17/1/08

Psicoanálisis colectivo,. Obra de Benjamín Gavarre


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Psicoanálisis colectivo, de Benjamín Gavarre

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LAS ESCENAS OCURREN EN LAS
MAÑANAS, CUANDO SON REALISTAS...
LOS PERSONAJES TIENEN
RELACIÓN CON ALGUNAS PERSONAS DE LA VIDA REAL,
CON CARACTERÍSTICAS DE ESAS PERSONAS,
PERO NO INTENTAN RETRATAR A NINGUNA EN ESPECIAL.
SON RESULTADO DE LA IMAGINACIÓN
QUE SE NUTRE DE LOS HECHOS REALES.


PERSONAJES:
DOCTOR LAVÍN 45 AÑOS
DOCTOR GÁLVEZ 59 AÑOS
LYDIA 44 AÑOS
RAMÓN 40 AÑOS
XAVIER 35 AÑOS
INMA 35 AÑOS
RENATA 32 AÑOS
RESIDENTE 27 AÑOS

La acción en un hospital de especialidades de la República Mexicana.
VEMOS EL INTERIOR DE UN CONSULTORIO DE LA SEGURIDAD SOCIAL. LO IMPORTANTE ES QUE SE NOTEN ALGUNAS SEÑALES QUE NOS RECUERDEN UNA INSTITUCIÓN GUBERNAMENTAL.
PARA LOS PACIENTES ESTÁN COLOCADAS EN CÍRCULO ALGUNAS SILLAS DESVENCIJADAS ASÍ COMO ALGUNOS PUPITRES Y UNOS BANCOS DE PLÁSTICO DE COLORES CHILLANTES. PARA LOS DOS MÉDICOS QUE DIRIGEN CADA SESIÓN HAY DOS MALTRECHAS SILLAS GIRATORIAS COLOCADAS FRENTE A FRENTE. ALGUNAS SILLAS PARA LOS ESPECTADORES PUEDEN ESTAR SITUADAS JUNTO A LAS DE LOS ENFERMOS. DESTACA UN ATRIL —PEGADO A UN PIZARRÓN— QUE RECUERDA A UNA CÁTEDRA. UN MICRÓFONO COLOCADO EN EL TECHO DEL CONSULTORIO ES EL SIGNO EVIDENTE DE QUE TODO LO QUE SE DIGA SERÁ REGISTRADO.
EL CONSULTORIO FORMA PARTE DE UNA CÁMARA DE GESSELL DESTINADA A OBSERVAR A LOS PACIENTES QUE ASISTEN AL GRUPO DE LOS LUNES Y VIERNES DONDE SE DA TERAPIA PSIQUIÁTRICA Y PSICOANALÍTICA A PERSONAS CON ANSIEDAD, DEPRESIÓN Y CUADROS DE SOMATIZACIÓN AGUDA. LAS CÁMARAS DE GESSELL ESTÁN DIVIDIDAS POR UN ESPEJO DE UNA SOLA VISTA DETRÁS DEL CUAL SE LOCALIZA UNA CABINA DONDE SE MONITOREAN DIVERSAS SITUACIONES. EL QUE ESTÁ DETRÁS DEL ESPEJO PUEDE OBSERVAR SIN SER VISTO. EN ESTE CASO, LA CABINA DETRÁS DEL CRISTAL SERÁ LO BASTANTE GRANDE COMO PARA QUE SE SITÚEN LOS ESPECTADORES, ESPÍAS DE LA TERAPIA. TAMBIÉN ESTARÁN UN RESIDENTE, HOMBRE JOVEN E IDEALISTA, MÉDICO EN CIERNES QUE GRABARÁ CON UNA CÁMARA DE VIDEO CADA SESIÓN. EL PÚBLICO OIRÁ LOS PARLAMENTOS DE LOS ACTORES POR MEDIO DE APARATOS DE SONIDO. TENDRÁ OPCIÓN DE OBSERVAR LA ESCENA A TRAVÉS DEL CRISTAL O DE VER LA TOMA DE VIDEO EN UNA O MÁS PANTALLAS DE TELEVISIÓN COLOCADAS DE MANERA DISCRETA EN LA CABINA DE OBSERVACIÓN DE LA CÁMARA DE GESSELL.
LA OBRA COMIENZA CUANDO EL DOCTOR LAVÍN Y EL DOCTOR GÁLVEZ —LOS DOS PSIQUIATRAS Y PSICOANALISTAS— ESTÁN SENTADOS FRENTE A FRENTE EN ESPERA DE LOS PACIENTES, QUIENES, EN ESTE CASO, HACEN ESPERAR A LOS MÉDICOS. EL RESIDENTE ENCARGADO DE MONITOREAR LA SESIÓN SALE DE LA CABINA DE OBSERVACIÓN POR UNA PUERTA CONTIGUA AL CONSULTORIO. EL ESFORZADO APRENDIZ ENTRA Y SALE PARA ENTREGAR RECETAS, EXPEDIENTES Y MEDICINAS AL DOCTOR LAVÍN QUIEN DEJA DE LADO PAPELES Y FÁRMACOS Y SE PONE A APRETAR, SIN OBJETIVO APARENTE, LOS BOTONES DE SU TELÉFONO CELULAR.
EL OTRO PSIQUIATRA, EL DOCTOR GÁLVEZ, HOJEA UN LIBRO ESCRITO POR HARRY FORRESTER LLAMADO EL SUICIDIO: ORIENTACIONES ACTUALES DE TANATOLOGÍA. EL ESPECTADOR ATENTO PODRÁ LEER AL MENOS LA PALABRA SUICIDIO.

ESCENA I. 1
EN LA QUE
EL DOCTOR LAVÍN Y EL
DOCTOR GÁLVEZ HABLAN
SOBRE LOS EFECTOS
QUE CAUSÓ EN LOS PACIENTES
LA MUERTE DE LAURA.


Doctor Lavín.— (Como conclusión de una larga reflexión, pero sin dejar el juego mecánico con su teléfono) Estos cretinos. ¿Creen que uno tiene tiempo de ir a cuidarlos a sus casas para que no se maten!
Doctor Gálvez.— (‘Sumergido’ en el libro). No debí revelar la muerte de Laura. Les dio en su madre.
Doctor Lavín.— (Ácido) No, ¿de veras? ¿Y esperaba que fuera de otro modo, Doctor? Ya vio como reaccionó Lydia. Piensa que también va a broncoaspirar como la pendeja de Laurita. Usted les dijo, ¿verdad? “Su compañera Laura se suicidó, se ahogó con su vómito”.
Doctor Gálvez.— Si ya lo sabe, doctor, para qué pregunta.
Doctor Lavín.— Es que no se vale. De por sí doña Lydia no quiere tomar la bromoxetina. Que le da miedo volverse adicta a la muy imbécil. Debería recetarle heroína. Adicta sería menos insoportable.
Doctor Gálvez.— Ya sabe. Piensan que las medicinas únicamente sirven para curar infecciones. Si les digo que el cerebro también necesita medicinas se me quedan viendo como indignados. A lo mejor creen eso de que en el cerebro está el alma. Está en la pineal, ¿se acuerda?... ¿Quién lo decía?
Doctor Lavín.— (No hace caso) Tener que aguantarlos porque son derechohabientes... No sé. A veces me dan ganas de quedarme con la consulta privada y nada más. Pero ahí sólo tengo a puro oligofrénico, a niños con déficit de atención, a señoras ricas y aburridas.
Doctor Gálvez.— (Sigue en sus propias ideas) Descartes lo decía: “en la glándula pineal está el alma”. O el tercer ojo, para otros...
Doctor Lavín.— Por más que le embarro en la cara que no la soporto... y aquí sigue. Vieja pendeja.
Doctor Gálvez.— ¿Lydia?
Doctor Lavín.— Pero eso sí: siempre llega tarde. Mira que llamarme asesino.
Doctor Gálvez.— Todos llegan tarde.
Doctor Lavín.— Eso. Si aplicáramos el reglamento podría decirle que se largara. Por llegar tarde.
Doctor Gálvez.— Todos llegan tarde. Todos faltan.
Doctor Lavín.- Deberíamos aplicar el reglamento.
I.2 LYDIA Y EL IMPACTO QUE CAUSÓ EN ELLA
EL SUICIDIO DE LAURA


UN REFLECTOR AÍSLA AL PERSONAJE LLAMADO LYDIA. ES UNA MUJER DE CUARENTA Y CUATRO AÑOS. USA BASTÓN. TIENE PROBLEMAS CON LOS ESPEJOS, EN ESPECIAL CON EL ESPEJO DE LA CÁMARA DE GESSEL, AL QUE DE REPENTE MIRA CON FURIA. EN OCASIONES HABLA CON CIERTA DIFICULTAD Y CIERRA LOS OJOS PARA CONCENTRARSE. TUVO UN INFARTO CEREBRAL DEL QUE SE ESTÁ RECUPERANDO, AUNQUE TIENE OTROS DOLORES. USA ZAPATOS DE NIÑA. ES EXCESIVAMENTE CUIDADOSA EN SU ARREGLO PERSONAL. ES APARENTEMENTE DULCE, PERO TIENE UNA INFINITA RABIA QUE A VECES MANIFIESTA, FULMINANTE.

Lydia.— Laura nos avisó. Lo dijo muy claro. Avisó. Dijo que se quería morir. Después, ya casi no hablaba. Ya en las últimas sesiones tenía la mirada perdida. A María le dijo que estaba reuniendo los frascos de ansiolíticos y antidepresivos. Tomó cinco frascos enteros. ¿Cómo se dice, Doctor? ¿Bronco-aspiró? Se quedó dormida y luego se vomitó... Se ahogó. ¿Alguien habló a su casa para preguntar por ella? ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en serio, que esta vez de verdad se quería morir?

OSCURO

Lydia.— (Voz grabada) [Deseo por lo menos aventarle un litro de sangre a la cara, por lo menos arrojarle un deposito lleno de orina y mierda. Arañarle la espalda con suaves navajas. Meter una lavativa en sus torcidos intestinos. Comentar con disimulo lo mal que se vería todas las mañanas al despertar, carcomido por la culpa. Insistir en vaciarle una cubeta de los más diversos excrementos, por qué no, en la boca... Cómo lo deseo].

LYDIA SE ACERCA AL DOCTOR LAVÍN Y LE ESCUPE LA CARA. ÉSTE ÚLTIMO NO SE INMUTA. ESTÁ CONCENTRADO EN UN EXPEDIENTE.

EL REFLECTOR DE NUEVO ILUMINA A LYDIA.

Lydia.— (como en un eco) ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en serio, que esta vez de verdad se quería morir?
Doctor Lavín.— Si usted pudiera regresar en el tiempo... Si pudiera haber evitado la muerte de Laura..., ¿a quién habría acudido?
Lydia.— A los médicos. Ustedes deberían haberse ocupado. Tienen la responsabilidad de nuestras vidas en sus manos.
Doctor Lavín.— Yo pensaba que ese papel le correspondía a Dios mismo. ¿Por qué esa idea suya?, ¿por qué esa fijación de querer responsabilizar a una figura superior de sus propias acciones y de las de los demás? Si no es el doctor, es el delegado que no hace su tarea. O si las cosas van mal en este país, es el gobernador o el presidente el que tiene la culpa. (Se corrige) Quise decir, la responsabilidad.
Lydia.— Hay países que viven mejor que el nuestro. Yo querría... Yo hago todo lo posible para que mis hijas vivan en un mundo sin suciedad. Cuando yo no esté, quiero que ellas tengan una casa limpia donde puedan vivir en paz.
Doctor Lavín. ¿Si usted no estuviera quién las cuidaría? ¿Su padre?
Lydia.— Mi padre ya murió, debería acordarse.
Doctor Lavín.— Pregunto sobre si su padre, el padre de las niñas, su marido, podría cuidarlas.
Lydia.— ¿Ése? Por qué cree que sigo viva. Ya me hubiera pegado un tiro si no fuera por mis hijas. No soportaría tanto dolor y no tendría que permanecer en este basurero de mundo. Usted no tiene hijos. No sabe de lo que estoy hablando. No puede resolver mis problemas.
Doctor Lavín.— Y su padre, el de usted, ¿él sí podía resolverlos?
Lydia.— ¿Por qué insiste tanto con eso? Sí, él sí podía, pero cuando era niña. Ahora estoy sola.
Doctor Lavín.— Pobre víctima sin ayuda. Tal vez necesita que venga Dios Padre en persona.
Lydia.— (Se desata en furia) ¿Esa es una broma? No se vale burlarse de sus pacientes doctor. Usted y el otro doctor tienen mucho sentido del humor. Siempre hacen comentarios hirientes, bromas según ustedes. Les da mucha risa el dolor ajeno. Se burlaban en una ocasión de que yo no tuviera idea de qué era el complejo de Electra. “se trata de una problemática profunda, no de sentirse menos”. Les dio mucha risa que yo no supiera nada de teatro, nada de Electra, nada de esa complejidad.
Doctor Lavín.— Electra amaba a su padre.
Lydia.— Ya lo sé. Ya me lo dijo. Me contó la historia.
Doctor Lavín.— Usted amaba a su padre
Lydia.— Cuando enfermó... (A punto de llorar) Nunca pensé en verlo derrumbarse de esa forma. Me sentí desamparada.
Doctor.— Lydia. Nadie puede salvarla del desamparo. Nadie es capaz de solucionarle sus problemas. Ni siquiera su padre podía. Ni siquiera Dios.
Lydia.— Usted no entiende nada.
Doctor.— Le repito la pregunta. Qué habría hecho usted, usted misma para impedir la muerte de Laura.
Lydia.— No me correspondía a mí. No era mi deber.
Doctor.— Si usted estuviera en el caso de Laura, ¿quien la salvaría?
Lydia.— Estoy en el caso de Laura, ¿no se da cuenta? Nadie puede salvarme.
Doctor.— ¿Quiere vivir en el dolor?, ¿para el dolor?
Lydia.— Mis hijas ya no me toleran. Están cansadas de vivir con una madre que se queja tanto, con una madre que no sonríe. Trataba de acordarme el otro día de cuándo había sido yo feliz. Antes me reía, antes gozaba de la vida. Antes.
OSCURO



I.3

XAVIER, RENATA, RAMÓN Y INMA ESTÁN
EN ESCENA.
OTRO DÍA


SE PRENDE LA LUZ GENERAL Y VEMOS A LOS PACIENTES XAVIER, RENATA, RAMÓN Y INMA. ESPERAN LA CONSULTA. XAVIER ES UN HOMBRE DE TREINTA Y TANTOS, VESTIDO COMO UN ADOLESCENTE MUY PULCRO. ES COMO UN DEPORTISTA CON ROPA IMPECABLE. A VECES ES PODEROSAMENTE INTUITIVO, AUNQUE A VECES PUEDE TOMAR LAS COSAS CON DEMASIADA LIGEREZA. RENATA ES UNA MUJER HUMILDE QUE NO DEJA DE MOVER LAS PIERNAS. DICE SER DISEÑADORA DE MODAS PERO VISTE SIN IDEA ALGUNA SOBRE CÓMO COMBINAR LOS COLORES, COMO SI NO PENSARA SINO EN CUBRIRSE CON TODA LA ROPA QUE ENCONTRARA A SU PASO. COMO CONSECUENCIA SIEMPRE ESTÁ ACALORADA E INCÓMODA. RAMÓN ES UN HOMBRE RUDO, UN TRABAJADOR DE BARRIO BRAVO QUE SE HA ABIERTO PASO A CODAZOS. INMA TIENE UN ASPECTO DE NIÑA VIEJA. LAS MARCAS DE SUFRIMIENTO TRATA DE BORRARLAS CON UNA SONRISA DIRIGIDA AL QUE SE DEJE, SIN EMBARGO, EN UN SEGUNDO PUEDEN DESATARSE EN LLANTO.

Inma.— Ya se tardaron los doctores.
Xavier.— Hoy nada más viene Lavín.
Ramón.— (Molesto por la familiaridad, acentúa el grado del médico) El doctor Lavín.
Inma.— ¿Cómo sigues, Renata?

RENATA NO CONTESTA. SÓLO HACE UN GESTO PARECIDO A UNA SONRISA, MIENTRAS MUEVE LAS PIERNAS CON MAYOR NERVIOSISMO DEL QUE TENÍA ANTES DE LA PREGUNTA DE INMA.

Xavier.— (A Renata) Supimos lo de Laura gracias a que tú hablaste de querer suicidarte. Ya ves, no se te ocurra ni volver a pensarlo.
Renata.— En esas ando.
Xavier.— Muy mal. Yo no soy especialista, pero tú lo que deberías hacer es...
Ramón.— (Interrumpe) Nada. Precisamente, no te toca a ti decir nada. Por primera vez estoy de acuerdo contigo. Hay que esperar a los doctores, a los especialistas. Son asuntos delicados.
Xavier.— Los esperaremos pues. A Lavín pues... (Retador, a Ramón, quien lo mira con desagrado) Al doctor, ¿verdad?
PAUSA

INMA ROMPE A LLORAR.

Inma.— Yo sabía. Laurita me lo dijo. Yo ya a me lo había imaginado porque hace como tres semanas que dejó de venir. Y me lo dijo. Me dijo que tenía todas esas pastillas. Y yo no dije nada. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado.
Ramón.— La institución debió hacerse cargo.
Xavier.— Já. Permíteme y me carcajeo. ¿La institución? Date de santos con que puedas venir a Psicoanálisis aquí. Estamos en una sección de lujo, aunque no lo parezca. ¿No has oído a Lavín?, (Imita al doctor Lavín) “No sé por qué tenemos consideraciones con ustedes. Son pacientes privilegiados en un sistema de salud saturado”. Mis huevos.
Ramón.— Pues yo sí me siento como un privilegiado entre tanta gente que viene al hospital. ¿Has visto las colas que se hacen en los elevadores de la planta baja? Ciento cincuenta pacientes por minuto tratando de subir en el único elevador que sirve porque los otros tres siempre están descompuestos. ¿Quién es capaz de satisfacer tanta demanda? No hay hospital que aguante. No hay sistema de salud que resista. “Ni resistencia que apoye tanto”. Si me permites la expresión.
Xavier.— No por nada le dicen “el zoológico”.
Ramón.— ¿Cómo?
Xavier.— Así le dicen, a la planta baja, (Vuelve a imitar a Lavín) “donde se canaliza a todos los pacientes”, le dicen el zoológico, ¿no te parece gracioso?
Ramón.— Son, con el perdón, chingaderas, eso es lo que son. Pero hay que decir la verdad, si tuviéramos que pagar la consulta estaríamos más jodidos.
Inma.— Eso sí. Si ya con las medicinas tenemos bastante.
Xavier.— Mi querida Inmaculada. Esas medicinas las pagamos tú y yo.
Ramón.— No salgas con esas. Si tuviéramos que pagar lo que cuesta un tratamiento, estaríamos todavía más dementes de lo que estamos.
Xavier.— Yo demente no estoy. Dime paranoico, inestable, pero demente, demente, no estoy. Eso déjalo para los psicópatas, para los esquizofrénicos, para los sicóticos... los sociópatas, los secretarios de estado... los jefes de estado... Bueno, es un no poder acabar. Pero demente o no, tengo derecho a que me den un buen servicio. Y sí: yo pago por él.

RAMÓN NO TIENE SENTIDO DEL HUMOR. MIRA CADA VEZ MÁS SERIO AL AVISPADO XAVIER.

Inma.— No lo sé. Todos nos quejamos de la calidad del servicio. Para conseguir una medicina fuera del cuadro básico casi tienes que hablarte de tú con la encargada de farmacia.
Xavier.— O con el sacrosanto “Secretario de salud”. Digo, por decir lo menos.
Inma.— ¿Verdad? Eso si es que la medicina está disponible, que nunca están disponibles. Luego, nos recetan antidepresivos que nunca hay, y cuando llega a haber, te lo cambian por la medicina de otro laboratorio que no sé si quieran experimentar con nosotros como si fuéramos... Cómo se dice, ¿conejos?
Xavier.— Conejillos de indias. Ratas de laboratorio, monos ti ti.
Inma.— Pues conejos, perros, monos somos. Pero, según tú Ramón somos privilegiados. Todos estamos bien jodidos.
Ramón.— Son cuestiones muy delicadas. Estoy de acuerdo en que no sabemos qué efectos pueden causar en nosotros los cambios tan repentinos de sustancias.
Inma.— Lo que sí sabemos es que Laurita se murió por tomar toda clase de pastillas. Se tragó todas las que pudo conseguir.
PAUSA

Xavier.— Laurita siempre se comportó como una niña. Era como la hermana de sus hijas. Quería que su esposo la siguiera cuidando y no aceptó nunca el papel de madre. Quería seguir siendo la niña de papá. Se enfermó para que la mimara papi. Cuando papi se hartó de la enferma maloliente, ella hizo un último berrinche.
Ramón.— Yo no me imagino que dirían las hijas de Laura si te oyeran insultar a su mamá. Tú como no tienes hijos.
Xavier.— Fue una figura del lenguaje. Una figura retórica. Te explico: quise decir que ella hizo todo lo que pudo para llamar la atención de su esposo. Nunca quiso madurar.
Ramón.— Sé lo que son las figuras retóricas.
Xavier.— (malintencionado) Es cierto. Que das clases... No me acordaba. En primaria, ¿verdad?

1.4
LLEGA
EL DOCTOR LAVÍN.

Doctor Lavín.— Disculpen la tardanza, pero creo que les avisé la vez pasada que tenía un congreso.
Xavier.— ¿El doctor Gálvez no viene?
Doctor Lavín.— Se quedó tomando notas.
Xavier.— ¿Estuvo interesante?... ¿Su congreso?
Doctor Lavín.— Mucho. En otra ocasión con gusto lo comentamos... (pausa).


PAUSA.

LOS PACIENTES TRATAN DE PASAR DESAPERCIBIDOS PARA NO ENFRENTAR EL MOMENTO EN QUE TIENEN QUE HABLAR. EL DOCTOR NO TIENE QUE DECIR QUE HABLEN, ELLOS SABEN QUE EMPIEZA EL QUE ASÍ LO DESEA. EN ESTE CASO ES RAMÓN.

Ramón.— Se me han estado presentando nuevos síntomas. Me siento cada vez más torpe. Llevé a mi hijo el lunes pasado a la escuela y en un momento que iba manejando perdí la idea de dónde estaba. Se me nublaron los ojos y tuve que estacionarme para no chocar. (pausa) Otras veces me ha pasado que digo algunas palabras distintas a las que pensaba decir. No me gusta preguntar, pero luego me doy cuenta de que la gente me mira raro, como si no me comprendiera. Lo peor es que no estoy seguro de si dije lo que pensé o algo totalmente distinto. Luego, en el pizarrón escribo las palabras, pero los niños me gritan, me reclaman porque me faltan letras. Escribo las palabras y a veces me doy cuenta de que me faltan letras o a veces me dicen los niños que me faltan letras.
Xavier.— Te faltan vocales o consonantes.
Ramón.— A veces vocales, a veces consonantes. No veo cual sea la intención de tu pregunta.
Xavier.— ¿Eres disléxico, Ramón?
Ramón.— No que yo sepa.
Xavier.— Preguntaba porque a mí me pasa lo mismo. O me pasaba. Cuando me vino la crisis de mis piernas que se me dormían y el cerebro también con parestesia, se me nublaba la vista. Me sentía muy aturdido y no podía articular palabras. Imagínense, yo también, que soy maestro como Ramón... cuando estoy dando clase me tranquilizo y siento mayor fuerza. Ahí no me equivoco. Sólo cuando me enojo, entonces sí, pierdo hasta la vista. Y la voz.
Ramón.— Cada vez que le grito a mi mujer o a mis niños siento que todo está rojo. Siento como la cabeza caliente y que no me puedo controlar.
Xavier.— ¿Es eso lo que sucede, doctor? Todos esos síntomas de dolor de cabeza y de confusión se deben a lo mismo, a la ira, ¿al enojo?
Doctor Lavín.— (Responde brevemente) Se llama somatización (Y cambia la idea) Ramón, ¿y cuando está en esos momentos de furia con su esposa, no le ha servido el hacer un alto? (Ante la mirada de incomprensión de Ramón) No ha intentado frenar su enojo.
Ramón.— Quisiera hacerlo, pero no puedo. Lo último que he logrado es que ahora golpeo las paredes. A veces sólo la mesa. O rompo algo. He logrado por lo menos eso. Ya no les he pegado a ellos.
Doctor Lavín.— ¿Está tomando su medicamento?
Ramón.— He estado tratando de disminuir la dosis, la verdad no quiero volverme dependiente.
Doctor Lavín.— No me diga. Ahora usted es el doctor.
Ramón.— Es que. Me he sentido un poco mejor tomando nada más un cuarto de pastilla. Lo que me hace falta es identificar el origen de mis problemas. Saber, entender... Qué me hace enojar tanto.
Doctor Lavín.— ¿Y qué es Ramón? ¿Cuál es el motivo de su ira?
Xavier.— A eso iba yo, doctor. Cuando preguntaba si los síntomas se deben a la ira, o al enojo, a la furia... Pero en todo caso es necesario saber qué es lo que causa tanta rabia, tanta, tanta...
Inma.— Es como si se atacara a uno mismo uno. ¿No, doctor?, como si en lugar de hacer un coraje hacia los demás uno se lo hiciera consigo misma.
Doctor Lavín.— Ahora resulta que todos son aquí son médicos. Todos son psiquiatras.
Ramón.— Pues si usted es el que sabe, explíquenos.
Xavier.— Por ejemplo, qué pasa con los cambios de medicina, qué problemas puede haber...
Dorctor Lavín.— Usted, Xavier siempre está buscando focos rojos.
Xavier.— No entiendo. Qué quiere decir.
Doctor Lavín.— Le dejo la pregunta de tarea. (Cambia la conversación) Y cómo está usted Renata, que la noto muy callada. Cómo sigue de sus piernas.
Renata.— Mal, doctor. Todo sigue igual. Le volví a decir a mi marido de un departamento que rentan, que está cerca de su casa para que vea a su mamá, pero no quiere. Tampoco mi niña quiere, dice que me vaya yo sola si quiero, que ella se queda con su abuela.
Inma.— Pues vete Renata, qué esperas.
Ramón.— Doctor, a mí me parece que no hemos terminado con mi asunto.
Doctor Lavín.— Tenemos muchos asuntos, Ramón. Renata nos dijo que si su marido no se iba con ella, sería capaz de matarse. ¿Quiere otra vez un suicidio como el de Laura?
Ramón.— Todos tenemos necesidad de ser escuchados.
Doctor Lavín.— Así es, pero será en otra sesión, porque está ya terminó y tengo a otros pacientes. No nada más son ustedes, ¿lo sabían? Por cierto, les voy a pedir algo. Ya no falten tanto. Vienen a veces unos y a veces otros y si no hay continuidad... pues no puede haber resultados, ¿verdad? Nos vemos el próximo lunes.

EL DOCTOR LAVÍN SE VA. RAMÓN SALE TRAS ÉL. INMA SE LEVANTA SIN SABER QUÉ HACER. XAVIER SE QUEDA PENSATIVO Y EXCLAMA:
Xavier.— “Hombres no me faltan, mujeres no me sobran”, ¿quién dijo eso?
Inma.— Lo has de haber dicho tú.
Xavier.— No es así, pero muchas gracias, lo dijo un escritor “muy conocido, por los conocedores”. Eso también lo dijo un escritor, otro.
Inma.— Vámonos, ¿quieres?
Xavier.— Sí.

SALEN ABRAZADOS COMO AMIGOS
OSCURO
1.5

GÁLVEZ, QUIEN PIENSA ESTAR A SOLAS,
DA CÁTEDRA A UN AUDITORIO IMAGINARIO
SOBRE EL SUICIDIO DE LAURA LUZ


EL REFLECTOR SE CIERRA AHORA SOBRE EL DOCTOR GÁLVEZ, QUIEN TOMA LA ACTITUD DE UN MAESTRO A LA ANTIGUA EN EL ATRIL QUE SEMEJA UNA CÁTEDRA.

Doctor Gálvez.— La noticia que a todos conmueve es sin duda aleccionadora. En el caso de Laurita... de Laura Luz... pudimos observar una contradicción: tuvo fuerza para recuperar la salud física, pero no pudo resistir que sus seres queridos fueran indiferentes ni cuando se destrozó la columna ni cuando sanó casi milagrosamente.
Nunca supe de una fractura vertebral que se restableciera tan pronto y con tan buenos pronósticos. Sin embargo el accidente no hizo que su marido la quisiera más. Las enfermedades se fueron entonces presentando una tras otra. Se llenó de dolores: reales, concretos. Le salieron úlceras en la piel. Todo era en un principio psicosomático, pero las enfermedades psicosomáticas son enfermedades verdaderas.
Sus hijas, a pesar de todo, no le hacía caso. Su marido tampoco. Les compró la casa que rentaban. Pidió prestado para pagar una enorme casa. Pero su esposo la abandonó y se llevó a las niñas con él. Nada de lo que hiciera Laura bastó para atraer la atención de los que quería, de los que deseaba controlar mejor dicho. Ella no fue una víctima. Los quería tener siempre a su lado, sometidos, pero no tenía la suficiente fuerza para sujetarlos. Laura Luz necesitó morir para provocar... solamente indiferencia.

SALE EL RESIDENTE DE LA CABINA Y LE ENTREGA UNAS TARJETAS AL DOCTOR GÁLVEZ. EL RESIDENTE TOMA UN MICRÓFONO Y HABLA ANTE OTRO AUDITORIO IMAGINARIO, NO SIN LA EVIDENTE MOLESTIA DEL PSIQUIATRA GÁLVEZ QUE SE SIENTE DESCUBIERTO.
I.6
EL RESIDENTE:
SOBRE LOS
RECURSOS DE LA
INSTITUCIÓN
FRENTE AL
SUICIDIO

Residente 1.— ¿Qué debe uno hacer en casos en los que una paciente está decidida a morir. ¿Hay que vigilarla día y noche? Se le puede internar, se le debe encadenar. ¿Y si se escapa? ¿Y si se cuelga o se arroja por la ventana? Internarla es conveniente. Que use una camisa de fuerza dirían algunos. El Estado debe proveer los medicamentos necesarios. Sin embargo, no podemos hacernos cargo de todos los pacientes. No hay presupuesto. Por otro lado, los pacientes ya pueden manejarse fuera de los hospitales...
I.7

LYDIA Y LAVÍN
SE ENFRENTAN
ESTÁN
COMO TESTIGOS
INMA Y RENATA.


Lydia.— (Al doctor Lavín, que se ve atormentado) Voy a decirle una cosa doctor. Me alegro de que Laura se haya decidido a morir. Ella ahora está descansando. Sin siquiera una llamada telefónica, de ella o para ella. Nosotros en cambio tenemos que estar aquí, soportando tanto dolor. Yo lo haría. No sabe cuánto desearía poder acabar con todo. Si no fuera porque...
Doctor Lavín.— ¿Y por qué no lo hace? (Observa la reacción sorprendida de Lydia)
Lydia.— ¿Quiere que me suicide?
Doctor Lavín.— No. Usted lo desea, ¿no lo dijo?
Lydia.— Tengo que cuidar a mis hijas.
Doctor Lavín.— Sus hijas ya no la necesitan, ¿no lo dice siempre? Trabajan, son independientes, no soportan que usted siempre esté tratando de arreglarles sus vidas. En cuanto a su marido... ¿Vale la pena seguir viviendo con él para demostrarle cuánto lo odia?
Lydia.— Para usted es muy fácil hablar. Según esto yo odio a todos los hombres. Incluso a usted supongo. Usted piensa que yo no tengo nada más que hacer sino echarle la culpa de todas mis desgracias a los hombres. Según usted todas las mujeres odiamos a los hombres y no aceptamos ninguna responsabilidad de nuestros problemas. ¿Y usted? No será que odia a las mujeres usted?
Doctor Lavín.— ¿Qué piensa de eso que acaba de decir?
Lydia.— ¿De que lo odio a usted?
Doctor Lavín.— Dijo algo más, ¿recuerda?
Lydia.— Dije muchas cosas. ¿De que no acepto la responsabilidad de mis problemas? ¿Sigue con la idea de que mi infarto cerebral lo provoqué yo misma?
Doctor Lavín.— ¿Usted qué piensa?
Lydia.— ¿Sabe que mi hija la mayor dice que usted está loco?....
Doctor Lavín.— Le voy a pedir algo con toda seriedad. Piense, reflexione en ese odio que dice sentir por su esposo y también piense en por qué sigue con él. Piense también en qué la hace seguir aquí... conmigo.




















CUADRO SEGUNDO



EL ESCENARIO SIGUE SIENDO CASI EL MISMO, SIN EMBARGO SE PERCIBE CIERTA DISTORSIÓN EN ALGUNAS DE LOS OBJETOS: EN LAS SILLAS, EN EL ATRIL, ETC. ALGUNOS CUADROS EXTRAÑOS QUE NO ESTABAN ANTES, CUELGAN DE LAS PAREDES.
II.1

GÁLVEZ EXPONE EL CASO
DE RENATA

Doctor Gálvez.— (Aparentemente solo, desde su cátedra en la que ensaya lo que piensa sobre un paciente antes de empezar la sesión). Renata es una mujer de muy escasos recursos. Lo que digo se puede entender en todos los sentidos. No tiene dinero, educación, sentimientos ni afectos. Su deseo de morir se expresó primero en un dolor crónico en cabeza y piernas. Su conflicto aparente lo constituye un Yo maltrecho, agobiado por la figura materna. Su esposo, llamado Ricardo, es un adulto incapaz de madurar, incapaz de alejarse del abrazo de su madre, verdadera reina del hogar. Renata no soporta a su suegra, lo cual es de una trivialidad amenazante, al menos para los enemigos de las estadísticas. Lo curioso es que ella desea destronar a la reina, pero no tiene ni tendrá posibilidad alguna. Es una advenediza, una intrusa. Llegó a esta casa tribal, tuvo dos hijos, un hijo pequeño alimentado con refrescos y galletas, y una niña, ya casi adolescente ahora, a la que no tolera, a la que podría desfigurar con ácido sulfúrico. A la que podría estrangular si su doméstica, estrecha, pequeño-burguesa moral se lo permitiera. A su hija... a quien podría cortar la yugular si salieran a la luz sus deseos reales, que no sus reales deseos.
Renata es una tirana sin reino. Quiere gobernar, pero no tiene partido, ni votos, ni dinero. Su hija no la acepta. Su mayor tortura es que la niña adora a la madre, a la suegra, reina de corazones. Renata no es princesa, no es Lady Di, no tiene marido que valga, no tiene casa, no tiene hija, no tiene a nadie.

“ENTRA A ESCENA” EL RESIDENTE Y APLAUDE AL DOCTOR GÁLVEZ. ÉSTE ÚLTIMO, MEDIO SE EMOCIONA, PERO TAMBIÉN RECHAZA LO QUE PODRÍA CONSIDERAR UNA BURLA.

CUADRO II.2
RENATA.
SUS RAZONES
SALE EL ASISTENTE.
PERMANECE EL DOCTOR GÁLVEZ,
QUIEN POR ESTA VEZ CONDUCE LA SESIÓN.
ENTRAN AL ESCENARIO RENATA,
XAVIER Y LYDIA.


Renata.— A mí nunca me avisaron de la muerte de mi papá. Mi madre nunca me dijo nada. No me ha perdonado que fuera una fácil, que me vieran besándome con el vecino. Todos decían que era yo era una cualquiera. También cuando me casé con mi marido me decía mi madre: “ya te acostastes con él, pero si eres bien güilota”. Y no, yo me quedé panzona de mi niña hasta un año después de casada, si la maldita vieja me decía que yo no podía, que estaba infértil. Pero nunca pensó en su hijo, nunca dijo: “es que m’hijo es el que no sopla”. Era yo la mala. Luego, ya cuando tuve al niño, me decían “que si no era mío”. “Ya deberías ver más por tu mujer. No sale más que a andar de piruja”. Yo, como tengo mi carrera de diseñadora de moda y maquillaje, pues no le hago caso. O me puedo salir de ahí en el momento en que se me dé la gana. La vieja prefiere a mi cuñada, que ella sí estudió. Y su otro hijo más, que si tiene no sé cuantas carreras, también tiene como dos licenciaturas y tres maestrías y sabe muchos idiomas y que sabe inglés muy bien.

Xavier.— (a Renata) Yo no creo que tu problema sea tan grave como para querer morirte. ¿Por qué no simplemente te vas de esa miserable casa y dejas a tu marido y a la madre de tu marido y que sigan viviendo juntos? Y tú te vas y haces una nueva vida. ¿No eres diseñadora de modas?
Doctor Gálvez.— (Irónico) Nada más fácil. (Se pone de pie y va hacia Xavier) Vamos a ver, Xavier. Haremos una dramatización. ¿Si sabe de qué le hablo? (Xavier asiente pero sin estar seguro en qué juego se mete) Bien. El ejercicio no lo tiene como protagonista a usted. Sin embargo usted será el marido de Renata.
Xavier.— ¿Yo?
Doctor Gálvez.— ¿Prefiere interpretar a la suegra de Renata?
Xavier.— Hago al marido.
Doctor Gálvez.— Lydia será la suegra.
Lydia.— No. No soy actriz. No me haga eso.
Doctor Gálvez.— Ahora Renata, usted será la estrella de este drama. Está de acuerdo. Muy bien. Dígale a Ricardo que desea marcharse de aquí: Dígale: “Si no nos vamos de esta mugrosa casa con todo y mis hijos soy capaz de matarme”. Dígaselo.

PAUSA.
RENATA AL PRINCIPIO TÍMIDA SORPRENDE A TODOS CON SU ACTUACIÓN.

Renata.— (A Xavier) Mira, Ricardo. Tu madre te tiene agarrado de los huevos... (pausa) ¿Está bien así?
Doctor Gálvez.— Siga, no se detenga.
Renata.— (Se desahoga) Yo. A mí nunca me creyeron cuando dije que no era cierto que no me acosté con nadie. Yo la verdad ni era ni soy piruja ni nada. Cuando se murió mi papá ni siquiera me avisaron.
Doctor Gálvez— No se desvíe. Hable al marido. Háblele a su suegra.
Renata.— (A Lydia) Pinche vieja cabrona, te piensas que puedes darme órdenes a mí. Te robastes a mi hija, te robas a tu hijo... Yo me casé con él.
Doctor Gálvez.— ¿Qué le gustaría decirle a su hija? Yo soy su hija.
Renata.— (Al Doctor Gálvez) Maldita seas, desde que nacistes, cabrona. Te vas con ella. Me traicionas. Es cierto que yo no te doy cariño. Yo no sé dar besos ni abrazos. No me sale ser cariñosa. Pero te ayudo en lo de la escuela, te sirvo la comida, y tú nunca quieres estar cerca de mí. Tú no me sigues a mí. No te perdono. Nada más te vas con la pinche vieja esa.
Doctor Gálvez.— Qué le gustaría decirle a su madre.
Renata.— ¿A la madre de Ricardo?
Doctor Gálvez.— ¿A cuál otra?
Renata.— ¿A mi madre?
Doctor Gálvez.— Muy bien, dígale lo que en verdad desea.
Renata.— (Se relaciona con Lydia como si fuera su propia madre) Ojalá y te lleve la chingada en esta vida. Dios quiera y te mueras bien adolorida, cabrona de porquería, ojalá y nunca me hubieras dado a luz, pinche perra desgraciada.
PAUSA
Doctor Gálvez. — Pueden sentarse. El ejercicio ha terminado.
Xavier.— (En voz baja) Lydia, ¿eras la suegra o la madre? (Al doctor) ¿Esto en realidad funciona, doctor? Hay demasiada rabia. (A Renata) ¿Cómo te sientes, Renata?
Doctor Gálvez.— Demasiada rabia, sí. Tiene razón Xavier. Lo importante, Renata, es que usted sepa a quién le tiene tanto odio. Y por qué. Después de eso, el trabajo más difícil viene: hay que perdonar. Hay que aprender a perdonar.
Renata.― ¿Quiere decirme que odio a mi madre?
Doctor Gálvez.― Usted fue quien lo dijo.

OSCURO

II.3

EL RESIDENTE Y SUS CONJETURAS SOBRE LOS SUPUESTOS
ASESINATOS DE RENATA.


Residente 1.— (En la cátedra donde suele estar el doctor Gálvez) En unos días más Renata va a tomar un cuchillo, va a envenenar a su hija y va a cortarle la yugular a su suegra. A su hijo, al que tuvo con Ricardo, lo va a dejar en paz, parece que es al que más quiere. A su madre, a quien odia más que a nadie, no la volverá a ver. Ricardo, luego de unos días de búsqueda, la entrega a la policía. Luego, busca la forma de sacarla del reclusorio.
Todo lo anterior no es sino parte de una especulación y no sería sino uno de los escenarios potenciales dentro de todo tipo de conjeturas y mundos posibles. Renata en realidad sigue con sus problemas y sigue queriendo salir de su casa y odiando a la figura materna, en todas sus formas.
Lo que sí es cierto es que al doctor Lavín parece que le va pasando por la cabeza la idea de que de que si alguien está reventando no hay ya mucho que hacer. Tiene dos actitudes básicas, puede ser indiferente o puede tratar de afrontar al paciente. En realidad sus confrontaciones no pasan de ser un mero regaño infantil. El doctor puede ser un ser despreciable en ocasiones, sin embargo, no deja de tener algunos sentimientos nobles. A veces incluso hasta es acertado. Es un ser humano, complejo, como todos.






II. 4 LAVÍN
Y GÁLVEZ SOBRE LOS PACIENTES.

Doctor Lavín.— (Al doctor Gálvez) Me aburren. No tienen el perfil necesario para hacer un buen desempeño. Son inconstantes. No puede haber avance si no hay continuidad en la terapia.
Doctor Gálvez.— Puedo quedarme con este grupo y usted hacerse cargo sólo de los adolescentes adictos. Usted los prefiere a ellos, yo prefiero a los adultos.
Doctor Lavín.— Sí, he visto cómo lo siguen más. Xavier por ejemplo ha logrado mayor empatía. A mí ni siquiera me voltea a ver.
Doctor Gálvez.— Le demuestra demasiada hostilidad. Quizá tenga un problema de homofobia.
Doctor Lavín.— El problema de Xavier en todo caso no es su orientación sexual. Es un mezquino, es miserable. Considera que el mundo le debe algo, que deberíamos pagarle por su grata presencia.
Doctor Gálvez.— Y por qué nunca lo confronta. Use terapia de choque. No terapia de indiferencia.
Doctor Lavín.— Usted ocúpese del caso.
Doctor Gálvez.— Estoy saturado. Pero... Julio el residente estaba muy interesado en Xavier.
Doctor Lavín.— No lo imaginaba.
Doctor Gálvez.— Como paciente nada más. Está haciendo su tesis sobre él. Me comentó sobre un nuevo método que deseaba aplicar en el hospital.
Doctor Lavín.— Va a estar difícil que se lo autoricen.
Doctor Gálvez.— No lo van a hacer, pero nadie tiene por qué saberlo.

OSCURO

II.5

XAVIER, RAMÓN
Y EL RESIDENTE
EL DOCTOR GÁLVEZ
ESTÁ EN LA CABINA
DE OBSERVACIÓN.


Residente.— (Como un réferi junto a Ramón y Xavier que están de pie, frente a frente). Los hemos citado en esta ocasión especial para que intercambien algunas ideas sobre el tema que elijan. Pueden estar seguros de que tienen absoluta libertad de hacer y decir cuanto quieran. Permanezcan de pie, frente a frente. Lo único que no está permitido es tocarse.

SALE EL ASISTENTE. SE ESCUCHA LA MÚSICA DE HAENDEL LLAMADA PARA LA ENTRADA DE LA REINA DE SABA. RAMÓN Y XAVIER, QUIENES HASTA EL MOMENTO SE ESTABAN VIENDO FIJAMENTE SE SEPARAN. RAMÓN ESTÁ FRANCAMENTE MOLESTO. XAVIER NO PUEDE EVITAR MORIRSE DE RISA CON EL TEMA MUSICAL QUE HAN PUESTO. RAMÓN ESTÁ CADA VEZ MÁS ENOJADO.

Ramón.— (Hacia la cabina) Pueden cortar la música. No se vale.
Xavier.— Es Haendel.
Ramón.— No me chingues.
Xavier.— Creo que no te gusta Haendel.
Ramón.— Yo me voy a sentar.
Xavier.— Nos dijeron que estuviéramos de pie, frente a frente.
Ramón.— También nos dijeron que podíamos hacer y decir cualquier cosa. Yo me voy a sentar.

RAMÓN SE DESPLAZA BUSCANDO UNA SILLA. SE ESCUCHA LA MÚSICA PROMENADE, DE CUADROS DE UNA EXPOSICIÓN DE MUZORSKI. XAVIER MIRA DIVERTIDO CÓMO RAMÓN SE ENFURECE CADA VEZ MÁS Y SE SIENTA CON OBVIA ACTITUD DE RECHAZO A LA MÚSICA QUE ESCUCHA.

SE INTERRUMPE LA MÚSICA. SE ESCUCHA LA VOZ DEL MÉDICO RESIDENTE.

Residente.— Ramón es tan duro, tan rígido, que le molesta hasta la música. Ramón, no se permite llorar. Mucho menos se permite reír, porque una vez que comienza no puede parar. Es incontenible la risa, es un ataque, duele la risa.
Xavier tiene problemas con la autoridad. Padece neurosis y somatización aguda por depresión, parestesia lateral. Cree que no debe dar nada a cambio de lo que recibe. El mundo está en deuda con él y tiene que cobrarle a todos su presencia en la tierra. Es iracundo, estalla en situaciones donde siente mucha presión y es incapaz de negociar. Pierde el control. Es homosexual declarado y le molesta mucho que sus compañeros piensen que va a terapia por su preferencia sexual. Para Xavier ser gay es tan normal como ser mexicano. Le gusta ser varonil y le gustan los hombres que son masculinos, sin embargo le molesta la rigidez extrema de los heterosexuales machistas a los que llama bugas. No hay nada que le moleste más que un hombre como Ramón.

PAUSA.

RAMÓN Y XAVIER SE NOTAN INCÓMODOS.

Xavier.— Mira, en cuanto a eso de que me desagradas, pues no, la verdad solamente me siento incómodo con gente como tú.
Ramón.— Ya vas. Con gente como yo. Pues tú quién te crees, Divina Garza. Qué haces en una institución pública. Con los aires de grandeza que te cargas deberías estar con un médico particular, o qué, no tienes para pagar una consulta. Tú, con tu forma de hablar tan correcta, tus... tus aires de que eres mejor o más importante que todos los que venimos aquí.
Xavier.— Ya oíste lo que dijo el médico de mí, que el mundo está en deuda conmigo. Y no, no tengo para pagar una consulta. Yo no me dedico a ganar dinero. Eso se lo dejo a los encorbatados y a los burócratas.
Ramón.— Tenemos que pagarte entonces para que existas.
Xavier.— En tu caso no. Demasiados problemas tienes. No puedes reír, no puedes llorar. ¿Qué es lo que si puedes hacer? Ah, claro: Enojarte. Deberías tomar los medicamentos, de veras. Yo también solía enojarme mucho. No sé si tanto como tú, pero sí, bastante. Le gritaba a los cajeros del banco, a las vecinas, les decía a gritos que deseaba que se murieran. La gente me miraba como si estuviera loco. Y ya te dije, histérico y neurótico sí soy, pero demente nunca.

SE ESCUCHA EN OFF LA VOZ DEL RESIDENTE

Residente.— Ramón y Xavier se detestan, pero en realidad harían cualquier cosa para no tener un contacto importante entre ellos. Se saludan con frialdad siempre. Con cortesía se diría, pero nunca serían capaces de quedarse viendo a los ojos fijamente mientras se saludan.

XAVIER Y RAMÓN SE QUEDAN VIENDO FIJAMENTE COMO ESPERANDO QUE PASE ALGO. RAMÓN SE LEVANTA Y SE ACERCA, PERO XAVIER BAJA LA MIRADA. RAMÓN SE VA A SENTAR, MOLESTO, INCÓMODO, PERO YA SIN GANAS DE INTERACTUAR CON SU COMPAÑERO.

Ramón.— ¿Te puedo decir algo sin que te que molestes? (Xavier lo mira de soslayo) Con perdón, pero tú me vales verga.
Xavier.— De acuerdo, estoy de acuerdo en que haría lo que fuera con tal de no tener un contacto contigo. Hasta podría ser amable. Ignorarte de la manera más olímpica sería uno de mis mayores placeres. Eso sí... Si te atropellaran saliendo del hospital y te viera tirado en el pavimento, pues creo que llamaría a alguien para que te ayudara.
Ramón.— (Esboza una sonrisa) Yo no te ayudaría. Me iría caminando muy despacio.
Xavier.— (Se da cuenta del sorprendente gesto de Ramón y se contagia) De acuerdo. Hay que establecer la más sana y absoluta distancia.

EN LOS ÚLTIMOS DIÁLOGOS LA TENSIÓN SE HA IDO RELAJANDO. RAMÓN Y XAVIER SE QUEDAN VIENDO FIJAMENTE Y SONRÍEN. LA SONRISA DE RAMÓN ES INUSUAL. SE NOTA QUE NO ESTÁ ACOSTUMBRADO ES CASI COMO UNA MUECA. EL RESIDENTE ENTRA EN EL CONSULTORIO Y SE RÍE CON ELLOS.
OSCURO



II.6
INMA Y EL SUEÑO DEL DOCTOR LAVÍN


AL ENCENDERSE LA LUZ VEMOS AL DOCTOR LAVÍN SOLO. PONE UNA GRABADORA CON SONIDOS TRANQUILIZANTES, TAI CHÍ, O SIMILAR. TIENE UNA ACTITUD DISTINTA A LA QUE HASTA EL MOMENTO HA MOSTRADO. SE QUITA LOS ZAPATOS Y TRATA DE RELAJARSE. LA ESCENA REFLEJA MUCHA TRANQUILIDAD, O AL MENOS LA BÚSQUEDA DE UN MOMENTO DE PAZ. EL DOCTOR, CANSADO, EN VEZ DE RELAJARSE SE QUEDA DORMIDO. EN SU SUEÑO LA MÚSICA ORIENTAL SE CONFUNDE CON UNA MÚSICA DE JAZZ MUY SENSUAL. ENTRA INMA, CON UN VESTIDO AJUSTADO Y SE PARA JUNTO AL DOCTOR.
INMA.— (es otra Inma. Es sensual, perversa) Así es, doctor Enrique. Doctor Lavín. Mi historia comenzó en una cama llena de semen y orines. Aprendí pronto a sentir la piel de mi hermano cerca de mi piel. Sentía sus muslos cerca de los míos. Su mano se deslizaba por mis senos, se acercaba a mi boca, se metía en mi boca. Mi hermano se metía en mi cama, metía sus dedos en mi boca, metía su lengua dentro de mí. (transición, con asco) mí padre también. Con él era otra cosa. Me repugnaba. Desde niña me llamaba para bajarse la bragueta, me enseñaba su... Miembro rojo, maloliente, lo acercaba a mi cara. Lo acercaba. Yo... (pausa) mi madre se hacía la desentendida. Yo sé que se daba cuenta de todo. Después de que lo hacía conmigo yo no podía yo imaginar a mi madre acostándose con él, con mi padre. No puedo entender que fuera tan sucio. Ahora mi madre coquetea con mi esposo. Creo que se entienden, que se han acostado. El otro día los encontré solos, sudorosos. Mi madre no podía verme a los ojos. Mi esposo tampoco. Mi esposo me recuerda a mi hermano. Era tan bello. Nunca he vuelto a estar con alguien con tanta fuerza, con una piel tan suave, tan cálida, Enrique, tan suave, doctor. ¡Doctor!



II.7
INMA Y LOS OTROS


OSCURO. LA ESCENA SE VA ILUMINANDO POCO A POCO. EL DOCTOR SE PONE LOS ZAPATOS. SE VA REINCORPORANDO A UNA REALIDAD COTIDIANA. INMA SE CAMBIA EL VESTIDO AJUSTADO POR EL DE SIEMPRE. LA REALIDAD DEL CONSULTORIO LLEGA PAULATINAMENTE. INMA SE ENCUENTRA EN UNA EXPOSICIÓN DE SUS PROBLEMAS. LO ÚNICO QUE PERMANECE ES LA GRABADORA DEL DOCTOR CON SONIDOS AMBIENTALES.

INMA.— Mis padres no hablaban de sexo, no hablaban de nada. Éramos como una de esas familias encerradas donde todo estaba prohibido. Cuando salí de mi casa conocí a mi marido. Es taxista. Es drogadicto. Es alcohólico. Yo no odio a mi marido. Y debería hacerlo. No quiero tener sexo con él. No soporto ya tenerlo cerca. La verdad, nunca me ha gustado el sexo. Me parece sucio, no lo soporto. Estoy cansada de mantener a mi esposo. Mis padres me decían que el sexo era malo. Desde que encontró a mis hermanos besándose debajo de las sábanas dejó de hablarnos a todos. Teníamos prohibido hablar. Yo no sé como no estoy peor de lo que estoy. A nadie le da gusto ahora acordarse. Mi hermano está bien ahora. El sí está bien. Nos hemos visto. Nos acordamos. Con mi hermano siempre tuve una buena relación. Odia a mi padre. No puede verlo. Nadie lo tolera. A mí me parece que desde siempre me trataron mal. Yo trato mal ahora a mi hija. No la puedo besar, no la toco. Me desespera que quiera que le dé un beso, no puedo, no me sale.

VA DISMINUYENDO LA LUZ HASTA QUE LA VOZ DE INMA SE ESCUCHA COMO UN MURMULLO. AUMENTA EL VOLUMEN DE UNA MÚSICA EXTRAÑA.
ENTRAN A ESCENA EL DOCTOR GÁLVEZ Y LOS PACIENTES CON MEDIAS MÁSCARAS QUE REFLEJAN SUS DIFERENTES CONFLICTOS. LYDIA, RAMÓN, XAVIER, INMA Y RENATA. EL DOCTOR LAVIN TRATA DE PONER ATENCIÓN A TODOS.

Ramón.— No me gusta ser el ogro de mi casa. Me gustaría poder llevar a mi hijo al parque. Me gustaría poderle decir te quiero, abrazarlo, quererlo. No sé por qué siempre tengo que ser el padre serio que lo regaña. ¿Por qué no puedo darle un beso?
Inma.— No sé que me pasa, pero no puedo controlar mi llanto. Estoy segura de que cuando era niña tuve muy malos ratos. Me violaron. Extraño a mi hermano. Él sí pudo salir adelante. Ahora, cuando nos vemos apenas si podemos hablar. No podemos vernos a los ojos, pero nos queremos.
Lydia.— Yo no puedo reír. Podía sonreír. Antes. Tengo cuarenta y cuatro años y ya no puedo reír. Odio a los que ríen. Odio las bromas.
Ramón.— A mí me parece que ustedes los médicos no tienen ninguna consideración. Según ustedes somos sólo un puñado de enfermos que les viene a quitar su valioso tiempo. No somos ganado. No somos animales. No tenemos la culpa de que el sistema de salud esté saturado. No deberían referirse a nosotros como el zoológico.
Xavier.— Me gustan los espejos. Los espejos son los otros. No sé si los doctores puedan curarme o no. Lo que sí sé es que ellos no son responsables de mi vida. Puedo muy bien hablar de los problemas de otros. Los entiendo y hasta tengo la solución a algunos de ellos. Pero de mis problemas no sé hablar. Para salir adelante decía alguien no hay sino tres caminos: La sabiduría, la devoción y las obras. La creación, el conocimiento, el espíritu.
Ramón.— Venimos a sentirnos mejor, pero cada quien va a lo suyo. El sistema de salud apesta. El país apesta. A nadie le importa la vida del otro. Sólo hay soluciones individuales aunque vengamos aquí, a compartir nuestros problemas. No todos podremos salir del agujero, solo algunos. Tampoco podemos ser tan hijos de la chingada que le demos de patadas al vecino para que se caiga. Nos jode el vecino. Nos jode la presencia del vecino que es tan odioso, tan diferente a mí.
Renata.— Juro que no morí.
Inma.— Nos escuchamos, escuchamos al que sufre igual que nosotros. Nos entregamos. Somos sinceros, nos desnudamos y aprendemos de lo que dicen los demás.
Renata.— Todavía sigo viva. No morí.
Lydia.— Pero y qué hacemos con el dolor, qué hacemos con las piernas que ya no responden, con el dolor de cabeza que no se acaba, con el latir de sangre en el cerebro, con el miedo a una segunda embolia, o a un infarto, con el dolor de vivir cada día esperando que llegue una muerte instantánea como fotografía, una luz rasante que nos borre. Una luz definitiva.
Renata.— No me morí. Soy la seca, como piedra volcánica, la que no da afecto, la que se siente indefensa si tiene que dar un abrazo o una palabra tierna o un cariño. La que tiene que ser dura y seca como piedra volcánica. Yo odio a mi madre, no quiero convertirme en mi madre. Antes muerta.
Lydia.— Antes muerta.
Oscuro

III.1


EL DOCTOR LAVÍN

EN LA CÁTEDRA ALGUNOS MESES DESPUÉS.
FRENTE A ÉL SÓLO ESTÁN XAVIER E INMA. COMO ALUMNOS. EL DOCTOR GÁLVEZ Y EL RESIDENTE ESTÁN DE PIE COMO SUBORDINADOS AL DOCTOR LAVÍN QUIEN SE MUESTRA ENTREGADO A SUS RAZONAMIENTOS Y EMOCIONES.


Doctor Lavín.— Nada más sencillo que dar explicaciones a los hechos. ¿Quién es lo bastante sabio como para entender lo que pasó? Se veía venir, dirían algunos. No era sino cuestión de esperar a que se entregaran las medicinas adecuadas. Los cuadros depresivos y las enfermedades psiquiátricas de todo tipo ya estaban dados. Nadie puede pensar que las muertes hayan sucedido por causas diferentes a una decisión clara de abandonar este mundo. Los laboratorios se niegan a aceptar responsabilidad alguna. Tanto Lydia, como Renata murieron por una sobredosis. Tomaron sus medicamentos, nadie pone en duda eso. Las medicinas no son potencialmente peligrosos. Existe la teoría de que se equivocaron en la dosis y en la utilización de otros fármacos. Es lo más probable..
En nuestro hospital nunca hemos dado más que medicinas reconocidas, probadas. Por lo pronto tenemos que establecer que las muertes de nuestras amigas son una señal para que nosotros salgamos adelante. Las llamo nuestras amigas, sí, porque nos enseñaron a vivir, a los que aún quedamos y estamos para contarlo. Ramón y Xavier han sido dados de alta. Han logrado identificar sus problemas y toman sus medicamentos con responsabilidad.
Debo anunciarles que yo por lo pronto, por lo menos en los próximos cinco años, quedaré fuera de este nosocomio. A cargo de la terapia estará Julio, el que era médico residente. Él ha demostrado ser más que una promesa, una realidad. Deja de ser residente para convertirse en el Psiquiatra a cargo de esta sección.
En cuanto al doctor Gálvez, seguirá en el área de apoyo, será como siempre un adjunto admirable, que como saben se ha entregado por más de veinticinco años a su profesión con buen ánimo, con profesionalismo, con devoción.
Cambio de luz. Xavier está en sesión privada con Julio, el antiguo residente, ahora psicoanalista y psiquiatra reconocido.
Xavier.― Soy un sobreviviente, Julio. ¿Te puedo llamar así?
Doctor Julio.― Llámame doctor. Doctor Julio si quieres. ¿Por qué eres un sobreviviente.
Xavier.― Murieron mis amigos. Muchos amigos, o más que muchos, mis mejores amigos. Raúl, Luis Pablo, Héctor, Sergio... Murieron hace ya más de diez años, por el virus que antes decían que era el castigo contra los homosexuales. Yo sobrevivo. Yo nunca me contagié... de sida. Nunca me he sentido culpable por seguir aquí, como no se deberían sentir culpables los que han muerto por cáncer o por diabetes. Pero sí que me siento solo, sin ellos.
Ahora soy sobreviviente de unas suicidas. Nunca las pude ver sino como casos peores que el mío, quien solo tenía depresión y parestesia... Hormigas en la piel, le llamo yo. Ahora estoy bien, gracias a la ciencia. Pero no gracias a que haya comprendido nada. Me queda el peso de ser sobreviviente. Para algo ha de ser, ¿no doctor?
Doctor Julio.― Eres una voz que reflexiona.
Xavier.― Sí. Ramón y yo, tan diferentes, somos iguales en eso. Somos los que quedamos. Los dos estamos vivos. ¿Para qué? Para estar con los ojos bien abiertos. Para no echarle la culpa a nadie. Porque sabe, doctor. Lo que más me queda claro, después de tanto reflexionar, después de ver a tanto ser indefenso y sufriente es que la culpa no debería existir, y tampoco, y mucho menos... Echarle la culpa de nuestros problemas o desgracias a los demás. Nosotros. Yo. Yo soy el único que tiene responsabilidad sobre mi propia vida, sobre mi propio destino. Eso me hace libre. Eso me hace estar en paz.
Doctor Julio.― Muy bien. Aunque de todos modos hay mucho trabajo por hacer.
Xavier.― Así es mi querido Julio, mi querido Doctor. Tengo mucho trabajo que hacer. Mucho trabajo. Gracias, Doctor.
Oscuro final.



México, Distrito Federal, 2007
® Benjamín Gavarre
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Unidad Habitacional Lupita, de Benjamín Gavarre


Unidad habitacional Lupita

 de Benjamín GAVARRE

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PELOS VERDES

Ernesto— ¡Un pelo en la sopa! ¿Hay algo peor que un pelo en la sopa? ¿Alguien me puede decir? ¿Una mosca en la sopa? ¿Una cucaracha en la sopa? Nada de eso. ¡No! Escuchen: ¡un pelo VERDE!... Nada menos... Un pelo verde que formaba parte de la enorme cabezota de mi hermano Rodrigo.
¿Quieren verlo?
No, al pelo no. A mi hermano.
¡Es éste!
(Entra a escena Rodrigo y se sienta a comer. Trae el pelo pintado de verde. Se sienta y comienza a enrollar tortillas a las que engulle metódicamente.)
Y ella..., es mi mamá.
(Vemos a la mamá de Rodrigo con un plato de sopa. El plato está casi desbordándose y doña Lety camina despacio mirando que no se le caiga el contenido. Pone la sopa delante de Rodrigo y luego se sienta frente a él. Es en ese momento en que grita sorprendida al ver el nuevo look de “Rodris”).

Doña Lety.—  ¡Pero qué te pasó!

Rodrigo.—  ¡Bájale, Ma!

Doña Lety.—  Ay, Rodris. ¡No puede ser!, ¿pero quién te dejó así?

Rodrigo.—  ¡Ma!... No me digas Rodris. Si quieres miéntamela, pero no me digas así. Ya sabes que me car...ga.

Doña Lety.—  No empieces con tus peladeces.

Rodrigo.—  Carrrga...

Doña Lety.—   ¡Qué bárbaro!, ¡pero qué bárbaro! ¡Pero si te ves espantoso M’hijo!, ¡pareces teporocho de Tlatelolco!, ¡malviviente de la Morelos! ¡vago de la Unidad Santa Fe! ¿Qué digo?, ¡pareces diputado del verde ecologista!

Rodrigo.—  Ya... Suave, Ma. Sin ofender.

Ernesto.—  (Al público) Como se dan cuenta a mi Má no le gustó nadita el nuevo look de Rodris.
No... Y espérense... Si a doña Lety no le gustó el nuevo look de marciano de mi brother... No quiero ver lo que suceda cuando llegue Rigo... Quiero decir Don Rigo... Rigoberto. ¡Rigoberto Fermín! Bueno, ¿qué? Así se llama mi papá.

Entra a escena don Rigoberto Fermín. Viste como en los años setenta con un traje de poliéster muy formal. Doña Lety y Ernesto llegan a ayudarlo a quitarse el saco y a que se siente en un sillón. Le quitan los zapatos y le echan aire. Tienen el evidente propósito de que Don Rigo no vea a su hijo Rodrigo.

Don Rigo.—  ¡Ah familia!, ¡qué felicidad poder llegar al hogar de uno! ¡Llegar a descansar a donde a uno lo quieren!  ¡Sentarse con los seres queridos que lo respetan a uno! ¡No saben! ¡No saben!... (transición; se enfurece) Acabo de tener un encontronazo, un choque, un verdadero problemón con estos chamacos chamagosos de las canchas. Esos que se ponen aretes en las orejas —como las niñas—.  Se ponen aretes en las narices —como los salvajes—. Se ponen aretes en las cejas... ¡Como mi hijo! ¡Como Rodrigo! ¿Se acuerdan? Tuve que quitarle el arete a golpe... de sabios consejos. Tuve que convencer a Rodris con toda la elocuencia de mis palabras. Le hice ver que él no era un baquetón, haragán, zángano malviviente como estos chamagosos chamacos de las canchas. Rodrigo no rompe los focos de los andadores, no rompe los vidrios de los departamentos, no rompe los cristales de los autos, no se roba los espejos retrovisores, no se orina en las coladeras de la unidad, no tira basura en las coladeras de la unidad, ¡no! El sólo se puso un arete en la ceja, un arete en la ceja... ¡Nada más me acuerdo y me da más coraje!

Doña Lety.—  ¿Te peleaste con los muchachos chamagosos de las canchas?

Ernesto.—  Los frutilupis, Ma. (Germán va hacia la mesa y le pone una cachucha a Rodrigo). (Se dirige al público) Los frutilupis son unos chavos que tienen tomadas las canchas. A mí no me gusta mucho jugar futbol, pero si me gustara no podría hacerlo. Es más, aquí en la unidad nadie puede jugar, ni canicas, sin que los frutilupis lleguen a molestar.

Don Rigo.—  Los frutitontos, sí. Estaban con dos perros de pelea. Decían que iban a cobrar para que los viéramos pelear. Les dije hasta de lo que se iban a morir. Los amenacé con mandarles a Protección Civil si se les ocurría lastimar a los pobres animales.

Doña Lety.—  ¿Y te hicieron caso?

Don Rigo.—  Psé. Bueno. Me querían... hacer correr un poco cuando me amenazaron con soltar a uno de sus perros. Yo me vine caminando despacio como sin nada, ya saben. Ni a los perros ni a los frutilupis malvivientes chamagosos, mugrosos, apestosos hay que demostrarles miedo. Casi me quitaron el hambre, desgraciados.

Ernesto.—  ¿Y lo lograron? Digo, si te la quitaron... ¿El hambre? ¿A ti?

Don Rigo.—  Dije casi, dije casi. ¿Qué? ¿A poco ya comieron?... ¿Y no me  esperaron, canallas? (Al ver a Rodrigo de espaldas) Ah, pero si tenemos visitas... Y las visitas eso sí, que coman solas. ¿Quién es?. (A Ernesto) Es amigo tuyo?... (Ernesto no contesta. Doña Lety está petrificada.) Hola muchacho, no te han dicho en tu casa que uno no debe sentarse a la mesa con cachucha.

Rodrigo.—   (Se quita la cachucha) ¡Quihubas, jefe!

Don Rigo.—  ¡Mujer!

Doña Lety.—  ¿Qué?

Don Rigo.—  Tráeme una navaja.

Doña Lety.—  No seas bruto, Rigo. No es para tanto.

Don Rigo.—  Y tú no seas ridícula, mujer; no lo voy a matar; solamente le voy a rasurar la cabeza. ¡Tráeme las tijeras, tráeme una navaja! Ernesto, ve por el cuchillo! (Doña Lety da vueltas por todas partes sin saber qué instrumento buscar.) Ernesto mira al público como pidiendo disculpas por la actitud de su familia. Doña Lety, finalmente saca de un baúl unas enormes tijeras para cortar pollo. Rodrigo salta horrorizado encima de la mesa.

Rodrigo.—  Ni se atrevan, ni se les ocurra, ni lo piensen. Ya tengo dieciséis años. Sé lo que quiero hacer de mi vida. Soy libre y conozco mis derechos humanos.

Don Rigo.—  No te va a doler. Te voy a prestar de mi espuma para rasurar. Tiene olor a menta.

Rodrigo.—  Tú me tocas un pelo y será lo último que hagas.

Don Rigo.—  No le hables así a tu padre. No me hables así.

Rodrigo.—  Humano, respeta mis derechos...

Don Rigo.—  Está bien, de acuerdo,  pero no te voy a dar ni un quinto para salir con tus cuates.

Rodrigo.—  Chido. Me vale.

Don Rigo.—  No te voy a dejar salir los fines de semana. Ah, y olvídate del viaje a Tampico con tus primos.

Rodrigo.—   (A quien empieza a dolerle el castigo). Chido... Me vale.

Don Rigo.—  Y pensaba acompañarte a la Delegación para sacar tu permiso de manejo... Y pensaba prestarte mi coche... Ése que iba a ser tuyo cuando cumplieras dieciocho años... Pero... No. Está bien: no te voy a tocar un solo pelo.

Rodrigo.—  Tú ganas, Satanás. Presta la espuma; yo me la pongo.

Rodrigo se pone la espuma y Don Rigo y Doña Lety lo tratan de peinar con los dedos.

Don Rigo.—  Tú tienes la culpa de lo que te pasa. No entiendo por qué no eres como Ernestito. Tan responsable, tan serio, tan callado, tan...

Rodrigo.—  Tan cerebrito, tan  geniecito, tan Nerdecito, verdad, Nerdesto.

Ernesto.—  Yo no soy un tarado como tú. (Al público) Ya saben, siempre hay un pelo en la sopa. Y ése, es mi hermano. Un pelo verde en este caso.

Doña Lety.—  Ya sé. Lo podemos llevar con Estelita que tiene su salón de belleza en la sala de su depa, aquí como a seis edificios.

Ernesto.—  Sí, le hace falta manicure, Ma. Quiere pintarse las uñas de negro, como los frutilupis.

Rodrigo.—  ¡Qué te pasa Nerdito?  ¡Cóomo se te ocurre, Jefa?

Don Rigo.—  Sí, cómo se te ocurre, mujer. De por sí ya se pinta el pelo de verde... Luego se va a querer hacer permanente.

Doña Lety.—  Que se lo tiñan de castaño oscuro. (A Rodrigo) Además, Estelita, mientras te arregla, te pone la tele y te ofrece pan y chocolate.

Rodrigo.—  (irónico) Suena genial, Jefa.

Don Rigo.—  Ya se me antojó eso del chocolate con pan. ¿Oye, y si me corta el pelo a mí también? ¿Cómo ves?

Doña Lety.—  Tú, mi vida, tienes que regresar a trabajar.

Don Rigo.—  Tengo. Ya sé. Además me veo bien así con el pelo corto. (ante la mirada elocuente de doña Lety). Los acompaño con Estelita.

Doña Lety.—  No, tú quédate a comer. (Va a la cocina y entra con un plato sopero y un virote de pan) Aquí tienes tu sopa de fideo calientita.

Don Rigo.—  (les ofrece un enorme paraguas que está en un perchero) Llévense el paraguas porque parece que va a caer un aguacero. (comienza a llover con fuerza.) ¿Ya ven?

Doña Lety.—  Estelita vive aquí cerquita.

Don Rigo.—  Sí, pero ya se hizo de noche y no hay luz en los andadores. Rompieron todos los focos.

Doña Lety.—  Tú no te preocupes.

Don Rigo.—  Tengan cuidado con las coladeras porque siempre están tapadas y  cuando llueve se sale el agua sucia.

Rodrigo.—  Y hay perros con rabia, Jefa. Y ya sabes que como la gente no recoge su caca, la de los perros, jefa. Y además hay cucarachas, muchas cucarachas. Y además hay agujeros en el pavimento. No hay que ir, jefa.

Doña Lety.—  (Toma el paraguas y lleva a Rodrigo a la fuerza) Vámonos.

Salen.

Don Rigo se recompone la corbata y se sienta a comer. 

Ernesto.—  (Al público, pero contesta don Rigo) Hay que ver las coosas en las que se mete mi hermanito.

Don Rigo.—  Ajá.

Ernesto.—  (Mismo juego) La verdad no sé cómo podemos ser tan diferentes.

Don Rigo.—  Mhjú.

Ernesto.—  Él podrá decirme bobo, o nerd, o cerebrito. El caso es que a mí no me gusta meterme en problemas.

Don Rigo.—  Mno... Mnunca.

Ernesto.—   Y Rodrigo es un experto en complicarse la vida. Eso sí, para eso le echa muchas ganas, ¿verdad, papá?

Tocan a la puerta. Don Rigo se termina su sopa y va a abrir

Don Rigo.—  Ya regresaron. Ya viste. Les dije que no se salieran del edificio con esta lluvia, pero no entienden.


ABUELA A DOMICILIO

Entra, empapada, la Abuela Lupita. Es una anciana pero viste “al estilo psicodélico” de los 60. Trae una enorme maleta de cuero. 

Don Rigo.—  ¿Sí, dígame?

Abus Lupita.—  ¡Soy yo! ¿No me reconocen? ¡Soy la abuela!

Don Rigo.—  (Sorprendido) ¡La abuela! (a Ernesto, en aparte) ¿Tu abuela?... No puede ser. Tu mamá siempre dijo que su mamá se... Se había muerto.

Ernesto.—  Y tampoco es tu mamá, ¿verdad? Digo, ella vive en Chicago con mis tío Polo y Chucho. Entonces es la mamá de mamá.

Don Rigo.—  Pásele suegrita. Qué gusto de verla... No se moleste, pero yo siempre pensé que mi mujer era huerfanita. ¿Y pues que usted estaba muerta, verdad?

Abus Lupita.—  Mira m’hijito. No tengo tiempo de discutir si estoy viva o muerta, pero me estoy empapando, y si sigo aquí me voy a encoger, o, de a de veras, me voy a morir. Así que compermiso.

Sin esperar invitación Abus Lupita entra y se va a sentar a la mesa. Ernesto le da una toalla y ella mientras se seca toma un pedazo del virote de pan que está en la mesa y comienza a mordisquearlo.

Abus.—  Después de tantos años me esperaba un recibimiento diferente. (Se sirve un vaso refresco) ¡Ah, pero qué aguados son ustedes! ¡pero qué fúnebres! No estoy muerta, no.

Don Rigo.—  (se lleva las manos a la cabeza) Primero mi hijo se pinta el pelo como si fuera Brozo, el payaso. Luego, me llega una suegra de debajo de las piedras y se come mi pan... Y además ¡se toma mi refresco!  Comunícame con tu mamá.

Ernesto.—  (Toma el teléfono y marca un número en el que evidentemente no contestan).  (Sin dejar de tomar el auricular se dirige al público). Yo estuve marque que te marque que te marque a la casa de Estelita, pero nada. Ocupado y ocupado. Mi papá, como tenía que irse a trabajar, me dejó con el encargo de explicarle a mi mamá y me dejó con la abuela.

Don Rigo.—  (Toma su portafolio, se pone el saco y la corbata y le ‘trata’ de dar instrucciones a su hijo, antes de salir.) Bueno, entonces... Tú te encargas de todo. Ya me voy.

 Abus Lupita se pone a limpiar la mesa y después pone una maleta donde busca como si la maleta no tuviera fondo. Ernesto se acerca intrigado al ver que Abus casi desaparece en el fondo de su maleta.

Ernesto.—  ¡Oiga, señora!

Abus Lupita.—  Abuela, por favor. Puedes decirme Abus, si quieres. (Saca un balón de fútbol de la maleta y se lo entrega sonriente al confundido Ernesto). Esto, mi querido nieto, es para ti. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ernesto.—  (Al público). Dice que soy su nieto y no se sabe ni mi nombre. ¡No estará medio chiflis? (Hace la señal de que su abuela está loca). Me llamo Ernesto, señora.

Abus Lupita.—  Abus, dime Abus. O si no te gusta dime  abuela, pero nada de señora.

Ernesto.—  Abus. Gracias por el balón, pero a mí no se me da mucho el futbol. Además, aunque me gustara, aquí en la Unidad es imposible. Tienen tomadas las canchas.

Abus Lupita.—  ¡Quiénes?

Ernesto.—  Unos delincuentes. Bueno, eso dice mi papá. La verdad, son unos vecinos a los que les encanta andar de vagos, señora. 

Abus Lupita.—  ¡Que no me digas señora! ¡Y no me hables de usted que me haces sentir vieja!... A ver, dame un beso.

Ernesto.—  ¡Yo? (se queda horrorizado ante la idea de besar a su supuesta abuela. Tocan a la puerta, y se escucha la voz de doña Lety que no trae llaves. Ernesto se dirige al público) ¡Me salvó la campana!

Entran doña Lety y Rodrigo. Este último lo primero que hace es peinarse con gel su cabello con un pequeño espejo. Trae en la cabeza algo parecido a un peinado de punk, medio color naranja, café y el verde que no se alcanzó a cubrir. Desesperado por que su peinado no le queda, se encierra en el baño.

Doña Lety.—  No te atrevas a decirle nada a Rodris porque está muy malito de sus nervios. (Ante la presencia de Abus Lupita) ¿Y usted quién es?

Ernesto.—  Es mi abuelita.

Doña Lety.—  ¡No!... ¿Sí!???  ¿Tu abuelita?.... Suegrita, pero cómo ha cambiado. Sí, la veo muy cambiada... ¿Qué no estaba usted en Chicago?

Ernesto.—  Es tu mamá.

Doña Lety.—  Cómo se te ocurre, mi mami está en el cielo.

En ese momento llega don Rigo.

Don Rigo. —  ¡Hey, familia! ¡Ya llegué! Suegrita cómo le va.

Abus Lupita.—  (A  doña Lety) Te traje un regalito.

Doña Lety.— ¿Para mí? ¡Suegrita no se hubiera molestado!

Ernesto.—  No es tu suegra, má. Es tu madre.

Abus Lupita le entrega una canasta de frutas. Doña Lety lo recibe feliz sin escuchar a Ernesto.

Don Rigo.—  Frutas, pero qué maravilla.

Doña Lety.—  Pero qué bonitas. Y deben saber deliciosas. Y me las voy a comer yo sola, suegrita.

Ernesto.— Mamá, escucha: que no es tu suegra.

Doña Lety.—  Cómo que no. ¿Entonces quién es?

Don Rigo.—  ¡Y qué para mí no hay ningún regalo?

Abus Lupita.—  No creas que te me olvidaste. Te traje un hermoso portafolios.

Don Rigo.—  Gracias, suegrita.

Ernesto.—  (Se acerca a su papá y le dice en aparte) No es tu suegra tampoco. Y no es la suegra de mamá. Es una vieja loca.

Don Rigo.—  (Quién siempre ignora a su hijo)  ¡Mira qué bonito portafolios!

Abus Lupita.—  Bueno, mis niños. Yo, como podrán imaginar estoy muy cansada.

Doña Lety.—  ¡Ya se quiere dormir, suegrita? Ay, qué pena, no tenemos dónde ponerla. Digo, no tenemos cuarto para las visitas.

Ernesto.—  No es tu suegra, má. Es tu mamá.

Doña Lety.—  ¿Estás borracho? Mi mamá está en el cielo, niño. (A Abus) ¡Qué niño! (A Ernesto) Lo siento mucho, Ernesto, pero tu abuelita va a tener que quedarse en tu recámara.

Ernesto.—  ¡Qué!, Ni se te ocurra. ¿Y por qué no se queda en la cama de Rodrigo? Además, ya te dije que no es tu suegra. Tampoco es la suegra de papá. ¡Por qué no me escuchan?!!!

Abus Lupita.—  No hay problema, no se preocupen que yo siempre vengo preparada. (Saca un sleeping bag muy hippiteco y sin más se mete con el en una recámara). Buenas noches...

Ernesto.—  ¡Se metió a mi recámara!

Doña Lety.—  Ahí se va a quedar. Y se va a dormir en el suelo, pobrecita. Si fueras un poco más caballeroso te dormirías tú en el eslipin y le dejarías tu cama. (Transición) Bueno. Pues yo también me voy a dormir porque estoy muy cansada. (A don Rigo) ¡Vienes, mi vida?

Don Rigo.—  Sí, Vámonos a dormir. Nada más voy a la cocina a cenar algo y luego te alcanzo.

Doña Lety.—  ¡Buenas noches!

Ernesto se queda solo y habla con el público.

Ernesto.—  El caso es que mi abuela se quedó a dormir en la casa. Y para acabarla de empeorar... en mi cuarto. Algo muy raro estaba pasando aquí. Y para todo esto, Rodrigo no pensaba más que en su tratar de arreglar su nuevo corte de cabello.

Rodrigo.—  (Sale del baño y se sigue arreglando y  mirando su corte en un pequeño espejo) (Ante la cercanía de su hermano.) ¡Nada más que se te ocurra burlarte! ¡Tú nada más atrévete y vas a ver cómo te va!

Ernesto.— No, espérate. Es de mi abuela que te quiero hablar.

Rodrigo.—  ¿Cuál abuela?

Ernesto.—  (Lo engaña para que se preocupe) Se va a quedar en tu cuarto. Tenemos que hacer algo.

Rodrigo.—  (Por primera vez pone atención a algo que no sea su cabello. Se trata, supuestamente, de su cuarto).  Cómo crees, ¡por qué!

Ernesto.—  Está todo muy raro. Papá no la conoce, ni tampoco mamá. Qué tal si es una ladrona.

Rodrigo.—  (ante la idea de que algo emocionante pase en su casa) ¡Qué buena onda! (Pero reflexiona) ¡Y qué nos iba a querer robar a nosotros! ¿El radio, la tele? (Reflexiona) Bueno, eso sería terrible.

Ernesto.—  Quién sabe, a lo mejor resulta que es la verdadera madre de papá, y la que él pensaba que era su madre, era en realidad su tía.

Rodrigo.—  ¡Qué buena onda!... (reflexiona) Pero, ¿y si no?... ¡Si nada más es una tía lejana que viene a pedir asilo?... ¿Si es nada más una prima segunda! ¡Y si es nada más una vieja que no tenía donde dormir y se vino aquí a quitarme mi cuarto?

Ernesto.—  (Al público) Mi hermano, que no es nada tonto aunque lo parezca, al final tuvo razón. Resultó que mi Abus Lupita, pues no era pariente de nadie...  (Se queda viendo a su hermano, y este al público, a quien le habla en esta ocasión.)

Rodrigo.—  (Al publico) No, no era pariente, pero era muy chida.

Ernesto.—  (Al público) La abuela llegó para quedarse. Se quedó en mi recámara. Y yo, pues me tuve que quedar con mi hermanito. Eso era sólo el principio de los cambios. Ella vino a transformar muchas más cosas.

Salen Ernesto y Rodrigo.
Luego, en otra escena, otra noche, los padres de Ernesto dan las buenas noches a Abus Lupita, a quien vemos entrar en una recámara, con todo y maleta. Segundos después, sale vestida con un camisón para dormir y un gorro —siempre muy psicodélicos— y se despide de todos, no sin antes darle una muy chida  chamarra de piel negra al sorprendidísimo Rodrigo.

Abus Lupita.—  Buenas noches a todos. Buenas noches mis nietos. Ustedes, son mi verdadera familia.

La familia se queda de pie tras la puerta. Inmediatamente después de que Abus Lupita se “fue a dormir” se escuchan fuertes ronquidos. Todos abandonan el escenario.




MÁS RARA QUE UN PERRO AZUL

Han pasado algunos días.
Se escucha con gran intensidad una rola de Led Zeppelín o algo similar. La abuela  Lupita sale vestida a la usanza de los hippies de los 60 y arregla con entusiasmo la casa. La ayudan Ernesto y Rodrigo. Este último está feliz de ayudar a las labores de limpieza siempre y cuando haya música adecuada para hacerlo.
Ernesto se separa de la acción y trata de hablar al auditorio pero el sonido es tan alto que no lo hace sino hasta que le baja el volumen a la música. Abus Lupita y Ernesto se quedan congelados y luego siguen la acción en cámara lenta.

Ernesto.—  A mi abuela... aunque no lo fuera, todo terminamos por aceptarla...  Y eso que era “más rara que un perro azul”.
A principio, tratamos de buscar en toda la Unidad, a ver si alguien había extraviado a una tía, o a una abuela chiflada. Fuimos con el señor de la tiendita, que vendía todo lo que hacía falta desde la sala de su casa. Fuimos a la casa de doña Tolita, que vendía enchiladas suizas, de mole y verdes, para llevar. Nadie tenía idea. Recorrimos todos los edificios de la unidad, departamento por departamento. Fuimos a todas las casas. Bueno a casi todas porque a donde vivían los frutilupis, pues ni acercarse. Al final decidimos tomarle una foto a la abuela, la pegamos en un papel, le sacamos copias y la colocamos en todos lados. (Mientras dice eso, la abuela se sienta y Rodrigo le saca una foto) El anuncio decía: “Abuela perdida busca a su familia, Mayor información edificio H, departamento 502, los Santoyo”.
Como nadie respondió, pues decidimos quedarnos con ella. Eso sí, hay que decir que en realidad ella es la que se quedó con nosotros.

Ernesto va al aparato de música y se vuelve a escuchar una  muy prendida rola de Led Zeppelín. Sin embargo, la abuela y Rodrigo salen de escena muy serios.

NUEVO
ORDEN
FAMILIAR

Segundos después entran Ernesto y la Abuela muy  formales... y despliegan un letrero como si fuera un edicto. Ernesto y la abuela leen las nuevas disposiciones del régimen familiar. Don Rigo y Doña Lety llegan silenciosamente y se colocan al lado de las nuevas reglas. Doña Lety apenas puede cargar unas bolsas del mandado que no deja nunca en el suelo.

Abus Lupita.—  Tomando en cuenta las actitudes machistas, clasistas, reaccionarias y pequeñoburguesas que he observado en esta casa... y a partir del poder que me confieren, todavía, mi voluntad, mi memoria y mi entendimiento, he decidido presentar las siguientes normas para un Nuevo Orden Familiar.

Rodrigo aplaude. Don Rigo y doña Lety se miran sin poder creerlo y sin entender mucho del asunto.

Abus Lupita.—  (lee algunas de las normas) Los lunes le toca lavar los trastos al hombre más viejo de esta casa.

Rodrigo.—   ¡Bravo!

Don Rigo voltea a todos lados, apesadumbrado; y luego, enojado, se da cuenta de que él es quien lavará los trastos.

Abus Lupita.—  Los martes, el hombre de más edad en esta casa hará la comida.

Rodrigo.—  ¡Bravo!

Abus Lupita.—  Los miércoles los más pequeños de esta casa lavarán el baño, sacudirán los tapetes y barrerán y trapearán los pisos. Los jueves y los viernes, los hombres que vivan en esta casa lavaran la ropa, harán la comida y lavarán los trastes.

Rodrigo.—  ¿Los hombres? 

Don Rigo.—  Pero los hombres jóvenes, Rodrigo. Tú y Ernesto.

Abus.—  Bueno, y los fines de semana, podemos las mujeres de esta casa encargarnos de todo.

Don Rigo.—  Ah, ¿y por qué ustedes nada más los fines de semana?

Abus Lupita.—  Para equilibrar, chato. Las mujeres estamos encargadas de hacer todo, todos los días. Ya después habrá nuevos horarios, no te preocupes.

Don Rigo.—  Bueno, pues así, sí. (A doña Lety) Debe de ser comunista. Pero te aseguro una cosa. La vieja no va a quedarse aquí ni un solo día más. Estoy furioso, no la aguanto. La voy a correr ahora mismo. Ni pariente es, mugre vieja.

Doña Lety.—  Pero viéndolo bien, cariño... No me parece mala idea lo del calendario. Si todos ayudamos un poco en la casa todo se haría mejor y más rápido, y tendríamos tiempo de ir al cine, o de pasar más rato tú y yo solitos...

Don Rigo.—  ¡Tú crees?

Doña Lety.—  Pues, sí... ¡No te parece buena idea?

Don Rigo.—  No. No me parece buena idea. (A la abuela) Nadie le pidió que nos viniera a organizar la vida. Así que le voy a pedir que se lleve sus carteles y que se olvide de repartir las labores domésticas entre los hombres de esta casa. Las cosas seguirán como hasta ahora. Y san se acabo.

Abus Lupita.— (A don Rigo) Muy bien, ya entendí. (A doña Lety) No es justo que además de trabajar como él, seas la única que hace la limpieza. Debes defender tus derechos.

Rodrigo.— (se acerca a su madre y apoya a la abuela) Sí, no es justo Jefa. Uno debe defender las cosas en las que cree. (Se rasca un brazo en el que tiene una venda que hasta ahora no se ha quitado y debajo de la cual tiene un tatuaje de serpiente pintado con henna).

Doña Lety.—  A ver, a ver, a ver... Ya te dio a ti sarna, o ¿por qué te rascas?

Rodrigo.— ¡Cómo crees, Ma?  No es sarna... Es un regalo de la abuela. Sólo que no lo había querido enseñar, porque ustedes son los que parecen de la momiza...

Don Rigo.— ¿Cuál regalo? ¡Y a quién le llamas momiza? ¿Qué te regaló esta señora?

Abus Lupita.— ¡Le disparé un tatuaje! Pero no se preocupen es una serpiente de...

Don Rigo.— Ahora sí se va de aquí. ¿Cómo se atreve?

Abus Lupita.— Es un tatuaje temporal. Es de henna, se le va a quitar en una o dos semanas.

Don Rigo.—  ¡Una serpiente enroscada en una calavera! ¡Bueno!... Ya nos tenía fritos con la idea de que la carne roja, y el café y el azúcar refinada eran veneno puro. Ya nos tenía hasta aquí con sus prácticas de meditación y sus sonidos de loca: OMMMMM OMMMMM. Todavía se le ocurre venir a tratar establecer reglas en esta casa, y luego, hace que mi hijo se pinte en su brazo una serpiente del diablo. Usted es una enviada del mal. Es un demonio. ¡Está aquí para perjudicarnos!

Rodigo.— Bájale, papá. Ya, ahora sí te viste bien rucailo.

Doña Lety.—  No es para que te enojes, Rigoberto. Ten en cuenta que es una anciana que no le hace daño a nadie.

Don Rigo.— ¡No? ¡Y qué no te parece bastante lo que acabo de decir? Mire señora. Si usted se sigue metiendo con mi familia le voy a tener que pedir que se vaya de la casa.

Doña Lety.—  Cálmate. La vas a hacer llorar. (Lo lleva a una habitación fuera de escena, pero se escuchan sus voces). Ella sólo se preocupa por la familia. Sólo quiere que seamos felices.

Don Rigo.— Quiere destruirnos. Mira nada más cómo marcó a Rodris como si fuera una res. (Sale de la habitación y le grita a la abuela) Sí, usted. Ahorita mismo toma sus tiliches y se va.

Doña Lety.—  (Sale tras de él). Una semana nada más, ¿sí, mi vida? Y te prometo que vamos a dedicarnos a encontrar a su familia. Seguro vive aquí cerca en la Unidad. Pero como la abuela siempre está aquí encerrada... Déjala que salga, que le dé el sol, que se oree y ya verás cómo no habrá más problemas.

Don Rigo.— Está bien. Que se pasee por la Unidad. Pero que no se meta con mis hijos. Y nada de tatuajes. (A Rodrigo) Y te quitas esa serpiente.

Rodrigo.—  Pero papá. No seas cruel. En unas semanas se va a quitar.

Don Rigo.—  Te la voy a quitar con agua y jabón. Ven acá.

Rodrigo.— A ver... Alcánzame... Si puedes.

Salen corriendo del escenario. Detrás de ellos salen doña Lety, la Abuela y Rodrigo quien hace un gesto de complicidad con el publico.


LA LOCA DE LA BOLSA NEGRA

Vemos a la abuela Lupita caminando desenfrenadamente por un andador de la Unidad. Lleva arrastrando una enorme bolsa de plástico quizá negra evidentemente llena de basura. Tras de Abus Lupita van Rodrigo con un peinado muy punk y una pequeña bolsa de basura vacía. Más atrás viene el atribulado Ernesto, con una bolsa todavía más grande que la de la abuela.

Ernesto.—  Espérenme no sean gachos, ya alcé yo toda la basura que me dieron los niños del edificio G. Y tú, Ernesto, nada más recoges la basura de las chavas que te gustan y dejas que Abus y yo hagamos todo el trabajo.

Rodrigo.—  Y yo qué culpa tengo de que a mí las rorras me persigan hasta para darme su basura. Mientras la abuela se pasa regañando a las señoras que tiran cáscaras de naranja en el piso, yo aprovecho para entrevistar a las chicas guapas que tiran sus chicles en las coladeras.

Llegan a una esquina donde están como diez bolsas de basura.

Abus.—  Qué barbaridad. ¿Pero por qué la gente tira basura donde no va? ¡Qué falta de urbanidad! ¿Y se fijan?: estas bolsas son de una misma persona.

Ernesto.— Ya me saliste detectiva,  Abus.

Abus Lupita.— Son igualitas, ¿te fijas? Me dan ganas de escudriñar cada bolsita a ver si encuentro algún dato (nombre, dirección o teléfono) del mugroso que las tiró aquí.

Rodrigo.—  Uy, no se la acabaría. Pero yo la verdad no me atrevo a hurgar en la basura. Capaz que me sale un cocodrilo.

Abus.— Tienes razón. Vamos a llevarnos también estas bolsitas. Ah, pero si pesco al que las tiró... (Se dispone a recoger bolsas, pero algo a lo lejos llama su atención)  Mira nada más qué veo. Una señora está haciendo una fogata afuera de su casa. ¡Me va a oír!

Abus deja su bolsa en el suelo y camina furiosa a regañar a la vecina “que no vemos, pero imaginamos”. Rodrigo y Ernesto se quedan a cargo de levantar la basura que falta. Rodrigo, entusiasta, trata de meter todas las bolsitas en la bolsa grande que dejó Abus Lupita.

Ernesto.— (Ve la escena desde lejos)  Hay que reconocer que la abuela tiene mucha energía.

Rodrigo.— Es dinamita pura.

Ernesto.— El problema con la dinamita es que siempre causa problemas. Ya ves cómo se le pusieron el otro día los  dueños de los autos a los que Abus les puso letreros en sus parabrisas.

Rodrigo.—  Es que se pasaron de la raya. 

Ernesto.— Sí, ¡eso de adueñarse de las banquetas para estacionarse! No conocen límites. Empezaron poniendo piedras. Luego, hicieron unas jaulas como para pollos, pero en lugar de meter animales, pusieron ahí sus autos. Se sienten dueños de las áreas comunes.

Llegan Don Rigo y Doña Lety y se sorprenden de verlos recogiendo basura.

Don Rigo.—  Pero mira nada más qué bonito. No sabía que estaban trabajando en el servicio de limpia. ¿Por lo menos les pagan bien?

Rodrigo.—  Estamos concientizando a la gente, papá. Es que no entienden que debemos vivir en un lugar limpio.

Don Rigo.— ¡Concientizando!... ¿Dónde he escuchado eso? ¿Donde?... No serán las palabras de una anciana latosa que anda poniendo letreros por todas partes: ¡Mal estacionado! ¡No use las jardineras como basurero! ¡No permita que sus animales anden sin correa! ¡No lave sus ventanas a manguerazos! ¡No invada zonas prohibidas!... ¡Deberíamos prohibirle que saliera a la calle! Ya comenzaron a llegar a la casa quejas de los vecinos por culpa de la abuelita. Ah... pero mírenla aquí se acerca.

Doña Lety.—  ¡Y trae una cubeta! Nos va a poner a limpiar el piso, mejor vámonos.

Abus Lupita.— Son mis cosas y puedo hacer lo que quiera con ellas... Habrase visto.

Rodrigo.— ¿Qué tienes abuelita? ¡De qué hablas?

Doña Lety.— Ya acabó de enloquecer.

Abus Lupita.— ¡Son mis cosas y puedo hacer con ellas lo que quiera!... No me miren así, no estoy loca. Es lo que me dijo una vecina que estaba quemando sus revistas y periódicos afuera de su casa... Y todavía se enojó porque le arrojé una cubeta llena de agua... (Ante la mirada incrédula de todos) No a ella... No a la señora.  A la pira... ¡A la fogata que estaba haciendo!

Don Rigo.— ¿Y se le hace raro que se haya molestado?... Si usted aquí es la autoridad, ¿verdad? Usted es la que tiene que estar apagando fogatas, dándole de bolsazos a los señores, regañando a los niños...

Doña Lety.— Se han ido a quejar, Abuela. Qué no les importaba si era de nuestra familia o si era adoptada o robada o prestada. Que como vivía con nosotros, éramos responsables de usted y de las cosas que hiciera. Nuestro deber según los vecinos es hacerla entrar en razón. Detenerla.

Don Rigo.— Deje de meterse a donde no la llaman. ¿No se da cuenta de que los vecinos no pidieron que usted los ayudara?

Abus Lupita.— ¿No se dan cuenta de que viven en un muladar? Todo está sucio, todo está hecho un caos, nada funciona.

Doña Lety.—  Eso ya lo sabemos, pero no se puede cambiar a la gente.

Abus Lupita.— Claro que se puede. Es cuestión de ponernos de acuerdo; es por el bien de todos.

Don Rigo.— A usted no le corresponde cambiar nada. Y sin autoridad está cometiendo un delito al meterse con los demás.

Abus Lupita.— Muy bien. No se hable más. (A Rodrigo y Ernesto) Vámonos muchachos. (Refiriéndose a las bolsas de basura) Dejen eso ahí. Hoy... no vamos a meternos en asuntos que no nos corresponden. (Se va, pensativa)

Rodrigo.— Pero abuela. No podemos claudicar. ¡Abuela!

Don Rigo.— Claudi... qué...

Ernesto.— Claudicar, papá... Darse por vencido.

Don Rigo.— Yo tengo mucha hambre. Les invito unas tortas.





LOS SANTOYO, ADMINISTRADORES

En la sala de la casa de los Santoyo. Doña Lety, Don Rigo, Abus Lupita y Ernesto.

Ernesto.— (al Público) La abuela no se había dado por vencida... Todo lo contrario. Pasó toda la noche escribiendo una carta que pegó por la madrugada en cada puerta de los vecinos de la unidad. Uno de los más interesados en leer la cartita fue mi padre...

Don Rigo.—  (Lee una carta en voz alta) “Por medio de la presente se avisa que a partir de ahora, la familia Santoyo, del edificio H, departamento 102, será la que se hará cargo de la administración de la Unidad. Por lo que se solicita cooperación para el saneamiento de la misma”. Pero, ¡cómo se le ocurre decir que somos los administradores!

Abus.— Alguien tenía que hacerlo. Además, usted bien lo dijo. No teníamos autoridad. Ahora sí la tenemos. Y no le quitamos el puesto a nadie, pues no había administrador...

Doña Lety.— Es que nadie quería enfrentarse con la gente.

Don Rigo.— Sólo nos vamos a ganar más problemas.

Ernesto.— (Al público) Y así fue. Para empezar circularon los rumores de que estábamos pidiendo dinero porque de seguro queríamos hacer un fraude.

Don Rigo.— (A Abus) Ya vio lo que dicen de nosotros. Que somos unos vividores, unos rateros, que vamos a vivir a costillas de los demás.

Abus Lupia.— No se fije. Vamos a solucionar eso haciendo una lista de pendientes para todo lo que falta en la Unidad y con el costo aproximado de cada cosa. Ya verán si tienen manera de decir que nos queremos quedar con algo. (Ordena, militar) Rodrigo:  papel y pluma.

Rodrigo.—  A la orden, Abus.

Abus Lupita: Se necesitan focos.

Rodrigo.— (Repite algunas de las cosas que va diciendo Abus Lupita) Focos, claro.
Abus Lupita.— Se necesita pagar para que limpien las coladeras; darle una lana al señor basurero para que lleve las bolsas de desperdicios al camión que pasa por las madrugadas; llamar a la Delegación para que se lleve cinco autos chatarra abandonados; buscar una compañía de control de plagas, impermeabilizar los techos de los edificios, comprar pasto para sembrar, componer la bomba del agua que un día sirve y otro no. (Hace cuentas) ...Yo creo que si pedimos a cada departamento unos trescientos pesos mensuales, pues ya podremos ir haciendo algunas mejoras.

Don Rigo.— Trescientos pesos... Para lo que usted pide se necesita que cada departamento ponga al menos mil pesos mensuales.

Abus Lupita.— ¿Sí?... Se le hace poco trescientos. A ver. Usted será el primero en hacer la aportación.

Don Rigo.— ¿Yo? Cómo se le ocurre. Primero a ver si los demás cooperan...

Abus Lupita.— Claro que van a cooperar, yo me encargo de eso. (Sale de escena entusiasmada...   Pasan varios días en un segundo y Abus Lupita  regresa, abatida. Don Rigo no puede evitar una sonrisa de satisfacción: “tuvo razón”).

Ernesto.— (Al público)  Nadie quiso cooperar. Ni trescientos pesos, ni mucho menos mil. Sólo recibimos doscientos pesos del carnicero don Chava y de Estelita, la de la Estética. Sólo que con doscientos pesos a penas si nos alcanzó para comprar unos cuantos focos... y unos chicles... Y ya.

Abus Lupita.— No nos vamos a dar por vencidos. Vamos a pegar otra circular (Toma papel y pluma. Dice lo que escribe). “Aquellos vecinos que no tengan dinero para mejorar el lugar donde vivimos, pueden ofrecer mano de obra para hacer trabajos en beneficio de la Unidad”. (Da instrucciones, con energía) ¡Ernesto, Rodrigo, sus papás también!... ¡Manos a la obra!

Don Rigo.— ¿Qué mosca le picó? ¿Cuál obra?

Abus Lupita.— Vamos a poner nosotros el ejemplo. Vamos a destapar las coladeras.

Doña Lety.— Sí, es buena idea. Acá abajo hay una coladera repugnante. Hay ratas que parecen conejos... ¡Y huele que trasciende hasta la cocina!

Don Rigo.— Ni lo sueñe abuelita. Sabe cuántas enfermedades, cuántos cultivos de bacterias puede haber flotando en un caldo sucio y pestilente. Es repugnante. Yo no limpio nada.

Abus Lupita.— Pues por las enfermedades lo digo. A poco quiere exponer a sus hijos a enfermedades infectocontagiosas...
 Además, no vamos a limpiar con nuestra ropa de diario. ¡No! Vamos a ponernos botas de hule, cubre-bocas y guantes.

Rodrigo.— Y camisetas, y camisetas cortas verdad Abus. (Se sube la manga y deja ver su tatuaje de serpiente)  ¡Yo sí ayudo!

Doña Lety.— Y yo también.

Don Rigo.— ¡Y yo los veo!


Salen de escena y Ernesto se queda hablando con el público.
Cambio de iluminación. Sonidos de que reproduzcan el trabajo de la familia tratando de destapar la coladera. Martillazos, gritos, palos de escoba y ganchos y varillas contra el asfalto, agua que se mueve, más gritos...

Ernesto.— (Con un cambio de vestuario que indique que trabajó intensamente). Yo también trabajé. Incluso mi papá. Pero no sólo él,  también algunos vecinos que nos vieron sufrir de lo lindo nos ayudaron cuando nos vieron sumergidos en la inmundicia. El señor Chava, del edificio de enfrente tenía una pala y una carretilla. Así fue más fácil llevarnos el lodo y la basura. La coladera quedó destapada y por primera vez en dos semanas mi mamá pudo abrir la ventana de la cocina sin que se metiera el olor a alcantarilla.
 Eso fue el principio de la ayuda entre vecinos. La gente empezó a cooperar de a poquito. Algunos dieron pintura que les sobraba. Otros, focos sin usar para colocarlos en los pasillos. Otros más se ofrecieron a hacer trabajos voluntarios. Pero como nunca falta el pelo en la sopa. A veces verde... Una vez que ya estaban pintadas las paredes y puestos los focos, no faltó el que se pasó de listo y empezó a pintar las paredes con graffitis y a romper los focos a punta de resorterazos.

ABUS LUPITA,
DEFENSORA DE LOS DERECHOS DE LA  UNIDAD

Exterior. Abus Lupita persigue a un Frutilupis (Representado por el actor que haga a Rodrigo). Es un supuesto vago [en realidad es un hijo de familia desorientado, punk light] que viste de harapos y está cubierto con una gorra de lana, pantalones a la cadera, pantalones de campana que pisa al caminar. Trae una lata de aerosol y escribe “¡Soy el Memelas!” cuando la Abuela está a unos pasos atrás. Finalmente la abuela lo pesca y le quita el aerosol y amenaza con echarle pintura encima. El Memelas se hace bolita en el piso sin decir nada.

Abus Lupita.— Así te quería encontrar.  Me vas a explicar cuáles son los motivos de tu pésima conducta. Qué. ¡No respondes? A ver si en lugar de pintar que te gustan las memelas te pones a pintar las paredes a las que les hace falta mantenimiento. Burro. ¿A dónde vas. (El Memelas se va arrastrando hasta incorporarse y salir corriendo) Espérame que no te me vas a ir vivo.

Ernesto sale a escena y habla con el auditorio.

Ernesto.— Mi abuela siguió al Memelas hasta la zona prohibida; a las canchas. Ahí donde los frutilupis eran dueños de su territorio. Y ahí, frente a una docena de vagos que fumaban, oían música y bebían cerveza, mi abuela está ahora tratando de hacerlos entrar en razón.

Abus Lupita.— (Se escucha su voz mientras Ernesto se queda reaccionado frente al público). Pero si son sólo una bola de escuincles babosos. Cuántos años tienen. ¿Menos de veinte? Si apenas se nota que acaba de salirles el bigote.  ¿Qué les gustaría más?... ¡Ponerse a lavar las coladeras o sembrar el pasto?  (Silencio. Los frutilupis no contestan) Qué. ¿Les estoy hablando en suahili o en japonés antiguo?

Voz de
Frutilupis
apodado
La Liendre.—  Será mejor que te vayas de aquí, vieja. Este lugar es nuestro.

Abus Lupita.— ¡Ah, sí? Las canchas son suyas. ¿Me permiten ver sus escrituras?

La Liendre.— Ahorita mismo te las enseño.

Abus Lupita corre como una guerrera hacia donde está Ernesto y mientras se pone detrás de él saca de una bolsa unas tijeras para cortar pollo. El Frutilupis llamado Liendre [Que es otra vez el actor que hace a  Rodrigo, disfrazado] llega amenazante con una navaja).

Abus Lupita.— No te tengo miedo, ninguno. Ahorita vas a ver.

Liendre.— Aquí están mis escrituras.

Abus Lupita.— (Con las tijeras)  Pues estas son las mías.

Liendre.— (Se ríe de la Abuela y sus tijeras) ¿Y qué vas a hacerme con eso, Abuela? Ya tengo quien me corte el pelo.

Abus.— Ah, sí. Pues ahorita yo te voy a hacer otro corte mejor, con más estilo. (Persigue a La Liendre y los escuchamos afuera del escenario) Mira. Yo no tengo problema ni contigo ni con tus amigos. Si quieren quedarse ustedes con la cancha entonces tendrán que ganarla.
Voz
de El Memelas.— ¡Cómo que ganarla!

Voz de
“El Cigüeñal”.— No sabes con quién te metes, abuelita. Te vamos a dar tu merecido.

Abus Lupita.— ¿Eso creen?

Ernesto —que para entonces estaba en el escenario frente, al público— “sale” a auxiliarla. Se escuchan gritos, golpes y si se puede se ven manotazos de intensa pelea.  Segundos después, vemos salir a Ernesto todo golpeado y a Abus Lupita sin un rasguño.

Ernesto.— ¿Donde aprendiste a defenderte así, abuelita?

Abus Lupita.— En mis tiempos de beatnik. (Ante la cara de Ernesto) Fue un poquito antes de los hippies. A esos sí los conoces.

Ernesto.— Tú sí que sabes negociar. ¡Eso de pedirles que se ganaran la cancha en un partido de futbol!

Abus Lupita.— El que gane el partido será el dueño de la cancha y nadie se meterá después con el vencedor. Además, quedamos en que ganen o pierdan, tendrán una pared exclusiva para hacer gráficas.

Ernesto.— Gráffitis, Abus. Eso estaría muy bien si se le quita lo de exclusiva. A mí también me gustaría pintar unos dibujos en pastel, unos diseños de ciudades, unas catedrales, Abus. (Pausa, la abuela se queda absorta tratando de imaginar las pinturas mientras dice la palabra GRAFFITIS) Pero... ¿Y quién va a jugar con ellos? Todo el mundo les tiene miedo...

Abus Lupita.— Me parece que Rodrigo va a querer. Él es muy entrón.

Ernesto.— No lo creas. Bueno... Si él se apunta, pues yo también, pues. Además tengo el balón que me regalaste. Puede también entrar el hijo de Estelita y los gemelos del 301...

Abus Lupita.— Ya ves cómo no es tan difícil... Vamos a ganarles (salen del escenario).








LA GUERRA CONTRA
LOS FRUTILUPIS

Vemos unas gradas improvisadas en las canchas de la Unidad. Sale Rodrigo vestido de jugador de futbol con una camiseta corta que deja ver su tatuaje. Juega con un balón y hace algunas suertes. Llega después Ernesto y con dificultad trata de seguir el juego que le propone Rodrigo, pero Ernesto no es muy bueno que digamos. Rodrigo se va a la cancha, es decir, donde está el público y Ernesto, se dirige al mismo.
  

Ernesto.—  (Al público) Mientras llegó el día del partido hubo una especie de tregua con los frutilupis, que ya dejaron que las mejoras avanzaran en la Unidad. Los cambios empezaron a notarse. Dejó de haber tanta basura, limpiamos las escaleras, pintamos las paredes y la Unidad parecía otra. Ya no daba miedo salir por las noches. Se podía salir sin temor a caerse en una coladera destapada o encontrarse con una rata que saliera de la basura. Descubrimos también que podíamos pedir ayuda a la Delegación. Nos dieron materiales para impermeabilizar y ellos destaparon el resto de las coladeras y pusieron barandales en las jardineras. También nos felicitaron por poner a funcionar el reglamento de condóminos. Nadie sabía que existía un reglamento para vivir con los vecinos y nadie sabía siquiera que nuestra Unidad tenía nombre. Pusimos un letrero a la entrada con el nombre en letras rojas “UNIDAD 16 DE SEPTIEMBRE”.  Ahora lo más difícil de todo es el partido de futbol con los Frutilupis. La abuela aceptó hacerla de árbitro, y mi papá... de narrador del partido... Imagínense....

Ernesto se va a jugar a las canchas. Sale Abus Lupita con su uniforme de árbitro. Toca un silbato y se va al público. Doña Lety, vestida de porrista, salta sobre el escenario.  Luego, vemos al Cronista deportivo Don Rigoberto, quien narrará el partido que sucede entre el público:


Don Rigo.—  ¡Comeeeenzaaaaaaamoooos! ¡El partido de la copa oficial Libertadores de las Canchas! Transmitimos desde las canchas de la Unidad 16 de Septiembre! No cabe duda que aquí la emoción desborda los ánimos. Mucho más que un Chivas-América, Mucho mejor que un Pumas-Cruz Azul... Como si fuera en el Azteca... que digo... ¡Como si fuera en el Maracaná! ¡Los Comejenes de las Canchas, alias los Frutilupis contra los Restauradores aguerridos, alias los Relámpagos sincronizados! El árbitro pone la pelota en el centro de la cancha y el Memelas saca ventaja y corre hacia la portería de lo los Aguerridos sin compasión. Le da de patadas al hijo de Estelita y GoOOOOOLLLL! Del Memelas. (...) Saque de meta. La liendre se pelea con el árbitro, quien parece que le va a sacar la tarjeta amarilla por picarle el ojo a mi hijo Rodrigo... Pero más que eso debería expulsarlo... Vemos ahora a Ernesto que se acerca al balón, o mejor dicho el balón se acerca a Ernesto... Y no lo puedo creer... Goooooolllll  ¡De mi hijo Ernesto!  Hay empate Señores y Señoras... Saque de meta. El Memelas se la da al Cigüeñal, el cigüeñal, avanza sin que nadie lo pare. Se la pasa al Sope, el Sope al Cigüeñal y.... Goooollllll, del ¡Cigüeñal!.... Pero qué vemos... Parece que el árbitro se ha desmayado... Y a pesar de eso la Liendre toma el balón y se dirige a la portería enemiga y se acerca y GOOOOOOOOOOLLLLL, de la Liendre... pero, parece que tendremos que suspender el partido. El Arbitro, es decir... Doña Lupita se ha desmayado. Con todo, hay que decir que el marcador hasta el momento es Un gol para los Aguerridos y tres goles para los Frutilupis... ¡Qué partido!...

Ernesto y Rodrigo llevan en brazos a la fulminada arbitro al escenario. Se escuchan truenos que anuncian tormenta.

LOS ACHAQUES DE LA ABUELITA LUPITA

Estamos de nuevo la casa de los Santoyo. Abus Lupita está acostada en un catre en la recámara que ahora es suya. Sentado en el borde de la cama está Ernesto, quien se dirige al público. Don Rigo y Doña Lety entran y salen y traen remedios.

Ernesto.—  Lo peor de aquella tarde no fue haber perdido con los Frutilupis, lo peor es que la abuela se empezó a sentir mareada y luego, con la lluvia que empezó a caer, se empapó y después le dieron principios de pulmonía y ya no pudo levantarse. Corrió la noticia y la gente empezó a traer toda clase de remedios: que miel para la tos, vitaminas para las defensas; ungüentos y emplastos... Hasta el Memelas vino a ver cómo seguía la abuela y le trajo un remedio para la fiebre que le mandó su mamá.

Abus Lupita.— (Se levanta con todo y cobijas; va hacia la maleta y saca un vestido. Se le ve a punto de desmayarse, pero aún así trata de seguir con sus actividades). Ya estuvo bueno de tanta flojera. Hay que ponerse a trabajar.

Don Rigo.— No, señora. Es la fiebre la que la hace delirar. Acuéstese y no proteste.

Abus Lupita.—  Pero y la basura...

Ernesto.— Problema solucionado, abuelita.

Abus Lupita.— Pero hay que limpiar las coladeras.

Doña Lety.— Ya los de la Delegación nos van a ayudar.

Abus Lupita.— Pero y las canchas. Si los Frutilupis ganaron quiere decir que las canchas son suyas.

En ese momento llega Rodrigo con buenas nuevas...

Rodrigo.— ¡Qué pasó mi Abus!, ¿ya te sientes mejorcita?

Abus.— Estoy muy preocupada porque estos muchachos frutilupis se quedaron con las canchas. Eso no lo podemos permitir.

Don Rigo.— Son suyas, abuela. Las ganaron.

Doña Lety.— Con puras trampas.

Rodrigo.— Pues sí, pero parece que con todo y todo, lo del futbol sí les gustó. Quieren que les demos la revancha.

Abus Lupita.— No lo sé. Yo todavía no me siento muy bien como para otro partido.

Rodrigo.— Tu puedes ayudarnos con ayudarte a ti misma esta vez. a curarte. Duérmete y nosotros nos vamos a entrenar. (A Ernesto) ¿No, mi campeón?

Don Rigo.— Esta vez yo también voy a jugar. No sé, creo que puedo ayudarles a ganar el partido.

Doña Lety.—  De cronista quedas mejor, mi vida. Ven vamos a dejar que doña Lupita duerma un rato. Buenas noches, abuelita. Te vamos a dejar descansar

Abus Lupita.— Buenas noche, hija. Buenas noches a todos.

Don Rigo, Doña Lety y Ernesto meten la cama  donde está acostada Abus Lupita. Vemos la escenografía del inicio. La sala familiar. Ernesto, al publico.

Ernesto.— El partido fue una revancha digna de recordarse. Les ganamos a los Frutilupis uno a cero, pero les ganamos. Estaban tan ardidos que nos pidieron que siguiéramos jugando. Parece que se dieron cuenta que era más divertido ponerse a jugar que estar acostadotes sin hacer nada. Yo sugerí que organizáramos un torneo en el que cada edificio de la Unidad tuviera su propio equipo. A todos se nos hizo muy buena idea y nos pusimos a entrenar. Las canchas fueron de todos, igual que la pared de los graffiti, que está quedando como un museo al aire libre, con pinturas al pastel y ciudades fantasma y catedrales... Y claro, también algunos graffitis. En cuanto a la abuela... se recuperó poco a poco. Llegábamos a contarle de nuestros partidos  y de cómo la Unidad seguía muy bien, que a varios se les ocurrió poner letreros en las jardineras para que siempre las mantuviéramos limpias. Y varios se ofrecieron a ser los administradores luego que se terminara nuestro periodo.

Entra Rodrigo con un nuevo peinado: de punk pintado de rojo. Luego entra Doña Lety con una pesada bolsa del mandado, pero atrás de ella llega don Rigo con una bolsa todavía más pesada, pero no se queja. Mira el nuevo peinado de Rodrigo y hace un gesto de disgusto, pero no dice nada. La abuela sale recuperada, con una sonrisa permanente y sirve la comida. Todos se sientan a comer.

Don Rigo.— El próximo sábado va a haber junta para elegir al nuevo administrador. Los Ordóñez y los Roque están dispuestos. No saben lo difícil que ha sido para nosotros.

Doña Lety.— Lo dirás por ti, con todo y lo que has trabajado.

Don Rigo.— Dije nosotros, dije nosotros.

Ernesto.— Si no hubiera sido por la abuela estaríamos viviendo todavía en el desorden.

Don Rigo.— Muy bien dicho, Ernesto. En el absoluto caos. Que satisfactorio es que hayamos claudicado. Bonito tu peinado Rodrigo.

Doña Lety.— Qué hambre tenía. Qué rico le salió el postre, Lupita.

La abuela, siempre sonriente,  lleva los platos a la cocina.

Rodrigo.— Ni se te ocurra lavar los trastos, Abus. Esos le tocan hoy a Ernesto.

Ernesto.— Sí, sí, no me estoy negando.

Doña Lety.— Qué rara está la Abus Lupita, no creen. No ha dicho una sola palabra...

Don Rigo.— Sí... Eso en ella eso es como un milagro.

Rodrigo.— No sea así, pa. Acaba de salir de una pulmonía.

Don Rigo.— Sí. Se ve como más delgada, no creen. Eso sí, está muy sonriente.

Doña Lety.—  Cómo no iba a estarlo, los vecinos le han traído varios regalitos como agradecimiento de que ahora vivimos mejor.

Don Rigo.— Sí, nada más estoy esperando ahora a ver que se le ocurre. Nos va a seguir metiendo en problemas con sus planes descabellados... (Bosteza)  Bueno. No sé ustedes, pero yo me voy a tomar una siesta. Nos vemos al ratito.

(Se mete a dormir la siesta).

Doña Lety.— Sí. Ya que los niños están lavando los trastos. Yo me voy a hacer un nuevo corte de pelo con Estelita.  No me tardo.
(Sale)

Rodrigo.— Oye, má. Dile a Federico, al  hijo de tu peinadora, que nos vemos en las canchas. Hoy las tenemos nosotros para entrenar. Ya vámonos, Ernesto. Apúrate con los trastos.

Ernesto.—  Voy. Allá te alcanzó.

Rodrigo.—  Sale.

(Se va)

Ernesto termina de secar unos  trastos y se va. Abus Lupita entra a su recámara y luego sale con todo y maleta. Se pone un vestido de flores, un blusón psicodélico y abandona el escenario. Ernesto sale para hablar con el público.

Ernesto.—  De la abuela Lupita no volvimos a saber nada. Después de esa tarde en que la veíamos sonriente y callada desapareció, del mismo modo en que llegó. La buscamos por todos lados. Hablamos a los teléfonos de emergencia. Pusimos anuncios con su foto... pero nunca volvimos a saber de ella. Fue un duro golpe, aunque entendimos que posiblemente la abuela encontró a su propia familia o simplemente se fue a otro sitio donde la necesitaran más. Nadie jamás la olvidó en la Unidad 16 de Septiembre, e incluso bajo el nombre oficial, alguien escribió: “Unidad Lupita” Y así es como la llamamos desde entonces.

Fin

® Benjamín Gavarre
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