseñor vuelve a comer y a beber.
Monseñor: Ni una palabra de todo a esto a nadie, padre. Esto quedará en secreto de confesión… Seré una tumba.
Padre: Le doy las más infinitas gracias, monseñor.
Monseñor: No es nada, no es nada… (Toma Pepto-Bismol de la botella) Lo que sí le recomiendo es que se ponga de vez en cuando los silicios y castigue su carne con los azotes de la disciplina… Sufra como Cristo sufrió… Nunca está de más derramar un poco de sangre pecadora… Si vuelve a cometer los errores que me ha confiado, rece, que la oración siempre reconforta… Si vive atormentado y vuelve a reincidir en estos pasatiempos infantiles, venga a confesarse conmigo y yo lo absuelvo.
Padre: Como usted mande.
Monseñor: Y si lo llegan a llamar pederasta, recuerde siempre que nuestro señor dijo “Bienaventurados seréis cuando os insulten y digan toda clase de calumnias contra ustedes, alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos.”
Padre: ¡Palabra del señor!
Monseñor (Bebe, come y eructa): Ahora, padre, no es que lo corra, pero debo escribir un artículo para defendernos de las acusaciones contra el Banco Ambrosiano del Vaticano sobre lavado de dinero de la mafia y del crimen organizado… ¡Lo que no inventan las abortistas y los homosexuales para denostarnos…! ¡Bueno!, hasta dicen que la curia conspiró para asesinar al papa Juan Pablo I, y para colmo, que el papa Benedicto perteneció a las juventudes nazis… (Bendice y termina haciendo el saludo nazi) En el nombre del padre, del hijo y del tercer Reich… ¡Lo que hay que oír, de veras…!
Padre: Que dios lo inspire y lo ilumine, monseñor… Lo dejo entonces, su ilustrísima; ha sido un consuelo hablar con usted.
Monseñor (bendiciéndolo): Ande, padre, vaya con dios, que la virgen lo ampare, los santos lo cuiden y la iglesia lo proteja hoy y siempre, por los siglos de los siglos, amén.
El padre sale haciendo una reverencia respetuosa. Monseñor sigue comiendo y bebiendo; eructa. Se alza un poco del asiento y suelta una flatulencia sonora. Se cerciora de que el padre haya salido y toma el teléfono. Comienza el oscuro lento.
Monseñor: Hermana Raymunda… ¡Sor Raymunda, conteste…! En cuanto se vaya el padre, mande llamar a mi monaguillo consentido… ¡Sí, me urge verlo…! Que se dé prisa, es una emergencia de vida o muerte… Y en cuanto él llegue, que nadie, pero nadie me moleste por ningún motivo… ¡No, ni aunque me llame el nuncio apostólico, el pontífice o dios padre…! ¡Obedezca, hermana…! Ah, y después le pediré que me comunique a África; debo trasladar a un padre allá, pero luego, luego vemos eso… ¡Ahora, apúrese a traer a mi monaguillo, dígale al niño que esto apremia…! ¡De prisa, sor Raymunda…! (Confidencial) Dígale que digo yo que cuando llegue me diga que “si no quieres a Carla y si no quieres a Carlos…” ¡Es el santo y seña, usted no pregunte y obedezca, proterva pecadora…! (Cuelga. Luego busca por ahí) ¿Dónde carambas dejé el venerable viagra y los celestiales poppers…? (Encuentra dos frascos) Santo, santo, santo es el señor dios. Llenos están el cielo y la tierra de su gloria. Hosanna en las alturas. (Se toma un viagra. Luego al cielo) Señor, perdona a los niños porque no saben lo que hacen… (Inhala de los poppers) Y perdóname dios mío porque no sé lo que les hago… (Ríe para sí y luego canta) Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré a mi señor…
Oscuro.
- Fin -

Humberto Robles

Obra debidamente registrada en SOGEM
La mayoría de las imbecilidades y disparates aquí vertidos provienen de declaraciones hechas por Emilio García Márquez, Pedro Luis Benítez Pérez y los sacerdotes Juan Sandoval Íñiguez, Antonio Chedraui, Gonzalo Miranda, Norberto Rivera Carrera, Hugo Valdemar, Leopoldo González, André-Joseph Leonard, Jordi Rivero, Bernardo Álvarez, Joseph Ratzinger, Catholic.net y otros infames oscurantistas.
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