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21/8/16

YO, EL PEOR DE LOS DRAGONES.


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YO, EL PEOR

DE LOS

DRAGONES.

De Benjamín Gavarre












Yo, El Peor de los Dragones es la alegoría de una familia. Toma como pretexto a los cuentos de hadas para representar ese núcleo, pequeño universo castrante, que es el reino doméstico. Así, a pesar de que podamos reconocer a un rey, una reina, un dragón y una doncella, debemos pensar siempre, si queremos poner en escena esta obra, que los personajes se desenvuelven en una casa pequeñoburguesa pretenciosa donde los personajes realizan las labores cotidianas propias de su insufrible clase.
La escenografía o la iluminación recrearán pues, los distintos ambientes de un hogar: la sala, la cocina, el jardín, la recámara, etc. El estilo recomendado es el llamado "mal gusto" o si se quiere la palabrita: el "kitscht".
Recomiendo para el vestuario: traje de noche, escotado y con lentejuelas para la Reina; smoking para el Rey; smoking y máscara metálica para el Dragón; innumerables vestidos para la Doncella (ya se verá por qué); levita para el Paje y trajes de cocinero para el Mago y el Hada.
Para la música sugiero algún género que apoye la caricaturización de las situaciones.




*** I ***
Al comenzar la obra los reyes se encuentran en el jardín preparando una parrillada. La reina está embarazada, él toma una cuba. A pesar de la aparente armonía, y de las miradas tiernas hacia el vientre real, los reyes estallan en abierta discusión en el momento en que se detienen para sentarse en una banca.

El Rey.– ¡Será niño!
La Reina.– No podrá ser otra cosa, señor, ¡sino niña!
El Rey.– ¡Niño!
La Reina.– ¡Niña!
El Rey.– En alta estima, señora, a vuestros ruegos tengo; y por razones que no viene al caso discutir: un príncipe valiente será nuestro heredero.
La Reina.– ¿De razones habláis? Pero si vos sólo alcanzáis a balbucir una evidente sucesión de tonterías. Y si en asuntos de Estado decidís mejor que nadie, en asuntos de embarazo yo dispongo. Quien porte en el futuro el cetro real será la dulce princesa que tendré en algunos días. Será, no lo dudéis, una sublime soberana y nadie osará negarle o refutarle nada porque será, sin titubear, toda una dama.
El Rey.– Claro está, mi dueña, que en este punto singular jamás conciliaremos; llamemos a la Enorme Comisión, que ellos concluyan.
La Reina.– ¿Su majestad bromea?, ¡Si la Enorme Comisión sois vos! En todo caso llamemos a las hadas, que son en todo punto intachables y digamos, desde luego, insobornables.
El Rey.– Vengan pues las hadas, también los magos; con tales fuerzas convocadas, sabremos sin lugar a dudas, por las muchas disputas que de ellos se desprendan, si príncipe o princesa debe dar a luz el vientre real.
Entran mago y hada; discuten en murmullos apenas contenidos,
mirando al Rey y a la Reina con aprensión o disgusto.
Finalmente llegan a un acuerdo y expresan su dictamen.

Mago.– Si futuro rey o príncipe conviene al reino, su majestad, la Soberana, comerá una rosa roja.
Hada.– Si conviene una princesa, probará una blanca rosa.
Mago.– Para tal procedimiento un árbitro imparcial...
La Reina.– ¡No estoy de acuerdo! ¿Cómo va a decidir alguien ajeno a nuestro imperio?
El Rey.– Es cierto. Vosotros magos, hadas... debisteis resolver la situación. Ahora se hará por elección, la mía. ¡Comed! (Le da la rosa roja).
La Reina.– ¿Ah, sí? ¡Pues no! Comeré la blanca. ¡Dad acá! (Intenta quitar al mago la rosa blanca).
El Mago.– No nos habéis dejado terminar. El juez sería...
El Rey.– ¡Nadie!
La Reina.– En eso estoy de acuerdo.
Mago.– Sería el Azar.
Hada.– En esto, sí, decidiría el Acaso. "Su majestad escoja"..
La Reina.– A ver...
El Rey.– Me niego a ceder a suerte alguna el claro derecho de imponer mi voluntad. Digamos: si la reina desea una virgen colosal y yo un varón discreto...
El Mago.– Al revés, su majestad.
El Rey.– ¿Cómo al revés?
El Hada.– Una discreta virgen y un varón monumental.
El Rey.– Ah, sí. Digamos, de las dos, la reina probará la rosa roja y un varón descomunal bienvenido será a éste, mi imperio.
La Reina.– Y digo en fin, ¿por qué no he de comer las dos rosas en un mismo bocado? y así cada ambición será colmada en cada caso.
El Rey.– No comprendo.
La Reina.– Vos deseáis un temerario príncipe que en el futuro ocupe el trono; y yo, una dulce niña...
El Rey.– ...que en el futuro ocupe el trono real.
La Reina.– Permitidme... Yo dejaría gobernar, sin duda alguna, al primogénito.
El Rey.– Pues no me hacéis favor alguno; es la costumbre que gobierne el primo... ¿Dejaríais, de verdad, que gobernase?
La Reina.– Sí.
El Rey.– ¿Sin intromisión alguna?
La Reina.– Os lo puedo aseverar.
El Rey.– ¡Sea! Comeréis de las dos rosas...
La Reina.– Las dos.
El Rey (a las Hadas y los Magos).– ¿Tenéis todo dispuesto?
El mago y el Hada discuten agitados y luego dan un dictamen:
El Mago.– No aconsejamos de ningún modo que la Reina alimente, con la venia real, tan sólo el pensamiento de probar las rosas blanca y roja una tras otra y, menos aún, al mismo tiempo.
El Hada.– Desastrosa catástrofe a la reina azotaría en todo caso; en otro también al rey perjudicara, y el más terrible, el caso que ya todos tememos: a todo el reino, la desgracia afligiría.
El Rey.– Con esa circunstancia: será varón. No discutamos más el punto. Comed la rosa roja.
La Reina.– Mhh... Así lo haré, si así conviene al reino. (Come la rosa roja).
El Rey.– La solución me place y me serena. Marcho a descansar muy bien dispuesto. Generosa será con nos la Providencia, también con nuestro hijo. (Salen el Rey, las Hadas y los Magos).
La Reina.– Mas yo digo que buena idea me parece el no dejar abandonada a suerte miserable este capullo en flor que es esta rosa blanca. No temo el infortunio. Si nos trae ventura un vástago, un... varón, ¿cuánta más dicha tendremos si en doble nacimiento, príncipe y princesa comparten una misma cuna. Ven doncella; comienza en mi boca tu noble nacimiento (come la flor blanca).



*** II ***
La recámara de los reyes.
Han pasado algunas semanas. El hada entrega a la reina un
pequeño envoltorio: un pequeño bebé dragón del que sólo vemos la cola. La reina lo amamanta dulcemente. El rey fuma y bebe.

El Rey.– ¡Un Dragón!... ¡Habrase visto! Funesta descendencia has engendrado, dulce dama.
La Reina.– Digamos que entrambos dignatarios lo forjamos; vos sois, no discutáis, su insigne padre.
El Rey.– Padre digno, mas innoble el hijo. Y no sé bien decir si un adulterio cometió la Reina, ni con quién, ¿sería tal vez con un lacayo?
La Reina.– Callad, que hablando de lacayos, y más aún de las lacayas, yo bien pudiera decir de vos un sinfín de tropelías. El hijo es vuestro. No olvidéis la noche, que hace tiempo, vos borracho y yo desnuda, vivimos, a buen paso, en pos de la lujuria.
El Rey.– No abundéis, que es vergonzoso.
La Reina.– Pues no neguéis al dragón, que es hijo vuestro.
El Rey.– No lo haré.
La Reina.– Y yo a mi vez confesaré un secreto, pues bien... probé la rosa roja.
El Rey.– Eso lo sé, lo sé, lo sé.
La Reina.– Pues he más de comentar...
El Rey.– No me digáis.
La Reina.– También probé la rosa blanca.
El Rey.– ¡Ay, bruta!
La Reina.– No insultéis mi dulce investidura.
El Rey.– Lo cierto es que un remedio habremos de poner en este empeño. El niño dragón, o lo que sea, crece, como un tumor maligno, día tras día.

*** III ***
En la sala.
Han pasado veinte días. El Dragón ya es un príncipe,
amenazante y rebelde veinteañero
(si hay dinero, puede entrar en moto).
El Paje limpia los cubiertos de la casa mientras recibe
órdenes.

El Príncipe Dragón.– Y hay más, Paje: si no hacéis lo que he dispuesto, mataré a mi padre, azotaré con mil latigazos a mi madre, y haré de la desgracia de este reino leyenda y ejemplo inolvidables.
El Paje.– Pero, señor, mi príncipe dragón, no hay doncella en este lar, ni en sitio aun lejano, que a dormir con vos acepte, sois ¡tan feo!
El Príncipe Dragón.– ¡Necio!, Sé que lo soy y aun con eso os digo: quiero una doncella, y no cualquiera. Venga a mí la virgen más pura y delicada de este reino, o de cualquier lejano, o inaccesible, territorio.
El Paje.– Si insistís convocaré a concurso; con la venia, desde luego, del señor Rey, mi soberano.

Llega el Rey.

El Rey.– Heme aquí, ¿quién requiere de mi sano juicio? ¿Acaso este muchacho singular? Felicidades hijo, hace veinte días que naciste y parece que veinte años han pasado desde la ocasión gozosa de tu nacimiento.
El Príncipe Dragón.– Es cierto que cumplí los veinte, oh padre fariseo; mi tiempo es tan distinto del que vos perdéis, tan insensato. No seré más paciente con vos que con el criado: traedme una doncella que quiero desposarla. Si no lo hacéis... destrozaré vuestro castillo, y a ti te mataré sin compasión y con tormentos varios.
El Rey.– ¿Que quieres desposarte?, noticias das que llenan mi alma de júbilo diverso. ¿Has elegido ya a la novia afortunada?
El Paje.– Tiene que ser, señor monarca, la virgen más pura y delicada que viva cerca o lejos de este reino.
El Príncipe Dragón.– Traédmela vos, que en vuestro juicio, enfermo o sano, yo confío. Si no me satisface la elección os aseguro que dejaré sin ojos y sin brazos vuestro cuerpo.
El Rey.– No hay más que hablar, mi dulce príncipe; mandaré traer la más hermosa, la más virginal de las doncellas.

*** IV ***
En la cocina: Los reyes decoran un pastel para festejar el aniversario de su hijo. El rey pone betún y la reina, cerezas. En algún momento la reina se fastidia de no poder hacer su labor con fluidez y enfrenta a su marido.

La Reina.– ¡Semejante atrocidad habrase visto! ¡Tan malvado, tan vil es vuestro hijo que ha truncado la vida de moza tan fresca, tan radiante! ¿Cómo ha podido ser el sino con nosotros tan funesto, que tengamos que vivir bajo el terror de quien debiera enaltecer nuestro linaje?
El Rey.– No habléis vos de atrocidades, que al haber seguido la senda del capricho, habéis roto la armonía que tanto tiempo concedió la Providencia.
La Reina.– No comprendo: ¿nombráis capricho a mis buenas intenciones?
El Rey.– Sí.
La Reina.– Pero, bien mío... Si pensáis un poco... Si hubiera yo dado la vida a un príncipe, a un varón convencional y no a... un dragón, hubiérase marchado ya a la guerra; si una grácil doncella hubiera dado a luz, se hubiera desposado un día sin remedio, alejándose del reino.
El Rey.– Vos no decíais lo mismo hace unos días; queríais que una virgen gobernara este castillo, ¿y qué lograsteis? La unión de dos opuestos es este dragón hermafrodita. No es hombre no es mujer: es una ruina.
La Reina.– Es hombre, sin duda; ha devorado, sin más, a una doncella.
El Rey.– ¿La devoró?
La Reina.– Ay sí, ¿vos no sabíais?
El Rey.– ¡Oh atrocidad! Y es culpa vuestra. Al comeros vos esas dos rosas tan sólo conseguisteis convocar un monstruo de maldad. Con mala entraña, os quisisteis quedar con el pastel, también con el dinero.
La Reina.– ¿De qué dinero habláis?
El Rey.– Dejemos este asunto por la paz, que el príncipe se acerca.

La pareja finge armonía.
El príncipe llega y los separa. Tratará
de besar a la reina o de tocarle el trasero. Alejará al padre.

El Príncipe Dragón.– Que viva el rey, que viva también mi madre bondadosa.
La Reina.– Oh, mi tierno príncipe; ciertamente no ha mejorado el color de vuestra tez con vuestras bodas.
El Príncipe Dragón.– No, madre; ni mejoría tendrá si no se cumplen mis próximos deseos como un vuelo.
El Rey.– ¿Más antojos tenéis, hijo devoto? No ha sido suficiente contento la noche que pasasteis con aquella desdichada campesina?
El Príncipe Dragón.– ¿Tal era? Ahora comprendo su sabor, pues disfruté por un segundo la limpia y calurosa paz de la campiña.
La Reina.– Retoño mío, no seáis desvergonzado.
El Príncipe Dragón.– Soy lo que quiero ser, señora madre; soy de carne y sangre, soy dragón, y mi faz no ha de cambiar ni con veinte o más doncellas que a mi boca lleguen.
La Reina.– Ay, hijo.
El Rey.– ¡Sois... un aborto, un engendro, un bárbaro!
El Príncipe Dragón.– No me dais nuevas noticias, padre; yo a vos en cambio os he insinuado ya un encargo.
El Rey.– Pues yo no entiendo de alusiones, hijo. Manifestad vuestra encomienda claramente.
El Príncipe Dragón.– Yo exijo, nada más, otra doncella.
El Rey.– Tendréis lo que deseáis si prometéis que con ella sí os desposaréis y desde luego que no la engulliréis.
El Príncipe Dragón.– No prometo, sino advierto, dulce padre; si no la tengo en mi cama por la noche... os arrancaré la cabeza, os cortaré las piernas y luego incendiaré el castillo. A vos, madre, os deberé quitar los ojos y daros, desde luego, mil azotes.
El Rey.– Se hará como queréis.
El Príncipe Dragón.– Sois tan gentil, oh padre. Madre...
La Madre.– Que la providencia os acompañe.
El Príncipe Dragón.– Así lo hará, pues soy sin duda alguna para ustedes, al menos mientras viva, la Providencia misma.


*** V ***
En la sala.
El Paje y la Reina en "labor de tejido".

El Paje.– ¡Y han sido ya más de cuarenta! Ellas aceptaban al principio bien dispuestas, claro; un príncipe no es cosa que se suela despreciar... Pero cuando la indiscreción de varios dio a conocer los... descalabros, pues nada, que las damas ya por temor, ya por agudo pánico, se han negado rotundamente a, digamos, "dormir" con el dragón.
La Reina.– El Príncipe.
El Paje.– El Príncipe, sí; pero al saber que su excelencia, vuestro hijo, es más dragón que príncipe, ninguna ha querido soltar prenda; por más que he ofrecido, que digo mil maravedíes, no, ni doblones, ni piezas de oro han aceptado.
La Reina.– Pues alguna deberá sacrificarse por el bien del Reino; y más, que el príncipe, su Alteza, ha amenazado con desollar vivo a su padre y obligarme luego a mí, oh infortunada, a portar la prenda real, como si fuera la piel de un animal, un zorro, cabritilla, vos sabéis... ¡Oh cielos!, ¡un abrigo con la piel de mi marido!, ¡habrase visto!
El Paje.– No olvidéis que como siempre, terminando con vosotros, seguiría con el castillo, y con nosotros, los muy simples mortales.
La Reina.– Eso, digamos, también sería una pena. Por eso os pido yo que prisa deis a vuestra empresa, y consigáis, con eficacia...
El Paje.– ¡Un capullo, una dama, una doncella!, ¿dónde habrá? Oh, aquí llega el Rey...

Entra el Rey y se sienta. Luego habla mientras ve, lujurioso,
revistas pornográficas. La Reina intentará quitárselas.
El Rey.– Yo conozco una muchacha, paje; digamos no muy bien, la he visto... Una pastora es... muy bella; sí,... bellísima. Quizá si yo mismo la buscara y aquí al castillo la trajera...
La Reina.– ¿Una pastora? ¿Vos mismo? ¿Bellísima? No me parece, el negocio, buena idea.
El Rey.– Tal vez será lo justo, reina; el paje ha demostrado ineptitud y displicencia en este encargo de encontrar mancebas.
El Paje.– Pues ya que vos, así parece, experto sois tanto en doncellas como, supongo, experto también en damas otoñales, por cierto encontraréis la discretísima mozuela que al dragón desatinado regocije, evitando de este modo vuestra muerte y, desde luego, que la reina tenga que portar la prenda más lujosa, vuestra piel.
El Rey.– Bueno será, entonces, que inicie ya mismo, luego, presto, tan osada diligencia...
La Reina.– No estoy de acuerdo. En todo caso si os place, yo misma estoy resuelta a acompañaros. Serán necesarios un séquito de quince damas, quince caballeros... un carruaje, veintiocho caballos. Habrá que llevar algo de comer. También será forzoso llevar algunas provisiones, por ejemplo...
El Rey.– Nada. Saldré ahora mismo y este paje, con todo lo que vale, será mi compañía. Vámonos, paje.
La Reina.– Venid acá, intento de aprendiz de gobernante. Si os atrevéis a cruzar las puertas del castillo sin mi consentimiento y compañía, soy capaz de... Rey, señor amado... Venid acá... No intentéis ni por sueño acercaros con malas intenciones a doncella alguna. ¡Esperadme! ¡Rey!... ¡Bastardo!

*** VI ***
En alguna calle de la ciudad. El Rey y el Paje azotan a un
pordiosero.

El Rey.– Entonces... ¿cuánto vais a pedir por vuestra hija?
El Pastor.– Vos sois el Rey; vos me podéis obligar a daros mi vida si es preciso.
El Paje.– Eso es cierto, Majestad. ¿Por qué no lo atormentáis y así seguro nos dirá dónde la oculta.
El Pastor.– Ya os he dicho que yo no la escondí. Ella se habrá metido abajo de la tierra, se habrá desfigurado la cara con vitriolo para no ser reconocida, se habrá fugado a otras lejanas latitudes, se habrá vuelto loca, ramera, pagana, perdida, hetaira, suripanta, meretriz... ¡Ay, hija!
El Paje.– A éste no hay más que darle latigazos; a vuestra futura nuera está injuriando.
El Rey.– Dale con ganas.
El Paje.– Arrodillaos, bastardo.
El Pastor.– ¡Ayy!
El Rey.– ¡Confesad!, ¿do se halla la muchacha?
El Pastor.– ¡Su reino no es ya de este mundo!
El Rey.– ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso...? ¿Ha muerto la infeliz?
El Paje.– No veis que está mintiendo, majestad. Os quiere hacer caer en un engaño, un cuento.
El Rey.– En ese caso... ¡dale más fuerte!
El Pastor.– ¡Ayyy! (Se desmaya).



Entra la "Doncella", es una mujer de más treinta que viste
con harapos.

La Doncella.– Ya basta, padre mío. No sacrifiquéis vuestro cuerpo avejentado más por mí. No valgo así la pena. Señor Rey, su Majestad, decidle, que pare, a vuestro criado.
El Rey.– Criado, para.
El Paje.– Señor, soy paje real de vuestro reino, insigne paje, primer ministro, casi... No permitáis que una pastora vil me llame criado.
El Rey.– Esa pastora será mi nuera como tu mismo has mentado ya hace rato. Querida próxima pariente... Sabéis a qué he venido; ahorremos palabras, seguidme, que habréis de conocer muy pronto a vuestro ínclito consorte.
La Doncella.– Yo misma he de acudir y por mi propio paso; tan sólo permitid que de mi padre restañe las heridas que vos mismo causasteis.
El Rey.– Eso me parece un signo de nobleza; ¿será esta chica digna de mi real confianza?
El Paje.– ¿No veis que es una aldeana?
La Doncella.– Mirad, mirad a mi padre desmayado; solo, postrado en el suelo se ha quedado.
El Rey.– Bueno hija, debéis recordar que tenéis con nos una cita ineludible; si no acudís faltaréis a los principales códigos de urbanidad... ¿Y qué va a pensar la gente de vos, que soy una bellaca miserable como dijo el paje, indigna de cualquier respeto, indigna de ser la futura esposa del príncipe dragón... del príncipe heredero a todo... de aquel que?...
La Doncella.– No faltaré, rey soberano; os lo juro por lo más preciado de vuestra descendencia, vuestros futuros nietos que yo, os juro, prometo tener con vuestro hijo...
El Paje.– Pero...
El Rey.– Claro, hija... Mis nietos... Entonces hemos quedado en un acuerdo. Yo os espero en el castillo; atended ahora a vuestro padre.
La Doncella.– Así lo haré (vanse Rey y Paje).
Padre... Padre... Despierta, padre. Papá... Ya es tiempo de que despertéis, el Rey se fue. Oh padre mío, ¿por qué tenéis ese color tan azulado? ¿Por qué no respiráis? Acaso... ¡Oh! ¡Ha muerto el desgraciado!

*** VII ***
La "Doncella" vaga por las calles de la ciudad. Se encontrará
con una "Vieja Psicoanalista", disfrazada de pordiosera.

La Doncella.– ¡Ay de mí! Mi padre, muerto a latigazos. Mi destino en manos de un príncipe perverso que me despojará de vida, sueños... de mi virginidad inmaculada, tan ardorosamente guardada aun hasta agora. ¿Qué debo hacer, yo, huérfana tan desvalida, tan requerida del afecto más pequeño?
Vieja.– No sufras, pequeña; que yo he de socorrerte.
La Doncella.– ¿Vos? ¿Y por qué habría de ayudarme una anciana miserable? No me inspiráis, os digo, la mínima confianza.
Vieja.– Sí, pequeña, te lo aseguro, he trabajado en diversos negocios y afamados.
La Doncella.– Mencionad alguno.
Vieja.– No es cosa mía el divulgar tales enredos; secretos son de gente como tú, que motivada por problemas sin fin, sin aparente arreglo, han llegado hasta a mí en busca de serenidad a su conciencia y digamos, sobre todo, a su inconsciencia.
La Doncella.– Habláis de vero en términos profundos, ¿acaso sois astróloga?
Vieja.– No soy; mas conozco los caminos que han de transitar aquellos cuya condición se encuentra entorpecida por oscura sombra.
La Doncella.– Oh...
Vieja.– Tales seres se encuentran sometidos a una suerte de encantamiento o maleficio que los hace perjudicar a los demás, con gran dolor, puedes creer, para ellos mismos.
La Doncella.– ¿Un Maleficio? ¿Esa es la causa de mi enorme sufrimiento? ¡Ay cielos! Pero... que yo sepa no he hecho agravio a persona, animal o cosa alguna., al menos no tengo, no, no tengo yo esa idea.
Vieja.– No hablaba de ti, sino del Príncipe Dragón, que está bajo la influencia maligna de un hechizo. El seguirá atormentando a todos los hijos de este reino mientras no llegue una alma pura y sin dobleces como la que tú posees.
La Doncella.– Curiosa ayuda me otorgáis, vieja señora. Mi vida entera se encuentra amenazada por esa bestia pavorosa y aún así queréis ayudar al criminal y no a la víctima.
Vieja.– Dalo por cierto; tú sólo serás el instrumento que acabe con su pena, romperéis el hechizo en que se encuentra. Al mismo tiempo que lo salvarás del maleficio, hallarás la dicha que otorga la piedad... Y sobre todo: tu vida estará fuera de todo peligro.
La Doncella.– Ah, vamos... ¿Y qué debo hacer? ¿Darle veneno, estrangularlo, partirlo en mil pedazos?...
Vieja.– Uno de los mejores métodos es descuartizarlo, ciertamente, pero te juzgas capaz?
La Doncella.– No exactamente.
Vieja.– Pues será preferible elegir artes sutiles, seductoras. Deberás fingir amor apasionado por el Príncipe, para desnudarlo lentamente de cada una de sus nueve pieles.
Doncella.– ¿Qué?
Vieja.– Escucha y no me interrumpas. Para tu noche de bodas te pondrás diez, diez vestidos de tela majestuosa, uno encima de otro. Cuando el dragón intente desvestirte, deberás responder que tú misma lo harás, pero que a su vez él deberá quitarse una de las prendas que lo cubren. Esto lo llevarás a cabo hasta que te hayas quitado nueve vestidos, momento en el dragón no tendrá nada más de que despojarse y tú todavía estarás cubierta.
Doncella.– Es decir qué el estará desnudo y yo... !Oh virgen inmaculada!
Vieja.– Cállate y atiende...Cuando el dragón esté desnudo se encontrará totalmente a tu merced. Ahora, si de verdad deseas acabar con la maldición que pesa sobre él, deberás realizar otras hazañas... ¿Estás dispuesta?
Doncella.– Sí.
Vieja.– Pues entonces escucha con atención.

*** VIII ***
Días después, en algún lugar de la casa, antes de que inicie "la boda".

El Paje.– Y hay más su señoría... La muy doncella mandó pedir para esta noche ciertas prendas, que a decir verdad parecen cosas de una misa horrenda. Ha mandado pedir diez, ¡diez vestidos!, hechos con la tela más pura, la más blanca. Además... ramas de encino, ¿o avellano? ...mojadas en lejía.
El Rey.– ¿Lejía?
El Paje.– Jabón, su majestad, una herejía.. Eso sin hablar de varios litros de leche hirviente y endulzada que no acierto a distinguir para qué sirva, si no es para beber... Con todo eso, yo bien pudiera pensar que es una bruja y que algún daño terrible, se atreva, infligir, a vuestro hijo.
El Rey.– No puedo creer tales historias... En todo caso recordad que el pavoroso engendro, mi hijo, no ha tenido muy buen comportamiento que digamos. Y ella es tan bella, tan lozana.
El Paje.– Yo no diría tanto. Y digo más, que es una criada.
El Rey.– Pues yo diré sucintamente que os calléis y muy presto os larguéis por los palomos que la ceremonia va a empezar.
El Paje.– Presto voy, su majestad.
El Rey.– Y decidle a la reina que se apure.
El Paje.– Sí.

*** IX ***

En la "iglesia", que es en realidad la capilla de la casa
("todo queda en familia"), los reyes aguardan a los novios y al oficiante, el Paje, que estará evidentemente disfrazado de cardenal apostólico).

La Reina.– Oh, majestad, ¡las bodas me emocionan tanto! ¡Cuántos recuerdos despiertan en mí tales sucesos! Alguna vez vos mismo, algo más joven, y yo, un poco más hermosa, vivimos estos momentos de celebración, de gozo, que sin duda nuestro hijo y su futura esposa sabrán reconocer como es preciso.
El Rey.– Pero señora, si no supiéramos que tales nupcias serán seguidas del duelo por la novia, muerta, desaparecida en el estómago feroz de nuestro hijo la noche misma en que gozar debieran de sus nuevos lazos; si por lo menos la muchacha se convirtiera en la futura reina, madre dichosa de nuestros nietos anhelados... pues yo me encontraría muy dispuesto a gozar de estos eventos...
La Reina.– Ah, claro, es una pena. Pero mirad... Aquí se acercan los palomos... ¡Que toquen los músicos una marcha singular!... (Se escucha una Marcha Fúnebre) ¡Bravo!, ¡vivan los novios! ¡Viva nuestro reino!
El Paje–Sacerdote.– Estamos aquí reunidos ante los máximos dignatarios de este imperio, así como ante testigos sin mácula, todos ellos capaces de reconocer el noble matrimonio de vosotros hijos: Una adorable doncella y un... príncipe dragón, su alteza, cuyos méritos no me atrevería a pormenorizar, pues son tantos y variados que... Desde los comienzos de la Historia hemos sabido apreciar...
El Príncipe Dragón.– Sí, sí... menos palabras, paje–párroco. ¿Qué sigue? Un beso, ¿no es así? Vamos doncella, recibe de mi amor mis dulces besos.

El príncipe persigue a la doncella,
con obvia intención sexual.

La Doncella.– ¡No! Por cierto, prefiero bailar con vos alguna pieza.

Música. Mientras Rey, Reina y Paje bailan una curiosa
coreografía, muy simple; el Príncipe Dragón realiza una
obscena, casi pornográfica rutina, frente a la doncella.

El Rey.– Pero mirad, el baile ha terminado, demos nuestros buenos deseos a los novios.
La Reina.– Oh hijos, qué baile tan... original el vuestro. ¿Por qué no hacemos un brindis por vuestra felicidad y luego nos deleitan con otra muestra de vuestra danza singular?
El Príncipe Dragón.– ¡Nada!
El Rey y el Paje.– ¡Eso es, un brindis!
El Príncipe Dragón.– ¡Dije que Nada!
La Doncella.– Pero, alteza mía... No os gustaría celebrar, con vuestros padres, nuestro encuentro feliz y seguramente venturoso.

El Príncipe, rabioso, gruñe amenazante.
Todos caminan tratando de encontrar un lugar seguro.
Finalmente, la "bestia", toma del cabello a su "nueva esposa"
y le dice:

El Príncipe Dragón.– ¡No veis que no soporto estos ambientes! Tonta mujer, ¿no comprendéis que lo que quiero es marcharme, sin más, a nuestra alcoba?
La Doncella.– ¡Sois tan romántico!
El Príncipe Dragón.– Callad y seguidme en un instante. Si no venís como una exhalación a mi aposento, arrastraré vuestro cuerpo hasta la torre, ahí os arrancaré el cabello, os quemaré los ojos y luego devoraré tus entrañas lentamente; arrojaré finalmente el tronco sangrante, lastimoso, al foso del castillo, para alimento, sí, de mis hermanos más queridos, los reptiles. (Sale el Príncipe Dragón)
La Doncella.– Señores, compermiso, ha sido un gran placer.
El Rey.– Adiós muchacha.
La Reina.– Hasta luego.
El Paje.– Adiós.






















*** IX ***
En la "recámara" del joven.
El dragón entra cargando a la doncella. No sabe dónde "colocarla" y la deja un instante en el suelo, luego va por un "lecho". Lo coloca en el suelo y se acuesta invitando, lascivo, a la doncella.

La Doncella.– Dulce señor, ya que mi fin cercano está... Lo sé pues no estoy ajena a vuestras artes mortales amorosas, permitidme, os ruego, este deseo...
El Príncipe Dragón.– Ninguna petición será escuchada. Tiéndete en el lecho que a acabar contigo, y con tus vanos intentos de impedirlo, voy dispuesto.
La Doncella.– Lo haré sin duda, os lo prometo; pero... Singular deleite causaría, en mí, que dejaras de lado vuestra ropa, y luego yo, también despojaré de mi cuerpo este vestido que me estorba.
El Príncipe Dragón.– Pareciera que dispuesta estáis a disfrutar de esta aventura que, al menos para vos, será la última. Me despojaré de mi ropa, que es envoltura singular como sabéis. (Se quita el saco.)
La Doncella.– Ahora quitaré yo mi camisa. Así, desnuda, veréis que soy la amante fiel que siempre habíais deseado. (Se quita el primer vestido)
El Príncipe Dragón.– Mas no veo, ni asomándome a ese cuerpo voluptuoso, vestigios de piel o de sudor alguno, ¿acaso estáis hecha de tela? ¿acaso vuestra dulce piel es de algodón, doncella mía?

La Doncella.– No más que vos, alteza mía, estáis cubierto de membranas raras. ¿Qué es esta dura piel si no?, ¿qué puede haber debajo?
El Príncipe Dragón (Se quita los zapatos).– Descubriréis que esta piel encierra más sensualidad de la que hubierais podido imaginaros. Pero, ¿qué pasa?, debéis a vuestra vez quitaros esa prenda, ese impuro vestido que cubre vuestro cuerpo, ¿qué esperáis?
La Doncella (Segundo vestido).– Ya está. Y seguimos tal como antes, pues no sabría decir si lo que veo es la envoltura de un pez, o de un lagarto, o una serpiente... No mostráis sino algo parecido al escamoso pellejo de un dragón, en fin.
El Príncipe Dragón.– ¡Pues qué esperabais! Por mi parte yo no alcanzo a distinguir mas que un tejido que me enreda, y que me quiere hacer caer. Confesad, ¡qué sortilegio tramas!
La Doncella.– ¡Oh seductor misterio!, ¡oh lamentable hechizo!
El Príncipe Dragón.– ¿Vos misma habláis de encantamientos, bruja? Terminaré contigo y tus malignas artes! ¡Venid a mí, que he de tragarte!
La Doncella.– Acabad conmigo amado mío, que luchar no quiero con vos, que sois sin duda mi destino, mi amor, mi Dios en suma.
El Príncipe Dragón.– ¿Es cierto cuanto escucho? ¿No teméis, de mí, la muerte más atroz?
La Doncella.– No, porque en verdad os amo.
El Príncipe Dragón.– Nunca esperé palabras tales; no sé qué debo hacer, el único apetito que concibo es devorarle todo el cuerpo; no quiero esta confusión que a mis entrañas viene.
La Doncella.– Acabad conmigo, lo deseo, pero antes debéis gozar del cuerpo que te espera; yo a mí vez quiero sentir, es una súplica, tu cuerpo desnudo en viva piel sobre mi carne fresca.
El Príncipe Dragón.– Muy bien, doncella; mas deberéis quitaros ahora vos primero ese vestido.
La Doncella.– Así lo haré. (Se quita el tercer vestido.)
El Príncipe Dragón.– Y yo a mí vez... (Se quita la camisa.) Mas no veo aún la piel desnuda.
La Doncella.– Hagamos otro intento. (Cuarta vestido.)
El Príncipe Dragón.– De acuerdo estoy y ansioso. (se quita unos tirantes)
La Doncella.– Parece que es preciso quitar de cada lado alguna prenda más. (Quinto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita los pantalones.)
La Doncella.– Alguna otra, es necesario. (Sexto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita un calcetín). Alcanzo a distinguir una pasión que nunca concebí por gente alguna; quitaos ya todas las prendas que os faltan, pues súbita emoción me invade el ser, y no sabría continuar con este asunto, sin lanzarme sobre vos y someteros al abrazo más intenso que pudo sospecharse jamás sobre este mundo.
La Doncella.– Calma, mi señor, y quitaos esa piel bestial que os falta, yo quitaré a mí vez ésta que agobia, que entorpece. (Séptimo vestido.)
El Príncipe Dragón.– Hecho está. (Se quita el moño.)
La Doncella.– No es suficiente, mas parece que con una... (Octavo vestido.) ...todo comenzará para el amor, el nuestro, como jamás imaginasteis.
El Príncipe Dragón.– Con ésta... (Se quita el segundo calcetín.) ya son ocho las pieles que cubrían mi cuerpo de dragón, no creo que falte alguna.
La Doncella.– Yo veo que sí, también a mí me sobra esta novena, la arrojaré, mas pediré que vos lancéis primero.
El Príncipe Dragón.– No aceptaré si no lo hacemos a la vez.
La Doncella.– Muy bien, hagámoslo los dos al mismo tiempo.


La Doncella se quita la camisa número nueve y todavía
conserva la décima, el Dragón parece que va a quitarse los
calzones, cuando quita, en un gesto orgásmico,
su "última piel", la máscara.

El Príncipe Dragón.– Doncella, qué habéis hecho.
La Doncella.– Esta es vuestra noche de bodas conmigo, recibidla.

La Doncella va por un atado
de ramas secas y comienza a golpear,
sin piedad, al Dragón.

El Príncipe dragón.– He de matarte. No diré más.
La Doncella.– No podéis hacer más daño. Con estas ramas de encino hago olvidar cada uno de vuestros crímenes. Destruyo un falso ser. Acabo con tu maldición.

La Doncella pega sin piedad al cuerpo del Dragón
hasta que ambos quedan exhaustos.

La Doncella.– Venid acá... necesitáis un baño; sumergíos dulcemente en esta tina que por agua tiene un mar de leche hirviente; os dormiréis después conmigo en un abrazo, ¿os place?
El Príncipe Dragón.– El baño es tan ardiente como el fuego y sin embargo me conforta, me sumerge en mí mismo y no sabría decir ya nada más con un sentido; quiero dormir profundamente.
La Doncella.– Son esos deseos que hago míos y serán cumplidos en este mismo instante. Venid a descansar marido. En este lecho despertaremos mañana en una nueva historia, seremos los futuros Rey y Reina, gobernaremos en este imperio cuando los viejos reyes falten; ya lo verás. Ahora, mi príncipe dragón, podéis dormir.


*** X ***
A la mañana siguiente; en el jardín...

El Rey.– Y... ¿habrásela comido?
El Paje.– Sin duda.
La Reina.– Pobre muchacha, tan grácil, tan esbelta... Es una lástima que haya muerto, la pobre, de ese modo.
El Rey.– Lo cierto es que el príncipe, el dragón, no ha salido todavía de su habitación, ¿qué habrá pasado?
La Doncella.– Señores, parientes míos tan dilectos, heme aquí. Yo sé que gusto os causará saber que mi vida no ha expirado, y que el dragón...
La Reina.– Es una arpía, lo dicho: ¡lo ha matado!
El Rey.– ¿Es eso cierto, pequeña, lo habéis asesinado?
El Paje.– Eso está claro, mirad: en su sonrisa satisfecha muestra la falta, el crimen, el delito, la infracción, la fechoría.
El Príncipe.– Yo no diría tanto.
Todos.– Oh... (El "príncipe" llega convertido en un absoluto imbécil: viste, habla y camina como un "Forrest Gump". Por otra parte, no tiene un pelo de tonto.)
La Reina.– ¿Y quién es este hermoso joven que se atreve a irrumpir la paz de este castillo?
El Príncipe.– Madre, ¿no reconocéis a vuestro hijo?...
La Reina.– Es cierto, el alma me lo dice, me grita. Venid acá oh sangre mía, dad un abrazo a vuestra madre que os adora.
El Rey.– ¿Ese es el príncipe?
El Paje.– Sin duda, majestad; eso es tan evidente como que vos sois el Rey y yo, pues yo soy un paje miserable.
El Príncipe.– Padre, y vos, no abrazáis a vuestro hijo.
El Rey.– No sé... Si vuestra madre os reconoce... Pues con eso a mí me basta...
El Príncipe.– Pero, majestad, oh padre mío...
La Reina.– ¡Marido!
El Rey.– ¡Ven a mis brazos, muchacho!
El Príncipe.– ¡Padre!
La Reina.– Bueno, pues ahora que el asunto, por fortuna, se ha resuelto, no os queda más que abandonar este lugar que sin dudarlo fue eventual, fue pasajero.
El Rey.– ¿A quién le habláis así?
El Príncipe.– ¿A mí?
El Paje.– ¿A mí?
La Doncella.– No, a mí... que por lo visto no tengo mucho que hacer en este sitio, adiós, me marcho.
El Príncipe.– Pero prenda mía, que decís, venid acá. Madre, tened cuidado con lo que decís.
El Rey.– Oh, sí.
El Paje.– Su majestad, debería tener cuidado.
La Reina.– Habría que meditar sin duda en el enlace que tuvisteis con esta linda muchacha, bondadosa sí, pero yo, como podréis imaginar, deseo para vos una princesa.
El Paje.– Claro, una real dama de corte muy lejana.
El Rey.– Querida, callada quedarías mejor.
El Paje.– Sí.
El Rey.– Y vos también, paje.
El Príncipe.– Madre, padre... Mal parece que escucharon mis oídos alguno que otro desatino seguramente nacido de mi imaginación y fantasía. Vos, esposa mía, no escuchaste oposición alguna, de nadie, ¿no es así?
La Doncella.– Oh, no, mi dueño y mi señor.
La Reina.– Pues yo digo que...
El Príncipe.– Padre mío, desde luego vendrán los tiempos en que vos, lo que sabéis, me lo enseñéis como es debido.
El Rey.– Será un placer, oh príncipe.
El Príncipe.– Madre mía, vuestra experiencia y artes son fuente inagotable que, sin duda, y con vuestro seguro beneplácito, sabréis transmitir a la princesa.
La Reina.– ¿Yo?
La Doncella.– ¿A mí?
El Paje.– A cuál princesa.
El Príncipe.– ¿Madre, verdad que estáis de acuerdo?
La Reina.– Oh... sí... sabré muy sabiamente conducirla con sabiduría, con fuerza y generosidad, ¿verdad, oh hija mía?
La Doncella.– Oh, claro, madre.
El Rey.– Pues no se diga más, hemos de celebrar como es preciso estos sucesos, vayamos todos juntos al salón principal de este castillo.
El Paje.– Señor, debo decir que ha tiempo que sucio y olvidado está ese sitio.
El Príncipe.– No hay de qué preocuparse, Paje.
El Rey.– No, vos limpiaréis muy bien si eso es preciso.
El Paje.– Algún malestar siento en el vientre y no sería prudente en esta parte decir abiertamente lo que opino.
El Príncipe.– Vamos, padre querido.
El Rey.– Vamos, vayamos todos juntos.

Salen Rey, Príncipe y Paje.

La Reina.– Antes que entremos, hija mía, y ya que sabiamente hemos logrado establecer lazos dichosos. Ahora, como signo de amistad, os mostraré mis más íntimos, magníficos, tesoros.
La Doncella.– Oh, gracias, madre.
La Reina.– ¡Mis rosales!
La Doncella.– Son tan... ¡hermosos!
La Reina.– Y hay algo más, como veréis, si hacéis conciencia: dos tipos de rosa son las que cultivo: blanca y roja; dos colores. Son manjar de dioses, así, sin cocinar, tiernas y frescas.
La Doncella.– ¿De verdad?
La Reina.– El mejor sabor nace al probar la unión de ambas delicias en un solo bocado.
La Doncella.– Oh, nunca lo hubiera imaginado.
La Reina.– Tomad, y vayamos con mi gran marido el Rey, también con vuestro príncipe.
La Doncella.– Notarán que hemos tardado...
La Reina.– Comedlas, si queréis, muy lentamente; más tarde, si gustáis, regresaremos por más a este jardín, y a vuestros antojos daremos, si es preciso, pronto fin.
La Doncella.– Vayamos.
La Reina.– Sí.

FIN.

Ciudad de México marzo 1993 *

La Fiesta de los Disfraces



LA FIESTA DE LOS DISFRACES
de Benjamín Gavarre


El escenario es una gran habitación; un poco teatro, un poco camerino, un poco departamento; pero es sobre todo el lugar donde habita nuestro personaje al que llamaremos: el Actor; aunque su nombre, el verdadero, el otro, sea Pablo.

Él, se encuentra "solo", en una intimidad extrema; sin embargo, se relacionará con ciertos personajes surgidos del recuerdo, o de su imaginación. Lo acompañarán algunos otros que podrían llamarse personajes reales, pero hay quien asegura que también forman parte de su mente; quizá de su mente en el momento de un sueño, de su sueño: esto sin embargo no lo podríamos asegurar.
Al comenzar la obra el Actor se encuentra en gran actividad: escoge su música preferida; luego va hacia un perchero y trata de probarse distintos disfraces, (obrero, licenciado, agente de tránsito, un héroe de espada y armadura, Romeo...) pero no puede vestirse solo. Por eso saca de un baúl enorme a Bufo-el Globero, quien le ayuda a ponerse la capa, o le coloca el yelmo o el birrete. Con cada disfraz posible modela frente a un espejo de cuerpo entero, pero ninguno de ellos lo convence. Finalmente escoge un disfraz: será un colegial de suéter, escudo, pantalones largos, mocasines y mochila. Busca la aprobación de Bufo-el Globero, pero éste solamente lo observa burlona, silenciosamente.
El Actor sonríe frente a su imagen final. Es una sonrisa que se transforma súbitamente en carcajada. Después viene el silencio. Él sabe perfectamente lo que tiene que hacer: corre presuroso hacia un rincón donde aparece un letrero que dice:
escondite tortuoso... Y saca una pistola. Obliga al desconcertado Bufo a salir de escena, luego va hacia el espejo y apunta a su sien...
Dispara tres tiros a su imagen reflejada y grita:


ACTOR.- ¡Basta!



Bufo-el Globero brota sorpresivamente del baúl y muestra al público una claqueta en la que leemos:



¡¡¡EL SUICIDIO!!!



Luego, después de dar el claquetazo dice con brillantez:



BUFO.- ¡El suicidio! Escena tercera del acto V...¿Romeo y Julieta?...¡No! Pero de todos modos: ¡Comenzamos!



Y se vuelve a meter a su baúl.

Suena el timbre de la puerta, el Actor corre hacia ella pero en ese momento suena el timbre del teléfono: decide ir primero hacia el teléfono.


ACTOR.- ¿Bueno?, ¡un momento por favor!



Deja descolgado el teléfono y va hacia la puerta; la abre y descubre que no hay nadie. Confundido la cierra y corre hacia el teléfono.



ACTOR.- ¿Quién habla? (Nadie contesta del otro lado de la línea) ¡Bueno! (Silencio) Qué, ¿no vas a contestar? No me lo digas. Eres tú de nuevo. Eres el Mudo...¿O Muda?...A lo mejor eres la Muda. Pues bien, querido o querida quien seas: te recomiendo que vayas y consultes un buen Otorrino. Sí, laringólogo. A ver si así me dejas de joder. (Y muy molesto cuelga la bocina).



Durante algunos instantes se queda viendo al vacío, luego descuelga la bocina y marca con ansiedad un número. Espera. Alguien contesta del otro lado de la línea y el Actor cuelga con una mezcla de miedo y vergüenza. Respira, mira de nuevo al vacío y vuelve a marcar el mismo número. Espera. Contestan del otro lado: cuelga precipitadamente. Bufo surge del baúl y lo mira suspicaz...



BUFO.- ¿No contestan?



ACTOR.- Sí, ellos siempre contestan, ¿pero yo?...Me quedo como una Mú...Muerto de nervios.



BUFO.- Sí, ¡esos mudos! ¿Insoportables, verdad?



ACTOR.- Deberían encerrarlos.



BUFO.- ¿Nos?



ACTOR.- Encerrarnos si quieres; lo mismo da. Pero, ¿sabes qué?



BUFO.- ¡Oh no!



ACTOR.- Voy a invitarlos. Voy a invitarlos a mi fiesta de cumpleaños.



BUFO.- ¿Crees que se acuerden de ti?



ACTOR.- (Sin hacer caso) Únicamente dos invitados: Verónica y Jerónimo; Jerónimo y Verónica... ¿Te das cuenta?



BUFO.- ¡Oh no!



ACTOR.- Hasta en el nombre se parecen. ¿No te parece ridículo?... Jerónimo y Verónica, ¡Já! (Se toma la cabeza con un exagerado gesto de dolor) ¡Ay, otra vez esta maldita migraña, no es justo! ¡Mi pobre cabeza...! !Y tenía que dolerme precisamente hoy! (Repentinamente sin dolor mira paranoico a Bufo) Sí, ya sé... pero no tienes por qué mirarme así; ya no me duele... ¡Que no me mires así!... De acuerdo, tienes razón: siempre busco pretextos. Pero esta vez sí les voy a hablar. (Bufo toma el teléfono y marca el número de Verónica y Jerónimo) ¿No me crees, verdad? Pues fíjate bien cómo les hablo... (Bufo le da la bocina y Pablo, mientras espera a que contesten, dice...) Y no me vuelvas a decir que soy hipocondriaco, porque no soy hipocondriaco. Nunca he sido ni seré... ¡Hola!... ¡¿Verónica?! (Muy nervioso) ¡Adivina quién!... Pablo, el mismo de siempre, casi el mismo. ¿Qué te parece si te invito a una fiesta?... Sí, así de drástico. Dile también a Verónimo, Jerónimo... Pero claro que es en serio... ¿Ahí está?... Luego me lo pasas, pero mira: es una fiesta de disfraces... Pues se me ocurrió... ¿Mi cumpleaños? No, claro que no. ¿Te hubieras acordado, no?... ¿Cómo? ¿Sí te acordaste? ¿Qué dijiste?... ¡Ah sí! ¡Claro! Gracias por hablar... ¿Qué cosa?... No, si ya sé que yo soy el que te habló, claro; pero de todos modos gracias, sí. Por acordarte... ¡Uy, qué insistencia! A ver, pásamelo... ¿Jerónimo?... ¡Maestro, qué desgracia!... ¿Cómo?... Sí, que me da mucho gusto... Sí, de veras. Le decía a Verónima de una fiesta... Sí, de disfraces... No, no; pastel si quieres, pero detesto los globos... Pues no sé, nunca me han gustado... ¿Qué dices? ¡Ahmmh, temprano! ¿A las nueve te parece bien?... Nueve y media... ¿Sí?... A ver, pásamela... De lo que quieras, Vero... ¿De momia? Pues, me parece estupendo... ¿Sí?... A mí también, sí... Perfecto... Bye... Nos vemos... Diez y media, sí... ¡Chauuu!



Cuelga radiante el teléfono. Bufo se burla de él.



BUFO.- Ajá, sí... ajá, sí, claro. ¿Ajá?... sí. ¿Mhiumjummh?... Mhiamjá... mmmhhh.



ACTOR.- (Feliz) No lo puedo creer. Estoy vivo. ¡Vivo! (Orgulloso) Lo he notado. Y ellos van a venir. A las nueve, a las nueve en punto. ¿Te das cuenta? ¡Estoy vivo!



BUFO.- Felicidades...¿Y qué vas a hacer con toda esa vivísima vitalidad?



ACTOR.- (Sin desalentarse) Tengo futuro, voluntad. Soy casi famoso. Hoy es mi cumpleaños, todavía soy joven. Tengo salud, fuerza, memoria, entendimiento: Inmejorables condiciones.

BUFO.- Oye, ¡qué bárbaro! ¡Por qué no nos casamos!


ACTOR.- ¿Así que no me crees? (Lo mira fijamente) Ya sé lo que estás pensando: Pablo va a intentarlo de nuevo. Eso piensas, ¿verdad? ¡Contesta!



BUFO.- ¿Intentar? ¿Qué cosa?



ACTOR.- El suicidio. Llámalo con todas sus letras:

(Deletrea) S U I C I D I O: Suidicio... digo, como se llame.


BUFO.- Usted... ¡Se está tomando demasiado en serio!



ACTOR.- ¿Qué?... ¡De qué se trata!



BUFO.- (Muy amable, le da un globo) Queda usted detenido. Acompáñeme.



ACTOR.- ¿Sí?... Gracias, pero así estoy bien.



BUFO.- Sígame.



ACTOR.- ¡Cómo se le ocurre! ¡Yo no soy un delincuente!



BUFO.- Eso no interesa. Se siente usted culpable, ¿no?



ACTOR.- Sí. Es decir: ¡No! ¿De qué tendría que sentirme culpable? Yo solamente quiero sentirme bien.



BUFO.- Qué original. Entonces usted no es culpable de nada.



ACTOR.- No, rotundamente no.



BUFO.- Y sin embargo, todo lo que usted diga o haga será utilizado...



ACTOR.- En mi contra, sí. Pero, ¿se trata acaso de una pesadilla?



BUFO.- Quizá. Y quizá todo lo que usted diga o haga no le importe a nadie, ni siquiera a usted mismo...



ACTOR.- Eso no es posible... ¿O sí?



BUFO.- No lo sé; pero el caso es que tiene usted que acompañarme.



ACTOR.- ¿Tengo? ¿Y si me escapo?



BUFO.- Esa sería su decisión... su elección.

ACTOR.- ¿Está seguro?


BUFO.- No.



ACTOR.- (Busca distintas salidas) ¿Y por dónde está la salida?



BUFO.- Por la puerta como es natural, pero sólo algunos, muy pocos acostumbran fugarse por la puerta.



ACTOR.- (Pensativo) Claro... ¡Qué confusión! (Se despide de Bufo) Gracias, ha sido... como un placer.



BUFO.- No fue nada.



ACTOR.- Ah... Si preguntan por mí... Dígales que tuve un compromiso muy... Un compromiso verdaderamente...



BUFO.- Y que no fue capaz de despedirse de nadie...



ACTOR.- Que tuve que salir. Eso es todo.



El Actor se dirige a la puerta: la encuentra cerrada. Va hacia el espejo de cuerpo entero: lo traspasa. Se da cuenta de que se encuentra en el mismo espacio. Traspasa una y otra vez la puerta-espejo. Trata de adoptar una actitud racional. Analítica.



ACTOR.- Bueno y después de todo: ¿quién quiere saber lo que hay afuera? Afuera es un concepto abstracto, tan abstracto como el concepto Adentro. ¿Dentro y Fuera relacionados con qué o para qué? Si lo pensamos bien, obtendremos como conclusión de esta antinomia: una serie de datos que podrían revelar el sentido más profundo de las entidades ontológicas. Quiero decir que tomando en cuenta la Ubicuibilidad y los Atributos del Ser: el Espacio se manifiesta precisamente en una contradicción básica cuyas premisas son como acabo de decir, ahmm... Cuyas premisas son precisamente, ahmm... (Se toma la cabeza anunciando dolor de cabeza. Bufo le sirve un vaso de agua) Cuyas principales premisas son, ahmmm... (Recibe el vaso de agua y mira agradecido a Bufo) Gracias. (Se lo toma sin dejar de mirarlo) Es usted un... Casi un ángel. ¿Sabe? Tengo una cita a las ocho.



BUFO.- (Afirmando) Una cita muy importante.



ACTOR.- Importantísima. Más que una cita es una fiesta. Una fiesta disfrazada, (Se corrige) de disfraces.



BUFO.- (Malicioso) Y van a venir sus amigos.

ACTOR.- Mis amigos de siempre sí... Y cuando lleguen...


BUFO.- Siempre y Cuando lleguen.



ACTOR.- Cuando lleguen...



Se escucha la sirena de una patrulla o ambulancia. Entra jerónimo

vestido de boy scout. Su aspecto en general es el de un niño que acaba de sufrir un accidente: su camisa está manchada de sangre.


JERÓNIMO.- (Infinitamente triste) Te lo dije, Pablo. Te dije que no podríamos seguir con tanta suerte. A dónde estabas. ¿Por qué me dejaste solo? Me detuvieron, Pablo. Ya no podemos seguir así jugando tanto. Jugando siempre como si nada fuera en serio. Algún día tenía que terminar; y ya ves, me detuvieron. Me agarraron entre cuatro y no tuvieron lo que se dice: ¿piedad?, ¿compasión? No, nada de eso. Me pescaron, como tú dices. A la salida, como siempre.



BUFO.- ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí! (Habla y actúa sin que Jerónimo lo tome en cuenta. Para Jerónimo y para todos los demás personajes, con excepción de Pablo, Bufo apenas existe. Saben que está ahí, como un fantasma impertinente, pero prefieren ignorarlo).



JERÓNIMO.- No, pero no pienses que fue un combate limpio; una pelea de caballeros, de grandes héroes y todo eso, no. Me agarraron entre cuatro. Como a tres cuadras de la escuela. Me cubrieron de patadas, de gritos cómplices.



BUFO.- ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí!



ACTOR.- Eso sucedió hace mucho tiempo...



BUFO.- A la salida.



ACTOR.- ¿Y yo?



JERÓNIMO.- ¡A dónde estabas!



BUFO.- Te quedaste dormido.



ACTOR.- ¿Dormido?... ¿Estoy dormido?



JERÓNIMO.- Nadie me avisó. Todo sucedió sin más, a la salida, como siempre. Me puse a caminar sin esperarte.

ACTOR.- Me quedé dormido.


JERÓNIMO.- Me agarraron entre, ¿siete?



BUFO.- Una pesadilla.

ACTOR.- Una bofetada de cascos y macanas, de calibres y patrullas. ¿Y yo? ¿A dónde estaba?


BUFO.- Roncando. Soñabas con judiciales.



ACTOR.- Te rompieron los ojos.



JERÓNIMO.- Me arrancaron la vida.



BUFO.- Ya lo decía yo. Una pesadilla.



JERÓNIMO.- Me dejaron tirado en la calle, masacrado.



ACTOR.- ¡Malditos judiciales!



JERÓNIMO.- ¿Estás loco? ¡Cuáles judiciales! ¡Fueron Jáuregui y los demás! ¡Fueron los del tercero B!



BUFO.- ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí!



JERÓNIMO.- ¿Y tú, a dónde estabas tú? Por qué no fuiste a la escuela.



ACTOR.- ¿Yo? (Somnoliento) ¿Estaba dormido?



JERÓNIMO.- ¡Qué dices!



Suena una señal de alarma. Un despertador, o la chicharra de una escuela son adecuados. Bufo venda los ojos de jerónimo. Pablo le pone una pistola en la sien. Comienza un interrogatorio implacable.



ACTOR.- ¿Cuál es tu última voluntad?



JERÓNIMO.- No me molestes.



ACTOR.- ¿Cigarros, alcohol, alguna droga... ?



JERÓNIMO.- ¡No me estés jodiendo!



ACTOR.- ¿Saliste reprobado?



JERÓNIMO.- Sí, fue por tu culpa.



ACTOR.- ¿En Deportes?



JERÓNIMO.- Sí.



ACTOR.- En Matemáticas.



JERÓNIMO.- Sí, fue por tu culpa.



ACTOR.- Siempre mi culpa... ¿Cuál es tu última voluntad?



JERÓNIMO.- ¿Voy a morir?



ACTOR.- ¿Quieres veneno?



JERÓNIMO.- ¿No has visto a los demás?



ACTOR.- ¿Demás?



JERÓNIMO.- Demás.



BUFO.- ¿Qué es eso?



ACTOR.- ¿Demás?



JERÓNIMO.- Demás.



BUFO.- Demasdemasdemasdemás...



ACTOR.- ¿Qué es eso?



JERÓNIMO.- No lo sé. ¿Una palabra?



BUFO.- ¿Y qué significa?



JERÓNIMO.- No lo sé.



BUFO.- No lo sabe.



JERÓNIMO.- Ya no.



ACTOR.- ¿Quieres veneno?



JERÓNIMO.- Lo sabía.



ACTOR.- ¿Veneno?



JERÓNIMO.- Un vaso de agua.



Bufo le ofrece una copa de metal.



ACTOR.- (A Bufo) ¿Tiene todo?



JERÓNIMO.- (Mira receloso el contenido de la copa) Gracias... ¿Y?... ¿Cómo te ha ido? ¿Qué has hecho? ¿Qué dice el Teatro?



ACTOR.- Estoy ensayando mi nuevo, mi último... es decir mi más reciente personaje: sucedió frente al espejo... ¿Qué fue lo que te dije?



BUFO.- Estoy ensayando mi nuevo, mi último... es decir mi más reciente... (El Actor obliga a Bufo a meterse a su baúl) ¡Personaje!



ACTOR.- ¡Sucedió!... Suicidio... frente al espejo.



JERÓNIMO.- Ah, sí... me dijeron que estabas ensayando Romeo y Julieta. ¿Pero eso fue el año pasado, no?



ACTOR.- (Le quita la copa y representa un fragmento de su versión a Romeo, antes del suicidio. Bufo surge de su baúl y le ayuda a representar la escena) Julieta, por qué estás aún tan hermosa? Tus ojos brillan. Voy a morir contigo. Déjame sellar con un beso mi eterno pacto con la muerte. (Besa la copa) Ven áspero y vencedor veneno. Mi cuerpo, harto de combatir con la vida... quiere perderse en los abismos. Brindemos.



EL ACTOR CAE FULMINADO. JERÓNIMO APLAUDE CON ENTUSIASMO.



JERÓNIMO.- ¡Bravo! ¡Genial, maestro! ¡Déjame darte un abrazo! (Se dan un aparatoso abrazo. Repentinamente, Jerónimo se pone serio) Pero no lo vuelvas a hacer, es de mala suerte.



ACTOR.- ¿Ensayar frente al espejo?



JERÓNIMO.- No. Suicidarse frente al espejo. Es de mala suerte. Dicen que tu alma se queda dentro, atrapada.



ACTOR.- Por favor, Jerónimo; nunca pensé que fueras un supersticioso.



JERÓNIMO.- Nunca lo he sido.



BUFO.- Pero insisto en que es de mala suerte.



JERÓNIMO.- Pero insisto en que es de mala suerte.



ACTOR.- Mejor me suicido en otra parte.



BUFO.- !Se aproxima el juego más vital!



JERÓNIMO.- ¿Y si mejor te mato?



ACTOR.- (Emocionado) ¡Bruscamente!



JERÓNIMO.- (Feliz) ¿Te acuerdas?...



ACTOR.- Cuando jugábamos en la cocina de tu abuela...



JERÓNIMO.- ¡Muerte brusca, sí! ¿Cuáles eran las reglas?



BUFO.- ¡Artículo tercero!



ACTOR.- ¡Artículo tercero, sí! ¿Qué es más importante? ¿Las reglas del juego... ?



JERÓNIMO.- ¡O el juego sin reglas!



ACTOR.- ¡El juego de la regla rota!



JERÓNIMO.- ¡Artículo mortis!



BUFO.- ¡Mortis mortibus!



JERÓNIMO.- ¡Todo aquel que viole o desobedezca estas reglas será condenado a la pena máxima...



TODOS.- ¡MUERTE BRUSCA!



EL ACTOR TOMA LA PISTOLA Y DISPARA TRES TIROS A JERÓNIMO, QUIEN CAE SÚBITAMENTE AL PISO. EL ACTOR TRATA DE REANIMARLO CON LA AYUDA DE BUFO.

ACTOR.- ¡Jerónimo! ¡Jerónimo despierta! ¡Acaban de matar al maestro de Matemáticas!


JERÓNIMO.- (Se levanta sorpresivamente) No, Pablo, no. Al maestro de Matemáticas no lo asesinaron. Simplemente se arrojó, se tiró, precipitó. Se hizo trizas; salió en el periódico. Todo el mundo lo sabe. Se arrojó. Se hizo trizas...



TODOS.- ¡SE SUICIDO!



JERÓNIMO.- (Adopta la actitud de un maestro de Matemáticas) Vamos a ver, jóvenes, miremos. El día de hoy analizaremos la Teoría del suicidio y sus principales corolarios. Axioma A... (Al Actor) A ver, usted. Diga Ahh por favor.



ACTOR y BUFO.- Aggh, gahhh, guihuu, gaiiuuu...



JERÓNIMO.- ¡Suficiente! El suicidio como todos sabemos es una actividad peligrosa que puede llevar al individuo a diversos estados de alteración. Tenemos por ejemplo los suicidios que comienzan con una perturbación del pneuma. Asimismo, los hay parecidos a la muerte lenta, muy semejantes a los provocados por muerte brusca, pero no tanto. La diferencia estriba en si el sujeto se toma demasiado en serio o no. Tenemos el suicidio de Romeo, con veneno por supuesto. El lento pero aproximado, que es una variante de la muerte brusca. Tenemos ese suicidio, ese otro... y tenemos además, el además.



ACTOR Y BUFO.- Gauuu, gauiii, gaushhh, shiuuuuu, aghh.



JERÓNIMO.- (Al Actor) ¿Cuál es su nombre, joven?



ACTOR.- Pablo.



JERÓNIMO.- (Indignado) ¡Pablo! (Lo observa con atención) Pablo, usted y yo resolveremos juntos la siguiente ecuación. Acuéstese en el piso. Levante ese brazo. (El Actor levanta, por ejemplo, el brazo izquierdo) ¡Ese brazo no! ¡El otro! (El Actor levanta el brazo derecho) ¡No, ése no! Levante exactamente ese brazo y no el otro. (El Actor confundido levanta uno y otro brazo) ¡Levántelo!... Muy bien. Ahora, usted va a recibir un pequeño obsequio. (Le da una rosa. Bufo, a su vez, corre por un ramo de rosas negras y las va colocando alrededor del cuerpo del Actor) Repita después de mí.



El Actor repite torpemente cada verso mientras flexiona piernas y brazos. Jerónimo lo cubre con una tela negra a manera de sudario. Bufo es el cómplice de Jerónimo en esta especie de ceremonia.



EL ACTOR Y JERÓNIMO.-



MUERTO SOY



MUERTO SIN POLVO



SIN EMBARGOS Y SIN PEROS



MUERTO SIN SAL



CON DIENTES Y CON PELO



MUERTO SOY



SIMPLEMENTE



SIN CUIDADO



SIN ANTEOJOS



SIN MALETA



MUERTO SOY



DESNUDO



YO SOLO



Y SIN ZAPATOS



ACTOR.- (Gime) ¿¡Maestro, puedo ir al baño!?



JERÓNIMO.- (Continúa con su "cátedra") El suicidio...



ACTOR.- (Aúlla) ¡Maestro!



JERÓNIMO.- Silencio. Despejemos juntos la siguiente incógnita:

Capítulo primero: Usted se encuentra en su casa; solo y angustiado; triste, cabizbajo; sin hambre, desolado; herido y fatigado; se siente culpable, amordazado.
Capítulo segundo: Usted sale corriendo hacia la calle. Baja las escaleras del metro. Mira venir el convoy. Se decide. Todo es metal naranja y luz verde. El convoy se acerca, se acerca cada vez más aprisa. Usted está dispuesto. Mira venir el inmenso convoy...
¡Y en ese preciso instante!...


ACTOR.- ¡Qué bruto!



JERÓNIMO.- (Muy serio) De qué te ríes.



ACTOR.- Del maestro de Matemáticas. Es que eso de suicidarse en el metro... ¿No has visto el anuncio? !Por favor no se suicide en el metro, piense en el tiempo de los DEMÁS!



JERÓNIMO.- (Gélido) ¿Te pido un favor?



ACTOR.- (Bromista) ¿De aquí hasta el fondo de la coladera? ¿Qué desea su INMINENCIA?



JERÓNIMO.- ¿Podrías dejar de escupir estupideces?



ACTOR.- Disculpe, señor Profesor. No quise ofenderlo. Yo... ¿Me va a reprobar?



JERÓNIMO.- ¿Te callas? Estoy hablando en serio.



ACTOR.- ¿Qué? ¿Así no juegas? Uyy sí. No hay problema. ¿No quieres un café?

JERÓNIMO.- No, gracias. Pero podrías prestarme tu teléfono. Es algo que no te importa. Es algo que jamás te importaría. Es una llamada urgente. ¿Me prestas tu teléfono?


ACTOR.- Claro que no...



JERÓNIMO.- ¿No?



ACTOR.- (Desarmado) Está bien. Habla.

Jerónimo marca un número telefónico interminable. Bufo y el Actor llevan a cabo un insólito juego de naipes.


JERÓNIMO.- Una porquería, todo es una porquería. Estoy harto. ¿El juego más importante que las reglas? Pobre Pablo. Tú insistes demasiado y el juego terminó hace mucho tiempo. ¿A dónde vas? ¿A dónde quieres ir? Un día me descubrí hablando con un payaso insoportable. ¿Quién cambió? ¿Quién se volvió un desconocido para el otro? Estoy harto. Yo ya no vuelvo. Yo ya no voy a jugar.



BUFO.- Tercia de qüinas, dos reyes, dos jotos y un caballo... Jaque mate.



ACTOR.- ¿Y eso? ¿Qué clase de estúpido juego es éste?



BUFO.- Un estúpido juego sin reglas. O qué, ¿ya no te gustan?

Jaque mate y muerte brusca. ¡Salud!


JERÓNIMO.- Pero... parece que tu teléfono está suspendido. Mejor hablo desde un teléfono público. Espero que no te moleste.



ACTOR.- No, ¿cómo crees? Yo de todos modos me iba a dar un...



BUFO.- Un balazo.



ACTOR.- Un baño. Me iba a matar al baño cuando llegaste... A meter. Así que si me permites...



JERÓNIMO.- Claro.



BUFO.- Además no tarda en venir Verónica.



ACTOR.- Además no tarda en venir Verónica.



JERÓNIMO.- ¿Quién?



ACTOR.- Verónica. ¿La conoces?



JERÓNIMO.- Se me hace tarde. Luego nos hablamos.



BUFO.- Ándale.



ACTOR.- Adiós. Cuídate, si puedes.



Jerónimo sale de escena. En ese momento se escucha el estruendoso choque de un automóvil. Gritos y sirenas. Bufo y el Actor se miran desconcertados. Entra Verónica intempestivamente. Es una mujer joven, pero viste como una niña. Trae una bolsa de almacén.

VERÓNICA.- ¡Puf... vengo muerta! (Cae fulminada. El Actor y Bufo corren a confortarla. Verónica se levanta sorpresivamente.) ¡Hay un tráfico...! No tienes una idea. Un tráfico espantoso. (Siempre al Actor) Pero qué cara. Parece que te hubieran golpeado. Por cierto, a que ni sabes con quién me acabo de encontrar en el elevador: a tu psiquiatra. ¡Qué tipo! (Bufo le da un vaso de agua) ¡Pero cómo no lo pensé! ¿Acaba de estar aquí, verdad? Se nota. ¿A qué vino? (Se toma el vaso de agua mientras observa al Actor) Por eso tienes esa cara... Pero siéntate, mi amor; estás muy pálido.


ACTOR.- ¿Y tú? ¿Cómo has estado tú?



VERÓNICA.- ¡Mira lo que te compré! (Saca un libro enorme de la bolsa de almacén) Acaban de editarlo. La traducción es una porquería, pero las ilustraciones son de sueño. Además te dice en veintinueve lecciones todo lo necesario. Eso sí: debes seguir las instrucciones al pie de la letra, pero con un pequeño esfuerzo...



ACTOR.- Verónica te estoy hablando. ¡Verónica, cómo demonios has estado!



VERÓNICA.- Una joya. Incluye recetas de cocina, crucigramas, el horóscopo al día y un paquete de adivinanzas varias. Pague una fortuna claro, pero al final...



ACTOR.- ¡Maldita sea, Verónica! ¿¡Me vas a contestar!? ¿¡Cómo has estado!?



Verónica deja caer el libro. Bufo lo toma y lo lee plácidamente.



Verónica.-(Conmocionada) ¿Bien? ¿Todo está bien?



ACTOR.-¿Necesitas ayuda?



VERÓNICA.- Soy fuerte.



ACTOR.- ¿Por qué tienes los ojos tristes?



VERÓNICA.- Soy dueña de mis actos.



ACTOR.- Así que ya no eres una niña.



VERÓNICA.- Nunca lo he sido.



Bufo se sienta en una silla. Saca de una bolsa un paquete enorme de palomitas y silenciosamente las consume mientras observa atentamente al público.



ACTOR.- Recuerdas, ayer, cuando estuvimos solos.



VERÓNICA.- ¿Ayer?... ¿Quién quiere hablar de eso?



ACTOR.- Yo.



BUFO.- (Anuncia) ¡Soledad, la película! ¡Véala en su cine favorito!



VERÓNICA.- ¿Ayer? Estuve sola. Me compré una paleta de limón en la tienda de la esquina. Ayer me soñé caminando sola por la calle; y en mi sueño me decían, no sé quién, pero me decían que me habían visto comprar una paleta de limón en la tienda de la esquina.



BUFO.- ¡Soledad, una película, pero qué película!



ACTOR.- Ayer hacía calor. Me quité la camisa y los zapatos. Hacía calor y me tomé un vaso de agua.



Bufo los moja con una regadera. Luego pasea con un paraguas abierto.



VERÓNICA.- Me gusta comprar paletas de limón. Son frías pero me besan los labios y la lengua. Me gusta sentir el vacío de mi estómago cuando me siento sola sentada en cualquier banca del parque mirando la gente que pasa.



BUFO.- Conozca la conmovedora historia de Verónica: simple mortal en busca del Amor. ¿Su mayor fantasía?



VERÓNICA.- ¿Vendrás? ¿Vendrás a mí, caballero de los brazos fuertes?



BUFO.- Ella no sabe que pronto llegará a ella, a su melancólica soledad: ¡El Hombre!



VERÓNICA.- Un caballero de piel tibia. Hermoso y fuerte.

ACTOR.- ¿Ayer? Ya casi no me acuerdo. Alguien decía que tenía que ser valiente como un torero.


BUFO.- Sí, pronto llegaría Pablo. Un Hombre que le ofrecería todo su amor. Todo el amor que él podía ser capaz de dar.



VERÓNICA.- ¿Vendrás? ¿Vendrás a mí?



ACTOR.- Y me dijeron: Cuando seas grande serás vigoroso y audaz. Cabalgarás con armadura y una espada. Eso dijeron. Pero no. Yo no soy azul, nunca lo fui, ni mucho menos príncipe.

BUFO.- Y sucedió. El Hombre y la Mujer se conocieron. No se la pierda. Soledad. Consulte su cartelera.


BUFO.- (A Verónica) ¿Cómo fue todo? ¿Cómo fue que nos conocimos?



VERÓNICA.- ¿Sucedió como en el Teatro, como en el Cine? ¿Verdad que sucedió como en el Cine?



ACTOR.- Sí, algo así... claro.



BUFO.- Por lo menos sucedió en el cine.



ACTOR.- Esa tarde fui al cine.



VERÓNICA.- Esa tarde me fui... al cine.



BUFO.- Fueron al cine.



VERÓNICA.- Me senté en la butaca que yo elegí. Estuve mirando las caras de la gente y te vi. Tú también habías escogido tu lugar, sin mucho ruido. Bueno, es una manera de decirlo.



ACTOR.- Estás sugiriendo que fui un escandaloso.



VERÓNICA.- Lo afirmo. Fuiste escandaloso.



ACTOR.- (Cínico) Fue para llamarte la atención



VERÓNICA.- Debo decir que lo lograste. Nunca vi la película.



BUFO.- ¡Soledad!



ACTOR.- (Admirado) ¿¡No la viste!?



VERÓNICA.- Tampoco tú.



ACTOR.- Claro que sí... Todavía me acuerdo.



VERÓNICA.- ¡Pero Pablo! ¡Te corrieron del cine!



BUFO.- Por escandaloso.



ACTOR.-¿Sí, verdad? Y tú saliste tras de mí... clamando.



VERÓNICA.- No seas vanidoso.



ACTOR.- No soy vanidoso, pero saliste tras de mí... clamando.



VERÓNICA.- No me voy a poner a discutir.



ACTOR.- ¿Y te acuerdas, en la calle?



BUFO.- ¿Les gustan las comedias musicales?



ACTOR.- ¡Las detesto!



VERÓNICA.- En la calle fue como de cuento. Mejor dicho fue como... Como una...



ACTOR.- ¿¡Una comedia musical!? ¡No, ni se te ocurra, por favor!



VERÓNICA.- Me acuerdo que yo era Ginger Rogers y tú... tú eras...



BUFO.- ¿Fred Astaire?



ACTOR.- (A Bufo) ¡Todo lo que quieras menos Fred Astaire!



VERÓNICA.- Me quitaste las palabras de la boca... tú eras Fred Astaire.



ACTOR.- Lo dijo... ¡Lo dijo!



Música de comedia musical. Los personajes ejecutan una comedia musical rosa.



BUFO.- Hola muy buenas piernas.



ACTOR.-¡Hola! Muy buenas tardes.



VERÓNICA.- ¡Hola! ¡Gusto, mucho!



ACTOR.- ¿Para dónde vas?



BUFO.- ¿Pequeños pliegues en los sitios más inusitados?



VERÓNICA.- Pasaba por aquí y pues pasaba.



ACTOR.- Yo también iba esperándote, pasando. ¿Te gustó la película.



VERÓNICA.- Sí. Es decir no. No la vi.



ACTOR.- Yo también. Yo tampoco la vi.



BUFO.- Dulces tensiones aliviadas. Húmedas sensaciones. Olores varios.



VERÓNICA.- ¿Son verdes o azules?



ACTOR.- ¿Quiénes?



VERÓNICA.- Tus ojos. ¿Son verdes o azules?



ACTOR.- Son exactamente de ese color y no de otro.



VERÓNICA.- ¿Verdes?



BUFO.- ¿Te gustaría ir conmigo a donde estemos solos?



VERÓNICA.- ¿Te puedo hacer una pregunta?



BUFO.- ¿Te gusta el sexo oral?



ACTOR.- Claro, cómo no.



BUFO.- ¿Exactamente ahí, o a un lado?



VERÓNICA.- ¿Cómo dijiste que te llamabas?



ACTOR.- Pablo. Me llamaba Pablo. Soy talentoso y por supuesto soy actor. Luego te doy mi tarjeta.



VERÓNICA.- Sí bueno, pero en qué trabajas.



BUFO.- ¡Basta! ¡Silencio, por favor silencio!



Cesan abruptamente música y coreografia. Verónica cae al suelo, fulminada.



ACTOR.- ¿¡Qué pasa!?



BUFO.- Es terrible... pero lo peor sucedió antes del desayuno, como siempre. Lo peor, ni más ni menos; antes del desayuno.



ACTOR.- ¡Qué! ¿Cuál desayuno?



BUFO.- El de ustedes. Despierta a tu mujer. Pregúntale si los prefiere revueltos o estrellados.



ACTOR.- ¡Pero si nos acabamos de conocer!



BUFO.- ¿Conocer? ¿Qué no vivieron juntos?



ACTOR.- ¿Vivimos?



BUFO.- ¿Viven?



ACTOR.- ¿Qué?



BUFO.- Sí, eso es lo que digo yo. VIVEN juntos... por ahora. Muy bien, entonces cómo quieren su desayuno.



ACTOR.- ¡Insistes!



BUFO.- ¡Mhmjá! Sí.



ACTOR.- Pues lo queremos en la cama, por favor.



BUFO.- Perdón, ¿cómo dijiste?



ACTOR.- El desayuno en la cama y rapidito por favor.



BUFO.- ¿Deliras?



ACTOR.- ¿Qué?



BUFO.- No importa, no. Veré que puedo hacer por ti.



BUFO SALE DE ESCENA.



ACTOR.- ¿Verónica? ¿Duermes, Verónica?



VERÓNICA.- ¿Pablo?



ACTOR.- Sí.



VERÓNICA.- ¿Estás aquí? No te vayas... La vida es demasiado grande.



ACTOR.- No te preocupes. Yo te voy a cuidar.



VERÓNICA.- (Pausa) Te equivocas, Pablo. No me gusta que me cuiden. (Se levanta desorientada)



ACTOR.- (Protector) ¿Tienes frío? ¿Quieres que te preste un suéter?



VERÓNICA.- ¿Un suéter? (El Actor la abraza dulcemente) ¿Una piel tibia? (Lo aleja) No me toques.



ACTOR.- Eres una niña.



VERÓNICA.- Soy una mujer. (El Actor la abraza de nuevo. Ella dice fríamente...) Soy fuerte. (Y se aleja hacia el espejo. Lentamente, cepilla su cabello)



Bufo entra con una charola vacía.



BUFO.- Dígame, señor. ¿Usted la ama?



ACTOR.- ¿Quiere una respuesta simple?



BUFO.- Quiero una simple respuesta. ¿La ama?



ACTOR.- Sí.



BUFO.- ¿Y ella?



ACTOR.- Verónica es egoísta.



VERÓNICA.- ¿Cómo empezar? Ayer estaba sola y me dijeron:

¿No quieres venir?
¿Cómo seguir?... Ahí estaba ese curioso ser, ese chiflado escandaloso. Tenía los ojos vivos y en cada mano una sorpresa...
Y comencé a querer amarlo.


ACTOR.- ¿Una decisión?



BUFO.- Un imposible.



VERÓNICA.- Pasó el tiempo y comencé a recordar ese desear amarlo. Y seguí y me perdí... Y me olvidé. Me confundí conmigo misma.

Confundí mi voluntad de amar con el amado mismo. Olvidé tanto que imaginé querer con toda mi verdad al hombre de los ojos vivos.
Olvidé, pero después lo supe. Me enteré de mí misma. Estaba enamorada de la imagen que yo misma quise crear.(Deja de cepillarse, mira impasible al Actor)


BUFO.- No, no, no, no y no. La verdad es más simple y menos complicada: Verónica es incapaz de dar amor y sobre todo es incapaz de recibirlo. ¿O tú qué piensas? (Sale presuroso ante la mirada fulminante del Actor)



ACTOR.- Oye, Vero... ¿No crees que es tiempo de que tengamos un bebé. Un bebito con mi cara y con tu cara, así... mezcladas. Sería sensacional, ¿no crees? Con tu cara con mi cara. (Ante la elocuente mirada de Verónica) No, ¿verdad? No es una idea brillante. No.



VERÓNICA.- (Como si estuviera sola) Pablo es un sordo. Pablo es un gatito torpe. ¿Y yo? Yo me voy.



ACTOR.- ¿Con quién, Verónica?



VERÓNICA.- Me voy, Pablo; simplemente.



ACTOR.- ¿Buscas un héroe de mil batallas?



VERÓNICA.- Adiós, Pablo



ACTOR.- Un héroe fantástico. Matará al dragón. Levantará un castillo para ti.



VERÓNICA.- Eres un idiota. Nunca vas a cambiar. (Sale furiosa de escena).



ACTOR.- Te construirá una torre y tú en silencio lo amarás. Lejos de él; mientras conquista el mar, dragón de tantas olas. Una historia perfecta para ti, Verónica; para ti, tan sola.



Entra Bufo-el Globero con gran estrépito. Trae consigo una misteriosa bolsa de papel estrasa de las que se usan para el pan dulce, pero esta vez la bolsa contiene un globo lleno de agua que apenas se asoma al público.



BUFO.- Le venimos estudiando, le venimos excitando, le venimos lubricando, le venimos erectando. Le pintamos, le sacamos, le introducimos, le metemos paso a paso, poco a poco: ¡la singular, la nunca vista! Lo contiene, lo tranquiliza, lo mediatiza, lo acompaña, no lo deja solo. Lo pertenece, lo incorpora, lo adhiere, lo pega, lo succiona. Usted no intenta, no ejecuta, no tiene de qué, no tiene sino qué. Se inercia, se deja, se hamaca, se alfombra y se algodona. Sin compromiso, sin esfuerzo y sin maniobras... ¡Llévelo!



ACTOR.- (Emocionadísimo) ¿¡Y cuánto cuesta!?



BUFO.- ¿De veras le interesa?



ACTOR.- ¡Pues sí, pues claro, sumamente!



BUFO.- Por ser para usted...



ACTOR.- ¿¡Sí!?

BUFO.- No. Mejor no. Disculpe a usted no se lo podemos vender.


ACTOR.- (Indignado) ¿¡Por qué no!?



BUFO.- (Misterioso) Es peligroso. (Lo abraza) Usted sabe. Usted sabe que no sirve de nada saber y mucho menos criticar. Por lo menos aquí.



ACTOR.- (Cada vez más indignado) ¿Saber qué cosa, criticar qué cosa? ¿Y qué quiere decir con aquí?



BUFO.- Criticar, saber. Es inútil. Como el psicoanálisis.



ACTOR.- ¡Oiga no! ¡A mí nadie me va a venir con discursos!



BUFO.- Si yo mismo le dije que aquí no. ¿Qué? ¿Ya se enojó?



ACTOR.- (Se contiene) No, cómo cree. (Reflexiona) Oiga...



BUFO.- ¿Sí?



ACTOR.-¿No me podría vender aunque sea tantito?



BUFO.- Lo siento, señor, pero está prohibido. Por lo menos durante las horas hábiles.



ACTOR.- (Con la intención de discutirle todo) ¿Y por qué hábiles?



BUFO.- Las de trabajo, Señor. ¿No tenía usted que irse a trabajar?



ACTOR.- ¡Ay la entrevista!



BUFO.- ¿Entre qué?



ACTOR.- ¡Qué barbaridad, la entrevista!



El Actor arregla el "departamento" muy de prisa, sin demasiado éxito. Saca al globero de escena como si fuera un mueble. Se peina, se arregla y corre hacia la puerta. En ese momento suena el timbre del teléfono. Corre hacia el teléfono, pero antes de llegar se detiene en seco: se vuelve a peinar y muy seguro de sí va hacia la puerta. Entra bufo-el globero por primera vez con globos. El Actor furioso va a contestar el teléfono que parece sonar cada vez más fuerte. Bufo se mantiene inmóvil en la puerta como si fuera un vendedor.

ACTOR.- (A Bufo) ¡Qué se le ofrece! (Bufo no contesta) (Al teléfono) ¡Bueno! (Al estático Bufo) ¡No quiero globos! (Agresivo) ¿Me oyó? ¡Que no quiero globos! (Para si) Nunca me han gustado los globos. (Corre furioso hacia Bufo quien huye despavorido dejando la puerta abierta)(Al teléfono) ¡Bueno! Disculpe, casi no le oigo. ¿Sí?... ¿Por qué no vuelve a marcar? ¿Qué cosa?... ¿¡Eres tú, mami!? ¡Mamá, mamita; qué sorpresa! Gracias por hablar... No me lo digas, ¿no sabes cuántos cumplo?... (Entra Bufo y coloca sigilosamente decenas de globos por todo el escenario. Bufo, EXCLUSIVAMENTE PARA LOS OJOS DEL ACTOR, sólo es observable en movimiento, ya que al congelarse, mágicamente se vuelve invisible) ¿Por qué no me hablaste por cobrar?... No, no exageres, no. Yo nunca te he insultado. Además eso fue el año pasado... Sí, antes de tu accidente... ¿Cómo?... Sí, mami; muy bien... ¿Salió mi foto?... Bueno, será porque soy joven, ¿no crees?... Pues todavía, sí... ¿En dónde?... ¡Uy, no te imaginas! ¡Todo un éxito! ¡Éxito rotundo, sí!... De Shakespeare... A Romeo... Que yo hago a Romeo... ¡Claroque es importante! Ojalá pudieras venir a verla... Bueno, sí; me imagino que en tu estado... ¡Que soy qué!... (Bufo se emociona tanto con su "arreglo global", que deja al descubierto su pequeño truco. El Actor parece planear una estrategia de ataque) Permíteme un momento, ¿sí, mami?... No tardo... Sí, ya sé que es larga distancia, pero no tardo... Sí, no tardo, eh...Corre como un energúmeno tras de Bufo, pero éste logra escapar. Cierra la puerta con varias vueltas de llave y muy molesto "continúa" su conversación telefónica) ¡Diga!... (Iracundo) ¡Muy buenas tardes!... ¡No, señor; está equivocado!... ¿¡Qué número dice que marcó!?... ¿¡Qué cosa!?... ¡No señor yo no he recibido ningún anticipo!... ¡Por supuesto que no me apellido Incháustegui!... ¿¡Cuál contrato!? ¿¡Cuál departamento!? ¿¡Está loco!?... ¡No, de ninguna manera!... ¿Cómo?... ¡Pues demándeme si puede!... ¿¡Qué!?... Mire, ni me llamo Romero, ni rento nada, ni... Óigame, no tiene por qué insultarme... ¿Montesco?... Pues usted será el estúpido y no tengo por qué decirle mi apellido... ¿Quién?... ¿Ah sí? ¡Pues vaya usted mucho a llamarle a su... ! ¿Bueno? ¡Bueno! Bueno... (Oscuro. Cuando se prenden las luces el Actor permanece inmóvil junto al teléfono)(Ausente) ¡Qué barbaridad, la entrevista! (Otra vez oscuro. Cuando se prenden las luces, el Actor está frente al espejo, se ve lejano, sin fuerzas) ¡Qué barbaridad, la entrevista!


Se escucha un blues lento. El Actor se pone lentes oscuros y se sienta tomando varias poses como si modelara frente a una cámara fotográfica. En alguna parte del foro vemos el arribo de un elevador. Vemos las figuras de los Padres-Reporteros a contraluz detrás de las puertas translúcidas del artefacto. Se abre el elevador. Los Padres visten como en los años 40s. Cargan sendas maletas. Ella está embarazada. Al entrar revisan quisquillosamente el "departamento".



LA MADRE.- ¿Lo rentan con o sin muebles?



ACTOR.- (Turbado) Disculpen...



EL PADRE.- (Mirando al Actor y luego al departamento) Es horrible.



LA MADRE.- Por supuesto que es horrible, por eso piden cincuenta mil. (Al Actor) Vimos el anuncio, joven. No tenemos mucho tiempo para buscar casa... Mire, si usted nos deja los muebles... ¿Qué dice? Le ofrecemos noventa mil con todo y muebles.



ACTOR.- Señora, parece que hay un error.



EL PADRE.- Hay un grave error. No debimos venir. Es horrible. (Sigue mirando al Actor) Con o sin muebles es horrible.



ACTOR.- (Al Padre) Déjeme explicarle.



EL PADRE.- No se esfuerce, joven. Buscamos algo mejor. Tenemos prisa, pero buscamos algo mejor. (A la Madre) Vámonos.



LA MADRE.- (Al Padre) No, Pablo, mira... está bien. Quitamos algunos muebles, pintamos, alfombramos y con algunas plantas...



EL PADRE.- ¿No bromeas?



LA MADRE.- (Al Actor) Le ofrezco cuarenta mil. Sin muebles claro. ¿Mañana mismo puede usted desocupar?



EL PADRE.- No le quites su tiempo al joven.(Mira al Actor, luego al departamento) Es horrible. Definitivamente horrible. Muchas gracias, joven. No sufra. No le faltará quién.



LA MADRE.- (Al Padre) ¿!Ya decidiste!?



EL PADRE.- (Concluyente) ¡Es horrible... !



LA MADRE.- (Convencida) Muy bonito su departamento, joven; pero buscamos algo mejor. No se desespere, no le faltará quién.

EL PADRE.- Buenas tardes.


LA MADRE.- Compermiso.



El Actor parece acompañarlos a la puerta del elevador, pero repentinamente los Padres lo hacen pasar adelante y lo empujan dentro. Confirman que el elevador está en otro piso y se adueñan del "departamento". La luz cambia rotundamente: parece un día soleado, perfecto para un día de campo. La Madre extiende un mantel sobre el piso y lleva a cabo todos los preparativos para un curioso picnic. Vemos descender al Actor asido a una cuerda. Él, recorrerá durante esta escena, desde el momento de su nacimiento hasta la edad que tiene al comienzo de la obra.



LA MADRE.- (De su vientre surge una pelota roja brillante. Ambos padres se relacionan con ella o con el Actor, como si fuera una sola entidad) Míralo, Pablo. Es tu hijo.



EL PADRE.- Así que hoy es el cumpleaños de este desgraciado. ¿Y cuántos cumple, eh?



LA MADRE.- (Hace cuentas sin gran éxito) Déjame pensar... en mil novecientos...cinc.. no en mil nov...



EL PADRE.- Qué manera de cambiar... ¿Así fue como lo dejamos? Brazos largos, manos, ombligo en su lugar... Más o menos alto... ¿Y en qué trabaja?



LA MADRE.- Es actor, Pablo... Creo que salió en una obra de... de Cervantes sí... Salió en el periódico.



EL PADRE.- ¿Y de qué salía?



LA MADRE.- De Romeo, creo... Pero míralo, mira qué delgado está. Y esa cara. Seguro padece insomnio, como tú, Pablo; como tú... estoy segura.



EL PADRE.- Exageras. Es un poco delgado... pues porque es delgado y no por otra cosa.



ACTOR.- Mamá, querida mamá. Mamá, papá. Papá, mamá. ¿Mamá? ¿Papá?



LA MADRE.- Es evidente.



EL PADRE.- No tanto.



ACTOR.- Mamá, estoy sentado en tu vientre; todo es calmado y tibio. Dile a papá que estoy bien. Todo es burbuja y rojo. Escucho un pequeño tam tam, burbuja y rojo... Tam tam, tam tam...



A partir de este momento los Padres ejecutan un juego entre infantil y sexual. El Actor se convierte en un elemento obstaculizador de la situación, pero al que no dejan de tomar en cuenta; no sin enfado, no sin resignación.



EL PADRE.- (Como una clave secreta para iniciar el rito amoroso-sexual) Veinticinco cincuenta, la número veintiséis.



LA MADRE.- Con una, con dos, con tres: te saco la vuelta y de dejo de a seis.



ACTOR.- Papá, querido papá. ¿Por qué todo es como es, por qué no puede ser de otro modo?... ¡Mamá!



LA MADRE.- (Acude brevemente al llamado de su hijo) Corre, vuela, salta. A ver si no te asaltan, a ver si no te matas.



EL PADRE.- (Protestando por la intromisión del "pequeño") ¡Fuera y pido, que se vaya el demonio, que se vaya si vino. (Besa intensamente a la Madre).



ACTOR.- Estoy en el agua, papá. No te vayas tan pronto, ¡mira qué bien sé nadar! ¡Como un pescado, mamá! ¿Lo estoy haciendo bien? (Se aferra de las piernas de sus padres).



EL PADRE.- (Molesto,arroja al "pequeño" de una sonora patada en el trasero) Pido cielo y tierra... (Luego, le da "consejos") Corre por encima, corre por abajo, frena para atrás, sube la escalera, salta para abajo, ahora no dés brincos, quédate sentado... ¡Salta! ¡Salta!!! (El Actor, confundido ante las órdenes de su papá, da un enorme salto y se queda inmóvil en el suelo) Eso es.



LA MADRE.- (Aparentemente lo consuela. Lo cubre con el mantel) Con una, con dos con tres. Si te atrapo tú te duermes; si te alcanzo no te suelto y te convenzo.



ACTOR.- (Al Padre, al ver que éste toma sus maletas y se intenta marchar) ¿Te vas otra vez, papá? ¡Que tengas buen viaje, que te diviertas!



LA MADRE.- (Deja al "niño" y alcanza al Padre) Por aquí pasó Colón y mejor tomó un avión. (Realizan un "viaje" por el escenario)



ACTOR.- (Juega a solas) Una, dos y tres... Dos pasitos, dos. Muy bien. ¿Lo estoy haciendo bien? No, tú no. Tú menos. Tú tampoco. Uno, dos, y tres. Dos para dos son tres, dos y tres son seis. ¿Lo estoy haciendo bien? No, tú no. Tú menos. Tú tampoco.



LOS PADRES REGRESAN DEL "VIAJE"



LA MADRE.- (Al Actor) A ver, a ver. Una sonrisita, dos, tres sonrisitas.



EL PADRE.- Ríete desgraciado. A ver sonrisita... Sonrisita... Te voy a romper los dientes.



LA MADRE.- ("Cariñosa")¿De qué te ríes imbecilito. A ver sonrisita, así, así. ¡Pero qué taradito, qué tontito! (La Madre cesa el juego con el Actor, coquetea al Padre con otra falsa adivinanza iniciando una vez más el coqueteo-rechazo) ¿Corre, se ahueca, salta y viene para afuera?...



EL PADRE.- ¿Quieres que te conteste al revés? (Vuelven a perseguirse, finalmente levantan el mantel y continúan el juego sexual en un cama instantánea y vertical -el mantel- que solamente deja ver las caras de los padres).



ACTOR.- Estoy volando, respiro. Vuelo y me elevo cuando quiero. ("Se mete a la cama" con sus padres) ¿Estás dormido, papá? ¿Hoy no me vas a pegar? ¿Tú tampoco, mamá? (Sale de la cama) ¡Mis papás no pegan, mis papás no me pegan. ¿Entonces por qué me duele, por qué me duele tanto?



Los Padres dejan la sábana y ponen total atención al Actor.



EL PADRE.- ¡Cómo que te duele... y por qué te duele! ¡Explícate!



LA MADRE.- Déjalo, Pablo. Déjalo que se acostumbre, que se acostumbre.



EL PADRE.- ¿Y luego que nos eche la culpa? ¡Eso sí que no!



LA MADRE.- (Asombrada) ¿La culpa?... ¿La culpa de qué?



ACTOR.- (El Padre conduce al Actor al espejo, y cariñosamente brusco le quita la camisa y le lava las orejas) Tengo la nariz de mi madre y las orejas de mi tío. Tengo las cejas de mi abuelo, el cuello de mi papá... Los hombros y los pies son míos.



LA MADRE.- (Conmovida) Míralo, Pablo; ¡es tu hijo!

EL PADRE.- (Refunfuñón) Y el tuyo también.


LA MADRE.- (Emocionada) ¡Soy madre!



EL PADRE.- ¿Y qué con eso? Yo también lo digo: ¡Soy el padre! ¿Y qué?



LA MADRE.- No es lo mismo, no es igual.



EL PADRE.- (Arrojando al "niño" fuera de la discusión) ¿¡Quién dice!?



LA MADRE.- ¡No fastidies!



ACTOR.- (Repentinamente recobra su edad auténtica) Buenas tardes.



LOS PADRES.- (Ninguno de los dos dispuesto a hacer las paces) ¡Muy buenas tardes!



ACTOR.- ¿Ustedes son mis padres?



EL PADRE.- ¡Todo parece indicarlo, sí!



LA MADRE.- ¡Parece que no existe la menor duda, no!



ACTOR.- ¿Dónde aprendieron a mentir? ¡Ustedes son demasiado jóvenes!



EL PADRE.- (A la madre. Conciliatorio a regañadientes) ¿Se lo dices tú?... O mejor ya no le decimos nada.



ACTOR.- Además mis padres están muertos, hace mucho tiempo que murieron... ¿A quién quieren engañar?



LA MADRE.- (Al Padre) Es nuestra última oportunidad... (Al Actor) Pablito, hijo. Tu padre y yo tenemos una sorpresa para ti.



ACTOR.- (Nuevamente infantil) ¿En serio?



EL PADRE.- De verdad, de verdad... Sí, Pablito. Tu mami y yo nos vamos de viaje.



LA MADRE.- (Dulce) Se trata de un viaje muy largo, sí... Muy, muy largo.



EL PADRE.- Pero tú no debes angustiarte, Pablo. Te vas a equivocar algunas veces, pero al final llegarás a la meta que todos anhelamos.



LA MADRE.- Si necesitas algo no se te ocurra pensar en nosotros.



EL PADRE.- De todos modos pórtate como puedas.



ACTOR.- (Se despide, cariñoso) Gracias, señores. Gracias por todo. Me dio mucho gusto conocerlos, que tengan buen viaje... (Los Padres se marchan con todo y elevador) Que se diviertan... (Reflexiona) ¿Gracias? (Y se encoge de hombros).



El Actor pone música; de pronto el sonido empieza a fallar y se escuchan mezcladas: una sirena de alarma y alguna música que recuerde a las caricaturas de la Warner Brothers. Entra Bufo bailando muy graciosamente, disfrazado de Bugs Bunny en una de sus caracterizaciones femeninas. El Actor juega a perseguirlo como si fuera el iracundo Sam Bigotes...



BUFO.- Ven noche; ven, Romeo. Tú que eres el día en medio de esta noche. Tú que en las tinieblas eres un copo de nieve sobre las alas negras del cuervo. Ven noche amiga de la locura y tráeme a mi Romeo... Bueno va más o menos así. ¿Qué opinas? ¿Te gusta el disfraz que escogí para tu fiesta? Lo he titulado: Julieta Capuleto se niega a salir a su balcón. ¿Cómo ves?



ACTOR.- ¿Quién te dijo que eres mi invitado? ¡Por qué no me dejas en paz!



BUFO.- De acuerdo, no seré más Julieta. Mira muy bien y dime ahora lo que ves.



Se quita el Disfraz de Julieta y queda casi desnudo, con un enorme y cómico pañal.



ACTOR.- Déjame adivinar... parece algo así como un... Como el disfraz de... ¿Un bebé?



BUFO.- Exacto. ¿Y si me quito el pañal? Vamos a ver qué pasa.



ACTOR.- ¡No! Mejor no. No te nos vayas a resfriar.



BUFO.- Siempre es mejor estar cubiertos, ¿verdad?



ACTOR.- Por favor...



BUFO.- Siempre disfrazados, es lo mejor.



ACTOR.- Yo no dije eso.



BUFO.- ¿Cuál es el mejor disfraz que existe?



ACTOR.- ¿Para una fiesta? Pues, el de...



BUFO.- No sólo para una fiesta... ¿Un disfraz para cualquier ocasión? ¿O para cualquier ocasión un disfraz? ¿Tú qué prefieres?



ACTOR.- Pues yo... no sé.



BUFO.- ¿O no prefieres ninguno? ¿Ningún disfraz para ninguna ocasión?



ACTOR.- Sí, supongo que eso es mejor.



BUFO.- Claro, de acuerdo. Me voy a quitar el mío. (Se lo intenta quitar).



ACTOR.- ¡Nooo!



BUFO.- En qué quedamos... ¿te molesta ver a un niño sin pañal?



ACTOR.- Tú no eres precisamente un niño.



BUFO.- ¿No? Entonces qué soy... ¿Un gnomo?



ACTOR.- Pues si me pides mi opinión, te diré que eres un... Eres un... ¡un inmaduro!



BUFO.- Pues claro que lo soy. Soy la parte más inmadura de... ¿De quién?... ¿De Pablo, verdad? Pues sí, prefiero ser un inmaduro porque ser adulto quita mucho tiempo. En todo caso, para eso de los adulterios y adulteces estás tú. Y el hecho de que lo seas, no significa que no lo seas.



ACTOR.- ¿De qué me hablas?



BUFO.- Tú eres el adulto.



ACTOR.- ¿Yo? Soy demasiado joven.



BUFO.- ¿Te parece? Pues aunque estés vestido así, eres un adulto. Un adulto inmaduro, un poco extravagante como los niños. Pero eres un adulto.



ACTOR.- Sí, supongo que sí.



BUFO.- No te preocupes, eso no significa que no puedas seguir jugando. Se tratará de un juego más difícil. El de los adultos es un juego con consecuencias. Pero si tu quieres, si te atreves, el juego seguirá siendo más importante que las reglas.

ACTOR.- ¿También los adultos juegan?


BUFO.- Sí claro. Viven jugando el eterno ir y venir de los disfraces. Algunos viven demasiado ocupados en mantener el único disfraz que se han permitido escoger. Otros se divierten con miles y miles de disfraces, porque saben que son sólo eso.



ACTOR.- ¿Y siempre escogemos un disfraz?



BUFO.- Uno o varios, sí. Lo que sería interesante es conocer al que está desnudo, debajo de cualquier disfraz. Es decir el YO auténtico. El Yo original, ¿comprendes?



ACTOR.- Creo que sí.



BUFO.- Déjame enseñarte. (Se intenta quitar una vez más su "disfraz").



ACTOR.- ¡Que no!



BUFO.- (Discursivo) ¿Lo ves? Cuando uno quiere ser auténtico no lo dejan. Cuando uno quiere expresarse sin perder la forma, la más pura. No la que otros dicen que es mejor o indispensable...



ACTOR.- Oiga, Profesor; ¿no le parece a usted que fueron ya muchos discursos?



BUFO.- (Ensimismado en sus palabras) Porque hay que recordar que estamos vivos.



ACTOR.- Oiga...



BUFO.- Y si esta vida inexplicable, y su misterio inescrutable nos lleva finalmente hacia el...



ACTOR.- ¡PROFESOR!



BUFO.- ¿Quién te dijo que era Profesor, En todo caso sería tu Institutriz, pues soy Julieta, Julieta Capuleto nada menos... (Intenta ponerse su disfraz de Julieta) ¿Divino mi disfraz, no crees?



ACTOR.- (Lo lleva hacia la puerta) En eso se equivoca, querida Institutriz. Yo ya le dije que nunca la invité.



BUFO.- Eso no tiene la menor importancia, yo estoy aquí cuando es preciso... ¿No lo habías notado?



ACTOR.- ¡Fuera!

BUFO.- No te enojes, mira nada más con qué cara vas a recibir a tus invitados...


ACTOR.- ¡¿Cómo, ya!?



BUFO.- Asómate por la ventana.



El sonido de la sirena es ahora intensísimo y se liga inmediatamente después con una marcha nupcial distorsionada. Bufo desaparece de la escena al mismo tiempo que una ventana desciende sobre el foro; el Actor se asoma por ella y saluda con gestos efusivos. Vemos venir por algún lado a Verónica y Jerónimo "disfrazados" de recién casados.



ACTOR.- ¡Aquí es!





La Novia, montada en los hombros de Jerónimo viene arrastrando un enorme velo que surge de su cabeza y termina varios metros atrás en las manos del apurado Bufo. El Actor coloca la puerta-espejo en el piso y espera sonriente a que los invitados pasen por ella. Finalmente los Novios se instalan en la escena ignorando profundamente al Actor, quien a pesar de todo se acerca encantador a recibirlos. Todos se congelan en una composición nupcial, y de ese grupo sale Bufo y les toma una foto. Luego saca otra fotografía del público y habla alternativamente al público y a los otros personajes.



BUFO.- ¡Sonrían, por favor sonrían! No es obligatorio pero sonreír es tal vez el único remedio... a veces. ¡Bienvenidos! Podría decir que me alegra su presencia esta noche, pero no importa. Espero que gocen, disfruten y hagan su mejor esfuerzo. ¡Esta es la fiesta de los disfraces!... Si alguno de ustedes tiene algo que preguntar, lo felicito.



Toma otra fotografía y todos se descongelan.



ACTOR.- (A la pareja) ¿Pero por qué no me avisaron? ¿Cuándo sucedió?



VERÓNICA.-(En éxtasis) Un acontecimiento naturalmente. Los invitados, la música, los crisantemos... Todo en su lugar, su sitio. Como es costumbre, como es natural.



BUFO.- Y como es natural en estos casos, la pregunta final se escuchó por el micro: (Sacerdotal) ¿Aceptan unir sus vidas por los siglos, y los siglos, y los siglos... posibles? ¿Aceptan, sí?



LA PAREJA.- ¡Sí!

BUFO.- Así sea pues. Entonces... los declaro. ¡Bésense!


La pareja se besa.



ACTOR.- ¡Pero qué desconsiderados!



LA PAREJA.- ¿Qué qué?



ACTOR.- ¿Por qué no me avisaron?



JERONIMO.- (Molesto) ¡No teníamos tu dirección!



VERÓNICA.- (Hostil) ¡Ni tu teléfono!



JERÓNIMO.- ¡Nos dijeron que estabas enojado con nosotros!



VERÓNICA.- ¡Que te habías ido de viaje!



JERÓNIMO.- ¡Que te habías sorrajado un tiro en la cabeza!



VERÓNICA.- ¡Que te habías cortado las venas!



LA PAREJA.- ¡Nos dijeron que estabas muerto!



Oscuro. Cuando las luces se prenden de nuevo luces, el Actor coloca la puerta-espejo enfrente de los Novios, quienes la atraviesan encantadores. Ambiente de alegría y encanto social.



BUFO.- ¡Comenzamos!



ACTOR.- (Feliz) ¡Pero qué alegría me da, qué bueno que vinieron! ¡No saben, no saben qué alegría me da! ¿Qué quieren tomar? ¿No será lo de siempre, verdad?



BUFO.- Porque lo de siempre se acabó.



JERÓNIMO.- (Abraza y besa al Actor) ¡Pablo, felicidades! ¡No has cambiado nada!



VERÓNICA.- (También lo abraza y besa) Estás igualito, igual que siempre... ¡Felicidades!



ACTOR.- (Vuelve a abrazar y besar a sus invitados) ¡Verónica, gracias de veras! ¡Jerónimo, gracias Maestro! ¡Gracias por venir a mi fiesta de cumpleaños!



JERÓNIMO.- (Asombrado) ¿Es su cumpleaños?



VERÓNICA.- (Confundida) ...Yo no sabía.



ACTOR.- No importa, no. De todas formas mi cumpleaños ya pasó, porque hoy es (Consulta el reloj de Jerónimo) lunes y mi cumpleaños fue ayer domingo.



JERÓNIMO.- No, no, no. Te equivocas, Pablo. Hoy es martes.



ACTOR.- No, Jerónimo... Estoy hablando estrictamente como a ti te gusta. Ya son más de las doce de la noche. Hoy es lunes y mañana martes.



BUFO.- Hablando estrictamente, claro. Hoy es lunes, hace unos minutos fue domingo.



JERÓNIMO.- Hoy es martes.



VERÓNICA.- ¡Ay, Jerónimo! ¿No sabes en qué día vives? Si Pablo te lo acaba de decir... Hoy es lunes.



JERÓNIMO.- No, no. Hoy es martes, claro que es martes...



TODOS.- No, no y no.



JERÓNIMO.- ¿Entonces qué día es hoy según ustedes?



VERÓNICA.- ¿Por qué preguntas?



ACTOR.- Sí, ¿por qué lo haces?



BUFO.- ¿Por qué?



JERÓNIMO.- ¡Bueno, ya!... ¿Simple curiosidad?



VERÓNICA.- Pues déjame decirte que eres un tonto, Jerónimo. Hoy es un lunes como cualquier otro.



JERÓNIMO.- ¿Estás loca? Ayer fue lunes. El domingo por la noche fue la boda, acuérdate. Y en la noche siguiente, es decir la del lunes, o sea ayer, nos fuimos de Luna de Miel. Lógicamente hoy es martes.



BUFO.- ¡Qué romántico! Así que enamorados.



VERÓNICA.- En Amor a Dos, sí.



ACTOR.- ¿De Luna de Miel? Pero y entonces... ¿qué hacen aquí?



VERÓNICA.- Sí, Pablo... nos fuimos al Viejo Mundo... (A Jerónimo) ¡Como tú dices!



JERÓNIMO.- ¡Yo nunca he dicho eso!



VERÓNICA.- ¡Cómo fastidias!



JERÓNIMO.- ¡Cómo te adoro!



VERÓNICA.- ¡Imbécil!... (Al Actor) Así es, Pablo. Nos fuimos en avión y todo... Yo siempre sugerí el barco... Por lo seguro, claro... Pero bueno, nos fuimos en avión. Según esto sin escalas; ¿verdad, Jerónimo? Pero ya ves, tuvimos una escala fatalmente forzosa... (Como rotunda conclusión) Bueno entonces hoy es martes.



JERÓNIMO.- (Cariñoso) ¿Lo ves, Pablo? ¡Antier domingo fue tu cumpleaños! ¡Déjame darte un abrazo! ¡Felicidades! (Se aleja y baila con Verónica.)



ACTOR.- ¡¿Gracias!?



BUFO.- (Abraza al Actor) Lo siento mucho.



JERÓNIMO.- ¡Que bailen los novios, que bailen los novios!



Se escucha el sonido de un avión en pleno vuelo. El Actor se ve envuelto junto con bufo en el enorme velo de la novia. Repentinamente la pareja deja de bailar y se queda mirando al público, sonriendo extrañamente.



VERÓNICA.- (De reojo mira cómplice a Jerónimo) Es una pena, Pablo, pero tenemos prisa, muchísima prisa.



JERÓNIMO.- Sí; ya nos vamos, Pablo.



ACTOR.- ¡No puede ser, pero si acabamos de empezar!



BUFO.- ¡Y no se trata del principio, no!



ACTOR.- (Comienza a reírse nerviosamente) ¿Tú tienes prisa, Verónica; y tú, Jerónimo?



JERÓNIMO.- Ni modo, Pablo; teníamos un compromiso inlu... inexcu... inluct... Muy importante.



ACTOR.- (Sin dejar de reírse) ¡Ah, ya sé; se trata de una broma!



BUFO.- ¡Ah bribones, conque bromas! ¡No te dejes, Pablo!



JERÓNIMO.- No seas idiota, ¿cómo crees que vamos a burlarnos de un compromiso tan... tan...

BUFO.- ¿Ineludible?


VERÓNICA.- ¡Ineludibilísimo!



JERÓNIMO.- ¡Eso! ¡Muy ineludible!



BUFO.- ¿Y acaso hay algo más ineludible que...?



VERÓNICA.- Una cita con el dentista.



BUFO.- Una boda.



JERÓNIMO.- Un citatorio penal.



ACTOR.- ¿La Muerte?



JERÓNIMO.- Sí, la muerte inevitable, ineludible, ineluctable, inexcusable... ¡Lo dije!



ACTOR.- ¿La Muerte? ¿Tenían un compromiso con la Muerte?



VERÓNICA.- Ay, cállate Pablo... y tú también Jerónimo.



JERÓNIMO.- ¿Yo qué?



VERÓNICA.- Tú te callas. Mira, Pablo; no te ofendas, pero nos invitaron a una fiesta.



BUFO.- ¡Así que eso era todo!



ACTOR.- (Se convulsiona de risa y cae al suelo) ¿¡No les dije!? Si todo era una broma... ¡No puede ser cierto! (Cae desmayado).



VERÓNICA.- ¿Por qué lo dudas? Nos invitaron a una fiesta de disfraces en casa de Pablo.



JERÓNIMO.- ¿Te acuerdas de Pablo? ¡El actor! ¿Te acuerdas, Pablo!



LA PAREJA.- ¡Pablo! ¡Pablo!! ¡PABLO!!!



Oscuro. Suena insistentemente el teléfono. Se prenden las luces y vemos, por lo menos en ambiente, la casa de Verónica y Jerónimo justo en el momento en que hacen los últimos preparativos para ir a su boda: Es un domingo como cualquier otro, ellos, evidentemente viven juntos sin estar casados. Jerónimo se lava los dientes, Verónica está en el excusado, etc.

BUFO.- (Le entrega el teléfono a Verónica) Es para usted.
VERÓNICA.- (Sujeta la bocina sin decidirse a contestar) ¡Acaba de suceder algo espantoso, estoy segura!


JERÓNIMO.- Te van a colgar si no contestas.



VERÓNICA.- Esto ya lo había vivido. ¡Es horrible, alguien se acaba de morir!



JERÓNIMO.- Lo has de haber soñado, déjame contestar a mí.



VERÓNICA.- (Turbada, contenida) ¡Jerónimo!



JERÓNIMO.- (Con miedo,pero emocionado por tener miedo) Qué...



VERÓNICA.- ¡Es un aviso!



JERÓNIMO.- ¿Sí?



VERÓNICA.- Un hombre se mira en el espejo. Tiene en la mano una... Un revo... Revo... ¡Un arma!



JERÓNIMO.- (Emocionadísimo) ¡Una pistola!



VERÓNICA.- Sí... eso. Una visión: el hombre apunta hacia su imagen; y en un instante... un grito seco y sin que nadie se interponga llega la Muerte.



BUFO.- (Le quita el teléfono a Verónica y se lo da a Jerónimo) ¿Es para usted, o para usted?



JERÓNIMO.- ¿La Muerte?



BUFO.- Si no le contestan se va a enojar.



VERÓNICA.- (Vuelve a tomar la bocina) ¿Quién habla?



BUFO.- (Saca un teléfono de algún bolsillo de su vestuario) ¿Adivina quién?



VERÓNICA.- No estoy para bromas. ¿Quién es usted?



JERÓNIMO.- ¿¡Qué pasó!?



BUFO.- ¿Hace ya mucho tiempo, Verónica? ¿Cómo está Jerónimo? ¿Todavía no adivinas?



VERÓNICA.- Es posible... ¿Cómo has estado?



JERÓNIMO.- ¿Quién es?



BUFO.- Espero no ser inoportuno.



VERÓNICA.- ¿Una fiesta?



BUFO.- Hoy en la noche, dile también a... Verónimo.



VERÓNICA.- (A Jerónimo) Te hablan.



JERÓNIMO.- ¿Quién se murió?



VERÓNICA.- No seas idiota, te habla Pablo.



JERÓNIMO.- ¿Cuál Pablo?



VERÓNICA.- ¿Cuál crees?



JERÓNIMO.- ¿¡Pablo!? ¡No puede ser... Si Pablo está bien muerto!



VERÓNICA.- Pues dice que nos invita a su casa hoy en la noche; precisamente hoy.



JERÓNIMO.- ¿¡Hoy!? No podemos.



VERÓNICA.- Claro que no podemos... ¿Y si lo invitamos nosotros?



JERÓNIMO.- ¿Y si nos arruina la boda? Ya sabes cómo es Pablo; es capaz de subirse al púlpito y oficiar misa.



VERÓNICA.- Mejor lo invitamos al brindis... O ya sé, mejor no le decimos nada: después de todo Pablo fue nuestro mejor amigo.



JERÓNIMO.- Es una lástima que se haya... Que haya cometido esa estupidez.



VERÓNICA.- Fue de muy mal gusto. Mejor cuélgale.



JERÓNIMO.- Sí.



Oscuro. Cuando la luz se enciende vemos la figura de un enorme avión con puerta y ventanillas practicables. Bufo espera junto a la puerta para recibir los boletos. Verónica y jerónimo, entre besos, arrumacos y maletas; se disponen a abordar la nave. El Actor despierta, y muy alegre va con los novios y dice...

ACTOR.- Oigan, les gusta mi difraz... (La pareja "entra" al "avión") ¡Oigan!


BUFO.- No los molestes, ¿no ves que están de Luna de Miel?

ACTOR.- ¿¡Me dejas en paz!? (Jerónimo y Verónica se asoman por sendas ventanillas) Oigan, ¿les gusta mi disfraz? Es muy bonito.


VERÓNICA.- Sí, Pablo... muy original. Yo siempre quise uno así.



JERÓNIMO.- ¿Por qué no te vas a jugar un rato?



BUFO.- Te lo dije.




Se escucha el sonido del avión que despega. Bufo se instala en una de las ventanillas. La Pareja se manda besos desde cada ventanilla. El Actor juega como un niño con un avión a escala.



JERÓNIMO.- ¿Ya viste a Pablo, Vero?



VERÓNICA.- Sí, qué chistoso... ¡Ay pero qué chistoso!



JERÓNIMO.- Yo siempre supe que llegaría el día en que... pobrecito.



VERÓNICA.- Pablo era de esa clase de gente que no es capaz de entender que la vida...



JERÓNIMO.- Sí, es una lástima, pero no, nunca fue capaz de entenderlo.



BUFO.- Disculpe, señor... ¿Él nunca fue capaz de entender que la vida es una lástima o es una lástima que no lo haya entendido o... cómo es la cosa?



VERÓNICA.- Es triste reconocerlo pero ese carácter tenía que conducirlo...



Bufo.- Ah, claro: conducirlo... ¿A dónde pues?



VERÓNICA.- Sí, conducirlo irremediable, inexorablemente.



JERÓNIMO.- Jamás imaginé que Pablo llegara al extremo de... todavía no lo puedo aceptar. Por otro lado tenía la esperanza. Así es, pero las cosas pasan sin que uno pueda. (A Verónica) ¿No lo crees así?



BUFO.- (Hace evidente la ininteligibilidad del discurso de la Pareja) Yo así lo creo.



VERÓNICA.- Y de qué modo. Recuerdo que algunas veces por las mañanas y de vez en cuando por las noches, pero sobre todo los domingos antes del desayuno, acostumbraba tener accesos que podrían definirse como...



BUFO.- ¿Crisis de angustia incontrolable?



VERÓNICA.- Sí.



BUFO.- ¿Crisis agudas de iracibilidad?



VERÓNICA.- ¡Eso también!



BUFO.- ¿Crisis de melancolía extrema?



VERÓNICA.- ¡Exacto!



BUFO.- ¿Y qué pasó después?



VERÓNICA.- Paso el tiempo; cada quién hizo lo suyo. Nosotros nos casamos como todo el mundo sabe... y Pablo... Pues en una de tantas crisis... se suicidó.



BUFO.- ¡No...! Se quitó la vida el bárbaro, qué tal.



JERÓNIMO.- Pero por supuesto. Todo el mundo lo sabe. Se suicidó, ¿no Vero?



VERÓNICA.- Pero por supuesto que se suicidó. ¿O no?



BUFO.- ¿Entonces qué, o qué? ¿O qué o qué?



JERÓNIMO.- Yo digo que... Que sí, ¿no?



VERÓNICA.- Ay pues ya no lo tengo claro... ¿Por qué no le preguntamos? ¿O mejor no?



JERÓNIMO.- Oye, Pablo...



VERÓNICA.- ¡Pablo!



TODOS.- ¡PABLOOO!



OSCURO. LUEGO, ÚNICAMENTE UN CENITAL SOBRE EL ACTOR.



ACTOR.- ¿Pablo? El otro día estuve hablando con él y me dijo que yo estaba muerto, que me había dado un tiro. Por eso fue que le dije: te equivocas, Pablo; yo no estoy muerto. Solamente imaginé, una mera fantasía por supuesto, que si yo me intentaba suicidar... ellos, los demás, pensarían que yo estaba muerto. Y lo intenté y me imaginé que ellos pensaban que estaba muerto. No era verdad, no. Yo no morí, pero ellos lo pensaron. Lo cierto, Pablo, es que ellos sí que se murieron. Se fueron al Viejo Mundo... ¿O al Otro Mundo se dice? Pues no lo sé del todo, Pablo... te juro que ya no sé si lo pensé o es cierto... ¿Sí se murieron? ¿Eh, Pablo? Se fueron lejos de este mundo. O... ¿cómo se dice? ¿Viejo u otro?... Mundo sí, pero ya no sé, ya no sé nada, Pablo.



El foro se ilumina. Verónica, Jerónimo y Bufo rodean al Actor. El avión ha salido de escena.



VERÓNICA.- Al Otro Mundo, Pablo... Un accidente, oh sí. ¿Pero no me digas que no sabías?



ACTOR.- No, no mucho.



VERÓNICA.- Fue espantoso, ya te podrás imaginar.



ACTOR.- ¿Espantoso, no?



BUFO.- Espantoso, sí... supongo.



JERÓNIMO.- Espantosísimo. Una falla mecánica; como a diez mil pies de altura. ¿Se llaman pies, no Vero?



VERÓNICA.- ¿Los pies?



JERÓNIMO.- En fin... con decirte, Pablo, que a pesar del cinturón de seguridad, y de los consejos de la Torre de Control al Capitán, y de los consejos de la Azafata al Capitán, al Copiloto y a los pasajeros... A pesar de todos los consejos que todos nos dábamos unos a otros... pues cataplum, a pesar de todo: el avión se vino abajo. !Paf!



VERÓNICA.- Fue muy horroroso, ¿pero en qué mundo vives Pablo, si todo el mundo lo sabe... salió en el periódico.



BUFO.- Es que él no compra el periódico.



ACTOR.- Por qué no te callas y sirves la cena... ¿Se van a quedar a cenar, verdad?



BUFO.- ¿Qué desean ordenar los señores?



VERÓNICA.- ¡Un aperitivo, por favor!



JERÓNIMO.- ¡Que sean dos!



BUFO.- Salen dos aperitivos Luna de Miel... Y tú, ¿qué vas a tomar?



ACTOR.- ¿Cómo que tú? De usted, por favor... ponga la mesa y tráigame...



BUFO.- No me lo digas... ¡Otro aperitivo! ¡Perdón!... ¡Un aperitivo De Usted Por Favor! ¡Sale!



El Actor y sus invitados permanecen de pie y se quedan viendo al piso, al "techo", o a donde puedan; tensos, por el repentino silencio.



JERÓNIMO.- (Rompiendo el silencio) Verónica, ¿sabías que Pablo y yo nos conocemos desde que éramos (señala con sus dedos a una altura pequeñísima) así...? Amigos de la infancia, sí... ¿Sí lo sabías?



VERÓNICA.- ¿Tú que crees?



JERÓNIMO.- ¿Ya te lo había dicho?



BUFO.- (Entra con la mesa y la cena, los demás personajes se sientan en cuclillas alrededor) Se lo dijo Pablo.



ACTOR.- Yo se lo dije.



VERÓNICA.- Él me lo dijo.



BUFO.- Vaya preguntas, Jerónimo... Pablo y Verónica vivieron juntos.



JERÓNIMO.- Claro.



ACTOR.- Hace ya mucho tiempo; ¿verdad, Verónica?



VERÓNICA.- (Habla como si el Actor estuviera ausente, pero viéndolo fijamente a los ojos) Pobre Pablo... me acuerdo muy bien de su mirada: lejana, ausente, obsesiva... y me acuerdo sobre todo de ese dejarse llevar llevando... y ese disculparse sin entusiasmo... Sí, sobre todo ese dejarse llevar, llevando; vuelta a girar y luego ese disculparse sin entusiasmo. Sí, sobre todo una mirada lejana y obsesiva; ausente y obsesiva, obsesiva, sí...



BUFO.- (Mientras sirve una cena insólita) Y fue entonces cuando usted comenzó a notar esa curiosa actitud; ese tipo de costumbres... ¿Cómo, cómo calificarlas?



VERÓNICA.- ¿Insólitas?



JERÓNIMO.- ¿Extravagantes?



VERÓNICA.- ¡Muy inauditas!



JERÓNIMO.- ¡Inadmisibles!



ACTOR.- In... Innn...



VERÓNICA.- Una curiosa actitud. Los psicoanalistas se aburrieron, su psiquiatra cambió de vocación... (haciéndole caso de repente) ¿Te acuerdas, Pablo? Todo el mundo se cansó de ti...



JERÓNIMO.- Y tú te cansaste de todo el mundo.



ACTOR.- ¿Cansarme yo? ¡Nunca!



VERÓNICA.- Oye Pablo, pero entonces por qué fue eso...



ACTOR.- ¿Eso cuál, Vero?



VERÓNICA.- Eso... lo del suicidio. ¿Te suicidaste, no?



ACTOR.- Ay, Vero... lo has de haber soñado.



JERÓNIMO.- No, Pablo... Si yo también lo supe... te sorrajaste un tiro.



ACTOR.- (Turbado) Lo han de haber soñado, estoy seguro. Además, ustedes son lo que están muertos.

JERONIMO.- Claro...


ACTOR.-(Habla únicamente con Bufo, como si la Pareja no estuviera presente) Al menos para mí ellos están muertos. ¿Me equivoco?



BUFO.- No, ellos están muertos para ti, sí.



ACTOR.- Y yo estoy muerto para ellos. Los muy idiotas... Pensaron que me había suicidado. Imaginate, yo, suicidarme... Con todo lo que tengo por vivir...



Bufo sonríe y se aleja para observar la escena desde lejos.

SILENCIO.


VERÓNICA.- Y...



JERÓNIMO.- Y...



VERÓNICA.- ¿Sigues en el Teatro, Pablo?



ACTOR.- Sí, claro; a ver si me van a ver. Ya son las últimas funciones.

VERÓNICA.- Pero si ya conocemos la obra, Pablo: ¿Romeo y Julieta, no? Acuérdate que me prestaste el libro.


ACTOR.- ¿El libro, Verónica? No es lo mismo.



JERÓNIMO.- ¿Cuál es la diferencia?



Se escucha el insistente sonido de un despertador. Todos se miran, incómodos.



VERÓNICA.- Oye, Pablo... ¿No piensas contestar?



ACTOR.- Pues es muy sencillo, Vero... El Texto no es lo mismo que el Teatro... Porque si tu vas y observas las distintas representaciones que se han hecho de Romeo y Julieta, te darás cuenta de que un director la monta muy en serio, muy intelectual el asunto, entiendes... y el otro, la dirige como si fuera un caramelo.



Sigue sonando el despertador.



JERÓNIMO.- ¿Pablo, no piensas contestar el teléfono?



ACTOR.- Ah... No, no sirve. Está suspendido por falta de pago.



BUFO.- Debe ser el despertador.



ACTOR.- ¿Sí? ¿Por qué no lo apagas?



BUFO.- ¿Estás soñando?



ACTOR.- (Turbado) ¿Qué?



VERóNICA.- Ignóralo, Pablo. Tu ignóralo... Cierra los ojos y verás como se te olvida que existe.



ACTOR.- (Cierra los ojos, el sonido deja de escucharse) Es cierto.



VERÓNICA.- Bueno. Yo creo que mejor nos vamos.



BUFO.- ¿Ya se van?



JERÓNIMO.- Sí, mañana tenemos que levantarnos temprano.



ACTOR.- ¿Mañana? Pero si ustedes están... Yo pensé que ustedes se habían...



VERÓNICA.- Muerto, Pablo, se dice muerto. Yo nunca pensé que fuera tan difícil.



JERÓNIMO.- Dificilísimo. No te imaginas todo lo que nos queda por hacer: trámites y trámites y más trámites.



VERÓNICA.- (Fastidiada) Adiós, Pablo; me dio mucho gusto saber que estás bien.



ACTOR.- Gracias por venir.



JERÓNIMO.- Ojalá pudiéramos volver a visitarte.



VERÓNICA.- Lástima que eso sea imposible.



BUFO.- Oigan, y no lo van a felicitar.



LA PAREJA.- ¡Otra vez!



BUFO.- Bueno, pero no le han dado su regalo.



JERÓNIMO.- No se supone que sea obligatorio. Además su cumpleaños fue...



ACTOR.- No hay problema, Jerónimo. Por supuesto que no es obligatorio. Y déjame decirte, déjenme decirles a todos que...



VERÓNICA.- ¡Qué!



ACTOR.- Lo he estado pensando mucho este día y he llegado a la conclusión...



JERÓNIMO.- Ya dilo.



ACTOR.- Pues bien: yo tengo algo mucho mejor que un regalo.



JERÓNIMO.- ¿Algo mejor que un regalo? No puede ser.



VERÓNICA.- No, ¿qué puede haber mejor que un regalo?



JERÓNIMO.- Nada. No.



ACTOR.- Pues sí. Yo tengo un... Es un... es algo parecido a... ¿Lo quieren ver?



BUFO.- No me digas que te acordaste, Pablo. Por fin vas a soltar a tu... a tu algo parecido a... (Lo abraza) ¡Felicidades! No he trabajado en vano.



ACTOR.- Ahorita mismo se los enseño. (El Actor comienza a buscar) Nada más dejen que lo encuentre. ¿Dónde estará?



JERONIMO.- Tenemos prisa, si no con mucho gusto nos quedábamos a verlo.



VERÓNICA.- Sí; adiós, Pablo. Ya no podemos quedarnos más tiempo. Mañana vamos a estar muy ocupados.



JERONIMO.- Tenemos responsabilidades. Muchas.



BUFO.- ¡Pero cómo!, no van a quedarse a ver su... Su algo parecido a...



LA PAREJA.- ¡¿Algo parecido a qué?!



ACTOR.- Debe estar en alguna parte. (Sigue buscando, cada vez más preocupado) Ustedes no lo vieron... No se me puede haber perdido.



Baja la intensidad de la luz. El Actor comienza a buscar con una linterna, la Pareja lo sigue un poco a regañadientes, pero intrigada por conocer el "algo parecido a". Bufo más atrás camina como si estuviera preocupado. Luego se separa del grupo y observa divertido. Finalmente la Pareja se separa del Actor y se dirige, en la oscuridad, hacia la salida. Bufo se les interpone y los deslumbra con el flash de una cámara fotográfica. La luz repentinamente cobra su máxima intensidad.



BUFO.- (Asume un tono parecido al de las historias policíacas) Disculpen, ¿se les perdió algo?



LA PAREJA.- (Adoptan el mismo tono detectivesco)...¿A nosotros?



BUFO.- ¿Ustedes?... ya se iban. Hasta luego.



ACTOR.- ¡Qué pasa!



BUFO.- Se quieren escapar, quieren robarse tu... tu algo parecido a...



VERÓNICA.- ¡Oiga, no sea impertinente!



ACTOR.- Así que fueron ustedes, ¿¡en dónde lo escondieron!?



JERONIMO.- ¿De qué hablas, Pablo? Si ni siquiera sabemos lo que es.



BUFO.- !Ya dénselo, a ustedes no les va a servir de nada!



VERÓNICA.- (Poniendo en duda su inocencia) ¿Y usted cómo lo sabe...? ¿A usted... sí le sirve?



JERONIMO.- ¡Responda!



BUFO.- (Sintiéndose repentinamente acusado) ¿A mí?... Por supuesto que... Eso no les importa.



VERÓNICA.- ¡Ajá...! Ya no lo busques Pablo, yo sé quién lo tiene.



JERONIMO.- Helo aquí...



VERÓNICA.- Al culpable.



ACTOR.- Cómo no lo pensé antes. Tenías que haber sido tú. ¿Dónde está?



BUFO.- ¿No te acuerdas? A ti nunca te gustó, tú mismo lo encerraste, Pablo... ¿Lo vas a dejar salir?



La Pareja intenta salir sin ser vista.



ACTOR.- ¿Yo lo encerré?...(Reflexiona) Sí, puede ser cierto. Pero fue así, sin darme cuenta. O sin quererme dar cuenta. (Deteniendo en seco a la pareja) ¿Se van a ir sin conocerlo?



BUFO.- ¿Lo vas a soltar?



JERONIMO.- ¡¿Está vivo!?



El Actor va hacia el baúl y lo abraza cariñosamente.



ACTOR.- Claro que está vivo, todavía.



VERÓNICA.- Nunca me han gustado las adivinanzas, seguramente se trata de un perro, pobrecito, se va a asfixiar.



JERONIMO.- Cómo va a ser un perro, ya lo hubiéramos oído. Eso sí, debe tratarse de algo espantoso, imagínate: el algo parecido a... A lo que sea, ¡de Pablo! Debe ser algo siniestro.



VERÓNICA.- (Asustada) ¿Tú crees?.



JERONIMO.- Estoy seguro.



VERÓNICA.- ¿Vámonos, por favor!



JERONIMO.- ¿Y nos vamos a quedar con la duda?



VERÓNICA.- Mira, mi amor. No sé tú, pero yo no me pienso pasar la vida convertida en fantasma.



JERONIMO.- Pero si todavía no sale el sol, Vero.



VERÓNICA.- Estoy hablando en serio.



JERONIMO.- Tienes razón. Perdí la cabeza mi vida.



VERÓNICA.- ¡Adiós, Pablo!



JERONIMO.- ¡Se nos acaba el tiempo!



La Pareja es iluminada por un cenital que baja de intensidad lentamente hasta desaparecer del todo al final de la obra.



BUFO.- No se vayan sin conocerlo, acérquense. Les aseguro que no muerde, aunque a veces... pues... ¿Tú qué opinas, Pablo?



ACTOR.- Sí, debo reconocer que es un poquito temperamental. Él es mi algo parecido a: A mí. Él y yo somos iguales. Él quiere seguir jugando al mundo por encima de cualquier regla. Yo lo encerré porque sé que puede ser insoportable y a veces hasta violento. Le da por estallar enfrente de la gente que prefiere las reglas al juego... Sí, es un inmaduro por supuesto. Y por eso lo voy a dejar salir, para que crezca. Lo veremos elevarse feliz de saberse vivo, dispuesto a crecer y crecer sin perder la forma original, la forma auténtica.



BUFO.- Pues parece que tus invitados ya no tuvieron el gusto. Suéltalo ya.



ACTOR.- Espera, quiero prepararme bien porque su visita será muy breve. Saldrá desnudo, limpio de disfraces permanentes. Lo veremos alejarse dispuesto por primera vez a ser el dueño de su propio vuelo. Anda, sal de ahí, no seas tímido, ¡salte ya!



El Actor abre la tapa del baúl... Del fondo vemos surgir un hermoso

y sencillo globo.


Oscuro. Se escucha el sonido del teléfono. Se ilumina una pequeña mesa donde se ecuentra el aparato. Llega el Actor, cubierto con una sábana blanquísima, y contesta somnoliento.



ACTOR.- ¿Bueno?... Hola, Vero, cómo estás... ¿Una fiesta de disfraces? Sí, pensaba hacerla el domingo... pero creo que no voy a poder. Sí... era por mi cumpleaños. Pero tengo función, vamos a cumplir cien representaciones de Romeo y Julieta y vamos a hacer una fiesta... ¿En mi departamento? No. Va a ser en la casa del Director, ojalá pudiera invitarte pero no quiero, digo... lo siento pero no te puedo invitar... Sí, comprendo. Me saludas a Jerónimo... Sí, a mi también me dio gusto, adios.



Cuelga el auricular y se queda pensativo. Luego sonríe feliz mientras se hace el



OSCURO FINAL




Ciudad de México

1990

Celebración Mandarina

Celebración Mandarina
Poesía de Benjamín Gavarre

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