El Diario de José Toledo, obra del dramaturgo mexicano Alejandro Acosta.

Alejandro Acosta



















EL DIARIO DE JOSÉ TOLEDO



Alejandro Acosta (Michoacán 1990). Alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, (Universidad Nacional Autónoma de México) en el Colegio de Literatura Dramática y Teatro, e integrante del colectivo de teatro estudiantil Once 2 Uno.
      Becario en 2009 en el primer Curso de creación literaria para jóvenes, de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. Participante en talleres de dramaturgia impartidos por: Mike Bartlett, LEGOM, Conchi León y Silvia Peláez, excelentes dramaturgos mexicanos.

 

El diario de JOSÉ TOLEDO

De   Alejandro Acosta



JOSÉ TOLEDO
No sé si deba temerle a la muerte. Si me diera cáncer o alguna de esas enfermedades terminales, no haría nada para curarme. Absolutamente nada. Preferiría no saberlo. Sería demasiado doloroso. Me gustaría morir aplastado por un ropero y no consumido por el cáncer cerebral. Me gustaría morir atragantado con un pedazo de carne y no de diabetes. Quizás morir como Marilyn, después de la cogida de mi vida, o alguna cosa así. Sin dolor claro. A veces me gustaría que me secuestraran unos extraterrestres, pero de los que si tienen sexo, y así poder alejarme de la tierra, alejarme de todos y de todo. Pediría regresar justo el día del fin del mundo,  si no me aburro antes de sus cuerpos verdes.  De algo estoy seguro: cuando muera no sufriré, me sentiré bien de abandonar este pinche mundo.

RUBI. LA AMIGA DE JOSÉ
José y yo nos conocimos en la escuela. Fuimos los mejores amigos. Él siempre fue el niño bien portado de la clase, el inteligente. Yo le enseñé otras cosas de la vida, como la cerveza aunque a él no le gustaba, el cigarro que le gusta más o menos. Le enseñé a los hombres que le gustaban mucho, ese siempre fue su problema; también le enseñé el salón de baile o la casa de citas como le decíamos, eso le gustaba mucho, mucho más.
         No sé porque lo hizo. Bueno sí. Tenía muchos problemas en su casa, siempre decía que era un infierno estar ahí. Pero sobre todo tenía problemas con… Mateo. Todos piensan que yo era la culpa de sus problemas, pero no. Yo no hice nada. Jamás pensé en hacerle algo así. Éramos como hermanos. El problema era que nadie aparte de mí lo quería; ni siquiera Mateo.


DANIEL. HERMANO MENOR DE JOSÉ
Nos llevábamos casi seis años de diferencia. Era mi único hermano y creo que por eso lo quería. Siempre pensó qué por ser yo el menor, era el consentido de nuestros papás. Ellos lo querían, sólo que no se entendían bien. Ellos dicen que José siempre los hacía enojar. Antes yo no me daba cuenta de algunas cosas, pero ahora ya entiendo, y lo que pasa es que a papá nunca le gustó que José pensara en hombres y no en mujeres.
         Yo no entiendo, ni quiero entender porque lo hizo.

MATEO. AMANTE DE JOSÉ
No suelo coger con hombres. José era especial. Desde que lo vi dije: ese cabrón tiene algo que quiero. Nunca entendí que era. Siempre fue agradable y hasta ahí. Yo nunca le di motivos para pensar que… que había algo entre nosotros. Algo serio. Sí, cogíamos. Pasábamos buenos ratos pero… yo le advertí que no se clavara, que yo nunca podría darle lo que él quería. Pues yo no soy de relaciones serias. Sé que todos dicen que fue por mi culpa pero si yo hubiese sabido, no lo hubiera hecho, jamás le hubiera hablado. Aunque no lo crean sí me dolió. La culpa la tiene esa puta, y decía ser su amiga.


CAMILA. LECTORA DEL DIARIO DE JOSÉ
Un jodido día más de escuela. Voy de regreso hasta la chingada donde suele estar mi casa. Voy por Metro. Me sorprendo: no hay gente. Sólo un viejo que se soba un amorfo bulto en la entrepierna incitándome a algo. Me da repugnancia. No por su patética caricia si no por la sonrisa de felicidad que adorna sus pensamientos. Frente a mí, una parejita toqueteándose. Ella es horrible y él guapo. Al menos más que cualquiera que me haya toqueteado a mí. ¡¿Cómo es que esa tipa horrible tenga a un hombre acariciándole las tetas y yo sin nada?! Aparte del asqueroso pervertido que me sigue insistiendo con la mirada, no hay nadie más. Nadie.
          Llega la estación donde bajo, por fin a casa. ¿Qué es eso? Algún tarado dejo su libro. Lo tomo antes de que suene la molesta alarma del cierre de puertas. Nadie me ve. Al pasar por el torniquete lo abro. Espero que valga la pena. Mi diario: José Toledo. ¿Y esta madre qué?

Uno
RUBÍ. ¿Ya viste al chacalito de allá? Esta volteando desde hace rato. Quizás ya agarré cliente.
JOSÉ. No, espera. Sígueme contando. ¿Qué te dijo?
RUBÍ. Pues me dijo que me iba a sacar de mi casa. Que yo necesitaba un hombre bueno como él; que me llevaría a vivir a su casota; que no tendría que trabajar porque él me mantendría y que me compraría vestidos bonitos y cosas así.  Y pues de idiota le creí. Después me pidió las nalgas y sin pensar mucho se las di. No me llamó como en dos meses, y un día lo hizo para que me fuera con él… y me fui. Me trajo aquí. Al menos me compró vestidos, aunque sean de puta. Después de eso ya no lo he vuelto a ver. Por eso no puedo regresar a mi casa. Nunca más.
JOSÉ. Pues todos incluso tus padres piensan que te mataron o algo así. Pero lo bueno es que sigues viva. Deberías ir a verlos o mandarles una carta.
RUBÍ. Jamás, José, jamás regresaré a mi casa, menos ahora.
JOSÉ. Quién como tú…
Cuéntame ¿Qué sentiste?
RUBÍ. Al principio como si te partieran en dos, pero después te acostumbras y lo disfrutas. Ya viste, sigue volteando aquel. Algo quiere. Y aquella jodiendo. Aguántame aquí deja ver que quiere la vieja esa, ¿va?

JOSÉ. Observo mí alrededor. No hay muchas parejas bailando, un día flojo.

MATEO. Pensé que nunca se iría esa puta. ¿Es tú amiga?
JOSÉ. Sí, pero ahorita viene.
MATEO. Y para qué la quiero, sí contigo quería hablar.
JOSÉ. ¿Conmigo?
MATEO. Sí.
     Mateo y ¿Tú?
JOSÉ. … José.
      ¿Y conmigo para qué?
MATEO. ¿Qué te gusta hacer?
JOSÉ. ¿De qué?
MATEO. Hacer sentir o que te hagan sentir. Yo prefiero hacer sentir.
JOSÉ. ...
MATEO. Mira, por allá podemos estar más solos.
JOSÉ. … Yo…
MATEO. Te espero.
JOSÉ. Es alto, apiñonado, con ojos claros, voz áspera, y manos grandes. Lo seguí. Tomó mis manos y me enseñó como recorrer su cuerpo hasta llegar a su…
Se acercaba más y más a mi cara. Podía sentir su aire caliente saliendo desde su nariz con un ligero aroma a madera. Me sostuvo de la cabeza para que le bajara el cierre. Antes de que pudiera descubrir su virilidad, me levantó, me volteó y tocándome bruscamente me bajó el pantalón, el bóxer y...
Ay qué dolor. Resiste, no grites.
Mete sus dedos a mi boca, eso ayuda. Y lo sentí. Sentí partirme profundamente en dos. AY.
Un poco después el dolor se confunde y siento cómo automáticamente me acoplo al ritmo de su vaivén agresivo. Rápido, rápido pausa; rápido, rápido pausa.
¡Qué rico!
Después  de varias repeticiones él suelta un quejido acompañado de un suspiro y sale.
Se subió el pantalón. No me quedó de otra que hacer lo mismo. Me dio su número y acordamos vernos de nuevo el próximo fin de semana.
Se fue, antes de que pudiera decirle: gracias. Espero que se repita y quisiera darte mi corazón, así como te he dado mi cuerpo.

CAMILA. Aventé el diario y dije: ¡qué asco, cómo alguien puede escribir esas puterías! Me detuve. Volví la mirada y me lancé sobre el diario para leerlo como desesperada.

Dos
JOSÉ. Las lentejuelas de los vestidos, los hombres rodeando la cintura de la mujer que renta cariño, sus cinturas moviéndose a la par de la cálida música; más de uno espera, de corazón, encontrar al amor de su vida. El lugar a media luz favorece a la belleza y las sonrisas falsamente inocentes dan el “sí” a las propuestas carnales. Si alguien me lo pidiera yo le podría dar todo el cariño que tengo guardado. No pido mucho: que sea joven, medianamente atractivo y que necesite mucho afecto. Cualquier hombre me parece tener algo rescatable. Sólo hace falta que alguien me lo pida, pero no hay nadie para mí. Nadie. 

CAMILA. ¿Disculpa, eres Rubí?
RUBÍ. Depende.
CAMILA. Estoy buscando a José Toledo. Tengo algo que regresarle.
RUBÍ. ¿Cómo sabes de este lugar?
CAMILA. José me habló mucho sobre este sitio.
RUBÍ. ¿Es qué no te enteraste?
CAMILA. …No.
RUBÍ. José está muerto. Se mató. Aquí mismo.
CAMILA. ¡José está muerto!
Tenía ganas de conocerlo, ver el rostro de la persona que escribía tantas cosas. Naturalmente no le diría que las había leído, lo miraría a los ojos y simplemente le lanzaría una sonrisa de complicidad. Le invitaría una limonada española, su bebida favorita, para que me contara sobre sus nuevas intimidades; poco a poco ser parte de su vida para que algún día también escriba sobre mí en su diario.

CAMILA. Perdón. No lo sabía.
RUBI. ¿Qué es lo qué tienes de él?
CAMILA. Nada. Nada importante.

Tres
DANIEL. ¿Y ahora qué pasó?
JOSÉ. Papá se puso más loco. Me quiere dar menos dinero para el pasaje y no me quiere dejar comer, porque según no ayudo en nada en la casa.
DANIEL. Ayer llegaste tarde. Sabes que eso le molesta mucho.
JOSÉ. Ya no soy un niño. No le pido casi nada. No lo molesto ¿Por qué no puedo divertirme un poco?
DANIEL. ¿Qué más te dijo
JOSÉ. Que debía trabajar.
DANIEL. Pero ¿Y el trabajo en la farmacia?
JOSÉ. Él no considera eso como un trabajo.
DANIEL. Pero te pagan.
JOSÉ. No mucho, sólo es un día.
Ya ves que cualquier cosa que hago nunca le parece.
DANIEL. No digas eso. Entiéndelo.
JOSÉ. No puedo si él no me entiende a mí.
DANIEL. Ya no peleen, por favor.  
JOSÉ. … Trataré…
***
JOSÉ. A los nueve años aproximadamente mi primo se quedó unos días en casa. Eran vacaciones y pasábamos horas viendo revistas de manga, gracias a los sugerentes dibujos comenzamos a acariciarnos la entrepierna. Éramos muy niños y supongo que no teníamos idea de nada, todo fue como un juego, nos bañábamos juntos y en las tardes fingíamos cansancio para que nos dejaran dormir pero ocupábamos el tiempo y el lugar para acarícianos en un campamento bajo las sabanas. Hasta que alguien las descorrió.
Nunca olvidaré la cara de mi padre. No dijo nada. Nadie dijo nada. Me tomó y me llevó hasta el baño donde me lavó las manos frenéticamente; después me las golpeo una, dos, tres veces y salió de ahí. Mientras me secaba las manos con la toalla comencé a llorar, aunque no sé si por enojo o por tristeza. Desde ese momento mi padre y yo nos declaramos la guerra.

RUBI. Me habló muy alterado, que le había sido infiel a Mateo y que se sentía muy mal por eso. Yo le dije: tranquilo cariño, mira no tienes de qué preocuparte. No le has sido infiel, porque para que haya infidelidad debe haber un compromiso que se rompa y entre ustedes no hay nada. ¿Me oyes? No hay nada. Entiéndelo de una vez. Por eso, ve y disfruta de los placeres…
 Y era cierto, no tenía porque sentirse así. Está mal que lo diga pero José nomás fue una diversión para Mateo ya que cuando quería nalgas sabía que podía contar con José. Por eso se aprovechó.
… Mateo es muy guapo, muy guapo para un hombre. Lo que él necesita es alguien como yo. Me entiendes. Como yo. Le dije pero ya me había colgado.
  
JOSÉ. Estaba en la biblioteca central tratando de esconder un libro, para pedirlo prestado más tarde, cuando sentí su mirada entre los estantes. Lo miré. Me sonrío y le respondí. Me indicó que lo siguiera y lo hice.
 Llegamos hasta el elevador de la torre de humanidades I. Me di cuenta que estaba muy lejos de Arquitectura. Dudé por un momento pero las puertas se abrieron.
Planta baja. Me mira fijamente y trata titubeante de decirme algo.
Primer piso.
MANUEL. ¿Cómo te llamas? Yo Manuel.
JOSÉ. Segundo piso.
MANUEL. ¿Qué es lo qué haces? Yo soy profesor de letras clásicas.
JOSÉ. Tercer piso.
MANUEL. ¿Qué edad tienes? Yo casi 40.
JOSÉ. Cuarto piso.
MANUEL. ¿Tienes tiempo?  Yo me tengo que ir a las dos.
JOSÉ. Quinto piso.
MANUEL. ¿Hace cuánto que no lo haces? Yo mucho tiempo y traigo un chingo de ganas.
JOSÉ. Sexto piso.
MANUEL. ¿Conoces algún lugar? Yo únicamente aquí. Es muy tranquilo, casi no viene nadie.
JOSÉ. Séptimo piso.
MANUEL. ¿Traes condones? Creo que yo traigo uno. Sí, sólo uno.
JOSÉ. Octavo piso.
MANUEL. Ven. Cierra la puerta por dentro y acércate. Aquí. Más cerca. Frente al espejo. Desabróchame el pantalón y quítate la camisa. Tranquilo. No estés nervioso. Nadie viene a estas horas. Te va a gustar.

JOSÉ. Fue mi segunda vez y la primera en un baño y frente a un espejo. Todo estuvo muy bien. Me hubiera gustado que durara más, pero fue muy bueno. El espejo nos daba una perspectiva panorámica de la situación, lo que era sorpresivamente excitante tanto para él como para mí. Me resultaba bastante misterioso ver cómo dos cuerpos desconocidos se llevaban tan bien. Él evadió mis labios. Yo evité hacer preguntas. Terminó complacido y yo satisfecho. Me di cuenta que el sexo no se piensa, se siente, así es mucho mejor. Cuando empieza a trabajar el seso, disminuye la excitación por eso hay que dejarse llevar.
Se vistió y le di mi número. Se fue diciéndome que me llamaría cuando estuviera cerca. Yo esperé un momento antes de salir para contemplar mi reflejo y así asegurarme de que aún se trataba del mismo José Toledo.

RUBI. Se llamaba Manuel Palma, y le había mentido, como todos la primera vez; después, poco a poco le fue diciendo la verdad. Era profesor de ingeniería. Me enseñó una foto en su celular por lo cual yo digo que era un poco mayor de lo que había dicho. Pero eso sí, era muy guapo de esos que presumen de muy machos, con hijos y todo, pero que de vez en cuando tienen su desliz con un hombre porque a su esposa no le gusta que le den por atrás.
Eso es todo lo que yo sé de Manuel.
CAMILA. ¿Crees qué se haya enamorado de Manuel?
RUBI. Quizás. Ese era el principal problema de José: confundir el sexo con el amor. Aunque José nunca se enamoró de nadie que no fuera Mateo, ese fue su otro problema.

Cuatro
DANIEL. Un día José llegó a casa a las doce y media de la noche. Mi papá le cerró la puerta con llave. José tocaba y gritaba que lo dejaran entrar, que nunca volvería a llegar tan tarde. Suplicaba… no recuerdo si lloraba. Mamá quería abrirle pero papá la azotó contra la pared por intentarlo. Cuando José se dio por vencido comenzó a reírse como loco y a gritar una lista de los hombres con los que había estado, en los lugares y en qué posiciones habían tenido sexo.

JOSÉ. Mateo, en la casa de citas, de pie; Manuel, en el baño de la escuela, de perrito; Jorge, atrás de la iglesia, sobre tabiques; Alberto, en un hotel de la villa, de misionero; Miguel  en unos baños, de a sentones; Orlando, en un vapor, a sentadillas; Edmundo, en su departamento, sólo oral…

DANIEL. Papá se puso como loco. Sus ojos se volvieron rojos y echaba espuma por la boca. Después comenzó a temblar todo y por último se puso a llorar sin parar, mamá también lloró y José seguía gritando nombres, me parece que fue entonces cuando lloró. Esa noche papá, mamá y José volvieron a ser una familia aunque fuera unida por el llanto. Yo no lloré. Permanecí mirándolos, escuchándolos. Aunque quería llorar por lo extraño de la escena no me salían lágrimas. Ni una sola.

JOSÉ. César, por metro Etiopia, patitas al hombro; Sergio, en un hotel de Patriotismo, de ladito; Luis, en la cama de su esposa; Andrés, por Xochimilco, un sesenta y nueve; Carlos por san Cosme, en la regadera y parados; Fernando, en un sillón, yo sobre él…
DANIEL. Nunca supe si todo lo que José dijo era cierto. Espero que no.
     Perdón. Me siento mal por contarte esto pero es lo qué querías saber ¿No?
     ¿Por eso me buscaste?
CAMILA. Trato de entender porqué lo hizo.
DANIEL. Nadie lo puede entender. Yo trataba pero no pude. Igual que mis papás, José creía que era muy chico como para comprender las cosas.
CAMILA. ¿Tú crees qué fue por…?
DANIEL. Papá dice que lo hizo por egoísta. Mamá dice que José siempre se precipitaba al tomar decisiones.
CAMILA. ¿Y tú qué crees?
DANIEL. … No lo sé…
     No me gustaría estar en la situación de tener que decidir algo así. No podría.

Cinco
MATEO. Hola.
RUBI. José no está.
MATEO. Qué bueno ¿No?
RUBI. Pues no sé.
MATEO. Así te quería agarrar: solita.
RUBI. No tarda en llegar, eh.
MATEO. ¿Y qué?
RUBI. Pues que tú andas con él.
MATEO. ¿Y quién te dijo eso?
RUBI. Se nota.
MATEO. No. Yo me acerque a él nomás para conocerte a ti.
RUBI. ¿En serio?
MATEO. Sí.
RUBI. Entonces ya no le hables, ya no lo veas, ya no te le acerques nunca más y tendrás lo que quieras de mí. Lo que pidas.
MATEO. Pero es buena onda el José ¿No?
RUBI. ¿Él o yo?

CAMILA. Por lo escrito en el diario, Mateo y José se veían de vez en cuando para tener sexo frenético, según él; pero la mayoría de las veces Mateo no llegaba a las citas que él mismo condicionaba según su disponibilidad.
 Mateo se convirtió en una necesidad cada vez más indispensable para José, que se hizo muchas ilusiones sobre su relación, pero a Mateo parecía no le interesarle mucho.
Reconstruir las circunstancias, la vida de José se me ha convertido en una obsesión. 

JOSÉ. Maldito. Hijo de su madre. ¿Por qué me hace esto?
RUBI. Yo te lo dije, sólo te utilizó para divertirse.
JOSÉ. Pero lo amo. Lo amo.
RUBI. No seas pendejo. Hombres como él no se aman, sólo se contemplan.
Y no te pongas así, que te lo digo porque te quiero.
    
JOSÉ.  Me gustan los hombres de ojos tristes y entrepierna pronunciada. Como Mateo… y como Osvaldo.
Lo conocí en el Metro. Yo iba para la escuela. Entró al vagón como en cámara lenta e iluminado; se colocó a centímetros de mi rostro. Podía sentir sus exhalaciones de aire caliente y un ligero olor a marihuana. Fingía leer la historia de “Maurice”, para de reojo poder mirarme.
Me invitó a su casa para pasar por sus cosas. Asistía a la misma universidad que yo. Su departamento me fascinó, atrás del metro Allende, con balcón y una pared repleta de películas y otra de libros. Antes de irnos fumó de la misma hierbabuena, como le decía, Lo cual lo hizo más hiperactivo de lo que ya era. Llegamos hasta el final de la línea. Metro Universidad. Caminamos hacia cualquier facultad y nos perdimos entre la reserva ecológica.
Me pidió que me bajara los pantalones.
OSVALDO. Lo acaricié como adueñándome de su piel.
JOSÉ. Me invitó a probarlo.
OSVALDO. Lo giré e inclinándolo le propuse hacerle sentir el paraíso. 
JOSÉ. Moría de ganas.
OSVALDO. No aguantaba más.
JOSÉ. Era tan guapo.
OSVALDO. Lo quería sólo para mí.
JOSÉ. Le dije que no.
 OSVALDO. Tuve que terminar por mi propia mano.
JOSÉ. Me dio su teléfono pidiéndome qué por favor le llamara.
OSVALDO. Nunca nos volvimos a ver. Jamás me llamó.

JOSÉ. La sombra de Mateo me persigue; la escuela era mi única salida pero ahora hasta ahí me acosa su olor, su recuerdo me lastima una y otra vez. Lo quiero tener y decirle cuanto es que lo deseo. Decirle que ya no quiero robarle besos, porque él me los tiene que dar. Algunas veces cuando cogemos me dice que me ama, pero cuando termina se le ha olvidado. Quiero que nos vayamos al infinito y ahí poder acariciarnos hasta que nos duela. Escaparnos juntos a la felicidad es la solución. Me gustaría prenderme de él y nunca separarnos. Nunca.

MATEO. José era un buen amigo. Un poco loco pero buena onda. Un día, hasta se le ocurrió que nos fuéramos lejos.  Que nos escapáramos. Que él me mantendría, que me quería hacer feliz y esas cosas. Yo le dije: pero, José, yo ya soy feliz. La pasábamos bien juntos pero nunca entendió que sólo eran buenos ratos, nada más eso. Buenos ratos.
CAMILA. ¿Por qué lo hizo?
MATEO. No fue por mí si así lo piensas…
¿Y dices que eran compañeros en la escuela? ¿O sea que también serás arquitecta? …Oye no te vayas a creer que yo sólo con hombres, eh. José porque le tenía compasión. Y pues cuando uno trae ganas… pues no se fija en eso.
CAMILA. Eres detestable.
MATEO. Oye no. El detestable era el puto traumado de José. Todo lo que le pasó. Todo lo que hizo fue por pendejo. Yo no tengo la culpa. Yo le dije que no lo quería pero nunca entendía.

JOSÉ.   ¿A dónde te gustaría ir el próximo domingo?
MATEO. Aguanta, José, no dije que saldríamos el próximo domingo.
JOSÉ. Pero dijiste que querías que pasáramos más tiempo juntos.
MATEO. Podríamos venir aquí otra vez. ¿Viste mis calzones?
JOSÉ. Me gustaría tener algo tuyo para recordarte cuando no estemos juntos.
MATEO. Mis calzones no, son de la suerte.
JOSÉ. Te quiero mucho.
MATEO. Yo no.
JOSÉ. Lo dices porque no te esfuerzas. Quizás sí me conocieras mejor…
MATEO. Jamás, José, jamás lo nuestro va a ir más allá de un rico revolcón.
JOSÉ. ¿Por qué lo dices?
MATEO. Los hombres no están hechos para amar a otros hombres. Se llevan bien en la cama pero no se pueden amar. No está en su naturaleza.
JOSÉ. Pero yo te amo.
MATEO. No lo eches a perder, José, y mejor pásame otro condón que ya me dieron ganas de la segunda vuelta.
JOSÉ. ¿Soy yo verdad? ¿No te gusto?
MATEO. Eres hombre. No me gustas. Sólo te deseo. Nos bajamos las ganas y hasta ahí. No la riegues con eso del amor.

JOSÉ. Ahí estoy yo, triste e idiota mariposa que fue a estrellarse una y mil veces contra las luces de un Nueva York tan lejos y tan cerca. Mi vida pende de un amor que no debo sentir, de un amor que no me es reciproco, de un amor coital que dura un suspiro y se evapora llevándose mis deseos de por fin amar.

CAMILA. Es aquí cuando dudo de lo que me han dicho. Dudo de las voces. De lo que han hecho creer. No creo que José se haya matado. ¿Por qué alguien como él se mataría? No lo conocí pero llegó a mí la más pura de sus confesiones. No fue suicidio. Lo sé. Y tengo que averiguarlo, para que José Toledo pueda descansar en paz.

Seis
JOSÉ. El sexo es el motor del mundo. Lo más importante. Los hombres pasan su vida entera desde la pubertad deseándolo, y cuando lo tienen quieren más y más. Se pueden hartar unas horas de él, pero siempre quieren más. El sexo es la fuente de vida. Todos fuimos esa secreción que expulsó nuestro padre en nuestra madre. Por eso estamos aquí en este pinche mundo.
Cuando el roce sudoroso de dos cuerpos desnudos, llamado fornicación, pierde su cometido principal: traer escuincles al mundo, se transforma en mero entretenimiento. Diversión pura. Los hombres necesitan divertirse, pasarla bien, muy bien. Los lazos sentimentales no son necesarios: hola q tal ¿Quieres coger? Aunque me queda la duda: ¿el sexo con amor sabe diferente al mero goce carnívoro?
Dos cosas son seguras. Cierta parte de respeto se debe perder al tener sexo: sería tan amable de poder introducirme su pene; y lo más importante: la fornicación, el clímax, la muerte chiquita, es lo que le da sentido a ésta pinche vida: Así, así, ah, ah, ah, ah, ah, AH.

DANIEL. José era el mejor alumno de su clase desde que fue a la escuela. Cuando le dieron la beca dependió cada vez menos de papá.

JOSÉ. Te odio. Eres lo que más odio en esta vida. Te odio con todas mis fuerzas.
PADRE. Yo ni siquiera te odio porque para mí tú no eres nadie. Nadie.  Eres sólo un pobre pendejo besa culos, eso es lo que eres. Mira,  mira mi culo ¿No quieres venir a besarlo? Te está esperando.
DANIEL. ¡BASTA!
PADRE. Vete a tu cuarto Daniel.

DANIEL. José se metió al baño y no salió de ahí hasta el siguiente día. Papá lo amenazó toda la noche pero no salió. A pesar de lo que se pueda creer papá quería  mucho a José. Cuando regresaba de trabajar pasaba largas horas en su cuarto pensando y pensando en silencio, a veces también lloraba. Yo lo escuchaba pero nunca me dieron ganas de llorar. Mamá también lloraba pero era más discreta, lo hacía cuando lavaba los trastes o la ropa. Yo nunca lloré por José, ni siquiera cuando nos dijeron que estaba muerto. Ahí nadie lloró. Supongo que mis papás ya habían llorado lo suficiente por él. Papá no pagó nada para su entierro. Por eso lo mandaron a la fosa común.

Cartas al padre
1
Querido padre:
Alguna vez me dijiste que esperabas que, cuando creciera, pudieran cambiar mis sentimientos hacia los hombres. Ahora que soy mayor de edad y mi afinidad no ha cambiado dices que soy tu vergüenza. Por mi parte lamento no ser el hijo que esperabas, pero no puedo cambiar. Así como tú esperas que algún día cambie, yo también espero que algún día cambies tu forma de pensar sobre mí.
2
Querido padre:
Me gustaría poder decirte que te quiero, como cuando era niño. Lo peor es que ya no lo siento. Lo único que me provocas es una especie de rencor y miedo, pero sobre todo aversión. Sé de sobra que te has esforzado por darnos lo mejor a mi hermano y a mí, pero nunca te has detenido a preguntarme cómo me siento, ahora pienso que ambos somos demasiado viejos para hablar de padre a hijo, o quizás se deba a que ya no somos padre e hijo.
3
Querido padre:
Ambos sufrimos en silencio, tú por el hijo que aborreces y yo por el padre que me hubiera gustado tener. Se me ha vuelto inevitable odiarte más día con día. No me voy de la casa porque no tengo otro lugar  a dónde ir y tú no me dejas ir porque tienes la esperanza de que cambie. Aún no sé quién es más patético, pero sí, quién es el más despreciable: Tú.
4
Querido padre:
He tenido una idea sobre la fuente de nuestros conflictos, y es que tal vez, nos odiamos peligrosamente debido a que no somos tan distintos. A ambos incomoda la existencia del otro. 

Siete
JOSÉ. ¿Mateo, qué tienes?
MATEO. Me siento solo, José. Bien pinche solo.
JOSÉ. No tienes porque sentirte así. Sabes que siempre puedes tenerme para lo que quieras.
MATEO. Soy tan mierda, José. No deberías ser tan bueno conmigo.
JOSÉ. Te quiero, Mateo.
MATEO. Yo también creo que te quiero. De una forma tan especial, que por más que trato no puedo alejarme de ti.
JOSÉ. Dime cómo te puedo ayudar.
MATEO. Abrázame, no digas nada y no me sueltes en un largo rato. José, mi José.
JOSÉ. Sí, Mateo. Mi Mateo.
***
JOSÉ. Mateo es muy raro. Unos días es muy tierno y cariñoso mientras que otros días es un hijo de la chingada. Siempre he creído que necesita de mucho cariño, como yo; lo bueno es que me tiene, para saciar sus necesidades afectivas. Y es que sólo un hombre puede amar a otro hombre con el desconsuelo de cuerpo, mente y alma, cosa que está lejos del entendimiento de las mujeres.

RUBÍ. Para mí era una cosa muy rara verlos juntos, José sonreía y a Mateo le brillaban los ojos, Mateo lo tocaba y José se estremecía. Era como si entre ellos hubiera una comunicación que no permitía inmiscuirse a nadie más, ni siquiera comprender el mensaje ya que el código sólo lo conocían ellos dos. Me sentía muy fuera de lugar.
Sí. Quizás un poco celosa.
Bueno. Celosa, un chingo.

JOSÉ. Volví a ver a Manuel un par de veces más.
MANUEL. Planta baja.
JOSÉ. Me llamaba para decirme que nos viéramos en el octavo piso de la torre.
MANUEL. Primer piso.
JOSÉ. Aunque no pudiera, siempre terminaba diciéndole que sí.
MANUEL. Segundo piso.
JOSÉ. Lo nuestro era exclusivamente sexual, nunca hubo una pretensión más allá.
MANUEL. Tercer piso.
JOSÉ. Mis encuentros con él me han servido para reafirmar mi eterno amor a Mateo.
MANUEL. Cuarto piso.
JOSÉ. Hasta cuando estoy con Manuel, anhelo estar con mi Mateo.
MANUEL. Quinto piso.
JOSÉ. Es muy raro. Entramos al baño. Apenas cruzamos palabras, cogemos y nada más. Casi siempre tiene prisa, prisa de irse después de correrse dentro de mí.
MANUEL. Sexto piso.
JOSÉ. Es mejor así sin involucrar sentimientos.
MANUEL. Séptimo piso.
JOSÉ. Cuando no está abierto el baño del octavo, bajamos al del sexto piso.
MANUEL. Octavo piso. Mierda, está cerrado.
JOSÉ. Séptimo piso.
MANUEL. ¿Tienes novio?
JOSÉ. Sexto piso.
MANUEL. Ven. Entra. Tengo prisa.

MANUEL. ¿Por qué si tienes novio coges conmigo?
JOSÉ. ¿Por qué si tienes esposa coges conmigo?
***
JOSÉ. En la relación sexual se da lo que se recibe. El mejor ejercicio de equidad. Lo nuestro se había convertido en un acto de goce retraído. Esa fue la última vez que lo vi.
Al salir de aquel baño me quedé contemplando el paisaje, lo cual me hacía sentir una especie de tranquilidad postcoital. A veces he regresado a los mismos pisos para buscar paz en la lejanía del paisaje, pero se ha vuelto inútil.

Ocho
JOSÉ: Mateo no está cuando lo necesito. Me siento vacío. En mi casa tengo prohibido hacer llamadas. Constantemente levanto la bocina del teléfono para escuchar el eterno PIIIII que me acompaña. Una y otra vez el cálido PIIIIII
Camino por la fría ciudad buscando cariño instantáneo. Recorro bares con decadentes hombres maduros. Me presento ante antros con bizarros jovencitos. Anhelo el salón de baile pero no puedo entrar, me recuerda a Mateo.
 ¡Mateo!
 Llego al lugar donde según las recomendaciones, las penas se pierden en el oscuro intercambio de necesidades. Donde la media luz disipa la vergüenza de los desconocidos, “La casita” de las tinieblas. Ya afuera me siento peor que cuando entré. Ahora llevo en mi interior el suspiro de otro que no es Mateo. Es de noche. Las luces de la ciudad me hacen delirar y pienso: las luces de Nueva York. Siento arder mis alas equivocadas. Mateo, necesito tu piel sudando junto a la mía.
JOSÉ. ¿Qué es lo que haces?
CORAZÓN. Dejaré de existir.
JOSÉ. Es mejor así. Todo por idiota.
CORAZÓN. ¿Idiota, yo? Dime ¿Quién es más idiota, yo o tu rabo?
JOSÉ. ¡Déjame! Ambos hemos sido idiotas.
CORAZÓN. Sí, pero hay verdaderos animales.
JOSÉ.  Me debes apoyar.
CORAZÓN. Ayúdate que yo te ayudaré.
JOSÉ. No me salgas con eso.
CORAZÓN. ¿Por qué José? ¿Por qué?
JOSÉ. No se le puede pedir al viento que deje de soplar, no le puedo pedir a mi piel que deje de sentir y a ti que te dejes de emocionar. 
CORAZÓN. Eres tan cursi.
Deberíamos parar esto. Dejar de latir, dejar de sentir.
JOSÉ. …Amo a Mateo.
CORAZÓN. ¿Pero él nos ama? ¿Al menos poquito?
JOSÉ. Sí. Lo siento.
CORAZÓN. Estamos de la chingada.
CAMILA. Las últimas anotaciones de José en su diario son muy confusas, escritas como si hubiera tenido mucha prisa, otras son ilegibles como si hubiera llorado sobre las hojas. Pero hay una constante casi esquizofrénica en todas ellas: Mateo.

JOSÉ. Mira. Llegó Mateo.
RUBÍ. No piensas ir ¿verdad? no después de que te dejo plantado tantas veces.
JOSÉ. Debe tener una buena razón para eso.
RUBÍ. Espera. No vayas.
JOSÉ. ¡MATEO! Espera. ¿No piensas hablarme?
MATEO. No. Trato de olvidarte. Me lo recomendó Rubí. Y yo lo he querido hacer desde hace tiempo.
JOSÉ. ¿Por qué me haces esto, Mateo? Yo te quiero mucho.
MATEO. Porque para mí no es tan fácil, José. No es fácil saber que un cabrón ha dejado de ser una diversión para convertirse en una imagen repetida e imborrable. Para mí no es nada fácil saber que quiero a un pinche hombre, que te quiero a ti.
JOSÉ. ¿Y por eso has decidido olvidarme?
MATEO. Lo nuestro es imposible. Imposible.

Nueve
MATEO. Todo fue idea de esa puta. Todo.
RUBÍ. ¿Qué te pasa, Mateo?
MATEO. Aguanta.
RUBÍ. ¿No quieres o no puedes? No me digas que sólo se te para con José.
MATEO. Aguanta. No jodas.
RUBÍ. ¿Entonces?
MATEO. ¿No te sientes mal? Se supone que José es casi tu hermano.
RUBÍ. ¿Por qué le tienes tanta consideración? Está bien como por un rato, para quitarse las ganas. Te querías divertir. Te entiendo. Pero ¿No me digas que enserio te gustan los hombres?
MATEO. No.
RUBÍ. Entonces déjalo.
MATEO. Ya lo he intentado.
RUBÍ. Intenta más. Lo que tú necesitas es alguien como yo.
MATEO. Mejor me voy.
RUBÍ. Aguanta.
MATEO. Déjame. Tengo cosas que pensar.
RUBÍ. ¿No irás con José, verdad?
MATEO. Ya cállate.
RUBÍ. No vayas con él, mientras puedes venir conmigo.
 MATEO. Déjame.
¡Cállate y déjame en paz!
RUBÍ. Fue culpa de Mateo. Siempre tan confundido el cabrón.
JOSÉ. Llegas tarde Mateo. Pero no importa.
MATEO. Vámonos, José.
JOSÉ. ¿Irnos?
MATEO. Tengo un primo en Tijuana. Podemos comenzar de nuevo ahí. Irnos lejos de toda esta mierda.
JOSÉ. Pero mi escuela…
MATEO. Para mí no es fácil esto, dejar a mi mamá, a mis hermanas; pedirle a un cabrón que comparta la vida conmigo. Pensar siempre en ti y no en una vieja. Quererte sólo a ti. Por favor, José.
JOSÉ. ¿Cuándo nos vamos?

Diez
DANIEL. ¿Qué fue lo que hiciste?
CAMILA. ¿Perdón?
DANIEL. ¿Qué fue eso de las cartas para mi papá?
CAMILA. José las escribió yo sólo…
DANIEL. José está muerto.
CAMILA. Pero fue antes de que…
DANIEL. José, se mató y fue lo mejor que pudo haber hecho. Nadie en casa lo recuerda. Nadie. Hasta esas cartas.
 ¿Qué dicen?
CAMILA. Léelas.
DANIEL. No puedo. Mis padres aún piensan que soy muy chico como para enterarme de lo que pasa.
Pero al menos ahora sí somos como una familia
CAMILA. Pero… tú querías a José, ¿No?
DANIEL. No lo sé. Era mi hermano, se supone que por eso lo debía querer.
     ¿Qué más tienes de él?
CAMILA. Nada.
DANIEL. No quiero que aparezcan más de sus recuerdos.
     …su diario ¿Lo has visto?
CAMILA. No.
     Quizás Mateo…
DANIEL. No menciones ese nombre.
CAMILA. ¿Cómo sabes del diario?
DANIEL. Mamá lo leyó sin que José se diera cuenta. No apareció entre sus cosas.
CAMILA. José me dio las cartas para que algún día se las d.iera a tu padre. Deberían recordar de vez en cuando a José, quizás eso le guste.
DANIEL. ¿Realmente conociste a José?
CAMILA. Más de lo que te imaginas.
DANIEL. …
JOSÉ. Siento mi pecho oprimido. Mi estómago, poco más que mis pensamientos, revuelto y culpo a la adrenalina. Irme con Mateo es lo que más he deseado y estoy a un paso de conseguirlo. Dejar a mi familia no me duele, quizás un poco dejar a mi hermano.          Llegar, ya quiero llegar.
     Por primera vez en mi vida mi futuro puede ser perfecto. Con Mateo a mi lado todo será fácil. Estoy seguro. Será todo como lo he imaginado. Seremos felices juntos.

Once
MATEO. Nos quedamos de ver en el salón de baile.

RUBÍ. Hola, guapo. ¿Por qué tan temprano por acá? ¿A dónde vas con eso?
MATEO. Me voy.
RUBÍ. A José no le va a gustar.
MATEO. Él se va también. Conmigo.
RUBÍ. No es posible ¡se irá con él! ¡¿Y yo?!
Veo a José entrando al salón.
Ahora va la mía. Que se dé cuenta que Mateo no le conviene. Que es sólo mío.
¿Y me darás la despedida?
Anda un último beso.
MATEO. Órale pues.
RUBÍ. Sentí la húmeda boca de Mateo llenándome de nicotina hasta la garganta, y fue ahí donde…
MATEO. UN DISPARO.
RUBÍ. ¿Un disparo?
MATEO. José. JOSÉ.
RUBÍ. Siempre José.
     No vayas con él.
     Yo estoy aquí.
     Me quieres a mí, no a él.
MATEO. Sangre. MUCHA SANGRE.
RUBÍ. La gente grita, unos corren. La música se ha detenido. Nadie baila.
MATEO. No. José, no. NO.
RUBÍ. Mateo está lleno de purpurina sangre y entonces lo veo…
     Un hoyo atravesando la cabeza de José.
     ¿José?
MATEO. José. Te quiero. Mi José.
RUBÍ. Te equivocas, Mateo. Me quieres a mí. Sólo a mí.
     Tarde un poco en ver la magnitud de la situación.
     ¿José?

RUBÍ. Yo no lo mate.
CAMILA. ¿De quién era el arma?
RUBÍ. Le pedí que me la guardara.
     Yo no le jalé el gatillo.
     No fue mi culpa.
CAMILA. Besaste a Mateo.
RUBÍ. Me necesita a mí. No a José.
     Me prometió cariño.
     Se quería ir con José.
     No sabes lo que se siente.
     Nunca pensé que pasaría eso.
CAMILA. ¿A qué sabe la traición?
     ¿Parecida a la hipocresía?
RUBÍ. ¡Déjame en paz!
CAMILA. José te consideraba casi su hermana.
RUBÍ. Tú no sabes nada, nada de José y de lo que pasó.
CAMILA. Yo lo sé todo.
RUBÍ. ¡El diario!
     Dámelo.
CAMILA. Suéltalo.
RUBÍ. No. Yo lo debo de tener.
CAMILA. Mateo nunca te quiso. A José, sí. Tú sólo le bajabas las ganas. Amaba a José.
RUBÍ. Suelta el diario.
CAMILA. Sólo fuiste su puta de un rato.
RUBÍ. ¡Cállate! Eso no es cierto.
CAMILA. Claro que sí y lo sabes.
RUBÍ. ¡CÁLLATE!

CAMILA. Jalamos el libro. Y por su culpa se deshojo. Las hojas salieron volando como lluvia de recuerdos, de momentos vividos, alegrías, tristezas, personas, lugares, una vida derramándose por el suelo, era como el cuerpo de José desmembrado parte por parte. Y esa puta riendo. No hacía más que reírse burlándose de mí, de José o de ella misma.
Recuerdo el orden exacto de todo.  Las uniré, una por una, no te preocupes José, las uniré.

Doce
CAMILA. Cuando encontré el diario José estaba en sus últimos minutos vivo, cuando lo abrí por primera vez, quizás José acababa de morir tal vez eso nunca lo sabré. He reconstruido el diario y me gustaría tener el poder para cambiar algunas cosas, si tuviera que elegir un momento para terminar el diario de José, sería el momento donde según él, fue el más feliz de su vida.

¡José!
Toma tu diario tienes mucho por escribir.

JOSÉ. Fui con Mateo a dar un paseo por mi escuela. Nuestra primera cita. La segunda vez que lo veía. Comimos en la cafetería de arquitectura, le enseñe toda mi facultad y nos tiramos en los pastos. Mateo estuvo un poco hermético al principio, pero siempre tan guapo. Fuimos al cineclub y vimos una película donde un chico se enamoraba perdidamente de la rodilla de una chica. Yo pensaba en todas las partes de Mateo de las cuales me podría enamorar, cuando ocurrió.
MATEO. ¿Qué te pasa?
JOSÉ. ¿Crees qué es muy pronto para decir que te quiero?
MATEO. Te quiero.

© Alejandro Acosta

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