19/5/18

MONÓLOGO FEMENINO LOS CAMALEONES ÓSCAR LIERA

MONÓLOGO FEMENINO 

LOS CAMALEONES
ÓSCAR LIERA

Personaje único:

Laura


Si la viéramos a los ojos, pensaríamos que Laura tiene 22 años, las manos reflejarían 32;
pero su boca concedería solamente 25. Ella confesaba siempre 24.
Ahora se encuentra en su casa. El buen gusto con el que habían sido elegidos los
muebles y la gran cantidad de libros hacen parecer una sala demasiado elegante, sin
embargo, los habitantes de aquella casa pertenecen a lo que comúnmente llamamos
clase media. El decorado podría resumirse de la siguiente manera: un librero con
muchos libros y algunos elementos decorativos, cuadros en la paredes, un sofá, una
mesita con un teléfono, al fondo, un escritorio con un sillón de respaldo alto, en donde,
según parece, alguien, que está de espaldas al público, se halla sentado. El teléfono está
descolgado mientras Laura busca un libro.



LAURA.- Mitos y ritos, mitos y ritos, mitos y ritos...la rama...el principio de las
religiones... la magia. (Gritando.) ¿Por qué se te metió en la cabeza que yo lo tenía?
¿Tan inspirada te sientes como para comenzar tu tesis justamente el día de hoy?
(Corre al teléfono.) ¿Me oíste lo que te dije? Sí, era a ti. Yo no tengo ese libro. ¿No se lo
prestarías a Olivia? Pues trata de acordarte bien, yo no lo tengo. ¿Tienes que comenzar
tu tesis precisamente hoy? Pues sí. ¿Tienes que reunir todo el material? Pues ficha
otro libro. ¿Qué exhiben? ¡Qué padre! Pero no puedo ir, tengo que hablar con mi papá
ahora mismo, no, no lo puedo dejar para mañana. Bueno, sí, muy bien, yo te llamo.
Adiós Luisa.

Con un sentimiento extraño, parecido al dolor que produce el vacío cuando cala
en las profundidades de los huesos, cuelga el teléfono y lo presiona sobre la mesita por
largo rato como para que no fuera a brincar en algún momento. Voltea a ver la silla de
la que sólo ve el respaldo y el pelo de alguien que, según parece, está sentado. Duda un
poco, y luego, aspirando con fuerza el aire, como una gran dosis de droga que la
reconforta, comienza a sonreír con cierta inocencia y después, con decisión, suelta el
aire convertido en palabras.


Papá, te pedí que te quedaras porque quiero hablar contigo. Ya te dije que no quiero
que voltees a verme mientras no haya terminado de decirte lo que pienso. Lo que te
voy a decir es como una confesión que me hago a mí misma, es como uninteriorizarme ante tu presencia, es como si de pronto comenzara a resbalarme hacia
el interior de mi ser y quedara volteada al revés, como quien voltea una media y se
encuentra con sus hilos y sus costuras. ¿Me pregunto por qué tú? ¿Por qué tú y no mi
mamá, por ejemplo? ¿O mis hermanos? No lo sé, tal vez porque eres el que ha estado
más cerca de mí, o por lo menos eso es lo que me has hecho sentir durante toda mi
vida. Tú me has dicho muchas veces que quieres ser mi amigo, y en este momento te
acepto la proposición porque ahora lo que necesito no es un padre, sino un amigo.
Déjame fumar un poco de tu cigarro, amigo. (Toma el cigarro que está sobre el
escritorio y se queda con él.) Delante de mis amigos, a veces, fumo; delante de mis
padres nunca. Ahora es cuando yo debería conocer también tus secretos, pero no
permitiste que se adhirieran a la boquilla. Los camaleones. Todo tiene que ver con la
tesis que he escogido: “Los Camaleones”. Si hubieras visto la cara que puso el doctor
Campos cuando conoció el título de mi tesis. (Lo imita.) “Señorita ¿usted pretende
alcanzar la licenciatura en antropología o en zoólogo o veterinario?”
Pues mire doctor, le dije yo, todo depende de la gravedad del asunto que pienso tratar;
si usted considera que el problema de antropología social que voy a estudiar llega a
ser tan patológico que coloque al hombre por debajo de los seres racionales, creo que
sí me he equivocado de vocación y debí haber estudiado veterinaria o zoología.
Entonces él me preguntó cuál era ése tan grave problema que pensaba presentar en
mi tesis y yo le respondí: el comportamiento homosexual en los humanos. ¿Te das
cuenta papá de lo que pienso hablar? Mi mamá pondría el grito en el cielo y se tiraría
al piso fingiendo cualquier ataque extraño, pero tú no. Tú te quedas en el reposo que
te he impuesto, maquinando, cerrando algunas de tus ventanas, seguramente
haciendo gestos grotescos con la cara. ¿Has tenido tú alguna experiencia homosexual?
Según algunos investigadores, en los hombres es más común que en las mujeres. No,
no me digas nada hasta que haya terminado con mi plática; si algún día tú quieres
contar tu vida íntima, me gustaría mucho conocerla. Me gustaría saber, por ejemplo, si
eres sexualmente feliz con tu mujer... a veces pienso que solamente te has acostado
con mi mamá las veces necesarias para engendrar los hijos. Alba me contó que sus
padres han condenado con energía el placer sexual, y que cuando iban a hacer el amor
era sólo con el fin de engendrar el hijo, y antes de hacerlo tenían mucho cuidado de
rezar algunas oraciones y pedirle un hijo a Dios, avergonzándose del acto que tenían
que cometer. ¿No crees que sea completamente ridículo?


El timbre de la puerta viene a interrumpir el hilo de la conversación, y como un
nuevo personaje se coloca en medio de ellos. Laura no sabe si atender de inmediato al
extraño personaje entrometido, duda un poco, el timbre insiste como si fuera una
interrogación constante, constante. Por fin, Laura se decide a ver quién es y se encamina
hacia la ventana, pero al llegar prefiere no contestar aquella insistente interrogación y
regresa a retomar la conversación.

Perdóname papá, pero no pienso abrir. No sé si te moleste estar soportando por
algunos momentos el berrido de ese timbre infecto, pero prefiero terminar de hablar
contigo sin distraernos en anda antes de que lleguen los demás. (Pausa.) Quiero hacer
una buena tesis, una importante investigación, quiero que tú sepas que lo hago porque
desde algún tiempo me he venido asqueando del mundo, y cada vez, cada día me doy
más cuenta de que la tierra no puede ser el mejor planeta, ni los terrícolas los seres
más perfectos del Universo.
Laura, como llena de ira, se pone a correr por toda la sala y a gritar como si
anunciara algo en venta.
¡El hombre es el animal más promiscuo que existe! ¡Todos los hombres les son infieles
a sus mujeres! ¡Todas las mujeres piensan en otro hombre cuando están con el marido
o se acuestan con el amante en turno! (Continúa furiosa.) Existen grupos de mujeres
que dedican su vida a cobrar para que un hombre las use sexualmente, todos los
adolescentes van con estas mujeres o engañan a otras para obtener de ellas lo mismo.
Esto, dentro de los cánones socio-religiosos se llama: relaciones “normales”. Pero
existen otros seres que prefieren las relaciones sexuales con personas de su mismo
sexo, esto puede ser aberrante a los ojos de los que no ven más allá de sus narices, y
perfectamente normal para los que no clasifican al ser humano por sus relaciones
sexuales, ni les importa la vida íntima de los hombres frente a la grandeza interior y
trascendente. De cualquier manera, en ninguno de los casos, casi nadie dedica
actualmente su vida sexual a una sola persona. A veces la gente se enamora de otra
gente, se realiza sexualmente con ella y se siente el ser más agraciado del mundo; pero
un día la situación cambia y uno de los dos se marcha con alguna mujer o con algún
hombre. Quiero que tú, papá, me convenzas de que no le ponga ese título a mi tesis,
quiero que tú seas uno de los que se realizan sexualmente con la mujer que ha elegido
para madre de sus hijos, para compañera de toda su vida, y quiero que me digas,
además, que los jadeos que escucho por las noches cuando paso cerca de la recámara
de ustedes y que a veces me he detenido a oírlos para codificarlos, no son ronquidos
como siempre he creído; dime que por las noches la tocas y se aman y los dos jadean y
gozan juntos; (Pausa.) Sin embargo, siempre los he oído roncar. Convénceme de que
estoy equivocada, de que no es un buen tema para mi tesis. Todo dependerá de lo que
tú me digas. Un día, uno de los dos deja de amar, si están casados, roncan juntos y si es
una relación libre, ese uno puede irse. En uno el amor se agota de pronto porque es
incapaz de amar, o porque ha concebido el amor como un valor relativo y lo ha
acomodado dentro de esta mezquina circunstancia en que vivimos los humanos. Pero
tal vez en el otro el amor perdure, y cuando ese uno se ha ido, el amor crece en el otro
con desespero y con enfermedad, como un tumor canceroso que se acomoda entre los
pulmones y se alimenta de oxígeno y después no deja respirar con tranquilidad y sin
dolor. El amor se enferma mortalmente en el que se queda y poco a poco tiene que irmatándolo con la conciencia clara y completa de que es lo que más desearía
conservar; de que puede ser el único amor de la vida. (Pausa.) Cuando esto sucede en
las relaciones “normales”, el sufrimiento se puede exteriorizar, la familia entera podrá
compartir la pena y se tratará, en lo más posible, de ayudar a reenfrentarse a la vida al
que sufre; pero cuando esto se da fuera de este tipo de relaciones, es decir, dentro de
las relaciones homosexuales, ¿quién le puede ayudar? ¿Qué actitud toma el
homosexual frente a la familia y qué otra en la soledad? Tienen que ser unos seres
miméticos, como unos camaleones, y sólo dejarán salir el llanto cuando estén a solas.
¡Papá, Dolores, mi mejor amiga, mi amante desde hacía tres años, me dejó hace una
semana porque cree estar enamorada de una pinche alemana bizca que vino como
arqueóloga! ¡Y me está llevando el carajo! ¡Y desde hace ocho días que me estoy
ahogando con mi cáncer! ¡Y quisiera matarla en mí o morirme yo con ella dentro!
Laura cae en la desesperación pero se siente libre al poder expresar lo que piensa
en el fondo de sí misma. Pretende curar su espíritu confesando sus más íntimas
relaciones. Ahora sí desearía que su padre se levantara de la silla y se acercara a ella, y
la abrazara, y la besara y le deslizara por la oreja alguna palabra de aliento, cualquier
cosa que la hiciera sentir que no estaba sola. Le gustaría que el padre le comunicara que
él estaba con ella y que también lo estarían su madre y sus hermanos. Deseaba le
contara algunas relaciones homosexuales de su juventud, eso la hubiera acercado más
estrechamente a él. Pero le asaltó el problema de sentirse compadecida y se apresuró a
hablar.
Recuerda que no quiero que te muevas de tu sitio, no quiero que digas una sola
palabra hasta el final de mi exposición; si es que tienes ganas de hacerlo. (Pausa.) Y
luego tú, preguntando a la hora de la comida por Dolores, y lo hacía mi madre
también y querían que la invitara a comer el sábado con nosotros y yo destrozándome
por dentro, y recordaba sus labios, su talle, su pelo. ¡Y tenía que comer!, y tenía que
inventar alguna mentira. (Pausa.) Mimética, me he vuelto yo también mimética, como
un camaleón. Yo te pido que entiendas este estado en que me encuentro y al cual yo no
pedí llegar. Yo no pedí llegar a esto, sin embargo creo que siempre me han gustado las
mujeres, desde los primeros días de mi vida, y no sé por qué pero así es. A mí me
hubiera gustado ser como todas, tener un novio, y los padres del novio piden la mano
de la novia como quien pide solamente el guante derecho en ceremonia familiar, y los
padres la dan como una cosa...
Laura ha llegado con gran facilidad al sarcasmo, comienza a hablar entre risas,
risas que salen de su interior cuando habla de las relaciones que ella siempre
entrecomillaba como “normales”, las cuales tenían muchas cosas que a una antropóloga
como ella le parecían ridículas.Y los novios se casan...


Ahora, sin perder su sarcasmo, canta la marcha nupcial e imita a una novia boba
que cruza dentro de la iglesia por entre una valla de amigos y parientes.


...Después, la fiesta, y el novio, una vez cumplidos todos estos requisitos, puede
llevársela, su cosa, a cualquier hotel y romperle el himen, y la pobre muchacha
temerosa queda asquerosamente penetrada por un hombre.


Las últimas palabras se expresaron en un grito, iban dentro de un grito, envueltas
en un grito que se escapó de las profundidades de Laura. Después del grito la voz se le
quiebra en los límites de la garganta y la lengua y las palabras comienzan a escurrírsele
impregnadas de una especie de llanto lastimoso, dolorido, que brota como la saliva.


...Asquerosamente penetrada por un hombre, con un sexo extraño al de ella, un sexo
que ni siquiera se le asemeja, un falo vomitante y duro como un hierro que sin piedad
rompe membranas y se va introduciendo sin clemencia entre las carnes más blandas y
el macho ruge de placer, el macho posee “su cosa” y casi la estrangula con sus gritos y
su baba. Y cuando el naciente gozo de la mujer aparece, el macho canta triunfal su
himno eyaculativo, se limpia la boca y se voltea de nalgas. ¡Qué asco! ¡Qué asco! ¿Cómo
puede ser normal todo esto?


Suelta el llanto, busca un pañuelo y se limpia los ojos y la nariz. Le gustaría enviarle a
Dolores todos los pañuelos llenos de lágrimas que ha ido guardando, enviárselos con una
nota; el chantaje melodramático es corriente, pero en la guerra y en el amor se vale
todo. Dolores es una angustia, un desespero, una obsesión. Se acerca al teléfono y con
lentitud marca una serie de números y espera con paciencia, de pronto, alguien levanta
el audífono del otro lado de la línea.


¿Dolores? Es Laura. ¿Cómo estás? ¿Te podré ver hoy? ¿Qué? No, no he salido en toda
la tarde. ¿Tú? ¿Y tocaste el timbre varias veces? No abrí porque estaba contigo, no, no
estoy loca. ¿Y te peleaste con ella, por eso veniste? ¿Qué? ¡Ah! Pero ya te habló, claro y
tú la quieres. No, no me haces daño... (El timbre de la puerta suena dos veces.) Alguien
llama a la puerta, déjame ver quién es.


Deja el teléfono y corre hacia la ventana y mira hacia abajo. Se sorprende al ver a
su padre en la calle.


¡Papá, papá! ¿No traes llaves? ¿Dónde están los demás? ¿Te veniste solo? ¿Qué? Sí, en
este momento bajo a recogerlas y las meto de inmediato al refrigerador; sí, déjamelas
con Catalina, bueno no te tardes.
Regresa con alegría al teléfono.Bueno, Dolores, bueno, bueno, Dolores...


Cuelga con gran cansancio el teléfono, voltea hacia la silla en donde está el bulto
del hombre, se va acercando con lentitud. Coge la silla por el respaldo y comienza a
empujarla, hay allí un muñeco, hecho, seguramente con la ropa de su padre. Lo pasea
por toda la sala. El muñeco empieza a desbaratarse y van cayendo al suelo los rellenos
de toallas, sábanas, almohadas, mientras Laura le dice.


Algún día me atreveré a decírtelo papá, algún día me atreveré. No quiero seguir
fingiendo delante de ustedes y llorando a solas, algún día tendré el suficiente valor,
algún día.


MIENTRAS, SE VA CERRANDO EL TELÓN

LA PIÑA Y LA MANZANA Óscar Liera

LA PIÑA Y LA MANZANA
Óscar Liera


Personajes
ARQUITECTO DURÁN
REVERENDO UGALDE
SEÑORA LINA RAMOS
SEÑOR MANUEL CARPINTERO
LICENCIADO FLORES
DOCTOR GARCIA
SEÑOR OCHOA
SEÑORA CONDESA PEÑA
(Todos vegetarianos)

Desde el mes pasado Lina se hubiera mudado a San Jacinto, pero no habían terminado su
departamento. Ahora inaugura la sala, que es lo único que había alcanzado a decorar.
Durán invitó a sus amigos a la cena que Lina, cuidadosamente, preparó para agradar a
los invitados. Durán acomodó a todos como parte de la decoración y Lina les servía
refrescos de frutas.

ARQUITECTO: Sin embargo, Condesa, también se debe tener mucho cuidado con las
frutas.
REVERENDO: Soy un hombre que se deja llevar por el olfato, allí radica mi instinto
alimenticio. Los olores, los olores, los olores.
LINA: Es que el chayote merece un monumento. Yo se lo haría en bronce.
MANUEL: (A Ugalde.) ¿Y cómo le hace usted, Reverendo, cuando tiene catarro?
Supongo que pasará muchas hambres al cambiar las estaciones.
LICENCIADO: ¿Cuánto tiempo tiene usted de ser vegetariano?
MANUEL: Tengo tres meses.
LICENCIADO: Doctor, por favor informe al prosélito…
DOCTOR: Un vegetariano nunca se enferma. Jamás un vegetariano auténtico padece
enfermedades de carnívoros y menos un cochino resfrío asqueroso como un chorizo
de marrano pudriéndose. (Siempre que oían mencionar la carne recordaban las
palabras de Saussure: “El significado no es sino la representación psíquica de la cosa.”
Por eso, el significante: “carne” les producía, solamente en los rostros, un marcadísimo
asco.)
LINA: ¿En qué basa su alimentación señor…
MANUEL: Manuel…Carpintero.
OCHOA: ¡Qué bello! Tiene una profesión vegetariana. Hay seguros de vida con primas
especiales (Abre su maletín.) para personas que se dedican a su oficio…
MANUEL: Es mi apellido, me apellido Carpintero; yo soy contratista.
LINA: ¿En qué basa su alimentación señor Manuel Carpintero?
MANUEL: Frutas, verduras, germinados, leche, huevos…
CONDESA: ¡Cómo! ¿Ingiere usted fetos de pollo?
MANUEL: El huevo es…
CONDESA: ¡Es un feto asqueroso de cualquier bípedo plúmeo! Pez, reptil o quelonio.
DOCTOR: Tal vez el señor Carpintero, a quien no tenía el gusto de conocer ¿Cómo le
va? (Le da la mano.) Mucho gusto, soy el doctor García, viejo amigo del arquitecto
Durán, vegetariano desde los once años en que pude librarme de la carnívora tutela de
mis progenitores. Tal vez, continúo, usted no ha tenido una sólida preparación sobre
la alimentación en los humanos. La salud está en el estómago. Y recuerde usted que:
cuerpo sano, mente sana.
LICENCIADO: Lo que el doctor le está diciendo, amigo, es la Biblia.
ARQUITECTO: Hace un momento te decía, ¿verdad Condesa?, que había que tener
mucho cuidado con las frutas. (A Manuel.) Quizá tú no sabes combinarlas bien; hay
frutas ácidas, subácidas, dulces…
CONDESA: ¡Él come fetos y toma jugo de pechos de hembra para mamífero!
MANUEL: (A Condesa.) ¡El hombre es un mamífero!
CONDESA: ¡Yo soy mujer!
REVERENDO: (Al licenciado.) ¿Ya leyó las últimas investigaciones sobre el sistema
alimenticio a base de helechos y musgo?
ARQUITECTO: (A Manuel.)…Entonces no se deben mezclar, dentro de las mismas
veinticuatro horas frutas dulces con ácidas y menos comerlas al mismo tiempo.
OCHOA: (A Manuel.)...Puedo venderle un seguro muy bueno, los contratistas corren
mucho peligro, déjeme hablarle acerca de las primas…O puedo asegurarle su coche,
últimamente los roban como ceniceros. Las primas…
LICENCIADO: Siempre me han gustado las reuniones en las que coinciden
vegetarianos porque son muy cordiales; el vegetariano es el hombre más pacífico y
jamás llega a la agresión.
LINA: (Gritando.) Anota eso Durán, anótalo en la lista que estamos haciendo. Nos
faltaba esa gran ventaja del vegetariano sobre el carnívoro: es cierto, ¡nunca es
agresivo!
REVERENDO: ¿Qué lista están haciendo?
ARQUITECTO: Unos carnívoros infectos que conocimos, nos dijeron que los
vegetarianos nunca haríamos la revolución porque nos moriríamos de hambre. Que si
hay que comer raíces ellos las comen y si hay que comer ratas también. Nosotros
apostamos…
CONDESA: ¡Assssssco! ¡Cómo puedes usar esa terminología miasmática!
DOCTOR: ¿Quién ha hablado de revoluciones? Así estamos muy a gusto.
LINA: Solamente estamos haciendo una lista para demostrarles todas las ventajas que
sobre ellos tenemos.
CONDESA: ¡Miles! ¡Todas! Somos gente sana.
DOCTOR: Pero si somos libres…
ARQUITECTO: (A Manuel.) Por lo tanto, no se debe comer nunca una piña junto con
una manzana.
LICENCIADO: Quiero decirte Reverendo, que yo he comido el liquen en salsa de
níspero, es delicioso.
DOCTOR: A propósito de cosas deliciosas, Lina. ¿Puede servirme un poco más de su
refresco? ¿Verdad que somos libres Lina? Las revoluciones son de los románticos.
LINA: (Afirma con la cabeza.) Gracias doctor, es usted muy gentil y sabe decir muy
bien las cosas.
DOCTOR: Podría ser una aportación para esa lista de ventajas.
LINA: No creo, puesto que su amabilidad le distingue muy especialmente. Durán me
había hablado maravillas de usted.
DOCTOR: Nuestro arquitecto es un poco exagerado cuando habla de sus amigos.
OCHOA: ¿Y por qué vive tan solita y tan apartada de la ciudad? ¿No quiere un
seguro?...
LINA: Amo la soledad y no me gusta estar segura ni asegurada. Ahora es cuando soy
feliz sin ningún vecino a kilómetros a la redonda. Es, para mí, maravilloso saber que
soy el único ser que habita estos edificios. Ahora estamos juntos, aislados del mundo,
perdidos entre la naturaleza. Somos como parte de una isla que ha trepado por encima
de las copas de los árboles. Así serán las ciudades del futuro; núcleos flotantes de
salud y armonía, sin tener que soportar alimentos ni eructos carnívoros.
DOCTOR: Es usted una poetisa: se expresa usted en frágiles nervaduras, en plena
función de fotosíntesis.
OCHOA: Sin embargo no debió cambiarse bajo estas circunstancias: no tiene vecinos,
no hay servicio de elevador todavía y ni siquiera terminan aún los demás edificios.
Debe haber mucho ruido con tantos albañiles, máquinas…
ARQUITECTO: Por ahora nadie trabaja en los edificios porque se acaba de morir el
dueño.
LINA: Mi olfato es muy delicado, y por las calles corre el olor de la siempre pudriente
carne; usted me comprende, ¿verdad Reverendo? Aquí por lo pronto corre un viento
puro. Sería interesante que en este edificio, que está tan separado de los otros,
vivieran sólo vegetarianos, ¿no les interesaría?
CONDESA: ¡Fabuloso, fabuloso, fabuloso!
OCHOA: Disculpe mi insistencia, creo que sería prudente que por el momento se
asegurara (Abre el maletín) contra todo: robo, incendio, daños a terceros o accidentes
de trabajo.
REVERENDO: ¿Tiene seguros contra la contaminación? (Todos ríen.)
Condesa se ha levantado después de varios intentos infructuosos de ingresar
activamente en la conversación. Se pasea con dejos de hartura por la sala pletórica de
plantas, libros, lámparas y tapetes. Sus participaciones en la conversación han sido
desde las esquinas del departamento. A veces arranca hojas de alguna planta y las
mastica para ver si saben bien, tratando, de esta manera, de hacer algún descubrimiento
sensacional. Como buena aries quiere descubrir algo para los demás y así ganar el
centro de la reunión. Ahora hojea esa revista en donde busca su objetivo. De pronto fija
su mirada con exageración, lanza un grito clorofílico, estrepitoso, como un bosque que se
derriba. Los allí presentes voltean a verla asustados, ha ganado el centro y no piensa
perderlo.
OCHOA: ¿Qué te pasa Condesa?
CONDESA: ¿Qué infamia es ésta?
LINA: ¿Cuál infamia?
CONDESA: ¡¡Que la soya produce cáncer!!
LICENCIADO: ¿Quéee?
CONDESA: (Leyendo.) ”La soya produce cáncer.” “Según algunas investigaciones
realizadas en el Instituto de Nutriología de Volldemgt, por los científicos Marckp Gotf
y Ywzq Heatrf, se descubrió que a pesar del alto valor nutritivo que tiene la soya,
comiéndola con frecuencia, a la larga, produce cáncer en el duodeno. Se aconsejó que
al difundirse la noticia se hiciera con cautela, pues el gobierno de los Estados Unidos
es el primer productor de este mortífero grano que tratan de imponer en el mundo
entero ganando nuevos mercados con nuevos venenos.”
REVERENDO: ¿En qué país queda ese instituto?
DOCTOR: Espere a que termine de leer, no sea mal educado.
ARQUITECTO: Es pura propaganda comunista, seguramente está en Rusia o en alguno
de sus países satélites.
LICENCIADO: ¡Que se callen para que termine de leer!
CONDESA: Ya terminé.
DOCTOR: ¿Allí termina?
REVERENDO: ¿Cómo se llama la revista que publica semejante mentira?
OCHOA: Sólo quieren desacreditar a Occidente. El doctor de la Furmiére, fundador de
la “Gran Hermandad Colosal”, hablaba, incluso, de cierta santificación a través del
“maná soya” como él la llamaba, por lo tanto no es posible que un iluminado como él…
LINA: ¡No podemos dejarnos embaucar por una nota amarillista, ni vamos a echar por
la borda nuestra reunión! Esta noche tenemos soya para la cena y no pienso tener que
tirarla.
ARQUITECTO: Claro, no podemos creer lo que dicen un par de cretinos en una ciudad
fantasma dentro de un instituto que carece de prestigio. Si fuera el Instituto Pasteur o
el prestigiado Instituto Colby de Washington…
MANUEL: Claro, claro, claro… mejor hablemos de esa cena que nos espera, y si ustedes
me lo permiten voy a fumar.
TODOS: ¿Qué?
MANUEL: A fu-mar, voy…
REVERENDO: ¡Cómo se atreve, es usted un…cochi…!
LICENCIADO: ¡Es un envenenador de atmósferas sanas!
MANUEL: Supongo que lo que consumo sea un vegetal.
REVERENDO: ¡Oh sacrosantas hojas incineradas! ¡Veneno volátil! ¡Combustión
incompleta!
ARQUITECTO: Un buen vegetariano nunca fuma.
MANUEL: Tal vez yo no sea tan bueno.
CONDESA: ¡Fuma, plantígrado vivíparo, devorador de fetos, nicotinador de vientos!
LINA: No veo por qué no vamos a permitirle que fume. Yo personalmente conozco a
muchos grandes vegetarianos que fuman…Además, creo, nos estamos excediendo un
poco en nuestro comportamiento. El señor Carpintero podría sentirse incómodo y eso
podría disgustarme personalmente. Él se encuentra en mi casa y es nuestro invitado.
¿No es cierto Durán?
ARQUITECTO: Por supuesto Lina. Siempre se ha dicho que eres una anfitriona
espléndida y lo has demostrado una vez más.
Manuel Carpintero, obviamente respaldado por la anfitriona, comienza a ensancharse
en su silla. En ese momento es un pavorreal que levanta su cola y sus cejas para
disponerse a fumar después del triunfo patente en el torneo. Los otros invitados se van
alejando de él, algunos con disimulo, otros con marcada obviedad.
LINA: Señores, (Tratando de ser conciliadora) quiero hacerles sentir que están en su
casa. Durán me había hablado mucho de ustedes, yo, en verdad, soy nueva en la
ciudad, me da mucho gusto que estén aquí reunidos. Cuando Durán vivía en San José
compartíamos las mismas amistades, ahora que hemos coincidido de nuevo en esta
ciudad, me gustaría ser amiga de todos sus amigos.
DOCTOR: Es usted un auténtico ángel.
LINA: Quisiera conocerlos más. Gracias por su cumplido doctor. Además ustedes son
gente cosmopolita, tan inteligente…
LICENCIADO: Y todos habitantes del segundo reino: el reino vegetal.
LINA: A propósito de reinos, Condesa, ¿de qué familia es usted?
CONDESA: De los Peña.
LINA: No, no me refiero a su título. ¿De qué país…?
CONDESA: Condesa es mi nombre, me apellido Peña Camarena, soy feminista y
misógina, aborrezco hacer colas, soy vegetariana de nacimiento, detesto los higos, me
gusta la música asiática, no creo en las clases sociales pero soy partidaria de la
discriminación racial y no sé si mi platillo favorito siga siendo el sopletín de soya
alcachofado.
LINA: (Con desencanto.) ¡Eso es lo que vamos a cenar! (Desencanto en los invitados.)
LICENCIADO:(Tragando saliva.) ¡Y qué hay de postre!
Lina va a comenzar a hablar con alegría para tratar de reanimar la reunión, pero
recuerda la presentación que acaba de hacer Condesa de sí misma y sufre un desencanto.
Le comienza a invadir el temorcillo de que el agasajo preparado se le venga abajo. Luego
recuerda una sonrisa de Gina Lollobrigida en Trapecio, la ensaya juntando bien los
dientes y abriendo grande la boca, y dice contoneándose: Higos frescos al maple.
DOCTOR: ¡Delicieux, ragôutant, superbe!
LINA: (Sabiéndose triunfadora gracias a Trapecio, una de sus películas favoritas.) Thank
you.
REVERENDO: Seré curioso Condesa. ¿Por qué no le gustan los higos?
CONDESA: Porque la higuera, en épocas prehistóricas, era una planta carnívora.
DOCTOR: Esa es una historia prehistórica, improbable y fea.
CONDESA: Me da lo mismo, los higos parecen vaginas enfermas.
LINA: (Por enésima vez conciliadora.) Tal vez deseen que les ofrezca unas ricas y finas
hojas de savia en salsa bruta antes de pasar a la mesa.
LICENCIADO: (Extraviado.)…Y aparte de eso, de las vaginas y del cáncer, ¿qué más
hay?
CONDESA: ¡Mierda!
OCHOA: (A Condesa.)¡Cállate mosca chupadora! Aprende a comportarte entre el
género humano.
CONDESA: ¡A mí no me vas a callar tú, vegetariano refugiado, alcohólico anónimo con
nombre propio!
REVERENDO: ¡Basta carnívoros, dejen de mordisquearse!
MANUEL: No use usted la palabra carnívoro como insulto, porque mi santa madre
come carne, y mi padre nunca dejó de comerla cuando vivía. Yo sólo tengo tres meses
de no comerla, pero ahorita se me antoja un filete de res.
CONDESA: ¡Asco! ¡Asco!
MANUEL: (Continuando su agresión.) Quiero un lomo relleno, quiero patas de puerco a
la vinagreta, quiero tacos de tripas.
LICENCIADO: ¡Callen a ese loco, voy a vomitar!
OCHOA: (Golpeando a Manuel.) Cierra el hocico, asqueante.
ARQUITECTO: (Tratando de separarlos.) No se golpeen borrachos cantineros, no están
en la calle, ni en sus casas.
LINA: ¡Por favor hagan algo, se van a matar!
CONDESA: (Al arquitecto.) Rómpele el hocico a ese saprófito.
MANUEL: Un pedacito de bistec, un poco de moronga que corra por entre mis dientes
envuelta con mi saliva…
Ochoa, sin soltar a Manuel, sigue luchando por hacerlo callar, el arquitecto Durán
lucha por separarlos. Lina se desespera porque la lucha acabe, mientras que Condesa,
deseando participar activamente en la lucha, se limita a animar el espectáculo con
gritos, frases y empujones, para violentar más el caos que, tal vez, ella desató en algún
momento. Ochoa hecho un energúmeno toma a Manuel de los hombros y lo lanza al piso
con la siguiente frase:
OCHOA: ¡Salte de aquí gusano barrenador!
DOCTOR: (Vomitando.) ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo!
ARQUITECTO: (A Ochoa.) ¡Déjalo papamoscas!
OCHOA: (Al arquitecto.) ¡Déjame en paz bacteria infecta!
MANUEL: Denme costillitas de puerco…
CONDESA: (Tratando de quitar a Durán.) Sácate de aquí falso arquitecto, estudiante
fósil, decoradorcillo joto.
REVERENDO: (Calmadísimo.) Doctor, cómo se atreve a vomitar sus espinacas acedas
en la alfombra de la señora.
DOCTOR: ¡Cállate langosta maizalera!
LICENCIADO: Es un asco esta situación, yo me largo, quédense revolcando en este
mantillo.
LINA: (Furiosa.) ¡Mi casa no es ningún mantillo, mongoloide rehabilitado!
El Lic. Flores monta en cólera, se lanza sobre la anfitriona y la cachetea, ésta se
prende de los cabellos de aquel y caen sobre la, tan vejada, alfombra y se siguen
golpeando. Hay una batalla campal, lugar común de la épica vegetariana. Manuel se ve
perdido y como si presintiera su muerte grita:
MANUEL: ¡Déjenme herbívoros clorofílicos! Ya me voy a comer carne, carne, carne
cruda, carne.
Manuel, con lentitud, logra zafarse de nuevo y se dirige otra vez a la puerta. Condesa
ve que el carnívoro va a escaparse y se le adelanta y cierra bien la puerta con doble llave,
la saca de la cerradura y la arroja por la ventana. Se le dibuja una risa imbécil de triunfo
y se dirige a Manuel.
CONDESA: Tú no sales vivo de aquí, carroña de perro. (A todos.) El que quiera salir
tendrá que brincar siete pisos.
Manuel golpea a Condesa, ésta, ofendidísima, va por un florero y se lo estrella en la
cabeza. Manuel cae sin sentido al suelo mientras la sangre comienza a salirle a
borbotones. Durán ve la escena con horror. El juego ha llegado demasiado lejos. Voltea a
ver a Condesa, la risa que ésta traía ahora tiembla en sus labios pintarrajeados de rojo.
Durán no lo sabe, pero la voz se le ha quebrado.
DURÁN: Lo mataste Condesa, lo mataste.
Lina deja de pelear, va hacia el herido, ve cómo se está desangrando y corre hacia el
doctor.
LINA: ¡Doctor! ¡Doctor, se desangra el hombre ese, cúrelo, haga algo!
DOCTOR: Yo no puedo hacer nada por él.
LINA: No sea rencoroso doctor, es un humano, se está muriendo. ¡Haga algo!
DOCTOR: ¿Qué quieres que haga? Yo no soy médico, tengo el doctorado pero en
geografía. Soy doctor en geografía.
LICENCIADO: Vamos a tirar la puerta.
LINA: Es imposible, apenas con dinamita, tiene una hoja interior de acero. Es a prueba
de robos.
REVERENDO: ¿Tiene teléfono?
LINA: Aún no se instalan los teléfonos en esta parte de la ciudad. En verdad éste es el
único departamento habitado y no tendré un solo vecino antes de dos meses.
ARQUITECTO: (A Condesa.) Tú tiraste la llave, mal parida; tú nos tienes que sacar de
aquí o te aviento por el balcón para que vayas a buscarla y la recojas con el hocico.
CONDESA: (A Lina.) Debes tener otra llave cielito, tienes que tener otra llave muñeca…
LINA: Existe otra llave, pero no la tengo yo, la tiene Eugenia y no está en la ciudad, ni
vendrá pronto. Como no hay ninguna otra entrada, tampoco hay ninguna otra salida.
Estamos a sólo ocho kilómetros de la civilización… la única posibilidad es que algún
día vengan a buscarme de mi trabajo, porque saben que vivo sola y lejos de la ciudad,
pero quién sabe cuánto tiempo tendríamos que vivir juntos.
CONDESA: Podremos gritarle a la gente que pasa que busquen una llave y ¡salvados!
ARQUITECTO: Recuerda lo lejos que estamos de la ciudad, por aquí nadie pasa. Esta
loca que se quiso venir a vivir antes de tiempo. Ahora hay un problema de intestado
entre los dueños de este cochinero de edificios. La obra está parada y ni albañiles
vendrán.
OCHOA: El señor Carpintero ha muerto.
Histeria general.
LINA: Licenciado, por favor certifique usted la muerte y diga que todo fue un
accidente…
LICENCIADO: Lo siento Lina, no puedo hacerlo, yo soy licenciado en letras francesas.
LINA: Reverendo… pues, por lo menos encárguese usted de rezarle algo a este
hombre.
REVERENDO: Con mucho gusto diré los rezos que me vengan a la memoria Lina,
aunque no soy nada religioso. Me llamo Reverendo y me apellido Ugalde, mi profesión
es contador y soy vegetariano.

SI ACASO, TELÓN

EPÍLOGO

Después de tres días, se encontraban en el departamento de Lina; en aquella soledad y en
silencio, los ojos abiertos de siete personas que, habiendo devorado el sopletín
alcachofado, no decidían aún cómo cocinar el cuerpo de un hombre que estaba en el
refrigerador, para poder seguir esperando que un día alguien, que me hubiera gustado
que hubiese sido Ramón Mimiaga, hubiera ido a visitar por casualidad a Lina Ramos.

10/5/18

LA FIESTA DE LOS DISFRACES, DE BENJAMÍN GAVARRE


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LA FIESTA DE LOS DISFRACES, de Benjamín Gavarre

® contacto: gavarreunam@gmail.com


El escenario es una gran habitación; un poco teatro, un poco camerino, un poco departamento; pero es sobre todo el lugar donde habita nuestro personaje al que llamaremos: el Actor; aunque su nombre, el verdadero, el otro, sea Pablo.
Él, se encuentra "solo", en una intimidad extrema; sin embargo, se relacionará con ciertos personajes surgidos del recuerdo, o de su imaginación. Lo acompañarán algunos otros que podrían llamarse personajes reales, pero hay quien asegura que también forman parte de su mente; quizá de su mente en el momento de un sueño, de su sueño: esto sin embargo no lo podríamos asegurar.
Al comenzar la obra el Actor se encuentra en gran actividad: escoge su música preferida; luego va hacia un perchero y trata de probarse distintos disfraces, (obrero, licenciado, agente de tránsito, un héroe de espada y armadura, Romeo...) pero no puede vestirse solo. Por eso saca de un baúl enorme a Bufo-el Globero, quien le ayuda a ponerse la capa, o le coloca el yelmo o el birrete. Con cada disfraz posible modela frente a un espejo de cuerpo entero, pero ninguno de ellos lo convence. Finalmente escoge un disfraz: será un colegial de suéter, escudo, pantalones largos, mocasines y mochila. Busca la aprobación de Bufo-el Globero, pero éste solamente lo observa burlona, silenciosamente.
El Actor sonríe frente a su imagen final. Es una sonrisa que se transforma súbitamente en carcajada. Después viene el silencio. Él sabe perfectamente lo que tiene que hacer: corre presuroso hacia un rincón donde aparece un letrero que dice:
escondite tortuoso... Y saca una pistola. Obliga al desconcertado Bufo a salir de escena, luego va hacia el espejo y apunta a su sien...
Dispara tres tiros a su imagen reflejada y grita:

         ACTOR.— ¡Basta!

Bufo-el Globero brota sorpresivamente del baúl y muestra al público una claqueta en la que leemos:

         ¡EL SUICIDIO!         

Luego, después de dar el claquetazo dice con brillantez:

         BUFO.— ¡El suicidio! Escena tercera del acto V... ¿Romeo y Julieta?... ¡No! Pero de todos modos: ¡Comenzamos!

Y se vuelve a meter a su baúl.
Suena el timbre de la puerta, el Actor corre hacia ella pero en ese momento suena el timbre de su teléfono móvil: decide primero contestar su teléfono.

         ACTOR.— ¿Diga?

Con el teléfono móvil pegado a la oreja va hacia la puerta; la abre y descubre que no hay nadie. Confundido la cierra y sigue tratando de responder la llamada.

         ACTOR.— ¿Quién habla? (Nadie contesta del otro lado de la línea) ¡Bueno! (Silencio) Qué, ¿no vas a contestar? No me lo digas. Eres tú de nuevo. Eres el Mudo...¿O Muda?...A lo mejor eres la Muda. Pues bien, querido o querida quien seas: te recomiendo que vayas y consultes un buen Otorrino. Sí, laringólogo. A ver si así me dejas de joder. (Y muy molesto avienta el teléfono móvil al piso).

Durante algunos instantes se queda viendo al vacío, luego busca con ansiedad su teléfono y  marca un número. Espera. Alguien contesta del otro lado de la línea y el Actor cuelga con una mezcla de miedo y vergüenza. Respira, mira de nuevo al vacío y vuelve a marcar el mismo número. Espera. Contestan del otro lado: cuelga precipitadamente. Bufo surge del baúl y lo mira suspicaz...


         BUFO.— ¿No contestan?

         ACTOR.— Sí, ellos siempre contestan, ¿pero yo?...Me quedo como una Mú...Muerto de nervios.

         BUFO.— Sí, ¡esos mudos! ¿Insoportables, verdad?

         ACTOR.— Deberían encerrarlos.

         BUFO.— ¿Nos?

         ACTOR.— Encerrarnos si quieres; lo mismo da. Pero, ¿sabes qué?

         BUFO.— ¡Oh no!

         ACTOR.— Voy a invitarlos. Voy a invitarlos a mi fiesta de cumpleaños.

         BUFO.— ¿Crees que se acuerden de ti?

         ACTOR.— (Sin hacer caso) Únicamente dos invitados: Verónica y Jerónimo; Jerónimo y Verónica... ¿Te das cuenta?

         BUFO.— ¡Oh no!

         ACTOR.—  Hasta en el nombre se parecen. ¿No te parece ridículo?... Jerónimo y Verónica, ¡Já! (Se toma la cabeza con un exagerado gesto de dolor) ¡Ay, otra vez esta maldita migraña, no es justo! ¡Mi pobre cabeza...! !Y tenía que dolerme precisamente hoy! (Repentinamente sin dolor mira paranoico a Bufo) Sí, ya sé... pero no tienes por qué mirarme así; ya no me duele... ¡Que no me mires así!... De acuerdo, tienes razón: siempre busco pretextos. Pero esta vez sí les voy a hablar. (Bufo toma el teléfono y marca el número de Verónica y Jerónimo) ¿No me crees, verdad? Pues fíjate bien cómo les hablo... (Mientras espera a que contesten, dice...) Y no me vuelvas a decir que soy hipocondriaco, porque no soy hipocondriaco. Nunca he sido ni seré... ¡Hola!... ¡¿Verónica?! (Muy nervioso) ¡Adivina quién!... Pablo, el mismo de siempre, casi el mismo. ¿Qué te parece si te invito a una fiesta?... Sí, así de drástico. Dile también a Verónimo, QUIERO DECIR: Jerónimo... Pero claro que es en serio... ¿Ahí está?... Luego me lo pasas, pero mira: es una fiesta de disfraces... Pues se me ocurrió... ¿Mi cumpleaños? No, claro que no. ¿Te hubieras acordado, no?... ¿Cómo? ¿Sí te acordaste? ¿Qué dijiste?... ¡Ah sí! ¡Claro! Gracias por hablar... ¿Qué cosa?... No, si ya sé que yo soy el que te habló, claro; pero de todos modos gracias, sí. Por acordarte... ¡Uy, qué insistencia! A ver, pásamelo... ¿Jerónimo?... ¡Maestro, qué desgracia!... ¿Cómo?... Sí, que me da mucho gusto... Sí, de veras. Le decía a Verónima de una fiesta... Sí, de disfraces... No, no; pastel si quieres, pero detesto los globos... Pues no sé, nunca me han gustado... ¿Qué dices? ¡Ahmmh, temprano! ¿A las nueve te parece bien?... Nueve y media... ¿Sí?... A ver, pásamela... De lo que quieras, Vero... ¿De momia? Pues, me parece estupendo... ¿Sí?... A mí también, sí... Perfecto... Bye... Nos vemos... Diez y media, sí... ¡Chauuu!

Cuelga radiante el teléfono. Bufo se burla de él.

         BUFO.— Ajá, sí... ajá, sí, claro. ¿Ajá?... sí... mmmhhh.

         ACTOR.— (Feliz) No lo puedo creer. Estoy vivo. ¡Vivo! (Orgulloso) Lo he notado. Y ellos van a venir. A las nueve, a las nueve en punto. ¿Te das cuenta? ¡Estoy vivo!

         BUFO.— Felicidades...¿Y qué vas a hacer con toda esa vivísima vitalidad?

         ACTOR.— (Sin desalentarse) Tengo futuro, voluntad. Soy casi famoso. Hoy es mi cumpleaños, todavía soy joven. Tengo salud, fuerza, memoria, entendimiento: Inmejorables condiciones.

         BUFO.— Oye, ¡qué bárbaro! ¡Por qué no nos casamos!

         ACTOR.— ¿Así que no me crees? (Lo mira fijamente) Ya sé lo que estás pensando: Pablo va a intentarlo de nuevo. Eso piensas, ¿verdad? ¡Contesta!

         BUFO.— ¿Intentar? ¿Qué cosa?

         ACTOR.— El suicidio. Llámalo con todas sus letras:
         (Deletrea) S-U-I-D–I-C-I-O:  Suiciodio... Suidi…cio…. digo, como se llame.

         BUFO.—  Usted... ¡Se está tomando demasiado en serio!

         ACTOR.— ¿Qué?... ¡De qué se trata!

         BUFO.— (Muy amable, le da un globo) Queda usted detenido. Acompáñeme.

         ACTOR.— ¿Sí?... Gracias, pero así estoy bien.

         BUFO.— Sígame.

         ACTOR.— ¡Cómo se le ocurre! ¡Yo no soy un delincuente!

         BUFO.— Eso no interesa. Se siente usted culpable, ¿no?

         ACTOR.— Sí. Es decir: ¡No! ¿De qué tendría que sentirme culpable? Yo solamente quiero sentirme bien.

         BUFO.— Qué original. Entonces usted no es culpable de nada.

         ACTOR.— No, rotundamente no.

         BUFO.— Y sin embargo, todo lo que usted diga o haga será utilizado...

         ACTOR.— En mi contra, sí. Pero, ¿yo soy culpable, soy un delincuente, he hecho las cosas mal?

         BUFO.— Quizá. Y quizá todo lo que usted diga o haga no le importe a nadie, ni siquiera a usted mismo...

         ACTOR.— Eso no puede ser posible... ¿O sí puede ser posible?

         BUFO.— No lo sé; pero el caso es que tiene usted que acompañarme.

         ACTOR.— ¿Tengo? Es una obligación… Ya veo. ¿Y si me escapo?

         BUFO.— Esa sería su decisión... su elección.

         ACTOR.— ¿Está seguro?

         BUFO.— No.

         ACTOR.— (Busca distintas salidas) ¿Y por dónde está la salida?

         BUFO.— Por la puerta como es natural, pero sólo algunos, muy pocos acostumbran escapar por la puerta. Otros prefieren las ventanas.

         ACTOR.— (Pensativo) Claro... ¡Qué confusión! (Se despide de Bufo) Gracias, ha sido... como un placer.

         BUFO.— No fue nada.

         ACTOR.— Ah... Si preguntan por mí... Dígales que tuve un compromiso muy... Un compromiso verdaderamente...

         BUFO.— Y que no fue capaz de despedirse de nadie...

         ACTOR.— Que tuve que salir. Eso es todo.

El Actor se dirige a la puerta: la encuentra cerrada. Va hacia un marco rectangular vertical, un supuesto espejo de cuerpo entero: lo traspasa. Se da cuenta de que se encuentra en el mismo espacio. Traspasa una y otra vez la puerta-espejo. Trata de adoptar una actitud racional. Analítica.

         ACTOR.— Bueno y después de todo: ¿quién quiere saber lo que hay afuera? Afuera es un concepto abstracto, tan abstracto como el concepto Adentro. ¿Dentro y Fuera relacionados con qué o para qué? Si lo pensamos bien, obtendremos como conclusión de esta antinomia: una serie de datos que podrían revelar el sentido más profundo de las entidades ontológicas. Quiero decir que tomando en cuenta la Ubicuibilidad y los Atributos del Ser: el Espacio se manifiesta precisamente en una contradicción básica cuyas premisas son como acabo de decir, ahmm... Cuyas premisas son precisamente, ahmm... (Se toma la cabeza anunciando dolor de cabeza. Bufo le sirve un vaso de agua) Cuyas principales premisas son, ahmmm... (Recibe el vaso de agua y mira agradecido a Bufo) Gracias. (Se lo toma sin dejar de mirarlo) Es usted un... Casi un ángel. ¿Sabe? Tengo una cita a las ocho.

         BUFO.— (Afirmando) Una cita muy importante.

         ACTOR.— Importantísima. Más que una cita es una fiesta. Una fiesta disfrazada, (Se corrige) de disfraces.

         BUFO.— (Malicioso) Y van a venir sus amigos. 

         ACTOR.— Mis amigos de siempre sí... Y cuando lleguen...

         BUFO.— Siempre y Cuando lleguen.

         ACTOR.— Cuando lleguen...

Se escucha la sirena de una patrulla o ambulancia. Entra Jerónimo  vestido de boy scout. Su aspecto en general es el de un niño que acaba de sufrir un accidente: su camisa está manchada de sangre.

         JERÓNIMO.— (Infinitamente triste) Te lo dije, Pablo. Te dije que no podríamos seguir con tanta suerte. A dónde estabas. ¿Por qué me dejaste solo? Me detuvieron, Pablo. Ya no podemos seguir así jugando tanto. Jugando siempre como si nada fuera en serio. Algún día tenía que terminar; y ya ves, me detuvieron. Me agarraron entre cuatro y no tuvieron….  ¿piedad?, ¿compasión? No, nada de eso. Me pescaron, como tú dices. A la salida, como siempre.

         BUFO.— ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí! (Habla y actúa sin que Jerónimo lo tome en cuenta. Para Jerónimo y para todos los demás personajes, con excepción de Pablo, Bufo apenas existe. Saben que está ahí, como un holograma impertinente, pero prefieren ignorarlo).

         JERÓNIMO.— Y no pienses que fue un combate limpio; una pelea de caballeros, de grandes héroes y todo eso, no. Me agarraron entre cuatro. Como a tres cuadras de la escuela. Me cubrieron de patadas, de gritos cómplices.

         BUFO.— ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí!

         ACTOR.— Eso sucedió hace mucho tiempo...

         BUFO.— A la salida.

         ACTOR.— ¿Y yo?

         JERÓNIMO.— ¡A dónde estabas!

         BUFO.— Te quedaste dormido.

         ACTOR.— ¿Dormido?... ¿Estoy dormido?

         JERÓNIMO.— Nadie me avisó. Todo sucedió sin más, a la salida, como siempre. Me puse a caminar sin esperarte.

         ACTOR.— Me quedé dormido.

         JERÓNIMO.— Me agarraron entre, ¿siete?
        
BUFO.— Una pesadilla.

ACTOR.— Una bofetada de cascos y macanas, de calibres y patrullas. ¿Y yo? ¿Dónde estaba yo?

         BUFO.— Roncando. Soñabas con judiciales.

         ACTOR.— Te rompieron los ojos.

         JERÓNIMO.— Me arrancaron la vida.

         BUFO.— Ya lo decía yo. Una pesadilla.

         JERÓNIMO.— Me dejaron tirado en la calle, masacrado.

         ACTOR.— ¡Malditos policías!

         JERÓNIMO.— ¿Estás loco? ¡Cuáles policías! ¡Fueron Jáuregui y los demás! ¡Fueron los del tercero B!

         BUFO.— ¡Tírale los dientes; apúrate, nos van a ver; quítate, me toca a mí!

         JERÓNIMO.— ¿Y tú, a dónde estabas tú? Por qué no fuiste a la escuela.

         ACTOR.— ¿Yo? (Somnoliento) ¿Estaba dormido?

         JERÓNIMO.— ¡Qué dices!

Suena  una señal de alarma. Un despertador, o la chicharra de una escuela son adecuados. Bufo venda los ojos de Jerónimo. Pablo le pone una pistola en la sien. Comienza un interrogatorio implacable.

         ACTOR.— ¿Cuál es tu última voluntad?

         JERÓNIMO.— No me molestes.

         ACTOR.— ¿Cigarros, alcohol, alguna droga... ?

         JERÓNIMO.— ¡No me estés jodiendo!

         ACTOR.— ¿Saliste reprobado?

         JERÓNIMO.— Sí, fue por tu culpa.

         ACTOR.— ¿En Deportes?

         JERÓNIMO.— Sí.

         ACTOR.— En Matemáticas.

         JERÓNIMO.— Sí, fue por tu culpa.

         ACTOR.— Siempre mi culpa... ¿Cuál es tu última voluntad?

         JERÓNIMO.— ¿Voy a morir?

         ACTOR.— ¿Quieres veneno?

         JERÓNIMO.— ¿No has visto a los demás?

         ACTOR.— ¿Demás?

         JERÓNIMO.— Demás.

         BUFO.— ¿Qué es eso?

         ACTOR.— ¿Demás?

         JERÓNIMO.— Demás.

         BUFO.— Demasdemasdemasdemás...

         ACTOR.— ¿Qué es eso?

         JERÓNIMO.— No lo sé. ¿Una palabra?

         BUFO.— ¿Y qué significa?

         JERÓNIMO.— No lo sé.

         BUFO.— No lo sabe.

         JERÓNIMO.— Ya no.

         ACTOR.— ¿Quieres veneno?

         JERÓNIMO.— Lo sabía.

         ACTOR.— ¿Veneno?

         JERÓNIMO.— Un vaso de agua.

Bufo le ofrece una copa de metal.

         ACTOR.— (A Bufo) ¿Tiene todo?

         JERÓNIMO.— (Mira receloso el contenido de la copa) Gracias... ¿Y?... ¿Cómo te ha ido? ¿Qué has hecho? ¿Qué dice el Teatro?

         ACTOR.— Estoy ensayando mi nuevo, mi último... es decir mi más reciente personaje: sucedió frente al espejo... ¿Qué fue lo que te dije?

         BUFO.— Estoy ensayando mi nuevo, mi último... es decir mi más reciente... (El Actor obliga a Bufo a meterse a su baúl) ¡Personaje!

         ACTOR.— ¡Sucedió!... Suicidio... frente al espejo.

         JERÓNIMO.— Ah, sí... me dijeron que estabas ensayando Romeo y Julieta. ¿Pero eso fue el año pasado, no?

         ACTOR.— (Le quita la copa y representa un fragmento de su versión a Romeo, antes del suicidio. Bufo surge de su baúl y le ayuda a representar la escena) Julieta, por qué estás aún tan hermosa? Tus ojos brillan. Voy a morir contigo. Déjame sellar con un beso mi eterno pacto con la muerte. (Besa la copa) Ven áspero y vencedor veneno. Mi cuerpo, harto de combatir con la vida... quiere perderse en los abismos. Brindemos.

EL ACTOR CAE FULMINADO. JERÓNIMO APLAUDE CON ENTUSIASMO.

         JERÓNIMO.— ¡Bravo! ¡Genial, maestro! ¡Déjame darte un abrazo! (Se dan un aparatoso abrazo. Repentinamente, Jerónimo se pone serio) Pero no lo vuelvas a hacer, es de mala suerte.

         ACTOR.— ¿Ensayar frente al espejo?

         JERÓNIMO.— No. Suicidarse frente al espejo. Es de mala suerte. Dicen que tu alma se queda dentro, atrapada.

         ACTOR.— Por favor, Jerónimo; nunca pensé que fueras un supersticioso.

         JERÓNIMO.— Nunca lo he sido.

         BUFO.— Pero insisto en que es de mala suerte.

         JERÓNIMO.— Pero insisto en que es de mala suerte.

         ACTOR.— Mejor me suicidio en otra parte.

         BUFO.— ¡Se aproxima el juego más vital!

         JERÓNIMO.— ¿Y si mejor te mato?

         ACTOR.— (Emocionado) ¡Bruscamente!

         JERÓNIMO.— (Feliz) ¿Te acuerdas?...

         ACTOR.— Cuando jugábamos en la cocina de tu abuela...

         JERÓNIMO.— ¡Muerte brusca, sí! ¿Cuáles eran las reglas?

         BUFO.— ¡Artículo tercero!

         ACTOR.— ¡Artículo tercero, sí! ¿Qué es más importante? ¿Las reglas del juego... ?

         JERÓNIMO.— ¡O el juego sin reglas!

         ACTOR.— ¡El juego de la regla rota!

         JERÓNIMO.— ¡Artículo mortis!

         BUFO.— ¡Mortis mortibus!

         JERÓNIMO.— ¡Todo aquel que viole o desobedezca estas reglas será condenado a la pena máxima...

         TODOS.— ¡MUERTE BRUSCA!

EL ACTOR TOMA LA PISTOLA Y DISPARA TRES TIROS A JERÓNIMO, QUIEN CAE SÚBITAMENTE AL PISO. EL ACTOR TRATA DE REANIMARLO CON LA AYUDA DE BUFO.
      
   ACTOR.— ¡Jerónimo! ¡Jerónimo despierta! ¡Acaban de matar al maestro de Matemáticas!

         JERÓNIMO.— (Se levanta sorpresivamente) No, Pablo, no. Al maestro de Matemáticas no lo asesinaron. Simplemente se arrojó, se tiró, precipitó. Se hizo trizas; salió en el periódico. Todo el mundo lo sabe. Se arrojó. Se hizo trizas...

         TODOS.— ¡SE SUICIDÓ! 

         JERÓNIMO.— (Adopta la actitud de un maestro de Matemáticas) Vamos a ver, jóvenes, miremos. El día de hoy analizaremos la Teoría del suicidio y sus principales corolarios. Axioma A... (Al Actor) A ver, usted. Diga Ahh por favor.

         ACTOR y BUFO.— Aggh, gahhh, guihuu, gaiiuuu...

         JERÓNIMO.— ¡Suficiente! El suicidio como todos sabemos es una actividad peligrosa que puede llevar al individuo a diversos estados de alteración. Tenemos por ejemplo los suicidios que comienzan con una perturbación del pneuma. Asimismo, los hay parecidos a la muerte lenta, muy semejantes a los provocados por muerte brusca, pero no tanto. La diferencia estriba en si el sujeto se toma demasiado en serio o no. Tenemos el suicidio de Romeo, con veneno por supuesto. El lento pero aproximado, que es una variante de la muerte brusca. Tenemos ese suicidio, ese otro... y tenemos además, el además.

         ACTOR Y BUFO.— Gauuu, gauiii, gaushhh, shiuuuuu, aghh.

         JERÓNIMO.— (Al Actor) ¿Cuál es su nombre, joven?

         ACTOR.— Pablo.

         JERÓNIMO.— (Indignado) ¡Pablo! (Lo observa con atención) Pablo, usted y yo resolveremos juntos la siguiente ecuación. Acuéstese en el piso. Levante ese brazo. (El Actor levanta, por ejemplo, el brazo izquierdo) ¡Ese brazo no! ¡El otro! (El Actor levanta el brazo derecho) ¡No, ése no! Levante exactamente ese brazo y no el otro. (El Actor confundido levanta uno y otro brazo) ¡Levántelo!... Muy bien. Ahora, usted va a recibir un pequeño obsequio. (Le da una rosa. Bufo, a su vez, corre por un ramo de rosas negras y las va colocando alrededor del cuerpo del Actor) Repita después de mí.

El Actor repite torpemente cada verso mientras flexiona piernas y brazos. Jerónimo lo cubre con una tela negra a manera de sudario. Bufo es el cómplice de Jerónimo en esta especie de ceremonia.

         EL ACTOR Y JERÓNIMO.—

                                               MUERTO SOY

                                               MUERTO SIN POLVO

                                               SIN EMBARGOS Y SIN PEROS

                                               MUERTO SIN SAL

                                               CON DIENTES Y CON PELO

                                               MUERTO SOY

                                               SIMPLEMENTE

                                               SIN CUIDADO

                                               SIN ANTEOJOS

                                               SIN MALETA

                                               MUERTO SOY

                                               DESNUDO

                                               YO SOLO

                                               Y SIN ZAPATOS

         ACTOR.— (Gime) ¿¡Maestro, puedo ir al baño!?

         JERÓNIMO.— (Continúa con su "cátedra") El suicidio...

         ACTOR.— (Aúlla) ¡Maestro!

         JERÓNIMO.— Silencio. Despejemos juntos la siguiente incógnita:
         Capítulo primero: Usted se encuentra en su casa; solo y angustiado; triste, cabizbajo; sin hambre, desolado; herido y fatigado; se siente culpable, amordazado.
         Capítulo segundo: Usted sale corriendo hacia la calle. Baja las escaleras del Metro. Mira venir el convoy. Se decide. Todo es metal naranja y luz verde. El convoy se acerca, se acerca cada vez más aprisa. Usted está dispuesto. Mira venir el inmenso convoy...
         ¡Y en ese preciso instante!...

         ACTOR.— ¡Qué bruto!

         JERÓNIMO.— (Muy serio) De qué te ríes.

         ACTOR.— Del maestro de Matemáticas. Es que eso de suicidarse en el Metro... ¿No has visto el anuncio? “!Por favor no se suicide en el Metro, piense en el tiempo de los DEMÁS!”

         JERÓNIMO.— (Gélido) ¿Te pido un favor?

         ACTOR.— (Bromista) ¿De aquí hasta el fondo de la coladera? ¿Qué desea su INMINENCIA?

         JERÓNIMO.— ¿Podrías dejar de escupir estupideces?

         ACTOR.— Disculpe, señor Profesor. No quise ofenderlo. Yo... ¿Me va a reprobar?

         JERÓNIMO.— ¿Te callas? Estoy hablando en serio.

         ACTOR.— ¿Qué? ¿Así no juegas? Uyy sí. No hay problema. ¿No quieres un café?

         JERÓNIMO.— No, gracias. Pero podrías prestarme tu teléfono. Es algo que no te importa. Es algo que jamás te importaría. Es una llamada urgente. ¿Me prestas tu teléfono?

         ACTOR.— Claro que no...

         JERÓNIMO.— ¿No?

         ACTOR.— (Desarmado, le presta su teléfono móvil) Está bien. Habla.
Jerónimo marca un número telefónico interminable. Bufo y el Actor llevan a cabo un insólito juego de naipes.

         JERÓNIMO.— Una porquería, todo es una porquería. Estoy harto. ¿El juego más importante que las reglas? Pobre Pablo. Tú insistes demasiado y el juego terminó hace mucho tiempo. ¿A dónde vas? ¿A dónde quieres ir? Un día me descubrí hablando con un payaso insoportable. ¿Quién cambió? ¿Quién se volvió un desconocido para el otro? Estoy harto. Yo ya no vuelvo. Yo ya no voy a jugar.

         BUFO.— Tercia de qüinas, dos reyes, dos jotos y un caballo... Jaque mate.

         ACTOR.— ¿Y eso? ¿Qué clase de estúpido juego es éste?

         BUFO.— Un estúpido juego sin reglas. O qué, ¿ya no te gustan?
         Jaque mate y muerte brusca. ¡Salud!

         JERÓNIMO.— Pero... parece que tu teléfono está descompuesto. Mejor hablo desde un teléfono público. Espero que no te moleste.

         ACTOR.— No, ¿cómo crees? Yo de todos modos me iba a dar un...

         BUFO.— Un balazo.

         ACTOR.— Un baño. Me iba a matar al baño cuando llegaste... A meter. Así que si me permites...

         JERÓNIMO.— Claro.

         BUFO.— Además no tarda en venir Verónica.

         ACTOR.— Además no tarda en venir Verónica.

         JERÓNIMO.— ¿Quién?

         ACTOR.— Verónica. ¿La conoces?

         JERÓNIMO.— Se me hace tarde. Luego nos hablamos.

         BUFO.— Anda pues.

         ACTOR.— Adiós. Cuídate, si puedes.

Jerónimo sale de escena. En ese momento se escucha el estruendoso choque de un automóvil. Gritos y sirenas de ambulancia. Bufo y el Actor se miran desconcertados. Entra Verónica intempestivamente. Es una mujer joven, pero viste como una niña. Trae una bolsa de algún almacén.

         VERÓNICA.— ¡Puf... vengo muerta! (Cae fulminada. El Actor y Bufo corren a confortarla. Verónica se levanta sorpresivamente.) ¡Hay un tráfico...! No tienes una idea. Un tráfico espantoso. (Siempre al Actor) Pero qué cara. Parece que te hubieran golpeado. Por cierto, a que ni sabes con quién me acabo de encontrar en el elevador: a tu psiquiatra. ¡Qué tipo! (Bufo le da un vaso de agua) ¡Pero cómo no lo pensé! ¿Acaba de estar aquí, verdad? Se nota. ¿A qué vino? (Se toma el vaso de agua mientras observa al Actor) Por eso tienes esa cara... Pero siéntate, mi amor; estás muy pálido.

         ACTOR.— ¿Y tú? ¿Cómo has estado tú?

         VERÓNICA.— ¡Mira lo que te compré! (Saca un libro enorme de la bolsa de almacén) Acaban de editarlo. La traducción es una porquería, pero las ilustraciones son de sueño. Además te dice en veintinueve lecciones todo lo necesario. Eso sí: debes seguir las instrucciones al pie de la letra, pero con un pequeño esfuerzo...

         ACTOR.— Verónica te estoy hablando. ¡Verónica, cómo demonios has estado!

         VERÓNICA.— Una joya. Incluye recetas de cocina, crucigramas, el horóscopo al día y un paquete de adivinanzas varias. Pague una fortuna claro, pero al final...

         ACTOR.— ¡Maldita sea, Verónica! ¿¡Me vas a contestar!? ¿¡Cómo has estado!?

Verónica deja caer el libro. Bufo lo toma y lo lee plácidamente.

         Verónica.—(Conmocionada) ¿Bien? ¿Todo está bien?

         ACTOR.—¿Necesitas ayuda?

         VERÓNICA.— Soy fuerte.

         ACTOR.— ¿Por qué tienes los ojos tristes?

         VERÓNICA.— Soy dueña de mis actos.

         ACTOR.— Así que ya no eres una niña.

         VERÓNICA.— Nunca lo he sido.

Bufo se sienta en una silla. Saca de una bolsa un paquete enorme de palomitas de maíz y silenciosamente las consume mientras observa atentamente al público.

         ACTOR.— Recuerdas, ayer, cuando estuvimos solos.

         VERÓNICA.— ¿Ayer?... ¿Quién quiere hablar de eso?

         ACTOR.— Yo.

         BUFO.— (Anuncia) ¡Soledad! ¡La película! ¡Véala en su cine favorito!

         VERÓNICA.— ¿Ayer?... Estuve sola. Me compré una paleta de limón en la tienda de la esquina. Ayer me soñé caminando sola por la calle; y en mi sueño me decían, no sé quién, pero me decían que me habían visto comprar una paleta de limón en la tienda de la esquina.

         BUFO.— ¡Soledad! ¡Una película!, ¡pero qué película!

        ACTOR.— Ayer hacía calor. Me quité la camisa y los zapatos. Hacía calor y me tomé un vaso de agua.

Bufo los moja con una regadera. Luego pasea con un paraguas abierto.

         VERÓNICA.— Me gusta comprar paletas de limón. Son frías pero me besan los labios y la lengua. Me gusta sentir el vacío de mi estómago cuando me siento sola, sentada en cualquier banca del parque, mirando la gente que pasa.

         BUFO.— Conozca la conmovedora historia de Verónica: simple mortal en busca del Amor. ¿Su mayor fantasía?...

         VERÓNICA.— ¿Vendrás? ¿Vendrás a mí, Caballero de los brazos fuertes?

         BUFO.— Ella no sabe que pronto llegará a ella, a su melancólica soledad: ¡El Hombre!

         VERÓNICA.— Un caballero de piel tibia. Hermoso y fuerte.

         ACTOR.— ¿Ayer? Ya casi no me acuerdo. Alguien decía que tenía que ser valiente como un torero.

         BUFO.— Sí, pronto llegaría Pablo. Un Hombre que le ofrecería todo su amor. Todo el amor que él podía ser capaz de dar.

         VERÓNICA.— ¿Vendrás? ¿Vendrás a mí?

         ACTOR.— Y me dijeron: Cuando seas grande serás vigoroso y audaz. Cabalgarás con armadura y una espada. Eso dijeron. Pero no. Yo no soy azul, nunca lo fui, ni mucho menos príncipe.

         BUFO.— Y sucedió. El Hombre y la Mujer se conocieron. No se la pierda. Soledad. Consulte su cartelera.

         BUFO.— (A Verónica) ¿Cómo fue todo? ¿Cómo fue que nos conocimos?

         VERÓNICA.— ¿Sucedió como en el Teatro, como en el Cine? ¿Verdad que sucedió como en el Cine?

         ACTOR.— Sí, algo así... claro.

         BUFO.— Por lo menos sucedió en el cine.

         ACTOR.— Esa tarde fui al cine.

         VERÓNICA.— Esa tarde me fui... al cine.

         BUFO.— Fueron al cine.

        VERÓNICA.— Me senté en la butaca que yo elegí. Estuve mirando las caras de la gente y te vi. Tú también habías escogido tu lugar, sin mucho ruido. Bueno, es una manera de decirlo.

         ACTOR.— Estás sugiriendo que fui un escandaloso.

         VERÓNICA.— Lo afirmo. Fuiste escandaloso.

         ACTOR.— (Cínico) Fue para llamarte la atención

         VERÓNICA.— Debo decir que lo lograste. Nunca vi la película.

         BUFO.— ¡Soledad!

         ACTOR.— (Admirado) ¿¡No la viste!?

         VERÓNICA.— Tampoco tú.

         ACTOR.— Claro que sí... Todavía me acuerdo.

         VERÓNICA.— ¡Pero Pablo! ¡Te corrieron del cine!

         BUFO.— Por escandaloso.

         ACTOR.—¿Sí, verdad? Y tú saliste tras de mí... clamando.

         VERÓNICA.— No seas vanidoso.

         ACTOR.— No soy vanidoso, pero saliste tras de mí... clamando.

         VERÓNICA.— No me voy a poner a discutir.

         ACTOR.— ¿Y te acuerdas, en la calle?

         BUFO.— ¿Les gustan las comedias musicales?

         ACTOR.— ¡Las detesto!

         VERÓNICA.— En la calle fue como de cuento. Mejor dicho fue como... Como una...

         ACTOR.— ¿¡Una comedia musical!? ¡No, ni se te ocurra, por favor!

         VERÓNICA.— Me acuerdo que yo era Ginger Rogers y tú... tú eras...

         BUFO.— ¿Fred Astaire?

         ACTOR.— (A Bufo) ¡Todo lo que quieras menos Fred Astaire!

         VERÓNICA.— Me quitaste las palabras de la boca... tú eras Fred Astaire.

         ACTOR.— Lo dijo... ¡Lo dijo!

Música de comedia musical. Los personajes ejecutan una comedia musical rosa.

         BUFO.— Hola muy buenas piernas.

         ACTOR.— ¡Hola! Muy buenas tardes.

         VERÓNICA.— ¡Hola! ¡Gusto, mucho!

         ACTOR.— ¿Para dónde vas?

         BUFO.— ¿Pequeños pliegues en los sitios más inusitados?

         VERÓNICA.— Pasaba por aquí y pues pasaba.

         ACTOR.— Yo también iba esperándote, pasando. ¿Te gustó la película?

         VERÓNICA.— Sí. Es decir no. No la vi.

         ACTOR.— Yo también. Yo tampoco la vi.

         BUFO.— Dulces tensiones aliviadas. Húmedas sensaciones. Olores varios…  ¿Te gustaría ir conmigo a donde estemos solos?

         VERÓNICA.— ¿Te puedo hacer una pregunta?

         BUFO.— ¿Te gusta el sexo oral?

         ACTOR.— Claro, cómo no.

         BUFO.— ¿Exactamente ahí, o a un lado?

         VERÓNICA.— ¿Cómo dijiste que te llamabas?

         ACTOR.— Pablo. Me llamaba Pablo. Soy talentoso y por supuesto soy actor. Luego te doy mi tarjeta.

         VERÓNICA.— Sí bueno, pero en qué trabajas.

         BUFO.— ¡Basta! ¡Silencio, por favor silencio!

Cesan abruptamente música y coreografía. Verónica cae al suelo, fulminada.

         ACTOR.— ¿¡Qué pasa!?

         BUFO.— Es terrible... pero lo peor sucedió antes del desayuno, como siempre. Lo peor, ni más ni menos; antes del desayuno.

         ACTOR.— ¡Qué! ¿Cuál desayuno?

         BUFO.— El de ustedes. Despierta a tu mujer. Pregúntale si los prefiere revueltos o estrellados.

         ACTOR.— ¡Pero si nos acabamos de conocer!

         BUFO.— ¿Conocer? ¿Qué no vivieron juntos?

         ACTOR.— ¿Vivimos?

         BUFO.— ¿Viven?

         ACTOR.— ¿Qué?

         BUFO.— Sí, eso es lo que digo yo. VIVEN juntos... por ahora. Muy bien, entonces cómo quieren su desayuno.

         ACTOR.— ¡Insistes!

         BUFO.— ¡Ajá! Sí.

         ACTOR.—  Pues lo queremos en la cama, por favor.

         BUFO.— Perdón, ¿cómo dijiste?

         ACTOR.— El desayuno en la cama y rapidito por favor.

         BUFO.— ¿Estás soñando?

         ACTOR.— (Turbado) ¿¡Qué!?

         BUFO.— No importa, no. Veré que puedo hacer por ti.

BUFO SALE DE ESCENA.

         ACTOR.— ¿Verónica? ¿Duermes, Verónica?

         VERÓNICA.— ¿Pablo?

         ACTOR.— Sí.

         VERÓNICA.— ¿Estás aquí? No te vayas... La vida es demasiado grande.

         ACTOR.— No te preocupes. Yo te voy a cuidar.

         VERÓNICA.— (Pausa) Te equivocas, Pablo. No me gusta que me cuiden. (Se levanta desorientada)

         ACTOR.— (Protector) ¿Tienes frío? ¿Quieres que te preste un suéter?

         VERÓNICA.— ¿Un suéter? (El Actor la abraza dulcemente) ¿Una piel tibia? (Lo aleja) No me toques.

         ACTOR.— Eres una niña.

         VERÓNICA.— Soy una mujer. (El Actor la abraza de nuevo. Ella dice fríamente...) Soy fuerte. (Y se aleja hacia el espejo. Lentamente, cepilla su cabello)

Bufo entra con una charola vacía.

         BUFO.— Dígame, señor. ¿Usted la ama?

         ACTOR.— ¿Quiere una respuesta simple?

         BUFO.— Quiero una simple respuesta. ¿La ama?

         ACTOR.— Sí.

         BUFO.— ¿Y ella?

         ACTOR.— Verónica es egoísta.

         VERÓNICA.— ¿Cómo empezar? Ayer estaba sola y me dijeron:
         ¿No quieres venir?
         ¿Cómo seguir?... Ahí estaba ese curioso ser, ese chiflado escandaloso. Tenía los ojos vivos y en cada mano una sorpresa...
         Y comencé a querer amarlo.

         ACTOR.— ¿Una decisión?

         BUFO.— Un imposible.

         VERÓNICA.— Pasó el tiempo y comencé a recordar ese desear amarlo. Y seguí y me perdí... Y me olvidé. Me confundí conmigo misma.
         Confundí mi voluntad de amar con el amado mismo. Olvidé tanto que imaginé querer con toda mi verdad al hombre de los ojos vivos.
         Olvidé, pero después lo supe. Me enteré de mí misma. Estaba enamorada de la imagen que yo misma quise crear. (Deja de cepillarse, mira impasible al Actor)

         BUFO.— No, no, no, no y no. La verdad es más simple y menos complicada: Verónica es incapaz de dar amor y sobre todo es incapaz de recibirlo. ¿O tú qué piensas? (Sale presuroso ante la mirada fulminante del Actor)

         ACTOR.— Oye, Vero... ¿No crees que es tiempo de que tengamos un bebé. Un bebito con mi cara y con tu cara, así... mezcladas. Sería sensacional, ¿no crees? Con tu cara con mi cara. (Ante la elocuente mirada de Verónica)  No, ¿verdad? No es una idea brillante. No.           

         VERÓNICA.— (Como si estuviera sola) Pablo es un sordo. Pablo es un gatito torpe. ¿Y yo? Yo me voy.

         ACTOR.— ¿Con quién, Verónica?

         VERÓNICA.— Me voy, Pablo; simplemente.

         ACTOR.— ¿Buscas un héroe de mil batallas?

         VERÓNICA.— Adiós, Pablo

         ACTOR.— Un héroe fantástico. Matará al Dragón. Levantará un castillo para ti.

         VERÓNICA.— Eres un idiota. Nunca vas a cambiar. (Sale furiosa de escena).

         ACTOR.— Te construirá una torre y tú en silencio lo amarás. Lejos de él; mientras conquista el mar, Dragón de tantas olas. Una historia perfecta para ti, Verónica; para ti, tan sola.

Entra Bufo-el Globero con gran estrépito. Trae consigo una misteriosa bolsa de papel estraza de las que se usan para el pan dulce, pero esta vez la bolsa contiene un globo lleno de agua que apenas se asoma al público.

         BUFO.— Le venimos estudiando, le venimos excitando, le venimos lubricando, le venimos erectando. Le pintamos, le sacamos, le introducimos, le metemos paso a paso, poco a poco: ¡la singular, la nunca vista! Lo contiene, lo tranquiliza, lo mediatiza, lo acompaña, no lo deja solo. Lo pertenece, lo incorpora, lo adhiere, lo pega, lo succiona. Usted no intenta, no ejecuta, no tiene de qué, no tiene sino qué. Se inercia, se deja, se hamaca, se alfombra y se algodona. Sin compromiso, sin esfuerzo y sin maniobras... ¡Llévelo!

         ACTOR.— (Emocionadísimo) ¿¡Y cuánto cuesta!?

         BUFO.— ¿De veras le interesa?

         ACTOR.— ¡Pues sí, pues claro, sumamente!

         BUFO.— Por ser para usted...

         ACTOR.— ¿¡Sí!?

         BUFO.— No. Mejor no. Disculpe a usted no se lo podemos vender.

         ACTOR.— (Indignado) ¿¡Por qué no!?

         BUFO.— (Misterioso) Es peligroso. (Lo abraza) Usted sabe. Usted sabe que no sirve de nada saber y mucho menos criticar. Por lo menos aquí.

         ACTOR.— (Cada vez más indignado)  ¿Saber qué cosa, criticar qué cosa? ¿Y qué quiere decir con aquí?

         BUFO.— Criticar, saber. Es inútil. Como el psicoanálisis.

         ACTOR.— ¡Oiga no! ¡A mí nadie me va a venir con discursos!

         BUFO.— Si yo mismo le dije que aquí no. ¿Qué? ¿Ya se enojó?

         ACTOR.— (Se contiene) No, cómo cree. (Reflexiona) Oiga...

         BUFO.— ¿Sí?

         ACTOR.— ¿No me podría vender aunque sea tantito?

         BUFO.— Lo siento, señor, pero está prohibido. Por lo menos durante las horas hábiles.

         ACTOR.— (Con la intención de discutirle todo) ¿Y por qué hábiles?

         BUFO.— Las de trabajo, Señor. ¿No tenía usted que irse a trabajar?

         ACTOR.— ¡Ay la entrevista!

         BUFO.— ¿Entre qué?

         ACTOR.— ¡Qué barbaridad, la entrevista!

El Actor arregla el "departamento" muy de prisa, sin demasiado éxito. Saca al Globero de escena como si fuera un mueble. Se peina, se arregla y corre hacia la puerta. En ese momento suena el timbre de su teléfono. Corre hacia donde está el teléfono, pero antes de responder se detiene en seco: se vuelve a peinar y muy seguro de sí va hacia la puerta. Entra Bufo-el Globero por primera vez con globos. El Actor furioso decide contestar el teléfono que parece sonar cada vez más fuerte. Bufo se mantiene inmóvil en la puerta como si fuera un vendedor.

         ACTOR.— (A Bufo) ¡Qué se le ofrece! (Bufo no contesta) (Al teléfono) ¡Diga! (Al estático Bufo) ¡No quiero globos! (Agresivo) ¿Me oyó? ¡Que no quiero globos! (Para sí) Nunca me han gustado los globos. (Corre furioso hacia Bufo quien huye despavorido dejando la puerta abierta)(Al teléfono) ¡Diga! Disculpe, casi no le oigo. ¿Sí?... ¿Por qué no vuelve a marcar? ¿Qué cosa?... ¿¡Eres tú, mami!? ¡Mamá, mamita; qué sorpresa! Gracias por hablar... No me lo digas, ¿no sabes cuántos cumplo?...  (Entra Bufo y coloca sigilosamente decenas de globos por todo el escenario. Bufo, EXCLUSIVAMENTE PARA LOS OJOS DEL ACTOR, sólo es observable en movimiento, ya que al congelarse, “mágicamente” se vuelve invisible) ¿Por qué no me hablaste por cobrar?... No, no exageres, no. Yo nunca te he insultado. Además eso fue el año pasado... Sí, antes de tu accidente... ¿Cómo?... Sí, mami; muy bien... ¿Publicaron mi foto?... Bueno, será porque soy joven, ¿no crees?... Pues todavía, sí... ¿En dónde?... ¡Uy, no te imaginas! ¡Todo un éxito! ¡Éxito rotundo, sí!... De Shakespeare... A Romeo... Que yo hago a Romeo... ¡Claro que es importante! Ojalá pudieras venir a verla... La obra, sí. Bueno, sí; me imagino que en tu estado... ¡Que soy qué!... (Bufo se emociona tanto con su "arreglo global", que  deja al descubierto su pequeño truco. El Actor parece planear una estrategia de ataque) Permíteme un momento, ¿sí, mami?... No tardo... Sí, ya sé que es larga distancia, pero no tardo... Sí, no tardo, eh... (Corre como un energúmeno tras de Bufo, pero éste logra escapar. Cierra la puerta con varias vueltas de llave y muy molesto "continúa" su conversación telefónica) ¡Diga!... (Iracundo) ¡Muy buenas tardes!... ¡No, señor; está equivocado!... ¿¡Qué número dice que marcó!?... ¿¡Qué cosa!?... ¡No señor yo no he recibido ningún anticipo!... ¡Por supuesto que no me apellido Incháustegui!... ¿¡Cuál contrato!? ¿¡Cuál departamento!? ¿¡Está loco!?... ¡No, de ninguna manera!... ¿Cómo?... ¡Pues demándeme si puede!... ¿¡Qué!?... Mire, ni me llamo Romero, ni rento nada, ni... Óigame, no tiene por qué insultarme... ¿Montesco?... Pues usted será el estúpido y no tengo por qué decirle mi apellido... ¿Quién?... ¿Ah sí? ¡Pues vaya usted mucho a llamarle a su madre! ¿Diga? ¡Bueno! Bueno... (Oscuro. Cuando se prenden las luces el Actor permanece inmóvil junto al teléfono)(Ausente) ¡Qué barbaridad, la entrevista! (Otra vez oscuro. Cuando se prenden las luces, el Actor está frente al espejo, se ve lejano, sin fuerzas) ¡Qué barbaridad, la entrevista!

Se escucha un blues lento. El Actor se pone lentes oscuros y se sienta tomando varias poses como si modelara frente a una cámara fotográfica. Al fondo del escenario vemos el arribo de un elevador que está dentro del departamento-camerino. Vemos las figuras de los Padres-Reporteros a contraluz detrás de las puertas translúcidas del artefacto. Se abre el elevador. Los Padres visten como en los años 40s. Cargan maletas. Ella está embarazada. Al entrar revisan quisquillosamente el "departamento".

         LA MADRE.— ¿Lo rentan con o sin muebles?

         ACTOR.— (Turbado) Disculpen...

         EL PADRE.— (Mirando al Actor y luego al departamento) Es horrible.

         LA MADRE.— Por supuesto que es horrible, por eso piden cincuenta mil. (Al Actor) Vimos el anuncio, joven. No tenemos mucho tiempo para buscar casa... Mire, si usted nos deja los muebles... ¿Qué dice? Le ofrecemos noventa mil con todo y muebles.

         ACTOR.— Señora, parece que hay un error.

         EL PADRE.— Hay un grave error. No debimos venir. Es horrible. (Sigue mirando al Actor) Con o sin muebles es horrible.

         ACTOR.— (Al Padre) Déjeme explicarle.

         EL PADRE.— No se esfuerce, joven. Buscamos algo mejor. Tenemos prisa, pero buscamos algo mejor. (A la Madre) Vámonos.

         LA MADRE.— (Al Padre) No, Pablo, mira... está bien. Quitamos algunos muebles, pintamos, alfombramos y con algunas plantas...

         EL PADRE.— ¿No bromeas?

         LA MADRE.— (Al Actor) Le ofrezco cuarenta mil. Sin muebles claro. ¿Mañana mismo puede usted desocupar?

         EL PADRE.— No le quites su tiempo al joven. (Mira al Actor, luego al departamento) Es horrible. Definitivamente horrible. Muchas gracias, joven. No sufra. No le faltará quién.

         LA MADRE.— (Al Padre) ¿!Ya decidiste!?

         EL PADRE.— (Concluyente) ¡Es horrible...!

         LA MADRE.— (Convencida) Muy bonito su departamento, joven; pero buscamos algo mejor. No se desespere, no le faltará quién.

         EL PADRE.— Buenas tardes.

         LA MADRE.— Compermiso.

El Actor parece acompañarlos a la puerta del elevador, pero repentinamente los Padres lo hacen pasar adelante y lo empujan dentro. Confirman que el elevador está en otro piso y se adueñan del departamento. La luz cambia rotundamente: parece un día soleado, perfecto para un día de campo. La Madre extiende un mantel sobre el piso y lleva a cabo todos los preparativos para un curioso picnic. Vemos descender al Actor asido a una cuerda. Él, recorrerá durante esta escena, desde el momento de su nacimiento hasta la edad que tiene al comienzo de la obra.

         LA MADRE.— (De su vientre surge una pelota roja brillante. Ambos padres  se relacionan con ella o con el Actor, como si fuera una sola entidad) Míralo, Pablo. Es tu hijo.

         EL PADRE.— Así que hoy es el cumpleaños de este desgraciado. ¿Y cuántos cumple, eh?

         LA MADRE.— (Hace cuentas sin gran éxito) Déjame pensar... en mil novecientos...cinc.. no en mil nov...


         EL PADRE.— Qué manera de cambiar... ¿Así fue como lo dejamos? Brazos largos, manos, ombligo en su lugar... Más o menos alto... ¿Y en qué trabaja?

         LA MADRE.— Es actor, Pablo... Creo que salió en una obra de... de Cervantes sí... Salió en el periódico.

         EL PADRE.— ¿Y de qué salía?

         LA MADRE.— De Romeo, creo... Pero míralo, mira qué delgado está. Y esa cara. Seguro padece insomnio, como tú, Pablo; como tú... estoy segura.

         EL PADRE.— Exageras. Es un poco delgado... pues porque es delgado y no por otra cosa.

         ACTOR.— Mamá, querida mamá. Mamá, papá. Papá, mamá. ¿Mamá? ¿Papá?

         LA MADRE.— Es evidente.

         EL PADRE.— No tanto.

         ACTOR.— Mamá, estoy sentado en tu vientre; todo es calmado y tibio. Dile a papá que estoy bien. Todo es burbuja y rojo. Escucho un pequeño tam tam, burbuja y rojo... Tam tam, tam tam...

A partir de este momento los Padres ejecutan un juego entre infantil y sexual. El Actor se convierte en un elemento obstaculizador de la situación, pero al que no dejan de tomar en cuenta; no sin enfado, no sin resignación.

         EL PADRE.— (Como una clave secreta para iniciar el rito amoroso—sexual) Veinticinco cincuenta, la número veintiséis.

         LA MADRE.— Con una, con dos, con tres: te saco la vuelta y de dejo de a seis.

         ACTOR.— Papá, querido papá. ¿Por qué todo es como es, por qué no puede ser de otro modo?... ¡Mamá!

         LA MADRE.— (Acude brevemente al llamado de su hijo) Corre, vuela, salta. A ver si no te asaltan, a ver si no te matas.

         EL PADRE.— (Protestando por la intromisión del "pequeño") ¡Fuera y pido, que se vaya el demonio, que se vaya si vino. (Besa intensamente a la Madre).

         ACTOR.— Estoy en el agua, papá. No te vayas tan pronto, ¡mira qué bien sé nadar! ¡Como un pescado, mamá! ¿Lo estoy haciendo bien? (Se aferra de las piernas de sus padres).

         EL PADRE.— (Molesto, arroja al "pequeño" de una sonora patada en el trasero) Pido cielo y tierra... (Luego, le da "consejos") Corre por encima, corre por abajo, frena para atrás, sube la escalera, salta para abajo, ahora no des brincos, quédate sentado... ¡Salta! ¡Salta!!! (El Actor, confundido ante las órdenes de su papá, da un enorme salto y se queda inmóvil en el suelo) Eso es.

         LA MADRE.— (Aparentemente lo consuela. Lo cubre con el mantel) Con una, con dos con tres. Si te atrapo tú te duermes; si te alcanzo no te suelto y te convenzo.

         ACTOR.— (Al Padre, al ver que éste toma sus maletas y se intenta marchar) ¿Te vas otra vez, papá? ¡Que tengas buen viaje, que te diviertas!

         LA MADRE.— (Deja al "niño" y alcanza al Padre) Por aquí pasó Colón y mejor tomó un avión. (Realizan un "viaje" por el escenario)

         ACTOR.— (Juega a solas) Una, dos y tres... Dos pasitos, dos. Muy bien. ¿Lo estoy haciendo bien? No, tú no. Tú menos. Tú tampoco. Uno, dos, y tres. Dos para dos son tres, dos y tres son seis. ¿Lo estoy haciendo bien? No, tú no. Tú menos. Tú tampoco.

LOS PADRES REGRESAN DEL "VIAJE"

         LA MADRE.— (Al Actor) A ver, a ver. Una sonrisita, dos, tres sonrisitas.

         EL PADRE.— Ríete desgraciado. A ver sonrisita... Sonrisita... Te voy a romper los dientes.

         LA MADRE.— ("Cariñosa") ¿De qué te ríes imbecilito. A ver sonrisita, así, así. ¡Pero qué taradito, qué tontito! (La Madre cesa el juego con el Actor, coquetea al Padre con otra falsa adivinanza iniciando una vez más el coqueteo—rechazo) ¿Corre, se ahueca, salta y viene para afuera?...

         EL PADRE.— ¿Quieres que te conteste al revés? (Vuelven a perseguirse, finalmente levantan el mantel y continúan el juego sexual en un cama instantánea y vertical —el mantel— que solamente deja ver las caras de los padres).

         ACTOR.— Estoy volando, respiro. Vuelo y me elevo cuando quiero. ("Se mete a la cama" con sus padres) ¿Estás dormido, papá? ¿Hoy no me vas a pegar? ¿Tú tampoco, mamá? (Sale de la cama) ¡Mis papás no pegan, mis papás no me pegan. ¿Entonces por qué me duele, por qué me duele tanto?

Los Padres dejan la sábana y ponen total atención al Actor.

         EL PADRE.— ¡Cómo que te duele... y por qué te duele! ¡Explícate!

         LA MADRE.— Déjalo, Pablo. Déjalo que se acostumbre, que se acostumbre.

         EL PADRE.— ¿Y luego que nos eche la culpa? ¡Eso sí que no!

         LA MADRE.— (Asombrada) ¿La culpa?... ¿La culpa de qué?

         ACTOR.— (Su Padre, cariñosamente brusco, conduce al Actor al espejo, y cariñosamente brusco le quita la camisa y le lava las orejas) Tengo la nariz de mi madre y las orejas de mi tío. Tengo las cejas de mi abuelo, el cuello de mi papá... Los hombros y los pies son míos.

         LA MADRE.— (Conmovida) Míralo, Pablo; ¡es tu hijo!

         EL PADRE.— (Refunfuñón) Y el tuyo también.

         LA MADRE.— (Emocionada) ¡Soy madre!

         EL PADRE.— ¿Y qué con eso? Yo también lo digo: ¡Soy el padre! ¿Y qué?

         LA MADRE.— No es lo mismo, no es igual.

         EL PADRE.— (Arrojando al "niño" fuera de la discusión) ¿¡Quién dice!?

         LA MADRE.— ¡No fastidies!

         ACTOR.— (Repentinamente recobra su edad auténtica) Buenas tardes.

         LOS PADRES.— (Ninguno de los dos dispuesto a hacer las paces) ¡Muy buenas tardes!

         ACTOR.— ¿Ustedes son mis padres?

         EL PADRE.— ¡Todo parece indicarlo, sí!

         LA MADRE.— ¡Parece que no existe la menor duda, no!

        ACTOR.— ¿Dónde aprendieron a mentir? ¡Ustedes son demasiado jóvenes!

         EL PADRE.— (A la madre. Conciliatorio a regañadientes) ¿Se lo dices tú?... O mejor ya no le decimos nada.

         ACTOR.— Además mis padres están muertos, hace mucho tiempo que murieron... ¿A quién quieren engañar?

         LA MADRE.— (Al Padre) Es nuestra última oportunidad... (Al Actor) Pablito, hijo. Tu padre y yo tenemos una sorpresa para ti.

         ACTOR.— (Nuevamente infantil) ¿En serio?

         EL PADRE.— De verdad, de verdad... Sí, Pablito. Tu mami y yo nos vamos de viaje.

         LA MADRE.— (Dulce) Se trata de un viaje muy largo, sí... Muy, muy largo.

         EL PADRE.— Pero tú no debes angustiarte, Pablo. Te vas a equivocar algunas veces, pero al final llegarás a la meta que todos anhelamos.

        LA MADRE.— Si necesitas algo no se te ocurra pensar en nosotros.

         EL PADRE.— De todos modos pórtate… como puedas.

         ACTOR.— (Se despide, cariñoso) Gracias, señores. Gracias por todo. Me dio mucho gusto conocerlos, que tengan buen viaje... (Los Padres se marchan con todo y elevador) Que se diviertan... (Reflexiona) ¿Gracias? (Y se encoge de hombros).

El Actor muy contento pone música; de pronto el sonido empieza a fallar y se escuchan mezcladas: una sirena de alarma y alguna música que recuerde a las caricaturas de la Warner Brothers. Entra Bufo bailando muy graciosamente, disfrazado de Bugs Bunny en una de sus caracterizaciones femeninas. El Actor juega a perseguirlo como si fuera el iracundo Sam Bigotes...

         BUFO.— Ven noche; ven, Romeo. Tú que eres el día en medio de esta noche. Tú que en las tinieblas eres un copo de nieve sobre las alas negras del cuervo. Ven noche amiga de la locura y tráeme a mi Romeo... Bueno va más o menos así. ¿Qué opinas? ¿Te gusta el disfraz que escogí para tu fiesta? Lo he titulado: Julieta Capuleto se niega a salir a su balcón. ¿Cómo ves?

         ACTOR.— ¿Quién te dijo que eres mi invitado? ¡Por qué no me dejas en paz!

         BUFO.— De acuerdo, no seré más Julieta. Mira muy bien y dime ahora lo que ves.

Se quita el Disfraz de Julieta y queda casi desnudo, con un enorme y cómico pañal.

         ACTOR.— Déjame adivinar... parece algo así como un... Como el disfraz de... ¿Un bebé?


         BUFO.— Exacto. ¿Y si me quito el pañal?  Vamos a ver qué pasa.

         ACTOR.— ¡No! Mejor no. No te nos vayas a resfriar.

         BUFO.— Siempre es mejor estar cubiertos, ¿verdad?

         ACTOR.— Por favor...

         BUFO.— Siempre disfrazados, es lo mejor.

         ACTOR.— Yo no dije eso.

         BUFO.— ¿Cuál es el mejor disfraz que existe?

         ACTOR.— ¿Para una fiesta? Pues, el de...

         BUFO.—  No sólo para una fiesta... ¿Un disfraz para cualquier ocasión? ¿O para cualquier ocasión un disfraz? ¿Tú qué prefieres?

         ACTOR.— Pues yo... no sé.

         BUFO.— ¿O no prefieres ninguno? ¿Ningún disfraz para ninguna ocasión?

         ACTOR.— Sí, supongo que eso es mejor.

         BUFO.— Claro, de acuerdo. Me voy a quitar el mío. (Se lo intenta quitar).

         ACTOR.— ¡Nooo!

         BUFO.— En qué quedamos... ¿te molesta ver a un niño sin pañal?

         ACTOR.— Tú no eres precisamente un niño.

         BUFO.— ¿No? Entonces qué soy... ¿Un gnomo?

         ACTOR.— Pues si me pides mi opinión, te diré que eres un... Eres un... ¡un inmaduro!

         BUFO.— Pues claro que lo soy. Soy la parte más inmadura de... ¿De quién?... ¿De Pablo, verdad? Pues sí, ser adulto quita mucho tiempo. En todo caso para eso de los adulterios y adulteces estás tú. Y el hecho de que lo seas, no significa que no lo seas.

         ACTOR.— ¿De qué me hablas?

         BUFO.— Tú eres el adulto.

         ACTOR.— ¿Yo? Soy demasiado joven.

         BUFO.— ¿Te parece? Pues aunque estés vestido así, eres un adulto.  Un poco extravagante, como los niños. Pero eres un adulto.

         ACTOR.— Sí, supongo que sí.

         BUFO.—  Pero no te preocupes, eso no significa que no puedas jugar. Se tratará de un juego más difícil, porque es un juego en serio. El juego, si tú quieres, seguirá siendo más importante que las reglas.

         ACTOR.— ¿No todos los adultos juegan?

         BUFO.—  No todos. Algunos viven demasiado ocupados en mantener el único disfraz que se han permitido escoger. Profesores, enfermeras, diputados… Otros se divierten con miles y miles de disfraces, porque saben que son sólo eso... ¿Te lo digo? Disfraces.

         ACTOR.— ¿Y siempre escogemos uno?

         BUFO.— Uno o varios. No importa. Lo que sería interesante es conocer al que está desnudo, debajo de cualquier disfraz. Déjame enseñarte. (Se intenta quitar una vez más su "disfraz").

         ACTOR.— ¡Que no!

         BUFO.— (Discursivo) ¿Lo ves? Cuando uno quiere ser auténtico no lo dejan. Cuando uno quiere expresarse sin perder la forma, la más pura. No la que otros dicen que es mejor o indispensable...

         ACTOR.— Oiga, Profesor; ¿no le parece a usted que fueron ya muchos discursos?

         BUFO.— ¿Quién te dijo que era Profesor, En todo caso sería tu Institutriz, pues soy Julieta, Julieta Capuleto nada menos... (Intenta ponerse su disfraz de Julieta) ¿Divino mi disfraz, no crees?

         ACTOR.— (Lo lleva hacia la puerta) En eso se equivoca, querida Institutriz. Yo ya le dije que nunca la invité.

         BUFO.— Eso no tiene la menor importancia, yo estoy aquí cuando es preciso... ¿No lo habías notado?

         ACTOR.— ¡Fuera!

         BUFO.— No te enojes, mira nada más con qué cara vas a recibir a tus invitados...

         ACTOR.— ¡¿Cómo, ya!?

         BUFO.— Asómate por la ventana.

El sonido de la sirena es ahora intensísimo y se liga inmediatamente después con una marcha nupcial distorsionada. Bufo desaparece de la escena al mismo tiempo que una ventana desciende sobre el foro; el Actor se asoma por ella y saluda con gestos efusivos. Vemos venir por algún lado a Verónica y Jerónimo "disfrazados" de recién casados.

                   ACTOR.— ¡Aquí es!


 La Novia (Verónica), montada en los hombros de Jerónimo viene arrastrando un enorme velo que surge de su cabeza y termina varios metros atrás en las manos del apurado Bufo. El Actor coloca la puerta-espejo en el piso y espera sonriente a  que los invitados pasen por ella. Finalmente los Novios se instalan en la escena ignorando profundamente al Actor, quien a pesar de todo se acerca encantador a recibirlos. Todos se congelan en una composición nupcial, y de ese grupo sale Bufo y les toma una foto. Luego saca otra fotografía del público y habla alternativamente al público y a los otros personajes.

         BUFO.— ¡Sonrían, por favor sonrían! No es obligatorio pero sonreír es tal vez el único remedio... a veces. ¡Bienvenidos! Podría decir que me alegra su presencia esta noche, pero no importa. Espero que gocen, disfruten y hagan su mejor esfuerzo. ¡Esta es la fiesta de los disfraces!... ¡Bienvenidos!
Toma otra fotografía y todos se descongelan.

         ACTOR.— (A la pareja) ¿Pero por qué no me avisaron? ¿Cuándo sucedió?

         VERÓNICA.—(En éxtasis) Un acontecimiento naturalmente. Los invitados, la música, los crisantemos... Todo en su lugar, su sitio. Como es costumbre, como es natural.

         BUFO.— Y como es natural en estos casos, la pregunta final se escuchó por el micro: (Sacerdotal) ¿Aceptan unir sus vidas por los siglos, y los siglos, y los siglos... posibles? ¿Aceptan, sí?

         LA PAREJA.— ¡Sí!

         BUFO.— Así sea pues. Entonces... los declaro. ¡Bésense!

La pareja se besa.

         ACTOR.— ¡Pero qué desconsiderados!

         LA PAREJA.— ¿Qué qué?

         ACTOR.— ¿Por qué no me avisaron?

         JERÓNIMO.— (Molesto) ¡No teníamos tu dirección!

         VERÓNICA.— (Hostil) ¡Ni tu número de teléfono!

         JERÓNIMO.— ¡Nos dijeron que estabas enojado con nosotros!

         VERÓNICA.— ¡Que te habías ido de viaje!

         JERÓNIMO.— ¡Que te habías sorrajado un tiro en la cabeza!

         VERÓNICA.— ¡Que te habías cortado las venas!

         LA PAREJA.— ¡Nos dijeron que estabas muerto!

Oscuro. Cuando las luces se prenden de nuevo luces, el Actor coloca la puerta-espejo enfrente de los Novios, quienes la atraviesan encantadores. Ambiente de alegría y encanto social.

         BUFO.— ¡Comenzamos!

         ACTOR.— (Feliz) ¡Pero qué alegría me da, qué bueno que vinieron! ¡No saben, no saben qué alegría me da! ¿Qué quieren tomar? ¿No será lo de siempre, verdad?

         BUFO.— Porque lo de siempre se acabó.

         JERÓNIMO.— (Abraza y besa al Actor) ¡Pablo, felicidades! ¡No has cambiado nada!

         VERÓNICA.— (También lo abraza y besa) Estás igualito, igual que siempre... ¡Felicidades!

         ACTOR.— (Vuelve a abrazar y besar a sus invitados) ¡Verónica, gracias de veras! ¡Jerónimo, gracias Maestro! ¡Gracias por venir a mi fiesta de cumpleaños!

         JERÓNIMO.— (Asombrado) ¿Es su cumpleaños?

         VERÓNICA.— (Confundida) ...Yo no sabía.
                  
         ACTOR.— No importa, no. De todas formas mi cumpleaños ya  pasó, porque hoy es (Consulta su teléfono para ver la fecha) lunes y mi cumpleaños fue ayer domingo.

         JERÓNIMO.— No, no, no. Te equivocas, Pablo. Hoy es martes.

         ACTOR.— No, Jerónimo... Estoy hablando estrictamente como  a ti te gusta. Ya son más de las doce de la noche. Hoy  es lunes y mañana martes.

         BUFO.— Hablando estrictamente, claro. Hoy es lunes, hace  unos minutos fue domingo.

         JERÓNIMO.— Hoy es martes.

         VERÓNICA.— ¡Ay, Jerónimo! ¿No sabes en qué día vives? Si Pablo te lo acaba de decir... Hoy es lunes.

         JERÓNIMO.— No, no. Hoy es martes, claro que es martes...

         TODOS.— No, no y no.

         JERÓNIMO.— ¿Entonces qué día es hoy según ustedes?

         VERÓNICA.— ¿Por qué preguntas?

         ACTOR.— Sí, ¿por qué lo haces?

         BUFO.— ¿Por qué?

         JERÓNIMO.— ¡Bueno, ya!... ¿Simple curiosidad?

         VERÓNICA.— Pues déjame decirte que eres un tonto, Jerónimo. Hoy es un lunes como cualquier otro.

         JERÓNIMO.— ¿Estás loca? Ayer fue lunes. El domingo por la noche fue la boda, acuérdate. Y en la noche siguiente, es decir la del lunes, o sea ayer, nos fuimos de Luna de Miel. Lógicamente hoy es martes.

         BUFO.— ¡Qué romántico! Así que enamorados.

         VERÓNICA.— En-Amor-a-Dos, sí.

         ACTOR.— ¿De Luna de Miel? Pero y entonces... ¿qué hacen aquí?

         VERÓNICA.— Sí, Pablo... nos fuimos al Viejo Mundo... (A Jerónimo) ¡Como tú dices!

         JERÓNIMO.— ¡Yo nunca he dicho eso!

         VERÓNICA.— ¡Cómo fastidias!

         JERÓNIMO.— ¡Cómo te adoro!

         VERÓNICA.— ¡Imbécil!... (Al Actor) Así es, Pablo. Nos fuimos en avión y todo... Yo siempre sugerí el barco... Por lo seguro, claro... Pero bueno, nos fuimos en avión. Según esto sin escalas; ¿verdad, Jerónimo? Pero ya ves, tuvimos una escala fatalmente forzosa... (Como rotunda conclusión) Bueno entonces hoy es martes.

         JERÓNIMO.— (Cariñoso)  ¿Lo ves, Pablo? ¡Antier domingo fue tu cumpleaños! ¡Déjame darte un abrazo! ¡Felicidades! (Se aleja y baila con Verónica.)

         ACTOR.— ¡¿Gracias!?

         BUFO.— (Abraza al Actor) Lo siento mucho.

         JERÓNIMO.— ¡Que bailen los novios, que bailen los novios!

Se escucha el sonido de un avión en pleno vuelo. El Actor se ve envuelto junto con bufo en el enorme velo de la novia. Repentinamente la pareja deja de bailar y se queda mirando al público, sonriendo extrañamente.

         VERÓNICA.— (De reojo mira cómplice a Jerónimo) Es una pena, Pablo, pero tenemos prisa, muchísima prisa.

         JERÓNIMO.— Sí; ya nos vamos, Pablo.

         ACTOR.— ¡No puede ser, pero si acabamos de empezar!

         BUFO.— ¡Y no se trata del principio, no!

         VERÓNICA.- Mira, Pablo; no te ofendas, pero nos invitaron a una fiesta.

         ACTOR.— (Se convulsiona de risa y cae al suelo) ¿Qué? ¡No es posible! ¡No puede ser cierto! (Cae desmayado).

         VERÓNICA.— ¿Por qué lo dudas? Nos invitaron a una fiesta de disfraces en casa de Pablo.

         JERÓNIMO.— ¿Te acuerdas de Pablo? ¡El actor! ¿Te acuerdas, Pablo!

         LA PAREJA.— ¡Pablo! ¡Pablo!! ¡PABLO!!!
  Suena insistentemente el teléfono. Cambia la iluminación y vemos, por lo menos en ambiente, la casa de Verónica y Jerónimo justo en el momento en que hacen los últimos preparativos para ir a su boda.

         BUFO.— (Le entrega un teléfono a Verónica) Es para usted.

         VERÓNICA.— (Lo sujeta sin decidirse a contestar) ¡Acaba de suceder algo espantoso, estoy segura!

         JERÓNIMO.— Te van a colgar si no contestas.

         VERÓNICA.— Esto ya lo había vivido. ¡Es horrible, alguien se acaba de morir!

         JERÓNIMO.— Lo has de haber soñado, déjame contestar a mí.

         VERÓNICA.— (Turbada, contenida) ¡Jerónimo!

         JERÓNIMO.— (Con miedo, pero emocionado por tener miedo) Qué...

         VERÓNICA.— ¡Es un aviso!

         JERÓNIMO.— ¿Sí?

         VERÓNICA.— Un hombre se mira en el espejo. Tiene en la mano un… una… un…

         JERÓNIMO.— (Emocionadísimo) ¡Una pistola!

         VERÓNICA.— Sí... una visión: el hombre apunta hacia su imagen; y en un instante... un grito seco y sin que nadie se interponga llega... la Muerte.

         BUFO.— (Le quita el teléfono a Verónica y se lo da a Jerónimo) ¿Es para usted, o para usted?

         JERÓNIMO.— ¿La Muerte?

         BUFO.— Si no le contestan se va a enojar.

         VERÓNICA.— (Vuelve a tomar el teléfono) ¿Quién habla?

         BUFO.— (Saca un teléfono de algún bolsillo de su vestuario) ¿Adivina quién?

         VERÓNICA.— No estoy para bromas. ¿Quién es usted?

         JERÓNIMO.— ¿¡Qué pasó!?

         BUFO.— ¿Hace ya mucho tiempo, Verónica? ¿Cómo está Jerónimo?  ¿Todavía no adivinas?

         VERÓNICA.— Es posible... ¿Cómo has estado?

         JERÓNIMO.— ¿Quién es?

         BUFO.— Espero no ser inoportuno.

         VERÓNICA.— ¿Una fiesta?

         BUFO.— Hoy en la noche, dile también a... Verónimo.

         VERÓNICA.— (A Jerónimo) Te hablan.

         JERÓNIMO.— ¿Quién se murió?

         VERÓNICA.— No seas idiota, te habla Pablo.

         JERÓNIMO.— ¿Cuál Pablo?

         VERÓNICA.— ¿Cuál crees?

         JERÓNIMO.— ¿¡Pablo!? ¡No puede ser... Si Pablo está bien muerto!

         VERÓNICA.— Pues dice que nos invita a su casa hoy en la noche; precisamente hoy.

         JERÓNIMO.— ¿¡Hoy!? No podemos.

         VERÓNICA.— Claro que no podemos... ¿Y si lo invitamos nosotros?

         JERÓNIMO.— ¿Y si nos arruina la boda? Ya sabes cómo es Pablo; es capaz de subirse al púlpito y oficiar misa.

         VERÓNICA.— Mejor lo invitamos al brindis... O ya sé, mejor no le decimos nada: después de todo Pablo fue nuestro mejor amigo.

         JERÓNIMO.— Es una lástima que se haya... Que haya cometido esa estupidez.

         VERÓNICA.— Fue de muy mal gusto. Mejor cuélgale.

         JERÓNIMO.— Sí.

Oscuro. Cuando la luz se enciende vemos la figura de un enorme avión con puerta y ventanillas practicables. Bufo espera junto a la puerta para recibir los boletos. Verónica y Jerónimo, entre besos, arrumacos y maletas; se disponen a abordar la nave. El Actor despierta, y muy alegre va con los novios y dice...

         ACTOR.— Oigan, les gusta mi disfraz... (La pareja "entra" al "avión") ¡Oigan!

         BUFO.— No los molestes, ¿no ves que están de Luna de Miel?

         ACTOR.— ¿¡Me dejas en paz!? (Jerónimo y Verónica se asoman por sendas ventanillas) Oigan, ¿les gusta mi disfraz? Es muy bonito.

         VERÓNICA.— Sí, Pablo... muy original. Yo siempre quise uno así.

         JERÓNIMO.— ¿Por qué no te vas a jugar un rato?

         BUFO.— Te lo dije.


Se escucha el sonido del avión que despega. Bufo se instala en una de las ventanillas. La Pareja se manda besos desde cada ventanilla. El Actor juega como un niño con un avión a escala.

         JERÓNIMO.— ¿Ya viste a Pablo, Vero?...  Yo siempre supe que llegaría el día en que... pobrecito.

         JERÓNIMO.— Sí. Jamás imaginé que Pablo llegara al extremo de... quitarse la vida. Todavía no lo puedo aceptar.

         BUFO.— ¡No...! Se quitó la vida el bárbaro, qué tal.

         JERÓNIMO.— Pero por supuesto. Todo el mundo lo sabe. Se suicidó, ¿no Vero?

         VERÓNICA.— Pero por supuesto que se suicidó. ¿O no?

         BUFO.— ¿Entonces qué, o qué? ¿O qué o qué?

         JERÓNIMO.— Yo digo que... Que sí, ¿no?

         VERÓNICA.— Ay pues ya no lo tengo claro... ¿Por qué no le preguntamos? ¿O mejor no?

         JERÓNIMO.— Oye, Pablo...

         VERÓNICA.— ¡Pablo!

         TODOS.— ¡PABLOOO!


OSCURO. LUEGO, ÚNICAMENTE UN CENITAL SOBRE EL ACTOR.

         ACTOR.— ¿Pablo? El otro día estuve hablando con él y me dijo que yo estaba muerto, que me había dado un tiro. Por eso fue que le dije: te equivocas, Pablo; yo no estoy muerto. Solamente imaginé, una mera fantasía por supuesto, que si yo me intentaba suicidar... ellos, los demás, pensarían que yo estaba muerto. Y lo intenté y me imaginé que ellos pensaban que estaba muerto. No era verdad, no. Yo no morí, pero ellos lo pensaron. Lo cierto, Pablo, es que ellos sí que se murieron. Se fueron al Viejo Mundo... ¿O al Otro Mundo se dice? Pues no lo sé del todo, Pablo... te juro que ya no sé si lo pensé o es cierto... ¿Sí se murieron? ¿Eh, Pablo? Se fueron lejos de este mundo. O... ¿cómo se dice? ¿Viejo u otro?... Mundo sí, pero ya no sé, ya no sé nada, Pablo.

El foro se ilumina. Verónica, Jerónimo y Bufo rodean al Actor. El avión ha salido de escena.

         VERÓNICA.— Al Otro Mundo, Pablo... Un accidente, oh sí. ¿Pero no me digas que no sabías?

         ACTOR.— No, no mucho.

         VERÓNICA.— Fue espantoso, ya te podrás imaginar.

         ACTOR.— ¿Espantoso, no?

         BUFO.— Espantoso, sí... supongo.

         JERÓNIMO.— Una falla mecánica; como a diez mil pies de altura. ¿Se llaman pies, no Vero?

         VERÓNICA.— ¿Los pies?

         JERÓNIMO.— En fin... con decirte, Pablo, que a pesar del cinturón de seguridad, y de los consejos de la Torre de Control al Capitán, y de los consejos de la Azafata al Capitán, al Copiloto y a los pasajeros... A pesar de todos los consejos que todos nos dábamos unos a otros... pues cataplum, a pesar de todo: el avión se vino abajo. !Paf!

         VERÓNICA.—¿Pero en qué mundo vives Pablo, si todo el mundo lo sabe... salió en el periódico.

         BUFO.— Es que él no compra el periódico.

         ACTOR.— Por qué no te callas y sirves la cena... ¿Se van a quedar a cenar, verdad?

         BUFO.— ¿Qué desean ordenar los señores?

         VERÓNICA.— ¡Un aperitivo, por favor!

         JERÓNIMO.— ¡Que sean dos!

         BUFO.— Salen dos aperitivos Luna de Miel... Y tú, ¿qué vas a tomar?

         ACTOR.— ¿Cómo que tú? De usted, por favor... ponga la mesa y tráigame...

         BUFO.— No me lo digas... ¡Otro aperitivo! ¡Perdón!... ¡Un aperitivo De Usted Por Favor! ¡Sale!


El Actor y sus invitados permanecen de pie y se quedan viendo al piso, al "techo", o a donde puedan; tensos, por el repentino silencio.

         JERÓNIMO.— (Rompiendo el silencio) Verónica, ¿sabías que Pablo y yo nos conocemos desde que éramos (señala con  sus dedos a una altura pequeñísima) ¿así...? Amigos de la infancia, sí... ¿Sí lo sabías?

         VERÓNICA.— ¿Tú que crees?

         JERÓNIMO.— ¿Ya te lo había dicho?

         BUFO.— (Entra con la mesa y la cena, los demás personajes se sientan en cuclillas alrededor) Se lo dijo Pablo.

         ACTOR.— Yo se lo dije.

         VERÓNICA.— Él me lo dijo.

         BUFO.— Vaya preguntas, Jerónimo... Pablo y Verónica vivieron juntos.

         JERÓNIMO.— Claro.

         ACTOR.— Hace ya mucho tiempo; ¿verdad, Verónica?

         VERÓNICA.— (Habla como si el Actor estuviera ausente, pero viéndolo fijamente a los ojos) Pobre Pablo... me acuerdo muy bien de su mirada: lejana, ausente, obsesiva...

         BUFO.— (Mientras sirve una cena insólita) Y fue entonces cuando usted comenzó a notar esa curiosa actitud; ese tipo de costumbres... ¿Cómo, cómo calificarlas?

         VERÓNICA.— ¿Insólitas?

         JERÓNIMO.— ¿Extravagantes?

         VERÓNICA.— ¡Muy inauditas!

         JERÓNIMO.— ¡Inadmisibles!

        ACTOR.— In... Innn...

        VERÓNICA.— Una curiosa actitud. Los psicoanalistas se aburrieron, su psiquiatra cambió de vocación... (Haciéndole caso de repente) ¿Te acuerdas, Pablo? Creo que se dedicó a vender Biblias de casa en casa. Una vez nos quiso vender una. Todo el mundo se cansó, menos Pablo... Oye Pablo, pero entonces por qué fue eso...

         ACTOR.— ¿Eso cuál, Vero?

         VERÓNICA.— Eso... lo del suicidio. ¿Te suicidaste, no?

         ACTOR.— Ay, Vero... lo has de haber soñado.

         JERÓNIMO.— No, Pablo... Si yo también lo supe... te sorrajaste un tiro.

         ACTOR.— (Turbado) Lo han de haber soñado, estoy seguro.

         JERÓNIMO.— Claro.

SILENCIO.

         VERÓNICA.— Y...

         JERÓNIMO.— Y...

         VERÓNICA.— ¿Sigues en el Teatro, Pablo?

         ACTOR.— Sí, claro; a ver si me van a ver. Ya son las últimas funciones.

         VERÓNICA.— Pero si ya conocemos la obra, Pablo: ¿Romeo y Julieta, no? Acuérdate que me prestaste el libro.

         ACTOR.— ¿El libro, Verónica? No es lo mismo.

         JERÓNIMO.— ¿Cuál es la diferencia?

OSCURO. LUEGO, VEMOS SÓLO AL ACTOR EN UN COLUMPIO.

         ACTOR.— De vez en cuando me despierto sin saber qué pasa, y me levanto y me baño y desayuno. De vez en cuando me tomo un café; lentamente, y pienso y me confundo y sigo sin saber... No sé muy bien si lo que vivo es invención, o es sueño, o es recuerdo. A veces la vida pasa mientras tomo café, lentamente... En un deseo, en un recuerdo, en un ir y venir de la invención. A veces pienso que la vida es eso: un ir y venir de los deseos, un ir y venir de los recuerdos... Pero en un instante todo se confunde y me descubro asombrado, simplemente tomando café, sin más. Descubro que soy yo; que estoy viviendo. Mirando una taza de café. (Se baja del columpio y lo mira desaparecer).

Luz. Entra Bufo arrojando serpentinas y confeti a los invitados.

         BUFO.— ¿Alguien dijo café? Tenemos café o postre, ¿qué prefieren?

         VERÓNICA.— Yo creo que mejor nos vamos.

         BUFO.— ¿Ya se van?

         JERÓNIMO.— Sí, mañana tenemos que levantarnos temprano.

         ACTOR.— ¿Mañana? Pero si ustedes están... Yo pensé que ustedes se habían...

         VERÓNICA.— Muerto, Pablo, se dice muerto. Yo nunca pensé que fuera tan difícil.

         JERÓNIMO.— Dificilísimo. No te imaginas todo lo que nos queda por hacer: trámites y trámites y más trámites.

         VERÓNICA.— (Fastidiada) Adiós, Pablo me dio mucho gusto saber que estás bien.

         ACTOR.— Gracias por venir.

         JERÓNIMO.— Ojalá pudiéramos volver a visitarte.

         VERÓNICA.— Lástima que eso sea imposible.

         BUFO.— Oigan, y no lo van a felicitar.

         LA PAREJA.— ¡Otra vez!

         BUFO.— Bueno, pero no le han dado su regalo.

         JERÓNIMO.— No se supone que sea obligatorio. Además su cumpleaños fue... ¿el martes?

         ACTOR.— No hay problema, Jerónimo. Por supuesto que no es obligatorio. Y déjame decirte, déjenme decirles a todos que...

         VERÓNICA.— ¡Qué!

         ACTOR.—  Lo he estado pensando mucho este día y he llegado a la conclusión...

         JERÓNIMO.— Ya dilo.

         ACTOR.— Pues bien: yo tengo algo mucho mejor que un regalo.

         JERÓNIMO.— ¿Algo mejor que un regalo? No puede ser.

         VERÓNICA.— No, ¿qué puede haber mejor que un regalo?

         JERÓNIMO.— Nada. No.

         ACTOR.— Pues sí. Yo tengo un... Es un... es algo parecido a... ¿Lo quieren ver?

         BUFO.— No me digas que te acordaste, Pablo. Por fin vas a soltar a tu... a tu algo parecido a... (Lo abraza) ¡Felicidades! No he trabajado en vano.

         ACTOR.— Ahorita mismo se los enseño. (El Actor comienza a buscar) Nada más dejen que lo encuentre. ¿Dónde estará?

         JERÓNIMO.— Tenemos prisa, si no con mucho gusto nos quedábamos a verlo.

         VERÓNICA.— Sí; adiós, Pablo. Ya no podemos quedarnos más tiempo. Mañana vamos a estar muy ocupados.

         JERÓNIMO.— Tenemos responsabilidades. Muchas.

         BUFO.— ¡Pero cómo!, ¿no van a quedarse a ver su, su algo parecido a?...

         LA PAREJA.— ¡¿Algo parecido a qué?!

         ACTOR.— Debe de estar en alguna parte. (Sigue buscando, cada vez más preocupado) Ustedes no lo vieron... No se me puede haber perdido.

Baja la intensidad de la luz. El Actor comienza a buscar con una linterna, la Pareja lo sigue un poco a regañadientes, pero intrigada por conocer el "algo parecido a". Bufo más atrás camina como si estuviera preocupado. Luego se separa del grupo y observa divertido. Finalmente la Pareja se separa del Actor  y se dirige, en la oscuridad, hacia la salida. Bufo se les interpone y los deslumbra con el flash de una cámara fotográfica. La luz  repentinamente cobra su máxima intensidad.

         BUFO.— (Asume un tono parecido al de las historias policíacas) Disculpen, ¿se les perdió algo?

         LA PAREJA.— (Adoptan el mismo tono detectivesco)...¿A nosotros?

         BUFO.— ¿Ustedes?... ya se iban. Hasta luego.

         ACTOR.— ¡Qué pasa!

         BUFO.— Se quieren escapar, quieren robarse tu... tu algo parecido a...

         VERÓNICA.— ¡Oiga, no sea impertinente!

         ACTOR.— Así que fueron ustedes, ¿¡en dónde lo escondieron!?

         JERÓNIMO.— ¿De qué hablas, Pablo? Si ni siquiera sabemos lo que es.

         BUFO.—  ¡Ya dénselo, a ustedes no les va a servir de nada!

         VERÓNICA.— (Poniendo en duda su inocencia) ¿Y usted cómo lo sabe...? ¿A usted... sí le sirve?

         JERÓNIMO.— ¡Responda!

         BUFO.— (Sintiéndose repentinamente acusado) ¿A mí?... Por supuesto que... Eso no les importa.

         VERÓNICA.— ¡Ajá...! Ya no lo busques Pablo, yo sé quién lo tiene.

         JERÓNIMO.— Helo aquí...

         VERÓNICA.— Al culpable.

         ACTOR.— Cómo no lo pensé antes. Tenías que haber sido tú. ¿Dónde está?

         BUFO.— ¿No te acuerdas? A ti nunca te gustó, tú mismo lo encerraste, Pablo... ¿Lo vas a dejar salir?

La Pareja intenta salir sin ser vista.

         ACTOR.— ¿Yo lo encerré?... (Reflexiona) Sí, puede ser cierto. Pero fue así, sin darme cuenta. O sin quererme  dar cuenta. (Deteniendo en seco a la pareja) ¿Se van a ir sin conocerlo?

         BUFO.— ¿Lo vas a soltar?

         JERÓNIMO.— ¡¿Está vivo!?

El Actor va hacia el baúl y lo abraza cariñosamente.

        ACTOR.— Claro que está vivo, todavía.

        VERÓNICA.— Nunca me han gustado las adivinanzas, seguramente se trata de un perro, pobrecito, se va a asfixiar.

         JERÓNIMO.— Cómo va a ser un perro, ya lo hubiéramos oído. Eso sí, debe tratarse de algo espantoso, imagínate: el algo parecido a...  A lo que sea, ¡de Pablo! Debe ser algo siniestro.

         VERÓNICA.— (Asustada) ¿Tú crees?

         JERÓNIMO.— Estoy seguro.

         VERÓNICA.—  ¿Vámonos, por favor!

         JERÓNIMO.— ¿Y nos vamos a quedar con la duda?

         VERÓNICA.— Mira, mi amor. No sé tú, pero yo no me pienso pasar la vida convertida en fantasma.

         JERÓNIMO.— Pero si todavía no sale el sol, Vero.

         VERÓNICA.— Estoy hablando en serio.

         JERÓNIMO.— Tienes razón; perdí la cabeza, mi vida.

         VERÓNICA.— ¡Adiós, Pablo!

         JERÓNIMO.— ¡Se nos acaba el tiempo!

La Pareja es iluminada por un cenital que baja de intensidad  lentamente hasta desaparecer del todo al final de la obra.

         BUFO.— No se vayan sin conocerlo, acérquense. Les aseguro que no muerde, aunque a veces... pues... ¿Tú qué opinas, Pablo?

         ACTOR.—  Sí, debo reconocer que a veces le da por estallar. Por eso estaba encerrado, de puro miedo al mundo, de puro miedo a crecer y crecer sin saber cómo hacerlo sin reventar o perder la forma original, la forma auténtica.

         BUFO.— Pues parece que tus invitados ya no tuvieron el gusto. Suéltalo ya.

         ACTOR.— Espera, quiero prepararme bien porque su visita será muy breve. Lo veremos alejarse dispuesto por primera vez a ser el dueño de su propio vuelo. Anda, sal de ahí, no seas tímido, ¡salte ya!

El Actor abre la tapa del baúl... Del fondo vemos surgir un hermoso
y sencillo globo.

FIN
                                                Ciudad de México
1990
® Benjamín Gavarre


Registrada en SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) en 1997.