MAREA ROJA sangre, de SACHA ORO BARRERA, DRAMATURGO ARGENTINO

SACHA BARRERA ORO


Marea roja

Sangre


De  Sacha Barrera Oro

2004

LA MUJER, ELLA, ÉL Y EL HOMBRE 

Una imagen borrosa inunda la escena.
Es una postal de una época que predice un final.

 I            confesiones innecesarias

ELLA - Es cierto. Te até a las vías del tren, pero sabía perfectamente que ya no había trenes. Por eso no me preocupé.
También es cierto que infinidad de veces intenté asfixiarte en el baño, pero no pasó de ser otro más de los muchos intentos frustrados de enjabonarte en la ducha. Quién podía imaginarse que te ibas a morir de frío y no de un impacto brutal… ese que nunca sucedió.
Tal vez por eso no pude entenderte en tu insistencia cuando estábamos cerca de la casa. ¡Que tuviera cuidado con el perro!, me decías... Y yo como una estúpida miraba para abajo y preparaba la cartera para tirar el golpe.
Si me habré despertado en la noche obsesionada, buscando debajo de la cama o entre las sábanas esa quijada llena de dientes clavados en mi pierna...
Es cierto... no supe o no quise saber nunca que vínculo nos unía... no tuvo mayor importancia en ese momento. Me imagino que ahora menos, aunque yo intuyo que nos unía el espanto. Pero siempre me dio miedo decírtelo.
Nadie puede negar que todos los hechos, incluso los pensamientos, por más mínimos que sean, cambien el mundo. Es cierto que las cosas que no suceden también nos matan.

Esto ya lo he dicho antes...

ÉL - No es fácil ser un espécimen en vías de extinción.
Mientras vos pensabas en tu miedo, yo era el animalito en cautiverio. Uno de esos que hay que cuidar de todo y de todos, incluido de sí mismo.

ELLA - Está bien que yo siempre fui una apasionada por la literatura y  vos un obsesionado del hambre a la orilla del camino. Pero todos los días repetir lugares comunes, a la larga se paga con sangre, o por lo menos con algo líquido.
También es cierto... soy un monstruito... creo que lo he sido desde siempre o por lo menos desde que me acuerdo.

ÉL - Un velociraptor atrapado en el cuerpo de una niña de 7 años.

ELLA - Creo que no quiero o no puedo ser otra.

No soy una insensible, no... En todo caso soy alguien que está obligada a vivir en su verdad.

Eso también lo he dicho antes...

ÉL - Ya lo sé. No es necesario que me expliqués nada. Sin embargo no hay nada superior a la sangre.

Nada.

ELLA - Aclaro que mi relación con los escritos es contradictoria y fuertemente ambigua. Tal vez eso sea lo más nutritivo de esta literatura familiar.
A mí se me puede acusar de muchas barbaridades pero nunca de confusa mi proximidad a los hombres...

Ellos nunca dejaron de ser mis mapas.


 II           un tema de urbanidad

ELLA - Te ves tan lindo cuando te da de lleno esta luz. Tu rostro se afina de tal manera que el mentón se alinea perfectamente con tu nariz. Como si lo armónico fuese lo natural en vos. Tus ojos parecen mirarse mutuamente, perciben algo en el medio. Eso que se construye interiormente cada vez que pestañeamos. Eso que, de hecho, no podes ver.
Cuánto de cierto hay en esa expresión que me decías...

ÉL -  No hay nada como odiar a los malos, mi amor...

ELLA - ... siempre y cuando uno no sea el único en la isla... Por esa y otras razones me gustaría darte un golpe certero en esa cara de yo no fui, pero podría haber sido que tenés. Un solo martillazo. Uno fuerte. Con la intensidad necesaria como para destapar los pozos sépticos de todo el barrio. Y vos seguro que me mirarías con el rostro ensangrentado de risa, desde el suelo… atónito. Siguiendo cada uno de mis movimientos.

Te das cuenta con cuánta ternura tengo que lidiar...

Cómo hago para explicarte lo inexplicable... Qué hay que hacer para comerse las manos pequeñas de un bebé que no tiene cuerpo. Ese que nunca pude darte. Y sentir que si no te imagino así, me muero.
Por qué todos los días me tengo que hacer la idea de que lo bello no se deja amar y que no importa lo que haga. Siempre la que termina con el rostro desencajado cuando es viernes y no hay planes, soy yo.

 III          no hay víctimas

ÉL - Un hombre que vendía pescado en el Mercado Central se abrió las venas de par en par después de vender 2 kilos de congrio. Un joven vestido con un traje azul a rayas y un pantalón negro le pedía el vuelto por la transacción. Unos minutos después de la incisión se acercó un hombre de pulóver blanco, que de la mano traía a un niño. Al parecer era su hijo. El hombre no tardó en preguntarle por qué vendía el pescado tan barato... Antes de poder llegar a responder algo, el niño le preguntó: “Qué necesidad tiene usted de pagarlo tan caro...”

HOMBRE - El hombre que vendía pescado cambió de color...

Hoy, al entrar a la cámara de frío, vi a la cara a un salmón. Era tan serena y pacífica que salí corriendo a verme al espejo, y seguí viendo al salmón. Entonces me di cuenta que no había nadado lo suficiente contra la corriente y que si de algo me había asegurado todo este tiempo era de no haber sido feliz. Por eso abrí el grifo. Y pienso dejarme arrastrar cuesta arriba por la corriente hasta perderme de vista.

ÉL - El niño miró a su padre. Se moría de ganas de matarlo, pero el padre le dijo que aún no era el momento y el hombre continuó aleteando.

“Cómo es posible que el rostro de un pescado estuviese más vivo que el de un pez”, dijo el moribundo. Eso era demasiado.

Llegó la ambulancia, el pescadero había perdido demasiados años de sangre y algo de vida. Pero no era eso lo que le preocupaba, ya que los accidentes de trabajo eran muy comunes en el Mercado. Lo único que sí lo inquietaba y le daba miedo era la presencia de tiburones en el agua. Toda su vida lo persiguió ese sentimiento, ya que siempre que hay sangre en el mar, hay tiburones…

MUJER - Esa noche el niño comió pescado en familia.


 IV          en un primer momento

HOMBRE - Es cierto mi niña... Claro que los pájaros no vuelan sólo para emigrar de una estación a otra. Lo hacen para cambiar de piel en el aire y claro... perder peso al mismo tiempo. Ya una vez te dije cómo lo hacen en el agua las víboras.
Hay cosas que no se pueden olvidar. Menos si fueron parte de un antes, de algo más antiguo en la tierra. Un pasado de tirano saurio que no perdona y que se hace tan fuerte y denso como lo es en el petróleo.

MUJER - Lo que has escuchado hasta este momento niña, es sólo una parte de la Historia. Pero también es cierto que las madejas de lana no saben nadar y no por eso son más o menos tontas. Además, quién diría que un ovillo de seda roja puede imaginar un futuro de salvavidas o de bufanda y que, a pesar de todo, sueña con ser un par de guantes algún día.

Ay, mi niña... La sangre es tan bella que me dan ganas de llorar.


V            perdiendo el tiempo

ÉL - Hay una encrucijada enclavada en tu espalda. Yo la sigo y no puedo dejar de toparme con la mía, es algo así como otro reino animal. Uno con sus propias reglas, diferente a todos. Uno que se alimenta de nubes rojas y diamantes en bruto. Y no nos damos cuenta. ¿Sabés por qué? Porque hay un desliz que comienza en mis manos y se pierde en tus pies.
Mis amigos dicen que no es tan así como yo lo pienso y me secuestran para que cambie de aire. Yo entonces me pregunto: ¿Cómo se explica que un percance sea menos doloroso que una cita a ciegas? Ellos me responden que va a ser mejor que no te vea más. Por mi bien y el de los padres. Te juro que yo entiendo todo. Sin embargo no dejo de frecuentar la casa y no me canso de comer de las tartas que hacen las empleadas.

Yo personalmente creo que los ciegos no son expertos en estos temas.

Ah, me olvidaba... ¿Te acordás cuando te dije “¡Cuidado con el perro!”? Era verdad, mi perro estaba indefenso frente a vos. Lo podías romper. No era para asustarte... yo nunca he tenido dientes... No era para que tuvieras miedo, todo lo contrario. Era para que tuvieras cuidado... pero conmigo.


VI           reservas

MUJER - No es casual que el mundo olvide lo que es necesario, ya que así se vuelve a repetir. Por eso mi niño no te preocupes tanto. De todas maneras lo que no se olvida también suele repetirse, y ella lo sabe…

VII          otras confesiones

ÉL - Hay sábanas que pueden arruinarlo todo.

ELLA – El problema es que cuando me siento fea y no estoy en casa, no puedo hacerlo. Me escapo de donde haya mucha gente y me pongo un poco de color en los pómulos. Sonríe Para verme mejor. Pero veo que me olvidé las pinturas.
Entonces me muerdo los labios con fuerza y me pinto la cara con las yemas de los dedos. No sé... eso me afirma la mirada. Respiro. Todo se ve mejor. La sangre tiene eso. Te arregla.

Ahora tengo otro sabor en la boca.

ÉL – ¿Me querés?

ELLA – Como la primera vez.
Yo caminaba por el centro y te vi en la acequia desnucado de risa. Me dio gracia la ocurrencia. A mí no se me hubiera ocurrido nunca llamar la atención de ese modo. Yo soy menos sutil. Me crucé en tu camino. Te miré, sonreíste y te rompí la nariz con mi frente. Me preguntaste:

ÉL – ¿Por qué?

ELLA – Y yo te dije: “Para que nunca me olvides”. No sangraste y me pareció tan sexy que acabé... Sí, acabé dos cuadras mas allá sin darme ni cuenta. Me sentí una tonta. Me vi desnuda. Me rodeaste con tus brazos y me dijiste que te esperara sentada, que ya venías. Me puse contenta.
Pero me dio miedo. Todos me miraban como sabiendo más de mí que yo de vos, y eso no está bien.
Corrí detrás tuyo hasta alcanzar a alguien muy parecido a vos. Entonces me metí en la primera tienda que encontré. Había muchos paraguas. Pregunté los precios de varias cosas que no me interesaban. Supe el precio de bolsos y maletas. Aunque yo no viajo. Sonríe Yo pregunto lo que sea... igual, nunca me interesaron las respuestas, sino que me escucharan. Que me tuvieran en cuenta.
El empleado de la tienda me dijo los precios. Me parecieron muy altos. Entonces le mostré mis dientes manchados de rojo. Sonrió. Era un imbécil.  Si hubieran sido un poco más accesibles me hubiera puesto contenta. Lo habría tomado de la mano y él me hubiera llevado al probador para  seguirme mostrando otras cosas.

Yo le hubiera hecho probar mi sangre.



VIII        bajo la piel

ÉL – ¿Te imaginás una nube de vidrio gaseoso?
Una marea roja, transparente, que avanza de arriba hacia abajo ocupando los espacios vacíos (si es que existen…) Expandiéndose en todas direcciones, inundando tus vías respiratorias. Como cuando te juntás con los amigos... Una esponja amorosa que no perdona besos sin ganas ni caricias descremadas. Una marea que no discrimina a nadie por sus líquidos y que sabe mucho de accidentes geográficos. Un turista que habla el idioma universal aunque no entienda de límites entre géneros ni distancias insalvables. ¿Sabés por qué?

Por que la última vez que amó algo, lo destruyó de ansiedad.

ELLA - ¿No entiendo?


IX           sin garantías

ÉL – Todo lo que diga puede ser usado en tu contra por eso es mejor que no hable igual que como pienso ni piense todo el tiempo en mí.

¿Para quién nos estamos reservando?


X            estado vegetariano

HOMBRE - No te asustes si me ves comer así.
La mayoría lo hace de distintas maneras... Hay tantas maneras, como recetas para atacar el día. Dicen que cada uno come como quiere que lo coman. Yo sin embargo creo que se come como se pretende amar y se ama como se hacen las dietas: mal.
Mi menú es a base de líquidos, no podría ser de otra forma. Es de la única manera que entiendo la existencia. Un fluido volátil que se modifica modificándose todo el tiempo. Todo depende de los nutrientes ocasionales...  Según el envase que se tenga, diría mi abuelo.
No te asustes... No es lo que vos creés. ¿Ves esto? Lo que brota de mi boca... No es más que lo que vos querés ver. Podría ser perfectamente ayuda humanitaria. O un combo de solidaridad líquida para todo aquel hambriento que lo necesite. Una donación para un lugar de catástrofes. Un paquete sin destinatario único ni remitente. No importa.
¿Te parece algo espantoso? Un abuso...
¿Acaso cuando preparás las ensaladas no estás faenando sin compasión alguna a los vegetales…?

¿Se producen manifestaciones de rechazo para estas matanzas?

¿Acaso las calles están colmadas de fanáticos de la clorofila?

¿No se entiende? Ah, claro... ¿Cómo podemos compadecernos del que no se parece a nosotros?
¿Se escuchan gritos de auxilio en las herboristerías?
… Yo no escucho nada. ¿Ustedes?

Será por eso que a mí me cuesta tanto jugar a la mancha sin mancharme...

Todos los días me cuesta más recorrer las calles sabiendo perfectamente que la piel de esta ciudad se come y se vomita a sí misma cada cinco minutos, para no subir de peso, ni levantar sospechas.
Creo que por eso siempre me ha sido más difícil dejar algo vivo, que matarlo. Hago lo que hace todo el mundo: vivir sin la menor culpa. En un estado vegetariano de todos los días.
No... No te asustes, no es lo que estás pensando. Lo que brota de mi boca es otra cosa.  Sabés perfectamente que los vegetales no tenemos sangre.

Es una elección de vida, nada más. Una gimnasia... 

Al estado de la materia lo que es del estado. Y a mí, lo que me pertenece.

No exijo más.

A ver: ¿Cómo te explico?

Es un tema de piel. Nada más...


XI                          eso

ÉL -  No tenía miedo, era otra cosa.

ELLA - Sudabas mucho, yo no sabía qué hacer.

ÉL -  Vos también sudabas.

ELLA - Decime algo.

ÉL - ¿Cómo te imaginás que va a ser todo?

ELLA - No sé.

ÉL - Yo tengo la sensación de que no deberíamos estar acá.

ELLA - ¿Por qué no te vas?

ÉL -  No, no es un tema de lugar, es otra cosa.

       
ELLA - Decime más.

ÉL - ¿Te gustaría vivir para siempre?

ELLA - Sí, un momento. ¿Y vos?

ÉL - Con suerte puedo con esto.

ELLA - Yo si tuviera una posibilidad... me animaría a llenar la eternidad.
       
ÉL - ¿Y no tendrías miedo?
       
ELLA - No... sangraríamos mucho, yo sabría qué hacer.

ÉL - ¿Yo también?

ELLA - Claro... vos también.

ÉL - No tenía miedo. Era otra cosa.

ELLA - No hace falta que me expliques nada.

ÉL - Era otra cosa...

ELLA - Decime algo.

ÉL - Sos tan bonita...

ELLA - Decime más.

ÉL - Estábamos empapados. No hay dolor, te dije. Vos me miraste y el agua te corría por la mejilla. Es que... sudábamos mucho y yo no sabía qué hacer.

ELLA - No era sudor, era algo mucho más dulce y vos lo sabés muy bien.

ÉL - Ya lo sé, me dijiste...

ELLA - Vos no podías dejar de hablar y me preguntaste: ¿Me querés?
       
ÉL - Siempre... te dije.

ELLA - ¿Esa palabra no te da miedo?

ÉL - Sí, siempre te dio miedo.
       
ELLA - Entonces te quedaste en silencio y te dije: ¿Por qué la repetís?

ÉL - Por eso.


XII         a mi padre

ÉL -  Hubieron días en que estuvimos tentados de pintarte de negro y dejarte así.

ELLA - Pero nos daba rabia y te seguimos pintando igual que siempre.

ÉL - No sabes cómo nos hubiera gustado usar otro color, tener el placer de mirarte a los ojos, con mis manos sujetando tu yugular y darte la primera mano. Sentir que la espera valió la pena y que aunque no quieras o no puedas hablarnos, lo importante es que estás.
… Si te estoy viendo, sentado, con las manos en los bolsillos. Aireándote.
Yo sé que estás dispuesto a darnos pelea y no va ser fácil darte la segunda mano. Nunca fue fácil darte nada, porqué tendría que ser esta la excepción.

ELLA - ¿Cuál será el color que combina con tu voz?

ÉL - Yo sé que por cada trago de saliva que engullís en la desesperación, algo sin forma se calma dentro de mí...

ELLA - En el cuerpo.

ÉL - También sé que estar pintado de blanco junto a nosotros no debe ser nada fácil, y no te hizo muy feliz.

ELLA - Danos un poco más de tiempo. Ya estamos por terminar...

ÉL - Ahora que te veo, quiero decirte que sos un viejo hermoso. Sí... no me refiero a tu interior, porque no lo conocemos.

ELLA - No, no es triste. Es verdad.

ÉL - Talvez tengamos que hacer un pacto entre observador y observado. Como hacen los científicos con los átomos. Vos sólo tenés que dejarnos conocer tus partículas.

ELLA - Nosotros ponemos las intuiciones.

ÉL - No me hagas caso, yo siempre hablo en plural, creo que eso me quedó de cuando dibujaba.

ELLA - Lo hacíamos días enteros, como si esa fuera la manera de exorcizar el amor y el odio.

ÉL - Mamá nos enseñaba fotos en silencio… y éramos felices. En la noche cubríamos de azul todos los dibujos, para asegurarnos que ibas a llegar. Mientras dormía, recordaba tu rostro y me salía sangre de la nariz.

ELLA - Y pensar que por mucho tiempo creímos que sólo el color rojo podía quedarte bien...


XIII        más reservas

MUJER - Mi niño... No me hagas enojar. Tomá la luz que fluye por tus venas pero no te ahogues en tu propia sangre. Hay que nadar y llegar a mares extraños donde nada es familiar, donde las sirenas tienen otros rostros y cantan otras melodías. Cuando se tiene tanto por ganar o perder, es grato saber que no moriremos del todo nunca. Por momentos el sol te va a molestar y es ahí cuando tenés que gritar por más luz.


XIV        para escribir

HOMBRE - Ella se encerró en su habitación, la llamamos a comer, pero no vino. Pudimos llamar a un cerrajero o tirar la puerta, pero optamos por no hablar más del asunto. Hacernos mala sangre hubiera sido de alguna manera darle la razón y si de algo estábamos seguros en la casa, era de la aguda percepción e inteligencia que poseían las criaturas.


XV                         algo con ventanas

ÉL - Ella lo hacía distinto a todas las demás. Tengo que confesar que nunca más he vuelto a sentir algo así con otra mujer.
Siempre me venció, nada le era ajeno...
Me refiero a desbaratar todo con sólo mirarme.
“Vos ponés demasiadas reglas”, me decía.
Reglas no. Yo sólo intento escapar de tu mirada y evitar encontrarme atrapado en tus ojos. Ella sí que es capaz de hacer sentir la soledad, y no lo digo de manera figurada, no... Sus ojos simplemente desembocaban en la nada. Ahora con el paso del tiempo creo entender qué era lo que ella hacía conmigo.
No podía mirarla y salvarme, como siempre lo he hecho con todos los demás.
Cuando me mira no hay dónde ir.
Es que vos no llorás, me decías.
Todo el mundo llora. Mis primas lloran, mis tías lloran, mi madre llora. Y sé que mi padre llora a escondidas cuando nadie lo ve.
Sólo falta que vos puedas hacerlo uno de estos días...
Yo sé que motivos no me faltan...

Pero también sé que existen motivos para no hacerlo...

Tengo miedo de que llegue el día en que se rompan mis defensas y vuelen las compuertas por el aire y nada pueda con esta corriente que vive en mí.
Tengo miedo de desangrarme en un abrir y cerrar de ojos y que nadie me pueda ayudar.
Tengo miedo de ahogarme mar adentro y que nadie me escuche.
Tengo miedo de irme por los ojos…

Le falta el aire; luego logra estabilizarse.

ELLA - ¿Te das cuenta? Vos ponés demasiadas reglas...

ÉL - Es sólo una manera más, entre tantas maneras que hay de protegerse.

ELLA - Hace mucho que no nos vemos.

ÉL - ¿Por qué lloraste la última vez?

ELLA - Decime vos...

ÉL - Me llamaste cruel.

ELLA - Yo sólo quería que mientras hablábamos me vieras a los ojos, nada más.

ÉL - Si llorás, me voy… no puedo verte llorar.

ELLA - Te lo prometo, no voy a llorar. Pero mirame.

ÉL - No puedo.

ELLA - ¿Te das cuenta?

ÉL - ¿De qué?

ELLA - Vos ponés demasiadas reglas.


XVI        no se entiende

HOMBRE - Si se pudieran medir en mililitros los dolores en el pecho, tal vez no seríamos nosotros entonces tan padres, ni ellos tan nuestros.

Quién sabe… Será por eso que no entender sea por momentos más doloroso que saberlo todo y sin embargo no poder hacer nada...


MUJER - Vos siempre les tuviste miedo.

      

HOMBRE - El respeto tiene muchas caras.

       
MUJER - Claro... como hay sábanas que pueden arruinarlo todo.

HOMBRE - Creo que ya hablamos de eso una vez.

MUJER - Sí, es cierto, ya lo hablamos. Por eso mañana será otro día y si de algo estoy segura es de que, cuando despierte, ya no tendré que buscar a nadie a mi lado.

HOMBRE - Siempre te gustó hablar en clave de tragedia.
       
MUJER - Tenés razón... Pero no es a mí a la que le duele el pecho, ni necesito esconderme detrás de supuestos respetos mal entendidos para mirar a mis hijos a la cara.
       
HOMBRE - ¿Sabés cuál es la diferencia básica entre vos y yo?

MUJER - No sé, decime vos. Por algo sos el experto que analiza inundaciones desde lo alto de la montaña.

HOMBRE - Yo no podía quedarme a sobrevivir entre los escombros. Además vos ya no estabas ahí.

MUJER - ¿Y dónde estaba entonces?
      
HOMBRE - No lo sé. Cuando no me hablaste más traté de convencerme de que lo nuestro no pasaba por las palabras. Pero cuando los niños también dejaron de hablarme sentí que me moría por dentro. Finalmente me hice la idea de venir a verlos en silencio.

MUJER - Yo sentía cómo nos íbamos quedando sin palabras en la casa, y me faltaba el aire para poder gritar que te quedaras. Entonces traté de decir algo, cualquier cosa, y no pude articular nada. Me dio miedo pensar que estaba yéndome a otra realidad y me aferré con fuerza a tu mano. Me miraste a los ojos un instante. Yo podía ver cómo se movían tus labios, pero no había sonidos. Comencé a llorar y me tomaste de los hombros con violencia, me besaste con tanta fuerza que me dolieron los labios, después te pasaste la mano por la boca y te limpiaste de mí.
Antes de cerrar la puerta acariciaste la cabeza de la niña; yo quería abrazarte y decirte que no te dejaras llevar por lo que decía mi cuerpo, pero ya  la habías cruzado. Al tiempo me di cuenta de que debajo del agua las lágrimas no tienen mucho sentido.
      
HOMBRE - Seguís allá... y yo no puedo dejar de estar lejos de vos; donde haya oxígeno.

MUJER - Sabés que tenés razón... Cuando tomo distancia te veo mejor, en tu dimensión exacta. Me da gracia, porque recorro tu perímetro con mi sexo y me da aún más gracia todavía. ¡Qué bueno que es alejarse para poder ver...! Creo que es la primera vez que lo puedo pensar de este modo y ser feliz. ¡Yo soy tan feliz que podría morirme de risa y no me daría cuenta! ¿Sabés por qué? Porque yo últimamente me río de todo y no es por que todo me cause gracia, no... Es lo único que tengo a mano...
El problema es que cuando me siento fea y no estoy en casa, no puedo hacerlo...
 
HOMBRE - Después de besarte no me limpié de vos. No podría aunque quisiera hacerlo. Todo lo contrario. Traté de llenarme de esa mujer que todavía recuerdo y que no sé donde está.

MUJER -  Me escapo de donde haya mucha gente y me pongo un poco de color en los pómulos...

HOMBRE - Cuando pienso en todo el tiempo perdido me dan unas ganas de llorar...
Sé que si me pongo exigente conmigo mismo después tengo que soportar mis desplantes, mis llegadas tarde, en fin... Un montón de excusas para que no seamos felices.

MUJER - Sonríe Para verme mejor, pero veo que me olvidé las pinturas.

HOMBRE - Una familia amorosa, empeñada en hacerme el amor hasta hacerme feliz. Qué más se puede pedir...
      
MUJER - ... Entonces me muerdo los labios con fuerza y me pinto la cara con las yemas de los dedos.

HOMBRE - Hoy recordaba cómo se veían los niños frente al ventilador, y sé que no era sólo el aire que les daba de frente lo que les arremolinaba el cabello, sino la tormenta en el fondo del mar.

MUJER - No sé... Eso me afirma la mirada.

HOMBRE - Ahí, donde hace tiempo estaban los arrecifes, hoy permanecen cada una de las rocas que ves a tu alrededor... Ahí hay un poco de nosotros...

MUJER - En el medio de mi cara también hay un pasado lejano de fondo de mar, y ahora solamente una inmensa deriva.

HOMBRE - Ya lo sé... Si nos fijáramos bien veríamos que donde terminan nuestras arrugas no sólo hay montañas, sino también manchas de sol en la piel.
Si es difícil imaginarse que una vez hubo estrellas de mar y corales, es porque hoy sencillamente ya no están.

MUJER - Respiro. Todo se ve mejor... La sangre tiene eso. Te arregla.

HOMBRE- Es inútil. A veces me olvido de que un ojo de mar, lo único que no puede hacer, es verse a sí mismo.


XVII                      marea roja
       
ÉL - Cuando pienso en vos me da hambre.

ELLA - ¿Mucha...?

ÉL - Sí. Anoche conocí una sirena en el Mercado Central.

ELLA- ¿Y te llevó al mar?

ÉL - No. No llegué a hablarle.

ELLA - Te llevó al mar...

ÉL - No, no sabía nadar...

ELLA - Anoche soñé con marineros.
       
ÉL - ¿Y te llevaron al mar?
       
ELLA - No. Jugaban pulseadas entre ellos y no me veían.

ÉL - Me gusta el mar...

ELLA - A mí me da miedo si no voy con vos.

ÉL - Las sirenas que no pueden nadar me dan mucha pena, pero yo tampoco puedo enseñarles mucho.

ELLA - Esas nunca te van a poder enseñar nada.

ÉL - Ya no querés hacerlo conmigo.

ELLA - ¿Tenés hambre?

ÉL - Sos tan bonita...

ELLA - Como la sirena del Mercado...

ÉL - No, no sabía nadar y sin embargo olía a pescado.

ELLA - Claro... De la cintura para abajo pueden, pero la otra mitad no sabe qué hacer. Por eso son pescado y no peces. Están en el Mercado, ya ves…

ÉL - ¿Y nosotros qué somos?

ELLA - La marea roja que arrasa con todo lo que hay en el mar.

ÉL - Tengo ganas de entrar al agua…

ELLA - ¿Dónde creés que estás?

ÉL -  No sé decime vos...

ELLA - ¿Qué más hiciste anoche?

ÉL - Nada. Traté de dormir, pero cuando cerraba los ojos no podía dejar de ver todo rojo a mi alrededor. Por lo menos vos soñaste que te llevaban al mar.

ELLA - Soñé con el mar, pero nadie me llevó.

ÉL - ¿Y los marineros?

ELLA - Ya te dije que forcejeaban entre ellos y que nunca me vieron.

ÉL - Sabés muy bien que ellos nunca me preocuparon demasiado. Yo sé que cuando te miran sólo tengo que tomar coraje y ver tus ojos para leer tus reacciones. Porque es ahí donde están mezclados tus planes con mis deseos.

ELLA - Te ves tan lindo cuando te ponés así.

ÉL - ¿Así cómo?

ELLA - Así... cuando te quedás con la sangre en el ojo.


XVIII                     historia líquida

HOMBRE - ¡Qué pulmones! Pausa
Mientras por las noches millones de gotas de sangre desafían su origen, resbalándose por entre los cuerpos de la ciudad, todo lo pasado es bebido por el sol de las mañanas, la ausencia y mis hijos.
Quisiera perder tantas cosas... entender cada una de tus señas en el juego y tratar de quererte bien.
De qué sirve saber que no todo es mágico si no puedo dejar de ser así...
Tus ojos... Pausa tus ojos cuando no me miran transforman mi tiempo en suero, y este se deja caer. Yo sé que las gotas son mías... pero ya no importa.
¿Cómo se hace para desafiar la hemofilia familiar,  comer de muchas bocas y reír al mismo tiempo?

¿Cómo se hace para tener algo de aire en las arterias y no morir en el intento?

No, mi niña, no te asustes. Lo que brota de tus ojos y de mi boca, no es lo que vos creés... La nuestra no es sangre fría, azul, o de horchata, tampoco es sangre sin sangre, ni de mentira; ¡ni hablar de sangre infectada!, mucho menos podría ser de utilería, no... A lo sumo serán las lágrimas de Edipo mal curado que sigue llorando...

Y no nos damos cuenta.

ELLA - Yo le hubiera hecho probar mi sangre.


XIX                       dibujos

ELLA - ¿Sabés cuál es la diferencia básica entre vos y yo?
       
ÉL - No sé.

ELLA - Vos sos un tramposo cuando dibujás, y lo sabés muy bien...


ÉL - ¿Y vos qué sos?

 

ELLA - Yo soy la trampa.

      
ÉL - Y parece que lo sabés muy bien...

 

ELLA - Es lo único que sé.

      
ÉL - Vos mentís mucho, nenita...

 

ELLA - ¿Por eso me creés la mitad de las cosas?

      
ÉL - No, no es por eso.

ELLA - Aaah... ya sé. Es por que no quiero dibujar más, ni ser tu modelo. Es por eso, ¿no?

ÉL - Nunca me vas a perdonar... ¿No?
      
ELLA - Sabés muy bien que siempre que dibujamos termino perdonándote.
      
ÉL - Es la última vez que lo hacemos.
      
ELLA - Sí, así me dijiste y nos sentamos en el suelo. Estaba frío, pero no me importó. Ellos discutían en la cocina, y vos me mirabas como sabiendo más de mí que yo de vos... Me reí de sólo pensar que fuera cierto.
      
ÉL - Me descubrí el brazo y te dije que me mordieras fuerte, que no tuvieras miedo, que esta vez no te detuvieras al sentir que tiritaba.
      
ELLA - Yo sabía que una vez que te hincara mis dientes iba a ser muy difícil que no gritaras, entonces...
      
ÉL - … Me dijiste que si yo no hacía lo mismo que vos, no jugabas...
      
ELLA - Antes de que terminaras de hablar ya tenía medio hombro descubierto... Te brillaron los ojos, había una sonrisa mordida en tus labios. Después miraste hacia la puerta y los dos corrimos hasta pegar las orejas sobre las bisagras. Nos miramos...
      
ÉL - Entonces fue cuando te prendiste de mi cuello y jadeabas como nunca antes te había visto.
ELLA - Trataba de decirte un secreto que no podía decir con palabras. Por eso lo hice de la única manera que yo sé: un poema intravenoso.
      
ÉL - Yo te dije que no respiraras tan fuerte, que se estaba terminando el oxígeno de la habitación. Creo que ahí fue cuando te ahogaste.

ELLA - No me ahogué, ¡tonto!, me hiciste tentar y te solté. Después me dio miedo no escuchar ruidos en la cocina. No quería mirarte porque seguro que me ibas hacer reír.
      
ÉL - Mientras vos pensabas en el silencio de ellos, me paré detrás tuyo y te cubrí el hombro. Nos quedamos un momento en silencio. Después pasó lo de siempre: el portazo de la calle y el llanto de ella detrás de la ventana.
      
ELLA - Cuando me cubriste el hombro pensé que esa noche no íbamos a dibujar, y me puse triste. Pero no tuve mucho tiempo para enojarme, porque antes de poder darme vuelta para pedirte explicaciones, ya tenía tu nariz recorriendo mi cuello. Te dije “Ese no es mi hombro”...
      
ÉL - Yo me reí.

ELLA - Después me prendí con fuerza de tu brazo y nos hicimos un nudo. Sí, eso fue lo último que me acuerdo. Creo que luego me desmayé. En esos días era una niña débil, no comía mucho y llegaba a la noche con el estómago vacío. Al despertarme vos ya estabas dibujando en mi espalda. Me acuerdo que ahí fue cuando se me ocurrió pasar mis dedos por tu brazo y te pinté los labios.

ÉL - Tu espalda era una encrucijada roja que se dibujaba sola y me mostraba trazos que apuntaban hacia todas direcciones.
Yo nada más era un testigo de ese hermoso dibujo que se formaba ante mí, sólo tenía que contener esas señales rojas que avanzaban desde tu cuello y muchas veces se perdían en mi cara.

ELLA - ¿Te das cuenta? Sos vos el que mentís mucho. Esa no era tu cara...

ÉL - Vos no te desmayaste. Te hacías la dormida.

ELLA - Mirá nenito, yo me desperté aferrada a tu brazo. Después fue cuando te pinté los labios.

ÉL - Ese no era mi brazo y vos lo sabés muy bien. Además los labios ya los tenía rojos de antes.

ELLA - Vos cambiás todo, por eso yo no quiero dibujar más con vos.

ÉL - Te pusiste a llorar y me dibujaste en la mejilla un pez.

ELLA - Los dos lloramos y me dijiste que era mejor que no lo hiciéramos más.

ÉL - Siempre después que dibujábamos, llorábamos.

ELLA - ¿Por eso me dijiste que iba a ser mejor que no lo hiciéramos más?

ÉL - ¡Claaaro bonita! Es mejor no llorar más...

ELLA - Por eso yo no quiero que dibujemos. Las lágrimas borran los dibujos, y eso no está bien...

ÉL - Podemos seguir dibujándonos. Pero no hay que llorar... Además los pececitos de colores no lloran. ¿Sabés por qué?

ELLA - Sí, porque las lágrimas en el mar no tienen sentido.


XX                         unir con flechas

MUJER - Es demasiado triste encontrar en un papel todo lo que no puede ser.
Los dibujos están húmedos y se pueden ver dos manos muy diferentes. En trazos firmes está mi niña dulce como el hierro, construyendo mundos infinitos que caben en la cáscara de una nuez. Mi niña... Destruye todo lo que mira. No sabe dibujar sin vaciar, no entiende los colores si no le pertenecen. Mientras mi niño se borra, por momentos aparecen sus arterias en trazos finos, intermitentes, ya que no puede estar de otra forma que cegado en la luz de su propia sangre.

HOMBRE - Qué tipo de soledad monstruosa puede fomentar una diálisis tan absurda. Cómo puede ser que dos niños hermosos lleguen a ser garrapatas hambrientas.
Una gran bolsa de sangre seca que coagula cualquier posibilidad de trascendencia…


XXI                       rojos glóbulos rojos

MUJER - No sabía qué hacer. Vos te alejabas con ella más y más, corriente abajo. Yo sé que en las profundidades no hay mucha luz y el tacto se hace sensible entre los que no se pueden ver... Cada tanto vos salías a la superficie y yo trataba de abrazarte para mantenerte a flote, pero no durabas mucho en ese estado. Te besé tanto que te salió sangre de la nariz. Pensé que estabas cambiando de sexo, sé perfectamente que los escualos pueden hacerlo. Me puse contenta.
Creí que todo este tiempo habías estado reprimiendo tu menstruación y que por fin después de mucho empujar, esta te había salido por el primer agujero que encontró.
Me miraste a los ojos y me dijiste:

ÉL - “No te hagas muchas ilusiones Mamá... Es la presión del agua en el fondo del mar...”

MUJER - No sabés mentir, se te nota demasiado. Yo igual no quiero contradecirte.

ÉL - ¿Alguna vez se va a detener esta sangría?
      
MUJER - Cuando la sangre te llega a la boca tenés que tragarla de a sorbitos, así el alimento no se pierde yéndose por otros conductos.

ÉL - Se ahoga y comienza a toser Tengo el estómago lleno y sin embargo me muero de hambre…
      
ELLA - Quién podía imaginarse que te ibas a morir de frío y no de un impacto brutal. Ese que nunca sucedió.

MUJER - No se moría... Se hacía anfibio para conocer la tierra.

ELLA - Sos tan estúpida que no pudiste querernos así...

MUJER - ¿Así cómo?

ELLA - Así, como sólo las anguilas ciegas pueden hacerlo...

MUJER - El problema es que no soy una anguila ni estoy ciega...

ELLA - No, el problema es que nunca supiste amarnos y ahora estás en el mar muerto, donde nada pasa.

MUJER - No mi niña, estoy en el mar negro donde todo pasa a mi alrededor. Pero por alguna razón que desconozco he ido perdiendo poco a poco la capacidad de hacer mi propia luz, y eso hace que no pueda darme cuenta de lo que importa. De todas formas, aunque no pueda verlos, a mi manera soy feliz. ¿Sabés por qué? Porque sé que cada vez que muere un antílope en un oasis, siempre queda algo de sangre en el agua, y me pongo contenta por que sé que ustedes están ahí...

ELLA - Hace tiempo que dejó de importarnos si ustedes nos ven...
       
MUJER - Por eso, mi niña… vos no sabés cuánto me alegro cuando un desafortunado aventurero tiene un traspié en el borde de algún río, porque seguro que ustedes están ahí... Sonríe 
Yo sé que detrás de un accidente, ustedes siempre van a estar, porque son un accidente. Un imprevisto en el circo, un error en la carrera, una catástrofe en el mar -de esas en las que no hay posibilidad de sobrevivientes-.
Por eso, mi amor, trato de ir todos los días a donde terminan los mares y comienzan los ríos, donde las corrientes chocan entre ellas y se pelean por los restos de alguna embarcación.
Así siento que estoy todos los días más cerca de ustedes.

ELLA - Nunca nos vas a perdonar... ¿no?

MUJER - ¿Cómo podría perdonar lo que no entiendo?

ELLA - Estoy embarazada.

MUJER - Vos mentís mucho, nenita... Él se va a ir.

ELLA - No mientas. Él me espera y me voy.


XXII                      abrazame

ÉL - Me arrepiento de no haber podido hacerle probar a papá un poco de mi sangre... Me arrepiento de haber deseado darte la libertad sólo con la oculta intención de que me eligieras a mí. Por eso quiero dibujarte la piel toda la noche hasta encontrar mi vientre hecho uno con el tuyo. Pero no sé en qué momento se iluminó la noche... y es tan poco el tiempo que también quiero las mañanas.

ELLA - Entonces dame todo lo mío que hay en vos. Dibujame con tu lengua por dentro todas las líneas imaginarias que puedas, esas que los hombres, por falta de agallas, dicen que no entran en los mapas de navegación.

ÉL - Me encantan tus besos porque son tan jugosos como las ensaladas de cuchillas... Sin embargo los míos hoy son esponjas amorosas que podrían secar cualquier inundación.

ELLA - Probá...

Ella lo besa; éste beso se interrumpe cuando él comienza a toser

ELLA - Cuando te falta el aire me excita saber que sólo yo puedo darte de lo mismo que respirás.

ÉL - Abrazame... mordeme fuerte y llevate con vos mis heridas.

ELLA - Yo nunca te voy a dejar.

ÉL - Me querés...

ELLA - De la manera más salvaje, como la primera vez.

É L- Tengo frío y no siento tus dientes.

ELLA - Qué bello es el mar.

ÉL - Llevame al agua...

ELLA - ¿Dónde creés que estás?

ÉL - ¿Es cierto que los peces que no nadan se mueren ahogados?

ELLA - Sí, pero nosotros no tenemos de qué preocuparnos porque no somos peces.

ÉL - ¿Y hoy qué somos?

ELLA - Un agua viva gigante que se comió el mar...

ÉL - ¿Y mañana qué seremos?

ELLA - ¿Sabés qué le dijo un pececito de color a otro?

ÉL - No sé.

ELLA - Nada... Nada hermanito, ¡nada!

ÉL - ¿Y mañana?

ELLA - … Mañana. Lo que vos quieras.


XXIII             a orillas del mar rojo

HOMBRE - Esa mañana, cuando abrí al medio ese filet, el niño gritó y yo no sabía si la sangre que estaba por todos lados era la mía o la del pescado... El niño me dio un empujón y salió corriendo. Yo traté de alcanzarlo, quería explicarle. Hablar con él...
Decirle que lo amaba tanto como para demostrarle que todos podemos ser de vez en cuando comida y otras veces certeros comensales. Pero mi niño era muy rápido, el Mercado era grande y lo perdí de vista entre tanta gente.
Al volver a mi puesto limpié el mostrador y me fui a lavar las manos al baño, entonces fue ahí cuando entendí el horror del muchacho.
Después, todo es muy borroso. Recuerdo mucha gente en círculo a mi alrededor, hombres vestidos de blanco, sonidos de ambulancias y olor a sangre.
Después de eso el niño no volvió a hablarme...
El puesto en el Mercado sigue funcionando. A mí me indemnizaron y con el dinero abrí una tienda de bolsos y paraguas. Aunque yo no viajo. Sonríe Pero no funcionó... ¿Cómo iba a querer hacerle daño a mi propio hijo? ¿Acaso hay algo más hermoso que la propia sangre?... Si yo amaba a ese niño...
Después vos dejaste de hablarme; luego, la niña… Una semana más tarde un juez dispuso que yo tuviera que estar a no menos de 500 millas náuticas de mi familia. Entonces viajé esa distancia en todas las direcciones posibles hasta cansarme lo suficiente para poder dormir por varios años.
Una mañana desperté a la orilla de una laguna. Un auto se detuvo. Un anciano bajó la ventanilla y me llamó. Yo me sacudí las ropas y me acerqué. Su mujer me ofreció un sándwich de atún. El hombre me dijo que ella tenía leucemia, que necesitaban cambiar de clima, y me preguntó hacia dónde estaba el sur.
Antes de irse, los dos me miraron a los ojos; sentí que ellos sabían más de mí que yo de ellos, y eso me hizo bien. Antes de partir la anciana asomó su cara por la ventanilla y, tomándome del brazo, me dijo que ya era tiempo de volver.
Por eso estoy acá con vos, esperando, aunque no sé muy bien qué... Talvez uno de estos días me puedas decir por qué venimos  a contemplar la montaña.

MUJER - Porque me gusta el mar... Mirá cómo nadan los peces en el fondo.

HOMBRE - De eso hace mucho tiempo... Hoy ya no es el fondo de ningún océano. Fijate bien, ya no hay peces... Sólo se pueden ver esas manchas en las piedras.

Sangre petrificada, nada más.
      
MUJER - Me gusta el mar.
***
Se ve a la Mujer y al Hombre sentados de frente al público en uno de los laterales de la escena. En el opuesto se los ve a Ella y a Él; recuperan los instantes finales del cuadro anterior. En el aire se escucha el tema musical “Aviéntame” de Café Tacuba. 
      
Él se deja ir  por un canal de luz (de la vida y de la muerte) mientras se despide del plano físico que lo une a ella. A su vez el Hombre y la mujer están en otro plano más alejado de ellos, donde convergen el olvido y el recuerdo.

De esta forma la imagen del comienzo se cierra en esta nueva postal del final.

Fin.


Índice


nombre del cuadro                             n°de cuadro

 confesiones innecesarias                      I
 un tema de urbanidad                   II                  
no hay víctimas                                    III                 
en un primer momento                  IV          
 perdiendo el tiempo                            V                   
reservas                                        VI
otras confesiones                          VII                
bajo la piel                                           VIII               
sin garantías                                 IX                 
estado vegetariano                         X                   
eso                                               XI                 
a mi padre                                           XII                
más reservas                                 XIII              
para escribir                                 XIV               
algo con ventanas                          XV                
no se entiende                              XVI               
marea roja                                           XVII                     
historia líquida                                     XVIII            
dibujos                                         XIX
unir con flechas                                    XX                
rojos glóbulos rojos                       XXI              
abrazame                                      XXII             
a orillas del mar rojo                            XXIII            

ÍNDICE.





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