Psicoanálisis colectivo,. Obra de Benjamín Gavarre


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Psicoanálisis colectivo, de Benjamín Gavarre

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LAS ESCENAS OCURREN EN LAS
MAÑANAS, CUANDO SON REALISTAS...
LOS PERSONAJES TIENEN
RELACIÓN CON ALGUNAS PERSONAS DE LA VIDA REAL,
CON CARACTERÍSTICAS DE ESAS PERSONAS,
PERO NO INTENTAN RETRATAR A NINGUNA EN ESPECIAL.
SON RESULTADO DE LA IMAGINACIÓN
QUE SE NUTRE DE LOS HECHOS REALES.


PERSONAJES:
DOCTOR LAVÍN 45 AÑOS
DOCTOR GÁLVEZ 59 AÑOS
LYDIA 44 AÑOS
RAMÓN 40 AÑOS
XAVIER 35 AÑOS
INMA 35 AÑOS
RENATA 32 AÑOS
RESIDENTE 27 AÑOS

La acción en un hospital de especialidades de la República Mexicana.
VEMOS EL INTERIOR DE UN CONSULTORIO DE LA SEGURIDAD SOCIAL. LO IMPORTANTE ES QUE SE NOTEN ALGUNAS SEÑALES QUE NOS RECUERDEN UNA INSTITUCIÓN GUBERNAMENTAL.
PARA LOS PACIENTES ESTÁN COLOCADAS EN CÍRCULO ALGUNAS SILLAS DESVENCIJADAS ASÍ COMO ALGUNOS PUPITRES Y UNOS BANCOS DE PLÁSTICO DE COLORES CHILLANTES. PARA LOS DOS MÉDICOS QUE DIRIGEN CADA SESIÓN HAY DOS MALTRECHAS SILLAS GIRATORIAS COLOCADAS FRENTE A FRENTE. ALGUNAS SILLAS PARA LOS ESPECTADORES PUEDEN ESTAR SITUADAS JUNTO A LAS DE LOS ENFERMOS. DESTACA UN ATRIL —PEGADO A UN PIZARRÓN— QUE RECUERDA A UNA CÁTEDRA. UN MICRÓFONO COLOCADO EN EL TECHO DEL CONSULTORIO ES EL SIGNO EVIDENTE DE QUE TODO LO QUE SE DIGA SERÁ REGISTRADO.
EL CONSULTORIO FORMA PARTE DE UNA CÁMARA DE GESSELL DESTINADA A OBSERVAR A LOS PACIENTES QUE ASISTEN AL GRUPO DE LOS LUNES Y VIERNES DONDE SE DA TERAPIA PSIQUIÁTRICA Y PSICOANALÍTICA A PERSONAS CON ANSIEDAD, DEPRESIÓN Y CUADROS DE SOMATIZACIÓN AGUDA. LAS CÁMARAS DE GESSELL ESTÁN DIVIDIDAS POR UN ESPEJO DE UNA SOLA VISTA DETRÁS DEL CUAL SE LOCALIZA UNA CABINA DONDE SE MONITOREAN DIVERSAS SITUACIONES. EL QUE ESTÁ DETRÁS DEL ESPEJO PUEDE OBSERVAR SIN SER VISTO. EN ESTE CASO, LA CABINA DETRÁS DEL CRISTAL SERÁ LO BASTANTE GRANDE COMO PARA QUE SE SITÚEN LOS ESPECTADORES, ESPÍAS DE LA TERAPIA. TAMBIÉN ESTARÁN UN RESIDENTE, HOMBRE JOVEN E IDEALISTA, MÉDICO EN CIERNES QUE GRABARÁ CON UNA CÁMARA DE VIDEO CADA SESIÓN. EL PÚBLICO OIRÁ LOS PARLAMENTOS DE LOS ACTORES POR MEDIO DE APARATOS DE SONIDO. TENDRÁ OPCIÓN DE OBSERVAR LA ESCENA A TRAVÉS DEL CRISTAL O DE VER LA TOMA DE VIDEO EN UNA O MÁS PANTALLAS DE TELEVISIÓN COLOCADAS DE MANERA DISCRETA EN LA CABINA DE OBSERVACIÓN DE LA CÁMARA DE GESSELL.
LA OBRA COMIENZA CUANDO EL DOCTOR LAVÍN Y EL DOCTOR GÁLVEZ —LOS DOS PSIQUIATRAS Y PSICOANALISTAS— ESTÁN SENTADOS FRENTE A FRENTE EN ESPERA DE LOS PACIENTES, QUIENES, EN ESTE CASO, HACEN ESPERAR A LOS MÉDICOS. EL RESIDENTE ENCARGADO DE MONITOREAR LA SESIÓN SALE DE LA CABINA DE OBSERVACIÓN POR UNA PUERTA CONTIGUA AL CONSULTORIO. EL ESFORZADO APRENDIZ ENTRA Y SALE PARA ENTREGAR RECETAS, EXPEDIENTES Y MEDICINAS AL DOCTOR LAVÍN QUIEN DEJA DE LADO PAPELES Y FÁRMACOS Y SE PONE A APRETAR, SIN OBJETIVO APARENTE, LOS BOTONES DE SU TELÉFONO CELULAR.
EL OTRO PSIQUIATRA, EL DOCTOR GÁLVEZ, HOJEA UN LIBRO ESCRITO POR HARRY FORRESTER LLAMADO EL SUICIDIO: ORIENTACIONES ACTUALES DE TANATOLOGÍA. EL ESPECTADOR ATENTO PODRÁ LEER AL MENOS LA PALABRA SUICIDIO.

ESCENA I. 1
EN LA QUE
EL DOCTOR LAVÍN Y EL
DOCTOR GÁLVEZ HABLAN
SOBRE LOS EFECTOS
QUE CAUSÓ EN LOS PACIENTES
LA MUERTE DE LAURA.


Doctor Lavín.— (Como conclusión de una larga reflexión, pero sin dejar el juego mecánico con su teléfono) Estos cretinos. ¿Creen que uno tiene tiempo de ir a cuidarlos a sus casas para que no se maten!
Doctor Gálvez.— (‘Sumergido’ en el libro). No debí revelar la muerte de Laura. Les dio en su madre.
Doctor Lavín.— (Ácido) No, ¿de veras? ¿Y esperaba que fuera de otro modo, Doctor? Ya vio como reaccionó Lydia. Piensa que también va a broncoaspirar como la pendeja de Laurita. Usted les dijo, ¿verdad? “Su compañera Laura se suicidó, se ahogó con su vómito”.
Doctor Gálvez.— Si ya lo sabe, doctor, para qué pregunta.
Doctor Lavín.— Es que no se vale. De por sí doña Lydia no quiere tomar la bromoxetina. Que le da miedo volverse adicta a la muy imbécil. Debería recetarle heroína. Adicta sería menos insoportable.
Doctor Gálvez.— Ya sabe. Piensan que las medicinas únicamente sirven para curar infecciones. Si les digo que el cerebro también necesita medicinas se me quedan viendo como indignados. A lo mejor creen eso de que en el cerebro está el alma. Está en la pineal, ¿se acuerda?... ¿Quién lo decía?
Doctor Lavín.— (No hace caso) Tener que aguantarlos porque son derechohabientes... No sé. A veces me dan ganas de quedarme con la consulta privada y nada más. Pero ahí sólo tengo a puro oligofrénico, a niños con déficit de atención, a señoras ricas y aburridas.
Doctor Gálvez.— (Sigue en sus propias ideas) Descartes lo decía: “en la glándula pineal está el alma”. O el tercer ojo, para otros...
Doctor Lavín.— Por más que le embarro en la cara que no la soporto... y aquí sigue. Vieja pendeja.
Doctor Gálvez.— ¿Lydia?
Doctor Lavín.— Pero eso sí: siempre llega tarde. Mira que llamarme asesino.
Doctor Gálvez.— Todos llegan tarde.
Doctor Lavín.— Eso. Si aplicáramos el reglamento podría decirle que se largara. Por llegar tarde.
Doctor Gálvez.— Todos llegan tarde. Todos faltan.
Doctor Lavín.- Deberíamos aplicar el reglamento.
I.2 LYDIA Y EL IMPACTO QUE CAUSÓ EN ELLA
EL SUICIDIO DE LAURA


UN REFLECTOR AÍSLA AL PERSONAJE LLAMADO LYDIA. ES UNA MUJER DE CUARENTA Y CUATRO AÑOS. USA BASTÓN. TIENE PROBLEMAS CON LOS ESPEJOS, EN ESPECIAL CON EL ESPEJO DE LA CÁMARA DE GESSEL, AL QUE DE REPENTE MIRA CON FURIA. EN OCASIONES HABLA CON CIERTA DIFICULTAD Y CIERRA LOS OJOS PARA CONCENTRARSE. TUVO UN INFARTO CEREBRAL DEL QUE SE ESTÁ RECUPERANDO, AUNQUE TIENE OTROS DOLORES. USA ZAPATOS DE NIÑA. ES EXCESIVAMENTE CUIDADOSA EN SU ARREGLO PERSONAL. ES APARENTEMENTE DULCE, PERO TIENE UNA INFINITA RABIA QUE A VECES MANIFIESTA, FULMINANTE.

Lydia.— Laura nos avisó. Lo dijo muy claro. Avisó. Dijo que se quería morir. Después, ya casi no hablaba. Ya en las últimas sesiones tenía la mirada perdida. A María le dijo que estaba reuniendo los frascos de ansiolíticos y antidepresivos. Tomó cinco frascos enteros. ¿Cómo se dice, Doctor? ¿Bronco-aspiró? Se quedó dormida y luego se vomitó... Se ahogó. ¿Alguien habló a su casa para preguntar por ella? ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en serio, que esta vez de verdad se quería morir?

OSCURO

Lydia.— (Voz grabada) [Deseo por lo menos aventarle un litro de sangre a la cara, por lo menos arrojarle un deposito lleno de orina y mierda. Arañarle la espalda con suaves navajas. Meter una lavativa en sus torcidos intestinos. Comentar con disimulo lo mal que se vería todas las mañanas al despertar, carcomido por la culpa. Insistir en vaciarle una cubeta de los más diversos excrementos, por qué no, en la boca... Cómo lo deseo].

LYDIA SE ACERCA AL DOCTOR LAVÍN Y LE ESCUPE LA CARA. ÉSTE ÚLTIMO NO SE INMUTA. ESTÁ CONCENTRADO EN UN EXPEDIENTE.

EL REFLECTOR DE NUEVO ILUMINA A LYDIA.

Lydia.— (como en un eco) ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en serio, que esta vez de verdad se quería morir?
Doctor Lavín.— Si usted pudiera regresar en el tiempo... Si pudiera haber evitado la muerte de Laura..., ¿a quién habría acudido?
Lydia.— A los médicos. Ustedes deberían haberse ocupado. Tienen la responsabilidad de nuestras vidas en sus manos.
Doctor Lavín.— Yo pensaba que ese papel le correspondía a Dios mismo. ¿Por qué esa idea suya?, ¿por qué esa fijación de querer responsabilizar a una figura superior de sus propias acciones y de las de los demás? Si no es el doctor, es el delegado que no hace su tarea. O si las cosas van mal en este país, es el gobernador o el presidente el que tiene la culpa. (Se corrige) Quise decir, la responsabilidad.
Lydia.— Hay países que viven mejor que el nuestro. Yo querría... Yo hago todo lo posible para que mis hijas vivan en un mundo sin suciedad. Cuando yo no esté, quiero que ellas tengan una casa limpia donde puedan vivir en paz.
Doctor Lavín. ¿Si usted no estuviera quién las cuidaría? ¿Su padre?
Lydia.— Mi padre ya murió, debería acordarse.
Doctor Lavín.— Pregunto sobre si su padre, el padre de las niñas, su marido, podría cuidarlas.
Lydia.— ¿Ése? Por qué cree que sigo viva. Ya me hubiera pegado un tiro si no fuera por mis hijas. No soportaría tanto dolor y no tendría que permanecer en este basurero de mundo. Usted no tiene hijos. No sabe de lo que estoy hablando. No puede resolver mis problemas.
Doctor Lavín.— Y su padre, el de usted, ¿él sí podía resolverlos?
Lydia.— ¿Por qué insiste tanto con eso? Sí, él sí podía, pero cuando era niña. Ahora estoy sola.
Doctor Lavín.— Pobre víctima sin ayuda. Tal vez necesita que venga Dios Padre en persona.
Lydia.— (Se desata en furia) ¿Esa es una broma? No se vale burlarse de sus pacientes doctor. Usted y el otro doctor tienen mucho sentido del humor. Siempre hacen comentarios hirientes, bromas según ustedes. Les da mucha risa el dolor ajeno. Se burlaban en una ocasión de que yo no tuviera idea de qué era el complejo de Electra. “se trata de una problemática profunda, no de sentirse menos”. Les dio mucha risa que yo no supiera nada de teatro, nada de Electra, nada de esa complejidad.
Doctor Lavín.— Electra amaba a su padre.
Lydia.— Ya lo sé. Ya me lo dijo. Me contó la historia.
Doctor Lavín.— Usted amaba a su padre
Lydia.— Cuando enfermó... (A punto de llorar) Nunca pensé en verlo derrumbarse de esa forma. Me sentí desamparada.
Doctor.— Lydia. Nadie puede salvarla del desamparo. Nadie es capaz de solucionarle sus problemas. Ni siquiera su padre podía. Ni siquiera Dios.
Lydia.— Usted no entiende nada.
Doctor.— Le repito la pregunta. Qué habría hecho usted, usted misma para impedir la muerte de Laura.
Lydia.— No me correspondía a mí. No era mi deber.
Doctor.— Si usted estuviera en el caso de Laura, ¿quien la salvaría?
Lydia.— Estoy en el caso de Laura, ¿no se da cuenta? Nadie puede salvarme.
Doctor.— ¿Quiere vivir en el dolor?, ¿para el dolor?
Lydia.— Mis hijas ya no me toleran. Están cansadas de vivir con una madre que se queja tanto, con una madre que no sonríe. Trataba de acordarme el otro día de cuándo había sido yo feliz. Antes me reía, antes gozaba de la vida. Antes.
OSCURO



I.3

XAVIER, RENATA, RAMÓN Y INMA ESTÁN
EN ESCENA.
OTRO DÍA


SE PRENDE LA LUZ GENERAL Y VEMOS A LOS PACIENTES XAVIER, RENATA, RAMÓN Y INMA. ESPERAN LA CONSULTA. XAVIER ES UN HOMBRE DE TREINTA Y TANTOS, VESTIDO COMO UN ADOLESCENTE MUY PULCRO. ES COMO UN DEPORTISTA CON ROPA IMPECABLE. A VECES ES PODEROSAMENTE INTUITIVO, AUNQUE A VECES PUEDE TOMAR LAS COSAS CON DEMASIADA LIGEREZA. RENATA ES UNA MUJER HUMILDE QUE NO DEJA DE MOVER LAS PIERNAS. DICE SER DISEÑADORA DE MODAS PERO VISTE SIN IDEA ALGUNA SOBRE CÓMO COMBINAR LOS COLORES, COMO SI NO PENSARA SINO EN CUBRIRSE CON TODA LA ROPA QUE ENCONTRARA A SU PASO. COMO CONSECUENCIA SIEMPRE ESTÁ ACALORADA E INCÓMODA. RAMÓN ES UN HOMBRE RUDO, UN TRABAJADOR DE BARRIO BRAVO QUE SE HA ABIERTO PASO A CODAZOS. INMA TIENE UN ASPECTO DE NIÑA VIEJA. LAS MARCAS DE SUFRIMIENTO TRATA DE BORRARLAS CON UNA SONRISA DIRIGIDA AL QUE SE DEJE, SIN EMBARGO, EN UN SEGUNDO PUEDEN DESATARSE EN LLANTO.

Inma.— Ya se tardaron los doctores.
Xavier.— Hoy nada más viene Lavín.
Ramón.— (Molesto por la familiaridad, acentúa el grado del médico) El doctor Lavín.
Inma.— ¿Cómo sigues, Renata?

RENATA NO CONTESTA. SÓLO HACE UN GESTO PARECIDO A UNA SONRISA, MIENTRAS MUEVE LAS PIERNAS CON MAYOR NERVIOSISMO DEL QUE TENÍA ANTES DE LA PREGUNTA DE INMA.

Xavier.— (A Renata) Supimos lo de Laura gracias a que tú hablaste de querer suicidarte. Ya ves, no se te ocurra ni volver a pensarlo.
Renata.— En esas ando.
Xavier.— Muy mal. Yo no soy especialista, pero tú lo que deberías hacer es...
Ramón.— (Interrumpe) Nada. Precisamente, no te toca a ti decir nada. Por primera vez estoy de acuerdo contigo. Hay que esperar a los doctores, a los especialistas. Son asuntos delicados.
Xavier.— Los esperaremos pues. A Lavín pues... (Retador, a Ramón, quien lo mira con desagrado) Al doctor, ¿verdad?
PAUSA

INMA ROMPE A LLORAR.

Inma.— Yo sabía. Laurita me lo dijo. Yo ya a me lo había imaginado porque hace como tres semanas que dejó de venir. Y me lo dijo. Me dijo que tenía todas esas pastillas. Y yo no dije nada. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado. Pudo haberse evitado.
Ramón.— La institución debió hacerse cargo.
Xavier.— Já. Permíteme y me carcajeo. ¿La institución? Date de santos con que puedas venir a Psicoanálisis aquí. Estamos en una sección de lujo, aunque no lo parezca. ¿No has oído a Lavín?, (Imita al doctor Lavín) “No sé por qué tenemos consideraciones con ustedes. Son pacientes privilegiados en un sistema de salud saturado”. Mis huevos.
Ramón.— Pues yo sí me siento como un privilegiado entre tanta gente que viene al hospital. ¿Has visto las colas que se hacen en los elevadores de la planta baja? Ciento cincuenta pacientes por minuto tratando de subir en el único elevador que sirve porque los otros tres siempre están descompuestos. ¿Quién es capaz de satisfacer tanta demanda? No hay hospital que aguante. No hay sistema de salud que resista. “Ni resistencia que apoye tanto”. Si me permites la expresión.
Xavier.— No por nada le dicen “el zoológico”.
Ramón.— ¿Cómo?
Xavier.— Así le dicen, a la planta baja, (Vuelve a imitar a Lavín) “donde se canaliza a todos los pacientes”, le dicen el zoológico, ¿no te parece gracioso?
Ramón.— Son, con el perdón, chingaderas, eso es lo que son. Pero hay que decir la verdad, si tuviéramos que pagar la consulta estaríamos más jodidos.
Inma.— Eso sí. Si ya con las medicinas tenemos bastante.
Xavier.— Mi querida Inmaculada. Esas medicinas las pagamos tú y yo.
Ramón.— No salgas con esas. Si tuviéramos que pagar lo que cuesta un tratamiento, estaríamos todavía más dementes de lo que estamos.
Xavier.— Yo demente no estoy. Dime paranoico, inestable, pero demente, demente, no estoy. Eso déjalo para los psicópatas, para los esquizofrénicos, para los sicóticos... los sociópatas, los secretarios de estado... los jefes de estado... Bueno, es un no poder acabar. Pero demente o no, tengo derecho a que me den un buen servicio. Y sí: yo pago por él.

RAMÓN NO TIENE SENTIDO DEL HUMOR. MIRA CADA VEZ MÁS SERIO AL AVISPADO XAVIER.

Inma.— No lo sé. Todos nos quejamos de la calidad del servicio. Para conseguir una medicina fuera del cuadro básico casi tienes que hablarte de tú con la encargada de farmacia.
Xavier.— O con el sacrosanto “Secretario de salud”. Digo, por decir lo menos.
Inma.— ¿Verdad? Eso si es que la medicina está disponible, que nunca están disponibles. Luego, nos recetan antidepresivos que nunca hay, y cuando llega a haber, te lo cambian por la medicina de otro laboratorio que no sé si quieran experimentar con nosotros como si fuéramos... Cómo se dice, ¿conejos?
Xavier.— Conejillos de indias. Ratas de laboratorio, monos ti ti.
Inma.— Pues conejos, perros, monos somos. Pero, según tú Ramón somos privilegiados. Todos estamos bien jodidos.
Ramón.— Son cuestiones muy delicadas. Estoy de acuerdo en que no sabemos qué efectos pueden causar en nosotros los cambios tan repentinos de sustancias.
Inma.— Lo que sí sabemos es que Laurita se murió por tomar toda clase de pastillas. Se tragó todas las que pudo conseguir.
PAUSA

Xavier.— Laurita siempre se comportó como una niña. Era como la hermana de sus hijas. Quería que su esposo la siguiera cuidando y no aceptó nunca el papel de madre. Quería seguir siendo la niña de papá. Se enfermó para que la mimara papi. Cuando papi se hartó de la enferma maloliente, ella hizo un último berrinche.
Ramón.— Yo no me imagino que dirían las hijas de Laura si te oyeran insultar a su mamá. Tú como no tienes hijos.
Xavier.— Fue una figura del lenguaje. Una figura retórica. Te explico: quise decir que ella hizo todo lo que pudo para llamar la atención de su esposo. Nunca quiso madurar.
Ramón.— Sé lo que son las figuras retóricas.
Xavier.— (malintencionado) Es cierto. Que das clases... No me acordaba. En primaria, ¿verdad?

1.4
LLEGA
EL DOCTOR LAVÍN.

Doctor Lavín.— Disculpen la tardanza, pero creo que les avisé la vez pasada que tenía un congreso.
Xavier.— ¿El doctor Gálvez no viene?
Doctor Lavín.— Se quedó tomando notas.
Xavier.— ¿Estuvo interesante?... ¿Su congreso?
Doctor Lavín.— Mucho. En otra ocasión con gusto lo comentamos... (pausa).


PAUSA.

LOS PACIENTES TRATAN DE PASAR DESAPERCIBIDOS PARA NO ENFRENTAR EL MOMENTO EN QUE TIENEN QUE HABLAR. EL DOCTOR NO TIENE QUE DECIR QUE HABLEN, ELLOS SABEN QUE EMPIEZA EL QUE ASÍ LO DESEA. EN ESTE CASO ES RAMÓN.

Ramón.— Se me han estado presentando nuevos síntomas. Me siento cada vez más torpe. Llevé a mi hijo el lunes pasado a la escuela y en un momento que iba manejando perdí la idea de dónde estaba. Se me nublaron los ojos y tuve que estacionarme para no chocar. (pausa) Otras veces me ha pasado que digo algunas palabras distintas a las que pensaba decir. No me gusta preguntar, pero luego me doy cuenta de que la gente me mira raro, como si no me comprendiera. Lo peor es que no estoy seguro de si dije lo que pensé o algo totalmente distinto. Luego, en el pizarrón escribo las palabras, pero los niños me gritan, me reclaman porque me faltan letras. Escribo las palabras y a veces me doy cuenta de que me faltan letras o a veces me dicen los niños que me faltan letras.
Xavier.— Te faltan vocales o consonantes.
Ramón.— A veces vocales, a veces consonantes. No veo cual sea la intención de tu pregunta.
Xavier.— ¿Eres disléxico, Ramón?
Ramón.— No que yo sepa.
Xavier.— Preguntaba porque a mí me pasa lo mismo. O me pasaba. Cuando me vino la crisis de mis piernas que se me dormían y el cerebro también con parestesia, se me nublaba la vista. Me sentía muy aturdido y no podía articular palabras. Imagínense, yo también, que soy maestro como Ramón... cuando estoy dando clase me tranquilizo y siento mayor fuerza. Ahí no me equivoco. Sólo cuando me enojo, entonces sí, pierdo hasta la vista. Y la voz.
Ramón.— Cada vez que le grito a mi mujer o a mis niños siento que todo está rojo. Siento como la cabeza caliente y que no me puedo controlar.
Xavier.— ¿Es eso lo que sucede, doctor? Todos esos síntomas de dolor de cabeza y de confusión se deben a lo mismo, a la ira, ¿al enojo?
Doctor Lavín.— (Responde brevemente) Se llama somatización (Y cambia la idea) Ramón, ¿y cuando está en esos momentos de furia con su esposa, no le ha servido el hacer un alto? (Ante la mirada de incomprensión de Ramón) No ha intentado frenar su enojo.
Ramón.— Quisiera hacerlo, pero no puedo. Lo último que he logrado es que ahora golpeo las paredes. A veces sólo la mesa. O rompo algo. He logrado por lo menos eso. Ya no les he pegado a ellos.
Doctor Lavín.— ¿Está tomando su medicamento?
Ramón.— He estado tratando de disminuir la dosis, la verdad no quiero volverme dependiente.
Doctor Lavín.— No me diga. Ahora usted es el doctor.
Ramón.— Es que. Me he sentido un poco mejor tomando nada más un cuarto de pastilla. Lo que me hace falta es identificar el origen de mis problemas. Saber, entender... Qué me hace enojar tanto.
Doctor Lavín.— ¿Y qué es Ramón? ¿Cuál es el motivo de su ira?
Xavier.— A eso iba yo, doctor. Cuando preguntaba si los síntomas se deben a la ira, o al enojo, a la furia... Pero en todo caso es necesario saber qué es lo que causa tanta rabia, tanta, tanta...
Inma.— Es como si se atacara a uno mismo uno. ¿No, doctor?, como si en lugar de hacer un coraje hacia los demás uno se lo hiciera consigo misma.
Doctor Lavín.— Ahora resulta que todos son aquí son médicos. Todos son psiquiatras.
Ramón.— Pues si usted es el que sabe, explíquenos.
Xavier.— Por ejemplo, qué pasa con los cambios de medicina, qué problemas puede haber...
Dorctor Lavín.— Usted, Xavier siempre está buscando focos rojos.
Xavier.— No entiendo. Qué quiere decir.
Doctor Lavín.— Le dejo la pregunta de tarea. (Cambia la conversación) Y cómo está usted Renata, que la noto muy callada. Cómo sigue de sus piernas.
Renata.— Mal, doctor. Todo sigue igual. Le volví a decir a mi marido de un departamento que rentan, que está cerca de su casa para que vea a su mamá, pero no quiere. Tampoco mi niña quiere, dice que me vaya yo sola si quiero, que ella se queda con su abuela.
Inma.— Pues vete Renata, qué esperas.
Ramón.— Doctor, a mí me parece que no hemos terminado con mi asunto.
Doctor Lavín.— Tenemos muchos asuntos, Ramón. Renata nos dijo que si su marido no se iba con ella, sería capaz de matarse. ¿Quiere otra vez un suicidio como el de Laura?
Ramón.— Todos tenemos necesidad de ser escuchados.
Doctor Lavín.— Así es, pero será en otra sesión, porque está ya terminó y tengo a otros pacientes. No nada más son ustedes, ¿lo sabían? Por cierto, les voy a pedir algo. Ya no falten tanto. Vienen a veces unos y a veces otros y si no hay continuidad... pues no puede haber resultados, ¿verdad? Nos vemos el próximo lunes.

EL DOCTOR LAVÍN SE VA. RAMÓN SALE TRAS ÉL. INMA SE LEVANTA SIN SABER QUÉ HACER. XAVIER SE QUEDA PENSATIVO Y EXCLAMA:
Xavier.— “Hombres no me faltan, mujeres no me sobran”, ¿quién dijo eso?
Inma.— Lo has de haber dicho tú.
Xavier.— No es así, pero muchas gracias, lo dijo un escritor “muy conocido, por los conocedores”. Eso también lo dijo un escritor, otro.
Inma.— Vámonos, ¿quieres?
Xavier.— Sí.

SALEN ABRAZADOS COMO AMIGOS
OSCURO
1.5

GÁLVEZ, QUIEN PIENSA ESTAR A SOLAS,
DA CÁTEDRA A UN AUDITORIO IMAGINARIO
SOBRE EL SUICIDIO DE LAURA LUZ


EL REFLECTOR SE CIERRA AHORA SOBRE EL DOCTOR GÁLVEZ, QUIEN TOMA LA ACTITUD DE UN MAESTRO A LA ANTIGUA EN EL ATRIL QUE SEMEJA UNA CÁTEDRA.

Doctor Gálvez.— La noticia que a todos conmueve es sin duda aleccionadora. En el caso de Laurita... de Laura Luz... pudimos observar una contradicción: tuvo fuerza para recuperar la salud física, pero no pudo resistir que sus seres queridos fueran indiferentes ni cuando se destrozó la columna ni cuando sanó casi milagrosamente.
Nunca supe de una fractura vertebral que se restableciera tan pronto y con tan buenos pronósticos. Sin embargo el accidente no hizo que su marido la quisiera más. Las enfermedades se fueron entonces presentando una tras otra. Se llenó de dolores: reales, concretos. Le salieron úlceras en la piel. Todo era en un principio psicosomático, pero las enfermedades psicosomáticas son enfermedades verdaderas.
Sus hijas, a pesar de todo, no le hacía caso. Su marido tampoco. Les compró la casa que rentaban. Pidió prestado para pagar una enorme casa. Pero su esposo la abandonó y se llevó a las niñas con él. Nada de lo que hiciera Laura bastó para atraer la atención de los que quería, de los que deseaba controlar mejor dicho. Ella no fue una víctima. Los quería tener siempre a su lado, sometidos, pero no tenía la suficiente fuerza para sujetarlos. Laura Luz necesitó morir para provocar... solamente indiferencia.

SALE EL RESIDENTE DE LA CABINA Y LE ENTREGA UNAS TARJETAS AL DOCTOR GÁLVEZ. EL RESIDENTE TOMA UN MICRÓFONO Y HABLA ANTE OTRO AUDITORIO IMAGINARIO, NO SIN LA EVIDENTE MOLESTIA DEL PSIQUIATRA GÁLVEZ QUE SE SIENTE DESCUBIERTO.
I.6
EL RESIDENTE:
SOBRE LOS
RECURSOS DE LA
INSTITUCIÓN
FRENTE AL
SUICIDIO

Residente 1.— ¿Qué debe uno hacer en casos en los que una paciente está decidida a morir. ¿Hay que vigilarla día y noche? Se le puede internar, se le debe encadenar. ¿Y si se escapa? ¿Y si se cuelga o se arroja por la ventana? Internarla es conveniente. Que use una camisa de fuerza dirían algunos. El Estado debe proveer los medicamentos necesarios. Sin embargo, no podemos hacernos cargo de todos los pacientes. No hay presupuesto. Por otro lado, los pacientes ya pueden manejarse fuera de los hospitales...
I.7

LYDIA Y LAVÍN
SE ENFRENTAN
ESTÁN
COMO TESTIGOS
INMA Y RENATA.


Lydia.— (Al doctor Lavín, que se ve atormentado) Voy a decirle una cosa doctor. Me alegro de que Laura se haya decidido a morir. Ella ahora está descansando. Sin siquiera una llamada telefónica, de ella o para ella. Nosotros en cambio tenemos que estar aquí, soportando tanto dolor. Yo lo haría. No sabe cuánto desearía poder acabar con todo. Si no fuera porque...
Doctor Lavín.— ¿Y por qué no lo hace? (Observa la reacción sorprendida de Lydia)
Lydia.— ¿Quiere que me suicide?
Doctor Lavín.— No. Usted lo desea, ¿no lo dijo?
Lydia.— Tengo que cuidar a mis hijas.
Doctor Lavín.— Sus hijas ya no la necesitan, ¿no lo dice siempre? Trabajan, son independientes, no soportan que usted siempre esté tratando de arreglarles sus vidas. En cuanto a su marido... ¿Vale la pena seguir viviendo con él para demostrarle cuánto lo odia?
Lydia.— Para usted es muy fácil hablar. Según esto yo odio a todos los hombres. Incluso a usted supongo. Usted piensa que yo no tengo nada más que hacer sino echarle la culpa de todas mis desgracias a los hombres. Según usted todas las mujeres odiamos a los hombres y no aceptamos ninguna responsabilidad de nuestros problemas. ¿Y usted? No será que odia a las mujeres usted?
Doctor Lavín.— ¿Qué piensa de eso que acaba de decir?
Lydia.— ¿De que lo odio a usted?
Doctor Lavín.— Dijo algo más, ¿recuerda?
Lydia.— Dije muchas cosas. ¿De que no acepto la responsabilidad de mis problemas? ¿Sigue con la idea de que mi infarto cerebral lo provoqué yo misma?
Doctor Lavín.— ¿Usted qué piensa?
Lydia.— ¿Sabe que mi hija la mayor dice que usted está loco?....
Doctor Lavín.— Le voy a pedir algo con toda seriedad. Piense, reflexione en ese odio que dice sentir por su esposo y también piense en por qué sigue con él. Piense también en qué la hace seguir aquí... conmigo.




















CUADRO SEGUNDO



EL ESCENARIO SIGUE SIENDO CASI EL MISMO, SIN EMBARGO SE PERCIBE CIERTA DISTORSIÓN EN ALGUNAS DE LOS OBJETOS: EN LAS SILLAS, EN EL ATRIL, ETC. ALGUNOS CUADROS EXTRAÑOS QUE NO ESTABAN ANTES, CUELGAN DE LAS PAREDES.
II.1

GÁLVEZ EXPONE EL CASO
DE RENATA

Doctor Gálvez.— (Aparentemente solo, desde su cátedra en la que ensaya lo que piensa sobre un paciente antes de empezar la sesión). Renata es una mujer de muy escasos recursos. Lo que digo se puede entender en todos los sentidos. No tiene dinero, educación, sentimientos ni afectos. Su deseo de morir se expresó primero en un dolor crónico en cabeza y piernas. Su conflicto aparente lo constituye un Yo maltrecho, agobiado por la figura materna. Su esposo, llamado Ricardo, es un adulto incapaz de madurar, incapaz de alejarse del abrazo de su madre, verdadera reina del hogar. Renata no soporta a su suegra, lo cual es de una trivialidad amenazante, al menos para los enemigos de las estadísticas. Lo curioso es que ella desea destronar a la reina, pero no tiene ni tendrá posibilidad alguna. Es una advenediza, una intrusa. Llegó a esta casa tribal, tuvo dos hijos, un hijo pequeño alimentado con refrescos y galletas, y una niña, ya casi adolescente ahora, a la que no tolera, a la que podría desfigurar con ácido sulfúrico. A la que podría estrangular si su doméstica, estrecha, pequeño-burguesa moral se lo permitiera. A su hija... a quien podría cortar la yugular si salieran a la luz sus deseos reales, que no sus reales deseos.
Renata es una tirana sin reino. Quiere gobernar, pero no tiene partido, ni votos, ni dinero. Su hija no la acepta. Su mayor tortura es que la niña adora a la madre, a la suegra, reina de corazones. Renata no es princesa, no es Lady Di, no tiene marido que valga, no tiene casa, no tiene hija, no tiene a nadie.

“ENTRA A ESCENA” EL RESIDENTE Y APLAUDE AL DOCTOR GÁLVEZ. ÉSTE ÚLTIMO, MEDIO SE EMOCIONA, PERO TAMBIÉN RECHAZA LO QUE PODRÍA CONSIDERAR UNA BURLA.

CUADRO II.2
RENATA.
SUS RAZONES
SALE EL ASISTENTE.
PERMANECE EL DOCTOR GÁLVEZ,
QUIEN POR ESTA VEZ CONDUCE LA SESIÓN.
ENTRAN AL ESCENARIO RENATA,
XAVIER Y LYDIA.


Renata.— A mí nunca me avisaron de la muerte de mi papá. Mi madre nunca me dijo nada. No me ha perdonado que fuera una fácil, que me vieran besándome con el vecino. Todos decían que era yo era una cualquiera. También cuando me casé con mi marido me decía mi madre: “ya te acostastes con él, pero si eres bien güilota”. Y no, yo me quedé panzona de mi niña hasta un año después de casada, si la maldita vieja me decía que yo no podía, que estaba infértil. Pero nunca pensó en su hijo, nunca dijo: “es que m’hijo es el que no sopla”. Era yo la mala. Luego, ya cuando tuve al niño, me decían “que si no era mío”. “Ya deberías ver más por tu mujer. No sale más que a andar de piruja”. Yo, como tengo mi carrera de diseñadora de moda y maquillaje, pues no le hago caso. O me puedo salir de ahí en el momento en que se me dé la gana. La vieja prefiere a mi cuñada, que ella sí estudió. Y su otro hijo más, que si tiene no sé cuantas carreras, también tiene como dos licenciaturas y tres maestrías y sabe muchos idiomas y que sabe inglés muy bien.

Xavier.— (a Renata) Yo no creo que tu problema sea tan grave como para querer morirte. ¿Por qué no simplemente te vas de esa miserable casa y dejas a tu marido y a la madre de tu marido y que sigan viviendo juntos? Y tú te vas y haces una nueva vida. ¿No eres diseñadora de modas?
Doctor Gálvez.— (Irónico) Nada más fácil. (Se pone de pie y va hacia Xavier) Vamos a ver, Xavier. Haremos una dramatización. ¿Si sabe de qué le hablo? (Xavier asiente pero sin estar seguro en qué juego se mete) Bien. El ejercicio no lo tiene como protagonista a usted. Sin embargo usted será el marido de Renata.
Xavier.— ¿Yo?
Doctor Gálvez.— ¿Prefiere interpretar a la suegra de Renata?
Xavier.— Hago al marido.
Doctor Gálvez.— Lydia será la suegra.
Lydia.— No. No soy actriz. No me haga eso.
Doctor Gálvez.— Ahora Renata, usted será la estrella de este drama. Está de acuerdo. Muy bien. Dígale a Ricardo que desea marcharse de aquí: Dígale: “Si no nos vamos de esta mugrosa casa con todo y mis hijos soy capaz de matarme”. Dígaselo.

PAUSA.
RENATA AL PRINCIPIO TÍMIDA SORPRENDE A TODOS CON SU ACTUACIÓN.

Renata.— (A Xavier) Mira, Ricardo. Tu madre te tiene agarrado de los huevos... (pausa) ¿Está bien así?
Doctor Gálvez.— Siga, no se detenga.
Renata.— (Se desahoga) Yo. A mí nunca me creyeron cuando dije que no era cierto que no me acosté con nadie. Yo la verdad ni era ni soy piruja ni nada. Cuando se murió mi papá ni siquiera me avisaron.
Doctor Gálvez— No se desvíe. Hable al marido. Háblele a su suegra.
Renata.— (A Lydia) Pinche vieja cabrona, te piensas que puedes darme órdenes a mí. Te robastes a mi hija, te robas a tu hijo... Yo me casé con él.
Doctor Gálvez.— ¿Qué le gustaría decirle a su hija? Yo soy su hija.
Renata.— (Al Doctor Gálvez) Maldita seas, desde que nacistes, cabrona. Te vas con ella. Me traicionas. Es cierto que yo no te doy cariño. Yo no sé dar besos ni abrazos. No me sale ser cariñosa. Pero te ayudo en lo de la escuela, te sirvo la comida, y tú nunca quieres estar cerca de mí. Tú no me sigues a mí. No te perdono. Nada más te vas con la pinche vieja esa.
Doctor Gálvez.— Qué le gustaría decirle a su madre.
Renata.— ¿A la madre de Ricardo?
Doctor Gálvez.— ¿A cuál otra?
Renata.— ¿A mi madre?
Doctor Gálvez.— Muy bien, dígale lo que en verdad desea.
Renata.— (Se relaciona con Lydia como si fuera su propia madre) Ojalá y te lleve la chingada en esta vida. Dios quiera y te mueras bien adolorida, cabrona de porquería, ojalá y nunca me hubieras dado a luz, pinche perra desgraciada.
PAUSA
Doctor Gálvez. — Pueden sentarse. El ejercicio ha terminado.
Xavier.— (En voz baja) Lydia, ¿eras la suegra o la madre? (Al doctor) ¿Esto en realidad funciona, doctor? Hay demasiada rabia. (A Renata) ¿Cómo te sientes, Renata?
Doctor Gálvez.— Demasiada rabia, sí. Tiene razón Xavier. Lo importante, Renata, es que usted sepa a quién le tiene tanto odio. Y por qué. Después de eso, el trabajo más difícil viene: hay que perdonar. Hay que aprender a perdonar.
Renata.― ¿Quiere decirme que odio a mi madre?
Doctor Gálvez.― Usted fue quien lo dijo.

OSCURO

II.3

EL RESIDENTE Y SUS CONJETURAS SOBRE LOS SUPUESTOS
ASESINATOS DE RENATA.


Residente 1.— (En la cátedra donde suele estar el doctor Gálvez) En unos días más Renata va a tomar un cuchillo, va a envenenar a su hija y va a cortarle la yugular a su suegra. A su hijo, al que tuvo con Ricardo, lo va a dejar en paz, parece que es al que más quiere. A su madre, a quien odia más que a nadie, no la volverá a ver. Ricardo, luego de unos días de búsqueda, la entrega a la policía. Luego, busca la forma de sacarla del reclusorio.
Todo lo anterior no es sino parte de una especulación y no sería sino uno de los escenarios potenciales dentro de todo tipo de conjeturas y mundos posibles. Renata en realidad sigue con sus problemas y sigue queriendo salir de su casa y odiando a la figura materna, en todas sus formas.
Lo que sí es cierto es que al doctor Lavín parece que le va pasando por la cabeza la idea de que de que si alguien está reventando no hay ya mucho que hacer. Tiene dos actitudes básicas, puede ser indiferente o puede tratar de afrontar al paciente. En realidad sus confrontaciones no pasan de ser un mero regaño infantil. El doctor puede ser un ser despreciable en ocasiones, sin embargo, no deja de tener algunos sentimientos nobles. A veces incluso hasta es acertado. Es un ser humano, complejo, como todos.






II. 4 LAVÍN
Y GÁLVEZ SOBRE LOS PACIENTES.

Doctor Lavín.— (Al doctor Gálvez) Me aburren. No tienen el perfil necesario para hacer un buen desempeño. Son inconstantes. No puede haber avance si no hay continuidad en la terapia.
Doctor Gálvez.— Puedo quedarme con este grupo y usted hacerse cargo sólo de los adolescentes adictos. Usted los prefiere a ellos, yo prefiero a los adultos.
Doctor Lavín.— Sí, he visto cómo lo siguen más. Xavier por ejemplo ha logrado mayor empatía. A mí ni siquiera me voltea a ver.
Doctor Gálvez.— Le demuestra demasiada hostilidad. Quizá tenga un problema de homofobia.
Doctor Lavín.— El problema de Xavier en todo caso no es su orientación sexual. Es un mezquino, es miserable. Considera que el mundo le debe algo, que deberíamos pagarle por su grata presencia.
Doctor Gálvez.— Y por qué nunca lo confronta. Use terapia de choque. No terapia de indiferencia.
Doctor Lavín.— Usted ocúpese del caso.
Doctor Gálvez.— Estoy saturado. Pero... Julio el residente estaba muy interesado en Xavier.
Doctor Lavín.— No lo imaginaba.
Doctor Gálvez.— Como paciente nada más. Está haciendo su tesis sobre él. Me comentó sobre un nuevo método que deseaba aplicar en el hospital.
Doctor Lavín.— Va a estar difícil que se lo autoricen.
Doctor Gálvez.— No lo van a hacer, pero nadie tiene por qué saberlo.

OSCURO

II.5

XAVIER, RAMÓN
Y EL RESIDENTE
EL DOCTOR GÁLVEZ
ESTÁ EN LA CABINA
DE OBSERVACIÓN.


Residente.— (Como un réferi junto a Ramón y Xavier que están de pie, frente a frente). Los hemos citado en esta ocasión especial para que intercambien algunas ideas sobre el tema que elijan. Pueden estar seguros de que tienen absoluta libertad de hacer y decir cuanto quieran. Permanezcan de pie, frente a frente. Lo único que no está permitido es tocarse.

SALE EL ASISTENTE. SE ESCUCHA LA MÚSICA DE HAENDEL LLAMADA PARA LA ENTRADA DE LA REINA DE SABA. RAMÓN Y XAVIER, QUIENES HASTA EL MOMENTO SE ESTABAN VIENDO FIJAMENTE SE SEPARAN. RAMÓN ESTÁ FRANCAMENTE MOLESTO. XAVIER NO PUEDE EVITAR MORIRSE DE RISA CON EL TEMA MUSICAL QUE HAN PUESTO. RAMÓN ESTÁ CADA VEZ MÁS ENOJADO.

Ramón.— (Hacia la cabina) Pueden cortar la música. No se vale.
Xavier.— Es Haendel.
Ramón.— No me chingues.
Xavier.— Creo que no te gusta Haendel.
Ramón.— Yo me voy a sentar.
Xavier.— Nos dijeron que estuviéramos de pie, frente a frente.
Ramón.— También nos dijeron que podíamos hacer y decir cualquier cosa. Yo me voy a sentar.

RAMÓN SE DESPLAZA BUSCANDO UNA SILLA. SE ESCUCHA LA MÚSICA PROMENADE, DE CUADROS DE UNA EXPOSICIÓN DE MUZORSKI. XAVIER MIRA DIVERTIDO CÓMO RAMÓN SE ENFURECE CADA VEZ MÁS Y SE SIENTA CON OBVIA ACTITUD DE RECHAZO A LA MÚSICA QUE ESCUCHA.

SE INTERRUMPE LA MÚSICA. SE ESCUCHA LA VOZ DEL MÉDICO RESIDENTE.

Residente.— Ramón es tan duro, tan rígido, que le molesta hasta la música. Ramón, no se permite llorar. Mucho menos se permite reír, porque una vez que comienza no puede parar. Es incontenible la risa, es un ataque, duele la risa.
Xavier tiene problemas con la autoridad. Padece neurosis y somatización aguda por depresión, parestesia lateral. Cree que no debe dar nada a cambio de lo que recibe. El mundo está en deuda con él y tiene que cobrarle a todos su presencia en la tierra. Es iracundo, estalla en situaciones donde siente mucha presión y es incapaz de negociar. Pierde el control. Es homosexual declarado y le molesta mucho que sus compañeros piensen que va a terapia por su preferencia sexual. Para Xavier ser gay es tan normal como ser mexicano. Le gusta ser varonil y le gustan los hombres que son masculinos, sin embargo le molesta la rigidez extrema de los heterosexuales machistas a los que llama bugas. No hay nada que le moleste más que un hombre como Ramón.

PAUSA.

RAMÓN Y XAVIER SE NOTAN INCÓMODOS.

Xavier.— Mira, en cuanto a eso de que me desagradas, pues no, la verdad solamente me siento incómodo con gente como tú.
Ramón.— Ya vas. Con gente como yo. Pues tú quién te crees, Divina Garza. Qué haces en una institución pública. Con los aires de grandeza que te cargas deberías estar con un médico particular, o qué, no tienes para pagar una consulta. Tú, con tu forma de hablar tan correcta, tus... tus aires de que eres mejor o más importante que todos los que venimos aquí.
Xavier.— Ya oíste lo que dijo el médico de mí, que el mundo está en deuda conmigo. Y no, no tengo para pagar una consulta. Yo no me dedico a ganar dinero. Eso se lo dejo a los encorbatados y a los burócratas.
Ramón.— Tenemos que pagarte entonces para que existas.
Xavier.— En tu caso no. Demasiados problemas tienes. No puedes reír, no puedes llorar. ¿Qué es lo que si puedes hacer? Ah, claro: Enojarte. Deberías tomar los medicamentos, de veras. Yo también solía enojarme mucho. No sé si tanto como tú, pero sí, bastante. Le gritaba a los cajeros del banco, a las vecinas, les decía a gritos que deseaba que se murieran. La gente me miraba como si estuviera loco. Y ya te dije, histérico y neurótico sí soy, pero demente nunca.

SE ESCUCHA EN OFF LA VOZ DEL RESIDENTE

Residente.— Ramón y Xavier se detestan, pero en realidad harían cualquier cosa para no tener un contacto importante entre ellos. Se saludan con frialdad siempre. Con cortesía se diría, pero nunca serían capaces de quedarse viendo a los ojos fijamente mientras se saludan.

XAVIER Y RAMÓN SE QUEDAN VIENDO FIJAMENTE COMO ESPERANDO QUE PASE ALGO. RAMÓN SE LEVANTA Y SE ACERCA, PERO XAVIER BAJA LA MIRADA. RAMÓN SE VA A SENTAR, MOLESTO, INCÓMODO, PERO YA SIN GANAS DE INTERACTUAR CON SU COMPAÑERO.

Ramón.— ¿Te puedo decir algo sin que te que molestes? (Xavier lo mira de soslayo) Con perdón, pero tú me vales verga.
Xavier.— De acuerdo, estoy de acuerdo en que haría lo que fuera con tal de no tener un contacto contigo. Hasta podría ser amable. Ignorarte de la manera más olímpica sería uno de mis mayores placeres. Eso sí... Si te atropellaran saliendo del hospital y te viera tirado en el pavimento, pues creo que llamaría a alguien para que te ayudara.
Ramón.— (Esboza una sonrisa) Yo no te ayudaría. Me iría caminando muy despacio.
Xavier.— (Se da cuenta del sorprendente gesto de Ramón y se contagia) De acuerdo. Hay que establecer la más sana y absoluta distancia.

EN LOS ÚLTIMOS DIÁLOGOS LA TENSIÓN SE HA IDO RELAJANDO. RAMÓN Y XAVIER SE QUEDAN VIENDO FIJAMENTE Y SONRÍEN. LA SONRISA DE RAMÓN ES INUSUAL. SE NOTA QUE NO ESTÁ ACOSTUMBRADO ES CASI COMO UNA MUECA. EL RESIDENTE ENTRA EN EL CONSULTORIO Y SE RÍE CON ELLOS.
OSCURO



II.6
INMA Y EL SUEÑO DEL DOCTOR LAVÍN


AL ENCENDERSE LA LUZ VEMOS AL DOCTOR LAVÍN SOLO. PONE UNA GRABADORA CON SONIDOS TRANQUILIZANTES, TAI CHÍ, O SIMILAR. TIENE UNA ACTITUD DISTINTA A LA QUE HASTA EL MOMENTO HA MOSTRADO. SE QUITA LOS ZAPATOS Y TRATA DE RELAJARSE. LA ESCENA REFLEJA MUCHA TRANQUILIDAD, O AL MENOS LA BÚSQUEDA DE UN MOMENTO DE PAZ. EL DOCTOR, CANSADO, EN VEZ DE RELAJARSE SE QUEDA DORMIDO. EN SU SUEÑO LA MÚSICA ORIENTAL SE CONFUNDE CON UNA MÚSICA DE JAZZ MUY SENSUAL. ENTRA INMA, CON UN VESTIDO AJUSTADO Y SE PARA JUNTO AL DOCTOR.
INMA.— (es otra Inma. Es sensual, perversa) Así es, doctor Enrique. Doctor Lavín. Mi historia comenzó en una cama llena de semen y orines. Aprendí pronto a sentir la piel de mi hermano cerca de mi piel. Sentía sus muslos cerca de los míos. Su mano se deslizaba por mis senos, se acercaba a mi boca, se metía en mi boca. Mi hermano se metía en mi cama, metía sus dedos en mi boca, metía su lengua dentro de mí. (transición, con asco) mí padre también. Con él era otra cosa. Me repugnaba. Desde niña me llamaba para bajarse la bragueta, me enseñaba su... Miembro rojo, maloliente, lo acercaba a mi cara. Lo acercaba. Yo... (pausa) mi madre se hacía la desentendida. Yo sé que se daba cuenta de todo. Después de que lo hacía conmigo yo no podía yo imaginar a mi madre acostándose con él, con mi padre. No puedo entender que fuera tan sucio. Ahora mi madre coquetea con mi esposo. Creo que se entienden, que se han acostado. El otro día los encontré solos, sudorosos. Mi madre no podía verme a los ojos. Mi esposo tampoco. Mi esposo me recuerda a mi hermano. Era tan bello. Nunca he vuelto a estar con alguien con tanta fuerza, con una piel tan suave, tan cálida, Enrique, tan suave, doctor. ¡Doctor!



II.7
INMA Y LOS OTROS


OSCURO. LA ESCENA SE VA ILUMINANDO POCO A POCO. EL DOCTOR SE PONE LOS ZAPATOS. SE VA REINCORPORANDO A UNA REALIDAD COTIDIANA. INMA SE CAMBIA EL VESTIDO AJUSTADO POR EL DE SIEMPRE. LA REALIDAD DEL CONSULTORIO LLEGA PAULATINAMENTE. INMA SE ENCUENTRA EN UNA EXPOSICIÓN DE SUS PROBLEMAS. LO ÚNICO QUE PERMANECE ES LA GRABADORA DEL DOCTOR CON SONIDOS AMBIENTALES.

INMA.— Mis padres no hablaban de sexo, no hablaban de nada. Éramos como una de esas familias encerradas donde todo estaba prohibido. Cuando salí de mi casa conocí a mi marido. Es taxista. Es drogadicto. Es alcohólico. Yo no odio a mi marido. Y debería hacerlo. No quiero tener sexo con él. No soporto ya tenerlo cerca. La verdad, nunca me ha gustado el sexo. Me parece sucio, no lo soporto. Estoy cansada de mantener a mi esposo. Mis padres me decían que el sexo era malo. Desde que encontró a mis hermanos besándose debajo de las sábanas dejó de hablarnos a todos. Teníamos prohibido hablar. Yo no sé como no estoy peor de lo que estoy. A nadie le da gusto ahora acordarse. Mi hermano está bien ahora. El sí está bien. Nos hemos visto. Nos acordamos. Con mi hermano siempre tuve una buena relación. Odia a mi padre. No puede verlo. Nadie lo tolera. A mí me parece que desde siempre me trataron mal. Yo trato mal ahora a mi hija. No la puedo besar, no la toco. Me desespera que quiera que le dé un beso, no puedo, no me sale.

VA DISMINUYENDO LA LUZ HASTA QUE LA VOZ DE INMA SE ESCUCHA COMO UN MURMULLO. AUMENTA EL VOLUMEN DE UNA MÚSICA EXTRAÑA.
ENTRAN A ESCENA EL DOCTOR GÁLVEZ Y LOS PACIENTES CON MEDIAS MÁSCARAS QUE REFLEJAN SUS DIFERENTES CONFLICTOS. LYDIA, RAMÓN, XAVIER, INMA Y RENATA. EL DOCTOR LAVIN TRATA DE PONER ATENCIÓN A TODOS.

Ramón.— No me gusta ser el ogro de mi casa. Me gustaría poder llevar a mi hijo al parque. Me gustaría poderle decir te quiero, abrazarlo, quererlo. No sé por qué siempre tengo que ser el padre serio que lo regaña. ¿Por qué no puedo darle un beso?
Inma.— No sé que me pasa, pero no puedo controlar mi llanto. Estoy segura de que cuando era niña tuve muy malos ratos. Me violaron. Extraño a mi hermano. Él sí pudo salir adelante. Ahora, cuando nos vemos apenas si podemos hablar. No podemos vernos a los ojos, pero nos queremos.
Lydia.— Yo no puedo reír. Podía sonreír. Antes. Tengo cuarenta y cuatro años y ya no puedo reír. Odio a los que ríen. Odio las bromas.
Ramón.— A mí me parece que ustedes los médicos no tienen ninguna consideración. Según ustedes somos sólo un puñado de enfermos que les viene a quitar su valioso tiempo. No somos ganado. No somos animales. No tenemos la culpa de que el sistema de salud esté saturado. No deberían referirse a nosotros como el zoológico.
Xavier.— Me gustan los espejos. Los espejos son los otros. No sé si los doctores puedan curarme o no. Lo que sí sé es que ellos no son responsables de mi vida. Puedo muy bien hablar de los problemas de otros. Los entiendo y hasta tengo la solución a algunos de ellos. Pero de mis problemas no sé hablar. Para salir adelante decía alguien no hay sino tres caminos: La sabiduría, la devoción y las obras. La creación, el conocimiento, el espíritu.
Ramón.— Venimos a sentirnos mejor, pero cada quien va a lo suyo. El sistema de salud apesta. El país apesta. A nadie le importa la vida del otro. Sólo hay soluciones individuales aunque vengamos aquí, a compartir nuestros problemas. No todos podremos salir del agujero, solo algunos. Tampoco podemos ser tan hijos de la chingada que le demos de patadas al vecino para que se caiga. Nos jode el vecino. Nos jode la presencia del vecino que es tan odioso, tan diferente a mí.
Renata.— Juro que no morí.
Inma.— Nos escuchamos, escuchamos al que sufre igual que nosotros. Nos entregamos. Somos sinceros, nos desnudamos y aprendemos de lo que dicen los demás.
Renata.— Todavía sigo viva. No morí.
Lydia.— Pero y qué hacemos con el dolor, qué hacemos con las piernas que ya no responden, con el dolor de cabeza que no se acaba, con el latir de sangre en el cerebro, con el miedo a una segunda embolia, o a un infarto, con el dolor de vivir cada día esperando que llegue una muerte instantánea como fotografía, una luz rasante que nos borre. Una luz definitiva.
Renata.— No me morí. Soy la seca, como piedra volcánica, la que no da afecto, la que se siente indefensa si tiene que dar un abrazo o una palabra tierna o un cariño. La que tiene que ser dura y seca como piedra volcánica. Yo odio a mi madre, no quiero convertirme en mi madre. Antes muerta.
Lydia.— Antes muerta.
Oscuro

III.1


EL DOCTOR LAVÍN

EN LA CÁTEDRA ALGUNOS MESES DESPUÉS.
FRENTE A ÉL SÓLO ESTÁN XAVIER E INMA. COMO ALUMNOS. EL DOCTOR GÁLVEZ Y EL RESIDENTE ESTÁN DE PIE COMO SUBORDINADOS AL DOCTOR LAVÍN QUIEN SE MUESTRA ENTREGADO A SUS RAZONAMIENTOS Y EMOCIONES.


Doctor Lavín.— Nada más sencillo que dar explicaciones a los hechos. ¿Quién es lo bastante sabio como para entender lo que pasó? Se veía venir, dirían algunos. No era sino cuestión de esperar a que se entregaran las medicinas adecuadas. Los cuadros depresivos y las enfermedades psiquiátricas de todo tipo ya estaban dados. Nadie puede pensar que las muertes hayan sucedido por causas diferentes a una decisión clara de abandonar este mundo. Los laboratorios se niegan a aceptar responsabilidad alguna. Tanto Lydia, como Renata murieron por una sobredosis. Tomaron sus medicamentos, nadie pone en duda eso. Las medicinas no son potencialmente peligrosos. Existe la teoría de que se equivocaron en la dosis y en la utilización de otros fármacos. Es lo más probable..
En nuestro hospital nunca hemos dado más que medicinas reconocidas, probadas. Por lo pronto tenemos que establecer que las muertes de nuestras amigas son una señal para que nosotros salgamos adelante. Las llamo nuestras amigas, sí, porque nos enseñaron a vivir, a los que aún quedamos y estamos para contarlo. Ramón y Xavier han sido dados de alta. Han logrado identificar sus problemas y toman sus medicamentos con responsabilidad.
Debo anunciarles que yo por lo pronto, por lo menos en los próximos cinco años, quedaré fuera de este nosocomio. A cargo de la terapia estará Julio, el que era médico residente. Él ha demostrado ser más que una promesa, una realidad. Deja de ser residente para convertirse en el Psiquiatra a cargo de esta sección.
En cuanto al doctor Gálvez, seguirá en el área de apoyo, será como siempre un adjunto admirable, que como saben se ha entregado por más de veinticinco años a su profesión con buen ánimo, con profesionalismo, con devoción.
Cambio de luz. Xavier está en sesión privada con Julio, el antiguo residente, ahora psicoanalista y psiquiatra reconocido.
Xavier.― Soy un sobreviviente, Julio. ¿Te puedo llamar así?
Doctor Julio.― Llámame doctor. Doctor Julio si quieres. ¿Por qué eres un sobreviviente.
Xavier.― Murieron mis amigos. Muchos amigos, o más que muchos, mis mejores amigos. Raúl, Luis Pablo, Héctor, Sergio... Murieron hace ya más de diez años, por el virus que antes decían que era el castigo contra los homosexuales. Yo sobrevivo. Yo nunca me contagié... de sida. Nunca me he sentido culpable por seguir aquí, como no se deberían sentir culpables los que han muerto por cáncer o por diabetes. Pero sí que me siento solo, sin ellos.
Ahora soy sobreviviente de unas suicidas. Nunca las pude ver sino como casos peores que el mío, quien solo tenía depresión y parestesia... Hormigas en la piel, le llamo yo. Ahora estoy bien, gracias a la ciencia. Pero no gracias a que haya comprendido nada. Me queda el peso de ser sobreviviente. Para algo ha de ser, ¿no doctor?
Doctor Julio.― Eres una voz que reflexiona.
Xavier.― Sí. Ramón y yo, tan diferentes, somos iguales en eso. Somos los que quedamos. Los dos estamos vivos. ¿Para qué? Para estar con los ojos bien abiertos. Para no echarle la culpa a nadie. Porque sabe, doctor. Lo que más me queda claro, después de tanto reflexionar, después de ver a tanto ser indefenso y sufriente es que la culpa no debería existir, y tampoco, y mucho menos... Echarle la culpa de nuestros problemas o desgracias a los demás. Nosotros. Yo. Yo soy el único que tiene responsabilidad sobre mi propia vida, sobre mi propio destino. Eso me hace libre. Eso me hace estar en paz.
Doctor Julio.― Muy bien. Aunque de todos modos hay mucho trabajo por hacer.
Xavier.― Así es mi querido Julio, mi querido Doctor. Tengo mucho trabajo que hacer. Mucho trabajo. Gracias, Doctor.
Oscuro final.



México, Distrito Federal, 2007
® Benjamín Gavarre
sogem

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