Y dónde está tu fortuna
















Personajes:

 

Yacub, el Magrebí: musulmán maduro

 

Hombre barbado

 

Nacif: anciano protector.

 

Samira: vieja guardiana.

 

Ladrones enviados por Alá

 

Capitán de los serenos

 

Juez de Isfahán, Persia

 

Hombre alto y fuerte, fieras, guardias...

 

 

 

Escena I

 

 

Estamos en el Cairo antiguo, legendario. Es el atardecer. A lo lejos se oyen las voces que invitan a la oración en las mezquitas. Después, algunos aires de música árabe. Vemos un descuidado jardín al que domina una gran higuera. El jardín es parte de una vieja construcción de estilo musulmán. Se distinguen unas columnas en forma de herradura coronadas por una cúpula característica de la arquitectura del Islam. Entra Yacub, el Magrebí. Es un hombre en plena madurez vestido con una modesta túnica (llamada chilaba entre los árabes) y un gran pañuelo (o hatta) sujeto a la cabeza por una cinta. Llega encorvado por el peso de un saco que contiene ropa vieja. Deposita el saco en el suelo y recuesta su cabeza en él. Se queda profundamente dormido bajo la higuera. Dos viejos, un hombre y una mujer vestidos también a la usanza islámica, han estado observando todo el tiempo a Yacub, el Magrebí. Casi integrados a la escenografía, Nacif y Samira se descubren sorpresivamente al público.

 

 

Nacif.— ¿Te das cuenta? Nunca vi a Yacub tan cansado; en un instante se quedó dormido.

 

Samira.— Pobre. Trabajó todo el día en el mercado, pero le fue mal. Nadie quiere compra su ropa vieja. Yacub, el Magrebí es un buen hombre. Tiene una casa, pero tendrá que alimentarse con los frutos de su higuera.

 

Nacif.— Yo conocí a su padre. Él también era un buen hombre. Le dejó toda su fortuna a Yacub. Y ya ves lo que hizo el hijo. Fue generoso con todos y se quedó sin nada.

 

Samira.— Tendrá que empezar de nuevo.

 

Nacif.— ¿Pero qué es eso? Observa. Es el mensajero.

 

Los dos viejos se acercan a la higuera. El jardín se enciende con una intensa luz ámbar, y, más tarde, después de una bocanada de humo, parece surgir de la tierra un hombre barbado vestido de blanco. Yacub, el Magrebí, al verlo, se postra en el suelo como los musulmanes, tratándolo como a un Dios.

 

 

Hombre barbado.— Levántate Yacub, el Magrebí. ( Yacub levanta la cara, pero sigue en cuclillas. El hombre barbado saca de su boca una moneda de oro y se la muestra al asombrado Yacub). Debes saber que tu fortuna está en la lejana Persia, en la ciudad de Isfahán.

 

 

Los dos viejos se voltean a ver con complicidad.

 

Oscuro

 

 

Escena II

 

La escenografía representa un desierto. Algunas dunas de arena. A lo lejos puede observarse a un grupo de camellos. Vemos entrar a un esforzado y vigoroso Yacub, el Magrebí cargando apenas un unas provisiones y un recipiente de agua. Yacub hace un alto en el camino, toma un poco de agua y emprende de nuevo la marcha hasta salir del escenario. Entran a escena los viejos Nacif y Samira. Ambos están a punto del desmayo. Se detienen a tomar agua.

 

 

Samira.— (Agotada) Yacub, el Magrebí, nos ha dejado atrás de nuevo. Ya hemos cruzado el Mar Rojo, hemos caminado por el desierto del Sinaí, hemos estado cerca de Jerusalén y Damasco. Dejamos atrás la gran Bagdad y todavía faltan muchas horas para llegar a la muy remota ciudad de Isfahán.

 

Nacif.— Y no hemos visto más que desiertos y más desiertos.

 

Samira.— No te quejes, el viaje ha valido la pena.

 

Nacif.— Eso es lo que tú dices. (Se escucha un rugido de león) ¿Qué? De nuevo las fieras persiguen a Yacub. (Se escucha ésta vez el sonido de un mandril furioso. Vemos, detrás de una pantalla de tela, a Yacub quien lucha con una figura que recuerda a la de un mandril. Al final de la pelea, vemos cómo levanta un cuchillo y da fin a la bestia).

 

Samira.— Yacub ha podido vencer a las fieras. Ha podido vencer el hambre y la sed. Pero, ¿podrá vencer a los hombres?

 

 

Detrás de la pantalla donde Yacub venció al mandril, sale, caminando hacia atrás, un hombre alto y fuerte. Se defiende de Yacub, quien lo amenaza y lo hace retroceder con lo que parece ser un arma, pero en realidad es una rama envuelta en un pañuelo. Se entabla una lucha en la que nadie ataca. Sólo vemos los desplazamientos en que se miden fuerzas. Finalmente, Yacub, el Magrebí da un rápido paso hacia delante y somete al hombre fuerte con un simple pero eficaz movimiento.

 

 

Yacub.— Si yo fuera tan violento como tú, acabaría contigo, pero por Alá que es poderoso, misericordioso y no duerme, puedes irte.

 

 

El hombre alto y fuerte sale huyendo. Yacub continúa su marcha.

 

 

Nacif.— Yacub pudo vencer a un hombre, al menos.

 

Samira.— Es tiempo de continuar el viaje.

 

 

Oscuro.

 

 

Escena IV

 

Es de noche.

 

Vemos una representación en miniatura de la gran mezquita de Isfahán. Junto a ésta, Yacub, El Magrebí está dormido a los pies de los dos viejos Nacif y Samira, quienes lo cuidan en silencio. En otro lado del escenario vemos la representación de una casa de estilo árabe, también en miniatura. Un grupo de cinco ladrones “sale” detrás de la imagen de la mezquita y se dirige, muy lentamente, como si fuera un cuerpo compacto, a la casa cercana. Nacif y Samira, siempre tranquilos, ven pasar a los ladrones.

 

 

Nacif.— Mira, mujer...Ese grupo de ladrones lo ha mandado Alá.

 

Samira.— ¿Eso crees tú?... pero si tienen malas intenciones. Van resueltos a robar la casa de al lado. Y las personas que viven en esa casa ahora mismo están durmiendo, al igual que nuestro muy cansado Yacub, el Magrebí.

 

Nacif.— Pronto despertarán.

 

 

El grupo de ladrones se separa y se “mete”, “por detrás”, a la casa de al lado. Se oyen durante, varios segundos, gritos de socorro. Los ladrones, asustados, corren en todas direcciones. Aun así, las llamadas de auxilio de los habitantes de la casa de al lado vuelven. Nacif y Samira observan y callan. Un grupo de guardias, comandados por un capitán, entra buscando a los responsables del alboroto. Revisan la casa y luego, van hacia la mezquita. Detienen a Yacub el Magrebí.

 

 

Capitán.— Hey, tú, levántate. Estás en grandes problemas.

 

Yacub.— ¿Estoy en Isfahán, en Persia?

 

Capitán.— Así es, intruso. Has venido a perturbar la paz de este lugar.

 

Yacub.— Y yo pensaba que había venido a recuperar mi fortuna.

 

Capitán.— (Ordena a sus guardias) Llévenlo ante el juez. Él le mandará dar mil azotes.

 

 

 

Escena V

 

Cárcel. Yacub está recostado en el suelo. Dos hombres lo sujetan de los pies y otro del cuello. Un verdugo, de pie frente a él, lo intimida con un látigo. Los dos viejos observan la escena, impasibles. Llega el Juez y los guardianes se alejan. Yacub saluda con respeto al Juez.

 

 

Juez.— ¿Quién eres y cuál es tu patria?

 

Yacub.— Soy de la famosa ciudad de El Cairo y mi nombre es Yacub, el Magrebí.

 

Juez.— ¿Qué te trajo a Persia?

 

Yacub.— Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfahán, porque aquí estaría mi fortuna. Y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

 

Juez.— (Se echa a reír) Hombre desatinado. Tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de un sueño. Que no vuelva a verte en Isfahán. (Le entrega una pequeña bolsa de fieltro) Toma estas monedas y vete.

 

 

Yacub toma las monedas. Lentamente, todos salen no sin antes dejar el escenario completamente vacío. Entra Yacub y se coloca en el centro del escenario. Más tarde entran los dos viejos, con una pala que dejan en el suelo. Yacub la toma, sale del escenario para más tarde regresar con un cofre.

 

Yacub.— (Feliz) Estaba tal y como había sido previsto en el sueño del juez: Debajo de la higuera. Mi fortuna siempre estuvo aquí... en mi casa.

 

 

Abre la tapa del cofre y sonríe mientras ve su contenido. Lentamente se va haciendo el oscuro final.

Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

LAS ACEITUNAS Lope de Rueda