Sí, la vida es sueño. De Carlos Alberto Román Sánchez

PRIMERA COLABORACIÓN
SI, LA VIDA ES SUEÑO

DE CARLOS ALBERTO ROMÁN SÁNCHEZ
www.arcetros.blogspot.com
Nota previa: Para representar la obra se necesitará una pantalla (o una sábana, o un cuadro –sin águila– de la bandera del Obispado de los que suelen desgarrarse y caer; o la pared misma), un proyector y escenas grabadas con anticipación para que los actores interactúen durante la puesta.
De no ser posible lo anterior, un actor leerá los acontecimientos que debieran proyectarse, apelando a la imaginación de los asistentes.
Por lo anterior, y por lo que viene, pido disculpas y paciencia.

Acto I

Un anciano de barba y cabellos largos camina al lado de un joven. Una luz los sigue y es la única iluminación en este acto.

Anciano.– Para llegar a ese lugar tendrás que pasar muchas tierras extrañas y peligrosas. Por ejemplo: la tierra de la fantasía, sitio en el que hay sueños, diversiones, quimeras... si te pierdes en alguna de esas distracciones es posible que nunca salgas de ahí, quedando preso eternamente en ese engaño, incapaz de seguir el camino que acaso empezares.

La tierra de la fantasía es puerto. Al salir de ella deberás tomar el barco Haragán. Los antiguos le llamaban el barco de la Muerte, pero quienes narraron su experiencia en la nave, obvio, seguían vivos. El barco haragán debe su nombre a que, casi al final del viaje, se detiene, a veces se hunde... siempre regresa, eso sí, con o sin tripulación. Entonces, tienes que nadar hacia la orilla, la única orilla que veas desde el sitio en que se sumerge, o quedarte flotando si te gana el miedo. La nave boyará y regresará a la tierra de la fantasía, y de ahí te vuelves. Nada, sigue el camino, ¡nada! En aquellas aguas no hay tiburones ni ballenas, no hay submarinos alemanes, ni portaaviones americanos ni misiles rusos y cochinos. Sentirás que te jalan los pies, que hay alguien queriendo anegarte, pero no prestes atención, los espectros se retiran si se saben evitados.

Si llegas a la playa, estarás en el país del conocimiento. Corre. No escuches nada de nadie, no veas más que el frente, no hables... Son las recomendaciones que debo darte, aunque a fin de cuentas, seguirlas es imposible. Escucharás gritos, susurros, agonías; verás alrededor y quizá te llame la atención lo que observes, así que harás preguntas... sólo trata de salir pronto.

Pasando los terrenos de la luz artificial, mira bien el suelo que pisas, consigue un bastón, una rama, un tubo; algo que te ayude a dar pasos seguros, pues te hallarás en terrenos de arenas movedizas. Verás gente sumida hasta el cuello. No trates de ayudarlos, querrán arrastrarte con ellos. Sigue tu camino y hazlo aprisa, porque ese sitio también sirve de comedor para la bestia de dos espaldas y dos cabezas que se alimenta de la gente atrapada en el fango. Ese monstruo vive en el siguiente territorio. De día no hay peligro, las cabezas pelean entre sí, se hieren, se muerden... Pero si llega la noche y no has salido de sus tierras, si ven interrumpido su extraño rito de paz debido a tu irrupción, te perseguirán y muy probablemente mueras, no sé qué tan bueno seas para luchar contra ingentes basiliscos.

Si sobrevives, continúa el derrotero, los senderos dejarán de ser sinuosos. Restará cruzar el desierto del ego y sus demonios. No son más que la soledad y tus voces internas. Te encontrarás contigo, recontarás tus jornadas, cotejaras actos y, finalmente, alcanzarás la frontera entre tu mundo y el mundo real. Antes de cruzar la línea divisoria, debes sentirte seguro de haber encontrado lo que buscabas para no perderte en la realidad.

Protagonista.– Pero no sé qué busco.

Anciano.– Nadie sabe lo que busca al inicio, por eso hay tantas tierras extrañas y tanta gente estancada en ellas. Les han dicho lo que deben buscar y no se preocupan por averiguar si en realidad es lo que necesitan. No acaban el viaje y tratan de detener a los demás para sentir que han tomado la decisión correcta al quedarse en donde están: “Mal de muchos...”. En el desierto de tus soledades sabrás lo que te hace falta y tal vez hasta lo encuentres, no hay nada seguro, pero el conocer lo que anhelas basta para cruzar al otro lado.

Protagonista.– ¿Y el regreso?

Anciano.– El regreso no es importante, puede que no vuelvas, que no haga falta; o puede que te quedes en alguno de los terrenos nefandos de que te hablé. Así que si retornas o no, da igual, todo será distinto de cualquier manera. Lo importante es lo que busques, lo que encuentres. Lo importante es andar.

Protagonista.– Tengo miedo.

Anciano.– ¡Guárdatelo! No es tiempo de temer, ya habrá oportunidad de hacerlo durante el viaje. Ahora que sabes lo que puedes alcanzar si te arriesgas un poco, no podrás quitarte la idea de lograrlo. Si desistes del intento, el hubiera te seguirá toda la vida. Sería preferible morir ahogado, desollado, asfixiado... No tengo más que decir. Ha sido un placer conversar contigo, quizá porque sólo yo he hablado. Es hora de que inicies el camino. Si olvidé algo sin querer, o a propósito, lo más seguro es que no tenga importancia. No temas aún y márchate. Buena suerte.

Protagonista.– Pero...

Anciano.– Buena suerte.


Acto II La tierra de la fantasía

Hay un letrero, colocado sobre un espejo, que dice: “Usted está aquí”. En la pantalla se proyecta el ambiente y las cosas que observa el protagonista al ser guiado por el niño.

Guía.– Bienvenido al mundo de la fantasía, de la ilusión, del deseo, de los sueños, de las utopías, de la felicidad, del placer...

Hombre 1.– (al protagonista) Di basta...

Protagonista.– ¿Perdón?

Guía.–...de las quimeras, de las excentricidades, de la imaginación, del desvarío, de la volatería...

Hombre 1.–¡Di basta! ¡Hazlo callar!

Protagonista.– (confuso) Basta...

Guía.– Disculpe mi elocuencia. Sea bienvenido a estos lugares, lares, terrenos, territorios, tierras, terruños, senderos...

Protagonista.– (enérgico) ¡Basta!

Hombre 1.– (aplaudiendo) ¡Así! ¡Eso! ¡Maravilloso! ¡Genial! ¡Fantástico!

Protagonista.– (al hombre) ¡Basta!

Hombre 1.– (indignado) ¿Que pasó? ¿Así nos vamos a llevar?

Guía.– Soy el guía del lugar, ya sea que se quede entre nosotros o sólo esté de visita, puedo darle un tour, un recorrido...

Protagonista.– ¡Basta! No hay necesidad, voy directo al barco Haragán. Le agradezco la intención de todas maneras. Es usted muy gentil, muy amable, muy atento...

Hombre 1.– ¡Basta!

Protagonista.– (apenado) Se pega...

Hombre 1.– Así es aquí, mejor tenga cuidado.

Guía.– (alejándose) Si decide aceptar mi compañía, llámeme. Estaré por aquí o por ahí o por allá o por acá...

Protagonista.– ¡Dios Santo!

Hombre 1.– No, él no es. Más adelante lo encontrará...

Protagonista.– ¿A quién?

Hombre 1.– A Dios.

Protagonista.– (sorprendido) ¡A Dios!

Hombre 1.– (retirándose enojado mientras manotea) Hasta luego... ¡Vaya humor!

Protagonista.– (con asombro) ¡Qué locura!

Recepcionista.– (suspirando) ¡Y lo que falta!... Haga el favor de registrarse.

Protagonista.– (señalando un libro enorme) ¿Aquí? (el recepcionista asiente) No hay lugar, está lleno.

Recepcionista.– Escoja un nombre que le guste y subráyelo.

Hombre 2.– (arrebatándole la pluma al protagonista) ¡No lo haga! (agitado) ¡Menos mal que lo detuve! Por si no se lo han advertido, debe saber que nada aquí es lo que parece. Todo es falso. Las personas buscan engañarse unos a otros. De haber subrayado un nombre, se habría convertido en la persona que eligió y pasaría la eternidad siendo lo que no es.

Protagonista.– ¡Gracias! ¡Me ha salvado! (le ofrece la mano para saludar al hombre que evitó su desgracia y, al hacerlo, este último se lleva la mano del protagonista, la muerde, se va corriendo y se convierte en perro) ¡Mierda!

Enfermera.– (arrastrando un carrito de paletas que tiene dibujada una cruz roja) No es para tanto, permítame curarlo. Extienda la mano. (Él lo hace. La enfermera saca de su carrito una tina llena de alcohol y se la derrama encima al hombre que queda mojado casi por completo. La mano herida sigue seca.) Tome esta venda para que se seque (abriendo su botiquín), y esta paleta para el susto. Estaré cerca por lo que se ofrezca. Tengo diplomados en Homeopatía, Acupuntura, Feng Shui, y traducción de textos, así que siéntase seguro durante su estancia. (sale)

Protagonista.– ¡Cómo vine a caer aquí! (Aprieta el paso. En el camino hay árboles de formas caprichosas, casas que aparecen y desaparecen, hombres realizando actividades indescriptibles, elefantes rosas, querubines, zancudos, fuegos artificiales, arco iris, soles, lunas, estrellas, música... Se detiene ante un hombre obeso que duerme bajo un árbol mientras una multitud lo observa.)

Vendedor.– (gritando con voz chillona) ¡Llévele los cojines para el nirvana, las sotanas de colores, la pelona para el niño, la estampita del “Gau”, la alcancía, el mapa del sendero, la foto autografiada, el audio-libro...!

Protagonista.– (pasmado) ¡Qué demonios es esto!

Un niño.–No son demonios, se supone que son dioses. A esta hora salen a predicar. (enseña la palma como esperando propina)

(Aparece un hombre barbado rodeado por una docena de hombres, una mujer de lentes oscuros, dos guardaespaldas y dos escribanos)

Dios 2.– (en actitud solemne) ¡Yo soy la verdad, el que venga a mí no tendrá hambre! (Una muchedumbre de gente famélica se sienta en corro al ponente. Las personas que antes contemplaban al hombre dormido, se ponen de pie para seguir al nuevo profeta.)

Vendedor.– (saca un marcador y pone barba y cabello en las imágenes del profeta mencionado al inicio) ¡Llévele los rosarios , los látigos, las bulas, las estampas, los libros, los bigotes....

Protagonista.–¡Esto es aberrante!

Un niño.–Sí. (vuelve a extender la mano)

Protagonista.–¿Falta mucho para llegar al puerto?

Un niño.– Dos kilómetros, señor. (Extiende la mano)

(Aparecen más predicadores, y las multitudes siguen a uno y a otro conforme salen a la luz. Se escucha al vendedor cambiar su sonsonete: “¡Llévele los turbantes; los misiles; la cámara de video; el chaleco con explosivos; la espada; las escrituras, los platillos voladores, el peluche para el niño; llévele!”).

Protagonista.– (señalando a un hombre de traje negro que habla frente a un grupo de personas) ¿También es un dios?

Un niño.–No, señor, es un político.

Político.– (enfático) ¡Pueblo, hay que pagar impuestos para aumentar la seguridad! ¡Hay que acabar con el miedo! ¡Es necesario dejar de vivir con la zozobra constante; con el nerviosismo, con el estupor...! Yo los invito, queridos compatriotas, a que depositen en las ánforas ubicadas a sus costados, una donación que permita iniciar la batalla contra el terror. (Las personas se acercan a las arcas para depositar el dinero y salen del cuadro. El político recoge el efectivo y empieza a contarlo. Al terminar, llama a uno de sus servidores) (en voz baja) Mira, Luis, llévale este dinero a doña Bárbara y dile que es un adelanto por los dos guardaespaldas que me proporcionó ayer. El mundo está imposible.

Protagonista.–¿Porqué hay tantos seres extraños revoloteando sobre la gente?

Un niño. – Son los pensamientos de cada quien. Aquí hay que tener cuidado con lo que se piensa, todo puede volverse posibilidad, ente ficticio, y vivir sobre los cuerpos de la personas hasta que el peso de las ilusiones olvidadas acaba por aplastarlas.(extiende la mano)

(Se escuchan gritos de auxilio procedentes de las imágenes de unas revistas que hay en el suelo)

Protagonista.–¡Pero qué...!


Un niño.– Son famosos. Cuando no está el fotógrafo que cuida el lugar, piden ayuda... mas cuando llega aquél, dejan de gritar y posan, encantados, para las estampas... (extiende la mano)

Protagonista.– (sobresaltado) ¿Qué son esas sombras que no tienen nada encima y que ponen cruces de madera sobre las flores de aquel jardín?

Un niño.– (indiferente) Críticos de arte.(vuelve a extender la mano)

Protagonista.– (desesperado) Necesito salir de aquí pronto. Me siento abrumado... Esto es demasiado para mí.

Un ranchero.– (acercándole un estribo al protagonista) Le vendo mi unicornio. Galopa como los ángeles y vuela como un pura sangre.

Protagonista.–¿Cuánto quiere por él?

Un ranchero.– Dos mil.

Protagonista.– Sólo tengo quinientos...

Un ranchero.– ¡Hecho! Tómelo. (acaricia al animal) Se llama Centella. Come si tiene hambre y bebe si tiene sed. No creo que dé problemas. ¡Adiós! (sale corriendo)

(El niño hace un gesto de desaprobación y espera. El protagonista espolea al animal sin lograr que avance. Se le cae el cuerno a la bestia, las alas, se desploma y desaparece. El hombre queda en el suelo y el niño le ayuda a ponerse en pie.)

Protagonista.–¡No aguanto más! ¡Quiero irme de aquí!

(Todo se oscurece. Se escucha un temblor. Si es posible, caen por los pasillos piedras de hule espuma y otros objetos hechos con el mismo material. Luego de unos segundos, vuelve a iluminarse el escenario y el hombre y el niño se hallan en un muelle.)

Un niño.– Era lo único que necesitaba, señor, querer salir. No tarda en llegar el barco Haragán. (extiende la mano)

Protagonista.– Gracias. (acaricia la cabeza del niño) ¿Por qué no vienes conmigo? ¿No estás harto del lugar? Eres el único cuerdo entre tanta desgracia...

Un niño.– No puedo. Yo hice este sitio. Los hombres que lo pueblan se engañan creyendo ser dueños de esta tierra. ¿Qué puedo hacer? Nadie me conoce, nadie sabe mi nombre, ni parece importarles.... Los observo, los soporto, recibo a los recién llegados y los ayudo a encontrar la salida; si quieren.

Protagonista.– No sé cómo pagarte...

Un niño.– No me olvide, es todo. Le ofrecía la mano para que me supiera cerca, para marchar a su lado y hacerlo sentir un poco tranquilo, para evitarle disgustos o, al menos, explicarle la razón de tantas aberraciones. Pero ya no importa. No me olvide...

Protagonista.– No lo haré.

Un niño.– (Señalando una trajinera) Su transporte

Protagonista.– (extrañado) ¡Eso no es un barco!

Un niño.– (agitado) ¡No sea quisquilloso! Pierde tiempo. Suba.

(El protagonista se despide y sube a la barca. Todo queda en penumbras excepto la trajinera y el niño.)

Acto III La trajinera de la muerte

En la pantalla: el mar en movimiento.

Capitán. – ¡Bomba!

Suba sin miedo mi amigo
a esta humilde trajinera
si se espanta con el nombre
el servicio está allá afuera (señala el mar)
(al oído del protagonista) Diga ¡Bravo!

Protagonista.– ¿Bravo?

Capitán. – Sí.
¡Bomba!
Este día pasearemos
al estilo Yucatán
cantando sones, huarachas,
sin miedo a desafinar. (mira fijamente al protagonista esperando respuesta.)

Protagonista.–(harto) Bravo, supongo...

Capitán.– ¡Bomba!

Protagonista.– (haciendo un gesto de hastío) ¡No más, señor! Prefiero aventarme el agua y nadar desde aquí...

Capitán.– (alarmado) ¡Agáchese, nos bombardean!

Protagonista.– (conturbado) ¿Quiénes?

Capitán.–¡Los locos de la tierra de la fantasía!

(Hombres disfrazados de soldados disparan cañones contra la pequeña embarcación, mientras dan de voces y vituperan.)

Soldados.– ¡Vamos! ¡Muerte al loco!

Capitán.– ¡Rémale, Felipe!

(Logran alejarse lo suficiente y quedan a salvo de las agresiones.)

Capitán.– ¡Siempre es igual! Quieren acabar con todo el que no es como ellos. Pero, mire, (se toca los bíceps) con esto no pasa nada, ¿verdad, Felipe?

Felipe.– (jadeante, pues es quien rema) Sí, patrón.

Capitán.– Sea bienvenido. Imagino que esperaba algo más grande, pero el negocio ya no es lo que era. Antes –le habrán contado–, tenía un barco grandísimo y decenas de marineros; ahora, Felipe y yo hacemos todo el trabajo, ¿verdad, Felipe?

Felipe.– (exhausto y cabizbajo) Sí, patrón.

Capitán.–¡Bomba! (el protagonista se agacha con premura) no, no; no se asuste.

Cuando andaba navegando
Por los mares procelosos
Perdí el miedo que tenía
De que fuéramos esposos

Protagonista.– (aburrido) Bravo.

Capitán.– Disculpe. Se me viene una copla a la cabeza e inmediatamente la digo. Si se hubiera embarcado ayer... ¡Nombre! El día de Guadalajara, (arrastrando las palabras) ¡canto unas rancheras... ¡Ni se imagina! Y pego unos gritos... ¿Verdad, Felipe?

Felipe.– (Ladeando la cabeza para escuchar mejor) ¿Eh?

Capitán.– (alzando la voz) ¡Que pego unos gritotes el día de Guadalajara...!

Felipe.– ¡Ah! (bajando la cabeza) Sí, patrón.

Capitán.–Y mañana, el Día del Norte, taconeamos ¡con una enjundia! Figúrese, ni diez metros nos hemos alejado del muelle, cuando ya nos estamos hundiendo. ¿Verdad, Felipe?

Felipe.– (estornuda) i, ñor...

Capitán.– (ordena silencio con un ademán) Mañana, Felipe, mañana...

Felipe.– (estornuda) Sí, patrón.

Capitán.–¡Salud!... El barco se llamaba Haragán. Lo tuve que vender. Ahora casi nadie cruza este mar, pero eso sí, todos visitan la playa de vez en cuando. (moviendo la mano de un lado a otro) Nomás vienen y se van, vienen y se van... Nadie cruza. Como no tenía caso conservar la gran nave, compré esta lanchita y me quedé con Felipe para surcar las aguas en compañía. ¿Verdad, Felipe?

Felipe.– (resignado) Sí, patrón.

Capitán.– (a Felipe) Ya no me hables de usted, háblame de tú, con más confianza.

Felipe.–Sí, patrón.

Capitán.– (sonriente) Así me gusta.

Protagonista.– (al capitán) El frente de la trajinera dice “Lupita”, no “Haragana” ni “de la Muerte”...

Capitán.– ¡Ah, eso! No hay dinero para cambiar las flores, lo tuvimos que dejar como estaba. El último capital que nos quedaba lo invertimos en vestuario; para los días temáticos. No por tener algo sencillo vamos a dejar de ofrecer un buen servicio... (con afectación) Pero, ¡calle! No le cuente a nadie sobre el nombre que vio, tenemos una reputación que mantener.

Protagonista.– Pero entonces, ¿es La Trajinera Haragana o La Trajinera de la Muerte?

Capitán.– ¡De la Muerte, de la Muerte! La Trajinera Haragana suena muy afeminado. Además, (con tristeza) dos hombres serios y fuertes como nosotros haciendo de chalupas... Tenemos que compensar... De la Muerte, (enfático) de la Muerte y ¡calle! (volviendo a su estado normal) Por lo demás, no se asuste, nadie ha fallecido, ni en el barco Haragán ni en la Trajinera de la Muerte; perecen fuera (señalando el mar) ¿verdad, tú? (a Felipe)

Felipe.– (sollozando) Sí... patrón.

Capitán.– (solemne) Este mar, se llena con las lágrimas derramadas por aquellos que sufren; (expectante) y, no sé si le hablaron de espectros... (asiente el protagonista) Ellos son la causa de las penas, queriéndolo ahogar a uno, ¿verdad, Felipe?

Felipe.– (tratando de sacudirse a un fantasma que tiene el aspecto del dueño de la barca) Sí, patrón. (al espectro) ¡No, patrón...!

Capitán.–...Y no hay animales porque la amargura del agua es insufrible para ellos. Sólo hay aves, aves azules que cazan a los fantasmas que salen de las profundidades del ponto al asomar la cabeza. ¡Qué cosas! Luego, se intoxican y acaban muriendo. (suspirando) ¡Qué cosas!

Protagonista.– (impaciente) ¿Falta mucho para llegar?

Capitán.–Una cancioncita nomás...(silbando) ¡Échale, Felipe! (Felipe saca una flauta y le acerca un tambor al capitán. Empieza la música y ambos ejecutantes se contonean sin ritmo.)

Caminante, caminante,
que vas por los caminos,
por los viejos caminos
del Mayab...

(acaba la música)

Protagonista.– (aplaudiendo sin ganas) A todo esto, ¿de dónde es usted?

Capitán.– (se pone serio y camina hacia el borde de la trajinera mirando al horizonte con la cabeza elevada) De Francia...

Protagonista.– Francia queda para el otro lado...

Capitán.– (altivo, indignado) Por acá también se llega, señor. (pasan unos segundos y deja su pose) Es tiempo. (Llama a Felipe con un ademán..) Felipe, saca los flotadores; pon la ropa en bolsas; asegura el remo; reza; y despídete del señor...

Felipe.– Sí, patrón. (al protagonista) ¡Adiós, patrón!

(Felipe guarda en bolsas negras: trajes de charro, guayaberas, sombreros, moños, huipiles y otras vestes.)

Capitán.–¿Va a nadar o nos espera?

Protagonista.– (resuelto) Nadaré.

Capitán.– (estrechándolo) ¡Buen viaje!... Dale un abrigo al señor, Felipe, no se vaya a morir de frío en el País de la Ciencia. Al anochecer baja mucho la temperatura y no tarda en ocultarse el sol. (Felipe saca de la bolsa una cuera mechada con bellísimos bordados y se la entrega al protagonista) ¡Vámonos, Felipe! (Se tapa la nariz con los dedos y se tira al mar. Felipe hace lo mismo. El protagonista espera. La trajinera no se hunde. Se cansa de esperar y se echa al agua iniciando el nado. El capitán y Felipe salen a la superficie y toman aire con ansia) ¿Ya se fue, Felipe?

Felipe.– (agitado) Sí, patrón...

Capitán.– Entonces, ¡a bordo!... Ayúdame, Felipe. (Suben.) (Refiriéndose al viajero) Ya no se vio. (Cantan.)



Acto IV El mar de llanto

En pantalla.

El protagonista nada despreocupado. Recuerda que para estar a salvo no debe prestar atención a los fantasmas que se presenten ante él. El viento arrecia. Los silbidos semejan lamentos. Nubes negras cubren el cielo acarreando oscuridad y miedo. Llueve. Aparecen las primeras sombras y el nadador logra eludirlas. Al hacerlo, los espíritus salen a la superficie y son devorados por pájaros azules que se alejan unos metros y caen muertos.

Decenas de nuevos espectros emergen de las lúgubres cimas del mar. Tienen forma de mujer; intentan hundir al protagonista, quien dobla esfuerzos y continúa nadando.

Cada vez más apariciones se interponen entre el viajero y la costa. El hombre gimotea fatigado. Sus pensamientos empiezan a tornarse grises; su ánimo mengua y rompe en llanto. Ahora debe luchar contra el ambiente y contra sí mismo. Pide ayuda y no encuentra respuesta. La niebla rodea el lugar en que agoniza. El protagonista se sabe perdido.

Doscientos metros restaban para llegar a la costa, pero las tinieblas y el apabullamiento interno impiden al desdichado recobrar los bríos y tratar de seguir. El hombre no hace por bracear. Lazos informes apresan cada parte de su cuerpo atrayéndolo hacia el fondo y dejándolo indefenso.

La huida es imposible. El protagonista se rinde ante sus verdugos y es hundido.



Acto V Continuación...


De ser posible, hacer burbujas sobre el público o hacer que sientan algo del suave rocío de una manguera a presión.

Capitán.– Ni modo, Felipe, al agua... (Felipe se zambulle y busca al protagonista. Atraviesa la figura de las sombras y éstas se vuelven burbujas que suben hasta desaparecer. Sin embargo, algo le impide llegar hasta el ahogado y debe subir a tomar aire.)

Felipe.– (afligido) No se puede patrón...

Capitán.– ¡Cómo no se va a poder! (Se echa al mar. Los dos marinos llegan hasta el cuerpo inmóvil del protagonista, y luego de forcejear con una sombra fortísima que tiene el rostro de la misma víctima, logran quitárselo de los brazos y llevarlo a la superficie. Suben al bote, dejan en el suelo al rescatado, y se sientan, exhaustos, para retomar la respiración. Se detiene la lluvia, el viento cesa y el cielo escampa) Felipe...

Felipe.– (con dificultad) Diga.

Capitán.– (Señalando al protagonista.) ¡Bésalo!

Felipe.– ¡Qué pasó, patrón!

Capitán.– ¡Es broma! Es una broma... ¡sóplale!

Felipe.– No, patrón.

Capitán.– (alza la voz) ¡Es una orden!

Felipe.– (se lleva la mano a la boca) Me está saliendo un fuego, patrón...

Capitán.– (molesto) ¡Ni hablar! ¡Hazte a un lado y mira a un hombre! (Felipe busca alrededor mientras el capitán se arrodilla para dar respiración de boca a boca. No llega a hacerlo pues al apoyarse en el protagonista, éste escupe el agua que había tragado y vuelve en sí.)

Protagonista.– ¿Qué me pasó?

Capitán.– Casi se muere por desobediente.(admonitorio) Le dijeron que no prestara atención a los fantasmas, y es lo primero que hace. Felipe, ¡échalo al agua! (lo voltean a ver con sorpresa) No se crean...

Protagonista.–¡Gracias! (pensativo) Creí que la trajinera de la Muerte no podía llegar hasta acá.

Capitán.– Bueno, de que puede, puede. Pero tenemos nuestras razones para permanecer lejos de estas aguas. Conforme se avanza hacia el País de la Ciencia, los espectros se vuelven más terribles y, aunque ir sobre una embarcación no implica tanto riesgo como pasar a nado, evitamos llegar hasta aquí.

Protagonista.– (curioso) ¿Por qué?

Capitán.– Para evadir la nostalgia. Las sombras de tiempos anteriores rodean la nave y nos abruman con recuerdos. Por ejemplo, a Felipe, que es huérfano, le salen al encuentro los negros espectros de su ignota familia. Imagine no haber conocido nunca a sus padres y que de pronto surjan del fondo del mar dos figuras tétricas que usted siente muy suyas, que usted sabe unidas a sus entrañas por no sé que hilos de sangre, y no ser capaz de apreciar los rasgos en la fisonomía de esos seres sobrenaturales incluso ahora, que ya no están en el mundo de los vivos. ¿No estaría desgarrado por dentro? ¿No se sentiría burlado por la vida? ¿Desgraciado? ¿Miserable?

Felipe.– (hipando) ¡Sí!

Capitán.– (lo regaña) Le hablo al señor, Felipe...

Protagonista.– (nervioso) Supongo...

Capitán.– Y yo, bueno, soy divorciado y no tuve la oportunidad de quedar viudo... Pero imagina encontrar por doquier la figura de su difunta ex esposa y (haciendo ademanes perturbadores) ¡verle la cara claramente!

Protagonista.– (horrorizado) Sí, sí, lo imagino...

Capitán.– (calmándose) Disculpe que me haya exaltado de esta forma. Estos aires me hacen mal. Otra de las razones por las que no solemos acabar el viaje.

(La trajinera llega a la orilla)

Felipe.– Listo, patrón.

Capitán.– (viendo al protagonista y sacudiendo la cabeza) ¡Mírese! Todo empapado, y el saco que le dimos, ¡hecho una sopa!... (extiende el brazo) La bolsa, Felipe... (Esculca. Saca un traje de charro, lo ofrece.) Es lo único limpio. Lléveselo. Instauraremos un día prehispánico y no hará falta; nos vestiremos con hojas. ¿Verdad, Felipe?

Felipe.– Sí... patrón.

(El protagonista cambia de ropa, se despide y queda de pie a la orilla del mar, observando cómo desaparece la chalupa.)

Capitán.– (Toma el tambor y le acerca la flauta a Felipe) ¡Anda, Felipe, regresemos! (Empiezan a tocar y a bailar.) ¡Hasta luego, buen hombre!

Caminante, caminante,
que vas por los caminos,
por los viejos caminos
del Mayab...

No, Felipe, las golondrinas...

Felipe.– Sí, patrón.


Acto VI El país de la Ciencia

Se escuchan gritos de distintas voces y volúmenes: “¡No! ¡Otra vez falló! ¡Demonios! ¡Por qué!”. El protagonista escucha con atención. Hace un gesto de extrañeza. Mueve la cabeza como negando algo que pensó y empieza a caminar.

Científico.– (camina aprisa, en círculos, mirando el suelo) ¡Eureka! ¡Eureka!

Protagonista.– (extiende la mano para saludar) Veo que le fue bien...

Científico.– (enojado) ¿Se burla de mí? (El protagonista niega tratando de calmar al hombre) Se ha perdido mi chiva Eureka... ¡Otra vez!. (Cansado. Deja caer los brazos a sus costados golpeando sus piernas). Es muy traviesa, pero sin ella no atino a trabajar como acostumbro. Por más que le amarro la campanita al cuello, encuentra la forma de zafarse y el instrumento es lo único que hallo cuando se va. Ahí me tiene amenizando mi preocupación con el sonidito (mira la ropa del protagonista). Usted ha de saber a lo que me refiero...

Protagonista.– ¿Esto? No, no, no es lo que parece. Es una historia larga y algo absurda. Mejor le ayudo a buscar a su mascota.

Científico.– (indignado) ¡Calle! Cuando hable de ella guarde respeto. Eureka no es una mascota, es una compañera, señor. No la trate como un simple animal.

Protagonista.– Disculpe, no sabía su relación con la cabra...

Científico.– Pues ahora la sabe, no lo repita. (ambos llaman a la compañera extraviada, uno con agitación, otro con indiferencia. Luego de unos segundos aparecen dos chivos en escena.). ¡Ay, Eureka!... te volvieron a clonar. (recoge ambos animales).

Protagonista.– ¿Cómo sabrá cuál es la verdadera?

Científico.– Fácil, señor. Eureka sabe dónde comer, dónde hacer sus necesidades, dónde recostarse... Tiene sus juguetes preferidos, sus canciones favoritas, sus caprichos... No hay que ser un genio. Aparte el clon no dura más de una semana. La primera vez, apenas lo tomé en brazos se desintegró. Es una lástima. Por Eureka. Nunca va a tener hijos o hermanos o padres... Trato de ser todo para ella, pero a veces simplemente no se puede. (El protagonista hace una cara de susto). La última vez, el clon duró seis días. Cada intento aguanta más y para mí eso es un problema. No tengo mucho dinero, no puedo mantener otra compañera...

Protagonista.– Entiendo. ¿Por qué no hay nadie alrededor? ¿De dónde vienen los gritos?

Científico.– Vienen de abajo. De la tierra. Ahí tenemos nuestros laboratorios. Casi nadie sube, pero aún así, es bello el paisaje. Lo hemos conservado bien, ¿no le parece? (El protagonista no sabe qué decir, lo único que hay alrededor es arena) Fui de los primeros en llegar a este lugar. No había nada en aquel tiempo. Solamente árboles y flores y cerros... Pero ahora (abre un brazo abarcando toda vista) ¡La modernidad! (Le entrega una cabra al protagonista para agacharse y recoger un puñado de arena que ofrece.) Toque, sienta. (El otro lo hace. No pierde la confusión en la mirada) ¿A poco no parece real? Si le cayera un poco dentro de la ropa interior, la molestia sería la misma. Créame. Es fascinante, ¿verdad?

Protagonista.– (Por no romper la ilusión del científico y no mentir...) Asombroso, sí...

Científico.– (emocionado) Yo colaboré en su fabricación... (Con tristeza) Es de las pocas cosas que puedo hacer. Por más frío que me crea, dada mi profesión, soy incapaz de lastimar un ser vivo. Entonces, no puedo avanzar a la par con mis colegas. Experimentan con todo lo que esté a la mano. Ya ve (acaricia a la cabra), lo hicieron con Eureka... (mira de nuevo la ropa del protagonista y la señala) Si lo ven así, pueden hacerle lo mismo o algo peor. Venga conmigo. En el laboratorio tengo batas sobrantes. Le prestaré una para que abandone el país sin problemas. No le ofrezco estancia, porque aquí no se duerme, pero le daré todo el café que desee.

Protagonista.– (siguiendo al científico) La bata es suficiente, gracias.(salen)

En pantalla. Bajan escaleras para llegar al laboratorio. El científico le pide que espere. El protagonista curiosea por el lugar.

Científico.– Permítame. (regresa con unas batas colgando de su antebrazo). Tiene usted a Eureka.

Protagonista.–¿Cómo lo supo?

Científico.– Aquélla me ladró. Tome ésta (le ayuda a ponerse una bata), y ésta también... Llévese las tres, no se vaya a enfermar. ¿Seguro que no quiere algo más?

Protagonista.– Estoy bien, gracias. (se despiden. El protagonista empieza a subir las escaleras y el científico le pide que espere. “Mi chiva”, dice, y corre al otro cuarto. Cuando vuelve al cuadro tiene al otro animal en los brazos. “Llévese ésta”.) No, no. (“Sí, sí, la que se quería llevar es la mía”. Intercambian animales.) Pero... bueno. Adiós.

Científico.– ¡Suerte!

En escena. Entra el protagonista caminando desde la izquierda y en el otro extremo ve un letrero que lee en voz alta: “Fin del país de la ciencia. Watch your step.”. Duda en seguir caminando, pues entra en tierra de arenas movedizas. Cavila un poco más y concluye bajar a la chiva, arrancar la correa de su sombrero para hacer de ella una correa, y caminar detrás del animal.

Protagonista.– (a la chiva) Espero que entiendas. No te preocupes, si siento que empiezas a hundirte, te jalo.
Acto VII Las arenas movedizas

En pantalla. La gente que se hunde y se queja y pide ayuda. Al lado de sus cabezas hay pies con las plantas hacia arriba. Son de las personas que se detuvieron para ayudar y se hicieron presa de las víctimas. En escena; el protagonista y la chiva.

Víctima 1.– ¡Hey, tú, el carnicero! ¡Sálvame por lo que más quieras!

(El protagonista voltea a verlo. Sigue caminando.)

Víctima 2.– ¡Doctor, doctor, auxilio!

(El protagonista sonríe con ironía. Sigue caminando y sale del escenario por la derecha.)

Víctima 2.– ¡Hiciste un juramento! ¡Salva mi vida! No te cuesta nada... Es tu trabajo.

(El protagonista vuelve entrar al escenario por el lado izquierdo. Sigue caminando sin atender a la gente que grita. Llama su atención una víctima situada en el extremo derecho que no se lamenta. Es la que tiene más pies alrededor.)

Víctima 3.– Tú, el pastor. ¡Ayuda!

Víctima 4.– ¡Hey, mariachi! ¡Sácame!

Víctima 5.– ¡Ni se me acerque, maldito dentista!

Protagonista.– (acercándose un poco a la víctima silente)¿Y usted?

Víctima impasible.– (hosco) Yo qué...

Protagonista.–¿Por qué no grita, ni se queja, ni hace nada?

Víctima impasible.– No hace falta. Me funciona más hacerme el fuerte y callar. ¿No ve todos los pies que tengo al lado? Así como a usted le llamó la atención mi impasibilidad, también a otros les resulta interesante y vienen hacia acá. Hablamos un poco, se acercan, se acercan, y los hundo.

Protagonista.– (Haciéndose para atrás) Ven, Eureka...

Víctima impasible.– Tranquilo. No necesito a nadie más por ahora. No le habría dicho mi modo de obrar. Tengo suficientes pies. La bestia se conformará con ellos y me dejará en paz. En cambio a los otros les hacen falta personas. La bestia, al venir, devorará sus cabezas por no sentirse satisfecha con sus dotes. Siga caminando, estoy ocupado. Trato de hacer mis ejercicios.

Protagonista.– ¿Ejercicios?

Víctima impasible.– Sí, ¿no ve? Perdón, es obvio que no ve. En este momento hago spinning... (El protagonista sale de escena. La víctima lo sigue con la vista.
Se escucha un rugido) La bestia despertó.


Acto VIII La bestia de dos espaldas

En pantalla: corto animado con dibujos hechos con carboncillo.

Las cabezas del monstruo se muerden una a la otra, las cuatro manos se arañan entre ellas, los cuatro pies se trenzan agresivos. El protagonista ve desde lejos la lucha de la bestia. Lo llena de temor pensar que debe pasar inadvertido para no ser muerto. Toma entre sus brazos a la cabra y camina de puntas lentamente. Una de las cabezas para de pelear y olfatea. La otra sigue atacando hasta que nota la renuncia de su oponente y empieza a olfatear también. El protagonista suda copiosamente. La bestia ruge y lanza fuego hacia arriba. La cabra ladra valerosa. El protagonista queda inmóvil. La bestia lo mira, ruge y arranca hacia él para devorarlo. El protagonista corre; la bestia acorta la distancia.

La toma cambia. Ahora el protagonista avanza de frente. Al fondo se ve a la bestia tratando de alcanzarlo... Una de sus cuatro patas se eleva y cae sobre el perseguido, apretándolo contra el suelo. Las dos caras del monstruo abren sus fauces y se abalanzan contra su víctima. Antes de morderlo son golpeadas; una por un tambor, otra por una flauta. La bestia suelta al protagonista y mira alrededor buscando el origen de aquello. Cuando el monstruo está de espaldas, dos hombres que no visten más que taparrabos y batas ayudan al protagonista a levantarse. Los tres corren. La bestia los ve. Los persigue. Uno de los recién llegados carga una bolsa negra y de ella saca las cosas que lanza al monstruo para distraerlo. Logra hacerlo hasta que vacía la bolsa.

Capitán.– Córrele, Felipe.

Felipe.– Eso hago, patrón.

Los tres aprietan el paso. La bestia se acerca furiosa. Los tiene al alcance, abre sus hocicos y... Algo separa a todos los personajes. Luchan contra la fuerza invisible que los aparta a unos de otros. No pueden hacer nada.

Capitán.– ¿Qué pasa, Felipe?

Felipe.– No sé, patrón.


Acto IX Mundo interior.

A oscuras.

Protagonista.– (alterado) ¡Capitán! ¡Felipe! ¡Eureka! ¡Dónde están! (da algunos pasos) ¡Capitán! ¡Felipe! ¡Eureka!... ¿Qué es este lugar? (voz en off: “tú”.) ¿Porqué no veo nada? ¿Por qué no hay nada? (voz en off: “olvido”) ¡Quiero salir de aquí! ¡Ayuda! (voz en off. Entre carcajadas: “Muere”.) ¡Esto es absurdo! Los locos al inicio, el mar con sus tristezas, la chiva, el científico, la gente hundida en las arenas, la bestia, Felipe, el Capitán... ¡Absurdo! ¡Quiero salir! ¡Auxilio! ¡Auxilio! (Llora) ¡Ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí!

(Se encienden las luces del escenario y aparece una mujer arrullando a un bebé que llora)

Mujer.–Ya, ya, ya... No llores más, ya estoy aquí. (Lo arrulla con una canción. Entra a escena un hombre en ropa de oficina. El televisor sintoniza algún noticiero. También hay un perro de pelo blanco, puede ser un Maltés o un French Poodle.).

Hombre.– Llegué, amor. ¿Se cayó de la cuna otra vez?

Mujer.– No, no, no. Se despertó llorando. Ha de haber tenido pesadillas... Arréglate pronto. No tardan en venir mis amigas. (El hombre hace un gesto de fastidio) Anda. Y mejor quita esa cara, métete a bañar con agua fría y saca paciencia de alguna parte. Vienen con niños.

Hombre.– ¡No, no! Yo quería descansar... Esos niños son un desastre. Felipito es más o menos tranquilo, lo regañas y se queda quieto, ¡pero el otro! (Manoteando y caminando de un lado a otro) El otro, este, este... como se llame, es un demonio ¡Y siempre con su ropita de marinero y su cara de no rompo un plato!

Mujer.– Ya no te quejes. Entre más discutas menos tiempo tendrás para calmarte en la ducha.

Hombre.– Con que no venga tu padre de improviso...

Mujer.– Está fuera de la ciudad... Anda, báñate ya. (El hombre sale de la escena. La mujer sigue arrullando al niño.) (Con voz dulce) ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Ya, bebé, ya... (canta) (El hombre grita desde el baño pidiendo a su mujer que ponga algo de música mientras llega la visita. La mujer hace caso, apaga el televisor y sale de escena hacia el sitio en que tienen el estéreo.) (Se apagan las luces. Se escucha Caminante del Mayab, con Antonio Aguilar. El hombre da las gracias. El niño deja de llorar.)



FIN







SÍ, LA VIDA ES SUEÑO
A.R.




AMISTAD, LAZO ETERNO

–¡Por enésima vez! Los fantasmas no existen... ¡Cuándo dejara su estolidez!

–¡Claro que existen! No se ven fácilmente, ¡pero existen! Los he sentido sobre mí, escucho sus quejas...

De esta manera charlaban dos viejos y amigos al jugar ajedrez, como todas las tardes, sobre una bellísima mesa de mármol labrado, testigo mudo de mil batallas, ubicada al centro de aquel parque tranquilo y acogedor.

–¿Cómo puede estar seguro de que son fantasmas? Muchas veces se exagera un viento, se agranda una coincidencia o se da vuelo a la estupidez, estimado amigo.

–¡Hombre de poca fe y menos monta! ¿No confía en mí? A ver, cuando le dije que tuviera cuidado con su señora; que la vigilara más; que le jugaba chueco: ¿tenía o no tenía razón?

–¡Pues hombre, sí, la tenía!

–Lo ve...

–¡Cínico! Era con usted con quien me ponía los cuernos...

–Bueno, bueno, basta de rencores. A su edad los corajes no son recomendables. Déjeme contarle una anécdota para convencerlo de la existencia de esos seres de ultratumba.

–Por favor, algo creíble y nada soez como lo anterior.

–Pierda cuidado... Esto sucedió cuando era joven. Quedé tan impresionado por aquella experiencia, que la llevo grabada en mente como si hubiera acontecido ayer. Empiezo. La tarde era gris y silenciosa. El sol se había escondido por temor a los aullidos del viento que parecía lamentarse con una voz desgarradora, capaz de sacudir hasta el alma más cruda. La luz de los faroles hacía que los árboles dibujaran figuras diabólicas en el suelo, las cuales parecían perseguir a quien se atrevía a poner un pie en aquel sendero siniestro, envolviendo a la persona con los pensamientos más aterradores y perversos que un ser humano puede concebir. De las profundidades de aquel sitio fatal, brotó un espantoso grito de mujer suplicante... ¡Despiértese! –vociferó el narrador. Su compañero no aguantó tanto suspenso y dejó caer la cabeza sobre el tablero–. ¡Que se despierte le digo! ¡Qué poca educación, habráse visto! Dejarme hablando solo a mí, ¡a mí, don Francisco Suárez Góngora, erudito de la Universidad de Salamanca; Doctor Honoris Causa por el Colegio de Levante! A mí, que a doquiera que voy, soy conocido por todos y saludado al instante con notable efusividad... ¡Que se despierte, carajo!

Lentamente, el interpelado levanta la cabeza. Un peón se había pegado a su frente dejando una marca dura sobre la piel. Al abrir los ojos, aparece ante él un mundo de garabatos y bocetos difusos; cosas que parecía no haber visto en su vida.

–Disculpe. Me quedé dormido.

–O demasiado despierto diría yo. Tumbó las piezas a propósito porque yo iba ganando, ¿no es así?

–No, no fue a propósito. Primero muerto que tramposo...

–Su descaro supera su perfidia...

–Estoy diciéndole la verdad. Su historia me cautivó de tal manera, que me perdí en sus palabras y caí rendido. Con todo eso, me ha convencido; creo en los fantasmas.

–¡Pero si no he terminado la historia!

–Pues creo. Creo porque los he visto.

–¡Ah sí! Y ¿cómo eran?

–Tal como usted lo mencionó: invisibles.

–Sigo pensando que usted quiere engañarme; me da por mi lado para que olvide su maña.

–¡Me ofende, don Paco!

–¡Con toda intención!

–Lastima mi orgullo...

–¡Qué sabe usted de esas cosas!

Y con otra pelea, terminaba una vez más la partida de ajedrez en aquel lúgubre camposanto en que, dicen, se escuchan voces y pasos; golpes de pequeños objetos de madera esparciéndose sobre una mesa en ruinas ubicada al centro del lugar. Personalmente, no creo en esas cosas; nunca me ha pasado nada extraordinario. Me remito a contar esta historia de dos buenos amigos aficionados al juego férreo y a las discusiones intelectuales. Que cada quién concluya lo que tenga a bien creer...


CUARTO 232

–¡Es ilógico! Tiene semanas internado, nadie lo visita, apenas habla con las enfermeras y los doctores... Su enfermedad se agrava, no hay forma de manejarlo y, sin embargo, parece tenerle sin cuidado.

–Tal vez tiene fe en que sanará.

–No lo creo, le hemos recomendado un hospital en el extranjero que quizá pueda ayudarlo utilizando un tratamiento poco ortodoxo, nuevo; gratuito. No quiso y no fue por miedo, sabe que no hay nada qué perder. No aceptó.

–¿Crees que la enfermedad lo haya puesto idiota? ¿Que no razone bien? Digo, para no aceptar un tratamiento gratuito en el extranjero....

–Dejando de lado que al dormir repite el nombre de una mujer y que, cuando está despierto, esboza siempre una sonrisa discreta, no tiene síntoma alguno de locura. Cualquiera en su lugar estaría deprimido, arrobado... para él, cada nuevo día es un día menos. Lo sabe y aún así...

–¡Qué fuerza!.. ¿Es una fotografía lo que saca de su almohada?

El paciente deja caer la mano en que tenía la imagen y la vida sobre su pecho vacío. Los doctores se acercan de inmediato. Nada quedaba por hacer. El más joven de los dos, toma la fotografía en que se ve a una mujer madura sonriendo, a pesar de la lluvia que la cubre, y, al reverso, encuentra tres palabras y la huella de unos labios que explicaban todo:

“Te estaré esperando”




UNA HISTORIA MEXICANA

I


–¿Llegó el encargo?

–No

–¡Demonios! En mis tiempos el correo urgente no tardaba más de 6 días... ¿Qué carajos pasa con los caballos de ahora?

Don Rubén era un anciano de sesenta y dos años encima; dudaba poder cargar más. El año en el que cumplió cuarenta otoños falleció su esposa, Elisea, y él prometió jamás volver a emparejarse con nadie. Lamentablemente, el hombre era “ojialegre”, como suelen decir, pero eso sí, tenía palabra. No encontrando mejor manera de cumplir su promesa, resolvió encerrarse en el cuartucho de la vecindad en que siempre habitó con su difunta mujer. Cuando la perdió, cuando perdió a la luz de su vida (a sus amantes las trataba a oscuras), el hombre perdió hasta el humor. La soledad carcomía sus breves sonrisas; todo le molestaba. Despertaba muy a su pesar, con mucho pesar comía y a veces soñaba, con un pesar exagerado. El mundo ya no era lugar para él. La alegría se le negaba y sus culpas de antaño lo obligaban a pagar sus pecados de esa forma.

Sabía que lo merecía. Había hecho sufrir demasiado a la infortunada Elisea; saltando de cantina en cantina, de mujer a mujer; mientras ella, su celestial esposa, permanecía en casa, sumisa, paciente.

Por medio de libros y diarios se mantenía informado del exterior; por medio de libros, de diarios y de Luisito, pequeño de ocho años, encargado de llevarle aquellos textos todas las mañanas.

–Don Rubén, no usan caballos para entregar el correo.

–¿Ah no? ¿Y ahora qué usan? ¿Perros? Dime si usan perros, así comprendería el retraso.. habiendo tantos postes de San Rincón del Juan para acá, no me extrañaría que pasaran meses...

–No, perros no; camionetas, don Rubén.

–¡Cierto! Algo había leído acerca de eso Lo olvidé. Entonces no sé qué esperar... ¡Vete, Luis! Vuelve mañana con el periódico y haber si consigues uno que conserve la tinta en el papel. Estoy harto de leer las noticias en mis manos.

–Sí, don Rubén, lo que diga.

El anciano se arrellanó en el sofá y perdido en volatería cayó dormido. Así se le fue el resto del día. Así se le iba la vida.

I

Al día siguiente lo despertó la puerta. Era el pequeño con el periódico, un libro titulado “Al fin le escribieron al coronel y otros cuentos”, y el paquete antes mencionado. Cuando el viejo vio este último, le arrebató al niño el periódico; el libro; el encargo y hasta el lonche. Luisito recibió un portazo antes de poder reclamar nada.

–¡Vete, vete!– dijo don Rubén desde dentro.

Sin quitar la vista de la caja ansiada, se dirigió velozmente a la mesa, arrancó la envoltura con una agilidad increíble tomando en cuenta su artritis y sus reumas, y exclamó:

–¡Al fin llegaste! Elisea, por ti he sufrido mucho; con tu muerte acabó mi alegría... Lo merecía por haberte hecho daño. Era mi deber morir solo... como moriste tú estando conmigo. Que esta arma me robe la vida que te debo. ¡Tanto mal te causé! ¡Tanto llanto! ¡Qué egoísta fui! Pero al fin llegó el momento de volver a tu lado. ¡Más de veinte años en esta soledad! Pagué nuestro matrimonio; ahora ¡recibe mi vida, Elisea!... ¡Recíbeme!

Al terminar su dramático soliloquio, se llevó el revolver a la boca y dijo sus últimas palabras:

-Edisuha, nou omdigou, redimeme abmo orque ah oi dino ee ii.

Entendiendo la dificultad que representa proferir algo inteligible con el frío de la muerte acariciando el paladar del suicida, escribo a continuación una interpretación de aquella despedida: “Elisea, voy contigo. Recíbeme, amor, que ya soy digno de ti.”

Al concluir la frase, un silencio sombrío; un instante de incertidumbre invadió el lugar. Unos segundos más tarde, el hogar del desgraciado viejo fue sacudido por un estruendo infernal...
III

–Disculpe, don Rubén, tumbé la puerta.

El objeto que Luisito había tirado, no era más que una lámina de gran tamaño haciendo de puerta sin serlo; unos goznes improvisados que no detenían ni el polvo; y el vetusto cuadro de una virgen haciendo de adorno y tapando un hueco, lo único genuino. Al ver entrar al niño, el frustrado suicida guardó la pistola en la parte baja de la espalda, sujetándola con el pantalón, y fingió haber sido despertado estirándose, bostezando y volviéndose a extender los brazos.

–No hay problema, supongo, y también presumo que hay una buena razón para que vengas por segunda vez sin que te lo haya pedido. Así que habla rápido, no me queda, digo, no tengo mucho tiempo.

–Es que dice mi mamá que si recuerda el día que se murió su esposa...

–¡Qué pregunta! Estúpida, cruel; digna de tu madre.

–...¡que dice mi mamá que si se acuerda de cuando murió su esposa! – repitió el infante pensando que no le habían puesto atención.

–¡Qué criaturas, Dios! ¡Haces cada cosa! ¡Claro que los animales hablan; ante la duda, la prueba! Sí, Luis, por supuesto que me acuerdo.

–Ah. También dice mami que si le dieron la última carta que le escribió a usted...

–Mmm, no, nadie me dio nada.

–Ah. Bueno, porque mamá la tiene.

–¡Qué gente, señor! ¡Increíble! Pero dime, Luis, ¿por qué hasta ahora?

–Pues porque mi mami la tenía perdida.

–¡No puede ser!, ¡tanto tiempo!..

–Ya la encontró...

–Menos mal, ¡dámela! ¿La traes contigo?

–No. La tiene mi ma´ en la casa.

–¡Paciencia, Rubén, paciencia!... Entonces no sé qué haces aquí, ¡tráela, anda!

–No se enoje conmigo, don Rubén, me pongo chipi...

–¡Pues anda por ella y no hables más!

El niño, al salir, colocó la puerta en su sitio. Don Rubén sacó el arma volviendo a su plan inicial. Esta vez, se apunto a la altura de la sien, quizás para entender su discurso final.

–Una carta, Elisea. ¡Tu carta! ¿De qué me sirven tus letras si puedo tener tu voz? En un instante estaré a tu lado... ¡Espera, Elisea, espera! Espera y abre tus brazos, que este hombre el mundo deja para sentir tu regazo.

Luego de esto, cerró los ojos, apretó los dientes, se puso tenso, jaló el gatillo y... se escuchó un clic. Trató de disparar dos veces más, resultando inútil. Desconcertado, tomó la caja y alcanzó a ver unas letras pequeñas al borde que decían: “No incluye municiones”


IV

Recordó que tenía una bala guardada en el cajón del ropero. Era un obsequio recibido de su padre al terminar la Revolución. Tomó el arma y la cargó con premura.

–Una despedida más sería ridícula. Ahora sí, ¡me voy!

Temblaban sus manos, y su corazón latía agitadamente al sentir cerca el final. Sus pensamientos eran lo único que perturbaba aquel silencio fúnebre. Eran las cinco de la tarde con quince minutos cuando un horrible sonido estremeció el suelo de la casucha...

–Don Rubén, debería poner una puerta de verdad, esta lámina es un gorro.

¡Se va a morir de una buena vez o qué!... Perdón. El hombre guardó nuevamente el arma, deteniéndola con la pretina del pantalón, justo en el lugar donde brota la espalda, o desemboca; las especificaciones geográficas no tienen importancia. Harto, como todos, recibió la inesperada visita con una sonrisa forzada.

–Sí, lo estaba pensando esta mañana. El timbre quedó en el pasado. ¿A qué debo su grata presencia, doña Selene?

–Ay, don Rubén, pues como le mandé decir con Luisito, hallé la carta que me dio su ex mujer antes de colgar las chanclas... justo antes de pasar a mejor vida, que aunque no halla subido al cielo, comparado con esto –decía mientras veía alrededor– cualquier rincón es la Gloria. ¡Mire nada más! Es un milagro que no se le haya caído el techo encima.

–Este sería buen momento...

–¿Perdón?

–Decía que sería un buen momento para recibir la carta de una vez. Estoy deseoso por saber lo que dice.

–Está bien, téngala. Me voy, don Rubén. Dejé la comida en la estufa.

–¡Dejó la estufa encendida en su casa de láminas, sin vigilancia y con Luisito dentro!

–¡Cómo cree! Luisito fue a jugar al parque.

–...No la entiendo, pero ándele, que le vaya bien.

La vecina salió de la casa y don Rubén quedó solo de nuevo, contemplando con nostalgia el objeto recibido.

–Leeré tu carta, Elisea, más por curiosidad que por ganas. Que me espere la muerte tres minutos; al fin no llegó en veinte años. Unos minutos no son nada, como solías decir en nuestras noches de fuegos fatuos.

Abrió el sobre y sacó un par de hojas amarillentas. Se puso sus viejos lentes y, parado junto a la ventana que dejaba ver el jardín de la plaza al fondo, dio lectura al escrito con voz suave y, en veces, entrecortada.

Amado Rubén:

Con las últimas fuerzas que me quedan, te escribo desde el sombrío cuarto de este hospital de mala muerte que parece ser mi última morada. Conociendo a Selene, tal vez cuando recibas esto yo estaré muerta y tú, tú estarás al lado de otra haciendo los hijos que siempre quisiste y que no te pude dar.

¡Perdóname! Perdona que no te haya dado una criatura, pero sabes que nunca me gustó trabajar bajo presión. De cualquier manera, discúlpame. Yo soy la culpable de nuestro fracaso. ¿Qué cómo lo sé? Tal vez te enojes y de nuevo te pido disculpas por lo que vas a leer... te mereces la verdad... Rubén, mi Rubén, mientras me eras infiel con cualquier cantidad de otras, yo, ¡perdóname!, yo también me las gastaba igual. Pero no podrás negar que lo hice por nosotros. Mientras dilapidabas tu miserable sueldo en alcohol y meretrices, yo conseguía lo que no traías a casa. Nunca nos faltó leche como sabrás... ni carne, pollo, pan o tortillas. De haberte durado unos meses más, habríamos podido conseguir una casa mejor... pero esta enfermedad ya no me deja, Rubén.

Después de esta confesión siéntete en libertad de hacer lo que quieras. No me debes nada. Estamos a mano. Siempre lo estuvimos. ¡Cásate! Cásate y sé feliz con una buena mujer que te dé lo que yo no pude darte. ¡Huevos, Rubén! Ya me acordé, huevos nunca tuvimos, el hombre de la avícola no me daba nada a cambio, ¡pero qué guapo estaba! Perdón de nuevo, mi amor, pero te confieso que, aunque otros tuvieron mi cuerpo, sólo a ti te di mi corazón.

Tuya hasta la muerte (que no tarda),

Elisea

PD. Si tienes una hija llámala Elisea, así sabré que me quisiste.

Don Rubén dejó caer la carta. Sus ojos se llenaron de lágrimas; su rostro, de frustración y de impotencia...

–¡Pinche Elisea! –dijo.






V

¿Reír o llorar ante una escena así? Pensar que pasó veinte años engañado, torturándose con la idea de que era causa de la prematura defunción de su mujer; renunciando al mundo para limpiar su conciencia de los males que lo afligían cuando recordaba a su santa esposa que, al final, resultó tener bastantes y muy devotos feligreses. No. No hay palabras para dar una idea siquiera cercana al sentir de aquel hombre. La noticia le estimuló una vorágine de pensamientos cruel y dolorosa.

Estuvo inmóvil alrededor de diez minutos, con la boca abierta, la mirada perdida, la carta en el suelo, y el tiempo que gastó sobre la espalda... Con la cabeza gacha se dispuso a reflexionar en el sofá buscando encontrar calma y tomar una decisión acerca de lo que habría de hacer luego de aquella revelación. Parsimoniosamente, caminaba hacia el sofá y divagaba en voz alta.

–¡Ay, Elisea, Elisea! De haber sabido que me engañabas... Mira que estuve a punto de morir por ti. Fueron veinte años... ¡Veinte! ¡Cuántas cosas pude haber hecho!... Mas no te guardo rencor... ya no estás conmigo y no quiero perturbar tu paz... Pero si no estuvieras muerta, ¡te mataba, faltaba más!... Pero como dije, no te guardo rencor. Esto es una oportunidad para recuperar las horas perdidas. Sí, ¡he vuelto a nacer!, ¡el destino me llama y me invita a continuar mi historia! El mundo me necesita, por eso las interrupciones de Luisito y de Selene, Dios me quiere... Dos intentos fallidos y al tercero, tu carta... ¡Me salvaste la vida, Elisea! Crudelísima broma tuya y del destino, pero sigo vivo a fin de cuentas. Veré las cosas de otro modo. Dejaré mi encierro y viviré. Viviré porque el cielo lo quiere así, no fue coincidencia que mi suicidio fuera estropeado; Dios tiene un plan grande para mí. No soy nadie para arruinar los planes del Creador... ¡Estoy vivo! ¡Viviré!

Al momento de sentarse una descarga echó todo abajo. Don Rubén no recordó el lugar en que había puesto la pistola. Ésta, al rozar el respaldo, se disparó.

ENTRETENIMIENTO SEMANAL
–¿Recuerdas el día en que nos conocimos?

–Como una astilla clavada en el dedo.

–¡Vamos, basta de bromas! No fue tan malo...

–Tal vez porque no es tu dedo...

–¡Caramba! Nuestros hijos... ¿te arrepientes de ellos también?

–¡La pus!

–¿Será que no te entiendo porque tengo a la mano solamente nuestros buenos momentos?

–Y la otra mano se desborda...

–¿No puedes dejar de ser tan negativo? Desde joven has sido un viejo gruñón y soez, tenía la esperanza de que al envejecer nacieras...

–¡Qué cosas dices, mujer! No se nace al envejecer, volver a usar pañal no es algo lindo; comer alimentos licuados no vuelve lozano a nadie ni lo hace sentirse mejor... Ahora, que si tuviera quién me diera pecho, otra cosa sería... A mis años, ¡nada!

–¡Eres un descarado! ¡Eres un grosero! ¿Qué pude ver en ti?

–Todo. Me lo viste todo. Hasta los lugares que el jabón no toca.

–¿Podemos hablar de otra cosa? Tus palabras son de pésimo gusto.

–Las partes de las que hablo, ahora lo son también... El tiempo acaba con todo...

–¿Qué pude ver en ti? ¡Ya no contestes, por favor! Es retórica, como todas las pláticas que tuve contigo.

–¿Ahora quién es la negativa?

–Es imposible escapar a la peste de tu genio.

–Tú pudiste...

–Supongo que pude...

–¿Viste? Cada uno tuvo lo que quería después de todo.

–¿Querías terminar solo en un asilo?

–No era esa mi idea en un principio, pero quisiste que todos nuestros hijos fueran a la universidad. Ahora ya no me quejo, uno se acostumbra a lo que sea. Además sabes que me gusta seguir una rutina y aquí todo tiene su hora, día tras día; lo mismo. Sólo tus visitas me sorprenden.

–Pero si vengo a menudo...

–Pero sin lapsos uniformes... Entonces, me sorprendes. Aparte, a esta edad, despertar ya es una sorpresa. Uno se obliga a maravillarse del viento meciendo un árbol, de una flor que se abre... de una enfermera rechoncha.

–No cambias.

–Es tarde para nuevos hábitos.

–Nunca es tarde, nunca... Debo irme, han llegado por mi.

–¿Cómo te trata ese hombre?

–Muy bien... muy bien.

–¿Eres feliz?

–Sí... lo soy.

–“Cada uno tuvo lo que quería después de todo”. Saluda a los chicos por mí ¿quieres? Dales un abrazo, un beso y la dirección de este lugar; hace siglos que no vienen. Es raro como, aquí dentro, todos usamos la expresión “hace siglos” para referirnos a lo que hacíamos cuando estábamos fuera y nadie lo toma como una exageración... Un día es una eternidad... Pero no te entretengo más. Diles que los espero uno de estos días, que no los he olvidado; que no lo olviden...

–Han estado ocupados con sus familias. Están empezando, tú sabes cómo es...

–Claro. Sabemos como es... Te quiero.

–Debo irme.

–¡Adiós, guapa!

–Sonríe un poco. Inténtalo al menos.

–Voy a tratar. Por ti traté.

FIN

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