Unidad Habitacional Lupita, de Benjamín Gavarre


Unidad habitacional Lupita

 de Benjamín GAVARRE

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PELOS VERDES

Ernesto— ¡Un pelo en la sopa! ¿Hay algo peor que un pelo en la sopa? ¿Alguien me puede decir? ¿Una mosca en la sopa? ¿Una cucaracha en la sopa? Nada de eso. ¡No! Escuchen: ¡un pelo VERDE!... Nada menos... Un pelo verde que formaba parte de la enorme cabezota de mi hermano Rodrigo.
¿Quieren verlo?
No, al pelo no. A mi hermano.
¡Es éste!
(Entra a escena Rodrigo y se sienta a comer. Trae el pelo pintado de verde. Se sienta y comienza a enrollar tortillas a las que engulle metódicamente.)
Y ella..., es mi mamá.
(Vemos a la mamá de Rodrigo con un plato de sopa. El plato está casi desbordándose y doña Lety camina despacio mirando que no se le caiga el contenido. Pone la sopa delante de Rodrigo y luego se sienta frente a él. Es en ese momento en que grita sorprendida al ver el nuevo look de “Rodris”).

Doña Lety.—  ¡Pero qué te pasó!

Rodrigo.—  ¡Bájale, Ma!

Doña Lety.—  Ay, Rodris. ¡No puede ser!, ¿pero quién te dejó así?

Rodrigo.—  ¡Ma!... No me digas Rodris. Si quieres miéntamela, pero no me digas así. Ya sabes que me car...ga.

Doña Lety.—  No empieces con tus peladeces.

Rodrigo.—  Carrrga...

Doña Lety.—   ¡Qué bárbaro!, ¡pero qué bárbaro! ¡Pero si te ves espantoso M’hijo!, ¡pareces teporocho de Tlatelolco!, ¡malviviente de la Morelos! ¡vago de la Unidad Santa Fe! ¿Qué digo?, ¡pareces diputado del verde ecologista!

Rodrigo.—  Ya... Suave, Ma. Sin ofender.

Ernesto.—  (Al público) Como se dan cuenta a mi Má no le gustó nadita el nuevo look de Rodris.
No... Y espérense... Si a doña Lety no le gustó el nuevo look de marciano de mi brother... No quiero ver lo que suceda cuando llegue Rigo... Quiero decir Don Rigo... Rigoberto. ¡Rigoberto Fermín! Bueno, ¿qué? Así se llama mi papá.

Entra a escena don Rigoberto Fermín. Viste como en los años setenta con un traje de poliéster muy formal. Doña Lety y Ernesto llegan a ayudarlo a quitarse el saco y a que se siente en un sillón. Le quitan los zapatos y le echan aire. Tienen el evidente propósito de que Don Rigo no vea a su hijo Rodrigo.

Don Rigo.—  ¡Ah familia!, ¡qué felicidad poder llegar al hogar de uno! ¡Llegar a descansar a donde a uno lo quieren!  ¡Sentarse con los seres queridos que lo respetan a uno! ¡No saben! ¡No saben!... (transición; se enfurece) Acabo de tener un encontronazo, un choque, un verdadero problemón con estos chamacos chamagosos de las canchas. Esos que se ponen aretes en las orejas —como las niñas—.  Se ponen aretes en las narices —como los salvajes—. Se ponen aretes en las cejas... ¡Como mi hijo! ¡Como Rodrigo! ¿Se acuerdan? Tuve que quitarle el arete a golpe... de sabios consejos. Tuve que convencer a Rodris con toda la elocuencia de mis palabras. Le hice ver que él no era un baquetón, haragán, zángano malviviente como estos chamagosos chamacos de las canchas. Rodrigo no rompe los focos de los andadores, no rompe los vidrios de los departamentos, no rompe los cristales de los autos, no se roba los espejos retrovisores, no se orina en las coladeras de la unidad, no tira basura en las coladeras de la unidad, ¡no! El sólo se puso un arete en la ceja, un arete en la ceja... ¡Nada más me acuerdo y me da más coraje!

Doña Lety.—  ¿Te peleaste con los muchachos chamagosos de las canchas?

Ernesto.—  Los frutilupis, Ma. (Germán va hacia la mesa y le pone una cachucha a Rodrigo). (Se dirige al público) Los frutilupis son unos chavos que tienen tomadas las canchas. A mí no me gusta mucho jugar futbol, pero si me gustara no podría hacerlo. Es más, aquí en la unidad nadie puede jugar, ni canicas, sin que los frutilupis lleguen a molestar.

Don Rigo.—  Los frutitontos, sí. Estaban con dos perros de pelea. Decían que iban a cobrar para que los viéramos pelear. Les dije hasta de lo que se iban a morir. Los amenacé con mandarles a Protección Civil si se les ocurría lastimar a los pobres animales.

Doña Lety.—  ¿Y te hicieron caso?

Don Rigo.—  Psé. Bueno. Me querían... hacer correr un poco cuando me amenazaron con soltar a uno de sus perros. Yo me vine caminando despacio como sin nada, ya saben. Ni a los perros ni a los frutilupis malvivientes chamagosos, mugrosos, apestosos hay que demostrarles miedo. Casi me quitaron el hambre, desgraciados.

Ernesto.—  ¿Y lo lograron? Digo, si te la quitaron... ¿El hambre? ¿A ti?

Don Rigo.—  Dije casi, dije casi. ¿Qué? ¿A poco ya comieron?... ¿Y no me  esperaron, canallas? (Al ver a Rodrigo de espaldas) Ah, pero si tenemos visitas... Y las visitas eso sí, que coman solas. ¿Quién es?. (A Ernesto) Es amigo tuyo?... (Ernesto no contesta. Doña Lety está petrificada.) Hola muchacho, no te han dicho en tu casa que uno no debe sentarse a la mesa con cachucha.

Rodrigo.—   (Se quita la cachucha) ¡Quihubas, jefe!

Don Rigo.—  ¡Mujer!

Doña Lety.—  ¿Qué?

Don Rigo.—  Tráeme una navaja.

Doña Lety.—  No seas bruto, Rigo. No es para tanto.

Don Rigo.—  Y tú no seas ridícula, mujer; no lo voy a matar; solamente le voy a rasurar la cabeza. ¡Tráeme las tijeras, tráeme una navaja! Ernesto, ve por el cuchillo! (Doña Lety da vueltas por todas partes sin saber qué instrumento buscar.) Ernesto mira al público como pidiendo disculpas por la actitud de su familia. Doña Lety, finalmente saca de un baúl unas enormes tijeras para cortar pollo. Rodrigo salta horrorizado encima de la mesa.

Rodrigo.—  Ni se atrevan, ni se les ocurra, ni lo piensen. Ya tengo dieciséis años. Sé lo que quiero hacer de mi vida. Soy libre y conozco mis derechos humanos.

Don Rigo.—  No te va a doler. Te voy a prestar de mi espuma para rasurar. Tiene olor a menta.

Rodrigo.—  Tú me tocas un pelo y será lo último que hagas.

Don Rigo.—  No le hables así a tu padre. No me hables así.

Rodrigo.—  Humano, respeta mis derechos...

Don Rigo.—  Está bien, de acuerdo,  pero no te voy a dar ni un quinto para salir con tus cuates.

Rodrigo.—  Chido. Me vale.

Don Rigo.—  No te voy a dejar salir los fines de semana. Ah, y olvídate del viaje a Tampico con tus primos.

Rodrigo.—   (A quien empieza a dolerle el castigo). Chido... Me vale.

Don Rigo.—  Y pensaba acompañarte a la Delegación para sacar tu permiso de manejo... Y pensaba prestarte mi coche... Ése que iba a ser tuyo cuando cumplieras dieciocho años... Pero... No. Está bien: no te voy a tocar un solo pelo.

Rodrigo.—  Tú ganas, Satanás. Presta la espuma; yo me la pongo.

Rodrigo se pone la espuma y Don Rigo y Doña Lety lo tratan de peinar con los dedos.

Don Rigo.—  Tú tienes la culpa de lo que te pasa. No entiendo por qué no eres como Ernestito. Tan responsable, tan serio, tan callado, tan...

Rodrigo.—  Tan cerebrito, tan  geniecito, tan Nerdecito, verdad, Nerdesto.

Ernesto.—  Yo no soy un tarado como tú. (Al público) Ya saben, siempre hay un pelo en la sopa. Y ése, es mi hermano. Un pelo verde en este caso.

Doña Lety.—  Ya sé. Lo podemos llevar con Estelita que tiene su salón de belleza en la sala de su depa, aquí como a seis edificios.

Ernesto.—  Sí, le hace falta manicure, Ma. Quiere pintarse las uñas de negro, como los frutilupis.

Rodrigo.—  ¡Qué te pasa Nerdito?  ¡Cóomo se te ocurre, Jefa?

Don Rigo.—  Sí, cómo se te ocurre, mujer. De por sí ya se pinta el pelo de verde... Luego se va a querer hacer permanente.

Doña Lety.—  Que se lo tiñan de castaño oscuro. (A Rodrigo) Además, Estelita, mientras te arregla, te pone la tele y te ofrece pan y chocolate.

Rodrigo.—  (irónico) Suena genial, Jefa.

Don Rigo.—  Ya se me antojó eso del chocolate con pan. ¿Oye, y si me corta el pelo a mí también? ¿Cómo ves?

Doña Lety.—  Tú, mi vida, tienes que regresar a trabajar.

Don Rigo.—  Tengo. Ya sé. Además me veo bien así con el pelo corto. (ante la mirada elocuente de doña Lety). Los acompaño con Estelita.

Doña Lety.—  No, tú quédate a comer. (Va a la cocina y entra con un plato sopero y un virote de pan) Aquí tienes tu sopa de fideo calientita.

Don Rigo.—  (les ofrece un enorme paraguas que está en un perchero) Llévense el paraguas porque parece que va a caer un aguacero. (comienza a llover con fuerza.) ¿Ya ven?

Doña Lety.—  Estelita vive aquí cerquita.

Don Rigo.—  Sí, pero ya se hizo de noche y no hay luz en los andadores. Rompieron todos los focos.

Doña Lety.—  Tú no te preocupes.

Don Rigo.—  Tengan cuidado con las coladeras porque siempre están tapadas y  cuando llueve se sale el agua sucia.

Rodrigo.—  Y hay perros con rabia, Jefa. Y ya sabes que como la gente no recoge su caca, la de los perros, jefa. Y además hay cucarachas, muchas cucarachas. Y además hay agujeros en el pavimento. No hay que ir, jefa.

Doña Lety.—  (Toma el paraguas y lleva a Rodrigo a la fuerza) Vámonos.

Salen.

Don Rigo se recompone la corbata y se sienta a comer. 

Ernesto.—  (Al público, pero contesta don Rigo) Hay que ver las coosas en las que se mete mi hermanito.

Don Rigo.—  Ajá.

Ernesto.—  (Mismo juego) La verdad no sé cómo podemos ser tan diferentes.

Don Rigo.—  Mhjú.

Ernesto.—  Él podrá decirme bobo, o nerd, o cerebrito. El caso es que a mí no me gusta meterme en problemas.

Don Rigo.—  Mno... Mnunca.

Ernesto.—   Y Rodrigo es un experto en complicarse la vida. Eso sí, para eso le echa muchas ganas, ¿verdad, papá?

Tocan a la puerta. Don Rigo se termina su sopa y va a abrir

Don Rigo.—  Ya regresaron. Ya viste. Les dije que no se salieran del edificio con esta lluvia, pero no entienden.


ABUELA A DOMICILIO

Entra, empapada, la Abuela Lupita. Es una anciana pero viste “al estilo psicodélico” de los 60. Trae una enorme maleta de cuero. 

Don Rigo.—  ¿Sí, dígame?

Abus Lupita.—  ¡Soy yo! ¿No me reconocen? ¡Soy la abuela!

Don Rigo.—  (Sorprendido) ¡La abuela! (a Ernesto, en aparte) ¿Tu abuela?... No puede ser. Tu mamá siempre dijo que su mamá se... Se había muerto.

Ernesto.—  Y tampoco es tu mamá, ¿verdad? Digo, ella vive en Chicago con mis tío Polo y Chucho. Entonces es la mamá de mamá.

Don Rigo.—  Pásele suegrita. Qué gusto de verla... No se moleste, pero yo siempre pensé que mi mujer era huerfanita. ¿Y pues que usted estaba muerta, verdad?

Abus Lupita.—  Mira m’hijito. No tengo tiempo de discutir si estoy viva o muerta, pero me estoy empapando, y si sigo aquí me voy a encoger, o, de a de veras, me voy a morir. Así que compermiso.

Sin esperar invitación Abus Lupita entra y se va a sentar a la mesa. Ernesto le da una toalla y ella mientras se seca toma un pedazo del virote de pan que está en la mesa y comienza a mordisquearlo.

Abus.—  Después de tantos años me esperaba un recibimiento diferente. (Se sirve un vaso refresco) ¡Ah, pero qué aguados son ustedes! ¡pero qué fúnebres! No estoy muerta, no.

Don Rigo.—  (se lleva las manos a la cabeza) Primero mi hijo se pinta el pelo como si fuera Brozo, el payaso. Luego, me llega una suegra de debajo de las piedras y se come mi pan... Y además ¡se toma mi refresco!  Comunícame con tu mamá.

Ernesto.—  (Toma el teléfono y marca un número en el que evidentemente no contestan).  (Sin dejar de tomar el auricular se dirige al público). Yo estuve marque que te marque que te marque a la casa de Estelita, pero nada. Ocupado y ocupado. Mi papá, como tenía que irse a trabajar, me dejó con el encargo de explicarle a mi mamá y me dejó con la abuela.

Don Rigo.—  (Toma su portafolio, se pone el saco y la corbata y le ‘trata’ de dar instrucciones a su hijo, antes de salir.) Bueno, entonces... Tú te encargas de todo. Ya me voy.

 Abus Lupita se pone a limpiar la mesa y después pone una maleta donde busca como si la maleta no tuviera fondo. Ernesto se acerca intrigado al ver que Abus casi desaparece en el fondo de su maleta.

Ernesto.—  ¡Oiga, señora!

Abus Lupita.—  Abuela, por favor. Puedes decirme Abus, si quieres. (Saca un balón de fútbol de la maleta y se lo entrega sonriente al confundido Ernesto). Esto, mi querido nieto, es para ti. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ernesto.—  (Al público). Dice que soy su nieto y no se sabe ni mi nombre. ¡No estará medio chiflis? (Hace la señal de que su abuela está loca). Me llamo Ernesto, señora.

Abus Lupita.—  Abus, dime Abus. O si no te gusta dime  abuela, pero nada de señora.

Ernesto.—  Abus. Gracias por el balón, pero a mí no se me da mucho el futbol. Además, aunque me gustara, aquí en la Unidad es imposible. Tienen tomadas las canchas.

Abus Lupita.—  ¡Quiénes?

Ernesto.—  Unos delincuentes. Bueno, eso dice mi papá. La verdad, son unos vecinos a los que les encanta andar de vagos, señora. 

Abus Lupita.—  ¡Que no me digas señora! ¡Y no me hables de usted que me haces sentir vieja!... A ver, dame un beso.

Ernesto.—  ¡Yo? (se queda horrorizado ante la idea de besar a su supuesta abuela. Tocan a la puerta, y se escucha la voz de doña Lety que no trae llaves. Ernesto se dirige al público) ¡Me salvó la campana!

Entran doña Lety y Rodrigo. Este último lo primero que hace es peinarse con gel su cabello con un pequeño espejo. Trae en la cabeza algo parecido a un peinado de punk, medio color naranja, café y el verde que no se alcanzó a cubrir. Desesperado por que su peinado no le queda, se encierra en el baño.

Doña Lety.—  No te atrevas a decirle nada a Rodris porque está muy malito de sus nervios. (Ante la presencia de Abus Lupita) ¿Y usted quién es?

Ernesto.—  Es mi abuelita.

Doña Lety.—  ¡No!... ¿Sí!???  ¿Tu abuelita?.... Suegrita, pero cómo ha cambiado. Sí, la veo muy cambiada... ¿Qué no estaba usted en Chicago?

Ernesto.—  Es tu mamá.

Doña Lety.—  Cómo se te ocurre, mi mami está en el cielo.

En ese momento llega don Rigo.

Don Rigo. —  ¡Hey, familia! ¡Ya llegué! Suegrita cómo le va.

Abus Lupita.—  (A  doña Lety) Te traje un regalito.

Doña Lety.— ¿Para mí? ¡Suegrita no se hubiera molestado!

Ernesto.—  No es tu suegra, má. Es tu madre.

Abus Lupita le entrega una canasta de frutas. Doña Lety lo recibe feliz sin escuchar a Ernesto.

Don Rigo.—  Frutas, pero qué maravilla.

Doña Lety.—  Pero qué bonitas. Y deben saber deliciosas. Y me las voy a comer yo sola, suegrita.

Ernesto.— Mamá, escucha: que no es tu suegra.

Doña Lety.—  Cómo que no. ¿Entonces quién es?

Don Rigo.—  ¡Y qué para mí no hay ningún regalo?

Abus Lupita.—  No creas que te me olvidaste. Te traje un hermoso portafolios.

Don Rigo.—  Gracias, suegrita.

Ernesto.—  (Se acerca a su papá y le dice en aparte) No es tu suegra tampoco. Y no es la suegra de mamá. Es una vieja loca.

Don Rigo.—  (Quién siempre ignora a su hijo)  ¡Mira qué bonito portafolios!

Abus Lupita.—  Bueno, mis niños. Yo, como podrán imaginar estoy muy cansada.

Doña Lety.—  ¡Ya se quiere dormir, suegrita? Ay, qué pena, no tenemos dónde ponerla. Digo, no tenemos cuarto para las visitas.

Ernesto.—  No es tu suegra, má. Es tu mamá.

Doña Lety.—  ¿Estás borracho? Mi mamá está en el cielo, niño. (A Abus) ¡Qué niño! (A Ernesto) Lo siento mucho, Ernesto, pero tu abuelita va a tener que quedarse en tu recámara.

Ernesto.—  ¡Qué!, Ni se te ocurra. ¿Y por qué no se queda en la cama de Rodrigo? Además, ya te dije que no es tu suegra. Tampoco es la suegra de papá. ¡Por qué no me escuchan?!!!

Abus Lupita.—  No hay problema, no se preocupen que yo siempre vengo preparada. (Saca un sleeping bag muy hippiteco y sin más se mete con el en una recámara). Buenas noches...

Ernesto.—  ¡Se metió a mi recámara!

Doña Lety.—  Ahí se va a quedar. Y se va a dormir en el suelo, pobrecita. Si fueras un poco más caballeroso te dormirías tú en el eslipin y le dejarías tu cama. (Transición) Bueno. Pues yo también me voy a dormir porque estoy muy cansada. (A don Rigo) ¡Vienes, mi vida?

Don Rigo.—  Sí, Vámonos a dormir. Nada más voy a la cocina a cenar algo y luego te alcanzo.

Doña Lety.—  ¡Buenas noches!

Ernesto se queda solo y habla con el público.

Ernesto.—  El caso es que mi abuela se quedó a dormir en la casa. Y para acabarla de empeorar... en mi cuarto. Algo muy raro estaba pasando aquí. Y para todo esto, Rodrigo no pensaba más que en su tratar de arreglar su nuevo corte de cabello.

Rodrigo.—  (Sale del baño y se sigue arreglando y  mirando su corte en un pequeño espejo) (Ante la cercanía de su hermano.) ¡Nada más que se te ocurra burlarte! ¡Tú nada más atrévete y vas a ver cómo te va!

Ernesto.— No, espérate. Es de mi abuela que te quiero hablar.

Rodrigo.—  ¿Cuál abuela?

Ernesto.—  (Lo engaña para que se preocupe) Se va a quedar en tu cuarto. Tenemos que hacer algo.

Rodrigo.—  (Por primera vez pone atención a algo que no sea su cabello. Se trata, supuestamente, de su cuarto).  Cómo crees, ¡por qué!

Ernesto.—  Está todo muy raro. Papá no la conoce, ni tampoco mamá. Qué tal si es una ladrona.

Rodrigo.—  (ante la idea de que algo emocionante pase en su casa) ¡Qué buena onda! (Pero reflexiona) ¡Y qué nos iba a querer robar a nosotros! ¿El radio, la tele? (Reflexiona) Bueno, eso sería terrible.

Ernesto.—  Quién sabe, a lo mejor resulta que es la verdadera madre de papá, y la que él pensaba que era su madre, era en realidad su tía.

Rodrigo.—  ¡Qué buena onda!... (reflexiona) Pero, ¿y si no?... ¡Si nada más es una tía lejana que viene a pedir asilo?... ¿Si es nada más una prima segunda! ¡Y si es nada más una vieja que no tenía donde dormir y se vino aquí a quitarme mi cuarto?

Ernesto.—  (Al público) Mi hermano, que no es nada tonto aunque lo parezca, al final tuvo razón. Resultó que mi Abus Lupita, pues no era pariente de nadie...  (Se queda viendo a su hermano, y este al público, a quien le habla en esta ocasión.)

Rodrigo.—  (Al publico) No, no era pariente, pero era muy chida.

Ernesto.—  (Al público) La abuela llegó para quedarse. Se quedó en mi recámara. Y yo, pues me tuve que quedar con mi hermanito. Eso era sólo el principio de los cambios. Ella vino a transformar muchas más cosas.

Salen Ernesto y Rodrigo.
Luego, en otra escena, otra noche, los padres de Ernesto dan las buenas noches a Abus Lupita, a quien vemos entrar en una recámara, con todo y maleta. Segundos después, sale vestida con un camisón para dormir y un gorro —siempre muy psicodélicos— y se despide de todos, no sin antes darle una muy chida  chamarra de piel negra al sorprendidísimo Rodrigo.

Abus Lupita.—  Buenas noches a todos. Buenas noches mis nietos. Ustedes, son mi verdadera familia.

La familia se queda de pie tras la puerta. Inmediatamente después de que Abus Lupita se “fue a dormir” se escuchan fuertes ronquidos. Todos abandonan el escenario.




MÁS RARA QUE UN PERRO AZUL

Han pasado algunos días.
Se escucha con gran intensidad una rola de Led Zeppelín o algo similar. La abuela  Lupita sale vestida a la usanza de los hippies de los 60 y arregla con entusiasmo la casa. La ayudan Ernesto y Rodrigo. Este último está feliz de ayudar a las labores de limpieza siempre y cuando haya música adecuada para hacerlo.
Ernesto se separa de la acción y trata de hablar al auditorio pero el sonido es tan alto que no lo hace sino hasta que le baja el volumen a la música. Abus Lupita y Ernesto se quedan congelados y luego siguen la acción en cámara lenta.

Ernesto.—  A mi abuela... aunque no lo fuera, todo terminamos por aceptarla...  Y eso que era “más rara que un perro azul”.
A principio, tratamos de buscar en toda la Unidad, a ver si alguien había extraviado a una tía, o a una abuela chiflada. Fuimos con el señor de la tiendita, que vendía todo lo que hacía falta desde la sala de su casa. Fuimos a la casa de doña Tolita, que vendía enchiladas suizas, de mole y verdes, para llevar. Nadie tenía idea. Recorrimos todos los edificios de la unidad, departamento por departamento. Fuimos a todas las casas. Bueno a casi todas porque a donde vivían los frutilupis, pues ni acercarse. Al final decidimos tomarle una foto a la abuela, la pegamos en un papel, le sacamos copias y la colocamos en todos lados. (Mientras dice eso, la abuela se sienta y Rodrigo le saca una foto) El anuncio decía: “Abuela perdida busca a su familia, Mayor información edificio H, departamento 502, los Santoyo”.
Como nadie respondió, pues decidimos quedarnos con ella. Eso sí, hay que decir que en realidad ella es la que se quedó con nosotros.

Ernesto va al aparato de música y se vuelve a escuchar una  muy prendida rola de Led Zeppelín. Sin embargo, la abuela y Rodrigo salen de escena muy serios.

NUEVO
ORDEN
FAMILIAR

Segundos después entran Ernesto y la Abuela muy  formales... y despliegan un letrero como si fuera un edicto. Ernesto y la abuela leen las nuevas disposiciones del régimen familiar. Don Rigo y Doña Lety llegan silenciosamente y se colocan al lado de las nuevas reglas. Doña Lety apenas puede cargar unas bolsas del mandado que no deja nunca en el suelo.

Abus Lupita.—  Tomando en cuenta las actitudes machistas, clasistas, reaccionarias y pequeñoburguesas que he observado en esta casa... y a partir del poder que me confieren, todavía, mi voluntad, mi memoria y mi entendimiento, he decidido presentar las siguientes normas para un Nuevo Orden Familiar.

Rodrigo aplaude. Don Rigo y doña Lety se miran sin poder creerlo y sin entender mucho del asunto.

Abus Lupita.—  (lee algunas de las normas) Los lunes le toca lavar los trastos al hombre más viejo de esta casa.

Rodrigo.—   ¡Bravo!

Don Rigo voltea a todos lados, apesadumbrado; y luego, enojado, se da cuenta de que él es quien lavará los trastos.

Abus Lupita.—  Los martes, el hombre de más edad en esta casa hará la comida.

Rodrigo.—  ¡Bravo!

Abus Lupita.—  Los miércoles los más pequeños de esta casa lavarán el baño, sacudirán los tapetes y barrerán y trapearán los pisos. Los jueves y los viernes, los hombres que vivan en esta casa lavaran la ropa, harán la comida y lavarán los trastes.

Rodrigo.—  ¿Los hombres? 

Don Rigo.—  Pero los hombres jóvenes, Rodrigo. Tú y Ernesto.

Abus.—  Bueno, y los fines de semana, podemos las mujeres de esta casa encargarnos de todo.

Don Rigo.—  Ah, ¿y por qué ustedes nada más los fines de semana?

Abus Lupita.—  Para equilibrar, chato. Las mujeres estamos encargadas de hacer todo, todos los días. Ya después habrá nuevos horarios, no te preocupes.

Don Rigo.—  Bueno, pues así, sí. (A doña Lety) Debe de ser comunista. Pero te aseguro una cosa. La vieja no va a quedarse aquí ni un solo día más. Estoy furioso, no la aguanto. La voy a correr ahora mismo. Ni pariente es, mugre vieja.

Doña Lety.—  Pero viéndolo bien, cariño... No me parece mala idea lo del calendario. Si todos ayudamos un poco en la casa todo se haría mejor y más rápido, y tendríamos tiempo de ir al cine, o de pasar más rato tú y yo solitos...

Don Rigo.—  ¡Tú crees?

Doña Lety.—  Pues, sí... ¡No te parece buena idea?

Don Rigo.—  No. No me parece buena idea. (A la abuela) Nadie le pidió que nos viniera a organizar la vida. Así que le voy a pedir que se lleve sus carteles y que se olvide de repartir las labores domésticas entre los hombres de esta casa. Las cosas seguirán como hasta ahora. Y san se acabo.

Abus Lupita.— (A don Rigo) Muy bien, ya entendí. (A doña Lety) No es justo que además de trabajar como él, seas la única que hace la limpieza. Debes defender tus derechos.

Rodrigo.— (se acerca a su madre y apoya a la abuela) Sí, no es justo Jefa. Uno debe defender las cosas en las que cree. (Se rasca un brazo en el que tiene una venda que hasta ahora no se ha quitado y debajo de la cual tiene un tatuaje de serpiente pintado con henna).

Doña Lety.—  A ver, a ver, a ver... Ya te dio a ti sarna, o ¿por qué te rascas?

Rodrigo.— ¡Cómo crees, Ma?  No es sarna... Es un regalo de la abuela. Sólo que no lo había querido enseñar, porque ustedes son los que parecen de la momiza...

Don Rigo.— ¿Cuál regalo? ¡Y a quién le llamas momiza? ¿Qué te regaló esta señora?

Abus Lupita.— ¡Le disparé un tatuaje! Pero no se preocupen es una serpiente de...

Don Rigo.— Ahora sí se va de aquí. ¿Cómo se atreve?

Abus Lupita.— Es un tatuaje temporal. Es de henna, se le va a quitar en una o dos semanas.

Don Rigo.—  ¡Una serpiente enroscada en una calavera! ¡Bueno!... Ya nos tenía fritos con la idea de que la carne roja, y el café y el azúcar refinada eran veneno puro. Ya nos tenía hasta aquí con sus prácticas de meditación y sus sonidos de loca: OMMMMM OMMMMM. Todavía se le ocurre venir a tratar establecer reglas en esta casa, y luego, hace que mi hijo se pinte en su brazo una serpiente del diablo. Usted es una enviada del mal. Es un demonio. ¡Está aquí para perjudicarnos!

Rodigo.— Bájale, papá. Ya, ahora sí te viste bien rucailo.

Doña Lety.—  No es para que te enojes, Rigoberto. Ten en cuenta que es una anciana que no le hace daño a nadie.

Don Rigo.— ¡No? ¡Y qué no te parece bastante lo que acabo de decir? Mire señora. Si usted se sigue metiendo con mi familia le voy a tener que pedir que se vaya de la casa.

Doña Lety.—  Cálmate. La vas a hacer llorar. (Lo lleva a una habitación fuera de escena, pero se escuchan sus voces). Ella sólo se preocupa por la familia. Sólo quiere que seamos felices.

Don Rigo.— Quiere destruirnos. Mira nada más cómo marcó a Rodris como si fuera una res. (Sale de la habitación y le grita a la abuela) Sí, usted. Ahorita mismo toma sus tiliches y se va.

Doña Lety.—  (Sale tras de él). Una semana nada más, ¿sí, mi vida? Y te prometo que vamos a dedicarnos a encontrar a su familia. Seguro vive aquí cerca en la Unidad. Pero como la abuela siempre está aquí encerrada... Déjala que salga, que le dé el sol, que se oree y ya verás cómo no habrá más problemas.

Don Rigo.— Está bien. Que se pasee por la Unidad. Pero que no se meta con mis hijos. Y nada de tatuajes. (A Rodrigo) Y te quitas esa serpiente.

Rodrigo.—  Pero papá. No seas cruel. En unas semanas se va a quitar.

Don Rigo.—  Te la voy a quitar con agua y jabón. Ven acá.

Rodrigo.— A ver... Alcánzame... Si puedes.

Salen corriendo del escenario. Detrás de ellos salen doña Lety, la Abuela y Rodrigo quien hace un gesto de complicidad con el publico.


LA LOCA DE LA BOLSA NEGRA

Vemos a la abuela Lupita caminando desenfrenadamente por un andador de la Unidad. Lleva arrastrando una enorme bolsa de plástico quizá negra evidentemente llena de basura. Tras de Abus Lupita van Rodrigo con un peinado muy punk y una pequeña bolsa de basura vacía. Más atrás viene el atribulado Ernesto, con una bolsa todavía más grande que la de la abuela.

Ernesto.—  Espérenme no sean gachos, ya alcé yo toda la basura que me dieron los niños del edificio G. Y tú, Ernesto, nada más recoges la basura de las chavas que te gustan y dejas que Abus y yo hagamos todo el trabajo.

Rodrigo.—  Y yo qué culpa tengo de que a mí las rorras me persigan hasta para darme su basura. Mientras la abuela se pasa regañando a las señoras que tiran cáscaras de naranja en el piso, yo aprovecho para entrevistar a las chicas guapas que tiran sus chicles en las coladeras.

Llegan a una esquina donde están como diez bolsas de basura.

Abus.—  Qué barbaridad. ¿Pero por qué la gente tira basura donde no va? ¡Qué falta de urbanidad! ¿Y se fijan?: estas bolsas son de una misma persona.

Ernesto.— Ya me saliste detectiva,  Abus.

Abus Lupita.— Son igualitas, ¿te fijas? Me dan ganas de escudriñar cada bolsita a ver si encuentro algún dato (nombre, dirección o teléfono) del mugroso que las tiró aquí.

Rodrigo.—  Uy, no se la acabaría. Pero yo la verdad no me atrevo a hurgar en la basura. Capaz que me sale un cocodrilo.

Abus.— Tienes razón. Vamos a llevarnos también estas bolsitas. Ah, pero si pesco al que las tiró... (Se dispone a recoger bolsas, pero algo a lo lejos llama su atención)  Mira nada más qué veo. Una señora está haciendo una fogata afuera de su casa. ¡Me va a oír!

Abus deja su bolsa en el suelo y camina furiosa a regañar a la vecina “que no vemos, pero imaginamos”. Rodrigo y Ernesto se quedan a cargo de levantar la basura que falta. Rodrigo, entusiasta, trata de meter todas las bolsitas en la bolsa grande que dejó Abus Lupita.

Ernesto.— (Ve la escena desde lejos)  Hay que reconocer que la abuela tiene mucha energía.

Rodrigo.— Es dinamita pura.

Ernesto.— El problema con la dinamita es que siempre causa problemas. Ya ves cómo se le pusieron el otro día los  dueños de los autos a los que Abus les puso letreros en sus parabrisas.

Rodrigo.—  Es que se pasaron de la raya. 

Ernesto.— Sí, ¡eso de adueñarse de las banquetas para estacionarse! No conocen límites. Empezaron poniendo piedras. Luego, hicieron unas jaulas como para pollos, pero en lugar de meter animales, pusieron ahí sus autos. Se sienten dueños de las áreas comunes.

Llegan Don Rigo y Doña Lety y se sorprenden de verlos recogiendo basura.

Don Rigo.—  Pero mira nada más qué bonito. No sabía que estaban trabajando en el servicio de limpia. ¿Por lo menos les pagan bien?

Rodrigo.—  Estamos concientizando a la gente, papá. Es que no entienden que debemos vivir en un lugar limpio.

Don Rigo.— ¡Concientizando!... ¿Dónde he escuchado eso? ¿Donde?... No serán las palabras de una anciana latosa que anda poniendo letreros por todas partes: ¡Mal estacionado! ¡No use las jardineras como basurero! ¡No permita que sus animales anden sin correa! ¡No lave sus ventanas a manguerazos! ¡No invada zonas prohibidas!... ¡Deberíamos prohibirle que saliera a la calle! Ya comenzaron a llegar a la casa quejas de los vecinos por culpa de la abuelita. Ah... pero mírenla aquí se acerca.

Doña Lety.—  ¡Y trae una cubeta! Nos va a poner a limpiar el piso, mejor vámonos.

Abus Lupita.— Son mis cosas y puedo hacer lo que quiera con ellas... Habrase visto.

Rodrigo.— ¿Qué tienes abuelita? ¡De qué hablas?

Doña Lety.— Ya acabó de enloquecer.

Abus Lupita.— ¡Son mis cosas y puedo hacer con ellas lo que quiera!... No me miren así, no estoy loca. Es lo que me dijo una vecina que estaba quemando sus revistas y periódicos afuera de su casa... Y todavía se enojó porque le arrojé una cubeta llena de agua... (Ante la mirada incrédula de todos) No a ella... No a la señora.  A la pira... ¡A la fogata que estaba haciendo!

Don Rigo.— ¿Y se le hace raro que se haya molestado?... Si usted aquí es la autoridad, ¿verdad? Usted es la que tiene que estar apagando fogatas, dándole de bolsazos a los señores, regañando a los niños...

Doña Lety.— Se han ido a quejar, Abuela. Qué no les importaba si era de nuestra familia o si era adoptada o robada o prestada. Que como vivía con nosotros, éramos responsables de usted y de las cosas que hiciera. Nuestro deber según los vecinos es hacerla entrar en razón. Detenerla.

Don Rigo.— Deje de meterse a donde no la llaman. ¿No se da cuenta de que los vecinos no pidieron que usted los ayudara?

Abus Lupita.— ¿No se dan cuenta de que viven en un muladar? Todo está sucio, todo está hecho un caos, nada funciona.

Doña Lety.—  Eso ya lo sabemos, pero no se puede cambiar a la gente.

Abus Lupita.— Claro que se puede. Es cuestión de ponernos de acuerdo; es por el bien de todos.

Don Rigo.— A usted no le corresponde cambiar nada. Y sin autoridad está cometiendo un delito al meterse con los demás.

Abus Lupita.— Muy bien. No se hable más. (A Rodrigo y Ernesto) Vámonos muchachos. (Refiriéndose a las bolsas de basura) Dejen eso ahí. Hoy... no vamos a meternos en asuntos que no nos corresponden. (Se va, pensativa)

Rodrigo.— Pero abuela. No podemos claudicar. ¡Abuela!

Don Rigo.— Claudi... qué...

Ernesto.— Claudicar, papá... Darse por vencido.

Don Rigo.— Yo tengo mucha hambre. Les invito unas tortas.





LOS SANTOYO, ADMINISTRADORES

En la sala de la casa de los Santoyo. Doña Lety, Don Rigo, Abus Lupita y Ernesto.

Ernesto.— (al Público) La abuela no se había dado por vencida... Todo lo contrario. Pasó toda la noche escribiendo una carta que pegó por la madrugada en cada puerta de los vecinos de la unidad. Uno de los más interesados en leer la cartita fue mi padre...

Don Rigo.—  (Lee una carta en voz alta) “Por medio de la presente se avisa que a partir de ahora, la familia Santoyo, del edificio H, departamento 102, será la que se hará cargo de la administración de la Unidad. Por lo que se solicita cooperación para el saneamiento de la misma”. Pero, ¡cómo se le ocurre decir que somos los administradores!

Abus.— Alguien tenía que hacerlo. Además, usted bien lo dijo. No teníamos autoridad. Ahora sí la tenemos. Y no le quitamos el puesto a nadie, pues no había administrador...

Doña Lety.— Es que nadie quería enfrentarse con la gente.

Don Rigo.— Sólo nos vamos a ganar más problemas.

Ernesto.— (Al público) Y así fue. Para empezar circularon los rumores de que estábamos pidiendo dinero porque de seguro queríamos hacer un fraude.

Don Rigo.— (A Abus) Ya vio lo que dicen de nosotros. Que somos unos vividores, unos rateros, que vamos a vivir a costillas de los demás.

Abus Lupia.— No se fije. Vamos a solucionar eso haciendo una lista de pendientes para todo lo que falta en la Unidad y con el costo aproximado de cada cosa. Ya verán si tienen manera de decir que nos queremos quedar con algo. (Ordena, militar) Rodrigo:  papel y pluma.

Rodrigo.—  A la orden, Abus.

Abus Lupita: Se necesitan focos.

Rodrigo.— (Repite algunas de las cosas que va diciendo Abus Lupita) Focos, claro.
Abus Lupita.— Se necesita pagar para que limpien las coladeras; darle una lana al señor basurero para que lleve las bolsas de desperdicios al camión que pasa por las madrugadas; llamar a la Delegación para que se lleve cinco autos chatarra abandonados; buscar una compañía de control de plagas, impermeabilizar los techos de los edificios, comprar pasto para sembrar, componer la bomba del agua que un día sirve y otro no. (Hace cuentas) ...Yo creo que si pedimos a cada departamento unos trescientos pesos mensuales, pues ya podremos ir haciendo algunas mejoras.

Don Rigo.— Trescientos pesos... Para lo que usted pide se necesita que cada departamento ponga al menos mil pesos mensuales.

Abus Lupita.— ¿Sí?... Se le hace poco trescientos. A ver. Usted será el primero en hacer la aportación.

Don Rigo.— ¿Yo? Cómo se le ocurre. Primero a ver si los demás cooperan...

Abus Lupita.— Claro que van a cooperar, yo me encargo de eso. (Sale de escena entusiasmada...   Pasan varios días en un segundo y Abus Lupita  regresa, abatida. Don Rigo no puede evitar una sonrisa de satisfacción: “tuvo razón”).

Ernesto.— (Al público)  Nadie quiso cooperar. Ni trescientos pesos, ni mucho menos mil. Sólo recibimos doscientos pesos del carnicero don Chava y de Estelita, la de la Estética. Sólo que con doscientos pesos a penas si nos alcanzó para comprar unos cuantos focos... y unos chicles... Y ya.

Abus Lupita.— No nos vamos a dar por vencidos. Vamos a pegar otra circular (Toma papel y pluma. Dice lo que escribe). “Aquellos vecinos que no tengan dinero para mejorar el lugar donde vivimos, pueden ofrecer mano de obra para hacer trabajos en beneficio de la Unidad”. (Da instrucciones, con energía) ¡Ernesto, Rodrigo, sus papás también!... ¡Manos a la obra!

Don Rigo.— ¿Qué mosca le picó? ¿Cuál obra?

Abus Lupita.— Vamos a poner nosotros el ejemplo. Vamos a destapar las coladeras.

Doña Lety.— Sí, es buena idea. Acá abajo hay una coladera repugnante. Hay ratas que parecen conejos... ¡Y huele que trasciende hasta la cocina!

Don Rigo.— Ni lo sueñe abuelita. Sabe cuántas enfermedades, cuántos cultivos de bacterias puede haber flotando en un caldo sucio y pestilente. Es repugnante. Yo no limpio nada.

Abus Lupita.— Pues por las enfermedades lo digo. A poco quiere exponer a sus hijos a enfermedades infectocontagiosas...
 Además, no vamos a limpiar con nuestra ropa de diario. ¡No! Vamos a ponernos botas de hule, cubre-bocas y guantes.

Rodrigo.— Y camisetas, y camisetas cortas verdad Abus. (Se sube la manga y deja ver su tatuaje de serpiente)  ¡Yo sí ayudo!

Doña Lety.— Y yo también.

Don Rigo.— ¡Y yo los veo!


Salen de escena y Ernesto se queda hablando con el público.
Cambio de iluminación. Sonidos de que reproduzcan el trabajo de la familia tratando de destapar la coladera. Martillazos, gritos, palos de escoba y ganchos y varillas contra el asfalto, agua que se mueve, más gritos...

Ernesto.— (Con un cambio de vestuario que indique que trabajó intensamente). Yo también trabajé. Incluso mi papá. Pero no sólo él,  también algunos vecinos que nos vieron sufrir de lo lindo nos ayudaron cuando nos vieron sumergidos en la inmundicia. El señor Chava, del edificio de enfrente tenía una pala y una carretilla. Así fue más fácil llevarnos el lodo y la basura. La coladera quedó destapada y por primera vez en dos semanas mi mamá pudo abrir la ventana de la cocina sin que se metiera el olor a alcantarilla.
 Eso fue el principio de la ayuda entre vecinos. La gente empezó a cooperar de a poquito. Algunos dieron pintura que les sobraba. Otros, focos sin usar para colocarlos en los pasillos. Otros más se ofrecieron a hacer trabajos voluntarios. Pero como nunca falta el pelo en la sopa. A veces verde... Una vez que ya estaban pintadas las paredes y puestos los focos, no faltó el que se pasó de listo y empezó a pintar las paredes con graffitis y a romper los focos a punta de resorterazos.

ABUS LUPITA,
DEFENSORA DE LOS DERECHOS DE LA  UNIDAD

Exterior. Abus Lupita persigue a un Frutilupis (Representado por el actor que haga a Rodrigo). Es un supuesto vago [en realidad es un hijo de familia desorientado, punk light] que viste de harapos y está cubierto con una gorra de lana, pantalones a la cadera, pantalones de campana que pisa al caminar. Trae una lata de aerosol y escribe “¡Soy el Memelas!” cuando la Abuela está a unos pasos atrás. Finalmente la abuela lo pesca y le quita el aerosol y amenaza con echarle pintura encima. El Memelas se hace bolita en el piso sin decir nada.

Abus Lupita.— Así te quería encontrar.  Me vas a explicar cuáles son los motivos de tu pésima conducta. Qué. ¡No respondes? A ver si en lugar de pintar que te gustan las memelas te pones a pintar las paredes a las que les hace falta mantenimiento. Burro. ¿A dónde vas. (El Memelas se va arrastrando hasta incorporarse y salir corriendo) Espérame que no te me vas a ir vivo.

Ernesto sale a escena y habla con el auditorio.

Ernesto.— Mi abuela siguió al Memelas hasta la zona prohibida; a las canchas. Ahí donde los frutilupis eran dueños de su territorio. Y ahí, frente a una docena de vagos que fumaban, oían música y bebían cerveza, mi abuela está ahora tratando de hacerlos entrar en razón.

Abus Lupita.— (Se escucha su voz mientras Ernesto se queda reaccionado frente al público). Pero si son sólo una bola de escuincles babosos. Cuántos años tienen. ¿Menos de veinte? Si apenas se nota que acaba de salirles el bigote.  ¿Qué les gustaría más?... ¡Ponerse a lavar las coladeras o sembrar el pasto?  (Silencio. Los frutilupis no contestan) Qué. ¿Les estoy hablando en suahili o en japonés antiguo?

Voz de
Frutilupis
apodado
La Liendre.—  Será mejor que te vayas de aquí, vieja. Este lugar es nuestro.

Abus Lupita.— ¡Ah, sí? Las canchas son suyas. ¿Me permiten ver sus escrituras?

La Liendre.— Ahorita mismo te las enseño.

Abus Lupita corre como una guerrera hacia donde está Ernesto y mientras se pone detrás de él saca de una bolsa unas tijeras para cortar pollo. El Frutilupis llamado Liendre [Que es otra vez el actor que hace a  Rodrigo, disfrazado] llega amenazante con una navaja).

Abus Lupita.— No te tengo miedo, ninguno. Ahorita vas a ver.

Liendre.— Aquí están mis escrituras.

Abus Lupita.— (Con las tijeras)  Pues estas son las mías.

Liendre.— (Se ríe de la Abuela y sus tijeras) ¿Y qué vas a hacerme con eso, Abuela? Ya tengo quien me corte el pelo.

Abus.— Ah, sí. Pues ahorita yo te voy a hacer otro corte mejor, con más estilo. (Persigue a La Liendre y los escuchamos afuera del escenario) Mira. Yo no tengo problema ni contigo ni con tus amigos. Si quieren quedarse ustedes con la cancha entonces tendrán que ganarla.
Voz
de El Memelas.— ¡Cómo que ganarla!

Voz de
“El Cigüeñal”.— No sabes con quién te metes, abuelita. Te vamos a dar tu merecido.

Abus Lupita.— ¿Eso creen?

Ernesto —que para entonces estaba en el escenario frente, al público— “sale” a auxiliarla. Se escuchan gritos, golpes y si se puede se ven manotazos de intensa pelea.  Segundos después, vemos salir a Ernesto todo golpeado y a Abus Lupita sin un rasguño.

Ernesto.— ¿Donde aprendiste a defenderte así, abuelita?

Abus Lupita.— En mis tiempos de beatnik. (Ante la cara de Ernesto) Fue un poquito antes de los hippies. A esos sí los conoces.

Ernesto.— Tú sí que sabes negociar. ¡Eso de pedirles que se ganaran la cancha en un partido de futbol!

Abus Lupita.— El que gane el partido será el dueño de la cancha y nadie se meterá después con el vencedor. Además, quedamos en que ganen o pierdan, tendrán una pared exclusiva para hacer gráficas.

Ernesto.— Gráffitis, Abus. Eso estaría muy bien si se le quita lo de exclusiva. A mí también me gustaría pintar unos dibujos en pastel, unos diseños de ciudades, unas catedrales, Abus. (Pausa, la abuela se queda absorta tratando de imaginar las pinturas mientras dice la palabra GRAFFITIS) Pero... ¿Y quién va a jugar con ellos? Todo el mundo les tiene miedo...

Abus Lupita.— Me parece que Rodrigo va a querer. Él es muy entrón.

Ernesto.— No lo creas. Bueno... Si él se apunta, pues yo también, pues. Además tengo el balón que me regalaste. Puede también entrar el hijo de Estelita y los gemelos del 301...

Abus Lupita.— Ya ves cómo no es tan difícil... Vamos a ganarles (salen del escenario).








LA GUERRA CONTRA
LOS FRUTILUPIS

Vemos unas gradas improvisadas en las canchas de la Unidad. Sale Rodrigo vestido de jugador de futbol con una camiseta corta que deja ver su tatuaje. Juega con un balón y hace algunas suertes. Llega después Ernesto y con dificultad trata de seguir el juego que le propone Rodrigo, pero Ernesto no es muy bueno que digamos. Rodrigo se va a la cancha, es decir, donde está el público y Ernesto, se dirige al mismo.
  

Ernesto.—  (Al público) Mientras llegó el día del partido hubo una especie de tregua con los frutilupis, que ya dejaron que las mejoras avanzaran en la Unidad. Los cambios empezaron a notarse. Dejó de haber tanta basura, limpiamos las escaleras, pintamos las paredes y la Unidad parecía otra. Ya no daba miedo salir por las noches. Se podía salir sin temor a caerse en una coladera destapada o encontrarse con una rata que saliera de la basura. Descubrimos también que podíamos pedir ayuda a la Delegación. Nos dieron materiales para impermeabilizar y ellos destaparon el resto de las coladeras y pusieron barandales en las jardineras. También nos felicitaron por poner a funcionar el reglamento de condóminos. Nadie sabía que existía un reglamento para vivir con los vecinos y nadie sabía siquiera que nuestra Unidad tenía nombre. Pusimos un letrero a la entrada con el nombre en letras rojas “UNIDAD 16 DE SEPTIEMBRE”.  Ahora lo más difícil de todo es el partido de futbol con los Frutilupis. La abuela aceptó hacerla de árbitro, y mi papá... de narrador del partido... Imagínense....

Ernesto se va a jugar a las canchas. Sale Abus Lupita con su uniforme de árbitro. Toca un silbato y se va al público. Doña Lety, vestida de porrista, salta sobre el escenario.  Luego, vemos al Cronista deportivo Don Rigoberto, quien narrará el partido que sucede entre el público:


Don Rigo.—  ¡Comeeeenzaaaaaaamoooos! ¡El partido de la copa oficial Libertadores de las Canchas! Transmitimos desde las canchas de la Unidad 16 de Septiembre! No cabe duda que aquí la emoción desborda los ánimos. Mucho más que un Chivas-América, Mucho mejor que un Pumas-Cruz Azul... Como si fuera en el Azteca... que digo... ¡Como si fuera en el Maracaná! ¡Los Comejenes de las Canchas, alias los Frutilupis contra los Restauradores aguerridos, alias los Relámpagos sincronizados! El árbitro pone la pelota en el centro de la cancha y el Memelas saca ventaja y corre hacia la portería de lo los Aguerridos sin compasión. Le da de patadas al hijo de Estelita y GoOOOOOLLLL! Del Memelas. (...) Saque de meta. La liendre se pelea con el árbitro, quien parece que le va a sacar la tarjeta amarilla por picarle el ojo a mi hijo Rodrigo... Pero más que eso debería expulsarlo... Vemos ahora a Ernesto que se acerca al balón, o mejor dicho el balón se acerca a Ernesto... Y no lo puedo creer... Goooooolllll  ¡De mi hijo Ernesto!  Hay empate Señores y Señoras... Saque de meta. El Memelas se la da al Cigüeñal, el cigüeñal, avanza sin que nadie lo pare. Se la pasa al Sope, el Sope al Cigüeñal y.... Goooollllll, del ¡Cigüeñal!.... Pero qué vemos... Parece que el árbitro se ha desmayado... Y a pesar de eso la Liendre toma el balón y se dirige a la portería enemiga y se acerca y GOOOOOOOOOOLLLLL, de la Liendre... pero, parece que tendremos que suspender el partido. El Arbitro, es decir... Doña Lupita se ha desmayado. Con todo, hay que decir que el marcador hasta el momento es Un gol para los Aguerridos y tres goles para los Frutilupis... ¡Qué partido!...

Ernesto y Rodrigo llevan en brazos a la fulminada arbitro al escenario. Se escuchan truenos que anuncian tormenta.

LOS ACHAQUES DE LA ABUELITA LUPITA

Estamos de nuevo la casa de los Santoyo. Abus Lupita está acostada en un catre en la recámara que ahora es suya. Sentado en el borde de la cama está Ernesto, quien se dirige al público. Don Rigo y Doña Lety entran y salen y traen remedios.

Ernesto.—  Lo peor de aquella tarde no fue haber perdido con los Frutilupis, lo peor es que la abuela se empezó a sentir mareada y luego, con la lluvia que empezó a caer, se empapó y después le dieron principios de pulmonía y ya no pudo levantarse. Corrió la noticia y la gente empezó a traer toda clase de remedios: que miel para la tos, vitaminas para las defensas; ungüentos y emplastos... Hasta el Memelas vino a ver cómo seguía la abuela y le trajo un remedio para la fiebre que le mandó su mamá.

Abus Lupita.— (Se levanta con todo y cobijas; va hacia la maleta y saca un vestido. Se le ve a punto de desmayarse, pero aún así trata de seguir con sus actividades). Ya estuvo bueno de tanta flojera. Hay que ponerse a trabajar.

Don Rigo.— No, señora. Es la fiebre la que la hace delirar. Acuéstese y no proteste.

Abus Lupita.—  Pero y la basura...

Ernesto.— Problema solucionado, abuelita.

Abus Lupita.— Pero hay que limpiar las coladeras.

Doña Lety.— Ya los de la Delegación nos van a ayudar.

Abus Lupita.— Pero y las canchas. Si los Frutilupis ganaron quiere decir que las canchas son suyas.

En ese momento llega Rodrigo con buenas nuevas...

Rodrigo.— ¡Qué pasó mi Abus!, ¿ya te sientes mejorcita?

Abus.— Estoy muy preocupada porque estos muchachos frutilupis se quedaron con las canchas. Eso no lo podemos permitir.

Don Rigo.— Son suyas, abuela. Las ganaron.

Doña Lety.— Con puras trampas.

Rodrigo.— Pues sí, pero parece que con todo y todo, lo del futbol sí les gustó. Quieren que les demos la revancha.

Abus Lupita.— No lo sé. Yo todavía no me siento muy bien como para otro partido.

Rodrigo.— Tu puedes ayudarnos con ayudarte a ti misma esta vez. a curarte. Duérmete y nosotros nos vamos a entrenar. (A Ernesto) ¿No, mi campeón?

Don Rigo.— Esta vez yo también voy a jugar. No sé, creo que puedo ayudarles a ganar el partido.

Doña Lety.—  De cronista quedas mejor, mi vida. Ven vamos a dejar que doña Lupita duerma un rato. Buenas noches, abuelita. Te vamos a dejar descansar

Abus Lupita.— Buenas noche, hija. Buenas noches a todos.

Don Rigo, Doña Lety y Ernesto meten la cama  donde está acostada Abus Lupita. Vemos la escenografía del inicio. La sala familiar. Ernesto, al publico.

Ernesto.— El partido fue una revancha digna de recordarse. Les ganamos a los Frutilupis uno a cero, pero les ganamos. Estaban tan ardidos que nos pidieron que siguiéramos jugando. Parece que se dieron cuenta que era más divertido ponerse a jugar que estar acostadotes sin hacer nada. Yo sugerí que organizáramos un torneo en el que cada edificio de la Unidad tuviera su propio equipo. A todos se nos hizo muy buena idea y nos pusimos a entrenar. Las canchas fueron de todos, igual que la pared de los graffiti, que está quedando como un museo al aire libre, con pinturas al pastel y ciudades fantasma y catedrales... Y claro, también algunos graffitis. En cuanto a la abuela... se recuperó poco a poco. Llegábamos a contarle de nuestros partidos  y de cómo la Unidad seguía muy bien, que a varios se les ocurrió poner letreros en las jardineras para que siempre las mantuviéramos limpias. Y varios se ofrecieron a ser los administradores luego que se terminara nuestro periodo.

Entra Rodrigo con un nuevo peinado: de punk pintado de rojo. Luego entra Doña Lety con una pesada bolsa del mandado, pero atrás de ella llega don Rigo con una bolsa todavía más pesada, pero no se queja. Mira el nuevo peinado de Rodrigo y hace un gesto de disgusto, pero no dice nada. La abuela sale recuperada, con una sonrisa permanente y sirve la comida. Todos se sientan a comer.

Don Rigo.— El próximo sábado va a haber junta para elegir al nuevo administrador. Los Ordóñez y los Roque están dispuestos. No saben lo difícil que ha sido para nosotros.

Doña Lety.— Lo dirás por ti, con todo y lo que has trabajado.

Don Rigo.— Dije nosotros, dije nosotros.

Ernesto.— Si no hubiera sido por la abuela estaríamos viviendo todavía en el desorden.

Don Rigo.— Muy bien dicho, Ernesto. En el absoluto caos. Que satisfactorio es que hayamos claudicado. Bonito tu peinado Rodrigo.

Doña Lety.— Qué hambre tenía. Qué rico le salió el postre, Lupita.

La abuela, siempre sonriente,  lleva los platos a la cocina.

Rodrigo.— Ni se te ocurra lavar los trastos, Abus. Esos le tocan hoy a Ernesto.

Ernesto.— Sí, sí, no me estoy negando.

Doña Lety.— Qué rara está la Abus Lupita, no creen. No ha dicho una sola palabra...

Don Rigo.— Sí... Eso en ella eso es como un milagro.

Rodrigo.— No sea así, pa. Acaba de salir de una pulmonía.

Don Rigo.— Sí. Se ve como más delgada, no creen. Eso sí, está muy sonriente.

Doña Lety.—  Cómo no iba a estarlo, los vecinos le han traído varios regalitos como agradecimiento de que ahora vivimos mejor.

Don Rigo.— Sí, nada más estoy esperando ahora a ver que se le ocurre. Nos va a seguir metiendo en problemas con sus planes descabellados... (Bosteza)  Bueno. No sé ustedes, pero yo me voy a tomar una siesta. Nos vemos al ratito.

(Se mete a dormir la siesta).

Doña Lety.— Sí. Ya que los niños están lavando los trastos. Yo me voy a hacer un nuevo corte de pelo con Estelita.  No me tardo.
(Sale)

Rodrigo.— Oye, má. Dile a Federico, al  hijo de tu peinadora, que nos vemos en las canchas. Hoy las tenemos nosotros para entrenar. Ya vámonos, Ernesto. Apúrate con los trastos.

Ernesto.—  Voy. Allá te alcanzó.

Rodrigo.—  Sale.

(Se va)

Ernesto termina de secar unos  trastos y se va. Abus Lupita entra a su recámara y luego sale con todo y maleta. Se pone un vestido de flores, un blusón psicodélico y abandona el escenario. Ernesto sale para hablar con el público.

Ernesto.—  De la abuela Lupita no volvimos a saber nada. Después de esa tarde en que la veíamos sonriente y callada desapareció, del mismo modo en que llegó. La buscamos por todos lados. Hablamos a los teléfonos de emergencia. Pusimos anuncios con su foto... pero nunca volvimos a saber de ella. Fue un duro golpe, aunque entendimos que posiblemente la abuela encontró a su propia familia o simplemente se fue a otro sitio donde la necesitaran más. Nadie jamás la olvidó en la Unidad 16 de Septiembre, e incluso bajo el nombre oficial, alguien escribió: “Unidad Lupita” Y así es como la llamamos desde entonces.

Fin

® Benjamín Gavarre
sogem

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